Los Cuentos de Terror de Mariana Enríquez. Propuesta Didáctica para Un Aula de 4º de La ESO
Los Cuentos de Terror de Mariana Enríquez. Propuesta Didáctica para Un Aula de 4º de La ESO
Curso: 2020/2021
“El verbo leer no soporta el imperativo” (Daniel Pennac)
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ÍNDICE
1. INTRODUCCIÓN ..................................................................................... p. 5
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3.9.4. Cuarta sesión .............................................................................. p. 37
4. CONCLUSIONES ..................................................................................... p. 42
5. BIBLIOGRAFÍA ....................................................................................... p. 45
6. ANEXOS ..................................................................................................... p. 47
Anexo 1 ........................................................................................................ p. 47
Anexo 2 ........................................................................................................ p. 49
Anexo 3 ........................................................................................................ p. 55
Anexo 4 ........................................................................................................ p. 58
Anexo 5 ........................................................................................................ p. 60
Anexo 6 ........................................................................................................ p. 61
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1. INTRODUCCIÓN
En la actualidad de las aulas de Secundaria nos encontramos con un problema
constante: los alumnos no leen. Esta falta de interés por la lectura parece manifestarse en
la mayoría de estudiantes, que no ven en la actividad lectora una fuente atractiva de
entretenimiento.
Los datos del Informe PISA apuntan en la misma dirección (OCDE, 2018). Los
resultados de la prueba de comprensión lectora del año 2018, publicados recientemente,
revelan que los estudiantes españoles están significativamente por debajo del promedio
total de los países de la Unión Europea (477 puntos frente a 489). Es importante resaltar
que aunque Castilla y León, con 497 puntos, ocupa la primera posición del ranking
nacional y la decimoséptima del internacional, ha perdido 25 puntos respecto al año 2015,
lo que implica, indudablemente, un retroceso importante en esta competencia. Además,
el Informe revela la importancia de orientar la lectura hacia el disfrute, pues sólo así
lograremos mejorar la destreza lectora del alumnado y su rendimiento académico.
Los resultados de estos dos estudios evidencian que los jóvenes tienden a mostrar
un desdén hacia la lectura en la transición de la enseñanza Primaria a la Secundaria; o,
dicho de otro modo, en la transición de la niñez a la edad adulta. Y que esta pérdida de
interés está relacionada con el planteamiento de la lectura como obligación y no como
fuente de placer y de enriquecimiento personal.
Yubero Jiménez, en uno de los estudios que dedica a la relación entre la lectura y
el tiempo de ocio, advierte que “es en los últimos años de la niñez cuando las decisiones
en relación con la lectura se hacen más personales y guardan estrecha relación con la
distribución del tiempo libre” (Yubero Jiménez, 2010, p. 17). El crecimiento de los niños
implica ciertas transformaciones en sus formas de ocio y, entre dichas transformaciones,
la lectura pasa a ocupar un lugar secundario. Esta tendencia a la baja en la actividad
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lectora de los niños y adolescentes tiene sus repercusiones en las capacidades cognitivas
y en las habilidades en la lectura que éstos presentan.
Por su parte, Molina Villaseñor defiende que la tendencia depresora del hábito
lector en los jóvenes está vinculada muy estrechamente con el atractivo mundo
tecnológico, audiovisual e informático, que constituye un terreno depredador para la
lectura, pues requiere un mínimo esfuerzo intelectual y fomenta escasos niveles de
capacidad imaginativa (2006).
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2. FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA
Aunque el horror y el miedo han estado presentes desde los orígenes del hecho
literario, el género de terror, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene su punto de
partida en el último tercio del siglo XVIII. Alrededor de 1740 se empezó a percibir un
cambio en la estética literaria del momento, motivado por obras como The Castle of
Otranto, de Walpole, o Ode to Fear, de Collins. Este tipo de obras, que en su momento
resultaron rompedoras —pues trataban de progresar en la exploración del subconsciente
con temas que aludían directamente a la intimidad del hombre y sus preocupaciones más
profundas—, pronto darán paso al movimiento gótico, que sin duda se verá estimulado
por la atmósfera de lo sublime que imperaba en este siglo.
El movimiento gótico, con el paso del tiempo, se irá relacionando con la parte
tétrica que estas obras empiezan a mostrar y, además, progresivamente, el término
también se irá aplicando a los motivos fantásticos y al tratamiento de temas que habían
sido expulsados y cercenados de la literatura neoclásica, como el incesto, el asesinato, la
violencia o la tortura. Así, la estética imperante, preocupada por la exaltación de las
fracciones hermosas de la realidad, se verá desafiada por la estética gótica, en donde el
deleite por el horror y el dolor vistos como fuente de placer se implanta como una opción
artística inexplorada, pero fuertemente renovadora y atractiva; dando lugar a una
permutación en la significación del concepto de “belleza”, que ahora contempla sus partes
más oscuras y sórdidas y las acepta como elementos válidos dentro de su construcción.
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Mientras mostraban las imágenes de la muerte y los horrores de la tumba, el principal
objetivo de esta escuela era glorificar el fin espiritual que la tumba representaba,
convirtiendo los recovecos de la muerte en objetos de apreciación estética. Pero no
celebraban estos elementos como puros recursos estéticos: “The Grave” (1743), de
Robert Blair, revelan unas imágenes de la muerte e incita al lector a pensar en los horrores
de la muerte no como una fascinación morbosa, sino más bien como un aviso. Para Blair
la muerte es un camino que conduce de la tierra al cielo. La muerte no es ya un ser temido
y tenebroso, sino un paso intermedio (Sánchez-Verdejo Pérez, 2013, p. 28).
Así, esta poesía expulsa el miedo a la muerte, que es vista como una herramienta
de educación moral más que como un instrumento atemorizador, e intenta borrar las ideas
crédulas y supersticiosas que en torno a ella se habían conformado en las mentes
humanas.
El movimiento gótico, que, como indicábamos, toma fuerza en pleno siglo XVIII,
surgirá como forma reaccionaria contra la corriente filosófica del Racionalismo,
pensamiento triunfante del momento y protagonista del periodo de la Ilustración, según
el cual el ser humano sería capaz de alcanzar la felicidad y el entendimiento a través
únicamente de la razón. Así, la expresión de las emociones, el triunfo de lo inexplicable
y la dominación de todo elemento estético se convierten en los estandartes de esta nueva
circunstancia artística1. Los representantes del movimiento gótico se decidieron a
transgredir los principios estéticos establecidos, plasmaron la irracionalidad, lo
desconocido y enfocaron sus narrativas hacia el miedo, atrayendo a nuevos públicos. Para
conseguirlo, se valieron de paisajes que evocaban a épocas pasadas —castillos,
monasterios, bosques y la ciudad (más en el siglo XIX con el proceso de
industrialización)—, que simulaban lugares lúgubres y peligrosos a la par que atractivos
y enigmáticos para la sociedad.
Llegado este punto, cabría preguntarse por qué la sociedad comenzó a observar con
admiración ese cultivo creciente de lo terrorífico y lúgubre en la literatura. La primera
razón está relacionada con la decadencia de autores que habían triunfado hasta el
momento, como Defoe o Richardson, y que ahora carecían de interés para un público
deseoso de renovaciones. A este dato, habría que sumarle la irrupción de nuevas fórmulas
1 Sánchez-Verdejo Pérez explica que “mientras que el pasado gótico era considerado como la antítesis de
la cultura de la Ilustración, los acontecimientos, los escenarios, las figuras y las imágenes comenzaron a ser
consideradas por su propio valor. El estilo gótico se convirtió en la sombra que acechaba los valores
neoclásicos. Metafóricamente hablando, la oscuridad amenazaba la luz de la razón con lo que ésta
desconocía” (2013, p. 28).
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literarias y publicaciones novedosas que precisamente respondían a ese requerimiento
social tan ansiado.
