Cuando vivir no es para siempre
Segunda edición digital: febrero, 2016
D.R. © Ana Cecilia González 2015
ISBN: 978-607-96594-5-5
Queda prohibida la reproducción o transmisión total o parcial de esta
obra, en cualquier forma, electrónica o mecánica, sin la autorización
expresa de los titulares.
Conversión a eBook: Carmen Y. Macossay
Sobre la autora:
Ana Cecilia González García es originaria de Monterrey, México. Nació
con una malformación congénita del corazón y con muy pocas posibilidades
de sobrevivir.
Su vida ha sido un recorrido largo y a veces difícil, pero nunca imposible.
Estudió Ciencias Jurídicas y una maestría en Educación. Ha dedicado gran
parte de su vida profesional a la docencia.
Le gusta tocar la guitarra y componer en su tiempo libre. Escribir se ha
convertido en su gran pasión. Ama y protege a los animales.
Hoy tiene a su cargo un área en una importante empresa en Monterrey,
México.
Contactar al autor:
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/Cuandovivirnoesparasiempre
@anacecygzz
@anacecygzz
Ana Cecilia González
CUANDO VIVIR NO ES PARA SIEMPRE
A los ocho años de edad supo que no
viviría para siempre…
Con un corazón descompuesto y
contra todo pronóstico, enfrentó con
ánimo y valentía los retos que se le
presentaron. La vida de Ana Cecilia
trasciende más allá de la salud y la
enfermedad debido a su determinación y
amor apasionado por vivir.
En su trayecto tuvo una experiencia cercana a la muerte y regresó para contarlo,
dejándonos un legado de fe y esperanza.
Ante la imposibilidad para explicar su supervivencia, Ana Cecilia hoy nos cuenta
su historia.
Dedicatoria
Dedico la historia de mi vida especialmente a mis padres, Enrique Luis
y Sandra Patricia.
A mis más grandes motores, Ana Paula y Daniel.
A mis hermanos, Sandra Patricia, Enrique Luis y Marcela Sofía.
A mis abuelos, Enrique y Nena, Esaú y Chagüita.
A mis sobrinos: mis mejores animadores.
Agradecimientos:
Agradezco el apoyo incondicional de mi mentora, Sofía Segovia.
A Morena, que marcó el inicio de este proyecto.
A Carmen y a Lorena, que me ayudaron a no perder el rumbo y el
objetivo.
A mis Amigas del Alma, quienes recorrieron conmigo todo este trayecto.
A Lilia y a José Luis, que han sido la fuerza espiritual en mi camino.
A Ráfel, que desde mi llegada se mantuvo a mi lado.
Ésta no sólo es la historia de mi vida, es el sendero de muchos que se
verán reflejados en mi narración.
CUANDO VIVIR NO ES PARA SIEMPRE
INTRODUCCIÓN
Ana Cecilia,
Han transcurrido más de 30 años desde que te conocí y es fecha
de que nunca te he visto darte por vencida ante las múltiples adversidades que has
encontrado en la vida.
Eres uno de los seres vivientes con mayor edad que padecen esta cardiopatía congénita
llamada Ventrículo Único, asociada a otros muchos defectos cardiovasculares que has
tenido desde tu nacimiento. Existen muy pocos seres humanos que padezcan tu enfermedad
y que después de más de 40 años de vida sigan luchando encarnizadamente por continuar
disfrutando de cada momento.
Como lo hemos platicado en múltiples ocasiones, las dificultades e intervenciones
quirúrgicas sumamente complejas que te ha tocado sufrir, nunca te han amedrentado. Al
contrario, recuerdo cada una de ellas y todas te hacían crecer ante la posibilidad del
fracaso quirúrgico y de la muerte. Me parecía en ocasiones que vibrabas de gusto al
enfrentar las adversidades con las que lidiaste.
No sólo te creciste ante esa posibilidad: además, decidiste dar vida a un ser humano,
aún en contra de las recomendaciones que muchos dimos, acerca del alto riesgo de un
embarazo. La cesárea en tus condiciones no fue nada fácil; sin embargo, ahora, a más de
dos décadas de distancia, puedes disfrutar a esa niña que diste a luz hace ya muchos años.
Tu certeza frontal y tu convicción de acero siempre te han ayudado a seguir luchando por
tu vida.
No dudo que a lo largo de los años habrás pasado por muchos desconciertos y noches
oscuras, pero nunca han logrado derribar tu tenacidad de vivir. Tu fe siempre ha sido
imbatible y tu perseverancia indestructible.
Pacientes como tú ayudan al médico a aprender de sus vivencias y transferirlas a
muchos otros de nuestros enfermos, para que tus experiencias los ayuden a surcar los
duros caminos de las enfermedades padecidas.
El haberme encontrado contigo fue para mí un privilegio. Me ayudaste a reconocer la
fortaleza del ser humano al ver cómo te recuperabas de múltiples crisis, caídas y recaídas.
Dios te concedió la fortaleza para no dejarte vencer por el dolor. Me enseñaste que sólo de
esta manera se puede sobrevivir.
Que Dios te siga guiando en los años por venir. Deseo que conserves mucha paz en tu
alma, la sonrisa que has tenido siempre dibujada en el rostro y la serenidad imperturbable
que te caracteriza. Espero que con tu ejemplo puedas seguir ayudando a muchos enfermos
a sortear el dolor y la enfermedad para lograr una vida plena. Ojalá que tu ejemplo
perdure como prueba de que se puede ser feliz a pesar de la crueldad de las enfermedades.
¡Que tu corazón viva siempre para que continúes este bello viaje que emprendiste hace ya
50 años!
José L. Assad Morell, MD.
Facultad de Medicina, Universidad Autónoma de Nuevo León, México con honores Suma
Cum Laude.
Jefe del Instituto del Corazón de del Hospital Christus Muguerza, Monterrey, México.
Miembro de: American College of Cardiology, Society of Cardiac Angiography and
Intervention, Sociedad Mexicana de Cardiología, entre otras.
Queridos Ana Cecilia y Lectores,
Para mí es un genuino privilegio escribir esta breve nota de
introducción para este , libro tan lleno de valentía. Conocí a Ana
Cecilia en la etapa adulta de su increíble jornada. Así como lo ha
sido en su vida entera, en el momento de nuestro encuentro,
enfrentaba un escenario médico básicamente desconocido. Hay muy pocos pacientes
adultos en todo el mundo viviendo con un ventrículo único. Y aún más extraño es la
subcategoría de pacientes que se han sometido a un primer intento de una cirugía Fontan,
que han vivido, prosperado y posteriormente deteriorado. Al momento de su más reciente
cirugía, así como en la realizada años antes, Ana Cecilia aceptó el someterse a una
operación (revisión) de gran medida; compleja, prolongada, muy riesgosa, pero con la
esperanza de un mejor futuro. Al hacerlo, continuó jugando un papel no sólo como
paciente sino como pionera.
Me siento inspirado por la voluntad humana de vivir y experimentar la vida. Eso
me sostiene como cirujano de cardiopatías congénitas cuando nos quedamos cortos en
nuestra aspiración por ayudar. En mi carrera que está cercana a cumplir 25 años y 15,000
cirugías, me siento humilde por el espíritu intrépido y el coraje por vivir de pacientes como
Ana Cecilia. Ella y todos los pacientes nos recuerdan que “la vida no es para siempre”
para ninguno de nosotros. La vida y el gozo por vivirla son transitorios, deben de ser
preciados y reverenciados.
Charles D. Fraser Jr., MD.
Jefe de Cirugía.
Clayton Catedrático en Cirugía.
Donovan Catedrático y Jefe en Cirugía Cardiaca Congénita.
Texas Children’s Hospital.
Profesor de Cirugía y Pedriatría en Baylor College of Medicine.
CONDENADA A MORIR
A los 8 meses
Cuando aprendí a caminar de la mano de la
muerte sin dejar de aferrar la otra a la vida,
empecé a vivir con plenitud.
Nací condenada a morir. Todos estamos destinados a lo mismo, pero mi
corazón descompuesto me lo anunció desde que llegué a este mundo.
La muerte y yo nos hemos visto de frente muchas veces, pero
desviamos la mirada y nos sacamos la vuelta. Un día, cuando estábamos
muy cerca, hicimos un pacto: yo caminaría con ella tomada de una mano,
y con la otra me aferraría a la vida. No me confío, y cuando en ocasiones
está muy cerca, ya no le temo, me siento en paz. Sabe que mi mano no
soltará la vida y la disfrutaré hasta mi último aliento.
Llevo cincuenta años viviendo esta historia y veinticinco tratando de
narrarla. Conozco el tiempo exacto porque mi hija tenía diez meses de
vida cuando me separé de ella, sin saber si volvería a verla. Me dirigía a
mi primera cirugía de corazón abierto en la ciudad de Houston, Texas. El
pronóstico era reservado y las posibilidades de éxito pocas. Me faltaba el
aire y no tenía fuerza; mi corazón se estaba dando por vencido, pero yo
no.
Comencé a escribir en cuidados intensivos. Fue toda una odisea
convencer a las enfermeras de que necesitaba papel y pluma a las dos de
la mañana.
Pero a un paciente en el estado físico en que me encontraba, no se le
niega algo tan fácilmente.
¿CÓMO ESTÁS VIVA?
La ciencia diagnostica, pero sólo la fe y la esperanza pronostican.
Cuando llegué a Houston, a los veinticuatro años, acompañada de mi
marido, me di cuenta de que la vida tan normal que había vivido, como
cualquier otra persona sana, causaba sorpresa y admiración. En ese
Hospital, aún con toda la vasta experiencia de su equipo médico, nunca
habían visto a una mujer con mi malformación, sin ninguna intervención
quirúrgica previa, con mi edad y mucho menos con una hija. Nadie
entendía cómo estaba viva.
-¿Tuviste un hijo? ¿Cómo fue posible, cómo te atreviste a tenerlo?
-preguntó el doctor Nihill cuando notó la cicatriz de mi cesárea.
-Se lo pedí a Dios y me respondió -contesté.
La respuesta no era tan complicada para mí, sin embargo para él,
representaba volver a las investigaciones, a las estadísticas y a cuestionar
lo aprendido durante todos sus años de estudio y práctica profesional.
El doctor parecía desconcertado. Aclaró su garganta y entonces explicó
que jamás había visto algo igual. Simplemente estaba fuera de todo lo
documentado.
Entonces pidió que le trajeran más información sobre mi caso. El
Hospital contaba con mi expediente médico desde que yo tenía once
meses de edad. El doctor estaba tan abrumado que no dejaba de leer
cuanto papel encontraba. Era un expediente viejo, amarillento y con
algunas hojas escritas a mano.
MI EXPEDIENTE MÉDICO
En muchos momentos de mi vida, lo único que me ha sostenido ha sido
mi fuerza interior.
El doctor Nihill ya con mi expediente en mano, pudo enterarse de más
detalles; que nací en 1964 con una cardiopatía congénita de corazón: una
malformación llamada transposición de grandes vasos y un sólo
ventrículo, además de una estenosis pulmonar. Esto quiere decir que la
doble circulación natural, como en el caso de un corazón normal, no
estaba separada. Al haber un sólo ventrículo, la sangre azul y la roja, se
mezclan en una cámara común y el cuerpo recibe sangre baja en
oxigenación. Esta malformación provoca cianosis, es decir,
amoratamiento.
Además hay una carga sanguínea muy grande en el ventrículo único, el
cual regularmente falla a una corta edad.
Para entonces yo había estudiado un poco sobre el tema y sabía que la
mortalidad de los jóvenes adultos con corazón univentricular sin algún
tipo de tratamiento es muy grande. Después de conversar un rato con el
médico surgieron muchas preguntas y dudas respecto a lo que procedía
hacer. Mi cansancio, cianosis y falta de aire eran evidentes.
-Mi doctor en Monterrey dijo que necesito una cirugía, que ya no estoy
oxigenándome bien. ¿Qué pasa si no me opero ahora? -le dije al doctor.
-Ya no puedes perder tiempo. Es sorprendente que estés en este estado
físico, sin embargo tu corazón está muy cansado y le urge atención.
-Quizá mi caso no es tan grave, o de alguna forma mi cuerpo encontró
un equilibrio. Nunca había sentido, sino hasta ahora, que realmente me
faltara el aire. Me siento saludable.
El doctor sonrió con un gesto de admiración y asombro.
-La realidad es que eres un caso único. El setenta por ciento de las
personas como tú, muere antes de los dieciséis años. Tienes una anatomía
univentricular izquierda, y eso te ha ayudado. Cuando la anatomía es del
ventrículo derecho, el cincuenta por ciento muere a los cuatro años
aproximadamente. Las causas más comunes son arritmias, falla cardiaca y
muerte súbita. Es asombroso verte tan bien, aunque no lo creas.
-No sabía todo eso. Al menos, no tenía idea de que yo pudiera ser uno
de esos pocos casos.
-Difícilmente encontrarás a alguien más como tú. ¿Cómo está la
bebita? ¿Nació bien?
-Sí, doctor, nació sana, muy pequeña, pero sin complicación alguna.
-Eres un caso tan especial que estoy seguro de que tienes mucho que
contarnos. Queremos escuchar tu historia, cuidarte y ver por tu hija. Bien,
pues definitivamente los cardiólogos y cirujanos tenemos mucho que
discutir antes de darte una solución, pero es un hecho que necesitas una
operación.
-¿Qué tan urgente es?
-Intentaremos programarla en cuatro o cinco días. No te vayas de la
ciudad.
Mi esposo y yo cruzamos la mirada y guardamos silencio. Ninguno de
los dos estaba preparado para esa noticia. No imaginábamos que mis
molestias se debían a un corazón tan delicado.
Más tarde llamé a mis padres para decirles que no regresaría a
Monterrey pronto. Buscamos quién se hiciera cargo de Ana Paula, pues
yo los necesitaba cerca y ellos por ningún motivo me dejarían sola. Al día
siguiente viajaron a Houston.
Años después fui a una revisión médica. Estaba sentada con mis
padres, mi hermana Sandra y mi hermano Enrique Luis, esperando a que
me llamaran para entrar. Escuché una conversación que me llamó mucho
la atención. Dos señores y una señora discutían con vehemencia sobre el
estado de salud de un familiar. Ella se lamentaba por esa persona y, con
insistencia y dolor, reiteraba que no entendía por qué tanto penar de su
pariente.
Eso me hizo reflexionar y me di cuenta que la vida a veces se vive de
esa manera. Nos lamentamos por lo que le sucede a otros, o a nosotros
mismos, y también por lo que no nos sucede, así como por lo que pudo
haber sido. Nos quejamos por todo, y la verdadera lástima es no haber
aprendido de esos eventos y dejar pasar la oportunidad de ser mejores
personas.
Mi caso fue distinto. No recuerdo un momento de mi vida en que me
haya quejado de manera consciente por nacer con un problema de corazón
que me limitara de manera notable en la vida diaria. Lo tomé como algo
natural y supuse que las personas somos diferentes y cada uno tiene cosas
que otros no. Mis padres se encargaron de no permitirme caer en una
actitud de autolamentación.
No me enteré sino hasta los ocho años de mi cardiopatía congénita.
Sin entender cómo funcionaba la vida, decidí entonces vivirla
intensamente pues no viviría para siempre como los demás. Hacer
comparaciones era perder el tiempo. Yo tenía lo que tenía y era lo que era.
Lo complicado en ese entonces fue cuando las personas, en particular mis
padres, me trataban de forma ligeramente distinta y querían cuidar de
cosas que no entendía por qué había que cuidar; no por un trato especial,
sino por tantas visitas a los doctores.
Me llevaban al médico constantemente, hablaban con mis maestros de
mi limitación física, tenían ciertas consideraciones conmigo que yo no
solicitaba y que no terminaba de entender. Me sentía tan bien, que para mí
era ridículo enfermar a quien no se sentía enfermo. Esa fue mi vida y
forma de sentir en mi niñez y adolescencia. Nunca pensé en sacar ventaja
de esto de forma consciente para buscar algún beneficio. Bueno: quizás
sólo cuando se trataba de molestar a mis hermanos siendo niños, porque
me decían algo de mis uñas o del color de mis labios.
Mi madre me dice que cuando me enfermaba, era yo la del buen
ánimo, que siempre intentaba tener una sonrisa en el rostro y hacer
bromas con quienes llegaban a visitarme. La fuerza interior que me movía
era mi voluntad para vivir. Luchaba con todas mis fuerzas por no sentirme
mal y recuperarme pronto. Me parecía un desperdicio estar ahí inmóvil sin
salir a jugar. Creía que la enfermedad estaba en la mente: si no pensaba en
ella, no existía.
Si me hubiera visto a mí misma como alguien enfermo o con una
limitación física, estoy segura de que no estaría contando mi historia.
Mis pensamientos optimistas no permitían que mi cuerpo se enfermara
o sintiera la enfermedad. No fue casualidad: fue y es un cambio de
mentalidad.
Es lo que soy y no lo que tengo, lo que me hace ser yo.
Una serie de improbables circunstancias me habían permitido
continuar aquí. Quizás era para transmitir a otros que la vida era
importante.
Lo que de niña supe por instinto, ahora lo sé por experiencia y lo
confirmo: disfrutar el camino y ser agradecida genera grandes cambios en
la vida.
NACIMIENTO
Mis padres
Si algún día dudas del verdadero amor, sólo
recuerda lo que una madre es capaz de hacer por
su hijo.
Mi madre siempre ha sido una mujer muy hermosa. Desde muy pequeña
fue una niña que llamaba la atención. Conoció a mi padre cuando apenas
tenía catorce años. Él era un hombre alto, delgado, muy bien parecido.
Aún hoy en día puede verse lo apuesto que fue en su juventud, al igual
que mi madre. Ambos tuvieron cinco hermanos menores que ellos.
Forman una hermosa pareja.
Se casaron muy jóvenes: ella de diecinueve y él de veintiséis. Hace
poco cumplieron cincuenta años de matrimonio. Por algunas viejas
películas que rescatamos, pudimos ver que el amor con el que se trataban
y la forma de mirarse siguen presentes hoy en día.
Cuando recuerdo algunos de los momentos difíciles en su relación de
los que fui testigo, esos en los que la vida te pone a prueba, admiro cómo
pudieron sortear el estrés junto con lo que implicaba mi enfermedad y la
educación de todos sus hijos.
Tuvimos épocas difíciles económicamente y mi mamá nos cosía la
ropa a mis hermanas y a mí. Siempre nos vestía como princesas. Ella
impulsó mucho a mi padre para que se superara, y él nunca dejó de ser un
gran ejemplo, como ser humano y en la vida profesional.
Mi papá era el hombre protector y proveedor, y mi mamá quién se
hacía cargo de que todo estuviera en orden. Con su agilidad mental y
capacidad fue que apoyó a papá para ser el hombre de éxito que ahora es.
Ella siempre lamentó que mi abuelo no la dejara estudiar, que la limitara
porque iba a casarse. Sé que mi mamá pudo haber sido una gran arquitecta
como ella quería. Hoy en día es una mujer totalmente cibernética, capaz
de darnos clases a todos en la familia.
Su matrimonio inició con toda la ilusión y emoción que puede tener
cualquier pareja de enamorados, y nunca imaginaron lo difícil que se
tornaría a los pocos años. Cuando nací, mis padres ya tenían a Sandra, una
niña hermosa con una mirada llena de luz y alegría. Ella era la primera
nieta de ambas familias. Nací quince meses después de su llegada.
El embarazo había sido normal, como cualquier otro de nueve meses
de gestación. Cuando me pusieron en brazos de mi madre por primera vez,
le parecí una niña muy hermosa, según me dijo, sólo con mi piel un poco
más oscura. No es que eso fuera malo, era sólo que no comprendía de qué
familiar venía la tez morena, pues mis padres son de piel blanca.
De cualquier modo, era una gran bendición mi llegada y estaban felices
con su segunda niña.
Al pasar cuatro o cinco días, mi mamá notó que mi cansancio no era
normal. Aceleraba mi respiración y dejaba de comer. Ella ya había tenido
otra hija y se dio cuenta de que algo no estaba del todo bien. Como mi
madre aún estaba convaleciente, mi padre y mi abuela materna, Chagüita,
me llevaron a revisar con el doctor. Les dieron la noticia de que tenía un
soplo en el corazón. Pensaron que era algo sencillo y que ese era el motivo
por el que nací un poco amoratada: de ahí el color de mi piel.
Todos se quedaron un poco más tranquilos por unos días. No parecía
ser algo tan grave.
El cansancio de despertar frecuentemente a alimentarme y ver que mi
pequeño cuerpo aceleraba su respiración y se ponía morado con el
esfuerzo al comer, los mantenía preocupados. No dejaban de buscar a
donde llevarme para otra valoración. Mi mamá estaba asustada, nerviosa.
Y cómo no, si no tenía ninguna experiencia en niños con problemas de
corazón, ni había antecedentes familiares.
Me bautizaron a los pocos días de nacida, el 12 de diciembre de 1964.
Mis padrinos Oscar y Dora, grandes amigos de mis padres, los
acompañaban en su preocupación. Siempre estuvieron cerca de ellos
mientras yo era pequeña. Los consolaban en este proceso de entender qué
tan seria era mi enfermedad. Ellos llevaban tiempo buscando tener sus
propios hijos, sin lograrlo, por lo tanto cuando mis padres les pidieron ser
mis padrinos, se llenaron de alegría y sintieron que yo era como su
primera hija. Años más adelante tendrían dos hijos. Siempre me
considerarían como una más de la familia, y esta gran amistad perdura
hasta hoy.
Pasaron los días y mi mamá notó que mi cansancio era cada vez
mayor. Era necesario alimentarme cada hora, pues el agotamiento al
comer me impedía continuar y me quedaba con hambre. Lloraba
constantemente y comía desesperada en cuanto me daban el biberón, y a
los pocos minutos estaba exhausta y me quedaba dormida. Fueron días y
meses muy difíciles para mi madre, de apenas veintiún años, y que
además tenía otra niña pequeña de un año y medio a la que también debía
atender. Mi papá tenía que trabajar y la tensión familiar aumentaba.
Después de varias semanas de búsqueda, tomaron la decisión de
llevarme a la Ciudad de México con ayuda de mi querido tío Esaú. Él era
médico y en ese entonces hacía su especialidad en esa ciudad y siempre
nos apoyó hasta el final de sus días.
Viajamos en tren porque el costo de viajar en avión estaba fuera delas
posibilidades. Para entonces, tenía casi cuatro meses de edad. Mis papás
dejaron a mi hermana al cuidado de los abuelos con un nudo en la
garganta al separarse de ella. Chagüita como llamábamos a mi abuela
materna, y Abuelita Nena, la mamá de mi papá, eran las encargadas. Me
duele imaginar lo que Sandra sintió al quedarse sin sus padres. Al llegar a
México me internaron en el Hospital Infantil. Nos quedamos ahí por diez
semanas. Mi mamá se hospedó en ese tiempo con unas tías, familiares de
mi papá a quienes no conocía. De cualquier modo, le ofrecieron un lugar
donde dormir y sentirse cómoda. Mi padre regresó a Monterrey porque su
trabajo lo demandaba.
Las tías Leonor y Virginia Montfort vivían juntas y trabajaban todo el
día. No tenían mucho tiempo para conversar ni hacer grandes lazos
familiares pues siempre estaban ocupadas y eran mucho mayores que mi
madre. A pesar de eso, mi mamá llegaba en las noches a una casa donde al
menos podía prepararse una cena caliente, intercambiar algunas palabras
con alguien y sentir consuelo. Ambas fueron una gran bendición para ella.
En la mañana, cuando las tías se iban al trabajo, llevaban a mi madre al
Hospital. Los horarios de visita eran muy estrictos: diez de la mañana y
cuatro de la tarde. Si podía, alguna de las tías pasaba por ella para llevarla
a casa, cuando no era posible, se regresaba en un taxi. Mi mamá se
sentaba pacientemente en la sala de espera. A veces rezaba y esto hacía la
estancia menos pesada. Si no había otros familiares de pacientes con
quiénes platicar, se concentraba en las manecillas del reloj colgado en la
pared hasta verlo dar las diez en punto. De inmediato se levantaba de su
asiento y se dirigía a las puertas de los cuneros de cuidados intensivos.
Esa misma rutina la repetía para la visita de las cuatro de la tarde, día
tras día, semana tras semana.
No podía quedarse a dormir conmigo. Esa área tenía muchas cunas con
otros pacientes. Puedo imaginar la desesperación de mi madre, en la sala
de espera, contando los minutos y las horas para que la dejaran estar a mi
lado por un momento, sintiendo que abandonaba a su hija entre extraños.
¿Quién la consolaría?
Comía lo que podía en el Hospital. Compraba algo muy económico y
continuaba la espera hasta la visita de la tarde. Pasaban las horas y ella no
hacía otra cosa que escuchar tragedias. Todos los familiares de pacientes
lloraban y se quejaban. Mi madre intentaba mantenerse fuerte, incluso
daba consuelo a muchos. Les compartía su fe y confianza en Dios para
alentarlos un poco. Casi todos los familiares de otros pacientes eran
mayores que ella, y aun así la escuchaban y, al mismo tiempo, ellos le
daban su apoyo.
Todo ese tiempo le pareció eterno. Sin entender aún la gravedad de mi
padecimiento, mi madre sabía que era serio. Las historias que escuchaba
eran desgarradoras; no quedaba sino esperar y confiar en que el
diagnóstico de su hija no fuera tan malo.
Los doctores no me daban de alta porque pesaba muy poco. Tenía tan
poca fuerza para succionar que me alimentaban con gotero. Estaba muy
delgada, y le dijeron a mi madre que hasta que no aumentara de peso, no
podrían hacerme unos estudios, mucho menos salir del Hospital.
Mi mamá dejó a su hija mayor sana y llena de vida a kilómetros de
distancia. Éramos cuatro miembros de la familia, y todos teníamos esa
sensación de abandono: mi papá, en Monterrey, solo, sin su esposa y sus
hijas; Sandra, con sus abuelos y sin sus padres, aunque mi papá la visitaba
al salir de su trabajo; mi madre, en una sala de espera, sola, sin mi padre y
sus hijas, y yo, en un cunero, sin mi familia. Era tan pequeña y apenas me
daba cuenta de lo que pasaba pero, como los demás, sufría el abandono.
Fueron semanas de tristeza y angustia para cada uno de nosotros.
La espera fue terrible, todos tenían esperanzas de recibir alguna buena
noticia para mi futuro, y confiaban en que me recuperaría. Lo que ayudaba
a mi madre un poco a sobrellevar su dolor y cansancio, era que mi papá la
visitaba los fines de semana. Él viajaba en autobús toda la noche del
viernes para estar conmigo y con mi madre sábado y domingo. Al
terminar el fin de semana, viajaba toda la noche de vuelta a Monterrey
para llegar a las seis de la mañana del lunes a darse un baño y salir a
trabajar.
Mi mamá tomó una decisión muy valiente y siempre le he expresado
mi admiración. Durante esa larga estancia fue su cumpleaños. Decidió
tomar el dinero que le dieron mis abuelos como regalo y compró un boleto
de autobús para ir a ver a su otra hija por tan sólo dos días. Para mi mamá,
el mejor festejo de cumpleaños fue estar con Sandra. El camino en
autobús fue difícil. Entre sollozos me dejó en el Hospital al cuidado de
doctores y enfermeras. Les pidió mucho que vieran por mí, que me
apapacharan mientras ella no estaba. No me di cuenta de nada, pero una
madre siente que, sin ella, su hija no podrá estar bien. Y así emprendió su
viaje a Monterrey un martes 16 de marzo de 1965 para estar con Sandra el
miércoles y jueves. Sabía que a mí no me pasaría nada, y se convenció de
que ni cuenta me daría de su ausencia debido a mi edad.
Sólo así tuvo la fuerza para realizar su corto viaje.
El viernes en la mañana, estaba ella de vuelta en su puesto esperando el
momento para verme. En ese viaje, mi mamá tomó la energía que
necesitaba, la fuerza que le hacía falta para seguir un poco más.
Tras casi seis semanas de estadía en el Hospital, después de un
cateterismo completo y un angiocardiograma, los médicos informaron a
mis padres sobre mi padecimiento: tenía un solo ventrículo con
transposición de grandes vasos. La tecnología y conocimientos existentes
en esa época acerca de mi complejo problema de corazón, no bastaban
para hacer una cirugía correctiva. No había más que esperar.
El pronóstico era poco alentador: no viviría muchos años y
seguramente no tendría fuerza para caminar; no crecería y quizás
permanecería toda mi vida en una cuna. Les anunciaron que, cuando
mucho, viviría diez años.
El dolor y la angustia fueron devastadores. Mi mamá oía lo que le
decían y sólo lloraba y lo negaba, incapaz de procesar esa información.
-No entiendo nada de lo que están diciendo. ¿Esperar qué? ¿Va a
morir? ¿Cuánto tiempo le queda de vida? ¿Qué vamos a hacer? ¡No les
entiendo! -decía mi madre entre lágrimas y desesperación.
-Señora, no hay más que esperar y ver cómo evoluciona. No se hagan
muchas ilusiones, la situación física de su hija es muy complicada.
Mi padre abrazaba a mi mamá e intentaba consolarla. Ella no podía
dejar de llorar. La noticia fue mucho más dura de lo que ella esperaba.
Todos esos sueños, planes y deseos que cualquier padre tiene para sus
hijos parecían esfumarse entre sus manos en un momento. La vida de su
hija estaba limitada. No tenían más que dos opciones: o se lamentaban, o
intentaban disfrutarla y darle la mejor calidad de vida posible. Entre
lágrimas, tristeza y el deseo de un milagro, volvimos a Monterrey dos
semanas después, cuando logré subir un poco de peso.
PRIMEROS AÑOS
Con Sandra
Si quieres apreciar la flor, aprende a pasar por alto
sus espinas.
Mis padres tomaron la decisión de crear expectativas optimistas en medio
del dolor y del miedo a lo desconocido. Gracias a su enorme fe en Dios se
mantuvieron fuertes y con la confianza de que yo saldría adelante. Jamás
dejaron de luchar por su niña, esa pequeña guerrera que parecía no querer
darse por vencida ante ningún obstáculo. Creyeron en mí, confiaron en
Dios y les demostré que podían hacerlo.
Hace poco, hice una visita al Doctor Charles Fraser, Jefe del
departamento de cirugía de enfermedades congénitas de corazón en el
Texas Children’s Hospital, y sus palabras me convencieron de la labor tan
grande que hacen los padres: “El ambiente y el amor que te rodeó, tuvo
mucho que ver para que llegaras a donde estás. Alguien confió en que tu
futuro sería maravilloso. La familia y las circunstancias en que te
desarrollas son determinantes para que hayas logrado estar donde estás”.
Estoy segura de que gran parte de mi salud física y emocional es
consecuencia de la forma como me educaron y de la confianza transmitida
por mis padres y familiares. Muchas veces las palabras son sólo eso:
palabras, sin embargo los pensamientos y las convicciones, así como el
ejemplo, se perciben sin lugar a dudas. Además, sé que mi forma de ser
fue un regalo de Dios para la lucha que enfrentaría.
Dios me equipó. Todos nacemos preparados con lo necesario para
enfrentar las dificultades de la mejor manera. Lo que cada uno hace con
esas herramientas marca la diferencia. Cualquier camino, aunque sea
distinto al de los demás, tiene sus dificultades y una gran belleza. Estoy
segura de que es imposible obtener buenos resultados con pensamientos
negativos. Con el tiempo aprendí que las palabras que utilizaba
determinaban quién era y hacia donde iba.
Al enterarme por mis padrinos de lo que mis papás vivieron después de
que nací, supe el alcance que tiene la fe cuando todo se ve perdido.
Gracias a la certeza de que Dios no los desamparaba fueron capaces de
resistir, confiados en que el pronóstico podría cambiar.
Mi papá se dedicó a apoyar a mi mamá. Él no mostraba a nadie sus
miedos, su dolor, su angustia. Siempre la protegió y se aseguró de que no
se sintiera sola. Se preocupó en dar fuerza a su esposa que cuidaba de sus
dos hijas. A veces pienso que la fortaleza de mi mamá es tan grande, que
ambos se dieron fuerza a su manera, que entre los dos se aseguraron de
darme lo necesario para tener una vida normal. El hecho de no darse por
vencidos conmigo hizo la diferencia.
A los once meses de edad y con tan sólo ocho kilos de peso, mis padres
decidieron llevarme a Houston para recibir otra opinión. Pasaron meses
muy difíciles, pues alimentarme les costaba mucho trabajo; no obstante,
yo era una niña muy inquieta y llena de vida que sólo quería jugar. Les
dieron un diagnóstico un poco más completo. La situación era la misma:
tenía únicamente un ventrículo, transposición de grandes vasos y, además,
estenosis pulmonar.
Años después me enteraría de que esta estenosis fue un golpe de suerte,
es un callo que se formó para impedir que el flujo sanguíneo llegara con
más fuerza de lo normal a los pulmones y los dañara. Al tener un
ventrículo, la fuerza con la que el corazón envía la sangre a los pulmones
es mucho mayor y con esa estenosis, éstos se protegieron. Hoy en día,
alguien con un problema similar, es intervenido al poco tiempo de nacido
para lograr algo parecido a esa estenosis.
En ese momento parecía un agravante, una amenaza más. Mi
oxigenación era de alrededor del ochenta por ciento, en vez de algo
cercano al cien por ciento; los médicos opinaron que, considerando mi
estado físico, me veía bastante bien. Me dieron de alta tras indicar un
control médico estricto, sin embargo, tampoco en Houston existía una
cirugía completa correctiva, ni medicamento especial para mí.
-Señores González, tenemos que esperar y confiar en que el cuerpo de
Ana Cecilia se compense y logre permanecer con vida hasta que la ciencia
médica encuentre una solución.
-Pero, ¿cuál es el pronóstico en general para niños como ella? -
preguntó mi madre.
-La mayoría empiezan a tener muchas dificultades un poco antes de la
pubertad. Algunos no logran vivir hasta esa edad. Confiemos en que su
caso sea diferente. Cada uno lo es.
Regresamos a casa y mis padres empezaron toda una aventura para
lograr mantenerme sana y bien alimentada. Mi madre debía convencerme
para comer, lo cual era todo un arte. Procuraba darme lo que más me
gustaba con tal de que subiera un poco de peso. A pesar de tener una cara
redonda y cachetona, yo era muy delgada.
Enrique Luis nació cuando yo tenía dos años. No tengo memoria de ese
día, pero sí recuerdo que muy pronto fue muy divertido tenerlo como
hermano. El problema para mi mamá, era tener que cuidar a una niña de
tres años, una de dos y a un bebé recién nacido. Gracias a Dios, fue un
niño muy tranquilo y sano.
Con mamá y Enrique Luis
Era difícil atender las necesidades particulares de cada hijo. En mi
caso, alimentarme era el reto. Nos sentaban a Sandra y a mí en la mesa
con la misma cantidad de comida y yo terminaba comiendo menos de la
mitad.
-Mira, Ana Cecilia: ¡Qué rico! Huevo con jamón y frijoles, como te
gusta. Vamos a ver quién acaba primero, si tú o Sandra.
-Mmm qué rico. ¡Voy a ganar! -decía yo.
Empezaba a comer con mucho entusiasmo, pues era muy competitiva y
siempre buscaba la forma de ganar. Muy pronto me cansaba y me daba
por vencida.
-Ya no quiero, mamá. No importa que gane Sandra, ya no quiero
huevito. Yo la dejo ganar.
Mi mamá intentaba darme de comer y no servía de mucho.
Simplemente no me interesaba la comida. A Sandra no le interesaban
esas competencias, entraba al juego porque mi mamá se lo pedía. No
discutía ni le era importante si ganaba o perdía, ella quería llevar la fiesta
en paz y ayudar a su hermana.
La paz no es un estado de ánimo, es esa tranquilidad y confianza que
sólo habita en el alma.
MI PRIMER RECUERDO
A los cuatro años
Un mal recuerdo de niño, puede llevarse en el
corazón por años.
Sánalo para que no afecte tu recorrido.
El primer recuerdo que tengo de sufrimiento y dolor, fue cuando tenía
cuatro años. Estaba en mi acostumbrada revisión médica en la Ciudad de
México, donde me quedaba Hospitalizada por unos días. Mi madre y mis
padrinos, Oscar y Dora, fueron a visitarme. Tan sólo podían estar conmigo
una hora. Las visitas eran de diez a once por la mañana, y de cuatro a
cinco por la tarde. Me regalaron una novedosísima muñeca que tenía un
cordón en la espalda, el cual, al jalarlo, la hacía llorar. Era perfecta para
mis brazos. Cuando se fueron grité y supliqué. Entre más se alejaban, más
lloraba, pero no logré convencerlos de quedarse.
Las imágenes que conservo viéndolos partir son muy claras, sólo hasta
después de muchos años pude imaginar lo que ellos sintieron al dejarme
ahí, mientras yo me creía abandonada.
Me recosté en la cuna, abracé a mi muñeca y empecé a tirarle el cordón
para que llorara conmigo. Cuando me cansaba, la hacía llorar a ella y
luego otra vez yo, hasta que me dormí. Más tarde, llegaron unos doctores
a verme. Uno de ellos tomó mi muñeca.
-¿Cómo se llama?
-Dora, como mi tía -dije sin dudarlo.
Habían pasado apenas unas horas, pero yo ya le tenía cariño a mi Dora.
Mientras el doctor jugaba con la muñeca, jaló el cordón tan fuerte que lo
zafó y ésta dejó de llorar.
-Me la rompiste. ¡Arréglala! Dámela.
-Espera, no te preocupes, ahorita te la arreglo.
-Ándale, ya quiero que llore.
-Mira: me la voy a llevar y en la mañana la traigo funcionando.
Sentí que me arrancaba un pedazo de mi corazón, ése que no estaba
descompuesto. Extendí los brazos, pidiéndosela.
-¡No te la lleves! ¡Dámela!
Ninguna súplica valió. Quiso reparar el daño a costa de dejarme sin
Dora. Intentó convencerme dándome una paleta, y se la llevó.
Así me quedé esa noche, extrañando a Dora, la única con la que podía
compartir mi encierro y abrazo en la cuna. Lloré y me sentí triste, sola y
abandonada una vez más. Aún ahora, como mujer madura, recuerdo la
soledad de esa noche. Trataba de no sollozar como lo hacían los otros
niños, a ver si portándome bien me sacaban de la cuna para correr e
investigar todo lo que se encontraba por ahí, pero no daba resultado.
Al día siguiente el doctor llegó con mi muñeca. No la hizo funcionar, y
en lugar de sus lágrimas, me dio otra paleta. Abracé a Dora y no volví a
prestársela a nadie. Ya no era lo mismo, ahora no tenía quién me relevara
en mi llanto.
Cuando mis padres llegaron a verme a la hora de visita intenté
explicarles.
-Mamá, quiero que Dora llore otra vez y el doctor la descompuso.
-Los doctores están aquí para ayudarte, ellos no descomponen
muñecas. ¿Qué le hiciste, la rompiste?
-No, mamá, yo no, fue el doctor.
Me sacó de la cuna para pasear. El tema de Dora parecía no tener
importancia para ella, y para mí tampoco al estar con mi madre. Cada vez
que llegaban mis padres sentía que llegaba mi salvación, mi rescate.
Era muy doloroso cuando tenían que irse. Gritaba y pataleaba para
evitar que me metieran en la cuna, que era suficientemente profunda para
que no pudiera salirme sola.
-Al rato regresamos, no nos tardamos. No llores, no te vamos a dejar -
decía mi madre.
-¿Por qué me dejan aquí? ¡No se vayan! Son malos, ¡malos! Yo no
descompuse a Dora, mamá– decía con gritos y llantos mientras ellos se
alejaban.
Mi mamá cuenta que mi padre se aferraba a su mano y cuando estaban
fuera de mi vista, ella dejaba ir los sollozos contenidos.
-Ya no aguanto. ¿Cómo le digo que está muy enferma, que no quiero
dejarla, que no soy mala y que la quiero con toda mi alma? -decía mi
madre.
Mi papá la consolaba como podía, aguantándose su propia pena, y se
alejaban abrazados.
Cuando se es niño, unos cuantos días pueden parecer semanas. Ahora
sé que estuve tan sólo unos días y no la eternidad que a mí me parecía.
Nadie entendería lo doloroso que fueron esos momentos.
Mi amiga Antonia me obsequió una réplica de mi Dora en mi cumpleaños 50
VISITAS A MI ABUELA
Cinco años
A veces el miedo es como un dragón. Cuando lo
enfrentas, te das cuenta de que era tu mente la que lo
había creado.
Cuando tenía cinco años, en el kínder organizaron una asamblea especial.
Íbamos a representar los orígenes de nuestra bandera. “La oportunidad
para ser toda una artista”, pensé. Ese día desperté muy entusiasmada.
Desde muy pequeña, mi madre nos inculcó a preparar la ropa que nos
pondríamos al día siguiente desde la noche anterior. Así que en el banco
del peinador estaba todo mi atuendo y fue lo primero que vi esa mañana.
Mi mamá me peinó, me puso unas pequeñas flores en el cabello
acomodadas entre mis trenzas. Mi vestido era perfecto para la ocasión,
pues teníamos que vestir como indígenas, y mis huaraches me gustaban
mucho, pues mi mamá siempre me los compraba cubiertos para que no se
vieran mis uñas abultadas, redondas y moradas.
Cuando llegó la maestra, nos acomodó a todos para la representación y
dijo que nos quitáramos los zapatos porque debíamos estar descalzos y sin
movernos. No me gustó nada la idea: no quería que nadie viera mis uñas.
Años después entendería a qué se debía que las tuviera así. A esa edad,
al tratar de entender por qué mis uñas eran tan diferentes, pensé que había
sido adoptada. Era la única explicación que yo encontraba. No era posible
que fuera tan distinta a mis padres y a mis hermanos. Cuando tenía frío mi
piel se transformaba: se amorataba por completo, mis labios y uñas se
ponían casi negros. Me daba cuenta de que a los niños les llamaban la
atención y las observaban. Además, cada doctor que visitaba las estudiaba
detenidamente. Quizás se sentían con derecho a hacerlo.
Tomaban mi mano y presionaban mis uñas, dejándolas oprimidas para
ver si cambiaban de color al soltarlas.
Nadie me preguntaba si estaba de acuerdo. Llegaba con los médicos y
de inmediato empezaban a revisarme. Ponían sus estetoscopios en mi
pecho, me tocaban como si fuera un juguete mientras hablaban con mis
padres. Nadie me pedía permiso de levantar mi blusa para oír mi corazón.
Me tocaban sin saber si quería que lo hicieran. Sí, tan sólo tenía cinco o
seis años, pero mi madre me inculcó tal pudor que todo eso me
incomodaba mucho. Les hubiera sido tan fácil preguntar y pedir permiso.
También me habían educado a respetar. Por ser una niña me quedaba
callada y obedecía, pero me sentía agredida.
Me quitaban la ropa para medirme, pesarme, valorarme. Me ponían
cables en el pecho y en las piernas para hacerme electrocardiogramas.
Llenaban mi torso de gelatina fría para pegar unos chupones que
dolían.
Cables y más cables por todo mi cuerpo, eso era lo que veía.
-Ay, doctor, eso no me gusta, me duele.
-No te muevas, quédate tranquila o vamos a tener que repetir todo de
nuevo.
-Yo me lo quiero quitar, me pica, me duele, está frío.
-Enfermera, deténgale las manos para que no se mueva. No quieres
quedarte aquí todo el día así sin moverte, ¿verdad?
-No -decía mientras comenzaban a rodar algunas lágrimas.
-Entonces no te muevas.
Me dejaban casi desnuda, tan sólo con mi calzón blanco de holanes
puesto, sobre la cama del consultorio, mientras mis padres y los doctores
salían a discutir mi caso. Ni siquiera cerraban la puerta, me dejaban así:
sin ropa, a la vista de cualquiera. Yo estaba ahí, y nadie me tomaba en
cuenta, nadie me tapaba, era sólo una niña, una pequeña enferma,
expuesta, abandonada. Hoy entiendo que estaban asustados, pensaban en
todo, menos en explicarme, cuidar mis sentimientos, mi pudor y
preguntarme si podían revisar mi cuerpo. Para ellos era sólo un caso a
investigar, una vida que salvar, y no una niña asustada que se sentía
agredida.
Por mi mente pasaban imágenes horribles al sentirme así de expuesta.
Pensaba que quizás era hija de algún ser extraño, como el Godzilla de
las caricaturas de la televisión, pues tenía las uñas como las mías: grandes,
gordas y feas. Además tenía una piel muy oscura, como se me ponía a mí.
Quizás por eso los doctores estaban tan interesados en mi caso. Yo
podía hablar, a diferencia de ese animal gigante; me comunicaba, me
parecía mucho a todos los humanos, pero era diferente. La piel se
transformaba y me ponía de otro color.
Sentía una gran necesidad de esconder mis uñas porque me
descubrirían. ¿Qué descubrirían? No lo sabía; sólo creía que mis uñas
revelaban otra identidad difícil de afrontar. Quería sentirme parte de mi
familia, pertenecer al igual que mis hermanos, y sin embargo siempre
sentía que algo me hacía diferente.
Ser hija de un dinosaurio era un poco extraño, pero a esa edad me lo
creía. ¿Cómo explicar tantas diferencias? Eran los únicos animales con los
que identificaba mis dedos. Mis hermanos sólo me observaban; a veces,
en los enojos, que seguramente yo provocaba, se reían de mis dedos. Eso
me humillaba mucho, sentía que me traicionaban. Lo bueno fue que jamás
lo hicieron frente a otros niños. Todo quedaba en familia.
Mi mamá siempre los regañaba cuando a alguno se le ocurría reírse o
hacer burla de mis dedos. Sin embargo, no siempre estaba ahí cuando yo
la necesitaba. No me podía defender de todos y tampoco me gustaba
enterarla de todo lo que sentía o me decían mis amigos en la escuela.
Era sólo en casa cuando iba corriendo a chismear para que regañaran a
mis pobres hermanos, quienes me adoraban.
Fui tan traviesa, que a veces las burlas eran la única defensa que se les
ocurría. Hoy entiendo que muchos de mis berrinches y rabietas eran
provocados por la inseguridad que sentía. Deseaba sobresalir, ser el centro
de atención, asegurarme de tener un lugar entre los humanos con quienes
vivía, y no con los seres monstruosos que imaginaba pudieran ser mis
padres biológicos. No entendía qué me pasaba; en el fondo sentía que
tenía algo distinto, y mi inseguridad no me permitía dejarme de nada ni de
nadie.
Por eso, el día de la presentación en mi colegio, sentía cada una de mis
uñas, en especial la de los dedos gordos. Cuando los familiares empezaron
a caminar alrededor de nuestra representación, sucedió lo que tanto temía:
las personas no veían el peinado tan hermoso que mi mamá me hizo, ni mi
vestido o las florecitas perfectamente acomodadas.
No, todos veían mis pies. Quería desaparecer, esconder mis pies como
hacen los avestruces con sus cabezas y entonces los movía hacia un lado,
intentando enterrarlos en la tierra para que no llamaran la atención, pero al
hacerlo, la maestra me acomodaba de nuevo en mi posición.
-Derechita y sin moverte.
Me desnudaban de nuevo, sentía que tenía que posar como estatua
mientras todos observaban, así como los doctores lo hacían cada vez que
me revisaban. Y como niña obediente me quedé, como una estatua de
marfil.
Entonces cerré mis ojos con mucha fuerza, utilicé ese recurso que
siempre me salvaba cuando algo me dolía mucho. Era como el acto
escapista de Houdini. Lo hacía con los doctores, en el colegio, con mis
amigos. Me concentré y me esfumé. Mi cuerpo inmóvil seguía en su
puesto. Nadie lo notó, pero yo ya no estaba en el tableau de la escuela.
En un parpadeo, estaba frente a la casa de mi abuela Chagüita. No tuve
que tocar la puerta, ella abrió sin sorpresa y me dio un abrazo.
Esa Chagüita de mi fuga siempre estaba ahí. Nunca me fallaba, intuía
cuando yo llegaba, sabía que si necesitaba escaparme de la dificultad de la
vida, iría con ella.
A veces me abría por la puerta principal. Su casa tenía un olor a
muebles de madera recién encerados. Su perfume podía olerse en cada
espacio de la casa. Siempre estaba todo ordenado. No había seres
mágicos, los olores y colores eran los de siempre, sin embargo, ahí era
donde se encontraba lo que yo tanto necesitaba: su abrazo, ese que sólo
con cerrar los ojos recibía.
Cuando me abría por la cochera, atravesaba un pequeño pasillo antes
de entrar a su casa. Siempre olía a yema de huevo y a cajas de cartón.
Ese olor nunca podría olvidarlo.
En un cuarto pequeño guardaba los huevos que venían de la avícola de
mi abuelo. Él siempre le llevaba los huevos más grandes y ella se los
vendía a sus amigas. También se quedaba con los estrellados y los vendía
más baratos para las pastelerías y regalaba algunos a las monjitas. La
avícola se llamaba como ella: Avícola Chagüita. Suponía que por ser la
dueña, ella decidía a quién le vendía y a quién le regalaba.
Para mí era especial ayudarle a acomodarlos en sus respectivos
cartones. Me enseñó a hacerlo con mucho cuidado por la fragilidad de los
huevos. En ese momento, toda la energía que siempre me acompañaba, se
detenía para ser muy cuidadosa en mi labor. Separaba los de cascarón
estrellado de los que no estaban lastimados. También separaba los
grandes, pues lo más probable es que fueran los de doble yema y debía
ponerlos en un cartón aparte.
Yo me sentía muy unida a Chagüita en esos momentos. Me hacía sentir
útil, capaz de ayudarle en una de las tareas más difíciles: que no se me
resbalara ni se rompiera ningún huevo.
Ella siempre tenía listo mi chocolate caliente y una dona. Lo llevaba a
nuestra área de trabajo y yo tomaba un sorbo y acomodaba unos cuantos
huevos. Ese era mi mejor descanso: estar con ella. Ahí no tenía que
competir con nadie, podía moverme con libertad, me sentía cubierta,
protegida, amada, sin dolor y no tenía que luchar contra miradas ni
palabras crueles.
Llegó el momento de partir y, como siempre, me escurrí entre sus
brazos que parecían un manto de un intenso calor humano. Le di un beso
para despedirme y me hizo sentir como sólo las abuelas saben hacerlo.
-Te ves hermosa, eres la más bonita de todas -dijo.
Cuando terminaron de pasearse los padres de familia, abrí los ojos.
Ya no había nadie y la maestra nos autorizó a movernos y volver al
salón. Si no me hubiera ido con mi abuela, no habría podido cargar con el
peso de las miradas y seguir con fuerza para ese día.
RESPUESTAS CRUELES
Dar gracias por lo que tengo, es una de las mejores enseñanzas que he
recibido de mis padres.
A pesar de cualquier dificultad, siempre fui una niña muy alegre y reía a
carcajadas cuando algo me divertía. Sin embargo, a medida que pasaron
los años, comprendí que cuando somos niños, tenemos tanto que des-
cubrir, que expresamos opiniones y pensamientos tal y como vienen a
nuestra mente. Podemos ser crueles y preguntamos por curiosidad, sin
considerar la trascendencia de nuestros comentarios, o que al señalar a
alguien por ser diferente, podemos afectarle o marcarlo por el resto de su
vida. No he olvidado la sensación de los niños y padres de familia
mirando mis pies y mis manos con uñas moradas en forma de palillo de
tambor. Hoy quisiera abrazar a esa pequeña, secar las lágrimas que
rodaban por su carita y decirle que todo pasará.
Era incapaz de ir a quejarme con mis padres y compartirles lo que
sentía. Esa era mi lucha; algo que yo tenía, que debía enfrentar sola y
acomodarlo para sobrevivir. Además, casi podía oír la respuesta de mi
mamá:
“Pues ni modo, así te tocó, ¿qué quieres que haga? Uno debe aprender
a vivir con lo que tiene y dar gracias”.
Las respuestas de mi madre se debían al dolor que esto le provocaba.
La impotencia al no poder protegerme de todo lo que me pasaba la
orillaba a dar respuestas duras y frías, pero su amor siempre fue
incondicional. Estoy segura de que al darse la vuelta, se escondía en algún
lugar para limpiar sus lágrimas sin que yo me diera cuenta, y sé que todo
lo que me decía, se lo repetía a sí misma. Ese era su propio dolor.
Y eso hice: aprender y crecer y tratar de seguir riendo. Mi madre tenía
razón. Su respuesta era muy sabia para ayudarme a seguir viviendo.
Aprendí que dentro de uno mismo hay voces que es mejor ignorar y
dejar que el silencio interior nos guíe. Además, el sufrimiento me hizo
ponerme siempre en el lugar de los demás. Desde pequeña pude ver el
dolor ajeno y sentir empatía. También me convertiría en la mejor
defensora de mis hermanos. En casa podía pelear con ellos, pero si alguien
les hacía una injusticia, nada me detenía para defenderlos.
A Sandra y a mí siempre nos regalaban las mismas cosas. Si le
compraban una muñeca, yo también recibía una para no crear conflictos.
A la que más recuerdo, es a Juanita Pérez. Era una muñeca muy bonita.
Había una tienda especial en el centro de la ciudad para comprar su ropa.
Mi abuela Chagüita muchas veces nos llevaba a comprarle un nuevo ajuar.
Sandra era feliz vistiéndola y acomodándole su peinado y los zapatos.
Yo la imitaba en todo, quería hacer lo que ella hacía y tener lo que ella
tenía. Eso era un problema para ella, pues no le daba oportunidad de tener
sus propias cosas sin la sombra de la hermana. Me divertía muchísimo con
Sandra, porque era tan creativa que nunca faltaba algún invento para hacer
las cosas más bonitas. Ella adornaba, decoraba, dibujaba y pintaba todo.
Yo intentaba hacer lo mismo, y pronto terminaba por rendirme: las
manualidades no eran lo mío.
Mi abuelita Nena nos enseñaba a hacerle ropa a las muñecas. Íbamos a
pasar las tardes a su casa y ahí aprendíamos a coser, a cocinar, a hacer
pirograbados y pasábamos horas jugando a la lotería. Sandra disfrutaba
más esas visitas pues le brindaban la oportunidad de crear y hacer las
manualidades que tanto disfrutaba.
Yo siempre la animaba para ir a un lugar o a otro, no podía quedarme
quieta. Me encantaba investigar y averiguar sobre cosas nuevas, todo eso
me divertía. Ella era mucho más tranquila, disfrutaba su casa, sus juegos
de té. Quizás sin ella yo no hubiera aprendido a tomar algunas cosas con
más calma.
Me ayudaba mucho tener un hermano con quien salir a jugar al aire
libre. Le decía que nos subiéramos a la torre de luz que estaba a un lado de
la casa para ver desde arriba todo el panorama. No podíamos llegar muy
alto, aun así lo intentábamos. Nos subíamos a los techos, investigábamos
el monte y jugábamos a las escondidas.
Ahora él me acusa de ser yo “la que movía el pandero” en la casa, y
creo que tiene razón. Si él se metía en líos, lo más probable era que yo los
había provocado.
Yo tenía que enterarlo de todo, no podía soportar que él no supiera que
íbamos a tener una hermanita. Dos días antes de la Navidad de 1970 fui a
despertarlo.
-Ven, ya llegó nuestro regalo de Navidad. Levántate rápido.
-¿Qué es, qué es? ¡Dime! -me decía emocionado, imaginando algún
camión de juguete o una bicicleta.
Bajamos corriendo entre risas nerviosas y ahí estaba: mi hermana
Marcela, que había nacido hacía tres días, preciosa. Su cabello era como
pequeños rayos del sol, sus ojos unas esmeraldas grandes y redondas.
Parecía una hermosa muñeca. Marcela me dio la oportunidad de ser
una pequeña mamá: imaginaba que era mi hija y la cuidaba con mucha
ternura, cargándola y dándole de comer. La disfruté muchísimo. No sé si
era lo que esperaba mi hermano, sólo sé que para mí fue un gran regalo de
Navidad.
Con Marcela y mamá
No hay fuerza más poderosa que las ganas de
vivir.
Por otro lado, también veía la forma de ayudar siempre que podía. Siendo
pequeños, me emocionaba cuando mi mamá hacía bazares en la cochera
de la casa para vender ropa o artículos que nosotros ya no necesitábamos y
estaban en buen estado. Yo ayudaba a cobrar y me entusiasmaba mucho
sentir que lo que a mi madre le costó cien pesos, nosotros lo vendíamos a
cinco o diez pesos. Nos deshacíamos de cosas y a otros les ayudábamos a
obtenerlas a un muy bajo precio.
Del mismo modo siempre me gustó ayudar a los perros callejeros.
A todos quería darles de comer y ponerles nombre. Eso me metía en
problemas con mis padres porque teníamos rondando a estos animalitos
alrededor de la casa todos los días. Para mí, era importante sentir que los
ayudaba porque si no lo hacía yo, quizás nadie les daría de comer.
Ante tanta insistencia, terminaron regalándonos a la primera de
muchos perritos que tendría más adelante: Motita, que era algo parecida a
una french poodle blanca y juguetona.
Mi mamá regularmente contrataba a alguien que le ayudara con las
labores de la casa y cuidara de nosotros cuando ella no estaba. A quien
más recuerdo, y que aún le guardo cariño por todo lo que viví con ella
durante mi niñez, es a Rosa.
Debí haberle dado muchos dolores de cabeza a la pobre de Rosa.
Era de tez morena, cara redonda y algo regordeta. Tenía mucho cabello
rizado, siempre cubierto con una pañoleta blanca con círculos rosas. A mí
me parecía muy alta.
-Rosa, te pareces mucho a la señora de la caja de los hot cakes: Aunt
Jemima.
-Claro, soy yo. Antes me dedicaba a hacer hot cakes todo el día y me
tomaron una foto, pero ahora tengo que cuidarlos a ustedes -decía
mientras corría detrás de mí y de mi hermano para hacernos cosquillas.
Mi madre le pedía que estuviera atenta para que yo no me cansara.
Cuando mi mamá salía de la casa, era imposible detenerme. Rosa tenía
ojo de águila. Impidió que hiciera muchas de mis travesuras. Si ella no
hubiera estado ahí, quizás hubiera pasado mi infancia castigada.
-No se suban al techo, los va a regañar su mamá.
-No, Rosa, vamos a tener mucho cuidado, no nos caemos.
-Ana Cecilia: no corras, te vas a cansar y se te ponen los labios
morados.
-No me canso, yo puedo.
Yo no me limitaba con nada. Utilizaba todas las fuerzas que me daba
mi cuerpo para gozar la vida. Y si el cuerpo se cansaba, para continuar
haciendo lo que quería hacer, siempre entraba mi reserva que nunca me
fallaba: mis ganas de vivir.
Cuando jugábamos a los quemados en el jardín trasero, casi siempre
me tocaban a mi primero. Corría detrás de Sandra o Enrique Luis, pero me
costaba alcanzarlos. Muchas veces llegaba Rosa, me cargaba y me llevaba
corriendo para que yo ganara la carrera. Era muy divertido tenerla en casa.
La quería mucho. Enrique Luis y yo le inventamos una canción que
cantábamos cuando queríamos hacerla enojar, para que jugara con
nosotros. Íbamos a la cocina y nos sentábamos en la barra del desayunador
mientras ella lavaba los trastes.
-Rosa con bolas rosas en la cabeza. Rosa con muchas bolas en la
cabeza -cantábamos.
Cuando volteaba a vernos, salíamos corriendo y ella nos perseguía
hasta atraparnos y hacernos cosquillas. Bueno, a Enrique Luis le hacía
cosquillas, conmigo siempre tenía cuidado y sólo me abrazaba fuerte y me
soltaba.
Rosa también era mi confidente. Yo le decía que no me gustaba el
verano porque tenía que usar huaraches y mis uñas se veían feas.
-¿Puedo usar calcetines con los huaraches?
-No, porque no se ve bonito. Lo ideal es estar fresca. Mira: ignora a la
gente cuando vean tus uñas, muchas veces dicen cosas sin pensar. Tú
tienes unos pies y manos muy bonitos, no hagas caso.
También me decía que me parecía mucho a mis papás, y eso me
ayudaba a confiar en que no era adoptada. Cuando le conté que creía ser
hija de dinosaurios o de algún ser extraño, rió hasta que le dolió el
estómago.
Me reí con ella porque no sentí que se burlaba, sino que le divertía. Me
abrazó con mucha ternura y me explicó que eso no era posible, y poco a
poco fui alejando esa idea de mi cabeza.
ENFRENTANDO EL DIAGNÓSTICO
ABRÍ LOS OJOS
Decidí no ver lo peligroso y difícil de mi trayecto, sino la posibilidad
de cruzar y llegar a donde deseaba.
Al poco tiempo de que nació Marcela nos fuimos a vivir a la Ciudad de
México debido al trabajo de mi papá. Vivimos en esa ciudad un año y
medio. Cursaba el segundo grado de primaria cuando cumplí ocho años.
Era más sencillo llevarme a mis revisiones médicas, pues el Hospital
Infantil estaba en esa ciudad.
A esa edad me gustaba mucho escalar, brincar, jugar a las escondidas,
investigar, hacer todo lo que un niño disfruta hacer. No deseaba quedarme
atrás en nada, la diferencia era que siempre terminaba agotada.
Un día, mis padres y yo regresábamos de una de esas incómodas
revisiones y les pregunté cuál era el motivo por el que me llevaban tantas
veces a visitar doctores en vez de dejarme jugando con mis hermanos.
También pregunté por qué el médico siempre revisaba mis uñas.
Yo quería creer que mis uñas eran grandes y redondas como las de mi
papá. Para entonces estaba convencida de que sí era hija de mis padres y
que era imposible ser hija de Godzilla. Rosa me lo aseguró y me daba
gusto cuando alguien le decía a mi madre que me parecía a mi papá, o a
ella, o a algún abuelo.
Me preguntaba qué pasaba, por qué sólo me llevaban a mí al médico y
no a mis hermanos.
-No entiendo por qué dejan que me hagan tantas cosas, no me gusta.
Los doctores me ponen una gelatina fría en el pecho y miren cómo me
dejan marcas. Me duele y me canso mucho de ir tantas veces. ¿Por qué
tengo que ir yo y no mis hermanos?
Mi papá permaneció en silencio. Mi mamá fue la que respondió.
-Cuando naciste, te pusiste muy moradita y fuimos con el doctor a ver
qué te pasaba. Se dieron cuenta de que tu corazón es diferente al de
cualquier otro niño. Estás enferma del corazón.
-Pero, ¿por qué es diferente? No siento nada.
-Tienes una pequeña complicación y por eso a veces te cansas tanto.
Por eso tus uñas se ponen moradas y son abultadas y redondas.
Con el optimismo que me caracteriza, de inmediato me negué a creerlo
y reaccioné intentando encontrar una razón más lógica que esa tan
complicada. No era hija de Godzilla, no era adoptada, pero lo que me
decían no me cabía en la cabeza, al menos no todavía.
-Mis uñas son iguales a las de mi papá, ¿verdad, papá? Son grandes
como las de él, ¡mira, mamá!
Él sonrió.
-Ajá, no te preocupes, mi chula, estoy seguro de que así es.
En ese momento, se abrió un telón diferente en la historia de mi vida.
Comencé a entender el porqué de algunas cosas. A esa edad, era difícil
imaginar las razones por las cuales podemos ser tan distintos de otras
personas, y así era: yo era diferente a mis hermanos y a mis amigas.
Tener una cardiopatía tan complicada no era algo fácil de explicar para
unos padres, ni de entender para una niña.
-Nadie sabe en cuántos años vas a estar bien. Los doctores dicen que
debes cuidarte mucho para no sentirte mal. Por eso tenemos que llevarte a
revisar tan seguido -dijo mi madre.
Lloré.
Ese día fue quizás la primera y única vez que mis padres me vieron
llorar por el impacto y la angustia de saberme enferma, diferente a los
demás. Se quedaron muy impresionados con mi capacidad para
comprender que mi corazón no era normal. Por fin pude darle explicación
a muchas cosas que a mi corta edad me habían afectado.
-¿Por eso siempre que tengo frío me pongo morada? Las uñas de mis
dedos, mis pies, mis labios, se ponen casi negros, ¿es por eso, papá?
-Sí, así es. Y es por eso que tienes que cuidarte mucho cuando te
enfermes de una gripa. Debes hacerle caso a tu mamá y a lo que los
doctores nos digan; así vivirás muchos años y muy saludable.
Hoy en día admiro la valentía de mis padres para hablar conmigo.
Debió haber sido muy difícil tocar ese tema y darle la noticia a su
pequeña hija. Hablar mientras yo lloraba y no quebrarse conmigo fue
admirable. Solamente el gran amor de una madre y un padre lograría
explicar esto.
Al enterarme, pasaron muchas preguntas por mi mente. ¿Me voy a
morir? ¿Qué significa estar enferma? ¿Nunca voy a poder ser grande,
casarme, tener hijos? ¿Qué va a pasar si me muero?
-Mis hermanos, ¿ya saben mamá? ¿Ya les dijeron? ¿Chagüita y
Abuelita, ya saben?
-Tus hermanos todavía no. Tú puedes decírselos si quieres, yo creo que
es mejor que no le digas a todos tus amigos. No tiene caso que todos
sepan, ¿no crees? Chagüita y Abuelita lo saben.
-No, yo no quiero que todos sepan que estoy enferma.
Cuando llegué a casa ese día, le dije a mi mamá que quería hablar con
Chagüita para contarle. Mi madre no entendía lo que pasaba por mi
mente, ni la urgencia de hablar con su madre. Más noche le llamaron por
teléfono a Monterrey y me la pasaron.
-Hola Chagüita, ¿tú sabías que estoy enferma del corazón?
-No muy bien, ¿por qué? ¿Qué pasa? -respondió sin dar más
información de la necesaria.
-Es que estoy enferma del corazón y por eso tengo las uñas tan feas.
¿Tú sabías eso? ¿Por qué no me lo dijiste? Todos sabían menos yo.
-No, espera; lo que sucede es que los doctores no sabían bien qué
tenías, ahora ya le dijeron a tus papás. No te preocupes, vas a estar muy
bien, te vamos a cuidar y ya verás que ni te darás cuenta. Sólo sigue las
instrucciones de los médicos.
