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Libro de Pedro Paramo

Este resumen proporciona la información fundamental del documento en 3 oraciones: El narrador llega al pueblo de Comala para conocer a su padre Pedro Páramo, de quien su madre sólo le contó antes de morir. Un arriero lo acompaña parte del camino y le revela que también es hijo ilegítimo de Pedro Páramo. Al llegar a Comala, el narrador observa las casas vacías y calles desiertas del pueblo.

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Libro de Pedro Paramo

Este resumen proporciona la información fundamental del documento en 3 oraciones: El narrador llega al pueblo de Comala para conocer a su padre Pedro Páramo, de quien su madre sólo le contó antes de morir. Un arriero lo acompaña parte del camino y le revela que también es hijo ilegítimo de Pedro Páramo. Al llegar a Comala, el narrador observa las casas vacías y calles desiertas del pueblo.

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Juan Rulfo Para el que va, sube; para él que viene, baja.

»
(1918-1986)
      —¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
Pedro Páramo (1955)       —Comala, señor.
      —¿Está seguro de que ya es Comala?
      VINE A COMALA porque me dijeron que acá vivía mi padre, un
      —Seguro, señor.
tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría
      —¿ Y por qué se ve esto tan triste?
a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que
      —Son los tiempos, señor.
lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo
      Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre;
todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este
de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella
modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.»
suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo
Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de
vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas,
tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos
porque me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los
les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla
       Todavía antes me había dicho:
por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la
      —No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo
tierra, iluminándola durante la noche.» Y su voz era secreta, casi
obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi
apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre.
hijo, cóbraselo caro.
      —¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? —oí que me
      —Así lo haré, madre.
preguntaban.
      Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto
      —Voy a ver a mi padre contesté.
comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de
      —¡Ah! — dijo él.
este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza
       Y volvimos al silencio.
que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre.
       Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los
Por eso vine a Comala.
burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de
agosto.
      Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla
      —Bonita fiesta le va a armar —volví a oír la voz del que iba allí
caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias.
a mi lado—. Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos
      El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene.
1
años que nadie viene por aquí. cuar, cuar, cuar.
      Luego añadió:       Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más.
      —Sea usted quien sea, se alegrará de verlo. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo
      En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un       —Hace calor aquí —dije.
horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más       —Sí, y esto no es nada me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo
allá, la más remota lejanía. sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre
      —¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber? las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que
      —No lo conozco —le dije—. Sólo sé que se llama Pedro muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por
Páramo. su cobija.
      —¡Ah!, vaya.       —¿ Conoce usted a Pedro Páramo? — le pregunté.
      —Sí, así me dijeron que se llamaba.        Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
       Oí otra vez el «¡ah!» del arriero.       —¿Quién es? —volví a preguntar.
       Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban       —Un rencor vivo —me contestó él.
varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció       Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los
este hombre. burros iban mucho más adelante de nosotros, encarrerados por la
      —¿A dónde va usted? —le pregunté. bajada.
      —Voy para abajo, señor.        Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa,
      —¿Conoce un lugar llamado Comala? calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato
      —Para allá mismo voy. viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella.
      Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una
que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó la prisa de su cazuela llena de yerbas: hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de
carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue
los hombros. enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y
      —Yo también soy hijo de Pedro Páramo —me dijo. así parecía ser.; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de
       Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande, donde bien

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podía caber el dedo del corazón. negras reflejan la luz amarilla del sol.
      Es el mismo que traigo aquí, pensando que podría dar buen       Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma
resultado para que mi padre me reconociera. hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el
      —Mire usted —me dice el arriero, deteniéndose— ¿Ve aquella aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día.
loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños
Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja de aquel cerro? revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Véala. Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi       Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis
no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media Luna de pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las
punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las
con la mirada. Y es de él todo ese terrenal. El caso es que nuestras paredes teñidas por el sol del atardecer.
madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro       Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías;
Páramo. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar. Con usted las puertas desportilladas, invadidas de yerba. ¿ Cómo me dijo aquel
debe haber pasado lo mismo, ¿no? fulano que se llamaba esta yerba? «La capitana, señor. Una plaga
      —No me acuerdo. que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así las
      —¡Váyase mucho al carajo! verá usted.»
      —¿Qué dice usted?       Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que
      —Que ya estamos llegando, señor. desapareció como si no existiera. Después volvieron a moverse mis
      —Sí, ya lo veo. ¿ Qué paso por aquí? pasos y mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas.
      —Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros. Hasta que nuevamente la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
      —No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si       —¡Buenas noches! —me dijo.
estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.       La seguí con la mirada. Le grité:
       —No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.       —¿Dónde vive doña Eduviges?
      —¿ Y Pedro Páramo?       Y ella señaló con el dedo:
      —Pedro Páramo murió hace muchos años.       —Allá. La casa que está junto al puente.
      Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los       Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su
pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al

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hablar, y que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que vive quiere quedarse aquí, ahí se lo haiga;. Y me quedé. A eso venía.
sobre la tierra.       —¿Dónde podré encontrar alojamiento? —le pregunté ya casi a
      Había oscurecido. gritos.
      Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños       —Busque a doña Eduviges, si es que todavía vive. Dígale que va
jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y de mi parte.
que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba       —¿Y cómo se llama usted?
acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de       —Abundio —me contestó. Pero ya no alcancé a oír el apellido.
ruidos y de voces.       —Soy Eduviges Dyada. Pase usted.
      De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor. Se       Parecía que me hubiera estado esperando. Tenía todo dispuesto,
quedaban dentro de uno, pesadas. Me acordé de lo que me había según me dijo haciendo que la siguiera por una larga serie de cuartos
dicho mi madre: «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. oscuros, al parecer desolados. Pero no; porque, en cuanto me
Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi acostumbré a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi
muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.» Mi crecer sombras a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través
madre. . . la viva. de un angosto pasillo abierto entre bultos.
      Hubiera querido decirle: «Te equivocaste de domicilio. Me diste       —¿ Qué es lo que hay aquí? —pregunté.
una dirección mal dada. Me mandaste al “¿dónde es esto y dónde es       —Tiliches —me dijo ella —. Tengo la casa toda entilichada. La
aquello?” A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe.» escogieron para guardar sus muebles los que se fueron, y nadie ha
      Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del río. regresado por ellos. Pero el cuarto que le he reservado está al fondo.
Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió en el aire como Lo tengo siempre descombrado por si alguien viene. ¿ De modo que
si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba allí. Me dijo: usted es hijo de ella?
      —Pase usted.       —¿De quién ? —respondí.
      Y entré.       —De Doloritas.
      Me había quedado en Comala. El arriero, que se siguió de filo,       —Sí ¿pero cómo lo sabe?
me informó todavía antes de despedirse:       —Ella me avisó que usted vendría. Y hoy precisamente. Que
      —Yo voy más allá, donde se ve la trabazón de los cerros. Allá llegaría hoy.
tengo mi casa. Si usted quiere venir, será bienvenido. Ahora que si       —¿Quién? ¿Mi madre?

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      —Sí. Ella. de que la alcanzaré. Sólo yo entiendo lo lejos que está el cielo de
      Yo no supe qué pensar. Ni ella me dejó en qué pensar: nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en
      —Éste es su cuarto —me dijo. morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo
      No tenía puertas, solamente aquella por donde habíamos entrado. disponga. O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de tiempo.
Encendió la vela y lo vi vacío. Perdóname que te hable de tú; lo hago porque te considero como mi
      —Aquí no hay dónde acostarse le dije. hijo. Sí, muchas veces dije: «El hijo de Dolores debió haber sido
      —No se preocupe por eso. Usted ha de venir cansado y el sueño mío.» Después te diré por qué. Lo único que quiero decirte ahora es
es muy buen colchón para el cansancio. Ya mañana le arreglaré su que alcanzaré a tu madre en alguno de los caminos de la eternidad.
cama. Como usted sabe, no es fácil ajuarear las cosas en un dos por       Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí nada.
tres. Para eso hay que estar prevenido, y la madre de usted no me Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que
avisó sino hasta ahora. parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y
      —Mi madre —dije—, mi madre ya murió. cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.
      —Entonces ésa fue la causa de que su voz se oyera tan débil,       —Estoy cansado —le dije.
como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para       —Ven a tomar antes algún bocado. Algo de algo. Cualquier
llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y cuánto hace que murió? cosa.
      —Hace ya siete días.       —Iré. Iré después.
      —Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos       El agua que goteaba de las tejas hacia un agujero en la arena del
hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja
ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se necesitara, por si acaso de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los
encontráramos alguna dificultad. Éramos muy amigas. ¿Nunca le ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la
habló de mí? brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia
      —No, nunca. espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se
      —Me parece raro. Claro que entonces éramos unas chiquillas. Y empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran, sacudían
ella estaba apenas recién casada. Pero nos queríamos mucho. Tu de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa atrapando las
madre era tan bonita, tan, digamos, tan tierna, que daba gusto lombrices desenterradas por la lluvia. Al recorrerse las nubes, el sol
quererla. ¿De modo que me lleva ventaja, no? Pero ten la seguridad sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de

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la tierra, jugaba con el aire de la mañana. tiempo en el escusado. Además, debías de ocuparte en algo. ¿Por
      —¿Qué, tanto haces en el escusado, muchacho? qué no vas con tu abuela a desgranar maíz?
      —Nada, mamá.      —Ya voy, mamá. Ya voy.
      —Si sigues allí, va a salir una culebra y te va a morder.     —Abuela, vengo a ayudarte a desgranar maíz.
      —Si mamá.     —Ya terminamos; pero vamos a hacer chocolate. ¿Dónde te
      “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos habías metido? Todo el rato que duró la tormenta te anduvimos
papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente buscando.
del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en     —Estaba en el otro patio.
tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento.     —¿Y qué estabas haciendo? ¿Rezando?
‘Ayúdame, Susana’. Y unas manos suaves se apretaban a nuestras     —No, abuela, solamente estaba viendo llover.
manos. ‘Suelta más hilo’.     La abuela lo miró con aquellos ojos grises, medio amarillos, que
      “El aire nos hacía reír, juntaba la mirada de nuestros ojos, ella tenía y que parecían adivinar lo que había dentro de uno.
mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se      —Vete, pues, a limpiar el molino.
rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas     “A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho
de algún pájaro. Y allá arriba, él pájaro de papel caía en maromas más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la
arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra. inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no
      “Tus labios estaban mojados como si los hubiera besado el puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras.”
rocío.”     —Abuela, el molino no sirve, tiene el gusano roto.
      —Te he dicho que te salgas del escusado, muchacho.     —Esa Micaela ha de haber molido molcates en él. No se le quita
      —Sí, mamá. Ya voy. esa mala costumbre; pero en fin, ya no tiene remedio.
     “De ti me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome con tus      —¿ Por qué no compramos otro? Éste ya de tan viejo ni servía.
ojos de aguamarina.”      —Dices bien. Aunque con los gastos que hicimos para enterrar a
     Alzó la vista y miró a su madre en la puerta. tu abuelo y los diezmos que le hemos pagado a la Iglesia nos hemos
     —¿Por qué tardas tanto en salir? ¿Qué haces aquí? quedado sin un centavo. Sin embargo, haremos un sacrificio y
     —Estoy pensando. compraremos otro. Sería bueno que fueras a ver a doña Inés
     —¿Y no puedes hacerlo en otra parte? Es dañoso estar mucho Villalpando y le pidieras que nos lo fiara para octubre. Se lo

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pagaremos en las cosechas.      Pero él ya no oyó. Iba muy lejos.
     —Si, abuela.      Por la noche volvió a llover. Se estuvo oyendo el borbotar del
     —Y de paso, para que hagas el mandado completo, dile que nos agua durante largo rato: luego se ha de haber dormido, porque
empreste un cernidor y una podadera; con lo crecidas que están las cuando despertó sólo se oía una llovizna callada. Los vidrios de la
matas ya mero se nos meten en las trasijaderas. Si yo tuviera mi casa ventana estaban opacos, y del otro lado las gotas resbalaban en hilos
grande, con aquellos grandes corrales que tenía, no me estaría gruesos como de lágrimas. “Miraba caer las gotas iluminadas por los
quejando. Pero tu abuelo le jerró con venirse aquí. Todo sea por relámpagos, y cada que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba,
Dios: nunca han de salir las cosas como uno quiere. Dile a doña Inés pensaba en ti, Susana.”
que le pagaremos en las cosechas todo lo que le debemos.      La lluvia se convertía en brisa. Oyó: “El perdón de los pecados y
     —Si, abuela. la resurrección de la carne. Amén.” Eso era acá adentro, donde unas
     Había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas mujeres rezaban el final del rosario. Se levantaban; encerraban los
entre las flores del jazmín, que se caía de flores. pájaros; atrancaban la puerta; apagaban la luz.
      Se dio una vuelta por la repisa del Sagrado Corazón y encontró      Sólo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia como un
veinticuatro centavos. Dejó los cuatro centavos y tomó el veinte. murmullo de grillos...
     —Antes de salir, su madre lo detuvo:      —¿Por qué no has ido a rezar el rosario? Estamos en el novenario
     —¿Adónde vas? de tu abuelo.
     —Con doña Inés Villalpando por un molino nuevo. El que      Allí estaba su madre en el umbral de la puerta, con una vela en la
teníamos se quebró. mano. Su sombra descorrida hacía el techo, larga, desdoblada. Y las
     —Dile que te dé un metro de tafeta negra, como ésta -y le dio la vigas del techo la devolvían en pedazos, despedazada.
muestra-. Que lo cargue en nuestra cuenta.      —Me siento triste —dijo.
     —Muy bien, mamá.      Entoces ella se dió vuelta. Apagó la llama de la vela. Cerró la
    —A tu regreso cómprame unas cafiaspirinas. En la maceta del puerta y abrió sus sollozos, que se siguieron oyendo confundidos con
pasillo encontrarás dinero. la lluvia.
     Encontró un peso. Dejó el veinte y agarró el peso. “Ahora me      El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra,
sobrará dinero para lo que se ofrezca”, pensó. como si se hubiera encogido el tiempo.
     —¡Pedro! —le gritaron—. ¡Pedro!      —Pues sí, yo estuve a punto de ser tu madre. ¿Nunca te platicó

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ella nada de esto?      —Estoy de acuerdo con usted.
     —No. Sólo me contaba cosas buenas. De usted vine a saber por el      —Bueno, volviendo a tu madre, te iba diciendo. . .
arriero que me trajo hasta aquí un tal Abundio.      Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía frente a
      -El bueno de Abundio. ¿Así que todavía me recuerda? Yo le mí. Pensé que debía haber pasado por años difíciles. Su cara se
daba sus propinas por cada pasajero que encaminara a mi casa. Y a transparentaba. como si no tuviera sangre, y sus manos estaban
los dos nos iba bien. Ahora, desventuradamente, los tiempos han marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los ojos.
cambiado, pues desde que esto está empobrecido ya nadie se Llevaba un vestido blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del
comunica con nosotros. ¿De modo que él te recomendó que vinieras cuello, enhilada en un cordón, le colgaba una María Santísima del
a verme? Refugio con un letrero que decía: “Refugio de pecadores.”
     —Me encargó que la buscara.      —. . . Ese sujeto de que te estoy hablando trabajaba como
     —No puedo menos que agradecérselo. Fue buen hombre y muy “amansador” en la Media Luna; decía llamarse Inocencio Osorio.
cumplido. Era quien nos acarreaba el correo, y lo siguió haciendo Aunque todos lo conocíamos por el mal nombre del Saltaperico por
todavía después que se quedó sordo. Me acuerdo del desventurado ser muy liviano y ágil para los brincos. Mi compadre Pedro decía
día que le sucedió su desgracia. Todos nos conmovimos porque que estaba que ni mandado a hacer para amansar potrillos; pero lo
todos lo queríamos. Nos llevaba y traía cartas. Nos contaba cómo cierto es que él tenía otro oficio: el de “provocador”. Era provocador
andaban las cosas allá del otro lado del mundo, y seguramente a de sueños. Eso es lo que era verdaderamente. Y a tu madre la enredó
ellos les contaba cómo andábamos nosotros. Era un gran platicador. como lo hacía con muchas. Entre otras, conmigo. Una vez que me
Después ya no. Dejó de hablar. Decía que no tenía sentido ponerse a sentí enferma se presentó y me dijo: “Te vengo a pulsear para que te
decir cosas que él no oía, que no le sonaban a nada, a las que no les alivies.” Y todo aquello consistía en que se soltaba sobándola a una,
encontraba ningún sabor. Todo sucedió a raíz de que le tronó muy primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos;
cerca de la cabeza uno de esos cohetones que usamos aquí para después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en
espantar las culebras de agua. Desde entonces enmudeció, aunque no frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y,
era mudo; pero, eso sí, no se le acabó lo buena gente. mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro. Se ponía en trance,
     —Este de que le hablo oía bien. remolineaba los ojos invocando y maldiciendo; llenándote de
     —No debe ser él. Además, Abundio ya murió. Debe haber escupitajos como hacen los gitanos. A veces se quedaba en cueros
muerto seguramente. ¿ Te das cuenta? Así que no puede ser él. porque decía que ése era nuestro deseo. Y a veces le atinaba; picaba

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por tantos lados que con alguno tenía que dar.       “—¿Qué te hizo? —me preguntó.
      “La cosa es que el tal Osorio le pronosticó a tu madre, cuando       “—Todavía no lo sé —le contesté.
fue a verlo, que ‘esa noche no debía repegarse a ningún hombre       “Al año siguiente naciste tú; pero no de mí, aunque estuvo en un
porque estaba brava la luna’. pelo que así fuera.
      “Dolores fue a decirme toda apurada que no podía. Que       “Quizá tu madre no te contó esto por vergüenza.
simplemente se le hacía imposible acostarse esa noche con Pedro       “. . . Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el
Páramo. Era su noche de bodas. y ahí me tienes a mí tratando de viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de
convencerla de que no se creyera del Osorio, que por otra parte era triples rizos. el color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un
un embaucador embustero. pueblo que huele a miel derramada...”
      “—No puedo —me dijo—. Anda tú por mí. No lo notará.       “Ella siempre odió a Pedro Páramo. ‘¡Doloritas! ¿Ya ordenó que
      “Claro que yo era mucho más joven que ella. Y un poco menos me preparen el desayuno?’ Y tu madre se levanta antes del
morena; pero esto ni se nota en lo oscuro. amanecer. Prendía el nixtenco. Los gatos se despertaban con el olor
      “—No puede ser. Dolores, tienes que ir tú. de la lumbre. Y ella iba de aquí para allá, seguida por el rondín de
      “—Hazme ese favor. Te lo pagaré con otros. gatos. ‘¡Doña Doloritas!’
      “-Tu madre en ese tiempo era una muchachita de ojos humildes.       “¿Cuántas veces oyó tu madre aquel llamado? ‘Doña Doloritas’,
Si algo tenía bonito tu madre, eran los ojos. Y sabían convencer. esto está frío. Esto no sirve. ¿Cuántas veces? Y aunque estaba
      “—Ve tú en mi lugar —me decía. acostumbrada a pasar lo peor, sus ojos humildes se endurecieron.
      “Y fui.       “... No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la
      “Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es tibieza del tiempo.”
que a mí también me gustaba Pedro Páramo.       “Entonces comenzó a suspirar.
      “Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrinchilé a su       “—¿Por qué suspira usted, Doloritas?
cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así       “Yo lo había acompañado esa tarde. Está en mitad del campo
que se pasó la noche roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus mirando pasar las parvadas de los tordos. Un zopilote solitario se
piernas entre mis piernas. mecía en el cielo.
      “Antes que amaneciera me levanté y fui a ver a Dolores. Le dije:       “—¿Por qué suspira usted, Doloritas?
      “—Ahora anda tú. Éste es ya otro día.       “—Quisiera ser zopilote para volar a donde vive mi hermana.

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      “—No faltaba más, doña Doloritas. Ahora mismo irá usted a ver       —¿Cuándo descansarás?
a su hermana. Regresemos. Que le preparen sus maletas. No faltaba       “El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida
más. de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del
      “Y tu madre se fue: cielo; Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me
      “—Hasta luego, don Pedro. dijiste: ‘Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por
      “—¡Adiós!, Doloritas. haber nacido en él’. Pensé: ‘No regresará jamás; no volverá nunca’.”
      “Se fue de la Media Luna para siempre.       —¿Qué haces aquí a estas horas? ¿No estás trabajando?
      “Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo por ella.       —No, abuela. Rogelio quiere que le cuide al niño. Me paso
      “—Quería más a su hermana que a mí. Allá debe estar a gusto. paseándolo. Cuesta trabajo atender las dos cosas: al niño y el
Además ya me tenía enfadado. No pienso inquirir por ella, si es eso telégrafo, mientras que él se vive tomando cervezas en el billar.
lo que te preocupa. Además no me paga nada.
      “—¿Pero de qué vivirán?       —No estás allí para ganar dinero, sino para aprender cuando ya
      “—Que Dios los asista.” sepas algo, entonces podrás ser exigente. Por ahora eres sólo un
      ”. . . El abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.” aprendiz; quizá mañana o pasado llegues a ser tú el jefe. Pero para
      —Y así hasta ahora que ella me avisó que vendrías a verme, no eso se necesita paciencia y, más que nada, humildad. Si te ponen a
volvimos a saber más de ella. pasear al niño, hazlo, por el amor de Dios. Es necesario que te
      —La de cosas que han pasado —le dije—. Vivíamos en Colima resignes.
arrimados a la tía Gertrudis, que nos echaba en cara nuestra carga.       —Que se resignen otros, abuela, yo no estoy para resignaciones.
“¿Por qué no regresas con tu marido?”, le decía a mi madre.       —¡Tú y tus rarezas! Siento que te va a ir mal, Pedro Páramo.
      “—¿Acaso él ha enviado por mí? No me voy si él no me llama.       —¿Qué es lo que pasa, doña Eduviges? Ella sacudió la cabeza
Vine porque te quería ver. Porque te quería, por eso vine. como si despertara de un sueño.
      “—Lo comprendo. Pero ya va siendo hora de que te vayas.       —Es el caballo de Miguel Páramo, que galopa por el camino de
      “—Si consistiera en mí.” la Media Luna.
      Pensé que aquella mujer me estaba oyendo; pero noté que tenía       —¿Entonces vive alguien en la Media Luna?
borneada la cabeza como si escuchara algún rumor lejano. Luego       —No, allí no vive nadie.
dijo:       —¿Entonces?

