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Homenaje a futuros lectores en Rose Gate

Este documento es la introducción de una novela que contiene 75 capítulos. La autora agradece a varias personas e instituciones que la ayudaron con el proyecto del libro. También agradece a ilustradores, editores, grupos de lectura y lectores que la han apoyado. El libro está dedicado a su hija e incluye personajes basados en su familia y vecinos reales.
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Homenaje a futuros lectores en Rose Gate

Este documento es la introducción de una novela que contiene 75 capítulos. La autora agradece a varias personas e instituciones que la ayudaron con el proyecto del libro. También agradece a ilustradores, editores, grupos de lectura y lectores que la han apoyado. El libro está dedicado a su hija e incluye personajes basados en su familia y vecinos reales.
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ROSE GATE

©Octubre 2021
Todos los derechos reservados, incluidos los de
reproducción total o parcial. No se permite la reproducción
total o parcial d este libro, ni su incorporación a un sistema
informático, ni su transmisión, copiado o almacenado,
utilizando cualquier medio o forma, incluyendo gráfico,
electrónico o mecánico, sin la autorización expresa y por
escrito de la autora, excepto en el caso de pequeñas citas
utilizadas en artículos y comentarios escritos acerca del libro.
Esta es una obra de ficción. Nombres, situaciones, lugares
y caracteres son producto de la imaginación de la autora, o son
utilizadas ficticiamente. Cualquier similitud con personas,
establecimientos comerciales, hechos o situaciones es pura
coincidencia.
Diseño de cubierta: Kramer H.
Ilustración: Ana Escoriza Abellán
Corrección: Noni García
Índice
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
La Autora
Agradecimientos

Cuando una de mis lectoras me dijo que su hija quería


poder leer un libro mío porque quería reírse como su madre,
supe que debía llevar este proyecto adelante.
Este es mi pequeño homenaje a esos futuros lectores, entre
ellos, mi hija, a quién he hecho protagonista de esta historia
aunque en ella se llame Elle Silva, en lugar de Nicole Dos
Santos.
Mi hijo aparece de secundario, al igual que mi marido, o
mis nuevos vecinos. Aquí tenéis un pedacito de mi propia
historia, mezclada con la cultura popular del lugar al que nos
hemos mudado, un sitio tan mágico y maravilloso que ya se ha
ganado un pedazo de nuestros corazones.
Además he contado con la ayuda inestimable del
Ayuntamiento de Las Gabias, sobre todo Maribel Quesada,
quien se involucró desde el primer momento facilitándome la
documentación necesaria. Y por supuesto, Javier Bravo, el
concejal de cultura, que tantas ganas tiene de hacer proyectos
enriquecedores para este pueblo y llevar la cultura a los más
jóvenes. Ha sido un placer.
En este libro he contado con la inigualable Ana Escoriza,
quien se ha encargado de los dibujos que acompañan este
libro, una pequeña-gran ilustradora que ha compartido
conmigo este proyecto desde los inicios.
A mi manada, mi equipo Gate, quienes me acompañan en
cada aventura por muy loca que parezca: Nani, Esme, Vane,
Irene, Sonia, Marisa, Noni, Gema y Kramer H. Todos y cada
uno de vosotros formais parte de esta historia y de cada locura
que sale de mi cabeza. Sois mi mayor apoyo además de mi
familia y esto sería imposible sin vuestros sabios consejos.
A mi queridísima Tania Espelt, al frente de las LC de
Telegram, que tan buenos momentos nos regalan a todas.
Sabes que te super adoro y que me tienes aquí para lo que
quieras.
A @surfeandoentrelibros, con unas charlas que me
arrancan miles de sonrisas todos los días, nunca cambies
Christian.
A mis inigualables: Noe Frutos, Rocío Pérez, Eva Duarte,
Lola Pascual, Mada, Eva Suarez, Bronte Rochester, Piedi
Lectora, Elysbooks, Patri (@la_biblioteca_de_Pat), Maca
(@macaoremor), Saray (@everlasting_reader), Vero
(@vdevero), Akara Wind, Helen Rytkönen,
@Merypoppins750, Lionela23, lisette, Marta
(@martamadizz), Montse Muñoz, Olivia Pantoja, Rafi
Lechuga, Teresa (@tetebooks), Yolanda Pedraza, Ana Gil
(@somoslibros), Merce1890, Beatriz Ballesteros. Silvia
Mateos, Arancha Eseverri, Paulina Morant, Mireia Roldán,
Maite López, Analí Sangar, Garbiñe Valera, Silvia Mateos,
Ana Planas, Celeste Rubio, Tamara Caballero, Toñi, Tamara.
A todos los grupos de Facebook que me permiten publicitar
mis libros, que ceden sus espacios desinteresadamente para
que los indies tengamos un lugar donde spamear. Muchas
gracias.
A las bookstagramers que leéis mis libros y no dudáis en
reseñarlos para darles visibilidad.
A todos aquellos lectores que siempre dejáis vuestro
nombre bajo el post de Facebook o Instagram:
Lucía Soto, Zaraida Méndez, Laura (mowobooks), Mónica
(elrincondeleyna), eli.p.r, Lucía Moreno, Isabel García, María
Marques, Cati Domenech, @booksbyclau, Nieves Nuria,
@sara_cazadoradelibros, Maria Amparo Lorente Navarro,
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Pilisanchezurena.
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María Victoria Lucena Peña, Gloria Cano, Nieves Muñoz,
María Rubio, Gemma Pastor, @luciaanddogs, Mireia
tintaypluma, Ana Moreno, Desi, Flori, 6lanca, Athene_mc,
Tere Lafuente, Marijopove, Ana Paula Sahagun, Toñy Gómez,
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Laura @7days7books, Gema Guerrero, Beatriz Maldonado
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belloisamary04, Liletty, Menchu, Fimedinai, Sonia p. Rivero,
Isabel Guardia, Cecilia, @irenita19mm, @[Link],
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Rodrigues, Martina Figueroa, Nurha Samhan, Stephanie Lara,
Sandra Rodriguez, Luz Anayansi Muñoz. Reme Moreno,
Kathy Pantoja y al Aquelarre de Rose: Jessica Adilene
Rodríguez, Beatriz Gómez Prieto, Gabi Morabito, Cristy
Lozano, Morrigan Aisha, Melissa Arias, Vero López. Eva P.
Valencia, Jessica Adilene Rodríguez, Gabi Morabito, Cristy
Lozano, Morrigan Aisha, Melissa Arias, Vero López, Ainy
Alonso, Ana Torres, Alejandra Vargas Reyes, Beatriz Sánchez,
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Gutierrez, stylo barrio, Elena Perez, Ana de la Cruz, Ana
Farfan Tejero, Kayla Rasquera Ruiz, Dolors ArtauAna FL y su
página Palabra de pantera, Ana García, Ana Gracía Jiménez,
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Jiménez, Andy García, Ángela Ruminot, Angustias Martin,
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Sánchez, Carola Rivera, Catherine Johanna Uscátegui, Cielo
Blanco, Clara Hernández, Claudia Sánchez, Cristina Martin,
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Raider, Cristi PB, Cristina Diez, Chari Horno, Chari Horno
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Verdú, Estefanía Cr, Estela Rojas, Esther Barreiro, Esther
García, Eva Acosta, Eva Lozano, Eva Montoya, Eva Suarez
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Melissa, Flor Buen Aroma, Flor Salazar, Fontcalda Alcoverro,
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Lee, Itziar Martínez López, Jenny López, Juana Sánchez
Martínez, Jarroa Torres, Josefina Mayol Salas, Juana Sánchez,
Juana Sánchez Martínez, Juani Egea, Juani Martínez Moreno,
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Pastor, Mar A B Marcela Martínez, Mari Ángeles Montes,
Mari Carmen Agüera, Mari Carmen Lozano, María Camús,
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Cruz Muñoz, María del Mar Cortina, María Elena Justo
Murillo, María Fátima González, María García , María Giraldo
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Estreder , María José Felix Solis , Maria José Gómez Oliva ,
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Marta Hernández, Martha Cecilia Mazuera, Maru Rasia, Mary
Andrés, Mary Paz Garrido, Mary Pérez, Mary Rossenia
Arguello Flete, Mary RZ, Massiel Caraballo, May Del Valle,
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Hurtado, Mº Carmen Fernández Muñiz, Mónica Fernández de
Cañete , Montse Carballar, Mónica Martínez, Montse Elsel,
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María Jesús Palma, María Lujan Machado, María Pérez, María
Valencia, Mariangela Padrón, Maribel Diaz, Maribel Martínez
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Mercedes Toledo, Moni Pérez, Monika González, Monika
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Gonzalez, Núria Quintanilla, Nuria Relaño, Nat Gm, Nayfel
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Ruth Godos, Rebeca Catalá, Rocío Ortiz, Rocío Pérez Rojo ,
Rocío Pzms, Rosa Arias Nuñez , Rosario Esther Torcuato,
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Sandra Solano, Sara Sánchez, Sheila Majlin, Sheila Palomo,
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Pérez, Montse Suarez, Chary Horno, Daikis Ramirez, Victoria
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Bea Franco, Ernesto Manuel Ferrandiz Mantecón. Brenda
Cota, Mary Izan, Andrea Books Butterfly, Luciene Borges,
Mar Llamas, Valenda_entreplumas, Joselin Caro Oregon,
Raisy Gamboa, Anita Valle, [Link], Lectoraenverso_26,
Mari Segura Coca, Rosa Serrano, almu040670.-almusaez,
Tereferbal, Adriana Stip, Mireia Alin, Rosana Sanz, turka120,
Yoly y Tere, LauFreytes, Piedi Fernández, Ana Abellán,
ElenaCM, Eva María DS, Marianela Rojas, Verónica [Link],
Mario Suarez, Lorena Carrasco G, Sandra Lucía Gómez,
Mariam Ruiz Anton, Vanessa López Sarmiento, Melisa
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Maria Jose Gomez Oliva, Pepi Ramirez Martinez, Mari Cruz
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Romero, Virginia Fernández, Aradia Maria Curbelo, Verónica
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Ángeles Garcia, Paqui Gómez, Rita Vila, Mercedes Fernández,
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A todos los que me leéis y me dais una oportunidad, y a
mis Rose Gate Adictas, que siempre estáis listas para sumaros
a cualquier historia e iniciativa que tomamos.
Introducción

Miré por la ventana del coche cubierta por una fina capa
de polvo, lo que dejaba atrás eran kilómetros, familia y
recuerdos.
A mi lado, mi hermano descansaba con los ojos cerrados y
el cuello torcido. Podría parecer una postura incómoda, pero,
para él, no lo era. Tenía los labios separados colmados de
suspiros de complacencia. Incluso llegaba a despertarme
ternura en aquella pose tan suya. En cuanto abría los ojos, la
calma daba paso a la tormenta y es que, cuando sus pupilas
enfocaban hacia las mías, el cariño daba paso a un arrebato de
magnitudes cósmicas para chincharlo. Juro que intentaba
controlarme, sin embargo, la necesidad de ejercer de acicate
contra mi hermano pequeño era superior a mis fuerzas.
Pulla por aquí, contestación por allá, y ya la teníamos liada
hasta que la histérica de mi madre nos castigaba.
La tenía sentada justo delante de mí, tarareando una
canción antigua que sonaba en la radio, y que yo no habría
escuchado en la vida si ella no hubiera detenido la emisora
justo en aquel tema, que la hacía berrear agitando la cabeza
como si volviera a tener mi edad. De ella era la culpa de que
mi padre, mi hermano y yo hubiéramos recorrido casi
novecientos kilómetros de aventura personal.
Exacto, nos estábamos mudando de una gran urbe, como
era Barcelona, a un pueblo de veinte mil setecientos
habitantes, a diez kilómetros de Granada y con nombre de
jaula. No me mires así, si traducías Las Gabias a mi lengua
materna, el catalán, significaba exactamente eso: Las Jaulas,
que, en parte, era como yo me sentía, presa de las decisiones
de mi familia, pues aunque me hiciera ilusión tener una casa
con piscina, ¿en serio era necesario cruzar medio país para
conseguirla?
No obstante, viendo la cara de ilusión de mi madre, sus
explicaciones de por qué había decidido dar una paga y señal
en el último evento literario al que acudió en Armilla, sin
consultarnos, junto a las fotos de una maravillosa casa
adosada, con pasarela de cristal que separaba su habitación de
la mía, no tuve más remedio que sentir su sueño un poco mío.
Me imaginé bajando por la escalera flotante con la que se
comunicaba bailando al ritmo de todos los tiktoks que había
aprendido durante el confinamiento.
Si algo nos había dejado la Covid, aparte de la sana
costumbre de lavarnos las manos unas cincuenta veces al día,
había sido que, ante la crisis, la harina, la levadura y el papel
de váter se consideraban bienes escasos. Que era tiempo de
aprender a hacer pan y repostería, además de lanzarse de
cabeza a las redes con una incipiente ilusión de convertirse en
el #trend del momento y que tu vídeo se hiciera el más viral
del universo, superando al de la chica moviéndole el cuerpo a
su gallina.
El estado de alarma nos sirvió para tomar muchas
decisiones, en la mayoría de los casos, vitales. Algunos se
divorciaron, cambiaron de trabajo, otros se mudaron, como
nosotros, y decidieron que lo mejor era un cambio de vida
radical.
Mi madre pasó de ser una directiva que gestionaba un
centro deportivo a escritora de romántica en Amazon, puede
que fuera algo que sorprendiera a muchos, a mí no me cogió
de nuevas, pues se había dedicado a aporrear las teclas desde
que mi padre le regaló aquel ordenador de quince pulgadas de
segunda mano en Wallapop.
Las musas se desataron en su cabeza y se pasaba los
mediodías, las noches y cualquier partícula de tiempo
desgastando teclas.
Antes de dar el salto a nuestra nueva vida y entonar la letra
de Qué lástima pero adiós, de Julieta Venegas, pasaron
veinticuatro meses en los que convivimos con la exigencia de
su puesto laboral, los libros y las olas del Coronavirus.
Por aquel entonces, solo la veíamos para comer y para
cenar, y sabíamos que estaba en casa porque de tanto en tanto
alzaba la voz en uno de sus: «Callad, que estoy escribiendo».
Ese fue el #parati más escuchado de nuestra casa, por encima
del Despacito, o cualquier éxito veraniego.
Mi hermano y yo nos mirábamos desafiantes, después del
estallido de ira de mi madre, que auguraba dejarnos sin
aparatos electrónicos hasta el día del juicio final.
Y es que, lo reconozco, llevarme bien con mi hermano era
un lujo que duraba lo mismo que una estrella fugaz o un
eclipse. Cuando lográbamos congeniar, nos jurábamos que
siempre sería así, nos profesábamos un montón de abrazos,
besos y palabras bonitas, envueltos en un manto de amor que
se autodestruía en 3, 2, 1. ¡Boom!
Cuando mi madre veía aquel extraño y efímero fenómeno,
ponía los ojos en blanco, en el fondo era consciente de que
duraría poco. Las madres siempre saben esas cosas, igual que
quién se había comido la onza de chocolate que le faltaba a la
tableta.
Mi padre, por el contrario, nos contemplaba a través del
espejo del coche como si fuéramos su pedacito de cielo en el
mundo. Tampoco voy a mentirte, aquella mirada duraba hasta
que cometíamos alguna trastada o lo incomodábamos a la hora
de la siesta. Entonces, se transformaba en el hijo que nunca
tuvieron Godzilla y King Kong.
Se llama Carlos, era entrenador personal hasta que tuvo una
lesión laboral que le costó su trabajo y por la que le
concedieron una incapacidad. Ahora, el dolor era su
compañero de fatigas, junto con la única afición que lo hacía
desconectar, cantar. Mi padre tiene una voz preciosa, rasgo que
ha heredado mi hermano, además de su pasión por el deporte.
Digamos que la afinación bucal no es una de mis virtudes, yo
prefiero que la música fluya en mí a través del baile.
—Estamos llegando —anunció mi madre con una sonrisa
en los labios.
Yo me hundí más en el asiento y contemplé cómo los
edificios de la gran ciudad se convertían en calles estrechas y
casas achaparradas de tres plantas.
Adiós a mis amigos del instituto, adiós a mis clases de
ballet, contemporáneo, hip-hop y teatro musical. Bienvenida
nueva vida cargada de rostros desconocidos y gente
desconcertante, de acento atropellado que me hacía estrechar
la mirada con algunas palabras.
Me llamo Michelle Silva, aunque todos me llaman Elle,
tengo casi dieciséis años y voy a contarte cómo aquella
mudanza terminó siendo la experiencia más alucinante de toda
mi vida.
Capítulo 1
El Instituto

Primer día de clase. Sentí los nervios convirtiéndose en


una bola apretada en el centro de mi estómago. Era inevitable,
no podía contener la sensación por mucho que lo intentara, y
eso que ya llevaba dos meses aclimatándome al entorno.
Mi casa estaba frente a un parque, ubicada, según los
vecinos, en una de las zonas más tranquilas del pueblo. Había
sido un poco locura nuestra llegada, porque emprendimos el
viaje durante la noche de San Juan y, al día siguiente, a las
doce, firmábamos la compra de la casa.
A las dos en punto, el de la mudanza ya estaba llamando a
la puerta para descargar.
No os creáis que dentro del camión había muebles, no. El
lema de mi madre era «vida nueva, muebles nuevos». En la
caja del vehículo venían ropa, juguetes, libros, ordenadores…
Media vida de mis padres y otra media de la de mi hermano y
mía.
Los muebles irían llegando poco a poco. Mi madre lo había
comprado casi todo por internet, era la reina de encontrar
cualquier tipo de chollo en las redes. Lo único que nos
aguardaba en la casa eran los colchones tirados en el suelo que
llegaron el día anterior por Amazon.
Nos tocó adecuar la casa, montar muebles, comprar
electrodomésticos y adaptarnos al lugar. Eso fue lo más
sencillo. Por fortuna, mi familia siempre fue de naturaleza
abierta. Confieso que los vecinos ayudaron bastante,
estábamos rodeados de familias con niños de edades
semejantes a las nuestras, por lo que no fue complicado que
conectáramos con algunos.
El verano pasó en un suspiro, tuvimos tantas visitas que era
rara la semana en la que estábamos los cuatro a solas. El
parque, la piscina y la intensa vida social de mis padres
hicieron que el verano más caluroso de nuestras vidas también
fuera el más corto.
Septiembre había llegado, y con él mi nuevo instituto. El
IES Montevives, a solo cinco minutos a pie de casa.
Cuando fui a matricularme, recuerdo que pensé que era
gigantesco si lo comparabas con mi instituto de antes, solo la
entrada ya impresionaba. Era lógico, pues albergaba la friolera
de novecientos alumnos con sus correspondientes profesores.
El primer día, la entrada se efectuaría por la parte trasera,
que se ubicaba en el interior de un parque público cubierto de
árboles y bancos de piedra. A través de él, llegaría a un
enorme patio central, adecuado a las dimensiones del centro, y,
una vez allí, nos distribuirían por clases.
Mi madre insistió en acompañarme un trocito, por eso de
no ir sola el primer día, aunque cuando llegó a la acera de en
frente del parque se quedó quieta y me miró expectante.
—El resto del camino ya puedes hacerlo sola —me lanzó
un guiño cómplice.
—¿En serio no quieres entrar conmigo y llevarle una
manzana a mi tutor? —pregunté sarcástica, ella emitió una
risita.
—No seas boba. Ya sé que eres mayor y que lo de hoy ha
sido puntual. Por cierto, estás preciosa, ¿te lo he dicho ya? —
Yo puse los ojos en blanco.
—Sí, lo has hecho, y no estoy preciosa, soy simplemente
yo. —Me encogí de hombros restándole importancia a su
cumplido. A ver, seamos francos, no podía quejarme de mi
físico, pero me avergonzaba un pelín que mi madre cantara
mis alabanzas.
Eché un vistazo a mi vestuario y lo comparé al del resto de
chicas, era inevitable la sensación de querer encajar. Elegir la
ropa que vas a usar el primer día es importante, la moda solía
hablar de quiénes somos, cómo entendemos el mundo y lo que
queremos transmitir a los demás. En mi caso, como el sol
todavía era abrasador, me había decantado por un vaquero
corto y una camiseta ancha que caía justo por encima del
ombligo, en un tono rosa degradado, mi color favorito. Si
hubiera estado un pelín bronceada, habría destacado más, pero
qué iba a hacerle, heredé el color Puleva de mi abuela, el sol
parecía querer evitarme y, si me exponía a él, lo único que
conseguía era que las pecas, que adornaban tanto mis mejillas
como el puente de la nariz, se multiplicaran. Menos mal que
estaban de moda y que la gente llegaba hasta a pintárselas. Me
recogí la melena castaña en una cola alta, tenía el pelo muy
largo y no quería que me incomodara. Así quedaba a la vista
mi mejor rasgo, unos ojos verdes felinos que cambiaban de
color dependiendo de la luz.
—¿Nerviosa? —preguntó mi madre a sabiendas de la
respuesta, pues bajé en reiteradas ocasiones a la cocina porque
no podía dormir.
—Un poco, eso de que no nos dieran la lista del material y
vaya de vacío a mí no me llena.
Ella se echó a reír.
—Elle, si no te han dado lista, será porque hoy os dirán qué
tenéis que llevar. Llamé a secretaría y me dijeron que no
tenían nada. —Arrugué la nariz.
—Ya, pero sabes que hubiera preferido tenerlo todo listo,
no soporto que me falten cosas.
Soy extremadamente organizada y puntual. No me gustan
los imprevistos, prefiero saberlo todo de antemano, crear mis
listas, repasarlas varias veces hasta cerciorarme de que he
comprado lo necesario y empezar el curso sin que me falte
detalle.
Las únicas sorpresas que admito son los regalos, una fiesta
o enterarme de que me llevan de vacaciones a un hotel. Esas sí
que las tolero.
Mi madre volvió a insistir al ver mi cara poco complacida.
—Llevas un estuche cargado hasta los topes, una libreta
con tantas páginas que podrías anotar parte de tu vida y la
agenda por si te encargan alguna tarea. Hoy no necesitas más y
cuando regreses a casa ya iremos a comprar lo que te haga
falta, te lo prometo. ¿Quieres que venga a buscarte?
—No es necesario, me parece que seré capaz de recorrer
tres calles sola —murmuré con autosuficiencia.
—Vale, pero ten cuidado al cruzar, ya has visto que aquí
conducen como locos y el intermitente lo llevan de adorno.
—Mamá, ya no soy una cría —resoplé dando un puntapié a
una piedra con mi zapatilla.
—Lo sé, perdona, a veces se me olvida. ¡Es que has crecido
tan rápido! —dijo con añoranza. Me achuchó hacia uno de los
costados de su cuerpo—. Que pases un gran día, cielo. Te
quiero y me siento muy orgullosa de ti, sé que lo que te he
pedido es mucho al cambiarte de ciudad, pero también ha sido
por vuestro bien, ya lo veréis. —Besó mi mejilla y yo le
devolví la muestra de afecto.
—Seguro que sí, mamá. Yo también te quiero. Anda, ve,
que en un rato tienes que llevar a mi hermano al cole.
Ella asintió y se alejó calle arriba, deshaciendo el camino
que habíamos recorrido juntas. Hoy empezaba a una hora
distinta que mis vecinas, con las que me llevaba uno o dos
años. Por eso había tenido que venir sola. Ninguna era de mi
edad exacta, sino más pequeñas.
Capítulo 2
El accidente

Alcé los ojos y me lagrimearon. El sol era de justicia, y


eso que el reloj marcaba las ocho de la mañana. El sudor se
arremolinaba en mi nuca haciendo que algunos pelillos cortos
se me rizaran. Tuve que echar mano a la botella de agua para
dar un trago y así calmar la sed y los nervios.
Desde que habíamos llegado a Granada, no hacíamos otra
cosa que beber agua. El calor era tan seco que penetraba en ti
de golpe, dándote la sensación de que ibas a evaporarte de un
momento a otro.
Una vez estuve segura de que mi madre ya no estaba, me
fijé en el entorno. Había bastante tránsito, coches, motos,
autobuses escolares y un sinfín de chicos y chicas que ya se
conocían de otros años. La alegría de los reencuentros se
palpaba en la atmósfera, la veías en el modo en que se
abrazaban, en cómo se pisaban las conversaciones los unos a
los otros, con el apetito voraz de los que han pasado el verano
en destinos distintos y se les acumulan las vivencias.
Los contemplé con cierta envidia y añoranza. Así habría
sido para mí si no me hubiera mudado. Ya no volvería a ver a
mi grupo de amigas de Barcelona, aunque mi madre dijera
aquello de «algún día». Ya no haríamos nuestras particulares
bromas en la biblioteca, ni quedaríamos después de clase para
charlar del crush del momento.
Adiós a mi academia de baile, a los festivales, a bañarme
en la piscina con mi primo y a aquellos atardeceres en la playa
para después detenernos en una terraza a comer un helado.
Hoy volvía a comenzar de cero y esperaba que el cambio
fuera tan productivo como auguraban mis padres.
Paseé la vista a un lado y a otro de la carretera, no parecía
venir nadie, el autobús escolar estaba haciendo la maniobra de
aparcamiento, por lo que me atreví a cruzar.
Di dos pasos. Me encontraba en mitad de la calzada cuando
todo se precipitó. Un frenazo brusco, seguido de un pitido
ensordecedor que pertenecía al claxon de un coche, que
acababa de girar a toda pastilla, pisando a fondo para no
comerse al autobús.
Una moto salida de la nada aceleró tratando de adelantar al
coche que se precipitaba irremediablemente hacia mí, y yo lo
veía como si todo aquello no fuera conmigo, sino que se
tratara de un tráiler de la nueva serie de Netflix mientras yo
yacía cómoda en el sofá. Incrédula, contemplé cómo el chico
de la moto se arrojaba en marcha, y se lanzaba contra mi
cuerpo para envolverlo, hacerme rodar con él e impedir que
me atropellaran.
El aire abandonó mis pulmones y solo pude pensar que era
imposible que saliéramos con vida. Arrollada el primer día de
instituto, mis padres nunca se sobrepondrían a eso.
Cerré los ojos con mucha fuerza. Mi corazón arremetía
contra la garganta informándome de que todavía latía. Tenía la
adrenalina tan disparada que no sentí la quemazón del codo al
rasparse contra el asfalto, ni el impacto del muslo derecho en
el que, más tarde, aparecería un gigantesco morado.
Mi cola rozó el neumático del vehículo que acababa de
recuperar el control. Ni siquiera me atrevía a levantar los
párpados. Seguía arrebujada sobre aquel individuo que olía a
bosque.
«Por favor, que no se trate de mi tutor», rogué, pensando
que era lo peor que podría pasarme en ese instante.
Estaba tan en shock que no pude controlar el grito que
brotó de mi garganta y sacudió el tímpano de mi salvador.
Hasta ahora no me di cuenta de que lo había estado
conteniendo. Sus brazos me estrecharon con fuerza y en lo
único que pensé era en que su aroma no se parecía para nada al
artificial de friegasuelos que garantizaba oler a pino.
Eso sí que era oler a naturaleza salvaje, si me atrevía, le
preguntaría la marca de la colonia. Era una mezcla entre hierba
fresca, agua de manantial y madera recién cortada. La
composición resultaba adictiva, incluso aspiré un poco de la
piel que quedaba desprovista de la cazadora.
El conductor del coche salió llevándose las manos a la
cabeza. Oía su voz de fondo, gritando, disculpándose, no
dando crédito a lo que acababa de ocurrir. Y yo solo podía
escuchar a mi corazón revolucionado. Pum pum, pum pum,
pum pum. Seguía viva. El alivio me inundó.
—¿Puedes dejar de gritar? —Una voz ronca, seguida de
una exhalación cálida, que erizó el costado de mi cuello, hizo
que me diera cuenta de que era cierto, que una nota aguda,
sostenida, permanecía saliendo sin fuelle de mi garganta. La
observación hizo que me silenciara.
Dios no me dio el don de la afinación, pero sí unos
pulmones de acero. Ya lo decía mi padre, que de bebé mis
llantos los conocía todo el vecindario.
Levanté la barbilla y me fijé por primera vez en el rostro
del tipo que me había salvado la vida. No era un profe, como
supuse al ver su envergadura, sino un chico atlético, de piel
canela, con unos ojos de color hielo que cortaban el aliento.
Un azul pálido precioso, acompañado por un círculo dorado
que enmarcaba el centro de la pupila. ¡Wow! Mi padre los tenía
azules, pero esos eran sorprendentes.
Cuando llegara a casa, cogería mi cuaderno de dibujo e
intentaría plasmarlos. Otra de las cosas que se me daba bien
era dibujar. Él seguía mirándome sin apartar sus ojos de los
míos.
—¿Eh? —pregunté atolondrada. Si hubiera estado en mi
sano juicio, no me habría quedado tan perpleja.
—Gracias. Es lo mínimo que se le dice a alguien que te
salva de un atropello. —Me hizo ver. Mis mejillas
enrojecieron.
—Perdona, ha sido el susto. Gracias. Dios, debes pensar
que soy tonta. —Mientras mi respiración fluía a trompicones
la suya parecía de lo más relajada.
Seguía encima de su cuerpo y no podía dejar de observarlo.
Nunca había visto una cara que me resultara tan atrayente
como la suya. Tenía los labios generosos y los pómulos
marcados. Sus cejas eran poderosas y no podía definir si su
manera de contemplarme era divertida o molesta. Frunció el
ceño, ahora parecía enfadado.
«Normal, lo estás aplastando y no te has movido ni un
ápice», me dije.
Rompí la conexión visual y me incorporé ayudada por los
brazos del hombre que casi me mata. Ahora sí que oía sus
disculpas. El pobre se había asustado casi tanto como yo.
Hablaba tan deprisa que apenas le entendía. Llegaba tarde al
trabajo, había intentado adelantar al autobús y no se percató de
que yo estaba en mitad de la carretera. Le pilló el ángulo
muerto del coche. Mi padre muchas veces se quejaba también
de eso.
Me fijé en la calzada. Tampoco es que pudiera echarle toda
la culpa, crucé por donde no había paso de peatones con las
prisas por no llegar tarde.
Le aseguré al hombre que estaba bien, que solo fue un
susto y que también había sido mi falta. Mientras nos
deshacíamos en una batalla de «lo siento», vi que mi salvador
ya se había levantado. Estaba poniendo su moto en pie y
evaluando el daño del vehículo fuera de la nube de curiosos
que nos estaban rodeando al conductor y a mí.
Estiré el cuello contemplándolo. A su lado se encontraba
otro chico y una chica que vestían igual que él y llevaban
cascos en los brazos. Debían ser de un club de moteros o algo
así.
Los tres cargaban una chupa de cuero con la imagen de un
lobo en la espalda, ropa oscura, uñas pintadas de igual color de
la chaqueta y el mismo anagrama de esta se veía pintado en los
cascos.
—¿Te llevo al PTS a que te hagan una revisión? —se
ofreció el hombre. El PTS era el hospital de Granada.
—No, estoy bien, de verdad, no… no pasa nada —le
aseguré al hombre, que insistía en, por lo menos, llamar a mis
padres. Me negué en rotundo.
Un atropello el primer día era lo que le faltaba a mi
sobreprotector padre para custodiarme a diario y llevarme de
la mano si hacía falta. Menos mal que ningún vecino lo había
presenciado. Al final, Gerardo, que así se llamaba, insistió en
darme su tarjeta y que lo llamara si me ocurría cualquier cosa.
Volvió a disculparse antes de entrar en su coche y que yo
cruzara para ir directa hacia el chico de la moto.
—¡Oye, pe… perdona! —exclamé, dirigiéndome hacia
ellos. Sus amigos y él me miraron con extrañeza.
La chica era preciosa. Su pelo rubio tenía un tono tan claro
que parecía blanco, ¿sería albina? Los ojos parecían hechos de
plata líquida y me contemplaban con hostilidad. ¿Sería su
novia? El otro chico que iba con ellos tenía la mirada más
negra que había visto nunca. Era igual de moreno que mi
salvador y no me dio la impresión de que despertase en él
mucha simpatía.
Los tres se veían un pelín siniestros, puede que no fueran
moteros, quizá me había confundido y tocaban en una banda
de rock, eso les pegaba más. El chico que me había salvado
tenía una voz muy aterciopelada.
Un mechón se me desprendió de la coleta, lo coloqué
detrás de la oreja y observé de soslayo el codo que me dolía.
Era un buen raspón del que salía un poco de sangre. Ya me
limpiaría más tarde. Quería darle las gracias de un modo
consciente y preocuparme por él.
—¿Estás bien? —pregunté, ignorando las miradas de
«regresa a tu castillo, princesa unicornia» de los otros dos.
—¿Es que la caída te ha afectado a la visión? ¿No lo ves?
—preguntó la rubia con malas pulgas—. Se le ha jodido la
moto y la chaqueta.
—Selene —la cortó él, con tono de advertencia. Ella
resopló cruzándose de brazos y encogiendo los hombros.
—¡¿Qué?! Casi la matan por incauta y, de paso, también te
han fastidiado a ti. —Desvió la mirada plateada hacia mis
ojos, que se helaron ante el impacto—. ¿Es que no sabes que
existen los pasos de peatones para cruzar?
—Estaba lejos y quería llegar de las primeras —me
justifiqué.
—Claro, no vaya a ser que te quiten el sitio en el pupitre…
Pero ¡¿tú de dónde diantres sales?!
—Lo siento —me disculpé, sintiendo que me subían los
colores—. Tienes razón en todo lo que has dicho, no pensé. La
próxima vez cruzaré por allí, aunque tenga que dar más
vueltas… Siento mucho lo ocurrido, de veras. —Giré la
cabeza hacia el chico—. Yo me haré cargo del arreglo de tu
moto, tengo ahorros, mis padres me pagan una asignación
dependiendo de mis notas y nunca gasto nada, los usaré para
eso y para comprarte una chaqueta nueva —comenté sin
respirar. A veces también me costaba callar, estar en silencio
no era una de mis virtudes.
—Solo es una rozadura —dijo él, restándole importancia al
girón—. Le pondré un parche y quedará como nueva. Yo
mismo lo solucionaré, y por la moto no te preocupes, se
encargará el seguro.
—E… En serio —recalqué—. Quiero hacerme cargo, si
hubiera cruzado por donde debía, tu moto y tu chaqueta
estarían intactas. —Él me miró con tanta profundidad que se
me erizó la piel de los brazos.
—Ya te he dicho que no es necesario. No me gusta
repetirme. —El tono suave había ganado unas notas de
hostilidad. Era mejor que no insistiera.
—Vale, como quieras, soy nueva y me llamo Michelle —
me presenté, si esperaba que me diera su nombre, iba lista. No
respondió, solo siguió mirándome de aquel modo tan intenso
que parecía que pudiera leer hasta el día de la semana que me
quitaron los bráquets.
—Él no —respondió Selene en lugar de mi salvador.
Estaba tan ennortada que hasta tuve que pensar lo que había
respondido la rubia. Le ofrecí una sonrisa prudente, aunque no
me hubiera gustado su contestación.
—Ya me imagino que no se llamará como yo, aunque
podría ser, Michelle en algunos países es tanto nombre de
chico como de chica. —Ella bufó.
—Oye, mira, que ya está, que, por muy inclusivo que sea tu
nombre, no nos incordies más. Te das el piro y listo, ya le has
dado las gracias. —Apartó la vista de mí y se dirigió al chico
de los ojos negros—. ¡La Vin! ¿De dónde sale esta?
—De Barcelona —respondí sin poder contenerme. Si no
hubiera tenido los ojos puestos en ella, habría visto que en los
ojos helados se sombreaba una sonrisa. Selene resopló.
—Pues ten más cuidado la próxima vez y olvídanos. —El
otro chico no había abierto la boca. La rubia parecía ser la
líder del grupo, hubiera dicho que era algo más mayor que yo
—. Vamos, no quiero que nos pongan un parte el primer día
por su culpa. —Busqué algo de comprensión en el chico que
me salvó. Pero ya se había colocado el casco, como los otros
tres, y montado en la moto que rugía bajo sus manos. Sin decir
adiós, se largaron dando gas para aparcar.
Saqué el móvil para ojearlo, tenían razón, o me apresuraba
o no llegaba. En dos minutos eran las ocho y eso me suponía
echarme a correr como las locas. Aceleré el paso y puse el
turbo para atravesar las puertas un segundo antes de que se
cerraran.
Capítulo 3
¿Quién es ese chico?

Llegué a casa resoplando.


Menudo primer día, no podía haberme tocado una clase
peor. Tenía hasta ganas de llorar. El sol me estaba asfixiando,
aunque el puñetero instituto, mucho más.
Sabía que la primera frase de mi madre sería un «¿qué tal te
ha ido?». Y que yo no sabría qué contestar, porque tenía el
carné de cazadora de mentiras que les otorgan a todas las
madres cuando nacemos.
Pensé en mi «atropellada» mañana.
Me sentía ridícula en mitad del patio de cemento. Allí, sola,
plantada en mitad de un montón de cabezas que ya se conocían
entre sí y que observaban entre cuchicheos a la chica que casi
había muerto arrollada hacía escasos minutos.
Seguro que alguien había colgado el vídeo en redes, e iba a
convertirme en el hazmerreír de todo el pueblo. Otra de mis
virtudes era ser coleccionista de morados. Siempre llevaba
más de uno a cuestas y es que, por mucho que me fijara,
terminaba con el cuerpo cubierto de golpes. El médico me dijo
una vez que se debían, en parte, a tener la piel atópica. Yo creo
que fui más una duda. Dios no se decidía cuando me creó,
blanca por fuera, morada por dentro, parece una adivinanza,
pero la respuesta soy yo.
Miré al grupo de los «lobos», como los había denominado
por el emblema de su chaqueta, quienes se atrincheraron en el
único lugar donde había algo de sombra. Menuda suerte, los
demás parecían respetar su espacio y nadie invadía su zona de
confort.
Yo, al contrario, estaba ahí, como un pasmarote,
sintiéndome el bicho raro. Por muy abierta que fuera, no era
plan de meterme en medio de uno de esos corrillos que
fluctuaban a mi alrededor como una colonia de medusas,
sedientas de un bañista incauto a quien electrocutar el primer
día.
No quería añadir más leña al fuego, no fuera a salir
ardiendo. Busqué un espacio donde no llamar más la atención
y esperé a que el director nos diera la bienvenida. Nos recordó
las normas básicas de convivencia y los protocolos que se
habían adoptado postcovid. Ya no hacía falta el uso de la
mascarilla, pues estábamos todos inmunizados, pero la higiene
era una medida que se había quedado para evitar otras
enfermedades, así como la ventilación de las aulas.
Al terminar, dio paso a los tutores de cada curso, quienes
saldrían para ir llamando por nombre y apellidos a los alumnos
de las distintas clases. Formaríamos una fila y, cuando
estuviéramos todos los de la lista, el tutor se marcharía con el
grupo dando paso al siguiente profesor.
Esperaba que el ritual de tú en esta clase y tú en la
siguiente no durara demasiado. El calor comenzaba a ser
mareante.
Acaricié el lado de mi cadera, me dolía, y eso que el grueso
del impacto no me lo llevé yo. Alcé con disimulo la mirada
para toparme con aquellos orbes helados, que observaban el
lugar en el que apoyaba la mano. Percibí el sitio exacto donde
la tenía puesta, pues el calor volvió a acentuarse en aquel
punto. Me costó tragar al intentar comprender por qué la piel
me ardía si él ni siquiera estaba tocándome.
La tutora de 1ºA salió a la palestra, desviando su atención.
Soltó los nombres casi sin respirar. Me recordó al presentador
del rosco de Pasapalabra. ¡Madre mía, era una máquina de
deletrear! La mujer, de la edad de mi madre, se presentó bajo
el nombre de María Palacios, vestía unas bermudas color
caqui, una camiseta blanca de manga corta y llevaba un
foulard colgando en los laterales del cuello.
Miré las puntas de mis deportivas blancas y me descubrí
cruzando los dedos de los pies para pedir que me tocara en la
misma clase que al chico de la moto. Menudo absurdo, si ni
siquiera me quiso decir su nombre. «Ridícula, Elle, eres una
ridícula».
Los descrucé de inmediato y reflexioné sobre el motivo que
me había hecho cometer aquella estupidez. Quizá fuera porque
era el único que había hecho algo por mí cuando no me
conocía, porque me gustaba su olor; o, sencillamente, porque
me intrigaba. No lo tenía claro, los chicos nunca me habían
interesado en exceso. Siempre tenía otras prioridades en la
cabeza, supongo que por ello me llamaba más la atención, si
cabía, que volviera a estar cruzando los dedos en el interior de
mis Adidas blancas con bandas holográficas.
Imaginé a mi madre mirándome por un agujerito y
frotándose las manos con cara de pilla. Resoplé con fastidio,
ella y su mente de autora de romántica, siempre insistiendo en
si me gustaba alguien. ¿Por qué se emperraba en que
encontrara a mi media naranja si yo me sentía una fruta
completa? Quizá fuera por curiosidad insana, por revivir lo
que supuso para ella el primer amor o por miedo a que me
quedara soltera y con un puñado de gatos a mis espaldas, que,
oye, tampoco me parecía un plan tan horrible.
Cuando veía que me cerraba en banda, contraatacaba
soltando aquello de: «Ya sabes que ni a tu padre ni a mí nos
importa si te enamoras de un chico o una chica, incluso puedes
ser poliamorosa y tener varios novios o novias mientras todos
estéis de acuerdo y sea consensuado, lo importante es que seas
feliz». Yo resoplaba, ponía los ojos en blanco y hacía lo
posible para cambiar de tema.
Puede que sea demasiado reservada para ciertas parcelas de
mi vida, y esa era una de ellas. Y si no me llamaba la atención
ninguno o ninguna, ¿qué le hacía? ¿Estaba obligada a que me
gustara alguien? ¡Pues no! No necesitaba que uno de esos
chicos con pinta de malote, que parecían encandilar a mis
amigas de Barcelona, me hiciera balbucear. Yo valoraba
mucho más que las personas fueran buenas, inteligentes y
empáticas. Pasaba de los chulitos de barrio o de los guaperas
de manual. Al final, lo que debe pesar es que a quienes elijas
en tu camino te causen más alegrías que tristezas, y si eso no
ocurre, es mejor andar sola rodeada de los que te quieren de
verdad.
Nadie había despertado una insana necesidad de ir
dibujando corazones en las libretas, por lo menos, hasta ahora.
Contuve el aliento al oír un nombre tan distinto como su
poseedor.
—Jared Loup —murmuró María Palacios, provocando que
el chico de la moto levantara la mano y respondiera con un
enérgico «sí». Me sentí del mismo modo que mi gato cuando
oye que se abre la nevera y visualicé a mi corazón
descendiendo por las escaleras. «Jared Loup», saboreé para
mis adentros.
Él chocó el puño contra el de Selene y el del otro chico, del
que tampoco conocía el nombre, y se encaminó directo hacia
1ºA.
Clavé los ojos en su espalda, cautivada por la gracilidad
con la que se movía, parecía flotar mientras los demás se
dedicaban a arrastrar los pies. No había conocido a nadie con
un nombre parecido. Me sonaba a prota de peli americana y no
a estudiante de instituto en un pueblo de Granada. ¿No se
suponía que aquí eran más bien de Alejandros, Antonios o
Danieles? Puede que le hubiera pasado como a mí y que
tuviera una madre de las que se pasan media vida buscando la
originalidad y el significado de los nombres. Me descubrí
entrando en Google para buscarlo.
Jared es un nombre masculino de origen hebreo que deriva
de la palabra ‫( יֶ ֶרד‬Yared) que significa «descendencia o
descendiente», o «el que desciende del cielo». ¿Serían sus
padres de descendencia hebrea? Tampoco conocía a nadie que
lo fuera. Quizá por eso tenía un aspecto tan diferente a los
demás chicos. Debía rondar el metro ochenta y su complexión
era de ir al gimnasio y matarse a hacer pesas. No obstante, no
era de los que lanzaban miraditas para ver si las chicas
colapsaban a su paso.
Escuché unas cuantas risitas procedentes de un grupito
cercano, ellas se daban de codazos y lo contemplaban bajo un
charco de baba, que no era precisamente de caracol, y por una
vez no me extrañaba, si había babeado hasta yo. ¡Qué horror!
Jared era de esos chicos que desprendían una energía
oscura y enigmática, envuelta en una espalda ancha y cubierta
por una chupa de cuero, ¿qué más se podía pedir?
Si mi padre viera la manera en que lo miraba,
desenfundaría su rifle imaginario, mientras mi madre lo
invitaría a casa para convertirlo en muso de alguna de sus
novelas. La visualizaba entonando eso de «este sí que es
guapo, no me digas que no te gusta ni un poquito». Lo malo
era que esta vez mi respuesta me hubiera sorprendido hasta a
mí. Pero ¡en qué diablos estaba pensando! Sería el accidente,
que me había dejado secuelas.
Llegaron a la S y, como era de esperar, lo hicieron sin decir
mi apellido. Cuando la clase se completó, la tutora les pidió
que la siguieran, manteniendo el orden y la distancia de
seguridad. Jared alzó un poco la barbilla y sus ojos impactaron
contra los míos un segundo. Fue suficiente aquella medida de
tiempo para que a mí se me olvidara respirar, pero ¿qué me
ocurría? Igual lo estaba idealizando demasiado.
Observé la estela que dejaba a su paso, como la gran
mayoría de chicas, quienes soñaban con pasear al lado de
aquella férrea determinación y que, en lugar de las manos en
los bolsillos, Jared les tomara una.
Mientras, él era ajeno al desasosiego que despertaba. Daba
la sensación de que le importara un pimiento lo que ocurría a
su alrededor, lo que no quería decir que no estuviera atento a
su entorno, que me lo digan a mí, que me había hecho rodar
sobre su cuerpo.
Las puertas del edificio se lo tragaron y yo seguí sudando
como un pollo mientras los demás grupos se iban
completando.
Capítulo 4
¡Menuda clase!

