V9 €.
Coleccién «ST Brever WALTER KASPER
85
El evangelio
de la familia
SAL TERRAEAi eawete HO
y f2sooo=
Congr
L0-08-/
“Titulo del original italiane
I vangelo della famiglia
El presente volumen se publica con la colaboracion
del Instituto de Teologla, Ecumenismo y Espritualidad
«Cardenal Walter Kesper»,
-vineulado a ia Escuela Superior de Filosofia y Teologta
de Vallendar (Alemania)
© George Augustin, 2014
Traduccién:
José Pérez Escobar
© Editorial Sal Terrae, 2014
Grupo de Comunicacién Loyola
Poligono de Raos, Parcela 14-1
39600 Maliato (Cantabria) ~ Espafa
‘Tho, +34 942 369 198 / Fax: *34 942 369 201
[email protected] / www salterae.es|
Inprimatur:
+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander
24-02-2014
Disefio de cubierta:
Magui Casanova
CCualquicr fort de reproduccidn, distrbucié,
‘comunieaciin plblica ¢ Waasformacin de esta obra
‘solo puede sor realizada con la autorzacion
desis titlare, salvo excepcida previstapor la ly.
Dirijase a CEDRO-
(Centro Espaiol de Derechos Reprogrficos)
‘si necesita fotocopiaro excancar
‘lgin fragmento de esta obra
(erwnnconlicencia.com: 91-702 19 70/93 27204 47)
Impreso en Espaiia. Printed in Spain
ISBN: 978-84.293-2172-2
Deposito Legal: SA-122-2014:
Improsién y encuademacién:
Grafo, S.A. ~ Basausi (Vizcaya)
‘worw.grafo.es
WERE S23
wosveere cravat
HRALES SONU
wRBTce
INDICE
Abreviaturas
Protogo
Introduccién: El redescubrimiento
del evangetio de la familia
1. La familia en el orden de Ta creacién
2. Las estructuras de pecado
cen la vida de la familia...
3. La familia en el orden cristiano
de laredenci6n .....6...000+
4, La familia como Iglesia doméstica
5. El problema de los divorciado:
yvueltos aeasar 2...
Conclusion...
Apéndice I: Fe implicita
Apéndice Il: Prictica de ta Iglesia primitiva
Consideraciones conclusivas sobre el debate
Epilogo: ¢qué podemos hacer?
n
19
31
37
47
37
8
n
81
87
95AA
AG
CatlgiCat
cic
DH
by
EG
EN
ABREVIATURAS
Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuo-
sitatem, Decreto sobre el apostolado de
los laicos, Roma 1965,
Concilio Vaticano Il, Ad Gentes, Decre-
to sobre Ia actividad misionera de la
Iglesia, Roma 1965
Catecismo de la Iglesia Catélica, Ma-
rid 1993
Cédigo de Derecho Canénico, Madrid
1984.
H. Denzinger ~ P. Hiinermann, 2! Ma-
gisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona
20004
Concilio Vaticano II, Dei Verbum, Cons-
titucién dogmética sobre la divina Re~
velacién, Roma 1965.
Papa Francisco, Fvangelif gaudium, EX-
hhortacién aposiélica sobre el amincio
del Evangelio en el mundo actual, Roma
2013
Pablo VI, Evangedii nuntiandi, Exhotta-
cin apostélica sobre la evangelizacién
en el mundo actual, Roma 1975.FC
Gs
LG
UR
Juan Pablo Il, Familiaris consortio, Ex-
hortacién apostélica sobre la misién de
la familia cristiana en el mundo actual,
Roma 1981
Concilio Vaticano Il, Gaudium et Spes,
Constitucién pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual, Roma 1965,
Coneilio Vaticano I, Lumen Gentiun,
Constitucion dogmética sobre la Iglesia,
Roma 1964,
Concitio Vaticano Tl, Unitatis Redinte-
gratio, Decreto sobre el ecumenismo,
Roma 1964.
PROLOGO
E, presente tibrito, 21 evangelio deta fami-
ia, contiene el informe que, con el mismo titu-
lo, presenté en Roma, por invitacién del papa
Francisco, en el transcurso del Consistorio ex-
traordinario de los cardenales (20 y 21 de fe-
brero de 2014). El objetivo consistia en propor-
cionar una base teolégica para el subsiguiente
debate entre los cardenales y, de este modo,
propiciar un diélogo pastoral, teologicamente
motivado, en el préximo proceso sinodal que
habré de tener lugar en el Sinodo extraordinario.
de los obispos, en el otofio de 2014, y en el Si-
nodo ordinario de los obispos en 2015. Con el
consenso del papa, debian abordarse ademas en
este informe deierminadas cuestiones que a ve-
ces son objeto de controversia en la Iglesia,
El tema del proceso sinodal, Retos pastora-
les que plantea la familia en el contexto de la
evangelizacién, indica claramente que las cues-tiones pastorales acuciantes no pueden ser tra-
tadas aisladamente, sino tan solo en el contexto
global del evangelio y la tarea evangelizadora,
que es comiin a todos los bautizados. Por eso en
el debate deberan participar ademas, con sobra-
do motivo, cristianos que viven las situaciones
familiares, a veces bastante dificiles.
La publicacién no pretende anticipar la res-
puesta del Sinodo, sino, mas bien, abordar las,
distintas cuestiones y preparar las bases para su
discusién. A una respuesta, que esperamos sea
undnime, ‘inicamente podemos legar a través
de la reflexién sobre el mensaje de Jests, a tra-
vés de un intercambio -siempre abierto a ta
escucha~ de experiencias y argumentos y, so-
bre todo, a través de la oracién en comin para
recibir el Espiritu Santo de Dios. A este fin
querrian prestar una modesta aportacién las
presentes paginas.
Roma, en la Fiesta del apéstol Matias,
24 de febrero de 2014.
Cardenal Walter Kasper
10
INTRODUCCION
EL REDESCUBRIMIENTO DEL
EVANGELIO DE LA FAMILIA
E este ais internacional de ta familia, el par
pa Francisco ba invitado a la Iglesia a celebrar
tun proceso sinodal dedieado a Los desafios
pastorales sobre la familia en el contexto de la
evangelizacién. En la exhortacién apostolica
Evangelii gaudium escribe: «La familia atravie-
sauna profunda crisis cultural, como todas las
comunidades y vinculos sociales. En el caso de
Ja familia, la fragilidad de tos vinculos resulta
especialmente grave, porque se trata de la célu-
la basica de la sociedad» (EG 66).
Muchas familias se enfrentan hoy a grandes
dificultades. Muchos millones de personas se en-
cuentran en situaciones de migracién, huida y
alejamiento, o en condiciones de miseria indignas
del hombre, en las que no es posible una vida fa-
inmiliar ordenada. El mundo actual esta viviendo
una crisis antropolégica. El individualismo y el
consumismo ponen en entredicho la cultura fa-
miliar tradicional. Las condiciones econémicas y
laborales hacen a memudo dificil la convivencia
y la cohesién en el seno de la familia. De ahi que
haya aumentado draméticamente el ntimero de
los que tienen miedo a fundar una familia o de
quienes fracasan en la realizacién de su proyec-
to de vida, asi como crece también el niimero de
nifios que no tienen la suerte de crecer en una fa-
milia debidamente estructurada,
La Iglesia, que comparte los gozos y las es-
peranzas, las tristezas y las angustias de los
hombres (of. GS 1), se ve desafiada por esta si-
tuacién, Con ocasién del iltimo aito de la fami-
lia, el papa Juan Pablo TI retocé Ias palabras de
la enefelica Redemptor hominis (1979), wel
hombre ¢s el camino de la Iglesia», afirmando
que «la familia es el camino de la Iglesia» (2 de
febrero de 1994), porque normalmente la per-
sona nace en una familia y crece en el seno de
Ja misma, En todas las culturas de la historia de
Ja humanidad, la familia es el camino normal de
Ja persona, También hoy, muchos jévenes bus-
can la felicidad en una familia estable,
2
No obstante, debemos ser sinceros y ad-
mitir que se ha abierto un abismo entre la doc-
trina de Ia Iglesia sobre el matrimonio y la fa-
milia y las convicciones vividas por muchos
cristianos, a muchos de Jos cuales la doctrina
de la Iglesia les resulta muy alejada de ta reali-
dad y de la vida. Peto podemos igualmente de-
cir, y deeirlo con goz0, que hay también fami-
lias excelentes que hacen todo lo posible por
vivir la fe de la Iglesia y dar testimonio de la
belleza y la alegria de la fe vivida en el seno de
la familia, A menudo son una minoria, pero son
una minoria significativa
La situacién actual de la Iglesia no es una
situacién inédita, También la Iglesia de los pri-
eros siglos se encontraba con concepciones ¥
modelos de matrimonio y de familia muy dife-
rentes del predicado por Jestis, que era muy no-
vedoso tanto para los judios como para los grie-
g0s y los romanos. Por consiguiente, nuestra
postura hoy no puede ser de adaptacién liberal
al status quo, sino que ha de ser una postira ra-
dical, que vaya a las raices, ¢s decit, al evange~
lio, y desde ahi mire hacia delante. Por tanto,
seri tarea del proceso sinodal proclamar de
nuevo a belleza y Ia alegria del evangelio de la
3familia, que es «siempre el mismo» y, sin em-
bargo, «siempre nuevon (cf. EG 11)
La presente intervencién no puede afrontar
todas las cuestiones actuales ni pretende antici-
par los resultados del Sinodo (syin-odos), es de-
cir, del camino (hodés) comin (sin) de toda la
Iglesia, el camino de la atenta escucha recipro-
ca, del ditilogo y de la oracién. Esta contribu-
cién quiere set, més bien, una especie de ober-
tura que introduzca el tema, con la esperanza
de que al final obtengamos una sym-phénia, un
conjunto arménico de todas las voces en Ia
Iglesia, incluidas aquellas que en este momento
son en parte disonantes.
No se trata ahora de reafirmar la doctrina
de la Iglesia sobre la familia’. Nos pregunta-
mos por el evangelio de la familia, y de este
modo retornamos a la fuente de ta que brot6 di-
cha doctrina, Como ya afirmaba el Concilio de
Trento, el evangelio creido y vivido en la Igle-
1. Entre fos documentos més importanss, viase Coxcna
DE TRENTO, en DFf1.797-1.816; Conesiz0 Vaicano Th,
Gaudiam et Spes 47-52 (GS); Carta spostiea postino
dal Familiarisconsortio (1981) (FC); Catecismo de 1a
Iglesia Catéica (1993) 1.601-1.666 (CatlgiCat), Carta
spostlica postsinodal Sacramentum caritatis (2007) 27
s Bnclelica Lumen Fidei (2013) $25,
sia es la «fuente de toda verdad salvifica y de
toda disciplina de las costumbres» (DH 1.501;
cf. EG 36). Esto significa que la doctrina de ta
Iglesia no es una laguna estancada, sino un to-
rrente que brota de la fuente del evangelio y en
cl cual ha confluido la experiencia de fe del
pueblo de Dios de todos los siglos. Es una tra-
dicién viva que hoy, como muchas otras veces
oria, ha legado a un punto
a lo largo de la
critigo y que, teniendo a ta vista los «signos de
los tiempos» (GS 4), exige ser continuada y
profundizade’
{Qué es este evangelio? No es un eédigo
juridico. Es luz y fuerza de la vida, que es Je-
sucristo. El evangelio da lo que exige. Solo a su
luz y en su fuerza es posible entender y cumplir
los mandamientos, Para Tomis de Aquino la
ley de la nueva alianza no es una lex scripta, si-
no la gratia Spiritus Sancti, quae datur per fi-
dem Christi, Sin el Espiritu que actita en los co-
razones, la letra det evangelio es una ley que
2, Sobre Ia cnestién del dessrollo doctrinal: ConctLo Var
‘eaxo I (DH 3.020) y Covetiio Varicaso If (DY 8). 1
NewMAn; Essay on the Development of Christan Doctri-
ne (1845); ¥. CoNGAR, La tradition et les traditions, Pa-
is 1960, p. 1.96.mata (2 Cor 3,6). Por consiguiente, el evange-
lio de la familia no quiere ser una carga, sino,
en cuanto don de la fe, una alegre noticia, luz y
fuerza de la vida en la familia,
Llegamos asf al punto central. Los sacra-
‘mentos, también el del matrimonio, son sacra-
mentos de la fe. Signa protestantia fidem, dic
Tomés de Aquino*. EI Concilio Vaticano Il co-
srobora esta afirmacién, Dice de los sacramen-
tos: «No solo suponen ta fe, sino que, a la vez,
la alimentan, la robustecen y la expresan» (SC
59), También el sacramento del matrimonio
puede ser eficaz y ser vivido imicamente en la
fe. Por tanto, la pregunta fundamental es: ;como
fe de los futuros esposos y de los cényuges?
En los paises de arraigada cultura cristiana asis-
timos hoy a la quiebra de las que, durante siglos,
hhan sido obviedades de ta fe cristiana y de la
concepcién natural del matrimonio y de fa fami-
lia, Muchas personas estin bautizadas, pero no
evangelizadas. Dicho de manera un tanto para-
d6jica, son cateciimenos bautizados, cuando no
directamente paganos bautizados.
