Carne para la cena: Relatos de un pueblo
Carne para la cena: Relatos de un pueblo
BERNARDO PEGUEROS
CARNE PARA LA CENA
EditorialREYdeARDILLAS
Diseño e ilustración de portada: Dinno Pegueros
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D.R. Rey de Ardillas Editorial Independiente
Creado en México
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida total ni
parcialmente sin consentimiento por escrito del autor y la editorial.
ÍNDICE
ÍNDICE
MISTERIOS DOLOROSOS
EL CREADOR
EL PRECIO DE UN VIAJE
PRIMER CUADRO
Nunca se había visto tanta actividad en Serentilic de Angustias. Todos los del pueblo se veían
apresurados atravesar la plaza al ponerse el sol, la mayoría tenían que pasar por este punto de
cruce. Ni un alma quedaba después de cinco minutos de la hora de la salida en la
chicharronería, las tiendas de ropa, las tortillerías, el ayuntamiento. Todos compartían un
temor que los hacía regresar urgidos, raspando las banquetas con sus huaraches rechinantes,
con sus suelas llenas de agua y sol, de vómito, alpiste, cerveza y todas las sustancias que se
encuentran en las plazas de cualquier pueblo. Un temor cosquilleante hacía que las piernas
fueran aprisa, aprisa. Su temor se acallaba al entrar y cerrar de golpe la puerta de su casa,
dejando del otro lado la creciente oscuridad, pesada y nebulosa, que hacía que los ojos se
retorcieran con ligeras lágrimas por la hora del cambio de luz. Las puertas de las casas,
sonaban, una tras otra, como ecos en todas las calles, algunos sonidos se confundían entre sí,
las puertas se escuchaban como fichas de dominó cayendo en hilera. El pueblo se guardaba
herméticamente para despedir el día laboral, los sembradores y recolectores, ganaderos,
vigilantes, caporales y policías se encontraban ya en sus casas al igual que todos los demás
habitantes. Ni un alma recorría las calles.
Quien se olvidaba del toque de queda tácito, estaba perdido.
***
“No siempre se ve carne agobiada a esta hora, tan solita, desanimada. Debe buscarme, me
necesita, me requiere y en silencio me implora que le socorra en su dolor. Alguna muchacha
desalmada le ha dejado por los suelos, las lágrimas calladas, negras, viscosas, un tanto secas y
brillantes rondan sus cachetes, delinean las facciones suaves y marcadas de su rostro. Camina
mirando al frente, tiene los ojos en el horizonte, pero los ojos que realmente miran, los que no
se ven desde afuera, continúan llorando, agachados y filosos, rompen y cortan cada recuerdo
que le llega, lo regeneran y vuelven a cortarlo una y otra vez, tratando de descartar a la
muchacha valentona y abusiva que ha terminado con el lazo que los unía. ¿Culpable?
¿Inocente? Yo no lo quiero juzgar. Es un hombre bello y sumiso, ha aceptado su situación de
amante y se remite a las consecuencias. Antes nunca había visto un varón de su edad llorar en
este pueblo, no son tan hombres como para aceptar su derrota, nunca declinan su opinión y
matan a las muchachas que se atreven a mandarlos al cuerno. Pero este no, este camina hacia
mí. Un rápido sorbido de la nariz regresando los mocos al interior. Sus zapatos deben ser de
un tacón muy duro, resuenan en el piso como pequeños martillos... Con esos paso siento que el
caminante me invoca: ‘señor carnefo apiádese de mí y termine mi suplicio, corte mi depresión
de tajo, no deje rastro de mis desvelos por esa muchacha mal pagadora, tome mis pedazos y
entiérrelos en una ceremonia sublime cerca del cerro del Miscatiác, donde podré ser venerado
por siempre’. Sí, lo viene implorando, ¿quién que no busque eso se atreve a salir en mis horas,
en las horas del carnefo? Todos en este pueblo saben que si salen a estas horas no vivirán,
saben de mi fuerza y mi presencia, de mi inquietud y de lo bien que les viene el olor de la
noche a todos.
Un ruido ajeno, ligero y sutil me distrajo al pasar, viene de adentro de una casa, es rítmico y
repetitivo, alguien quiere tener más descendencia; pero eso no es de mi interés. El muchacho
se acerca, sus zapatos de bailarín caminan cada vez en voz más alta, casi puedo oler su
perfume, cargado de rebosante hedor nocturno, del pastel grato de la oscuridad y su betún en
el que pienso bañar mi cuerpo y regodearme mientras destrozo ese lindo cuerpecillo de
colegio matutino, lleno de impuntualidad e ideas indómitas; locuras de adolescencia y sudor
de las faldas de colegialas, ese suave color del aroma de la noche, una hermosa combinación de
la pestilencia de la vida nocturna. El sonido firme de los tacones bailarines es tan alto que está
a dos pasos de cruzar frente a este callejón, al momento que pasa escucho también el
rechinido brillante y apretado del charol, cuando se adelanta salgo a seguirle el paso, mi
máscara protege mi rostro y al mismo tiempo embellece mi atuendo, me otorga delicadeza,
hombría y un fino porte, es como si trajera a la vez un bastón conmigo, me llena de locura
premeditada, de carisma y de un contoneo lujurioso al caminar. Soy un sombrero de copa.
Sigo los pasos del joven, me encanta mi meneo silencioso y alegre, oscuro y ligero... y la
inocencia de un adolescente con cuerpo de campirano y las ganas de saborearlo llenan con su
olor las fauces de mi hocico, el hocico de la máscara que es parte de mí. Ese aroma hace
enchinar mi piel y genera la cálida sensación del hambre en mis entrañas, es la sangre que
huele el tiburón, un sabroso imán para mis fosas nasales. Pero él sigue sin notar mi presencia,
mis pasos que van detrás de su tristeza. El joven sufre una melancólica recaída y explota de
nuevo en generosos sollozos palpitantes que envuelven la imagen, que le otorgan personalidad
y nombre a este momento. Entonces lo llamo:
—Alicaído caminante...
Había venido a buscar esto, su depresión lo había orillado a retar a la muerte en los misterios
del carnefo. Tendrá una paga justa y honorable.
Cálidas lenguas líquidas recorren mi brazo, color marrón por la oscuridad. He capturado su
cuerpo hábilmente antes de que toque el piso. Ha sentido en cuanto apenas la hoja delgada de
mi hoz y ha dejado de existir entre mis brazos, no tuvo tiempo de cerrar los ojos, de gritar o de
asustarse. Una muerte digna, noble y que conserva su olor. Hermano mío, fuiste un hombre
bello que derramó lágrimas y sangre por una dama, por el desánimo del amor, tomaste una
bella decisión, equivocada para todos los demás, pero muy atinada para tu alma, has tomado
parte en mi fiesta. La hoja delgada y sin dientes, afilada con maestría y pulida a diario de mi
hoz ha tocado de nuevo a una víctima sabrosa, merecedora y gustosa. Hacía mucho tiempo que
nadie buscaba respuestas a su depresión en mi territorio, en el territorio del carnefo, del
animal astuto; el territorio de la noche.”
***
—¿Y qué andaba buscando a esas horas Gabino? Qué se me hace que se había quedado
de ver con una de las muchachas de don Felipe, yo lo he visto muy ojoalegre con una de
las más chicas.
—¡Qué va! si precisamente ese fue el problema, doña Justi, lo que dicen es que el muchacho ya
había ido con Dulce, que como usted bien dice es de las hijas más chicas de don Felipe. Lo que
pasó es que la tal Dulce y él se habían estado viendo en secreto varios días antes de que su
padre saliera de la carnicería, porque si lo agarra don Felipe, el carnefo se queda con las ganas.
Entonces ahí tiene que se andaban viendo en secreto, pero lo que no sabía el niño Gabino era
que Dulce se había hecho apenas con un novio de a deveras, uno que sí aprobaba don Feli, así
que en cuanto se iba Gabino al poco ratito llegaba el otro, que echaba su vuelta desde Royula.
—¿Y nadie le dijo de eso a don Feli?
—Varios de sus vecinos no se animan ni a hablarle, ya ve que todas se las toma por la chueca, es
muy desconfiado y si alguien vio algo mejor cierra el pico, porque con los corajones que hace
don Felipe allí mismo le planta un balazo a quién tenga enfrente. Total que la muchacha llevaba
como una semana haciendo eso...
—¿Y a usted quién le contó?
—¿A poco creé que le voy a andar diciendo? Usted nomás escuche. Entonces la muchacha ya
había hallado el modo para verse con sus dos quereres, pero dónde que se le olvida que era
vísperas de la fiesta de la Torinocha y que el Gabino tenía el primer ensayo con los del grupo
del camino armado de Jesús y que tenía que regresar ese día más nochecita al atrio de la
capilla. Camino a la capilla al muchacho se le hizo fácil aunque sea pasar suspirando por
enfrente de la casa de Dulce y que se topa con tremenda sorpresa, los va viendo a los dos allí,
entretenidos en la plática y muy agarrados de la mano. Le gritó con todas las ganas un montón
de majaderías de aquellas que ofenden a cualquier mujer y de eso no la bajaba, el entonado de
Royula le salió al quite y se dieron sabroso, que nomás rebotaban y tronaban los sacos de
huesos en el piso. El Gabino salió sonado y se fue corriendo como loco en cuanto vio que
llegaba don Felipe. De ahí ya nadie supo nada de él, pero todos creemos que fue el carnefo, ya
ve cómo se oían esos gritotes re feos que pega ese demonio cuando agarra algún pobre
caminante. Hay quien dice que Gabino se fue a otro pueblo, pero yo siento así sabe que modo
los días que el carnefo hace de las suyas, yo estoy segura que fue ese maldito animal o lo que
eso sea.
—¿Y doña Flor cómo está? Pobrecita, su hijo único...
—Pues ya no sabe ni que pensar. Ya le dijimos que mejor haga el funeral así sin el cuerpo,
pero pues una la entiende, como madre no pierde la esperanza...
***
“Me muevo velozmente, como látigo en la oscuridad, atravieso los ramajales del baldío
con más lentitud para no ser escuchado.
¡Lo sabía! El niño de doña Selene había estado mal y no iba a aguantar de buena manera esta
noche.
Mi esposa me enteró en la semana de que el muchachito había recaído estos últimos días,
no se le había visto ni en la puerta de su casa, como siempre se ponía a ver la calle, había
pasado mucho tiempo en la cama, y los remedios de las vecinas y los de la misma doña Selene
lo había mantenido estable, pero este día por la tarde había visto mermada su salud, aún con
eso, la señora no quería sacar al niño de la casa hasta que llegara su esposo don Lupurio con el
carro que le prestan en su trabajo, para llevarlo a Royula a la clínica, pero tendría que esperar
hasta pasadas las once de la noche a que terminara su jornada. Arlina y yo fuimos a visitar al
niño esta misma tarde y me di cuenta de que el niño necesitaba ser hospitalizado, pero doña
Selene seguía necia a esperar a que mejorara. Mi mente pronto ató los cabos sueltos y decidí
tomar el riesgo; el niño se pondría peor mientras llegaba la noche, la señora no aguantaría al
verlo así y se aventuraría a salir en busca de su esposo. Al ser una de las casas de las orillas,
cerca del bosque de Santa Rigorreta, nadie podría acompañarla, lo que la dejaba expuesta. He
pasado algunas semanas esperando con el hambre palpitándome, anhelando mi romance con
la carne, con la sangre y el sudor, con las delicias de intestinos, la piel y todos los suculentos
trozos de los paseantes nocturnos y hoy se me presenta la oportunidad.
Sigo velozmente acercándome a la pared de a lado de la casa, después de casi dos horas de
vigilar, inmóvil. Llegué a pensar que no sucedería, pero el niño se puso a toser como nunca y
su respiración ya no sonaba nada bien, lo que llevó al extremo la desesperación de doña
Selene. Mi aventura por las orillas del pueblo y mi espera dieron sus frutos.
Después de salir del baldío de al lado estoy pegado a una de las paredes de la casa, doña Selene
sale aún más veloz de lo que creí que ella podía correr, el niño parece una pelota de cobijas y
trapos viejos, algunos quedan tirados en la tierra por la carrera que lleva la señora, al
acercarme detrás de ella me llega el olor a ungüentos y hierbas, fuerte y cálido, pero el olor de
la noche que los acompaña es negro, ruboriza el ambiente despistado, que se ve sorprendido
por esta ablución y ese aroma se filtra aún más en sus cuerpos de lo que esos remedios
podrían apestarlos. Y entonces la llamo:
—Doña Selene, no hace falta la prisa...
El fulminante grito aterrado de la mujer me entorpeció un instante y fue suficiente para que
ella sacara unos metros de ventaja en la distancia a toda velocidad, pero le di alcance
rápidamente. Se me vino al pensamiento que en las siguientes salidas debía ser un poco más
rápido entre las palabras y los actos, eran las orillas y nadie escucharía el grito, pero si hubiera
pasado dentro del pueblo tendría problemas. Antes de llegar a donde la señora corría
lastimosamente, tome mi hoz hacia abajo, recogí el brazo y después lo estiré describiendo un
arco horizontal justo cuando llegaba detrás de ellos; el cuerpo pareció seguir corriendo y se
derrumbó estrepitosamente, la cabeza rodó hacia un lado por la inercia de la velocidad, en la
tierra el niño se desarropó un poco, no gritó ni lloró en la caída, solo se escuchaba su
respiración más agitada, el filo de la hoz bajó al bulto de ropas y volvió a subir rápidamente, el
chiquillo pareció más bien descansar. La cabeza de la mujer se veía asustada, sudorosa y
amarillenta a pesar de la luz de la luna, el corte había sido muy malo, pero el hedor que
inundaba el campo de acción era vigoroso, contagioso, me pedía ceremonia instantánea, pero
solamente podría probar un poco antes de llevármelos, no tardaría en llegar don Lupurio.
La carne estuvo deliciosa, si más personas pudieran probar a los de su misma especie se
deleitarían con el sabor de la carne fresca, lamento no tener un enorme estómago y no poder
engullir todo el cuerpo, me tuve que conformar con un poco de ambos, aunque me permití un
poco más de la vieja. Lo que queda es un tributo de abono del cerro y de la tierra que aquí yace.
Ha sido ruín atacar así, pero el hambre me tenía dominado, no podía seguir comiendo más
esos trozos de cerdo o res que saben a tierra, sin el hervor y el calor vigoroso de las personas
activas y recién desprendidas de la vida. Esta adicción deliciosa. Apenas termino y aunque no
me quepa un bocado más, deseo fervientemente otro trozo, rojo y escurridizo.”
***
***
“Esta vez se han tomado más cartas en el asunto, me están buscando cada noche, salen
tratando de apoderarse de todas las huellas, de todos los indicios que los lleven hacia mí. Me
ha sido imposible saber si alguien sale de noche desprotegido, aunque no lo creo; lo de doña
Selene ha dejado muy consternados a todos y prefieren la seguridad de sus casas.
