UNIVERSIDAD CATÓLICA LUMEN GENTIUM
FACULTAD DE TEOLOGÍA
INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA II Prof. Lic. Esteban Miranda
Presenta: José Luis Meléndez Castañeda. O.S.A.
1°
Tlalpan CDMX. 16 de febrero de 2023
AMOR AL ENEMIGO
El amor a Dios y al prójimo1
El amor es un tema que a todos los hombres nos interpela, ya que es una de las
necesidades más profundas del ser humano para vivir plenamente. El amor, a lo largo de la
historia del hombre, se ha abordado de distintas maneras. Es sabido, que, dicho tema ha sido
profundamente reflexionado en las Sagradas Escrituras, en ellas se encuentra un fuerte lazo entre
la caridad y la perfección. Es decir, el ser humano cuando sale de su órbita personal para
compartir su vida con sus semejantes encuentra una realización en su ser. Más aun, el ser
humano se perfecciona en la caridad porque es una de las virtudes en la que más se identifica con
su Creado; afirman las Escrituras: Dios es amor. Por tanto, quien se ejercita en la caridad se haya
profundamente arraigado con mayor plenitud a la revelación cristiana, que es sobre el amor a
Dios y al prójimo.
Acorde con lo anterior, en algunos pensadores griegos resalta una variedad de conceptos
que definen el amor que expresa el ser humano a distintos objetos. Así por ejemplo, Platón usaba
la palabra eros para referirse a ese deseo del hombre por alcanzar su propia perfección;
Aristóteles usaba el término agapé para decir que la divinidad no necesita ser amado, sino que la
divinidad está abierta para donar de sus tesoros a los hombres. Los padres griegos preferían usar
la palabra filantropía. Pero no hacen de lado el sustantivo agapé, ya que con esta palabra
designan la caridad cristiana, que dicho sea de paso, no es usada en los escritos paganos. En otras
palabas, el amor de un cristiano debe superar el eros, que ciertamente es donde inicia el deseo de
amor, no obstante, el cristiano está llamado a trascencender hacia el agapé, amor al otro.
1
Amor, en: T. SPIDLIK, Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana (T. I), A. DI BERARDINO, Sígueme,
Salamanca, 1992, 104-105.
1
Ahora bien, para los padres latinos la noción para designar el amor Cristino es la palabra
caritas; que de manera concreta san Agustín la usaba y también empleaba la palabra cupiditas.
Por tanto, el término caritas como cupiditas manifiesta esa condición del hombre cristiano.
Dicho de otra manera, el hombre cristiano para alcanzar el amor de Dios tiene que recorrer el
camino del amor al prójimo. Ciertamente, el primer mandamiento manda amor a Dios en primer
lugar, sin embargo, ese amor a Dios tiene que verse reflejado amando al prójimo. En este
sentido, afirma la misma Escritura: quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a
Dios, a quien no ve (Cfr. 1 Jn 4, 19). Entonces, el amor al prójimo es una condición necearía de
nuestro amor a Dios, por el contrario, si hay odio en consecuencia no se cumple el primer
mandamiento Nuevo.
Amor2
Luego de haber abordado algunos conceptos sobre el amor, es menester saber qué es.
Primeramente, está el sujeto que es movido por un objeto; existe una inclinación un movimiento
o una tendencia. Por tanto, el amor es la actividad de la voluntad que quiere un bien que le es
atractivo. El amor, dinamismo de la voluntad, por sí solo no es malo ni bueno, más aun es la
fuerza del alama y lo que la sentido a la vida; no obstante, no todo objeto amado hace bien al
sujeto, por lo que es necesario discernir que es aquello que se debe amar. A saber, debemos amar
a Dios, a nosotros mismos, al prójimo y nuestro cuerpo.
Ya desde el principio se ha dicho que el amor es lo más profundo que existe en todo ser
humano. Es una de las características que distingue al hombre de todos los demás seres, porque
todas sus acciones toman un sentido distinto cuando se hacen por amor. El amor es la base de
todo, en el cobran sentido todas las demás virtudes. La misma Escritura menciona: si no tengo
caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe (Cfr. 1Cor, 13, 1). Es decir, la
fortaleza: es una amor que soporta todo por aquello que se ama, la templanza: es la integridad de
la persona que se guardad por aquello que es amado, la justicia: por amor sabe compartir
equitativamente y por último la prudencia: por amor sabe discernir lo que es beneficio o dañino.
