DOMINGO DE PENTECOSTÉS
11 de Mayo de 2008
Misa pr. Gl. Secuencia, Cr. Pf pr.
CANTOS PARA LA CELEBRACION
Nota.- Teniendo en cuenta la importancia de la Fiesta, se puede ambientar la
celebración con algún tema musical que haga referencia al día: Veni Creator
gregoriano, o la versión del disco “Obras selectas de polifonía religiosa, o el
canto Siempre es Pentecostés (de Gabaráin).
Entrada. Este es el día en que actuó el Señor; Reúne a tu Iglesia; Espíritu
Santo, ven; Envía tu Espíritu.
Gloria. De la Misa de Angelis.
Salmo. Oh, Señor, envía tu Espíritu.
Aleluya. Aleluya, Amén (de Deiss).
Ofertorio. Dentro de mí; Bendito seas, Señor.
Santo. el de la Misa de Angelis.
Aclamación al embolismo. 1CLN-M 3.
Cordero de Dios. Del disco “15 Cantos para la Cena del Señor”, de
Erdozáin.
Comunión. Cantemos al amor de los amores; Día de fiesta en tu altar; Envía
tu Espíritu; Hombres nuevos.
Final. Anunciaremos tu reino; Id y proclamad; Regina Coeli.
PROCESION Y CANTO DE ENTRADA
SALUDO
En el nombre del Padre...
Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión
del Espíritu Santo, esté con todos vosotros.
O
Hermanos: Que Jesucristo, el Señor resucitado, que desde la presencia de
Dios Padre, nos envía el Espíritu Santo, esté con todos vosotros.
MONICIÓN DE ENTRADA:
Hermanos, la Iglesia nos convoca, hoy, domingo de Pentecostés, a todos los
creyentes para celebrar aquello que ocurrió en Jerusalén y lo que ocurre
continuamente cuando dejamos la puerta abierta al Espíritu de Dios.
Hoy suenan muy bien las estrofas del himno que este día proclama la liturgia:
Ven espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Se lo pedimos así en esta Eucaristía.
O esta otra
MONICION DE ENTRADA. Hermanos, nos reunimos a celebrar la
Eucaristía en el Domingo de Pentecostés.
Durante todos estos domingos pasados hemos estado recordando y
celebrando el gran triunfo de Cristo por su Resurrección.
El Cirio Pascual, símbolo de la presencia de Jesús Resucitado entre nosotros,
queda apagado hoy para dar paso a la misión de la Iglesia, estimulada y
fortalecida por la acción del Espíritu Santo.
(El lector apaga el cirio)
Y encendemos 6 velas rojas simbolizando la venida del Espíritu.
(El lector enciende las velas)
Aspersión: El significado de la aspersión con el agua bendita que vamos a
hacer ahora, como último domingo de Pascua, nos recuerda nuestro
Bautismo, por el que el Espíritu de Dios empezó a habitar en nuestra vida
cristiana. Recibámosla renovando nuestra fe.
O esta otra opción
INTRODUCCION
En las primeras líneas de la Biblia se dice que "en medio del caos y de la
oscuridad, por la acción del espíritu de Dios surge la luz y van
apareciendo las cosas de la creación".
El Espíritu de Dios va dando vida al mundo.
Y también los principios de la Iglesia, cuando el caos, la decepción y el
miedo llenaban el corazón de los discípulos de Jesús, aparece el Espíritu de
Dios que les inunda de claridad, del conocimiento del Señor y de la fuerza
precisa para testimoniar su fe cristiana.
No sé cuál será la acción del Espíritu en cada uno de nosotros; lo que sí sé es
que cuando San Pablo fue a la ciudad de Efeso preguntó a unos cuantos
hombres que habían sido bautizados: ¿recibisteis el Espíritu Santo al ser
bautizados? Ellos le contestaron: pero si no sabemos si existe el Espíritu
Santo, ¿cómo lo vamos a recibir? (Hech 19, 1-7).
¿Qué respuesta daríamos nosotros a la misma pregunta?
ACTO PENITENCIAL
Pedimos perdón por nuestros pecados para que estemos en condiciones de
recibir al Espíritu Santo en nosotros que nos dé la luz para comprender a
Jesús y fuerza para dar testimonio de nuestra fe cristiana.
-Por los obstáculos que ponemos a la acción del Espíritu en nosotros. Señor,
ten piedad
-Por las veces que recortamos y domesticamos la fuerza renovadora y
reconciliadora del mensaje de Jesús. Cristo, ten piedad.
-Por que no ofrecemos a todos la vida y la salvación que nos da Jesucristo.
Señor, ten piedad
Tú, Señor, eres un Padre lleno de bondad y de misericordia, por eso
pedimos ahora tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor.
GLORIA. Nos unimos a todas las criaturas del cielo y en la tierra a los
hombres de buena voluntad.
COLECTA. OREMOS. Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés
santificas a tu Iglesia, extendida por toda la tierra; derrama los dones de tu
Espíritu sobre nosotros y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles,
aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de las primeras
comunidades. Por NSJC, tu Hijo...
Monición a las lecturas
La unidad de la Iglesia no quiere decir que todos tengamos que pensar y
sentir lo mismo; por encima de la diversidad de pensamiento, ideologías,
lenguas, razas, pueblos, cualidades, formamos un solo pueblo, hemos sido
bautizados con un mismo bautismo y hemos recibido un mismo Espíritu.
Este es el mensaje que la Palabra de Dios quieres transmitirnos hoy.
Escuchémoslo con interés.
Primera lectura.
La Comunidad cristiana reunida en nombre de Jesús recibe su Espíritu Santo.
Toda la actividad de los discípulos del Señor resucitado tiene como fuente el
mismo Espíritu de Jesús. La misión de la Iglesia no conoce fronteras. El
Evangelio es anunciado a todas las gentes, y por la fuerza del Espíritu el
mensaje de Jesús transforma y renueva la humanidad.
Segunda lectura.
San Pablo muestra a los cristianos de Corinto como actúa el Espíritu Santo en
cada bautizado y en toda la Comunidad cristiana. En la Iglesia, como cuerpo
de Jesucristo, el Espíritu Santo suscita diversidad de ministerios, carismas y
tareas. Estos servicios tiene su origen en la fe en Jesús, y la finalidad de todos
ellos no es otra que la comunión y el bien de la Iglesia.
Evangelio.
La presencia de Jesucristo resucitado en medio de los discípulos los llena de
alegría. Él está vivo, y de nuevo está ahora con ellos. El Señor Jesús hace
participes y continuadores a los apóstoles de la misma misión que Él, ha
recibido de Dios Padre. Los discípulos reciben de Cristo el Espíritu Santo.
Gracias al Espíritu Santo, la Iglesia sigue actuando en nombre de Jesús en
nuestro mundo, ofreciendo a todos su paz, su perdón y la salvación.
CREDO. En este último domingo de Pascua, renovemos todos juntos el
compromiso de nuestra fe bautismal.
Oración Universal: Oremos unidos al Padre de todos, para que en este día de
Pentecostés envíe sobre todos nosotros su Espíritu de Amor. Después de cada
petición, oramos cada uno en silencio.
1.- Envíanos, Señor, el don de la Sabiduría; para que aprendamos a transmitir
la Buena Noticia del Evangelio a todos los hombres y mujeres. Oremos.