3. Towss 08 AquING, S. Th VILg. 106, Ly 2; of EG 37.
4. Ibid, Ig, 62 a 4
16
|
|
En esta situacién no podemos ni partir de
una lista de doctrinas y mandamientos mi que-
darnos en las llamadas «cuestiones candentes».
No queremos ni podemos efudir nada de todo
ello, pero si debemos partir de un modo radical,
es decir, de la ratz de la fe, de los primeros ele-
mentos de la fe (Heb 3,12), y recorrer, paso a
paso, un camino de fe (FC 9; EG 34-39). Dios
8 un Dios del camino: en la historia de la sal-
vaci6n, ha recotrido un camino con nosotros;
también la Iglesia ha recorrido en su historia un
camino que hoy debe recorrer de nuevo junto a
los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No
pretende imponer la fe a nadie, sino tan solo
resentarla y proponerla como camino hacia la
felicidad, El evangetio inicamente puede con-
veneer por si mismo y por medio de su profun-
da belleza.
5. CE Apéndice ILA FAMILIA
EN EL ORDEN DE LA CREACION
E, evangetio deta tari, que se emonta a
os origenes de Ia humanidad, le ha sido dado a
esta por el Creador en su camino. Asf, la insti-
tucién del matrimonio y de la familia es apre-
ciada en todas las culturas de dicha humanidad.
La familia es entendida como comunidad de vi-
da entre hombre y mujer, junto con sus hijos.
Esta tradicién de la humanidad tiene diferentes
caracteristicas en las diversas culturas. Origi-
nariamente, la familia estaba inserta en la gran
familia o en el clan, Aun con todas las diferen-
cias particulares, la institucién familiar es el or-
den original de la cultura de la humanidad. No
puede prosperar la idea de establecer hoy una
nueva definicion de ta familia que contradiga 0
9cambie la tradicién cultural de toda la historia
de la humanidad.
Todas las culturas antiguas consideraban
sus costumbres y leyes como pertenecientes al
orden familiar en cuanto orden divino. De que
fueran respetadas dependian la existencia, el
bien y el futuro del pueblo. En el contexto del
periodo axial, los griegos hablaban—de una ma-
era que ya no era mitolégica, sino, en cierto
sentido, ilustrada~ de la existencia de un orden
basado en la naturaleza del hombre. San Pablo
hizo suyo este modo de pensar y hablo de una
ley moral natural, inscrita por Dios en el cora-
z6n de todo hombre (Rm 2,148),
Todas las culturas conocen, de un modo u
otro, la regla de oro, que exige respetar al otto
como a uno mismo y que fue corroborada por
Jesiis en el sermén del monte (Mt 7,12; Le
6,31). En dicha regla est4 plantado, cual semi-
lla, el mandamiento del amar al préjimo como
@ uno mismo (Mt 22,39), La regla de oro es
considerada una sintesis del derecho natural y
de lo que ensefian la ley y los profetas (Mt 7,12;
22,40; Le 6,31).
66 Asi reza ta definicién del derecho natural en el Deereaum
20
El derecho natural, que encuentra su expre-
sidn en la regla de oro, hace posible el didlogo
con todas las personas de buena voluntad. Nos
ofrece un eriterio para evaluat la poligamia, los
matrimonios forzados, la violencia en el matri-
monio y en la famifia, el machismo, le discri-
minacién de Jas mujeres, la prostitucién, las
condiciones econémicas modernas, hostiles pa-
ra la familia, y las situaciones laborales y sala-
riales. La pregunta decisi
‘guiente: gqué es lo que, en la rela
hombre, la mujer y los hijos, corresponde al
respeto de la dignidad det otro?
Aun siendo itil, el derecho natural sigue re-
fa es siempre la si-
mn entre el
sultando un tanto genérico y, tratandose de
cuestiones coneretas, incluso ambiguo. En esta
situacién, nos ha salido Dios al encuentro en la
revelaci6n. La revelacién interpreta de un mo-
do conereto lo que podemos reconocer desde el
unio de vista del derecho natural. El Antiguo
‘Testamento se inspiré en la sabiduria de la tradi-
cién del antiguo Oriente de su tiempo y, a través
Gratiant(D. 1. ac, 1), que fue determinante para la tra-
diciba del derecho natural en el Medievo y a eomienzos
de la Edad Moderaa, asi como en el crstanismo original
te la Reformade un largo proceso educativo, fue progresiva-
mente purificdndola y perfeccionindola a la luz
de la fe en Yahvé. La segunda tabla del decdlo-
go (Ex 20,12-17; Dt 5,16-21) es el resultado de
dicho proceso, que el propio Jesis confirmé (Mt
19,185). Por su parte, los Padres de la Tglesi
taban convencidos de que los mandamientos de
la segunda tabla del decdlogo coincidian en
esentcia con todos los mandamientos de la con-
ciencia moral comiin de los seres humanos.
Los mandamientos de la segunda tabla del
decélogo no son, por consiguiente, una moral
especial judeo-cristiana,
es.
ino tradiciones parti-
cularizadas de la humanidad. En ellos se confi-
an a la proteccién particular de Dios los valores
fundamentales de la vida familiar: el respeto a
los padres y el cuidado de estos en su anciani-
dad, la inviolabilidad del matrimonio, la protec-
cin de la nueva vida humana que nace del ma-
trimonio, la propiedad como base para la vida
de la familia y las retaciones reefprocas veraces,
sin las que no puede existir la comunidad.
Con estos mandamientos se oftece a la hu-
manidad un modelo, una especie de brijula
para el camino. Por eso la Biblia no entiende
estos mandamientos como una carga y una li-
2
mitacién de fa libertad, sino que se alegra del
mandamiento de Dios (Sal 1,2; 112,1; 119).
Son indicaciones acerca del camino que con-
duce a una vida feliz y plenamente realizada.
‘No pueden serle impuestos a nadie, pero si pro~
ponérselos a todos, con toda razén, como cami-
no hacia la felicidad
En el Antiguo Testamento, el evangelio de
la familia Hega a su conclusion en los das pri-
eros capitulas del Génesis, que también con-
tienen antiquisimas tradiciones de la humanidad,
interpretadas de manera critica y profundizedas a
Ia luz de la fe en Yahvé, Cuando se establecié el
canon de Ia Biblia, fueron puestos al principio,
de modo programético, como ayuda hermenéu-
tica para fa lectura ¢ interpretacién de Ia E:
tura, En ellos se presenta el plan original de
Dios sobre la familia. Y es posible extrapolar de
ellos tres afirmaciones fundamentales:
1. «Creé Dios al hombre a su imagen; a
imagen de Dios lo cred; varén y hembra los
cre6» (Gn 1,27). En su doble género, el ser hu-
‘mano es la buena, més atin, la éptima creacion
de Dios. No fue creado como single (solo). «No
esté bien que el hombre esté solo; voy a crearle
23una ayuda adecuada» (2,18). Por eso Adin aco-
ge a la mujer con una gozosa exclamacién de
bienvenida (2,23). El hombre y la mujer han si-
do dados por Dios el uno al otro. Deben com-
pletarse y sostenerse, complacerse y encontrar
Ja alegria el uno en el otro,
Ambos, hombre y mujer, en cuanto imagen
de Dios, poseen la misma dignidad. No hay lu-
gar para la discriminacién de Ia mujer. Pero el
hombre y la mujer no son simplemente iguales.
Su igualdad en Ja dignidad se fundamenta, al
igual que su diversidad, en Ia creacién, No se
las regala nadie, ni siquiera ellos a si mismos.
Nadie es hombre o mujer en virtud de su res-
pectiva cultura, como afirman algunas reciente
mente’. El ser hombre o el ser mujer se basa
7. Dea distincién entre sex, la sexusidad biolbgica, y gen
der, su configuracion socio-cultural, hay quienes devucen
Ja existencia de une igualdad fundamental, por lo tanto,
‘una variedadlegitims de las expresiones dela sonuaidad
(@nondgana, poigama, heterosexual, homosextaly tats
‘ual, Detris de esta opinin se esconde un dalsmo ne-
‘ogndstco o neocartesiano entre alma y everpo, que ignors
In nia y la totaidad del ser humano (ef. 1 Cor 112-20),
Seyin la conviccidn erstiana, el everpo, inluida st se
validad, es el simbolo eal del alma, y el alma es la for-
tua del ser que earateriza al euespo, Conviene afar que
Is constatacibn de una diferenciaién no implica ni justi
a dscriminacin alguna (CatlglCat .357-2.359),
ontolégicamente en la creacién. La igual digni-
dad de su diversidad explica la atraccién que
sienten el uno por el otro y que es celebrada por
Jos mitos y los grandes poemas de la humani-
dad, asi como por el Cantar de los Cantares en
el Antiguo Testamento, Pretender hacerlos
iguales por razones ideolégicas destruye el
amor erético, La Biblia entiende este amor co-
‘mo unién para llegar a ser una sola came, es de-
cir, como una comunidad de vida que incluye el
sexo y el eros, ast como la amistad humana (Gn
2,24), En este sentido amplio, el hombre y la
mujer han sido creados para el amor y son
imagen de Dios, que es amor (I In 4,8).
Como imagen de Dios, el amor humano es
algo grande y hermoso, pero no es divino en si
mismo. La Biblia desmitifica la abaalizaciém
de la sexualidad en el antiguo Oriente, expresa-
da en la prostitucién sagrada, y condena la
solucién como idolatria, Siiun miembro de la
pareja deifica al otro y espera de él que le pre-
pare el cielo en Ia tierra, entonces el otto se
siente, forzosamente, demasiado presionado,
por lo que no puede sino decepcionar. Muchos
matrimonios fracasan a causa de estas expec-
tativas excesivas. La comunidad de vida entre
25hombre y mujer, junto con sus hijos, solo pue-
de ser feliz. si todos ellos se entienden recfpro-
camente como un don que los trasciende. Asi,
la creacién del hombre desemboca en et dia
séptimo con la celebracién del Sabbath, El ser
fhumano no ha sido creado como fuerza de tra-
bajo, sino para el Sabbath. Como dia en el que
ser libres para Dios, el Sabbath debe ser tam-
bien un dia en el que ser libres para la fiesta y
la celebracién comin, un dia de tiempo libre
para pasarlo con y para el otto (ef. Ex 20,8-10;
Dt5,12-14). El Sabbath, o bien el domingo, co
‘mo dia de la familia, es algo que deberiamos
aprender de nuevo de nuestros amigos judios.
2. «Dios los bendijo y les dijo: “Sed fecun-
dos y multiplicaos"» (Gn 1,28). Elamor entre el
hombre y la mujer no esti cerrado en sf mismo,
sino que se trasciende y se conereta en los hijos
que nacen de ese amor. El amor entre un hom-
bre y una mujer y la transmision de la vida son
inseparables. Lo cual no se refiere tinicamente
al acto procteador, sino que va aiin més alld. El
primer nacimiento prosigue en el segundo, el
social y cultural, en Ia introduccién a la vida y a
través de la transmisién de los valores de dicha
26
vida, Por eso, los hijos necesitan el espacio de
proteccién y de seguridad afectiva en el amor de
los padres; ¢, inversamente, los hijos refuerzan
¥y enriquecen el vinculo de amor de los padres.
Los niffos son una alegria, no una carga.
La fecundidad no es para la Biblia una reali-
dad meramente biolégica. Las hijos son fruto de
1a bendicién de Dios. La bendicién es el poder
de Dios en la historia y en el futuro, La bendi-
cin en la creacién prosigue en la promesa a
Abrahén de la descendencia (Gn 12,25; 18,18;
22,18). De este modo, la potencia vital de la fe-
cundidad, divinizada en el mundo antiguo, se en-
trelaza con ta aecién de Dios en la historia. Dios
pone el futuro del pueblo y la existencia de la hu-
‘manidad en las manos del hombre y de la mujer.