Junto a esta fuerte demanda social, otro elemento responsable del triunfo de la
estética gótica fue la circunstancia temporal en la que se circunscribe; pues, aunque hemos
señalado que el género gótico aparece en el siglo XVIII, será en el siglo XIX (y
especialmente durante el Romanticismo) cuando se desarrolle con mayor fuerza e
intensidad. El siglo XIX, caracterizado por la rememoración melancólica de tiempos
clásicos, es el marco idóneo para este nuevo movimiento, marcado por la fascinación de
elementos medievales y antiguos. Así, los escritores de este siglo se acercan a la literatura
gótica con fascinación y ven en la descripción de la noche, de sucesos terribles y de
lugares enigmáticos la forma de dar rienda suelta a sus pasiones frustradas e interrogantes
vitales no contestados. Lo gótico supone para ellos una forma de escapar hacia una
realidad insólita, pero, para muchos, también necesaria, pues les proporciona la fórmula
de encarnar y representar los temores más profundos que han sido fuente de angustia
constante para el ser humano a lo largo de los tiempos.
En cuanto a la clase social que constituía la mayor parte del consumo de este tipo
de literatura, los lectores de esta clase de ficción pertenecen a un nuevo orden social que
se encuentra a medio camino entre la élite intelectual y la masa iletrada. Es un nuevo
lector de orígenes urbanos, perteneciente a una clase media alfabetizada, que, sin hallarse
en una posición superior dentro del ambiente artístico, encuentra en las propuestas góticas
una ficción al alcance de sus capacidades y a la medida de sus gustos, que nutre, a través
de la expresión del miedo y de los personajes, sus placeres literarios (Sánchez-Verdejo
Pérez, 2013).
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del miedo ya desde los primeros textos conservados, como en el Poema de Gilgamesh.
Las leyendas, cuentos, mitos, etc. son el caldo de cultivo que propicia que el surgimiento
de la literatura escrita del miedo sea posible. De esta forma, no es de extrañar que, en
1764, Horace Walpole, con su The Castle of Otranto, recogiera esta tradición y
comenzara un estilo que se ha venido a llamar ‘gótico’, que conformará el germen de la
formación de los géneros del horror y del terror. Para este autor, la base de la
diferenciación entre ambos géneros reside en la posibilidad o no de salvación:
A partir de todo esto, pensamos que el terror se relaciona con el miedo a amenazas
próximas, e incluso sorteables, mientras que el horror nos desorienta; de hecho, el empleo
de lo siniestro procedente de los complejos reprimidos provoca en los personajes y en los
lectores ofuscación, caos y desorientación, efectos del horror en los estados tanto
preconscientes como en el subconsciente (González Grueso, 2017, p. 11).
Por tanto, mientras que el horror no ofrece ninguna escapatoria grata para los
personajes que lo sufren, el género de terror sí muestra una opción a través de la cual sus
personajes pueden salvarse. El horror representa el miedo a la imposibilidad de escapar
de lo que desconocemos y no podemos controlar, de aquello que nos acecha de forma
intangible; con el terror, sin embargo, nos enfrentamos a un miedo que reconocemos de
forma precisa y palpable, lo que hace posible que podamos combatirlo y superarlo.
Para otros autores, como Botting (1998), el horror induce un estado de parálisis o
estremecimiento que se traduce en la pérdida de nuestras facultades, particularmente la
consciencia y el discurso, la impotencia física o la confusión mental, al contrario que el
terror, que procedería de la energía emocional liberada que estimula al sujeto a enfrentarse
a los actos que le sobrepasan.
Por otro lado, Eusebio V. Liácer Llorca (1996), en su acercamiento al estudio sobre
el terror, defiende que, para adscribir estos términos al terreno de lo literario, prefiere
adscribirse a la teoría de St. Armand (1972), por la que la diferencia no se establece en
términos de cantidad o cualidad del sentimiento sino en su raíz: el terror viene del exterior
atacando el alma del lector, mientras que el horror nace del interior de uno mismo. Por
tanto, mientras el terror puede vencerse con facilidad al cerrar el libro, el horror no, ya
que actúa directamente sobre los miedos enraizados en la mente a nivel inconsciente, y la
huida se hace mucho más complicada, porque dicho sentimiento escapa al control
consciente (Llorca, E. V. L. 1996).
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Por tanto, teniendo en cuenta la diferenciación que hace estos tres autores (González
Grueso, 2017; Botting, 1998; Liácer Llorca, 1996), podemos establecer la gradación del
siguiente modo:
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Así, el gótico que podemos encontrar hoy en día, lejos de buscar la perturbación en
ambientes y situaciones ajenas a el hombre y que escapan a su control, se centra en
mostrar las turbaciones que nacen dentro del propio individuo y el horror que supone
convivir con ellas, convirtiéndose en una víctima de los propios desórdenes. Así, esta
literatura reflejará la terrible condición del hombre, que se presenta como un sufridor
condenado a aceptar las características más oscuras e inmanentes de su naturaleza.
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En el acto de lectura de este gótico posmoderno se intentará que el lector se
cuestione sus propias incógnitas, y que sea precisamente esto lo que le lleve a buscar
respuestas en el texto. La representación de lo violento, lo inesperado y lo desconocido
sorprenden y transforman el acto de leer en algo exótico y extraordinario para un lector
desacostumbrado a una plasmación tan radical de las realidades. La práctica lectora se
vuelve un acto violento, debido a las múltiples referencias a lo extraño, a lo
incomprensible, a todo lo que de aterrador tiene nuestro mundo; referencias que se
acumulan sin dejar apenas respiro a la lectura. La huida interior de estos personajes se
materializa en el exterior, que resulta aún más perturbador y provoca una sensación de
laberinto insalvable. Un juego meta literario que conduce a un callejón sin salida que
acaba por asfixiar al lector (López Santos, 2013).
La sensación de inseguridad que el propio relato inspira siembra una duda constante
en el lector, que no tiene más remedio que asumir dicha incertidumbre para acabar
descubriendo el terrible mundo que le rodea.
Por tanto, en el panorama actual asistimos a una plena metamorfosis del género,
que abandona su carácter primigenio para convertirse en un utensilio valioso con el que
tratar de mitigar los males sociales y los temores más profundos que castigan al ser
humano. Como explica López Santos, vivimos una vida que mira hacia la muerte y, en
esa vacilación entre el deseo de vivir y la fascinación por la propia destrucción,
necesitamos el mundo gótico para salvar este obstáculo antitético (2013).
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de esta forma, que sus relatos transcriban realidades veraces, reconocibles y cercanas para
el lector.
Así, los elementos que conforman el género quedan ahora transmutados a unos
elementos renovados, que responden al momento que vivimos. De esta manera, los
escenarios que evocaban lugares remotos en el tiempo y lejanos para la sociedad, se
cambian por escenarios reconocibles (Buenos Aires, barrios marginales, pueblos
contaminados, ciudades…), que siguen reflejando el horror y lo retorcido, pero desde la
actualidad de lo cotidiano.
Los personajes siniestros que antes plagaban las novelas góticas y que aterrorizaban
al público por su carácter abominable o sobrenatural (fantasmas, monstruos,
demonios…), ahora aparecen plasmados en los propios seres humanos y en sus mentes,
ya que ellos mismos encarnan esas características abominables —seres marginales,
dementes, sociópatas, trastornados y desequilibrados— el horror se centra en ellos y sus
características personales.
Del mismo modo, los problemas que trataban las novelas góticas y que se
focalizaban en los miedos sociales de la época (caer en la demencia, la pérdida del honor,
la alteración de los órdenes sociales…) son intercambiados por problemas actuales, que
atañen a gran escala a toda la sociedad y tratan diferentes tipos de tormentos: el abuso del
poder, trastornos mentales, la degradación de los individuos, miedos personales… Sobre
2 Para más información sobre la variedad del gótico actual, ver Hodgson (2019).
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todos estos procedimientos, que responden a una herencia histórica concreta y a la
heterogeneidad de propuestas artísticas que irrumpen y que estos países asimilan, la
narrativa hispanoamericana construye todo un mundo narrativo, plagando la actualidad
circundante de situaciones delirantes, que en ocasiones atisbarán pasajes sobrenaturales
que se circunscriben en las experiencias de sus personajes.
De esta forma, dichos autores compartirán una doble marca igualitaria, que alude,
por un lado, al aspecto temporal y, por otro, y, sobre todo, a ese trauma común que los
efectos de la dictadura militar generaron.