2.- Envíanos, Señor, el don de Entendimiento; para que seamos capaces de
adaptar el mensaje de Jesús a nuestra sociedad, descubriendo los signos de tu
plan de salvación. Oremos.
3.- Envíanos, Señor, el don de Consejo; para que, actuando con libertad,
elijamos correctamente nuestra vocación, y nuestro compromiso. Oremos.
4.-Envíanos, Señor, el don de Ciencia; para que hagamos nuevos
descubrimientos para el bienestar de la humanidad y no para su destrucción.
Oremos.
5.- Envíanos, Señor, el don de Fortaleza; para que sepamos afrontar los
sufrimientos de la vida con esperanza y confianza. Oremos
6.-Envíanos, Señor, el don de Piedad; para que no permanezcamos
impasibles ante el sufrimiento de tantos hombres, mujeres y niños de nuestro
mundo. Oremos.
7.-Envíanos, Señor, el don de Temor de Dios; para que libres de toda
idolatría, busquemos el encuentro contigo, único Dios y Señor y, así
alabemos por siempre Tu nombre. Oremos.
Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor.
O
ORACIÓN DE LOS FIELES
El Espíritu Santo que hemos recibido ha derramado el amor de Dios en
todos nosotros. Como hijos suyos, muy queridos, le presentamos nuestras
suplicas y anhelos. Diremos: Envíanos, Señor, tu Espíritu Santo.
-Por la Iglesia. para que siendo fiel a la misión recibida de Jesús, crezca en el
amor y la unidad, y anuncie a todas las gentes la Buena noticia del Reino de
Dios. Oremos
-Por los que gobiernan los países de la tierra para que busquen y alcancen una
paz estable y un desarrollo respetuoso con la creación. Oremos
-Por las naciones y colectivos humanos que sufren violencia, rupturas y
divisiones dolorosas, para que la presencia renovadora del Espíritu Santo, los
conduzca a sentirse hijos de Dios Padre y hermanos de todos. Oremos.
-Por todos los laicos, presentes en la vida y misión de la Iglesia, para que la
fuerza del Espíritu Santo, nos ayude a transformar desde el Evangelio los
ámbitos cotidianos de presencia, trabajo y relación. Oremos.
-Por nuestra comunidad parroquial para que impulsados por el Espíritu de
Jesús, descubramos nuestras capacidades y dones, y los pongamos al servicio
de los demás hermanos. Oremos.
Señor Jesús, escucha nuestros ruegos. Envía tu Espíritu Santo sobre
nosotros y haz, que enraizados en la fe y fortalecidos en el amor fraterno,
demos testimonio de Ti. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
ORACION SOBRE LAS OFRENDAS
Te pedimos, Señor, que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos
haga comprender la realidad misteriosa de este sacrificio y nos lleve al
conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Por JNS.
PREFACIO PROPIO
EN EL SILENCIO DE LA COMUNIÓN
JESÚS, no tienes manos. Tienes sólo nuestras manos para enseñar a nuestros
niños, a nuestros jóvenes y a todos los que vivimos en familia, a conocerte y a
quererte.
JESÚS, no tienes pies. Tienes sólo nuestros pies para acercarnos al mundo
del dolor, de la enfermedad y del sufrimiento.
JESÚS, no tienes labios. Tienes sólo nuestros labios para hablar de ti en el
trabajo, allí dónde tan poco se tiene en cuenta tu mensaje de amor y de
liberación.
JESÚS, no tienes medios. Tienes sólo nuestra actitud de acogida, de perdón y
de comprensión, para tantos hombres y mujeres, que poco a poco, y, casi sin
darnos cuenta, se han alejado de tu Iglesia.
JESÚS, nosotros somos tu evangelio. El único evangelio que pueden leer las
mujeres que en el mundo sufren vejaciones, abandono, malos tratos,
desigualdad, tristeza y frustración.
JESÚS, danos tu espíritu para iluminar de amor y dar calor en los ambientes
en los que todos y cada uno, vivimos el gran don de la existencia.
ORACION Y BENDICIÓN FINAL
Que Dios, nuestro Padre, envíe sobre nosotros su Espíritu, para que podamos
conocer en plenitud el misterio de Jesús resucitado. Amén
Que este mismo Espíritu nos acompañe siempre, para poder cumplir con la
misión que el mismo Jesús nos ha confiado: “Id y enseñad siendo mis
testigos. Amén
Que iluminados con la luz del Espíritu Santo, creamos en la promesa hecha
por Jesús: “Yo estaré siempre con vosotros”. Amén.
Construir la paz es nuestra tarea, avanzar hacia la paz es nuestra misión.
Como un puzlle que se construye poco a poco, construyamos también
nosotros la paz a base de los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz,
tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo.
Y para esta misión, recibid la bendición de Dios.
Y la bendición de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre todos vosotros.
O
POSCOMUNIÓN: OREMOS. Te damos gracias, Señor, por esta Eucaristía
en la que tú nos has manifestado que envías tu Espíritu sobre nosotros; te
pedimos que seamos dignos de su presencia, dando frutos de amor en nuestra
vida. Por JNS.
Bendición solemne:
Que iluminados con la luz del Espíritu Santo, creamos en la promesa hecha
por Jesús: "Yo estaré siempre con vosotros". Amén.
Y la bendición de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre todos vosotros.
Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.
ORACION DE ACCION DE GRACIAS
Hoy te bendecimos, Padre, porque todos hemos sido bautizados en Cristo
y en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, en el que la
diversidad de sus miembros no rompa la unidad.
Gracias, Señor, por la riqueza de carismas en tu Iglesia mediante las
diversas vocaciones al seguimiento de Cristo: en la vida apostólica, la
teología, la catequesis, la enseñanza, la educación de niños y jóvenes, la
atención a los marginados, la asistencia a los pobres, enfermos y ancianos
abandonados.
En todos ellos se manifiesta tu Espíritu para el bien común.
¡Oh Espíritu divino, repuebla la faz de la tierra y renueva entre nosotros
los prodigios de un nuevo Pentecostés! Amén.
REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS
Reflexión: Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
La 1ª lectura nos recuerda lo que significó la venida del Espíritu
Santo en la primera iglesia y lo que debe significar el Espíritu en la
Iglesia de hoy.
Los discípulos del Señor estaban reunidos pero con las puertas
cerradas:
* por miedo a los judíos,
* por la decepción de haber depositado su fe en Jesús,
* por la desesperanza al no ver realizada la redención del pueblo.
¡Todas las puertas se cierran cuando falta Jesús!
La venida del Espíritu Santo (de acuerdo con la promesa realizada
por el Señor), abre:
* las puertas de la casa: ¡salen a la calle!
* las puertas de la esperanza: ¡Jesús vive y salva!
* las puertas de la fortaleza cristiana: ¡vencerán las dificultades con
su testimonio cristiano!
El Espíritu Santo se hace presente en forma de lenguas de fuego
porque es:
* luz que ilumina la inteligencia,
* calor que favorece la acogida al Evangelio,
* fuego que: contagia a todos y se extiende por todo el mundo.
La presencia del Espíritu Santo hace de aquellos hombres llenos de
dudas y de miedos, unos entusiastas apóstoles del Señor; de aquellas
gentes divididas y extrañas unas a otras, un pueblo unido viviendo el
mismo Evangelio y la misma fe y esperanza.
Así nos lo dicen los Hechos de los Apóstoles en esta primera lectura.