El tema de la paternidad responsable tiene
un significado mas profundo que el que suele
atributrsele habitualmente. Significa que Dios
confia fo mas valioso que puede dar, es decir, la
vida humana, a la responsabilidad del hombre y
de la mujer, Ellos pueden decidir responsable-
mente el nimero y el momento del nacimiento
de sus hijos. Deben hacerlo desde la responsa-
bilidad ante Dios y el respeto a la dignidad y el
bien de la pareja, desde la responsabilidad con
7]respecto al bien de los hijos y desde la respon-
sabilidad para con el futuro de la sociedad y el
respeto a Ja naturaleza humana (GS 50). La re-
sultante no es una casuistica, sino una figura
Sensata vinculante, cuya realizacién concreta
se confia a Ia responsabilidad del hombre y de
Ja mujer". A ellos se les da ta responsabilidad
el futuro, El futuro de ta humanidad pasa por
Ja familia, Sin la familia no hay futuro, sino en-
vejecimiento de la sociedad, un peligro eviden-
te para las sociedades occidentales,
3. «Llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,28),
Avveces, las palabras «someter» y «dominar» se
hhan entendido en el sentido de sojuzgamiento
violento y de explotacién, atribuyendo al cristia-
nismo la culpa de los problemas medioam!
tales. Los biblistas han demostrado que estas dos
palabras no han de entenderse en el sentido de
un sometimiento y un dominio violento. El se-
‘gundo relato de la creacién habla de cultivar y
guardar (2,15), Por consiguiente, se trata ~co-
8. Lacnciclies umanae vitae (1968), de Pablo VI, sobre fa
pateridad responsable puede intespretarse, a partir de sa
enfogue general personal, en este setido pleno. Lo mis=
‘mo puode decirse dela FC29 y 31s,
2B
mo decimos hoy~ de la misién cultural del
hombre. El hombre debe cultivar y cuidar la tie-
rra como un jardin, debe ser el guardian del
mundo y transformarlo en un ambiente de vida
digno del hombre. Esta tarea no cotresponde
‘amente al hombre
‘mujer conjuntamente. A su cuidado y a su res-
ponsabilidad es confiada no solo la vida huma-
na, sino también la tierra en general.
ino al hombre y a la
Con esta misién cultural, una vez més, 1a
relacién entre hombre y mujer se trasciende a si
misma. No es mero sentimentalismo autocom-
placiente; el ser humano no debe encerrarse en
smo, sino abritse a la misin para el mun-
do. La familia no es solo una comunidad perso-
nal privada, Es la célula fundamental y vital de
la sociedad. Bs la escuela de humanidad y de
las virtudes sociales, necesarias para la vida y el
desarrollo de la sociedad (GS 47; 52). Es fun-
damental para el nacimiento de una civilizacién
sin
del amor’ y para la humanizacién y la persona-
lizacién de la sociedad, sin la cual se convierte
en una masa anénima, En este sentido, puede
9, Bevepicro XVI, Caritas in vertae (2009) 1-9; 30; 33.hablarse de una tarea social y politica de la fa-
milia (FC 44),
Como institucién primordiat de la humani-
dad, la familia es més antigua que el Estado y
tiene su derecho propio con respecto a este, En
el orden de la creacién no se habla nunca de
«Estado», el cual debe, en ta medida de lo po-
sible, sostener y promover la familia, pero no
puede interferir en sus derechos propios. Los
derechos de la familia, indicados en la Carta de
los derechos de la familia, se fundan en el ot
den de la creacién (FC 46). La familia, en cuan-
to célula fundamental del Estado y de la socie~
dad, ¢s al mismo tiempo modelo fundamental
del Estado y de la humanidad como tnica fa-
milia humana”, De ello se derivan determina-
das consecuencias para una especie de orden
familiar en la distribucién equitativa de los bie-
‘nes, asi como para la paz en el mundo (EG 176-
258), El evangelio de la familia es al mismo
tiempo un evangelio para el bien y para la paz,
de la humanidad.
10, Vease, al respecto, la Carta de las derechos dela familia
‘del Pontiicio Consejo para la Femilia (1983) y el Com
pend de ta Doctrina Social de la Iglesia del Ponifcio
‘Consejo elusticia y Paz» (2004), 209-254,
30
2
LAS ESTRUCTURAS DE PECADO.
EN LA VIDA DE LA FAMILIA
Conse hemos dicho hasta ahora constituye
‘un cuadro ideal, pero no es, de hecho, la reali
dad de las familias, como también lo sabe per-
fectamente la Biblia. Asi, a los capitulos 1 y 2
del Génesis les sigue el capitulo 3, con la ex-
pulsion del paraiso y de la realidad conyugal y
familiar paradisiaca. La alienacién del hombre
respecto de Dios tiene como consecuencia la
alienacién en el hombre y entre los hombres.
En el lenguaje de la tradicién teolégica defini-
mos esta alienacién como «concupiscencia»,
que mo debe entenderse solamente como deseo
sexual desordenado. Para evitar este malenten-
dido se habla hoy con frecuencia de «estructu-
ras de pecado» (C9), que dejan sentir su peso
también sobre la vida de la familia. La Biblia
31offece una descripcién realista de la conditio
humana y de su interpretacion a partir de la fe.
La primera alienacién acontece entre el
hombre y Ia mujer. Sienten vergiienza el uno
ante el otro (3,10). La vergilenza demuestra que
se ha perturbado la armonia original entre
cuerpo y espiritu y que el hombre y la mujer se
han alienado el uno respecto del otro. El afecto
degenera en el deseo reciproco y en el dominio
del hombre sobre la mujer (3,16). Se reprochan
y se acusan mutuamente (3,12). Violencia, ce-
los y discordia se insindan en el matrimonio y
en la familia,
La segunda alienacién se refiere de un mo-
do particular a las mujeres y a las madres, que
ahora deben dar a luz a sus hijos con sufti-
miento y dolor (3,16). Deben también criarlos
con dolor. { madres se lamentan y Ho-
ran por sus hijos al igual que Raquel llor6 por
los suyos sin querer que la consolaran (Jr 31,15;
Me 2,18)?
La alienacién se refiere también a la relacién
cant
del hombre con la naturateza y con el mundo.
La tierra ya no es un hermoso jardin: ahora tie-
tne espinas y cardos, es indomable y hostil, y cl
trabajo se ha hecho duro y dificil. Ahora el
32
hombre tiene que trabajar con fatiga y con el
sudor de su frente (Gn 3,19)
Y enseguida vienen la alienacién y tos liti-
-gios en la familia, Sobrevienen la envidia y la
discordia entre consanguineos, el fratricidio y
-16). La Biblia
refiere también episodios de infidelidad entre
los eényuges, que se insinéa incluso en el arbol
genealogico de Jesiis, donde, de hecho, apare-
con dos mujeres (Tamar y la mujer de Urias)
consideradas pecadoras (Mt 1,55). También Je~
sis tenia antepasados que no provenian «de
buena familia» y de los que uno preferiria no
hablar e intentar ocultarlos. La Biblia es en es-
te punto muy realista, muy honesta.
Finalmente, se produce la alienacién més
importante, la muerte (Gn 3,19; ef. Rm 5,12)
y todas las fuerzas de la muerte que se desa-
tan en el mundo, trayendo consigo desgracias,
calamidades y pérdidas. Conllevan también
sufrimiento en la familia, Pensemos simple-
mente en lo que sucede cuando una madre se
encuentra ante la tumba de su hijo 0 cuando
los conyuges tienen que decirse adiés para
siempre, algo particularmente penoso en el ca-
so de los matrimonios fel
la guerra entre hermanos (Gn 4,
es y que para los‘mas ancianos significa muchas veces dotorosos
aifos de soledad
Cuando hablamos de la familia y de su be-
lleza, no podemos partir de una imagen romén-
tica irreal, Tenemos que ver también las duras
realidades y partivipar en ta tristeza, en tas preo-
cupaciones y en las lagrimas de muchas fani-
lias, El realismo biblico puede incluso oftecer-
nos un cierto consuelo, pues nos muestra que lo
que lamentamos no es algo de hoy, sino que, en
el fondo, siempre ha sido asi. No debemos ce~
der a la tentacién de idealizar el pasado y lue~
g0, como esti de moda en algunos ambientes,
ver el presente como mera historia de decaden-
cia, La nostalgia de los buenos tiempos pasados
y las quejas sobre las generaciones jévenes
existen desde que existe una generacién ante-
rios. No es solo la Iglesia la que parece (como
ha dicho el papa Francisco) un hospital de
campafia, sino que también lo parece la fami-
ia, con muchas heridas que vendar y muchas
lagrimas que enjugar, y en la que hay que se-
guir ereando reconciliacion y paz.
Al final, el tercer capftulo del Génesis en-
ciende una luz de esperanza. Al expulsar al ser
humano del paraiso, Dios Je da una esperanza
uM
para que lo acompae en el camino. Lo que la
tradicién define como protoevangelio (Gn
3,15) puede entenderse también como protoe-
vangelio de la familia, De su descendencia na-
ceré el Salvador. Las genealogias de Jesiis que
aparecen en Mateo (1,1-17) y en Lucas (3,23-
38) atestiguan que de la sucesién de Jas genera-
ciones, todas las cuales han suffido alguna que
otra sacudida, al final nacié el Salvador. Dios
puede escribir derecho con renglones torcidos.
Por eso, a la hora de acompaiiar a los hombres
en su camino, debemos ser no profetas de cala-
midades, sino portadores de esperanza que
ofrecen consuelo y que, incluso en las situacio-
nes dificiles, animan a seguir adelante.DE LA REDENCION
rr
la familia de Nazaret (Le 2,515), de la que for-
‘maban parte también hermanos y hermanas en
sentido lato (Me 3,31-33; 6,3), asi como pa-
rientes mas lejanos, pero con vinculos estre-
chos, como Isabel, Zacarias y Juan Bautista (Le
1,36.39-56). Al comienzo de su vida publica,
Jess participé en la celebracién de las bodas
de Cand, donde realizé su primer milagro (In
2,1-12), De este modo, puso toda su obra bajo
el signo de un matrimonio y de Ia alegria ma-
trimonial. Con él, el Esposo, comenzaron el
matrimonio escatologico y el tiempo de alegria
amunciados por los profetas.
Una afirmacién fundamental de Jestis sobre
el matrimonio y sobre la familia se encuentra
ET
LA FAMILIA EN EL ORDEN CRISTIANOen las famosas palabras sobre el divorcio (Mt
19,3-9). Moisés lo habia admitido en determi-
nadas condiciones (Dt 24,1); estas condiciones
eran materia de controversia entre las diversas
escuelas de los escribas judios. Jesis, en lugar
de entrar en el juego de esta casuistica, hace re-
ferencia a la voluntad original de Dios: «al co-
‘mienzo de la creacién no era asip (ef. Me 10,2-
12; Le 16,18; 1 Cor 7,10s.)" Los disefpulos se
asustan ante tal afirmacién, pues la consideran
un ataque inaudito a la concepeién del matri-
monio del mundo circundante, aparte de consti-
uir una exigencia despiadada y excesiva: «Si
tal es la condicién del hombre en el matrimo-
rio, més vale no casarse» (Mt 19,10). Jesis
confirma indirectamente que, desde el punto de
vista humano, se trata de una exigencia excesi-
va. Se trata de algo que ha de serle weoncedido»
al hombre; se trata de un don de Ja gracia.
El término «concedido» muestra que las pa-
labras de Testis no deben entenderse aislada-
mente, sino en el contexto global de su mensa-
11. CE Me 10,2-12; Le 16,18; | Cor 7.108. Sobre las cliusu=
fs relativas al adulerio, véase ME 5,32 y 199, y para L
Cor 7,18 ef. también cap, 5 y Apéndive IL
38
je del reino de Dios. Jesis hace derivar el repu-
dio de la dureza del corazin (Mt 19,8) que se
cierra a Dios y al projimo. Con la Hlegada del
Reino de Dios se ha cumplido Ia palabra de los
profetas, segiin las cuales Dios, en el tiempo
‘mesidnico, transformarfa el coraz6n endurecido
en un corazén nuevo, no ya duro como piedra,
sino un corazén de came, tiemo, sensible y em-
patico (Ez 36,26s; cf. Jr 31,33; Sal 51,12)
Puesto que el adulterio tiene su comienzo en el
corazén (Mt 5,28), la curacién solo puede acon-
tecer mediante la conversién y el don de un co-
raz6n nuevo, De ahi que Testis se distanciara de
la dureza del corazén y de Ia hipocresia de los
castigos draconianos infligidos a una adiiltera y
‘concediera el perdin a una mujer acusada de
adulterio (In 8,2-1; of. Le 7,36-50).
La buena noticia de Jestis es que Ja estrecha
alianza entre los conyuges es abrazada y res-
paldada por la alianza de Dios, que sigue exis-
tiendo gracias a a fidelidad del propio Dios,
aun cuando el frigil vineulo humano del amor
se haga mas débil o legue incluso a extinguirse.
La promesa definitiva de alianza y de fidelidad
de Dios despoja al vinculo humano de Ia arbi-
trariedad humana y le confiere firmeza y estabi-
39lidad. EI vinculo que Dios estipula en toro a
los esposos se entenderia mal si se pretendiera
entenderlo como un yugo; al contrario, es fa so-
licita promesa de fidelidad de Dios al hombre;
es un aliento y una fuente constante de fuerza
para mantener, en las variables vicisitudes de la
vida, Ia fidelidad reciproca,
De este mensaje extrajo Agustin la doctrina
de la indisolubitidad del vinculo matrimonial,
‘que sigue existiendo también alli donde, huma-
namente, el matrimonio se rompe?. A muchos
les resulta hoy dificil comprender dicha doctri-
na, la cual no puede entenderse como una espe-
cie de hipéstasis metafisica al lado o por enci-
ma del amor personal de fos conyuges; por otra
parte, este amor no se agota en el amor afectivo
reciproco ni muete con él (GS 48; EG 66). Es
cevangelio, es decir, es palabra definitiva y pro-
‘mesa permanentemente valida. En cuanto tal,
se toma en serio al hombre y su libertad, Es
propio de la dignidad del ser humano poder to-
mar decisiones definitivas, las cuales pertene-
cen de manera permanente a la historia de la
12, Aaustin pe Firosa, De muptis et concypiscentia 110,113
De adlterinis coniugls; Sein 292.2.
i
:
:
i
‘persona, Ta caracterizan de un modo duradero,
y no es posible desentenderse de ellas y hacer
como si mumea se hubieran tomado. Si se in-
cumplen, se crea una profunda herida, Las he-
ridas pueden curarse, pero la cicattiz. permane-
ce y sigue doliendo; no obstante, se puede y se
debe seguir viviendo, aunque con dificultad, De
igual modo, la buena noticia de Jesés es que,
gracias a la misericordia de Dios, para quien se
convierte es posible el perdén, la curacién y un
nuevo comienzo.
