Tobias y su Tutora Misteriosa
Tobias y su Tutora Misteriosa
Algunos dicen que esas cosas son victorias sólidas, pero mi nueva
tutora no está de acuerdo.
Mi título no significa nada para ella.
Mi estatus pasa desapercibido para ella.
¿Y mi mente? Esa tonta está pegada a ella.
Le dijeron que hiciera de nuestras sesiones una prioridad sobre todo,
que dejara todo cuando yo la necesitara y viniera a mí, y ella lo hace.
Pero ya no quiero robarle el tiempo, quiero ganármelo.
Y si alguien puede hacer eso, soy yo.
Soy Tobias Cruz, el rey de la bola curva. Nunca pierdo, no en el
juego, y seguramente no con la chica.
Pero poco sabía yo que esta chica tiene un secreto... y es la curva más
sucia hasta ahora.
Tobias
Anatomía.
Que jodida broma.
Se suponía que esta clase sería mi pase libre, mi A fácil.
Mi clase de “llegar tarde, salir temprano, y hacer lo que me dé la gana”.
Es decir ¡Por favor! Es anatomía.
Sé todo lo que hay que saber sobre el cuerpo humano. Sé lo que lo hace
funcionar, cómo llevarlo al límite y mantenerlo ahí, tambaleándose,
temblando, justo antes de que se rompa.
Conozco el cuerpo humano.
¿Pero esta mierda?
¿Quién diablos es Vesalius?
Como si nombrar a gente reconocida de la que nunca he oído hablar no
fuera lo suficientemente malo, el profesor “Besa Mi Trasero” comienza a
hablar de posiciones. Naturalmente me animo con esto e incluso me siento
más derecho en mi silla de plástico provocadora de calambres.
¿Posiciones? Las conozco bien: horizontales, verticales, en un ángulo de
noventa grados, inclinadas sobre el asiento de un estadio. Dame una hora
con una porrista y te inventaré una mierda nunca intentada, pero ¿distal
y proximal?
¿Qué demonios?
Oh, pero conseguiré mi A... en forma de un1 dolor en el culo que, a
partir de esta mañana, me fue asignada con instrucciones claras de “usar
mi cabeza, la que está pegada a mis hombros”.
Estoy bastante seguro de que esas fueron las palabras exactas de mi
entrenador.
Me pierdo algunas clases y el hombre me lanza el guante. Tengo tutoría
obligatoria para mantener mi culo en el buen camino, como si hubiera
jodido demasiado las primeras tres semanas del semestre, y tuviera que
compensar la diferencia. No lo hice, pero a la mierda.
El entrenador siempre sabe que es mejor.
Es por eso que, en este hermoso martes por la noche, el único día de
esta semana que mi equipo no está en el campo, me veo obligado a hacer
una carrera rápida para encontrarme con la chica que se supone que me
ayudará a pasar.
Es una noche fría como la mierda, así que me pongo una sudadera, una
gorra y salgo por la puerta.
El centro de atletismo está un lado de nuestros vestidores y está a diez
minutos a pie desde el nuevo apartamento, por lo que no tardo mucho en
llegar. Una vez en el edificio, giro a la izquierda y sigo avanzando por el
largo pasillo en forma de túnel, observando las dos pancartas de
campeonato que cuelgan de las tuberías.
La primera es de 1969 y la segunda del año pasado, mi primera
temporada como pitcher titular en Avix U. Llegué en primer año con una
camiseta roja, lo que significaba que me vi obligado a quedarme en la
banca y demostrar que podía hacer el puntaje requerido de un atleta
universitario. Solo se me permitió practicar, pero no jugar esa primera
temporada, así que eso fue lo que hice.
Practiqué todos los jodidos días, tres veces al día, con y sin el equipo.
Su hombre principal en ese momento supo al instante lo que se
avecinaba, por lo que hizo lo que haría cualquier pelotero inteligente y se
Meyer
―Tu pantalla está negra.
Parpadeo, volviendo a concentrarme en mi computadora abierta en mi
regazo, y efectivamente, se ha puesto a dormir, como desearía poder
hacerlo yo. Debo haber leído el correo electrónico del “pitcher estrella” de
la Avix University, como él etiquetó el asunto, una docena de veces desde
que llegó.
¿De verdad piensa que mi tutoría significa que puede enviarme su tarea
para que yo la haga por él?
Pongo una pequeña sonrisa y me volteo hacia mi mejor amiga.
―Hola.
Bianca está de pie en la puerta del baño con un par de mis pijamas y
una toalla en la cabeza.
―¿Cuándo volviste?
―Tal vez hace diez minutos, me encantó tu versión de “Work It”, por
cierto.
―Te lo dije, cómo es que The Voice rechazó mi cinta de audición, no
tengo idea. ―Ella bromea, se aleja de la puerta, y al instante está en la sala
de estar.
Este lugar es literalmente una habitación.
Cuando cruzas el umbral de la puerta principal, encuentras a la
izquierda la cocina de una sola encimera, con espacio suficiente para
pasar del lavabo a la estufa; o si giras a la derecha, encuentras dos puertas,
una conduce al baño sin tina, y la otra a una habitación diminuta que es
apenas más grande que un armario estándar; pero si no giras, sino que
caminas derecho, estás en la sala de estar, también conocida como mi
dormitorio.
Tengo una cómoda convertida en mueble para TV y un sofá que se
convierte en cama, mi único gasto elegido.
Gracias a Dios por Rent-A-Center.
El lugar es una miniatura y, a veces, después de días muy calurosos o
cuando no hay flujo de aire, huele un poco rancio, las viejas alfombras
debajo del tapete se hacen notar. Tengo que limpiar las ventanas
constantemente para ayudar a que no entre el moho, pero es cálido,
seguro y no está demasiado lejos del campus.
Bianca viene a sentarse a mi lado en la “cama”, toma mi computadora
portátil de mis manos y la coloca al otro lado de ella.
―Habría votado por ti, ¿sabes? ―La miro asintiendo con la cabeza y
las dos nos reímos.
Es una cantante horrible, algo que encuentra divertido porque su
abuelo es una leyenda viviente, y sus padres cantaron durante años, pero
no deja que eso le impida subirse al escenario en las noches de karaoke en
Trivies, uno de los pubs locales a poca distancia del campus.
―Tú y nadie más, chica, pero basta de desviar el tema. Cuéntame. ¿Por
qué estabas distraída? Tus pequeños dedos nunca dejan de escribir en esa
cosa.
Bianca es mi mayor confidente y la única persona que conoce algunos
de los problemas a los que me enfrento, siendo la palabra clave algunos.
Le compartí lo que nunca podría decirle a nadie más, pero mientras que
ella no me oculta nada, yo he tenido que guardarme un par de detalles.
La amo y confío en ella, pero cuando estás en guerra con tus propias
decisiones, no es inteligente compartir tu espada.
―No sé cómo pasaré este año, y mucho menos otro. ―Me trago un
suspiro―. Ya estoy agotada y apenas estamos empezando el semestre,
solo se va a poner peor.
Con una potencial pesadilla catastrófica a seguir.
Cierro los ojos y respiro hondo mientras Bianca cae a mi lado.
―Estás tan cerca ―dice en voz baja―. Tan cerca, pero definitivamente
necesitas un descanso. Nos tomaremos unas vacaciones de un mes en el
paraíso, y nos iremos en el momento en que terminemos los finales.
¡Bikinis y Bailey todo el día!
Me giro hacia ella con una pequeña sonrisa y desliza su mano en la mía.
―Te obligaré a hacer a eso.
―Perra, yo te obligaré a ti a hacerlo. ―Se ríe.
Ella y yo somos similares en algunos aspectos y polos opuestos en otros.
Ella es alta y delgada, mientras que yo soy baja y actualmente tengo
más de diez kilos por encima de mi peso, que es aún más pesada de lo que
ella podría llegar a ser. Yo estoy en el lado más tranquilo y me mantengo
sola, ahora más que nunca, mientras que ella puede tener un lado un poco
salvaje a veces. Es segura de sí misma, extrovertida y, sin darse cuenta, el
alma de la fiesta.
A ella y a mí nos asignaron la misma habitación en el primer año y, al
principio no pensé que seríamos más que compañeras de cuarto, pero
estaba equivocada, nos hicimos grandes amigas y lo hemos sido desde
entonces.
Es la persona más genuina que conozco y la única que realmente se
quedó cuando mi vida cambió.
―Gracias por ayudarme en las noches, estaría tan jodida sin ti.
―En serio, deja de agradecerme. Ya te lo dije, estar aquí funciona para
mí tanto como para ti. Necesito el tiempo de inactividad lejos de todo el
drama de la hermandad, y este es el único lugar donde puedo sonreír más.
―Aww, ¿este es tu lugar feliz? ―bromeo, pero con un graznido
agradecido, uno que ella detecta.
Me guiña un ojo cuando un suave zumbido me llama.
Me levanto, camino hacia esa pequeña habitación en la esquina y
empujo lentamente la puerta para abrirla por completo.
Mi estado de ánimo sombrío desaparece instantáneamente y entro con
una sonrisa que coincide con la que me devuelve la mirada.
―Hola, bebita.
Tobias
Hoy me siento jodidamente fantástico. Me desperté al cuarto para las
cinco como de costumbre, salí a correr e hice mi rutina matutina de
ejercicios. Después de eso, fui a la tienda de comestibles del pueblo y
debido a mi buen humor, decidí hacer el famoso chorizo casero de mi
mamá para el desayuno. En lugar de usar las sobras para preparar la
comida para los próximos días como lo haría normalmente, dejé todo para
que los chicos lo coman cuando finalmente decidan abrir los ojos.
No soy el tipo de persona miserable y depresiva, más bien soy de los
que sonríen, que jodidamente silba cuando camina la mayoría de los días,
pero salir de dos juegos sin que nos anoten carreras tiene algo que me
lleva de un siete a un diez.
Así que sí, me siento bien... hasta que llego al último escalón de las
escaleras que conducen a la biblioteca y no veo ningún moño desaliñado.
Me meto el último bocado de mi burrito de desayuno en la boca, miro
mi reloj y frunzo el ceño en mi frente.
Okey, para ser justos, son las siete y cuarto a partir de este segundo.
Técnicamente, no llegué exactamente a tiempo cuando debería haber
llegado antes, pero mi cuerpo se sentía bien esta mañana, así que fui por
esos cinco kilómetros adicionales.
De cualquier manera, no es tarde, pero ¿dónde diablos está ella?
Tengo clase en cuarenta y cinco minutos, y claro, el edificio de ciencias
está a poca distancia de aquí, pero no suelo llegar tarde, y ella tampoco
debería hacerlo, especialmente cuando es su trabajo.
Ahora tendré que correr ahí sin tener tiempo para detenerme y charlar
con amigos en el camino, o darles a las chicas tetonas la atención por la
que le pagan al Doctor Doble D un buen dinero.
Eso es simplemente desconsiderado.
Miro la hora de nuevo.
No hay manera de que llegara más de un minuto o dos tarde, ¿verdad?
¿Tal vez ella está aquí en alguna parte y no la vi a primera vista?
Trato de rebobinar mi cerebro para recordar cómo se ve, y no encuentro
nada más allá del moño que una sudadera gris desteñida, del tipo que tu
abuela te compraría en Kmart para Navidad todos los años, holgada,
aburrida y que pica por dentro después de una lavada.
A mi izquierda hay varias chicas, cada una agachada sobre unos
papeles y mierdas así, pero no parece que estén esperando a nadie, y a mi
izquierda hay… bueno, diremos que un grupo que se perdió de camino a
un rodeo, o miembros de Futuros Granjeros de América. Seguro que hay
mierda seca de caballo en al menos un puñado de sus enormes botas.
¿Eso es piel de serpiente?
Con un resoplido, miro a mi alrededor de nuevo.
¿Dónde está esta chica?
Entro en la biblioteca y me dirijo directamente a un escritorio que
parece que es para gente que sabe una mierda aquí. Como equipo,
tenemos nuestra propia sala de estudio, así que este es un territorio
extraño para mí.
Le lanzo una sonrisa grande y brillante a la pequeña cosa sentada detrás
de él.
―Espero que puedas ayudarme.
Las mejillas de la chica se vuelven de color rojo cereza y mis labios se
curvan más arriba.
Los dientes siempre las atrapan.
―Necesito encontrar a una chica.
Ella asiente, con los ojos muy abiertos.
En realidad dan un poco de miedo, del tipo te apuñalaré mientras
duermes, y luego te abrazaré toda la noche mientras te desangras. O tal vez del
tipo que se esconderá debajo de tu cama como una mierda de leyendas
urbanas.
―Es una tutora.
―Okey, seguro. ―Se aclara la garganta y saca un pequeño
portapapeles con un montón de nombres escritos―. ¿Cuál es su nombre?
―No lo sé. ―Me encojo de hombros.
―Correcto. ―Suelta un suspiro y su flequillo vuela en el aire―. Bueno,
parece que solo tenemos cuatro chicas esta mañana, así que no debería ser
demasiado difícil averiguarlo. ¿Cómo es ella?
Cuando no respondo, sus ojos de asesina en serie se fijan en los míos.
―¿No sabes su nombre o cómo es?
―Solo he tenido una vista de la parte superior de su cabeza. ―Apoyo
mis antebrazos en el mostrador con una sonrisa, sabiendo que está
leyendo mi declaración de la manera más sucia posible―. Su cabeza llega
a la altura de mi barbilla, con cabello castaño o rubio, tal vez. ―Me encojo
de hombros―. No estoy tan al tanto de los detalles aleatorios.
Ella asiente lentamente, mordiendo sus labios ligeramente.
Conozco esa cara, está sintiendo un sabor amargo en la boca, siempre
sucede cuando no les doy entrada y no les ofrezco la oportunidad de
hundir sus dientes en el cebo.
Ella está a punto de deshacerse de mí ahora, sin interés en ayudarme
ya que yo no estoy interesado en ayudarla a ella a quitarse la ropa.
El rostro de la chica se arruga y se deja caer contra el asiento.
―Ve al centro de tutoría al lado del edificio de desarrollo estudiantil.
Deberían poder decirte quién te fue asignado, pero asegúrate de llevar tu
identificación de estudiante.
Se me escapa una risa baja y golpeo el mostrador mientras me alejo.
―Adorable, eso es adorable, chica, pero gracias.
Dándome la vuelta, sonrío y me dirijo directamente hacia donde me
indicó.
El centro de tutoría está dos edificios más allá, así que no debería perder
mucho más tiempo, pero faltan veinte minutos para mi primera clase del
día, lo que me estresa muchísimo.
Necesito obtener mis tareas de esta chica y poner mi trasero en marcha.
Con más fuerza de lo que pretendía, abro la puerta de un tirón, lo que
hace que se cierre de golpe a mi espalda, y que la cabeza del tipo detrás
del mostrador se levante de golpe.
―Hola, necesito el nombre de mi tutora.
Hace una doble toma, tirando una pila de papeles que debe haber
sacado de la impresora.
Sí, incluso los tipos me buscan.
Le sonrío.
―Mi tutora. ¿Quién es y dónde está? Se suponía que se reuniría
conmigo hace media hora en la biblioteca.
Antes de que termine de hablar, sus dedos comienzan a volar a ciegas
por el teclado.
Necesito mi identificación, dijo la chica. ¡Ja!
―Eso no puede ser correcto. ―Mirando hacia arriba, el tipo se sienta
erguido en su silla con ruedas, y tomo nota del cambio en su expresión.
Su rostro está un poco más tenso, un poco más concentrado, y mucho más
como dime que ella no está pasando horas a solas con este dios de hombre.
Todo se vuelve claro en ese momento y lugar.
Él niega con la cabeza.
―Ella nunca trabaja antes de las doce y nunca faltaría a una cita.
Mi ceja izquierda se levanta ligeramente y sonrío.
―¿Es tu chica?
Su piel blanca se vuelve tan rosa como su polo, y se defiende.
―¡No!
―Pero quieres que lo sea.
―Es mi amiga, es todo ―jura, como si realmente me importara.
―Apuesto a que tienes el número de tu amiga. ―Ladeo la cabeza y creo
que podría estar listo para hiperventilar―. ¿Puedes decirle que venga
aquí, ahora? Necesito… ―Mierda. No puedo decírselo y arriesgar mi
posibilidad―. Necesito hablar con ella, rápido.
El tipo da un trago intenso y habla.
―Lo siento, Tobias, pero tendrás que volver esta tarde, e incluso
entonces, puede ser difícil. Ella no trabaja en la oficina, solo viene a
imprimir y a agarrar cosas. Puedo enviarle un correo electrónico y pedirle
que se comunique contigo, pero eso es todo lo que puedo hacer.
―Sí. ―Niego con la cabeza lentamente―. Eso no va a funcionar para
mí, amigo mío. ¿Puedes darme su número?
Tropieza con sus propias palabras.
―No puedo dar su información personal. Su preferencia se establece
como correo electrónico. Puedo ofrecerte eso, pero como dije, sus
mañanas están ocupadas. No tiene tutorías. No…
Chasqueo con la lengua.
―Mira… ―Echo un vistazo a su placa de identificación, leyendo
Jonny―… Jonny Boy, necesito ese número ―le digo mientras le envío un
mensaje de texto al hombre que hace que todo suceda.
La respuesta llega incluso antes de que mire hacia arriba, y cuando lo
hace, sonrío, apoyo mi cuerpo contra el mostrador y espero.
El chico me mira, inseguro, pero su teléfono no tarda mucho en sonar.
Con una expresión cansada responde, y tres, dos, uno...
―Sí, señor. Me haré cargo de eso. ―Aprieta los ojos y asiente como si
la persona del otro lado, también conocido como el entrenador Reid,
pudiera verlo a través de la línea―. Lo haré, gracias, señor. ―Después de
colgar, abusa un poco más de su pobre teclado y aparece un papel.
Rodando hacia atrás, lo agarra y rueda hacia adelante, golpeándolo frente
a mí.
Y Tobias Cruz vuelve a ganar.
Lo agarro, anunciando mi salida.
―Gracias, Jonny Boy.
Afuera, le envío un mensaje de texto a mi tutora.
Yo: Hola5, Tutora Girl. Requiero de tus servicios. Esta noche. Unas buenas dos
horas de eso.
6 Alter ego de Flash, súper héroe cuyo poder consiste principalmente en la super velocidad.
―No tan cansada como tú. Además, tienen suerte de que los ayude a
cerrar cuando me cambiaron a las mañanas. ―Se encoge de hombros―.
Entonces, ¿quién es esta noche? ¿El mariscal de campo? ¿El armador?
―Ojalá ―murmuro―. El pitcher.
Sus cejas saltan.
―Ah, ¿el Tobias Cruz alto, bronceado y de aspecto sabroso?
Me doy la vuelta, frunciendo el ceño ante mis botas peludas mientras
me las pongo, y rápidamente vuelvo a atar mi cabello en la parte superior
de mi cabeza.
―Ese debe ser él.
―¿Todos los atletas universitarios son malos en sus clases, o qué? ―Se
deja caer en el sofá cama que nunca tuve la oportunidad de plegar esta
mañana, y yo la sigo.
―Ni de cerca.
―Entonces, ¿por qué te llaman tan desesperadamente, querida amiga?
―Porque tengo algo que todos quieren y no se cansan de… ―Sigo el
juego y Bianca y yo nos miramos.
Ella mueve las cejas mientras yo toco mi sien.
―¡Uf, claro! ―Ella gime en broma, empujando mi pierna con la suya―.
Una genio nadando en una piscina de proteína en polvo.
―Mezclada, no batida ―agrego con una risa baja, encogiéndome de
hombros contra el cojín―. Honestamente nunca tengo demasiados
problemas con mis alumnos. Algunos se esfuerzan bastante, así que los
ayudo a encontrar formas de concentrarse, y luego están los que solo me
usan para echarle un segundo ojo a sus tareas y esas cosas. Siempre es una
mezcla, pero por cada bolsa de manzanas que me tiran, siempre hay una
con el corazón podrido.
―Vi a Tobias un par de veces cuando salía con Cooper. ―Ella finge
vomitar ante la mención de su ex―. Aunque no fue suficiente para tener
una opinión del chico, está bien, pero ¿pensamos que el Pitcher Playboy de
Avix U está podrido hasta la médula?
Un suspiro entrecortado se me escapa y me pongo de pie, metiendo mi
computadora portátil en mi bolso. Mientras lo abro, mi teléfono vibra
desde su lugar en el cargador.
No tengo que mirar la pantalla para saber de quién es el mensaje, pero
lo hago cuando lo recojo.
Tobias
Mi cabeza se levanta cuando un voluminoso bolso se coloca lentamente
sobre la mesa.
Sigo la mano pálida que duda en soltar la cosa para encontrar a una
chica de piel pálida con el cabello oscuro despeinado y ese suéter de gran
tamaño que recordaba, sentada en el asiento frente a mí.
Siempre el chico paciente, espero a que me diga hola, haga contacto
visual o reconozca mi presencia de alguna manera, pero no lo hace. En
vez de eso, pone su atención en sacar un montón de mierda: bolígrafos,
papeles, bloc de notas, malditos resaltadores. No olvidemos la
computadora portátil vieja.
Me enfoco en su rostro de nuevo, y mientras ella todavía tiene que traer
sus ojos a los míos, los míos completamente conscientes de la chica están
fijos en los suyos. Un tinte de color ilumina sus hermosas mejillas.
Sonriendo, me hundo un poco más en mi silla.
La chica está nerviosa, y con razón.
Es como Echo dice, soy un poco intimidante: cabello oscuro con unos
ojos que rivalizan con el Océano Pacífico, como le gusta decir al Avix
Investigador. Tengo lo que mi mamá dice que sería una sonrisa de un
millón de dólares si no la hiciera tan torcida, pero poco sabe ella que eso
funciona a mi favor.
Puede que no sea enorme como Hulk, pero tengo el cuerpo como el
Capitán, delgado y en forma con poca o ninguna grasa corporal que
digamos.
Tengo ropa limpia y me manejo bien, gracias al entrenador.
Soy un jodido buen partido.
No es que quiera que me atrapen, no, mierda, no, pero entiendo la
atracción que sienten las mujeres hacia mí, y hago todo lo posible para
brindarles la atención que desean, incluso si no es del tipo que esperan. A
veces, sin embargo, una sonrisa recorre un largo camino.
―Okey, no estoy tan preparada como debería. No tengo tu lista de
tareas a la mano, así que si tu profesor ha tenido la oportunidad de
ingresar una tarea reciente, necesito que me digas en qué tenemos que
trabajar hoy. ―Abre su computadora portátil y comienza a escribir―.
Tengo poco tiempo esta noche, así que tenemos que parar justo en la
marca de las dos horas.
Ella quiere ir al grano.
Lo entiendo, entrar y salir, ¿verdad?
Pero la chica aún no ha levantado la vista y ahora me estoy molestando.
―Tutora Girl... ―digo arrastrando las palabras, ladeando la cabeza
hacia un lado―. Mírame.
Sus hombros se ponen rígidos y se da un segundo extra para pasar la
lengua por sus labios rojizos antes de acomodarse en la silla. Mete la
barbilla hacia adentro y un poco hacia la derecha, levantando lentamente
sus ojos hacia los míos.
Es como si tuviera miedo de mirarme a los ojos, pero ahora que se
obligó a hacer el movimiento, no se acobarda ni los aparta rápidamente.
Ella me mira, estoy bastante seguro que sin respirar, y yo le devuelvo
la mirada.
La chica tiene un rostro de apariencia suave, como si usara loción o algo
así, y sus ojos son de un marrón extraño, como un día lluvioso, un juego
pospuesto, como el marrón de la tierra mojada.
De un marrón rojizo, como sus labios.
Le vendría bien un par de días de sueño con las ojeras debajo de los ojos
y tal vez una hamburguesa o algo de sol. Su cuerpo está oculto, así que no
puedo decir si solo hay huesos debajo de todo ese desastre o si tiene
curvas atractivas.
Ella se inquieta e incapaz de mantener el contacto visual, mira hacia
otro lado, pero yo sigo mirándola, viéndola ponerse más nerviosa, más
inquieta, y entonces me golpea.
Oh, diablos, no.
―¿Eres una adicta?
Sus ojos cortan los míos.
―¿Qué?
―Me escuchaste.
Su boca está abierta, pero rápidamente la tuerce de ira.
―¿Estás bromeando? ―ella sisea en un susurro.
Levanto mis manos.
―Mira, entiendo que te contraten a través de la universidad, pero no
puedo tener a una drogadicta a mi alrededor, por la mala prensa y todo
eso. Ya tengo suficiente mierda del periódico escolar tal como está.
―Te lo aseguro. ―Ella sostiene mi mirada con fuerza ahora―. No estoy
drogada.
―¿Ni siquiera un poco de fentermina para ponerte en marcha?
―Levanto una ceja oscura. Sus mejillas son un poco huecas...
Sus labios se tensan en una línea apretada y lucha contra mi mirada,
poniéndose su gorra de profesional cuando, visualmente hablando,
parece cualquier cosa menos eso.
―Gracias por tu interés en si tomo o no píldoras de dieta altamente
adictivas como dulces, pero si ya terminaste con tu forma pasivo-agresiva
de señalar que no soy talla cuatro, ¿podemos continuar?
―Wow. ―Me sacudo hacia adelante en mi silla―. Eso no es lo que quise
decir. Solo estaba diciendo…
―No me importa ―me interrumpe―. ¿Podemos empezar o no?
Golpeando mi palma sobre la mesa, frunzo el ceño. No quise ofender a
la chica, era una pregunta legítima que, bueno, probablemente podría
haber dicho de otra manera, pero puedo decir por la pequeña interacción
que hemos tenido, que no está interesada en una disculpa. Para ser
honesto, no estoy convencido de estar fuera de lugar aquí, pero tengo un
juego en dos días, así que...
―Si, todo bien. ―Me inclino hacia adelante, apoyando mis antebrazos
en la madera falsa―. Comenzaremos, pero muy rápido, saquemos esto
del camino, ¿sí? ―El tirón en sus cejas me dice que está prestando
atención y tal vez incluso un poco más nerviosa que antes.
»Realmente tengo que terminar con esta mierda, así que ¿puedes tratar
de dejar este acto de “Prefiero cagar Flamin Hot Cheetos que estar aquí
contigo” hasta que estemos al menos a la mitad del camino? No estoy
seguro de poder decir que no en este momento: los días de juego me
animan y me vendría bien la ayuda.
Ella me mira con los ojos muy abiertos, y luego una risa rápida e
inesperada sale de su boca.
¿Y sabes qué? No es una mala risa.
Sonrío.
De repente se detiene, y sus dedos vuelan a su boca como para
mantener el sonido dentro.
Sus ojos se fijan en la pantalla mientras se aclara la garganta y comienza
a escribir.
―Está bien, tengo el plan de estudios de la clase, pero tenía razón y no
puedo ver lo que falta. Tendría que ir a checar en el centro de tutoría o de
atletismo, pero están cerrados a esta hora de la noche.
―Son las seis.
―Y cerraron a las cinco.
―Tal vez no seas tan buena tutora como crees si no puedes volar
cuando te dan alas.
Sus ojos saltan a los míos y abre la boca para hablar, pero la cierra
lentamente.
―Nah, nah, Tutora Girl. ―Inclino mi cabeza a un lado con una pequeña
sonrisa―. Habla.
Ella duda un momento, pero solo por un momento.
―Programo con anticipación para poder idear un plan de juego y
asegurarme de darte todo, para que sientas que tienes a alguien a tu lado
en cada etapa del proceso y que nunca te fallará. De esa manera, al final,
si nunca vuelves a poner un pie en ese campo de béisbol, no tienes a nadie
a quien culpar sino a ti mismo.
Esta chica o bien se toma en serio este asunto de la tutoría, o es una muy
buena fanfarrona, pero ninguna de las dos es importante. Todo lo que
necesito es llegar a la línea para poder jugar la pelota.
―Eso suena… genial en el manual, pero para que lo sepas, no estoy
interesado en estudiar. Necesito hacer mi tarea y entregarla, eso es todo.
―¿Y cuando tengas una prueba? ¿Exámenes parciales? ¿Tus finales?
―Entonces nos preocuparemos por eso.
Ella se deja caer en su asiento.
―Eso es trabajar al revés. Puedo enseñarte a aprender sobre la marcha,
para que no sea tan abrumador para ninguno de los dos cuando lleguen
los exámenes.
―Tengo mucho en mi plato, Tutora Girl, y puede sonar como una
mierda, pero lo que te abruma no es algo por lo que pueda preocuparme.
―Soy consciente. ―Instantáneamente sale volando de su boca. No es
duro ni condenatorio; de hecho, es suave y casi un susurro, pero por la
forma en que sus ojos se abren un poco, creo que desearía no haber dicho
una palabra.
Mantenemos el contacto visual, pero no puedo leer lo que está pasando
detrás de ella, sus ojos son demasiado cautelosos, así que para avanzar,
estiro la mano y empujo mi lista de tareas hacia ella. Al principio, no la
mira, y se forman pequeñas arrugas a lo largo de sus cejas mientras sus
ojos recorren mi rostro, tal vez sin que ella se dé cuenta. Con cada
movimiento de su mirada, las líneas a lo largo de su frente se profundizan
hasta que finalmente parpadea y cuando sus ojos se vuelven a abrir, están
en los papeles frente a ella.
Lo escanea y rápidamente me mira.
―Hay dos materias aquí.
―¡Oh! Cierto. ―Me inclino, agarro mi bolso del suelo y saco la tercera
hoja, colocándola encima de las otras.
Ella parpadea.
―Tres clases.
―Tres clases.
Comprobando dos veces algo en su pantalla, dice:
―Te tengo apuntado para una, no creo que tenga espacio para una
carga de trabajo tan pesada.
―Eso no tiene sentido, Tutora Girl. Estamos aquí, acabemos con la
mierda.
Ella niega con la cabeza.
―Tengo que trabajar en bloques de dos horas, cada crédito son dos
horas de tiempo de estudio. Cada clase tiene cuatro créditos en promedio,
lo cual son ocho horas y eso se traduce en…
―Cuatro sesiones a la semana, lo tengo. Las matemáticas no son mi
área problemática.
Se sienta más erguida en su asiento y, por primera vez desde que llegó,
veo el contorno de un pecho. Parece que puede haber algo escondido
debajo de esa sudadera fea, después de todo.
―Esto es serio, si te acepto… ―cuando sonrío, ella me frunce el
ceño―… tendré que dejar a otro estudiante y eso no es justo.
Simplemente... tendremos que trabajar en la clase en la que tengas la
calificación más baja.
―No va a funcionar para mí.
Ella retrocede y puedo decir que está a punto de discutir, así que me
pongo en modo Aladdín y digo las palabras mágicas, obligándola a jugar
al Genio.
―Órdenes del entrenador. ―Eso, ahí mismo, la aclara.
Literalmente.
Su columna vertebral se cuadra mientras todo su cuerpo se pone rígido,
y todos los signos de estrés desaparecen de su rostro. De hecho, cualquier
signo de vida desaparece por completo de ella.
―¿Él te dijo que te daría tutoría en ambas?
Mi sonrisa es lenta.
―Me dijo que aprovechara cada minuto libre que tuvieras, Tutora Girl.
Comenzando justo en este segundo y terminando en el momento en que
suene la campana en el último día del semestre, metafóricamente
hablando, por supuesto.
La chica rápidamente se pone de pie, excusándose para ir al baño.
Y no me invita a unirme a ella.
―Está bien, se acabó el tiempo por hoy.
Levanto la vista de la pantalla de mi computadora portátil con el ceño
fruncido, mirando rápidamente la hora en mi teléfono.
Son las 8:03 en punto, tres minutos después de su marca de dos horas.
―Pero no he terminado.
Ella me ignora y comienza a apresurarse a guardar sus cosas.
―Terminamos todas las tareas de anatomía atrasadas y dos de historia.
Todo lo que te queda es una hoja de preguntas de la sección para esa clase,
y en inglés no tienes tareas nuevas en la lista todavía. Deberías poder
terminar en casa.
―Eso no funcionará.
―¿Por qué? ―pregunta, sin mirarme, solo me ha mirado un puñado de
veces desde que estamos aquí y es molesto.
―Porque es para mañana.
―Y tienes el resto de la noche.
―Vivo con otro tipo que, a estas alturas, tiene invitados, así que tan
pronto como llegue a casa, toda la sangre de mi cerebro bajará a mi polla
y no terminaré mi mierda.
Sus mejillas se colorean una vez más.
―Lo siento, pero no puedo quedarme.
―De nuevo, no va a funcionar…
―Mira. ―La chica finalmente toma la decisión consciente de mirarme,
pero sus ojos marrones se ven frustrados―. Entiendo por qué crees que
tomas todas las decisiones, considerando que la mayoría de la gente te lo
permite, pero tengo que irme en este momento. Puedes quedarte todo lo
que quieras si ir a tu casa te distrae, incluso revisaré tu ensayo en algún
momento de esta noche si me lo envías por correo electrónico, lo prometo,
pero realmente tengo que irme.
Hay una súplica en sus ojos, incluso si no se escucha en su tono
practicado.
Ahora estoy curioso.
―¿Por qué la prisa?
Sus labios se juntan y rápidamente termina de meter su mierda en su
bolso.
¿Qué pasa con esta chica?
Aquí estoy, haciendo lo que las chicas esperan que haga e iniciando una
conversación, pero ella sigue fingiendo no estar interesada.
No es que yo esté interesado, pero ella debería estarlo.
Guardo mis propias cosas y le digo:
―Tienes que reunirte conmigo mañana.
―Okey, mañana a las tres, aquí mismo.
―Nop. ―Me aseguro de hacer estallar la P como un idiota―. Tengo
que tener todo esto antes del mediodía, o esto no tiene sentido. Mañana a
las diez.
Sus hombros caen y niega con la cabeza.
―No puedo, no puedo estar aquí antes de las doce y media.
―No es mi problema, Tutora Girl. Mejor dile a quien sea al que le
guardas tus mañanas que sus días felices estarán en pausa hasta junio.
―Ahora que estoy de pie, me encojo de hombros y paso junto a ella,
obligándola a girar y seguirme. Empujo la puerta para abrirla,
permitiéndole pasar primero, pero solo para poder verla a la espalda y
gritar―: Soy la prioridad número uno, ¿recuerdas?
Y luego me voy.
¿Tutora Girl cree que puede decidir cuándo nos vemos?
Eso no va a suceder, y me aseguraré de eso.
Su amigo de la mañana puede irse a la mierda.
Me pregunto quién es.
Y ahora me pregunto por qué diablos me importa.
Avix Investigador:
El Pitcher Playboy fue visto subiendo los escalones de la biblioteca.
Sabemos que no está limpiando los libros, así que tal vez “limpiando”
algo más. Apuesto veinte dólares a que ha descubierto el rincón oscuro
y polvoriento que llamamos Rincón para retozar. Pobres
bibliotecarios.
Tobias
Justo a tiempo, un bolso se estrella contra el escritorio, y no con una
leve vacilación como antes.
―Buenos días para ti también. ―Sonrío, levanto los ojos hacia ella y
frunzo el ceño cuando lo hago.
Se ve peor que anoche. Lleva el cabello mojado en una bola sin arreglar
en su cabeza e incluso los círculos son más oscuros debajo de sus ojos,
pero esta vez, parecen ligeramente hinchados y rojos, como si no solo no
hubiera dormido mucho, sino que tal vez hubiera llorado un poco. Lleva
otra vez la misma sudadera de mierda y esta vez tiene una mancha,
probablemente cerveza derramada, justo a lo largo de su seno derecho
que no estaba ahí ayer.
―¿Noche difícil?
Ella se tensa, y un rubor sube por sus mejillas de porcelana, pero no
dice nada.
Tiene que haber algo mal con esta chica, y por mucho que quiera hablar,
tengo clase pronto, así que es hora de ponerse en movimiento.
Aparentemente, ella también piensa lo mismo, porque pregunta:
―¿Por casualidad bajaste algo de tu tarea pendiente anoche?
―Lamento decepcionarte, pero yo no bajo.
Sus manos se congelan sobre su teclado por un momento, pero de
nuevo, no llega ninguna respuesta.
Hombre, ella no es divertida. No suelta una risa o un comentario
coqueto de “oh, pero yo sí” como una oferta no tan sutil.
Nada7, naaaada.
Se le forma un ceño fruncido.
Meyer
He estado tratando de abrirme camino a través de un solo capítulo de
mi libro de sociología durante la última hora, pero cada pocos minutos,
me doy cuenta de que estoy mirando fijamente la página, con mi mente
en otra cosa completamente diferente.
Más bien como en alguien más.
Y pensar que me senté ahí completamente absorta en leerle su libro
durante casi una hora. Algo me dice que no tiene nada que ver con las
palabras en sí, y eso es una revelación aterradora.
¿Una revelación no deseada?
Si estoy siendo honesta conmigo misma, hoy fue agradable. Me atrevo
a decir, necesario.
Han pasado semanas desde que estuve fuera del campus por cualquier
motivo que no fuera obligatorio, y esta tarde, mientras técnicamente
estaba trabajando, se sintió como un pequeño descanso por el que no sabía
que me moría. No puedo precisar cuándo exactamente mi vida se
convirtió en una rueda de hámster, pero durante mucho tiempo ha sido
despertar, subir a esta rueda, lavar, enjuagar y repetir.
No me sentía así hoy. Hoy, mi mente no tenía dos tareas por delante, y
tengo que agradecerle a Tobias por eso.