Son tristes las pérdidas y siempre que amanece me siento terrible. Mi esposa es una gran
madre y gran acompañante, no soportaría hacerla pasar por las armas de la humillación
pública si me descubrieran, pero el sentido que me revolotea cada noche es imposible de
ignorar, no me permite dejarlo, me prensa entre los dientes de la frustración si me encuentro
en casa. Estas últimas noches me he tenido que conformar con vigilar a los que a su vez tratan
de vigilarme, posado en las azoteas, en las ramas de algún viejo árbol, entre la maleza de las
milpas. El olor de la noche me embriaga, sostiene mi existencia y me permite empezar cada
día. Hubo dos de estos días en los que no pude hacer mis salidas nocturnas y al día siguiente
Arlina pensó que estaba crudo. Mi boca estaba seca de los espumarajos que estuve emanando
toda la noche de la desesperación, un animal en una pequeña jaula no se pondría peor, me
hierve toda la sangre y desde el estómago me sube un ardor interno tan terrible que siento que
me rasguña las entrañas cada vez con más fuerza. He temido perder mi vida o quitármela por
propia mano en estas noches mucho más que perderla a manos de los vigilantes de don
Lupurio.
***
“Me sentí perdido por primera vez con estos vigilantes. Un par de ellos pasaban muy
descuidados por la calle de atrás del lote baldío de casa de doña Selene, son poco sigilosos
esperando que, tal como sucede, yo esté enterado de que andan por ahí y me oculte. Pero esta
vez por alguna razón uno de ellos volteó hacia las ramas del árbol en el que me encontraba
agazapado, y me miró directo a los ojos entre las interminables enredaderas de las hojas y las
ramas. Mi corazón se heló en primer instante y después comenzó a latir con una fuerza
vigorosa, no sabía que hacer, me sentí débil y expuesto. ¿Debía huir? ¿debía permanecer y
esperar a que pensara que no había sido nada? Uno de los nerviosos vigilantes pasaba por el
otro lado de la calle y les susurró desesperadamente, para no perder el supuesto sigilo:
—¡Hey! Sonás escuchó algo, vengan acá.
Con un giro inmediato mi acechante descubridor se fue para ver qué sucedía. Empuñó con
fuerza el rifle que llevaba y se escucharon los pasos que hacían tronar las piedrecillas de la
tierra al alejarse hacia el otro lado de la calle.
Aunque he suprimido mis instintos estos días, el hermoso olor de todos mis vigilantes es sutil y
cargado, es el tipo de olor nocturno que más me fascina, he tenido que hacer de tripas corazón
y siento que me he degradado a una especie de acosador insaciable, han pasado tres semanas
sin que pruebe mi respectivo bocado, pero estos vigilantes siempre van de a dos o de a tres y
así va a ser casi imposible que los tome por sorpresa.”
***
—Pues qué raro que hasta puntuales fueron para llegar los enviados desde Guadalajara, cuando
se les requiere en algo por estos rumbos siempre llegan mínimo unos días tarde, sino es que
hasta semanas después...
—O ni llegan, doña Justi
—Dice usted bien, dice usted bien. Sabrá dios qué ideas y qué armatostes andarán trayendo
para sacarnos de este apuro, ya ve la otra vez que disque tenían que revisar el ganado de la
enfermedad esa rara que se inventaron y sabe cuántos datos y refusilatas dijeron que salían de
sus computadoras esas y terminaron sumando sesenta las cabezas de ganado sacrificadas de
por aquí y de por allá, y los pobres dueños se quedaron bailando con las pérdidas porque no les
dieron más que lo del valor de una o dos cabezas...
—Lo malo es que esta vez se trata de cristianos y ahí sí ya la cosa se pone más fea.
—¿Hasta dónde irá a llegar esto?...
***
“Han llegado demasiado lejos ya. Los hombres que han venido desde Guadalajara, o ‘remedios
tapatíos’, como les han puesto, están por todos lados, al parecer han recabado muchos datos
importantes y cada vez están más cerca de saber quién está detrás de esto. Han estado
husmeando en muchos de los rincones del pueblo, con varios instrumentos extraños, algunos
con pitidos raros que asustaron a los transeúntes. Hace dos días pasaron a cada casa del
pueblo para revisar los huaraches de todos los hombres que coincidieran con la talla de las
huellas; reunieron como cincuenta pares, para revisarlos minuciosamente, según dijeron; y
mientras tanto detuvieron a los poseedores, entre ellos yo. Pero los huaraches con los que me
muevo en las noches están muy bien escondidos. Las mujeres de todos esos hombres y algunos
otros hombres se alebrestaron alegando la inocencia de cada uno, entre ellos mi mujer. Todos
salimos libres después de unas horas de alegatos y revisiones y nos regresaron nuestros
respectivos pares.”
***
“Estoy en la agonía de las ansias que recorren cada centímetro de mi cuerpo con su temblor, a
veces no puedo sostener nada en mis manos. He pasado más de dos meses sin probar un
bocado de carne real, he sobrevivido con esas tripas basura de los cerdos y las vacas.
Han encontrado los cuerpos que tanto tiempo me tomó elegir y cargar; desmenuzar, preparar
y enterrar en el cerro de Miscatiác. Mis preciosos elementos perfectos de la suma de olores de
las madrugadas y las medias noches, mi sinfonía subterránea ha sido descompuesta y
retorcida a placer por un montón de entrometidos. Han estado analizando los restos todos
estos días. Frasco tras frasco de muestras fueron enviados a los laboratorios profesionales de
Guadalajara. El pueblo está vigilado por déspotas y gordos policías de negro todo el día y los
chismes acerca de quién es o quién no es el culpable circulan en las calles a todas horas. Los
habitantes están entretenidísimos con la noticia de los hallazgos, y como llevo algunos meses
sin aparecer por las noches se sienten confiados.
Han venido con sus cámaras esos canales amarillistas que nunca se acercaban por estos
lugares, seguramente esta noticia será una portentosa publicidad para el pueblo y los turistas
se dejarán venir, acompañados de la seguridad de que pueden terminar destazados. Ese es el
amable gesto de la prensa hacia con nosotros.
La noche me ha abrigado todo este tiempo de locura, me ha dejado entrar y deslizarme entre
sus cortinas de cemento y adobe, entre los arbustos azules bajo el cielo. Es tiempo de que yo le
devuelva algo.”
***
—¡Hasta que le vemos fin a esto! Nomás falta que hallen a ese hijo de la guayaba.
—Ya verá cómo lo hallan pronto, doña Justi. Lo han de sacar de su escondite chillando y
pataleando como niño chiquito, y entonces sí se le va a armar al cobarde.
—Toda la matadera que hizo, no es posible, qué sangre, de veras, ¡qué sangre!
***
“Qué sangre y qué fuerza me recorren esta noche, me siento dotado y musculoso y con todas
las venas saltando de mí, estoy resollando fuertemente, soy un palpitante resplandor que debe
ser aprovechado antes de esfumarse, estoy cerca de donde esos malditos siguen sus labores
nocturnas, burlándose de mi presencia, de mi territorio. Esta noche está llena de los humores
mejorados de los habitantes, huele como nunca. La mayoría duermen tranquilos o esperan la
hora de dormir sintonizando las noticias recientes de Guadalajara y el país que no dejan de
hablar del ‘asesino tragón’, como me han bautizado esos cretinos. Mientras camino por encima
de algunas bardas me vigilan las ventanas azules y relampagueantes que indican un televisor
en el interior, estoy cerca del mini laboratorio que han montado en las faldas del cerro, mi
cerro. Hoy indudablemente me descubrirán. Después de tres días de trabajo, al fin terminaron
de tomar las muestras de las mordidas de todos los hombres, huellas digitales y otras pruebas
más vergonzosas que en mis actos nada tuvieron que ver, dieron por concluida esta labor y se
dedican desde esta noche a comparar las muestras con las evidencias. Seguro que hoy me
descubren.
Ante la entrada del laboratorio portátil escucho mucho alboroto desde dentro, al otro lado de
la puerta, expresiones sorprendidas.
Los policías están a la vuelta. Son tan ineptos y están tan confiados que no se han tomado el
tiempo para repartirse rondas; prefieren estar los tres en el mismo lado para poder platicar a
gusto, escucho sus carcajadas.
Al parecer los investigadores en el interior han encontrado algunos resultados interesantes.
Me coloco encima del laboratorio, justo arriba de la puerta. Mi exaltación y euforia están a
tope. Abren la puerta del laboratorio y se apilan para salir en turba, comienzan a llamar a
fuertes voces:
—¡Policías! ¡policías! Tenemos resultados, deben captur...
Pero no los dejo terminar de hablar ni empezar a salir, caigo con una maniobra estilo
murciélago, sosteniendo mis pies en la parte de arriba de la puerta y al girar, mi cuerpo se
dispara hacia adentro de la cabina. Estridentes gritos de hombres y mujeres restallan en mis
oídos, mientras arranco las partes de todos a mi alrededor con mi hoz, mi mano y los dientes.
Mi ataque es totalmente inesperado, furtivo, tajante. Alarma total y desesperación. Una obra de
arte. La carne está deliciosa, los chillidos de dolor hacen más sabrosos los trozos de los
desposeídos y me abalanzo con más fuerza contra todos los integrantes del grupo. Acorralados
e histéricos, comienzan a defenderse después de la primera reacción de ratón asustado. Pero
ya no me importa. Este momento es perfecto. Mi cabeza es retorcida por un brazo enorme y
fuerte desde atrás, al fin han acudido los policías. Mi máscara se arranca de tajo con un fuerte
latigueo del resorte y jala mi nariz mientras sigo intentando llevarme a la boca los trozos de
sabor delirante, escurre sangre tibia, suave y embriagante entre mis muñecas y mi cuello, los
gritos continúan y los refuerzos llegan. Después de varios minutos de luchar con mi tremenda
locura han caído varios policías despojados de alguna oreja o pedazo de la mano; más de un
investigador morirá por las heridas y otros se quejan, pero al fin han logrado sacarme del
laboratorio y me recetan golpe tras golpe con algún pesado objeto; un policía está ebrio de ira
y se deja caer de peso completo con sus pies directo sobre mi cabeza y cuello. Negro total,
pierdo la conciencia.
***
El ardor hace hervir mis pies, todas las partes de mi cuerpo reclaman, como gritándome del
dolor. Me siento quebrado y desprendido.
Abro los ojos y me doy cuenta de que ahora son dos hombres del pueblo los que me arrastran,
mientras los gritos, las pedradas y las llamas de las antorchas se logran aparecer como
destellos desenfocados entre mi media conciencia...
—¡Abrió los ojos el maldito!
Un puñetazo me hace entumecer el rostro, el eco del golpe retumba en mis oídos, muchas
manos jalan mis cabellos y me rasguñan al pasar, Una tabla atraviesa mi espalda y sostiene mis
brazos con las manos retorcidas y atadas, mis pies se arrastran provocando el terrible ardor,
mi hora de retribuir ha llegado. Mi custodio me dirige unas palabras.
—Ahora sí se te armó, Rufino, hijo de tu tiznada madre.
Don Lupurio que me lleva arrastrando tendrá su venganza, ninguno de ellos tiene porqué
saber que este pago es parte de mi satisfacción, la noche todavía cubre el cielo y el olor de
todos sigue siendo hermoso.
MISTERIOS DOLOROSOS
Las voces llegan con un eco aterciopelado y escalofriante al exterior, llenando la cuadra de los
murmullos de las señoras de gargantas chillantes y dolidas...
—Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor...
Sus piernas lo detienen a cada rato, solo pueden dar débiles pasos; su cuerpo va a colapsar,
pero no debe dejar que sepan lo que le sucede. El morral cubre la herida, deben faltar como
quince cuadras para llegar a su barrio. Su respiración se vuelve mucho más difícil y sigue
doliendo tanto como cuando la bala entró, pero “¿por qué casi no hay sangre?” se pregunta
mientras continúa avanzando por la acera. Cerca de la esquina hay gente, no sabe bien en qué
parte del pueblo se encuentra, pero la costumbre de pasar diario por esas calles le dice que va
por el camino a su casa. Sigue tropezando con las raíces de los árboles y con piedrecillas que
en otro momento hubiera pateado fácilmente. Pero ahora las arrastra trabajosamente por el
cemento cuarteado y luego su pie avanza con lentitud pisándolas por fin y dejándolas atrás,
¿por qué está esa gente reunida allí en la esquina? No puede enfocar bien su mirada, no puede
distinguirlos, pero seguramente lo reconocerán al pasar, ¿quién no conoce al hijo del
presidente municipal? Maldita sea, alguien del pueblo murió apenas hace unos días y la gente
debe estar en el novenario, pero ¿quién era? Alguien muy querido por todos. A muchos en el
pueblo les dolió esa muerte, todos la comentaban la semana pasada. Así que se encuentra en la
calle donde los del templo tienen el velatorio, ¿cuánto había de distancia de allí a su casa?
Tampoco puede recordarlo. Se acerca a la entrada. Tiene que dejar de cojear y también dejar
de recargarse en la pared, caminar derecho al precio que sea, y saludar.
Haciendo un esfuerzo por mantener las apariencias, logra poner su cuerpo derecho y sentir el
punzante dolor, alcanza a detener un grito, ahogándolo casi por completo. No ha llegado a la
puerta aún, así que no han alcanzado a escuchar el gemido. Cada paso es una agonía, pero
pasando ese punto podrá continuar hacia su casa como pueda. Huele a que va a llover, eso sí lo
percibe. Siempre le ha encantado la lluvia, le gustaría morir en un día lluvioso, pero no puede
pensar en eso, no va a dejar que la muerte lo venza. Otro paso, pero ya no hay oportunidad ni
de quejarse, está demasiado cerca, el calor terrible desgarra su interior, siente que algo se
restriega contra su carne viva, un engrane afilado rasca sus entrañas con cada centímetro que
su pierna avanza, pero no dejará de aparentar naturalidad.
A pesar de estar solo a uno o dos pasos de la entrada del velatorio, ya no puede más, el dolor es
agudo, está a punto de llorar como nunca lo ha hecho.
—Buenas tardes.
Da un saludo general. Adentro debe haber sillas, entrará y descansará unos minutos antes de
seguir. El morral cubrirá la herida como lo ha hecho todo el camino, nadie lo notará.
—Buenas tardes. —Le contestan, lo miran con atención,— mira nomás, borracho como
siempre.
Eso está bien, prefiere que piensen que está borracho, si descubren la herida y lo relacionan
con el asesinato estará perdido. Pero si llega a su casa, después del descanso, por supuesto,
podrá curarse y aparentar que nada pasó. Está dentro. La gente a su alrededor lo sigue
mirando, algunos van de salida y otros van llegando. Todas las malditas sillas están ocupadas,
de nuevo la punzada quemante, siente náuseas, pero no puede simplemente tirarse en el piso,
demasiado sospechoso. Casi no distingue nada a su alrededor.
—Buenas tardes, —vuelve a saludar.
—Buenas tardes. —Algunos le regresan el saludo en voz baja.