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      —Solamente es el caballo que va y viene. Ellos eran       “—¿Que pasó? —le dije a Miguel Páramo—. ¿Te dieron
inseparables. Corre por todas partes buscándolo y siempre regresa a calabazas?
estas horas. Quizá el pobre no puede con su remordimiento. Cómo       “—No. Ella me sigue queriendo —me dijo—. Lo que sucede es
hasta los animales se dan cuenta de cuando cometen un crimen, ¿no? que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha
      —No entiendo. Ni he oído ningún ruido de ningún caballo. neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más
      —¿No? allá según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti,
      —No. porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala
      —Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.
dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo sé lo que he sufrido a causa       “—No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te
de esto. dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel
      Guardó silencio un rato y luego añadió: Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y eso ya es otra cosa.
      —Todo comenzó con Miguel Páramo. Sólo yo supe lo que le       “—Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó
había pasado la noche que murió. Estaba yo acostada cuando oí poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir a dar ese
regresar su caballo rumbo a la Media Luna. Me extrañó porque rodeo tan largo que hay que hacer ahora para encontrar el camino. Sé
nunca volvía a esas horas. Siempre lo hacía entrada la madrugada. que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no
Iba a platicar con su novia a un pueblo llamado Contla, algo lejos de había más que humo y humo y humo.
aquí. Salía temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no       “—Mañana tu padre se torcerá de dolor —le dije—. Lo siento
regresó. . . ¿Lo oyes ahora? Está claro que se oye. Viene de regreso. por él. Ahora vete y descansa en paz, Miguel. Te agradezco que
      —No oigo nada. hayas venido a despedirte de mí.
      —Entonces es cosa mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso de       “Y cerré la ventana. Antes de que amaneciera un mozo de la
que no regresó es un puro decir. No había acabado de pasar su Media Luna vino a decir: -E1 patrón don Pedro le suplica. E1 niño
caballo cuando sentí que me tocaban por la ventana. Ve tú a saber si Miguel ha muerto. Le suplica su compañía.
fue ilusión mía. Lo cierto es que algo me obligó a ir a ver quién era.       “—Ya lo sé —le dije—. ¿Te pidieron que lloraras?
Y era él, Miguel Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo       “—Si, don Fulgor me dijo que se lo dijera llorando.
que se pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que       “—Está bien. Dile a don Pedro que allá iré. ¿Hace mucho que lo
encontró esa muchacha que le sorbió los sesos. trajeron?

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      “—No hace ni media hora. De ser antes, tal vez se hubiera los ojos. Se oyen las gotas de agua que caen del hidrante sobre el
salvado. Aunque, según el doctor que lo palpó, ya estaba frío desde cántaro raso. Se oyen pasos que se arrastran. . . Y el llanto.
tiempo atrás. Lo supimos porque el Colorado volvió solo y se puso       Entonces oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado,
tan inquieto que no dejó dormir a nadie. Usted sabe cómo se querían que quizá por delgado pudo traspasar la maraña del sueño, llegando
él y el caballo, y hasta estoy por creer que el animal sufre más que hasta el lugar donde anidan los sobresaltos.
don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un puro       Se levantó despacio y vio la cara de una mujer recostada contra
corretear. Como que sabe, ¿sabe usted? Como que se siente el marco de la puerta, oscurecida todavía por la noche, sollozando.
despedazado y carcomido por dentro.       -¿Por qué lloras, mamá? —preguntó, pues en cuanto puso los
      “—No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas. pies en el suelo reconoció el rostro de su madre.
      “Y el mozo de la Media Luna se fue.”       —Tu padre ha muerto —le dijo.
      —¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? —me preguntó       Y luego, como si se le hubieran soltado los resortes de su pena,
a mí. se dio vuelta sobre sí misma una y otra vez , una y otra vez, hasta
      —No, doña Eduviges. que unas manos llegaron hasta sus hombros y lograron detener el
      —Más te vale. rebullir de su cuerpo.
      En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la       Por la puerta se veía el amanecer en el cielo. No había estrellas.
piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; Sólo un cielo plomizo, gris aún no aclarado por la luminosidad del
pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas sol. Una luz parda, no como si fuera a comenzar el día, sino como si
siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el apenas estuviera llegando el principio de la noche.
agua sobre un suelo mojado.       Afuera, en el patio, los pasos, como de gente que ronda. Ruidos
      “¡Despierta!”, le dicen. callados. Y aquí, aquella mujer, de pie en el umbral; su cuerpo
      Reconoce el sonido de la voz. Trata de adivinar quién es; pero el impidiendo la llegada del día; dejando asomar, a través de sus
cuerpo se afloja y cae adormecido, aplastado por el peso del sueño. brazos, retazos de cielo, y debajo de sus pies regueros de luz; una luz
Unas manos estiran las cobijas prendiéndose de ellas, y debajo de su asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegando en
calor el cuerpo se esconde buscando la paz. lágrimas. Y después el sollozo. Otra vez el llanto suave pero agudo,
      “¡Despiértate!”, vuelven a decir. y la pena haciendo retorcer su cuerpo.
      La voz sacude los hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre       —Han matado a tu padre.

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      —¿Y a ti quién te mató, madre?       Y cuando empezaba a llenarse nuevamente de cólera, vio que
      “Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul detrás de él todos abandonaban la iglesia llevándose el cadáver de Miguel
tal vez haya canciones; tal vez mejores voces . . . Hay esperanza, en Páramo.
suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.       Pedro Páramo se acercó, arrodillándose a su lado:
      “Pero no para ti, Miguel Páramo, que has muerto sin perdón y no       Yo sé que usted lo odiaba, padre. Y con razón. El asesinato de su
alcanzarás ninguna gracia.” hermano, que según rumores fue cometido por mi hijo, el caso de su
      El padre Rentería dio vuelta al cuerpo y entregó la misa al sobrina Ana, violada por él según el juicio de usted; las ofensas y
pasado. Se dio prisa por terminar pronto y salió sin dar la bendición falta de respeto que le tuvo en ocasiones, son motivos que cualquiera
final a aquella gente que llenaba la iglesia. puede admitir. Pero olvídese ahora, padre. Considérelo y perdónelo
      —¡Padre, queremos que nos lo bendiga! como quizá Dios lo haya perdonado.
      —¡No! —dijo moviendo negativamente la cabeza. No lo haré.       Puso sobre el reclinatorio un puño de monedas de oro y se
Fue un mal hombre y no entrará al Reino de los Cielos. Dios me levantó:
tomará mal que interceda por él.       —Reciba eso como una limosna para su iglesia.
      Lo decía, mientras trataba de retener sus manos para que no       La iglesia estaba ya vacía. Dos hombres esperaban en la puerta a
enseñaran su temblor. Pero fue. Pedro Páramo, quien se juntó con ellos, y juntos siguieron el féretro
      Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos. Estaba sobre que aguardaba descansando sobre los hombros de cuatro caporales
una tarima, en medio de la iglesia, rodeado de cirios nuevos, de de la Media Luna.
flores, de un padre que estaba detrás de él, solo, esperando que       El padre Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al
terminara la velación. altar.
      El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no       —Son tuyas —dijo—. Él puede comprar la salvación. Tú sabes
rozarle los hombros. Levantó el hisopo con ademanes suaves y roció si éste es el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo ante tus plantas
el agua bendita de arriba abajo, mientras salía de su boca un para pedirle lo justo o lo injusto, que todo nos es dado pedir... Por mí
murmullo, que podía ser de oraciones. Después se arrodilló y todo el condénalo, Señor.
mundo se arrodilló con él:       Y cerró el sagrario.
      —Ten piedad de tu siervo, Señor.       Entró en la sacristía, se echó en un rincón, y allí lloró de pena y
      —Que descanse en paz, amén —contestaron las voces. de tristeza hasta agotar sus lágrimas.

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      —Está bien, Señor, tú ganas —dijo después. Le sonreí para decírselo; pero después pensé que él no pudo ver mi
      Durante la cena tomó su chocolate como todas las noches. Se sonrisa, porque yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la noche.
sentía tranquilo: Solamente lo sentí encima de mí y que comenzaba a hacer cosas
      —Oye, Anita. ¿Sabes a quién enterraron hoy? malas conmigo.
      —No, tío.       “Creí que me iba a matar. Eso fue lo que creí, tío. Y hasta dejé
      —¿Te acuerdas de Miguel Páramo? de pensar para morirme antes de que él me matara. Pero
      —Sí, tío. seguramente no se atrevió a hacerlo.
      —Pues a él.       “Lo supe cuando abrí los ojos y vi la luz de la mañana que
      Ana agachó la cabeza. entraba por la ventana abierta. Antes de esa hora, sentí que había
      —Estás segura de que él fue, ¿verdad? dejado de existir.”
      —Segura no, tío. No le vi la cara. Me agarró de noche y en lo       —Pero debes tener alguna seguridad. La voz. ¿No lo conociste
oscuro. por su voz?
      —¿Entonces cómo supiste que era Miguel Páramo?       —No lo conocía por nada. Sólo sabía que había matado a mi
      —Porque él me lo dijo: “Soy Miguel Páramo, Ana. No te padre. Nunca lo había visto y después no lo llegué a ver. No hubiera
asustes.” Eso me dijo. podido, tío.
      —Pero sabías que era el autor de la muerte de tu padre, ¿no?       —Pero sabías quién era.
      —Sí, tío.       —Sí. Y qué cosa era. Sé que ahora debe estar en lo mero hondo
      —¿Entonces qué hiciste para alejarlo? del infierno; porque así se lo he pedido a todos los santos con todo
      —No hice nada. mi fervor.
      Los dos guardaron silencio por un rato. Se oía el aire tibio entre       —No estés tan convencida de eso, hija. ¡Quién sabe cuántos
las hojas del arrayán. están rezando ahora por él! Tú estás sola. Un ruego contra miles de
      —Me dijo que precisamente a eso venía: a pedirme disculpas y a ruegos. Y entre ellos, algunos mucho más hondos que el tuyo, como
que yo lo perdonara. Sin moverme de la cama le avisé: “La ventana es el de su padre.
está abierta.” Y él entró. Llegó abrazándome, como si ésa fuera la       Iba a decirle: “Además, yo le he dado el perdón.” Pero sólo lo
forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le sonreí. Pensé pensó. No quiso maltratar el alma medio quebrada de aquella
en lo que usted me había enseñado: que nunca hay que odiar a nadie. muchacha. Antes, por el contrario, la tomó del brazo y le dijo:

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      —Démosle gracias a Dios Nuestro Señor porque se lo ha llevado ventana de fulanita. Igualito a él. De chaparreras y todo.
de esta tierra donde causó tanto mal, no importa que ahora lo tenga       —¿Y usted cree que don Pedro con el genio que se carga, iba a
en su cielo. permitir que su hijo siga traficando viejas? Ya me lo imagino si lo
      Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle real con el supiera: “Bueno —le diría—. Tú ya estás muerto. Estáte quieto en tu
camino de Contla. Nadie lo vio. Sin embargo, una mujer que sepultura. Déjanos el negocio a nosotros.” Y de verlo por ahi, casi
esperaba en las afueras del pueblo contó que había visto el caballo me las apuesto que lo mandaría de nuevo al camposanto.
corriendo con las piernas dobladas como si se fuera a ir de bruces.       —Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con cosas.
Reconoció el alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: “Ese animal       El carretero siguió su camino: “Como la supe, se las endoso.”
se va a romper la cabeza.” Luego vio cuando enderezaba el cuerpo y,       Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera
sin flojar la carrera, caminaba con el pescuezo echado hacia atrás lloviznando lumbre.
como si viniera asustado por algo que había dejado allá atrás.       —Miren nomás —dijo Terencio— el borlote que se traen allá
      Esos chismes llegaron a la Media Luna la noche del entierro, arriba.
mientras los hombres descansaban de la larga caminata que habían       —Es que le están celebrando su función al Miguelito —terció
hecho hasta el panteón. Platicaban, como se platica en todas partes, Jesús.
antes de ir a dormir.       —¿No será mala señal?
      —A mí me dolió mucho ese muerto —dijo Terencio Lubianes—.       —¿Para quién?
Todavía traigo adoloridos los hombros.       —Quizá tu hermana está nostálgica por su regreso.
      —Y a mí —dijo su hermano Ubillado—. Hasta se me       —¿A quién le hablas?
agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso que todos       —A ti.
fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día de fiesta, ¿verdad,       —Mejor vámonos, muchachos. Hemos trafagueado mucho y
Toribio? mañana hay que madrugar.
      —Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió muy a       Y se disolvieron como sombras.
tiempo.       Había estrellas fugaces. Las luces en Comala se apagaron.
      Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo la última       Entonces el cielo se adueñó de la noche.
carreta.       El padre Rentería se revolcaba en su cama sin poder dormir:
      —Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto tocando la       “Todo esto que sucede es por mi culpa —se dijo—. El temor de

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ofender a quienes me sostienen. Porque ésta es la verdad; ellos me ahogaba. Todavía veo sus muecas, y sus muecas eran los más tristes
dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones gestos que ha hecho un ser humano.
no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las       “—Tal vez rezando mucho.
consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y       “—Vamos rezando mucho, padre.
que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos       “—Digo tal vez, si acaso, con las misas gregorianas, pero para
para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del eso necesitamos pedir ayuda, mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta
cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma, dinero.
si en el último momento . . . Todavía tengo frente a mis ojos la       “Allí estaba frente a mis ojos la mirada de María Dyada, una
mirada de María Dyada, que vino a pedirme salvara a su hermana pobre mujer llena de hijos.
Eduviges:       “—No tengo dinero. Eso usted lo sabe, padre.
      “—Ella sirvió siempre a sus semejantes. Les dio todo lo que       “—Dejemos las cosas como están. Esperemos en Dios.
tuvo. Hasta les dio un hijo, a todos. Y se los puso enfrente para que       “—Sí, padre.”
alguien lo reconociera como suyo; pero nadie lo quiso hacer.       ¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la resignación?
Entonces les dijo: En ese caso yo soy también su padre, aunque por Qué le costaba a él perdonar, cuando era tan fácil decir una palabra o
casualidad haya sido su madre. Abusaron de su hospitalidad por esa dos, o cien palabras si éstas fueran necesarias para salvar el alma.
bondad suya de no querer ofenderlos ni de malquistarse con ¿Qué sabía él del cielo y del infierno? Y sin embargo, él, perdido en
ninguno. un pueblo sin nombre, sabía los que habían merecido el cielo. Había
      “—Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de Dios. un catálogo. Comenzó a recorrer los santos del panteón católico
      “—No le quedaba otro camino. Se resolvió a eso también por comenzando por los del día: “Santa Nunilona, virgen y mártir;
bondad. Anercio, obispo; Santas Salomé, viuda, Alodia o Elodia y Nulina,
      “—Falló a última hora —eso es lo que le dije—. En el último vírgenes; Córdula y Donato.” Y siguió. Ya iba siendo dominado por
momento. ¡Tantos bienes acumulados para su salvación, y perderlos el sueño cuando se sentó en la cama: “Estoy repasando una hilera de
así de pronto! santos como si estuviera viendo saltar cabras.”
      “—Pero si no los perdió. Murió con muchos dolores. Y el       Salió fuera y miró el cielo. Llovía estrellas. Lamentó aquello
dolor... Usted nos ha dicho algo acerca del dolor que ya no recuerdo. porque hubiera querido ver un cielo quieto. Oyó el canto de los
Ella se fue por ese dolor. Murió retorcida por la sangre que la gallos. Sintió la envoltura de la noche cubriendo la tierra. La tierra,

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“este valle de lágrimas”. sucediendo? ¿Tuvo usted miedo?
      —Más te vale, hijo. Más te vale —me dijo Eduviges Dyada.       —No me llamo Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas aquí y
      Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un rincón vine a verte. Quiero invitarte a dormir a mi casa. Allí tendrás donde
comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó apagándose. Sentí descansar.
que la mujer se levantaba y pensé que iría por una nueva luz. Oí sus       —¿Damiana Cisneros? ¿No es usted de las que vivieron en la
pasos cada vez más lejos. Me quedé esperando. Media Luna?
      Pasado un rato y al ver que no volvía, me levanté yo también.       —Allá vivo. Por eso he tardado en venir.
Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en la oscuridad, hasta que       —Mi madre me habló de una tal Damiana que me había cuidado
llegué a mi cuarto. Allí me senté en el suelo a esperar el sueño. cuando nací. ¿De modo que usted . . .?
      Dormí a pausas.       —Si yo soy. Te conozco desde que abriste los ojos.
      En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un grito       —Iré con usted. Aquí no me han dejado en paz los gritos. ¿No
arrastrado, como el alarido de algún borracho: “¡Ay vida, no me oyó lo que estaba pasando? Como que estaban asesinando a alguien.
mereces!” ¿No acaba usted de oír?
      Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo       —Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En este cuarto
haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí untado a las paredes de mi ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo. Luego condenaron
cuarto. Al despertar, todo estaba en silencio; sólo el caer de la polilla la puerta, hasta que él se secara; para que su cuerpo no encontrara
y el rumor del silencio. reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe llave para
      No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo abrir esta puerta.
aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún       —Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el único
sonido; ni el del resuello, ni el del latir del corazón; como si se cuarto que tenía disponible.
detuviera el mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la       —¿Eduviges Dyada?
pausa y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió oyendo       —Ella.
por un largo rato: “¡Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que       —Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.
tienen los ahorcados!”       “Fulgor Sedano, hombre de 54 años, soltero, de oficio
      Entonces abrieron de par en par la puerta. administrador, apto para entablar y seguir pleitos, por poder y por mi
      —¿Es usted, doña Eduviges? —pregunté—. ¿Qué es lo que está propio derecho, reclamo y alego lo siguiente..."

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      Eso había dicho cuando levantó el acta contra actos de Toribio Páramo. Pensó en la primera vez que lo había hecho, dos semanas
Aldrete. Y terminó: “Que conste mi acusación por usufruto.” atrás. Esperó un buen rato del mismo modo que tuvo que esperar
      -A usted ni quien le quite lo hombre, don Fulgor. Sé que usted aquella vez. Miró también, como lo hizo la otra vez, el moño negro
las puede. Y no por el poder que tiene atrás, sino por usted mismo. que colgaba del dintel de la puerta. Pero no comentó consigo mismo:
      Se acordaba. Fue lo primero que le dijo el Aldrete, después que “¡Vaya! Los han encimado. El primero está ya descolorido, el último
se habían estado emborrachando juntos, dizque para celebrar el acta: relumbra como si fuera de seda; aunque no es más que un trapo
      -Con ese papel nos vamos a limpiar usted y yo, don Fulgor, teñido”.
porque no va a servir para otra cosa. Y eso usted lo sabe. En fin, por       La primera vez se estuvo esperando hasta llenarse con la idea de
lo que a usted respecta, ya cumplió con lo que le mandaron, y a mí que quizá la casa estuviera deshabitada. Y ya se iba cuando apareció
me quitó de apuraciones; porque me tenía usted preocupado, lo que la figura de Pedro Páramo.
sea de cada quien. Ahora ya sé de qué se trata y me da risa. Dizque       —Pasa, Fulgor.
“usufruto”. Vergüenza debía darle a su patrón ser tan ignorante.       Era la segunda ocasión que se veían. La primera, nada más él lo
      Se acordaba. Estaban en la fonda de Eduviges. Y hasta él le vio; porque el Pedrito estaba recién nacido. Y ésta. Casi se podía
había preguntado: decir que era la primera vez. Y le resultó que le hablaba como a un
      —Oye, Viges, ¿me puedes prestar el cuarto del rincón? igual. ¡Vaya! Lo siguió a grandes trancos, chicoteándose las piernas:
      —Los que usted quiera, don Fulgor ; si quiere, ocúpelos todos. “Sabrá pronto que yo soy el que sabe. Lo sabrá. Y a lo que vengo.”
¿Se van a quedar a dormir aquí sus hombres?       —Siéntate, Fulgor. Aquí hablaremos con más calma.
      —No, nada más uno. Despreocúpate de nosotros y vete a dormir.       Estaban en el corral. Pedro Páramo se arrellanó en un pesebre y
Nomás déjanos la llave. esperó:
      —Pues ya le digo, don Fulgor —le dijo Toribio Aldrete—. A       —¿Por qué no te sientas?
usted ni quien le menoscabe lo hombre que es; pero me lleva la       —Prefiero estar de pie, Pedro.
rejodida con ese hijo de la rechintola de su patrón.       —Como tú quieras. Pero no se te olvide el “don.”
      Se acordaba. Fue lo último que le oyó decir en sus cinco       ¿Quién era aquel muchacho para hablarle así? Ni su padre, don
sentidos. Después se había comportado como un collón, dando de Lucas Páramo, se había atrevido a hacerlo. Y de pronto éste, que
gritos. “Dizque la fuerza que yo tenía atrás. ¡Vaya!” jamás se había parado en la Media Luna, ni conocía de oídas el
      Tocó con el mango del chicote la puerta de la casa de Pedro trabajo, le hablaba como a un gañán. ¡Vaya, pues!

