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I. Referencias Bibliográficas de La Selección de Fragmentos Sobre El Humanismo, La Conquista de América, La Reforma y La Escolástica

Este documento contiene dos secciones principales: I. Referencias bibliográficas de fragmentos sobre el humanismo, la conquista de América, la Reforma y la escolástica. II. Bibliografía mínima sobre estos temas, incluyendo autores como Granada, Kristeller, Rico, Elliott, Muñoz Machado y Todorov.
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I. Referencias Bibliográficas de La Selección de Fragmentos Sobre El Humanismo, La Conquista de América, La Reforma y La Escolástica

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I.

Referencias bibliográficas de la selección de fragmentos sobre el humanismo, la conquista de


América, la Reforma y la escolástica

Humanismo

1. Francesco Petrarca, “Carta a Dionisio da Burgo…” en VVAA, Manifiestos del humanismo (selección,
traducción, presentación y epílogo de María Morrás), Península, Barcelona, 2000, pp. 25-35, aquí pp. 32-
33.

2. Lorenzo Valla, “Prefacio a los seis libros de las Elegancias de la lengua latina”, en VVAA, Humanismo
y Renacimiento (selección de Pedro R. Santidrián), Alianza, Madrid, 1986, pp. 37-42, aquí 39-40.

3. Pico della Mirandolla, “Discurso sobre la dignidad del hombre”, en VVAA, Manifiestos del humanismo
(selección, traducción, presentación y epílogo de María Morrás), Península, Barcelona, 2000, pp. 97-133,
aquí pp. 98-99.

4. Marsilio Ficino, “Comentario al Symposia o Banquete de Platón” (selección), en VVAA, Humanismo y


Renacimiento (selección de Pedro R. Santidrián), Alianza, Madrid, 1986, pp. 59-82, aquí 67-68.

5. Niccolò Maquiavelo, “Nicolás Maquiavelo a Francisco Vettori (Florencia, 10 de diciembre de 1513)”, en


Antología (edición de Miguel Ángel Granada), Península, Barcelona, 2009, pp. 395-396.

6. Michel de Montaigne, “Que nuestro deseo aumenta con la dificultad” (Libro II, XV), en Ensayos (según
la edición de 1595 de Marie de Gournay), Acantilado, Barcelona, 2009, pp. 924-932, aquí 924-927.

Conquista de América
7. Cristóbal Colón, “Carta a Luis de Sántangel”, en VV.AA., Crónicas de Indias. Antología (edición de
Mercedes Serna), Cátedra, Madrid, 2020, pp. 117-125.

8. Américo Vespucci, “Carta a Lorenzo de Medici”, en VV.AA., Primeras cartas sobre América. 1493-
1503 (edición de Francisco Morales Padrón), Universidad de Sevilla, Sevilla, 1990, pp. 209-225, aquí 217-
219.

Reforma
9. Mapa sobre la Reforma.

Escolástica
10. Francisco Suárez, Disputaciones metafísicas. Vol. 1. Disputaciones I-VI (disputación primera),
Biblioteca Hispánica de Filosofía, Gredos, Madrid, 1960 pp. 179-233, aquí 207-211.
II. Bibliografía mínima:

Humanismo

Granada, M. A., El umbral de la modernidad. Estudios sobre filosofía, religión y ciencia entre Petrarca y
Descartes, Herder, Barcelona, 2000.

Kristeller, P. O., Ocho filósofos del Renacimiento italiano, FCE, México, 2020.

Rico, F., El sueño del humanismo. De Petrarca a Erasmo, Alianza, Madrid, 1993.

Conquista de América

Elliott, J. H., El Viejo Mundo y el Nuevo (1492-1650), Alianza, Madrid, 2015.

Muñoz Machado, S., Civilizar o exterminar a los bárbaros, Crítica, Barcelona, 2019.

Todorov, Z., La conquista de América. El problema del otro, Siglo XXI, México, 2010.

Reforma

Lutz, H., Reforma y Contrarreforma. Europa entre 1520 y 1648, Alianza, Madrid, 2019.

Roper, L., Martin Lutero: renegado y profeta, Taurus, Madrid, 2017.

Villacañas, J. L., Imperio, Reforma, Modernidad. Vol. 1: la Reforma intelectual de Lutero, Escolar, Madrid,
2017.

Escolástica

De Muralt, A., La estructura de la filosofía política moderna. Sus orígenes medievales en Escoto, Ockham
y Suárez, Istmo, Madrid, 2002.

León Florido, F., “Estudio preliminar” en Suárez, F., Disputaciones metafísicas (selección), Tecnos,
Madrid, 2011, pp. 15-65.

Rábade Romeo, S., Francisco Suárez (1548-1617), Ediciones del Orto, Madrid, 1997.
FRANCESCO PETRARCA