Hasta aquí llegó su autocontrol, ya no puede dominar su cuerpo, lo va a dejar caer... un
reclinatorio se desocupa. Hará el último esfuerzo. Duele como mil incendios dentro de su
cuerpo, pero se lanza hacia el reclinatorio. Alguien lo intenta detener, pero son manos de una
mujer débil, tal vez una anciana quería el lugar, pero él lo necesita más. Su cuerpo cae sobre el
reclinatorio, el tablero acolchado es un descanso increíble después del maldito martirio, el
dolor sigue, pero ya cederá mientras siga en este sitio.
—....ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y
cumplir la penitencia que me fuere impuesta...
“No dejes de respirar; sigue, hazlo, no cedas, no te dejes.”
Cómo lamenta el tiempo que perdió intentando limpiar el arma, ahora que lo está pensando,
eso pudo haberlo arreglado con sobornos, pero pasó por alto la regla de oro de su padre. “No
los mates, déjalos como sea, pero que vivan. Si viven, los podemos mandar matar después,
pero si es por propia mano no los mates, eso es muy difícil de arreglar.”
Pero el tipo se lo merecía. Ese sujeto valía matarlo con su propia arma. Lo que nunca se le
ocurrió es que el otro respondería.
—...ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte…
“Qué vergüenza, mi padre me va a querer matar cuando sepa la estupidez que cometí.”
Los colores extraños invaden su rango de visión: rojos y verdes oscuros pasan frente a él y
deforman las voces recalcitrantes de las señoras alrededor; el olor del incienso se mezcla con
las sensaciones del dolor que palpita y que acalambra todas sus articulaciones. Se siente
zambullir en una extraña piscina, en la que todo lo que le rodea es un lodo caliente y grasiento,
que le hace expulsar borbotones de líquido por la boca.
—... entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre...
“Aquí te dejo vida, este torzón que me está pegando duro ha de ser el último, duele peor que
todas las jodidas cosas que me han pasado.”
Se pone rígido de dolor, forma un arco al abrazar el reclinatorio, casi lo tira.
—Este borracho, nomás porque su padre es influyente viene aquí a hacer sus payasadas.
Lo siguen mirando de vez en cuando y comentan, pero casi todos terminan por ignorarlo, una
basura en un reclinatorio, en el momento menos oportuno.
Recupera la postura un poco, el dolor que parecía el último ha cedido.
“Me tengo que levantar, nomás es un descanso.”
—...Primer misterio: la oración de Nuestro Señor en el huerto. Padre nuestro que estás en el
cielo, santificado sea tu nombre…
El dolor parece regresar, pero se va súbitamente cuando parecía crecer. “Ay, Dios, ay, Dios.”
Pierde la visión y de repente cae en un hueco de color sangre y siente que ahí queda, pero de
inmediato regresa.
“No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir.”
“Regresa el tiempo, Señor, dile a mi padre que lo regrese; él que todo lo puede. Ya no quiero
matar a nadie, no quiero perder.” Su visión vuelve a teñirse de colores, ahora son
fluorescentes: rojos, violetas, amarillos, verdes, le calan en los ojos. Respiración de gente,
sorbidos con mocos, niños inquietos. Algo de los ruidos de la sala de velación le permite, por
un momento, aclarar su mente: “el muerto... el muerto es el señor Cordíz. Siempre les ayudaba
a las señoras y al padre.” Náuseas de nuevo. Una fuerte sacudida en todo el cuerpo.
—...Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos…
Le parece extraño cómo todos los recuerdos se vuelven tan nítidos, tan reales, tan palpables...
—...Segundo misterio: la flagelación de Jesús atado a la columna. Padre nuestro, que estás en el
cielo...
Está sentado junto a su padre, tiene seis años y mira el reloj mientras espera.
—No creí que ésta se volvería a embarazar. Mira nomás la hora que es... y todo lo que sigue
después de esto, ¿no que ya casi, y que ya casi? Nomás quiero ver que sea un hombre, quiero
ver a mi varoncito y me voy, tú te quedas a esperar a tu nuevo hermano.
La voz de su padre suena tan clara, tan cercana y tan odiosa como siempre. Moldea sus miedos
y lo controla. Otro recuerdo...
—¿La embarazaste? Ya sabía que eras como tu padre. Ojalá que todas las muchachas del pueblo
se murieran, para que ustedes no pudieran sembrar algo peor que la muerte entre ellas.
Ahora es su madre, siempre estaba tan llena de razón, pero él nunca se dio el tiempo para
hacerle caso. Parecía que ella le apuntaba a un lado y él se iba al otro... “Madre, venga a
matarme usted, venga a darme fin con sus manos santas que nunca supe apreciar, quíteme lo
que me queda.”
—Tercer misterio: la coronación de espinas. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado
sea tu nombre, venga a nosotros tu reino…
Las dagas de la agonía recorren y desvalijan todo su interior, los recuerdos llegan y él se debate
con sacudidas entre la pena del recuerdo y los ardores envueltos de sudor frío.
“Aquí vine a morir. Todas ustedes que tienen o que guardan un hijo mío, las que lo esconden y
las que no llegaron a tenerlo, les debo la vida de ese muchachito, cobrensela con la mía, y
todavía les debo mucho más.”
“La noche larga se acerca a mí...” Los mareos le hacen estallar la cabeza. Verdes, grises.
“Mareos no, esos me dan miedo, esos me hacen sentir más cerca del punto sin regreso. Esos
no. Un momento más, quiero que me duela hasta pagar mis deudas en esta vida…”
—...Dios te salve, María, llena eres de gracia...
La entrada a la muerte no es como se la habían platicado, no es un descanso. Es una regresión
fuera de uno mismo. Él puede verse cometiendo todos los actos de su vida en retrospectiva,
pero a través de los ojos de los que vivieron esos momentos con él.
Siente el último balazo que él mismo detonó esa tarde y al mismo tiempo jala del gatillo del
arma que le hizo el agujero que lo tiene aquí en el presente. ¿Está de verdad aquí, muriendo?
Se ve a sí mismo recibiendo serenata, llorando y abrazando un perro, después se regaña a sí
mismo, recibe otro balazo. Los cambios de persona se sienten físicos. A veces queda apretado
en el tamaño del cuerpo y a veces le sobra pellejo. Ahora va corriendo, el cuerpo que tiene es
enorme y tienen una fuerza increíble, lleva algo un poco pesado encima de él, sus patas suenan
a cada paso, veloces, retruenan sin descanso. Detiene su carrera y un hombre baja de él. Es él
mismo bajando de su lomo…
Ahora tiene de nuevo una pistola en sus manos, se grita a sí mismo:
—Tírele, tírele, mate a ese animal... —Pero él no se anima; tiene allí la pistola empuñada y la
versión más joven de sí mismo continúa dándole la orden, pero él está abrumado, no sabe qué
hacer y cada segundo de indecisión le pesa.
—...cuarto misterio: el camino al monte calvario. Padre nuestro…
El dolor ha cesado un momento. La calma llena su alrededor. Levanta la cara por un momento,
tal vez está salvado. Ahora puede salir y regresar a su casa. Pero todo le parece tan calmado,
tan ligero, tan adictivo. Está soñando despierto, porque así se siente, despierto, vivo. Aquí
puede estarse siempre, pero se da cuenta de que a su alrededor la gente no hace ningún
sonido. Todos mueven sus labios y llevan el mismo ritmo al hablar, pero no hay sonido. Debe
estar ya muerto. Pero la calma termina justo allí. Su cuerpo lo doblega y tensa contra el
reclinatorio, su cabeza se golpea con fuerza y sus entrañas se estrujan como nunca. Está a
punto de emitir un grito, pero no puede delatarse. De nuevo la mezcla loca de dolor y
regresiones a través de los ojos de otros...
Recibe un palazo tras otro, la sorpresa y el miedo lo hacen inmóvil ante los ataques que él
mismo ejecuta, pero es un niño al que apenas le está brotando un rastro de bigote. Sigue
golpeándose a sí mismo. Se odia por todas estas cosas. Llanto. Tiene el rostro húmedo. El dolor
sigue retumbando en sus oídos y perforándole los huesos mientras las visiones continúan...
—...por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora… Las náuseas se incrementan, la sangre
brota con más fuerza, como si su estómago estuviera vomitando a través de la perforación,
siente los borbotones.
—...quinto misterio: la crucifixión y muerte de Nuestro Señor. Padre nuestro que estás en
el cielo, santificado sea tu nombre…
Está cerca de su nacimiento. Estos momentos no los había recordado nunca en toda su vida, no
pensó que existiera una memoria tan profunda. Se mira a sí mismo acostado entre cobijas en
una cuna, está pensando en muchas cosas, mira al niño pero lo ignora. “Allí está. Es un varón;
tengo que llevar a arreglar esa carretilla. Que venga esta mujer a cuidarlo; creo que va a llorar;
ojalá crezca pronto, así no me sirve de nada, no le puedo enseñar nada; falta acomodar los
tablones del patio de atrás.
—El niño, ya está llorando, ven a revisarlo.
El dolor lo regresa a la realidad y lo sumerge de nuevo en un baño de alucinaciones, es como si
tuviera mil borracheras al mismo tiempo. Todas las resacas, todos los arrepentimientos están
aquí; los peores momentos de su vida se reúnen en este torbellino de escoria. Su torbellino.
—...Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros tus hijos esos tus ojos
misericordiosos...–
Va de regreso a ese túnel, todo vuelve a su mente, algo está volviendo hacia dentro de él, cómo
si pudiera beber el mundo, como si el agua regresara al grifo de donde salió...
—...Cristo escúchanos…
El dolor termina. Se apaga como un río que se seca, la sangre retoma el camino entre su
vientre, escurre de las paredes de su cuerpo...
—...madre de la divina gracia, ruega por él…
El miedo a la oscuridad lo vuelve a invadir, una sombra inmensa comienza a nublar su visión.
Los temores de toda su vida se mueven a su alrededor...
—...madre sin mancha…
No hay soledad. No hay esperanza. El alto timbre de las sensaciones que lo llevan a percibir la
esencia de toda su vida en un segundo hace que estallen sus oídos. El sabor de toda la
experiencia de los años nutre su garganta y la contrae atascando todo el mecanismo de su
cuerpo...
—...vaso espiritual, ruega por él…
Toda la vida transcurre para llegar a esto. Sin este momento no hay vida. La meta de todo ser
es enfrentarse a su muerte. Ahora lo siente, lo percibe, se regodea en su cumbre. Nada ha de
cambiar ya, nada sigue, todo se encierra en estos momentos. Ya no puede comprender su
existencia sin este momento. Es ahora. Todas las sensaciones retroceden y su ser se erige por
encima de la noche y se desentiende de todo lo que lo aferra a la existencia...
—...ruega por él...
LA PIEL DE LAS PAREDES
La lluvia del día anterior había dejado las calles llenas de la tierra de los lotes baldíos, que
bajaba siempre que las corrientes de agua se formaban. Al lado de la acera se alzaban algunos
montículos en las partes sumidas del asfalto en las que se acumulaban mayor cantidad de lodo.
El sol brillaba después de varios días nublados. El olor de la tierra secándose y el vapor
provocado por el sol saturaban el ambiente. Algunos charcos sobrevivían a la tormenta, pero
pronto se secarían. Las calles escondían millones de pequeñas cosas que la lluvia sacaba a
relucir al arrastrarlas.
Yo caminaba machucando la tierra acumulada que a cada paso rechinaba bajo mis huaraches.
Estaba acostumbrado a estos temporales viviendo en Serentilíc, pero ahora me hallaba en
Royula, en una colonia creciente. Apenas habían puesto el asfalto en cinco calles y ya se sentían
la divina garza, quién iba a pensar que después se vendría en Serentilíc aquella fama loca del
carnefo y que el pueblo que crecería más sería el mío. Pero continuando con lo que decía:
cruzaba las calles para llegar a mi departamento rentado. Mitad lo pagaba yo con el trabajo tan
mísero que tenía en Royula, mitad lo pagaba mi padre que me mandaba el dinero cada mes,
puntualito. Llegaba rápido, estábamos a una distancia corta pues él seguía entonces viviendo
en Serentilíc. Pude haber ido yo mismo por el dinero a caballo o pagar el transporte, pero
aunque en mis cartas me daba la apariencia de andar siempre muy ocupado, era nomás para
que pensaran allá que yo era gente importante en Royula. Cosa que no pasaba, porque ni
dentro, ni afuera de mi trabajo me pelaba nadie y tampoco ganaba mucho. De tan triste que me
sentía, hubo veces que hasta me puse a chillar. “Estando tan cerca de mi pueblo” pensaba
“nomás tomo un camión que casi ni me cobra y ya estoy allá.” Pero siempre fui muy orgulloso
y cuando en las noches me daba el llanto me decía: “la siguiente vez que sepan de mí, voy a
andar en Guadalajara, hasta que esté allá les vuelvo a escribir.” Y me emberrinchaba de coraje
cuando pensaba eso y me armaba de valor para dejar de chillar. Vivía en Royula, a un ladito de
Serentilíc, pero aun así, en un buen tiempo no iba a regresar a mi pueblo.
Así que iba yo subiendo las calles, porque están bastante empinadas, para llegar a donde vivía.
Ya había cruzado la calle y caminaba por la banqueta. Me detuve, como buen chismoso y torcí
mi cabeza para ver bien la entrada de una casa que siempre estaba cerrada, y que esta vez
tenía la puerta abierta. Había escaleras, que mandaban directo al piso de arriba. Se veía oscuro.
En todos los escalones había muchas cosas pegadas en la parte del frente, no donde pisa uno,
sino más bien donde uno patea cuando va subiendo. Todos los pedacitos que los forraban eran
verdes o café, no pude ver bien qué era hasta que me acerqué a revisarlas más de cerca, lo hice
con cuidado porque se me figuraba que alguien iba a bajar apresurado y me iba a decir algo. Ya
de cerca, vi que eran partes de algo, como piel de algún animal, algunas frescas y otras hechas
costra. Sí, eran partes de algún animal chiquito. Había patitas, como piel de la panza, unos que
parecían dientes verdes, colitas; de todo. Nada de eso era más grande que un dedo de persona,
y estaban los frentes de los escalones, tupidos, tupidísimos de esas cosas. No había hueco para
pegarles nada más porque ya se hubiera encimado. Se me hizo un trabajo curioso, con mucha
gracia. Ya me iba a ir cuando se desprendió un pedacito de uno de los escalones, botó uno tras
otro, tic, tic, porque no hacían mucho ruido, estaban livianitos, y vino a dar hasta mis pies.
Eran unas piernitas con dedos largos y un pedazo de piel de esos que digo que parece que
formaba la panza. En vez de dejarlo allí o gritarle a la gente que vivía arriba que allí estaba su
pedazo de adorno, agarré el cachito caído y subí las escaleras con él en mano. Ya arriba,
acercándome al escalón en el que iba la costrita verde, me sentí muy zonzo, porque no traía
pegamento con qué arreglarlo y levanté la mirada para hablarle a quién quiera que viviera allí.