-Pero tú sabías…
Le pasé el teléfono a mi madre y me fui a mi cama. En el fondo de mi
corazón, sentía que mi más grande aliada me había traicionado. Esa
Chagüita de mis fugas y a la que tanto adoraba no me contó nada.
Me acosté y me cobijé. Me di vuelta para ver a Sandra, que adornaba
su cuaderno para llevarlo al colegio al día siguiente.
-Sandra, ¿tú sabías por qué tengo las uñas moradas y redondas?
-No, ¿por qué?
-Porque estoy enferma del corazón.
-Ah. ¿Y te van a operar para que te alivies? A algunas personas las
operan y quedan bien.
-No sé, eso no me lo dijo el doctor. Chagüita y Abuelita ya sabían, y yo
no sabía.
-Bueno, reza mucho y vas a ver que Dios te alivia.
-¿Me ayudas?
-Sí.
Dejó lo que estaba haciendo y también se metió dentro de las sábanas.
Nos pusimos a rezar.
Casi siempre rezábamos en familia. Todas las noches nos reuníamos en
la biblioteca del piso de abajo, leíamos algún pasaje bíblico y orábamos
antes de dormir. Esa noche fue diferente: sólo rezamos Sandra y yo. Ella
dirigía la oración y yo la seguía. Mi hermana mayor, de tan sólo nueve
años, estaba conmigo y la sentí mi aliada, mi amiga, mi confidente. Nos
dormimos confiadas en que todo saldría bien.
A los pocos días de enterarme
del diagnóstico
Ese día, por primera vez desde que tengo uso de razón, no saqué la
ropa que me pondría al otro día. Algo cambió, había abierto los ojos a una
realidad que antes no existía.
Mi abuela Chagüita se quedó tan preocupada que me llamó al día
siguiente. Me dijo que volaría a la Ciudad de México para ir a visitarme.
Me dio tanto gusto que olvidé el hecho de que me había ocultado mi
enfermedad. Sus visitas a casa eran siempre divertidas. Nos paseaba, nos
daba dinero para comprar dulces y jugábamos juegos de mesa.
NO VIVIRÉ PARA SIEMPRE
Chagüita y yo Abuelos Chagüita y Esaú
Gran parte del dolor y miedo que sentimos habitan únicamente en
nuestros pensamientos.
¿Qué hace una niña de ocho años cuando se entera de que probablemente
no vivirá para siempre, como imagina que el resto de los niños lo hará?
Empecé a morir viviendo intensamente cada día.
Desde que mis padres hablaron conmigo, lejos de lamentarme por mí
misma, me propuse demostrarles a mis amigos, padres y hermanos, que yo
no tenía ninguna limitación. Tarea difícil, sí que lo fue. Sin que mis padres
lo imaginaran, instalaron el fantasma de la muerte en mi memoria, el cual
me acompañaría el resto de mi vida.
Años después, con mucha más investigación médica, un doctor me
explicaría lo serio que representaba tener un diagnóstico así en ese
entonces. La esperanza de vida, era muy baja. Ningún caso conocido ha
vivido lo que yo he logrado vivir; y menos aún con la calidad de vida que
he llevado. Creo que, a veces, el no tener tanto conocimiento sobre un
tema, brinda la posibilidad de crear tus propias expectativas.
APRENDÍ A ESCUCHARME
Nada es imposible para la voluntad.
¿Qué futuro podría tener una niña como yo: inquieta, traviesa y llena de
deseos por vivir?
Muy pronto acomodé en mi mente lo que me dijeron mis padres e
intenté seguir, con mis sueños de niña, mi vida divertida y normal.
Mantenía a mi madre muy ocupada. Su problema ya no era tanto cuidar
de mi corazón deficiente, lo cual nunca dejó de hacer, sino de mi
integridad física.
También tenía mi lado maternal. Cuando vivimos en México,
disfrutaba mucho a Marcela, que dormía en la misma recámara con
Enrique Luis, quien estaba por cumplir seis años. Todos los días en la
mañana la sacaba de la cuna, le cambiaba su pañal y la vestía. Me gustaba
mucho hacer eso y ayudar así a mi mamá. Marcela se emocionaba porque
cuando sonaba mi despertador a las seis treinta de la mañana, sabía que
me iría directo a su cuarto a saludarla.
La altura de la Ciudad de México debió afectar mi capacidad física, sin
embargo yo no lo noté. Tenía muchas amigas y muy seguido pasaba las
tardes jugando con ellas. Siempre buscaba la forma de que aquello que
hiciéramos no me demandara mucho físicamente. Intentaba no pensar en
lo que me revelaron mis padres y, por supuesto, a ninguna amiga se lo
comenté.
Regresamos a Monterrey después de año y medio. Volvimos a
instalarnos en la casa de siempre, una privada donde casi todos los vecinos
eran de nuestra edad. A un costado estaba una escuela muy grande: El
Colegio Mexicano. Nosotros no estudiábamos ahí, pero podíamos ver a
las monjitas pasearse por el jardín y a los niños divertirse en el patio.
Mi mamá nos pedía que nos saliéramos para que pudieran limpiar la
casa y hacer todos los arreglos que hacían falta para volver a instalarnos.
Me encantaba salir al jardín a jugar. Mis padres contrataron a unos
pintores y yo veía fascinada cómo pintaban y arreglaban la madera, o
usaban el taladro.
La curiosidad siempre me dominó. Un día, Sandra y Enrique Luis
estaban en el jardín jugando con Marcela y decidí ir a investigar a la
lavandería para ver qué hacían los pintores.
-Qué bonita eres -me dijo uno de ellos. -¿Cuántos años tienes?
-Tengo ocho años, ¿y tú?
-Yo tengo dieciocho. ¿Te gusta pintar? ¿Quieres que te enseñe?
-Sí, quiero pintar, déjame pintar la pared -le dije con gran entusiasmo.
-Bueno, pero antes tienes que darme un beso.
Sentí un hueco en el estómago y desconfianza, pero al mismo tiempo la
curiosidad de aprender a pintar y de besar. Él tenía unos ojos muy bonitos
y yo, por mi curiosidad natural, quería investigar. No sabía si alguien más
me iba a querer besar cuando fuera grande, con esas uñas que tenía. Era
mi primer beso y yo había logrado conquistar a un hombre grande y
guapo.
Los programas de televisión que veía en esa época mostraban a las
parejas enamoradas besándose al final de la película. Mi padre siempre
nos apagaba el televisor cuando se daba cuenta de que estábamos viendo
eso. Resulta irónico cómo los padres dicen más con todo lo que callan.
La curiosidad por saber qué era un beso me dominaba.
Acepté. Me cargó y me subió a la lavadora de ropa. Tomó mi cabeza
entre sus manos y me plantó un beso. Sentí cómo cubrió toda mi boca con
sus labios llenos de saliva.
-¡Guácala! Ya no quiero pintar.
Intentaba librarme de sus manos, que me sujetaban de los brazos.
-Espérate. Déjame darte otro beso y mañana te traigo muchos dulces.
-No quiero, ya bájame o le voy a decir a mi mamá. ¡Déjame ya! No
quiero pintar.
Logré zafarme y me bajé de un brinco. Él intentó convencerme de que
todo estaba bien y que no me asustara.
-Mañana traigo una bolsa llena de dulces, pero no le digas nada a tu
mamá o no te doy nada. Además, si le dices, yo le contaré que tú no nos
dejabas trabajar y que tú tuviste la culpa.
Llena de angustia, me fui corriendo a buscar a mis hermanos y no volví
a acercarme a los pintores. En un instante, aprendí lo que era el soborno y
lo peligroso de mi curiosidad.
Al día siguiente, mi madre quería que saliéramos de nuevo para que
pudieran limpiar la casa. Me resistí a salir. Me escondí detrás de ella y me
asomé por un lado a ver si había llegado ese hombre. Sí. Ahí estaba.
Me enseñó la bolsa de dulces para que saliera. Pero a mí no me
interesaban. Seguí escondiéndome detrás de mi mamá mientras ella daba
instrucciones.
-Ana Cecilia, deja de estar detrás de mí. Vete para afuera.
-No, mamá, no quiero salir, no quiero jugar afuera.
-Si no sales, te vas a quedar castigada en tu cuarto toda la tarde.
-No importa -y me fui a mi recámara, castigada, pero a salvo.
Lejos estaba yo de poder decirle a mi madre lo que en realidad pasó.
Me sentía culpable porque el hombre me convenció de que estaba
molestándolos y quizás hasta le había pedido el beso. Me castigarían a mí
y a él no le harían nada. Preferí quedarme en mi recámara jugando con mi
Juanita Pérez y no salir, aunque me perdiera de los dulces, esos dulces que
conquistan a tantos niños.
“No me conviene ir a buscar esos dulces, me castigarán y no me
dejarán salir a jugar después”, me repetía una y otra vez.
Hoy en día reconozco que me hubiera gustado mucho haber podido
contárselo a mi mamá.
Desde muy pequeña hablaba mucho conmigo misma, buscaba la forma
de rescatarme, de encontrar mis propios recursos para seguir adelante.
Si hubiera tenido entonces la madurez de hoy, me hubiera dicho:
“Ana Cecilia, qué inteligente eres. Sabías que algo no estaba bien y
pudiste alejarte a tiempo. Felicidades por escuchar esa voz interior que
siempre te ha hablado. Tu sabiduría te salvó de un hombre que intentó
abusar de tu inocencia. Has sabido cuidarte a pesar de tu osadía y de los
riesgos que has tomado”.
IMAGINACIÓN
Hay voces que es mejor ignorar y dejar que el silencio interior nos
guíe.
Cuando supe que mi corazón estaba descompuesto, me di cuenta de que
ya no éramos tres quienes íbamos en el automóvil ese día, mis padres y
yo, sino cuatro: mi fantasma empezó a acompañarme a todos lados. A los
diez años, dejé de verlo como algo amenazante todo el tiempo, sino más
bien como algo que me daba fuerza y ánimos para seguir adelante con
todo lo que quedaba por vivir. En muchos momentos, se convirtió en mi
compañero de juegos.
Supuse que un compañero de juegos necesitaría un nombre, uno que no
existiera, o al menos, que no me sonara familiar, pues se trataba de un
fantasma. Pero como no sabía si mi nuevo amigo era hombre o mujer,
estuve pensando un buen rato. Tenía que ser un nombre que le quedara a
los dos. Finalmente, me gustó uno: Ráfel. Pensé en que ese nombre no era
ni Rafaela ni Rafael, quedaba perfecto para cualquier género. Nunca
imaginé lo que muchos años después descubriría respecto al nombre que
le puse.
En las noches, después de un largo día donde había corrido, saltado y
jugado mucho, me acostaba y me imaginaba lo que era la muerte. A veces
tenía deseos de poder hablar con Ráfel y que me contestara, pero si acaso
alguna vez lo hizo, sólo fue en mi imaginación. Me preguntaba:
“Si muero, ¿podré ver a mis papás y a mis hermanos seguir con su
vida? ¿Qué se sentirá estar muerto? ¿Ya no dolerá nada?” Me imaginaba a
mí misma como un ángel guardián acompañando a mi familia de manera
invisible, así como Ráfel lo hacía conmigo. Podría verlos sin que ellos
supieran y los ayudaría cuando estuvieran en peligro. Empecé a sentir que
era una protectora para mi familia.
Venían a mi mente momentos donde dejaba de respirar y moría.
Incluso a veces lo ensayaba en el jardín. Caminaba, simulaba que ya no
entraba aire a mis pulmones y me dejaba caer en el pasto como si me
hubiera desmayado. Aguantaba un rato la respiración, hasta que tenía que
tomar aire de nuevo. No tardaba en llegar Motita, y me daba de
lengüetazos en toda la cara. Casi podía ver a Ráfel riéndose de mí.
-Ay, ¡déjame morir en paz, no interrumpas! -le decía a la pobre Motita,
que sólo quería jugar.
EL AGUA
Nueve años con mi amiga Morena
Sé que mi fuerza no es física, proviene de la
voluntad de mi alma.
Una de las actividades que más disfrutaba y sufría al mismo tiempo, era
nadar. Me encantaba el agua. Los vecinos frente a mi casa tenían alberca,
y siempre que podíamos íbamos a nadar. Sólo sufría al salir del agua: era
tanto lo que a mi cuerpo le costaba recuperar el calor, que mis labios y
uñas se ponían completamente morados y tiritaba de frío por mucho rato.
También íbamos al rancho de mi abuelo, en donde había una alberca
que me parecía gigantesca. No tenía calefacción, así que el agua
generalmente era muy fría. El problema para mí no era entrar al agua, sino
salir. Me dolía muchísimo la cabeza, me mareaba y tenía náuseas. Con
frecuencia llegué a pensar que no me recuperaría de esa sensación.
Seguramente estaba entrando a cierto grado de hipotermia.
-Ahorita no quiero jugar, aléjate un poco. Esto que siento duele, por
favor déjame tranquila un rato. No aguanto el dolor de cabeza, quiero
calentarme y tú sólo me haces sentir más frío -le decía a Ráfel en mis
pensamientos. Pero Ráfel no se alejaba.
Lo que me hacía sentir un poco mejor, era cubrirme por completo con
la toalla más grande que encontrara, me recostaba y me aliviaba el calor
del sol sobre mi cuerpo, así como el que transmitía el cemento caliente y
seco a un lado de la alberca.
Nunca le comenté a mi madre que me sentía tan mal. Eso era aceptar
que sufría y ya no me dejaría entrar al agua. Estoy segura de que ella se
daba cuenta de cómo me ponía, pero no sé si imaginaba por lo que yo
pasaba.
PAPALOTES
Nunca minimices el efecto positivo o negativo que pueden causar tus
palabras en la vida de un niño.
Mi papá nos enseñó a elaborar papalotes. El mes de febrero era ideal para
hacerlos y volarlos. Nos llevaba temprano en la mañana del domingo a
buscar carrizo. Él llevaba su navaja para cortarlo mientras nosotros
buscábamos carrizos secos y largos. Comprábamos papel de china, del
color que cada quién escogiera, además de hilo y listón para la cola.
Yo casi siempre escogía morado con algún adorno naranja. Llegando a
casa, preparábamos una mezcla de harina y agua para hacer engrudo.
Decorarlos era lo más divertido.
Recortábamos nuestro papel según el trazo de mi papá en la parte de
atrás. Él cortaba los dos pedazos de carrizo y los colocábamos en forma de
cruz. Luego, juntábamos las puntas con otros cuatro carrizos más
pequeños y los amarrábamos con hilo. Aplicábamos engrudo de lado a
lado y pegábamos el papel de china cuidadosamente, cubriéndolo por
completo. Teníamos que esperar un rato a que secara para luego ponerle
su cordón.
-¿Cómo le vas a hacer, Sandra? ¿Cómo lo vas a adornar? Quiero
hacerlo igual.
Yo siempre quería hacer todo igual que Sandra. Ella dedicaba mucho
tiempo a decorar el suyo. Recortaba papel de china formando pequeñas
flores de colores y adornaba la cola de su papalote para que luciera
perfecto.
-Voy a ponerle una ruedita amarilla para que sea el centro de una flor y
recortaré los pétalos con el papel de color rosa. Luego, con papel verde
haré el tallo y agregaré una hoja.
Intentaba copiarme de ella, pero yo no era tan detallista, así que
Sandra nos ayudaba a Enrique Luis y a mí. Ella disfrutaba mucho todo
lo que tuviera que ver con decorar, recortar y dibujar. Si le daban tijeras y
papel, hacía maravillas. Mis papalotes nunca me quedaron como los de
ella, pero no importaba mientras volaran.
-Listos los papalotes, vamos a volarlos -decía mi papá después de una
larga espera a que secara el engrudo.
Mi mamá se quedaba en casa con Marcela que tenía dos o tres años.
Nos apresurábamos para subir al carro cada quién con su papalote. Nos
llevaba a algún lugar abierto. Era toda una aventura.
Sandra cuidaba mucho de que no se le fuera a estropear. Le costaba
trabajo soltarlo, pues lo que ella hacía era una obra de arte. Lo único que a
mí me interesaba era verlos volar lo más alto posible.
Mi papá nos ayudaba a levantarlos y luego nos los pasaba. Lo más
valioso de todo esto era el tiempo que pasábamos con él. Nos dedicaba el
domingo para armar y volar papalotes, y eso no tenía precio. El mundo se
encerraba entre nosotros cuatro, no existía nada ni nadie más.
Como a Enrique Luis y a mí nos gustaba mucho volar cometas, cuando
no podíamos ir con papá, subíamos al techo de la casa y ahí hacíamos los
nuestros con el carrizo y papel sobrante. Desde el techo, los dejábamos ir
por encima de la cerca del colegio. Con pequeños papelitos, enviábamos
telegramas; los atorábamos en el cordón, y lentamente se deslizaban hasta
llegar al papalote.
Mi mamá no tenía idea de dónde estábamos, ni creo que nos hubiera
dado permiso de estar volando papalotes desde el techo. A esa edad,
nunca se nos ocurrió que nos podíamos caer o lastimar. Nosotros sólo
jugábamos y a mí me alcanzaban las fuerzas para hacer eso y más.
Además, suponía que Ráfel se aburría cuando volaba papalotes, se
alejaba y no lo extrañaba; yo estaba con mi hermano y era más divertido.
Ráfel sólo se acercaba cuando mi vida estaba en riesgo.
RÁFEL
No hay forma de opacar a quien brilla con luz propia.
Ráfel apareció en mi vida cuando yo tenía ocho años, pero en algún
momento me hice consciente de que, en cierta forma, debía de haberme
acompañado desde que nací. Lo veía como algo parecido a un fantasma
que se acercaba a mí cada vez que estaba en peligro. En esos momentos,
lo sentía siempre muy cerca, casi amenazante. Otras veces, sobre todo
cuando era niña, jugaba con él y era mi amigo imaginario.
Nunca tuve la menor duda de que Ráfel existía. Cuando hablaba a solas
conmigo misma, imaginaba cómo él me contestaba y opinaba.
Llegué a pensar que era como un fantasma bueno, pero que estaba
esperando el momento para llevarme con él. ¿Sería el fantasma de la vida
o de la muerte? No lo sabía, pero sí entendía que cada vez que mi vida se
veía amenazada, su presencia era imponente a mi lado. Por eso hicimos un
pacto en algún momento: él no me llevaría a ningún lado mientras yo
tuviera fuerza para seguir viva. No se valía hacer trampa.
En ocasiones le tuve mucho miedo, sobre todo cuando sentía que
estaba perdiendo la batalla porque mi salud se veía amenazada. Otras
veces, sentía que me sonreía amable, cuidándome, pero siempre me daba
desconfianza; tal vez era miedo.
Cuando crecí, Ráfel ya no era mi compañero de juegos, era un
fantasma que aparecía casi siempre cuando yo tenía miedo de que algo le
sucediera a mi salud. A veces pasaban años sin percibirlo.
VECINOS
Aunque vayas a toda prisa, cada instante es valioso. Disfrútalo.
Yo era la niña de las uñas moradas, “la flaquilla y pecosa”, diría mi
hermano. Coqueta y graciosa, intentando enseñar los hombros desde
chiquita con la ropa que nos hacía mi mamá en su máquina de coser.
Le hacía ver su suerte al que se atreviera a decirme que no podía hacer
algo, y defendía mis derechos, y los de cualquiera que sintiera en
desventaja, como a ninguna otra cosa en este mundo. A veces me metía en
problemas por no quedarme callada. Convertía mis problemas en retos,
nunca en obstáculos.
Vivíamos en un lugar privilegiado. Las calles no estaban
pavimentadas, entonces sentía que estábamos en el campo. Había muchos
terrenos baldíos y el colegio a un lado, que tenía un jardín enorme, la vista
era espectacular. Esos terrenos fueron mi área de juego por muchos años.
Ahí jugábamos softbol, fútbol, quemados, andábamos en bicicleta o
jugábamos a las escondidas. Se valía esconderse en cualquier parte, así
que podíamos pasar horas buscando a los del otro equipo. A veces, en la
entrada de la casa, nos poníamos a jugar juegos de mesa y a platicar.
-Voy afuera a juntar a todos los vecinos para jugar softbol, mamá.
-Tú les dices a las mujeres y yo les digo a los hombres. ¡Vamos
Enrique Luis, si no te apuras, no juegas! Vente Sandra, vamos.
-Espérate, todavía no acabo de tejer la bufanda. Dame cinco minutos.
-En cinco minutos no vas a acabar de tejer una bufanda, las haces muy
largas. Y en cinco minutos, puede ser que todos los demás ya no quieran
jugar. Apúrate.
-Está bien, ya voy. Adiós, mamá, voy con Ana Cecilia a jugar afuera.
-Con cuidado -decía mi mamá desde su recámara, donde tenía su
máquina de coser.
Mis primas vivían a la vuelta de la casa, y como casi todos los vecinos,
incluyendo los recién llegados, éramos de la misma edad, nos interesaban
los mismos juegos, así que éramos un buen equipo de ocho o nueve
traviesos. Cuando me había cansado de correr, buscaba siempre la forma
de cambiar de actividad, pero nunca dejaba de aprovechar la tarde para
divertirme.
-Ya no quiero jugar a esto, ahora vamos a jugar a las escondidas -decía
yo.
-Pero estamos ganando, ¿por qué quieres cambiar de juego? -decía
Mark.
-Porque ya me cansé. ¿Quién vota por jugar a las escondidas?
-Yo -decía Rolf, mi vecino de enfrente.
-Nosotras también -decían mis primas Luly y Karen.
-¿Ves? Todos quieren jugar a las escondidas.
Nunca dejé de “mover el pandero”, como dice mi hermano. Pero la
verdad, es que cuando me faltaba aire, esa era mi forma de disimular y
cambiar a una actividad menos demandante.
Dos enormes árboles se encontraban frente a nuestra casa y durante
octubre y noviembre estaban llenos de nueces. Aventábamos palos o
piedras y, entre todos, las tirábamos. Las pelábamos cuidadosamente. El
premio era que entre Sandra yo, hacíamos pastel de nuez para nosotros y
para todos los vecinos.
Disfrutaba el verano, pues era cuando menos enfermaba. Aún con mi
falta de oxigenación, veía la forma de integrarme a todo en la medida que
me fuera posible. Mis uñas y labios oscuros aparecían constantemente,
pero muchas veces no me daba cuenta. Enrique Luis siempre las vio con
extrañeza, pero nunca dijo nada. Creo que nadie me dijo nada, o bien,
nunca me presté a que me dijeran algo. En el fondo, no quería oírlo.
SANDRA
Con Sandra
El niño que llevas dentro necesita de amor y
atención como cualquier otro. No lo descuides.
Siempre me he preguntado lo que habrá representado para mi hermana
Sandra el sentirse hecha a un lado en muchos momentos porque su hermanita
necesitaba atención. Quizás simplemente lo aceptaba porque así le tocó vivir.
Gracias a Dios estaban mis abuelas, Nena y Chagüita, que hacían las veces de
mamá y papá cuando ellos estaban ocupados conmigo.
Mi corazón se consuela cuando me hago esas preguntas, pensando en
mí misma. Si no me tocó otra forma de vivir, seguro ésta ha sido la mejor.
Si la vida así se lo permitió a ella, es también seguro que debe haber un
propósito. Sandra tuvo sus propias luchas, sus miedos e inseguridades.
Me duele imaginar si sufría o se sentía sola, o tal vez estaba celosa por
no recibir esa misma atención. Cualquiera que hubiera sido el caso, a mí
jamás me lo manifestó, y eso para mí es verdadero amor.
Sin embargo, cuando era pequeña, no entendía por qué Sandra era tan
chismosa. Era como si tuviera en casa a una segunda mamá siempre al
pendiente de lo que yo hacía.
-Mamá, Ana Cecilia se está trepando al árbol y tú ya le dijiste que no
lo hiciera.
-¡Bájate inmediatamente de ahí! Te vas a quedar en tu recámara el
resto de la tarde por desobedecer -gritaba mi madre por la ventana.
Me bajaba como podía y entre enojos y gritos, le decía a mi hermana
que era una chismosa. Quería treparme al árbol, al techo, escalar paredes y
todo lo que se me ocurriera, pero siempre tenía a un vigilante en casa.
Lo que no sabía y mucho menos entendía, era que ella me cuidaba de
forma especial. Siempre fue muy buena conmigo y quería que su hermana
estuviera bien todo el tiempo. Me daba lo que pedía y muchas veces sin
resistencia. Por eso a Sandra yo le daría el premio de la paciencia y
comprensión.
Años después me enteraría que cuando regresamos de la Ciudad de
México, Sandra empezó a tener ataques de ansiedad. La llevaron al
médico y él le dijo a mi madre que no tenía nada, sólo estaba ansiosa por
el cambio de ciudad o por el nuevo colegio.
-Pero, doctor, ¿está seguro de que Sandra no tiene algo más? Tengo
otra hija muy enferma del corazón, está muy grave y tengo mucho miedo
de que Sandra pueda tener algo también. ¿Está seguro que no tiene un
problema de ese tipo?
-No, señora, su hija es una niña perfectamente sana.
-Hágale más estudios, doctor.
-El corazón de su hija se oye muy bien. Seguramente se preocupa
mucho y le afectan los cambios.
Sandra escuchó esa conversación y entonces comprendió lo serio de mi
enfermedad. Probablemente ella tenía aún más información que yo en ese
momento. Todo esto debió haberle afectado y hacerla una hermana mucho
más considerada conmigo.
Nunca tocamos ese tema de niñas, ni de adolescentes, pero me daba
cuenta de que me cuidaba, me quería y me admiraba, y eso me daba
mucha fuerza. Fue hasta hace poco que ella me lo compartió.
Tuvo que aguantar a una hermana que no le hacía la vida fácil. Ella me
cedía su lugar cuando jugábamos, me daba su paleta, el asiento, la
muñeca, todo para que su hermana estuviera bien. Estoy segura de que yo
le provocaba muchos dolores de cabeza.
Nací luchando, buscando un lugar a costa de lo que fuera. En el
proceso, hice cosas que quizás la lastimaron. No me arrepiento de nada de
lo que he hecho, pues en la lucha, he encontrado vida. Pero he intentado
remendar las pequeñas heridas que inconscientemente pude haber dejado
en el camino.
Pobre hermana mía, espero que la vida me alcance para compensarle
tantos momentos complicados en la infancia.
Mamá, Sandra y yo
DIVERSIÓN
Con Sandra, Enrique Luis y Marcela
Despertar el cada día es un milagro, cómo quiero
iniciarlo, depende de mí.
Siempre agradeceré a mis padres que, a pesar de ser una niña de salud
frágil, me dieran la misma educación que a mis hermanos y que hicieran
un esfuerzo por no tratarme distinto. Los regaños y limitaciones no eran
diferentes a los de mis hermanos. Pero sí tenían que ir cada año a hablar
con mis maestros para explicarles mi situación. No querían verme
obligada a hacer actividad física alguna, pero pedían que me permitieran
hacer todo hasta que yo dijera basta.
Ni mis padres ni mis maestros limitaron mi vida o mis actividades.
Sólo yo podía decir hasta donde seguir. Mi rebeldía y determinación
fueron el motor para lograr lo que me proponía. Eso hacía que mi
educación fuera complicada. Cuando me invitaban a salir a algún paseo
fuera de la ciudad, mis padres se aseguraban de conocer bien a los padres
de mis amigas y de enviarme siempre bien abrigada por si hacía frío.
Un día, una amiga me invitó a un rancho en Montemorelos. Teníamos
alrededor de diez años. Era invierno y hacía mucho frío. Me invitó porque
cocinarían un cabrito en pozo y pasaríamos ahí todo el día.
Casi de inmediato nuestro interés se centró en los caballos. Queríamos
pasear y recorrer el rancho. Me encantaban los caballos y disfrutaba
mucho montar. Todo el día se nos fue en eso, pero poco a poco, fui
sintiendo como mis manos empezaban a enfriarse, a dolerme incluso. Mi
cuerpo completo temblaba, estaba tiritando y castañeando los dientes sin
poder controlarlo. Empecé a sentir el frío hasta por los huesos, pero no
decía nada.
Sentía la presencia de Ráfel muy cerca, pero no quería voltear a verlo,
pues equivalía a darme por vencida. No podía quejarme, sólo aguantar.
Cuando regresamos, aún a caballo, me encontraba en muy mal estado y
esto alarmó mucho a la madre de mi amiga. Entre el frío y el cansancio,
estaba paralizada, con los labios completamente oscuros, al igual que mi
piel. La madre de mi amiga corrió espantada y me bajó del caballo como
pudo. Me cargó y me abrazó con mucha fuerza.
-Rápido, vamos adentro. Quiten todo lo que está en ese sillón frente a
la chimenea. ¡Tenemos que calentar a esta niña! -dijo desesperada.
Mi amiga, asustada, corrió detrás de ella para ver qué pasaba y se dio
cuenta de que me encontraba completamente morada. Me sentó frente al
fuego, con sus manos me frotaba los hombros y las piernas. Casi no podía
moverme. Poco a poco fui recuperando el color.
-Hoy ya no salen para nada. Se quedan aquí en la casa.
-Está bien, mamá. Aquí nos quedaremos hasta que nos traigan de cenar
-dijo mi amiga.
Nos vimos y soltamos una carcajada como si hubiéramos hecho una
gran travesura. Mi amiga no cuestionó a su mamá. Éramos un equipo, las
dos estábamos encerradas en la casa sin poder salir. Eso no impidió seguir
divirtiéndonos y gozando de lo que podíamos. Contamos historias, nos
reímos de las aventuras vividas y la pasamos bien. No recuerdo si comí
cabrito, ni cómo terminó ese día, sólo que me divertí mucho.
Cuando regresé a casa, la mamá de mi amiga le dijo a mi madre que se
asustó un poco conmigo. Le comentó lo sucedido y mi madre le agradeció
mucho el haberme cuidado. No recibí reproches ni preguntas, sólo un
abrazo y un beso de buenas noches.
Me acosté en la soledad de mi cama y, entre las sábanas, recordé como
Ráfel me acompañó en todo momento. Cerraba los ojos y lo imaginaba
cabalgando a mi lado en un caballo negro, siempre tomándome de la
mano. A veces tenía cara de alguien bueno que me cuidaba y no me
abandonaba, algo así como un ángel de la guarda; otras veces no quería
verlo, era como un intruso en mi vida. Él interrumpía mis juegos, mi
diversión. No me gustaba cuando tenía tanto frío y sentía que quería
llevarme, que quería apoderarse de mi vida.
Cuando quería olvidarme un poco de él, escuchaba algún comentario
donde me hacían recordar lo mal que me encontraba y entonces me daba
cuenta de que siempre estaba acompañada. Ráfel no tenía planeado irse a
ningún lado.
No comentaba esto con mis amigas, era algo que siempre guardé para
mí misma. No tenía para qué mencionar lo que quizás las asustaría.
Además, nunca me hicieron a un lado por ser diferente, o por no poder
hacer lo que ellas. Lo intentaba todo, siempre lo intenté, pero cuando no
se podía, me acompañaban hasta donde pudiera aguantar sin pedir
explicaciones.
Trataba de jugar igual que ellas, pero muchas veces me cansaba muy
rápido. Una vez, tuve que estar en casa con oxígeno porque mis niveles de
oxigenación estaban muy bajos. Las invitaba a visitarme, pues esto no nos
impedía jugar y reírnos todo el día. Mi mamá nos llamaba la atención a
todas por igual para que paráramos un poco, pero daba lo mismo: yo
llevaba el ritmo, y ellas me seguían.
En una de las reuniones con los compañeros de clase del quinto grado,
jugamos al látigo. Nos tomábamos todos de las manos, y quien se quedaba
en el centro no debía correr tanto como al que le tocaba hasta la orilla. El
juego era ver cuánto aguantaban éstos últimos antes de soltarse de la
mano. Siempre buscaba la manera de quedar en la orilla, pues sabía que
me cansaría muy rápido, tendría que soltarme y perderíamos. Pero no
siempre corría con suerte: Nadie conocía la gravedad de mi enfermedad,
tampoco que no podía correr o que me cansaba mucho, me tocaban los
turnos igual que a cualquier otro.
Ese día fui la antepenúltima de la fila. Le rogaba a Dios que nadie se
enojara y que no durara mucho esa corrida, o que alguien más se cayera
antes que yo. Corrí y corrí hasta que no pude más. Me solté y eso provocó
que los dos compañeros de la orilla cayeran junto conmigo. La bulla no
tardó. Apenas aguanté una vuelta y estaba tirada, sin aire. No lograba
articular palabra. Me levanté como pude y me dirigí al baño para
recuperarme. Jalaba todo el aire que podía pero no parecía ser suficiente.
Me sentía mareada, aturdida y con dolor de cabeza. Después de un
rato, salí como si nada hubiera pasado y me paseé disimulada, para que no
volvieran a invitarme a jugar.
Era muy sensible a la burla y me causaba mucho malestar. Sentía que
me desnudaban, que me exponían. Me sentía lastimada. No quería que mi
corazón fuera un motivo para que me tuvieran lástima o me hicieran a un
lado por no poder jugar como ellos.
Mi triciclo
Aprendí que sólo el que deja de divertirse como lo hace un niño
empieza a envejecer por dentro.
ADOLESCENCIA
RECURSOS
En orden: Yo, Sandra, Marcela, y Enrique Luis
La única forma que encontré para saber si
lo lograría, fue intentándolo.
Hay muchas formas de superar una catástrofe física o emocional, pero a
mí me funcionó sólo una: cambio de mentalidad. Intenté crear en mi
interior una nueva forma de pensar, distinta a aquello que me alejaba de
mi salud y de estar viva. Creo que las personas que padecen alguna
situación, cualquiera que sea, tienen la opción de sufrir o sacar el máximo
provecho a la vida, aún en medio de la adversidad. No creo que estar vivo
sea sólo en el plano físico. Hay personas que sobreviven y por dentro
están vacías, inertes, o quizás no hacen más que sufrir y lamentarse. Así
mismo, hay quienes deciden ver más allá de las circunstancias y pueden
sobrevivir disfrutando. Viven con intensidad y deciden ser felices. Las
personas sonrientes y esperanzadas han decidido tener una forma de
pensar y actuar distinta.
Mi miedo no es morir, sino vivir sin sentirme viva. Ninguno de
nosotros tiene garantizado el día siguiente, pero aún menos lo he tenido
yo.
Después del incidente del rancho, cuando sentí que Ráfel cabalgaba a
mi lado mientras mi cuerpo sufría de algo muy cercano a la hipotermia,
tomé una decisión: no quería oír nada acerca de las noticias negativas
sobre mi salud y mi futuro. No permitiría que me afectaran esas voces de
derrota y tristeza. Escuchaba atentamente las de esperanza, de un futuro
feliz, así como las voces acerca de mi felicidad. La información negativa
ya la conocía, la tenía almacenada en algún lugar de mi cabeza. Además,
era imposible no percibir el miedo y la angustia de mis padres. Sabía, y
aún lo sé, que la forma en que enfrentara los problemas o sucesos que se
me presentaban de manera cotidiana era la que determinaría la dimensión
e importancia de los mismos. Así que en mi mente fabricaba lo que
deseaba y lo disfrutaba antes de tenerlo.
Decidí ser feliz.
Aprendí a detener el tiempo desde muy pequeña, en mis viajes
imaginarios con Chagüita. Cuando crecí, compuse música y toqué la
guitarra, me transportaba con mis letras e ilusiones. Tocaba y cantaba con
tal intensidad, que parecía sólo tener esa oportunidad para hacerlo.
Aprendí a hablar conmigo misma, a convencerme de que las cosas estaban
bien, que yo era fuerte y saludable. Dedicaba horas a una especie de
meditación interior donde me acomodaba a mí misma en este mundo por
muchos años. No me engañaba, lo creía con todo mi corazón.
Muchas veces sentí cansancio; una fatiga intensa que me hacía dudar si
lograría todos esos sueños forjados. Entonces, reaccionaba y actuaba.
Me apartaba, dedicaba un poco de tiempo a escucharme, a sentirme.
Iba a mi cuarto y me recostaba en mi cama: lugar sagrado donde nadie se
atrevía a molestarme ni a hacer ruido si tenía los ojos cerrados. Quizás se
debía a que en casa pocas veces me veían acostada, y cuando ocurría,
cuidaban mi descanso. Respiraba profundo y visualizaba el aire que
entraba a mis pulmones y oxigenaba todo mi cuerpo. Sentía cómo se
recuperaba y tomaba fuerza. En mi mente dibujaba mi correr, bailar,
caminar por las veredas en las montañas, y disfrutaba. Me convencía de
que todo estaba bien. Ráfel se encontraba cerca, como siempre en esos
momentos, pero no me incomodaba. Estaba en paz y acompañada.
Eso me daba fuerza y volvía a levantarme recuperada. Aún si
físicamente estaba cansada, mi espíritu se fortalecía y el cansancio ya no
pesaba igual. Creo que aprendí a caminar hacia mi corazón y a conocerlo a
profundidad, a reconocerlo una y otra vez hasta darme cuenta de que no
tenía por qué tenerle miedo a nada, que los milagros existían. Mi corazón
latía, aguantaba, se comportaba como todo un héroe. Mi corazón era
fantástico: me mantenía viva.
Mi pasatiempo favorito
Entendí que la mejor forma de conocerme era aceptándome y
respetándome. Saber clínicamente lo que mi corazón padecía me daba la
seguridad y el control de la información. Pero el hecho de no aceptar el
pronóstico, me daba esperanza y confianza. No podía darme por vencida.
Escuchaba atentamente la necesidad de mi cuerpo, pero lo convencía y
lo animaba con la información que mi cabeza y mi espíritu brindaban.
Todo mi ser respondía a esa confianza y al deseo de estar viva.
También aprendí a vivir cada día como si fuera el último, pero
intentaba no pensar en la posibilidad de que lo fuera. Lo disfrutaba
intensamente (todavía lo hago). Absolutamente nada di por hecho y
valoraba desde una sonrisa, una caminata, una cena, a mis padres, mis
hermanos y hasta un beso. Atesoraba cada nueva experiencia al ignorar si
volvería a tener la oportunidad de vivirla de nuevo.
He vivido con la filosofía de que no importa cuán negativas sean las
circunstancias, siempre habrá una forma de salir adelante, siempre.
Visualizar las cosas antes de que sucedan ha sido mi especialidad: ser
novia, esposa, mamá, ser profesionista, independiente y exitosa. Si me
hubiera detenido en los hechos, jamás habría imaginado los resultados.
DESAFIANDO EL DIAGNÓSTICO
Cuando percibas espinas en alguien, recuerda que no son más que el
reflejo de un corazón sensible tratando de protegerse.
Con los años compensé la inseguridad que a veces sentía con una
creciente rebeldía. Cuando mi mamá intervenía para que no hiciera tal o
cual cosa, le contestaba diciendo que ella no sabía nada, que no podía
saber lo que podía o no podía hacer porque ella no era yo.
-¡No metan en mi cabeza una enfermedad que no tengo! -gritaba en
momentos de desesperación.
Mis respuestas eran hirientes y me alejaban de ella, pero mi corazón
sufría y por dentro lo que necesitaba era un abrazo y reconocimiento. En
vez de pedirlo, me alejaba y enfrentaba mis luchas a solas.
Cuando entré a la secundaria, a veces no admitía el no poder hacer
muchas cosas como los demás lo hacían, pero me resistía a verme como
alguien con una limitación. Nunca lo creí por completo. Como mis padres
iban cada año a hablar con mis maestros, yo tenía permiso de no ir a clase
de deportes, pero aun así iba, y cuando ya no podía más, regresaba al
salón. En verano, llegaban apresurados todos los compañeros sudados,
para ganar los abanicos de pared y enfriarse un poco. A mí me
encontraban limpia y fresca como lechuga. Algunos me envidiaban y otros
simplemente no entendían la razón de una diferencia que no estaba
dispuesta a explicar.
Tampoco daría lástima a nadie, y mucho menos sería tema de
conversación por algo que no había hecho, por algo que estaba fuera de mi
control. Por ésta y muchas otras razones, mi carácter se volvió fuerte,
determinado, asertivo y con la convicción de lograr lo que me propusiera.
Me propuse vivir la vida al máximo.
Poco a poco fui entendiendo más los términos médicos de mi
malformación. A veces me recostaba en la cama cuando me sentía
cansada, e imaginaba a mi corazón funcionando. Una pequeña cantidad de
sangre cobraba vida en mi mente y yo la llamaba Lucy. Circulaba por mi
cuerpo a gran velocidad en busca de oxígeno. Cuando Lucy entraba por el
conducto para llevarla al corazón, se encontraba con el área que le
correspondía a la sangre ya oxigenada y no a ella.
Desconcertada, Lucy era bombeada para entrar a una nueva área que la
llevaría hacia los pulmones. En vez de entrar a un espacio vacío y sólo
para ella, se topaba ahí mismo con sangre oxigenada esperando a ser
bombeada al resto del cuerpo; nada las separaba como debería de ser.
Faltaba una división. Las dos, Lucy y su nueva amiga, ahora revueltas,
iniciaban su viaje hacia los pulmones. Éstos las oxigenaban a ambas por
igual y con un latido, las dos regresaban de nuevo al corazón. Ya en el
corazón, se encontraban en el mismo espacio que abandonaron hacía un
momento y descubrían que no estaba vacío: había más sangre buscando
oxigenarse. Se revolvían Lucy, su amiga y otra nueva amiga no oxigenada.
Con otro gran impulso, el corazón las enviaba para iniciar su viaje al resto
de mi cuerpo. Hacían un intento gigantesco por sacar el máximo provecho
del poco oxígeno que llevaban entre las tres.
Era tan complicado imaginar cómo es que Lucy lograba brindarme
oxígeno estando siempre revuelta con amigas que no lo tenían, que mejor
abandonaba mis pensamientos y me dormía.
Eso me ayudaba a darme cuenta de los motivos por los que no lograba
hacer lo mismo que mis compañeras, por los que me cansaba, por los que
no podía con la misma actividad física. Comprendí que no sólo era
diferente, sino que también veía la vida de otra manera.
MENTÍ
Es de sabios aprender a controlar las palabras que salen de la boca.
En tercero de secundaria, cuando estaba por cumplir dieciséis años, me
enfermé y tuve que ir a Houston a que me atendieran de una endocarditis
bacteriana. Adquirí una bacteria y ésta se instaló en el corazón. Fue la
primera vez que sentí que mi corazón me frenaba por completo, y lamenté
mucho no poder ir al viaje de generación. Me sentía muy mal y tuve que
permanecer en casa. Cuando vimos que las cosas empeoraban, mis padres
decidieron llevarme a una valoración médica.
Permanecí en el Hospital por quince días. Me desplazaba a todos lados
con mi suero y mi catéter en la mano. Estuve en contacto con muchos
niños con problemas similares al mío. Me gustaba visitarlos y pintar con
ellos en los cuartos de juego del Hospital. Todos eran mucho menores que
yo, pues casi nadie llegaba con vida a la adolescencia. Víctima de mi
edad, olvidé lo mal que llegué a sentirme días antes de que me medicaran.
Así que me sentía de maravilla, sana y fuerte, mientras veía niños tan
graves que tenían pocas posibilidades de sanar. Me enteré de la muerte de
un niño con quien conviví unos días. Entonces me cuestioné qué es lo que
hacía la diferencia. Teníamos el mismo problema físico, ellos morían y yo
seguía con vida. Parecía que Dios decidía quién viviría y quién no por
cuestión de azar. Para mí, eso era injusto y me enojaba.
¿Quién vive? ¿Quién muere? ¿Quién decide?
Todos debíamos tener la misma oportunidad. El sentido de justicia era
tan importante, que aquello que no lo fuera me causaba mucho conflicto.
No me sentía menos afortunada que ninguno de mis compañeros en la
adolescencia, creía que teníamos las mismas oportunidades. Llegué a
pensar que Dios era un invento del hombre para justificar y darle
explicaciones a todo aquello que no lo tenía. Dudé mucho de su
existencia, y sentí que si Dios existiera, permitiría a todos los niños
enfermos sentirse como yo. Me preguntaba por qué sólo yo estaba sana y
muchos otros no; por qué habían muerto tantos niños que tenían mi mismo
padecimiento.
Fue un momento muy doloroso, me sentí sola, sin la protección de un
ser superior. Durante toda mi niñez creí en un Dios protector, pero ahora,
al ver esta situación, mi confusión era mayúscula. Era más fácil para mí
convencerme de la ausencia de Dios, antes que pensar que era injusto y
poco compasivo con quienes más lo necesitaban.
En esa corta estadía tuve dos visitas muy importantes para mí: la de mi
novio y la de mi abuela Chagüita, quienes viajaron juntos. Estaba feliz,
pues era mi primer novio y sentía que era una relación importante.
En el Hospital podía utilizar mi ropa durante el día, lo cual me
alegraba. Durante los tres días de la visita de mi novio, me acompañó a
todas mis actividades: a la biblioteca del Hospital, a visitar niños
enfermos, a jugar con ellos, así como a ayudar en todo lo que pudiera. Mi
novio deambulaba conmigo cuando salía del cuarto y los doctores y
enfermeras lo notaron.
En ese viaje, tomé quizás una de las decisiones más difíciles y
trascendentes de mí vida: mentí.
Cuando mi novio se fue, una de las doctoras pidió hablar conmigo en
privado. Mi papá tuvo que regresar a Monterrey y mi madre no hablaba
bien el inglés en ese entonces como yo lo hacía, así que por primera vez
sentía tener todo el control de la información que recibiría. Mi madre vio
una buena oportunidad para que preguntara un poco sobre mi vida futura:
qué podía y qué no podía hacer. Acepté hacerlo sola.
Conversé con la doctora por un rato. Su primera pregunta me dejó
helada.
-Vemos que tienes novio y tenemos que hacerte una pregunta. ¿Eres
sexualmente activa?
Estaba en plena adolescencia y muchos jóvenes empiezan con su vida
sexual a esa edad. Sin embargo, por un momento me sentí abrumada.
-Apenas voy a cumplir dieciséis años y no me he casado -fue mi
respuesta.
Mi novio tenía diecisiete.
“¿Cómo podría tener relaciones sexuales?” Me cuestionaba mientras
contestaba. Por otro lado, esa pregunta me hizo sentir especial, como si
hablaran con un adulto. Entonces imaginé que tenía más de veinte años y
podía hablar de esos temas.
Fue entonces cuando la doctora se dio cuenta de que estaba tratando
con una adolescente mexicana, con costumbres y educación muy
diferentes a las que algunos pudieran tener en Estados Unidos.
-Entiendo. Mira, los doctores sólo podemos dar consejos, pero al final
serás tú quien decidirá.
Era la primera vez que hablaba de sexo con alguien. Nunca antes había
preguntado sobre el tema en casa, ni siquiera en las clases de educación
sexual en la escuela. Esos temas simplemente no se hablaban con nadie.
Escuchabas y no preguntabas.
-Recomendamos que, de preferencia, no te cases. No es conveniente
que inicies una vida sexual, pues tu cuerpo no la soportaría.
Yo sólo oía, pero por dentro, repetía la misma frase: quería saber lo
que era amar. Lo que ella afirmaba, truncaría mi sueño.
-Pero tengo novio y quiero casarme con él.
-Sí, sé que tienes novio, y por eso queríamos hablar contigo. A pesar
de que eres muy joven, es importante que ambos sepan que tu futuro es
incierto y sería mejor no iniciar una vida sexual.
-¿Nunca podré casarme, ni tener hijos?
-Time will tell. Tal vez algún día, cuando hayamos encontrado una
solución quirúrgica para tu padecimiento. En ese momento, quizás tu vida
cambie tanto que podrás hacer muchas cosas más.
No me gustó lo que me dijo, a pesar de que fue muy cuidadosa de
cómo lo hizo. Quería asegurarse de que entendía el gran riesgo que corría
porque no sabían cómo reaccionaría mi cuerpo. Ahora entiendo que para
los doctores también era un terreno desconocido. No tenían la menor idea
de qué podría suceder y de qué podría pasar si físicamente me excedía.
Ellos no querían exponerme, pues caminaban a ciegas junto conmigo.
Todo lo que me dijeran eran suposiciones, ya que no existía ningún
otro caso que lo probara.
-¿Tienes alguna pregunta?
Por mi mente pasaron muchos pensamientos: “No estoy de acuerdo, tú
no eres Dios. No puedes saber lo que va a pasar conmigo si no me
conoces, no sabes qué siento y cómo me siento”. Me echaron un balde de
agua fría, pero mi edad me permitió rechazar esa información y
aventurarme una vez más.
-No, ninguna. Sólo le pido que sea yo quien hable con mi madre.
-Por supuesto, esa información es sólo para ti.
Cuando se retiró la doctora, mi mamá entró al cuarto con mil
preguntas.
-¿Qué te dijeron? ¿Te dijo si puedes casarte o tener hijos?
En ese momento fue cuando vi mi oportunidad. Podía decir lo que
quisiera. Tenía el control de toda la información. Nunca antes tuve esa
libertad, esa sensación de empoderamiento. Siempre estaban mis padres
presentes cuando los doctores me daban alguna información. En México
no hubieran tocado este tema a solas conmigo y menos aún hablarían
sobre mi sexualidad, sería ofensivo. Solamente en Estados Unidos tocaban
esos temas de manera tan directa y abierta.
-La doctora me dijo que podía llevar una vida normal, mamá, que mi
cuerpo me iría marcando los límites, pero que intentara hasta donde
pudiera. Dijo que me casara, y quizás podría tener hijos, sólo el tiempo lo
dirá. -dije con mucha seguridad.
-Entonces ¿no corres peligro? -preguntó mamá con una preocupación
natural.
Para mí, el único peligro era que me impidieran vivir plenamente. Me
sentía fuerte, llena de vida, no podía aceptar lo que me acababan de decir.
-No mamá: mi cuerpo y yo misma, sentiremos cuando no pueda con
algo y simplemente lo dejo de hacer. Quizás en unos años más haya una
cirugía para mí.
Mi mamá se quedó mucho más tranquila. Al menos eso creí. Cualquier
cosa negativa que hubiera dicho, mi madre lo hubiera aceptado
naturalmente, pues desde que nací, dudaba de que pudiera llegar al día
siguiente. Mis padres no contaban con mi vida desde muy pequeña, cada
día extra que vivía era un milagro para ellos.
No sé si mentí por ella o por mí. No fue algo planeado, ni siquiera lo
había imaginado. Fue una reacción de supervivencia. Mentí sobre todo lo
que me dijeron porque eso representaba una sentencia de muerte.
No estaba dispuesta a aceptarla ni a ponerme una etiqueta de todo lo
que no podía hacer. Mucho menos deseaba a mi madre detrás de mí,
poniéndome límites con cada cosa que se me ocurriera hacer. Me la
imaginaba diciéndome que terminara con mi novio de inmediato, que
considerara irme a un convento y que dejara de hacerme ilusiones de
formar una familia.
Todas esas ideas estaban sólo en mi mente, no sé qué hubiera dicho mi
madre, más no quise tomar ningún riesgo. Quería ser feliz y me habían
enseñado que uno crece, se casa, tiene hijos y encuentra la felicidad.
Lejos estaba yo de la realidad, pues la vida y la felicidad son mucho
más que estas bendiciones.
Tomé una decisión difícil, pero me dio la libertad para continuar con
mi adolescencia de la manera más normal posible. Mi voluntad era mucho
mayor a mi limitación; mi deseo de logros no tenía barreras ni límites.
Regresé a Monterrey y continué con mi recuperación. A las pocas
semanas, volví a clases y me puse al día con todas mis lecciones. Hice un
gran esfuerzo por compensar todo el tiempo perdido. Estudiaba duro, me
apoyaba con mis amigas para los exámenes y subió mucho mi promedio.
Hasta pensé que ganaría el premio de aprovechamiento académico.
No gané ningún premio, y hace poco me enteré por mi mamá que los
maestros me ayudaron para que no perdiera el año. Hubiera preferido no
enterarme de eso, pero al menos en ese momento me sentí muy orgullosa.
MRS. WOLCOTT
Mrs. Wolcott
Da siempre sin medida, todo regresa a ti; casi
siempre a través de otras personas.
Escribía desde muy joven, redactaba poemas y componía canciones con
mi guitarra. Mi primera composición fue para mi maestra de música, la
Señora Wolcott quien tuvo un gran impacto en mi vida. Escribir y
componer, era mi forma de expresar lo que no podía decir a gritos:
“¡Quiero vivir!”
Además de ser una de mis maestras favoritas, la señora Wolcott
también nos daba literatura y era fantástica. Con ella aprendí a disfrutar
las historias, los cuentos, el análisis de los poemas y lo profundo de un
pensamiento. La tarea para terminar el curso era crear un poema. Ésa para
mí fue una tarea fácil; además ayude a varios compañeros a hacer los
suyos. Mi poema fue muy significativo.
Con este poema escrito a los pocos meses de haber regresado de
Houston después de mi endocarditis, me sentí en paz con Dios. Lo
necesitaba tanto en mi corazón, que mi poema fue dirigido a Él. Con el
tiempo comprendí cómo, mediante ese poema, buscaba hacer un acuerdo
con Dios. Eso me daba la anhelada certeza de que viviría más tiempo.
Necesitaba suplicarle que alejara a ese fantasma de mi vida, si es que
era para llevarme, que me diera la oportunidad de disfrutar.
Original:
For sure some day, I’ll be there with You
For sure some day, I’ll stay by your side
But I can’t go now, there’s too much to do
Even if I wanted to, I’ve got to live my life through
Life isn’t easy as many may say
But there’s for sure something I have to state
I just can’t go anywhere, there is a determined place
I’ve got to choose first, to go the right way.
You’ll be waiting for me, I already know
There is just no way, you would say no
So I can’t go now, there’s too much to do
But for sure some day, I’ll be there with You.
Traducción:
De seguro algún día, contigo estaré
De seguro algún día, a tu lado permaneceré
Pero no puedo ir ahora, hay mucho que hacer
Aún si lo deseara, mi vida entera debo recorrer
La vida no es sencilla como muchos dirán
Pero de seguro hay algo que tengo que afirmar
No puedo ir a cualquier sitio, hay un lugar especial
Debo escoger primero, para seleccionar el ideal
Tú estarás esperándome, eso yo lo sé
No hay forma alguna de que lo puedas negar
Así que no puedo ir ahora, hay mucho que hacer
Pero de seguro un día, contigo estaré.
A la Señora Wolcott, el poema debió decirle muchas cosas sobre mí.
Nunca hablamos al respecto, pero ella sabía que yo era mucho más
sensible en comparación a cualquier otro de sus alumnos con respecto al
tema de la muerte. Para mí era sencillo hablar sobre ese tema y Ráfel
ahora me acompañaba de forma poética, profunda, no me abandonaba.
Terminamos la secundaria y mis amigas no me notaban diferente. Para
ellas, yo había sido alguien absolutamente normal, igual a las demás.
Fueron pocas quienes se preguntaron en algún momento si mi vida
estaba en riesgo por mi problema cardiaco. No era un tema que tratara con
frecuencia, si acaso lo comenté abiertamente a dos o tres amigas. Lo hice
sólo para explicarles cuando no podía seguir el ritmo de ellas al caminar,
correr o hacer algún deporte.
Ellas siempre me dijeron que demostraba mucha seguridad; sabía
perfectamente lo que quería y sentía. Mis valores y convicciones eran
inamovibles. Nos juntábamos en casa de alguna de ellas e invitábamos a
los muchachos a visitarnos. En nuestras reuniones nos divertíamos con
distintos juegos. Participaba en todos, menos cuando se trataba de correr.
Cuando estábamos en la preparatoria, íbamos a caminar a El Centrito,
un lugar donde los jóvenes nos reuníamos. Si ibas ahí, debías estar
dispuesta a la posibilidad de ligar, es decir, conquistar a alguien. Y vaya
que funcionaba ese paseo, tanto que dos de mis amigas conocieron ahí a
sus ahora esposos. Hacíamos el circuito de una gran cuadra. A mí me
parecía eterno y ridículo tener que caminar, cuando podíamos esperar a
que los muchachos pasaran frente a nosotras, pero no: era preciso caminar
como todos los demás. Muchas veces simulaba comprar algo en una gran
farmacia con entradas por ambas calles del circuito y deambulaba
mientras recobraba la respiración para seguir avanzando.
Más o menos calculaba el tiempo para llegar al otro lado y
encontrarlas.
Mientras tanto, veía revistas, tomaba agua y curioseaba.
Sé que era atrevida en algunas situaciones. No siempre pensaba en las
consecuencias de vivir de manera tan apresurada y con tanto entusiasmo.
Algunas veces tomé decisiones equivocadas, pero siempre estuve
dispuesta a poner mi corazón y esfuerzo en todo lo que me comprometía.
Quizás tenía razón la señora Wolcott cuando me dijo, años después, que
poca gente a mi edad tenía mi fuerza interior y mis ganas de vivir. Gozaba
la vida al máximo. Tenía que experimentarla, pues Ráfel a veces estaba
muy cercano y, como siempre, me susurraba:
-Aquí estoy. No lo olvides: vamos de la mano.
SIEMPRE ATREVIDA
Quince años
Todos tenemos dudas. Yo decido si me detienen o me
ayudan a avanzar.
Como adolescentes, no alcanzamos a comprender la gravedad de ciertas
cosas. Tal vez se deba a la ingenuidad, o simplemente no consideramos
nuestras limitaciones.
Con los años todo cambia: la inocencia de los adolescentes desaparece,
sustituida por la efímera idea de la inmortalidad. Yo en cambio, me sabía
mortal y si me arriesgué y fui algo intrépida, fue porque era la única forma
de vivir ciertas experiencias antes de morir. Mi enorme ventaja fue que
mis riesgos fueron bastante medidos.
Mi juventud fue mágica. Disfruté como cualquier adolescente esa edad
en la que existen los príncipes y las princesas, en la que los castillos se
construyen en la mente y nada es imposible.
Tuve varios novios, el primero, a los catorce años. Me sentía dichosa y
toda una mujer adulta. Me daban permiso de verlo una o dos veces a la
semana y cuando iba a visitarme, nos sentábamos en la terraza de la parte
de enfrente de mi casa. Fue una relación muy linda pero nos veíamos muy
poco. Cuando me visitó en Houston, fue quizás la vez que más tiempo
compartimos. Terminamos cuando yo estaba por cumplir dieciséis años.
Varios meses después me relacioné con otro novio. Este noviazgo fue
uno de los más importantes de mi juventud, pero ambos teníamos el
carácter fuerte y con frecuencia discutíamos. Aunque nos queríamos
mucho, terminamos un poco antes de cumplir dos años de relación.
Un día, fui en el automóvil por Enrique Luis, mi hermano, a su
entrenamiento de fútbol americano, a unas cuadras de donde vivía mi
novio. No traía zapatos, pues me los quitaba para ir más fresca. Al pasar a
un lado de su casa, volteé a verla y sólo oí un rechinido y un golpe: un
carro me chocó de frente.
Terminé con un pie roto cuando intenté frenar. Estuve enyesada por
seis semanas. En ese estado fui a clases todos los días, no dejé de salir con
mis amistades y hasta enseñé a una de mis amigas a manejar. Nada me
quitó la capacidad de enseñarle y dar vueltas en el estacionamiento de la
prepa. Además era un carro de transmisión manual, difícil de maniobrar:
un Dodge Dart 1975, apodado entre los amigos como “La Cafetera”.
Mi única forma de moverme era utilizando muletas. El esfuerzo que
hacía para desplazarme era agotador; ahora tenía una buena excusa para ir
lento y permitir que me tuvieran alguna consideración. Lo más cansado
era caminar del estacionamiento hasta las aulas. Al principio me costó
mucho andar en muletas. Llegar a mi clase del tercer piso era lo más
preocupante, pues subir las escaleras era casi imposible: no tenía fuerzas y
mucho menos oxígeno para aguantar.
Me las arreglé para que mis amigos me ayudaran a subirlas. Me
sentaba en una silla y entre dos o tres me cargaban. Me sentía como la
Reina Cleopatra, llevada en el palanquín hacia mi destino cargada por mis
súbditos, y mis amigas ayudaban con mis libros y mis muletas. Era
divertido, e intentaba ver el lado amable de mi limitación.
En esa época me inscribí con las amigas de la preparatoria a un equipo
de softbol. Siempre me gustaron los deportes. Disfrutaba mucho verlos,
pues prácticamente no podía practicarlos. Mi madre casi se va de espaldas
cuando supo que entraría al equipo. Yo era buena para atrapar y tirar
bolas, así que convencí al entrenador de darme una oportunidad. Me
aceptaron y muchas veces sólo caminaba alrededor de la pista mientras las
demás corrían. Me la pasaba atrapando y lanzando la pelota con otras
compañeras. Además, era la excusa perfecta para estar con mi novio, pues
me iba a ver jugar.
Me divertí mucho. Nadie me preguntaba la razón por la que casi no
corría en los entrenamientos. Sólo recuerdo haber entrado a jugar en dos
ocasiones. Me poncharon de inmediato; no pude llegar a primera base a
tiempo, pero lo intenté. Nunca falté a ningún entrenamiento o juego.
No me importaba ser parte de la porra; sentirme parte del equipo y que
me aceptaran tal como era, bastaba.
Después hubo dos o tres novios más. Uno de ellos sólo por un día.
En la mañana acepté iniciar la relación, pero para las ocho de la noche
ya me había arrepentido y terminamos. Muchos años después nos
reencontramos y aún hoy en día lo considero uno de mis grandes amigos.
Mis amigas se burlaban porque también tuve un novio de carta:
Alberto, abogado igual que yo, un gran amigo con quien compartí la
composición de algunos poemas y una canción. Fue mi novio de
correspondencia por algunos meses. Con él compartí mis más grandes
miedos y anhelos. Como todo nos decíamos por carta, sin vernos, para mí
fue mucho más fácil abrir mi corazón y revelar mis temores sin ninguna
reserva. Fue una linda experiencia, me sentía muy cerca de él. Esa
relación no duró mucho pues él jamás regresaría a Monterrey y yo no
tenía planes de cambiarme de ciudad, apenas iniciaba la universidad.
Años después, me enteré de que Alberto murió de un paro cardiaco.
Sí: murió del corazón. Me dolió mucho cuando lo supe. ¿Cuántas veces
le dije que quizás yo no llegaría a disfrutar de muchas cosas que tantos
dan por hecho? Y resultó que él fue quien partió primero. Comprobé que
nadie, ni con corazones normales, tiene la vida asegurada.
Tuve otro novio con el que duré apenas tres semanas, y fue el más
guapo de todos. A la tercera semana me dijo que su ex novia lo buscó y
me preguntó si le daba tiempo de pensar. De inmediato accedí, que lo
pensara, pero que no volviera. Yo sabía que cuando un hombre te dice “no
eres tú, soy yo”, eso ya está terminado. En el fondo siempre supe que
nunca le gustó que yo no pudiera acompañarlo a andar en bicicleta y
escalar montañas, como lo hacían las novias de sus amigos. Me sentí
presionada a seguirlo en muchos momentos, pero no quería hacer el
ridículo y me negaba.
Me las arreglaba para que ninguno de ellos notara mi angustia cuando
me tomaban de la mano y miraban con atención mis uñas. Mis manos eran
largas, como de una pianista, quizás hermosas, pero las uñas moradas
desde siempre, me ponían nerviosa, y no permitía que las miraran por
mucho tiempo.
-Tienes unas manos hermosas, lo único malo son tus uñas, se ven
extrañas -me dijo uno de mis novios alguna vez.
Ese comentario me atravesó el alma, porque además no podía hacer
nada para cambiarlo: no me interesaba ponerme uñas postizas pues mis
uñas eran demasiado abombadas y anchas para colocarlas en las mías.
Mi mamá me propuso pintármelas y tampoco quise, pues eso sólo era
hacerlas más notorias.
Intentaba no amedrentarme: mis uñas ya no me definían. Tenía otras
cosas que ofrecer y lo que hacía era distraer astutamente a quien me
incomodaba con su mirada. Al menos intentaba convencerme de eso.
Sonreía y veía la forma de distraer la plática con alguna conversación
interesante. Mi habilidad con las palabras fue una de las mejores
herramientas para reponerme de esos momentos.
Sin embargo, distraerlos no era suficiente. Me herían los comentarios,
las miradas me hacían enojar. Ya no con Dios, ni con la vida, o con mis
padres, sino con la gente carente de la capacidad de ver más allá de lo
físico, que señalaban algo diferente sin darse cuenta del daño que podían
producir con sus comentarios. Quería gritarles que fueran empáticos, que
se pusieran por un momento en el lugar de los demás.
Esto mismo hubiera hecho en el kínder cuando tenía cinco años, pero
como no podía hacerlo, me escapaba con mi abuela. Ese recurso ya no era
tan fácil de utilizar, pues ahora era más consciente de lo que pasaba, pero
del mismo modo, necesitaba evadirme.
Estoy segura de que muchas veces desquitaba mi frustración con mis
padres y mis hermanos. Casi siempre la familia es la receptora de enojos y
desesperaciones por lo ocurrido fuera de casa. Todo eso tenía que ver
conmigo misma, con mis dolencias, con mis limitaciones, y la familia
muchas veces es el suave colchón donde puedes caer y no duele tanto un
golpe.
Mis amigas decían que tenía una manera muy peculiar de atraer a los
hombres. Que mi sensualidad estaba en mis palabras y agilidad de
pensamiento. Me atribuían la habilidad de ver hacia el interior de cada
uno, y descubrir lo necesario. Sabía mirar a los ojos y a través de ellos.
Ojalá hubiera sido así. Es cierto que a veces podía entender más allá de
las palabras y escuchar al silencio. Pero no siempre fui atinada y por
supuesto con algunas personas, tendría grandes errores de percepción.
Mi último novio lo tuve a los veinte años; con él me casé al año y
cuatro meses de que iniciamos el noviazgo. Yo tenía veintiún años y él
veintiséis.
QUÉ HARÉ EL RESTO DE MI VIDA
Graduación de secundaria
Caminando por la vida comprendí que lo
importante no es saber lo que uno tiene, sino aceptar
lo que uno vale.
