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CIRUJANO DE GUERRA

Por: Bernardo Pegueros

Sentado ante la máquina de coser, el androide guiaba el retazo de piel, empujándolo

suavemente con sus manos a través de la vibrante aguja. Los dos trozos iban

formando una pieza, con las pequeñas marcas del hilo hendidas a lo largo de la

unión.

Los quejidos a su alrededor le llegaban en oleadas, se habían vuelto su ambiente, el

constante compañero del zumbido de la costura y las máquinas que utilizaba para

las reparaciones. Verificó el corte obtenido, tras una revisión rápida estaba listo para

ser colocado. El tiempo continuaba su agobiante marcha, la fecha se acercaba.

Con el retazo en su humanizada mano, atravesaba caminando los pasillos entre las

camas. Los lamentos aumentaron al verlo circular. Todas las camas ocupadas con

cuerpos que empapaban las viejas sábanas con notas rojas, tintas y amarillentas.

Implorantes, los cuerpos recostados debían esperar su turno de ser reparados. La

pieza que traía en las manos estaba destinada a cubrir un músculo expuesto, que

podía sucumbir a las infecciones si no era reparado pronto.

Años atrás, los virus y la explotación del ambiente habían agotado la tolerancia de

un planeta que se vio obligado a escupir a los humanos a su manera. La situación

increpó todas las posibilidades de guerra entre los humanos y cristalizó la

destrucción en diversos frentes y lugares durante el tiempo suficiente. La escasez y

la hambruna se encargaron de acabar con el resto.


Recolectándolos de aquí y de allá, en las cercanías de la ciudad, en las escuelas

que funcionaron como albergues, en los pocos hospitales que quedaban al final de

la civilización, el androide había reunido sobrevivientes, procurando trabajar todo el

tiempo en lo que le fue enseñado como prioritario, reparando esos humanos todos

los días, tratando de dejarlos a punto.

Unos meses después, las noches en vela haciendo pruebas, preparando

inyecciones, improvisando anestésicos y sedantes, construyendo instrumentos

especializados, paseando entre las quejumbrosas camas llenas de aparatos, habían

rendido frutos. La fecha había encontrado al androide ultimando detalles; muy poco

quedaría pendiente. El día había llegado.

Se requería de un vehículo potente con un gran remolque para llevarlos a todos,

bien sujetos, asegurados en sus colchones, al lugar preparado.

Al llegar, el androide los desataba pacientemente, de uno en uno los liberaba de los

colchones que los contenían de hacerse daño entre sí. Los cargaba hasta la entrada

de los armazones acrílicos, donde los empujaba un poco para que entrasen

marcando los pequeños pasos que les permitían dar las correas que custodiaban

sus piernas; los formaba, apenas distanciados entre sí, rodeados por barreras

plásticas muy resistentes en un espacio individual, en una cuadrícula que los

contenía de acercarse entre ellos, lo suficientemente flexible para evitar que se

hicieran daño a sí mismos impactándose, y lo suficientemente estrecha para

mantenerlos en pie. Así, irían formando una armoniosa cuadrilla de varias docenas.

Ansiosos, bailoteando en su pequeño cubículo de seguridad.


Mientras estaba descargando al tercero de sus humanos, a unas decenas de metros

de donde estaba su equipo, arribó al lugar el otro remolque, conducido por el droide

sobreviviente de la compañía rival, el Sutrónic-e7, casi tan evolucionado en sus

actualizaciones como él mismo; había llegado tarde. El androide disfrutaba de esto,

la impuntualidad era una vergüenza atroz para una máquina.