Cuando alcé la cara, me quedé con las palabras en el cogote. Todo el techo, las paredes del
cuarto, hasta una lámpara que estaba en el rincón y una cajita, estaban atascados de esas cosas
verdi café. Como en los escalones, no había huecos, lo único que no tenía eso era el piso y el
lugar olía a pescado seco. Así que al momento pensé que esa casa estaba hecha de puro
pescado, pero me acordé que lo que tenía en las manos tenía patitas y los pescados no tienen
patitas. Yo seguía sorprendido por todo ese tapiz que parecía de esa ropa de soldados. Una voz
se oyó de adentro, una voz como de perro, como dicen en mi pueblo. Arrastrada y estorbosa,
muy gastada.
—Ahorita es más bien verde, porque estuvo fresco estos días, pero ve que algunas ya son café
porque está regresando la sequedad.
—Oiga, se le cayo un pedacito a la escalera y yo pensaba pegárselo, no crea que soy un metiche,
pero es que no traigo pegamento y se lo vengo a dar a usted para que lo pegue.
—Estas pieles me dicen mucho... más de lo que tú necesitas saber ahorita, porque si lo supieras
te espantarías. Yo les hablo y ellas me hablan, pero no como tú y yo hablamos, ellas conocen
una forma muy curiosa de decirme todo, y de escucharme también.
—Mejor aquí se la dejo... —yo no veía al señor que hablaba— Aquí en el piso ¿eh? junto a la
pared...
—Aquí te espero mañana, pues.
Me hice el desentendido y me bajé a la calle de vuelta ¿cómo que mañana? Me quedé pensando
mientras seguía caminando a mi departamento.
Al otro día, después del trabajo, cruzaba otra vez la calle y me quedé viendo esa casa. Tenía
algo raro, como si las paredes se movieran de repente, como si se acomodaran la piel o
hicieran gestos, pero apenas se alcanzaba a notar. La puerta estaba cerrada. ¿No que nos
vemos mañana? Pensaba para mí mismo, ese señor ya está muy grande, ya no sabe bien lo que
dice. Pero la verdad guardaba la esperanza de que se abriera la puerta o que algo pasara,
estaba muy solo y aunque sea esa platicada me venía bien. Así que caminé más lento de lo
común para ver si en eso se abría.
No se abrió la maldita puerta mientras pasaba. Y como ya casi terminaba de recorrer la
banqueta delante de la fachada, me ganó la tristeza y no sé porqué, empecé a hacer pucheros
como en las noches de chilladera.
—Ey, muchacho…
Me sentí como idiota porque volteé con una sonrisota a medio llorar. El señor me miraba
desde una aberturita en la pared del piso de arriba, que estaba rodeado de las plantas
trepadoras que adornaban buena parte de la fachada.
—Te dije que te veía hoy, ¿no te acuerdas?
—Pero la puerta...
—¿Quién te dijo que una puerta abierta era la única forma de entrar? Si tocas, te abro, pero si
entras por otro lado ¿para qué serviría la puerta entonces?
Yo pensé: de verdad está chiflado, pero le contesté:
—¿Para salir?
—Sube como es debido. Agárrate de los ramajales que crecen aquí alrededor, te aguantan y dan
directo a esta ventana, así es más fácil. —Mi pregunta quedó sin respuesta.
—No creo que sea más fácil —dije. Pero mientras lo decía ya iba subiendo casi sin darme
cuenta. Lo más curioso es que mis pasos por esas paredes no eran nada torpes, antes siempre
que me subía a un árbol, me azotaba contra el piso desde medias del tronco, porque era malo
para trepar, pero aquí no se me complicó.
—¿Verdad que fue más fácil que tocar? Todas ellas lo sabían, por eso acabaron aquí. Señalaba
las paredes del interior de la habitación, que se veían más cafés que el día anterior.
—¿Y qué es todo eso que está en las paredes?
Pues ahora son piezas secas y retorcidas, que huelen a animal seco, pero solían ser lagartijas.
Todas las partes pertenecieron alguna vez a lagartijas vivaces y locas, que se escaparon de ser
tragadas o de morir por las pedradas de los niños.
—Pero no escaparon de las suyas ¿verdad? Me atreví a contestar de maneras que no me
conocía.
—Yo no las maté.
—¿Y cómo ha juntado tantas?
—Vienen a mí. Yo tengo esa conexión con ellas, se acercan aquí cuando van a morir, este es su
santuario, aquí son libres de terminar con calma sus corretizas.
Me sentí ofendido con las locuras de este señor, ¿con quién creía que hablaba? ¿pensaba que le
iba a creer todo eso?
—Pues qué raro... Mire, me tengo que ir, —dije volteando a ver en mi muñeca un reloj
inexistente —la verdad es que estoy muy ocupado...
—No te preocupes, no esperaba que me creyeras, yo sí sé entrar por otros lados que no sean
una puerta.
No supe qué decir. Así que solté una risilla que al parecer le molestó, porque sacó las llaves y
me acompañó a la puerta sin decir palabra.
En mi cama, antes de quedarme dormido, pensaba en todas las cosas que me había dicho ese
señor. Sus palabras no tenían ningún sentido cuando las repasaba, pero algo sonaba bien en
ellas. Me parecieron locas cuando las decía en mi mente, pero cuando él las dijo eran verdades
puras, de una forma que no pude comprender y por eso me fui de su casa. “Nadie habla con las
lagartijas, ni les pone panteón”, fue mi último pensamiento antes de quedarme dormido.
Al otro día, regresando del trabajo, antes de cruzar la calle, me quedé mirando la fachada de
esa casa y comprendí algo. La fachada se movía, pero mirándola mientras me acercaba, pude
notar qué era lo que se movía: pequeñas lagartijas transitaban de abajo hacia arriba todo el
tiempo, formaban una cortinilla casi invisible entre las hierbas de la pared, y se movían mucho
más lento de lo que se acostumbra uno a ver que se muevan. A esa velocidad uno podía pasarse
horas tirando pedradas, viéndolas caer una tras otra.
—Ahora me pongo a tu modo —dijo la voz reseca desde la puerta, que supuse había abierto
mientras yo me distraía, concentrado en la fachada. —Ahora tienes una introducción para
creerme; si pasas se confirmará la verdad.
—Pero... pero ¿todas esas lagartijas… —Mi curiosidad me ganó y me acerqué a la entrada sin
concluir lo que decía.
Caminábamos por la habitación tapizada, hacia la puerta del otro lado. Él abrió la puerta y dejó
entrar la tenue luz de la hora transitoria del día a la noche.
—Con esto te convencerás... —me hizo señal de que saliera a observar.
Al principio pensé que era un muro enlamado, pero unos instantes después, pude ver con
claridad todas las formas escondidas en esa pared. Eran lagartijas, decenas, cientos. Se
formaban y se acumulaban más cada segundo, venían desde la azotea, después de haber
cruzado la fachada. En el piso, pegadas al muro, había montones pequeños con lagartijas
muertas, todas verdes y cafés, mientras unas se agregaban a la formación de la pared, otras
caían muertas, despegándose del muro para quedar en los montoncitos.
—Han disminuido en número en este rato, están un poco intimidadas por tu presencia, todavía
no confían por completo en tí, pero saben que yo sí lo hago, así que te van aceptando porque yo
así se los hago saber.
—Pero ¿cómo saben que tienen que venir aquí?
—No lo sé, nunca me hago demasiadas preguntas, lo acepto como la respuesta más grande de
mi vida.
—¿Respuesta a qué?
—Cuando me vine a vivir aquí, mi vida estaba vacía, tenía muchas cosas en mi poder, pero
ninguna de ellas llenaba mi espíritu; conocía a muchas mujeres de por aquí y de por allá, pero
por alguna razón no eran para mí; me gustaban mucho, pero eso le basta a otros, no a mí. Un
día, como a estas horas, algo me sorprendió. Una lagartija que recorría el techo de la
habitación, caía directo a una muerte contra el piso, yo pensé que las lagartijas no se caían de
donde se agarraban, pero esta se estaba muriendo, por eso estaba débil. La capturé en mis
manos sin que terminara su viaje, la cuidé en su lecho de muerte y esperé mientras se le
terminaba el aliento. Cuando todo pasó, pude entender que era la lagartija quien me había
dicho lo que le pasaba. Sin darme cuenta, yo la escuché con atención y le respondí mientras
estaba viva, nunca abrí la boca, no vayas a pensar que hablaba como la gente, no. Todo lo
entendía yo en mi mente, pegado a mi piel por dentro, en el interior de mi cabeza, se
escuchaba y no se escuchaba, eran palabras y no eran palabras. Cuando asimilé lo que había
sucedido, lloré de felicidad. La vida había llegado a su máxima expresión entre mis manos. No
quería dejar de sentir eso nunca. Y con palabras reales dije que ojalá mi vida estuviera llena de
momentos así.
Desde entonces vienen todas las tardes, y desde entonces las espero con las mismas ganas que
la primera vez. Se mueren frente a mí, en mi hogar, en mis manos, y yo les hago un altar en
donde no serán olvidadas. Y en donde a pesar de estar muertas siguen hablándome, pues me
dicen cómo están las cosas alrededor; el clima, el humor de las gentes y de todo lo que nos
rodea. La hora de muerte termina durante la noche, mientras estoy dormido, y en el día me
dedico a comer su interior y a colocar las pieles en los lugares que pueda. Son todas muy
pequeñas, pero las costras de piel se van cayendo y dan espacio a otros ejemplares. Ahora mi
vida sigue con el mejor sentido. Nadie atiende la muerte de una lagartija, a nadie le importa
una menos, o dónde quedan los cuerpos, tampoco les importa cómo se sienten los
escurridizos, los frágiles navegantes de las calles, nadie se pregunta a dónde van a morir o
cómo terminan su días si no es apachurradas por las piedras de los niños. Pero a mí me vino el
privilegio, porque yo estaba dispuesto a otorgarles mi pasión, yo les pedí su entrega. Ellas no
decidieron que fuera así, tampoco fui yo. Ellas y yo dejamos que lo que nos deparaba el destino
nos rodeara. Nunca mires la felicidad como un plan realizable, mírala como una casualidad que
no puedes evitar.
Esa noche lloré como nunca. Me fui a vivir a Guadalajara un tiempo después. No volví a saber
de ese señor y nunca he vuelto a ver a las lagartijas de la misma manera.
EL CREADOR
La leche se derramaba entre sus dedos, el ruido había congelado los movimientos de su
esposa, que de pie, terminaba de preparar algo. El color blanco de la leche se volvió rosa claro,
luego rosa más intenso hasta llegar al rojo que terminó dominando. La sangre continuaba
saliendo, los vidrios estaban repartidos en la mesa en forma dispersa. Habían salido
disparados en el momento en que tronó el vaso con sus dedos, varios le seguían encajando sus
filos triangulares en la carne de la palma.
Era un hombre pacífico la mayor parte del tiempo, tomaba su delicada leche antes de salir a
trabajar, soportaba impasible el estridente tráfico matutino hasta llegar a su trabajo, realizaba
una rutina de revisar papeles, firmarlos, entregar documentos y recibir llamadas poco
importantes de distribuidores e interesados en el ramo de su empresa. Apreciaba su repetición
diurna como si se le entregara un diamante diario por realizarla. La había protegido de todos
los aumentos de sueldo, ascensos y todos los pasos de oficina que amenazan el estancamiento,
durante los suficientes años como para que todos los demás empleados lo consideraran un
idiota. Sin embargo, su inquebrantable convicción le había confirmado a través de los años que
esto era lo que amaba, lo que anhelaba y que su aparente estancamiento en realidad era una
manera de construir toda una vida sin encargarse de los riesgos que para los demás son
inevitables.
Terminar cada día su jornada de trabajo y regresar a casa como si ese día lo hubiera planeado
hace años le hacía sentir el hombre más poderoso del mundo. Todos los demás jugarían
riesgos y entonaciones diversas con su vida, en cambio él, al salir de su casa, se proponía
repetir el día anterior. Era su reto a diario y lo había cumplido lo más posible.
Esa mañana había roto de furia otro vaso de leche. Llevaba unos cuantos en el mes, y su mano
había pasado casi todos los días con vendajes y remiendos, últimamente las cosas estaban
saliéndose de control. En su casa estaba ese maldito infierno, esa sombra enorme que
amenazaba su hermoso mundo, ese ente que se escurría pegado a las paredes esperando
destrozarle los nervios y cualquier objeto que tuviera en sus manos. Ese maldito engendro. Le
odiaba con toda su alma, le odiaba tanto como para no ser capaz de detenerse a pensar el
porqué.
Debía odiarlo porque así debía ser. Esa basura merecía ser odiada. Su esposa podría llamarlo
lunático toda la vida y podía llamar a la policía cuantas veces quisiera, como tantas veces había
amenazado y jamás había cumplido. En realidad no hallarían nada, jamás le había tocado un
pelo; de hecho le evitaba completamente. Salía de su casa una hora y media antes de lo que
debería solo para no cruzarse con él, restregándose en las paredes con esa maldita mirada
perdida, la misma que tenía varios años sin ver gracias a sus madrugadas. Pero cualquier ruido
que generara desde su habitación mientras él desayunaba le descomponía terriblemente.
Nunca se lo había podido explicar a sí mismo, ¿por qué desde el momento en que él nació
había tenido esa repulsión, ese rechazo inmediato, pero, sobretodo, ese miedo a sus actos?
Odiaba verlo moverse y recordaba que cuando su esposa lo había cargado entre sus manos al
nacer, le había odiado a ella casi tanto como lo odiaba a él. Tampoco había sabido explicárselo
a ella, pero así era, y no sentía remordimiento, sino más bien sentía una extraña justificación
inexplicable, algo que le decía que ese maldito ser estaba mal, que buscaba romper con su
rutina, que quebraba su vida y que ese vigilante silencioso le acosaba con sus ruidos y le dirigía
hacia algún resultado catastrófico.
Esa mañana lo escuchó bajarse de la cama y tocar el piso con sus degenerados dedos, y
escuchó cómo los huesos de la planta de su pie chasquearon levemente contra el mosaico de la
alcoba. Allí fue cuando reventó el vaso.
Después de pasado el momento que la había dejado congelada del temor, su esposa se acercó
sigilosa a la puerta del muchacho. Expectante, vigilaba con su oído muy de cerca cualquier
movimiento en falso que pudiera perturbar aún más la rutina de su esposo, que obediente
ayudaba a mantener en manera de lo posible, aunque ella trataba de mantenerse en una
posición neutra entre ambos. En el comedor él sostenía los pequeños vidrios restantes en su
puño y continuaba haciéndolos trizas, multiplicando la destrucción entre ellos y su mano, que
inconscientemente seguía cerrándose por la tensión de la incertidumbre. Pocas veces sucedía
que el muchacho se despertara antes de que él saliera de la casa.
Una vez hace algunos años, antes de que lo advirtiera cualquiera de los padres, el muchacho
logró salir de su habitación con tanta velocidad, que hizo inevitable la confrontación. Para su
padre la impresión fue algo tan traumático que fue difícil superarlo durante las horas de
trabajo y terminó varias jornadas con el mismo rostro pálido con el que había salido de su casa
después de que su esposa controlara la situación y regresara al chico a su cuarto.