El impacto de este hecho histórico dejará su impronta en sus trabajos, y asentará los
temas y procedimientos que estos escritores elegirán para sus obras.
Plasmarán ese legado traumático que han recibido y ellos mismos asumirán el papel
de hacerse responsables de atestiguar esa memoria que ha dejado estigma en el país, en
sus familias y en la cultura de toda una nación, serán la voz denunciante de todas estas
injusticias que ocurrieron en el pasado, pero cuyo recuerdo aún habita en el presente.
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Esta nueva generación querrá romper con buena parte de las proposiciones literarias
anteriores, y su inmersión en la literatura supondrá el abandono de muchos de esos tonos
precedentes:
Querrán mostrar que tienen una plena consciencia sobre el mundo que los rodea.
Un mundo inicuo, a veces absurdo, que condenan pero que no intentan cambiar, haciendo
de sus obras una aceptación crítica de la sociedad y consiguiendo como resultado la
perplejidad y la reflexión del lector, que nunca debe quedar indiferente en la recepción
de lo leído.
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historietas y leyendas locales que su abuela le contaba (que serán el germen de su
escritura):
A mí siempre me gustó escribir terror, y de hecho es lo que más me gusta leer, pero en
las novelas no me salía. Y en los cuentos pude” (Mariana Enríquez. Citado por Guerriero,
2019).
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nunca es inocente. Ni el miedo responde siempre a cuestiones atávicas o antropológicas,
sino que también es político y surge de contextos históricos concretos” (Niéspolo, 2017).
Es pues, en la demarcación de los terrores que asaltan al ser humano y los terrores que
han dejado huella en la Historia, donde se encuentra la indagación de la argentina, que se
empeña en deconstruir los terrenos normativos de la sociedad actual para formar
personajes con personalidades particulares.
De toda su producción narrativa publicada, serán sus dos antologías de cuentos las
que tendremos en cuenta para elaborar la propuesta educativa que este trabajo plantea:
Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Los peligros de fumar en la cama (2017),
caracterizadas por su rompedora novedad a la hora de ahondar en el tema del terror. Son
narraciones que se sumergen en la exploración de mundos inexplicables, atmósferas
inquietantes que muestran realidades incontrolables.
A través de los cuentos que en ellos encontramos, Enríquez intenta mostrar al lector
el lado horroroso de la realidad, subrayando la terrible cotidianidad, que a través de sus
diferentes facetas supera y somete al ser humano. Esto lo consigue a través de un
mecanismo novedoso: canalizando el terror en sus propios personajes y no en aspectos
lejanos y desconocidos, para que de esta forma sean ellos, los personajes, quienes busquen
subvertir los órdenes, dar respuesta a agravios, solucionar problemas y llevar a cabo una
suerte de venganza pedagógica (Ramella, 2019). En esta presunción pasmosa de lo
horrible, vemos una reacción curiosa y repetida en los individuos, y es que, en la admisión
de lo terrible, no hay en ellos atisbo de miedo, no existe el repudio típico que produce un
shock tan fuerte. En vez de encontrar una parálisis producida por esta vivencia chocante,
vemos cómo deciden afrontar su propia realidad y enfrentarse a lo sucedido, iniciando
una lucha con ellos mismos en busca de una respuesta o revancha personal para no
rendirse, y de esta forma intentar entender el sentido de la experiencia que acaban de
recibir y que ha cambiado sus vidas.
En los relatos de Enríquez encontramos tramas enérgicas, juegos en los que los
factores más atroces y estremecedores se intensifican y se potencian a su máximo nivel,
recreaciones ácidas y sórdidas. Sus cuentos exhalan relaciones tóxicas, personalidades
atormentadas, deseos repulsivos, anhelos indeseables. En ellos se presenta una
correspondencia estrecha entre el cuento y los elementos de la realidad más latente, como
el extremo componente político y su análisis siempre desfavorable, o la putrefacción de
las relaciones en la sociedad. Esta realidad externa siempre se ve compaginada con el
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examen de las propias realidades personales, que son causa y muchas veces también
justificación de los actos de los individuos, y que siempre acarrean consecuencias
irreversibles.
Por todo ello, la narrativa de Mariana Enríquez se presenta como una oportunidad
única y singular para aproximar el género del terror al aula desde una perspectiva dispar
y totalmente renovada. Creando la ocasión de que los alumnos, a través de sus relatos, se
sientan reflejados en sus personajes, y reconozcan en ellos características que ellos
mismos viven y sufren, ayudándoles a que alcancen la superación de los posibles miedos
y traumas- tanto personales como sociales-, que puedan estar experimentando.
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3. PROPUESTA DIDÁCTICA PARA 4º DE
LA ESO: “LOS CUENTOS DE TERROR DE
MARIANA ENRÍQUEZ”
3.1. JUSTIFICACIÓN
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número de lectores. Latorre indica además que incluso la obligación de leer que se inculca
en las aulas puede convertirse más tarde en un efecto “pernicioso”, dado que el alumnado
relaciona la lectura con la clase y con el examen, por lo que abandona la práctica lectora
en periodo vacacional o tras sus años escolares (2007).
Todos estos autores coinciden en pensar que el canon literario escolar se compone
de un buen número de obras clásicas, en su mayoría vernáculas, y muy alejadas en
ocasiones de los gustos lectores de los alumnos, los cuales suelen rechazarlas por su
obligatoriedad (Rivera Jurado, 2020). Los adolescentes muestran un claro desdén hacia
los clásicos, y esto se debe al simple hecho de que, al leerlos, no se ven reflejados en ellos
y sienten a sus personajes, autores y circunstancias muy lejos de su realidad inmediata.
Así, la renovación de un canon que incluya tanto las lecturas académicas como las
lecturas de interés y consumo de los alumnos se hace imprescindible. La tolerancia y
comprensión de los gustos lectores debe ser base en la construcción de los planes lectores
educativos, y el canon así debe reflejarlo. Solo de esta manera, integrando títulos con los
que los alumnos se pueden sentir identificados, encontraremos la forma de reducir ese
rechazo drástico a la lectura:
Conocer, como punto de partida, qué les gusta leer a los jóvenes, qué temas les interesan,
qué títulos son los más consumidos o cómo comparten sus lecturas, servirá al docente de
base angular sobre la que proyectar el encuentro con los autores del canon académico
desde el diseño de propuestas didácticas que aborden las conexiones de obras de literatura
juvenil con textos literarios vinculados al canon escolar (Rivera Jurado, 2020, p. 2).
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entender textos de distinto grado de complejidad y de géneros diversos, y reconstruya las
ideas explícitas e implícitas en el texto con el fin de elaborar su propio pensamiento crítico
y creativo; pero, a su vez, no se olvida de la importancia de encontrar el disfrute en ese
proceso, al recordar que “comprender un texto implica activar una serie de estrategias de
lectura que deben practicarse en el aula y proyectarse en todas las esferas de la vida y en
todo tipo de lectura: leer para obtener información, leer para aprender la propia lengua y
leer por placer.” Así, se revela como primordial que, en esta etapa tan acentuada por los
constantes y diversos cambios que experimentan los adolescentes, se les ofrezca una
orientación que les empuje a encontrarse con sus gustos lectores. Este desafío alude
directamente al docente, cuya función deberá ir enfocada a dotar a los estudiantes de obras
que se relacionen con líneas temáticas por las que se puedan sentir atraídos.
Como educadores debemos formar lectores y esta formación en pleno siglo XXI
exige atender, como mínimo, a una triple dimensión: formar personas que sepan leer, para
las que la lectura sea algo agradable y que lo hagan para aprender y para pensar (Cantero
Sandoval, 2013). Nuestro trabajo será el de ir acompañando a los alumnos en su
construcción de un marco literario personal, ayudándoles a discernir dentro de la amplia
oferta existente y guiándoles en la selección de obras de calidad provechosa.
