Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo A
Primera lectura: Danos agua que beber (Éxodo 17, 3-7); Salmo 94;
Segunda lectura: El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado
(Romanos 5, 1-2. 5-8); Evangelio: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Juan 4, 5-42)
Primera lectura:
Dios liberó a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Ahora está en camino hacia la tierra prometida pero
el desierto presenta grandes dificultades y pone a prueba la confianza del pueblo en Dios y su siervo
Moisés. En el desierto el agua es la vida; sin ella morirán. A pesar de haber visto el poder de Dios en
todo lo que ha hecho por ellos, la falta de agua lleva al pueblo a dudar de Dios: «¿Está el Señor entre
nosotros o no?» (v. 7).
La duda les lleva a tentar a Dios (a ponerlo a prueba) pidiéndole señales de su presencia y protección.
Murmuran contra Moisés diciendo «nos has sacado de Egipto para matarnos de sed» (v. 3) y se
querellan con él (v. 2, que no se incluye en la lectura litúrgica). La revuelta es tan seria que casi lo
matan a pedradas (v. 4). Por eso Moisés llama a aquel lugar Masá, que significa “tentación”, y Meribá,
que significa “querella”, “disputa” (v. 7). Acude al Señor, quien le ordena sacar agua de la roca
golpeándola con el mismo bastón que uso para tocar las aguas del Nilo y dividir el Mar Rojo.
En el Evangelio Jesús le ofrece a la samaritana, no ya el agua que sacia la sed del cuerpo y sostiene la
vida, sino un «agua viva» (Juan 4, 10) que se convierte dentro de quien la bebe en «un surtidor de
agua que salta hasta la vida eterna» (Juan 4, 14).
Segunda lectura:
El cristiano ha recibido como don de Dios (como gracia) por medio de Jesucristo el poder vivir en la
voluntad de Dios, es decir, ha sido justificado (v. 1). Ha recibido la justificación «en virtud de la fe» (v.
2), o sea, por fiarse de Dios y obedecer su palabra. La justificación le ha devuelto la «paz con Dios» (v.
1), con quien estaba enemistado por sus pecados. «Dios nos demostró su amor» (v. 8) en que Cristo
nos justificó muriendo por nosotros cuando éramos pecadores.
«Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (v. 2). Es motivo de orgullo la esperanza en que
el poder de Dios se seguirá manifestando cada vez más plenamente por medio de su obra en
nosotros. «Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (v. 5). Esta esperanza no falla porque se
fundamenta en que Dios ya nos ha demostrado su amor, muriendo Cristo por nosotros cuando
éramos pecadores y enviando a nuestros corazones como don el Espíritu Santo. El Espíritu es el «don
de Dios» (Juan 4, 10) que Jesús le ofrece de beber a la samaritana.
Evangelio:
Ante la hostilidad de los fariseos, Jesús abandona Judea y pasa a Galilea, región del norte, tomando el
camino más corto pero más incómodo que pasa por Samaría (vv. 1-4, que no leemos en la liturgia).
Galilea fue invadida por los asirios hacia los años 734-721 a.C. quienes deportaron sus habitantes y
trajeron extranjeros para repoblarla. Los samaritanos eran descendientes del cruce entre las razas
hebrea y asiria. Se consideraban los verdaderos continuadores de la tradición de los patriarcas y de
Moisés. El texto lo deja ver cuando la samaritana para explicar la procedencia del pozo lo remite a
«nuestro padre Jacob» (v. 12). Los samaritanos aceptaban el Pentateuco (los primeros cinco libros de
la Biblia) como único libro sagrado. Cuatro siglos a.C. se habían separado de los judíos construyendo
su propio templo sobre el monte Garizim, para ellos el monte santo. Aunque el templo fue destruido
en el año 129 a.C. por el rey judío Juan Hircano, en la época de Jesús la cima del monte Garizim seguía
siendo lugar de culto para ellos. Los samaritanos eran despreciados por los judíos que los
consideraban cismáticos y su culto un sincretismo, mezcla de judío y pagano. Por eso el evangelista
aclara en el v. 9 que «los judíos no se tratan con los samaritanos». En Juan 8, 48 los judíos, queriendo
insultar a Jesús, lo llaman samaritano.
