1.
SEÑAL DE LA CRUZ
V/. ✠ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
2. ORACIÓN
Oh, Dios, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad, mira tu inmensa mies y envíale operarios, para que sea predicado
el Evangelio a toda criatura, y tu grey, congregada por la Palabra de vida y
sostenida por la fuerza de los sacramentos, camine por las sendas de la
salvación y del amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén.
3. LECTURA EVANGÉLICA
Del Santo Evangelio según San Mateo (28, 16-20)
En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús
les había indicado. Al verlo, lo adoraron, si bien algunos dudaron. Jesús se
acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la
tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras
día, hasta el fin del mundo. Palabra del Señor.
4. EXHORTACIÓN A LA MISIÓN
El Papa Francisco, a lo largo de su pontificado ha utilizado una y otra vez la
expresión “Iglesia en salida”. No es una expresión de moda que él se haya
inventado. Es el mandato de Jesús, que en el Evangelio, pide a los suyos que
vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio “a toda criatura”. La Iglesia o
es “en salida” o no es Iglesia. O está en el anuncio o no es la Iglesia. Si la Iglesia
no sale, se corrompe, se desnaturaliza. Se convierte en otra cosa.
Se convierte en una asociación espiritual. Una multinacional para lanzar
iniciativas y mensajes de contenido ético-religioso. Nada malo, pero no es la
Iglesia. Esto es un riesgo para cualquier organización estática en la Iglesia. Se
termina por domar a Cristo. Ya no das testimonio de aquello que hace Cristo,
sino que hablas en nombre de una cierta idea de Cristo. Una idea poseída y
domesticada por ti. Tú organizas las cosas, te conviertes en el pequeño
empresario de la vida eclesial, donde todo sucede según un programa
establecido, es decir, solo para ser seguido según las instrucciones. Pero el
encuentro con Cristo no vuelve a ocurrir. El encuentro que te había tocado el
corazón al principio ya no se repite.
La misión y la “Iglesia en salida”, no son un programa, una intención que se
realiza con el esfuerzo de la voluntad. Es Cristo quien hace que la Iglesia salga
de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu
Santo te empuja y te lleva. Y cuando llegas, te das cuenta de que Él ha llegado
antes que tú, y te está esperando. El Espíritu del Señor ha llegado antes. Él se
adelanta, también para preparar tu camino, y ya está trabajando.
Los protagonistas de los Hechos de los Apóstoles no son los apóstoles. El
protagonista es el Espíritu Santo. Los Apóstoles lo reconocen y dan fe de ello
primero. Cuando comunican a los hermanos de Antioquía las indicaciones
establecidas en el Concilio de Jerusalén, escriben: “Hemos decidido, el Espíritu
Santo y nosotros”. De hecho, ellos reconocían con realismo que era el Señor
quien añadía diariamente a la comunidad “aquellos que se salvaban”, y no los
esfuerzos de persuasión de los hombres.
La experiencia de los apóstoles es como un paradigma válido para siempre.
Basta pensar en cómo en los Hechos de los Apóstoles las cosas suceden
libremente, sin forzarlas. Es una trama, una historia de hombres en la que los
discípulos siempre llegan en segundo lugar, siempre vienen después del Espíritu
Santo que actúa. Él prepara y trabaja los corazones. Altera sus planes. Es él quien
los acompaña, los guía y los consuela en todas las circunstancias que se
encuentran viviendo. Cuando llegan los problemas y las persecuciones, el
Espíritu Santo también actúa allí, de una manera aún más sorprendente, con su
solaz, con sus consuelos. Como sucede después del primer martirio, el de san
Esteban.
Sin el Espíritu, querer hacer la misión se convierte en otra cosa. Se convierte,
diría yo, en un proyecto de conquista, la pretensión de una conquista que
realizamos nosotros. Una conquista religiosa, o quizás ideológica, quizás
también hecha con buenas intenciones. Pero es otra cosa.
Dejemos que el Espíritu Santo actúe en nosotros, que sea Él quien nos prepare
el camino y guíe nuestros pasos, que nos de la fortaleza necesaria y las palabras
adecuadas para cumplir con nuestra misión. Pidamos también por quienes son
los destinatarios de nuestros esfuerzos y trabajos, que el Espíritu Santo toque
sus corazones y sean atraídos hacia el Corazón de Jesús que los ama, que los
llama y que los espera, para que seamos todos juntos una Iglesia que,
habiéndose encontrado con Jesús, testimonie con su vida la presencia de Cristo
resucitado, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad, una Iglesia donde, además, todos seamos hermanos e hijos del Padre.
5. ORACIÓN UNIVERSAL
Invoquemos a Dios, Padre misericordioso, que ungió a su Hijo con el Espíritu
Santo para que evangelizara a los pobres, vendara los corazones desgarrados y
consolara a los afligidos. Digamos confiados:
R/. Que tu pueblo te alabe siempre, Señor.
Dios misericordioso y eterno, que quieres que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad, te damos gracias porque diste al mundo
tu Hijo, como Maestro y Redentor. R/.
Tú que enviaste a Jesucristo para evangelizar a los pobres, proclamar a los
cautivos la libertad y anunciar el tiempo de gracia, dilata tu Iglesia, de modo
que abarque a los hombres de toda lengua y nación. R/.
Tú que llamas a todos los hombres a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz
maravillosa, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo,
en la tierra, en el abismo, haz que seamos verdaderos testigos del Evangelio de
salvación. R/.
Danos un corazón recto y sincero para escuchar tu Palabra y haz que produzca
en nosotros y en el mundo obras abundantes de santidad. R/.
6. ORACIÓN DE BENDICIÓN
Te bendecimos y alabamos, oh, Dios, porque, según el designio inefable de tu
misericordia, enviaste a tu Hijo al mundo, para librar a los hombres, con la
efusión de su Sangre, de la cautividad del pecado, y llenarlos de los dones del
Espíritu Santo. Él, después de haber vencido a la muerte, antes de subir a ti,
Padre, envió a los apóstoles como dispensadores de su amor y su poder, para
que anunciaran al mundo entero el Evangelio de la vida y purificaran a los
creyentes con el baño del bautismo salvador.
Te pedimos ahora, Señor, que dirijas tu mirada bondadosa sobre estos
servidores tuyos que, fortalecidos por el Espíritu Santo, enviamos como
mensajeros de salvación y de paz. Con el poder de tu brazo, guía, Señor, sus
pasos, fortalécelos con la fuerza de tu gracia, para que el cansancio no los venza.
Que sus palabras sean un eco de las palabras de Cristo para que sus oyentes
presten oído al Evangelio.
Dígnate, Padre, infundir en sus corazones el Espíritu Santo para que, hechos
todo para todos, atraigan a muchos hacia ti, que te alaben sin cesar en la santa
Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor. V/. Amén.
- Dios, que en Cristo ha manifestado su verdad y su amor, os haga
mensajeros del Evangelio y testigos de su amor en el mundo. R/. Amén.
- Jesús, el Señor, que prometió a su Iglesia que estaría con ella hasta el fin
del mundo, dirija vuestros pasos y confirme vuestras palabras. R/. Amén.
- El Espíritu del Señor esté sobre vosotros, para que, recorriendo los
caminos del mundo, podáis anunciar el Evangelio a los pobres y sanar los
corazones desgarrados. R/. Amén.
Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo. V/. Amén.