Útero vacío
23 marzo, 2017 by Redacción La tinta
* Por Cecilia Solá
Por esa época yo trabajaba en el Juzgado, y era un abogadito recién recibido, imbuido de mi propia
importancia.
Lamentaba profundamente que mis ingresos todavía no me permitieran acceder al ansiado 128, que me
ahorraría esas cuadras hasta la estación de Tribunales, donde tomaba el subte que me dejaba sano, salvo y
algo desarreglado en mi departamento, al borde mismo de Once.
Ella subió en la estación de la Facultad de Medicina. Flaca, alta, con el pelo oscuro tapándole media cara y un
montón de libros en las manos de dedos largos y huesudos. Manos de artista, diría mi abuela; manos de
cirujana, pensé yo.
Se sentó a mi lado, arremangándose el guardapolvo blanco que llevaba
abierto y flotante, como alas, sobre los jeans, que entonces llamábamos
vaqueros, y una camisa a cuadritos, muy poco femenina.
Casi sin querer eché un vistazo a los libros que se puso sobre la falda. El
título y el nombre del autor me saltaron a la cara, y no pude evitar el
respingo: La Náusea, de Sartre. Era poco sabio, por no decir totalmente
estúpido, andar circulando en un transporte público con un libro
prohibido.
Alcé la vista y me encontré con sus ojos, grandes y pardos, como los de un
cachorro, que habían sorprendido mi mirada de horror y me la devolvían,
divertidos.
– No nos podemos quedar solo con lo que dicen los comunicados, no te parece?- cuchicheó, y reconocí la
cadencia musical de Córdoba en su voz.
Tal vez debería haberme callado, quizás hubiera sido mejor mirar para otro lado, o cambiarme de asiento,
pero esos ojos lo enganchaban a uno, y me di cuenta de que quería seguir mirándolos.
-¿No es peligroso?- pregunté, y ella me sonrió con una boca ancha y generosa, en un relámpago de dientes
blancos.
– ¿Sartre? Hay cosas más peligrosas, y mucho menos bellas– sentenció, y a continuación disparó su nombre,
como una declaración.
– Victoria.
– Aníbal – me las arreglé para responder, sin tartamudear.
– Ah, como el Cartaginés- sonrió.
– Como Troilo, mi viejo era fanático – reconocí, y ella se rió, con tintinear de cucharitas de plata.
Se bajó igual que como había subido, un remolino de pelo suelto y piernas largas, apoderándose de la
plataforma como una conquistadora.
Dos días después volvió a subir en la misma estación. Me identificó de inmediato, y abriéndose paso entre la
gente, fue a pararse a mi lado.
– ¿Cómo te va, Cartaginés? – saludó, y yo sonreí, feliz, ante ese chiste que sentí privado.
Una tapa colorida asomaba, insolente, entre los apuntes. Elsa Bonnerman y “Un elefante ocupa mucho
espacio”.
Esta vez me animé a hacerle la pregunta con los ojos.
– Para los pibes de la villa – explicó – Doy una mano en un comedor comunitario, ya sabés, higiene,
alfabetización, esas cosas.
Asentí, imaginándomela leyendo, con esa sonrisa blanca y abierta, y la voz cantarina.
Desde entonces nos veíamos tres o cuatro veces a la semana, en ese tubo rugiente y veloz, demasiado veloz
para mi gusto, que terminó transformándose en mi universo paralelo, un lugar mágico que me desesperaba
por alcanzar, caminando deprisa hasta la boca del subte, bajando las escaleras de dos en dos, hasta
zambullirme en ese útero mecánico que me llevaría hasta ella.
Hablábamos y reíamos; a veces había incluso pequeños conatos de pelea por lo que ella llamaba mi “burguesa
miopía”, y yo su “exaltada hipersensibilidad”.
Terminaba noviembre cuando le dije que deberíamos tomar algo, animarnos a salir del útero a la vida real.