de algún modo en qué lugar me encontraba y por qué ra­


zón había acudido allí, hasta que, dejadas a un lado mis
cuitas, que eran más apropiadas para otro lugar, miré en
tom o mío y vi aquello que había venido a ver; cuando se
me advirtió, y fue como si se me sacara de un sueño, que se
acercaba la hora de partir, pues el sol se estaba poniendo
ya y la sombra de la montaña se alargaba, me volví para
mirar hacia occidente. La frontera entre la Galia y Espa­
ña, los Pirineos, no podía divisarse desde allí, no porque se
interponga algún obstáculo que yo sepa, sino por la sola
debilidad de la vista humana; en cambio, se veían con toda
claridad las montañas de la provincia de Lyon a la derecha,
y a la izquierda el mar que baña Marsella y Aigües-Mortes,
distante algunos días de camino; el Ródano mismo estaba
bajo mis ojos. Mientras contemplaba estas cosas en detalle
y me deleitaba en los aspectos terrenales un momento
para en el siguiente elevar, a ejemplo del cuerpo, mi espí­
ritu a regiones superiores, se me ocurrió consultar el libro
de las Confesiones de Agustín, un presente fruto de tu bon­
dad, que guardo conmigo en recuerdo de su autor y de
quien me lo regaló y que tengo siempre a mano; una obra
que cabe en una mano, de reducido volumen, mas de infi­
nita dulzura. L o abro para leer cualquier cosa que salga
al paso, ¿pues qué otra cosa sino algo pío y devoto podría
encontrarse en él? Por azar, el libro se abre por el libro dé­
cimo. M i hermano, que permanecía expectante para escu­
char a Agustín por mi boca, era todo oídos. Dios sea testi­
go y mi propio hermano que allí estaba presente, que en lo
primero donde se detuvieron mis ojos estaba escrito: «Y
fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas
y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los
ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas
y olvidaron mirarse a sí mismos». M e quedé estupefacto,
lo confieso, y rogando a mi hermano, que deseaba que si­
SUBIDA AL V E N T O S O

guiera leyendo, que no me molestara, cerré el libro, enfa­


dado conmigo mismo porque incluso entonces había esta­
do admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces
debía haber aprendido de los propios filósofos paganos
que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espí­
ritu, ante cuya grandeza nada es grande.
Entonces, contento, habiendo contemplado bastante la
montaña, volví hacia mí mismo los ojos interiores, y a par­
tir de ese momento nadie me oyó hablar hasta que llega­
mos al pie; aquella frase me tenía suficientemente ocupado
en silencio. Y no podía persuadirme de que había dado con
ella por azar; al contrario pensaba que lo que allí había leí­
do había sido escrito para mí y para ningún otro, recordan­
do cómo antaño Agustín había supuesto lo mismo sobre
sí cuando, mientras leía el libro de los Apóstoles, según él
mismo relata, lo primero que había venido a sus ojos fue el
siguiente pasaje: «N o en banquetes ni en francachelas, no
en lechos ni en actos indecentes, no en los enfrentamientos
ni en la rivalidad, mas sumérgete en el Señor Jesucristo, y
no alimentes la carne en tu concupiscencia». L o mismo le
había ocurrido previamente a Antonio, cuando escuchó el
lugar del Evangelio que dice «Si quieres ser perfecto, ve y
vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Después ven y sí­
gueme y alcanzarás un tesoro en el cielo»; y como si esas
palabras de la Escritura hubieran sido leídas para él en par­
ticular, ganó para sí el reino celestial, según cuenta su bió­
grafo Atanasio. Del mismo modo que Antonio, que cuan­
do escuchó esto, ya no se propuso otra cosa, y al igual que
Agustín, que habiendo leído aquello, a partir de entonces
no siguió más allá, así yo también encontré en el breve pa­
saje citado la razón y el límite de toda mi lectura, meditan­
do en silencio cuán faltos de juicio están los hombres, pues
descuidando la parte más noble de sí mismos, se dispersan
en múltiples cosas y se pierden en vanas especulaciones, de

33
Lorenzo Valia 39

As! como la invenc1on posterior del vino no suprimw


el uso del agua; ni la seda desplazo a la lana y al lino;
ni el oro a los demas me tales, sino que hizo posible el
acceso a toda clase de bienes; y as! como una gem a engar-
zada en un anillo de oro no desluce sino que da realce
al precioso metal, de la misma manera nuestra lengua,
al juntarse con la lengua vernacula de otros pu-eblos, les
dio esplendor y no se lo quito; ni consiguio el sefiodo
con armas, con sangre o guerras, sino con beneficios, con
amor y con concordia. De todo lo cual -si se me permite
interpretarlo-- fue, por as! decirlo, semillero.
Y en primer lugar, porque nuestros mayores sobresa-
lieron increiblemente en toda clase de estudios. De tal
manera descollaron que nadie se consideraba alguien en
el arte de la guerra si no sobresalla tambien en las letras:
lo que era para los demas un incentivo no pequefio de
emulacion. En segundo lugar, proponian grandes premios
a los mismos profesores de las letras. Y finalmente, par-
que exhortaban a todos los de las provincias a que habla-
ran romano, tanto estando en Roma como en Provincias.
Pero me parece que ya he dicho bastante -pues no quie-
ro alargarme- de la comparacion del imperio romano y
de la lengua latina.
Al imperio lo rechazaron las razas y las naciones como
carga dolorosa. Pero a la lengua la tuvieron por mas dulce
que el nectar, mas brillante que la seda, mas preciosa que
el oro y las piedras, y la conservaron consigo como a un
dios bajado del cielo. Grande es, pues, el secreta de la
lengua latina, grande ciertamente su genio, ya que duran-
te tantos siglos se sigue cultivando por los extranjeros,
por los barbaros, par los mismos enemigos, de una forma
tan santa y religiosa. -Lo cual no ha de ser para nosotros,
romanos, tanto motivo de dolor como de alegria y de
gloria para todo el mundo. Perdimos Roma, perdimos el
Imperio, el dominio, pero no fue por culpa nuestra, sino
de los tiempos. Sin embargo, por este mas esplendido de-
mania de la lengua seguimos reinando en una gran parte
del orbe.
40 Humanismo y Renacimiento