Poco antes de terminar la preparatoria, a los diecisiete años, debía decidir
qué haría el resto de mi vida. Escoger una carrera no es cosa sencilla para
nadie, y para mí tampoco lo fue. Mis padres estaban preocupados pues no
deseaban que me exigiera demasiado, pero tampoco querían frenarme.
Ya había vivido lo que ni mis padres ni yo hubiéramos imaginado.
Sobreviví los primeros años y superé enfermedades y dificultades
durante mi niñez. Mi cuerpo parecía haber encontrado un equilibrio y
seguí adelante en la pubertad y adolescencia. Terminé la secundaria, la
preparatoria y seguía con más vida que nunca. Estaba segura de que
estudiaría una carrera, me casaría y hasta tendría hijos. Me visualizaba
perfectamente con un maletín preparándome para ir al trabajo; así también
veía el día de mi boda, vestida de blanco. Podía imaginarme cuidando a
mi bebé, cambiando pañales y disfrutándolo. Ver todo muy claro en mi
mente me alentaba. Pero por otro lado, también reconocía otra realidad:
vivía de puro milagro, sin comprender por qué yo sí y otros no.
Entonces cuestioné de nuevo la Justicia Divina. Me frustraba no
entender los motivos de Dios. Si Él fuera justo, daría a todos por igual las
mismas oportunidades, las mismas herramientas. Cada uno de nosotros
hacía lo que quería con lo que tenía, pero yo no entendía cómo un niño
con quien me tomé una foto cuando estuve en Houston, a tan corta edad,
hubiese decidido darse por vencido. No alcanzaba a comprender cuál era
la diferencia entre alguien como yo y aquel niño que murió.
Me preguntaba si podía hacer algo para ayudar a esos niños a vivir.
Yo estaba viva a pesar de mi corazón descompuesto y eso no lo podía
decidir un niño.
Me quedaba sin respuestas al hacerme estos cuestionamientos. Yo no
era Dios, ni podría darle salud a quienes no la tenían, pero al menos quería
intentar algo. Si hubiera tenido a Dios frente a mí en esos momentos,
hubiera armado todo un caso abogando por justicia. Hubiera desahogado
pruebas y apelado cualquier sentencia que no me pareciera lógica y justa
para esos niños. Sentí de algún modo el deber de justificar mi vida a pesar
de mi corazón, a diferencia de quienes no habían corrido con suerte.
Decidí estudiar Ciencias Jurídicas (Leyes) para intentar comprender la
justicia humana y ver si en el camino comprendía un poco más a Dios.
Y así fue: leímos tantos libros de filosofía y ética, que todo empezó a
tener sentido. Leímos a Aristóteles, a Platón y hasta a San Agustín, entre
otros autores. Todos trataban el tema de la justicia, pero hasta que leí a
éste último encontré la paz interior, pues decidí dejar entrar esta idea:
“Nacemos y en nuestra alma está impresa la ley natural de justicia”.
Para San Agustín, la justicia es Dios. La ley eterna y su reflejo en el
alma, como la ley natural, es la regla moral y universal, y a ella deben
ajustarse todas las acciones humanas. De la práctica de la justicia nace el
derecho, que puede ser natural o basado en la costumbre.
El problema no era que Dios no impartiera justicia a todos por igual,
sino que es el hombre quien deja de actuar como por naturaleza debería.
En nuestro interior, todos sabemos perfectamente cuando algo no está
bien y cuando hacemos daño a los demás, simplemente nos negamos a
verlo. Pero eso no significaba que las circunstancias bajo las cuales nace o
vive cada persona dependan de quién imparte justicia.
Entonces comprendí: una cosa era impartir justicia, y otra, que a
quiénes se les impartía fueran personas iguales y vivieran bajo las mismas
circunstancias. Sabía que eso era imposible. Esto me hacía mucho sentido
y coincidía con mi forma de pensar.
Concluí finalmente que la vida se vive y Dios no es responsable de
cada uno de sus acontecimientos. El sólo hecho de nacer ya implica un
riesgo. Dios no controla todo lo que sucede con la raza humana como si
fuéramos títeres, pues si bien nos creó a su imagen y semejanza, vivimos
en un plano físico en donde la naturaleza se rige por sus propias leyes.
En ella ocurren fallas a todas las especies por igual. Debemos
asumirlas con nuestra libertad como seres humanos y aprender a vivir con
ellas de la mejor manera posible. Las circunstancias son distintas para
cada persona: unos nacen sanos, otros no tanto.
A mí me tocó ser de los que nacimos con una enfermedad. ¿Por qué?
Porque en el plano físico, la naturaleza es imperfecta. Qué acciones
tomamos cada uno, así como el sentirse enfermo o no, es decisión
personal. Al menos, los seres humanos nos defendemos un poco de la
naturaleza con la medicina. Lo único indistinto en cada ser humano es la
posibilidad de amar. El amor por uno mismo y por los demás puede lograr
cosas inimaginables.
Dios no era un invento del hombre, más bien el hombre fue un diseño
de Dios para manifestar su amor y perfección. Pero esa perfección habita
en el alma, no en el cuerpo. La justicia no está en aquello que nuestros
sentidos perciben, va mucho más allá de lo visible. Como dijo el zorro en
el libro de El Principito: He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien
sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
Dios y yo nos hicimos mejores amigos cuando de nada servía enojarme
por algo que no parecía justo y era mejor aceptar las circunstancias.
Maduré y entendí que no poseía toda la verdad. Las circunstancias
cambian, sólo el amor prevalece.
A veces veo todo ese proceso que pasé como una preparación para
luego dejar huella o marcar la vida de alguien en el futuro.
Dejé de preguntarme por qué vivía yo y no otros. Acepté mi buena
fortuna y comencé a disfrutar mi vida y, como mi madre me enseñó,
empecé a dar gracias por todo. El culpable no era Dios. Me desistí del
caso y encontré la paz. Se hizo justicia en mi interior. Comencé a amarme
como no lo hice antes.
Quizás estaba viva porque las circunstancias fueron favorables para mí,
porque tuve a unos padres maravillosos que nunca me limitaron y siempre
me alentaron; porque mi cuerpo y espíritu no se habían dado por vencidos
y mi alma estaba llena de amor por la vida. Quizás estaba viva porque
quería estarlo. Acepté que Dios me cuidaba y no cuidaba menos a los
demás.
Empecé a disfrutar mucho más mis estudios, entendiendo que aplicar la
Ley, tenía un sentido natural proveniente de Dios. Además, tuve la
oportunidad de convivir mucho con mi abuelo paterno, Enrique, notario
público, quien me invitó a hacer mi servicio social con él. Se sentía
orgulloso de que su nieta hubiera decidido seguir su profesión.
En ese tiempo, conviví con mucha gente con la que me identifiqué por
nuestra forma de pensar y ver la vida. Conocí a Carmen, quien vendría a
ser uno de los más grandes apoyos de mi vida. Sosteníamos largas
conversaciones sobre los valores y principios que nos regían y nos
divertíamos organizando debates de distintas filosofías y formas de
pensar.
Carmen no pudo ir a mi boda por haberse cambiado de trabajo a otra
ciudad. Me dolió mucho, pero ella se encargó de organizarme una
despedida con muchas amigas de la universidad.
-Lástima que no te veré en mi boda, en verdad te voy a extrañar.
-Ya verás que nos veremos pronto. Los amigos de verdad siempre se
reencuentran cuando más se necesitan.
Era 1986, no había más que teléfono y correo postal para contactar a
alguien en otra ciudad. Las largas distancias eran muy costosas y el correo
podía tardar semanas en llegar. Todo eso nos distanció por un tiempo. Sus
palabras fueron muy acertadas y tuvieron gran significado.
Muchos años después nos reencontramos, efectivamente, cuando más
la necesité.
MADUREZ
LA BODA
Cada persona que conoces es una oportunidad; es un regalo que te da
la vida para aprender. Aunque a veces no lo parezca.
Tenía veinte años cuando me enamoré de un hombre soñador, lleno de
planes y proyectos para el futuro. Me gustaba su forma de tratarme y
conquistarme. Él tenía veinticinco años cuando nos conocimos. Siempre
sentí que se guardaba algunas cosas y no me dejaba ver por completo su
corazón como me hubiera gustado. No daba muchas explicaciones cuando
le cuestionaba algo, pero parecía ser un hombre de fe, como yo deseaba.
Me hizo sentir dichosa, amada y sin miedo a un futuro a su lado.
Desde que me cortejaba hablé con él sobre mi corazón. Le hice saber
que nací con ese defecto físico y todo lo que esto implicaba. Para mí era
importante seguir saliendo con alguien con quien pudiera hablar
libremente de lo que me sucedía. No quería sorpresas ni engaños, sino
transparencia y sinceridad.
Muy pronto me acostumbré a que mi novio fuera un hombre diferente.
Él tenía una gran habilidad para convencer a cualquiera de sus ideas, a
pesar de lo ilógicas que pudieran parecer. Entre su familia tenían una
broma que muchos años después terminaría de comprender.
-Siempre, sin perder tu prestigio, haces lo que quieres -le decían sus
hermanas.
Y todos se reían con él. Utilizaban la palabra prestigio refriéndose a su
reputación impecable, educada y con gran estilo. No importaba lo que
hubieran acordado, si por alguna razón él quería hacer algo distinto, decía
que sí con mucha educación y seriedad pero terminaba haciendo lo otro.
No peleaba con nadie, llevaba la fiesta en paz, y al final hacía lo que
quería, a su modo.
Desarrollé la paciencia y aprendí a esperar, pues él siempre tenía
motivos para llegar tarde a cualquier sitio. A mí me habían enseñado en
casa la puntualidad ante todo. En nuestra primera cita, llegó una hora
tarde, pero no quise darle importancia, dio un buen motivo y yo estaba
ilusionada.
Sin embargo, ese siempre fue un tema de discusión durante nuestro
noviazgo. Aún a la sesión fotográfica para la boda llegó tarde. Al menos
traía un ramo de rosas rojas que calmaron un poco mi angustia, mientras
me tomaban las fotografías posando sola. La seriedad de mi semblante en
algunas de ellas, refleja las dudas por las que pasaba. “¿Llegará? ¿Y si lo
pensó mejor y no quiere casarse?” Pero conservaba la esperanza de que
llegara, pues tarde o temprano siempre lo hacía. Cuando lo hizo, se
iluminó mi rostro y olvidé cualquier angustia.
Siempre me sentí muy agradecida; él lo sabía y quizás lo aprovechaba.
Valoraba que me amara y que no le importara si no lo acompañaba a
todas sus actividades deportivas, como lo hacían las novias de sus amigos.
Me sentía afortunada de tenerlo a mi lado.
Yo había tenido novios de mi edad, éste era cinco años mayor,
aparentemente maduro y atractivo. Él me decía que era muy hermosa, me
trataba muy bien, era caballeroso como mi padre y aseguraba querer
cuidarme y protegerme. Me olvidé de mis uñas y empecé a hacer a un lado
todos esos miedos de que al hombre que me amara le desagradarían.
Con él sentía que estaría a salvo, me sentía femenina, sana y nunca me
hizo sentir enferma.
Tuvimos una discusión unas semanas antes de la boda. Estábamos
cenando pizza en un pequeño restaurante. Él tenía actitudes que en mi
interior me incomodaban y me hacían dudar. Tomé el anillo de
compromiso y empecé a darle vueltas alrededor de mi dedo. Él sólo me
observaba.
-Siempre haces lo que quieres sin tomarme en cuenta. ¿Tú crees que
esto va a cambiar? ¿Crees que podremos acordar nuestras decisiones?
-Claro, son formas de ser diferentes. No puedes venir conmigo a la
bicicleta ni a escalar, y no digo nada, así te acepto. No le des tanta
importancia.
-Por supuesto que le doy importancia. ¿Cómo puedo saber si cuando ya
estemos casados harás las cosas a tu modo sin considerar mi opinión?
Eso para mí es importante.
-Te tomaré en cuenta siempre que sea necesario. Te amo mucho, eres
alguien muy especial. Nadie te va a querer como te quiero. Nos
acostumbraremos a nuestras formas de ser. No te preocupes, por favor.
Sus palabras me daban tranquilidad. Me sabía amada, pero sentía que
faltaba algo. Ese algo que a veces no se encuentra porque no es la persona
adecuada, o porque se trata de encontrarlo en quien nunca lo tendrá.
Quizás si en ese momento no aprovechaba esa oportunidad para
casarme y disfrutar un poco la vida en matrimonio, nunca podría hacerlo.
Quería mucho a mi novio y deseaba formar una familia con él, pero
también en el fondo sabía que estaba atrapada en el agradecimiento. Él lo
sabía.
A veces el amor se confunde con tantos otros sentimientos: miedo a
quedarse solo, deseo o gratitud, entre tantos más. Caemos en la utopía de
un amor que se sobrepone a cualquier barrera sin tomar en cuenta todos
los elementos que pueden llevar al fracaso.
Un día, hablé con mi padre. Le dije que a veces mi novio me
desesperaba mucho, me era difícil entenderlo. Mi padre escuchó, me hizo
ver que todos tenemos cosas que nos desesperan de otros, pero debemos
ser pacientes y tolerantes. Lo importante era que él me quería y me trataba
bien. Quizás pensó que exageraba y me recomendó no darle importancia a
sus defectos. Sin darme cuenta, coloqué un velo frente a mis ojos con el
cual dejé de ver lo que no me gustaba para poder seguir adelante.
Mis padres hablaron con él sobre mi salud a los pocos días de nuestro
compromiso. Le comentaron que yo tenía un problema serio de corazón, y
que en realidad no tenían idea de cuánto tiempo podría vivir con buena
salud. Fueron totalmente claros y se aseguraron de que no se casara a
ciegas, de que supiera que su novia quizás no sería capaz de tener hijos, y
podría quedar viudo muy joven. El tema no fue sorpresa para él pues ya
estaba enterado de todo. Éramos dos jóvenes enamorados y con toda la
ilusión de vivir nuestra vida juntos. Me sentía dichosa y muy agradecida
porque a él no le importaba mi enfermedad.
Sentí que me quería lo suficiente para seguir adelante conmigo.
Además cuando dijo a mis padres que eso no cambiaría su decisión, los
enamoró igual que a mí.
Ahora entiendo la precaución de mis papás, ambos eran personas
responsables y no querían que él y su familia se sintieran engañados. En
mi corazón, no pude dejar de sentirme lastimada, pero sabía que tenían
razón. El fantasma de la muerte no me abandonaba ni ante la promesa que
la vida me hacía. Con cada evento importante de mi vida aparecía la
posibilidad de morir. No era sencillo, pero sabía que la mejor manera de
afrontarlo era visualizando lo que anhelaba para mi vida, y no pensar en lo
que no viviría.
Fue una boda muy hermosa, llena de amigos y familiares queridos.
Lo ideal hubiera sido que yo terminara mi carrera antes, pero para mí,
el tiempo apremiaba y ésta era la oportunidad de vivir plenamente por si
mi vida se complicaba o acababa.
Iniciamos nuestro matrimonio con muchas actividades. Me levantaba
muy temprano para ir a clase en la mañana, llegaba a hacer la comida y
regresaba a la universidad por la tarde. Mi marido trabajaba todo el día.
Nos veíamos para comer y siempre cenábamos juntos. También nos
unimos a un pequeño grupo de estudio bíblico una vez a la semana.
Aprovechábamos los fines de semana para reunirnos con amigos y
familiares.
Los primeros dos años todo parecía ir muy bien y el negocio de mi
esposo prosperaba. Pudimos viajar y comprar cosas nuevas para la casa.
Todo lo hacíamos juntos. A los pocos meses de casados, comenzamos
a hablar sobre la posibilidad de tener un hijo. Deseaba con toda mi alma
darle a mi esposo un pequeño fruto de nuestro amor. Yo no sabía qué
pasaría conmigo, pero sí que con amor y la bendición de Dios,
lograríamos traer al mundo a un pequeño ser y dejar en él o ella nuestro
legado; seguramente la ciencia encontraría alguna forma de mantenerme
con vida. Me sentía confiada y segura.
Fueron muchas las visitas a los doctores en búsqueda de un
ginecólogo. Nuestro deseo por ser padres y encontrar a algún médico que
accediera a acompañarnos en este proceso, era lo que nos ocupaba.
Algunos de ellos no quisieron hacerse cargo de mí por lo difícil de mi
caso.
Decían que las posibilidades de que tuviera grandes complicaciones y
muriera eran muy altas. En aquel tiempo creí que no se preocupaban por
mí, sino por su imagen, aunque hoy sé que no es así. Me limitaba a
asentir, pero mi corazón sólo escuchaba mi propia voz de fe y confianza.
Mi madre también estaba muy inquieta: ver a su hija, viva a pesar de
todos los pronósticos, arriesgar todo por un embarazo, le parecía una
locura. Mis hermanos, mis abuelos, mis amistades, todos dudaban de mi
sano juicio.
La única que creía que Dios me concedería un hijo era yo. Y claro, mi
esposo quien fue la bendición más grande en ese momento para mí. No
sólo me apoyaba, también me impulsaba a creer en ese sueño y confiar en
que todo estaría bien. Sólo él pudo haberme acompañado en semejante
aventura. Confiábamos en que Dios nos permitiría ver reflejado nuestro
amor en un hijo. Teníamos algunas dudas y conversábamos mucho. Le
decía a mi marido que si mi cuerpo no lograba un embarazo cuando lo
buscáramos, esa era la señal para desistir, pero que debíamos intentarlo.
No sabía si lo lograría, pero me quedaba claro que si no lo intentaba,
siempre me quedaría con la incógnita. Lo único que me importaba en ese
momento, en lo único en lo que yo me fijaba, era en que mi esposo me
apoyaba totalmente.
A pesar de entender las advertencias de los médicos y familiares, había
algo en el corazón y en el alma que se negaba a creerlo. Cada noche
imaginaba cómo sería mi vida con un bebé caminando sus primeros pasos
por la casa. Lo deseaba con todo mi corazón, lo imaginaba y lo dibujaba
en mi mente. Delineaba su rostro y su sonrisa con mis pensamientos. Me
ilusionaba la idea de tener a un pequeño ser en mi vientre, moviéndose y
disfrutando del comienzo de su vida dentro de mí. Recorría sus deditos,
sus uñas, los talones de sus pies, su diminuto cuerpo, los hombros y
bracitos; podía ver su boca perfecta y rosada, su sonrisa, así como sus ojos
cerrados y grandes pestañas. Era increíble mi capacidad de visualizar esa
belleza aún por existir.
Esperaba un milagro. Desde niña, mi querido fantasma de la muerte
Ráfel me acompañaba, pero mi sentido de supervivencia era mayor a
cualquier limitación física. Mi deseo de ser madre y formar una familia,
superaba cualquier recomendación médica y eso hizo la diferencia.
Admito que podría parecer una irresponsabilidad, una falta de madurez
y de sensatez. Para mí, era construir un sueño donde nadie podía ver el
final más que yo misma. Lo sentí desde que cargaba a mi muñeca Dora, y
el dolor tan grande vivido esa noche cuando me la arrebataron. Lo supe
desde que cargaba a Marcela, mi hermana, cuando yo tenía tan apenas
siete años. Cada célula de mi cuerpo se preparó para hacer realidad lo que
mi mente y mi fe se propusieron. Esta vez no dejaría que me arrebataran a
mi bebé, ni permitiría que llorara tanto como Dora lo hacía.
Lo cuidaría y lo protegería.
Por las noches, antes de dormir, sostenía largas conversaciones con
Dios. Le pedía que me hiciera el milagro, pero también le suplicaba que
mi esposo no se decepcionara si algo se complicaba. Sentía que le debía
tanto, y ésta era una forma de corresponder a su amor: dándole un hijo.
Otros doctores me dijeron que debía tomar en cuenta que, si mi vida se
veía comprometida con el embarazo, era preciso tener bien claro qué hacer
en ese momento: decidir entre la vida del bebé o la mía. Me explicaron
que normalmente escogen a la madre, pues podría tener más hijos y el
bebé no tendría posibilidades de vida. No me convencía de que eso era lo
correcto. La vida de un bebé, sobre todo el mío, era prioritaria.
Todo eso me atormentó por meses mientras visitamos especialistas en
la búsqueda de un hijo.
Finalmente, visitamos a mi cardiólogo, el doctor José Luis Assad, para
conocer su opinión, confiaba mucho en él. En esa visita él entendió que la
única recomendación que no estaba dispuesta a seguir, era la de no
intentar concebir. No mostraba mucho entusiasmo, como era natural, pero
su profesionalismo nos daba tranquilidad. Entonces nos recomendó con un
especialista en embarazos de alto riesgo: el doctor Humberto Espinosa.
Decidimos ir con él, pues era imprescindible estar en manos de un médico
que pudiera cuidar de un embarazo tan riesgoso, como seguro sería el mío.
Este ginecólogo fue muy práctico. Le expliqué mi deseo de ser madre,
a sabiendas del enorme riesgo.
-Ustedes quieren tener un hijo y el diagnóstico nos indica que Ana
Cecilia no debería arriesgarse, pero debemos tomar en cuenta su deseo de
ser madre. Vamos a darle la oportunidad a tu cuerpo a que responda si es
posible o no. Tendremos a tu cardiólogo cerca. Confiemos en que la
naturaleza nos vaya guiando -concluyó viéndome a los ojos.
Después de escuchar eso, me tranquilicé, feliz de que ambos,
ginecólogo y cardiólogo, confiaran en que nuestra fe y deseo serían
suficientes para lograr este arriesgado sueño. Y es que hoy sé que no les
agradecí que me acompañaran a lo desconocido: nadie con mis
características había tenido un hijo, pero tampoco nadie había vivido hasta
mi edad con estas circunstancias físicas. A mi modo de ver, las
posibilidades de lograr traer un hijo al mundo eran enormes en contraste
con la ciencia que me decía que era imposible. Todos mis sentidos, mi
cuerpo, mi mente, mi corazón y mi espíritu me gritaban que era mi destino
ser madre.
Pero debía esperar un poco: me casé un año antes de terminar la
carrera, y para entonces estaba por terminar mi último semestre, así que
me prometí concluir mis estudios antes de embarazarme. Esto no era tarea
fácil, pues no podía usar cualquier método anticonceptivo: mi circulación
y oxigenación se deterioraban con facilidad con algunos medicamentos
hormonales.
Estaba en los últimos exámenes finales de mi carrera, cuando tuve mi
visita de rutina al ginecólogo.
El doctor me revisó y dijo que todo estaba bien, que no había nada de
qué preocuparme, pero necesitaba hacerme unos estudios. Observó alguna
irregularidad y requería estar seguro de qué se trataba. Esa misma mañana
fui a tomarme algunas muestras de sangre, según indicó el doctor
Espinosa.
Imaginé muchas cosas. A pesar de que el médico no precisó para qué
eran esos análisis de sangre ni me angustió, yo sentía mariposas en el
estómago. Durante la comida, mi esposo y yo hablamos del tema. Por un
lado no queríamos hacernos ilusiones, pero por otro lado, a los dos nos
invadía la impaciencia. No estábamos buscando un embarazo aún, pero
sabíamos que cabía la posibilidad de que eso fuera lo que el doctor
observó. El quedó de llamarme más tarde para saber los resultados.
Las malas noticias eran las últimas que pasaban por mi cabeza. Al día
siguiente presentaba mi último examen final; hice todo, menos estudiar: la
posibilidad de que los resultados reflejaran mi embarazo, me emocionaba
mucho y no abandonaba mi cabeza.
Llevaba semanas, meses, años, quizá mi vida entera esperando ese
momento. No sólo tenía la oportunidad de vivir, sino que además, ahora le
estaba pidiendo el privilegio de brindar vida a otro ser. Era uno de los
momentos más importantes de mi existencia. Esa tarde llamé al doctor
para que me diera los resultados. Estaba nerviosa, no me salía la voz.
Mi lengua y labios estaban más secos que un desierto y apenas pude
tragar algo de saliva.
-Doctor Espinosa, soy Ana Cecilia González. Llamo para ver si recibió
los resultados de mis análisis.
-Ana Cecilia, muy buenas noticias. ¡Felicidades, estás embarazada!
Todo parece indicar que llevas tres semanas de gestación.
Me temblaron las piernas y enmudecí. Sentí que la sangre se me iba a
los pies. Me senté en la silla más cercana y con voz temblorosa pedí que
me repitiera la noticia. Mi rostro se iluminó por completo. No cabía la
sonrisa en mi cara. Mis pies comenzaron a moverse sin control y los
tacones de mis zapatos no dejaban de sonar “tic tic tic tic” mientras
hablaba con él.
-¿Entonces no hay duda, doctor? ¿Puedo avisarle a mi esposo que
estamos esperando un hijo?
-Claro que sí, felicidades. Puedes comunicarle a toda tu familia que
van a ser papás -dijo con tono de entusiasmo.
-Gracias doctor. ¡Estoy feliz, completamente feliz!
-Lo sé, ahora debes cuidarte mucho porque tu bebé depende de ti.
Me sugirió ir a ver a mi cardiólogo para comenzar una vigilancia muy
estricta y cuidadosa.
Estaba embarazada; ahora comenzaba toda una aventura, un proyecto,
una vida. Tenía a un pequeño ser en mi vientre. Me invadía una emoción
enorme, quería anunciarle al mundo la noticia. Dios me concedió el
milagro de concebir. Mis pensamientos retumbaban en mi cabeza. No
podía terminar de asimilarlo. Muy dentro de mí, surgió el miedo que no
sentí antes, de no lograr hacer realidad mis sueños y mis anhelos. Pero era
mucho más grande mi confianza. Mi cuerpo frágil, débil y limitado,
albergaba una vida.
Nada, absolutamente nada, podía opacar mi felicidad. Haría lo
necesario para traerla al mundo, pues desde el momento en que me supe
embarazada, mi corazón me dijo que sería una niña.
Apenas me enteré de la noticia, llamé a mi mamá. Ella escuchó mi voz
y adivinó que algo importante estaba sucediendo.
-Mamá, vas a ser abuela. Estoy embarazada.
Suspiró profundamente y me felicitó. Me hice a la idea de que estaba
tan dichosa como yo. Ella fue muy discreta y se esforzó por sentirse feliz.
Quiso expresar su alegría, pero aún hoy en día puedo escuchar ese suspiro.
Cuánto miedo había en ese momento. Sé que debió tener destellos de
emoción y alegría, iba a ser abuela por primera vez, pero ¿a qué costo? No
quise descifrar ese suspiro, sólo me quedé con sus palabras de felicitación.
La realidad era que no me preocupaba mucho lo que ella, mi padre, mis
hermanos o amistades pensaran. Quizás ni siquiera los hubiera escuchado
de haberme comentado algo. Hoy en día sé que me hubiera dicho a mí
misma lo que inconscientemente me dije ese día: no escuches, no te
angusties, ella está feliz, esa es la única forma de sobrevivir.
Ahora entiendo que a mi madre la embargaba un miedo terrible: la vida
de su hija, estaba ahora más que nunca en peligro. Mi mamá respetó mi
decisión y no pudo más que acompañarme y alegrarse conmigo durante mi
embarazo. Finalmente, eso es lo que hace una madre: estar al lado de sus
hijos, a pesar de cualquier circunstancia, aunque ésta representara riesgo
de morir. En el fondo de mi corazón sentía que debía darles momentos
alegres, compensando un poco tantas dificultades pasadas durante mi
niñez.
Nunca pensé en mis padres, en su dolor, el miedo que sentirían, la
angustia por la que pasarían. Quizás de joven se pierde esa sensibilidad y
por eso se logran tantas cosas. Sólo en esa etapa somos capaces de
arriesgar tanto. ¡Pobres padres! Nunca se me ocurrió pensar en que les
arrebataba el sueño una vez más.
Mi marido no me llamó como acordó, así que debía prepararlo todo
para darle la sorpresa al futuro papá. Busqué serpentinas, cartulina y todo
lo que pudiera tener en casa para darle la noticia. Pegué el mensaje a la
entrada de nuestra casa para que, al abrir la puerta, encontrara la sorpresa.
Ese día él llegó tarde; el rótulo se cayó varias veces y tuve que volverlo
a pegar. Pero no importaba, él saltó de emoción cuando al fin lo vio. Nos
abrazamos y anunciamos la noticia a toda la familia.
La duda existía, no puedo negarlo, pero me sobreponía a mis temores
pensando en la maravilla del resultado final: mi bebé.
Quise creer que todos apoyaban mi proyecto, pero apoyarme en esa
travesía, era lo más pesado que una madre, un padre o una familia entera
podía hacer debido a mis circunstancias. Me emocionaba la idea de darles
su primer nieto, al menos creía que eso les haría olvidar un poco lo duro
de sus primeros años de casados con una hija desahuciada. Lo único que
deseaba era ser mamá y disfrutar a ese bebé en mis brazos.
Estaba convencida de que debía vivir plenamente. Era responsable de
mis decisiones, de mis acciones y de las consecuencias. Pero me negué a
creer que aquella aventura de ser madre, pudo haber terminado en
tragedia. Mis pensamientos fueron atrevidos pero de gran convicción.
Siempre visualicé mis metas logradas, nunca me detuve a ver los
obstáculos, pues si lo hacía, comenzaría a morir y no era mi tiempo
todavía.
Apliqué lo mismo que hice conmigo toda mi vida, pero ahora era por la
vida de alguien más: mi bebé.
Al día siguiente, cuando llegué a la universidad, traía una cara que no
dejaba disimular que algo increíble sucedía. El maestro lo notó y me
preguntó si pasaba algo. Le expliqué de mi embarazo y que dudaba si
podría lograrlo.
Parecía que se hubiera desatado una fiesta en el salón de clase. Todos
me felicitaron y me abrazaron. Entonces el profesor revisó sus notas y
decidió no aplicarme el examen. Me exentó como regalo por mi
embarazo.
Todos aplaudieron y apoyaron al maestro. Me sentía eufórica y, por
supuesto, acepté. Firmé el cuaderno de notas del profesor y obtuve un
noventa y ocho de promedio final en esa materia.
Terminé mis estudios. Ahora sólo faltaba la tesis. Estaba segura de que
encontraría la forma de hacerla. Mi embarazo fue el mejor regalo para el
final de mi carrera profesional.
EMBARAZO
Llega un momento en que cuidarme a mi es protegerte
a ti.
Los doctores sabían de los riesgos, pero confiaban en que mi fe y mi salud
me alcanzarían para vivir y ver nacer a mi bebé. La realidad era que ellos
no podían hacer más que acompañarme en ese proceso de la mejor manera
posible, pero todos los conocimientos y pronósticos médicos eran poco
alentadores. Las estadísticas simplemente no existían, no había registro de
mujeres con esta cardiopatía capaces de concebir ni de dar a luz a un bebé.
-Tus probabilidades de abortar son muy grandes, será una tarea difícil.
Hay altas posibilidades de retardo de crecimiento intrauterino y tu
condición física puede deteriorarse seriamente -me dijo el doctor Espinosa
cuando iniciaba mi embarazo.
Eso lo sabía pero trataba de no asustarme, pues cada vez que me sentía
amenazada de algún modo, Ráfel aparecía con más fuerza. Por momentos
sentí que debía sacar las garras y defenderme a toda costa de quien fuera
para que no se llevaran a mi bebé. Ahora más que nunca me aseguraría de
que por ningún motivo a Ráfel se le ocurriera llevarme a mí tampoco con
él. Mi único consuelo era la certeza de que él me quería a mí, no a mi bebé
y quizás eso lo detendría y hasta nos cuidaría a ambos.
No lo sabía. A veces, cuando hacía una oración para pedirle a Dios por
mi embarazo, lo recordaba.
-Mantente lejos, por lo que más quieras. Déjame disfrutar mi
embarazo, no te acerques demasiado -le decía convencida de que me
escuchaba.
Rápidamente olvidaba esa preocupación y me concentraba en lo
importante. Me convertí en portadora de vida y de esperanza.
Repentinamente, me encontraba en un estado casi celestial. Era tanto lo
que deseaba ser madre y ahora comenzaba esa aventura. Mi cuerpo
completo se preparaba para ello. “Qué grande es Dios”, pensaba. “Qué
maravillosa es la naturaleza”.
Con el ginecólogo tenía largas pláticas y me daba cuenta de cómo él
buscaba siempre la forma de darme ánimos. Me contaba muchas historias
de éxito con embarazos de alto riesgo. Me preguntaba qué hacía durante el
día y cómo llenaba mis horas mientras estaba reposando. Creo que
intentaba darse una idea de mi estado de ánimo y mi fortaleza emocional.
En mi visita mensual, también veía al cardiólogo. Cuando llegaba con
el doctor Assad, revisaba mi corazón y presión. Me alentaba diciendo que
todo se veía muy bien, que mi corazón estaba portándose de maravilla.
Siempre me hizo sentir que sí se podía, a pesar de que pudo haber
estado muy preocupado. No dudo que lo estaba, pero me apoyó, y nunca
me transmitió esa angustia.
Con los años me di cuenta de que los doctores fueron mis cómplices en
esta locura de traer al mundo a un hijo.
Con tanto apoyo, me sentía dichosa, feliz y llena de vida. No creo
haber vivido meses más plenos como esos ocho meses y medio que duró
mi embarazo. El ginecólogo me puso en medio reposo. Esto significaba
descansar en casa sin mucha actividad física, pero no necesariamente
acostada. Me dedique a leer, escribir y componer canciones con mi
guitarra. Escuchaba la música que me gustaba, como Mocedades, Silvio
Rodríguez y Pablo Milanés, entre otros. A veces también dedicaba un rato
a la oración; platicaba con Dios y con mi bebé. Tenía la ventaja de poder
quedarme en casa. Yo confiaba en que a mi esposo le fuera bien en su
negocio.
Escribí mucho sobre el significado de estar embarazada y el valor tan
grande que representaba llevar una vida en el vientre. Llené cuadernos que
tristemente perdí en nuestro primer cambio de casa. Conservo la esperanza
de que algún día aparezcan.
Los primeros tres meses de embarazo fueron tranquilos. Pasaron sin
ningún inconveniente. Mi esposo y yo íbamos a estudios de la Biblia una
vez a la semana y tratamos de estar cerca de la Iglesia. Asistíamos a misa
los domingos, visitábamos a la familia y regresábamos temprano para que
me recostara. La señora Fina me ayudaba con el aseo de la casa, pero en
ese tiempo yo cocinaba, hacía las compras necesarias y llevaba las
cuentas.
Al tercer mes de embarazo, oí el corazón de mi bebé por primera vez.
El día de mi primera ecografía, llegué al consultorio médico como me
lo pidieron: con la vejiga llena. Estaba enferma del corazón y de eso no
me estaba muriendo; ahí sentía que moría pero por la vejiga. El dolor era
insoportable. Lo peor fue la eterna espera para pasar a la sala del
ultrasonido. Creí que tendría que darme por vencida, desistir a esa espera,
decir que ya no entraría al consultorio, que regresaría cuando mi bebé
estuviera más grande y no tuviera que entrar con la vejiga llena.
Además, me parecía que a nadie le importaba. Pero resistí.
Hubiera querido tener con quién quejarme, a quién decirle lo que
sentía, pero no podía. Iba sola, pues por una u otra razón, en muchas
ocasiones mi esposo no podía llegar a tiempo ni a mis visitas médicas. Ese
día quedó de llegar sin falta pero algo lo entretuvo. Me dolía porque era la
primera vez que escucharíamos el bello sonido del pequeño corazón de
nuestro hijo. Tenía la esperanza de que en cualquier momento apareciera.
Me citaron a las cuatro y media. Eran las cuatro cuarenta y aún no me
pasaban al consultorio. Deseaba con toda mi alma escuchar su voz
anunciando su llegada, pero nada. ¿Qué motiva a una persona a estar
ausente en momentos así?
Tampoco quise pedir a mi madre que me acompañara. Lo último que
deseaba era dar explicaciones. Nada debía eclipsar el gozo de los bellos
momentos que estaba viviendo. Nunca platiqué con mis amigas sobre
estos temas, era poner en mal a mi marido y no quería hacerlo. Además,
estaba feliz, eso no afectaría mi sentir.
Ese día, con la vejiga llena, por fin me hicieron pasar al consultorio y
me recostaron en la camilla. El doctor comenzó a recorrer mi vientre con
el doppler fetal. Era tan incómodo que sentía que en cualquier momento
mojaría las sábanas por la presión que ejercían. Un empujón más fuerte y
habría vaciado mi vejiga frente a la enfermera y el doctor. Pero eso no
importaba en lo absoluto, podía resistir cualquier incomodidad, lo que
deseaba era saber que todo iba bien. Oía ruidos extraños pero no
alcanzaba a distinguir la imagen. De pronto me pidió el doctor que
guardara silencio y escuchara con atención. Ahí estaba: un tun tun, tun tun
acelerado que no dejaba de sonar. La pantalla mostraba que el pequeño
corazón latía a ciento cuarenta latidos por minuto. Sólo pensaba en lo
hermoso de ese sonido. Mi bebé estaba ahí, lo estaba escuchando.
Además, podía ver en la pantalla una lucecita que se encendía y se
apagaba en una pequeña masa de sombras: su corazón.
Me preocupé un poco y pregunté al doctor que si no era demasiado
rápido ese latido. Sonrió y me dijo que esa velocidad era excelente. Todo
iba de maravilla. Apenas pude distinguir la imagen pero según el médico,
todo parecía ir a la perfección. Era imposible negar la existencia de
Dios en mi vida. Sólo Él podía hacer ese milagro. Era tanta mi
emoción que mi corazón casi podía latir al mismo ritmo que el de mi bebé.
Una sonrisa iluminaba mi rostro por completo. Me costaba trabajo creer
que era real, que un pequeño cuerpecito estaba dentro de mí y yo le daba
vida. Volteaba al cielo y agradecía a Dios por ese milagro. Fue uno de los
momentos más hermosos que atesoro en mi corazón.
Estábamos por terminar, cuando llegó mi marido. Lo hicieron pasar de
inmediato. Oyó al médico decirme que todo estaba bien y se mostró muy
contento. Alcanzó a ver las últimas imágenes. Conversaron un momento
y, mientras yo iba al baño, le permitió escuchar una pequeña grabación de
los latidos del bebé.
No quise reclamarle nada, no gastaría energía en eso. Me sentía plena.
Olvidaba su impuntualidad cuando veía su felicidad y cómo me
cuidaba.
Cualquier cosa era insignificante pues imaginaba que sería muy buen
papá. No me quejaba, aceptaba las cosas en mi relación como eran. No
subí mucho de peso, pues mi pequeño crío era muy pequeñito y mi cuerpo
estaba concentrado en mantenerse equilibrado entre el embarazo y mi
propia enfermedad.
A partir del cuarto mes de embarazo tuve que mantenerme en cama la
mayor parte del tiempo. Estaba por cumplir cinco meses cuando sentí por
primera vez que mi bebé se movía. Fue algo mágico. El ser que llevaba
dentro tenía vida y lo podía sentir. Me podía pasar horas esperando,
guardaba silencio y no me movía para intentar percibirlo una vez más.
¡Qué sensación más hermosa!
En mi caso, el riesgo de mortalidad era muy alto, pues todo estaba en
mi contra. Sin embargo, mi cuerpo se encargó de hacer que el tamaño de
mi bebé fuera tan pequeño que no representara un riesgo físico mayor por
el peso.
Los siguientes meses los pasé viendo documentales televisivos.
Además leía todo lo que encontraba para prepararme para la llegada de
mi hijo, en especial temas optimistas. El estudio de Biblia se llevaba a
cabo en nuestra casa cada semana para evitar moverme. También decidí
leerla más, pues no la había leído completa. Fue el mejor alimento que me
mantuvo sana, fuerte y positiva.
Mis ocupaciones eran entre amigos y visitas de doctores. Cuando tenía
consulta médica, mi marido pasaba por mí, pues ya no debía manejar. A
los siete meses de embarazo, tuve una infección estomacal que aumentó el
peligro de mi salud y estabilidad física. Hasta entonces había aumentado
cinco kilos en total. Tras dos días con diarrea, ya había perdido un kilo y
medio. Me veía ojerosa, cansada y mi esposo, muy angustiado, me llevó
de inmediato al médico.
Por obvias razones no podían darme muchos medicamentos. Nadie
podía creer que llevaba siete meses de embarazo. Parecía que tan sólo
llevara tres o cuatro por el tamaño de mi vientre.
Estuve hospitalizada por unas horas mientras me administraban suero.
Todos temieron que hubiera alguna complicación, pero yo nunca dudé.
Sabía que saldría de ahí sin problemas. Hacía tiempo me había
prendido de una frase de Henry Ford:
“El mejor automovilista es aquél que conduce con imaginación:
imagina que su familia va con él en el auto”.
Imaginaba perfectamente mi llegada a casa sin problemas.
Muchas veces me visualicé como uno de esos primeros Ford T Nafta
del año 1919. Para mí, en mi vientre estaba conduciendo a mi familia y no
importaba lo pesada de la carga, o qué tan mal se encontrara el motor,
simplemente me resistía a parar. Podía echar humo, cascabelear, tener una
llanta ponchada: yo seguía andando. Era cuestión de jalar la manija y darle
vueltas para que volviera a arrancar. Mi determinación para que mi cuerpo
y organismo estuvieran funcionando para lograr que mi bebé llegara a mis
brazos, era suficiente para no parar. Yo era la mejor conductora de mi
vehículo. Rendirme no era una opción.
Poco después me realizaron la segunda ecografía. Gracias a Dios esta
vez no me pidieron entrar con la vejiga llena. Casi lloré de
agradecimiento. Mi marido me acompañó y los dos pudimos disfrutar del
espectáculo de nuestro primogénito en acción. Era pequeñito,
perfectamente formado. Tenía dos piernas y dos brazos, cada uno con sus
cinco deditos. Su cabeza era perfecta y abría y cerraba los ojos. Pataleaba
y movía las manos a gran velocidad y luego se tranquilizaba. Los latidos
de su corazón eran fuertes y estables.
El doctor nos preguntó si queríamos saber el sexo, pero respondimos
que no. Deseábamos que fuera sorpresa.
Mis amigas me visitaban con mucha frecuencia. Cuando llegaban a
verme, como no podía bajar y subir escaleras, aventaba las llaves por la
ventana para que ellas entraran. Me acompañaban en esa espera mientras
yo tocaba la guitarra y cantábamos. Era increíble la felicidad de tenerlas
siempre a mi lado. Me hacían reír, llenaban mi día con todas sus historias.
Cocinaban y me llevaban de comer a mi recámara. Siempre teníamos algo
de qué conversar. Algunas somos amigas desde segundo de primaria,
donde las conocí. Otras fueron acercándose al grupo con los años y otras
más eran amigas de mi hermana que se convirtieron en grandes amigas
mías. Con altibajos, nunca han dejado de estar ahí, y han sido mis grandes
Amigas del Alma.
Con ellas aprendí lo que significa ser incondicional a pesar de la
distancia. Ellas fueron, y siguen siendo, uno de los tesoros más grandes
que Dios me dio para poder sortear lo que vendría después del nacimiento
de mi bebé.
Muchas veces cuando llegaba mi marido, la casa estaba llena de
amigas o mi madre estaba de visita. Gracias a Dios él se divertía con ellas
y se quedaba tranquilo de que no pasaba sola todo el día.
Mi bebé ya podía moverse y constantemente lo sentía. Las últimas
semanas tuvimos largas conversaciones: “Recuerda, mi amor: eres un ser
precioso, sumamente deseado, te amo aun sin haberte visto y sé que Dios
tiene grandes planes para ti. Cuando llegues serás un instrumento para
otros. Ayudarás a mucha gente y Dios te permitirá el don de la palabra
para levantar al caído y consolar al que sufre. Serás un ser humano
entregado a sus hermanos y disfrutarás la vida con intensidad. Sabrás
valorar y amar a cada persona por quién es y no por lo que posee,
agradecerás siempre el privilegio de vivir y de ser amado”, le decía una y
otra vez.
Mi mamá me ayudó a escoger el edredón y las sábanas para la cuna.
Ella iba por mí a casa, bajaba las escaleras con mucho cuidado, y me
iba con ella de compras. Averiguó a donde llevarme para que yo no
tuviera que caminar mucho y simplemente escogiera y comprara las cosas
para la recámara de mi bebé.
Estaba previsto que me harían una cesárea, y la programaron para la
semana treinta y ocho. El día del parto llegó una semana antes. Nunca
tuve amenaza de aborto ni problemas con el embarazo, pero cualquier
circunstancia externa me ponía en aprietos.
La noche anterior tuve muchos escalofríos. Mi madre se preocupó esa
mañana cuando le dije cómo me sentía. Llamó de inmediato a mi marido y
le pidió que no dejara pasar más tiempo; que me llevara al médico, que si
él no podía, ella me llevaría. Temía que esos escalofríos fueran una mala
señal.
Amanecí con muchos deseos de limpiar la casa, arreglarla y dejar todo
muy ordenado. Limpié el baño, tallé muy bien la regadera y el lavabo.
Bajé a la cocina, saqué todo para la comida, y le pedí a la señora que me
ayudaba que cocinara un platillo diferente. Tenía ganas de un pastel de
atún con verduras. Le expliqué cómo hacerlo y se lo anoté en una libreta
para que no lo olvidara. Salí a la lavandería y me aseguré de que no
quedara nada de ropa sucia. Lavé todo lo que estaba pendiente y separé la
ropa para planchar.
Preparé mi maleta con mis cosas y las de mi bebé con total convicción.
Según el calendario aún faltaba una semana para el parto, pero esa mañana
sentí que debía tenerlo todo listo.
Mi esposo llegó por mí después del mediodía. Yo no entendía por qué
estaba en casa. Me dijo que mi madre le pidió hablar con el doctor, y que
éste me estaba esperando. Fuimos a la cita médica pero dejé mi maleta, la
comida, la lavadora andando, y a la señora del aseo en casa. Estaba segura
de que volvería en una hora a más tardar para disfrutar el pastel de atún y
descansar. No fue así.
Cuando llegué al consultorio de mi ginecólogo, me revisó y se dio
cuenta de que ya tenía casi cinco centímetros de dilatación. Por mi umbral
al dolor, siempre tan alto, no me percaté de que me encontraba en trabajo
de parto. En cualquier momento mi bebé nacería. No sentía dolor,
solamente me sentía extraña. Mi doctor no podía creerlo.
-¿De verdad no sientes nada?
Entonces pregunté si todo estaba bien.
-Claro. Todo está bien, es sólo que tu bebé ya quiere nacer.
Me dijo que fuera en ese momento al hospital. Él llegaría veinte
minutos después. Nunca me han gustado las sorpresas, y como este
cambio lo era, me resistí a dejar todo lo que había preparado en casa.
Regresamos ahí por insistencia mía. Recogí mi maleta y la pañalera. Me
aseguré de que la ropa hubiera quedado planchada y guardada en su lugar.
Le pedí a la señora limpiar muy bien la estufa y dejar todo arreglado antes
de irse. Tuvo que llevarse a casa la comida que yo con tanto detalle le
había indicado cómo preparar.
Mi marido estaba desesperado porque no dejaba de dar instrucciones,
pero todavía me tomé el tiempo para llamar a mi madre para darle los
pormenores. Le pedí que se encargara de avisar a mis amigas. Los padres
de mi marido estaban fuera de la ciudad, así que él no aviso a nadie de su
familia en ese momento.
Finalmente salimos hacia el hospital. Ya eran cerca de las dos de la
tarde. Empecé a ponerme nerviosa. Me sentía muy bien, fuerte y con
ánimo, pero camino al hospital, me asaltó la duda de si estaba bien mi
bebé. Me distraje preguntándome si sería Ana Paula o Adrián Gerardo
quien estaba por llegar. Esos eran los nombres elegidos.
Llegamos diez minutos más tarde de lo previsto. Me esperaban mi
ginecólogo, mi cardiólogo y la sala de cirugía. Me subieron en una camilla
en preparación al parto. Cuando me recosté, el doctor Assad bromeó.
-Mira nada más: parece que estás un poco infamada del estómago, eso
es todo. Qué darían tantas mujeres por conservar tu figura.
Todos nos reímos. Parecía que tuviera cuatro meses de embarazo.
Mis padres y hermanos llegaron unos minutos después. Me dieron su
bendición al igual que mi esposo porque los médicos se apresuraron a
llevarme a la sala de cirugía. No estaba en una sala normal de partos.
Fue tan importante y tan raro mi caso, que mandaron llamar a muchos
médicos para atestiguar semejante evento: la cesárea de una madre con un
severo problema de corazón.
Llegó la anestesióloga y me pidió ponerme de lado para comenzar con
la sedación epidural. Al darme vuelta vi la gran cantidad de doctores en la
sala. Comencé a temblar sin parar por nervios o miedo y la anestesióloga
no podía proceder.
-Ana Cecilia, ¿estás bien? ¿Pasa algo? -preguntó el doctor Assad.
-Me siento muy incómoda, ¿por qué hay tantos médicos aquí? ¿Qué
pasa? No entiendo para qué tienen que estar todos aquí viéndome.
Me sentía expuesta, como cuando era niña y me examinaban como a
un bicho raro. Asumí que algo estaba mal.
El doctor se dio cuenta de que tanto interés por parte del cuerpo
médico estaba poniéndome nerviosa y con una señal pidió a todos que se
retiraran.
Estaba asustada y emocionada, pues pronto conocería a mi hijo.
Cuando llegó el doctor Espinosa para iniciar con la cesárea, mi corazón
empezó a latir de manera irregular, situación que luego se convirtió en una
arritmia. Por primera vez en todo mi embarazo sentía eso. Todo el proceso
normal de cesárea cambió en ese instante.
-Ana Cecilia: vamos a dormirte completamente. Queremos hacer la
cesárea lo más rápido posible para que el doctor Assad pueda hacerse
cargo de tu corazón.
Accedí. De pronto sentí miedo y frío. Tras años de ausencia, ahora la
cercanía de Ráfel era evidente: yo estaba en peligro. Me colocaron una
máscara de oxígeno y me durmieron. Cuando desperté, seguían con la
cirugía pero los doctores ya estaban conversando.
-Tuviste una niña, chiquita, pero muy sana -dijo el doctor Espinosa.
Descansé en ese momento y me sentí feliz. Ana Paula había nacido.
-Quiero verla, ¿dónde está?
-Tu bebita está bien, se la llevó el neonatólogo para revisarla y ponerla
en una incubadora. Podrás verla en cuanto terminemos.
Me llevaron a cuidados intensivos para dejarme en observación.
Acababa de tener a una niña de un kilo seiscientos cincuenta gramos, que
medía cuarenta y un centímetros de largo; estaba perfectamente sana y
madura, pero no me dejaban verla. Ella estaba en una incubadora sin su
madre y yo en cuidados intensivos sin mi hija. Ansiaba conocerla pero no
tenía opción, pues era necesario monitorear mi corazón hasta que se
estabilizara.
Todos se fueron a comer mientras me recuperaba. Avisaron en la sala
que podía pasar un familiar. La primera visita que recibí en cuidados
intensivos fue la de mi prima Karen, con quien jugaba desde pequeña.
Ella llegó sonriente, feliz y con muy buenas noticias. Vio a Ana Paula
y dijo que estaba preciosa, lo cual me alegró mucho.
Cuando me pregunto por qué la vida me ha dado tanto, me quedo sin
explicaciones y sólo puedo dar gracias.
A los pocos minutos llegó mi esposo, luego mis padres y hermanos. Mil
preguntas pasaban por mi mente y todas las hacía:
-¿Cómo está Ana Paula? ¿Está completa, está sana? ¿Cómo es? ¿Cómo es su
cabello? ¿Ya la escucharon llorar? ¿Cómo llora?
-Está hermosa, muy chiquita, pero reaccionando de maravilla. Ya hizo pipí y
popó, así que todo va bien. Pronto podrás verla -decía mi marido.
Fueron muchos amigos a visitarme y todos afirmaban lo mismo. Me
tranquilizaba que la hubieran visto y me repitieran que mi hija estaba bien.
Al día siguiente, ya recuperada de las arritmias y sintiéndome más
fuerte, me condujeron a mi habitación. Luego me llevaron a ver a Ana
Paula al cunero, donde seguía en incubadora. No me dejaron cargarla
porque estaba en observación, pero pude acariciarla y hablar con ella.
Lloré. Era un milagro, logré traer a una niña al mundo. Ana Paula
estaba viva y yo también.
-Así es como te imaginaba, hijita. Tu carita, tus ojos y tu boca, tu
cuerpecito es perfecto. No te falta nada. Eres una hermosa creación.
Gracias por estar aquí, gracias por llegar a mi vida-, le decía mientras
la acariciaba.
Ella sentía cuando yo llegaba. Volteaba su carita al escuchar mi voz y
se calmaba si estaba llorando. Las enfermeras decían que nuestra
comunicación era increíble.
Al segundo día de mi estadía en el hospital, llegó el doctor Espinosa
para valorarme. Mi habitación estaba llena de amigos y familiares. Se
asombró y preocupó mucho por ver a tanta gente. Yo estaba frágil y podía
contagiarme de cualquier virus por más inofensivo que pareciera.
-Muy buenas tardes. Sé que Ana Cecilia está muy feliz de verlos aquí,
pero les pido que no le roben oxígeno a mi paciente. Sólo pueden visitarla
dos personas al mismo tiempo. No la saluden de beso. No quiero
arriesgarla en lo absoluto -dijo en un tono suave pero firme.
Todos salieron poco a poco, unos apenados y otros con sonrisas
pidiendo disculpas al doctor. Sólo sonreí y asentí. Mi ginecólogo tenía
razón: debía cuidarme.
Ana Paula se quedó diecisiete días en incubadora. Después de que fui
dada de alta, mi esposo me llevaba al hospital y yo pasaba el día entero
esperando para darle de comer y pasar el mayor tiempo posible con ella.
Al principio no podía darle pecho, pero la alimentaban con mi leche
mediante una jeringa. Introdujeron un tubo muy delgado y suave desde su
boca hasta su estómago. Así estuve alimentándola los primeros cinco días.
Ella succionaba un chupón y se desesperaba porque quería más
alimento. Entonces, el neonatólogo decidió introducirla al biberón, uno
pequeño con un chupón muy suave y delgado. Estaba tan chiquita al
principio, que no querían que gastara energías succionando mi pecho.
Tres días antes de ser dada de alta, pude dárselo y lo aceptó muy bien.
A los siete días de nacida me dejaron cargarla. Fue una sensación
hermosa. Había aumentado unos cuantos gramos de peso. Su pequeño
cuerpo, de apenas un kilo setecientos cincuenta gramos, era perfecto. Su
manita apenas llenaba el espacio de la huella digital de mi pulgar. Abrió
los ojos y me sonrió.
-Hijita, qué hermosa eres -le decía mientras ella respondía con más
muecas parecidas a una sonrisa.
Entonces pude comprender un poco todo lo que mi madre pasó
conmigo y lo difícil de la espera. Días y noches sin descansar, esperando
el momento de estar con su hija: así me encontraba ahora. La diferencia
era que yo tenía a una hija pequeña, pero perfectamente sana.
Cuando pudimos llevarla a casa fue un gran día. Pesaba un kilo
novecientos gramos. Nos dieron indicaciones para sus cuidados. Sentía
que traía a mi pequeña muñeca de porcelana en brazos. Por fin tenía a mi
bebita para mí sola. La abrazaba, la besaba y no dejaba de admirarla.
El pediatra y mi ginecólogo se encontraban ahí ese día. Cada uno me
daba sus recomendaciones.
-Las dos deben cuidarse mucho. Si te empiezas a sentir mal, cansada o
con alguna molestia, de inmediato dejamos el pecho y le damos biberón a
tu bebita. Para eso hay muy buenas leches preparadas -decía mi
ginecólogo
-Entre más tiempo puedas darle pecho, será mucho mejor para ella y
crecerá en defensas -decía por otro lado el pediatra.
Antes de llegar a casa con mi hija en brazos, fui a visitar al doctor
Assad. Quería darle las gracias por todo su apoyo.
-Gracias por todo, por creer en mí y por el apoyo tan grande que recibí
de su parte.
-No tienes nada que agradecer. Ninguno de nosotros hizo nada más que
acompañarte. Tú eres aquí la valiente y la de gran convicción. Gracias a ti
por permitirnos estar cerca. Tu corazón pasó por un proceso muy difícil.
No dejes de verme si tienes arritmias o mucho cansancio -dijo finalmente
mi cardiólogo.
Cada uno de los doctores tenía razón. Yo era la que tenía que medirme
y mi sentido común de mujer y madre, me guiarían.
Milagrosamente pude darle de mi leche durante cuatro meses. Dejé de
dársela cuando enfermé de una gripa y tuve que tomar antibiótico.
Fue una pena, pero me sentía satisfecha con lo que había logrado. Y no
sólo eso, llegué a producir tanta leche en esos meses que parecía un
manantial. Todos los días acudía a donar casi un litro al hospital donde
nació Ana Paula para así ayudar a algunos niños recién nacidos.
Cuando ella estuvo internada, me enteré de algunos casos de niños
muy prematuros y seriamente enfermos, cuyas mamás no producían leche
para ellos. Ellas estaban sanas, y sus hijos hospitalizados. Y yo, que se
suponía era la madre enferma, tenía suficiente leche para darles a ellos y a
mi hija. En el hospital me enseñaron a vaciar la leche en unos botecitos
esterilizados para evitar contaminación alguna. Decían que no había nada
mejor para un niño que la leche materna. Fue hermoso sentir que ayudaba
a darle vida a otra vida que apenas comenzaba.
Me dediqué a cuidar a mi hija y a disfrutarla. Aprovechábamos
cualquier ocasión para vestirla hermosa y sacarla a pasear. Había que
atenderla mucho, pues por su tamaño, requería de más cuidados que un
niño normal.
Al tercer mes de nacida llevé a Ana Paula al pediatra. Ella pesaba lo
mismo que hacía un mes. El doctor se preocupó y me indicó que mejor no
le diera pecho, que regresáramos al biberón. Podía continuar dándole mi
leche, pero para ella era mucho más sencillo alimentarse con biberón y así
no gastaría tanta energía, y eso hice.
Fue subiendo de peso poco a poco, y para los ocho meses de edad se
había recuperado por completo.
Años después mi ginecólogo Humberto Espinosa me hizo llegar una
carta muy hermosa:
Antes que nada, quiero decirte que tal vez tú seas una de las pacientes
más especiales, o la más especial, que he tenido a lo largo de veinticinco
años de carrera profesional. Quiero aclarar que todas las pacientes son
especiales, pero algunas lo son un poco más que otras, dependiendo de su
problema médico, en este caso obstétrico.
Este embarazo se logró gracias a tu voluntad y tu determinación a ser
madre. Alguna vez te mencioné que tus posibilidades de abortar eran
grandes. Era muy difícil que tu embarazo llegara a término. Había altas
posibilidades de retardo de crecimiento intrauterino y, una vez terminado
el embarazo, corrías un gran riesgo de que tu condición física se
deteriorara. En fin: casi todo en contra, excepto tu fe en Dios de que nos
iba a ir bien. Y así fue.
Ana Paula y yo Ana Paula a los tres meses
ME SEPARÉ DE ANA PAULA
Cuando he vivido noches oscuras, me sostiene la certeza de que tarde
o temprano siempre saldrá el sol.
Conforme pasaron los meses, Ana Paula fue cobrando mucha más fuerza
y vitalidad. Al principio fue sencillo, podía cargarla, cuidarla, alimentarla.
Era una niña saludable, alegre, pequeñita y no me demandaba gran
esfuerzo físico. Cuando comenzó a gatear quería subir y bajar escaleras y
yo tenía que ir detrás de ella. Comía de maravilla y jugaba todo el día,
pero también exigía mucho mi atención.
Estaba tan emocionada que olvidé mi corazón, el cual resistió todo el
embarazo y el parto como un campeón, pero ya con la demanda física que
representaba Ana Paula, empezaba a rendirse. Mi espíritu iba tras ella,
pero mi cuerpo no podía más. A los nueve meses ya era difícil seguirle el
paso. Finalmente, ella no me necesitaba para sobrevivir; estaba sana,
fuerte y llena de vida.
Cuando Ana Paula iba a cumplir diez meses fuimos a hablar con mi
cardiólogo. Mi esposo notaba que algo me pasaba, pero pensó que era por
el agotamiento materno normal al cuidar a una niña, y hasta llegó a pensar
que me estaba volviendo foja para atenderlo a él. Le expliqué al doctor
que me costaba mucho trabajo subir un piso, que seguir a Ana Paula era
agotador.
Me hizo algunos estudios y revisiones y se puso en contacto con otro
médico. Después de un rato, nos mandó llamar de nuevo a su consultorio.
Dijo que había llegado el momento.
-Esto que te pasa ahora, es lo que hemos esperado desde que naciste:
una descompensación. Gracias a Dios no te había ocurrido, pero ahora
tienes que atenderte.
-¿Qué significa esto doctor? ¿Necesito una cirugía?
-Definitivamente. Tu corazón está batallando mucho para oxigenar y
por eso estás tan cansada. No es que te estés haciendo floja, ni tampoco
que la bebita te consuma mucho. Es tu corazón que necesita atención.
En ese momento mi esposo y yo nos miramos. En su mirada sentí su
comprensión y su preocupación por mi bienestar, pero también por el
aspecto económico. No tenía seguro de gastos médicos que cubriera
ningún aspecto de mi corazón. Cuando nací, no se acostumbraba contratar
ese tipo de seguros, y cuando mis padres lo hicieron, las condiciones
preexistentes no estaban cubiertas. Operarme representaría un gasto muy
grande, sobre todo si era en otro país, como nos lo indicó el doctor.
-Tu padecimiento es poco común, y en México no existe mucha
experiencia en cardiopatías como la tuya. Lo ideal sería que fueras a ver a
los expertos. En Houston ya tienen tu expediente médico, le han dado
seguimiento a tu caso y sé que podrán ayudarte.
El doctor Assad, se encargó de hacerme una cita en Houston. Fuimos
pensando que sólo iríamos a una revisión médica y quizás me darían algún
tratamiento. No teníamos idea de lo que estaba por venir.
Fuimos a ver a mis padres y les informamos que el doctor Assad nos
recomendaba ir a Houston.
Mi madre no se sorprendió. Desde hacía semanas estaba preocupada
por mí: un día me llamó por teléfono; yo me encontraba a unos pasos,
pero contesté muy agitada, como si hubiera escalado una montaña.
Hicimos los preparativos para dejar a Ana Paula en buenas manos.
La primera vez que dejé a Ana Paula, fue cuando ella tenía cinco
meses. Se quedó con mi madre porque mi esposo y yo habíamos ido con
un grupo de amigos a esquiar por una semana. No sé cómo supuse que
podría esquiar, pero iba con mis amigas y mi marido había aceptado, así
que no podía perder la oportunidad de convivir con ellas. No sólo no pude
hacer ninguna actividad, sino que el viaje me afectó mucho por la altura.
Me la pasé en el lobby del hotel descansando con otra amiga a quien
tampoco le interesaba esquiar.
Ahora dejaría a mi hija por circunstancias muy distintas, pero confiaba
en que sería cosa de unos cuantos días. Preparé la maleta con ropa,
biberones, leche, cobijas y juguetes. En el fondo de mi corazón sentía que
tendría algo de tiempo para descansar un poco. Cualquier actividad, por
mínima que fuera, me representaba mucho esfuerzo; supuse que
aprovecharía para descansar mientras mi madre cuidaba de Ana Paula.
-Yo me encargo de ella, no te preocupes. En cuanto tengan noticias,
nos llamas para ver si vamos allá para acompañarte.
-Sí, mamá. Espero que regresemos pronto con algún buen tratamiento.
Gracias por cuidar a Ana Paula.
Nos abrazamos y me quedé con un nudo en la garganta cuando Ana
Paula me dijo adiós con su pequeña mano y me mandó un beso. Ella
estaba feliz con su abuela. Ninguna de las dos imaginábamos cuánto
tiempo pasaríamos sin volver a vernos.
Mi marido y yo nos fuimos a Houston. Estaba tranquila, nadie mejor
que mi madre para cuidar a Ana Paula. Sabía que mi marido estaba muy
preocupado por el aspecto económico, y tenía razón: en caso de que
requiriera una cirugía, el costo ascendería a miles de dólares. Mis padres
estarían a mi lado, como siempre, a pesar de los apuros económicos por
los que atravesaban en ese momento.
Al llegar al aeropuerto tuvieron que llevarme en silla de ruedas, pues
no podía caminar más. Tuvimos la suerte de coincidir en el vuelo con
Gustavo, un gran amigo de la familia. Él fue quien empujó mi silla de
ruedas por todos lados mientras mi marido se encargaba de las maletas.
Al día siguiente llegamos temprano a nuestra cita. Los doctores estaban
muy sorprendidos de verme. No les parecía lógico todo lo que yo les
contaba que hacía. Cuando el doctor Nihill me revisó notó mi cirugía de
cesárea.
-¿Ningún doctor te dijo que no podías tener hijos?
-Sí, claro, me dijeron que corría un gran riesgo, pero confiamos en que
Dios nos cuidaría, y así fue.
Después de haber analizado mi caso, sugirieron hacerme un
cateterismo y programar la cirugía.
-¿Así de grave estoy, doctor?
-No podemos perder más tiempo, tu corazón está muy débil y pide
ayuda de manera urgente. Tenemos una nueva cirugía que estamos
seguros te ayudará.
-Pero debo avisarle a mis padres. No pueden operarme sin mi madre a
mi lado. ¿Dentro de cuánto tiempo sería esto?
-El cateterismo lo realizaremos pasado mañana y, a menos que éste nos
haga decidir otra cosa, tu cirugía será en cuatro o cinco días, a más tardar.
El mismo corazón con el que nací, completamente averiado, resistió mi
niñez, mi adolescencia, un embarazo y ahora, debía poder sobrellevar una
cirugía, tenía que hacerlo. En ese momento dejé de lado la posibilidad de
regresar pronto a casa y llamé a mis padres.
-Mamá, los doctores nos dicen que mi corazón está muy débil.
Necesitan hacerme un estudio, y con ese estudio definen qué procede. Lo
más probable es que necesite de una cirugía, de otro modo, no resistiré.