Nota: Hch 2,1-11
2,1-13: La promesa de Jesús (Hch 1,5.8) se cumple en los discípulos
el día de Pentecostés. Lucas describe la venida del Espíritu Santo
sobre ellos con gran plasticidad, utilizando imágenes (el viento
impetuoso y el fuego) que evocan la presencia de Dios. Pero no se
trata sólo de una experiencia interior. Inmediatamente, la fuerza que
han recibido los mueve a proclamar las grandezas de Dios ante
gentes venidas de todo el mundo. Es como si la confusión de Babel,
que provocó la dispersión de los pueblos (Gn 11,1-9), desapareciera
y todos los hombres pudieran reunirse de nuevo en una misma
familia. Una vez más el autor quiere subrayar el amplio horizonte de
la misión cristiana.
Reflexión: I Corintios 12, 3b-7.12-13
En el Credo decimos que "creemos en la Iglesia una, santa, católica".
La unidad en la Iglesia no quiere decir que todos estemos cortados
por el mismo patrón, sino que todos estamos guiados por el mismo
Espíritu y que todos vivimos un mismo Evangelio.
Hoy, aquí estamos reunidos para la misma celebración todos
nosotros. Pero cada uno de nosotros somos de una familia distinta, de
pueblos distintos, de regiones diversas. Y nos reúne una misma fe y
compartimos un mismo Evangelio.
La venida del Espíritu Santo, aparte de los efectos producidos en los
Apóstoles (como se decía en la lª lectura), realizó cosas
sorprendentes en la gente del pueblo:
* por encima de la diversidad de lenguas, se produjo una
comprensión y unidad de fe,
* por encima de la diversidad de pensamientos, ideologías, razas y
patrias, se produjo la unidad en el sentir y la unidad en el actuar:
concordes con el Evangelio de Jesús y concordes en que Jesús es el
Señor y Redentor.
Por eso San Pablo nos dice en la 2ª lectura, que por encima de la
diversidad de dones y de servicios; de razas y pueblos; de funciones
y lenguas, formamos un solo pueblo, hemos sido bautizados con un
mismo bautismo, y hemos recibido un mismo Espíritu.
Nota: 1 Cor 12,3b-7.12-13
• 12,1-31: Los carismas o dones especiales del Espíritu
concedidos por Dios al pueblo cristiano debieron ser muy
abundantes en la comunidad de Corinto. Pero pronto los
carismáticos crearon problemas, al juzgarse un tanto desligados
de la Iglesia-institución y con facultad para moverse a sus
anchas, libres de toda norma, en el seno de la comunidad. Pablo
debe intervenir y establece los siguientes principios: 1) Los
carismas son signos de vitalidad y dinamismo dentro del pueblo
cristiano: son, pues, de suyo algo bueno. 2) El auténtico carisma
ha de contribuir a la unidad y no a la discordia. 3) El bien común
es la norma suprema para el recto uso de los carismas. 4) El
apostolado es enumerado como el primero de los carismas,
dando a entender que la autoridad eclesial es también de orden
carismático, y que a ella está encomendada la vigilancia del
recto uso de los carismas.
El carisma que denominamos hablar en nombre de Dios,
literalmente traducido debería ser profetizar. Pero es sabido
que en la Biblia el término profeta y derivados no designa
principalmente al que vaticina el futuro, sino a quien se
constituye en portavoz de Dios. En cuanto al carisma de hablar
un lenguaje misterioso (conocido como glosolalia o hablar
lenguas), no consiste en hablar varios idiomas, sino en emitir
sonidos ininteligibles, aunque armoniosos, en situación de
éxtasis.
Reflexión: San Juan 20, 19-23
Jesús, el Señor, nos ofrece -una vez más- su PAZ. Y la Paz de Jesús
tiene el poder de transformar:
* el miedo en entusiasmo,
* la duda en fortaleza,
* la decepción en esperanza.
Pero Jesús sabe muy bien que la paz es sumamente frágil y puede
quebrarse inesperadamente.
Por eso, confiere el Espíritu Santo que lleva consigo el don de la
fortaleza para mantener la paz y vivir el perdón.
Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo gozaremos de la paz
ofrecida por el Señor como:
* fruto del arrepentimiento personal,
* efecto de la lucha contra el mal,
* resultado final del clima de concordia entre hombres y pueblos.
Nuestra apertura a la acción del Espíritu Santo hará de nosotros
verdaderos testigos del Evangelio, como sucedió allá en Jerusalén el
día de Pentecostés.
¡Era la fiesta del Espíritu! El primer Pentecostés no produjo figuras
políticas, sino doce Apóstoles en torno a María la Madre de Jesús.
Aquello era una fiesta: gentes, lenguas, culturas y nacionalidades,
entendían un mismo lenguaje: las maravillas de Dios. No eran una
docena de líderes voluntaristas que, a base de talento y decisión,
habían resucitado a Cristo, y se proponían ahora aniquilar el pecado
del mundo. Eran doce pobres, incultos y pecadores, a quienes Dios
había hecho testigos sorprendidos de las maravillas culminadas en la
Resurrección.
No podían callar lo que habían visto y oído: un Poder nuevo
perdonaba los pecados, creaba comunión, y ponía alas en los pies
para salir a proclamarlo. "Como el Padre me envió, así os envío
yo; recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados".
Hoy la Iglesia convoca a todos los creyentes para celebrar aquello
que ocurrió en Jerusalén y lo que ocurre continuamente cuando los
hombres dejan la puerta abierta al Espíritu de Dios.
Hoy suenan muy bien las estrofas del himno que este día proclama la
liturgia:
Ven Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Ahora en la Eucaristía celebramos una sola fe quienes somos
diversos en tantos aspectos de la vida personal, social, profesional.
Nos reunimos en la mesa de un solo Señor. Y compartiremos un solo
Cuerpo, con la esperanza de formar una sola familia en su Reino. Y
confiamos en la fortaleza del mismo Espíritu.
Comentario: Jn 20,19-23
20,19-23 Apariciones a los discípulos. El presente relato está
pensado desde el cumplimiento de las promesas de Jesús. He
aquí la dialéctica entre promesa y cumplimiento. Jesús había
dicho: volveré a estar con vosotros (Jn 14,18); el evangelista
constata: se presentó en medio de ellos (Jn 20,19). Jesús
había prometido: dentro de poco volveréis a verme (Jn
16,16ss); el evangelista afirma: los discípulos se llenaron de
alegría al ver al Señor (Jn 20,20). Jesús anunció: os enviaré el
Espíritu (Jn 14,26; 15,26; 16,7ss), y tendréis paz (Jn 16,33); el
evangelista recoge las palabras de Jesús: la paz con
vosotros... y recibid el Espíritu Santo (Jn 20,21ss). Jesús
afirmó: voy al Padre (Jn 14,12) y el evangelista se encarga de
recoger otras palabras de Jesús que significan el cumplimiento
de lo que había prometido: voy a mi Padre, que es también
vuestro Padre (Jn 20,17).
