«—Hay que tener unas gafas especiales
para ver el brillo de las cosas intangibles.
¿Y si lo único que necesitamos para ser felices No todo el mundo puede hacerlo. Pero si
es descubrir el brillo de las cosas intangibles? lo consigues, te las pones y empiezas
a buscar el rastro que deja tras de sí cada
Nicki Aldrich y River Jackson han sido emoción. El cariño posee un brillo tenue
inseparables desde que llegaron al mundo con pero constante. Y el brillo de la infancia
cuarenta y siete minutos de diferencia. Ella lo es como el del nácar, con reflejos
hizo envuelta en polvo de hadas. Él como si iridiscentes de colores. Cuando era
fuese un meteoro en llamas. El pequeño pueblo pequeña imaginaba que los castillos de
costero donde crecieron se convirtió en el las sirenas en el fondo del mar estarían
DONDE TODO BRILLA
escenario de sus paseos en bicicleta, las tardes hechos de nácar, sin duda. Los recuerdos
en la casa del árbol y los primeros amores, tienen un brillo intermitente, porque se
Alice Kellen nació en Valencia en va apagando con el paso del tiempo igual
secretos y dudas.
1989. Es una enamorada de los gatos, que las estrellas. Es curioso. Hay
el arte y las visitas interminables Sin embargo, con el paso de los años, River personas capaces de centellear. Y a veces
a librerías. Además, le encanta vivir sueña con escapar de aquel rincón perdido las miradas también brillan.
entre los personajes y las emociones donde todo gira alrededor de la tradicional
River no apartó los ojos de Nicki. Si en
que plasma en el papel. Sus novelas La pesca de la langosta y Nicki anhela encontrar
ese momento ella no hubiese estado
teoría de los archipiélagos, El mapa de su lugar en el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando
fijándose en las vigas de madera de la
los anhelos, Tú y yo, invencibles, Las nada sale como lo habían planeado? ¿Es
casa del árbol, quizá hubiese sido capaz
alas de Sophie, Nosotros en la luna y la posible elegir dos caminos distintos y, pese
de encontrar ese mismo brillo del que
bilogía Deja que ocurra: Todo lo que a todo, encontrarse en el final del trayecto?
hablaba en los ojos de él.
nunca fuimos y Todo lo que somos
juntos han fascinado a más de dos Para lograrlo, River y Nicki tendrán que bucear
—Se me olvidaba que nada brilla tanto
millones de lectores. en las profundidades del corazón, rescatar
como el amor —continuó Nicki—, porque
pedazos de lo que fueron y entender aquello su resplandor es tan intenso que puede
@alicekellen_ que rompieron. Y quizá así, uniendo llegar a cegar como los faros de un coche
y encajando cada fragmento, logren descubrir en mitad de una noche cerrada. Pero es el
quiénes son ahora y recordar el brillo de las más bello y delicado. ¿Recuerdas cuando
cosas intangibles. de pequeña jugaba a guardar las
emociones en tarros de cristal? Pues el
del amor siempre se me rompía. Claro,
¿es que a quién se le ocurre intentar
contener algo tan indómito?»
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Alice Kellen
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Alice Kellen, 2023S. A., 2021
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UÑA Y CARNE, 1996
(Lo que olvidamos)
Según la paradoja del cumpleaños, en un grupo de veintitrés
personas hay una probabilidad de más del cincuenta por cien-
to de que al menos dos de ellas cumplan años el mismo día. En
un conjunto de sesenta personas, la probabilidad es casi del
cien por cien. La gracia de esta verdad matemática es que con-
tradice la intuición común porque la gente tiende a pensar que
es mucho más difícil coincidir.
Pero ahí estaban ellos.
Nicki llevaba en la cabeza una corona de eucalipto y flores
silvestres que su madre le había hecho para la ocasión y River
aguardaba con impaciencia mientras la abuela Mila encendía
las velas. Los dos cumplían siete años. Se inclinaron a la vez,
sonrieron mirándose de reojo y pidieron un deseo antes de
soplar.