Nuestra es Italia. Nuestra, Francia, Espana, Alemania,


Panonia, Dalmacia, Iliria y muchas otras naciones. El Im-
perio Romano se encuentra alli donde domina la lengua
romana. Que vayan, pues, los griegos y se jacten de la
abundancia de sus lenguas. Nuestra {mica y pobre lengua
-como ellos quieren- hizo mas que sus cinco, a su jui-
cio, riquisimas lenguas. Y la lengua romana es como la
unica ley de muchas naciones . En cambia, la lengua grie-
ga -para su vergi.ienza- tiene tantos dialectos cuantos
son los partidos de una republica.
Y en esto convienen con nosotros los extranjeros . Los
griegos no se entienden entre ellos mismos; que no espe-
ren, pues, que van a atraer a su lengua a los demas. Sus
autores hablan diversos dialectos: atico, eolico, jonico, do-
rico, koin6s o lengua comun. En cambio, entre nosotros ,
esto es, entre muchas naciones, nadie habla mas que ro-
mano, lengua en la que se contienen todas las disciplinas
para el hombre libre, lo mismo que las hay en la lengua
multiple vigente entre los griegos. y si ella esta vigente,
(quien ignora que todos los estudios y disciplinas estan
vigentes? ( Y quien no ve que si se muere, desaparecen?
(Quienes, pues, fueron los mas grandes filosofos, los
mejores oradores, los mas brillantes jurisconsultos, y
finalmente los mas lucidos escritores? Sin duda, los que
se han dedicado al arte de bien hablar. Pero cuando in-
tento decir todas estas cosas, el dolor no me deja , me
hiere el corazon y me hace romper en lagrimas al ver en
que estado y situaci6n ha quedado este arte. Pues (que
amante de las artes y del bien comun podra contener las
lagrimas al verla en el mismo estado que en otro tiempo
estuvo Roma cuando fue tomada por los galos? Todo
echado por tierra, en llamas, destruido, de modo que ape-
nas si quedo en pie la ciudadela capitolina. Pues hace ya
muchos siglos, que no solo nadie ha hablado en latin, ni
siquiera entiende las leyes latinas. Ni los estudiosos de
la filosofia comprendieron o comprenden a los filosofos ,
ni los abogados a los oradores, los que entienden de leyes
a los jurisconsultos, ni el resto de los lectores los libros
antiguos. Como si una vez perdido el imperio romano
GIOVANNI PICO D E L LA M IR AN D OLA

hombre es el más afortunado de los seres animados y más


digno por ello de la admiración de todos, y cuál es exacta­
mente el lugar que le es propio en la jerarquía del univer­
so, causa de envidia no solo para los seres irracionales sino
también para los astros y para las mentes más allá de este
mundo. ¡Hecho increíble y extraordinario! ¿Y por qué ha­
bría de ser de otro modo? ¿Acaso no es gracias a esto por
lo que se considera y se proclama justamente que el hom­
bre es un gran milagro y un ser maravilloso? Escuchad,
pues, oh Padres, cuál es la condición del hombre y prestad
oído benigno, de acuerdo con vuestra benevolencia, al de­
sarrollo de mi discurso.
Dios Padre, supremo arquitecto, había ya erigido se­
gún las leyes de su arcana sabiduría esta morada terrena
que vemos, augusto templo de su divinidad. Había orna­
mentado la región supraceleste con inteligencias; había
sembrado las esferas celestes de almas inmortales; había
cubierto las zonas viles e inmundas del mundo inferior
con multitud de animales de todas las especies. Pero, com­
pletada su obra, el artífice deseó que hubiera alguna cria­
tura capaz de comprender la razón de tal empresa, de
amar su belleza, de admirar su grandeza. Por ello, cuando
hubo terminado todo lo demás, según testimonio de M oi­
sés y Tim eo, pensó en crear al hombre.
Sin embargo, no había entre los arquetipos alguno que
le sirviera para crear la nueva criatura, ni entre sus tesoros
uno con el que pudiera dotar como herencia al nuevo hijo,
ni entre los lugares de todo el mundo quedaba alguno des­
de el cual éste pudiera contemplar el universo, lo d o esta­
ba ya ocupado: todos los seres habían sido distribuidos en
el orden superior, medio o inferior. Pero no habría sido
propio de la potestad del Padre quedarse sin fuerzas, ca­
si impotente, en el último acto de la creación. N o habría
sido digno de su sabiduría vacilar en asunto tan necesario

98
D I S C U R S O D E LA D I G N I D A D D E L H O M B R E

por falta de ideas. N o habría sido característico de su be­


néfico amor que aquel que debía alabar la generosidad divi­
na en los otros se viera obligado a vituperarla en sí mismo.
Finalmente, el máximo Artífice estableció que aquel a
quien no podía dar nada propio compartiría lo que había
sido concedido en particular a cada uno de los restantes
seres. Tomó, pues, al hombre, creación sin una imagen
precisa, y poniéndolo en medio del mundo, le habló así:
«N o te he dado, oh Adán, ni un lugar determinado, ni una
fisonomía propia, ni un don particular, de modo que el
lugar, la fisonomía, el don que tú escojas sean tuyos y los
conserves según tu voluntad y tu juicio. La naturaleza de
todas las otras criaturas ha sido definida y se rige por leyes
prescritas por mí. T ú , que no estás constreñido por límite
alguno, determinarás por ti mismo los límites de tu natu­
raleza, según tu libre albedrío, en cuyas manos te he con­
fiado. Te he colocado en el centro del mundo para que
desde allí puedas examinar con mayor comodidad a tu al­
rededor qué hay en el mundo. N o te he creado ni celestial
ni terrenal, ni mortal, ni inmortal para que, a modo de so­
berano y responsable artífice de ti mismo, te modeles en la
forma que prefieras. Podrás degenerar en las criaturas in­
feriores que son los animales brutos; podrás, si así lo dis­
pone el juicio de tu espíritu, convertirte en las superiores,
que son seres divinos».
¡Oh suma generosidad de Dios Padre, suprema y admi­
rable felicidad del hombre al que le ha sido dado tener lo
que elige, ser aquello que quiere! Los animales cuando
nacen llevan consigo «del vientre materno», como dice
Lucilio, todo aquello que les constituirá. Las criaturas su­
periores son desde el momento de su creación, o poco des­
pués, aquello que serán para toda la eternidad. En el hom­
bre, desde su nacimiento, el Padre sembró toda clase de
semillas y el germen de todo tipo de vida. Aquellas que