La desaparición de Jared del patio me sumió en una


especie de letargo. Lo único que esperaba escuchar era mi
nombre que parecía no llegar. 1ºB se llenó sin pena ni gloria.
En el C colocaron a Bastian Loup. Cuando escuché el apellido,
me sorprendí. ¿El chico reservado de mirada color noche era
hermano de Jared? No lo hubiera dicho nunca. Si tenían la
misma edad se debería a que eran mellizos, o hijos de distinta
madre…
Bastian tenía el pelo algo despeinado y una mirada
desafiante, parecía todavía más reservado que Jared, si es que
eso era posible, y no podía negar que también gozaba de un
físico envidiable y un rostro atractivo.
Completaron la clase y siguieron sin llamarme. Uno a uno
se rellenaron los grupos hasta llegar al último, el E, donde
iríamos los que quedábamos y, por lo tanto, a Selene y a mí iba
a tocarnos juntas. Aun así, mantuvieron el protocolo y nos
fueron llamando uno a uno en lugar de decir un «los que
quedan, conmigo».
—Selene Loup —la llamó nuestra tutora, que se había
presentado bajo el nombre de Ana Abellán. Al escuchar el
apellido, me quedé fuera de juego.
¿Cómo? ¿Ella también era su hermana? Si Jared y Bastian
no se parecían, con Selene era ya de chiste. Mi cabeza se puso
a analizar y a sacar conjeturas, como siempre hacía cuando se
me presentaba un desafío que escapaba a mi lógica.
Adoptados, tenían que ser adoptados, no había otra
explicación más coherente que aquella.
Las hipótesis se terminaron al escuchar mi propio nombre.
—¿Michelle Silva?
—¡Yo! —levanté la mano y fui directa hacia el grupo.
Oí una risita femenina y después un silbidito agudo, era la
típica broma fácil al escuchar mi apellido de descendencia
portuguesa.
Cada vez me afectaba menos aquel tipo de burlas. Me
parece que el detonante fue la llegada de mi amiga Érica, en
quinto curso, que se apellidaba Cuesta Mogollón; mi Silva, a
su lado, se quedó a la altura del betún. Por eso nos hicimos
amigas. A mí nunca me gustaron las personas que se mofaban
de otras por cualquier motivo, y Érica, con aquellos apellidos
destinados a complementarse, era el blanco perfecto.
Aunque una vez la conocías, te dabas cuenta de que se
trataba de una chica listísima, además de buena atleta. Por lo
que era lo opuesto a lo que sus apellidos marcaban. Pensé en
ella con añoranza. Debía haber estado a mi lado con los
nervios del primer día, haciendo que nos apretáramos la mano,
cruzando los dedos para que nos tocara juntas, y no a miles de
kilómetros de distancia.
Volví a fijarme en mis nuevos compañeros, muchos me
sacaban dos o tres cabezas. ¿En serio que aquellos chicos y
chicas tenían dieciséis años? Vale que yo solo medía uno
sesenta y cinco, pero es que algunos pasaban el metro ochenta
y tenían más barba que mi padre cuando decidía no afeitarse.
La clase era antigua, los pupitres individuales, aunque
contaba con pizarra digital. El instituto intentaba estar a la
última en medios tecnológicos. Coloqué mi mochila bajo la
silla y me crucé de brazos cabreada, hasta que me di cuenta de
que con esa actitud tampoco es que pudiera conseguir nada.
Saqué la libreta y un boli, por si tenía que apuntar el
material escolar, y dejé el estuche en el cajón. Mi madre
siempre decía que hay dos caminos, dos maneras de
enfrentarse a una misma situación y que solo tú puedes
escoger cómo prefieres hacerlo. Buscando la parte positiva o
encabezonándote con la negativa. Sí, lo sé, a veces dice cosas
interesantes.
Escogí la opción A, de ávida por intentar comprender cómo
iba a afrontar este nuevo curso.
Lo primero que nos pidió la tutora fue que nos
presentáramos, ya debí intuir que 1ºE era sinónimo de
«enterados», porque había unos cuantos pululando en la clase.
Aquella letra iba a convertirse en mi peor pesadilla.
Cada vez que alguien se levantaba, el grupito de los
«cachondos», por llamarlos de algún modo, aprovechaban el
momento para meterse con la persona que se estuviera
presentando. Algunos ni se inmutaban y llegaban a seguirles la
broma. Cuando fue mi turno, y me puse en pie, Selene aportó
su granito de arena a mi presentación.
—Hola, me llamo Michelle Silva, vengo de Barcelona y en
mi antiguo instituto todos me llamaban Elle para abreviar. —
Se oyeron varias risitas y silbidos acompañándome como una
auténtica banda sonora.
—¿Elle no es el nombre de una revista? —cuestionó
Selene con actitud petulante—. Seguro que su verdadero
nombre es Miguela Me La Sopla, y como a la niña no le
molaba, buscó algo más chic como Michelle Silva. ¿A que he
acertado? —se carcajeó, arrastrando a los demás.
Después se puso al silbar de nuevo. Los acólitos de la rubia
no hicieron más que imitarla. ¡Qué rabia que en el mundo
hubiera gente que necesitara apagar la luz de los demás para
absorberla como propia!
—Selene, haz el favor y compórtate, que si repetiste curso
en la ESO se trató por tu actitud. Sé que lo de tu enfermedad
del año pasado fue un punto y aparte, y ahora tienes que verte
de nuevo en primero, pero deberías tomar ejemplo de tu
hermano y este año ponerte las pilas, que capacidad no te falta
—le reprochó la tutora.
Selene apretó el gesto. ¿A qué hermano se referiría?
¿Jared? ¿Bastian?
—No digo nada incierto. Señorita Abellán, ha dado la
callada como respuesta. Además de tener un nombre feo, a la
pobre Miss Barcelona casi la atropellan fuera, es un pelín
patosa aparte de mentirosa.
—¡Eso no es cierto! —protesté enfadada, poniéndome en
pie. Tampoco era de las que se quedaban calladitas si no me
parecía justo—. Ni soy Miss Barcelona, ni me llamo Miguela,
ni mi apellido es Me La Sopla, que, por cierto, podrías haber
sido algo más original y no ir a lo fácil. En lo único que tienes
algo de razón es en que casi me atropellan, pero no por lo que
insinúas. Por suerte, tu hermano no se parece en nada a ti y me
salvó. —Ella me miró con odio.
—Pues yo creo que lo que dice Selene es verdad, tienes
pinta de patosa, mentirosa y llamarte Miguela —replicó una
voz al fondo, partiéndose de la risa.
—¡Basta! —prorrumpió la señorita Abellán—. Estoy harta
de vuestras tonterías. Selene Loup y Antonio Méndez, no me
hagáis poneros un parte el primer día. —Ni siquiera quise
mirar al tonto a las tres que había hablado. Decididamente,
mudarse había sido una mala decisión.
—Es mi opinión, ¿acaso no la va a respetar? Estamos en
democracia, es libertad de expresión.
—La libertad de expresión no se rige por las majaderías y
las sandeces, señor Méndez. Además, la libertad de uno acaba
donde empieza la del otro, haría bien en recordarlo. —Me
senté en la silla con ganas de hundir la cabeza entre los brazos.
Mi tutora parecía desbordada, en mi clase éramos treinta y
cinco, mientras que en las otras había diez alumnos menos, y
se notaba que algunos venían a pasar el rato. ¿Por qué? Si
nadie te obliga a seguir estudiando en bachillerato. Bueno,
quizá algunos padres sí. Pero ¿no se dan cuenta de que eso
perjudica a sus hijos y al resto?
Había unos pocos alumnos que se veían tan desubicados
como yo. Sobre todo, una chica de pelo rizado y ojos
almendrados que se sentaba en el pupitre de mi derecha. Era la
siguiente en presentarse. La tutora le dio pie y ella se levantó
tirando la silla al suelo.
Todos se pusieron a reír ante el estruendo y la pobre se
puso roja como la grana. Me incorporé para ayudarla y entre
las dos levantamos la silla. Me dio un «gracias» apenas
audible, se notaba a la legua que lo estaba pasando tan mal
como yo.
—Me… Me… Me lla… lla… llamooo, Cla… Cla…
Claudia, Su… Su… Su…
—¡Acabáramos! Nos van a dar las uvas esperando a que
digas tu apellido, pero las del año que viene, mejor
abreviamos, te llamamos tartaja y Santas Pascuas. —Ella puso
cara de querer ser fulminada por un rayo y la tutora se
encendió.
—Mira, Antonio, he intentado por todos los medios no
hacer esto porque es el primer día, pero me lo has puesto muy
difícil. Ve al despacho del director y dile que vas a pasar allí la
siguiente hora, a ver si eres tan ocurrente con él.
—¿Y el parte? Ya sabe que los colecciono, no quiero
quedarme sin el suyo. —¡Oh, Dios!, ¿se podía ser más
horrible?
—No te preocupes, que hoy te llevas el primero firmado
con todo mi cariño, y dile a tus padres que quiero una reunión
con ellos.
El chico le ofreció una sonrisa y un guiño, cogió la
mochila, hizo un puño, dio tres golpes en su pecho y apuntó
hacia delante mirando al resto de la clase antes de salir por la
puerta.
—Me las piro, chavales, ya sois uno menos, que os den.
Hubo risitas, vítores y un golpe sobre la mesa seguido de
un bufido de advertencia. Iba a recordar este día para los
restos.
Capítulo 5
Mi nueva amiga

Claudia Suárez terminó su presentación con dificultad,


bajo la amenaza de la señorita Abellán de que si alguien más
se reía, u osaba interrumpirla, saldría de su clase para ir
derechito a hacerle compañía a Méndez.
A la hora del recreo, me uní a Claudia. Era la única persona
con la que sentía que podía llegar a conectar. Ella volvió a
agradecerme el haberla ayudado durante su presentación y, una
vez a solas, algo más tranquila, me explicó que lo del
tartamudeo no le pasaba siempre, solo en las situaciones que le
causaban estrés o nerviosismo, como hablar en público,
empezó a ocurrirle a raíz del fallecimiento de su madre. Era
una chica que prefería escuchar. Vivía en el pueblo de al lado,
que se llamaba Híjar y pertenecía al mismo ayuntamiento que
el mío. Su padre tenía un taller mecánico, por lo que ella
pasaba muchas horas sola en casa.
—No te preocupes, no pasa nada, yo soy de las que hablo
por los codos, así que ya me va bien tener a alguien al lado que
compense. —Ella me sonrió con afabilidad.
Claudia me confesó que su tartamudez la hizo una chica
solitaria, que había supuesto una barrera que le impedía
sociabilizar con normalidad, puesto que siempre generaba
burlas en los demás. Lo diferente tendía a ser aquello que
repudiábamos, solo era miedo a lo desconocido y preferíamos
aislarlo en lugar de aprender o enriquecernos con aquello que
no era igual a la mayoría.
Se lo dije y ella respondió que ojalá hubiera más personas
que pensaran como yo. Que en su anterior centro escolar sufrió
acoso, lo que provocó que sus notas bajaran tanto que llegó a
sentirse tentada a dejarse vencer y arrojarse por una ventana.
Por suerte, la psicóloga a la que acudía, alertada por el
derrotero que tomaron las últimas sesiones, dio la voz de
alarma y lo hizo saltar todo por los aires.
Su padre no se quedó de brazos cruzados y prefirió cambiar
a Claudia de instituto, ya que sus acosadores seguían en el
antiguo, y lo único que recibieron fue una expulsión por unos
días.
Había conservado la esperanza de que aquí no le ocurriera
lo mismo, hoy también era su primer día y, zasca, había caído
junto a mí en el agujero negro de 1ºE.
—Odio a la gente que hace cosas así y que se cree superior
a los demás. Tú mantente a mi lado, juntas somos más fuertes
—prorrumpí, desenvolviendo mi bocadillo para alzarlo a
modo de espada.
—E… Eres un poco teatral, pe… pero me gustas. O…
Ojalá todos fueran co… como tú. —Le ofrecí una sonrisa
sincera.
—Como yo, no sé, con una Elle hay suficiente, aunque no
me gustan nada los abusones y sí el teatro, en Barcelona
recibía clases de teatro musical y danza.
—Se te nota. Ti… Tienes cuerpo de bailarina. Yo tendría
que hacer más deporte. Me… Me paso el día leyendo.
—Ufff, tú encajarías mucho con mi madre. Ella también lee
mucho. ¿Tú no comes?
—Me… Me dejé el desayuno en casa, mi padre trabaja
todo el día y se olvidó de comprar pan. —Partí el bocadillo en
dos.
—Toma, yo con medio voy que ardo, en casa ya desayuné
un bol de leche con cereales.
—No es necesario.
—Anda, come, que mi madre dice que con la barriga vacía
no se rinde igual. Y si lo dice mi madre, es que es cierto.
Jared, Bastian y Selene pasaron por nuestro lado como una
exhalación. El primero volvió la cabeza para mirarme y a mí
se me anudaron las cuerdas vocales.
—¿Conoces a Jared? —preguntó Claudia embobada.
—¿Tú sí? —cuestioné asombrada.
—Todos conocen a los Lobos. Da igual del pueblo que
seas, su fama los precede.
—¿Los Lobos? —pregunté curiosa—. ¿Lo dices por las
chaquetas que llevan y el anagrama? —Ella negó.
—Son MENA.
Había oído hablar de los menores no acompañados, era un
tema de máxima actualidad, muchos los usaban para hacer
política y cada partido tenía su propia opinión al respecto.
—¿En serio? ¿Entonces no son hermanos?
Claudia negó.
—En la casa de acogida donde viven, todos se apellidan
Loup, que es lobo en francés. Llegan a España sin papeles, sin
nombres ni apellidos, de esa manera, nadie sabe dónde los
tienen que devolver. Muchos son enviados a casa del señor
Loup, cuando tiene habitaciones libres. Digamos que les da a
todos su apellido y viven juntos en Sierra Nevada. Es un
hombre un tanto peculiar, nadie sabe muy bien a qué se
dedica, algunos dicen que es un noble francés, otros que
aprovecha sus «obras de caridad» para blanquear dinero
procedente del cultivo de Marihuana… Ya sabes la fama que
está cogiendo Granada en lo referente a las guarderías de
María.
—Ni idea, pero en Cataluña no se quedan atrás.
—El señor Loup no se prodiga demasiado por el pueblo.
Tiene una asistenta guapísima, muchos piensan que están
liados. Parece una modelo rusa, las malas lenguas dicen que la
compró en ese país. Ella es quien se encarga de matricular a
los chicos en los distintos institutos de Granada. Actúan como
si fueran una manada. Donde va uno, va el resto. Quien se
mete con uno se mete con todos, así que es mejor no
enfadarlos. Todos su… suelen bailarles el agua, sobre todo, a
Selene. Los chicos son más reservados. Ella sí que tiene un
hermano de verdad, mellizo, pero va a la universidad, era
alumno de mi anterior instituto, aunque es muy famoso por
aquí. A él hacía referencia la tutora cuando le hablaba a
Selene, es muy listo.
Volví a sentir aquella mirada gélida recorriéndome el
cuerpo. No podía verlo, pero percibía que él sí lo estaba
haciendo, desde un punto que mis ojos no alcanzaban.
—Da un poco de miedito lo que cuentas, suena a secta —
anuncié.
—Sí, mejor alejarse de ellos. Aunque son tan guapos… —
suspiró—. Tienen un grupo musical, Jared es el cantante,
Selene la batería y Bastian toca el bajo junto a Moon, el
hermano de Selene. —Claudia lanzó un suspirito que me dio a
entender que el mellizo le gustaba un pelín, o un muchito,
según se mirara—. Se llaman El último aullido.
—Muy propio —anoté—. Oye, ¿te has dado cuenta de que
llevas rato sin tartamudear? —Su rostro se coloreó.
—Eso es porque me haces sentir cómoda.
—Me alegro, porque tú a mí también.
Cambiamos de tema y hablamos de la clase que nos había
tocado, a Claudia tampoco le gustaba y le daba la misma
sensación que a mí, que no íbamos a avanzar. Hablamos un
poco sobre qué me había llevado a venir a vivir a Granada.
El timbre que finalizaba el rato de recreo nos hizo volver a
las aulas.
Cuando el profesor de Historia cruzó la puerta, supe que
algo raro estaba pasando. Alcé la mano.
—Disculpe, yo soy de ciencias, no puede tocarme Historia.
—Yo… Yo… Yo también —alzó la mano Claudia.
—¿Cómo se llaman? —preguntó el profesor. Le dimos
nuestros nombres y él dijo que lo sentía, pero que estábamos
matriculadas en su clase.
—Es imposible —proteste—. ¡Odio la historia! —El
hombre frunció el ceño.
—Pues no debería, la historia nos ayuda a saber quién
somos y a no cometer los errores del pasado. —Parecía estar
escuchando a mi madre.
—Me parece genial, pero yo escogí ciencias. ¿De qué es
este primero?
—De ciencias sociales, ¡paleta! —exclamó Selene.
Mi madre y yo tuvimos muchísimos problemas para la
inscripción, nos hicieron regresar al centro un montón de
veces porque tenían los sistemas de la Junta de Andalucía
colapsados, ¿y para qué? Para que ahora me matricularan en
un bachillerato que no quería. ¡No podía ser! ¡No podía ser!
Al llegar a casa, mi madre fue quien abrió la puerta y lanzó
la temida pregunta. Mi padre estaba haciendo la comida y mi
hermano se mantenía atrincherado en el sofá mirando una serie
de Netflix.
Antes de responderle a mi madre le dediqué unos mimos a
nuestro gato, que era adoptado, almeriense y tenía el mismo
tiempo que nuestra mudanza. Ronroneó en señal de
bienvenida.
—Hola, Mr. Peanut —lo saludé, pasando mi cara por la
suya.
—Deja al gato y cuéntanos —insistió mi madre expectante.
Y, entonces, fruto de los nervios, de la presión o del
conjunto de sucesos que marcaron aquellas siete horas fuera de
casa, añadiendo el concepto extra sensible a mi lista de
virtudes, rompí a llorar.
Capítulo 6
Lo arreglaremos

Cuando logré calmarme e hilar dos palabras que tuvieran


sentido, conseguí explicar el origen de mi desasosiego. Por lo
menos, el que mis padres merecían saber.
—Vamos, Elle, no te lo tomes tan a pecho, seguro que
podremos solucionarlo.
—¡¿Cómo?! ¡Estoy apuntada a un bachillerato erróneo! Y
hay gente en mi clase que se dedica a coleccionar partes como
si se tratara de «me gustas».
—¿Me gustas? ¿Quién te ha dicho que le gustas? —
preguntó mi hermano desde el sofá—. Elle tiene novio, Elle
tiene novio —canturreó, poniéndome histérica.
—¡Tú cállate, que no te enteras!
—Elle… —dijo mi padre con tono de advertencia desde la
cocina.
La campana extractora zumbaba por encima de nuestras
cabezas, anunciando que había llegado la hora de comer.
—¡Es que siempre se mete donde no lo llaman y yo
termino llevándome la bronca! —justifiqué mi salida de tono.
—Oye, ¿qué te digo siempre sobre cómo gestionar las
cosas? —Mi madre llamó mi atención interponiéndose en mi
campo visual—. Puede que no eligieras bachillerato de
ciencias sociales, pero quizá acabe gustándote —admitió,
bajando el tono una octava.
—¿Gustando? Mamá, ¡que tengo Historia del Mundo
Contemporáneo y Latín! —la interrumpí, descargando la
mochila de mis hombros.
—Las lenguas no se te dan mal… —La atravesé con la
mirada.
—Ya no es solo eso, tendrías que haber visto alguno de
esos chicos, ni siquiera quieren estudiar, y eso que es el primer
día, no quiero ni imaginar cómo será a mitad de curso —
protesté queda—. A mi amiga nueva le ha pasado lo mismo,
además, son una panda de abusones desganados que solo se
divierten metiéndose con los más débiles. Tú siempre dices
que te cuente las cosas para que podamos solucionarlas, que
no me las guarde, y quedarme en esa clase no es una opción
válida para mí. ¡Quiero sacar buenas notas! ¡Quiero estudiar
Ciencias a secas!
Siempre había sido muy aplicada, por lo que, para mí, un
notable era motivo de desdicha. Si estar en esa clase iba a
suponerme echar por tierra el esfuerzo que había empleado los
años anteriores, me sentiría muy desgraciada.
—Vale, vale, está bien, capto el mensaje. Déjame mandarle
un correo a tu tutora por IPASEN, a ver si podemos hacer algo
al respecto y que te cambien al bachillerato que te inscribimos.
IPASEN era el programa de comunicación que había entre
los colegios y los padres. Se podía ver tanto las notas como
hablar con el profesorado, o incluso justificar las faltas de
asistencia.
—Claudia ha dicho que se lo comentaría a su padre, ella se
cambió de instituto porque sufría acoso y lo pasó muy mal. Si
sigue en esta clase, va por el mismo camino, además de que no
le gusten, como a mí, ciertas asignaturas.
—Hija, los abusones están en todas partes, ojalá os
pudiéramos poner una armadura contra ese tipo de cosas. El
acoso nunca se debe tolerar, y Claudia hace muy bien en
exponérselo a su padre.
Mi madre me apretó contra su cuerpo en un abrazo cálido y
besó la parte alta de mi cabeza.
—Lo solucionaremos. Ahora es mejor que comamos, que
han pasado muchas horas desde el desayuno.
—No tengo hambre —suspiré.
—Me da igual que no tengas. Un mal día lo tiene
cualquiera y debes aprender que una barriga vacía no
soluciona las penas, al contrario. Además, papá te ha
preparado tu plato predilecto.
Recibí un empujoncito en la parte baja de la espalda y me
dirigí a la barra. Nuestra cocina comunicaba con el salón.
Había cuatro taburetes cromados de asiento rojo donde
desayunábamos, comíamos o cenábamos, siempre y cuando no
hubiera invitados.
La gran mesa que ocupaba la parte central de la estancia
estaba más de adorno que de otra cosa.
—Venga, cariño, anímate —murmuró mi padre—. Mamá
tiene razón, verás cómo lo arregla, y te he preparado
espaguetis a la carbonara con extra de queso —aclaró, alzando
la cuchara de palo para que viera la salsa espesa.
No tuve más opción que ofrecerle una sonrisa apretada y
dirigirme al baño, que quedaba a la derecha, al lado de la
escalera, para lavarme la cara y las manos.
Dejé la puerta entornada. Escuché cómo mi madre le
advertía a mi hermano que hoy me dejara en paz, que tenía que
comportarse conmigo. Suspiré como si no me cupiera más aire
en los pulmones y me imaginé contándole la mitad del día que
había obviado, aquella en la que casi fui atropellada y salvada
por un chico apellidado lobo en francés.
Sacudí el pensamiento de inmediato, omitir lo ocurrido no
era lo mismo que mentir, ¿verdad? Y si lo era, ya se lo
contaría más adelante, cuando las aguas estuvieran más
calmadas. Total, tampoco me había preguntado directamente
por el atropello, lo que quería decir que Radio Patio, el canal
de WhatsApp que compartían los vecinos, no se había hecho
eco del suceso. Mucho mejor así.
Me sequé con la toalla y aspiré el aroma a suavizante antes
de regresar más calmada.
Terminé de comer y subí a mi cuarto, estaba un poco
cabreada porque era más pequeño que el de mi hermano, y se
suponía que yo era la mayor. Además, pasaba más tiempo en
él que Carlos, por lo que no comprendía por qué tenía que
haberme tocado ese. Que estuviera pintado de rosa no me
parecía motivo suficiente. Les pedí a mis padres mudarme a la
buhardilla, así, por lo menos, tendría más espacio, pero eso
supondría hacer obras y que mi madre se quedara sin su
despacho, uno que, por cierto, no utilizaba. Se bajaba el
portátil y tecleaba desde el sofá porque decía que arriba no se
podía estar. Entonces, ¿qué más les daba? No había quien
entendiera a los adultos.
Cogí el móvil y le mandé un mensaje a Claudia.

Stás? ☺
15:45
Síp ☺
15:45
Se lo has dicho a tu padre?
15:46
No llega hasta las 21:00, y tú?
15:46
Sí, mi madre le ha mandado un mensaje
a la tutora, espero que me cambien
15:46
Yo quiero ir contigo ☹
15:46
Yo también, pero es q no puedo seguir
en esa clase, sé q no rendiría, odio la historia☹
15:47
Me ha quedado claro y al profe también.
Yo tampoco quiero estar ahí… ☹
15:47
Pues llama a tu padre y q le mande
un mensaje a la señorita Abellán, a ver
si así nos ponen juntas. ☺
15:48
Lo intento. Quedamos mañana en la puerta
5 min. antes?
15:48
OK. Nos vemos mañana. No te agobies ☺
15:48
Tú tampoco ☺ xoxoxo
15:48
Xoxoxo
15:49

En cuanto terminé la conversación, me fui directa a Google


y tecleé Jared Loup con el corazón acelerado.
Salía un Jared Loup en Facebook, y aunque no lo hacía
mucho de esa red social, tenía que probar. Como era de
esperar, no me encontré con él, sino con la imagen de un
adorable bebé de Estados Unidos.
Volví hacia atrás. En la siguiente opción, me salía un perfil
de Linkedin. Sabía cuál era porque mi madre la usaba en su
trabajo anterior, una red para profesionales en la que dudaba
que estuviera inscrito, y menos al leer, sin necesidad de entrar,
que se trataba de un tipo de Texas.
¿Todos los Loup eran americanos? Y yo que los hacía
franceses…
Nada. Ningún resultado me ofrecía lo que buscaba. Al
pulsar en imágenes, me salieron un montón de peluches de
lobo. Perfecto, como espía no tenía desperdicio.
Me decanté por probar suerte con los nombres de sus
hermanos, aun a riesgo de que me saliera un sarpullido al
teclear el de Selene.
Nada. Mi gozo en un pozo. «Piensa, Elle, piensa».
Entonces, se me ocurrió probar con el nombre de su grupo
musical. ¿Cómo había dicho Claudia que se llamaban? Ah, sí,
El Último Aullido.
Pulsé las teclas y…
¡Bingo!
Tenían un canal de YouTube con una cantidad nada
despreciable de seguidores, un perfil de TikTok, que se veía
claramente que lo gestionaba la bruja de Selene, con su
postureo de diva de la batería, y uno de Instagram, en el que
me puse a chafardear como una loca.
@El_último_aullido.
En él había varios comentarios, muchos de chicas lanzando
besos y corazones a @J_Loup, @B_Loup y @M_Loup. Los
componentes masculinos. El mellizo de la rubia era muy
parecido a ella, con el pelo lacio, extrablanco y una mirada
fría. No sé cómo a Claudia podía resultarle atractivo, a mí me
daba un poco de grima, parecía un vampiro. Era más pálido
que yo, que ya era decir…
Volví a buscar el rostro de mi salvador, había un vídeo
corto de lo que parecía un videoclip. Le di al play para
escuchar su voz ronca susurrando en mitad del bosque.
Le aullaré a la luna guardiana de las sombras.
Correré libre entre abetos y tierra.
Mi aliento será viento que susurre a las hojas,
tu nombre escrito en piedra.
Al terminar, un destello parpadeó en su pupila. Miraba
directamente a cámara como si pudiera traspasar la pantalla y
decírmelo a mí. Sentí un estremecimiento tan brutal que lancé
el móvil contra el colchón. Era imposible que me cantara a mí,
si ni siquiera nos conocíamos.
¿A qué nombre haría referencia? ¿Al de su novia? Seguro,
un chico como Jared tendría una chica preciosa. ¡Dios, estaba
volviéndome loca! ¿Desde cuándo a mí me importaban esas
cosas?
«Desde que él te ha salvado la vida», respondió una voz
que no identifiqué como mía. Tenía que dejar de pensar en él y
centrarme.
Hoy tenía clase de danza. Sudar y bailar siempre me había
sentado bien. Jared Loup y mi clase infernal no iban a cambiar
eso.
Me levanté de la cama y me puse a preparar mi mochila.
Capítulo 7
Stalker Queen

Ala mañana siguiente, mi madre ya había ejercido su


magia, movió cielo y tierra para que me cambiaran de clase sin
aceptar un no por respuesta.
Habló con mi tutora, le expuso el problema y la señorita
Abellán prometió hacer todo lo posible para hablar con
dirección y solventar mi malestar.
Cuando Claudia y yo llegamos a clase, nuestra tutora nos
comunicó que habría cambios. Que esa misma tarde tendrían
una reunión urgente para reubicarnos, pues había dos clases de
Ciencias y tenían que ver en cuál nos colocaban. Todo
apuntaba a un fallo informático en nuestra matriculación, ya
que habían comprobado los impresos y estaban bien.
Recibiríamos un comunicado, a través de IPASEN, con
nuestra reubicación.
Claudia y yo respiramos un pelín aliviadas. Cruzamos los
dedos para que nos tocara juntas, sobre todo, ella, quien había
encontrado en mí un apoyo inesperado.
Pasamos el día repasando normativas. No podíamos dar
materia, ya que el cambio de clase incluía también el de
profesorado, por lo que fue un segundo día extraño. Faltaron
algunos de los alumnos, en concreto, Antonio Méndez, al que
Claudia y yo bautizamos «el graciosillo», una chica y un par
de chicos sin motivo aparente. Ello hizo más soportable la
mañana.
Quedaba un mes y unos días para mi cumple y ya tendría
los dieciséis. Un año más de instituto y tendría que escoger
carrera. Si algo tenía claro era que quería ir a la universidad,
aunque todavía no sabía por qué decantarme. Mi padre decía
que no me agobiara y mi madre, que solo tenía que elegir
aquello que me hiciera feliz por el momento, que la vida daba
muchas vueltas y que si no, me fijara en ella. Pero es que a mí
me gustaba tenerlo todo planeado y no terminaba de encontrar
eso que me llenara al cien por cien.
Ya respiraba un poco más tranquila. Aunque en primero de
bachillerato se compartían muchas asignaturas con los de
letras, no era lo mismo. Prefería aquellas asignaturas que eran
de razonar en lugar de las de empollar, en eso salía a mi padre.
No obstante, no me libraba de Lengua Castellana, Literatura y
Filosofía. Lo bueno era que sí dejaba atrás la historia, que era
una de las que se me atragantaban, ya era un gran qué. Prefería
centrarme en el hacia dónde íbamos que nadar en las turbias
aguas del pasado.
Inglés no se me daba mal, tendría como segunda lengua el
francés, en lugar de catalán, que esperaba que no me costara
en demasía. Había estado practicando todo el verano con una
app que me descargué para no ir tan a ciegas. Como optativas,
escogí Física y Química, Biología y Geología, Dibujo
Artístico y Patrimonio Cultural y Artístico de Andalucía. Esta
última, capricho de mis padres, que dijeron que tenía que
aprender más sobre mi entorno y que el arte era cultura. No es
que me entusiasmara la idea, pero comprendí que algo de
razón llevaban.
A la hora del recreo, volvimos a colocarnos en el mismo
lugar que el día anterior, tratando de pasar inadvertidas para no
convertirnos en objeto de burla.
Mientras Claudia intentaba ponerme al día sobre algunos
de los chicos y chicas de su pueblo, yo no dejaba de mirar por
si aparecía el que tenía aroma a bosque. El estribillo de su
canción se me grabó a fuego y no había podido dejar de
tararearla, ni siquiera en la clase de ballet.
Una risita me hizo volver la mirada hacia mi interlocutora.
—¿Qué?
—Pareces una jirafa —se carcajeó.
—¿Yo?
—Sí, tú. No sé si has oído algo de lo que te he contado, a
juzgar por tu expresión, diría que no. Suerte que yo era la
callada y tú la charlatana —le ofrecí una sonrisa avergonzada.
Tenía razón, parecíamos haber cambiado las tornas—. ¿Acaso
estás buscando a alguien? —Bajé la mirada. Menuda pillada.
—Qué va.
—Pues si no paras de prolongar tus cervicales, tendrán que
anillarte el cuello, como a esas mujeres africanas, para que no
se te parta.
—Eres una exagerada —refunfuñé, dándome cuenta de que
los lobos acababan de entrar en el patio. Mis ojos se
incrustaron en una figura alta, morena y de proporciones
equilibradas.
—Y tú una mentirosa —resopló al ver cómo mi mirada se
anudaba a la de Jared.
Mis vértebras se encogieron como un acordeón. Mi
salvador parecía tener un radar que le daba mi geolocalización
exacta, porque, nada más salir, sus ojos se dispararon contra
los míos, haciendo del estribillo de Instagram una atadura
perfecta para que no pudiera moverme del sitio.
Él estrechó la mirada y yo creí poder captar su aroma por
encima de los bocadillos y las latas de refresco.
¿Se me habrían agudizado los sentidos? Jared frenó un
poco el paso, llamando la atención de mis compañeros de
instituto, quienes vagaron hasta el objeto que llamaba su
atención, o sea, yo.
—Te está mirando Jared Loup, te mira —insistió Claudia,
tirando del bajo de mi camiseta azul turquesa.
Mi cara, ya de por sí sofocada, se encendió más todavía, y
es que cuando sentía vergüenza, mi piel reaccionaba y
enrojecía cubriendo las pecas con un manto rojo.
—Qué va, no, no es a mí. Debe estar buscando a alguien.
—¿En la pared de tu espalda? No me hagas reír. —Me vi
obligada a apartar la vista, y cuando volví a alzarla, los lobos
ya habían pasado de largo para ubicarse en su rincón del patio.
Intenté excusarme, aunque Claudia era casi tan persistente
como yo e insistía en que se trataba de mí a quien Jared miraba
con tanta atención.
Un par de chicas se acercaron a nosotras. Una lucía una
sonrisa de oreja a oreja, además de un outfit de lo más
llamativo, parecía una modelo juvenil. La otra daba un pelín
de repelús, tenía el pelo rojo, los ojos de un verde más intenso
que los míos y vestía en plan gótica. Parecía salir de la peli de
Los Descendientes, la de los hijos de los villanos Disney.
—¡Hola! —exclamó la morena de pelo negro. Tenía una
melena lustrosa que le llegaba a la cintura, con algunos
mechones en rosa.
—Ho… Hola —contesté, mordiéndome el interior del
carrillo.
—Soy Ana, aunque todos me llaman Nita, voy a 1ºB y tú
eres la nueva, ¿verdad? —Nita obviaba a Claudia, toda su
atención estaba puesta en mí.
—Sí, soy Michelle y, como a ti, todos me llaman Elle. —
Ella emitió una risita.
—Qué graciosa… Se pronuncia como el pronombre
personal masculino de la tercera persona del singular… ¿Él?
—Exacto. Ella es mi amiga Claudia —presenté a mi
compañera, quien no dijo una sola palabra.
Tenía cara de alucinada, aunque yo no sabía muy bien por
qué. Nita apenas le destinó un cabeceo fugaz.
—Ella es Rache, diminutivo de Raquel —presentó a la
pelirroja, que me miraba sin humor.
—Oye, perdona que sea indiscreta, pero… ¿tú eres la chica
misteriosa a la que Jared salvó ayer? —Vaya, Nita no perdía el
tiempo.
—Sí, e… es ella —respondió Claudia por mí.
Desvié la vista y la descubrí mirando a Nita con adoración.
¿Qué me estaba perdiendo?
—¡Oh, qué bien! ¿Y te importaría contestarnos unas
preguntas? Rache, sácale una foto para el blog. —¿Blog?,
¿qué blog? Antes de que pudiera hacer la pregunta, Nita siguió
con sus explicaciones—. Va sobre el insti, aunque lo llevo yo.
Comento todos los sucesos relevantes que son de interés para
los alumnos, ya sabes… Conciertos, fiestas, alumnos
interesantes… —Agitó las cejas.
¿Se refería a que yo era una alumna interesante? No quería
serlo, no quería tener notoriedad.
—Preferiría que… —Antes de terminar la frase, Rache ya
había sacado su móvil y capturado mi cara sonrosada—. No,
no me hagas fotos —culminé.
—Anda, no seas tonta, si esto te va a dar muchísima
popularidad… Además, la cámara te adora —dijo, mirando la
pantalla de Rache asintiendo—. Tienes una cara muy
fotogénica —murmuró Nita.
—Yo no busco popularidad.
—Todas buscamos popularidad. Mejor ser de las guais que
de las denostadas, esas suelen pasarlo mal por aquí. Anda,
mujer, no seas seca. Solo serán cinco minutos, no te cuesta
nada, y te prometo que quedarás contenta con mi trabajo.
Tengo alma de periodista y estoy convencida de que terminaré
de presentadora en la tele. A una siempre le conviene tener
amigas influyentes.
Nita no era el tipo de chica a la que solía acercarme, pero
Claudia murmuró en mi oído que no pasaba nada, que estaba
bien y yo, por no hacerle el feo a mi amiga, terminé aceptando.
Como dijo la morena, solo estuvo cinco minutos, se limitó
a hacer dos o tres preguntas sobre quién era y después pasó
directa al accidente y al modo en que Jared me miró al entrar
en el patio. Desde luego que tenía alma de paparazzi. Intenté
hacerme la loca y decir que no me había percatado de ello, sin
embargo, podía ver que no me creía.
—Bueno, pues ya está. Muchas gracias, Elle, espero que te
guste la entrada al blog cuando se publique. Si quieres
seguirlo, se llama Stalker Queen, solo tienes que darle a me
gusta y suscribirte, te llegará el aviso en cuanto esté subida.
«La reina del acoso», traduje mentalmente. Genial, lo que
me faltaba.
—¡Ciao, chicas, que paséis un buen día! —Nita agitó la
mano y Rache ni siquiera habló, saliendo en pos de su dueña.
—¡OMG! ¡Nita Ferrer y Rache Gómez hablando con
nosotras! —estalló Claudia cuando las chicas se dirigieron a
otro grupito.
Me entraron ganas de responder que la pelirroja solo se
había dedicado a respirar el aire que expulsaban los pulmones
de la morena, pero supuse que ya se había dado cuenta.
—¿Y?
—Pues que es una señal, la suerte nos está cambiando. ¡Vas
a ser la nueva entrada del Stalker Queen! ¡Eso es un
privilegio!
—¡Menuda suerte! —rezongué con la cabeza todavía
dándome vueltas.
—¡Pues claro! ¡Solo entrevistan a las populares! —gritó
como si eso lo cambiara todo. Yo me encogí de hombros—.
Oh, venga ya, tienes que alegrarte. Su blog lo lee todo el
instituto, vas a pasar de ser una desconocida a la chica más
envidiada, a la que el mismísimo Jared Loup salvó de una
muerte asegurada. Ese chico no mueve un dedo por nadie que
no sea de su grupo… ¡Y yo soy tu amiga! —Claudia se
deshizo en palmadas.
—¿Y qué importancia tiene eso?
—Puede que en Barcelona ninguna, pero esto es un pueblo.
Todos nos conocemos y Granada, aunque sea una ciudad,
tampoco es una gran urbe. Nuestra suerte está cambiando, lo
presiento. Quizá hasta termines saliendo con él —la
sugerencia hizo que mi desayuno diera una voltereta.
—Pero ¡qué dices! Eso es una tontería.
—No lo es. Jared nunca había mirado así antes a ninguna
chica de por aquí. Nita se ha dado cuenta, ella es la reina abeja
y las demás las obreras, puede ensalzarte o hundirte con un
chasquido de teclas, e intuyo que, por algún motivo, le has
gustado.
—¿Yo? —Claudia asintió.
—Por eso Rache te miraba así, es su chica. —Lo que me
faltaba, despertar los celos de la gótica.
Deslicé la mirada por el patio. Era cierto que los demás
alumnos nos miraban con curiosidad, incluso los Lobos, en
especial, Jared, que hizo un movimiento como si negara con la
cabeza escuchando a Selene, que parecía bastante indignada.
El timbre sonó indicando que el tiempo de descanso había
concluido. No estaba segura de haber hecho lo correcto. Quizá
no debería haber hablado con ellas, ni haber aceptado la
publicación del dichoso artículo.
Ahora ya estaba hecho, solo me quedaba cruzar los dedos y
esperar que no la hubiera fastidiado.
Capítulo 8
¿Quién es esa chica?