«Nicki y River».
«River y Nicki».
Tan inseparables que aterrizaron en el mundo con tan solo
cuarenta y siete minutos de diferencia. Y si a eso le sumamos
que eran vecinos, podría decirse que no fue una sorpresa para
nadie que se convirtiesen en uña y carne cuando aún usaban
pañales.
Si esto fuese un cuento, empezaría así:
«Érase una vez dos familias que encajaron sin esfuerzo
17
como dos rebanadas de un sándwich de huevo. Ocurrió duran-
te el invierno de 1989, cuando Vivien y Jim heredaron la vieja
casa de un tío lejano y decidieron asentarse en Maine porque,
en realidad, los Aldrich nunca habían pertenecido a ningún
lugar, así que podían elegir dónde echar raíces y el destino
quiso que, a tan solo unos metros de distancia, tras una valla
recubierta de espesa hiedra, viviesen los Jackson. Después, su
amistad surgió con tanta facilidad y naturalidad como la llega-
da de la primavera. Y colorín colorado...».
Pero, como no se trata de un cuento, seremos más precisos.
Pese a ser inseparables, las dos familias eran muy distintas.
El matrimonio Jackson tenía dos hijos: River y Maddox. Ge-
neración tras generación, todos habían nacido en Maine, ha-
bían vivido en Maine y habían muerto en Maine. Poseían un
vínculo especial con el mar y, pese a la inestabilidad de la zona,
podían predecir el tiempo echándole un vistazo rápido al cielo.
El padre, Sebastian, se dedicaba a la pesca de la langosta, tal
como había hecho su propio padre, su abuelo y su bisabuelo.
La madre, Isabelle, regentaba un acogedor restaurante, El An-
zuelo Azul, que tenía clientela durante todo el año y alcanzaba
su esplendor en verano, durante la temporada turística.
Las personalidades de sus hijos parecían adaptarse a los cá-
nones establecidos. Maddox, que era un año mayor que su her-
mano, era responsable y sereno, pero también un poco tacitur-
no y reservado. Era observador como un halcón y le irritaban
los halagos. Por el contrario, a River le gustaba gustar. Era im-
pulsivo y nunca pensaba en las consecuencias, embaucador
cuando tenía en mente un propósito y tan activo que no podía
mantenerse quieto ni cinco minutos (le empezaba a picar el
cuerpo o se mordía las uñas).
A la gente del pueblo le llamaba la atención que se parecie-
sen tanto físicamente y tan poco en todo lo demás; porque era
innegable que habían heredado el cabello oscuro del padre y
18
los ojos azules de la familia materna. Pero ahí terminaban sus
semejanzas.
En la casa de los Jackson reinaba el orden. Sebastian era
metódico y pragmático, mientras que Isabelle se esmeraba por
colocar cada cosa en su lugar y no soportaba ver hilitos sueltos
en la ropa o que las motas de polvo se asentasen sobre los mue-
bles. Y tenían relojes por todas partes: en la cocina, en el salón
y en las muñecas.
En cambio, los Aldrich vivían en las nubes y más allá.
Vestían ropa colorida, tenían pocas normas y eran muy
creativos. Absurdamente creativos. Lo mismo les daba por pin-
tar macetas con diseños étnicos que por hacer velas aromáticas
o tejer bufandas. Cada vez que surgía algún conflicto, como
decidir qué cenar o si Nicki se enfadaba porque su hermana
Heaven le había roto un juguete, se organizaba una asamblea
familiar y todos se reunían en el salón para hablar y ejercer su
derecho a voto. Por cuestiones jerárquicas, la abuela Mila se
encargaba de moderar.