2
Amor, en: TARCICIUS J. VAN BAVEL, Diccionario de San Agustín, A. D. FITZGERALD, Monte Carmelo, Burgos,
2001, 39-50.
2
Con base en lo anterior, la Biblia se empeña en fomentar el amor, ya que es la guía para
la vida. Siendo así que el Señor Jesús resumió todo el Antiguo Testamento en un solo
mandamiento, el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismo. El amor a Dios ayuda al
hombre a salir de su yo, porque con su amor lo envuelve completamente. En este sentido, el
amor a uno mismos y al propio cuerpo tiene sentido porque no se hace por vanidad sino por el
amor a Dios y al prójimo. En otras palabras, para amar al prójimo primero hay que sentirse
amado por Dios y también por uno mismo. Una vez que se ha salido del yo, se encuentran tres
motivos para amar al prójimo: uno, se tiene que amar a todo hombre, ya que todos comparten la
misma naturaleza humana, en segundo lugar, porque es un mandamiento que viene de Dios y por
último, porque en cada hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.
Como consecuencia de lo anterior el amor a los enemigos es un mandamiento cristiano
porque el enemigo es un hermano o hermana potencial. Sin duda alguna que aquí se pasa a otro
nivel del amor que caracteriza al cristiano ya que el amor lo domina todo, lo puede todo. Si bien
el amor, es algo que está en lo más profundo del ser humano, como algo natural, el amor a los
enemigos es una virtud propia del cristiano que se tiene que ir forjando con el desprendimiento
del ego. Empero, no es solo el fruto del esfuerzo humano sino que es un don de Dios.
Concretamente, el cristiano ama con el amor que le fue dado por el Espíritu Santo que recibió en
el bautismo. El Espíritu Santo da la capacidad al hombre para amar a Dios. Por tanto, el fruto del
don divino del amor se ve reflejado en el amor al otro e incluso al enemigo.
Sin duda alguna, la libertad es una facultad propia del ser humano. Ya desde muy
pequeño se sabe que tiene esa capacidad de elegir por su propia cuenta, la muestra de ello, es por
ejemplo, cuando el papá o la mamá le da una orden al niño de no subirse a una silla, porque
puede caerse, sin embargo, lo hace aunque se caiga. Así va creciendo el ser humano ejerciendo
su libertad en cada decisión que toma, día a día. Ahora bien, cuando usa su libertad teniéndose de
referencia así mismo corre el riesgo de irse esclavizando de objetos o personas e incluso ideas,
ya que sus deseos pueden ser caprichos. Por tanto, ¿cómo podría librarse de ese riesgo de
comprometer la libertad? se logra cuando la libertad es sometida al amor, solo así será
radicalmente exento de caer en su egoísmo, arrogancia y de cometer injusticias. Porque sus
decisiones tienen otro enfoque, otro marco de referencia. Dicho de otra manera, su decisión está
tomada por a Dios y al prójimo.
3
El amor al enemigo3
La historia atestigua que Jesucristo cambio el rumbo de la humanidad. Hay un antes y
después de Cristo. Esta gran transformación fue a base del amor. En un mundo lleno de
violencia, por tanto egoísmo, Cristo arrasó en la cruz con toda maldad a fuerza del amor. Por esa
razón no hay nada más grande que se le pueda equiparar. Todo hombre éramos enemigos de
Dios, pero en la cruz Cristo nos amó hasta el extremo, entregando su vida por nosotros y
perdonando nuestras ofensas. A éste respecto san Agustín dice lo siguiente:
Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros las perdonamos a nuestros
deudores4. Dios te dice: «¿Qué me ofreces para que yo te perdone tus deudas? ¿Qué
ofrenda haces, qué sacrificio de tu conciencia colocas sobre mis altares?». A
continuación te enseñó qué suplicarle y qué ofrecerle. Tú pides: Perdónanos nuestras
deudas; pero ¿qué le ofreces? Así como también nosotros las perdonamos a nuestros
deudores. Eres deudor de aquel a quien no puedes engañar; pero también tú tienes
alguien que te debe. Dios te dice: «Tú eres mi deudor; fulano es deudor tuyo; yo haré
contigo, mi deudor, lo que hagas tú con el tuyo. La ofrenda que reclamo de ti es lo que
has perdonado a tu deudor. Tú me pides misericordia; no seas perezoso en
concederla».4
Ciertamente Jesucristo con su entrega en la cruz ha manifestado su amor y su perdón a
todos los hombres. Pero también con su ejemplo pide al hombre que haga lo mismo, empero, no
es fácil dada su propia naturaleza, ¿Es posible entonces, fuera del cristianismo alcanzar este
estado de comprensión? Para no ser pesimista: difícilmente podría alcanzarlo, pues esta nueva
condición implica un ejercicio que comprende no sólo al intelecto sino al corazón, inclusive, el
mismo intelecto por sí mismo no lo podría alcanzar, necesita ser iluminado por la luz de Jesús.