Nuevo día, nueva clase.


Eso fue lo que me dije nada más levantarme. El
comunicado del cambio llegó a las nueve de la noche, donde
se le decía a mi madre que había sido reubicada a primero
ABC. «¿ABC? Pero ¿eso no es un periódico?», le pregunté a
mi progenitora. Ella se limitó a responder que sería alguna
fusión de alumnos de esas tres clases en las que me habrían
incluido a mí. Imposible, eso tenía que tratarse de un error al
teclear. A veces, los mayores tendían a complicarse en los
razonamientos, sacarle punta a lo que no la tenía. Mi madre
añadió que no protestara, que daba igual el nombre de la clase
mientras me pusieran en la que me correspondía. Decidí que
tenía razón, habíamos logrado lo que buscábamos, así que no
iba a replicar por una absurda nomenclatura.
Me había pasado parte de la tarde mordiéndome las uñas,
mientras esperaba el puñetero mensaje. Estaba tan agobiada
que mi madre insistió en que saliera a dar una vuelta con las
vecinas. Abril, la hija de la peluquera; Carla, la que vivía a su
lado; Andrea, y Elena. Las cinco bajamos hasta el Ratoncito a
por unas chuches y un granizado, que nos tomamos sentadas
en un banco en el parque de enfrente.
Con Abril, Carla y Andrea me llevaba un año, mientras que
con Elena me llevaba dos. Todas tenían hermanos, excepto
Andrea, que tenía una hermana más pequeña de la edad del
mío y estudiaba en el cole bilingüe que había en Las Gabias.
Abril tenía un hermano mucho más mayor que ella,
Antonio, que era músico en el ejército. El hermano mayor de
Elena también se llamaba Antonio, e iba a primero de
bachillerato, solo que a él le había tocado 1ºC. Ya te dije que
Las Gabias estaba llena de Antonios y no de Jareds. Elena
tenía otro hermano que iba a clase con Carlos y Fede, ambos
cursaban quinto curso, en Nuestra Señora de las Nieves, al
igual que Rubén, el hermano pequeño de Carla, que iba a una
clase distinta.
Mientras nosotras dábamos una vuelta, ellos solían
quedarse en el parque, jugando al balón con el resto de chicos.
Allí poco importaban las edades, en los tres parques éramos
una piña. Todos cuidaban de todos, por lo menos, así me lo
habían hecho ver los vecinos desde que nos mudamos.
Mis padres hicieron muy buenas migas con los de nuestros
amigos. Quien más y quien menos había pasado por casa a
comer alguna que otra barbacoa, bañarse en la piscina o probar
una de las tartas de mi madre. Ese tipo de cosas no solíamos
hacerlas en Barcelona, allí estábamos mucho más controlados
porque era más peligroso. Habíamos ganado en libertad,
siempre y cuando respetáramos los límites horarios y las
restricciones de distancias que nos imponían mis padres.
A falta de mis amigas de Barcelona, les comenté a las
chicas lo de la entrevista en el blog. No quería que les pillara
por sorpresa, y les rogué que no les contaran a sus padres lo
del atropello, más que nada para que no les llegara a los míos,
quienes seguían en la inopia. Hicimos voto de silencio y todas
coincidieron en que Claudia tenía razón; salir en el Stalker
Queen era todo un privilegio del que podía sentirme orgullosa.
Me distraje un poco, ellas calmaron mi inquietud, hasta que
regresé a casa y me enteré de lo del cambio de clase. Le pedí a
mi padre si podía subir un segundo a mi cuarto antes de cenar,
mi madre ya estaba poniendo las servilletas sobre la barra
cuando me dio la noticia, así que colocar los platos era
cuestión de segundos.
—Sabes que no me gusta que la cena se enfríe —contestó
él en tono neutro—. No tardarás más de media hora,
terminamos y subes.
—Eso, Elle, no te tardarás más de media hora —repitió mi
hermano como un loro. Aquella frase pulsó el interruptor de
mi cerebro que me daba ganas de estrangularlo, aunque si lo
ahogaba, mi padre no me dejaría subir a mandarle un mensaje
a Claudia.
—Mamá… —supliqué, mordiéndome la lengua y gastando
mi mejor puchero. Ella me miró compasiva.
—Venga, pero solo un minuto. —Puse cara de triunfo y salí
corriendo escaleras arriba antes de que se arrepintiera. Oí la
vocecilla de mi hermano protestar y ella salir en mi defensa.
Raro gesto, pues siempre le daba la razón a él en cuanto podía.
Tenía que aprovechar. Mr. Peanut salió a la carrera detrás de
mí, intentando arañar mis tobillos, creyendo que se trataba de
un juego que le encantaba, que consistía en perseguir, ser
perseguido y atacar dando saltos por toda la casa. Era un
cazador nato y era raro el día que no te sorprendía con un
hallazgo tipo lagartija o saltamontes del patio.
—Para —le reñí, entrando en el cuarto sin aliento para
desenchufar el móvil del cargador.
Me lo había dejado en casa porque no tenía batería. Él se
coló antes de que cerrara la puerta y se subió de inmediato al
escritorio para ver si pillaba una de las gomas del pelo, uno de
sus pasatiempos predilectos.
Ni siquiera me inmuté, estaba demasiado agobiada
pensando en la clase que le habría tocado a Claudia. En cuanto
tracé el patrón de desbloqueo, vi que tenía un mensaje de mi
amiga. Lo abrí con dedos temblorosos, mi corazón se saltó dos
o tres pulsaciones al leer el contenido:
«1ºABC, menuda paranoia. ¿Y tú?». Había un símbolo de
dedos cruzados.
Di un grito y abrí la puerta corredera de mi habitación de
par en par.
—¡Le ha tocado el ABC! —chillé entusiasmada,
asomándome por la pasarela de cristal que daba desde la
segunda planta al salón. Ya no me importaba que tuviera tres
letras, el mensaje era idéntico, así que tenía que ser el mismo
error y, por tanto, la misma clase.
La casa era de concepto abierto, para aprovechar la luz, por
lo que las tres plantas se comunicaban a través de las escaleras
y el pasillo acristalado.
—¡Genial! —exclamó mi madre, alzando los pulgares—.
Ahora baja a cenar, que voy a poner los platos.
—¿Puedo mandar un audio corto?
—Extracorto —me advirtió.
Asentí y volví al cuarto para decirle que yo también, que
me alegraba muchísimo y que a partir de mañana estaba
segura de que todo iría mejor, tal y como ella había sugerido
en el recreo. Dejé el móvil en el cargador y recuperé la goma
que el ladrón de mi gato agitaba triunfante entre los dientes.
Cuando salí, el inconfundible aroma a brócoli golpeo mis
fosas nasales.
—¡No fastidies! —me quejé al captar la verdura que más
odiaba del planeta.
—No te quejes —masculló mi padre, poniendo una porción
en el plato—. Ya sabes que lo comemos menos de lo que
deberíamos por ti.
—¡A Abril no le ponen brócoli nunca! —protesté,
arrugando la nariz—. Ya sabéis que me como el resto de
verduras, siempre y cuando las trituréis y hagáis puré, pero
esta… —Puse cara de vómito.
—Podrás dejar de comerla cuando vivas en tu propia casa,
aquí ya sabes que cuando toca, toca. Puedes cortar el filete y
mezclarlo para que sepa mejor.
—¡Claro, y así le estropeo el sabor del filete!
—Elle, no seas quisquillosa, ya sabes que el brócoli
previene el cáncer —apostilló mi hermano con cara de
sabelotodo. Como a él no le importaba comerlo… Si fueran
espinacas, no estaría de tan buen humor.
—Hay personas que comen brócoli y también lo sufren —
contraataqué.
—Pero tienes menos posibilidades, ¿a que sí, mamá? —Ya
estábamos.
—A que sí, mamá, a que sí, mamá —repetí, imitando su
voz.
—Elle, ¿es que siempre tenemos que discutir comiendo? —
La voz de mi padre indicaba que ya era suficiente.
—¡Es que me saca de quicio!
—Pero tu hermano no miente, el brócoli es un potente
anticancerígeno muy saludable, así que a comer, o si no,
mañana lo tendrás en cada una de las comidas —dijo mi madre
con cara de sádica.
No me quedó más remedio que hincar el tenedor en el
pestilente plato y llevarlo a mi boca a regañadientes.
—Una cosa que huele así de mal es imposible que sepa
bien, ¿o acaso la gente se come a las mofetas?
—Seguro que en China, allí se lo comen todo —apostilló
mi hermano.
—Pues que se coman el mío, yo prefiero las patatas fritas
que hace papá.
—Solo que no pueden comerse todos los días, así que a
comer y a callar. —Mi madre dio por zanjada la conversación.
Era mejor que me quedara con la parte buena del día, con
mi cambio de clase y que Claudia seguiría estando conmigo.
Cuando terminé de cenar, les di las buenas noches, me lavé
los dientes y fui directa a mi cuarto. Programé la alarma y me
di cuenta de que tenía un aviso que no había visto nunca. ¿Qué
sería? No pude contenerme y lo abrí.
Capítulo 9
¿Podemos hablar?

Cuando unos dedos firmes y cálidos se aferraron con


fuerza a mi muñeca, supe de inmediato que no se trataba de
ninguna de mis vecinas, quienes, por cierto, habían sustituido
a mi madre para ir al instituto.
Los primeros días de adaptación, los alumnos solían tener
horarios distintos, sobre todo, el primero. Ahora que ya
teníamos todas el mismo, podíamos ir y venir juntas.
Eran las ocho menos diez. A menos cuarto el timbre de mi
casa sonaba y yo me despedía con un «hasta luego» que olía al
café recién hecho de la Nespresso. Nunca he comprendido
cómo esa bebida oscura les puede gustar tanto a mis padres, yo
soy más de batido de chocolate, aunque ellos me dicen que ya
llegará el día en que me guste o lo necesite.
En cinco minutos nos habíamos plantado en la esquina
donde paraba el autobús que traería a Claudia, usuaria del
transporte escolar, pues su padre abría el taller a las ocho y
prefería que viniera en bus en lugar de andando. De Híjar al
instituto había un buen trecho.
—¿Podemos hablar? —La voz masculina e indiscutible de
Jared causó en mí un sobresalto que lanzó mi móvil al suelo.
Me agaché para recogerlo rezando para que la pantalla no se
hubiera astillado más.
El golpe no se lo di yo, sino mi hermano al sentarse en el
sofá; el teléfono se resbaló y cayó con tan mala suerte que se
golpeó en una esquina, fracturando el fino cristal.
No solía sacarlo, porque en el instituto estaba prohibido,
aunque todo el mundo lo llevaba. Lo cogí para releer y
quejarme con las chicas del falso rumor que había arrojado
sobre mí Nita Ferrer.
El silencio enrareció el ambiente, del mismo modo que
hacen las nubes de tormenta en un día soleado. Incluso el
tráfico parecía haber quedado afectado bajo su hipnótica voz.
Mis amigas estaban perplejas, no daban crédito a que el
cantante de El Último Aullido me estuviera agarrando. Un
gesto tan simple, que podía darse a la perfección entre amigos,
no iba a hacer más que acrecentar el rumor implantado que la
pedorra de la reina stalkeadora había hecho estallar sobre
nosotros, como un maldito globo de agua en mitad de una
refriega veraniega.
Jared y yo íbamos a acabar calados hasta los huesos si no
dejaba de acercarse.
—¿Qué quieres? —respondí un pelín molesta.
Lo estaba más conmigo que con él. Al fin y al cabo, yo le
había concedido la entrevista a esa chismosa, que hizo con mis
palabras lo que le había dado la gana.
—En privado —musitó a regañadientes, contemplando a
mis amigas.
Vestía como siempre, íntegramente de negro, con un
vaquero roto, zapatillas Vans oscuras, una camiseta de Nirvana
y su chupa. No sabía cómo no se asaba, parecía más un look de
otoño que de finales de verano. Aunque en Sierra Nevada el
tiempo era más fresco, cuando bajabas a Las Gabias, el calor
te fulminaba.
—Lo que tengas que decirme lo pueden escuchar ellas —
respondí esquiva.
Me atemorizaba que pudiera soltarme alguna fresca fruto
de mi imprudencia por hablar con Nita. Jared volvió a mirarlas
y mis amigas agacharon la cabeza.
—Como quieras, lo decía por ti. —La presión de los dedos
se hizo algo más dura. Si seguía agarrándome con aquella
fuerza inusitada mañana tendría marcas—. ¿Qué es esa bazofia
que ha salido publicada en el blog? Tú y yo no tenemos nada
—escupió cabreado—. ¿Puede saberse qué le dijiste a Nita en
el patio?
El «tú y yo no tenemos nada» me sentó como un tiro. No
porque fuera incierto, sino porque el tono que empleó era
como si no fuera digna de él, ¡si no me conocía!
Además, me apuntaba como única culpable de aquella
basura, y eso tampoco era justo. Vale que yo había hablado
con ella, pero no había sugerido nada de lo que había escrito,
por eso me dolía que creyera que era cosa mía, en lugar de
ella.
—Solo le conté lo que ocurrió, nada más. Supongo que lo
ha adornado a su manera para que le resulte atractivo a sus
lectores, como hacen en la tele. Créeme, yo tampoco tengo
ningún interés en estar contigo. —Jared emitió una risa
socarrona, la típica que sueltan los tíos que se saben guapos y
con la que cualquier chica caería rendida a sus pies, no lo tenía
por uno de esos. Me soltó y sentí de inmediato la falta de su
mano sobre mi piel. Me molestó percibirlo como una pérdida.
¿Qué me pasaba? Alcé la cabeza mosqueada, su sonrisita
seguía dibujada en aquella boca ancha—. ¿De qué te ríes? Es
cierto. —El labio me tembló un poco, ese chico tenía una
energía intimidante.
—¿En serio? —susurró, arqueando una de sus cejas
oscuras.
Se acercó un poco más, a escasos centímetros de mí. La
cabeza me daba vueltas, su proximidad era mareante, porque
no se trataba de una bajada de azúcar, que desayunar había
desayunado.
Volvió a aferrar mi muñeca, esta vez con más cuidado, de
un modo delicado. El pulgar rozaba la parte interior del brazo
en una especie de caricia lenta que reptaba sobre las marcas
que seguro luciría a modo de recordatorio de que sus dedos
habían estado sobre ella.
Mis labios se separaron ante la sorpresa de sentirlo así.
Ningún chico me había tocado antes de una manera tan íntima.
Dejé de respirar, de ver, de oír, solo podía sentir aquella
especie de corriente eléctrica parecida a cuando alguien te
hace cosquillitas en la espalda y se te eriza el cuerpo.
—¿Qué haces? —le pregunté con la boca seca. Ni me había
dado cuenta de que algunos curiosos nos estaban sacando
fotos, inmortalizando la imagen de la pareja del momento, que
daría mucha más fuerza al bulo emitido por la reina
stalkeadora.
—Demostrarte que mientes. —Su cara estaba en el lateral
de la mía, casi podía sentir su boca rozando el lóbulo de mi
oreja para susurrar en él—. Te estoy tomando el pulso, el cual
se ha disparado en cuanto he puesto mi mano sobre tu piel.
También has necesitado abrir la boca porque te faltaba el aire y
tus pupilas se han dilatado volviendo tus ojos casi negros. En
Barcelona no sé cómo le llamaréis, pero, aquí, a eso se le
llama interés.
Regresó a su posición, permitiéndome ver el pellizco que le
daban sus dientes blancos y parejos a una porción de labio
inferior mientras ladeaba una sonrisa. No iba a tolerar que se
saliera con la suya. Eso sí que no.
—Lo que has malinterpretado se llama: tu culo apesta y
casi me desmayo. No he podido respirar por la nariz y he
tenido que hacerlo por la boca, ha sido tan potente que casi me
caigo redonda. Lo que has visto no ha sido fruto de la
atracción, sino del mal olor que emanas —alegué, sugiriendo
que su particular aroma no era mejor que el de un estercolero.
Él frunció el ceño y yo agité el brazo con fuerza para
volver a soltarme. Mis amigas rieron por lo bajito y la mirada
de Jared se volvió turbia. Aunque vi que agachaba un pelín la
barbilla y aspiraba con disimulo. ¿Me habría creído? Me
daban ganas de reír, aunque me contuve manteniendo mi
dignidad a raya.
Al darse cuenta de que mentía, sus ojos ganaron intensidad
al clavarse en los míos.
—No juegues conmigo, Michelle, recuerda que, en el
cuento, el lobo siempre termina comiéndose a Caperucita. Así
que mejor sigue por tu sendero cubierto de flores para ir a casa
de tu abuelita y mantén la boquita cerrada alejada de los
desconocidos con ganas de despedazarte en las redes sociales.
—¿O qué? —lo desafié.
—Te garantizo que no querrás saberlo.
—No me das miedo.
—Pues deberías. Aléjate de mí y de los míos. Te salvé una
vez, pero no volveré a repetirlo. Allá tú si decides rodearte de
quien no debes y caer en sus juegos sucios.
—Yo no te he pedido nada. Me salvaste porque quisiste, te
di las gracias y me ofrecí a pagar los desperfectos. No sé qué
más quieres.
—Guárdate tu dinero, no es eso lo que quiero de ti. —Mi
corazón golpeaba tan fuerte que dolía.
—¿Y qué quieres? —volví a desafiarlo. Él calló por un
segundo y después respondió.
—Que desaparezcas de mi vida.
Fue tan duro que tuve ganas de echarme a llorar de
inmediato. No solía ser una persona que cayera mal, además,
era extremadamente sensible. Odiaba estar en mitad de peleas
o riñas.
Jared se largó antes de que pudiera añadir nada más.
Dejándome con un nudo atenazando mi garganta.
¡Menudo cretino! Tuve ganas de salir tras él, sacudirlo y
decirle que yo no había tenido ninguna intención de ir a ese
maldito pueblo. Que me vi sin opciones y arrastrada a la otra
punta del país, lejos de mis amigos y mi familia por un
capricho de mis padres. Pero, claro, ¿a él qué más le daba?
Solo le importaba su maldita reputación y que lo vincularan a
la patosa chica que casi atropellaron. Pues muy bien, iba a
encargarme de que no nos cruzáramos ni una sola vez. Para
mí, Jared Loup no había sido más que una pesadilla.
Me di la vuelta cabreada. Claudia ya había llegado, ni
siquiera me di cuenta de que el autobús había estacionado.
Todas me miraban con cara de pena y yo noté que me
temblaba el labio.
¡Ah, no, eso sí que no, ni una sola lágrima iba a derramar
por aquel engreído!
—¿Estás bien? —me preguntó mi amiga.
—Lo estaré —respondí, obligándome a controlar mis
emociones—. ¿Vamos?
Las chicas asintieron sin decir nada el resto del camino, o,
por lo menos, yo no lo oí, puede que estuviera demasiado
sumida en mis propios pensamientos y aquel «que
desaparezcas de mi vida».
Apreté los puños cuando cruzamos la puerta del instituto y
el entramado de escaleras metálicas que llevaba a las distintas
aulas se desplegó ante mis ojos.
Iba a olvidarme de ese chico costara lo que costase.
Capítulo 10
ABC

Mi padre dice que cuando el día empieza mal, solo puede


ir a peor y eso era exactamente lo que estaba sucediendo,
porque si ya de por sí el inicio del día fue horrible, la entrada
en el aula nueva fue de «tierra trágame y devuélveme a
Barcelona», pues mi peor pesadilla se materializó en forma de
Jared Loup, Nita Ferrer y Rache Gómez. Pero ¿Nita no iba al
B?
Sí, iba al B, lo que ocurría es que la muy hija de Las
Gabias, tenía un CI muy superior a la media, lo que en el
instituto se llamaba chica de altas capacidades, por lo que,
además de sus optativas de Ciencias Sociales, había cogido
dos extras, una de la rama de Ciencias y otra del bachillerato
de Letras, una locura.
Nita y yo compartiríamos algunas materias, como era el
caso de Patrimonio Cultural y Artístico de Andalucía, que era
la clase que teníamos ahora. ¡Perfecto!
Y, para rematar, Claudia ya se había sentado y el único
pupitre que quedaba libre era el que estaba junto al señor
mirada glaciar. ¡Estupendo!
Pasé cerca de mi amiga frunciendo el ceño.
—Lo siento, estar a su lado me daba miedo —apuntó,
mirando hacia el origen de mis desdichas. Yo hice rodar los
ojos y me senté con toda la dignidad que pude encontrar.
Ni él me miró, ni yo tampoco lo hice. Nita me dedicó una
sonrisa esplendorosa, mostrando la pantalla de su móvil con el
maldito artículo en ella. Estaba sentada en primera fila con su
actitud perfecta de diosa del enredo.
Hubiera ido a cantarle las cuarenta si nuestro tutor no
hubiese aparecido pidiendo que todos ocupáramos nuestros
asientos.
Mi charla con la reina stalkeadora tendría que esperar.
El señor Nuñez, que así se llamaba nuestro nuevo tutor,
comentó para las recién llegadas, es decir, para Claudia y para
mí, que además de tutoría y la clase de ahora, que daba
mientras el otro profe estaba de baja, también impartiría Física
y Química.
Recibí el horario semanal y leí el nombre de los profesores
que darían cada asignatura. A modo de aclaración rápida, nos
comentó que en las optativas nos dividirían en dos grupos
dependiendo de las materias escogidas. Nos avisó que en
Química trabajaríamos por parejas y que quería grupos de
trabajo eficientes, que se ayudaran y rindieran, por lo que lo
primero que hizo, en lugar de impartir la clase que
correspondía, fue pasarnos un test para evaluar nuestros
conocimientos.
Tendríamos los resultados en su clase de mañana, que sería
en el laboratorio. Antes de terminar, nos sugirió que
aprovecháramos la semana para valorar a nuestros
compañeros, pues la semana siguiente, en la hora de tutoría,
escogeríamos delegado.
El resto de la mañana fuimos a piñón. A segunda hora
dimos dibujo artístico, por lo que Nita, Rache y Jared
desaparecieron. Pude respirar tranquila. Antes del patio, tocó
Biología y eso supuso el regreso de mi comedura de olla al
pupitre de al lado.
Traté de concentrarme. Según nos dijo la señorita Abellán,
en aquel instituto todo era evaluable y todo puntuaba, desde la
proactividad, como remarcó nuestro nuevo tutor, a traer las
tareas hechas al día y sin demora o que los trabajos que
entregábamos carecieran de faltas de ortografía y tuvieran una
buena presentación. Eso se me daba estupendamente, tenía una
letra bonita, redonda y clara, además, manejaba bien el
ordenador.
La puntualidad, ayudar a los compañeros y, por supuesto,
las notas de los controles también contaban. Me había creado
un listado con el porcentaje que se le daba a cada uno de los
puntos sobre la nota final. Todo contaba, y si quería coger una
carrera de ciencias, todavía más, ya que la nota de corte solía
ser alta. Cada décima era importante y no pensaba perder
ninguna.
Jared no me miró ni una sola vez durante la clase. Tampoco
era que lo necesitara, o fuera controlando… A ver, que lo tenía
sentado al lado y, quieras que no, una no es ciega. Además,
parecía tener la retina un pelín dispersa. Y no ayudaba esa
puñetera colonia que utilizaba y que no dejaba de llamarme
para indicar que hundiera mi nariz en su cuello y aspirara con
fuerza.
¡Estaba perdiendo el juicio! Yo no hacía ese tipo de cosas,
si ni siquiera había tenido novio, ni había recibido un beso
todavía… Bueno sí, uno sí, pero solo tenía tres años, fue en un
crucero y eso no cuenta. La única prueba que hay de ello es
una foto, incrustada en un Hoffman, que echó mi madre para
inmortalizar el momento.
Tenía la solución perfecta, compraría en el chino un
ambientador de pino y se lo pegaría bajo la mesa, a ver si así
no me distraía.
Durante los últimos cinco minutos de la clase, estuve
dándole vueltas a si intentar hablar con él o no. Me fastidiaba
estar a malas con alguien. Tal vez pudiéramos aclarar las
cosas. ¿Lo intentaba o no? ¿Lo intentaba o no? Mi
deshojamiento mental de opciones no sirvió de mucho, pues
en cuanto sonó el timbre del recreo, él ya había sobrevolado la
mesa con urgencia y estaba en la puerta. ¡Madre mía, qué
rápido era!
Si no tenía que ser es porque no era el momento. Me
agaché para buscar el bocadillo en la mochila y la botella de
agua. En cuanto levanté la cabeza, Nita Ferrer ya estaba
apoyando los codos sobre la mesa con expresión risueña y su
chica custodiando sus espaldas.
—Hola, Elle, ¿te gustó mi entrada? —¿Me estaba tomando
el pelo o solo quería burlarse de mí?
—¿La verdad? —Ella asintió—. Apesta. —Una risita
cristalina escapó de su boca.
—Mujer, qué irritable, con el éxito que está teniendo. Es la
entrada más vista de los últimos tiempos. Incluso más que la
del día en que la crema de Kinder Bueno regresó al
Mercadona.
—¡Te has inventado un bulo! —me quejé—. ¿Cómo
quieres que esté feliz? Bórralo, retráctate y lo olvidaré.
—¡¿Bulo?! ¿Retractarme? Pero ¿de qué demonios hablas?
—inquirió con cara de sorpresa—. No, cariño, no. Una de mis
premisas es no mentir nunca y contrastar la información, por
eso fui a hablar contigo. Me diste tu consentimiento verbal
delante de dos testigos, mi padre es abogado y sé de lo que
hablo, se han ganado juicios sobre ello.
—Me importa un pimiento si tu padre es abogado o el
mismísimo rey del Pollo Loco, te he dicho que lo borres y lo
borras. —Ella se cruzó de brazos y me miró ladina.
—¿Y eso por qué? Si lo primero que he recibido esta
mañana es una foto de Lobomeo agarrándole el brazo a Elieta.
Los wasaps del insti echaban humo. Y los primeros planos de
esas miradas que os echáis vuelan como la pólvora. Negar la
evidencia no te hace ningún bien, querida. Deja que te
pregunte una cosa, ¿iréis juntos al baile de Halloween?
—¡¿Estás loca?! Yo con ese no voy ni a la esquina. —Ella
volvió a reír incrédula.
—Ya… Supongo que ya lo veremos. Te dejo, tengo que ir a
hacer campaña para que me nombren delegada de mi clase.
Nos vemos, Elle.
Me lanzó un beso, guiñó su ojo y Rache me ofreció un
gruñido. Genial, me llevaba de culo con la reina y el bestia.
Jared me odiaba y, según los profes, el nivel de este curso iba a
ser para no poder ni respirar. O comenzaba a centrarme o mi
sueño de chica universitaria podía irse al garete.
Apenas desayuné. Claudia intentó levantarme el ánimo,
pero fue difícil con Selene Loup arrojándome dagas con los
ojos. Oír las risitas y cuchicheos que me envolvían a cada paso
que daba, tampoco eran plato de buen gusto.
Quedaban dos clases para acabar el día y yo solo tenía
ganas de ir a casa, enterrarme en la cama y que el colchón me
engullera para dejarme emparedada entre las capas de
viscolástica.
A última hora, nos tocó clase de Lengua y Literatura. La
profesora nos dijo que fuéramos con ella a la biblioteca del
instituto, tendríamos que escoger uno de los libros que nos
ofrecía de su lista para hacer un trabajo este trimestre.
Leer, genial, una de las cosas que menos gracia me hacía, y
es que con una madre escritora, se me hacía cuesta arriba. Si le
decía que me aburría, su respuesta siempre era la misma:
«Lee, que es bueno para mejorar tu ortografía, vocabulario y
comprensión lectora». Me daban ganas de hacer una fiesta con
solo oírla. «¡Yuhu, qué divertido! Me tomaría un chupito de
vocabulario, mientras me partía la caja con la ortografía e
intercambiaba anécdotas con la comprensión lectora». Pffff,
menudo truño.
Agarré la fotocopia que nos había facilitado la profe e
intenté buscar entre los títulos que más atractivos me parecían,
después, pasé a descartar algunos por la portada, la sinopsis o
el volumen de páginas. Ahora, en serio, ¿quién diseñaba esas
horrendas portadas?, ¿un gato? Si es que no había por dónde
cogerlas, y encima algunos de los libros podrían ser usados
como arma arrojadiza de lo gordos que eran.
No éramos la única clase que se encontraba en la
biblioteca. La de mi queridísima hija de la Luna de Selene
también estaba.
Claudia y yo nos separamos, ella quería ir a buscar Los
pilares de la tierra, o lo que es lo mismo, un enorme
pisapapeles histórico. Pfff, definitivamente, ese no era para mí.
Quería algo ligero, entretenido o que pudiera hacerme ganar
puntos. Volví a observar la lista. Ese, ese era, acababa de
encontrarlo. Uno de los libros predilectos de mi madre, con un
poco de suerte, incluso me echaría una mano con el trabajo.
Agarré mi hallazgo y me di cuenta de que por la ranura
podía vislumbrar a Jared. Parecía alterado. Estaba
cuchicheando con su hermana. ¿Estarían hablando de mí?
Capítulo 11
Terremoto

Tenía que pegarme bien a la ranura si quería captar algo


de la conversación.
Agucé el oído.
—¿Estás seguro? —preguntaba ella.
—Te digo que sí, lo he notado. —Selene se pinzó el puente
de la nariz con fastidio.
—¿Y no puede ser otra cosa? En estos días te veo un pelín
descentrado por culpa de cierta pecosa. —Abrí mucho los
ojos. Fijo que la pecosa era yo. ¿Descentraba a Jared? Mis
tripas se removieron y no eran gases.
—No —respondió contundente—. Soy el líder, ese tipo de
señales no se me escapan y ella no tiene nada que ver. Esta
mañana le ha quedado claro que la quiero al margen. —¿De
qué señales hablaban? ¿Líder? ¿Se referiría al grupo musical o
a una secta satánica?
Me di un golpecito con el libro en la cabeza para
centrarme, menuda memez acababa de pensar. Eran
adolescentes un pelín siniestros, no gurús del mal.
—A mí no me ha parecido que la estés dejando al margen y
sabes que solo puede complicarnos las cosas. No puedes fijarte
en ella, Jared, no debes. —Las aletas de la nariz masculina se
estaban dilatando, los ojos parecían que brillaran con una luz
interior que se reflejaba hacia fuera.
Madre mía, lo de quedarme casi bizca observándolos iba a
dejarme con secuelas en la vista.
Aparté la mirada un segundo para relajarla y observé la
portada del libro que había escogido, esperando que mi ritmo
cardíaco desacelerara ante las palabras de Selene.
El Perfume, de Patrick Süskind, la historia de un asesino
serial con un sentido del olfato hiperdesarrollado. Me fijé en la
chica pelirroja de piel blanca tumbada en la cama y me
sorprendí pasando el dedo por el níveo cuello, por el punto
exacto donde esa mañana había sentido el aliento de Jared. Él
y su olor a bosque, él, él, él…
Intenté regresar a la conversación incapaz de apartar la
sensación de que cualquier cosa que hacía, o pensaba, parecía
arrojarme en su dirección. ¿Le ocurriría lo mismo que a mí y
por eso Selene quería distanciarlo? Recuperé mi posición
pegada a la librería, mirando de hito en hito por si alguien se
daba cuenta de que estaba espiando a los Loup.
Todos parecían ir a lo suyo, así que me centré en ellos.
—Tenemos que reunirnos con los chicos, tal vez convenga
hacer una salida nocturna y cerciorarnos de que no se nos va
de las manos —comentó Selene.
Me había perdido algo importante, estaba segura.
¿Qué se les podía estar yendo de las manos? Los dos
estaban muy serios. Y la reflexión de Selene había dejado
pensativo a Jared.
—Sería lo mejor, después de clase lo hablamos con los
demás; si hay una sola grieta, podría suponer el fin. Saldremos
cuando la luna esté en lo alto, hoy hay cuarto creciente, a
medianoche sería una buena hora. —Jared parecía estar muy
seguro de lo que decía.
¿Estarían hablando en clave o era en serio?
—Me parece bien, nos ha costado mucho hacernos con esta
zona como para perderla ahora. A medianoche, entonces —Él
asintió.
—Sé discreta.
Me llevé la mano derecha a la boca. Quería contener las
millones de preguntas que se formulaban en mi cabeza y no
soltarlas como una caja de bombetas en la noche de San Juan.
Por todos los…
¿Iban a salir de noche? Pero ¡si estábamos a miércoles! ¿Es
que el señor Loup dejaba a los chicos que había adoptado
entrar y salir cuando quisieran? ¿Qué tipo de casa de acogida
permitía a los menores pasar la noche en vela cuando al día
siguiente había clase? Además, se suponía que Selene ya tenía
los dieciocho, ¿por qué seguía viviendo allí con ellos?
Intenté encajar las piezas del rompecabezas. Claudia dijo
que se rumoreaba que el dinero del señor Loup provenía del
narcotráfico. ¿Y si usaba a los chicos para pasar droga? Eso
tendría sentido, hablaban de no perder su zona. A eso le sumas
que no querían que Jared se relacionara conmigo. Las bandas
organizadas eran muy cuidadosas con esos temas. Igual podían
llegar a pensar que él podría contarme algo si nos hacíamos
amigos y destapar su tapadera.
Mi corazón rebotaba como hielo en una coctelera. ¿Y si
había acertado? ¿Y si el señor Loup se estaba aprovechando de
unos pobres MENA para sacar partido de ello? ¿No era mi
responsabilidad colaborar para que salieran de aquel futuro
incierto? Era mi obligación ayudarlos a abandonar ese círculo
vicioso en el que estaban envueltos.
Apreté el libro contra mi pecho al darme cuenta de que mi
descubrimiento me ponía en una tesitura difícil, no obstante,
mis convicciones me hacían querer echarles una mano. Tenía
que demostrarles a los Loup que podía ser su amiga, ganarme
su confianza.
Un libro impactó directo sobre mi cabeza y, entonces, el
suelo comenzó a temblar con violencia.
Chillé de la misma manera que cuando fui a Port Aventura
y me arrojé por una de sus montañas rusas. Una lluvia de
libros comenzaron a caer sobre mi cuerpo.
El temblor me había cogido tan fuera de juego que no sabía
reaccionar.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué bailaba la biblioteca?
¿Sería un castigo divino y la estantería se desmontaba encima
de mí por alcahueta?
No tuve tiempo a pensar nada más porque me vi arrastrada
por una fuerza demoledora que me llevó debajo de una mesa.
Pero ¿qué…?
Y, entonces, lo vi, lo sentí en cada poro de mi piel haciendo
saltar todas las alarmas de que algo no iba bien, más allá de
escuchar una conversación que no debía.
Jared. Siempre él. Me envolvía contra su sólido cuerpo
asegurándose de que estuviera protegida.
Respiré desenfrenada, buscando la seguridad de sus
pupilas, que estaban muy dilatadas. El suelo seguía
sacudiéndose, los alumnos gritaban en busca de refugio bajo el
alarido de la bibliotecaria anunciando un «terremoto».
—¿Te… Terremoto? ¿En serio? —pregunté sin poder
despegarme por el miedo que sentía—. Pero ¿eso no pasa solo
en las noticias?
—Granada es una zona de alta actividad sísmica. ¿No lo
sabías?
—No, y dudo que mis padres lo supieran antes de
mudarnos.
—Tranquila, aquí estás a salvo, no suelen ser muy
peligrosos. No te muevas —murmuró, desprendiéndose de mí.
—Ni se te ocurra soltarme —protesté, volviendo a
arrebujarme contra él.
No es porque fuera Jared, en aquel instante me habría
agarrado hasta a un puercoespín. Estaba muy asustada y
necesitaba su refugio.
—Michelle…
—Me llamo Elle —murmuré—. Michelle solo me llama mi
madre cuando quiere reñirme —le aclaré.
Me daba la impresión de que usaba mi nombre completo a
modo de barrera, que acortarlo le daba una familiaridad que no
quería tener conmigo, por eso se forzaba a utilizarlo.
—Tengo que salir para ver si alguien necesita mi ayuda —
respondió, obviando mi nombre.
—¡¿Qué eres, el puñetero Superman?! Además, ya me
estás ayudando a mí, que te necesito. —Sus labios se curvaron
en una sonrisa indolente.
—De escoger superhéroe, me decanto por Lobezno, y no te
dejaría si no estuviera seguro de que aquí no corres peligro,
pero los demás pueden estar necesitándome.
—¿Y si se me cae el edificio encima?
—No se te caerá —alegó con convicción.
—Y si se abre el suelo y me engulle.
—Tampoco ocurrirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—Eso ha sonado como una madre, no como una respuesta
convincente.
—¿Siempre eres tan exasperante y preguntona?
—La mayor parte del tiempo. —Mi respuesta pareció
hacerle gracia.
—Muy bien, necesito que me escuches, Elle.
Que dijera mi diminutivo fue un pequeño triunfo, así que le
debía una concesión.
—Te escucho —musité, contemplando cómo sus labios se
movían despacio.
—Vas a estar bien. No dejaría que te ocurriera nada malo
estando cerca de mí. Aunque haya podido decir lo contrario,
no lo pensaba en serio, solo estaba enfadado. Tengo que
valorar los daños, quizá haya alguien herido o atrapado, puede
haber réplicas y no estaría bien si no hiciera nada al respecto
pudiendo. ¿Lo comprendes? —Asentí. Jared era un héroe
disfrazado de estrella del rock y, aunque estaba envuelto en
asuntos turbios por culpa del señor Loup, tenía un corazón de
oro que se preocupaba por los demás. ¿Cómo no iba a
derretirme eso?—. Bien, pues si lo entiendes, suéltame el
cuello y déjame ir.
—Te acompaño.
—No —negó muy serio—, lo más prudente es que te
quedes aquí debajo o te pongas bajo el marco de una puerta. Si
tengo que estar preocupándome de ti, además de por el resto,
no haré nada. Espera a que yo regrese o a que uno de los
profesores diga que podéis moveros. ¿De acuerdo?
La tierra había dejado de sacudirse, aunque podía
presentirse que el festival solo acababa de empezar. ¿Cómo iba
a negarme cuando me lo pedía de aquella manera tan dulce?
—Vale, pero prométeme que no va a pasarte nada. —Me
salió solo y Jared me premió con una sonrisa franca.
—¿Ahora eres tú la que te preocupas por mí? —Me encogí
de hombros, en su expresión se dibujó algo parecido a la
ternura—. Tranquila, Caperucita, el lobo siempre se salva.
—A no ser que dé con un leñador con una escopeta
cargada. —Él me lanzó un guiño.
—Estamos de suerte, se les han agotado en el instituto.
Por una fracción de segundo, me dio la sensación de que
iba a besarme. No pasó. Se limitó a ofrecerme una última
sonrisa y salir de nuestro escondite. Me agarré temblorosa a la
pata de la mesa, sin comprender muy bien qué había ocurrido.
Apreté los ojos y pedí a quien hubiera abierto la caja de los
terremotos que se detuviera.
Si hubiera creído en Dios, ahora mismo estaría rezando.
Como no era cristiana, siempre me imaginé que el mundo no
era más que una caja de juguetes de un bebé regordete que nos
andaba aporreando.
Solo esperaba que no lo hiciera muy fuerte, o que le
entraran ganas de ir al baño.
Capítulo 12
No me mudo

