LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN
El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la
salud del cuerpo (Cf. Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y
de salvación, incluso en sus propios miembros. Ésta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de
la Penitencia y de la Unción de los enfermos.
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA
RECONCILIACIÓN
El sacramento de la Reconciliación es uno de los aspectos más singulares
y bellos de la Iglesia Católica. Jesucristo, en Su abundante amor y
misericordia, estableció el Sacramento de la Confesión, para que nosotros
como pecadores tuviéramos la posibilidad de obtener el perdón de
nuestros pecados y reconciliarnos con Dios y la Iglesia. El sacramento
de la reconciliación “nos lava, limpia”, y nos renueva en Cristo.
“Jesús les dijo nuevamente, ‘La paz sea con vosotros. Como el Padre
me envió, también yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos.’” (Juan 20:21-23).
EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1423 Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión
(cf Mc 1,15), la vuelta al Padre (cf Lc 15,18) del que el hombre se había alejado por el pecado.
Se denomina sacramento de la penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de
arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
1424 Se le denomina sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante
el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este sacramento es también una
"confesión", reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.
Se le denomina sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente "el
perdón [...] y la paz" (Ritual de la Penitencia, 46, 55).
Se le denomina sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia: "Dejaos
reconciliar con Dios" (2 Co 5,20). El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a la llamada del
Señor: "Ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5,24).
SÓLO DIOS PERDONA EL PECADO
Sólo Dios perdona los pecados ( Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene
poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5;
Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (Jn 20,21-23) para que lo
ejerzan en su nombre.
Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón
y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al
ministerio apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado "en
nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5, 20).
EL SIGNO SACRAMENTAL DE LA PENITENCIA
De acuerdo a la explicación que da Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 84, a. 2), reafirmada por el Concilio de Trento (cfr. Dz.
699, 896, 914, ver también Catecismo, n. 1448), el signo sensible lo componen la absolución del sacerdote y los actos del
penitente:
la actuación del ministro que imparte el perdón en nombre de Cristo se resume en las palabras de la absolución, que
constituyen la forma del sacramento;
la actuación del penitente se concreta en las disposiciones con que se prepara para recibir la absolución, y constituyen
la materia del sacramento: esas disposiciones son la contrición o dolor de los pecados, la confesión o manifestación de
los mismos, y la satisfacción para compensarlos de algún modo.
LOS ACTOS DEL PENITENTE
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda en el n. 1450 que la penitencia mueve al pecador a sufrir todo
voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción.
De los tres actos del penitente el más importante es la contrición es decir, el rechazo claro y decidido del
pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo. Esta contrición es el principio de la conversión, de
la metanoia que devuelve al hombre a Dios, y que tiene su signo visible en el sacramento de la penitencia.
a) CONTRICIÓN
El primer acto del penitente, la contrición, "es el dolor del alma y detestación del pecado cometido, juntamente con el
propósito de no volver a pecar" (Concilio de Trento, Dz. 897: ‘animi dolor ac detestatio de peccato comisso, cum
propósito non pecandi de cetero’) (Catecismo, n. 1451).
Constituye la parte más importante del sacramento de la penitencia. Etimológicamente viene del verbo contere, que
significa destrozar, triturar: con el dolor y la detestación, el alma busca destruir los pecados cometidos.
Contrición perfecta e imperfecta
Enseña la Iglesia (cfr. Catecismo, nn. 1452 y 1453) que hay dos clases de dolor y detestación de los pecados:
contrición perfecta es aquel fruto del amor -dolor de amor- a Dios ofendido, y tan grata que nos reconcilia con El.
La contrición imperfecta o atrición, no da la gracia si no va acompañada de la recepción del sacramento, pero basta
como disposición para recibirlo. Se llama imperfecta porque no proviene de un amor puro a Dios, sino de algún otro
motivo sobrenatural como el temor al infierno.
Cuando el dolor de atrición va acompañado por la absolución, el penitente de atrito se hace contrito, quedando justificado
por la virtud del sacramento. De todos modos, debe excluir la voluntad de pecar, con la esperanza del perdón, como
enseña la Iglesia.
b) CONFESIÓN
La confesión de todos los pecados cometidos después del bautismo, con objeto de obtener de Dios el perdón, a través de
la absolución del sacerdote, no se puede reducir a un intento de auto liberación psicológica. Es el gesto del hijo
pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí
mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona (Juan Pablo II, Exhor. Ap. Reconciliatio et paenitentia, n.
