Lo Siniestro Sigmund Freud 1919
Lo Siniestro Sigmund Freud 1919
SIGMUND FREUD
1919
CIX LO SINIESTRO 1919
I
EL psicoanalista no siente sino raramente el incentivo de emprender investigaciones
estéticas, aunque no se pretenda ceñir la estética a la doctrina de lo bello, sino que se
la considere como ciencia de las cualidades de nuestra sensibilidad. La actividad
psicoanalítica se orienta hacia otros estratos de nuestra vida psíquica y tiene escaso
contacto con los impulsos emocionales -inhibidos en su fin, amortiguados,
dependientes de tantas constelaciones simultáneas- que forman por lo común el
material de la estética. Sin embargo, puede darse la ocasión de que sea impelido a
prestar su interés a determinado sector de la estética, tratándose entonces
generalmente de uno que está como a trasmano, que es descuidado por la literatura
estética propiamente dicha.
Lo Unheimlich, lo siniestro, forma uno de estos dominios. No cabe duda que dicho
concepto está próximo a los de lo espantable, angustiante, espeluznante, pero no es
menos seguro que el término se aplica a menudo en una acepción un tanto
indeterminada, de modo que casi siempre coincide con lo angustiante en general. Sin
embargo, podemos abrigar la esperanza de que el empleo de un término especial -
unheimlich- para denotar determinado concepto, será justificado por el hallazgo en él
de un núcleo particular. En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido
esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es
«siniestro».
Poco nos dicen al respecto las detalladas exposiciones estéticas, que por otra parte
prefieren ocuparse de lo bello, grandioso y atrayente, es decir, de los sentimientos de
tono positivo, de sus condiciones de aparición y de los objetos que los despiertan,
desdeñando en cambio la referencia a los sentimientos contrarios, repulsivos y
desagradables. En cuanto a la literatura medicopsicológica, sólo conozco la
disertación de E. Jentsch, que, si bien plena de interés, no agota el asunto. He de
confesar, en todo caso, que por motivos fáciles de adivinar, dependientes de las
circunstancias actuales, no pude consultar a fondo la literatura respectiva,
particularmente la extranjera, de modo que pongo este trabajo en manos del lector sin
sustentar ninguna pretensión de prioridad.
Jentsch señala, con toda razón, que una dificultad en el estudio de lo siniestro
obedece a que la capacidad para experimentar esta cualidad sensitiva se da en grado
extremadamente dispar en los distintos individuos. Aun yo mismo debo achacarme
una particular dispar torpidez al respecto, cuando sería mucho más conveniente una
sutil sensibilidad; pues desde hace mucho tiempo no he experimentado ni conocido
nada que me produjera la impresión de lo siniestro, de modo que me es preciso evocar
deliberadamente esta sensación, despertar en mí un estado de ánimo propicio a ella.
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Sin embargo, dificultades de esta clase también son propias de muchos otros dominios
de la estética, y a causa de ellas no abandonaremos, por cierto, la esperanza de hallar
casos que se presten para admitir en ellos, sin lugar a dudas y únicamente, el
fenómeno en cuestión.
Podemos elegir ahora entre dos caminos: o bien averiguar el sentido que la evolución
del lenguaje ha depositado en el término «unheimlich», o bien congregar todo lo que
en las personas y en las cosas, en las impresiones sensoriales, vivencias y
situaciones, nos produzca el sentimiento de los siniestro, deduciendo así el carácter
oculto de éste a través de lo que todos esos casos tengan en común. Confesamos sin
tardanza que cualquiera de ambas vías nos llevará al mismo resultado: lo siniestro
sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde
tiempo atrás. En lo que sigue se verá cómo ello es posible y bajo qué condiciones las
cosas familiares pueden tornarse siniestras, espantosas. Quiero observar aun que en
esta investigación comencé por reunir una serie de casos particulares, hallando sólo
más tarde una confirmación en los giros del lenguaje. Al exponer el tema, en cambio,
seguiré el camino inverso.
La voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch»
(íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la
deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido,
familiar. Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e insólito es por ello espantoso,
de modo que aquella relación no es reversible. Cuanto se puede afirmar es que lo
novedoso se torna fácilmente espantoso y siniestro; pero sólo algunas cosas
novedosas son espantosas; de ningún modo lo son todas. Es menester que a lo nuevo
y desacostumbrado se agregue algo para convertirlo en siniestro.