La breve conversación con Franny fue relajante de una manera que
extrañaba. Tiene esa naturaleza de madre natural sobre ella, pero las fotos
que cubren las paredes hogareñas me dieron la impresión de que tal vez
nunca haya sido bendecida con el papel que le hubiera gustado.
Es fácil ver que está enamorada de Tobias, lo cual es tan sorprendente
como se esperaba.
Él es más que encantador y completamente exagerado, pero estoy
empezando a darme cuenta de que algo de eso no es él. La mayor parte lo
es, pero no todo.
Sí, es extremadamente arrogante, pero se ha ganado el derecho.
Realmente está en la cima del juego, por lo que no es como si su ego
estuviera inflado en lo que respecta al béisbol, y el resto... no lo sé.
Se dice que el Pitcher Playboy es ególatra, un chico malo con buen ojo para
los problemas, atado por un aire demasiado celestial para que otros lo
respiren.
Él es un problema, eso es seguro, pero tengo la sensación de que no
infló la burbuja que la gente dice que lo rodea. Creo que quiere que
alguien se acerque un poco más, que mire un poco más profundo.
Quiere que alguien abra los ojos y mire los suyos sin prejuicios.
O tal vez simplemente no le importa lo que piensen los demás, y hace
lo único que puede.
Acepta los conceptos erróneos por lo que son, más allá de su control.
Si le importara mantener algún tipo de imagen, si encajara en dicha
imagen, Franny and Joe’s es el último lugar en el que habríamos
terminado hoy.
Se preocupan por él, eso era obvio, pero lo sorprendente, al menos al
principio, fue que el hombre también se preocupa por ellos. Una pareja
de ancianos adorables, trabajadores y sin vínculos con él.
Sin ataduras, pero una emoción sentida en común, una que conozco
muy bien.
Soledad.
Suspirando, cierro mi libro de texto y tiro de la manta hasta mi barbilla.
No estoy tan segura de que haya sido bueno ver este lado de Tobias
Cruz, pero tampoco estoy tan segura de arrepentirme.
Tobias
Cómo estos hijos de puta me dejan levantarme a batear, no lo sé.
Tal vez el chico lindo de cabello largo quiera intentar y probar un punto,
ser el único hijo de puta que podría decir que ponchó al chico, pero qué
idiota es.
Le dio una base por bola a Xavier, el hijo de puta más rápido del equipo,
y ahora tenemos uno en tercera y primera. Ahora solo estamos arriba por
uno, pero todo lo que tengo que hacer es llegar a la primera y X llegará a
home, sin duda.
Entonces, cuando suena Winner de Jamie Foxx y la multitud se vuelve
loca, sí, incluso los fanáticos del equipo local me aman, balanceo mi bate
y me dirijo hacia la caja de bateo.
―¿Cómo estás, hijo de puta? ―le digo al catcher mientras mantengo
mi ojo en el hombre en el montículo.
―Que te jodan, Cruz.
―Después de tu chica, ¿sí, Hanson?
―Eres una polla.
―Gruesa y larga, mi hombre. Ahora dile a tu hombre que me golpee
con esa bola rápida que parece favorecer. Mírame dejarlos en ridículo.
El árbitro da su visto bueno, el pitcher mueve la barbilla y aquí vamos.
Casi podría reírme un segundo antes de que deje su mano.
¿Realmente le está sirviendo al rey de la curva, una maldita curva?
Al diablo con la primera base, esta bola va al muro.
El choque del corcho y la goma contra el metal suena con el contacto y
la pelota vuela exactamente donde se supone, demasiado jodidamente
lejos para atraparla.
X entra y doy la vuelta hasta tercera, aplaudiendo como un imbécil
mientras llego, sacudiéndome las rodillas como el detestable hijo de puta
en el que me convierto en el campo.
El pitcher sale del montículo, así que levanto los brazos con una sonrisa,
pero su entrenador grita algo desde el banquillo y el punk se da la vuelta.
Sabe que no puede ganar ahora, no cuando vamos ganando por tres con
dos fuera y de vuelta al puesto cuatro en nuestra lista de bateo. No cuando
están en la parte inferior de la suya y todavía estoy listo para tomar el
montículo.
Sabe que nunca llego a mi número máximo de lanzamientos. Cuando
empiezo un partido, lo termino, a menos que ganemos por una tonelada,
entonces cambio y dejo que el número dos termine.
Este juego es nuestro, tal como sabíamos que sería.
Como ellos sabían que sería, y mañana por la mañana volveremos a
ganar, arrasando en la serie.
Mi entrenador de tercera base, que resulta ser Cooper hoy, el maldito
marrullero, se acerca.
―Crees que están amargados ahora, espera hasta que nos presentemos
en su club esta noche y obtengamos la primera elección sobre sus chicas.
Me río.
―Los pobres bastardos están a punto de desarrollar un odio loco por
los martes.
Nuestro shortstop se acerca al bate, golpea una línea que pasa a
segunda y entro, pero lo atrapan en primera, así que regresamos al campo.
Dos ponches y un elevado más tarde, nos dirigimos al vestidor, con otra
victoria bajo nuestros cinturones azules.
El entrenador Reid entra sonriendo con lápiz labial rojo brillante en la
mejilla.
―Hay una doble de la Kardashian esperando en el túnel por el número
once. ―Me sacude el hombro al pasar―. Le dije que liderarías el primer
grupo en salir por la puerta, hijo.
Me río, tirando de mi camiseta por encima de mi cabeza.
―Buen aspecto, entrenador.
―¿Tiene a sus hermanas con ella, entrenador? ―grita Echo, azotando
mi cadera con su toalla.
Los chicos comienzan a planificar la noche, hasta elegir a las
inexistentes hermanas Kardashian que esperan al equipo ganador.
Planeamos ir al bar del campus para comenzar la noche. No podemos
beber y solo tenemos un par de horas antes de que se apaguen las luces,
por el juego temprano mañana y todo eso, pero a veces eso es todo lo que
necesitas. Una hora sólida.
Como dijo el entrenador, las chicas están esperando al final del túnel y
no pierden el tiempo para presentarse. Miro el campo ahora vacío con una
sonrisa, pero mientras lo hago, las luces del estacionamiento se encienden
en la distancia, y un ceño fruncido instantáneamente toma el control.
Está oscureciendo, estoy a unos buenos ochocientos kilómetros de
Oceanside, y hay una chica que podría estar caminando sola en la
oscuridad esta noche.
Mierda.
Me separo del risueño grupo, tomo mi teléfono de mi bolsillo y busco
el número de Meyer, pero mis dedos se detienen ahí.
Entrecierro los ojos, mirando a la gente que se amontona en sus autos y
se marcha.
Ella no tiene ni idea de que la seguí a casa esas pocas noches, entonces,
¿qué diablos se supone que debo decir? Ayer no la seguí porque la oí
decirle a Franny que vería a su amiga, así que sabía que no estaría
trabajando. Una vez que escuché eso, olvidé recordar que hoy también me
iría.
Claro, Oceanside es una ciudad lo suficientemente segura, pero hay
delincuencia en todas partes, y una chica sola, en la oscuridad cerca de un
bar, es una situación que no debería existir. Especialmente si esa chica es
ella. Punto.
―¡Cruz, pongámonos en marcha!
Me giro cuando Echo me llama, uno de sus brazos envuelve a una rubia,
y el otro a una morena.
Morena.
Mierda.
Miro mi teléfono y presiono el botón de llamada.
Esperando completamente que lo ignore, como suele hacer, camino
hacia el grupo, pero luego la línea deja de sonar y un suave y pequeño
“hola” llena mi oído.
Me detengo en seco, con la satisfacción curvando mis labios.
―¿De qué se ríe ese tonto? ―Neo bromea, lanzando su gorra al aire y
atrapándolo en su cabeza en un intento de impresionar.
Le muestro el dedo medio y me alejo.
―¿Tobias?
―Hola.
―Hola. ―Su tono es burlón.
―Eh, estoy en Arizona.
¿Qué demonios? No jodas, estoy en Arizona. Ella sabe eso.
―Ganamos. ―Asiento con la cabeza―. No es que hubiera una
posibilidad de que no lo hiciéramos, pero...
―Por supuesto que no. ―Ella se ríe en silencio―. Pero felicidades de
todos modos. Jonny tenía el partido en el centro hoy. Buen lanzamiento.
―Jonny, ¿eh? ―Arrugo la frente. Ese bastardo vestido de polo rosa.
Ella duda un momento, y hay algo de movimiento en el fondo.
―¿Tú, quiero decir, hay algo que necesites? Estoy con alguien, así que
solo tengo…
―¿Como un estudiante?
―¿Qué?
Me levanto un poco la gorra y miro por encima del hombro a mi equipo.
X levanta los brazos, pero yo me doy la vuelta.
―¿Le estás dando tutorías a alguien en este momento?
―Durante las próximas dos horas, sí.
―¿Quién?
Hermano, relájate. ¿Qué demonios te pasa?
Lamo mis labios.
―¿Sabes qué?, todo está bien. Tenía una pregunta, pero puedo, eh,
resolverla.
―¿Estás seguro? ―me pregunta―. Mi estudiante está en la fila para
alquilar un libro, tengo unos cinco minutos antes de que él regrese...
Él.
Por supuesto, es un él. Probablemente él es todo él y ella es ella y
mierda, amigo. Cállate, perra llorona.
―Si te llamo más tarde, ¿estarás libre?
―Normalmente no le presto atención a mi teléfono cuando estoy en
casa, pero como me estás diciendo ahora, al menos puedo tenerlo cerca e
intentarlo.
Ahí, dijo casa. Eso es todo lo que buscaba.
¿Verdad?
―Tobias hijo de puta Cruz, trae tu culo aquí. ¡Estas chicas tienen sed,
si sabes a lo que me refiero! ―Gavin grita detrás de mí.
Niego con la cabeza, y le enseño el dedo medio.
―Te dejaré ir ―dice ella, con un toque de vacilación en su tono.
―¿Ya regresó tu amigo?
―No.
―Entonces, ¿por qué me cuelgas?
―¡Cruz! ―otro imbécil grita, más fuerte que el resto.
―Adiós, Tobias.
Frunzo el ceño al cielo.
―Te llamo más tarde, Tutora Girl.
Espero que tengas todo lo contrario a diversión.
Sé que yo no la tendré.
Meyer
Bianca entra, con una bolsa colgando de cada mano.
―Okey, tengo dos sándwiches, uno de jamón, uno de pavo, ambos
partidos por la mitad y todos los dulces que ofrece el minimercado.
―¿Hay alguna posibilidad de que hayas traído una botella de, dios,
algo?
―Cállate, ¿ya dejaste de amamantar? ―Ella prácticamente sonríe.
Me río, pero mis hombros caen, y mi mejor amiga intuitiva deja caer las
bolsas donde está parada, saltando a la cama en el siguiente segundo.
Cruza las piernas, por lo que sus rodillas tocan las mías.
―Háblame.
―Tengo un problema.
La preocupación enmarca sus ojos y asiente.
―Okey, ¿qué tipo de problema?
Aprieto la nariz.
―Uno alto, bronceado, de aspecto delicioso...
Parpadea y luego vuelve a parpadear, y luego se ríe, cayendo de
espaldas y estirando la mano para jalarme con ella.
―¡Oh, Dios, pequeña perra, me asustaste! ―Ella entierra su rostro en
mi hombro, apareciendo sobre su codo con la misma rapidez con una
amplia sonrisa―. ¿Supongo que no es una manzana podrida?
―Él no es una manzana podrida. ―Me muerdo el labio interior―. Es...
como unos dulces Sour Patch Kid, mezclado con esos Skittles blancos
misteriosos.
Nos miramos y nos reímos.
―Okey, esto tengo que escucharlo. ―Se voltea sobre su estómago,
esperando más.
―Él es exactamente lo que se ve por fuera: hermoso, encantador y
magnético. Atlético, pero es... es como si hubiera un caparazón duro de
expectativas que tiene que llenar porque su empaque exterior le dice que
es en el que pertenece, como el epítome de los estereotipos.
―Eso es una mierda, pero tiene sentido.
―Sí. ―Asiento con la cabeza―. Pero el relleno dentro del caparazón no
está hecho de las mismas cosas. ―Hago una pausa, pensando en sus
modales arrogantes, y lucho por sonreír―. Okey, algo de eso también está
en su interior, pero son las partes honestas. Es arrogante, pero eso es
porque es bueno en lo que hace y no se disculpa por eso. Es extrañamente
entrañable. ―Me río―. Y es encantador, pero viene de cómo se comunica.
Es directo, sencillo y no tiene miedo de revelar lo que está pensando. ―Mi
palma cae sobre mi estómago cuando una sensación de aire comienza a
arremolinarse―. Sin embargo, es extraño, porque uno pensaría que
alguien que es todas esas cosas sería capaz de ignorar lo que otros dicen,
y parece que lo hace en lo que respecta a los periódicos de la escuela y los
idiotas del campus, pero puedo decir que no lo hace cuando lo he
insultado.
―Espera, ¿qué? ―Ella empuja su trasero, frunciéndome el ceño―. Tú
no insultas a nadie, ni siquiera a las personas que deberías. ―Levanta una
ceja―. Entonces, ¿de qué diablos estás hablando?
Lanzo mi brazo sobre mi rostro con un gemido bajo.
―Lo sé, no lo sé, pero te juro que lo hago. Puedo sentirlo. Dudo que él
alguna vez lo admita, pero sé que a veces hiero sus sentimientos, y su
mecanismo de defensa es fingir que no es así, y ahí es cuando sale su Sour
Patch interno. Es como si se sintiera categorizado o desairado o algo así,
y entonces salta, actuando de la forma en que cree que lo están tratando.
―Meyer. ―La miro―. Si se siente “desairado”... eso significa que le
gustas y solo quiere que gustarte también. En este momento, parece que
no está tan seguro.
Yo trago.
―Sí, lo sé.
Eso también es obvio. Al principio, estaba en sus ojos cuando me
miraba, ahora, está en su toque, y siempre encuentra la manera de
tocarme. Un roce de su brazo o mano, un agarre de la muñeca. O como
hoy, cuando entrelazó sus dedos con los míos y me acercó un poco más.
Hoy lo dejé.
Hoy, olvidé lo complicada que es realmente la situación.
―Pero a ti… ―Bianca me atrae de vuelta a la conversación,
entrecerrando los ojos―. Te gusta, ¿verdad? ¿Ese es el problema alto,
bronceado y de aspecto delicioso aquí?
Me gusta.
Pero no puedo, no debería.
Es egoísta e incorrecto y un desastre esperando a suceder.
Nunca podría ser honesta con él, no ahora.
Bianca percibe mis pensamientos, y una sonrisa de complicidad y
tristeza se extiende por sus labios.
―M…
Las lágrimas llenan mis ojos y miro al techo, deseando que se vayan.
La situación es complicada, más de lo que ella sabe, pero creo que es
hora de decirle la verdad. Toda la verdad.
Así que lo hago.
Pero al final, no hay revelación, no hay solución porque no cambia
nada.
No puedo simplemente cortar el cordón e irme antes de que empeore,
porque tengo un contrato para pasar de seis a ocho horas a la semana con
el hombre, diez cuando los exámenes están cerca.
Así que básicamente, estoy jodida.
No soy tonta, sé que va a empeorar, profundamente, al igual que sé que
depende de mí mantener la barrera entre nosotros en su lugar. No será
fácil, pero es más que necesario.
No puedo enamorarme de Tobias Cruz, susurra una vocecita en mi cabeza,
pero una más sabia y más fuerte responde, ya lo has hecho.
Tobias
Muevo mi hombro en el sentido de las agujas del reloj y luego en el
sentido contrario, estirándome a través del ligero dolor antes de sacar un
poco de bálsamo de tigre de mi bolso.
Meyer levanta la vista del paquete que imprimió en el centro de tutoría
esta mañana y observa cómo introduzco dos dedos en el pequeño
recipiente.
―¿Qué es eso? ―me pregunta.
―¿Alguna vez has oído hablar de Icy Hot?
Ella asiente.
―Es algo así, pero este es un analgésico totalmente natural, calma mis
articulaciones.
―¿Te duele mucho el hombro?
―Mis piernas, mis brazos, mis hombros. ―Me río cuando sus cejas se
disparan―. No es nada más allá de lo normal. Realmente no le doy mucho
descanso a mis músculos, pero esto ayuda.
Me mira mientras deslizo el ungüento espeso similar a la vaselina sobre
mi bíceps y hombro derechos, y mis labios se contraen cuando sus labios
se separan un poco. Estoy pensando que ella también se dio cuenta,
porque luego vuelve a mirar el papel.
―Mmm, está bien, esa es la última de las preguntas de anatomía.
Destaqué las que necesitas agregar a tus tarjetas didácticas antes de la
próxima sesión.
Asiento, acepto el papel cuando me lo entrega y me pongo de pie.
―Sabes, eres realmente buena en lo que haces.
Sus ojos vuelan hacia los míos, y la sorpresa en su expresión me dice
que no esperaba tal cumplido de mi parte.
―Hablo en serio, tienes un don para lo que haces.
Un toque de rosa tiñe sus mejillas y mira hacia abajo.
―Gracias.
―¿Eso es lo que quieres hacer? ―le pregunto, repentinamente
curioso―. ¿Ser maestra, profesora universitaria tal vez?
Se le escapa una risa vacilante y se pone de pie, comenzando a guardar
en su bolso como lo hago yo.
―Sí, creo que las personas llegarían un poco más alto, y creerían más
en sí mismas si más personas se preocuparan por ayudarlos a
comprender. Me gustaría hacer eso por alguien.
―Haces eso ahora.
Una vez más, su mirada se dirige a la mía, se forman pequeñas arrugas
a lo largo de su frente, como si estuviera confundida, pero no debería
estarlo.
―Lo haces.
―No sé de qué hablas, pero...
Me acerco a ella.
―Lo haces. Trabajas duro, te importa y se nota.
Ella me mira fijamente por un largo momento, y luego se encoge un
poco de hombros.
―No, solo quiero tener el verano y las vacaciones libres del trabajo ―se
burla de sí misma.
Me río y su risa sigue la mía.
Mirando hacia el montículo, me volteo hacia ella.
―¿Quieres aprender a lanzar una curva?
―¿Qué? ―Se ríe.
―Deja que te enseñe.
Se cruza de brazos, mordiendo sus labios por un lado.
―¿Quieres enseñarme cómo ejecutar tu arma secreta?
―Ah, entonces sabes un poco sobre mi juego.
Ella pone los ojos en blanco, pero es juguetón.
―Tendría que ser ciega, sorda y, básicamente, nunca poner un pie en
el campus para no saberlo.
―O me acechas discretamente.
Se ríe, pasando a mi lado con un brillo vivo en sus ojos marrones, y no
se detiene hasta que está en el montículo.
―Está bien, Playboy. Enséñame.
Con una sonrisa demasiado profunda para ocultarla, agarro la pelota
del suelo y me dirijo hacia ella, muy consciente de que nuestro tiempo
obligatorio juntos terminó hace exactamente diecisiete minutos.
Y la chica sigue aquí.
Meyer puede saber cómo golpear, pero la chica no puede lanzar una
pelota de mierda.
Sonriendo, me pongo de pie de un salto y troto los cinco para recoger
la pelota donde cayó.
―Te dije que no era buena.
―Te creo ahora.
Se ríe, dejando caer la cabeza hacia atrás, y mis ojos vuelan a la esbelta
longitud de su cuello.
Apuesto a que es liso y suave, un punto que la enciende.
En ese momento, su mano se levanta, envolviéndola suavemente como
si quisiera quitarse el calor que emana desde arriba. Está mirando hacia
adelante justo cuando la alcanzo, y cuando sus ojos se encuentran con los
míos, la pelota cae de mi mano.
Con un pequeño ceño fruncido, se inclina para recogerla, y mientras se
pone de pie, no puedo detenerme, lanzo una mano, y la agarro alrededor
de la muñeca.
Se tensa, su mirada se clava en la mía, y mientras traga, no se aparta.
Entonces, la atraigo hacia mí. Estoy hablando directamente sobre mí.
Sus ojos cobrizos están muy abiertos e inseguros, un poco inquietos
pero un poco más intrigados.
Me muevo un poco más cerca y ella suelta una respiración entrecortada.
Deslizando mi pulgar un poco más arriba en su muñeca, presiono justo
sobre su palpitante pulso, sin perderme cómo comienza a latir un poco
más fuerte.
Sus dedos se aprietan alrededor de la pelota y el calor se acumula en mi
estómago.
Quiero sentirla apretarse a mi alrededor.
Que se tense debajo de mí.
Que gima por mí.
Ella traga.
―Debería irme.
―Debería besarte.
―Tobias…
―Podría besarte.
―Por favor, no ―suplica, y ahora todo en lo que puedo pensar es en
volverla loca, jodidamente salvaje, hasta que suplique por algo más.
Mis ojos van rápidamente a sus labios, mi lengua sale para arrastrarse
sobre los míos.
―Hazme una promesa y no lo haré.
Sus pies se arrastran nerviosamente.
―¿Qué tipo de promesa?
―Que cuando quieras besarme, lo harás.
―Yo… ―Ella mira hacia abajo, pero uso mi nudillo para traer su
atención de nuevo.
―Prométemelo, y si nunca quieres, no importa.
Pero querrás hacerlo. Estoy pensando que ya lo haces...
Se muerde el labio inferior y mi pecho retumba contra el suyo.
Quiero llevármelo a la boca, que se disculpe por la tortura que me está
infligiendo y luego provocar algo por mi cuenta. Tengo tantas ganas de
probarla.
Las facciones de Meyer tiran, y su respuesta no es más que un susurro
desgarrador.
―Okey.
Mis músculos se flexionan.
―¿Okey?
―Si, okey. ―Ella asiente, intentando liberarse, pero no estoy del todo
listo para dejarla ir, ni siquiera cuando intenta y falla en cambiar de tema
con su próximo aliento―. ¿Sabes?, si apruebas este examen y tu parcial la
próxima semana, tendrás el ochenta por ciento en esta clase.
―Como que quiero más a la chica.
Aparta los ojos, castigándose a sí misma.
―Se suponía que eras un imbécil.
Mi risa es embriagadora, y mi palma se desliza en su cabello.
―¿Te decepcioné?
A regañadientes, me sonríe, pero tiene ese toque pesado que siempre
parece llevar, y lo sé.
―Te tienes que ir.
―Sí ―murmura, sus dedos tiemblan debajo de los míos―. Realmente
tengo que hacerlo.
Lo odio y requiere una puta tonelada de fuerza, pero obligo a mi mano
a soltar la suya y doy un solo paso atrás.
―Nos vemos el jueves, Tutora Girl.
Al principio, duda, como si tal vez no quisiera o no pudiera decidirse a
irse, y me pregunto si podría quedarse, pero no lo hace.
Da pasos lentos hacia atrás alejándose de mí, y luego se gira para
agarrar sus cosas.
Guardo mientras ella lo hace, tratando de ignorar cómo se va sin decir
una palabra más, pero justo cuando meto la última pelota en el balde, ella
grita.
―No lo hiciste, por cierto.
Mi cabeza se levanta, encontrándola justo afuera de la valla, tal vez a
diez metros de distancia.
Descanso mi brazo en la red, levantando la barbilla.
―¿No hiciste qué, Tutora Girl?
―Decepcionarme. ―Su sonrisa está oculta, pero sus palabras son
fuertes―. Todo lo contrario, de hecho.
Mi sonrisa es instantánea, pero ella se aleja antes de darme la suya.
Sin embargo, sé que está ahí.
Puedo sentirla.
Tuve que cancelarle a Meyer esta noche debido a una sesión de video
obligatoria con el equipo, y nuestra próxima sesión no es hasta el
domingo. Podría esperar, pero preferiría no hacerlo, así que en lugar de
esconderme en la oscuridad esta noche y asegurarme en silencio de que
llegue a casa sana y salva, decido que cenaré en la hamburguesería.
La veo a través del vidrio pintado en el momento en que entro en el
estacionamiento, con el moño de siempre en la parte superior de su
cabeza.
Tiene una jarra en una mano y una bandeja en la otra, y en el momento
en que cruzo la puerta, sus ojos saltan a los míos.
Al principio, se congela, pero lentamente, una sonrisa se extiende a lo
largo de sus labios y se acerca con una sola ceja levantada.
―¿Mesa para uno o viene tu cita?
―Nah, ella no pudo. ―Me encojo de hombros, acercándome a ella―.
Está trabajando en esta pequeña hamburguesería en la ciudad.
Dirigiendo juguetonamente sus ojos al techo, me lleva a la parte
superior de la barra frente a los cocineros, así que planto mi trasero en
uno de los taburetes redondos, inclinándome hacia adelante mientras ella
le da la vuelta al mostrador.
―¿Qué puedo ofrecerle de beber, señor Cruz?
―¿A qué hora termina, señorita...?, espera. ¿Cuál es tu apellido?
Sus ojos se lanzan a la cafetera que está alcanzando y la levanta de su
base.
―Soy Sanders y termino a las diez.
Se dirige por el pasillo, vuelve a llenar las tazas de una pareja de
ancianos antes de pasar al lado opuesto de la habitación.
Bueno, está bien entonces.
Parece que estaré aquí hasta las diez.
Decidí esperar en la camioneta después de recibir mi pedido, y debo
haberme quedado dormido porque lo siguiente que supe es que ella me
está tocando la ventana.
La hago rodar hacia abajo y sus manos se levantan para agarrar el
marco.
―No necesitabas esperarme. ―Mira hacia la calle y hacia atrás.
―Entra. ―Le doy la vuelta a la llave.
Le toma un momento, pero luego le da la vuelta a la camioneta y se
desliza hacia adentro.
―Sabías que trabajaba aquí, ¿no?
―Podría haberte visto con tu delantal una noche.
―Me viste... ¿dónde?
―De camino a casa.
―De camino a casa... ―Ella se apaga con sospecha―. ¿Tobias?
En la señal de alto, me encuentro con sus grandes ojos castaños e
inquietos.
―Regresé al bar un par de veces, ni una sola vez con la intención de
poner un pie dentro.
Su pecho se eleva con una respiración completa.
―¿Por qué? ―pregunta, así que le digo.
―No me gusta la idea de que estés sola por la noche, así que me aseguré
de que no lo estuvieras.
―Muchas personas caminan solas a casa por la noche.
―No quiero que seas una de ellas.
Abre la boca, pero la cierra con la misma rapidez.
―Te recogeré todas las noches que pueda, si me dejas. ―Una sonrisa
se desliza sobre mí―. Y si no lo haces, será como la primera noche, y te
seguiré de todos modos.
Ella deja escapar una pequeña risa, pero la tensión aumenta
rápidamente a lo largo de sus cejas y mira hacia otro lado.
―Entonces, ¿sabes dónde vivo?
―No. ―Niego con la cabeza y en mi periferia, veo que ella se gira hacia
mí―. Una vez que estabas a salvo y con la seguridad del campus, me iba
a casa. ―Después de responder su pregunta, me doy cuenta de algo, así
que tranquilizo su mente―. Si no quieres que sepa dónde vives, puedo
llevarte al campus o puedes caminar desde mi casa, que está al otro lado
de la calle, en el extremo izquierdo.
No dice nada, pero comienza a jalar el dobladillo de su camisa de
manga larga, así que giro hacia la calle principal que conduce al frente del
campus, pero justo cuando pasamos el lado del parque, me dice que gire,
llevándome por una calle estrecha del tamaño de un callejón que está
bordeado por pequeñas hileras de apartamentos. Son del tipo que parecen
haber sido un motel en algún momento, pero se dividieron y se vendieron
en pedazos. Algunos son más agradables que otros, pero todos están
como saturados.
―Puedes parar aquí ―dice, desabrochándose el cinturón de seguridad
y girándose hacia mí―. Gracias, por esta noche y por... las noches en las
que no sabía que estabas ahí.
―¿Quieres decir que no acabo de ganar una medalla de oro en el arte
del modo acosador?
Una risa brota de ella y la tensión en sus hombros desaparece.
―No, no lo hiciste. Bronce tal vez, pero ya sabes. ―Levanta un hombro,
con una pequeña sonrisa jugando en sus labios.
―Wow, no he sido reducido a bronce en años. Está bien, tal vez debería
haberte seguido a casa.
Su sonrisa es amplia, pero se aleja, mirando hacia atrás solo con sus
ojos.
―En serio, gracias. A veces es un poco espeluz…
Su cabeza se levanta bruscamente, entrecerrando los ojos por la ventana
delantera, y luego, apresuradamente, abre la puerta y salta de la cabina.
―Hey ¡¿qué…?! ―grito, corriendo rápidamente tras ella.
¿Qué demonios?
Ella prácticamente corre hacia adelante.
―Okey, déjame que te instale, ¿de acuerdo? ―dice alguien, con la
mitad de su cuerpo sobresaliendo un viejo Camry verde.
―¡Bianca! ―Meyer grita―. ¿Qué pasó? ―pregunta con pánico.
La chica, que ahora puedo ver es Bianca, sale alarmada, pero
rápidamente se tranquiliza cuando se da cuenta de que es Meyer
acercándose a lo que debe ser su auto.
―¡Oh, gracias a Dios! ―Se aparta de la puerta―. Creo que el mimi de
Bay está en tu bolso, y por mi vida no puedo encontrar el repuesto. Iba a
salir corriendo y conseguir uno.
―Oh, mierda. ―Las palabras de Meyer son estresadas, pero su cuerpo
parece relajarse con la respuesta de Bianca y comienza a hurgar en su
bolso, sacando y sosteniendo algo en la palma de su mano.
Bianca levanta las manos en un gesto de alabanza cuando Meyer pasa
junto a ella y mete la cabeza en el asiento trasero.
Ahí es cuando Bianca me ve, y un chillido agudo la abandona.
―¡Qué demonios!
Me río, levantando mi gorra de mi cabeza y volteándola hacia atrás.
―Lo siento, no fue mi intención asustarte.
Al escuchar mi voz, Meyer se congela, la mitad de su cuerpo está
atrapado dentro del vehículo, como si hubiera olvidado que yo estaba
aquí, o no se dio cuenta de que salí de la camioneta cuando ella lo hizo.
Lentamente, la rodilla del asiento trasero se extiende, su pie izquierdo
vuelve a plantarse en el suelo con el derecho y sale del auto con una manta
en las manos.
Sus ojos se posan en los míos y sale de debajo de la cochera, de vuelta a
la luz.
Un pequeño grito llena el aire, pero luego Meyer comienza a mover los
brazos y el suave sonido se desvanece.
No es una bola de manta, es un bebé.
―Deberías irte. ―Meyer asiente, girándose hacia lo que debe ser su
apartamento, pero se detiene, mirándome con cautela una vez más
cuando mis pies se arrastran un poco más cerca.
Mantiene sus ojos forzados en los míos mientras me acerco y se quedan
ahí cuando la alcanzo, pero los míos caen sobre la suave manta blanca.
Miro a través de la pequeña abertura cerca de su pecho para encontrar
una cosita diminuta. Una niña, si el chupete rosa metido en su boca me
dice algo.
Los ojos de la pequeña están cerrados y la manta bien apretada, así que
no puedo ver mucho más, entonces doy un paso atrás, mirando a su
mamá.
―¿Te veré el domingo?
Ella me mira un largo momento, un poco congelada e insegura, pero
luego asiente levemente.
Entonces, me doy la vuelta, vuelvo a mi camioneta y cuando subo, todo
hace clic.
Esta es la razón por la que Meyer funciona con aire la mayor parte del
tiempo, no está de fiesta o haciendo lo que sea que la mayoría de nosotros
aquí hacemos. La chica está trabajando hasta la muerte con imbéciles
como yo toda la tarde, y en la hamburguesería hasta la noche. Cuando no
lo hace, tiene sus propias clases para hacer y cuidar a una bebé.
Su bebé.
Vete. A. La. Mierda.
No sé cómo diablos una estudiante universitaria puede tener una bebé
y aun así hacer una mierda. Demonios, no sé cómo alguien puede hacer
una mierda con un niño, pero parece que ella lo hace como una jefa.
Es estructurada, organizada y está en la cima de su juego de tutora.
No es de extrañar que trate de reservarse las mañanas para sí misma.
Y aquí estoy yo, el idiota que básicamente la amenazó para que me
agregara cada vez que la necesitaba usando mi estrecha relación con su
jefe. Ahora me doy cuenta de que esa mierda funcionó demasiado bien.
Ella nunca se queja, siempre está disponible para mí y se esfuerza por
estar donde la necesito. La he tomado mañanas, tardes y noches. Entre
semana y fines de semana e incluso horarios de estudio ajenos cuando es
necesario. Lo sé porque he visto su calendario abierto antes, rayado en
otros apellidos y el mío garabateado debajo o al lado.
Honestamente, estoy con ella más de lo que necesito porque
jodidamente me gusta estar ahí.
Quiero estar ahí.
Pero ella está conmigo por obligación.
En mi camino de entrada, saco mi teléfono del portavasos y busco su
nombre. Escribo un mensaje de texto cancelando la sesión del domingo
que acabo de confirmar, pero antes de que pueda presionar enviar,
recuerdo lo que me dijo mi entrenador.
Ella gana más cuando trabaja conmigo, así que tal vez si me atraso de
nuevo, solo un poco, puedo pasar más horas con ella. Tal vez entonces
pueda respirar un poco más tranquila, hacer menos turnos en su segundo
trabajo y pasar más tiempo en casa con su bebé.
Borro el texto y envío uno nuevo.
Y luego miro mi teléfono, con una ansiedad inesperada en mis entrañas
mientras espero su respuesta.
Meyer
El monitor de la bebé emite un pitido a mi lado, haciéndome saber que
Bailey está comenzando a moverse, lista para su alimentación matutina.
Me siento, limpiando el sueño de mis ojos y toco mi pantalla para ver la
hora.
Mis costillas se contraen instantáneamente, la notificación de texto que
llegó menos de diez minutos después de que Tobias se alejara anoche
todavía está en mi pantalla.
Supe cuando sonó que sería él, ya que la única otra persona que me
llamaría tan tarde todavía estaba aquí cuando sonó, y efectivamente,
media hora más tarde cuando me atreví a mirar, fue su nombre lo que
encontré.
No lo abrí.
No sé si me hacía sentir más ansiosa o asustada, pero de cualquier
manera, su mensaje sigue esperando.
Y va a tener que esperar un poco más.
Me levanto de la cama y entro en la habitación de Bailey justo cuando
llega su suave llanto.
―Ven aquí, bebita ―susurro, levantándola en mis brazos, agarrando
su chupete y su manta y llevándolos conmigo.
Ella se queja cuando apoyo mi almohada contra el cojín del respaldo
del sofá cama y me siento. Metiendo mi edredón en mi regazo, bajo a
Bailey y empiezo a alimentarla.
Sus ojos se acercan a los míos y le sonrío, rozando con las yemas de mis
dedos el poco cabello oscuro que tiene.
―Hola, Bae, ¿estás mirando a mamá? ―Le paso el dedo por la nariz y
su manita se mueve, así que le doy la mía.
Ella envuelve sus dedos alrededor de mi pulgar, sonriendo a mi
alrededor.
―Mi niña fuerte. ―Una risa baja me abandona cuando bajo la cabeza
para besar la suya―. Te estás poniendo tan grande.
Mañana cumplirá cuatro meses y el tiempo ha pasado tan rápido que
es casi aterrador.
Ella sonríe, se ríe y se da la vuelta con facilidad. Su espalda se fortalece
cada día, por lo que estará sentada con un poco de ayuda en poco tiempo.
Espero estar con ella cuando lo haga.
Sus ojos recorren mi rostro y cabello, y luego el área a mi alrededor,
pero no pasa mucho tiempo antes de que su pequeño agarre se afloje. Se
está quedando dormida de nuevo, así que la levanto hasta mi hombro, le
doy palmaditas en la espalda hasta que se tranquiliza y me deslizo un
poco más abajo sobre la almohada del brazo.
Mis ojos se deslizan hacia mi teléfono una vez más, frunciendo el ceño.
Lo recojo, pasando el cursor sobre la notificación.
Mis pulmones se llenan con una fuerte inhalación, y mientras leo lo que
el hombre tenía que decir, el hoyo en mi estómago se hace más profundo.
Creo que esperaba que me cancelara.
Podría haber pensado que me interrogaría.
Sin embargo, una cosa es segura.
Definitivamente no anticipé que su mensaje de texto tendría una oferta,
preguntándome si quería tener nuestra sesión del domingo por Zoom
para poder quedarme en casa con mi pequeña, como él la llamó.
Debe haberse sentido obligado a sugerir un cambio en la rutina que
tenemos y eso no es justo para él.
Por lo tanto, declino cortésmente, y solo después de presionar enviar
recuerdo que solo son las cinco de la mañana.
Resoplando, dejo caer mi teléfono a mi lado.
Lo que sea, no hay nada que pueda hacer al respecto ahora,
probablemente ni siquiera se dará cuenta cuando fue enviado cuando lo
vea.
Un bostezo sale de mis labios, así que cierro los ojos.
Mi alarma va a sonar, muy suavemente, en unos quince minutos, y
después de eso, tendré unas dos horas, si tengo suerte, para terminar
algunos de mis trabajos de clase antes de que ella se despierte lista para
jugar. Entonces, dejo caer mi brazo sobre la cama y cierro los ojos durante
los últimos minutos de calma que tendré durante todo el día.
Antes de que haya tenido la oportunidad de respirar por completo, mi
teléfono vibra en mi palma.
Dios, lo desperté.
Tobias: Ese es el strike número dos, Tutora Girl. Cuidado, el tercero podría
venir con algo de calor.
10 término utilizado en el béisbol para describir una carrera desde el plato hasta la primera base.