En los discípulos de Jesús no solamente no existía
predisposición alguna para aceptar la resurrección –se ha dicho
muchas veces que el deseo ferviente de volver a ver a Jesús les
había hecho caer en la alucinación de verle, inventando todo lo
relativo a las apariciones– sino que estaban predispuestos para
lo contrario. Como hijos de su tiempo creían únicamente en la
resurrección del último día. Así lo expresa Marta cuando Jesús
habla de la resurrección de Lázaro (Jn 11,24). Cuando se les
anuncia que Jesús vive ni siquiera se entusiasman. El relato
sobre la Magdalena no puede ser más significativo: ante el
sepulcro vacío, lo único que se le ocurre pensar es en el robo
(Jn 20,2. 13.15). Una vez convencida de la resurrección gracias
al encuentro personal con el Resucitado, se lo anunció a los que
habían vivido con él. ¿Resultado? No la creyeron (Mc 16,11). En
los de Emaús, la “esperanza” en la resurrección se manifiesta en
su decisión de abandonar aquel asunto e irse a sus casas (Lc
24,22s). Y cuando comunicaron a los demás su experiencia, el
resultado fue el mismo: ni aun a estos creyeron (Mc 16,13).
Su escepticismo en este tema era lógico. La increencia o no
aceptación de la resurrección de Jesús por parte de sus
discípulos tiene buenas razones que la justifiquen. Es un
acontecimiento que escapa al control humano; rompe el molde
de lo estrictamente histórico y se sitúa en el plano de lo
suprahistórico; no pueden aducirse pruebas que nos lleven a la
evidencia racional. De ahí los argumentos tan distintos a los que
emplea nuestra lógica. ¿Quién puede aceptar el testimonio de
un joven, sentado a la derecha, que vestía una túnica blanca
dado a las mujeres en el sepulcro (Mc 16,5), que en relato de
Mateo se convierte en un ángel (Mt 28,5)? ¿Es más verosímil el
relato de Lucas que habla de dos hombres se presentaron
ante ellas con vestidos deslumbrantes (Lc 24,4) o el de Juan
que convierte a esos dos hombres en ángeles (Jn 20,12)?
¿Quién de los cuatro tiene la razón? Todos y ninguno. Todos
porque los cuatro afirman que la resurrección de Jesús es
aceptable únicamente desde la revelación sobrenatural. Tanto
los vestidos blancos como los ángeles hacen referencia al
mundo de lo divino. La única diferencia es que Lucas y Juan
duplican los testigos porque trabajan más con la categoría del
testimonio y para que éste fuese válido se requería que, al
menos, fuesen dos. Ninguno, porque las cosas no ocurrieron
así. Estamos en el mundo de la representación.
CON OTRAS PALABRAS
La Fiesta de Pentecostés (penta=50) se celebra 50 días después de
Pascua. Para la tradición cristiana, aquel día de Pentecostés marcó el
comienzo de la Iglesia como comunidad de hermanos que se
comprometen a continuar el camino de Jesús. También es una fiesta
misionera: en poco tiempo, aquellos primeros, impulsados por el
Espíritu de Jesús, llevarían por todo el mundo conocido el evangelio.
Sin duda, en aquellos días los discípulos tuvieron que experimentar
con una fuerza especial la presencia de Jesús vivo en medio de ellos
y, a la vez, hicieron experimentar esa presencia a una multitud de
peregrinos presentes en Jerusalén.
Nunca se dice en la Biblia que Dios sea «espíritu» como
contraposición a «materia». Lo que se dice es que Dios «tiene» el
Espíritu, que es como decir que él tiene la vida, que él la comunica.
Una vida que se manifiesta tanto en la carne, en la materia, como en
los sentimientos, la inteligencia, el pensamiento, la creatividad... La
mentalidad de Israel no se interesó nunca por conceptos como
«naturaleza» o «persona» en relación con el Espíritu. Hablar del
Espíritu como de «la tercera persona de la naturaleza única de Dios»
es típico de una mentalidad griega, totalmente ajena al pensamiento
israelita. Lo que le interesó a Israel no fue lo que es el Espíritu sino
cuál es su actuación. Y lo que descubrió fue que este Espíritu va más
allá de las fuerzas limitadas del hombre y le hace héroe o profeta en
un momento determinado (1 Sam 10, 5-13) o se queda con él, como
fue el caso de los grandes profetas, de los líderes del pueblo, de
Moisés, de Elías (2 Re 2, 9). El Espíritu hizo de los discípulos de
Jesús que continuaran su obra, capaces de dar la vida por la causa de
la justicia, como lo había hecho él. Puso en la boca de los discípulos
las palabras de Jesús, les hizo actuar de la misma manera. Ser
cristiano hoy, a veinte siglos de distancia de todo aquello, no es más
que continuar en este camino bajo la misma inspiración, actuar bajo
este impulso, moverse según este aliento, este viento. El Espíritu de
Dios movió a Jesús y es ese mismo Espíritu, fuerza y vida de Dios el
que continúa vivo en nosotros, el que nos hace capaces de arriesgar
la vida por los demás, capaces de vivir en comunidad, capaces de
compartir los bienes y la vida, capaces de la oración comunitaria,
capaces de afrontar la muerte con esperanza.
Reflexión personal y en grupo
- Hacer un tiempo de oración más profunda, tratando de escuchar las
indicaciones que el Espíritu infunde en mí y que quizá no tengo
condiciones de escuchar por la prisa diaria.
- "Hay que ser espirituales, no espiritualistas": comentar la frase, con
razones teológicas y bíblicas, y con experiencias prácticas.
FICHAS PARA LAS LECTURAS
PRIMERA LECTURA
Actualmente se dan muy pocas dudas de que este relato es una construcción artificial de
Lucas y no una descripción de acontecimientos históricos. Hay muchos elementos
simbólicos, en gran parte tomados del AT, empezando por la expresión “el día de
Pentecostés”
La escenografía (viento, llamaradas, ruido, lenguas...) recuerdan el "día del Señor" de que
hablan no pocos profetas, siguiendo las tradiciones referentes al Sinaí. Es decir, se trata
una teofanía o manifestación especial de Dios, la venida de "su espíritu", todavía con
minúsculas en el Antiguo Testamento. Usando esos elementos Lucas quiere mostrar que
ha comenzado una nueva etapa en la acción salvadora de Dios, cuyo protagonista es el
Espíritu presente y actuante en la comunidad de seguidores de Jesús. Prescindiendo de
otros rasgos, quizás presentes en la tradición prelucana referente al Espíritu, el autor se
centra en la misión de la comunidad que anuncia el mensaje de salvación.
Uno de los rasgos de tal misión, destacado especialmente en la narración, es la
universalidad y apertura del mensaje a todos los pueblos de la tierra. No hay limitaciones
de ningún tipo en la acción del Espíritu y de la comunidad que lo sigue, que hace de los
seguidores de Jesús testigos de las maravillas de Dios, es decir, de Jesucristo y su obra de
salvación.
A partir de Pentecostés la comunidad comienza su actividad de predicación y testimonio.
Este es el punto fundamental: desde ese momento los tímidos y amedrentados seguidores
del Maestro salen a la luz pública y lo anuncian con valentía y coraje de forma que todas
las gentes tengan su oportunidad de optar por Él y su mensaje. Han llegado a ello no por
esfuerzo propio básicamente, sino porque han recibido el don de Dios, el Espíritu.
FEDERICO PASTOR
SEGUNDA LECTURA
En todo el capítulo 12 de esta carta Pablo expone diversos aspectos de la acción del
Espíritu en los seguidores de Jesús, tanto en lo individual como, especialmente, en lo
comunitario.