Jentsch no ha pasado, en términos generales, de esta relación de lo siniestro con lo
novedoso, no familiar. Ubica en la incertidumbre intelectual la condición básica para
que se dé el sentimiento de lo siniestro. Según él, lo siniestro sería siempre algo en
que uno se encuentra, por así decirlo, desconcertado, perdido. Cuanto más orientado
esté un hombre en el mundo, tanto menos fácilmente las cosas y sucesos de éste le
producirán la impresión de lo siniestro.
Pero comprobaremos sin dificultad que esta caracterización de lo siniestro no agota
sus acepciones, de modo que intentaremos superar la ecuación siniestro = insólito.
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Dirijámonos ante todo a otras lenguas; pero he aquí que los diccionarios no nos dicen
nada nuevo, quizá simplemente porque esas lenguas no son las nuestras. En efecto,
hasta adquirimos la impresión de que muchas lenguas carecen de un término que
exprese este matiz particular de lo espantable.
Latín (según el pequeño diccionario alemán-latino de K. E. Georges, 1898): un lugar
siniestro: locus suspectus; a una siniestra hora de la noche: intempesta nocte.
Griego (diccionarios de Rost y de Schenkl): xenos es decir: extranjero, extraño,
desconocido.
Inglés (según los diccionarios de Lucas, Bellow, Flügel, Muret-Sanders):
uncomfortable, uneasy, gloomy, dismal, uncanny, ghastly; refiriéndose a una casa:
haunted; de un hombre: a repulsive fellow.
Francés (Sachs-Villate): inquiétant, sinistre, lugubre, mal à son aise.
Español (Tollhausen, 1889): sospechoso de mal agüero, lúgubre, siniestro. (*)
Las lenguas italiana y portuguesa parecen conformarse con palabras que
designaríamos como circunlocuciones. En árabe y en hebreo, «unheimlich» coincide
con demoníaco, espeluznante.
Volvamos, por ello, a la lengua alemana.
En el Wörterbuch der Deutschen Sprache, de Daniel Sanders (1860), el artículo
«heimlich» contiene las siguientes indicaciones, que reproduciré íntegramente,
destacando algunos pasajes (tomo I, página 729) (*):
«Heimlich, a. (-keit, f -en): 1.-también heimelich, heimelig, propio de la casa, no
extraño, familiar, dócil, íntimo, confidencial, lo que recuerda el hogar, etc.
a) (arcaísmo) perteneciente a la casa, a la familia; o bien: considerado como propio de
tales; cif. lat. familiaris, acostumbrado: Die Heimlichen, los íntimos; die Hausgenossen,
los cohabitantes de la casa; der heimliche Rat, el consejo íntimo (Gén., 41, 45; 2.
Samuel, 23, 23; 1. Crón. 12, 25; Prov. 8, 4); término reemplazado ahora por Geheimer
(ver: d 1) Rat; véase: Heimlicher.
b) Se dice de animales mansos, domesticados. Contrario de salvaje; por ejemplo:
«Animales que ni son salvajes, ni heimlich», etc. (Eppendorf, 88). «Animales
salvajes… que se domestican para hacerlos heimlich y acostumbrados a las gentes»
(92). «Cuando estas bestiecillas son criadas desde muy jóvenes junto al hombre, se
toman muy heimlich que come de mi mano» (Hölty). «La cigüeña siempre será un ave
bella y heimlich» (Linck. Schl., 146). Ver: Häuslich, 1, etcétera.
c) Íntimo, familiar; que evoca bienestar, etc.; calma confortable y protección segura,
como la casa confortable y abrigada (véase: Geheuer): «¿Aún te puedes sentir
heimlich en tu país, cuando los extranjeros talan sus bosques?» (Alexis H., I, 1, 289).
«ella no se sentía muy heimlich…, junto al arroyuelo murmurante», etc.
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Especialmente en Silesia: alegre, jocoso; se dice también del tiempo; véase: Adelung
und Weinhold.