Me quedé allí esperando como una tonta, tratando de


comprender si había fumado la pipa de la paz, o un puñado de
setas alucinógenas.
Cuando las réplicas remitieron, salí de debajo de la mesa
ante la mirada urgente de la bibliotecaria, que nos instaba a
regresar a clase a por nuestras cosas.
Yo no entendía de terremotos, de hecho, era el primero que
vivía, en Barcelona ese tipo de cosas no ocurrían. La
conclusión que saqué fue que asustan, y mucho.
Bajé las escaleras metálicas con la mochila colgada al
hombro y las piernas amenazando con doblarse. Ni siquiera
sabía cómo había sido capaz de regresar al aula sin
desmayarme, coger todas mis cosas y emprender la salida al
exterior.
En la puerta del instituto me aguardaban mis padres.
Bueno, mis padres y los de mis amigas, además de algunos
vecinos.
Estaba Judit, la madre de Abril, que era la peluquera a la
que acudía mi madre para hacerse las mechas y con la que iba
al gimnasio tres veces en semana. En cuanto vio a su hija, la
apretó con fuerza entre los brazos.
La de Carla, que tenía agarrado a Rubén de la mano, hasta
que la vio salir y la tomó de la cara para asegurarse de que
estaba bien.
El padre de Elena, que alzaba el cuello al igual que Fede
para ver si encontraba a mi amiga y a su hijo mayor.
A la madre de Andrea el terremoto le había pillado en una
reunión y a su padre en el campo, por lo que mi madre recibió
una llamada suya pidiéndole que Andrea se quedara en casa
hasta que llegara.
Incluso el padre de Claudia había cerrado el taller y vino en
busca de mi amiga. Todo el pueblo estaba revolucionado.
En cuanto el radar de mis padres me captó, corrieron a
abrazarme y preguntarme si estaba bien, igual que les había
pasado al resto de mis amigos. Mi hermano se hizo hueco
entre nosotros y buscó desesperado unirse a la muestra de
preocupación y afecto, arrebujándose contra mi cintura.
—S… Sí, asustada pero bien —logré responder una vez se
deshizo el abrazo—. ¿Vosotros sabíais que en Granada había
terremotos?
—¡Si yo llego a saber esto, te juro que no compro la casa!
¡Estoy por hacer las maletas y volver a Barcelona! —exclamó
mi padre agitado.
—¿En serio? —pregunté indecisa.
No sabía si la noticia me alegraba o me asustaba. Si me lo
hubiera dicho antes de empezar el instituto y conocer a cierto
alumno, habría apoyado la decisión sin dudarlo.
—¡Qué va a ser en serio! —protestó mi madre, quien
estaba encantada con su nueva realidad. A ella no había quien
la moviera, por lo menos, de momento.
—Si es que uno tan fuerte no había pasado nunca, Carlos.
Estamos tan alucinados como tú. ¿Verdad que no, Judit? —
comentó la madre de Carla, buscando que la peluquera
constatara el hecho.
—Nunca. El terremoto más fuerte que hubo en Granada fue
el 25 de diciembre de 1884, después no ha habido más que
temblores ligeros.
—Pues menudas Navidades que tuvieron —protestó mi
padre.
—La tierra ha temblado para anunciar la llegada de mi
libro nuevo —se carcajeó mi madre, restándole importancia.
—Pues ya le podría haber dado por llover billetes en lugar
de que retumbe la tierra —apostilló mi padre poco
convencido.
—Anda, venga, que ya ha pasado y están todos bien. —Mi
madre señaló al grupo intentando relajar la tensión de mi
padre.
—¿Y Mr. Peanut? —pregunté por el gato—. ¿Por qué no lo
habéis traído? ¿Y si hay otro terremoto mientras está solo en
casa? El profe nos ha dicho que Granada está situada en una
de las zonas con mayor actividad sísmica de España; el límite
entre la placa tectónica euroasiática y la africana.
—Tu profe es especialista en dar tranquilidad… —
masculló mi madre entre dientes, mirando de soslayo a mi
padre—. No sufras por el gato, ni se ha inmutado. Al
principio, tu padre pensaba que en lugar de un terremoto era
Mr. Peanut, que le había saltado encima mientras estaba
traspuesto escuchando música en el sofá. Cuando ha
comenzado a ver caer Funkos, ha comprendido que se trataba
de otra cosa.
—Yo me he asustado mucho —confesó Carlos—. Se ha
caído toda mi colección de muñecos de Naruto, aparte de los
Funkos de mamá.
—Dicen que ha sido de cuatro con ocho, y el epicentro
estaba en la zona del Baptisterio, por eso se ha notado tanto.
¡Me lo ha mandado mi marido por el móvil! —exclamó Judit,
mostrando la pantalla de su terminal.
Jesús, su marido, era guardia civil y había hecho muy
buenas migas con mi padre. Al pobre le había pillado de
servicio, por lo que no podía estar. Igual que el de Carla, quien
estaba trabajando como director en un colegio de una
población cercana.
—¿El Baptisterio? —pregunté desconcertada.
—¿No sabes que aquí hay un Baptisterio Romano muy
famoso? —cuestionó el padre de Elena, Fede y Antonio.
—No tengo ni idea de lo que es eso.
—¡¿No fastidies que es el que salía en Crónicas
Marcianas?! —prorrumpió mi madre en una mezcla de
escepticismo y entusiasmo.
—El mismo.
—Madre mía, la de veces que llegué a verlo en la tele…
—Entonces, ¿es un lugar de avistamiento de OVNIS? —
inquirí.
A mí, lo de Crónicas Marcianas me sonaba a programa de
extraterrestres.
—¡Qué va! —dijo el padre de Elena riendo—. Era un
programa que hacían antes por las noches, de entretenimiento.
—¡Como El Hormiguero! —interrumpió mi hermano,
agitando la cresta que llevaba teñida de azul.
—Exacto —corroboró el padre de Fede, quien, por cierto,
también se llamaba Antonio, como su hijo mayor. Lo dicho,
era un pueblo de Antonios y no de Jareds. Mi hermano sonrió.
—¿El Vampisterio es donde viven los vampiros? —
prosiguió Carlos—. A mí me gustan mucho los murciélagos.
¿Os acordáis de cuando fuimos paseando a las cuevas y nos
salieron unos cuantos. ¿Podemos ir a visitarlo, mamá? —
Estaba entusiasmado con la idea.
—A ti te gusta cualquier bicho —refunfuñé—, y ha dicho
Baptisterio, no Vampisterio.
La cara de decepción no tardó en llegar.
—Entonces, ¿no hay murciélagos?
—A no ser que se haya colado alguno por sorpresa, no. Si
queréis, vamos a tomar algo a la terraza del Van Gogh y os lo
cuento —se ofreció el padre de Elena.
Fede y Carlos se mostraron entusiasmados ante la idea, y,
para qué mentir, a nosotras también nos apetecía estar un rato
más juntas después de una experiencia como aquella.
Ninguno quería quedarse solo después del susto vivido. Las
penas, en compañía, se llevan mucho mejor.
Le pedimos al camarero si podíamos juntar las mesas en la
terraza, el tiempo era favorable. Estábamos cubiertos por un
toldo y corría la brisa rebajando el calor.
Con los culos encajados en las sillas, permanecimos atentos
a la explicación de Antonio padre, mientras el hijo sacaba su
móvil para charlar con sus amigos. Seguro que él ya había
oído aquella explicación muchas veces.
—El Baptisterio se encuentra en unos terrenos cerca del
colegio al que van Fede, Carlos y Rubén. —Mi hermano abrió
los ojos como platos.
—¿Nuestro cole?
—Eso es, se le llama Baptisterio, aunque en realidad es un
Cristopórtico perteneciente al conjunto arqueológico de la
Villa Romana de Las Gabias, aún sin excavar. Fue encontrado
en 1920, cuando el propietario de las tierras, don Francisco
Rodríguez Serrano, estaba labrando. Al dar con el hallazgo, él
mismo contrató a un puñado de hombres del pueblo para que
lo ayudaran a desenterrarlo.
»Cuando falleció, lo heredaron sus descendientes; tres
hermanos, un hombre y dos mujeres, que se encargaron de
cuidar de él hasta que también murieron. No hace mucho de
eso, si no, todavía podríamos visitarlo.
—¿Y ahora de quién es el Baptisterio? ¿De los hijos? —
preguntó mi padre.
—No, los tres eran solteros y por eso pasó a manos de
Hacienda, quien tenía que determinar si le daba titularidad
autonómica, municipal o estatal. Ahora permanece cerrado,
pero ha venido muchísima gente de todas partes a verlo,
interesándose por él, sobre todo, porque ese lugar es un
misterio. —Bajó el tono de la voz mirando a los más
pequeños.
—¿Un misterio? —A mi hermano casi se le desencajaron
los ojos de las cuencas.
—Eso es. Hay unos escalones en el interior, una escalera de
caracol de diecinueve peldaños en la que se ve que el
Criptopórtico no termina ahí.
—¿Y por qué no siguen bajando para ver qué hay? Yo
bajaría con mi linterna —afirmó mi hermano muy convencido.
—Seguro que sí —dije, pasando la mano por su cresta
puntiaguda. Carlos era mucho más aventurero que yo, pocas
cosas lo asustaban, mientras que en mi caso veía una mariposa
y ya salía corriendo.
—No se puede porque están enterrados. Algunos dicen que
podría haber un túnel que conecta la Alhambra con el
Baptisterio. Otros que puede que los túneles se dirijan al
Montevive, en concreto, a La mina del Santo, otro lugar un
tanto misterioso. La realidad es que nadie sabe a dónde
conducen…
—Wow, es alucinante… —murmuró Carlos fascinado.
—Seguro que en la asignatura de tu hermana de Patrimonio
Cultural y Artístico de Andalucía le explican más. Cuando se
lo cuenten a ella, Elle te lo podrá narrar a ti. —Mi hermano me
contempló con ojos brillantes.
—¿Lo harás, Tati? —Solía emplear aquel término
afectuoso cuando se ponía cariñoso conmigo o quería obtener
algo de mí.
—Solo si te portas bien y dejas de incordiarme en casa.
—Te lo prometo, pero tú entérate bien de muchas cosas
para poder contármelas.
No iba a reconocer delante de todos que a mí la historia
también me había interesado y puesto los vellos de punta,
porque si lo hacía, ya tendría a mi madre dándome la murga.
El camarero se acercó con las tapas y los refrescos que
habíamos pedido. Y es que en Granada pedir una bebida va
asociado a que te pongan un pequeño bocado de lo que hayan
preparado en cocina. Igual que en Barcelona donde, con
suerte, te ponían un platillo de frutos secos extra salados, para
ver si pedías otra bebida.
Los adultos comenzaron a hablar de sus cosas, los peques a
jugar entre ellos y yo me puse a hablar con mis amigas del
susto que nos habíamos dado todas. Obvié la parte de Jared en
la que él y yo estuvimos bajo la mesa de la biblioteca, esa
prefería guardármela para mí, no fuera a salir de nuevo en la
Reina Chismosa.
Capítulo 13
¿Dónde estás, Jared?

Pasé el resto del día sin pena ni gloria.


El ambiente en casa seguía intranquilo y yo necesitaba ir a
buscar material escolar, así que fuimos al centro comercial a
por lo imprescindible.
Nos tomamos unos gofres con helado de merienda y
regresamos a casa por la noche.
El monotema del terremoto se había instalado tanto en mi
familia como en las noticias. Los especialistas salían hablando
de ello y decían que cuando comenzaba la actividad sísmica,
podría ocurrir que vinieran más movimientos de tierra, lo
llamaban enjambre.
—No entiendo cómo con los avances que tenemos no se
pueden prever estas cosas —argumentó mi padre con la vista
puesta en el televisor.
—Hay cosas que siguen siendo imprevisibles, eso no es
malo —respondió mi madre, hurgando en la nevera.
—Malo es que se te caiga el tejado en la cabeza y te pille
durmiendo porque no tenemos los suficientes avances. Vamos,
no fastidies, si en China han conseguido hacer llover cuando
les venga en gana, esto debería estar chupado. —La casa
volvió a temblar, aunque esta vez fue mucho más suave—.
¡Ahora sí que nos mudamos! —estalló mi padre al notar que
las lámparas se balanceaban.
—¡No digas tonterías! Ahora edifican las casas a prueba de
terremotos.
—Me da igual, no voy a dejar que, por un capricho tuyo,
muramos en este sitio.
—¿Capricho mío? —Uy, eso olía a discusión y no tenía
ganas, así que, con sigilo, cogí a Mr. Peanut y subí a mi cuarto.
Igual Jared había colgado alguna foto en su perfil de
Instagram.
Lo tenía privado, por lo que no podía stalkearlo, pero sí
podía mirar el de la página de @el_último_aullido. Me tumbé
en la cama. De telón de fondo se oía la refriega familiar. La
sangre no llegaría al río, por lo que no me preocupaba. Fue
deslizar el dedo para poner el patrón de seguridad y…
¡OMG! ¡No podía creerlo! Otra vez la maldita
«Nitametomentodo» atacando de nuevo. ¿Por qué me había
hecho el centro de su diana, sobre el que lanzar aquellos
malditos dardos envenenados?
Tenía que frenarla de algún modo o me buscaría problemas
con Jared, y no quería eso.
¿Quién le habría hecho llegar esa foto? ¿Sería Rache?
Seguro que sí, no podía tratarse de otra persona. No la vi
hacerla, claro que en ese momento mis ojos estaban ocupados
en él y el susto que me llevé.
Menudo fastidio. ¿Lo habría visto Jared? ¿Cómo se lo
habría tomado? No tenía manera de comunicarme con mi
salvador, a no ser que lo hiciera mandando un mensaje al
grupo. Eso era una tontería, si Selene lo leía primero, seguro
que lo borraría, además de que correría el riesgo de que lo
leyeran todos y no me convenía.
Tal vez, lo más prudente era mandarle una solicitud de
amistad al suyo, que era privado.
¿Qué hacía?
Me quedé mirando por un momento la pantalla…
«El mundo es de los valientes, aunque el cementerio esté
lleno de ellos», me dije suspirando.
Miré el botón de seguir dubitativa. Muy bien, dejaríamos
que el destino se encargara, si en tres segundos recibía una
señal, le daba al botón.
3, 2, 1…
—¡A cenaaar! —gritó mi madre.
Mi dedo cayó por el sobresalto y golpeó la palabra seguir.
El corazón se me encogió en el pecho. ¿Sería esa señal la que
estaba buscando? Si no lo era, tendría que bastar.
Lo único que me quedaba era esperar a ver si Jared
aceptaba o me dejaba más tirada que una colilla. La suerte
estaba echada.
A la mañana siguiente, Jared no apareció por clase, de
hecho, ninguno de los Loup acudió al instituto.
Claudia me dio los buenos días con el entusiasmo de la que
ha leído el último chismorreo y es amiga de la «prota», ni que
fuera un honor salir en el puñetero blog.
Apenas le presté atención, mi cabeza estaba en otra parte.
¿Y si tuvieron problemas en la salida nocturna? ¿Y si les había
pasado algo terrible a Jared y sus hermanos?
Dejé pasar los minutos como granos en un reloj de arena.
Esperé con nerviosismo a que llegara el recreo y saqué el
teléfono conmigo. Quería ver si Jared había aceptado mi
solicitud de amistad.
La decepción empañó mis ojos. Nada, no lo había hecho.
Claudia le dio un trago a su botella de agua.
—Oye, ¿de qué hablabais Jared y tú mientras os
abrazabais? ¿Te pidió para salir o algo? —preguntó curiosa.
Yo alcé la vista de la pantalla sin muchas ganas de responder
—. Ya sabes que yo no diré nada, soy tu amiga y una tumba.
—¿Cómo sabes que hablábamos? —fruncí el ceño.
—Pura lógica. Tú no te callas ni debajo del agua y en la
foto no os estabais besando, digo yo que algo te estaría
diciendo, ¿o te estaba mirando los mocos? —Puse cara de
disgusto.
—No tenía ningún moco.
—Me lo imagino… ¿Entonces? Habla, me tienes en ascuas.
—Solo intentaba calmarme, yo estaba muy nerviosa y él
quería ir a ver si alguien más necesitaba ayuda.
—¡Qué mono! ¡Es tan solidario! ¡Tenéis que salir juntos!
Hacéis tan buena pareja… —suspiró—. Además, así podrías
presentarme a Moon, ya sé que has intuido que me gusta…
¿Nos imaginas saliendo a los cuatro? Tú y yo, en primera fila,
viéndolos tocar y dedicándonos un tema en el concierto,
podríamos ir al cine, incluso a tomar algo… ¡Sería tan guay!
—Pero ¡¿qué dices?! Jared y yo ni siquiera somos
amigos…
—Pues cualquiera lo diría, no para de salvarte ante
cualquier peligro y, que yo sepa, un amigo es aquel que está
cuando más lo necesitas. ¿O no? —Por primera vez, me había
quedado sin argumentos—. ¿Lo ves? Ni siquiera puedes
rebatir eso. —Tenía razón. Y yo necesitaba desahogarme con
alguien, así que murmuré:
—Ayer le mandé una solicitud de amistad por IG, no la ha
aceptado. —Me sentí mejor después de haberlo dicho, no
podía guardármelo todo para mí o estallaría.
—Puede que esté enfermo. Hoy los Loup no han venido a
clase, quizá hayan pillado un virus, o hayan cenado algo que
les sentara mal. Esperemos que no sea Corona…
—No digas sandeces, no tienen la Covid, si fuera así, ya
nos lo habrían dicho a los de la clase.
—Cierto.
—Anoche hubo más terremotos y ellos viven en la
montaña, ¿y si no es un virus, sino una roca desprendida sobre
su casa?
—¡No seas catastrófica!
—Mi padre siempre ha dicho que no quiere una casa en la
ladera de la montaña por si hay desprendimientos.
—Entonces, no me extraña que tengas esas ocurrencias.
—Mmm, y si… —se calló.
—¿Qué? —insistí. Ella agitó la melena y golpeó la palma
izquierda con el puño de la derecha.
—Podríamos llamar a la casa del señor Loup, seguro que
encontramos el teléfono en internet; al tratarse de una casa de
acogida, tiene que ser público.
—¿No es más fácil pedirlo en secretaría?
—No nos lo darán por la Ley de Protección de Datos.
—Es verdad. ¿Y nadie lo tiene?
—No sé, si quieres, cogemos un megáfono y lo
preguntamos en el patio.
—Quita, quita, que seguro que Nita Ferrer saca una noticia
de ello y se inventa algo como que quería pedir su mano. —
Claudia se echó a reír y yo también.
—¿Entonces? —insistió.
—Busquemos ese número —admití, metiéndome en
Google para encontrar la residencia del señor Loup.
Claudia tenía razón, no nos costó dar con él, pero me moría
de la vergüenza. ¿Qué decía si me contestaban al otro lado de
la línea?
—Vamos, llama, que solo faltan tres minutos para que
suene el timbre.
—¿Y qué digo?
—Pues pregunta si se les ha caído una roca encima, o un
meteorito ha impactado contra ellos. Yo qué sé…
Pensé rápido mientras le daba al botón de llamada. Un
tono, dos, tres, cuatro…
Una voz vigorosa respondió al otro lado.
—¿Sí?
—Ho… Hola, ¿es la residencia del señor Loup? —La llamé
por el nombre que constaba en internet.
—Así es, ¿quién llama?
—Em… Soy la secretaria del IES Montevives, llamaba
para preocuparme por Jared, Bastian y Selene. Hoy no han
acudido a clase.
—Lo sé, están enfermos, ya mandé la correspondiente falta
justificada por IPASEN a sus tutores.
—¿En serio? Espero que no sea nada grave. Estamos
teniendo algunos problemas técnicos con el programa.
—Qué extraño, todos los tutores me han respondido. —
Quería que la tierra me tragara.
—Pues entonces debe haberse tratado de un problema de
comunicación entre departamentos, disculpe, señor Loup.
Espero que los muchachos se encuentren bien.
—Sí, no se preocupe, el lunes estarán allí sin falta. ¿Algo
más? Tengo un poco de prisa, estaba saliendo.
—Nada más, que tenga un buen día y disculpe el error.
Colgué justo en el momento que sonaba el timbre.
—¡Salvada por la campana! ¡Lo has hecho genial! ¡¿Se lo
ha tragado todo?!
—Eso espero. Madre mía, qué nervios he pasado.
—Bueno, por lo menos sabemos que están vivos, puede
que sea un virus estomacal, desde que no vamos con
mascarilla, han vuelto junto a los anuncios de Frenadol. —Le
ofrecí una sonrisa cálida—. Anda, vamos, que nos toca
Química, a ver si con un poco de suerte nos han puesto juntas.
Claudia se aferró a mi brazo sin que lograra arrancarme el
desasosiego. Tenía la impresión de que el señor Loup no me
había creído y eso me preocupaba, ¿y si le daba por llamar al
colegio? Tendría que haber buscado una excusa mejor, pero
¡es que no había tenido tiempo de pensar más! En fin, otra
decisión que no sabía dónde iba a llevarme.
Levanté el teléfono para apagarlo, ante mis ojos se había
quedado abierta la pantalla de Instagram con el logo de Jared,
que como no podía ser de otra manera, era un Lobo.
Y, entonces, lo vi, acababa de aceptarme.
Capítulo 14
Tenemos Química

En cuanto salí de clase, lo primero que miré fue si me


había escrito. No paré de darle vueltas, no sé ni cómo pude
contenerme. Bueno, sí lo sé, porque si los profes te pillaban
con un móvil, lo más probable era que te cayera un parte.
No había escrito nada. Tampoco tenía ninguna foto
colgada.
¿Quién tiene un perfil de IG vacío? «Alguien que quiere
ver sin ser visto», me respondí a mí misma. Puede que o no le
interesaran nada las redes sociales y la tuviera solo por el
grupo, o que la utilizara para stalkear a los demás. Pero,
entonces…, ¿por qué me había aceptado? Puede que para ver
mi muro, el cual también era privado, aunque, a diferencia de
él, sí que colgaba cosas. Allí dentro estaba mi vida de antes,
mis amigos, mis platos preferidos, algunos vídeos haciendo la
payasa con mi hermano; recetas de cocina que no me habían
salido del todo mal, festivales de danza, vacaciones, incluso la
celebración de mis notas.
Le había abierto una puerta a mi mundo, mientras yo
seguía sin saber nada del suyo, y eso me incomodaba. No me
gustaban las personas que se ocultaban detrás de una máscara,
me hacían dudar sobre si lo que mostraban era real o producto
de mi imaginación.
Preferí llegar a casa y escribirle después de comer, en la
intimidad de mi cuarto, alejada de ojos curiosos que pudieran
captar mis expresiones.
Observé la pantalla, según la info, se había conectado hacía
una hora. ¿Lo habría hecho para mirar mi muro? Sabía que
había programas espía que te daban ese tipo de información,
aunque prefería no hacer esas cosas.
Allá iba.

Hoy 15:40
Hola, hoy no has venido a clase
Te encuentras bien?
Espero que no te importe que te escriba

Contuve la respiración un par de minutos hasta que su


estado cambió y apareció en línea. Me tranquilizó un poco ver
la palabra escribiendo…
Hola, perdona, no suelo usar mucho IG

Ya, me he fijado, tu muro está un poco vacío


No es que haya querido husmear ni nada,
es que salta a la vista

Sí, bueno… No soy de redes, esa


es Selene

Paró de escribir y me sentí un poco ridícula. Insistí en su


estado de salud.
Stas OK?
Un poco mejor, todos
hemos pillado un virus estomacal

Vaya
Es lo que tiene vivir todos juntos
lo acabas pillando todo…

Sí, a nosotros también nos pasa


Por cierto, tenemos Química juntos.

¿Cómo?
Releí la frase y quise darme de cabezazos; parecía lo que
no era, tenía que aclarárselo.

Me refiero a que nos ha tocado


juntos, en clase, lo siento

¿Qué sientes?
Pues que cuando estoy contigo tiemblo, que se me acelera
el corazón, que te noto aunque no me toques y que tengo
ganas, por primera vez, de saber mucho más de lo que supone
estar con un chico.
Todo eso era lo que quería decirle, aunque no podía, se lo
tomaría fatal y yo me sentiría ridícula.

Que te haya tocado conmigo

Pq? Eres un paquete en Química?


Se te dan mal las valencias?
Por tus notas no lo diría.

Sonreí, mucho, porque sus palabras querían decir que


había estado un buen rato mirando mis fotos hasta llegar a la
de las notas, y eso solo podía significar que, por lo menos,
despertaba su curiosidad.

No se me dan mal
Me refería más a mi compañía
Has leído a la reina stalkeadora?
Volvemos a ser portada… ☹

Nita puede ser un poco irritante, también


persistente cuando se le mete algo entre ceja
y ceja
Pues podría haber sido un pelo enquistado y no nosotros
Je, je, je. Se le pasará.

No estás enfadado conmigo?

Tendría que estarlo?

Lo digo por lo que ha salido publicado


Has hecho tú esa foto? Porque yo
diría que tenías las manos ocupadas…

Mis mejillas se calentaron ante la observación.


Y le dijiste lo que pone ahí?

NO!!!
Pues, entonces, no puedo enfadarme ;)

¿Eso era un guiño? ¿Jared Loup me estaba guiñando un


ojo?

Si me das tu mail, puedo pasarte los


apuntes y los deberes que nos pongan

Tnks, ya me los ha pasado alguien,


pero te agradezco el ofrecimiento
Por cierto, si vuelves a llamar a casa,
procura hacerlo con número oculto si
te haces pasar por la secretaria ;)

Dios, me quería morir, ¿cómo podía saber que se trataba


de mí?

Mi padre tiene la insana costumbre de hablar con el


manos libres puesto. Reconocí tu voz de inmediato.
Tranquila, lo único que comentó mi padre es que deberían
jubilar a la secretaria
Mis hermanos no estaban delante. Pero si le hubiera dado
por llamar al instituto,
te habría pillado de lleno
si hubiera puesto tu número en un buscador de móviles…
Cazada
Concluí asumiendo mi pecado.

Lo siento, creí que se te podía haber caído


una roca encima y aplastado tu casa.
Estaba preocupada

Una roca? En serio?

Una, que no está acostumbrada


a los terremotos y ve demasiadas
pelis de catástrofes en Netflix

Ya veo. Igual deberías pasarte a otro género,


dada tu vívida imaginación

Me apunto tu consejo,
si necesitas lo que sea, aquí estoy
Perdona por todo y mejórate

Gracias de nuevo, Elle


Ha sido un detalle por tu parte
que te preocuparas tanto ☺
Nos vemos el lunes.

Nos vemos ☺
«Ni tan mal», pensé, encerrando mi cara en la almohada
para lanzar un gritito.
La conversación había ido mucho mejor de lo esperado y
tenía ganas de brincar, saltar, bailar…
¡Bailar! Ay, madre, ¡qué tenía clase!
Me incorporé de un salto con las pilas mucho más cargadas
que antes. Sentía que Jared empezaba a abrirme la puerta y yo
era especialista en colarme por cualquier rendija.
Capítulo 15
Entradas

Si el primer día de clase estuve nerviosa, hoy estaba


atacada.
¡De los p… nervios!
El domingo vacié el armario y me pasé más de una hora
escogiendo la ropa, y cuando hoy me la había puesto, no
estaba segura de que fuera el atuendo correcto. ¿A quién
pretendía engañar? Me vistiera como me vistiese seguiría
siendo la misma bajo aquella capa de ropa.
Puede que a las tiktokers les funcionase eso del cambio de
atuendo, ¿cuántos hemos visto esos vídeos de si la chica va
toda mona la ayudan y le hacen caso, mientras que si viste
normal, pasan de ella?
Sin embargo, cada vez que yo me miraba en el espejo, me
pusiera lo que me pusiese, solo me veía a mí. La chica del pelo
castaño, los ojos verdes y una nube de pecas sobre el puente de
la nariz.
Daba igual qué camiseta o pantalón eligiera. La lámina
acristalada me devolvía una y otra vez el mismo reflejo, uno
que no estaba segura de que estuviera a la altura.
¿Por qué me ocurría eso?
Nunca había tenido problemas de seguridad en mí misma,
siempre pensé que a quién no le gustara que no mirase y ahí
radicaba el inconveniente, que, por primera vez, quería gustar
a alguien, por lo menos, un poco.
—Elle, ¡vas a llegar tarde y tus amigas ya están en la
puerta! —vociferó mi madre.
—¡Ya voy! —Me eché un último vistazo.
Camiseta negra, amplia, con las letras Let’s go y una
sudadera en el mismo color, abierta y con capucha, pues por
las mañanas había empezado a refrescar. Mallas oscuras, cola
alta, algo de cacao en los labios, para que no se me cortaran,
pendientes de aguacates y mis inseparables zapatillas blancas.
—¡A la porra! Si no le gustas como eres, es que no merece
la pena. Uno no puede vivir si se pasa el tiempo huyendo de sí
mismo. A ti te ha tocado esa cara y es lo que hay —le dije con
convicción a la chica que me miraba a través del espejo.
Bajé tan rápido las escaleras que casi me caigo al suelo en
los últimos peldaños.
—¡Elle! —dijo en tono de advertencia mi madre—. Ahora
que tienes la dentadura perfecta, no te quedes sin ella.
—Lo siento —respondí, acercándome para darle un beso.
Mi padre y mi hermano estaban en el sofá. Pasé por sus
espaldas despidiéndome—. Os quiero, hasta luego.
—¡Qué vaya bien el día!
—¡Igualmente! —Escuché el «llevas el desayuno en la
mochila» cuando ya había cerrado la puerta.
Nunca había tenido tanta prisa por llegar a clase, ni tantas
ganas, bueno, quizá ganas sí, pero no por algo que englobara
el término «chico».
No había vuelto a hablar con Jared, aunque sí entré en
Instagram y releí un montón de veces nuestra conversación,
además de mirar su estado. Él también se conectó en varias
ocasiones, ¿sería para ver mi muro? Seguro que no, que estaba
haciéndome unas ilusiones que no se correspondían con la
realidad. ¿Para qué iba a bichearlo si yo no le interesaba? ¿Me
estaba obsesionando?
Desde el jueves sonreía como una idiota, tenía escalofríos y
un nudo tensaba mis tripas hasta tal punto que me costaba
comer. Esta misma mañana, no pasé del vaso de leche, y eso
que mi madre me había puesto mis galletas favoritas, unas
Oreo bañadas en chocolate blanco que estaban de OMG.
Mi madre me tocó la frente por si tenía fiebre y llegó a
sugerir que fuéramos al médico si no me sentía bien. Yo
disimulé y le dije que eran los nervios del curso, porque el año
pintaba duro, además de que los terremotos me habían dejado
algo intranquila. Creo que coló, o por lo menos sirvió para que
mi padre y ella se enzarzaran en otra nueva disputa sobre si
había sido buena idea mudarse. La mejor táctica para distraer
al enemigo era buscarle otro de mayor peso.
Una vez estuve en la calle, me arrebujé en la sudadera. El
aire era bastante fresco y las nubes salpicaban un cielo, ya de
por sí, gris. Esperaba que no fuera un augurio de cómo iba a ir
el mío.
Apenas escuché la conversación de mis vecinas hasta que
Abril dijo las palabras mágicas: «Último Aullido».
—¿Qué dices? —me interesé de golpe.
—Vaya, por fin despiertas. Ay, hija, es que estás en la parra.
—Perdona… Me he quedado empanada.
—Ni que lo digas. Decía que los de El Último Aullido van
a dar un pequeño concierto el viernes por la tarde y queremos
ir a verlos. ¿Tú vas a apuntarte? Imagino que sí, ahora que
Jared y tú…
—Jared y yo, nada —la corté—, ya os he dicho por activa y
por pasiva que no os creáis a la reina del chismorreo. Solo
estamos empezando a entendernos y ser un poco amigos, eso
es todo.
—Pues la reina stalkeadora no piensa lo mismo —me
pinchó Andrea—, y nosotras tampoco —aprovechó para
añadir.
Los cuatro pares de ojos me miraban curiosos.
—¿Tú también crees lo mismo? —le pregunté a Elena. Se
limitó a mover la cabeza asintiendo.
—Pues os equivocáis de lleno, las cuatro —les advertí con
toda la convicción que fui capaz de reunir.
—Pues tú dirás lo que quieras, pero Jared está como un
queso, y si yo tuviera la oportunidad, no dudes que saldría con
él.
Carla alzó los ojos soñadora.
—Pues hazlo si tienes ocasión, ya te he dicho que entre
nosotros no hay nada —bufé.
—Está bueno, pero a mí me va más Bastian… —reconoció.
—De eso nada, a Bastian me lo quedo yo —asumió Abril.
—No le quedará más remedio que elegir entre las dos, o
quizá sea yo su elección —añadió Andrea.
—¿En serio que os gusta a las tres? —pregunté alucinada.
—Los Loup nos gustan a todas —Carla chasqueó los dedos
frente a mis ojos—. Son como el icono del insti. Eres tú la
rarita que pareces inmune a sus encantos, aunque yo apostaría
que solo es una fachada y que Jared es tu crush secreto.
Llegamos al punto de encuentro con Claudia, su autobús
acababa de llegar y ella bajaba las escaleras cuando las motos
de los Loup pasaban por delante de nosotras.
Mi cuerpo se sacudió como un sonajero de bebé, y esta vez
no fue culpa del terremoto, sino de la mirada y la sonrisa,
capaz de fundir mil bombillas, que Jared me lanzó desde su
vehículo frente a todas ellas.
—¡Ay, Dios, creo que estoy hiperventilando! —Claudia
agitó las manos contra su cara para abanicarse—. ¿Habéis
visto esa sonrisa? Elle Silva, ¿qué ha sido eso?
Mis cinco amigas estaban de brazos cruzados esperando
una respuesta.
—¡Y yo que sé! Habrá desayunado payasos esta mañana.
—Sí, claro, uno asesino —me azuzó Carla—. No
disimules, que todas lo hemos visto, esa sonrisa no era de
chiste.
—No sé, estará contento de que hoy haya cruzado bien y
no tener que arrojarse de la moto en marcha, o igual ha
recibido una buena noticia. Vete a saber.
—La buena noticia que ha recibido es verte, así que ya le
estás pidiendo seis entradas para el concierto, que el aforo del
local es limitado y las entradas estaban a punto de agotarse —
murmuró Abril.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho Elena, las vendían en la escuela de
música a la que va, los Loup tienen allí su lugar de ensayo.
Era cierto, Elena y sus hermanos iban todos a la escuela de
música, ella tocaba el violín.
—¿Y no puedes comprarlos tú? —inquirí, mirando a mi
amiga.
—Sí, pero hemos decidido que así te damos otro motivo
para hablar con Jared… A todas nos gusta para ti —admitió
sonrojada.
—¿Estáis intentando emparejarnos? —pregunté perpleja.
Las cinco cabezas se agitaron llenas de felicidad.
—Fantástico, tener amigas para esto.
—Mejor que salgas con Jared que con el tirapedos. —Puse
cara de disgusto. Había un chico en el instituto que no dejaba
de lanzar gases a todo el mundo, le hacía gracia que los demás
oliéramos su pestilencia.
Después dicen que la vida del estudiante es fácil. Pues yo
estaba deseando ser adulta y solo tener que ir a trabajar, seguro
que era mucho más fácil.
—Sois imposibles. No podemos entretenernos más o nos
pondrán un parte.
—¿Le pedirás las entradas? —insistió Andrea.
—¡Qué remedio! —Era el único modo de sacármelas de
encima. Y, como ellas decían, de tener una excusa más para
acercarme a él.
Capítulo 16
Las Escaleras

Subiendo las escaleras, alguien golpeó mi hombro y me vi


con un montón de papeles desparramados por el suelo.
Se escuchó un «lo siento» alejándose, alejándose junto a mi
buen humor. ¡Perfecto! Ese tipo de cosas eran las que solían
pasarme cuando tenía prisa. Mi tutor, el señor Nuñez, nos
había advertido que entrar después de él se traducía en un «te
quedas fuera de clase», daba igual si te habías caído por las
escaleras, lo importante era llegar cuando él estaba en la
puerta, así que ya podía espabilar.
La secretaria del instituto me había parado un instante para
darme unas copias que mi tutor pidió para la clase. La buena
mujer me preguntó si no me importaba subirlas, ya que yo iba
hacia allí de todos modos.
Como es lógico, acepté. Estaba convencida de que si uno
hace favores, la vida se encarga de devolvértelos, como con
Jared.
Me agaché para recoger aquel despropósito. A Claudia le
había entrado un retortijón que la dejó fuera de juego y tuvo
que salir huyendo hacia el baño. Estaba sola frente a un
festival de papeles que caían por los escalones en cascada y un
montón de pies dispuestos a pisotearlos.
¿Adónde había ido a parar la solidaridad y el
compañerismo en este instituto? «Junto a las ganas de no
querer que te pongan un parte por llegar tarde», me respondí
yo sola.
—No sabes cómo hacer para que te eche una mano, ¿eh?
—La voz divertida de Jared me hizo girar la cabeza.
Allí, tras de mí, con la cara a la altura de mi trasero,
agachado estaba él, luciendo una sonrisa socarrona.
—Sí, mira, has acertado. Llevo aquí toda la mañana
esperando que alguien me golpee el hombro para que todo esto
se desparrame por el suelo y que me eches las dos, porque ya
puestos, con una no hacemos nada —contesté contrariada.
Su sonrisa se amplió y, por suerte, se puso a recoger los
papeles conmigo.
—Veo que estás de buen humor —anotó con retintín.
—Lo estaría si la gente fuera más educada y solidaria.
—No lo dirás por mí, ¿no? —Se detuvo un instante.
—Está claro que no, tú eres la amabilidad personificada —
jugueteé. Él no dejó de sonreírme en todo el rato y yo no
paraba de intentar enfocar la vista para no caerme de bruces.
Cuando hubo terminado, me los ofreció.
—Toma.
—Gracias.
—¿Ha ido bien el finde?
Me fijé que sobre su pómulo derecho había una marca
azulada. Aunque se veía mucho menos que los míos, dado el
tono oscuro de su piel, parecía un moratón.
—Mejor que el tuyo. —Señalé la marca—. ¿Te has metido
en peleas? —Quizá ese fuera el motivo real por el que los
Loup no vinieran a clase, se inmiscuyeron en una reyerta para
mantener su zona de venta de drogas y acabaron malheridos.
Me dio la sensación de que se tensaba un poco, aunque
rápidamente le restó importancia.
—Si lo dices por esto, ha sido algo mucho menos
interesante que tu propuesta. Un accidente doméstico —aclaró
—. Aunque si te preguntan por ahí, prefiero tu versión, me
hace parecer mucho más temerario…
—¿Quieres parecer temerario?
—Ayuda a que te dejen tranquilo.
—No te tenía por alguien que se preocupara de las
apariencias, exceptuando si se trata de nosotros.
—No te ofendas, es que no serías la primera que intenta
acercarse a nosotros para hacerse ver…
—¡Yo no soy así! —me enfurruñé.
—Lo sé, lo siento. Tienes que comprender que apenas nos
conocemos y no ayudó que salieran esas noticias en el blog.
—¿Sigues pensando que busco eso? —cuestioné temerosa
de la respuesta.
—Nah. Pero recuerda, esto es fruto de un combate a
muerte. —Se tocó el pómulo—. Es bueno ese tipo de
publicidad para el cantante de una banda. Todo el mundo
presupone que los rockeros son chicos malos y duros.
—¿Tú lo eres?
—¿Malo? —Asentí. Mi ritmo cardíaco volvía a estar en
pleno concierto de beatbox—. Supongo que eso siempre
dependerá de a quién se lo preguntes, aunque intento no tener
enemigos, solo los habitantes malvados que viven en una
dimensión paralela —respondió jocoso.
—Es bueno saberlo. Oye, hablando de conciertos…
¿Podrías conseguirme seis entradas para el vuestro? Es el
viernes, ¿no? —Jared abrió los ojos como platos.
—¿Seis entradas?
—Mis amigas quieren ir y me han pedido que te las pida, al
parecer, están a nada de agotarse.
—Ya se han agotado. Pero tus amigas son cinco, no seis. —
Sus ojos se estrecharon con sospecha.
Estaba un peldaño más abajo que yo, lo que igualaba
bastante nuestra estatura y me permitía mirarlo sin forzar las
cervicales, directamente a sus alucinantes orbes azules.
Estaba un tanto decepcionada por la noticia, aun así,
respondí con sinceridad.
—La sexta era para mí. No pasa nada, en otra ocasión será.
Me di la vuelta para reemprender el camino a clase, pero su
mano buscó mi muñeca frenando mi ascenso. Mi piel ardió
bajo su agarre. Ya no quedaba nadie en las escaleras.
—Espera. No he dicho que no pueda conseguirlas, y más si
la sexta es para ti.
¿Podía llegar a sentir la densidad del tiempo? ¿El golpeteo
de los segundos incrustándose en cada uno de mis poros?
—Pe… Pero el aforo era limitado…
—Déjalo en mis manos, los de la discográfica siempre nos
guardan algunas por si surge algún compromiso. Además, te
debo una por preocuparte tanto por mi lapidación casera. —El
rubor se extendió por mi rosto y su sonrisa se hizo más amplia.
¡Madre mía! Si serio era una pasada, cuando sonreía era
una locura.
El timbre de inicio de clase sonó, lo que nos hizo apretar a
correr llegando a la puerta justo cuando nuestro tutor iba a
cerrarla. Jared no me había soltado, ni yo había querido que lo
hiciera. Él alzó las cejas.
—La secretaria me pidió que le trajera esto… —Él hizo
una mueca y desvió los ojos hacia el lugar en el que Jared me
mantenía sujeta.
—Adelante, tortolitos… —rezongó—, la próxima no
entráis.
—Sí, profesor Nuñez —respondí. Jared me soltó de
inmediato y yo me mordí el labio inferior antes de darle los
impresos al tutor y que nos dejara entrar.
—Espero que se sienta mejor, Loup.
—Sí, señor, muchas gracias por preocuparse.
Ocupamos nuestros pupitres y dejé la mochila bajo el
asiento. Cubrí la zona que todavía tenía el calor de sus dedos
con los míos y lo miré con disimulo entornando los ojos.
Me gustaba, mucho, muchísimo, casi tanto como el pastel
de queso casero que hacía mi madre o el aroma a lluvia.
Quería a aquel chico en mi vida de un modo inexplicable.
Una vez leí que un sueño no cambiaba nada, pero una
decisión lo cambiaba todo, y yo acababa de decidir que si tenía
que enamorarme, iba a ser de él.
Capítulo 17
Delegada