Para alcanzarlo, san Agustín da una pauta importante: «Eres deudor de aquel a quien no
puedes engañar», por ende, si «aquel» es Dios y su equivalente es el amor, entonces no tiene cabida el
temor, por tanto, ¿cuáles son estos temores? Cada corazón debe responder desde su propia realidad. Con
esta respuesta, puede la persona conocer qué tanto realmente puede amar genuinamente sin engañar a
Dios, sin engañar a los demás, sin engañarse a sí mismo. No se trata pues, de un ejercicio psicológico, de
instrospección o de otra naturaleza donde las capacidades humanas se ven limitadas, se trata de un
mirarse en el espejo, de hacer efectiva la imagen y semejanza de aquel que nos ha creado para amar.
El amor aprehendido desde la
3
Sermón 386, en: SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Obras Completas de san Agustín, (Tomo XXVI), BAC, Madrid, 1985.
4
Sermón 386, en: SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Obras Completas de san Agustín, (Tomo XXVI), BAC, Madrid, 1985.
4
Mira al maestro; escucha a quien le imitó. ¿Acaso Cristo el Señor rogó entonces por
quienes le pedían perdón y no, más bien, por quienes le insultaban y le estaban dando
muerte? ¿Por ventura abandonó el médico su oficio a causa de la crueldad del
frenético? Di, pues: Perdónales, porque no saben lo que hacen. Dan muerte al
Salvador porque no buscan la salvación. Mientras tú, por el contrario, quizá digas:
«¿Y cuándo podré yo lo que pudo el Señor?». ¿Por qué dices eso? Considera dónde lo
dijo él; fíjate en que lo dijo estando en la cruz, no en el cielo. Él es siempre, en efecto,
Dios con el Padre en el cielo; mas en la cruz era hombre por ti, presentándose como
ejemplo para todos.5
Fíjate en su siervo Esteban cuando era lapidado. Primero dice como siervo a su Señor: Señor Jesús,
recibe mi espíritu; y luego, de rodillas: Señor, no les imputes este pecado 7. Dichas estas palabras, se
durmió en el descanso del amor. Se encontró con una paz exuberante porque deseó la paz a sus
enemigos.6
5
Sermón 386, en: SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Obras Completas de san Agustín, (Tomo XXVI), BAC, Madrid, 1985.
6
Sermón 386, en: SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Obras Completas de san Agustín, (Tomo XXVI), BAC, Madrid, 1985.
5
Bibliografía
AGUSTÍN DE HIPONA, Sermón 386, En: Obras Completas de san Agustín (T. XXVI),
BAC, Madrid, 1985.
DI BERARDINO, A., Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana (T. I), Sígueme,
Salamanca, 1992.
6
Fitzgerald, A. D., Diccionario de San Agustín, Monte Carmelo, Burgos, 2001.
SERMÓN 3861
Traducción: Pío de Luis
EL AMOR A LOS ENEMIGOS
1. Hermanos míos, poneos como objetivo el amor, al que la Escritura alaba de tal manera que
nada puede equiparársele. Cuando Dios nos exhorta a que nos amemos mutuamente, ¿acaso te
exhorta a que ames solo a quien te ama a ti? Este es un amor recíproco, que Dios no considera
suficiente. Él quiso que llegue hasta amar a los enemigos cuando dijo: Amad a vuestros
enemigos; haced el bien a quienes os odian y orad por quienes os persiguen, para ser hijos de
vuestro Padre que está en los cielos, quien hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre
justos e injustos2. ¿Qué dices a esto? ¿Amas a tu enemigo? Quizá me respondas: «Mi debilidad
7
me lo impide». Muévete, haz por poder, sobre todo teniendo en cuenta que has de orar al juez al
que nadie puede engañar y que ha de juzgar tu causa. Interpela, pues, a ese juez ante el que
ningún escribano desorienta, ningún funcionario retira la acusación, no se compra ningún
abogado que pueda presentar por ti la súplica o decir las palabras que tú no has aprendido, sino
que el mismo Hijo único de Dios, igual al Padre, que se sienta a su derecha como su asesor, tu
mismo juez, te enseñó unas pocas palabras que cualquier persona, por ignorante que sea, puede
retener y pronunciar, en las que cifró tu causa; te enseñó el derecho celeste, cómo has de orar3.