¿Podrán venir mañana?
-¡Válgame Dios! Vamos para allá. ¿Con quién dejamos a Ana Paula?
¿Cómo le hacemos?
Como los padres de mi marido se encontraban fuera de la ciudad, había
previsto que mi bebé se quedara con sus padrinos: Moisés y Pilar.
Ellos estaban felices de recibirla.
-Mamá, Pili irá por Ana Paula a tu casa. Por favor entrégale a ella todo:
pañalera, carriola, porta bebé para el carro, juguetes, ropa y zapatos.
Ella la cuidará hasta que regresen mis suegros.
Al día siguiente, mis padres iban en camino a Houston después de
haber seguido mis indicaciones. Se fueron en carro para desplazarse con
mayor facilidad. Mis hermanos aún estudiaban y Sandra trabajaba. No
pudieron acompañarme de inmediato.
SIGUIENTES CUATRO DÍAS
Aprendí que la mejor forma de superar cualquier dificultad es
mantener siempre el buen humor.
Los siguientes cuatro días fueron distintos para cada quién. Por un lado,
los doctores debían revisar mi caso, asegurarse de que la cirugía era lo
mejor para mí. Por el otro, mi familia y yo teníamos que prepararnos
mental y emocionalmente para lo que venía.
Me operaron en el hospital Texas Children’s, especializado en niños y
personas mayores con padecimientos congénitos muy complejos como el
mío. Todos ahí me recuerdan muy bien a pesar de los años, según me
compartió la doctora Roma Ilkiw, cardióloga pediatra quien después se
convertiría en una gran amiga mía. No tanto por mi nombre, pues es un
nombre común, sino porque recuerdan a esa joven madre a la que
operaron del procedimiento Fontan. Los doctores estaban sorprendidos
cuando aparecí para la cirugía por primera vez. Era como si viniera de otro
mundo. Se hacían muchas preguntas, en especial la doctora Roma, que de
inmediato sintió una enorme empatía conmigo. Yo era alguien
completamente diferente a lo que ella había visto, estudiado y atendido
hasta ahora. Ningún cardiólogo de su equipo había atendido a un adulto
con un problema congénito bajo circunstancias tan extraordinarias.
Cuando se reunieron al día siguiente, la doctora Roma y el equipo
médico se hacían muchas preguntas: ¿Dónde ha estado todos estos años?
¿Por qué no la han operado antes? ¿Por qué nadie le aconsejó no tener un
hijo, dado su problema cardiaco? Mi caso iba en contra de todo lo que le
enseñaron: se opera a un niño con una cardiopatía entre los tres y los ocho
años, de otro modo, no vivirá mucho más tiempo. Era inaudito tener un
embarazo bajo esas circunstancias, el riesgo es muy alto, tanto para la
madre como para el hijo. Todos estaban sorprendidos de lo saludable que
me veía, y la vida tan normal que llevaba.
Los médicos comentaban que nadie me prohibió actividades, ninguno
me impuso limitaciones. Me dediqué a hacer una vida prácticamente
normal y parecía ajena a la realidad que vivía, según las estadísticas
médicas.
Después de esa primera entrevista con algunos de los doctores más
importantes de cardiología en Houston, se vio la posibilidad de hacerme
una cirugía. Lo normal es tener una serie de reuniones antes de tomar la
decisión sobre cómo proceder con los pacientes. La doctora Roma llegó a
una conclusión y el equipo estuvo de acuerdo: yo demostré que hay más
maneras de ver el mismo problema y que con esto orillaba a todo el
cuerpo médico en el área de cardiología pediátrica, a examinar y
cuestionar a fondo lo que se les enseñó hasta ese momento. Fueron varias
horas de discusión sobre el tema Ana Cecilia.
La doctora Roma me comentó que los cardiólogos de mayor edad
tienen la mejor perspectiva en estas cosas, pues han atendido a pacientes
desde antes de que existiera la posibilidad de cirugía cardiaca, y conocen
la historia natural de muchos de estos defectos de corazón. Ellos tienen un
acercamiento de sentido común con el paciente. Las preguntas que surgían
en ellos eran: ¿Podremos hacer este procedimiento? Y ¿Debemos hacerlo?
Son materias muy distintas. De hecho, no todos los pacientes son aptos
para cirugía.
Decidir si se debe o no operar a un paciente depende muchísimo de la
lesión que éste tenga. Muchas veces, con lesiones cardiacas complejas, no
se está ofreciendo al paciente una cura definitiva, pues es imposible
rediseñar el corazón o sustituir estructuras vitales faltantes. Sólo se
intercambian una serie de problemas por otros que, con suerte, serán
menos serios y amenazantes para su bienestar. Los doctores deberían
decidir qué sucedería en mi caso.
Había mucha emotividad, pues era muy extraño tener a una paciente
casada, y además madre. Un cardiólogo pediatra normalmente sólo
maneja los problemas entre los padres y su hijo, mientras al niño se le
prepara para cirugía. Aquí tenían además la problemática entre esposos y
su pequeña bebé. Siempre existe la posibilidad de que un paciente no
sobreviva el proceso y, en mi caso, la pérdida implicaba tanto, que
ninguno de los médicos involucrados se sentía cómodo cuando se discutía
el tema. Pero también sabían que ellos debían atenderme, pues ningún
hospital de adultos había tratado casos como el mío anteriormente.
El cateterismo realizado a los dos días de mi primera visita mostró una
saturación muy baja de oxígeno, además de un corazón grande y
desgastado debido a la forma en que había vivido por veinticuatro años y
dado a luz a una hija. Era indudable: debían proceder.
Los doctores sabían que practicar una buena cirugía casi garantizaba
que el niño iba a estar mejor, pues su naturaleza es así. Un niño se
recupera con mucha rapidez porque su cuerpo es fuerte y tiene menos
desgaste. Pero además es evidente que no sólo está en juego el factor
fisiológico en una cirugía, sino el factor psicológico.
Los cardiólogos pediatras que me veían estaban acostumbrados al tipo
de psicología de un niño que no se da por vencido hasta lograr su objetivo.
Sin embargo, el enfrentarse con un adulto representaba otra historia, y se
preguntaban cómo estaría mi ánimo, mi salud mental y emocional.
Los adultos dejan de intentarlo, o simplemente no se esfuerzan tanto
como un niño por diversas razones, entre ellas, porque a veces tienen
información de más que no les permite abandonar sus prejuicios.
A pesar de que la doctora Roma y yo tuvimos oportunidad de
conversar en muchos momentos por las diferentes consultas, quedaba la
duda de qué tan preparada me encontraba para la cirugía. Nadie estaba
seguro de cuál era mi estado mental en ese momento.
Años después vi un reporte médico de la doctora Roma:
“Se ve alegre y segura, muestra gran empatía y habilidad para
comunicarse y conectarse con cualquier médico que la visita y habla con
ella”.
Cuando comenté esto con ella hace poco me dijo: “Tenías una sonrisa
mágica que parecía atraparlos a todos”.
Quizás yo tenía una gran sonrisa en ese momento, pero cuando mostré
la fotografía de Ana Paula de nueve meses, ellos supieron que sería una
luchadora aguerrida, que no me daría por vencida, y que estaría dispuesta
a pasar un inferno si fuese necesario, con tal de volver a ver a mi bebé.
No hay nada más fuerte que el lazo de una madre y un hijo. Yo tenía el
factor psicológico que se necesitaba, quería vivir y estaba lista.
Después del cateterismo nos citaron a todos; mis padres, mi marido y
yo estábamos ahí. Al confirmar que era necesaria una cirugía, mis papás
se quedaron sin habla. Esa noticia era como una espada que atravesaba los
cuerpos indefensos de mi familia. Yo intentaba explicarles el
procedimiento, pero para ellos fue muy difícil asimilarlo todo. Era mayor
el dolor que la capacidad de entender la noticia.
Mi mamá se sorprendió con la manera en que yo manejaba la
información. Para ella, yo trataba el asunto como si fueran a hacerle todo
eso a otra persona y no a mí. Hoy en día, ella recuerda que siempre fui
muy fuerte y evité angustiarlos, lo cual era cierto, pues yo sentía esa
responsabilidad. Pero sobre todo, yo veía una solución, y por eso me
resultaba tan simple. Mi madre, en cambio, en ese momento veía dolor y
angustia. Pero como dijo la doctora Roma en algún momento: “Uno
necesita la ignorancia para saber que lo imposible es posible, y suficiente
confianza para convertir lo imposible en realidad”.
Puedo imaginar lo difícil que debió ser esto para mi madre. Tenía
atravesado el corazón por mí. Todos estos años cuidando a su hija para
que nada ni nadie le hicieran daño, y ahora estaba en manos de unos
doctores que decían tener una solución para prevenir su inevitable final en
caso de no hacer algo.
Unos amigos de mis padres llamaron para ofrecer su casa en Houston,
con la idea de que ahí permanecieran el tiempo necesario sin necesidad de
gastar en hotel. Su situación económica en ese momento no era muy
buena. No les faltaba nada, pero ir a Houston sin saber por cuánto tiempo
estarían ahí, representaba un gasto enorme. Otros amigos fueron a
visitarlos y algunos les ofrecieron ayuda económica, la cual aceptaron
agradecidos.
UNA NOCHE ANTES DE LA CIRUGÍA
A veces es necesario apartarnos un poco para darnos cuenta de dónde
estamos parados.
Nos instalamos en la casa que nos prestaron. Este sería el hogar de mi
madre por los siguientes dos meses. Mientras tanto, Ana Paula estaría en
distintos hogares pues nunca imaginamos lo largo de mi estancia.
Mi cirugía la haría el Dr. Reul y mi cardiólogo de cabecera sería el
Dr. Fisher. La doctora Roma me acompañaría en todo mi proceso de
recuperación. Contaba en que sabían lo que estaban haciendo. Me ponía
en sus manos y sólo esperaba volver a ver a mi hija.
La noche anterior a mi cirugía no dormí. Tenía que internarme
temprano en la mañana para que me canalizaran y me hicieran algunos
exámenes preoperatorios. La cirugía estaba programada a las ocho de la
mañana.
Mis papás intentaban descansar en la recámara de al lado. Oía sus
voces, pero no entendía la conversación. De pronto, se quedaban en
silencio por largos períodos de tiempo, y volvían a su discusión. Era
natural que tuvieran miedo, angustia, incluso tristeza. Supongo que se
preguntaban muchas cosas: ¿Sobreviviría a la cirugía? ¿Qué harían con mi
niña si yo fallecía?
Esa noche escribí una carta a los padrinos de Ana Paula con los que se
quedó por algunos días. Escribí a mis abuelos, a mis padres, a mis
hermanos. Mis sentimientos estaban a flor de piel, y mi corazón estaba
totalmente con Ana Paula. Y es que no había manera de explicarle lo que
estaba sucediendo: apenas tenía diez meses. Tampoco había cámaras de
video para verla como puede hacerse hoy en día. Quería sentirla, saber
dónde estaba, qué ropa traía puesta, si estaba contenta, si tenía suficientes
juguetes para distraerse. Quería olerla, acariciarla, acunarla. Lo único que
tenía conmigo eran dos fotografías que me acompañarían durante mi
estancia en el hospital. Mis pensamientos y esas fotos eran todo lo que
tenía para sentirme cerca de ella.
Mi esposo se paraba, se acostaba, iba al baño, regresaba. Se sirvió agua
y me ofreció. Pero no dejé de escribir por nada. El sólo me preguntaba si
ya casi terminaba.
-¿Trajiste papel de carta para escribirle a todo el mundo? -me
recriminaba.
Yo no podía dormir. ¿Y cómo iba a dormir si no tenía idea de cuánto
tiempo más viviría? ¿Cómo saber si mis horas estaban contadas? ¿Cómo
saber si dejé todo en orden por si acaso moría? No tenía testamento, pero
tampoco tenía nada que dejar. Lo más valioso era mi hija, y ella no podía
quedarse sin mamá. ¿Cómo dormir si hay tantas cosas que resolver en mi
cabeza antes de una cirugía? Imposible dilucidarlas con tan sólo pensar,
pero, ¿qué más podía yo hacer?
Hice una profunda reflexión sobre mis veinticuatro años de vida
mientras escribía. Metí las cartas en sobres para que mi esposo las enviara
al día siguiente por correo. Me dediqué a agradecer una y otra vez por la
amistad, por el amor, por la entrega, por el tiempo. Sola pues años después
me daría cuenta de que en esas líneas me estaba despidiendo de algunas
personas.
Gracias por los cuidados que le dan a mi hijita. Tengan la seguridad
de que recordaré todo lo que hicieron por ella. Han sido los mejores
padrinos que pudimos haber escogido. Sé que no tienen experiencia con
niños, pero Dios los guiará para cuidar a Ana Paula, pues está
encomendada a Él. Gracias, Moi y Pili.
-¿Ya casi terminas? Deja eso y vente a dormir.
-Sólo escribo estas últimas y voy para allá -le dije.
Abuelito y Abuelita: nos veremos pronto. Cuiden mucho a mis papás y
denles el apoyo que ellos necesitan. Pronto estaré con ustedes para que
disfruten a su bisnieta favorita… Ana Paula.
Mamá y Papá: gracias por cuidarme todos estos años. Han sido el
apoyo más grande que pude haber tenido. Sé que Ana Paula tiene a los
mejores abuelos del mundo y sus tíos son incomparables. Sandra,
Enrique Luis y Marcela son los mejores hermanos que me pudieron
haber dado. Gracias por darme la vida y por acompañarme en este difícil
trayecto de salud que me ha tocado vivir… ¡Gracias! Los quiero
muchísimo.
Muchos pensamientos se quedaban en mi mente y no permití hasta ese
momento, que la tinta expresara en el papel otra cosa que no fuera
agradecimiento. Era demasiado arriesgado dejar salir los miedos y la
terrible posibilidad de dejar a una hija huérfana. Eso no era opción. Pero
en cada escrito, entre líneas, se notaba el miedo detrás de mis palabras.
Chagüita y Papá Grande: siempre han estado al pendiente de mi
salud. Gracias por sus cuidados, los quiero mucho. Chagüita…
-Ya pasaron veinte minutos, ¿cuánto tiempo más tardarás ahí?– me
interrumpió mi esposo.
-Estoy por terminar.
Chagüita: gracias por siempre haberme cuidado cuando más sola me
sentía, aunque tú ni siquiera lo supiste. Siempre me acompañaste en mis
viajes imaginarios a tu casa para no tener que lidiar con el dolor que
sentía cuando la gente veía mis uñas. Gracias por darme consuelo
siempre que te necesité.
A todos les aseguraba que pronto los vería para agradecer
personalmente lo que hacían por mi hija. En especial agradecía a aquéllos
que cuidarían a Ana Paula. La hermana de mi mamá, la tía Martha, que la
cuidó y a quien también dediqué una carta.
Tía Martha, es una bendición tenerte como tía. Gracias por cuidar a
Ana Paula y por hacerme sentir que está en las mejores manos. Tus
cuidados son caricias para mí. Es un regalo tenerte como tía y una
bendición que seas la tía Abuela de mi hija. Te veo pronto para darte las
gracias con un abrazo… te quiero.
-Se está haciendo muy noche y no vienes a la cama.
Entonces me percaté de que no quería terminar de escribir. Me levanté
y fui al baño. Sabía lo que él necesitaba, lo que quería, pero mi mente
estaba totalmente alejada de eso. Miré en el espejo mi rostro demacrado,
delgado, con ojeras y los labios muy morados. Mi oxigenación era muy
baja y mi estado de salud precario. Pero sabía que quería tenerme cerca;
eso lo tranquilizaría y daría al menos a uno de los dos la oportunidad de
dormir.
“¿Tendrá miedo?” pensé. “¿Será esa su forma de hacerme sentir
protegida? No creo que sea muy atractiva en este momento”. Era difícil
entender a mi esposo pidiéndome algo más que un abrazo. Yo necesitaba
cariño, ternura. Él quería otra cosa.
Me acerqué y lo abracé lentamente, mirándolo a los ojos. Para mí, eso
hubiera sido suficiente, pero continuó en búsqueda de algo más, y a pesar
de que mi cuerpo ya no podía, accedí. Mi cabeza no estaba con él, ni con
sus caricias, ni sus besos: estaba con mi hijita dormida plácidamente,
lejos, en su cuna. En mí no había pasión, sólo caricias suaves.
Cuidaba de no agitarme para que no me faltara el aire. Quizás sería la
última vez que estaríamos juntos, nadie lo sabía. Mi carta de despedida era
esa precisamente, la que escribí en su piel y él en la mía. Carta que luego
recordaría con gran angustia en cuidados intensivos.
Con ojos húmedos, sin dejar caer las lágrimas y con mi esposo a un
lado dormido, fue como pasé gran parte de la noche mientras escribía.
La pluma se tambaleaba entre mis dedos. Tomaba aire y lo dejaba salir
pausadamente para no soltar el llanto. Sabía que no era momento de
flaquear; en mí descansaba la estabilidad emocional de mi familia. Si me
quebraba, todo lo construido hasta ese momento se derrumbaría.
Llevaba años asegurándome a mí y a los demás que estaba bien y que
mi fortaleza física e interior me permitirían sortear cualquier dificultad
que encontrara, tal y como era hasta entonces.
Me detuve un momento cuando ya no pude más. No cabían tantas ideas
en mi cabeza. Me levanté, necesitaba respirar. Abrí la puerta muy
despacio para salir al balcón sin despertar a nadie, si es que alguien
pudiera estar dormido. Sentí la brisa fresca y la piyama se me pegaba al
cuerpo moldeando mi figura delgada y frágil. Mi cabello se alborotó con
el suave viento y respiré profundamente. Reposé mis manos en el barandal
y me puse a hablar conmigo misma en voz muy baja.
“Ana Cecilia: ¿te das cuenta de lo que has logrado? Llegaste hasta
aquí: has rebasado la edad en que cualquier otro ser humano hubiera
muerto con tu enfermedad; has disfrutado tu juventud, fuiste la primera de
tus amigas en tener novio. ¡Varios novios! Fuiste la primera en recibir un
beso amoroso, te casaste, tuviste una vida en pareja, la cual, cuando
apenas tenías dieciséis años, te advirtieron que no tuvieras; lograste
embarazarte y tuviste a una hija hermosa, sana. Ahora tienes a tu hija,
sabes que hay mucha más vida por delante. Hoy más que nunca tienes que
seguir. Ana Cecilia, has vivido plenamente todo, no puedes darte por
vencida ahora. ¡Por favor!”
Comenzaron a rodar algunas lágrimas por mis mejillas. Sentía como el
viento refrescaba mi rostro, miré al cielo y sonreí.
“Saca fuerzas hasta de la célula más débil de tu ser. Piensa.
Concéntrate. No puedes flaquear. Dios te acompaña, siempre lo ha hecho.
Tan sólo tienes veinticuatro años y te aguarda una vida maravillosa. Dios
mío, dame fuerza por favor, y ayúdame a vencer. Respira profundo Ana
Cecilia, tranquilízate. Llena tu cuerpo de paz. Respira otra vez, tienes una
hija y te necesita. Paz, eso necesitas”.
Pero finalmente comenzaron los sollozos. No pude más. Me limpiaba
la nariz con mis manos y la manga de mi piyama, estaba inconsolable.
Respiré de nuevo profundamente y entonces mi conversación fue con
Ana Paula; tomé de nuevo mi pluma y ésta se convirtió en mi última carta:
-Hijita, amor de mi vida: eres el tesoro más grande que me pudo haber
dado la vida. Dios ha sido tan bueno con nosotras que nos permitió
conocernos. El día en que naciste, le di gracias por haber permitido que
mi cuerpo diera vida a tu ser. El día en que te tuve entre mis brazos di
gracias por tu calor y por la belleza de sentir que yo te podía amamantar
y que tú me necesitabas. El día en que me apretaste un dedo con tu
manita, le di gracias a Dios por que hizo a un ser perfecto y te recorrí
paso a paso: tus ojos, tus cejas, tus pestañas, tu nariz y boca, tus brazos,
piernas, deditos. Tenías un cuerpecito tan frágil de un kilo seiscientos
gramos, pero era perfecto… simplemente perfecto. Ahí me di cuenta de
que Dios es capaz de manifestarse en perfección, aunque las
circunstancias no lo sean. Sólo Él sabe lo que sentí el día en que me
sonreíste por primera vez mirándome a los ojos y dijiste “agú”.
Sé, hijita mía, que tu vida será extraordinaria porque eres un ser al
que Dios ha amado desde antes de nacer. Te planeó para llegar en estas
circunstancias porque solamente alguien como tú hubiese sido capaz de
sobrevivir a la falta de oxígeno que te brindaba mi cuerpo. Sólo alguien
como tú será capaz de sacarle provecho a la vida, porque desde el vientre
lo has hecho. Sabrás aprovechar cada circunstancia para crecer. Tendrás
la humildad para saberte amada, deseada y privilegiada y no permitirás
que la soberbia te gane. Eres un ser que siempre estará acompañado por
ángeles que te cuidarán, pero también tienes una gran misión. Tu vida es
extraordinaria, tus circunstancias lo son también; depende de ti que todo
esto dé frutos en ti misma y en otros. Confía en tus talentos y en tus
valores: ellos te guiarán sabiamente.
Te mando todo mi amor y, si lees esta carta cuando ya no esté yo, sólo
recuerda que esta noche has sido tú la única que me ha dado la fuerza
para no quebrarme y luchar hasta el último aliento por volverte a ver.
Recuerda: me hiciste la mujer más feliz del mundo y siempre,
siempre… estaré a tu lado. Te amo.
—Mamá.
DOCTORA ROMA
Con la Dra. Roma
Entendí que sólo cuando hay interés se logra
cualquier cosa, por imposible que parezca.
Los doctores recomiendan nunca tener pacientes favoritos, pues es poco
profesional. Dicen que era casi imposible no seguir mi caso muy de cerca.
Todo el cuerpo médico llegó a interesarse en mí (debido a mi edad) y en
mi bebé. En especial, esto ocurrió con la doctora Roma Ilkiw y Pamela
Lombana, enfermera practicante que se hizo cargo de mí durante muchas
noches en cuidados intensivos.
Años después, la doctora Roma me compartió algunas de sus
vivencias: una noche antes de la cirugía, ella no conciliaba el sueño.
Intentó leer algún artículo de moda para distraerse un poco del gran evento
del día siguiente. Una cirugía como la mía podría durar horas y ser muy
desgastante.
Un pensamiento no la dejaba concentrarse: “Mañana es el día más
importante en la vida de Ana Cecilia”. Para la mayoría de las mujeres
debería ser el día de su boda. Sí, hay mucha emoción y felicidad con el
inicio de un nuevo y mejor futuro, una mejor vida por delante, pero
también hay un matiz muy distintivo de aprehensión, quizás incluso
lamento. Así como en el día de su boda, es posible que ahora se esté
preguntando: “¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Será éste el mejor
momento?
¿Realmente conozco a estos doctores que van a cambiar mi vida para
siempre? ¿Confío en ellos?”, pensaba la doctora.
Ella estaba segura de que todo saldría bien en la operación. Se le fue la
noche repitiéndose que el doctor Reul era un excelente cirujano, un
individuo tranquilo con sobrada experiencia y buen juicio. Pensaba en que
el procedimiento Fontan era técnicamente simple en sí mismo, sin
embargo, la asaltaba la idea de que el índice de complicaciones posibles
era muy alto, incluso en las mejores manos, pues todavía había mucho de
esta técnica que no se comprendía.
“No es tan sencillo como tapar un hoyo en el corazón. Mañana vamos
a reorganizar toda la circulación para que la sangre no oxigenada ya no
llegue al corazón, sino únicamente a los pulmones; que los pulmones la
manden al corazón y éste al resto del cuerpo. Toda esta cirugía
cardiovascular depende muchísimo de la tecnología. Con esto, perdemos
el control de muchos aspectos del paciente”, pensaba mientras intentaba
conciliar el sueño.
Ella continuó en vela, sabía que aunque se revisara cada uno de los
equipos y material quirúrgico dos o tres veces, las fallas ocurren. Le
aterraba la idea de perder a una madre con una bebé de la misma edad que
el suyo. La tranquilizaba que el doctor Fisher, el cardiólogo a cargo de mis
cuidados postoperatorios, era el mejor.
Sabía que era alguien con antecedentes de psicología y de laboratorio
muy fuertes, particularmente experimentado con el manejo de pacientes de
procedimiento Fontan. Ella se aseguró de otros detalles también, como ver
qué enfermera me cuidaría. El éxito de una cirugía cardiaca depende de
los detalles. De pronto lloró su hijo y se levantó a atenderlo.
“¿Podría Ana Cecilia volver a ver a su hija, acariciarla, tenerla entre
sus brazos, consolarla? ¿Estaría dispuesta a continuar con la cirugía si
supiera las dificultades que le aguardan?”, se preguntaba.
La mañana siguiente, la doctora sintió deseos de ir a verme a la sala
preoperatoria, pero se contuvo. Sabía que era mejor dejar al paciente sólo,
consigo mismo, con su Dios y con sus pensamientos. Incluso mencionó
que era imprudente o irresponsable el prometer: “Todo va a estar bien”.
Tales palabras son huecas, demasiado informales, triviales, inadecuadas y
casi crueles. Después de todo, decía, no soy yo la que enfrenta el riesgo, la
incertidumbre. No soy yo quien sobrelleva la prueba. No puedo ser yo
quien diga eso.
Me despedí de mis padres y de mi marido. Con lágrimas en los ojos me
abrazaron y besaron en la frente. Sé que me entregaron a Dios y se fueron
a la sala de espera. Por un lado a mis papás les explicaban que estaría muy
hinchada, casi irreconocible después de la cirugía. Y por otro, yo firmaba
el forzoso consentimiento aceptando la enorme lista de riesgos y
complicaciones. Sabía que no tenía opción, no había alternativa. No cabía
duda de que necesitaba la cirugía para sobrevivir. Y las palabras que leía
eran tan sólo marcas en blanco y negro en una página.
¿Puede uno realmente entender lo que significan estas complicaciones
en términos de sufrimiento personal, la angustia y lo que afectará la vida
de uno mismo? Yo creo que no. Así que confié y como siempre, no me
detuve a pensar en lo negativo.
Desde que a mis padres les comentaron que la cirugía duraría cerca de
ocho horas y el estado en que me encontraría por unos días, fue que mi
madre empezó a darse cuenta de la dimensión de las cosas.
Durante la operación, la angustia aumentaba conforme pasaban las
horas. Mi marido y mis papás hablaban de anécdotas y recuerdos.
Recorrían mi vida desde pequeña en sus mentes. Recordaron mis
travesuras y los dolores de cabeza que los hice pasar por mis ocurrencias.
Concluyeron los tres que a pesar de mi enfermedad, era una niña llena de
vida.
Siempre me quise comer el mundo de una gran mordida. A mi marido
le contaban mis aventuras y él aparentaba escuchar atento. Nadie sabía lo
que pasaba por su mente en ese momento. Me mantenían viva con sus
recuerdos y sus ganas de seguirme viendo ahí, con ellos.
Gracias a la gran capacidad del doctor Reul durante la cirugía, se dio
cuenta de que se podían hacer cambios no previstos y nunca antes
elaborados. Conectó una vena que pasaba por detrás del corazón, y la
utilizó como puente para transportar la sangre no oxigenada hacia los
pulmones.
Fue una decisión muy aventurada, pues con un corazón maduro, es aún
más difícil que los cambios puedan acoplarse con naturalidad, en especial
si jamás experimentaron ese tipo de procedimiento. La cirugía duró lo
pronosticado. Mi cuerpo parecía responder a la nueva circulación, pero
dependía completamente del respirador artificial.
Así comenzó mi primera noche en el hospital.
A pesar de una explicación preoperatoria muy detallada, mi familia no
estaba preparada psicológicamente para verme por primera vez en el
cuarto de recuperación. La impresión más grande no era la cantidad de
vendajes o el equipo que llenaba todo el cuarto, o la sangre en los tubos
que salían del pecho. La impresión más grande para mi familia fue que me
encontraba tan sedada, que me era imposible manifestar mi personalidad,
eso que me hacía real, viva ante sus ojos. A ellos les costó darse cuenta de
que no podía comunicarme ni responder de manera usual. Era como si de
pronto me convirtiera en un ser extraño para ellos.
Nadie podía alcanzarme donde yo estaba. Descansaba como “La Bella
Durmiente”, aguardando con paciencia a ser despertada por una fuerza
mágica.
La doctora también me compartió posteriormente que mis familiares
me tomaron de las manos y me miraron fijamente a los ojos, como cuando
se ve a un moribundo, con la esperanza de que en cualquier momento
pudieran notar un leve movimiento, que yo estuviera ahí y los escuchara.
Mis padres se abrazaron, me acariciaron el cabello, el cual había perdido
la forma con que siempre lo peinaba y me sonreían con gran amor. Era
difícil saber dónde colocar sus manos por todo lo que tenía encima:
respirador artificial por la boca, tubos que salían de mi pecho y se dirigían
hacia unas bolsas donde se mide la cantidad de líquido que sale de mi
cuerpo, sondas por debajo de mi bata, canalizaciones por las venas,
vendajes amarrándome las manos al barandal de la cama para que no me
arrancara el tubo cuando despertara y vendas en los pies para ayudar a la
circulación. Parecía una mujer biónica. Sólo pudieron estar unos minutos
conmigo y les pidieron salir para volver a visitarme hasta el día siguiente
por la mañana. Pasaría la primera noche ahí, sola, sin ellos a mi lado, ni la
compañía de mi marido y lejos de mi amada bebé.
El sentimiento de dejarme a solas en un cuarto de hospital no era algo
nuevo para mis padres, al contrario; era el recuerdo de dejar a su pequeña
hija llorando como cuando apenas tenía meses de nacida y después a los
cuatro años cuando les gritaba desesperada; o de muchas otras ocasiones
durante mi niñez. Pero para mi esposo todo era nuevo.
Él no había tenido que dejarme en hospitales como mis padres. Para él,
esta noche era diferente: yo no gritaba, no hablaba, sólo me quedé ahí
sola, sin ellos. Esta vez no estaba consciente. Todos tenían la esperanza de
que sobreviviera la primera noche, pues es la más crítica después de una
cirugía tan pesada.
Cuando tengas que elegir entre dos caminos, siempre elige aquel que
te dé paz.
Los doctores siempre están tentados a llamar para preguntar por el
progreso del paciente, pero ellos mismos saben que es un paso en falso.
Aun si el paciente amanece bien, tan pronto cuelguen el teléfono
podría empeorar la situación. Además, la enfermera estaría muy ocupada
como para contestar el teléfono, así que casi siempre se abstienen. Saben
que los localizarán en caso de ser necesario. Al día siguiente de la cirugía,
los doctores hacen su ronda usual y corroboran quién sobrevivió. Sin
embargo, es una pregunta tan horrible de hacer, que deben ir por etapas,
sin acelerarse.
Lo primero que hizo la doctora Roma fue entrar al cuarto de
recuperación sin mirar a los pacientes en sus camas. Se lavó las manos en
el pequeño lavabo que hay a un lado, tal como es requerido. Después,
lentamente subió la cabeza y miró en el pequeño espejo que estaba sobre
el lavabo. Vio a los de las camas más cercanas, que seguían ahí. A uno ya
le habían extraído los tubos. Se armó de coraje y movió la cabeza para
mirar un poco más allá, donde estaban las camas infladas, ésas donde se
encuentran los pacientes en estado más crítico.
Me encontraba en la primera fila de pacientes, a tres o cuatro camas de
la entrada. La doctora Roma, no podía verme, pues la cortina estaba
corrida alrededor de mi cama. Una cortina corrida podría significar que las
enfermeras o doctores estaban haciendo algún procedimiento que requiere
privacidad o bien, que el paciente murió. Ella notó que las enfermeras se
movían rápidamente dentro y fuera de la cortina. Supo que yo estaba viva.
Entonces se acercó: notó mi presión sanguínea muy baja, aunque mis
manos y pies estaban tibios, primer indicio de que mi corazón latía bien.
Me tenían todavía en un coma inducido, un sueño muy profundo del cual
los médicos no me permitían despertar. Eso significaba que se había
detectado un problema serio y estaban decidiendo si requerían más
exámenes o si debería volver a la sala de cirugía.
La doctora observó mi color y se dio cuenta de que me encontraba
sumamente amoratada, estaba muy grave. Aun estando bajo la máxima
capacidad de oxígeno y ventilación mecánica, mi cuerpo no respondía.
Llamó de inmediato al doctor Fisher y decidieron mantenerme en el
coma inducido e intubada por más tiempo. Ya para entonces ya debería
estar alerta y comunicándome, pero no lo podían permitir en las
circunstancias en que me encontraba. Mi mamá y mi papá en un principio,
pensaron que una vez operada, en pocos días me sentiría mucho mejor,
pero no fue así.
-Buenas tardes, tengo que hablar con ustedes -dijo el doctor Fisher a
mis padres y a mi esposo.
-Ana Cecilia se encuentra en un estado muy delicado. No parece estar
respondiendo y su cuerpo no se está oxigenando bien. Su piel se ha puesto
muy amoratada y eso nos indica que su cuerpo está sufriendo la falta de
oxígeno y pueden empezar a fallar algunos órganos.
-Pero ella siempre se pone así cuando tiene frío, ¿no será que está muy
alto el aire acondicionado y la tienen muerta de frío? -preguntó mi madre
en un momento de desesperación.
Mi marido y mi padre escuchaban asustados.
-¿Hay algo qué hacer? ¿Qué sigue ahora? -preguntó mi esposo.
-Estamos esperando a que su cuerpo se acostumbre a la nueva
circulación, mientras tanto, la tendremos sedada y no se dará cuenta de lo
que pasa.
Nadie hubiera imaginado los días que estaban por venir.
A mis padres y a mi marido se les vino el mundo encima, se desplomó
todo aquello que los mantuvo fuertes y llenos de esperanza. En un
instante, el suelo firme parecía arena movediza y no tenían ninguna
seguridad de que el siguiente paso pudieran darlo en terreno firme.
Las siguientes noches las pasaron en vela, casi sin poder dormir.
Hubo muchos momentos en que mis padres simplemente pensaron que
no sobreviviría. Su dolor era tan grande por verme tan mal, que no había
consuelo alguno.
Mi estancia en cuidados intensivos fue tan dura que mi mamá salía de
ahí destrozada. Mi cuerpo encadenado y dependiente, tubos saliendo de
mi pecho y de mi boca, sondas; me habían canalizado en casi todas las
venas de mis manos porque se lastimaban, llevaba una máscara de
oxígeno y me rodeaban un sinfín de aparatos con su beep beep: un
espectáculo deprimente para una madre. Lo más difícil era que yo no
podía comunicarme con ellos. Estaba sedada, o sumamente cansada y
permanecía con los ojos cerrados por mucho rato. Los doctores hacían lo
imposible por mantenerme estable y oxigenada.
Mi presión arterial era muy baja. Las enfermeras especializadas, que al
igual que los contadores, aman los números, insistían a los doctores que
hicieran algo para subir mi presión. Sugerían darme más líquidos, o
empezar algunas drogas por vía intravenosa. Pero el doctor Fisher y la
doctora Roma sabían que eso no resolvería el problema, pues al fin y al
cabo, había un equilibrio. Mis órganos recibían suficiente flujo de sangre,
por lo cual no fallaban a pesar de lo mal que me encontraba. Ellos
confiaban en que mejoraría.
Y así fue. A los pocos días mi presión arterial empezó a subir de
manera gradual y me mantuve más tiempo despierta.
La doctora Roma recuerda muy bien a mis padres y a mi esposo
durante mi estadía. Dice que mis papás eran como dos árboles bien
plantados: seguros, sólidos, de esos que no se doblan o se rompen bajo el
fuerte viento de una tormenta. Siempre estaban juntos, perfectamente
equilibrados. Mi marido, por otro lado, era un enigma. A menudo se
quedaba solo, a la distancia, con las manos en los bolsillos del pantalón.
Estaba nervioso, lo cual era comprensible teniendo en cuenta que
podría perder a su esposa, más no parecía tenso. No mostraba el
agotamiento o cansancio común después de tres o cuatro días de sentarse
en las frías salas de espera, mirando fijamente la televisión o leyendo
revistas. Él se veía como nuevo cada día. La doctora dijo que mi marido le
recordaba a una liebre, por la forma en que se mueven en un patrón de
zigzag cambiando de dirección de manera constante.
Estoy segura que estaba muerto de miedo y su forma de reaccionar era
esa.
En algún momento mis padres llegaron a sentir que mi recuperación
era casi imposible, que ya no querían verme así. “¿Para qué seguir
intentando? ¿Para qué tenerla atada a la vida pero sufriendo cada día?” se
preguntaban. Debió ser uno de los momentos más difíciles para ambos.
Las llamadas que recibían de todos sus amigos fueron innumerables.
Mi mamá lloraba en cada una de ellas, y mientras les decía a familiares
y amigos que mi situación era sumamente grave, mi marido, por otro lado,
decía que estaba muy bien. La verdad era que él siempre afrontó las cosas
de una manera distinta. Era un hombre muy optimista, o quizás se negaba
a ver las cosas como estaban y prefería decirlas como las quería ver.
Esto ocasionó un conflicto entre él y mis padres, pues algunas
amistades pensaban que mi madre exageraba. Era más fácil y deseable
escuchar noticias de que alguien está bien, a enfrentar tanta tragedia. La
verdad era que cada quien abordó la situación como pudo con las
herramientas disponibles para manejar el dolor. Hay quienes lo afrontan y
hay quienes lo evaden.
Después de cinco días en cuidados intensivos, mi oxigenación mejoró
lo suficiente como para quitarme el tubo respiratorio. Podía estar despierta
y consciente. No recuerdo mucho de esos días, pero sí haber despertado y
ver los rostros de mi madre, mi padre y mi marido. Cuando me hablaban
respondía con frases cortas. Después supe que parte del procedimiento
para los pacientes que han estado en coma e intubados por un período
largo, es hacer preguntas para darse cuenta si su cerebro está funcionando
correctamente. Cuando pude comunicarme en inglés escribiendo en un
cuaderno, no siendo ésta mi lengua materna, se dieron cuenta de que mi
cerebro no sufrió daño alguno. Mi sistema funcionaba y mi capacidad de
pensamiento estaba intacta.
No tenía idea del tiempo, pero me daba cuenta cuando alguien estaba
conmigo y eso me alegraba mucho. Mi esposo a veces pasaba horas a mi
lado leyendo pasajes bíblicos. Podía escucharlo y eso me daba
tranquilidad. Lo dejaban estar más tiempo del permitido porque no se
atrevían a interrumpirlo en su lectura.
Recuerdo que mi madre me preguntó si quería ver a mis hermanos.
La forma más sencilla de que pudieran trasladarse rápidamente era en
avión. Pero la situación económica era muy difícil para mis padres en ese
momento.
-Mamá, si se puede sí quiero verlos. Me hacen falta -dije con una
sonrisa.
Eso fue suficiente para que hicieran un esfuerzo y vieran la forma de
que se desplazaran de Monterrey a Houston para estar a mi lado. En
realidad me sentía muy débil pero sabía que a mi madre le hacían más
falta que a mí. Ella temía por mi vida, yo lo percibía en sus palabras.
Por mi mente no pasaba la idea de morirme, pero esta vez Ráfel estaba
conmigo más cerca que nunca.
LA INFECCIÓN
Tú eliges recordar lo que te provoca angustia y malestar, o bien
aquello que te da paz y alegría.
La doctora Roma me visitaba todos los días. Sabía que una vez que me
cambiaran de área quizá dejaría de verla. Le dije que me siguiera visitando
si podía, pues su plática me ayudaba mucho. Ella sonrió y me aseguró que
lo haría.
A diez días de la cirugía, salí de cuidados intensivos. Me llevaron a
cuidados intermedios, a una habitación privada, más cómoda y en donde
podía tener compañía. Ahí esperaría la total recuperación para irme a casa.
Al menos eso creía.
Al principio todo marchó bien. Me animaba la idea de tener a mi
familia cerca. Mis padres se pudieron ir a descansar y me quedé a solas
con mi marido. Las enfermeras me atendían regularmente como a
cualquier otro paciente. Al parecer la peor parte había pasado. La realidad
era que, a medida que pasaban las horas, me sentía peor y tenía mucha
dificultad para respirar. Cada vez que pronunciaba una palabra necesitaba
tomar una pequeña inhalación para poder enunciar la siguiente. Al
principio no me alarmé, pensé que era algo normal. Tenía un pequeño
dolor con cada respiración. Pero poco a poco, el dolor se fue
intensificando, era sumamente molesto respirar. Intentaba quedarme
quieta en una sola postura deseando que fuera un problema muscular. No
fue así: llegó un momento en que el dolor en mi pecho era intenso,
aumentaba con cada movimiento o al hacer el más mínimo intento de
hablar.
Mi umbral al dolor desde mi niñez siempre fue muy alto, y por eso
mismo, parecía estar acostumbrada a esperar y aguantar hasta ya no poder
más. Esta vez no fue la excepción. Intenté dormir, mover la posición de la
cama un poco, y nada.
Pasaron dos horas aproximadamente y cada minuto me dolía más. Se
suponía que debía cenar, ver la televisión un rato sin problema y luego
descansar. Sin embargo, no hacía más que dolerme intensamente el pecho
después de cada pequeña respiración. Comer representaba esfuerzo y si
masticaba, consumía oxígeno y sentía que me ahogaba. Prácticamente ya
no podía articular palabra. Cada vez que lo intentaba sentía una punzada
enorme. Procuraba no pensar en ese dolor, pero era una agonía y mis ojos
se llenaron de lágrimas. Me resistía a aceptar que me encontraba mal.
Deseaba con toda mi alma salir de ahí, irme a casa.
Mi esposo estaba distraído con un programa. Entonces, entre quejidos
y señas con las manos, le dije que no podía más.
-Bueno, es lógico que te duela, te acaban de quitar la morfina para el
dolor, estás en un hospital. ¿Qué tanto te duele, qué les digo? -Me dijo con
verdadera impotencia pues no alcanzaba a comprenderme.
-Urge, me estoy ahogando -apenas susurré.
Llamé a la enfermera con ese botoncito a un lado de la cama. No pude
hablar, mi esposo le hizo saber por el altavoz cómo me sentía. El dolor
aumentaba y cada respiración representaba un gran esfuerzo. La enfermera
no llegó de inmediato. Mi esposo no podía imaginar que mi petición de
ayuda en realidad era agonía.
-Ve tú, no llegan. Por favor –dije.
Entonces, mi esposo salió corriendo buscando a alguna enfermera.
Les dijo que realmente me sentía mal, que vinieran a ayudarme.
Escuché su voz ronca de desesperación e impotencia.
Ingresaron con gran rapidez a mi habitación varios doctores y
enfermeras. Me hicieron preguntas y no pude responder. El médico,
inconforme, me pidió esforzarme y explicarles lo que sentía. Querían
dimensionar la seriedad de la situación.
-Necesito que me expliques tú misma lo que sientes. No podemos
ayudarte si no nos das información.
-Me (tomaba aire) duele (respiraba de nuevo) respirar… -dije con una
voz muy suave.
Notaron cómo tenía que tomar aire cada vez que pronunciaba una
palabra. Entonces vieron que la situación era muy seria y llamaron a otros
doctores. Llevaron consigo aparatos para tomar radiografías así como para
elaborar un electrocardiograma de urgencia. Todos se movían con mucha
prisa. Me sentía agotada y mi rostro palideció por completo.
Mi marido observaba distante, sin saber qué hacer, sólo podía esperar.
Mientras me acomodaban y ponían los cables para el
electrocardiograma, lo miré fijamente. Cuando nuestros ojos se
encontraron, le sonreí suavemente y dije: “gracias”.
Él estaba también haciendo una labor titánica. Pensó que lo peor había
pasado, nunca imaginó lo que estaba por venir. No estaba acostumbrado a
nada de eso. Siempre había sido un hombre sano y su familia también.
De pronto se encontraba en un hospital con su esposa en estado crítico,
con la vida pendiendo de un hilo. No puedo imaginar qué era lo que
pasaba por su mente en esos momentos. No creo que haya vislumbrado lo
que enfrentaría cuando firmó nuestra acta de matrimonio, restándole
importancia a mi enfermedad. Ninguno de los dos lo hicimos.
Tomaron una radiografía y detectaron de inmediato que la cavidad
alrededor del corazón y cerca de los pulmones estaba completamente llena
de líquido. No podía respirar porque no había espacio suficiente para que
los pulmones se expandieran. Tenía que ingresar de nuevo a cuidados
intensivos.
En silencio, mi esposo y yo nos miramos a los ojos de nuevo. Intenté
transmitirle mi frustración. Yo quería salir del hospital, estar en casa, ver a
mi bebé, volver a la normalidad. Lo deseaba más que nunca. Sin embargo,
los doctores pensaban en salvar mi vida, que se encontraba en grave
peligro y no lo sabíamos.
Entonces mi esposo se acercó y sin decir nada, me abrazó mientras sus
ojos se llenaban de lágrimas. Todo estaba decidido: debíamos de
separarnos sin saber por cuánto tiempo. Tuvo que abandonar también la
habitación, y regresar a la casa de mis tíos donde se hospedaban él y mis
papás para intentar dormir un rato. Nunca hubiera imaginado que mi
estancia duraría más de un mes en ese lugar al que me llevaban, ni que mi
vida daría un giro.
Pasé esa noche sola en cuidados intensivos. Deseaba la visita de la
doctora Roma, pero sabía que los médicos tienen horarios y rondas
asignadas a ciertas áreas. No estaba segura si ella sabía que me encontraba
ahí. Cuando pregunté por ella, no supieron decirme si iría a verme, pero
me aseguraron que estaba enterada. La extrañaba en esos momentos.
Buscaba conectarme con alguien a quien yo le importara más que
como un simple paciente.
Había mucho ruido, aparatos que sonaban y sonaban sin parar,
enfermeras entrando y saliendo constantemente. Yo no podía dormir; a mi
lado, dos doctores no dejaban de platicar. Estuve a punto de callarlos
varias veces, pero no tenía la fuerza para hacerlo. Quería que me cuidaran,
no pelear con ellos. Hablaban de todo menos de mí. Quizás charlaban de
fútbol o de mujeres. Para mí era ruido y no me dejaban dormir.
Al día siguiente, hicieron más radiografías y escaneos de mi pecho.
Se dieron cuenta que se acumuló más líquido. Me introdujeron por la
vena más medicamentos para el dolor y eso aminoró mucho mi molestia.
Durante el día hicieron distintos procedimientos: mover los tubos de
drenaje, ponerme en posiciones distintas, entre otros. Nada funcionaba.
Tendrían que hacer una punción para liberar el líquido en mis
pulmones.
Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando llegaron unos doctores al
área donde me encontraba. Había una tormenta y llovía sin parar. Yo
estaba acostada al lado de un ventanal que me permitía ver la ciudad y los
parques vecinos. Levantaron un poco mi cabeza para ponerme en una
mejor posición. Podía ver lo que hacían. Me inyectaron anestésico directo
en el área que utilizarían para el procedimiento. Introdujeron una aguja
larga en la parte inferior de las costillas, por debajo de mi esternón.
La dejaban por dentro de mi pecho y con unos cartuchos hacían
pequeñas extracciones de líquido. En el primer intento, lograron sacar sólo
un poco y de inmediato sentí alivio. Hicieron otra succión para sacar un
poco más, pero en esta ocasión no tuvieron tanta suerte. Me di cuenta
como salió un chisguete de sangre muy oscura y entró a la jeringa.
-Ay, pinchamos el corazón. Doctor, tenemos un problema -dijo el
médico que hacía el procedimiento al otro que se encontraba cerca.
De inmediato me sacaron esa aguja y pusieron un vendaje encima del
área.
El corazón estaba perforado y comenzó a sangrar. Hubiera sido tan
fácil irme en ese momento a casa de mi abuela, pero esas fugas ya no
funcionaban. Me limité a observar el ventanal que me brindaba un
escenario maravilloso. La lluvia intensa de inmediato me llevó al mar en
mis pensamientos. En mi interior, imaginaba escenas donde caminaba por
la playa, libre, saludable, contenta; con un vestido largo de gasa blanca y
mangas largas. Extendía mis brazos, el viento soplaba la tela y parecía
como si fuera a emprender el vuelo.
-Rápido, hay que actuar. Busquen al doctor Reul, debe estar en el
hospital todavía -interrumpió mis pensamientos la voz de uno de los
doctores.
No quería pensar en lo que en realidad estaba ocurriendo. Los doctores
me contagiaron sus nervios. No vi otra opción más que ponerme a orar en
silencio con la primera oración que se vino a mi mente: “Ángel de mi
guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día…”
Los doctores estaban alarmados, llamaron a otros médicos, hablaban
unos con otros mientras yo no quería ni mirarlos. Me resistía a darme
cuenta de las cosas. No deseaba ser arrastrada con sus palabras ni aceptar
pensamientos negativos.
“Ángel de mi guarda”, decía, pero olvidaba el resto de la oración y
volvía a empezar. “Ángel de mi guarda, no me desampares... ni de noche
ni de día”. No podía pensar bien, pero sabía que tenía que concentrarme
en mi oración y en la playa. Rezaba para dar gracias y pedir por mi vida.
Uno de los doctores encargados se acercó.
-Creemos que hemos perforado el corazón, preferimos llevarte a la sala
de cirugía.
No pude contestar. Lo miré y seguí en silencio: “Ángel de mi guarda,
mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”, repetía en
mi mente constantemente. Parecía un mantra que no podía dejar de repetir.
Cada vez me costaba más trabajo concentrarme en mi vestido blanco, en
la playa, en mi oración. Sabía que lo que estaba pasando no estaba bien y
sentí como mi cuerpo entero se puso en alerta: mi vida estaba en serio
peligro.
“Ángel de mi guarda”, respiré profundo y sonreí. “Tranquila, confía”.
La lluvia de ese día fue un golpe de suerte. La ciudad estaba inundada
y muchos doctores aún no abandonaban el hospital. Llamaron al cirujano
que había hecho mi primera intervención y quien, gracias a Dios,
permanecía ahí.
Mis padres y mi marido tenían apenas unos minutos de haberse ido a
descansar a la sala de espera. Entonces el doctor llegó a buscarlos para
darles la noticia. Les explicaron lo sucedido y les dijeron que la única
opción era entrar a cirugía de nuevo, extraer todo el líquido y suturar el
corazón.
Diez minutos más tarde, me dirigían al quirófano a toda velocidad y
apenas pude despedirme de mi familia. Mis padres me tomaron de la
mano y la mirada de mi padre era conmovedora. Tenía una sonrisa llena
de esperanza y confianza, pero sus ojos se abrían y cerraban mientras se
humedecían levemente. Mi madre dejó caer dos o tres lágrimas y le sonreí.
Le aseguré con mi apretón de mano que nos veríamos pronto.
Luego siguió mi marido y tomé su mano. Hicieron que firmara papeles
y más papeles y lo hizo con la otra mano. Una sonrisa, un beso y la
esperanza de vernos más tarde, fue lo último que quedó antes de que me
apartaran de mi marido y me llevaran en la camilla.
El pasillo que conducía al quirófano me parecía eterno y tan sólo
tomaba dos o tres minutos llegar a la sala. Ya sólo podía hablar con Dios,
la voz no me alcanzaba para hacerlo con alguien más como yo hubiera
querido. Tenía la sensación de que el fin había llegado; no era necesario
ser adivino para darme cuenta de que las cosas se ponían muy mal. La
conversación que tuve con Dios ese día la recuerdo hasta hoy.
“Ya me voy a tu lado, ¿verdad? Las cosas se complicaron. Sé que voy
a estar bien, porque siento paz. Cuida mucho a Ana Paula, por favor.
Que su papá sepa darle todo lo que necesita. Guíalo para que la cuide y
la mantenga cerca de mi familia. No quiero que mi familia sufra,
ayúdalos”. Imploré a Dios mientras me entregaba por completo en sus
manos.
“Sé que un día te dije que no era justo que los niños con el mismo
problema que yo estuvieran muertos y yo siguiera viviendo. También, te
dije que no entendía tu justicia. Sigo sin entenderla, pero quiero decirte
que si ahora ha llegado mi momento, por favor reconsideres tu decisión.
Me regalaste la bendición de tener a una bebita hermosa, sana,
perfecta.
Siempre estaré agradecida. Pero si existe la más mínima posibilidad,
déjame ser yo quien la cuide”.
“Perdóname si fui rebelde o te di muchos dolores de cabeza, ahora lo
único que deseo es estar viva. Si algo hice mal, por favor perdóname y
déjame compensarlo educando a esta hijita mía para que sea una mujer de
bien. Dame la oportunidad de amarla y cuidarla”.
Sentí cómo mi corazón latía distinto. Era una taquicardia, los doctores
me lo confirmaron. Respiré profundamente varias veces y sentí como una
luz blanca entraba en mi cuerpo y me limpiaba toda. Esto me permitió
recobrar un poco la paz y serenidad interior.
“Ángel de mi guarda, ángel de mi guarda”, decía al ritmo de la
taquicardia. Más que nunca deseaba que mi fantasma se convirtiera en ese
ángel de mi guarda. Lo sentía cerca de nuevo. Entonces hablé con él.
“Tanto tiempo de no vernos”, le dije. “Tenía años de no saber de ti.
Pensé que eras sólo parte de mis juegos de niña. Ahora veo, nunca te
has ido. Ayúdame, ¿sí?”. Entonces Ráfel me vio con una mirada dulce y
llena de amor. “No sé quién seas, si un espectro o un ángel guardián”,
pensaba en mi interior. “Veo que siempre me estás acompañando y quiero
darte las gracias. Ahora, por favor, no me lleves aún. Mi hijita me espera”.
Percibí mucho calor en mi cuerpo y un amor inmenso dentro de mi
corazón. Me sentía acompañada, no estaba sola. Ráfel se convirtió en mi
ángel protector y sanador en ese momento.
Quizás estaba empezando a alucinar, pero para mí, era la conversación
más lúcida que había tenido en mucho tiempo.
Me puse en manos de Dios una vez más.
Mis ganas de vivir nunca se desvanecieron. Recuerdo que entré al
quirófano aparentemente confiada, pretendí saludar a los doctores,
enfermeras y ayudantes. Parecía como si en verdad no estuviera
consciente de la gravedad de las cosas. Quizá realmente la ignoraba, o esa
era mi actuación para darles confianza a ellos. Les decía que tenía una
hijita y lo único que quería era volver a verla. No sé si se los recordaba a
ellos o a mí misma. Tampoco quería oír tantos términos médicos ni pensar
en otra cosa que no fuera salir de ahí con vida. Los doctores aparentaban
escucharme, pero no dejaban de hablar y moverse de un lado a otro
rápidamente, pues la cirugía era urgente.
Cortaron la bata que tenía puesta y me la arrancaron. Por un instante,
pasó por mi mente que moriría indignamente, desnuda a la vista de todos
esos médicos. No podía cubrirme porque tenían mis manos y mis pies
sujetos. De inmediato me taparon con una sábana blanca con un orificio
en mi pecho para limpiar el área. Mis venas estaban tan lastimadas que
tuvieron que canalizarme además del brazo, en la parte superior de mi pie.
Tomaron mis brazos para amarrarlos a unas tablas al lado de mi cuerpo.
Un doctor se acercó sonriendo y me puso una mascarilla en mi cara. Yo
podía ver a través de ella. Era la anestesia, pero debió tardar en hacer
efecto, porque recuerdo muchos pensamientos de ese momento.
“Estoy como Cristo entregándome” pensé. Si tenía que irme, estaba
lista. Pero le pedía a Dios: “si puedes, por favor déjame ver a mi bebé”.
A pesar de que mi cuerpo se sentía agredido, nunca me abandonó la
paz interior y la certeza de que todo estaría bien. Fue una entrega absoluta.
Con entereza, nunca dejé de sonreír y de confiar en que Dios tenía todo
en sus manos. “Ángel de mi guarda, ángel de mi guarda… Ana Paula…”
fue la última imagen en mi pensamiento, y me entregué.
La cirugía duró un par de horas. Operaron y abrieron por encima de la
cirugía fresca de apenas unos días. Tuvieron que extenderse un poco más
abajo de la anterior. Tal vez fue la premura, pero en esta ocasión no se
preocuparon por la estética. La cantidad de líquido acumulado era mucho
mayor de la calculada inicialmente según los resultados de los estudios.
Suturaron el corazón que sangraba mucho y lograron restablecer el ritmo
cardiaco y regularizar la taquicardia.
Algunos pacientes somos capaces de oír y sentir mucho antes de que
pase la anestesia por completo. Cuando la cirugía terminó me di cuenta de
que estaba viva, pero no era agradable lo que escuchaba. Las enfermeras y
doctores encargados de limpiarme al terminar la operación y prepararme
para ir de regreso a cuidados intensivos no dejaban de conversar. Oía
cómo se lamentaban y hablaban de mi familia, de mi hijita de diez meses,
que quizás no volvería a ver.
-¿Por qué están hablando así de mi familia y de mí, si aún estoy viva?
No hablen así, véanme, aquí estoy, ¡estoy escuchando! –gritaba
desesperada en mi interior.
La situación era muy delicada. El resultado del estudio aplicado al
líquido no fue nada alentador: el cuerpo entero estaba invadido por
huevecillos de estafilococo dorado. Era muy complicado erradicar esa
bacteria bajo mis circunstancias. Quizá durante la primera cirugía se
contaminó el área, nadie podía asegurarlo.
Desperté en cuidados intensivos, en un cubículo privado cuyas paredes
eran ventanas. Abrí los ojos y vi a toda mi familia a mi alrededor; sus
rostros llenos de dolor anunciaban que lo que escuché era real, no lo
imaginé. Estaba al borde de la muerte, pero mi interior, mi alma, mi
espíritu estaban más fuertes que nunca. No había forma de transmitir esa
confianza y fortaleza, pues estaba de nuevo intubada con un respirador y
tampoco podía comunicarme de otra manera que no fuera haciendo señas.
Los doctores me preguntaron cómo me sentía y levanté los brazos en
señal de triunfo, así como los de Rocky, el boxeador. En ese momento,
amarraron mis manos al barandal de la cama por el peligro que corría de
intentar arrancar los tubos respiratorios. Vi como los médicos se retiraron
con mis padres y mi esposo para hablar fuera del área de cuidados
intensivos.
-Lo más probable es que Ana Cecilia esté delirando o tenga ya un daño
cerebral. Estamos revisando con qué antibiótico debemos tratar la bacteria
que tiene.
-Pero, ¿qué es lo que tiene, doctor? ¿Qué vamos a hacer ahora? -
preguntó mi madre.
-Un estafilococo dorado. Apenas inicia, pero es muy peligroso.
Mis padres se alejaron un poco y mi marido continuó hablando con el
doctor.
-¿Qué tan serio es eso, doctor?
-Está muy grave. Es muy crudo lo que voy a decir, pero recomiendo
que arregles los papeles en admisión. Ella está registrada con los apellidos
de soltera. Si llega a fallecer, tendrás muchos problemas para sacarla del
hospital tú mismo.
-¿Fallecer?
-Tenemos dos opciones para medicarla y erradicar el estafilococo.
Como aún no salen las pruebas definitivas, tendremos que arriesgarnos
e iniciar con uno de los medicamentos. Si no iniciamos hoy, esperando sea
el correcto, definitivamente la perderemos en unos días.
-Entonces, ¿qué hacemos?
-Vayan a descansar. No hay mucho que hacer esta noche.
Se fueron con el corazón destrozado a la casa donde se hospedaban.
Hoy en día, los hospitales cuentan con sillones cómodos y las salas se
han adecuado para pasar la noche completa cerca de un familiar en estado
crítico, pero en aquel tiempo no había un área cómoda para que mis
familiares pudieran quedarse a pasar la noche.
La esperanza es como un rayo de luz que te alcanza de la manera
menos esperada y lo ilumina todo.
Mientras tanto, dentro de mi cubículo, intenté señalar en distintos
momentos que me molestaba mucho el tubo de la garganta, manoteaba y
movía la cabeza, pero entre los brazos amarrados, los tubos respiratorios y
la secuela de la anestesia, no me daba a entender.
Logré que una de las enfermeras me diera una pluma y un pedazo de
papel para escribir lo que quería decir. Sólo pude escribir: “garganta
duele”. Una de las dos enfermeras que siempre debían permanecer
conmigo me tocó la cabeza y comentó que era natural que me sintiera
incómoda, que tenían que dejar ese tubo ahí. Era imposible, nadie me
haría caso, el dolor que sentía no era normal. Ya había estado intubada
antes y no sentí incomodidad alguna. No valía la pena seguir intentando
decirles que el tubo estaba mal puesto.
Esa tarde mi padre llamó a mis hermanos para darles la noticia, pero
sólo localizó a Sandra. Sin teléfonos móviles en esa época, fue una suerte
haberla encontrado.
-Mi chula, te llamo para decirte que Ana Cecilia está muy grave.
Tenemos cuarenta y ocho horas para saber si los médicos le
administraron el antibiótico correcto. Si no fue así, la perderemos
definitivamente.
-¿Pero cómo, papá? ¿Por qué no le dan el antibiótico correcto de una
vez?
-Porque no tienen claro cuál funcionará mejor hasta recibir los
resultados de los estudios. No podemos hacer nada más que rezar. Por
favor diles a tus hermanos que lo hagan también. Pidamos a Dios que se
salve.
Sandra recibió la noticia como un balde de agua fría. Salió rumbo a su
trabajo llorando sin tener la menor idea si volvería a verme algún día con
vida.
Horas más tarde, en la madrugada, comenzó quizás la experiencia más
memorable del resto de mi vida. Una de las enfermeras le avisó a la otra
que iría a ver a su novio en un McDonald’s en el primer piso del hospital.
Y como todo parecía marchar bien, la segunda me informó que no
tardaría; que sólo iba por agua. El agua se encontraba a unos pasos de mi
cuarto. Parecerían acciones naturales, sin consecuencia alguna.
Sin embargo, tal y como intenté explicar, el tubo respiratorio estaba
mal puesto. Con la secreción de algunas femas, éste se tapó y comencé a
asfixiarme.
Sin nadie a quien recurrir, mi primera reacción fue intentar arrancar los
tubos para poder respirar. Con los brazos amarrados era imposible, a pesar
de los jaloneos que daba con todas mis fuerzas. Éstos quedarían con
moretones y lastimados por el intento. Daba patadas, la cama se movía por
completo, mi cuerpo se retorcía sin lograr nada. Los segundos me
parecieron horas.
Casi al mismo tiempo, la alarma del aparato respiratorio sonó una y
otra vez. Sonaba tan fuerte que parecía tener una ambulancia dentro de mi
cubículo. Entró corriendo lo que me parecía un ejército de enferme- ras y
doctores. Escuché sus gritos diciendo “respiratory, respiratory”.
Llamaban al equipo especializado. Gritaban como unos locos. Yo
podía oírlo todo, pero no respirar. Mientras unas enfermeras me sostenían
las piernas y trataban de mantenerme quieta en la cama, los doctores
quitaron la parte de arriba del tubo que iba a la garganta para seguir el
procedimiento indicado. Pusieron un poco de líquido en el tubo que salía
de mi boca y trataron de succionar las femas. Seguía forcejeando,
buscando incorporarme para respirar. La desesperación por recibir un
poco de aire y la adrenalina me hicieron sacar tal fuerza que entre cuatro
personas no lograban mantenerme quieta.
El cuerpo se aferra a la vida a pesar de estar débil, infectado, recién
operado y sin oxígeno que lo mantenga con vida. No se da por vencido
fácilmente y hace hasta el último esfuerzo por lograr sobrevivir.
Intentaron el procedimiento una y otra vez y no lograban liberar el
tubo, quizás porque estaba mal colocado. Sobrevino el mareo, la pérdida
del conocimiento, mi cuerpo empezó a rendirse. Entré en paro respiratorio
y casi enseguida, en paro cardiaco. Entonces me fui.
AMARILLO TENUE
Al final sólo te llevarás el recuerdo del camino recorrido.
Con las manos vacías y el alma llena, serás más rico que nunca.
De pronto abrí los ojos y me sentí totalmente liberada, me vi a mí misma
en bata de hospital y a los doctores alrededor de mi cuerpo intentando
resucitarme. Vi como estaban todos atareados moviéndose de un lado a
otro. Cada vez los veía más pequeños y más distantes. La sensación era
extraña porque me sentía completa, íntegra y sin embargo, veía mi cuerpo
inerte frente a mí. Yo sólo flotaba. Ya nadie intentaba sujetar mis
adoloridas piernas y brazos. El alivio era enorme. No podía controlar lo
que sucedía, me dejé llevar en un viaje maravilloso.
Floté por dentro de algo semejante a un árbol. Sólo podía ser
espectadora. Primero, vi algo parecido a una capa de ramas que
albergaban animalitos pequeños: ardillas, conejos y pájaros, perros entre
otros. Todo aquello era armonioso, sentía paz, plenitud, ellos irradiaban
un amor como el que nunca experimenté, menos viniendo de un animal.
Los sonidos penetraban mi alma y cualquier cosa que hubiera dejado atrás
perdía importancia. Me sentí completamente sumergida en esa
experiencia.
Seguí flotando. Mientras mi cuerpo se relajaba, los músculos ya no
dolían, respiraba libre, no sentía cansancio. El alivio no sólo era externo,
sino interno. En seguida vi una segunda capa de ramas extensas. El
espectáculo era increíble, hermoso. Había criaturas más grandes: caballos,
jirafas, elefantes, leones y muchas más. Los colores de la piel de cada una
de las especies me maravillaban. Por primera vez vi a esos animales
salvajes, como seres inofensivos y amigables. Era como si nos
conociéramos y fuéramos parte de una misma familia. Sentía amor por
ellos y percibía que me amaban a mí también.
Seguí elevándome. Llegué a la tercera capa de ramas, llenas de niños
de todas las edades y razas; cada uno era distinto y hermoso a la vez.