En primer lugar la confesión de fe en Cristo. El v.3b es un recuerdo, quizás más necesario
hoy que nunca, de que el reconocer a Jesús como Señor es don del Espíritu. Realmente
ese reconocimiento es la formulación probablemente más antigua de la fe cristiana. Su
mera forma ya nos indica que no se trata de una mera aceptación de misterios desde un
punto de vista intelectual, sino de establecer una íntima relación con Él, de modo que
pueda decirse con verdad: "Él es mi Señor", a todos los efectos. Y esto no es fruto de
mera buena voluntad o disposición, sino de que el mismo Dios, el Espíritu, nos ha
concedido aceptarlo.
Un segundo efecto es la unidad. Diversidades varias, pero unidad total. La unión entre
creyentes se da no por imposición o uniformidad forzada, por ejemplo desde una
determinada jerarquía, sino por un mismo Espíritu actuante en todos. Prescindiendo de
temas importantes, como el de que aparece aquí una de las primeras menciones trinitarias
explícitas, "Espíritu", "Señor Jesús, Hijo" y "Dios, Padre" en total paralelismo, conviene
subrayar la combinación de diversidad y unidad en la comunidad. La imagen empleada
por Pablo es bastante clara en lo fundamental : el cuerpo. No exactamente “cuerpo de
Cristo”, sino que como el cuerpo es vario y uno a la vez, así es Cristo. Intentando
desentrañar la imagen se podría decir la comunidad en sus diversidad y unidad a la vez
hace presente a Cristo. Sólo unidad o sólo diversidad no lo logra. Hay necesidad de ambas
cosas.
Por otro lado la unión entre los miembros no se basa en que todos hagan o digan lo
mismo, sino en algo más hondo que Pablo, de forma bastante misteriosa, llama “Espíritu”.
Si leemos este capítulo a la luz del siguiente, percibiremos lo mucho de este Espíritu
tiene que ver con el amor entre los miembros de la comunidad. Es el amor, primer fruto
del Espíritu (cfr. Gal 5,22) lo que vincula a los cristianos unos con otros.
En tercer lugar las actividades diversas en favor de los demás. Sin detrimento de la
unidad. Pensemos por un momento que Pablo dice todo esto a una comunidad con
enormes problemas de todo tipo, con divisiones y otros defectos; no a cristianos perfectos.
Pero ello no quita que admita las actitudes y actividades diversas compatibles unas con
otras y subraye a la vez la presencia del Espíritu en todos, que los une entre sí.
FEDERICO
PASTOR
EVANGELIO
Texto. Está dominado por la presencia del Resucitado. Se cumple aquí lo anunciado en Jn.
14,28: Me voy, pero volveré a estar con vosotros. Esta vuelta restablece una relación
brutalmente interrumpida, interrupción que tiene su exponente en el miedo de los
discípulos. El sello del restablecimiento de la relación es el saludo de Jesús. Jesús estaba
allí, inesperadamente, inopinadamente. Los discípulos no aciertan a explicárselo, pero lo
cierto, lo que se les impone, porque les entra por los ojos, es que Jesús está en medio de
ellos, la misma persona que habían conocido y con la que habían convivido antes de que
les fuera arrebatada. Jesús no estaba muerto, sino realmente vivo.
Desde este mismo momento los discípulos no tienen inconveniente en asociar a Jesús con
Dios, dándole el título de Señor, el título de Dios en el Antiguo Testamento. El autor del
texto sella este momento crucial con la alegría de los discípulos.
La dinámica saludo-alegría se completa con la de saludo-envío. El Resucitado envía a los
discípulos, al igual que el Padre lo ha enviado a él. Es importante recalcar el empleo del
pretérito perfecto para el envío de Jesús por el Padre. El empleo de este tiempo verbal
apunta a una acción en el pasado, con continuidad en el presente. Jesús no es un ausente,
sino que está realmente vivo; sólo que su presencia no es física o empíricamente
verificable. El envío de los discípulos confiere al persistente envío de Jesús la dimensión
física de visibilidad de la que el envío de Jesús carece en el presente. El envío de Jesús por
el Padre se hace visible a través del envío de los discípulos por Jesús.
Sin solución de continuidad los enviados reciben del Resucitado el Espíritu de Dios y con
Él la potestad de perdonar los pecados. Ambas realidades están estrechamente vinculadas,
sin que, sin embargo, deba limitarse la donación del Espíritu a la potestad de perdonar.
Comentario. El texto se retrotrae a cualquier concreción histórica que con posterioridad
ha ido legítimamente asumiendo. Lo que en el texto late es una Iglesia que se sabe a sí
misma enviada por Jesús y llena del mismo Espíritu que alentaba y hacía vivir a Jesús. El
Espíritu es el sustento y la razón de ser de la comunidad creyente. Nada es tan primordial
para la Iglesia como el Espíritu; sin el Espíritu la Iglesia no es nadie ni puede nada,
mientras que con El se siente y es transmisora de salvación y de perdón, de ese perdón que
reconcilia con Dios y que es ofrecido a todos, pero que, sin embargo, puede ser rechazado.
No es cuestión aquí de casuística del perdón o de decisiones unilaterales; se trata de algo
más profundo y serio. Está en juego la posibilidad de apropiación de la oferta de salvación
hecha por el Padre y garantizada por Jesús. Gracias al Espíritu, la Iglesia hace posible en
nuestro mundo la apropiación de la oferta de salvación, pero, por ello mismo, también el
rechazo de la misma.
ALBERTO BENITO
LLENARSE DE ALEGRÍA
¡Qué difícil resulta hoy esto de llenarse de alegría! Estamos agobiados y cansados,
preocupados por tantas cosas. La hipoteca que no para de subir, el trabajo que pide más
horas aunque no te las paguen. Los niños, su educación, los abuelos que están solos…
¡Hay tantas cosas de nuestra cotidianidad que con frecuencia nos entristecen y en
ocasiones nos superan!
Estamos, con más frecuencia de la deseada, en la primera situación que describe el
Evangelio de Juan: tenemos miedo.
¿Cuáles son nuestros “judíos”? Que situaciones nos encogen el corazón y nos hacen
encerrarnos y pasar de la vida, de las personas que nos rodean. Creo que mirar y
reconocer nuestros miedos es una tarea importante y a la que nos llama la Palabra de
Dios. Si no conocemos nuestras debilidades y nuestra verdadera situación no nos
mantendremos en la misión y en la tarea a la que somos llamados, tenemos una función
que desempeñar en la construcción de la comunidad, en la unidad de la Iglesia, en el
funcionamiento del cuerpo.
Otra cosa que me llama la atención es ese ruido y ese escándalo que arma el Espíritu y
que se describe en la lectura de los Hechos de los Apóstoles. “Al oír el ruido
acudieron en masa y quedaron desconcertados”.
¿Hoy, qué llama la atención a las personas de nuestro alrededor de los cristianos? ¿Qué
sorprende, que desconcierta de nuestra manera de actuar? Creo que más bien
procuramos, por lo menos yo, pasar desapercibida, no llamar en exceso la atención.
Sólo llama la atención lo que se publicita en la prensa y en los medios de comunicación
y estas cosas raramente son protagonizadas por cristianos normales, suelen ser
actuaciones y declaraciones de los obispos.
Nos cuesta mucho aunar la acción y la palabra, los gestos y el mensaje explícito que dan
razón de nuestra esperanza y que son soplo del Espíritu en nuestras vidas. Sin embargo
esto no para de suceder en la vida cotidiana de tantas y tantas personas que son
apóstoles que dicen “Jesús es Señor” bajo la acción del Espíritu.