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      —¿Cómo anda aquello?       —Mañana vas a pedir la mano de Lola.
      Sintió que llegaba su oportunidad. “Ahora me toca a mí”, pensó.       —Pero cómo quiere usted que me quiera, si ya estoy viejo
      —Mal. No queda nada. Hemos vendido el último ganado.       —La pedirás para mí. Después de todo tiene alguna gracia. Le
      Comenzó a sacar los papeles para informarle a cuánto ascendía dirás que estoy muy enamorado de ella. Y que si lo tiene a bien. De
todavía el adeudo. Y ya iba a decir: “Debemos tanto”, cuando oyó: pasada, dile al padre Rentería que nos arregle el trato. ¿Con cuánto
      —¿A quién le debemos? No me importa cuánto, sino a quién. dinero cuentas?
      Le repasó una lista de nombres. Y terminó:      —Con ninguno, don Pedro.
      —No hay de dónde sacar para pagar. Ése es el asunto.       —Pues prométeselo. Dile que en teniendo se le pagará. Casi
      —¿Y por qué? estoy seguro de que no pondrá dificultades. Haz eso mañana mismo.
      —Porque la familia de usted lo absorbió todo. Pedían y pedían,       —¿Y lo del Aldrete?
sin devolver nada. Eso se paga caro. Ya lo decía yo: “A la larga       —¿Qué se trae el Aldrete? Tú me mencionaste a las Preciados y
acabarán con todo”. Bueno, pues acabaron. Aunque hay por allí a los Fregosos y a los Guzmanes. ¿Con qué sale ahora el Aldrete?
quien se interese en comprar los terrenos. Y pagan bien. Se podrían       —Cuestión de límites. Él ya mandó cercar y ahora pide que
cubrir las libranzas pendientes y todavía quedaría algo; aunque, eso echemos el lienzo que falta para hacer la división.
sí, algo mermado.       —Eso déjalo para después. No te preocupen los lienzos. No
      —¿No serás tú? habrá lienzos. La tierra no tiene divisiones. Piénsalo, Fulgor, aunque
      —¡Cómo se pone a creer que yo! no se lo des a entender. Arregla por de pronto lo de la Lola. ¿No
      —Yo creo hasta el bendito. Mañana comenzaremos a arreglar quieres sentarte?
nuestros asuntos. Empezaremos por las Preciados. ¿Dices que a ellas       —Me sentaré, don Pedro. Palabra que me está gustando tratar
les debemos más? con usted.
      —Sí. Y a las que les hemos pagado menos. El padre de usted       —Le dirás a la Lola esto y lo otro y que la quiero. Eso es
siempre las pospuso para lo último. Tengo entendido que una de importante. De cierto, Sedano, la quiero. Por sus ojos ¿sabes? Eso
ellas, Matilde, se fue a vivir a la ciudad. No sé si a Guadalajara o a harás mañana tempranito. Te reduzco tu tarea de administrador.
Colima. Y Lola, quiero decir, doña Dolores, ha quedado como dueña Olvídate de la Media Luna.
de todo. Usted sabe: el rancho de Enmedio. Y es a ella a la que le       “¿De dónde diablos habrá sacado esas mañas el muchacho? —
tenemos que pagar. pensó Fulgor Sedano mientras regresaba a la Media Luna—. Yo no

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esperaba de él nada. ‘Es un inútil’, decía de él mi difunto patrón don       —Me hace usted que me den escalofríos, don Fulgor. Ni siquiera
Lucas. Un flojo de marca. Yo le daba la razón. ‘Cuando me muera me lo imaginaba.
váyase buscando otro trabajo, Fulgor’. ‘Sí, don Lucas’. ‘Con decirle,       —Es que es un hombre tan reservado. Don Lucas Páramo, que
Fulgor, que he intentado mandarlo al seminario para ver si al menos en paz descanse, le llegó a decir que usted no era digna de él. Y se
eso le da para comer y mantener a su madre cuando yo les falte; pero calló la boca por pura obediencia. Ahora que él ya no existe, no hay
ni a eso se decide’. ‘Usted no se merece eso, don Lucas.’ ‘No se ningún impedimento. Fue su primera decisión, aunque yo había
cuenta con él para nada, ni para que me sirva de bordón servirá tardado en cumplirla por mis muchos quehaceres. Pongamos por
cuando yo esté viejo. Se me malogró, qué quiere usted, Fulgor’. ‘Es fecha de la boda pasado mañana. ¿Qué opina usted?
una verdadera lástima, don Lucas’.”       —¿No es muy pronto? No tengo nada preparado. Necesito
      Y ahora esto. De no haber sido porque estaba tan encariñado con encargar los ajuares. Le escribiré a mi hermana. O no, mejor le voy a
la Media Luna, ni lo hubiera venido a ver. Se habría largado sin mandar un propio pero de cualquier manera no estaré lista antes del
avisarle. Pero le tenía aprecio a aquella tierra; a esas lomas pelonas ocho de abril. Hoy estamos a uno. Si, apenas para el ocho. Dígale
tan trabajadas y que todavía seguían aguantando el surco, dando que espere unos diyitas.
cada vez más de sí ... La querida Media Luna... Y sus agregados:       —Él quisiera que fuera ahora mismo. Si es por los ajuares,
“Vente para acá tierrita en Enmedio.” La veía venir. Como que aquí nosotros se los proporcionamos. La difunta madre de don Pedro
estaba ya. Lo que significa una mujer después de todo. “¡Vaya que espera que usted vista sus ropas. En la familia existe esa costumbre.
sí!” dijo. Y chicoteó sus piernas al trasponer la puerta grande de la       —Pero además hay algo para estos días. Cosas de mujeres, sabe
hacienda. usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da decirle esto, don Fulgor. Me
      Fue muy fácil encampanarse a la Dolores. Si hasta le hace usted que se me vayan los colores. Me toca la luna ¡oh!, qué
relumbraron los ojos y se le descompuso la cara. vergüenza.
      —Perdóneme que me ponga colorada, don Fulgor. No creí que       —¿Y qué? El matrimonio no es asunto de si haya o no luna. Es
don Pedro se fijara en mí. cosa de quererse. Y, en habiendo esto, todo lo demás sale sobrando.
      —No duerme, pensando en usted.       —Pero es que usted no me entiende, don Fulgor.
      —Pero si él tiene de dónde escoger. Abundan tantas muchachas       —Entiendo. La boda será pasado mañana.
bonitas en Comala. ¿Qué dirán ellas cuando lo sepan?       “Y la dejó con los brazos extendidos pidiendo ocho días, nada
      —Él sólo piensa en usted, Dolores. De ahi en más, en nadie. más ocho días.

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      “Que no se me olvide decirle a Don Pedro —¡vaya muchacho       —La semana que entra irás con el Aldrete. Y le dices que recorra
listo ese Pedro!—, decirle que no se le olvide decirle al juez que los el lienzo. Ha invadido tierras de la Media Luna.
bienes son mancomunados. ‘Acuérdate, Fulgor, de decírselo mañana       —Él hizo bien sus mediciones. A mí me consta.
mismo’.”       —Pues dile que se equivocó. Que estuvo mal calculado.
      La Dolores, en cambio, corrió a la cocina con un aguamanil para Derrumba los lienzos si es preciso.
poner agua caliente: “Voy a hacer que esto baje más pronto. Que       —¿Y las leyes?
baje esta misma noche. Pero de todas maneras me durará mis tres       —¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a
días. No tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad! Gracias, hacer nosotros. ¿Tienes trabajando en la Media Luna a algún
Dios mío por darme a don Pedro.” Y añadió: “Aunque después me atravesado?
aborrezca.”       —Sí, hay uno que otro.
      —Ya está pedida y muy de acuerdo. El padre cura quiere sesenta       —Pues mándalos con el primer Aldrete. Le levantas un acta
pesos por pasar por alto lo de las amonestaciones. Le dije que se le acusándolo de “usufructo” o de lo que a ti se te ocurra. Y recuérdale
darían a su debido tiempo. Él dice que le hace falta componer el altar que Lucas Páramo ya murió. Que conmigo hay que hacer nuevos
y que la mesa de su comedor está toda desconchinflada. Le prometí tratos.
que le mandaríamos una mesa nueva . Dice que usted nunca va a       El cielo era todavía azul. Había pocas nubes. El aire soplaba allá
misa. Le prometí que iría. Y que desde que murió su abuela ya no le arriba, aunque aquí abajo se convertía en calor.
han dado los diezmos. Le dije que no se preocupara. Está conforme.       Tocó nuevamente con el mango del chicote, nada más por
      —¿No le pediste algo adelantado a Dolores? insistir, ya que sabía que no abrirían hasta que le se antojara a Pedro
      —No, patrón. No me atreví. Ésa es la verdad. Estaba tan Páramo. Dijo mirando hacia el dintel de la puerta: “Se ven bonitos
contenta que no quise estropearle su entusiasmo. esos moños negros, lo que sea de cada quien”.
      —Eres un niño.       En ese momento abrieron y él entró.
      “¡Vaya! Yo un niño. Con 55 años encima. Él apenas       —Pasa, Fulgor. ¿Está arreglado el asunto de Toribio Aldrete?
comenzando a vivir y yo a pocos pasos de la muerte.”       —Está liquidado, patrón.
      —No quise quebrarle su contento.       —Nos queda la cuestión de los Fregosos. Deja eso pendiente.
      —A pesar de todo, eres un niño. Ahorita estoy muy ocupado con mi “luna de miel”.
      —Está bien patrón.       —Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran

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encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras.       “Entonces ella corrió a esconderse entre las demás mujeres.
Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes       “Mi hermana Sixtina, por si no lo sabes, murió cuando yo tenía
crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y doce años. Era la mayor. Y en mi casa fuimos dieciséis de familia,
voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará así que hazte el cálculo del tiempo que lleva muerta. Y mírala ahora,
el día en que estos sonidos se apaguen. todavía vagando por este mundo. Así, que no te asustes si oyes ecos
      Eso me venía diciendo Damiana Cisneros mientras cruzábamos más recientes Juan Preciado”.
el pueblo.       —¿También usted le aviso a mi padre que yo vendría? —le
      —Hubo un tiempo en el que estuve oyendo durante muchas pregunté.
noches el rumor de una fiesta. Me llegaban los ruidos hasta la Media       —No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?
Luna. Me acerqué para ver el mitote aquel y vi esto: lo que estamos       —Murió —dije.
viendo ahora. Nada. Nadie. Las calles tan solas como ahora.       —¿Ya murió? ¿Y de qué?
      Luego dejé de oírla. Y es que la alegría cansa. Por eso no me       —No supe de qué. Tal Vez de tristeza. Suspiraba mucho.
extrañó que aquello terminara.       —Eso es lo malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que
      —Sí —volvió a decir Damiana Cisneros—. Este pueblo está uno se deshace. ¿De modo que murió?
lleno de ecos. Yo ya no me espanto. Oigo el aullido de los perros y       —Sí. Quizá usted debió saberlo.
dejo que aúllen. Y en días de aire se ve al viento arrastrando hojas de       —¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.
árboles, cuando aquí, como tú ves no hay árboles. Los hubo en algún       —Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?
tiempo, porque si no ¿De dónde saldrían esas hojas?       —...
      “Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la gente, como si las       — ¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!
voces salieran de alguna hendidura y, sin embargo, tan claras que las       “Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las
reconoces. Ni más ni menos, ahora que venía, encontré un velorio. ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas
Me detuve a rezar un Padrenuestro. En esto estaba, cuando una correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que mostraban sus
mujer se apartó de las demás y vino a decirme: adobes revenidos.
      “—¡Damiana! ¡Ruega a Dios por mí, ¡Damiana!       —¡Damiana! —grité—. ¡Damiana Cisneros!
      “Soltó el rebozo y reconocí la cara de mi hermana Sixtina.       Me contestó el eco: “¡...ana... neros...! ¡...ana... neros!"
      “—¿Qué andas haciendo aquí? —le pregunté.       Oí que ladraban los perros, como si yo los hubiera despertado.

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      Vi un hombre cruzar la calle: dónde vas a conseguir para pagarme?
      —¡Ey, tú! —llamé.       —¿Y quién dice que la tierra no es mía?
      —¡Ey, tú! —me respondió mi propia voz.       —Se afirma que se les ha vendido a Pedro Páramo.
      “Y como si estuvieran a la vuelta de la esquina, alcancé a oír a       —Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra sigue siendo
unas mujeres que platicaban. mía.
      —Mira quién viene por allí. ¿No es Filoteo Aréchiga?       —Eso dices tú. Pero por ahí dicen que todo es de él.
      —Es él. Pon cara de disimulo.       —Que no me lo vengan a decir a mí.
      —Mejor vámonos. Si se va detrás de nosostras es que de verdad       —Mira, Galileo, yo a ti, aquí en confianza, te aprecio. Por algo
quiere a una de las dos: ¿A quién crees tú que sigue? eres el marido de mi hermana. Y de que la tratas bien, ni quien lo
      —Seguramente a ti. dude. Pero a mí no me vas a negar que vendiste las tierras.
      —A mi se me figura que a ti.       —Te digo que a nadie se las he vendido.
      —Deja ya de correr. Se ha quedado parado en aquella esquina.       —Pues son de Pedro Páramo. Seguramente él así lo ha dispuesto.
      —Entonces a una de las dos, ¿ya ves? ¿ No te ha venido a ver don Fulgor?
      —Pero qué tal si hubiera resultado que a ti o a mí. ¿Qué tal?       —No.
      —No te hagas ilusiones.       —Seguramente mañana lo verás venir. Y si no mañana,
      —Después de todo estuvo hasta mejor. Dicen por ahí los díceres cualquier otro día.
que es él que se encarga de conchavarle muchachas a don Pedro. De       —Pues me mata o se muere; pero no se saldrá con la suya.
la que nos escapamos.       —Requiescatin paz, amén, cuñado. Por si las dudas.
      —¿Ah sí? Con ese viejo no quiero tener nada que ver.       —Me volverás a ver, ya lo verás. Por mí no tengas cuidado. Por
      —Mejor vámonos. algo mi madre me curtió bien el pellejo para que se me pusiera
      —Dices bien. Vámonos de aquí. correoso.
      La noche. Mucho más allá de la medianoche. Y las voces:       —Entonces hasta mañana. Dile a Felícitas que esta noche no voy
      —... Te digo que si el maíz de este año se da bien, tendré con qué a cenar. No me gustaría contar después: “Yo estuve con él la
pagarte. Ahora que si me echa a perder, pues te aguantas. víspera.”
      —No te exijo. Ya sabes que he sido consecuente contigo. Pero la       —Te guardaremos algo por si te animas a última hora.
tierra no es tuya. Te has puesto a trabajar en terreno ajeno. ¿ De       Se oyó el trastazo de los pasos que se iban entre un ruido de

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espuelas.       —Entonces ni hablar. Iré a ver a la Juliana, que se desvive por
      —... Mañana, en amaneciendo, te irás conmigo, Chona. Ya tengo mí.
aparejadas las bestias.       —Está bien. Yo no te digo nada.
      —¿ Y si mi padre se muere de rabia? Con lo viejo que está...       —¿No me quieres ver mañana?
Nunca me perdonaría que por mi causa le pasara algo. Soy la única       —No. No quiero verte más.
gente que tiene para hacerle hacer sus necesidades. Y no hay nadie       Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas:
más. ¿Qué prisa corres para robarme? Aguántate un poquito. Él no                                     Mi novia me dio un pañuelo
tardará en morirse.                                      con orillas de llorar...
      —Lo mismo me dijiste hace un año. Y hasta me echaste en cara       En falsete. Como si fueran mujeres las que cantaran.
mi falta de arriesgue, ya que tú estabas, según eso, harta de todo. He       Vi pasar las carretas. Lo bueyes moviéndose despacio. El crujir
aprontado las mulas y están listas. ¿Te vas conmigo? de las piedras bajo las ruedas. Los hombres como si vinieran
      —Déjamelo pensar dormidos.
      —¡Chona! No sabes cuánto me gustas. Yo no puedo aguantar las       “... Todas las madrugadas el pueblo tiembla con el paso de las
ganas, Chona. Así que te vas conmigo o te vas conmigo. carretas. Llegan de todas partes, copeteadas de salitre, de
      —Déjamelo pensar. Entiende. Tenemos que esperar a que él mazorcas, yerba de pará. Rechinan sus ruedas haciendo vibrar las
muera. Le falta poquito. Entonces me iré contigo y no necesitarás ventanas, despertando a la gente. Es la misma hora en que se abren
robarme. los hornos y huele a pan recién horneado. Y de pronto puede tronar
      —Eso me dijiste también hace un año. el cielo. Caer la lluvia. Puede venir la primavera. Allá te
      —¿Y qué? acostumbrarás a los ‘derrepentes’, mi hijo.”
      —Pues que he tenido que alquilar las mulas. Ya las tengo.       Carretas vacías remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose
Nomás te están esperando. ¡Deja que él se las avenga solo! Tú estás en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las
bonita. Eres joven. No faltará cualquier vieja que venga a cuidarlo. sombras.
Aquí sobran almas caritativas.       Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había
      —No puedo. venido, como una herida abierta entre la negrura de los cerros.
      —Que sí puedes.       Entonces alguien me tocó los hombros.
      —No puedo. Me da pena, ¿sabes? Por algo es mi padre.       —¿Qué hace usted aquí?

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      —Vine a buscar... —y ya iba a decir a quién, cuando me detuve       —Quién sabe.
—: vine a buscar a mi padre.       —Como que le oí decir algo de su padre.
      —¿Y por qué no entra?       —Yo también le oí decir eso.
      Entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas en el       —¿No andará perdido? Acuérdate cuando cayeron por aquí
suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un hombre y una aquellos que dijeron andar perdidos. Buscaban un lugar llamado Los
mujer. Confines y tú les dijiste que no sabías dónde quedaba eso.
      —¿No están ustedes muertos? —les pregunté.       —Sí, me acuerdo; pero déjame dormir. Todavía no amanece.
      Y la mujer sonrió. El hombre me miró seriamente.       —Falta poco. Si por algo te estoy hablando es para que
      —Está borracho —dijo el hombre. despiertes. Me encomendaste que te recordara antes del amanecer.
      —Solamente está asustado —dijo la mujer. Por eso lo hago. ¡ Levántate!
      Había un aparato de petróleo. Había una cama de otate, y un       —¿Y para qué quieres que me levante?
equipal en que estaban las ropas de ella. Porque ella estaba en       —No sé para qué. Me dijiste anoche que te despertara. No me
cueros, como Dios la echó al mundo. Y él también. aclaraste para qué.
      —Oímos que alguien se quejaba y daba de cabezazos contra       —En ese caso, déjame dormir. ¿No oíste lo que dijo ése cuando
nuestra puerta. Y allí estaba usted. ¿Qué es lo que le ha pasado? llegó? Que lo dejáramos dormir. Fue lo único que dijo.
      —Me han pasado tantas cosas, que mejor quisiera dormir.       Como que se van las voces. Como que se pierde su ruido. Como
      —Nosotros ya estábamos dormidos. que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño. Y al rato otra vez:
      —Durmamos, pues.       —Acaba de moverse. Si se ofrece, ya va a despertar. Y si nos
       La madrugada fue apagando mis recuerdos. mira aquí nos preguntará cosas.
      Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la       —¿Qué preguntas puede hacernos?
diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta       —Bueno. Algo tendrá que decir, ¿no?
entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían;       —Déjalo. Debe estar muy cansado.
pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños.       —¿Crees tú?
      —¿Quién será? —preguntaba la mujer.       —Ya cállate, mujer.
      —Quién sabe —contestaba el hombre.       —Mira, se mueve. ¿Te fijas cómo se revuelca? Igual que si lo
      —¿Cómo vendría a dar aquí? zangolotearan por dentro. Lo sé porque a mí me ha sucedido.

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      —¿Qué te ha sucedido a ti? dormidos. A través de los párpados me llegaba el albor del
      —Aquello. amanecer. Sentía la luz. Oía:
      —No sé de qué hablas.       —Se rebulle sobre sí mismo como un condenado. Y tiene todas
      —No hablaría si no me acordara al ver a ése, rebulléndose, de lo las trazas de un mal hombre. ¡Levántate, Donis! Míralo. Se restriega
que me sucedió a mí la primera vez que lo hiciste. Y de cómo me contra el suelo, retorciéndose. Babea. Ha de ser alguien que debe
dolió y de lo mucho que me arrepentí de eso. muchas muertes. Y tú ni lo reconociste.
      —¿De cuál eso?       —Debe ser un pobre hombre. ¡Duérmete y déjanos dormir!
      —De cómo me sentía apenas me hiciste aquello, que aunque tú       —¿Y por qué me voy a dormir, si no tengo sueño?
no quieras yo supe que estaba mal hecho.       —¡Levántate y lárgate a donde no des guerra!
      —¿Y hasta ahora vienes con ese cuento? ¿Por qué no te duermes       —Eso haré. Iré a prender la lumbre. Y de paso le diré a ese
y me dejas dormir? fulano que venga a acostarse aquí contigo, en el lugar que yo voy a
      —Me pediste que te recordara. Eso estoy haciendo. Por Dios que dejarle.
estoy haciendo lo que me pediste que hiciera. ¡ Ándale! Ya va siendo       —Díselo.
hora de que te levantes.       —No podré. Me dará miedo.
      —Déjame en paz, mujer.       —Entonces vete a hacer tu quehacer y déjanos en paz.
      El hombre pareció dormir. La mujer siguió rezongando; pero con       —Eso haré.
voz muy queda:       —¿Y qué esperas?
      —Ya debe haber amanecido, porque hay luz. Puedo ver a ese       —Ya voy.
hombre desde aquí, y si lo veo es porque hay luz bastante para verlo.       Sentí que la mujer bajaba de la cama. Sus pies descalzos
No tardará en salir el sol. Claro, eso no se pregunta. Si se ofrece, el taconeaban el suelo y pasaban por encima de mi cabeza. Abrí y cerré
tal es algún malvado. Y le hemos dado cobijo. No le hace que nomás los ojos.
haya sido por esta noche; pero lo escondimos. Y eso nos traerá el       Cuando desperté, había un sol de mediodía. Junto a mí, un jarro
mal a la larga... Míralo cómo se mueve, como que no encuentra de café. Intenté beber aquello. Le di unos sorbos.
acomodo. Si se ofrece ya no puede con su alma.       —No tenemos más. Perdone lo poco. Estamos tan escasos de
      Aclaraba el día. El día desbarata las sombras. Las deshace. El todo, tan escasos...
cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos       Era una voz de mujer.