99
Marsilio Ficino 67

Capitulo 9. Que buscan los amantes

~Que es, en fin , lo que buscan los amantes en su amor


mutuo? Buscan la Belleza. Pues el amor es el deseo de
gozar de la belleza. Y la Belleza es un resplandor que
atrae bacia sf al espiritu humano. ~Que otra cosa es la
belleza del cuerpo sino el mismo esplendor en el embru-
jo de las lineas y de los colores? ~Que es la belleza del
alma mas que este esplendor que nace de la armonfa de
la doctrina y de las costumbres?
Ahora bien, esa luz del cuerpo no son los ofdos, ni el
olfato, ni el gusto , ni el tacto, sino los ojos los que la cap-
tan. Y si s?lo el ojo percibe, solo el se deleita. Por tanto,
solamente el ojo del cuerpo goza de la belleza. Y siendo
el amor nada mas que puro deseo de goce de la belleza,
que solo se capta por los ojos, el amante del cuerpo solo
se contenta con su vista. El deseo de tocarle no es, pues,
un elemento del Amor, ni un deseo del amante, sino
una especie de ardor y pasion de un hombre esclavo.
Solo el espiritu capta esa luz y esa belleza del alma. Por
lo mismo, al que busca la belleza del alma solo le con-
tenta la vision del espiritu . Finalmente, entre los amantes
hay un mutuo intercambio de belleza. El var6n adulto
se deleita con la contemplaci6n del amado mas joven. Y el
joven capta con el espfritu la belleza del var6n. Y el que
solo es hermoso de cuerpo, merced a esta familiaridad,
se hace hermosa de alma. Y el que es hermoso de alma
llena los ojos del cuerpo con la belleza. jQue trueque tan
maravilloso! Para ambos honesto, litil y placentero. Tan
honesto para uno como para otro, pues tan honesto es
aprender como ensefiar. Mas placentero en el de mas edad
al deleitarse con la vista y con la inteligencia. Pero en el
joven hay mayor utilidad, pues cuanto mas elevada es

Incluso los mismos sabios y fi16sofos no se sustrajeron a ella.


Vease , por ejemplo, Pomponazzi, Bruno, etc . Pitias-Damon, :616-
sofos griegos del siglo v, vioculados a Ia vida de S6crates y Pla-
t6n . Pilades-Orestes. Pilades fue un heroe f6cido, amigo y consejero
de Orestes; se cas6 con Elena, .hermana de Orestes. Aparecen con
frecuencia en Ia literatura griega.
68 Humanismo y Renacimiento

el alma que el cuerpo, mas valiosa es la adquisicion de


la belleza del alma que la del cuerpo.

DrscuRso CuARTO

Capitulo 3. Que el hombre es el alma, y el alma es in-


mortal

El cuerpo consta de materia y cantidad, y es propio


de la materia la pasividad, y de la cantidad la division y
la extension. Siendo, pues, la pasividad y la division dos
pasiones, ·es logico que el cuerpo por su n~turaleza se
convierta en objeto de pasi6n y de corrupcion. Si, pues,
una accion parece convenir de alguna manera al cuerpo,
este actua no como cuerpq, sino porque un poder, en
algun sentido corporal, y una cualidad esta presente en
el, como e1 calor en el cuerpo del fuego, el frio en el
cuerpo del agua y la temperatura en nuestro cuerpo. Las
operaciones del cuerpo proceden ciertamente de estas cua-
lidades. El fuego calienta no porque sea largo, ancho o
profunda, sino porque es caliente. y no calienta mas pot-
que el fuego sea mas extenso -al contrario, la dispersion
disminuye el calor-, sino porque es mas caliente.
Por tanto, si las operaciones proceden de las fuerzas
y de las cualidades, y estas fuerzas y cualidades, aunque
esten en la materia y cantidad, no estan compuestas de
materia y cantidad, entonces es propio del cuerpo sufrir
y de un principia incorporeo actuar. Cierto que estas fuer-
zas son solo instrumentos de operacion. Por si mismas
no son suficientes para obrar, porque no tienen capacidad
para existir por elias mismas. Sabemos, en efecto, que
lo que esta en otro es incapaz de subsistir pot si mismo
y depende de otro. De donde resulta que las cualidades,
que subsisten totalmente por el cuerpo, provienen y de-
penden de una sustancia superior que no es cuerpo y
que no esta en el cuerpo . Tal es el alma, que estando pre-
sente y encerrada en el cuerpo, subsiste por ella misma
y da al cuerpo la calidad y la fuerza de su temperamen-
Niccoló Maquiavelo, “Nicolás Maquiavelo a Francisco Vettori (Florencia, 10 de
diciembre de 1513)”, en Antología (edición de Miguel Ángel Granada), Península,
Barcelona, 2009, pp. 395-396 (traducción cambiada).