Acababan de erigirme delegada, ¡delegada!, ¿yo? ¿Cómo


era posible que mi nombre hubiera salido como el más votado
de la clase? ¡Si era la nueva! ¡Si apenas me conocía nadie!
Recibí las felicitaciones de todos mis compañeros, estaba
estupefacta. Claudia se acercó a mí para decirme que era la
chica de moda, que qué esperaba.
—Pues no sé, pero esto no —respondí.
¿En serio que era «la chica de moda»? ¡Si yo no era nadie!
Ella se rio.
—Eres la chica en la que se ha fijado Jared Loup. Ahora
eres el artículo más codiciado de todo el instituto.
En cuanto oí el término, me sentí como un par de guantes o
una bufanda de lujo, de esos que muchos miran, pero que están
al alcance de muy pocos. Yo no era un objeto y menos la
pertenencia de nadie. Era una persona con emociones y
sentimientos.
¿Quién determinaba que por el maldito blog de Nita Ferrer
ahora pasara a ser aquello que todos querían a su lado? La
responsabilidad era del puñetero blog.
Jared pasó por mi mesa y me susurró al oído un
«enhorabuena, delegada» que alzó el vello de mi cuerpo.
Vi a Rache alzar su móvil y moví los labios con un
amenazador «ni se te ocurra». Ella se limitó a mirarme de
aquel modo tan inexpresivo y bajó el teléfono. Ni siquiera
sabía si le dio tiempo a captar el segundo en el que la boca de
Jared casi rozó mi oreja.
Si había ocurrido, pronto lo sabría, no tenía duda de ello.
Mi salvador se apoyó en la parte frontal del pupitre e hizo
un redoble de tambores con sus manos. Un mechón de pelo
oscuro cayó sobre su frente. Me dieron ganas de apartárselo
mientras me ofrecía una mirada burlona cargada de orgullo.
¿Que fuera delegada le hacía sentirse orgulloso? ¿Por qué?
No me habían elegido por mi talento, porque fuera lista o me
preocuparan los temas del instituto.
¡Me habían escogido por él!
Tuve ganas de levantarme y gritar que repitieran las
votaciones, que no me parecía bien, que los criterios por los
que me habían elegido no eran los correctos. Pero me limité a
quedarme sentada, muy quieta, dejando que él saliera por la
puerta, con su espalda ancha ocupando casi todo el marco.
Tocaba desdoblar la clase. Mientras Jared acudía a
Lenguaje y Práctica Musical, a mí me tocaba Dibujo Artístico.
Vi cómo se cruzaba con la plasta de la reina stalkeadora,
quien lo observó risueña. Él pasó de largo sin inmutarse.
Nita Ferrer entró con un vestidito rosa de vuelo, su pelo de
dos colores perfectamente peinado sujeto bajo una diadema
acolchada. Parecía sacada de una peli de los años sesenta, solo
que con el pelo de una muñeca manga.
Giró el cuello hacia la pizarra y observó el resultado de las
votaciones. Lo hizo con deleite, recreándose en aquella
mayoría aplastante. Después, desvió sus ojos negros, que hoy
llevaba engalanados con unas lentillas azules, y se puso a
aplaudir en dirección a mí. Lo que me faltaba.
—Bueno, bueno, bueno… Esto sí que es llegar al
Montevives y triunfar por todo lo alto. Te ligas al chico más
inaccesible del insti, te nombran delegada, ¿qué será lo
próximo? ¿Reina del baile de Halloween?
—Déjame, Nita —dije con voz apretada.
—Uy, detecto cierta hostilidad. No estarás enfadada
conmigo, ¿verdad? Porque no tienes motivo. Todo esto… —
dio una vuelta sobre sí misma— es gracias a mi empujoncito,
ya te dije que te convenía mantenerte cerca. Deberías estarme
agradecida en lugar de parecer que te ha salido un sarpullido.
—¿De verdad piensas eso?
—¿Que deberías sentirte agradecida? Por supuesto.
—Pues no lo estoy.
—¿Y eso por qué? Tú y yo somos amigas.
—¿Amigas? Tú y yo no somos nada —escupí envenenada
—. Las amigas son las que te dicen las cosas a la cara, pero te
defienden a muerte a las espaldas.
—¿Y piensas que yo voy hablando mal de ti? Qué poco me
conoces.
—¡Te pasas el día lanzando bulos sin sentido en tu ridículo
blog! ¡Debes tener una vida muy pobre y aburrida como para
tener que fijarte en la de los demás!
—No tienes ni idea de cómo es mi vida —proclamó,
arrugando la nariz.
Rache se acercó, para abrazarla por la espalda con la
afectuosidad de un cactus. Tomó la barbilla femenina con su
mano derecha y le hizo torcer el cuello a su novia para besarla
sin dejar de mirarme.
Me recordó a un perro que cree que le están meando en su
farola. Muy propio de las celosas.
—Hola, Nita —la saludó Claudia, acercándose como una
mariposa de campo.
—Hola, Clau. Me gusta tu cinta del pelo.
Era blanca, de raso, con motitas en purpurina violeta, a
juego con su camiseta.
—Gr… Gracias, e… e… es de Cl… Cl… Claire’s, lo digo
por si quieres una.
—Pues te sienta muy bien. ¿Verdad que sí, Rache? —Su
novia se limitó a gruñir.
Por el amor de Dios, ¿era humana? Por su actitud, me hacía
pensar en algún tipo de criatura nocturna alterada
genéticamente. Una mezcla entre un vampiro y un bulldog
francés.
Todavía no le había oído el timbre de voz. Seguro que era
tan desagradable que callaba por no ofender.
Le murmuró algo al oído a Nita que no alcancé a escuchar.
Volvió a besarla y se marchó.
—¿Rache no se queda? —preguntó Claudia interesada.
—No, ella va a Lenguaje y Práctica Musical. Tiene una voz
preciosa…
—Debe ser por eso que no habla —observé punzante.
—No le gusta malgastar palabras con quien no las merece.
—Eso había sido un zasca en toda la boca—. Hay silencios
que llenan más que muchas frases, deberías saberlo. —Y ella
aplicarse el cuento, no te fastidia—. Mi chica solo separa los
labios para besarme o decir cosas importantes.
—Pues harías bien en aprender de ella —apostillé
enfadada.
—Entonces, es cierto, estás así por mis artículos.
—¿A ti qué te parece?
—Pero ¡si te he hecho un favor!
—¡Pues deja de hacérmelos! Yo no te he pedido que me
conviertas en el centro de atención. No me gusta que la gente
me conceda privilegios que no merezco.
—¿Te refieres a lo de ser delegada? —Asentí—. Tus
compañeros de clase no son lerdos, aunque algunos puedan
parecerlo. Si no hubieran visto en ti algo más que la chica del
momento, no te habrían votado. —Resoplé—. ¿Piensas que
miento? Acepto que mis artículos te han dado visibilidad, pero
esto lo has hecho tú sola. —Apuntó hacia la pizarra—. Te
guste o no, tienes algo, una energía atrayente, y eso no es por
la reina stalkeadora. No apagues tu luz, Elle, sería un error. Si
te apetece, puedes verme como tu enemiga, pero no lo soy.
Se dio la vuelta y caminó directa hasta su asiento.
Odiaba a Nita Ferrer y, dijera lo que dijese, ella tenía la
culpa.
Ese tipo de cosas no me pasaban antes.
Siempre había querido ser delegada, me había esforzado
muchísimo para que mis compañeros comprendieran que lo
merecía porque me preocupaba por ellos. Sin embargo,
siempre venía alguien menos preparado, pero más popular, que
me arrebataba la opción. A lo máximo que llegué una vez fue
a subdelegada suplente.
Y, ahora, ¿me había convertido yo en ese alguien?
Me gustaba triunfar como a la que más, pero necesitaba
sentirme tan orgullosa del logro como del modo en que lo
había hecho y, en mi fuero íntimo, no era así. No fue justo.
La profesora de Dibujo entró y nos hizo sacar el bloc para
trabajar técnicas a carboncillo. Me gustó desde que la semana
pasada se presentó y vi la pasión que le ponía al trazar su
nombre en lettering, solo con eso ya me había conquistado.
Era mejor aparcar el regusto agridulce de mi victoria y
centrarme en la clase, al fin y al cabo, al instituto se venía a
aprender, no a lamerse las heridas.
Cuando llegué a casa, tenía la necesidad de hablar con
alguien. No pude deshacer el nudo que sofocaba mis cuerdas
vocales, así que, después de comer, cuando mi madre ya
estaba aporreando las teclas, subí al despacho y le pregunté si
podíamos hablar.
—¿Tiene que ser ahora? —cuestionó, deslizando sus gafas
rojas por el puente de la nariz—. Estaba a punto de terminar de
revisar el capítulo para mandárselo a mis ceros.
—Será solo un minuto.
—Está bien. —Le dio a guardar al documento—. Te
quedan cincuenta y nueve segundos —musitó dando la vuelta
a su silla de ordenador—. Cincuenta y ocho, cincuenta y
siete…
—Me han hecho delegada —comenté con la alegría de una
viuda. Bueno, una que quería mucho a su marido. La alegría
que había coronado a sus ojos castaños, exactos a los de mi
hermano, se desvaneció.
—¿No te ha hecho ilusión? Pero si es lo que has querido
siempre…
—Es que no sé si lo merezco. —Ella abrió los ojos como
una lechuza, igualita que Hedwig, la infatigable compañera de
Harry Potter.
—¿Que no sabes si lo mereces? Cariño, nadie lo merece
más que tú. Eres lista, buena persona, odias las injusticias,
siempre te preocupas por los más débiles. Eres fuerte, de
férreas convicciones y razonas cada uno de los motivos que te
llevan a tomar cada una de tus decisiones, aunque seas un
pelín cabezota. Esos chicos no podrían soñar con una persona
mejor en ese puesto.
—Pero ¡es que no me conocen!
—¡Y, aun así, te han votado! Esas cosas se ven, no
necesitan ser compañeros tuyos de toda la vida para intuir tu
valor y saber que no tienes la inteligencia de un jarrón. Y si lo
que te preocupa es eso, deja que te conozcan, usa la casa, ¡haz
una fiesta! Todavía hace bueno y Silvia dice que la semana
que viene vendrá el veranillo del membrillo, ¡aprovechad la
piscina!
—No sé…
—¡Dios! Porque tu padre te persiguió al nacer, si no, ahora
mismo, juraría que te cambiaron. Ojalá a tu edad hubiera
vivido en una casa como esta y mis padres me hubieran dejado
hacer una fiesta.
—No quiero molestar…
—No vais a molestar. Venga, manda un mensaje a todo el
mundo, que se organicen, y si el tiempo acompaña, que
vengan el sábado que viene… ¡Será genial!
—¿Estás segura?
—Si no lo estuviera, no te lo diría.
—¿Y papá? Sabes cuánto odia tener la casa llena de
adolescentes hormonados.
—Eso déjamelo a mí. —Me guiñó el ojo—. Veintitrés años
dan muchas herramientas para poder convencerlo.
—Te quiero, mamá —estallé abrazándola.
—Y yo también, mi vida.
Capítulo 18
¿A qué estás jugando?
Jared

Mi espalda impactó con fuerza contra el muro.


Los ojos plateados de Selene refulgían con vigor. Mi
cuerpo se elevaba un metro por encima del suelo y sus
colmillos se habían desplegado junto a un gruñido gutural.
—¿Puede saberse a qué narices estás jugando, Jared?
Estábamos en la parte de atrás de nuestra casa, donde nadie
podía vernos a no ser que buscara.
—No sé a qué te refieres —farfullé inmóvil.
Si quisiera, ya me habría desembarazado de ella porque,
aunque Selene era una loba Alfa, y, por tanto, mucho más
fuerte que las demás, yo era el Alfa de nuestra manada.
Triplicaba su fuerza y su tamaño cuando me convertía.
Éramos licántropos, o como vulgarmente se nos conocía en
la mitología y las fábulas populares, hombres y mujeres lobo.
De nosotros se decían muchas cosas; que si lo nuestro era
debido a consecuencia de caracteres genéticos heredados,
heridas producidas por otro licántropo, maldiciones, objetos
mágicos…
Lo cierto es que existíamos desde que el mundo era mundo,
bueno, quizá un pelín más tarde, digamos que surgimos al
mismo tiempo que los humanos, aunque nuestra misión dentro
del plano interdimensional en el que habitábamos no era otra
que custodiar «La raya».
Pese a las creencias populares sobre nosotros, no somos
seres atroces, que nos dedicamos a aullarle a la luna y a matar
humanos. Somos los guardianes del equilibrio, y si somos tan
pocos, es porque nos cuesta mucho encontrar nuestro
compañero o compañera de vida, además de que nos dan caza.
No somos inmortales, como relatan en los cuentos. Puede
que seamos un poco más longevos que la media, pues solemos
llegar a los ciento veinte, ciento cincuenta si me apuras, y esos
son casos muy especiales. Nuestro sistema inmunitario es
distinto, tenemos mayor resistencia a las enfermedades
comunes, aunque cuando enfermamos, es difícil sobrevivir,
pues solo nos atacan las más graves. Yo nunca he estado
resfriado o he tenido un virus estomacal.
Nos ocultamos de los humanos porque jamás han llegado a
comprendernos, y si alguna vez hemos salido a la luz, han
querido matarnos o experimentar con nosotros. Así murieron
los padres de Selene y Moon, a manos de un equipo de
científicos rusos cuando fueron capturados en los Cárpatos.
El señor Loup era el encargado de cuidar a los cachorros
huérfanos. La casa en la que vivíamos estaba destinada a ello.
Todos habíamos perdido a nuestros progenitores de algún
modo, y lo que se intentaba allí era que nos sintiéramos
protegidos y amados.
De cara a la galería, éramos MENA, la palabra que más se
ajustaba a nuestra realidad y nos permitía levantar poco
interés. ¿A quién le interesaba un puñado de menores no
acompañados procedentes de otros países? A pocos, para qué
engañarse.
Selene apretaba con más fuerza mi tráquea, estaba en mitad
de la metamorfosis, lo que le hacía tomar grandes bocanadas
de aire. Yo intentaba mantener la calma, no dejar fluir a mi
lobo interior, esperando que ella lograra relajarse.
—Elle Silva —pronunció. Y mi cuerpo rugió de necesidad
por dentro.
Selene podía captarlo, los lobos éramos muy sensibles a las
necesidades y emociones del resto de compañeros de manada,
sobre todo, los Alfa, que nuestra función era la de cuidar del
resto y liderarlos en la batalla.
—Lo he intentado, Selene.
—¡No basta con intentarlo, hay que hacerlo!
Lo ideal era que un licántropo se uniera a otro de su
especie, no porque fuera imprescindible, podíamos estar con
humanos con facilidad. El motivo era la continuidad de la
raza, que no perdiéramos habilidades al mezclarnos con
humanos y procrear. Nuestras destrezas podrían diluirse y
desaparecer, y eso sería el caos, pues nadie podría custodiar
«La raya».
El señor Loup siempre tuvo la esperanza de que entre
Selene y yo surgiera la chispa, pero no ocurrió. Ni por mi
parte, ni por la suya. Intentamos salir un par de veces, forzarlo,
pero no funcionó.
Los licántropos solo pueden enamorarse una vez en la vida,
nuestra parte loba rige la parte reptiliana de nuestro cerebro, la
de los impulsos y necesidades más primitivas. Por eso somos
fieles por naturaleza y no es fácil encontrar a una única
persona entre millones de ellas.
¿Que cómo sabemos si se trata de tu compañero o
compañera de vida? Fácil, por el aroma y la reacción de
protección que se desata en nosotros, mucho más intensa que
la humana.
Justo lo que me ocurrió el día en que Michelle Silva cruzó
aquella carretera sin mirar.
Un intenso aroma a bayas y frutos rojos me picó en la
nariz.
Al principio, creí que se trataba de alguna chica que se
había pasado con el perfume, no sería la primera vez, sin
embargo, mis manos me exigieron dar gas a la moto y correr
como si la vida me fuera en ello. Y, entonces, la vi. Allí, en
mitad del asfalto, con la cara asustada y aquellos ojos del color
del bosque en primavera, tan abiertos. Ni siquiera tuve opción
a dudar, porque mi lobo interior tomó las riendas.
Noté cómo mi corazón bombeaba mucho más rápido, las
células de mi cuerpo se expandían deseosas de transformarse y
reclamar. La adrenalina se disparaba por el torrente sanguíneo
exigiendo a aquella chica de piel nívea y labios carnosos.
No me importó lo que ocurriera, tampoco mi vehículo, solo
sabía que tenía que salvarla o yo mismo moriría.
Cuando un licántropo pierde a su pareja de vida, su alma se
va con ella. Puede seguir viviendo, incluso procrear, pero
nunca volverá a sentir el amor de pareja.
Me arrojé sobre su cuerpo y, en cuanto la toqué, supe que
estaba perdido. En primer lugar, porque constaté que era ella,
la que había estado esperando, de la que fluía aquel perfume
hipnótico. Y, en segundo, porque era humana y yo un Alfa, no
era lo que se esperaba de mí, sobre todo, cuando quedábamos
tan pocos.
Intenté alejarme, ser hosco y mantenerla apartada para
poner orden en mis ideas y sentimientos. Necesitaba hablar
con mis hermanos y con el señor Loup, tomar distancia. Pero
Elle Silva no me lo ponía fácil. No dejaba de estar en apuros y
yo no podía frenar mi necesidad de salvaguardarla.
Encima, a Nita Ferrer le había dado por ponernos en el
punto de mira de todo el mundo, y eso no ayudaba. Los
licántropos éramos bellos y magnéticos por naturaleza,
intentábamos no ser el centro de atención, aunque nos costaba
la vida. Por eso éramos hoscos y asociales, no porque en
realidad fuéramos así. El objetivo era alejar a los humanos de
su afecto.
Fui un poco idiota con Elle, lo reconozco. Aunque me duró
poco, una simple llamada de teléfono haciéndose pasar por la
secretaria y una solicitud de amistad por Instagram, y ya me
tenía comiendo de la palma de su mano.
Miré a la irritada Selene.
—¿Qué pasa con ella? —respondí con otra pregunta.
—¡No puedes! ¡Es peligroso! ¡Y más en la situación en la
que estamos, donde el mundo se puede ir a la mierda si no
tienes la cabeza sobre los hombros en lugar de en otra parte!
Me desembaracé de su agarre y con un requiebro cambié
las tornas. Aplasté el cuerpo de mi amiga contra el mío, con el
muro como telón de fondo para frenarnos.
—Es ella —aseveré convencido de lo que decía.
—¡No! —aulló contrita—. Tú eres mío.
—Sel, sabes tan bien como yo que ni tú sientes nada por
mí, ni yo por ti, más allá de cariño de manada, ya lo
intentamos.
—¡Lo estábamos trabajando! —se quejó.
—Eso no se trabaja. Surge sin control, como el río
procedente del deshielo, como la lluvia en la tormenta. Ahora
lo sé, porque cuando la tengo cerca, sufro.
—¿Y eso es lo que quieres? ¡¿Más sufrimiento?! Sabes que
no es necesario amar para procrear. A su tiempo podemos
tener una familia, colmar esta casa de cachorros fuertes,
futuros Alfas. ¡Es lo que se espera de nosotros!
Lo que decía era cierto, de hecho, era el plan hasta que Elle
apareció. Daba igual que Selene y yo no estuviéramos
enamorados, podíamos querernos y respetarnos, formar una
familia de convivencia y, el día de mañana, fructificar.
Algunos lo habían hecho así, Bastian fue fruto de un
matrimonio de conveniencia.
—Las cosas cambian, Sel.
—No para mí. —Buscó mi boca para besarla y morderla
con intensidad.
No era la primera vez que lo hacíamos, no en público, por
supuesto. Solo buscábamos que algo se despertara entre
nosotros y poder dar la gran noticia que se esperaba. Que
estábamos juntos. La lengua de la loba buscó la mía.
—Para. —La detuve en seco—. Ya lo intentamos sin éxito.
—Ella me miró con rabia.
—No lo suficiente, tenemos que ponerle más empeño.
—No, esto se ha acabado.
Ella me empujó iracunda y yo reculé varios pasos atrás.
Ambos resoplábamos. Las confrontaciones entre miembros de
la manada no eran plato de buen gusto para nadie.
—¡Te estás equivocando! —bramó con intensidad.
—Es mi vida, son mis decisiones.
—¡Tus decisiones nos afectan a todos! ¡Mira lo que ocurrió
el jueves! Tú haciendo el idiota bajo una mesa mientras a
Moon casi le rebanan el cuello. ¡Podría haber muerto por ella!
La observación me dolió, sobre todo, porque era verdad.
No debería haber bajado la guardia. En cuanto percibí el
origen del primer temblor, debí acudir, como hizo el hermano
de Selene, ella misma o Bastian, formaba parte de nuestras
obligaciones. Y, en lugar de eso, busqué a Elle desesperado,
nada más oír su grito y, lo que es peor, tonteé con ella. Casi la
besé.
Mantener el control era difícil cuando estabas al lado de
quien te complementa.
Mis hermanos salieron pitando. Yo perdí unos preciosos
minutos que casi le costaron la vida a mi amigo.
«Los otros», como llamábamos a los habitantes del otro
lado, habían aprovechado una fisura, una grieta producto del
seísmo, que no era otra cosa que multitud de explosivos
ubicados en «La raya». Si lograban emerger, si lograban
confluir, sería el final.
Selene y yo volvimos a mirarnos.
—No quiero estar a malas contigo —confesé agotado.
Mantenerme lejos de Elle estaba siendo un sacrificio, pues
cuando dabas con tu pareja, lo único que pedía el cuerpo era
estar junto a ella.
—Pues asume tu lugar. Los guardianes del Baptisterio han
fallecido y ahora solo quedamos nosotros para salvaguardar el
mundo que conocemos. No podemos desatender nuestras
obligaciones porque tú creas que has encontrado a tu ta misa.
Aquella palabra procedente del griego se usaba para hacer
referencia a lo conocido como «alma gemela», esa que nos
hacía fuertes y débiles al mismo tiempo. Significaba mitad.
—No lo creo, lo sé —repetí con insistencia. Necesitaba que
a Selene le quedara claro quién era Elle para mí.
—¡Pues olvídala! Lo que se nos viene encima no es para
que tu culo se convierta en el receptáculo de las flechas de un
crío en pañales que, con seguridad, cada día amanece meado.
—Cupido no existe.
—Ni lo que crees que sientes por esa chica tampoco.
Déjala en paz, Jared, y céntrate. Te necesitamos, tanto la
manada como la humanidad.
Capítulo 19
Tienes un moco

Observé el rostro concentrado de mi compañero de mesa.


Incluso con la bata blanca estaba rematadamente guapo.
—¿Qué miras? —me preguntó con una sonrisa ladeada que
comenzaba a aflorar con mayor frecuencia.
—No sé si te estás pasando con las cantidades, si lo haces,
el experimento puede resultar un fracaso absoluto. Más que los
de Marron en El Hormiguero.
—¿Quieres hacerlo tú, listilla?
Jared sacudió la probeta y la pipeta.
—Tengo los dedos más pequeños y puedo ser más precisa
vertiendo el contenido en el vaso de precipitados.
—Muy bien, pues ponte los guantes…
Jared ya los llevaba puestos, además de unas gafas que le
protegían los ojos de posibles salpicaduras.
Cogí los míos y me los coloqué bajo su atenta mirada. Por
dentro parecía que llevaran talco para deslizarse mejor.
—Ya está.
—Muy bien, toma.
Me ofreció los elementos que sostenía entre las manos. Fui
a tomarlos con cuidado, aunque no pude evitar que la
superficie enguantada de mis dedos acariciara la suya. Me
contraje por dentro.
—Pe… Perdona.
—No pasa nada —murmuró con suavidad.
Desde ayer, su imagen y sus palabras no habían dejado de
revolotear en mi mente. Y más cuando recibí un mensaje de
Instagram donde me decía que ya tenía las entradas, que
mañana me las llevaría a clase y que me dejaba su número de
móvil por si necesitaba comentarle lo que fuera por
WhatsApp.
¡Tenía su móvil!
Grité, pataleé, reí. Todo contra el cojín, por supuesto, que
no quería alertar a nadie sobre mi estado emocional en plena
ebullición. Me costó dormirme y lo hice escuchando uno de
los últimos temas de El Último Aullido, Luna sin ti.
Y a la noche pediré tu broche
prendido en labios sin carmín.
Sueños vagos de unos dedos
en busca del enredo de mi pelo.
Noches de luna sin ti.
Risas que no llegan,
asientos huérfanos de tu calor,
abrazos que rodean mi cuerpo
y que me hacen extrañar tu olor.
Noches de luna sin ti.
Promesas de un amor eterno
que no llega y me causa temor
condenado a una vida sin conocernos
sin refugio en tu calor.
Noches de luna sin ti.
¿Era un canto de Jared al amor? Lo parecía, me daba la
sensación de que buscaba a alguien, puede que fuera a mí.
Sonreí como una boba ante la idea. Daba igual que no fuera
cierto porque me había ilusionado con ello. ¿Me estaría
pillando demasiado?
Igual sería mejor que frenara un poco, pero… ¿cómo se
hacía eso? Era demasiado novata en los asuntos del corazón.
Le mandé un mensaje a mi mejor amiga de Barcelona,
Érica. Ella salía con un chico desde principios de verano, a lo
mejor podía darme algún consejo para no parecer tan tonta.
Érica me contestó de inmediato, se alegró muchísimo de
que por fin me gustara alguien, me dijo que ya era hora y que
estaba perdiendo la esperanza, además de asegurarme que no
le hubiera extrañado mi llamada para comentarle que había
decidido ofrecerle mi vida a Dios.
—¡Si soy atea, o agnóstica, o como se llame! Solo creo en
lo que puedo ver, mi mente es científica.
—Pues yo de ti empezaría a caminar por el sendero de la
fe. Lo que me estás contando es un milagro. —Me eché a reír
como una loca.
Su único consejo fue que fluyera, que me dejara llevar, que
si él estaba tan interesado como parecía por mi relato, que
surgiría solo.
Podría ser que le hubiera dado a Érica una versión
adulterada de la realidad. Quizá Jared no lo estuviera viviendo
del mismo modo y yo me había montado un serial que ni la
peli de Netflix del otro día.
Ahora no me sale el título, pero… estaba contada por cada
uno de los protas desde pequeños. Iba de dos críos que son
vecinos. Él se muda a la casa de enfrente, y donde la niña veía
corazones, él pensaba en una psicópata que se obsesionaba con
él. Menos mal que al final las cosas se ponían en su lugar y
salían bien. Los niños crecían, se hacían adolescentes y
empezaban los problemas de instituto. A mí me daban ganas
de entrar en la pantalla para decirle a ella que si no se daba
cuenta de que él era un idiota. Y a él, que estaba haciendo el
canelo, que ella era dulce y encantadora, no como la estaba
pintando.
En fin, qué difícil es esto de enamorarse.
Y ahora tenía a Jared ahí, compartiendo mesa y sonrisas
conmigo, y no sabía cómo comportarme o reaccionar.
Puede que si hubiera practicado un poco, como mis amigas
me sugirieron en Barcelona, cuando Eloy Moreno me pidió
salir, otro gallo me hubiera cantado.
Ahora estaba más verde que un pepinillo y no sabía
interpretar las señales, aunque las tuviera delante. ¿Y si me
equivocaba como la niña de la peli?
—¿Cuántas gotas le has echado? —le pregunté a Jared.
—Tú eras la que tenía que llevar la cuenta… ¿En qué
pensabas mientras no me sacabas los ojos de encima? —«En
cómo sería besarte». «En si sabría hacerlo». ¡Pillada! No podía
decirle eso.
Me puse nerviosa, tanto que tiré de recursos propios, de
esos que se usan con tu hermano pequeño cuando te dice que
te has quedado empanada y que ni siquiera sabes qué acabas
de decir hasta que lo sueltas.
—Tenías un moco.
A Jared se le cortó la sonrisa de golpe. Alzó el brazo en
busca del intruso dándome un codazo. Yo apreté la pipeta
sobre el otro recipiente que tenía puesto debajo, sin calcular
que lo vertía todo. Aquello empezó a soltar tanto humo que
eché lo que sostenía al vaso de precipitados, provocando una
densa nube de vapor tóxico que nos hizo salir a todos
corriendo medio ahogados.
Una vez en el pasillo, a salvo, nuestro tutor vino como un
toro hacia nosotros.
—¡Usted y usted! —nos señaló el profesor Nuñez—. Al
aula de castigo, los dos tienen un parte.
—¡¿Un parte?! —exclamé con los ojos llorosos—. ¡No!
¡Lo siento! ¡Ha sido un accidente! Por favor, ¡nunca he tenido
un parte! ¡Mis padres van a matarme!
—¡Pues haberlo pensado mejor antes de volcar todo el
contenido de la pipeta! Ya les expliqué que si no se hacía con
las medidas correctas, era muy tóxico. Puede que sus padres la
maten, pero usted, señorita Silva, casi acaba con todos
nosotros.
Miré hacia el suelo compungida.
—No ha sido culpa suya, yo le he dado un codazo. Ha sido
un accidente, si tiene que castigar a alguien, que sea a mí.
Ay Dios, ¿se podía ser más mono? Yo engañándole con lo
del moco y él protegiéndome. Si es que era una inepta del
amor.
—Claro, como la Covid, un accidente de laboratorio y
pandemia que te crio. Tienen que aprender que los actos tienen
consecuencias. Silva y Loup, al aula de castigo.
Capítulo 20
Sala de castigos

En la vida, en la vida, me habían castigado o había


recibido un parte, y no sabía cómo afrontar la situación. Tenía
muchísimas ganas de llorar, ni siquiera sabía cómo logré
controlarme. Bueno, sí lo sabía, era por Jared.
Me daba vergüenza ponerme a desaguar delante de él.
Porque yo no lloraba, yo me transformaba en catarata cuando
algo me afectaba.
Fuimos derechitos al aula de castigo, en silencio, sin saber
muy bien qué decir hasta que llegamos a la puerta, nos
miramos y ambos dijimos al mismo tiempo «lo siento».
Le arreé un pellizco.
—Di tres marcas de leche —exigí de sopetón. Él me miró
desubicado y mi cara tomo el color del extintor que teníamos
en el pasillo de delante.
—Pero ¿qué…? —Entonces, me di cuenta de que había
actuado como con el moco, por puro reflejo.
—Lo siento, ay, lo siento. —Froté la parte de su piel
enrojecida—. En Barcelona, cuando alguien dice lo mismo a la
vez, se le da un pellizco y se hace esa pregunta, el otro tiene
que responder las tres marcas sin fallar y… —Sus párpados se
abrían cada vez más. Debía parecerle una mema—. ¡Ay,
perdona, perdona! En serio, es que no sé qué me pasa contigo,
me comporto como si fueras mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Sí, ya sabes, me refiero a alguien de la familia… Como
antes, con lo del moco… —Él volvió a llevarse la mano a la
nariz.
—Quien debería disculparse soy yo, no sabía que tenía…
—¡No lo tenías! —exclamé abochornada.
—Ah, ¡¿no?!
—No. Es lo que suelo decirle a Carlos cuando me pregunta
por qué estoy empanada.
—Carlos, ¿tu chico?
—¡No, mi hermano pequeño! —¿Lo que vi en su cara era
alivio? Ya dudaba—. Debes pensar que soy una ridícula y
ahora, por mi culpa, estamos aquí, y tú has recibido un castigo
y un parte y…
—Shhh —me silenció, subiendo la mano derecha hasta mi
mejilla para acariciarla. Me callé de inmediato—. No es tan
grave, de hecho, me parece incluso divertido. —¿Me estaba
tomando el pelo? ¿Divertido?—. ¿Sabes que eres la primera
que me gasta una broma en clase?
Sonreí. El oír aquella confesión me hizo sentir especial.
—¿En serio?
—Yo nunca miento. Las demás no se atreven, las asusto
demasiado.
—¿Que las asustas? —Me dieron ganas de reír. Si él
supiera… A las chicas les daba de todo menos miedo.
—Por eso me gusta estar contigo, siempre dices lo que
piensas, sin importarte cómo pueda tomármelo. Tú no me
temes.
—No tienes ni idea… —mascullé, pensando en todo lo que
callaba y no me atrevía a decirle.
—¿De qué?
—De todo lo que pienso.
Su mano había bajado de la cara al brazo, me tenía tomada
por el dedo meñique y, como siempre me ocurría cuando me
sujetaba, no quería que deshiciera el contacto, por pequeño
que fuera.
El azul de sus ojos destelló en los míos y volví a tener esa
sensación, la de que estaba a un tris de besarme, cuando la
puerta en la que me había apoyado, se abrió.
Casi me caigo de bruces. Por fortuna, Jared lo impidió
tirando de aquel pequeño punto de anclaje para así envolverme
en su cuerpo. Su brazo izquierdo me rodeaba los hombros.
¡Menudo calor!
—Pasen, ¿o piensan quedarse todo el día en la puerta?
Ni siquiera me molesté en fijarme en que la puerta tenía
una fina hendidura de cristal por la que se podían ver nuestras
siluetas.
—Sí, di… disculpe —musité, ardiendo por dentro.
Seguro que mi cara tenía el color de una sandía recién
abierta.
—Siéntense. Ahí y ahí —señaló dos pupitres algo
separados.
No estábamos solos en la clase, había otro chico con
aspecto de asesino en serie. Era verlo y pensar que en
cualquier momento podía sacar una recortada y volarnos la
cabeza a todos. Suerte que no vivíamos en Estados Unidos.
Era moreno, tan alto y ancho que parecía desbordarse del
pupitre. Miraba con odio a la profesora, quien tenía toda la
pinta de sustituta, no la había visto antes, también observaba
mal a Jared.
Cuando paseó sus ojos por mi cuerpo, me sentí desnuda,
sobre todo, por su manera lasciva de sonreír.
Escuché un gruñido… ¿O eran mis tripas? Ya dudaba, era
la última clase antes de regresar a casa para comer.
Jared me tenía más apretada que antes y noté su boca
pulsar mi cabeza. ¿Eso había sido un beso? Iba a infartar.
—Hagan el favor y siéntense —insistió la profesora.
Él se separó de mí instalando el vacío en mi piel. No se
alejó sin murmurar en mi dirección un «tranquila, yo te
protejo» que me inundó por dentro. ¿De verdad necesitaba que
me protegiera? Hasta hace unas semanas habría alzado un
puño y dicho que solo me necesitaba a mí misma, pero
después de los altercados de los últimos días, empezaba a creer
que tal vez sí que precisara de alguien. No como una mujer
desvalida, sino como un punto de apoyo en el que tomar aire
para seguir adelante.
No sabía cómo sentirme, era todo tan exagerado, tan
colosal, que ahora comprendía esos musicales en los que, de
repente, la chica se ponía a cantar y a bailar en mitad de un
diálogo.
¡Yo tenía ganas de hacerlo todo el día! ¡Quería convertir mi
vida en un musical! Y eso que entre nosotros todavía no había
pasado nada memorable.
Ocupé mi asiento en silencio, justo delante del matón de
discoteca. No me gustaba prejuzgar, ni que lo hicieran
conmigo, pero ese chico daba auténtico miedito.
Fue sentarme y oír el crujido de su pupitre, seguido de un
«hola, nena, estás muy buena» que me dio una arcada.
—¡Silencio, están castigados, no de ligoteo en mitad de un
botellón de barrio! —La profesora se hizo escuchar por
encima de nuestras cabezas.
Miré de refilón a Jared, quien tenía una expresión
indescifrable, dura, fría como el acero y sus ojos estaban
puestos en el chico de atrás.
Intenté tranquilizarme, nunca había estado en una pelea y
me daba la impresión de que podría desatarse una, odiaba la
violencia en cualquiera de sus formas, y más si se llegaba a los
puños.
El tipo matón se reclinó en la silla y la profesora tomó el
móvil que había sobre su mesa y se puso a deslizar el dedo.
Por la cara que ponía, seguro que estaba en alguna app para
echarse novio o contestando un wasap. No dejaba de sonreír,
sonrojarse y teclear.
Crucé las piernas hacia atrás, en el hueco que me ofrecía la
silla, y noté algo en la pantorrilla. Al principio creí que se
trataba de la pata, hasta que me di cuenta de que no, algo subía
y bajaba por ella. Miré hacia abajo y vi que se trataba de una
zapatilla sucia, perteneciente a mi vecino de atrás.
Ahogué un gritito y de inmediato pasé las piernas hacia
delante. No quería líos.
—Vamos, nena, no seas tímida, he visto cómo me mirabas
antes. Con ese pamplinas que va de tío duro no tienes ni para
empezar…
Su voz llegó hasta mí, del mismo modo que a Jared. Este se
incorporó de golpe y, antes de que el tipo pudiera decir «esta
boca es mía», ya lo tenía frente a su pupitre.
—Pero ¡¿qué pasa aquí?! —exclamó la profesora.
—Este, que no sabe tener los pies alejados, ni la boca
cerrada —escupió Jared.
—Haga el favor de sentarse, señor Loup. Señor Anglada,
ocupe el asiento de la última fila. No quiero ni un solo
altercado más o les meto un segundo parte a ambos y los
mando a casa una semana.
Yo me di la vuelta y cubrí la mano de mi protector con la
mía.
—Jared, por favor… —mascullé. Él buscó mi rostro
preocupado. Lo vi dudar antes de apretar la mirada contra
aquel tipo, si fuera un gatillo, la bala le habría impactado entre
ceja y ceja. Anglada parecía no tener escrúpulos, respeto, ni
nada que perder—. Por favor… —me reiteré.
Jared emitió un sonido grave y le dedicó una última
advertencia a Anglada.
—No vuelvas a rozarla.
Regresó a su sitio a la par que el otro lo ojeaba con
petulancia.
—Anglada, le he dicho que se ponga al fondo —insistió la
profesora de guardia. No era alguien fijo, sino que quien
estuviera en ese momento se encargaba de la sala de castigos.
Un chirrido de silla arrastrada me hizo apretar los dientes.
Anglada se movió con pasos pesados hasta ocupar el lugar
indicado y que la profesora pudiera regresar a sus quehaceres.
Permanecimos en silencio, quince minutos, aguantando la
amalgama de expresiones enamoradizas de la mujer, que no
debía tener más de treinta años. De repente, alzó la vista y nos
dijo en tono de advertencia.
—No se muevan, tengo que hacer una llamada urgente. No
tardaré más de cinco minutos, les quiero en el mismo sitio en
el que los he dejado. ¿Entendido?
Los tres asentimos y ella salió con el terminal en la mano.
No pasaron ni dos segundos que Anglada volvió al ataque,
poniéndose en pie para venir a buscarme.
—¿Por dónde íbamos?
Ni siquiera sentí que me rozara. Jared pasó como una
exhalación y aquella mole de dos por dos quedó empotrada
contra la pizarra digital. Pero no de un modo corriente. Jared
lo tenía sujeto del cuello con una mano y aquel tiarrón, con
pinta de levantador de piedras, no tocaba el suelo. Pero
¿cómo…?
—Suéltame, tío —boqueó, dando manotazos.
—Ni soy tu tío, ni tu primo, ni ningún familiar tuyo. Ya te
he dicho que no la molestaras y no me has hecho ni puñetero
caso.
A Anglada le estaba costando respirar, su tono de piel
comenzaba a cambiar mientras que Jared parecía no inmutarse.
Lo que veía era físicamente imposible, por muy alto, fuerte
y atlético que fuera Jared, ese tío era casi el doble.
—¡Bájame!
—Antes pídele disculpas a la señorita. —Anglada buscó mi
rostro suplicante. Nada quedaba del gallito de corral que había
intentado picotear mis piernas—. ¡Pídeselas! —exigió.
—Lo… Lo siento. —Me levanté de la silla porque no daba
crédito, necesitaba acercarme para cerciorarme de que no se
trataba de un sueño—. ¡Lo… Lo siento! —exclamó, lanzando
un gritito agudo con un exabrupto final.
Puse mis manos en el brazo tensionado que lo sostenía. Al
chico le quedaba poco para desmayarse, y Jared estaba igual
que al principio, ni siquiera sudaba. Debería, al menos, estar
temblándole el brazo por el sobreesfuerzo.
—Por favor, suéltalo —le supliqué—. Creo que ya ha
pillado el mensaje.
—¿Estás segura?
—Sí, por favor.
Del mismo modo en que lo había alzado, lo dejó ir.
El cuerpo cayó a plomo en el suelo. Anglada se llevó las
manos al cuello y se puso a toser como un loco. La maneta de
la puerta giró y Jared me hizo una señal para que corriera a mi
asiento. Lo hice. Él, con un movimiento rápido e
imperceptible, le metió algo en la boca a Anglada y se puso
tras él.
—Pero ¿qué demonios? —preguntó la señorita, abriendo la
puerta perpleja.
Jared comenzó a apretar con fuerza el esternón del chico y
gritó.
—¡Escupe! ¡Vamos, escupe! —Lo que le había metido en
la boca salió disparado. Reconocí el tapón de un boli Bic, de
los de toda la vida, en cuanto lo vi—. Maniobra de Heimlich,
señorita, Anglada, se estaba ahogando.
Casi me eché a reír al ver la cara de estupefacción de la
profe. Tuve la necesidad de colaborar.
—Menos mal que Jared sabía hacerla, casi lo perdemos —
sobreactué. La mujer no sabía dónde meterse, sobre todo,
porque, de ser cierto, habría sido responsabilidad suya. El
timbre sonó y con ello el fin de nuestro día en el instituto.
—Silva, Loup, pueden marcharse. Usted —le dijo a
Anglada—, venga conmigo a la enfermería. Muchas gracias,
señor Loup. Anglada, dele las gracias.
—Gr… Gracias —murmuró ronco, mirando con temor a
Jared. Este asintió y los dos salimos aguantándonos la risa del
aula de castigo.
Capítulo 21
Osteocalcina

Me hubiera gustado preguntarle a Jared cómo había


sujetado a ese tipo de aquel modo, y lo habría hecho de no ser
porque cuando salimos de la sala, Selene y Bastian lo estaban
esperando. La rubia me miraba con tanto recelo que hundí los
ojos en el suelo con miedo de que pudiera soltarme una de sus
frescas.
Jared se despidió con un «hasta mañana» que no me dio
mucha opción a más.
Bueno, así podría preguntárselo a mi padre y no lanzar
falsas acusaciones.
Tenía que pensar cómo lo hacía porque lo de «oye, papá,
¿un chico de clase podría levantar del cuello a un tío que le
dobla el peso con el brazo estirado y sin que le tiemble el
pulso?» lo tenía descartado.
Ya buscaría la manera de que mi padre no me acompañara
al instituto con cara de Jack el Destripador. Además, estaba el
tema de mi parte, no quería morir tan joven…
De camino, ensayé miles de pucheros al mejor estilo gato
de Shrek, no iba a mentirles, no tenía por qué hacerlo.
Esperaba que la verdad, junto a mi cara de desconsuelo, fuera
suficiente para que se apiadaran de mí.
Las malas noticias suelen correr como la pólvora y, en este
caso, no iba a ser distinto. La notificación de mi falta había
llegado vía IPASEN, directa a la app de mi madre. No
obstante, al no haber tenido un maldito punto negativo en toda
mi vida, mis padres creyeron mi versión de los hechos,
sumada a alguna lagrimilla acumulada que hizo mi malestar
más veraz.
La verdad es que me afectaba, eso no era incierto, a nadie
le gusta que le pongan partes, pero el motivo de mi
desconsuelo era que no quería que me castigaran sin ir al
concierto. Nunca había ido a uno y no sabía cómo lo
encajarían mis progenitores.
Mejor dosificar las noticias, hoy ya les había dado esta, la
otra la guardaría para el día siguiente.
Después de comer, mi padre se acomodó en el sofá junto a
mi hermano para ver la serie de Cobra Kai. Me vino que ni
pintado, aproveché una de las escenas para resolver mi duda.
—Oye, papá, ya sé que estas cosas son falsas, pero… ¿ese
chico podría levantar a ese otro contra la pared, agarrándolo
del cuello y con un solo brazo?
—¡Pues claro, Miguel es el mejor! —exclamó mi hermano.
—Aunque sea el mejor, de la manera que dice tu hermana,
es prácticamente imposible. El sujeto que elevara al otro
tendría que estar muy acostumbrado a levantar peso y, aun así,
necesitaría las dos manos y un agarre excelente para que la
persona a quien aguanta no sufra lesiones. El cuello es un
punto muy frágil.
—Lo suponía —respondí—. Gracias, papá.
—De nada, hija.
Si Jared necesitaba casi tener superpoderes para poder
levantar a otro y quedarse tan ancho, entonces, ¿cómo era
posible que lo hubiera hecho?
Necesitaba aclarar las cosas con él, yo era de esas que en
cuanto tenía un runrún en la cabeza no podía dejar de pensar
en ello.
Opté por mandarle un wasap conciliador, ahora que ya
tenía su número. Empezaría por preocuparme por él e
intentaría sacar el tema…

Hola, ¿te han dicho algo de lo del parte?


16:00
No respondió. Me quedé con la vista fija unos minutos y
desistí. No lo hizo hasta una hora después.
Aproveché los sesenta minutos para hacer deberes,
mientras iba vigilando por si obtenía respuesta, y a mi móvil
le daba por no sonar.
Hola, perdona, estaba en el entrenamiento
y no suelo llevarme el tel.
17:02

Tranquilo no pasa nada


17:02

Me han echado la bulla normal, q si tnga más cuidado,


lo típico, blablablá. Ya sbes. Nuestro padre
adoptivo es bastante comprensivo
Y a ti?
17:03
Como es el primero y han visto mi malestar
no me han echado mucha cuenta
17:04

Mejor
17:04

También te escribo porque quería disculparme,


parece que solo te meto en líos
17:05

No te preocupes, los accidentes ocurren☺


17:05

Sí, pero desde que he empezado


el instituto no paran de pasarme
17:06

Estarás en racha, je, je, je


17:06
Pues ya podría ser de buena suerte ☹
17:07

Todo termina pasando.


17:07

Gracias también por lo de Anglada…


Fue increíble, ¿cómo pudiste levantarlo así?
17:08

Silencio. Dudó antes de seguir escribiendo.


Hago pesas, trabajo mucho la fuerza y la potencia
17:08

Aun así… Es prácticamente


imposible q alguien pueda hacer lo q hiciste
17:09

Supongo que tiene que ver


con la osteocalcina.
17:09

¿Te dopas?
17:10

Sabía que había deportistas que tomaban determinadas


sustancias que incrementaban el rendimiento muscular.
¡No! La osteocalcina ayuda a provocar
la respuesta al estrés agudo, funciona
en los primeros minutos después de q se detecta el peligro,
además de la adrenalina, por supuesto.
17:11
Ya… ¿Y eso te convirtió
en superhombre?
17:11
Tampoco fue para tanto
17:12
Sí lo fue y no te creo
17:12
Pues si tú tienes otra explicación…
17:13
No la tenía, si no, se la hubiera dado.
Tengo que dejarte, todavía no he hecho
los deberes y hoy me toca ensayo
17:14
Te has enfadado?
17:14
Lo malo del WhatsApp era que no sabías el tono de las
respuestas.
Deberían inventar algo para eso, no sé… Amarillo, ironía;
rojo, enfado; rosa, amoroso, o algo por el estilo.