El otro día asistí a uno de esos testimonios cotidianos y milagrosos. Manoli es una
mujer maravillosa de mi equipo de vida. Ella comentaba el trabajo apostólico que hace
con una compañera suya de trabajo. Su compañera es la encargada de la cocina de la
Residencia de ancianos en la que ambas trabajan. María una mujer muy enérgica,
trabajadora y perfeccionista. También es una mujer con una vida familiar difícil, con
complejos, que se exige y exige a los demás mucho. Uno de sus complejos es que no
sabe leer.
Iban a preparar cocido y la compañera de Manoli sacó los paquetes de garbanzos para
que la compañera que se queda de tarde los pusiera en agua. Entre los paquetes de
garbanzos sacó uno de judías pintas, el paquete es prácticamente igual, María no supo
leer el rótulo. Al día siguiente comenzaron a trabajar con diligencia y con prisas y
cuando vieron los garbanzos mezclados con las judías María se avergonzó de su error y
se enfadó mucho con ella misma, se puso muy nerviosa. Manoli le comentó que no
pasaba nada y que a lo mejor esto lo aprovechaba el Señor para proponerles que se
sentasen un poco y hacer una tarea que “les calmase los nervios”. Esto hizo que esta
mujer admitiera sin humillación la tarea de ir separando las judías pintas de los
garbanzos. Manoli comentaba, “no sé que pasó pero se tranquilizó ella y yo también y
luego seguimos trabajando mejor”.
Hechos como este os pueden parecer una tontería pero creo yo que dan cuenta de la
capacidad que tenemos los cristianos normales de resignificar las cosas de la
cotidianeidad, de aportar paz y dignidad desde la razón honda de que es el Señor el que
actúa y nos sostiene queriendo recrearnos. Estas cosas y muchas como estas, son cosas
que nos llenan de alegría cuando las hacemos y cuando nos beneficiamos de la acción
de otros en nuestra vida. Ciertamente que las expectativas de lo que pueda significar
hoy “llenarse de alegría” requiere una purificación de las adherencias que la idea de
felicidad tiene en nuestra realidad y en nuestra cultura. Hoy ser feliz es no tener
sufrimiento ni estrecheces, es tener placer y capacidad de consumo. La alegría de los
cristianos parece que es otra. Es capacidad de bien común, de estar descentrado de uno
mismo y saberse parte del cuerpo en el que la primacía la tiene Otro.
LOURDES AZORÍN
SUGERENCIAS PARA LA HOMILIA
El Espíritu Santo: don y compromiso
Con la celebración de la Solemnidad de Pentecostés concluye el Tiempo de la
Pascua. Jesucristo nos hace un regalo, que es el fruto por excelencia de su
Pascua: el Espíritu Santo.
La entrega, muerte y resurrección de Jesús, su encarnación, su ministerio
público nos habla de esa presencia permanente en su vida de este Espíritu. La
experiencia de Hijo amado del Padre está unida a esa compañía vivificante y
llena de amor de Dios que es el Espíritu Santo.
Recibimos de Jesús este don: su Espíritu. Como paso previo a cualquier tarea
se halla el sentir, reconocer y agradecer su presencia en la Iglesia, en cada
discípulo de Cristo, el Señor resucitado.
Si el Espíritu de Jesús es el alma, el motor, de la identidad y misión de la
Comunidad cristiana, vivir ninguneándolo o ignorando su importancia nos
hace alejarnos de quien somos realmente y de la tarea a la que Dios Padre nos
llama.
Reconocer al Padre y seguir al Hijo
El Espíritu Santo es la fuerza que renueva el corazón de la Iglesia para que sea
en nuestra sociedad signo e instrumento de la salvación de Dios.
Por la fe y el Bautismo participamos de la vida nueva de Jesucristo,
resucitado. En Él, Dios Padre nos ha hecho también sus hijos. El Espíritu
Santo ha sido enviado a nosotros, no sólo para que podamos llamar a Dios
Padre Nuestro, sino también para que podamos vivir desde esa experiencia
vital y fundante: somos sus hijos.
Por la fe confesamos que Jesús es el Señor, pero no como algo puramente
doctrinal aprendido de forma intelectual pero sin consecuencias para mi ser y
vocación. No. El Espíritu Santo nos empuja a confesar a Jesús como lo más
importante de nuestra existencia. Todo lo demás queda en segundo lugar.
Creemos en Jesús, y esto no lo conseguimos como resultado de un esfuerzo
personal al margen de la acción de Dios en nosotros, sino como resultado de
la presencia actuante de su Espíritu en nosotros.
Apertura, comunión y misión
Cuando nos abrimos a la presencia transformante y reconciliadora del Espíritu
Santo en nosotros, no olvidemos que el mismo Espíritu que guió a Cristo,
nuestro hermano y Señor, es el mismo que recibieron los Apóstoles, en los
comienzos de la Comunidad cristiana, y que actualmente vive y actúa en su
Iglesia, en el corazón de los creyentes en Jesús.
El Espíritu Santo nos une más plenamente con Jesús, y a la vez establece y
hace más firme la comunión entre nosotros. Esta comunión, esta unidad se
realiza en medio de diversidad de dones, carismas, tareas y personas. Una
unidad que es fruto de la aceptación de la acción de Dios Padre en nosotros.
Una comunión de ministerios y carismas que tiene como origen la fe en
Jesucristo, y como meta el bien de la Iglesia, de toda la Comunidad. La
comunión, la unidad en la Iglesia sólo será posible a través del primer fruto de
la acción del Espíritu en los cristianos: el amor
El encuentro con el Resucitado siempre concluye con el envío misionero de
Jesús a sus discípulos de entonces y de ahora. La Comunión si es autentica es
Misionera. Jesucristo nos da su Espíritu Santo para que nos sintamos enviados
como Él fue enviado por el Padre. La tarea que Cristo nos encomienda es
anunciarle a Él como “el Evangelio de Dios” para todas las gentes sin
excepción.
Jesús va a estar presente con nosotros para hacer llegar a la humanidad la
Buena Nueva del Perdón y la Paz, una buena nueva que es Él mismo, y con la
fuerza del espíritu reconciliar, transformar a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, haciéndoles partícipes de la oferta de vida y salvación que Dios Padre,
en Cristo, nos ha comunicado por puro amor.
JESÚS GRACIA LOSILLA
HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Recibid el Espíritu Santo
Jn 20, 19-23
Cuidar el corazón Dador de vida
Oración de un hombre mediocre Acoger la vida
Acoger la vida
HABLAR del Espíritu Santo es hablar de lo que los seres humanos
podemos experimentar de Dios en nosotros. El Espíritu es Dios
actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el
consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo
origen último está en Dios, fuente de toda vida.
Esta acción de Dios en nosotros se produce casi siempre de forma
escondida, silenciosa y callada; el mismo creyente sólo intuye una
presencia casi imperceptible.
A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría desbordante
y la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso
la vida eterna.
El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí
donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande.
El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón,
resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone
en movimiento lo que había quedado bloqueado. De Dios siempre
estamos recibiendo «nueva energía para la vida» (J. Moltmann).
Esta acción recreadora de Dios no se reduce sólo a «experiencias
íntimas del alma». Penetra en todos los estratos de la persona.