Pero quizá respondas: «¿Cómo tengo que elevar mi súplica, personalmente o por medio de
otro?». Quien te enseñó a orar es quien presenta tu súplica, puesto que eras el reo. Salta de gozo,
porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que presentar tu
súplica y defender tu causa con pocas palabras, llegarás a estas: Perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros las perdonamos a nuestros deudores 4. Dios te dice: «¿Qué me ofreces
para que yo te perdone tus deudas? ¿Qué ofrenda haces, qué sacrificio de tu conciencia colocas
sobre mis altares?». A continuación te enseñó qué suplicarle y qué ofrecerle. Tú
pides: Perdónanos nuestras deudas; pero ¿qué le ofreces? Así como también nosotros las
perdonamos a nuestros deudores. Eres deudor de aquel a quien no puedes engañar; pero también
tú tienes alguien que te debe. Dios te dice: «Tú eres mi deudor; fulano es deudor tuyo; yo haré
contigo, mi deudor, lo que hagas tú con el tuyo. La ofrenda que reclamo de ti es lo que has
perdonado a tu deudor. Tú me pides misericordia; no seas perezoso en concederla». Presta
atención a lo que dice la Escritura: Quiero misericordia antes que un sacrificio 5. No ofrezcas un
sacrificio que no vaya acompañado de la misericordia, porque no se te perdonarán los pecados si
no lo acompañas con la misericordia. Quizá digas: «No tengo pecados». Por muy prevenido que
seas, hermano, mientras vivas con el cuerpo en este mundo, obras en medio de tribulaciones y
estrecheces y te hallas en medio de innumerables tentaciones: no podrás vivir sin pecado. Es
cierto que Dios te dice: «Estate tranquilo por lo que se refiere al pecado. No perdones si nada
tengo que perdonarte yo; al contrario, si nada debes, sé más exigente; pero, si eres deudor,
congratúlate, más bien, de tener un deudor en quien anticipes lo que se va a hacer a ti, haciéndolo
tú».
Escúchame y examínate si eres de aquellos pocos justos que pueden recitar en verdad la oración
del Señor y decir con sinceridad: «Señor, perdóname, como también yo perdono». Hazlo sin
engaño, sin fingir, con corazón noble, para que también en ti se haga realidad. Pues, si te pide
perdón y se lo concedes a quien te hirió, a quien pecó contra ti, ya puedes decir
confiado: Perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a nuestros
deudores. Pues si niegas el perdón a quien te lo suplica, te verás desoído cuando tú lo supliques.
Cerraste la puerta a quien llamaba, la encontrarás cerrada cuando llames tú. Y si abres las
entrañas de misericordia a quien te suplica perdón, Dios te las abrirá a ti cuando se lo pidas a él.
Y ahora voy a dirigirme a aquellos que suplican el perdón a sus hermanos cristianos y no lo
reciben. Si tú se lo concedes, podrás orar confiado. Mas si te lo suplica y no se lo concedes,
¿cómo puedes estar tranquilo? Seas quien seas tú que has pecado y no te han otorgado el perdón,
no temas; interpela a Dios, Dios de él y tuyo. Están en medio unas deudas; ¿acaso podrá exigir el
siervo las deudas que ha perdonado el Señor? Mas pongámonos en el caso de que quien pecó
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contra ti no te ha suplicado el perdón; si, además de pecar, se aíra todavía, ¿qué has de hacer tú?
¿Has de perdonarle o no has de perdonarle? Supongamos que no le has perdonado. ¿Por qué
motivo? Porque no te ha pedido perdón. Si no le has perdonado porque no te lo ha suplicado, no
dudes al rezar la oración del Señor, recítala confiado y no golpees tu pecho por no haber
perdonado a quien no te pidió perdón. Por tanto, aquel que no suplicó perdón se quedó con la
deuda, deuda que se le exigirá ciertamente; con todo, en ti debe hallarse el amor perfecto, y has
de rogar por quien no suplica el perdón, puesto que ruegas por quien se encuentra en gran
peligro.