No. Solo es que tengo cosas q hacer


nos vemos mañana, Elle.
No te metas en problemas en mi ausencia
17:15
A no ser que mi intuición fallara no parecía mosqueado.
Respiré aliviada.
Lo intentaré. Hasta mañana
17:15

Dejé el teléfono sobre mi mesa de estudio, nada


convencida, tecleé el término osteocalcina y leí sobre los
estudios que había, por si podían revelarme aquello que seguía
oliéndome mal. Eso sí, con el tema de El Último Aullido
sonando de fondo.
Me había propuesto aprenderme sus letras para no ir de
pringada al concierto, quería disfrutarlo al máximo y eso
pasaba por poder desafinar cada canción con mi voz aguda y
bailarla como una loca.
Me rendí con lo del tema de la fuerza sobrehumana de
Jared, si él decía que era por eso, tampoco tenía por qué dudar.
Aunque permanecería atenta, mi olfato desconfiado me decía
que algo se me escapaba.
¿Y si se trataba de las drogas que el señor Loup
comercializaba? ¿Y si habían dado con un potenciador de la
fuerza y los reflejos?
Era otra opción, no todas las drogas servían para lo mismo.
Puede que tuviera la solución más cerca de lo que a simple
vista se veía. Seguiría indagando.
Capítulo 22
El concierto

Llegó el viernes y, por fortuna, el resto de la semana había


sido bastante tranquila.
Fui a hablar con mi tutor para arreglar el desaguisado del
incidente del laboratorio. No quería que aquello pudiera influir
en mi nota final del trimestre. Lo debí coger de buenas porque
lo único que me dijo fue que había aprendido uno de los
principios básicos de la química, que cualquier alteración de la
fórmula, por pequeña que fuera, daba un resultado distinto al
esperado.
Lo mismo ocurría con la repostería, aún recuerdo uno de
los pasteles de mi cumple derrumbándose por un bizcocho
demasiado esponjoso cubierto de un fondant excesivamente
pesado. Resultado: Un unicornio de rostro escurrido. Es lo que
ocurre cuando no se sigue la receta al pie de la letra.
En las noticias habían dicho que la semana que viene
regresaba el calor a Granada, o, como apuntaba la sabiduría
popular, el archiconocido veranillo del membrillo.
Acepté la sugerencia de mi madre de anunciar a bombo y
platillo que el siguiente sábado, tendríamos fiesta en la piscina
de casa. Hice la invitación extensiva a todos mis compañeros
de clase, sus novios, novias o novies y, si venían al insti, sus
hermanos.
Todo el mundo quería venir a «la fiesta de despedida del
verano», como la habían bautizado mis compañeros de clase.
No podía salir mal, me la tenía que currar o se pasarían el resto
del año hablando del fiasco que había supuesto.
Mis vecinas también estaban invitadas, daba igual que no
estuvieran en mi clase, ellas tenían pase VIP y, por supuesto,
Moon, el hermano universitario de Jared. Le dije a mi amigo-
salvador que le hiciera extensiva la invitación. Si no, Claudia
no me lo perdonaría y yo quería verla feliz.
El fin de semana quedé con mis amigas para que me
ayudaran con la organización de la poolparty. El sábado
iríamos al Nevada, el centro comercial, en busca de
decoraciones para dejar preciosa la zona de la piscina.
Mi madre pidió unos troncos inflables por internet con los
que se podían hacer batallas en el agua y también pondríamos
música. La fiesta comenzaría por la tarde y terminaría a las
once, como la Cenicienta canaria, así podríamos aprovechar
las luces cambiantes de la piscina, que eran muy chulas.
Me miré en el espejo joyero. Era el lugar en el que solía
comprobar mi aspecto. Se trataba de un mueble alargado de
aproximadamente un metro. Tenía un doble fondo que
permitía guardar joyas en el interior. En mi caso, una
colección de pendientes que llevaba tiempo coleccionando. Si
quería, podía pasarme tres meses sin repetir par.
Volví a mirarme.
—Al final te desgastas —susurró Abril, apartando la vista
del móvil. Estaba estirada en mi cama con uno de los cojines
entre las piernas. Había venido media hora antes para
ayudarme con la elección de la ropa.
—Es que no sé…
—¡Si te sienta genial! Mis pantalones te dan mucho rollazo
y ese top es chulísimo, Jared no va a poder apartar los ojos de
ti.
Llevaba unos leggins de un tejido elástico que imitaba a la
piel, con una tira de pequeños diamantitos que descendían
desde la cadera hasta el tobillo. Una parte quedaba oculta bajo
la caña de las botas.
El top que había elegido era del mismo color, se sujetaba
en el cuello y tenía unas tiras que se entrecruzaban por encima
de mi abdomen y se anudaban a la espalda.
Me dejé el pelo suelto y Abril insistió en que me pusiera un
poco de rímel incoloro y gloss en los labios. El toque final lo
daba la cazadora de cuero negro que se amoldaba
perfectamente a mi torso y era un préstamo de mi madre.
—¿En serio? ¿No parezco una cucaracha? Me da la
impresión de que en cualquier momento va a salir un tío con
un spray gigantesco y ganas de exterminarme. —Abril se echó
a reír.
—Dudo que alguien quisiera acabar contigo de ese modo.
Lo que me pareces es una chica preciosa que va de concierto.
—Ella se puso en pie, agarró mi frasco de colonia y lo
espolvoreó encima de mi cabeza para que cayera sobre mí
como una nube—. Ahora, sí, lista.
Lo estuviera o no, ya no había más tiempo. El concierto era
en Granada, por lo que teníamos que coger el bus para ir hasta
allí. Mi padre fue el que puso más pegas, y gracias a los padres
de mis amigas, que se apiadaron de mí y ejercieron de
intermediarios, ahora me estaba arreglando. Sobre todo, Jesús,
quien le garantizó a mi padre que una patrulla estaría
pululando por los alrededores, y que si ocurría algo, que no iba
a suceder, sería el primero en saberlo.
Quedamos en el quiosco que había frente a mi casa y
fuimos directas a la parada. Una vez subidas en él, nos
sentamos en la parte de atrás y fuimos tarareando los temas
que nos sabíamos. Al llegar a destino, incluso me pareció que
estaba sobradamente preparada.
Solo tuvimos que caminar tres calles hasta aquel barecito,
especializado en dar a conocer nuevas estrellas emergentes en
el mundo de la música, ubicado en la zona universitaria.
Nos pusimos en la cola, el corazón me iba a mil por hora.
No solo por ver a Jared, sino porque era la primera vez que
hacía algo así. Sonreí para mis adentros.
Había mucha gente joven, muchísima, la mayoría
estudiantes. Carla, Elena y Andrea no paraban de reír,
alentadas por un grupo de chicos que nos sacarían unos tres
años y que no dejaban de lanzarles miraditas descaradas.
Yo no estaba para coqueteos, solo me interesaba una
persona y no estaba allí fuera.
Los porteros, con gesto adusto, se encargaban de que nadie
accediera sin la correspondiente entrada. Una vez se la
ofrecías y comprobaban que pasabas de los catorce, te
estampaban un sello en la mano por si tenías que entrar y salir
del local.
Lo curioso era que, por mucho que te esforzaras, no veías
qué te estampaban.
Cuando fue mi turno, le devolví una mirada extraña al
portero.
—Entre tú y yo. ¿Se trata de algún tipo de tinta invisible
solo apta para ojos de portero? —Él sonrió displicente y, sin
responder con palabras, sacó un puntero láser de luz
ultravioleta. Lo pasó por el lugar donde había aplicado el sello,
et voilà, emergió el símbolo del lobo que llevaban los Loup en
la chaqueta—. ¡Hala, qué chulo! —exclamé sorprendida. Era
tinta que reaccionaba a la luz.
—Ahora ya sabes nuestro secreto, no te chives o tendría
que ir a por ti y rebanarte el cuello —bromeó.
—Jamás se me ocurriría. —Besé mi índice y el dedo
corazón y se los mostré, al más puro estilo Juegos del Hambre.
—Anda, Katniss, pasa, te estábamos esperando. —Ese era
el nombre de la prota de la peli. A mí me entró la risita floja
—. Con la entrada, os incluye una consumición sin alcohol en
la barra, hacen unos cócteles muy ricos, por si tú y tus amigas
os animáis.
—Tomo nota, gracias. —Emulé el silbido del Sinsajo y el
portero se echó a reír.
Era bueno tener amigos en todas partes…
Una vez dentro, paseé la vista por la pintura oscura, en
algunos lugares un pelín desconchada, aunque se disimulaba
con la gran maraña de cuerpos deseosos de concierto. Las
luces rebotaban dando paso a una pista de baile, un escenario
cargado de instrumentos y una barra larga con dos camareras
vestidas de cuero, además de un camarero bastante guapo, en
plan «estoy bueno y lo sabes».
Al fondo, una larga cola apuntaba que allí se encontraban
los servicios, junto a la cabina del DJ que amenizaba a los
impacientes.
Unas mesas altas rodeadas de taburetes se distribuían
alrededor del local, para los que no les iba eso de bailotear.
La gran mayoría preferían estar de pie y muchos ya cogían
sitio frente al escenario.
Un numeroso grupo de chicas, que vestían la misma
camiseta estampada con el emblema de El Último Aullido, ya
estaban incrustadas en el mismo filo.
—Deberíamos ir posicionándonos —apuntó Andrea—.
Igual si nos metemos por ahí, conseguimos llegar delante de
todo.
—¿Tú has visto la cara de esas chicas? Son como un
campo de minas, o de lobas hambrientas —observé—. Si lo
intentamos, seguro que perdemos un brazo.
Elena emitió una risita silenciosa.
—Estoy de acuerdo. No quiero que mi mano acabe siendo
un muñón, una tiene los dientes más afilados que mis uñas.
—Además, tampoco es necesario que nos caiga el sudor del
grupo en los ojos —proseguí, logrando que las chicas pusieran
cara de «pues no»—. Si nos ponemos ahí, ya estará bien.
Quería que Jared me viera, pero, a ser posible, que lo
hiciera conservando todas mis extremidades.
—Guardadnos sitio, Andrea, Elena y yo iremos a buscar las
bebidas. ¿Qué queréis? —cuestionó Carla, que miraba de reojo
al grupo de chicos con el que no dejaban de lanzarse miraditas
en la fila de la entrada.
Claudia y yo optamos por una piña colada sin alcohol y
Abril, por un San Francisco con extra de granadina. Las demás
no tenían idea de lo que iban a pedir, si no fueran a buscar una
bebida, juraría que iban en busca de una cita. Me reí yo sola
ante la ocurrencia.
—Este sitio es muy chulo —observó Claudia, quien cada
vez tartamudeaba menos en presencia de las demás. Se notaba
que había encajado bien en el grupo.
—Sí, es genial.
Nos desplazamos con cuidado de no despertar la alarma
entre las grupies que no dejaban de cotorrear sobre los chicos
de la banda.
—Os lo juro que los vi —dijo una morena, que llevaba
tanto rímel en los ojos que parecía un inmenso grumo.
—¡Es imposible! ¡Si son hermanos! —le respondió una
rubia de pelo oxigenado.
—No son hermanos de verdad, boba. Los únicos con lazos
de sangre son Selene y Moon, los mellizos albinos. El resto
son adoptados —aclaró la morena.
—Entonces, ¿Jared y Selene están liados?
Mis ojos se abrieron como platos. Los de Abril y Claudia
también. La rubia lo preguntaba atemorizada y yo sentí miedo
por la respuesta.
—No sería nada extraño, los dos son guapísimos y viven en
la misma casa. —Quien hablaba era una chica de pelo rizado
con cara de soñadora.
—A ti no te importa porque te gusta Bastian, pero yo he
ido a por Jared desde el principio —se quejó la rubia,
cruzándose de brazos.
—El problema es que, por mucho que te tiñas el pelo, tú
nunca serás Selene —se carcajeó la del rímel—. Y sí, están
muy liados, yo misma los vi comiéndose la boca entre
bambalinas en el último concierto. No lo dicen para no perder
fans, puro marketing.
Abril y Claudia seguían sin apartar la vista de mi cara, que
tenía que ser un poema. Me empezaba a temblar el labio. No
sabía si quedarme o salir corriendo.
¡Qué ingenua! ¡Qué idiota! Con razón Selene me miraba
mal, ¡era su chica! ¡O su rollo! ¡O lo que fuese!
—Elle, ¿estás bien? —Era Claudia quien me cogía la mano
con prudencia.
—S… Sí, ¿por… por qué no debería estarlo? —respondí
con tono fingido. Odiaba ser tan transparente; cuando no me
sentía bien, se me notaba demasiado. Abril y Claudia ponían
cara de lástima, no me gustaba nada que me tuvieran pena.
¿Qué esperaba? Jared no me había dicho en ningún
momento que le gustara, todo era culpa de Nita Ferrer, las
falsas expectativas que había implantado en mi cerebro, a
través de su blog de pacotilla.
Intenté disimular, hacer ver que lo que había escuchado no
me afectaba, aunque no fuera cierto. Jared me gustaba
demasiado como para no sentirme emocionalmente
destrozada.
Carla, Elena y Andrea volvieron con las bebidas, cortesía
de los chicos de la fila, quienes habían pagado la ronda y nos
habían dejado nuestra consumición gratuita intacta. Hacía un
calor sofocante, y sentía que me iba a caer redonda en un
instante. Me ofrecí a llevar las chaquetas al guardarropa, si las
habíamos entrado, era porque pensábamos que tendrían el aire
acondicionado a todo trapo, pero qué va. Además, no me iría
mal salir un poco a la calle para calmarme.
Como era de esperar, todas aceptaron, deseosas de
desprenderse de sus chaquetas, excepto Carla, que no llevaba.
Andrea se ofreció a acompañarme, le dije que no hacía falta,
que prefería que se quedaran guardándome la plaza. Abril y
Claudia no dijeron nada, entendieron que quería estar un rato
conmigo misma. Agradecí que no insistieran.
Una vez dejadas las chaquetas, fui a la entrada, le enseñé al
de seguridad mi sello invisible y él me ofreció una extensión
de mano para que pasara, sin siquiera mirármela.
—¿Te encuentras bien, Catniss?
—Un golpe de calor —le aclaré. Él asintió y me dejó pasar
sin problema.
Tonta, tonta, tonta. Me repetí buscando intimidad en un
callejón lateral adyacente, alejada de la vista de los que
permanecían en la cola con ganas de entrar.
Mis párpados temblaban y sabía lo que significaba, llanto a
la vista. Necesitaba respirar unas cuantas veces si no quería
desbordar, menos mal que opté por la máscara de pestañas
transparente.
Las primeras gotas, redondas, pesadas, calientes, se
deslizaron por mis mejillas. La visión se me volvió borrosa y
algo de agüilla colapsó dentro de mi nariz haciéndome sorber.
Dolía, ardía, me quemaba y el desconsuelo bullía en cada poro
de piel descubierta.
¿Por qué no me lo dijo?, lo habría comprendido. Mientras
me ahogaba en lamentos, oí un rechinar metálico, unos goznes
chirriar y mi cabeza giró hacia el lugar de procedencia del
sonido.
Capítulo 23
Mon amour

Lo primero que vi fue un pelo rubio tan claro que me


recordó al reflejo de la luna sobre el agua. De inmediato, pensé
en Selene y que no podía tener tan mala suerte para que ella
apareciera ahora mismo.
Era lo único que me faltaba, que fuera ella quien me
encontrara en aquel estado de autocompadecimiento absoluto
para regodearse de mí.
Sin embargo, cuando el cuello se curvó hacia atrás, el perfil
que precedió a la melena larga no era el de mi enemiga, sino el
de su mellizo. Lo supe al instante, porque aquella cara de
rasgos etéreos, de ángel caído y mirada escrutadora,
pertenecían a Moon Loup.
Alzó el rostro hacia la luna esquiva, todavía no era hora de
que saliera, e inspiró con fuerza, varias veces, del mismo
modo que haría un animal para captar un rastro. Me dio la
sensación de que estaba olisqueando el ambiente cuando se
detuvo. Giró la cara de golpe y sus ojos se toparon con los
míos. Sin un ápice de extrañeza. Me miró, tranquilo, relajado,
de un modo tan intenso que me dio la impresión de que
hubiera sido capaz de sacarme una radiografía con la moneda
que me tragué con tres años.
En lugar de salir huyendo, me quedé quieta, enjugándome
las últimas lágrimas que pretendía verter aquella tarde. Los
últimos rayos de sol iniciaban su despedida, el verano pronto
daría paso al otoño y, con él, los días serían más cortos.
Caminó con sosiego y una elegancia felina que lo acercó a
mí. Se encendió un cigarrillo, fino, alargado, casi aristocrático.
No era lo que esperabas que fumara una estrella de rock y, sin
embargo, a Moon no le pegaba otra cosa.
—¿Una mala tarde? —preguntó despreocupado.
Dirigiéndose a mí a la vez que desviaba la mirada hacia el
muro de enfrente, otorgándome un poco de espacio para que
terminara de limpiarme la cara.
Sorbí con fuerza, quería engullir la maraña de emociones
que no dejaban que me comportara con normalidad. Me
encogí de hombros a sabiendas que me controlaba por el
rabillo del ojo.
—¿Fumas? —dirigió la cajetilla hacia mí, yo negué—.
Bien que haces. Yo tampoco debería.
—Si no deberías, ¿por qué lo haces?
—Porque si solo hiciéramos lo que debemos, la vida sería
aburrida.
—Hay maneras más divertidas que fumar para pasar el
rato, y menos nocivas.
Tomó el cilindro alargado, dio una bocanada profunda. Lo
expulsó formando diminutas volutas de humo, creando una
neblina con aroma a tabaco sobre nuestras frentes.
—¿Te molesta que fume?
—Mi padre también lo hace —respondí—. Siempre fuera
de casa, dentro lo tiene prohibido. Mi hermano y yo le
insistimos en que lo deje, no comprendemos cómo alguien
puede sentir placer al matarse lentamente.
Las comisuras de sus labios se alzaron.
—¿Y qué os dice?
—Promete que, algún día, lo hará, pero ese día no termina
de llegar nunca. Tú tampoco deberías fumar, si no por ti, por
los que te quieren. No es bueno para tu salud, ni para el
bolsillo, tampoco. —Moon sonrió.
—Es un buen consejo. Y más viniendo de una chica tan
guapa como tú.
—¿Guapa? ¿Yo? —Él me ofreció una sonrisa ladeada.
Se había colocado a dos pasos de mí, a una distancia
prudencial que no me violentaba. Tenía la espalda reclinada
contra la pared descascarillada. La rodilla derecha estaba
alzada y se sostenía gracias al pie, que imitaba el anclaje de la
espalda.
—No me gusta la falsa modestia. Uno no tiene la culpa de
nacer bello, como tampoco la tiene de nacer con un rostro
poco armónico, o un cuerpo no normativo. Somos lo que
somos, y tú eres hermosa por fuera e intuyo que por dentro, no
suelo equivocarme. —Mis mejillas se colorearon.
Era igual de alto que Jared, quizá incluso más, aunque
menos musculado. Parecía sacado de una peli de vampiros, al
igual que su hermana.
Vestía unos vaqueros ajustados en color negro, con rotos a
la altura de las rodillas, zapatillas Vans oscuras, camiseta con
el logo del grupo, con cortes estratégicos que permitían ver su
cuerpo definido.
Sobre los hombros le descansaba un abrigo de piel que
terminaba debajo de las rodillas.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí tan sola? No está bien
que una chica como tú esté en un callejón oscuro, te convierte
en una presa fácil.
—Acabas de hacerme sentir como un conejo.
—Más bien como algo apetecible. Hay muchos
indeseables.
—No estoy sola —lo corregí de inmediato, no sabía nada
de ese chico como para sentirme tan relajada y no extremar las
precauciones. Tenía razón, no había hecho bien en salir sola y
meterme en un callejón alejado a la vista de todos—. Mis
amigas me esperan en el bar, necesitaba tomar el aire.
—Ya veo… Entonces, no las hagas esperar más y dile de
mi parte al culpable de tus lágrimas que no las merece, que tú
estás hecha para cosechar sonrisas, no tristeza, y que si no es
capaz de verlo, es mejor que se aleje o yo me encargaré de
hacerlo y no le gustará. —Lanzó la colilla contra el suelo y la
pisó con firmeza. Su advertencia, tan fría como su aspecto,
pero cargada de intenciones, me erizó la piel—. Tengo que
irme. Igual nos vemos pronto…
—Yo diría que te veo en un rato, mis amigas están ahí
dentro, ¿recuerdas? —Su sonrisa se hizo más profunda.
—Exacto. ¿Vas a escucharme?
—A eso he venido. —No iba a sacar a colación el tema de
Jared, no venía a cuento—. Bueno, no solo yo, también mis
amigas.
—Por supuesto. Entonces, tocaré para ti, cada nota de mi
guitarra reverberará para acunar tus sentidos.
—Me siento una privilegiada.
—Lo eres —me guiñó un ojo tan claro que no parecía
natural. ¿Serían lentillas? No daba la impresión—. Vuelve
dentro, ojos verdes, no voy a irme hasta que te vea doblar la
esquina y me asegure de que estás a salvo. Por cierto, soy
Moon.
—Eso ya lo sabía —respondí risueña—. Como se dice en
estos casos, mucha mierda, Moon.
Él me obsequió con una última sonrisa antes de que me
girara por completo.
No me apetecía presentarme, no hoy. Si el mellizo le decía
a Jared que me había visto en el callejón llorando, tendría que
dar ciertas explicaciones que no me podía permitir.
Me alejé de él sintiéndome un poco mejor, como si su
presencia hubiera aliviado mi pesar. Se le veía un buen tipo,
aunque algo estrambótico, ahora comprendía por qué Claudia
estaba pillada por él, tenía ese magnetismo tan Loup que te
hacía querer estar a su lado para ver la vida más intensa.
Una vez de vuelta al interior del bar, me dispuse a disfrutar,
que Jared estuviera con otra no era motivo para amargarme la
tarde y que se la estropeara a las demás. No hacía tanto que
nos conocíamos, se me pasaría la tontería por él, y cuanto
antes le pusiera remedio, mejor.
Por encima de todo, Jared se había abierto un hueco en mi
vida como amigo, estuvo cada vez que lo necesité y eso no
cambiaría porque su «chica misteriosa» fuera Selene.
Mon Amour, de Zzoilo y Aitana retumbaba en el local, las
chicas bailaban y cantaban a grito pelado. Verlas brincando,
riendo y moviendo las caderas enloquecidas hizo que quisiera
parte de su buenrollismo.
Me vi envuelta en un círculo de caras amables que me
empujaban a corear junto a ellas.
Se me paraliza el cuerpo cuando vas a besarme.
Me acuerdo de ti cuando voy a maquillarme.
Cantando en los conciertos te imagino delante.
Siendo el más elegante, siendo el más importante.

Alcé la cabeza por inercia y lo vi, allí, entre las pesadas


cortinas que comunicaban el escenario con la cara B del garito,
mirando sin pudor cómo me desgañitaba alzando la voz. Lo vi
sonreír y mover los labios en la misma sintonía que los míos,
como en un beso cantado a la deriva, conectado por un sinfín
de notas que hacían la canción más nuestra que de nadie.
No importa el idioma, solo quiero catarte.
Mon amour, amore mio, solo quiero comerte.
Cuando te veo, mamá, como un Formula One.
Paso de cero a cien, contigo implosioné.
De ti me envenené, yo ya no sé qué hacer.
Me abrazaste y volé, te juro que volé…
Sentí mis manos alrededor de su cuello, bajo la mesa de la
biblioteca. Su cuerpo envolviendo el mío el día que me salvó,
tan tibio, tan Jared, y después me vi arrastrada por las chicas,
que me sacaron del trance dándome la vuelta, rompiendo
nuestro contacto visual.
Estaba medio eufórica, medio revolucionada, porque,
aunque supiera que yo viví mi propia versión de la historia, no
la hizo menos mágica.
Cuando pude volver a mirar el espacio que había ocupado,
ya no se encontraba allí y el tema estaba llegando al final.
Di un trago largo a mi piña colada, estaba sedienta con
tanto baile.
Las luces de la sala se apagaron y una voz en off, que
pertenecía al DJ, nos dio la bienvenida al que, según él, era el
concierto más esperado de la temporada.
A juzgar por lo lleno que estaba el bar y la gente que se
había quedado fuera, haciendo cola, con la esperanza de que el
aforo no se completara, no mentía.
Pidió que les diéramos la bienvenida que merecían a los
chicos de El Último Aullido. Estaba a punto de ponerme a
aplaudir y silbar, cuando vi que todos los presentes
comenzaban a aullar. Menos mal que Claudia estaba atenta a
mis movimientos e impidió que hiciera el ridículo más
absoluto.
—Vamos, aúlla —me espoleó.
Me sumé al aullido común hasta que la última voz se apagó
sumiéndonos a todos en una expectación asombrosa, no
veíamos prácticamente nada, no oíamos nada más que
respiraciones y, sin embargo, lo sentíamos todo.
Un acorde de guitarra, seguido de un chorro de humo
enlatado, envolvió el ambiente para regalo. Las notas rasgadas
y vibrantes precedieron el golpeteo de un par de baquetas que
nos daban la bienvenida.
No tardaron en oírse los primeros gritos ahogados de las
chicas de primera fila, cuando el haz de luz enfocó unas
Converse negras con puntera de plata. Era el calzado de Jared,
el que usaba en los conciertos, lo había visto cientos de veces
estos días, cuando trataba de aprender sus canciones
memorizando los vídeos de YouTube.
El rayo lo recorría con lentitud, volviendo la espera caótica.
El público coreaba su nombre al ritmo de la entrada más épica
que había visto nunca. No es que estuviera llena de artificios o
maravillas de la técnica, era otra cosa.
Una energía tan mística, atrayente o mágica, que era capaz
de rodearnos a todos en un halo eléctrico.
—¡Buenas noches, Manada! —Aquel fue el pistoletazo de
salida para hacer bramar a unos asistentes más que entregados
—. ¿Estáis listos para aullar? —La respuesta no tardó en
hacerse oír. Incluso yo repetí el sonido animal. Lo vi sonreír
cuando por fin su rostro quedó iluminado.
Tenía los ojos azules delineados con khol negro, una
camiseta de rejilla se dejaba entrever debajo de otra hecha
jirones, como si un lobo le hubiera atacado antes de salir al
escenario.
Su piel bronceada brillaba, llevaba un montón de pulseras
negras y el pelo algo despeinado.
Estaba guapo, a rabiar, salvajemente hermoso, tan
irresistible que asustaba. Daba igual que supiera que Selene lo
tenía pillado, era incapaz de refrenar aquel torrente emocional
que solo él hacía brotar. Supuse que a la chica rubia de primera
fila le pasaría igual. Menudo par de dos.
Se me pasaría, de la misma manera que se me pasó la
fiebre por las LOL Surprise, o por ver en bucle la película de
Matilda hasta que me sangraban los ojos.
Acababa de enterarme esa misma tarde de su historia con la
diosa de la Luna, por lo que era muy pronto para dejar de
percibir a Jared como lo hacía, como mi primer amor
platónico.
No tardó ni un maldito segundo en conectar sus pupilas a
las mías, como si le pertenecieran, y en cierto modo era así,
porque no pude apartarlas de él en todo el concierto,
haciéndome sentir que todas aquellas letras estaban escritas
para mí.
Capítulo 24
El callejón
Jared

Llevaba una hora cantando sin parar, fluyendo con cada


nota emitida por mi garganta, acariciando cada do sostenido,
prolongándolos para que Elle pudiera sentirme como yo lo
hacía.
Cada vez que la miraba, mi universo se expandía, con la
intención de estallar para formar una nueva galaxia, más plena,
más brillante, donde cada uno de mis planetas orbitarían
alrededor de la única estrella capaz de deslumbrar y opacar a
todas las demás.
—Tío, hoy te has salido —me felicitó Moon en el
camerino.
—Tú también, tu solo ha sido épico, casi podía caminar por
encima de los acordes. Parecías más inspirado que de
costumbre. —El hermano de Selene me dedicó una sonrisa
ladeada.
—Y luego decís que yo soy el intuitivo… He conocido a
alguien —canturreó. Tanto Bastian como yo lo miramos
incrédulos.
—¿Cuándo? ¿En la uni? —La melena rubia se agitó. Moon
se estaba pasando una toalla por la cara, rescatando los restos
de sudor que le había dejado el sobreesfuerzo.
—Antes, cuando salí a fumar, en el callejón.
—¿Encontraste a una loba en el callejón? —cuestionó
Bastian.
—No, es humana, pero ya sabéis que a mí estas cosas no
me importan. Lo de la pureza de la raza se lo dejo a Jared y mi
hermana. A mí me basta con que su alma sea noble.
Moon era el místico, tenía una sensibilidad especial en
captar la delicada línea entre la bondad y la maldad, aparte de
ser también un sanador.
En nuestra especie había tanto jerarquías como
especialidades. Dentro de la manada, cada uno desempeñaba
su papel, ninguno era más importante que otro, todos éramos
imprescindibles, además de guardianes.
Se nos formaba y educaba desde pequeños en las distintas
disciplinas, quedábamos tan pocos que necesitábamos
optimizar los recursos. Además, era la única manera de ver
qué se nos daba mejor.
Cada licántropo solía ser bueno en dos o tres cosas, y en
una de ellas destacaba de forma excepcional.
Moon era captador de almas. Diferenciaba con una simple
mirada y una sacudida de nariz si quien tenía delante se trataba
de un habitante de nuestra dimensión o de nuestros vecinos
letales. Conjuntamente, se le daba bien sanar y corría más
rápido que el resto gracias a sus piernas largas.
Cuando se transformaba, lo hacía en un magnífico lobo
blanco, como Selene.
Bastian era nuestro rastreador, resultaba difícil que se le
escapara un foco. También era bueno planificando,
desarrollando tácticas, descifrando señales y elaborando
estrategias. Además de ser un crack de la informática y los
algoritmos.
En su caso, se transformaba en un lobo castaño y gris, de
pelaje revuelto.
Mi privilegio residía en ser el líder, la toma de decisiones,
la empatía, la protección y el combate cuerpo a cuerpo; las
habilidades que se esperaban de un Alfa como yo o Selene,
aunque a ella lo de la empatía le fallara.
Si Sel hubiera sido un macho, no podríamos coexistir en la
misma manada. Los Alfa teníamos caracteres muy fuertes y
nuestra palabra se convertía en ley, por lo que convivir con
otro podía llegar a ser incluso fatal, debido a nuestra parte
animal. Cuando esta afloraba, era el instinto el que llevaba las
riendas y no se toman las mismas decisiones siendo humano
que lobo.
Tampoco es que fuera fácil llevarse con una hembra Alfa.
Si Selene y yo habíamos sido capaces de convivir sin
altercados graves, se debía a que consensuábamos la toma de
decisiones y ella tenía claro que vivía en mi manada, me debía
respeto y su posición era la de ser mi mano derecha. Si no
coincidíamos o no lográbamos llegar a un acuerdo, Selene
sabía que la última palabra era la mía. No porque yo fuera
macho, sino por ser el líder del grupo; mi decisión tenía más
peso. Si nuestras diferencias llegaran a ser irreconciliables,
ella tendría que marcharse y formar su propia manada.
Últimamente estábamos un poco distanciados, ya no
solamente porque hubiera conocido a Elle, el problema
radicaba en que Selene pertenecía a una facción de los lobos
que creía en la pureza y la repoblación, para ellos era más
importante llegar a procrear entre dos Alfas que encontrar a
nuestro o nuestra compañera de vida.
Por eso Selene le daba más importancia a llevarnos bien
que a salirse con la suya.
La misión que se había autoimpuesto consistía en formar
una nueva familia de guardianes conmigo. Cuando dos lobos
procreaban, podían llegar a tener de uno a cinco cachorros,
mientras que si la pareja era híbrida, el máximo conocido se
limitaba a tres.
La supervivencia de los cachorros era baja, sobre todo,
porque una de las pruebas a la que se sometía a los pequeños
lobos, cuando ya sabían alimentarse, consistía en pasar una
noche solos en el bosque. Eso solía ser a los tres años, y los
que lograban llegar al día siguiente, entraban directamente en
una manada. Habitualmente, la de sus padres, en la que se los
formaría para ser guardianes.
Algunas humanas no sobrellevaban bien la pérdida, muchas
se habían quitado la vida al no soportar el ritual de iniciación y
perder una camada entera.
Por eso, la facción no quería híbridos, prefería lobos puros
que comprendieran y respetaran las reglas. Yo era de la
opinión de que esas normas estaban obsoletas y que deberían
ser cambiadas por el bien común.
No resultaba fácil que las costumbres arraigadas
desaparecieran de la noche a la mañana, no obstante, tenía fe
en que pudiéramos evolucionar y acabar con una tradición
demasiado dañina.
La puerta se abrió cuando los tres estábamos sin camiseta,
terminando de asearnos.
Selene irrumpió en el camerino enfundada en un vestido
corto de charol brillante y botas a la altura del muslo. Estaba
muy sexi, con aquella piel tan blanca y sus labios rojos, los
humanos caían bajo la suela de sus botas por una de sus
miradas.
Me observó con apetito, mientras pasaba la camiseta por
encima de mi cabeza.
—Buen concierto, chicos —nos felicitó, regodeándose en
mis abdominales.
—A ver si aprendes a llamar a la puerta antes de entrar, nos
gusta tener un poco de privacidad, hermanita.
—No me hagas reír, Mooni, de vosotros tres lo he visto
todo, desde la cabeza a la punta de la cola —se relamió
perversa.
Razón no le faltaba, cuando nos transformábamos, los
licántropos duplicábamos o triplicábamos nuestro tamaño, por
lo que era imprescindible despojarnos de cualquier prenda o la
ropa terminaba hecha jirones.
—Igualmente, no está bien —la regañó Moon—, nosotros
no entramos en tu camerino.
—Porque soy mucho más rápida, vosotros os entretenéis
chismorreando sobre las grupies de primera fila. ¡Qué
hartazgo! —se quejó—. Por cierto, he pensado que podríamos
ir a tomar unas cervezas a otro garito. Nuestro rep —hacía
referencia al representante del grupo— está muy contento con
el éxito que estamos cosechando y dice que nos invita. Hemos
hecho un lleno total y tiene un contrato nuevo por parte de la
discográfica que incluirá una gira este verano con todos los
gastos pagados. ¿No es genial?
—Somos custodios, no un grupo de estrellas de rock —la
corregí—. Hacemos esto porque nos gusta, como
divertimento, únicamente para entretenernos —le recordé—,
pero nuestro lugar está aquí, cuidando de La Raya. —Ella
arrugó la nariz.
—¿Piensas que no lo sé? Sin embargo, hasta nosotros
merecemos unas vacaciones. Podríamos hablar con el señor
Loup, incluso con la facción, para que nos traigan unos
sustitutos por un par de meses.
—¿Sustitutos? Nosotros no somos funcionarios, ni
profesores de escuela. ¡Somos guerreros, guardianes y
custodios! No podemos chasquear los dedos y que vengan un
puñado de ineptos recién salidos de la escuela a hacer nuestro
trabajo. ¿Y para qué? ¿Para que vivamos un sueño que no nos
corresponde? Despierta, Selene, lo de dedicarse a la música es
una utopía. —Chasqueé los dedos.
Ella caminó hasta mí para colgarse de mi cuello y apoyar
los labios en mi oído.
—Ya sé que no nos van a dar un Emy. No seas aguafiestas,
ya lo tengo todo medio acordado, sería una gira por Andalucía,
seguiríamos estando cerca de nuestro territorio sin ponerlo en
peligro. Piénsalo. Tú, yo, el mar, rebozados en cálida arena en
noches de luna llena…
La aparté malhumorado y mascullé entre dientes con
disimulo.
—No hay un tú y yo, ya te lo dije el otro día.
—Las parejas discuten, ambos tenemos un carácter fuerte y
sabes que no voy a desistir. Estamos destinados a procrear. —
Puse los ojos en blanco y terminé desenrollando la prenda
sobre mi torso—. He decidido que toleraré a tu
entretenimiento si cumples conmigo cuando llegue el
momento. —Miré de refilón a Moon y Bastian que nos
contemplaban divertidos, para ellos éramos como uno de esos
capítulos de telerealidad.
Nuestro oído era muy agudo, por lo que, aunque
habláramos bajito, nos estaban escuchando en Dolby
Surround.
—Nosotros vamos saliendo, os esperamos en la barra,
tortolitos —intervino Moon pitorreándose. Bastian era parco
en palabras, por lo que solo esbozó una sonrisa y sacudió el
pelo.
—Ahora os alcanzamos —intervine.
—Tomaos vuestro tiempo, yo voy a ver si encuentro a «mi
entretenimiento».
Capítulo 25
La facción
Jared

El mellizo de Selene fue quien dijo la última palabra con


tono picarón. Yo gruñí provocando en él una carcajada. La
puerta se cerró.
—¿De qué habla Moon?
—De lo que estábamos charlando antes de que nos
interrumpieras. Ha conocido a una humana —confesé,
esperando su reacción. Ella resopló con disgusto.
—Pero ¿qué os ha dado a todos? No os entiendo, ¿qué les
veis?
—Las cosas cambian, Sel.
—Eso no quiere decir que sea para mejor. Nos estamos
debilitando, y si seguís con esas mediocres, nos condenaréis a
la extinción, ¿cómo podéis ser tan inconscientes?
Su loba interior se puso a dar pasos coléricos por el
estrecho camerino. Últimamente estaba acudiendo a muchas
de las reuniones que convocaban los Puros y eso la estaba
cambiando.
—No es inconsciencia, es amor.
—Para el caso, es lo mismo. Tú y yo tenemos un deber, que
está por encima de esa emoción absurda. El respeto para con
los nuestros debería estar por encima de todo.
—¿Te estás escuchando? Ya hablas como ellos, te están
sorbiendo el cerebro —bufé.
Los Puros, los gobernantes de la facción, creían en la
supremacía de una raza única. Pretendían erradicar la ley que
decía que los licántropos podíamos escoger a nuestra
compañera de vida, fuera loba o no.
Según ellos, lo único que generaba la mezcla era debilidad,
y si éramos débiles, los universos convergirían en una misma
realidad que se colmaría de desastres. Hacían apología del
miedo para lograr su objetivo, que no era otro que una raza
más fuerte.
—¡No me están sorbiendo nada! ¿Te has informado? ¿Has
visto cuántos nacimientos de licántropos de pura cepa han
ocurrido en la última década? ¿Y cuántos cachorros han
sobrevivido? No podemos seguir así, Jared, la humanidad
depende de que alfas como tú y como yo repoblemos el
planeta. Si pensáramos un poco más en el bien común y menos
en nosotros mismos, todo sería más sencillo.
—¡Eso nos condenaría a ser unos infelices de por vida!
—No es cierto. En la facción se está hablando de un pacto.
Hijos entre licántropos a cambio de libre albedrío. Una vez se
cumpla con el propósito, se dejará que los lobos elijan pareja.
No está tan mal, piénsalo.
¿Que no estaba mal? Claro que lo estaba, solo que ellos
eran incapaces de ver más allá, de ampliar las miras como
nuestros antepasados, mucho más flexibles que los Puros.
Una parte de mí comprendía la preocupación de la facción,
aunque no veía claro que aquella fuera la solución correcta.
Los licántropos éramos criaturas amorosas, no máquinas de
engendrar. Creíamos en la familia, teníamos unos valores que
los Puros pretendían cargarse en favor de qué, ¿de una raza
más sólida?
—No lo veo.
—¿Pues no sé qué más necesitas? Igual unas gafas.
—Mira, Sel, me parece que te estás juntando mucho con
los radicales. Las cosas nos han ido bien hasta ahora.
—¿Por qué te niegas? Podrás tontear todo lo que desees
con tu humana siempre que cumplas conmigo. No es tanto lo
que te pedimos. —Que se incluyera en la oración me retorció
las tripas.
—¿Lo que me pedís? —Ella curvó el morro—. Sel…
Vamos —imploré.
—Los Puros han decidido que así sea y yo estoy con ellos,
cuentan con mi voto y con muchos más alfas. O estás con
nosotros o contra nosotros, no hay más.
—¿Te estás escuchando? ¡Nos están confrontando! ¡Esta no
es nuestra lucha! Suficiente tenemos con mantener el control
de La Raya como para que ahora nos dinamiten por dentro. —
Estreché la mirada—. ¿Qué te han prometido a cambio? ¿Un
puesto de relevancia en la facción? —pregunté cabreado, que
otros alfas aceptaran no era buena señal.
—¡Nada, creo en la causa! Y tú también deberías. ¿Por qué
no vienes a las reuniones? ¡Escúchalos! —Negué agobiado—.
¿Tan terrible te parece que tú y yo tengamos hijos?
—No es eso y lo sabes.
—Entonces, ¿qué es?
—Sería incapaz de traicionar a mi compañera de vida.
—Pues no lo hagas, haz que lo asuma, tampoco es la gran
tragedia griega. Hoy día hay muchos tipos de familia, la gente
cree en el poliamor.
—Yo no soy poliamoroso, te quiero como a una hermana y
a Elle como compañera. Además, deseó que en un futuro ella
alumbre mi camada, no tú. —Le escoció, pude ver cómo se le
ensombrecía la mirada.
—¿En serio? ¿Y cuándo vas a contarle lo que eres?
¿Cuando tenga que desparasitarte después de una carrera por
los bosques y que llegues plagado de pulgas?
—Se lo diré a su tiempo.
—Eso será si sobrevive… —Su sugerencia me puso en
guardia.
—¿A qué te refieres?
—A que los accidentes ocurren. —Sin decir nada lo había
dicho todo.
—Lo que me faltaba por escuchar. ¡No somos asesinos,
sino protectores! No está en nuestra naturaleza matar a
humanos.
—Yo no he dicho que fueran a matarla, sino que Elle es
proclive al desastre. Un día podría acercarse a La Raya por
casualidad y caer a través de ella, no sería la primera.
—Ese tipo de casualidades no existen y no ocurrirá. Yo me
encargaré.
—Pues si no cumples con lo que se te pide, yo de ti dejaría
de dormir.
Su tono estaba pensado para que reflexionara.
Selene se contoneó con gracilidad animal, volvió a colgarse
de mi cuello y lo lamió desde la base hasta la mandíbula.
—Colabora… Verás como no está tan mal.
La puerta volvió a abrirse de golpe. Los dos desviamos
nuestra atención sobre ella.
—Y, ahora, ¿qué? —pregunté malhumorado.
Las palabras murieron en mis labios al ver quién estaba al
otro lado.
Capítulo 26
Pelea