―¿Ambas cosas?
Se ríe, empujándome.
―Solo ten cuidado, mi hombre. Por tu bien y el suyo.
―Te escucho, mi hombre.
Él sacude su barbilla, dirigiéndose hacia las duchas, y salgo.
Doblo la esquina, sacando mi teléfono de mi bolsillo.
―¿A dónde huyes con tanta prisa?
Mis zapatos rechinan contra el suelo recién pulido y giro la cabeza hacia
la derecha para encontrar al entrenador apoyado contra la puerta de la
sala de equipos.
―A tutoría, entrenador.
Mira el reloj en la pared, deslizándose lentamente hacia mí.
―Sabes que tus calificaciones cayeron en dos clases según el registro
del viernes, pero los libros muestran que tuviste el doble de sesiones la
semana pasada... ¿estás seguro de que estás obteniendo el valor de tu
tiempo?
―Sí, entrenador, lo hago.
Entrecerrando los ojos, asiente.
―Supongo que Meyer no te está dando más problemas.
―No. ―Mis labios se curvan―. Se está acostumbrando.
Poco a poco, pero cada vez más y más.
―Debe haberlo hecho, ya que son más de las nueve y ustedes dos
tienen una cita. ―Inclina la cabeza, mirándome.
―Oye. ―Lanzo mis llaves al aire, atrapándolas en mi palma abierta―.
Dijiste que me tomara todo el tiempo que quisiera, ¿verdad?
―Dije que te tomaras todo el tiempo que necesites.
Mi frente se pellizca con un ligero ceño fruncido, pero me río cuando
su sonrisa se desliza y se empuja de la pared.
―Me alegro de que seas dedicado, hijo. ―Su mano se levanta,
sujetando mi hombro―. Después de la UNR, se avecina un equipo duro,
y seguirán los exámenes parciales.
Un pensamiento me golpea y me giro para verlo de frente.
―Sobre eso...
Meyer
Tobias se prepara y envía la pelota volando hacia la cerca que está a
poco más de veinte metros antes de agacharse para recoger otra. Me lanza
una mirada por encima del hombro y sonríe cuando me atrapa mirándolo.
―¿Cuánto tiempo más tenemos?
Saco mis dedos de los de Bailey y toco la pantalla de mi teléfono.
―Diez minutos para guardar, veinte hasta que tenga que estar en la
escuela.
Él asiente, vuelve a lanzar la pelota unas cuantas veces más antes de
apresurarse a limpiar su desorden.
Mis manos sosteniendo las de Bailey, y se para en mi regazo, saltando
ligeramente sobre sus pies y haciendo pequeños gritos solo para escuchar
su propia voz.
Cuando Tobias regresa, se quita el polvo de las manos en los jeans y se
estira, levantándola en sus brazos y por encima de su cabeza. Él la lleva a
su bolso, se inclina para alcanzar el interior y saca una pelota.
Sosteniéndola frente a ella, le dice algo que no puedo oír, y sus pequeñas
manos encuentran el camino hacia ella, directo a su boca.
Tobias se ríe, pero rápidamente gira la cabeza en mi dirección.
―Es una de juguete, no puede lastimarla ―se apresura a decir.
Mi sonrisa es lenta, pero rápidamente me doy la vuelta,
concentrándome en guardar mis cosas.
Una sensación de hormigueo recorre mis brazos y piernas.
Pensó en ella cuando no estaba conmigo, como lo hizo a los cinco
segundos cuando supo que ella existía. Como lo hizo la semana pasada
cuando salió en busca de este parque, que está a unos pocos kilómetros
del campus, lleno de árboles con sombra y un campo vacío, un lugar en
donde él puede practicar algo, me permite pasar un rato tranquilo con ella
y hacer un poco de trabajo escolar mezclado, como él dijo.
Y luego, lo de anoche.
Insistió en recogerme del trabajo y, cuando lo hizo, llevaba una pizza
de Franny and Joe’s, con la esperanza de poder quedarse un rato. No
podía, no quería decirle que no, pero cuando llegamos ahí, Bailey me
escuchó entrar y se despertó. Él sabía que mi tiempo con ella era corto, así
que sin que yo dijera una palabra, salió por la puerta. Me costó
convencerlo, pero conseguí que aceptara llevarse la pizza con él. Por
supuesto, me envió un mensaje de texto diez minutos después y me dijo
que la dejó en el porche y que Franny se molestaría si la desperdiciaba.
Todo lo que pude hacer fue sonreírle a la pantalla, como me encuentro
haciendo cada vez que pienso en él.
Mi cuerpo se vuelve pesado y cálido.
Para los demás en el campus y cualquier otra persona que apueste por
lo que afirman los medios, él es el Pitcher Playboy con una mente única,
cinturón suelto y moral más relajada. El ególatra que prospera con la
prensa y la publicidad, y sí, podría ser algunas de esas cosas.
Él podría ser todas esas cosas, Meyer.
Se me hace un nudo en la garganta y trago saliva, dejando atrás el
miedo y la esperanza.
Él podría ser todas esas cosas.
Podría salir, tomando todo lo que se le ofrece, y se le ha ofrecido mucho.
No es ningún secreto que a las chicas les gusta presumir. Una mina de
oro.
Un buen momento.
Yo lo hice.
Él podría ser todo lo que la gente dice.
Mirando por encima de mi hombro, mis ojos lo encuentran a él y a
Bailey.
La tiene en un brazo, con su guante y el balde de pelotas en el otro
mientras camina hacia su camioneta. Deja sus cosas en la parte de atrás, y
luego su mano libre vuelve directamente a ella.
Él deja que ella empuje la pelota hacia su boca y le sigue el juego como
ella quiere, fingiendo morderla y tocándole la cabeza con la visera de su
gorra.
Ella suelta la pelota, obligándolo a atraparla antes de que caiga y su
mano vuela hacia su gorra, golpeándola hacia abajo en sus ojos.
Su risa es fuerte, y la siento en mi estómago.
Él podría ser esas cosas.
Él podría ser mío.
Tobias gira su gorra, por lo que ahora se asienta en su cabeza hacia
atrás, y luego esa sonrisa perfectamente torcida apunta hacia mí.
No estoy segura de cómo se ve mi rostro, pero de repente su sonrisa se
afloja, su cuerpo se gira paralelo al mío y sigue avanzando.
Sus pasos son lentos y, a medida que se acerca, baja suavemente a
Bailey sobre la manta que dejamos en el césped antes de que nos trajera
aquí para alimentarla.
Salta sobre la barandilla con facilidad, quedándose una fila por delante
de la que elegí, y cuando tira de su labio inferior entre los dientes, cada
terminación nerviosa de mi cuerpo se dispara.
Su bíceps se flexiona cuando se estira hacia adelante, deslizando mi
cabello de mis ojos con su dedo meñique.
―Ven a mi juego.
Trago saliva y levanta la rodilla izquierda, colocándola en el asiento de
plástico frente a mí.
―Esa no es una buena idea.
Su cuerpo se inclina, sus manos bajan para agarrar la silla de las gradas
a mis costados, y después de una breve mirada a Bailey, acerca su rostro
a centímetros del mío.
―Quiero mirar hacia arriba desde mi lugar en el montículo y verte
sentada ahí, observándome... animándome. ―Su enfoque cae en mis
labios y su lengua sale para lamer los suyos. Sus ojos azules se posan en
los míos―. Ven a mi juego, Tutora Girl.
Mi estómago se hunde, y mi agarre se aprieta en el reposabrazos.
―Lo siento, no puedo.
Intenta no mostrarlo, pero se le forman arrugas a lo largo de la frente y
asiente bruscamente.
―Sí. ―Se empuja hacia arriba, inclinándose para agarrar mi bolso y el
asiento de seguridad de Bailey―. Solo pensé por si tenías tiempo extra o
algo así. Está todo bien. No se te puede pagar durante un juego, ¿verdad?
Mis cejas se estrellan.
―No se trata de eso.
―Todo está bien, Tutora Girl. ―Me lanza una rápida sonrisa, pero es
falsa y sus ojos están vacíos―. Te llevo a la escuela, ¿no?
Sin nada más que hacer, asiento con la cabeza, levanto a Bailey y la
amarro a su asiento mientras él levanta la manta en el piso.
Regresamos a la escuela en minutos, y él se va igual de rápido.
Tobias no me llama esa noche.
Llega la noche siguiente y estoy saliendo de una sesión tardía en la
biblioteca cuando me encuentro pasando junto a un grupo de chicas que
deben haber llegado del juego... el juego al que él me pidió que fuera.
Están vestidas de pies a cabeza con atuendos de béisbol de Avix, números
pintados en sus mejillas y cintas rizadas en su cabello. Están sonriendo y
riendo, después de haber disfrutado de su noche de viernes bajo las luces
del estadio.
Sigo adelante de ellas, pero reduzco el paso cuando una de las chicas
pregunta:
―¿Crees que Tobias estará ahí esta noche?
―Irá si Vivian se lo dice ―bromea otra.
La rubia alta y de piernas largas se ríe.
―Ese barco ya zarpó, cariño.
―Por favor, todo lo que tienes que hacer es llamarlo.
―Sí, hazlo por el bien común ―bromea otra chica.
―Chicas, nunca hemos tenido citas nocturnas ―bromea Vivian.
Sus amigas se ríen y de repente el aire se siente denso, así que acelero
mis pasos a casa.
Bianca tiene una cita esta noche, así que me besa en la mejilla y sale
corriendo por la puerta solo unos minutos después de que yo la atravieso.
Bailey está dormida y Bianca dijo que no se despertó para comer hace
más de una hora, así que no se levantará hasta las tres o las cuatro de la
mañana, dependiendo.
No tengo trabajo escolar que hacer ya que me quedé despierta la mayor
parte de la noche adelantándolo, y ya arreglé mi agenda para la próxima
semana. Echando un vistazo rápido al reloj, decido hablar con mi
hermano ya que perdí su llamada, no solo esta mañana, sino también
anoche, pero desafortunadamente una vez más somos incapaces de
conectar horarios, y su correo de voz es todo lo que recibo.
Un largo suspiro sale de mis labios y me arrastro para ponerme de pie,
con el monitor de bebé y una manta en la mano, salgo al patio trasero, me
dejo caer en la silla y miro hacia el cielo que se oscurece.
Los viernes por la noche se ven muy diferentes de lo que solían ser, no
es que alguna vez me gustaran las fiestas, pero salía de vez en cuando, y
a veces era divertido.
Me pregunto si esa chica Vivian hizo lo que querían sus amigas y llamó
a Tobias.
Me pregunto si ellos también lo hicieron.
No hay nada que diga que él no salió por su cuenta.
Giro mi teléfono en mi mano, limpiando la mancha en la pantalla.
Mis dedos están ansiosos por enviarle un mensaje de texto, una molesta
necesidad de saber qué está haciendo que me pica la piel. Siempre podría
enviarle un mensaje de texto para felicitarlo por otra victoria más, ver qué
dice...
A la mierda.
Le envío un mensaje de texto, y en el momento en que presiono enviar,
me encojo en mi silla, y mis manos se levantan para cubrir mi rostro.
Dios, Meyer. Qué patética.
No es como si un mensaje me dijera si está fuera, ¡y qué si lo está! Puede
hacerlo.
Pero no quiero que lo haga.
Tapándome la boca con la manta, gimo y cierro los ojos con fuerza.
―¿Qué diablos estás haciendo, Meyer? ―Me regaño a mí misma.
No seas tonta…
Mi teléfono suena y mi aliento se aloja en mi garganta.
Mi pecho se calienta con inquietud y emoción, cosas que no van juntas
pero que se sienten por igual.
Mordiéndome el labio, tomo mi teléfono y lo abro para leer su mensaje.
Tobias: Soy una bestia, Tutora Girl. Deberías saberlo a estas alturas.
Tobias
―Si se despierta, la oiremos. Si no es porque está a tres metros de
distancia, es por esto. ―Meyer levanta el monitor y lo sacude.
Observo la puerta de conexión.
―¿Qué tan efectivas son esas cosas? Porque este es un hotel gigante y
hay otra puerta que lleva a esa habitación.
―Dos si cuentas la otra puerta lateral.
Mi cabeza se precipita hacia la suya y Meyer se ríe.
―Oh, Dios, la puerta está literalmente entreabierta. ―Lucha contra una
sonrisa cuando mi mirada se profundiza―. Bien, okey. Puedo encender
esto, caminar todo el camino hasta mis botes de basura en el callejón, y
escucharla bien. No lo hago… pero puedo. Lo probé con la horrible voz
de canto de Bianca. ―Sonríe.
Me recuesto en la cama, mirando a través del hueco de la puerta.
―¿Qué estás haciendo? ―Se burla.
―Si me recuesto un poco más… ―Mi espalda se estira, y mis manos
agarran el borde del colchón―… creo que puedo ver el borde del corral…
¡oh mierda!
Me deslizo por el borde de la maldita cama, mis papas fritas caen y se
derraman a mi alrededor.
Meyer comienza a partirse de risa, levantando la mano para cubrirse la
boca.
―Será mejor que dejes de reírte ―le advierto, pero la chica se ríe aún
más fuerte―. Oh, crees que es divertido, ¿eh? ―Sonrío.
Niega con la cabeza, tratando de decir un “lo siento” pero no puede
parar de reír. Su palma cae sobre el edredón, así que rápidamente levanto
mis brazos del suelo, agarrándola por la muñeca.
La jalo, agarrando su otra muñeca mientras cae justo encima de mí. Sus
palmas se aplanan sobre mi pecho y se ríe, casi ahogándose, pero luego
levanta la cabeza, con su cabello aún suelto y cayendo frente a ella.
Su risa muere en sus labios y se aclara la garganta.
Puedo verlo en sus ojos. Quiere coquetear, pero más que eso, quiere que
coquetee con ella.
Y luego quiere lo que sigue.
El tirón en su núcleo, el calor entre sus piernas, del tipo que solo quema
profundamente con el toque de un hombre.
Un hombre que la desea demasiado.
¿Qué te detiene, bebé?
Su barbilla se hunde y me mira a través de sus pestañas.
―Te importa si uso tu ducha, no quiero despertarla después del largo
viaje de hoy.
Asiento con la cabeza, la idea de ella desnuda en mi habitación envía
una sacudida a través de mí.
Mi pene se espesa, endureciéndose debajo de ella, así que rápidamente
la giro sobre su espalda, levantando mis caderas para que ya no toquen
las suyas y antes de que pueda sentirme crecer.
Me levanto de un salto, ofreciéndole mi mano y sonriendo por la forma
en que sus labios se han separado.
―Pon tu mano en la mía, Tutora Girl.
Una risa embriagadora la deja y hace lo que le pido, permitiéndome
levantarla.
―La ducha es toda tuya, Tutora Girl ―gruño, dejándola ir.
Se cuela en su habitación y regresa en silencio con algo de ropa y una
bolsa de supermercado con sus jabones. Sus ojos se deslizan hacia los míos
cuando llega a la puerta del baño, pero rápidamente la abre, encerrándose
dentro.
La ducha se abre, y dejo escapar un largo suspiro, dejándome caer en
mi cama mirando hacia el techo.
Mierda, esta chica.
Golpeo mi cabeza contra la almohada, riéndome de la ironía de la
situación.
Yo, Tobias Cruz, el playboy de la prensa sensacionalista, durmiendo en
una habitación de hotel con una chica a la que ni siquiera puedo rogarle
que me toque. Por supuesto que ella es la que quiero que me toque.
Quiero que entre en la ducha, y luego me llame para unirme a ella,
permitiéndome el placer de follarla empapada, de hacerla chorrear, la
tendría tan mojada.
Tan encendida.
Se quemaría de adentro hacia afuera, como yo.
Mi mirada cae con mi exhalación, congelándome cuando mis ojos se
encuentran con el largo espejo en la pared... directamente frente a la
puerta del baño, la puerta del baño esmerilada.
Lentamente, me empujo hacia arriba mientras Meyer, al otro lado, se
quita la ropa.
No puedo ver su cuerpo, pero su forma es clara, es una silueta perfecta.
Es curvilínea y suave y una maldita mujer perfecta.
Y esa mujer deja de moverse, dudando donde se encuentra por quién
diablos sabe qué razón, y mi cuerpo juega conmigo, se tensa, se flexiona
y duele, la anticipación jodidamente me quema hasta el centro.
Sin embargo, solo dura un momento, y luego suena el chirrido de la
puerta de la ducha, y su figura desaparece cuando entra.
Mis ojos se cierran y me sintonizo con el sonido del agua cayendo, con
la forma en que se vierte más fuerte y luego más suave, lo que me permite
crear una imagen de sus movimientos exactos en mi cabeza. Antes de que
me dé cuenta de lo que estoy haciendo, mis músculos se tensan, y mis
párpados se abren para encontrar mi pene duro y en mi mano.
Mi pecho sube y baja rápidamente, y aprieto mi eje, desesperado por
aliviar el dolor que me ha creado el mero pensamiento de Meyer. Gimo,
bombeándome en mi mano una, dos veces, y mi cabeza cae hacia atrás.
Me imagino el hueco de sus pechos y el ancho de sus caderas, de su
culo alegre e imagino la sensación suave como la seda de deslizarme entre
ellos.
Mi pene palpita, y mi respiración se entrecorta cuando empujo mi
mano, pero luego mi cuerpo se congela y me sobresalto, mis manos
vuelan a mi cabeza y me froto la cara.
Demasiado mortificado para girar mi cuerpo, dirijo mis ojos hacia esa
segunda habitación donde duerme una pequeña.
La vergüenza me inunda, y me lanzo hacia el pequeño segundo
fregadero, rápidamente salpicándome agua en el rostro.
Golpeo mi frente mientras agarro la encimera, doblándome por la
cintura.
Tomando una respiración profunda, me enderezo, girando sobre mis
pies, y justo cuando lo hago, la puerta del baño se abre y Meyer sale.
Y que me jodan, una camiseta vieja nunca se vio tan bien. Una que es
demasiado larga para que sepa qué hay debajo, si es que hay algo.
Su cabello está suelto y colgado a un lado sobre su pecho, las puntas
chorrean, justo donde se asoman sus pezones.
Se detiene bruscamente cuando se da cuenta de que estoy justo aquí, a
no más de dos pies frente a ella, y esos ojos marrones suyos se elevan.
Suelta una risa nerviosa.
―Me asustaste.
Mis dedos anhelan tocarla, acercarla más, y creo que lo sabe, porque la
esquina de sus ojos se arruga un poco.
Tiene miedo, pero no de mí, sino de lo que pueda pasar después.
Su lengua se asoma, deslizándose ansiosamente por sus labios, y de
repente estoy duro de nuevo.
―Se está haciendo tarde, realmente deberíamos ir a la cama ―apenas
susurra.
No tiene idea de la efectividad que tiene su tono accidental, es rico y
gutural, sexy. Un indicio involuntario de su deseo no tan bien escondido.
Me está sintiendo, y quiero que se rinda.
Que ella solo acepte, porque, fóllame, estoy listo para dárselo.
Le daré todo lo que quiera si pone esos labios sobre los míos.
Yo haré todo el trabajo, solo necesito que ella haga el movimiento.
Haz el movimiento, bebé...
No lo hace. En su lugar, gira su cuerpo para que pueda deslizarse a mi
lado sin siquiera rozarme, pero antes de que pueda desaparecer en su
habitación, me giro, lanzando mi mano para agarrar su muñeca,
manteniéndola ahí.
No me atrevo a girarme hacia ella, no si el despido es lo que encontraré
ahí, así que mientras miro el lugar donde ella estaba, digo:
―Dime que te gusto.
Cuando su muñeca se contrae en mi palma, mis ojos se encuentran con
los suyos, aunque mi cuerpo permanece de espaldas.
―Tobias... ―Sus hombros se encogen.
―Solo... ―Mierda. Me giro hacia ella, entrando pero sin cruzar el
umbral de nuestras puertas comunicadas―. Al menos dime que no odias
estar aquí.
Ella se ablanda ante mí. A su lado, su mano comienza a alcanzarme, tal
vez incluso inconscientemente, porque en el último segundo se da cuenta
y la vuelve a bajar a su costado.
―No odio estar aquí ―murmura, su barbilla baja mientras sus ojos
sostienen los míos.
No me pierdo el toque de color que se eleva a lo largo de su cuello, o la
forma en que los dedos de sus pies comienzan a enroscarse en la alfombra
debajo de sus pies.
Mi sonrisa es lenta.
―Te gusta estar aquí, ¿no?
Su risa es ronca y baja, y ahora una pequeña sonrisa juega en sus labios.
―Buenas noches, campeón.
Muerdo la mía, sin querer apartar los ojos de ella.
―Buenas noches, Tutora Girl.
Serás la protagonista de mis sueños esta noche.
Tobias
―Okey, ¿qué pasa? ―Meyer pone el libro de texto boca abajo, con
cuidado de no perder la página en la que estamos.
―Son casi las ocho.
―Lo sé, lo siento, por lo general ya se hubiera vuelto a dormir. ―Echa
un vistazo a su corralito, y los ojos de la pequeña están empezando a
cerrarse―. Una vez que se duerma, esto irá un poco más rápido.
Deberíamos tener al menos una hora sin interrupciones.
―¿Qué? No. ―La inmovilizo con una expresión fija―. Eso no es en
absoluto por lo que dije eso. En todo caso, ella está evitando que me
desmaye por aburrimiento.
Una breve carcajada deja a Meyer.
―Okey...
Mierda. Okey.
―¿Hay alguna posibilidad de que pueda dormir en su asiento de auto,
solo por un corto viaje de veinte minutos?
Ella inclina la cabeza, sospechosa.
―No tengo que estar en el campo por unas horas.
―Soy consciente.
―¿También sabes que Poly está en San Luis Obispo?
―¿Soy consciente de en qué ciudad estoy en este momento? Eso sería
un sí. ―Lucha contra una sonrisa―. ¿Qué pasa contigo?
Sostengo su mirada, y después de un momento, la suya se amplía.
Comienza a negar con la cabeza, pero yo ya estoy asintiendo con la mía.
―Tobias, no.
―Vamos.
―De ninguna manera.
―Por favor, acabas de decir que tenías hambre, pero el servicio de
habitaciones apesta. Este es el desayuno gratis.
―No…
―Necesito una razón para irme al poco tiempo de llegar ―sale volando
de mi boca antes de que pueda siquiera pensarlo, y ahora Meyer me mira
con recelo. Me encojo de hombros―. ¿Me ayudas, Tutora Girl?
Se muerde el labio, mirando a Bailey, y cuando sus ojos vuelven a los
míos, sé que la tengo.
A casa de mis padres vamos.
A la maldita velocidad de Dios.
Meyer
Cuando nos detenemos frente a una pequeña casa pintoresca a solo un
kilómetro de la playa, los nervios comienzan a erizar mi piel.
Esta no es una buena idea. De hecho, es horrible.
Se van a hacer una idea equivocada.
Tengo una hija y vengo aquí con su hijo, un hombre al que le faltan
unos meses para firmar un contrato de no menos de un millón de dólares,
y eso es ser increíblemente humilde. Si la simple vista de mí no grita
cazafortunas, no sé qué lo hace.
―Tal vez esto es una mala idea. ―Me giro hacia él, pero estoy un poco
sorprendida cuando encuentro la misma expresión tensa escrita en sus
cejas―. ¿Tobias?
―¿Podríamos encontrar un restaurante en algún lugar en su lugar?
―dice, mirando de la casa a mí―. Podría decirles que se me acabó el
tiempo o… ―Suspira, dejando caer la cabeza contra el asiento.
No tengo la oportunidad de decir nada más y nuestra ventana para
alejarnos desaparece cuando en ese momento se abre la puerta principal
y una mujer de cabello oscuro, tal vez de cincuenta y tantos años, se revela
del otro lado.
Tobias me mira, y la ansiedad dibuja arrugas a lo largo de su frente.
Como dije, probablemente sea una idea horrible, pero no es que seamos
una pareja y este sea un gran paso.
No es que haya un propósito más profundo en mi venida aquí con él
hoy.
Da la casualidad de que estoy de gira con él, como su tutora, y él está
siendo amable al incluirme.
Si conocen a su hijo, y estoy segura de que lo hacen, deberían verlo por
lo que es.
Entonces, desabrocho mi cinturón de seguridad, y esas arrugas a lo
largo de la frente de Tobias crecen, pero él hace lo mismo, y luego las
sacude.
Fuera de la camioneta, desengancho el asiento de seguridad de Bailey
de su base y la jalo hacia el borde del asiento, pero Tobias aparece de
repente, sacándome del camino. Él la agarra suavemente, extendiendo su
mano para tomar la pañalera también.
Nos saluda en la puerta su mamá, quien le sonríe alegremente a su hijo
y lo toma en sus brazos.
―Hola, mamá.
―Mírate, tan grande y fuerte. ―Ella le aprieta los brazos y él se ríe,
luego, sus ojos se posan en el asiento de automóvil en sus manos y
sonríe―. Oh, vaya, ¿quién podría ser? ―Su palma cae sobre su pecho.
Mis ojos se lanzan hacia Tobias, dándome cuenta de que no le dijo que
íbamos a venir, pero él también está mirando a Bailey. Ella está
profundamente dormida, con su lazo rosa todavía en su lugar, en una
combinación perfecta con su vestido de sandía y sus botines.
―Tan pequeña ―canturrea su mamá antes de voltearse hacia mí y
saludarme―. ¿Ella debe ser tuya?
―Así es. ―Sonrío y le ofrezco mi mano, pero ella me atrae para darme
un abrazo rápido. Me río nerviosamente y paso a su lado cuando nos hace
entrar, pero no antes de ver el pequeño cartel sobre el timbre del que
Tobias me había hablado.
El lugar es luminoso y acogedor, las paredes son de un gris suave y las
persianas de un blanco cegador, todo está abierto para dejar entrar el poco
de sol que el día tiene para ofrecer.
Su mamá llama a gritos a su esposo y rápidamente me señala con su
sonrisa.
―Está mirando la estufa.
Tobias se aclara la garganta.
―Mamá, ella es…
―Su tutora ―me apresuro, por si acaso.
Su mamá mira de mí a su hijo.
―Mi tutora ―repite lentamente, y puedo sentir el peso de su mirada,
aunque lo ignoro―. Cuyo nombre es Meyer, y esta pequeña dormilona es
Bailey, su hija.
Su mamá sonríe.
―Soy Olivia, y este es mi marido, Garro. ―Ella agita una mano hacia
el hombre que se une a nosotros.
Es tan guapo como su hijo, alto con la misma línea de mandíbula fuerte,
pero su cabello, aunque es igual de oscuro, está salpicado de gris y sus
ojos son de color marrón oscuro.
El azul viene de su madre.
―Es un placer conocerlos a ambos.
―Igualmente, y el desayuno está listo. ―Oliva asiente―. Solo necesito
terminar algunas tortillas más.
―¿Puedo ayudar en algo?
―No, no, cariño. Ven a la mesa cuando estés lista. ―Ella sonríe,
desapareciendo en la cocina.
Su esposo se adelanta para abrazar a su hijo, mencionando algo que no
entiendo, y paso mis manos por mis pantalones, girándome para agarrar
a Bailey como una excusa para hacer algo.
Tobias, por supuesto, no suelta el asiento para autos, pero le dice a su
papá que entraremos enseguida y me lleva a la esquina de la sala de estar,
donde suavemente coloca la silla.
―No quería que me interrogara y…
―Shh ―lo interrumpo, buscando en la pañalera los monitores para
bebé y colocando uno en la pequeña mesa al lado de Bailey―. No quiero
que suene como si estuviéramos chismoseando.
―A mi mamá le encantan los chismes, solo pregúntale.
Sonrío, y con uno a juego, señala con la cabeza hacia la puerta por la
que pasó su madre. Siguiéndolo, entramos en la habitación de al lado, y
elijo un asiento frente a él en la mesa estilo picnic.
En el centro se encuentran tazones de cebolla recién cortada, cilantro y
algunos tipos diferentes de salsa. Su papá baja las proteínas frente a
nosotros mientras su mamá trae un recipiente lleno de tortillas calientes.
―Espero que te gusten los burritos de desayuno. ―Ella sonríe.
―Sí, gracias.
Todos se acomodan, se sirven y comenzamos a comer, Tobias y sus
padres se ponen al día con las cosas que se han perdido.
Se ríen de algo que sucedió durante su última visita y su madre le
cuenta sobre los proyectos que su padre tiene en casa y comparte
actualizaciones sobre su sobrino.
Tobias se lo come todo, sonriendo y haciendo preguntas a medida que
surgen en su cabeza mientras disfruto de la comida frente a mí.
―Sabes que tu hermano terminará su residencia este invierno, ¿no es
emocionante? ―dice su mamá, llamando mi atención.
―Wow, eso es increíble.
Los ojos de Tobias se clavan en los míos y sus codos se apoyan en la
mesa mientras vuelve a concentrarse en su plato.
―¿No es así? ―Olivia sonríe, alcanzando el tazón de papas fritas―.
Tobias, ¿me escuchaste?
―Sí, mamá. Te escuché. Genial.
Los ojos de Olivia parecen entrecerrarse.
―Entonces, ¿cuándo crees que…?
―Cariño. ―Su padre interviene suavemente.
―Solo iba a preguntar cuándo cree que será el momento de dejar de
jugar un juego de niños y tomar la escuela en serio.
Mi aliento se aloja en mi garganta ante su tono alegre, ella lo dijo como
si fuera la pregunta más inocente.
Como si no fuera un completo y total insulto para el hombre que está
frente a mí, que se niega a levantar la vista y participar en la conversación,
que debe haber sentido a dónde iba en el momento en que se mencionó a
su hermano.
Estoy bastante segura de que mis ojos se están saliendo de mi cabeza.
―Quiero decir que ni siquiera vienes a vernos, estás tan ocupado
saltando de ciudad en ciudad, faltando a clase mientras lo haces, ¿y para
qué? ¿Para lanzar una pelota, y buscar peleas con personas como en la
preparatoria? ―Ella niega con la cabeza―. Si tu hermano no me hubiera
llamado para decirme que ibas a estar en la ciudad, probablemente no te
habría visto hasta Navidad, si es que hubieras venido. Sé que solo hiciste
el viaje el año pasado porque querías conocer a tu sobrino.
―Vendré para Navidad, mamá. ―Bebe un trago, todavía con la cabeza
agachada.
Y entonces sucede lo peor. Olivia se voltea hacia mí.
―Meyer. ―Tobias se tensa como yo―. Entiendes la importancia de la
escuela, ¿verdad? ¿Eres estudiante también?
Asiento con la cabeza, deseando que deje de hablar.
―Meyer tiene un promedio de 4.0, lo tiene desde el primer año
―comparte Tobias, y sus ojos saltan a los míos brevemente, feliz de alejar
la conversación de él.
Pero creo que solo alimenta aún más el punto de su madre.
Sus manos se levantan en el aire y él asiente brevemente.
―Por supuesto que sí, porque sabes lo que se necesita para tener éxito
en la vida. Trabajo duro y dedicación. ―Ella mira a Tobias―. Tu hermano
también lo sabía. Trabajó duro y entró en la escuela de medicina. Viste el
tiempo que dedicó a sus estudios, y pensé que aprenderías algo al
presenciar eso.
―Mamá, por favor.
―Tobias, lo digo en serio, cariño. ―Lo triste es que su tono muestra
verdadera preocupación―. No hicimos todo lo que pudimos para
asegurarnos de que pudieras ir a la universidad…
―Tienes razón, mamá ―la interrumpe con un tono firme, pero
respetuoso―. No lo hiciste. Si recuerdas bien, yo lo resolví con la ayuda
de alguien que realmente creyó en mí.
El monitor emite un pitido y, antes de que pueda siquiera intentar
ponerme de pie, Tobias lo hace. Dado que su necesidad de escapar es
mayor, me quedo sentada, ofreciéndole una sonrisa tensa cuando
realmente quiero mirarlo.
No pierde el tiempo, se aleja pisando fuerte, pero se relaja cuando llega
a Bailey, su voz no es más que tierna y paciente a través del monitor.
―Te tengo, bebita.
Los ojos de su madre caen sobre la mesa y solo unos momentos después
nos llega el sonido de la puerta principal.
―Apuesto a que la llevó a ver las gallinas. ―La sonrisa de su padre es
preocupada mientras se pone de pie―. Iré a hacerle compañía.
Su madre se pone de pie y comienza a llevar los platos a la barra, así
que me levanto para ayudarla.
Se queda callada durante varios minutos, y estoy más que feliz de
seguir sus pasos, así que trabajo a su lado en silencio.
Una vez que todo está guardado, Olivia agarra una bandeja de tostadas
con canela y la sigo a la sala de estar.
―¿Sabes que mi esposo lo entrenó cuando era joven? Bueno, hasta que
Tobias fue demasiado terco para escuchar una palabra que su padre tenía
que decir. ―Sus labios se contraen, pero rápidamente se sacude el
sentimiento―. En la preparatoria, era tres veces más problemático que
Talon. Era tan testarudo y no podía importarle menos las cosas que no le
interesaban. Estuvo en pelea tras pelea, con poco o ningún esfuerzo donde
se debía. Si no era béisbol, ni siquiera le dedicaba un pensamiento.
Fuerzo una sonrisa con los labios apretados, descruzando y cruzando
las piernas mientras la ansiedad sube por mi garganta.
―Oh, olvidé con quién estoy hablando. ―Ella niega con la cabeza,
rompiendo una esquina de su postre―. Eres su tutora, ¿verdad?
Asiento, sin confiar en mí misma para hablar en este momento.
―Entonces sabes de primera mano lo que quiero decir.
Mis piernas comienzan a rebotar y miro hacia otro lado, pero mi cabeza
tiembla antes de que pueda detenerla, y luego las palabras se derraman
de mi boca sin permiso.
―De hecho, no. ―Mi voz es baja, pero se escucha.
Sorprendida, levanta la vista de su taza.
―¿Disculpa?
Ya lo dije, así que no puedo retractarme ahora. Hago todo lo que puedo,
le ofrezco una sonrisa tensa y continúo.
―Lo siento, pero no sé a qué se refiere.
Sus ojos se estrechan un poco, y se sienta en su silla.
―Tobias tiene problemas con la escuela, claro, pero no en todas las
clases y nunca hasta el punto de reprobar. Trabaja muy duro para
mantener su promedio general y si comienza a bajar, hace lo que tiene que
hacer para recuperarlo.
―Sí, cariño, para mantener su promedio general. ―Asiente―. Así
puede permanecer en ese equipo olvidado de Dios, no lo hace por su
futuro.
―El béisbol es su futuro.
―El béisbol es un juego, un pasatiempo, no una vida. ―Empuja hacia
el borde de su asiento, con un toque de insulto en su tono.
―Lo siento, señora Cruz, pero está equivocada.
Tobias
Al pasar por la puerta trasera, encuentro que la mesa de la cocina ahora
está vacía.
Deben haberse instalado en la sala de estar.
Palmeando la espalda de Bailey, nos dirigimos hacia ellas, pero luego
la voz de mi madre viaja a través del monitor de bebé que no se apagó, y
me detengo donde estoy mientras Meyer le dice:
― Lo siento, pero no sé a qué se refiere.
Trago, rebotando un poco cuando Bailey comienza a moverse,
preguntándome qué quiere decir con eso, pero no tengo que preguntarme
mucho.
―Tobias tiene problemas con la escuela, claro ―le dice―. Pero no en
todas las clases y nunca hasta el punto de reprobar. Trabaja muy duro y
mantiene su promedio general y si comienza a bajar, hace lo que tiene que
hacer para recuperarlo.
Mis labios se contraen.
―Sí, cariño, para mantener su promedio general. ―Mi mamá casi se
burla―. Así puede permanecer en ese equipo olvidado de Dios, no lo hace
por su futuro.
―El béisbol es su futuro. ―Meyer responde al instante.
―El béisbol es un juego, un pasatiempo, no una vida.
Un agudo pinchazo atraviesa mi pecho.
Maldita sea, mamá.
―Lo siento, señora Cruz, pero está equivocada ―le dice Meyer, y mis
músculos se calientan.
―Mi hijo se niega a mirar el futuro como debe hacerlo un hombre. Tuvo
un modelo a seguir en su padre y luego en Talon. Su hermano va a ser
médico, por el amor de Dios. Eso es algo para celebrar.
Sacudo la cabeza y empujo la puerta, pero una mano en mi hombro me
detiene y miro para encontrar a mi papá parado ahí.
―Tobias. ―La sonrisa de mi padre es de arrepentimiento, pidiéndome
en silencio que no lo guarde en contra de ella, pero antes de que pueda
decir otra palabra, Meyer lo hace.
―¿No ve que Tobias es de lo que están hechas las leyendas? ―Meyer
le dice con el más suave de los tonos, y yo inconscientemente me inclino
más cerca de la puerta―. Él es la definición de trabajo duro y
determinación. Empuja, no solo su mente, sino también su cuerpo más
allá de los límites naturales, a veces casi hasta el punto de ruptura, y lo
hace con una sonrisa porque lo ama. Le apasionan sus habilidades, lo que
está haciendo por el deporte hoy será recordado en los próximos años, y
eso solo se duplicará cuando ascienda, y él ascenderá.
Mi pulso se acelera, y trago el nudo en mi garganta.
―Señora Cruz, se espera que Tobias pase a la primera ronda en el draft
de este año, y en caso de que no entienda completamente lo que eso
significa, permítame decirle…
―Entiendo que mi hijo tuvo la suerte de tener una segunda
oportunidad, ingresó a una escuela con un empujón de ese hombre, y en
lugar de trabajar duro como su hermano, lo está tirando todo.