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presentes en su crecimiento individual y vital. Este género ayuda enormemente al lector
joven a conseguir un desarrollo personal, pues alude directamente a su lado sentimental
y reproduce la intensidad que las experiencias vividas en esta etapa de la vida representan:
Ese es el motivo por el que la fantasía ha tenido tradicionalmente tanto éxito dentro de
las lecturas para jóvenes (...). ¿Cómo no dejarse seducir por esa libertad de paisajes y
escenarios que no sufren la limitación de la realidad a la que ellos están vinculados
(sentenciados, diría más de uno, no sin cierta razón)? La aventura, el riesgo, el amor...
todas son emociones que te hacen sentir vivo. Y la magia. No es casualidad que se trate
de los géneros más exitosos entre la gente joven (Lozano, 2016, p.28).
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Ciertamente, la tipología fantástica que alude al terror se trata de un subgénero que
ha sido poco explorado y recurrir a él en las aulas de secundaria no aparece usualmente
como una opción a contemplar. Esto quizá se debe, a que, como indican Julieta Romero
y Melisa Maina (2015), los tópicos del género remiten a tabúes del discurso social y de
la cultura: muertes, aparecidos, demonios, transformaciones, monstruosidades. Y que
precisamente son temas prohibidos porque el discurrir en la sociedad castiga duramente
este tipo de conductas que en los textos se aprueban. Pero precisamente silenciar y colocar
muros en temas de trascendencia y envergadura social como los mencionados, sobre todo
en estas etapas del desarrollo del individuo, no provocará más que una involución en la
formación del adolescente y su pensamiento. Normalizar ciertas conductas y situaciones
presentes en la sociedad, por negativas que sean, es algo totalmente sustancial, sobre todo
desde el plano de la educación, el cual debería abrir camino a que los alumnos acojan
aquellos elementos que puedan incomodarlos y hacerlos visibles a través de la lectura,
que muestra lo horroroso como algo penetrable y comprensible.
Por eso, acercar a los alumnos a este tipo de publicaciones, dado su carácter
atrayente y su tratamiento accesible de lo atroz, puede funcionar muy bien en el intento
de conseguir un fomento lector dentro del aula. Con este objetivo, y siguiendo la
legislación vigente (véase apartado 3.3.), hacemos una propuesta didáctica, que pretende
aprovechar el contacto positivo que los adolescentes mantienen con el género fantástico
para, a través de su variante del terror, intentar construir un fomento creciente en su
lectura. Para ello, se acercará al aula la figura de Mariana Enríquez, escritora y periodista
argentina que cuenta con dos antologías de cuentos de terror publicadas, de la que se
propondrán una serie de narraciones elegidas para que los alumnos lean en el aula.
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irá centrado a la comprensión general de las características del género y la lectura
ejemplificante de una serie de cuentos enmarcados en el subgénero del terror. Esto servirá
para que posteriormente, y trascendiendo a lo leído y estudiado, los alumnos activen sus
capacidades imaginativas y pongan en funcionamiento sus habilidades de producción a
través de una serie de tareas de invención propia.
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(en otra sesión); y una tercera parte, voluntaria, que los alumnos, en el caso de querer
participar, deberán realizar en su tiempo libre.
- Orden ECD 65/2015, de 21 de enero, por la que se describen las relaciones entre
las competencias, los contenidos y los criterios de evaluación de la educación
primaria, la Educación Secundaria Obligatoria y el Bachillerato.
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3.4. OBJETIVOS GENERALES Y ESPECÍFICOS
Además de los objetivos generales antes descritos, esta propuesta persigue una serie
de objetivos específicos que derivan de los contenidos y los criterios de evaluación de la
Orden EDU/362/2015:
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- Desenvolverse con soltura en la búsqueda de información y recursos digitales y
usar la creatividad en la redacción de textos de intención literaria.
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conocimientos propios, y como participando, intercambiando
instrumento de enriquecimiento opiniones, comentando y
personal y profesional. valorando escritos ajenos o
escribiendo y dando a conocer
los suyos propios.
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permanente, y la Orden ECD/65/2015, de 21 de enero, por la que se describen las
relaciones entre las competencias, los contenidos y los criterios de evaluación de la
educación primaria, la Educación Secundaria Obligatoria y el Bachillerato.
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beneficiosos para todos, pues la cooperación con objetivos comunes fomentará
la convivencia cívica y en sociedad del alumnado.
3.7. TEMPORALIZACIÓN
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pretende que los estudiantes alcancen a comprender mejor las peculiaridades del género
que presentamos, además de provocar un primer encuentro con la fórmula narrativa y el
carácter literario que Enríquez plasma en sus creaciones.
3.8. METODOLOGÍA
Para poder alcanzar todos los objetivos planteados, debemos llevar a cabo una
metodología que propicie que el alumnado sea un elemento activo en el proceso de
aprendizaje. Para esto, es necesario fortalecer en ellos el desarrollo de competencias
imprescindibles como el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de apreciar la
diversidad y aceptar el trabajo cooperativo, pero sin dejar de atender la autogestión
individual y la confianza. Todas ellas actitudes clave en la consecución de un rendimiento
educativo óptimo que ayude a alcanzar los distintos propósitos que cada etapa va
marcando.
Por eso, esta propuesta pretende en todo momento conseguir un aprendizaje lúdico
y dinámico, en el que los alumnos se encuentren en todo momento involucrados,
alcanzando una manera totalmente enriquecedora de aprender y abordar diferentes tareas.
El trabajo grupal es un recurso excelente para conseguirlo, pues permite introducir
métodos de intervención colaborativos, que impulsen una forma de actuar combinada y
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mancomunada; contar con un objetivo centralizado y común para todo el grupo, ayuda a
desarrollar un sentimiento de solidaridad que induce a los alumnos a querer lograr entre
todos las metas impuestas. Así mismo, la propuesta voluntaria de trabajo individual a
provocará en todo aquel que la desarrolle una mejora de su autoimagen y de sus facultades
de trabajo, así como una potenciación de su creatividad, un fomento de su esfuerzo y un
impulso en el progreso de sus destrezas personales y profesionales.
Por todo ello, a lo largo de esta propuesta se procura que las vías metodológicas
sigan perspectivas motivadoras y comprometidas para el alumnado, pero también
creativas y participativas, promoviendo en todo momento la comprensión y teniendo
siempre presente el objetivo de fortalecer en ellos las habilidades y las competencias que
les acompañarán el resto de sus vidas.
La primera sesión estará destinada a la introducción del género del cuento de terror
y de Mariana Enríquez, una de sus máximas representantes en la época actual. Para ello,
realizaremos, a través de la proyección de un Power Point desarrollado por el profesor
(ANEXO 1), un pequeño repaso de la historia del género, desde su origen hasta la época
actual. Hablaremos en primer lugar del cuento como género literario y de sus
características principales, entre las que destacarían la brevedad, el desarrollo de la acción
en tres fases (introducción, nudo y desenlace), la presencia de un narrador encargado de
relatar los hechos que van sucediendo y la configuración de la historia en torno a unos
pocos personajes, lo que ayuda a construir una trama no muy condensada.
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magnetizador” o “El hombre de arena”) o Edgar Allan Poe (“El péndulo” o “El gato
negro”) hasta Mariana Enríquez, ya en el siglo XXI. También explicaríamos las
características del cuento de terror: verosimilitud; descripciones detalladas, tanto de los
personajes (de los que se otorgan descripciones referentes a sus sensaciones y
sentimientos) como de los espacios en los que ocurren los sucesos; presencia continua de
un elemento sobrenatural o desconocido; miedo; sensación constante de que los
personajes de estar viviendo situaciones no comunes o de que puedan ser fantasmas, seres
imaginarios, bestias, monstruos; etc. (Jiménez Vega, 2017).
Una vez construido el marco teórico sobre el género, sería el momento de presentar
a Mariana Enríquez, de la que simplemente se ofrecerían unos breves apuntes biográficos
que ayudaran a los alumnos a comprender mejor el universo en el que nacen sus
creaciones, así como la mención de algunas de sus características narrativas más
esenciales (todas ellas explicadas en la primera parte de este trabajo).
Esta primera sesión servirá a los alumnos para asimilar los conocimientos sobre el
género y la autora, los cuales deberán recordar, pues les serán de gran ayuda en el
desarrollo de las siguientes sesiones.
