ANTES DE LA MANSIÓN
ANTES DEL DESASTRE
VOLUMEN 0
EL MAL HA NACIDO
HORA CERO
HORA CERO
El equipo Bravo de los STARS entra en acción para investi-
gar una serie de horribles asesinatos ocurridos en Raccoon
City. De camino hacia la escena del crimen, el helicóptero en
el que viajan se estrella. El equipo sobrevive y descubre un
transporte militar volcado con varios cadáveres destrozados
junto a él. Pero eso sólo es el principio de la pesadilla. Están
a punto de descubrir la maldad que ha estado creciendo a su
alrededor, y la novata del grupo, Rebecca Chambers, comen-
zará a preguntarse dónde se ha metido.
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V O L U M E N 0
Hora cero
S. D. PERRY
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Título original: Zero Hour
Traducción: Patricia Nunes
Primera edición: septiembre de 2005
Primera edición en esta presentación: junio de 2013
© Capcom. All rights reserved
CAPCOM y RESIDENT EVIL son marcas registrada de Capcom CO., Ltd.
© Scyla Editores, S. A., 2013
Diagonal, 662-664. 08034 Barcelona (España)
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ISBN: 978-84-480-0894-9
Depósito legal: B. 11.246-2013
Impreso en España por Liberdúplex
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L as aspas del helicóptero cortaban la oscuridad que cubría
el bosque de Raccoon.
Rebecca Chambers estaba sentada muy tiesa, esforzán-
dose por parecer tan tranquila como los hombres que la rodea-
ban. El ambiente era serio, tan sombrío y nublado como los
cielos que cruzaban. Las bromas y los chistes se habían que-
dado atrás, en la reunión informativa. No se trataba de un
ejercicio de entrenamiento. Tres personas más, tres excursio-
nistas, habían desaparecido, un hecho no tan extraño en un
bosque tan grande como el que rodeaba Raccoon, pero con la
ola de asesinatos salvajes que habían aterrorizado a la pequeña
población durante las últimas semanas, la palabra «desapare-
cido» había adquirido un nuevo significado. Sólo unos pocos
días antes se había encontrado a la novena víctima, tan des-
trozada y mutilada como si la hubieran pasado por una pica-
dora de carne. Estaban matando a gente. Algo o alguien ata-
caba salvajemente en los alrededores de la ciudad, y la policía
de Raccoon no estaba obteniendo ningún resultado. Final-
mente habían llamado al comando local de los STARS para
que colaborase en la investigación.
Rebecca alzó ligeramente la barbilla, en un destello de or-
gullo que superó su nerviosismo. Aunque estaba graduada en
bioquímica, la habían asignado al equipo Bravo como médico
de campo. Hacía menos de un mes que pertenecía al grupo.
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Mi primera misión. Lo que quiere decir que más vale que no
la fastidie.
Respiró hondo y soltó el aire lentamente, mientras inten-
taba mantener una expresión neutra.
Edward le dedicó una sonrisa alentadora, y Sully se inclinó
hacia adelante en la abarrotada cabina para darle una palma-
dita tranquilizadora en la pierna. Al parecer, su fingida calma
no colaba. A pesar de todo lo lista que era y de lo preparada
que estaba para iniciar su carrera, no podía hacer nada res-
pecto a su edad, o respecto a parecer aún más joven. A sus die-
ciocho años, era la persona más joven que los STARS habían
aceptado nunca, desde su creación en 1967. Y como era la
única mujer en el equipo B de Raccoon, todos la trataban
como si fuera su hermana pequeña.
Suspiró, le devolvió la sonrisa a Edward y le hizo un gesto
a Sully con la cabeza. No era tan terrible tener un puñado de
tipos duros como hermanos mayores, vigilándola. Siempre y
cuando entendieran que podía cuidar de sí misma cuando hi-
ciera falta.
Eso creo, añadió para sí en silencio. Después de todo, era su
primera misión, y aunque estaba en perfecta forma física, su
experiencia en combate se limitaba a las simulaciones de vídeo
y a las misiones de entrenamiento de fin de semana. La Es-
cuadra de Tácticas Especiales y Rescates la quería en sus labo-
ratorios, pero era obligatorio cubrir un tiempo en servicio de
campo, y Rebecca necesitaba experiencia. De todas formas,
inspeccionarían los bosques en grupo. Si se encontraban con
la gente o con los animales que habían estado atacando a los
habitantes de Raccoon, tendría quien le cubriera las espaldas.