Pablo retoma el mensaje de Jests y habla de
tun matrimonio «en el Seftor» (1 Cor 7,39). No
se refiere a la forma eclesial del matrimonio,
que solo se desarrollo definitivamente siglos
después mediante el decreto Tametsi del Conci.
lio de Trento (1563). Los apreceptos domésti-
cos» (Col 3,18-4,1; EF5,21-6,9; 1 Pe 2,18-3,7)
muestran que «en el Sefiony no se refiere al co-
mienzo del matrimonio, sino a toda la vida en
familia, a \a relacién entre marido y mujer, en-
tre padres ¢ hijos, entre amos y esclavos, reto-
mando y modificando el orden patriareal, pe-
ro... «en ef Sefiom. Esta expresién convierte la
sumisién unilateral de la mujer al hombre en
una relacién recfproca de amor que caract
41rd también a las relaciones familiares, Pablo di-
ce incluso ~cosa realmente singular y hasta re-
volucionario en la Antigitedad— que la diferen-
cia entre el hombre y la mujer no cuenta ya pa-
ra quienes son «uno en Cristo» (Gal 3,28). De
este modo, los «preceptos domésticos» son un
ejemplo de Ia fuerza de Ja fe cristiana que mo-
difica y caracteriza las normas.
La Carta a los Efesios va incluso més alli.
Retoma la metéfora veterotestamentaria, testi-
moniada particularmente en Oseas (2,18-25),
del vinculo matrimonial como definicién de la
alianza de Dios con su pueblo, Esta alianza se
ha cumplido y perfeccionado en Cristo. Asi, el
vinculo entre hombre y mujer se convierte en
simbolo concreto de ta alianza de Dios con los
hombres que se ha hecho realidad en Jesucris-
to. La que desde e1 comienzo del mundo era
‘una realidad de la creacién buena de Dios se ha-
ce ahora simbolo que ilustra el misterio de Cris-
toy de la Iglesia (Ef'5,32), El Concilio de Tren-
to, sobre 1a base de un desarrollo de la historia
de la teologia que solo lleg6 a su conclusién en
el siglo XI, identificaba en esta afirmacién una
referencia a la sacramentalidad del matrimonio
(DH 1,799; cf. 1.327). La teologia reciente tra-
a
:
i
ta de profundizar en esta motivacién cristologi-
caa través de una visién trinitaria y entiende la
familia como representacién del misterio de Ia
‘comuni6n trinitaria
Como sacramento, el matrimonio es tanto
un instrumento de curacién de Jas consecuen-
cias del pecado como un instrumento de la gra-
cia santificante. Podemos aplicar esta ensefian-
zaala familia diciendo que al entrar en una his-
toria familiar, Jess curd y santificé la familia
El orden de la salvacién abarca el orden de la
cereacién. No es hostil al cuerpo y a la sexuali-
dad; incluye el sexo, ¢1 eros y la amistad huma-
na, purificandolos y perfecciondndolos. D mo-
do semejante a lo que ocurre con la santidad de
la Iglesia, tampoco la santidad de ta familia es
una magnitud estatica, pues se ve constante-
mente amenazada por la dureza del corazén y
debe seguir recorriendo el camino de la conver
sién, de la renovacién y de la maduracién,
Del mismo modo que la Iglesia esté en ca-
mino por la via de la conversién y de la reno-
vacion (LG 8), asi también el matrimonio y la
familia se encuentran en el camino de la cruz y
la resurreccién (FC 12s), bajo la ley de la gra-
dualidad, consistente en seguir ereciendo de un
a1
modo siempre nuevo y més profundo en el mis-
terio de Cristo (FC 9; 34). Esta ley de In gra-
dualidad me parece muy importante para la vi-
day para la pastoral matrimonial y familiar. No
significa gradualidad de la ley, sino crecimien-
to en la comprensién y en la realizacién de la
ley del evangelio, que es una ley de la libertad
(Sant 1,25; 2,12), que hoy se ha convertido a
menudo en algo muy dificil para muchos ere-
yentes, los cuales necesitan tiempo y acompa-
fiantes pacientes en su camino.
El corazén nuevo exige siempre una nueva
formacién del corazén y presupone una cultura
del corazén. La vida familiar debe cultivarse
segiin las tres palabras clave indicadas por el
Santo Padre: «jse puede?; gracias; perdonan,
Necesitamos tener tiempo unos para otros y ce
lebrar juntos el Sabbath, dando siempre mues-
tras de piedad, perdén y paciencia; se requieren
constantes signos de benevolencia, de aprecio,
de afecto, de gratitud y de amor. La oracién co-
‘min, el sacramento de Ia penitencia y Ia cele-
bracién comunitaria de la eucaristia constituyen
tuna ayuda para seguir consolidando el vineulo
del matrimonio que Dios ha establecido en tor-
no a los cényuges. Siempre resulta hermoso ver
4
‘2 parejas ancianas que, a pesar de su avanzada
edad, siguen enamoradas de un modo cada vez
més maduro. También esto es signo de una hu-
manidad redimida.
La Biblia coneluye con la visidn de las bodas
escatolégicas del Cordero (Ap 19.7.9). El matti-
‘monio y ta familia se convierten asi en un sim-
bolo escatolégico, Con la eelebracién de las bo-
das terrenas se anticipan las bodas del Cordero;
por eso deben ser bodas gozosas, espléndidas y
solemnes, expresién de una alegria que debe irra-
diar sobre toda ta vida matrimonial y familiar,
Como anticipacién escatolégica, ef masri-
‘monio terreno debe ser al mismo tiempo relati-
vizado. El propio Jes
ins6lito para un rabbi~ el celibato, exigiendo,
vivid ~algo realmente
para poder seguirle, estar dispuestos a dejar el
‘matrimonio y la familia (Mt 10,37), y a quienes
le sea concedido, vivir en el celibato por amor
del reino de los ciefos (Mt 19,12). Para Pablo,
en un mundo cuya imagen pasa, el celibato es
el camino mejor, pues proporciona ta libertad
de ser indivisos por la causa del Seflor (1 Cor
7,25-38). ¥ puesto que el celibato libremente
clegido se convierte en una situacién sociologi-
camente reconocida y valorada por si misma,
45también el matrimonio, a causa de esta alterna-
tiva, deja de ser una obligacién social y se con-
vierte en una opeién libre, Sobre todo las muje~
res no casadas son ahora reconocidas aunque
zo tengan marido, De este mode, el matrimonio
y el celibato se valorizan y se sostienen rect-
procamente, o bien ambos entran en ctisis, co-
‘mo desgraciadamente estamos experimentando
en estos momentos.
Esta es la crisis que estamos viviendo. El
evangelio del matrimonio y de ta familia ya no
es comprensible para muchos y se ha sumido
en una profinda crisis. Son muchos los que
consideran que en su situacién es algo que xo
puede vivirse. ,Qué hacer? Las bellas palabras,
por si mismas sirven de poco. Jesiis nos indica
tuna via mas realista. Nos dice que todo cristia~
no, casado 0 no, abandonado por su pareja 0
que haya crecido desde nifio 0 desde joven sin
contacto con su propia familia, nunca esta solo
© perdido. Es alguien de casa, pertenece a una
nueva familia de hermanos y hermanas (Mt
12,48-50; 19,27-29). Bl evangelio de la familia
se concreta en la Iglesia doméstica, en la que
puede vivirse de nuevo. Se trata de una realidad
que es hoy nuevamente actual.
46
4
LA FAMILIA
COMO IGLESIA DOMESTICA
Li setsia, egin el Nuevo Testamento, es fa
casa de Dios (1 Pe 2,5; 4,17; 1 Tim 3,15; Heb
10,21). La liturgia la define con frecuencia co-
‘mo Familia Dei. Debe set casa para todos: en
cella todos deben poder sentirse en casa y como
‘en familia, En ef mundo antiguo, formaban par-
te de la casa, junto al cabeza de familia, la mu-
{ier y los hijos, los parientes que vivian en ella,
los eselavos y, a menudo, también los amigos 0
tos invitados. En este contexto es en el que de~
bemos pensar cuando se nos refiere que en la
comunidad primitiva los ptimeros cristianos se
reunfan en tas casas (Hoh 2,26; 5,42). En diver-
sas ocasiones se habla de la conversion de ca-
sas enteras (Heh 11,14; 16,15.31.33).En Pablo, la Iglesia se ordenaba segin las
casas, es decir, segin las Iglesias domésticas
(Rm 16,5; 1 Cor 16,19; Col 4,15; Fim 2), que
eran para él un punto de apoyo y de partida en
s
is viajes misioneros, el centro de la fundacién
y la piedra angular para la construccién de la co-
‘munidad local; eran ademas lugar de oracién, de
censefianza catequética, de fraternidad cristiana y
de hospitalidad para los cristianos que estaban
de paso. Antes del viraje constantiniano, eran
también, probablemente, lugar de encuentro pa-
ra la celebracién de la cena del Seftor.
Posteriormente, en a historia de la Iglesia,
estas Iglesias domésticas desempefiaron tam-
bién un papel importante; recordemos, en parti-
cular, las comunidades laicales medievales, las,
comunidades pietistas y las iglesias libres, de
las que, desde este punto de vista, tenemos algo
que aprender. En las familias catdlicas habia, y
sigue habiendo hoy, pequefios altares domésti-
cos (rincones del crucificado) en tomo a los
cuales reunirse por la tarde o en momentos de-
terminados (adviento, vigilia de la Navidad, si-
tuaciones de necesidad o de desgracia, etc.)
para orar juntos. Pensemos también en las ben-
diciones impartidas por los padres a sus hijos,
8
en Jos simbolos religiosos, sobre todo la cruz en
la habitacién, el agua bendita para recordar el
agua bautismal, y muchos otros. Merece la pe-
na que se renueven estas hermosas précticas de
Ja piedad popular.
El Concilio Vaticano IL, remitiéndose a san
Juan Criséstomo, retomé la idea de la Iglesia
domestica (LG 11; 44 11)°. Las que solo son
breves referencias en los documentos del Con-
cilio se han convertido en extensos capitulos en
Jos documentos posconciliares, Sobre todo, la
carta apostélica Evangelii nuntiandi (1975)
prosiguié el impulso conciliar en el posconcilio
y defini6 las comunidades eclesiales de base
como esperanza para la Iglesia universal (EN
58; 71)", En Améri
Asia (Filipinas, India, Corea, etc.) las Iglesias
Latina, en Africa y en
domeésticas, en forma de «comunidades de ba-
se» (Basic Christian Communities) 0 de «pe-
quefias comunidades cristianas» (Small Chris-
tian Communities), se han convertido en una
exitosa solucién pastoral. Particularmente en
13. Juan Crusdstowo, fa Genesim Sermo, VI2; VILL
14 Tuas Panto Tl, Redemptoris missio 51; FC 21; $9.64,
‘CatdgiCat 1.685-1.658; Faancisco, Lumen fidei 2013),
sn. 525,
49Jas situaciones de minoria, de diaspora y de per-
secucién, constituyen una cuestién de supervi-
vencia para la Iglesia,
Entre tanto, los impulsos procedentes de
América Latina, de Aftica y de Asia comienzan
a dar buenos fut
8 también en la civilizacién
occidental, donde las antiguas estructuras de la
Iglesia popular se manifiestan cada vez menos
sélidas, las zonas pastorales son cada vez mas
cextensas, y los cristianos se encuentran a menu-
do en situacién de «minoria cognitive». A ello
se aflade el hecho de que, mientras tanto, la fa-
milia nuclear, que tan solo desde el siglo XVII
se desarrollo a partir de la familia extensa del
pasado, a terminado padeciendo una crisis es-
tructural, Las modemas condiciones laborales
y de vivienda han conducido a una separacion
centre el lugar donde se vive, el lugar de trabajo
¥y los lugares donde se desarrollan las activida-
des de tiempo libre, ocasionando, por consi-
‘guiente, una disgregacién de 1a casa como uni-
dad social. Por motivos profesionales, a menudo
Jos padres deben alejarse de la familia por perio-
dos de tiempo prolongados; también tas mujeres,
por razones de trabajo, 2 menudo estén presentes
solo parcialmente en la familia, Debido a las
50
condiciones de la vida actual, hostiles para la fa-
mila, la tradicional familia nuclear se encuentra
en dificultades. En el anénimo ambiente metro-
politano, especialmente en las periferias frecuen-
temente desoladas de las megalépolis modernas,
también las personas que viven en la calle se han.
convertido en personas sin patria y sin techo en
tun sentido mas profundo. Debemos construirles
‘nuevas casas, tanto en sentido literal como en.
sentido figurado.
Las Iglesias domésticas pueden ser una res-
puesta, Obviamente, no podemos simplemente
reproducir las Iglesias domésticas de la Iglesia
primitiva. Tenemos necesidad de familias ex-
tensas de un nuevo tipo, Para que las familias
nucleares puedan sobrevivir, deben estar inser-
tas en una cohesin familiar que intergenera-
cional, en la que sobre todo las abuelas y los
desempefien una funcién importante,
asi como en cérculos interfamiliares de vecinos
abuelos
y amigos, donde los nifios puedan tener un re-
fu
cianos solos, los divorciados y los progenitores
en ausencia de los padres, y donde los an-
sin pareja puedan encontrar una especie de ca-
sa. Las comunidades espirituales constituyen a
menudo el ambito y el clima espiritual para las
51
iene
weakcomunidades familiares, Esbozos de Iglesia do-
‘méstica son también los grupos de oracién, los
grupos biblicos, catequéticos, ecuménicos.
