JOAN MARTÍNEZ ALIER
DE LA ECONOMIA ECOLOGICA AL ECOLOGISMO POPULAR
Icaria, Barcelona, 1992
CAPITULO II
POLITICA ECONOMICA Y POLITICA ECOLOGICA
Hay actualmente una lucha internacional para definir la agenda
u orden del día de la política ambiental. En este capítulo analizo
algunas cuestiones que podrían haber estado desde hace tiempo
en el orden del día (el calentamiento global, la energía nuclear)
para proponer una tesis que hace ya tiempo fue planteada por los
primeros economistas ecológicos: la economía, desde el punto de
vista ecológico, no tiene un standard de medida común. Los eco-
nomistas se quedan sin teoría del valor. Las evaluaciones de las
externalidades son tan arbitrarias que no pueden servir de base
para políticas ambientales racionales. Al crecer la consciencia eco~
lógica, las evaluaciones económicas se tornan una pequeña isla que
apenas flota en un mar de externalidades invalorables. De otro
lado, las políticas ambientales no pueden basarse únicamente en
una pretendida racionalidad ecológica, en términos, por ejemplo,
de pautas de capacidad de sustentación, ya que la ecología no puede
explicar las diferencias de consumo exosomático de energía y ma-
teriales en la especie humana ni tampoco puede explicar la dis-
tribución terrítoríal de la especie humana. El capítulo acaba con
una conclusión política.
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La percepción ecológica y la política ambiental internacional
Gunnar Myrdal dijo en una conferencia en 1968: "No me cabe
duda que en cinco o diez años habrá un movimiento popular en
los países ricos que presionar sobre el Congreso y la Administra-
ción estatal para que haga muchas cosas para solucionar los pro-
blemas del medio ambiente. Pero no suceder lo mismo en la
mayoría, tal vez en ninguno de los países subdesarrollados" (Farvar
y Milton, 1972: 960). Podría parecer que Myrdal tenía razón: la
consciencia ecológica parece más fuerte en el Norte que en el Sur,
y Washington D.C. se está convirtiendo en la capital de una nueva
burocracia ecológica apoyada por el poder político y la fuerza eco-
nómica que irrumpe en los titulares de los periódicos, paga con-
gresos internacionales, y trata de establecer un orden del día eco-
lógico, recomendando imparciales programas de "ajuste ecológico"
a todos los países y ciudadanos: una especie de "Fondo Monetario
internacional de la Ecología". Ahora bien, la historia de la per-
cepción ecológica es más antigua y más compleja que lo indicado
por Myrdal.
La percepción social de los problemas ecológicos no ha nacido
en los últimos veinte años sino que es muy anterior. Por ejemplo,
la crítica ecológica de la economía empezó hace más de cien años.
Georgescu-Roegen (1971, 1986) y otros pocos autores representan
hoy la economía ecológica, que es una crítica fundamental de la
economía ortodoxa que aún no ha enraizado en las universidades.
La razón principal de la marginalidad de la economía ecológica
posiblemente sea la separación entre las ciencias naturales y las
ciencias sociales, pero eso equivale a decir que la Ecología Humana
no ha sido una materia de estudio prestigiosa entre los científicos.
¨Por qué? Realmente, no sé contestar esta pregunta, y propongo
en todo caso que la Ecología Humana se convierta en un impor-
tante campo de estudio universitario. La economía ecológica, a
pesar de su larga historia, no ha causado todavía un impacto en
la ciencia económica ortodoxa. Por otro lado, en los años 1970
algunas cuestiones ecológicas fueron tratadas desde el punto de
vista de la economía del bienestar aplicada, por ejemplo en el
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Journal of Environmental Economics and Management, dando lu-
gar a una nueva disciplina económica que se llama "economía de
los recursos naturales y del ambiente" y cuyos antecesores son
economistas como Pigou y Hotelling. Si las cuestiones referentes
a incertidumbre, horizontes temporales y tipos de descuento fueran
planteadas honradamente, la economía de los recursos naturales
y del ambiente llegaría también a la conclusión básica de la eco-
nomía ecológica, a saber, la ausencia de una conmensurabilidad
económica.
El efecto invernadero, una externalidad invalorable
A continuación daré algunos ejemplos de la incapacidad
del mercado para evaluar los daños (o beneficios) ecológicos. Arrhenius
(1903: 171) explicó en su tratado de ecología global que el Glas-
hauswirkung (efecto invernadero) que ayudaba a mantener la Tie-
rra caliente, aumentaría con el aumento de dióxido de carbono en
la atmósfera. En 1937 se estimó que la combustión de carbón había
añadido 150 000 millones de toneladas de dióxido de carbono al
aire durante los ciento cincuenta años anteriores, tres cuartas par-
tes de las cuales habían permanecido en la atmósfera. La tasa anual
media de aumento de temperatura se estimaba en sólo 0,005 grados
centígrados. Así pues, "quemar combustibles fósiles... es probable
que sea beneficioso para la humanidad de diversas maneras, ade-
más de proporcionar calor y fuerza. Por ejemplo, ese pequeño
aumento de temperatura media antes mencionado podría ser im-
portante en el margen nórdico de la agricultura" (Callendar, 1938:
236). El autor de estas estimaciones y de esta optimista interpre-
tación era, según su propia descripción, "técnico de vapor de la
Asociación de Investigación de las Industrias Eléctricas Britani-
cas"; su comunicación sobre el efecto invernadero fue recibida con
simpatía por científicos desinteresados, objetivos, de la Real So-
ciedad Meteorológica de Gran Bretaña, algunos de los cuales cues-
tionaron las estadísticas presentadas por Callendar (ya que el efecto
de las islas urbanas de calor hace aumentar las temperaturas en la
mayoría de estaciones meteorológicas) pero no dudaron que el
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aumento del dióxido de carbono fuera una externalidad positiva,
demostrando de esta forma que la latitud nórdica y el alto nivel
de vida no siempre agudizan la percepción ecológica. Las políticas
ambientales internacionales que proponen limitar las emisiones de
dióxido de carbono (ya sea con límites obligatorios, o fijando im-
puestos sobre las emisiones) deberían incluir en el presupuesto de
dióxido de carbono de cada país las emisiones acumuladas desde el inicio de la
Revolución Industrial o por lo menos desde 1900,ya que entonces
ya se conocía que la combustión de combustibles
fósiles haría aumentar la temperatura y, por tanto, si se aplica el
principio de "el contaminador, paga", los países ricos deberían
hacer pagos por reparaciones ecológicas (Agarwal y Narain, 199 l).
Debería discutirse también si los límites se fijan por país o per cápita. Las
ideas contrarias (límites de dióxido de carbono, por
país, fijados a partir de la posición actual, o reducciones propor-
cionales para todos) han sido ya propuestas por el establishment
ecológico internacional. Así, el programa de ajuste ecológico global
de ese nuevo "Fondo Monetario Internacional de la Ecología"
consiste en que algunos reduzcan las emlsienes de dióxido de car-
bono al disminuir el consumo de petróleo por la eficiencia mayor
de sus coches; que otros quemen menos leña al usar cocinas per-
feccionadas 0, tal vez, que cultiven menos arroz para dejar de
producir metano, que es también un gas que contribuye al efecto
invernadero; y, finalmente, que otros, los más pobres, expiren me-
nos dióxido de carbono al respirar más lentamente o al dejar de
respirar. En la Conferencia sobre Ecología y Desarrollo de Río de
Janeiro de junio de 1992, se pensaba incluir un tratado interna-
cional sobre el efecto invernadero, pero precisamente los conflictos
distributivos dificultan que se negocie ese tratado. Existe, de un
lado, la postura contraria de Estados Unidos, cuyo consumo de
combustibles fósiles y, por tanto, emisión neta de dióxido de car-
bono es, por persona, mayor que la de cualquier otro país, postura
que se oculta tras la argumentación del economista Nordhaus
opuesta a la restricción. Según Nordhaus, lo que hace falta es ace-
lerar el crecimiento económico para así disponer en el futuro de
tecnologías de producción de energía distintas. De otro lado hay
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argumentos como los presentados por Anil Agarwal y Sunita Na-
rain (del Centre for Science and Environment en Delhi), quienes
argumentan que las emisiones de dióxido de carbono por debajo
de cierta cuota por persona no deberían ser restringidas ya que
están dentro de los límites fácilmente asimilables por la naturaleza
(ya sea por la fotosíntesis o por la absorción de los océanos). Ar-
gumentan además que las emisiones históricas deben ser incluidas.