No sé si eran cuerpos como los que estamos acostumbrados a ver, pero
sabía que eran niños. Todos convivían felices. Risas, cantos, vocecitas
dulces, eso era todo lo que se oía. Las sonrisas iluminaban el rostro de los
pequeños al jugar y correr sobre el pasto. Se mojaban con el agua de la
fuente en el centro del jardín. No podía hablar con nadie, al menos no lo
intenté, me limitaba a observar y a disfrutar de ese hermoso paisaje. La
comunicación durante éste momento no era verbal, pero me sentí
inundada de un amor que me lo decía todo. Disfruté del espectáculo.
Si me lo hubieran consultado, me habría quedado ahí. Yo era como un
globo que se escapó de la mano de un niño, despreocupado por lo que dejó
atrás, flotando por donde lo lleve el aire.
Entonces recordé a Ana Paula, pero no me angustié, supe que estaría
bien. Pude verla en su cuna durmiendo pacíficamente. Me sentí en paz y
muy cerca de ella, como si me encontrara a su lado. No me alejaba, me
acercaba más a ella y la cuidaba.
Me di cuenta de que tenía capacidad para verlo todo por adelante, por
detrás, arriba y abajo o hacia los lados al mismo tiempo. Sin importar a
dónde volteara, y sin necesidad de girar la cabeza, mis ojos podían ver
como en trescientos sesenta grados. No me ocasionaba temor o malestar.
Era mucha información al mismo tiempo y toda la asimilaba y me
fascinaba. Sentía magia en ese lugar.
Un poco más arriba me encontré algo parecido a otra capa grande de
ramas. Esta vez había gente de distintas edades. Sólo percibía armonía,
serenidad y alegría. Las personas sonreían y me sentí fortalecida. Las
voces eran claras, melodiosas y elocuentes, la comunicación fluía de
manera muy natural. Sin embargo, no hablaban con sonidos vocales, era
como si sólo con su mente se dijeran todo y yo podía escucharlo.
El ambiente era de paz y amor absolutos. También había una fuente
rodeada de flores multicolores en medio de un gran jardín. El agua caía a
diferentes ritmos formando imágenes y su sonido era maravilloso. La
gente estaba sentada alrededor mientras conversaba y sonreía. Observé a
personas recostadas en el jardín leyendo un libro o simplemente tomando
el sol. El paisaje era espléndido.
Seguí mi viaje, disfrutándolo todo, elevándome por ese árbol que
parecía un túnel lleno de vida, sintiéndome completa y libre. Podía
respirar profundamente y oxigenarme. No sentía debilidad, ya nada me
dolía. Recordé a mis padres y a mi marido. Sabía que estaban sufriendo,
pero también que estarían bien. Quería consolarlos amándolos más y más.
Nada, absolutamente nada me pesaba. Era como si supiera que ellos tarde
o temprano disfrutarían del bienestar que experimentaba y dejé de
preocuparme.
Avancé un poco más hacia otra capa de ramas extendidas, pero esta
vez se observaba una gran cantidad de ancianos sonrientes, vigorosos.
Muchos estaban sentados conversando y disfrutando del paisaje. Se
encontraban en medio de jardines llenos de flores, árboles de diferentes
especies y ríos que fluían con agua limpia y fresca. Caminaban por las
veredas y compartían historias. Me llamó la atención que nadie parecía
necesitar bastón, ni sillas de ruedas. Ninguno tenía problemas para
moverse.
De pronto percibí mi cuerpo llenándose de electricidad, como si fuese
capaz de irradiar luz. Me sentía plena, el paisaje era tan bello y mi alma se
regocijó.
En ese momento, miré hacia arriba en busca de lo que seguía, pues
todo aquello era un espectáculo con sensaciones jamás experimentadas.
Vi un pequeño círculo color amarillo tenue que me atraía como un
imán.
Mi curiosidad natural me impulsaba a entrar y averiguar qué había
detrás.
Deseaba entrar ahí pero, por más que intentaba, no podía acelerar mi
viaje. Ansiosa, me dejé llevar hasta penetrar lentamente en ese pequeño
espacio. Parecía como una tela de seda suave y delicada. Al asomar la
cabeza y los hombros, cuando creí que finalmente podría existir en la luz
celestial que había ahí dentro, algo me detuvo a medio cuerpo, como si me
hubiese quedado estancada. Esa luz inundó todos mis sentidos y sentí que
impregnaba cada parte de mi cuerpo. Quedé cegada y completamente
extasiada. Inhalé para llenarme de esa sensación maravillosa. Yo no
quería, no necesitaba nada más. Había llegado a la meta, al destino final,
no podía haber más amor que ese; lo sentía, lo sabía. Y lo estaba
disfrutado enormemente.
No hay palabras para describir la sensación de ser abrazada por esa luz
que me llenó por completo. Podía percibir cualquier cosa sin moverme.
Todo era unidad. Me sentí amada, aceptada, sin conflicto ni confusión.
Era como estar en casa con toda la familia de la Creación.
Sin ver absolutamente nada, casi de inmediato sentí el roce de una
mano por encima de mi cabeza. En ese momento me inundó un amor
inimaginable. Me sentí extasiada y plena. Al mismo tiempo que la mano
tocó mi cabeza, oí una voz suave, hermosa y casi mística que me decía:
-Quédate tranquila y vete en paz. Haz todo lo que te he pedido.
Quería preguntar, entender, investigar más, pero al instante comenzó
mi viaje de regreso. Volví a ver todas esas capas de ramas pero a gran
velocidad. No había manera de detenerme a disfrutar. Lo deseaba, pero
sólo podía dejarme llevar en ese retorno violento. No quería regresar de
esa experiencia tan bella que estaba viviendo.
“¿Por qué tengo que regresar si por fin descansaba? ¿Para qué me
despiertan, para que me molestan?” Me preguntaba constantemente.
De nuevo, me vi a mí misma a lo lejos en la cama de hospital y los
médicos seguían alrededor de mi cuerpo intentando resucitarme. En un
instante estaba de regreso. La cabeza me daba vueltas y más vueltas.
Volví a sentir dolor, angustia y mucho enojo. El mareo no me permitía
ubicarme en tiempo y espacio. Abrí los ojos y me vi rodeada de muchos
doctores. Sentí un intenso calor en el pecho originado por el electroshock
para intentar restablecer el ritmo cardiaco. En ese momento los escuché
gritar:
-She’s back! ¡Regresó, está con nosotros!
“¡No! Yo no quiero estar de vuelta. ¡Déjenme en paz!” gritaba en mi
interior sin que nadie me escuchara.
Estaba desesperada, no quería estar ahí. Me preguntaba una vez más
por qué me despertaron, si finalmente me dormí después de tanto batallar
para respirar. Parecía que a nadie le importaba lo que yo deseaba, todos
querían regresarme a ese lugar donde estaba sufriendo. Sentía que habían
pasado horas, y sin embargo tan sólo eran unos minutos. Mi cuerpo se
resistía a quedarse y, una vez más, entré en paro cardiaco. Los doctores
parecían perder el control y gritaban con voz sonora.
-¡Se nos va, se nos va, inténtelo de nuevo!
Luchaba por volver a donde estaba hacía unos segundos. No había
razón para quedarme ahí, donde sentía tanto dolor y sufrimiento, sólo
quería volver a esa luz, a ese instante. Quería sentir de nuevo el inmenso
amor y la plenitud que había experimentado. Nadie oía mis gritos inter-
nos. Era increíble que nada tenía sentido en ese momento para mí. No
podía pensar en mi hija, en mis papás, en mi esposo o en mi familia.
Todo eso dejó de tener importancia después de haberme asomado a ese
paraíso y encontrar aquel descanso. Sentía que ellos estarían bien, no tenía
por qué preocuparme más.
“Déjenme en paz, no me quiero quedar aquí. ¡Quiero regresar, por
favor déjenme ir!” -suplicaba en mi interior.
Después de una lucha de alrededor de una hora, con electroshocks y
reanimación cardiopulmonar, lograron restablecer mi ritmo cardiaco.
Volví en mí. Estaba de nuevo en el hospital, llena de tubos, sondas,
respiradores y gente a mí alrededor. Poco a poco se retiraron, salvo la
guardia de las dos enfermeras, quienes siempre debieron estar ahí, y un
cardiólogo que me acompañó el resto de esa noche.
Al principio estaba aturdida, confundida. No se puede sufrir una
experiencia así y regresar esperando entender qué pasó. Atando cabos, me
daba cuenta de que estaba muy enojada con todos, más no entendía otras
cosas: ¿quién me había dicho esas palabras? ¿por qué me dijo eso?, ¿sería
un doctor hablándome al oído, o Dios mismo indicándome un camino que
yo debía descifrar? Todo había sucedido al mismo tiempo: disfruté de un
lugar paradisíaco mientras intentaban mantenerme con vida.
Pasaron varias horas antes de que viniera la claridad a mi mente. Pude
entonces aceptar y entender que algo sucedió. Yo estuve en otro lugar, en
otra dimensión, o quizás era el mismo lugar, pero pude ver lo que antes no
veía. Algo pasó y quería entender por qué había abandonado mi cuerpo.
Insistía en comunicarme, la única forma era escribiendo.
Me pusieron la pluma en la mano izquierda pues traía un catéter en la
derecha. Pero no entendían lo que escribía. Al preguntar, nadie me
explicaba, no me daban respuestas. A pesar de todos los intentos que hice
por escribir en mi pequeña libreta, no logré obtener explicación.
Me sentí desconcertada, pero muy fortalecida. No comprendía dónde
había estado, pero sabía que no era en este mundo, en este reino. Tuve una
probadita del maravilloso universo que hay cercana a la muerte.
Todos actuaban como si estuviera moribunda. Quería explicarles que
estaba más sana que nunca; quería que dejaran de actuar así y decirles que
aunque me vieran mal, no lo estaba, ya no advertía el mismo dolor, sabía
que viviría, lo sentía y me lo habían dicho. Pero no podía comunicarme.
La fuerza que albergaba en mi interior me ayudó a no desfallecer a pesar
de todas las malas noticias que vendrían más adelante.
No querían explicarme por qué me encontraba tan delicada, que mi
cuerpo estaba infestado y sólo un milagro me mantendría con vida. El
milagro ya había ocurrido, pero sólo yo, hasta ese momento, sabía lo que
pasó esa noche en ese viaje maravilloso. Tuve una experiencia con la
muerte. Me costó mucho tiempo darme cuenta de que tuve la oportunidad
de experimentar lo que pocas personas pueden. No importaba dónde me
encontrara ni qué me estuviera sucediendo, dependía de mí cómo ver la
vida. A pesar del gran dolor físico que aún sentía, ya no me pesaba como
antes. Debía encontrar la forma de ponerle palabras a tanta información
recibida.
Viví algo tan maravilloso, que ahora lo único que quedaba por hacer
era intentar traerlo a mi realidad actual. Me preguntaba cómo hacerlo, y
desde ese día repasé en mi mente la belleza de aquello visto y vivido y
traté de asimilar cada instante y agradecer a Dios por ello.
A la mañana siguiente, mi familia llegó temprano y les notificaron que
lo más probable era que no viviría después de ese día, pues pasé muy mala
noche y me encontraba muy grave. Mi esposo no quiso arreglar lo del
registro del apellido. Era tan doloroso el proceso que se limitó a quedarse
ahí afuera con mis padres, esperando más noticias.
Me preguntaba qué hubiera pasado si moría en el hospital esa noche,
sin nadie cerca. En México, lo primero que hace la familia es acampar en
el hospital mientras un familiar está grave. Estar separados era difícil para
todos, pero eso ya no me preocupó mucho, pues en mi mente sólo tenía
una frase: “¡Quiero vivir!”
Fue hasta un año después cuando tuve acceso a la información médica
de lo ocurrido. Gracias a la amistad que hice con Pamela y a la ayuda de
su esposo, Fernando Lombana, supe que tuve un paro respiratorio y un
paro cardiaco aquella noche. Ellos estaban recién casados. Fernando era
médico y los dos trabajaban en el Texas Children’s. Ambos me
comentaron que nadie del cuerpo médico entendía cómo seguía con vida
después de ese episodio tan complicado. No sé realmente si fue una falta
de protocolo y vigilancia lo que hicieron las enfermeras ese día. Nadie
puede asegurar nada, son especulaciones. Lo que sí es seguro, es que esta
experiencia marcaría el resto de mi vida, a pesar de que me tomara años el
terminar de entenderla.
CUIDADOS INTENSIVOS
Mi alma habla a través de mis acciones, no mis palabras
Mi estancia en el hospital fue muy larga. Vi entrar y salir a más de veinte
pacientes mientras yo seguía ahí. La mayor parte del tiempo lo pasé en
cuidados intensivos. Mi familia iba a visitarme todos los días pero con
horarios muy estrictos. Tengo vagos recuerdos de los primeros días
cuando me tenían completamente sedada, mientras mi corazón y
circulación se regularizaban después de la gran crisis, de ese gran sueño.
Mi papá y mi marido debían ir y venir de Houston a Monterrey pues
era importante conservar sus trabajos. Necesitaban hacerse cargo de la
casa y de sus propias actividades. Mi madre fue la única que no se alejó de
mí ni un sólo día. Ese fue un regalo, pues una vez más, ella estaba a mi
lado, ahí afuera, esperando, lejos de todo lo demás.
Estuve intubada muchos días. Llegó un momento en que pensaron que
tendrían que hacerme una traqueotomía. Mi salud era muy delicada y mi
cuerpo respondía muy lentamente, pero lo importante es que seguía con
vida. Cuando mi madre entraba a mi cuarto, me acariciaba las manos y
refrescaba mi cara con toallas humedecidas. Estaba tan hinchada que eso
me aliviaba un poco el malestar. Con mi mano le pedía que hiciera lo
mismo en mis piernas. Eso, además de tener a algún familiar cerca, era de
las pocas cosas que me brindaban un poco de placer.
Los amigos viajaban para estar con nosotras. Gracias a la visita y
ayuda de estos amigos y familiares que relevaban a mi madre, ella pudo
encontrar tiempo para descansar un poco. Comer fuera del hospital,
bañarse y despejarse eran un regalo para ella. Ellos me acompañaban
mientras mi mamá se iba un rato al departamento. Siempre agradeceremos
a todas esas amistades que nos visitaron y apoyaron.
La doctora Roma fue quien me recibió en el área de cuidados
intensivos una vez retirados los tubos. Me visitaba todos los días y se
quedaba más tiempo del que normalmente lo hacían otros doctores,
mientras sosteníamos largas conversaciones triviales. No me atreví a
preguntarle qué había pasado. Sospeché que para los médicos sería fácil
descartar mi experiencia, atribuyéndola a los medicamentos o a un estado
de shock.
Me mantuve en silencio, meditando, analizando.
La ventaja era que ya respiraba por mí misma y me sentía un poco más
cómoda. Desarrollé una serie de infecciones bastante serias. Erradicar el
estafilococo dorado, además de lo complicado de mi recuperación por
pequeñas infecciones adicionales, mantenía a los doctores sumamente
ocupados. Me encontraba tranquila, serena; estaba viva y eso era lo que
me importaba. Haría lo necesario para mantenerme así. No discutía, ni
argumentaba las decisiones de los médicos.
En un reporte que la doctora Roma me dio al salir del hospital decía:
“Ana tiene la fuerza de voluntad más grande que yo haya visto.
Afrontó su recuperación con una claridad mental muy enfocada; siempre
estaba lista para hacer lo que le fuera requerido o pedido. Era la paciente
ideal.”
Y cómo no iba a intentar ser buena paciente, si mi experiencia cercana
con la muerte me dio otra perspectiva de las cosas. Ya no sentía prisa, al
contrario, mi estancia en el hospital me daba el tiempo para meditar y
analizar detalladamente qué era lo que debía hacer: “Quédate tranquila y
vete en paz, y haz todo lo que te he pedido”. Estaba en paz y tranquila,
sólo necesitaba descifrar el pedido. Quizás era compartirlo, pero no sabía
cómo, ni yo misma encontraba palabras para hacerlo.
Como alguna vez me lo dijo la doctora Roma, el estado anímico de un
paciente es sumamente importante para su recuperación. Mi estado de
ánimo no era el problema, pero creía que mantener mi cuerpo con vida, sí
lo era.
Me encontraba muy delicada. Todo el tiempo debía tener una
enfermera a mi cuidado. Buscaba hacer contacto personal con cualquiera
que llegara a mi habitación. Tenía una gran necesidad de compartir ese
amor que sentía por dentro hacia cada uno. Entendía que para ellas yo era
una paciente más, pero necesitaba sentirme una persona que les importara,
no únicamente un paciente. Necesitaba conexión. Dependía de ellas para
todo.
A los pocos días, recibí la llamada de mi hermana Sandra, quien se
quedó preocupada. Necesitaba escucharme y sentirse cerca de mí.
-Ana Cecilia, me dijeron que podías hablar unos minutos, sólo quiero
oírte y saber cómo te sientes.
-Viví una de las experiencias más increíbles que te puedas imaginar.
Traté de describirle un poco lo que viví, pero aún albergaba dudas,
huecos y confusión. Ella estaba emocionada al escucharme y sentirme
cerca una vez más. Hablé con Enrique Luis y Marcela. Platicar con mis
hermanos me animaba y me daba fuerza. Estaban preocupados por mí y
los extrañaba mucho.
Una noche llegó Pamela. Ella era una enfermera preparada que iniciaba
su especialidad. Nadie quería estar conmigo pues era una paciente adulta y
siempre se batalla mucho más que con los niños. Todas preferían cuidar a
los pequeños, que no las cuestionaban y con quiénes normalmente se
relacionaban mejor. Además, preferían no lidiar con tantas variables.
Yo era una paciente de veinticuatro años, con una hija y un marido que
me visitaba constantemente. Tenía mi opinión respecto a todo. La forma
de ver las cosas para un niño, es muy diferente a la de un adulto, pero a
pesar de eso, como paciente fui muy paciente. Comprendía que lo único
en lo que debía estar concentrada, era en mi recuperación y estaba
preparada para eso.
Pamela y yo de inmediato nos identificamos. Me veía a los ojos y se
interesaba por mi conversación. Fue muy sencillo hacer amistad con ella y
poner las bases para una relación que perdura hasta hoy en día.
En cuidados intensivos nunca se podía saber exactamente si era de día
o de noche. Ahí las luces siempre estaban encendidas y había doctores y
enfermeras atendiendo pacientes y visitando los distintos cubículos todo el
tiempo. Una vez más, estaba en un cuarto aislado. Mi infección era muy
delicada y lo menos que querían era contagiar a alguien más.
Así que, cuando Pamela llegaba, cerraba la puerta, y a pesar de que las
paredes eran ventanas y todo se podía ver, sentía algo de privacidad.
Las primeras noches fueron emocionantes. Siempre teníamos mucho
de qué hablar. Ella, siendo colombiana, tenía una conversación deliciosa y
yo sentía que platicaba con una amistad de muchos años. Nunca dejaba de
observar mis monitores. Pero poco a poco, sentí que no lo hacía como
trabajo, sino como amiga.
Aun con la confianza que me inspiró, me costó mucho poder hablar
con ella abiertamente sobre mi vivencia, yo no tocaba el tema. ¿Me
creería? ¿Entendería que no me estaba volviendo loca y que las medicinas
no me afectaron? Además no terminaba de encontrar las palabras
adecuadas para describir lo que experimenté. El miedo me paralizaba.
Sin embargo, me daba cuenta de que podía reír en medio del dolor y
eso causaba asombro en el hospital. Bromeaba mucho sobre mi estado
físico y mi incapacidad para moverme y tener que depender de todos.
Las personas a mí alrededor me inspiraban amor. Mi trato hacia todos
era distinto. Estaba tranquila, confiada, esperando sin prisa.
Me daba miedo cuando me asignaban otra enfermera que no fuera
Pamela. A veces eran bruscas, me lastimaban con tan sólo rozar mi piel y
no parecían percatarse. Ya no me dolía la cirugía sino el cuerpo entero.
Pasé tanto tiempo en cama, que las llagas en mi piel eran cada vez
mayores.
En una ocasión me tocó una enfermera que me permitió aprender un
poco más de mí misma. Me di cuenta que era capaz de hacer lo que fuera,
con tal de captar su atención y conectarme con ella para transmitirle mi
confianza. Sabía que debía compartir un mensaje, pero aún no tenía idea
de cómo hacerlo.
Ella se llamaba Sara. Recuerdo bien el nombre porque cuando la vi
entrar, le dije que yo admiraba a Sara, la de la Biblia. Ella no prestó
atención a eso, al menos me hizo sentir como si ni siquiera me escuchara.
Traté de sonreír, de hacer esa conexión que tanto buscaba, pero nada
funcionaba. Sara no estaba interesada en mi sonrisa ni en mi conversación.
Ella sólo quería hacer su trabajo y asegurarse de que me encontrara bien y
estable.
Llegó el momento en que tenía que bañarme. Ese era todo un ritual.
Aprovechaban el baño para cambiar sábanas limpias y dar vuelta al
protector que tenía bajo las mismas. La manera de hacerlo era girándome
primero hacia el lado izquierdo, quitar las sábanas de ese lado hasta donde
estaba yo. Ahí me descubrían la espalda y me enjabonaban. Si se mojaban
las sábanas, no importaba porque eran las que ya iban a quitar.
En esta ocasión, Sara me dio la vuelta y sentí un dolor profundo en mi
espalda y en la cadera. Me quejé y le pedí que lo hiciera con cuidado.
-Lo estoy haciendo con todo el cuidado que puedo. Conozco mi trabajo
-me dijo.
-Discúlpame, no quiero decirte cómo hacerlo. Es sólo que duele.
-Está bien -respondió con una voz cortante.
Cuando me dio la media vuelta para el otro lado quise bromear.
-Una, dos y tres, ayúdame porque no llego -dije.
-Ese es mi trabajo, yo te giro.
Me sentí muy triste. Además me sentía expuesta; estaba casi desnuda,
con mi espalda, al igual que el resto de mi cuerpo, completamente
descubierta mientras me giraba para enjabonarme. Necesitaba sentir que
Sara se preocupaba por mí, no sólo por bañarme y terminar de hacer su
trabajo. Por más privacidad que hubiera, estaba en un lugar lleno de
ventanas y cualquiera podía verme.
Me vistió con la usual bata de hospital. Terminó de acomodar mis
sábanas, catéter, tubos de drenaje y me puso en una posición cómoda.
Le di las gracias. Ella me miró distante y contestó “de nada”.
Un rato más tarde, decidí que tenía que ponerme a orar. Me
acostumbré a hablar mucho conmigo misma y con Dios en esos días. Lo
haría en esta ocasión, moviendo mis labios y en voz baja. Lo hice así
porque sabía que ella estaría observándome en la parte de afuera del
cubículo.
Ese era su trabajo, y lo hacía muy bien. Así que sabía que en cualquier
momento, vendría a preguntarme si estaba bien. Era todo un plan para
captar su atención.
Empecé dando las gracias por estar viva. Después agradecí por la vida
de Sara y de cada una de las personas que me atendían y que se
preocupaban por mantenerme viva. Y cuando estaba dando las gracias por
mi familia, mi plan resultó.
-¿Te encuentras bien? -me dijo al entrar con cara de preocupación.
-Sí, estoy muy bien, Sara, gracias. Estoy orando, dando gracias a Dios
por estar viva, porque tú me cuidas y porque pronto estaré fuera de este
lugar.
Se quedó sin habla. Acercándose a mi cama, me acomodó los tubos de
drenaje, giró mi almohada para ponerme más cómoda y, por primera vez,
me miró directo a los ojos y sonrió.
-Qué bueno que estés bien. Si necesitas algo me avisarás, ¿verdad,
Ana?
-Claro, Sara, gracias.
Me conecté. Me sentía orgullosa de mí misma. Logré obtener una
sonrisa y ella se interesó por mi bienestar personal. Al menos eso me hizo
sentir muy bien esa noche. Pero extrañaba a Pam.
Sé que Pamela pedía estar conmigo durante su turno. Ella tenía una
empatía tan grande y era tan cuidadosa con cada una de sus actividades,
que sentía que sólo una amiga, con un gran amor hacia mí, podría ser tan
entregada. En realidad esa era la forma en que ella siempre trataba a sus
pacientes. Pero Pamela me hizo sentir muy especial. Nuestra
comunicación me mantenía alegre, alimentaba mi esperanza, con ella
podía hablar de mi hija, en mi idioma y sentía que podía abrir mi corazón.
Un día me dijo que me admiraba; me tuvo la confianza para decirme
que no entendía cómo tenía tan buen ánimo y mantenía a todos calmados
con la tranquilidad y paz que transmitía. En la medida que pasaron los
días, era como yo misma entendía a qué se debía. Mi experiencia me dio
tal fortaleza, que apenas empezaba a comprenderla.
NO PAIN, NO GAIN
A veces el dolor es la mejor señal de que tengo algo que aprender.
La fotografía de Ana Paula siempre estuvo al pie de mi cama. Si me
movían a algún otro lugar, todos se aseguraban de que esa imagen me
acompañara. Era mi fuerza, mi motor. Mi objetivo estaba claro: debía
volver a verla.
Las siguientes tres semanas, mi salud se complicó, casi no podía
hablar, pero Pamela me cuidaba. Fue como un ángel de la guarda que no
me abandonaba. Yo no tenía fuerza, sólo quería tener los ojos cerrados.
En muchos momentos ella pensó que yo no saldría con vida de ese
lugar, pero nunca dejó de darme ánimos y cuidarme.
Estaba cansada. La lucha física se estaba volviendo abrumadora,
comencé a dudar. Ráfel estaba cerca, sabía que rondaba mi habitación
constantemente, lo sentía. Los doctores hacían todo lo que podían. Tenía
otra infección grave, mucha debilidad y batallaba con la oxigenación.
Cualquiera se desgasta bajo la tensión de una hospitalización
prolongada, pero el aislamiento, exacerba esa situación. Es ahí donde uno
se siente como en una prisión, desconectado del mundo real y la
incertidumbre es extenuante. Incluso un prisionero sabe la duración de su
condena y puede contar los días para su liberación. Yo no lo sabía.
¿Cuántos días más?, ¿qué me depara el futuro?, ¿habrá algún otro
contratiempo?, ¿qué más puede pasar? Me encontraba a la deriva como en
una balsa en medio del océano, sin viento durante varias semanas. Me
levantaba y volvía a caer con las olas, y cada una me alejaba de la orilla.
La vida era más y más difícil. No terminaba de estabilizarme. Me pesaban
a diario con una báscula que levantaba mi cuerpo entero, pues no podía
moverme.
Adelgacé más de quince kilos. Llegué a pesar cuarenta y cuatro kilos,
demasiado poco para mi altura de un metro con setenta centímetros.
Mis pulmones seguían muy saturados de líquido y respirar se me
dificultaba. Dos veces al día debía hacer ejercicios de respiración y era un
martirio. Cada vez que iba a verme la fisioterapeuta, mi querida Lorna, me
quejaba, pues realmente me dolía lo que me hacía. Desde que entraba a mi
cuarto empezaba a sentir el dolor. Aunque sabía que eran ejercicios
necesarios para vivir, buscaba cualquier excusa para evadir ese momento.
Bromeaba con ella, intentaba persuadirla para que no me hiciera pasar
por ese proceso.
-Estoy dormida, Lorna, regresa más tarde.
-Ana, tenemos que hacer esto ahora, tú lo sabes. Anda, vamos a
empezar -me decía.
-No pasa nada si hoy no hacemos esto, necesito descansar. Estoy débil.
-No estás débil, cada día estás mejor gracias a estos ejercicios.
Comencemos -me decía mientras acomodaba mi cama en posición
recta para empezar con las palmadas en la espalda para aflojar las femas y
ayudarme a expulsarlas.
No podía negar que viví una experiencia maravillosa y que en mi
interior algo cambió, pero también sabía que mi cuerpo sufría. En esos
momentos de dolor, recordaba a mi abuelita Nena. Cuando éramos
pequeños, mis primos jugaban y corrían. Me quejaba con ella porque mi
mamá me prohibía correr tanto, pues me cansaría y se me pondrían los
labios morados.
Mi abuelita me abrazaba y me hablaba en secreto.
-Mi reina, si tú tienes ganas de correr, corre. Cuando te canses, deja de
correr. Tú puedes, ándale.
-¿En serio, abuelita? ¿Puedo?
-Sí, y si tu mamá dice algo, yo le digo que te di permiso.
No sé si mi abuelita entendía lo que me estaba diciendo, pero
definitivamente me ayudó a tener la fuerza para empezar a correr desde
niña, sin miedo, confiando.
No era momento de parar ahora. Tenía que seguir esforzándome,
superar esa dificultad por la que pasaba.
-Respirar duele, Lorna. ¿Crees que un día deje de doler? -preguntaba
yo.
-Dejará de doler más pronto de lo que imaginas.
Tap tap tap, seguía ella con el otro lado de mi espalda. A veces se me
salían las lágrimas por el dolor y Lorna se detenía al darse cuenta. Me
ofrecía un poco de agua y decía:
-Falta menos que cuando empezamos. Un poco más, Ana, regálame
unas palmadas más.
Le regalaba una forzada sonrisa y me ponía de nuevo en posición.
Veía la fotografía de Ana Paula, y eso me motivaba para aguantar otro
poco más.
Después seguía la respiración con el espirómetro de incentivo. Este
aparato de plástico servía para medir la eficiencia de mis pulmones.
Tenía que inhalar lentamente lo más profundo que pudiera para que
una bola subiera de nivel hasta cierto punto. Me costaba muchísimo llegar
a la mitad de mi objetivo. Cada día lograba subirla un poco más, pero el
dolor era intenso.
Parecía que la única manera de lograr algo y recuperarme era a base de
mucho dolor, un dolor muy intenso y agotador. Ella intentaba sacarme
plática para hacer la terapia menos pesada. Pero una vez se lo dije y
siempre lo pensé: si tenía que pasar por todo ese dolor para volver a ver a
mi hija y vivir la misma experiencia, lo volvería a hacer mil veces. Lorna
sólo me miraba y seguía con su trabajo.
Cuando terminábamos me preguntaba cómo me sentía. Siempre le
contestaba lo mismo: adolorida. Ella igualmente me contestaba con la
misma respuesta.
-No pain, no gain, remember! -me decía con una gran sonrisa.
Abuelitos Enrique y Nena Con abuelita Nena
PENÚLTIMA CARTA
En mi interior soy mucho más fuerte de lo que mi fachada representa.
Sólo yo conozco lo que me ha costado ser quien soy.
Todos los días vomitaba por alguna razón. Tenía mi vasijita ya prepa-
rada, pues esto me sucedía varias veces al día. Nadie sabía por qué, pero
estaban preocupados pues no podía retener alimento. En un cambio de
guardia, una tarde, mi hermana Marcela estaba conmigo. Me sentía
sumamente mal. Comencé a vomitar aquello que apenas hacía un rato
había ingerido. Marcela me ayudó y se sentó de nuevo. En ese momento
llegó una enfermera asistente y dijo que no era normal que estuviera
devolviendo tanto, que debía haber otro motivo.
Se acercó una doctora que no había visto antes y me preguntó:
-¿Existe alguna posibilidad de que puedas estar embarazada?
Como no recibían con frecuencia pacientes adultos en ese hospital,
estaban en un terreno nuevo y no se les había ocurrido esa posibilidad, no
era parte de su protocolo. De inmediato sonreí y en tono de broma dije:
-¿Cómo puedo estar embarazada si llevo un mes aquí?
Y en ese momento preciso, cambió mi rostro y palidecí. Recordé la
carta que escribí a mi marido.
Por supuesto que podía estar embarazada. Estuve con mi marido un día
antes de mi cirugía. Nunca pasó por mi mente, en esos momentos, el
peligro que podría haber. Yo quería despedirme de él, darle tranquilidad.
Era una locura, pero era posible. Comencé a llorar con muchísima
dificultad, pues apenas si podía tomar aire suficiente para respirar.
Sollozaba y mi angustia fue tal, que mi hermana se acercó para
tranquilizarme.
Entraron otras dos enfermeras y no sabían cómo consolarme. El dolor
en mi pecho era inmenso, pero no solamente era físico, sino por todo lo
que eso podría representar.
Les dije que sí existía una posibilidad de estar embarazada. Sabía que
aunque éramos cuidadosos, todo era posible, muchas veces es así. Aun
con lo mal que se encontraba mi corazón, mi vientre estaba preparado para
recibir a otro bebé. Esa parte de mi cuerpo funcionaba perfectamente.
Pensé en lo que podría ocurrir. Por un lado estaba aterrada y por otro lado,
pasaba por mi mente la emoción de haber podido concebir de nuevo.
Luego regresaba a mi mente el razonamiento. Si mi bebé sobrevivía,
¿cómo viviría con todo lo que le había pasado a mi cuerpo?
Acababa de pasar por una cirugía mayor muy complicada, otra más
pequeña con anestesia completa. Recibí medicamentos, antibióticos,
electroshocks. Ningún bebé podría sobrevivir todo eso. Enloquecí por un
momento sólo de pensar en qué pasaría si en verdad había concebido,
cómo podría sobrevivir un bebé en mi vientre.
Llamaron de urgencia a la doctora Roma. Ella llegó a verme a los
pocos minutos.
-Ana, tranquilízate. Me acaban de informar lo que pasa. Vamos a hacer
unos exámenes de sangre y en una hora tendremos el resultado.
Por favor, no te angusties más. Eso no te hace ningún bien.
La doctora estaba muy molesta porque nunca debieron preguntarme
eso a mí. Mi salud era tan frágil, que una noticia así, en mi estado era
simplemente catastrófica. El hospital pudo haberlo averiguado con una
muestra de sangre sin tener que preocuparme.
Lloré mucho, casi hasta el ahogo. Ahora mi dolor era del alma.
Marcela, que en ese entonces era una joven de dieciocho años, sólo me
veía llorar y no sabía qué hacer para ayudarme. Ella sabía que a mí me
gustaba mucho escucharla cantar. Cuando me tranquilicé y mis sollozos
se calmaron un poco, se acercó a mi cama y comenzó a cantar. Cantó la
canción de Pablo Milanés: El Breve Espacio. Con la letra de esa canción,
pensaba en mi hija y recordaba que la tenía compartida en esos
momentos, pero no me importaba con tal de tenerla, aunque fuera a la
distancia. Marcela lo sabía y eso me reconfortaba.
Recargué mi cabeza en la almohada, miré hacia arriba y entonces viví
otra de las experiencias más hermosas de mi vida. Comencé a orar y a
pedirle a Dios que me tranquilizara. Con la mirada al techo, tratando de
hacer respiraciones pausadas y profundas, mientras escuchaba a
Marcela, me concentré en mi oración. Tuve una sensación de
hormigueo por todo mi cuerpo. Con los ojos abiertos y sintiendo que
estaba en plena consciencia, vi cómo dos ángeles descendían y se
acomodaban uno a mi lado derecho y otro al izquierdo. Irradiaban luz y
pude percibir el movimiento de sus ropas como túnicas de seda. Todo el
tiempo parecían estar flotando. No recuerdo haber visto alas grandes ni
aureolas, sólo cuerpos transparentes que brillaban intensamente y me
irradiaban amor puro y pleno. Comenzaron a limpiarme; recorrían mi
cabeza con gran delicadeza, mi torso, mis brazos, estómago y piernas.
Sentí como si mi cuerpo empezara a liberarse de la presión. Aliviada,
disfruté del escenario, todo un espectáculo para mis ojos. Me sentí
abrazada amorosamente por esos seres.
Marcela sólo me observaba y no entendía qué pasaba, veía que me
tranquilizaba cada vez más, mientras que yo miraba mi cuerpo de un lado
y del otro.
Me quedé profundamente dormida por varias horas. Descansé como
tenía días de no hacerlo. Mi respiración mejoró notablemente. Llorar fue
el mejor ejercicio de respiración que pude haber hecho. Logré lo que
Lorna no pudo hacer en días. Con el esfuerzo entró aire a mis pulmones y
eso liberó líquido y femas.
Por más oscuros que parezcan ciertos eventos, a veces traen con ellos
una luz que le da sentido al dolor. Eso es lo que llamo crecer en el dolor.
Cuando desperté, Marcela ya no estaba conmigo y ese tema no lo
tocamos hasta hace pocos años. Mis exámenes de sangre estaban listos.
No estaba embarazada, no tenía de qué preocuparme. Eso me alivió y
sentí una paz aún mayor que la experimentada antes de quedarme
dormida. Mi cuerpo estaba muy débil y lastimado; mi espíritu, por el
contrario, se sentía más fuerte que nunca.
Esa noche no podía dejar de pensar en mi vivencia; en ese espectáculo
de ángeles a mi alrededor. Pensé en que quizás todo lo imaginé en sueños
por algún analgésico suministrado para dormir. Vinieron dudas a mi
cabeza y simplemente no lo comenté con nadie.
Al día siguiente, me llamó Martha, una amiga a la que tenía mucho
tiempo de no ver. Pidió mi extensión y dijo a las enfermeras que
necesitaba hablar conmigo, que era importante. Me la comunicaron.
Fue una llamada que me hizo reflexionar profundamente y darme
cuenta de que la mano de Dios siempre me acompañó.
-Ana Cecy, qué gusto me da escucharte, tenía que hablar contigo, pues
tuve un sueño tan vívido, que te lo tenía que compartir. Soñé que estabas
acostada en tu cama y dos ángeles bajaban de lo alto a acompañarte. Te
cuidaban, acariciaban y sanaban mientras dormías. Amiga, no estás sola,
Dios está contigo y sus ángeles te acompañan.
Me quedé impactada. No podía moverme, pero si hubiera podido,
hubiera saltado y gritado de emoción. No fue un sueño, no era mi
imaginación, lo vivido era real. Fue tal mi súplica y dolor del alma, que
Dios envió la ayuda necesaria para que me consolaran y fortalecieran.
Mi cuerpo todavía se encontraba muy débil pero sentí que cada una de
mis células encontró un equilibrio y mucha paz. A pesar del dolor y de lo
incómoda que me sentía, mi serenidad era enorme.
Para ese momento, ya había vivido dos eventos muy significativos: la
experiencia fuera de mi cuerpo y la visita de dos ángeles para
tranquilizarme. Nunca me consideré una persona muy apegada a los ritos
religiosos, pero sí muy espiritual y creyente. Lo que yo viví no era un
sueño hermoso, era una vivencia real y maravillosa. Podía sentir una paz
que iba más allá de mis propios pensamientos y entendimiento.
Fue entonces que empecé a comprender un poco esa frase que
retumbaba mi cabeza constantemente: “Quédate tranquila y vete en paz, y
haz todo lo que te he pedido.” Sin importar los eventos por los que yo
tuviera que pasar, lo que debía hacer era vivir a plenitud como lo hacía
quizás sin darme cuenta hasta ese momento. Seguía con vida y amaba la
vida. No eran necesarias más muestras. No estaba sola, debía confiar.
Me enteré un tiempo después que los doctores no entendían cómo es
que seguía tan tranquila a pesar de mi estado físico y anímico. La presión
crecía: por un lado estaba la situación económica, pues el hospital seguía
cobrando. No dejaba de pensar en que cada día ahí representaba más
gastos, y sabía que para mi esposo sería imposible pagar si éstos seguían
creciendo. Por otro lado, mi salud no mejoraba. Adquirí una serie de
infecciones porque mi sistema inmunológico se debilitaba, y eso me
mantenía constantemente en peligro.
Me sentía en paz, a pesar de todo. Mi semblante lo notaban distinto,
sonreía más y me mostraba más animada. Estaba convencida de que Dios
me acompañaba. No tenía la menor duda de que saldría sana de ese lugar.
Los vómitos fueron desapareciendo poco a poco sin explicación, así
como aparecieron. Pero aún quedaba un largo mes por delante antes de
darme de alta. Mi único deseo era ver a mi hija, pues estaba por cumplir
su primer año de vida.
No podía hablar con Ana Paula, que ya para entonces tenía once
meses, y sentía que me estaba perdiendo de momentos sumamente
importantes. Me conformaba con lo que me contaba mi esposo, con las
llamadas de mi familia y de sus padrinos. Todos intentaban mantenerme
al día y yo pretendía dar instrucciones de cómo vestirla, acostarla y darle
su papilla.
No quería que sus padrinos batallaran con la preparación de comidas
para una bebé, así que pedí a mi marido que comprara muchas papillas
para llevarlas a Monterrey y asegurarnos de que no le faltara alimento.
Yo pensaba que saldría más barato comprarlas en Estados Unidos y
serían de mejor calidad. Nadie se atrevía a contradecirme. Él compró las
papillas y una maleta extra para llevarlas a Monterrey.
Quería sentir que Ana Paula me necesitaba y que sólo yo sabía lo que
ella requería, cuando en realidad ya habían pasado casi cinco semanas
lejos de ella. A su edad, las rutinas se modifican rápidamente. Las
necesidades de un bebé cambian de un mes para otro sin previo aviso.
Pero yo necesitaba creer que sabía bien lo que ella necesitaba. Tenía
tantos deseos de verla dar sus primeros pasos, de tomarla de la mano y
caminar con ella para enseñarla a hacerlo.
Seguía estando muy débil. Parecía dar dos pasos adelante y uno para
atrás. Mis fuerzas para dar instrucciones, y mantenerme despierta y al día,
eran cada vez menos. Casi no quería comer. Lo que me sostenía era una
fuerza interior muy grande. Mi cuerpo estaba débil, pero mi espíritu lo
mantenía vivo.
Mi familia me alimentaba como a un niño. Principalmente, mi mamá
se acercaba y me daba de comer. No tenía fuerza para sostener los
cubiertos. En otros momentos, mi abuela Chagüita fue quien lo hizo, o
mis hermanos o mi padre. Cualquiera que llegaba me daba de comer: mis
amigas, mis tíos y hasta las enfermeras. No quería, pero abría la boca para
consolarlos y hacerlos sentir que me ayudaban. Tardaba mucho tiempo
masticando cada bocado. Eso era lo único que podían hacer por mí; mi
cuerpo era prácticamente piel y huesos, así que hasta las caricias en mi
piel, con llagas y tan maltratada, dolían mucho.
NECESITO ESCRIBIR
Disfruta de tu propia compañía.
Eres con quien más tendrás conversaciones en tu vida.
En esos días se acercaron a mi esposo y a mi padre unos abogados, de
esos que rondan los hospitales para ver si pueden ayudar a algún paciente
que haya sido mal atendido y quiera demandar al hospital para obtener
ventaja. Insinuaron que tenían elementos para culpar al hospital por mi
estado de salud y que deberían proceder a demandar. Les hicieron ver que
no tenían nada que perder y mucho que ganar. Los gastos seguirían
ascendiendo y tarde o temprano sería imposible liquidar esa deuda.
Tocaban un terreno frágil y sensible, pues mi padre y mi marido sabían
que era verdad: pronto la deuda sería enorme.
Mi marido no soportó la tentación de comentármelo para saber cuál era
mi opinión. Cuando lo escuché, lo miré fijamente a los ojos y con mucha
serenidad hablé con él. Aún no podía hacerlo del todo bien, mi garganta
seguía muy lastimada debido a tantos días intubada, así que mis
conversaciones eran cortas y muy pausadas.
-Yo estoy viva, los doctores están haciendo todo lo posible porque eso
no cambie y por mejorar mi salud. No me interesa ganarme enemigos.
Los quiero de mi lado. Por favor, ni siquiera lo consideren.
-Pero, mira la cuenta del hospital. Son cientos de miles de dólares.
¿Te das cuenta de que pronto tendré que vender los carros, la casa y
todo lo que tenemos para poder pagar esta deuda?
-No será así. Ya verás que encontraremos una solución y no nos pasará
nada. Confía en mí, yo me siento bien y sé que saldré de aquí con vida.
Sobre mi cadáver demandan si quieren. Mientras yo esté viva, no lo
acepto.
Él tomó mi mano y me aseguró que no harían nada. En el fondo dudé
si en verdad me haría caso.
Al ver la cuenta que me mostró ese día, entendí que las cosas estaban
en un estado crítico. Mi padre y mi marido preveían que la parte
económica sería cada día más complicada. Mi padre sabía que debería
intervenir. Dudaban si proceder legalmente o no. Yo sabía que debía
poner todo de mi parte y ver la forma en que por ningún motivo fueran a
demandar. Me sentía muy agradecida con el hospital y con los doctores.
Tenía que hacérselos saber de algún modo.
Quizás en momentos inconscientemente me asaltaba la duda de si
saldría con vida. Eran las dos de la mañana y no podía dormir. Así que
después de pasar tantas dificultades y de no poder hacer más que elevar
mi oración pidiendo ayuda, una noche de insomnio decidí empezar a
escribir.
Esa noche no estaba Pamela conmigo. Llamé a la enfermera en turno.
-Gracias por venir. Necesito una libreta y una pluma color azul, por
favor.
Al principio hubo un poco de resistencia.
-Sí, claro, pero tendré que conseguirla y no sé si tendremos que
agregarla a tus gastos.
-No importa. ¿Podrías traerme también una charola y acomodar mis
piernas? Quiero ponerla encima y apoyarme en ellas. Necesito escribir.
-¿Te sientes bien? ¿Pasa algo, Ana? -me preguntó.
-No, nada. No quiero olvidar algunas cosas y prefiero escribirlas.
Un rato más tarde llegó mi pedido. Esa noche comencé a escribir.
La enfermera se quedó sorprendida y quizás un poco asustada. Ella no
sabía lo que pretendía con ese escrito, temía que fuera alguna queja, o
peor aún, una demanda.
Sentía una gran necesidad de empezar a contar mis experiencias y no
olvidar ni una sola. De alguna forma escribía mi testamento y, al mismo
tiempo, sanaba mi interior. Escribir fue liberador. Era como sacar todo
aquello acumulado dentro de mí. Plasmé el dolor, la angustia, la tristeza,
mis anhelos, pero sobre todo, cada una de las bendiciones que me
acompañaban hasta ese momento. Deseaba que mi esposo, mis padres,
hermanos y Ana Paula, tuvieran claro lo que viví en esos días y cuáles
eran mis expectativas.
Años después leí un artículo que hablaba de cómo sana el interior al
escribir. Ahora veo que fue mi medicina, mi alimento. Con eso maté las
bacterias y la duda por completo. Después de escribir por algunos días, de
hacer catarsis, sabía más que nunca que sí saldría de ahí con vida. Lo
sentía.
EL MUNDO EXTERIOR
Con Pamela
A veces lo único que te mantendrá
vivo será seguir tus sueños.
Pamela y la doctora Roma, alarmadas porque empecé a escribir, estaban
desesperadas por ayudarme. Lo que para mí era alivio, para ellas era un
signo de depresión y de alarma. Más allá de medicina, ellas sabían que
necesitaba conectarme con el mundo exterior, el mundo normal, para
hablar de las pequeños cosas que conforman el día, que registran el ritmo
de nuestras vidas. Pamela por un lado, en las noches, era siempre una
excelente compañía. Era como una amiga de visita todos los días, y
pasábamos horas conversando. En esas pláticas me encariñé con ella.
Por otro lado, la doctora Roma quería crear un hilo de continuidad
conmigo, una conversación que pudiera seguir de un día para otro. Sin un
plazo real para la liberación, yo necesitaba algo más que esperar.
¿Qué podría ser?
Fue entonces que la doctora empezó no sólo a hablar conmigo acerca
de mi condición, sino de su hijo, y empezamos a compartir historias
maravillosas sobre nuestros hijos. Habló conmigo sobre los problemas
que ella tenía con su cabello y la búsqueda del corte perfecto. Este
siempre es un tema divertido entre las mujeres, pero es algo que los
hombres, con el mismo corte de pelo durante toda su vida, no entienden.
Ella decía que tenía un bad hair day en un promedio de cinco a siete días
de la semana. Su cabello lucía mal. Le encantaba usar la red que se utiliza
en la sala de operaciones. Así no tenía que preocuparse por su cabello en
las mañanas.
-Cuanto más me preocupo por mi cabello, más mal me veo. Desde
niña, en las fotos, mi cabello ha sido rebelde, ya sea porque se me sale por
todas partes o por estar amontonado en la parte superior de mi cabeza,
como caca de perro -me decía.
Y yo, acostada como un costal de papas, imaginé esa escena y me sentí
completamente liberada. Me reí a carcajadas por un buen rato.
Eso era todo lo que yo necesitaba. Empecé a reírme junto con ella.
Sentí electricidad recorriendo todo mi ser. Experimenté esa
maravillosa sensación liberadora donde todas mis preocupaciones se
deslizaban lejos.
No hay nada más terapéutico que reír hasta que las lágrimas rueden por
las mejillas.
Este era, una vez más, de los mejores ejercicios de respiración. Ni
Lorna ni ningún otro aparato hacían tan buen efecto en mis pulmones.
La doctora Roma se encargaba de tener todos los días una nueva
historia que contarme para que llegara la risa a mi día.
Escribía cada día más y más. Entre más reía, más tinta salía de mi
pluma. Empecé a comer, desaparecían las bacterias y me recuperaba.
Estaba dando resultado: vive y ríe a plenitud y la salud regresa al
cuerpo.
Un día la doctora Roma sugirió a mi madre que llamáramos al salón de
belleza del hospital. Daban servicios especiales para aquellos pacientes
como yo, que llevaban mucho tiempo internados. Me gustó su idea y al
día siguiente fueron a visitarme.
Acomodaron la cama para que en la parte de atrás pudieran introducir
una especie de lavabo y acomodar mi cabeza. Me lavaron el cabello y me
dieron un masaje delicioso. Esta vez fue tan distinto a otras donde sólo me
lavaban el cabello con espuma, sin sentir la deliciosa sensación del agua
cayendo en mi cabeza.
Todo lo hacían despacio, con calma, nadie -y menos yo -tenía prisa.
Sentí cómo me daban masaje en forma de círculos en el cráneo. No
caeré en el extremo de decir que fue como el cielo, pero fue lo más
delicioso que había sentido en semanas. Me pusieron un tratamiento en el
cabello y mientras tanto me dieron un masaje facial. Me sentí renovada,
humectada, acariciada. Ese contacto humano que tanto nos hace falta, lo
disfruté por primera vez en mucho tiempo. Por último, cortaron mi
cabello y le dieron una bonita forma, pues ya estaba muy desarreglado.
Lo secaron y peinaron.
Terminé agotada, pero también relajada, contenta y mucho más
hermosa. Eso me hacía falta. Nunca fui alguien que pasara horas en el
salón de belleza, pintándome las uñas o haciéndome pedicura mientras me
peinaban, pero ese día fue maravilloso y entendí a las mujeres que lo
hacen. La doctora Roma tenía toda la razón: esas cosas tan simples me
hicieron sentir diferente, fresca, viva.
Después de años pude comprender que la amistad con Pamela y la
doctora Roma fue de gran apoyo para mantenerme viva. Ellas me daban
una motivación para seguir, me hacían desear estar allá afuera y disfrutar
la vida, las amistades, así como recordar mi anhelo de estar de nuevo con
mi hija. Me identificaba con ellas por ser mujeres casi de mi edad con las
cuales podría hablar con total apertura. Ellas fueron mi fuerza y mi
esperanza en muchos momentos. Estoy segura de que fueron un
ingrediente básico para mi total recuperación.
VISITA DE ANA PAULA
Lo que realmente te limita son tus pensamientos.
Después de un poco más de dos semanas en cuidados intensivos, mejoré
lo suficiente para poder salir de ahí. Finalmente mi cuerpo logró combatir
tantas infecciones. Empecé a dar unos pasos y poco a poco recobraba algo
de fuerza. Me cambiaron a un cuarto, en donde estaría por dos semanas
más, si todo salía bien.
Los primeros días fueron divertidos. A diferencia de cuidados
intensivos, donde solamente entró un sacerdote para darme los santos
óleos en algún momento, en este nuevo cuarto, recibía visitas de muchos
ministros de todas las religiones. Tocaban a la puerta y preguntaban si
podían pasar y hacer una oración por mí. Quizás en ese tiempo no se
llenaba el formulario que indicaba cual era mi religión.
A todos los dejaba entrar. Los escuchaba, aceptaba su oración por mí y
agradecía su interés. Me maravilló cómo personas religiosas vestidas de
maneras tan distintas, con costumbres y tradiciones diferentes, al final
quisieran únicamente pedir por mí y por mi familia. Todos tenían un
mismo fin: ayudar a mejorar mi salud. Ninguno me habló de religión o de
reglas, sólo me daban su bendición, cada quién a su manera. Me hubiera
gustado conversar horas con cada uno de ellos. Estoy segura de que
hubiera aprendido mucho y me hubiera ayudado a lo que hoy en día es
uno de mis grandes propósitos: no juzgar, respetar y amar.
Mi abuela Chagüita fue a visitarnos en esos días y se ofreció en varias
ocasiones a dormir conmigo para que mi madre descansara. En esta nueva
habitación sí se permitían las visitas, pero a ves yo quería estar sola. Sin
embargo, mi abuela deseaba estar ahí, a mi lado. Sentía que me apoyaba
por si necesitaba algo. Trataba de no hacerla sentir mal y le pedía que no
se preocupara, que estaría bien si no se quedaba conmigo. Así que a la
pobre no siempre la dejé quedarse. Lo que quería era escribir. Me
acostumbré a quedarme sola en las noches y las aprovechaba para hacerlo.
Era lo que me mantenía motivada. No me concentraba igual si ella o
alguien más se quedaban conmigo.
Sabía que Pamela sólo trabajaba en cuidados intensivos y que en algún
momento iría a visitarme como amiga. Ya no la vería en las noches.
Intercambiamos teléfonos y direcciones de correo para mantenernos en
contacto. Estaba muy contenta ahí, pero tampoco la doctora Roma, que
antes me visitaba a diario, iba a verme. La extrañaba y me sentía sola,
como si me faltara algo cuando ella no iba. Un día decidí escribirle una
carta diciéndoselo.
Las enfermeras tomaron la carta con cierta desconfianza. Después me
enteré que todos tenían sus reservas conmigo por ser abogada, y una carta
cerrada dirigida a un doctor, podría significar cualquier cosa.
Nunca lo hubiera imaginado.
Cuando recibió la carta se quedó impresionada. Hace poco me dijo:
-Fue entonces cuando me di cuenta de que yo era tu amiga, Ana. No
puedo recordar el momento preciso en que nos hicimos amigas, pero
puedo recordar, con cruda, escalofriante precisión, el momento en que me
di cuenta de que nuestra amistad era esencial para tu supervivencia.
Una amistad es algo muy importante para todos, quizás no imaginamos
qué tanto puede afectar nuestras vidas. Como dice CS Lewis: “¿Por qué
necesitamos amigos? La amistad es innecesaria, como la filosofía, como
el arte. No tiene valor de supervivencia, más bien es una de esas cosas
que dan valor a la supervivencia”.
Yo no sabía de reglas ni protocolos, sólo fui sincera y le dije lo que
sentía. Ella abrió una puerta y me invitó a entrar en su vida; entonces hice
lo mismo. Ahora, me hacía falta sentir que no sólo éramos amigas por las
circunstancias, que seguía ahí.
Esa misma tarde fue a verme. Me pidió disculpas y mencionó que
simplemente no quería invadir el terreno de los otros médicos, pero que
ella estaba ahí para mí. Me recomendó que creara una rutina, que me
imaginara fuera del hospital, que ya casi lo lograba.
-Lo único que deseo es ver a mi hija, me hace mucha falta.
-Lo sé y es preciso hacer algo al respecto -dijo ella.
Estaba cansada, un poco desanimada y con grandes deseos de volver a
una vida normal. Ana Paula cumpliría un año en unos días y quería verla,
acariciarla, sentirla antes de que eso ocurriera. Ella ya se había
acostumbrado a una rutina. Estaba casi todo el tiempo en casa de su
abuela paterna y mi marido se quedaba a dormir ahí. Cuando no estaba
conmigo y estaba en Monterrey, él la veía todos los días.
En ese momento a Roma se le ocurrió una gran idea.
-¿Y si le pedimos a su papá que la traiga este fin de semana?
Mi rostro se iluminó por completo.
-¿Se puede? Sería increíble. ¿Nos darán permiso? -dije.
Ella prometió ver la forma de hacerlo.
El personal del hospital se opuso a esta idea de inmediato. En ese
entonces no se permitía que otros niños que no fueran pacientes entraran
como visita por el riesgo de una posible infección. Ahora las cosas son
mucho más relajadas y hasta los perros pueden visitar a sus propietarios
en el hospital.
Teníamos un gran plan, parecíamos espías, y comenzamos a
organizarlo todo. Mi marido llegaría con la niña y la doctora Roma le
daría entrada como si fuera un paciente. Ella quería disfrazarla con una
bata de hospital y llevarla el domingo. Ese día llegaban muchos pacientes
nuevos y las enfermeras estarían muy ocupadas. Si acaso la detenían, la
doctora diría que era una paciente nueva que estaba por registrarse. Ella
llevaría una bolsa llena de los juguetes de su hijo, mismos que esterilizaría
dos veces en el lavavajillas de su casa, según me comentó.
Mi madre estaba muy nerviosa por la visita de Ana Paula. Se
preguntaba qué haría ella con un bebé en el departamento si es que me
negaba a dejarla ir. Sé que no hubiera podido decirme que no. Tuvimos
que aclarar todo eso antes de llevarla para que no se sintiera presionada.
Le prometí que Ana Paula sólo iría por tres días y regresaría a Monterrey
con su papá.
Roma (que para mí ya no era sólo la doctora y la llamaba por su
nombre), sabía que existía la posibilidad de que Ana Paula no me
reconociera o se pudiera asustar al verme. Me encontraba aún muy débil y
cansada. Yo necesitaba a mi hija, pero ella pensaba que sería devastador
para mí que mi hija me rechazara; finalmente, sabía que valía la pena el
riesgo. Por eso era importante llevar juguetes, pues éstos proporcionarían
una distracción para mantener a Ana Paula ocupada durante un rato, hasta
que nos volviéramos a acostumbrar una a la otra.
Llegó el día de la visita. Era a principios de julio. Nada de lo que
sucedió, fue como lo planeado. Mi marido tuvo que pasar toda una odisea
en el aeropuerto. No era común ver a un papá solo con su hija de casi un
año en brazos. Tal vez temían que pudiera ser un robo como en tantas
ocasiones donde secuestran niños y las madres jamás los vuelven a ver.
En migración debió dar explicaciones y justificar por qué viajaba solo.
Siempre le agradeceré ese viaje y la bendición que fue para mí ver a
Ana Paula.
Cuando llegó mi esposo con ella en brazos, la doctora Roma estaba
esperándolo con una pequeña mochila llena de juguetes. Sin que nadie lo
notara, entraron al elevador y se dirigieron al área donde me encontraba.
Continuaron caminando hasta llegar a mi habitación. Absolutamente
nadie los detuvo ni cuestionó. Roma me comentó después que sintió como
si ambos fueran invisibles.
Como casi siempre, me encontraba acostada y mi mamá estaba
conmigo en la habitación. Cuando la vi entrar, extendí mis brazos lo más
que pude, me levanté de la cama, y me acerqué a ella. Se me salía el
corazón de emoción. Lo primero que salió de mi boca fue su nombre.
-Ana Paula, hijita hermosa: ¿cómo estás mi reina?
Ana Paula se escondió abrazando a su padre, y mi mamá no se lo
permitió. La tomó en sus brazos pensando que entre más se le permitiera
esconderse, más batallaríamos. Tanto mi madre como yo teníamos más de
un mes de no verla. A esa edad, era mucho tiempo. Yo perdí casi quince
kilos y mi cabello estaba diferente. Ella no reconocía mi cara, ni mi olor,
todo era distinto. Mi voz había sufrido una gran transformación por tantos
días de haber estado intubada. Era una voz muy distinta a la que ella había
escuchado desde mi vientre. Esa voz que le daba seguridad y que un bebé
de inmediato reconoce. Me escuché a mi misma y mi voz sonaba a
cristales rotos, a mofe de carro mal afinado. En ese momento me di cuenta
que nada era igual para ella.
Me acerqué lentamente y la acaricié con suavidad. Intenté jugar con
ella sin hablar, sin emitir sonido alguno. Lo único que importaba era que
podía verla, sentirla, escucharla. Estaba ahí frente a mí, tan saludable y
alegre como siempre. Fue tanta la emoción que después de un rato de tan
sólo verla, sin poder tocarla, terminé agotada. Me recosté en la cama y me
dediqué a admirarla mientras mi madre jugaba con ella. Finalmente, ya
dormida mi mamá la acomodó a mi lado. Ana Paula se dio la media vuelta
y acurrucó entre mi torso y mi brazo derecho. Era lo más cerca que podía
tenerla. Fue una sensación hermosa.
-¿No te duele? ¿Estás bien? -preguntó mi madre.
-Estoy bien mamá, no me duele nada.
Ese momento fue mágico. Sentí su calor, su ternura, su inocencia, la
fragilidad de su cuerpo y la fortaleza de su espíritu. Volvía a la vida, me
regresaban las fuerzas y mi alma se llenaba de gozo. Nada podía opacar
ese momento. Caí rendida junto con ella. Nos quedamos dormidas varias
horas juntas.
Mi madre debió haber disfrutado ese momento: su hija y su nieta
finalmente juntas. Me hubiera gustado mucho que nos tomara una
fotografía como tantas que se toman hoy en día por cualquier motivo.
Pero quizás el hecho de estar en piyamas y en cama, la limitó y quiso
respetarme. No lo sé. ¿Cuántas cosas hacemos o dejamos de hacer por
ideas que después de años dejan de tener importancia?
Más tarde, cuando las dos nos despertamos, estaba de visita la doctora
Roma. Se le ocurrió que Ana Paula y yo saliéramos a caminar, eso le
ayudaría a sentirse cómoda conmigo y la distraería. A mí me hacía falta
caminar, y ella estaba apenas dando algunos pasos, así que a las dos nos
serviría mucho. Mi madre nos acompañó pues yo tampoco debía caminar
sola.
Salimos al pasillo, y nadie se opuso al ver a Ana Paula. Todos estaban
maravillados de que trajera a una niña de la mano y caminando a mi lado.
Supongo que sabían que era mi hija, pero nadie se atrevía a preguntar
para no verse obligados a impedir la visita. De pronto, se acercó el doctor
Nihill, el primero con el que tuve contacto y que estaba tan
sorprendido de que me hubiera atrevido a tener una hija.
-Hola, Doctor, ¿cómo está? -le pregunté emocionada y orgullosa.
-Muy bien, pero no creo que mejor que tú. ¿A quién tienes ahí?
-Mire doctor, es mi hija, mi pequeño milagro -dije con gran orgullo.
Él la cargó.
-No, mi querida Ana, ambas son un verdadero milagro -y me abrazó
con gran ternura mientras nos miraba a las dos.
He llegado a pensar que toda esta planeación de Roma fue parte de su
increíble forma para tenerme motivada, pensando en otra cosa que no
fuera el hospital. Me hizo sentir que podíamos hacer magia, que nadie nos
vio y que nuestra estrategia era perfecta. Si lo pienso bien, creo que todos
en el hospital querían verme fuera de ahí y sabían que la visita de mi
podía ser determinante para lograrlo.
Me sentó tan bien ver a Ana Paula, que a los dos días me dieron de
alta. Mi esposo decidió quedarse dos días más. Así que cuando llegamos
al departamento, pude disfrutarla un poco en otro ambiente. Ahí estaba
también mi adorada Chagüita esperándome en el departamento y
ayudando con Ana Paula. Fue mi oportunidad para pasar más tiempo con
ella y que poco a poco se fuera acostumbrando a mi voz y a mi presencia.
Ese día más tarde, llegaron unos queridos tíos a visitarnos. Llevaron a
un sacerdote amigo de la familia y oficiaron una misa de acción de gracias
en el departamento. Fue el mejor regalo que pude haber recibido, y lo
atesoro en mi corazón hasta este día.
Ana Paula tuvo que irse el día siguiente. Fue muy difícil dejarla ir con
su papá, pero me llenó de energía y ánimos para terminar mi
recuperación. Tuve que quedarme casi dos semanas más antes de volver a
casa. Debía ir cada tres o cuatro días a que me revisaran al hospital.
Estaba tan débil, que los doctores tuvieron mucho cuidado antes de
dejarme partir a mi país.
Unos días antes, mi marido tenía que terminar de arreglar la cuenta del
hospital que hasta el momento ascendía a decenas de miles de dólares. Se
pasaba horas en el departamento administrativo, convenciéndolos de que
nos hicieran un descuento. De la misma manera que el hospital le pasó la
cuenta, él les pasó la que él llevaba registrada. Les recordó los muchos
eventos que pasamos: el estafilococo, el corazón pinchado, el tubo mal
puesto, la crisis en la que entré y no sé cuántas cosas más. Logró un
acuerdo con el hospital; nos condonaron una buena parte de la deuda y
nos dieron varios años de plazo para saldarla. Sabíamos que eso
representaba para nosotros un largo recorrido.
Tanto mis padres como los de mi esposo, nos apoyaron
económicamente. Algunos médicos no cobraron sus servicios: el cirujano,
el anestesiólogo, ni los doctores que estaban a la cabeza de mi caso. No
tenían por qué dejar de cobrar, hicieron bien su trabajo en todo momento.
Sabía que los errores que pudieron existir no eran suyos, pero se
sentían responsables y quisieron ayudar no cobrando. Sabían que era un
milagro que estuviera viva. Sé que por solidaridad conmigo lo hicieron, y
fue una gran bendición. Una vez más, sentí como Dios estaba a mi lado.
Yo tenía razón. No debíamos demandar y mucho menos crear una mala
relación con la gente del hospital.
Ana Paula cumplió un año cuando yo estaba aún en Houston. Gracias a
Dios su papá, mis abuelitos Nena y Enrique y mis hermanos, fueron a
casa de mis suegros a partir un pastel con ella.
Visita de Ana Paula, día de mi salida del
hospital
LO QUE ATRAVIESA EL CORAZÓN
REGRESO A CASA
Aprendí que para volar alto basta la voluntad, las alas llegan como
consecuencia.
Los doctores nos comentaron que la cirugía, a pesar de tantos
contratiempos, había sido un éxito. Tendría que tomar medicamentos de
por vida para regular taquicardias y líquidos. Lo más probable era que
después de diez años, tuvieran que volver a intervenirme. No era una
solución permanente. Seguiría con cuidados y la nueva circulación podría
dar problemas con los años. De eso nos preocuparíamos más adelante:
estaba viva y llena de planes.