2.-Secreto, oculto, de modo que otros no puedan advertirlo, querer disimular algo;
véase: Geheim (secreto) (2), voz de la cual no siempre es distinguido con precisión,
especialmente en el nuevo alto alemán y en la lengua más antigua, como, por ejemplo,
en la Biblia: Job, 11, 6; 15, 8; Prov. 2, 22; I Corint. 2, 7; etc. También: Heimlichkeit, en
lugar de Geheimnis, secreto (Mat. 13, 35, etc.). Voces que no siempre son distinguidas
con precisión, por ejemplo: Hacer algo heimlich (tras la espalda de otro); alejarse
heimlich (furtivamente); reuniones heimlich (clandestinas); contemplar la desventura
ajena con heimliche alegría; suspirar, llorar heimlich (en secreto); conducirse heimlich
(misteriosamente), como si se tuviese algo que ocultar; amor, pecado heimlich
(secreto); lugares heimliche (que el recato obliga a ocultar; amor, pecado heimlich
(misteriosamente), como si se tuviese algo que ocultar; amor, pecado heimlich
(secreto); lugares heimliche (que el recato obliga a ocultar), (1, Sam. 5, 6); el lugar
heimlich (refiriéndose al retrete) (2. Reyes, 10, 27; Prov. 5, 256, etc.); también en: Der
heimliche Stuhl (El asiento secreto), (Zinkgräf 1, 249); precipitar a alguien al pozo, a
las Heimlichkeiten (3, 75; Rollenhagen Fr. 83, etc.). «Presentóle heimlich, pérfido y
artero contra los señores crueles… como franco, abierto, simpático y servicial frente al
amigo que sufre». (Burmeister gB 2, 157). «Es preciso que sepas también lo que yo
tengo de más heimlich y sagrado» (Chamisso 4, 56). «El arte heimlich (oculto), de la
magia» (3, 224). «Donde la discusión pública cesa, de orden de los heimliche
conspiradores, el grito de guerra de los revolucionarios declarados» (G. 4, 222). «Una
santa, heimliche influencia» (15). «Tengo raíces que están muy heimlich (escondidas);
en la tierra más profunda estoy arraigado» (2, 109). «Mi heimliche malicia» (véase:
Heimtücke) (30, 344). «Si él no lo acepta abierta y conscientemente, podría tomarlo
heimlich y secretamente unos anteojos acromáticos» (375). «En adelante, quisiera que
nada heimlich (secreto) hubiera entre nosotros» (Sch. 369 b). «Descubrir, publicar,
traicionar las Heimlichkeiten (secretos) de alguno; tramar detrás de mis espaldas las
Heimlichkeiten (Alevis, H. 2, 3, 168). «En mis tiempos, se solía practicar la Heimlichkeit
(discreción) (Hagedorn, 3, 92). La Heimlichkeit (intriga) y maledicencia que se cometen
a ocultas» (Immermann, M. 3, 289). «Sólo la acción del conocimiento puede romper la
acción de la Heimlichkeit del oro oculto». (Novalis, 1, 69).
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«Dime dónde la guardas, en qué lugar de silenciosa Heimlichkeit (Schr. 495, b).
«Abejas que formáis la llave de las Heimlichkeiten» (cera para sellar cartas secretas)
(Tieck, Cymb. 3, 2). «Ser experto en raras Heimlichkeiten» (artes mágicas) (Schlegel,
Sh., 6, 102, etc.). Véase: Geheimnis L. 10: página 291 y siguientes.
Al respecto, véase 1 c, así como, en particular, el antónimo Unheimlich: inquietante,
que provoca un terror atroz: «Que casi le pareció unheimlich, siniestro, espectral»
(Chamisso, 3, 238). «Las unheimliche, siniestras y lúgubres horas de la noche» (4,
148). «Desde hacía tiempo me sentía unheimlich, espeluznado» (242). «Empiezo a
sentirme unheimlich» (Verm. 1, 51). «Unheimlich e inmóvil, como una estatua de
piedra» (Reis, 1, 10). «La niebla unheimliche, llamada Haarrauch» (Immermann, M., 3,
299). «Estos pálidos jóvenes son unheimlich y meditan Dios sabe qué maldad»
(Laube, tomo 1, 119). «Se denomina UNHEIMLICH todo lo que, debiendo permanecer
secreto, oculto… no obstante, se ha manifestado» (Schelling, 2, 2 649). «Velar lo
divino, rodearlo de cierta Unheimlichkeit» (misterio) (658, etc.). No es empleado como
antónimo de (2), como Campe lo presenta, sin fundamento alguno.»
