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Distroxia y recuerdos de amor adolescente

Este documento cuenta la historia de una joven de 16 años llamada Mary Jane que se mudó de Texas a Arizona contra su voluntad. Al comienzo odiaba Arizona y extrañaba a sus amigos en Texas. Sin embargo, conoció a un chico llamado Gerardo en su clase de contabilidad con quien entabló una amistad. Aunque al principio su relación se limitaba a la clase, con el tiempo se hicieron muy buenos amigos e incluso novios. Gracias a Gerardo, Mary Jane comenzó a sentirse como en casa en Arizona y entendió que la mudanza le
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Distroxia y recuerdos de amor adolescente

Este documento cuenta la historia de una joven de 16 años llamada Mary Jane que se mudó de Texas a Arizona contra su voluntad. Al comienzo odiaba Arizona y extrañaba a sus amigos en Texas. Sin embargo, conoció a un chico llamado Gerardo en su clase de contabilidad con quien entabló una amistad. Aunque al principio su relación se limitaba a la clase, con el tiempo se hicieron muy buenos amigos e incluso novios. Gracias a Gerardo, Mary Jane comenzó a sentirse como en casa en Arizona y entendió que la mudanza le
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Victoriosamente a los ojos, diciéndole al mismo tiempo: «¿Y qué opinas de eso?».

Él se limitó a señalar a la mujer que estaba a su lado: «Juana María, le presento a mi esposa»,
dijo.
Mary Jane Wcst-Delgado
Cambios en la vida
Tenía dieciséis años y estudiaba bachillerato cuando me sucedió lo peor que podría
imaginarme: mis padres decidieron trasladar nuestro hogar de Texas al estado de Arizona.
Antes de comenzar en mi nuevo colegio, tuve exactamente dos semanas para liquidar todos
mis «asuntos» y colaborar en la mudanza. Dejé atrás a mi primer novio y a mi mejor amiga y
traté de comenzar una nueva vida. Anuncié a voz en cuello que no quería vivir en Arizona y
que estaría de regreso en Texas tan pronto como pudiera. Al llegar a Arizona le advertí a todo
el mundo, sin remilgo alguno, que mi novio y mi mejor amiga me aguardaban en Texas. Estaba
empeñada en mantener las distancias. Después de todo, yo sólo estaba de paso.
Durante el primer día del colegio me deprimí muchísimo. Solamente podía pensar en mis
amigos texanos, y soñar que pronto estaría con ellos. Durante algún tiempo pensé que mi vida
había llegado a su fin. Sin embargo, con el paso del tiempo las cosas mejoraron un poco.
Lo ví por primera vez durante una clase de contabilidad, en el segundo período de la mañana,
era alto, fornido, buen mozo y dueño de los ojos azules más bellos que jamás había visto
estaba sentado tres asientos de por medio, en la misma fila que yo. Al frente de la clase. Como
no tenía nada que perder, decidí dirigirle la palabra.
«Hola, mi nombre es Eleonora. ¿Cómo te llamas?», le pregunté con un acento marcadamente
texano.

El muchacho junto a mí pensó que me estaba dirigiendo a él.


“Miguel”, le respondí dándole gusto. “¿Cómo te llamas tú?”. Pregunté una vez, más,
concentrando mi atención cuando el joven de los ojos azules.
Él miró hacia atrás, convencido de que yo le hablaba a otro.
“Gerardo”, me respondió en voz baja.
“Hola”, le dije sonriendo, y proseguí con mi trabajo.
Gerardo y yo nos hicimos amigos. Nos encantaba charlar en clase. Él era deportista y yo
miembro de la banda de música. Una inveterada costumbre del bachillerato hacía imposible
toda relación social entre deportistas y músicos. Nuestros caminos se cruzaban
ocasionalmente, durante el desarrollo de nuestras diversas actividades escolares. Pero en
términos generales, nuestra amistad se limitaba al enlomo de las cuatro paredes de nuestra
clase de contabilidad.
Gerardo se graduó ese mismo año y durante un tiempo nuestras vidas tomaron diferentes
rumbos. Hasta que cierto día me visitó en el almacén donde yo trabajaba, en un centro
comercial. Me alegró mucho volver a verlo. Siguió visitándome durante mis descansos y así
retomamos nuestras conversaciones. Las presiones de sus compañeros de deporte
disminuyeron sustancialmente y en consecuencia nos convertimos en muy buenos amigos. La
relación con mi novio de Texas se volvió menos importante. Como mi amistad con Gerardo
florecía, esta relación comenzó a reemplazar la que tenía con mi novio.
Había transcurrido un año desde que nos mudamos de Texas y comenzaba a sentirme como en
casa en Arizona. Gerardo fue mi edecán durante nuestro baile de graduación. Salimos con dos
de sus amigos deportistas y sus novias. La noche de baile de gala cambió nuestra relación para
siempre, porque al ser aceptada por sus amigos, Gerardo se sintió más a gusto. Nuestra
relación por fin se hizo pública.

Gerardo fue alguien muy especial durante un período sumamente difícil de mi vida. Con el
pasar del tiempo, nuestra relación se convirtió en un amor grandioso. Recién ahora entiendo
que mis padres no trasladaron nuestra familia a Arizona para herir mis sentimientos, aunque a
veces así me lo pareciese. Ahora creo firmemente que la forma como se dan las cosas tiene su
razón de ser, pues de no habernos mudado jamás habría conocido al hombre de mis sueños.
Sheila K. Reyrman

Un inolvidable amor de bachillerato


Cuando Mateo atravesaba los jardines del colegio, la mayoría de los estudiantes no podían
sino observarlo. Era alto y delgado; el retrato viviente de James Dean, aunque más delgado.
Llevaba el cabello peinado hacia atrás y sobre la frente. Cuando se enfrascaba en
conversaciones intelectuales, sus cejas se arqueaban sobre los ojos, era cariñoso, considerado
y profundo. Jamás hería los sentimientos ajenos.
Yo le tenía miedo.
Me encontraba a punto de terminar con mi novio, quien era poco inteligente y el típico
ejemplar con el cual uno se pelea y se vuelve a arreglar unas treinta veces por puro
masoquismo, cuando Mateo se atravesó por mi camino una mañana, mientras caminaba por
los jardines del colegio. Se ofreció a llevarme los libros y me hizo reír nerviosamente una
docena de veces. Me cayó bien; me cayó muy bien.
Su genial capacidad intelectual me asustaba. Pero al final entendí que estaba más asustada de
mí misma que de Mateo.
Comenzamos a pasear juntos con mayor frecuencia. Lo miraba de soslayo desde mi casillero
atiborrado, y con mi corazón palpitando aceleradamente me preguntaba si algún día me
besaría. Llevábamos varias semanas viéndonos y todavía no había intentado besarme. Un
cambio, me tomaba de la mano, me abrazaba y me mandaba a clase con uno de mis libros. Al
abrirlo encontraba un estilizado escrito, que me hablaba de amor y de pasión en términos que
sobrepasaban la capacidad de entendimiento de mis 17 años. Me enviaba libros, tarjetas y
notas; se sentaba junto a mí en mi casa, mientras escuchábamos música durante horas. Su
canción predilecta era Me has traído algo de felicidad en medio de mis lágrimas, cantada por
Stevie Wonder.
Un día, recibí en mi trabajo una nota suya que decía: «Te extraño cuando estoy triste. Te
extraño en mi soledad. Pero sobre todo, le extraño cuando estoy feliz».
Recuerdo que recorrí la calle principal de nuestro pueblo, mientras los vehículos pitaban y las
cálidas luces de los almacenes le hacían guiños a los transeúntes para que entraran a
guarecerse del frío, con un solo pensamiento revoloteando en mi cabeza: Mateo me extraña,
sobre todo cuando está feliz. ¡Qué tipo tan extraño!
Me sentía terriblemente incómoda con un muchacho tan romántico junto a mí. En realidad
era un hombre de diecisiete años que meditaba con sabiduría cada una de sus palabras, que
escuchaba los puntos de vista de cada participante en un argumento, que leía poesía hasta
bien entrada la noche y sopesaba cuidadosamente sus decisiones. Yo presentía que una
profunda tristeza embargaba su alma, irías no comprendía su alcance. Hoy pienso que su
tristeza se debía a que su personalidad no encajaba dentro del esquema académico de nuestro
colegio.
Mi relación con Mateo era totalmente diferente de la que tuve con mi novio anterior. Aquélla
sólo había consistido en charlar sobre boberías y ver películas mientras comíamos crispetas de
maíz, lisa relación terminó por el mutuo deseo de iniciar otros noviazgos. A veces parecía como
si la vida del colegio girara alrededor del drama de nuestros continuos rompimientos, siempre
muy intensos, y que servían para divertir a nuestras amistades. En resumen, una telenovela
inacabable.
Cuando le comentaba estas cosas a Mateo, él se limitaba a cruzar su brazo sobre mi hombro
mientras me aseguraba que esperaría a que ordenara mis pensamientos. Acto seguido se
dedicaba a leerme algún libro. Me regaló un ejemplar del principito, que traía la siguiente frase
subrayada: «Sólo se ve bien con el corazón».
Yo le respondía de la única forma que sabía: escribiéndole cartas y poesías de amor con una
intensidad que jamás había sentido. Sin embargo, me parapetaba tras mis murallas para
mantenerlo alejado, porque siempre temía que descubriera que yo era una impostora, que no
era tan inteligente ni profunda como yo lo percibía a él.
Yo añoraba retornar a los viejos hábitos de las charlas intrascendentes, el cine y las críspetas.
Así todo era mucho más fácil. Recuerdo bien el día, mientras nos congelábamos de frío.
Cuando le dije a Mateo que nuevamente había decidido entablar relaciones con mi novio
anterior: “Él me necesita más que tú” le dije con mi vocecita de niña consentida. “Es difícil
deshacerse de los viejos hábitos”.
Se quedó mirándome con tristeza, más por mí que por él mismo. Mateo sabía, y así lo entendí
yo también, que cometía un gran error.
Los años pasaron. Mateo emprendió camino a la universidad antes que yo. Cuando regresaba
a casa para las Navidades me ponía en contacto con él e iba de visita a su casa. Siempre le tuve
un gran cariño a su familia. Me recibían con una calurosa y cariñosa bienvenida, y por eso me
di cuenta de que Mateo había perdonado el error que cometí.
En una de esas ocasiones. Mateo me dijo: “Eres una magnífica escritora. Siempre has escrito
bien”.
“Estoy de acuerdo” dijo su madre, “escribías bellamente. Espero que nunca dejes de hacerlo”.
“Pero, ¿Qué sabe usted de mis escritos?” le pregunté.
"Pues mira, Mateo siempre los compartía conmigo” dijo. Él y yo jamás dejamos de
maravillarnos de la belleza de tus escritos”.
Pude observar que su padre también asentía con la cabeza. Me recosté sobre el espaldar de mi
asiento y me sonrojé intensamente. ¿Qué habría escrito yo en esas cartas?
Hasta entonces jamás me había enterado de que Mateo admiraba mis escritos tanto como yo
admiraba su inteligencia.
Con el pasar de los años perdimos contacto. La última noticia que escuché de él, por boca de
su padre, era que se había marchado a San Francisco con la intención de volverse cocinero. Yo
entablé docenas de malas relaciones hasta que finalmente me casé con un hombre
maravilloso. A la sazón ya tenía la suficiente madurez como para manejar la inteligencia de mi
marido, especialmente cuando me hacía caer en cuenta de que yo tenía la propia.
Mateo es el único novio a quien recuerdo con nostalgia. Ante todo espero que sea feliz. Se lo
merece. En muchos aspectos, fue el artífice de mi formación. Me ayudó a aceptar una faceta
de mi personalidad que yo rehusaba ver entre los chismes, el cinc y las crispetas. Me enseñó a
percatarme de mi espíritu y de la escritora que tenía adentro.
Diana L. Chapman.

SOBRE LA AMISTAD
Algunas personas entran en nuestra vida para desaparecer rápidamente. Otras se quedan
algún tiempo y dejan sus ¡mellas sobre nuestro corazón. Y después, jamás volvemos a ser los
mismos.
FUENTE DESCONOCIDA

Una sencilla tarjeta de Navidad


La tímida y reservada Catalina inició su noveno grado en un colegio grande situado en el
corazón de la ciudad. Jamás se le ocurrió que la soledad la abrumaría. Sin embargo, muy
pronto se encontró añorando a sus antiguos compañeros del año anterior. El nuevo colegio era
frío e impersonal.
Para nadie parecía ser importante hacer que Catalina se sintiera bienvenida, era una persona
muy solícita, pero su timidez le impedía hacer amigos fácilmente. Desde luego que se
relacionaba con esos compinches de ocasión que sin misericordia se aprovechaban de su
bondad.
Recorría los pasillos del colegio como un ser invisible; nadie hablaba con ella, y por esto su voz
jamás se escuchaba. Llegó a convencerse de que sus pensamientos no valían lo suficiente
como para ser tenidos en cuenta. Se encerró en su silencio, como si fuese muda.
Sus padres sufrían por ella, pues, pensaban que jamás llegaría a tener amigos, y como se
habían divorciado sentían que a ella probablemente le hacía falta conversar con alguien.
Hacían todo lo posible para que se adaptara y satisfacían todos sus caprichos en lo referente a
vestuario y discos de su música predilecta, sin ningún resultado.
Por desgracia, tampoco sabían que Catalina estaba pensando en quitarse la vida. Con
frecuencia se dormía llorando, pensando que jamás encontraría una persona que la quisiese lo
suficiente como para ser su amiga.
Laura, su nueva amiga por interés, la utilizaba para que le hiciera las tareas, pero la excluía de
sus programas de diversión esta actitud hizo que Catalina se acercara todavía más al
precipicio.
La situación empeoró durante el verano Catalina, más sola que nunca, llegó a convencerse de
que su actual situación era lo mejor que la vida podía ofrecerle y de que no valía la pena
seguir viviendo así.

Al comenzar el décimo grado se vinculó, a un grupo de jóvenes cristianos de la parroquia


vecina, con la esperanza de hacer amigos. Conoció personas que de dientes para fuera
parecían darle la bienvenida, pero que realmente no la querían como miembro de su grupo.
Para la época de Pascua, la perturbación de Catalina llego a tal punto que necesitó tomar
pastillas para poder dormir. Parecía como si se estuviera desprendiendo de este mundo. Por
último, decidió que se tiraría al río desde el puente vecino, la víspera de Navidad, mientras sus
padres estaban en una fiesta. Al salir del cálido ambiente de su hogar para emprender la larga
caminata hasta el puente, decidió dejar una nota para sus padres en el buzón del correo. Al
abrir la portezuela del buzón encontró varias cartas y decidió sacarlas para averiguar su
procedencia. Había una de sus abuelos, unas cuantas de los vecinos y otra dirigida a ella. Era
una tarjeta de uno de los muchachos de la asociación juvenil.
Querida Catalina:
Quiero pedirte excusas por no haber hablado contigo antes.
Mis padres están en la mitad del proceso de divorcio y no he tenido la oportunidad de hablar
con nadie. Quisiera hacerte algunas preguntas sobre jóvenes como nosotros con padres
divorciados. Creo que podríamos ser amigos y ayudarnos mutuamente. ¡Nos vemos en la
reunión del domingo!
Con afecto, tu amigo, Mauricio Cuesta.
Se quedó mirando fijamente la tarjeta, leyéndola una y otra vez “Creo que podríamos ser
amigos”. Sonrió al darse cuenta de que su vida le interesaba a alguien y que ese alguien quería
ser el amigo de Catalina Caballero, la tímida y candida.
En se momento se sintió un ser muy especial.
Dio media vuelta y entró nuevamente en su casa. Tan pronto estuvo en el interior llamó a
Mauricio. Se podría decir que él era un milagro navideño, pues la amistad es el mejor regalo
que se puede dar a otro ser.
Theresa Peterson

Ella me dijo que si quería, podía llorar


Se requiere de mucho entendimiento, tiempo y confianza para entablar una amistad con
alguien. Al llegar a una época de mi vida colmada de incertidumbre, mis amigos son mi
posesión más valiosa.
HERRÍN MILLER, 18 años

Anoche la vi por primera vez en muchos años. Parecía desdichada. Se había teñido el cabello
para esconder su verdadero color, de la misma forma que su aspecto descuidado escondía una
infelicidad profunda. Necesitaba conversar de modo que nos fuimos a caminar. Mientras yo
pensaba en el futuro y en los formularios de admisión a diversas universidades que me habían
llegado recientemente, ella pensaba en el pasado y en el hogar recién abandonado. Me contó
sobre su enamorado y yo percibí una relación dependiente con un hombre dominante. Me
contó que consumía drogas y yo deduje que es consumo era una vía de escape. Me habló de
sus metas y yo vi que sus sueños eran poco realistas. Me dijo que necesitaba una amiga y yo
me llene de esperanza, pues al menos eso le podía dar.
Nos habíamos conocido en segundo de primaria. A ella le faltaba un diente, a mí me hacían
falta mis amigos. Yo acababa de atravesar todo el continente para encontrarme en la inhóspita
puerta de mi nuevo colegio, con unas caras frías y I burlonas y unos columpios metálicos
igualmente fríos. Le pedí prestado su cuento de Archi, aunque poco me gustaban los cuentos.
Ella me lo prestó aunque poco le gustaba compartir. Tal vez, ambas buscábamos una sonrisa. Y
la encontramos. También hallamos con quién bromear hasta la madrugada, con quién sorber
chocolate caliente en los fríos días tic invierno cuando suspendían el colegio y nos aunábamos
juntas frente al ventanal, para ver caer incesantemente la nieve.
Un buen día de verano, mientras nos bañábamos en la piscina, me picó una abeja. Ella me
tomó de la mano y me dijo que no me dejaría sola, y que si quería, podía llorar. Y yo comencé
llorar.
Fue otoño amontonábamos hojas y nos turnábamos para saltar sin temor alguno, pues
sabíamos que el multicolor colchón amortiguaba nuestras caídas.
Sólo que ahora ella había caído sin que hubiese alguien para sostenerla. No habíamos hablado
en meses, no nos habíamos visto en años. Yo me trasladé a California, y ella se había ido de la
casa, nuestras experiencias, que se fueron dando a cientos de kilómetros de distancia, habían
hecho que nuestros corazones se apartaran a más distancia que la que nos había separado. Sus
palabras me alejaban de ella, pero en sus palabras percibía sus anhelos. Ella necesitaba apoyo
en su búsqueda para renovar fuerzas e iniciar de nuevo su vida. Ella, ahora más que nunca,
necesitaba de mi amistad. De modo que la tomé de la mano y le dije que no la dejaría sola, y
que sí quería, podía llorar. Y así lo hizo.
Daphna Renán
En los tiempos de las cajas de cartón
¡Disfruta! Estos son los viejos tiempos que vas a extrañar en los años venideros.
ANÓNIMO
En mi niñez, las cajas de cartón desempeñaron un importante papel. No me entiendan mal;
los juguetes también eran muy valiosos, pero nada podía superar la magia de una caja de
cartón acompañada de unos cuantos muchachos, sobre todo si ellos eran los hermanos Nicolás
y Cristóbal, mis dos mejores amigos del barrio, que vivían a tres cuadras de mi casa.
El verano era la época ideal para tener una caja de cartón. Sus largos y apacibles días nos
aportaban el tiempo suficiente para saborear la verdadera esencia de una caja y establecer con
ésta unos nexos profundos. Sin embargo, para establecer un significativo vínculo con la caja,
primero era necesario encontrar una.
Los tres nos subíamos precipitadamente al platón de la camioneta familiar, compitiendo por
un rato por nuestro asiento preferido: La rueda de repuesto. Mientras mi madre encontraba
sus llaves, nos dedicábamos a cantar:
Na Na Na, nuestra canción favorita, o sea cualquier canción de la que sólo sabíamos parte de la
letra. A nadie se le ocurría sugerir que fuéramos en la cabina. Montarse en la cabina era para
los cobardes
Por fin, después de muchísimas versiones de nuestro tema Na Na Na, mi madre nos llevaba al
“nido” de las cajas, y ¡allí estaba! La caja más bella que jamás habíamos visto. Era el envase de
un refrigerador, definitivamente el mejor tipo de caja que uno pudiera tener, porque es mejor
que cualquier otra para viajar muchísimo a los lugares más apetecidos, y además, su capacidad
para convertirse en cualquier cosa es simplemente fenomenal. La bodega de muebles y
electrodomésticos había descartado este maravilloso tesoro en su puerta trasera, como si
fuera un estorbo. Habíamos llegado justo a tiempo para rescatarla de las insaciables
mandíbulas del camión de la basura.
Primero observamos con emoción como mi madre colocaba la caja sobre el platón de la
camioneta. Después nos metimos en su interior para protegemos, durante el viaje de regreso a
casa, del viento y de los insectos que pretendían posarse nuestras amígdalas mientras
ejecutábamos otra versión “Na Na Na”.
La llegada al barrio fue una experiencia que nos colmó de orgullo todos los que estaban
jugando en la calle nos observaban, y muy rápidamente corrió la voz de que Cristóbal, Nicolás
y Eva eran dueños y señores de una caja de refrigerador. Poseer una de este tipo equivalía a
tener una sobresaliente posición en el barrio, listábamos a punto de convertirnos en leyenda.
En nuestra caja iríamos a lugares donde jamás había llegado chico alguno.
Descargamos nuestro valioso tesoro y con sumo cuidado lo llevamos al jardín trasero.
Cristóbal propuso otorgarnos unos minutos de silencio y tranquilidad para aclarar nuestros
pensamientos, y luego intercambiar ideas sobre que haríamos con este magnífico tesoro. Así lo
hicimos durante unos cinco minutos. Y de pronto, como si una extraña fuerza hubiese abierto
nuestra caja sonora, comenzamos a cantar:
Na Na Na
Nuestra caja está superbien Na Na Na
¡Y nosotros también!
De acuerdo, era una canción muy breve, pero también era bella. Y estoy segura de que
conmovía el corazón de todos los que tuvieron la buena fortuna de escucharla.
En otra ocasión llegó el momento de tomar decisiones. “Vamos a Zo en nuestra caja” dije yo.
“¿A dónde?” preguntaron al unísono Nicolás y Cristóbal, mirándome fulminantemente.
- A dónde ir y a dónde no ir, he ahí la pregunta, replique.
Nicolás dijo que yo hablaba sandeces, y yo conteste que realmente todo era muy sencillo, y
que ellos tan sólo tenían que aprehender a pensar al revés. Ante semejante aseveración,
Cristóbal y Nicolás estuvieron de acuerdo en que yo estaba hablando sandeces.
“Zo es Oz al revés”, grite yo, pues sabía que ellos tenían mucho más sentido común del que
mostraban.
Cristóbal me miró y después miró la caja, mientras analizaba mi brillante idea. Yo comencé a
pensar que ellos estaban gravemente enfermos, pues ya debían saber, a la luz de nuestras
pasadas experiencias, que las cajas, y en especial esta, nos podían llevar al lugar que
quisiéramos, y que podíamos ser o hacer lo que deseáramos gracias al poder omnipotente de
la caja para refrigeradores.
“Eva tiene toda la razón” dijo Cristóbal. “Jamás hemos hecho algo al revés, de modo que ésta
será nuestra primera vez. Claro que podemos ir a cualquier parte al revés, no solamente a Zo”.
En este preciso momento de nuestra vida infantil nos dimos cuenta de que estábamos a punto
de pasar a la historia al mundo entero hablaría de “los tres chicos encajados al revés”. Desde
luego, otros chicos intentarían igualar nuestra hazaña, pero jamás lo lograrían porque su
imaginación era inferior a la nuestra.
Declaramos solemnemente que nuestra caja sería una máquina del tiempo. Juramos sobre
helados de chocolate que esta idea “atravesada” haría carrera y perduraría en el tiempo, por lo
menos hasta la llegada de la próxima caja. Quedaba sobrentendido que quien faltara al
juramento hecho sobre un helado de chocolate, sin duda era un inmoral.
Después de viajar hacia atrás durante unos arios, nos encontramos ante un dilema. Estábamos
visitando a un cantante llamado Elvis, que deseaba saber cómo habíamos llegado hasta
Graceland, su casa. Le contamos acerca de nuestra máquina del tiempo, de la idea alrevesada,
del juramento sobre los helados de chocolate, y de nuestra entrada a la historia. Elvis,
maravillado, nos dijo que en verdad éramos unos chicos increíbles... pero...
“Pero ¿qué?”, le preguntamos. Pues que él deseaba saber cómo regresaríamos a casa, si sólo
podíamos viajar hacia atrás. A lo largo de todas nuestras aventuras jamás nos habíamos
encontrado en semejante encrucijada. Tampoco habíamos violado nuestra palabra, empeñada
sobre un helado de chocolate. Nos encontrábamos, como se dice, en un callejón sin salida.
Pero no nos podíamos rendir. La vida siempre tenía sus altibajos, y éste era uno de esos
grandes “bajos” que requeriría de una larga noche de meditación. Por fortuna, nuestros padres
impidieron que pasáramos la noche en nuestro imaginativo juego.
De repente mi madre nos llamó desde la puerta trasera, saliéndonos de nuestro mundo de
ensueño para aterrizarnos sin miramientos en nuestro patio trasero. Nicolás y Cristóbal debían
regresar a su casa. Hicimos planes: nos encontraríamos a las ocho de la mañana siguiente para
debatir las soluciones al desastre que se cernía sobre nuestras cabezas. Mientras yo daba los
tres pasos para entrar en mi casa, ambos hermanos arrancaron a correr las tres cuadras hasta
su casa. No había tiempo que perder. Tan sólo teníamos hasta el amanecer para regresar
nuevamente a la realidad de nuestro imaginario mundo.
A las 7:33 de la mañana el timbre del teléfono rompió el silencio de nuestra casa, y yo me
deslicé de la cama con la tremenda resaca que me produjo pensar tanto. Al contestar el
teléfono, Nicolás quiso saber si yo había cubierto la caja con un plástico, como era nuestro
deber, para protegerla de la lluvia. Cuando me asomé a la ventana, comprobé que la noche
anterior había llovido copiosamente. Con profunda tristeza le dije que no, pero que como la
responsabilidad era de todos, la culpa no podía ser sólo mía.
Nicolás y Cristóbal llegaron, y entonces el silencio reemplazó nuestras usuales bromas. Sólo
habíamos tenido la caja por un día. Ahora nos encontrábamos en el mundo real - nuestra
caja había muerto.
El cartón empapado por el agua, no podía quedarse en el pililo hasta podrirse. Había sido una
buena caja y merecía respeto así que la arrastramos hasta la calle lateral por donde pasaba el
camión de la basura. El día anterior la salvamos de una muerte prematura; ahora le había
llegado su hora final.
Aunque fue una muerte natural, se habría podido evitar. Esta realidad sería un peso que
cargaríamos durante toda nuestra infancia.
Los tres nos sentamos junto a la caja para estar con ella cuando llegara el camión de la basura.
Hasta nos inventamos una canción mortuoria, que cantamos a todo pulmón cuando el camión
se llevó la caja. Nadie habría podido poner tanto sentimiento en una canción como lo hicimos
nosotros aquel día. Aunque estábamos de luto por nuestra caja, también sabíamos que
teníamos que seguir adelante. Debíamos encontrar otra caja para poder construir con ella otro
mundo imaginario.
Recuerdo con nostalgia esa época de las cajas de cartón. Sin embargo, de la misma forma
como nos tocó afrontar el mundo real después del fallecimiento de nuestra caja, yo tuve que
crecer. Pero la imaginación de la niñez siempre será parte de mí ser. Siempre creeré en las
cajas de cartón.
Eva Burke

SOBRE LA FAMILIA
La familia - ese querido pulpo de cuyos tentáculos jamás podemos escapar totalmente y del
que, en el fondo de nuestro corazón, en realidad tampoco, deseamos escapar.
DODIE SMITH

Ella jamás se desesperó conmigo


Ella nunca se rinda. Mi madre es mi heroína. KIMBERLYANNE BRAND

Ronca de tanto gritar, yo pataleaba como enloquecida tirada sobre el piso, por la sencilla razón
de que mi madre adoptiva me había pedido que guardara los juguetes.
“Te odio”, le dije dando alaridos. Tenía seis años y no podía comprender por qué me sentía tan
iracunda la mayor parte del tiempo.
Desde los dos años había vivido con padres adoptivos. Mi verdadera madre no estaba en
capacidad de darnos, a mis cinco hermanas y a mí, el cuidado que merecíamos. Como no
teníamos padre ni parientes que quisieran hacerse cargo de nosotros, nos habían conseguido
diversos padres adoptivos. Yo me sentía muy sola y confundida. No sabía cómo hablar con los
demás acerca del dolor que me carcomía por dentro. Los berrinches eran la única forma de
expresar mis sentimientos.
Mi errático comportamiento tuvo como consecuencia que mi madre adoptiva de ese momento
me devolviera al centro de adopciones, de la misma forma como lo habían hecho todas mis
madres adoptivas anteriores. Me consideraba la niña menos digna de cariño del mundo
entero.
En ese entonces conocí a Kate McCann. Cuando ella vino de visita, yo tenía siete años y estaba
viviendo con mi tercera familia adoptiva. Mi madre adoptiva me contó que Kate era soltera y
que quería adoptar un niño; pensé que no me escogería a mí.
No podía imaginarme que alguien quisiese vivir conmigo para siempre.
Aquel día Kate me llevó a un cultivo de sandías. Nos divertimos juntas, pero no esperaba volver
a verla.
Unos días después, una trabajadora social vino a casa para informar, que Kate quería
adoptarme. De inmediato me pregunto si yo tenía algún inconveniente en vivir sólo con una
mamá, sin papá.
A mí sólo me interesa que me quieran», contesté. Kate vino de visita al día siguiente. Me
explicó que los trámites de adopción se demorarían casi un año, pero que pronto me podría ir
a vivir con ella. Yo estaba ilusionada, pero al mismo tiempo asustada. Kate y yo éramos
totalmente extrañas la una para la otra, y me preguntaba si cambiaría de parecer cuando
tuviera la oportunidad de conocerme.
Kate presintió mis temores. “Sé que has sufrido mucho” me dijo mientras me abrazaba.
“Comprendo que tengas miedo, pero te prometo que jamás te echaré de nuestro hogar.
Desde ahora en adelante, tú y yo somos una familia”.
Me sorprendí al ver sus ojos llenos de lágrimas. En ese momento me di cuenta de que ella, al
igual que yo, sufría de soledad.
“De acuerdo... mamá”, le respondí.
A la semana siguiente conocí a mis abuelos, tía, tío y primos. Tuve una sensación extraña pero
a la vez agradable, al estar con extraños que me abrazaban como si ya me tuvieran cariño.
Cuando me fui a vivir con mamá, ella me arregló una habitación propia con cortinas y edredón
haciendo juego y amoblada con un tocador antiguo y un armario grande. Yo sólo tenía unas
cuantas prendas de vestir que había traído en una bolsa de papel.
No te preocupes, me dijo, “yo te compraré muchas cosas lindas”.
Isa noche me acosté sintiéndome protegida. Recé pidiéndole a Dios que no me tuviera que ir
nuevamente.
Mi madre se dedicó a cuidarme con esmero. Me llevaba a la Iglesia los domingos. Muy pronto
me regaló mascotas y me matriculó en clases de equitación y de piano. Todos los días me
hacía saber lo mucho que me quería. Pero el amor no era suficiente para sanar ese dolor que
tenía adentro de mí ser. Todos los días yo presagiaba su cambio de parecer hacia mí, y me
decía a mí misma: “Sí me comporto lo suficientemente mal, me abandonará como lo hicieron
las demás”.
De modo que me dediqué a herirla antes de que ella me hiriera a mí. Le buscaba pelea por
cualquier cosa y hacía berrinches cuando no me daba gusto. Azotaba las puertas, y si ella
trataba de controlarme le pegaba. Pero ella jamás perdía la paciencia. Me abrazaba y me decía
que me quería a pesar de todo. Cuando me daba una rabieta, me mandaba al jardín a brincar
sobre el trampolín.
Cuando me fui a vivir con ella yo andaba muy mal académicamente, de modo que mi madre
era muy estricta en lo referente a mis deberes escolares. Un día que yo estaba viendo
televisión, entró y la desconectó.
“Puedes ver la televisión cuando hayas hecho tus tareas escolares”, me dijo. Me puse a dar
alaridos. Arrojé mis libros al otro lado de la habitación. “¡Te odio y no quiero seguir viviendo
contigo!”, grité a todo pulmón.
Me quedé esperando que dijera que había llegado ¡a hora de empacar mis cosas. Como no lo
hizo, le pregunté: “¿No me vas a devolver al centro de adopciones?”.
«No me gusta cómo te estás portando» me dijo, «pero jamás te irás de aquí. Tú y yo somos
una familia y los miembros de una familia jamás se abandonan los unos a los otros».
En ese preciso momento comprendí. Esta mamá era diferente. Ella no me iba a abandonar. Ella
me quería de verdad. Entonces me di cuenta de que yo también la quería a ella. Me puse a
llorar y la abracé.
En 1985 toda la familia celebró mi adopción formal; con una cena en un restaurante. Me sentía
muy bien al saber que pertenecía a una familia. Pero todavía me invadía el miedo. ¿Sería
verdad que mi madre me querría para siempre? Mis rabietas no cesaron del todo, pero a
medida que pasaban los meses se hicieron menos frecuentes.
Hoy tengo 16 años. Todas mis calificaciones están por encima de cuatro. Tengo un caballo que
se llama Relámpago, cuatro gatos, un perro, seis palomas y un sapo que vive en el estanque
del jardín de la casa, tengo una ilusión: llegar a ser médica veterinaria.
A mi mamá y a mí nos gusta hacer cosas juntas.
Salimos de compras y montamos a caballo. Nos da risa el mundo la gente nos dice lo mucho
que nos parecemos. Nadie cree que soy adoptada. Nunca me imaginé que podría llegar ser
tan feliz. Cuando sea mayor me gustaría casarme y tener hijos. Pero si eso no sucede, adoptare
un niño como hizo mi mamá. Escogeré una niña triste y asustada, y jamás, jamás me daré por
vencida en lo referente a ella. Vivo feliz porque mi mamá nunca perdió la fe en mí.
Sharon Whitíey
Condensado de la revista Woman's World.
Una madre incondicional
A mi madre le tocó lidiar mucho conmigo, pero creo que a pesar de todo lo encontró divertido.
MARK TWAIN
Reconozco que fui un desastre como quinceañera. Desde luego, no era la quinceañerita del
montón, consentida, Incapaz de mantener su habitación presentable y con actitud rebelde. No,
yo fui un monstruo manipulador, mentiroso y con lengua viperina, que aceleradamente se dio
cuenta de que las cosas se podían amoldar a su voluntad mediante unos pequeños ajustes. Ni
el más imaginativo de los guionistas de telenovelas hubiera podido crear jamás una peor
«arpía» que yo. Todo me salía a las mil maravillas con sólo unos cuantos comentarios
desagradables aquí, un par de mentiras allá, y tal vez una mirada iracunda para redondear la
actuación. Que por lo menos así lo creía.
En términos generales, y en apariencia, yo era una buena chica. Una niña retozona, de nariz
respingada, aficionada a los deportes en forma muy competitiva (un giro literario para
describir a una chica agresiva y exigente). Me imagino que ésta fue la razón por la cual la
mayoría de la gente me permitió darme el lujo de «salirme con la mía», utilizando lo que hoy
denomino «táctica de comportamiento de tractomula», o sea j una total indiferencia por los
sentimientos y valores de los; demás. Así fue por lo menos durante algún tiempo.
Como yo era lo suficientemente perceptiva para doblegar a( ciertas personas a mi voluntad, no
puedo sino asombrarme al pensar lo mucho que me demore en darme cuenta del daño que le
estaba causando a los demás. No sólo logré espantar a muchos de mis mejores amigos;
también tuve gran éxito en sabotear la situación más preciosa de mi vida: la relación con mi
madre.
Hoy, diez años después de mi «reencarnación», cada vez que escudriño mi comportamiento
pasado en mi memoria, no dejo de abismarme. Comentarios hirientes que repartían cual
latigazos sobre las personas que más quería. Actos colmados de furia y confusión que parecían
dominar toda mi vida, encaminados a garantizar el cumplimiento de mi santa voluntad.
Mi madre, quien había dado a luz a los treinta y ocho años en contra de la voluntad del médico
familiar, me decía con una tremenda pesadumbre: «¡Por favor no me ahuyentes! ¡Te he
esperado tanto tiempo! ¡Yo sólo deseo ayudarte!».
Asumiendo un semblante de estatua de piedra, yo le contestaba: «¡Nunca te solicité; jamás te
he pedido que te preocupes por mí. Olvídate de mí y déjame tranquila!».
Mi madre comenzó a pensar que yo hablaba en serio. Mi comportamiento así lo indicaba.
Para conseguir a toda costa lo que quería, me volví desconsiderada y manipuladora. Al igual
que tantas chicas jóvenes, sólo bastaba que algún muchacho fuera mal visto y díscolo para que
de inmediato yo quisiera salir con él. Me volví una malabarista de la casa a cualquier hora del
día o de la noche, para demostrarle al mundo que a mí nadie me detenía. Me volví una
malabarista de mentiras complejas, que cual bombas de tiempo siempre estaban a punto de
explotarme en la cara. De manera permanente buscaba formas de llamar la atención, y a la
vez que procuraba volverme invisible.
Desearía poder decir, irónicamente, que era una drogadicta consumada, que tomaba pastillas
causantes de desequilibrios mentales y que fumaba sustancias que alteraban la personalidad.
Así podría explicar la razón de las terribles palabras corlopunzantes que cual cuchillos salían de
mi boca. Pero no se trataba de eso. Mi única adicción era el odio; mi único estimulante era
inflingir dolor.
Con frecuencia me preguntaba, ¿por que? ¿Cuál era la necesidad de herir a otros, y sobre
todo a aquellos que más quería? ¿Había alguna razón valedera para decir tantas mentiras?
¿Qué me impulsaba a atacar a mi madre? Hasta que, un buen día, el castillo de naipes se
derrumbó en un demencial intento de suicidio.
Después de un intento fallido y poco convincente de lanzarme desde un automóvil que se
desplazaba a 120 kilómetros por hora, algo se destacaba todavía más que mis tenis sin
cordones. Despierta, en el lecho de la habitación de mi «refugio veraniego» (nombre que le
puse al hospital), llegué al convencimiento de que no quería morir.
Además, estaba segura de que no quería seguir causándole daño a los demás buscando
encubrir lo que verdaderamente quería esconder: el odio que me tenía a mí misma. Ese odio
que yo había desencadenado sobre los demás.
Por primera vez en muchos años pude observar la cara angustiada de mi madre. Sus cansados
ojos color castaño me reflejaban agradecimiento por esta nueva oportunidad que se le
brindaba a su hija bien amada, que había traído al mundo a los treinta y ocho años.
Éste era mi primer encuentro con un amor incondicional.
Una experiencia emocional poderosísima.
A pesar de todas las mentiras, ella me seguía queriendo.
Una tarde lloré sobre su regazo durante horas, y entre sollozos le pregunte por que me seguía
queriendo a pesar todas las maldades que había padecido. Mirándome a la cara mientras me
quitaba el cabello de los ojos, contestó: «En realidad, no lo se».
En medio de las lágrimas, una sonrisa bondadosa inundó su arrugado rostro dándome a
entender todo lo que necesitaba saber. Yo era su hija, pero por encima de eso, ella era mi
madre. No todos los hijos descarriados son tan afortunados. No todas las madres pueden
seguir amándonos incondicionalmente, resistiendo que se las empuje hasta los límites de
toda tolerancia, como yo lo había hecho de manera constante con la mía.
El amor incondicional es el más preciado regalo que podemos obsequiar. Ser perdonados por
nuestras transgresiones pasadas es la más preciosa dádiva que podemos recibir. No me
atrevo a pensar que no es posible recibir esta manifestación de verdadero amor más de una
vez en la vida.
Yo he tenido esta suerte. No me cabe duda. Quisiera hacer extensivo este obsequio que mi
madre me dio, a todos los quinceañeros descarriados y confundidos que andan por el
mundo.
No tiene nada de malo sentir dolor, necesitar ayuda, sentir el amor: simplemente siéntelo, sin
esconderte. Quítate el cubrelecho protector, no te escondas detrás de una rígida pared o una
máscara sofocante, y así podrás aspirar el perfume de la vida.
Sarah J Vogt