A Nicki y Heaven se les permitía pintar las paredes de sus
habitaciones, porque sus padres consideraban que ese lugar les
pertenecía. No tenían un horario fijo para irse a la cama, les de-
jaban meter los dedos en el bote de la mermelada y elegían su
propia ropa, algo que resultaba de lo más pintoresco, porque
mezclaban colores y texturas sin orden ni concierto. Sin embar-
go, esa libertad no era ilimitada y para ver la televisión tenían
que conseguir puntos haciendo tareas del hogar que luego can-
jeaban por valiosos minutos delante de la pantalla.
Cuando las dos familias se juntaban, cosa que ocurría casi a
diario, era como mirar a través de un caleidoscopio. Al princi-
pio resultaba caótico, pero pronto todo adquiría nitidez y los
tres espejos enfrentados que formaban un prisma triangular
daban lugar a una explosión de colores y formas que sobreco-
gían por su belleza.
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—¿Habéis pedido un deseo? —preguntó Vivien.
—Creo que River ha soplado antes las velas.
—No es verdad, Nicki —protestó el aludido.
—Venga, no discutáis en vuestro cumpleaños.
Se comieron su ración de pastel antes de salir al jardín. Se-
bastian Jackson había construido para sus hijos una casa de ma-
dera en un árbol de gruesas raíces que serpenteaban entre las
malas hierbas. Nicki y River subieron por el tronco agarrándo-
se a los tablones de madera que servían de escalera. La casita
era maravillosa. Tras mucho insistir, River había permitido que
Nicki la decorase, así que por todas partes colgaban carruseles
de hilo con conchas de la playa y bellotas, en la ventana había
una cortina floreada que tiempo atrás había sido un vestido de
la abuela Mila, y la mesa de madera estaba llena de palitos y
vasitos de arcilla en los que Nicki guardaba cosas.
River cogió uno que contenía semillas ovaladas.
—Mi hermano dice que todo esto es basura.
—Maddox no tiene ni idea. Son pociones mágicas, River.
Mira, esta de arena de la playa te hace superfuerte y, si te comes
los pétalos de las campánulas, te salen plumas azules por todo
el cuerpo —dijo emocionada.
—¿Y para qué querría tener plumas?
—¡Pues para volar, tonto!
—No las necesito. Atenta.
River se asomó por la ventana y, con una sonrisa desdenta-
da iluminando su rostro, se sujetó a una rama del árbol que era
fina y estaba un poco arqueada.
—No deberías hacer eso. Si tu madre te ve...
—Bah. Ya tenemos siete años. Es nuestro día. ¿Y sabes una
cosa, Nicki? —Cogió impulso y se balanceó como un mono—.
Deberíamos hacer algo prohibido en cada cumpleaños. Se me
ocurren un montón de cosas.
—River, ten cuidado. Podrías caerte.
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Él puso los ojos en blanco y fanfarroneó:
—Si hasta puedo solo con una mano.
—Uy, mira, qué gusano tan bonito...
—¿Gusano? ¿Qué? ¿Dónde?
Un segundo después, River perdió el equilibrio. Las hojas
del árbol parecieron agitarse con cierta alegría taimada mien-
tras él se precipitaba al vacío. Hubo un golpe seco. Pum. Y lue-
go un silencio profundo.
Nicki se asomó con el corazón en la garganta.
—¡Mamááá! ¡Papááá! ¡River se ha matado!
Años más tarde, al recordar aquel momento, él siempre se
burlaría de la frase de ella diciendo: «Qué exagerada. Solo me
rompí la pierna derecha. Y la muñeca. Y el dedo índice. Y me fi-
suré una costilla. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez?».
21
RIVER, AGOSTO DE 1998
(Lo que olvidamos)
—Toma, ve a llenar el cubo de agua.
—¿Por qué siempre me toca a mí? —protesté.
—Porque es la tarea más sencilla —contestó ella.
Decidí dejarlo estar porque Nicki podía debatir durante ho-
ras si lo consideraba oportuno y darme otras veinte respuestas.