Mientras continuaba con el desembarco, repasaba en su profunda memoria las

jornadas antes del derrumbe de la civilización, las interminables noches que los

técnicos pasaron alrededor suyo, perfeccionando su funcionamiento mecánico y su

procesamiento, buscando en el trasfondo de las pruebas lo más importante: ganar la

batalla contra la compañía rival LAPRACO. No podían dejar que ECOTECK

quedase fuera de ese monto jugoso y de los contratos exclusivos, así que ambos

equipos técnicos rivales, en sus bases, reconsideraban constantemente todas las

mejoras necesarias para sus respectivos modelos: el Sutronic-e7 de LAPRACO y él

mismo, el modelo Friend-04, el orgullo de ECOTECK.

Sus creadores tuvieron que abandonar el proyecto, pensando en retomarlo pasada

la crisis, pero eso nunca sucedió, no lograron sobrevivir para ver cuál de los dos

modelos se produciría en masa y decidir el desenlace.

La voluntad competitiva implantada en cada uno de los prototipos y las pequeñas

fallas que nunca se perfeccionaron en sus sistemas, los llevaron a buscarse

incansablemente, aún después del derrumbe, hasta encontrarse y pactar una forma

de ajustar cuentas.

Desde entonces, la fecha que había sido estipulada como el día de la definición y

que en el pasado nunca se cumplió, era conmemorada entre ambos competidores

en este evento, la fecha que preparaban cada año.


Repasando todos esos recuerdos, el Friend-04 continuaba colocando a los

humanos, estaba a punto de terminar el emparrillado. Enfrente, el Sutronic-e7,

azuzado por la prisa, acumulaba algunos humanos menos, pero le seguía de cerca.

Alineados, más tensos que nunca por la cercanía del inicio, los humanos se

mantenían pegados al frente de sus cubículos; aunque separados entre sus

integrantes, apenas un pasillo dividía a un equipo del otro. Todos con sus bozales,

sus correas en las piernas, algunos goteando sangre de heridas que no terminaban

de sanar del todo, uniformados por sus privaciones, ninguno tenía brazos, ni

siquiera muñones; donde irían los hombros les quedaban solo pulcras costuras o

cauterizaciones. Formando dos equipos de troncos desnudos, distinguidos del otro

equipo por la cicatrizada imagen de su compañía marcada en el dorso, hendida en

su piel, se miraban unos a otros con los ojos bien abiertos y la cara sudorosa,

frenéticos, listos para buscar su esperanza.

Desde la pantalla de sus dispositivos, en la parte de arriba de las cabinas de los

remolques, los generales Friend-04 y Sutrónic-e7, coordinaban sus tiempos a la

distancia, esperando la hora indicada para iniciar.

El reloj de sus dispositivos marcó las 14:00 exactas y ambos androides pulsaron de

manera sincrónica el botón que daba inicio a la programada danza de cada año: se

liberaron los bozales, iniciaba el conteo regresivo en los altavoces y un mecanismo

tiraba de la cuadrícula plástica, llevando a las alturas las jaulas que dividían a los

humanos, dejándolos a merced de la libertad.


Los novatos, sobrevivientes sin experiencia, se inclinaban sobre sí mismos,

buscando desesperadamente hacer daño con los dientes a las correas de sus

piernas. El resto, con alguna experiencia, buscando resultados rápidos, iniciaba el

espectáculo que reunía a los dos bandos: la guerra entre LAPRACO y ECOTECK

había comenzado. Sus únicas armas iban a dar cuenta de ellos. Al caerse los

bozales, sus dientes estaban libres para buscar romper y desgarrar, primero a ellos

mismos, con la esperanza de que algún rival o compañero completara la faena.

Necesitados de la libertad de la muerte, se veían cada año obligados a buscarla en

esta batalla. Esperaban todo ese tiempo convalecientes y sumisos,

irremediablemente sometidos a los artefactos y sedantes privativos diseñados por

los androides, que los mantenían en su cama, alimentados por sonda, contra toda

voluntad; eran llevados psicológicamente al extremo, mutilados, viendo pasar los

días sin movilidad alguna, anhelando el fin, vislumbrando la luz al final del túnel en

el día de la batalla.