De esta larga cita se desprende para nosotros el hecho interesante de que la voz
heimlich posee, entre los numerosos matices de su acepción, uno en el cual coincide
con su antónimo, unheimlich (recuérdese el ejemplo de Gutzkow: «Nosotros, aquí, le
llamamos unheimlich; vosotros le decís heimlich»). En lo restante, nos advierte que
esta palabra, heimlich, no posee un sentido único, sino que pertenece a dos grupos de
representaciones que, sin ser precisamente antagónicas, están, sin embargo, bastante
alejadas entre sí: se trata de lo que es familiar, confortable, por un lado; y de lo oculto,
disimulado, por el otro. Unheimlich tan sólo sería empleado como antónimo del
primero de estos sentidos, y no como contrario del segundo. El diccionario de Sanders
nada nos dice sobre una posible relación genética entre ambas acepciones. En
cambio, nos llama la atención una nota de Schelling, que enuncia algo completamente
nuevo e inesperado sobre el contenido del concepto unheimlich: Unheimlich sería todo
lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado.
Parte de nuestras dudas, así despertadas, son resueltas por los datos que nos ofrece
el Deutsches Wörterbuch, de Jacob y Wilhelm Grimm (Leipzig, 1877; IV/2, página 874
y siguientes):
«Heimlich; adj. y adv. vernaculus, occultus; alto alemán medio: heimelîch, heimelîch.
Página 874: en un sentido algo distinto: «me siento heimlich, bien, cómodo, sin
temor… ».
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En lugar de granos de arena, son ahora brasas encendidas las que quiere arrojarle a
los ojos, en ambos casos para hacerlos saltar de sus órbitas. Un año después, en
ocasión de una nueva visita del «arenero», el padre muere en su cuarto de trabajo a
consecuencia de una explosión y el abogado Coppelius desaparece de la región sin
dejar rastros.
Esta terrorífica aparición de sus años infantiles, el estudiante Nataniel la cree
reconocer en Giuseppe Coppola, un óptico ambulante italiano que en la ciudad
universitaria donde se halla viene a ofrecerle unos barómetros, y que ante su negativa
exclama en su jerga: «¡Eh! ¡Nienti barometri, niente barometri! -ma tengo tambene
bello oco… bello oco.» El horror del estudiantes se desvanece al advertir que los ojos
ofrecidos no son sino inofensivas gafas; compra a Coppola un catalejo de bolsillo y
con su ayuda escudriña la casa vecina del profesor Spalanzani, logrando ver a la hija
de éste, la bella pero misteriosamente silenciosa e inmóvil Olimpia. Al punto se
enamora de ella, tan perdidamente que olvida a su sagaz y sensata novia. Pero
Olimpia no es más que una muñeca automática cuyo mecanismo es obra de
Spalanzani y a la cual Coppola -el arenero- ha provisto de ojos. El estudiante acude en
el instante en que ambos creadores se disputan su obra; el óptico se lleva la muñeca
de madera, privada de ojos, y el mecánico, Spalanzani, recoge del suelo los
ensangrentados ojos de Olimpia, arrojándoselos a Nataniel y exclamando que es a él
a quien Coppola se los ha robado. Nataniel cae en una nueva crisis de locura y, en su
delirio, el recuerdo de la muerte del padre se junta con esta nueva impresión: «¡Uh, uh,
uh! ¡Rueda de fuego, rueda de fuego! ¡Gira, rueda de fuego! ¡Lindo, lindo! ¡Muñequita
de madera, uh!… ¡Hermosa muñequita de madera, baila… baila…!» Con estas
exclamaciones se precipita sobre el supuesto padre de Olimpia y trata de
estrangularlo.
Restablecido de su larga y grave enfermedad, Nataniel parece estar por fin curado.
Anhela casarse con su novia, a quien ha vuelto a encontrar. Cierto día recorren juntos
la ciudad, en cuya plaza principal la alta torre del ayuntamiento proyecta su sombra
gigantesca. La joven propone a su novio subir a la torre, mientras el hermano de ella,
que los acompaña, los aguardará en la plaza. Desde la altura, la atención de Clara es
atraída por un personaje singular que avanza de hallar en su bolsillo, y al punto es
poseído nuevamente por la demencia, tratando de precipitar a la joven al abismo y
gritando: «¡Baila, baila, muñequita de madera!» El hermano, atraído por los gritos de la
joven, la salva y la hace descender a toda prisa.
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Arriba, el poseído corre de un lado para otro, exclamando: «¡Gira, rueda de fuego,
gira!», palabras cuyo origen conocemos perfectamente. Entre la gente aglomerada en
la plaza se destaca el abogado Coppelius, que acaba de aparecer nuevamente.