La investigación de la larga historia socio-científica del cambio
climático (Budyko, 1980, Grinevald, 1990) hasta el episodio de
pánico en los Estados Unidos en el verano del 1988 se ha con-
vertido ahora en asunto interesante y tal vez aparecerán informaciones
científicas antiguas, pesimistas respecto a los efectos glo-
bales del aumento de dióxido de carbono en la atmósfera. Que el
aumento del efecto invernadero, anunciado hace ya tanto tiempo
por Arrhenius, fue olvidado, es patente en el empleo actual en Alemania del
término Treibhauseffekt, retraducido del inglés, en vez del término original de
Glashauswirkung. Se trata, como diría
Ravetz, de una "ignorancia socialmente construidas. Si el efecto
es bueno o malo, es asunto aún vivo entre los científicos. Esta
incertidumbre, que de ninguna manera es nueva, es precisamente
parte de mi argumentación. Aunque el consenso creciente sea que
el efecto es malo, hay mucha incertidumbre respecto a la medida
física de sus consecuencias, pero incluso si supiéramos exacta-
mente sus consecuencias, medirlas económicamente exigiría darles
un arbitrario valor actual. De hecho, la historia del calentamiento
global muestra que la crítica ecológica en contra de la economía
ortodoxa no se basa únicamente en el hecho que desconocemos
actualmente las preferencias de los agentes futuros, quienes no
pueden acudir al mercado de hoy, y no se basa únicamente, por
tanto, en la arbitrariedad de los valores dados actualmente a los
recursos agotables o a los efectos externos que se harán sentir en
el futuro. La crítica ecológica se basa además en la incertidumbre
sobre el funcionamiento de los sistemas ecológicos que impide
radicalmente la aplicación del análisis de externalidades. Hay ex-
ternalidades que no conocemos. A otras, que conocemos, no sa-
bemos darles un valor monetario actualizado, al no saber si quiera
si son positivas o negativas.
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La dudosa contabilidad de la energía nuclear
El calentamiento global se está haciendo servir ahora por el Club
de Roma y por ciertos grupos financieros e industriales como ar-
gumento a favor de la energía nuclear (por ejemplo, editorial en
el New York Times del 20 de abril de 1989), pero la energía nuclear
también proporciona unos buenos ejemplos de externalidades in-
valorables. Haría falta dar valores actualizados a los costes de des-
mantelamiento de las centrales nucleares en las décadas próximas,
y a los costes de almacenamiento controlado de los residuos ra-
dioactivos durante miles de años. Esos valores dependerían por
supuesto del tipo de descuento escogido arbitrariamente. Además,
hay posibles subproductos de la energía nuclear, como el plutonio,
a los que no sabemos si darles un valor positivo o negativo, no
sabemos si suponen costes o beneficios. El plutonio obtenido como
subproducto de un programa nuclear civil, puede tener una uti-
lización militar. Este valor mejoraría la economía de la energía
nuclear, en el sentido crematístico de la palabra "economía". Ese
valor positivo del plutonio fue incluido en los análisis coste-be-
neficio de las primeras centrales nucleares británicas (Jeffery, 1988).
Esta consideración es importante para entender la industria nu-
clear francesa. A tales externalidades, ahora no se les da un valor
monetario actualizado ni positivo ni negativo en la contabilidad
pública de las empresas nucleares, pero bien podría ser que en el
futuro el plutonio venga a ser visto como una externalidad nega-
tiva, especialmente si está en manos de gobiernos extranjeros. De
hecho, Frederick Soddy, un científico nuclear muy competente, ya
previno en 1947 contra el uso "pacífico" de la energía nuclear,
dada "la imposibilidad virtual de impedir el uso de los productos
no fisionados del reactor, como por ejemplo el plutonio, para uti-
lizarlos para la guerra" (Soddy, 1947: 12). Ese inquietante hecho
no llego a la opinión pública de occidente hasta los años 1970 a
causa de la propaganda en favor de los "atomos para la paz" bajo
la administración de Eisenhower. La consciencia de los peligros
de la energía nuclear "pacífica" antes del accidente de Three Mile
Island en 1979, estaba presente solamente entre algunos científicos,
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entre grupos de ciudadanos directamente amenazados por centra-
les nucleares próximas, y en algunos lunáticos extremistas recicla-
dos del 1968 o más jóvenes. También crece actualmente la cons-
ciencia del peligro ambiental que las armas nucleares representan,
incluso si no se utilizan. Vemos pues que la economía ortodoxa
de los recursos naturales y del ambiente es mas bien inútil si se la
quiere hacer servir de instrumento de gestión, ya que el concepto
de externalidades revela la incapacidad de dar un valor a los costes
sociales transferidos a otros grupos sociales o de dar un valor ac-
tualizado a efectos futuros, inciertos, desconocidos.
En Estados Unidos, la opinión pública se ha vuelto desfavorable
a la energía nuclear, como revela el cierre por referendum de Ran-
cho Seco en Sacramento, California, en junio de 1989, y también
el hecho que el estado de Nueva York se oponga a que se abra la
central nuclear de Shoreham, en Long Island, que ya está total-
mente acabada. Hasta ahora, el Banco Mundial, cuya financiación
depende en buena parte del Congreso de los Estados Unidos, y
que se está convirtiendo en una de las instituciones principales en
la definición del orden del día ecológico internacional, no tomaba
en consideración las peticiones de créditos para centrales nuclea-
res. Sin embargo, parece que el Banco Mundial estaba por hacer
una excepción con una nueva central nuclear en Angra dos Reís
cerca de Río de Janeiro, ocultando ese crédito dentro de un gran
Préstamo para todo el sector eléctrico. Sería muy interesante que
el Banco Mundial hiciera un análisis coste-beneficio específico para
una central nuclear (lo que nunca ha hecho, o por lo menos nunca
ha publicado) ya que eso llevaría a una discusión sobre qué ex-
ternalidades incluir, y con qué tasa de descuento actualizarlas.
También en el Brasil, el debate sobre el intercambio de deuda
externa por promesas de conservación de la naturaleza muestra la
dificultad de valorar externalidades. Así, una "generosa" propuesta
de comprar la cantidad de cuatro mil millones de dólares de deuda
externa a cambio de preservar la Amazonia fue presentada hace
algún tiempo (New York Times, 3 febrero 1989). La propuesta era
mucho mayor pero de intención similar a las que, con éxito, se
han implementado en Ecuador y Costa Rica, y se han propuesto
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en Bolivia. El total de la deuda externa brasileña tiene un valor
nominal de unos 115 mil millones de dólares, de manera que el
ofrecimiento no resolvía ni el problema de la deuda, ni el problema
de la Amazonia en la medida que por lo menos una parte de la
explotación de los recursos de la Amazonia viene motivada por la
necesidad de exportar más y más para poder pagar la deuda. De
hecho, el ofrecimiento de cuatro mil millones de dólares es inferior
a un dólar por habitante del mundo, una sola vez, lo que parece
un precio muy bajo por la conservación del bosque tropical ama-
zónico. La Amazonia tiene un papel en la conservación de la bio-
diversidad, en el ciclo del carbono, en el ciclo del agua, que interesa
a toda la humanidad. El Brasil podría atribuir un valor actualizado
de, por ejemplo, cincuenta mil millones de dólares al año durante
treinta años, a las externalidades beneficiosas proporcionadas al
resto de la humanidad por el bosque tropical amazónico. Claro
está que nadie sabe dar concretos valores actualizados a esas ex-
ternalidades, que incluyen los futuros beneficios de la biodiver-
sidad tropical, y por tanto la cifra de cincuenta mil millones de
dólares anuales durante treinta años, no es descabellada. Ese pe-
riodo de tiempo podría suponerse que alcanzaría para que el Brasil
estabilizara su demografía y emprendiera un camino de desarrollo
sostenible con tecnologías nuevas, prescindiendo de la explotación
de la Amazonia.