[…] Y así transcurrió todo septiembre. Desde que este pasatiempo, aunque extraño y
caprichoso, terminó a pesar mío, os diré cuál es mi vida. Me levanto en la mañana con el
sol y me dirijo a mi bosque que estoy haciendo cortar; ahí me quedo un par de horas
revisando el trabajo del día anterior y pasando el tiempo con los cortadores, que siempre
tienen algún pleito entre manos, ya sea entre ellos o con los vecinos. […]
Al salir del bosque, camino hacia una fuente, y de ahí a cazar pájaros. Llevo un libro
conmigo, Dante o Petrarca, o uno de esos poetas menores como Tibulo, Ovidio y
semejantes: leo de sus amorosas pasiones, y sus amores me recuerdan los míos, y disfruto
un rato de este pensamiento. Me voy luego a la calle, a la taberna; hablo con los que
pasan, les pregunto noticias de sus aldeas, me entero de muchas cosas, observo los
diferentes gustos y las diferentes fantasías de los hombres. Mientras tanto, llega la hora
de almorzar y con mi comitiva tomo los alimentos que esta pobre villa y el escaso
patrimonio me ofrecen. Después de comer, vuelvo a la taberna: allí está el tabernero y,
por lo general, el carnicero, un molinero, dos panaderos. Con ellos me encanallo todo el
día jugando a "cricca", o "trich tach" […]. Cuando llega la noche, regreso a casa, entro a
mi escritorio y en la puerta me despojo del traje cotidiano, lleno de tierra y lodo, y visto
regias y solemnes galas; y así adecuadamente revestido, me introduzco en las antiguas
cortes de los antiguos hombres que me reciben amorosamente, y me nutro de ese alimento
que sólo a mí me pertenece, y para el cual nací, y no me avergüenzo de hablar con ellos
y de preguntarles la razón de sus acciones. Y ellos con gran humanidad me responden; y
durante cuatro horas no siento tedio alguno, olvido toda angustia, no temo la pobreza, no
me asusta la muerte: me entrego entero.
DISPUTACION PRIMERA
NATURALEZA DE LA FILOSOFIA PRIMERA O METAFISICA

Varios nombres de la metafísica.— Para comenzar, como es debido, por el


nombre, son varios los impuestos a esta doctrina, parte tomados de Aristóteles,
parte de otros autores. En primer lugar, ha sido llamada sabiduría, lib. I Meta-
física, c. 2, ya que trata acerca de las primeras causas de las cosas y de las cues-
ñones más elevadas y difíciles y, en cierto modo, de todos los seres. Ni importa
para esto el que en el libro I de la ■Metafísica se la llame prtuZencta, ya que se-
le aplica este nombre no con propiedad, sino por una cierta analogía, pues de
la misma manera que en el orden práctico es la prudencia lo que ha de ser más
buscado, en el especulativo lo ha de ser esta sabiduría. En segundo lugar, se
la Uama también absolutamente, y como por antonomasia, filosofía, en el lib. IV
de la Metafísica, texto 5, en donde también se la llama filosofía primera en el
texto 4, y en el libro VI, texto 3; pues siendo la filosofía el afán por la sabiduría,
necesariamente se ha de usar de este afán en gran manera para la adquisición de
nuestra ciencia dentro del orden natural, supuesto que ella no es otra cosa que
la misma sabiduría y se ocupa del conocimiento de las cosas divinas. De aquí
que también sea llamada teología natural, tomándolo del lib. VI de la Meta-
física, c. 1, y del lib. XI, c. 6, ya que estudia a Dios y a las cosas divinas en
cuanto es posible con la luz natural; por ello, ha sido también llamada meta-
física, no ya por Aristóteles, sino por sus intérpretes, tomándolo del título
que el mismo Aristóteles antepuso a sus libros de Metafísica, a saber, τών μετά τά
φυσικά, es decir, acerca de aquellas cosas que vienen a continuación de las cien-
cías o cosas naturales. Prescinde, pues, esta ciencia de las cosas sensibles o ma-

DISPUTATIO I Metaph., text. 5, ubi etiam text. 4, et


lib. VI, text. 3, prima philosophia nomina-
Db natura primae philosophiae seu
tur; est enim philosophia studium sapien-
METAPHYSICAE
tiae: hoc autem studium intra naturae ordi-
Varia metaphysicae nomina.— Ut a nomi- nem in hac scientia acquirenda maxime ad-
ne, ut par est, sumatur exordium, varia sunt hibetur, cum ipsa sapientia sit et in divina-
nomina, partim ab Aristotele, partim ab ali- rum rerum cognitione versetur. Hinc rur-
is auctoribus, huic doctrinae imposita. Primo sus naturalis theologia vocatur ex lib. VI
enim appellata est sapientia, I Metaph., Metaph., c. 1, et iib. XI, c. 6, quoniam
c. 2, quoniam de primis rerum causis, et de Deo ac divinis rebus sermonem habet
supremis ac difficillimis rebus, et quodam- quantum ex naturali lumine haberi potest;
modo de universis entibus disputat. Nec ex quo etiam metaphysica nominata est,
refert quod I Metaph. prudentia appelle- quod nomen non tam ab Aristotele, quam
tur; id enim cognomen non proprie, sed ab eius interpretibus habuit; sumptum ve-
per analogiam quamdam illi accommoda- ro est ex inscriptione quam Aristoteles
tum est; quia sicut in practicis prudentia, suis Metaphvsicae libris praescripsit, vide-
ita in speculativis haec sapientia maxime ex- licet: τών μετά τά γυο’.χ,ά, id est, de his re-
petenda est. Deinde dicitur absolute et qua- bus quae scientias seu res naturales con-
si per antonomasiam philosophia, TV libro sequuntur. Abstrahit enim haec scientia
208 Disputaciones metafísicas
feriales (que se denominan físicas, porque dé ellas se ocupa la filosofía natural)
y considera las cosas divinas y separadas de la materia, y las razones comunes del
ser que pueden existir sin la materia; y, por ello, es llamada metafísica, como
colocada después o más allá de la física; y digo después, no en cuanto a la dig-
nidad, o según el orden de la naturaleza, sino por el de adquisición, generación
o invención; y si queremos entender esto desde el objeto mismo, se dice que las
cosas de que trata esta ciencia están después de los entes físicos o naturales, por-
que superan el orden de éstos y se hallan colocados en un orden de realidades
más elevado. Y, por ello, finalmente, ha sido también llamada esta ciencia prírt-
cipe y señora —Úb. VI de la Metaf., c. 1, y lib. XI, c. 6—, porque aventaja en
dignidad a las restantes ciencias, y de algún modo establece y confirma sus prin-
cipios. Todos estos nombres se han tomado del objeto o materia sobre que versa
esta doctrina, tal como fácilmente puede verse por las interpretaciones y motivos
de los mismos. En efecto, suelen los sabios, como enseñó Platón en el Craiilo, im-
poner el nombre a las cosas después de considerar su naturaleza y dignidad; y
como la naturaleza y dignidad de una ciencia depende principalmente de su
objeto, es necesario investigar primeramente el objeto de esta doctrina o su
materia y, conocido éste, fácilmente se hará patente cuáles sean sus funciones, cuál
sea su necesidad o utilidad y cuán grande su dignidad.