Hemos de suponer que su visión es lo que ha desencadenado la locura en Nataniel.
Quieren subir para dominar al demente, pero Coppelius dice, riendo: «Esperad, pues
ya bajará solo.» Nataniel se detiene de pronto, advierte a Coppelius, y se precipita por
sobre la balaustrada con un grito agudo: «¡Sí! ¡Bello oco, bello oco!» Helo allí, tendido
sobre el pavimento, su cabeza destrozada…, pero el hombre de la arena ha
desaparecido en la multitud.
Esta breve reseña no deja lugar a ninguna duda: el sentimiento de lo siniestro es
inherente a la figura del arenero, es decir, a la idea de ser privado de los ojos, y nada
tiene que hacer aquí una incertidumbre intelectual en el sentido en que Jentsch la
concibe. La duda en cuanto al carácter animado o inanimado, aceptable en lo que a la
muñeca Olimpia se refiere, ni siquiera puede considerarse frente a este ejemplo,
mucho más significativo, de lo siniestro. Es verdad que el poeta provoca en nosotros al
principio una especie de incertidumbre, al no dejarnos adivinar -seguramente con
intención- si se propone conducirnos al mundo real o a un mundo fantástico, producto
de su arbitrio. Desde luego, tiene el derecho de hacer una cosa o la otra, y si elegirá
por escenario de su narración, pongamos por caso, un mundo en que se muevan
espectros, demonios y fantasmas -como Shakespeare lo hace en Hamlet, en Macbeth
y, en otro sentido, en La tempestad y El sueño de una noche de verano- entonces
habremos de someternos al poeta, aceptando como realidad ese mundo de su
imaginación, todo el tiempo que nos abandonemos a su historia. Pero en el transcurso
del cuento de Hoffmann se disipa esa duda y nos damos cuenta de que el poeta
quiere hacernos mirar a nosotros mismos a través del diabólico anteojo del óptico, o
que quizá también él mismo en persona haya mirado por uno de esos instrumentos. El
final del cuento nos demuestra a todas luces que el óptico Coppola es, en efecto, el
abogado Coppelius, y en consecuencia, también el hombre de la arena.
Ya no se trata aquí de una «incertidumbre intelectual»: sabemos ahora que no se
pretendió presentarnos los delirios de un demente, tras los cuales nosotros, con
nuestra superioridad racional, habríamos de reconocer el verdadero estado de cosas;
pero esta revelación no reduce en lo más mínimo la impresión de siniestro.
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De modo que la incertidumbre intelectual en nada nos facilita la comprensión de tan
siniestro efecto.
En cambio, la experiencia psicoanalítica nos recuerda que herirse los ojos o perder la
vista es un motivo de terrible angustia infantil. Este temor persiste en muchos adultos,
a quienes ninguna mutilación espanta tanto como la de los ojos. ¿Acaso no se tiene la
costumbre de decir que se cuida algo como un ojo de la cara?. El estudio de los
sueños, de las fantasías y de los mitos nos enseña, además, que el temor por la
pérdida de los ojos, el miedo a quedar ciego, es un sustituto frecuente de la angustia
de castración. También el castigo que se impone Edipo, el mítico criminal, al
enceguecerse, no es más que una castración atenuada, pena ésta que de acuerdo
con la ley del talión sería la única adecuada a su crimen. Colocándose en un punto de
vista racionalista, podría tratarse de negar que el temor por los ojos esté relacionado
con la angustia de castración: se encontrará entonces perfectamente comprensible
que un órgano tan precioso como el ojo sea protegido con una ansiedad
correspondiente, ya hasta se podrá afirmar que tampoco tras la angustia de castración
se esconde ningún secreto profundo, ninguna significación distinta de la mutilación en
sí. Pero con ello no se toma en cuenta la sustitución mutua entre el ojo y el miembro
viril, manifestada en sueños, fantasías y mitos, ni se logrará desvirtuar la impresión de
que precisamente la amenaza de perder el órgano sexual despierta un sentimiento
particularmente intenso y enigmático, sentimiento que luego repercute también en las
representaciones de la pérdida de otros órganos. Todas nuestras dudas desaparecen
cuando, al analizar a los neuróticos, nos enteramos de las particularidades de este
«complejo de castración» y del inmenso papel que desempeña en la vida psíquica.