Sonrió, apartándose el pelo de la cara, en un gesto que yo ya había aprendido a identificar como previo a una
de sus lapidarias declaraciones.
– Esto debería ser la vida real, Cartaginés. Ojalá lo fuera. No me gusta mucho lo que hay ahí afuera.
Insistí, debatí, arguyendo, en esa esgrima verbal que tanto disfrutábamos, hasta arrancarle un casi sí.
– Me voy a Córdoba unos días, pero en dos semanas vuelvo. Entonces capaz que exploramos ese “afuera” que
vos querés – me sonrió, antes de plantarme un beso en la boca y bajar, casi de un salto.
La vi alejarse, hacerse más chiquita en el andén, muerta de risa ante mi cara de desesperado asombro por no
haber bajado a tiempo para seguirla.
Pelo suelto y piernas largas, sonrisa plena, a medida que el subte se alejaba, aprisionándome lejos de ella.
Pasaron los quince días prometidos, y treinta más. Terminó Diciembre. Aún durante la Feria, me iba hasta
Tribunales y tomaba el subte de vuelta, la cara pegada a la puerta, buscándola, esperando el reencuentro que
no llegaba, y dándome cuenta de que solo sabía su nombre, sin dirección, ni apellido, ni teléfono.
Pasaron meses, después años; empecé a no pensarla durante un par de horas al día, luego un par de días al
mes, y así, hasta llegar a ese estadío de sonrisa melancólica, muy de vez en cuando.
En febrero del 2005, atravesando la Plaza de Mayo, me crucé con la Marcha de las Abuelas. No presté mucha
atención, pensando en el regalo que le iba a comprar a mi nieta al salir de mi despacho, inmerso en mi vida,
tan lejos de su lucha, porque yo nunca había tenido problemas.
Pasaba de largo, indiferente, inmune, hasta que los ojos de cachorro y el largo pelo lacio me golpearon desde
la imagen congelada de una fotografía en blanco y negro: Victoria Armendáriz, 22 años, secuestrada por un
grupo armado paramilitar el 26 de noviembre de 1979 en las escaleras del subte, estación Facultad de
Medicina.
Y de golpe dejé de ser indiferente, dejé de ser inmune, y me quedé mirando la foto hasta que me picaron los
ojos.
Y después corrí. Crucé la Plaza, corriendo, olvidado del auto que me esperaba en el estacionamiento pago,
olvidado de mis 52 años, corrí hasta llegar a la boca de Catedral y me sumergí en el vagón, casi sin ver.
Lloré todo el recorrido. Lloré como un chico y como un hombre, lloré porque ella siempre había tenido razón,
y hay cosas mucho más peligrosas y menos bellas que Sartre.
Y porque ahora yo también deseaba que el mundo real fuera ese, nuestro útero mecánico, ahora vacío, que ya
no me llevaría a su encuentro.
1. ¿Saben por qué el 24 de Marzo es el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia?
2. Responder a manera de texto guiándose por las siguientes preguntas:
a) ¿Cuál es la situación conflictiva que se da en el relato?
b) ¿Cómo caracteriza el protagonista a Victoria? ¿Qué sucede con ella?
c) ¿Cuáles son los indicios que nos hacen pensar que Victoria podría ser perseguida y secuestrada por la
dictadura?
d) ¿Qué sentido social creen que tuvo la desaparición forzada de personas?
e) ¿Cómo actúa Aníbal cuando no la ve más? Comparar su accionar con el de las Madres y Abuelas de los
desaparecidos. (Pueden consultar en libros, en fuentes confiables de la web o hacer preguntas a
familiares).
3. ¿Cómo explicarían el nombre del cuento? ¿A qué hace referencia “útero vacío?
4. ¿Qué pasa con nuestro Aníbal abogado? Extiendan el final del cuento: imaginen que son el protagonista y
cuenten su vida desde el momento que ve la cara de su amiga en los carteles y hasta que se jubila.