Ahora continuaba pegado a su silla, deseando que se hubiera muerto cualquiera de los dos, él
en la mesa o el chico dentro de la habitación. Su esposa detenía la puerta con energía. Pasó un
rato y se dieron por satisfechos con el esfuerzo. Había pasado suficiente tiempo y él no había
intentado nada desde adentro. A menudo pasaban esas falsas alarmas, que terminaban seguido
con más vendas para la mano cortada. Después de haber cedido el brote de sangre, todo
parecía dispuesto para continuar con la alentadora rutina.
Un aliciente de hermoso resplandor del otro lado de la puerta, justo como el amanecer, le
esperaba al atravesar la salida de su casa. Otro día rutinario seguiría al anterior. Y al estar ahí,
desearía que cada segundo se convirtiera en una eternidad; quería congelar el flujo del tiempo,
ponerlo en un estado de rigidez inaccesible a la vida de vuelta a casa; quería dormir en donde
fuera, menos allá.
El día laboral llenaba su pecho de satisfacción, estaba enamorado de los mismos movimientos
de todos los días, de que exactamente cuando él pensara que ése era el evento que continuaría
era justo lo que ocurría. Le fascinaba la certeza con la que las situaciones llegaban una tras
otra acomodadas en perfecto orden cronológico y cuidadosamente adecuadas para cada
momento. Los bloques de la felicidad se ensamblaban lentamente en su cerebro, formando una
firme imagen de un día perfecto. Un bloque tras otro que al final formaban un cubo precioso
de rigidez y sobriedad majestuosas.
Había aprendido a disfrutar también el camino de regreso a casa. Unos años atrás regresaba
asustado y nervioso, fuera de sí. Pero después de todo ese sufrimiento había aprendido con el
paso de los años que el camino a casa era también un periodo fuera de casa. Podía pensar en lo
que quisiera y sintonizar algo agradable en la radio.
Ese día la mano le dolía como nunca, necesitaba visitar al médico en estos días. También hacía
falta organizar varias cosas en su trabajo. Trataba de distraer su mente de los nervios mientras
se bajaba del vehículo y caminaba hacia la entrada con las llaves en la mano. La oscuridad
amarillenta de la calle aumentaba su agonía, nunca le había gustado la iluminación pública, lo
hacía sentir débil, inestable y expuesto. Pero no tan expuesto como en el interior de su casa.
Se encontraba también mucho más nervioso que de costumbre, las manos le temblaban, y las
heridas parecían gritarle en carne viva. Pero algo lo llamaba. Ya dentro, un intenso cosquilleo
entre el pecho y el estómago le hizo avanzar hacia un rumbo que nunca tomaba. Su esposa
sabía de la hora de su llegada y encerraba herméticamente al maldito dentro de su habitación.
Era justo hacia donde sus entrañas le llevaban ahora. No sabía qué hacía. Estaba perdido en su
propio cuerpo, que no respondía como debería; sin embargo, era él mismo quien estaba a
cargo de esta maniobra, no estaba siendo controlado por nada, su convicción lo llevaba hacia
esa puerta.
La abrió girando lentamente el pomo, su respiración era tan fuerte que parecía más bien un
chillido.
La tenue luz que entraba por la ventana iluminaba la delgada capa de polvo que cubría el
mosaico y al mismo tiempo bordeaba la sombra ondulada en la cama, la sombra de esa silueta
que le desestabilizaba, que le tenía en ese momento los nervios de punta. Sin embargo,
continuó introduciéndose en la habitación, no era como debía actuar, no era la manera en que
había actuado nunca en su vida, pero quería seguir.
Sentado en su cama, el muchacho movía las manos concentrado, no parecía haberse dado
cuenta de la presencia de su padre. Ahí estaba, encorvado y delgado, como siempre recordaba
haberlo visto, desteñido y de movimientos ansiosos, como ese que hacía con las manos, “¿qué
es lo que trata de hacer con ellas?” Pensó, y rodeó la cama para verlo desde un lado. Se detuvo
a menos de dos metros de él, mientras él seguía moviendo sus manos. Junto a la cama había un
bote de madera, las sombras escondían el contenido. Entre su nerviosismo trató de fijar la
vista en él, pero no pudo observar con nitidez. El chico seguía ensimismado, moviendo las
manos, ignorando su presencia.
Su mujer se acercaba por el pasillo, pensando recibirlo después de la jornada, se escuchaban
sus pasos, que se apresuraron cuando vio la puerta de la habitación entreabierta.
Algo empezó a brotar de las manos del muchacho, que las juntó como si fuera a recoger agua.
Lo que sea que brotara de sus manos comenzó a crecer más rápido cuando puso las manos
juntas. Su esposa entró golpeando la puerta y encendió la luz, que estalló en los ojos de los tres.
El chico se arrinconó, asustado. De las manos seguía brotándole algo pequeño, que se movía
con esfuerzo, algo pequeño y carnoso, que cayó de sus manos hacia el bote, donde había más
de esos seres. Al ver a su esposo, atónito, inmóvil, ella rápidamente lo tomó y lo sacó de la
habitación. Él no dejaba de temblar, no podía parpadear, parado y entumecido en medio del
pasillo, parecía que algo lo había secado desde adentro. Ella le explicó lo mejor que pudo, con
una voz llorosa, que tampoco entendía lo que el chico hacía, ni cómo era posible que pudiera
crear vida espontánea.
Al principio eran más pequeños y se movían menos. Pero cada vez los creaba más grandes y
parecían estar más ansiosos de moverse. Habían muerto varias cargas de cubetas de madera,
pues no parecía haber manera de mantenerlos vivos y ella, al no saber qué hacer, los había
enterrado detrás de la casa.
Así se confirmaban las extrañas premoniciones que parecían locura y que incluso su esposa
había negado haciéndolo sentir como un loco.
Los días de rutina terminaron. Las tardes, noches y mañanas dejaron de tener importancia.
Los vecinos nunca se enteraron de que en esa casa habían cesado las salidas diarias al trabajo
porque nunca le habían puesto mucha atención a esa familia. Todo el vecindario los dejó en el
olvido y un tiempo después alguien realizó una llamada para que las autoridades revisaran el
inmueble, porque un olor terrible salía de allí. Encontraron los cuerpos de tres personas de
diferentes edades, que habían sucumbido a la inanición y llevaban bastante tiempo
descomponiéndose, los sacaron envueltos en hediondas bolsas, que los vecinos contemplaban
con horror. Había también algunas cubetas con un contenido extraño, que los forenses
rápidamente encapsularon en bolsas y las guardaron en un contenedor especial en uno de sus
vehículos.
Nadie supo nunca por qué los ocupantes de ese domicilio se dejaron morir de esa manera.
Ninguno de los curiosos dedicó más que un poco de tiempo para comentar con morbo los
hechos, que circularon el vecindario y los alrededores por algunas semanas. Después esas
anécdotas se volvieron algo común y se fueron desgastando con el tiempo hasta deteriorarse y
desintegrarse.
LA ESTIRPE DE LOS ANDACOS
Los andacos llegaron un mes de mayo a instalarse en una planicie, muy lejos de lo que era
Serentilíc y su zona habitada. Unos cuantos de ellos decidieron hacer su hogar en esa planicie y
misteriosamente nunca fueron rechazados abiertamente por los habitantes del interior.
Buscaban una locación pacífica, como ellos, que les permitiera transitar en una zona que no se
acercara a la civilizada, pero nunca se imaginaron que con la fama recibida de manos del
carnefo, Serentilíc se convertiría en uno de los municipios más densos de población del estado
y con una mancha urbana desmesurada para su capacidad geográfica. Este problema había
propiciado que la zona habitada casi llegara a tocar las puertas de la comunidad andaco, que
en tiempos de la fiebre del carnefo era ocasionalmente recorrida como atracción turística. A
los andacos no les molestaban las visitas, pero sí la falta de educación y respeto que éstas
mostraban muchas veces, al recibir de ellos ofensas por su manera de ser o las burlas por sus
diferencias sociales.
Pero los andacos eran fieles a sus creencias e ideales a pesar de todas las críticas, y pudieron
transgredir el paso del tiempo a pesar de tener un promedio de vida cercano a los cuarenta y
cinco años, debido a su mala alimentación. Habían aprendido a reproducirse a una velocidad
equilibrada con la cantidad de fallecimientos y esto les había permitido caminar a través de los
años de una manera próspera y pacífica. Además, mantenían un pacto no dicho con los
habitantes del interior, los andacos no se introducían en el pueblo a menos de que fuera
realmente necesario y los del pueblo no se acercaban a la parte andaco a excepción de
rarísimas ocasiones en que un censo hacía necesaria la visita hacia esta zona.
Las distancias volvieron a ser largas entre el área habitada de Serentilíc y la comunidad andaco
gracias a que la época de oro del pueblo como centro turístico había caducado y las zonas
cercanas a la comunidad, que habían sido habitadas en años anteriores, y que habían
empezado a generar estragos por la falta de recursos, habían perdido a todos sus inquilinos. Lo
que ahora había entre la comunidad y la zona habitada eran varios kilómetros de casas huecas
y entelarañadas.
El día transcurría sin novedad. En las grasientas cercas de maderos cuarteados y viejos que
bordeaban las casas, las moscas se acumulaban formando manchas deformes y apretadas,
encantadas en la suciedad que se acumulaba de todas las rascadas que los andacos se daban en
la espalda, una costumbre en sus ratos de descanso. Los páramos seguían secos y
resquebrajados, pues en esta zona la primavera era de todos los colores menos verde. Los
árboles lucían también desteñidos y perfumados del olor de las hojas secas. Mientras algunos
habitantes de la comunidad continuaban sus labores yendo de un lado a otro y otros
simplemente pasaban el tiempo descansando y recibiendo el quemante sol, los roedores
recorrían velozmente los pastizales amarillentos, transportando sus alimentos y formando
líneas de surcos que se alcanzaban a ver entre los arbustos, que brillaban iluminados por la luz
del sol. Más allá en el horizonte que lleva al pueblo, las casas abandonadas apenas se notaban
en las lejanías a pesar de la claridad, y hacia el otro lado, la hilera de árboles secos que se
entretejían para formar el bosque de Santa Rigorreta, como le habían nombrado los
pueblerinos, un hermoso lugar que iniciaba donde terminaba la zona habitada del interior del
pueblo y que venía a recorrer todo alrededor del municipio para pasar por esta zona de los
andacos y terminar más allá de donde estaban los límites de Serentilíc de Angustias. El día
lucía formidable.
El guardián matutino se preparaba para dejarle su lugar a Calipso, que era el guardián
vespertino en el ciclo de turnos que cubría todo el día de guardia en los alrededores de la
comunidad. Esta precaución se había vuelto costumbre desde la sobrepoblación, cuando los
malandrines de las casas cercanas, ahora deshabitadas, rondaban los rumbos cercanos al
bosque y de vez en cuando intentaban infiltrarse en la comunidad con la idea de llevar a cabo
algún acto vandálico en las casas o contra sus habitantes, por lo que los andacos habían
dispuesto de estas medidas. Calipso había realizado su labor de guardia vespertino desde que
era un adolescente. Sí los andacos hubieran usado reloj, se habría dado cuenta de que su
entrada había variado por no más de cuatro o cinco minutos, y aunque el relevo se llevaba a
cabo según el tanteo temporal de cada guardia, ninguno de los turnos sufría retrasos
significativos.
Algunas nubes en las lejanías pintaban el cielo con trazos blancos, pero cuando bajó la vista,
Calipso vio entre el bosque algunas sombras, llamó a uno de los guardias de su mismo turno
que rondaba en las cercanías y ambos fueron a investigar.
Se introdujeron en el bosque. Calipso y el otro guardián pudieron escabullirse silenciosamente
hasta quedar detrás del extraño, que estaba cubierto con una gruesa manga de cuero encima
de una camisa a cuadros, unas botas afiladas y un pantalón desteñido y sucio. Parecía llevar
varios días en el bosque, cargaba una mochila que apestaba a sangre. Calipso y el otro guardián
delataron involuntariamente su presencia con un ruidillo al dar un paso y el hombre giró hacia
ellos en un movimiento ráfaga y por poco les dispara con su arma que parecía un arpón.
—Largo de aquí —les dijo con una mirada penetrante, —éste es mío, lo vengo siguiendo desde
donde inicia el bosque, cerca del pueblo.
—¿Qué es lo que vienes siguiendo desde el pueblo? —Le contestó con voz fuerte y cortante
Calipso —¿acaso no sabes que está prohibida la caza en este bosque?
—No te metas en lo que no te importa, tenemos un acuerdo con la gente del pueblo, mantente
fuera de esto ¿sí? —El hombre seguía buscando algo entre los árboles, apuntando su arma al
girar.
De las profundidades del bosque, una voz fuerte, muy ronca y resonante, les hizo notar a otro
hombre, que con su comentario cortó la respuesta que maquinaba Calipso
—¿Pasa algo con estos, Jilorio?
—Sólo son los habitantes de las orillas, que patrullan su territorio…
El hombre observó, serio, a los dos andacos.
—No se preocupen amigos, nos alejaremos, nomás déjenos atrapar a éste, se nos viene
escabullendo desde muy lejos —dijo el de la voz ronca.
—¿Por qué no van a practicar su deporte a otro lado? aquí ni siquiera hay buenos ejemplares.
—Les espetó Calipso, que no sabía de dónde había sacado el valor para dirigirse así a los
desconocidos.
—¿Deporte? ¿deporte, dices? Ningún deporte. Esto es negocio, ¿acaso no saben lo demandado
que está el pelaje del masuño? Y sí que hay buenos ejemplares por aquí. No se ofendan amigos,
pero solo estorban nuestro trabajo y ya nos vamos, lo más seguro es que el animal aprovechó
para alejarse, así que regresaremos a la zona cercana al pueblo.
Más tarde ese día, continuando con la guardia, Calipso se enteró de que dentro del bosque
había cinco o seis grupos pequeños de cazadores a parte del que ellos habían visto, y pudo él
mismo ver varias veces pasar algunas sombras confusas entre los troncos de los árboles. Lo
que no había escuchado todavía eran disparos que indicaran las actividades de los cazadores.
“¿Desde cuándo los masuños tienen demanda por su piel amarillenta y delgada?” Pensaba
Calipso, de acuerdo con lo que él sabía ni siquiera las culturas antiguas le daban uso, los pelos
crecen dispersos en la piel y no ofrecen mucha calidez, además el animal es pequeño, apenas
cubriría el cuello. Pero él no formaba parte de la sociedad que dictaba los parámetros que
empujaban a dicha demanda, no podía conocer las razones que rodeaban esta moda.
La tarde siguiente en la comunidad, los guardias, alertas, hacían sus rondas. Caminaban en
cualquier dirección pero dirigían la mirada hacia el bosque cada pocos segundos, los roedores
que solían recorrer los pastizales se parecían haberse guardado en sus madrigueras y las
personas que transitaban realizando sus labores en el campo o con los animales de granja
lucían mucho más intranquilos, intercambiaban miradas entre ellos y vigilaban el horizonte a
cada paso, los perros ladraban más que de costumbre y casi nadie se quedaba en casa. Los
andacos tenían la amarga experiencia de los invasores anteriores, ya nunca se sentían
dispuestos a recibir de buena forma a gente extraña cerca de su territorio.
