¿Qué es el género fantástico?
Es un género artístico que se distingue por la presencia de elementos que no corresponden a la realidad tal
como la conocemos. El género fantástico trasciende los límites de lo normal y busca incentivar la imaginación del
receptor, incitándolo a una percepción más aguda, lejos de aspectos superficiales de su vida cotidiana.
Lo fantástico está vinculado con un quiebre de la realidad. Se produce un evento extraordinario y no se sabe
con certeza qué está pasando. El fenómeno es percibido como inexplicable. Rápidamente lo podemos diferenciar de
la ciencia ficción ya que los “hechos fantásticos” son causados por fuerzas sobrenaturales y los de ciencia ficción se
explican mediante la razón y la lógica (quizás inalcanzable/futura, pero siempre lógica).
Características del género fantástico
✓ Mayormente la literatura fantástica es de tipo narrativa.
✓ Tiene elementos sobrenaturales o inexplicables que crean una ruptura con la realidad.
✓ Puede dejar de lado las leyes físicas y las normas convencionales.
✓ La irrupción de lo fantástico suele causar miedo en los personajes, por eso muchas veces está relacionado
con el género de terror.
✓ Estimula la imaginación del receptor.
✓ Tiene sus orígenes en la mitología y los relatos antiguos.
✓ Son frecuentes las metamorfosis, las alteraciones del tiempo o el espacio, los portales a dimensiones
paralelas, la intromisión del sueño en la realidad…
✓ Invención de nuevas criaturas fantásticas como unicornios, dragones, aves fénix o centauros.
✓ Se puede clasificar en tres categorías: lo extraño, lo maravilloso y lo fantástico (a secas).
✓ Existen varios tipos de mundos de donde provienen los elementos sobrenaturales; los más usuales son:
mundos de frontera, mundos paralelos y mundos alternativos.
✓ Tiene subgéneros como la fantasía épica y la fantasía oscura.
Literatura fantástica
El género fantástico puede verse aplicado al cine, a las artes plásticas y a prácticamente cualquier forma de
arte. Sin embargo, es en la literatura donde se originó y donde se explora con mayor énfasis. Como definición de este
género, los conceptos que expuso Tzvetan Todorov son los más destacables. Dice Todorov: «Lo fantástico se
encuentra en una latente incertidumbre entre lo maravilloso y lo extraño «. Gracias al magnetismo que este género
provoca en el receptor, es comprensible que se haya desarrollado más allá de la literatura y que forme parte de la
cultura popular en distintos medios
Clasificación del género fantástico:
Si bien muchos escritores y teóricos de la literatura han intentado caracterizar el género fantástico, el criterio
más aceptado y difundido corresponde al conocido lingüista búlgaro Tzvetan Todorov (1939). Él estableció tres
categorías dentro de la ficción no realista: lo maravilloso, lo extraño y lo fantástico.
➢ Lo MARAVILLOSO acontece cuando el suceso extraordinario se produce en un mundo donde no rigen las
leyes de la realidad cotidiana y, por ende, su aparición no resulta inverosímil ni inexplicable. Esto sucede,
por ejemplo, en los cuentos de hadas.
➢ Lo EXTRAÑO se produce cuando el suceso extraordinario o sobrenatural que irrumpe en un mundo
cotidiano puede aclararse y explicarse en forma racional. Esto ocurre, por ejemplo, si la visión de un fantasma
o la mutación de un ser en otro se explica a través de la locura, del sueño o de una ilusión de los sentidos.
➢ Lo FANTÁSTICO se ubica entre lo extraño y lo maravilloso, ya que el fenómeno sobrenatural puede
entenderse mediante una explicación racional o mediante la aceptación de lo increíble. En otras palabras, lo
fantástico coloca al lector en la incertidumbre y se produce por la duda que se genera entre lo real (extraño)
y lo imaginario (maravilloso).
Historia de lo fantástico
Los antecedentes de este género se remontan a narraciones muy antiguas, a los mitos y leyendas que
formaban parte del imaginario colectivo de las primeras civilizaciones. (...) Ejemplos: La Ilíada y La Odisea, de
Homero, epopeyas en las que también se pueden hallar elementos fantásticos, tales como intervenciones
sobrenaturales y criaturas con habilidades increíbles.
Consignas de trabajo
1. Según la lectura realizada escribe una
definición del “género fantástico”.
2. Explica tres características propias del género fantástico.
3. Como define al género fantástico el crítico y teórico literario búlgaro-francés Todorov.
Casa Tomada: Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa
liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda
la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho
personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a
Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no
quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y
silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó
casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio
de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí
algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los
ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde. Irene era una chica
nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su
dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto
para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y
chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso
ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al
centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo
aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura
francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera
hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin
escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban
con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No
necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene
solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como
erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos.
