29/3/2021 El llamado y el aprendizaje | Letras Libres
El llamado y el aprendizaje
En todas las vocaciones intervienen dos elementos: el llamado y el aprendizaje. ¿Qué es el llamado? Me parece imposible
de nirlo. Sin conocer exactamente la razón, un día sentimos una atracción inexplicable hacia esta o aquella actividad: la herrería,
la actuación escénica, la equitación, la música. Casi siempre esa atracción es irrefrenable; casi siempre también está asociada a la
habilidad o al talento que requiere la actividad que nos atrae. Cierto, la excelencia es rara y sentir atracción por esto o aquello no
implica necesariamente talento o maestría. Aunque el talento sea raro en todos los o cios, el llamado nace de una disposición
innata que nos otorga, en proporciones variables, la capacidad de hacer las cosas. Además, nos da el goce de consagrarnos a
aquello que amamos. El llamado es interior y puede ser instantáneo o paulatino; apenas se mani esta, deja de ser una revelación,
es decir, el descubrimiento de una a ción oculta, para convertirse en una imperiosa invitación a hacer. La palabra central, el
corazón del llamado, no es el conocer sino el hacer. Es un hacer inseparable de nuestro ser más íntimo: el pintor pinta porque
cree, y en parte es verdad, que sólo en y por la pintura llegará a ser lo que es; pintar es su destino y sin la pintura él no tendría
existencia real, sería una sombra de sí mismo.
El cuadro o cualquiera otra obra posee una existencia independiente de su hacedor. La mesa para el carpintero, el puente para
el ingeniero y el óleo para el pintor, una vez terminados se separan de aquellos que los hicieron. La vocación nos llama a ser lo
que somos a través de algo distinto de lo que somos: obras, objetos, ideas, actos. Lo interior se transforma en lo exterior. La
vocación nos dice: tú eres lo que haces. De ahí que en todos los o cios y las artes lo ideal sea la objetividad. Extraña y diaria
paradoja: el sujeto, para realizarse, debe desaparecer. ¿Qué queda del hombre Shakespeare en las obras de Shakespeare? ¿Quién
fue realmente Esquilo? La biografía de Dante es un puñado de datos dispersos sobrenadando en lagunas inmensas. No importa: la
Commedia nos dice todo lo que tenemos que saber sobre Dante y su época. No niego que en muchas obras, sobre todo en las
modernas, triunfa la subjetividad y con demasiada frecuencia aparece en ellas, apenas disfrazado, el autor con sus manías y sus
tics. Pero en otras obras modernas —no son pocas y varias son excelsas— la subjetividad se redime: el yo del poeta y del novelista
se desprenden de su autor y alcanzan una suerte de objetividad ejemplar. Lo particular, sin desaparecer, se
vuelve universal.
El hombre, decía Aristóteles, es imitador por naturaleza y el aprendizaje comienza con la imitación. Sin ella, serían
inexplicables todas las vocaciones, pues ¿de dónde viene el llamado sino de un movimiento anímico que nos lleva a emular e
imitar al que admiramos? La admiración nace de la capacidad maravillosa de asombrarse. Es un sentimiento frecuente en la
infancia y en la adolescencia. Una obra o una persona nos inspira asombro y, si ese sentimiento es profundo, algo más pleno:
adhesión. Nos identi camos con aquello que admiramos y entonces brota el deseo de imitación. Por la imitación nos apropiamos
de los secretos del hacer. El llamado nos invita a hacer; la imitación nos enseña cómo hacer. Guía a veces pér da y que puede
convertirnos en repetidores sin originalidad. Del mismo modo que el hacedor debe desaparecer, así sea parcialmente, en lo que
hace, el imitador debe saltar y penetrar en el territorio desconocido de la invención. Pero para llegar a ese territorio debe pasar
por la imitación. Su aliado en esa exploración de lo desconocido es justamente lo que ha aprendido en sus imitaciones; si ha sido
capaz de dominarlas, está listo para dar el salto. Todos los escritores y autores comienzan imitando; todos, si tienen talento,
convierten sus imitaciones en invenciones. Los poetas, sin excluir a los más grandes, recurren sin cesar a la tradición y en sus
obras se encuentran siempre pasajes que son tejidos de alusiones a las obras del pasado. Lo sorprendente es que esas alusiones se
transforman en algo nuevo y nunca oído. La poesía y la novela están hechas de lugares comunes inmemoriales que el autor
transmuta en expresiones inéditas. La comparación entre el amor físico y el combate es tan antigua como la poesía misma pero
Góngora la recrea en una línea que nos sorprende como caída del cielo: "a batallas de amor campo de plumas". La originalidad es
la hija de la imitación.