La energía y la economía: una perspectiva histórica
La percepción ecológica, tanto entre los científicos como entre
el pueblo llano, no es una novedad de los últimos veinte años.
Cabe pues la siguiente pregunta: el interés por la ecología de la
especie humana, sino desde la economía, ¨no hubiera podido surgir
de otras disciplinas, como la geografía o la historia? Evidente-
mente, los geógrafos no hubieran tenido nada que perder y en
cambio tenían profesionalmente mucho que ganar al convertirse
en ecólogos humanos y en gestores del medio ambiente. Empero,
por las razones que sean, la geografía no ha estudiado el flujo de
energía y de los materiales en ecosistemas humanos. Hubiera po-
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dido hacerlo por lo menos desde el inicio de este siglo si hubiera
seguido el cauce abierto por Bernard y Jean Brunhes. Recordemos
que uno de los capítulos del clásico libro de Jean Brunhes traducido
a diversos idiomas, La géographie humaine, desarrollaba el con-
cepto de Raubwirtschaft (o "economía de rapiña") introducido por
el geógrafo alem n Ernst Friedrich (nacido en 1867, profesor en
Koenisberg): "parece extraño que la civilización sea acompañada
de una típica devastación con todas sus graves consecuencias en
tanto que los grupos primitivos conocen solamente expresiones
suaves de devastación". Por lo menos en las universidades fran-
cesas se hubiera podido esperar el nacimiento de una geografía
ecológica a partir de estas reflexiones de Jean Brunhes pero, desde
luego, un concepto como el de Raubwirtschaft no podía popula-
rizarse políticamente en la Europa colonialista. Cualquier persona
medianamente instruida conoce vocablos alemanes del ecologismo
socialdarwinista, como Lebensraum, y sin embargo no ha oído
nunca, incluso siendo científico social, ese término del ecologismo
igualitarista, Raubwirtschaft. Años más tarde, un conocido geó-
grafo norteamericano, Carl Sauer, influido por George Perkins
Marsh, también preguntó: "¨No deberíamos admitir que buena
parte de lo que llamamos 'producción' es de hecho 'extracción'?"
(Sauer, 1956), sin usar, sin embargo, el concepto de Raubwirtschaft.
Jean Brunhes, tras dar varios ejemplos de Raubwirtschaft (cf.
también Raumolin, 1984), mencionó el libro de su hermano Ber-
nard Brunhes, La degradation de l'energie (1912). Bernard Brunhes
fue el director del observatorio meteorológico de Puy de Dóme en
el macizo central francés. Murió joven. Su libro aplicaba las leyes
de la termodinámica a diversos campos científicos y adoptaba una
postura ecológico-radical al referirse a fenómenos como la erosión
del suelo. Bemard Brunhes se mostró abiertamente de acuerdo con
los puntos de vista tan negativos de Proudhon sobre la propiedad
privada y atribuía la pérdida de los bosques y la erosión de los
suelos a la privatización de las tierras comunales, ya que si bien
es cierto que los propietarios privados sufren los costes actuales
íntegros de la degradación de la tierra (en comparación con los
usuarios de tierras comunales), con respecto a los costes futuros
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sus horizontes temporales son seguramente más cortos y sus tipos
implícitos de descuento seguramente más, altos que los de los ad-
ministradores de bienes comunales. Esa consideración es relevante
para explicar la pérdida de bosques, la erosión del suelo: son fe-
nómenos reducibles (como decía Bernard Brunhes) a la operación
de la ley de la entropía de Clausius. Es decir, hay de por sí una
tendencia a la pérdida de recursos a consecuencia de la actividad
económica humana que puede ser corregida o acelerada según las
instituciones sociales. No puede haber pues una hipótesis sin más
de crecimiento económico que justifique dar un menor valor al
consumo futuro que al actual.
La consciencia ecológica crece ahora en todas partes y, no obs-
tante, la historiografía ecológica está aún en su infancia. Las re-
laciones humanas con el medio ambiente tienen una historia, y la
percepción de esas relaciones es también histórica. Los historia-
dores, en contraste con los economistas pero análogamente a los
geógrafos, podrían haber añadido la perspectiva ecológica a sus
investigaciones sin ningún riesgo profesional sino más bien al con-
trario y por tanto debería analizarse el porqué de la ausencia de
una historiografía ecológica tanto en la tradición marxista como
en otras escuelas. No es acertado ver siempre la ecología como un
casi permanente telón de fondo de longue durée que cambia muy
despacio en comparación al ritmo más rápido de cambio de la
economía y al vertiginoso cambio político. Por ejemplo, la des-
trucción irreversible de los combustibles fósiles de algunos países
camina a paso rapidísimo. Por ejemplo, el aumento del efecto
invernadero posiblemente se está ya haciendo sentir y la reducción
de la capa de ozono está teniendo lugar, a lo que parece, en un
tiempo históricamente brevísimo. A partir de 1492, la invasión
europea de América se convirtió en un desastre ecológico para las
poblaciones nativas que rápidamente sufrieron un colapso de-
mografico peor que la Peste Negra (Crosby, 1986).
La historia ecológica más fácil de escribir es el estudio del uso
de energía. El libro de Bernard Brunhes (que a su vez citaba las
obras de Wilhelm Ostwald) daba pistas en esta dirección y, si-
multaneamente, Henry Adams presentó su conocida "ley de la
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aceleración" de] uso de energía que podía haber fundamentado
una historiografía ecológico-económica. La aportación de Henry
Adams mereció el característico desdén de Karl Popper en una
nota a pie de página de La Pobreza del Historicismo, y no porque
Henry Adams fuera de izquierda, que no lo era en absoluto, sino
porque quería encontrarle un hilo conductor a la historia mientras
que Karl Popper fue un temprano ideólogo de la noción del "final
de la historia" que sería únicamente alterado por reformas en pe-
queña escala a cargo de gobiernos socialdemócratas o similares. Si
realmente la historia camina por la ruta de un aumento exponen-
cial del uso de energía (como propuso Henry Adams), al final nos
espera un precipicio que ser un "final de la historia" bien distinto
de la utopía liberal. La historia ecológica no tuvo pues amigos ni
entre los historiadores de inspiración marxista ni tampoco entre
los liberales, Y desde luego es poco probable que Henry Adams
resucite hoy en día, en esta época de pretendido "final de la his-
toria". El primer trabajo histórico exitoso de cuantificación del
uso de energía fue el de Carlo Cipolla en 1962, con un retraso de
casi cien años. La primera reunión de una Sociedad Europea de
Historia Ecológica fue en 1988!
Como se ha indicado en el capítulo anterior, en la larga y sub-
terranea polémica acerca de las relaciones entre la economía y el
uso de energía, hubo dos posturas equivocadas y una constructiva.
Un punto de vista equivocado es el de la teoría del valor-energía
(que H. Odum y sus ex-alumnos han sostenido actualmente): un
argumento en contra fue presentado por Puntí (1988) al poner de
manifiesto que las mismas cantidades de energía, provenientes de
distintas fuentes, tienen distintos "tiempos de producción".' Otro
punto de vista equivocado fue el que, con base en el isomorfismo
1 La cuestión del valor-energía continúa Provocando confusiones, aquí y fuera de
aquí, como la del arquitecto Luis Fernandez Galiano en su recentísimo libro sobre
arquitectura y energía, donde reproduce unos artículos que publicó en la revista
Mientras Tanto que merecían un descanso eterno, presentando la tesis equivocada
que Geddes, Soddy y Gerogescu-Roegen han sido partidarios de la teoría del valor-
energía. Esta tesis tan equivocada no puede basarse en lecturas de primera mano,
así las citas de Soddv están todas sacadas, no de Soddy directamente. sino de G.
Foley, The Energy Question, Penguin, 1976.