Calipso acababa de entrar en su turno, se mantendría tan alerta como todo el día, desde la
mañana había salido a vigilar los alrededores aunque su horario de trabajo no hubiera iniciado.
Ya en su turno, tal como hacían los demás guardias, giraba su cabeza cada cierto tiempo para
vigilar la entrada al bosque. La presencia inminente de los cazadores les mantenía los pelos de
punta a todos en la comunidad, era como una punzada constante, algo que no podían
enfrentar, pero que tampoco podían evadir.
Mientras dejó un segundo de mirar hacia el bosque, algo llamó su atención y de inmediato su
corazón fue presa de palpitaciones locas. Se sintió sofocado. Un remolino de polvo se elevaba
lentamente en las lejanías, y aumentando de tamaño se acercaba hacia la comunidad. Caballos,
cabalgando velozmente en la llanura resquebrajada y reseca. "Calma..." se dijo Calipso, "tal vez
son solo más cazadores que quieren introducirse en el bosque por esta área." Aún esa idea era
molesta, pero algo en sus ropas oscuras y severas, gabardinas que ondeaban el recorrido y
sombreros sucios, le reiteraban que esto no estaba bien, cada segundo notaba más detalles.
Llamó a los demás guardianes, que se escondieron entre los arbustos de las cercanías. Sólo
quedaba él, que se había quedado pasmado en sus pensamientos. Cuando reaccionó, un frío y
duro metal tocó su sien. “Idiota” pensó. La pistola presionó un poco más en su cabeza y tuvo
que caminar hacia donde le indicaron, el calor de su cuerpo lo había abandonado, dejando un
terrible vacío. Los hombres a caballo continuaban acercándose hacia la comunidad, pero sus
ayudantes habían llegado antes que ellos, y ahora Calipso estaba a su voluntad. Los demás
guardias salieron de sus escondites custodiados cada quién por uno de los misteriosos
hombres, que apuntaban con sus pistolas a sus espaldas o sus cabezas. Calipso y sus hombres
fueron sujetados con sogas en brazos y piernas, los hombres los dejaron en la tierra a cierta
distancia entre ellos, y tres de los hombres se quedaron vigilando a los amordazados, mientras
el resto del grupo se internaba en la comunidad. Los hombres a caballo ya habían llegado, pero
se mantenían distantes, todavía montados y comentando algo entre ellos. A Calipso le pareció
que el grupo era más reducido de lo que él había observado venir por las lejanías de la llanura,
parecían tranquilos y confiados, sus rasgos eran recios, eran hombres de estatura pequeña y
tez morena, como los habitantes de la sierra de Royula, pero parecían tener mucha experiencia
y sagacidad. Calipso, amordazado, era el único que los invasores habían colocado boca abajo.
La tierra apestaba a orines de perro y se le pegaba en la barbilla. En esta posición no podía
vigilar lo que sucedía en la comunidad y temía por la vida de sus hijos, su mujer y sus amigos,
desprotegidos e ingenuos, esperando algún mal proveniente del bosque y descuidando el
horizonte de la llanura, justo como él había hecho.
Al acercarse la puesta de sol, los hombres que habían llegado a caballo se habían reunido con el
resto de su grupo y platicaban entre ellos, cerca de donde Calipso y sus hombres permanecían
amordazados.
Calipso tenía retorcido el corazón y como todos los demás guardianes, se revolcaba por el piso
de la desesperación después de escuchar algunos disparos a lo lejos. Parecían provenir del
bosque, por lo que Calipso pensó que algunos de sus compañeros de comunidad habían
intentado huir, y habían muerto a manos de estos hombres.
—Son tranquilos.
Dijo alguno de los invasores que regresaban, Calipso los escuchaba a sus espaldas, escuchó el
llanto de varios de los niños y de las mujeres andaco que venían junto con ellos...
—¿Y los hombres? —Uno de los que habían llegado a caballo y que parecía ser el líder alzó por
fin su voz, hablaba como la gente de la sierra de Royula, pero Calipso conocía a muchos de
ellos y no le había pasado por la mente que podían comportarse así.
—Los amarramos como a estos, pero ni modo de cargarlos hasta acá—, le contestó otro
hombre de los que habían regresado —se quedaron Doce, Cuatro y Once a cuidarlos, ¿no han
regresado los que se iban a encargar de los masuños que vimos?
—Les dejamos arpones y algunos rifles, he escuchado varios disparos durante toda la tarde, no
han de tardar —dijo el líder—, voltién a este, según dijo Seis parece ser el líder.
Cuando fue sentado sobre la tierra, Calipso pudo ver con más detalle a los hombres, todos
vestían ropajes desteñidos y parecían haber confeccionado sus ropas con diferentes retazos,
sus gabardinas terminaban en rectángulos irregulares de tela, como dientes. Todos ellos
portaban joyas ridículas y enormes colgando de sus cuellos, sus zapatos eran sin excepción de
un blanco reluciente; el líder se distinguía fácilmente, era el único que portaba una corbata
color cereza por encima de la gabardina y usaba un bastón de madera recia y oscurecida por la
mugre.
—Háganle como puedan y reúnan aquí a todos los hombres que dejaron amarrados allá— dijo
de nuevo el líder, dirigiéndose a uno de los que habían regresado.
—Sí, Nueve, enseguida los traemos.
Nueve se dedicaba a vigilar cómo sus hombres iban y venían cargando a los andacos
amordazados, y los regañaba enardecidamente cuando estos intentaban arrastrar a los
trasladados en lugar de levantarlos. Las mujeres y los niños continuaban sentados, libres de las
mordazas y las amarras, pero vigilados por otros hombres armados, mientras los hombres de
Nueve terminaban el trabajo.
—¿Son todos?
—Sí, Nueve, son sesenta y ocho.
—Pensaba que eran más, no es una comunidad muy grande, y todos son muy jóvenes,
esperaremos a los que se han internado en el bosque para darles las indicaciones, parece que
tienen un retraso...
Justo cuando Nueve terminaba de decir estas palabras se escucharon las herraduras golpear
cerca de la entrada del bosque, venían hacia acá, eran los que hacían falta de la cantidad que
Calipso había contado en las lejanías, cabalgaban más tranquilos y arrastraban un bulto de tela
amarrado a cada caballo, cuando llegaron junto a todo el grupo el líder preguntó:
—¿Porqué tardaron tanto?
Uno de ellos, que parecía tan fuerte y experimentado como el líder bajó del caballo antes de
que éste dejara de cabalgar, y sin perder el equilibrio trotó con la inercia del desmonte y
acomodándose el sombrero.
—Estaban muy dispersos, eran un grupo y se asustaron con el ruido del primer tiro, tuvimos
que andarlos cazando, pero tenemos bastantes ejemplares.
Los hombres que acababan de llegar fueron ayudados por otros de los que ya estaban ahí para
desatar los bultos de tela, Calipso vio la sangre que se filtraba en la tela de los bultos y vio una
garra de masuño rígida y amarillenta que salía de uno de ellos.
—Con los favores que nos debe el alcalde haremos que corran a los otros cazadores y pronto
tendremos mejores ejemplares, solo para nosotros. Buen trabajo, Veintiséis.
—¿Cómo ha ido todo aquí? —dijo Veintiséis
—Son muy tranquilos, todo va de acuerdo al plan, ninguno se resistió.
—Bien hecho, Nueve, ¿les has dado las indicaciones?
—Para eso los esperábamos...
La cabeza de Calipso lo mataba de dolor, perdía el control de sus pensamientos cada segundo,
pero sabía que esas indicaciones de las que hablaban marcarían el rumbo de las cosas de ahora
en adelante y tendría que poner toda su atención.
—Ninguno de ustedes está en posición de desobedecernos. El que desobedezca puede darse
por muerto —el líder, Nueve, hablaba con tranquilidad, tenía la facilidad de palabra de un
vendedor con dientes de oro, estaba montado en su caballo, trotando en el mismo lugar y
dando pequeñas vueltas mientras gritaba. Todos los demás, incluidos sus hombres, lo
escuchábamos desde abajo. —Su vida no tiene que cambiar ahora que estamos aquí, la única
diferencia es que tienen que respetarnos. Pueden seguir sus rutinas mientras cumplan con las
tareas sencillas que designaremos para ustedes. Estaremos vigilando durante todo el día el
área, puede que muchas veces se sientan solos y crean que hemos desaparecido, pero
seguiremos aquí.
Las mujeres habían dejado el llanto, pero algunos niños continuaban con sollozos.
—Si su inquietud es saber qué va a pasarles y qué es lo que hacemos aquí, les puedo asegurar
que su pellejo está a salvo mientras acepten nuestras indicaciones y no quieran pasarse de
listos. Lo que hacemos aquí es asunto nuestro y no necesitamos que lo vigilen, lo averiguarán a
su tiempo, mientras tanto, todos serán liberados y devueltos a su vida normal. Su primera
tarea será pelar a esos masuños muertos y después cavar una zanja en la que puedan caber los
bultos pelados, los enterrarán y después pueden irse a dormir tranquilamente.
Muchas maldiciones pasaban por la mente de Calipso, la idea de una persona con ese grado de
cinismo le provocaba náuseas, Nueve hablaba como si los andacos tuvieran que estar
agradecidos por la invasión y necesitaran seguir las reglas del juego para obtener
recompensas. Pero se detuvo en sus pensamientos. Su manera de vivir y su educación pacífica
le impedían reaccionar, después de todo, no habían hecho daño a ningún comunitario y
prometieron respetarlos, pero eran sólo palabras, y el hecho de que estos imbéciles se
sintieran con la libertad de tomar las riendas en una tierra que no les había costado el sudor y
la muerte de antepasados era algo real, lo estaba viviendo. Alejó estos pensamientos y continuó
cavando, mientras las sombras confusas entre los matorrales se diluían en la noche, vigilantes
y frías.
La mañana siguiente iniciaba normal, los roedores zambullidos entre el pastizal iban
regresando a las persecuciones, un dorado resplandor rodeaba los arbustos secos, y los
pastizales resonaban empujados por un leve viento. Las áreas de la comunidad se habían
vuelto a llenar de andacos. Tal como lo anunció Nueve, parecían estar solos y los invasores
habían desaparecido, pero los andacos estaban viviendo la sensación de ser extranjeros en su
propia tierra.
A partir del medio día, los invasores habían estado llevando bolsas de tela llenas de ejemplares
muertos de masuños, y con cada bulto que llevaban un guardia se quedaba a la vigilancia. Así,
al medio día tenían tres bultos llenos, en los que Calipso calculó habría unos diez o doce
masuños por envoltorio.
—Parece que lo tienen todo bajo control —Calipso y Gerio, uno de los que junto con él había
sido guardián hasta un día antes, caminaban juntos y platicaban en voz baja volteando hacia
todos lados, cuidándose de no ser escuchados. Iban por una vereda que llevaba a un sembradío
donde ayudaban a cargar la cosecha. Con los invasores, se les había prohibido a los guardias
realizar sus rondas, ellos habían sido los únicos a los que se les prohibía realizar su trabajo—…
¿Pero es que las autoridades del pueblo no están enterados de lo que sucede aquí?
Necesitamos que alguno de nosotros se escabulla hacia el pueblo y les dé aviso...
—¿Crees que a alguien del pueblo le importa lo que nos suceda? Vamos, Gerio, piénsalo un
poco, escuché a Nueve decir que el alcalde les debe favores, y además sabes cuánto nos
desprecian las gentes de dinero en Serentilíc. Pagarían por que nos eliminaran mientras
puedan lavarse las manos. Esto vendría a darles la solución perfecta.
—Siempre has sido tan negativo, no te pareces a nosotros, ¡en el pueblo nos escucharán! Esta
situación está fuera del control de cualquiera de la comunidad, además, recuerda nuestro
pacto pacífico de nuestros antepasados al llegar aquí —Gerio recitó uno de los dictámenes que
todos los andacos conocían desde niños—: ”eres parte de la tierra, hermano, deja que ella guíe
el destino que te ha otorgado y vivirás feliz.” Nuestro deber es cumplir con la ley del municipio
en el que radicamos y salir de esta situación con la paz que ha caracterizado a los andacos
desde que estamos en esta tierra.
—¿Acaso no ves las dimensiones de esto, Gerio? Pensaba que eras la primera persona a quien
debía decirlo, porque eres inteligente y comprendes lo que sucede siempre, pero parece que
me equivoqué —Calipso arrastraba su voz y cuidaba decir con exacta pronunciación cada
palabra—, no estamos hablando de conductas sociales, ¡estamos hablando de esclavitud! Estos
tipos nos tienen en sus manos, si no hacemos realmente algo, nos tomarán entre sus garras y
podrán decidir nuestro destino mucho mejor de lo que lo hace la madre tierra, ¡ellos tienen el
poder de destruirnos! —Calipso se quedó mirando a Gerio con una cara de niño, esperaba una
reacción a favor.
—No lo creo, ellos tienen mucho que perder si nos pierden a nosotros.
—Claro que no, ni siquiera han pedido comida, por si no lo recuerdas lo que les interesa son
los masuños, nosotros estorbamos en su camino y la piedra se les hará cada vez más pesada.
Vamos, Gerio, no son nuestros cordiales invitados y no tenemos porqué ser unos buenos
anfitriones, esta es nuestra casa...
—Habrá tiempo de comentarlo después —Calipso captó una leve esperanza en la voz de
Gerio— ya casi llegamos, no hay que preocupar a nadie más.
Calipso veía pasar los días y veía también pasar a todos sus compañeros de la comunidad de un
lado a otro, haciendo sus labores y cumpliendo con las tareas que los contrabandistas les
imponían. Parecían consternados y a veces enojados, pero nunca nadie se quejaba, ni siquiera
en las pláticas entre los miembros de la comunidad. Los contrabandistas se hallaban
enteramente cómodos. A partir de la segunda semana habían pedido que les prepararan la
comida y entre algunas de las tareas que asignaban a los comunitarios se encontraban la de
quitar la piel a los masuños, enterrar los cuerpos sobrantes y dar mantenimiento a caballos y
armas, esta última siempre tenía que ser hecha por mujeres o niños, jamás dejaban que
hombre alguno tocara las armas.
—¿Y cómo son los arpones? —Como todos en la comunidad, la mujer de Calipso odiaba hablar
de lo que tuviera que ver con los contrabandistas, y Calipso pudo ver como su postura
cambiaba al escuchar la pregunta, parada, de espaldas a él— Por eso nunca se escuchan
disparos ¿no es cierto? Dicen que tienen que usarlos porque las balas les dan tiempo de correr
y los arpones los sujetan, debe ser horrible...
—Claro que debe serlo —Las palabras de la mujer de Calipso surgían y terminaban rápido—.
¿Puedes dejar de pensar en eso?