―No quiero restarle valor a lo que ha logrado su otro hijo ―responde
rápidamente―. Porque es asombroso lo que está haciendo, pero más de
veintiún mil estudiantes son aceptados en la escuela de medicina cada año.
Aceptados. No sé si sabe esto, pero poco más de mil doscientos atletas son
reclutados en las mayores cada temporada. Mil doscientos de cincuenta y
dos mil aspirantes y se espera que su hijo sea elegido primero. Uno entre
cincuenta y dos mil, o uno entre mil doscientos, dependiendo de cómo
quiera verlo.
Hay una larga pausa, y mi pecho se contrae con mi mano en la espalda
de Bailey.
―Eso es algo para celebrar. Eso... es algo de lo que estar orgulloso ―casi
susurra Meyer.
Pasa un momento y luego la puerta se abre, y Meyer y yo nos
encontramos cara a cara. Ella se detiene bruscamente, y juro que sus ojos
están nublados.
Ella traga y quiero extender la mano y tocarla, arrastrarla más cerca y
mantenerla ahí, pero se acerca a Bailey antes de que haga un movimiento,
atrayéndola suavemente hacia sus brazos.
―¿Te importaría llevarme de vuelta al hotel? Tengo una llamada para
la que debo estar ahí y Bailey pronto tendrá hambre.
Todo lo que puedo hacer es asentir.
Meyer agradece en silencio a mis padres antes de salir por la puerta
principal, y yo no me quedo atrás.
El viaje al hotel es silencioso, pero mi mente está gritando.
De vuelta en la habitación, deja a Bailey en su corralito e intenta pasar
al baño, pero le bloqueo el camino antes de que pueda.
―Tobias…
―¿Quisiste decir todo lo que dijiste?
Ella mira hacia abajo, pero usando mis nudillos, traigo esos ojos
marrones de vuelta a los míos.
―¿Quisiste decir lo que dijiste?
―No dije nada.
―Dijiste una tonelada, Meyer, diciendo nada en absoluto. ―Mi pecho
arde, y mi sangre está caliente y fluyendo al doble de velocidad.
―Tu hermano siempre es el que les avisa cuando vienes a la ciudad,
¿no es así?
Un ceño cae sobre mí, y miro hacia otro lado.
―Mis padres no siguen mi carrera, pero está bien.
―Y no les dices cuando estás en la ciudad porque todas las
conversaciones llevan al mismo lugar…
―¿Te refieres al dominio de la triste decepción? Sí. ―Oculto el escozor
en mis omoplatos levantando uno―. Pero estoy acostumbrado a eso.
―No deberías estarlo ―susurra, con una suavidad en su voz de la que
no estoy seguro que sea consciente.
―Me sigue a donde quiera que vaya, Tutora Girl ―le digo, forzando la
comisura de mi boca a curvarse hacia arriba―. Hago algo bueno, algo de
lo que puedo estar orgulloso y alguien más viene a derribarlo, a hacerme
repensar cada maldito paso que doy.
La comprensión amanece en ella y una tristeza nubla sus ojos.
―Lidias con eso en casa y en la escuela.
―No sé qué es, pero no puedo escapar de eso. ―Me encojo de
hombros―. Pensé que sería diferente en Avix, nueva ciudad, nuevo
equipo, nueva multitud. Más viejo, más sabio y todo eso, pero luego el
periódico se enteró de mi situación, un adolescente con un historial de un
kilómetro de largo que acaba de obtener una beca completa, después de
haber sido eliminado de la lista de prospectos de todos los demás D1 en
el país, e instantáneamente me convertí en el Pitcher Playboy, el chico malo
en el campus. Es como si tuvieran sed de alguien en quien concentrarse y
se enfocaron en mí. Hago alguna mierda, lo exponen. Hago algo bueno,
lo tuercen.
»El año pasado ayudé a una chica a mudarse de su departamento
después de que sus compañeras de cuarto la abandonaron con todo el
alquiler, y el periódico publicó una historia sobre cómo arruiné los sueños
de una chica pobre, obligándola a abandonar la universidad. ―Me burlo,
negando con la cabeza―. ¿Sabes la parte más mierda de eso? Rompí un
récord escolar esa misma semana, y por alguna razón estaba emocionado,
como: mierda, sí, ahora tienen que decir algo bueno, algo que podría
mostrarles a mis padres, pero no publicaron nada sobre eso.
Su mano cae sobre mi pecho, y sus dedos se extienden mientras inclina
su cabeza un poco más hacia atrás, con sus ojos tensos y fijos en los míos.
―Lamento que tengas que lidiar con eso ―susurra―. Si supieran quién
eres en realidad... ―Niega con la cabeza.
―No me importa lo que piensen los demás, ya no. No si tú me ves de
la forma en que te escuché. ―Extiendo la mano, apartando el cabello de
su rostro, cada músculo de mi cuerpo se tensa mientras sus ojos se
oscurecen ante mí―. Todo lo que dijiste antes. ¿Realmente son esas las
cosas en las que piensas cuando piensas en mí? ¿Piensas en mí?
La mano en mi pecho se contrae, sus pupilas se hacen más grandes,
agitándome profundamente hasta la médula.
Estoy jodidamente adolorido.
Por ella.
Por esto.
Por nosotros.
Da un pequeño paso hacia adelante, pero lanzo mi mano, atrapándola
por el bíceps, y la mantengo justo donde está.
Ella jadea y un ruido sordo sube por mi pecho.
―Acércate más, bebé, y sentirás la prueba de lo que me haces.
Su garganta se balancea, las arrugas se forman a lo largo de su frente, y
lo admito, duele cuando sus pies se arrastran hacia atrás, alejándose de
mí.
Dejo caer mi barbilla, la idea de enfrentar su rechazo es jodidamente
demasiado, pero luego su pequeña mano se desliza hacia abajo.
Mi pulso salta detrás de mis costillas, fuerte, rápido e instantáneo
mientras mis ojos cortan los suyos.
La acompaño hacia atrás, a través de nuestras puertas unidas y no me
detengo hasta que sus hombros tocan la pared de mi habitación. Cuando
traga, deslizo mi pie entre los suyos, moviéndome hasta que su pecho
roza el mío.
Estoy duro como una roca por ti.
Sus muslos se aprietan, y un gemido bajo se me escapa, mis músculos
se flexionan cuando su pequeña mano se atreve más al sur.
Siseo cuando pasa por mis abdominales, deslizándose debajo de mi
camiseta para encontrar el borde de mis calzoncillos.
Su cabeza cae sobre mis pectorales, y su mano comienza a temblar de
necesidad.
―Te deseo ―le digo y lo juro por Dios, ella gime―. Sé que puedes
percibirlo, sentirlo. ―Me inclino hacia adelante, apartando los mechones
sueltos de cabello de su rostro con la punta de mi nariz, con mis labios
rozando su oreja―. Apuesto a que lo sabes desde hace semanas, pero he
sufrido desde hace más tiempo.
Ella se estremece y mi pene se contrae de nuevo.
―No tengas miedo, Tutora Girl ―gruño, frotándome ligeramente
contra ella.
Instantáneamente, su cabeza cae hacia atrás para encontrarse con la
pared, con los ojos entrecerrados y ansiosos. Paso mi pulgar a lo largo de
la llenura debajo de su labio inferior, muriendo por morderlo de la forma
en que la he visto hacerlo tantas veces.
―Tómame, Tutora Girl, juro por Dios que cualquier cosa que puedas
querer, yo quiero más.
Sus dedos se enroscan sobre el elástico de mis bóxers, y da un suave
tirón, su cálido aliento se avienta sobre mi cuello y me vuelve loco.
―Tengo una llamada y tú… te tienes que ir
Un estruendo profundo se eleva desde mi pecho cuando sus dedos se
curvan, clavándose en mis pectorales mientras aprieta mi camiseta. Trató
de razonar consigo misma, pero no sirvió de nada. Su necesidad está
tomando el control.
Estás tan cerca, bebé... vamos...
―Me hiciste una promesa, Tutora Girl, y sé que quieres cumplirla en
este momento ―susurro, dejando que mi mano caiga sobre sus caderas.
La agarro ahí, apretando y ella inhala con fuerza―. Tómala.
Cierra los ojos, levanta la barbilla, pero luego mi teléfono comienza a
sonar, y es un tono reservado para una sola persona.
―Mierda. ―Jadeo, sacando ciegamente mi teléfono de mi bolsillo.
―Hijo ―la voz del entrenador Reid llena el aire.
Al instante, los ojos de Meyer se abren de golpe y se convierte en piedra
frente a mí.
Me sacudo con una risa silenciosa, llevándome el dedo a los labios, pero
ella ya se ha separado de mí, y giro, con el teléfono en la oreja mientras la
veo desaparecer en su habitación.
―Aquí, entrenador. ―Me aclaro la garganta, me ajusto la basura en los
jeans y me muevo rápidamente para tirar mi bolsa de viaje sobre la cama.
Arranco mis pantuflas del bolsillo lateral, las meto en mi bolsa de
juegos y me aseguro de que mi barra negra para los ojos esté en su lugar
después del último juego.
―No quiero que calientes hasta treinta minutos antes del tiempo de
juego de hoy. Ya repasé esto con el resto del personal, pero para cubrir
todas las bases, también te lo digo.
―Entendido, entrenador.
―Estamos saliendo del aeropuerto ahora. Nos vemos en un rato.
Cuelgo, seguido de una risa baja.
Menos mal que no pidió hablar con nadie. No es que él lo anunciara si
se enterara de que yo no estaba en el autobús de todos modos. Si hiciera
eso, tendría que reconocer la regla que dice que los atletas deben viajar
juntos a los juegos fuera de casa. Eso terminaría con mi trasero en el banco
y esa no es una maldita opción.
Necesito llegar antes que el autobús para ir a lo seguro.
Pero primero, necesito cinco minutos con la morena de al lado.
Sonriendo, me deslizo dentro de su habitación, pero la encuentro
sentada en la cama, su computadora portátil abierta, y un tipo aparece en
la pantalla un momento después.
Mi ceño crece.
―Oye ―llamo.
―Está bien, Matt, comencemos con física. ¿Tienes tu hoja de trabajo?
―ella pregunta.
El tipo levanta lo que le pidió, así que retrocedo lentamente.
En el auto rentado, le envío un mensaje de texto rápido y luego me
dirijo al campo.
La sonrisa en mi rostro no se va, y por primera vez en la historia, estoy
más emocionado por el final de un juego que por el comienzo.
Miro mi adolorido pene con un suspiro.
Lo siento, hermano, es un gran día de bolas azules.
Tobias
La pelota pega en el guante de Echo con un fuerte golpe, y mi boca se
curva hacia arriba.
El equipo está en el campo en segundos, pero el Entrenador les gritó la
última vez que se subieron a mi espalda, así que no son más que gritos y
flexiones de músculos, un par de palmaditas en la espalda y un hijo de
puta me quita la gorra de la cabeza.
A Echo, sin embargo, no le importa una mierda si lo regañan.
―¡Ese fue una gran bola curva, hermano! ―Él dobla su gran trasero y
me levanta sobre sus hombros, girando para enfrentar al mejor bateador
de Cal Poly... quien no hizo contacto con una sola pelota hoy.
El pelirrojo me muestra el dedo medio, escupiendo en el suelo, y nos
reímos.
―Maldita sea, Rogers, ¿escupir en tu propio campo? ―Echo se ríe―.
Eso es rudo, mi hermano. Más suerte mañana, ¿eh?
―Jódanse, manténganse alejados de nuestro club esta noche, imbéciles.
―Él mira, chocando con su compañero de equipo mientras retrocede.
―¿A las ocho en punto? ―Echo asiente, poniéndome de pie antes de
envolver sus brazos alrededor de mi cuello y tirar de mí hacia él―. Te
escuché, hermano. Te escuché.
―Eres un idiota. ―Me río, tomando mi guante cuando el entrenador
me lo lanza.
Echo se abre camino hacia el banquillo cuando el entrenador se coloca
frente a mí. Agarra mi hombro por un momento y mantiene sus ojos en
los míos mientras inclina su barbilla un poco. El gesto puede parecer
pequeño para algunos, pero no lo es para mí. Una sensación de orgullo se
hincha en mi pecho y asiento en respuesta.
―Para usted, entrenador.
―No, no hoy. Este equipo no ha perdido contra nuestro programa en
veinte años, hijo, y no solo perdieron en casa, sino que no trajeron a un
solo bastardo al plato. ―Me da un pequeño apretón en el hombro―. Esto
es para ti.
Aprieto la mandíbula cuando las palabras de mi madre de esta mañana
vienen a mi mente, al igual que la forma en que mi padre se sentó y no
dijo nada, pero Meyer lo hizo.
Ella habló cuando yo no podía, y cuando mi padre no lo haría.
Al igual que lo hizo el entrenador la noche en que le rogué a mis padres
que lo dejaran quedarse a cenar.
―Ven a hablar conmigo después de las duchas ―dice mientras se aleja.
Echo trota, se quita el equipo y salta, tratando de atraparme en una llave
de cabeza, pero me libero, arrebatando mi gorra de su mano.
―Vas a salir con nosotros esta noche.
―No, hombre. ―Pongo mi gorra en mi cabeza, moviendo mis ojos en
su dirección.
―Sí, hombre. ―Echo me empuja―. Esta es tu ciudad natal; tienes que
hacérselo saber a estos muchachos de Cal Poly.
―Después de hoy, ¿crees que queda alguna duda?
―Okey, ahí está mi chico engreído.
―Jódete. ―Me río.
―No, Cruz. ―Hace un espectáculo de morderse los nudillos―. Voy a
joder eso. En el suelo, en una silla, contra las malditas paredes del túnel...
Me río, mirando el premio que él señaló, y adivina, ella comienza a
caminar hacia mí.
No es hasta que está al alcance del oído que la mano detrás de su
espalda se hace visible, con un micrófono bien metido en su interior.
La cabeza de Echo cae con un gemido completo.
―Sabemos a quién persigue, me llevaré a la amiga ―bromea,
escapando dos segundos completos antes de que el camarógrafo de la
morena esté al frente y al centro.
Ella levanta una ceja, pero me río, y su sonrisa se convierte en una
sonrisa.
Veo al entrenador mirando hacia aquí. Él me hace una señal con un
pequeño asentimiento para que entretenga a la chica, así que cuando su
mano baja sobre mi bíceps, pongo mi mejor sonrisa.
Ella cambia al modo de secretaria atrevida mientras se desliza más
cerca, mirando de un lado a otro entre la cámara y yo.
―Estoy aquí con el hombre al que todos se mueren por tener en sus
manos, el único Tobias Cruz.
Mi sonrisa se convierte en una mueca y creo que la chica está
complacida.
Es hora de aumentar el encanto hasta diez.
Es como dice el entrenador, la exposición es clave y la personalidad siempre
gana.
Meyer
Bailey estuvo despierta durante toda mi última sesión, pero estaba feliz
y juguetona, así que pude cambiar sus juguetes colgantes varias veces y
terminar la lección sin interrupciones.
En mi anterior llamada no tuve tanta suerte, pero afortunadamente
Freya, la capitana del equipo de natación, pudo entrar de nuevo una vez
que ella se fue a dormir la siesta. En general, el día no fue tan difícil como
esperaba al tenerla conmigo.
Queriendo aprovechar mi tiempo fuera con Bailey, la llevé al
restaurante del hotel para comer un bocado rápido con el crédito de la
habitación asignado por la escuela, ordenando algunas cosas para llevar
a la habitación para aprovechar al máximo. Tomamos las galletas y otras
cosas una vez que termino, y nos ponemos algo que podemos usar en el
agua.
Trato de ignorar el hecho de que Tobias todavía no ha regresado
cuando vi varios uniformes familiares desfilando en el camino hacia aquí.
Dejo nuestras cosas en el suelo, con cuidado nos metemos en el agua y,
al principio, Bailey se pone rígida, su cuerpo se sacude cuando sus
músculos se contraen y le sonrío, alejándola un poco de mi cuerpo. Ella se
lanza hacia adelante, aferrándose rápidamente a mí y se me escapa una
risa baja.
Un poco más lento, me alejo un poco más, doblando la rodilla para
sumergirla más en el agua.
Ella comienza a aflojarse, así que reboto un poco y sus dedos vuelan
dentro de su boca, y sus labios se curvan en una sonrisa a su alrededor.
―Mira, Bay. Es divertido. ―Agarro su pequeña mano y acaricio el
agua.
Chilla, sacudiendo la parte superior de su cuerpo, y me río,
asegurándome de que mi agarre sea fuerte mientras trata de alejarse de
mí.
Comienza a golpear el agua, riendo como loca, y mi sonrisa no podría
ser más amplia. Sus ojos azules se iluminan cada vez que el agua le salpica
el rostro y me mira con su sonrisa desdentada, como diciendo: “¿viste,
mamá?”
―Mírate jugando en el agua. ―Me inclino para besar su sien―. Qué
chica tan grande, Bay.
Las lágrimas llenan mis ojos, es un momento tan agridulce.
Se está divirtiendo mucho, experimentando algo por primera vez, y no
hay nadie con quien compartirlo.
Nunca hay nadie con quien compartir nada.
Mientras lo pienso, la culpa me pesa en el pecho.
Eso no es cierto.
Bianca siempre está ahí, y si no está, es accesible, al menos cuando se
trata de mí. Sé que hace todo lo posible para asegurarse de que solo esté
a una llamada de distancia cuando se trata de mí, porque sabe que estoy
sola.
Mi hermano está ocupado y odio molestarlo, aunque se enojaría al
escuchar esto, pero está tratando de crear una vida y lo dejará todo si se
lo pido.
Me niego a dejarlo entrar en mis luchas por esa misma razón.
Cuando nuestra madre falleció, él todavía estaba en la preparatoria. Si
no fuera por la familia de su mejor amigo, yo habría tenido que aplazar la
universidad y hubiéramos tenido que mudarnos para mantenernos a flote
ya que la única persona que se preocupaba por nosotros no dejó nada
atrás. Ella trabajó duro toda su vida por lo poco que teníamos.
Afortunadamente, el amigo de Milo le dio un hogar y yo no tuve que
dejar pasar mi beca. Al principio, iba a hacerlo de todos modos; no se
sentía bien dejarlo, pero cuando se enteró, prometió no volver a hablarme
si lo hacía, sabía tan bien como yo que, si se me escapaba de la punta de
los dedos, probablemente nunca llegaría otra. Él nunca me habría dejado
de hablar, pero confié en que mi hermanito confiaba en mí. Si no podía
hacer una vida por sí mismo cuando llegara su momento, me aseguraría
de hacer una para los dos.
Fue muy duro para ambos estar lejos del único otro miembro al que le
importábamos, y luego Bailey bendijo nuestras vidas. Aunque Milo no
está aquí, es obvio que la paz que ella me brinda se refleja en él.
Bailey comienza a frotarse los ojos, así que salgo del agua.
Al principio llora, como si quisiera volver a entrar, pero una vez que le
quito el mono mojado y la envuelvo en una pequeña toalla de felpa blanca
que traje de la habitación, se tranquiliza el tiempo suficiente para que yo
me envuelva.
Cuando vuelvo al hotel y abro la aplicación para acceder a la tarjeta
llave, una sombra cae sobre mí.
Mis mejillas se calientan, sabiendo que soy un desastre de cabello
anudado y ropa chorreando, pero una sonrisa todavía juega en mis labios
mientras giro.
Se derrumba instantáneamente cuando encuentro a un hombre
completamente diferente parado ahí.
Mira de mí a la bola de toalla en mi mano.
―Si mi memoria no me falla, creo que recibí un correo electrónico con
información de pago para la niñera para este viaje.
―Supongo que no eres tan viejo como empiezas a parecer. ―Me encojo
de hombros―. Tu memoria sigue intacta, decidí traer a mi niñera
―miento.
Se burla, sus ojos caen en mis brazos de nuevo, pero me doy la vuelta,
manteniendo a mi hija fuera de su vista. Él no merece mirarla. Su mirada
vuelve a la mía, con un parpadeo de algo que no puedo y no me importa
leer, corriendo a través de ellos.
―Imagina mi sorpresa cuando miré mi registro y descubrí que esta era
tu habitación.
―Tú eres el que la reservó.
Su asentimiento es calculado, y desliza sus manos en sus bolsillos caqui.
―Creo que la habitación de mi pitcher terminó siendo la que está justo
al lado de la tuya.
―¿Ah, sí? ―Mantengo mi rostro en blanco.
Ladea la cabeza, mirándome durante varios segundos.
―¿Has visto a mi chico, Meyer?
El vómito amenaza con subir a mi garganta, pero me niego a tragar.
―¿Has intentado llamar a su puerta?
―Él no está ahí. ―Sus ojos se estrechan, moviéndose a mi ventana y de
regreso.
―Bueno, no sé qué decirte. ―Empujo mi puerta para abrirla más,
usando mi espalda para evitar que se cierre de golpe.
―El equipo dice que salió del bar hace una hora.
Del bar.
Mi estómago se encrespa.
Por supuesto, casi me olvido de las historias que siguen a los jugadores
después de los partidos fuera de casa.
Es lo mismo para todos los deportes, según los pocos alumnos míos que
son propensos a compartir en exceso.
―Me imaginé que ya estaría de vuelta. ―Pasa los dedos por la visera
de su gorra―. Oh, bueno, me llamará cuando haya... terminado. ―Una
risa baja lo deja―. Supongo que los viejos hábitos nunca mueren.
Aparto la mirada, negándome a caer en lo que sea que sea esto.
La verdad.
Una trampa.
Un pozo de lava con mi nombre, también conocido como realidad.
El entrenador Reid comienza a alejarse, pero se detiene bruscamente y
me mira con curiosidad.
―¿No deberías estar en una llamada o algo así?
―Todas mis llamadas están hechas por el día, así que pensé en
aprovechar todo lo que el hotel tiene para ofrecer antes de regresar a mi
pequeño y elegante cobertizo. ―Mi voz es más amarga de lo que
pretendía.
Asiente lentamente, con los ojos entrecerrados, pero antes de irse, dice
una cosa más.
―Si estás aburrida, puedes ver su entrevista, ya debería estar en el sitio
web de la escuela. ―Él se aleja.
Cierro la puerta en silencio y me concentro en lo que tengo que hacer
en lugar de las preguntas que ahora amenazan con nublar mi mente.
Coloco a Bailey en su corralito, le quito la toalla para que no se enrede, e
instantáneamente comienza a llorar, el aire fresco ahora golpea su piel
helada.
―Un momento, Bay. ―Corro y lleno el fregadero con agua tibia,
corriendo rápidamente hacia ella y levantándola en mis brazos una vez
más.
»Oye, Bay, está bien. Ya está. ―La sumerjo suavemente en el agua,
usando una toalla de mano enrollada como almohada detrás de su
cabeza―. Listo. Toma, ¿quieres tu mimi?
Ella se queja un poco más, pero se calma en el calor una vez que el
chupón está en su boca. Se frota los ojos, así que la baño lo más rápido que
puedo, agradecida cuando se acomoda en el corralito después de un
tiempo suficiente para que me bañe rápidamente y libere mi cabello del
cloro.
Está tarareando y fingiendo reírse cuando salgo, así que me pongo la
toalla sobre el cabello y nos acomodo en la cama para que ella se alimente.
Se enoja cuando no puede jugar con mi cabello, pero paso mis dedos
sobre los suyos unas cuantas veces y una fuerte exhalación sale de su
nariz, haciéndome sonreír.
―Ya está, Bay ―susurro.
No come mucho, está demasiado cansada de su tiempo de juego de la
tarde para permanecer despierta el tiempo suficiente, así que sé que se
dormirá pronto.
Debería cepillarme el cabello y hacer algo de mi propia tarea mientras
pueda, pero en vez de eso, abro mi computadora, hago clic en la página
web de la escuela y me desplazo hacia abajo hasta que encuentro el enlace
para Avix Investigador.
El titular y la marca de tiempo que dice casi cuatro horas antes hacen
que me arda la garganta, pero hago clic de todos modos.
Avix Investigador:
¿Tiene el Pitcher Playboy un juguete en casa?
Empujo el dolor que me sube por las costillas hacia abajo mientras miro
la imagen del marcador de posición en el video de la entrevista, un Tobias
manchado de suciedad de pie junto a una hermosa reportera. Se ve tan
guapo como siempre.
Lleva la gorra al revés, una sonrisa profunda y los ojos juguetones.
Comienzo el video y la mujer habla primero.
―Estoy aquí con el hombre al que todos se mueren por tener en sus manos, el
prospecto número uno de este año, Tobias Cruz.
Su insinuación es clara, y Tobias sonríe, haciéndole saber que se dio
cuenta.
―Tobias, cuéntanos sobre el juego de esta noche. ¿Qué pasaba por tu cabeza
cuando ese último bateador entró en la caja?
Se lame los labios, atrayendo la atención de ella y de todos los que miran
en casa hacia su boca.
―Estaba pensando en lo que iba a pedir al servicio de habitaciones cuando
volviera a mi hotel.
Una risa baja me deja.
―Está bien, ¿entonces estabas seguro de que saldrías de este juego sin una sola
carrera anotada?
El orgullo me calienta, y espero que sus padres se sintieran obligados a
sintonizar.
―No es el primero de la temporada, y no será el último. Estoy feliz de tener un
equipo increíble detrás de mí.
―¿Fue un tipo de sabor diferente venir a tu ciudad natal y dominar contra el
entrenador que no te ofreció un puesto hace tres años?
―No, fue dulce agregar otra V al récord de mi entrenador, y para que conste,
incluso si Cal Poly me hubiera querido, no me habrían atrapado. El entrenador
Reid es la razón por la que me he convertido en el jugador que soy, y siempre
estaré en deuda con él.
Mi pulso se acelera y levanto mis rodillas, sin saber si quiero escuchar
más.
―Nos encanta escuchar a un jugador como tú dar crédito donde se debe. ―La
joven sonríe, abriendo y cerrando los dedos contra el micrófono―.
Entonces, ¿cómo va a celebrar esta victoria esta noche, señor Cruz? ―Ella sonríe
tímidamente.
La risa de Tobias es baja, sus labios se curvan hacia un lado mientras su
lengua sale de nuevo para humedecerlos.
―Da la casualidad de que tengo a alguien esperándome esta noche. ―La
mujer abre los ojos juguetonamente, mirando a la cámara y Tobias sonríe
más y agrega―: Es bueno estar en casa.
Mi instinto se hunde y vuelvo a mirar el encabezado de nuevo.
Cuatro horas desde que terminó el partido.
Por supuesto.
Esta es su ciudad natal, donde creció toda su vida. No hay duda, tiene
gente esperando para verlo. Viejos amigos y viejos amores, viejas
aspirantes esperando una segunda oportunidad.
Y no hay nada que se interponga en su camino porque Tobias es un
hombre soltero. Un exitoso y carismático hombre soltero con el mundo al
alcance de su mano.
No quiero estar aquí si entra dando traspiés, especialmente si cuando
lo hace, no está solo, así que saco mi teléfono para ver si mi cheque de
pago ya ha sido depositado, y descubro que sí.
Llamo al aeropuerto solo para decepcionarme cuando descubro que el
boleto cuesta más que mi alquiler mensual porque solo los aviones
privados salen de la pista de aterrizaje local. Así que en lugar de eso, hago
lo único que puedo.
Cierro y bloqueo la puerta que comunica mientras deseo contra todo lo
que realmente quiero, que Tobias no regrese esta noche.
Necesito tiempo para controlarme.
Para recordar mi papel y el suyo.
Llorar donde nadie me vea, como la chica sin sentido en la que me he permitido
convertirme.
Pero entonces sucede lo peor.
La risa llena el pasillo afuera de mi habitación, cada vez más fuerte
hasta que ya no se filtra por la rendija debajo de la puerta principal, sino
que proviene de la pared detrás de mi cabeza.
Y no es un hombre el que se ríe.
Es una mujer.
Tobias
El calor se propaga a través de mi cuerpo, enviando gotas de sudor
rodando por mi pecho desnudo.
Gimo, mis manos resbaladizas se deslizan a lo largo del satén mientras
mis músculos se contraen, relajándose un momento después.
Lamiendo mis labios, giro mi torso, y me toma un gran esfuerzo abrir
mis ojos, todo para que se cierren en el mismo segundo, el latido del sol
es demasiado brillante sobre mí.
¿Qué diablos?
Doblo el cuello para mirar detrás de mí, localizo una puerta corrediza
que no reconozco, y cuando miro hacia abajo, me doy cuenta de que estoy
en una tumbona que nunca he visto, con una sábana tirada encima.
Mis sienes palpitan, latiendo como un baterista aficionado, demasiado
fuerte, demasiado duro y sin ritmo real. Se necesita todo de mí para lanzar
mis piernas por un lado, empujándome hasta quedar sentado.
Mis antebrazos caen sobre mis muslos en un esfuerzo por sostenerme,
y luego el chirrido de una puerta suena detrás de mí.
Mantengo la cabeza agachada, no queriendo saber quién diablos está
detrás, pero entonces un agua vitaminada aparece frente a mí, con un reloj
familiar atado a la muñeca de esa persona.
Mi barbilla cae de alivio.
―Mierda, entrenador. ―Entrecierro los ojos hacia él, haciendo una
mueca mientras lo hago.
Suelta un largo suspiro por la nariz.
―Bébete esto, tómate eso y ve a la sauna. Tienes un par de horas para
sudar esta mierda y luego es hora de jugar.
Asintiendo con la cabeza, miro las gigantescas pastillas para caballos y
me pongo de pie.
―¿Qué diablos pasó anoche? ¿Cómo llegué aquí? ―Miro a mi
alrededor, girando el hombro un par de veces para aliviar un poco la
tensión del juego de ayer―. ¿Dónde diablos es aquí?
―Esta es mi suite, viene con una vista de la terraza. ―Se ríe, seguido
de un pequeño encogimiento de hombros―. Y llegaste aquí como siempre
lo haces, hijo. Me llamaste después de divertirte. Envié un Uber tras de ti
y les pedí que te dejaran aquí.
Mi ceño cae hacia la hierba. Ni una sola imagen de anoche me viene a
la mente.
―Lo último que recuerdo es que fuimos al bar a encontrarnos con los
cazatalentos de los Atletics que dijiste que vendrían a hablar conmigo en
la DL, pero no recuerdo que aparecieran.
―Tienes suerte de que pude comunicarme con ellos para hacerles saber
que te retiraste a tu habitación de hotel. ―Levanta una ceja.
Asiento, y luego cada músculo de mi cuerpo se tensa.
Mi habitación de hotel.
Mi maldita habitación de hotel.
Mi chica.
Mi chica, que no tiene idea de que es mi chica...
Oh, mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Anoche no... me jodí, ¿verdad?
Dejando el agua y las pastillas en la mesa, me paso las manos por el
cabello y me las restriego por el rostro. Paso corriendo junto al entrenador,
corriendo en busca de mi camisa y mis zapatos, ambos cuidadosamente
doblados en el sillón de adentro.
Arrojando algunas almohadas, busco mi teléfono, pero no aparece.
―¿Ves mi teléfono?
―No, ¿tal vez lo dejaste en algún lugar anoche? ―El entrenador Reid
me mira desde el patio.
―¡Mierda! ―siseo.
―Tienes que ir a la sauna ―dice de nuevo.
―Estaré bien, entrenador. ―Corro hacia la puerta, abriéndola.
―¡Tobias, espera! ― El entrenador Reid grita detrás de mí, pero ya me
he ido.
Y cuando vuelvo a mi habitación, Meyer sale de la suya.
Hay una silla apoyando su puerta abierta, y ella tiene el asiento de
seguridad de Bailey en una mano y su pañalera en la otra.
¿Se está yendo?
Patiné hasta detenerme, y sus ojos saltan a los míos en el momento en
que planté mis pies.
Ella jadea, y sus labios se separan.
―Tobias.
Me estremezco.
La forma en que susurra mi nombre, como si le doliera el cuerpo, pero
su mente hubiera llegado a la aceptación, hace que mi garganta arda.
―Oye. ―Me acerco, y cuando se mueve, girando inconscientemente
hasta que Bailey queda fuera de mi vista, mi mano sale disparada,
buscando la estabilidad de la pared a mi lado.
A medida que me acerco, encuentro sus ojos enrojecidos, y sus mejillas
casi del mismo color.
Ella ha estado llorando y la comprensión saca el aire de mis pulmones,
pero al mismo tiempo, algo se asienta dentro de mí, permitiendo que otra
respiración completa ocupe el lugar de la última.
Ella piensa que la cagué, y eso significa que, en su pequeña mente
perfecta, hay algo que joder. Por otro lado, que ella asuma lo que sus
hermosos ojos me están diciendo hace que me duela el estómago, pero
¿por qué no lo haría?
Es en lo que a los periódicos de la escuela les encanta enfocarse, mi
mierda fuera del campo. No importa si lo lees o no, es casi imposible no
prejuzgar los rápidos vistazos de los que no puedes escapar. Enyesan las
cosas en los pasillos de cada edificio y las publican en todos los sitios de
redes sociales que existen, pero esa no es la peor parte. Eso es
comprensible, algo de lo que no puedo ni he podido escapar.
Lo que me retuerce por dentro es el hecho de que ella podría creer,
aunque sea por un segundo, que significó tan poco para mí después del
tiempo que pasamos juntos, pero de nuevo, puedo entenderlo. Lo odio,
pero lo entiendo.
¿Cómo puede saber lo que significa para mí si yo aún no se lo he
explicado? Sabe que la deseo, pero podría fácilmente, inconscientemente,
trasladar eso a los titulares que lee a lo largo del tiempo.
Tobias Cruz, el Pitcher Playboy ataca de nuevo...
No.
No esta vez.
Me lanzo hacia adelante, tomando suavemente su rostro en mi mano.
Se da la vuelta, pero me acerco más y ella contiene la respiración como si
la idea de inhalarme fuera demasiado.
―Meyer, mírame ―digo con voz áspera, con mi mano hundiéndose en
su cabello―. Por favor, bebé...
Se lame los labios, parpadeando con fuerza, y cuando finalmente
encuentra mi mirada con la suya, un vacío se sacude en mi pecho.
Sus ojos están desolados y sirven como un puñetazo en el estómago.
No hicimos exactamente planes para anoche, pero en mi cabeza, no era
necesario. Teníamos planes y nuestros planes consistían en nosotros,
juntos. Fin de la maldita historia.
No sé qué pasó anoche, pero no hice nada de lo que me arrepienta.
No hay forma.
Yo no lo haría.
No a ella.
No a ellas.
Ya ni siquiera me importa mirar a otra chica, y mucho menos tocar una,
y ha sido así durante semanas, mucho antes de que su sonrisa cambiara.
Ha cambiado.
Nosotros hemos cambiado.
Mi cabeza comienza a temblar.
―Escucha…
―No quise asumir nada y no me debes una explicación. ―Su tono es
suplicante, como si me rogara que no hablara―. Somos…
―Di amigos, te reto.
Sus ojos se cierran con fuerza, una sola lágrima se escapa mientras lo
hace y sirve como una cuerda alrededor de mi cuello, cortando mi
suministro de oxígeno y dejando mis pulmones hambrientos.
Sus fosas nasales se dilatan y endereza la columna vertebral. Ahí es
cuando ella abre los ojos.
Si no estuvieran nublados, la expresión de vacío dentro de ellos podría
matarme en el acto, pero la humedad me hace saber que estoy ahí. Tiene
que importarte alguien para que tenga la capacidad de lastimarte.
―Soy mamá. ―Ella asiente―. Soy mamá y he sido irresponsable.
―No.
―Venir aquí fue una mala idea, lo sabía. Fue imprudente y...
―No lo digas.
―Nunca debí haber sido asignada a ti. ―Traga, con la resolución
deslizándose sobre ella y haciendo que mis dedos se entumezcan―. No
debería estar aquí, y realmente no debería haber traído a mi hija. Cometí
un error. ―Traga, y la honestidad en su tono casi quema la piel de mis
huesos―. Conocía la vida que llevabas y nunca debí…
Sus palabras se detienen en sus labios cuando la puerta frente a la que
está parada se abre, es la puerta que conduce a mi habitación.
Nuestras cabezas se mueven en esa dirección, viendo como Neo
retrocede, con una chica pegada a su cuerpo.
Su pie golpea la pañalera y se detiene bruscamente, las miradas de
ambos cortan en nuestra dirección.
―Bueno, buenos días. ―Neo se ríe y el rostro de la chica, que ahora me
doy cuenta es la reportera del juego de ayer, se vuelve rosa. La chica baja
lentamente los pies al suelo, mirando entre los tres, y Neo sonríe,
lanzando algo al aire.
Mi mano vuela por instinto, atrapándolo en mi palma.
Es la tarjeta llave de repuesto de mi habitación de hotel, la que me
entregó nuestro coordinador de equipo cuando las repartió al equipo tras
el partido de ayer. Su manera de cubrir su propio trasero si alguien lo
viera pasar por encima de mí y se preguntara por qué.
Lo miro y la sonrisa de Neo se profundiza.
―Oye, te desmayaste en la parrilla. Tres de nosotros metimos tu trasero
en el auto y luego a la habitación del Entrenador anoche. Te presté un
hombro y felizmente me prestaste tu habitación para que no tuviera que
mantener a X despierto toda la noche en la mía.
Lo sabía.
Mi pulso se acelera, y mis ojos regresan a Meyer, pero los suyos están
congelados en la puerta de mi habitación.
Neo agarra a la chica de la mano y corre por el pasillo, lanzando un
saludo mientras dobla la esquina.