¢Cémo definir la Iglesia doméstica? Es una
ecelesiola in ecclesia, una «iglesia en pequesio
dentro de la Iglesiay. Hace presente la Iglesia
local en la vida conereta de la gente, En efecto,
alli donde dos 0 tres se retinen en el nombre de
Cristo, alli esti él en medio de ellos (Mt 18,20).
En virtud del bautismo y de la confirmacién, las
comunidades domésticas son pueblo mesiénico
de Dios (LG 9). Participan en la misién sacer-
dotal, profética y regia (\ Pe 2,8; Ap 1,6; 5,10;
ef. LG 10-12; 20-38). Por medio del Espiritu
Santo, poseen el sensus fidei, el wsentido de la
fe», un sentido intuitivo de la fe y de la praxis,
conforme con el evangelio. No son tinicamente
objeto, sino también sujeto de la pastoral fami-
iar. Pueden, sobre todo con su ejemplo, ayudar
ala Iglesia a penetrar més profundamente en la
palabra de Dios y a aplicarla de un modo més
pleno en la vida (LG 12; 35; EG 154s). Dado
‘que el Espiritu Santo le es dado a la Iglesia en
su conjunto, las Iglesias doméstic:
aislarse de manera sectaria de la communio
mds amplia de la Iglesia (EN 58; 64; EG 28).
no deben
32
Este «principio catélico» preserva a la Iglesia
de la disgregacién en iglesias particulares libres
y auténomas. Gracias a esa unidad en la multi-
plicidad, Ia Iglesia es igualmente signo sacra-
mental de unidad en el mundo (LG 1; 9).
Las Iglesias domésticas se dedican a com-
partir la Biblia. De ta Palabra de Dios obtienen
luz y fuerza para su vida cotidiana (DV 25; EG
152s). Ante la ruptura de la transmisién genera-
cional de la fe (EG 70), tienen la importante ta-
rea catequética de guiar hacia la alegria de la
fe. Oran conjuntamente por sus propias inten-
ciones y por los problemas del mundo. Deben.
celebrar junto a toda la comunidad la eucaristia
dominical como fuente y culmen de toda la vi-
da cristiana (LG 11), En el émbito familiar, ce-
lebran el dia del Sefor como dia det descanso,
de la alegria y de la comunién's, asi como los
distintos tiempos del afio itirgico, con sus ricas
tradiciones (SC 102-111). Son lugares de una
15, Juan Panto MH, Cateckest radendac (1979), n. 68
16, Un problems, al que que agui poedo tnicemente alu, se
Je platen a fos marrimonios ala familias en los que se
ddan diversas confesiones, por lo que no pueden paticipat
conjuntamente y de forma plena en ln eucarsts. Habria
ne relexionar de nuevo sobre elo
3espiritualidad de la comunién en la que se acep-
tan reciprocamente en espiritu de amor, de per-
dén y de reconciliacién y se comparten alegrias
¥y penas, preocupaciones y tristezas, regocijo y
felicidad en la vida cotidiana, en el domingo y
en los dias festivos", edificando por medio de
todo ello el cuerpo de la Iglesia (LG 41).
La Iglesia es misionera pot naturaleza (AG
2); ta evangelizacién constituye su identidad
mis profunda (EN 14; 50). Las familias, en
cuanto Iglesias domésticas, estin particular-
‘mente llamadas a transmitir la fe en sus am-
bientes respectivos. Tienen una tarea profética
¥ misionera, Su testimonio es, sobre todo, el
testimonio de vida, mediante el cual pueden ser
Jevadura en el mundo (Mt 13,33; of. Ad 2-8; EN
21; 41; 71; 76; EG 119-121). Del mismo modo
que Jesiis vino a anunciar el evangelio a los po-
bres (Le 4,18; Mt 11,5) y llamé bienaventura-
dos a los pobres, a los afligidos, a los pequefios
y a los nifios (Mt 5,3s; 11,25; Le 6,20s), asi
también enyié a sus discipulos a anunciar el
17. Con respect al domingo, véase IUaN Pasto Il, Dies Do-
‘mint (1998), na, $5.73; sobre la espiritalidad dela com-
‘munio, véase i, Novo millennia inewnte (2001), n. 43.
54
|
|
evangelio a los pobres (Le 7,22). Por eso, las
Iglesias domésticas no pueden ser comunidades
i, sino que deben abri
personas que sufren por cualquier causa, a los
sencillos y 2 los pequefios. Deben saber que el
Reino de Dios pertenece a los nifios (Me 10,14;
ef EG 197-201).
Las familias tienen necesidad de la Iglesia, y
esta necesita a aquellas para estar presente en el
centro de la vida y en los dmbitos modernos de
la existencia, Sin las Iglesias domésticas, la
Iglesia es ajena a la realidad concreta de la vie
da, Solo a través de las familias puede ser de la
casa alli donde las personas son de la casa, Su
elitistas exclusi sea las
comprensién como Iglesia doméstica es, por
consiguiente, fundamental para el futuro de la
Iglesia y para la nueva evangelizacién. Las far
miilias son las primeras y mejores mensajeras
del evangelio de la familia. Son el camino de la
55EL PROBLEMA DE LOS DIVORCIADOS
Y VUELTOS A CASAR
Svice piensa en a importancia de ta fanitia
para el futuro de la Iglesia, ef niimero cada vez
elevado de las familias disgregadas resulta ser
una tragedia ain mayor. Bs mucho el sufti-
miento que ocasiona. No basta con considerar
el problema tinicamente desde el punto de vista
y la perspectiva de la Iglesia como institucién
sacramental; necesitamos un cambio de para-
digma y debemos como hizo el buen samari-
tano (Le 10,29-37)- considerar la situacién
también desde la perspectiva de quien sufte y
pide ayuda
‘Todos saben que la cuestién de los matrimo-
nios de personas divorciadas y vueltas a casar
sun problema complejo y espinoso y que no
puede reducirse al problema de la admisién a
7Ja comunién, Concieme a toda la pastoral ma-
‘rimonial y familiar. Se inicia ya en la prepara-
cién al matrimonio, que deberia ser una muy
cuidada catequesis matrimonial y familiar. Pro-
sigue después con el acompafiamiento pastoral
de los esposos y de las familias. Y se hace real-
mente actual cuando el matrimonio y la familia
entran en crisis, En tal situacién, los pastores de
almas hardn todo lo posible para contribuir a la
curacién y a la reconciliacién de un matrimo-
nio. Su atencién no puede cesar una vez que el
‘matrimonio ha fracasado, sino que deben man-
tenerse cercanos a los divoreiados ¢ invitarles a
participar en la vida de la Iglesia,
Todos saben que existen situaciones en las
que resulta intitil todo intento razonable de
salvar el matrimonio, El heroismo de los c6n-
yuges abandonados que se quedan solos y si-
guen adelante en su soledad merece nuestra
admiracién y apoyo. Pero muchos cényuges
abandonados dependen, por el bien de los hi-
jos, de una nueva relacién y de un matrimonio
civil al que no pueden renunciar sin cargar con
nuevas culpas. Muchas veces, después de las
amargas experiencias del pasado, estas rela-
ciones les permiten saborear una nueva alegria
58
i
i
¢ incluso son percibidas a menudo como un
don del cielo.
{Qué puede hacer la Iglesia en tales situa-
ciones? No puede proponer una solucién dife-
rente o contraria a las palabras de Jests. La in-
disolubilidad de un matrimonio sacramental y
la imposibilidad de un nuevo matrimonio du-
rante la vida del otro cényuge forman parte de
la tradicién de fe vinculante de la Iglesia, que
no puede abandonarse o disolverse remitiéndo-
se @ una comprensién superficial de la miseri-
cordia a bajo precio. La misericordia de Dios,
cen altima instancia, es la fidelidad de Dios a si
mismo y a su caridad. Dado que Dios es fiel, es
también miseticordioso, y en su misericordia
también es fiel, aunque nosotros le seamos in-
fieles (2 Tim 2,13), Misericordia y fidelidad
van unidas. Debido a la fidelidad misericordio-
sa de Dios, no existe situacién humana que es-
16 absolutamente privada de esperanza y de
solucién, Por muy bajo que pueda caer el ser
humano, munca podré caer fuera de la miseri-
cordia de Dios.
La pregunta, por tanto, es la siguiente: ;c6-
mo puede la Iglesia responder a este binomio
inescindible de fidetidad y misericordia de Dios‘en su accién pastoral con respecto a los divor-
ciados y vueltos a casar civilmente? Se trata de
‘un problema relativamente reciente que no
existia en el pasado; en efecto, solo existe des-
de Ie introduceién del matrimonio civil me-
diante el Cédigo civil de Napoledn (1804) y su
progresiva implantacién en diversos paises, A
la hora de responder a esta nueva situacién, la
Iglesia ha dado en las tiltimas décadas pasos
importantes, El CIC de 1917 (can. 2.356) trata
a los divorciados y vueltos a casar civilmente
como bigamos, que ipso facto son infames y,
segim la gravedad de la culpa, pueden ser casti-
gados con Ia excomunién 0 con Ia interdiceién
personal, El CIC de 1984 (can. 1.093) no prevé
ya estos graves castigos; tan solo se han man-
tenido algunas restricciones menos graves. Fi-
nalmente, Familiaris consortio (n. 84) y Sa-
cramentum caritatis (n. 29) hablan de un modo
incluso amable acerca de estos cristianos, ase~
gurindoles que no estén excomulgados y que
forman parte de la Iglesia, e invitindoles a par-
ticipar en la vida de dicha Iglesia. Se percibe
perfectamente un tono distinto.
Hoy nos encontramos en una situacién simi-
lar a la del tiltimo concilio, También entonces
existian, por ejemplo en relacién con la cues-
‘ign del ecumenismo 0 de la libertad religiosa,
cenciclicas y decisiones del Santo Oficio que pa-
recian excluir otras vias. Sin violar Ta tradicién
dogmitica vinculante, el Vaticano I abrié tas
puertas. Podemos preguntamos: {no sera quiza
posible también en este asunto un desarrollo ul-
terior que no suprima la tradicién vinculante de
fe, sino que haga avanzar y profundice tadicio-
nes mis recientes?
La respuesta solo puede ser diferenciada.
Las situaciones son muy distintas y deben dis-
tinguirse atentamente (FC 84). Por tanto, no
puede haber una solucién general para todos los
casos, Me limito a dos situaciones en relacion
con las cuales ya se insiniian soluciones en al-
gunos documentos oficiales. Deseo plantear
tinicamente preguntas, limitindome a indicar la
direccién, de las respuestas posibles, Dat una
respuesta sera tarea del Sinodo en sintonia con
el papa.
Primera situacién, — La exhortacién apost6-
lica Familiaris consortio afirma que algunos
divorciados y vueltos a casar estin subjetiva-
mente seguros en conciencia de que st matri-
6‘monio anterior, irreparablemente destruido,
‘nunca habia sido valido (FC 84). De hecho, nu-
merosos pastores de almas estén convencidos
de que muchos matrimonios celebrados de for-
ma religiosa no han sido contraidos de manera
valida. En efecto, como sacramento de la fe, e1
matrimonio presupone dicha fe y la aceptacién
de las caracteristicas peculiares del matrimo-
nio, a saber, la unidad y la indisolubilidad. ;Po-
demos, sin embargo, en la situacién actual dar
or supuesto que los esposos comparten fa fe en
el mistetio definido por el sacramento y com-
prenden y aceptan realmente las condiciones
can6nicas para la validez de su matrimonio? La
Praesumptio iuris, de la que parte el derecho
canénico, ;no es quiz, muchas veces, una fic-
tio iuris?
Dado que el matrimonio, en cuanto sacra-
mento, tiene cardcter piblico, la deci
su validez no puede dejarse por entero a la va-
mn sobre
loracién subjetiva de la persona implicada. Se~
gin el derecho canénico, tal valoracién es com-
petencia de los tribunales eclesiisticos. Y como
‘estos no son iure divino (de derecho divino), si-
‘no que han evolucionado histéricamente, a ve-
ces nos preguntamos si /a via judicial debe ser
ro)
|
i
Ja nica via para resolver el problema, 0 si no
serian posibles ottos procedimientos mas pas-
torales y espirituales. Como altemativa, podria
pensarse que el obispo pudiera asignar esta ta-
rea a un sacerdote con experiencia espiritual y
pastoral, que podria ser el penitenciario 0 el vi-
catio episcopal.
Con independencia de la respuesta que se d&
a esta pregunta, merece la pena recordar el dis-
curso que pronuncié el papa Francisco el 24 de
enero de 2014 ante los oficiales del Tribunal de
a Rota romana, en el que afirma que la dimen-
sin juridica y la dimensi6n pastoral no estin
en contraposicién, Més atin, la actividad judi-
cial ectesial tiene una connotacién profiunda-
‘mente pastoral. Por consiguiente, hay que pre-
‘guntarse: {qué significa «dimension pastoral»?