SECCION PRIMERA

Cuál es el objeto de la metafísica

1. Son varios los pareceres sobre esta cuestión que individualmente, y con
brevedad, tenemos que reseñar y examinar para damos cuenta cabal, de cuáles
son los problemas de que tenemos que tratar en el desarrollo de esta doctrina,
de tal manera, que ni nos salgamos de sus límites ni dejemos tampoco de estu-
diar cosa alguna incluida en ellos.

a sensibilibus seu materialibus rebus (quae le constare potest. Solent enim a sapienti-
physicae dicuntur, quoniam in eis naturalis bus unicuique rei nomina imponi, spectata
philosophia versatur), et res divinas et ma- prius cuiusque natura et dignitate, ut Plato
teria separatas, et communes rationes entis, in Cratilo docuit; uniuscuiusque autem
quae absque materia existere possunt, con- scientiae natura et dignitas ex obiecto potis-
templatur; et ideo metaphysica dicta est, simum pendent, et ideo primum omnium
quasi post physicam, seu ultra physicam inquirendum nobis est huius doctrinae obiec-
constituta; post (inquam) non dignitate, aut tum seu subiectum, quo cognito, constabit
naturae ordine, sed acquisitionis, generatio- facile quae sint huius sapientiae munera,
nis, seu inventionis; vel, si ex parte obiecti quae necessitas vel utilitas, et quanta digni-
illud intelligamus, res de quibus haec scien- tas.
tia tractat dicuntur esse post physica seu
naturalia entia, quia eorum ordinem supe- SECTIO I
rant, et in altiori rerum gradu constitutae Quod sit metaphysicae obiectum
sunt. Ex quo tandem appellata est haec
scientia aliarum princeps et domina, VI Me- 1. Variae sunt de hac re sententiae
taph., c. 1, et lib. XI, c. 6, quod dignitate quae sigillatim ac breviter sunt annotan-
antecellat, et omnium principia aliquo modo dae et examinandae, ut intelligamus exacte
stabiliat et confirmet. Haec autem universa de quibus rebus in discursu huius doctrinae
nomina ex obiecto' seu materia circa quam nobis disserendum sit, ita ut neque illius
haec doctrina versatur, sumpta sunt, ut ex fines transgrediamur neque aliquid intra
eorum rationibus et interpretationibus faci- eos contentum relinquamus intactum.
Disputación primera.—Sección I 209

Exposición de la primera y segunda opinión


2. La primera opinión pues, es que el objeto adecuado de esta ciencia es
el ente tomado en su mayor abstracción, de forma que comprenda bajo su ex-
tensión no sólo a todos los entes reales, tanto a los entes per se como a los per
accidens, sino también a los entes de razón. Se prueba primeramente esta opinión,
porque el ente, de tal modo tomado, puede ser objeto adecuado de una ciencia;
luego, con mayor motivo de ésta, que es la más abstracta de todas. El antecedente
es claro, ya porque el ente se ofrece al entendimiento en toda aquella amplitud;
luego, igualmente puede ser objeto de una ciencia única, puesto que existe la
misma razón; ya también porque, del mismo modo que el entendimiento extiende
su consideración sobre todas las cosas, así también esta ciencia trata de todas chas,
a saber, de los entes de razón y reales, y de los entes per se y per accidens; luego, si
por esta causa quedan contenidas bajo el objeto del entendimiento, por causa seme-
jante han de quedar igualmente contenidas bajo el objeto adecuado de esta cien-
cía; luego, el ente, considerado como objeto de esta ciencia, ha de tomarse con una
abstracción y amplitud tal que directamente comprenda en sí todas estas cosas,
y de igual modo habrán de tomarse los atributos comunes de que trata esta cien-
cía, como son la unidad, la multitud, la verdad y otros semejantes. De todo lo
cual, tomo el segundo argumento, a saber, que pertenece a la perfección y
amplitud de esta ciencia separar y distinguir todas estas cosas y enseñar acerca
de todas ellas cuanto puede saberse con conocimiento cierto, por ser esto algo
que pertenece, como lo que más, a la razón de sabiduría; luego, todos estos
entes, según sus razones comunes, quedan directamente contenidos en el objeto
adecuado de esta ciencia. En tercer lugar, porque si algo pudiese impedir que el
ente así tomado pudiese ser objeto de la ciencia, sería sobre todo que no es
unívoco; sin embargo, esto no importa, ya que basta con que sea análogo, pues,
de lo contrario, tampoco podría ser común a los accidentes reales y a las sustan-
cias creadas e increada, siendo así que el ente, por ser análogo, comprende hasta
los entes de razón, como puede verse en el libro IV de la Metafísica, texto 2,
donde Aristóteles incluye en la analogía del ser a las privaciones y negaciones, o no