Miré a un lado y a otro sin comprender cómo se había


iniciado aquel altercado.
Los taburetes que, hasta hacía cinco minutos, habían estado
ejerciendo su función, soportando traseros ajenos cada noche,
día tras día, volaban por encima de nuestras cabezas arrojados
por vete a saber quién.
Puede que algún lúcido o lúcida hubiera visto demasiadas
pelis del oeste y pensara que arrojando el mobiliario iba a
detener a aquellos energúmenos con pinta de luchadores de la
WWF.
El concierto terminó hacía aproximadamente quince
minutos. En cuanto el grupo desapareció del escenario y el
encantamiento que Jared tejía sobre mí se hubo esfumado, les
insistí a las chicas para que nos marcháramos, no fuéramos a
perder el bus. Ellas se negaron fervientemente, dijeron que no
íbamos a irnos sin, por lo menos, darle las gracias a Jared y
comentarles a todos lo mucho que nos habían gustado.
Lo que traducido al idioma mortal era: «Yo quiero ver a
Moon», por parte de Claudia y un «Jared y tú tenéis que
hablar, y aclarar las cosas», por parte del resto.
Encima, Carla, Andrea y Elena no paraban de reír con los
universitarios, que resultaron ser tres chavales muy majos que
estudiaban en la universidad de Medicina. Uno era de
Albacete, otro de Asturias y el último de Jaén. Compartían
piso de estudiantes y habían venido arrastrados por una
compañera de clase, que, casualmente, era hermana de una de
las grupies que teníamos delante.
En media hora cerraban el local. El DJ pinchaba música
actual para que el colofón final fueran treinta minutos de los
temas más bailables, cuando unos tipos que no habíamos visto
hasta ahora —que tenían pinta de luchadores profesionales—
entraron bastante bebidos y chocaron con uno de los chicos
que estaba bailando con Andrea.
En un santiamén, se había armado el Belén, y lo digo
porque esos tíos eran unos burros.
Caos, esa sería la palabra que mejor definiría la conversión
de bar musical en ring de lucha libre.
La tarde acababa de torcerse a lo bestia. Y no por culpa de
Lucas, Martín y Dani, que así se llamaban nuestros nuevos
amigos, sino por aquellos energúmenos en busca de otro tipo
de fiesta que incluía un pack de ojos morados.
Por mucho que los estudiantes de medicina intentaron
suavizar la cosa, restando importancia a la copa que se había
vertido sobre uno de ellos por culpa de los armarios
empotrados, no pudieron evitar que un puño se incrustara en la
mandíbula del asturiano, Lucas, al cual le salieron las gafas
directas al suelo.
Miré sobrecogida la escena. Nunca me había visto envuelta
en una riña de bar. La imagen de mis padres diciéndome que
no volvía a salir hasta que usara dentadura postiza me dejó
clavada en el sitio. Aunque si lo pensaba bien, igual iba a
necesitarla si me quedaba ahí.
Todas se pusieron a gritar, yo incluida. Los chicos
buscaban defenderse, aunque estaban en inferioridad de
condiciones y el resto de asistentes al concierto, que se
sintieron parte implicada, comenzaron a arrojar el mobiliario
para refrenarlos.
No sabía qué hacer o decir. Estábamos aterrorizadas,
mirando de hito en hito cuando Moon y Bastian Loup
aparecieron en escena.
Entré en el radar del rubio que, en cuanto me vio, se
desplazó a una velocidad que debió rozar la de la luz, extendió
los brazos y nos instó a resguardarnos detrás de la barra.
Por los espejos podíamos ver algunos movimientos, no
obstante, el terror nos hacía permanecer agazapadas,
temblando y con las cabezas agachadas.
Las risas que habían coronado la tarde cambiaron por
crujidos, golpes y plañidos de dolor. No sabía quién iba
ganando, aunque eso era lo de menos, en una pelea todo el
mundo salía perdiendo de una manera o de otra. La violencia
solo trae violencia, por eso no me gustaba.
Los ocho minutos que estuvimos agazapadas en aquella
posición se me hicieron eternos. Dejé de temblar cuando un
intenso aroma a bosque inundó mi nariz y, de inmediato, supe
que estaba a salvo. Dos minutos más y el griterío dio paso a un
silencio sepulcral.
Me incorporé despacio, con sigilo, para ver a los Loup
formando un círculo que rodeaba a los indeseables que la
habían liado. El resto de personas fueron desalojadas,
incluidos nuestros amigos, solo quedábamos nosotras y los
camareros.
Aquellos tipos tenían las caras hechas un mapa, sin
embargo, seguían en pie, resoplando, mientras Jared, Moon,
Bastian y Selene les gruñían en posición de ataque. ¿Cómo
podían tener rodeados unos adolescentes a aquellas moles? Era
de locos.
Si no supiera que no podía ser, juraría que los Loup no eran
humanos y que a mí me habían colado en el rodaje de un
capítulo de Cazadores de Sombras.
—¿Jared? —mascullé flojito.
La cabeza morena desvió la atención hacia mí. Esa fracción
de segundo fue aprovechada por uno de los tipos, que cargó
con dureza contra él, como si estuviera en un partido de fútbol
americano y Jared sostuviera el balón.
Me dolió hasta mí cuando el cuerpo de mi cantante favorito
se aplastó contra la pared. Oí cómo el aire abandonaba sus
pulmones y me sentí culpable de la distracción.
—Perfecto —protestó Selene antes de coger impulso e ir a
la carga contra el tipo que había convertido a mi amigo en un
objeto de decoración.
Bastian y Moon se encargaron de mantener a raya a los
demás.
Mi boca formó una O gigantesca cuando vi la exhibición de
fuerza y destreza de la rubia. Esa chica no era ni medio
normal, con lo delgadita y poca cosa que parecía.
Rugió como un animal herido, se tiró contra el suelo para
coger impulso e hizo una llave que le sirvió para tomar al tipo
y que saliera volando por encima de su cabeza.
Un exabrupto nació de mi boca sin que pudiera evitarlo.
¡¿Cómo había podido hacer eso?! Otra cosa para mi lista de
«las cosas físicamente imposibles».
—¡Jared, sácalas de aquí! ¡Nosotros nos encargamos del
resto! —gritó Moon sin mirarnos.
Me dio la impresión de que sus ojos resplandecían y los de
Bastian también. Eso era imposible, ¿no? No había focos que
los iluminaran y no me pareció que se pudiera reflejar algo en
ellos.
Antes de que me diera cuenta, ya tenía al líder de El Último
Aullido a nuestro lado, instándonos a salir lo más rápido
posible. Los camareros le indicaron que había una salida por el
almacén, que conducía directa al callejón, la decisión fue
rápida de tomar.
—Adelante —nos apresuró Jared.
—¿Y tus hermanos? —murmuré.
—Estarán bien, saben lo que hacen.
—¿Quiénes sois?, ¿los Power Ranger? —Me ofreció una
sonrisa que no llegó a sus ojos, imagino que porque estaba
preocupado por ellos. Fue lo único que añadió antes de
seguirnos al exterior, quedándose el último para salvaguardar
nuestras espaldas.
Una vez fuera, me abrazó con fuerza y revisó que no
estuviera malherida.
—¿Estás bien? —Buscó mi mirada con la suya.
Tenía la marca de unos dientes en el cuello. ¿Aquél
desalmado lo había mordido?
—Sí, bueno, no sé, ¿tú… tú estás bien? Tienes una marca
justo en… —Lo vi mirar nervioso al interior, no me estaba
escuchando, estaba demasiado preocupado como para estar al
cien por cien.
—No te preocupes por mí. ¿Cómo habéis venido al bar
desde Las Gabias?
—En bus —aclaró Abril.
—Vale, pues pillaos un taxi, no es seguro que os quedéis
aquí… Ahí mismo hay una parada —señaló.
—Pero ¡somos seis! —Carla había hecho los cálculos con
presteza.
—¡Pues coged dos! ¿Tenéis dinero suficiente? —Todas
asentimos—. Vale, porque tengo que volver, no puedo
quedarme más tiempo aquí.
—¿No sería mejor que llamáramos a la policía? —
cuestioné. Jared tomó mi rostro entre sus manos.
—Nada de polis, yo me ocupo, estoy habituado a tratar con
gentuza como esa. Corred y no os detengáis hasta estar dentro
del coche, ¿vale?
—Pe… Pero…
—No hay peros, Elle, por favor, hazme caso, necesito
regresar con mis hermanos y no puedo hacerlo si sé que corres
algún tipo de riesgo. Tienes que asegurarme que vais a
meteros en ese taxi de inmediato. Por favor… —Sonaba tan
suplicante que no pude negarme.
—Está bien, pero llámame en cuanto esto haya acabado, yo
también necesito saber que estás bien, voy a estar muy
preocupada. —Él me miró con cariño.
—Descuida. —Depositó un beso suave en mi mejilla antes
de instarnos a correr.
Lo hicimos, llegamos atropelladamente a la parada, nos
distribuimos sin problema en los dos vehículos que parecían
estar aguardándonos y miré por la ventanilla desde la
comodidad del asiento. Jared ya no estaba.
Capítulo 27
Los otros
Jared

Resoplé con violencia.


Cuando Bastian interrumpió mi conversación con Selene,
no esperaba que fuera porque cuatro de los otros hubieran
emergido a la superficie y les hubiera dado por salir de fiesta
en el local que estábamos dando el concierto.
¿Casualidad? No creía en ellas. ¿Entonces? ¿Habían venido
a meterse directos en la boca del lobo?
Nunca mejor dicho.
Su aparición apestaba, ya no por su aroma característico
similar al del azufre rancio amenizado por los perfumes
intensos que solían utilizar al otro lado, sino porque habían ido
directos hacia el grupo en el que estaba Elle, y eso me
mosqueaba.
Cuando los otros cruzaban La Raya, lo primero que hacían
era buscar a su otro yo, colonizarlo y cometer los crímenes
más viles y atroces conocidos por la humanidad.
Podríamos decir que la eterna lucha entre el bien y el mal
no era otra cosa que un desajuste en La Raya, si se abriera un
agujero lo suficientemente grande como para que todos
pudieran emerger a este lado, podría suponer la guerra más
cruenta que hubiera existido en ambos mundos. El único
problema era que, en esa batalla, los habitantes de este
universo tenían las de perder.
Michio Kaku y otros científicos implicados en la causa
estaban introduciendo poco a poco el concepto de hiperespacio
o universos paralelos. Términos que a muchos les sonaban a
ciencia ficción y que no se trataba más que de un reflejo de la
realidad.
Los habitantes de nuestro universo eran bastante
desconfiados y, aunque solían plantearse los porqués de las
cosas, tendían a la incredulidad. Como cuando se descubrió
que la tierra era redonda en lugar de plana, el pobre Galileo
sufrió en sus carnes la condena por parte de la Inquisición, al
decir en público lo que muchos pensaban en privado.
El miedo a lo desconocido y a contradecir lo que se creía
en aquel entonces le ofreció a la Inquisición un escudo
protector con el que controlar a todo aquel que podía
desestabilizar el equilibrio.
Por extraño que pudiera parecer, cada mundo, cada
universo, tenía su hermano gemelo, en nuestro caso, uno
malvado con sed de sangre y colonización.
El Ying y el Yang de los universos paralelos. El polo
positivo requería de uno negativo, cualquier elemento tenía
ambas partes, como una balanza; si uno de los extremos pesara
más o se suprimiera aquello que los dividía, la repercusión
sería extrema.
En nuestro caso, el límite fronterizo entre ambos mundos lo
ponía La Raya, una frontera limítrofe que se podía cruzar a
través de distintos agujeros de gusano que nos conectaban. Y
con ello no me refiero a huecos en la tierra provocados por
anélidos, sino verdaderos túneles que hacían confluir el
espacio y el tiempo en un lugar sin ley.
A través de ellos se conectaban las dos realidades más
dispares que seas capaz de imaginar.
Mientras en este mundo la mayor preocupación era tener el
césped más verde que tu vecino, el coche más grande, o el
sueldo más alto, al otro lado la competición se basaba en quién
era mejor asesino, ladrón o el criminal más despiadado.
En la tierra que conocíamos, el mar era azul y los edificios
de colores, los que estaban al otro lado describían un mundo
oscuro con las aguas teñidas de rojo por los innumerables
cadáveres.
En el lugar más hostil que puedas llegar a imaginar,
también había un ejército de licántropos custodios. Todo lo
que existía en la cara A de la moneda, tenía que coexistir en la
B, a no ser que ambas confluyeran, en ese caso, solo uno de
los bandos podía sobrevivir.
Existía un pacto desde los inicios de la humanidad, los
guardianes fuimos creados para custodiar La Raya, tanto para
los habitantes de un lado como para los del otro. Además de
proteger a la raza humana de sus propios desastres, teníamos el
deber de no permitir a nadie cruzar y romper el equilibrio.
No obstante, siempre había algún licántropo que no era tan
fiel a la causa, que hacía la vista gorda y permitía a migrantes
del otro mundo cruzar al nuestro. Teniendo en cuenta la
crueldad de los homónimos, era muy importante que pocos
lograran pasar al otro lado, el motivo era simple; no se podía
coexistir, y si ellos traspasaban la frontera, a diferencia de los
habitantes de nuestro universo, sabían muy bien qué tenían
que hacer para seguir con vida: Ir en busca de sí mismos, de su
otro yo, para colonizarlo, reducirlo y expulsarlo de su propio
cuerpo con el fin de quedarse con él.
En cuanto un migrante entraba en contacto físico con su
otro yo, el alma del colonizador abandonaba su envoltorio para
entrar en guerra con el alma del usurpado, quien, pillado por
sorpresa por la desinformación que te da el no saber, era
expulsado en la mayoría de los casos, por no decir en todos, de
su cascarón protector, pasando a lo que todos conocemos
como mejor vida.
Yo no conocía ningún caso de fusión donde el vencedor
fuera de nuestro universo. Los humanos no estaban preparados
para albergar tanta maldad y ser capaces de arrojarla, eran
absorbidos y despojados de sus cuerpos con facilidad.
Si un humano cruzara al otro lado de La Raya y buscara a
su homónimo, tampoco sobreviviría. En primer lugar, porque
su mundo era un sálvese quien pueda y, en segundo, porque a
ellos sí que se los aleccionaban desde pequeños sobre lo que
tenían que hacer.
No sabían vivir de otra manera que no fuera a vida o
muerte. Así que, una vez estaban aquí y habían expulsado el
alma del cuerpo colonizado, se convertían en criminales. Jack
el Destripador o Adolf Hitler fueron cuerpos ocupados, como
se llegó a descubrir.
Si en las noticias escuchaba aquella frase de «no entiendo
cómo pudo matar a su mujer y a sus hijos, si era una bellísima
persona», yo arrugaba la nariz porque conocía el motivo.
Habíamos fallado y uno de ellos se había colado en nuestro
universo.
Como las almas eran incapaces de coexistir, en cuanto las
dos personas confluían en un mismo universo, disponían de un
plazo máximo de ocho horas para fusionarse, transcurrido ese
tiempo, si el alma colonizadora no lograba entrar en el cuerpo
de la que quería colonizar, moría.
Así que si yo tuviera que dar un consejo a un humano que
se da de bruces consigo mismo, le diría que corriera, que no
parara y se alejara todo lo que pudiera hasta que el tiempo de
colonización hubiera transcurrido. Las posibilidades de
enfrentarse y salir vencedor eran ínfimas.
Las almas expulsadas no tenían posibilidad de regresar a su
cuerpo, perecían para siempre. Y a nosotros nos quedaba por
delante un trabajo muy arduo, batallar contra los colonizados,
darles caza y, si podíamos, devolverlos al otro lado antes que
matarlos. Aunque muchas veces era imposible y no quedaba
más remedio que la exterminación.
En los últimos tiempos, los que cruzaban solían ser mucho
más fuertes que los humanos y nos ponían en apuros.
Estábamos convencidos de que habían encontrado una fórmula
que triplicaba su fuerza, resistencia y tamaño.
Atraparlos y hacerlos regresar no era sencillo.
Entré en el local alterado, tenía un pálpito, daba igual que
el intuitivo fuera Moon, podía percibir que algo no iba bien en
mi manada.
Aquellos tipos se veían muy duros, que yo hubiera sido
arrojado contra una pared con tanta facilidad no era buena
señal.
Daba igual que no me hubiera convertido, no solía
hacernos falta, los licántropos, en nuestra versión humana,
teníamos activas nuestras capacidades a la mitad, para que no
se nos fuera de las manos y no llamáramos la atención.
Agucé la vista y me di cuenta de que tres de los cuatro
tipos se encontraban tumbados en el suelo, fuera de combate y
aparentemente sin vida. Al cuarto no se lo veía por ninguna
parte.
Moon estaba arrodillado en el suelo palpando el cuerpo de
Bastian, había sangre, solo esperaba que no fuera de él. Me
acerqué con cautela, a Selene tampoco se la veía, ¿habría ido a
buscar ayuda, o quizá tras el cuarto hombre?
—¿Qué ha pasado? —pregunté preocupado.
—Bastian está malherido, tengo que llevarlo a casa, es
grave.
Una fea herida se abría en el abdomen de nuestro hermano.
Apreté el ceño malhumorado al no haber podido evitarlo.
—¿Cómo es posible? —insistí sin dar crédito.
—Iban armados, eran muy fuertes y rápidos, ya viste lo que
te hizo el que ha logrado escapar, esto no me gusta… Está
pasando algo…
—Entonces, ¿uno ha escapado?
—Mi hermana ha salido tras él, deberías… —No hizo falta
que terminara la frase.
—¿Puedes con esto solo?
—Ve, ya he avisado para que vengan a buscar a Bastian.
No dejes que le pase nada a Sel.
—Haré todo lo que esté en mi mano. —Moon asintió y yo
olfateé el ambiente para seguir el rastro de la loba.
Capítulo 28
Sin noticias

Doce de la noche y sin noticias de Jared.


Miré la pantalla del móvil y ya había perdido la cuenta de
cuántas veces lo hice. ¿Cien? ¿Quinientas?
Estaba demasiado atacada para dormir. Lo ocurrido me
dejó muy exaltada, igual que a mis amigas. Teníamos un grupo
de WhatsApp que había estado echando humo hasta hacía un
rato.
Y eso que ellas no vieron lo mismo que yo, que alcé la
cabeza para ver a Jared estampado y a Selene convertida en la
rubia que aparece en Lady Bug cuando se transforma en Queen
Bee.
Me lo guardé. ¿Por qué? Pues porque en el fondo siempre
tenía una reserva de secretos, cosas que no me apetecía
compartir con todo el mundo, por muy amigos que fueran.
Según había leído, se trataba de una característica propia de
los escorpio, mi signo zodiacal. Éramos herméticos con
nuestra vida privada y desterrábamos a quienes traicionaban la
lealtad que les ofrecíamos.
¿Jared me había traicionado al no comentarme lo de
Selene? No, solo omitió parte de su historia personal y no
podía culparlo cuando entre nosotros solo estaba naciendo una
amistad. Además, había ganado muchos puntos extra
salvándome de situaciones de lo más poco habituales.
¿Cuál sería la próxima? Esperaba que no ocurriera en mi
fiesta de la piscina.
Abrí el WhatsApp solo para comprobar si aparecían las
palabras «en línea» y no me había llamado porque no le había
dado la real gana, o porque estaba pelando la pava con Selene.
Expulsé la imagen de ese par juntos, me hacía demasiado
daño.
Soñé despierta unas cuantas veces cómo sería nuestro
primer beso juntos. Ahora sabía que tendría que conformarme
con el que hoy me había dado en la mejilla, motivado por sus
ganas de que me largara y dejara de incordiar.
¿Cómo sería besar a un chico? Y añado, ¿cómo sería besar
a Jared? Seguro que increíble.
Claudia tampoco había besado a ninguno, decía que ella
practicaba con su propia mano, que cerraba el puño y dibujaba
una boca imaginaria en el pliegue que quedaba entre el índice
y el pulgar. Según ella, empezó con el espejo, pero se dio
cuenta de que era demasiado duro y no le permitía meter la
lengua.
¡Puaj! ¡Qué asco! Cuando lo dijo en el chat del grupo, se
ganó unas cuantas caras verdes.
Nos aseguró que lo hacía para que cuando Moon se lo diera
pudiera estar preparada.
¿Y para eso era necesario dejar el espejo lleno de babas?
Menos mal que su padre nunca la había pillado.
Yo pasaba, no me veía, me sentiría absurda, estampando mi
boca por superficies extrañas, tratando de indagar cómo son
los besos, así que mejor le dejaba las prácticas a Claudia.
Me mordí el labio. Mis ojos recorrieron con ansia los
números que se reflejaban en la pantalla, doce y cinco…
¿Y si no me llamaba porque pensaba que estaba dormida?
No sería extraño, nunca habíamos hablado de nuestros
horarios de sueño, aunque ¿en serio pensaba que podría pegar
ojo con lo preocupada que estaba? ¿Y si lo llamaba yo?
«Pues pensará que eres una pesada, siempre eres tú quien
lo llama e inicia las conversaciones». «¡Eso no es cierto!»,
protesté a la voz de mi conciencia, elevando las cejas ante tan
flagrante mentira. «Vale, puede que sí», la vi regodearse,
porque en mi cabeza la voz tenía una cara redonda, sonrosada
y con expresión de ya te lo advertí.
«Al final te cuelgan el cartel de acosadora», espetó. Apreté
el ceño con fuerza. «¡Pues mejor acosadora que morir con la
intriga!».
Marqué el número y esperé… ¿Había descolgado? Por el
sonido habría dicho que sí…
—¡¿Jared?! Soy yo, Elle.
—El número que llama está apagado o fuera de cobertura
en este momento… Bla, bla, bla…
Pulsé el botón para colgar con rabia. ¿Había apagado el
terminal para no contestarme? Me di la vuelta y hundí mi
rostro en la almohada con ganas de gritar. Sonó el aviso de
mensaje entrante y no pude evitar abrirlo, ¿y si era de Jared?
¿Cómo era posible que Nita supiera todo eso? ¡Si ni ella ni
Rache estuvieron en el local! O por lo menos yo no las vi.
¡Increíble! Ver para creer, lo que se le escapaba a la reina
del chisme era que el interés de Jared por mí era una pantalla
de humo para ocultar lo suyo con Selene. ¿Qué cara se le
quedaría a la reina chismosa si se diera cuenta de que la base
de sus publicaciones era una burda mentira?
Iba a guardarme ese as en la manga por si necesitaba
restregárselo.
Miré el Instagram del grupo, alguien había subido unas
fotos del concierto, en una de ellas, la cámara captaba a la
perfección los ojos de Jared enfocando los míos. Casi parecía
real… Hice una captura de pantalla y la amplié. Viendo esa
imagen, yo también creería a Nita Ferrer.
Intenté marcar su número de nuevo obteniendo el mismo
resultado de antes, la voz del contestador diciéndome que
pasaba de mi culo. Lo sé, soy patética, pero ¿qué le voy a
hacer? En el fondo, estaba muy preocupada, así que, aun a
riesgo de convertirme en la acosadora del cuento, decidí
enviarle un wasap un buen rato después.

Imagino q estarás liado y se te habrá


olvidado q me habías dicho q me llamarías, pero…
Mi loca paranoica interior está preocupada,
con un estoy OK me conformo.
Porque… stas bien, verdad?
12:45
Por cierto el concierto fue brutal.
Mis amigas te dan las gracias.
Espero que estés bien, en serio.
12:47

No escribí más, a la una y media se me cayeron los ojos y


el móvil de la mano, con la foto de nuestra mirada cómplice
ocupando toda la pantalla. No hablaría con él esta noche, pero
soñaría con Jared todo lo que me diera la gana.
Capítulo 29
Toc, toc, ¿quién es?

«¡Elle!».
El bocinazo que dio mi madre provocó que me cayera de la
cama. Ni siquiera me dio tiempo a decir auch.
—¡Elle! —volvió a insistir.
¡¿Es que no podía avisarme como una persona normal?! Ya
no pido que venga como una madre amorosa, abra la puerta
con sigilo y me despierte con suavidad, solo que no necesite
asistencia sanitaria para salir de mi cuarto. ¡Menudo porrazo!
Me arrastré a cuatro patas, intentando aliviar mi trasero y
deslicé la hoja corredera para asomar la cabeza.
—¿Qué? —grité.
—Abre la puerta, estoy en la ducha. Tu hermano ha salido
al parque y tu padre debe estar con los cascos puestos en el
garaje y no se entera. —El timbre volvió a irrumpir con
impaciencia—. ¡Corre! Que estoy esperando un pedido de
libros de Amazon, y mis lectoras no se pueden quedar sin
ellos.
Creo que bajé los escalones de dos en dos, y digo creo
porque ni recuerdo llegar a la puerta, lo que sí recuerdo fue el
fogonazo de luz cegadora que me impidió ver al repartidor de
Amazon y lo suplantó por una visión borrosa de Jared, con el
que no había dejado de soñar.
Ojalá fuera siempre así, que viera a todos los hombres con
su cara…
Intenté recuperar las córneas, pero el resplandor me lo puso
difícil, ¿dónde estaban las nubes cuando se las necesitaba?
—¿Traes los libros de mi madre? —pregunté sin dejar de
frotar mis ojos, abriendo la puerta de la cancela.
Ni siquiera me había mirado en el espejo con las prisas de
abrir y que el repartidor no se marchara.
—¿Qué libros? Elle, ¿estás bien?
Aquella voz… No, no, no, no, no. Era imposible, ¿verdad?
Volví a refregar los dedos por los párpados hinchados y recé,
bueno, miento, que no me sé ningún rezo; más bien supliqué
que no fuera él quien me estuviera viendo con aquel pijama de
Stich devorando galletas, mis zapatillas a juego, que cada vez
que daba un paso se les abría la boca, y el pelo hecho un
desastre.
—Elle… —insistió y a mí me salió cerrarle la puerta en las
narices después de lanzar un grito desgarrador y encerrarme en
casa.
No podía ser, era un sueño, Jared no podía estar ahí fuera y
yo con estas pintas. Probé a darme un bofetón y solo conseguí
que se me calentara la mejilla.
—¡Elle! ¿Qué pasa? ¿Has gritado? —Mi madre salió
envuelta en una toalla del baño, con el pelo lleno de jabón,
armada con el bote de laca, como si fuera de spray pimienta, y
permanecía asomada por la pasarela de cristal.
—¡Por Dios, mamá! ¡Métete en la ducha!
—Pero ¡si has gritado! —¡Como si no lo supiera!
El timbre volvió a sonar y oí la voz de Jared llamándome.
«Que no lo oiga, que no lo oiga», crucé los dedos. Porque si lo
escuchaba, era capaz de hacerlo pasar e invitarlo al desayuno.
—Elle, ¿qué pasa? ¿Quién está ahí fuera?
—Era un misionero, están buscando gente para ir a África,
ya le he dicho que no nos interesa, que aquí no creemos, pero
es insistente…
—¿Un misionero? ¿Aquí? —Me encogí de hombros.
—¡Elle! —Mi nombre tronó con fuerza.
—¿Le has dicho tu nombre? —preguntó mi madre
alucinando.
—¡Vale, no es un misionero! Es un chico de mi clase, pero
como comprenderás, no puedo salir con estas pintas, casi me
muero cuando me ha visto así.
—¿Un chico? —Ahora sí que tenía toda su atención. A mi
madre se le iban a salir los ojos de las cuencas y el corazón del
pecho.
—Ni se te ocurra decir o hacer nada al respecto —le
advertí sonrojada.
—No se me ocurriría, pero si no le abres la puerta, va a ser
peor. No te preocupes por tu aspecto. Ese pijama te sienta de
maravilla y a los chicos suelen gustarles las chicas naturales,
alborótate un poco el pelo hacia abajo y listo. —La miré como
si tuviera tres cabezas en lugar de una—. ¡Hazlo!
Me vi poniéndome cabeza abajo, agitando la melena y
recuperando mi postura como si saliera de un anuncio de
champú.
—Perfecta, y, ahora, sal antes de que tu admirador tire la
puerta abajo.
—¡No es mi admirador!
—Pues lo que sea. Sal, no parece tener ganas de marcharse
sin hablar contigo, y si sigue llamando con tanta insistencia, tu
padre también va a enterarse de que un chico ha venido a ver a
su niñita… No te lo recomiendo.
Aquel era el empujón que necesitaba para regresar al lugar
que había abandonado. Lo hice con la cara cargada de
vergüenza y la necesidad de que la tierra me tragara.
Jared seguía ahí. Con el casco de la moto colgando del
brazo, el pelo despeinado y la misma ropa del día anterior.
Esperando con paciencia a que abriera otra vez. Qué remedio,
lo hice, con mi sentido del ridículo más pisoteado que nunca.
¿Por qué no se había cambiado? ¿Qué hacía plantado en mi
puerta con aquella mirada intensa? ¿Cómo había averiguado
dónde vivía? Demasiadas preguntas sin respuesta. Era mejor
que empezara por la primera.
—¿Qué… Qué haces aquí? —Se frotó el pelo.
—Acabo de leer tu mensaje.
—¿Ahora?
—Hace cuarenta minutos. Me quedé sin batería, y en
cuanto he enchufado el móvil y lo he encendido, me he dado
cuenta de que tenía un wasap tuyo y unas cuantas llamadas
perdidas. —Ahora sí que debía pensar que era una psicópata
acosadora—. He venido directo.
—¿No has dormido? —negó.
—Fue una noche movida. No he podido hacerlo.
—¿Cómo has dado con mi casa?
—Si tenemos en cuenta que en tu Instagram hay una foto
de la fachada, y algunas imágenes del parque de delante, en el
que ya había estado —puntualizó—, no me ha costado
demasiado. Deberías ser más cuidadosa con tus redes sociales,
das demasiada información vital y podrías tener un susto.
No sabía dónde clasificar mi estado emocional. ¿Estaba
contenta de verle? ¿Cabreada porque en mi cabeza había
pasado la noche en vela de fiesta con Selene? ¿O avergonzada
por mis pintas y mi falta de discreción en cuanto a mí misma?
Será que mis padres o la tele no alertaban de ese tipo
de cosas.
—Yo… Em… No sé qué decir…
—Pues yo sí —dio un paso hacia mí, recorrió el espació
que nos distanciaba y me abrazó, envolviéndome en su calor
—. Estoy bien —susurró cerca de mi oreja—, gracias por
preocuparte.
¿Podía derretirme? Porque estaba pasando de sólido a
charco.
—¿Quién es este? ¿Y por qué te abraza? —Mi hermano era
el que realizaba la pregunta sacando medio cuerpo por la
cancela. ¡Madre mía, con lo chivato que era!
Jared me soltó y se dio la vuelta hacia él.
—Hola, soy Jared, un amigo del instituto de Elle, pasaba
por aquí y he venido a saludarla. Tú eres Carlos, ¿verdad?
Eso pilló por sorpresa a mi hermano, que se hinchó como
un pavo al ver que sabía su nombre.
—Sí.
—Elle me ha hablado mucho de ti, dice que eres un crack
de los deportes. —Carlos nos miró a uno y a otro sorprendido.
Puede que hubiera mencionado por encima a mi hermano y
le dijera a Jared que siempre nos estábamos pinchando, que
era un culo inquieto que no dejaba de practicar sus llaves de
artes marciales, además de salir al parque a jugar al fútbol con
los vecinos. Él mismo sacó el resto de conclusiones.
—Sí, no se me dan mal. Salgo a papá, que fue entrenador
personal. Tú también estás muy fuerte y tu moto es muy chula.
—Me gusta entrenar, quizá algún día podamos hacerlo
juntos y después te monte en la moto y demos una vuelta. ¿Te
gustaría?
—¡Eso sería genial! —Los ojos le brillaron. Sus amigos
vocearon su nombre desde la acera de enfrente. Él cogió la
botella de agua que solía dejar en la entrada, le dio un trago y
nos sonrió—. Tenía sed. Oye, ven cuando quieras y hacemos
lo que has dicho.
—Hecho, ya le diré a Elle que te avise.
—Guay. —Mi hermano asintió, se acercó a Jared, le chocó
el puño y se fue dando saltitos. Sin gritos, sin pullas.
—Alucinante… ¿Qué has hecho con mi hermano?
—Tengo buena mano con los críos. Por cierto, me mola
mucho tu pijama, te sienta muy bien, soy muy fan de Stich.
—¿En serio?
—¿Que estás guapa o que me mola Stich? —preguntó
juguetón.
OK, de charco estaba pasando a antorcha porque las
mejillas me ardían.
—No hace falta que digas cosas que no piensas, somos
amigos y sé que estoy hecha un desastre.
—¿Estás de coña? Ayer estabas preciosa, pero el atuendo
de hoy no tiene nada que envidiar. Me gustas te pongas lo que
te pongas, Elle.
Si seguía diciéndome esas cosas, iba a evaporarme.
Necesitaba poner los pies en el suelo y hacerle ver que era
innecesario esta especie de coqueteo insano, no podía hacerme
más falsas ilusiones, no era justo.
—Jared, en serio, no hace falta que sigas con este juego. De
hecho, te rogaría que no siguieras por ahí, me incomoda. —Él
me miró extrañado.
—Creía que te gustaba…
—No, prefiero la sinceridad y la amistad entre nosotros, sin
estos tonteos que no van a ir a ninguna parte, así que te
rogaría, encarecidamente, que dejaras ir al ligón de playa y
que regrese mi compañero de clase.
Mi reflexión pareció descolocarlo.
—No te comprendo.
—Eso es porque estás muerto de sueño y necesitas
descansar. Te agradezco que hayas venido hasta aquí para que
pueda ver que estás entero, aunque con una llamada me
hubiera bastado. Ahora es mejor que vuelvas a casa y
duermas.
—¿Me estás pidiendo que me vaya?
—Exacto. No quiero sonar descortés, lo hago por tu bien,
necesitas dormir después de una noche en vela. Te lo digo
porque eres mi amigo y te aprecio.
—¿Me aprecias? —musitó con una expresión que se me
antojó adorable.
—Ajá.
—¿Y no tienes preguntas sobre lo que viviste ayer? —
cuestionó incrédulo. A estas alturas de la película, ya sabía que
era de naturaleza curiosa.
—Por supuesto, muchas.
—Pues yo había venido con la intención de darte
respuestas.
—Me parece genial que te apetezca hablar y te tomo la
palabra, es solo que ahora no es el momento, ni el lugar. —
Miré hacia mi casa—. Tengo planes con mis padres y, como te
he dicho, tú deberías acostarte. Lo mejor es que lo dejemos
para el lunes y hablemos en clase.
—No me había imaginado este encuentro así. —Parecía tan
descolocado que la que tuvo ganas de hacerlo pasar, invitarlo a
desayunar y que diera una cabezada en el sofá fui yo.
No lo hice, porque lo mejor era poner cierta distancia entre
nosotros, la mínima para que yo pudiera mantener la cordura y
no verme yendo al baile de fin de curso cogida de su mano.
Lancé un suspiro y respondí a su observación.
—Los seres humanos solemos crearnos falsas expectativas,
y cuando nos damos de bruces con la realidad, nada era como
lo que imaginábamos. Vete a dormir.
Su mano se alisó la parte de atrás del pelo y yo le mostré
una sonrisa amistosa. Se puso el casco y dio por concluido
aquel encuentro extraño.
—Entonces, nos vemos el lunes en clase. —Asentí—.
Cuídate, Elle, y pásalo bien con tus padres.
—Gracias, lo haré, y tú ten cuidado en la carretera, que
aquí conducen como locos. —Él movió la cabeza
afirmativamente y me ofreció un cabeceo final antes de
montarse en la moto y arrancar. Tenía todo el fin de semana
para asumir que lo nuestro no iba a pasar de ser una buena
amistad.
Capítulo 30
La gran colonización
Jared

Desorientado y de malhumor.
Así estaba después de pasar la noche en blanco intentando
dar con Selene y el migrante, y terminar en la puerta de Elle
dándome calabazas. Me había dicho que estaba cansada de mi
actitud, que me fuera a dormir y que solo éramos amigos. Pfff.
Di gas a la moto y no me detuve hasta llegar a casa, puede
que me excediera de velocidad en algún punto del camino, si
hubiera sido de noche, me habría despojado de la ropa,
convertido en lobo y puesto a correr sin descanso para liberar
la tensión que se me acumulaba en cada maldita partícula de
mi ser.
¿Tan mal había interpretado las señales? Pensaba que yo le
gustaba, que lo nuestro era recíproco, de hecho, cuando un
lobo captaba el aroma de su ta misa, se suponía que a ella le
ocurría lo mismo. Que la conexión era mutua.
¿Y si con las humanas era distinto? ¿Podría darse el caso
de un amor no correspondido? ¿O quizá se había asustado con
todo lo que había visto?
Mi intención fue la de no guardarme nada, explicarle con
tiento todo lo relativo a nuestro mundo y que se fuera
familiarizando con él, sin sobresaltos, para que no se
convirtiera en un hecho traumático. Sin embargo, no pude
abrir la boca porque, antes de empezar a decir nada, ella ya lo
había dado por zanjado.
¿Y si Selene tenía razón? ¿Y si Elle no estaba dispuesta a
ser uno de nosotros y yo me había montado mi propio cuento
en el que Caperucita se enamoraba del lobo y en lugar de eso
le clavaba un puñal en el pecho?
Tenía más preocupaciones que lamer las heridas de mi
corazón roto. Con la que llevábamos encima, no podía estar
perdiendo el tiempo con falsos enamoramientos.
Me había pasado toda la puñetera noche rastreando,
mientras uno de mis camaradas se debatía entre la vida o la
muerte. Bastian era un miembro importante en mi manada y
ayer, mientras me ocupaba de que Elle saliera sin un rasguño,
le fallé.
Moon y la señora Loup se encargaron de atenderlo cuando
ella misma vino con el coche a por él. La herida era grave, por
lo que lo trasladaron y atendieron con urgencia. Cuando llegué
esta mañana a casa, permanecía sedado.
En el sótano de la propiedad de los Loup había un hospital
para licántropos. La pareja de vida del señor Loup, Tasya, era
quien se encargaba de los que llegaban en peor estado, era una
gran cirujana de los de nuestra especie.
Así fue como conoció a Jerome, cuando ambos fueron
llamados para ayudar en un ataque muy virulento que dejó
fuera de combate a un gran número de los nuestros. Tuvo lugar
en Notre Dame, París, uno de los puntos calientes de La Raya.
Desde que se conocieron en el hospital de la familia de
Jerome, no se volvieron a separar.
Nunca procrearon, Tasya no podía. Fue capturada de
pequeña y le extirparon los ovarios, lo hicieron con un grupo
de lobas a las que un migrante secuestró y mantuvo encerradas
en un sótano. Les hizo mil y un experimentos. No las mató,
pero sí las incapacitó de por vida. Por eso los Loup, quienes,
pese a todo, tenían un fuerte instinto paterno-maternal, se
ocupaban de criar a lobos huérfanos otorgándoles su
protección y apellido.
—¿Cómo está? —pregunté, apostado en el marco de la
puerta que daba a la habitación en la que se recuperaba
Bastian.
Moon giró el rostro hacia mí.
—Fastidiado, pero se repondrá. ¿Has dado con Sel?
Mi amigo estaba nervioso, lo sabía por el modo en que
hacía crujir los dedos. Cuando Moon estaba angustiado, era
algo que repetía constantemente.
—No, les perdí el rastro en el Baptisterio.
—¿A los dos?
—Sí.
La noticia no era buena. No necesitaba añadir nada más
para que Moon captara que el único motivo por el que hubiera
podido dejar de captar a su melliza y al migrante era porque
ambos hubieran cruzado al otro lado.
—Lo siento. —Mi amigo negó.
—Estará bien, mi hermana es una loba fuerte.
—Sin duda. Si alguien es capaz de cruzar y regresar, esa es
ella. Hay que tener fe. —El rubio asintió y volvió a fijar la
vista en el cuerpo inmóvil de Bastian. Caminé hasta ellos y me
senté en la cama.
—Eh, tío duro, si querías unas vacaciones en una cama
caliente, solo nos lo tenías que decir, no dejar que te abrieran
en dos como a un Kinder Sorpresa —mascullé, apretándole el
muslo a mi amigo. Esperaba que pudiera escucharme, Bastian
siempre valoraba mi humor.
Era un lobo callado, lo que no significaba que no le gustara
echarse unas buenas risas. Muchas veces habíamos reído a
carcajadas hasta lograr dolor de mandíbula.
—Lamento interrumpir, pero Jerome quiere hablar con
vosotros. —Era Tasya la que acababa de entrar en el cuarto—.
He preparado el desayuno para que repongáis fuerzas, ambos
necesitáis descansar y Bastian no va a moverse de aquí, por
ahora.
Su pelo, casi tan claro como el de los mellizos, ahora
estaba teñido de negro y corto a la altura de los hombros,
desde su última visita a la peluquería.
Era alta, delgada, inteligente, de carácter afable y muy
atractiva, sobre todo, por sus iris del color de las violetas.
Moon y yo nos levantamos y la seguimos hasta el comedor
sin rechistar. Encima de la mesa, donde cabían unas doce
personas sin problema, había una bandeja de fruta fresca
recién cortada, huevos escalfados, jamón braseado y rodajas
de pan que todavía olían a leña.
—Servíos, yo voy a atender a mi enfermo.
Antes de marcharse, fue hasta Jerome y lo besó como
hacen las compañeras de vida, con pasión.
Los lobos no éramos nada pudorosos a la hora de mostrar
nuestro afecto en público, es más, nos gustaba regodearnos en
el amor que sentíamos por nuestra ta misa. Lo lucíamos con
orgullo y gozábamos de sabernos amados.
Ojeé aquel festival para los sentidos. No tenía demasiada
hambre y, sin embargo, me llené el plato por no hacerle un feo
a Tasya. Cuando esta se marchó, los ojos color avellana del
señor Loup se fijaron sobre nosotros.
—¿Y bien? ¿Podéis explicarme por qué Bastian está herido
y Selene desaparecida?
Ponerlo al corriente era cosa mía, para eso era el líder.
Detallé con pelos y señales lo ocurrido, desde que salí del
camerino hasta mi persecución por la ciudad que me llevó a la
mismísima Alhambra, o más bien a los túneles secretos que la
conectaban con el Baptisterio.
Existía cierta rumorología popular sobre la existencia de
los túneles, algún custodio que se fue de la lengua en el pasado
los había puesto en el punto de mira de los curiosos. Por
suerte, nadie pudo dar con ellos, y es que lo evidente, a veces,
se convierte en el tesoro más oculto.
Si el migrante había llegado a ellos y logrado descodificar
los acertijos que hacía que se abrieran, era muy mala señal. Ya
no se trataba de que un custodio pudiera haberse ido de la
lengua, sino que alguien del otro lado también lo había hecho
y los migrantes ahora tendrían más puntos por donde entrar y
salir sin ser vistos.
Jerome estaba concentrado en mis palabras. Tenía las
manos cruzadas bajo la barbilla y le daba vueltas a los
pulgares mientras me escuchaba.
—No me gusta —concluyó cuando terminé.
—A mí tampoco —confesé, sin haber tocado ni uno de los
alimentos que deposité en el plato, como si fuera una obra de
ingeniería, ordenados por colores y texturas.
—¿Tienes algo que añadir, Moon? —Desvió la atención
hacia mi amigo.
—Que pienso como Jared. Esos migrantes eran mucho más
fuertes y diestros en la lucha de lo habitual, para mí que al otro
lado están experimentando. Y si saben lo de los túneles, puede
ser terrible.
—Tengo que hablar con la Cúpula —apostilló Jerome.
La Cúpula era el consejo de licántropos que establecía las
normas de nuestra especie. Estaba formada por líderes de
todas las edades, sexos y con habilidades distintas, para que
hubiera paridad entre los gobernantes.
Tres hombres y tres mujeres eran quienes decidían y, en
caso de no ponerse de acuerdo, elevaban la decisión a pública
para que se sometiera a votación entre el resto de líderes de
manadas.
—¿Piensas que están preparando la gran colonización? —
lo planteé con temor, desde pequeños nos habían hablado de
ella casi como el Apocalipsis final.
Tenía miedo, ser valiente no estaba reñido con aquella
emoción.
El miedo era eso que te mantenía en alerta, en guardia. El
que te hacía cauto y que tomaras precauciones para plantear
las opciones más válidas.
No era tu enemigo a vencer, al contrario, se trataba de un
amigo al que hay que escuchar, comprender y saber llevar la
contraria cuando la elección estaba tomada.
—Puede que esté más cerca de lo que pensábamos.
Desayunad, tengo que marcharme. No cometáis ninguna
tontería en mi ausencia, permaneced unidos, cuidad de Tasya y
mantenedme informado sobre cualquier cosa que ocurra, por
nimia que parezca.
—Sí, jefe. —Solía llamarlo así cuando tomaba las riendas
de la situación.
Jerome pasó por detrás de la silla de Moon y apretó su
hombro.
—Volverá.
—Eso espero. —Mi amigo recibió unas cuantas palmaditas
antes de que el señor Loup desapareciera.
Nos obligamos a comer en silencio para que Tasya no se
hubiera tomado la molestia en vano. Los dos nos mantuvimos
pensativos, supongo que él planteándose si su melliza podría
haber perecido al otro lado o si, como esperábamos, fuera la
primera superviviente en volver.
Aunque no lo dijéramos en voz alta, ambos sabíamos que
Selene no estaba en este universo, se había colado por La Raya
y la única esperanza que teníamos era la fuerza que ostentaba
nuestra amiga-hermana.
—Voy a echarme un rato, tendrías que hacer lo mismo, tu
aspecto es de agotado —murmuré, limpiándome la boca y
recogiendo algunos platos.
—Lo haré más tarde, antes quiero ir a dar una vuelta.
—¿Solo? —Sus pupilas volaron a las mías. Aunque yo le
hubiera dicho que había rastreado a Selene por todas partes,
era lógico que Moon no quisiera darse por vencido.
—No pasa nada, puedo hacerlo.
—Te acompaño, total, dormir está sobrevalorado, vamos.
Capítulo 31
¿Qué es lo que es?