―¡Hola, Meyer!
Pero Meyer no dice una palabra, está estancada, inmóvil con la misma
expresión de boca abierta que tenía hace unos momentos, mientras las
palabras se le atascan en la garganta.
Lentamente, parpadea, sus hombros caen mientras sus músculos
comienzan a ceder, y la base del asiento para autos de Bailey toca
suavemente el piso.
Sus ojos vuelven a los míos, y un dolor se acumula dentro de ellos.
Ella niega con la cabeza, sin saber qué decir.
―Tobias, yo…
Doy un tirón hacia adelante, tomo su cuello en mi palma y estrello mis
labios contra los suyos.
Sus músculos se tensan, pero solo por un momento, y luego cada parte
de ella se derrite contra mí y me besa de vuelta.
Es profundo y angustiado, al igual que la inhalación larga y
entrecortada que sigue, pero cuando empujo mi lengua dentro, ella se
abre para mí, se relaja para mí.
Es como si finalmente pudiera respirar, y su aire me proporciona lo que
sea que me estaba faltando.
Se pone de puntillas para obtener más de mí, sus brazos se envuelven
alrededor de mi cuello en un intento de acercarse, así que ayudo a mi
bebé. Deslizo las palmas de sus manos desde sus costillas hasta su
espalda, y cuando la acerco a mí, jadea.
Busco a tientas la pañalera a sus pies, sin apartar mi boca de la suya
mientras la lanzo a través de la puerta abierta, y llevo mi mano derecha a
su espalda nuevamente, con cuidado mientras agarro el asiento para auto
de Bailey con la izquierda, y nos conduzco a la habitación de Meyer.
Apartando el asiento del camino, dejo a Bailey en el suelo,
asegurándome de que la princesa durmiente esté de espaldas, y luego
paso mis dedos por el cabello de Meyer. Me inclino, levanto sus piernas y
la pongo encima del pequeño escritorio, y tiro de ella hacia el borde para
que sus caderas queden alineadas con las mías. Mi pene está tan duro que
palpita e intento aliviar el dolor presionándolo contra lo que sé que es su
dulce y suave centro.
Un gemido sale de su garganta y estoy listo para rasgar su camisa de su
cuerpo, para revelar la piel con la que he fantaseado más veces de las que
quisiera contar.
―Mierda ―jadeo, y su risa ronca me atrae de vuelta.
Tomo su boca de nuevo, mordiendo su labio inferior, exigiendo la
entrada de mi lengua una vez más, y maldita sea, podría correrme con solo
besarla.
Es sedosa y suave y sabe a que es mía.
Ella es mía.
―Déjame probar tu piel, Tutora Girl. ―Me inclino y una de sus palmas
golpea la madera debajo de ella, su cabeza cae hacia atrás con sumisión, y
cuando mi aliento caliente se desplaza por la parte inferior de su
mandíbula, un grito ahogado sale de sus labios.
Un jadeo que se convierte en un gemido cuando mi boca cae sobre su
cuello, pero no la beso de inmediato.
Empujo la punta de mi lengua hacia afuera, lanzándola contra ella.
―¿Vas a temblar por mí, bebé?
Sus muslos se contraen y sé que he encontrado mi primer punto dulce,
un punto con el que la torturaré cuando esté temblando, desesperada y
necesitada. Por mí. Por más. Por jodidamente todo.
La beso ahí de nuevo y su espalda se arquea, empujando su pecho
contra el mío.
Mi polla late en mis jeans. Es una puta barra, tan sólida que literalmente
me duele. Me estremezco, buscando el arco de su coño, y ella sabe lo que
necesito, mueve sus caderas, empujando tan cerca como puede y frotando
mi dura polla.
Entonces sus piernas se levantan, envolviéndome en busca de más.
Mierda, yo necesito más.
La levanto, giro y nos dejo caer sobre la cama, mi palma se desliza hacia
su trasero y la empujo hacia mí.
―Este trasero ―gimo, con mi mano izquierda deslizándose hacia
arriba para tocar el borde de su nalga―. He soñado con eso, me masturbé
fantaseando con eso. ―Muerdo sus labios y sus ojos prácticamente
ruedan hacia atrás en su cabeza.
―Mía ―susurro, forzando mi lengua en su boca y rodando dentro de
ella, mis músculos se contraen.
Toda jodidamente mía.
Ambas.
Mis músculos se congelan y me empujo hacia arriba con una mano,
lanzando mis ojos hacia la puerta, hacia el pequeño asiento gris de
automóvil, con flores rosadas cubriendo la parte superior y un encaje
blanco con volantes recortando los bordes.
Lentamente, me acomodo en una posición sentada, los pantalones de
Meyer son ruidosos y pesados a mi lado.
Me pongo de pie y me acerco y cuando me asomo por el borde, los ojos
azules de Bailey se fijan a los míos.
Y la bebita sonríe, sus pequeñas manos golpean sus costados con
entusiasmo, y cuando vuelven a subir, tiene una pelota de béisbol en la
mano, la de juguete que le compré hace un tiempo.
Mis ojos vuelven a su mamá, que se sienta en la cama, con los labios
hinchados por mi beso y curvados hacia un lado.
Meyer le dio el juguetito que le compré a su hija, aun cuando estaba
enojada conmigo, porque en realidad no estaba enojada conmigo, estaba
enojada consigo misma por atreverse a esperar que fuéramos algo más de
lo que sintió anoche, cuando los sonidos de otra mujer llegaron desde mi
habitación.
Ella misma lo dijo, no pretendía esperarlo, y entiendo lo que estaba
tratando de decir ahora.
Con cuidado desabrocho el asiento de Bailey, la levanto en mis brazos
y me dirijo de regreso a Meyer.
Sus ojos permanecen fijos en los míos mientras nos acuesto en la cama,
colocando suavemente a Bailey en medio de nosotros. Instantáneamente
ella se da la vuelta, levantando sus manos y babeando por toda la
almohada, seguida de un chillido agudo.
Meyer y yo nos reímos y nos miramos una vez más.
La tristeza brilla en sus profundos ojos marrones, pero niego con la
cabeza.
―Tenías razón al asumir ―le digo, tomando su rostro en mi palma―.
Porque no somos solo estudiante y tutora, no lo hemos sido durante
mucho tiempo en lo que a mí respecta.
Ella se muerde el interior de su labio, mirándome.
―No sé cómo diablos anoche se convirtió en lo que se convirtió, pero
nunca debería haber sucedido. Quería volver aquí, y fui el primero en
salir, pero luego apareció esta cosa con los cazatalentos y... debería
haberte llamado. Debería haberme ido cuando pasó una hora y nunca
aparecieron, pero no fue así y eso no volverá a suceder.
―No espero que tú…
―Espéralo ―la interrumpo―. Sea lo que sea, espéralo, quiérelo,
exígelo incluso. Solo hay otra persona en este maldito mundo a la que le
permito que se meta en mi cabeza, pero bebé, tú no necesitas permiso.
―Mis labios se curvan en una sonrisa―. Chica, ni siquiera querías el
lugar, tal como lo recuerdo, pero lo robaste de todos modos.
Su risa es suave y mientras su barbilla baja, esos ojos suyos permanecen
en los míos.
―Incluso si no lo hubieras hecho, te lo habría dado. ―Mis ojos se
mueven entre los suyos―. Déjame ser alguien que te importe, porque tú
me importas, Tutora Girl. Ambas me importan.
―Tú sí importas, Tobias ―susurra―. Y esa es una de las partes más
difíciles de esto.
Algo cálido se extiende a través de mi pecho y no puedo luchar contra
la sonrisa que se apodera de mí.
―Ayer puse un boleto a tu nombre para el juego de hoy. Ven, mírame
lanzar. ―Paso mi pulgar a lo largo de su mandíbula, y mi pulso golpea
contra mis costillas cuando se inclina hacia mi toque―. Sé la razón por la
que gane hoy.
Algo destella en sus ojos, pero parpadea, seguido de un ligero
asentimiento.
―Okey.
Mis cejas saltan, y mi sonrisa jodidamente se amplía.
―¿Sí?
―Sí.
―¿Estarás ahí?
―Dije que sí. ―Ella se ríe―. Eso significa que vendré.
Gimo, salto hacia arriba y sobre la cama hasta que estoy de rodillas en
el suelo a su lado opuesto. Tiro de ella hacia mí, tomo sus labios de nuevo
y la muerdo cuando juguetonamente niega la entrada de mi lengua.
Arrancando, agarro mi polla con el puño y levanto una ceja oscura.
―La próxima vez que digas que te vendrás... lo tendrás, así que ten
cuidado con tu elección de palabras, Tutora Girl, o no lo hagas, si estás
lista para saltar directamente a eso.
Me pongo de pie, y su atención salta de donde estoy empuñándome a
mis ojos, siguiéndome mientras doy pasos hacia atrás alejándome de ella,
con los ojos cerrados.
―¿Qué estás haciendo?
―Reproduciendo tu sabor, para que cuando entre en la ducha en este
momento, pueda correrme rápido.
―¡Tobias! ―Ella se ríe, pero no estoy jugando.
Me meto a la ducha con una cosa en mente.
Ella desnuda y debajo de mí.
Funciona de maravilla.
Meyer
Le puse a Bailey el mejor conjunto que traje, un vestido de rayas rojas y
azules que Bianca le compró para el 4 de julio, pero ha crecido tanto en las
últimas semanas que ya le queda perfecto. Los pequeños pantalones
cortos de mezclilla tienen estrellas blancas estampadas a lo largo del
trasero y sus sandalias son plateadas brillantes. Mientras estoy
terminando el toque final, deslizando un lazo rojo sobre su cabeza, suena
el teléfono en la habitación.
Con el ceño fruncido, lo levanto.
―Hola, señorita, tengo un invitado en la recepción que pregunta por
usted.
Bajando lentamente al borde de la cama, pregunto:
―¿Quién es?
―Es una mujer, señorita, pero no parece querer dar su nombre.
Asiento con la cabeza.
―Estaré ahí, gracias.
¿Qué demonios?
Agarro mi teléfono, lo meto en mi bolsillo trasero y reviso mi cabello en
el espejo.
Lo dejé suelto por primera vez en lo que deben ser meses. No pensé en
traer un rizador, pero usé mi cepillo y la secadora del hotel para alisarlo.
Se ve bien, bastante en realidad.
Eso y el rubor y el rímel que me puse, otra vez por primera vez en
mucho tiempo, y no puedo evitar sonreírle a mi reflejo.
Sigo pesando más de lo que me siento cómoda, pero Bailey solo tiene
cinco meses y escuché que eso es normal. Aun así, me paso la sudadera
por la cabeza para ocultar el peso extra y levanto a Bay en mis brazos,
dirigiéndome al vestíbulo.
Cuando entro, miro a mi alrededor, pero no veo a nadie, y luego me
llaman por mi nombre.
Giro, y mis ojos se agrandan cuando aterrizan en un par de ojos azules.
―Hola, Meyer.
―Señora Cruz… hola. ―Deslizo mis dedos en la mano de Bailey―.
Tobias no está aquí.
―Vine a verte a ti.
Mi rostro cae.
―Oh… mmm, ¿está todo bien?
Ella asiente, estirando la mano para rozar con sus dedos el brazo de
Bailey.
―Sí, pero me gustaría charlar si tienes tiempo. ¿Puedo invitarte a un
café, tal vez? Vi que tenían un pequeño café cuando entré...
Debo dudar porque levanta las palmas de las manos.
―Por favor, solo por unos minutos.
―Si, okey. ―Ofrezco una sonrisa, poniéndome en línea a su lado
mientras caminamos hacia el café.
―Se ve adorable ―dice, sosteniendo la puerta abierta para que las dos
nos deslicemos―. ¿Qué edad tiene?
―Casi seis meses.
La Señora Cruz sonríe, sentándose en uno de los asientos del bistró
cerca del borde de la fuente.
―¿Y cuánto tiempo hace que conoces a mi hijo?
Mi estómago se revuelve.
―Señora Cruz.
―Es solo una pregunta, cariño, lo siento. ―ella suspira―. Estoy
dispersa. Por favor siéntate.
Vacilante, tomo asiento frente a ella, esperando que sea ella la que haga
más preguntas para no tener que hacerlo yo.
No me hace esperar mucho.
―¿Está tratando de gatear?
―Se desliza hacia atrás, pero aún no ha descubierto todo el asunto de
las rodillas hacia adelante.
Se ríe, haciendo una amplia cara sonriente a Bay y abriendo y cerrando
los dedos en un gesto.
Bailey patea sus pies, saltando arriba y abajo sobre mi muslo mientras
se acerca a ella.
―¿Puedo? ―Su voz es tranquila, con un toque de desesperación
entretejido, y sé que no solo quiere abrazar a Bay, lo necesita.
Los bebés tienen algo especial, tienen la capacidad de calmar las
molestias y borrar el dolor con una simple sonrisa o un toque, así que
asiento con la cabeza, pasándosela y la sonrisa que se apodera de su rostro
me recuerda mucho a las que he presenciado con su hijo.
―Tobias era un bebé tan feliz ―dice después de un momento―.
Aprendió mucho más rápido que Talon, omitió gatear por completo y
comenzó a dar pasos mientras se aferraba a las cosas a los siete meses.
Habló antes, caminó antes, hizo todo antes. ―Ella recuerda―. Es como si
hubiera estado compitiendo con su hermano desde el primer día, y cada
vez, se quedó un poco corto. Talon era mayor, por lo que era más alto,
más rápido, se afeitó primero, tuvo novia primero, cosas de la vida
normal, ¿sabes? Y luego, en su primer año de secundaria, Tobias tuvo un
crecimiento acelerado. De repente era más alto, más rápido, tenía más
novias. ―Ella se ríe ligeramente, pero es hueca.
»Pensó que finalmente lo había logrado, y luego Talon entró al
programa avanzado. Era como si el ciclo comenzara de nuevo. Tobias
trató de vencerlo. Pidió ir a la biblioteca y se quedaba hasta tarde con sus
profesores. Veía documentales y probaba esos libros de escucha que
solían tener las bibliotecas...
―¿Lo hizo? ―Yo trago. El dolor que se ha apoderado de su tono hace
que sea difícil escuchar. Trató de ser un mejor estudiante y no entendía
por qué no podía entender las cosas como los demás. Es muy difícil
encontrar el tipo de aprendizaje que funcione para ti. Eso debe haberlo
hecho sentir menos capaz cuando sé que eso es falso.
―Oh, sí. ―ella suspira―. Él lo hizo.
―Señora Cruz…
Su sonrisa triste se acerca a la mía.
―Por favor, llámame Olivia.
Asintiendo, continúo:
―Olivia, esas son cosas buenas.
―Lo son, pero nunca me detuve a preguntarme por qué lo hizo, y ahora
lo entiendo. ―Sus ojos se empañan, pero vuelve a mirar a Bay, buscando
esa calidez, y Bailey no la defrauda.
Sus pequeñas palmas se levantan, golpeando suavemente el rostro de
Olivia, arrancando una risa tierna de la mujer.
―Tobias estaba trabajando por algo que pensó que encontraría si
lograba lo que su hermano tenía. ―Sus ojos azules se curvan en mi
dirección―. Reconocimiento.
Sin saber qué decir, simplemente me siento y escucho más.
―Teníamos parrilladas y vecinos, o los compañeros de trabajo de mi
esposo venían, y les contábamos cómo el ensayo de inglés de Talon ganó
un premio, pero nunca pensamos en mencionar cómo ese mismo mes,
Tobias hizo una prueba para el equipo de béisbol de primer año, y cómo
treinta minutos después del primer día de pruebas, el entrenador del
equipo universitario se acercó a verlo y le ofreció un lugar en su lista ese
mismo día.
Una sonrisa evocadora cubre sus labios.
―Él estaba tan emocionado, seguía diciendo que era el único
estudiante de primer año en el equipo y que no había nadie de su edad en
el equipo universitario en años. Tenía la sonrisa más grande, tan feliz de
contarnos todo al respecto, ¿y sabes qué hice? ―Sus fosas nasales se
ensanchan mientras lucha contra sus emociones, y estoy casi nerviosa de
que ella comparta.
Ella traga, y su mirada cae en su regazo avergonzada.
―Le dije que bajara la voz, que Talon estaba ocupado escribiendo su
ensayo de admisión en la otra habitación y no podía ser molestado. Le di
un billete de veinte dólares y le dije que fuera por una Mangonada, pero
que no arruinara su cena. ―Sus lágrimas brotan entonces, pero
rápidamente mira al cielo para apartarlas parpadeando―. Ni siquiera le
dije, “ten, ve a celebrar, estoy orgullosa, hijo”. Simplemente lo empujé por
la puerta y fui y le eché un vistazo a Talon.
Me duele el pecho por el chico que está describiendo, no muy diferente
del hombre que he llegado a conocer.
Lo juzgué mal al principio. No es que no le importara la escuela, porque
sí. Simplemente lucha sin importar el enfoque que adopte y parece que ha
probado muchos. Cuando sintió que había fallado, puso su enfoque
principal en su pasión, algo en lo que sabía que era bueno.
Pero ¿realmente importa?
Si está motivado para que le vaya bien en la escuela con el fin de hacer
lo que ama en el campo, ¿es importante recordar por qué se esfuerza tanto
para mantener sus calificaciones altas? Él las mantiene y eso es lo que
cuenta. Él no está reprobando, no está a punto de abandonar.
Hace lo que tiene que hacer. Punto.
Supuse que no le importaba, pero ahora sé que eso es falso. Es como lo
que compartió conmigo ayer. Avix tomó su título de estrella e hizo lo que
pudo para convertirlo en un desastre, él simplemente aceptó lo que no
podía cambiar, que el mundo lo viera como deseaba y ningún logro suyo
cambiaría eso.
No en casa, con las dos personas que más lo querían en el mundo,
entonces, ¿por qué aquí, en un campus con miles y miles de extraños?
Honestamente, es casi como si a veces no se tomara a sí mismo en serio,
como si se riera cuando los demás lo hacen porque ese es el papel que le
asignan los extraños que realmente no lo conocen.
Él es Tobias Cruz, “El Pitcher Playboy”. Un atleta estrella con la curva
más sucia del juego, futuro oro de la MLB y una leyenda del salón de la
fama.
Él es béisbol.
Dios, él es mucho más.
Olivia se aclara la garganta y se toma un momento para hacerle
cosquillas en la barriga a Bailey mientras yo asiento y le agradezco a la
mesera mientras llena dos tazas con café caliente.
Agrego una carga de crema, me siento en mi silla y disfruto de la bebida
caliente antes de que Bailey esté lista para volver a mis brazos.
―Las peleas comenzaron poco después de eso ―comparte su madre a
continuación―. Ahora me doy cuenta de que eso también fue solo para
llamar la atención, pero cada vez que teníamos que recogerlo en la escuela
o en el parque o llevarlo a casa temprano de un torneo porque lo
expulsaron del campo por una cosa u otra, lo primero que salía volando
de mi boca sería algo así como “¿por qué no puedes comportarte como lo
hizo tu hermano...”?
―Tu hijo te ama, Olivia ―susurro, sin saber qué más decir―. Él habla
de tu cocina e incluso a veces hace lo que él llama tus “famosas recetas”.
¿Sabes que está ayudando a una pareja mayor en la ciudad a construir
una terraza en su casa?
Su sonrisa es complacida.
―¿En serio?
Asiento con la cabeza.
―Dijo que si su padre no le hubiera enseñado cómo hacerlo, no sabría
qué hacer.
Los músculos de Olivia parecen relajarse un poco y estoy agradecida
por eso.
No puedo imaginar el dolor que le causa a una madre cuando se da
cuenta de que ha defraudado a su hijo. Solo pensar en hacer algo malo
con Bailey hace que me duela el corazón.
―Él te ama y, para ser honesta, no estoy segura de que tenga nada de
esto en tu contra ―le digo antes de agregar con cautela―: Él solo quiere
sentir que estás orgullosa, y tal vez no de lo que está haciendo como
pitcher, sino del hombre que está tratando de ser. Alguien que trabaja
duro y no se rinde, que está ahí para sus amigos y compañeros de equipo
cuando lo necesitan, y que se desvive por una chica que apenas conoce.
Acompañándome en secreto a casa en la oscuridad para asegurarse de
que estuviera a salvo cuando él no sabía más que mi nombre y color de
cabello. Cómo, una vez que lo supe, empezó a recogerme sin que yo se lo
pidiera. Sugiriendo que me haría la cena cuando veía mi refrigerador
vacío mientras se aseguraba de no reconocer ese hecho mientras lo hacía,
porque fue criado mejor que eso.
Le sonrío a Olivia y un largo suspiro la deja.
―Tal vez me equivoqué con ese hombre ―dice en voz baja,
permitiendo que Bailey tome sus manos y use las suyas para ayudarla a
sostenerse―. Simplemente pensé que estaba tratando de aprovecharse de
mi hijo, pero tal vez realmente lo salvó.
Mis cejas se juntan e inclino mi cabeza ligeramente, pero luego me doy
cuenta.
Mi hijo tuvo la suerte de tener una segunda oportunidad, entró en una escuela
con un empujón de ese hombre...
Las palabras de Olivia de nuestra última conversación vuelven a mí,
seguidas de lo que Tobias me dijo hoy.
Solo hay otra persona en este puto mundo a la que permito que se meta en mi
cabeza...
―El entrenador Reid.
Oliva asiente.
―Tobias llegó a casa un día con todas estas ideas en la cabeza y, para
ser honesta, no creíamos nada de eso. Yo estaba tan enojada, era un
estudiante de último año, sus calificaciones subían y bajaban y acababan
de ser expulsado del equipo de béisbol.
¿Lo echaron de su equipo?
―Entonces vino este hombre con un polo azul, devolviéndole el fuego
que le habíamos visto perder directamente a sus ojos azules, y yo estaba
aterrorizada de que el hombre desapareciera, haciendo que la caída fuera
diez veces más difícil la segunda vez. Un día, empacó todas sus cosas y se
fue al día siguiente. Nos llamó desde la escuela, nos mostró su habitación
y nos presentó a algunos de sus nuevos compañeros de equipo. Ya sabes,
¿en una videollamada? ―Levanta a Bailey sobre su hombro, palmeando
su trasero y haciéndola rebotar ligeramente mientras sus ojos nublados
vienen a los míos―. Estaba feliz y sonriente y... él es feliz, ¿verdad?
Asiento con la cabeza.
―Lo es… y no le duele que la escuela lo pinte como un dios.
Una fuerte carcajada brota de Olivia.
―Lo digo en serio, hay carteles gigantes de él en los pasillos, y esta
pancarta del tamaño de una valla publicitaria fuera del departamento de
atletismo. Quiero decir, habla de darle a alguien una gran ego, ¿verdad?
―bromeó, y su risa continúa.
―Apuesto a que le encanta.
―Oh, sí.
Ella suspira, con una sonrisa agradecida en sus labios.
―Tiene suerte de tenerte, Meyer. ―Ella inclina la cabeza―. No eres
solo su tutora, ¿verdad?
Mi boca se abre, pero no sale nada, y miro mi regazo con una sonrisa.
Cuando mis ojos se encuentran con los suyos, encuentro un brillo de
conocimiento dentro de ellos.
―Él es… me gusta estar cerca de él y cuando no lo estoy… quiero
estarlo.
Olivia lucha contra una sonrisa. No gana.
―¿Pero?
Mis labios se contraen y miro a Bailey.
―Pero... las cosas son mucho más complicadas. Mi vida y la suya...
―Niego con la cabeza, sin saber qué más decir.
―Mi esposo era carnicero cuando lo conocí. ¿Quieres saber qué era yo?
―Levanta una ceja y responde antes de que tenga tiempo de decir una
palabra―: Vegetariana.
Una risa me deja, y ella me guiña un ojo.
Touché.
Olivia mira hacia la fuente de agua a nuestro lado y sonríe cuando una
paloma desciende para posarse en una roca, como si una nueva sensación
de calma se hubiera apoderado de ella.
―Hombre, seleccionado en la primera ronda, ¿eh? ―Sus labios se
curvan aún más―. Mi bebé.
Mi nariz arde cuando mis emociones sacan lo mejor de mí y cuando
Olivia me mira, nuestras risas se quiebran.
Dejando mi taza sobre la mesa, me inclino sobre ella.
―¿Harías algo por mí?
Olivia ladea la cabeza y, para mi sorpresa, dice:
―Dime.
Tobias
Echo se pone de pie y le tiende una mano al árbitro mientras trota hacia
mí en el montículo.
Me limpio la frente con la manga y miro al siguiente bateador mientras
se dirige hacia el plato, pero cambio mi atención a E cuando se pone frente
a mí.
Escupe, levantando su guante para cubrir su boca, para que ningún
imbécil pueda leer sus labios mientras me regaña.
―Hermano, ¿qué diablos estás haciendo? ―sisea―. Ese es el tercer hijo
de puta que golpeas.
―Está hablando mierda.
―Noticia de última hora, idiota, todos lo hacen. No olvides quién tiene
la polla balanceándose en su rostro cada turno al bate. ―Si las cámaras no
estuvieran en él, estaría dándome una buena mirada en este momento―.
No sé lo que está pasando, pero aguanta, perra. Quieres estar enojado con
algo, enójate con el hijo de puta que te pegó un doble y dejó su trasero
atrapado en esa base.
―Jódete.
―Así es, jódeme. ―Golpea su guante con el puño cerrado―. Justo aquí,
bebé. Duro y rápido, tal como me gusta.
No puedo evitar reírme y la sonrisa de Echo desaparece.
Golpea mi brazo izquierdo con su guante, señalándome mientras se
coloca detrás del plato, se vuelve a colocar la máscara de catcher y el
árbitro nos da la señal.
Entonces, obligo a mi ira a volver a su verdadera forma, una ardiente
sensación de decepción, y hago lo que mi hermano me pide, lo que mi
equipo necesita.
Hago mi maldito trabajo y poncho a los siguientes dos bateadores,
permitiendo que el tercero batee por despecho, sabiendo que Coop
logrará el out en el centro, y lo hace.
En mi periferia, el entrenador cruza los brazos, escupiendo a un lado
mientras me mira, pero mis ojos se mueven al asiento dos espacios a la
izquierda del plato, todavía vacío dos entradas después.
Jodidamente me escuece.
Afortunadamente, soy el siguiente al bate, así que cuando el entrenador
trata de acercarse a mí, tengo una excusa para sacarlo, agarrar mi mierda
y volver al campo.
Porque soy un masoquista, mis ojos se dirigen directamente al asiento
en el que se supone que deben estar sentadas mis chicas, y mi corazón se
cae a mis pies, casi derribándome en su camino de regreso.
El asiento ya no está vacío, pero mis chicas no están sentadas ahí… mi
mamá sí.
Mi mamá está en mi juego.
Camino hacia la cerca, golpeando mi palma contra el metal cálido, y no
podría evitar la sonrisa en mi rostro, aunque lo intentara.
Mi mamá sonríe tímidamente, deslizando el lazo de Bailey en su
cabello.
Tutora Girl.
Mierda, esa chica. Quería que supiera que ella la envió.
Con la confianza de un tiburón en un estanque de peces, doy un paso
hacia el plato, girando para señalar a mi madre antes de adoptar mi
postura.
Muevo los dedos, los envuelvo con fuerza alrededor del bate y levanto
las manos por encima de la oreja derecha.
Yo sé lo que está por servirme, y le dejaré tener su gloria... porque
después de eso lo voy a dejar en ridículo.
Tomo el strike, y luego clavo su slider11, tomando la primera base.
Cuando miro hacia las gradas, mi mamá está de pie, con las manos
cruzadas frente a ella y lo veo. Por primera vez en mucho tiempo lo siento,
el orgullo de mi madre.
Mis pulmones se inflan y aprieto los dientes, porque mierda, es
demasiado.
Ella está aquí, en mi juego en nuestra ciudad natal. Es más de lo que
esperaba y hasta este maldito momento, no tenía idea de cuánto quería
esto.
Tengo una persona a la que agradecerle, y tengo la sensación de que me
está mirando en este momento desde su habitación de hotel, así que miro
a la cámara a lo largo de la primera línea de base, sabiendo que se
acercarán y digo algo que solo ella entenderá.
―Sin mentiras.
A partir de ahí, salgo disparado el resto del juego y le muestro a mi
madre exactamente de lo que soy capaz.
Y cuando vuelva con la chica que me está esperando, podría rogarle
que me deje hacer lo mismo.
Después del juego, trato de hablar con mi mamá, pero el autobús está
programado para regresar a Avix en una hora y para mantener mi farsa
de estar en él, tengo que quedarme con el equipo.
Mi mamá me pide que la llame cuando llegue para que podamos
conversar, y después de una rápida promesa, corro al vestidor.
11 slider es un lanzamiento de bola que gira lateralmente y hacia abajo a través de la zona de bateo
del bateador. Se lanza a una velocidad que es más baja que una bola rápida, pero más alta que la bola curva.
Tomo una ducha apresurada y empaco mi mierda para hacerle la vida
más fácil al gerente de equipo, y me dirijo hacia la salida, pero cuando
salgo del vestidor y entro al pasillo, el entrenador está ahí.
Está apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. Volviendo
su cabeza en mi dirección, y agarra el palillo entre sus labios.
―El primero en salir, como siempre.
―Sí, entrenador. ―Asiento con la cabeza, notando mentalmente que
son cuarto para las tres, y que la última hora de salida del hotel es a las
cuatro.
―¿Qué pasó ahí fuera hoy, hijo? Desperdiciaste lanzamientos,
sumados a tu conteo, son dos bateadores menos que puedo darte en el
juego del viernes.
Lamiendo mis labios, miro hacia otro lado.
―Lo siento, entrenador.
―Lo sientes ―reflexiona―. ¿Eso es lo que le dirías a los cazatalentos si
te preguntaran?
―¿Te refieres a los que no existían? ―Miro hacia él, sin saber por qué
solté eso justo ahora.
Las arrugas en la esquina de sus ojos se profundizan ligeramente.
―Te lo dije, los cancelé.
―También me dijiste que estaba jodiendo, pero estaba con los chicos,
la forma en que lo dijiste...
Sus cejas se hunden.
―No dije que estuvieras haciendo otra cosa que lo que acabas de
repetir, no es mi problema si lo lees de manera diferente.
La inquietud se agita en mis entrañas y asiento.
Tal vez tenga razón, tal vez estoy tan acostumbrado a hacer cosas
estúpidas que saqué conclusiones yo mismo.
Sus rasgos se tensan y se lame los labios.
―Si tienes algo que decir, hijo, dilo.
―Anoche y esta mañana me sentía mal. ―Me encojo de hombros―.
Tenía la intención de regresar temprano a mi hotel, no tenía planeado
joder por ahí.
Sus ojos se estrechan aún más.
―Entonces supongo que no hizo ningún diferencia de cualquier otra
noche para ti, ¿eh? ―Aprieto mis labios, sin saber si la indignación que
capto en su tono es real o está en mi cabeza―. Sales y la jodes, rompes
todas las reglas que yo establecí, y luego me llamas para limpiar tu
desorden, y luego lo repites. Lo he hecho más veces de las que recuerdas,
pero de repente, ¿estás enojado conmigo por haber redactado las cosas de
la manera en que lo hice cuando te estaba ayudando? ―Da una patada a
la pared, y sus brazos se cruzan sobre su pecho mientras me estudia.
Me invade la culpa y una desagradable sensación de vergüenza. Hace
tiempo que no salgo así, pero no es su culpa que no se dé cuenta de los
cambios que he hecho en mí. Solo puede basar mi comportamiento en lo
que ha visto, y ha visto muchas tonterías mías a lo largo de los años.
―Lo siento, entrenador ―le digo, mirándolo a los ojos con el respeto
que se merece y esperando que pueda leer mi honestidad por lo que es.
Él está ahí para mí y me ha apoyado más veces de las que puedo contar.
Siempre puedo confiar en que él hará lo correcto para mí y no debería
haber dejado que mis emociones me afectaran hoy cuando pensé que
Meyer me plantó.
Lo mismo ocurre con la noche anterior. Nunca debí permitir que nada
de eso sucediera, y eso depende de mí, no del hombre que me dio un lugar
para dormir. Habría estado más enojado conmigo mismo si hubiera
vuelto con Meyer así, ruidosamente y sin darme cuenta de lo que estaba
haciendo.
Después de un segundo, el hombre me atrae hacia él y me da
palmaditas en la espalda.
Mientras se aleja, entrecierra los ojos.
―Sabes que puedes decirme si está pasando algo, algo que te
preocupa... ¿quizás alguien?
Mis labios se curvan, pero bajo los ojos al suelo antes de volver a mirar
hacia arriba.
―Estoy bien, entrenador.
Levanta una ceja, pero niego con la cabeza.
No estoy listo para compartir nada con nadie, todavía no. Ella tropezó
ante la idea de estar atrapada en los medios antes, por lo que solo
empeorará.
Xavier sale del vestidor, con Neo y Echo justo detrás de él.
Disminuyen la velocidad al pasar junto a nosotros, asienten con la
barbilla y se despiden del entrenador.
―Necesito ir al aeropuerto ―dice, con un pequeño ceño fruncido en su
frente mientras busca en su bolsillo, sacando dos pastillas más de las que
me dio esta mañana, las que debo haber olvidado en su habitación―. Ten,
tómate esto, recupera algunos electrolitos en tu cuerpo y descansa un
poco en el camino a casa.
Me las meto en la boca y me las paso con la mitad de mi Agua
Vitaminada.
Él asiente, frunce el ceño y luego me da una palmadita en el hombro
mientras comienza a alejarse, pero se detiene después de un par de pasos
y se gira hacia mí con una sonrisa.
―Oye, eh, ¿qué es “no es mentira”?
Una risa me deja, y lamo mis labios.
―Un mensaje para una amiga.
―Claro... ―Su boca se tuerce―. Comunícate conmigo después de tu
examen el jueves, ¿de acuerdo?
―Sí, entrenador.
Casi rebotando en dos pies, espero a que el hombre golpee la salida, y
luego doble en la dirección opuesta.
Media hora más tarde, estoy caminando por el vestíbulo del hotel y
salgo al jardín que conduce a nuestras habitaciones, pero mientras me
acerco, mis ojos son llamados a la izquierda.
Hago una pausa donde estoy, y algo en mi pecho se aprieta.
Meyer está sentada sobre una toalla en el césped, y Bailey está acostada
boca arriba frente a ella. Se inclina sobre ella, lo que facilita que Bay juegue
con el largo del cabello de su mamá.
Su cabello.
Está suelto, tal vez incluso un poco rizado.
¿Por mí?
De alguna manera parece más largo, y Bailey lo está disfrutando.
No me doy cuenta de que estoy caminando más cerca de ellas hasta que
los ojos de Meyer se levantan hacia los míos.
No estoy seguro de lo que ve en mi rostro, pero su pecho se eleva con
una inhalación completa, y la más suave de las sonrisas curva sus labios.
Dando los últimos pasos para llegar a ella, me inclino y la agarro de la
mano, levantándola.
Ella me mira, la preocupación tira de su frente mientras sus ojos se
mueven entre los míos. Abre la boca, pero no tiene la oportunidad de
hablar porque cubro sus labios con los míos.
Mis manos se deslizan por su cabello y, al principio, la beso lentamente,
antes de presionar mi boca contra la suya con más firmeza. El dulce aroma
de canela y vainilla llena mis pulmones, conquistando mi mente y
empujándome hacia adelante. Tomo su cabello largo con mi mano libre,
envolviéndolo alrededor de mi palma mientras tiro de su labio inferior
entre los míos, dándole pequeños tirones a ambos. Abriendo los ojos, me
inclino hacia atrás para mirarla.
Sus mejillas están sonrojadas de una manera que hace que mi cuerpo se
caliente y me muera por ver más, pero son sus ojos los que no puedo dejar
de mirar.
Son brillantes y abiertos, el marrón oscuro brilla con un tono cobrizo
añadido, pero más que eso, es lo que no puedo ver lo que hace que mis
músculos se flexionen. No hay tensión a la vista, ninguna tensión entre
sus cejas y ninguna vacilación en su toque. Es como si ella estuviera
conmigo en este momento, totalmente. Completamente. Sus miedos y
ansiedades están escondidos, al menos por ahora, y esta vez, cuando mi
mano cae, liberando su cabello, es ella quien se empuja hacia adelante, se
estira y tira de mis labios hacia abajo para encontrar los suyos.
Todo lo que puedo pensar es mierda, finalmente.
Finalmente, ella está haciendo lo que yo quería, que tomara lo que ella
quiere.
Y parece que mi Tutora Girl quiere más de mí.
Gracias a la mierda, también, porque yo no estoy seguro de poder tener
suficiente.
Avix Investigador:
¿Globos rosas o azules? ¿Tiene el Pitcher Playboy alguna explicación
que dar?
Tobias
Empujo las puertas dobles de la sala de conferencias, bajo los escalones
de dos en dos y empiezo la pequeña caminata a través del campus hacia
el apartamento de Meyer, pero cuando paso por el centro de estudiantes,
una foto me llama la atención y me detengo bruscamente, entrecerrando
los ojos.
No...
Saco mi nuevo teléfono de mi bolsillo, abro la aplicación de la escuela y
me desplazo hacia abajo hasta la sección de periódicos.
Seguro como la mierda, ahí está.
Hago zoom en la imagen que se publicó en el periódico escolar esta
mañana y se me sale una maldición. Es de Meyer y de mí, parados justo
afuera de las puertas de nuestra habitación de hotel, con el asiento de
seguridad de Bailey a nuestros pies. Mi mano está en el aire y los ojos
ansiosos de Meyer están sobre mí. La foto debe haber sido tomada
segundos antes de que agarrara su rostro y reclamara sus labios esa
primera vez.