Tampoco aconsejaría a ningún adversario del psicoanálisis que adujera justamente el
cuento del arenero, de Hoffmann, para afirmar que el temor por los ojos sería
independiente del complejo de castración. Pues si así fuera, ¿por qué aparece aquí la
angustia por los ojos íntimamente relacionada con la muerte del padre? ¿Por qué el
arenero retorna cada vez como aguafiestas del amor? Primero separa al desgraciado
estudiante de su novia y del hermano de ésta, su mejor amigo; luego destruye su
segundo objeto de amor, la bella muñeca Olimpia; finalmente lo impulsa al suicidio,
justamente antes de su feliz unión con Clara, a la que acaba de encontrar de nuevo.
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Estos elementos del cuento, como otros muchos, parecen arbitrarios y carentes de
sentido si se rechaza la vinculación entre el temor por los ojos y la castración, pero en
cambio se tornan plenos de significación en cuanto, en lugar del arenero, se coloca al
temido padre, a quien se atribuye el propósito de la castración.
Así, nos atreveremos a referir el carácter siniestro del arenero al complejo de
castración infantil. Pero la mera idea de que semejante factor infantil haya podido
engendrar este sentimiento nos incita a buscar una derivación análoga que se
aplicable a otros ejemplos de lo siniestro. En el arenero aparece aún el tema de la
muñeca aparentemente viva, que Jentsch señalaba. Según este autor, la circunstancia
de que se despierte una incertidumbre intelectual respecto al carácter animado o
inanimado de algo, o bien la de que un objeto privado de vida adopte una apariencia
muy cercana a la misma, son sumamente favorables para la producción de
sentimientos de lo siniestro. Pero con las muñecas nos hemos acercado bastante a la
infancia. Recordaremos que el niño, en sus primeros años de juego, no suele trazar un
límite muy preciso entre las cosas vivientes y los objetos inanimados, y que gusta
tratar a su muñeca como si fuera de carne y hueso. Hasta llegamos a oír
ocasionalmente, por boca de una paciente, que todavía a la edad de ocho años estaba
convencida de que si mirase a sus muñecas de una manera particularmente
penetrante, éstas adquirirían vida. Así, el factor infantil también aquí puede ser
demostrado con facilidad, pero, cosa extraña: en el caso del arenero se trataba de la
reanimación de una vieja angustia infantil; frente a la muñeca viviente, en cambio, ya
no hablamos de angustia: el niño no sintió miedo ante la idea de ver viva a su muñeca,
y quizá hasta lo haya deseado. De modo que en este caso la fuente del sentimiento de
lo siniestro no se encontraría en una angustia infantil, sino en un deseo, o quizá tan
sólo en una creencia infantil. He aquí algo que parece contradictorio, pero es posible
que sólo se trate de una multiplicidad de manifestaciones que más adelante pueda
facilitar nuestra comprensión.
E. T. A. Hoffmann es el maestro sin par de lo siniestro en la literatura. Su novela Los
elixires del Diablo presenta todo un conjunto de temas a los cuales se podría atribuir el
efecto siniestro de la narración.
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Aplicando la pauta que nos suministra el tema del «doble», es fácil apreciar los otros
transtornos del yo que Hoffmann utiliza en sus cuentos. Consisten aquéllos en un
retorno a determinadas fases de la evolución del sentimiento yoico, en una regresión a
la época en que el yo aún no se había demarcado netamente frente al mundo exterior
y al prójimo. Creo que estos temas contribuyen a dar a los cuentos de Hoffmann su
carácter siniestro, aunque no es fácil determinar la parte que les corresponde en la
producción de esa atmósfera.