Cuando finalmente pude regresar a Monterrey, tanto mi esposo como
yo estábamos agotados. Me encontraba aún muy frágil y todo ese tiempo
de enfermedad fue un golpe muy duro para ambos en lo emocional.
Regresamos, pero los gastos que teníamos por delante eran enormes,
además de la larga recuperación.
Llegué a casa de mis suegros por tres o cuatro días. Ana Paula estaba
acostumbrada a su abuela paterna y yo no podía hacerme cargo de ella, así
que aproveché que ella la cuidaba mientras nos acostumbrábamos de
nuevo una a la otra. Dormía en el corral a un lado de mi cama y desde ahí
la disfrutaba y jugaba con ella.
Estaba débil y no podía sostenerme de pie por mucho tiempo, tenía los
músculos muy atrofiados, me costaba mantenerme despierta. Mi cuerpo
demandaba dormir gran parte del día y necesitaba ayuda para cualquier
cosa que representara un esfuerzo. Me bañaba con una silla en la regadera
para no cansarme y me enjabonaba con mucha dificultad.
En esos días mi madre aprovechó para ordenar su casa y regresar a su
rutina. Ella me ayudó a conseguir a alguien que se quedara conmigo de
tiempo completo y que cuidara a Ana Paula. Deseaba estar en mi casa y
descansar en mi cama.
Cuando al fin llegué, subí las escaleras y no bajé por varias semanas.
Recibía visitas de familiares y amigos regularmente. Ellos ayudaban
con la comida, con Ana Paula y me hacían los días menos pesados. Mi
madre me visitaba a diario y casi siempre me llevaba comida preparada
para todos. Nunca dejó de estar presente.
El regreso fue difícil para todos. Para mí lo fue por muchas razones
además de mi debilidad física. No se pasa por algo como lo que pasé sin
que haya una transformación. Vinieron muchos recuerdos y me
cuestionaba todo lo vivido. Ya sin tantas visitas de enfermeras y doctores,
tenía más tiempo para escribir y pensar. Sentí como si hubiera despertado
en mí una sensibilidad increíble; era mucho más perceptiva, me sentía
más viva que antes. Necesitaba entenderme y aclararlo todo.
Recordaba algunos eventos que no me hacían sentido: mi marido
necesitaba hablar con toda la gente y poco hablaba conmigo; no lo
recordaba a él dándome de comer, se desaparecía constantemente y no
siempre me decía dónde estaba. Además, cuando los amigos nos
visitaban, él necesitaba hablar de él y de todo lo que él estaba pasando,
casi no me dejaba expresar mis experiencias, de hecho lo hice muy poco.
Probablemente hablar de lo que él sentía era su forma de manejar el
estrés.
Ese estafilococo que mantuvo mi vida en un hilo, había matado un
poco el velo con el que yo me casé, ese velo que me permitía seguir sin
ver. De pronto éste desapareció y notaba cosas que antes no veía.
Por otro lado, para Ana Paula también fueron muy difíciles las
primeras semanas. Al principio, me prohibieron cargarla porque mi pecho
no debía esforzarse más de lo necesario. Entre mi madre, la señora que me
ayudaba, algunas amigas cuando iban a casa y mi marido, se las
arreglaban para atenderla.
Ana Paula no comprendía que yo no pudiera cargarla. Lloraba y me
pedía los brazos constantemente. Ya le era necesaria mi atención,
extrañaba mis cuidados, más que los de nadie. Ella quería que yo la
atendiera, la cargara y la mimara, y aunque sí lo hacía, no era suficiente
para ella.
Un día, mi mamá estaba conmigo y con Ana Paula en mi recámara.
Cuando tuvo que irse, mi mamá la llevó a su recámara y no le gustó
que la pusiera en la cuna. Yo necesitaba descansar. Ana Paula hizo tal
rabieta, que se recargó de un lado del barandal de la cuna, tomó vuelo y se
dejó ir contra el otro barandal con tanta fuerza que salió de la cuna por el
impulso y cayó de cabeza en el piso. Mi mamá fue corriendo a atenderla y
la cargó intentando consolarla. Me levanté y me fui tras de ella, a mi paso,
lo más rápido que pude. Ana Paula sólo extendía sus brazos, empujaba a
su abuela y me veía a mí. Cuando estaba enojada y hacía su berrinche,
contenía la respiración, se ponía roja, casi morada, hasta que finalmente
soltaba el llanto. Pero esta vez se prolongó más de lo normal y me asusté.
Ya no pude quedarme sin hacer nada. La cargué, la puse frente a mí, y
sople con fuerza a su cara para que reaccionara. Respiró y lloró al fin.
La tomé entre mis brazos, la arrullé, le puse árnica en el chipote que se
le hizo y la tranquilicé lo más que pude. Llamé al médico y me dio
indicaciones de que no la dejara dormir al menos en una hora. Así lo hice,
jugué con ella, le di galletas y cosas que la distrajeran. Finalmente fui a mi
recámara y me recosté en la cama con ella en brazos. Las dos nos
quedamos profundamente dormidas. Nos necesitábamos mutuamente.
Gracias a Dios, el golpe no pasó a mayores.
A las pocas semanas, uno de mis tíos y su esposa fueron a ofrecerme
una cantidad importante de dinero. Al menos para mí lo fue en ese
momento. Él me dijo que jamás mencionara su nombre, pero que quería
que utilizara ese dinero para mí, para lo que yo necesitara. Que me
comprara ropa, saliera a cenar, que le regalara algo a mi hija, me diera
algún gusto además de pagar deudas. Simplemente quiso darme un
descanso en medio de los muchísimos gastos que teníamos. Fue un alivio
y un regalo enorme y sé que siempre le estaré agradecida.
Utilicé parte de ese dinero para ir a terapia. La necesitaba.
Lo mismo hicieron mis grandes Amigas del Alma. Se reunieron con
todos los compañeros de generación de la secundaria y juntaron una
cantidad de dinero que nos entregaron algunas semanas después de mi
regreso. La ayuda llegaba por todos lados.
Por otro lado, para mi marido, sé que también fue difícil mi regreso a
casa. Aún me faltaba fuerza y energía. A pesar de muchos intentos de que
nuestra vida fuera lo más normal posible como matrimonio, tardé mucho
en recuperarme por completo. Mi cuerpo reaccionaba como el de una
mujer mayor. El daño físico y hormonal era notorio.
Él esperaba e intentaba entender, pero me daba cuenta de que no le
resultaba nada fácil. En muchos momentos, durante meses, mi cuerpo no
respondió como naturalmente debía hacerlo. Lejos de sentirme atraída, me
sentía usada, manipulada y eso me entristecía. No culpaba a mi marido,
equivocadamente me culpaba a mí misma.
Lo más importante y en lo que pensaba, era que estaba viva, que tenía
a una hija y ella me reclamaba. A veces también me sentía culpable
porque la poca energía que tenía se me gastaba cuidando a Ana Paula.
Hacía mi mayor esfuerzo por agradar a mi marido y que no se
desesperara.
Su hija y yo esperábamos pacientemente su regreso a casa todos los
días. Procuraba tener lista la cena y preparaba lo que sabía que le gustaba.
Constantemente llegaba tarde y si Ana Paula ya se había dormido,
seguramente yo también.
Él casi siempre abría la puerta anunciando su llegada. Al escucharlo,
intentaba incorporarme, trataba de sacudirme el sueño y bajaba a
acompañarlo. Por años, aún después de recuperarme bastante de mi
cirugía, intentaba ser feliz. Me casé para toda la vida, y lo que me durara
la vida, quería cumplir mi promesa. Me operaron y la posibilidad de vivir
mucho más tiempo era grande, al menos en eso quería confiar.
Buscábamos la forma de compartir más tiempo juntos, aunque nuestras
conversaciones eran poco profundas. A veces extrañaba ese velo con el
que no veía y me cegaba a creer que todo estaría bien en mi relación. Con
el tiempo, mi marido y yo dejamos de mirarnos, de admirarnos, de
leernos, o debo decir más bien, dejé de hacerlo yo.
Sin embargo, me daba cuenta que lo que me hacía feliz realmente era
compartir mi experiencia. En la medida que lo hacía descubría más
riqueza en lo que había experimentado. Veía el mundo de otra manera,
cómo nuestra vida trasciende de una forma inimaginable cercana a la
muerte, pero me costaba entenderlo. Necesitaba rescatar todo aquello que
me mantuvo viva durante mi estancia en Houston. Me interesé mucho por
estudiar más la Biblia y durante los siguientes meses, mi amiga Lilia del
grupo católico Pregoneros de la Palabra, me ayudó mucho para que yo
comenzara a dar estudios bíblicos. Me preparaba por días y noches,
empecé a descubrir mi voz y me daba cuenta que de mi boca salían
palabras de sabiduría que ni imaginaba, palabras que no eran bíblicas,
sino que salían de mi inspiración. Llegué a tener dos grupos a la semana.
Me sentía muy fuerte espiritualmente y eso me sostuvo.
Seis meses después de mi cirugía mi hermana Sandra se casó. Me
compré un vestido que unos días antes de la boda no me quedó. Eso lejos
de ser malas noticias, significaba que estaba ganando peso, así que lo
mandé a arreglar. Me sentía mejor, pero aún me faltaba energía para hacer
muchas actividades. Me tomó alrededor de un año sentirme bien y con la
fuerza necesaria para hacer lo que yo deseaba.
Al año de la cirugía, decidí regresar a estudiar. Había terminado la
carrera, pero aún no estaba titulada. La universidad me dio la oportunidad
de hacer tres materias de maestría con opción a título. Tras mucho
hablarlo con mi marido y convenciéndolo de que mis padres me lo
pagarían, accedió. Dos veces a la semana, de siete a diez de la noche,
estudié por dos semestres. Ana Paula se quedaba con la señora que me
ayudaba y cuando llegaba su papá, se encargaba de ella. Fue mucho
esfuerzo, estudio y desvelos, pero no podía quedarme sin mi certificado
profesional.
Era un logro que deseaba entregar a mis padres y a mí misma.
Terminé un ciclo, me recibí con un muy buen promedio. Ya era
Licenciada en Derecho. Hoy me felicito por esa decisión. No sabía que
tener el título me daría en un futuro la solidez económica y la posibilidad
de independencia. Me hubiera gustado mucho apoyar a mi abuelito
Enrique en su notaría pública. Esa era su ilusión cuando inicié mi carrera,
siempre me lo dijo. Con la demanda física y emocional que eso
representaba, era imposible hacerlo. Preferí dedicarme a cuidar a mi hija y
darle tiempo de calidad al matrimonio.
Cuando me titulé, Pamela y Fernando Lombana nos visitaron.
Estábamos felices de recibirlos en casa, habíamos establecido una buena
amistad. Cada vez que íbamos a mis revisiones médicas en Houston, ellos
nos hospedaban en su casa.
Me mantuve muy cerca tanto de Pamela como de Roma los primeros
años después de mi cirugía. Nos escribíamos correos para mantenernos en
contacto, mismos que aun años después volveríamos a leer juntas Roma y
yo.
Mi padre y yo a los pocos
meses de mi cirugía.
DANIEL
Cada batalla de mi vida ha sido de gran
aprendizaje, sobre todo aquellas que he perdido.
Ya recuperada, nuestro anhelo era tener otro hijo pero ya no me era
posible pues al año después de mi cirugía de corazón, me operaron para
no quedar embarazada. Era muy peligroso arriesgarme. La adopción era
una opción. Estaba convencida que los hijos provienen del cuerpo cuando
son concebidos, pero todos serán siempre hijos del corazón y se llevan en
el alma para toda la vida.
Hubo resistencia de parte de mis padres y algunos médicos, pues a
pesar de que me había recuperado bastante bien, mi corazón siempre
estaría latente a tener complicaciones. Aun así, confiamos en que si era lo
mejor para nosotros, lo lograríamos.
Ana Paula tenía aproximadamente tres años cuando decidimos adoptar
a Daniel. Mi esposo quería un niño; para mí hubiera sido lo mismo
cualquier sexo, deseaba que Ana Paula estuviera acompañada y tuviera un
compañero de aventuras. Inició nuestra búsqueda. En las noches nos
uníamos en oración con Ana Paula pidiendo que si era la voluntad de
Dios, nos permitiera tener un hermanito para ella. Ana Paula estaba muy
emocionada con la idea.
Daniel llegó a casa cuando tenía un año.
El día en que lo adoptamos no recibimos mucha información de sus
orígenes. Eso no nos ayudó porque pasaríamos los siguientes años
intentando averiguar qué era lo que ocurría con él, pues su
comportamiento era muy distinto al de los demás niños. Se le veía como
ausente y era difícil comunicarnos con él. Le dediqué días y noches
incansablemente. Se irritaba con mucha facilidad y no podía llevarlo a
ningún lado, pues hacía rabietas y golpeaba lo que encontraba a su paso
cuando se desesperaba.
Dejé de ir a muchas reuniones por cuidarlo y entregarme a él. Quizás
incluso descuidé a Ana Paula por tratar de ayudarlo. Lo bueno fue que ella
era una niña paciente y comprensiva; además adoraba a su hermano.
Para ella, era su compañero de juegos y cuando jugaban, disfrutaban
mucho los dos.
Como con cualquier hijo, al paso de los días, meses y años, me
enamoré profundamente de él y mi instinto de maternidad, mi amor, mi
protección y entrega se despertaron totalmente para él como sucedió con
Ana Paula. Para mí, nada era más importante que sacar a mi hijo adelante,
pues si estaba en nuestras manos, era por algo.
Intenté involucrar a Daniel en natación, fútbol, música según avanzaba
su edad. Nada parecía dar resultado. Golpeaba a los jugadores cuando se
desesperaba, los agredía por cualquier contrariedad. Terminaron dándolo
de baja.
Yo quería que él encontrara algo que lo hiciera feliz, en lo que fuera
bueno. No teníamos forma de pagar tantas clases, así que para sortear la
clase de natación, vendí todos mis libros de la carrera a la hija del
encargado y con eso pagué. Ahí se quedaron todos mis libros invertidos
en clases. En la natación era buenísimo. Tenía mucha fuerza y se convirtió
en un gran nadador a los cinco años. El problema era que si algo no salía
como él esperaba, se frustraba, explotaba y me hacía pasar momentos
muy dolorosos delante de toda la gente, sobre todo en las competencias.
Tenía que abrazarlo para tratar de tranquilizarlo.
En una ocasión durante la clase, Daniel tuvo un disgusto con una niña
tres años menor que él. Normalmente, las mamás nos quedábamos en un
segundo piso con un vitral que daba hacia la alberca. Desde ahí veíamos
el desarrollo de la clase. Las miradas de todas las mamás estaban puestas
en Daniel en ese momento pues oímos sus gritos hacia la niña. Daniel
colocó su mano arriba de la cabeza de la pequeña de tres años y la hundió
por unos momentos. En ese momento, la mamá pareció transformarse en
dragón, salía fuego de su boca y su mirada era penetrante.
-¡Tu hijo está ahogando a mi hija, haz algo!
-¡Daniel, sal inmediatamente de la alberca!-grité a todo pulmón.
Bajé las escaleras despavorida, saltando de dos y tres escalones para
llegar lo más rápido posible. Llegué al área de la alberca con el piso
resbaladizo y patiné como una profesional. Por un momento pensé que
terminaría en el agua junto con los niños. Estiré mis brazos lo más que
pude para alcanzar a mi hijo. Lo agarré del cabello y de un brazo y lo
saqué mientras oía sus gritos y daba de patadas. La niña ya estaba
sostenida de la orilla de la alberca. Él no escuchaba a nadie, la única
forma de contenerlo era abrazándolo hasta que se rindiera. Terminé
empapada y agotada. Me sentí mareada y con falta de aire, pero mi
corazón como siempre, aguantó ese esfuerzo como un héroe.
Gracias a Dios el incidente no pasó a mayores, pero la mamá se
molestó tanto, que se puso de acuerdo con las demás señoras para sacar a
mi hijo de la clase, de otro modo, todas se irían. Tuve que retirarme de ahí
también, sin libros y sin clases. No culpo a la mamá: yo hubiera hecho lo
mismo.
Cuando llegué a casa ese día, me sentí abatida. Veía como mi pequeño
sufría cada vez que le llamaba la atención porque hacía algo mal. Me
miraba con unos ojos que me partían el alma. Fruncía su boca con los
labios temblorosos intentando contener el llanto. Sus ojos negros y
profundos, completamente abiertos y húmedos, me miraban con tristeza
esperando el desenlace de mi regaño. En diversas ocasiones como ésta, él
esperaba mi complicidad y que no le dijéramos a su papá lo que ocurrido.
Ese día, mi enojo se convirtió en impotencia, mi impotencia en llanto;
no pude más que abrazarlo y acariciarlo por un largo rato.
-Hijito, vamos a rezar. Vamos a pedirle a Dios que te ayude a
controlarte y a portarte bien.
-Sí, mamá, te prometo que ya no hundiré a ninguna niña. Ya no voy a
gritar ni me voy a enojar.
Se quedó dormido en mis brazos, y una vez más le suplicaba a Dios
por fortaleza y mucha salud para no desfallecer cuando Daniel más me
necesitaba.
Daniel estuvo en ocho diferentes escuelas de preescolar. En cada una
duraba dos o tres meses y lo corrían por su falta de control. Se
acumulaban una serie de eventos: patadas, gritos, mordidas, hasta que
algo grave ocurría. Así como cuando Daniel golpeó a una maestra
embarazada con el palo de una piñata. Él tenía una gran fijación con las
piñatas y ese día, comparó su vientre de siete meses de embarazo con el
de una piñata y lo golpeó. También en otra ocasión lo corrieron porque
con su lonchera, golpeaba a los niños en sus testículos. Tenía ciertas
fijaciones y obsesiones imposibles de entender en ese momento. Tan sólo
tenía tres años.
A veces decía que tenía miedo, no quería dormir solo. Se aparecía en
mi recámara asustado y pidiendo que lo ayudara. Yo lo tranquilizaba, lo
abrazaba y lo regresaba a su recámara. Al día siguiente me encontraba con
varios de sus muñecos bajo el colchón.
-¿Qué pasa, Daniel, porqué guardaste tus muñecos aquí?
-Es que hablan en la noche y no me dejan dormir. Me dan mucho
miedo.
-Los muñecos no hablan, hijito, debe ser tu imaginación.
-Es verdad, mamá, yo los oigo.
Nunca hubiera imaginado, que después de años, entenderíamos cómo
para él, todo eso era real, sus muñecos hablaban y su miedo era enorme.
Cada día era una lucha distinta. Era agotador, siempre había algo
nuevo que enfrentar, no había un día bueno. Cuando en el kínder me
decían que no podría continuar ahí, llegaba a casa con un hueco en el
estómago y le daba una sonrisa fruncida a Ana Paula, aparentando estar
bien. Sabía que Dios me ayudaría, que ninguna lucha era en vano y que
finalmente encontraríamos la salida. Tenía la certeza de que no importaba
lo oscura que pareciera la noche, tarde o temprano saldría el sol. No me
iba a rendir, pero me preguntaba qué haría ahora con los uniformes, los
zapatos, los artículos escolares, cómo recuperaría el dinero de la
inscripción. Pero sobre todo, me preocupaba qué haría. No podía dejar a
mi hijo sin un lugar en dónde estudiar, ser niño, aprender, por lo que
continuaba buscando alguna otra opción para integrarlo. Juré que no me
daría por vencida.
Mi marido no se involucraba mucho en mis decisiones de colegios,
psicólogos o clases especiales. Tenía cuidado con lo que le contaba, pues
él no siempre reaccionaba bien ante la indisciplina de Daniel. Los regaños
eran muy duros. Me escuchaba y apoyaba, eso me daba fuerzas.
Siempre me hizo sentir que aprobaba mis decisiones, y fue un
compañero silencioso en mis luchas. Quizás él no podía hacer más, sentía
que era mi responsabilidad como mamá. La verdad era que ninguno de los
dos estábamos habilitados para tratar con una problemática como la de
Daniel.
Muchas veces al pasar esos años, sentí que caminaba en un desierto
donde no veía el fin. En ese árido interior, además de estar de algún modo
debilitada por mi corazón físico, me dolía ese pedazo de corazón
emocional en que habitaba mi hijo. Sentía que no tenía de beber, mucho
menos alimento, y llevaba un niño a cuestas mientras intentaba avanzar.
Se me agotaba la fuerza física. Además, otra niña me seguía detrás, sin
perderme de vista. Ella necesitaba de mí, también se cansaba, quería
comer, necesitaba agua mientras caminábamos en el desierto y más que
nada, necesitaba el abrazo de mamá.
Ana Paula no dejó de seguirme en cada paso. Fue mi ángel guardián
durante todo mi difícil trayecto con Daniel. Ella, sin saberlo, me daba el
amor y la fortaleza que yo necesitaba para seguir adelante. En ella veía la
mano de Dios constantemente, era mi milagro, mi confianza. Además, el
recuerdo de mi experiencia cercana a la muerte me sostenía en todo
momento. Sabía que no estaba sola, que no existía ni un solo día sin que
hubiera algo por qué dar gracias. Tenía que levantarme y darle a Daniel
todo el amor que pudiera. No olvidaba ni por un momento mi mensaje,
cada vez se hacía más claro: “vive a plenitud y disfruta el trayecto”. Yo
tenía algo que aprender, y quizás otros también aprenderían.
Para Daniel, Ana Paula era muy importante. Se convirtió en su modelo
a seguir, en su luz. Con ella dibujaba, hacía manualidades y veían
películas. Ella lo cuidaba, lo guiaba y en muchos momentos lo
equilibraba.
El problema era que él no soportaba que ella lo dejara o se distrajera
con amigas sin considerarlo. Sabiendo lo que sé ahora, entiendo que era
injusto que ella hiciera tanto, pero para él llegó un momento en que sólo
existía Ana Paula para jugar y divertirse.
Cuando Daniel tenía cuatro años pudo entrar al mismo colegio donde
estaba Ana Paula cursando primero de primaria. Daniel estaba en kínder y
empezaron a tener dificultades. Un día, la directora me sugirió trabajar
con ellos en el colegio impartiendo clases a niños de primaria alta. De esa
manera, si surgía algún problema con Daniel, me encontraría cerca para
tranquilizarlo. Me pareció muy buena idea. Se lo agradecí enormemente,
pues además, me permitía tener beca escolar para mis dos hijos. Fue muy
difícil porque en ocasiones, Daniel interrumpía mi clase a gritos,
quejándose de alguna situación que ocurrió en su salón. Las mamás se
quejaron en diversas ocasiones porque sus hijos les decían que un niño
entraba gritando y tenía que abandonar mi clase por unos momentos
mientras otra maestra cuidaba al grupo.
A pesar de haber pasado por años donde Daniel me demandó
muchísimo, siempre intenté tener un espacio con Ana Paula para
escucharla, pues sus conversaciones eran increíbles. Ella iluminaba mis
momentos oscuros y alejaba mis tristezas. Como en una ocasión sucedió
cuando iba al kínder y le empezaban a enseñar las letras.
-Mamá, ya aprendí a escribir y quiero que leas lo que hice, cuéntanos
la historia -me decía mientras me mostraba un papel y los dos se
acomodaban a mi lado.
-Dime qué dice mamá -me decía con la voz dulce y tierna de una niña
de cinco años.
Yo inventaba una historia e intentaba decirle lo que ella estaba
pensando o imaginando cuando delineó un cuaderno con algunas letras y
otros garabatos sin sentido. Me esforzaba, pero más bien creo que ella
descubría a través de mí, alguna nueva historia que escribir.
Más tarde iba con su papá a que hiciera lo mismo, pero reclamaba
cuando se daba cuenta de que lo que él leía, era totalmente distinto a lo
que yo le había dicho.
-¡Mamá, mi papá no sabe leer! -me decía en un tono firme y segura de
que su papá era incapaz de entender las maravillas de sus escritos.
-Sí, mamá, mi papá no sabe leer -argumentaba Daniel detrás de ella.
-Bueno, ahora lo leeré yo -decía Ana Paula.
Y comenzaba una larga historia llena de aventuras con las muñecas de
la tele, todas las princesas de Disney, Beto y Enrique, Elmo, La Rana
René y Lucas come galletas. Nunca me hubiera imaginado la
existencia de tantos personajes en esa pequeña hoja. Daniel, por su lado,
la escuchaba atentamente y estoy segura de que pensaba que su hermana
era una gran escritora.
Ellos jugaban mucho todo el tiempo. En la medida que crecieron, me
daba cuenta de que debía supervisar sus juegos porque a veces eran
peligrosos. Daniel no controlaba sus impulsos y Ana Paula era una niña
de cuerpo menudo y frágil. Ella no podía con él, a veces era violento y la
lastimaba.
Seguí mi búsqueda entre doctores, psicólogos, escuelas y amigas,
tratando de encontrar quién me ayudara con Daniel. Lo tuve en terapias de
lenguaje, en control de alimentación, con medicamentos para controlar su
hiperactividad, pero nada parecía funcionar. Inclusive fuimos a Houston
para que nos dieran un diagnóstico, pero el daño que tenía Daniel no
parecía ser claro aún.
Le hicieron una serie de exámenes: TAC cerebral, exámenes
psicológicos, y cognitivos, entre otros. Nos dijeron que el lóbulo frontal
derecho estaba dañado. Esto era lo que afectaba su auto control y manejo
de emociones. También nos señalaron que su cerebro no tenía aparente
daño físico, pero su comportamiento, sí mostraba un problema.
Sospechaban que la madre pudo haber utilizado drogas durante el
embarazo y eso lo afectó.
Al poco tiempo fuimos a la institución donde lo habíamos adoptado y
descubrimos que, por una cuestión administrativa, evitaron darnos esa
información. Efectivamente, Daniel venía de una madre que nunca dejó
de utilizar drogas durante el embarazo. En un primer momento sentimos
mucho enojo, frustración y ganas de demandarlos y argumentar que nos
habían ocultado datos importantes. Más tarde, cuando llegamos a casa, lo
pensamos bien, y nos dimos cuenta de que al menos le estábamos dando a
Daniel una oportunidad que nunca hubiera tenido de haberse quedado en
ese lugar. Todo tiene siempre un sentido.
Fue muy difícil aceptar todo esto. Por un lado, se aclaraba la razón de
su comportamiento, pero por el otro, me preguntaba si podría manejarlo
en el futuro. No dejaba de sentir cansancio y preocupación por mi propia
salud, pues cada día Daniel me demandaba más fuerza física para
ayudarlo y controlarlo.
Cada vez que tenía una fiesta infantil, tenía que ver dónde dejaba a
Daniel porque si lo llevaba, lo más seguro era que golpearía a algún niño
con el palo de la piñata cuando le tocara su turno. A veces no podía
detenerlo; ocurrió en varias ocasiones como sucedió con la maestra. Eso
me tenía muy presionada constantemente, nunca sabía cómo reaccionaría.
Por esa razón dejé de llevarlo y lo separaba de su hermana. Me sentía
injusta con uno por no llevarlo y con la otra por limitarla si ella siempre se
portaba bien.
Se me partía el corazón al dejarlo. Muchas veces se quedaba con mi
mamá. Ella lo cuidaba y eso me daba espacio para descansar un poco y
sólo cuidar a Ana Paula. Hasta que llegó un día en que dijo “basta”. A
Daniel se le había ocurrido meter al pobre Max en la basura y taparlo.
Max era un perro french poodle miniatura con el que jugaban los nietos
cuando llegaban a casa de mis padres. Ese día Daniel quiso esconderlo y
al poco rato, lo olvidó. Más noche mi madre descubrió al perro casi
muerto, deshidratado, sin oxígeno y en muy mal estado. Gracias a Dios y
a los cuidados de mi padre, el perro se recuperó por completo, pero mi
mamá me dijo que ya no podía cuidar a Daniel.
-Ana Cecilia, lo quiero mucho, pero no puedo supervisarlo a solas.
Me da mucha pena contigo, pero necesitas encontrar quién te ayude
con él si lo vas a dejar aquí.
-Sí, mamá, te entiendo perfectamente.
Me despedí con un nudo en la garganta, pero sabía que tenía razón.
Al darnos cuenta que la educación de Daniel continuaría siendo un
problema y que casi todos los días tendría quejas, tomamos una decisión.
Junto con el psiquiatra que lo vería durante muchos años y la directora
del colegio, decidimos que Daniel tomaría clases solo. Lo llevamos con
una maestra particular para poder cursar primer año de primaria. Seguí
trabajando y con lo poco que ganaba cubría parte de las terapias, el
psiquiatra y la maestra de Daniel.
La única forma de dejar pasar lo que no nos gusta de alguien, es a
través del amor.
En una ocasión lo llevé a su acostumbrada cita con el doctor y no sé
cómo me habrá visto que solamente atendió a Daniel por unos minutos y
el resto de la sesión la tomé yo.
-Señora Ana Cecilia, la veo cansada, un poco demacrada. ¿Cuénteme
cómo está?
-Bien, un poco cansada. Quizás estoy haciendo más de lo que debería.
-Sé que tiene un problema de corazón. Dígame, ¿qué hace en un día
normal?
-Ay doctor, ya sabe, lo que siempre hacemos las mamás. Me levanto,
hago de desayunar, apuro a los niños para que se vistan, coman, se laven
los dientes. Salgo rápidamente para ir al colegio. Me quedo trabajando
toda la mañana. Si fue un día bueno para Daniel, no pasa a mayores, pero
si se metió en algún lío, tengo que ir a solucionarlo y eso es muy
desgastante. Regresamos a comer, llevo a Daniel a su terapia, a Ana
Paula a su clase y en las tardes a hacer tareas. Cosas normales, doctor.
-Sí, son cosas normales para hacer con niños normales. Daniel
demanda mucho más, ¿no? ¿Cómo está su corazón? Creo que se está
excediendo un poco. Tiene que cuidarse.
En ese momento comencé a llorar. Lloré y lloré sin poder parar. Sí,
estaba cansada, agotada física y emocionalmente. Sentía que nadaba
contracorriente y no veía hasta cuándo llegaría a la orilla. Quizás ya había
estado en esa posición antes, cuando estaba en cuidados intensivos, pero
ahí no tenía la fuerza para llorar como lo hice ese día. Esta vez, ya no era
una lucha para sobrevivir únicamente yo, tenía a dos hijos por los que
tenía que estar bien.
No hablé mucho ese día, pero salí de ahí más ligera. Alguien, además
de mis padres, se tomó la molestia de preguntar por mi salud. Ellos, al
igual que mi marido, me habían mencionado en distintos momentos la
posibilidad de internarlo, pero yo me negaba.
Casi se me había olvidado que estaba viva de puro milagro, debía
cuidarme. Tenía un propósito en esta vida, y no era posible realizarlo si
me desequilibraba y mi corazón se rendía. El doctor tenía razón, algo
había que hacer. Sin un diagnóstico claro, era difícil tomar decisiones.
Muchas noches, me iba a solas a la habitación de Daniel mientras él
dormía y caía de rodillas junto a su cama. Al principio, cuando era más
pequeño, rogaba a Dios que lo sanara, que me ayudara a cuidarlo; que me
diera sabiduría para guiarlo y no perderme en el camino del cansancio.
Estaba agotada, desesperada y me sentía sin más recursos que aportar.
Las amigas de Ana Paula dejaron de visitarla en casa por lo agresivo
que podía ser su hermano. Un día golpeó tan fuerte la puerta de su
recámara con un patín que le hizo un gran agujero. Las amigas y Ana
Paula se asustaron mucho. Estaba molesto porque Ana Paula no lo dejaba
entrar.
Ella se enojaba y reclamaba que su hermano no la dejaba estar con sus
amigas a solas. Ese era parte del desarrollo normal de una niña de nueve o
diez años, pero Daniel no lo aceptaba y las agredía.
Daniel tenía ocho años y había crecido casi a la altura de Ana Paula a
pesar de la diferencia de más de dos años de edad. Su fuerza era mayor
que la de ella. Su comportamiento ya era peligroso para él mismo y para
su hermana. Había intentado encender una fogata dentro de su vestidor,
arrojado y matado a uno de los cachorros de nuestra perrita Reinita por la
emoción de verlo; había destrozado juguetes, amenazado a un vecino con
un cuchillo y su capacidad para socializar era cada vez menor.
Doctores, psicólogos, pediatra, sacerdote, familia, todos, nos
recomendaron apartar a los niños. Además, físicamente me estaba
costando mucho trabajo cuidarlo. Cada vez era más la insistencia de que
lo instituyéramos, lloraba y me negaba a dejarlo ir. Finalmente, después
de un episodio del que fui testigo, tomé la dolorosa decisión de hacerlo.
Ese día Daniel y Ana Paula jugaban en el jardín trasero donde toda-
vía había escombros y unas pequeñas escaleras hechas de piedra y sin
barandal. Ana Paula subía emocionada cuando Daniel se dio la media
vuelta y la empujó con gran fuerza para que se regresara. En ese empujón,
Ana Paula perdió pisada y voló hacia atrás. Si yo no creyera en los
ángeles, ese día me hubiera visto obligada a hacerlo. Ana Paula dio una
voltereta de ciento ochenta grados, logró poner un pie en el penúltimo
escalón, volvió a girar otra media vuelta y calló sentada en el piso sobre
un montón de tierra. Vi la escena en cámara lenta. La visualicé suspendida
en el aire, como si estuviera sostenida por hilos que no la dejaron caer de
espalda y golpearse directo en la cabeza con la esquina afilada del
escalón. Salí corriendo hacia el patio y de inmediato la levanté y la abracé.
Ella lloraba más por el tremendo susto que por el dolor de esa caída. Ana
Paula no estaba lesionada, pero sí muy asustada y desconsolada. Le
temblaba la voz y no podía articular frases completas para intentar
explicarme lo que había pasado. Ella no sabía que yo los observaba.
Daniel comenzó a gritar y a llorar desesperado. Esperaba mi regaño,
mi llamada de atención, mi mirada acusadora por lo que acababa de
suceder. Sin embargo, lo que hice fue verlo en silencio con la mirada más
amorosa que pude. Con mucha serenidad, le pedí bajar e irse a su
recámara. Yo estaba temblando y mi corazón aún latía acelerado. Él bajó
rápidamente las escaleras y se fue corriendo entre gritos y lloriqueos de
miedo e impotencia. Fui a verlo al poco rato y lo tranquilicé. Hablé con él,
pero me di cuenta de que Daniel no controló lo que había hecho.
Las consecuencias de ese acto pudieron haber sido fatales. Ese día dije:
“¡No más!”
Cuando llegó mi esposo esa noche, le comuniqué mi decisión. Él
estaba esperando a que la tomara tarde o temprano. Cuando le conté lo
sucedido, hizo el intento de levantarse y dirigirse a la recámara de Daniel
que ya estaba casi dormido. Le pedí que lo dejara, ya no quería escuchar
más regaños ni gritos. Daniel se iría de la casa y yo tenía que prepararlo
para esto.
Dejarlo ir sin entender claramente lo que le sucedía me parecía cruel.
Pero también reconocía mis limitaciones y lo que me estaba
representando atenderlo. Mi corazón parecía estar funcionando bien, pero
no dejaba de tener una gran limitación a pesar de la cirugía. Hasta ese
momento, se había mantenido fuerte y me daba una mucha mejor calidad
de vida. Sin embargo, mi cansancio comenzaba a ser muy notorio una vez
más. En esos días recordé mucho a Ráfel. Lo necesitaba cerca, quería
hablar con él y pedirle un abrazo, un consejo. Él había estado en tantos
momentos difíciles de mi vida que ahora me hacía falta. Quizás estaba
cerca y yo era quien no lo percibía. Seguramente mi salud no estaba en
peligro, pero mi corazón sufría más que nunca. ¿Dónde estás Ráfel? Le
preguntaba entre lágrimas.
Mi marido tenía ya casi todo preparado para el internamiento desde
hacía semanas, sólo faltaba mi decisión. La semana siguiente, Daniel se
fue de la casa.
Ese quizás ha sido uno de los días más tristes de mi vida. Mi corazón y
mi mente sabían que era lo correcto, pero todos mis sentidos me gritaban
que tenía que protegerlo. Fue tan difícil dejarlo ir, que no pude internarlo
yo misma.
Ana Paula sabía que en algún momento se iría, pues ya se lo había
dicho, pero no tuve corazón para decirle que sería ese día. Me parecía que
yo no tendría fuerzas para manejar el impacto que pudiera tener en ella
antes de despedir a Daniel. Ella estaba muy desesperada con él, pero no
dejaba de ser su hermano, a quien adoraba.
Era un sábado por la mañana. Me levanté temprano y pedí a la mamá
de una amiga de Ana Paula que la invitara a comer a su casa y pasara la
tarde con su hija. Quería que Ana Paula se distrajera y que no estuviera
presente en tan difícil momento. Además deseaba estar a solas con mi
hijo. Fui a dejarla y regresé a casa. Mi esposo ya no estaba, había ido a
resolver los últimos detalles y fue por su padre, que lo acompañaría a
dejar a Daniel.
Fui a su recámara y le dije que tenía que hablar con él. Me senté en su
cama y él se sentó a un lado mío.
-Hijito, ¿recuerdas lo que pasó el otro día allá afuera con Ana Paula?
-Sí, me porté mal y empujé a Ana Paula. ¿Me vas a regañar?– me dijo
con voz entrecortada.
-No, mi amor, no te voy a regañar. Quiero que sepas que yo vi lo que
pasó y me di cuenta de que no lo hiciste a propósito. No pudiste
controlarte y tu primera reacción fue empujarla.
Estuvimos hablando por un rato y yo le expliqué todo lo que los
doctores nos habían dicho y lo importante que era ayudarlo. Necesitaba
aprender a controlarse y a encontrar la medicina que le hiciera sentir
mejor y no desesperarse tanto.
El psiquiatra ya le había explicado que quizás un día lo internarían
para ayudarlo a sentirse mejor y en un tiempo podría regresar a casa. Yo
era la única que no tocaba ese tema con Daniel.
-¿Entonces me tengo que ir a un lugar como me dijo el doctor?
-Sí, hijito, creo que tienes que irte a donde nos sugiere el doctor. Ahí te
ayudarán y verás que pronto ya no vas a tener esos enojos y podrás jugar
sin peligros.
-Está bien, mamá, ¿qué ropa me voy a llevar? -dijo con una voz dulce
y suave, sin que pareciera haberle afectado mucho la noticia.
Saqué una maleta y una bolsa grande de tela y empacamos.
Él me ayudó a guardar su ropa, sus juguetes, sus tesoros, su vida.
Me costaba hablar, titubeaba mientras ponía sus cosas en la maleta.
No podía creer que estuviera haciendo eso con ayuda de mi hijo.
Estaba tan cooperativo, que hasta sentí que le daba gusto. Quizás le
emocionaba la idea de ir a un lugar distinto. Imaginaba amigos nuevos,
aventuras o que sería algo rápido. No lo sé, pero mi corazón temblaba y
sentía que me faltaba el aire.
Cuando llegaron por Daniel, vibró todo mi cuerpo y dudé en seguir
adelante con el plan. Ya era difícil pues él estaba listo y tranquilo, pero la
lucha interna dentro de mí no me dejaba en paz.
Me acerqué a Daniel, que estaba sentado viendo televisión, y lo abracé
con mucha fuerza.
-Hijito, ya es hora de irte. Tu papá y tu abuelito te irán a dejar.
En ese momento Daniel se paró frente a mí y me dijo las palabras que
llevaré en mi corazón el resto de mi vida.
-Está bien, mamá. Déjame darte un abrazo grande, grande para que te
dure muchos días hasta que te vuelva a ver.
No pude contener el llanto y lo abracé con toda mi alma, mi corazón y
mi cuerpo. Al verme llorar, se humedecieron sus ojos negros y parpadeó
para contener el llanto.
-Te amo, hijito. Nos vemos pronto.
Ese es el hijo que debí tener. Él no tenía culpa de nada de lo que estaba
sucediendo. Era víctima de las circunstancias, de las decisiones de su
madre biológica. Yo tenía que asumirlo.
Y así fue, guardé ese abrazo hasta que lo volví a ver varias semanas
después por recomendación del médico. Ese abrazo aún lo llevo en mi
corazón, y sus palabras las tengo tatuadas en mi mente. Él jamás volvería
a vivir en casa de nuevo.
Se fueron sin mí. La institución quedaba a dos horas de distancia, ellos
regresarían ya noche y además tenía que ir por mi hija y explicarle todo.
Debió haber sido muy doloroso para mi marido y su padre haber
dejado a Daniel, pero gracias a Dios, él estaba tranquilo y confiado.
Así, con el corazón destrozado, fui por Ana Paula y traté de hablar con
ella con toda tranquilidad. Para Ana Paula también fue muy difícil.
Lo que al principio parecía un alivio para ella, con los días se convirtió
en vacío y tristeza. Le hacía falta su hermano. Lloramos juntas ese día, y
algunas veces después al hablar del tema. A pesar de todo, era su
compañero de juegos y repentinamente se había quedado sin él. Por más
que ellos pelearan y discutieran, eran dos niños de ocho y diez años que se
extrañarían mucho como hermanos.
Con el tiempo, Ana Paula se quedó en paz y pareció comprender
nuestra decisión.
Esa noche tuve muchas taquicardias. Me preocupaba que mi corazón
se rindiera ahora. Sabía que la cirugía que me hicieron era paliativa. Yo
tenía que resistir, tenía otra hija que cuidar. Sin mi hijo en casa, y con un
gran hueco en el alma, sentí a Ráfel de nuevo muy cerca de mí. Cerré mis
ojos y recordé el recurso que siempre me servía: entrar a mi interior,
encontrar las razones del corazón y ponerme en paz conmigo misma.
Gracias Ráfel… estás aquí. La taquicardia se pasó un rato más tarde.
Fuimos a visitar a Daniel cuantas veces pudimos mientras estuvo en
esa institución. El entendió bien los motivos por los que estaba ahí y eso
ayudó mucho.
Meses antes de la Ana Paula y Daniel
la partida de Daniel. Dibujo realizado por Daniel.
Gracias a Dios, todos esos años dedicados dieron su fruto. Una vez que
lo empezamos a manejar, supimos que sus agresiones obedecían a su
impulsividad y eso le hacía daño. Le costaba mucho controlar sus
emociones. Necesitaba medicamento y vigilancia constante. Después de
cualquier episodio violento siempre era él quien más sufría. Años
después, comprenderíamos que Daniel padece de esquizofrenia paranoide
muy compleja.
Nunca me arrepentiré de haberlo traído a mi familia. Me enseñó a
luchar hasta el límite, a entregarme aun sin saber si vería la luz al final del
túnel. Él me dio las fuerzas para dejarlo ir, y me dio su abrazo cuando más
lo necesitaba.
Me quedé con un enorme vacío, pero poco a poco fui recobrando la
paz y la seguridad de que había hecho lo correcto. Le escribí una carta a
Daniel que hasta hoy en día conservo:
Hijito mío, Abril de 1999
Hace unos días partiste de casa. Confío en que volverás pronto. Por
ahora, quiero escribirte porque dejas un vacío tan grande en mi corazón,
en la casa y en nuestras vidas, que tengo que hacértelo saber de algún
modo.
No sé si algún día leas esta carta, pero sé que con el tiempo, mi vida te
hará saber que cada palabra que te escribo es verdad.
Llegaste a nuestro hogar porque un día te concebí en mi corazón.
Yo no sabía dónde estabas, pero Dios sabía que era yo la que tenía
que cuidarte. Tus primeros días en casa fueron hermosos. Nos estábamos
conociendo los cuatro. Ana Paula quería jugar y no permitía que nadie te
alejara de ella. Tu papá te seguía a todos lados porque empezabas a
caminar y no queríamos perderte de vista. Disfrutaba tu risa, tus juegos,
tu felicidad. Parecía que hubieras comprendido que finalmente llegaste a
casa.
Pasaron los años y nos dimos cuenta de que necesitabas ayuda
especial. Por algún motivo, tu desarrollo no era el de un niño de tu edad
y había que ayudarte. Así lo hicimos. Te llevamos a clases especiales, con
el psicólogo, con doctores y todo lo que pudiera ayudarte. No siempre fue
fácil cuidarte porque tú no lo permitías. Tu condición diferente nos hacía
a veces muy difícil la tarea.
Cuando finalmente decidimos que teníamos que internarte porque
cada día batallabas más para controlarte y para respetar reglas, fue
quizás uno de los días más difíciles de mi vida. Llenabas mi vida de
muchas maneras, y dejarte ir es lo más difícil que haya hecho. Ninguna
mamá debería tener que dejar ir a un hijo, pero tuve que hacerlo por tu
bien.
Sé que pronto nos volveremos a reunir y quiero que sepas que te
llevaré en mi corazón todos los días de mi vida. Estarás presente en mi
despertar, en mis actividades del día, y en mis oraciones cada noche
antes de dormir. Nunca dudes de todo lo que te amamos tu papá y yo y
ten la seguridad de que el día que leas esta carta, te habrás dado cuenta
de todo lo que hemos sufrido al tenerte lejos. Te llevas un pedazo de mi
alma contigo, pero sé que lo cuidarás.
Volveremos a vernos y disfrutaremos de ese momento infinitamente.
Recuerda siempre: vive a plenitud.
Te amo con todo mi corazón,
Mamá.
LA MADEJA SE DESENREDA
No permitas que el silencio diga lo que las palabras callan.
Quería ser feliz a pesar de cualquier dificultad que se presentara en el
camino. Además de las adversidades que tuvimos con Daniel, mi vida
matrimonial tuvo muchos giros desde el comienzo; superarlos, fue todo
un reto.
Cuando mi marido y yo iniciábamos nuestro matrimonio, un amigo
suyo sembró la duda de si estábamos o no dentro de la Iglesia correcta.
Ambos éramos católicos y los dos teníamos mucho interés por un
crecimiento espiritual. Nunca se me había presentado la oportunidad de
estudiar la Biblia, ni tampoco imaginaba que hubiera tanta gente
interesada en que nos acercáramos a hacerlo. Acepté reunirnos con un
pequeño grupo de otra Iglesia y encontré a personas maravillosas. Me
entusiasmaban los temas que abordábamos y sentí como mi interior se
fortalecía. Sin embargo, no era agradable sentir que no podía compartir
eso con mi familia o con amistades pues estaba segura de que no lo
aprobarían. Toda mi vida había luchado contracorriente pero esta vez, me
acompañaba mi esposo.
Yo quería darle gusto a mi marido y estar bien con él. Si eso lo hacía
feliz, yo también lo sería. Aprendí muchísimo y me di cuenta de lo
importante que era para mí el crecimiento espiritual en mi vida. A pesar
de que siempre había sido criada en un ambiente cristiano, nunca me
había interesado por conocer más allá de los ritos católicos. Disfrutaba
mucho las reuniones y sentía que esto nos uniría mucho como
matrimonio.
Seguimos reuniéndonos con ese grupo los primeros dos años de
matrimonio. Al poco tiempo de mi embarazo, mi madre se enteró de que
lo hacíamos con un grupo evangélico. Me afectó tanto el enojo de mis
padres, que por primera vez contradije a mi esposo y le dije que debía
reconsiderar lo que hacíamos. No era posible que Dios quisiera que
estuviéramos apartados de la familia.
Mi marido dudaba si debíamos bautizar a Ana Paula dentro de la
Iglesia Católica, pero yo me negaba a dejar de hacerlo. Gracias a Dios, él
respetó mi decisión y cuando Ana Paula nació, la bautizamos como era la
costumbre de mi familia y la de mi marido.
Unos meses después de su nacimiento, conocimos a un grupo católico
de matrimonios muy hermoso: Pregoneros de la Palabra. Ahí fue donde
conocí a mi amiga Lilia que después me guiaría para ser yo la que
impartiera los cursos. Mi esposo no estaba muy convencido de ese
cambio, pero accedía dándose cuenta de lo que a mí me afectó la reacción
de mi familia.
Esto duró poco tiempo. Unos años después de mi cirugía, regresamos a
la otra Iglesia. Por algún motivo, él nunca se pudo integrar por completo a
Pregoneros. La amistad continuó con el grupo, únicamente dejamos de
reunirnos. Algo me decía que mi historia, mi vida, mis tradiciones, no
tenían por qué cambiar mientras yo siguiera creciendo interiormente. Sin
embargo, decidí seguir a mi marido.
Pregoneros de la Palabra hoy en día
Todos nuestros amigos, sin importar a qué Iglesia asistieran,
estuvieron orando por mí antes de mi cirugía y durante mi estancia en el
hospital. Estaban interesados en mantenerse cerca y así lo hicieron. Estoy
segura de que todas esas oraciones fueron las que me mantuvieron con
vida. Cuando dos o más se ponen de acuerdo en algo, surge una respuesta
increíble.
Cuando regresamos de Houston en 1989, y una vez que me sentí
recuperada, nos pidieron que fuéramos a dar testimonio sobre el tema de
mi recuperación, a una Iglesia Evangélica. Yo me sentía feliz pues sabía
que teníamos mucho que decir. Me gustó la apertura que tuvieron al
desear escuchar mi testimonio. Veía una oportunidad para aportar algo.
Me sentía tan llena de amor que lo único que deseaba era compartir mi
experiencia cercana a la muerte. Además tenía un mensaje muy claro que
compartir: en cualquier adversidad se puede dar gracias y vivir con
plenitud.
Nunca olvidaré ese día. Me sentía radiante con mi vestido color azul
marino. Le pidieron a mi esposo que él me presentara. Sólo contábamos
con diez minutos. Cuando nos acercamos al frente, mi esposo tomó el
micrófono, me presentó, pero siguió.
Habló de lo difícil de nuestra estancia en Houston, de lo complicado
que había sido para él como esposo el que yo estuviera tan grave y tan
lejos. Además compartió la dificultad de tener que dejar a su hija de diez
meses al cuidado de sus papás y otros familiares, pero él sabía que Dios
nos había recompensado con mi salud.
En muchos momentos esperaba que dejara de hablar para cederme el
micrófono. Yo deseaba con ansias ese momento. A medida que él hablaba
sentía un hueco en mi estómago que me incomodaba. La gente quería
oírme a mí, era mi testimonio. Pero él continuó. Contó además cómo
compartió pasajes bíblicos a gente en necesidad mientras esperaba verme.
También dijo que él nunca dejo de orar y de pedir a Dios por mí.
Que lo que yo había vivido en Houston, fue una forma de purificación
para mí y que gracias a Dios yo estaba de regreso.
Para el momento en que me cedió el micrófono, habían pasado nueve
minutos y medio. Yo nunca dejé de sonreír, aunque mi sonrisa debió
haberse congelado con el paso de los minutos. No dejé de mostrar mi
alegría por estar viva, agradecida por estar ahí, pero todo eso tuvo que
decirlo sólo mi rostro. No tuve tiempo de manifestar todo lo que tenía que
compartir con palabras, y vaya que me hubiera gustado. Me limité a
agradecer la oportunidad de estar ahí, y una vez más, le di el lugar a mi
esposo, diciendo que él ya lo había dicho todo.
Cuando salimos de la iglesia, una señora se acercó y me dijo que había
estado esperando el momento para escucharme, que era una lástima que
casi no hablé. Yo siempre me sentí agradecida, pero también me quedé
con ese hueco en mi estómago. No logré descifrarlo. Me acomodé el velo
para no ver lo que mi corazón empezaba a percibir: acordábamos una
cosa, y él hacía otra.
Mi marido me quitó la oportunidad de compartir mi experiencia, y yo
se lo permití porque, a pesar de todo, quería ser feliz. Entendí que él
necesitaba ser protagonista.
Muy pronto, después de nuestro regreso a casa, comenzamos a tener
dificultades en la cuestión administrativa porque mi marido nunca tenía
claro cuándo me debía de dar dinero para hacer los pagos y yo quería
hacerlos puntualmente. Como eso representaba discusiones frecuentes,
decidió pagarlos desde la oficina. Dejé de administrar por completo los
recibos de la casa, sólo recibía dinero suficiente para los víveres y para la
señora que me ayudaba.
Me acostumbré a vivir de esa manera y sentí que era feliz. Llenaba mi
vida profundamente dando estudios de Biblia. Lilia me guiaba y cada día
me sentía más preparada. Encontraba mucho sentido a la maravillosa
experiencia que viví en Houston. Conforme pasaban los días, compren-
día que todo era importante, cada uno tenía algo que aportar. Entendí que
todos los seres vivos estamos conectados como en una red. Lo que yo
hiciera afectaría a los demás de algún modo. Mis acciones, aunque no
fueran destinadas a alguien especial, le dañarían o le beneficiarían a la
larga. Era fascinante como cada día descubría cosas nuevas. Algunas por
intuición y otras porque las leía. La fortaleza espiritual que me provocaba
compartir todo eso, era enorme y me ayudaba a educar a mis hijos y a
sentirme segura.
Por otro lado, la forma en que funcionaba mi matrimonio parecía
confusa. Algunas de mis reacciones, yo misma no las comprendía. Sé que
para mis amigas fue muy difícil entender qué pasó conmigo a los pocos
años de que me casé. Esa joven atrevida, conversadora y siempre
sonriente que nadie frenaba por ningún motivo, había casi desaparecido a
través de los años. Quizás fue inmadurez o el matrimonio, o la fragilidad.
No sé en el fondo cómo sucedió, si fue pausadamente o de un día para
otro, pero me alejé de ellas, de esas amigas que habían sido
incondicionales. Tal vez comenzó después de mi cirugía, o desde que nos
casamos, no lo sé. Sé que cuando mi cuerpo estaba tan frágil y mi
estabilidad física y emocional tan vulnerables, llegué a poner a mi marido
en un altar por lo mucho que me había cuidado y protegido. Me permití
llegar al extremo de no confiar en mis propias decisiones si no las
consultaba con él.
Quizás debí reclamar por lo que creía y sentía correcto, pero por algún
motivo no lo hice. Yo me sentía agradecida porque mi marido seguía a mi
lado a pesar de mi enfermedad, de mi cirugía, de mis limitaciones. Esa
vulnerabilidad después de la cirugía se empezó a convertir en
dependencia. Al grado de creer que todo, absolutamente todo, debía ser
reconocido por él.
Aprendí a vivir de promesas no cumplidas y de acuerdos que
terminaban en algo diferente porque él había tomado otra decisión. Su
impuntualidad que tanto me molestó por años, resultó ser sólo un signo de
que constantemente dejaría de cumplir sus acuerdos de la manera prevista.
Aprendí a vivir de ilusiones y de sueños que él plantaba en mí y en sus
hijos, pero que poco prosperaban. Aprendí a vivir así, y a disfrutar de lo
disfrutable.
Cuando Daniel tenía tres años, dejé de impartir los estudios que tanto
gozaba. Daniel demandaba cada día más de mi atención y cuidados.
Casi todos los días terminaba en el kínder porque había hecho alguna
travesura.
A los seis o siete años de casados no era yo. Me convertí en alguien
distinta. En público aparentaba estar segura y confiada, pero ya en privado
las cosas eran diferentes. Cuando había algún desacuerdo entre nosotros,
mi esposo no gritaba ni se desesperaba, sólo guardaba un silencio
castigador que me parecía eterno. Sus respuestas eran distantes y su
mirada aguda. Yo me sentía intimidada e insegura. Tardé muchos años en
darme cuenta de que su silencio era violento y su mirada agresiva.
Mis días eran agotadores cuando los dos niños eran pequeños. Mi
corazón no dejaba de darme problemas de vez en cuando, sobre todo
cuando terminaba muy cansada. Me iluminaba el recuerdo y la certeza de
mi vivencia. En ella encontraba sentido a las dificultades. Sabía que
estaba viviendo a plenitud y eso me alentaba en momentos duros.
A los niños los acostumbré a una rutina sencilla. Me levantaba todos
los días y ponía música de alabanza o clásica para despertarlos. Los
llenaba de besos y abrazos hasta que se levantaban. Era un ritual de
aproximadamente diez minutos. Después les hacía de desayunar y
preparaba sus almuerzos para más tarde. Su papá se encargaba de
llevarlos a la escuela. Mi función era llevarlos y traerlos a las actividades
de las tardes. Antes de dormir jugábamos y les cantaba algo divertido.
Añoraba ese momento de estar en cama y de que su papá se encargara
de ellos un rato, sobre todo cuando había tenido algún día difícil con
Daniel. Cualquier mujer hubiera sentido cansancio después de días
como los que yo pasaba.
Al poco tiempo de que adoptamos a Daniel, nos involucramos en un
negocio con la idea de obtener ingresos adicionales. Teníamos la
esperanza de que juntos nos iría bien y lograríamos mejorar
económicamente.
Le dedicábamos mucho tiempo para poder acercar a nuevos
matrimonios al negocio. Mi esposo disfrutaba dar conferencias y siempre
ser el centro de atención. Yo me encargaba de la traducción simultánea de
los oradores y daba demostraciones de los productos.
Hoy que lo pienso bien, no sé de donde sacaba yo fuerzas para hacer
todo lo que hacía.
El grupo de matrimonios de estudio bíblico y el negocio nos mantenían
unidos, sentía que nos hacía ser mejores personas y nos preparábamos
para aportar algo al mundo. El negocio empezó a demandar cada vez más
y terminé por desistir después de varios años; me sentía agotada y Daniel
me necesitaba más que nunca. Tenía que concentrar mi energía en él.
Extrañaba a mis amigas, pues a pesar de que ellas me seguían
invitando a algunas reuniones, piñatas o cumpleaños, nos veíamos poco.
Mi marido nunca se integró con el grupo ni con los esposos de mis
amigas.
A él le parecía que nos dirigíamos en direcciones opuestas. Y es que al
discutir la situación con él, me fue convenciendo de que no me convenían
cerca porque, como él decía, eran muy liberales. Por ejemplo, no era
posible que a las ocho de la noche, ellas siguieran fuera de casa. Las
esposas no deberían estar fuera si el marido ya había llegado a casa.
Quería ser buena esposa y me convencí de que todo aquello que a él le
pareciera mal, debía serlo en verdad.
Un día me confrontaron. No encontraba la forma de decirles porqué
me había alejado.
-No calificamos como buenas amigas para tu marido, ¿verdad? -dijo
una de ellas.
-No es eso, es que mi marido no piensa como sus esposos. Él cree que
una esposa debe ser mucho más sumisa y su felicidad debe ser al lado de
su marido. Siente que pasan mucho tiempo juntas sin ellos –decía
mientras yo misma no me creía mis palabras.
Ellas se quedaron calladas y no discutieron. No entendían a qué se
refería él, pero sí me hicieron sentir que siempre estarían ahí para mí. Yo
pensé que hacía lo correcto, que debía darle su lugar a mi marido. Sin
darme cuenta entonces, le di tanto poder sobre mis actividades y
pensamientos, que con ello me hice daño a mí misma. Hoy en día sé que
la confianza y la comunicación eran la base, no únicamente el darle gusto.
Cuando la situación era difícil económicamente, en varias ocasiones
nos quedamos sin luz, sin gas y sin teléfono. Gracias a Dios no siempre
era todo al mismo tiempo. Cuando me quedaba sin gas, había luz y
utilizaba una hornilla eléctrica para cocinar la comida. Calentábamos agua
y con eso bañábamos a los niños y después nosotros. Cuando nos
quedábamos sin luz, había gas y suficientes velas para alumbrar la casa y
jugábamos a que estábamos en un campamento. Siempre intenté hacer las
cosas divertidas para los niños.
Estaba convencida de que era parte de la lucha que se vive como
matrimonio y siempre estuve dispuesta a apoyar a mi marido como lo
prometí ante Dios cuando me casé: en lo próspero y en lo adverso, en la
salud y en la enfermedad. Ya habíamos superado mi enfermedad en gran
parte, ahora me tocaba acompañarlo a él en la adversidad.
Ana Paula tenía siete años cuando empecé a dar clases como maestra
en su colegio, alcanzaba para pagar las clases extras de las tardes y el
apoyo psicológico para Daniel. Cuando no tenía que llevar a mis hijos a
alguna actividad por la tarde, aprovechaba para dar clases especiales a
niños con bajo rendimiento académico. Con todo, el dinero nunca
alcanzaba.
Me convencí de no necesitar cosas. Era muy raro que yo solicitara ropa
o zapatos para mí, y mucho menos joyas, viajes o placeres personales.
Generalmente no le daba importancia a eso y me concentraba en mis hijos
y en lo que ellos necesitaran. Arreglaba los zapatos, les ponía nueva suela,
y los pintaba. Remendaba calcetines, bajaba bastillas y adornaba la ropa
con parches para ocultar lo que no se podía reparar. Poco pudimos ir a
conciertos ni hacer los pequeños viajes de familia que me hubiera
gustado. Quizás me engañaba porque muy en el fondo sí quería comprar
zapatos, pantalones, vestidos, pero me sentía culpable por pedir si veía
que la situación económica estaba mal. Además, todavía debíamos saldar
mi deuda y yo no pedía más que lo indispensable. En mi interior pensaba
que vivía gracias a la ayuda de mi marido.
Mi madre era la que me regalaba algo de ropa cuando veía que la que
traía puesta, estaba un poco gastada. No me preguntaba por qué no me la
compraba yo, ella suponía que era porque no nos alcanzaba el dinero. Y
sí, algo de eso era cierto. Cuando deseaba algunas cosas, si no las podía
comprar con mi sueldo, las suprimía. Una vez se me ocurrió solicitar algo
que ni siquiera era para mí y ante la respuesta de mi esposo, decidí que
sería la última vez que lo haría.
-¿Ya te diste cuenta de que todavía le debemos al hospital en Houston?
No podemos con más gastos.
-¡Es que no es posible que tengamos dinero para comprar tu bicicleta y
tu ropa especial para andar en ella y a veces no podamos cubrir las
necesidades básicas de nuestros hijos!
-No puedo creer que patees el pesebre que te da de comer. Eso es en lo
poco en lo que yo gasto -dijo con una mirada penetrante.
¿Cómo se discute contra eso? Hubiera querido decirle: “tú gastas en
bicicletas y yo en doctores, estamos parejos”. Pero me quedé callada.
Era muy pesado tener que justificarme. Siempre preferí creer que así
nos había tocado vivir y que parte de nuestro crecimiento personal era
estar juntos en las dificultades. Trataba de no dejar de ser optimista y
muchas veces le sugería buscar otras opciones de trabajo, cambiar de giro,
pero nunca lo aceptó.
Las ofensas no son necesarias, con decir la verdad es suficiente.
También le agradecía que nunca me pidiera despedir a la señora que
nos ayudaba con el aseo. Claro, una parte la pagaba yo con mi escaso
sueldo. Eso no importaba, para mí era un alivio, pues cada vez que me
quedaba sin ayuda en casa, terminaba tan cansada, que a veces iba a dar al
hospital. Mi esposo sabía que o trabajaba dando clases, o limpiaba la casa.
Mi capacidad física no daba para más.
Ahora veo las cosas más claras. Mi marido no compraba muchas cosas
para él, salvo lo que realmente le daba placer: andar en bicicleta, nadar y
escalar. Todo lo demás podía esperar. De manera equivocada fui creyendo
que él tenía derecho, pues yo ya me había gastado mi cuota y él era quien
decidía qué se compraba y qué no.
Cuando íbamos de compras para los niños porque era inevitable, pues
habían crecido y teníamos que hacerlo, mi marido era quién escogía tanto
lo de ellos como alguna prenda para mí. A él le gustaba hacerlo y yo creí
que no me molestaba. Me sentía muy agradecida por su ayuda.
Sin darme cuenta, siempre terminaba comprando exactamente lo que a
él le gustaba. Rara vez compré algo de ropa que fuera de mi gusto. No lo
culpo, yo fui la que lo permití. Tal vez creía que eso lo hacía feliz, no lo
sé, pero tarde o temprano, todo eso me desgastaría mucho.
La realidad era que al pasar el tiempo, comenzamos a hablar idiomas
distintos. Lo que en un principio vi como protección y cuidados de su
parte, terminó haciéndome sentir atrapada y controlada. También empecé
a ver que lo que decía con la mano derecha era un sí y con la izquierda
decía que no. Él decía que me amaba y yo le creía. Estaba convencida de
que la mejor muestra de su amor era que él pagaba mi deuda.
No dudo que mi marido me quería al igual que a sus hijos, pero quizás
nunca pudo dejar de verse primero a sí mismo, no lo sé. Sabía que todos
estábamos conectados de algún modo y si él y yo nos habíamos casado,
era porque debíamos estar y crecer juntos, ambos teníamos algo que
aprender. No me quería dar por vencida.
A veces pensaba que quizás yo había cambiado después de mi
experiencia en Houston y veía las cosas diferentes. Eso me motivaba a
concentrarme en lo valioso que sí tenía con él. Como los momentos
felices, cuando antes de que la crisis económica fuera tan notable,
pudimos finalmente pagar la deuda de Houston, después de casi ocho
años. Vendimos la casa donde vivíamos y con parte de ese dinero se saldó
la deuda que restaba y con la otra comenzamos a construir nuestra nueva
casa.
Gran parte del diseño de la casa lo hice yo junto con el arquitecto.
Encontré un momento para mí. Eso me hacía sentir muy bien y disfruté
del proyecto enormemente. Era una casa perfecta para vivir ahí muchos
años, donde la parte funcional quedaba en un solo piso por si en el futuro,
mi salud se complicaba de nuevo.
Nos cambiamos antes de terminarla. Le faltaban muchas cosas y aun
así todos la gozábamos. Mi esposo se iba a andar en bicicleta y yo a mi
área especial para escribir. Era un segundo piso y tenía ventanas frente a
mi escritorio. Disfrutaba mucho estar en ese lugar escuchando música o
escribiendo. Los niños jugaban y se divertían en los cerros de tierra y
piedras en la parte de atrás de la casa. Muchos años después yo terminaría
de arreglarla por completo.
A los tres años de que nos cambiamos, Daniel se fue de casa para su
internamiento. El vacío que dejaba no era únicamente emocional, sino de
tiempo. Mis días se pasaban en cuidarlo a él, atender a mi hija y trabajar.
Ahora no sabía qué hacer con tanto tiempo. Sentirme útil para mis
hijos era lo que me brindaba mi mayor alegría. Ocuparme de Daniel, era
parte de lo que me había mantenido viva todos estos años. Mi esposo y yo
hablábamos idiomas muy distintos, nos desconectamos por completo y
Ana Paula estaba entrando a la adolescencia.