Poco puedo decir acerca del misterio del llamado. Digo misterio porque me parece que no ha sido nunca enteramente
elucidado: ¿de dónde viene, quién lo dice, es una disposición innata? Cualquiera que sea nuestra respuesta a estas preguntas, lo
cierto es que el llamado nos elude si tratamos de de nirlo en términos precisos. Sin embargo, es una experiencia conocida por
in nidad de personas y en distintas épocas. En mi caso bastará con decir que, niño todavía, conocí la atracción por las palabras;
me parecían talismanes capaces de crear realidades insólitas. Al llegar a la adolescencia, la fascinación ante el lenguaje se
convirtió en tentación: quise escribir poemas en los que cada palabra y cada sílaba tuviesen un color y una resonancia capaces de
recrear estados anímicos —emociones, sentimientos, sensaciones, ensoñaciones— que de otra manera eran inexpresables.
[Link] 1/4
29/3/2021 El llamado y el aprendizaje | Letras Libres
Escribir poesía fue un rito secreto, ejercido a espaldas de los adultos o en su contra. Ingenua temeridad: mis versos no eran sino
líneas inánimes y era desoladora la distancia entre ellas y la emoción que experimentaba al escribirlas. El rito, colindante con el
sacramento y la blasfemia (la poesía me parecía una actividad fuera de la ley) se resolvía invariablemente en lugares comunes.
Naturalmente yo apenas si me daba cuenta de esos repetidos fracasos.
A medida que pasaba el tiempo y mis lecturas se extendían, mis poemas cambiaban. Esos cambios eran el resultado de mi ansia
de perfección y de mi paulatino adiestramiento, pero asimismo de la imitación. Ya señalé que la admiración es el origen;
comenzamos admirando y de ahí pasamos a la emulación: queremos ser como aquel que admiramos o hacer una obra como
aquella que amamos. Mis primeras admiraciones están asociadas al mundo que rodeó a mi infancia y a mi adolescencia: la
biblioteca familiar y el culto a las letras. El patriarca de mi familia, mi abuelo, Ireneo Paz, era un escritor y periodista, autor de
novelas, leyendas históricas, obras de teatro, poemas e innumerables artículos políticos y de actualidad. Sería injusto no
mencionar su sátira política; algunos de sus sonetos son memorables. Yo admiraba a mi abuelo pero también, y aun más, a sus
admiraciones: Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, algunos poetas modernistas mexicanos como Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón,
los historiadores del México antiguo y varios clásicos y modernos. Otra in uencia: mi tía Amalia, gran lectora de literatura
francesa y devota de Balzac. Las admiraciones de ambos fueron mis admiraciones aunque yo muy pronto tuve otras y muy
distintas. Fui un lector desordenado y ávido; devoraba novelas y libros de historia; en cambio, leía lentamente los libros de poesía,
releyendo los poemas que me impresionaban: quería aprender. Mis lecturas me revelaron que ignoraba los rudimentos del arte
poético. Para remediar esta falla quizá debería haber acudido a mis maestros de literatura, ya que para entonces cursaba los
primeros años del bachillerato. Preferí hacer las pesquisas por mí mismo. Por azar, descubrí en un estante un pequeño libro: el
tratado de retórica y poética del sevillano Narciso Campillo. Lo leí y releí. No comulgaba con la estética neoclásica del autor pero
sus lecciones y, sobre todo, sus ejemplos, tomados de los clásicos, me llevaron por el buen camino. Supe lo que eran un
endecasílabo y una sinalefa, cómo se componía un soneto, las diferencias entre la rima consonante y la asonante y, en n, las
formas principales de nuestro verso: el romance, la seguidilla, el villancico, los tercetos, la octava real y todas las otras. Desde
entonces el interés por la prosodia española no me abandona: la poesía es ante todo una construcción rítmica y ni siquiera el
llamado verso libre escapa a la ley del ritmo. En cuanto a mis modelos: descubrí a los clásicos, me enamoraron los modernistas
hispanoamericanos y de ellos salté a los poetas contemporáneos de España y de América. Fui un lector el de las revistas
literarias de esos días: en España, de la de Occidente y, más tarde, de Cruz y Raya; en América, de la argentina Sur y de
Contemporáneos en México. Quería ser un poeta moderno y ellas fueron, para mí, la fuente de la modernidad intelectual, estética
y poética.
¿Y la prosa? Casi al mismo tiempo que la poesía, comencé a escribir cuentos. Tendría yo unos 15 años y mis primeras tentativas
fueron un eco de mis lecturas infantiles: los libros y cuadernos de aventuras, de Bu alo Bill a Robinson Crusoe y de Las mil y una
noches a los cuentecillos que publicaba la editorial Calleja y que podían comprarse por unos pocos centavos. Más tarde escribí
otros cuentos, con mayores pretensiones literarias y con temas urbanos que me parecían insólitos, como las con dencias de una
esquina a un farol. También pequeños textos: algunos eran monólogos líricos y otros descaradamente sexuales. No fueron
muchos y todos se han perdido. Ninguno de ellos valía gran cosa pero revelaban cierta a ción por las cciones literarias. ¿Por qué
abandoné tan pronto el género? No lo sé. En todo caso, tuve una recaída y entre 1949 y 1950 escribí Arenas movedizas, un delgado
volumen recogido en el primer tomo de mi Obra poética.