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entre las ecuaciones de la mecánica y de las ecuaciones del equi-
librio económico de la economía neoclásica a partir de 1870, sos-
tuvo que en los intercambios económicos había un intercambio de
energía social o psíquica. Winiarski divulgó esta absurda propo-
sición a principios de siglo. Leslie White, iniciador de la antro-
pología ecológica, se quejó años más tarde: "(Winiarski) habla de
los sistemas sociales en función de las leyes primera y segunda de
la Termodinámica y utiliza ecuaciones diferenciales para describir
ciertos procesos sociales, pero todo lo que hace es presentar ana-
logías entre sistemas sociales y sistemas físicos y describe los sis-
temas sociales en un lenguaje físico, en vez de aplicar conceptos
de la física para obtener nuevas interpretaciones y una mejor com-
prensión de los sistemas socio-culturales" (Leslie White, 1954, ed.
1987: 219).
El tercer punto de vista ha sido compartido por una larga lista
de autores: Nicholas Georgescu-Roegen, Kenneth Boulding, Fre-
derick Soddy, Patrick Geddes, Josef Popper-Lynkeus, Sergei Po-
dolinsky. La economía no debe ser vista como una corriente cir-
cular o espiral de valor de intercambio, es decir, como un carrusel
entre productores y consumidores que gira y gira, sino más bien
como un flujo entrópico de energía y materiales de dirección única.
El economista que en este momento representa mejor esta escuela
de pensamiento es Herman Daly, un antiguo estudiante de Geor-
gescu-Roegen, pero hay un largo linaje anterior (Martínez-Alier &
Schl•pmann, 1991). El ver la economía como un flujo entrópico
no implica, en modo alguno, ignorar las propiedades antientrópicas
de la vida y, en general, de los sistemas abiertos a la entrada de
energía. Hace falta explicitar esta posición, dada la moda del "Pri-
goginismo social" es decir, la doctrina que sostiene que las socie-
dades humanas (como pueden ser el Japón, o la Comunidad Eco-
nómica Europea, o la ciudad de Nueva York) son estructuras que
disipan energía pero que se auto-organizan ellas mismas de tal
manera que no hay que preocuparse del agotamiento de los re-
cursos ni de la contaminación del ambiente (Proopsl 1989: 62).
Como señalé antes, el libro de Georgescu-Roegen, The Entropy
Law and the Economic Process, presenta la economía como un
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flujo entrópico pero dentro de un sistema abierto a la entrada de
energía ya que la Tierra recibe energía solar del exterior y la so-
ciedad humana revela un desarrollo constante de organización y
complejidad (Grinevald, 1987). De ahí a los optimismos metafó-
ricos del "Prigoginismo social" hay no obstante una larga distancia,
que Georgescu-Roegen no franquea. La discusión sobre este punto
es bien ambigua, y se remonta al mismo nacimiento de la economía
ecológica. Así, Vernadsky (1 924) explicó (en una parte de su libro
La Géochimie explícitamente titulada Energie de la matiére vivante
et le príncipe de Carnot) que la energética de la vida era contraria
a la energética de la matiére brute. Eso ya había sido señalado por
autores como el geólogo irlandés John Joly y el físico alemán Felix
Auerbach (con su concepto de Ektropismus). Vernadsky añadió un
elogio de la economía ecológica de S. A. Podolinsky (1850-91),
como veremos en el último capítulo. Dada la importancia de la
figura de Vernadsky en la ciencia de la ecología y también en el
actual resurgir ecológico en la ex-Unión Soviética, su elogio de 1ª
economía ecológica de Podolinsky es importante (Martínez-Alier
& Schluepmann, 1991, cap. 3. Podolinsky aunque era darwinista,
no era socialdarwlnista y atribuía las diferencias en el uso de ener-
gía dentro de cada país y entre países, no a ninguna superioridad
evolutiva, sino más bien a la desigualdad producida por el capi-
talismo. Eso era contrario a los darwinistas sociales que Pocos años
después aplicaron a grupos humanos la máxima de Boltzmann del
1886: "la lucha por la existencia es una lucha por la energía dis-
ponible". Actualmente, al igual que hace cien años, el punto de
vista ecológico no tiene un significado político unívoco. A algunos
les lleva al darwinismo social (la "ética del bote salvavidas" de
Garrett Hardin es un ejemplo importante) y a otros les lleva, en
sentido político totalmente opuesto, hacia el igualitarismo inter-
nacional (como es el caso de los Verdes alemanes y de muchos
estudiosos y activistas ecologistas en el Tercer Mundo).
Al ecologismo igualitarista del Tercer Mundo lo he llamado (des-
de 1985) "neonarodnismo ecológico". Aunque su área geográfica
es enormemente vasta, su influencia sobre el Programa ecologista
internacional es limitada. Por ejemplo, la decisión en 1989 de la
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Corte Suprema de la India sobre las indemnizaciones por los daños
causados por la "primavera silenciosa" de Bhopal, donde hubo
miles de muertos y enfermos por el accidente de la planta de pes-
ticidas de la Union Carbide, fue tranquilamente aceptada por el
ecologismo burocrático internacional con capital en Washington
D.C. La revisión del caso ya que las indemnizaciones son muy
bajas y también por la escandalosa incapacidad colonial del go-
bierno de la India para juzgar por vía penal a los administradores
de la Union Carbide, hubiera puesto sobre el tapete la cuestión de
cómo la evaluación de externalidades depende de la geografía y
de la clase social. La ratificación de esas bajas indemnizaciones
en 1991 (de cuantía inferior a las concedidas en Norteamérica por
el desastre del petrolero Exxon Valdez en Alaska en 1989, que no
supuso pérdidas humanas) muestra cómo la valoración de exter-
nalidades, más que incongruente, es política. Tratándose de la In-
día, donde la religión lleva o puede llevar a una valoración mayor
de los efectos futuros que en las culturas occidentales, la revisión
del caso también hubiera podido llevar a una discusión interesante
de la tasa de actualización de los daños a generaciones futuras.
El eco-marxismo: ¨Demasiado tarde y demasiado poco?
Dado que la economía es entrópica, hay agotamiento de recursos
y hay producción de desechos. La crítica ecológica de la economía
cuestiona la capacidad del mercado para valorar con exactitud esos
efectos. La economía ecológica no es necesariamente pesimista
respecto al crecimiento económico, sólo señala que no es posible
pronosticar si habrá o no habrá crecimiento económico a partir
de modelos económicos en los que el flujo de energía y materiales
está ausente. La crítica ecológica señala que la economía asigna
desechos y recursos disminuidos a las generaciones futuras sin que
esas asignaciones sean resultado de ninguna transacción interge-
neracional, contra el principio básico de la teoría económica de
explicar las asignaciones a partir de las transacciones. En conse-
cuencia, el individualismo metodológico tropieza con la insupe-
rable dificultad ontológica de enfrentarse a las generaciones ve-
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nideras. Por eso, la economía ecológica es un enemigo principal
de la teoría económica ortodoxa, y es aliada de la economía política
o de la economía institucionalista. Nos podríamos preguntar, pues,
si la economía ecológica tuvo buenas relaciones con la economía
marxista.
Marx y Engels no creían en la beneficiosa acción de la "mano
invisible" en el mercado. Por tanto, podrían haber visto el proceso
económico a la luz de la ley de la entropía. El rechazo de Engels
en 1882 de la economía ecológica de Podolinsky fue una excelente
oportunidad perdida para el nacimiento de un marxismo ecoló-
gico. El trabajo de Podolinsky debería ser sin duda el punto de
partida de un socialismo ecológico que puede crecer no sólo en
Europa sino, más aún, en la India Y en América latina, pero el
divorcio entre marxismo y ecología Política se comprueba por la
ausencia de una historiografía marxista ecológica con anterioridad
a los trabajos de Ramachandra Guha de finales de la década de
1980. En círculos marxistas, con un retraso de cien años, surgió un
creciente interés en un marxismo ecológico. Así, dos importante
marxistas europeos, Raymond Williams y Manuel Sacristán, es-
cribieron sobre ecología política pocos años antes de morir, y otros
autores como Rudolf Bahro Y Wolfgang Harich son conocidos. De
hecho, tras los éxitos electorales "verdes" en casi toda Europa
occidental en 1989, algunos dirigentes y militantes de partidos
comunistas se reciclan oportunamente hacia el ecologismo pero ha
habido ya muchos intentos no oportunistas, en las décadas de 1970
y 1980, para acercar el marxismo y el ecologismo (en los que el
autor del presente libro ha participado en primera fila, por así
decir). También ha habido y hay aún intentos de grupitos trots-
kistas o ex-maoístas de boicotear desde dentro o desde fuera la
Política verde.