Entre el monte Garizim y el monte Ebal se encontraba Sicar (v. 5), donde estaba el «pozo de Jacob» (v.
6). Allí llega Jesús «cansado del camino» (v. 6) y con sed por el calor, más intenso en ese momento por
ser el mediodía («era hacia la hora sexta», v. 6). La indicación de la hora sexta hace referencia a la
hora en que en la víspera de la Pascua judía se retiraba de las casas el pan con levadura y se sustituía
por el pan ázimo para la cena pascual, hora en que también se inmolaba en el Templo el cordero
pascual. Para el evangelio de Juan la hora sexta señala la hora de la Pascua de Jesús, la hora de la
glorificación del Cordero. Por eso precisa que a esa hora Jesús fue condenado a muerte por Pilato (ver
Juan 19, 13-14). A esa hora se refiere el v. 23 cuando Jesús le dice a la samaritana «se acerca la hora,
ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad».
El encuentro entre un hombre con sed y una mujer que va a sacar agua del pozo se convierte, por los
prejuicios políticos y religiosos, en un encuentro entre enemigos. Lo razonable y lo correcto sería que
una mujer con agua le diera de beber a un hombre sediento, pero no si se trata de una samaritana y
un judío. Del plano superficial del encuentro entre la samaritana y el judío el evangelista pasa a la
realidad más profunda, el encuentro entre Dios y su criatura. En realidad es la criatura la que necesita
de Dios, la que tiene sed del «agua viva» que sólo Dios puede darle. El Catecismo, n. 2560, señala:
«Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración,
sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el
hombre tenga sed de Él (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4)».
El agua del pozo de Jacob se contrapone a la que Jesús ofrece. La que contiene el pozo está limitada y
localizada en un punto a donde hay que ir a buscarla, y además, está contaminada porque del pozo
beben personas y animales (v. 12). Esta agua no quita la sed sino a base de beber continuamente de
ella. El agua que Jesús ofrece es viva, limpia y una vez se bebe quita la sed para siempre. La expresión
«agua viva» indica que no se trata de un agua que sirve para conservar la vida natural, sino que es un
agua que en sí misma está viva y, por tanto, comunica esa vida. Se refiere a la vida divina, la «vida
eterna» (v. 14). El agua del pozo es símbolo del culto que rinden a Dios los samaritanos en el monte
Garizim y los judíos en el Templo de Jerusalén (v. 20): un culto localizado, contaminado y que no
satisface. El agua viva es símbolo del Espíritu Santo que Dios da como don por medio de Jesús, de su
Pascua que se verificará en la hora sexta, a partir de la cual «los verdaderos adoradores adorarán al
Padre en espíritu y verdad» (v. 23). Jesús dice de sí mismo «Yo soy la Verdad» (Juan 14, 6). Él es el
nuevo templo que reemplaza los anteriores (ver Juan 2, 21). En el texto de hoy le dice a la samaritana
«Yo soy» (v. 26). Este es el nombre con el que Dios se le reveló a Moisés (ver Éxodo 3, 14). El texto que
se proclama en la liturgia dice «soy yo» en lugar de «yo soy» que, aunque en español es lo mismo, no
deja clara la referencia al nombre de Dios. La adoración ya no se lleva a cabo mediante ritos
celebrados en lugares específicos sino «en espíritu», en la comunión de vida con Dios por Cristo (el
nuevo templo) en el Espíritu. Notemos como la samaritana habla del lugar para adorar mientras que
Jesús habla de la hora para adorar; la samaritana habla del lugar para buscar agua y Jesús habla de la
hora para que pueda beber de Él el agua viva.
Los maridos de la samaritana son un símbolo paralelo al de la búsqueda continua de agua con el
cántaro. El ser humano busca plenitud de vida, busca la felicidad, y cree poder conseguirlas con su
esfuerzo, que siempre resulta infructuoso hasta que encuentra a Dios y deja que Él se las regale. La
búsqueda infructuosa está representada en los seis maridos que ha tenido y en que ninguno es su
marido. El dejarse dar la plenitud de vida que todos buscamos sería casarse con el séptimo, con Jesús.