Miré al profesor con cara de poema; definitivamente,


odiaba la historia, y la clase de Patrimonio Cultural y Artístico
de Andalucía no era otra cosa que historia enmascarada y
embotellada en formato monumentos de nuestro entorno.
El tema de hoy era el famoso Baptisterio, un lugar
mediático, como mencionó el padre de Antonio, Elena y Fede,
por el que la tele se interesó en un pasado debido a sus
peculiares propietarios.
Nos dijo que esta semana nos centraríamos en él y que el
siguiente monumento sería el Torreón, como se lo conocía
popularmente, aunque era La Torre de Gabia Grand, de la cual
se había escrito un libro.
El profe comentó que apuntáramos el nombre, porque sería
una lectura obligatoria durante el curso y deberíamos hacer un
trabajo.
No sabía si dar gritos de alegría o llamar a mis padres para
darles las gracias. «Literatura e Historia conjugados en la
misma asignatura, pedazo de privilegio», pensé sarcástica.
El ojo se me distrajo momentáneamente hacia Jared.
Habíamos quedado en que el lunes hablaríamos sobre lo
ocurrido el finde, pero lo vi tan frío y distante que no supe ni
por dónde empezar, preferí aparcar el tema y él tampoco hizo
amago de acercarse a mí. Puede que fuera mejor así.
Selene no había vuelto a clase, tampoco Bastian, según
Jared, una recaída de su problema estomacal. Él parecía ser el
único que permanecía entero. Bueno, y Moon, del que Jared
no dijo que hubiera dejado de ir a la universidad.
El profe había comenzado a dar la explicación sobre qué
era el monumento, su descubridor y que la cosa no estaba clara
respecto a qué era.
—Pero, entonces, ¿qué es el Baptisterio? —cuestionó
Claudia, a quién sí le interesaban este tipo de cosas.

—Pues la verdad es que fue un gran asentamiento rural


romano dedicado a la explotación agrícola, una villa. Fijaos en
esta imagen. —El profe puso un dibujo en la pizarra digital—.
Según J. Cabré, encargado de su excavación en 1921, el
primer elemento visible de este yacimiento es una estructura a
modo de amplia galería o pasillo, un criptopórtico, donde se
sitúa en la actualidad la entrada y se pierde su alcance. Hoy en
día, no está como en el dibujo, más bien en un precario estado
de conservación —explicó a título personal.
Alcé la mano.
—¿Sí, Silva?
—¿Qué es un criptopórtico?
No es que me apasionara su explicación, es que me parecía
la típica pregunta de examen y, como se suponía que la
mayoría de mis compañeros eran de por aquí, seguro que ya se
sabrían la respuesta.
—Me alegra que hagas esa pregunta. Esta palabra es una
composición de cripta, proveniente del griego, y de porticus,
del latín, que fue utilizada por Plinio el Joven en algunos de
sus epistolarios de inicios del siglo II dC. —Ay Dios, ¿había
dicho Plinio? ¿Y ese quién era?
—Em, disculpe, no lo comprendo —lo interrumpí. No me
daba vergüenza reconocer si no sabía algo, no aprende el que
puede, sino el que quiere.
—Digamos que es una galería o corredor cubierto, un
semisubterráneo, donde se asentarían parte de las
dependencias de una gran vivienda o monumento. En él es
donde se han centrado la mayoría de investigaciones. Sobre
todo, para desmentir al mismísimo Cabré sobre si el lugar era
o no un Baptisterio.
—Un momento, entonces…, ¿es o no es lo que se supone
que debería ser?
El profesor emitió una carcajada, mi mente analítica me
impedía razonar lo que estaba contando. Sentía los ojos de
Jared puestos en mí con interés.
El calor de su mirada ya me estaba afectando, como
siempre, y mi cuerpo comenzaba a reaccionar de manera
involuntaria, daba igual que no quisiera pensar en él, lo
percibía en todas partes.
—Pues, verás, es que no queda nadie vivo de esa época
para preguntar.
La respuesta del profesor hizo reír a toda la clase y a mí
sentirme un poco avergonzada.
—Para Cabré lo era —acusó Jared, saliendo a mi rescate. A
ese paso, para su cumple le compraba una capa.
—Sí, pero para nadie más —anotó el profe—. Para
empezar, H. Schlunk, quien lo investigó a posteriori, aportó
toda una serie de razones por las cuales no podía ser lo que
Cabré decía, como que los baptisterios suelen estar al mismo
nivel que las iglesias o que se hallaron tuberías de barro,
presentes en muchos otros lugares de épocas anteriores a la
que se le suponía que era la bizantina. Además de que no
encontraron entre los restos ningún rasgo cristiano.
Sospechoso, ¿no crees?
—Usted lo ha dicho, a su juicio… —volvió a apostillar
Jared con insistencia.
—Por supuesto, pero el investigador granadino Manuel
Gómez-Moreno Martínez siguió la misma línea de Schlunk, y
alegó que no había nada que apoyara la adscripción de
baptisterio paleocristiano a la estructura descubierta. Él
defendía que era un hipogeo de una villa romana, o tal vez un
conjunto religioso, no estaba seguro.
—¿Y usted qué cree? —Jared era de lo más incisivo y
persistente. Estaba acaparando la atención del profesor y del
resto de la clase.
—Yo creo que se debería seguir adelante con la excavación
y que nos sacara a todos de dudas. Hay muchas más teorías,
para el profesor Pedro de Palol era una estructura
perteneciente a unas termas, dado el hallazgo de una pequeña
piscina o ninfeo octogonal cuya posición de la tubería daba a
entender que se trataba de ello. —Solo con los términos que
utilizaba, ya me estaba perdiendo. Necesitaba aclararme.
—Entonces, ¿qué debemos responder cuando nos pregunte
en el examen? —A mí eso era lo que más me preocupaba, no
entrar en el debate sobre si se trataba de una cosa o de otra…
—Citaré al mismísimo Palol para responderte: «Quede,
pues, este maravilloso monumento como una sugestiva y
atractiva incógnita de nuestros primeros siglos del
Cristianismo».
¿Una incógnita? ¿Esa era la respuesta correcta? ¡Dios, que
yo era de ciencias! Necesitaba más datos para poder aislarla y
darle solución al problema.
¿Es que ese hombre no podía darme algo más exacto que
vomitar en el examen y listo?
—No se preocupe, señorita Silva, les pasaré toda la
documentación por escrito para que pueda sacar sus propias
conclusiones.
—Es que yo no quiero mis conclusiones, necesito las que
me hagan aprobar el examen. —El profe volvió a sonreír.
—Ya se dará cuenta de que en la vida no todo se basa en
una buena nota, sino en encontrar el camino y este, aunque no
lo crea, pasa por nosotros mismos y nuestra hambre de
sabiduría.
Pero ¡¿de dónde narices habían sacado a este hombre?! Yo
de lo único que tenía hambre era de los espaguetis con tomate
y extra de queso que habría preparado mi padre para comer.
Tenía ganas de tirarme de los pelos, giré el rostro hacia el
pupitre de Jared y lo descubrí sonriendo. Seguro que se partía
por mi cara de desesperada.
¡Pues a mí no me hacía ni puñetera gracia! Que si no
entendía bien los conceptos, iba a sacar un cero. ¡Maldita
asignatura!
El profe llamó a Claudia a su mesa para que repartiera el
dosier que había preparado. Una vez lo tuvimos, explicó que
tendríamos un examen la semana siguiente para ver si
habíamos asumido bien los conceptos. Que lo fuéramos
leyendo y que el viernes resolvería las dudas que nos pudieran
haber quedado.
El timbre sonó, era la última clase del día y estábamos a
miércoles, no es que tuviera mucho tiempo por delante,
teniendo en cuenta mis actividades extraescolares y la fiesta
del sábado. Quería morir.
Aplasté la frente contra la primera hoja que quedaba
expuesta sobre la mesa.
—Me parece que ese método de estudio no te va a
funcionar. —Ahí estaba Jared con su tono jocoso. Volteé mi
cara sin despegarla del papel.
—Quién sabe, si mis poros son capaces de captar la
contaminación del ambiente, ¿por qué no va a ocurrir lo
mismo con el dosier del Baptisterio?
—Pues porque si te pasara lo mismo, tu preciosa cara se
convertiría en un gigantesco punto negro. Y esa sería una gran
pérdida para todos a quienes nos encanta admirarla.
Muy bien, mi rostro no se convertiría en un punto negro,
pero estaba segura de que sí en una cereza en almíbar.
Puse las palmas de mis manos acaparando toda la
superficie posible de piel, intentando disimular los calores que
me brotaban por el cuerpo.
—Elle, si necesitas que te ayude… A mí se me da muy
bien esta asignatura. —Separé un poco los dedos y lo miré
entre ellos. ¿Era buena idea quedar con Jared para estudiar?—.
En serio. Podríamos ir a tu casa o a la mía y te explico lo que
no entiendas, yo ya he tenido este profe antes y sé lo que le
gusta que respondas. —No le di una contestación porque nada
más imaginarnos en los lugares que había dicho, el primero,
rodeada de mi familia, y el segundo, con Selene tratando de
aniquilarme, es que no me apetecía…
—No sé… —Debió captar mi malestar porque hizo un
replanteamiento.
—Mira, mejor quedemos en terreno neutral, ¿qué tal en la
biblio?
—¿La del pueblo?
—La que tú quieras, esta o la pública de Granada, a mí me
da igual, que voy con la moto.
—Pues… si no te sabe mal, prefiero la de aquí. Con las
clases de ballet y los deberes que nos mandan, no me queda
mucho tiempo libre, así que…
—Perfecto, no se hable más. ¿Mañana? —preguntó
esperanzado.
—Sí, vale, bien…
—A eso de las… ¿seis?
—Me va bien —musité.
—Genial. Pues prepárate que como profe particular soy
implacable. Que pases una buena tarde, Elle. —Jared me
ofreció uno de sus guiños y se marchó silbando.
—Tú también —respondí sin estar segura de haber hecho
bien.
Capítulo 32
La biblioteca
Jared

Le había dejado espacio. Mucho más del que yo mismo


creía poder resistir.
Tres días llameando por dentro para que Elle pudiera
aclararse.
Estuve hablando con Jerome, pues estaba preocupado de
que ella pudiera no sentir lo mismo por mí. Me dijo que no
conocía ningún caso en el que el lobo interior encontrara su ta
misa, fuera licántropa o humana, y no fuera correspondido.
No iba a ser yo el primero que tuviera esa mala suerte, ¿no?
El examen sobre el Baptisterio me lo había puesto a huevo
y no era de los que desaprovechaban oportunidades.
Bastian ya estaba mucho mejor de su herida. Los
licántropos teníamos una capacidad de recuperación excelente.
Si permanecía en casa, era más bien porque estaba intentando
encontrar respuestas sobre lo que podría haberle ocurrido a
Selene. Que no hubiera regresado todavía no era buena señal.
¿Y si había muerto al otro lado?
Moon estaba destrozado, decía que no la sentía, que notaba
como si su vínculo se hubiera roto. Yo lo achacaba a la
distancia interdimensional, era lógico que, una vez saltada la
barrera que suponía La Raya, dejara de percibirla.
Veía en su mirada sus ansias de cruzar, de ir a por ella, y
sabía que si no lo había hecho, era por respeto a la manada.
Una decisión así no podía tomarla solo. Selene tampoco
debería haberlo hecho, y si regresaba sana y salva, recibiría un
castigo por desobediencia. El salto al otro lado solía tener
como consecuencia el destierro y, aunque todos supiéramos
que el destino de Selene era formar su propia manada y ser la
única líder, había maneras y maneras.
Éramos pocos custodios y no podíamos permitirnos perder
muchos más por arrebatos pueriles.
Jerome regresó el martes de su reunión con la Cúpula, el
consejo se mostró preocupado ante la información que les
ofreció. Le pidieron que extremaran las precauciones. El
cabecilla de la facción de los Puros, Faddei Volkov, dio un
golpe sobre la mesa y exigió un cambio en la legislación.
Pretendía acelerar la procreación e impulsar la premisa más
importante de la facción, apareamiento entre Alfas y
prohibición de las parejas híbridas; según él, no encontraba
otra opción para que la raza se fortaleciera y poder seguir
custodiando La Raya sin preocupaciones.
Lo peor de todo era que algunos de los miembros del
consejo se lo estaban planteando con seriedad, y más después
de saber que los migrantes estaban mejorando sus capacidades,
poniendo en apuros a los habitantes de nuestro universo.
Aquello no era bueno. Que Volkov les hiciera creer que
aquella era su mejor opción. Uno de los estigmas de la historia
de la humanidad había sido ese, la creación de una raza única
y poderosa, sabía cómo terminaban esas cosas y no pensaba
apoyarlo si salía a votación popular.
Miré el reloj del móvil por tercera vez. Había llegado
quince minutos antes por los nervios, tenía tantas ganas de
estar con Elle, a solas, que la inquietud pudo conmigo. Tenía
un plan que esperaba pudiera funcionar.
A las seis menos cinco, la vi aparecer con paso apresurado.
Su pelo estaba recogido en una cola alta, llevaba una
sudadera de la NASA en color rosa claro, con las letras
brillantes en relieve y unas mallas negras. Me daba igual lo
que se pusiera, porque a mí lo que me gustaba era ella.
—Hola, ¿llego tarde? —preguntó apurada.
—No, qué va, soy yo el que se ha adelantado. —Su aliento
se disparó con alivio.
—Menos mal, es que estaba haciendo los ejercicios de
Lengua y se me fue el santo al cielo. —Fue decir lengua y de
inmediato mis ojos buscaron la suya que humedecía el labio
inferior. Apreté el gesto y controlé las ganas, su boca se veía
tan apetecible que me moría por besarla.
Me parece que se dio cuenta, porque la guardó de
inmediato. Había besado a unas cuantas chicas y, sin embargo,
nunca tuve esas ansias acuciantes por ninguna.
Tomé la puerta y la abrí para que se adelantara. Era mejor
que me serenara. Al pasar por mi lado, creí morir al aspirar de
cerca su aroma. Mi lobo interior rugió, exigiendo ser saciado.
Ella volteó un poco el rostro, me miró con dulzura y expulsó
un «gracias» que me hizo apretar las garras.
Una vez dentro, nos acomodamos en la primera mesa que
vimos libre.
—Me he traído los apuntes, no estaba segura de si los
necesitaríamos. ¿Tú no traes nada?
—Yo me lo sé todo, está aquí dentro. —Golpeé mi sien con
el dedo.
—¡Pues qué suerte! Ojalá a mí no me costaran estas cosas,
¿crees que si frotamos las frentes serías capaz de transferir tu
info a mi cerebro? —La sugerencia me hizo pensar en lo que
no debía. Apreté los ojos, noté el brillo de la transformación
oscilando en ellos.
Ella estaba bromeando, no hablaba en serio, y así tenía que
tomármelo.
La biblioteca no era muy grande, por fortuna, estaba menos
concurrida que de costumbre. Elle no echó cuenta a mi
silencio y se puso a sacar sus apuntes. La detuve tomando su
mano y me miró sin comprender.
—Para, que vas muy revolucionada…
—Lo que voy es justa de tiempo, y que no me entre lo del
Baptisterio me estresa…
—Yo haré que te entre, haré que te guste y que veas las
cosas de un modo muy distinto. —Su palma ardía entre las
mías. Me gustaba el calor que emanaba, tan acogedor que me
entraban ganas de transformarme, enroscarme y que me
acariciara el pelaje—. ¿Te gustan los animales? —pregunté de
sopetón. Ella pestañeó perpleja.
—¿Los animales? —Asentí, imaginando su cara al verme
en mi versión animal.
Había visto en redes que tenía un gato, no obstante,
necesitaba su confirmación.
—Pues para serte franca, y aun a riesgo de conseguir un
punto negativo a tus ojos, no. —La confesión me pilló por
sorpresa.
—¿En serio?
—Que no te gusten los animales está al mismo nivel de que
no te gusten los niños, es decir, socialmente mal visto. Se
presupone que a todo Dios tienen que gustarle, pero… ¿Y si
no es así? ¿Soy peor persona porque una mariposa me dé
miedo? —No sabía si reírme o angustiarme. ¿Una mariposa?
¿En serio?—. Es como las mujeres que deciden no ser madres
y el resto las apuñalan con los ojos. ¡No todos somos iguales!
Deberían respetarse las opciones personales de cada uno.
—Las mariposas no cuentan, son insectos…
—Da lo mismo, ponme un hámster sobre las piernas y
ganaría una medalla olímpica en salto de longitud, o de altura.
Su observación me hizo reír. Me gustaba que no callara ni
debajo del agua y tuviera opinión para todo.
—Entonces, ¿también eres de las que no quieren ser
madre?
Me estaban entrando sudores fríos. Que no le gustaran los
animales era un mal punto de partida, pero que no quisiera
tener una futura camada era un escollo de los grandes.
—El sábado cumplo dieciséis, claro que no quiero ser
madre.
—¿Nunca? —La voz me tembló. Los lobos teníamos el
sentimiento de paternidad y maternidad desde que nacíamos,
era innato en nosotros.
—Pues, hombre, quizá algún día, ahora mismo no es una
de mis prioridades. ¿Tú querrías tener hijos? Los chicos les
soléis tener bastante alergia a estas cosas.
—No se puede generalizar. Yo tengo muy claro que quiero
ser padre, aunque más adelante.
Ella me miró pensativa y se mordió el labio. Mi lobo rugió.
«No hagas esas cosas». La expresión de su cara demudó sin
previo aviso y fijó aquellos ojos del color del musgo en los
míos.
—Oye, no es que no me interese el tema de los bebés, los
animales y eso, pero… ¿esto tiene que ver con algo de lo que
vamos a estudiar? ¿O es que perteneces a alguna protectora u
organización de planificación familiar? No serás testigo de
Jehovah, ¿no? —Casi me desmonto de la risa.
—No, no se trata de eso. Tiene que ver más con conocernos
mejor. No sé, pensé que estaría bien que supiéramos cosas el
uno del otro antes de entrar en materia.
—Vale, pues no me gustan los animales, salvo en los
vídeos, y muero por mi gato.
—¿Tu gato no es un animal?
—Lo es, pero es mío, en casa todos tienen claro que si
alguna vez me mudo, Mr. Peanut se viene conmigo. ¿A ti te
gustan los gatos?
—Yo soy más de perros, ¿piensas que podría caerte bien
alguno?
—En alguna ocasión, he acariciado a alguno, aunque no
son lo mío.
—¿Y qué me dices de los lobos? ¿Te gustan? —Alcé las
cejas. Ella sonrió.
—¿Me preguntas por los que corretean en la montaña, los
de los cuentos, o por los integrantes de tu grupo? —Era aguda.
—Por los de la montaña, mi grupo ya sé que te gusta, en el
concierto cantaste todas las letras.
Sus mejillas se colorearon y se aclaró la voz.
—Confieso que lo hice para no sentirme fuera de lugar,
aunque vuestra música me encanta, ahora no dejo de
escucharos en cuanto llego a casa.
—Gracias.
—Pues respondiendo a tu pregunta, te diré que, hombre, los
del cuento buena fama no tienen, y que si un día me cruzo con
un lobo salvaje en plena montaña, o me come o sale huyendo
del grito que pego, y a mí me llevan en ambulancia. ¿A ti te
gustan?
—Me considero uno de ellos. —La miré intenso.
—Deberías tener cuidado, dicen que son un saco de pulgas,
así que yo de ti estaría yendo a por un collar al veterinario y
que te desparasiten. —Solté una carcajada tan fuerte que el
bibliotecario me mandó callar. Los ojos de Selene brillaban de
la risa contenida—. Por hoy, doy por terminada la ronda de
preguntas, sé que confías mucho en tu capacidad como profe,
pero espera a tenerme de alumna en algo que no me gusta…
Puedo ser desesperante.
—A mí no me desesperas, me generas mucha curiosidad,
no me canso de escucharte. Perdona si te has sentido
avasallada. —El sonrojo floreció en sus mejillas.
—No pasa nada, a mí también me gusta que hablemos.
—Recoge las cosas, nos vamos.
—¿Cómo que nos vamos? —cuestionó atragantándose.
—Tu mente es analítica, necesitas ver con tus propios ojos
aquello que no comprendes…
—¿Pretendes que vayamos al Baptisterio? —Asentí.
—Pero ¡si está cerrado!
—Hay maneras de entrar.
—¿Y si nos pillan?
—¿Y si sacas un diez en la materia? —contraataqué, dando
en su punto débil—. Vamos, quiero hacértelo sentir, es la única
manera de que asumas que hay cosas que pueden llegar a
gustarte más de lo que piensas.
La vi dudar. Elle era cabezota y sopesaba todas las
posibilidades antes de tomar una decisión.
—¿En tu moto? —Pensar en sus manos rodeando mi
cintura era algo en lo que me había estado recreando.
—Sí, ¿algún problema? —Si no aceptaba, podíamos ir
andando, aunque tardaríamos un poco más.
—Nunca he montado en ninguna.
—Conmigo harás cosas, verás cosas y sentirás cosas que
nunca has vivido. ¿Eso te asusta?
—Puede —confesó sin pudor. Me gustó que fuera sincera.
Alargué la mano y acaricié su mejilla con tiento.
—Te he demostrado en reiteradas ocasiones que puedes
fiarte de mí, que voy a protegerte y que si te digo que hagamos
algo en concreto, siempre es pensando en tu bien. Para mí eres
lo primero. —Sus labios se habían separado al notar mi roce
contra ellos. Era tan suave, tan adorable, que dolía—. Hay
muchas maneras de aprender, Elle, deja que te muestre la mía.
—Su curiosidad chisporroteaba sin artificios, le faltaba muy
poco para aceptar.
—Solo si me prometes que no sacaré menos de un diez y
que tienes otro casco.
—Ya te lo he dicho antes, vamos a por esa matrícula, y tu
seguridad va antes que la mía.
Su sonrisa centelleó. Recogió los apuntes que había sacado
y se levantó anillando los dedos a los míos.
—No perdamos más tiempo, profe.
Capítulo 33
¿Estudias o te bajas?

Estaba agarrando a Jared por la cintura. ¡Estaba agarrando


a Jared por la cintura! Y, encima, mi cuerpo aplastaba el suyo
sin que se quejara. Tuve que modificar el peinado para que me
cupiera el casco, eso sí, no obstante, no me importó.
Al principio, me monté con prudencia, salvaguardando las
distancias. Me hizo falta un simple acelerón para sentirme un
puñetero mosquito contra el cristal del coche. Si hubiera
podido fundirme más, lo habría hecho.
Noté una risa ronca rebotando bajo las palmas de mis
manos. Seguro que Jared pensaba que era una cría al
asustarme de aquella manera. No dijo nada. Me dejó
regodearme en su fuerza, en su control y, una vez me sentí
segura, pude disfrutar de la impresión del viento al golpear mi
cara, hasta que separé los labios, sonreí y un puñetero bicho
volador decidió entrar en mi boca.
Me puse a escupir como una loca, y me recordó al día en
que mi padre iba andando tranquilamente por la calle y se
tragó una mosca. Lo que me pude reír, y lo mal que lo estaba
pasando ahora.
—Elle, ¿todo bien? No te muevas tanto o te vas a caer —
me advirtió Jared.
—¡Acabo de tragarme un bicho con alas!
—Más proteína para el cuerpo —me dio una arcada.
—Me parece que voy a hacerme vegana.
—Mejor cierra la boca no vaya a venir su familia al rescate.
La posibilidad me horrorizó y apreté los labios el resto del
trayecto, que fue bastante breve.
Cuando llegamos a una especie de tierras de labranza sin
cultivo, Jared me ayudó a bajar y desabrochó la sujeción del
casco que quedaba bajo mi barbilla. Pude recrearme en su
cara, sin parecer una de esas locas obsesionadas por el
cantante de un grupo de rock. Era imposible ser más guapo
que él. Sus pestañas se veían tan espesas que parecía que las
llevara postizas.
—Cinco euros por tus pensamientos —murmuró,
pillándome de lleno. Me dio vergüenza reconocer que estaba
babeando así que hice lo que solía hacer cuando me ponía
nerviosa. Decir cualquier cosa.
—¿Llevas pestañas postizas?
—¿Yo?
—Las tienes muy tupidas, como las cejas. ¿Has pensado en
depilártelas? —Jared bizqueó, intentando encontrar un ceño
que apenas existía.
—No, ¿debería?
—Por mí están bien, además ahora se llevan gruesas.
Él pasó un dedo por el entrecejo.
—¿Estás diciendo que parezco la versión masculina de
Frida Kahlo?
—¡No! Me gusta cómo las tienes —suavicé.
—Si las ves muy mal, voy a buscarte unas pinzas.
—Ni en broma, lo de los pelos de las cejas es un vicio,
como las pipas, empiezas con uno y te las fundes. Hay muchas
mujeres que se las pintan porque se han quedado sin ninguno.
—Muy bien, entonces, me las quedo, le haré caso a la
experta.
—Yo tampoco me las hago —confesé—. ¿Ya hemos
llegado? —pregunté, fijándome en la tierra que me rodeaba.
—Así es, ¿ves esa bóveda que emerge del suelo?
—¿La piedra circular?
—Exacto. Ahí debajo está el Baptisterio.
—Tu entrada secreta no será bajar atados a una cuerda,
¿verdad? Que lo más parecido que he hecho a eso es tirarme
en tirolina.
—Dame el casco, Dora la Exploradora. —Extendió la
mano para que se lo entregara y meterlo bajo el asiento. El
suyo se limitó a colgarlo del manillar.
—¿Lo vas a dejar ahí?
—Nadie va a robarlo, y si lo hacen, solo has de ponerte a
gritar: «¡Swiper, no robes, Swiper, no robes!»
—Tonto —le arreé un manotazo divertida.
—No le digas eso a tu mapa…
—Se te ve muy puesto en esos dibujos.
—Todos tenemos un pasado —musitó sin vergüenza—. Y
va en serio, aunque parezca raro, todo el mundo sabe que esa
moto y ese casco son míos y nadie quiere problemas con los
lobos. La fama de los MENA nos precede.
—Eso ha sonado triste e injusto.
—Es lo que tienen las etiquetas, la mía es la de tío chungo
de barrio, cantante de rock marginado o migrante hijo de
ninguna parte. Puedes quedarte con la que prefieras.
—Yo no te veo así, a mí me pareces muy buen tío. —Una
risa cálida emergió de entre sus labios.
—Quizá solo te use y todo sea una cortina de humo —agitó
las cejas. Yo descarté la posibilidad de inmediato. Jared no me
haría eso.
Dejamos la moto y nos alejamos unos metros, el terreno
hacía pendiente y estaba cubierto de arena. Casi caigo en
plancha por un resbalón. Menos mal que ahí estaba mi
salvador para incrustarme contra su torso de cemento armado
y tomarme de la mano cuando mi corazón se desbocó.
Ya no sabía si mi alto índice de torpeza se incrementaba
ante su presencia o que él era mi criptonita.
Cuanto más nos acercábamos a las puertas de hierro
forjado, donde rezaba «Baptisterio Rojas» en un cartel que vio
mejores tiempos, más agitada me sentía.
El lugar daba un pelín de repelús, listo para grabar una peli
de zombis sorbecerebros. Estaba bastante abandonado,
cubierto de hierbajos y quedaba flanqueado por unas paredes
de ladrillo muy antiguo oculto a la vista de ojos curiosos.
¿Y si se derrumbaban y nos quedábamos ahí encerrados?
¿Y si nos pillaba otro terremoto?
No había nadie cerca para poder pedir auxilio, lo que me
generaba cierta inquietud. En realidad, no conocía lo suficiente
a Jared. ¿Y si era un pirado como el tío de la serie You? ¿O
pertenecía a una secta satánica y lo único que pretendía era
sacrificarme en uno de sus macabros rituales?
Dos manos presionaron mis hombros. Di un alarido y volví
a tropezar.
¡Maldita fuera mi estampa! Como siempre, él estaba ahí
para evitarle a mi madre el disgusto de tener que visitar al
dentista.
—Eh, tranquila. Este sitio puede llegar a impresionar. No
pasa nada, estoy contigo. —No quise decirle que ese era el
problema, que estar con él me hacía sentir extraña, patosa y
excesivamente atacada—. Voy a pedirte que hagas un acto de
fe. Cierra los ojos un minuto.
—¿Por qué? —«¿Iba a besarme?». Mi boca estaba que se
tiraba en plancha. Daba igual que Selene y él salieran juntos,
había llegado a un punto en el que mi atracción hacia Jared era
tan grande, tan primitiva, que lo demás dejaba de importar, y
dudo que hubiera podido resistirme.
—Porque si nos pillan, prefiero que seas ajena al acceso y
no te puedas chivar. Es por tu bien.
No tenía más remedio que obedecer. Apreté los párpados,
los labios y escuché un «buena chica» que me hizo mirar entre
las pestañas, con disimulo, para que no se notara que lo estaba
viendo.
Jared se aproximó a una de las paredes, lo vi contar
ladrillos, hasta que dio con el que buscaba y, simplemente, tiró
de él, lo movió y metió la mano para extraer un juego de
llaves. Cuando recolocó la pieza y lo tuvo en su mano, me dijo
que ya podía mirar. Agitó el llavero frente a mí.
—¿Tienes las llaves? Y yo pensando que se trataría de una
gruta secreta, presionarías la pared y se abriría una compuerta.
—Siento decepcionarte, hay veces que no es necesario
complicar las cosas. Los mejores escondites no suelen
necesitar exceso de camuflaje, igual que las caras bonitas
como la tuya.
Encajó la llave en la cerradura del candado que permitía
cerrar la puerta mediante una cadena gruesa, y esta chirrió. Su
coqueteo ya me había encendido de nuevo.
—No estaría de más que le pusieras un poco de aceite —
carraspeé. Él alzó los labios.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez que te traiga. —
Me guiñó el ojo—. Entra.
Di un paso y quedé al otro lado, él cerró el candado
dejándonos encerrados. ¿Próxima vez? Un momento…
¡Acababa de encerrarnos!
—Pero ¡¿qué haces?! —exclamé histérica.
—Tranquila, tengo las llaves, ¿recuerdas? Y no querrás
levantar sospecha.
Ante nosotros se desplegaba una galería oscura, como
había leído en los apuntes, de unos treinta metros de largo por
dos de ancho, y varias aberturas en las paredes que parecían
ventanucos tallados en piedra, carentes de vistas.
Jared se sacó una linterna de la chaqueta y alumbró la
estancia. Estaba vacía y sin altar para sacrificios. Solo se veía
una especie de cruz bajo una arcada de ladrillo. Respiré
tranquila.
—Dios, esto tiene pinta de que haya muchos bichos… —
argumenté, mirando las gruesas telarañas.
—Tranquila, dame la mano, si hace falta, me convierto en
asesino en serie de tarántulas y escarabajos. —Fue mentarlos y
me pegué a él como un trozo de slime lanzado contra la pared.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto, por ti, MA-TO. —Su alegato a lo Belén
Esteban me hizo sonreír.
Caminamos hasta situarnos en el final del túnel, donde un
haz de luz, parecido a un caño, alumbraba el centro de lo que
llamaban cripta. Caminamos alrededor de ella. Al fondo del
pasillo, se encontraban piezas de mármol, caliza blanca,
mosaicos y piedras de colores, no muchas, aunque,
seguramente, aquel paño había estado cubierto de ellas.
Formaban figuras geométricas, vegetales, animales y humanas.
—Mira, ¿ves esto que tiene forma de cruz? —me preguntó
Jared.
—Ajá.
—En realidad, era el bajante de una tubería que llegaba
hasta aquí —señaló el centro—, donde se creía que había una
pila bautismal, aunque muchos piensan que se trataba de una
fuente octogonal. Ahora solo queda la marca.
—¿Se la llevaron?
—Supuestamente. Se encontró una pieza que nunca se supo
dónde fue a parar, como muchos de los restos que se
albergaban en el interior de este sitio, ya sabes cómo es la
gente.
—¿Y esas escaleras? —Se veía con claridad que subían
hacia algún lugar.
—Pues por lo que se sabe, esta galería era una especie de
almacén para conservar comida o productos perecederos, se
cree que la escalera iba a una parte superior que daba acceso a
la villa romana. Esta zona central debería haber estado
cubierta por cerámicas, mármoles, teselas de colores, seguro
que en su época era un sitio bonito.
—Entonces, ¿no es un lugar religioso?
—No, más bien es de arquitectura civil, aunque algunos se
empeñen en decir lo contrario. —Me acerqué a los escalones y
Jared los enfocó.
—¿Te das cuenta de que aquí es como si bajaran? —
apunté, viendo uno medio enterrado.
—Sí, algunos decían que ahí debajo están los cadáveres de
más de quinientos romanos, que son una especie de
catacumbas. —Puso voz lúgubre. Abrí los ojos
desmesuradamente.
—¿Estamos andando sobre un campo de muertos?
—Bueno, nadie ha excavado por aquí debajo, así que a eso
no puedo responderte. No obstante, algunos dicen que si
escuchas con atención…, los oyes.
La puerta dio un golpe muy fuerte, yo chillé y me lancé sin
pensar contra los brazos de Jared, los cuales se cerraron a mi
alrededor como un cepo. Sonidos, crujidos y un ambiente
enrarecido se sumaron a mi fatiga por estar en un lugar como
aquel.
—Eh, Elle, tranquila, solo ha sido un golpe de viento y una
broma por mi parte —susurró, tomándome con suavidad de la
barbilla.
Yo estaba temblando, tanto por el susto que me había dado
como por su proximidad. La linterna daba vueltas en el suelo y
las sombras que se proyectaban sobre el rostro masculino eran
hipnóticas.
Mi corazón rebotaba contra el suyo, podía percibirlo, del
mismo modo que notaba su fuerza calmando mi
incertidumbre. La mano cálida se posó sobre mi mejilla y
separé los labios sin necesidad de palabras mágicas. ¿Lo
estaba invitando o simplemente me faltaba el aire?
Jared descendió la vista hasta ellos y yo creí volver a ver
ese peculiar destello en sus pupilas, como una estrella fugaz en
la noche cerrada y por supuesto que pedí mi deseo antes de
que su cara descendiera sobre la mía.
Capítulo 34
Novatada

Algo rozó mi tobillo, lo que hizo que volviera a chillar


como las locas y trepara por el cuerpo de Jared como si fuera
un koala en su árbol de eucalipto.
—Pero ¿qué? —lo oí preguntar con mis piernas ancladas a
su cintura.
—Algo me ha rozado. ¡O era una rata o la mano de un
romano zombie!
—¡¿Romano zombie?!
—¡Que sí! ¡Que yo no pongo un pie en el suelo! ¡Sácame
de aquí, Jared! Esta noche no voy a poder dormir…
—Todavía no hemos terminado, quería explicarte…
—Pues me lo cuentas en otra parte, por favor, no me hagas
hacer más el ridículo, suficiente me abochorna ya que me veas
así de atacada. Jared, por favor —supliqué, haciendo un
puchero con el poco amor propio que me quedaba.
—Vale, no pretendía que lo pasaras mal… Puede que haya
sido un ratoncito de campo. —Solo de pensarlo me aferré más
contra su cuerpo.
Percibí un hedor fuerte. Dicen que quien primero lo huele
debajo lo tiene, no obstante, no había sido yo.
Jared me estaba bajando al suelo cuando tuve que
preguntar.
—¿Has sido tú? —Él apretó el ceño.
—¿Cómo?
—Huele muy mal y parece metano puro. —Él abrió los
ojos con alarma y miró hacia atrás.
—¡Corre!
—¿Qué? —Me dio las llaves.
—Coge la linterna y ve hacia la puerta, ni se te ocurra
mirar atrás. Corre, Elle, por lo que más quieras…
El suelo comenzó a temblar, no comprendía nada, mi
instinto me pedía huir como él insinuaba, sin embargo, no
podía dejarlo atrás.
—Pero…
—No hay peros, obedece, ¡corre, Elle! No puedo
enfrentarme a esto contigo.
En las pelis de miedo, mi madre siempre se quejaba de que
la prota hacía justo lo contrario de lo que se le pedía y que eso
la llevaba a morir, además de poner a mi progenitora de los
nervios y, de rebote, a mí. ¿Iba a comportarme yo así?
Me agaché, cogí la linterna e hice un sprint en dirección a
la puerta.
Los temblores se intensificaron, había oscurecido, por lo
que la luz ya no se filtraba en la zona de la cripta. Estaba
temblando cuando el suelo se puso a crujir. No podía ser un
terremoto y que Jared estuviera en el epicentro.
—¡Jared! —aullé sin girar la cara hacia el lugar en el que lo
había dejado.
—¡Corre! —volvió a insistir—. Yo estaré bien.
No entendía nada. ¿Por qué se quedaba? ¿Por qué no venía
conmigo? Tenía ganas de llorar, de hecho, los ojos se me
estaban humedeciendo. Tropecé, me caí y noté que se me abría
la piel de las rodillas y mi malla se rajaba. La linterna se
apagó, se le debieron salir las pilas.
—Aaah —aullé.
—¡Levántate, Elle, ve hacia la luz! —La voz de Jared
sonaba extraña, más grave, rasgada. ¿Por qué continuaba sin
seguirme? ¿Qué hacía?
Me levanté y puse todo mi tesón en ir hacia la luz, como
Caroline en Poltergeist, película que vi a escondidas con mis
amigas y nos jiñamos de miedo.
Una telaraña cayó sobre mi cabeza y yo palmoteé deseando
que la abuela de Spiderman no me picara.
Cuando llegué a los barrotes, estaba hiperventilando. ¡Que
correr no era lo mío! Yo era más de spagats.
—¡Jared! —volví a chillar. Necesitaba oírlo, corroborar
que estaba bien, no podía seguir sin saber que estaba bien.
—¡Abre, Elle! Confío en ti.
—¡Ven! ¡No puedo hacerlo sola! —exclamé con las
lágrimas correteando por mis mejillas.
—¡Sí puedes, yo sé que puedes! ¡Huye lejos!
Fue su última frase, después todo volvió a sacudirse y, acto
seguido, se oyó una especie de gruñido animal, eso no era un
ratoncito de campo. Cuando giré la cabeza, no logré ver nada.
¡Dios!, ¡¿qué había sido eso?!
Había tres llaves, los dedos me temblaban tanto que parecía
un maldito sonajero… Probé con la primera, meterla fue toda
una odisea, no giraba, ni a un lado ni a otro.
Escuché más gruñidos. Por todos los santos, ¿eran
alucinaciones mías? Imposible, reverberaban por toda la
galería. ¿Y si Jared necesitaba mi ayuda?
Mi mente me decía que ni me lo planteara, que abriera y
punto.
Introduje la segunda y rogué. «Por favor, por favor». Al
girar, se me resbaló el llavero y cayeron al otro lado… ¡No
podía ser, ahora no era momento de torpezas!
Me arrodillé y estiré el brazo todo lo que pude, no llegaba.
Los ojos me escocían, notaba los músculos estirarse como
nunca… Miré al cielo.
«Si existes, ayúdame», imploré, buscando alcanzar lo
inalcanzable. Necesitaba algo… Forcé la vista, vi una especie
de ramita a la que sí llegaba. La agarré y me aproveché de ella
para hacerme con las llaves; no fue fácil, tuve que insistir y la
presión no ayudaba.
Una vez las agarré entre las manos, tuve la necesidad de
volver a mirar al cielo. «Gracias, gracias», mascullé. Usé los
barrotes para levantarme y escogí una de las llaves rogando
por acertar. De fondo, se oía algo similar a dos perros
peleando. ¿Sería eso lo que me rozó? ¿Un perro que habría
escondido en algún hueco? ¿Y si tenía la rabia? ¿Y si Jared
precisaba que lo socorriera?
—¿Ja… Jared? —pregunté titubeante. Apenas salía el
sonido de mi garganta, aun así, no me rendí, no iba a parar
hasta que el candado se abriera, necesitaba conseguirlo para
que pudiéramos salir—. ¡Vamos! —forcejeé. Un gruñido
grotesco me alcanzó desde el fondo, sabía que no tenía que
mirar, pero no pude evitarlo. Giré el cuello y vi dos puntos
brillantes, feroces, que se enfrentaban a mí listos para el
ataque. Ahogué un grito, roté la llave y el clic que sentí me
llenó de alivio.
Fuera lo que fuese esa cosa, no podía quedarme ahí, saldría
y pediría ayuda, o iría en busca de un palo o el casco de Jared
para enfrentarm