El cumpleaños
Sentada junto a la ventana mientras recibía el cálido sol de junio sobre un brazo, tuve que
hacer un esfuerzo para obligarme a recordar dónde estaba. Era difícil imaginar que tras esos
estéticos gabinetes de caoba se escondía toda una variedad de equipo medico, o que en un
abrir y cerrar de ojos las láminas del ciclo raso podían desplazarse para dejar ni descubierto
una batería de lámparas de cirugía. Salvo la evidencia de algunos instrumentos quirúrgicos y la
unidad intravenosa junto a la cama, el lugar casi no parecía una habitación de hospital.
Mientras observaba el amoblamiento del aposento y el papel de colgadura, la memoria hizo su
peregrinar a la época, más bien reciente, cuando toda esta
Aventura se inició todo comenzó un frío día de octubre. Nuestro equipo de hockey acababa de
vencer al Saratogapor 2 a 1. Emocionada rendida, me dejé caer en un asiento de nuestro
automóvil. Mientras salíamos del colegio mi madre comentó que esa tarde había tenido una
cita médica. «¿Qué te pasa?», inquirí, mientras temerosa, hacía un inventario de todos los
posibles padecimientos que podrían aquejara mi madre.
«Pues...». Este titubeo me puso todavía más alerta.
«Estoy embarazada».
«¿Estás qué?», pregunté Estoy embarazada», volvió a repetir.
Sobra decir que me quedé muda de sorpresa. Atornillada en mi asiento, lo único que se me
ocurría pensar era que esta clase de cosas no le suceden a los padres cuando uno está
cursando el último año de bachillerato. Y fue en ese momento cuando comprendí en forma
fulminante que muy pronto tendría que compartir a mi madre. Compartir la madre que
durante 16 años sólo había sido mía. Se desbordó un enorme resentimiento hacia esa criatura
que estaba anidada en las entrañas de mi madre. Yo jamás había deseado que ella tuviera otro
bebe cuando se volvió a casar. Desde luego que mi sentimiento era muy egoísta, pero en lo
referente a mi madre! no deseaba compartirla en lo más mínimo.
Al ver la conmoción y la emoción que le produjo a mi padrastro la noticia de que pronto sería
padre por primera vez, no pude sino contagiarme. Me era casi imposible aguantar el deseo de
contárselo a todo el mundo, y ¡mi emoción se notaba a leguas de distancia! Pero por dentro
procuraba manejar mi desasosiego y temor.
Mis padres me involucraron en todos los preparativos, desde la decoración de la habitación
hasta la selección del nombre, la asistencia a clases de adiestramiento para el parlo, y hasta en
la decisión de permitirme estar en la sala de partos cuando naciera el bebé. Pero a pesar de
toda la felicidad y emoción que el embarazo de mi madre trajo a nuestra casa, me era difícil
escuchar a los amigos y parientes hablar permanentemente de la nueva adición a la familia.
Temía ser relegada a un segundo plano cuando llegara mi nuevo hermanito. Fin ciertas
ocasiones, a solas, el resentimiento hacia ese pequeñín que me privaría de lo que era mío
sobrepasaba la felicidad que su llegada me auguraba.
Sentada en la sala de partos ese 17 de junio, sabiendo que el bebe estaba por llegar, todas mis
inseguridades estaban a flor de piel. ¿Cómo sería mi vida de aquí en adelante? ¿Me convertiría
en una niñera permanente? ¿De qué me tendría que privar en un futuro próximo'? Pero ante
todo, ¿perdería a mi madre para siempre? El tiempo para cavilar sobre estos temas se
esfumaba. El bebé estaba en camino estar allí, en la sala de parto, acompañando a mi madre,
fue una de las experiencias más extraordinarias de mi vida, pues el nacimiento
verdaderamente es un milagro. Cuando el medico Ie anunció que tenía una hermanita, me
deshice en lágrimas.
Todas mis inseguridades y temores se han desvanecido; con la ayuda de una familia cariñosa y
comprensiva, lis difícil explicar ese sentimiento tan especial que llena mi corazón al ver un ser
tan pequeñito que me acompaña mientras espero el bus del colegio, y que se despide de mí
agitando su pequeña mano, mientras mamá la sostiene junto a la ventana es maravilloso, no
tener tiempo ni para quitarme el abrigo cuando llego del colegio, pues ya estoy sintiendo el
jugueteo de su manita invitándome a jugar.
Ahora comprendo que en mi hogar hay suficiente amor para Emma. Mi resentimiento por lo
que ella supuestamente me iba a quitar, se ha desvanecido al percatarme de que nada me ha
quitado y que, por el contrario, ha traído muchas cosas bellas a mi vida. Jamás pensé que
podía llegar a querer un bebé de esta forma, y por nada en el mundo cambiaría el mundo que
me produce ser su hermana mayor.
Melissa Esposito
La carrera completa
El 18 de junio fui a ver a mi hermanito menor jugar al béisbol, i c lino de costumbre. A la
sazón, Carlitos tenía doce años y llevaba jugando unos dos años. Cuando me di cuenta de que
se preparaba para salir abalear, decidí acercarme y darle pequeños consejos. Pero al llegar tan
sólo le dije, «Te quiero».
Él, a su vez, me contestó: «¿Eso quiere decir que deseas que yo haga una carrera completa?».
Sonreí y le dije: «Haz lo mejor que puedas».
Al acercarse al plato, observé que lo rodeaba una cierta aureola. Se veía seguro y confiado de
lo que se proponía hacer. Le bastó un solo golpe, y el hombre logró hacer su primera carrera
completa. Los ojos le brillaban y el rostro se le Iluminó, mientras sonriente y orgulloso corría
de base en base lo que más me llegó al alma sucedió cuando regresó al cobertizo de espera.
Me buscó con la vista y, con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo: «Yo también te quiero
mucho».
No recuerdo si su equipo ganó o perdió el partido, cosa sin ninguna importancia en ese
veraniego día tan especial del mes de junio.
Terri Vandermark
Mi hermano mayor
Primero decide lo que quieres ser, y luego haz la que tienes que hacer.
EPICTETUS
Jamás pensé que la ausencia de medias sucias y música a todo volumen me haría sentir tan
triste. Pero resulta que tengo catorce años y mi hermano se fue de casa para ingresar a la
universidad, y me hace mucha falta. Tenemos una afinidad inusual entre hermanos, pero no
cabe duda de que él es un personaje poco usual. Por supuesto, es un tipo cariñoso c:
inteligente y además todas mis amigas dicen que es hermoso! y cosas por el estilo. Pero lo que
más me enorgullece de él es su interés por los demás, su manera de manejar las cosas y de
tratar a sus amigos y familiares. Así quisiera ser yo. Permítanme explicarles lo que quiero
decir...
Se inscribió en catorce universidades. Lo aceptaron en todas, excepto en la que él quería, la
Universidad de Brown. Así que se fue a la segunda que escogió, donde tuvo un año sin
novedades. Al llegar de vacaciones ese verano nos informó que tenía un plan. Consistía en
hacer lo que fuera necesario para lograr su ingreso a la universidad de Brown. Quería saber si
contaba con nuestro apoyo.
Decidió trasladarse al estado de Rhode Island para estar cerca de esa universidad. Conseguiría
un empleo y haría todo lo posible para hacerse conocer en el vecindario. Trabajaría de sol a
sol, nos dijo, para sobresalir en todo. Alguien se percataría de su esfuerzo, de eso estaba
seguro.
Ésta era una decisión magna para mis padres, pues implicaba que un hermano se retiraría de la
universidad durante un año lo cual les preocupaba mucho. Pero le dieron su confianza y lo
apoyaron para que lograra convertir su sueño en realidad.
En poco tiempo logró ser contratado, asómbrense, por la Universidad de Brown para
producirles sus obras de teatro.
Se le había presentado la oportunidad de destacarse, y eso hizo no había oficio grande o
pequeño al que no se le midiera.
Puso todo su empeño en el trabajo a su cuidado. Conoció a los profesores y administradores
universitarios, y hablaba a todo el mundo acerca de su sueño, sin el menor remilgo, decirles
qué era lo que deseaba.
Sobra decir que al final del año, cuando volvió a solicitar ingreso a Brown, fue aceptado.
Todos estábamos de pláceme, pero para mí la felicidad era simplemente profunda. Mi
hermano me había inculcado una enseñanza muy importante; algo que jamás habría
aprendido a base de palabras, pues era una enseñanza que entraba por los ojos. Si trabajo con
ahínco por lo que quiero, y sigo insistiendo después de que me hayan cerrado la puerta en la
cara, mis sueños también pueden volverse realidad.
Éste es un regalo que todavía llevo en mi corazón. Mi hermano me enseñó a confiar en la vida.
Hace poco fui a Rhode Island sola, a visitar a mi hermano durante una semana la pasé de
maravilla en su apartamento, sin mis padres. La noche anterior a mi regreso a casa, pusimos a
hablar de toda clase de cosas como por ejemplo de las novias, las presiones de los compañeros
de clase y del colegio en general. En la mitad de todo este debate mi hermano se quedó
mirándome fijamente a los ojos, y me dijo que me amaba. Me dijo que a pesar de cualquier
distancia recordara que jamás debía hacer algo que me pareciera incorrecto, y que nunca
olvidara que siempre podía confiar en mi corazón.
Lloré todo el trayecto de regreso a casa, sabiendo que mi hermano y yo siempre seremos
almas afines, y pensando en lo afortunada que soy de tenerlo a él. Me di cuenta de qué algo
había cambiado: había dejado de ser una niñita. Una parte de mí había madurado en el curso
de este viaje, y por, primera vez pensé en el trabajo importante que me aguardaba al regresar,
por que tengo una hermana menor de 10 años, y creo que tengo trabajo para rato. Pero no
importa; ¡yo tuve un magnífico profesor!
Lisa Gumenick
La voz de un hermano
Casi todos nosotros tenemos una inspiración una vez en la vida. Puede llegar en forma de una
conversación con alguien a quien respetamos, o por medio de alguna experiencia que, nos es
dado vivenciar. Cualquiera sea la forma que tome la, inspiración, ésta nos obliga a ver la vida
desde un punto de-vista diferente. Mi musa llegó a través de mi hermana Victoria una chica
bondadosa y solícita. A ella no le interesaba el reconocimiento público ni recibir elogios en
artículos de prensa. Lo único que le interesaba era compartir su amor con las personas que le
eran importantes, su familia y sus amigos.
El verano anterior al comienzo de mi primer año de universidad, recibí una llamada de mi
padre, quien me dijo que Vicky había sido llevada de urgencia al hospital. Se había desplomado
al suelo y tenía el costado derecho de su cuerpo totalmente paralizado. Los primeros síntomas
parecían indicar que había sufrido un derrame cerebral. Sin embargo, los exámenes de
laboratorio confirmaron que el problema era mucho más grave. Un tumor maligno era el
causante de su, parálisis. Los médicos no le daban más de tres meses de vida. ¿Cómo era
posible que algo así pudiera suceder? El día anterior Vicky se encontraba en perfecta salud.
Ahora, su vida estaba a punto de terminar cuando aún era una niña.
Haciendo de tripas corazón y sobreponiéndome al vacío tan enorme que tenía en el alma,
decidí que Vicky necesitaba apoyo y esperanza. Necesitaba que alguien la convenciera de que
ella podría superar ese obstáculo. Me autoseleccioné como su entrenador, todos los días
visualizábamos que el tumor se desvanecía y nuestras conversaciones siempre un contenido
positivo. Hasta elaboré un letrero que coloqué a la entrada de su habitación, que decía: «Si
usted ha llegado con pensamientos negativos, por favor deshágase de ellos antes de entrar».
Mi meta era ayudar a mi hermana a derrotar el tumor. Lila y yo hicimos un trato que
bautizamos, el 50 - 50. Yo daría el 50% de la pelea y ella el otro.
Llegó agosto, mes en el que yo debía comenzar mi primer mío de universidad a 4000
kilómetros de distancia. Todavía un había sido capaz de decidir entre irme o quedarme con mi
hermana. Cometí el error de decirle que tal vez no iría a la Universidad. Se enfureció y me dijo
que no me preocupara, que ella estaría bien. ¡Ahí estaba Vicky pintada, diciéndome a mi que
no me preocupara, mientras yacía en su lecho de enferma en un hospital! Entendí que si me
quedaba ella podría llegar a pensar que lo hacía porque se estaba muriendo, y no deseaba que
eso sucediera. Vicky necesitaba poder creer que ella ganaría su batalla contra el tumor.
Dejarla esa noche para irme a la universidad, sabiendo que podría ser la última vez que la
viera, es lo más difícil que he hecho en mi vida. Durante mi estadía en la universidad jamás
deje de contribuir con mi 50% a la batalla que ella libraba. Todas las noches, antes de dormir,
hablaba con mi hermana a través del tiempo y el espacio, en la esperanza de que ella Me
escucharía de alguna forma. Le decía: «Sigo luchando por, Vicky, y jamás dejaré de hacerlo.
Mientras tú sigas peleando, ganaremos esta batalla».
Pasaron varios meses y ella seguía aferrada a la vida. Un día, una amiga de edad madura me
preguntó por el estado de mi hermana. Le dije que su situación empeoraba pero que no tiraba
la toalla. Mi amiga me hizo otra pregunta que me puso a cavilar: «¿No le has preguntado si la
razón por la cual no ha tirado la toalla, como tú dices, es porque no quiere defraudarte?».
¿Acaso tendría razón? Tal vez yo estaba siendo egoísta al darle alientos a Vicky para que
siguiera luchando contra su mal. Esa noche antes de dormirme, le dije: «Hermana entiendo
que estás padeciendo dolores muy agudos y tal vez hasta hayas pensado en tirar la toalla. Si
eso es lo que tú deseas, tienes todo mi apoyo. La batalla no se habrá perdido porque tú jamás
has dejado de combatir Si deseas ir a un lugar mejor, yo te comprendo. Te quiero y siempre
estaré contigo, dondequiera te encuentres».
Al día siguiente mi madre llamó para decirme que Vicky había muerto.
James Malinchak
Clases de béisbol
Siempre tenemos dos alternativas, dos senderos que podemos transitar El uno es de fácil
recorrido. Y la única recompensa que ofrece es que es fácil.
ANÓNIMO
A los once años era un fanático del béisbol. Escuchaba la transmisión de los partidos por la
radio. Los veía por televisión. Los libros que leía eran sobre béisbol. Cuando iba a la iglesia
llevaba láminas de beisbolistas con la esperanza de hacer trueques con otros fanáticos. ¿Y mis
fantasías? Lo han adivinado, todas eran sobre béisbol.
Jugaba al béisbol como y donde pudiera. Lo jugaba con equipos organizados o improvisaba.
Jugaba a lanzar pelota, con mi papá, mi hermano y mis amigos. Si no había con quien, lanzaba
una pelota de caucho contra las escaleras de entrada a la casa, mientras me imaginaba toda
clase de jugadas espectaculares realizadas individualmente y con mi equipo
Con esta mentalidad en 1956 me matriculé en la Pequeña Liga jugaba de shorstop. No era ni
bueno ni malo: sólo un fanático.
Camilo no tenía la misma adicción. Tampoco era bueno llegó a nuestro barrio ese año y se
matriculó para jugar beisbol. La forma más bondadosa de describir las facultades beisbolisticas
de Camilo sería decir que no tenía ninguna.
No sabía atrapar la pelota. No sabía arrojarla. No tenía ni idea de batear, y tampoco sabía
correr.
De hecho, camilo le tenía miedo a la pelota.
Sentí un gran alivio cuando se llevó a cabo la selección final y a Camilo lo vincularon a otro
equipo. Todo jugador debía actuar por lo menos medio tiempo en cada partido, y no me
imaginaba a Camilo mejorando las posibilidades de mi equipo en ninguna forma. Ahora el
problema era de su equipo.
Transcurridas dos semanas de práctica, Camilo se retiró. Los amigos que militaban en su
equipo me contaron, muertos de la risa, que su entrenador había dado instrucciones precisas a
dos de sus mejores integrantes para que charlaran con Camilo durante un paseo por el
bosque. El mensaje central de la charla era «desaparécete», y ése fue el mensaje recibido, en
efecto, Camilo se esfumó.
Esta situación violentó las convicciones justicieras de un unió de once años y proseguí a hacer
lo que habría hecho cualquier indignado jugador de mi edad entre segunda y tercera base.
Revelé el secreto. Le conté toda la historia a nuestro entrenador. Se la conté con pelos y
señales, imaginándome que él elevaría una queja ante la oficina principal de la Liga para lograr
así el reintegro de Camilo a su equipo original. De esta forma, tanto los intereses de la justicia
como los de mi equipo para mejorar sus posibilidades de triunfar, se verían favorecidos.
Estaba muy equivocado. Nuestro entrenador decidió que Camilo debía estar vinculado a un
equipo que estuviera interesado en sus servicios, uno que lo tratara con respeto. En fin, un
equipo que brindara a todos sus integrantes la oportunidad que se merecían de contribuir de
acuerdo con sus talentos individuales.
Camilo se convirtió en mi compañero de equipo.
Me gustaría poder decir que Camilo consiguió la gran carrera en el momento decisivo, pero no
fue así. Creo que el, durante toda esa temporada, ni siquiera consiguió conectar bate con
pelota. Las pelotas enviadas hacia su costado le pasaron por encima, por el costado, a través
suyo, o rebotaron contra su cuerpo.
Y no es que a Camilo le hubiese faltado entrenamiento.
Nuestro entrenador le programó prácticas al bate adicionales y trabajó con él en sus labores
de jardinería, sin que se diera: una mejoría significativa.
No podría afirmar si Camilo aprendió algo de nuestro entrenador durante esa temporada. Yo
sí. Aprendí a golpear ligeramente la pelota sin revelar mis intenciones. Aprendí alcanzar y tocar
a un jugador cuando ejecutaba una plancheta, si había menos de dos afuera. Aprendí a girar
hábilmente alrededor de la segunda base en una jugada doble.
Yo aprendí muchísimo de mi entrenador durante ese verano, pero las lecciones más
importantes no tuvieron nada que ver con el béisbol, sino con personalidad e integridad.
Aprendí que toda persona tiene sus méritos, aunque haga veinte carreras o no haga ninguna.
Aprendí que cada persona tiene su valor intrínseco, aunque pare la pelota o tenga que
perseguirla. Aprendí que es más importante hacer lo correcto, honorable y justo, que ganar o
perder.
Me sentí bien perteneciendo a mi equipo durante ese año. Estoy agradecido por haber tenido
a ese hombre como mi entrenador. Me sentí orgulloso de ser su jugador entre nuda y tercera
base, además de ser su hijo.
Chick Moorman
Te quiero, papá
Si Dios puede trabajar a través mío, puede trabajar a través de cualquiera.
SAN FRANCISCO DE ASÍS
Me encontré con un caballero que venía al entierro de su padre en Tampa. Padre e hijo no se
habían visto en años, según el hijo, su padre se había ido de la casa cuando él aún era
pequeño. Sólo se habían puesto en contacto hacía un año cuando su padre le envió una tarjeta
de cumpleaños diciéndole que deseaba verlo.
Después de planear un viaje a la florida y de consultar su recargada agenda de trabajo, el hijo
fijó una fecha tentativa para visitar a su padre, dos meses después. Iría por tierra toda su
familia, en la época de vacaciones escolares. Le escribió a su padre una nota apresurada, y con
sentimientos encontrados la echó al correo.
La respuesta fue inmediata. Venía escrita en una hoja de papel rayado arrancada de un
cuaderno escolar de espiral. El contenido era emotivo y prácticamente ilegible. Errores
ortográficos, gramática incorrecta y puntuación defectuosa saltaban a la vista. El hombre sintió
vergüenza por su padre, y tuvo dudas acerca de la visita que se avecinaba.
La hija del caballero fue escogida para integrar el equipo de porristas de su colegio, y tuvo que
asistir al campo de entrenamientos de estas prácticas. Por pura coincidencia comenzaba a la
semana de iniciarse las vacaciones, lo que nulificaba que el viaje a la Florida debería aplazarse.
El padre manifestó que entendía la situación, pero el hijo o volvió a saber de él durante un
tiempo. Una noticia de vez en cuando y una que otra llamada, nada más. El contenido» era
escaso, algunas frases a media voz, algunos comentarios acerca de «tu mamá», algunas
historias etéreas acerca de su: niñez, que en conjunto ayudaban a armar el rompecabezas.
En noviembre, el hijo recibió una llamada del vecino de su padre. Lo habían tenido que llevar al
hospital por un problema cardiaco. El hijo habló con la enfermera en jefe, quien le aseguró que
su padre estaba en vías de recuperación después de sufrir un ataque al corazón. El medico
encargado le podría dar todos los detalles.
El padre le dijo: «Estoy divinamente. No tienes por qué venir hasta acá. El médico dice que
sufrí lesiones menores y que puedo irme a casa pasado mañana».
Desde esa fecha en adelante el hijo se dedicó a llamar a su padre todos los días. Charlaban,
reían y hacían planes par verse «pronto». El hijo le mandó dinero como regalo de Navidad. El
padre envió unos pequeños regalos para los niños y un juego de lapiceros para su hijo, lira un
juego barato de los que se ofrecen en droguerías o almacenes de baratijas. Los chicos
rápidamente hicieron a un lado los regalitos del abuelo. Pero la esposa recibió una preciosa
caja de música de cristal. Abrumada, ella le expresó su gratitud cuando lo llamaron el día de
Navidad.
«Pertenecía a mí madre», le dijo el anciano. «Yo quería que tú la tuvieras».
La esposa le dijo a su marido que debían haberlo invitado a celebrar las Navidades con ellos.
Pero para que no se sintiera: mal por no haberlo hecho, agregó: «Tal vez hubiera sentido
demasiado frío».
En febrero el hombre decidió visitar a su padre. Sin embargo, el destino le jugó una mala
pasada pues la mujer de su jefe! tuvo que someterse a una intervención quirúrgica y él tuvo
que trabajar horas extras en la oficina. Llamó a su padre y le dijo que iría a la florida en marzo
o abril.
Yo me encontré con el caballero el viernes. Por fin había venido a Tampa. Venía al entierro de
su padre.
Estaba esperando cuando yo abrí la puerta esa mañana. Se sentó en la capilla junto al cuerpo
de su padre. El difunto mirado dentro de un ataúd metálico azul oscuro, llevaba un elegante
traje azul marino, nuevo. Dentro de la tapa colgaba mi letrero que rezaba: «Camino a casa».
Le ofrecí un vaso de agua al caballero. Irrumpió en llanto. Le puse el brazo sobre el hombro y el
hombre se desplomó entre mis brazos, sollozando.
He debido venir antes. No ha debido morir solo. Nos quedamos sentados juntos hasta bien
entrada la tarde. Me preguntó si yo tenía alguna otra cosa que hacer aquel día, y le contesté
que no.
Yo no escogí el escenario que se presentó, tan sólo sabía que era un acto de bondad. Nadie
vino a honrar la vida del padre del caballero, ni siquiera el vecino mencionado. No me costó
nada más que unas horas de tiempo. Le dije que yo era estudiante, que aspiraba convertirme
en golfista profesional, que mis padres eran los dueños de la casa funeraria. El era abogado
residenciado en Denver. Juega al golf cuando le queda tiempo. Me contó algunas anécdotas
sobre su padre.
Esa noche invité a mi padre a jugar golf al día siguiente. Y antes de acostarme, le dije: «Papá, te
quiero».
Nick Curry III, 19 años
De vuelta en casa
La paz, al igual que la caridad, empieza en casa. FUENTE DESCONOCIDA.

La gente suele decir que nunca se dio cuenta de lo mucho que disfrutó la niñez hasta que llegó
a ser adulta. Pero yo, por lo menos, siempre supe que estaba teniendo una niñez estupenda
mientras la vivía. No fue sino hasta mucho después, cuando las cosas no andaban muy bien,
que se aferré a esos recuerdos felices para encontrar un camino de regreso a casa.
Crecí en una finca con una familia enorme. Había mucho amor, mucho espacio y muchas cosas
que hacer. Me fascinaban todos los oficios de la finca: jardinear, segar el heno, adiestrar los
caballos y hasta las tareas domésticas, de manera que nada me parecía trabajo. Así; jamás
conocí el significado de la palabra aburrimiento. Nunca sufrí las presiones de mis compañeros
pues nunca anduve en «manada», porque en la finca sólo había una manada: la de los
animales. Nuestra familia era muy unida y por estar viviendo en el campo las salidas nocturnas
eran poco frecuentes. Mis hermanos y yo nos dedicábamos a jugar o a contar cuentos después
de las comidas, en medio de risas y bromas, hasta la hora de acostarnos. Yo siempre conciliaba
el sueño con facilidad escuchando el canto de los grillos, mientras pensaba en las actividades
del día siguiente. Así transcurría mi vida, y yo sabía que era una persona afortunada.
Al cumplir los doce años, un acontecimiento trágico cambió mi vida para siempre. Mi padre
sufrió un severo ataque al corazón y tuvo que someterse a un bypass triple. Cuando leí
diagnosticaron una enfermedad coronaria hereditaria, vivimos una época de tremenda
angustia. Los médicos le: dijeron que tendría que cambiar radicalmente de forma de vida, pues
ya no podría montar a caballo, ni conducir tractor... o seguir trabajando en la finca. Al darnos
cuenta de que sin él era imposible mantener la finca, nos vimos obligados a vender nuestro
hogar y a mudarnos al occidente, dejando atrás a nuestra familia y nuestros amigos, y también
a la única forma de vida que yo había conocido.
El aire seco de Arizona actuó como un cicatrizante para mi padre, y yo comencé a adaptarme a
un nuevo colegio, a nuevos amigos y a un nuevo estilo de vida.
De repente me encontré saliendo con chicos, recorriendo centros comerciales y sorteando las
presiones de ser una quinceañera. Aunque de repente todo era diferente y extraño, también
era divertido y emocionante. Comprendí que todo cambio, aun cuando sea inesperado, puede
ser benéfico jamás me imaginé que mi vida cambiaría de nuevo, y en forma tan radical un
empresario de Los Ángeles me preguntó sí alguna vez había considerado una carrera artística.
La idea jamás me había pasado por la cabeza, pero al pensar en esa posibilidad se me despertó
el interés. Después de meditar un poco y de liarle vueltas al tema con mis padres, decidimos
que mi madre yo nos iríamos a Los Ángeles por un tiempo, para ver como me iba. ¡No tenía ni
idea de en qué me estaba metiendo!
Gracias a Dios mi madre estuvo a mi lado desde el principio juntas enfrentamos esta vivencia
como si fuera una aventura, a medida que mi carrera creció, yo también evolucioné. Cuando
la serie Beverly Hills 90210 se tornó en un éxito, mi madre y yo decidimos que había llegado la
hora de que ella regresara junto al resto de la familia. La jovencita campesina había
comenzado a desaparecer para dar paso a la mujer citadina
Estaba enamorada de mi profesión y el éxito obtenido era mayor de lo que yo había soñado
jamás. Y sin embargo... algo me hacía falta. Poco a poco se formó un gran vacío en mi corazón,
que comenzó a socabar mi felicidad.
Procuré identificar qué era lo que me hacía falta. Traté de trabajar con mayor ahínco, y
después de mermar el ritmo, entablé nuevas amistades y perdí contacto con las antiguas. Nada
parecía llenar ese vacío. Me di cuenta de que yendo a sitios nocturnos, asistiendo a una ronda
interminable de fiestas y dándome la buena vida, jamás encontraría la solución a mi problema.
Traté de recordar cuándo había estado más feliz y qué cosas en mi vida eran las que
verdaderamente me importaban. Después de un tiempo, por fin encontré la respuesta.
Identifiqué lo que tenía que hacer para ser feliz. Mi vida estaba a punto de cambiar una vez
más.
Llamé a mis padres y les dije: «Me hacen demasiada falta. Voy a comprar una finca y deseo
que ustedes vengan a vivir a California». A mi padre no lo emocionó demasiado la idea de
verse involucrado otra vez en una carrera desenfrenada por la vida, pero le aseguré que ahora
las cosas iban a ser diferentes. De modo que nos dedicamos a buscar un lugar, en las afueras
de la ciudad, donde pudiéramos tener animales sueltos por doquier y una huerta llena de
legumbres frescas para satisfacer nuestras necesidades familiares. Un lugar que fuera la casa
paterna donde todos podíamos llegar, y un sino de encuentro para las vacaciones. Una
ensenada segura, protegida del mundo exterior. Un lugar parecido al, sitio donde yo había
pasado mi infancia.
Un buen día lo encontramos; la hacienda perfecta, enclavada en un valle cálido y soleado. Mi
sueño se había vuelto realidad, El oscuro vacío que invadía mis entrañas comenzó a disiparse,
cuando a mi alma retornó un sentimiento de equilibrio y serenidad. Había vuelto a casa.
Jennie Garth, Actriz, Beverly Hills 90210

4
SOBRE EL AMOR Y LA BONDAD
La bondad en el decir crea confianza.
La bondad en los pensamientos crea profundidad.
La bondad en el dar crea amor.
LAO - TZU