Hasta ahora, la economía marxista adopta un punto de vista
ricardiano para tratar de los recursos naturales. Así, en los años
1970, se analizó el aumento del precio del petróleo similarmente
al aumento de los precios agrícolas necesario para cubrir los costes
de la tierra marginal según la teoría ricardiana de la renta dife-
rencial (añadiendo un elemento de monopolio, como en la "renta
53 -
absoluta" de Marx). El crecimiento de las rentas de los propietarios
de recursos naturales a costa de las ganancias de los capitalistas
alteraría la distribución entre consumo y ahorro (e inversión)re-
duciendo así la acumulación de capital. Ahora bien, en los años
1980 los precios del petróleo cayeron y sin embargo había menos
petróleo en la naturaleza que en los años 1970. En la teoría de la
renta de Ricardo, los "precios de producción" de los productos
agrícolas producidos en la tierra marginal han de cubrir los costes
de producción (incluida la ganancia del capital, pero sin renta)
mientras que el correspondiente "precio de producción" de un
recurso que se puede agotar, ha de cubrir simplemente el coste de
extracción en el margen (incluida la ganancia del capital): el pe-
tróleo no es producido sino extraído. Aunque Marx se mostró de
acuerdo con la argumentación de Liebig a favor de la agricultura
en pequeña escala que reciclaba los nutrientes, y aunque compartía
el entusiasmo de Liebig por los nuevos fertilizantes químicos, Marx
no dijo que los precios agrícolas no sólo debían pagar los costes
de la producción actual sino también asegurar la fertilidad de la
tierra a largo plazo y Ricardo había definido la tierra, en su teoría
económica de la renta diferencial, como la facultad indestructible
del suelo Para producir cosechas. En cualquier caso, la conserva-
ción del suelo significa usarlo sin erosionarlo, la conservación del
petróleo significa no usarlo en absoluto. La reproducción o repo-
sición de los combustibles fósiles no se consigue por altos que sean
sus precios (aunque unos precios altos fomentarían la conserva-
ción), en tanto que la producción agroecológica se consigue de año
en ano sin destrucción del suelo ni pérdida de nutrientes gracias
al flujo de energía solar y a la fotosíntesis. La economía marxista
carece (al igual que la economía neoclásica) de una visión entró-
pica. No ha tenido en cuenta el agotamiento de los recursos y otros
efectos irreversibles (Christensen, 1989: 34).
Un marxismo ecologista debería abarcar la teoría de las crisis
económicas y la historia de los movimientos sociales. Trataremos
primero la teoría de las crisis. Simplificando, podemos decir que
la economía marxista tradicionalmente ha visto una contradicción
entre la sobreproducción de capital en los países metropolitanos
- 54 -
capitalistas y la falta de poder adquisitivo de su propia clase tra-
bajadora, explotada en esos países, o la falta de poder adquisitivo
de las economías periféricas explotadas. Si las relaciones de pro-
ducción fueran otras, entonces no habría freno para la expansión
de las fuerzas productivas. Sin duda, deben introducirse muchas
cualificaciones a esa versión infantilizada de la economía marxista,
pero en cualquier caso nos. sirve de contraste con el marxismo
ecologista, que no pone el acento en la sobreproducción de capital
(en relación a una falta de poder de compra determinada por las
relaciones de producción capitalistas) sino que pone el acento en
el debilitamiento o destrucción de las condiciones para la repro-
ducción del capital. Es lo que James O'Connor ha llamado la "se-
gunda contradicción del capital".
Si, en la economía marxista, los "costes ecológicos" han de ser
transformados en un aumento de precios para tener una influencia
negativa sobre la acumulación de capital (tal como sostiene la nue-
va interpretación ecológico-marxista, cf. Leff, 1986, O'Connor,
1988), entonces la crítica ecológica recae no sólo sobre la economía
neoclásica sino también sobre tal marxismo ecológico, precisa-
mente por las mismas razones: los costes ecológicos y las necesi-
dades de las generaciones futuras normalmente no vienen refle-
jados en los precios. Son exteriores al mercado. La destrucción
ecológica puede ir creciendo sin que eso sea causa de una crisis
del capitalismo. La destrucción ecológica puede ser interpretada
(incluso por marxistas) como un desarrollo de las fuerzas produc-
tivas impulsado por una revolución científico-técnica, y al no exis-
tir una percepción ecológica (que se construye socialmente) no hay
motivo para que la destrucción ecológica se haga sentir sobre los
precios, por lo menos hasta que sea tan grande que salte a la vista
de los más obtusos optimistas. Ahora bien (y aquí entramos en la
consideración de las luchas sociales), seguramente algunos tipos
de destrucción ecológica generar n movimientos sociales que, con
su acción ecologista, incrementar n los costes monetarios capita-
listas, acercándolos a los costes sociales (Leff, 1986; O'Connor,
1988). Ese es un buen argumento que une los factores "objetivos"
y "subjetivos" de manera marxista. Los movimientos sociales eco-
55 -
logistas internalizan algunas externalidades. De la misma manera
que el movimiento feminista ha-hecho visible la enorme contri-
bución a la economía que el trabajo doméstico no remunerado
supone (donde la palabra "economía" se usa en un sentido real,
no crematístico), así el movimiento ecologista con sus acciones
hace visibles los coste sociales externos no incluidos en la conta-
bilidad puramente crematística de las empresas o de los servicios
estatales. Esos movimientos surgen, o por lo menos están relacio-
nados, con la propia dinámica expansivo de una economía que
menoscaba sus propias condiciones sociales y naturales de pro-
ducción.
La nueva historiografía socio-ecologista (Guha y Gadgil, 1989;
Guha, 1989) sigue una línea parecida al investigar las causas eco-
lógicas de las protestas sociales. Así, en la India, se investiga el
origen del movimiento Chipko y de otros movimientos parecidos
desde la época de la dominación británica hasta nuestros días.
Evidentemente, las percepciones ecológicas en la historia de la
India no han sido expresadas por los actores sociales en el lenguaje
usual de los ecólogos: flujos de energía y de materiales, recursos
agotables y contaminación. Ese es el lenguaje de los científicos y
también de algunos movimientos ecologistas actuales (como buena
parte de los Verdes europeos) pero no es el idioma utilizado por
otros movimientos ecologistas, actuales o históricos, muchos de
los cuales están aún por descubrir. Esos movimientos han inten-
tado mantener los recursos naturales fuera del sistema de mercado
generalizado, han tratado de mantener una "economía moral" (en
el sentido de E.P. Thompson) y, por tanto, una economía ecológica
en contraposición a una economía crematística. Si interpretamos
el desarrollo del capitalismo no sólo como un sistema de explo-
tación del trabajo humano sino también como una Raubwirtschaft
anti-ecológica en beneficio de los ricos, entonces muchos movi-
mientos sociales de los pobres en contra de los ricos habrán tenido,
explícita o implícitamente, un contenido ecológico. Tales movi-
mientos sociales, si no consiguen mantener los recursos naturales
fuera de la economía crematística y bajo control comunal, obli-
garán por lo menos al capital a internalizar algunas externalidades,
56 -
al luchar por la salud y la seguridad en el lugar de trabajo, por la
eliminación de residuos tóxicos, por el suministro abundante de
agua limpia en las aéreas urbanas, por la conservación de los bos-
ques contra las fabricas de papel o contra las represas hidroeléc-
tricas o contra las explotaciones ganaderas (tal como sucede en la
Amazonia), al luchar también a favor de precios más altos de los
recursos agotables del Tercer Mundo lo que ayudaría a una más
equitativa asignación integeneracional.