Se vio el destello de un rayo hacia el norte, cerca. El ruido
del trueno se perdió bajo el rugido del helicóptero. Rebecca
se inclinó ligeramente hacia adelante e intentó penetrar la os-
curidad. Había sido un día claro y despejado, pero justo an-
tes de la puesta de sol habían comenzado a formarse nubes.
No cabía duda de que volverían a casa mojados. Al menos iba
a ser una lluvia cálida; supuso que podría ser mucho…
¡Boom!
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Había estado tan concentrada pensando en la tormenta
que se cernía sobre ellos, que durante un segundo, incluso
mientras el helicóptero se inclinaba peligrosamente y caía,
creyó que se trataba del ruido de un trueno. Desde la cabina se
fue alzando un terrible gemido agudo y el suelo empezó a vi-
brar bajo sus botas. Captó el olor caliente del metal quemado
y del ozono.
¿Un rayo?
—¿Qué ha sido eso? —gritó alguien. Era Enrico, desde el
asiento del copiloto.
—¡El motor ha fallado! —explicó a gritos el piloto, Kevin
Dooley—. ¡Aterrizaje de emergencia!
Rebeca se sujetó con fuerza a un hierro de la estructura y
miró hacia sus compañeros para evitar la visión de los árbo-
les, que subían rápidamente hacia ellos. Observó el gesto de-
cidido y serio del mentón de Sully, los dientes apretados de
Edward y la mirada de preocupación que intercambiaron Ri-
chard y Forest mientras se agarraban a los salientes de la es-
tructura y los asideros de la vibrante pared. Delante, Enrico
estaba gritando alguna cosa, algo que Rebecca no pudo desci-
frar por encima del sonido agonizante del motor. Cerró los
ojos durante un instante, pensó en sus padres… Pero el viaje
era demasiado violento como para poder pensar. Los golpes y
los azotes de las ramas de los árboles sacudían el helicóptero
con tal estruendo que lo único que pudo hacer Rebecca fue no
perder la esperanza. El helicóptero giró fuera de control y se
precipitó describiendo una espiral escalofriante, entre sacudi-
das y bandazos.
Un segundo después todo había acabado. El silencio fue
tan repentino y completo que Rebecca pensó que se había
quedado sorda. Todo movimiento se detuvo. Entonces oyó el
goteo sobre el metal, el jadeo ahogado del motor y los feroces
latidos de su propio corazón. Se dio cuenta de que estaban en
tierra. Kevin lo había logrado, y sin un solo rebote.
—¿Estáis todos bien? —Enrico Marín, el capitán, estaba
medio vuelto en el asiento.
Rebecca unió su gesto inseguro al coro de afirmaciones.
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—¡Bien pilotado, Kev! —exclamó Forest, y se alzó un
nuevo coro. Rebecca estaba totalmente de acuerdo.
—¿Funciona la radio? —preguntó Enrico al piloto, que es-
taba dando golpecitos a los controles y moviendo los inte-
rruptores.
—Parece que se ha frito toda la parte eléctrica —contestó
Kev—. Debe de haber sido un rayo. No nos ha dado de lleno,
pero ha pasado lo suficientemente cerca. La baliza tampoco
funciona.
—¿Se puede arreglar?
Enrico formuló la pregunta para todos, pero miró a Ri-
chard, que era el oficial de comunicaciones. A su vez, Richard
miró a Edward, que se encogió de hombros. Edward era el
mecánico del equipo Bravo.
—Voy a echarle una ojeada —repuso Edward—, pero si
Kev dice que el transmisor está quemado, es que seguramente
lo está.
El capitán asintió con un lento movimiento de cabeza
mientras se acariciaba el bigote con una mano y consideraba
qué opciones tenían. Pasados unos segundos, suspiró.
—Llamé cuando el rayo nos alcanzó, pero no sé si el men-
saje salió —informó—. Tienen nuestras últimas coordenadas.
Si no informamos pronto, vendrán a buscarnos.