Fui un lector apasionado de novelas y con eso que me hubiera gustado escribir algunas. Pero la cción novelesca exige tiempo;
hay que sentarse todos los días, durante muchas horas, para contar una historia, pintar a unos personajes, idear una intriga y
describir un cuarto o una ciudad. Tal vez mi temperamento no se aviene a esos rigores: la poesía es sintética y pide una
concentración opuesta a la de la novela. El novelista desarrolla, describe, narra, analiza y, en suma, distiende al tiempo; el poeta lo
comprime y debe decirlo todo en unas cuantas líneas. El tiempo de la poesía es maleable; para escribir las tres líneas de un haikú
o las 14 de un soneto hay que esperar, en ocasiones meses y aun años. Pero esas largas esperas se resuelven en un relámpago. Esta
es una de las grandes alegrías que nos da la poesía, siempre en perpetuo vaivén entre el instante y lo eterno.
Aunque desde el principio me incliné por la poesía, seguí leyendo novelas. No me dejaba la tentación de escribir una. Al n, en
1942, me decidí. Comencé con entusiasmo, seguí durante algunos meses y llegué a unas 200 páginas pero no logré terminarla. Mi
única novela quedó en borrador informe. Esta actitud, mitad fervor y mitad desidia, contrasta con mi apasionado y continuo
interés en el ensayo, las re exiones y la crítica. Desde mi adolescencia me interesó sobremanera la historia, la universal y la de
México. Leí a varios clásicos griegos y latinos; también a otros grandes historiadores. La historia me llevó a la losofía, a la
[Link] 2/4
29/3/2021 El llamado y el aprendizaje | Letras Libres
antropología, a la crítica literaria y a la artística. Pero probablemente no habría escrito gran parte de los textos recogidos en este
volumen, gracias a la curiosidad inteligente de Enrico Mario Santí, si no hubiese sido porque muy joven comencé a colaborar en
revistas literarias. Varias de ellas fueron fundadas por mí y otros pocos amigos. La primera fue Barandal; apareció en 1931 y yo
tenía 17 años; ahí publiqué mi primer artículo sobre temas poéticos. Las otras revistas fueron Cuadernos del Valle de México (1933)
y Taller (1938). También colaboré con frecuencia, a pesar de que no pertenecía al consejo de redacción, en Letras de México y un
poco más tarde en Sur. Casi todos los textos de esa época fueron escritos para defender una idea o una tendencia, exaltar a algún
amigo o compañero, censurar o combatir lo que nos parecía, a mis amigos y a mí, literatura académica o contagiada por el
nacionalismo ramplón, rampante en esos días. A pesar de que mis ideas me inclinaban hacia la izquierda radical, después de un
corto periodo de simpatía por esas posiciones, me opuse al llamado "realismo socialista". La literatura viva, la que se escribía en
esos años, sobre todo por los jóvenes, fue el tema de la mayoría de mis artículos y notas. Subrayo que esos textos pertenecen no
tanto a la literatura mexicana como a la historia de los gustos, opiniones e ideas que prevalecían entre los jóvenes, en México y en
esos años. Era literatura partidaria, como quería Baudelaire. La modernidad, decía, es polémica, es una negación del clasicismo y
esa negación debe aparecer en la crítica.
Mis opiniones y posiciones se han vuelto humo; sin embargo, no me arrepiento de haberlas expuesto, no por las ideas que
sostengo sino por mi denuedo en defender posiciones que entonces eran minoritarias. Otra razón para no desechar enteramente
esos escritos: arrojan un poco de luz sobre esos tiempos y muy especialmente acerca de un asunto que todavía interesa a los
estudiosos: las relaciones entre los jóvenes escritores españoles desterrados en México y los mexicanos. Una de las revistas que
mencioné más arriba, Taller, fue un punto de reunión; en sus páginas colaboraron casi todos los jóvenes que habían hecho,
durante la guerra civil, Hora de España. Aparte de esta literatura militante, por naturaleza destinada a perecer, declaro sin falsa
modestia que aún me gustan algunos textos, retratos de artistas y prosas breves. También siento cierta ternura ante mi primer
ensayo: "Distancia y cercanía de Marcel Proust". Lo escribí deslumbrado y aterrado por los primeros volúmenes de À la recherche,
leídos en la traducción de Salinas y publicados en esos días. Me impresionó sobremanera Un amor de Swann. Creo que esa
pequeña novela es una de las grandes novelas de este siglo. El título, "Distancia y cercanía de Marcel Proust", expresa mis
vacilaciones: al leer al novelista francés pensaba continuamente, como su antídoto, en Dostoyevski. Fueron en esos años mis dos
pasiones.