Ecología y economías planificadas del Este de Europa: post-
mortem
La asignación de recursos a través del mercado lleva a la de-
predación del ambiente ya que el mercado no valora las externa-
lidades y los métodos de valoración que sustituyen o complemen-
tan al mercado desde la perspectiva de la economía neoclásica (por
ejemplo la "valoración de contingencias" investigando la "dis -
posición a pagar") son incapaces de dar valores actualizados a las
externalidades futuras e inciertas. En consecuencia, podría haberse
esperado que los debates sobre la planificación económica en la
Europa central de finales del siglo XIX y hasta los años 1930
hubieran considerado los temas ecológicos, ya que no partían, sino
al contrario, de un prejuicio favorable al mercado. Pero la ecología
estuvo ausente del artículo inicial de este debate, por Enrico Ba-
rone (de Padua), sobre el Ministerio de la Producción en un Estado
colectivista y también en todas las contribuciones siguientes (Ha-
yek, 1935), con algunas importantes excepciones a cargo de Pop-
per-Lynkeus (1838-1921), Ballod-Atlanticus (1864-1933), Otto
Neurath (1882-1945), William Kapp (1910-76). El conflicto entre
economía y ecología no ha estallado hasta hace poco en los países
del Este de Europa, sobretodo con el accidente de Chernóbil en
1986, poco antes de que desaparezcan esas economías planificadas
que han sido al mismo tiempo muy anti-ecológicas (Graf, 1984,
ofrece un excelente análisis y bibliografía). La espléndida cruzada
antiburocrática y democrática en la Europa del Este y en la Unión
Soviética no debe llevar a una glorificación de la solución de los
- 57 -
problemas ecológicos a través del mercado. El mercado no puede
calcular los daños ecológicos futuros. Eso fue ya claramente ex-
presado por William Kapp, cuya carrera de economista empezó
con una tesis doctoral presentada en Ginebra sobre la evaluación
de externalidades en economías planificadas, en el marco del de-
bate de las décadas de 1920 y 1930 sobre la racionalidad económica
de la economía socialista. Hacia el final de su vida Kapp reiteró
su constante posición: "La cuestión real es que tanto la destrucción
como la mejora del medio ambiente nos implican en decisiones
que tienen consecuencias a largo plazo sumamente heterogéneas
y que, además, son decisiones de una generación con consecuencias
sobre las próximas generaciones. El poner un valor monetario y el
aplicar una tasa de descuento (¿cuál?) a las utilidades o desutili-
dades futuras para obtener su actual valor capitalizado, puede dar-
nos un cálculo monetario preciso pero no nos saca del dilema de
la elección y del hecho que estamos poniendo en peligro la salud
humana y la supervivencia. Por esta razón me inclino a considerar
que el intento de medir los costes sociales y los beneficios sociales
simplemente en términos de valores monetarios o mercantiles está
condenado al fracaso. Los costes y beneficios sociales deben verse
como fenómenos extra-mercantiles, acreditados a toda la sociedad
o sufridos por toda la sociedad; son heterogéneos y no pueden ser
comparados cuantitativamente entre sí, ni tan solo teóricamente"
(Kapp, 1970, ed. 1983: 49).
La nueva economía ecológica sostiene esa misma postura sobre
la inconmensurabilidad económica, que había sido ya propuesta
por Otto Neurath bajo la denominación de una Naturalrechnung,
es decir, una contabilidad in natura. La idea de Neurath fue re-
cibida por los economistas del mercado como era de prever. Hayek
escribió que la propuesta de Neurath de establecer los cálculos de
una economía planificada con una contabilidad in natura mostraba
que Neurath se olvidaba que la ausencia de un cálculo en valor
crearía una dificultad insuperable para cualquier uso racional y
económico de los recursos (Hayek, 1935: 30-31). Por su parte,
Hayek, como casi todos los participantes en el debate sobre la
racionalidad económica en el socialismo (en ambos lados de la
58 -
línea divisoria) se olvidó de los problemas de agotamiento de re-
cursos y de contaminación. La glorificación del principio del mer-
cado y del individualismo, llevó a Hayek a denigrar a una serie
de autores que criticaban la economía desde el punto de vista
ecológico -por ejemplo, Frederick Soddy, Lancelot Hogben, Lewis
Mumford y también Otto Neurath- como totalitarios "ingenieros
sociales" de pedigree saint-simoniano (Hayek, 1952). Cientos de
profesores de "sistemas económicos comparados" han explicado
a sus alumnos el debate sobre el cálculo económico en economías
planificadas, elogiando tal vez la sofisticado respuesta de un "so-
cialismo de mercado" de Lange contra las críticas de Max Weber,
Ludwig von Mises y Hayek, sin percatarse que el debate incluyó
ya desde 1919 (gracias a Neurath) una incipiente discusión sobre
las asignaciones intergeneracionales de recursos agotables (que es
una cuestión distinta y más profunda que discutir si el carbón o
el petróleo han de tener un precio acorde con el coste marginal de
extracción, en vez del coste medio, como si eso asegurara una
óptima asignación intergeneracional).
Neurath, inspirado por las "utopías" realistas, científicas y eco-
lógicas de Popper-Lynkeus y Ballod-Atlanticus, era consciente de
que el mercado no podía valorar los efectos intergeneracionales.
En sus escritos sobre la economía socialista propuso el siguiente
ejemplo: supongamos dos fabricas capitalistas que hacen el mismo
producto y la misma cantidad de producción, una con doscientos
trabajadores y un centenar de toneladas de carbón, y la segunda
con trescientos trabajadores y solamente cuarenta toneladas de
carbón. En la economía de mercado, tendrá ventaja la empresa
que haga servir un proceso más económico, medido en dinero. En
una economía socialista, para comparar dos planes económicos,
ambos con el mismo resultado, uno que haga servir menos carbón
pero más mano de obra y el otro que haga servir más carbón pero
menos mano de obra, necesitaremos atribuir un valor actual a las
necesidades futuras de carbón. En consecuencia, no sólo debere-
mos decidir políticamente una tasa de descuento y un determinado
horizonte temporal, sino también adivinar la evolución de la tec-
nología (el uso de energía solar, el uso de energía hidráulica, el uso
- 59 -
de energía nuclear, además de tener en cuenta el calentamiento
global, la lluvia acida, la contaminación radioactiva, que Neurath
hubiese podido mencionar explícitamente). La decisión sobre cual
de ambos planes realizar, no podía basarse en una unidad de me-
dida común. Los elementos de la economía eran inconmensura-
bles, de ahí la necesidad de una Naturalrechnung y de decisiones
políticas entre muchos planes alternativos posibles. Vemos aquí
porqué Neurath se convirtió en la béte noire de Hayek, aunque
desde la trinchera política contraria, Neurath no fue tampoco elo-
giado: un crítico hizo notar que el escepticismo de Neurath sobre
la racionalidad puramente económica de la planificación socialista
le llevaba a pensar de un modo milenarista y por eso Neurath no
lograba salirse del utopismo (Weil, 1926: 457).
Otto Neurath no fue solamente un economista disidente y un
activista político radical (que en 1919 participó en la revolución
en Munich) sino fue también un gran filósofo analítico del Círculo
de Viena, cuyo manifiesto él mismo escribió. Aunque la mayor
parte de los escritos de Neurath sobre la economía socialista están
solamente en alemán (hay bibliografías en Weissel, 1976, y Stadler,
1982), y aunque la tesis de William Kapp escrita a mitad de los
años 1930 sobre externalidades en una economía socialista ha sido
pr cticamente desconocida (Leipert y Steppacher, 1987), no puede
alegarse lo mismo respecto de los accesibles y bien conocidos es-
critos posteriores de William Kapp acerca de los costes sociales y
beneficios sociales del desarrollo económico: "Son magnitudes y
cantidades esencialmente heterogéneas sin denominador común...
una conmensurabilidad que simplemente no existe" (Kapp, 1965,
ed. 1983: 37). Aquí la economía de los recursos naturales y del
medio ambiente no es vista como un complemento de la habitual
economía del bienestar que analiza casos esporádicos de "fracaso
del mercado": por el contrario, aquí abrimos de nuevo una de las
mayores polémicas intelectuales y políticas de nuestra época al
afirmar que la economía de mercado por sí misma no puede cons-
tituir una guía racional para la asignación intertemporal de recur-
sos y de desechos. Eso no implica que el Ministro de la Producción
de un Estado colectivista pudiera confiar en una racionalidad pu-
60 -
ramente ecológica. La pregunta es más bien, ¿quién debería decidir
las políticas económicas y ecológicas? Así, como veremos en el
capítulo siguiente, tras el Informe Brundtland de 1987, el estudio
de la pobreza como causa de la degradación del ambiente se ha
puesto más de moda y está mejor pagado que el estudio de la
riqueza como principal amenaza humana al medio ambiente: hay
un intento político de los ricos de desviar el orden del día ecológico
hacia temas distintos a la Raubwirtschaft. Claro está que calificar
la economía como una economía de rapiña, como una Raubwirts-
chaft, exige tener criterios para medir intercambios desiguales y
degradaciones ecológicas: por tanto, ese inicio de debate ecológico-
económico de los años 1920 y 1930 que hemos visto en esta sec-
ción, tiene todavía relevancia.