Muchas veces en medio de esta penumbra que me acompañaba, tenía
momentos donde hablaba conmigo misma como antes lo hacía.
Mis escapes para tomar fuerza y seguir andando, nunca los abandoné
por completo. Recordaba paso a paso la experiencia que tuve cuando
estaba tan enferma en Houston. Me retomaba y me convencía de que ese
inmenso amor que experimenté era más que suficiente para levantarme de
cualquier obstáculo. No estaba sola, Dios me acompañaba y me abrazaba
como siempre lo hizo desde que era niña. Además nunca dejé de ir de la
mano de Ráfel y curiosamente me daba consuelo, ya no me angustiaba. Él
era fiel y cuando me encontraba en peligro aparecía, pero no me llevaba
con él, sólo me acompañaba.
Para agravar la situación, durante nuestro matrimonio, tuve muchos
eventos de entradas y salidas del hospital. Las arritmias parecían nunca
desaparecer por completo. ¿Y cómo iban a ceder ante la amenaza de
perderme a mí misma para siempre? A pesar de que llevaba control
estricto de los medicamentos que tomaba, siempre sucedía algo que me
alteraba y comenzaban de nuevo. Acababa en el hospital por varios días.
Esta situación era también muy delicada para nuestro hogar, al no tener
ningún seguro médico que me cubriera. Cada vez que iba al hospital,
representaba más gastos, y eso tensaba mucho la relación. Por más que yo
trabajara, no alcanzaba a cubrirlos. Nunca dejé de sentirme culpable por
ser una carga económica para mi marido. Casi siempre fueron mis padres
los que en esos eventos nos ayudaron. Ellos cubrían los gastos. Pero yo
entendía que a mi esposo eso no le gustaba. Sin embargo, lo aceptaba
molesto y accedía, no sin antes brindarme esa mirada fría y un silencio
castigador.
Como ese día en que me presenté temprano a trabajar como
normalmente lo hacía, pero había amanecido con una taquicardia.
Llevábamos ya alrededor de trece años de casados y siempre que podía,
aguantaba para no molestar ni poner más estrés en nuestra relación. No
había dinero y si se trataba del corazón, habría que pagar. Ese día no
aguanté más.
Estaba subiendo las escaleras del colegio cuando me vi forzada a
detenerme para tomar aire. Se me acabaron las fuerzas. Me senté a media
escalera.
-¿Te pasa algo, Miss Ana Cecy? -preguntó la directora del colegio que
en ese momento pasaba por ahí.
-Creo que sí, no puedo respirar bien y me siento muy agotada. Traigo
una taquicardia fuerte.
-No subas, vamos a llamar al servicio médico.
Localicé a mi marido para que decidiera si me llevaban al hospital en
ambulancia o él iba por mí. Decidió ir por mí pues se encontraba cerca.
Me llevó al hospital de siempre, no sin antes decir que si tenía que
internarme, nos iríamos a otro lugar. Yo pretendí escucharlo. Cada vez me
sentía peor. En el pequeño trayecto recordé aquella vez en que iba con mis
padres en el carro, cuando me dieron la noticia de mi padecimiento.
Sentí de nuevo que íbamos con alguien más. Ráfel me acompañaba
silencioso. Estaba ahí como siempre, pero ahora en el asiento de atrás,
como yo aquel día. Deseaba que abogara por mí. Que le dijera a mi
esposo que en verdad me sentía mal y que no se preocupara, que no le iba
a costar mucho que me atendieran.
Al fin llegamos. Me llevaron a urgencias y de inmediato llegó el
doctor Assad. La situación era seria, traía más de doscientos latidos por
minuto en estado de reposo. El doctor pidió que me canalizaran y me
asignaran a un cuarto en cuidados intensivos. Yo no podía creer lo que
escuchaba. No me sentía tan mal como para ir a cuidados intensivos, pero
bueno, él era el experto.
Ráfel estaba a mi lado, sin estorbar, pero no se iba ni por un momento.
Lo sentía. Me daba gusto no haber perdido la capacidad de sentirlo y
de saberlo cerca como siempre.
El doctor Assad salió para hablar con mi esposo y mis padres que
acababan de llegar. Pero antes de salir de la pequeña salita donde me
encontraba, mi marido me miró a los ojos.
-Tenemos que irnos en este momento. No puedo pagar esto, ¡vámonos!
Veía su desesperación y su impotencia, pero ¿qué podía yo hacer? Ya
no había manera de dar marcha atrás, estaba canalizada y mi corazón no
se serenaba. No me dejarían salir por ningún motivo. Dejé caer dos
lágrimas y él se retiró. Le pedía perdón con mi corazón, pero con mi
mente le gritaba que me ayudara.
En ese momento entró mi hermana Sandra y le dijo a mi marido que
ella me acompañaría. Lo único que se me ocurrió fue pedir ayuda con
lágrimas en los ojos.
-Sandra, por favor no te vayas. No dejes que me saque de aquí.
Págame por favor la cuenta, o pídele a mis papás que ellos lo hagan
por esta ocasión, pero debo quedarme. Me siento muy mal. Mi corazón
está muy agitado.
Sandra abrió los ojos por el impacto. Me tomó de las manos.
-De aquí no me muevo. Yo pago.
Sólo estuve dos días en cuidados intensivos y otro en cuarto regular.
Mis arritmias desaparecieron y volví a la normalidad. Mis padres se
encargaron de la cuenta. Ese evento, marcó el principio del fin en mi
relación.
Días después de ese evento, pude hablar con Sandra de nuevo. Me
comentó que hacía años todos en la familia notaban que mi personalidad
había cambiado, que algo me pasaba. Sin darme cuenta, se había abierto la
puerta para hablar con ella sinceramente. Hablamos de muchos temas pero
nunca olvidaré uno de sus comentarios.
-Te costó muy caro haber estado enferma, pagaste con intereses esa
deuda.
Quizás tenía razón, pero en el fondo de mi corazón necesitaba creer
que mi esposo me amaba y que yo tenía que comprenderlo. De otro modo,
todo se derrumbaría.
A los pocos meses de la partida de Daniel, y con tanto tiempo para mí,
repasé mi vida profundamente. Mi esposo y yo nos hablábamos poco, casi
no salíamos juntos. Recordé entonces lo que un día la madrina de bautizo
de Daniel me dijo. Sin darse cuenta, con sus palabras años atrás, abrió una
puerta que ya no podría cerrarse nunca más.
-Comadre, ¿a tu marido le gusta que siempre andes con ropa muy seria
y poco juvenil?
Me di cuenta que ya no quería justificarlo más y entonces bromeé.
-¿Sabes qué? Tienes razón, quizás él tenga miedo de perder a su
princesa y la cuida mucho -dije al soltar una carcajada simulando
bromear, cuando en realidad lo que hacía era quitar ese velo que me había
colocado yo misma hacía años.
Pensaba en el fondo que todo lo decidía yo, cuando en realidad, sólo le
daba gusto a él.
Llegué a casa ese día y fui a mi clóset. Por largo rato vi la ropa
colgada. Repasé lentamente cada prenda de vestir. Me di cuenta de que lo
único colorido, era aquello que mi madre me había regalado, lo demás era
triste. Mi mamá le daba color a mi vida. Supe entonces cuántas cosas
había dejado de hacer y de elegir por mí misma. Lo que no tenía claro aún
era la verdadera razón por la que yo lo había permitido.
A las pocas semanas recibí una invitación de las amigas que debí
mantener cerca toda mi vida. Sentí que me sacaban de mi encierro. Acepté
y sólo avisé a mi marido lo que haría. No contaba con dinero para irme de
compras, pero cuando mi madre supo que iría, me regaló algo de efectivo
para hacerlo. La idea era ir a McAllen, Texas, y regresar el mismo día.
Hubo un contratiempo con el carro y tuvimos que quedamos a dormir
una noche. Todas llamamos a nuestros maridos para comentar lo
sucedido. Dividimos gastos, dormimos las cuatro en el mismo cuarto. Fue
una velada maravillosa. Recordé mis años de juventud y las interminables
noches cuando hacíamos piyamadas y no parábamos de conversar. Me
ayudaron a escoger ropa, zapatos, maquillaje. Disfruté conversar con
ellas, sentirme libre y estar con mis Amigas del Alma.
Ese fue el inicio de mi libertad interior.
Cuando llegué a casa, recibí el acostumbrado reclamo: el silencio y
una mirada acusadora desaprobando lo que había hecho. Esta vez no me
importó en lo absoluto lo que mi esposo hiciera o insinuara. Sabía que me
veía bien y sentía que, por primera vez en muchos años, había escogido
exactamente la ropa que yo quería, y que además lo había hecho con muy
buen gusto.
Las cosas no son lo que parecen, estaba a punto de descubrirlo.
EL REENCUENTRO CON MI CORAZÓN
Si no te amas ni te respetas a ti mismo,
¿Cómo esperas que alguien más lo haga?
Con el paso de los años, entendí que estaba equivocada, que en ningún
momento debimos mi marido y yo creer que nos debíamos algo.
Estábamos ahí por amor, pero inconscientemente ambos condicionamos
ese amor. Nos costó mucho esa enorme confusión de que yo no me estaba
vendiendo, ni él me estaba comprando. Son códigos no hablados que en
tantas relaciones se asumen.
También sé ahora que el espacio cedido él lo aprovechó. Tantas veces
intenté poner altos, hasta que un día dejé de hacerlo y comencé a morir
interiormente. Hay distintos tipos de muertes: física, y emocional o
espiritual. Mi experiencia cercana a la muerte en Houston me había dado
más vida que nunca para mantener mi espíritu fuerte y sano para seguir
adelante, pero malinterpreté las cosas con el tiempo, me confundí. Ante lo
que estaba viviendo, parecía ir desapareciéndome, casi me pierdo a mí
misma. Lo que hacíamos en realidad era malinterpretar la voluntad de
Dios. Nunca estuve tan cerca de morir en el cuerpo como lo estuve de
morir en el alma, en mi interior. Se fue secando esa energía tan grande
que por un momento me iluminó por completo.
Mi espíritu se estaba muriendo y no me daba cuenta de eso. Lo que me
había mantenido viva, era la certeza de lo que viví en mi experiencia
cercana a la muerte. Pero estoy segura de que si en ese momento me
hubiera muerto, ni Dios mismo me hubiera reconocido. No culpo a mi
esposo por completo. Ambos fuimos cómplices. En una relación nunca
existe un solo culpable.
Ambos tergiversamos muchas enseñanzas, nos perdimos en la regla sin
considerar el espíritu. Así nos sucedió cuando interpretamos la lectura de
San Pablo del Libro de los Efesios: “Que la mujer se someta a su marido”.
Creía que si complacía a mi esposo, complacería a Dios, lo que no sabía
era que sumisión no significa obediencia. La palabra griega para
“someterse” (hupotasso) significa “alinearse bajo.” Se tiene la idea de
situarse en un rango inferior a otra persona, pero de ninguna manera
implica alguna inferioridad esencial. Tampoco degrada a la mujer a un
estatus de segunda clase en el hogar o el matrimonio. Habla de una
clasificación funcional, no una inferioridad de esencia.
Como decía mi abuelo Enrique, el abogado: “Hijita, el espíritu de la
ley es lo que prevalece; las palabras son interpretables”. Esa ley divina, es
la que había leído en San Agustín, la que nos guía naturalmente. No tenía
por qué sentirme en deuda con mi marido. Debía hallar la forma de salir
de ese pensamiento y ver de nuevo esa luz que me iluminó varios años
atrás. Algo andaba mal, yo no era feliz.
Pasaron meses en los que constantemente le decía a mi esposo que
necesitábamos ayuda profesional para rescatarnos. Cada vez estábamos
más distanciados y yo lejos de mí misma. Tenía un vacío enorme en vez
de estar como siempre agradecida con Dios, me sentía apática y triste.
Pero mi marido se resistía a ir a terapia. Decía que él no creía en los
psicólogos y que jamás iría.
Cuando se dio cuenta de mi distanciamiento, de mi indiferencia hacia
las actividades que compartíamos, de mi poco deseo de acompañarlo a
ningún lado, supo que la situación era seria. Entonces se preocupó e
intentó animarme. Accedió a poner internet en la casa que hacía meses le
había pedido para tener acceso a investigaciones e información sobre el
padecimiento de Daniel. Me llevó flores, mi música favorita, compró una
televisión nueva y le agregó cable para ver la programación que antes le
impedía ver a Ana Paula. Arregló algunos detalles de la casa y mandó
decorar el jardín. Yo seguía sin reaccionar. Estaba muy lejos de
interesarme por otra cosa que no fueran mi hija y mis clases. Ni mis
amigas, ni el estudio de Biblia, ni mis padres o hermanos podían moverme
de la profunda depresión en la que había caído a través de los años.
Me cegué por completo, metida en la computadora por horas. Mi
mejor excusa para no reaccionar era que necesitaba organizar mis clases y
conocer formas de ayudar a Daniel. La realidad era que por medio de la
computadora, me escapaba a otro mundo: el mundo de la tecnología, de la
investigación, del conocimiento. Todo era nuevo. Ya que no podía
escaparme del mundo en que vivía en casa, huía por medio del mundo
virtual.
Mi marido intentaba llevarme a las reuniones que organizaban sus
amigos y esposas, con los que nadaba y andaba en bicicleta, pero no me
interesaba en lo absoluto. Salíamos a cenar a lugares donde antes no me
había llevado, pero para mí era indiferente. No despertaba.
Fue entonces que investigó con quién ir para que me ayudara a salir de
mi depresión. Mi marido interpretó que estaba deprimida por la partida de
Daniel y ese era todo mi problema. Un día, hablando con un amigo, éste
lo convenció de que me tenía que ayudar. Él le recomendó con quién ir
porque a su familia la había ayudado. Se trataba de una terapia familiar
con la doctora Lorena Gutiérrez. Así que los dos debíamos tener nuestras
reuniones individuales, además de las de pareja. La intención de mi
esposo era que me ayudaran a seguir contenta a su lado; así se lo
mencionó a la doctora. La bendición más grande para mí fue que él
propuso con quién ir. Era otra de sus imposiciones más, pero eso me
benefició enormemente. No había excusas para decir que era una mala
idea.
Como a veces ocurre, llegas a un sitio creyendo que vas a resolver una
cosa y terminas resolviendo otra. Eso fue lo que sucedió en nuestro caso.
Pasamos un año aproximadamente en esa terapia. Al principio me
sentía tan mal conmigo misma por no poder reaccionar a todo lo que mi
marido hacía. Traía encima una carga enorme creyéndome responsable de
no amar a mi esposo como él necesitaba y merecía, siendo que había sido
tan bueno conmigo todo el tiempo. Constantemente me engañaba a mí
misma sin ver lo que yo sí aportaba a la relación.
En el proceso me di cuenta de que lo que necesitaba era rescatarme yo
antes de intentar rescatar el matrimonio. Me había perdido entre la
penumbra del diario vivir. Había dejado de sonreír, de cantar y tocar mi
guitarra. Me alejé de mis amigas y poco veía a mi familia. Yo lo había
permitido. Estaba viva, había sobrevivido a una crisis física que poca
gente sobrevive. Tenía mucho que dar, mucho guardado que compartir.
Entendí que nada podía hacer para cambiar lo que le había sucedido a
Daniel. Continuaría dándole todo lo que pudiera, pero quería, deseaba y
anhelaba ser la mujer feliz que siempre había sido de joven.
No sé qué habrá descubierto mi marido, pero yo descubrí cosas
personales, y de él también. Entendí que tanto mi esposo como yo
teníamos ese derecho divino de proceder y guiar nuestra vida como mejor
nos parezca sin causar daño a terceros. Nadie nos pertenece ni
pertenecemos a nadie. Supe que una de las mayores ofensas que pudimos
habernos hecho, era tratar de imponer nuestro punto de vista sobre el otro.
De alguna manera, los dos lo hacíamos. También me di cuenta de que no
podía retenerme a su lado si yo me sentía reprimida y necesitaba
liberarme. Pero primero, tuve que liberarme interiormente para entender
que la respuesta estaba en mí, yo me permití ser atrapada sin darme
cuenta.
Dejé de culpar a otros por mis situaciones difíciles y empecé a
hacerme responsable de mí misma.
Quizás mi esposo tampoco tenía de qué sostenerse, y también se había
perdido entre lo que debía ser y aquello que en realidad estaba sucediendo
con nosotros. Nos habíamos distanciado sin darnos cuenta de las bases y
principios con los que nuestras familias nos habían educado, al grado de
alejarnos por completo de nuestras creencias.
Vivíamos algo parecido a un fanatismo. Saqué cosas muy buenas,
nunca me arrepentiré de todo lo aprendido con nuestros amigos de otras
Iglesias, pero eso no era lo que yo deseaba hacer. Tenía años de estar
emocionalmente lejos de mi esposo. Me sumergí en el estudio de Biblia.
Él no era mi sustento por ningún medio, y en la Biblia encontré mi
fuerza y mi aliento de nuevo. Tenía mucho más que aportar en donde
siempre había crecido, sin necesidad de alejarme de mis amigas y mis
familia, pero fue un recurso que salvó mi vida y aún hoy en día me
alimento de ahí. Fue mi mejor salvavidas. Me di cuenta de que estuve por
muchos años perdida en el mar, a la deriva, y sólo Dios y todos nuestros
buenos amigos me sostuvieron.
Dejé de transitar algunos caminos porque me desviaban del lugar a
donde quiero llegar.
Reconocer el problema fue el primer paso. Entendí que no era feliz,
que amaba a mis hijos profundamente y a su padre también, pero sólo
como eso: como el padre de mis hijos. Realmente, mi alimento espiritual
era lo que me sostenía, no mi relación de pareja.
Durante la terapia, me di cuenta de que no lo conocía realmente, que
no sabía quién era ese hombre con el que vivía y que él tampoco tenía
idea de quién era yo. Éramos dos perfectos desconocidos que llevábamos
viviendo juntos dieciséis años. Jugábamos a ser felices, pero no lo éramos.
Nos unieron nuestros hijos y las actividades que desarrollábamos juntos,
pero no teníamos nada en común. Yo me sentía agradecida y eso también
me retenía.
Hoy entiendo que una relación no es cuestión de estereotipos, ni de
poder, ni roles. Una pareja debe decidir en base a la comunicación cómo
llevar su relación, no confundiendo pasajes bíblicos a favor o en contra de
alguien, pues se corre el riesgo de vivir por obligación y no por
convicción. Estoy segura que Dios me trajo a este mundo a ser feliz,
plena, y para aportar lo que pueda con el fin de ayudar a otros, siempre
respetando a los demás. Creo que debemos hacer lo que deseamos hacer,
mientras no se dañe a nadie en el camino.
Me di cuenta que él tampoco era feliz. Intentaba serlo y se esforzaba
por ser el esposo perfecto. Desde muy joven aprendí a escuchar lo que no
se dice y a leer lo que no se escribe, pero esa habilidad se me fue
adormeciendo con los años. Mi sensibilidad recién resucitada me decía
que en realidad no tenía idea de lo que pasaba por la mente del hombre
con quien compartía mi vida.
Yo pienso que él estaba seguro, al igual que yo, de que yo moriría a los
pocos años de casarnos. Jamás imaginamos que yo viviría tanto tiempo,
pues aun después de la cirugía, nos decían que el pronóstico era
reservado. Pero el “hasta que la muerte nos separe” que nos prometimos
en la Iglesia, no llegó.
Después de una de las últimas sesiones de terapia, le anuncié que
definitivamente yo no quería seguir con el matrimonio. Le pedí el
divorcio.
Ese día él perdió toda cordura y prestigio. En medio de su frustración
tuvo un arrebato.
-¡Esto no debe estar ocurriendo, se suponía que no vivirías tantos años
y ahora me quieres dejar! ¿Qué te pasa?
En ese momento entendí que cuando mis padres hablaron con él antes
de casarnos, lo tomó como una promesa, no como una advertencia. Yo
moriría pronto. Los dos lo creíamos.
-¿Qué le vas a decir a toda la gente? ¿Por qué quieres dejarme? -
vociferaba desesperado.
Continuó:
-Que te quede bien claro que eres tú la que estás rompiendo con la
promesa que me hiciste en la iglesia. Eres tú la que divides a esta familia
y no yo. ¿Te quedó claro? -gritaba y manoteaba.
Entonces lancé la pregunta que tanto había guardado en mi corazón:
-Pensabas que para estas alturas ya estaría muerta ¿verdad? -dije.
-¡Pues claro, esa es la verdad!
En ese momento, se me rompió el corazón en mil pedazos, ese que me
mantenía de pie, y comencé a llorar. Lo que no había hecho mi
cardiopatía, ni las enfermedades de niña, ni la cirugía, ni el embarazo,
ahora lo hacía él con sus palabras. Sentí mucho dolor, coraje y frustración
por lo que acababa de decirme. Llevaba años, hasta antes de la terapia,
pensando en que era muy injusta con él por haberme convertido en una
esposa que quizás no sobreviviría, que lo había hecho gastar mucho y que
él sólo sufriría. Me culpé por no haberle dado más hijos y lo quise
compensar adoptando a Daniel. Creí que lo hacía feliz.
Él intentó acercarse al darse cuenta de lo que dijo en su arrebato. Lo
alejé.
-Mi decisión está tomada. Ya no podemos vivir juntos. Se necesitan
dos para bailar tango y ya hemos bailado suficiente. No pienso morirme
pronto y deseo ser feliz -dije, y me retiré a mi recámara llorando.
Hizo muchos intentos durante las siguientes semanas por acercarse y
convencerme de hablar las cosas. Cada vez que lo hacíamos, llegábamos
al mismo lugar.
Siguió con la postura de que yo lo perdería y de que nadie me amaría
como él lo había hecho. Cada intento que hacía, más me convencía de lo
contrario. Yo no podía seguir a su lado. Algo dentro de mí me decía que
era el momento de partir. Tenía que escucharme a mí misma por más
difícil que fuera.
Yo sabía que él no era feliz, no me quedaba claro por qué insistía en
retenerme a su lado, si ya no cabía en su plan de vida desde hacía tiempo.
No sé qué le dijo a sus padres, a sus hermanos o amigos. Tampoco me
importaba mucho en ese momento, yo lo que quería era terminar esa
relación cuanto antes. En mi caso, sólo a mis padres y a mis hermanos les
detallé la situación a fondo, nadie más tuvo información de mi parte.
A veces lo único que necesitas es perdonar. De otro modo, será difícil
comenzar de nuevo.
La separación fue un proceso difícil para Ana Paula a pesar de que ella
misma ya había notado que algo pasaba. Tenía trece años y mostraba una
madurez increíble. Un día decidí llevarla un fin de semana a la playa, sólo
ella y yo. Conversamos mucho, pero sin anunciarle aún que la decisión de
separarnos era definitiva. Le hice saber que su papá y yo teníamos
problemas.
-¿Se van a divorciar, mamá?
-Es probable hijita, estamos tratando de resolver nuestras cosas, pero
es probable que así sea.
-Yo creo que no sería tan malo. No están felices y casi no veo a mi
papá. Llega muy tarde a la casa.
Sus palabras me dejaron helada. Ella ya se había dado cuenta hacía
tiempo de muchas cosas que hablamos ese día, pero nunca dijo nada hasta
que le abrí la puerta para hacerlo. Ana Paula notaba nuestra distancia y
sentía a su papá más lejos que nunca.
Para nuestros padres también fue difícil escuchar la noticia y aceptar la
decisión. A Daniel decidimos no decirle por un tiempo. Estaba lejos y era
mejor esperar un poco.
A pesar de que nunca estuve a favor del divorcio, sé que hay
momentos en que las convicciones y creencias se ven cuestionadas,
cuando te das cuenta de que es más dañino intentar seguir por un camino
que no te llevará a ningún lado.
Cuando algo se rompe, hay que arreglarlo, cuando algo se daña, es
importante rescatarlo, no sólo desecharlo. Pero también hay que reconocer
que cuando una copa de cristal está rota desde que se compra, aun
intentando repararla, siempre quedará con fisuras y a través de ellas
goteará hasta vaciarse. Hay situaciones en las cuales es mejor aceptar,
retirarse y empezar de nuevo.
A veces, es mejor cerrar el libro cuando darle la vuelta a la página no
fue suficiente.
Con el tiempo también entendí, que yo, igual que mi esposo, me casé
pensando que moriría pronto. La presión emocional que sentía entonces
quizás me llevó a no profundizar durante nuestro noviazgo en lo que no
me gustaba, lo que no comprendía. Tampoco fue un tema que discutimos.
Él me hacía sentir que todo estaría bien y a mí me ilusionaban sus sueños
y le creía. Me sentía enamorada y para mí él era mi rescate, mi príncipe
azul, quien me permitiría conocer la felicidad plena antes de partir; y para
él, yo era la princesa que él, como héroe, rescataría. Los dos nos
confundimos, nos cegamos y ninguno imaginó que las historias de
princesas y príncipes no siempre tienen un final feliz.
Hoy en día, sé que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Sé
que la terapia me ayudó a entender la problemática irreversible y
complicada en la que ambos nos sumergimos sin darnos cuenta. Siempre
estaré agradecida con el padre de mis hijos y lo querré como tal, por haber
permanecido a mi lado en momentos tan difíciles y por ser parte de esta
aventura de tener a una hija y adoptar a un hijo. Tanto él como yo, dimos
lo que podíamos dar y no fue poco. Desde el fondo de mi corazón le pedí
perdón más adelante por el daño que pude haberle causado y él también lo
hizo. Ninguno había querido dañar al otro a pesar de que lo hayamos
hecho. Nos perdonamos de corazón y en mí empezó un proceso hermoso
de sanar mi interior. Sabía que tenía que buscar mi tranquilidad y mi paz,
esa que nunca debí perder después de mi experiencia en Houston.
Ahora sé que él está bien y en paz. Mis hijos y yo lo estamos también.
PUEBLA, UN RETO MÁS
Dejé de culpar a los demás de mis problemas y empecé a encontrar
todas las soluciones.
Con la separación y más adelante el divorcio, tuve que rehacer mi vida, y
una de las cosas que me parecía más importante fue valerme por mí
misma y confiar en que las cosas saldrían bien. El acuerdo de divorcio no
me había favorecido mucho en cuanto a la ayuda económica que recibiría
para sostener a Ana Paula, así que yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera
necesario para que ella tuviera la mejor educación.
Contaba con trabajo, pero ganaba muy poco. Tenía que ver la forma de
hacerme de más dinero. La casa estaba a mi nombre, de no haber sido por
eso, la hubiéramos perdido. Él quería venderla y dividir el dinero entre los
dos. Yo no lo permití. Sabía que en ese momento, rentarla era mi única
forma tener un ingreso extra para sostenernos y además era la herencia de
mis hijos. Nos cambiaríamos a una casa más pequeña y buscaría otro
empleo.
Cuando me llegó una oferta de trabajo en Puebla, casi de inmediato la
acepté. La oferta era tentadora y eso representaba alejarme por completo
por un tiempo. Lorena, mi terapeuta me recomendó ampliamente que
aprovechara la oportunidad. Sabía que la distancia en ese momento de
separación me ayudaría mucho. Mis padres estaban nerviosos, pero al
final me apoyaron, pues sabían que debía buscar mi camino y ver por mi
hija. Antes de aceptar, hablé con Ana Paula, su opinión era muy
importante para mí. A pesar de ser una adolescente que, como cualquier
joven, no deseaba separarse de sus amigas ni hacer muchos cambios,
aceptó gustosa.
Ana Paula, de catorce años, y yo de treinta y seis, hicimos un acuerdo
de permanecer ahí por un año, sólo para distanciarnos de la algarabía de
Monterrey y de mi divorcio. Ella fue quien me dijo que necesitábamos
un cambio, que irnos lejos nos ayudaría a las dos. Quizás fue ella la que
me dio la fuerza para esa aventura que resultó ser lo mejor que le pudo
haber sucedido. A pesar de ser una niña, tenía la madurez de alguien
mucho mayor.
Daniel se había quedado internado y al cuidado de su papá, le llamaba
lo más que podía, pero evidentemente, nos distanciamos un poco. Me
quedé tranquila porque sabía que su padre estaría al tanto de él.
En ningún momento se me ocurrió pensar que la altura de esa ciudad
pudiera afectarme. Yo me sentía bien, estaba controlada y mi cardiólogo
me dio el nombre de un médico que me podía ver en Puebla. Tampoco
comentamos que la altura pudiera ser un problema. Y años después,
supimos que sí lo fue.
Nos fuimos en coche, un Jetta nuevo, que mi papá me ayudó a finan-
ciar y que al final nunca me cobró. Eso me daba la tranquilidad de traer un
carro seguro para hacer ese viaje de Monterrey a Puebla. Nunca había
viajado sola en carretera y menos con una jovencita a bordo. El auto iba
completamente lleno de cosas. No cabía nada más. Nos llevamos lo
indispensable, y cuando nos cambiáramos de casa, la mudanza me llevaría
algunos muebles.
Vivimos en Puebla cerca de cinco años. Fue la época durante la cual
crecí más en el ámbito profesional y personal. Sin embargo, debido a la
altura de Puebla, mi cuerpo, se vio seriamente afectado, mi corazón
resintió el cambio.
Una amiga nos recibió en su casa. Era viuda y no tenía hijos, así que la
acompañaríamos en lo que nos acoplábamos. Siempre estaré agradecida
con ella. Me ayudó mucho a impulsar el comienzo de una nueva etapa de
mi vida.
Mi trabajo era dar clases de inglés a maestros de la Universidad de las
Américas. Yo estaba acostumbrada a trabajar con niños y adolescentes,
nunca con adultos. Fue toda una experiencia. A veces batallaba más con
ellos que con los muchachos. No traían la tarea, siempre tenían un motivo
para faltar y desordenaban mi salón de clase a cada instante. Lo bueno fue
que logré controlar al grupo y disfruté mucho mis clases. En las tardes,
daba clases individuales a alumnos de la universidad.
Con la renta de la casa en Monterrey y mi trabajo, podía sostenerme y
le brindaba a Ana Paula una buena educación. No me alcanzaba aún para
rentar una casa sola, pero mi amiga nos aseguró que no tenía ninguna
prisa porque nos fuéramos. Eso me tranquilizó mucho.
Ana Paula estaba cursando la secundaria. Le faltaban dos años. Decidí
que nos quedaríamos en Puebla al menos hasta que terminara. Logré
inscribirla en uno de los mejores colegios, que además estaba a mitad de
precio de lo que un buen colegio costaba en Monterrey: el Colegio
Americano de Puebla. Fue un gran cambio para ella, pero se adaptó de
inmediato y logró hacer muy buenas amistades que hasta hoy conserva.
Gocé a mi hija todos esos años como nunca antes. Era la primera vez
que no estábamos juntas en el mismo colegio, yo trabajando y ella
estudiando, pero ahora nos encontrábamos más unidas que nunca.
Me sentía muy contenta y disfruté mucho del grupo de amigos que
poco a poco fui haciendo. Había tantos lugares qué conocer en Puebla,
que cada fin de semana planeábamos algún pequeño viaje de ida y vuelta.
A los seis meses de estar ahí, decidí buscar otro trabajo en otra
universidad. Puse mi solicitud en el Tecnológico de Monterrey, donde yo
había sido estudiante de preparatoria. La directora Helen Rowland, que
resultaría ser más adelante una de mis mejores amigas, me entrevistó y ese
mismo día me contrató. El sueldo era mucho mejor y ya no tendría que
buscar clases extras en las tardes para obtener más ingresos.
Comencé a trabajar y me sentía como pez en el agua. Tomé cursos y
más cursos de capacitación. Empecé a estudiar una maestría en Educación
en línea. Cada vez me sentía más libre, más segura, retomándome como
siempre debió ser. Apenas tenía seis meses en la universidad y me
ofrecieron la planta. Acepté dudosa, pues no quería agotarme de más, pero
sabía que eso representaba que si Ana Paula entraba ahí a la preparatoria,
tendría beca y ahorraría ese dinero.
Al año de aceptar la planta, me ofrecieron la Dirección del
Departamento de Lenguas Extranjeras. Fue una gran oportunidad para mí.
Ana Paula se graduó de la secundaria y estaba por iniciar la preparatoria.
Los planes que teníamos en un principio, fueron cambiando con estas
oportunidades. Tenía un buen trabajo, la beca de mi hija y, lo que recibía
del acuerdo de divorcio, lo ahorraba por completo, no tocaba ese dinero.
No era mucho, pero me ayudó a tener un respaldo por si se necesitaba.
A los seis meses de estar en mi nuevo puesto, me sentí segura y nos
cambiamos a una casa más amplia y muy bonita. Podía pagar la renta,
sostenernos y disfrutar lo que vivíamos. Ana Paula era una joven llena de
vida y con mucho que compartir. Nos dábamos el tiempo para tener largas
pláticas en la plaza de Cholula, o en el jardín de la casa haciendo una
carne asada.
Atrévete a ser el capitán de tu vida y no sólo un espectador.
Era dueña de mi cuenta de banco. Hasta me sobraba un poco para
darme ciertos lujos y hacer lo que tanto amaba: ir a conciertos. Mi primer
concierto fue el de Pablo Milanés. Me gustaba tanto la música, que para
mí esa era la mejor manera de disfrutar todos mis esfuerzos; por supuesto
Ana Paula venía conmigo. De ahí nos íbamos a cenar y conversar. Conocí
mucho a mi hija en esas charlas. El tiempo que le dedicaba ahora era muy
diferente: la escuchaba.
El segundo concierto fue el de mi grupo favorito: Mocedades. Algunos
de los integrantes principales formaron un nuevo grupo llamado El
Consorcio. A ellos los oía desde que era adolescente y jamás pensé que
lograría escucharlos en vivo. Iba a cuanto concierto podía pagar y cuando
tenía quien me acompañara. ¡Cómo lo disfrutaba!
Estudiaba y preparaba mis clases con mucho celo, me aseguraba de dar
siempre lo mejor de mí. Conforme pasaban los meses, me quedaba poco
tiempo para descansar y eso, lentamente, fue mermando mi salud.
Entre la dirección del departamento, la maestría en línea y las clases
que tenía que impartir, terminaba agotada. Intentaba no quejarme, ni en el
trabajo ni en la casa, pero cada día me costaba mucho más hacer el mismo
esfuerzo del día anterior.
Las oficinas de maestros y directores estaban en el quinto nivel. Todos
los días subía los cinco agotadores pisos. Descansaba y tomaba aire en
cada uno para poder seguir al siguiente. No había elevador, ni planes para
ponerlo. Cuando había alguna junta con todo el equipo de dirección, tenía
que bajar al primer piso y volver a subir al terminar para continuar mi día.
Para mí, eso representaba correr doble maratón. Intentaba organizarme
para que mis clases fueran en el cuarto piso y así no hacer más esfuerzos.
También me organizaba para llevar comida preparada. Compré un
microondas pequeño y lo instalé en mi oficina. De esa manera ya no tenía
que bajar a calentar comida. Buscaba hacer actividades como juntas con
mis maestros, clases, entrevistas, comer y asesorías, lo más cerca posible
de mi oficina, al menos hasta que se terminara el día para irme a casa.
Cuando mi jefa a cargo de la Preparatoria, se mudó a otra ciudad,
asignaron a un nuevo jefe con el que aprendí mucho. Estaba acostumbrada
a dialogar y acordar con ella la forma de dirigir el departamento, pero con
este nuevo jefe, todo fue distinto. Aprendí porque, a consideración mía y
de un buen grupo de personas, se trataba de alguien intolerante, muy poco
conciliador, su forma de dirigir era impositiva, controlando y
cuestionando todo. Demostraba desconfianza por cada cosa que se le
decía.
Cuestionaba el que yo acomodaba todos mis horarios para estar
siempre en los últimos dos pisos y no tener que moverme. A pesar de que
le expliqué en muchos momentos que lo hacía por mi cansancio físico, él
era duro y determinante. Se imponía y su desacuerdo me obligó a hacer
cambios algunas veces. En ningún momento parecía ponerse en el lugar
de nadie, salvo de las personas antes elegidas por él mismo.
Todo esto me hizo cuestionarme si realmente estaba en donde debía
estar. Aprendí a ver más allá de sus palabras, de su aparente crueldad. Él
sufría, y sufría mucho. Era un hombre que ocultaba su soledad y su dolor
siendo como era. No escuchaba razones y me hizo pasar por momentos
muy difíciles. Con el tiempo supe que a muchos de mis compañeros
también.
Una vez estaba en su oficina en una junta de mi departamento. Al poco
tiempo de haber llegado, empecé a sentir una taquicardia que iba en
aumento en la medida que pasaban los minutos. El tema que en ese
momento hablábamos me tenía alterada pues él no escuchaba lo que yo le
explicaba. Le hice ver que yo no podía dar curso de verano como él
quería, pues tenía que revisar muchos planes de trabajo para el siguiente
semestre: nueve niveles de cuatro idiomas distintos. Ningún otro director
daba cursos en el verano por la carga de trabajo. Al ver su actitud, y
darme cuenta de que era una batalla perdida, me recargué en la silla y
sentí un pequeño mareo.
-Ingeniero, no me siento bien. Estoy mareada y me duele la cabeza.
¿Podríamos llamar al médico del campus para que me atienda aquí?
Siento una taquicardia muy acelerada y estoy preocupada.
-Llámalo si quieres, que te atienda aquí. Mañana seguimos hablando
de este tema, porque vas a trabajar igual que todos, no importa cuántos
cursos tengas que revisar, tienes que dar el curso de verano -me dijo
mientras se retiraba de su oficina con una voz cortante y seca.
Quizás se puso nervioso y prefirió salir, pero yo no sabía si llorar o
gritarle que me ayudara. Utilicé el teléfono de su oficina y llamé al
médico de la Universidad. El doctor llegó casi de inmediato. Me dijo que
tenía que irme a casa, que descansara, que mi estado era peligroso.
Cuando el doctor estaba por retirarse, entró mi jefe de nuevo a la
oficina.
-Ingeniero, recomiendo que Ana Cecilia se retire. Su corazón trae una
irregularidad y es mejor que la revise un cardiólogo -dijo el médico del
campus.
Los ojos de mi jefe se abrieron completamente y tomó un respiro
profundo. Me miró fijamente por unos segundos y desvió la mirada hacia
su escritorio.
-Si quieres retírate, avísale a tus maestros y luego reponemos estas
horas, quizás un sábado si es necesario.
Mi corazón lloró por dentro. No hubo ninguna pregunta sobre cómo
me sentía, o si me ayudaba con algo. Estaba frente a un hombre
consciente de que yo hacía todo mi esfuerzo, tanto físico como
profesional, para hacer las cosas bien. Había tenido hasta ese momento
excelentes evaluaciones cada semestre, sin fallar uno solo. Jamás hubo
alguna queja mía, y él me trataba sin ninguna consideración.
Hoy sé que sólo había un ser en esa oficina que me tuvo cariño y me
mostró comprensión: Ráfel, que seguramente andaba muy cerca.
Cuando llegué a casa, llamé al cardiólogo que me atendía regularmente
en Puebla. Me pidió ir a verlo y me dijo que hiciera unos ajustes con mi
medicamento. Me tranquilicé y dormí mucho mejor esa noche.
No esperes a que todos entandan lo que haces y el por qué. Sobre
todo, si no han tenido que recorrer tu camino.
Ese día con mi jefe, entendí todo lo que él sufría. Era incapaz de
saberse vulnerable, por eso salió de la oficina. Percibí que era tal su
inseguridad, que el estar presente y darse cuenta de que en realidad me
encontraba mal, lo quebraría delante de mí. Tal vez creía que siendo duro,
se ganaría su lugar y el respeto de la gente. No podía estar más lejos de la
realidad. Perdió la confianza y respeto de gente muy valiosa.
A pesar de que en ese momento me sentí muy lastimada, con el
tiempo, no sólo lo perdoné, sino que le escribí además una carta. Me
liberé y dejé de cargar con sus acciones que no tenían nada que ver
conmigo.
La terapia que tomé me ayudó muchísimo a discernir e identificar lo
que estaba sucediendo. Aprendí que hay gente que consciente o
inconscientemente maltrata a otros. Este hombre terminaría siendo un
maltratador si yo lo permitía.
Después de ese evento decidí viajar a Monterrey para hacerme una
revisión médica y ver a mi familia. Pedí dos días de vacaciones; Ana
Paula se quedó con una amiga. Después de revisarme y hacer algunos
estudios, el doctor Assad, mi querido cardiólogo, habló conmigo.
-¿Qué estás haciendo en el quinto piso, Ana Cecilia? Ningún atleta por
más sano que esté, puede subir cinco pisos sin sentir cierto cansancio.
Ahora imagina como estás tú. Tu corazón está muy cansado y esto no
le hace ningún bien. -me comentó serio y preocupado.
Elaboró una carta dirigida a la Universidad pidiendo que me
reubicaran en una oficina en el primer piso por cuestiones de salud. Como
siempre, le agradecí su apoyo. Le di un abrazo y me hizo sentir el cariño
de un padre. Tenía razón, yo estaba forzando demasiado a mi corazón.
Habían pasado diecisiete años de mi primera cirugía. Me dijeron que
era paliativa y probablemente me resultaría eficiente, sólo por diez años,
que tendrían que rehacerla algún día. Quizás estaba llegando el momento,
nadie lo sabía, pero mi corazón estaba muy cansado.
Ese fin de semana tuvimos oportunidad de salir a la playa. Nos fuimos
mis padres, Sandra, Enrique Luis y dos de sus hijos: Juan Diego y
Sandrita. Fue una muy buena oportunidad para planear y proyectar lo que
estaba por venir. Conversamos mucho como familia y me sentí muy
apoyada por todos. Mi hermano me ayudó preguntándome qué deseaba
hacer.
-Regresar a Monterrey y trabajar en algo que no me causara tanto
desgaste. Terminar mi maestría y descansar un poco -respondí.
Habían pasado más de cuatro años desde que partí. Extrañaba a mis
padres, hermanos y sobrinos, a mis amigas, que nunca dejaron de
llamarme cada vez que se reunían. Además de todo, extrañaba a Daniel.
Quería verlo, visitarlo, sentirlo cerca.
Ana Paula extrañaba mucho a sus primos y abuelos también. Tuvo
poca comunicación con su padre en ese tiempo. Él fue a visitarla unas
cuantas veces; Ana Paula casi no lo buscaba. Era claro que ella necesitaba
la distancia.
Las cosas estaban mucho más tranquilas con lo del divorcio, a pesar de
que quien fuera mi marido por tantos años me llamaba casi a diario para
pedirme que vendiéramos la casa, pues él quería su parte, además de
echarme en cara que yo había sido la que había destruido nuestra familia.
No fue sino hasta después de más de tres años que dejó de hacerlo.
También dejó de buscar a Ana Paula para decirle que él quería volver a
mi lado; que seguramente yo no estaba pensando equilibradamente, pues a
él nadie lo hubiera abandonado en su sano juicio. Llamadas que Ana
Paula me comentaba, y que ella misma trataba de restarle importancia.
Su sensibilidad le mostraba que las dos habíamos cambiado
positivamente y que nos encontrábamos mucho mejor que antes. La
distancia hizo su trabajo.
De regreso a Puebla, al haber entregado la carta que me dio el doctor
Assad en dirección, por decisión del director del campus, me cambiaron al
primer piso. Me asignaron una oficina mucho más grande y accesible.
Acomodé todas mis clases para tenerlas en el primero y segundo piso.
Todos los maestros a mi cargo me ayudaron con el cambio. Era un equipo
maravilloso. Me gané el respeto y cariño de cada uno de ellos.
Ahora más que nunca, mi jefe se sintió retado. Esto no me ayudó a que
la relación mejorara en lo absoluto, a pesar de que hice grandes esfuerzos
por apoyarlo y hacer buen equipo con él.
Aquella plática en la playa con Enrique Luis, me dejó muy claro lo que
yo quería. Estaba decidido: buscaría trabajo en Monterrey y vería la forma
de que Ana Paula continuara con su beca en donde yo trabajara.
Envié solicitudes a varias instituciones, incluyendo la Universidad de
Monterrey, que era donde Ana Paula deseaba estudiar. A los pocos días
me llamaron de esta última para una entrevista. Me sentía feliz y llena de
esperanza. Viajé la siguiente semana, un viernes por la mañana, y en la
tarde me entrevisté con el Director del departamento de Programas
Internacionales: Thomas Buntru.
La entrevista fluyó de maravilla. El director y yo nos conectamos de
inmediato. Era una persona amable, educada y muy profesional. Fui muy
clara con todo lo que yo necesitaba y pareció estar muy abierto a todos
mis requerimientos. Parecía que calificaba para el puesto perfectamente,
ahora sólo faltaba que me contrataran.
En un principio, pensé que tendría que esperar a que la Universidad de
Monterrey me hiciera un ofrecimiento antes de renunciar. Tal vez era
tanto mi deseo de estar en Monterrey que me adelanté. Renuncié a mi
trabajo cuatro días antes de que me hicieran un ofrecimiento formal,
justamente un día antes de mi cumpleaños. Lo que para muchos sería una
decisión precipitada, para mí fue confianza y certeza de que tenía que
volver y de que las cosas estarían bien. Di un paso a ciegas.
Todos y cada uno de mis deseos poco a poco se iban haciendo
realidad. Visualicé lo que quería y necesitaba, y le pedí a Dios que me
ayudara a conseguirlo de la manera en que más me beneficiara. Todo se
fue acomodando. Pedí una cita con el Director del campus en Puebla, para
solicitarle apoyo. Llevaba una buena relación con él, además sabía que
hablar con mi jefe era perder el tiempo.
Me recibió de inmediato y fue muy amable conmigo. En un principio
se resistió a dejarme ir, pero él y yo sabíamos que era lo mejor para todos.
A mi jefe no lo iban a cambiar y yo no estaba disfrutando mi trabajo.
Me permitió conservar la beca de Ana Paula el último semestre gracias a
mi excelente trayectoria como maestra. Me ayudó con mi liquidación y
fue el tutor de Ana Paula. Además me dieron un descuento en las
residencias donde se quedó ese último semestre de preparatoria.
Cuatro días después, recibí una llamada de la Universidad de
Monterrey y me hicieron el ofrecimiento formal. Se trataba de la
coordinación de Programas Internacionales, que representaba un cuarenta
por ciento de aumento en mi sueldo y además una beca al cien por ciento
para mi hija. Tendría que viajar, organizar eventos, pláticas con padres de
familia y presentar opciones para nuevos intercambios. Nada comparado
con la agotadora responsabilidad de coordinar a quince maestros, clases
que impartir y la dirección de todo un departamento de Lenguas.
MI REGRESO A MONTERREY
Hogar es donde está mi gente y donde
encuentra paz mi alma.
Regresé feliz a Monterrey en diciembre del 2006. A pesar de que había
sido muy feliz en Puebla, el cansancio ya no me permitía disfrutar la
ciudad. No me di cuenta de cuánto necesitaba descansar.
Inicié mi trabajo en la Universidad de Monterrey el ocho de enero de
2007. El ambiente era maravilloso. Mis compañeros de departamento me
dieron la bienvenida y de inmediato me hicieron sentir a gusto. Encontré
al mejor jefe que jamás he conocido. Thomas es una gran persona, con
una calidad humana que pocas veces he visto en mi vida. Fue sencillo
establecer una excelente relación de trabajo con él. Dios me dio un
descanso en todos los sentidos: un gran jefe, un trabajo maravilloso y
menos demandante, la beca de mi hija, y lo que más anhelaba… estar
cerca de mi familia.
Parte de mi trabajo era viajar a conocer lugares con la posibilidad de
enviar ahí a nuestros alumnos. Algunos de esos viajes los disfruté mucho
pues pude aprovechar para conocer otros países y ciudades en las que
nunca había estado. En muy poco tiempo, logré hacer varios acuerdos
para los intercambios internacionales y conocí a muchas personas. Sin
embargo, cada día me daba cuenta de que me agotaba con mucha facilidad
y me costaba trabajo hablar. Mi corazón estaba haciendo el doble de
esfuerzo. Mi jefe me lo mencionó en varias ocasiones preocupado, pues
notaba que no podía elaborar oraciones completas sin tener que respirar
profundamente.
Hoy que lo pienso bien, sigo sin entender cómo es que mi cuerpo
resistió tanto.
Tras ocho meses de trabajo, mi corazón empezó a fallar. Ya no era
sólo el cansancio, tenía taquicardias casi a diario, me duraban horas hasta
que finalmente se estabilizaban. En una ocasión éstas duraron tanto que
tuve que ingresar al hospital. Permanecí ahí por tres o cuatro días.
A mi cuerpo se le notaba el cansancio extremo y la debilidad. Mi
corazón ya no estaba respondiendo como antes. En esa estancia, el doctor
Assad habló con mis padres y con mi hija. Les dijo que había llegado el
momento; que necesitaba otra cirugía. Dijo que quizás no habría manera
de reparar mi propio corazón. No había mucha experiencia en deshacer
una cirugía anterior para rehacerla ya corregida, pero siempre estaba la
posibilidad de un trasplante de corazón.
El doctor habló conmigo y me explicó que ya no podía ignorar tantas
arritmias y falta de aire, necesitaba una atención mayor. En México nunca
se había operado a un adulto con cardiopatías similares a la mía,
comenzaban a hacerlo con niños. Era muy riesgoso intentar operarme en
mi país pues seguía siendo la única persona con esa cardiopatía que había
llegado a mi edad. Había pasado tanto tiempo que casi olvidé ese detalle:
estaba viva de puro milagro. Tenía que atenderme.
En ese momento, tuve que hacer de nuevo ese acostumbrado viaje
hacia mi interior para asimilar la noticia. Otra cirugía, y más si se trataba
de un trasplante, podría representar además de un gasto enorme, un gran
riesgo. Las posibilidades de éxito eran bastante remotas. Lo sabía, pero
me repetía a mí misma que tenía que estar bien, que mi corazón no se
daría por vencido. Conocía perfectamente los riesgos que conllevaba
operarme, pero decidí no pensar en eso. Me concentré en el futuro una vez
más. Debía prepararme para la segunda cirugía.
De inmediato el doctor Assad nos puso en contacto con el doctor
Guillermo Torre; cardiólogo mexicano nacido en Monterrey. Él trabajaba
en Houston, en el Hospital Metodista, y casualmente se encontraba en
Monterrey en ese momento. El día que lo conocí me acompañó mi
hermano. El doctor Assad ya puso en antecedentes al doctor Torre. Le
expusimos las dudas que todos teníamos respecto a una cirugía tan
compleja. Nos trató de maravilla y me dio mucha confianza. El doctor
Torre nos recibiría en Houston y concretaría citas con una serie de
médicos.
Preparó para mí todo un recorrido en esa ciudad con tres cardiólogos
especialistas en trasplantes de corazón y uno más, con un cardiólogo en el
Texas Children’s Hospital.
Pedí a mi jefe unos días de vacaciones para estas citas médicas. Él fue
muy empático y quiso apoyarme con todo lo que necesité. No quiso
descontarme los días, sólo me pidió que siguiera trabajando a distancia en
la medida que pudiera, y así lo hice.
Viajamos a Houston mis padres, mi hermano y yo. Los tres me
acompañaron a cada una de las visitas médicas. Los doctores que me
revisaron no podían creer que estuviera con vida. Estaban sorprendidos y
cada uno en su momento lo mencionó.
-¿Cómo has logrado mantenerte tan bien? Cuéntanos de ti.
Nos quedábamos sin respuestas, pues era cierto, estaba viva
milagrosamente y no me iba a dar por vencida. Recordé aquellos
momentos en 1989, antes de mi primera cirugía en esa misma ciudad,
cuando estaba frente al doctor Nihill haciéndome tantas preguntas. Me
sensibilicé muchísimo de nuevo con el privilegio de estar viva. Los años
me hicieron olvidar que mi corazón era un guerrero incansable al que
tantos doctores querían entender.
Fue un viaje muy cansado, tanto en lo físico como en lo emocional,
debido a toda la información que recibimos. Por un lado uno de los
cardiólogos decía que necesitaba urgentemente un trasplante de corazón.
Por otro lado, otro médico decía que necesitaría trasplante de corazón
y pulmones. Otro más decía que sólo sobre la marcha veríamos si era
necesario trasplantar pulmones también, que quizás sólo con el corazón
era suficiente. La trabajadora social nos advirtió que en caso de ser
aprobada para el trasplante, tendría que irme a vivir a Houston y esperar a
que llegara mi corazón nuevo. Terminamos agotados y asustados. Nos
dimos cuenta de que el procedimiento era bastante complicado y las
decisiones que había que tomar no eran sencillas.
Finalmente, al día siguiente fuimos al hospital Texas Children’s con la
esperanza de que quizás ellos tendrían otra alternativa para un corazón
con ventrículo único y con problemas similares al mío. Los doctores de
ese hospital conocían muchos casos análogos, la única diferencia era que
nunca habían hecho ese tipo de cirugía a alguien de mi edad.
Después de haberme hecho un eco cardiograma, un electrocardiograma
y algunos otros estudios, nos presentaron con el doctor Wayne Franklin.
Entró al consultorio con una gran sonrisa.
-Let’s meet the beautiful lady who wants a surgery -dijo girando los
ojos aparentando buscarme.
Nos saludó y presentó a su equipo. El doctor estaba seguro de que
podían ayudarme. Tendrían que hacer un cateterismo para ver el daño que
tenía mi cirugía anterior y de ahí decidir cómo elaborar la nueva. Mi
corazón estaba muy cansado, pero con una buena reparación, me
permitiría vivir unos años más. Su actitud nos fue tranquilizando poco a
poco.
Nos explicó el procedimiento y lo que sugerían hacer en mi caso. Fue
maravilloso darnos cuenta de los avances médicos después de casi veinte
años de mi primera cirugía. Si bien, no era un procedimiento sencillo,
sabían perfectamente lo que era necesario: deshacer la cirugía anterior, y
volver a hacerla con una cirugía Fontan modificada. Los doctores se veían
muy optimistas y confiados.
Nos explicaron que sería la paciente de mayor edad que habían
operado con esta malformación. Regularmente, tenían a pacientes mucho
más jóvenes. Pero eso no los amedrentó. Me dijeron -que ni por error
-me hiciera un trasplante, que ellos arreglarían mi corazón.
-We are not giving up on this beautiful lady’s heart -sonrió el doctor
Franklin y pasó su brazo sobre mi hombro.
-¡Qué maravilla, esto es un milagro! -decía mi mamá emocionada.
Papá no dejaba de sonreír, a pesar de que realmente estaba muy
nervioso.
Mi hermano me abrazó y todos dejamos caer algunas lágrimas. Mi
corazón estaba fuerte a pesar de las circunstancias, y querían salvarlo. Me
dijeron que tenía el cansancio de una mujer de setenta años, pero estaba
fuerte y con gran necesidad de atención quirúrgica. En ese momento, yo
tenía cuarenta y dos años. Mi corazón llevaba un desgaste extra de casi
treinta años para poder sobrevivir.
Estaba decidido, me operarían iniciando el año. Tendría que hacerme
una serie de estudios y tener ciertos cuidados antes de la cirugía.
Regresé a mi trabajo. Gracias a Dios pude posponer el viaje que tenía
planeado al extranjero y me dediqué a hacer todo lo que pudiera a larga
distancia. Estaba muy cansada, pero contenta porque pronto recibiría mi
cirugía y mi vida cambiaría.
Terminó el año y aproveché para descansar dos semanas por las
vacaciones de Navidad. Disfruté mucho a mi familia y me sentía
totalmente apoyada. Tenía que empezar a prepararme, pues si me
operaban en febrero no quedaba mucho tiempo para dejar todo arreglado:
testamento, decisiones del futuro de Ana Paula y muchas conversaciones.
Tenía que hacerlo, yo lo sabía. Cualquier cosa podía suceder durante la
cirugía. Sin embargo, mi mente no dejaba de concentrarse en el futuro: la
graduación de mi hija, verla desarrollarse profesionalmente, su boda, mis
nietos. Tenía que aferrarme a eso mientras hacía lo que cualquier padre
responsable debe hacer: prepararse para la muerte.
Regresando de las vacaciones, me di cuenta de que mi condición
empeoró. Estaba realmente cansada. Por consejo de mi jefe, decidí ir al
médico del Seguro Social para que me guiara con las incapacidades.
Necesitaba entender cómo funcionaba todo ese proceso antes de
operarme, no tenía ni idea. Cuando llegué con el doctor, me revisó, vio
mis estudios, mis antecedentes y mi situación actual. Me preguntó que
cómo era posible que siguiera trabajando. Me dijo que bajo mis
circunstancias, él no podía permitirme regresar a trabajar. Me quedé
helada. En ese momento me extendió una incapacidad por veintiocho días
y ya no pude regresar a trabajar. Aquél día sin que yo lo supiera, sería el
último día que trabajaría en la Universidad de Monterrey.
Para mí fue una gran sorpresa. Sin embargo, realmente necesitaba
descansar. Me estaba costando mucho cualquier esfuerzo y en la medida
que pasaban los días, era más notorio. Mi jefe no esperaba esa noticia,
tampoco mis compañeros de trabajo, pero me apoyaron y acordamos
mantenernos en contacto por teléfono.
Dr. Wayne Franklin y yo
CONVERSACIONES DIFÍCILES
Sólo se puede cosechar lo que de una u otra forma se ha sembrado.
Mi hija, al igual que el resto de la familia, estaba preocupada por mi
futuro. La ventaja que he tenido hasta el día de hoy, es que la
comunicación entre Ana Paula y yo siempre ha sido maravillosa. Tuvimos
oportunidad de tener largas conversaciones y un día tuvimos la más
difícil.
Esa noche, Ana Paula se quedó en casa y juntas preparamos una rica
cena y abrimos una botella de vino. Puse un poco de música agradable y
nos sentamos en la sala a conversar.
-Quiero tocar contigo un tema difícil, pero necesario. Yo espero que en
mi cirugía me vaya muy bien y podamos compartir muchos años más
juntas. Pero no puedo negar que existe la posibilidad de que sea lo
contrario. Hijita, ¿has pensado qué quieres hacer si yo me voy? ¿Con
quién quieres vivir?
Me pareció estar haciendo la pregunta a una niña pequeña, para mí, era
mi niña de diecinueve años. En ese momento, los ojos de Ana Paula se
humedecieron. Se acercó a mí y me abrazó. La tenía entre mis brazos y
pude sentir su calor y su ternura. Sus lágrimas rodaron y su voz temblaba.
-Mami: yo no quiero que te vayas, necesito tenerte cerca, eres alguien
que me sostiene y me da la fuerza que necesito. Entiendo que quieras
hablar de esto, pero me cuesta mucho, mucho, mamá.
Nos quedamos en silencio un rato, escuchando música y disfrutando el
vino, mientras permanecíamos abrazadas. Mis dedos acariciaron su
cabello, besé su frente suavemente, hasta que ella se tranquilizó.
Con la voz entrecortada me explicó que le gustaría rentar un pequeño
departamento y continuar estudiando, quería estar cerca de la familia, pero
no incomodar a nadie. Ella, a su edad, sentía que podía ser independiente
y le gustaría intentar vivir sola. Con la renta de la casa donde habíamos
vivido y el seguro de vida que le correspondía si yo partía, podría hacerlo
sin problema.
Cuando me di cuenta de que estaba abierta al tema, comentamos cómo
me gustaría que fuera mi velorio y lo que quería que hicieran con mis
cenizas.
-Me gustaría, hijita, que tus abuelos, Sandra, Enrique Luis, Marcela y
tú, hicieran un viaje especial a las playas de la Riviera Maya. Quiero que
esparzan mis cenizas en el mar y que mientras lo hagan, piensen en que
por fin soy libre, que estoy feliz, y en paz.
-Pero mamá, ¿por qué quieres en el mar? Nos quedaremos sin nada
tuyo.
-Al contrario hijita. El mar para mí significa vida. Es un lugar
profundo y misterioso, el cual siempre me hubiera gustado conocer más.
Por medio del agua es la mejor manera de recorrer el mundo. Pero
espiritualmente hablando, sé que no estaré ahí, me habré ido a un lugar
mucho mejor y siempre estaré para acompañarte a ti y a tu hermano.
Me veía con ojos de niña, admirada con lo que decía.
-Las cosas que vemos, no son lo que somos realmente, son apenas un
dejo de todo lo que habita dentro de cada uno. Te quedas con mi corazón,
mis enseñanzas, mis palabras y todo lo vivido a tu lado. Te quedas con
todo lo que mi alma te dijo a través de mis acciones y no sólo de mis
palabras.
Nos reíamos entre lágrimas y abrazos mientras seguíamos tomando un
sorbo al vino. Por momentos se quedaba pensativa, yo no tenía idea de
todo lo que pasaba por su mente.
-Sí, mami, te entiendo y te admiro, pero estoy segura que te va a ir
muy bien en tu cirugía. No olvides que tienes que verme vestida de novia
y conocer a tus nietos.
Ella volvió a la realidad y a la lucha que tendríamos que enfrentar
ambas en unos días.
-Sí, mi amor, me irá bien y sobre todo ahora que hemos podido dejar a
un lado ese misterio de hablar sobre la muerte. Ahora dediquémonos a
vivir a plenitud.
Era increíble estar hablando todo eso con tanta serenidad, pero ha sido
uno de los momentos más liberadores de mi existencia.
Me di cuenta de que no sólo era capaz de hablar sobre mi muerte con
mi hija, sino que además, era evidente que ella se sintió segura y más
fortalecida. Sabía lo que su mamá quería y estaba preparada para hablar
conmigo sobre cualquier tema. Yo me sentí agradecida por tener esa
oportunidad y prepararla para lo que viniera.
Sabía perfectamente que la cirugía a la que me sometería era mucho
más complicada y laboriosa que la primera. La diferencia eran los avances
tecnológicos.
DESAYUNO Y MISA
Amigas del Alma
Nuestros verdaderos amigos son el
reflejo de nosotros mismos.
Mi mamá organizó un desayuno en su casa para festejar mi cumpleaños el
24 de noviembre. Sé que en el fondo, ella también sabía que existía la
posibilidad de que fuera mi último festejo. La pobre llevaba años viviendo
esta agonía. Invitamos a todas mis tías y a mis amistades. Fue una reunión
muy hermosa. A pesar de mi cansancio, lo disfruté mucho.
Mis Amigas del Alma me tenían preparado un pequeño escrito:
-Querida amiga: que contentas estamos de estar aquí contigo en estos,
tus cuarenta y tres años de vida. Las que hemos tenido la oportunidad de
conocerte desde hace casi treinta años, sabemos todo lo que te ha costado
llegar a ellos. Y a pesar de eso, nunca te lo hemos dicho directamente,
has sido un gran ejemplo para todas. Tú nos has enseñado a ver y a
valorar la vida de una manera diferente. A través de ti hemos aprendido
que hay que vivir cada día al máximo dando gracias a Dios por lo mucho
que nos ha dado.
Sabemos que estás por enfrentarte a un reto más, del cual estamos
seguras, porque te conocemos, que con tu fuerza y con ayuda de Dios,
saldrás victoriosa. Sabes que cuentas con nuestra amistad incondicional y
con todas nuestras oraciones. Que no se te olvide, que contamos contigo
para nuestro viaje de los cuarenta y cinco, cincuenta, sesenta, sesenta y
cinco…
Te queremos mucho, tus amigas.
En enero, este mismo grupo de amigas, se encargaron de organizar una
misa para pedir por mi salud. Hablaron con el sacerdote y él pidió
entrevistarme antes de la misa. Conversé con él y le dije que yo tenía todo
el ánimo del mundo para seguir viviendo, que tenía deseos de ver a mi
hija casarse, conocer a mis nietos, si ese era el plan de Dios, y que quería
acompañar a mis hijos en su camino hasta donde yo pudiera, pero también
le confesé que me sentía cansada, muy cansada.
-¿Sabe, padre? A veces me gana el cansancio, pero es físico. Se me
acaban las fuerzas y termino de hacer lo que estaba haciendo sólo en mis
pensamientos pues mi cuerpo se rinde y tengo que parar.
-¿Qué plan crees que Dios tiene para ti?
-Sé que vine a este mundo a ser feliz y a dar lo que esté a mi alcance
para ayudar a otros. A eso me he dedicado, a vivir mi vida intensamente.
-Entonces no tienes de qué preocuparte, estarás bien.
Sus palabras fueron pocas, pero escuché lo que necesitaba: estarás
bien.
Estaba por terminar la celebración de la misa, cuando el sacerdote
dirigió su mirada a mí.
-Estamos celebrado una misa parecida a la de un velorio. La diferencia
es que la persona por la que estamos reunidos, está aquí entre nosotros
con vida y escuchando atentamente estas palabras. Dios nos está dando la
oportunidad de estar con ella despidiéndonos en vida. Ana Cecilia está por
enfrentar una situación difícil, pero nada comparado con lo que ya ha
pasado durante toda su vida. Ella está preparada y muy fortalecida en
espíritu. Nosotros debemos acompañarla con nuestras oraciones para que
su cuerpo también se vea fortalecido muy pronto. Eso es lo que hacen los
amigos.
Dijo que la fe y la confianza deben estar en que Dios me ayudará a
sanar.
-Ana Cecilia, Dios te está permitiendo reunir en vida a toda la gente
que te quiere: papás, hermanos, hijos y muchos amigos. ¡Qué privilegio el
tuyo de estar aquí!
Fue una misa muy especial. Para cuando terminó, me di cuenta de que
estaba totalmente llena y vi a personas que tenía muchos años de no ver.
Me abrazaron y me dieron el apoyo que necesitaba antes de partir a
Houston.
Las palabras del padre me llegaron profundamente. Era cierto, estaba
presenciando algo parecido a mi velorio. Ráfel sujetaba mi mano con
fuerza.
VISITA DE MARCELA
Con Marcela
Los problemas nunca parecen tan grandes
cuando se ven a través del velo del humor y del
amor.
Marcela se encontraba en España y la extrañaba mucho. A mi familia la
veía constantemente, pero me sentía incompleta al no tener a Marcela, su
esposo e hijos cerca. Cuando hablé con ella, me preguntó si quería que me
visitara. Yo sabía que ella no podría estar en Houston en mi cirugía, pues
no había tiempo para arreglar pasaporte y visa en tan poco tiempo.