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Una vez realizada la lectura, se realizará un pequeño ejercicio de comprensión
lectora, también conjunto, en el que el profesor hará el papel de mediador, introduciendo
las diferentes cuestiones a debatir. Estas cuestiones se iniciarán con la puesta en común
del sentido del cuento leído, en el que los alumnos compartirán sus opiniones sobre la
historia y las impresiones sobre la trama, dejando pie a que muestren sus juicios y las
sensaciones que les ha producido. A continuación, el profesor les propondrá que, entre
todos, vayan mencionando las distintas características, tanto las del género literario del
cuento como las del subgénero del cuento de terror, vistas en la sesión anterior. Todas las
ideas que vayan surgiendo serán apuntadas por el profesor en la pizarra, para que, una
vez terminada la ronda de respuestas, puedan ser visualizadas en conjunto y apreciadas
con mayor claridad por parte de los alumnos.
La lectura en común persigue promover el acto de leer entre los alumnos, el cual,
al ser realizado de forma conjunta, generará que los estudiantes se sientan partícipes del
proceso; además, ayudará a que éstos mantengan la atención en la narración en todo
momento. El posterior ejercicio de comprensión aspira a fortalecer la faceta participativa
de los alumnos, los cuales, al sentirse parte de una actividad colectiva, se verán más
dispuestos a colaborar y contribuir en la construcción conjunta de las ideas. Además,
dicho ejercicio ayudará a la recopilación de los apuntes teóricos previamente vistos de
una manera totalmente funcional y práctica, que supondrá su fácil asimilación y
aprendizaje para los alumnos.
35
3.9.3. Tercera sesión
Los cuentos elegidos para esta actividad son: “Fin de curso”, “Nada de carne sobre
nosotras”, “Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo” y “La Virgen de
la Tosquera”, los tres primeros sacados del libro Las cosas que perdimos en el fuego, y
el último extraído de Los peligros de fumar en la cama. Se trata de cuentos de una
extensión similar (entre 6 y 12 páginas), para que el trabajo con ellos sea equitativo.
Todos los cuentos elegidos tratan temas interesantes para acercar a un aula de 4º de ESO,
como los trastornos alimenticios en “Nada de carne sobre nosotras” o los problemas
mentales y las tendencias autodestructivas en “Fin de curso”, lo que aporta aún más valor
a la actividad al sumar en ella el tratamiento de aspectos importantes y relevantes para los
alumnos de estas edades.
Una vez hecho el reparto, el profesor explicará la actividad. Cada grupo deberá leer
el cuento y extraer su historia, para que, a través de ella, construyan un pequeño póster o
portada que muestre la esencia o concepto general del relato. Para la construcción de
dicho póster, los alumnos deberán recopilar imágenes, cuadros, fotos, dibujos e incluso
canciones, pertenecientes a diferentes épocas y manifestaciones artísticas, que montarán
a modo de collage; el elemento conductor del poster siempre será el tema del terror. Los
pósters pueden ser elaborados a mano (manualidad en papel) o por ordenador (con ayuda
de la tecnología). Para ayudarles a comprender la actividad, el profesor les instruirá con
diferentes contenidos audiovisuales cercanos al planteamiento que quiere que consigan
los alumnos, como portadas de películas de cine, y libros de terror, iconografía variada o
bandas sonoras de diferentes grupos (ANEXO 3).
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por su cuenta, leyendo, en primer lugar, el cuento que les ha tocado y exponiendo ideas
y trabajando conjuntamente, en segundo lugar.
Esta última sesión será la destinada a la exposición final de los distintos trabajos
realizados a lo largo de los anteriores días. Dado que el número de grupos a exponer es
solamente cuatro, no debería existir ningún problema de tiempo para su desarrollo; de
todos modos, el profesor informará que cada grupo dispondrá de un máximo de 13
minutos, asegurándose así el cumplimiento temporal de la sesión.
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Angelita”), pero con una particularidad: su final habrá sido interrumpido, por lo que los
alumnos, cuando lo lean, se encontrarán con la incapacidad de conocer su desenlace. La
tarea voluntaria pondrá a prueba su ingenio, pues los alumnos deberán escribir su propio
final para esa historia (ANEXO 4). La extensión del final será totalmente libre y el plazo
de entrega de una semana.
Los alumnos podrán escribir sus propuestas en un blog creado por el profesor, que
lleva por título El desenlace de Angelita (ANEXO 5). En ese blog, se encontrará también
el modelo de cuento truncado, para que todo aquel interesado en visitar la página, pueda
leerlo antes de adentrarse en la lectura de las distintas opciones de final. El profesor
anunciará a la clase la existencia de dicho blog, animando a todos los alumnos a que lo
visiten y den su opinión sobre las creaciones a través de una encuesta que el mismo
profesor facilitará en otra entrada del blog para que todo aquel que lo desee pueda votar
por su propuesta favorita. Así, la creación que más número de buenas valoraciones reciba,
será el vencedor del taller de escritura.
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3.10. EVALUACIÓN
Todas las actividades van dirigidas a que los alumnos muestren sus ideas y
compartan con total libertad sus opiniones, buscando ser respetados y a su vez, respetando
las opiniones de los demás. Además, se pondrá en juego la cooperación activa y la
búsqueda del acuerdo grupal en la elaboración de los trabajos, desarrollando la
comunicación interpersonal y las relaciones colaborativas.
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3.12. RECURSOS
• Materiales y actividades
- Corpus formado por los cuentos de Mariana Enríquez para el trabajo grupal:
c) “Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo” (Grupo C).
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profesor impartiría las sesiones por vía telemática y aportaría, por esta misma vía, todos
los materiales necesarios para su realización (presentación en Power Point, cuentos,
imágenes y canciones, etc.).
Los trabajos en grupo podrían mantenerse, ya que dicha plataforma permite que los
alumnos puedan trabajar en distintas salas de reuniones. Los pósters se entregarían al
profesor por vía telemática e irían acompañados de una pequeña justificación (que
sustituiría a la exposición oral). El profesor subirá las propuestas de los distintos grupos
a la plataforma, para que todos los compañeros puedan acceder a ellas.
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4. CONCLUSIONES
La idea de esta propuesta surge de la urgente necesidad de fortalecer el hábito lector
en los estudiantes, pues, tal y como hemos comentado a lo largo de este trabajo, los datos
que presentan tanto la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) como la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) son poco
halagüeños. Ambos estudios ponen de manifiesto que los alumnos tienden a mostrar un
desdén hacia la lectura en la transición de la enseñanza Primaria a la Secundaria y que
esta pérdida del interés está relacionada, en gran medida, con el planteamiento de la
lectura como obligación, y no como fuente de placer y de enriquecimiento personal.
Somos conscientes de que para alcanzar esa idea (la de la lectura como placer)
debemos seleccionar obras afines a los gustos e intereses de los jóvenes, y es ahí donde
el género de terror adquiere un papel relevante. La literatura gótica, por lo que tiene de
ilusorio, pero, sobre todo, por las sensaciones que genera, fascina a los lectores de esta
edad; pero, sorprendentemente, no es muy utilizada en las aulas.
Nuestra propuesta, que lleva por título “Los cuentos de terror de Mariana
Enríquez”, tiene como principal objetivo que los alumnos de 4º de la ESO disfruten de la
lectura; que sean capaces de explorar, a través de ella, nuevos mundos, reales o
imaginarios, de progresar en el encuentro consigo mismos y alcanzar su crecimiento
personal (conforme recoge la Orden EDU/362/2015, de 4 de mayo, por la que se establece
para la Comunidad de Castilla y León el currículo de la Educación Secundaria
Obligatoria). Además, hemos seleccionado una serie de cuentos que abordan temas de
gran importancia para ellos, como las tendencias autodestructivas o los trastornos de
alimentación.
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El fomento de la competencia literaria por medio de propuestas cercanas al mundo
de los adolescentes, así como la implantación de una metodología cooperativa
constituyen elementos pedagógicos trascendentales en la instauración de un aprendizaje
óptimo y productivo.
Por otro lado, cabe destacar que, a través del análisis de los distintos cuentos, el
alumnado debe trabajar la conexión de literatura con otras manifestaciones artísticas
(pintura, cine, música, etc.), profundizando de esta forma en la inclusión de la
interdisciplinariedad en el aula y la compatibilización de la literatura con otros ámbitos
estilísticos de igual importancia en la sociedad.