Era hermoso. Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres
dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su
maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living
central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta
cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría el cancel y pasaba al living; tenía a los lados las
puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se
franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente
antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta
advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas
para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo
para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero
eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en
los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela
y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos. Lo recordaré siempre
con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la
noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta
de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido
venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo
oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me
tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba
puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando
estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del
fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo
recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato
en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció
penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa,
por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en
invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con
frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con
tristeza. —No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también
tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que, aun levantándose tardísimo, a las nueve y media, por ejemplo, no
daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina para ayudarme a preparar
el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer
fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse
a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta
porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi
hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos
mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los
ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco
empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida.
Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la
garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros
dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar,
toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso, todo
estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar
las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban
tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay
demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio,
pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos
más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que, de noche, cuando Irene empezaba a soñar en voz alta,
me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le
dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la
cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención
mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando
claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el
codo, casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta
cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un
golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. —Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le
colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del
otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente. —No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como
me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella
estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la
alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
El concepto de lo fantástico en los cuentos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar
La prisión y la soledad en “La casa de Asterión” y “Casa tomada”
En los relatos de “La casa de Asterión” de Borges y “Casa tomada” de Cortázar, ambos autores presentan un
pequeño espacio en el que, ya sea por voluntad propia o no, los protagonistas están encerrados. En el cuento
de Borges, además de recrear el mito del minotauro, la casa de Asterión es un laberinto que la criatura considera
como su morada. Pese a estar encerrado, no cree que el laberinto sea una cárcel: “otra especie ridícula es que
yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?”.
Rodeado de muros, y consciente de su aislamiento, prefiere quedarse en el interior del laberinto que acceder al
exterior. Anteriormente había llegado a salir, pero decidió volver “por el temor que me infundieron las caras de
la plebe”. Asterión prefiere refugiarse en su hogar (“es verdad que no salgo de mi casa”) del mismo modo que
Irene y su hermano son incapaces de abandonar la casa en la que viven: “a veces llegábamos a creer que era ella
la que no nos dejó casarnos (…). Nos moriríamos allí algún día”. Más allá de la extraña relación entre los dos
hermanos, podemos ver cómo tampoco ellos son capaces de abandonar su hogar. En ambos casos, el lugar en
el que viven es la única realidad que conocen. La casa de Asterión “es del tamaño del mundo: mejor dicho, es
el mundo”. En gran medida, ni los hermanos ni Asterión tienen conocimiento de aquello que hay en el exterior
y están demasiado vinculados con el hogar que habitan. Los tres personajes están envueltos por un manto de
soledad. Asterión, tras saber que un día llegará un redentor (su verdugo), dice que “desde entonces no me duele
la soledad”. Llena las horas con extraños juegos que le distraen y demuestran el universo de incomunicación al
que está condenado: jugar a estar dormido, saltar y hacerse sangre, imaginarse otro Asterión… Actividades