Los que vendrían a buscarlos eran el equipo Alfa de los
STARS. Rebecca asintió con los demás, sin estar segura de si
debía estar decepcionada o no. Su primera misión había aca-
bado incluso antes de empezar.
Enrico volvió a tocarse el bigote, atusándoselo en las comi-
suras de la boca con los dedos índice y pulgar.
—Todo el mundo afuera —ordenó—. Veamos dónde es-
tamos.
Salieron uno a uno de la cabina. Rebecca se fue dando
cuenta de la situación en la que se hallaban mientras se iban
reuniendo en la oscuridad. Tenían muchísima suerte de estar
vivos.
Nos ha caído un rayo. Y mientras buscamos asesinos locos, ni
más ni menos, pensó, sorprendiéndose. Incluso si la misión ha-
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bía concluido, sin duda había sido lo más excitante que le
había pasado nunca.
El aire se notaba cálido y cargado de la inminente lluvia.
Las sombras eran profundas. Pequeños animales correteaban
por el sotobosque. Se encendieron un par de linternas y los
haces de luz cortaron la oscuridad mientras Enrico y Edward
rodeaban el helicóptero examinando los daños. Rebecca sacó
su linterna de la mochila, aliviada de no habérsela olvidado.
—¿Cómo lo llevas?
Rebecca se volvió y vio a Ken «Sully» Sullivan sonriéndole.
Había sacado su arma, y el cañón de la nueve milímetros
apuntaba hacia el nuboso cielo, recordándole tristemente cuál
era la razón de su presencia allí.
—Realmente sabéis cómo hacer una entrada sonada, ¿no?
—bromeó, devolviéndole la sonrisa.
El hombre alto rió, y los blancos dientes resaltaron contra
la oscuridad de la piel.
—La verdad es que siempre hago esto para los nuevos re-
clutas. Es un gasto en helicópteros, pero tenemos que mante-
ner nuestra reputación.
Rebecca estaba a punto de preguntar qué opinaría el jefe
de policía de ese gasto —era nueva en la zona, pero ya había
oído decir que el jefe Irons era famoso por su tacañería—
cuando Enrico se unió a ellos, sacando su arma y alzando la
voz para que todos pudieran oírlo.
—De acuerdo, chicos. Abrámonos en abanico e inspeccio-
nemos los alrededores. Kev, quédate en el helicóptero. El
resto, no os separéis demasiado, sólo quiero que aseguréis la
zona. El equipo Alfa podría estar aquí en menos de una hora.
No completó la frase, no dijo que también podría pasar
mucho más tiempo, pero era innecesario. Al menos por el mo-
mento, estaban solos.
Rebecca sacó la nueve milímetros de la funda y comprobó
cuidadosamente los cargadores y la recámara como le habían
enseñado, con el arma en posición vertical para evitar apun-
tar a alguien sin darse cuenta. Los otros se movían a ambos
lados, comprobando sus armas y encendiendo las linternas.
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Rebecca respiró hondo y comenzó a andar en línea recta, en-
focando el rayo de luz de la linterna hacia adelante. Enrico
estaba sólo a unos cuanto metros y avanzaba en paralelo a ella.
Se había alzado una fina neblina baja, que se enrollaba en-
tre los matojos como una marea fantasmal. A unos doce me-
tros, los árboles se abrían y formaban un sendero lo suficien-
temente ancho para considerarse una carretera pequeña, aun-
que la niebla le impedía estar segura. Todo estaba en silencio
excepto por los truenos, que sonaban más cerca de lo que se
había esperado; tenían la tormenta casi encima. El haz de luz
iluminó árboles, luego oscuridad y luego otra vez árboles,
con un destello de lo que parecía…
—¡Mire, capitán!
Enrico se puso a su lado y, en segundos, cinco luces más
se dirigieron hacia el brillo metálico que Rebecca había visto
y lo iluminaron: una estrecha carretera de tierra y un jeep
volcado. Mientras el equipo se acercaba, Rebecca pudo ver
las letras PM grabadas en un lado. Policía Militar. Vio una
pila de ropa que salía por el parabrisas roto y frunció el en-
trecejo. Se acercó para ver mejor y, mientras rebuscaba el kit
médico, corrió a arrodillarse junto al jeep volcado. Ya antes
de agacharse supo que no podría hacer nada. Había tanta
sangre…
Dos hombres. Uno había salido disparado limpiamente y
yacía a unos cuantos metros. El otro, el hombre rubio que te-
nía ante sí, aún tenía medio cuerpo dentro del jeep. Ambos
llevaban ropa militar de trabajo. El rostro y la parte superior
del cuerpo de ambos habían sido horriblemente mutilados.