La reportera con la que Neo se enganchó tuvo que haber regresado
sigilosamente al pasillo para tomar esto y vendérselo a nuestro personal
aquí, sabiendo que le pagarían una tonelada más de lo que le pagarían a
su propia escuela.
Una cosa es publicar una foto mía sin camiseta en la portada del
periódico escolar para ayudar a aumentar sus ventas y visitas en línea,
pero otra es explotar a Meyer y a Bailey.
Tendré que hablar con el entrenador sobre esto más tarde, ver si hay
algo que pueda hacer.
Era demasiado bueno para ser cierto que pudiera mantener un perfil bajo hasta
que estuviera lista.
En lugar de hablar con ella por teléfono, me dirijo a su casa, pero
cuando toco, es Bianca quien responde.
Sus ojos se agrandan y jala la puerta para cerrarla detrás de ella.
―Oh, hola.
―Hola. ―Entrecierro los ojos con una risa.
―¿Meyer está adentro?
―No está, en realidad, salió antes.
―Está libre hoy.
Blanca asiente.
―Sí.
Arrugo la frente.
―¿A dónde fue?
Abre la boca y luego la cierra, sus mejillas se llenan de aire mientras se
encoge de hombros.
―Llámala y pregúntale.
―Está bien... ―Mis ojos se estrechan―. ¿Sabes si vio el periódico de la
escuela hoy?
―No ha estado en el campus, así que lo dudo. ―Se cruza de brazos,
apoyándose en el marco de la puerta―. ¿Por qué?
Saco mi teléfono de mi bolsillo, lo levanto y ella se inclina.
Ella se lanza hacia adelante, arrebatándome la cosa de la mano, y la
suya disparada hacia arriba para cubrir su boca con un ahogado “oh
mierda” siguiéndola. Su mirada tensa se eleva hacia la mía.
―Ella definitivamente no ha visto esto. ¡No le hables de eso!
Mi cabeza tira hacia atrás.
―Quiero decir, solo espera hasta verla para decírselo, o mostrárselo, y
si ella lo ve primero, está bien, pero no como… enviándoselo o algo así.
Déjala tener el día sin añadir una nueva preocupación. ―Bianca se
muerde las uñas―. Salió, así que no hay nada que puedas hacer al
respecto de todos modos, ¿sabes?
Con el ceño fruncido, asiento.
―Correcto. ¿Crees que se enojará?
Una risa brota de su garganta, pero es burlona, por no mencionar un
poco ansiosa.
―Sí, lo hará, podría tener un mini colapso para acompañarlo. Eso
jodidamente apesta, te lo aseguro.
―¿En dónde está?
Sus ojos vuelan hasta los míos.
―Llámala y pregúntale ―repite―. Me tengo que ir, se supone que
debo estar en una llamada de Zoom, pero apagué mi pantalla cuando
tocaste, así que podrían estar tratando de hablar conmigo todo este
tiempo.
Asintiendo, doy un paso hacia el campus mientras intento llamar al
celular de Meyer, pero ella no responde.
Llegamos tarde a casa anoche y se suponía que me llamaría esta
mañana, pero cuando no lo hizo, pensé en esperar hasta después de mi
examen para llamarla en caso de que pudiera estar durmiendo hasta
tarde.
Supongo que no se quedó dormida porque ya se levantó y salió por la
puerta antes de las diez y media.
Empiezo a enviarle un mensaje de texto, pero luego mi teléfono
parpadea con el nombre de Xavier.
―¿Qué pasa, hermano?
―Hermano, ¿dónde estás? Dijimos que queríamos irnos a las diez.
Espera, ¿qué?
―¿Ir a dónde? Acabo de salir de mi examen.
―Nosotros también, hijo de puta, pero vamos al juego de MiraCosta,
¿recuerdas? ¿Para ver al tercera base que está tratando de tomar mi lugar
en el equipo el próximo año?
Mierda.
―Sí, sí, estaré ahí en diez. Estoy en el campus. ―Cuelgo y, con un
suspiro, me dirijo a casa y le envío un mensaje de texto a Meyer.
Mi Tutora Girl: Hola, lo siento, pero no voy a estar en casa esta noche.
No quiero sonar como una perra llorona, así que rápidamente envío
algo más, para que ella no tenga que responder a eso.
12 D1: División 1. Universidades de división 1 ofrecen el mayor nivel de competencia. Suelen ser
Meyer
Los últimos días han sido estresantes, el único alivio fue el hecho de
que sabía que Tobias estaba a horas de distancia, así que no tenía que
lidiar con todo lo que venía con él estando cerca. Esperaba que se calmara
mientras no estaba, pero solo estaba tratando de convencerme de algo que
sabía que estaba lejos de ser verdad. Yo no era simplemente una chica
para él.
Yo era más.
Por eso me dolía muchísimo cuando, como un reloj, todos los días me
enviaba mensajes de texto.
No estaba enojado ni me cuestionaba. Era dulce y tonto.
Me dijo que le dijera cosas a Bailey como si ella entendiera o me hacía
preguntas sobre lo que estábamos haciendo y cómo estaba ella. Preguntas
que quedaron sin respuesta y, como resultado, comenzaron a cambiar.
El coqueteo pasó a la preocupación, la preocupación a la frustración, y
ahí fue cuando se instaló la ira.
El último que leí fueron tres palabras simples que casi me mataron.
“¿Qué diablos, Meyer?” él envió, y después de eso, dejé de abrirlos.
Pero ahora es martes, el día en que él regresa, y mis nervios están altos.
Estoy en mi tercer estudiante del día cuando llega el quinto texto de
Tobias.
Debería haber sabido que no debía ignorarlos, porque momentos
después de que mi teléfono vibra en el escritorio a mi lado, algo me dice
que mire hacia arriba, y mientras lo hago, todo el aire sale de mis
pulmones.
Tobias está subiendo los escalones de la biblioteca.
Mi garganta se obstruye, y me pongo de pie, metiendo mis cosas en mi
bolso con pánico.
―Lo siento mucho, tengo una emergencia. Te enviaré un correo
electrónico. ―Salgo corriendo, me dirijo a la parte trasera de las
estanterías y me escabullo por donde él entró.
Me empiezan a sudar las palmas de las manos y me apresuro a rodear
el edificio, siguiendo el camino para sillas de ruedas que conduce al centro
de desarrollo estudiantil. Me deslizo dentro y me apresuro al baño,
encerrándome en una sala abierta para amamantar. Me dejo caer en la
mecedora, con mis manos subiendo para cubrir mi cara.
Mis labios tiemblan, las lágrimas brotan de mis ojos y calientan mis
mejillas en su camino hacia abajo.
Tomo una respiración profunda, exhalando. No puedo hacer esto.
Niego con la cabeza, mirando al vacío.
No estoy segura de cuánto tiempo me siento ahí, pero cuando mi
teléfono vibra en mi bolsillo delantero, me sobresalto.
Con el corazón apesadumbrado, lo saco, con miedo de mirar la pantalla,
pero mientras lo hago, descubro que no es un mensaje de texto de Tobias,
sino un correo electrónico de la oficina de admisiones de la Universidad
de Florida.
Un extraño entumecimiento se desliza sobre mí y me lamo los labios.
Lo abro con las manos temblorosas y, mientras leo la carta de
aceptación, es como si mis entrañas se abrieran de par en par, creando un
enorme agujero a su paso.
Es doloroso y profundo y de repente, es difícil respirar.
Me pongo de pie, luchando por el aire que parece que no puedo
encontrar, pero luego miro hacia el cambiador en la esquina y pienso en
Bailey.
Del futuro que podemos tener en lugar del que no podemos.
Es una tortura alejar los pensamientos que me consumen, dejar ir la
esperanza que permití tan imprudentemente, pero es como dije antes.
La realidad es tan triste como serena.
Salgo de la habitación, me echo agua en el rostro y me apoyo en la
encimera para respirar hondo.
Una vez que reviso a Bailey, me apresuro a casa, rezando para que
Tobias no esté parado en mi porche cuando lleguemos.
Para mi mala suerte, ahí está.
Mierda.
Tobias
El rostro de Meyer cae, y se congela donde está.
La ira estalla y me empujo del marco de la puerta, pero toda la presión
en mi cuerpo desaparece cuando ella se acerca.
No me di cuenta de lo mucho que necesitaba verla a ella y a Bailey. Ver
con mis propios ojos que están bien, pero cuando me doy cuenta de que
están bien, lo que en el fondo supe todo el tiempo, la tensión regresa.
―¿Qué diablos, Meyer? ―Mis hombros cuelgan, mi tono es golpeado,
incluso para mis propios oídos.
Ella aprieta sus labios, deslizándose a mi lado y abriendo su puerta.
Impotente, la observo mientras hace rodar suavemente la carreola de
Bailey dentro del apartamento.
Lentamente, me mira, y no es difícil ver que es lo último que quiere
hacer.
Un dolor agudo golpea mi estómago y estiro mi torso para aliviarlo.
―¿Qué está pasando?
―Nada ―dice rápidamente―. He estado ocupada.
―¿Demasiado ocupada para contestar el teléfono? ―Me acerco.
―No tengo mucho tiempo en este momento.
―¿Incluso para mí?
Un suspiro tembloroso sale de sus labios y mira a todos lados menos a
mí.
―Mi agenda está repleta y...
―¿No estoy en tu agenda, mamá?
―No, de hecho. No estás...
Estaba bromeando, pero la firmeza en su tono remueve algo dentro de
mí y mis músculos se tensan.
―¿Qué?
Lentamente, su cabeza se levanta.
―Ya no estás en mi agenda, Tobias. Tus calificaciones han subido.
Volverás a trabajar con tu equipo durante el horario de las horas de
estudio. Eso debería ser suficiente para que pases los exámenes finales.
―Está bien... ―digo, con la inquietud haciendo que mi pulso se
acelere―. Lo que sea, está bien, no importa, pero dime ¿cuándo puedo
verte? Puedo llegar temprano o tarde, para acompañarte a clase o para
dejar a Bay. Lo que sea que funcione para ti, ahí estoy.
Los ojos de Meyer se nublan y aparta la mirada.
―¿Bebe que está pasando? ―Doy un paso adelante, pero sus palabras
hacen que me detenga.
―Ya no eres mi alumno, Tobias. ―Su voz se quiebra, y estoy
demasiado atascado para registrar lo que está diciendo hasta que me
cierra la puerta en el rostro.
Mi pecho se aprieta, y el resto de mi cuerpo me sigue mientras obligo a
mis pies a deslizarse hacia atrás. Con cada paso, mi confusión crece y
cuando llego a mi camioneta aún en marcha, inactiva en el espacio donde
la estacioné en mi prisa, mi mente caótica se frustra.
Ya no soy su alumno, dijo. Bueno, ¿y qué demonios?
Soy su hombre.
Ella es mi chica.
Y Bay...
Trago saliva, tropezando un poco mientras me arrastro hacia el asiento
del conductor.
No estoy seguro de lo que acaba de pasar, pero sé que algo no está bien.
Ella se está alejando, empujándome y no entiendo por qué.
Ella está...
Yo...
Mi frustración se convierte en ira y estoy bastante enojado cuando llego
a la casa del entrenador, una casa de dos pisos a un par de cuadras del
campus.
Hay algunos autos enfrente, pero no me importa. Golpeo mi puño en la
puerta, y no me detengo.
No le toma mucho tiempo abrir la puerta, y mientras lo hace, por
encima de su hombro, veo al resto del cuerpo técnico sentado alrededor
de una mesa de juego, con humo de cigarro llenando el lugar.
―¿Por qué estoy fuera de su agenda?
Sale, cerrando la puerta detrás de él.
―Hijo…
―¿¡Por qué estoy fuera de su puta agenda!? ¡Tienes que obligarla a que
me ponga de regreso!
―Necesitas calmarte.
―¡No puedo! ¡Devuélvemela!
Su cabeza tira hacia atrás, su ceño fruncido se profundiza.
―Devolvértela… hijo, ella era tu tutora, nada más.
Antes de que pueda pensar, incluso antes de que sepa lo que estoy
haciendo, mi puño vuela, conectando limpiamente su mandíbula.
Su cabeza se gira hacia un lado y yo me quito de encima.
Mi rostro cae, y me lanzo hacia él.
―Entrenador, yo…
Se aleja, arrojando mis manos lejos de él.
―Vete a casa.
―¡Mierda! ―grito, pasándome las manos por la cabeza y girando para
mirarlo de nuevo―. Lo siento, no quise decir…
―Dije que te fueras a casa, no quiero verte hasta que sea hora de salir
al campo mañana. ―Él mira, escupiendo sangre a un lado―. Encuentra
otro lugar para vestirte.
―Sí, entrenador. ―Trago saliva, un sentimiento familiar surge dentro
de mí, haciendo que mis sienes latan y mi cuerpo se sienta pesado.
El arrepentimiento es un hijo de puta, y ese hijo de puta me conoce bien.
14 es un jonrón con las tres bases ocupadas por corredores, por lo que se anotan cuatro carreras, la
Meyer
Estoy de rodillas frente al televisor cuando dicen mi nombre.
Requiere esfuerzo, pero desvío la mirada de la pantalla y encuentro a
Bianca parada ahí, con su bolso colgado de un brazo.
―Oh, chica 15 . ―Las lágrimas brotan de sus ojos al instante y se
precipita hacia mí, cayendo al suelo a mi lado―. Sabía que estabas viendo
el partido.
Me inclino hacia ella, negando con la cabeza, pero la sensación me
evade. No puedo sentir sus brazos cuando me envuelven y no tengo idea
de lo que susurra en mi cabello.
Simplemente se rompió en el campo, ahí mismo para que todos lo
vieran, Tobias enloqueció.
Todo es mi culpa.
―No cariño, no es tu culpa.
Suelto un aliento entrecortado.
―Lo es. ―Me balanceo, luchando por contener las lágrimas―. Sabía lo
que pasaría, sabía que él era más de lo que todos veían. Sentí algo esa
noche hace meses. Le dije... le dije que no podía ser su tutora. Debí haber
peleado más duro con él. Debería haber luchado más duro contra mí
misma.
No debería haberme enamorado de él.
Pero lo hice, sabiendo todo el tiempo que nada podría salir de eso.
Permitir que Tobias me ame sería egoísta, porque le estaría quitando a
alguien más a quien ama, y eso está mal.
No merece sentirse traicionado por nadie en su vida, y sé que eso es
exactamente lo que sucedería, así que es mi trabajo asegurarme de que no
suceda.
Porque no hay otra opción, y como aquí no puede haber un ganador,
felizmente seré la mala si eso le ahorra el más mínimo dolor.
No importa qué, ambos perdemos un poco.
Solo tengo que asegurarme de que él pierda menos que yo.
Son cinco para las siete cuando finalmente estoy arrastrando mi trasero
al vestidor mientras el equipo se va.
―Oh-oh, el chico dorado llega tarde. ―Un punk de segunda fila
escupe, pero cuando me giro para mirarlo, ya se ha ido, así que sigo
caminando.
Echo está terminando de atarse los zapatos cuando entro.
―¿Qué pasa, hermano? ―murmuro, con mi jodida cabeza palpitando.
―Vete a la mierda, hermano. Estás jodido. ―Me detiene con el hombro
al salir, haciéndome tropezar un poco.
Me dejo caer en el banco y pateo mis pantuflas, arrancando lentamente
mis zapatillas de deporte de mi casillero y poniéndolas en mis pies.
Neo viene desde atrás, dejándose caer en el banco a mi lado con un
suspiro.
Me burlo.
―¿Tú también?
―Estoy fuera de eso, hombre. ―Deja su mierda en el suelo, tirando de
su sudadera sobre su cabeza―. La cagué, tomé un poco de Molly, y la bajé
con licor como un idiota.
―Maldita sea, hombre, y pensé que yo era el idiota.
―Lo eres, pero no estás solo. ―Él sonríe, pero se cae rápidamente.
Aguantando la respiración, me las arreglo para ponerme de pie de
nuevo y caminar hacia el dispensador por un vaso de agua rápido.
―Sí, tráeme uno, ¿sí?
Asintiendo, lleno otro y se lo acerco.
Neo abre la palma de su mano y dentro de ellas hay dos píldoras azules
familiares. Me ve mirando y se burla.
―El entrenador Reid al rescate.
Un ceño tira de mis cejas.
―¿Rehidratación?
―Más bien limpia tu sistema. ―Se las mete en la boca, bebe el agua y
se pone de pie―. Dos más esta noche y estaré bien.
La inquietud se desliza sobre mí.
―¿Qué quieres decir?
―¿Recuerdas cómo salí sucio en la prueba de la pretemporada el año
pasado? ―Se quita los joggers sobre los zapatos, con los pantalones cortos
de gimnasia ya puestos debajo―. El entrenador dijo que si vuelvo a actuar
como un tonto, que se lo haga saber y él hará lo que pueda, así que le dije
a primera hora de la mañana y me dio esto. ―Se gira hacia mí, arrojando
su gorra en el casillero―. No quería, y me pateó el trasero, pero no puedo
volver a salir sucio, hombre.
Neo me da una palmada en el hombro, y si no estuviera metido en mi
cabeza, podría hacer una mueca por el tiro que la máquina de pelotas me
dio ahí, pero todo en lo que puedo pensar es en la noche después del juego
de Cal Poly.
En cómo no recuerdo haber bebido mucho y las pastillas que me dio al
día siguiente.
Las mismas pastillas azules.
―Cruz, vámonos, o será peor para nosotros.
Sabiendo que tiene razón, lo sigo hasta el campo de práctica.
Como podríamos haber imaginado, el equipo está parado ahí,
esperando a que aparezcan los dos últimos hijos de puta antes de que se
les permita comenzar.
No hay una cagada de una persona.
La cagas, cagas a todo tu equipo, y el entrenador nos golpea duro.
Comienza con carreras cortas en pista, luego carreras cortas, pero
cuando siente que no estamos dando todo, nos llama a la cerca y nos envía
a correr cinco kilómetros, sin dejar a nadie atrás, alrededor del campus.
Pero no ha terminado.
Tenemos cinco segundos para respirar antes de que ordene cinco
vueltas alrededor del campo.
Dos y media vueltas adentro y estoy inclinado sobre un bote de basura
de hojalata, vomitando mis entrañas.
Mi cuerpo está resbaladizo por el sudor y cada puto centímetro de mí
está adolorido.
No he dormido, no he comido y no me he afeitado. Apenas puedo
levantar mis jodidas extremidades, y mucho menos pararme en el césped
caliente y lanzar una maldita pelota.
―Nadie interrumpe los ejercicios de posición hasta que se terminan las
vueltas como equipo.
Observo con furia el maldito bote de basura y me meto el dedo en la
garganta para obligar a que salga más licor, pero no vomito nada. Me
quito la camisa por la cabeza y me limpio el rostro. Mi mano libre cae
sobre mis caderas mientras trato de recuperar el aliento.
―¡Vamos! ― El entrenador hace sonar su silbato, pero yo simplemente
lo miro por encima del hombro.
Baja su portapapeles, mirándome.
―¿Tienes un problema, hijo?
Cuando no hago nada más que escupir a un lado, comienza a caminar
hacia mí.
Mi cabeza está jodidamente golpeando y me duele respirar. Estoy
pensando en todo tipo de cosas locas y probablemente me esté cayendo
por un pozo sin fondo que he imaginado. Todo lo que sé es que estoy
enojado con todo y con todos, y no tengo la capacidad mental para esta
mierda en este momento.
Así que paso junto al hombre.
A la mierda con esto.
―Tobias... ¡Tobias!
No le hago caso y no vuelvo al vestidor.
Me quito toda mi mierda y salgo del campo, directamente hacia la
puerta, con sus ojos ardiendo en mi espalda todo el camino.
Voy a casa, me ducho y me derrumbo en la cama.
Todo lo que quería hace cuatro meses era terminar el año con una
temporada ganadora y convertirme en profesional.
Ahora, todo lo que quiero es ver a Meyer a los ojos y escucharla decir
que me quiere, que valgo la pena. Que valgo más. Que ella cree en mí, me
elige y sabe en su corazón que puedo ser lo que ella necesita, lo que Bailey
necesita.
Pero eso no va a pasar, porque me recordó lo que me han dicho una y
otra vez
No soy lo suficientemente bueno.
No soy digno.
Desearía poder ver a Bailey, besar sus mejillas regordetas y hacerle
entender que no la dejaré, pero su mamá me dejará a mí.
Todo lo que sé es que no puedo volver a antes de que fueran mías.
El tipo que el mundo ha visto en los últimos días es quien soy ahora.
Este es el nuevo yo.
El yo que no es querido por ella.
Me quedo dormido, sabiendo que todo es cuesta abajo desde aquí.
Meyer
―Bailey. ―Me inclino para agarrar el trozo de manzana que me
arrebató del plato, pero ya se lo llevó a la boca.
Sus ojos se agrandan y aprieta sus pequeños músculos en un intento de
aferrarse a él.
―Bien, bien. Espera. ―Lo saco de sus dedos, reviso los extremos para
asegurarme de que ninguna parte se rompa y lo giro, dejándola pasar sus
encías hinchadas por él. No tarda mucho en ablandarse y tengo que
quitárselo.
Se tira hacia atrás sobre su manta y comienza a fingir llorar, algo que
descubrió recientemente la ayuda a conseguir lo que quiere.
―Bailey, bebita. Detente. ―La levanto, pero ella dobla la espalda, y si
no la hubiera sujetado bien, podría haberse caído de mis brazos―. Está
bien, mamá. Shh.
Rebotando en la parte superior de mi cuerpo, acaricio su pequeño
trasero, ofreciéndole chupón y lentamente comienza a calmarse, pero yo
no puedo.
Ha estado cada vez más irritable en los últimos días y no puedo evitar
sentir que tengo la culpa.
Dicen que los bebés pueden sentir el estrés, y yo no he sido más que un
caso perdido.
Ella duerme menos, al igual que yo, y no es bueno para ella.
No es bueno para ninguna de las dos.
¿Cómo puedo sentirme tan mal haciendo lo correcto por ella cuando la
miro?
Paso mi palma sobre su suave cabello, y lentamente ella se acomoda
contra mí.
Las lágrimas brotan de mis ojos y miro hacia el techo para detenerlas.
Debería colocarla en su cama, pero no me atrevo a moverme. Solo quiero
abrazarla un poco más.
Pero luego hay un golpe en mi puerta.
Mi respiración se aloja en mi garganta y me tenso, a regañadientes
acomodo a Bailey en su almohadilla de juego debajo de mí.
Oigo un segundo golpe y me pongo de pie, con el pulso acelerado.
Bianca tiene una llave, así que no llamaría.
Solo hay otra persona que podría ser, y no lo he visto desde que lo miré
a la cara y le mentí.
Los pelos en la parte de atrás de mi cuello se erizan cuando alcanzo la
manija, pero incluso entonces me detengo, preguntándome si se dará por
vencido y se irá, pero luego sigue un tercer golpe y entonces abro la
puerta.
Mi corazón cae a mis pies mientras miro hacia un par de ojos azules
completamente diferentes.
―¿En dónde está? ―El entrenador Reid espeta―. ¿Dónde está Tobias?
Mis hombros se levantan y niego con la cabeza.
―No lo sé…
―No mientas ―dice furioso, intentando esquivarme para entrar en mi
casa, pero salgo de ella y me deslizo con él.
Salgo de un tirón de la puerta, cerrándola detrás de mí.
―¿Qué diablos crees que estás haciendo?
Él se mueve hacia atrás, con una ceja levantada.
―¿No se me permite entrar en tu casa?
―No. ―Una risa sin humor me deja―. No puedes.
―Yo no puedo, ¿pero él sí?
Mi columna se endereza y él entrecierra los ojos.
―No sabes nada. Te sientas y te deleitas con el hecho de que estoy
atrapada bajo tu pulgar, de la misma manera que trataste de llevar a Milo
ahí.
―Supongo que tu hermano es más inteligente que tú.
―No es tan fácil de manipular, más bien.
―No me eches la culpa de tus decisiones de mierda ―responde
bruscamente―. Ambos sabemos que los haces repetidamente. Acepté
pagar tus clases cuando perdiste tu beca después de quedar embarazada.
¡No lo arruines follándote a mi jugador estrella!
Mis órganos arden dentro de mí, y miro hacia otro lado.
―Te odio.
―Mira… cariño, no quiero hacer esto ahora, solo dime si él está ahí.
Muerdo mi mejilla.
―No lo he visto, no desde que lo “hice así de simple”.
Ladea la cabeza y estoy segura de que me llamará mentirosa, pero no
lo hace. Lo contrario, de hecho.
El hombre asiente.
―Supongo que eso tiene sentido.
Frunzo el ceño y quiero preguntarle qué quiere decir, pero no quiero
darle la satisfacción de tener la ventaja una vez más.
Resulta que no tengo que hacerlo porque él siempre la tiene.
Su expresión comprensiva se transforma rápidamente en una de
contención.
―Se quedó dormido durante un juego, se perdió dos prácticas y cuatro
días de clases.
Oh, Dios.
―Hicieron trabajos de investigación en historia, y ahora tiene un
borrador atrasado. Su examen final vence el miércoles.
Un dolor agudo recorre mi columna.
Y ahí está, la razón de su contención, por lo que compartió esta
información conmigo.
Niego con la cabeza.
Él asiente con la suya.
―No.
―Meyer, sí.
―No hay forma.
―Lo arreglarás.
―No.
―No te estoy dando a elegir.
―No puedo.
―¡Dije que lo arreglaras! ― él grita.
Salto y sus manos se levantan mientras respira para calmarse.
―Estoy... ―Exhala un fuerte suspiro por la nariz para calmarse―. Lo
siento, pero Meyer, lo harás.
―No lo haré, no puedo estar cerca de él.
Abre la boca, pero rápidamente la cierra mientras me mira con los ojos
entrecerrados.
―Te enamoraste del chico... como realmente te enamoraste de él, como
si alguna vez pudiera funcionar para ustedes dos.
Aprieto la mandíbula, pero no digo nada, y él se ríe, pero es burlona.
Se levanta la gorra y luego se la vuelve a poner lentamente.
―Trabajarás con él los próximos dos días. Haz eso y te transferiré de
vuelta a tu antiguo departamento. Si no lo haces y él reprueba, pierde la
elegibilidad…
―Y tú pierdes tu campeonato.
Sus ojos se estrechan.
―Sí, tienes razón, pero piensa en el chico, ¿okey? Ya que has sido floja
con tu moral, una vez más, ponte en su lugar. Tienes la oportunidad de
ayudarlo, y estará en tu conciencia si no lo haces.
Las lágrimas se forman en mis ojos sin permiso.
―Esto hará más daño que bien, tienes que saber eso. Puede que te
ayude en este tramo final, pero ¿qué sucederá con él después de eso?
―Ese será su problema.
―Él confía en ti.
―Y perdió eso cuando dejó que una chica se interpusiera en su juego.
―Algunas personas son humanas por dentro, no máquinas.
―Algunas personas son estúpidas. ―Camina hacia atrás―. Le diré
dónde estar y cuándo.
―¿Qué pasa si él no aparece?
Sus pies se detienen en donde está, su tono es de resentimiento.
―Ambos sabemos que lo hará.
Miro hacia otro lado y luego se ha ido.
Y como parece que me gusta el dolor, entro, abro mi computadora y
voy directamente a la página del periódico de la universidad.
Mi corazón se desploma mientras leo los artículos de la semana pasada,
cada uno de ellos criticando a Tobias y documentando su “espiral
descendente” como lo llaman.
Hay tomas de él peleando en el campo, entrando al bar, e incluso una
de él desmayado en la mesa de picnic del patio.
Se me oprime el pecho, es como si una vaina de angustia me sofocara
de adentro hacia afuera.
Yo provoqué esto.
Le robé su felicidad y si no hago lo que me piden, seré responsable de
robarle su futuro. No tiene idea de que el hombre que admira es un
imbécil malicioso que lo destruirá si es agraviado. Nada es más
importante para Tobias que este siguiente paso, luego cumplir el objetivo
que se propuso, lograr lo que tantos han jurado que no podría.
Tobias está hecho de suciedad y sudor, del juego, y sin él, estará
perdido.
Es su vida, su futuro.
No puedo dejar que se le escape.
Tengo que ayudarlo, no importa cuánto me rompa a cambio.
Tobias
Empujo las puertas y me dirijo directamente a la oficina del entrenador,
y decir que está sorprendido de verme es quedarse corto.
Su cabeza se levanta de su cuaderno y lentamente deja su bolígrafo.
―Tobias.
―Yo, eh… ―lamo mis labios, frotándome la nuca―. Pasé por tu casa.
Tu auto no estaba enfrente, así que vine aquí.
Se forman arrugas a lo largo de su rostro.
―No podía dormir con el gran juego tan pronto.
Asiento con la cabeza, me doy la vuelta para alejarme de él y dejo que
mis ojos deambulen por las fotos en la pared, ninguna de las cuales
muestra a una hermosa chica de cabello castaño. Todas son de
entrenadores, atletas y estrellas de la MLB. El trabajo de su vida; el
enfoque de su vida.
―¿Qué me diste?
―¿De qué estamos hablando exactamente?
―Esa noche después del juego de Cal Poly. ―No me giro, pero mis ojos
cortan los suyos―. ¿Qué me diste, entrenador?
Lentamente, se acomoda en su silla de cuero.
―Hijo…
―Neo me dijo qué eran esas pastillas, las que le diste. Las que pusiste
en mi mano a la mañana siguiente cuando no podía recordar una mierda,
sin ni siquiera haber bebido una segunda botella de cerveza.
―No sé de qué estás hablando.
―Okey. ―Asiento, arrojando la identificación de Meyer en el
escritorio―. ¿Qué sabes de eso?
El hombre se pone rígido visiblemente, y sé que su mente está dando
vueltas, tratando de averiguar qué es lo mejor que decir, pero se demora
lamiéndose los labios.
Finalmente, me mira a los ojos, con la verdad escrita dentro de ellos.
―Tobias…
―No lo entiendo. ―Niego con la cabeza―. Has pasado los últimos tres
jodidos años edificándome en todo momento. Rescatándome en cada
jodida esquina. Encendiste el puto camino y me drogaste a través de él.
Pensé que eso significaba que confiabas en mí, que me respetabas, que
valía algo a tus ojos.
Ladea la cabeza.
―Y pensaste bien, no he hecho nada para hacerte suponer lo contrario.
Agarro el borde de su escritorio, inclinándome hacia adelante para que
mi rostro esté alineado con el suyo.
―Si eso es cierto, mírame a los ojos y dime que no eres la razón por la
que Meyer ha estado haciendo todo lo posible para alejarme.
La vena de su mandíbula se tensa.
―Mi relación con ella no tiene nada que ver con mi relación contigo.
―Mientras ella y yo no tengamos una, ¿verdad? ¿Porque soy lo
suficientemente bueno para liderar tu equipo, pero no soy lo
suficientemente bueno para amar a tu hija?
―Cuidado ―dice lentamente.
―¿Por qué? ¿Porque es la verdad?
El entrenador Reid se lame los labios de nuevo.
―Tobias ―habla con cautela―. Has sido mi prioridad durante años, lo
sabes, ella es...
―No. ―Niego con la cabeza y me levanto del escritorio, ahora
mirándolo fijamente―. Lo que sea que vayas a decir, simplemente no lo
digas. No quiero escuchar cómo soy más importante que tu carne y tu
sangre, porque eso es una mierda.
―No fue una mierda cuando te beneficiaste de eso, ¿verdad?
―¡No lo sabía! ―grito―. Si lo hubiera hecho, me habría dado la vuelta
y le habría dado todo lo que he recibido de ti, sin dudarlo. No es de
extrañar que no me haya hablado de ti, nadie quiere reclamar aquello de
lo que se avergüenza.
―No te quedes aquí y actúes como si fueras un hombre honorable,
Tobias.
―No se trata de ser honorable, entrenador. Se trata de la decencia
humana, algo que le damos a los extraños en la calle, pero ¿qué decencia
le has mostrado a ella?
―Más de lo que te das cuenta, parece.
―Al igual que conmigo y ella, ¿verdad?
Sus ojos se estrechan.
―Vamos, entrenador, sabes a lo que me refiero. ¿Cómo, después de que
la convenciste de que se alejara de mí, te diste cuenta de que ella significaba
más para mí de lo que parecía?
―No hubo convencimiento, Tobias. Estabas tomando todo su tiempo.
―Él me observa de cerca―. Lo que significaba que tenía menos para los
demás. Necesitaba dejarte para recuperar sus ingresos normales.
―¡Me dijiste que me tomara todo su tiempo! ―grito―. ¡Dijiste que
ganaba más cuando estaba conmigo!
Entrecierra los ojos y tira la cabeza hacia atrás cuando se da cuenta:
―Empezaste a reprobar a propósito...
―¡No me jodas! ―Me doy la vuelta, pasándome las manos por el
rostro.
Le robé su tiempo, lo que le robó parte de su sustento, lo que le robó a
Bailey.
Mierda, hombre.
Le robé a Bailey.
―Hijo...
Una risa burlona me deja, y mi barbilla cae sobre mi pecho.
―No soy tu hijo.
Lentamente, me enfrento al hombre que he admirado durante los
últimos tres años, el hombre en el que esperaba convertirme algún día,
alguien que te da esperanza cuando no tienes ninguna, que te sostiene la
puta cabeza cuando el peso del mundo te arrastra hacia abajo, y de
repente, ni siquiera lo reconozco.
No tiene fotos de Meyer en su pared.
Nunca ha hablado de ella.
Ni siquiera insinuó sobre tener una familia.
Todo lo que le importa es su trabajo, su carrera.
El béisbol no es solo todo lo que tiene, es todo lo que es.
Yo quería ser él.
Nunca seré una maldita cosa como él.
―No soy tu hijo ―repito―. Y no quiero ser tratado como tal por un
hombre cobarde que cuida a su equipo más que a su propia familia. ―La
vergüenza se apodera de mí―. Ella está luchando, tiene poco o nada, y ni
siquiera se queja. ¿Podrías hacer mucho más por ella y en vez de eso lo
desperdicias conmigo? ¿Me das una casa y una camioneta y dejas que ella
se las arregle sola y con su hija?
―¿Quién crees que cubre la matrícula de esa chica, eh?
―Ella tiene un promedio perfecto, puede hacer eso sin ti.
―Eso demuestra cuánto sabes.
―¡Entonces jodidamente dime!
―No es asunto tuyo, concéntrate en ese contrato de nueve millones de
dólares que se te presenta, gracias a lo que yo te ofrecí. ―Se pone de pie―.
Todo lo que he hecho, lo hice para asegurarme de que llegarías a donde
estás ahora. Todas esas veces que cubrí tu trasero y te saqué de un apuro.
Las veces que saqué tu culo de los bares o me deshice de tu compañía por
ti.
―No te pedí que hicieras todo eso.
―Sí, lo hiciste, Tobias. Hazte cargo de eso.
―Esto no es lo mismo.
―Es exactamente lo mismo. ―Él mira, y luego algo parpadea en sus
ojos―. Pero asumo que nunca llegó a contarte lo de la noche en que la
recogí en la puerta de tu casa, ¿verdad?
Mi rostro cae, y el peso de una docena de rocas se desploma sobre mi
pecho.
Él niega con la cabeza.
―Sí, no lo creo. No soy el único que esconde partes de mi vida. La chica
es un problema, Tobias, es una mentirosa nata, y estoy tratando de
mantenerte alejado de eso. Lo último que necesitas es una sanguijuela.
―¿Qué quieres decir? ―Trago saliva, y cuando no dice nada, me lanzo
hacia adelante, lo agarro por la camisa y lo arrojo a los estantes a nuestro
lado―. ¡Dije, ¿qué quieres decir con eso?! ¡¿Estás diciendo que estuve con
ella antes?! ¡¿Que no la recuerdo?!
Nunca podría olvidarla, no lo haría.
―¿Por qué crees que ella no quería ser tu tutora, Playboy? ―El
entrenador Reid aparta mis manos de él, manteniéndose erguido―. Los
recuerdos pueden ser una perra.
Me tambaleo hacia atrás, buscando en mi mente y saliendo vacío.
―Bailey... ―Mi mirada cae al suelo y me paso la mano por la cabeza―.
Ella... ella es...
Ojos azules.
Levanto la vista, sorprendido por la expresión atónita en el rostro de mi
entrenador.
Me mira, su cabeza se inclina más y más hacia un lado, las arrugas que
enmarcan sus cejas se profundizan, y luego el hombre se ríe.
Una carcajada plena, inesperada, incrédula, que me acelera aún más el
pulso.
―Bueno, estaré jodidamente condenado. Realmente eres un hijo de
puta despistado. ―Él niega con la cabeza―. Sal de aquí y pon tu trasero
en jaque.
―Vete a la mierda ―escupo―. Vete. A. La. Mierda.
Me aparto, con el cuerpo hormigueando. Toda la puta rabia se está
gestando en mi pecho, y un millón de otras emociones girando con ella.
―Si crees que vas a jugar a las casitas con mi hija y que te lo voy a
permitir, te equivocas. Te tengo por seis semanas más, chico.
―La escuela termina en tres.
―Y nuestra temporada continuará hasta finales de junio, no actúes
como si no entendieras lo que estoy diciendo. ¡Hiciste un trato conmigo!
Me doy la vuelta, y mi puño golpea la pared a una pulgada de su rostro
como un martillo.