eminentemente solitarias y en las que se imagina compañía. Irene y su hermano, aunque acompañados el uno
del otro, también se encuentran solos. Sus dos actividades, tejer y leer, son también solitarias. Así, aunque
acompañados, los dos hermanos también están recluidos en una prisión que evita cualquier comunicación con
el exterior. Pese a eso, en ambos casos los protagonistas ven como su espacio intenta ser invadido desde el
exterior. En el cuento de Asterión “cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo les libere de
todo mal” y, entre ellos, el mismo Teseo. En este caso el minotauro es capaz de dar muerte a los intrusos hasta
que, finalmente, el héroe griego lo mata a él y, en cierta manera, lo expulsa de su hogar a la vez que lo redime
de su soledad. En “Casa tomada” nos encontramos con unas extrañas voces que, poco a poco, van tomando
el control del lugar y, con el paso de los días, los dos hermanos verán limitado su acceso a la casa. Finalmente,
también ellos tendrán que abandonar el hogar: “antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada
y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa
hora y con la casa tomada”. Vemos, por lo tanto, cómo la casa y el laberinto son dos espacios cerrados que, de
una forma u otra, serán invadidos. Ni los hermanos intentarán echar a estas voces ni Asterión detendrá a Teseo:
“¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”. El hecho de que los personajes estén
aislados en su hogar implica que toda su realidad se ve reducida a aquello que les rodea. Cuando las extrañas
voces han tomado la casa sus tareas se ven afectadas: “yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero
por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el
tiempo”. Los hermanos y el minotauro realizan actividades para ‘matar el tiempo’, esperando a que ocurra algo
que los libere de esta prisión. En el caso de Asterión, encerrado contra su voluntad, espera a un redentor que
lo saque del laberinto. Los hermanos, encerrados en la casa familiar por decisión propia, esperan que las voces
que invaden el hogar se desvanezcan para poder seguir compartiendo su celda. El minotauro quiere salir, los
hermanos desean quedarse. A pesar de esta diferencia, Borges y Cortázar coinciden en dibujar este espacio
cerrado como una prisión, una celda en la que los personajes están condenados a la soledad. Sin embargo,
aunque hablemos de ‘prisión’, también hemos visto que los personajes tienen cierta autonomía. El narrador de
“Casa tomada” puede salir del hogar para ir a comprar lana y hojear libros, pero una vez la casa empieza a ser
invadida, tiene que quedarse. El mismo Asterión ha llegado a salir de su casa, aunque decidió volver por el
miedo que le infundían los demás. El minotauro abandona su hogar y aterroriza a aquellos con los que se
encuentra, pero ante esta reacción, él también se siente amenazado y decide volver al lugar donde se siente
seguro. De este modo, Asterión vive en un espacio que no considera como una cárcel, y aunque haya decidido
no volver a salir, aquello que realmente espera es un redentor que le permita abandonar el lugar. En cierto
modo, Irene y su hermano viven encerrados en una casa de la que, poco a poco, irán perdiendo el control. No
es hasta el final del cuento cuando, obligados por la situación, deciden salir a la calle y abandonar su realidad.
Por lo tanto, es significativo que ambos cuentos coincidan en mostrar a unos personajes encerrados en un
espacio del que, finalmente, son expulsados y no abandonan por acción propia. De este modo, ambos relatos
presentan un contexto similar: un espacio limitado que impide conocer la realidad exterior. Metafóricamente es
una imagen que puede acercarnos mucho a la idea de ‘realidad’ y de cómo, aunque lo intentemos, somos
incapaces de conocerla en toda su totalidad. Aquello que nos es familiar es solamente una pequeña parte, un
espacio nimio comparado con aquello que hay en el exterior y, por lo tanto, la soledad es la verdadera
compañera de Asterión y de los dos hermanos. Tanto Borges como Cortázar proyectarán lo fantástico a partir
del aislamiento de los protagonistas, aunque lo harán de forma distinta. En “Casa tomada” lo fantástico irrumpe
en la realidad, mientras que en “La casa de Asterión” es ‘lo real’ aquello que se adentra en lo fantástico. A pesar
de que hayamos visto cómo lo sobrenatural no es un elemento lo suficientemente exacto para definir lo
fantástico, en estos relatos aparece de manera muy clara: las extrañas voces que Cortázar no define y el mítico
minotauro Asterión. De este modo, en el caso de Borges lo sobrenatural está en el interior del laberinto, y en
“Casa tomada” lo sobrenatural es aquello que se adentra en la casa. No es casual. En los relatos de Borges es
común encontrar este elemento sobrenatural encerrado: Funes está lisiado y no puede salir de su casa, el
laberinto de “El jardín de los senderos que se bifurcan” se encuentra en un libro de Ts’ui Pên, el Aleph es una
esfera que encontramos en un sótano… Asterión está preso en un laberinto. Lo fantástico se encuentra en ‘lo
real’ y, por lo tanto, no podemos racionalizar ninguno de los dos elementos. Cortázar verá cómo lo fantástico
irrumpe en una realidad que nunca acabamos de conocer del todo: “la realidad cede y una fisura abierta en su
materia nos deja entrever lo otro”. No conocemos las voces y no sabemos de dónde vienen y vemos cómo
irrumpe en nuestra cotidianidad un elemento que nos perturba: desconocemos el funcionamiento de un mundo
que permite al protagonista de “Una flor amarilla” verse a sí mismo en el pequeño Luc o creer encontrarnos de
nuevo con Celina en “Las puertas del cielo”. Por consiguiente, “Casa tomada” y “La casa de Asterión”, además
de coincidir en mostrar la idea de ‘casa’ como imagen de aislamiento, son buenos ejemplos de cómo Borges y
Cortázar entienden la relación entre ‘lo real’ y lo fantástico. En ninguno de los dos autores son elementos que
podamos separar y, tal como nos lo plantean, lo fantástico siempre tiene un lugar en ‘lo real.’