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El Rey Midas: Cuento Completo

El cuento narra la historia del rey Midas, quien deseaba que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Su deseo se hizo realidad pero pronto descubrió que ya no podía comer ni abrazar a su hija Caléndula, lo que lo llenó de tristeza. Midas aprendió que el oro no es más importante que las personas y las cosas que realmente importan en la vida. Un desconocido lo ayudó a deshacer el hechizo bañándose en un río.

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El Rey Midas: Cuento Completo

El cuento narra la historia del rey Midas, quien deseaba que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Su deseo se hizo realidad pero pronto descubrió que ya no podía comer ni abrazar a su hija Caléndula, lo que lo llenó de tristeza. Midas aprendió que el oro no es más importante que las personas y las cosas que realmente importan en la vida. Un desconocido lo ayudó a deshacer el hechizo bañándose en un río.

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OA: Comprenden texto mediante lectura con el fin de profundizar en sus habilidades de comprensión lectora

El rey Midas
Anónimo

Érase una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el
mundo, pero a pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como
cuando obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas
subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra vez.

Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía: "Será la princesa
más rica del mundo". Pero la pequeña Caléndula no daba importancia a su fortuna.
Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol más que todas las riquezas de su padre. Era
una niña muy solitaria, pues su padre siempre estaba buscando nuevas maneras de
conseguir oro, y contando el que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear
con ella, como deberían hacer todos los padres.

Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las gruesas
puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre mesa y lo tocaba con
adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al oír el tintineo, como si fuera una
dulce música. De pronto una sombre cayó sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un
sonriente desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro
de haber atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se
limitaba a sonreír.

- Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. "Sí -respondió el rey-, pero es muy poco comparado
con todo el oro que hay en el mundo." "¿Qué? ¿No estás satisfecho?" -preguntó el
desconocido. "¿Satisfecho? -exclamó el rey-. Claro que no. Paso muchas noches en vela
planeando nuevos modos de obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara
en oro." "¿De veras deseas eso, rey Midas?". "Claro que sí. Nada me haría más feliz."
"Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana, cuando los primeros rayos del sol
entren por tu ventana, tendrás el toque de oro."

Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se frotó los
ojos. "Debo haber soñado -se dijo- , pero qué feliz sería si eso fuera cierto". A la mañana
siguiente el rey Midas despertó cuando las primeras luces aclararon el cielo. Extendió la
mano y tocó las mantas. Nada sucedió. "Sabía que no podía ser cierto", suspiró. En ese
momento los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey
Midas apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. "¡Es verdad! -exclamó con regocijo-.
¡Es verdad!".

Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles,
todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de Caléndula. "Le daré una
grata sorpresa", pensó. Bajó al jardín, tocando todas las flores de Caléndula y
transformándolas en oro. "Ella estará muy complacida", se dijo.

Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche
anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo. "Ahora no puedo leer -dijo-,
pero desde luego es mucho mejor que sea de oro". Un criado entró con el desayuno del
rey. "Qué bien luce -dijo-. Ante todo, quiero ese melocotón rojo y maduro." Tomó el
melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una
pepita de oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. "Es precioso, pero no puedo comerlo",
se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.

En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba


amargamente, y traía en la mano una de sus rosas." ¿Qué sucede, hijita?", preguntó el
rey. "¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!". "Pues son
rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?". "No -gimió la niña-, no tienen
ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas". "No importa -dijo el rey-,
ahora toma tu desayuno". Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy
triste. "¿Qué sucede, querido padre?", preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello
y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el
adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios
no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y
cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a
llorar. "¿Eres feliz, rey Midas?", dijo una voz. Al volverse, Midas vio al desconocido. "¡Feliz!
¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!", dijo el
rey. "Tienes el toque de oro -replicó el desconocido-. ¿No es suficiente?". El rey Midas no
alzó la cabeza ni respondió. "¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas
de oro?". El rey Midas no pudo responder. "¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua
de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?". "Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te
daré todo el oro que tengo -dijo el rey-. He perdido todo lo que tenía de valioso." "Eres
más sabio que ayer, rey Midas -dijo el desconocido-. Zambúllete en el río que corre al pie
de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su
antigua forma. El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua
y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a sus mejillas.
La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos.
Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el
oro del cabello de la pequeña Caléndula.

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