Despierta nuestros sentidos, vivifica el cuerpo y reaviva la
capacidad de amar. Por decirlo brevemente, el Espíritu conduce a la
persona a vivirlo todo de forma diferente: desde una verdad más
honda, desde una confianza más grande, desde un amor más
desinteresado.
Para bastantes, la experiencia fundamental es el amor de Dios y lo
dicen con una frase tan sencilla como «Dios me ama». Esa
experiencia les devuelve su dignidad indestructible, les da fuerza
para levantarse de la humillación o el desaliento, les ayuda a
encontrarse con lo mejor de sí mismos.
Otros no pronuncian la palabra Dios pero experimentan una
«confianza fundamental» que les hace amar la vida a pesar de todo,
enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno
para todos.
Nadie vive privado del Espíritu de Dios. En todos está él atrayendo
nuestro ser hacia la vida. Acogemos al Espíritu Santo cuando
acogemos la vida. Éste es uno de los mensajes más básicos de la
fiesta cristiana de Pentecostés.
CUIDAR EL CORAZÓN
En la cultura actual el «corazón» es la sede del amor. No ha sido
siempre así. Según una tradición que hunde sus raíces en la fe
bíblica y que fue cultivada por grandes místicos de los primeros
siglos, el «corazón» es lo más íntimo de la persona, el lugar desde
donde el individuo puede integrar y armonizar todas las
dimensiones de su ser.
La visión de estos padres y madres del desierto es grandiosa. El ser
humano no es sólo un compuesto biológico: un alma aprisionada en
la carne, un «pobre animal» zarandeado por toda clase de fuerzas y
pulsiones. En lo más íntimo de su «corazón» hay un espacio donde
puede acoger al Espíritu de Dios que es fuente de vida, integración
y armonía de toda la persona.
En la soledad del desierto, estos hombres y mujeres llegaron a
conocerse interiormente de una manera difícil de superar. Para
ellos, el pecado no es un «asunto moral», sino la fuerza que
descentra al individuo, lo disgrega y le hace perder su armonía
destruyendo la alegría interior.
Lo peor que le puede suceder a una persona es vivir con un corazón
de piedra, reseco y endurecido, incapaz de abrirse al Espíritu Santo;
un corazón cerrado al amor y la ternura, dividido y disperso, sin
fuerza para unificar su ser y alimentar su vida.
Los hombres y mujeres de hoy creemos saber mucho de todo y no
sabemos siquiera cuidar nuestro corazón. Víctimas de nuestra
frivolidad, no conocemos una vida armoniosa e integrada: vivimos
aburridos a fuerza de buscar diversión; siempre cambiando y
siempre perseguidos por la monotonía; siempre en busca de
bienestar y siempre decepcionados. Nos falta un corazón abierto al
Espíritu de Dios que nos haga conocer dónde está la fuente de vida.
Por eso, invocar al Espíritu de Dios no es una oración más. Gritar
desde el fondo de nuestro ser: «Ven, Espíritu Santo», es desear
vida nueva. Nuestro corazón de piedra se puede convertir en
corazón de carne; nuestro vacío interior se puede llenar de Espíritu.
La fiesta cristiana de Pentecostés vivida en esta actitud de
invocación debería ser punto de partida de una vida renovada por el
Espíritu.
DADOR DE VIDA
Según estimaciones de sicólogos norteamericanos, la mayoría de
las personas sólo viven al diez por cien de sus posibilidades.
Ven el diez por cien de la belleza del mundo que los rodea.
Escuchan el diez por cien de la música, la poesía y la vida que hay a
su alrededor. Sólo están abiertos al diez por cien de sus emociones,
su ternura y su pensamiento. Su corazón vibra sólo al diez por cien
de su capacidad de amar. Son personas que morirán sin haber
vivido realmente.
Algo semejante se podría decir de muchos cristianos. Morirán sin
haber conocido nunca por experiencia personal lo que podía haber
sido para ellos la vida creyente.
En esta mañana de Pentecostés muchos volverán a confesar
aburridamente su fe en el Espíritu Santo "Señor y dador de vida»,
sin sospechar toda la energía, el impulso y la vida que pueden
recibir de él.
Y sin embargo, ese Espíritu, dinamismo misterioso de la vida
íntima de Dios, es el regalo que el Padre nos hace en Jesús a los
creyentes, para llenarnos de vida.
Es ese Espíritu el que nos enseña a saborear la vida en toda su
hondura, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar
superficialmente junto a lo esencial.
Es ese Espíritu el que nos infunde un gusto nuevo por la existencia
y nos ayuda a encontrar una armonía nueva con el ritmo más
profundo de nuestra vida.
Es ese Espíritu el que nos abre a una comunicación nueva y más
profunda con Dios, con nosotros mismos y con los demás.
Es ese Espíritu el que nos invade con una alegría secreta, dándonos
una transparencia interior, una confianza en nosotros mismos y una
amistad nueva con las cosas.
Es ese Espíritu el que nos libra del vacío interior y la difícil
soledad, devolviéndonos la capacidad de dar y recibir, de amar y
ser amados.
Es ese Espíritu el que nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y
sencillo, con una atención especialmente fraterna a quien sufre
porque le falta la alegría de vivir.
Es ese Espíritu el que nos hace renacer cada día y nos permite un
nuevo comienzo a pesar del desgaste, el pecado y el deterioro del
vivir diario.
Este Espíritu es la vida misma de Dios que se nos ofrece como don.
El hombre más rico, poderoso y satisfecho, es un desgraciado si le
falta esta vida del Espíritu.
Este Espíritu no se compra, no se adquiere, no se inventa ni se
fabrica. Es un regalo de Dios. Lo único que podemos hacer es
preparar nuestro corazón para acogerlo con fe sencilla y atención
interior.
ORACION DE UN HOMBRE MEDIOCRE
Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a
cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo. Hoy es
Pentecostés.
¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío
interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi
vida está llena de todo, menos de Ti. Cogido por las ocupaciones,
trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre
de tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de
cada día. Mi pobre alma es como «un inmenso almacén» donde se
va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.
Y luego, esa experiencia que se repite una y otra vez. Llega un
momento en que ese ruido interior y ese trajín agitado me resultan
más dulces y confortables que el silencio sosegado junto a Ti.
Dios de mi vida, ten misericordia de mí. Tú sabes que cuando huyo
de la oración y el silencio, no quiero huir de Ti. Huyo de mí mismo,
de mi vacío y superficialidad. ¿Dónde podría yo refugiarme con mi
rutina, mis ambigüedades y mi pecado?
¿Quién podría entender, al mismo tiempo, mi mediocridad interior
y mi deseo de Dios?
Dios de mi alegría, yo sé que Tú me entiendes. Siempre has sido y
serás lo mejor que yo tengo. Tú eres el Dios de los pecadores.
También de los pecadores corrientes, ordinarios y mediocres como
yo. Señor, ¿no hay algún camino en medio de la rutina, que me
pueda llevar hasta Ti? ¿No hay algún resquicio en medio del ruido
y la agitación, donde yo me pueda encontrar contigo?
Tú eres «el eterno misterio de mi vida». Me atraes como nadie,
desde el fondo de mi ser. Pero, una y otra vez, me alejo de Ti
calladamente hacia cosas y personas que me parecen más
acogedoras que tu silencio.
Penetra en mí con la fuerza consoladora de tu Espíritu. Tú tienes
poder para actuar en esa profundidad mía donde a mí se me escapa
casi todo. Renueva mi corazón cansado. Despierta en mí el deseo.