El factor de la repetición de lo semejante quizá no sea aceptado por todos como fuente
del sentimiento en cuestión. Según mis observaciones, en ciertas condiciones y en
combinación con determinadas circunstancias, despierta sin duda la sensación de los
siniestro, que por otra parte nos recuerda la sensación de inermidad de muchos
estados oníricos. Cierto día, al recorrer en una cálida tarde de verano las calles
desiertas y desconocidas de una pequeña ciudad italiana, vine a dar a un barrio sobre
cuyo carácter no puede quedar mucho tiempo en duda, pues asomadas a las ventanas
de las pequeñas casas sólo se veían mujeres pintarrajeadas, de modo que me
apresuré a abandonar la callejuela tomando por el primer atajo. Pero después de
haber errado sin guía durante algún rato, encontréme de pronto en la misma calle,
donde ya comenzaba a llamar la atención; mi apresurada retirada sólo tuvo por
consecuencia que, después de un nuevo rodeo, vine a dar allí por tercera vez. Mas
entonces se apoderó de mí un sentimiento que sólo podría calificar de siniestro, y me
alegré cuando, renunciando a mis exploraciones, volví a encontrar la plaza de la cual
había partido. Otras situaciones que tienen en común con la precedente el retorno
involuntario a un mismo lugar, aunque difieran radicalmente en otros elementos,
producen, sin embargo, la misma impresión de inermidad y de lo siniestro. Por
ejemplo, cuando uno se pierde, sorprendido por la niebla en una montaña boscosa, y
pese a todos sus esfuerzos por encontrar un camino marcado
o conocido, vuelve varias veces al mismo lugar caracterizado por un aspecto
determinado. O bien cuando se yerra por una habitación desconocida y oscura,
buscando la puerta o el interruptor de la luz, y se tropieza en cambio por décima vez
con un mismo mueble; situación ésta que Mark Twain, aunque mediante una grotesca
exageración, pudo dotar de irresistible comicidad.
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También hallamos fácilmente este carácter en otra serie de hechos: sólo el factor de la
repetición involuntaria es el que nos hace parecer siniestro lo que en otras
circunstancias sería inocente, imponiéndonos así la idea de lo nefasto, de lo ineludible,
donde en otro caso sólo habríamos hablado de «casualidad». Así, por ejemplo,
seguramente es una vivencia indiferente si en el guardarropas nos dan, al entregar
nuestro sombrero, un número determinado -digamos, el 62- o si nos hallamos conque
nuestro camarote del barco lleva ese número. Pero tal impresión cambia si ambos
hechos, indiferentes en sí, se aproximan, al punto que el número 62 se encuentra
varias veces en un mismo día, o si aún llega a suceder que cuanto lleva un número -
direcciones, cuartos de hotel, coches de ferrocarril, etc.- presenta siempre la misma
cifra, por lo menos como elemento parcial. Se considera esto «siniestro», y quien no
esté acorazado contra la superstición, será tentado a atribuir un sentido misterioso a
este obstinado retorno del mismo número, viendo en él, por ejemplo, una alusión a la
edad que no ha de sobrevivir. O si, en otro caso, comenzando justamente a estudiar
las obras del gran fisiólogo H. Hering, se reciben, con pocos días de intervalo y
procedentes de distintos países, cartas de dos personas que llevan ese mismo
nombre, mientras que hasta entonces jamás se había estado en relación con
individuos así llamados. Un inteligente investigador trató hace poco de reducir a ciertas
leyes los hechos de esta clase, quitándoles así inevitablemente todo carácter siniestro.
No me atrevería a decidir si ha tenido éxito en su empresa.
En cuanto a lo siniestro evocado por el retorno de lo semejante y a la manera en que
dicho estado de ánimo se deriva de la vida psíquica infantil, no puedo más que
mencionarlo en este conexo, remitiéndome en lo restante a una nueva exposición del
tema, en otras relaciones, que ya tengo preparada. Me limito, pues, a señalar que la
actividad psíquica inconsciente está dominada por un automatismo o impulso de
repetición (repetición compulsiva), inherente, con toda probabilidad, a la esencia
misma de los instintos, provisto de poderío suficiente para sobreponerse al principio
del placer; un impulso que confiere a ciertas manifestaciones de la vida psíquica un
carácter demoníaco, que aún se manifiesta con gran nitidez en las tendencias del niño
pequeño, y que domina parte del curso que sigue el psicoanálisis del neurótico.