Tigresa
Sé bondadoso, porque toda persona con quien te encuentres está librando una batalla aún
más encarnizada.
PLATÓN
No podría asegurar cómo llegó Jaime hasta la clínica de mi propiedad. No parecía tener la edad
para conducir, aunque; se veía bastante recuperado y se movía con la gracia de un joven
adulto. Su rostro revelaba una personalidad abierta y directa.
Al entrar en la sala de espera observé que Jaime estaba acariciando la cabeza de su gato, que
asomaba por la tapa de la caja que sostenía sobre las piernas. Lleno de fe adolescente, me lo
había traído confiando en que podría curarlo.
Era una diminuta gatita con manchas, exquisitamente torneada y de finas facciones. Parecía
tener unos quince años. No era difícil ver cómo esta gata de mirada alerta y feroz, podía
evocar la imagen de un tigre en la mente de un niño, y por eso se había convertido en Tigresa.
El tiempo había borrado el brillante fuego verde de sus ojos, que ahora se veían opacos, pero
seguía siendo una gata elegante y llena de aplomo. Me saludó restregándose amistosamente
contra mi mano.
Comencé a hacer preguntas para establecer el motivo de la visita de este par. A diferencia de
la mayoría de los adultos. El joven me dio respuestas directas y precisas. Tigresa había] tenido
un apetito normal hasta cuando comenzó a vomitar dos veces al día. Ahora no comía nada y
estaba retraída e indolente. Había perdido medio kilo, que es mucho cuando uno sólo pesa
tres. Examiné a Tigresa mientras la acariciaba y le decía lo bella que era, comenzando por los
ojos y la boca, para luego escuchar el corazón y los pulmones y terminar con una palpación de
su estómago. Mientras practicaba esta última tarea, encontré una masa tubular en el centro
del abdomen. Tigresa trató de escabullirse suavemente. No le llamaba la atención que le
manosearan esa masa.
Escudriñe el rostro lozano del jovenzuelo y acto seguido miré a su gata, que probablemente
había convivido con él desde siempre. Me iba a ver obligada a decirle que su mascota Minada
tenía un tumor. Si se le extirpaba quirúrgicamente, el animal podría sobrevivir un año como
máximo, y eso con quimioterapia semanal. El tratamiento sería muy difícil y costoso, así que
tendría que decirle que su gata posiblemente intuiría, y él estaba ahí, sólito.
Al parecer, el niño se encontraba a punto de aprender una de las lecciones más duras de la
vida: que la muerte es algo inexorable para todos y cada uno de los seres vivientes. Es una
parte omnipresente de la vida. El primer encontrón con la realidad de la muerte puede definir
el derrotero de toda una vida, y al parecer yo iba a ser la persona encargada de ruarlo a través
de esta experiencia. No quería cometer errores. Tenía que hacerlo a la perfección, o podría
terminar lesionándolo emocionalmente.
No habría sido difícil sacarle el cuerpo a esta tarea llamando a sus padres. Pero al mirar su
rostro me fue imposible hacerlo. El sabía que algo andaba mal. No podía simplemente
hacerme la desentendida. De modo que hablé con Jaime como el legítimo dueño de Tigresa, y
de la manera más cariñosa posible le conté los síntomas que había encontrado y sus
implicaciones.
Mientras le hablaba se sacudió convulsivamente y me dio la espalda, con seguridad para
esconder su cara, que yo ya había alcanzado a ver contorsionada por la pena. Me senté, a
observar a Tigresa para permitirle a Jaime algo de privacidad. Le acaricié su vieja y bella cabeza
mientras le explicaba a Jaime cuáles eran las alternativas: podía hacerle una biopsia, permitirle
que se muriera lentamente en casa, o aplicarle una inyección para que durmiera el sueño
eterno.
Jaime escuchó con atención asintiendo con la cabeza. Me dijo que él veía que la gata no estaba
a sus anchas y que no quería que sufriera. Se notaba que hacía un esfuerzo sobrehumano. Ese
dúo me partía el corazón. Ofrecí llamar sus padres para explicarles lo que sucedía.
Jaime me facilitó el número de teléfono de su padre. Repetí de nuevo el diagnóstico al padre
de Jaime, mientras éste me escuchaba acariciando a su gata. Luego, padre e hijo hablaron. Con
voz entrecortada, Jaime habló con su padre mientras se paseaba gesticulando. Pero al colgar el
auricular, me clavó los ojos con una mirada límpida y me dijo que habían decidido terminar
con el sufrimiento de la gata.
No hubo histeria, argumentos defensivos o negaciones de ningún tipo. Sólo percibí la
aceptación de lo inevitable. Podía ver, sin embargo, lo mucho que le estaba costando
mantener la calma. Le pregunte si deseaba llevar la gata a la casa para que pasara la noche y
pudiera despedirse de ella. Me contestó que no. Quería estar a solas con ella uno minutos, y
nada más.
Los dejé y fui a obtener el barbítúrico que utilizaría para; inducir en la gata en sueño libre de
dolor. No pude contener las lágrimas que se me escurrían por las mejillas, como tampoco el
dolor ajeno que se desbordaba en mí. Al ver a Jaime volviéndose rápidamente hombre, y tan
solo.
Esperé en la puerta de la sala de consultas. A los pocos minutos salió y me dijo que estaba
listo. Le pregunté si quería acompañarla. Me miró con sorpresa, pero le expliqué que era
mejor observar cuan apacible era el proceso, en vez de imaginarse eternamente cómo habían
sido sus últimos momentos.
Comprendiendo de inmediato la lógica de mi planteamiento, le sostuvo delicadamente la
cabeza mientras yo le aplicaba la inyección. Tigresa cayó en un profundo sueño, con la cabeza
reclinada sobre su mano.
El animal se veía tranquilo y reposado. Ahora el dueño era; el depositario de todo el dolor. Le
dije que asumir el dolor de un ser querido para que éste pueda descansar, era el obsequio
más preciado que uno podía ofrecer.
Asintió con la cabeza. Había entendido. Sin embargo, algo filiaba. Sentía que no había
terminado mi labor. De repente me di cuenta de que aunque le había pedido que se
convirtiera en hombre en un instante, y él había asumido su papel con aplomo y coraje, seguía
siendo un joven.
Con los brazos abiertos le pregunte si necesitaba un abrazo. No había duda de que sí lo
necesitaba, y a decir, yo también.
Judith S. Johnessec
Corazón luminoso
El obsequio más grandioso es una parte de ti mismo.
RALPH WADO EMERSON

El año pasado, por la época de Hallowen, me enviaron una invitación para que asistiera a un
carnaval auspiciado por la organización «Thuesday's Child», dedicada a ayudar a niños
infectados con el virus del SIDA. Me invitaron porque soy actriz; fui porque me importa. Estoy
segura de que la mayoría de los niños no me identificaron como estrella de la televisión. Creo
que me vieron como una chica mayor que había venido a pasar un rato con ellos. Me sentí
mucho más a gusto así.
Había múltiples carpas para entretenimiento de los asistentes. Una en particular me atrajo, por
la cantidad de niños que se congregaban ahí. En esta carpa, el que quisiera podía pintar un
cuadrado. Más adelante cada uno de estos cuadrados formaría parte de un cubrelecho. El
cubrelecho se estaba elaborando para obsequiárselo a un señor que había dedicado buena
parte de su vida a la organización y estaba a punto de retirarse. A cada niño le daban un juego
bellísimo de colores fuertes, y le pedían que pintara lo que quisiera para que el cubrelecho se
viera muy lindo. Al mirara a mi alrededor pude observar que todos los cuadrados de tela
estaban adornados con corazones rosados y nubes azules luminosas, amaneceres color
naranja y bellas flores verdes y moradas. Todos los cuadrados eran luminosos positivos y
edificantes, a excepción de uno.
El niño junto a mí estaba pintando un corazón, pero era oscuro, vacío y sin vida. Le hacían falta
los colores vibrantes y encendidos que habían usado sus compañeros.
Al principio pensé que a este artista le había tocado en suerte el juego de colores opacos. Sin
embargo, al preguntarle, me dijo que el corazón oscuro que había pintado era el reflejo del
suyo propio. Le pregunte a qué se debía eso y me contestó que estaba muy enfermo y que su
madre también lo estaba. Me comentó que él jamás se mejoraría y que su madre tampoco. Me
miró directamente a los ojos y me dijo: «Nadie puede hacer nada para ayudarnos».
Le dije que lamentaba que estuviera enfermo y que en verdad podía comprender por qué
estaba tan triste. Que inclusive podía entender por qué había pintado su corazón de un color
oscuro... pero también le dije que no era cierto que no haya nada que alguien pueda hacer
para ayudarlo. Es posible que los demás no puedan curarlo a él o a su mamá... pero sí
podemos darle un abrazo cariñoso, por ejemplo, y eso en mi experiencia es una gran ayuda
cuando uno está triste. Le dije que yo gustosa le daría uno si él quería, para que se diera
cuenta de que no le estaba echando cuentos. De inmediato se sentó sobre mis rodillas y yo me
sentí llena de amor por este hermoso niño.
Se quedó sentado en mi regazo un buen rato y cuando se cansó, se bajó y se puso a pintar. Le
pregunté si se sentía mejor y me respondió que sí, pero que seguía enfermo y que nada
alteraría eso. Le respondí que comprendía. Me alejé con tristeza, pero con mi fe renovada en
esta causa, Haría lo que fuese necesario para ayudar. Al final del día, cuando me preparaba
para irme a casa, sentí un tirón en la manga de mi chaqueta. Al voltearme topé con una gran
sonrisa de mi pequeño amigo. Me dijo: «Mi corazón está cambiando de colores. Se está
volviendo más luminoso... me parece que esos abrazos cariñosos sí funcionan de verdad».
De camino a casa, me palpé el corazón y me di cuenta de que también había tomado un color
más luminoso.
Jennifer Love Hewiti Actriz, Party of Five
El secreto de la felicidad
Si quieres ser amado, ama e inspira cariño.
BENJAMÍN FRANKLIN

He aquí la fábula maravillosa sobre una niña huérfana que no tenía familia o persona alguna
que la quisiera. Cierto día, mientras caminaba por la vega del río sintiéndose más triste y
solitaria que de costumbre, observó una pequeña mariposa atrapada cruelmente en un
espino. Cuanto más luchaba por liberarse, más laceraba su frágil torso. Con delicadeza, la
huerfanita liberó a la mariposa de su cautiverio, lista, al verse libre, en vez de emprender el
vuelo se convirtió en una bella hada. La jovencita no podía creer lo que veían sus ojos.
El hada bondadosa le dijo a la niña: «Para agradecerte tu maravilloso gesto, te concederé
cualquier deseo».
La pequeña pensó un momento y le contestó: « ¡Deseo ser feliz!».
«De acuerdo», dijo el hada inclinándose para hablarle al mió y acto seguido desapareció.
A medida, que la pequeña fue creciendo, en toda la comarca no se encontraba una persona
más feliz que ella. Todos, deseaban conocer su secreto. Ella se limitaba a sonreí mientras
decía: «Yo sólo escuchó las palabras de una hada cuando era pequeña».
Cuando ya era anciana y estaba en su lecho de muerte, todos los vecinos se arremolinaron a su
alrededor, deseosos; de hacerse a su fórmula maravillosa de la felicidad antes de que muriera.
«Por favor, cuéntanos», le rogaban, «cuéntanos lo que te dijo el hada».
La bella anciana sonrió y contestó: «Me dijo que cada persona, por más segura de sí misma
que pareciera, o por más joven o vieja, rica o pobre que fuera, necesitaba de mí».
Tomado de: The Speaker's Sourcebook
Procurando tocar el alma de un extraño
Mejor que mil cabezas doblegadas en oración, es dar placer a un solo corazón mediante una
sola acción.
GANDÍ
Frank Daily se quedó mirando el suelo congelado. Pateó hacia un costado varios pedazos de
nieve impregnados con las emisiones provenientes del tubo de escape del automóvil. Sólo
pretendía fingir que escuchaba la inconsecuente chachara de sus amigos Norman y Ed,
mientras tomaban el autobús número 10, a la salida del colegio. Respondí mecánicamente a
todas sus preguntas: «Claro que me fue bien en el examen... lista noche no puedo, longo que
estudiar, en serio».
Frank y sus amigos se acomodaron a sus anchas en la última banca del autobús público de la
ciudad de Milwaukee, junto con otros jóvenes de distintos colegios. El autobús dejó escapar
un nubarrón de humo grisáceo al tomar rumbo hacia el oeste, por la calle Cerro Azul.
Frank se tendió indolentemente sobre el asiento. Las manos le colgaban de los pulgares,
enganchados en el centro de la correa de los pantalones. El día en que su mundo se derrumbó,
en el mes anterior, había sido, como éste, un frío día gris de noviembre. El también sabía que
su destreza para jugar baloncesto era igual a la de los demás muchachos. Su madre solía
llamarlo el «atleta de la temporada». En su niñez le había puesto el apodo de «Destructor».
Ese recuerdo le Majo una sonrisa a los labios.
El autobús emprendió la marcha y Frank instintivamente apoyó sus zapatos de lona sobre el
piso. Tiene que haber ido mi tamaño, se dijo a sí mismo, llené que ser eso. Yo mido un metro
con sesenta. Como acabo de entrar a este colegio y soy novato, el entrenador, con sólo mirar
mi estatura, decidió que yo no sé jugar baloncesto.
A Frank no le había sido nada fácil integrarse, sobre todo como alumno recién llegado a un
colegio católico masculino.
Los muchachos mayores tendían a formar grupos excluyentes. Esta situación era
especialmente penosa para Frank, acostumbrado a descollar en todos los deportes.
Ahora, al parecer, era un don nadie.
No sólo había sobresalido en los deportes antes de cambiar de colegio; en quinto y sexto
también se había destacado en ciencías políticas y en historia. Trajo a la memoria el consejo de
su profesor Don Anderson: «Mira Frank, si le dedicas a ras libros el mismo tiempo que le das al
baloncesto, te irá Magníficamente bien en ambas actividades».
Pues bien, pensó Frank, al menos Anderson tenía razón con respecto a los libros, todas mis
calificaciones están por encima de cuatro. Lo del baloncesto es otro cuento.
El estruendo de un frenazo y el ruido estridente de un pito sacaron a Frank de su
ensimismamiento. Miró a Norman y Norman estaba recostado contra el vidrio do la ventana,
con los ojos entreabiertos. Su tibio aliento había empañado' el vidrio, creando una figura
circular.
Frank se frotó los ojos. Todavía recordaba cómo el mes pasado se le había formado un nudo en
la boca del estómago a medida que se acercaba al vestuario. Había escudriñado
frenéticamente la lista del equipo pegada en la puerta,' tratando de encontrar su nombre en
alguna parte. No figuraba. Su nombre, no aparecía. De repente sintió que había dejado de
existir. Se había vuelto invisible. El autobús se detuvo cerca de los campos recreativos del
condado, el conductor amonestó a unos chicos gritones, sentados en la parte trasera, para
que se tranquilizaran. Frank le echó una mirada al conductor, apodado Koyak porque era tan
calvo como una bola de billar.
Una mujer embarazada y casi a término se prendió del pasamanos plateado y lentamente
ascendió al autobús. Cuando la dama cayó sentada sobre el asiento que estaba detrás del
conductor, sus pies se proyectaron hacia adelante y Frank pudo observar que estaba descalza y
andaba en medias.
Mientras conducía el autobús hacia el flujo de tránsito, Koyak, sin voltear a mirarla, le dijo:
«Oiga, doña, ¿dónde dejó los zapatos? En la calle está haciendo mucho frío».
«No hay dinero», contestó la dama, cubriéndose la nuca y la garganta con el raído cuello del
abrigo. Algunos de los muchachos sentados en los asientos traseros se burlaron
socarronamente. «Me subí al autobús para calentarme un poco. Si no tiene inconveniente lo
acompaño un buen trecho», agregó.
Koyak se rascó la cabeza y le dijo: «lista bien. Pero cuénteme, ¿por qué no tiene dinero para
comprar zapatos?».
«Tengo ocho hijos, 'lodos necesitan zapatos, de modo que no hay dinero para tanto. Pero
despreocúpese, mi Dios proveerá».
Frank posó la vista sobre sus nuevos zapatos de lona. Sus pies estaban calientitos, como
siempre. Volvió nuevamente la vista hacia la señora. Tenía las medias rasgadas, el estómago,
hinchado como una pelota de baloncesto, al igual que su vestido desteñido, estaban al
descubierto porque al abrigo le faltaban algunos botones.
Ante semejante espectáculo, a Frank se le desvaneció el mundo circundante. Sus dos amigos
dejaron de existir. Sintió que una mano gélida le estrujaba las tripas. La palabra invisible» le
vino a la mente de nuevo. Un ser que por distintas razones se ha vuelto invisible, marginado, y
había sido olvidado por la sociedad, se dijo a sí mismo.
Él, probablemente, siempre tendría cómo comprar un par de zapatos, ella, probablemente,
jamás tendría el dinero suficiente para hacerlo. Bajo su asiento, con la punta de uno de sus
zapatos presionó la parte trasera del otro y se lo quitó. Después se despojó del segundo. Miró
alrededor. Nadie se había dado cuenta. Tendría que caminar tres cuadras abiertas de nieve
hasta llegar a casa. Pero el frío siempre lo había tenido sin cuidado. Cuando el autobús llegó al
final del recorrido, Frank esperó a que todo mundo descendiera. Después sacó los zapatos que
estaban debajo del asiento, se acercó rápidamente a la señora y se los entregó, diciéndole:
«Tomé, señora, a usted le hacen más falta que a mí».
Acto seguido, Frank apresuró su paso hacia la puerta y se bajó del autobús, arreglándoselas
para aterrizar en un charco, poco le importó. No tenía nada de frío. Alcanzó a escuchar a la
señora que decía: «Mire usted: ¡una talla perfecta!».
A continuación oyó que Koyak le gritaba: «¡Oye chico! ¡Regresa! ¿Cómo te llamas?».
Frank dio media vuelta para responderle a Koyak en el preciso instante en que sus dos amigos
le preguntaban por mis zapatos.
Frank se sonrojó de vergüenza con Koyak, sus amigos y la dama. «Me llamo Frank. Frank
Daily», dijo con voz baja.
«Pues te diré algo. Frank», musitó Koyak con voz entrecortada; «jamás había visto algo
semejante en los veinte'' años que llevo conduciendo este trasto».
La mujer, con lágrimas en los ojos, le dijo: «Gracias joven». Y mirando a Koyak, agregó: «¿No le
dije que mi Dios cuidaría' de mí?».
«No hay de qué» farfulló Frank con una sonrisa en los labios. «Además, estamos en Navidad».
Echó a andar presurosamente tras sus dos amigos. Le pareció que el día gris se despejaba. De
camino a casa a duras penas sintió el frío bajo sus pies.
Barbara A. Lewis
La señora Lalita
Con 18 años cumplidos, estaba a punto de comenzar en la universidad y no tenía un centavo.
Para hacerme a algún dinero me había dedicado a ofrecer libros viejos puerta a puerta, en una
silenciosa calle de un vetusto barrio. Al llegar a un portón, una octogenaria mujer, alta y de
porte distinguido, me saludó diciendo: «¡Hola cariño! fe he estado esperando. El Señor me dijo
que hoy vendrías». La señora Lalita necesitaba ayuda en su casa y en su jardín y al parecer yo
era la persona indicada. ¡Quién podría ponerse a discutir con Dios!
Al día siguiente trabajé durante seis horas, laborando como jamás lo había hecho en la vida.
Doña Lalita me indicó la forma de sembrar bulbos, qué malezas debía arrancar y dónde debía
poner los desechos vegetales. Terminé el día podando el césped con una máquina de cortar
pasto que más bien parecía una pieza de museo. Al acabar este oficio, doña Lalita me felicitó
mientras revisaba la cuchilla de la máquina.
«Parece que topaste con una piedra. Traeré una lima», me dijo.
Muy pronto me di cuenta de por qué las herramientas de doña Lalita parecían antigüedades
pero funcionaban como nuevas. Por las seis horas de trabajo me entregó un cheque de tres
dólares. Corría el año 1978. Dios a veces tiene mucho sentido del humor, ¿verdad?
La semana siguiente hice el asco de la casa de doña Lalita. Me mostró el procedimiento exacto
para aspirar su antiguo tapete persa con una aspiradora igualmente antigua. Mientras yo
sacudía sus bellos objetos decorativos, ella me ilustraba sobre la procedencia de los mismos,
adquiridos durante sus por el mundo.
Para el almuerzo preparó legumbres frescas cultivadas en su jardín. Compartimos una deliciosa
comida y un bello día.
En ciertas ocasiones me convertía en conductor. Doña Lalita había recibido un bellísimo
automóvil como último regalo de su esposo. Cuando conocí a doña Lalita el vehículo tenía
treinta años de uso y seguía siendo bellísimo. Lila no había tenido hijos pero su hermana,
sobrinos y sobrinas vivían en el vecindario. Sus vecinos también la estimaban ella participaba
activamente en iniciativas cívicas.
Al año y medio de haber conocido a doña Lalita comencé a verla con menos frecuencia. La
universidad, el trabajo y mis compromisos religiosos me dejaban poco tiempo para ello.
Conseguí a otra niña para que la ayudara en los quehaceres de la casa.
Como yo era poco demostrativa con mis afectos y además estaba en una pobreza franciscana,
me dediqué a elaborar una lista muy reducida de las personas que recibirán un cariñoso saludo
de mi parte en el día del Amor y la Amistad. Mi madre escudriñó la lista y dijo: «Te falta doña
Lalita».
Con incredulidad, le pregunté: «¿Cómo así?» Lila tiene una gran familia, amigos y vecinos, es
muy activa en el vecindario. Además, ya casi no nos vemos.
«¿Por qué querría doña Lalita recibir un obsequio mío?».

Mi madre no se dejó convencer. «Consíguele un regalo a doña Lalita», se limitó a decir.


El día del Amor y la Amistad le regalé a doña Lalita un pequeño ramo de llores, que ella aceptó
con donaire.
La visité nuevamente unos meses después. Sobre el muro de la chimenea, y ocupando un lugar
de honor entre todos sus bellos ornamentos, pude ver un pequeño ramo de flores ya marchito,
el único obsequio que había recibido en el día del amor y la Amistad.
Susan Daniels Adams

Recuerdos de un paseo en mi infancia


Dondre Groen se sentía incómodo al ver a tanto personaje cívico y a tanta estrella deportiva
congregados en el salón de baile del hotel en Cleveland. Se habían desplazado de todos los
rincones del país para participar en este evento encaminado a recaudar fondos para la
«Fundación nacional universitaria de becas golfísticas para grupos étnicos minoritarios».
Dondre, un joven bachiller de 1 8 años oriundo de Monroe, Louisiana, era el invitado de honor.
Yo era el artista contratado para amenizar el evento.
«Estas nervioso», le pregunté al joven apuesto que vestía un esmoquin alquilado y camisa
blanca.
«Un poco», contestó sonriendo y en voz baja.
Un mes antes del evento en Cleveland, Dondre había sido un estudiante más en un colegio del
sur de los listados Unidos, cuyo estudiantado era predominantemente blanco. Por cierto, el
color de la piel de Dondre jamás había sido una tema de polémica, aunque buena parte de sus
compañeros y amigos eran de raza blanca. Pero el 17 de abril de 1991, la piel negra de Dondre
provocó un incidente que se convirtió en noticia nacional.
«Señoras y señores», entonó el maestro de ceremonias, «con ustedes nuestro invitado de
honor».
Mientras la concurrencia aplaudía de pie, Dondre se acercó al micrófono y comenzó a relatar
su historia:
«Yo amo el juego de golf. He sido miembro del equipo de nuestro colegio durante los últimos
dos años. Aunque soy el único jugador de raza negra, siempre me he sentido muy tranquilo
jugando entre gente de tez blanca en la mayoría de los clubes».
El público estaba absorto. Hasta los camareros y ayudantes se detuvieron a escuchar. Yo
también lo hacía, mientras un recuerdo de mi niñez enterrado en el subconsciente, me vino a
la memoria.
Dondre prosiguió con su relato:
«Habíamos ido por tierra desde Monroe hasta el club campestre del condado de Pansh, en el
estado de Columbia. Nos estábamos preparando para salir al putting groen».
Dondre y sus compañeros de equipo estaban demasiado concentrados como para darse
cuenta de la conversación entre un hombre y el director deportivo del colegio, James Murphy.
Al rato de haberse esfumado en el interior del club, Murphy volvió al lado de sus jugadores.
«Quiero reunirme con los mayores», dijo de inmediato. Su rostro se veía turbado mientras
formaba un círculo con los cuatro jugadores, incluyendo a Dondre.
«Me es difícil expresar lo que tengo que decir», observó, «liste club es para el uso exclusivo de
gente blanca». Murphy hizo una pausa mirando a Dondre. Sus compañeros se miraron
desconcertados. «Deseo que ustedes decidan cuál ha de ser nuestra respuesta. Si nos
retiramos quedamos descalificados. Si nos quedamos, Dondre no podrá jugar», terminó
diciendo.
Al escuchar estas palabras, mi memoria represada durante treinta y dos años se desbordó.
Jin 1959 yo era un pobre negro adolescente de trece años, que vivía con su madre y su
padrastro en un barrio miserable de 1 ong Island, Nueva York. Mi madre trabajaba en un
hospital durante la noche, y mi padre conducía un camión repartidor de carbón. Sobre decir
que nuestro nivel de vida estaba muy por debajo del sueño americano.
Sin embargo, cuando nuestro profesor de octavo anunció que haríamos una excursión a
Washington, jamás me pasó por la cabeza que yo no iría. Además de hacer un recorrido muy
completo por toda la capital del país, visitaríamos un parque de atracciones en el estado de
Maryland. En mi imaginación, este parque era la conjunción de todos los parques de
atracciones del mundo entero, incluyendo a Disney World.
Corrí a casa con el corazón latiendo como un tambor, a entregar la circular mimeografiada que
describía la aventura que íbamos a emprender. Pero mi madre meneó la cabeza
negativamente al ver el costo. La familia no contaba con los medios.
La tristeza me duró diez segundos, tiempo en el cual decidí levantarme los recursos de alguna
manera. Durante las próximas ocho semanas me convertí en vendedor de caramelos puerta a
puerta, repartidor de periódicos y jardinero listo para podar el césped. ¡Tres días antes de la
hora cero había recogido el dinero mínimo necesario para poder ir al paseo!
El día señalado para la excursión el alma no me cabía en el cuerpo al montarme en el tren. Yo
era el único de raza negra en mi sección.
Nuestro hotel quedaba cerca de la Casa Blanca. Mi compañero de habitación era hijo de un
hombre de negocios. Nuestra reciente amistad se cimentó al poco tiempo de haber dejado
caer unas cuantas bombas de agua sobre los transeúntes que pasaban bajo nuestra ventana.
Todas las mañanas un centenar de muchachos abordábamos el autobús para iniciar una nueva
aventura. Camino al cementerio de Arlington, no dejamos de entonar el himno de batalla del
colegio como también al atardecer durante un crucero sobre el río Potomac.
Visitamos el monumento a Lincoln en dos oportunidades, mía vez durante el día y otra al
crepúsculo. Mis compañeros y yo enmudecimos al caminar bajo la sombra de las treinta y seis
columnas que representaban a cada uno de los estados que Lincoln se esmeró en conservar.
Me situé al pie de la estatua de Lincoln sentado, que mide quince metros de alto, junto a mi
nuevo amigo. Los reflectores hacían brillar el mármol traído del estado de Georgia. Juntos
leímos las liebres palabras de Lincoln pronunciadas en Gettysburg, lugar de la batalla más
sangrienta librada entre los estados nos encontramos aquí reunidos para asegurar con certeza
que estos muertos no han entregado sus vidas en vano, que esta Nación, bendecida por Dios,
verá el renacimiento de la libertad...».
Cuando mi amigo me pidió que me acomodara para hacerme una foto, miré por última vez el
rostro de Lincoln. Parecía estar vivo y padeciendo una gran tristeza.
Al día siguiente entendí con mayor claridad por qué no sonreía.
«Clifton». Me dijo una de las profesoras, «¿podría hablar contigo un momento?».
Mis compañeros, y en especial mi buen amigo Fran’k, se pusieron pálidos. Minutos antes
habíamos estado comentando sobre la bomba de precisión llena de agua que la noche anterior
habíamos dejado caer sobre una señora gorda y su perro. Había sido una maldad estúpida y
peligrosa, pero afortunadamente no había ocurrido nada que lamentar. Nos encontrábamos
celebrando el hecho de habernos librado de cualquier castigo, cuando la profesora me llamó.
«Clifton, ¿tú has oído hablar de la línea divisoria de Masón y Dixon?», me preguntó.
«No señorita», contesté, preguntándome para mis adentros qué tendría que ver eso con
empapar señoras con bombas de agua.
«Antes de la guerra civil», me explicó, «la línea de Masón
Dixon marcaba el límite entre los estados de Maryland Pennsylvania, la línea divisoria entre los
estados abolicionistas y aquellos a favor de la esclavitud».
Aunque me había librado de un desastre, presentí que se I avecinaba otro. Observe que la voz
le temblaba y que había'' estado llorando.
«Hoy», me dijo, «la línea de Masón y Dixon es una especie de línea divisoria invisible entre el
Norte y el Sur. Cuando se cruza esa línea desde el distrito especial de Washington; hacia
Maryland, las costumbres cambian».
La conversación había tornado un rumbo que yo presentía como amenazante, mas no podía
precisar la razón. ¿Por qué estaba tan nerviosa?
«El parque de diversiones del Cañón del Leo está situado en Maryland, y las directivas del
parque prohíben la entrada de personas de raza negra», me dijo finalmente y se quedó
mirándome en silencio.
Yo todavía estaba sonriendo y asintiendo con la cabeza cuando su mensaje me cayó como un
baldazo de agua iría.
«Lo que usted me está diciendo es que yo no puedo ir al parque de diversiones porque soy
negro, ¿verdad?», le pregunté incrédulo.
Asintió lentamente con la cabeza. «Lo siento, Clifton. Ésta noche tendrás que quedarte en el
hotel. Si íe parece podemos ver una película por televisión», me dijo tomándome de la mano.
Me encaminé hacia los ascensores con sentimientos de confusión; incredulidad, furia y gran
tristeza.
«¿Qué pasó, Clifton?», me preguntó mi amigo cuando entré en la habitación. ¿La señora gorda
nos metió en un lío?».
Sin decir palabra me recosté sobre la cama y me puse a llorar. Lrank se quedó mudo de
perplejidad. Los niños de nuestra edad no lloraban, al menos delante de sus amigos.
Lo que me hacía sentir tan triste no era tanto el perderme la excursión de mi clase, sino que
por primera vez en la vida me estaba dando cuenta de lo que era ser «negro».
Desde luego que la discriminación también se daba en el Norte, pero hasta ese momento el
color de mi piel no me había excluido de una cafetería, una iglesia o un parque de diversiones.
«Clifton» susurró Frank. «¿Qué te pasa?».
«No me dejan ir al parque de diversiones esta noche», le dije gimiendo. «¿Por lo de la bomba
de agua?», preguntó. No le contesté, «porque soy negro». «¡Menos mal, caramba!» dijo, y se
puso a reír, obviamente aliviado al ver que habíamos salido bien librados de nuestras
travesuras de la noche anterior. «Pensé que nos habíamos metido en un lío».
Me limpié las lágrimas con la manga de la camisa y lo miré fijamente. «¿No has entendido? No
dejan entrar a negros como yo al parque. ¡No podré ir contigo!» grité. «¡Y tú me dices que
menos mal. Pues a mí me parece la embarrada!».
Estaba a punto de quitarle la sonrisita de la cara con un puñetazo a la mandíbula, cuando
escuché que decía: «Pues entonces, yo tampoco iré».
Ambos nos quedamos como petrificados por un instante. Luego Frank sonrió de oreja a oreja.
Jamás olvidaré ese instante, Frank era sólo un niño. Tenía tantos deseos como yo de ir al
parque de diversiones, pero en ese momento se le presentó algo más importante que una
excursión nocturna con sus compañeros de clase. Sin embargo, él no dio explicaciones me dijo
nada más.
Cuando menos me di cuenta la habitación estaba llena de muchachos que escuchaban a Frank.
«No permiten la entrada de negros al parque de diversiones, de modo que yo me voy a quedar
con Clifton», les dijo.
De inmediato otro niño agregó: «¡Pues yo también!».
«Qué partida de tarados!» susurró un tercero. «Yo estoy contigo, Clifton».
Mi corazón se aceleró. Me di cuenta de que no estaba solo. Se comenzaba a gestar una
revolución de adolescentes.
Acababa de nacer la «Brigada de las bombas de agua», compuesta por once niños blancos de
Long Island cuyo: manifiesto rezaba: «No iremos». Sentado sobre mi cama, en todo el centro
de semejante acontecimiento, me sentí muy agradecido. Pero, sobre todo, orgulloso.
La historia de Dondre Oreen me trajo a la memoria esos recuerdos de la infancia. Sus
compañeros golfistas, al igual que los de mi colegio de la infancia, tenían que tomar una
decisión trascendental, que consistía en respaldar a un amigo aunque les costara muchísimo.
Sin embargo, en el momento de jugarse el todo por el todo, no hubo ninguna duda.
«Larguémonos de aquí», dijo uno de ellos en voz baja.
«Simplemente recogieron sus cosas y se fueron hacia el autobús», nos contó Dondre. «No
hubo discusión de ningún tipo. Los chicos del equipo menor se unieron a nosotros sin mirar
atrás».
Dondre estaba obnubilado por la respuesta de sus compañeros y la de toda la población de
Louisiana el estado entero se indignó y trató de hacerle un homenaje de desagravio. La
Cámara de Representantes de Louisiana instituyó el Día de Dondre Groen, y legisló para
permitir la procedencia de demandas por daños y perjuicios, contra cualquier institución
privada que invite a un equipo a participar en un torneo y le prohibía la entrada a un miembro
en razón de su raza.
Cuando Dondre terminó su narración, las lágrimas se le escurrían de los ojos. «Le tengo un
gran cariño a mi entrenador ya mis compañeros por apoyarme», dijo. «Supieron demostrar
que siempre hay personas dispuestas a oponerse a la intolerancia, al amor desinteresado que
me manifestaron ese día conquistará el odio en toda ocasión».
Mis amigos de la infancia también me obsequiaron ese amor desinteresado. Una de nuestras
profesoras entró a la recepción del hotel donde estábamos sentados, y agitando un sobre en el
aire, gritó. «¡Chicos, acabo de comprar trece boletos para el partido de béisbol entre los
Senators y los Tigres! ¿Quien quiere ir conmigo?».
Se escucharon gritos de felicidad por toda la habitación. Ninguno había tenido la oportunidad
de ver un partido profesional de béisbol en un estado de verdad.
De camino al estadio, todos enmudecimos al pasar junto a la estatua de Lincoln. Me quedé
mirando fijamente al señor Lincoln entre las columnas del monumento, bañado por una cálida
luz amarilla. No pude percibir ni una sonrisa ni un poco de esperanza en esos ojos cansados y
tristes.
«...Nos encontramos aquí reunidos para asegurar, con certeza... que esta Nación, bendecida
por Dios, verá el renacimiento de la libertad...».
Con sus palabras y ejemplo vivencial, Lincoln dejó muy en claro que la libertad no se obtiene
en forma gratuita. Cada vez que el color de la piel de una persona le cierra las puertas de un
parque de diversiones o la posibilidad de utilizar el campo de golf de un club campestre, la
guerra libertaria se inicia de nuevo. A veces, la batalla se libra a puño limpio y con armas de
fuego, pero con frecuencia el arma 'más poderosa es la mera manifestación de valentía y
amor.
Cada vez que escucho las palabras de Lincoln pronunciadas en Gettysburg, recuerdo a mis
once compañeros y la esperanza renace en mi alma. Me hago la ilusión de que Lincoln
finalmente sonrió esa noche, cuando nos detuvimos junto a su monumento. Como bien dijo
Dondre: «El amor que me manifestaron ese día conquistará el odio en toda ocasión».
Clifton Davis - Actor.
Un regalo para dos
Nunca se sabe cuánta felicidad puede producir un gesto bondadoso.