Tenían grandes desgarros en la piel y en los músculos, y unas
heridas profundas en el cuello. Era imposible que fueran re-
sultado del accidente.
Pensativa, Rebecca le buscó el pulso y se fijó en que la piel
estaba muy fría. Se incorporó y fue hacia el otro cadáver; de
nuevo buscó alguna señal de vida, pero estaba tan frío como el
primero.
—¿Crees que son de Ragithon? —preguntó Richard. Re-
becca vio un maletín junto a la pálida mano extendida del se-
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gundo cadáver y fue a buscarlo medio agachada. La respuesta
de Enrico le llegó mientras levantaba la tapa del maletín.
—Es la base más cercana, pero mira la insignia. Son mari-
nes. Podrían ser de Donnell —dijo.
Sobre un puñado de carpetas de informes había un sujeta-
papeles con un documento de aspecto oficial. En la esquina
superior izquierda se veía la foto de carnet de un hombre
apuesto y de ojos oscuros vestido de civil. Ninguno de los ca-
dáveres se le parecía. Rebeca alzó las hojas y leyó en silen-
cio… y se le quedó la boca seca.
—¡Capitán! —consiguió decir, mientras se levantaba.
Enrico levantó la vista desde donde se hallaba agachado
junto al jeep.
—¿Sí? ¿Qué ocurre?
Rebecca leyó en voz alta la parte relevante.
—Una orden judicial para transportar a alguien… «Pri-
sionero William Coen, ex teniente, de veintiséis años de
edad. Sometido a un consejo de guerra y sentenciado a muer-
te el 22 de julio. El prisionero será transportado a la base de
Ragithon para ser ejecutado.»
El teniente había sido acusado de asesinato en primer
grado.
Edward le cogió el documento de las manos. Dijo en voz
alta y cargada de furia lo que ya se estaba formando en la
mente de Rebecca.
—Estos pobres soldados. Sólo estaban haciendo su tra-
bajo, y ese canalla los ha asesinado y se ha escapado.
Enrico, a su vez, le tomó los documentos de las manos a
él y les echó una rápida ojeada.
—Muy bien, muchachos. Cambio de planes. Tenemos un
asesino suelto. Separémonos y reconozcamos la zona más pró-
xima, a ver si podemos localizar al teniente Billy. Manteneos
alerta e informad cada quince minutos, pase lo que pase.
Todos hicieron gestos de asentimiento. Rebecca respiró
hondo mientras los otros comenzaban a moverse y comprobó
su reloj, decidida a ser tan profesional como cualquier otro
componente del equipo. Quince minutos sola, ningún pro-
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blema. ¿Qué podía pasar en quince minutos? Sola, en medio
de esos bosques tan oscuros.
—¿Tienes tu radio?
Rebecca pegó un bote y se volvió al oír la voz de Edward.
El mecánico estaba justo a su espalda y le dio una palmadita
en el hombro, sonriendo.
—Tranquila, nena.
Rebecca le devolvió la sonrisa, aunque odiaba que la lla-
maran «nena». ¡Por el amor de Dios, Edward sólo tenía veinti-
séis años! Rebecca dio unos golpecitos a la unidad de radio
que colgaba de su cinturón.
—Comprobado.
Edward hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se alejó.
Su mensaje era claro y tranquilizador. Rebecca no estaría real-
mente sola, no mientras tuviera la radio. Miró alrededor y vio
que algunos de los otros ya estaban fuera de su vista. Kevin se-
guía en el asiento del piloto y estaba examinando el portafolios
que ella había encontrado. La vio y le dedicó un saludo mili-
tar. Rebecca alzó el pulgar y cuadró los hombros mientras vol-
vía a desenfundar su arma y se adentraba en la noche. En lo
alto, retumbó un trueno.