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      —No se preocupe por mí —le dije—. Por mí no se preocupe.       —Tal vez él, Donis. Yo sé tan poco de la gente. Nunca salgo.
Estoy acostumbrado. ¿Cómo se va uno de aquí? Aquí donde me ve, aquí he estado sempiternamente... Bueno, ni tan
      —¿Para dónde? siempre. Sólo desde que él me hizo mujer. Desde entonces me la
      —Para donde sea. paso encerrada, porque tengo miedo de que me vean. Él no quiere
      —Hay multitud de caminos. Hay uno que va para Contla; otro creerlo, pero ¿verdad que estoy para dar miedo? -y se acercó a donde
que viene de allá. Otro más que enfila derecho a la sierra. Ese que se le daba el sol-. ¡Mírame la cara!
mira desde aquí, que no sé para dónde irá —y me señaló con sus       Era una cara común y corriente.
dedos el hueco del tejado, allí donde el techo estaba roto—. Este otro       —¿Qué es lo que quiere que le mire?
de por acá, que pasa por la Media Luna. Y hay otro más, que       —¿No me ve el pecado? ¿No ve esas manchas moradas como de
atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos. jiote que me llenan de arriba a abajo? Y eso es sólo por fuera; por
      —Quizá por ése fue por donde vine. dentro estoy hecha un mar de lodo.
      —¿Para dónde va?       —¿Y quién la puede ver si aquí no hay nadie? He recorrido el
      —Va para Sayula. pueblo y no he visto a nadie.
       —Imagínese usted. Yo que creía que Sayula quedaba de este       —Eso cree usted: pero todavía hay algunos. ¿Dígame si
lado. Siempre me ilusionó conocerlo. Dicen que por allá hay mucha Filomeno no vive, si Dorotea, Si Melquiades, si Prudencio, el viejo,
gente, ¿no? si Sostenes y todos ésos no viven? Lo que acontece es que se la
      —La que hay en todas partes. pasan encerrados. De día no sé qué harán; pero las noches se las
      —Figúrese usted. Y nosotros aquí tan solos. Desviviéndonos por pasan en su encierro. Aquí esas horas están llenas de espantos. Si
conocer aunque sea tantito de la vida. usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En
      —¿A dónde fue su marido? cuanto oscurece comienzan a salir. Y a nadie le gusta verlas. Son
      —No es mi marido. Es mi hermano; aunque él no quiere que se tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la lucha le hacemos para
sepa. ¿Que adónde fue? De seguro a buscar un becerro cimarrón que rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras oraciones
anda por ahi desbalagado. Al menos eso me dijo. para todos. Si acaso les tocaría un pedazo de Padrenuestro. Y eso no
      —¿Cuánto hace que están ustedes aquí? les puede servir de nada. Luego están nuestros pecados de por
      —Desde siempre. Aquí nacimos. medio. Ninguno de los que todavía vivimos está en gracia de Dios.
      —Debieron conocer a Dolores Preciado. Nadie podrá alzar sus ojos al cielo sin sentirlos sucios de vergüenza.