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Tampoco pretendemos ocultar que a casi todos los ejemplos destinados a demostrar
nuestra proposición pueden oponérseles casos análogos que la contradicen. Así, por
ejemplo, la mano cortada en cuento de Hauff, Die Geschichte von der abgehauenen
Hand («Historia de la mano cortada»), produce por cierto una impresión siniestra, que
hemos referido al complejo de castración. Pero en la narración de El tesoro de
Rhampsenit, de Heródoto, el genial ladrón que la princesa quiere asir de la mano le
tiende la mano cortada de su hermano, y creo que otros juzgarán, como yo, que este
rasgo no produce impresión siniestra alguna. La inmediata realización de los deseos
en El anillo de Polícrates nos provoca una impresión tan siniestra como al propio rey
de Egipto. Sin embargo, en nuestros cuentos populares abundan las instantáneas
realizaciones de deseos, y en ningún modo tenemos la impresión de lo siniestro. En el
cuento de Los tres deseos, la mujer se deja seducir por la fragancia de una salchicha
asada, manifestando que también ella desearía comer una. Al punto ésta aparece en
su plato. Lleno de cólera contra la atolondrada mujer, el hombre desea que la
salchicha le cuelgue de la nariz. Hela allí, colgada de su nariz. Todo eso puede ser
impresionante, pero de ningún modo es siniestro. En general, el cuento se coloca
abiertamente en el terreno del animismo, de la omnipotencia del pensamiento y de los
deseos, pero no podría citar ningún verdadero cuento de hadas donde suceda algo
siniestro. Hemos visto que esta impresión es evocada en grado sumo cuando los
objetos, imágenes o muñecas inanimadas adquieren vida, pero en los cuentos de
Andersen viven la vajilla, los muebles, el soldado de plomo, y nada puede estar más
lejos de ser siniestro. Tampoco la animación de la bella estatua de Pigmalión podrá
considerarse siniestra.
Hemos visto que la catalepsia y la resurrección de los muertos son representaciones
siniestras, pero, una vez más, tales cosas son muy frecuentes en los sueños. ¿Quién
osaría decir que es siniestro ver cómo, por ejemplo, Blanca Nieves abre los ojos en su
ataúd? También la resurrección de los muertos en las historias milagrosas, por
ejemplo en las del Nuevo Testamento, evoca sentimientos que nada tienen que ver
con lo siniestro. El retorno inesperado de lo idéntico, que nos ha producido efectos tan
manifiestamente siniestros, da origen en una serie de casos a reacciones muy
distintas.
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Todo el carácter siniestro que podrían tener esas figuras desaparece entonces en la
medida en que se extienden las convenciones de esta realidad poética. Las ánimas
del infierno dantesco o los espectros de Hamlet, Macbeth y Julio César, de
Shakespeare, pueden ser todo lo truculentos y lúgubres que se quiera, pero en el
fondo son tan poco siniestros como, por ejemplo, el sereno mundo de los dioses
homéricos. Adaptamos nuestro juicio a las condiciones de esta ficticia realidad del
poeta, y consideramos a las almas, a los espíritus y fantasmas, como si tuvieran en
aquélla una existencia no menos justificada que la nuestra en la realidad material. He
aquí un nuevo caso en el cual se evita el sentimiento de lo siniestro.
Muy distinto es, en cambio, si el poeta aparenta situarse en el terreno de la realidad
común. Adopta entonces todas las condiciones que en la vida real rigen la aparición de
lo siniestro, y cuanto en las vivencias tenga este carácter también lo tendrá en la
ficción. Pero en este caso el poeta puede exaltar y multiplicar lo siniestro mucho más
allá de lo que es posible en la vida real, haciendo suceder lo que jamás o raramente
acaecería en la realidad. En cierta manera, nos libra entonces a nuestra superstición,
que habíamos creído superada; nos engaña al prometernos la realidad vulgar, para
salirse luego de ella. Reaccionamos ante sus ficciones como lo haríamos frente a
nuestras propias vivencias; una vez que nos damos cuenta de la mixtificación, ya es
demasiado tarde, pues el poeta ha logrado su objeto, pero por mi parte afirmo que no
ha obtenido un efecto puro. Nos queda un sentimiento de insatisfacción, una especie
de rencor por el engaño intentado, sensación ésta que experimenté con particular
claridad después de haber leído el cuento de Schnitzler Die Weissagung («La
profecía») y otras producciones del género que coquetean con lo milagroso. El literato
dispone todavía de un recurso que le permite sustraerse a nuestra rebelión y mejorar
al mismo tiempo las perspectivas de lograr sus propósitos. Este medio consiste en
dejarnos en suspenso, durante largo tiempo, respecto a cuáles son las convenciones
que rigen en el mundo por él adoptado; o bien en esquivar hasta el fin, con arte y
astucia, una explicación decisiva al respecto. Pero, en todo caso, cúmplese aquí la
circunstancia anotada de que la ficción crea nuevas posibilidades de lo siniestro, que
no pueden existir en la vida real.
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