Recuperando alguno de los objetivos elegidos para esta propuesta, se concluye que,
a través de su realización, el alumno alcanzará su desarrollo personal, su sentido crítico y
la confianza en sí mismo, así como su capacidad para desenvolverse en el trabajo
cooperativo con el resto de compañeros, respetando las diferentes opiniones y alcanzando
objetivos comunes a través de la toma de decisiones conjuntas. Así mismo, se logrará un
fomento de la lectura, una comprensión de los textos y una apreciación de la creación
literaria, consiguiendo desarrollar destrezas artísticas y expresivas que abarcan tanto el
campo de la escritura, como el de la comunicación y la tecnología.
43
5. BIBLIOGRAFÍA
Enríquez, M. (2016). Las cosas que perdimos en el fuego. Buenos Aires: Anagrama.
Guerriero, L. (2019). Mariana Enríquez: Una canción perfecta. Dossier, 21, 13-20.
Recuperado de [Link]
44
Jiménez Vega, D. K. (2017), “El cuento de terror como recurso didáctico para el
desarrollo de las habilidades de producción escrita” (Tesis de Grado de la Universidad
Pedagógica Nacional de Bogotá). Recuperado de
[Link]
[Link]?sequence=1&isAllowed=y
45
Pindado, J. (2006). Los medios de comunicación y la construcción de la identidad
adolescente. Zer: Revista de Estudios de Comunicación, 21, 11-22. Recuperado de
[Link]
46
6. ANEXOS
47
Autorretrato de E.T.A Hoffmann Portada de El hombre de arena
48
ANEXO 2: FOTOCOPIAS DEL CUENTO “LA CASA DE ADELA” DE
MARIANA ENRÍQUEZ, PUBLICADO EN LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL
FUEGO (SESIÓN 2)
Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes
amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, las botitas de gamuza—, regresa de noche,
en sueños. Los sueños con Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo,
los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín
que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada en su enorme chalet inglés
insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un castillo, y sus habitantes, los señores,
y nosotros, los siervos en nuestras casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos
porque ella tenía los mejores juguetes importados, que le traía su papá de Estados Unidos. Y porque
organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 3 de enero, poco antes de Reyes y poco después de Año
Nuevo, al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo.
Y porque tenía un proyector y usaba las paredes blancas del living para ver películas mientras el resto del
barrio todavía tenía televisores blanco y negro.
Pero, sobre todo, nos hicimos amigos de ella, mi hermano y yo, porque Adela tenía un solo brazo. O a
lo mejor sería más preciso decir que le faltaba un brazo. El izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba
desde el hombro; tenía ahí una pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de músculo, pero
no servía para nada. Los padres de Adela decían que había nacido así, que era un defecto congénito. Muchos
otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían
que la iban a contratar en un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina.
A ella no le importaba. Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba ser observada y nunca
ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de alguien, era capaz de refregarle el muñón por la cara o
sentarse muy cerca y rozar el brazo del otro con su apéndice inútil, hasta humillarlo, hasta dejarlo al borde de
las lágrimas.
Nuestra madre decía que Adela tenía un carácter único, era valiente y fuerte, un ejemplo, una dulzura,
qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero Adela decía que sus padres mentían. Sobre el brazo. No
nací así, contaba. Y qué pasó, le preguntábamos. Y entonces ella contaba su versión. Sus versiones, mejor
dicho. A veces contaba que la había atacado su perro, un dóberman negro llamado Infierno. El perro se había
vuelto loco, les suele pasar a los dóberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para
el tamaño del cerebro; por eso les dolía siempre la cabeza y se enloquecían de dolor, se les trastornaba el
cerebro apretado contra los huesos. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. Se acordaba: el
dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la sangre manchando el pasto, mezclada con el
agua de la pileta. Su padre lo había matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el
disparo, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Mi hermano no creía en esta versión.
—A ver, ¿y la cicatriz dónde está?
Ella se molestaba.
—Se curó rebién. No se ve.
—Imposible. Siempre se ven.
—No quedó cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida. .
—Obvio. Igual tendría que haber cicatriz. No se borra así nomás.
Y le mostraba su propia cicatriz de apendicitis, en la ingle, como ejemplo.
—A vos porque te operaron médicos de cuarta. Yo estuve en la mejor clínica de Capital.
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—Bla bla bla —le decía mi hermano, y la hacía llorar. Era el único que la enfurecía. Y, sin embargo,
nunca se peleaban del todo. Él disfrutaba con sus mentiras. A ella le gustaba el desafío. Y yo solamente
escuchaba y así pasaban las tardes después de la escuela hasta que mi hermano y Adela descubrieron las
películas de terror y cambió todo para siempre.
No sé cuál fue la primera película. A mí no me daban permiso para verlas. Mi mamá decía que era
demasiado chica. Pero Adela tiene mi misma edad, insistía yo. Problema de sus papás si la dejan: ya te dije
que no, decía mi mamá, y era imposible discutir con ella.
—¿Y por qué a Pablo lo dejás?
—Porque es más grande que vos.
—¡Porque es varón! —gritaba mi papá, entrometido, orgulloso.
—¡Los odio! —gritaba yo, y lloraba en mi cama hasta quedarme dormida.
Lo que no pudieron controlar fue que mi hermano Pablo y Adela, llenos de compasión, me contaran las
películas. Y cuando terminaban de contarme las películas, contaban más historias. No puedo olvidarme de
esas tardes: cuando Adela contaba, cuando se concentraba y le ardían los ojos oscuros, el parque de la casa
se llenaba de sombras, que corrían, que saludaban burlonas. Yo las veía cuando Adela se sentaba de espaldas
al ventanal, en el living. No se lo decía. Pero Adela sabía. Mi hermano no sé. Él era capaz de ocultar mejor
que nosotras.
Él supo ocultar hasta el final, hasta su último acto, hasta que solamente quedó de él ese costillar a la
vista, ese cráneo destrozado y, sobre todo, ese brazo izquierdo en medio de las vías, tan separado de su cuerpo
y del tren que no parecía producto del accidente —del suicidio, le sigo diciendo accidente a su suicidio—;
parecía que alguien lo había llevado hasta el medio de los rieles para exponerlo, como un saludo, un mensaje.
La verdad es que no recuerdo cuáles de las historias eran resúmenes de películas y cuáles eran inventos
de Adela o Pablo. Desde que entramos en la casa, nunca pude ver una película de terror: veinte años después
conservo la fobia y, si veo una escena por casualidad o por error en la televisión, esa noche tomo pastillas
para dormir y durante días tengo náuseas y recuerdo a Adela sentada en el sofá, con los ojos quietos y sin su
brazo, mientras mi hermano la miraba con adoración. No recuerdo, es cierto, muchas de las historias: apenas
una sobre un perro poseído por el demonio —Adela tenía debilidad por las historias de animales—, otra sobre
un hombre que había descuartizado a su mujer y había ocultado sus miembros en una heladera y esos
miembros, por la noche, habían salido a perseguirlo, piernas y brazos y tronco y cabeza rodando y
arrastrándose por la casa, hasta que la mano muerta y vengadora mató al asesino apretándole el cuello —
Adela tenía debilidad, también, por las historias de miembros mutilados y amputaciones—; otra sobre el
fantasma de un niño que siempre aparecía en las fotos de cumpleaños, el invitado terrorífico que nadie
reconocía, de piel gris y sonrisa ancha.
Me gustaban especialmente las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé cuándo comenzó la
obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde, después de la escuela, mi hermano y yo la acompañamos hasta
el supermercado. Ella apuró el paso cuando pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra
del negocio. Nos dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo de la risa de mi
madre, de lo joven que era esa tarde de verano, del olor a champú de limón de su pelo y de la carcajada de
chicle de menta.
—¡Soy más tonta! Me da miedo esa casa, no me hagan caso.
Trataba de tranquilizarnos, de portarse como una adulta, como una madre.
—Por qué —dijo Pablo.
—Por nada, porque está abandonada.
—¿Y?
—No hagas caso, hijo.