Ciertamente, no una actitud complaciente, que
seria una concepcién totalmente errénea tanto
de Ia pastoral como de la misericordia. La
sericordia no excluye la justicia ni ha de enten-
derse como «gracia barata» 0 como una «liqui-
daciény, La pastoral y la misericordia no se
oponen a la justicia, sino que, por asi decirlo,
son la justi
causa perciben no solo un caso que hay que
suprema, porque detrés de cada
3examinar desde la 6ptica de una norma general,
sino a una persona humana que, como tal, nun-
ca puede representar un «aso» y posee siempre
una dignidad ‘nica. Ello exige una hermenéuti-
ca juridica y pastoral que, de un modo més que
justo y con prudencia y sabiduria', aplique a
una situaci6n conereta, a menudo un tanto com-
pleja, una ley general, o bien, como ha dicho el
papa Francisco, una hermenéutica animada por
el amor del buen pastor, que ve detrés de toda
prictica, de toda postura y de toda causa, a per-
sonas que esperan justicia, {Es verdaderamente
posible decidir si una persona ha actuado bien o
‘mal en segunda y tercera instancia tinicamente
apartir de unas actas, es decir, de unos papeles,
pero sin conocer a la persona y su situacién?
18, Segim TowAs ve AQUING, la vstud dela prodencia, que
‘rata de las cosas singulares(S. Th, Wil q 47 3), la
base la raz ye eiterio de toda vida buenay de todss las
virtues morales (S. Th, UML g. 57a. 5; 4. $8 aa. 4 y 5),
Sobre esta herméutica de aplicacion se reflja la distin
cidn que hace Toms entre la readin especulativay la ra-
2m prictia (87h Vtg. 90a. Lad 2:4, 91 43; 9. 94 8
et al), Puesto que se hubla de jursprudoncia y no de
jurisciencia, esa distincién es fundamental pars nuestro
|
t
|
|
Segunda situacién, ~ Seria erréneo buscar la
solucién del problema exclusivamente en una
generosa ampliacién del proceso de nulidad
matrimonial. De ese modo se crearia la peligro-
sa impresién de que la Iglesia procede de un
modo deshonesto al conceder dicha nulidad en
casos en los que se trata en realidad de auténti-
cos divorcios. Muchos divorciados no desean
tal declaracién de mulidad, pues dicen: hemos
vivido juntos, hemos tenido hijos, y eso era una
realidad que no puede declararse nula, a menu-
do dinicamente por un defecto de forma del pri-
mer matrimonio desde el punto de vista cané-
nico. Por tanto, debemos tomar también en
consideracién ta cuestion, bastante més dificil,
de la situacién del matrimonio rato y consuma-
do entre bautizados, donde la comunién de vi-
da matrimonial se ha roto irremediablemente, y
‘uno ambos cényuges han contraido un segun-
do matrimonio eivil,
La Congregacién para la Doctrina de la Fe
hizo ya en 1994 una advertencia cuando esta-
bleci6 ~y el papa Benedicto lo reafirmé duran-
te el encuentro internacional de las familias en
Milén, en 2012 que los divorciados y vueltos
a casar no pueden recibir la comunién sacra-
65mental, pero si pueden recibir la espiritual.
Ciertamente, esto no es valido para todos los di-
vorciados, sino para aquellos que estin espiri-
tualmente bien dispuestos. No obstante, mu-
cchos se sentirin agradecidos por esta respuesta,
que constituye una verdadera apertura,
Sin embargo, suscita una serie de pregunta:
En efecto, si quien recibe la comunién espiritual
‘¢5 una sola cosa con Jesucristo, ;eémo puede en-
tonces estar en contradiccién con el mandamien-
to de Cristo? :Por qué no puede recibir también
la comunién sacramental? Si excluimos de los
sacramentos a los cristianos divoreiados y vuel-
tos a casar que estén dispuestos a acercarse a
ellos, y los remitimnos a la via de la salvaciGn ex-
trasacramental, :no ponemos tal vez en entredi-
cho la fundamental estructura sacramemal de la
Iglesia? {Para qué sirven entonces la Iglesia y
sus sacramentos?
gNo pagamos con esta res-
puesta un precio excesivamente elevado? Algu-
ros sostienen que precisamente el hecho de que
no participen en la comunién es un signo de la
sacralidad del sacramento. La pregunta que se
plantea entonces es la siguiente: ;no es quiz una
instrumentalizacién de ta persona que sufte y pi-
de ayuda el hacer de ella un signo y una adver-
tencia para los demés? La dejamos sacramen-
talmente morir de hambre para que otros vivan?
La Iglesia primitiva nos da una indicacién
‘que puede servir como via de salida del dilema
ya la que ya se habia aludido et profesor Joseph
Ratzinger en 1972", La Iglesia experimenté
muy tempranamente que entre los cristianos se
da incluso la apostasia, Durante las persecucio-
nes, hubo eristianos que, debilitados en su fe,
negaron haber sido bautizados. Para estos lapsi
la Iglesia habia desarrollado Ia prictica peni-
tencial candnica como segundo bautismo, no
con agua, sino con las lagrimas de la peniten-
cia, Tras el naufragio del pecado, el néuftago
no debia tener a su disposicién una segunda na-
ve, sino una tabla de salvacién™,
De modo andlogo, también entre los ct
nos existia la dureza de corazén (Mt 19,8) y se
daban casos de adulterio, con el consiguiente
segundo vinculo cuasi-matrimonial. La res-
ia
19.4. Resco, «Zr Frage der Unufsicti derBhe
Deerkngen um Gogmengshishchen Bend sd
Snes pgenrigen Boestungy, ot Hears V
Ei feb), Bh nd Phescheding.Dikuion ner
Chrinen, Rest Vong. Minshen 1972 pp. 3556. Cl.
ina peace
20,8 Contuo ve Tate, DH S82 L672.
67i
puesta de los Padres de la Iglesia no era univoca.
Sin embargo, lo cierto es que en las Iglesias par=
ticulares existia el derecho consuetudinario, so-
bre cuya base aquellos cristianos que, aun vie
viendo todavia el primer cényuge, contraian un
segundo vinculo tenian a su disposicién, después
de un tiempo de penitencia, no una segunda na-
ve, no un segundo matrimonio, sino, a través de
la participacién en la comunién, una tabla de
salvacién. Origenes habla de esta costumbre y la
define como «no irrazonable». También Basilio
Magno y Gregorio de Nisa ~dos padres de la
Iglesia ain indivisa~ hacen referencia a esta
Practica, El propio Agustin, que en muchos otros
aspectos era bastante severo en relacién con este
asunto, al menos en un punto parece no haber ex
cluido toda solucién pastoral. Estos Padres que-
rian, por razones pastorales y con objeto de «evi-
tar lo peor, tolerar lo que de por si es imposible
aceptar. Existia, por tanto, una pastoral de la to-
Jerancia, de la clemencia y de la indulgencia, y
hhubo buenos motivos para que el Concilio de Ni-
cea, en el afio 325, confirmara esta prictica, en
contra del rigorismo de los novacionistas".
21, Conenio bs NiceA, can. 8: A aguienes se definen patos»
68
|
|
|
Como sucede a menudo, los expertos no se
ponen de acuerdo en relacién con los detalles
historicos de semejantes cuestiones. En sus de-
cisiones la Iglesia no puede quedarse fija en
una o en otra postura, Sin embargo, en linea de
principio resulta evidente que la Iglesia ha se~
‘guido buscando siempre una via més allé del
rigorismo y del laxismo, amparindose en la au-
toridad para atar y desatar (Mt 16,19; 18,18;
Jn 20,23) conferida por el Sefior. En el Credo
profesamos: «creo en el perdén de los peca-
dos». Lo cual significa que, para quien se ha
10
convertido, el perdén es siempre posible, s
es para el asesino, también lo es para el adiilte-
ro, Por consiguiente, la penitencia y el sacra-
mento de la penitencia eran el camino para
unir estos dos aspectos: la obligacién para con
la Palabra del Seftor y la misericordia infinita
de Dios. En este sentido, la misericordia de
Dios no era y no es una agracia baratay que
dispense de la conversién. Inversamente, los
sacramentos no son un premio para quien se
se Tes exigo, al acercarse a Is Iglesia eatlie, «permane-
cer en comutién con los desposades en segundas nupcias
¥ con los que sueumbieron en la persecucién» (DFT 127),
oocomporta debidamente y para una élite, exclu-
yendo a quienes més los necesitan (EG 47). La
misericordia corresponde a la fidelidad de Dios
en su amor a los pecadores, que somos todos
nosotros, y del que también todos nosotros te~
nemos necesidad,
La pregunta es: esta via mds alld del rigoris-
‘mo y del laxismo, la via de la conversién, que de~
semboca en el sacramento de la miseticordia, el
Sacramento de la penitencia, ,es también la via
que podemos recorer en la cuestién que nos
‘ocupa? Si un divoreiado que se ha vuelto a casar,
1) se arrepiente de su fracaso en el primer
matrimonio;
2) si ha cumplido con las obligaciones del
primer matrimonio y ha exchuido defini-
tivamente la vuelta atrés;
3) sino puede abandonar sin culpabilizarse
atin més los compromisos asumidos con
el nuevo matrimonio civil;
4) _sise esfuerza, sin embargo, por vivir del
mejor modo posible su segundo matri-
‘monio a partir de la fe y educar en ella
a sus hijos;
cr
'
5) _sisiente deseo de los sacramentos como
fuente de fuerza en su situacién;
{debemos 0 podemos negarle, después de un
tiempo de nueva orientacién (metdnoia), els
ceramento de la penitencia y, més tarde, el de la
comunién?
Esta posible via no serfa una solucién gene-
ral, No es el camino ancho de Ja gran mayoria,
sino la senda estrecha de la parte probablemente
iis reducida de los divorciados y vueltos a ca-
‘sar que esté sinceramente interesada en los sa-
cramentos. {No convendri, tal vez, evitar lo
peor ptecisamente en este asunto? De hecho,
cuando los hijos de los divorciados y vueltos a
casar no ven a sus padres acerearse a los sacra-
‘mentos, por lo general tampoco ellos encuentran
el camino hacis 1a confesién y la comunién,
{No tenemos en cuenta que perderemos también
a la proxima generacién, y tal vez también a la
siguiente? {No se demuestra contraproducente
la praxis que hemos venido realizando?
Un matrimonio civil descrito con criterios
claros debe ser distinguido de otras formas de
convivencia «imegulares», como los matrimo-
nios clandestinos, las parejas de hecho, y sobre
7todo Ia fornicacién y las denominadas convi-
vencias more wxorio (concubinato, matrimo-
nios selvaticos...). La vida no es solo blanca 0
negra; de hecho, tiene muchos matices.
Esta via presupone, por parte de la Iglesia,
discretio, discernimiento espiritual, sabiduria y
sensatez pastoral. Para Benito, el padre del mo-
nacato, la discretio era la madre de toda virtud
y la virtud fundamental del abad®. Lo mismo
puede aplicarse al obispo. Al igual que el rey
Salomén, necesita «un corazén décil, para que
sepa [..] distinguir el bien del mal» y gobemar
a su pueblo con justicia (1 Re 3,9). Esta disere-
tio no es un ficil compromiso entre los extre-
mos, entre rigorismo y laxismo, sino, al igual
que cualquier virtud, una perfeccién més alld
de tales extremos, el camino de la sana via in-
termedia justificada y de la justa medida”. En
este sentido, podemos aprender de muchos
grandes y santos confesores que sabian hacer
22, Barro DB NURS, Regula, 64,17-19, Mis en genetal, pa
1a Tous De AQUINO Ia pridencia 0 a sabiduria es Ia hae
se le riz yl cttero de toda vida buena: 8. Thi. 57
8.5; $82.4. CE, supra, nota 18
23, TowAs De aqutvo, 5. Th. UIT g. 64, & 1; Io, De Virtuti
us, 8.13,
R
perfectamente este discemnimiento espiritual
(an Alfonso Maria de Ligorio, por ejemplo).
Espero que por la via de esta diseretio llegue-
‘mos, a lo largo del proceso sinodal, a encontrar
‘una respuesta comin para testimoniar de un
modo creible la Palabra de Dios en las situacio-
nes humanas dificiles, como mensaje de fideli-
dad, pero también como mensaje de misericor~
dia, de vida y de alegriaCONCLUSION
a C—sCr
‘vuelvo al tema de «El evangelio de la familia.
‘No podemos limitar el debate a Ia situacién de
los divorciados y vueltos a casar y a muchas
otras situaciones pastorales dificiles que no
hemos mencionado en el presente contexto.
Debemos adoptar un punto de partida positive y
sedescubrir y anunciar el evangelio de la familia
en toda su belleza. La verdad convence por
medio de su belleza. Debemos contribuir, de
palabras y de obra, a que las personas encuen-
‘ren la felicidad en la familia y puedan, de este
modo, dar testimonio de esta su alegria a otras
familias. Debemos entender de nuevo la familia
como Iglesia doméstica y hacer de ella la via
privilegiada de la nueva evangelizacin y de la
renovaci6n de ta Iglesia, una Iglesia que esté en
‘camino al lado de la gente y con la gente,
15En la familia, las personas se sienten en casa
‘0, por Io menos, buscan uta casa en la familia,
La Iglesia encuentra la realidad de la vida en las
familias. Por eso, las familias son el banco de
pruebas de la pastoral y la urgencia de la nueva
evangelizacién, La familia es el futuro y tam-
bién para la Iglesia constituye la via del futuro.