Le dije que sí. Las dos conocíamos el riesgo que implicaba el
procedimiento por el que pasaría. Yo confiaba en que viviría, pero no
podíamos asegurar que nos volveríamos a ver si algo no salía como lo
esperábamos.
Su visita de dos semanas me cayó como agua fresca. Paseamos a todos
lados, hicimos compras, nos divertimos. Ella iba a mi paso, pero en esas
dos semanas, la disfruté como tenía muchos años de no hacerlo. Fue el
mejor regalo que pudo hacerme. Cuando nos despedimos, lloramos, nos
abrazamos y nos sonreímos.
-Nos vemos en el verano. Quiero verte a ti y a mis sobrinos. Dile a
Jaime que no vaya a dejar de venir, también quiero saludarlo y darle un
abrazo.
La familia es el tesoro más valioso que tengo. Absolutamente nada
llenará ese espacio.
Con mis hermanos
CARTA DE ANA PAULA… QUEDATE TRANQUILA Y
EN PAZ
Un mismo camino se puede ver lleno de luz o de oscuridad, tú decides.
Antes de partir a Houston, Ana Paula me entregó una carta.
Lo que está sucediendo ahora, no sabemos exactamente a qué se deba
(hablando en el sentido más amplio, siendo un problema de tu corazón en
sí). Ni tú ni yo sabemos que pasará. Dios lo hace por planes que nosotros
no podemos comprender ahora, pero que tarde o temprano se despejará
el panorama. Tanto tú como yo, estamos aprendiendo de esto que sucede
ahora. Todo lo que hemos vivido (bueno, malo, raro, hermoso) ha sido
para que crezcamos y nos unamos más, hasta llegar a vernos como muy
buenas amigas.
Yo quiero que sepas esto, y es muy importante que jamás lo olvides:
Yo te amo con todo mi corazón mamá. Te amo, tanto como a la vida
misma que tú me diste.
Tú me has dado una madre, una mejor amiga, una compañía, un
apoyo, amor, sabiduría, valores, cariño, seguridad, protección, valentía,
coraje, confianza;… lo que nos ha regalado Dios, es un vida
extraordinaria.
Cuando estés en Houston, quiero que estés tranquila y en paz. Yo
estaré bien, entre todos los amigos a quienes encargaste mi cuidado.
(Además de que pienso poner de mi parte). Quiero que te vayas tranquila,
sin angustias, sin remordimientos). Ve a Houston, disfruta lo que puedas
del viaje (a fin de cuentas es un viaje, y los viajes se disfrutan).
Espero que los doctores nos den buenas noticias, pero digan lo que
digan, es lo que Dios quiere para ti. Incluso podría darse el caso de que
estando allá, puedas platicarlo con mis abuelos, pues es muy importante
hablar desde ahora las cosas.
¡¡¡TE AMO!!!
Atte.: Ana Paula
Pd: Acuérdate que todavía te falta conocer a tus nietos, y no tengo
prisa… así que tendrás que esperarme un buen tiempo más.
Mi hija me lo decía una vez más: “quédate tranquila”. Esas palabras
me retumbaban constantemente mi cabeza y ahora era ella quien me las
decía como en aquella experiencia cercana a la muerte: Quédate tranquila
y vete en paz, y haz todo lo que te he pedido. Estaba segura que hasta ese
momento, había seguido instrucciones al pie de la letra: vivir plenamente
sin dejar de dar gracias.
Claro, tenía que estar tranquila y en paz, me dirigía a una prueba más
donde haría lo que fuera necesario por superarla. Además, estaba
dispuesta a disfrutar del viaje.
HOUSTON 2008
Tú decides si ves el obstáculo en tu camino o las opciones para salir
adelante.
Me trasladé a Houston unos días antes de la cirugía porque tenían que
hacerme un cateterismo y evaluar la complejidad. Viajamos mis padres,
mi hermano y yo. Enrique Luis tomó la iniciativa de pedirme todos los
correos electrónicos de mis amistades para mantenerlos al tanto acerca de
todo el proceso.
Me hicieron el cateterismo y concluyeron que la cirugía que tenían que
elaborar, era mucho más compleja de lo esperado. No podían operarme en
el hospital que inicialmente estaba programado: St. Luke Hospital. Así
qué debido a la experiencia que tenían en casos como el mío, sería la
segunda vez que me operarían en un hospital para niños: el Texas
Children’s Hospital. Nunca habían operado a una mujer de cuarenta y tres
años con una malformación como la que yo padecía. A pesar de ser un
adulto, era más probable que en el área de pediatría supieran qué hacer en
caso de alguna complicación. La pospusieron quince días.
Eso me dio tiempo a escribir unas cartas a mis hermanos y a mis hijos.
Pude conversar con mis padres sobre muchos temas. Paseamos, fuimos
de compras y disfrutamos nuestra compañía.
Mi amiga Pamela estuvo muy cerca de nosotros. Ella y su madre me
visitaban con mucha frecuencia. Silvia, mamá de Pamela, es ministro de
la eucaristía, y trataba de ir todos los días a darme la comunión. Sus
visitas y compañía me hicieron sentir muy afortunada.
Me sentía fuerte y lista para la cirugía. El hecho de haber tenido que
esperar todos esos días, lejos de provocarme más angustia como lo
hubiera imaginado, fue lo que más me fortaleció. Estoy segura de que las
cadenas de oración, los mensajes de ánimo y la unión de cientos de
personas me dieron la fuerza necesaria.
Mi tía Martha, hermana de mi madre y quien se hizo cargo de Ana
Paula en mi primera cirugía, llegó unos días antes para acompañar a mi
mamá y darnos ánimos a todos. Fueron días en que convivimos mucho,
confirmé su gran calidad humana y nos unimos más que antes.
Estoy convencida de que cuando las personas se unen en oración para
un mismo fin, el universo entero se pone de acuerdo para obtener el
resultado que se espera. Yo a esto lo llamo milagro. Sé que eso ocurrió
conmigo, porque pude sentirlo. Mi corazón y espíritu se fortalecieron
enormemente en esos días. Por completo mi cuerpo se fue relajando y
cada célula de mi ser estaba en paz.
CARTAS A MIS HERMANOS
La grandeza de una persona no está en todo lo que pudo lograr, sino
en el amor, respeto y entrega que dejó en su caminar.
Mis hermanos han sido siempre mi fuerza, uno de los tesoros más grandes
que la vida me ha brindado. Cada uno fue apoyo para mí en formas en que
quizás ni ellos se imaginan. Yo tenía una gran necesidad de agradecerles y
de manifestar mi cariño en esos momentos antes de mi segunda cirugía,
así que decidí escribirles.
Sandra, con su consejo acertado y el apoyo en el momento adecuado,
como hermana mayor, siempre la admiré muchísimo. Ella siempre se
distinguió por ser una hija obediente, estudiosa, tranquila. Yo no sólo la
admiraba, sino que tenía celos de no poder ser como ella. Yo era traviesa,
desobediente, inquieta nunca me quitó la capacidad de darme cuenta de lo
verdaderamente valioso.
Sandra, Enero de 2008
Llevo semanas tratando de escribir esta
carta. Creo que la razón por la que no lo he
hecho, es porque sé que terminaré llorando.
Así que decidí empezar a llorar y luego
escribirla, así ya no me detengo.
Sé que en muchos momentos no fui nada fácil de sobrellevar, pero
también sé que al final, te dabas cuenta del amor que sentía por ti.
Me has hecho sentir tu calidez, tu amor, tus convicciones tan
profundas que no te permiten titubear ni un momento. Ver como amas a
tu esposo, como educas a tus hijos, esa entrega que siempre tienes hacia
todos, es increíble. No tienes una idea de cómo aprecio esa capacidad
que tienes para darte tiempo para todo y para todos. Tu sensibilidad es
admirable. Siempre estarás atenta para las necesidades de otros además
de las de tu familia.
Creo que en muchos momentos, fuiste tú la que puso límites a mi
forma tan alocada de querer vivir la vida. Hoy entiendo que necesitaba
vivirla así, pues siempre viví acompañada por mi fantasma. Necesitaba
vivir al máximo. Fuiste una pauta para mí durante mi niñez.
Nada ni nadie podrá jamás entender lo que significas para mí.
Gracias por ser la madrina de Ana Paula. Gracias por el amor que
siempre le has mostrado y por la tranquilidad que me das al saber que
ella no estará sola. Gracias también por la forma en que tus hijos nos
quieren a ambas, y mucho es a través tuyo y de Tacho. Disfruto el estar
cerca de ellos. Gracias a Dios me ha permitido estar cerca de ellos.
Gracias por tu amor.
Te quiero con toda mi alma
Ana Cecilia
Enrique Luis es el compañero y amigo leal que cualquier hermana
puede desear, es imposible no sentir su amor. Siempre fue mi consentido,
y quizás tiene que ver con que es el único hombre en la familia. Él ha sido
siempre y será un apoyo incondicional tanto para mí como para Ana
Paula, uno de los pilares más importantes en su vida. Su forma de ser, a
veces tan disperso y tan poco preocupado de la vida, le ha dado un sentido
divertido a mi propia vida. Es un padre extraordinario, y un ejemplo a
seguir como ser humano.
Carta que escribí a Enrique Luis unos días antes de mi segunda cirugía:
Enrique Luis, Enero 2008
Desde que era muy pequeña recuerdo como
te admiraba, y en muchos momentos quería
ser tú. No fue sino hasta que comenzamos a
crecer y veía como te hacías cada vez más
alto, más guapo, más interesante, que
empecé a sentir que ahora eras tú quien me
podía proteger. Seguramente tú nunca te diste cuenta, pero eras alguien
que me daba seguridad.
Cuando ocurrieron nuestros divorcios, el tuyo un año antes que el
mío, fue que en realidad nos unimos muchísimo. No sólo eras alguien con
quién yo podía hablar de todo, sino que además jamás me sentí juzgada o
apuntada. Al contrario, sentí que era como hablar conmigo misma. Te vi
sufrir, llorar, lamentar mucho tu divorcio y me dio gusto haberte
acompañado de algún modo. No pasó ni un año, cuando yo estaba en la
misma situación y ahora eras tú quien estaba conmigo.
Hemos recorrido juntos muchos caminos. Has estado a mi lado en
numerosas ocasiones en que necesitaba una mano amiga. Hemos sido
confidentes uno del otro en muchos momentos. Me has demostrado un
amor incondicional y una lealtad que ningún otro ser humano me ha
hecho sentir con tanta certeza. Eres un ser maravilloso, el cual estoy
segura que Dios permitió tener a mi lado para poder sobrellevar
momentos muy difíciles.
Puedes estar seguro de que mi vida se ha visto enriquecida por tu
compañía, tu amor, tu entrega. El ver como siempre me mantuviste cerca
de tus hijos con llamadas al menos cada semana o quince días, son cosas
que valoro intensamente.
Hoy puedo sentirme muy cerca de mis sobrinos, y es por la labor que
tú has hecho.
Te quiero…
Gracias por tu amor.
Ana Cecilia
Marcela siempre con su objetividad ayudándome a ver las cosas más
claras y fáciles de llevar. Fue en ella que vi por primera vez esa
posibilidad de ser madre. Tenerla en mis brazos me hizo sentir que tenía
que cuidarla protegerla y estar siempre ahí para ella. Me permitió seguir
siendo niña muchos años más cuando compartíamos horas jugando juntas.
Marcela es siempre una pequeña luz en mi corazón.
Carta que escribí a Marcela unos días antes de mi segunda cirugía:
Marcela, Enero de 2008
La distancia me ha hecho valorar tantas cosas.
Y no sólo me refiero a la distancia por haber vivido
en Puebla, sino el haberte tenido lejos por tantos
años desde que me casé y tú te fuiste a vivir a
Europa. Eres un ser maravilloso al que quiero con
toda mi alma y agradezco a Dios por tenerte como hermana.
Recuerdo cuando éramos pequeñas y que según yo te daba consejos
sentadas en el lavabo del baño. Nunca olvidaré como nos divertíamos con
juegos que duraban horas. Cómo disfrutaba jugar contigo. Sé que
nuestras edades no siempre fueron las mejores para compartir muchas
cosas, pero aún a la distancia, siempre te admiré.
Cuando te cambiaba los pañales y sentía que te protegía. Me sentía
tan orgullosa de tener a una hermana tan hermosa. Tú fuiste una fuerza
que quizás no sepas, pero que me hizo sentir útil en muchos momentos.
Me sentía que te podía proteger, cuidar y guiar de algún modo. Mi
forma tan alocada de vivir la vida, pues sentía que se me iba de las
manos, se detenía cuando te veía. Creo que es esa la razón por la que
muchas veces le digo a Ana Paula el nombre de Marcela. Fuiste siempre
alguien muy importante para mí mientras yo crecía.
Gracias por ser mi hermana menor y por haberme dado a dos
sobrinos maravillosos, igual de hermosos que su madre. Gracias por
mantenerlos cerca de nosotros a través de fotografías, pequeños vídeos,
llamadas. Eso vale mucho y lo atesoro profundamente en mi corazón.
Marcela, no sabes lo que significas para mí y lo mucho que te quiero.
Te llevo en mi corazón como un tesoro tan preciado que no importa el
tiempo, la distancia o las edades, siempre estarás presente en mí.
Te quiero con todo mi corazón,
Ana Cecilia
DESPEDIDA
Sé que mi vida ha valido la pena cuando mi caminar ha dejado un
destello de luz para ayudar a otros.
Una vez más, sin darme cuenta me estaba despidiendo de todos como en
mi primera cirugía. Les había escrito una carta a cada uno de mis
hermanos y a mi hija y se las entregué. Solamente me faltaban mis padres.
Como siempre, estaban ahí, nunca se alejaban; no me atrevía a escribirles.
Sentía que hacerlo representaría un dolor tan grande que me contuve. Una
vez más que tenía que protegerlos, cuidarlos.
Decidí escribir una carta para cada uno que se entregaría sólo en caso
de que yo muriera. La dejé en mi computadora y me aseguré de que mi
hija tuviera las contraseñas para que las encontrara. Esperaba nunca tener
que despedirme de ellos, y que Dios me permitiera ser yo la que los viera
partir. Aún deseo que sea así, pero en un largo tiempo.
Así que me dediqué a disfrutarlos, y a que esa espera de casi tres
semanas valiera la pena. Conversamos mucho, les dije todo lo que tenía
guardado en mi corazón: que los amaba y que siempre estaría agradecida
por la larga jornada de lucha que les tocó vivir a mi lado. Paseamos,
bromeamos, vimos películas y disfrutamos a las amistades que nos
visitaban.
Los gocé intensamente pues además, los tenía para mi sola en la casa
que nos prestaron mis tíos en Houston.
Un día antes de mi cirugía, llamé a Daniel, que para entonces tenía
diecisiete años. Se encontraba internado y frecuentemente su papá iba por
él y pasaban algunos días juntos. En ese momento estaba con su papá y no
sabía qué tanto le habían explicado de lo serio de mi cirugía, pero yo
necesitaba hablar con él. Antes de mi viaje a Houston, su papá lo llevó a
verme y pude notar su preocupación. Me entregó una flor y nos dimos un
abrazo como pocas veces nos lo habíamos dado. Lo extrañaba y una parte
de mi corazón, se había quedado con él. No hablábamos todos los días
pero siempre manteníamos el contacto.
-Hijito, ¿cómo estás?
-Bien mamá, ¿ya te operaron? -me contestó con una voz cortante
característica de él cuando algo le causa temor o angustia.
-No, mi amor, me operan mañana en la mañana, por eso te llamo.
Sólo quiero que pidas mucho a Dios por mí y que pienses en que
pronto nos veremos.
-Está bien mamá, gracias por llamar.
-De nada hijito, te cuidas mucho, y nunca olvides que te amo.
-Si mamá… mamá…-hubo un silencio largo.
-Si amor, ¿dime?
-… te quiero.
-Yo también hijito, te quiero mucho-dije. -Vas a estar muy bien mi
amor, y verás que pronto nos veremos y podremos platicar de muchas
cosas.
-Sí, mamá.
Se quedó en silencio como esperando a que yo continuara hablando.
-Los doctores tienen mucha experiencia y saben lo que están haciendo.
-¿Tienes miedo mamá?-preguntó con la misma inocencia de un niño de
cinco años.
No pude contenerme, y mi rostro se mojó por completo. No había
pensado esa palabra: miedo. Contesté con la mayor sinceridad que pude
para no abrumarlo. Finalmente, su madurez emocional es precisamente la
de un niño de esa edad.
-Un poco hijito, pero es normal. A nadie nos gusta que nos operen,
pero estoy feliz porque sé que después de esta cirugía, disfrutaré muchos
años más sintiéndome mejor y con más fuerza.
-Mmm -escuché y guardó un gran silencio.
-Te amo hijito, nunca lo olvides.
-Yo igual.
Colgó, y mi corazón se estremeció por completo.
Recordé esa imagen que viví hacía dieciocho años cuando no podía
más que pensar en mi hija de nueve meses. Ahora pensaba en ella y en
Daniel. Me quedé en silencio en la habitación tratando de descifrar mis
sentimientos. Daniel era un niño, emocionalmente hablando, y sentía que
no podía alcanzarlo. ¿Cómo se habría quedado? ¿Estaría tranquilo?
¿Se le habría olvidado nuestra conversación a los pocos minutos?
Nadie lo sabía.
Metí mi rostro mojado entre las almohadas. Recosté mi frágil cuerpo y
tomé una pequeña cobija que se encontraba al pie de la cama.
Pasaron por mi mente todas aquellas experiencias que tuvimos cuando
vivíamos juntos. Él estaba enfermo y dependía totalmente del amor y del
cariño que le pudiéramos dar sus padres y la familia. Quería abrazarlo con
fuerza y darle la tranquilidad que una madre intenta darle a un hijo
asustado. No podía, no podía hacer nada más que llevarlo conmigo en mis
pensamientos y confiar en que lo volvería a ver pronto. Mi alma lloraba,
mi cuerpo temblaba y mi corazón lo abrazaba.
-Mamá, ¿estás bien?-dijo Ana Paula al entrar a la habitación.
-Sí, hijita, acabo de colgar con tu hermano.
Se acercó cariñosamente y me abrazó con tal fuerza que seguí
llorando. Ahora era ella la que me daba consuelo, la que me daba ánimos,
la que me sostenía de nuevo con su abrazo. Le comenté lo sucedido y
pudo darme tranquilidad con sus palabras.
¡Qué distinta experiencia a la de hacía dieciocho años! Ahora tenía a
mi hija conmigo, a mis hermanos, a mis amigos. No me dejaron sola ni un
momento. Yo sabía que Daniel pensaba en mí, y eso me hacía sentir que
lo tenía conmigo.
Sandra, su marido y Enrique Luis también llegaron un día antes de la
cirugía. Los médicos recomendaron que cenara y tomara lo que más me
gustara y que me relajara todo lo que pudiera. Cosa nada fácil, sabiendo lo
que venía. Enrique Luis organizó una carne asada; sabía lo mucho que yo
la disfrutaba. Invitamos a los amigos que viven en esa ciudad incluyendo
a Pamela, su mamá y su hija. El esposo de Pamela, Fernando, en esa
época no se sentía del todo bien, así que no llegó ese día.
Hubo vino, comida y más comida. Yo sentí que estábamos celebrando
mi vida. Era una fiesta y yo pretendía vivirla al máximo. Comí lo que
pude y tomé apenas media copa de vino. Lo que disfrutaba era la
compañía, estar ahí con mi familia y mis amigos, y sobre todo con Ana
Paula.
Me fui a dormir un poco más temprano que todos los demás. Estaba
muy cansada y los pocos tragos que di al vino, fueron suficientes para
relajarme por completo. Ana Paula me alcanzó a los pocos minutos.
Conversamos un poco y hacíamos planes para cuando saliera del
hospital. Pusimos música instrumental para relajarme. Esta vez, no pasé la
noche en vela escribiendo cartas a mano como lo hice una noche antes de
mi primera cirugía hacía casi veinte años. Ya había contestado muchos
correos electrónicos y la comunicación era mucho más estrecha.
En esta ocasión, tenía a uno de los tesoros más grandes de mi vida a mi
lado: mi hija.
Esa noche, dormimos abrazadas como si fuéramos una misma.
Disfruté su calor, su olor y la estreché como si fuera una niña. Descansé
profundamente y me sentí en paz.
EL DÍA MÁS CRÍTICO DE MI VIDA
Ejercita la paciencia, cuando pase la tormenta saldrá el sol y podrás
ver con claridad.
La mañana del 27 de febrero de 2008, nos despertamos antes de las cinco
de la mañana. Teníamos que estar a las seis a más tardar en el hospital.
Me di un buen baño, lo disfruté lentamente. Mientras, daba gracias por
cada parte de mi cuerpo, fui tan metódica, que quizás haya sido el baño
más largo que me he dado en la vida.
Cuando estuvimos listos, todos nos fuimos al hospital al mismo
tiempo: mis padres, tía Martha, mi hermano, mi hija y yo. Sandra y su
esposo, nos alcanzaron ahí. Me recibieron muy amablemente unas
enfermeras y de inmediato me puse la tradicional bata de hospital y la
cofia de uso obligatorio antes de una cirugía. Pedí que me sedaran lo más
posible para no sentir absolutamente nada. Había sido muy doloroso el
cateterismo de hacía unas semanas, y no quería pasar por ningún dolor si
era posible.
Así fue, me lo cumplieron. Me dieron unas pastillas y por medio de vía
intravenosa, introdujeron un suero y comenzó a surtir efecto la anestesia
antes de entrar a la sala de operaciones.
A un lado de la sala de cirugía, esperé a que dejaran pasar a toda mi
familia. Hicimos una oración, o más bien ellos la hicieron pues yo estaba
entrando a otra dimensión, pero pude escucharlo todo. El momento más
importante que recuerdo es cuando llegó el anestesiólogo y habló
conmigo.
-Ya tienes tres martinis encima, ¿cómo te sientes?
-Bien doctor, lista para la cirugía.
-Tengo una pregunta para ti: ¿Por qué quieres operarte? ¿Qué te tiene
en este lugar ahora?
Me extrañó su pregunta, pero luego entendí que tenía mucho que ver el
estado de ánimo con el que ingresara a la cirugía y ellos querían
asegurarse de cómo me encontraba.
-Porque quiero conocer a mis nietos -contesté.
-Excelente respuesta. Con eso es más que suficiente, nos irá muy bien.
Mi hija se acercó con ternura sin soltarme de las manos.
-Mami, no tengo ninguna prisa por darte nietos, ¿ok?
Todos echamos a reír y a llorar al mismo tiempo. Se me salieron las
lágrimas y mi hija me besó en la frente y en las manos. Después se
acercaron mis hermanos, mi tía. No olvidaré que ahí estuvo presente la
doctora Elsa Echéverri, cuñada de mi amiga Pamela. Todos estaban
interesados en esa cirugía tan complicada y tan prometedora. Cuando la
camilla comenzó a moverse para dirigirme al quirófano, vi claramente a
mi fantasma Ráfel frente a mí. No podía faltar. Su mirada era tierna y
amorosa, igual que cuando me sonrió antes de entrar al quirófano en mi
primera cirugía. Sabía que me acompañaba siempre, pero yo sólo lo
percibía en los momentos difíciles. Esta vez no rogué, no supliqué, me
sentía tranquila y en paz.
Entré a cirugía, no recuerdo más de ese día.
PROCESO DE LA SEGUNDA CIRUGÍA
La familia y los amigos de verdad son como la luna, siempre están ahí
aunque a veces no aparezcan.
Enrique Luis ha sido y sé que será siempre uno de mis más grandes
apoyos desde hace muchos años. Sin darse cuenta, fue el que sostuvo
fuerte a la familia durante esta segunda cirugía. Él era el apoyo principal
para la toma de decisiones, para acompañarme a cada visita médica.
Siempre estuvo ahí. Dejaba de hacer lo que fuera, jamás me dejó sola,
ni que mis padres cargaran con toda la responsabilidad de lo que vivimos.
Él se encargó de mantener a todos nuestros amigos y familiares
enterados del proceso quirúrgico. Gracias a la tecnología del correo
electrónico, en un instante podía comunicarle a todos cómo estábamos.
Fue fabuloso tener un hermano como Enrique Luis, que además actuó
como el vocero oficial. Siempre estaré agradecida con este gesto, pues las
oraciones que se produjeron a partir de estos correos, hicieron la
diferencia para estar hoy en día como estoy: viva y feliz.
Febrero del 2008. Textos transcritos tal como él los redactó.
Febrero 12, 2008
Hola a todos, escribe Enrique Luis, hermano de Ana Cecilia
Les envío el estatus: Ayer lunes, estaba programado el cateterismo,
pero no se realizó por problemas en el hospital. Se reprogramó para hoy
febrero 12 a las 2 pm.
Tuvimos una reunión con el cirujano ayer, el cual nos comentó que,
dependiendo del resultado del cateterismo y la conversación con el
cardiólogo, se definirá si se lleva a cabo la cirugía el jueves 14 como se
tenía programada o si bien se pospondrá unas semanas para tomar un
medicamento que fortalecerá el corazón.
El tempo estimado de la cirugía es de ocho a catorce horas, según
comenta el cirujano por lo cual es necesario cubrir todos los detalles. Lo
anterior se definirá hoy en la tarde o mañana por la mañana. Los
mantendré informados.
Gracias por su apoyo y sus oraciones.
Saludos.
Ana Cecilia UPDATE 2... Febrero 12
El martes el cardiólogo realizó el cateterismo que duró cuatro horas,
mucho más de lo normal. Ana Cecilia quedó muy lastimada. Lo anterior
debido a que querían verificar cuál era exactamente la condición hasta
ese momento. Como resultado se tiene lo siguiente: del cateterismo se
concluyó que la operación es más compleja de lo que se tenía pensado.
Por lo cual se suspende la operación del 14 de febrero en el hospital St.
Lucas.
Se reprogramará la operación en el hospital Children’s Hospital
donde el cirujano opera normalmente y tiene todo el equipo y personal
con experiencia para casos de operación Fontan modificada. Entre el
miércoles y jueves se verá la disponibilidad en el Children’s Hospital
para programar la cirugía.
Agradezco sus oraciones para su recuperación y ánimo y esperemos
que el procedimiento se programe para los próximos días ya que el
Children’s Hospital está muy saturado.
Gracias por su apoyo y oraciones.
UPDATE 3... Miércoles 13
Hoy sin novedades, esperando la programación de la operación en el
Texas Children’s, Ana Cecilia se recuperó muy bien del cateterismo
aunque sigue muy adolorida.
Les agradezco su apoyo y oraciones.
Esperemos que mañana nos resuelvan la fecha. Ana Cecilia les manda
saludos.
Ana Cecilia UPDATE 4... Jueves 14
Se reportaron los doctores, la operación se estima que sea dentro de
diez o quince días a más tardar. En breve nos darán la fecha ya que
tienen que reprogramar a pacientes ya agendados para liberar el
quirófano. Se estima una operación de 8 a 14 horas. Los médicos
recomendaron que se quedara en Houston para así poder seguir
monitoreándola. Hoy le pusieron un Holter para monitorear sus latidos
del corazón por 24 horas. Además le recetaron un nuevo medicamento del
que les había platicado para fortalecer el corazón para la cirugía.
El plan es que mamá, papá y Ana Cecilia se quedarán en Houston, yo
regresaré a Monterrey en la semana siguiente.
Gracias por sus oraciones, Dios ha estado dirigiendo a los médicos
para escoger el mejor camino a seguir. Todo esto gracias a las oraciones
de todos los que queremos a Ana Cecilia.
Ella se encuentra ya mucho más recuperada del cateterismo, de buen
humor y con mucho ánimo y optimismo como siempre. Hoy celebró este
día (amor y amistad) comiendo lo que no había comido toda la semana.
Ana Paula vino a verla y se quedará aquí hasta el domingo.
Les manda un fuerte abrazo a todos y felicitaciones por este día.
Saludos, seguimos en contacto, Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 6
Estimados amigos, hoy martes 26 de febrero, se realizaron los
estudios preoperatorios a Anna “como le dicen los gringos”, y todo salió
bien. Estos estudios son: análisis de sangre, radiografías de tórax,
electrocardiogramas, entre otros.
También habló con los doctores y la anestesióloga, y su
recomendación fue que cenara bien, algo que le gustara mucho, incluso
que le caería muy bien una copa de tinto (aunque no lo crean) mientras
sea antes de las doce am. Entonces me estoy viendo obligado por
indicaciones médicas a prepararle una carne asada acompañada de una
copa de vino tinto (al brindar, brindaremos sintiendo la compañía de
todos ustedes: gracias por el apoyo) Ana Cecilia no puso a esto ninguna
objeción. Mañana miércoles el último alimento que puede tomar es a las
5 am (líquidos transparentes).
Nos iremos a las 5:30 al hospital para estar ahí a las 6 am. La
operación empieza a las 8 am y continúan los pronósticos de que dure de
8 a 14 horas.
Ana Cecilia está muy tranquila, muy confiada, con mucho ánimo y se
siente muy encomendada. Les manda un saludo y como buena madre me
pidió que se acuerden en sus oraciones de sus hijos Ana Paula y Daniel el
día de mañana.
Mañana les mando otro mensaje.
Saludos, Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 7 Miércoles 27 1:30 pm
La operación empezó a las 8:25 am todo va bien, actualmente están
abriendo las costillas y separando las venas y arterias para dejar libre el
corazón para la operación de Fontan modificada, es tardado ya que están
entrando en lugares ya cicatrizados (huesos cartílagos) por la operación
anterior (hace 18 años). Nos comentan que es un proceso muy meticuloso
y tardado. En resumen la operación va avanzando sin contratiempos.
Les sigo informando., Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 8 Miércoles 27, 4:15 pm
Sigue la operación en curso, ya está conectada a un aparato que
oxigena y circula la sangre, encontraron un poco de calcificaciones
producto de la operación anterior, las cuales están siendo removidas.
Esto alargará la operación un poco más, pero todo en orden y dentro de
lo que se podía esperar.
Saludos, gracias por sus oraciones., Enriqueluis.
Ana Cecilia UPDATE 9... 6 pm
Nos acaban de avisar que lo que es la operación de Fontan ya se
realizó, el corazón está latiendo bien, y ya no tiene el apoyo de la
máquina para la circulación de la sangre.
Actualmente están trabajando en la operación para optimizar señales
eléctricas del corazón al quemar unas terminales nerviosas y así eliminar
las taquicardias (Maze surgery).
Y posteriormente sigue el poner un marcapasos para asegurar el ritmo
adecuado y continuo del corazón (con operación inteligente, sólo
funciona si detecta anomalías en las pulsaciones).
Seguimos en contacto, tempo estimado por lo menos dos horas más.
Gracias por sus oraciones.
Ana Cecilia UPDATE 10... 8:00 pm
Ya salió de la operación, todo bien, se realizó todo de acuerdo a lo
que el doctor tenía previsto:
*Deshacer la operación anterior (realizada hace 18 años) (Fontan).
*Cambiar el flujo de la sangre directo a los pulmones con una vena
sintética por fuera del corazón. (Revised Fontan).
*Optimizar señales eléctricas del corazón al quemar unas terminales
nerviosas y así eliminar las taquicardias (Maze surgery).
* Poner un marcapasos para asegurar el ritmo adecuado y continuo
del corazón (con operación inteligente, sólo funciona si detecta
anomalías en las pulsaciones).
Comenta el doctor que la operación anterior ya estaba en muy mal
estado, fue muy bueno que se realizara en estos momentos. Que si la
recuperación es como se espera, esta operación le servirá por muchos
años. Y que su calidad de vida mejorará mucho.
Ahora está en recuperación, se estima que este dos o tres días en
cuidados intensivos. Y luego una semana más en cuarto normal.
Saludos.
Gracias por sus oraciones.
A las 8:30 empezaremos un rosario toda la familia y amigos para
agradecer a Dios por todo y pedir por una pronta recuperación.
Un abrazo a todos, que Dios nos bendiga, Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 11... Jueves 28 9:30 am
Buenos días a todos, Ana Cecilia amaneció muy bien, ya se está
comunicando, haciendo ejercicios de respiración. Los doctores dicen que
está muy bien, que a lo mejor en la noche ya la sacarán de cuidados
intensivos a cuarto normal (o sea muy buena y rápida recuperación).
Ana Paula le está dando hielito de comer como si fuera Gerber (está
contenta y bien).
Ana Cecilia les manda saludos a todos.
Hace rato pidió cambio de almohada lo que quiere decir que ya está
empezando a dar lata, lo cual es muy bueno.
En general gracias a Dios todo va bien.
Saludos a todos y gracias.
Ana Cecilia UPDATE 12... Jueves 7:30 pm
Ana Cecilia está bien, sigue en cuidados intensivos, está bien, platica
a ratos pero sigue adormilada con mucho dolor. A través de un botón,
ella controla el aparato que le inyecta una medicina al suero y le baja el
dolor. Lo usa con frecuencia.
De estado de ánimo está muy bien, bromea un poco cuando esta
despierta. Está trabajando con un aparato para fortalecer los pulmones.
Tiene que soplar con fuerza de diez a veinte veces por hora. Lo usa
regularmente y ella pide que se lo pasen, lo cual es buen síntoma de las
ganas que tiene de recuperase cuanto antes.
Como comentario: desde anoche que hablamos con ella ya no estaba
intubada, que era algo que le incomodó mucho de la operación anterior y
le daba cierto temor).
Les mando a todos un fuerte abrazo de parte de la familia y sobre todo
de Ana Cecilia.
Gracias por sus oraciones. Agradecemos especialmente al Dr. Fraser
pues sabemos que sin él y sus increíbles conocimientos, esta cirugía no
hubiera sido tan exitosa.
Saludos, Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 13... Viernes 2:30
Ana Cecilia sigue en recuperación, proceso lento y doloroso, pero en
general bien para el tipo de operación que fue. Hoy en la tarde lo más
probable es que la pasen de cuidados intensivos a cuarto normal.
Hace rato se sentó y comió un poco, pero tiene algo de náuseas.
Continuemos pidiendo por su recuperación.
Saludos, Enrique Luis.
Ana Cecilia UPDATE 14... Viernes 10:30 pm
Hoy fue un día muy difícil, no toleró la comida varias veces durante el
día, y sintió mucha molestia. En la tarde salió de cuidados intensivos y
paso a cuarto.
En la noche cenó poco y no lo ha devuelto, esperemos que así siga.
Dentro de todo, es normal el rechazo a los alimentos después de una
cirugía de este calibre según comentan los doctores.
En estos momentos está dormida en su cuarto en la compañía de
Sandra su hermana y Ana Paula.
Gracias a Dios todo está dentro de lo normal o mejor de lo normal
según nos dicen los doctores. Los signos vitales están bien y la
recuperación va bien. Lo único es que sí está sintiendo mucho dolor y
náuseas. Oremos porque mejore en esta noche, que descanse y se
recupere.
Saludos, un abrazo, Enlugo.
Ana Cecilia UPDATE 15... Sábado 12:00 am
Excelentes noticias, amaneció muy bien, platicando (contando chistes)
ya en sus piyamas, ya caminó dos veces en las últimas horas, ya le
quitaron el oxígeno a ratos, está comiendo uvas, ya se bañó.
Bueno, en general bien, está tan bien que hasta se está preocupando
(un poco nada más) porque quiere estar allá trabajando. Dice que se le
va juntar mucho la chamba jajaja.
Los doctores estiman que ya en unos días salga del hospital, antes de
lo planeado originalmente.
En resumen, excelente gracias a Dios.
Estamos en contacto.
Un fuerte abrazo, Enlugo.
P. D. Acaba de llegar el doctor Fraser, dice que tocó el tema en la
mañana en una conferencia con doctores de casos con Fontan en adultos,
la puso como ejemplo diciendo que sí es posible que niños con problemas
congénitos lleguen a adultos. Y el comentario de Ana Cecilia fue que les
diga a los padres de los niños con problemas congénitos que ella es el
ejemplo que sí hay esperanzas.
Luego el doctor la invitó y se pusieron de acuerdo para que Ana
Cecilia entre en un grupo de apoyo que da conferencia a los padres de
niños con estos problemas para transmitirles ESPERANZA.
Dice el doctor que no sale mañana, pero que el lunes lo más probable
es que la den de alta del hospital.
Y por último va a comer picadillo y arroz que trajo mi mamá y que
cocinó en la mañana (ya que la comida que dan en los hospitales no es
nada rica).
Otros saludos
Ana Cecilia UPDATE 16... Sábado 10:40
Tres cosas:
La primera, Ana Cecilia sigue bien gracias a Dios, se rió mucho con
los chistes “Buen Humor” (adultos) que envió una tía la cual omito su
nombre para no quemar gente de a gratis, pero se los adjunto en este
mensaje. Estábamos papa, Sandra, Ana Paula y un servidor ahogados de
la risa.
Mamá y Papá Tía Martha y Sandra conmigo
Ana Paula y Enrique Luis
el doctor Fraser
La segunda y la tercera favor de verlas.
Una foto dice más que mil palabras
Saludos un abrazo
Les recuerdo que si quieren enviar a Ana Cecilia un saludo chisme o
chiste, favor de enviárselo acgfree@[Link] (alguien se los leerá).
Abrazo, Enlugo.
No olvides que no hay edad para divertirse y ser feliz.
UPDATE 17... Domingo 2 marzo 7 pm
Hola a todos:
Todo bien, comió bien y caminó varias veces, sin más novedades (ya
no tiene oxígeno ni suero). El lunes deciden si la dan de alta.
Sigue riendo con los chistes, eso le hace bien para los pulmones.
Carta que envió mi papá a su grupo de amigos y familiares.
02/03/2008
Hola,
Con mucha alegría damos gracias a Dios por la condición de Ana
Cecilia.
Cada día está mejor, comiendo bien, camina, por recomendación del
médico, en el pasillo del Hospital alrededor de 100 metros cuatro veces
al día, y está de muy buen humor.
Ayer, a 72 horas de la Cirugía, recibió la visita de los médicos el
Cirujano, el Cardiólogo y el Anestesista, los que se quedaron asombrados
por su pronta recuperación. El Dr. Fraser, cirujano, comentó que, en una
cirugía tan compleja y difícil, era un milagro su condición y su estado
general. La invitó en el próximo junio, a una reunión informativa y de
orientación, que se da regularmente a los padres de los niños con
problemas de corazón.
No nos cansaremos de darle gracias a Dios por el éxito de la cirugía
en manos del Dr. Fraser y a nuestros amigos por sus oraciones y
muestras de cariño.
Un abrazo.
Saludos.
RECUPERACIÓN
Hoy mi corazón entiende que hay respuestas que sólo con el tiempo no
dejan asperezas.
En esta segunda cirugía, no viví la maravillosa experiencia cercana a la
muerte como en la primera, pero pude salir rápidamente del hospital y,
para mí eso ya era extraordinario. Mi espíritu se sentía fuerte, con un gran
ánimo, estaba renovada.
La recuperación no fue tan sencilla. A pesar de que me sentía bastante
bien, las arritmias me acompañaron por más de un año. Tuve que ir
constantemente a revisiones médicas y parecía que no habría forma de
erradicarlas por completo.
Decidí en ese momento continuar escribiendo. Estaba en casa,
incapacitada, pero al mismo tiempo me sentía con fuerza para hacer
muchas cosas. Me dediqué a leer, componer con mi guitarra, a escribir y a
alimentar mucho más la relación con mis amigas y mi familia. Todas estas
cosas me hacían sentir realmente viva.
En la medida en que escribía, detallaba de nuevo la maravillosa
experiencia cercana a la muerte que había vivido hacía ya casi veinte
años.
Mi espíritu estaba mucho más sensible a todo lo que ocurría a mí
alrededor. Había llegado el momento de contar la historia que tenía en mi
memoria, corazón y alma, más viva que nunca.
Al año y medio de continuar con mi incapacidad en casa, tuve que
dejar mi trabajo en la Universidad de Monterrey por completo. La ley
marcaba que después de ese tiempo, por motivos administrativos, ya no
podía estar en esa situación de espera, y tenían que declararme con
incapacidad total y permanente. Ya no me podrían reintegrar al trabajo.
Por ese motivo, recibí un apoyo económico por parte de la Universidad
y Ana Paula permaneció becada el resto de su carrera. Gracias a eso, no
tuve que preocuparme por sus estudios.
Milagrosamente, al poco tiempo, cedieron las arritmias. El
medicamento había hecho su función y el corazón se había estabilizado
con su nueva circulación. Me sentí mucho más fuerte y con deseos de
activar de nuevo mí vida.
En ese momento, Enrique Luis me invitó a trabajar con mi padre y con
él. Me resistí mucho al principio, pues creía que nada me daría tanta
satisfacción como lo era estar en contacto con los alumnos y cerca del
área educativa.
Me equivoqué. Muy pronto me hice cargo de uno de los
departamentos: Calidad en el Servicio, entre muchas otras actividades. Me
volví a sentir productiva, útil y que ayudaba a otros. Además, me daba la
tranquilidad de no ser una carga para nadie. Eso ha sido algo que durante
toda mi vida he intentado.
Comencé a salir de nuevo, a divertirme con mis amigas y a integrarme
con algunas asociaciones de beneficencia. También fui a varias reuniones
de mi generación de la carrera. Fue ahí donde después de muchos años,
me reencontré con Carmen. Esa amiga que conocí en la universidad y que
me dijo que algún día nos volveríamos a encontrar cuando nos
necesitáramos. Fue como si nunca hubiéramos dejado de vernos.
-¿Carmen? ¿Eres tú?
-Sí, hola -pausó por un momento. –¡Ana Cecilia! No puede ser, he
estado pensando mucho en ti los últimos años. Perdí toda tu información y
estuve viviendo fuera de la ciudad. ¿Cómo estás?
-Sí, supe que no vivías aquí. Me operaron hace poco, estoy bastante
bien. Bueno, ésta es mi segunda cirugía. La primera fue hace muchos
años, después de tener a Ana Paula, mi hija.
-¡Wow! ¿Tienes una hija? ¿Pero qué no se suponía que no podrías
tener hijos? La tuviste después de tu cirugía, ¿supongo?
-Jaja. No, la tuve milagrosamente un año antes. Carmen, tenemos
mucho que contarnos. Me imagino que tú también tienes toda una
historia.
-Sí, así es tenemos mucho de qué hablar.
Desde ese día, nos volvimos inseparables. Nos veíamos con el grupo
de amigas de la universidad, íbamos a algunos eventos y compartíamos el
mismo interés por la lectura, ayudar a otros y dar nuestro tiempo para
labores sociales.
Un día, cuando ya había más confianza, habló conmigo.
-Te confieso que hace muchos años, cuando me acordaba de ti, pensé
que ya no estabas. Cuando lo llegué a comentar con los amigos que
tampoco sabían de ti, también lo pensaron. Era lógico, ¿no? Sabíamos de
tu enfermedad.
-¿Cómo? ¿Creyeron que me había muerto?
-La verdad, sí. Me habías contado lo complicada de tu situación y
cuando intenté buscarte me dijeron que ya no vivías ahí. Pregunté que si
tenían el teléfono de tu nueva casa. Yo sabía que te habías casado, pero no
tenía tu teléfono ni tu nueva dirección.
-Sí, ¿pero a quién le preguntaste, quién te contestó? ¿No te dieron mi
teléfono?
-No me lo dieron. Quizás contestó la persona que ayudaba a tu madre,
pues sólo me dijo que ahí no vivía Ana Cecilia y que ella no la conocía.
Dijo que la señora Sandra sólo tenía dos hijas. Me dio tanta pena, que
no me atreví a preguntar más.
Sentí angustia por ella en ese momento. Puedo imaginar cómo se habrá
sentido.
-No lo puedo creer, nunca lo hubiera imaginado.
-La verdad, ya no volví a intentar llamarte. Era larga distancia, y nunca
se me ocurrió escribirte a casa de tus padres. Perdí tu contacto y el de
muchos amigos también. Me hubiera encantado tener internet en ese
entonces.
Una vez más confirmé que sus palabras fueron ciertas. Nos
encontramos de nuevo cuando teníamos que hacerlo. El haberme
encontrado con ella y con el resto de mis amigos de juventud, me hizo
repasar mi vida por completo. Me di cuenta de que no sólo ella llegó a
pensar que no había sobrevivido, sino que muchos amigos a los que dejé
de ver por muchos años, también lo creyeron.
Carmen y yo
Esa noche, después de esa conversación, no pude evitar dormir con
una gran sonrisa: Gracias Dios mío, aquí sigo.
Cuántas veces creemos tener la verdad sobre algo porque hacemos
suposiciones y al final, nos damos cuenta de que estábamos muy lejos de
la realidad. Sólo el paso de los años acomoda todo.
A medida que pasaba el tiempo me fortalecía, sin embargo, eso no me
exentaba de sufrir algunas de las consecuencias propias de la edad.
Estaba por cumplir dos años de mi segunda intervención quirúrgica,
cuando volví a ponerme mal de salud. Por alrededor de un año entré y salí
del hospital varias veces. Se me complicó mucho una cirugía de la matriz
y tuve que reingresar a cuidados intensivos por insuficiencia cardiaca.
Tuve otra operación menor y terminé quedándome más tiempo del
previsto en el hospital.
También se me presentaron varios episodios de arritmias que parecían
no parar y terminaba como siempre, en el hospital. Afortunadamente, esta
vez, no recayó todo el peso de mi cuidado en mis padres y mis hermanos.
Mis grandes Amigas del Alma, así como las amistades recién recuperadas,
comenzaron a tomar un papel muy importante en mi vida para el cuidado
de mi salud y bienestar. Sé que cuento con ellas, son incondicionales. Los
amigos se encuentran cuando más se necesitan.
Gracias a ellas, valoré de nuevo cada etapa de mi vida. Estaba viva,
con todo y a pesar de todo, seguía con vida.
Ráfel iba y venía conmigo durante estos eventos. Ya no le temía, sólo
me aferraba fuerte a su mano que parecía darme más vida y no tanto
llevarme a la muerte.
Ya no era yo una niña, ni jugaba a morirme como lo hacía de pequeña,
pero Ráfel era más real que nada en mi vida. A pesar de que seguí
escribiendo para contar mi historia, estos eventos interrumpían mi
escritura, perdía el hilo y lo dejaba a un lado.
Al poco tiempo, Ana Paula se graduó de su carrera y eso me hizo
sentir feliz, orgullosa, realizada.
Graduación de Ana Paula
Mi hija terminaba una etapa muy importante de su vida y yo había
podido estar a su lado. Terminó con honores y toda la familia pudimos
acompañarla. Incluso su padre y abuelos paternos estuvieron ahí.
Y SIGO VIVA
Mi familia
Con Ana Paula y Daniel
Mamá y Papá
Espero que el atardecer de mi vida refleje
la belleza de lo que viví durante mi trayecto.
Han pasado ya cincuenta años y esa niña que inicialmente no viviría más
que unos cuantos meses y en condiciones muy adversas, sigue con vida.
Además, está en el mejor momento para contar su historia. Una historia
que no tiene otra intención que compartir cómo sobrevivir en medio de
tantas voces y mensajes pesimistas de que su vida sería corta, muy sufrida
y difícil; donde desde pequeña aprendió a morir viviendo intensamente,
en vez de vivir muriendo lentamente y lamentándose; saboreando la vida
en cada instante.
Mi forma de morir ha sido viviendo siempre agradecida con lo que
tengo. Aprendí a hacer de mis enemigos mis más grandes aliados y de mis
aliados, mi camino a la felicidad.
Me siento una mujer privilegiada. Vivo muy cerca de casa de mis
padres. Mi madre es una mujer muy activa y busca la forma de ayudar a
otros. Mi padre, como siempre, es un hombre de negocios y todos los días
se mantiene ocupado. Ambos se encargan de mantener unida a la familia
con reuniones y festejos familiares. Son una pareja ejemplar y distinguida
igual que hace cincuenta y tres años cuando se casaron.
Hace poco tuve la oportunidad de acompañar a mi padre a una reunión
de trabajo a nivel mundial en la ciudad de Chicago, Illinois. Lo invitaron a
compartir su historia sobre cómo ha logrado tener tanto éxito en su
empresa. Fui invitada yo también, para apoyarlo con la presentación y
traducción en caso de ser necesario. Nunca imaginé el regalo tan grande
que sería para mí haber estado ahí. Me di cuenta no sólo de cuánto lo
quieren sus colegas y compañeros de trabajo, sino del respeto y
admiración que sienten por él. Entendí que la tenacidad, la disciplina y los
valores, se aprenden en casa porque los padres lo enseñan con el ejemplo.
Eso fue lo que siempre nos inculcó a mis hermanos y a mí, y esa ha
sido su forma de vivir también fuera de casa.
Cuando regresamos a Monterrey, mi madre nos recibió con los brazos
abiertos. Abrazó a mi padre y lo felicitó. Se sentía orgullosa de su esposo,
feliz de que nuestra presentación hubiera tenido tanto éxito. Me sentí más
orgullosa que nunca de pertenecer a esa familia, de que hayan sido ellos
quiénes me formaron y me dedicaron años de su vida en medio de la lucha
diaria.
Hoy en día, dedico todo el tiempo posible a escribir y siempre estoy
acompañada por mis cuatro hermosas perritas chihuahua: Hansa, Nina,
Lola y Kena. Salimos a caminar y me hacen mucha compañía. Me siento
una mujer productiva, pues llevo varios años apoyando a mi padre en su
negocio. Tengo un hermoso grupo de amistades, entre ellas mis Amigas
del Alma, que hacen que mis días sean divertidos y llenos de luz.
Mis hermanos Sandra y Enrique Luis viven en la misma ciudad que
yo. Sandra está felizmente casada con su marido Tacho y sus cinco hijos:
Tacho, José, Adrián, Pato y Sandrita. Enrique Luis se volvió a casar y está
feliz al lado de Alejandra y muy cerca de sus tres hijos: Enrique Luis, José
Andrés y Juan Diego. Marcela lleva varios años viviendo muy contenta en
España con su marido Jaime y sus dos hijos: María Sofía e Isaac.
Daniel permanece internado. Hablo con él varias veces por semana.
Lo visito cada vez que puedo y pasamos tiempo de calidad juntos. Sale
con su papá o conmigo a pasear muy seguido. Pasa mucho tiempo
dibujando, es un genio para hacerlo. Lo tenemos en clases particulares y
como es su pasión, les ha sacado un gran provecho. Ha avanzado mucho y
siempre tiene alguna historieta nueva que contar y dibujar.
Él tiene la madurez emocional de un niño pequeño, pero para algunas
cosas, es todo un hombre y ha sabido desarrollar sus talentos. Nunca
podrá sostenerse ni cuidarse él mismo. Mientras yo tenga vida, me
aseguraré de dar lo que esté a mi alcance para apoyarlo. Sé que nadie llega
a nuestras vidas por casualidad. Daniel entró en la mía porque yo tenía
algo que darle y él a mí. A veces pienso que Dios me permitió vivir una
experiencia extraordinaria en Houston durante mi primera cirugía, para
darme la fuerza de soportar, para poder amar a mi hijo como él lo
necesitaba y para poder dejarlo ir cuando tenía que hacerlo sin sentirme
culpable.
Creo que finalmente está listo para recibir esa carta que le escribí hace
más de quince años. La leeremos juntos. Como alguien dijo alguna vez:
La vida es como un columpio. Hay que encontrar el balance entre retener
y dejar ir.
Ana Paula vive fuera del país como editora de una revista. Es muy
exitosa en su trabajo. Hablo con ella a diario y mantiene mis días
divertidos cuando me cuenta todas sus aventuras. Ha sido y seguirá
siendo, uno de los tesoros más grandes que Dios me ha regalado: darle
vida y permitirme disfrutarla. Hace poco se comprometió con Gilberto,
con quien lleva tres años de noviazgo. Sé que el día que se casen, será el
más feliz de mi vida.
Pensándolo bien, creo que he tenido muchos días que han sido los más
felices de mi vida, porque cada uno lo he vivido como si fuera el último.
Todos han sido de gran valor.
Muchas cosas me pudieron haber matado hasta el día de hoy: mi
malformación congénita, mi embarazo, las infecciones y complicaciones
cuando me operaron, mi confusión cuando casi desaparezco ante mi
vulnerabilidad después de mi cirugía, la tristeza ante la pérdida de Daniel,
la dificultad con la que viví por la altura geográfica en Puebla. Pero nada
estuvo tan cerca de matarme como el haber dejado de creer por completo
en mí misma. Me rescaté y lo sigo haciendo. Logré levantarme cuando vi
hacia adentro de mí y me di cuenta de cuánto amor había recibido en
tantos momentos. Tenía el privilegio de haber tocado el cielo y lo único
que tenía que hacer era compartirlo. La respuesta estaba en mí. Ningún
príncipe, ni doctor, ni familia, ni amistades, pueden lograr algo que yo no
hubiera deseado hacer por mí misma: ¡vivir! Y eso hago el día de hoy:
vivo a plenitud.
Mi corazón tiene un defecto físico, pero ya no está enfermo; es un
corazón que late agradecido y eso lo mantiene sano. Quizás de vez en
cuando yo recaiga en el hospital, como otras veces ha ocurrido, pero me
levantaré cuantas veces sea necesario mientras tenga la fuerza de
mantener mi mano aferrada a la vida. Y sin romper el pacto, resistiré con
la otra mano la compañía paciente de mi fantasma, mi querido Ráfel.
Él ha sido el compañero más fiel que he tenido y hoy le tengo un
profundo cariño. Hace poco cuando fui a visitar a mi hermana Marcela a
España, me enteré de que el nombre de mi fantasma, al que desde niña
llamo Ráfel, es el nombre de Rafael en el idioma catalán. Tampoco sabía
que es el nombre que se le asignó a un arcángel y mucho menos conocía
su significado: la medicina de Dios, medicina del cuerpo y del alma. Ráfel
ha sido mi fuerza, mi vida, mi esperanza, mi salud en muchos momentos
ante todos los pronósticos; sólo hasta hace unos años lo he descubierto.
Siempre ha estado a mi lado la medicina de Dios.
Gracias Ráfel.
El amor que he recibido a través de mis padres, de mi familia, de mis
amistades; aquél que disfruté y sigo disfrutando profundamente en mi
experiencia cercanas a la muerte, ha sido lo que le ha dado vida y fuerza a
mi corazón. Este amor ha sido la mejor medicina de todas. He visto
suficiente para saber que el mundo en que vivimos, y lo que vivimos, lo
construimos nosotros mismos, en nuestro interior y con nuestras acciones.
Todo aquello que no podemos controlar, se experimenta de forma distinta
cuando cambia la manera de afrontarlo. Estoy segura de que el cielo no es
un lugar, es un estado de conciencia, una reconexión con todo lo que nos
rodea. Ahí es donde quiero vivir constantemente. Sé que se puede
alcanzar antes de morir. La clave está en nuestra forma de amar y de
pensar. Estoy convencida de que un día mi cuerpo entero pasará por el
círculo amarillo tenue y, en el abrazo eterno, recibiré un corazón
completamente nuevo que sí vivirá para siempre.
Nací condenada a morir, al igual que todos, pero ninguna condena, ni
llanto ni sufrimiento han logrado que mi corazón descompuesto, pero
lleno de esperanza, deje de latir hasta el día de hoy. Sé con toda certeza,
que cuando llegue el atardecer de mi vida, estaré tranquila, en paz y
disfrutaré del escenario hasta que se oculte el sol.
Envejecer no sólo es un privilegio sino un regalo que no todos reciben.
MI CORAZÓN
Ayer mi corazón despertó distinto,
Esperando respuestas que no encontraba en sus latidos.
Lata con fuerza pero el sonido era desconocido.
¿Sería que se perdió y no encontraba su camino?
O sería que tanto ha andado que buscaba su destino.
Ayer mi corazón hablaba sin sentido
No lograba descifrar el porqué de su latido.
Me llevó por senderos aún desconocidos
Me gritaba con fuerza que anduviera otro camino.
Sin titubear me indicó, que era sabio su vestigio.
Hoy mi corazón me muestra con certeza
Que el andar no ha sido en vano y lo aprendido atesorarlo
Brilla con luz propia y quiere meditar
Sobre todos los latidos que ya ha dejado atrás.
Quiere saborear el camino que dejó en su andar.
Hoy mi corazón entiende que hay respuestas
Que sólo con el tempo no dejan asperezas.
Hoy mi corazón dio un grito de esperanza
Que no deja duda de que el amor está en el alma.
Que el tempo no ha servido más que para gozar la calma.
Hoy mis latidos son por mí conocidos
Sé que mi corazón, es mi mejor amigo,
Él me mantiene con vida y yo le cuido en mi camino
Escucho la voz del Padre,
En cada uno de sus latidos…
Hoy mi corazón late agradecido…
Ana Cecilia
APORTACIONES DE MIS SERES QUERIDOS
Mis padres
Desde el día en que Ana Cecilia llegó al mundo, demostró una gran
vitalidad para sobrellevar todas las dificultades que se le han presentado.
Ha sido un gran ejemplo para nosotros, su familia y personas con las que
ha convivido. Estamos sumamente agradecidos con Dios por habernos
dado la oportunidad de estar a su lado cuando nos ha necesitado y al
mismo tiempo ha sido gran crecimiento para nosotros.
Admiramos su valentía, su entereza, sus fuerzas para aceptar su dolor,
su entrega como hija, madre, hermana y amiga, siempre presente.
Su vida ha sido para nosotros, sus padres, un regalo que nos ha
permitido disfrutar Dios Nuestro Señor y le pedimos que así sea por
muchos años más.
Con amor
Enrique Luis y Sandra Patricia González
Ana Paula
Mamá: una inspiración en mi vida.
Mi mamá es prueba de que Dios existe, de que se puede crecer en el
dolor y de que nada es imposible a menos que tú lo permitas. Mi mamá
me enseñó que Dios sabe por qué nos hizo de cierta manera, porqué nos
puso en cierta situación. Hay que aceptarnos y amarnos tal y como somos,
porque esa es la base, son las raíces del inicio de nuestra vida que nos
permitirán luchar cualquier batalla.
Admiro a mi mamá como a nadie más en esta tierra. Ella siempre me
hizo sentir protegida y amada, me enseñó a hacerle caso a mi intuición y a
tratar de ver la vida siempre desde otra perspectiva; una perspectiva más
positiva, dándole el peso merecido a cada situación y a cada persona, y a
cuidar mi corazón (en mi caso sería emocionalmente hablando) del resto
del mundo y a sentirme especial y saberme amada por Dios en todo
momento.
Carmen Macossay
Tu positivismo, ganas de vivir y forma de desafiar la adversidad me ha
dado lecciones de vida durante estos años. Escogiste muy bien tu
profesión. Era interesante ver el entusiasmo y energía con la que dabas tu
opinión y más aún cómo debatías con los demás. Sin lugar a dudas,
lograbas tu cometido.
Roma Ilkiiw
La historia de Ana Cecilia es un testimonio de que tanto el cuerpo,
corazón y espíritu pueden resistir; y de la capacidad de uno mismo para
recuperarse, rejuvenecerse y renovarse. Ella nos enseña que la
recuperación de un paciente, depende no sólo de las habilidades del
médico, sino además de la voluntad del paciente. Y que la fuente de esa
voluntad es el amor.
Thelma Treviño
Es admirable como dabas a entender que a nada le tenías miedo.
Ahora veo y entiendo muchas cosas, como que tenías una carrera
contra el tiempo. Querías hacerlo todo y no te limitabas.
Scarlet Mireles
Fuiste tú la que nos enseñó a valorar la amistad y a hacerla intensa.
Sabes que gracias a ti somos las Amigas del Alma.
Carmen Castañeda
La trascendencia es tu destino y la estás empezando a enseñar a las
personas, no sólo a aquellas que te conocemos, sino también a aquellas
que están por conocerte.
Morena de la Garza
Has pasado todos los obstáculos, físicos y emocionales más que bien
librada en la vida. Has mostrado que si bien tu corazón no es como los
demás, eso te ha servido para fortalecer un carácter bien cimbrado con
valores y metas muy claras.
Ma. Alicia Santa Cruz
Tu fuerza interna y ese gran AMOR QUE TIENES A TI MISMA es lo
más admirable en ti. Y estoy segura, sin lugar a dudas que es lo que ha
hecho que estés hoy con nosotros.
Lilia Gómez
Ana tenía la capacidad como de detener el tiempo cuando sacaba su
guitarra y cantaba o leía alguno de sus escritos…era como disfrutar el
momento… como saborearlo, como si fuera la última vez que pudiera
tenerlo. Sin darte cuenta me invitaste a caminar hacia mi corazón, hacia
mis adentros; Anhelo tener un corazón como el tuyo amiga…”donde todo
puede estar y donde todos pueden estar sin quitarme la PAZ”.
Gabriela Pérez Maldonado
Ha sido una amistad en la que hemos vivido cosas hermosas,
aventuras, nos hemos platicado nuestros más íntimos secretos. Tengo la
fortuna de encontrarte a ti y de ser tu amiga. Te agradezco que formes
parte de mi vida.
Chely Araujo
Siento que eres una persona que ve la vida como Dios quiere que la
veamos, que uno viene a la vida de paso para llegar a Él y que hay que
VIVIRLA.
Cecilia Villarreal
Creo que eres una amiga muy intensa porque así te ha tocado vivir tu
vida. Te entregas con todo cuando alguien querido para ti está en
problemas o dificultades.
Nancy Cruz
De verdad que me queda claro que cada quien tenemos una misión en
esta vida, y la tuya la has compartido con todas nosotras para enseñarnos
que con convicción y una gran Fe en DIOS, ¡todo se puede!
Lucila Gama
Me siento feliz por este gran proyecto que estás emprendiendo, porque
vas a constatar lo valiosa que eres no nada más para ti, sino para toda la
gente que te rodea.
Adriana Lozano
La niña que quería comerse al mundo y para los que te rodeamos era
padrísimo ya que nos trasmitías energía, entusiasmo y como te dijeron en
Houston, siempre con una sonrisa en la boca.
Chelo Lozano
Amiga del alma
Nos trasmites tu fuerza
Aferrándote a la vida
Creciste día a día…
Entre familia y amigas
Como una mujer excepcional
Iluminada por una luz Celestial
Libras muchas batallas
Irradiando tu alegría
Ahora y siempre hay que celebrar
Pamela Lombana
Es una historia de esperanza y de fuerza. Cuando te conocí, estabas
viva, tu sonrisa me hizo saber que ibas a vivir, que nada te iba a parar.
Tenías un espíritu más grande que todos los que te atendíamos. Tu
lucha era nunca darte por vencida.
Nena López
Haberte conocido ha sido un maravilloso encuentro con la sencillez,
humildad, fortaleza y una calidez humana desbordante. ¡Contar con tu
amistad es una gran bendición!
Emma González
Has sido una compañera y maestra que ilumina mi camino. Le da un
verdadero sentido a este viaje llamado vida.
Lolys Villarreal
Cuando te conocí de niña en clases de natación, recuerdo a una niña
físicamente frágil… con el tiempo descubrí que tu fortaleza estaba en tu
interior.
Gaby Carrera
Fuimos creciendo y tu fuerza para luchar contra todo fue creciendo
contigo. Eres un ejemplo de lucha incansable, constancia y fe.
Myrna Ramírez
He aprendido mucho de ti, con tu carácter perseverante y no darte por
vencida. Sin duda, el Señor todavía tiene un propósito para ti y con Él, lo
mejor está por venir.
Helen Rowland
Cada página de este libro es un testimonio al amor en todas sus
manifestaciones. Para mí, traducir al idioma inglés las intimidades de la
vida de Cecy ha sido un placer y un privilegio; provocando risas y
lágrimas junto con una constante admiración por la absoluta, y a veces
inexplicable, fuerza de voluntad del espíritu de una persona y su amor por
el milagro de la vida.
En orden: Marcela, Sandra, Papá, Mamá, Ana Cecilia y Enrique Luis
Ana Paula y yo
CUANDO VIVIR NO ES PARA SIEMPRE
INTRODUCCIÓN
CONDENADA A MORIR
¿CÓMO ESTÁS VIVA?
MI EXPEDIENTE MÉDICO
NACIMIENTO
PRIMEROS AÑOS
MI PRIMER RECUERDO
VISITAS A MI ABUELA
RESPUESTAS CRUELES
ENFRENTANDO EL DIAGNÓSTICO
ABRÍ LOS OJOS
NO VIVIRÉ PARA SIEMPRE
APRENDÍ A ESCUCHARME
IMAGINACIÓN
EL AGUA
PAPALOTES
RÁFEL
VECINOS
SANDRA
DIVERSIÓN
ADOLESCENCIA
RECURSOS
DESAFIANDO EL DIAGNÓSTICO
MENTÍ
MRS. WOLCOTT
SIEMPRE ATREVIDA
QUÉ HARÉ EL RESTO DE MI VIDA
MADUREZ
LA BODA
EMBARAZO
ME SEPARÉ DE ANA PAULA
SIGUIENTES CUATRO DÍAS
UNA NOCHE ANTES DE LA CIRUGÍA
DOCTORA ROMA
LA INFECCIÓN
AMARILLO TENUE
CUIDADOS INTENSIVOS
NO PAIN, NO GAIN
PENÚLTIMA CARTA
NECESITO ESCRIBIR
EL MUNDO EXTERIOR
VISITA DE ANA PAULA
LO QUE ATRAVIESA EL CORAZÓN
REGRESO A CASA
DANIEL
LA MADEJA SE DESENREDA
EL REENCUENTRO CON MI CORAZÓN
PUEBLA, UN RETO MÁS
MI REGRESO A MONTERREY
CONVERSACIONES DIFÍCILES
DESAYUNO Y MISA
VISITA DE MARCELA
CARTA DE ANA PAULA… QUEDATE TRANQUILA Y EN PAZ
HOUSTON 2008
CARTAS A MIS HERMANOS
DESPEDIDA
EL DÍA MÁS CRÍTICO DE MI VIDA
PROCESO DE LA SEGUNDA CIRUGÍA
RECUPERACIÓN
Y SIGO VIVA
MI CORAZÓN
APORTACIONES DE MIS SERES QUERIDOS