31).
Es, en efecto, un requisito establecido por el mismo Dios la manifestación o confesión de los pecados por parte del
penitente, para que el ministro conozca la causa y pueda dictar sentencia.
El difundido error de considerar que basta la contrición para obtener el perdón de los pecados, nos lleva a estudiar más
detenidamente la necesidad de acusar ante el sacerdote todos los pecados mortales.
Es usual oír expresiones como éstas: ‘Si ya estoy arrepentido, ¿para qué me confieso?’; o bien, ‘yo me confieso sólo ante
Dios’, etc., que manifiestan confusión de ideas y profunda ignorancia.
El Magisterio de la Iglesia declaró solemnemente en el Concilio de Trento: "Si alguno dijere que para la remisión de
los pecados en el sacramento de la penitencia no es necesario por derecho divino confesar todos y cada uno de los
pecados mortales, sea anatema" (Dz. 917).
La claridad de esta formulación viene dada por la misma institución divina: Jesucristo confiere explícitamente a sus
Apóstoles el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn. 20, 21-23); como esa potestad no pueden ejercitarla sus ministros de
forma arbitraria, es evidente que necesitan conocer las causas sobre las que debe emitirse el juicio que eso es la confesión,
y esto no de modo general sino con detalle y precisión (cfr. S. Th. III, q. 6).
La acusación de los pecados debe reunir dos características: ha de ser sincera e íntegra.
a) Sinceridad
La confesión es sincera cuando se manifiestan los pecados como la conciencia los muestra sin omitirlos, disminuirlos,
aumentarlos o variarlos.
Omitir a sabiendas un pecado grave todavía no confesado, hace inválida la confesión (es decir, no quedan
perdonados los pecados ahí confesados), y se comete, además, un grave sacrilegio. Esto mismo se aplica al hecho de
omitir voluntariamente circunstancias que mudan la especie del pecado.
Los pecados no confesados por olvido o por ignorancia invencible no invalidan la confesión, y quedan
implícitamente perdonados, pero han de ser acusados en la siguiente confesión si el penitente es consciente de ellos
posteriormente.
Enseña el Magisterio de la Iglesia (cfr. Instrucción de la Sagrada Penitenciaría del 25-III-1944, nn. 4-5) que no debe
admitirse ninguna inquietud si, después de la confesión y de haber hecho el conveniente examen de conciencia, se
reparase en el olvido de algún pecado grave. Sin embargo, estos pecados recordados más tarde, deben manifestarse en la
siguiente confesión que se realice.
Para lograr que la confesión sea sincera, ya desde el momento mismo de su preparación a través del examen, ha de
tenerse en cuenta que la acusación de los pecados debe ser natural, sencilla, clara y completa, como recomienda
el Catecismo Romano (cfr. II, V, 50):
natural: conviene emplear pocas palabras, las justas, a fin de decir con humildad lo que culpablemente hemos hecho y
omitido; sencilla: no divagar, ni perderse en generalidades y detalles superfluos, señalando dónde radicó nuestra voluntad
de pecar;
clara: sin manifestar circunstancias innecesarias, guardando la oportuna modestia en el modo de hablar, pero permitiendo
que el sacerdote entienda bien el pecado cometido;
completa: abarcando todos y cada uno de los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha.
b) Integridad
Como ya dijimos, el sacramento de la penitencia tiene la estructura de un juicio, y el confesor -en su función de juez-
necesita conocer todos los datos pertinentes para emitir la sentencia y determinar la pena. Por eso, la confesión de los
pecados ha de ser integra: esto es, debe abarcar todos los pecados mortales no confesados desde la última confesión bien
hecha, con su número y con las circunstancias que modifican la especie. Veremos ahora con más detenimiento cada uno
de los elementos necesarios para la integridad de la confesión.
C. SATISFACCIÓN
La absolución del sacerdote perdona la culpa y la pena eterna (infierno), y también parte de la pena temporal debida por
los pecados (penas del purgatorio), según las disposiciones del penitente. No obstante, por ser difícil que las disposiciones
sean tan perfectas que supriman todo el débito de pena temporal, el confesor impone una penitencia que ayuda a la
atenuación de esa pena.
Por tanto, la confesión oral de los pecados no termina el acto sacramental en lo que al penitente se refiere. Pertenece
a la sustancia de sus disposiciones el aceptar la satisfacción impuesta por el confesor para resarcir a la justicia divina; esas
obras satisfactorias adquieren valor sobrenatural porque se insertan en la eficacia del sacramento.