Dame fuerza para comenzar siempre de nuevo; aliento para esperar
contra toda esperanza; confianza en mis derrotas; consuelo en las
tristezas.
Dios de mi salvación, sacude mi indiferencia. Límpiame de tanto
egoísmo. Llena mi vacío. Enséñame tus caminos. Tú conoces mi
debilidad e inconstancia. No te puedo prometer grandes cosas. Yo
viviré de tu perdón y misericordia. Mi oración de Pentecostés es
hoy humilde como la del salmista: «Tu Espíritu que es bueno, me
guíe por tierra llana» (Sal 142, 10).
Salmo 103
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
ARMONÍA EN LA CREACIÓN
Me propongo descubrir la belleza de tu creación, Señor,
pensando en la mano que la hizo.
Tú estás detrás de cada estrella y detrás de cada brizna de
hierba, y la unidad de tu poder da luz y vida a todo cuanto
has creado.
«Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros,
el fuego llameante, de ministro».
Tu presencia es la que da solidez a las montañas y ligereza
a los ríos; tú das al océano su profundidad, y al cielo su
color.
Tú apacientas las nubes en los campos del cielo y las haces
fértiles con el don de la lluvia sobre la tierra.
Tú guías a los pájaros en su vuelo y ayudas a la cigüeña a
hacerse el nido.
Tú le das al buey su fuerza, y a la gacela su elegancia.
Tú dejas jugar a los grandes cetáceos en el océano mientras
peces sin número surcan sus abismos.
De todos te preocupas, a todos proteges; diriges sus
caminos y les das alimento para regenerar sus fuerzas y su
alegría.
«Todos ellos aguardan a que les eches comida a su
tiempo;
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes».
Y en medio de todo eso, el hombre.
El hombre existe para contemplar tu obra, recibir tus
bendiciones y darte gracias por ello.
¡Cuánto más te cuidarás de él, heredero de tu tierra y rey de
tu creación! Lo alimentas con los frutos de la tierra para
formar su cuerpo y liberar su mente. Tú mismo le ayudas a
que saque esos frutos y elabore ese pan.
«El saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón,
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas».
Después envías a la luna y las estrellas para que guarden su
sueño, ordenas los días y las estaciones según los ritmos de
la vida, iluminas el universo con el sol y cubres la noche
con las tinieblas.
«Hiciste la luna con sus fases, el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche y rondan las fieras la
selva.
Cuando brilla el sol, se retiran y se tumban en sus
guaridas;
el hombre sale a sus faenas, a su labranza hasta el
atardecer».
Todo está en orden, todo está en armonía.
Innumerables criaturas viven juntas, y se encuentran y se
saludan con la variedad de sus rostros y la sorpresa de sus
caminos. Cada una resalta la belleza de las demás, y todas
juntas componen esta maravilla que es nuestro universo.
Sólo hay una nota discordante en el concierto de la
creación. El pecado. Está presente como un borrón en el
paisaje, como una hendidura en la tierra, como un rayo en el
firmamento. Destruye el equilibrio en el mundo del hombre,
ennegrece su historia y pone en peligro su futuro.
El pecado es el único objeto que no encaja en el universo ni
en el corazón del hombre. Al contemplar la creación, me
hiere ese rasgo violento que desfigura la obra del Creador, y
mi contemplación del universo acaba, como el salmo, con el
grito encendido de mi alma herida:
«¡Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más!»
Domingo de Pentecostés
Hech 2,1-11 1 Cor 12,3-7 Jn 20,19-23
1. Situación
La Iglesia ha de mantener la tensión entre su vida hacia dentro y su vida hacia fuera, su
corazón vuelto al Resucitado y su amor al mundo, entre el don y la tarea, la
contemplación y la misión.
Como cada uno de los cristianos.
Cuanto más vive de la Eucaristía, tanto más descubre que el culto «en espíritu y en
verdad» está en la vida diaria, en el realizar la fe a la intemperie. Cuanto más descubre
la presencia de Dios en los acontecimientos, tanto más necesita permanecer en Jesús,
escuchando su Palabra.
2. Contemplación
Pentecostés celebra la universalidad de la Pascua que el Resucitado encomienda al
Espíritu Santo, su Enviado, su Misionero en la historia, mediante la Iglesia.
¿Es que podemos guardarnos para nosotros la Buena Noticia? Deberíamos gritar y llorar
por los caminos, con Francisco de Asís: «El Amor no es amado».
- Los Hechos describen la misión encomendada a la comunidad cristiana como una
irrupción del Espíritu, que inicia una nueva era de la historia de la Salvación. El Espíritu
Santo, mediante la palabra de Pedro, convoca a judíos y paganos en una nueva
humanidad reconciliada; lo contrario de la división de Babel (cf. Gén 1 1 ).
- La segunda lectura nos recuerda el origen de nuestra misión: nuestro bautismo, que
nos hace Iglesia.
- En el Evangelio, con otras palabras, como en la Ascensión, volvemos a escuchar el
mandato de Jesús resucitado: Como el Padre me ha enviado, así os envío yo.
¿Qué nos pasa que esto de la misión se lo dejamos a los misioneros, y que somos
incapaces de vivir nuestra vida ordinaria en estado de misión?
3. Reflexión
La fe adulta se caracteriza por vivir en estado de misión.
- Porque sabe que su vida no le pertenece; pero no confunden la misión con las ganas de
hacer adeptos para la propia causa; por el contrario, respeta al otro y deja a Dios que
haga a su manera y en su momento.
- Porque la Buena Noticia le quema; pero vive la misión como un servicio, no como un
poder.
- Porque las cosas más sencillas de la vida ordinaria nunca son para un cristiano una
tarea, sin más, sino obediencia al Padre y, por lo tanto, acción de Dios en la historia. Sin
embargo, no necesita espiritualizar lo que hace, sino vivirlo a fondo, dando calidad a
cada acción, como si en ello se jugase la salvación del mundo; pero sin crispación, con
esa naturalidad que caracteriza a la libertad espiritual.
- Porque la vida en estado de amor lleva en sí misma la fuerza transformadora del
mundo.
- Porque lo mismo si se retira a orar en lo escondido al Padre, como si predica en un
púlpito, como si conversa con un amigo/a, como si se compromete en una acción social,
como si cumple su trabajo fielmente en la empresa, en todo está presente el Resucitado,
Señor de la Historia.
- Porque la ambigüedad de todo lo humano no se opone al Reino de Dios; al contrario,
la eficacia del Espíritu se verifica en el ocultamiento, en lo no espectacular, «desde
dentro» de la condición humana.
4. Praxis
Suele ocurrir con nuestras fiestas: Si estamos en fase de entusiasmo, nos vienen deseos
de grandes cosas (hoy, Pentecostés, de comprometernos con alguna misión); si estamos
en fase de realismo o de desgana espiritual, nos resbalan las grandes palabras como
«vivir en estado de misión».
Sintetiza en unas cuantas líneas la vida que el Señor ha ido suscitando en ti desde el
Miércoles de Ceniza hasta hoy. Procura distinguir entre deseos ideales y transformación
real, aunque ésta te parezca poquita cosa. Mira lo espiritual y también lo humano. Que
tengas sensación de vida que te crece por dentro.
Pues bien, ahora traduce esa vida en una tarea o relación hacia fuera. Ahí está tu
Pentecostés.