El concepto de desarrollo sustentable, instrumento inadecuado
para una política demográfica y ambiental
Este capítulo y el anterior han presentado razones contra una
política ambiental basada en el aparato conceptual de la ciencia
económica ortodoxa. En esta sección, por el contrario, señalo las
limitaciones de un enfoque puramente ecológico. Específicamente
veremos si es posible aceptar la racionalidad ecológica implícita
en el concepto de capacidad de sustentación. No olvidemos que
la palabra de orden de la nueva ecotecnocracia internacional es
ahora la de "desarrollo sostenible" o "desarrollo sustentable" (sus-
tainable development), y el desarrollo deja de ser sustentable cuan-
do excede de la capacidad de sustentación. En el capítulo siguiente
volveré sobre este tema. El concepto de capacidad de sustentación
se refiere en ecología a la máxima población de una especie que
puede mantenerse indefinidamente en un territorio dado sin pro-
vocar una degradación en la base de recursos que pueda hacer
disminuir la población en el futuro. Recordemos que la superficie
de tierra de cultivo por persona en Europa, o más aún en el Japón,
es baja si la comparamos con la media mundial (en Holanda, Bél-
gica, Alemania y el Reino Unido es inferior a la de Haití o El
Salvador). Claro está que la población europea hace servir energía
61 -
y recursos materiales agotables no sólo para la industria sino tam-
bién para la agricultura. Cuando Alemania, o Inglaterra, en el siglo
pasado, eran países de emigración, o cuando, mucho más recien-
temente, Italia o España exportaban lo que parecía ser un exce-
dente de población con respecto a su capacidad de sustentación,
sus densidades de población eran inferiores a las densidades ac-
tuales. Aquí, la economía y la ecología entran de nuevo en conflicto
en la definición de "degradación de la base de recursos". Los eco-
nomistas tienden a decir que el uso de recursos, incluso si no son
producidos sino simplemente extraídos y destruidos (como ocurre
con los combustibles fósiles), no es necesariamente una degrada-
ción de recursos desde el punto de vista económico, puesto que
tal vez antes de agotarse serán sustituidos por nuevos recursos.
Una posición conservacionista estricta que dé el mismo valor al
consumo futuro que al actual, tal vez llevaría a conservar recursos
que resultar n inútiles con las nuevas tecnologías. Los economistas
tenderán también a decir que, incluso si no hay ninguna garantía
de sustitución técnica, debe sin embargo utilizarse esos recursos
ya que el crecimiento económico hará que el consumo adicional
futuro tenga menos valor que el consumo de hoy, ya que nuestros
descendientes serán (por hipótesis) más ricos. Los ecologistas pue-
den sin duda responder que los economistas no tienen ninguna
teoría sobre el crecimiento económico que incorpore cuestiones
ecológicas, y por tanto los ecologistas pueden sugerir que la tasa
de descuento debería ser nula o incluso negativa, pero en cualquier
caso la incertidumbre acerca de los cambios técnicos futuros nos
lleva a la conclusión que una racionalidad ecológica no es un mejor
fundamento de la política que la habitual racionalidad económica.
A los ecólogos se les empieza a pedir que determinen tecnocra-
tica y exactamente la manera de vivir de los humanos: por ejemplo,
se les pide que digan qué dosis de radiación no son peligrosas, o
qué dosis de pesticidas; se les pide que determinen niveles ma-
ximos tolerables de emisiones de dióxido de carbono; incluso se
les pide que indiquen densidades óptimas de población (al menos
en los países pobres) para evitar que los pobres degraden el medio
ambiente. Pero los ecólogos carecen de un standard de medida
- 62 -
común que pueda guiar los intercambios que están realmente en
juego. La ecología a veces no sabe cuáles serán los efectos negativos
(o positivos) del proceso económico: hemos visto más arriba el
caso del "efecto invernadero". La certeza actual en el caso de la
destrucción de la capa de ozono que ya ha llevado a establecer un
tratado internacional es seguramente un caso excepcional de con-
senso científico. Pero incluso cuando hay consenso científico, la
ciencia no tiene criterios para valorar los intercambios implícitos
y los conflictos distributivos que realmente están en cuestión. Por
ejemplo, ¿habría que permitir la incineración de basuras o de re-
siduos industriales con el peligro (técnicamente incierto) de pro-
ducción de dioxinas, o deberían sacrificarse ciertas industrias?
Sin embargo, observamos actualmente como los respetables or-
ganismos internacionales y los bancos multilaterales de ayuda al
desarrollo económico se lanzan por la vía de la planificación eco-
lógica y emplean el concepto de capacidad de sustentación (sólo
para países pobres) como base de nuevas políticas de "desarrollo
sustentable". ¿Por qué no preguntar si la Comunidad Económica
Europea o el Japón han sobrepasado sus capacidades de susten-
tación, y si sus modelos de desarrollo son "sostenibles"? En algunos
países europeos hay incluso una política de hacer crecer o por lo
menos de mantener la población actual, y no mediante la inmi-
gración sino mediante una natalidad más alta que produzca bebés
de buena raza europea (eso es un error si la capa de ozono dis-
minuye, ya que la gente blanca tiene mayor probabilidad de tener
cancer de piel). Implícitamente se está suponiendo que será posible
desvincular el crecimiento económico del uso de energía y mate-
riales (con eficiencias mayores y reciclaje) o tal vez que continuar
siendo posible extraer energía y materiales y exportar externali-
dades a precio barato a los países de ultramar, según el caracte-
rístico modelo europeo (y japonés) de Raubwirtschaft.
Los costes y los beneficios del crecimiento económico son eco-
nómicamente inconmensurables. Por ejemplo, una expansión del
número de automóviles hasta alcanzar la proporción de los países
ricos (un automóvil por cada dos o tres personas), lo que sin duda
agradaría a casi todo el mundo según los valores sociales actual-
63 -
mente vigentes, supondría para una población estabilizado de diez
mil millones de personas una cantidad de automóviles diez veces
mayor que la actual: los automóviles contribuirían al calenta-
miento global, al agotamiento del petróleo, a la pérdida de tierra
agrícola, al ruido, a la producción de monóxido de carbono y de
óxidos de nitrógeno. Alguna externalidad negativa (el aumento del
ruido, por ejemplo) incide únicamente en la generación actual,
otras son diacrónicas y por tanto, además de la dificultad de va-
lorarlas debido a las incertidumbres -que no son reducibles a ries-
gos con conocidas distribuciones de probabilidad- existe también
la dificultad en la actualización de su valoración que exige aplicar
una arbitraria tasa de descuento.
Como no hay conmensurabilidad económica, podríamos estar
tentados de basar las decisiones en una racionalidad ecológica, en
términos del concepto de capacidad de sustentación. Ahora bien,
las unidades político-territoriales a las cuales se quiere aplicar esa
política ecológica no tienen ninguna lógica ecológica, son produc-
tos de la historia humana. La ecología humana es distinta de la
ecología de otros animales precisamente porque la especie humana
no tiene instrucciones genéticas respecto al consumo exosomático
de energía y materiales y porque la distribución territorial de la
especie humana responde a causas históricas, no puede explicarse
biológicamente. Así, a pesar de las enormes diferencias en el con-
sumo de energía y materiales por persona entre territorios proxi-
mos (Marruecos y España, México y Estados Unidos), no existe
una corriente de emigración libre que tienda a igualar esos con-
sumos: por el contrario, en las respectivas fronteras hay una especie
de demonios de Maxwell que impiden el paso. Los demonios de
Maxwell, seres inexistentes en la naturaleza, eran capaces de man-
tener, incluso de aumentar, la diferencia de temperatura entre gases
comunicantes. Así, las argumentaciones en base a la "capacidad
de sustentación" y al "desarrollo sustentable" son estrepitosamente
ideológicas en su aplicación selectiva. Son intentos de biologizar
la desigualdad social.