APENDICE I
FE IMPLICITA
Li pedsgoeta de Dios os un toma recurente
en los Padres de la Iglesia (Clemente de Ale-
jandria, Ireneo de Lyon, etc.). La tradicién es-
colistica desarrollé la doctrina de la fides im-
plicita, para lo cual se inspira en Heb 11,1.6:
«La fe es fundamento de las cosas que se espe-
ran [...] quien se acerca a Dios debe creer que él
existe y que recompensa a quienes lo buscan».
Para Tomas de Aquino, el verdadero conte-
nido de la fe es la fe en Dios. Segiin él, la fe en
Dios, como meta y felicidad iltima del hombre,
yy en la providencia histérica de Dios, contiene
implicitamente las verdades de fe que concier-
nen a los instrumentos de redencién; por consi-
guiente, también a la encarnacién y la pasion de
Cristo (S. Th. IVIL q.1 a.7). Aunque en otros pa-
sajes Tomas es mas bien discordante a la hora
7$
de enumerar las verdades de fe necesarias para
la salvaci6n (por ejemplo, q. La. 6, ad 1), es po-
sible considerar esta su afirmacién central so-
bre el tema de la fe implicita (cf. el apéndice en
Deutsche Thomas-Ausgabe, vol. 15, Miinchen-
Salzburg 1950, pp. 431-437).
Asi, la tesis segan la cual para que el matri-
monio sea vélido basta con tener intencién de
contraerlo, como hacen los cristianos, es secun-
daria con respecto a este requisito minimo. En
efecto, esa intencién implica, para quien es
mente por razones culturales, la
‘mera intencién de contraer matrimonio segin el
tito de la Iglesia, algo que muchos no hacen por
fe, sino por la solemmidad y el mayor esplendor
del matrimonio religioso con respecto al civil
Para la eficacia del sacramento es impres-
cindible creer en el Dios vivo, como meta y fe-
licidad del hombre, y en su providencia, que
desea guiamos en nuestro camino de vida hacia
a meta y la felicidad definitiva. A partir de es-
ta conviccién de fe inicial, pero fundamental,
como requisito minimo para la recepcién eficaz
del sacramento, la catequesis para In prepara-
cién al matrimonio religioso debe ensefiar c6-
mo nos ha indicado coneretamente Dios esta
8
meta y el camino hacia ella y hacia la felicidad
‘en Jesucristo; como su amor y su fidelidad se
hacen activamente presentes a través de la Igle-
sia en el sacramento det matri
jonio para acom-
pafiar a los esposos y cényuges, con los hijos
que Dios quiera darles, en su camino futuro de
vida comin y conducitlos a la felicidad, a la vi-
da en y con Dios y, finalmente, a la vida eterna,
De este modo, el misterio de Cristo y de la Iele-
sia, que se conereta en el matrimonio, se iri
descubriendo paso a paso.
79|
|
1
APENDICE II
PRACTICA DE LA IGLESIA PRIMITIVA
Soos et Nuevo Testamento, el adulterioy ia
fornicacién son comportamientos radicalmente
‘opuestos al ser cristiano, Asi, en la Iglesia pri-
mitiva, junto a la apostasia y al homicidio, en-
tre los pecados capitales que exclufan de la Igle-
sin se encontraba también el adulterio. Puesto
que, segiin el pensamiento veterotestamentario-
judio, la fornicacién de un cényuge «contami-
naba» al otto cényuge y a toda Ja comunidad
(Lv 18,25.28; 19,29; Dt 24,4; Os 4,2s; Jr 3,1-
3.9), en conformidad con las cléusulas sobre el
adulterio que aparecen en Mateo, que escribia
para judeo-cristianos (Mt 5,32 y 19,9), al hom-
bre se le permitia, y a veces era incluso nece-
sario, repudiar a la esposa adiltera, En este
sentido, los Padres, ya desde el comienzo, atri-
81buyeron una gran importaneia al hecho de que
tanto el hombre como la mujer poscen los mis-
‘mos derechos y los mismos deberes.
Pero no es posible obtener de los textos una
absoluta claridad con respecto a la prictica del
repudio por adulterio en la Iglesia primitiva.
Tales textos, de hecho, no siempre distinguen
entre adulterio y fornicacién, entre bigamia si-
multinea y bigamia consecutiva tras la muerte
del primer cényuge (también esta iiltima era
materia de debate), entre separacién por falleci-
nto © por repudio. Sobre las correspondien-
tes cuestiones exegéticas e histéricas existe una
amplia literatura, en la que es casi imposible
orientarse, © interpretaciones diferentes. Por
ejemplo, puede citarse, por una parte, a 0. CE-
RETI (Divorzio, nuove nozze e penitenza nella
Chiesa primitiva, Bologna 1977, 2013) y, por
otra, a H. Couzet (L'Eglise primitive face au
divorce, Patis 1971) y J. RATZINGER («Zur Fra-
‘ge der Unaufléstichkeit der Bhe. Bemerkungen
zum dogmengeschichtlichen Befund und seiner
‘gegenwirtigen Bedeutung», en [F. Heinrich y
V. Eid (eds.)], Ehe und Ehescheidung, Miinchen
1972, pp. 35-56 [también en LOsservatore Ro-
mano, 30 de noviembre de 2011).
2
No obstante, no cabe la menor duda de que
en la Iglesia de los primeros siglos, en muchas
Iglesias locales existia por derecho consuetudi-
nario, después de un tiempo de arrepentimien-
to, la prictica de Ia tolerancia pastoral, la cle-
mencia y la indulgencia. Sobre el trasfondo de
esta prictica debe también tal vez entenderse el
canon 8 del Concilio de Nicea (325), dirigido
contra el rigorismo de Novaciano. Este derecho
consuetudinario es expresamente testificado
por Origenes, que lo considera no irrazonable*.
‘También hacen referencia a él Basilio Magno
(Carta 1884 y Carta 199,18), Gregorio Na-
zianceno” y algunos més. Explican lo «no irra-
zonable» con la intencién pastoral de «evitar 1o
peor. En la Iglesia latina, por medio de Ia au-
toridad de Agustin, se abandond esta préctica
en favor de una més severa. Sin embargo, tam-
bien Agustin habla en un pasaje de «pecado ve-
nial», Por consiguiente, no parece haber ex-
cluido por principio toda solucién pastoral.
Posteriormente, 1a Iglesia de Oceidente, en las
24, Comentario af Evangelio de Mateo XIV, 23.
25. Oratio 37.
26. La fey las obras, 19, 35.situaciones dificiles, para tomar decisiones en
los Sinodos y otros encuentros, siempre buscé
~y encontré~ soluciones concretas.
de Trento, segin P. Fransen («Das Thema
“Ehescheidung und Ehebruch” auf dem Konzil
von Trient [1563)»: Concilium 6 {1970}, pp.
343-348), condené la postura de Lutero, pero no
Ja prictica de la Iglesia de Oriente. H. Jedin est
sustancialmente de acuerdo con esta valoracién.
Las Iglesias ortodoxas han conservado, en
conformidad con el punto de vista pastoral de la
tradicién de Ia Iglesia primitiva, el principio,
valido para ellas, de la oikonomia. A partir del
siglo VI, sin embargo, y remitiéndose al dere-
cho imperial bizantino, fueron més alld de la
mera tolerancia pastoral, la clemencia y la in-
dulgencia, reconociendo, junto a las cliusulas
del adulterio, también otros motives de divor-
cio que tienen su origen en la muerte moral y no
solo fisica del vinculo matrimonial. La Iglesia
de Occidente ha seguido otro itinerario. Exelu-
ye la disolucién del matrimonio sacramental ra-
to y consumado entre bautizados (CIC can,
1.141), pero admite ef divorcio para el matri
monio no consumado (CIC can. 1.142), asf co-
‘mo en el caso del privilegio paulino y petrino y
I Coneilio
4
de los matrimonios no sacramentales (CIC can,
1.143). Junto a todo ello, nos encontramos con
Jas declaraciones de nutidad por defecto de for-
ma, a propésito de lo cual cabria preguntarse,
no obstante, si no se estin poniendo en primer
plano, de forma unilateral, puntos de vista juri-
ricamente muy tardios.
dicos que son his
J. Ratzinger sugirié retomar de un nuevo
modo la postura de Basilio, la cual pareceria ser
‘una solucién apropiada y que esta también en la
base de mis reflexiones. No podemos hacer re-
ferencia a una u otra interpretacién histérica,
que siempre ser controvertida, ni siquiera re-
producir simplemente las soluciones de Ia Igle-
sia primitiva en nuestra situacién, que es com-
pletamente distinta. No obstante, en la situacién
actual, tan diferente, podemos retomar los con-
ceptos de base y tratar de Hlevarlos a la préctica
en el presente, de una manera justa y ecuénime
a la luz del evangelio.(CONSIDERACIONES FINALES
SOBRE EL DEBATE
A\sre todo, debo dar graci
particular al Santo Padre por sus amistosas pa-
.y de un modo
labras y por la confianza que me ha mostrado al
confiarme este informe. Os agradezco también
1 todos le paciencia que habéis tenido al escu-
charme hablar durante tanto tiempo. Debo agra-
fs, las reacciones, tanto favorables
como més 0 menos eritieas. No pretendo ni
puedo evaluar todas y cada una de las reaccio-
nes, sino que me limito a subrayar tres puntos.
decer, ade
1. Coincidimos en que la palabra de Jests,
segiin la cual el hombre no puede separar lo que
Dios ha unido (Mt 19,6), debe ser el punto de
partida y el fundamento de todas nuestras deli-
beraciones. Nadie pone en entredicho Ja indiso-
ubilidad de un matrimonio sacramentalmente
rato y consumado (ratum et consummatumi).
a7Pero seguramente estaremos también de
acuerdo en que la palabra de Jesiis no puede ais-
Iarse del contexto global de su mensaje sobre el
reino de Dios y sobre el amor y la misericordia
de Dios, si como en el hecho de que debe mis
bien interpretarse en el marco de ese contexto,
Del mismo modo, ha de entenderse la doctrina
de Ia indisolubilidad del matrimonio a partir del
contexto interno de los misterios de la fe (Conci-
lio Vaticano I; ef. DH 3.016) y segimn la jerarquia
de las verdades de fe (Concilio Vaticano Il en UR
11), Por tanto debemos comprender y cumplir la
palabra de Jestis y la doctrina de la Iglesia en co-
nexién con el mensaje de Jestis acerca de la infi-
nita misericordia de Dios para con todo el que se
convierta y la desee. A este respecto, estamos de
acuerdo en que la misericordia no es una «gracia
baratan. No dispensa de Ja conversion personal
ni, obviamente, elimina la verdad. La misericor-
dia esté vinculada a la verdad, y viceversa, la
verdad esté vinculada a la misericordia, La mi-
sericordia ¢s el principio hermenéutico para in-
terpretar la verdad, Esto significa que la verdad
se realiza en la caridad (ef. Ef4,15),
Allo se afiade un ulterior principio herme-
néutico, Segin la comprensién catdlica, la pa-
88
labra de Jestis debe interpretarse en el contex-
to de toda la tradicién de la Iglesia. En nuestro
caso, esta tradicién no es en absoluto tan unili-
neal como se ha afirmado con frecuencia, Hay
cuestiones histéricas y diferentes opiniones de
expertos que deben tomarse en serio y de las
que no podemos simplemente desembarazar-
nos, La Iglesia ha intentado constantemente on-
contrar una via mas alla del rigorismo y del la-
xxismo, es decir, ha tratado de hacer la verdad en
la caridad,
2. La unicidad de toda persona es un aspecto
constitutivo de la antropologia cristiana, Ningin
ser humano es simplemente un caso de una
esencia humana universal, ni puede ser juzgado
solamente de acuerdo con una regla general. En
las palabras de Jess jamas aparece ningtin «-is-
mo»: ni individualismo, ni consumismo, ni ca-
pitalismo, ni relativismo, ni pansexualismo, et
De lo que si habla Jesis en una de sus parébo-
las es del buen pastor que deja a las noventa y
nueve ovejas para ir a buscar a la tinica que se
habia perdido, para, una vez encontrada, car-
gérsela sobre los hombros y levarla de nuevo
al redil, Y afiade Jestis: «Habri més fiesta en el
aciclo por un pecador que se arrepienta que por
noventa y nueve justos que tienen necesidad de
arrepentimiento» (Le 15,1-7).