Albert Wesker se hallaba sentado en la planta de trata-
miento Con B1. La única luz en la sala provenía del parpa-
deo de seis monitores de observación, que cambiaban de ima-
gen en rotaciones de cinco segundos. Se veían todos los nive-
les del centro de formación, los pisos superior e inferior de la
planta de tratamiento del agua y el túnel que conectaba a los
dos. Contempló las silenciosas pantallas en blanco y negro
sin verlas realmente; la mayor parte de su atención estaba
centrada en la transmisión que estaba recibiendo de los del co-
mando de limpieza. Un grupo de tres hombres —bueno, dos
y el piloto— estaba de camino en helicóptero, en silencio la
mayor parte del tiempo; eran profesionales y no perdían el
tiempo con bromas de machos o chistes de jovencitos, lo que
significaba que Wesker estaba oyendo un montón de estática.
Ningún problema; el ruido blanco combinaba bien con los
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rostros inexpresivos de mirada fija que veía en los monitores,
los cuerpos destrozados tirados por los rincones, los hombres
que habían sido infectados vagando sin rumbo por los corre-
dores vacíos. Como en la mansión y los laboratorios Arklay, a
unos cuantos kilómetros de allí, los campos privados de entre-
namiento de White Umbrella y los centros conectados a ellos
habían sido atacados por el virus.
—Tiempo de llegada estimado, treinta minutos, cambio
—dijo el piloto, y su voz resonó en la sala tenuemente ilumi-
nada.
—Recibido —contestó Wesker, inclinándose sobre el
micro.
De nuevo silencio. No hacía falta hablar sobre lo que ocu-
rriría cuando llegaran al tren… y, aunque era un canal se-
guro, era mejor no decir más de lo estrictamente necesario.
Umbrella se había cimentado en el secreto, una característica
del gigante farmacéutico que, en los niveles superiores de ges-
tión, todos seguían respetando. Incluso de los negocios legíti-
mos de la compañía, cuanto menos se hablase, mejor.
Todo se está viniendo abajo, pensó Wesker sin preocuparse,
mientras observaba las pantallas. La mansión Spencer y los
laboratorios que la rodeaban habían caído a mediados de
mayo. White Umbrella lo tomó como un «accidente», y se
sellaron los laboratorios hasta que los investigadores y el per-
sonal infectado pasaran a ser «inefectivos». Después de todo,
siempre ocurren errores. Pero la pesadilla del centro de forma-
ción, que aún se estaba representando ante él, había sucedido
a continuación, menos de un mes después…, y hacía sólo
unas cuantas horas, el maquinista del tren privado de Um-
brella, el Expreso Eclíptico, había apretado el botón de alarma
de peligro biológico.
Así que no sirvió de nada encerrarlo, el virus se filtró y se es-
parció. Es así de simple… ¿no?
En el comedor del centro de formación había un puñado
de reclutas infectados. Uno de ellos caminaba en círculos irre-
gulares alrededor de lo que había sido una bonita mesa. Le go-
teaba algún fluido viscoso de una fea herida en la cabeza mien-
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tras avanzaba a trompicones, sin conciencia de dónde estaba,
ni del dolor, ni de nada. Wesker apretó varias teclas del panel
de control que se hallaba bajo el monitor para impedir que la
imagen cambiara. Se recostó en la silla y se dedicó a observar
al caminante condenado dar vueltas alrededor de la mesa.
—Podría haber sido sabotaje —dijo en voz baja. No po-
día estar seguro. De ser así, estaba preparado para parecer na-
tural; un vertido en el laboratorio de Arklay, un aislamiento
incompleto. Unas cuantas semanas después, un par de excur-
sionistas desaparecidos, posiblemente obra de uno o dos suje-
tos experimentales escapados; y unas semanas más tarde, in-
fección en el segundo centro de White Umbrella. Era muy
improbable que uno de los portadores del virus hubiera ido a
parar por casualidad a uno de los otros laboratorios de Rac-
coon, pero era posible… Excepto que en ese momento tenía
que pensar también en el tren. Y eso no parecía un accidente.
Daba la sensación de estar… planeado.
Mierda, podría haberlo hecho yo mismo, si se me hubiera
ocurrido.