—No. No puedo dejar de pensar en eso, ni tu, ni nadie en este lugar, pero soy el único que lo
dice...
—Pues entonces deja de decirlo, deja que la madre tierra decida.
—Quizás la madre tierra quiere que actuemos, Sella, ellos pisan el mismo suelo que nosotros,
pero les importa poco o nada despreciar a los que se comunican con su propio lugar, y nos
utilizan; si somos parte de la tierra, ella entenderá que la defendamos.
Sella miró a Calipso desencajada, no le gustaba su tono, no le gustaba su manera de pensar y se
sentía acosada en lo más profundo de sus principios pacíficos, estaba sudando, las palabras de
Calipso le daban miedo y tenía miedo de llorar de seguirlo escuchando.
—¿Qué estás insinuando, imbécil? —Calipso jamás la había escuchado maldecir— ¿Que
debemos luchar? Moriría la comunidad entera en el intento...
—Claro que habría sacrificios, pero eso no quiere decir que fracasaremos. En las noches
duermen casi todos ellos, si nos organizamos los guardias estarán muertos para cuando los
otros comiencen a darse cuenta de lo que sucede, y entonces...
—¿Muertos? ¡¿Muertos?! ¿Qué seríamos entonces? Algo mucho peor que ellos, unos asesinos.
Te has tragado tus creencias y estás pensando como los que viven dentro del pueblo, ya no
pareces un andaco.
Calipso nunca antes había sentido ese dolor interno, el enojo y la impotencia que lo invadían y
le trababan las articulaciones, pero sobretodo sentía una inmensa soledad y el desánimo
comenzó a dominarlo. Ya no supo qué decirle a Sella.
—Regresemos al trabajo…
—Han cruzado la línea, te lo digo, hay que ser idiota para continuar así, ¿qué sigue de esto?
—Cálmate, Calipso, ahora te entiendo, no quería verlo y tenía la esperanza en la Madre Tierra,
pero si dejamos que esto siga... si dejamos que siga así —a Gerio le temblaban los labios,
parecía un niño a punto de llorar—… las que seguirán serán mi mujer, o la tuya.
—Puede ser la de cualquiera, o todas si así lo desean, ¡malditos! dijeron que no harían daño a
nadie. ¿Seguro que no sospecharán de que entremos aquí?
—¿Acaso podemos estar seguros de algo?
—No lo sé, pero esta maldita comunidad parece guardarse los sentimientos, ¡una mujer ha sido
violada! ¿qué más necesitan para hacer algo que detenga esto?
—Lo sé Calipso, tampoco puedo creerlo, hablé hace dos días con Índigo y me dijo que él
también estaba al punto del quiebre, y una de las mujeres nos escuchó y nos dijo que
necesitábamos organizarnos, hacer algo. Tal vez más de los que pensamos comparten nuestra
idea.
—¿Cuántos crees que podamos reunir?
—No creo que más de diez... cuidado, alguien se acerca —guardaron silencio al instante y Gerio
se disponía a salir primero, tiró de la puerta para abrirla y antes de que se encontrara fuera
Calipso le habló en voz baja:
—Confirma a los interesados en el transcurso del día y nos vemos mañana antes de que ellos
vuelvan de la caza matutina, a esa hora parecen no estar, un poco después del amanecer. Aquí
mismo. Yo traeré a algunos también —Gerio asintió levemente y cerró la puerta tras de sí.
Calipso lo escuchó saludar afuera, era alguien de la comunidad.
El día inició agitado, al parecer algunos cazadores extranjeros se habían organizado y habían
acorralado a algunos de los invasores, se habían escuchado detonaciones desde el bosque y los
invasores no habían regresado desde hacía varias horas.
—La tierra nos favorece, Calipso, cuando regresen estarán fulminados y distraídos por la
batalla, si es que regresan. El pelaje de masuño realmente debe valer mucho.
—Claro que vale mucho, por eso toman estos riesgos, por eso para ellos vale la pena tenernos
así o destruirnos si es necesario. ¿Tienen todo listo los demás? Me siento impaciente y
nervioso, pero quiero hacerlo con toda el alma. Después de las violaciones que se han
confirmado. Esto es demasiado.
—Ese idiota de Nueve prácticamente se ríe de nosotros cuando le han contado lo que sus
hombres están haciendo, esto no va a detenerse... ¿le has dicho a Sella?
—No. Estoy seguro de que me delataría. —El dolor en la voz de Calipso era notorio—. Está fuera
de esto… además no podemos posponer esta decisión ni dejarla de lado esperando a lo que
quiera la Madre Tierra, ella misma nos dará fuerza el día de hoy.
Casi había llegado el atardecer cuando los distantes golpes en el piso comenzaron a resonar
desde el bosque, venían casi todos los caballos, a excepción de uno o dos, según los cálculos de
Calipso, y atrás venían hombres a pié. Lucían cansados y llenos de tierra, casi ninguno cargaba
bultos como otras veces, y todos tenían su escopeta o su arpón sobre el hombro. Mientras se
acercaban a la entrada de la comunidad Calipso pudo ver las siluetas entre los arbustos. Se
sentía tan nervioso y excitado como sus hombres escondidos. Sentía que la emoción no cabía
dentro de su cuerpo. El galope de los caballos que se acercaban se le hizo más lento de lo que
en realidad era, cada segundo se sucedía en cámara lenta y casi pudo escuchar una música en
su mente mientras se aproximaban a la entrada. Pero de pronto recordó que no podía perder
el tiempo, él también tenía una posición y debía ocuparla de inmediato.
Ante el nerviosismo, por un instante le pasó por la mente cancelar el plan... pero la sangre le
hervía, “si seguimos esperando el momento perfecto nos daremos cuenta muy tarde de que ya
pasó. Ese momento es hoy.”
Al principio se vio únicamente una densa neblina de polvo a la entrada de la comunidad. El
ruido del metal retorcido entrechocando y raspando por todos lados, el relinchar de los
caballos y algunos gruñidos crearon la confusión planeada por calipso y sus ayudantes, algunas
patas de los caballos caídos se empezaron a ver entre la nube de polvo, que se disipó después
de unos segundos. Los hombres de Calipso que se ubicaban a la entrada habían levantado un
largo madero al que habían amarrado un montón de utensilios filosos, todo lo que pudieron
conseguir. Lo mantuvieron enterrado y lo subieron a la altura de los jinetes cuando estos
entraban a la comunidad, tomando cada extremo entre cuatro y después avanzaron corriendo
entre los caballos para tirar a los de atrás. Fueron todos tirados de sus caballos, algunos se
revolcaban gritando o gruñendo, apretando sus gargantas o sus pechos, otros yacían en la
tierra sin moverse, la mayoría de los caballos había caído, pero algunos sobrevivientes, se
alejaban despavoridos. Calipso veía todo desde su escondite; estaba mal llamarlos sus
'hombres', la mayoría de los que habían acudido al llamado eran mujeres y allí estaban
haciendo gran parte del trabajo.
Los que se acercaban a pie se detuvieron un momento al ver lo que sucedía y parecieron
retroceder, la gran mayoría de la gente del pueblo, que no se veía involucrada, miraba
estupefacta y se acercaba a la zona del suceso, algunas mujeres empezaron a gritar y a
cuestionar a sus propios comunitarios, otros hombres que se encontraban cerca o se iban
acercando gritaban enojados por los actos, pero no tomaron cartas en el asunto y todos los
andacos que no participaban se congregaron asustados bajo un gran árbol. Los hombres
formaron una especie de círculo para proteger a mujeres y niños. El grupo de rebeldes de
Calipso desmantelaba el madero lo mejor que podía y usaba las armas para terminar el trabajo
con los jinetes, los hombres que venían a pie y que habían retrocedido, comenzaron a disparar,
y el grupo de andacos de la entrada retrocedió hacia el centro de la comunidad, dispersandose
entre las casas. Los invasores de a pie se acercaban rápidamente disparando, corrían hacia la
comunidad, dos rezagados del grupo de la entrada cayeron a tierra mientras regresaban.
Estaba llegando el momento de Calipso para entrar en batalla, pero tenía que esperar. Los
andacos que se mantenían al margen se habían refugiado en el edificio detrás del granero que
era el edificio más grande de la comunidad y desde allí intentaban ver lo que sucedía.
Los hombres de infantería de los contrabandistas entraron al pueblo. Disparaban para todos
lados y se fueron introduciendo más, siguiendo a algunos de los rezagados, pronto se
encontraron en medio de la comunidad y el segundo grupo, de apenas cinco elementos,
liderado por Calipso salió de entre otros arbustos, detrás de los invasores, que se vieron
tomados por sorpresa, dos de los compañeros de Calipso portaban pequeños revólveres que
detonaron varias veces, mandando al piso a siete u ocho de los invasores, que se escondían
donde podían y disparaban sin puntería. Calipso y los otros dos guerreros tomaron con sus
azadones afilados a cualquiera que se cruzara en su camino. Los enemigos continuaron
cayendo, pero aún muchos quedaban en pie y tres de los cuatro sorpresivos que acompañaban
a Calipso cayeron. Calipso y uno más lograron esconderse quién sabe dónde.
—¡Malditos sean! ¡salgan, bastardos! —Gritaban los invasores. Algunos rengueaban y todos
lucían aporreados y asustados, pero eran bastantes. Empezaron a reunirse en el centro de la
comunidad.
—¡Ahora! —Gritó Calipso. Y él, su acompañante en pie y un pequeño equipo de asalto que
esperaba escondido su momento, salieron desde los matorrales cercanos al granero—, ¡es
nuestra oportunidad, vamos todos! —Gritó Calipso al pasar corriendo a toda velocidad junto a
los que no se involucraban, tratando de animarlos. Ninguna respuesta. Los participantes
siguieron corriendo y cuando estuvieron a buena distancia, Calipso y los otros lanzaron unos
afilados bastones que llevaban en la mano, y que fueron a dar al cuerpo de varios de los
invasores que se retorcían en el piso y se quedaban tiesos—. ¡Cúbranse! —indicó Calipso a su
grupo. Los disparos de los invasores volvieron a sonar y a rebotar en los muros y en los
árboles, pero este grupo de hombres de Calipso tenían un par de rifles, que como otras de las
armas habían sido robados por las mujeres a los contrabandistas, y aunque no tenía muchas
municiones, habían guardado el golpe para el final para contestar por sorpresa.
Con la confusión y la sorpresa de los invasores, la suma de caídos de éstos fue demasiado y
comenzaron a retroceder hacia la entrada del pueblo, aunque Calipso calculaba que esos tipos
todavía mantenían una ventaja numérica de tres a uno o más.
Los aliados de Calipso que portaban los objetos cortantes y que se habían escondido al
principio de la refriega, salían ahora de distintos puntos de la comunidad, y apalearon y
tumbaron a varios de los invasores, pero no pudieron hacerlo mucho tiempo y sucumbieron a
las armas de fuego. Mientras, los elementos que se escondían con Calipso y otros que habían
logrado escabullirse, avanzaban hacia los invasores desde dentro del pueblo, disparando y
lanzando rocas y varios objetos, tratando de reagruparse para tomar valor en el
compañerismo. Los invasores enardecieron con el triunfo sobre los apaleadores y enfrentaban
a los hombres y mujeres que quedaban, los hacían retroceder, ahora hacían uso de su número
y habían dado muerte a varios, Calipso y unos cuantos sobrevivientes se refugiaron cerca de
los indecisos que no participaban, y que continuaban tremendamente asustados.
—¡Idiotas! —les dijo Calipso—, si ustedes ayudan seremos mayoría, ellos no podrán, esperen a
que nos acerquemos y tomen diferentes posiciones para que nos apoyen, si los toman por
sorpresa no los verán llegar y podremos recuperar nuestra tierra...
—Ríndanse, no pueden ganar, aquí están tus hijos y tu mujer, Calipso, no los arriesgues más, ni
a ellos ni a nuestras familias, ¡o lárguense de aquí antes de que ellos asocien su revuelta con
nosotros y piensen que estamos con ustedes!...
—No tiene caso pelear por ustedes —Calipso tomó su arma, apretandola con firmeza, suspiró
con fuerza y gritó a sus mujeres y hombres aunque sabía que todos estaban cerca de él.
—Hoy se termina nuestra raza, los que queden vivos no tienen derecho a ser recordados, la
Madre Tierra así quiere que sea, ¡adelante!
Las lágrimas recorrían su rostro mientras corría, pero Calipso sabía que el final hubiera sido
peor de no haber peleado, sus hijos quedarían vivos, ellos nunca hubieran podido participar,
eran pequeños, en cambio su mujer era fuerte y hubiera sido de gran ayuda, pero como todos
aquellos cobardes, Sella se quedaría detrás del granero. Él estaba donde quería, sacrificando
sus últimos momentos al lado de sus hermanos, de los verdaderos andacos.
Muchos años después, la noticia de la matanza a las afueras de Serentilíc llegaría en forma de
un pequeño reportaje en un diario de Guadalajara. El muchacho del que se había conseguido
ese relato era hijo de uno de los que perecieron en la revuelta, no recordaba bien a su padre,
pero su madre le había contado los hechos de los que él tenía sólo recuerdos rojos y fugaces. La
comunidad ahora se llamaba Comunidad Nueve, en honor a un gran líder que había perdido la
vida el día en que sus nuevos habitantes habían tomado posesión. Ese día mataron a todos los
hombres de la antigua comunidad, se quedaron con las mujeres y tenían hijos con ellas y la
comunidad crecía hasta casi llegar a juntarse con la parte poblada de Serentilíc, el chico había
sobrevivido a escondidas antes de salir de la comunidad conquistada y su madre lo había
llevado cerca del bosque para que huyera. Ahora era el único que conocía la historia de los
desaparecidos andacos.
Por mi parte tengo la intención de que esta historia llegue más lejos, pero por el momento sólo
me permitieron publicarla en una pequeña columna en la que resumí de una manera raquítica
los terribles hechos, tengo el reto de darle mayor difusión, por eso la he transcrito aquí. No he
vuelto a ver al muchacho.
UNA MANERA DE MIRAR
Habían pasado muchos años desde que la figura del carnefo apareciera en todas las
descripciones del pueblo, pero aún seguía siendo parte del folclor lo que ahora se contaba
como leyenda.
Serentilíc había crecido mucho desde entonces. Una o dos décadas después de los
acontecimientos del también llamado “asesino tragón”, los turistas habían abarrotado los
hospedajes para conocer el pueblo, que con esos actos sangrientos del pasado se había llenado
de una extraña pero retribuyente mística. Varios de los empresarios de Guadalajara y de otras
partes del país se interesaron en la inversión, y atinaron aumentar su fortuna haciendo
promocionales de ferias de miedo, expos y convenciones durante la mayor parte del año, lo
que llevó a que pronto Serentilíc fuera visitado por turistas de todas partes de la orbe debido a
la fama que acumularon sus múltiples festividades, que gracias a la mercadotecnia habían
adquirido un estilo de terror oscuro pero encantador.