―Yo te llevé a la cima, estamos en la serie mundial y en camino para el
juego de campeonato ―bromeo.
―Ahora me traerás a mi protegido ―dice con frialdad―. Regresarás a
tu casa que yo pago, tomarás una maldita ducha y harás tu maldita
maleta. Llegarás a la puerta a tiempo para subir al autobús, dominarás
estos próximos juegos y estaremos en camino al gran juego. Yo obtendré
mi estandarte, mi oro por mi desarrollo del programa, y tú obtendrás tu
contrato. ―Se arrastra más cerca―. Y después de eso, te habrás ido, y no
serás nada más que un recuerdo para mí y Meyer.
Eso jodidamente pica, su rápida indiferencia, pero no más de lo que me
disgusta.
―El hecho de que creas que soy un hombre así es prueba de que no me
conoces en absoluto. ―Niego con la cabeza, dando pasos hacia atrás
alejándome de él―. Puede que haya tenido una pelea con mis padres,
pero mi papá era un buen hombre y me enseñó cosas mejores que dejar a
las personas que amo, y yo la amo. Las amo a las dos.
Con eso, empujo las puertas dobles hacia el túnel, pero los pasos del
bastardo me siguen.
―¡Aléjate de ella, Tobias! ―me grita―. Al final solo la lastimarás, y lo
sabes. Todas esas chicas en el camino, la fama que has estado
persiguiendo. ¿Cuántas veces has dicho que todo lo que necesitabas era
la libertad para hacer lo que quisieras en el mundo? ¡Nunca podrías dejar
ir todo eso!
Le doy una mirada rápida por encima de mi hombro, y aunque no estoy
seguro de lo que transmiten mis ojos, su rostro cae cuando digo:
―Obsérvame.
Meyer
Durante la última hora, he estado haciendo un agujero en mi alfombra,
paseando sin pausa por el corto tramo de mi sala de estar, cuando de
repente, hay un suave golpe en la puerta de mi casa.
Mis manos vuelan a mi pecho, y me congelo donde estoy.
Los minutos han pasado abismalmente lentos mientras espero con
alfileres y agujas a que regrese Tobias, porque sabía que lo haría, pero
ahora que está al otro lado de la puerta, no sé si puedo abrirla.
Tengo miedo.
No sé qué decirle y no tengo ni idea de lo que está a punto de decirme.
Pero para empeorar las cosas, el pequeño indicio de esperanza al que
me he aferrado de que tal vez no se salió de la pared, que tal vez
simplemente salió a correr para ordenar sus pensamientos, de repente
parece un pensamiento completamente ingenuo.
Me refiero a Tobias, y es cualquier cosa, si no directo.
Dios, se merece el mismo respeto.
Entonces, inhalo todo el aire que mis pulmones hambrientos me
permiten y abro la puerta.
Sus ojos están en sus pies, y cuando mira, su atención se mueve por
encima de mi hombro.
Ni siquiera puede mirarme.
Dando un paso atrás, entra, cerrando la puerta en silencio detrás de él
y luego estamos en la sala de estar.
Me muerdo el labio mientras él pasa el suyo entre los dientes,
entrecerrando los ojos hacia el patio trasero.
―¿Es cierto... ―Su voz es vacilante.
―Tobias…
―¿Es verdad, Meyer?
―Por favor, dime que no fuiste con él.
Eso llama su atención, y gira su cabeza en mi dirección, con sus cejas
casi tocándose en el centro.
―Por supuesto que lo hice.
―Oh, Dios. ―Mis manos ahuecan mi boca, y las lágrimas brotan de mis
ojos mientras me siento en la cama.
Tobias se precipita hacia mí.
―Le dije que no me importa una mierda. Nada de eso. Solo te quiero a
ti. A ustedes dos.
―No entiendes. ―Las lágrimas caen.
―¿Qué, que me mentiste?
Mi cabeza se levanta de golpe, y el dolor en su mirada refleja el mío.
―No lo hice.
―Una mentira por omisión es lo mismo, Tutora Girl ―dice con voz
áspera, cayendo de rodillas ante mí. Agarra mi mano en la suya.
Cierro los ojos, y una suave sonrisa cubre mis labios. Dios, ¿qué tan
egoísta puedo ser?
Estoy sentada aquí tan concentrada en mi propia vida que está a punto
de derrumbarse a mi alrededor cuando a él le arrojaron una bomba esta
mañana.
Esto es mucho para él también.
Mis ojos se abren para encontrarlo esperando, con una mirada de
ternura que me dan ganas de llorar por una razón completamente
diferente.
―Tobias. ―Tomo su mejilla y mi corazón se encoge cuando él se apoya
en mi palma, y sus labios rozan mi muñeca―. Es por eso que me negué a
ser tu tutora al principio, o... traté de negarme.
―¿Por qué, bebé? ―Sus labios rozan mi muñeca, sus ojos cansados se
clavan en los míos.
―Porque por mucho que pretendiera lo contrario, sabía a dónde
conduciría, sabía lo que significaba para mí estar cerca de ti… por eso
esperaba, pero no, que fueras un idiota.
Su risa es baja y un poco triste, y siento el dolor en lo profundo de mis
huesos.
―No quería causarte problemas o ponernos en un centro de atención
del que no pudiéramos salir, que él vería, y que al final nos lastimaría a
los dos.
―Me merecía saberlo ―dice simplemente.
―Sí ―susurro―. Lo merecías, pero tú lo amas, y no quería ser la razón
por la que lo miraras de manera diferente.
―Pero esto no se trataba de él, Meyer. ―Frunce el ceño, su tono es
suave pero firme―. Esta es mi vida y nunca debí haberme perdido
ninguna parte de la suya. La amo, como imagino que un padre ama a una
hija y ni siquiera sabía que era mía.
Mis cuerdas vocales se arrugan, y mi garganta se seca.
―¿Qué?
Se pone de pie y se deja caer sobre el borde del colchón a mi lado.
―Lo digo en serio. Lo hago.
Me pongo de pie, negando con la cabeza.
―¿Qué estás tratando de decirme en este momento?
Él se pone de pie, y la ira se abre paso en sus ojos.
―Estoy diciendo que amo a mi hija y quiero estar aquí para ella. Que
estaré aquí para ella.
―Mierda ―grazno, al borde de la hiperventilación.
―Le dije a tu papá que no puede detener esto. No puede interponerse
en nuestro camino.
Mi mano se acerca a mi boca, las lágrimas brotan y amenazan con
ahogarme.
―Oh, Dios... Tobias.
Viene hacia mí, agarrando mi rostro con una ternura torpe, con la
desesperación ahogando el azul de sus ojos.
―Tobias…
―Sé lo que tenía sobre tu cabeza. Me habló de la matrícula, de nosotros.
Estoy molesto, sí, tal vez más que molesto, pero... pero está bien. Estoy
dispuesto a olvidar todo si eso significa tenerte.
La derrota me envuelve, y el dolor en mi pecho se duplica mientras
miro al hombre frente a mí.
Levanto mis manos, colocándolas sobre las suyas, y suavemente quito
sus palmas de mi rostro.
―Estás completamente equivocado.
Retrocedo y él me alcanza, pero niego con la cabeza y me giro para sacar
un archivo del cajón.
Al entregárselo, observo cómo sus ojos se fijan en el encabezado de la
primera página, y una expresión confusa proyecta una sombra sobre su
hermoso rostro.
―Custodia... yo no... ―Sacude la cabeza.
―Tobias, Thomas Reid no es mi papá. ―Yo trago―. Él es mi esposo.
Tobias
La carpeta se desliza de las yemas de mis dedos, y todos los papeles
que contiene caen al suelo.
Me siento como si me hubieran dado un puñetazo, justo en el estómago,
en la sien, en el puto pecho.
Hace una hora, estaba confundido, enojado, y luego pensé que Bailey
era mía, y de alguna manera, a través de esa ira y confusión, todo se sintió
bien. Mejor que bien.
De repente tenía todas las cosas que no sabía que quería, pero en el
momento de la supuesta comprensión, no podía imaginar la vida sin ellas.
Ahora aquí estoy, mirando a los ojos de su mamá y todo lo que me
consume es la pérdida.
¿Cómo es posible que sesenta minutos de conocimiento duelan como
una puta vida de tener algo que de repente me ha sido arrancado?
No puedo respirar.
―Lo siento tanto ―dice con voz áspera―. Yo…
Se interrumpe cuando levanto una mano y me alejo de ella porque
necesito un jodido minuto. Me alejo varios pasos deseando que mi pulso
se calme, que mi mente se enfríe y mi cuerpo deje de temblar, pero no
funciona.
Esposo. Dijo esposo.
Levanto la mano para tocarme el rostro y la miro por encima del
hombro.
―¿Estás jodidamente casada? ―Mis cejas se elevan―. Eres la esposa
de alguien. La esposa de otra persona.
Sus hombros se mueven hacia adelante y se encoge sobre sí misma.
―Puede que esté casada con el hombre, pero no soy su esposa, Tobias
―susurra, su tono está lleno de vergüenza.
―Oh, vamos, Meyer. ―Me doy la vuelta para mirarla―. No me jodas,
no en este momento.
Estoy enojado, frustrado, pero sobre todo me duele.
Todo dentro de mí me arde.
Saber que ella amó antes que a mí, que se entregó por completo a un
hombre que no soy yo, que técnicamente pertenece a otra persona, a
alguien a quien yo también amé, me hace sentir destrozado. Traicionado.
Nunca supe que un corazón realmente podría doler, pensé que eso era
algo que decía la gente.
Estaba equivocado.
Es real.
Está jodido.
―Tobias ―suplica, con un tono tan destrozado como me siento―.
Puedo prometerte que lo que sea que esté pasando por tu mente en este
momento no se parece en nada a la realidad de la situación.
―Podrías haberme dicho. Deberías habérmelo dicho.
Ella asiente, y las lágrimas se acumulan en sus ojos.
―Quería hacerlo.
―Eso no es suficiente.
―Lo sé, yo… ―se traga su excusa y asiente de nuevo―. Lo sé.
Aparto la mirada de ella, mi cabeza tiembla mientras trato de entender,
de procesar esto.
Una cosa era cuando pensaba que él era su papá. No sentí ni un ápice
de traición, y creo que es porque el hombre era grande para mí, o eso
pensaba. Él llenó el pequeño espacio que yo mismo dejé abierto cuando
decidí seguir mi sueño. Saber que el entrenador Reid hizo eso por mí y la
ignoró redirigió mi ira. Estaba herido por ella, enojado por ella, pero ahora
estoy un poco enojado con ella, un poco herido por ella.
La mujer de la que me enamoré está casada. Ella no es libre para
amarme de vuelta.
Ella no es libre de permitirme amar a su hija.
La hija del entrenador Reid.
Trago saliva, decir ese hecho en mi propia mente me retuerce las
costillas, es como si un ser sobrenatural se hubiera metido dentro de mi
cuerpo, me agarrara y se negara a soltarme.
Mis ojos caen al suelo brevemente, pero luego hago una doble toma.
Papeles de custodia...
¿Por qué tendría esto? Ya tiene a Bailey. Ella es su mamá. Es su hija.
Me inclino, tomo algunos de los formatos ahora esparcidos alrededor
de mis pies, rozando unas pocas líneas, pero no entiendo lo que dice.
Y luego veo el nombre al lado de la palabra “peticionario”, y no es el de
Meyer impreso ahí.
Me arde la piel, se me hunde el pecho y niego con la cabeza.
Una fuerte sensación de temor me invade, y mi garganta comienza a
obstruirse cuando obligo a mis ojos a mirarla.
―Bebé...
Una suavidad recorre sus rasgos, y me da una pequeña y triste sonrisa
lateral.
No...
No tengo que preguntar, me dice.
―Thomas hizo que los prepararan. Él, mmm ―su voz se quiebra―.
Tiene una manera de hacerse entender, quiere asegurarse de que sepa que
no es alguien que fanfarronea.
Mi estómago cae a mis pies.
―¿Él te amenazó… con ella?
Una pequeña risa la deja, pero es más un llanto, y sus ojos se mueven
hacia el techo. Una vez que regresan a mí, la angustia dentro de ellos me
quema.
No puedo soportarlo.
Me pongo de pie, voy hacia ella y la tomo en mis brazos.
Sus suaves sollozos sacuden su cuerpo y la aprieto con más fuerza.
―Está bien ―le digo, pasando mis manos por su largo cabello
castaño―. No dejaré que te haga esto.
―No hay nada que puedas hacer ―respira.
―Sí hay, puedo contratar al mejor abogado que existe. Gastaré todo lo
que me corresponde. Mierda, le daré todo, no me importa. No permitiré
que te haga daño y que se la lleve.
Ella niega con la cabeza, mirándome con esos grandes ojos marrones.
―Tobias...
―Haré eso por ti.
Sus palmas caen sobre mi pecho.
―Él y yo, tenemos un acuerdo. ―Jadea a través de sus lágrimas―. Lo
puso todo en un contrato que no tuve más remedio que firmar.
La desesperación en su mirada es sofocante, pero alcanzo a preguntar,
―¿Qué hay en el contrato Meyer? ―Estoy casi jodidamente asustado
de averiguarlo.
―Dice que, si le cuento a alguien sobre él y yo, sobre nuestro
matrimonio o el hecho de que tenemos una hija juntos, acepto cederle
todos los derechos sobre Bailey, y si me meto con alguno de sus atletas,
estoy de acuerdo con lo mismo.
Mi rostro cae, y mi cuerpo se entumece.
Estar conmigo lastimará a esa niña.
Me siento jodidamente enfermo.
Tengo ganas de darle una paliza a ese pedazo de mierda.
Las palmas de Meyer se deslizan un poco más arriba.
―¿Sabes por qué hizo eso?
Apretando la mandíbula, sacudo con fuerza la cabeza y beso
suavemente la suya cuando una lágrima se desliza por el rabillo del ojo.
La sonrisa de Meyer es rota.
―Porque te lo dije.
Mi cuerpo se pone rígido.
―Meyer.
Ella asiente en respuesta.
―¿Así que esa parte era verdad? Tú y yo... entonces, ¿cómo sabes que
ella no es mi...? ―Las palabras salen volando de mí al instante, pero la
mirada en sus ojos hace que cesen con la misma rapidez. Hablo a través
del nudo en mi estómago―. Ya estabas embarazada cuando nos
conocimos.
―Sí ―susurra.
―¿Qué pasó? ―Mis hombros caen―. Necesito saber todo. Cuéntamelo
todo.
Meyer asiente, toma una respiración profunda y destrozada y me lleva
atrás en el tiempo.
Meyer
La música de todos los géneros suena desde todas las direcciones, lo que se suma
a la escena caótica que es Ruckus Row los viernes por la noche. Todo el lugar está
iluminado de un extremo a otro, hay risas y charlas fuertes en el aire frío de la
noche.
Mirando alrededor, tiro del dobladillo de mi sudadera de la Avix University,
asegurándome de que llega muy por debajo de mi cintura, como si hubiera algo
que ocultar.
Lo hay, pero nadie lo sabrá hasta dentro de un par de meses, si lo que leo en
línea es cierto.
Por favor, que sea verdad.
―¡Lo encontré! ―Bianca dice desde detrás de mí.
Forzando una sonrisa, me giro hacia su derecha mientras cierra la puerta
trasera del auto de su nuevo novio, Cooper.
Ella agita su teléfono en la mano. Justo entre los asientos, tal como dije que
sería.
―¿Qué haría él sin ti?
―Pasar mucho tiempo con la loción, eso es seguro.
Una risa me deja y Bianca sonríe, deslizando su brazo a través del mío.
―No creas que voy a comprar esa sonrisa falsa ni por un segundo. ―Ella me
sacude, y nos vemos de frente―. No estoy segura de por qué tu insistencia en
salir esta noche y aunque ambas sabemos que me lo dirás muy pronto, ese no es
el punto. El punto, sin embargo, es que podemos irnos en este momento. Quiero
decir, tengo las llaves del hombre. Podríamos llevar a ese chico malo a dar una
vuelta rápida. ―Ella levanta una ceja, pero sé lo que está haciendo, y la amo por
eso.
Aunque tiene razón. Vine aquí por una razón y es para olvidar, para dejar ir
mi nueva realidad y ser la chica que era hace una semana, antes de que esas dos
líneas azules lo cambiaran todo. Al menos durante un par de horas.
―¿Y saltarte una fiesta de fraternidad? ¿Estás loca? ―Yo juego mi papel.
―Aww, chica, eres tan linda. ―Ella nos guía a través de las pocas personas
reunidas cerca del porche, y un estudiante de primer año en la puerta la abre para
nosotras, permitiéndonos entrar―. Es una fiesta en la casa del equipo, no una
fiesta de fraternidad, pero créeme, habrá muchos tiburones en el mar, si sabes a lo
que me refiero, todo lo que tienes que hacer es sonreír y dejar que comience el
frenesí.
Mis pulmones se expanden con una inhalación completa y miro alrededor de la
habitación.
―O tal vez todo lo que tienes que hacer es quedarte ahí luciendo bonita.
Frunciendo el ceño, la miro y ella inclina ligeramente la cabeza.
―Chica, no mires, pero el gran tiburón blanco de esta perra está mirando hacia
aquí.
Mi cabeza salta hacia adelante.
―¡Oh, Dios! ¿Qué dije? ―Ella se ríe, arrastrándome a un lado.
―Lo siento. ―Me río―. No veo a nadie de todos modos.
―Eso es porque él es suave. Lo verás cuando quiera que sepas que está mirando,
pero cariño, está mirando.
En ese momento, Cooper se apresura, con la molestia clara en su mirada oscura.
―Lo siento, pero tengo que irme. El hijo de puta idiota de primer año necesita
un rescate en el centro.
Blanca niega con la cabeza.
―No puedes conducir.
―Y él no puede pelear así que… ―Otros dos tipos caminan detrás de él,
haciéndome reír.
Me giro hacia Bianca y quito mi brazo del suyo.
Ella niega con la cabeza, pero yo ya estoy asintiendo con la mía.
―Ve, estaré aquí cuando regreses.
―No te voy a dejar aquí. ―Ella frunce el ceño.
―La mitad de mi dormitorio está aquí en alguna parte ―le recuerdo―. Estoy
bien.
―Esto podría tomar un rato, Meyer. ―Coop se estremece.
―Chicos, deténganse en serio.
―Pero yo soy compañera. ―Bianca pisa fuerte.
―B, vete.
Cooper no la deja protestar de nuevo, pero la arrastra hacia la puerta y luego
me quedo sola.
Deambulando por la habitación, saludo a algunas personas que reconozco, y
participo en una conversación ligera cuando una chica con el pelo púrpura y un
aliento que huele a buen tiempo me mete en una.
Sin embargo, a cada paso que doy, soy muy consciente de la sombra que me
sigue.
Curiosa, salgo de las áreas de estar llenas de gente, cruzo el umbral de la cocina
y, como pensé que podría suceder, esa sombra se acerca, cubriendo mi cuerpo por
detrás.
Alcanzo la manija de la puerta corrediza, pero la mano de otro cae justo encima
de la mía, manteniéndola en su lugar.
Miro hacia arriba y por encima de mi hombro, encontrando una gorra negra
hacia abajo y una sonrisa demasiado profunda para ser honorable. Sus ojos son
probablemente peores, llenos de insinuaciones, pero no puedo verlos debajo de la
visera oscura bajo la que los ha escondido.
El tipo es tan alto, se eleva sobre mí con facilidad y huele a sol y brisa marina,
y a noches de verano. Su aroma es fresco y acogedor.
Y luego la bestia habla, y puedo sentir el tono grave hasta los dedos de mis pies.
Sí, este hombre es la debilidad de una chica despreciada.
O mejor amigo.
Probablemente el primero.
Cuando esa sonrisa suya crece, parpadeo, me sonrojo y entrecierro los ojos,
recordando en ese momento que había hablado, pero lo que no recuerdo es haber
escuchado una palabra.
―Lo siento... ¿qué?
Su risa es baja.
―Dije hola.
―Hola ―digo inexpresivamente, inclinando mi cabeza ligeramente―. ¿Me
has estado siguiendo toda la noche, y “hola” es lo mejor que tienes?
―Entonces, sabías que te estaba siguiendo.
―Eres... un poco difícil de perder.
―Nunca me pierdo. ―Él sonríe.
―Okey... ―me río, y esta vez, cuando voy a salir por la puerta trasera, me
deja.
Como pensé que haría, me sigue.
―Si sabías que te estaba observando, ¿por qué no me llamaste? ―Tropieza un
poco, riéndose de sí mismo cuando su brazo sale disparado para agarrar el poste
del patio.
Lucho contra una sonrisa.
―Pensé que si tenías algo que decir ―me giro hacia él, apoyándome contra el
borde de la cerca―, lo dirías eventualmente.
―¿Y si quisiera decir que creo que eres hermosa?
―Entonces supongo que tendrías que repetírselo a otra persona, porque esa no
es una línea que funcione conmigo.
Él tira de su labio inferior entre los dientes, su sonrisa se amplía.
―Sí, ¿y qué línea funcionaría?
Sofoco mi propia sonrisa, bajando mi mirada a la hierba por un momento.
Cuando miro hacia arriba, es solo con mis ojos, y me encojo de hombros.
―¿Qué tal una real?
―Una real. ―Pone a prueba su pensamiento―. Porque eres hermosa no es lo
suficientemente real para ti, está bien ―bromea, y luego se estira, girando su
gorra hacia atrás sobre su cabeza, finalmente revelándome todo su rostro.
Estoy sorprendida, mis palabras, si es que tengo alguna, obstruyen mi garganta
mientras unos fascinantes ojos azul océano se encuentran con los míos. Mi pulso
salta en mi pecho cuando se establece el reconocimiento.
A esto se refería Bianca cuando dijo el gran tiburón blanco.
Este es Tobias Cruz, el nuevo pitcher superestrella de Avix University. Lo
reconozco por los carteles.
Se supone que es el gran fiestero, pero si eso es cierto, ¿por qué está aquí
conmigo en lugar de estar ahí con el resto de su equipo?
Tobias comienza a caminar más lejos en el patio, y cuando no me muevo, se
detiene, mirándome por encima del hombro.
―¿Vienes?
―¿Al rincón más oscuro de una casa que no es la mía con un completo
extraño? No. ―Me río―. No lo creo.
Se gira, ahora caminando hacia atrás para poder mirarme.
―Excepto que no soy un extraño. Sabes mi nombre, es por eso que no me lo
has pedido, y sobre lo que no piensas... ―Ladea la cabeza, arrastrando las
palabras―. Tengo la sensación de que no viniste aquí esta noche para pensar,
pero adelante, hermosa chica, corrígeme si me equivoco.
Paso mi lengua a lo largo de mis dientes y esta vez, mi sonrisa se libera.
―No te equivocas, pero tendría que estar ciega para no reconocerte en los
carteles, así que eso no es muy justo.
―Olvídate de todo eso. ―Se encoge de hombros―. ¿Qué pasa con la última
parte... ―Se calla, con un brillo curioso en sus locos ojos azules.
Algo tira de mis músculos, pero logro responder.
―Tampoco te equivocas en eso.
―Entonces ahí está. ―Extiende los brazos en broma juguetona―. Eso fue
muy real. ¿Tengo suerte ahora? ―Su sonrisa no podía ser más amplia.
La risa se me escapa y él se une, moviendo la barbilla.
―Vamos, hermosa chica. Da un paseo conmigo.
Él podría ser la última persona con la que debería estar caminando esta noche,
pero no es como si él lo sepa ni lo sabrá nunca. Puede que sea una muy mala
decisión unirme a él, pero he tomado un montón de esas últimamente, entonces,
¿qué es una más?
Estoy aquí para mí esta noche, así que no voy a permitir que los pensamientos
de los demás entren en mi cabeza.
Entonces, acepto su oferta, me coloco a su lado, y seguimos hacia el punto más
alejado del patio trasero.
En el borde de la valla, se deja caer sobre la hierba, así que lo sigo y, lentamente,
mis ojos se adaptan a la oscuridad que nos rodea.
Tobias toma un sorbo lento de la botella que tiene en la mano y sus hombros
parecen caer. Es como si él también tuviera muchas cosas en la cabeza, pero su
manera de olvidarse de sus problemas por un rato es concentrarse en los míos. Él
me estudia.
―Entonces, viniste aquí para olvidar algo, pero estás completamente sobria.
Me burlo, mirando hacia otro lado.
―Créeme, desearía no estarlo.
―Escuchemos por qué.
Mi cabeza se gira hacia la suya y levanta las cejas, expectante.
―Yo estoy borracho, y tú estás sobria. Yo soy sexy, y tú eres hermosa.
Claramente deberías decirme algo sucio.
―Eso no tiene sentido.
―No hay mucho de eso en la universidad. ―Sus labios se curvan.
Está bien, eso es justo.
―Tú primero.
―Pshh. ―Se mueve para poder apoyar los codos en las rodillas dobladas―.
¿Qué hay para contar? Toda mi suciedad está ahí para que todos la vean. ―Sus
ojos encuentran los míos―. A los medios les encantan los problemas.
―¿En cuántos problemas puede meterse realmente un tipo que está afuera de
la fiesta en lugar de adentro? ―bromeo.
Su sonrisa me dice que tenía razón al sentir su sarcasmo, al entenderlo por lo
que era.
―Exactamente. ―Da un fuerte tirón de su barbilla―. Me gustas.
―No me conoces.
―No es necesario. ―Niega con la cabeza―. Pienso que quiero, sí, pero ya me
gustas a pesar de todo.
―¿Sí? ―Me inclino hacia él―. ¿Y qué es lo que te gusta exactamente?
Espero que tenga que pensar, que busque algo bueno que decir que no suene
inventado en el acto, pero no se toma un momento para pensar.
El hombre habla sin dudarlo ni un segundo.
―Me gusta que me hayas ignorado en lugar de venir a mí. Me gusta que
supieras que estaba mirando y no hiciste nada para asegurarte de que siguiera.
Me gusta que intentaras escapar de mí y me gusta que no quisieras caminar
conmigo. ―Su sonrisa sale de nuevo entonces―. Quiero decir, me gusta más lo
que hicieras, pero… ―Se ríe, y me muerdo el labio interior para no sonreír―. Me
gusta que caminaras sola toda la noche, que no necesitaras un grupo de chicas a
tu lado para sentirte mejor o segura, y me gusta que seas la única chica aquí con
una sudadera y jeans.
Ruedo los ojos juguetonamente.
―Lo dudo.
―No. ―Se ríe, pero luego sus rasgos se transforman en algo un poco más
profundo, más emocionante―. Pero sobre todo, me gusta que me pidas que te
cuente algo.
Me empieza a picar la garganta y me veo obligada a aclararla.
―Pero no me contaste nada.
―Todavía estaba decidiendo si estabas jugando o no.
―¿Y ahora?
―Ahora sé que no lo haces.
―¿Todo porque quería hablar?
―La mayoría de las chicas no tienen interés en hablar conmigo. ―Me mira
directamente a los ojos y yo le devuelvo la mirada.
Es extraño, su elección de palabras me lleva a asumir que están pronunciadas
desde un lugar de engreimiento, como si estuviera alardeando de sus aventuras,
pero su tono no coincide del todo.
Es casi como si desaprobara sus elecciones.
En sí mismo y en sus elecciones.
Llámalo corazonada, supongo.
O pensamiento ingenuo.
―Dime tu nombre ―dice entonces.
Mi sonrisa es pequeña.
―Meyer.
―Meyer. Me gusta.
―Por supuesto que sí, estás borracho ―bromeo.
―Quizás, aunque aun así me gusta. ―Él asiente y luego mira hacia el patio―.
Entonces, ¿por qué estás aquí esta noche, Meyer?
Tomo una respiración profunda, y cuando abro la boca, sale una risa abatida.
―Para olvidar ―digo antes de repensarlo―. Vine aquí esta noche para
olvidar.
Me mira de nuevo y no estoy segura de lo que esperaba, pero lo que dice no es
eso.
―¿No lo hacemos todos de alguna manera? ―Entrecierra los ojos hacia la
botella en sus manos―. Para olvidar la semana de mierda que tuvimos o el
examen que se avecina, la discusión con nuestros amigos o… la visita a casa de
mierda con nuestra familia.
―La realidad de mierda en la que de alguna manera nos encontramos.
Él sonríe y me mira.
―Exactamente. Podemos rompernos el culo, pero al final del día somos lo que
el mundo hace de nosotros. La expectativa es una perra, ¿eh?
Bebería por eso.
Me ofrece la botella, pero me río con un movimiento de cabeza.
―¿Qué pasa si no quiero ser lo que se espera? ―pregunto, más para mí pero
mirándolo a él―. ¿Qué pasa si quiero hacer estallar las estadísticas y convertirme
en más? ¿Qué pasa si quiero ser la historia de éxito?
Tobias me evalúa por un largo momento. Tal vez incluso un minuto completo
antes de que asienta con la cabeza.
―Entonces diría que tú y yo tenemos mucho en común, hermosa chica. ―Su
voz está llena de emoción, y sus ojos...
Tengo que mirar hacia otro lado.
Algo se gesta dentro de ellos, algo que reconozco.
Algo que siento en lo más profundo de mis entrañas, más en los últimos días
que nunca.
Nostalgia.
Una desolada sensación de soledad.
Y tal vez no tenga sentido.
Tengo amigos, él tiene amigos, pero aquí estamos, dos extraños en una fiesta,
sentados solos en la oscuridad teniendo una conversación que se siente más íntima
que nada en mucho, mucho tiempo.
―Quiero ayudarte ―dice en voz baja.
Me giro hacia él, y mientras le toma un segundo, él me mira, con una ardiente
sensación de determinación en su mirada.
―¿Ayudarme cómo?
―A olvidar ―dice con intención directa.
―A olvidar.
Presiono mis palmas con más firmeza en el suelo, y él asiente, más para sí
mismo que para mí.
―Sea lo que sea que viniste aquí a olvidar, quiero que eso suceda. Puedo hacer
que eso suceda, pero quiero poder hacerlo nuevamente mañana, y nuevamente
después de eso. ―Sus ojos se posan en mis labios y mi estómago da un vuelco―.
Dime que puedo.
Los músculos de mi centro se tensan y se me hace difícil respirar.
Se vuelve aún más difícil cuando sus dedos grandes y toscos se deslizan a lo
largo de mi mandíbula, dejando un rastro de fuego y piel de gallina a su paso. Su
toque se extiende más hasta que su mano se envuelve alrededor de la parte
posterior de mi cuello.
Tobias me mira fijamente con sus penetrantes ojos azules y de repente soy
papilla delante de él, libre para tomar.
Para él... para que lo tome.
Acerca su cuerpo más, sus labios ahora flotan a una pulgada de los míos.
Sus ojos se cierran, su agarre se aprieta, su cálido aliento se acerca cada vez
más, y luego me apresuro a decir:
―Estoy embarazada.
Cada músculo de su cuerpo se congela, y esos párpados se abren de golpe,
estrechándose más y más por segundo.
―No es mentira ―susurro asintiendo con la cabeza, aunque no preguntó
nada.
No tenía que hacerlo, sus ojos lo hicieron por él.
―Lo estoy, con un hombre que apesta, pero no sabía que apestaba y ahora sí
porque cuando le dije, se enojó y me acusó de mentir, como si fuera a mentir sobre
eso, y luego me enteré que se ha estado tirando a otra chica de mi edad y yo no
quise decir nada todo el tiempo y ahora yo…
Jadeo, y mi divagación nerviosa se corta cuando él golpea su boca contra la mía.
Sus labios son carnosos, su beso es duro y profundo, y cuando su lengua
demanda entrada, se la doy con alivio.
Le devuelvo el beso al hombre, y es un beso como ningún otro. No solo me está
besando para ayudarme a olvidar, me está besando porque quiere hacerlo.
Quiere apoderarse de mis pensamientos, mente y cuerpo, y quiere que yo se lo
permita.
No estoy segura de poder contenerme si lo intentara.
Cada parte de mí quiere cada parte de él.
No se siente como un cuerpo sexy y un buen momento.
Se siente como... más.
Es como si lo necesitara esta noche. No a alguien, sino a él, y por extraño que
parezca, creo que él también me necesita esta noche.
No tiene sentido.
Pero tal vez no se supone que lo tenga.
Estoy aquí para olvidar, para dejar ir.
Entonces, elimino todas mis inhibiciones y hago exactamente eso.
Me suelto y me pierdo en él.
No espero a que Tobias me acueste como una frágil princesa.
Lo agarro por el cuello y tiro de él hacia abajo sobre mí.
No protesta, pero se acomoda entre mis piernas.
―Déjame llevarte a mi habitación ―dice, sus labios ahora rozan el hueco de
mi cuello―. No quiero que nadie te vea así.
Mi corazón se acelera, y mi mente con él.
―No te preocupes por mí.
Hace una pausa, sus ojos azules inyectados en sangre encapuchados me
inmovilizan.
―Déjame llevarte a mi habitación.
No tiene motivos para preocuparse si me ven debajo de él de esta manera, pero
está tan claro como el día que lo hace. Por qué, no lo sé, pero deslizo mis manos
entre nosotros y desabrocho sus jeans.
―Meyer...
Se muele contra mí, y mi cuerpo estalla en escalofríos.
―Si nos movemos, puede que me vaya.
Él gime, dejando caer sus labios en mi oído. Muerde la piel ahí y yo tiemblo
debajo de él.
―Entonces no te muevas, chica hermosa.
Una risa me deja, y juntos pateamos nuestros zapatos de nuestros pies,
perdemos nuestros jeans, y entonces él está en mi entrada.
Sus ojos se clavan en los míos, y me besa con fuerza, susurrando contra mi
boca:
―Voy a deslizarme dentro de ti ahora.
Muerdo su labio inferior y hace exactamente lo que dice.
Empuja todo el camino dentro de mí en un largo y lento empuje.
Nuestros gemidos se mezclan, nuestra respiración se convierte en jadeos cortos.
―Eres tan jodidamente suave. ―Él gime, apretando sus caderas contra las
mías, y las levanto, deseando que profundice más.
Tobias me da lo que quiero, pero tiene una idea aún mejor.
Nos da la vuelta, se sienta y me pone en su regazo, justo sobre su eje.
Llega más lejos de esta manera, y me estremezco contra él.
Él sonríe, levantando su gorra de su cabeza y colocándola hacia atrás sobre la
mía. Sus manos se deslizan por mis muslos hasta que llega al dobladillo de mi
sudadera y la jala hacia abajo.
―Ahora, si alguien nos ve, no puede ver ninguna parte desnuda de ti.
Mi risa es ronca y giro mis caderas en respuesta.
Su lengua sale, deslizándose a lo largo de su labio inferior y la tira entre sus
dientes, con sus ojos moviéndose entre los míos.
Y luego me besa de nuevo.
Ponemos el mismo esfuerzo, empujando y rodando e inclinando nuestros
cuerpos para obtener el máximo placer. Mis pezones duelen por ser tocados, y es
como si él lo sintiera, sus manos desaparecen debajo de mi blusa y dentro de mi
sostén, donde me masajea con una suave aspereza que hace que mi cabeza caiga
hacia atrás.
Abro los ojos y una sonrisa adorna mis labios.
Miro las estrellas arriba, perdida en el aroma a mi alrededor, en la sensación de
él dentro de mí.
Nuestros cuerpos están resbaladizos por el sudor, sobrecalentados, y cuando él
se flexiona dentro de mí, mi coño lo aprieta.
Agarra mi cabello, tirando un poco para que lo mire, y mis dedos de los pies se
curvan por la mirada diabólica en sus ojos. Nuestros toques se vuelven frenéticos,
electrizantes.
Desesperados.
Estamos justo ahí, los dos.
Agarro su rostro, besando sus labios y empujando su cabeza hacia mi pecho
para poder susurrarle al oído.
―Voy a correrme, Tobias...
―Mierda, hermosa chica. ―Él gruñe, sus embestidas se vuelven más salvajes,
y toma mi trasero en sus manos, apretando. Su pene se hincha dentro de mí y
deslizo mis brazos debajo de los suyos, mis dedos se extienden a lo largo de su
espalda, y él sopla un fuerte aliento contra mi piel.
Nos corremos, nuestros cuerpos se ponen rígidos, pero aun así, él se mueve
dentro de mí, persiguiendo, entregando, hasta lo último que hay para ofrecer,
exigiendo un orgasmo de cuerpo completo de cada uno de nosotros.
El hombre obtiene lo que quiere, los escalofríos se apoderan de mí, cubriendo
cada centímetro de mi cuerpo y estoy segura de que mi corazón va a latir fuera de
mi pecho, late muy fuerte.
Estoy jadeando, buscando una respiración constante que mi cuerpo se niega a
dar, pero hay una sonrisa en mi rostro.
Así es como se supone que se siente el sexo.
Crudo y primitivo, una toma de cuerpo completo. Sin pensamiento, sin plan,
sin contenerse.
― Jesús, mierda. ―Cae de espaldas, rodando y llevándome con él.
Su sonrisa se extiende, y empuja hacia arriba sobre su codo, mirándome
fijamente.
―Te dije que me gustabas.
Me río, escondiendo mi rostro con mi codo cuando empiezo a sonrojarme, no
es que él pueda verlo aquí.
No es que pudiera diferenciarse del rubor que mi orgasmo ya trajo a mis
mejillas.
Se mueve a mi alrededor y me sobresalto cuando su palma se envuelve alrededor
de mi tobillo.
Mirándolo, observo cómo desliza mi ropa interior y mis jeans por mis muslos,
levantando mis caderas de la hierba mientras alcanza la curva de mi trasero.