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Y la vergüenza no cura. Al menos eso me dijo el obispo que pasó estoy por saber dónde asiste. Hoy en la noche lo agarraré.
por aquí hace algún tiempo dando confirmaciones. Yo me le puse       —¿Me vas a dejar sola a la noche?
enfrente y le confesé todo:       —Puede ser que sí.
      “—Eso no se perdona —me dijo.       —No podré soportarlo. Necesito tenerte conmigo. Es la única
      “—Estoy avergonzada. hora que me siento tranquila. La hora de la noche.
      “—No es el remedio.       —Esta noche iré por el becerro.
      “—¡Cásenos usted!       —Acabo de saber —intervine yo— que son ustedes hermanos.
      “—¡Apártense!       —¿Lo acaba de saber? Yo lo sé mucho antes que usted. Así que
      “—Yo le quise decir que la vida nos había juntado, mejor no intervenga. No nos gusta que se hable de nosotros.
acorralándonos y puesto uno junto al otro. Estábamos tan solos aquí,       —Yo lo decía en un plan de entendimiento. No por otra cosa.
que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar       —¿Qué entiende usted?
el pueblo. Tal vez tenga ya a quien confirmar cuando regrese.       Ella se puso a su lado, apoyándose en sus hombros y diciendo
      “—Sepárense. Eso es todo lo que se puede hacer. también:
      “—Pero ¿cómo viviremos?       —¿Qué entiende usted?
      “—Como viven los hombres.”       —Nada —dije—. Cada vez entiendo menos —y añadí—:
      Y se fue, montando en su macho, la cara dura, sin mirar hacia Quisiera volver al lugar de donde vine. Aprovecharé la poca luz que
atrás, como si hubiera dejado aquí la imagen de la perdición. Nunca queda del día.
ha vuelto. Y ésa es la cosa por la que esto está lleno de ánimas; un       —Es mejor que espere —me dijo él—. Aguarde hasta mañana.
puro vagabundear de gente que murió sin perdón y que no lo No tarda en oscurecer y todos los caminos están enmarañados de
conseguirá de ningún modo, mucho menos valiéndose de nosotros. breñas. Puede usted perderse. Mañana yo lo encaminaré.
Ya viene. ¿Lo oye usted?       —Está bien.
      —Sí, lo oigo. Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros
que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos.
      —Es él.
Luego, unas cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene
      Se abrió la puerta. a llevarse el día. Después salió la estrella de la tarde, y más tarde la
      —¿Qué pasó con el becerro? —preguntó ella. luna.
      —Se le ocurrió no venir ahora; pero fui siguiendo su rastro y casi       El hombre y la mujer no estaban conmigo. Salieron por la puerta
que daba al patio y cuando regresaron ya era de noche. Así que ellos
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no supieron lo que había sucedido mientras andaban afuera. Y en seguida la tarde todavía llena de luz.
      Y esto fue lo que sucedió:       Las paredes reflejando el sol de la tarde. Mis pasos rebotando
      Viniendo de la calle, entró una mujer en el cuarto. Era vieja de contra las piedras. El arriero que me decía: “¡Busque a doña
muchos años, flaca como si le hubieran achicado el cuerpo. Entró y Eduviges, si todavía vive!”
paseó sus ojos redondos por el cuarto. Tal vez hasta me vio. Tal vez       Luego un cuarto a obscuras. Una mujer roncando a mi lado. Noté
creyó que yo dormía. Se fue derecho a donde estaba la cama y sacó que su respiración era dispareja como si estuviera entre sueños, más
de debajo de ella una petaca. La esculcó. Puso unas sábanas debajo bien como si no durmiera y sólo imitara los ruidos que produce el
de su brazo y se fue andando de puntitas como para no despertarme. sueño. La cama era de otate cubierta con costales que olían a orines,
      Yo me quedé tieso, aguantando la respiración, buscando mirar como si nunca los hubieran oreado al sol; y la almohada era una
hacia otra parte. Hasta que al fin logré torcer la cabeza y ver hacia jerga que envolvía pochote o una lana tan dura o tan sudada que se
allá, donde la estrella de la tarde se había juntado con la luna. había endurecido como leño.
      —¡Tome esto! —oí.       Junto a mis rodillas sentí las piernas desnudas de la mujer, y
      No me atrevía a volver la cabeza. junto a mi cara su respiración. Me senté en la cama apoyándome en
      —¡Tómelo! Le hará bien. Es agua de azahar. Sé que está aquél como adobe de la almohada.
asustado porque tiembla. Con esto se le bajará el miedo.       —¿No duerme usted? —me preguntó ella.
      Reconocí aquellas manos y al alzar los ojos reconocí la cara. El       —No tengo sueño. He dormido todo el día. ¿Dónde está su
hombre, que estaba detrás de ella, preguntó: hermano?
      —¿Se siente usted enfermo?       —Se fue por esos rumbos. Ya usted oyó adónde tenía que ir.
      —No sé. Veo cosas y gente donde quizá ustedes no vean nada. Quizá no venga esta noche.
Acaba de estar aquí una señora. Ustedes tuvieron que verla salir.       —¿De manera que siempre se fue? ¿A pesar de usted?
      —Vente —le dijo él a la mujer—. Déjalo solo. Debe ser un       —Sí. Y tal vez no regrese. Así comenzaron todos. Que voy a ir
místico. aquí, que voy a ir más allá. Hasta que se fueron alejando tanto, que
      —Debemos acostarlo en la cama. Mira cómo tiembla, de seguro mejor no volvieron. Él siempre ha tratado de irse, y creo que ahora le
tiene fiebre. ha llegado su turno. Quizá sin yo saberlo, me dejó con usted para
      —No le hagas caso. Estos sujetos se ponen en ese estado para que me cuidara. Vio su oportunidad. Eso del becerro cimarrón fue
llamar la atención. Conocí a uno en la Media Luna que se decía sólo un pretexto. Ya verá usted que no vuelve.
adivino. Lo que nunca adivinó fue que se iba a morir en cuanto el       Quise decirle: “Voy a salir a buscar un poco de aire, porque
patrón le adivinó lo chapucero. Ha de ser un místico de ésos. Se siento náuseas”; pero dije:
pasan la vida recorriendo los pueblos “a ver lo que la Providencia       —No se preocupe. Volverá.
quiera darles”; pero aquí no va a encontrar ni quien le quite el       Cuando me levanté, me dijo:
hambre. ¿Ves cómo ya dejó de temblar? Y es que nos está oyendo.       —He dejado en la cocina algo sobre las brasas. Es muy poco;
      Como si hubiera retrocedido el tiempo. Volví a ver la estrella pero es algo que puede calmarle el hambre.
junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de los tordos.       Encontré un trozo de cecina y encima de las brasas unas tortillas.
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      —Son cosas que le pude conseguir —oí que me decía desde allá       Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta,
—.Se las cambié a mi hermana por dos sábanas limpias que yo tenía acalorada por la canícula de agosto.
guardadas desde el tiempo de mi madre. Ella ha de haber venido a       No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que caía de mi
recogerlas. No se lo quise decir delante de Donis; pero ella fue la boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir
mujer que usted vio y que lo asustó tanto. y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró
      Un cielo negro, lleno de estrellas. Y junto a la luna la estrella entre mis dedos para siempre.
más grande de todas.       Digo para siempre.
      —¿No me oyes? —pregunté en voz baja.       Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas
      Y su voz me respondió: haciendo remolinos sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella
      —¿Dónde estás? espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi.
      —Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me ves?       —¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado?
      —No, hijo, no te veo. Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a
      Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra. mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto.
      —No te veo. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante,
      Regresé al medio techo donde dormía aquella mujer y le dije: acalambrado, como mueren los que mueren muertos de miedo. De
      —Me quedaré aquí, en mi mismo rincón. Al fin y al cabo la no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos
cama está igual de dura que el suelo. Si algo se les ofrece, avíseme. hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte.
      Ella me dijo: Y ya ves, te enterramos.
      —Donis no volverá. Se lo noté en los ojos. Estaba esperando que       —Tienes razón Doroteo. ¿Dices que te llamas Doroteo?
alguien viniera para irse. Ahora tú te encargarás de cuidarme. ¿O qué       —Da lo mismo. Aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo
no quieres cuidarme? Vente a dormir aquí conmigo. mismo.
      —Aquí estoy bien.       —Es cierto Dorotea. Me mataron los murmullos.
      —Es mejor que te subas a la cama. Allí te comerán las turicatas.       “Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los
      Entonces fui y me acosté con ella. sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura.
      El calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos
El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir
tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche,
lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí donde el
faltó el aire que se necesita para respirar. Entonces me levanté. La aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si
mujer dormía. de su boca borbotaba un ruido de burbujas muy fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida...”
parecido al del estertor.       —Sí. Dorotea. Me mataron los murmullos. Aunque ya traía
      Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía retrasado el miedo. Se me había venido juntando hasta que ya no
no se despegaba de mí. pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me
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reventaron las cuerdas.       —Mejor no hubieras salido de tu tierra. ¿Qué viniste a hacer
      “Llegué a la plaza, tienes tú razón. Me llevó hasta allí el bullicio aquí?
de la gente y creí que de verdad la había. Yo ya no estaba en mis       —Ya te lo dije en un principio. Vine a buscar a Pedro Páramo,
cabales, recuerdo que me vine apoyando en las paredes como si que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión.
caminara con las manos. Y de las paredes parecían destilar los       —¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo
murmullos como si se filtraran de entre las grietas y las debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue,
descarapeladuras. Yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo.
claras, sino secretas, como si me murmuraran algo al pasar, o como Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme
si zumbaran contra mis oídos. Me aparté de las paredes y seguí por de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa
la mitad de la calle; pero las oía igual, igual que si vinieran conmigo, vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes
delante detrás de mí. No sentía calor, como te dije antes; antes por el que siempre mirando de reojo como buscando detrás de la gente,
contrario, sentía frío. Desde que salí de la casa de aquella mujer que sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño. Y todo
me prestó su cama y que, como te decía, la vi deshacerse en el agua fue culpa de un maldito sueño. He tenido dos: a uno de ellos lo llamo
de su sudor, desde entonces me entró frío. Y conforme yo andaba, el el "bendito" y al otro el “maldito”. El primero fue el que me hizo
frío aumentaba más y más, hasta que se enchinó el pellejo. Quise soñar que había tenido un hijo. Y mientras viví, nunca dejé de creer
retroceder porque pensé que regresando podría encontrar el calor que que fuera cierto; porque lo sentí entre mis brazos, tiernito, lleno de
acababa de dejar; pero me di cuenta a poco andar que el frío salía de boca y de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en mis
mí, de mi propia sangre. Entonces reconocí que estaba asustado. Oí dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón.
el alboroto mayor en la plaza. ¿De modo que siempre volvió Donis? ¿Cómo no iba a pensar que aquello fuera verdad? Lo llevaba
La mujer estaba segura de que jamás lo volvería a ver.” conmigo a dondequiera que iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto
      —Fue ya de mañana cuando te encontramos. Él venía de no sé lo perdí. En el cielo me dijeron que se habían equivocado conmigo.
dónde. No se lo pregunté. Que me habían dado un corazón de madre, pero un seno de una
      —Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los cualquiera. Ése fue el otro sueño que tuve. Llegué al cielo y me
portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo asomé a ver si entre los ángeles reconocía la cara de mi hijo. Y nada.
como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni Todas las caras eran iguales, hechas con el mismo molde. Entonces
son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la pregunté. Uno de aquellos santos se me acercó y, sin decirme nada,
noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el hundió una de sus manos en mi estómago como si la hubiera
murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que que se hundido en un montón de cera. Al sacarla me enseñó algo así como
me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado una cáscara de nuez: “Esto prueba lo que te demuestra.”
como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras casi       “Tú sabes cómo hablan raro allá arriba; pero se les entiende. Les
vacías de ruido: "Ruega a Dios por nosotros." Eso oí que me decían. quise decir que aquello era sólo mi estómago engarruñado por las
Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron hambres y por el poco comer; pero otro de aquellos santos me
muerto. empujó por los hombros y me enseñó la puerta de salida: ‘Ve a
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descansar un poco más a la tierra, hija, y procura ser buena para que para allá, acuérdate que hemos abierto a la labor toda la tierra,
tu purgatorio sea menos largo.’ nomás para que te des gusto.”
      “Ése fue el sueño ‘maldito’ que tuve y del cual saqué la       Y soltó la risa. El pájaro burlón que regresaba de recorrer los
aclaración de que nunca había tenido ningún hijo. Lo supe ya muy campos pasó casi frente a él y gimió con un gemido desgarrado.
tarde, cuando el cuerpo se me había achaparrado, cuando el espinazo       El agua apretó su lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a
se me saltó por encima de la cabeza, cuando ya no podía caminar. Y amanecer, se cerró el cielo y pareció que la oscuridad, que ya se iba,
de remate, el pueblo se fue quedando solo; todos largaron camino regresaba. La puerta grande de la Media Luna rechinó al abrirse,
para otros rumbos y con ellos se fue también la caridad de la que yo remojada por la brisa. Fueron saliendo primero dos, luego otros dos,
vivía. Me senté a esperar la muerte. Después de que te encontramos después otros dos y así hasta doscientos hombres a caballo que se
a ti, se resolvieron mis huesos a quedarse quietos. ‘Nadie me hará desparramaron por los campos lluviosos.
caso’, pensé. Soy algo que no le estorba a nadie. Ya vez ni siquiera       —Hay que aventar el ganado de Enmedio más allá de lo que fue
le robé espacio a la tierra. Me enterraron en la misma sepultura y Estagua, y el de Estagua córranlo para los cerros de Vilmayo —les
cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde iba ordenando Fulgor Sedano conforme salían—. ¡Y apriétenle, que
me tienes ahora. Sólo se me ocurre ser yo la que te tuviera abrazado se nos vienen encima las aguas!
a ti. ¿Oyes? Allá afuera está lloviendo. ¿No sientes el golpear de la       Lo dijo tantas veces, que ya los últimos sólo oyeron: “De aquí
lluvia?” para allá y de allá para más allá.” Todos y cada uno se llevaban la
      —Siento como si alguien caminara sobre nosotros. mano al sombrero para darle a entender que ya habían entendido.
      Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por       Y apenas había acabado de salir el último hombre, cuando entró
pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo a todo galope Miguel Páramo, quien, sin detener su carrera, se apeó
enterrados. del caballo casi en las narices de Fulgor, dejando que el caballo
      Al amanecer, gruesas gotas de lluvia cayeron sobre la tierra. buscara solo su pesebre.
Sonaban huecas al estamparse en el polvo blando y suelto de los       —¿De dónde vienes a estas horas, muchacho?
surcos. Un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el       —Vengo de ordeñar.
quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de       —¿A quién?
cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el       —¿A que no lo adivinas?
horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir       —Ha de ser a Dorotea, la Cuarraca. Es a la única que le gustan
después. los bebés.
      Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la       —Eres un imbécil, Fulgor; pero no tienes tú la culpa.
lluvia desfloraba los surcos. Sus ojos pequeños se alegraron. Dio       Y se fue, sin quitarse las espuelas, a que le dieran de almorzar.
hasta tres bocanadas de aquel sabor y sonrió hasta enseñar los       En la cocina, Damiana Cisneros también le hizo la misma
dientes. pregunta:
      “¡Vaya! —dijo—. Otro buen año se nos echa encima.” Y añadió:       —¿Pero de dónde llegas, Miguel?
“Ven, agüita, ven. ¡Déjate caer hasta que te canses! Después córrete       —De por ahi, de visitar madres.
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      —No quiero que te enojes. Disimúlalo. ¿Cómo se te hacen los sus ratos de calma. Aunque consiente mucho al Miguel. Ayer le
huevos? comuniqué lo que había hecho su hijo y me respondió: ‘Hazte a la
      —Como a ti te gusten. idea de que yo fui, Fulgor; él es incapaz de hacer eso: no tiene
      —Te estoy hablando de buen modo, Miguel. todavía fuerza para matar a nadie. Para eso se necesita tener los
      —Lo entiendo, Damiana. No te preocupes. Oye, ¿tú conoces a riñones de este tamaño.’ Puso sus manos así, como si midiera una
una tal Dorotea, apodada la Cuarraca? calabaza. ‘La culpa de todo lo que él haga échamela a mí’.”
      —Sí. Y si tú la quieres ver, allí está afuerita.       —Miguel le dará muchos dolores la cabeza, don Pedro. Le gusta
      —Siempre madruga para venir aquí por su desayuno. Es una que la pendencia.
trae un molote; en su rebozo y lo arrulla diciendo que es su crío.       —Déjalo moverse. Es apenas un niño. ¿Cuántos años cumplió?
Parece ser que le sucedió alguna desgracia allá en sus tiempos; pero, Tendrá diecisiete. ¿No, Fulgor?
como nunca habla, nadie sabe lo que le pasó. Vive de limosna.       —Puede que sí. Recuerdo que se lo trajeron recién, apenas ayer;
      —¡Maldito viejo! Le voy a jugar una mala pasada que hasta le pero es tan violento y vive tan de prisa que a veces se me figura que
harán remolino los ojos. va jugando carreras con el tiempo. Acabará por perder, ya lo verá
      Después se quedó pensando si aquella mujer no le serviría para usted.
algo. Y sin dudarlo más fue hacia la puerta trasera de la cocina y       —Es todavía una criatura, Fulgor.
llamó a Dorotea:       —Será lo que usted diga, don Pedro; pero esa mujer que vino
      —Ven para acá, te voy a proponer un trato —le dijo. ayer a llorar aquí alegando que el hijo de usted le había matado a su
      Y quién sabe qué clase de proposiciones le haría, lo cierto es que marido, estaba de a tiro desconsolada. Yo sé medir el desconsuelo,
cuando entró de nuevo se frotaba las manos: don Pedro. Y esa mujer lo cargaba por kilos. Le ofrecí cincuenta
      —¡Vengan esos huevos! —le gritó a Damiana. Y agregó: —De hectolitros de maíz para que se olvidara del asunto; pero no los
hoy en adelante le darás de comer a esa mujer lo mismo que a mí, no quiso. Entonces le prometí que corregiríamos el daño de algún
le hace que se te ampolle el codo. modo. No se conformó.
      Mientras tanto, Fulgor Sedano se fue hasta las trojes a revisar la       —¿De quién se trataba?
altura del maíz. Le preocupaba la merma porque aún tardaría la       —Es gente que no conozco.
cosecha. A decir verdad, apenas si se había sembrado. “Quiero ver si       No tienes pues por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.
nos alcanza.” Luego añadió: “¡Ese muchacho! igualito a su padre;       Llegó a las trojes y sintió el calor del maíz. Tomó en sus manos
pero comenzó demasiado pronto. A ese paso no creo que se logre. Se un puñado para ver si no lo había alcanzado el gorgojo. Midió la
me olvidó mencionarle que ayer vinieron con la acusación de que altura: '“Rendirá —dijo—. En cuanto crezca el pasto ya no vamos a
había matado a uno. Si así sigue...” requerir darle maíz al ganado. Hay de sobra.”
      Suspiró y trató de imaginar en qué lugar irían ya los vaqueros.       De regreso miró el cielo lleno de nubes: “Tendremos agua para
Pero lo distrajo el potrillo alazán de Miguel Páramo, que se rascaba un buen rato.” Y se olvidó de todo lo demás.
los morros contra la barda. “Ni siquiera lo ha desensillado”, pensó.
“Ni lo hará. Al menos don Pedro es más consecuente con uno y tiene
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      —Allá afuera debe estar variando el tiempo. Mi madre me decía sangre con que estaba amarrada a mi corazón.
que, en cuanto comenzaba a llover, todo se llenaba de luces y del       Llamaron a su puerta; pero él no contestó. Oyó que siguieron
olor verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las tocando todas las puertas, despertando a la gente. La carrera que
nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían llevaba Fulgor —lo conoció por sus pasos— hacia la puerta grande
cambiándole los colores... Mi madre, que vivió su infancia y sus se detuvo un momento, como si tuviera intenciones de volver a
mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir llamar. Después siguió corriendo.
aquí. Hasta para eso me mandó a mí en su lugar. Es curioso,       Rumor de voces. Arrastrar de pisadas despaciosas como si
Dorotea, cómo no alcancé a ver ni el cielo. Al menos, quizá, debe ser cargaran con algo pesado. Ruidos vagos.
el mismo que ella conoció.       Vino hasta su memoria la muerte de su padre, también en un
      —No lo sé, Juan Preciado. Hacía tantos años que no alzaba la amanecer como éste; aunque en aquel entonces la puerta estaba
cara, que me olvidé del cielo. Y aunque lo hubiera hecho, ¿qué abierta y traslucía el color gris de un cielo hecho de ceniza, triste,
habría ganado? El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que como fue entonces. Y a una mujer conteniendo el llanto, recostada
vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra. Además, le perdí contra la puerta. Una madre de la que él ya se había olvidado y
todo mi interés desde que el padre Rentería me aseguró que jamás olvidado muchas veces diciéndole: “¡Han matado a tu padre!” Con
conocería la gloria. Que ni siquiera de lejos la vería... Fue cosa de aquella voz quebrada, deshecha sólo unida por el hilo del sollozo.
mis pecados; pero él no debía habérmelo dicho. Ya de por sí la vida       Nunca quiso revivir ese recuerdo porque le traía otros, como si
se lleva con trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la rompiera un costal repleto y luego quisiera contener el grano. La
esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar a otro; pero muerte de su padre que arrastró otras muertes y en cada una de ellas
cuando a una le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la estaba siempre la imagen de la cara despedazada; roto un ojo,
del infierno, más vale no haber nacido... El cielo para mí, Juan mirando vengativo el otro. Y otro y otro más, hasta que la había
Preciado, está aquí donde estoy ahora. borrado del recuerdo cuando ya no hubo nadie que se la recordara.
      —¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?       —¡Descánselo aquí! No, así no. Hay que meterlo con la cabeza
      —Debe andar vagando por la tierra como tantas otras; buscando para atrás. ¡Tú! ¿Qué esperas?
vivos que recen por ella. Tal vez me odie por el mal trato que le di;       Todo en voz baja.
pero eso ya no me preocupa. He descansado del vicio de sus       —¿Y él?
remordimientos. Me amargaba hasta lo poco que comía, y me hacía       —Él duerme. No lo despierten. No hagan ruido. Allí estaba él,
insoportables las noches llenándomelas de pensamientos intranquilos enorme, mirando la maniobra de meter un bulto envuelto en costales
con figuras de condenados y cosas de ésas. Cuando me senté a viejos, amarrado con sicuas de coyunda como si lo hubieran
morir, ella me rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la amortajado.
vida, como si esperara todavía algún milagro que me limpiara de       —¿Quién es? —preguntó.
culpas. Ni siquiera hice el intento: “Aquí se acaba el camino —le       Fulgor Sedano se acercó hasta él y le dijo:
dije—. Ya no me quedan fuerzas para más.” Y abrí la boca para que       —Es Miguel, don Pedro.
se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de       —¿Qué le hicieron? —gritó.
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      Esperaba oír: “Lo han matado.” Y ya estaba previniendo su furia, allí se entretuvo mirando en los remansos el reflejo de las estrellas
haciendo bolas duras de rencor pero oyó las palabras suaves de que se estaban cayendo del cielo. Duró varias horas luchando con
Fulgor Sedano que le decían: sus pensamientos, tirándolos al agua negra del río.
      —Nadie le hizo nada. Él solo encontró la muerte.       “El asunto comenzó —pensó— cuando Pedro Páramo, de cosa
      Había mecheros de petróleo aluzando la noche. baja que era, se alzó a mayor. Fue creciendo como una mala yerba.
      —... Lo mató el caballo —se acomidió a decir uno. Lo malo de esto es que todo lo obtuvo de mí: ‘Me acuso, padre, que
      Lo tendieron en su cama, echando abajo el colchón, dejando las ayer dormí con Pedro Páramo.’ ‘Me acuso, padre, que tuve un hijo
puras tablas, donde acomodaron el cuerpo ya desprendido de las tiras de Pedro Páramo.’ ‘De que le presté mi hija a Pedro Páramo.’
con que habían venido tirando de él. Le colocaron las manos sobre el Siempre esperé que él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo.
pecho y taparon su cara con un trapo negro. “Parece más grande de Y después estiró los brazos de su maldad con ese hijo que tuvo. Al
lo que era”, dijo en secreto Fulgor Sedano. que él reconoció, sólo Dios sabe por qué. Lo que sí sé es que yo puse
      Pedro Páramo se había quedado sin expresión ninguna como ido. en sus manos ese instrumento.”
Por encima de él sus pensamientos se seguían unos a otros sin darse       Tenía muy presente el día que se lo había llevado, apenas nacido.
alcance ni juntarse. Al fin dijo:       Le había dicho:
      —Estoy comenzando a pagar. Más vale empezar temprano, para       —Don Pedro, la mamá murió al alumbrarlo. Dijo que era de
terminar pronto. usted. Aquí lo tiene.
      No sintió dolor.       Y él ni lo dudó, solamente le dijo:
      Cuando le habló a la gente reunida en el patio para agradecerle       —¿Por qué no se queda con él, padre? Hágalo cura.
su compañía, abriéndole paso a su voz por entre el lloriqueo de las       —Con la sangre que lleva dentro no quiero tener esa
mujeres, no cortó ni el resuello ni sus palabras. Después sólo se oyó responsabilidad.
en aquella noche el piafar del potrillo alazán de Miguel Páramo.       —¿De verdad cree usted que tengo mala sangre?
      —Mañana mandas matar ese animal para que no siga sufriendo       —Realmente sí, don Pedro.
—le ordenó a Fulgor Sedano.       —Le probaré que no es cierto. Déjemelo aquí. Sobra quien se
      —Está bien, don Pedro. Lo entiendo. El pobre se ha de sentir encargue de cuidarlo.
desolado.       —En eso pensé, precisamente. Al menos con usted no le faltará
      —Yo también lo entiendo así, Fulgor. Y diles de paso a esas el sustento.
mujeres que no armen tanto escándalo, es mucho alboroto por mi       El muchachito se retorcía, pequeño como era, como una víbora.
muerto. Si fuera de ellas, no llorarían con tantas ganas.       —¡Damiana! Encárgate de esa cosa. Es mi hijo.
      El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche       Después había abierto la botella:
en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a       —Por la difunta y por usted beberé este trago.
salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo.       —¿Y por él?
      Recorrió las calles solitarias de Comala, espantando con sus       —Por él también, ¿por qué no?
pasos a los perros que husmeaban en las basuras. Llegó hasta el río y       Llenó otra copa más y los dos bebieron por el porvenir de
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aquella criatura. despedazado tu Iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué se puede