La numeración empleada por el evangelista revela también otros significados. Los cinco que ha tenido
hacen referencia al Pentateuco, los cinco libros de la Ley que eran los únicos aceptados por los
samaritanos como libros sagrados. El marido que tiene ahora, el sexto, que en realidad no es su
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marido, se refiere al sincretismo religioso que vivían los samaritanos. Para el judío el número seis
indica imperfección. Queda abierta la cuenta de maridos para que la samaritana encuentre al séptimo
(que indica perfección) en Jesús.
Toda la conversación entre la samaritana y Jesús se da en ausencia de los discípulos, que habían ido al
pueblo a comprar alimentos. Cuando regresan (v. 27) la mujer deja el cántaro y se va al pueblo a
contarle a la gente su experiencia (vv. 28-29). El cántaro simboliza el culto localizado en el templo
(Garizim o Jerusalén) con el que se obtiene un agua contaminada que no apaga la sed. La samaritana
ya no lo necesita porque ha encontrado a Jesús.
La gente deja el pueblo y se pone en camino hacia Jesús, el nuevo templo (v. 30). Mientras tanto, la
narración presenta un diálogo entre Jesús y sus discípulos (vv. 31-38). Ellos le insisten en que coma de
los alimentos que han traído (v. 31). Como sucede en el diálogo con la samaritana sobre el agua, el
diálogo con los discípulos sobre el alimento se desarrolla en dos niveles. Ellos hablan de alimentar el
cuerpo para poder vivir y Jesús responde en el plano más profundo de hacer la voluntad del Padre
para tener vida divina: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra»
(v. 34). La obra del Padre consiste en edificar el nuevo templo en la comunión de los hombres con el
Padre por medio suyo en el Espíritu Santo. Jesús emplea la imagen de la cosecha para describir la
obra. «Los campos que están ya dorados para la siega» (v. 35) es una descripción de la gente del
pueblo que va de camino hacia Jesús (v. 30). El Padre y Jesús son los que siembran; los discípulos son
los segadores que «ya están recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna» (v. 36). En el
v. 38 la palabra que el texto litúrgico traduce como “trabajado” en el griego original es “cansado”, que
remite al cansancio de Jesús en el v. 6. Jesús está cansado del camino, pero en un plano más profundo
está cansado también por el arduo trabajo que comporta llevar a cabo la obra del Padre.
El relato comienza con Jesús rechazado en Judea (vv. 1-3) y concluye con Jesús acogido en Samaría
(vv. 39-42). El evangelista presenta la fe de la gente del pueblo que acude a Jesús (v. 39). Es
sorprendente que, a pesar de la enemistad entre judíos y samaritanos, el testimonio de la samaritana
(que al comienzo no quería ni darle agua para beber) haya logrado que el pueblo acudiera en masa
donde Jesús. Mas aun, que los samaritanos le pidieran que se quedara un tiempo con ellos (v. 40).
Jesús accede a la petición y se queda «dos días» (v. 40), con lo cual muchos más creen por su
predicación (v. 41). Ya no se basan en la experiencia de la samaritana sino en su experiencia personal
de Jesús. El testimonio de otros creyentes atrae pero solo la experiencia personal puede revelarnos a
Jesús como Salvador. Esta experiencia personal es decisiva a la hora de comprometer nuestra vida en
el seguimiento de Jesús, en el cumplimiento de la voluntad de Dios sin reservas. Los «dos días» son
una referencia a Oseas 6, 2: «en dos días nos hará revivir, y al tercero nos levantará para que vivamos
en su presencia». La salvación proviene de los judíos, pero no del culto del Templo de Jerusalén, sino
de Jesús, el nuevo templo construido por Dios: «él es de verdad el Salvador del mundo» (v. 42).
La samaritana (cuyo nombre no se da en el relato) representa al ser humano que busca vida en el
plano material (agua), relacional (marido), espiritual (templo de Garizim). El relato nos dice que ha
llegado la hora en que no tendrá necesidad de volver al pozo, ni de buscar marido, ni de subir al
templo de Garizim. Jesús, el Salvador del mundo, se desposará con ella y le dará el don del Espíritu (el
agua viva) para que pueda adorar al Padre en espíritu y verdad. Ella llevará a otros a Jesús, el pozo en
el que puedan beber agua viva, y desposada con el verdadero marido, será templo vivo de Dios.