El hermoso día estaba como mandado a hacer para conocer el centro urbano de la ciudad de
Portland. Éramos un grupo de consejeros de un campo de verano haciendo uso de nuestro día
de asueto, alejados de los veraneantes y dispuestos a divertirnos un rato. A la hora del
almuerzo le pusimos el ojo a un bello parque en el centro de la ciudad. Como todos teníamos
un antojo diferente cada cual se fue a buscar lo que quería para comer, después de acordar
que nos encontraríamos en el parque poco después.
Cuando mi amiga Robby se encaminó hacia un carrito de perros calientes, decidí hacerle
compañía. Observamos cómo el vendedor elaboraba un perro caliente perfecto, tal y como
ella lo deseaba. Sin embargo, el vendedor nos sorprendió cuando ella se dispuso a pagarle.
«Ese perro se ve un poco frío», dijo el señor. «Guarde su dinero. A usted le tocó el perro
caliente gratuito del día».
Le dimos las gracias y nos fuimos a reunir con los demás amigos para saborear juntos nuestras
viandas. Pero mientras comíamos y charlábamos me llamó la atención un señor solitario
sentado cerca de nosotros, que parecía observarnos. Se veía desaseado. Otra persona sin
hogar y a la deriva, como tantos que se ven en las ciudades, me dije sin darle mayor
importancia.
Al terminar de almorzar nos preparamos para seguir nuestro paseo turístico, pero cuando
Robby y yo nos acercamos a! canasto de basura para arrojar los restos del almuerzo, escuché
una sonora voz que me decía: «¿Será que queda algo de comida en esa bolsa?».
El dueño de esa voz era el hombre que nos había estado observando. Me sentí incómodo y le
dije: «Infortunadamente, ya no queda nada».
«¡Qué pesar!», fue todo lo que dijo, sin vergüenza alguna. Era evidente que tenía hambre, que
no le gustaba ver comida desperdiciada y que estaba acostumbrado a formular la pregunta
anterior.
La situación me incomodó, pero no supe cómo reaccionar. En ese momento Robby dijo: «Ya
vuelvo. Espérame un momento», y salió corriendo. Quedé intrigado al verla dirigirse hacia el
carrito de los perros calientes. De repente, caí en cuenta de lo que se proponía. Compró un
perro caliente, regresó y se lo dio al señor hambriento.
Simplemente se limitó a decir:
«Sólo estaba transmitiendo la bondad que alguien tuvo conmigo».
Ese día aprendí que la generosidad puede ir más allá de la persona qué la recibe. Al obsequiar,
estamos enseñando a los otros a ser dadivosos.
Andrea Hensley

La vida no se trata de eso...


Lo importante en la vida es corno nos tratamos los unos a los otros.
HANA IVANHOE, 15 años.

Durante todo el año había deseado participar en el retiro nocturno de primíparas, que. Se
ofrecía en nuestro colegio a todas las niñas que cursaban el primer año de bachillerato. El
objetivo de este retiro consistía en charlar sobre el enfoque que estábamos dándole a nuestra
vida, c intercambiar ideas sobre nuestros problemas, intereses y preocupaciones relacionadas
con el colegio, los amigos, los novios y demás.
Llegué del retiro llena de optimismo. Había aprendido muchas cosas que podrían serme útiles
en mi relación con la gente. Decidí guardar las notas del retiro en mi diario, el lugar donde se
encuentran la mayoría de mis posesiones más preciadas. Sin pensarlo mucho coloqué el diario
sobre una cómoda y terminé de desempacar.
Después de la convivencia me sentía tan realizada que comencé la semana con muchas
expectativas. Sin embargo, esa semana resultó ser un desastre emocional. Un amigo me hirió
tremendamente, discutí con mi madre, y mis calificaciones, especialmente las de inglés, me
tenían muy preocupada. Para rematar este triste cuadro, el baile de gala del colegio me tenía
muy nerviosa.
Sin lugar a exageración, puedo decir que casi todas las noches me dormía con lágrimas en los
ojos. Había tenido la esperanza de que el retiro tuviera un efecto tranquilizador y calmara mi
nerviosismo pero, por el contrario, empecé a pensar que sólo había sido un paliativo temporal
el viernes por la mañana desperté con el corazón apesadumbrado y una actitud negativa,
también estaba retrasada. Me vestí aceleradamente, sacando presurosa un par de medias de
un cajón de la cómoda. Al cerrar estrepitosamente el cajón, mi diario cayó al piso regando gran
parte de su contenido por el suelo. Al arrodillarme para recogerlo, una de las hojas
desparramadas me llamó la atención. Me la había dado la directora del retiro. La abrí y
comencé a leer. La vida no tiene que ver con llevar cuentas. No se trata de competir por el
número de personas que te llaman, como tampoco de hacer alarde de los noviazgos que has
tenido, estás teniendo o piensas tener. No se trata de los chicos que has besado, los deportes
que practicas, o cuál chico o chica te cae bien. No se trata del cabello, los zapatos, el color de la
piel, o dónde vives y a qué colegio asistes. De hecho, no se trata de calificaciones, dinero,
prendas de vestir o de las universidades que te ofrecen cupo. La vida no se mide por el número
de amigos que tienes, o por si eres un ser solitario, como tampoco se trata de que seas popular
o rechazado. La vida no tiene nada que ver con estas cosas.
La vida tiene que ver con personas (pie amas v con aquellas a quienes hieres. Tiene que ver
con cómo te sientes acerca de ti mismo. Tiene que ver con sentimientos de confianza, felicidad
y compasión. Tiene que ver con salir, en la defensa de los amigos y con reemplazar odios del
alma por amor. La vida tiene que ver con evitar la envidia, superar la ignorancia y edificar
sobre la confianza. La vida tiene que ver con lo que se dice y con lo que se quiere decir. Tiene
que ver con aceptar a las personas por lo que son y no por lo. Que tienen. Sobre todo, la vida
tiene que ver con decidir cómo utilizar nuestra existencia para tocar la de otro ser, de una
forma que jamás habría sido posible de enumerar. Estas disyuntivas son la esencia de la vida.
Ese mismo día obtuve excelentes calificaciones en el examen de inglés. Ese fin de semana me
divertí con mis amigos y tuve el valor de dirigirle la palabra al chico que me caía en gracia. Le
dediqué más tiempo a la familia y procuré escuchar a mi mamá. Hasta encontré un vestido
espectacular para el baile de gala del colegio, y me divertí muchísimo. Y todo esto no se debió
a mi buena suerte o porque sucedió un milagro, sino a mi disposición de ánimo y al vuelco que
le di a mi corazón. Caí en cuenta de que a veces tengo que hacer un alto en el camino para
recordar las cosas que verdaderamente tienen importancia en la vida, tales como las que
aprendí en nuestro retiro de primíparas.
Este año hago parte de los alumnos que están a punto de graduarse y asistiré a los retiros de
este grupo. Pero todavía guardo mi hoja de papel en el diario, para cuando necesite recordar
las cosas esenciales de la vida.
Katie Leicht, 17 años
Cuéntale esto a todo el mundo
Quise mi alma escudriñar pero no la pude percibir. Quise a mi Dios buscar pero El me parecía
eludir. Me propuse a mi hermano recibir y a los tres pude encontrar.
FUENTE DESCONOCIDA

Hace unos catorce años me encontraba junto a la puerta del salón de conferencias observando
la llegada de los alumnos, para dar comienzo a la primera sesión sobre el tema de la teología
de la fe. Ese día ví a lomas por primera vez. Se estaba peinando el cabello, que le llegaba hasta
la mitad de la espalda. Un primer juicio somero me hizo clasificarlo como excéntrico, muy
excéntrico.
Tomás resultó ser mi gran reto. Siempre objetaba o rechazaba con sorna la posibilidad de la
existencia de un Dios incondicionalmente amoroso. Cuando entregó su examen final que
mareaba la terminación del curso, me preguntó con un tono de voz bastante cínico: «¿Usted
cree que yo encontraré a Dios algún día?».
«¡No!» le contesté con vehemencia.
«¡Oh!», me respondió. «Yo estaba convencido de que ese era el producto que usted
proporcionaba».
Lo dejé avanzar hasta la puerta de salida y entonces le dije:
«Creo que tú jamás lo encontrarás, pero ten por seguro que 1:1 te encontrará a ti». Sacudió la
cabeza y se fue. Me sentí un poco frustrado al ver que mi célebre frase no había tenido eco
alguno.
Algún tiempo después supe que Tomás se había graduado y me alegré por él. Más adelante
nos llegó la noticia de que Tomás tenía un cáncer terminal. Vino a buscarme antes de que yo lo
pudiera localizar. Al entrar en mi oficina pude ver que la enfermedad lo había marchitado
físicamente, y que se le había caído el cabello debido a la quimioterapia. Sin embargo, percibí
un brillo en sus ojos y un timbre de voz firme, que no había tenido hasta ahora.
Me desboqué diciéndole: «Hola, domas, he pensado en ti a menudo. Supe que estás muy
enfermo».
“Es cierto estoy muy enfermo. Tengo cáncer. Me moriré en poco tiempo».
«¿Te es fácil hablar de ello?».
«Desde luego. ¿Qué desea saber?».
«¿Qué se siente al saber que te estás muriendo a los veinticuatro años de edad?».
¡Pues mira, podría ser peor», me contestó. «Como por ejemplo, llegar a los cincuenta años
pensando que beber, seducir mujeres y amasar dinero son las metas importantes de la vida».
Al terminar me dijo el motivo de su visita: «Se nata de algo que usted me dijo el último día de
clases. Le pregunté si creía que yo llegaría a encontrar a Dios. Me contestó que no, lo cual me
causó gran sorpresa. El agregó que me encontraría a mí. Esto me dio mucho en qué pensar,
aunque debo confesar que mi búsqueda de Dios no era muy intensa en esa época. Pero
cuando los médicos me sacaron un turupe de la ingle y me dijeron que era maligno, comencé,
ponerle seriedad a esa búsqueda. Ya cuando hizo metástasis v se regó por todos mis órganos
vitales, comencé a azotar las puertas de bronce del ciclo. Pero nada sucedió. Entonces, un
buen día al despertarme, en vez de buscar con desespero algún mensaje, simplemente tiré la
toalla. Decidí que realmente Dios, la otra vida y todas esas cosas me interesaban muy poco.
Decidí utilizar el tiempo que me quedaba haciendo cosas más importantes. Pensé en usted y
en otra cosa que me había dicho: 'Lo más triste de todo es pasar por este mundo sin haber
amado. Pero sería igualmente triste el dejar este mundo sin haberle dicho a aquellos que
queremos que efectivamente sí los queremos'. Siguiendo este consejo comencé con el hueso
más duro de roer: mi padre».
El padre de Tomás se encontraba leyendo el periódico cuando éste se le acercó.
«Papá, me gustaría hablar contigo».
«¿Pues qué estás esperando? ¡Habla!».
«Verás, lo que tengo que decirte es realmente importante».
El padre dejó entrever parte de su rostro por encima del periódico: «¿De qué se trata?».
«Papá, te quiero. Sólo quería decirte eso y nada más».
Tomás sonrió al recordar ese momento.
«El periódico cayó al suelo. Acto seguido mi padre hizo dos cosas que yo no recordaba haber
visto antes. Se puso a llorar y me abrazó. Además nos quedamos hablando hasta la
madrugada, aunque el tenía que ir a trabajar. Fue bastante más fácil con mi madre y con mi
hermano menor», prosiguió Tomás. «Todos nos pusimos a llorar, a abrazarnos y a compartir
todas esas cosas que habíamos mantenido en secreto durante tantos años. Me tuve que
encontrar a la sombra de la muerte para comenzar a comunicarme con las personas cercanas
a mí. Entonces un buen día, al voltear una esquina, me topé con Dios. El no acudió cuando le
supliqué que viniera a mí. Al parecer El hace sus cosas cuando le conviene y además, utiliza un
horario flexible. Lo importante es que usted tenía razón. El me encontró incluso después de
que yo dejé de buscarlo».
«Tomás», le dije casi sin aliento. «Creo que estás manifestando algo mucho más universal de lo
que te imaginas. I .o que estás diciendo es que la manera más segura de encontrar a Dios es
mediante la apertura hacia el amor y no pretendiendo convertirlo en nuestra posesión
personal, o en nuestra fuente de consolación instantánea».
«Tomás, ¿podría pedirte el favor de que vengas a mi clase de teología de la fe para que le
cuentes a mis estudiantes lo que me acabas de narrar».
Aunque lijamos una fecha, nunca pudo cumplir la cita. Desde luego, su vida no terminó con la
muerte, sólo cambió Dio el gran salto de la fe a la visión. Encontró una vida infinitamente más
bella que la que el ojo de la humanidad haya podido ver jamás o que la mente humana haya
podido imaginar.
La víspera de su muerte, hablamos por última vez. No podré asistir a tu clase», me dijo. «Lo sé
Tomás».
«¿Será que puedes contarlo por mí? ¿Decírselo a todo el mundo... por mí?». «De acuerdo,
Tomás. Se lo contaré a todo el mundo».
John Powell, S.J.
Ante todo debemos querer a la gente
Cuanto más conocemos mejor perdonamos. Aquel que siente profundamente, siente por la
humanidad entera.
MADAME DE STAEL
Craig, uno de mis amigos íntimos en nuestro curso de postgrado en la universidad, es de las
personas que irradia energía en el sitio donde está. Acostumbraba poner toda su atención
mientras hablabas, haciéndote sentir increíblemente importante, 'lodo el mundo lo quería.
Un soleado día de otoño, Craig y yo estábamos sentados en nuestro lugar predilecto de
estudio. Yo estaba distraído mirando por la ventana cuando divisé a uno de mis profesores
cruzando el parqueadero.
«No quiero encontrarme con ese tipo», dije. «¿Y por qué no?», preguntó Craig.
Le comenté que este profesor y yo habíamos terminado en malos términos el semestre de
primavera anterior. Yo me había molestado por alguna sugerencia suya y él, a su vez, se había
ofendido con mi respuesta. «Además», agregué, «a ese tipo no le caigo bien».
Craig se quedó mirando la silueta que pasaba. «Tal vez tienes una percepción equivocada», me
dijo. «Tal vez tú eres el que le está dando la espalda, y lo estás haciendo por miedo.
Posiblemente el piensa que tú no lo aprecias y por esa razón no es amistoso, i le notado que a
las personas les gustan quienes gustan de ellos. Si tú muestras interés por él, él mostrará
interés por ti. Acércate y háblale».
Las palabras de Craig me causaron escozor. Bajé con paso indeciso hacia el parqueadero.
Saludé cálidamente a mi profesor y le pregunté si había tenido unas vacaciones placenteras.
Me miró con genuina sorpresa. Seguimos charlando mientras caminábamos y yo me podía
imaginara Craig observándonos desde el segundo piso, con una sonrisa en los labios.
Craig me había hecho conocer un concepto tan evidente que me parecía increíble no haberlo
percibido antes. Al igual § que la mayoría de la gente joven, me sentía inseguro de mí mismo, y
entablaba toda relación pensando que de entrada los demás me estaban juzgando, cuando en
realidad ellos estaban pensando que yo haría lo propio con respecto a ellos. A partir de ese día
pude ver la necesidad de los demás de establecer puntos de encuentro y de compartir algo de
sí mismos, y no de juzgarme a mí. Todo un nuevo mundo de relaciones que antes me había
sido negado se hizo posible.
En cierta ocasión, por ejemplo, durante una travesía por el Canadá, en tren, entablé
conversación con un hombre a quien todos los demás pasajeros procuraban ignorar pues
hablaba en forma prácticamente ininteligible, corno si estuviera borracho. Resultó ser víctima
en recuperación de un derramé cerebral. Era ingeniero de ferrocarriles y coincidencialmente
había trabajado en el tramo férreo sobre el cual rodábamos, de tal forma que me contó la
historia de cada kilómetro de carrilera bajo nuestros pies. Me habló de la quebrada Montón de
Huesos, llamada así por los centenares de esqueletos de búfalo que los cazadores indígenas
habían depositado en aquel lugar: de la leyenda de Juan el Enorme, el trabajador ferroviario
sueco que podía levantar rieles de acero de quinientas libras; del conductor de tren llamado
McDonald, que llevaba un conejito como compañero de viaje:
Al despertar el alba sobre el horizonte, me tomó bruscamente de la mano y me miró a los ojos,
diciendo: «Gracias por escucharme. Muchos no se habrían tomado la molestia». No tenía por
qué agradecerme. El placer había sido todo mío.
Una familia que me detuvo para pedirme señas en una bulliciosa calle de Oakland, California,
resultó ser del recóndito noroeste de Australia. Les pregunté acerca de su vida en su tierra.
Mientras tomábamos café me deleitaron con narraciones acerca de cocodrilos de agua salada
«con espaldas tan anchas como un;: capota de un automóvil convertible».
Cada encuentro se convirtió en una aventura, y cada persona en una lección vivencial. Los
ricos, los pobres, los poderosos y los solitarios; todos tenían sus dueños y sus dudas al igual
que yo todos tenían una historia única para contar, si tenía el tiempo para escuchar.
Un pordiosero harapiento y barbado me contó que durante la crisis de los años 30 había
alimentado a su familia disparando una escopeta sobre la superficie de un lago, para luego
sacar los pescados que salían a flote completamente aturdidos. Un policía de tránsito me
confesó que había perfeccionado sus ademanes para dirigir el tránsito vehicular observa:'.lo a
los toreros y directores de orquesta. Un joven estilista compartió conmigo la felicidad de
observar los rostros satisfechos de las damas residentes en un ancianato, cuando estrenaban
nuevos peinados.
En muchas ocasiones dejamos que estas oportunidades nos pasen de largo. Al igual que usted,
la chica sin mayor gracia que vive en la esquina de la cuadra o c! muchacho que utiliza
vestimentas estrafalarias, también tienen historias que contar. E igual que usted, sueñan con
tener la oportunidad de ser escuchados.
Craig sabía de manera instintiva lo anterior. El secreto está en simpatizar inicialmente con las
personas y después formular preguntas. Observa y verás que la luz que brilla sobre otros será
reflejada sobre ti un centenar de veces.
Kent Nerburn
Las lilas florecen cada primavera
Al final de cuentas, todos deseamos ser amados.
JAIME YELLIN, 14 años

Estoy es uno de mis días lúgubres. Después de pronunciar estas palabras debería suspirar.
Todo lo siento lucra de mi alcance, pero lo que más me mortifica es pensar en la clase de
psicología que tendré el próximo período. Para cumplir con un proyecto realmente bobo de fin
de año, debemos traer una foto que represente una época muy feliz de nuestra niñez.
El problema no fue escoger la foto, pues de inmediato sabía cuál era la que yo quería. Sobre mi
escritorio está la foto enmarcada de mi difunta abuelita Emily y yo. Cuando tenía ocho años. La
foto fue tomada cuando ella me llevó de paseo y en bus al festival de las lilas de primavera.
Nos pasamos la tarde con los ojos cerrados, inhalando el perfume de las lilas en botón. La foto
la tornó un viejito dicharachero y con gran sentido del humor, quien nos entretuvo con sus
fábulas extremadamente chistosas mientras nos acompañaba hasta el paradero de buses, al
caer la tarde. Jamás lo volvimos a ver, pero en retrospectiva me pregunto si el hombre habría
quedado prendado de mi abuela.
Al escudriñar la foto de la abuela mientras espero el final de nuestra hora de almuerzo,
reconozco que la toma no refleja su belleza: cabello corto, liso y canoso, y ojos grandes y
ligeramente protuberantes la nariz es demasiado grande y la frente demasiado ancha.
Pequeña y algo rechoncha. Junto a ella, y cogiéndole la mano, se observa su replica más joven
pequeña. Tenemos pies idénticos, delgados y angostos, y .ledos increíblemente largos. Diré,
teníamos. Ahora sólo junto con mis ridículos pies para burlarme de mí misma y, a decir
verdad, sin ella ya no me producen tanta hilaridad. Cuando mi abuela murió hace dos años,
perdí parte de mi propia realidad.
De modo que ésta era la única foto que podía escoger. No puedo dejar pasar la oportunidad de
traerla nuevamente a este mundo aunque sea por un ratito, para celebrar la huella indeleble
que dejó sobre la vida. Lo hago ingenuamente, y a sabiendas de que sólo unos pocos
apreciarán este obsequio que estoy descosa de compartir.
Agradecida por haber llegado sin novedad, me acomodo en mi escritorio. Por alguna
inexplicable razón la soledad me invade con mayor intensidad en los corredores. Cuando tengo
gente a mí alrededor, me doy más cuenta que nunca de lo alejada que estoy de los demás. No
tengo con quien caminar, o con quien intercambiar los chismes. Veo a las mismas personas
todos los días y a veces siento su proximidad, pero las conozco tanto como conozco a los
extraños en la calle. Ni siquiera hacemos contacto visual.
Sostengo la foto sobre el regazo y la enmarco con las manos, mientras la gente entra en el
salón muy despacio. ¿Por qué no traería otra foto? ¿Qué me hizo pensar que podría transmitir
mis sentimientos con palabras?
La profesora toma su puesto al frente de la clase. Ella y yo nos tenemos poco aprecio. Ella
prefiere a las alumnas que se quedan después de clases a charlar sobre sus novios o a quejarse
de las reglas académicas. Yo me quedo después de ciase para mostrarle artículos sobre los
tratamientos más recientes para el autismo. Me gustaría caerle bien, pero no le tengo respeto.
Pide voluntarias para iniciar las presentaciones. Lanza una sonrisa hacia la primera fila (¿dónde
más se sentaría una persona como yo?), para estimular mi asentimiento. Me pongo de pie
para cumplir con mi papel de primeriza inveterada. Escucho una voz a mis espaldas:
«Apuesto a que trajo una foto de su primera enciclopedia».
¡No, qué lástima! esa foto la tengo enmarcada sobre la chimenea de mi casa.
Ojos y más ojos. Ojos de miradas vacuas carentes de pensamiento y atención, que sólo reflejan
observación bovina.
«Esa es una foto de mi abuela y yo, cuando tenía ocho años. Me llevó al festival de las lilas,
liste es un evento anual». ¿Evento? He debido describirlo de otra forma. «Exhiben múltiples
variedades de lilas comunes y exóticas de distintos colores, lis verdaderamente espectacular».
Aburridor.
Posé la vista sobre la fotografía de una niña y una mujer, tomadas de la mano y enmarcadas
por un seto salpicado de lilas moradas florecidas, liste par de mujeres daban la impresión de
estar listas y dispuestas a conquistar el mundo, calzadas con zapatos aptos para tal propósito.
«Cuando miro esta foto aspiro nuevamente la fragancia de las lilas, especialmente ahora, en
época de primavera. La excursión fue una delicia y cuando llegamos a casa la abuela me
preparó espaguetis y me dejó ponerle lágrimas de chocolate al helado...».
¡Ojo!, me estoy desviando del tema. Voy a perder la atención del público que jamás he tenido.
«Pero como ya dije, fue un día perfecto. A medida que pasa el tiempo y me vuelvo mayor, me
es difícil recordar un día más hermoso. 1 .a abuela se enfermó cuando yo tenía nueve años...».
De repente se me escurren las lágrimas, «...Y no volvió a mejorarse». ha llegado la hora de
escapar, de correr o por lo menos de sentarse.
Caigo como un bulto de papas sobre la silla, sosteniendo la foto entre las manos. La profesora,
sin dilación alguna y a mi parecer con demasiada jovialidad, llama a otro estudiante:
La clase termina rápidamente, después de transcurrir una eternidad. Yo me escapo al caótico
vendaval de los corredores.
¿Abrasé visto un día peor? Pero como dice el refrán, siempre habrá un mañana.
Refrán que a mi entender parece indicar que no vale la pena sobrellevar el día de hoy, por
cuanto habrá que hacer exactamente lo mismo en menos de veinticuatro horas.
Pero heme aquí, mañana, con la puerta de la clase de psicología, sintiéndome como si jamás
me hubiera ido. La autentica diferencia es que hoy llego retrasada porque se me cayó una
carpeta, y su contenido se derramó con total abandono por el piso. Todo el mundo me pone el
ojo encima. Ayer no tuve en cuenta dos reglas de oro. No sólo me dejé llevar poruña
emotividad excesiva, sino que también admití tener sentimientos profundos por algo tan
inconsecuente romo una abuela. Resulta que un día soy invisible y al otro objeto del escarnio
público. Ambas son situaciones poco envidiables dentro del diario vivir me acerco al pupitre.
Hay una bolsa de papel sobre el asiento. Anticipando que encontré un par de tenis oloroso y
su correspondiente uniforme con el mismo aroma, miro en el interior sin mayor cuidado.
Dios mío querido. Siento que me hago invisible
La bolsa está llena de ramas de lila. Las puedo oler con el alma, las puedo sentir con una parte
de mi ser que pensé se había marchitado y pasado a mejor vida. ¿Seré parte de este planeta
todavía? Levanto la vista. Aún estoy siendo objeto de miradas de ganado vacuno por parte de
todos. Pero uno de éstos trajo las ramas de lila. Tiene que ser algún rebelde sentimental
disfrazado. ¿Cuál será?
Remuevo la bolsa y me siento. La profesora está contrariada.
«¿Podríamos dar comienzo a la clase? Las presentaciones de ayer serán tenidas en cuenta...».
Entre los botones de lilas encuentro una nota. La abro y encuentro dos frases: Encontraremos
nuestro derecho a ser. Hasta entonces, las lilas florecen cada primavera.
Revista Blue jean
SOBRE EL APRENDIZAJE
EL APRENDIZAJE
El colegio me enseñó no sólo cómo aprender en el salón de clase, sino también por fuera del
mismo. ¿Dónde creen que aprendí a trepar, a columpiarme y asaltar? ¿Dónde creen que
aprendí a conocer a mi mejor amigo?
JESSIE BRAUN, 18 años.

Lecciones a base de huevos


Asegurémonos de sacar de cada experiencia solamente la sabiduría que contiene.
MARK TWAIN

Robby Rogers... fue mi primer amor. Además de magnífico tipo era correcto, inteligente y
considerado. De hecho, mientras más pienso en él más razones encuentro para haberlo
querido como lo quise. Llevábamos un año de novios y, como todo el mundo sabe, eso es una
eternidad en la vida de un adolescente.
No recuerdo por qué no asistí a la fiesta de Nancy ese sábado por la noche, pero si que Robby
y yo quedamos en encontramos después de la fiesta. Acordamos que él vendría a casa a eso de
las diez y media. Robby era hombre de palabra y muy puntual, de modo que a las once y media
comencé a sentirme enferma. Presentí que algo andaba mal.
El domingo por la mañana me despertó el repique del teléfono, lira Robby. «Necesito hablarte.
¿Puedo pasar por tu casa?».
Quise decide, «¡yo!, no puedes pasar por aquí a contarme que algo anda mal». Pero me limité
a contestar, «Desde luego», y colgué el teléfono con un nudo en el estómago.
Tenía razón. «Anoche, en la fiesta, estuve con Susan Roth», me informó Robby. «Nos pusimos
de novio». Siguieron las usuales frases de cajón. «estoy confundido. Yo no haría nada que te
fuera a causar daño. Siempre te querré».
Me imaginó que me puse blanca como una sábana pues sentí que la sangre se me iba a los
pies. No era lo que esperaba; mi propia reacción me sorprendió. Sentí una ira tal que ni
siquiera pude redondear una frase. Me embargó una pena tal que todo, salvo el dolor, parecía
moverse en cámara lenta.
«Por favor Diana, no seas así ¿No podríamos seguir siendo buenos amigos?» esas son las
palabras más crueles que se le pueden decir a una persona a quien se la está descartando
como zapato viejo. Yo lo quería profundamente, y le había confiado cada una de mis
debilidades y puntos vulnerables, además de dedicarle cuatro horas diarias durante el pasado
año, sin tener en cuenta nuestras conversaciones telefónicas. Quería golpearlo una y otra vez
hasta que se sintiera tan terriblemente mal como yo. Así que le dije que se fuera, y lo despedí
con una frase sarcástica. «Creo que Susan te está esperando».
Sentada sobre la cama, lloré por horas enteras. La pena era tan grande que nada podía
sosegarme. Hasta intenté comerme un galón entero de helado, "toqué nuestras canciones
preferidas una y otra vez, torturándome con los recuerdos de los buenos tiempos y las tiernas
palabras pronunciadas en el pasado.
Después de sentir tanta lástima por mí, tome una decisión: me vengaría, liste fue el camino
que tomó mi raciocinio: Susan Roth es era una de mis amigas íntimas. Las buenas amigas no
Se dedican a conquistar a tu novio cuando tú no estás, obviamente ella debe pagar su afrenta
Al fin de semana siguiente compré dos docenas de huevos y me encaminé hacia la casa de
Susan con un par de amigos. Comencé por descargar algo de la ira que me carcomía, pero se
me salió de las manos. De modo que cuando alguien descubrió que una de las ventanas del
sótano estaba abierta, arrojamos en el interior los huevos que nos quedaban. Pero eso no fue
lo peor. ¡Resulta que los Roth iban a estar fuera de la ciudad durante tres días!
Esa noche, ya acostada, comencé a pensar en lo que habíamos hecho. Daniela, esto es grave...
esto es verdaderamente grave.
El cuento se regó como pólvora por el colegio Susan y Robby estaban de novios, alguien había
bombardeado la casa de ella con huevos durante su ausencia, y el olor era de tales
proporciones que los padres habían tenido que contratar a alguien para eliminarlo.
Tan pronto como llegué a casa encontré a mi madre esperándome para conversar. «Diana, el
teléfono no ha dejado de sonar todo el día, y francamente no tengo respuesta para la pregunta
que todo el mundo me está haciendo. Por favor, dime, ¿lo hiciste tú?»
«No mamá. No lo hice». Me sentí muy mal mintiéndole a mamá. Mi madre estaba realmente
furiosa cuando llamó a la señora Roth. «Habla Helen. Le agradecería que dejara de acusar a mi
hija de haber lanzado huevos dentro de su casa». I A estas alturas de la conversación mi madre
le gritaba a la mamá de Susan, y su voz se volvía cada vez más chillona. «Diana jamás haría
semejante cosa. ¡Exijo que deje de insinuar a diestra y siniestra que fue ella!». En este punto
mi madre tenía el acelerador en el piso. «Es más, ¡exijo que nos pida disculpas, a mi hija y a
mí!».
Yo me sentía superbien viendo el apoyo que mi madre me estaba brindando pero
malísimamente frente a la dura realidad. Los sentimientos encontrados me estaban
indigestando, y en ese momento sentí que tenía que decirle la verdad. Le hice una señal para
que colgara el auricular.
Colgó, se apoyó sobre la mesa y tomó asiento. Ya sabía. Me puse a llorar y le pedí excusas. Ella
también comenzó a llorar. Yo hubiese preferido enfrentar su cólera, pero ésa ya se había
agotado en el oído de la señora Roth.
Me comuniqué con la señora Roth para decirle que le daría hasta el último centavo de mis
ahorros para cubrir el costo de los daños que le había ocasionado. Aceptó, pero me comunicó
que no fuera hasta que ella estuviera lista para perdonarme.
Mamá y yo nos quedamos conversando y llorando hasta altas horas de la noche. Me contó que
una vez, un novio que ella tenía la había dejado para ponerse de novio con su hermana. Le
pregunté si había bombardeado con huevos su a propia casa, y para mi sorpresa se río. Me dijo
que a pesar de mis reprochables andanzas le daba ira cada vez que pensaba en las cosas que la
señora Roth había dicho durante el curso de la conversación telefónica. «Después de todo»,
dijo mi madre, «su hijita es una ladrona de novios».
Después me contó lo difícil que era ser madre, pues en muchas ocasiones deseaba gritarles a
todos los que le causaban dolor a sus hijos, pero eso no era posible. A los padres les toca
tomar distancia y dejar que ellos aprendan las lecciones de la vida por sí mismos.
Le confesé lo increíblemente bien que me había sentido al escucharla defenderme en esa
forma. Y al amanecer le dije lo especial que era compartir estas horas con ella. Me dio un Trazo
y dijo: «Pues para mí también. Pasaremos el próximo sábado por la noche juntas, y el siguiente
también. ¿Acaso se me olvidó decirte que tienes prohibidas las salidas durante quince días?».
Kimberly Kirberger
Una larga caminata a casa
La experiencia: el más brutal de lodos los maestros, pero se aprende, ¡por Dios que se
aprende!
C. [Link]

Crecí en ana pequeña comunidad llamada Estepona, en el sur de España. Tenía 16 años cuando
un buen día mi padre me dijo que me permitiría conducir el automóvil para llevarlo hasta
Mijas, a unos 25 kilómetros de distancia. Como única condición me pidió que llevara el
vehículo al taller cercano para que le hicieran mantenimiento. Como había aprendido a
conducir recientemente y no tenía muchas oportunidades de guiar el coche, acepté la oferta
sin titubear. Llevé a papá hasta Mijas, comprometiéndome a recogerlo a las cuatro de lá tarde
y conduje el automóvil hasta el taller de mantenimiento. Con tiempo disponible entre las
manos decidí ver una presentación doble en el teatro cercano al taller. Infortunada mente, me
entretuve demasiado con las películas y perdí toda noción del tiempo. Cuando terminó la
segunda película vi que eran las seis de la tarde. ¡Estaba retrasado dos horas! De seguro mi
padre se disgustaría al saber que había estado en el cine. No me dejaría volver a conducir.
Decidí decirle que el coche tenía algunos defectos y que los mecánicos sé habían demorado
más de la cuenta reparándolos. Fui al lugar donde habíamos acordado encontrarnos y vi a mi
padre parado es la esquina, esperándome pacientemente. Le pedí excusas por la tardanza y le
dije que había ido a recogerlo tan pronto me habían entregado el auto, después de hacerle
algunas reparaciones mayores. Nunca olvidaré la mirada que me dirigió.
«Jasón, me entristece pensar que consideras necesaria tener que mentirme». «¿Por qué? Yo te
estoy diciendo la verdad». Mi padre me miró una vez más. «Cuando no apareciste, llamé al
taller para averiguar qué sucedía, y me dijeron que tú todavía no habías pasado a recoger el
coche. Entonces, como verás, estoy al tanto de que éste está en perfectas condiciones». Un
sentimiento de culpabilidad me invadió y, con torpeza le contesté que había estado en el cine
y también la verdadera razón de mi tardanza. Mi padre escuchó atentamente con el rostro
entristecido.
«No estoy disgustado contigo, sino conmigo mismo. Me doy cuenta de que si después de
tantos años tú te ves en la necesidad de mentirme, es porque he fallado como padre. Fallé
porque he criado a un hijo que no puede decirle la verdad ni siquiera a su papá. Ahora me iré
caminando hasta nuestra casa para tener la oportunidad de meditar sobre mis errores de los
pasados años».

