Ensayo «Breve historia del tiempo», Stephen Hawking
Aristóteles creía que la Tierra era estacionaria y que el Sol, la luna, los planetas y
las estrellas se movían en órbitas circulares alrededor de ella. Creía eso porque
estaba convencido, por razones místicas, de que la Tierra era el centro del
universo y de que el movimiento circular era el más perfecto. Esta idea fue
ampliada por Ptolomeo en el siglo II d.C. hasta constituir un modelo cosmológico
completo. La Tierra permaneció en el centro, rodeada por ocho esferas que
transportaban a la Luna, el Sol, las estrellas y los cinco planetas conocidos en
aquel tiempo, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Los planetas se movían
en círculos más pequeños engarzados en sus respectivas esferas para que así se
pudieran explicar sus relativamente complicadas trayectorias celestes. La esfera
más externa transportaba a las llamadas estrellas fijas, las cuales siempre
permanecían en las mismas posiciones relativas, las unas con respecto de las
otras, girando juntas a través del cielo. Lo que había detrás de la última esfera
nunca fue descrito con claridad, pero ciertamente no era parte del universo
observable por el hombre.
El modelo de Ptolomeo proporcionaba un sistema razonablemente preciso para
predecir las posiciones de los cuerpos celestes en el firmamento. Pero, para poder
predecir dichas posiciones correctamente, Ptolomeo tenía que suponer que la
Luna seguía un camino que la situaba en algunos instantes dos veces más cerca
de la Tierra que en otros. ¡Y esto significaba que la Luna debería aparecer a veces
con tamaño doble del que usualmente tiene! Ptolomeo reconocía esta
inconsistencia, a pesar de lo cual su modelo fue amplia, aunque no
universalmente, aceptado. Fue adoptado por la Iglesia cristiana como la imagen
del universo que estaba de acuerdo con las Escrituras, y que, además, presentaba
la gran ventaja de dejar, fuera de la esfera de las estrellas fijas, una enorme
cantidad de espacio para el cielo y el infierno.
Biografía de Stephen Hawking
El 8 de enero de 1942, día en que se cumplieron trescientos años de la muerte
de Galileo, nació Stephen Hawking en la ciudad de Oxford. Como tantas otras de
clase media, su familia soportaba con entereza los rigores de la Segunda Guerra
Mundial; hacia el final de la contienda, un cohete V2 alemán cayó a pocas
decenas de metros de su casa en Highgate, al norte de Londres. Tras cursar
estudios secundarios, Hawking ingresó en el University College de Oxford, donde
se licenció en 1962 con los títulos de matemático y físico. Por esa época era un
chico de vida normal, cuyas singularidades eran únicamente su brillante
inteligencia y un gran interés por las ciencias.
Pero en 1963, en el transcurso de una sesión de patinaje sobre hielo, el joven
Stephen resbaló y tuvo dificultades para incorporarse. De inmediato se le
diagnosticó un trastorno degenerativo neuromuscular, la ELA o esclerosis lateral
amiotrófica. Los médicos supusieron que la enfermedad iba a acabar con su vida
en pocos años; sin embargo, se equivocaron. Naturalmente, la vida de Stephen no
fue la misma a partir de entonces, pero sus limitaciones físicas no interrumpieron
en ningún momento su actividad intelectual; de hecho, más bien la incrementaron.
En octubre de 1962 había iniciado sus estudios de doctorado en el Trinity Hall de
Cambridge. Solicitó trabajar con Fred Hoyle, pero el célebre astrónomo tenía
demasiados pretendientes y la petición fue denegada; muchos años después, el
propio Hawking vería el lado positivo: de haber sido aceptado, probablemente se
hubiera visto obligado a defender la teoría del estado estacionario de Hoyle,
desacreditada tras el descubrimiento de la radiación de fondo de microondas en
1965.
Mientras cursaba su doctorado se casó con Jane Wayline (1965), con quien
tendría tres hijos. Tras casi veinticinco años de vida en común, en 1990 la pareja
se separó y el científico se fue a vivir con Elaine Mason, una de las enfermeras
que lo cuidaba y con la que cinco años más tarde contrajo matrimonio; esta
segunda relación se prolongaría hasta 2007. Después de obtener el título de
doctor en física teórica (1966), su pasión por el estudio del origen del universo fue
en aumento, y sus investigaciones se centraron en el campo de la relatividad
general, particularmente en la física de los agujeros negros, descrita por primera
vez por Robert Oppenheimer en 1939.
Ciertamente, Hawking no sólo es comparable con Albert Einstein por su
popularidad: al igual que el formulador de la teoría de la relatividad, Stephen
Hawking se planteó la ambiciosa meta de armonizar la relatividad general y la
mecánica cuántica, en busca de una unificación de la física que permitiese dar
cuenta tanto del universo como de los fenómenos subatómicos. En 1971 sugirió la
formación, a continuación del big bang, de numerosos objetos denominados
«miniagujeros negros», que contendrían alrededor de mil millones de toneladas
métricas de masa, pero ocuparían sólo el espacio de un protón, circunstancia que
originaría enormes campos gravitatorios, regidos por las leyes de la relatividad.
Sus estudios sobre los miniagujeros negros lo llevarían a combinar por primera
vez la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica para resolver el problema de
estudiar estas estructuras de dimensiones muy reducidas y de densidad
extraordinariamente elevada, sobre las que no se creía que se pudiese obtener
algún conocimiento. En 1974 propuso, de acuerdo con las predicciones de la física
cuántica, que los agujeros negros emiten radiación térmica hasta agotar su
energía y extinguirse. Hawking ha explorado asimismo algunas singularidades del
binomio espacio-tiempo.
En 1974 Hawking fue designado miembro de la Royal Society y, tres años más
tarde, profesor de física gravitacional en Cambridge, donde se le otorgó la cátedra
Lucasiana de matemáticas (1980), que había sido dictada por tan egregias figuras
como Isaac Newton y, más recientemente, Paul Dirac. Hawking continuaría
ocupando dicha cátedra hasta su jubilación en 2009. Pero a medida que los logros
intelectuales y los reconocimientos se iban sucediendo en su vida (recibió
innumerables premios y doctorados honoris causa), también avanzaba el proceso
degenerativo de su enfermedad. Primero la inmovilidad de sus extremidades lo
llevó a depender de una silla de ruedas; después la parálisis se extendió a casi
todo su cuerpo; en 1985 contrajo una neumonía que obligó a los médicos a
practicarle una traqueotomía, tras lo cual perdió completamente el habla. A partir
de entonces sólo pudo comunicarse mediante un sintetizador conectado a su silla,
pero ni siquiera eso lo desmoralizó: escribió otros siete libros y siguió publicando
artículos e impartiendo conferencias.