      —Así fue. esperar ya de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? Quiero
      Comenzaron a pasar las carretas rumbo a la Media Luna. Él se convencerme de que eres bueno y de que allí recibes la estimación
agachó, escondiéndose en el galápago que bordeaba el río “¿De de todos; pero no basta ser bueno. El pecado no es bueno. Y para
quién te escondes?”, se preguntó a sí mismo. acabar con él; hay que ser duro y despiadado. Quiero creer que todos
      —¡Adiós, padre! —oyó que le decían. siguen siendo creyentes; pero no eres tú quien mantiene su fe; lo
      Se alzó de la tierra y contestó: hacen por superstición y por miedo. Quiero aún más estar contigo en
      —¡Adiós! Que el Señor te bendiga. la pobreza en que vives y en el trabajo y cuidados que libras todos
      Estaban apagándose las luces del pueblo. El río llenó su agua de los días en tu cumplimiento. Sé lo difícil que es nuestra tarea en
colores luminosos. estos pobres pueblos donde nos tienen relegados; pero eso mismo
      —Padre, ¿ya dieron el alba? —preguntó otro de los carreteros. me da derecho a decirte que no hay que entregar nuestro servicio a
      —Debe ser mucho después del alba —respondió él. Y caminó en unos cuantos, que te darán un poco a cambio de tu alma, y con tu
sentido contrario al de ellos, con intenciones de no detenerse. alma en manos de ellos ¿qué podrás hacer para ser mejor que
      —¿Adónde tan temprano, padre? aquellos que son mejores que tú? No, padre, mis manos no son los
      —¿Dónde está el moribundo, padre? suficientemente limpias para darte la absolución. Tendrás que
      —¿Ha muerto alguien en Contla, padre? buscarla en otra parte.
      Hubiera querido responderles: “Yo. Yo soy el muerto.” Pero se       —¿Quiere usted decir, señor cura, que tengo que ir a buscar la
conformó con sonreír. confesión a otra parte?
      Al salir del pueblo precipitó sus pasos.       —Tienes que ir. No puedes seguir consagrando a los demás si tú
      Regresó entrada la mañana. mismo estás en pecado.
      —¿Dónde estuvo usted, tío? —le preguntó Ana, su sobrina—.       —¿Y si suspenden mis ministerios?
Vinieron muchas mujeres a buscarlo. Querían confesarse por ser       —No creo que lo hagan, aunque tal vez lo merezcas. Quedará a
mañana viernes primero. juicio de ellos.
      —Que regresen a la noche.       —¿No podría usted..? Provisionalmente, digamos... Necesito dar
      Se quedó un rato quieto, sentado en una banca del pasillo, lleno los santos óleos... la comunión. Mueren tantos en mi pueblo, señor
de fatiga. cura.
      —¡Qué fresco está el aire!, ¿no, Ana?       —Padre, deja que a los muertos los juzgue Dios.
      —Hace calor, tío.       —¿Entonces, no?
      —Yo no lo siento.       Y el señor cura de Contla había dicho que no.
      No quería pensar para nada que había estado en Contla, donde       Después pasearon los dos por los corredores del curato,
hizo confesión general con el señor cura, y que éste, a pesar de sus sombreados de azaleas. Se sentaron bajo una enramada donde
ruegos, le había negado la absolución: maduraban las uvas.
      —Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha       —Son ácidas, padre —se adelantó el señor cura la pregunta que
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le iba a hacer—. Vivimos en una tierra en que todo se da, gracias a la cambio, rechazó la invitación a comer con él:
Providencia; pero todo se da con acidez. Estamos condenados a eso.       —No puedo, don Pedro, tengo que estar temprano en la iglesia
      —Tiene usted razón, señor cura. Allá en Comala he intentado porque me espera un montón de mujeres junto al confesionario. Otra
sembrar uvas. No se dan. Sólo crecen arrayanes y naranjos; naranjos vez será.
agrios. Y arrayanes agrios. A mí se me ha olvidado el sabor de las       Se vino al paso, y cuando atardecía entró directamente en la
cosas dulces. ¿Recuerda usted las guayabas de China que teniamos iglesia, tal como iba, lleno de polvo y de miseria. Se sentó a
en el seminario? Los duraznos, las mandarinas aquellas que con sólo confesar.
apretarlas soltaban la cáscara. Yo traje aquí algunas semillas. Pocas;       La primera que se acercó fue la vieja Dorotea, quien siempre
apenas una bolsita... después pensé que hubiera sido mejor dejarlas estaba allí esperando a que se abrieran las puertas de la iglesia.
allá donde maduraran, ya que aquí las traje a morir.       Sintió que olía a alcohol.
      —Y sin embargo, padre, dicen que las tierras de Comala son       —¿Qué, ya te emborrachas? ¿Desde cuándo?
buenas. Es lástima que estén en manos de un solo hombre. ¿Es Pedro       —Es que estuve en el velorio de Miguelito, padre. Y se me
Páramo aún el dueño, no? pasaron las canelas. Me dieron de beber tanto, que hasta me volví
      —Así es la voluntad de Dios. payasa.
      —No creo que en este caso intervenga la voluntad de Dios. ¿No       —Nunca has sido otra cosa, Dorotea.
lo crees tú así, padre?       —Pero ahora traigo pecados, padre. Y de sobra.
      —A veces lo he dudado; pero allí lo reconocen.       En varias ocasiones él le había dicho: “No te confieses, Dorotea,
      —¿Y entre ésos estás tú? nada más vienes a quitarme el tiempo. Tú ya no puedes cometer
      —Yo soy un pobre hombre dispuesto a humillarse, mientras ningún pecado, aunque te lo propongas. Déjale el campo a los
sienta el impulso de hacerlo. demás.”
      Luego se habían despedido. Él, tomándole las manos y       —Ahora sí, padre. Es de verdad.
besándoselas. Con todo, ahora aquí, vuelto a la realidad. no quería       —Di.
volver a pensar más en esa mañana de Contla.       —Ya que no puedo causarle ningún perjuicio, le diré que era yo
      Se levantó y fue hacia la puerta. la que le conseguía muchachas al difunto Miguelito Páramo.
      —¿Adónde va usted, tío?       El padre Rentería, que pensaba darse campo para pensar, pareció
      Su sobrina Ana, siempre presente, siempre junto a él, como si salir de sus sueños y preguntó casi por costumbre:
buscara su sombra para defenderse de la vida.       —¿Desde cuándo?
      —Voy a ir un rato a caminar, Ana. A ver si así reviento.       —Desde que él fue hombrecito. Desde que le agarró el chincual.
      —¿Se siente mal?       —Vuélveme a repetir lo que dijiste, Dorotea.
      —Mal no, Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy.       —Pos que yo era la que le conchavaba las muchachas a
      Fue hasta la Media Luna y dio el pésame a Pedro Páramo. Miguelito.
Volvió a oír las disculpas por las inculpaciones que le habían hecho       —¿Se las llevabas?
a su hijo. Lo dejó hablar. Al fin ya nada tenía importancia. En       —Algunas veces, si. En otras nomás se las apalabraba. Y con
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otras nomás le daba el norte. Usted sabe: la hora en que estaban       —Todos los que se sientan sin pecado puede comulgar mañana.
solas y en que él podía agarrarlas descuidadas.       Detrás de él, sólo se oyó un murmullo.
      —¿Fueron muchas?       Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya
      No quería decir eso; pero le salió la pregunta por costumbre. muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana
      —Ya hasta perdí la cuenta. Fueron retemuchas. negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir. Entonces yo
      —¿Qué quieres que haga contigo, Dorotea? Júzgate tú misma. dormía su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de sus
Ve si tú puedes perdonarte. brazos.
      —Yo no, padre. Pero usted sí puede. Por eso vengo a verlo.       Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las
      —¿Cuántas veces viniste aqui a pedirme que te mandara al cielo palpitaciones y suspiros con que ella arrullaba mi sueño... Creo
cuando murieras? ¿Querías ver si allá encontrabas a tu hijo, no, sentir la pena de su muerte... Pero esto es falso.
Dorotea? Pues bien, no podrás ir ya más al cielo. Pero que Dios te       Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar
perdone. mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la
      —Gracias, padre. cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa
      —Sí. Yo también te perdono en nombre de él. Puedes irte. para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.
      —¿No me deja ninguna penitencia?        Siento el lugar en que estoy y pienso...
      —No la necesitas, Dorotea.       Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero
      —Gracias, padre. que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los
      —Ve con Dios. secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio.
      Tocó con los nudillos la ventanilla del confesionario para llamar       El viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y
a otra de aquellas mujeres. Y mientras oía el Yo pecador su cabeza las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno
se dobló como si no pudiera sostenerse en alto. Luego vino aquel las hiciera bajar al valle; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul,
mareo, aquella confusión, el irse diluyendo como en agua espesa, y dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos
el girar de luces; la luz entera del día que se desbarataba haciéndose sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los
añicos; y ese sabor a sangre en la lengua. El Yo pecador se oía más naranjos.
fuerte, repetido, y después terminaba: “por los siglos de los siglos,       Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer,
amén”, “por los siglos de los siglos, amén”, “por los siglos...” y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y
      —Ya calla —dijo—. ¿Cuánto hace que no te confiesas? perseguían a las mariposas y reían. Era esa época.
      —Dos días, padre.       En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de
      Allí estaba otra vez. Como si lo rodeara la desventura. “¿Qué gorriones y de luz azul. Me acuerdo.
haces aqui? —pensó—. Descansa. Vete a descansar. Estás muy       Mi madre murió entonces.
cansado.”       Que yo debía haber gritado: que mis manos tenían que haberse
      Se levantó del confesionario y se fue derecho a la sacristía. Sin hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido
volver la cabeza dijo a aquella gente que lo estaba esperando: que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana? Por la puerta
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abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis desanudando tu pañuelo húmedo de lágrimas, exprimido y vuelto a
piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos exprimir y ahora guardando el dinero de los funerales...
temblaban tibias al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las       Y cuando ellos se fueron, te arrodillaste en el lugar donde había
lomas se mecían las espigas. Me dio lástima que ella ya no volviera quedado su cara y besaste la tierra y podrías haber abierto un
a ver el juego del viento en los jazmines; que cerrara sus ojos a la luz agujero, si yo no te hubiera dicho: “Vámonos, Justina, ella está en
de los días. ¿Pero por qué iba a llorar? otra parte, aquí no hay más que una cosa muerta.”
      ¿Te acuerdas, Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del       —¿Eres tú la que ha dicho todo eso, Dorotea?
corredor para que la gente que viniera a verla esperara su turno.       —¿Quién, yo? Me quedé dormida un rato. ¿Te siguen asustando?
Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio de los cirios; su cara       —Oí a alguien que hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú.
pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre sus labios       —¿Voz de mujer? ¿Creíste que era yo? Ha de ser la que habla
morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya sola. La de la sepultura grande. Doña Susanita. Está aquí enterrada a
quietas; quieto ya su corazón. Tú y yo allí, rezando rezos nuestro lado. Le ha de haber llegado la humedad y estará
interminables, sin que ella oyera nada sin que tú y yo oyéramos removiéndose entre el sueño.
nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche.       —¿Y quién es ella?
Planchaste su vestido negro, almidonando el cuello y el puño de sus       —La última esposa de Pedro Páramo. Unos dicen que estaba
mangas para que sus manos se vieran nuevas, cruzadas sobre su loca. Otros, que no. La verdad es que ya hablaba sola desde en vida.
pecho muerto, su viejo pecho amoroso sobre el que dormí en un       —Debe haber muerto hace mucho.
tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis       —¡Uh, sí! Hace mucho. ¿Qué le oíste decir?
sueños.       —Algo acerca de su madre.
      Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerte no se reparte       —Pero si ella ni madre tuvo...
como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.       —Pues de eso hablaba.
      Tocaron la aldaba. Tú saliste.       —... O, al menos, no la trajo cuando vino. Pero espérate. Ahora
      —Ve tú —te dije—. Yo veo borrosa la cara de la gente. Y haz recuerdo que ella nació aquí, y que ya de añejita desaparecieron. Y
que se vayan. ¿Que vienen por el dinero de las misas gregorianas? sí, su madre murió de la tisis. Era una señora muy rara que siempre
Ella no dejó ningún dinero. Díselos, Justina. ¿Que no saldrá del estuvo enferma y no visitaba a nadie.
purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer       —Eso dice ella. Que nadie había ido a ver a su madre cuando
la justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien. murió.
      —Y tus sillas se quedaron vacías hasta que fuimos a enterrarla       —¿Pero de qué tiempos hablará? Claro que nadie se paró en su
con aquellos hombres alquilados, sudando por un peso ajeno, casa por el puro miedo de agarrar la tisis. ¿Se acordará de eso la
extraños a cualquier pena. Cerraron la sepultura con arena mojada; indina?
bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire       —De eso hablaba.
que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron:       —Cuando vuelvas a oírla me avisas, me gustaría saber lo que
"Es tanto." Y tú les pagaste, como quien compra una cosa dice.
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      —¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo.       —No se le entiende. Parece que no habla, sólo se queja.
      —No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo.       —¿Y de qué se queja?
Y es voz de hombre. Lo que pasa con estos muertos viejos es que en       —Pues quién sabe.
cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.       —Debe ser por algo. Nadie se queja de nada. Para bien la oreja.
      “El cielo es grande. Dios estuvo conmigo esa noche. De no ser       —Se queja y nada más. Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir.
así quién sabe lo que hubiera pasado. Porque fue ya de noche cuando       —No creas. Él la quería. Estoy por decir que nunca quiso a
reviví...” ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca.
      —¿Lo oyes ya más claro? Tan la quiso, que se pasó el resto de sus años aplastado en un
      —Sí. equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al
      “... Tenía sangre por todas partes. Y al enderezarme chapotié con camposanto. Le perdió interés a todo. Desalejó sus tierras y mandó
mis manos la sangre regada en las piedras. Y era mía. Montonales de quemar los enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros
sangre. Pero no estaba muerto. Me di cuenta. Supe que don Pedro no que porque le agarró la desilusión; lo cierto es que echó fuera a la
tenía intenciones de matarme. Sólo de darme un susto. Quería gente y se sentó en su equipal, cara al camino.
averiguar si yo había estado en Vilmayo dos meses antes. El día de       “Desde entonces la tierra se quedó baldía y como en ruinas.
San Cristóbal. En la boda. ¿En cuál boda? ¿En cuál San Cristóbal? Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la
Yo chapoteaba entre mi sangre y le preguntaba: ‘¿En cuál boda, don invadió en cuanto la dejaron sola. De allá para acá se consumió la
Pedro? No, no, don Pedro, yo no estuve. Si acaso, pasé por allí. Pero gente; se desbandaron los hombres en busca de otros ‘bebederos’.
fue por casualidad...’ Él no tuvo intenciones de matarme. Me dejó Recuerdo días en que Comala se llenó de adioses y hasta nos parecía
cojo, como ustedes ven, y manco si ustedes quieren. Pero no me cosa alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con
mató. Dicen que se me torció un ojo desde entonces, de la mala intenciones de volver. Nos dejaban encargadas sus cosas y su
impresión. Lo cierto es que me volví más hombre. El cielo es familia. Luego algunos mandaban por la familia aunque no por sus
grande. Y ni quien lo dude.” cosas, y después parecieron olvidarse del pueblo y de nosotros, y
      —¿Quién será? hasta de sus cosas. Yo me quedé porque no tenía adonde ir. Otros se
      —Ve tú a saber. Alguno de tantos. Pedro Páramo causó tal quedaron esperando que Pedro Páramo muriera, pues según decían
mortandad después que le mataron a su padre, que se dice casi acabó les había prometido heredarles sus bienes, y con esa esperanza
con los asistentes a la boda en la cual don Lucas Páramo iba a fungir vivieron todavía algunos. Pero pasaron años y años y él seguía vivo,
de padrino. Y eso que a don Lucas nomás le tocó de rebote, porque siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media
al parecer la cosa era contra el novio. Y como nunca se supo de Luna.
dónde había salido la bala que le pegó a él, Pedro Páramo arrasó       “Y ya cuando le faltaba poco para morir vinieron las guerras esas
parejo. Eso fue allá en el cerro de Vilmayo, donde estaban unos de los ‘cristeros’ y la tropa echó rialada con los pocos hombres que
ranchos de los que ya no queda ni el rastro... Mira, ahora sí parece quedaban. Fue cuando yo comencé a morirme de hambre y desde
ser ella. Tú que tienes los oídos muchachos, ponle atención. Ya me entonces nunca me volví a emparejar.
contarás lo que diga.       “Y todo por las ideas de don Pedro, por sus pleitos de alma.
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Nada más porque se le murió su mujer, la tal Susanita. Ya te has de se las entrego’. Pero por el muchacho supe que te habías casado y
imaginar si la quería." pronto me enteré que te habías quedado viuda y le hacías otra vez
       Fue Fulgor Sedano quien le dijo: compañía a tu padre.”
      —Patrón, ¿sabe quién anda por aquí?       Luego el silencio.
      —¿Quién?       “El mandadero iba y venía y siempre regresaba diciéndome:
      —Bartolomé San Juan.       “—No los encuentro, don Pedro. Me dicen que salieron de
      —¿Y eso? Mascota. Y unos me dicen que para acá y otros que para allá.
      —Eso es lo que yo me pregunto. ¿Qué vendrá a hacer?       “Y yo:
      —¿No lo has investigado?       “—No repares en gastos, búscalos. Ni que se los haya tragado la
      —No. Vale decirlo. Y es que no ha buscado casa. Llegó tierra.
directamente a la antigua casa de usted. Allí desmontó y apeó sus       “Hasta que un día vino y me dijo:
maletas, como si usted de antemano se la hubiera alquilado. Al       “—He repasado toda la sierra indagando el rincón donde se
menos le vi esa seguridad. esconde don Bartolomé San Juan, hasta que he dado con él, allá,
      —¿Y qué haces tú, Fulgor, que no averiguas lo que pasa? ¿No perdido en un agujero de los montes, viviendo en una covacha hecha
estás para eso? de troncos, en el mero lugar donde están las minas abandonadas
      —Me desorienté un poco por lo que le dije. Pero mañana de La Andrómeda.
aclararé las cosas si usted lo cree necesario.       “Ya para entonces soplaban vientos raros. Se decía que había
      —Lo de mañana déjamelo a mí. Yo me encargo de ellos. ¿Han gente levantada en armas. Nos llegaban rumores. Eso fue lo que
venido los dos? aventó a tu padre por aquí. No por él, según me dijo en su carta, sino
      —Sí, él y su mujer. ¿Pero cómo lo sabe? por tu seguridad, quería traerte a algún lugar viviente.
      —¿No será su hija?       “Sentí que se abría el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De
      —Pues por el modo como la trata más bien parece su mujer. rodearte de alegría. De llorar. Y lloré, Susana, cuando supe que al fin
      —Vete a dormir, Fulgor. regresarías.”
      —Si usted me lo permite.       —Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber
      “Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo
todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de viejo. Éste es uno de esos pueblos, Susana.
modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el tuyo, el deseo de ti.       “Allá, de dónde venimos ahora, al menos te entretenías mirando
¿Cuántas veces invité a tu padre a que viniera a vivir aquí el nacimiento de las cosas: nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas?
nuevamente, diciéndole que yo lo necesitaba? Lo hice hasta con Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que
engaños. parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo
      “Le ofrecí nombrarlo administrador, con tal de volverte a ver. ¿Y desdichado; untado todo de desdicha.
qué me contestó? ‘No hay respuesta —me decía siempre el       “Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos
mandadero—. El señor don Bartolomé rompe sus cartas cuando yo ha dado todo lo que podemos necesitar. Pero no debemos estarle
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agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no de tal modo que no alcanzó sino a decir:
tendremos salvación ninguna. Lo presiento.       —No es cierto. No es cierto.
      “¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba       —Este mundo que lo aprieta a uno por todos lados, que va
que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en
cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos
Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que hecho? ¿Porqué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que
aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes que cuando menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana.
me contestó? ‘No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo ¿Porqué me niegas a mí como tu padre? ¿Estás loca?
único que quiero de usted es a su hija. Ese ha sido su mejor trabajo.’       —¿No lo sabías?
      “Así que te quiere a ti , Susana. Dicen que jugabas con él cuando       —¿Estás loca?
eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río       —Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?
cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría       —¿Sabías, Fulgor, que ésa es la mujer más hermosa que se ha
matado a cintarazos.” dado sobre la tierra? Llegué a creer que la había perdido para
      —No lo dudo. siempre. Pero ahora no tengo ganas de volverla a perder. ¿Tú me
      —¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo? entiendes, Fulgor? Dile a su padre que vaya a seguir explotando sus
      —Yo lo dije. minas. Y allá... me imagino que será fácil desaparecer al viejo en
      —¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él? aquellas regiones adonde nadie va nunca... ¿No lo crees?
      —Sí, Bartolomé.       —Puede ser.
      —¿No sabes que es casado y que ha tenido infinidad de mujeres?       —Necesitamos que sea. Ella tiene que quedarse huérfana.
      —Sí, Bartolomé. Estamos obligados a amparar a alguien ¿No crees tú?
      —No me digas Bartolomé. ¡Soy tu padre!       —No lo veo difícil.
      Bartolomé San Juan, un minero muerto. Susana San Juan, hija de       —Entonces andando Fulgor, andando.
un minero muerto en las minas de La Andrómeda. Veía claro.       —¿Y si ella lo llega a saber?
“Tendré que ir allá a morir”, pensó. Luego dijo:       —¿Quién se lo dirá? A ver, dime, aquí entre nosotros dos, ¿quién
      —Le he dicho que tú, aunque viuda, sigues viviendo con tu se lo dirá?
marido, o al menos así te comportas; he tratado de disuadirlo, pero       —Estoy seguro que nadie.
se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en cuanto sale a       —Quítale el “estoy seguro que”. Quítaselo desde ahorita y ya
relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura maldad. verás como todo sale bien. Acuérdate del trabajo que dio dar con La
Eso es Pedro Páramo. Andrómeda. Mándalo para allá a seguir trabajando. Que vaya y
      —¿Y yo quién soy? vuelva. Nada de que se le ocurra acarrerar con la hija. Ésa aquí se la
      —Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan. cuidamos. Allá estará su trabajo y aquí su casa adonde venga a
      En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, reconocer. Díselo así, Fulgor.
primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr       —Me vuelve a gustar como acciona usted, patrón, como que se
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le están rejuveneciendo los ánimos. romero, y regresó, seguida por las miradas en hilera de aquel montón
      Sobre los campos del valle de Comala está cayendo la lluvia. de indios.
Una lluvia menuda, extraña para estas tierras que sólo saben de       “Lo caro que está todo en este tiempo —dijo, al tomar de nuevo
aguaceros. Es domingo. De Apango han bajado los indios con sus el camino hacia la Media Luna—. Este triste ramito de romero por
rosarios de manzanillas, su romero, sus manojos de tomillo. No han diez centavos. No alcanzará ni siquiera para dar olor.”
traído ocote porque el ocote está mojado, y ni tierra de encino       Los indios levantaron su puestos al oscurecer. Entraron en la
porque también está mojada por el mucho llover. Tienden sus yerbas lluvia con sus pesados tercios a la espalda; pasaron por la iglesia
en el suelo, bajo los arcos del portal, y esperan. para rezarle a la Virgen, dejándole un manojo de tomillo de limosna.
      La lluvia sigue cayendo sobre los charcos. Luego enderezaron hacia Apango, de donde habían venido. “Ahi
      Entre surcos, donde está naciendo el maíz, corre el agua en ríos. será otro día”, dijeron. Y por el camino iban contándose chistes y
Los hombres no han venido hoy al mercado, ocupados en romper sus soltando la risa.
surcos para que el agua busque nuevos cauces y no arrastre la milpa       Justina Díaz entró en el dormitorio de Susana San Juan y puso el
tierna. Andan en grupos, navegando en la tierra anegada, bajo la romero sobre la repisa. Las cortinas cerradas impedían el paso de la
lluvia, quebrando con sus palas los blandos terrones, ligando con sus luz, así que en aquella oscuridad sólo veía las sombras, sólo
manos la milpa y tratando de protegerla para que crezca sin trabajo. adivinaba. Supuso que Susana San Juan estaría dormida; ella
      Los indios esperan. Sienten que es un mal día. Quizá por eso deseaba que siempre estuviera dormida. Las sintió así y se alegró.
tiemblan debajo de sus mojados gabanes de paja; no de frío, sino de Pero entonces oyó un suspiro lejano, como salido de algún rincón de
temor. Y miran la lluvia desmenuzada y al cielo, que no suelta sus aquella pieza oscura.
nubes.       —¡Justina! —le dijeron.
      Nadie viene. El pueblo parece estar solo. La mujer les encargó       Ella volvió la cabeza. No vio a nadie; pero sintió una mano sobre
un poco de hilo de remiendo y algo de azúcar, y de ser posible y de su hombro y la respiración de sus oídos. La voz en secreto: “Vete de
haber, un cedazo para colar el atole. El gabán se les hace pesado de aquí, Justina. Arregla tus enseres y vete. Ya no te necesitamos.”
humedad conforme se acerca el mediodía. Platican, se cuentan       —Ella sí me necesita —dijo, enderezando el cuerpo—. Está
chistes y sueltan la risa. Las manzanillas brillan salpicadas por el enferma y me necesita.
rocío. Piensan: “Si al menos hubiéramos traído tantito pulque, no       —Ya no, Justina. Yo me quedaré aquí a cuidarla.
importaría; pero el cogollo de los magueyes está hecho un mar de       —¿Es usted, don Bartolomé? —y no esperó la respuesta. Lanzó
agua. En fin, qué se le va a hacer.” aquel grito que bajó hasta los hombres y las mujeres que regresaban
      Justina Díaz, cubierta con paraguas, venía por la calle derecha de los campos y que los hizo decir: “Parece ser un aullido humano;
que viene de la Media Luna, rodeando los chorros que borbotaban pero no parece ser de ningún ser humano.”
sobre las banquetas. Hizo la señal de la cruz y se persignó al pasar       La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de
por la puerta de la iglesia mayor. Entró en el portal. Los indios todo, granizando sus gotas, hilvanando el hilo de la vida.
voltearon a verla. Vio la mirada de todos como si la escudriñaran. Se       —¿Qué te pasa, Justina? ¿Por qué gritas? —preguntó Susana San
detuvo en el primer puesto, compró diez centavos de hojas de Juan.
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      —Yo no he gritado, Susana. Has de haber estado soñando.       Las sábanas estaban frías de humedad. Los caños borbotaban,