Pero papá, no puedes hacer eso. Para llegar a casa tendrás que caminar veinticinco kilómetros
a oscuras».
Todas mis excusas, objeciones y demás manifestaciones objeciones fueron inútiles. Le había
fallado a mi padre estaba a punto de recibir la lección más dolorosa de mi vida. Papá comenzo
su larga caminata por la vereda polvorienta. Abordé el coche rápidamente y me fui detrás, con
la esperanza de que desistiera de su empeño. Le supliqué en todos los tonos, diciéndole lo
mucho que lo sentía. Pero él siguió su penoso. Camino en silencio, ensimismado en sus
pensamientos llorándome totalmente. Recorrí los veinticinco kilómetros detrás de él,
conduciendo el coche a un promedio de ocho kilómetros por hora.
Ver a mi padre padeciendo tanto, física y emocionalmente, ha sido la experiencia más dolorosa
y angustiosa que jamás haya tenido que afrontar. Sin embargo, fue la lección más fructífera.
No le he vuelto a mentir.
Jason Bocarro
El precio de la gratitud
Tenía unos trece años. Los sábados, mi padre me llevaba con frecuencia de paseo. Algunas
veces íbamos al parque y otras a la bahía, a observar los barcos. Mis paseos favoritos; eran a
las chatarrerías a curiosear viejos aparatos electrónicos. De vez en cuando comprábamos uno
de estos trastos por cincuenta centavos, pata desbaratarlo en casa. De regreso, papá paraba
con frecuencia en la heladería y me compraba un cono de diez centavos. No siempre, pero con
la suficiente frecuencia. No era algo que podía dar por descontado, pero podía soñar y rezar
para que sucediera desde el momento en que emprendíamos el regreso y hasta que
llegábamos a esa esquina mágica, donde seguíamos derecho hasta la heladería o volteábamos
para llegar a casa con las manos vacías. Esa esquina significaba una anticipación que me hacía
agua la boca o me generaba una desilusión.
A veces mi padre me tomaba el pelo utilizando la ruta más larga para llegar a casa. «Me vine
por este lado como para variar», me decía pasando frente a la heladería sin detenerse; I lira un
juego entre ambos y como en casa nunca faltaba la comida en la mesa, el abstenernos de
comer helados no implicaba privación alguna.
En los mejores días me preguntaba: «¿Te gustaría un cono?», en un tono de voz que
convertía el manido interrogante en algo muy original y espontáneo. Yo le respondía: «¡Me
parece una gran idea, papá!».
Yo siempre pedía un cono de chocolate y él uno de vainilla. Me daba la moneda de veinte
centavos y yo entraba corriendo a la heladería a hacer nuestro acostumbrado pedido. Nos
comíamos los helados sentados en el coche. Yo adoraba a papá y me fascinaban los helados,
de modo que me sentía en el séptimo ciclo.
Un fatídico día, de camino a casa, yo venía rezando y haciendo fuerza para que me formulara
la pregunta mágica. Me la hizo: «¿Te gustaría comer un cono?». «¡Me parece una gran idea,
papá!».
Pero de inmediato me dijo: «A mí también me parece una gran idea, hijo. ¿Que te parece si
hoy me invitas tú?».
La cabeza me daba vueltas. Veinte centavos. ¡Veinte centavos! Yo podía hacer el gasto. Recibía
veinticinco centavos semanales, y unos centavos adicionales por la realización de trabajitos
esporádicos, pero ahorrar dinero era importante. Papá me había enseñado eso. Y utilizar mi
propio dinero cuando de comprar helados se trataba, era un gasto inoficioso.
¿Por qué no se me ocurriría que ésta era una maravillosa oportunidad para reconocerle a mi
padre su permanente y gran generosidad? ¿Cómo no se me había ocurrido que mi padre me
había comprado unos cincuenta helados y yo no le había obsequiado ni uno?
Lo único que yo podía pensar era: ¡Veinte centavos! En un arranque de mezquina y egoísta
ingratitud, dejé escapar las terribles palabras que desde entonces retumban en mis oídos: «En
ese caso, mejor dejémoslo para otro día».
Mi padre sólo dijo: «lista bien, hijo».
Al emprender el camino a casa, caí en cuenta de lo equivocado que estaba y le rogué que nos
devolviéramos. <Yo invito», le supliqué.
Pero él simplemente contestó: «No te preocupes, en realidad no nos hacen falta», y no le
puso atención a mis protestas. Nos luimos a casa.
Me, sentí muy infeliz por mi egoísmo y falta de gratitud, y no me reiteró mi mezquindad, ni
mostró desilusión. Pero no creo que hubiera podido dejar una mayor impresión sobre mí,
haciendo algo distinto.
Aprendí que la generosidad es de doble vía y que la gratitud a veces cuesta algo más que un
«Muchas gracias», ese día la gratitud me hubiera costado veinte centavos, y habría sido el
helado más rico del mundo.
Les contaré algo más fuimos de paseo la semana siguiente y cuando nos acercarnos a la
esquina encantada dije. «Papá, ¿te gustaría comer un cono el día de hoy? Yo invito».
Randal Jones
Sra. Virginia De View ¿dónde está usted?
Todos tenemos nuestros momentos descollantes, V ¡a mayoría de ellos se da con el estímulo
de otra persona.
GEORGE ADAMS
Estábamos sentadas en su clase, riéndonos tontamente y dándonos codazos mientras
intercambiábamos los últimos chismes del día, como la peculiar sombra morada para los ojos
que se había aplicado Catalina. La señora De View nos pidió que hiciéramos silencio.
«Bien», nos dijo sonriendo. «Ahora nos dedicaremos a descubrir nuestras profesiones». Toda
la clase pareció jadear al tiempo. ¿Nuestras profesiones? Nos miramos los unos a los otros. El
mayor de nosotros tenía catorce años. No cabía duda de que a la profesora le faltaba un
tomillo.
Sin duda, éste era el concepto que todos teníamos de la señora De View, con su cabello
peinado hacia atrás en un moño y sus grandes dientes protuberantes. Debido a su apariencia
física, era el blanco fácil de las soterradas risitas, burlonas y los chistes crueles.
Y también, debido a sus exigencias, lograba enfurecer a los estudiantes. La mayoría de
nosotros hacía caso omiso de su genialidad.
«Así es. Cada uno de ustedes se dedicará a encontrar su futura profesión». Nos dijo lo anterior
con el rostro iluminado, como si cada año esta tarea fuese la asignación más importante de su
curso. «Tendrán que realizar una investigación sobre su futura carrera. Cada uno hará una
entrevista en el área de su elección y rendirá un informe verbal».
Nos fuimos a casa muy confundidos ¿Quién tiene idea de lo que quiere ser a los trece años?
Yo, sin embargo, había logrado reducir mis posibilidades. Me gustaba el arte, cantar y escribir.
Pero mis habilidades artísticas eran nulas y cada vez que intentaba cantar mis hermanas
gritaban de dolor: «¡Por favor, cállate!». Por sustracción de materia, lo único que me quedaba
era escribir.
Todos los días Virginia De View verificaba nuestros progresos. ¿Cómo íbamos? ¿Quiénes
habían escogido sus carreras? Al fin, la mayoría de nosotros había escogido alguna profesión.
Yo seleccioné el periodismo, listo quería decir que debía entrevistar a un periodista de carne y
hueso, estaba muerta del susto.
Me senté frente a él, casi sin poder musitar palabra. Me miró con fijeza y preguntó: «¿Trajiste
estilógrafo o lápiz?».
Hice un gesto negativo con la cabeza.
«Me imagino que por lo menos tienes papel». Volví a negar ron la cabeza.
Por último cayó en cuenta de que yo estaba completamente petri íieada y recibí mi primer
consejo como periodista neofita. «Jamás vayas a alguna parte sin lápiz y papel. Nunca se sabe
lo que puedes encontrar».
Durante los siguientes noventa minutos me engolosinó con historias de atracos, excesos
antisociales y conflagraciones. VA nunca olvidaría la muerte de los cuatro integrantes de una
familia en un trágico incendio. Todavía recordaba el hedor de los cuerpos humanos calcinados
por las llamas, me dijo, y jamás olvidaría esa historia macabra.
Unos días después hice mi presentación oral de memoria y sin anotación alguna, pues había
quedado completamente hipnotizada por el periodista. Recibí una calificación sobresaliente
por el proyecto.
Cuando el año estaba por terminar, algunos estudiantes muy resentidos decidieron cobrarle a
la señora De View el arduo trabajo al que nos había sometido, arrojándole a la cara un pastel
de crema cuando recorría un pasillo del colegio. Sufrió lesiones personales leves, pero el daño
emocional fue grave. Dejó de venir al colegio durante varios días. Cuando escuché lo ocurrido
sentí un horrible vacío en el estómago. Sentí una enorme vergüenza personal y ajena, al
pensar que algunos de mis compañeros de estudio no tenían nada mejor que hacer que abusar
de una señora a causa de su apariencia física, en vez de apreciar sus maravillosas dotes como
docente.
Con el pasar de los años me olvidé por completo de Virginia De View y de las profesiones que
escogimos ese año. Me hallaba en la universidad, tratando de decidir qué estudiaría. Mi padre
deseaba que estudiara administración de empresas.
La sugerencia tenía una gran dosis de sabiduría, pero con el pequeño inconveniente de que yo
no tenía la más mínima habilidad administrativa. De repente, Virginia De View apareció en mi
memoria como también mi deseo de ser periodista. Llamé por teléfono a mis padres.
«He decidido cambiar de carrera», les anuncié. Un silencio sepulcral descendió sobre nuestra
comunicación telefónica.
«¿Qué piensas estudiar?», preguntó finalmente mi padre. «Periodismo».
Por el tono de sus voces no me cabía la menor duda de que a mis padres se les había
amargado el día. Sin embargo, no se opusieron a mi decisión. Sólo me recordaron que esa
profesión era muy competida y que yo siempre le había sacado él cuerpo a la competencia.
Estaban en lo cierto, pero el periodismo me trasformaba; por alguna razón lo tenía en la
sangre. Me dio la libertad de acercarme a personas totalmente extrañas y preguntarles qué
estaba sucediendo. Me formó para formular preguntas y obtener respuestas, tanto en mi vida
profesional como personal. Me brindó confianza en mí misma.
Durante los últimos doce años he ejercido la profesión de periodista en forma increíble y con
múltiples satisfacciones, cubriendo noticias desde asesinatos hasta accidentes aéreos, para
dedicarme finalmente a mis temas preferidos. Me ha fascinado escribir sobre los momentos
sublimes y trágicos en las vidas de los seres humanos, porque pienso que de alguna forma les
he brindado la mano.
Cierto día, cuando me aprestaba a levantar el auricular del teléfono que reposaba sobre mi
escritorio, una increíble ola de recuerdos azotó mi conciencia, y caí en cuenta de que si no
hubiera sido por Virginia De View yo no me encontraría en ese lugar.
Presiento que ella nunca sabrá que sin su ayuda yo no me habría convertido en escritora y
periodista. Sospecho que de no ser por ella, ahora me encontraría hundiéndome en las arenas
movedizas del mundillo de los negocios, cargando a fiestas una gran infelicidad diaria. Me he
preguntado cuantos estudiantes más se beneficiarían de ese memorable proyecto.
Permanentemente se me pregunta: «¿Cómo escogió la carrera de periodismo?».
Siempre inicio mi respuesta de la misma forma: «Pues mire, resulta que yo tuve una
profesora...». Es mi forma personal de agradecerle a la señora De View.
Estoy convencida de que al pensar retrospectivamente en sus épocas del colegial, cada quien
descubrirá la desteñida imagen de un solo profesor o profesora, es posible que todavía tenga
tiempo de darle las gracias antes de que sea muy tarde.
Diana L. Chapman
¿Qué sucede?
Una profesora recién graduada, llamada Mary, aceptó el cargo de profesora en una reseña de
los indios navajas. Todos los días pasaba a cinco jovencitos al tablero y les pedía que
resolvieran un problema matemático sencillo, como área. Los chicos se paraban frente al
tablero en completo silencio y rehusaban hacer la larca solicitada. Mary no podía entender qué
sucedía. Nada de lo que había estudiado le ofrecía una ayuda y, desde luego, no había visto
nada parecido durante sus prácticas estudiantiles en Phoenix. Mary se preguntaba a sí misma:
¿Que estaré haciendo mal? ¿Será que escogí a cinco alumnos que no pueden resolver los
problemas? No. ésa no es la respuesta. Por último decidió preguntarles qué sucedía, y en la
respuesta que sus pupilos indígenas le dieron aprendió una lección sorprendente sobre la
autoestima y la autovaloración.
Al parecer los estudiantes respetaban la individualidad de cada cual y sabían que no todos eran
capaces de resolver, los problemas. Ya a esa tierna edad comprendían la inutilidad del enfoque
de ganar o perder dentro del aula. Pensaban» que nadie se favorecería si alguno de ellos se
desprestigiaba o pasaba una vergüenza frente al tablero. Por lo tanto, se negaban a competir
entre ellos en público.
Cuando Mary comprendió, cambió su sistema de tal manera que podía corregir la tarea de
cada alumno individualmente, y no a costa del mismo frente a sus compañeros, 'lodos ellos
querían aprender, pero sin causarle daño a otro.
Tomado de: The Speaker's Sourccbook

El obsequio eterno
En la hura más aciaga el alma recibe alimento fortaleza para proseguir y resistir.
HEART WARRIOR CHOSA

«¿Esto es verdad, o usted lo puso en la cartelera por que suena bien?».


«¿De qué me hablas?», le contesté, sin levantar la vista del trabajo.
«Ese aviso que usted escribió y que dice: «Si lo concibes y puedes creer en ello, también lo
puedes lograr».
Levanté la vista para mirar el rostro de Paul, uno de mis estudiantes favoritos, pero no por
cierto uno de los mejores.
«Mira, Paul», le dije, «Napoleón Hill, el señor que escribió esas palabras, lo hizo después de
muchos años de estudiar las vidas de grandes hombres y mujeres. Descubrió que todos ellos
sólo tenían en común el haber manifestado ese mismo concepto de diversas formas. Julio
Verne lo expresó de otra forma al decir, Cualquier cosa que la mente de un hombre pueda
imaginar, la mente de otro la puede concebir».
“¿Me quiere decir que si yo tengo una idea en la que creo le verdad, la puedo convertir en
realidad?”, me preguntó con tal intensidad que le presté toda mi atención.
«Paul, por lo que he podido leer y ver, no estamos hablando de una teoría, sino de una ley que
ha sido comprobada a través de la historia».
Paul clavó las manos hasta el fondo de los bolsillos de su jean y dio vueltas por la habitación.
Por fin se detuvo frente a mí y me dijo con renovada energía: «Profesor, yo he sido un
estudiante mediocre toda mi vida, y sé que eso me va costar caro más adelante. ¿Qué
sucedería si yo imaginara que soy un buen estudiante y verdaderamente lo creyera... le tal
forma que hasta lo pudiera lograr?».
«Paul, entiende eso: si verdaderamente lo crees, procederás la acción. Pienso que tienes una
gran fuerza dentro de ti, y que se desencadenará para ayudarte, una vez que asumas tu
compromiso».
«¿Qué quiere usted decir con compromiso?», preguntó.
«Escucha la historia de un cura que fue a visitar a uno de sus feligreses a su pequeña finca.
Admirado por la belleza del lugar, el cura dijo al granjero Saúl, no cabe duda de que tú y el
Señor han creado aquí un remanso de belleza, Gracias, reverendo, respondió Saúl, pero usted
ha debido ver este lugar cuando el mismo Señor lo manejaba". La realidad, Paul, es que Dios
nos da la leña y nosotros tenemos que encender la hoguera».
Se produjo un silencio cargado de tensión, «lista bien», dijo Paul. «Lo haré. Para el fin de este
semestre seré un estudiante de nivel B».
Ya habían corrido cinco semanas desde el inicio del período, v en mi clase Paul tenía un
promedio de D en todas las materias.
«Es una montaña empinada y difícil de escalar, pero creo que eres capaz de realizar lo que
hayas concebido». Soltamos la carcajada y él dio media vuelta y se fue a almorzar.
Durante las próximas doce semanas, Paul me permitió, una-de las experiencias más
inspiradoras que profesor alguno puede recibir. Fue desarrollando un agudo sentido de la
curiosidad a medida que formulaba preguntas inteligentes. Su nuevo enfoque de la disciplina
se percibía en una discreta pulcritud en el vestir y en un refrescante sentido de dirección en su
andar.
Su promedio comenzó a incrementarse lentamente, se hizo merecedor de una mención por
mejoramiento y su autoestima empezó a crecer. Por primera vez en su vida encontró que otros
estudiantes solicitaban su ayuda. Comenzó a desarrollar una personalidad atractiva y una
cordialidad carismática.
Por último gestó la victoria. Un viernes por la tarde me senté a calificar un examen importante
de historia. Escudriñe el examen de Paul durante largo tiempo antes de empuñar mi pluma de
tinta roja para iniciar su corrección. No utilice la pluma una sola vez. Había concebido el
examen perfecto, para así lograr su primera nota de excelencia, A. De inmediato saqué su
promedio en las otras materias y ahí estaba, un promedio A/B. Había logrado escalar la cima
con cuatro semanas de ventaja. Me puse en contacto con mis colegas para compartir las
buenas nuevas.
Ese sábado por la mañana fui al colegio para un ensayo de Persigue tu sueño, una obra de
teatro que yo dirigía. Llegué al parqueadero con el corazón lleno de ilusión y fui recibido por
Catalina, la actriz estrella de la obra y la mejor amiga de Paul. Su rostro estaba bañado en
lágrimas. Apenas salí del coche, vino corriendo y se estrelló contra mí, gimiendo
desgarradamente. Entre lágrimas me contó lo sucedido.
Paul estaba en casa de un amigo, jugueteando con la colección de amias «descargadas», en la
sala familiar. Como lo habría hecho cualquier niño, iniciaron un juego de ladrones y policías.
Uno de los muchachos apuntó a la cabeza de Paul con un revólver «descargado» y disparó.
Paul se desplomó con una bala incrustada en el cerebro.
El lunes por la mañana un ayudante académico se presentó con un formulario de «retiro»
para Paul. Había una casilla ¡unto al «libro» para establecer si yo tenía su examen, y ¡unto a la
casilla marcada con el rótulo «calificación», decía: «No hace falta». Es lo que usted dice, pensé,
mientras colocaba una B enorme en la casilla. Le di la espalda a los alumnos para que no vieran
mis lágrimas. Paul se había merecido esa calificación y ahí estaba, pero él jamás retornaría. La
ropa nueva, que había comprado con el dinero proveniente de su trabajo como distribuidor de
periódicos, todavía estaba colgada en el ropero, pero él jamás retomaría. Sus amigos, su
mención honorífica y su trofeo de fútbol estaban ahí, pero Paul jamás volvería. ¿Porqué?
El desconsuelo total y absoluto impone sobre el ser humano tal grado de humildad, que trae
consigo la bienaventuranza de eliminar cualquier resistencia a la voz de ese poder amoroso,
que se desencadena y jamás nos abandona.
«¡Oh alma mía!, edifícate mansiones más imponentes». A medida que las palabras de esa vieja
poesía le hablaban a mi corazón, pude constatar que Paul se había llevado algo consigo. Las
lágrimas comenzaron a desvanecerse y una sonrisa añoró en mis labios. Pude visualizar a Paul
concibiendo nuevamente, creyendo de nuevo y logrando nuevas realizaciones, armado de su
curiosidad, su disciplina, su autoestima y su sentido de dirección recién adquiridos; esas
mansiones invisibles del alma que debemos construir mientras estamos en este mundo.
Como legado nos dejó muchas riquezas. Después del entierro reuní a mis estudiantes de teatro
en la puerta de la iglesia y les hice saber que los ensayos se reanudarían al día siguiente. En
recuerdo de Paul y de todo lo que nos había dejado, había llegado la tarea de perseguir
nuevamente el sueño.
Jack Schlatter

Yo soy...
Las palabras, Yo soy...» son potentes; ten cuidado a que las amarras. Aquello que estás
reclamando tiene habilidad de devolverse y reclamarte a ti.
A.L. KITSKLMAN

NOTA DEL EDITOR ¿Alguna vez te has fijado que tan frecuentemente te preguntas qué vas a
hacer, qué haces o qué piensas hacer cuando termines la universidad? Para todos «aquellos
de nosotros que hemos sufrido porque lo que hacemos o vamos hacer no recibe aprobación,
aquí está la respuesta verdades y recordemos esto la próxima vez que alguien diga: «Ok de
veras? Pues bien... no hay nada de malo en asar hamburguesas para ganarse la vida. Debes
sentirte orgullos.

Yo soy arquitecto: he construido un cimiento sólido, y cada año que voy a ese colgio agrego
otro piso de sabiduría y conocimiento.
Yo soy escultor: he dado forma a mis principios morales y a mis filosofías de acuerdo a mi
arcilla del bien y del mal
Yo soy pintor: con cada nueva idea que expreso, pinto un nuevo tono en la multitud de
colores del mundo.
Yo soy científico: con cada día que pasa recojo nueva información, hago observares
importantes y experimento con nuevos conceptos e ideas.
Yo soy astrólogo: leo y analizo las palmas de la vida y a cada persona que encuentro

Yo soy astronauta: constantemente exploro y amplío mis horizontes.


Yo soy médico: curo a aquellos que vienen a consultarme, pedir consejo; además, lleno de
vitalidad a aquellos que han perdido el deseo de vivir.
Yo soy abogado: no me atemoriza defender firmemente mis derechos básicos e inalienables,
como también los del prójimo.
Yo soy oficial de policía: siempre estoy pendiente del bienestar de los demás y siempre me
encuentro en el lugar preciso para evitar peleas y mantener la paz.
Yo soy profesora: mediante mi ejemplo muchos aprenden el significado de las palabras
dedicación, trabajo tesonero y firmeza.
Yo soy matemático: estoy dispuesto a conquistar cada uno de mis problemas con las
soluciones apropiadas.
Yo soy detective: escudriño el mundo a través de mis dos 'cutes y busco el significado y el
sentido de los misterios de la vida.
Yo soy miembro del jurado: juzgo a los demás y sus circunstancias, sólo después de haber
escuchado y entendido sus historias en su totalidad.
Yo soy banquero: muchos comparten conmigo su confianza y sus valores, y jamás pierden el
interés.
Yo soy futbolista: estoy listo para hacer una gambeta que emocione al público y para meter el
gol en la portería contraria.
Yo soy corredor de maratón: siempre estoy en movimiento y Heno de energía, dispuesto a
enfrentar el próximo reto.
Yo soy alpinista: a paso lento pero seguro, camino hacia la cima.
Yo soy equilibrista: siempre logro llegar al extremo opuesto, midiendo cada paso cuidadosa y
suavemente en cada situación peligrosa.
Yo soy millonario: rico en amor, sinceridad y compasión. También soy poseedor de una
inmensa reserva de sabiduría, conocimientos, experiencia e ingenio.
Pero más importante aún, yo soy yo.
Amy Yerkes Sparky
Para Sparky, el colegio era casi una misión imposible. Cuando cursó octavo grado perdió todas
las materias. Reprobó física cuando cursaba el último año de bachillerato, con un cero
aclamado. También perdió latín, álgebra e inglés. En la arena deportiva también se encontró
con el fracaso.. Aunque logró ingresar al equipo de golf, se las arregló para perder el único
torneo importante de la temporada. Se programó un torneo de consolación, y también lo
perdió.
Durante toda la adolescencia Sparky se perfiló como un ser socialmente torpe. De hecho,
Sparky no le caía antipático a los demás estudiantes, por cuanto ni siquiera le daban esa
importancia. Recibir un saludo de algún compañero de clase por fuera de los predios del
colegio era motivo de asombro para el. No hay forma de saber cómo le habría ido si hubiera
invitado a salir a las chicas. Sparky jamás se atrevió a fijar una cita durante todo el bachillerato.
Tenía pavor de ser rechazado.
En resumen, Sparky era un perdedor. í;so lo sabían él, sus compañeros y el mundo entero. En
consecuencia, se dejaba llevar por la comente. Desde una tierna edad. Sparky había llegado a
la conclusión de que sí las cosas se le iban a dar. Se le darían a su debido momento. Mientras
tanto, él se contentaría con aquello que parecía ser una mediocridad inevitable.
Sin embargo, había algo importante en la vida de Sparky y ese algo era el dibujo. Sus obras
artísticas lo enorgullecían. Desde luego, nadie más les daba valor alguno. Cuando cursaba el
último año de bachillerato, sometió unas caricaturas a consideración del consejo editorial del
anuario de su clase. Fueron rechazadas. A pesar de este fracaso Sparky decidió volverse artista
profesional, pues estaba convencido de sus habilidades.
Al terminar el bachillerato, dirigió una carta a los estudios cinematográficos de Walt Disney. El
estudio le solicitó que enviara unas muestras de su trabajo y, además, le sugirió el tema de una
tira cómica. Sparky llevó a cabo la tarea que le solicitaron. Dedicó valioso tiempo a su
realización, como también a los demás dibujos que presentó. Por fin recibió la respuesta de los
Estudios Disney. Su trabajo había sido rechazado una vez más.
Al perdedor se le propinaba una derrota adicional. Es así como Sparky decidió escribir su
propia autobiografía en forma de una tira cómica. Plasmó en dibujos su personalidad infantil,
aquélla de un pequeño perdedor de najo rendimiento crónico el héroe de esta tira cómica se
volvería mundialmente famoso en poco tiempo, pues Sparky, el chico que había tenido tan
poco éxito en el colegio y cuyos trabajos habían sido rechazados una y otra vez, era nada
menos que Charles Schullz. Su ingenio creó la tira cómica de Cariños, el jovencito que nunca
logra que su cometa vuele o que jamás puede propinarle una patada a la pelota de fútbol.
Tomado de: Bits E. Pieces
Si hubiera sabido
Todos hemos escuchado decir: «Si hubiera sabido en ese ..momento lo que sé hoy...».
¿Alguno de ustedes no ha sentido el deseo de decir en esas ocasiones: «Está bien, dígame qué
hubiera dicho o hecho...»?
Pues, aquí voy yo...
Escucharía mi corazón con mayor atención.
Me divertiría más... y me preocuparía menos.
Sabría que el colegio llegaría a su Un en algún momento, y el trabajo... bueno, eso no tiene
importancia.
No me preocuparía tanto por lo que piensan los demás. Disfrutaría de toda mi vitalidad y de mi
piel lozana. Jugaría más y me inquietaría menos.
Sabría que mis padres me aman y creería a ciencia cierta que están haciendo las cosas de la
mejor manera posible. Estaría contenta de estar enamorada y me preocuparía muchísimo
menos de cómo irá a terminar la relación.
Sabría que probablemente no será así... pero que algo mejo podrá venir más adelante.
No me daría vergüenza comportarme como una niña. Sería más valerosa.
Buscaría las cualidades de los demás para solazarme con ellas.
No me relacionaría con otros simplemente para darme un' «baño de popularidad.» tomaría
clases de baile.
Me deleitaría con mi cuerpo, tal y como es.
Confiaría en mis amigas.
Sería una amiga digna de toda confianza.
No confiaría en mis novios (¡esto lo digo en broma!).
Disfrutaría besando, estoy hablando de un disfrute real y verdadero.
De seguro sería más agradecida y más apreciativa de las bondades de los demás.
Kimberly Kirberg

6
SOBRE LAS
SITUACIONES
DURAS
Toda experiencia que nos obliga a mirar el miedo cara a cara, hace crecer nuestra fuerza,
nuestro valor y nuestra confianza. Nos permite decir: «he sobrevivido a esta terrible
experiencia. Estoy en capacidad de manejar lo que venga».
ELEONOR ROOSSEVELT

A la vera de la autopista 128, cerca del poblado de Booville se encuentra una pequeña cruz. Si
la cruz hablara, les contaría la siguiente historia:
Hace siete años, mi hermano Michael se encontraba de visita en la finca de un amigo.
Decidieron salir a cenar. Joe,: quien sólo se había tomado una copa, se ofreció paral conducir.
Los cuatro amigos tomaron alegremente la sinuosa? carretera. No sabían adonde los
conduciría, porque nadie lo sabía. De repente el coche viró hacia el otro carril y se estrello de
frente con el automóvil que venía en dirección opuesta Mientras tanto, en nuestro hogar
estábamos viendo la película R.T. por televisión, junto al acogedor fuego de la chimenea. Tan
pronto se terminó todos nos acostamos. A las dos de la mañana un oficial de la policía
despertó a mi madre con la devastadora noticia. Michael estaba muerto.
Al amanecer encontré a mi madre y a mi hermana llorando Me quedé petrificado. «¿Qué
sucede?», pregunté mientras me frotaba los ojos, todavía cargados de sueño.
Mi madre suspiró profundamente. «Ven aquí...». Así se inició un tortuoso viaje a través del
dolor, en el cual las carreteras no conducen a sitio alguno. Todavía me duele acordarme de
aquel día.
Lo único que me consuela es narrar esta triste historia, con la esperanza de que la recordarás
el día que tengas la tentación de abordar un coche con un conductor que haya tomado una
copa, sólo una copa.
Joe tomó la ruta que no llevaba a sitio alguno, fue condenado por homicidio culposo y
encarcelado durante un tiempo. Sin embargo, el verdadero castigo es tener que vivir con las
consecuencias de su acción. Nos propinó una herida en el corazón que jamás sanará, y nos
dejó con una pesadilla que perturbará su existencia y la nuestra hasta el fin de nuestros días.
También nos dejó la pequeña cruz junto a la autopista 128.
Chris Laddish, 13 años
Dedicada con amor
a la memoria de Michael Laddish
La danza
Al traer a la memoria
Aquella danza bajo las estrellas compartida, Recuerdo un instante de perfección universal.
Tero, ¿cómo iba yo a saber, estando en esta gloria. Que éste era el adiós de mi amada amiga.
(Coro:)
Y ahora me alegra no haber sabido
Cuál sería el fin de lo nuestro.
Al tomar un camino en verdad siniestro
Es mejor dejar la vida al azar,
Pues el dolor podría haber evitado
Más yo quería estar contigo y danzar.
Al tenerte, todo lo tenía.
¿No era yo acaso el rey?
¡Oh!, haber sabido cómo me derrumbaría
Pues habría podido alterar esa suerte mía.
(Repetir coro)
Es mejor dejar la vida al azar
pues el dolor podría haber evitado
Más yo quería estar contigo y danzar.
Tony Arata

Bajo tierra a los diecisiete

Un zarpazo de dolor desgarra mi cerote. Estoy petrificada Cuando recién me trajeron me sentí
mis solo, agobiado por la pesadumbre y esperando encontrar algún ser compasivo. No en
contre conmiseración alguna. Solo pude ver miles de cuerpos tan severamente mutilados
como el mío. Me asignaron un número y una categoría. Esta se denominaba «fatalidades
desde tránsito».
El día de mi deceso coincidió con un día de colegio. ¡Cómo estaba arrepienta de no haber"
tomado el bus escolar Pero; pensaba que el bus era para chiquillos y no para tipos frescos
como yo. No recuerdo cómo logré sonsacarle el automóvil a mi madre. (Hazme un favor"
especial, mama. Absolutamente todos los chicos llevan el carrito al colegio. Cuando sonó la
campana de salida, arroje los libros dentro de mi gaveta, ira libre como el viento hasta la
mañana siguiente Corrí emocionado hasta el estacionamiento de automóviles, pensando que
era mi propio dueño y que estaba al mandó de mis propias ruedas.
Cómo sucedió el accidente -¡tiene poca importancia. Me puse a jugar con ni; propia vida,
conduciendo rápido y tomando riegos absurdos. Pero estaba disfrutando de mi libertad y
gozando de lo lindo. Lo último que recuerdo estime trataba de sobrepasar ¿a una señora de
edad, que al parecer conducía muy lentamente. Escuché un fragor espantoso y sentí una
conmoción horrenda. Pedazos de vidrios y trozos de acero volaron por doquier. Sentí que mil
Cuerpo se volvía al revés. Pude estuchar mis propios alaridos. De repente, despearte. Todo
estaba en silencio. Observé al oficial de policía erguido sobre mi cuerpo. Pude ver a inmódico.
Mi cuerpo era un guiñapo bañado con su propia sangre. Mis carne, estaban perforadas de
pies al cabeza por fragmentos de vidrio. Lo extraño es que no sentía absolutamente nada. Por
favor, no me cubran la cabeza con la sábana. Yo no puedo estar muerto. Sólo tengo diecisiete
Esta noche tengo un compromiso. Se supone que tengo una vida maravillosa por delante. No
he vivido nada todavía.
No puedo estar muerto
Después de cierto tiempo me colocaron en una nevera. Ni mis padres vinieron a
identificarme. ¿Por qué tuve que mirar mamá a los ojos, mientras enfrentaba la prueba más
dura le su vida? De repente papá envejeció. Le dijo al encargado:
Sí, éste es nuestro hijo». El entierro fue bien extraño. Pude observar cómo mis parientes,
amigos, y allegados se acercaban al ataúd. Sus miradas reflejaban la tristeza más profunda que
yo jamás haya visto. Algunos de mis amigos lloraban desconsoladamente. Al pasar, algunas de
las chicas me acariciaban la mano, sollozando.
¡Por favor, alguien tenga la caridad de despertarme!
Sáquenme de aquí. No soporto ver a mis padres padeciendo mito. Mis abuelos están tan
sobrecogidos por el dolor que duras penas pueden caminar. Mi hermana y mi hermano fuesen
autómatas. Se mueven como robots, con la mirada extraviada. Nadie puede creer lo que está
viviendo. Yo tan poco. ¡Por favor, no me pongan bajo tierra! Yo no esto muerto. ¡Todavía
tengo mucha vida que vivir! Quiero reír y correr de nuevo. Quiero bailar y cantar. ¡Por favor,
no me atierren! Divino Jesús, te prometo que si me das otra oportunidad seré el conductor
más cuidadoso del mundo. Solo pido otra oportunidad. Por favor, Señor, apenas tengo
diecisiete años.
John Berrio
Ganador de medalla de oro

La primavera de 1995 tuve la oportunidad de hablar en colegio de secundaria. Cuando la


ceremonia terminó, el Director me pidió que me entrevistara con un estudiante especial. Una
enfermedad había mantenido a este muchacho alejado del colegio, pero él había manifestado
el deseo da conocerme. El rector opinaba que esa entrevista significaría mucho para el niño.
Por lo tanto, accedí a su solicitud.
Durante el recorrido a la casa de Matthew, así se llamaba el chico, que quedaba a quince
kilómetros del colegio, pude, averiguar algunas cosas acerca de el. Sufría de distroxia muscular.
Cuando nació los médicos anunciaron a sus padres que no llegaría a los cinco años, y cuando
superó esa edad, que no alcanzaría los diez. Ya había cumplido los trece y, por lo que me
contaban, era todo un luchador. Había querido conocerme porque. Yo era levantador de
pesas, había ganado una medalla de oro olímpica y tenía experiencia en superar obstáculos y
lograr hacer realidad los sueños.
Matthew y yo conversamos por más de una hora. Durante este tiempo no se quejó una sola
vez y tampoco se lamentó de su suerte. Me habló de ganar, de triunfar y de perseguir sus
sueños. Era evidente que hablaba sobre este tema con propiedad. No me dejó entrever que
había sido objeto de burlas por parte de sus compañeros por ser diferente; más bien se dedicó
a hablarme de sus esperanzas y de su deseo de levantar pesas junto a mí.
Al finalizar nuestra conversación saqué de mi maletín la, primera medalla de oro a la que me
había hecho merecedor, y se la colgué del cuello. Le dije que él sabía mucho más acerca del
éxito y de cómo superar obstáculos de lo que yo llegaría a aprender. Miró la medalla con
detenimiento por un momento, se la quitó y me la devolvió. Sin titubear, me dijo: «Rick, tú
eres un campeón. Té mereces tu medalla. Yo te mostraré la mía cuando participe en las
olimpiadas algún día, y me gane una medalla».
El verano pasado recibí una carta de los padres de Matthew anunciándome su muerte. Me
hicieron llegar una carta que; Matthew me había escrito unos días antes.
Apreciado Rick:
Mi madre me aconsejó que le escribiera una carta de agradecimiento por la Foto tan increíble
que me enviaste, también quería decirle que los médicos me han dicho que me queda poco
tiempo de vida. Me es difícil respirar y me canso fácilmente, pero a pesar de todo procuro
sonreír todo lo que puedo. Ya sé que no llegaré a ser tan fuerte como que no podremos
alzar, pesas juntos.
Yo le dije que iría a unas olimpiadas para conquistar una medalla de oro. También sé que ya no
lograré hacerlo, pero si sé que soy un campeón y que Dios, también lo sabe. El sabe que yo no
me rindo, y cuando llegue al cielo Dios me dará mi medalla de oro. Te la mostraré cuanto tú
llegues. Gracias por quererme.
Tu amigo, Mathew.
Rick Metzger
Desiderata
Desplázate plácidamente entre el bullicio y los afanes, y ten en mente la paz que se obtiene del
silencio. Dentro de lo posible y sin entregar tus principios, mantén tus buenas relaciones con
los demás. Expresa tu verdad pausada y claramente; escucha a los demás, incluyendo a los
lerdos e ignorantes; ellos también tienen su historia.
Evita a las personas ruidosas y agresivas, pues son un vejamen para el espíritu. Si te dedicas a
compararte con otros puedes volverte un amargado o un vanidoso, pues siempre habrá
personas más y menos importantes que tú. Disfruta de tus triunfos como también de tus
planes.
Mantén el interés por tu carrera por más humilde que ésta pueda ser; es un verdadero
patrimonio en las cambiantes fortunas que se dan a través del tiempo. Actúa con precaución
en el mundo de los negocios, no olvides que éste está colmado de trampas; pero no dejes que
los embustes te impidan ver la virtud que te circunda; muchas personas procuran lograr
grandes ideales; la vida está colmada de heroísmo por doquier.
Actúa como eres. En especial, no finjas afectos. No seas cínico acerca del amor, pues de cara a
la aridez y a toda desilusión es tan perenne como el césped.
Acepta con beneplácito el consejo de los años, entregando con donaire las cosas de la
juventud. Cultiva la fuerza del espíritu para que te sirva de escudo ante las calamidades
repentinas. Pero no te dejes agobiar por las suposiciones. Muchos temores nacen del
cansancio y de la soledad. Más allá de una sana disciplina, consiéntete a ti mismo.
Eres una criatura del universo, al igual que los árboles y las estrellas; tienes todo el derecho a
estar aquí, sobre el planeta. Aunque a veces no lo veas con claridad, sin duda el universo se
está desenvolviendo como debe ser.
Por consiguiente, busca estar en paz con Dios, como sea que lo hayas concebido, y
cualesquiera sean tus labores o aspiraciones, conserva la paz. Del alma en medio de la ruidosa
confusión de la vida.
El mundo sigue siendo bello a pesar de sus falsedades y de las labores monótonas que deben
realizarse. Vive alegremente. Procura ser feliz.
Max Erhmman

LA DIFERENCIA
Las grandes oportunidades para ayudar a los demás se presentan muy de vez en cuando, pero
las pequeñas son el pan de cada día.
SALLY KOCH

¿En qué consiste el éxito?