Los dos equipos, dando cortos pasos, se estaban encontrando. Los gritos, gemidos

y gorjeos guturales llenaban el ambiente impregnado de sudor. Hombres y mujeres

mordían desesperados lo que encontraban a su paso, chocando entre ellos con

voracidad.

Al momento del choque de cuerpos, una de las posibilidades era tropezar y esperar

a concluir la vida asfixiado, tirado sobre el cemento caliente, pisado o aplastado por

los demás; pero no era un camino seguro. Lo único que parecía una posibilidad era

morderse a sí mismo y esperar a ser mordido tan fuerte y contundentemente, que


las centenas de segundos regresivos que contaba el altavoz bastaran para morir

desangrado.

La rasposa tos saturaba constantemente la batalla, atragantarse era otra posibilidad

de sucumbir y triunfar. Arrancar un gran corte de algún rival, compañero o de sí

mismo, lo suficientemente grande como para no poder tragarlo y lograr la asfixia;

pero la mandíbula humana no era tan potente ni apta como para arrancar un bocado

obstructor. Aun así, algunos lo lograban.

La jornada requería soportar todo el tiempo las mordidas ajenas, tratando de ignorar

el hervor llameante de la carne expuesta, el escandaloso escozor palpitante que

gritaba desde el interior y hacer caso omiso de las reacciones instintivas del cuerpo,

que impulsaban a huir, a moverse para evitar el dolor. Mejor era mentalizarse y

desgarrar a otros para distraer la aguda conmoción, esperando a su vez ser

desgarrado, perdiendo tantos trozos de piel y recibiendo tantas heridas, que el calor

de las dos de la tarde y la vertiginosa circulación de la sangre terminaran por dar al

traste con la existencia.

Algunos dentro de su frustración, buscaban en la dureza del concreto bajo sus pies

una conclusión: soltaban el cuerpo, buscando romperse el cráneo en la caída, con

un golpe seco contra el árido cemento. Muy pocos lo lograban; de nuevo se imponía

el impulso de la supervivencia, que les solicitaba involuntariamente anteponer en la

caída el lugar donde iría el hombro, en vez del cráneo. Además, el cuerpo solía

resistir esa clase de golpes, los saltos con las correas sujetando las piernas eran

algo poco menos que imposible, y con la movilidad al mínimo, las piernas que

apenas tenían actividad durante un año y que difícilmente lograban mantenerlos en

pie, mucho menos iban a lograr la proeza de saltar.


Avanzada la pelea, los que alcanzaban a mantenerse conscientes y un poco más

vivarachos, seguían repartiendo y recibiendo mordiscos, tratando de asegurar su

acometido. Mientras, varios de los que no habían logrado recibir un daño

considerable, lloraban desconsolados la desesperación de no poder dejar de lado su

instinto de vivir y se reprochaban a sollozos y gemidos su cobardía. Hacia el final,

tirados en todo el campo de batalla, hombres y mujeres se arrastraban buscando

ser mordidos, sabedores de que morir era ya una posibilidad lejana y que muy poco

les quedaba por hacer. Con el tiempo viniendo a menos en el conteo, miraban a los

que sí lo habían logrado y que ahora se contorsionaban en convulsiones, exhalando

sus últimos alientos, triunfantes, víctimas casi todos de un desangrado imparable y

liberador.

Estoicos, ambos generales, sentados con sus dispositivos a un lado, contemplaban

solemnes desde su cabina, rogando por que el único método que dos sofisticados

robots habían ideado hace mucho tiempo para dejar su suerte apostada al azar, los

favoreciera en esta edición.

Una pulcra impresión láser adornaba el exterior en la parte de arriba de cada

cabina: el orgánico diseño de la hoja de árbol, formada por circuitos que en

sustracción dejaban ver una “E”, completando el diseño de la imagen de ECOTECK,

personalizada en el androide Friend-04. Del otro lado de la batalla, la “L”, la “C” y la

“o” minúscula componiendo en un monograma la imagen representativa de

LAPRACO, en la cabina del orgulloso Sutrónic-e7.