Todos estos movimientos trajeron con sigo la construcción de mayores hoteles, restaurantes y
centros comerciales, edificios enormes dieron abastecimiento, albergue y entretenimiento a
todos los viajantes ansiosos de conocer las leyendas oscuras de Serentilíc de Angustias,
recorriendo sus calles, las mismas por las que había pasado, décadas atrás el famosísimo
carnefo, del que se vendían miles de playeras, máscaras, muñecos de acción y todo tipo de
recuerdos a diario. Los habitantes del pueblo perdieron el instinto migratorio que los había
caracterizado años atrás y al fin pudieron quedarse a trabajar en su propio municipio, que
creció con rapidez y que progresó como nunca en toda su historia. Trabajos como el de
agricultor y ganadero casi estaban extintos y entonces se podía ver a la gente trabajando en
seguridad, recopilación de datos, contabilidad, manejo de personal, limpieza y todos los
departamentos necesarios para que una empresa continúe laborando decentemente. La vida
se había vuelto más costosa, pero los salarios eran seguros y rutinarios y permitían una vida
como la de la gente de la ciudad, y es que Serentilíc era ya una ciudad.
Los años continuaron pasando y paulatinamente la gente de fuera se desentendió de los
acontecimientos y novedades de Serentilíc. Año con año los turistas disminuyeron en cantidad
y las leyendas se volvieron monótonas. Los robos, el ambicioso aumento de precios y la
proliferación del vandalismo importado de otras ciudades, hizo que una vez más el pueblo
fuera parte del olvido multitudinario. Los empresarios se cansaron de ver su dinero
disminuyendo y antes de que los bolsillos se volvieran más dolorosos, abandonaron las
inmediaciones que habían construido, dejando esqueletos de hormigón y cemento en las
principales calles de la ciudad. Pronto los enormes edificios fueron invadidos por la calaña de
las orillas.
Ahora, tantos años después de las leyendas y la gloria de Serentilíc, los más grandes
monumentos conmemorativos de la época de oro se habían convertido en nidos de tribus
urbanas, y la violencia y la inseguridad reinaban el primer cuadro de la ciudad y algunas calles
más alrededor. El cáncer resultante de la caída económica amenazaba cada día con expandirse
y enfermar todas las calles del pueblo.
La noche se llenaba con los murmullos del viento, las densas sombras de los edificios
contrastaban con el resplandor de la luna, que junto con las decadentes luminarias callejeras
formaba juegos de luces rectas y poligonales, azules y secas que invadían el pavimento y
contorneaban las enormes columnas de las construcciones. Luces y sombras se doblaban aquí
y allá formando una ciudad cerrada y consumida, intransitable al anochecer. Botes de lámina y
contenedores de basura ardían en cada esquina, brindando calor a vagabundos y desposeídos
nocturnos, todos con túnicas raídas y de un color desteñido, adquirido con el paso de los años
entre las calles. Compartían el pan o luchaban entre ellos por él, y los botellazos y gritos de los
enfrentamientos de tribus formaban parte de la sinfonía de la noche.
Rulo piscaba entre los botes de basura los sobrantes de la cena, infiltrado entre las casas de la
primera zona residencial protegida por muros, que colindaba con el contaminado y
degradante hedor de la zona centro. Se las había arreglado para burlar la vista de los guardias
y se había pasado del otro lado de la barda con un esfuerzo tremendo de sus extremidades.
Sentía aún doloridas las piernas y muy cansados los brazos, pero conseguir la cena era tarea
indiscutible para un muchacho de apenas diecisiete años, en pleno desarrollo y con un nivel
considerable de desnutrición. El estómago lo había impulsado esta y todas las noches. Sabía
que si los guardias se daban cuenta de sus fechorías, tendría muy poco tiempo para
escabullirse entre las casas y brincar de nuevo la barda, deseando que afuera no estuvieran
esperándolo con sus armas de largo alcance, pero si esperaba el momento oportuno para
conseguir un poco de comida este nunca llegaría.
Algunas noches esos cerdos de los guardias se divertían disparando como en la feria hacia los
habitantes de la zona centro, sus malditas armas alcanzaban distancias de más de cuatro
manzanas, y aunque eran malos tiradores, la mira telescópica les permitía manejarse con un
rango mayor de precisión, la mayoría de las veces no llegaban más que a explotar algún tambo
ardiente o a sacar un susto tremendo a los durmientes del interior de algún edificio
reventando algún cristal de los pocos que quedaban sin estallar o perforando las ropas
colgadas en las ventanas. Pero en varias ocasiones había ocurrido que los proyectiles
impactaran y perforaran a alguna persona, por supuesto, a ninguna autoridad le importaba un
individuo menos de la zona centro, pero los que habitaban el área sentían miedo y preferían no
asomar a la ventana durante las noches y en la medida de lo posible hacer lo mismo durante el
día.
Por fin Rulo obtuvo su recompensa de los tambos de basura de la zona residencial. Algunos
huesos con un poco de carne y media ración de miñoscos capeados, contenidos en una bolsa
biodegradable de color verde opaco. Ayudó a su fiel acompañante de todas las noches, Tacio,
que había estado revisando otros botes, a subir encima de sus manos para brincar la barda y
este a su vez lo esperó del otro lado para ayudarle con la bajada. Por esta noche la cena había
sido presa fácil.
Las calles del centro de la ciudad estaban siempre llenas de esa grasa que relucía como lomo
de cucaracha. Ningún automóvil se atrevía a cruzar alguna de esas calles, los aguerridos
habitantes de la zona eran incendiarios especialistas. La luna se reflejaba en el pavimento
mientras las siluetas de Rulo y Tacio cortaban la luz y generaban bailarines y estiradas
sombras en su sigiloso paso a través de los edificios. Como gatos apresurados, cruzaban cada
calle volteando a ver a un lado y a otro y cuidadosos avanzaban simultáneamente, como si los
acompañara alguna melodía clásica.
En el último tramo del camino hacia el edificio que habitaban, una riña inició
estrepitosamente. Algunos “sixes”, distinguibles por su cabello corto con una equis rapada
justo en la nuca, se disputaban un pollo entero, que su líder protegía bien apretado bajo el
sobaco, contra los agresivos “perpos”, tipos chaparros pero con agilidad de lagartija. Los dos
desafortunados paseantes que venían de su recolección, pudieron mantenerse al margen
gracias a que ninguno de ellos intentó correr despavorido, cosa que molestaba siempre a los
ejércitos urbanos que lanzaban pedradas a matar a los transeúntes cobardes, pero Rulo y Tacio
sabían que tenían que continuar su camino como si una guerra no se estuviera llevando a cabo
a unos metros de ellos y esperando llegar al final de la calle justo como habían entrado.
Las peleas grupales entre las pandillas eran bastante comunes, el detalle estaba en saber de
qué forma preferían las pandillas que los transeúntes no involucrados se comportaran al pasar
por la calle de la lucha, muchas bandas tenían caprichosas formas de exigir el comportamiento
a los caminantes, las reglas de movilización en las calles del centro de la ciudad adornaban la
forma de vida de las calles de arrabal.
Al llegar al lugar que habitaban y que compartían con otros dos compañeros, Rulo y Tacio se
encontraron en una madriguera en uno de los pisos superiores de un edificio que se había
planeado como un casino, pero la obra nunca se concluyó. Las paredes podrían ser talladas
durante mucho tiempo antes de que la grasa y las costras negras cedieran, las moscas
tapizaban las esquinas de las paredes, formando tapetes oscuros en los rincones, pero en la
noche no se veían y apenas se escuchaban ligeros zumbidos si no se les molestaba. La madera
del piso había sido arrancada hacía mucho tiempo y quedaba un frío y rugoso piso de concreto,
que en algunas partes se encontraba cubierto con las viejas cobijas en las que los inquilinos se
enrollaban usándolas de cobertor y colchón en una misma posición. Ya en su espacio, mientras
trataban de llegar a su rincón exclusivo, sus pies pateaban y arrastraban los restos de comida y
demás basura de los días anteriores. Sus concubinos, con los que habían pactado compartir su
alcoba, estaban a medias de la cena y cuando ellos entraron en el cuarto tomaron los alimentos
que tenían entre sus manos y los acercaron más hacia sus cuerpos y los vieron pasar junto a
ellos con una mirada recelosa y un montón de migajas alrededor de los labios. Rulo y Tacio se
sentaron en sus cobijas, se recostaron y sacaron sus recompensas nocturnas para devorarlas al
instante. La atención de los otros dos comensales pareció tomar otro giro al ver las raciones de
sus compañeros. El hambre nunca terminaba, pero si compartías un cuarto con alguien no
podías quitarle la comida pues podrías no despertar.
Los dos mirones debieron aguantar sus ganas de tomar lo ajeno, y Rulo y Tacio siguieron
engullendo las raciones que sus dedos tomaban de las bolsas hacia la boca.
La enclenque puerta de metal crujió terriblemente con un golpe seco, el pasador que los
mantenía apartados del pasillo cedió y tres niños y una mujer, todos vestidos con lo que
parecían sábanas enrolladas a su cuerpo, entraron cayendo uno encima del otro, su intensa
mirada no se apartaba de las bolsas de comida que Rulo y Tacio cargaban en sus manos. Los
niños se lanzaron sin pensar hacia las bolsas que ellos mantenían estupefactos, pero los otros
dos compañeros no se quedaron a esperar lo que iba a suceder, la idea de ser invadidos era un
trauma arraigado muy profundamente en los habitantes del centro de Serentilíc, y que una
situación así se presentara, enardecía la furia dentro del pecho de cualquiera de ellos y hacía
brotar el instinto. Con miradas locas y fuera de sí, los compañeros de Rulo y Tacio tomaron a
los niños en sus brazos y los empujaron con fuerza de regreso al pasillo, la mujer gemía: “un
taco, por favor, un taco”. Los niños pataleaban y pelaban los dientes como perros rabiosos, y
regresaban un instante después de ser lanzados más allá de la entrada. Rulo y Tacio se habían
puesto de pié, pero ninguno de los dos se animaba a tomar parte, los niños seguían insistiendo
y los otros dos continuaban haciéndolos retroceder a la fuerza. La madre, que sostenía otro
niño en brazos, estaba medio tirada en el piso, con la mirada perdida y parecía susurrar algo al
aire, ella y los niños debían estar bajo el efecto de alguna de las drogas caseras que circulaban
por todos lados. Uno de los compañeros defensores tomó un palo que tenía a la mano y los
niños se quedaron parados, acechando todavía con esa cara de locos. Rulo no sabía quién
actuaba peor. Sus concubinos habían perdido el control y se dejaban arrastrar por su lado
animal, parecían estar también bajo el efecto de alguna droga —podría ser eso—, pero
recordaba que unos momentos antes del asalto a los botes de basura, él y Tacio habían estado
tomando algo también, y aunque el efecto seguía, no sentía el impulso de atacar a un grupo
hambriento de niños y le parecía que Tacio compartía su forma de pensar. Uno de los niños
corrió con un grito hacia la bolsa de Tacio, pero un fuerte impacto hizo que el niño cayera de
bruces antes de poder tocar su meta, el palo había dado justo en la nuca, con un sonido que
retumbaría toda la noche en las cabezas de Rulo y Tacio. Después de que el golpe fuera
asestado, todos en ese cuarto se quedaron mirando y el tiempo se detuvo. Los niños
retrocedieron arrastrando a su desplomado hermano y la madre, después de un rato de
jaloneos de sus hijos, pudo levantarse de su lugar y la familia desapareció tambaleándose a
través de los pasillos. Entre los cuatro cohabitantes repararon de alguna manera improvisada
la puerta metálica que los protegía de los pasillos, los dos agresores que habían defendido la
madriguera parecían indignados con sus pasivos compañeros, pero pudieron pronto olvidar lo
ocurrido y se quedaron dormidos rápidamente. Rulo y Tacio se pasaron la mayor parte de la
noche tratando de olvidar la imagen impresa en sus mentes, a decir verdad, hubieran preferido
donar su cena a la familia enloquecida antes que tener que lidiar con la imagen de un niño
hambriento y golpeado, pero ambos fueron tomados por sorpresa. Hasta antes de esa noche, la
facilidad con la que cualquiera podía ser agredido no les había sorprendido en toda su vida.
Las personas que habitaban la zona centro de Serentilíc deambulaban entre un sinfín de
humillaciones que ninguno de los demás habitantes de los alrededores tenía que pasar.
El pueblo se había vuelto un lugar de una economía bastante decaída, pero en el centro se
recrudecían todos los problemas existentes, y los límites de la vida, la muerte y el respeto
mutuo no existían. Pronto las diferencias entre la noche y el día dejaron de existir en la zona y
las muertes, los golpes y todas las consecuencias deplorables que venían con la forma de vida
de la zona centro terminaron por convertir a esa gente en frenéticos existentes sin alma,
rostros pálidos y llenos de suciedad que se cuidaban de todos los demás, se odiaban entre sí e
intentaban acabar con sus compañeros y colonos.
Una noche en que el invierno azotaba el pueblo, llegó la solución para la zona centro,
impulsada por el Ayuntamiento de Serentilíc, cuyas oficinas habían sido mudadas de la zona
centro hacia las afueras muchos años atrás.
La mayoría de los habitantes del primer cuadro se resguardaban como podían del paralizante
frío, dentro de sus madrigueras en los edificios. Los pocos que andaban recorriendo las calles
fueron asesinados por el grupo de guardias y policías organizados por el gobierno, que
pusieron en marcha su operativo ese día y que trabajaban con permiso y encubrimiento del
gobierno de Guadalajara y del país. Decenas de técnicos fueron colocando sigilosamente en la
base de cada edificio las conexiones necesarias para la solución final.
Cuando llegó la hora de la detonación, los grandes hermanos de concreto que habían vigilado
la ciudad desde su cumbre, se vinieron abajo con la fuerza de kilos y kilos de explosivos
adheridos a sus columnas de soporte. Progreso y crecimiento se derrumbaron, junto con las
alimañas y las carencias de una zona que había sido prohibida a la entrada y salida de
cualquier persona. La historia que los edificios guardaban se caía de golpe, aunque su auge
había quedado perdido tiempo atrás. En adelante, la prioridad sería la recuperación del
pueblo, la pérdida de los habitantes de la zona no importaría a nadie, los habitantes aledaños
estaban hartos de los desechos humanos que habían rondado en esta área durante tanto
tiempo y que se pasaban la vida vandalizando sus preciadas pertenencias. Los gobiernos
podrían hablar acerca del progreso, alegarían que los edificios habían sido evacuados antes de
la devastación y se lavarían las manos si alguna información se colaba en los medios. Las
personas restantes del país se tomarían dos segundos para verlo en las noticias y después
apagarían el dispositivo para continuar con su vida. “Así es esto” pensarían para sí mismos y
dejarían que el descuidado corazón de Serentilíc yaciera bajo los inmuebles posteriores, lleno
de un futuro incierto, como un viejo papel en blanco.
ACERCA DE ESTE LIBRO
Carne para la cena fue escrito como un manuscrito a revisar en el año 2012, pasó guardado
nueve años antes de ser corregido y publicado. Puedes adquirir una copia impresa de manera
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