2. Pon ahora ya la mirada en tu Maestro y Señor; no sentado en la cátedra, sino pendiendo del
madero. Contemplando la turba de sus enemigos que le rodeaban, dijo: Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen6. Mira al maestro; escucha a quien le imitó. ¿Acaso Cristo el
Señor rogó entonces por quienes le pedían perdón y no, más bien, por quienes le insultaban y le
estaban dando muerte? ¿Por ventura abandonó el médico su oficio a causa de la crueldad del
frenético? Di, pues: Perdónales, porque no saben lo que hacen. Dan muerte al Salvador porque
no buscan la salvación. Mientras tú, por el contrario, quizá digas: «¿Y cuándo podré yo lo que
pudo el Señor?». ¿Por qué dices eso? Considera dónde lo dijo él; fíjate en que lo dijo estando en
la cruz, no en el cielo. Él es siempre, en efecto, Dios con el Padre en el cielo; mas en la cruz era
hombre por ti, presentándose como ejemplo para todos. Por ti profirió aquella voz, para que la
escuchasen todos. Pudo haber orado por ellos en silencio, pero tú no tendrías su ejemplo. Si para
ti es demasiado el Señor, no lo sea el siervo. ¿Eres incapaz de imitar a tu Señor cuando pendía en
la cruz? Fíjate en su siervo Esteban cuando era lapidado. Primero dice como siervo a su
Señor: Señor Jesús, recibe mi espíritu; y luego, de rodillas: Señor, no les imputes este pecado7.
Dichas estas palabras, se durmió en el descanso del amor. Se encontró con una paz exuberante
porque deseó la paz a sus enemigos. ¿Acaso rogó también él entonces por quienes le pedían
perdón y no, más bien, por quienes le lapidaban y le estaban dando muerte? Ahí tienes el
ejemplo; aprende y fíjate en cómo, mientras oraba por sí, se mantuvo en pie, y para orar por ellos
se arrodilló. ¿Hemos de pensar, hermanos, que los amó a ellos más que a sí mismo? Por sí
mismo oraba de pie, porque, siendo justo, era fácil ser escuchado; mas por los malvados había
que orar de rodillas. Mostró, pues, un amor que llegaba hasta a los enemigos, que no le rogaban
perdón. Por tanto, hermanos, perdonad de corazón a quienes os lo suplican, para recitar sin
problemas la oración del Señor y para que el Señor os perdone vuestros pecados en este cuerpo
mortal, pero que ha de durar por los siglos de los siglos, etc.
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El amor al enemigo7
Tema que elegimos
En los padre: leer el diccionario patrístico y de antigüedad cristiana, sígueme, salamanca,
de Angelo Di Berardino (Ed).
Diccionario de literatura Patrística, Paulinas.
En un padre de la Iglesia: DICCIONARIO Orígenes, Hilario de Poitiers, Gregorio de
Niza y San Agustín. De otro padre de la Iglesia que no tiene diccionario se pude
encontrar en Quasten.
en una obra: Va salir una obra elegir una obra, Con las propias palabras pero citar
literalmente. Tres citas importantes.
7
cita del diccionario
10
Bibliografía tres libros, diccionario y también de uno de los padres de la iglesia y obra
Un padre de la iglesia es una obra clásica: no san ni apellidos , al pie de página no se pone la
editorial ni numero de pagina
No se cita por apellido
Agustín de Hipona
Juan Crisóstomo
Nombre del padre en versalitas coma obra libro en cursiva coma capítulo coma Parágrafo.
Ejemplo:
Agustín de Hipona, las Confesiones II, 3, 5
la corrección y la gracia 3, 5
Sermón 29, 1
Sermón 7
Ciudad nueva-Biblioteca de autores cristianos. BAC
Naranja-Introducción: sirve para conocer el sentido de la obra.
Azules critica, original traducción
Para la introducción si se tiene que situar la pagina
Pérez, E., Introducción en: Obras Completas de San Agustín (T. III) BAC, Madrid, 1980, 30
Márquez, j., Introducción en: ORÍGENES, homilías del Éxodos. Ciudad nueva, Madrid, 1980, 2
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