Prima et secunda opiniones exponuntur comprehendat; et eodem modo sumenda


erunt communia attributa, de quibus haec
2. Prima igitur sententia est ens abstrae- scientia tractat, qualia sunt unitas, multi-
tissime sumptum, quatenus sub se complec- rudo, veritas, et similia. Unde srgumen-
titur non solum universa entia realia, tam tor secundo, quia ad perfectionem et
per se quam per accidens, sed edam rationis amplitudinem huius scientiae pertinet ut
entia, esse obiectum adaequatum huius haec omnia separet ac distinguat, et de
scientiae. Quae opinio suadetur primo, quia universis doceat quidquid certa cognitione
ens sic siimpnttn potest esse obiectum de his sciri potest; nam 11oc maxime per-
quatum alicuius scientiae; ergo maxime hu - tinet ad rationem sapientiae; ergo haec
ius quae est omnium abstractissima. Antece- omnia entia secundum communes rationes
dens patet, tum quia ■ens in tota illa ampli- suas directe continentur sub obiecto adae-
túdine intellectui obiicitur; ergo et potest quato huius scientiae. Tertio, nam, si quid
■Obiici uni scientiae, est enim eadem ratio; impediret quominus ens sic sumptum pos-
tum etiam quia sicut intellectus illa omnia set esse obiectum, maxime quia non est
intélligit, ita haec scientia de omnibus illis univocum; sed hoc non refert, satis enim
disserit, nempe de entibus rationis et reali-
bus, et de entibus per se et per accidens; est quod sit analogum; alias nec commune
ergo, si propter illam causam continentur esse posset accidentibus realibus et substan-
sub obiecto intellectus, propter similem con- tiis creatis ac increatae, ens autem quatenus
tineri debent sub obiecto adaequato huius analogum est, etiam rationis entia complec-
scientiae; ergo ens prout obiicitur huic titur, ut ex IV Metaph., text. 2 sumi potest;
scientiae, sumi debet sub ea abstractio- ubi Aristoteles privationes, negationes seu
ne et latitudine qua haec omnia directe non entia, subiicit analogiae entis, quatenus
14
210 Disputaciones metafísicas
entes, en cuanto que son inteligibles; luego, el ente, de esta forma análogo, puede
ser objeto adecuado de esta ciencia, tanto más cuanto que todas aquellas cosas·
se comprenden bajo la abstracción adecuada de esta ciencia, que prescinde de
toda materia sensible e inteligible, ya que todas aquellas razones de entes pueden
ser halladas independientemente de tal materia. Por ultimo, de tal manera se
incluyen los entes de razón en las mismas propiedades que se demuestran en
esta ciencia acerca del ente común, que sin ellos no pueden ser entendidas, como
veremos después; luego, es menester que esta ciencia trate de eüos.
3. Ni basta con decir que ciertamente trata esta ciencia de tales entes, pero
no por sí mismos y de propósito en calidad de objeto, sino de paso y mientras se
ocupa de otras cosas, bien para explicar mejor sus objetos, bien porque el conocí-
miento de éstos se adquiere fácilmente a través del conocimiento de su objeto pro-
pió. Esto, como digo, no basta, ya que las razones aducidas parece que prueban algo
más, pues, de lo contrario, podría ello aplicarse igualmente a los accidentes y hasta
incluso a las sustancias creadas, mayormente siendo tales entes de razón y otros se-
mejantes, cognoscibles por sí mismos, y pudiéndose conocer y demostrar natural-
mente muchas cosas acerca de ellos, y no habiendo, por lo demás, ninguna
otra ciencia a la que tales cosas pertenezcan por derecho propio. Pues aunque
hay algunos que reservan esto a la dialéctica, a pesar de todo, ni puede ello
afirmarse así en general de todos los entes de razón, sino, a lo sumo, de ciertas
relaciones que siguen a las operaciones del entendimiento, ni sobre ellos inves-
tiga tampoco el dialéctico de propósito cómo participan de la razón de ente y
de sus propiedades, sino que se ocupa de ellos sólo de paso, cnanto es necesa-
rio para explicar los conceptos del entendimiento y las denominaciones que
surgen de ellos.
4. La segunda opinión puede ser que el objeto de esta ciencia es el ser
real en toda su extensión, de tal manera que directamente no comprenda los
entes de razón, porque carecen de entidad y de realidad, y se extiende, en cambio,
no sólo a los entes per se, sino también a los entes per accidens, ya que también
éstos son reales y participan verdaderamente de la razón de ente y de sus pasio-
nes, y respecto de éstos, aún urgen más las razones aducidas en confirmación