A pesar de la avidez con que leía y discutía con mis amigos temas de losofía, estética y política, mi verdadera vocación fue,
desde mi niñez, la poesía. Un día sentí el llamado. Todo lo que hice e intenté después, mis aprendizajes, no fue ni ha sido sino mi
respuesta a ese llamado. Alfonso Reyes recogió toda su obra poética bajo el título de Constancia poética. Hermoso título. Creo que
mi obra poética, desde los poemas de la iniciación hasta los últimos, merecería un título a un tiempo más ingenuo y más
ambicioso: Fidelidad. Durante más de 60 años he sido el a la poesía. Y quien dice poesía dice amor. Cuando era niño, un día en
que mi abuelo no estaba en su estudio, me senté al frente de su escritorio, escogí una pluma bien tallada —él no usaba pluma
fuente— y en el hermoso papel que empleaba para su correspondencia escribí una carta de amor. La cerré cuidadosamente y la
sellé con lacre rojo y un anillo que le servía para esos menesteres. Fui al jardín, corté algunas ores, hice un pequeño ramo y salí
de la casa. Anochecía —esa hora que llamaban "entre azul y buenas noches". No había un alma en las calles de Mixcoac, un pueblo
en las afueras de la ciudad en donde vivíamos. La carta no tenía nombre de destinataria; estaba dirigida literal y realmente a la
desconocida. Caminé un trecho: ¿a quién entregarla o en dónde depositarla? Al dar la vuelta en una esquina, en la semioscuridad,
vislumbré una casa de nobles proporciones, con una la de balcones de hierro y, tras los barrotes, unas ventanas de madera con
visillos blancos. La casa me pareció que guardaba un misterio; tal vez vivía en ella la desconocida. Movido por un impulso que no
puedo explicar, después de un instante de vacilación, arrojé la carta y el ramo de ores entre los barrotes de uno de los balcones y
me alejé rápidamente.
Mi poesía ha sido el a este acto infantil y a la esperanza que portaba: encontrarla. ¿A quién? A mi fantasma perdido en el
tiempo. Un fantasma, estaba seguro, que encarnaría en una mujer de carne y hueso. La vida, por regla general indiferente y con
frecuencia cruel, a veces nos premia con inusitadas y generosas sorpresas. ¿Quién habría podido decirle al niño que escribió la
carta a la desconocida que, muchos años después, encontraría a Marie José —a la desconocida destinataria? Por esto le he
dedicado a ella los dos volúmenes que abarcan mi obra poética y por eso escribo estas líneas en el prólogo a mis escritos de
juventud. Ella inspiró secretamente esos poemas, incluso aquellos escritos antes de que yo la conociese o aun antes de que ella
hubiese nacido. Ahora ella, la desconocida encarnada, los ilumina.
Escribo estas líneas al nal de mis días. Este volumen reúne las tentativas de un escritor primerizo y sería quimérico pensar
que alguna de ellas llegará a los ojos de nuestros descendientes. Entonces, ¿por qué las publico? En primer término, porque así me
[Link] 3/4
29/3/2021 El llamado y el aprendizaje | Letras Libres
lo ha pedido mi generoso amigo y editor Hans Meinke. Además, se acostumbra ahora publicar todos los textos de un autor,
incluso si en vida prohibió expresamente que se dieran a la publicidad algunas de sus obras. Repruebo la costumbre pero, no
tengo más remedio, me pliego a ella: si yo no publico estos poemas, notas y artículos, lo harán otros. Y hay otra razón
circunstancial: algunos críticos y periodistas, censores que escriben con bilis, me han reprochado la supresión de varios poemas y
las correcciones de muchos otros. Han dicho que esas modi caciones y enmiendas obedecían a razones de orden ideológico: con
ellas intentaba borrar las huellas de ideas y sentimientos que me movieron y conmovieron en mi juventud. Estos críticos, si se les
puede llamar así, voluntariamente ignoran que el impulso que me llevó a corregir y suprimir algunos de mis poemas ha sido la
insatisfacción ante mis obras y sus defectos. Corregí y suprimí no por sórdidos motivos de ideología política sino por sed de
perfección. No he sido el único: in nidad de escritores han sentido y hecho lo mismo.
Termino: cualquiera que sea su mérito, las páginas incluidas en este volumen revelan las tentativas, los descubrimientos, las
a nidades, las negaciones y, en n, todo aquello que amaba y detestaba un joven escritor mexicano nutrido y formado por la
vanguardia pero que al lo del medio siglo, sin renegar de ella, intentaba explorar otras vías. -México, a 5 de abril de 1997
Octavio Paz
[Link] 4/4