—¡Decime, dale!
—Me da miedo que se esconda alguien adentro, un ladrón, cualquier cosa.
Mi hermano quiso saber más, pero mi madre no tenía mucho más para decir. La casa había estado
abandonada desde antes de que mis padres llegaran al barrio, antes del nacimiento de Pablo. Ella sabía que,
apenas meses antes, se habían muerto los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso
saber Pablo. Qué morboso estás, hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno atrás del otro. Les
pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere, el otro se apaga enseguida. Y, desde entonces, los
hijos se están peleando por la sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se
están peleando para ver quién se queda con la casa. Pero es una casa bastante chota, dijo Pablo, y mi mamá
lo retó por usar una mala palabra.
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—¿Qué mala palabra?
—Sabés perfectamente: no voy a repetir.
—«Chota» no es una mala palabra.
—Pablo, por favor.
—Bueno. Pero está que se cae la casa, mamá.
—Qué sé yo, hijo, querrán el terreno. Es un problema de la familia.
—Para mí que tiene fantasmas.
—¡A vos te están haciendo mal las películas!
Yo creí que le iban a prohibir seguir viendo películas, pero mi mamá no volvió a mencionar el tema. Y,
al día siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa. Ella se entusiasmó: una casa embrujada tan cerca,
en el barrio, a dos cuadras apenas, era la pura felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Los tres salimos corriendo.
Bajamos a los gritos las escaleras de madera del chalet, muy hermosas (tenían de un lado ventanas con vidrios
de colores, verdes, amarillos y rojos, y estaban alfombradas). Adela corría más lento que nosotros y un poco
de costado, por la falta del brazo; pero corría rápido. Esa tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me
acuerdo de que, cuando corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de bracito y ella lo acomodaba
sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de pelo.
La casa no tenía nada especial a primera vista, pero, si se le prestaba atención, había detalles
inquietantes. Las ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente, con ladrillos. ¿Para evitar que alguien
entrara o que algo saliera? La puerta, de hierro, estaba pintada de marrón oscuro; parece sangre seca, dijo
Adela.
Qué exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes amarillos. Eso sí me
daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba los dientes, creo; y, además, era muy pálida y la piel
traslúcida hacía resaltar ese color enfermizo, como en los rostros de las geishas. Entró en el jardín, muy
pequeño, de la casa. Se paró en el pasillo que llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—¿Se dieron cuenta?
No esperó nuestra respuesta.
—Es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
Mi hermano la siguió, entró en el jardín y, como si tuviera miedo, también se quedó en el pasillo de
baldosas que iba de la vereda a la puerta de entrada.
—Es verdad —dijo—. Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré. Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó después: estoy segura
de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado.
Arrasado. Era amarillo y corto: ni un yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al
mismo tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco, como un mosquito gordo.
Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mi hermano y Adela se burlaran de mí, pero tenía ganas de
escapar hasta mi casa, hasta mi mamá, de decirle sí, tenés razón, esa casa es mala y no se esconden ladrones,
se esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que salir.
Adela y Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban en el barrio sobre la casa.
Preguntaban al quiosquero y en el club; a don Justo, que esperaba el atardecer sentado en la puerta de su casa,
a los gallegos del bazar y a la verdulera. Nadie les decía nada de importancia. Pero varios coincidieron en
que la rareza de las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les daba escalofríos, tristeza, a veces miedo, sobre
todo miedo de noche. Muchos se acordaban de los viejitos: eran rusos o lituanos, muy amables, muy callados.
¿Y los hijos? Algunos decían que peleaban por la herencia. Otros que no visitaban a sus padres, ni siquiera
cuando se enfermaron. Nadie los había visto. Nunca. Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien tuvo que tapiar las ventanas —le dijo mi hermano a don Justo.
—Vos sabés que sí. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los hijos.
—A lo mejor los albañiles eran los hijos.
—Seguro que no. Eran bien morochos los albañiles. Y los viejitos eran rubios, transparentes. Como
vos, como Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser. De por ahí.
La idea de entrar en la casa fue de mi hermano. Me lo sugirió primero a mí. Le dije que estaba loco.
Estaba fanatizado. Necesitaba saber qué había pasado en esa casa, qué había adentro. Lo deseaba con un
fervor muy extraño para un chico de once años. No entiendo, nunca pude entender qué le hizo la casa, cómo
lo atrajo así. Porque lo atrajo a él, primero. Y él contagió a Adela.
51
Se sentaban en el caminito de baldosas amarillas y rosas que partía el jardín seco. El portón de hierro
oxidado estaba siempre abierto, les daba la bienvenida. Yo los acompañaba, pero me quedaba afuera, en la
vereda. Ellos miraban la puerta, como si creyeran que podían abrirla con la mente. Pasaban horas ahí,
sentados, en silencio. La gente que pasaba por la vereda, los vecinos, no les prestaban atención. No les parecía
raro o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre.
O, a lo mejor, la casa no me dejaba hablar. La casa no quería que los salvara.
Seguíamos reuniéndonos en el living de la casa de Adela, pero ya no se hablaba de películas. Ahora
Pablo y Adela —pero sobre todo Adela— contaban historias de la casa. De dónde las sacan, les pregunté una
tarde. Parecieron sorprendidos, se miraron.
—La casa nos cuenta las historias. ¿Vos no la escuchás?
—Pobre —dijo Pablo—. No escucha la voz de la casa.
—No importa —dijo Adela—. Nosotros te contamos.
Y me contaban.
Sobre la viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el fondo.
Sobre el fondo, igual de seco y muerto que el jardín, lleno de pequeños agujeros como madrigueras de
ratas.
Sobre una canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba agua.
A Pablo le costó un poco convencer a Adela de que entrara. Fue extraño. Ahora ella parecía tener miedo:
se turnaban. En el momento decisivo, ella parecía entender mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del
único brazo y hasta la sacudía. En el colegio, se hablaba de que Pablo y Adela eran novios y los chicos se
metían los dedos en la boca, hasta la garganta, haciendo gesto de vómito. Tu hermano sale con la monstrua,
se reían. A Pablo y Adela no les molestaba. A mí tampoco. A mí solamente me preocupaba la casa.
Decidieron entrar el último día del verano. Fueron las palabras exactas de Adela, una tarde de discusión
en el living de su casa.
—El último día del verano, Pablo —dijo—. Dentro de una semana.
Quisieron que yo los acompañara y acepté porque no quería dejarlos. No podían entrar solos en la
oscuridad.
Decidimos entrar de noche, después de la cena. Teníamos que escaparnos, pero salir de casa tarde, en
verano, no era tan difícil. Los chicos jugaban en la calle hasta tarde en el barrio. Ahora no es así. Ahora es
un barrio pobre y peligroso, los vecinos no salen, tienen miedo de que les roben, tienen miedo de los
adolescentes que toman vino en las esquinas y a veces se pelean a tiros. El chalet de Adela se vendió y fue
dividido en departamentos. En el parque se construyó un galpón. Es mejor, creo. El galpón oculta las sombras.
Un grupo de chicas jugaba al elástico en medio de la calle; cuando pasaba un auto —circulaban muy
pocos—, paraban para dejarlo pasar. Más lejos, otros pateaban una pelota y donde el asfalto era más nuevo,
más liso, algunas adolescentes patinaban. Pasamos entre ellos, desapercibidos.
Adela esperaba en el jardín muerto. Estaba muy tranquila, iluminada. Conectada, pienso ahora.
Nos señaló la puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
—¿Cómo? —preguntó Pablo.
—La encontré así.
Mi hermano se sacó la mochila y la abrió. Traía llaves, destornilladores, palancas; herramientas de mi
papá que había encontrado en una caja, en el lavadero. Ya no las iba a necesitar. Estaba buscando la linterna.
—No hace falta —dijo Adela.
La miramos confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro de la casa había
luz.
Recuerdo que caminamos de la mano bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el techo,
donde debería haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los huecos como ramas secas. Parecía
la luz del sol. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Ahí adentro hacía
frío y olía a desinfectante y la luz era como de hospital.
La casa no parecía rara por adentro. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa del teléfono, un
teléfono negro, como el de nuestros abuelos.