64 -
Una conclusión política
Este capítulo ha presentado algunas cuestiones viejas y nuevas
de economía ecológica. La palabra "externalidad" describe el tras-
lado de costes sociales inciertos a otros grupos sociales (ya sean
"extranjeros" o no) o a las generaciones futuras. Hay grandes ex-
ternalidades diacrónicas invalorables, así la conmensurabilidad
económica no existe separadamente de una distribución social de
valores morales referente a los derechos de otros grupos sociales
incluidas las generaciones futuras. La conmensurabilidad econó-
mica no puede existir tampoco separadamente de unas perspec-
tivas socialmente construidas respecto de los cambios tecnológicos.
Esos valores morales y ese optimismo (o pesimismo) tecnológico
tal vez no se correlacionen con clases sociales determinadas, o con
el género, o con la edad de las personas pero seguramente no se
distribuyen al azar en el mundo, y además cambian. La economía
del medio ambiente está imbricada en la política.
Los intentos de tomar decisiones, no sobre la base de la ciencia
económica (que se muestra incapaz de valorar las externalidades
diacrónicas) sino sobre una racionalidad únicamente ecológica,
están también destinados al fracaso, ya que para poder comparar
costes y beneficios nos hace falta una asignación de valores, y la
Ecología no puede proporcionar tal sistema de valoración inde-
pendientemente de la política. Por ejemplo, la superioridad ener-
gética de la producción campesina tradicional (en términos del uso
de combustibles fósiles) no parece una gran ventaja si uno adopta
una posición política optimista respecto a nuevas fuentes de ener-
gía, y el papel del campesinado en la preservación de la biodiver-
sidad puede parecer obsoleto dadas las promesas de las biotec-
nologías. La falta de conmensurabilidad sale de nuevo a relucir.
Así pues, la imposibilidad de una racionalidad económica que
tenga en cuenta las externalidades y las incertidumbres ecológicas,
y la imposibilidad, por otro lado, de decidir los asuntos humanos
de acuerdo a una planificación racional puramente ecológica, lleva
hacia la politización de la economía. Por tanto, hay que pregun-
tarse acerca de cuáles son las unidades territoriales y los proce-
65 -
cimientos de decisión, una vez caídas las pantallas defensivas de
la economía ambiental convencional y de la planificación ecoló-
gica. ¿Hay que juzgar la política ambiental con criterios de bie-
nestar mundial, estatal, regional? ¿Cómo hay que comparar be-
neficios actuales y futuros? ¿De qué manera la lucha política
determina no sólo la política ecológica sino incluso el orden del
día ecológico y también la ausencia de educación y percepción
ecológicas? ¿En qué escuelas se enseña a los campesinos tradicio-
nales que ellos son, posiblemente, baluartes de la ecología contra
el sistema de mercado generalizado y contra la modernización tec-
nológica? ¿Cómo hay que explicar el miedo actual al calentamiento
global y cómo explicar que no se iniciara ya el 1900? ¿Cómo ex-
plicar que los conceptos de Raubwirtschaft y de intercambio eco-
lógicamente desigual no sean usados por los organismos interna-
cionales? ¿Son las perspectivas ecoglobalistas y ecoregionalistas
compatibles con la geografía actual del poder político? ¿Cómo se
protegerían contra la inmigración las pequeñas "ecotopías"? La
resucitada fe en el mercado, ¿será más fuerte que la nueva cons-
ciencia ecológica? Los movimientos ecologistas populares ¿contri-
buirán notablemente con sus acciones a la internalización de ex-
ternalidades? ¿Les preocuparán sólo los costes sociales actuales o
también los futuros? En conclusión, antes de escribir sobre el con-
flicto o coherencia entre racionalidades económica y ecológica en
la determinación de la política ambiental, hay que escribir sobre
la Política de la Política Ambiental.
Veamos por ejemplo la posición de un actual portavoz del "neo-
narodnismo ecológico":
"Si la producción campesina es una forma donde hay un
predominio relativo del valor de uso sobre el valor de cambio,
es decir, donde la reproducción material descansa más en
los intercambios (ecológicos) con la naturaleza que en los
intercambios (económicos) con el mercado, entonces en la
unidad de producción campesina debe existir todo un con-
junto de estrategias, tecnologías, percepciones y conocí-
mientos que hacen posible la reproducción social sin me-
66 -
noscabo de la renovabilidad de los recursos naturales
(ecosistemas). Todos los estudios recientes abocados a des-
cribir la riqueza de conocimientos que las culturas campe-
sinas tienen sobre su entorno natural..., la gran eficacia tec-
noambiental de muchos sistemas agrícolas tradicionales, o
las habilidades del productor campesino para manejar y ha-
cer productivos terrenos de alta complejidad ambiental, no
han hecho más que confirmar la validez de aquel razona-
miento. Frente al impetuoso proceso de integración y mo-
dernización de las aéreas rurales que tiene lugar en prácti-
camente todos los rincones del mundo bajo el mismo modelo,
las formas campesinas han venido jugando entonces del lado
de la resistencia ecológica... Todo el cúmulo de proposiciones
generadas por la ecología que a la luz de una planificación
dominada por el capital aparecen como prácticas ingenuas
y poco viables, se vuelven dinamita pura una vez que son
asumidas como instrumentos de lucha por los campesinos
politizados". (Toledo, 1991).
Según este punto de vista, el campesinado tradicional, respe-
tuoso de la variabilidad biológica y energéticamente eficiente, es
un sujeto natural del ecologismo político, cuyo porvenir está por
tanto, sobre todo, en los países pobres. Esta posición es distinta a
la que suponía que el ecologismo enraizaba sobre todo en sectores
de la clase media de los países nord-atlánticos que empezaban a
sufrir a causa de las aglomeraciones y de la contaminación. Esa
segunda posición fue sustentada, por ejemplo, por Enzensberger,
en su artículo en la New Left Review de 1973. Ciertamente, la
investigación histórica y actual de la geografía, y la sociología del
ecologismo político internacional está en sus inicios, de manera
que no cabe ser despreciativo, pero vale la pena recordar que hubo
incluso, entre los liberales, y también entre cierta "izquierda" hoy
en curso de reciclaje, quien absurdamente vió en el ecologismo
político alemán una reencarnación de la nostalgia del Blut und
Boden. Esa crítica al ecologismo predominó en parte de la "iz-
quierda" en los inicios del actual ola ecologista, en los años 1970,
67 -
y junto al viejo divorcio entre el marxismo y la ecología, contribuyó
al retraso del eco-socialismo.
En los países ricos, hay un ecologismo mundialista, igualitarista
(como el de los Verdes alemanes) pero existe también un ecolo-
gismo que nace de la consciencia del daño a la naturaleza que la
prosperidad económica causa (contaminación de los automóviles,
residuos tóxicos, peligro radioactiva, etc.), y que suele tener una
importancia local. Además, en la historia de los países ricos, y
particularmente de Alemania, el ecologismo no es políticamente
unívoco: hay un ecologismo social-darwinista y hay un ecologismo
igualitarista. La "izquierda tradicional" prefirió fijarse más en el
primero (estudiado por Bramwell, 1989) que en el segundo repre-
sentado por los Verdes. En el Norte encontramos ambos tipos de
ecologismo, sin que por ahora predomine, afortunadamente, el
neologismo social-darwinista, mientras en el Tercer Mundo triun-
fará un ecologismo igualitarista que nace, no de los problemas
ecológicos de la abundancia económica sino, al contrario, de la
ecología de la supervivencia.
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