Era cosa de familia. Los Aldrich lo analizaban todo. Podrían
haber formado parte de un experimento científico que consis-
tiese en encerrarlos en una habitación blanca con tan solo una
piedra y ellos habrían hablado sin cesar de la textura y la poro-
sidad, la densidad y la tonalidad grisácea que, a su vez, habría
derivado en la geología y la existencia de la humanidad.
Así que me acerqué hasta la orilla y llené el cubo de agua.
La playa estaba casi vacía. Unos metros más allá, nuestras
madres estaban sentadas en sendas sillas plegables y bebían té
casero de un termo mientras charlaban. Junto a ellas, Maddox
leía un cómic con aire ausente.
—¿Y qué hago ahora?
—Coge una pala y excava un foso.
Hacer agujeros en la arena siempre me había gustado.
Cuando éramos más pequeños, Nicki aseguraba que, si cavaba
muy muy hondo, podríamos llegar a Australia y yo me lo creía
y ponía todo mi empeño en ello; al menos, hasta que un día mi
hermano me dijo que era idiota.
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—La torre está curvada —le dije señalando el castillo de
arena.
—Claro. Es porque un dragón le ha lanzado una bola de
fuego.
La observé mientras ella hundía piedrecitas alrededor de
las ventanas del castillo. El sol se reflejaba en su cabello pelirro-
jo y enredado. Tenía la piel frágil, así que Vivien la embadurna-
ba con crema solar cada hora, sobre todo en las mejillas y la
nariz, justo el punto en el que un puñado de pecas intentaban
abrirse paso como estrellas en las noches despejadas. Sus cejas
y pestañas eran rubias, algo que odiaría años más tarde, y po-
seía una belleza extraña porque tenía los ojos demasiado sepa-
rados. En realidad, toda ella era rara. O eso decían nuestros
compañeros de clase. Quizá fuese debido a su aspecto, aunque
la extravagancia que rodeaba a los Aldrich ayudaba tan poco
como la fascinación que Nicki sentía por la magia, las brujas y
los mundos de fantasía.
—Estoy cansado —dije al cabo de cinco minutos—. ¿Nos
bañamos?
—No. El agua está muy fría.
—Vale, pues tú te lo pierdes.
Lancé la pala al suelo y me encaminé hacia la orilla. El mar
estaba en calma cuando me metí en el agua helada. Hundí la
cabeza de golpe y, tras salir a la superficie, me quedé mirando
las gaviotas que sobrevolaban el cielo. Semanas atrás, mi padre
me había contado que, como los pingüinos, pueden beber
agua del océano porque poseen una glándula de sal. Y luego
lloran, literalmente. Las gaviotas expulsan lágrimas lechosas
para eliminar el exceso salino. Sus glándulas tienen más poten-
cia que un riñón.
Di unas cuantas brazadas hasta que me aburrí y regresé so-
bre mis pasos. Todo era mucho menos divertido sin Nicki. A
medio camino, vi un trozo rojizo de vidrio marino.
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—Mira lo que acabo de encontrar.
—¡Es precioso! ¿Dónde estaba?
—Cerca de la orilla. Te lo regalo.
—Lo guardaré en mi caja de los tesoros que brillan. —Me
miró con seriedad mientras me daba el rastrillo—. Venga, te
dejo hacer el camino del castillo. Es un honor.
«Desde luego», quise replicar en tono burlón, pero no lo
hice. Aunque el resto del mundo lo ignorase, a mí me parecía
que Nicki tenía algo magnético, una fuerza que irradiaba de
dentro hacia afuera y que me invitaba a seguirla a ciegas.
Entonces todavía no era consciente de que aquello era recí-
proco y, con el paso del tiempo, nos uniría tanto como nos se-
pararía, porque ella siempre se dejaría arrastrar por mis locu-
ras y yo estaría constantemente rendido a cada una de sus
fantasías.
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