Desde hacía algún tiempo había estado buscando la forma
de salir de todo esto, cansado de trabajar para una gente que
eran claramente inferiores a él, y plenamente consciente de
que pasar demasiado tiempo en la nómina de White Umbre-
lla no era muy aconsejable para la salud. Y ahora pretendían
que condujera a los STARS a la mansión y a los laboratorios
de Arklay para descubrir qué tal lo hacían las mascotas guerre-
ras de Umbrella contra soldados armados. ¿Y les preocupaba
que él pudiera morir en la misión? En absoluto, siempre y
cuando registrara los datos primero, de eso estaba seguro.
Investigadores, médicos, técnicos, cualquiera que trabajara
para White Umbrella durante más de una década o dos tenía
la costumbre de acabar desapareciendo o muriendo. George
Trevor y su familia, el doctor Marcus, Dees, el doctor Darius,
Alexander Ashford… Y ésos eran sólo los nombres de los más
importantes. Sólo Dios sabía cuánta gente menos importante
había acabado enterrada en alguna parte… o se había trans-
formado en el sujeto experimental A, B o C.
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La sombra de una sonrisa se le formó en la comisura de
la boca. Pensándolo bien, él sí que tenía una buena idea
de cuántos. Trabajaba para White Umbrella desde finales de
los años setenta, y la mayor parte de ese tiempo había estado
destinado al área de Raccoon. Y había visto a los matasanos
utilizar a un buen número de sujetos experimentales, muchos
de los cuales él mismo había ayudado a conseguir. Tendría
que haber dejado Umbrella hacía ya tiempo…, y si lograba
conseguir los datos que querían los peces gordos, quizá hasta
podría lanzarse a una pequeña escaramuza de buen regateo,
un regalo de despedida para financiar su jubilación. White
Umbrella no era el único grupo interesado en la investigación
de armas biológicas.
Pero primero, una buena limpieza al tren.
Y a este lugar, pensó, contemplando cómo el soldado con
la herida en la cabeza tropezaba con una silla e iba a parar al
suelo. El centro de formación estaba conectado con la planta
«privada» de tratamiento del agua por un túnel subterráneo; se
tendría que despejar todo.
Pasaron unos segundos, y el soldado que se veía en la pan-
talla consiguió ponerse en pie y siguió su paseo a ninguna
parte. Parecía tener un tenedor clavado en el hombro derecho,
un recuerdo de la caída. El soldado, naturalmente, no lo notó.
Se trataba de una enfermedad encantadora. Sin duda se ha-
brían dado el mismo tipo de escenas en los laboratorios Ar-
klay, de eso Wesker estaba convencido; las últimas llamadas
desesperadas desde el laboratorio en cuarentena habían mos-
trado un retrato muy vívido de la gran efectividad del vi-
rus-T. Eso también se tendría que limpiar, pero no hasta que
hubiera llevado allí a los STARS para un pequeño ejercicio de
entrenamiento.
Iba a ser un encuentro interesante. Los STARS eran bue-
nos, él personalmente había elegido a la mitad de ellos, pero
nunca se habían enfrentado a nada parecido al virus-T. El sol-
dado agonizante de la pantalla era un ejemplo perfecto: car-
gado del virus recombinante, seguía recorriendo el comedor,
incansable, lenta y estúpidamente. No sentía ningún dolor, y
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atacaría sin dudarlo a cualquiera o cualquier cosa que se cru-
zara en su camino, con el virus buscando constantemente
nuevos portadores a los que infectar. Aunque el vertido origi-
nal supuestamente había contaminado el aire, pasado ese
tiempo, el virus sólo se contagiaba a través de los fluidos cor-
porales. Por la sangre, o por un mordisco… Y el soldado tan
sólo era un hombre, a fin de cuentas; el virus-T atacaba a todo
tipo de tejido vivo, y había otros… animales… para ver en
acción, incluyendo desde creaciones de laboratorio a la fauna
local.
Enrico debería de tener ya a los Bravo en acción, buscando
a los excursionistas desaparecidos, pero no era muy probable
que encontraran nada allí donde había planeado buscar. Muy
pronto, Wesker se encargaría de organizar una excursión de
los dos equipos a la «desierta» mansión Spencer. Entonces
borraría todas las pruebas, iniciaría su nueva y rica vida, y
mandaría al infierno a White Umbrella, al infierno su vida de
agente doble, jugando con las vidas de hombres y mujeres que
no le importaban en absoluto.