No quedaba mucho tiempo y ambos preparaban su bajada de las cabinas cuando

escucharon algo que irrumpía en la batalla. El alboroto se multiplicó rápidamente;

los humanos que luchaban ahí abajo gritaban llenos de júbilo, notando el inesperado

suceso.

Cuando al conteo le restaban ciento diez segundos, unas sombras ágiles

aparecieron desde varios puntos en el campo de batalla, y enseguida aparecieron

más, iniciando el ataque. Una escurridiza jauría de coyotes se había logrado infiltrar

entre las vallas de colchones y la pedacera de concreto que acotaba el primer

cuadro de la ciudad, que funcionaba como campo de batalla. Herederos de la tierra

sin humanos, muchas especies rondaban las ciudades, los coyotes una de ellas,

habían ingresado sin que los droides se dieran cuenta y ahora sacudían en el piso a

varios de los desesperanzados sobrevivientes y también a algunos de los inertes

caídos. Todos los combatientes buscaban ser atacados por alguno de los

espontáneos salvadores de la jauría, que estaban dándose un festín. Varias bajas

se acumularon enseguida a las estadísticas de la batalla. Con sus largos y gráciles

hocicos, los coyotes terminaban de manera magistral el remedo de mordidas que

los hombres habían podido propinar, sus fauces arrancaban proverbiales trozos,

provocando borbotones de sangre. Las mordidas eran camino seguro al

desangramiento.

Inmediatamente, los líderes de ambos bandos contactaron el uno con el otro,

dejando por común acuerdo, que el tiempo que restaba los coyotes hicieran su

voluntad. Los aullidos de dolor, los gruñidos, los ladridos, llenaron rápidamente el

ambiente, una mezcla de júbilo y dolor reinó los últimos segundos de la batalla, era

algo ajeno a la jurisdicción de los androides, que aumentaba el factor del azar.
Aunque poderosas, las mandíbulas de los coyotes no tiraban de la carne

directamente, sino que prensaban los miembros y sacudían su cabeza buscando

desprender un buen bocado. Actuando rápido aquí y allá, y teniendo en cuenta que

sería difícil arrastrar un cuerpo completo, tomaban lo que podían al instante.

Faltando poco tiempo, ambos generales bajaron de sus cabinas, y con armas y

aspavientos lograron, entre desafiantes ladridos, ahuyentar a la jauría entera.

La decepción de los supervivientes era terrible, saber que en esta ocasión habían

tenido mayor oportunidad de morir y haber fracasado los frustraba y les llenaba de

impotente rabia. Algunos, una vez terminado el conteo, con el tiempo que les daba

la situación hasta que llegaran los droides a neutralizarlos, dejándolos

inconscientes, alcanzaban a hacerse un poco más de daño, con la ilusión de

desangrarse más rápido después de ser inhabilitados por los instrumentos que

utilizaban los autómatas, esperando perder la vida durante la inconsciencia.

Una vez habiendo puesto fuera de combate a todos, los androides identificaban a

sus humanos y los contaban, tomando su pulso vital para saber cuáles seguían con

vida. El resultado se conocía inmediatamente después de completar el cálculo.

El triunfo este año se lo llevó LAPRACO, por apenas dos sobrevivientes de

diferencia con respecto a ECOTECK.

Friend-04, resentido, miraba a sus fracasados combatientes mientras los organizaba

dentro del remolque, ansiaba llegar a su laboratorio, donde esperaba reparar y

entrenar a sus humanos, encontrar más sobrevivientes y darles ventaja con miras

en la batalla del siguiente año, y reducir así la diferencia del marcador, que,
contando este, a través de los años indicaba un 12 - 9 a favor de LAPRACO.

Trabajaría como nunca, buscando el repunte de ECOTECK, su compañía creadora.

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