Dicho de otro modo: no existen los divorcia-
dos y vueltos a casar; existen, mas bien, situa-
ciones muy diversificadas de divorciados y
vueltos a casar, que deben distinguirse con su-
mo cuidado. Ni siquiera existe Ja situacién ob-
jetiva, que se opone a la admisién a la comu-
nién, sino que existen muchas situaciones obje-
tivas bastante diferentes. Si, por ejemplo, una
mujer ha sido abandonada por el marido sin
‘culpa por su parte y, por amor a los hijos, nece-
sita un hombre o un padre, ¢ intenta honesta-
mente vivir una vida cristiana en un segundo
matrimonio contraido civilmente y en una se~
gunda familia, educa cristianamente a los hijos
Y se compromete ejemplarmente en Ia parro-
quia (como sucede con frecuencia), entonces
también eso forma parte de la situacién objeti-
va, que se distingue esencialmente de aquella
otra que lamentablemente constatamos con bas-
tante frecuencia: la de quien, mas 0 menos indi-
ferente desde el punto de vista religioso, contrae
tun segundo matrimonio civil y lo vive también
‘mis © menos alejado de la Iglesia,
90
No podemos, por tanto, podemos partir de
un concepto de la situacién objetiva reducida a
tun tmico aspecto. Mas bien, debemos pregun-
tamos en serio si creemos realmente en el per~
dén de los pecados, como profesamos en el
Credo, y si ereemos realmente que alguien que
ha cometido un ertor, se arrepiente de él y -no
pudiendo eliminarlo sin incurrir en una nueva
culpa~ hace, sin embargo, todo cuanto esta en
sus manos, puede obtener el perdén de Dios.
4Podemos negarle entonces la absolucién? ;Se-
ria este el comportamiento de! buen pastor y del
samaritano misericordioso?
Es cierto que para estos casos particulares la
tradicién catélica no conoce, a diferencia de las
Iglesias ortodoxas, ef principio de la oikono-
‘mia, pero si conoce el principio andlogo de 1a
epicheia, del discernimiento de espiritus, del
equiprobabilismo (Alfonso Marfa de Ligorio),
© bien Ia concepcin tomista de la fundamental
virtud cardinal de Ia prudencia, que aplica una
norma general en la situacién concreta (cosa
que, en el sentido que le da Tomas de Aquino,
‘no tiene nada que ver con la ética de situacién)
En suma, no hay, en el tema que nos ocupa,
una solucién general para todos los casos. No
91se trata de Ja admisién de los divorciados y
‘yueltos @ casar. Mas bien, es preciso tomar en
serio la unicidad de cada persona y de cada si-
tuacién conoreta y distinguir euidadosamente y
decidir caso por caso, A este respecto, el cami-
no de la conversién y de la penitencia, tan va-
riopinto como lo conocié la Iglesia primitivo,
no es el camino de la gran masa, sino el cami-
no de individuos cristianos que han tomado
realmente en serio los sacramentos.
3. El beato John Henry Newman escribié su
famoso ensayo On Consulting the Faithful in
Matters of Doctrine, donde mostré que duran-
te la crisis arriana de los siglos TV y V quienes
conservaron la fe de la Iglesia fueron los fieles,
no Jos obispos. En su tiempo, Newman fue ob-
Jjoto de numerosas criticas, pero asf fue como se
convirtié en un precursor del Concilio Vaticano
I, que puso claramente de manifiesto la doctri-
na del sentido de ta fe que se le da a todo cris-
tiano a través del bautismo (LG 12; 35)
27, Trad, esp. Consulta a las fieles en materia doctrinal,
Universidad Pontifiia de Salamance, Salamance 2001
92
r
Es necesario tomar en serio este sensus fidei
de los ficles precisamente en el asunto que nos
‘ocupa. En este Consistoria somos todos célibes,
mientras que la mayor parte de nuestros ficles
viven la fe en el evangelio de la familia, en si-
tuaciones familiares coneretas y a veces muy
dificiles. Por eso deberiamos escuchar su testi-
monio, asi como lo que tengan que decimnos los
colaboradores y colaboradoras pastorales y los
consejeros que trabajan en la pastoral familiar.
Por tanto, todo este asunto no puede ser decidi-
do exclusivamente por una comisién de la que
formen parte tinicamente cardenales y obispos.
Lo cual no excluye que la titima palabra en el
Sinodo ha de contar con el acuerdo del papa.
Todo este asunto suscita grandes expectati-
vas en la Iglesia. Indudablemente, no podemos
responder a todas ellas. Pero si nos, limitéra-
‘mos a repetir las respuestas que supuestamente
han sido dadas ya desde siempre, se produciria
‘una tremenda decepcién. En cuanto testigos de
la esperanza, no podlemos dejarnos guiar por
una hermenéutica del miedo. Hacen falta coraje
y, Sobre todo, libertad (parrésia) biblica. Si no
lo queremos asi, entonces tal vez no deberiamos
93celebrar ningéin Sinodo sobre este tera, porque
en tal caso la situacién subsiguiente seria peor
que Ia anterior. Al abrir la puerta deberiamos
dejar al menos un resquicio para la esperanza y
Jas expectativas de las personas y ofrecer al me-
nos algin indicio de que también por nuestra
parte nos tomamos en serio las esperanzas, las
peticiones, los suftimientos y las ligrimas de
tantos cristianos serios
EPiLoGo
éQUE PODEMOS HACER?
Lis consideraciones que hemos presentado
en el Consistorio han venido precedidas, desde
hace ya varios afios, por didlogos con pastores
de almas, consejeros matrimonials y familia
res, asi como con parejas y familias interesadas
en el tema. Inmediatamente después de la pre-
sentacion de este informe se han reanudado es-
tas conversaciones de forma espontinea. Sobre
todo, nuestros hermanos en el ministerio quie~
ren saber, por lo general con la mayor premura
posible, qué deben o pueden hacer en concreto,
Estas peticiones son comprensibles y justifica-
das, Sin embargo, no hay recetas simples. Y
mucho menos pueden imponerse en la Iglesia
determinadas soluciones de forma arbitraria 0 a
base de maquinaciones intimidatorias, Para lle-
95gar a una solucién posiblemente undnime es
preciso dar muchos pasos.
En las cuestiones referentes a la sexualidad,
al matrimonio y a ta familia, el primer paso
consiste, ante todo, en que seamos nuevamente
capaces de hablar y descubrir una via de salida
de la inmovilidad ocasionada por un enmudeci-
miento resignado frente a la situacién de hecho.
Preguntarse simplemente que es licito 0 qué es-
{ prohibido, no es algo que nos sirva aqui de
‘mucha ayuda, Las cuestiones relativas al matri-
monio y a la familia ~entre Jas cuales la cues-
tién de los divorciados y vueltos a casar es tan
solo una més, aunque se trate de un problema
urgente~ forman parte del contexto general en
el que nos preguntamos cémo pueden las per-
sonas encontrar la felicidad y la plenitud de su
vida,
De este contexto forma parte, de un modo
absohitamente esencial, e! modo responsable y
gratificante de relacionarse con el don de la se~
xualidad, don hecho y confiado por el Creador
a los seres humanos. La sexualidad debe hacer
salir del callej6n sin salida y de la soledad de un
individualismo autorreferencial y conducir al
96
«tion de otra persona y al «nosotros» de Ja co-
munidad humana. El aistar la sexualidad de ta-
les relaciones globalmente humanas y reducirlo
a puro sexo no ha conducido a la tan ponderada
liberacion, sino a su banalizacién y comerciali-
zacion, La consecuencia de todo ello es la muet~
te del amor erético y el envejecimiento de nues-
‘tra sociedad occidental. El matrimonio y la fa-
milia son el dltimo reducto de resistencia contra
un economicismo y tecnificacién de la vida que
todo lo calcula con frialdad y todo lo devora, Te-
‘nemos todas las razones del mundo para compro-
metemos lo més posible en favor del matrimonio
y de la familia y, sobre todo, para acompaiiar y
animar a los jévenes en este camino.
Un segundo paso, dentro de la Iglesia, con-
siste en una renovada espiritualidad pastoral
que deje de incurrir, de una vez, en una mez~
quina consideracién legalista y en un rigorismo
no cristiano que impone a las personas pesos
insoportables que nosotros, los clétigos, no
queremos y ni siquiera sabriamos cémo evar
(cf. Mi 23,4), Las Iglesias orientales, con su
principio de la ofkonomia, han desarrollado un
recorrido bastante ajeno a Ia alternativa entre ri-
7i
gorismo y laxismo, del que nosotros podemos
ecuménicamente aprender. En Occidente cono-
cemos Ja epichefa, la justicia aplicada al caso
individual, que segtin Tomas de Aquino es la
justicia mayor.
La vikonomia no es ante todo un principio
del derecho canénico, sino una fundamental ac-
titud espiritual y pastoral que aplica el evange-
Tio segtin el estilo de un buen padre de familia,
entendido como oikondmos, segin el modelo
de la economia divina de fa salvacién. Dios, en
su economia salvifica, ha dado muchos pasos
juntamente con su pueblo y ha recorrido, en el
Espiritu Santo, un largo camino con la Iglesia.
Andlogamente, la Tglesia debe acompafiar a las
personas en su andadura hacia el final de la vi~
da, y en este punto deberia ser consciente de
que también nosotros, como pastores, estamos
siempre en camino y que con bastante frecuen-
cia nos equivocamos, tenemos que comenzar de
nuevo y ~gracias a la misericordia de Dios, que
no tiene fin podemos recomenzar una y otra
vez.
La oikonomia no es una trayectoria o inclu
so una via de salida wbaratas», sino que hace
que nos tomemos en setio el hecho de que, co-
98
‘mo Martin Lutero lo formulé precisamente en
la primera de sus tesis sobre las indulgencias
(1517), toda la vida del cristiano es una peni-
tencia, es decir, un continuo cambiar de modo
de pensar y una nueva orientacién (metdinoia).
E| hecho de que lo olvidemos con frecuencia y
de que hayamos, imperdonablemente, descui-
dado el sacramento de Ia penitencia como sa-
‘cramento de la misericordia, es una de las heri-
das mds profundas del cristianismo actual, La
via penitencial (via poenitentialis) no es, por
ello, algo destinado ‘inicamente a los divorcia-
dos y vueltos 2 casat, sino a todos los cristianos.
Solo si en la pastoral nos orientamos de nuevo
de este modo profundo y global, avanzaremos
también en las cuestiones concretas que se nos
presentan una tras otra.
Un tercer paso concierne a la traduccién ins-
titucional de estas consideraciones antropologi-
‘cas y espirituales. Tanto el sacramento del ma-
trimonio como el de la eucaristia no son una
cuestion meramente individual y privada, sino
que poseen un cardcter comunitario y pablico
por ello mismo, wna dimensién juridica. El ma-
trimonio celebrado en la iglesia debe ser com-partido por toda la comunidad de la Iglesia,
concretamente de la parroquia, y el matrimonio
civil se encuentra bajo la tutela de la Constitu-
cién y del ordenamiento juridico del Estado,
Considerados en este contexto mas amplio, los
procedimientos canénicos en cuestiones matri-
moniales necesitan set reorientados espiritual y
pastoralmente. Ya existe hoy un amplio consen-
so en relacién con el hecho de que los procedi-
‘mientos unilateralmente administrativos y lega-
les, segiin el principio del tuciorismo, no hacen
Justicia a la salvacién y al bien de las personas
yasu situacién concreta de vida, a menudo més
compleja. No estamos abogando con esto en fa-
vor de una gestion mds laxista o de una mayor
liberalidad en la
trimonial, sino mas bien deseamos que se sim-
plifiquen y se aceleren estos procedimientos y,
sobre todo, que se sitiien en el marco de colo-
quios pastorales y espirituales, en el contexto
de un asesoramiento de tipo pastoral y espiri-
tual, en ol espiritu del buen pastor y del samari-
tano misericordioso,
declaraciones de nulidad ma-
Existe una mayor controversia en relaci
nm
con un cuarto paso, referente a situaciones en
‘100
fas que no es posible una declaracién de nuli-
dad del primer matrimonio 0, como sucede en
‘no pocos casos, no se desea porque no se con-
sidera honesta. La Iglesia deberia.animar,
acompaiiar y apoyar, desde todo punto de vista,
a quienes, después de una separacién civil, em-
prenden el duro camino de ta soledad. Unas
nuevas formas de Iglesias domésticas pueden
servir aqui de gran ayuda y ofrecer una nueva
posibilidad de sentirse en casa. El eamino para
‘hacer posible a los divoreiados que se han vuel-
to a casar civilmente, en situaciones concretas y
después de un periodo de reorientacién, el ac-
ceso a los sacramentos de la penitencia y de la
a, debe recorrerse en cada caso conere-
euearis
to contando con Ja tolerancia 0 el ticito con-
sentimiento del obispo. Ahora bien, 1a discre-
pancia entre el ordenamiento oficial y la ticita
praxis local no es una situa
satisfactoria.
sion nueva del todo
Aunque no sea posible y ni siquiera deseable
una casuistica, habrfa que proporcionar y anun-
ciar piblicamente los criterios vinculantes. En
mi informe he tratado de hacerlo. Obviamente,
esta propuesta puede mejorarse. Sin embargo,
la esperanza de muchisima personas esté justi-
10
eaves STEN!
PUALES DOMUCEEficada: la esperanza de que el proximo Sinodo,
irigido por el Espiritu de Dios, después de ha-
ber ponderado todos los puntos de vista, pueda
indicar un camino bueno y comin”,
28, Une ayuda, de gran sabiduriaespiritul y pastoral, en la
linea de saa Alfonso Maria de Ligorio, patrono de los
teSlogos morales, es el breve pero interesantisimo libro
eB. Anan, ¢Hlay una salida?: pastoral para divorcia- {
dos, Herder, Barcelona 1990,
i02