El hombre agonizante de la pantalla volvió a caerse, consi-
guió levantarse con esfuerzo y continuó dando vueltas.
—A por el oro, muchacho —dijo Wesker, y soltó una ri-
sita que resonó en el oscuro vacío.
Algo se movió entre los matorrales. Algo mayor que una
ardilla.
Rebecca se volvió hacia el sonido mientras dirigía el haz
de la linterna y su nueve milímetros hacia el matojo. La luz
captó el final del movimiento, las hojas aún se movían y la
luz de la linterna temblaba al mismo ritmo. Se acercó un paso,
tragando saliva y contando hacia atrás desde diez. Fuera lo que
fuera, se había ido.
Un mapache, seguro. O quizá el perro de alguien que se ha es-
capado.
Miró el reloj convencida de que debía de ser la hora de re-
gresar, pero vio que únicamente había estado sola durante
poco más de cinco minutos. No había visto u oído nada desde
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que se alejó del helicóptero; era como si todos los demás hu-
bieran desaparecido de la faz de la tierra.
O he desaparecido yo, pensó sombría. Bajó ligeramente el
cañón de la pistola y miró hacia atrás para comprobar su po-
sición. Había estado dirigiéndose más o menos hacia el sur-
oeste del lugar donde habían aterrizado; seguiría adelante du-
rante unos minutos y luego…
Rebecca parpadeó sorprendida al ver una pared de metal
bajo la luz de la linterna, a menos de diez metros. Recorrió la
superficie con el haz y vio ventanas, una puerta…
—Un tren —murmuró, frunciendo el entrecejo. Le pare-
cía recordar algo sobre una vía en aquella zona… Umbrella,
la corporación farmacéutica, tenía una línea privada que iba
de Latham a Raccoon City, ¿no? No estaba muy segura de la
historia porque no era de la región, pero juraría que la compa-
ñía se había fundado en Raccoon. La sede principal de Um-
brella se había trasladado a Europa hacía algún tiempo, pero
aún seguían siendo los dueños de casi toda la ciudad.
¿Y qué hace esto aquí, en medio del bosque, a estas horas de
la noche?
Recorrió el tren de arriba abajo con el haz de luz y descu-
brió que había cinco vagones altos, de dos pisos cada uno.
Justo bajo el techo del vagón que tenía delante vio escrito EX-
PRESO ECLÍPTICO. Había unas cuantas bombillas encendidas,
pero eran muy tenues, con una luz casi incapaz de atravesar las
ventanas, y de éstas, varias estaban rotas. Le pareció ver la si-
lueta de una persona junto a una de las que permanecían in-
tactas, pero no se movía. Quizá estuviera durmiendo.
O herida, o muerta. Tal vez esta cosa se detuvo porque Billy
Coen encontró la manera de llegar a la vía.
¡Menuda idea! En ese mismo momento podía encontrarse
dentro, con rehenes. Había llegado la hora de pedir refuerzos.
Movió la mano hacia la radio, pero se detuvo.
O quizá el tren se averió hace un par de semanas y todavía
sigue aquí, y todo lo que encontrarás dentro será una colonia
de marmotas.
¿Se burlarían los del equipo de eso? No, se mostrarían muy
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amables, pero ella tendría que aguantar que le tomaran el pelo
durante semanas o incluso meses por pedir refuerzos para en-
trar en un tren vacío.
Volvió a mirar el reloj y vio que habían pasado dos minu-
tos desde la última vez. De repente, sintió que una gota de un
líquido frío le caía en la nariz y después otra en el brazo. Luego
oyó el repique suave y musical de cientos de gotas que caían
sobre las hojas y la tierra, y finalmente de miles, cuando la tor-
menta por fin se desencadenó.
La lluvia decidió por ella; echaría un vistazo rápido al in-
terior del tren antes de regresar, sólo para asegurarse de que
todo estaba como debería estar. Si Billy no rondaba por ahí,
al menos podría informar de que el tren parecía estar despe-
jado. Y si él estaba allí…
—Tendrás que vértelas conmigo —murmuró, y sus pala-
bras se perdieron en el estruendo de la tormenta, que fue arre-
ciando mientras ella avanzaba hacia el tren.
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