¿En que consiste el éxito?
En reírse mucho y con frecuencia.
En ganarse el respeto de la gente inteligente
Y el cariño de los niños. En lograr el reconocimiento de críticos honestos
Y en resistir la traición de amigos falsos. En saber apreciar la belleza.
En encontrar las mejores cualidades de los demás. En dejar el mundo un poco mejor, a causa
de un niño saludable, una huerta de hortalizas o el mejoramiento de una condición social
oprobiosa. En saber que por lo menos un ser respira más tranquilo porque tú has vivido. Si
logras lo anterior, has triunfado.
Ralph Waldo Emerson
Fresco... ¡quédate en el colegio!

Fui presidente del estudiantado cuando cursaba octavo grado en mi colegio de Asheville,
Carolina del Norte. Me sentí muy honrado con esta distinción pues en ese colegio había más
de mil estudiantes. Al terminar el año me pidieron que pronunciara un discurso en la
ceremonia de nuestro ingreso al bachillerato. Entendí que tenía que abarcar algo más que los
lugares comunes normalmente expuestos. Somos la clase que se graduará en el año 2000, de
modo que deseaba que mi discurso fuera tan especial como lo somos nosotros.
Pasé varias noches recostado sobre la cama, pensando en lo que diría. Muchas cosas pasaron
por mi mente, pero ninguna de ellas tenía en cuenta a todos mis compañeros. Por fin, una
noche me iluminé súbitamente. El colegio Hirwin tiene la tasa de deserción más alta del país. El
objetivo primordial y colectivo no podía ser otro que el de que todos y cada, uno de nosotros
obtuviera su diploma de bachiller. ¿Qué tal si proponía que nos convirtiésemos en la primera
promoción en la historia de los colegios públicos norteamericanos en graduar a todos sus
integrantes, sin excepción alguna? ¿No sería eso absolutamente pasmoso?
El discurso sólo duró doce minutos, pero lo que desató fue increíble. Cuando lancé el reto a
mis compañeros de convertirse en la primera promoción en comenzar y terminar el
bachillerato sin una sola deserción, todo el auditorio, incluyendo a padres, abuelos y
profesores, se desbordó en aplausos. Pude palpar el gran entusiasmo colectivo cuando les
mostré los diplomas y distintivos especiales que cada uno recibiría al cumplir nuestro
propósito. Al terminar la disertación el auditorio entero se puso de pie como un solo hombre,
para ofrecerme una cerrada ovación. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para mantener la
compostura y no terminar en un mar de lágrimas. No había vislumbrado que mi reto generaría
tal respuesta.
Durante todo el verano trabajé para desarrollar un programa que nos permitiera cumplir con
nuestro cometido a lo largo del bachillerato. Preparé conferencias para clubes y grupos
sociales, y conversé con varios de mis compañeros. Le conté a nuestro rector que deseaba
organizar «patrullas antideserción», compuestas por estudiantes dispuestos a apoyar y ayudar
a otros estudiantes durante épocas difíciles. Le dije que quería diseñar y vender unas
camisetas que distinguieran a los miembros de nuestro curso, para recoger dinero que se
utilizaría en la publicación de un directorio de la clase. También le dije que me parecía
excelente que hiciéramos algún tipo de fiesta para celebrar cada semestre que termináramos
sin perder un solo estudiante.
«Te hago una mejor oferta», me dijo. «Me comprometo a organizar una fiesta para cada
período de calificaciones que culmine sin una sola deserción». Esta era una propuesta
emocionante porque se daba un período de calificaciones cada seis semanas, o sea cada
treinta días de colegio. El plan comenzaba a tomar forma.
Durante todo el verano se fue regando el cuento de nuestro desafío. Aparecí en la televisión
regional y me entrevistaron por la radio. El periódico me pidió que escribiera una columna
como colaborador invitado y comenzaron a entrar llamadas de todas partes. Un buen día recibí
una llamada del noticiero de la CBS en Nueva York. Uno de sus investigadores se había topado
con mi columna periodística y deseaba dedicar un segmento de su programa 48 lloras a
nuestra clase. Ken Hamblin, el Vengador Negro de la radio nacional, nos dedicó parte en su
programa Ken Hamblin le habla a Norteamérica, en agosto de 1996. Me invitó a su programa
para que le contara al país sobre nuestro proyecto. Todo esto era asombroso, porque yo le
había dicho a mis compañeros que nos podríamos convertir en la clase más famosa de los
listados Unidos si todos llegábamos al grado, listábamos comenzando y ya éramos noticia
nacional.
Mientras escribo esta historia, nuestro viaje apenas está empezando. Ya dejamos atrás las
primeras doce semanas de colegio. Nuestras actas de compromiso cuelgan sobre la pared, al
frente de la oficina del rector. En la otra pared instalamos una lámina de acero sobre la que
pintamos un reloj de arena. En la parte superior del reloj está fijado un punto magnético por
cada día de bachillerato que nos queda. Hemos nombrado un comité compuesto por
miembros de la «patrulla antideserción» para que supervise la operación del reloj. Todos los
días se coloca un punto magnético de la parte superior en la parte inferior de nuestro reloj.
Listo permite a toda la clase monitorear nuestro progreso. Iniciamos con setecientos veinte
puntos en la parte superior y ya sesenta han sido desplazados a la parte inferior y nos hemos
hecho merecedores de nuestra segunda fiesta. Es divertido ver el desplazamiento de los
puntos. Alistamos en el comienzo de nuestro difícil viaje de cuatro años, pero ya hemos tenido
un impacto significativo. El año pasado, en la fecha del segundo período de calificaciones, trece
muchachos habían abandonado el curso. Hasta ahora, este año, ninguno de los que firmaron
su acta de compromiso se ha retirado, y la «patrulla antidescrción» es el grupo organizado más
grande del colegio.
La industria y el comercio locales nos están dando un gran apoyo al ver lo que puede lograr un
programa manejado enteramente por muchachos. Los alumnos de nuestra clase y sus familias
pueden obtener beneficios y descuentos en bancos, concesionarios de automóviles,
mueblerías y restaurantes, entre otros, mediante la presentación de nuestra tarjeta de
identificación como miembros de la «patrulla antideserción». Otras empresas nos están
donando bonos del Tesoro todo tipo de productos, que utilizamos para premiar a los chicos y
chicas que apoyan nuestro programa. La «Clase Comprometida del año 2000» del colegio
Erwin desea que ustedes también inicien un programa parecido. Se nos ocurre que sería
fabuloso que todas las promociones del año 2000 se graduaran sin restricción alguna. ¿Por qué
no? ¡Creemos que es posible!
Jason Summey, 15 años
Valor en el fragor de la acción
Hace un par de años presencié un acto de valentía que me congeló la sangre.
En una asamblea estudiantil del colegio tuve oportunidad de hablar sobre el mal hábito de
victimizar a algún compañero y de manifestar que cada uno de nosotros estaba en capacidad
de salir en su defensa en vez de sumarse al grupo de los victimarios. Al terminar mi
intervención, el debate se abrió para permitir que cada cual manifestara su opinión.
Los estudiantes estaban en libertad de agradecer a cualquiera que les hubiera tendido la mano
y algunos efectivamente lo-hicieron. Una chica agradeció a los amigos que la ayudaron durante
una crisis familiar. Un chico habló de ciertas personas que lo habían apoyado durante una
época de dificultades emocionales.
Poco después, una joven que estaba por graduarse se acercó al micrófono, señaló la sección de
secundaria y retó al colegio entero.
«Suspendamos el abuso a ese chico. No cabe duda de que el es distinto de todos nosotros,
pero hace parte de nuestra comunidad. Su alma es igual a la nuestra y requiere de nuestra
aceptación, nuestro amor, nuestra compasión y apoyo. Necesita tener amigos. ¿Por qué nos
hemos dedicado a abusar de él y a tratarlo brutalmente? ¡Reto al colegio entero para que
dejemos de victimizarlo y le brindemos una oportunidad!».
Durante su intervención yo estaba de espaldas a la sección donde se encontraba el chico
objeto de su pronunciamiento, y no tenía ni idea de quién se trataba. Sin embargo, era obvio
que todos los alumnos lo conocían. Me dio hasta miedo mirar hacia su sección, pues me
imaginaba que el chico debía estar colorado de la vergüenza y deseando estar en cualquier
otro lugar, menos ahí. Pero al mirar hacia atrás pude observar un chico con una sonrisa de
oreja a oreja. Su cuerpo rebotaba sobre el asiento y tenía el puño alzado en alto. Todo su ser
parecía decir a gritos: «¡Gracias, gracias. Sigue habiéndoles. Hoy me has salvado la vida!».
Bill Sanders
Haz brillar tu luz
Aquellos que traen un rayo de luz a la vida de los demás no pueden evitar ser cubiertos por su
resplandor.
JAMES M. BARRIE

Hace más de tres décadas me encontraba cursando secundaria en un colegio de California del
Sur. Los tres mil y pico de estudiantes constituían el proverbial horno de fusión de toda clase
de diferencias étnicas. El ambiente era poco refinado. El porte de cuchillos, cadena, tubos,
manoplas y revólveres de fabricación casera era usual. La actividad pandillera y las peleas eran
acontecimientos semanales de costumbre.
Un día de otoño, en 1959, junto con mi novia me encontraba abandonando las graderías del
estadio. Mientras caminábamos por el andén atestado de gente, alguien me propinó una
patada por detrás. Al voltearme, me encontré frente a frente con la pandilla local. Todos sus
integrantes estaban armados con manoplas de cobre. El primer golpe de la golpiza
subsiguiente, que me dejaría con varios huesos rotos, me astilló la nariz. Los puños llovían
desde todas las direcciones, pues los quince miembros de la pandilla me tenían cercado. Sufrí
heridas adicionales y conmoción cerebral. Desangre interno. Cirugía de emergencia. El médico
me dijo que de haber recibido un golpe más en la cabeza, muy probablemente habría muerto.
Por fortuna, mi novia salió ilesa de este desastre.
Después de mi recuperación física, algunos amigos me propusieron que «cascáramos a esos
carajos». Esa era la forma de «resolver» este tipo de problemas. La ley era ojo por ojo y diente
por diente, y esto era prioritario. Una parte de mi ser decía: «¡Listo!». El dulce sabor de la
venganza era una opción tentadora. Pero mi otro ser descartó esa posibilidad. La venganza no
era una solución. La historia no ofrece dudas en cuanto a que el desquite sólo acelera e
intensifica el conflicto. Era necesario hacer algo distinto para romper la cadena de eventos
improductivos.
Con la participación de varios grupos étnicos conformamos lo que se denominó el «Comité de
la Hermandad», que buscaría acrecentarlas relaciones raciales. Me sorprendió el interés que
tenían los compañeros de estudio por construir un futuro más halagüeño para todos. Desde
luego, no todo I el mundo deseaba hacer las cosas de un modo diferente, Mientras que un
número reducido de profesores, estudiantes y padres de familia se opusieron activamente a
los intercambios culturales que estábamos proponiendo, un número creciente de individuos
se unió al esfuerzo por lograr una diferencia de carácter positivo.
Dos años después me postulé como presidente del estudiantado. Aunque me enfrenté a dos
amigos, el uno héroe de las canchas de fútbol y el otro un popular «ídolo universitario», la
gran mayoría del estudiantado se unió a mí para enfrentar los acontecimientos de una forma
diferente, No pretendo decir que los problemas raciales se resolvieron en su totalidad. Pero
de hecho, sí logramos un progreso significativo en la edificación de puentes entre las diversas
culturas, en aprender a dialogar y a intercambiar pareceres entre los distintos grupos étnicos,
en resolver diferencias de opinión sin recurrir a la violencia, y en aprender a cimentar la
confianza en medio de las circunstancias más difíciles. Es asombroso lo que se logra cuando la
gente está abierta al diálogo.
Uno de los momentos más difíciles de mi vida se dio cuando fui atacado por esa pandilla
callejera. Sin embargo, aprender a responder con amor en vez de devolver odio se ha
convertido en una fuerza poderosa para el motor de mi vida. Hacer que nuestra luz propia
brille en presencia de quienes están prácticamente a oscuras, se convierte en la diferencia
que hace la diferencia.
Eric Allenbaug

Valor en medio de una conflagración


Melinda Clark cubrió a Catalina hasta el cuello con la frazada, y le dijo: «Hasta mañana Cata».
Eran las diez de la noche y hora de dormir. Melinda dejó escapar una sonrisa y dio una
palmadita al oso panda de felpa de setenta centímetros, que estaba bajo las cobijas. Ambas
hermanas compartían la misma habitación, cosa que en nada molestaba a Melinda, de trece
años, quien consideraba a Cata casi como su propia hija.
Melinda se metió en su propia cama pero no se arropó del todo. Aunque era febrero y el suelo
se encontraba cubierto de nieve congelada, la noche estaba inusitadamente calurosa, en
especial para Hverett, Pennsylvania.
Algo húmedo recorrió su rostro, «tienes un buen perro, Rayo». El collie miniatura volvió a
lamerle la cara. Su cola batía contra la cama mientras Melinda le frotaba el lomo.
Melinda percibió un olor a humo en sus fosas nasales. Pensó que posiblemente provenía de la
estufa de leña del piso inferior, El humo ascendía fácilmente por el vació de las escaleras.
Melinda cerró los ojos.
Su hermano Justin, de dos años de edad, la sobresaltó al entrar bruscamente en la habitación.
Corrió hacia la cama de Melinda y le asestó dos golpes con sus pequeños puños. «¡Mamá está
lastimada!», dijo. Un rubor candente le encendía el rostro.
«¿Qué dices?». Melinda se levantó de un salto. Sentía el tapete bastante tibio bajo sus pies.
Percibió el olor del humo con mayor intensidad.
«¿Qué sucede?». Frotó sus mejillas y salió corriendo hacia el corredor de recibo de las dos
habitaciones del segundo piso. Al abrir la puerta que daba a las escaleras, el humo se
arremolinó como un torbellino. Llamas color naranja se abalanzaron hacia ella, cual dedos de
una garra candente. Se cubrió el rostro ardiente y dejó escapar un grito.
«¡Wayne!», gritó desesperadamente, llamando a su hermano de doce años. Aunque la luz de
su habitación estaba encendida, ella ni siquiera alcanzaba a ver la cama por las crecientes
nubes de humo. Sin embargo, Wayne se las arregló para traspasar la humareda grisácea y
tropezar contra ella.11 listaba en ropa interior.
«¡Vamos a la ventana de mi habitación!», gritó Melinda. Juntos llegaron corriendo hasta la
doble ventana de corredera en la habitación de Melinda. De inmediato, Wayne procuró
destrabar la falleba que resistía todo intento de moverla. «¡Empújala, tira de ella!». «¡Estoy
tirando con todas mis fuerzas!». Las cortinas de fibra de vidrio comenzaron a derretirse a
ambos costados de la ventana. Gotas candentes de fibra de ' vidrio hicieron ampollas sobre la
espalda de Wayne.
Melinda aporreó la falleba con el puño. Si no lograban destrabarla, morirían
irremediablemente... Wayne también azotaba la falleba.
De repente cedió un poco, y finalmente abrió. Pero al procurar deslizar los marcos, éstos
permanecieron herméticamente cerrados debido a su deformación por el intenso calor.
Llorando y gritando, Catalina tiraba de la rosada camisola 1 de dormir de Melinda, mientras
tosía y se atragantaba en el ambiente enrarecido por el humo.
Los ojos le picaban a Melinda. Cerró la mandíbula con fuerza. Ella y sus hermanos no morirían
en las llamas
«Empuja, Wayne. Empujemos juntos, ¡ya!». Azotaron la ventana al unísono. «¡Otra vez, pero
con fuerza!».
Tosió, y puso todo el empeño de sus cien libras tras el nuevo empujón. Wayne hizo lo propio,
hasta que lograron que la terca ventana se abriera.
Melinda le dijo a Wayne que saliera sobre el techo plano cubierto con plástico. Acto seguido le
pasó a Cata e inmediatamente después, ella misma cruzó el quicio de la ventana.
Los tres niños llegaron hasta el borde del techo, buscando cómo descender. Wayne brincó al
piso y se preparó para recibir a los más pequeños.
De repente Melinda se quedó mirando a Wayne con ojos desorbitados. «¡Justin! ¿Dónde está
Justin?», gritó con desespero. Pocos segundos antes había estado junto a ellos.
Sin pensarlo dos veces dio marcha atrás, volviendo a cruzar el quicio ardiente de la ventana.
«¡Justm!», exclamó.
Se dejó caer al piso y empezó a arrastrarse sobre el tapete caliente. Encontró el ropero y a
tientas buscó a Justin, en vano. Procuró llamarlo, pero se atragantó. Sentía que le quemaban la
garganta con carbones al rojo vivo. Al tirar de su camisola de dormir, enredada en sus rodillas
que comenzaban á calcinarse, tropezó con el perro y con un pato de felpa de un metro de
estatura pertenecientes a Cata. Los dos se desplomaron al tiempo.
¿Acaso Justin habría regresado a su habitación? Si era así jamás podría atravesar las llamas y la
cortina de humo que ahora subían vorazmente por la escalera, como por un cañón de
chimenea.
Estirada cuan larga era sobre el piso, Melinda palpó debajo de la cama de Cata. Justin no
estaba ahí.
Su cuerpo se estremeció en un espasmo de tos y sintió un nudo en la garganta. No podía
respirar. No iba a sobrevivir.
Mientras se arrastraba hacia la ventana escuchó un ruido proveniente de debajo de su cama.
Se fue a gatas por el piso y comenzó a tantear bajo la cama con desesperación, hasta toparse
con una bola de pelos. Era Rayo. El perro dejó escapar un gemido y le lamió la mano. Alargó el
brazo todo lo que pudo y consiguió tocar un cuero cabelludo. Justin y el perro se habían
escondido juntos. Rayo, gracias por gemir, pensó.

Melinda sujetó una manotada de cabello y sacó a Justin arrastrado. El niño se aferró a ella
como un oso koala, mientras Melinda se arrastraba hacia la ventana.
Lo subió al quicio de la ventana y ella lo siguió, jadeando para poder inhalar bocanadas de aire
fresco. Pero al pisar el techo forrado en plástico, éste se desfondó, derretido por el intenso
calor, y la pierna se le hundió hasta la rodilla. Melinda extrajo su pierna como pudo y se acercó
al borde del techo. Segundos después el gran ventanal del primer piso explotó y la vidriera
saltó en mil pedazos, esparciendo esquirlas hasta veinte metros a la redonda.
Cata y Justin gritaron al unísono, mientras tiraban del brazo de Melinda.
«¡Rayo!», gritó Melinda. Miró hacia atrás y vio que las llamas acariciaban el marco de la
ventana de su habitación. «¡Rayo querido!». Apretando la quijada y sin un momento más de
dilación, empujó a ambos chiquilines para que cayeran en la nieve, siete metros más abajo.
Ella, a su vez, saltó y por poco aplasta a Justin al estrellarse contra el suelo cubierto de nieve.
Un oficial de policía que había detectado el fuego desde la carretera, recogió a los niños y
entre la nieve y el pasto los llevó hasta su automóvil. «¡Mamá!», gemía Justin.
«¿Dónde está mi madre?», preguntó Melinda. Corrió hacia el pórtico de la casa vecina en el
preciso momento en que su madre, desde la dirección opuesta, venía arrullarla entre sus
brazos.
«Fui a llamar a los bomberos», dijo entre sollozos, mientras le daba a Justin un fuerte abrazo.
«Yo estaba en el sótano cargando la lavadora con ropa. Los vi en la parte alta de las escaleras
y les ordené a gritos que salieran».
El oficial llevó a los pequeños hasta la casa vecina. Le avisaron al padre de los chicos, quien
trabajaba en una fábrica ¡de puertas cercana, durante el turno nocturno.
Melinda se dejó caer en una butaca. Los rostros y las voces parecían revolotear a su alrededor.
Quedó inconsciente durante unos segundos. Al recobrar el sentido se encontró dentro de una
ambulancia. Ea lámpara roja titilaba sobre el lecho del vehículo. La sirena empezó a ulular. Su
vida transcurrió entre la realidad y la inconsciencia mientras llegaba al hospital.
Melinda y sus hermanos fueron atendidos por la inhalación de humo. Su camisola de dormir se
había derretido y aunque se pegó a la piel en distintos lugares no le ocasionó quemaduras.
Sin embargo, ella y Wayne sufrieron quemaduras leves. La pierna de Melinda presentaba
rasguños y quemaduras provenientes de sus traspiés sobre el techo derretido, y Wayne sufrió
pequeñas quemaduras sobre la espalda producidas por las gotas de fibra de vidrio derretida, al
incinerarse las cortinas. Catalina y Justin sufrieron algunos rayones al saltar desde el borde del
techo de la casa. Las pijamas de los niños estaban chamuscadas, pero los cuatro habían salido
con vida del incidente.
Justin no cesaba de decir: «Un ángel me recogió y me tiró por la ventana. Era un ángel de
verdad, de eso estoy seguro».
Melinda sonrió y abrazó a su hermano. Cerró los ojos.
No se pudo establecer la causa del incendio.
«Al volver a casa al otro día fue cuando de veras me asusté», recuerda Melinda. «Sentí algo
muy extraño al entrar cu la planta baja. Algunas cosas estaban calcinadas y otras no. Nuestro
pez seguía nadando plácidamente en su pecera, sobre la mesa del comedor. Por el contrario,
nuestras habitaciones estaban totalmente destruidas».
Repentinamente sus ojos castaños se llenaron de lágrimas. «Rayo pereció en el incendio». Bajó
la vista. «Tuve que dejarlo debajo de mi cama».
Pero Justin se salvó porque Melinda se enfrentó a las llamas para rescatarlo. Su valor y rápidas
reacciones no le permitieron rendirse. En verdad, fue todo un ángel.
Barbara A. Lewis
Con un ala rota
Naciste con alas. ¿Por qué arrastrarle a lo largo de tu vida?
RUMI
Algunas personas están predestinadas para el fracaso. Por lo menos ése es el sentir de algunos
adultos cuando tienen que vérselas con chicos con problemas. Es posible que hayan escuchado
este refrán: «El pájaro con ala rota jamás volará muy alto». No me cabe la menor duda de que
TJ. Ware llegó a sentirse como pájaro herido casi todos los días de su vida escolar.
Al llegar al bachillerato, el buscapleitos más célebre de todo el pueblo era, sin duda alguna, TJ.
Los profesores realmente se estremecían al ver su nombre en las listas de sus clases para el
semestre que estaba por iniciarse. Hablaba poco, no contestaba pregunta alguna y sus
camorras eran legión. A pesar de haber perdido casi todas las materias hasta llegar a su último
año de bachillerato, se las había arreglado para aprobar los años anteriores, porque ningún
profesor deseaba tenerlo en su curso como repíteme. Por lo tanto, TJ. Siempre ascendía de
salón aunque, al parecer, estaba estático en el escalafón de la vida.
Conocí a TJ. En un seminario de liderazgo durante un fin de semana, todos los estudiantes
recibieron invitación para inscribirse en el programa de entrenamiento ACHS, concebido para
lograr una participación más activa en la vida de sus comunidades. TJ. Era uno de los
cuatrocientos cincuenta inscritos. Al llegar para hacerme cargo del primer seminario, los
líderes comunitarios me dieron el perfil de cada uno de estos estudiantes. «Tenemos el
espectro total del colegio, comenzando por el presidente del consejo estudiantil hasta llegar a
TJ. Ware, el joven con el prontuario de arrestos más extenso en la historia del pueblo». No
pude más que suponer que yo no era la primera persona en recibir esta descripción del lado
oscuro de la personalidad de TJ., a modo de presentación de este joven.
TJ. Comenzó su participación en el taller recostado contra una pared en el fondo del salón,
físicamente distanciado del grupo. En su rostro se dibujaba con claridad lo que estaba
pensando: «Hágale. Estoy listo para que me descreste». No se involucró voluntariamente en
los grupos de discusión, v al parecer no tenía mucho que decir. Pero poco a poco los juegos
interactivos lo sedujeron. El hielo por fin se derritió cuando los grupos comenzaron a elaborar
listas de las cosas positivas y negativas que se habían dado en el colegio durante el año. TJ.
Tenía puntos de vista muy claros sobre estos acontecimientos. Los otros miembros de su grupo
recibieron sus comentarios con beneplácito. Al poco tiempo TJ. se sintió parte del grupo y sus
compañeros en seguida le otorgaron el papel de líder. Comenzó a plantear ideas con mucho
sentido común y los demás le prestaron la atención que se merecía. TJ, era un tipo inteligente
y con buenas ocurrencias.
Al día siguiente TJ. Participó activamente en todas las sesiones. Al finalizar el seminario quedó
matriculado en el equipo del proyecto para el Alivio de los Desamparados. El tenía nociones
bastante claras acerca de la pobreza, el hambre y la desesperanza. Sus compañeros de equipo
quedaron impresionados por su preocupación e interés apasionados, como también por sus
ideas, y lo eligieron vicepresidente de su equipo. Id presidente del consejo estudiantil recibiría
órdenes de TJ.
Cuando TJ. Llegó al colegio el lunes por la mañana se encontró en el ojo del huracán. Un grupo
de profesores le manifestaban su inconformidad al rector, por la elección del T.J. como
vicepresidente. El primer proyecto de servicial comunitario global implicaba la recolección
masiva de alimentos, bajo la dirección del equipo de Alivio de losa Desamparados. listos
profesores no podían creer que el rector dejaría el vital inicio de un prestigioso plan de acción
trienal en las incapaces manos de T.J. No tuvieron empacho en recordarle que T.J. tenía un
prontuario delictivo más largo que su brazo, y que era probable que terminara robándose la
mitad de la comida recogida en donación. HI rector se limitó a recordarles que precisamente el
objetivo del programa ACES era descubrir y reforzar el interés y las pasiones positivas de los
estudiantes, hasta que se presentara un verdadero cambio de actitudes. Los profesores se
retiraron hastiados 1 de la reunión y convencidos de que se encontraban ante un fracaso
anunciado.
Dos semanas después, T.J. y sus amigos encabezaron la campaña de recolección de alimentos,
junto a setenta estudiantes más. En dos horas recogieron 2854 latas de conserva, y de paso
establecieron una nueva marca en estos menesteres. Llenaron las despensas de dos centros de
acopio y cubrieron de un tajo los requerimientos de las familias necesitadas de la comarca
durante dos meses y medio. Al día siguiente, el periódico local destacó el hecho en un artículo
de página entera. El artículo fue colocado en la cartelera principal del colegio, a la vista de
todo el mundo, Junto a éste estaba la foto de T.J., destacándolo por haber logrado algo
importante, y por establecer una nueva marca en la recolección de alimentos. Todos los días
tenía la I oportunidad de reafirmar su propia valía al verse a sí mismo en la cartelera. El colegio
le estaba dando reconocimiento como material humano apto para el liderazgo.
T.J. empezó a asistir regularmente al colegio y a dar respuesta a las preguntas de sus
profesores por primera vez i en su vida. Encabezó un segundo proyecto, logrando obtener en
donación trescientas mantas y mil pares de zapatos para un resguardo de personas indigentes.
El programa que él inició hoy logra recolectar nueve mil latas de conserva en un día y cubre el
setenta por ciento de las necesidades básicas de los desposeídos, durante un año.
T.J. nos recuerda que un pájaro con el ala rota sólo necesita ser curado. Y que cuando sana
puede volar tan alto como los demás. T.J. obtuvo un puesto. Se ha vuelto productivo. A la
fecha vuela bastante bien.
Jim Hullihan
8
BUSCANDO TOCAR EL FIRMAMENTO
Carlos, tener un sueño no es una bobada. La bobada es no tenerlo.
CLIFF CALVIN, Cheers

La chica de la casa vecina


¿Recuerdas que hace muchos años, cuando éramos niños, jugábamos juntos todos los días?
Parece que fue ayer.
Ese mundo de vivencias infantiles, de payasos y algodón de azúcar, de días veraniegos que
parecían interminables. Lloras de jugar al escondite desde las cuatro de la tarde hasta llegado
el crepúsculo, cuando nos sentábamos en cualquier zaguán a escuchar el canto de las
chicharras y a espantar zancudos, y a hablar de nuestros sueños y de lo que haríamos cuando
fuéramos grandes, hasta que nuestras madres nos llamaban.
¿Recuerdas aquel invierno cuando nevó durante días y días y nosotros procuramos construir
un iglú como verdaderos esquimales?
¿O cuando inventamos el juego de recoger las hojas de toda nuestra cuadra hasta que
formamos el montón más grande del mundo y procedimos a saltar en él?
¿Recuerdas la vez que recogimos azaleas de tu jardín para vendérselas a nuestros vecinos?
¿y qué decir del día maravilloso cuando ya no tuvimos que utilizar ruedas auxiliares en
nuestras bicicletas? y pudimos explorar en libertad el mundo entero en una sola tarde ;
siempre y cuando no saliéramos de nuestra cuadra!
Pero esos días se esfumaron furtivamente y crecimos, como suelen hacer los niños, hasta que
llegó el día en que supusimos que ya éramos demasiado adultos para jugar entre los árboles
en las noches de verano... y ahora, cuando te veo, me doy cuenta de que has cambiado de
manera inexplicable.
Pareces una rosa florecida prematuramente que cae víctima de la escarcha de febrero.
La pretina de tu j can te queda estrecha, símbolo de una juventud que ya no es tuya, y tu
rostro está pálido y verde no tienes buen aspecto.
Te veo arrugando el rostro hacia la calle desde la ventana de tu habitación, y rara vez dejas
escapar una sonrisa y cuando un automóvil arrima a tu puerta, desciendes y sales por la
puerta principal con una maleta en cada mano.
El vehículo sale disparado y la chica de aliado desaparece.
Y añoro una vez más aquellos días de verano cuando me detenía en tu zaguán, golpeaba a la
puerta y te invitaba a salir para dar la bienvenida a nuestras aventuras de la tarde.
¿Por qué no sales nuevamente a jugar? ¡Todavía somos tan jóvenes...!
Amanda Dykstra, 14 años
Volveré
Aunque el mundo está colmado de sufrimiento, también lo está de gente que lo supera.
HELLEN KELLER