intelligibilia sunt; ergo ens sic analogum se scibilia, multaque de illis naturaliter co-
esse potest adaequatum obiectum huius gnoscuntur et demonstrantur; nulla est au-
scientiae, eo vel maxime quod omnia illa tem alia scientia ad quam hoc per se perti-
comprehenduntur sub abstractione adaequa- neat. Licet enim nonnulli hoc tribuant dia-
ta huius scientiae, quae est ab omni materia lecticae, tamen neque in universum dici
sensibili et intelligibili; nam omnes illae ra- hoc potest de omnibus entibus rationis sed
tiones entium possunt absque huiusmodi ma- ad summum de quibusdam respectibus qui
teria reperiri. Tandem in ipsismet proprieta- consequuntur operationes intellectus, nec de
tibus, quae de ente in communi demonstran- eis per se inquirit dialecticus quomodo ra-
tur in hac scientia ita includuntur entia tionem entis et proprietates eius participent
rationis ut sine his illae intelligi non possint, sed solum obiter ea attingit, quantum ad
ut postea videbimus; ergo necesse est ut explicandas conceptiones intellectus et de-
haec scientia de illis disputet. nominationes ab eis provenientes necessa-
3. Nec satis est si quis dicat disserere rium est.
quidem hanc scientiam de his entibus, non
tamen per se et ex instituto ut de obiecto, 4. Secunda opinio esse potest obiectum
sed obiter et dum aliud agit, vel ad me- huius scientiae esse ens reale in tota sua la-
lius explicanda sua obiecta, vel quia horum titudine ita ut directe non comprehendat
cognitio facile comparatur ex obiecti co- entia rationis quia entitatem et realitatem
gnitione; hoc (inquam) satis non est, quia non habent, complectatur vero non solum
rationes factae plus probare videntur; alio- entia per se, sed etiam entia per accidens,
qui idem posset dici de accidentibus, immo quia etiam haec realia sunt vereque parti-
et de substantiis creatis. Praesertim quia cipant rationem entis et passiones eius; et
huiusmodi entia rationis et similia, sunt per de his urgentius procedunt rationes factae
Disputación primera.—Sección I 211

de la sentencia precedente. Y puede confirmarse además, porque hay ciencias


particulares que tienen como objetos entes per accidens; mas el objeto de núes-
tra ciencia comprende directamente en sí todos los objetos de las ciencias par-
ticulares; luego...

Se rechazan las dos primeras opiniones


5. Sin embargo, estas dos opiniones están manifiestamente en contra de
lo que afirma Aristóteles en el libro VI de la Metafísica. Porque, en primer
lugar, refiriéndonos de momento a los entes per accidens, éstoSfc en cuanto tales,
no pueden tener cabida en ninguna ciencia, como allí mismo prueba Aristóteles
en el texto 4, pues se denomina un ente per ■ accidens aquí, no en razón de
efecto, sino en razón de ente; es decir: no porque sea producido acciden-
tal y contingentemente y como fuera de la intención del agente, sino porque
verdaderamente no es uno en sí mismo, sino un cierto agregado de muchos;
de esta distinción ya trataremos más extensamente después, al ocupamos de la
unidad. Ahora bien: no siendo uno este ser per accidens, sino un agregado
de muchos, ni puede tener definición propia, ni pasiones reales que se demues-
tren del mismo y, por ello, no cae en el ámbito de la ciencia. Y si tal ente se
considera en cuanto que de algún modo es uno y su unidad de algún modo está
en la realidad, entonces no se considera ya tal ente como enteramente per ac-
cidens, sino en cuanto comprendido de alguna manera bajo el ámbito del ser
per se, aunque quizás en él tenga un grado deficiente, pues ya declararemos
oportunamente, al tratar de la unidad, que hay efectivamente varios modos de
ser per se o per accidens. Por esta razón, dije que aquí se trataba del ser per
accidens en cuanto tal, pues éste, como tal, no es ente sino entes y, por tanto,
directamente no queda comprendido en el objeto de una sola ciencia, sino de
varias, a las cuales pueden pertenecer los seres per se de que consta tal ser per
accidens, como notó Santo Tomás en el dicho libro VI de la Metafísica, lee. 4.
Pero si aquella unidad no es rea!, sino que sólo es efecto de la aprehensión o
concepción mental, este ente no habría de llamarse, en cuanto tal, verdadera-
mente real y, por ello, le será aplicable la misma regla que a los demás entes

in confirmationem superioris opinionis. Et est, nec passiones reales quae de illo de-
potest confirmari quia aliquae scientiae par- monstrentur et ideo sub scientiam non ca-
ticulares habent entia per accidens pro obiec- dit. Quod si tale ens consideretur quate-
tis; sed obiectum huius scientiae directe ñus aliquo modo unum est eiusque unitas
complectitur omnia obiecta particularium aliquo modo est in re, iam non considera-
scientiarum; ergo. tur tale ens ut omnino per accidens, sed ut
aliquo modo comprehensum sub latitudine
Refutantur duae primae opiniones entis per se quamvis fortasse in illa imper-
—5‫ ־‬Hae vero duae opiniones manifeste fectum aliquem gradum teneat; sunt enim
repugnant Aristoteli, VI Metaph. Nam im- varii modi entis per se et per accidens, ut
primis, quod ad entia per accidens attinet suo loco declarabimus, de unitate tractan-
quatenus talia sunt, sub scientiam cadere tes. Propterea enim dixi sermonem esse de
non possunt, ut ibidem Aristoteles probat, ente per accidens quatenus tale est; nam
text. 4; appellatur enim hic ens per acci- illud, ut sic, non est ens, sed entia, et ideo
dens non in ratione effectus, sed in ratione directe non comprehenditur sub obiecto
entis, id est, non quod ex accidente seu unius scientiae, sed plurium, ad quas per-
contingenter et praeter intentionem agentis tiñere possunt entia per se ex quibus tale
efficitur, sed quod in se vere unum non est, ens per accidens constat, ut D. Thom. no-
sed quoddam aggregatum ex multis; de tavit dicto lib. VI Metaph., lect. 4. Si
qua distinctione dicemus plura inferius agen- autem illa unitas non sit in re, sed tantum
tes de unitate. Cum ergo hoc ens per acci- in apprehensione vel conceptione, tale ens
dens.non sit unum sed aggregatio multo- ut sic non vere dicetur reale: unde eadem
rumr,11ec definitionem propriam habere pot- erit de illo ratio quae de caeteris entibus

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