      —Ya te he dicho que yo no sueño nunca. No tienes hacían espuma, cansados de trabajar durante el día, durante la noche,
consideración de mí. Estoy muy desvelada. Anoche no echaste fuera durante el día. El agua seguía corriendo, diluviando en incesantes
al gato y no me dejó dormir. burbujas.
      —Durmió conmigo, entre mis piernas. Estaba ensopado y por       Era la medianoche y allá afuera el ruido del agua apagaba todos
lástima lo dejé quedarse en mi cama; pero no hizo ruido. los sonidos.
      —No, ruido ni hizo. Sólo se la pasó haciendo circo, brincando de       Susana San Juan se levantó despacio. Enderezó el cuerpo
mis pies a mi cabeza, y maullando quedito como si tuviera hambre. lentamente y se alejó de la cama. Allí estaba otra vez el peso, en sus
      —Le di bien de comer y no se despegó de mí en toda la noche. pies, caminando por la orilla de su cuerpo; tratando de encontrarle la
Estás otra vez soñando mentiras, Susana. cara:
      —Te digo que pasó la noche asustándome con sus brincos. Y       —¿Eres tú, Bartolomé? —preguntó.
aunque sea muy cariñoso tu gato, no lo quiero cuando estoy       Le pareció oír rechinar la puerta, como cuando alguien entraba o
dormida. salía. Y después sólo la lluvia, intermitente, fría, rodando sobre las
      —Ves visiones, Susana. Eso es lo que pasa. Cuando venga Pedro hojas de los plátanos, hirviendo en su propio hervor.
Páramo le diré que ya no te aguanto. Le diré que me voy. No faltará       Se durmió y no despertó hasta que la luz alumbró los ladrillos
gente buena que me dé trabajo. No todos son maniáticos como tú, ni rojos, asperjados de rocío entre la gris mañana de un nuevo día.
se viven mortificándola a una como tú. Mañana me iré y me llevaré Gritó:
al gato y te quedarás tranquila.       —¡Justina!
      —No te irás de aquí, maldita y condenada Justina. No te irás a       Y ella apareció en seguida, como si ya hubiera estado allí,
ninguna parte porque nunca encontrarás quien te quiera como yo. envolviendo su cuerpo en una frazada.
      —No, no me iré, Susana. No me iré. Bien sabes que estoy aquí       —¿Qué quieres, Susana?
para cuidarte. No importa que me hagas renegar, te cuidaré siempre.       —El gato. Otra vez ha venido.
      La había cuidado desde que nació . La había tenido entre sus       —Pobrecita de ti, Susana.
brazos. La había enseñado a andar. A dar esos pasos que a ella le       Se recostó sobre su pecho, abrazándola, hasta que ella logró
parecían eternos. Había visto crecer su boca y sus ojos “como de levantar aquella cabeza y le preguntó:
dulce”. “El dulce de menta es azul. Amarillo y azul. Verde y Azul.       —¿Por qué lloras? Le diré a Pedro Páramo que eres buena
Revuelto con menta y yerbabuena.” Le mordía las piernas. La conmigo. No le contaré nada de los sustos que me da tu gato. No te
entretenía dándole de mamar sus senos, que no tenían nada, que eran pongas así, Justina.
como de juguete. “Juega —le decía—, juega con este juguetito       —Tu padre ha muerto, Susana. Antenoche murió, y hoy han
tuyo.” La hubiera apachurrado y hecho pedazos. venido a decir que nada se puede hacer; que ya lo enterraron; que no
      Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los lo han podido traer aquí porque el camino era muy largo. Te has
plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada quedado sola. Susana.
en la tierra.       —Entonces era él —y sonrió—. Viniste a despedirte de mí —
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dijo, y sonrió.       Busca algo más, Susana. Dinero. Ruedas redondas de oro.
      Muchos años antes, cuando ella era una niña, él le había dicho: Búscalas, Susana.
      —Baja, Susana, y dime lo que ves.       Entonces ella no supo de ella, sino muchos días después entre el
      Estaba colgada de aquella soga que le lastimaba la cintura, que le hielo, entre las miradas llenas de hielo de su padre.
sangraba sus manos; pero que no quería soltar: era como el único       Por eso reía ahora.
hilo que la sostenía al mundo de afuera.       Supe que eras tú, Bartolomé.
      —No veo nada, papá.       Y la pobre de Justina, que lloraba sobre su corazón, tuvo que
      —Busca bien, Susana. Haz por encontrar algo. levantarse al ver que ella reía y que su risa se convertía en carcajada.
      Y la alumbró con su lámpara.       Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes y el
      —No veo nada, papá. valle de Comala seguía anegándose en lluvia.
      —Te bajaré más. Avísame cuando estés en el suelo.        Los vientos siguieron soplando todos esos días. Esos vientos que
      Había entrado por un pequeño agujero abierto entre las tablas. habían traído las lluvias. La lluvia se había ido; pero el viento se
Había caminado sobre tablones podridos, viejos, astillados y llenos quedó. Allá en los campos la milpa oreó sus hojas y se acostó sobre
de tierra pegajosa: los surcos para defenderse del viento. De día era pasadero; retorcía
      —Baja más abajo, Susana, y encontrarás lo que te digo. las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche
      Y ella bajó y bajó en columpio, meciéndose en la profundidad, gemía, gemía largamente. Pabellones de nubes pasaban en silencio
con sus pies bamboleando “en el no encuentro dónde poner los por el cielo como si caminaran rozando la tierra.
pies”.       Susana San Juan oye el golpe del viento contra la ventana
      —Más abajo, Susana. Más abajo. Dime si ves algo. cerrada. Está acostada con los brazos detrás de la cabeza pensando,
      Y cuando encontró el apoyo allí permaneció, callada, porque se oyendo los ruidos de la noche; cómo la noche va y viene arrastrada
enmudeció de miedo. La lámpara circulaba y la luz pasaba de largo por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco detenerse.
junto a ella. Y el grito de allá arriba la estremecía:       Han abierto la puerta. Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la
      —¡Dame lo que está allí, Susana! oscuridad y entonces deja de pensar. Siente pequeños susurros. En
      Y ella agarró la calavera entre sus manos y cuando la luz le dio seguida oye el percutir de su corazón en palpitaciones desiguales. Al
de lleno la soltó. través de sus párpados cerrados entrevé la llama de la luz.
      —Es una calavera de muerto —dijo.       No abre los ojos. El cabello está derramado sobre su cara. La luz
      —Debes encontrar algo más junto a ella. Dame todo lo que enciende gotas de sudor en sus labios. Pregunta:
encuentres.       —¿Eres tú, padre?
      EI cadáver se deshizo en canillas; la quijada se desprendió como       —Soy tu padre, hija mía.
si fuera de azúcar. Le fue dando pedazo a pedazo hasta que llegó a       Entreabre los ojos. Mira como si cruzara sus cabellos una sombra
los dedos de los pies y le entregó coyuntura tras coyuntura. Y la sobre el techo, con la cabeza encima de su cara. Y la figura borrosa
calavera primero; aquella bola redonda que se deshizo entre sus de aquí enfrente, detrás de la lluvia de sus pestañas. Una luz difusa;
manos. una luz en el lugar del corazón, en forma de corazón pequeño que
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palpita como llama parpadeante. “Se te está muriendo de pena el       El hombre al que decían el Tartamudo aguardó arriba del
corazón —piensa—. Ya sé que vienes a contarme que murió caballo. Pasado un rato, Pedro Páramo, que nunca había visto, se le
Florencio; pero eso ya lo sé. No te aflijas por los demás; no te apures puso enfrente:
por mí. Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes       —¿Qué se te ofrece?
que se te apague el corazón.”       —Necesito hablar directamente cocón el patrón.
      Enderezó el cuerpo y lo arrastró hasta donde estaba el padre       —Yo soy. ¿Qué quieres?
Rentería.       —Pues, nanada más esto. Mataron a don Fulgor Sesedano. Yo le
      —¡Déjame consolarte con mi desconsuelo! —dijo, protegiendo hacía compañía. Habíamos ido por el rurrumbo de los “vertederos”
la llama de la vela con sus manos. para averiguar por qué se estaba escaseando el agua. Y en eso
      El padre Rentería la dejó acercarse a él; la miró cercar con sus andábamos cucuando vimos una manada de hombres que nos
manos la vela encendida y luego juntar su cara al pabilo inflamado, salieron al encuentro. Y de entre la mumultitud aquella brotó una
hasta que el olor a carne chamuscada lo obligó a sacudirla, voz que dijo: “Yo a ése le coconozco. Es el administrador de la
apagándola de un soplo. Memedia Luna.”
      Entonces volvió la oscuridad y ella corrió a refugiarse debajo de       “A mí ni me totomaron en cuenta. Pero a don Fulgor le
sus sábanas. mandaron soltar la bestia. Le dijeron que eran revolucionarios. Que
      El padre Rentería le dijo: venían por las tierras de usté. ‘¡Cocórrale! —le dijeron a don Fulgor
      —He venido a confortarte, hija. —. ¡Vaya y dígale a su patrón que allá nos veremos!’ Y él soltó la
      —Entonces adiós, padre —contestó ella—. No vuelvas. No te cacalda, despavorido. No muy de prisa por lo pepesado que era; pero
necesito. corrió. Lo mataron, cocorriendo. Murió cocón una pata arriba y otra
      Y oyó cuando se alejaban los pasos que siempre dejaban una abajo.
sensación de frío, de temblor y miedo.       “Entonces yo ni me momoví. Esperé que fuera de nonoche y
      —¿Para qué vienes a verme, si estás muerto? aquí estoy para anunciarle lo que papasó.”
      El padre Rentería cerró la puerta y salió al aire de la noche.       —¿Y qué esperas? ¿Por qué no te mueves? Anda y diles a ésos
      El viento seguía soplando. que aquí estoy para lo que se les ofrezca. Que vengan a tratar
      Un hombre al que decían el Tartamudo llegó a la Media Luna y conmigo. Pero antes date un rodeo por La Consagración. ¿Conoces
preguntó por Pedro Páramo. al Tilcuate? Allí estará. Dile que necesito verlo. Y a esos fulanos
      —¿Para qué lo solicitas? avísales que los espero en cuanto tengan un tiempo disponible. ¿Qué
      —Quiero hablar cocón él. jaiz de revolucionarios son?
      —No está.       —No lo sé. Ellos ansí se nonombran.
      —Dile, cucuando regrese, que vengo de paparte de don Fulgor.       —Dile al Tilcuate que lo necesito más que de prisa.
      —Lo iré a buscar; pero aguántate unas cuantas horas.       —Así lo haré, papatrón.
      —Dile es cocosa de urgencia.       Pedro Páramo volvió a encerrarse en su despacho. Se sentía viejo
      —Se lo diré. y abrumado. No le preocupaba Fulgor, que al fin y al cabo ya estaba
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“más para la otra que para ésta”. Había dado de sí todo lo que tenía el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No
que dar; aunque fue muy servicial, lo que sea de cada quien. “De había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen ‘picos feos’, que
todos modos, los ‘tilcuatazos’ que se van a llevar esos locos”, pensó. gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen. Él
      Pensaba más en Susana San Juan, metida siempre en su cuarto, me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí.
durmiendo, y cuando no, como si durmiera. La noche anterior se la       “—Es como si fuera un ‘pico feo’, uno más entre todos —me
había pasado en pie, recostado en la pared, observando a través de la dijo—. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la
pálida luz de la veladora el cuerpo en movimiento de Susana; la cara misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.
sudorosa, las manos agitando las sábanas, estrujando la almohada       “Y se fue.
hasta el desmorecimiento.       “Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va;
      Desde que la había traído a vivir aquí no sabía de otras noches moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave,
pasadas a su lado, sino de estas noches doloridas, de interminable da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis
inquietud. Y se preguntaba hasta cuándo terminaría aquello. hombros. Entonces me hundo con él, entera. Me entrego a él en su
Esperaba que alguna vez. Nada puede durar tanto, no existe ningún fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.”
recuerdo por intenso que sea que no se apague.       “—Me gusta bañarme en el mar —le dije.
      Si al menos hubiera sabido qué era aquello que la maltrataba por       “Pero él no comprende.
dentro, que la hacía revolcarse en el desvelo, como si la       “Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome.
despedazaran hasta inutilizarla. Entregándome en sus olas.”
      Él creía conocerla. Y aun cuando no hubiera sido así, ¿acaso no       Pardeando la tarde, aparecieron los hombres. Venían
era suficiente saber que era la criatura más querida por él sobre la encarabinados y terciados de cerrilleras. Eran cerca de veinte. Pedro
tierra? Y que además, y esto era lo más importante, le serviría para Páramo los invitó a cenar a la mesa y esperaron callados. Sólo se les
irse de la vida alumbrándose con aquella imagen que borraría todos oyó sorber el chocolate, y masticar tortilla tras tortilla cuando les
los demás recuerdos. arrimaron los frijoles.
      ¿Pero cuál era el mundo de Susana San Juan? Ésa fue una de las       Pedro Páramo los miraba. No se le hacían caras conocidas.
cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber. Detrasito de él, en la sombra el Tilcuate.
      “Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los       —Patrones —les dijo cuando vio que acababan de comer—, ¿ en
ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa que más puedo servirlos?
del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando apenas restos de       —¿Usted es el dueño de esto? —preguntó uno abanicando la
espuma en mis pies al subir de su marea...” mano.
      —Ahora sí es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide       Pero otro lo interrumpió diciendo:
decirme lo que dice.       —¡Aquí yo soy el que hablo!
      “... Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía       —Bien. ¿qué se les ofrece? —volvió a preguntar Pedro Páramo.
de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas.       —Como usté ve, nos hemos levantado en armas.
      “—En el mar sólo me sé bañar desnuda —le dije. Y él me siguió       —¿Y?
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      —Y pos eso es todo. ¿Le parece poco? disposición tanto los hombres como el dinero. El dinero se los
      —¿Pero por qué lo han hecho? regalo, a los hombres nomás se los presto. En cuanto los desocupen
      —Pos porque otros lo han hecho también. ¿No lo sabe usté? mándenmelos para acá. ¿Está bien así?
Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y entonces le       —Pero cómo no.
averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos aquí.       —Entonces hasta dentro de ocho días, señores. Y he tenido
      —Yo sé la causa —dijo otro—. Y si quiere se la entero. Nos mucho gusto en conocerlos.
hemos rebelado contra el gobierno y contra ustedes porque ya       —Sí —dijo el último al salir—. Acuérdese que, si no nos
estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por rastrero y a cumple, oirá hablar de Perseverancio, que así es mi nombre.
ustedes porque no son más que unos móndrigos bandidos y       Pedro Páramo se despidió de él dándole la mano.
mantecosos ladrones. Y del señor gobierno ya no digo nada porque       —¿Quién crees tú que sea el jefe de éstos? —le preguntó más
le vamos a decir a balazos lo que le queremos decir. tarde alTilcuate.
      —¿Cuánto necesitan para hacer su revolución? —preguntó Pedro       —Pues a mí se me figura que es el barrigón ese que estaba en
Páramo—. Tal vez yo pueda ayudarlos. medio y que ni alzó los ojos. Me late que es él... Me equivoco pocas
      —Dice bien aquí el señor, Perseverancio. No se te debía soltar la veces, don Pedro.
lengua. Necesitamos agenciarnos un rico pa que no habilite, y qué       —No, Damasio, el jefe eres tú. ¿O qué, no te quieres ir a la
mejor que el señor aquí presente. ¿A ver tú, Casildo, como cuánto revuelta?
nos hace falta?       —Pero si hasta se me hace tarde. Con lo que me gusta a mí la
      —Que nos dé lo que su buena intención quiera darnos. bulla.
      —Éste “no le daría agua ni al gallo de la pasión”. Aprovechemos       —Ya viste pues de qué se trata, así que ni necesitas mis
que estamos aquí para sacarle de una vez hasta el maíz que trai consejos. Júntate trescientos muchachos de tu confianza y enrólate
atorado en su cochino buche. con esos alzados. Diles que les llevas la gente que les prometí. Lo
      —Cálmate, Perseverancio. Por las buenas se consiguen mejor las demás ya sabrás tú cómo manejarlo.
cosas. Vamos a ponernos de acuerdo. Habla tú, Casildo.       —¿Y del dinero qué les digo? ¿También se los entriego?
      —Pos yo ahi al cálculo diría que unos veinte mil pesos no       —Te voy a dar diez pesos para cada uno. Ahí nomás para sus
estarían mal para el comienzo ¿Qué les parece a ustedes? Ora que gastos más urgentes. Les dices que el resto está aquí guardado y a su
quién sabe si al señor éste se le haga poco, con eso de que tiene disposición. No es conveniente cargar tanto dinero andando en esos
sobrada voluntad de ayudarnos. Pongamos entonces cincuenta mil. trajines. Entre paréntesis ¿Te gustaría el ranchito de la Puerta de
¿De acuerdo? Piedra? Bueno pues es tuyo desde ahorita. Le vas a llevar un recado
      —Les voy a dar cien mil pesos —les dijo Pedro Páramo—. al Licenciado Gerardo Trujillo, de Comala, y allí mismo pondrá a tu
¿Cuántos son ustedes? nombre la propiedad. ¿Qué dices, Damasio?
      —Semos trescientos.       —Eso ni se pregunta, patrón. Aunque con eso o sin eso yo haría
      —Bueno. Les voy a prestar otros trescientos hombres para que esto por puro gusto. Como si usted no me conociera. De cualquier
aumenten su contingente. Dentro de una semana tendrán a su modo, se lo agradezco. La vieja tendrá por lo menos con qué
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entretenerse mientras yo suelto el trapo.       —Sí, yo también lo oigo.
      —Y mira, ahi de pasada arréate unas cuantas vacas. A ese rancho ,br>
lo que le falta es movimiento.       —Esa noche volvieron a sucederse los sueños ¿Porqué ese
      —¿No importa que sean cebuses? recordar intenso de tantas cosas? ¿Porqué no simplemente la muerte
      —Escoge de las que quieras, y las que tantees pueda cuidar tu y no esa música tierna del pasado?
mujer. Y volviendo a nuestro asunto, procura no alejarte mucho de       —Florencio ha muerto, señora.
mis terrenos, por eso de que si vienen otros que vean el campo ya       —¡Qué largo era aquel hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura.
ocupado. Y venme a ver cada que puedas o tengas alguna novedad. Seca como la tierra más seca. Y su figura era borrosa, ¿O se hizo
      —Nos veremos patrón. borrosa después?, como si entre ella y él se interpusiera la lluvia.
      —¿Qué es lo que dice Juan Preciado? “¿Qué había dicho? ¿Florencio? ¿De cuál Florencio hablaba? ¿del
      —Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies mío? ¡Oh!, porqué no lloré y me anegué entonces en lágrimas para
helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un enjuagar mi angustia. ¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección
horno donde se dora el pan. Dice que él mordía los pies diciéndole para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más
que eran como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, de las almas. Y yo lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y
metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis
su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo.
luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré de mis
sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había doloridos labios?”
dolido más su muerte. Eso dice.       Mientras Susana San Juan se revolvía inquieta, de pie, junto a la
      —¿A quién se refiere? puerta, Pedro Páramo la miraba y contaba los segundos de aquel
      —A alguien que murió antes que ella, seguramente. nuevo sueño que ya duraba mucho. El aceite de la lámpara
      —¿Pero quién pudo ser? chisporreaba y la llama hacía cada vez más débil su parpadeo.
      —No sé. Dice que en la noche en la cual él tardó en venir sintió Pronto se apagaría.
que había regresado ya muy noche, quizá de madrugada. Lo notó       Si al menos fuera dolor lo que sintiera ella, y no esos sueños sin
apenas, porque sus pies, que habían estado solos y fríos, parecieron sosiego, esos interminables y agotadores sueños, él podría buscarle
envolverse en algo; que alguien los envolvía en algo y les da calor. algún consuelo. Así pensaba Pedro Páramo, fija la vista en Susana
Cuando despertó los encontró liados en un periódico que ella había San Juan, siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Qué sucedería si
estado leyendo mientras lo esperaba y que había dejado caer al suelo ella también se apagara cuando se apagara la llama de aquélla débil
cuando ya no pudo soportar el sueño. Y que allí estaban sus pies luz con que él la veía?
envueltos en periódico cuando vinieron a decirle que él había       Después salió cerrando la puerta sin hacer ruido. Afuera el
muerto. limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de
      —Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque oye Susana San Juan.
como un crujir de tablas.       Ella despertó un poco antes del amanecer. Sudorosa tiró al suelo
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las pesadas cobijas y se deshizo hasta el calor de las sábanas.       —Ve con Dios, Gerardo.
Entonces su cuerpo se quedó desnudo, refrescado por el viento de la       —¿Qué dijo usted?
madrugada. Suspiró y luego volvió a quedarse dormida.       —Digo que Dios te acompañe.
      Así fue como la encontró horas después el padre Rentería;       El licenciado Gerardo Trujillo salió despacio. Estaba ya viejo;
desnuda y dormida. pero no para dar esos pasos tan cortos, tan sin ganas. La verdad es
      —¿Sabe, don Pedro, que derrotaron al Tilcuate? que esperaba una recompensa. Había servido a don Lucas, que en
      —Sé que hubo alguna balacera anoche, porque se estuvo oyendo paz descanse, padre de don Pedro; después a don Pedro. La verdad
el alboroto, pero de ahi en más no sé nada. ¿Quién te contó eso, es que esperaba una compensación. Una retribución grande y
Gerardo? valiosa. Le había dicho a su mujer:
      —Llegaron unos heridos a Comala. Mi mujer ayudó para eso de       —Voy a despedirme de don Pedro. Sé que me gratificará. Estoy
los vendajes. Dijeron que eran de la gente de Damasio y que habían por decir que con el dinero que él me dé nos estableceremos bien en
tenido muchos muertos. Parece que se encontraron con unos que se Sayula y viviremos holgadamente el resto de nuestros días.
dicen villistas.       Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben
      —¡Qué caray, Gerardo! Estoy viendo llegar tiempos malos. ¿Y avisos del cielo, o qué? Ella no estuvo segura de que consiguiera
tú qué piensas hacer? algo:
      —Me voy, don Pedro. A Sayula. Allá volveré a establecerme.       —Tendrás que trabajar muy duro allá para levantar cabeza. De
      —Ustedes los abogados tienen esa ventaja; pueden llevarse su aquí no sacarás nada.
patrimonio a todas partes, mientras no les rompan el hocico.       —¿Por qué lo dices?
      —Ni crea, don Pedro; siempre nos andamos creando problemas.       —Lo sé.
Además duele dejar a personas como usted, y las diferencias que han       Siguió andando hacia la puerta, atento a cualquier llamado: “¡Ey,
tenido para con uno se extrañan. Vivimos rompiendo nuestro mundo Gerardo! Lo preocupado que estoy no me ha permitido pensar en ti.
a cada rato, si es válido decirlo. ¿Dónde quiere que le deje los Pero yo te debo favores que no se pagan con dinero. Recibe esto: un
papeles? regalo insignificante.”
      —No los dejes. Llévatelos. ¿O qué no puedes seguir encargado       Pero el llamado no vino. Cruzó la puerta y desanudó el bozal con
de mis asuntos allá a dónde vas? que su caballo estaba amarrado al horcón. Subió a la silla y, al paso,
      —Agradezco su confianza, don Pedro. La agradezco tratando de no alejarse mucho para oír si lo llamaban, caminó hacia
sinceramente. Aunque hago la salvedad de que me será imposible. Comala sin desviarse del camino. Cuando vio que la Media Luna se
Ciertas irregularidades... Digamos... Testimonios que nadie sino perdía detrás de él, pensó: “Sería mucho rebajarme si le pidiera un
usted debe conocer. Pueden prestarse a malos manejos en caso de préstamo.”
llegar a caer en otras manos. Lo más seguro es que estén con usted.       —Don Pedro, he regresado, pues no estoy satisfecho conmigo
      —Dices bien. Gerardo. Déjalos aquí. Los quemaré. Con papeles mismo. Gustoso seguiré llevando sus asuntos.
o sin ellos, ¿quién me puede discutir la propiedad de lo que tengo?       Lo dijo, sentado nuevamente en el despacho de Pedro Páramo,
      —Indudablemente nadie, don Pedro. Nadie. Con su permiso. donde había estado no hacía ni media hora.
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      —Está bien, Gerardo. Allí están los papeles, donde tú los dejaste. dar ninguna luz, y después fue a esconderse detrás de los cerros.
      —Desearía también... Los gastos... El traslado... Un mínimo       Lejos, perdido en la oscuridad, se oía el bramido de los toros.
adelanto de honorarios... Algo extra, por si usted lo tiene a bien.       “Esos animales nunca duermen —dijo Damiana Cisneros—.
      —¿Quinientos? Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando
      —¿No podría ser un poco, digamos, un poquito más? almas para llevárselas al infierno.” Se dio vuelta a la cama,
      —¿Te conformas con mil? acercando la cara a la pared. Entonces oyó los golpes.
      —¿Y si fueran cinco?       Detuvo la respiración y abrió los ojos. Volvió a oír tres golpes
      —¿Cinco qué? ¿Cinco mil pesos? No los tengo. Tú bien sabes secos, como si alguien tocara con los nudos de la mano en la pared.
que todo está invertido. Tierras, animales. Tú lo sabes. Llévate mil. No aquí, junto a ella, sino más lejos; pero en la misma pared.
No creo que necesites más.       “¡Válgame! Si no serán los tres toques de San Pascual Bailón,
      Se quedó meditando. La cabeza caída. Oía el tintineo de los que viene a avisarle a algún devoto suyo que ha llegado la hora de su
pesos sobre el escritorio donde Pedro Páramo contaba el dinero. Se muerte.”
acordaba de don Lucas, que siempre le quedó a deber sus honorarios.       Y como ella había perdido el novenario desde hacía tiempo, a
De don Pedro, que hizo cuenta nueva. De Miguel su hijo: ¡cuántos causa de sus reumas, no se preocupó; pero le entró miedo y, más que
bochornos le había dado ese muchacho! miedo, curiosidad.
      Lo libró de la cárcel cuando menos unas quince veces, cuando no       Se levantó del catre sin hacer ruido y se asomó a la ventana.
hayan sido más. Y el asesinato que cometió con aquél hombre,       Los campos estaban negros. Sin embargo, lo conocía tan bien,
¿cómo se apellidaba? Rentería, eso es. El muerto llamado Rentería, que vio cuando el cuerpo enorme de Pedro Páramo se columpiaba
al que le pusieron una pistola en la mano. Lo asustado que estaba el sobre la ventana de la chacha Margarita.
Miguelito, aunque después le diera risa. Eso nomás ¿cuánto le       —¡Ah, qué don Pedro! —dijo Damiana—. No se le quita lo
hubiera costado a don Pedro si las cosas hubieran ido hasta allá, gatero. Lo que no entiendo es por qué le gusta hacer las cosas tan a
hasta lo legal? Y lo de las violaciones ¿qué? Cuántas veces él tuvo escondidas; con habérmelo avisado, yo le hubiera dicho a la
que sacar de su misma bolsa el dinero para que ellas le echaran tierra Margarita que el patrón la necesita para esta noche, y él no hubiera
al asunto: “¡Date de buenas que vas a tener un hijo güerito!”, les tenido ni la molestia de levantarse de su cama.
decía.       Cerró la ventana al oír el bramido de los toros. Se echó, sobre el
      —Aquí tienes, Gerardo. Cuídalos muy bien, porque no retoñan. catre cobijándose hasta las orejas, y luego se puso a pensar en lo que
      Y él que todavía estaba en sus cavilaciones, respondió: le estaría pasando a la chacha Margarita.
      —Sí, tampoco los muertos retoñan —y agregó—:       Más tarde tuvo que quitarse el camisón porque la noche comenzó
Desgraciadamente. a ponerse calurosa...
      Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de       —¡Damiana! —oyó.
estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un       Entonces ella era muchacha.
rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie       —¡Ábreme la puerta Damiana!
mira, a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin       Le temblaba el corazón como si fuera un sapo brincándole entre