Al llegar a la puerta de la habitación del hospital, Linda y Robert Sámele se prepararon


emocionalmente para lo que seguía. Mantén la calma, no debes trastornarlo más de lo que
está, se dijo linda al empuñar el pómulo de la puerta.
Esa tarde de cellisca del 23 de diciembre de 1988. Su hijo Chris iba en un automóvil junto con
cinco amigos, desde su pueblo de Torrington en Connecticut, hasta el poblado cercano de
Waterbury. De repente, las risas de los adolescentes se convirtieron en gritos de pánico,
cuando el automóvil patinó sobre una capa de hielo y arremetió contra una baranda de
contención. Tres de los chicos, entre los cuales estaba Chris, salieron despedidos por la
ventana trasera. Uno murió de inmediato y el otro quedó gravemente lesionado.
A Chris lo encontraron sentado en el separador central, mirando con ojos desorbitados el
torrente de sangre que manaba de su muslo izquierdo. A doce metros yacía su pierna
izquierda, cercenada a la altura de la rodilla por un cable de acero que formaba parte de la
baranda de contención. Lo llevaron aceleradamente al hospital de Waterbury, para someterlo
a una cirugía de emergencia. Sus padres tuvieron que esperar casi siete horas para verlo.
A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a su hijo tendido sobre la cama del hospital.
Robert, el padre de Chris, empleado de la oficina de correos, tomó la mano de su hijo entre la
suya. El joven le dijo suavemente a su padre: «Papá, me quedé sin pierna». El padre asintió con
la cabeza y le apretó la mano con más fuerza. Después de un corto silencio, Chris añadió:
«Papá, ¿qué va a pasar con mi carrera de baloncesto?». Robert Sámele hizo un esfuerzo
sobrehumano para controlar sus sentimientos. El baloncesto era la pasión de Chris desde muy
corta edad, y el, muchacho iba en camino de convertirse en un ídolo local. Cuando estaba en
octavo grado, el año anterior, Chris había jugado con el equipo de su colegio logrando
establecer un sorprendente promedio de 41 puntos. Ahora que iniciaba su bachillerato en el
colegio de Torrington, Chris ya contabilizaba 62 puntos en dos partidos de la Liga de Menores.
«Algún día jugaré con el equipo de Notre Dame frente a miles de aficionados, y ustedes
estarán allí de fanáticos», solía decir Chris a sus padres.
Robert Sámele buscaba con desespero las palabras apropiadas, mientras miraba a su hijo con
ternura. Al fin pudo decir: «Mira Chris, afuera hay un grupo grande de gente que quiere verte,
incluyendo a tu director técnico, el señor Martin».
El rostro de Chris se iluminó, y con una voz colmada de convicción dijo a su padre: «Papá, dilc
al D.T. que estaré de vuelta la próxima temporada. Yo volveré a jugar baloncesto».
Chris fue sometido a tres operaciones de la pierna en siete días. Desde el principio los
cirujanos vieron que el enredo de tendones, tejidos, arterias y músculos lacerados hacía
imposible unir a su cuerpo el miembro amputado. Chris requeriría de una prótesis.
Durante su estadía de tres semanas y media en el hospital, Chris recibió un flujo permanente
de visitantes. «No se sientan mal», decía cuando percibía alguna manifestación de lástima. «Yo
saldré adelante». Detrás de su fuerza espiritual se encontraba una voluntad indomable forjada
en la fe religiosa. Muchos de los médicos y enfermeras que lo atendían estaban perplejos.
«¿Cómo haces para lidiar con todo esto, Chris», le preguntó un psiquiatra cierto día. «¿No
sientes conmiseración alguna por ti mismo?». «Desde luego que no», respondió el niño. «No
veo que eso ayude en algo». «¿No sientes ira y rencor?».
«No. Trato de ver el lado positivo a este cuento», le contestó el chico.
Cuando el psiquiatra inquisidor finalmente se fue, Chris le dijo a sus padres: «Ese señor es
quien necesita ayuda». Chris trabajó con dedicación para recuperar sus fuerzas, y su
coordinación. Cuando tuvo la suficiente fuerza se dedicó a encestar una pelota liviana a través
de un aro que uno de sus amigos había colocado sobre la pared, frente a su cama. Su exigente
programa de terapia incluía ejercicios para el torso para facilitar el uso de muletas, como
también unas rutinas para mejorar el equilibrio.
En el transcurso de la segunda semana en el hospital, sus padres le añadieron una terapia
adicional llevaron a Chris en una silla de ruedas a ver un partido de baloncesto que jugaba el
equipo de Torrington. «No le quiten el ojo de encima», aconsejaron las enfermeras,
preocupadas por las reacciones que pudiera tener.
E] chico se mantuvo inusualmente callado al ser conducido en su silla de ruedas hasta el
interior del bullicioso gimnasio. Sin embargo, al pasar frente a las tribunas, sus amigos y
compañeros de equipo empezaron a llamarlo y a saludarlo. Entonces, el vicerrector del colegio
anunció por el sistema le amplificación: «Atención por favor. Un amigo muy especial se
encuentra entre nosotros esta noche. ¡Demos un saludo de bienvenida a Chris Sámele!».
Sorprendido, Chris miró a su alrededor y pudo constatar que las novecientas personas
abarrotadas en el gimnasio se habían puesto de pie para aplaudirlo y aclamarlo. Las lágrimas
se le vinieron a los ojos. Jamás olvidaría esa noche.
Justo al mes del accidente, el 1 8 de enero de 1989, Chris nudo volver a su hogar. Para
mantenerse al día con sus obligaciones académicas contaba con la ayuda de un profesor, quien
venía a su casa todas las tardes. Su vida se desenvolvía entre sus estudios y los permanentes
viajes al hospital para someterse a sesiones adicionales de terapia. El dolor físico, a veces
agudísimo, se volvió parte de su vida diaria. En ciertas ocasiones, cuando se encontraba viendo
televisión con sus padres, se mecía de un lado para el otro reaccionando silenciosamente ante
el dolor que emanaba del muñón.
Una tarde muy fría, Chris, salió de su casa apoyándose penosamente sobre sus muletas hasta
llegar cojeando a la parte trasera del viejo garaje, el lugar donde había aprendido a encestar.
Se cercioró de que nadie lo estaba atisbando, dejó caer las muletas, recogió una pelota de
baloncesto y comenzó a saltar sobre una sola pierna procurando encestarla en el aro. En
repetidas ocasiones perdió el equilibrio y se fue de bruces sobre el pavimento. Después de
cada caída se levantó como pudo para ir, a saltos, a recuperar y seguir intentando encestar la
pelota. A los quince minutos estaba exhausto. Esto se va a demorar más de lo que yo había
pensado, se dijo, mientras iniciaba el lento retomo a casa.
Le colocaron su primera prótesis el 25 de marzo, Viernes Santo. Se emocionó tanto con su
nueva pierna mecánica, que le preguntó al director del departamento de prótesis y ortopedia
si esto significaba que podía empezar a jugar baloncesto de inmediato. Sorprendido por tanta
vehemencia, el Dr. Skewes le contestó: «'lomemos las cosas con calma y un día a la vez», El
galeno sabía que por lo general un paciente se demora un año en poder caminar a sus anchas
con una prótesis, y bastante más en siquiera pensar en hacer deportes.
Chris dedicó largas horas a aprender a caminar con su pierna artificial, en el sótano de su casa.
Si encestar la pelota sobre una sola pierna había resultado difícil, ahora con la prótesis lo era
aún más. La mayoría de sus disparos resultaban desviados y con frecuencia terminaba
estrellándose contra el suelo.
En sus momentos de mayor desasosiego Chris traía a la memoria una conversación sostenida
con su madre. Después de sobrellevar un día particularmente deprimente le preguntó si ella de
veras pensaba que el volvería a jugar baloncesto. «Ahora tendrás que esforzarte más que
nunca en tu deporte favorito, pero creo que lo lograrás», contestó. A Chris no le cabía duda de
que su madre tenía razón, pero requeriría de un trabajo tesonero y de la decisión
inquebrantable de no rendirse.
Chris volvió al colegio a principios de abril y rápidamente se integró a su grupo, salvo en la
cancha de baloncesto. Después del colegio sus amigos practicaban en una cancha al aire libre.
Durante varias semanas los observó desde la bancada mientras ellos volaban de un lado a otro.
Entonces, una tarde, a principios de mayo, llegó vestido y listo para jugar. Sus amigos, que no
ocultaban su sorpresa, le abrieron: paso cuando salió a la cancha.
Desde un principio Chris empezó a disparar desde los costados, emocionándose cada vez que
lograba encestar. Sin embargo, al procurar entrar saltando hacia la canasta o brincar para
hacerse a un rebote, terminaba en el piso. «¡Arriba, Chris tú puedes lograrlo!», le gritaban sus
amigos. Pero él sabía la verdad: no era capaz de hacerlo, al menos como antes.
En el curso de un partido durante un torneo de verano, saltó con fuerza para recuperar un
rebote y astilló el pie de su prótesis. Salió de la cancha saltando sobre una pierna, pensando:
Tal vez me estoy engañando a mí mismo. Tal vez yo ya no estoy para estos trotes.
Por último llegó a la conclusión de que sólo había una cosa por hacer: esforzarse todavía más.
De tal forma que se trazó un programa diario de disparos a la canasta, de driblar y de
levantamiento de pesas. Después de cada sesión, con sumó cuidado se quitaba su prótesis y
los cuatro calcetines que colocaba sobre el muñón para acolchonar la misma. Entonces
procedía a ducharse, gimiendo un poco al frotar con jabón el brote de ampollas sobre el
muñón. Con el transcurso del tiempo el dolor empezó a menguar, al percibir destellos de su
antigua destreza se dijo: ¡Lo voy a lograr, este año y no el próximo
El lunes siguiente a la fiesta de Acción de Gracias, el entrenador Bob Anzelloti reunió a todos
los chicos que aspiraban a formar parte del equipo liguero de baloncesto de Torrington. Todos
estaban nerviosos y a la expectativa. Sus ojos se posaron sobre Chris Sámele.
Durante los dos días de pruebas ningún muchacho se esforzó tanto como Chris. Hizo todo lo
humanamente posible para demostrar que todavía podía jugar. Incluso dio las diez vueltas
reglamentarias diarias alrededor del gimnasio junto con los demás, a un ritmo más lento pero
completando el circuito en su totalidad.
Al día siguiente de la última práctica, Chris se unió a la estampida para ver la lista de los
elegidos. Hiciste todo lo posible, pensó mientras procuraba ver la lista por encima de los
hombros de los que estaban delante de él. Encontró su nombre. ¡Sámele era miembro del
equipo!
A mitad de semana el D.T. Anzellotti convocó a los jugadores de su equipo a una reunión.
«Cada año debo nombrar un capitán del equipo y por tradición lo selecciono teniendo en
cuenta el buen ejemplo que esa persona les da a los demás, el capitán este año es Chris
Sámele». Los jugadores, irrumpieron en aplausos.
La noche del 15 de diciembre, ocho días antes del aniversario del accidente, doscientas
cincuenta personas; tomaron asiento en las graderías para presenciar el partido que marcaba
el regreso de Chris a las canchas de baloncesto.
Mientras tanto, en el vestuario, Chris se ponía nerviosamente la camiseta de color rojo oscuro
de su equipo «Todo saldrá bien, Chris, pero no esperes demasiado de ti mismo en tu primer
partido», le dijo el entrenador. Chris asintió con la cabeza. «Tiene usted razón, gracias»,
contestó en 1 voz baja.
Pocos minutos después salió a la cancha junto con sus compañeros, para hacer los ejercicios
de calentamiento. Casi todo el público cu las tribunas se puso de pie para aplaudir. Robert y
Linda s c enternecieron y procuraron contener las lágrimas al ver a su hijo vistiendo la casaca
deportiva de Torrington una vez más. Dios, por favor no permitas que pase una vergüenza,
imploró Linda en voz baja.
A pesar de todos los esfuerzos que hizo, Chris llegó nervioso a la cancha. Durante el
calentamiento no logró j encestar una sola vez. «Tómalo con calma. No te aceleres», le dijo
Anzellotti en voz baja.
Al iniciarse el partido, Chris tomó su posición como defensa. I Desde el primer saque Chris
mostró un juego desorganizado y torpe. Se mantuvo al tanto, pero todos sus movimientos
resultaron bruscos y sin ritmo. Hizo varios disparos que ni I siquiera tocaron el aro de la
canasta contraria. En circunstancias normales, cuando eso sucede el público grita «¡Pelota al
aire, pelota al aire!». En esta ocasión el silencio invadió las tribunas.
Después de ocho minutos de juego, Chris tuvo un prolongado descanso. Dos minutos antes de
terminar el primer tiempo fue llamado nuevamente. Vamos, Chris, se dijo a sí mismo. ¿Para
esto fue que te esforzaste tanto? Muéstrales que sabes jugar. Segundos después se liberó de
su marca a ocho metros de la canasta y un compañero le sirvió un pase a distancia era
mayúscula para cualquiera, y el disparo a la canasta dificilísimo. Sin pensarlo un segundo, Chris
se plantó firmemente y lanzó un disparo alto y embobado. La pelota pasó por todo el centro
del aro haciendo vibrar la malla.
Los aficionados saltaron de júbilo, aplaudiendo y vitoreando. «¡Eso es, Chris!», gritó su padre
con la voz entrecortada por la emoción.
Minutos después Chris recobró un rebote entre un bosque de brazos. Saltando, impulsado por
la fuerza comprimida de lodos sus músculos, lanzó la pelota contra el tablero y ésta, con
precisión y nitidez, entro de nuevo por el aro. Otra vez el público explotó de la emoción. A
estas alturas las lágrimas corrían libremente por el rostro de Linda, mientras veía a su lujo
haciendo una danza de la victoria en la cancha, con el puño alzado en alto. Lo lograste, Chris,
se decía a sí misma una y otra vez.
Para satisfacción del público en las tribunas, Chris no bajó el ritmo. Sólo una vez perdió el
equilibrio y se fue a tierra. Al sonar el timbre final, Torrington se llevaba la victoria y Chris
había acumulado once puntos.
Al llegar a casa esa noche, Chris tenía el rostro iluminado por una sonrisa. «Me fue bien,
¿verdad papá?».
«Te fue de maravilla» le respondió su padre, dándole un fuerte abrazo.
Después de comentar el partido durante un rato, Chris subió a su habitación henchido de
felicidad. Sus padres sabían que para él, en su fuero interno, la noche apenas empezaba.
Al apagar la luz de su mesa de noche, Linda recordó una conversación que había tenido con su
hijo poco después del accidente, mientras lo llevaba a una sesión de terapia. El joven, sin decir
palabra, miraba por la ventana del automóvil; de repente rompió el silencio y dijo: «Mamá, ya
sé por qué me sucedió esto». Sorprendida, Linda respondió: «Dime, por que, Chris».
Sin quitar la vista del panorama exterior, Chris le contestó con sencillez: «Dios sabía que yo
podía salir adelante. Me salvó la vida por que sabía que yo podía salir adelante».
Jack Cavanaugh

NOTA DEL EDITOR: Sámele se convirtió en estrella del equipo de liga de Torrington en su
penúltimo y último año. También jugó en el equipo de tenis. Sencillo y dobles. Ha jugado en el
equipo de tenis y de baloncesto de Western New England College, cerca de Springfield.
Massachusetts, y ha participado en las ligas de verano en el condado de Torrington. Sámele
aspira a ser entrenador de baloncesto.

Simplemente yo

Yo sabía que era el mejor, desde muy tempranito pues la gente decía: «Ya verás, pero espera
un poquito». Pero jamás me dijeron en que quedaría ese cuento al enfrentarme a un jugador
de mayor talento.
En el patio de atrás, soy el rey de las canchas, pues encesto canastas, estando a mis anchas.
Pero de repente tengo al frente un jugador que al parecer no sabe que soy el mejor.
La presión me consume, mientras busco la red. Mis pases, sin duda, podrían traspasar la pared.
Los saltos se quedan cortos, me falla el dribleo, el pulso me tiembla, la canasta no veo.
-La culpa es de los otros, desperdician mi talento. La culpa es del entrenador, su plan es un
esperpento.
La culpa la tiene ese tipo que dice ser juez.
La culpa no es mía, yo soy el mejor, ¿acaso no ves?
Hasta que al fin comencé a entender cuando el reflejo de mi rostro en el espejo pude ver, que
mis compañeros no eran unos incompetentes y que mi entrenador planeaba jugadas
inteligentes. Ese rostro del más grande, que yo veía en el espejo, podía mejorar y dejar de ser
del odio el reflejo. Entonces, sin culpar a los demás, comencé a crecer y de inmediato en mi
juego mejoría pude ver. Descubrí que tenía magníficos coequiperos y aprendí a confiar en mis
compañeros. Ahora me aprecio más, no veo espejismos, no soy el mejor, sino yo mismo.
Tom Krause
Helen Keller y Aune Sullivan
El conocimiento es amor; es luz y es visión.
HELEN KELLER

NOTA DEL EDITOR: Helen Keller se enfermó a la edad de dos años y como secuela quedó ciega
y sorda. Durante los cinco años subsiguientes creció en la oscuridad y en medio de un
tremendo vacío. Convivió con la soledad y el miedo y sin esperanza alguna. Esta es la historia
de su encuentro con la profesora que le cambiaría la vida.]
El día más importante de mi vida que yo recuerde fue cuando mi profesora, Anne Mansfield
Sullivan, llegó a nuestra casa.
No puedo más que maravillarme al considerar los contrastes inconmensurables de las dos
vidas que este evento unió, el 3 de marzo de 1887, tres días antes de mi séptimo cumpleaños.
Ese día memorable me encontraba parada en el zaguán de la casa, muda y a la expectativa.
Pude adivinar vagamente debido a los ires y venires y a las senas de mi madre, que algo
inusual iba a suceder, de modo que me acerque a la puerta y me pare junto a la escalera. El
sol del atardecer penetró la maraña de azaleas que cubría el zaguán, c iluminó mi rostro.
Distraída, acaricie los capullos y hojas recién brotados de la azalea para dar la bienvenida a la
dulce primavera sureña. No podía imaginarme las maravillas y sorpresas que el futuro tenía
reservadas para mí. Había padecido de ira y amargura durante varias semanas, después de lo
cual había caído en una profunda laxitud.
Me imagino que alguno de ustedes se habrá encontrado en alta mar en medio de una neblina
impenetrable, con el corazón en la mano y a la espera de que algo suceda, sintiendo que una
oscuridad blanquecina palpable lo aprisiona,, mientras el gran buque avanza lentamente y a
tientas hacia el puerto utilizando la plomada y la línea de sonda. Yo era como ese buque
cuando inicié mi educación, pero no contaba con compás ni con línea de sondaje, y tampoco
tenía manera de saber a qué distancia se encontraba el puerto. ¡Luz. Denme Luz!, era la
silenciosa súplica que brotaba desde el fondo de mi alma, y la luz del amor brilló sobre mí,
precisamente a esa hora.
Sentí que alguien se acercaba. Tendí la mano suponiendo que era mi madre. Alguien la tomó,
me alzó y me encontré envuelta en el abrazo tiento de quien venía a revelarme todas las cosas,
pero sobre todo, a amarare.
Al día siguiente de su llegada la profesora me guió a su habitación y me obsequió una muñeca.
No lo supe hasta después, pero se trataba de un regalo de los niños ciegos del Instituto Perkins
v sus vestimentas eran obra de Laura Bridgman. La señorita Sullivan deletreó la palabra
«mueñeca» sobre mi mano, después de permitirme jugar un rato con la muñeca. De inmediato
me interesé en este juego con los dedos y procuré imitarlo. Cuando por fin logré formar
correctamente las letras, me desbordé de placer y orgullo infantil. Corrí escaleras abajo y con
las manos en alto, le mostré a mi madre cómo se deletreaba la palabra muñeca. No sabía que
estaba deletreando una palabra o que la palabra existiera; mis dedos solamente imitaban unos
movimientos como lo haría un pequeño simio. Durante los próximos días aprendí a deletrear
un gran número de palabras en esta forma incomprensible, entre ellas alfiler, sombrero, taza y
algunos verbos como caminar, sentarse y pararse. Al cabo de varias semanas al lado de mi
profesora, comprendí que todas las cosas tenían su propio nombre.
Cierto día, mientras jugaba con mi nueva muñeca, la señorita Sullivan puso sobre mis piernas
mi muñeca grande de trapo, deletreó la palabra «muñeca» sobre mi mano y procuró hacerme
entender que esa palabra era común a ambos objetos. Un rato antes habíamos tenido un
encontrón con motivo de las palabras «t-a-z-a» y «a-g-u-a». La señorita Sullivan buscaba
grabar en mi mente que cada palabra tenía su propio significado, pero yo persistía en
confundirlas. Desalentada, dejó el tema de lado para retomarlo en la primera oportunidad
propicia. Perdí la paciencia frente a su persistencia y de un manotazo estrellé la muñeca contra
el piso. Experimenté una gran satisfacción al percibir la muñeca hecha añicos a mis pies.
Ninguna manifestación de arrepentimiento o tristeza afloró después de mi ataque de ira. En el
oscuro y silencioso mundo donde transcurría mi vida, no existía ningún sentimiento profundo
de ternura. Percibí que mi profesora barría los escombros de la muñeca hacia la chimenea y un
sentimiento de satisfacción me embargó al notar que hacía desaparecer los restos
responsables de mi malestar. Me trajo el sombrero y supe que nos disponíamos a pascar bajo
la cálida luz del sol. Este pensamiento, sin una sensación carente de palabra alguna que la
acompañe puede llamarse un pensamiento, me impulsó a brincar y saltar de placer.
Nos encaminamos hacia la caseta del aljibe, atraídas por el perfume de la mata de azalea en
flor que cubría toda la estructura. Alguien se encontraba sacando agua y mi profesora puso mi
mano bajo el chorro.
Mientras el agua fresca se deslizaba sobre una mano, ella deletreaba la palabra agua sobre la
otra, lentamente, y después con mayor premura. Sin moverme, puse toda mi atención sobre
los malabares de sus dedos. De repente empecé a percibir una conciencia brumosa, como de
alguna cosa olvidada, y la emoción de un pensamiento recordado; de alguna forma el misterio
del lenguaje me fue revelado en ese instante. Comprendí entonces que «a-g-u-a» significaba
ese algo maravilloso que corría sobre mi mano, ¡lisa palabra viviente despertó mi alma, la
iluminó, le dio esperanza, felicidad y la dejó en libertad! Desde luego que todavía quedaban
barreras, pero eran barreras que se desplomarían con el tiempo.
Salí de la caseta del aljibe entusiasmada por aprender. Toda cosa tenía un nombre y cada
nombre daba nacimiento a un nuevo pensamiento. De retorno a casa, cada objeto que tocaba
parecía vibrar con vida propia. Esto se debía a que todo lo veía con una nueva y extraña
percepción que me había llegado. Al traspasar la puerta me acordé de la muñeca vuelta añicos.
Tanteando llegué hasta el hogar de la chimenea, recogí los pedazos c infructuosamente traté
de arreglarla. Los ojos se me llenaron de lágrimas al darme cuenta de lo que había hecho. Por
primera vez en mi vida supe lo que eran la tristeza y el arrepentimiento.
Ese día aprendí muchísimas palabras. No las recuerdo todas, pero sé que entre ellas estaban,
papá, mamá, profesora, palabras que harían que el mundo floreciera para mí, al igual que «el
báculo de Aarón, completamente florecido». Habría sido difícil encontrar una niña más feliz
que yo, acostada en su cainita al final de un día tan memorable, recordando todos los placeres
que había experimentado, y deseando por primera vez el inicio de un nuevo día.
Hellen Keller y Anne Sullivan

NOTA DEL EDITOR: Helen se graduó con laude en la universidad de Radeliffe, y dedicó el resto
de su vida a enseñar y brindar esperanza a los ciegos y sordos, como lo había hecho su
profesora. Ella y Arme fueron amigas hasta la muerte de esta última,

Los sepultureros del colegio Parkview

La gente siempre tiende a culpar a sus circunstancias por lo que son. Yo no creo en las
circunstancias. La gente que sale adelante en este mundo es aquella que va y busca las
circunstancias que quiere, y si no las encuentra, las crea.
GEORGE BERNARD SHAW
Las lecciones más importantes que aprendemos en el colegio van mucho más allá de contestar
correctamente un examen. Aquellas lecciones que nos cambian al mostrarnos de qué somos
capaces son las que debemos tener en cuenta. Es posible producir música muy dulce con
malos instrumentos. Es posible mostrar a otros cómo vemos el mundo, utilizando un lienzo y
un pincel. Mediante el trabajo tesonero y mancomunado de un equipo, podemos derrotar las
probabilidades y ganar la partida. Sin embargo, ningún examen de selección múltiple o de
verdadero/falso nos enseñará la lección más importante de todas: nosotros somos la materia
prima de la que se fabrican los ganadores.
Poco después del estreno de Jeremiah Johnson, con la actuación de Robert Redford, nuestra
clase de séptimo grado se encontraba analizando la película. Veíamos cómo este hombre
robusto, oriundo de las montañas y de carácter brusco, también era bondadoso y suave.
Analizamos su amor por la naturaleza y su deseo de formar parte de ella. Fue entonces cuando
nuestro profesor, el señor Robinson, nos hizo una pregunta bastante extraña. ¿Dónde
creíamos que estaba enterrado Jeremiah Johnson? Nos horrorizamos al escuchar que el lugar
de reposo final de este gran hombre del monte se encontraba a treinta metros de la autopista
a San Diego, en el sur de California.
Nuestro profesor preguntó: «¿Entonces, ustedes creen que eso está mal?».
«¡Sí!» respondimos al unísono.
«¿Creen que deberíamos hacer algo para corregir este mal?», nos preguntó con una sonrisa
cargada de malicia.
«¡Sí!» respondimos con todo el entusiasmo proveniente de la inocencia juvenil.
El señor Robinson se quedó mirándonos fijamente, y después de algunos segundos de un
silencio cargado de expectativa formuló la pregunta que cambiaría para siempre la manera
como algunos de nosotros enfocábamos la vida.
«Y bien, ¿ustedes creen que podrían subsanar ese mal?» .
«¿Cómo... ?».
¿.De qué hablaba? No éramos más que una partida de chiquillos. ¿Qué íbamos a poder hacer?
«Hay una manera», dijo. «Está llena de incertidumbre y probablemente de desilusiones... pero
si hay una manera». Entonces nos dijo que estaba dispuesto a ayudarnos si prometíamos
trabajar con ganas y jurábamos no rendirnos jamás.
Estuvimos de acuerdo, pero no teníamos ni la más remota idea de que nos habíamos
embarcado en la aventura más grande de nuestras cortas vidas.
Comenzarnos por escribir a todas aquellas personas que pensamos nos podrían ayudar: a los
representantes locales, estatales y federales, a los dueños del cementerio y hasta a Robert
Redford. Al poco tiempo empezamos a recibir respuestas a nuestras múltiples cartas, con
agradecimiento por nuestro interés, pero «no podía hacerse absolutamente nada». Ante tales
respuestas muchos se habrían rendido y, de no haber sido por nuestro compromiso con el
señor Robinson a no rendirnos, nosotros también habríamos colgado la toalla. Por el contrario,
seguimos enviando cartas.
Decidimos que era necesario que muchísima más gente conociera nuestro sueño, de manera
que nos pusimos en contacto con los periódicos. Un periodista de Los Angeles Times
finalmente nos visitó y nos hizo una entrevista. Compartimos con el nuestras metas y le
manifestamos lo descorazonante que era constatar que a nadie parecía importarle. Le dijimos
que esperábamos que nuestra historia despertara el interés del público.
«¿Robert Rcdford se ha puesto en contacto con ustedes?», preguntó el periodista.
«No» fue nuestra respuesta.
Dos días después éramos noticia en primera página. El artículo explicaba que nuestra clase
deseaba corregir la injusticia que se estaba cometiendo con una leyenda del viejo oeste
americano y que nadie se había dado por enterado, ni siquiera Robert Redford. Junto al
artículo aparecía una foto del connotado actor. Ese mismo día, en medio de una clase, el señor
Robinson tuvo que ir a la oficina a recibir una llamada. Volvió iluminado como un santo.
«¿Adivinen con quién estuve hablando?». La llamada era de Robert Redford, para decirle al
señor Robinsón que él recibía diariamente cientos de cartas, y que de manera inexplicable la
nuestra se había extraviado, pero que estaba listo y dispuesto a colaboramos en lograr nuestra
meta. De repente nuestro equipo no sólo estaba aumentando de tamaño, sino también
adquiriendo poder c influencia.
A los pocos meses, después de Henar los requisitos y formalidades, el señor Robínson y unos
pocos estudiantes fueron al cementerio a presenciar la exhumación de los restos mortales de
Jeremiah Johnson. El ataúd de madera estaba prácticamente destruido y sólo quedaban unos
cuantos huesos de lo que otrora había sido el imponente hombre de las laderas. Sus restos
fueron cuidadosamente recogidos por los funcionarios del cementerio y colocados en un
nuevo sarcófago:
A los pocos días, durante una ceremonia en su honor, los restos mortales de Johnson fueron
enterrados de nuevo en una hacienda en Wyorning, llegando así a reposar en las tierras
vírgenes que tanto había querido Robert Redford, ayudó a cargar el féretro.
A partir de esa fecha, nuestra clase recibió el apodo de «Sepultureros», pero nosotros nos
veíamos más bien como «Buscadores de sueños», Ese año aprendimos a escribir cartas
eficaces, nos dimos cuenta de cómo funciona el gobierno y también averiguamos lo que hay
que padecer para lograr algo tan sencillo como trasladar una tumba. Sin embargo, la gran
lección que aprendimos es que nada se resiste a la persistencia, un grupo de adolescentes
comenzando la vida había logrado efectuar el cambio.
Aprendimos que somos la materia prima para fabricar ganadores.
Kit Anderson

El niño que hablaba con los delfines

De lo que obtenemos podemos vivir; sin embargo, de lo que damos hacemos una vida.
ARTURASHE

Comenzó con un profundo rugido que rompió el silencio de la alborada. A los pocos minutos,
en esa mañana de enero de 1994, el área metropolitana de Los Ángeles estaba sometida a la
fuerza destructora del peor terremoto de su historia.
Cuarenta kilómetros al norte de la ciudad, tres delfines eran presa solitaria de su propio terror,
en el parque recreacional de Six Flags. Nadaban desesperadamente dentro de su estanque
mientras las columnas de concreto se desplomaban alrededor y las tejas se estrellaban contra
la superficie del agua.
Ochenta kilómetros al sur, Jeff Siegel, un joven de veintiséis años, caía estrepitosamente de su
cama. Arrastrándose hasta la ventana para presenciar el espectáculo de una ciudad que se
mecía convulsivamente, Jeff pensó en las criaturas que más le importaban en este mundo, y se
dijo a sí mismo: Tengo que estar con los delfines. Ellos me rescataron a mí, y ahora necesitan
que yo los rescate a ellos.
Para aquellos que conocían a Jeff desde niño, era evidente que no tenía las más mínimas
características para desempeñar el papel de héroe.
Jeff había nacido hiperactivo, parcialmente sordo y carente de coordinación motora normal.
Como no podía oír las palabras con claridad, desarrolló un serio impedimento del lenguaje que
hacía casi imposible que los demás lo entendieran. Cuando cursaba el preescolar, este
pequeño niño de cabellos dorados fue tildado de «retardado» por sus compañeros.
Ni siquiera su hogar resultó ser un refugio. Su madre no estaba preparada para sortear sus
problemas. Criada en un ambiente rígido y autoritario, era demasiado estricta y solía
enfurecerse con este chico diferente. Sólo deseaba que él se acoplara a su medio el padre era
agente de policía en la comunidad de clase media de Torrance, y tenía empleos adicionales
para lograr mantener a su familia, lo cual lo obligaba a ausentarse con frecuencia hasta
dieciséis horas al día.
El primer día que Jeff asistió al kinder sintió miedo y ansiedad, de modo que saltó la verja y se
fue corriendo a casa. Iracunda, su madre lo llevó de vuelta a rastras y lo obligó a pedir excusas
al profesor. Toda la clase presenció lo sucedido. Desde el momento en que los demás chicos
escucharon las palabras prácticamente ininteligibles que medio pronunció, Jeff se volvió la
presa instantánea de sus compañeros. Para defenderse de un mundo hostil, Jeff buscaba los
rincones solitarios del campo de recreo y se escondía en su habitación cuando llegaba a casa,
para poder soñar con un lugar donde fuera bien recibido.
Un día, cuando tenía nueve años, Jeff fue con sus compañeros de clase al Marineland de Los
Ángeles. Quedó electrizado con la presentación de los delfines, y con el espectáculo
exuberante y lleno de energía que brindaron estos bellos animales. Le pareció que los delfines
le sonreían, cosa que pocas veces sucedía en su vida el muchacho, transportado y maravillado
por lo que estaba presenciando, sólo deseaba quedarse donde estaba.
Al finalizar el año escolar, los profesores habían calificado a Jeff como emocionalmente
desequilibrado e inhabilitado para el aprendizaje. Sin embargo, los exámenes a que fue
sometido en el Centro Switzcr para niños que padecen de inhabilidades lo mostraban como un
chico entre promedio e inteligente, pero bajo la presión de una ansiedad tal que los resultados
de las pruebas de matemáticas lo situaban al nivel de una persona prácticamente retardada.
Jeff abandonó el colegio para vincularse al Centro. Durante los dos años siguientes pudo
superar en parte el síndrome de ansiedad, y sus logros académicos mejoraron
dramáticamente.
Muy a regañadientes, Jeff volvió a su antiguo colegio. Los exámenes a que había sido sometido
indicaban que poseía un cociente intelectual de 130, lo cual lo situaba en el nivel de los
dotados. Además, varios años de terapia del lenguaje habían corregido en buena parte su
impedimento. Sin embargo, para sus compañeros de clase Jeff seguía siendo la misma presa
indefensa.
El séptimo se perfilaba como el peor año escolar en la vida de Jeff, hasta el día en que su padre
lo llevó a Sea World, en San Diego. Apenas le puso el ojo a los delfines nuevamente sintió esa
enorme erupción de felicidad, y se quedó como atornillado al piso mientras los graciosos
animales se deslizaban frente a él.
Jeff se dedicó a trabajar para ahorrar el dinero que le permitiera comprar una entrada anual al
Marineland, que quedaba más cerca de su casa. La primera vez que fue solo al acuario se sentó
sobre el muro que bordeaba el estanque de los delfines. Al poco tiempo, y para gran sorpresa
del muchacho, los delfines se le arrimaron, acostumbrados como estaban a recibir comida de
manos de los visitantes. La primera en acercarse fue la hembra dominante del estanque, Grid
Lye. Un bello animal de seiscientas cincuenta libras nadó hasta el lugar donde Jeff estaba
sentado y se posó inmóvil bajo el agua, a sus pies. ¿Me dejaría tocarla?, se preguntó metiendo
la mano en el agua. Al acariciar el suave lomo del animal, éste se acercó aún más. El niño sintió
que tocaba el ciclo con las manos.
Los extravertidos animales muy pronto se convirtieron en los amigos que Jeff jamás había
tenido, y como el estáñeme de los delfines quedaba a un extremo del parque, el chico podía
disfrutar a menudo de estas criaturas juguetonas, a solas y a sus anchas.
Un buen día una joven hembra llamada Sharky nadó casi hasta la superficie, e inmóvil,
permitió que Jeff le agarrara la cola. ¿Ahora qué?, pensó el muchacho. De repente, Sharky se
zambulló unos quince centímetros arrastrando el brazo de Jcff bajo el agua y hasta el codo. El
chico, riendo, tiró déla cola sin soltarla. La hembrita juguetona volvió a clavar, y así empezó un
juego de tira y afloja entre el chico y el animal. Cuando Sharky salió a la superficie para
respirar, ambos se miraron cara a cara por un momento, el uno con una sonrisa dibujada en el
rostro y el mamífero con su graciosa jeta abierta. Poco después el delfín recorrió el estanque y
volvió a colocarla cola en la mano del chico, para iniciar nuevamente el juego.
El chico y los delfines inventaron un juego de «a que te agarro ratón», que consistía en
recorrer el estanque a toda carrera para tocar un lugar preestablecido o hacer contacto con la
palma de la mano sobre las aletas de los mamíferos. Para Jeff estos juegos se convirtieron en la
interacción mágica que sólo él tenía con los delfines.
Aún en la alta temporada de verano, cuando grupos de quinientas y más personas se
congregaban alrededor del estanque, estas gregarias criaturas reconocían a su amigo y acudían
nadando junto a él cada vez que meneaba la mano en el agua. Al obtener la aceptación de los
delfines, Jeff adquirió más confianza en sí mismo y comenzó, poco a poco, a salir de su oscuro
cascarón. Se inscribió en un curso sobre vida marina y comenzó a devorar libros sobre biología
marina. En muy poco tiempo se convirtió en una enciclopedia andante sobre la vida y milagros
de los delfines, y para el asombro de su familia hizo de tripas corazón y a pesar de su
impedimento lingüístico se candidatizó para el cargo de guía del parque marino.

