0% encontró este documento útil (0 votos)
224 vistas2 páginas

El Puente de Arena: Liliana Bodoc

El documento presenta la historia de un soldado prisionero de guerra que es llevado a la orilla del mar por su guardia. Allí, el prisionero comienza a construir un castillo de arena, recordando los que solía hacer en su aldea natal. Su guardia también recuerda los castillos de arena de su infancia y comienza a construir el suyo. Pronto, ambos hombres están inmersos en la construcción de impresionantes castillos de arena, compitiendo pero también colaborando. Al final, unen sus castillos con un pu

Cargado por

Matias Acosta
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
224 vistas2 páginas

El Puente de Arena: Liliana Bodoc

El documento presenta la historia de un soldado prisionero de guerra que es llevado a la orilla del mar por su guardia. Allí, el prisionero comienza a construir un castillo de arena, recordando los que solía hacer en su aldea natal. Su guardia también recuerda los castillos de arena de su infancia y comienza a construir el suyo. Pronto, ambos hombres están inmersos en la construcción de impresionantes castillos de arena, compitiendo pero también colaborando. Al final, unen sus castillos con un pu

Cargado por

Matias Acosta
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El puente de arena1

Liliana Bodoc2

A veces, los cuentos son retumbos y destellos de hechos ciertos. Contamos lo que
ocurrió. Otras veces, los cuentos son pedazos de sueños. Contamos para que ocurra.

El soldado fue tomado prisionero en los últimos días de la guerra. Y aguardaba su


destino en un campamento enemigo situado muy cerca del mar. Ese mismo amanecer
había escuchado los sonidos de una escaramuza lejana. Sin embargo, no alentaba
esperanzas en su corazón. Nadie vendría a rescatarlo... Pertenecía al ejército derrotado, y
sólo podía recordar muertos.
La guerra que estaba terminando se parecía a cualquier otra. Corrió la gente hacia
el horizonte pero el horizonte era un abismo. El campesino sacudió el árbol de naranjas y,
en vez de frutos dorados, cayeron pájaros sin alas. Se despertó una niña sobre un lecho
incendiado. Las fotos se quedaron solas porque ya no había nadie que supiera sus
nombres.
El prisionero caminó hacia la orilla del mar seguido de cerca por un soldado que
lo custodiaba. El soldado tarareaba una canción que el prisionero no podía comprender.
Y, aun así, pensó que aquella no parecía una canción de victoria.
Cuando llegaron a la orilla, el soldado señaló el agua. Por primera vez en muchos
días el prisionero tuvo ganas de sonreír. Con apuro desató los cordones de sus botas, se
descalzó y corrió hacia el mar sacudiendo los brazos tal como hacía cuando era un niño.
El prisionero había pasado su vida entera cerca del mar, en un sitio donde la tierra
era de arena. Y hasta que la guerra llegó a la pequeña aldea de pescadores, fue feliz con
su amada, su red y su bote.
Pero esos días habían quedado atrás, tapados por el humo de una guerra que él no
entendía.
El prisionero regresó a la orilla. El soldado le miró la ropa empapada y alzó la cara
al cielo como diciendo que aún había tiempo para estar al sol.
Entonces, el prisionero se arrodilló sobre la arena húmeda y comenzó a levantar
una montaña.
Sus castillos de arena eran famosos y celebrados en su aldea. Los pescadores se
juntaban a su alrededor para verlo trabajar. Y cuando la obra estaba terminada esperaban
juntos, comiendo pescado frito y tomando cerveza, hasta que la marea la deshacía.
El soldado se acercó al prisionero con andar lento, procurando disimular su
curiosidad.
Su sonrisa desdeñosa escondía un recuerdo de veranos fríos, junto a un mar que no
quería jugar con los hombres. Quizá por eso, su abuelo le había enseñado a levantar
castillos de arena que no se comparaban con ningún otro. Luego esperaban juntos,
abrazados para darse calor, hasta que llegaba la marea.

1
Extraído de Amigos por el viento, Buenos Aires, Alfaguara, 2008. 2 Escritora
argentina nacida en 1958.
El soldado observó la obra del prisionero. Al parecer, ese hombre sabía lo que
estaba haciendo. Pero, por mucho que se esforzara, su castillo jamás alcanzaría el
esplendor de aquellos que su abuelo le había enseñado a construir.
Animado por los recuerdos, y deseoso de ganar otra batalla, el soldado comenzó
su propio castillo.
El prisionero erguía una torre y el soldado trazaba pasadizos. El prisionero
levantaba escaleras. El soldado, rampas zigzagueantes. Con minaretes y campanarios,
crecieron los castillos de arena blanca. Y nadie, ni el mar mismo, hubiese podido decir
cuál de los dos era más bello.
El prisionero terminó de moldear la última torre. Y supo que ya no podía hacer
otra cosa.
El soldado se sacudió las manos... Eso era todo.
Los hombres se miraron en silencio. Muy pronto llegaría la marea a barrer la playa.
El prisionero y el soldado entendieron que solamente había un modo de lograr que
la arena se hiciera inolvidable.
No es posible saber cuál de los dos sonrió primero.
Y acaso no importe.
Pero de ambos lados comenzó a avanzar un puente. Un magnífico puente de arena
que unió dos castillos y a dos hombres a orillas de la guerra.

También podría gustarte