52
Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo de que recé así, de que repetí eso en voz baja, con
los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que parecía desde afuera.
Y zumbaba, como si vivieran colonias de bichos ocultos detrás de la pintura de las paredes.
Adela se adelantaba, entusiasmada, sin miedo. Pablo le pedía «esperá, esperá» cada tres pasos. Ella
hacía caso pero no sé si nos escuchaba claramente. Cuando se daba vuelta para mirarnos, parecía perdida. En
sus ojos no había reconocimiento. Decía «sí, sí», pero yo sentí que ya no nos hablaba. Pablo sintió lo mismo.
Me lo dijo después.
La sala siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el polvo. Contra la
pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y llenos de pequeños adornos, tan pequeños que
tuvimos que acercarnos para verlos. Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más
bajos, los que alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
Al principio no supe lo que estaba viendo. Eran objetos chiquitísimos, de un blanco amarillento, con
forma semicircular. Algunos eran redondeados, otros más puntiagudos. No quise tocarlos.
—Son uñas —dijo Pablo.
Sentí que el zumbido me ensordecía y me puse a llorar. Abracé a Pablo, pero no dejé de mirar. En el
siguiente estante, el de más arriba, había dientes. Muelas con plomo negro en el centro, como las de mi papá,
que las tenía arregladas; incisivos, como los que me molestaban cuando empecé a usar aparatos; paletas como
las de Roxana, la chica que se sentaba delante de mí en el colegio. Cuando levanté la cabeza para alcanzar a
ver el tercer estante, se fue la luz.
Adela gritó en la oscuridad. Mi corazón latía tan fuerte que me dejaba sorda. Pero sentía a mi hermano,
que me abrazaba los hombros, que no me soltaba. De pronto, vi un redondel de luz en la pared: era la linterna.
Dije: «Salgamos, salgamos.» Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en
la casa. Lo seguí. Quería irme, pero no sola.
La luz de la linterna iluminaba cosas sin sentido. Un libro de medicina, de hojas brillantes, abierto en
el suelo. Un espejo colgado cerca del techo, ¿quién podía reflejarse ahí? Una pila de ropa blanca. Pablo se
frenó: movía la linterna y la luz sencillamente no mostraba ninguna otra pared. Esa habitación no terminaba
nunca o sus límites estaban demasiado lejos para ser iluminados por una linterna.
—Vamos, vamos —volví a decirle, y recuerdo que pensé en salir sola, en dejarlo, en escapar. .
—¡Adela! —gritó Pablo.
No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna.
—Acá.
Era su voz, muy baja, cerca. Estaba detrás de nosotros. Retrocedimos. Pablo iluminó el lugar de donde
venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada junto a
una puerta. Después giró, abrió la puerta que estaba a su lado y la cerró detrás de ella. Mi hermano corrió,
pero cuando llegó a la puerta, ya no pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la mochila, para abrir la
puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería sacarla: solamente quería salir, y lo seguí, corriendo. Afuera
llovía y las herramientas estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la noche.
Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un minuto, asustados, sorprendidos,
alguien cerró la puerta desde adentro.
La casa dejó de zumbar.
No recuerdo bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrirla. Pero en algún momento escuchó mis
gritos. Y me hizo caso.
Mis padres llamaron a la policía.
Y todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres, los padres de Adela,
la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo
que no con la cabeza. La madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
Nunca la encontraron. Ni viva ni muerta. Nos pidieron la descripción del interior de la casa. Contamos.
Repetimos. Mi madre me dio un cachetazo cuando hablé de los estantes y de la luz. «¡La casa está llena de
escombros, mentirosa!», me gritó. La madre de Adela lloraba y pedía «por favor, dónde está Adela, dónde
está Adela».
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En la casa, le dijimos. Abrió una puerta de la casa, entró en una habitación y ahí debe estar todavía.
Los policías decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que pudiera ser
considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las paredes interiores habían sido
demolidas.
Recuerdo que los escuché decir «máscara», no «cáscara». La casa es una máscara, escuché.
Nosotros mentíamos. O habíamos visto algo tan feroz que estábamos shockeados. Ellos no querían creer
siquiera que habíamos entrado en la casa. Mi madre no nos creyó nunca. Ni siquiera cuando la policía rastrilló
el barrio entero, allanando cada casa. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los noticieros. Nos dejaban
leer las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de Adela nos visitó varias veces y siempre decía:
«A ver si me dicen la verdad, chicos, a ver si se acuerdan…».
Nosotros volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba. Yo la convencí,
yo la hice entrar, decía.
Una noche, mi papá se despertó y escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Se levantó de la cama,
agazapado, pensaba que encontraría a un ladrón. Encontró a Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura
—esa cerradura siempre andaba mal—; llevaba herramientas y una linterna en la mochila. Los escuché gritar
durante horas y recuerdo que mi hermano le pedía por favor que quería mudarse, que si no se mudaba, se iba
a volver loco.
Nos mudamos. Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los veintidós años. Yo reconocí el cuerpo
destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones en la costa cuando se tiró bajo el tren, bien
lejos de nuestra casa, cerca de la estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus
sueños, nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus manos.
Desde que Pablo se mató, vuelvo a la casa. Entro en el jardín, que sigue quemado y amarillo. Miro por
las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó los ladrillos que las tapiaban hace quince años
y así quedaron, abiertas. Adentro de la casa, cuando el sol la ilumina, se ven vigas y el techo agujereado y
basura. Los chicos del barrio saben lo que pasó ahí adentro. En el suelo pintaron, con aerosol, el nombre de
Adela. En las paredes de afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una pintada. Otra, más pequeña, escrita
con fibra, repite el modelo de una leyenda urbana: hay que decir Adela tres veces a la medianoche, frente al
espejo, con una vela en la mano, y entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano, que también visitaba la casa, vio esas indicaciones e hizo ese viejo ritual una noche. No
vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos que llevarlo al hospital para que lo cosieran.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. Acá vive Adela,
¡cuidado!, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste o desafío. Pero yo sé que tiene razón.
Que ésta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla.
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ANEXO 3: IDEAS PARA EL DESARROLLO DE LOS PÓSTERS DEL
TRABAJO GRUPAL (SESIÓN 3)
55
• Imágenes pictóricas:
56
El Bosco. El jardín de las delicias, 1503
- Rosemary´s Baby, 1968. Krzysztof Komeda (De la película del mismo año
La semillla del diablo). Recuperado de [Link]
57
ANEXO 4: FOTOCOPIA DEL TRABAJO VOLUNTARIO “ESCRIBE TU
PROPIO CUENTO DE TERROR”
Lee con atención el inicio de este cuento de Mariana Enríquez y construye tu propio final,
aplicando las características propias de la literatura de terror que hemos visto en las clases:
A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se
oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo
la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva,
con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera
garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las
gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–, y si el aguacero coincidía con su serie favorita,
Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic
Morrow.
Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía
excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría
un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba
pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves
que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa?
Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una
cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros
rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una
reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba.
También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios
esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta
vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el
cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la
lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse.
Nunca me gustaron los bichos.
Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una
piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde
los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de
alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los
pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.
Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse
los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él
admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le
conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después
me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la
penitencia.
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Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once,
mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos.
Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron
sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron
alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas
porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche,
y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el
calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.
–¿Eso fue acá, abuela?
–No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!
–Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.
–Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las
noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así
que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo
sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía
el tonto.
–¿Y acá llora la nena?
–Cuando llueve, nomás.
Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela
ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la
conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos;
mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.
Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche
de tormenta...
Recuerda: La actividad no es obligatoria, pero su realización permite sumar hasta 0,5 puntos en
la calificación final de la evaluación.
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ANEXO 5: BLOG EL DESENLACE DE ANGELITA
Dirección del blog El desenlace de Angelita, creado para que los alumnos puedan
subir sus propuestas del trabajo voluntario y valorar el trabajo del resto de sus
compañeros: [Link]
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ANEXO 6: FOTOCOPIA DE LA RÚBRICA PARA LA
AUTOEVALUACIÓN DOCENTE
Curso: 4º ESO
Indicadores Sí No A veces
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