En 1983 Jeff escribió un artículo para el boletín informativo de la Sociedad Norteamericana


para el Estudio de los Cetáceos, donde describía sus experiencias con los delfines de
Marineland. No estaba preparado para lo que aconteció con motivo de esa publicación. Las
directivas de Marineland. Lesionadas en su orgullo propio porque la multiplicidad de las
actividades lúdicas de Jeff con los delfines se había llevado a cabo a sus espaldas, le revocaron
su pase. Jeff volvió a casa aturdido e incrédulo.
Sus padres, por el contrario, recibieron la noticia con beneplácito. Pensaban que el extraño y
desadaptado hijo que tenían estaba perdiendo el tiempo con los delfines, y sólo cambiaron de
parecer cuando Bonnie Siegel recibió una inesperada llamada de larga distancia, en junio de
1984. Esa noche le preguntó a su hijo: «¿Entraste a participar en algún concurso?».
Con timidez, Jeff le confesó que había escrito una composición con la cual buscaba obtener la
muy codiciada beca de más de 2000 dólares ofrecida por la organización Earthwatch. El
ganador sería invitado a pasar un mes en Hawai junto a expertos en delfines. Al terminar su
cuento, Jeff se preparó para recibir un regalo, pero su madre se limitó a decirle suavemente:
«¡Pues ganaste!», Jeff estaba extático. Pero mejor aún, por primera vez sus padres se daban
cuenta de que tal vez algún día su hijo lograría el sueño de compartir su amor por los delfines.
Durante su estadía en Hawai, Jeff se dedicó a enseñarles una serie de instrucciones a unos
delfines, para medir su memoria. En el otoño cumplió con otro requisito de la beca al dictarles
a sus compañeros de clase una conferencia sobre los mamíferos marinos. Su presentación fue
tan entusiasta que por fin logró, si bien a contrapelo, que sus compañeros le mostraran
respeto. Después de graduarse Jeff luchó por encontrar trabajo en el campo de la investigación
marina, complementado sus escasas entradas con empleos adicionales de sueldo mínimo.
Durante esta época también obtuvo su título en biología.
En lebrero de 1992 se apareció en la oficina de Suanne Portier, la directora de entrenamiento
de animales marinos del parque de Six filags. Aunque tenía dos empleos, se ofreció como
voluntario para trabajar con los delfines del parque es sus días libres. Portier le dio la
oportunidad y de inmediato quedó fascinada. Después de diez años de entrenar a más de
doscientos voluntarios, jamás había conocido a alguien que tuviera la habilidad intuitiva de Jeff
para manejar a los delfines. Por fin una ocasión su equipo tenía que trasladar a un delfín
enfermo de más de seiscientas libras, llamado Trueno, a otro parque, El mamífero debía viajar
en un tanque de tres metros por uno. Al iniciarse el viaje Jeff insistió en viajar junto al tanque
del delfín para procurar calmar al nervioso animal. Transcurrido un tiempo, Portier llamó
desde la cabina del camión para preguntar por el mamífero y Jeff le contestó «Desde que lo
tomé entre mis brazos está muy bien». Portier se dio cuenta de que Jeff se había metido
dentro del tanque con el delfín. Durante el recorrido de cuatro horas Jeff flotó junto a Trueno,
abrazándolo.
La afinidad de Jeff con los delfines continuó siendo una fuente de sorpresa para sus colegas.
Katie, la hembra de ocho años y trescientas cincuenta libras se convirtió en su favorita en el
parque de Magic Mountain. Esta criatura lo saludaba en forma exuberante y nadaba junto a él
durante horas enteras.
Una vez más, como lo había hecho en Marineland, Jeff pudo compartir tiempo con los delfines
y recibir afecto a cambio.
En su esfuerzo por llegar a Magic Mountain el día del terremoto, Jeff se encontró con
autopistas que se desplomaban y carreteras desbaratadas que lo obligaban a recoger sus
pasos. Nada me detendrá, se juró a sí mismo.
Cuando Jeff finalmente llegó a Magic Mountain, encontró que el estanque de tres metros con
sesenta de profundidad estaba medio vacío y se seguía desocupando por una rajadura que
tenía en un costado. Pos tres delfines que se hallaban dentro, Wally, Tery y Katie, estaban al
borde de la locura, Jeff se descolgó hasta un saliente dentro del estanque, y procuró
tranquilizarlos.
Para distraerlos de las sucesivas sacudidas que se iban dando intentó jugar con ellos, pero no
dio resultado. Más aún, tuvo que reducirles las raciones de alimentos; el sistema de filtración
del estanque no estaba operando, de modo que el peligro de una contaminación adicional del
agua aumentaría si los excrementos se acumulaban.
Jeff pasó la noche con los delfines soportando una drástica caída de la temperatura, y se quedó
junto a ellos todo el día siguiente, y el subsiguiente y el siguiente.
Al cuarto día quedó despejada la vía y los empleados del parque lograron conseguir un camión
para trasladar a los tres delfines a otro parque. Pero este traslado hacía necesario sacarlos del
estanque y meterlos en tanques móviles. El traslado de un delfín en circunstancias normales es
un proceso rutinario que implica guiar al mamífero por un túnel para colocarlo en un
cabestrillo de lona. Sin embargo, en esta ocasión no había suficiente agua en el túnel para
permitir el paso de los animales. Así las cosas, era necesario atraparlos en agua abierta dentro
del estanque para colocarles los cabestrillos.
Ptienne Francois y Jeff se ofrecieron como voluntarios para intentar esa labor. A pesar de la
confianza que Jeff les tenía a los delfines, sabía a ciencia cierta que la probabilidad de resultar
lesionado o mordido por uno de los mamíferos al tratar de capturarlos, era del ciento por
ciento.
Extrajeron a Wally del estanque sin mucho problema, pero Tery y Katie empezaron a
comportarse erráticamente. Cada vez que Etienne y Jeff lograban acercarse a Katie, el
poderoso delfín los ahuyentaba con su fuerte trompa.
Durante cerca de cuarenta minutos ambos hombres lucharon contra un delfín que los
aporreaba y azotaba con su vibrante cola. Cuando ya la estaban guiando dentro del cabestrillo,
Katie clavó sus filudos dientes en la mano de Jeff. Haciendo caso omiso de la lesión, Jeff ayudó
a capturar a Tcry y a colocarla dentro de su tanque móvil.
Katie llegó a su nuevo estanque en el parque de Knott's Berry Fann, cansada pero tranquila.
Tiempo después, Forticr les contó a sus amigos que el liderazgo y el valor de Jeff habían sido
indispensables para lograr el traslado exitoso de los delfines.
Hoy Jeff es empleado de la empresa Marine Animal Productions en Misisipí, como entrenador
de delfines de tiempo completo y organizador de programas marinos para colegios.
Unos días antes de partir hacia Misisipí, Jeff hizo una demostración para sesenta niños del
Centro Switzer, en uno de los acuarios donde había enseñado. Observó que un niño llamado
Larry se alejaba del grupo para jugar solo y dándose cuenta de que el chico era un paria como
él lo había sido, lo llamó y le pidió que se parara junto a él. En seguida metió la mano en un
acuario y extrajo un tiburón de noventa centímetros de largo y de aspecto formidable, pero en
realidad inofensivo. Ante la mirada atónita de los demás chicos, Jeff le permitió a Larry pasear
orgullosamente el tiburón empapado alrededor de la habitación.
Después de esta sesión Jeff recibió una carta que decía: «Gracias por la magnífica labor que
realizó con nuestros chicos. Volvieron radiantes después de semejante experiencia con usted.
Varios de ellos me contaron que Larry tuvo la oportunidad de tener un tiburón en las manos.
¡Me atrevo a decir que jamás había tenido un momento tan feliz y colmado de orgullo en toda
su vida! Para él fue aún más significativo por cuanto usted es un ex alumno de este Centro.
Usted es el modelo que les infunde la esperanza de que ellos también pueden triunfar en la
vida». La carta venía firmada por Janet Switzer, la fundadora del Centro.
Esa tarde Jeff tuvo un momento todavía más gratificante. Mientras hablaba pudo observar que
su padre y su madre no le quitaban los ojos de encima. Por su semblante Jeff pudo colegir eme
sus padres por fin estaban orgullosos de él.
Jeff siempre ha devengado un sueldo modesto. Sin embargo, se considera un hombre rico y
excepcionalmente afortunado. «Estoy completamente realizado», dice. «Los delfines me
cambiaron la vida cuando era niño. Me dieron su cariño incondicional. Cuando pienso cuánto
les debo a los delfines...». Su voz se apaga por un momento y después sonríe: «Me dieron la
vida, todo se lo debo a ellos».
Paula McDonald

Siguiéndole la pista a mí sueño

Entrenamos durante toda la temporada para este encuentro atlético regional. El tobillo
lesionado todavía no estaba bien del todo. De hecho, yo le había dado muchas vueltas a la
decisión de participar o no en este encuentro. Pero allí estaba, esperando el inicio de los 3200
metros planos.
«En sus marcas... listos...». Detonó el tiro y salimos despedidas. Las otras chicas se me
adelantaron. Comencé a cojear y me invadió un sentimiento de humillación a medida que me
rezagaba.
La chica que ocupó el primer lugar me llevaba dos vueltas de ventaja cuando cruzó la meta
victoriosa. «¡Viva!», gritó el público. Era el aplauso más cerrado que jamás había escuchado en
un encuentro atlético.
Tal vez deba retirarme, pensé mientras seguía cojeando. Esa gente no quiere esperar a que yo
termine la carrera. Sin embargo, seguí hasta terminarla. Durante las dos últimas vueltas estaba
muy adolorida y decidí que no correría la próxima temporada. No valdría la pena, aunque mi
tobillo sanara. Jamás le podría ganar a la chica que me había tomado dos vueltas de ventaja.
Cuando terminé el recorrido escuche un gran vitoreo, igual de entusiasta al que había
escuchado cuando la ganadora cruzó la meta. ¿Qué está sucediendo?, me pregunté a mí
misma. Di media vuelta y constaté que efectivamente los chicos se preparaban para iniciar su
carrera. Eso es. Están aplaudiendo a los muchachos.
Fui directamente a los camerinos donde me topé con una chica: «Me felicito. ¡Eres muy
valiente!», me dijo.
¿Valiente? lista niña me está confundiendo con otra persona.
Yo acabo de llegar de última en una carrera, pensé.
«Si hubiera estado en tu lugar no habría podido correr esos últimos tres kilómetros. Habría
tirado la toalla después de la primera vuelta. ¿Qué tienes en el pie? Te estábamos
aplaudiendo. ¿Nos escuchaste?».
No lo podía creer. Una completa extraña me había aplaudido, no porque quería que yo ganara
sino porque deseaba que continuara en la carrera y no me diera por vencida. De repente
recuperé la esperanza. Decidí seguir compitiendo en atletismo el año siguiente. Una niña
acababa de salvar mi sueño.
Ese día aprendí dos cosas:
Primera, que brindarles un poco de confianza y bondad a los demás puede cambiarles la vida.
Segunda, que el valor y la fuerza no siempre se miden por el número de medallas y victorias.
Se miden por los escollos que superamos. Las personas más fuertes no siempre son las que
ganan, sino aquellas que no se rinden cuando pierden.
Yo solo sueño que algún día, tal vez durante mi último año de colegio, pueda recibir una
acolada igual a la que me brindaron cuando perdí la carrera en la temporada de mi penúltimo
año.
Ashley Hodgeson

De inválido a marquista mundial

Hace varios años el trabajo diario de dos hermanos, alumnos de un colegio en Elkhart, Kansas,
consistía en encender la barrigona estufa que calentaba el salón de clases.
Cierta fría mañana, ambos muchachos limpiaron la estufa y la llenaron de leña. Uno de ellos
empapó la leña con petróleo y le prendió fuego. Una explosión sacudió el edificio. El incendio
acabó con la vida del hermano mayor y le causó serias quemaduras en las piernas al otro chico.
Después del incidente se pudo establecer que, por equivocación, el recipiente del petróleo
contenía gasolina.

El médico que atendió al chico sobreviviente aconsejó la amputación de ambas piernas. Los
padres estaban entregados a la pena. Ya habían perdido un hijo y ahora les anunciaban que el
otro perdería ambas piernas. Pero su fe se mantenía intacta. Pidieron al médico que aplazara
la cirugía de amputación. El medico accedió. Se dedicaron a rezar pidiéndole a Dios que las
piernas de su hijo sanaran de una u otra forma, y todos los días solicitaban un nuevo
aplazamiento de la cirugía. Este tira y afloja entre padres y cirujano duró cerca de dos meses.
Los padres aprovecharon este tiempo para inculcar a su hijo el convencimiento de que algún
día volvería a caminar.
La dramática cirugía nunca se llevó a cabo, pero cuando finalmente le quitaron los vendajes se
descubrió que el chico tenía una pierna ocho centímetros más corta que la otra. Casi todos los
dedos del pie izquierdo habían quedado casi todos convertidos en muñones. Sin embargo, el
chico tenía una determinación casi inquebrantable. Aunque sentía un dolor intensísimo, se
obligó a ejercitarse diariamente hasta que por fin pudo dar unos dolorosos primeros pasos.
Comenzó un lento proceso de recuperación hasta que el chico logró deshacerse de las muletas
y empezó a caminar casi normalmente. Poco después comenzó a correr.
Y este chico decidido no dejó de correr hasta que esas dos piernas, que por poco le amputan,
lo llevaron a establecer una marca mundial en la prueba de la milla. ¿Su nombre? Glenn
Cunningham, también conocido como el hombre más rápido del mundo, quien fue designado
el atleta del siglo en el Madison Square Carden.
Tomado de The Speaker's Sourcebook

Si
Si puedes pensar con entera claridad cuando los demás desvarían y te achacan toda
responsabilidad;
Si puedes mantenerte firme frente a las dudas de la humanidad y entender esas dudas con una
buena dosis de humildad;
Si puedes esperar y seguir esperando sin desfallecer,
O que te calumnien sin entregarte a tal perversidad;
O que te odien, sin el odio entretener, y no aparecer como santurrón o hablar con demasiada
propiedad;
Si puedes soñar sin que tus sueños se conviertan en un lastre;
Si puedes meditar y no convertir en meta el pensamiento,
Si puedes enfrentarte al triunfo y al desastre, y a dar a esos dos impostores el mismo
tratamiento;
Si puedes soportar escuchar tu verdad tergiversada en boca de malandrines para a incautos
engañar,
O ver tu labor de toda una vida destrozada, y encorvado, con romos instrumentos tú obra
reiniciar;
Si puedes toda tu riqueza amontonar y a una sola carta arriesgarme a jugar, y perder, y sin
titubeos volver a comenzar, y acerca de tu pérdida ni una palabra musitar;
Si el corazón, la fuerza y el intelecto puedes derrochar para servir mucho después de la postrer
despedida, y resistir cuando eres que ya no puedes aguantar salvo la Voluntad que les dice:
«¡Ganen la partida!».
Si puedes conservar tu virtud con la muchedumbre al conversar,
O caminar con reyes y tu mansedumbre preservar,
Si ni enemigos o amantísimos amigos te pueden lastimar,
Si se puede confiar en ti, pero sin demasiado exagerar;
Si puedes llenar el imperdonable minuto con sesenta segundos de bondad sin nombre,
Tuyo es el Mundo y de su tierra el fruto y -. - es más -hijo, ¡serás un hombre!
Rudyardkípling

Día descabellado

Por cualquier cosa que hagas, quiérete a ti mismo por hacerla. Cualquiera sea tu sentimiento,
quiérele mientras lo sientes.
THADEUS GOLAS

Si estás por cumplir dieciséis años, de seguro te sitúas frente al espejo y escudriñas cada
milímetro de tu rostro. Sufres porque tu nariz es demasiado grande y porque te está saliendo
otro barro, y para rematar te sientes como una idiota, tu cabello no es rubio y el chico de tu
clase de inglés no se ha dado cuenta de que existes.
Alison nunca tuvo esos problemas. Hace dos años era una chica inteligente, bella y popular,
que cursaba su penúltimo año de bachillerato y además pertenecía al equipo titular de
lacrosse y se desempeñaba como guarda vidas de mar abierto. Como era esbelta y la
naturaleza la había dotado con un cuerpo escultural, pelo rubio y una límpida mirada azul
marino, más parecía una modelo de trajes de baño que una estudiante de bachillerato. Pero
en el transcurso de ese verano algo sucedió.
Después de un día de labores como guarda vidas, Alison no veía la hora de llegar a casa para
lavarse el cabello y sacar el agua salada y los nudos del mismo. Sacudió su abundante melena
dorada por el sol hacia delante. «¡Ali!, ¿que te pasó?», exclamó su madre al descubrir un
parche de piel despoblado en el cuero cabelludo de su hija. «¿Te afeitaste la cabeza o alguien
te lo hizo mientras dormías?».
Resolvieron rápidamente el misterio: tenía que haberse producido a causa de un clástico
demasiado apretado en la base de su cola de caballo. Pronto olvidaron el incidente.
Tres meses después los parches comenzaron a aparecer, uno después del otro. Al poco tiempo
el cuero cabelludo de Alison se encontraba cubierto de parches del tamaño de una moneda de
veinticinco centavos. Después de diagnosticarle que «sólo era un síntoma de fatiga» y de
untarse unos ungüentos, un especialista comenzó a aplicarle cincuenta inyecciones de
cortisona por cada parche, cada dos semanas. A Alison le permitieron utilizar una gorra de
béisbol, lo que normalmente constituía una violación del estricto código de vestir del colegio,
para que pudiese disimular su maltratado y sangriento cuero cabelludo, a causa de las
inyecciones. Hebras de cabello aparecían entre las costras que se formaban sobre las heridas,
sólo para caerse a las pocas semanas. Se estableció que Alison sufría de una condición de
pérdida de cabello llamada alopecia, y no existía forma de detenerla.
Su espíritu alegre y el apoyo incondicional de sus amigos le mantuvieron el ánimo, pero sufrió
altibajos. Como cuando su hermana menor entró a la habitación con el pelo envuelto en una
toalla para que la peinaran. Su madre le quitó la toalla, y Alison pudo ver que una cascada de
frondoso cabello se desparramaba hasta llegar a los hombros de su hermana. Empuñando las
hebras de su cabello ralo entre sus dedos, Alison se deshizo en lágrimas, lira la primera vez que
lloraba, desde que esta pesadilla se iniciara.
Con el paso del tiempo Alison reemplazó la gorra por una pañoleta, pues ya le era imposible
disimular la calvicie de su cuero cabelludo. Como sólo le quedaban unas cuantas hebras del
pelo de antaño, consideró que había llegado la hora de comprar una peluca. En vez de comprar
una peluca rubia para pretender que nada había cambiado o sucedido, Alison se decidió por
una de color castaño. ¿Y por qué no? ¡La gente se teñía el pelo a cada rato! La confianza de
Alison resurgió con su nueva imagen. Llegó hasta a reírse de sí misma y a compartir su
hilaridad con los demás, cuando el viento se llevó la peluca un día que viajaba en el automóvil
de una amiga, con la ventana abierta.
Pero al aproximarse el verano, Alison empezó a preocuparse. No sabía cómo se desempeñaría
en su oficio de guarda vidas pues era imposible utilizar una peluca en el mar.
¿Acaso con la caída del pelo se te olvidó cómo nadar?», le preguntó su padre. Su comentario
no pasó desapercibido.
Después de utilizar una incómoda gorra de baño por un día, Alison decidió exponer al mundo
su calvicie. A pesar de las miradas indiscretas y de los descorteses comentarios ocasionales de
algunos veraneantes: «¿Por qué será que tienen que afeitarse la cabeza para hacerse las
interesantes?», Alison en seguida se sintió a gusto con su nueva imagen.
En el otoño volvió al colegio completamente calva, sin pestañas ni cejas, tras haber escondido
su peluca en el lugar más recóndito de su ropero. Prosiguió con su plan largamente madurado,
para hacerse elegir como presidente estudiantil haciéndole sólo una pequeña modificación a
su estrategia de campaña. Se ideó una presentación con diapositivas de hombres célebres que
se distinguían por su calvicie, desde Gandhi hasta Teli Savalas, lo cual desató la histeria
colectiva en el auditorio. Cuando fue elegida, durante su primera intervención pública Alison
supo responder con toda la naturalidad del caso a las preguntas sobre su predicamento.
Llevaba puesta una camiseta con un letrero impreso sobre el pecho que decía: «Día funesto
para el cabello». Llamó la atención de los asistentes al mensaje y dijo: «Cuando no se vean
bien al levantarse por la mañana, podrían pensar en ponerse una camiseta». Acto seguido se
colocó otra camiseta encima de la primera, y prosiguió: «Cuando yo me levanto, me pongo
ésta». El letrero decía: «Día descabellado». El auditorio irrumpió en aplausos. Y Alison, la chica
inteligente, bella y popular, además de ser portero titular de su equipo de lacrosse, guarda
vidas, y ahora presidente estudiantil dotada de una límpida mirada color azul marino, sonrió
desde el podio.
Jennifer Rosenfeld y Alison Lambert

¡Lo logré!

La labor que tenemos por delante nunca es tan grande como el poder que nos impulsa.
ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS Mayo de 1989

Nuestro grado de bachillerato se realizará en menos de un mes, y más que nunca me había
propuesto cruzar el escenario ceremonial en mi silla de ruedas manual. De hecho, había nacido
con una enfermedad llamada parálisis cerebral que me impedía caminar. Buscando estar en
forma para el día del grado, me dediqué a utilizar diariamente la silla de ruedas en el colegio.
Me fue difícil recorrer los predios del colegio impulsando la silla de ruedas con las manos y con
cuatro o cinco libros escolares a cuestas, pero lo logre. Durante los primeros dos días de mis
periplos en silla de ruedas, todo el mundo se ofreció para empujarme de una clase a otra. Pero
después de escuchar unas cuantas veces mi frase a la vez jocosa y lapidaria: «Yo no necesito de
tu ayuda ni quiero que me tengas lástima», el mensaje fue claramente recibido y pude
dedicarme a recorrer el colegio resoplando y resollando por mi propio esfuerzo. Siempre
obtuve una gran satisfacción personal al utilizar la silla de ruedas eléctrica, pero las
recompensas personales que logre al comenzar a recorrer el colegio de esta forma,
sobrepasaron todas mis expectativas. Comencé a tener una percepción distinta de mí mismo y
lo propio sucedió con mis compañeros. Hilos se hicieron partícipes de mi perseverancia y
determinación, granjeándome su respeto. Yo, a mi vez, no podía estar más satisfecho con los
resultados, al ver la liberación física y emocional que engalanó mi vida.
La silla de ruedas eléctrica me proporcionó una gran libertad mientras crecía. Me permitió
desplazarme en formas que no podía lograr bajo mi propio impulso. Sin embargo, a medida
que maduraba, me percaté de que la silla eléctrica que en una época me brindaba tanta
libertad, ahora se estaba convirtiendo rápidamente en un instrumento de confinamiento. Sentí
que era un ser libre cuya libertad estaba siendo coartada por la dependencia que tenía con la
silla de ruedas eléctrica. Me frustraba el mero pensamiento de tener que depender de algo
para el resto de mi vida.
Graduarme utilizando la silla de ruedas manual se constituyó en un hito simbólico de mi vida.
Quería entrar" en el futuro como un joven independiente, y no iba a permitirme el lujo de ser
llevado a través del escenario por una silla de ruedas eléctrica. Decidí tomarme todo el tiempo
que fuera necesario, pero lo haría yo mismo.
Junio 14 de 1989
Día del grado, lisa noche todos los graduandos marcharon alrededor del pabellón engalanados
con gorras y togas, para tomar sus asientos sobre el escenario. Yo me senté orgullosamente en
la primera fila, en mi silla de ruedas manual.
Cuando el maestro de ceremonias anunció mi nombre, caí en cuenta de que todo aquello por
lo que yo había luchado ahora era una realidad. La vida independiente que tanto había
anhelado ahora estaba al alcance de mi mano.
Me impulsé muy lentamente hacia el frente del escenario. Levanté la vista de mi concentración
para impulsar la silla y me percaté de que la concurrencia estaba de pie, brindándome una
ovación. Recibí el diploma con orgullo, me puse de cara a mis compañeros y levantando el
diploma en alto, grité con todas mis fuerzas: «¡Lo logró, lo logré!».
Mark E. Smith
Estoy creciendo

Me marcho el enemigo a degollar por valles y colinas, batallas a ganas Me voy madre, ¿me
puedes escuchar? Deséame suerte, ahora que tomo mi camino.
Quiero volar y mis alas desplegar, Recoger victorias para en alto enarbolar. Me voy madre, no
vayas a llorar.

Déjame salir en busca del destino.


Deseo ver, tocar y escuchar, temores y peligros afrontar.
A carcajada limpia procuro las lágrimas desterrar, y hasta mi pensamiento más prístino
expresar. Me voy en busca del mundo y a lograr mi empeño, a abrir la trocha, a realizar mi
sueño. Recuerda que aunque de mi navío soy el dueño Te amaré durante cada paso del
camino.
Brooke Mueller

Nueva vida
Apreciada graduada,
Bueno, ¡llegamos a la meta! Ya terminaron las fiestas de grado y estás lista para iniciar el viaje
de la vida. No me cabe duda de que tienes sentimientos encontrados. El contrasentido de los
grandes acontecimientos de la vida consiste en que rara vez abarca un solo sentimiento. Pero
eso está bien. Permite que las buenas ocasiones sean más valiosas y que las menos buenas
sean tolerables.
He dedicado mucho tiempo a decidir qué perlas de sabiduría te debo impartir. Decidir qué
cosas te debo decir y cuáles debo dejar para que tú las descubras, es una de las disyuntivas
más complejas que todo padre debe afrontar. Decidí finalmente ilustrarte un poco sobre los
asuntos básicos de la vida. Muchos de nosotros transitamos por sus vericuetos sin darles la
más mínima importancia, lis una lástima, porque al buscar respuestas para algunos de estos
interrogantes hacemos unos hallazgos maravillosos. También es cierto que puede ser una
experiencia un poco frustrante, pues cada vez que crees haber encontrado la respuesta resulta
que se nos hace necesario formular otra pregunta. (Lo anterior explica por qué todavía no
tengo respuesta alguna, ¡a pesar de ser un vejestorio) De todas maneras, espero que al
compartir contigo un pedacito de mí misma y de mi alma puedas, de alguna forma, salir
adelante cuando debas contestarte esas preguntas.
¿Quién? Me demoré un buen tiempo en darme cuenta de que ésta es probablemente la
pregunta más importante de todas. Tómate, el tiempo para descubrir quién eres y para ser
como realmente eres. Procura ser respetuosa, honesta y feliz. Cuando estés en paz contigo
misma todo lo demás estará en equilibrio. Procura no envolver tú identidad en el empaque de
tus posesiones. Permítete crecer y cambiar. Y siempre recuerda que no estás sola en este
mundo y que tienes a tu familia, a tus amigos a tu ángel de la guarda y a Dios (¡no
necesariamente en ese orden!).
¿Qué? lista es una pregunta resbalosa, y a decir verdad al principio me dio mucha lidia. Yo
pensé que la pregunta era: «¿Qué haré hoy?». Sin embargo, la cosa se puso interesante
cuando formulé la pregunta de otra forma: «¿Qué me apasiona?». Descubre qué es lo que
hace combustión en tus entrañas y te mantiene andando, y alimenta ese fuego interno.
Conviértelo en hoguera o deja que quede en las brasas. Haz lo que quieras con él, pero jamás
lo pierdas de vista. Hazlo porque eso es lo que amas hacer. La felicidad que te trae, te ayudará
a sobrellevar las circunstancias aburridoras de la vida.
¿Cuándo? lista es la solapada. No la ignores. Te mantendrá en equilibrio. Algunas cosas es
mejor hacerlas de inmediato. Por lo general, dejar lo que puedes hacer hoy para mañana traer
más trabajo; pero recuerda que hay una época para todo, y es mejor dejar algunas cosas para
otro día. Por difícil que pueda parecer, acuérdate de tomarte el tiempo para descansar y gozar
con el milagro de cada amanecer. Con un poco de práctica te deleitarás en hacer algunas cosas
de inmediato, y descubrirá el placer único de esperar y planear la realización de otras tantas.
¿Cuándo? Sorprendentemente, ésta es la más fácil. Siempre tendrás la respuesta a la mano si
mantienes tu hogar en el corazón y le pones el corazón a lo que decidas llamar tu hogar.
Participa activamente en tu comunidad y encontrarás el encanto especial que te encariña con
el lugar. Recuerda que el más simple acto de misericordia puede hacer una enorme diferencia,
y que tú sí puedes cambiar el mundo.
¿Por qué? Nunca dejes de hacerte esta pregunta, fe mantendrá en creciente evolución. Déjala
actuar. Deja que te cambie cuando te vuelvas demasiado complaciente. Deja que te grite
cuando estés tomando decisiones. Deja que te susurre al oído cuando pierdas de vista quién
eres y dónde deseas estar. Pero también tienes que tener cuidado con su alcance. A veces no
obtienes la respuesta sino al cabo de los años, y a veces no la obtienes nunca. Aceptar esta
realidad te mantendrá cuerda y te permitirá seguir adelante con tu vida.
¿Cómo? Lo siento, ¡pero con esta no puedo darte consejo alguno! A ésta le darás respuesta de
una forma, muy personal. Pero comoquiera que has llegado tan lejos en estos últimos años,
estoy segura de que te irá muy bien. No te olvides de creer en ti misma como también en los
milagros. Recuerda que los descubrimientos más significativos se lograron después de sortear
tropiezos con ciertas preguntas. Y por último, jamás olvides que te quiero. Felicitaciones por la
nueva vida estás a punto de iniciar. Con todo mi amor, Mamá.
Paula (Bachleda) Koskey

¿Quien es Jack Canfield?

Jack Canfield es uno de los más destacados expertos de los Estados Unidos en el desarrollo del
potencial humano y la eficiencia personal. Es un expositor dinámico y entretenido, así como un
capacitador altamente solicitado, con una maravillosa habilidad para informar e inspirar al
público y llevarlo a niveles superiores de autoestima y máximo rendimiento.
Es autor y narrador de varios programas en casetes y videos de gran venta, entre ellos, Self –
Esteem and Peak Performance, How to Build High Self – Esteem, Self- Esteem in the Classroom
y Chicken Soup for the Soul-Live. Se presenta con regularidad en programas de televisión tales
como Good Morning America, 20/20 y NBC Nightly News. Ha sido coautor de varios libros,
incluyendo los de la serie Chicken Soup for the Soul, traducida al español con el nombre
Chocolate caliente para el alma.
Jack Canfield suele hablar en asociaciones profesionales, distritos escolares, entidades
gubernamentales, iglesias, hospitales, organizaciones de ventas y corporaciones. Entre sus
clientes figuran American Dental Association, American Management Association, AT&T,
Campbell Soup, Clairol, Domino’s, Pizza, GE, ITT, Hartford Insurance y Jonson & Jonson. Es
profesor de Income Builders Internacional, una universidad para empresarios.
Dirige un programa anual de ocho días de entrenamiento para capacitadotes en las áreas de
autoestima y máximo rendimiento. A este programa asisten educadores, consejeros,
capacitadotes de padres y de empresas conferencistas profesionales, sacerdotes y otras
personas interesadas en desarrollar su habilidad para hablar en público y dirigir seminarios.

¿Quién es Mark Víctor Hansen?

Mark Víctor Hansen es un orador profesional que durante los últimos veinte años ha hecho
más de cuatro mil presentaciones ante más de dos millones de personas en treinta y dos
países. Sus conferencias versan sobre estrategias y excelencias en ventas, capacitación y
desarrollo personal, y cómo triplicar ingresos y duplicar el tiempo libre.
Mark ha dedicado toda su vida a su misión para lograr una profunda y positiva diferencia en la
vida de la gente. A lo largo de su carrera ha inspirado a cientos de miles de personas a crear
futuros con más propósito y mayor poder para sí mismas, mientras estimula la venta de miles
de millones de dólares en bienes y servicios.
Mark es un prolifico escritor, autor de Future Diary, How to Achieve Total Prosperety y The
Miracle of Tithing, entre otros libros. Es coautor de la serie Chicken Soup for the Soul, Dare to
Win y The Aladdin Factor (todos con Jack Canfield) y The Master Motivador (con Joe Batten).
Han producido una completa biblioteca de casetes y videocintas sobre capacitación personal
que les permiten a sus oyentes reconocer y utilizar sus habilidades innatas en los negocios y en
la vida personal. Su mensaje lo ha convertido en una personalidad popular en radio y
televisión. También ha aparecido en las portadas de numerosas revistas, entre ellas, Success,
Entrepeneur y Changes.
Es un gran hombre, con un gran corazón y un gran espíritu, una inspiración para todos los que
procuran mejorarse a sí mismos.

¿Quién es Kimberly Kirberger?

Kimberly Kirberger ha tenido muchos éxitos en la vida, pero el que más la enorgullece es que
muchos adolescentes la consideren su amiga. Cuando comenzó a recopilar Chocolate caliente
para el alma del adolescente con Jack y Mark, propuso que todas las decisiones finales serían
tomadas por los adolescentes mismos. Para lograrlo, se puso de acuerdo y trabajó con un
grupo de adolescentes que primero decidieron qué temas querían tratar en el libro y que
después la ayudaron a seleccionar las historias que mejor los cubrían. Para Kimberly lo más
importante es que este libro fuera para adolescentes y sólo para adolescentes.
Kimberly es la editora jefe de la serie Chocolate caliente para el alma. Como en la actualidad
hay más de 30 libros de la serie en redacción, compilación y edición, Kimberly está totalmente
dedicada a su trabajo. Además, es una diseñadora de joyas internacionalmente conocida y
creadora de la Kimberly Kirberger Collection, la cual se vende en más de 150 boutiques y
almacenes por departamentos.

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