Es éste el tercero de los actos del penitente, y su efectivo cumplimiento -cuanto antes, mejor- tiene eficacia reparadora en
virtud del sacramento mismo, aunque mayor o menor según las disposiciones personales. Antiguamente las penitencias
sacramentales eran muy severas; en la actualidad son muy benignas. Podrían ser proporcionadas a la gravedad de los
pecados, pero en la práctica el confesor suele acomodarlas a nuestra flaqueza.
La satisfacción puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones
voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar (Catecismo, n. 1460).
c.1) Normalmente, el confesor deberá imponer la penitencia antes de la absolución. El objeto y la cuantía de la
penitencia deberán acomodarse a las circunstancias del penitente, de modo que repare el daño causado y sea curado con la
medicina adecuada a la enfermedad que padece.
Conviene, por eso, que la penitencia impuesta sea realmente un remedio oportuno al pecado cometido, y que ayude, de
alguna manera, a la renovación de la vida.
c.2) El penitente ha de aceptar la penitencia que razonablemente le impone el confesor, y después cumplirla. Si
considera que es difícil de cumplir, debe manifestarlo antes de recibir la absolución, para que el confesor, si lo juzga
prudente, la conmute.
LA FORMA
La forma del sacramento de la penitencia son las palabras de la absolución (verdad de fe definida por el Concilio de
Trento: cfr. Dz. 896), que el sacerdote pronuncia luego de la confesión de los pecados y de haber impuesto la penitencia.
Esas palabras son: Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO
1461 Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación (Cf. Jn 20,23; 2 Co 5,18), los obispos, sus
sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los
presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados "en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo".
LOS EFECTOS DE ESTE SACRAMENTO
"Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con él con profunda amistad"
(Catech. R. 2, 5, 18). El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el
sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, "tiene como resultado la paz y la
tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual" (Cc. de Trento: DS 1674). En efecto, el
sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la dignidad y
de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Lc 15,32).
Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento
de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene
también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros (Cf. 1 Co
12,26). Restablecido o afirmado en la comunión de los santos, el pecador es fortalecido por el intercambio de los bienes
espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, estén todavía en situación de peregrinos o que se hallen
ya en la patria celestial (Cf. LG 48-50):
Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que
reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de
su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de
algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación (RP 31).
PRÁCTICA
1.- El pecado es la causa por la que el hombre se aleja de Dios, pero gracias al sacramento de la 15 11 32
reconciliación estamos de vuelta al Padre. Indica la parábola que sustenta esta afirmación y 11 6 20
marca el tres en raya que pertenece al capítulo y versículos del evangelio de Lucas que 9 4 8
sustente tu respuesta. ____________________________________________________
2.-El sacramento de la reconciliación fue instituido por Jesucristo, quien dio a los apóstoles la potestad de perdonar los
pecados en su nombre. Marca con una “X” la letra de la cita bíblica que sustente esta afirmación.
a) Mateo 15, 11-17 b) Juan 20,22-23 c) Marcos 16,19-10 d) Lucas 5,7-10
3.-RINCONCITO ___________________ 8 15 19
Reordenando las letras hallarás uno de los actos del que se convierte. Marca el Tres en 5 14 16
Raya que pertenece al capítulo y versículos del evangelio de San Lucas que le de sustento. 15 2 10
4.-El catecismo de la Iglesia católica en los Nº 1423 y 14 24, enseña que al sacramento de la reconciliación se le
denomina de diferentes maneras. Al frente de cada cita bíblica escribe el nombre con el que se le denomina.
Lucas 3, 3-9 ___________________________
Santiago 5, 16 ___________________________
5.-Lee de manera comprensiva el siguiente texto y responde a la interrogante.
Andrea, Erika y Viki están en pecado mortal, y los tres tienen verdadero dolor. Viki y Erika detestan su pecado por Temor
a las llamas del infierno; Andrea más piadosa, aborrece el pecado porque siente vivo dolor de haber ofendido a Dios. Las tres
desean confesarse y sólo, Erika lo hace; las otras dos no encuentran confesor y aquel mismo día, sin cambiar la disposición de sus
almas, van a dar un paseo en canoa y se ahogan las tres. Indica porque Viki se Condenó y Andrea y Erika se salvaron.
Andrea ______________________________________________________________________
Érika ______________________________________________________________________
Viki ______________________________________________________________________