―No estoy tratando de que te vayas ―dice con voz áspera, mirándome―. Pero
no pasará mucho tiempo antes de que alguien venga a buscarme.
Asiento con la cabeza.
―Sí, a mí también. ―Pienso en Blanca.
Sus labios se contraen y se pone de pie de un salto completamente desnudo,
poniéndose su propia ropa.
Espero que tome mi mano y me ponga de pie, que regresemos adentro o que me
ofrezca un trago para que me vaya, pero él no hace ninguna de esas cosas.
Él vuelve a caer a mi lado, mirando hacia el cielo como yo.
Mañana estaré adolorida en todos los lugares correctos, y no podría
importarme menos porque esta noche estoy satisfecha.
Libre.
Sé que no durará mucho, todo mi mundo está a punto de cambiar y estoy
aterrorizada, pero la vida es inesperada, por decir lo menos, así que esta noche voy
a olvidar el mañana y simplemente... acostarme aquí en la oscuridad con un
extraño.
Nos sentamos en silencio durante unos minutos antes de que atrape su cabeza
girándose hacia mí en mi periferia.
―Nunca he hecho esto antes ―admito en la oscuridad, mirándolo
lentamente―. Tener una aventura de una noche.
―No empieces ahora. ―Frunce el ceño―. Dije que quería hacer esto mañana.
Lucho por contener las lágrimas, forzando una pequeña sonrisa con los labios
apretados.
No tiene idea de lo que está diciendo, pero no voy a reventar la burbuja en la
que estamos, así que cuando saca su teléfono, presiona algunos botones y luego
me pide mi número, se lo doy.
Nos sentamos ahí, sin hablar durante unos minutos más, y luego gritan mi
nombre con una voz minuciosamente familiar.
El color desaparece de mi rostro, y en lo que parece una cámara lenta, me
empujo sobre mis codos, mirando vacilante hacia el sonido.
Thomas avanza con pasos rápidos.
Su silueta se acerca, la luz detrás de él oculta su expresión, y trato de tragar,
pero el nudo en mi garganta se mantiene fuerte.
―Mierda ―respiro.
―Entrenador ―dice Tobias.
Mi pulso se acelera, golpeando contra mis costillas a un ritmo peligroso.
―Sí, hijo, estoy aquí.
¿Hijo?
―No quieres entrar a la casa, Entrenador. El equipo no está siguiendo
exactamente la regla de no beber esta noche. ―Puedo oír la sonrisa de Tobias,
pero no me atrevo a mirarlo.
―No te preocupes, no lo haré, solo vine a llevar a tu amiga, ¿recuerdas? ―dice
Thomas.
Mis cejas se fruncen y dejo caer mi mirada a la hierba, pero entonces la mano
de Thomas está frente a mi cara.
No tengo que mirar hacia arriba para saber que está insistiendo, así que deslizo
la mía en la suya, permitiéndole levantarme.
Avergonzada y repentinamente arrepentida, no puedo mirarlo a los ojos, pero
sí a Tobias.
Se frota la parte de atrás de su cabeza, mirando de mí a su entrenador.
―Él, eh, supongo que te llevará a casa ―me dice.
Todo lo que puedo hacer es asentir y luego me doy la vuelta, siguiendo al
hombre por la puerta lateral. Me deslizo dentro de su auto sin decir una palabra,
y sé al instante que no vamos a ir a mi dormitorio.
Vamos a su casa.
Fuera de eso, me cuenta por qué apareció esta noche y sigue con promesas de
nuestro futuro.
Inconscientemente, mi mano cae a mi estómago, y le hago una propia al
pequeño que crece dentro de mí.
Todo va a estar bien ahora.
Es como si se quitara un peso de encima en este momento cuando Thomas
enciende la esperanza donde a mí no me quedaba ninguna.
Estaremos bien...
Tiempo presente
Tobias
No puedo sentir mis piernas, y ni siquiera estoy seguro de estar
respirando.
Me siento muerto por dentro. Enfermo.
Disgustado.
―Mierda... Meyer... ―Mi voz es tensa, y apenas puedo mirarla.
Las lágrimas se acumulan en sus ojos.
―Está bien.
―Nada de eso está bien. ―Empujo mis palmas en las cuencas de mis
ojos―. ¿Cómo pude ser tan hijo de puta?
―Estabas borracho, sucede. ―Sus labios se contraen y levanta un
hombro―. Y yo estaba enojada, y la ira se convirtió en imprudencia,
supongo. Quería vengarme de él, pensando estúpidamente que le
importaría, así que salí y ahí estabas tú.
Trago saliva, agarrando su mano y llevándola a mis labios.
―¿Realmente te vi de inmediato?
―Desde la puerta en el momento en que entré. ―Su sonrisa es triste―.
Realmente estabas borracho. ―Ella se ríe, pero se calma―. Yo era un
desastre, así que encajamos esa noche.
―Encajamos, punto, Tutora Girl. ―Trago saliva, y una frustrante
sensación de satisfacción y tristeza me atraviesa al mismo tiempo―. No
puedo creer que estuve dentro de ti cuando ella estaba ahí.
Meyer aprieta mi mano.
―Thomas, él...
La ira se acumula dentro de mí, creando una tormenta acalorada en mis
entrañas.
―Te dijo que yo lo llamé para… ―Mierda, apenas puedo decirlo―.
Para limpiar mi desorden, ¿no?
Ella lame las lágrimas de sus labios.
―Sí, lo hizo.
―No lo hice, no te hubiera hecho eso. Es conocido por aparecer al azar.
Tuvo que ser al azar.
―Creo eso ahora ―dice con voz áspera, cerrando los ojos y apoyándose
en mi mano cuando ahueco su mandíbula―. En ese momento no lo hice.
Me dijo que estarías demasiado mal para recordar al día siguiente. Que
eso era lo que hacías, te emborrachabas y te acostabas con quien estuviera
frente a ti, y luego la soltabas. Me dijo que leyera los periódicos y viera
todo lo que necesitaba saber. Así que lo hice, y cuando no llamaste como
dijiste que lo harías ―se encoge de hombros―. Me enamoré de todas sus
mentiras en ese entonces, me casé con él una semana después y un mes
después me di cuenta de que, al hacerlo, él era mi dueño. Perdí mi ayuda
financiera porque él ganaba demasiado dinero y perdí mi beca porque
aplacé un semestre para tener a Bailey. Él solo quería el matrimonio para
poder cubrir su trasero si la gente descubría que se había follado a una
estudiante, y para poder amenazarme con mi hija si alguna vez dejaba
que se revelara quién era su padre. Fue un gran truco, incluso trató de
colar a mi hermano en el contrato, trató de obligarlo a ingresar al equipo
de béisbol como suplente, cuando tenía una posición inicial en el equipo
de su escuela.
―Pedazo de mierda. ―Niego con la cabeza.
―Perdí todo por lo que había trabajado, así que cuando me empujó el
contrato, ofreciéndome un poco de alivio, lo tomé. Ese hombre cambió
toda mi vida, tanto para bien como para mal ―dice con un devastador
toque de aceptación.
Mi frente cae sobre la suya, y ella agarra mis muñecas con fuerza.
―Si él cumpliera con sus amenazas de llevársela, yo... ella es mi hija,
Tobias ―llora―. Mi todo, ni siquiera puedo pensar en…
―Shh, bebé, lo sé ―susurro, haciendo todo lo posible por ser la jodida
roca aquí cuando en realidad quiero gritar―. Lo sé.
―Tienes que dejarme ir ―susurra.
De ninguna manera.
Sus ojos se encontraron con los míos.
―Y tienes que prometerme que no te derrumbarás esta vez, no te
partiste el trasero para perderlo todo.
Tú y Bailey lo son todo.
Meyer llora.
―Tal vez con el tiempo...
―Sí, bebé. ―El calor sube por mi garganta, la determinación dispara
todos mis nervios―. Tal vez.
Definitivamente. Posi-jodida-tivamente.
―Tobias...
―Tutora Girl.
Presiona sus labios contra los míos, pero no es relajante.
Duele.
Jodidamente arde.
Es su adiós.
Está loca si cree que estoy de acuerdo con eso o asume que alguna vez
lo estaré.
No lo haré, pero sé que ella necesita esto.
Necesita la seguridad de saber que su pequeña niña está segura y
protegida, y solo puede ser así si yo estoy fuera de escena, así que le daré
lo que necesita.
La dejaré ir, me iré y mantendré mi palabra en todos los ámbitos.
Me matará, pero la alternativa acabaría conmigo, al igual que con ella.
Entonces, cuando presiona su boca con más firmeza sobre la mía, soy
yo quien se aleja.
Con pasos lentos y pesados, pongo espacio entre nosotros, muriendo
un poco por dentro cuando sus labios comienzan a temblar, nuestros
dedos se entrelazan hasta que nuestros cuerpos están demasiado
separados para tocarse, y se ven obligados a caer a nuestro costado.
Sus sollozos se hacen más fuertes y se tapa la boca con la palma de la
mano para ocultar el sonido.
Eso casi me atrapa, pero antes de romperme, me obligo a darme la
vuelta.
Salgo de la casa de Meyer y no miro atrás.
Tobias
Conduje durante horas después de salir de la casa de Meyer. Horas, y
no fue hasta que estuve a ciento cincuenta kilómetros de distancia que me
di cuenta de a dónde iba.
Ahora, son más de las tres de la mañana, y finalmente me arrastro fuera
de mi camioneta y subo el corto camino hacia la puerta principal, pero ni
siquiera tengo la oportunidad de sacar mi llave, porque mi mamá se me
adelantó.
Está de pie en el porche oscuro, esperándome, tal como dijo que estaría
cuando la llamé desde la carretera y le conté todo lo que había sucedido.
Ella me dijo: “Ven a casa, bebé” sin saber que ya lo hacía.
Tan subconsciente como podría haber sido la decisión, era la correcta.
Los necesito en este momento, y eso se confirma en el momento en que
me encuentro con los ojos llorosos de mi madre.
Todo dentro de mí se desmorona y camino directamente hacia sus
brazos abiertos.
―Mamá ―grazno―. La amo. No puedo perderla. No puedo.
―Oh bebé, lo sé ―llora, apretándome fuerte―. Lo sé.
―Lamento haberla cagado antes. ―Yo trago―. Debería haber sido
mejor. Me criaron mejor.
―Cariño, no, detente. ―Su voz tiembla y jadea por aire a través de sus
lágrimas―. Lo siento. Lo siento tanto, lo siento tanto por todo. Eres mi
bebé, y te amo. Cada parte de ti, lo siento tanto.
Mi papá se coloca detrás de ella, colocando su mano sobre sus hombros,
y ella retrocede, con lágrimas derramándose de sus ojos.
Él esboza una sonrisa con los labios apretados, asiente con la cabeza y
cuando se acerca, inseguro, me acerco para abrazar al hombre.
Sujeta mi espalda con fuerza, palmeándome con sus manos un par de
veces.
―Todo va a estar bien, hijo.
―No lo sé, papá. No puedo hacer esto.
―Oye. ―Se aleja, agarrando mis hombros y cerrando sus ojos con los
míos―. Tú puedes hacer cualquier cosa; ¿Me escuchas? ―Su agarre se
aprieta―. Eres Tobias Cruz, un hombre de honor. Fuerte y decidido.
Nunca te rindes y no vas a empezar ahora.
Mis ojos se nublan y miro hacia otro lado.
―¿Cómo se supone que voy a dar un paso en ese campo cuando sé que
ella está sufriendo sola?
Mi papá me da palmaditas en la mejilla, atrayendo mis ojos hacia los
suyos.
―Ella no está sufriendo sola, hijo. Estás sufriendo ahí mismo con ella,
aunque no estés a su lado, ella lo sabe, y le dolería más verte fracasar. Tú
lo sabes. ―Baja la barbilla y yo asiento.
―¿Y mi entrenador? ¿Cómo se supone que debo actuar para un hombre
como él? Quiero matarlo.
―Entonces mátalo con los actos de un hombre, porque Dios sabe que
eres diez veces más grande que él.
Dejo escapar un fuerte suspiro y dejo caer la barbilla contra mi pecho,
pero él la levanta.
―Tú… ―Mi papá traga, la humedad se acumula en su mirada―. Eres
nuestro hijo, y te has convertido en un hombre que cualquier padre o
madre se sentiría honrado de llamar suyo. Vas a mostrarle a ese bastardo
lo que eso significa. Vas a volver a esa camioneta y vas a hacer aquello
para lo que naciste, hijo. Vas a mostrarle al mundo de qué estás hecho, y
luego le vas a mostrar lo mismo, y mientras lo haces, ahí estaremos. Tu
mamá y yo. ―Él traga, su voz se quiebra―. Lo que necesites, lo que
quieras, lo que hagas. Estaremos ahí. Siempre. No importa qué.
Estarán ahí.
Mis padres.
Estarán ahí para mí.
Ellos creen en mí.
Ellos me ven.
Mis músculos de la mandíbula se contraen y asiento, mirando de mi
mamá a mi papá.
Puedo hacer esto.
Por ellos.
Por ella.
Por mí.
Voy a hacer esto.
Meyer
Puedo hacer esto, repito por centésima vez en la corta caminata desde mi
apartamento hasta el departamento de atletismo, y aunque no estoy tan
segura de creerlo, lo estoy haciendo.
Estoy tan cansada de vivir bajo el control de otro, ya no puedo más.
Lo único que tiene sobre mí es ese acuerdo prenupcial, pero hice el
sacrificio que exigió, uno en el que usó a su propia hija como peón.
Renuncié al hombre que amo, para que el hombre con el que me casé no
pudiera quitarme a mi hija de los brazos.
Pero no renunciaré a nada más. Ni a mi tiempo, ni a mi nombre, ni a mi
futuro.
Lo necesitaba este año. Él lo sabía y yo lo odiaba, al igual que estoy
segura de que él sabía también eso.
Si me hubiera alejado cuando me di cuenta de que realmente era un
pedazo de mierda, habría tenido que dejar la universidad porque nunca
hubiera podido pagar mis propios gastos, sin importar cuántos trabajos
de medio tiempo pudiera encontrar. Dejarlo hubiera significado
sumergirme en un todo más grande, y Bailey se merecía más. Entonces,
acepté lo poco que me ofreció y encontré el más mínimo consuelo en el
hecho de que mi hija tendría un lugar seguro al que llamar hogar. Eso, y
el conocimiento de que dentro de unos pocos años, años que ella ni
siquiera recordaría, me graduaría con las herramientas que necesitaba
para mantenerla por mi cuenta. Estaríamos libres de Thomas Reid, y ella
nunca estaría expuesta al odio dentro de su corazón.
Al igual que nunca le permitiré saber el dolor que él me causó.
Fue devastador cuando me pintó una promesa de puestas de sol y en
su lugar entregó una tormenta de destrucción, pero eso no fue nada
comparado con el dolor hueco dentro de mí ahora.
Pero incluso a través del dolor y el anhelo, hay alivio, y la culpa que
causa la sensación solo trae más dolor.
Ya no necesito a Thomas.
Entonces, es con ese pensamiento que mantengo la cabeza en alto y
entro en su oficina, sabiendo que saldrá por la puerta en unos minutos a
partir de ahora.
Su cabeza se levanta y sale volando de su asiento, pero el hombre se
congela cuando levanto mis manos tan alto como mi pecho y dejo que la
computadora portátil de mierda que me dio caiga a la vieja madera con
un fuerte golpe.
―¿Qué diablos estás haciendo? ―Él me mira―. Sé que viste el autobús
cargando enfrente. Deberías estar lejos de aquí en este momento.
Tomo una respiración profunda y digo:
―Renuncio.
Sus ojos se estrechan aún más.
―¿Qué quieres decir con que renuncias?
―Quiero decir, he terminado. Con este trabajo, con esta escuela, con
todo eso.
―¿Vas a abandonar?
―Me transfiero a Florida.
La conmoción se apodera de su rostro, pero no puede ocultar la pizca
de esperanza, y es repugnante. Esperada, pero repugnante, no obstante.
―¿Qué? ―pregunta lentamente.
―Sí, y como probablemente puedas acceder a cualquier cosa
relacionada conmigo, esposo, te lo diré. ―Asiento con la cabeza. ―Obtuve
una nueva beca, completamente académica, por lo que no es necesario
que informe los ingresos de mi cónyuge. Bailey obtiene un lugar en el
programa de desarrollo infantil y tienen vivienda familiar. Nos vamos
cuando terminen las clases y no volveremos.
Sus ojos se estrechan.
―No enviaré cheques por correo a todo el país.
―No los aceptaría si lo hicieras.
―Tampoco firmaré ningún papel de divorcio.
―Como si pudiera permitirme presentar una demanda contra ti.
Se lame los labios, su barbilla se inclina ligeramente.
―¿Se trata de…
―No ―me apresuro, negando con la cabeza, deseando que mis
lágrimas no se muestren―. Ni siquiera pienses en terminar esa oración.
No puedes hacer preguntas y ya no tengo que responderte. Sé muy bien
lo que requiere ese contrato de mí, pero no hay nada ahí que diga que
tengo que quedarme y verte todos los días. Así que me voy y me llevo a
mi hija conmigo, y antes de que intentes tirarlo por ahí a pesar de todo,
déjame decirte ahora. ―Planto mis manos en su escritorio y me inclino
hacia adelante―. Sé que no te importa, así que sigue adelante y sonríe,
saluda con la mano... incluso ríete. No hace la diferencia para mí.
―Sabes que esto solo se complicó cuando empezaste a husmear
alrededor de mi pitcher.
―No ―no quiero susurrar, pero esa es la forma en que sale mi voz―.
Esto se complicó cuando me manipulaste para que me casara contigo para
tu propio beneficio.
―Tomaste lo que te ofrecí, ¿no?
―Fui ingenua y temerosa, y te aprovechaste de eso para salvar tu
propio trasero, pero habías estado haciendo eso todo el tiempo, ¿verdad?
Así que no debería haberme sorprendido. ―Levanto un hombro,
sacudiendo mi cabeza al vil hombre frente a mí―. Debería haberme dado
cuenta de eso cuando nos conocimos en el pasillo del centro de tutoría,
que empezaste a aparecer ofreciéndote a llevarme a casa, pero solo en las
noches, nunca a la luz del día. Si no, definitivamente la noche en que me
besaste en el estacionamiento frente a mi dormitorio, pero solo después
de que subiste tus vidrios polarizados. Debería haber visto a través de ti,
pero era joven y tonta. ―Empujo hacia arriba y él me mira por un
momento, y su mano sube para frotarse la mandíbula―. Menos mal que
ya no soy esa chica.
Con un movimiento de cabeza, me giro hacia la puerta, pero sus
palabras me hacen detenerme.
―No te odio, Meyer ―dice a mi espalda―. ¿Lo sabes?
Mirando por encima de mi hombro, encuentro su mirada azul.
―Ojalá lo hicieras. ¿Lo sabes?
No espero una respuesta.
Me alejo.
Espero que me siga una sensación liberadora, que me inunde y me
levante los hombros, que alivie la tensión de mis músculos y despeje la
bruma de mi mente.
Pero ninguna de esas cosas sucede.
De hecho, me siento más pesada, más débil, pero no tiene nada que ver
con dejar atrás a ese hombre, y todo que ver con el que me mira a través
de la ventana del autobús de viaje que tengo enfrente.
Su cabeza cae contra el asiento, y siento su peso en mi pecho.
Sus labios se inclinan hacia un lado un poco como si estuviera diciendo
está bien, Tutora Girl. Vamos.
Entre tantas otras cosas.
Me está haciendo saber que está bien, que entiende.
Me está demostrando que está cumpliendo su promesa, que está aquí,
empujando de la forma en que le pedí que lo hiciera, de la forma en que
tiene que hacerlo.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos, y fuerzo mi propia sonrisa.
Estoy muy orgullosa de ti, Tobias.
Como si pudiera oírme, sus facciones se tuercen, pero asiente y cuando
le devuelvo el asentimiento, cierra sus hermosos ojos rotos.
Se me escapa un sollozo, pero hago lo que él necesita, lo que ambos
necesitamos.
Salgo corriendo lo más rápido que puedo para que no tenga que verlo.
Es la caminata más dura y larga que he dado.
Adiós, mi campeón.
Meyer
Estoy perdida en mis pensamientos, mirando al otro lado de la
habitación cuando Bianca se acerca a mí.
― ¿Estás bien? ―me pregunta.
Asiento con la cabeza, una sensación agridulce me invade mientras
miro alrededor del pequeño espacio al que he llamado hogar durante el
último año y medio.
―Solo trato de descubrir cómo puedo odiar un lugar que amo tanto.
―La miro―. Este es el único hogar que Bay ha conocido, donde la traje el
día que nos dieron de alta del hospital. Es donde dijo su primera palabra.
se dio la vuelta y se levantó.
―Es donde te enamoraste… ―agrega.
Me arde la garganta.
Donde mi corazón se rompió en mi propia mano.
Ha pasado casi un mes desde que Tobias y yo hablamos, y ha pasado
en minutos lentos y tortuosos.
Casi un mes desde que dejé el centro de tutoría y puse mi aviso de
treinta días en este lugar.
Casi un mes y nada se siente más fácil todavía, y no tengo mucha fe en
que alguna vez lo hará, pero tal vez algún día.
Tal vez con el tiempo...
Yo trago.
Una y otra vez, traté de sacar todo de mi cabeza, pero necesitaba saber
que él estaba bien y que estaba haciendo lo que prometió siendo el tipo
duro que es.
El hombre noqueó sus finales fuera del parque, sacando más de
noventa en cada uno de los exámenes, y luego vinieron los grandes
juegos.
Vi todos los que se transmitieron, leí todos los artículos que publicó la
escuela, y justo esta semana, mientras empacaba mi sala de estar, me senté
en mi cama, con Bailey en mi regazo, y lo vi lanzar una bola curva que
aseguró a los Avix Sharks el puesto número uno en el juego del
Campeonato de la Serie Mundial de la NCAA.
Él fue un as, dentro y fuera del campo.
Lloré, orgullosa de él, y traté de sentarme durante la entrevista que
siguió, pero no pude pasar de las primeras preguntas. Ese es el día que
desconecté el televisor y desconecté Internet.
Thomas tampoco me ha dicho una palabra en semanas, no es que yo
quiera que lo haga, y aunque no es una sorpresa, todavía es alucinante
que a un hombre se le pueda decir que su hija está siendo trasladada al
otro lado del país y ni siquiera pestañee.
Pero, de nuevo, nunca fue un gran hombre y nunca la reclamó como
suya.
―¿En qué estás pensando? ―pregunta Bianca.
―Cómo odio dejar este lugar, pero realmente no puedo esperar para
irme. ―Mis ojos se deslizan hacia los suyos, y mis labios se tuercen―.
¿Eso tiene algún sentido?
―Sí, chica. Lo tiene ―susurra.
Los trabajadores de la mudanza que el abuelo de Bianca contrató para
mí salen de lo que siempre ha sido el dormitorio de Bailey.
―Cuidado. ―Me tiro hacia adelante, pero Bianca me jala hacia atrás.
―Déjalos hacer su trabajo. ―Ella me sacude suavemente.
―Sí. ―Mis hombros caen, y doy una última mirada alrededor.
La mayoría de las cosas aquí vienen con el lugar, pero las pocas cosas
que son mías, quiero que se muevan en una sola pieza. Lo último que
necesito es un nuevo gasto porque estos muchachos no saben cómo ser
cuidadosos con una cuna.
―No puedo creer que no estarás aquí conmigo el año que viene ―dice,
y cuando la miro, se ríe para quitarse las lágrimas y me da un abrazo―.
Te voy a extrañar a ti y a Bay.
―Oye. ―Parpadeo rápidamente, tratando de no pensar en esa parte
todavía. Estar solo en Florida no será fácil, pero la tranquilidad vale la
pena por las dificultades que conlleva―. No se llora en vacaciones.
Solloza, luego me aparta y se pasa el dorso de los dedos por debajo de
los ojos.
―Perra, las vacaciones aún no comenzaron. Me prometiste un mes, son
treinta días por minuto, y no comienza hasta que bajemos del avión, así
que deja de intentar acortar mi tiempo. ―Se agacha, levantando el asiento
de seguridad de Bailey en sus manos―. Ahora toma tu bolso, pon la llave
en el mostrador y vámonos.
Hago lo que dice y me meto dentro de su auto.
Sale del estacionamiento, pero cuando llegamos al final del callejón que
da al frente de la escuela, duda y me mira.
―El equipo se va hoy. Es el último partido antes de que tengan la
oportunidad de llevárselo todo.
Mi pecho se contrae, y una mezcla de dolor y orgullo se hincha dentro
de mí.
―Se lo llevarán todo ―respiro, mirando a mi mejor amiga―. Gira el
auto, B. Las vacaciones te esperan.
Las lágrimas brotan de sus ojos, pero asiente y gira el auto hacia la
izquierda.
―Maldita sea, claro que sí.
Así de simple, dejo atrás la Avix University, así como todo lo que
contiene.
Incluyendo una gran parte de mí misma.
Tobias
Echo se pone de pie y mira al árbitro antes de correr hacia mí.
El bateador niega con la cabeza, alejándose del plato, agarrando el
cilindro de su bate con una hilarante cantidad de ira.
Muevo mi barbilla cuando él se acerca al montículo, y mi chico sonríe.
Levanta su guante para ocultar sus labios.
―Solo necesitaba un estiramiento rápido. ―Se ríe, mirando alrededor
al estadio con entradas agotadas―. Mierda, hermano, esta mierda es
salvaje.
―Te dije que te gustaría la nueva vista.
―Sí, solo me tomó dos temporadas llegar aquí. ―Echo muestra su
sonrisa―. ¿Crees que el hombre que firmó mi cheque está feliz ahora?
―No todavía. ―Lanzo una mirada rápida hacia el banquillo de los
equipos visitantes―. Le prometimos un campeonato.
―Eso hicimos. ―E baja la barbilla, mirándome fijamente a los ojos―.
¿Vamos a dárselo?
La emoción se dispara por mi espina dorsal, haciendo que se me erice
el vello de la nuca.
Esto es jodidamente todo.
Este es el pináculo del juego.
De mi juego.
Ya tengo el mundo para ir a casa también, ahora es el momento de
llevar a casa el sueño.
Levanto una sola ceja.
―¿Me vas a dar lo que quiero?
―¿Vas a dejarme elegir a dónde iremos a cenar esta noche? ―él
responde.
Se me escapa una risa rápida y asiento con la cabeza a mi mejor amigo.
―Déjame terminar con esta mierda rápido, y lo tienes.
―Bola curva es mi hombre. ―Golpea mi manga, regresando a su lugar.
Estiro mi cuello, haciendo girar la pelota en mi palma, y miro hacia los
asientos justo detrás de la caja de bateo, donde mi familia está sentada
mirando.
Cuando firmé mi contrato, mi agente me aseguró un palco en la parte
superior, una suite privada cubierta con vidrio y aire acondicionado, pero
Meyer aún tiene que aprovechar ese beneficio. Quiere estar en el lugar
exacto en el que le dije por primera vez que la quería, y hasta ahora, por
cada juego en casa que hemos tenido, ella ha estado ahí sin importar el
clima. Tiene que agradecerle a Milo por eso, a él le encanta la maldita caja
y se pone en modo niñera rápidamente siempre que tenga acceso a ella.
Es un buen trato, y el hombre tampoco se pierde un juego. Meyer no
estaba bromeando cuando dijo que él quería estar ahí para ella. El
semestre después de que ella se mudó aquí, él estaba justo detrás de ella
y yo no podría haber estado más agradecido.
Mi trabajo me lleva a todas partes, así que saber que ella lo tiene a él
cuando yo me voy hace que este trabajo sea posible. Él es una gran parte
de la razón por la que puedo rendir como lo hago, porque sé que, pase lo
que pase, mi chica tiene a alguien que la cuida.
La mudanza a Florida ha sido buena para nosotros, y los Miami Marlins
también lo han sido.
Me tratan bien, y la prensa que rodea mi nombre hoy en día no es más
que decente.
Hablan sobre el juego y mi futuro en él, apostando a que será largo aquí
en el Sun Life Stadium.
Soy un maldito ángel a sus ojos, y con mis próximos seis lanzamientos,
también seré su jodido Dios.
Con una última mirada a mi esposa, me preparo.
Tomo una respiración profunda, y luego estoy encendido.
Estoy a punto de ganar la maldita Serie Mundial.
Meyer
Cuando era pequeña e imaginaba mi vida, me vi a mí y a Milo viviendo
uno al lado del otro, nuestra mamá en una pequeña casa en la parte trasera
de uno de las nuestras. Esperaba encontrarme con un hombre que llegara
a casa y quisiera besarme como lo hacían las parejas en las películas, que
dejara su maletín en la mesa cerca de la puerta y se desatara la corbata
mientras se dirigía hacia mí.
Yo tendría la cena esperando y nuestros hijos estarían bien educados y
emocionados de hablar con nosotros sobre su día.
Pero aquí estoy, un año después de terminar la universidad y mi vida
no se parece en nada a lo que imaginé.
Es mucho más.
Sí, Milo vive a treinta kilómetros de distancia, pero eso no es nada en
una carretera de Florida, y lo veo al menos de tres días a la semana, y
aunque mi mamá no puede estar con nosotros, me gusta pensar que ella
está cerca, que sus cenizas nadaron sobre las olas desde la costa de
California hasta la costa de Miami, como si hubiera encontrado el camino
hacia nosotros.
Encontré al hombre, o más bien, él me encontró a mí, pero no tiene
maletín y se queja cuando tiene que usar corbata.
Pero sí usa una gorra de béisbol negra tirada hacia abajo como ningún
otro.
Me besa cuando llega a casa, y en cualquier otro lugar para el caso.
No tengo la cena lista cuando llega a casa porque a mi hombre le gusta
ser parte de todos los aspectos de nuestras vidas, y las comidas no son
diferentes. En cuanto a los niños bien educados, bueno, ni siquiera estoy
segura de lo que eso significa.
Tengo una niña pequeña, y ella actúa como una niña pequeña, como
debería. Llora si está molesta y ríe cuando está entretenida. Sonríe cuando
está feliz y hace pucheros cuando está triste.
Bailey es dulce y de buen corazón, y lo más preciado, y no solo para mí,
sino también para su papá.
Y Tobias es su papá, en todos los sentidos que cuentan.
No podría imaginar un mejor hombre o padre si lo intentara. No estoy
convencida de que exista.
Empujándome para ponerme de pie, deslizo mis dedos a través de la
cerca de alambre mientras se prepara para el último lanzamiento de la
temporada, el lanzamiento que encenderá el fuego del joven que lleva
dentro y solidificará todo lo que esperaba que fuera cierto, pero de lo que
no estaba tan seguro en diferentes etapas de su vida.
Lo tiene en él.
Es capaz y suficiente.
Es mucho más que suficiente.
Como si pudiera escuchar mis pensamientos, Tobias levanta un poco la
barbilla, permitiéndome ver sus ojos debajo de la visera de su gorra.
De repente, persona tras persona, fila tras fila salta para ponerse de pie,
y mis ojos flotan de un lado a otro, verde azulado y negro cubriendo el
lugar en todos los ángulos. El eco de la multitud vibra a mi alrededor, la
fe que tienen en su pitcher hace que mis ojos se llenen de lágrimas y mi
sonrisa favorita aparece en los labios de Tobias.
Ni siquiera está nervioso, en lo más mínimo.
Está listo para esto, trabajó duro para llegar aquí en este momento.
―Vamos, campeón. Haz de esta tu curva más sucia hasta el momento.
Él hace exactamente eso.
El lanzamiento se realiza, y la multitud está celebrando incluso antes
de que el árbitro haya cantado.
Los Miami Marlins ganan la Serie Mundial en su campo local.
Antes de que tenga tiempo de mirar detrás de mí, la seguridad está a
mi lado, empujándome hacia abajo y a través de la pequeña abertura que
conduce al campo, no hay duda en mi mente que Tobias les dio
instrucciones estrictas para hacer exactamente esto.
Ya está a medio camino de mí, con su guante en la tierra, y luego estoy
en sus brazos.
Tobias nos hace girar, besándome con fuerza en los labios mientras me
pone de pie y agarra mis mejillas con ambas manos.
―¿Qué tal lo hice, Tutora Girl? ―Él sonríe, mientras el sudor resbala
por su frente.
―Diría que lo hiciste bien, campeón.
―Malditamente jodidamente cierto. ―Golpea sus labios contra los
míos de nuevo, mirando hacia la suite, desde donde Bianca y Milo están
siendo escoltados, con Bailey en sus brazos.
Se acercan algunos muchachos, su entrenador los sigue, felicitando y
abrazando a Tobias.
Aprovecho el momento para deslizar mi mano en mi bolso, y mi
estómago estalla con mariposas mientras lo hago.
A los hombres se les acercan algunos otros vestidos con trajes, y mi
esposo se gira hacia mí, atrayéndome contra él, y mientras lo hace, siente
el juguete ahora aplastado entre nuestros cuerpos.
Con un pequeño ceño fruncido, se echa hacia atrás, riéndose cuando ve
la pequeña pelota de béisbol en mi palma.
―Mierda, la trajiste. ―La toma en su mano, la lanza y la atrapa en su
palma.
―No. ―Niego con la cabeza―. La compré.
Él frunce el ceño y luego vuelve a mirar la pelota.
―Esta... esta es nueva. ―Sus ojos se lanzan hacia los míos.
―Sí ―asiento con la cabeza―. Lo es. Bailey todavía está aprendiendo
a compartir, así que...
En ese instante, el juguete se olvida. Cae a nuestros pies y me agarra el
rostro una vez más, pero esta vez, para mantenerme quieta.
―Bebé... ¿estamos embarazados?
Se me escapa una mezcla entre llanto y risa y asiento con la cabeza.
―Sí, lo estamos.
―Oh, Dios... ―se corta a sí mismo y grita al aire. Inclinándose, me
levanta, con sus brazos apretados alrededor de mis rodillas, y comienza a
trotar.
Riendo, aguanto con todas mis fuerzas, y él corre directo a la sección de
reporteros, interrumpiendo la entrevista que estaban teniendo con el
entrenador en jefe.
Todos están más que felices de dirigir sus micrófonos al hombre del
momento.
Pero no los deja hablar, al menos no todavía.
Me baja a su lado, se inclina hacia el micrófono y anuncia a los millones
de personas que miran:
―¡Esta noche es una de las mejores noches de mi vida! ―grita,
haciendo que la multitud se altere de nuevo―. ¡Acabamos de ganar el
juego de todos los juegos y mi hermosa esposa me acaba de decir que
estamos esperando al bebé número dos!
Las lágrimas caen de mis ojos, y entierro mi rostro en su pecho, y sus
brazos se cierran con fuerza alrededor de mí mientras los fans enloquecen,
felices por el hombre al que han llegado a amar.
Felices por los dos.
―¡Bailey! ―Él grita entonces, y miro por encima de mi hombro para
encontrar que los demás finalmente pudieron llegar.
Lo suelto, y Bianca prácticamente salta sobre mí, chillando y
aplaudiendo como una loca, y Milo entra a continuación.
Bailey ya está en los brazos de su papá y ahí es exactamente donde ella
se queda mientras él da entrevista tras entrevista ahí mismo en ese campo.
Me quedo atrás, mirando a las dos personas más importantes de mi
vida, con la palma de la mano apoyada en la tercera.
La reacción de Tobias a la noticia fue más de lo que esperaba. Sabía que
estaría encantado, lo hemos estado intentando durante ocho meses, pero
ni siquiera me había detenido a preguntarme cómo se sentiría su emoción
de mi lado.
No tenía eso antes y no tengo palabras para los sentimientos que me
invaden.
Cada parte de mí, desde lo más profundo de mi centro hasta la punta
de mis dedos, está radiante. Es como si estuviera parada en el aire, el peso
de mi cuerpo me ha eludido y temo que si trato de hablar, todo lo que
saldrá será un revoltijo de palabras.
No podría pedir más en esta vida, no cuando ya he sido tan bendecida.
Nos costó mucho llegar aquí. Tuvimos nuestros altibajos, pero mirando
hacia atrás, no hay un momento del que me arrepienta, ni un solo segundo
de eso.
Porque si volviéramos y quitáramos lo malo, no quedaría nada bueno
en pie.
Todo el dolor y las dificultades nos llevaron a este mismo momento de
una forma u otra, ninguno de nosotros sería lo que somos hoy sin el
camino que nos llevó llegar hasta aquí.
Amor y apoyo inquebrantables, eso es lo que tenemos.
Eso es de lo que nuestras vidas estarán llenas en los próximos años.
―¡Mami!
Parpadeo, mirando hacia abajo para encontrar a Bailey corriendo hacia
mí, su gorra de béisbol oculta la mitad de su rostro. Sonriendo, la
levántalo para que pueda verla bien.
―¡Bailey Bay!
―¿Ya estás lista? ―dice ella, su Y suena más como una I y tiene los ojos
azules muy abiertos por la emoción.
Me inclino, así estamos más al nivel de los ojos y pongo mis manos en
sus pequeñas caderas.
―¿Lista para qué, cariño?
―¡Papá dijo que vamos a tener un bebé! ― ella se aleja, corriendo unos
pasos, todo para volver corriendo―. ¡Vamos a buscarlo!
Me río, poniéndome de pie, dejo que tome mi mano y me guíe a donde
quiera, sabiendo muy bien a dónde me lleva.
Justo al lado de Tobias.
Mi pequeña niña de papá.
Tobias me atrae hacia él, susurrándome sucias promesas de lo que la
noche me depara, al oído.
Mi marido cumple cada una de ellas.
¡Avix Investigador!