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las costillas. de pelones, que resultó ser todo un ejército. Villistas, ¿sabe usted?
      —Pero ¿para qué, patrón?       —¿Y de dónde salieron ésos?
      —¡Ábreme, Damiana!       —Vienen del Norte, arriando parejo con todo lo que encuentran.
      —Pero si ya estoy dormida, patrón. Parece, según se ve, que andan recorriendo la tierra, tanteando todos
      Después sintió que don Pedro se iba por los largos corredores, los terrenos. Son poderosos. Eso ni quien se los quite.
dando aquellos zapatazos que sabía dar cuando estaba corajudo.       —¿Y por qué no te juntas con ellos? Ya te he dicho que hay que
      A la noche siguiente, ella, para evitar el disgusto, dejó la puerta estar con el que vaya ganando.
entornada y hasta se desnudó para que él no encontrara dificultades.       —Ya estoy con ellos.
      Pero Pedro Páramo jamás regresó con ella.       —¿Entonces para qué vienes a verme?
      Por eso ahora, cuando era la caporala de todas las sirvientas de la       —Necesitamos dinero, patrón. Ya estamos cansados de comer
Media Luna, por haberse dado a respetar, ahora, que estaba ya vieja, carne. Ya ni se nos antoja. Y nadie nos quiere fiar. Por eso venimos,
todavía pensaba en aquella noche cuando el patrón le dijo: “¡Ábreme para que usted nos provea y no nos veamos urgidos de robarle a
la puerta Damiana!” nadie. Si anduviéramos remotos no nos importaría darle un entre a
      Y se acostó pensando en lo feliz que sería a estas horas la chacha los vecinos; pero aquí todos estamos emparentados y nos remuerde
Margarita. robar. Total, es dinero lo que necesitamos para mercar aunque sea
      Después volvió a oír otros golpes; pero contra la puerta grande, una gorda con chile. Estamos hartos de comer carne.
como si la estuvieran aporreando a culatazos.       —¿Ahora te me vas a poner exigente, Damasio?
      Otra vez abrió la ventana y se asomó a la noche. No veía nada;       —De ningún modo, patrón. Estoy abogando por los muchachos,
aunque le pareció que la tierra estaba llena de hervores, como por mí, ni me apuro.
cuando ha llovido y se enchina de gusanos. Sentía que se levantaba       Está bien que te acomidas por tu gente; pero sonsácales a otros lo
algo así como el calor de muchos hombres. Oyó el croar de las que necesitas. Yo ya te di. Confórmate con lo que te di. Y éste no es
ranas; los grillos; la noche quieta del tiempo de aguas. Luego volvió un consejo ni mucho menos, ¿pero no se te ha ocurrido asaltar
a oír los culatazos aporreando la puerta. Contla? ¿Para qué crees que andas en la revolución? Si vas a pedir
      Una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres. limosna estás atrasado. Valía más que mejor te fueras con tu mujer a
Después se apagó. cuidar gallinas. ¡Échate sobre algún pueblo! Si tú andas arriesgando
      “Son cosas que a mí no me interesan”, dijo Damiana Cisneros, y el pellejo, ¿por qué diablos no van a poner otros algo de su parte?
cerró la ventana. Contla está que hierve de ricos. Quítales tantito de lo que tienen. ¿O
      —Supe que te habían derrotado, Damasio. ¿Por qué te dejas acaso creen que tú eres tu pilmama y que estás para cuidarles sus
hacer eso? intereses? No, Damasio. Hazles ver que no andas jugando ni
      —Le informaron mal, patrón. A mí no me ha pasado nada. divirtiéndote. Dales un pegue y ya verás cómo sales con centavos de
Tengo mi gente enterita. Ahi traigo setecientos hombres y otros este mitote.
cuantos arrimados. Lo que pasó es que unos pocos de los viejos,       —Lo que sea, patrón. De usted siempre saco algo de provecho.
aburridos de estar ociosos, se pusieron a disparar contra un pelotón       —Pues que te aproveche.
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      Pedro Páramo miró cómo los hombres se iban. Sintió desfilar       —Entonces, ¿qué esperas para morirte?
frente a él el trote de caballos oscuros confundidos con la noche. El       —La muerte, Susana.
sudor y el polvo; el temblor de la tierra. Cuando vio los cocuyos       —Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes.
cruzando otra vez sus luces, se dió cuenta de que todos los hombres       Susana San Juan estaba incorporada sobre sus almohadas. Los
se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro comenzando a ojos inquietos, mirando hacia todos lados. Las manos sobre el
desgajarse por dentro. vientre, prendidas a su vientre como una concha protectora. Había
      Pensó en Susana San Juan. Pensó en la muchacha con la que ligeros zumbidos que cruzaban como alas por encima de su cabeza.
acababa de dormir apenas un rato. Aquel pequeño cuerpo azorado y Y el ruido de las poleas en la noria. El rumor que hace la gente al
tembloroso que parecía iba a echar fuera su corazón por la boca. despertar.
“Puñadito de carne”, le dijo. Y se había abrazado a ella tratando de       —¿Tú crees en el infierno, Justina?
convertirla en la carne de Susana San Juan. “Una mujer que no era       —Sí, Susana. Y también en el cielo.
de este mundo.”       —Yo sólo creo en el infierno —dijo. Y cerró los ojos.
      En el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas;       Cuando salió Justina del cuarto, Susana San Juan estaba
casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la nuevamente dormida y afuera chisporroteaba el sol. Se encontró con
vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad. Pedro Páramo en el camino.
      —¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?       —¿Cómo está la señora?
      —Sí, Susana.       —Mal —le dijo agachando la cabeza.
      —¿Y es verdad?       —¿Se queja?
      —Debe serlo, Susana.       —No, señor, no se queja de nada; pero dicen que los muertos ya
      —¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No no se quejan. La señora está perdida para todos.
oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?       —¿No ha venido el padre Rentería a verla?
      —No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande       —Anoche vino y la confesó. Hoy debía de haber comulgado,
como la tuya. pero no debe estar en gracia porque el padre Rentería no le ha traído
      —Te asombrarías. Te digo que te asombrarías de oír lo que yo la comunión. Dijo que lo haría a hora temprana, y ya ve usted, el sol
oigo. ya está aquí y no ha venido. No debe estar en gracia.
      Justina siguió poniendo orden en el cuarto. Repasó una y otra       —¿En gracia de quién?
vez la jerga sobre los tablones húmedos del piso. Limpió el agua del       —De Dios, señor.
florero roto. Recogió las flores. Puso los vidrios en el balde lleno de       —No seas tonta, Justina.
agua.       —Como usted lo diga, señor.
      —¿Cuántos pájaros has matado en tu vida, Justina?       Pedro Páramo abrió la puerta y se estuvo junto a ella, dejando
      —Muchos, Susana. que un rayo de luz cayera sobre Susana San Juan. Vio sus ojos
      —¿Y no has sentido tristeza? apretados como cuando se siente un dolor interno; la boca
      —Sí, Susana. humedecida, entreabierta y las sábanas siendo recorridas por manos
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inconscientes hasta mostrar la desnudez de su cuerpo, que comenzó Luna.
a retorcerse en convulsiones.       —Oiga, doña Fausta, ¿no se le figura que el señor que va allí es
      Recorrió el pequeño espacio que lo separaba de la cama y cubrió el doctor Valencia?
el cuerpo desnudo, que siguió debatiéndose como un gusano en       —Así parece, aunque estoy tan cegatona que no lo podría
espasmos cada vez más violentos. Se acercó a su oído y le habló: reconocer.
“¡Susana!”, y volvió a repetir: “¡Susana!”       —Acuérdese que siempre viste pantalones blancos y saco negro.
      Se abrió la puerta y entró el padre Rentería en silencio, Yo le apuesto a que está aconteciendo algo malo en la Media Luna.
moviendo brevemente los labios: Y mire lo recio que va, como si lo correteara la prisa.
      —Te voy a dar la comunión, hija mía.       —Con tal de que no sea de verdad una cosa grave. Me dan ganas
      Esperó a que Pedro Páramo la levantara recostándola contra el de regresar y decirle al padre Rentería que se dé una vuelta por allá,
respaldo de la cama. Susana San Juan semidormida estiró la lengua y no vaya a resultar que esa infeliz muera sin confesión.
se tragó la hostia. Después dijo: “Hemos pasado un rato muy feliz,       —Ni lo piense, Ángeles. Ni lo quiera Dios. Después de todo lo
Florencio.” Y se volvió a hundir entre la sepultura de sus sábanas. que ha sufrido en este mundo, nadie desearía que se fuera sin los
      —¿Ve usted aquella ventana, doña Fausta, allá en la Media auxilios espirituales, y que siguiera penando en la otra vida. Aunque
Luna, donde siempre ha estado prendida la luz? dicen los zahorinos que a los locos no les vale la confesión, y aun
      —No, Ángeles. No veo ninguna ventana. cuando tengan el alma impura son inocentes. Eso sólo Dios lo sabe...
      —Es que ahorita se ha quedado a oscuras. ¿No estará pasando Mire usted, ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana. Ojalá todo
algo malo en la Media Luna? Hace más de tres años que está aluzada salga bien. Imagínese en qué pararía el trabajo que nos hemos
esa ventana, noche tras noche. Dicen los que han estado allí que es el tomado todos estos días para arreglar la iglesia y que luzca bonita
cuarto donde habita la mujer de Pedro Páramo, una pobrecita loca ahora para la Natividad, si alguien se muere en esa casa. Con el
que le tiene miedo a la oscuridad. Y mire: ahora mismo se ha poder que tiene don Pedro, nos desbarataría la función en un
apagado la luz. ¿No será un mal suceso? santiamén.
      —Tal vez haya muerto. Estaba muy enferma. Dicen que ya no       —A usted siempre se le ocurre lo peor, doña Fausta. Mejor haga
conocía a la gente, y dizque hablaba sola. Buen castigo ha de haber lo que yo: encomiéndelo todo a la Divina Providencia. Récele un
soportado Pedro Páramo casándose con esa mujer. Ave María a la Virgen y estoy segura que nada va a pasar de hoy a
      —Pobre del señor don Pedro. mañana. Ya después, que se haga la voluntad de Dios, al fin y al
      —No, Fausta. Él se lo merece. Eso y más. cabo, ella no debe estar tan contenta en esta vida.
      —Mire, la ventana sigue a oscuras.       —Créame, Ángeles, que usted siempre me repone el ánimo. Voy
      —Ya deje tranquila esa ventana y vámonos a dormir, que es muy a dormir llevándome al sueño estos pensamientos. Dicen que los
noche para que este par de viejas andemos sueltas por la calle. pensamientos de los sueños van derecho al cielo. Ojalá que los míos
      Y las dos mujeres, que salían de la iglesia muy cerca de las once alcancen esa altura. Nos veremos mañana.
de la noche, se perdieron bajo los arcos del portal, mirando cómo la       —Hasta mañana, Fausta.
sombra de un hombre cruzaba la plaza en dirección de la Media       Las dos viejas, puerta de por medio, se metieron en sus casas. El
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silencio volvió a cerrar la noche sobre el pueblo. que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar... Mi
      —Tengo la boca llena de tierra. boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes
      —Sí, padre. que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los
      —No digas: “Sí, padre”. Repite conmigo lo que yo vaya ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada...
diciendo.       Le extrañaba la quietud de Susana San Juan. Hubiera querido
      —¿Qué va usted a decirme? ¿Me va a confesar otra vez? ¿Por adivinar sus pensamientos y ver la batalla de aquel corazón por
qué otra vez? rechazar las imágenes que él estaba sembrando dentro de ella. Le
      —Ésta no será una confesión, Susana. Sólo vine a platicar miró los ojos y ella le devolvió la mirada. Y le pareció ver como si
contigo. A prepararte para la muerte. sus labios forzaran una sonrisa.
      —¿Ya me voy a morir?       —Aún falta más. La visión de Dios. La luz suave de su cielo
      —Sí, hija. infinito. El gozo de los querubines y el canto de los serafines. La
      —¿Por qué entonces no me deja en paz? Tengo ganas de alegría de los ojos de Dios, última y fugaz visión de los condenados
descansar. Le han de haber encargado que viniera a quitarme el a la pena eterna. Y no sólo eso, sino todo conjugado con un dolor
sueño. Que se estuviera aquí conmigo hasta que se me fuera el terrenal. El tuétano de nuestros huesos convertido en lumbre y las
sueño. ¿Qué haré después para encontrarlo? Nada, padre. ¿Por qué venas de nuestra sangre en hilos de fuego, haciéndonos dar reparos
mejor no se va y me deja tranquila? de increíble dolor, no menguando nunca, atizado siempre por la ira
      —Te dejaré en paz, Susana. Conforme vayas repitiendo las del Señor.
palabras que yo diga, te irás quedando dormida. Sentirás como si tú       “Él me cobijaba entre sus brazos. Me daba amor.”
misma te arrullaras. Y ya que te duermas nadie te despertará...       El padre Rentería repasó con la vista las figuras que estaban
Nunca volverás a despertar. alrededor de él, esperando el último momento. Cerca de la puerta,
      —Está bien, padre. Haré lo que usted diga. Pedro Páramo aguardaba con los brazos cruzados; en seguida, el
      El padre Rentería, sentado en la orilla de la cama, puestas las doctor Valencia, y junto a ellos otros señores. Más allá, en las
manos sobre los hombros de Susana San Juan, con su boca casi sombras, un puño de mujeres a las que se les hacía tarde para
pegada a la oreja de ella para no hablar fuerte, encajaba secretamente comenzar a rezar la oración de difuntos.
cada una de sus palabras: “Tengo la boca llena de tierra”. Luego se       Tuvo intenciones de levantarse. Dar los santos óleos a la enferma
detuvo. Trató de ver si los labios de ella se movían. Y los vio y decir: “He terminado.” Pero no, no había terminado todavía. No
balbucir, aunque sin dejar salir ningún sonido. podía entregar los sacramentos a una mujer sin conocer la medida de
      “Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, su arrepentimiento.
duros como si mordieran oprimiendo mis labios...”       Le entraron dudas. Quizá ella no tenía nada de que arrepentirse.
      Se detuvo también. Miró de reojo al padre Rentería y lo vio Tal vez él no tenía nada de que perdonarla. Se inclinó nuevamente
lejos, como si estuviera detrás de un vidrio empañado. Luego volvió sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le dijo en voz baja:
a oír la voz calentando su oído:       —Vas a ir a la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para
      —Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos los pecadores.
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      Luego se acercó otra vez a su oído; pero ella sacudió la cabeza:       —¿Muerto? ¿Quién?
      —¡Ya váyase, padre! No se mortifique por mí. Estoy tranquila y       —La señora.
tengo mucho sueño.       —¿La tuya?
      Se oyó el sollozo de una de las mujeres escondidas en la sombra.       —La de Pedro Páramo.
      Entonces Susana San Juan pareció recobrar vida. Se alzó en la       Comenzó a llegar gente de otros rumbos, atraída por el constante
cama y dijo: repique. De Contla venían como en peregrinación. Y aun de más
      —¡Justina, hazme el favor de irte a llorar a otra parte! lejos. Quién sabe de dónde, pero llegó un circo, con volantines y
      Después sintió que la cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de sillas voladoras. Músicos. Se acercaban primero como si fueran
separar el vientre de su cabeza; de hacer a un lado aquel vientre que mirones, y al rato ya se habían avecinado, de manera que hasta hubo
le apretaba los ojos y le cortaba la respiración; pero cada vez se serenatas. Y así poco a poco la cosa se convirtió en fiesta. Comala
volcaba más como si se hundiera en la noche. hormigueó de gente, de jolgorio y de ruidos, igual que en los días de
      —Yo. Yo vi morir a doña Susanita. la función, en que costaba trabajo dar un paso por el pueblo.
      —¿Qué dices, Dorotea?       Las campanas dejaron de tocar; pero la fiesta siguió. No hubo
      —Lo que te acabo de decir. modo de hacerles comprender que se trataba de un duelo, de días de
      Al alba, la gente fue despertada por el repique de las campanas. duelo. No hubo modo de hacer que se fueran antes, por el contrario,
Era la mañana de diciembre. Una mañana gris. No fría; pero gris. El siguieron llegando más.
repique comenzó con la campana mayor. La siguieron las demás.       La Media Luna estaba sola, en silencio. Se caminaba con los pies
Algunos creyeron que llamaban para la misa grande y empezaron a descalzos; se hablaba en voz baja. Enterraron a Susana San Juan y
abrirse las puertas; las menos, sólo aquellas donde vivía gente pocos en Comala se enteraron. Allá había feria. Se jugaba a los
desmañanada, que esperaba despierta a que el toque del alba les gallos, se oía la música; los gritos de los borrachos y de loterías.
avisara que ya había terminado la noche. Pero el repique duró más Hasta acá llegaba la luz del pueblo, que parecía una aureola sobre el
de lo debido. Ya no sonaban sólo las campanas de la iglesia mayor, cielo gris. Porque fueron días grises, tristes para la Media Luna. Don
sino también las del Santuario. Llegó el mediodía y no cesaba el Pedro no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala:
repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron       —Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.
tocando, todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello       Y así lo hizo.
se convirtió en un lamento rumoroso de sonidos. Los hombres       El Tilcuate siguió viniendo:
gritaban para oír lo que querían decir: “¿Qué habrá pasado?”, se       —Ahora somos carrancistas.
preguntaban.       —Está bien.
      A los tres días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar       —Andamos con mi general Obregón.
con aquel zumbido de que estaba lleno el aire. Pero las campanas       —Está bien.
seguían, seguían, algunas ya cascadas, con un sonar hueco, como de       —Allá se ha hecho la paz. Andamos sueltos.
cántaro.       —Espera. No desarmes a tu gente. Esto no puede durar mucho.
      —Se ha muerto doña Susana.       —Se ha levantado en armas el padre Rentería. ¿Nos vamos con
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él, o contra él? Gamaliel dormido encima del mostrador con el sombrero
      —Eso ni se discute. Ponte al lado del gobierno. cubriéndole la cara para que no lo molestaran las moscas. Tuvo que
      —Pero si somos irregulares. Nos consideran rebeldes. esperar un buen rato para que despertara. Tuvo que esperar a que
      —Entonces vete a descansar. doña Inés terminara la faena de barrer la calle y viniera a picarle las
      —¿Con el vuelo que llevo? costillas a su hijo con el mango de la escoba y le dijera:
      —Haz lo que quieras, entonces.       —¡Aquí tienes un cliente! ¡Alevántate!
      —Me iré a reforzar al padrecito. Me gusta cómo gritan. Además       El Gamaliel se enderezó de mal genio, dando gruñidos. Tenía los
lleva uno ganada la salvación. ojos colorados de tanto desvelarse y de tanto acompañar a los
      —Haz lo que quieras. borrachos, emborrachándose con ellos. Ya sentado sobre el
      Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal, junto a la mostrador, maldijo a su madre, se maldijo a sí mismo y maldijo
puerta grande de la Media Luna, poco antes de que se fuera la última infinidad de veces a la vida, “que valía un puro carajo”. Luego
sombra de la noche. Estaba solo, quizá desde hacía tres horas. No volvió a acomodarse con las manos entre las piernas y se volvió a
dormía. Se había olvidado del sueño y del tiempo: “Los viejos dormir todavía farfullando maldiciones:
dormimos poco, casi nunca. A veces apenas si dormitamos; pero sin       —Yo no tengo la culpa de que a estas horas anden sueltos los
dejar de pensar. Eso es lo único que me queda por hacer.” Después borrachos.
añadió en voz alta: “No tarda ya. No tarda.”       —El pobre de mi hijo. Discúlpalo, Abundio. El pobre se pasó la
      Y siguió: “Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. La Luz era noche atendiendo a unos viajantes que se picaron con las copas.
igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre ¿Qué es lo que te trae por aquí tan de mañana?
luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay       Se lo dijo a gritos, porque Abundio era sordo.
ahora. Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta mirando el       —Pos nada más un cuartillo de alcohol, del que estoy necesitado.
amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo;       —¿Se te volvió a desmayar la Refugio?
por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez       —Se me murió ya, madre Villa. Anoche mismito, muy cerca de
más desteñida entre las sombras de la tierra. las once. Y conque hasta vendí mis burros. Hasta eso vendí porque
      “Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las se me aliviara.
ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus       —¡No oigo lo que estás diciendo! ¿O no estás diciendo nada?
últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ‘¡Regresa, Susana!’” ¿Qué es lo que dices?
      Pedro Páramo siguió moviendo los labios, susurrando palabras.       —Que me pasé la noche velando a la muerta, a la Refugio. Dejó
Después cerró la boca y entreabrió los ojos, en los que se reflejó la de resollar anoche.
débil claridad del amanecer.       —Con razón me olió a muerto. Fíjate que hasta yo le dije al
      Amanecía. Gamaliel: “Me huele que alguien se murió en el pueblo.” Pero ni
      A esa misma hora, la madre de Gamaliel Villalpando, doña Inés, caso me hizo; con eso de que tuvo que congeniar con los viajantes,
barría la calle frente a la tienda de su hijo, cuando llegó y, por la el pobre se emborrachó. Y tú sabes que cuando está en ese estado,
puerta entornada, se metió Abundio Martínez. Se encontró al todo le da risa y ni caso le hace a una. ¿Pero qué me dices? ¿Y tienes
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convidados para el velorio?       —Vete pues, antes que se despierte mi hijo. Se le agria mucho el
      —Ninguno, madre Villa. Para eso quiero el alcohol para curarme genio cuando amanece después de una borrachera. Vete volando y
la pena. no se te olvide darle mi encargo a tu mujer.
      —¿Lo quieres puro?       Salió de la tienda dando estornudos. Aquello era pura lumbre;
      —Sí, madre Villa. Pa emborracharme más pronto. Y démelo pero como le habían dicho que así se subía más pronto, sorbió un
rápido que llevo prisa. trago tras otro, echándose aire en la boca con la falda de la camisa.
      —Te daré dos decilitros por el mismo precio y por ser para ti. Ve Luego trató de ir derecho a su casa, donde lo esperaba la Refugio;
diciéndole entretanto a la difuntita que yo siempre la aprecié y que pero torció el camino y echó a andar calle arriba, saliéndose del
me tome en cuenta cuando llegue a la gloria. pueblo por donde lo llevó la vereda.
      —Sí, madre Villa.       —¡Damiana! —llamó Pedro Páramo—. Ven a ver qué quiere ese
      —Díselo antes de que acabe de enfriar. hombre que viene por el camino.
      —Se lo diré. Yo se que ella también cuenta con usté pa que       Abundio siguió avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza
ofrezca sus oraciones. Con decirle que se murió compungida porque y a veces caminando en cuatro patas. Sentía que la tierra se retorcía,
no hubo ni quien la auxiliara. le daba vueltas y luego se le soltaba; él corría para agarrarla y
      —¿Qué, no fuiste a ver al padre Rentería? cuando ya la tenía en sus manos se le volvía a ir; hasta que llegó
      —Fui. Pero me informaron que andaba en el cerro. frente a la figura de un señor sentado junto a una puerta. Entonces se
      —¿En cuál cerro? detuvo:
      —Pos por esos andurriales. Usté sabe que andan en la revuelta.       —Denme una caridad para enterrar a mi mujer —dijo.
      —¿De modo que también él? Pobres de nosotros, Abundio.       Damiana Cisneros rezaba: “De las asechanzas del enemigo malo,
      —A nosotros qué nos importa eso, madre Villa. Ni nos va ni nos líbranos, Señor.” Y le apuntaba con las manos haciendo la señal de
viene. Sírvame la otra. Ahi como que se hace la disimulada, al fin y la cruz.
al cabo el Gamaliel está dormido.       Abundio Martínez vio a la mujer de los ojos azorados,
      —Pero no se te olvide pedirle a la Refugio que ruegue a Dios por poniéndole aquella cruz enfrente, y se estremeció. Pensó que tal vez
mí, que tanto lo necesito. el demonio lo había seguido hasta allí, y se dio vuelta, esperando
      —No se mortifique. Se lo diré en llegando. Y hasta le sacaré la encontrarse con alguna mala figuración. Al no ver a nadie repitió:
promesa de palabra, por si es necesario y pa que usté se deje de       —Vengo por una ayudita para enterrar a mi muerta.
apuraciones.       El sol le llegaba por la espalda. Ese sol recién salido, casi frío,
      —Eso, eso mero debes hacer. Porque tú sabes cómo son las desfigurado por el polvo de la tierra.
mujeres. Así que hay que exigirles el cumplimiento en seguida.       La cara de Pedro Páramo se escondió debajo de las cobijas como
      Abundio Martínez dejó otros veinte centavos sobre el mostrador. si se escondiera de la luz, mientras que los gritos de Damiana se oían
      —Déme el otro cuartillo, madre Villa. Y si me lo quiere dar salir más repetidos, atravesando los campos: “¡Están matando a don
sobradito por ahi es cosa de usté. Lo único que le prometo es que Pedro!”
éste sí me lo iré a beber junto a la difuntita; junto a mi Cuca.       Abundio Martínez oía que aquella mujer gritaba. No sabía que
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hacer para acabar con esos gritos. No le encontraba la punta a sus como si hubiera sorbido diez litros de agua. Entonces le comenzó a
pensamientos. Sentía que los gritos de la vieja se debían estar arder la cabeza y sintió la lengua trabada.
oyendo muy lejos. Quizá hasta su mujer los estuviera oyendo,       —Estoy borracho —dijo.
porque a él le taladraban las orejas, aunque no entendía lo que decía.       Regresó a donde estaban esperándolo. Se apoyó en los hombros
Pensó en su mujer, que estaba tendida en el catre, solita, allá en el de ellos, que lo llevaron a rastras, abriendo un surco en la tierra con
patio de su casa, adonde él la había sacado para que se serenara y no la punta de los pies.
se apestara pronto. La Cuca, que todavía ayer se acostaba con él,       Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo
bien viva, retozando como una potranca, y que lo mordía y le que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer
raspaba la nariz con su nariz. La que le dio aquel hijito que se les levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso.
murió apenas nacido, dizque porque ella estaba incapacitada: el mal Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos.
de ojo y los fríos y la rescoldera y no sé cuántos males tenía su Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: “Todos
mujer, según le dijo el doctor que fue a verla ya a última hora, escogen el mismo camino. Todos se van.” Después volvió al lugar
cuando tuvo que vender sus burros para traerlo hasta acá, por el donde había dejado sus pensamientos.
cobro tan alto que le pidió. Y de nada había servido... La Cuca, que       “—Susana —dijo. Luego cerró los ojos—. Yo te pedí que
ahora estaba allá aguantando el relente, con los ojos cerrados, ya sin regresaras...
poder ver amanecer, ni este sol ni ningún otro.       “... Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían
      —¡Ayúdenme! —dijo—. Denme algo. los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No
      Pero ni siquiera él se oyó. Los gritos de aquella mujer lo dejaban me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de
sordo. luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo
      Por el camino de Comala se movieron unos puntitos negros. De transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.”
pronto los puntitos se convirtieron en hombres y luego estuvieron       Quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas
aquí, cerca de él. Damiana Cisneros dejó de gritar. Deshizo su cruz. la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y
Ahora se había caído y abría la boca como si bostezara. fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo
      Los hombres que habían venido la levantaron del suelo y la como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.
llevaron al interior de la casa.       —Esta es mi muerte —dijo.
      —¿No le ha pasado nada a usted, patrón? —preguntaron.       El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma.
      Apareció la cara de Pedro Páramo, que sólo movió la cabeza. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su
      Desarmaron a Abundio, que aún tenía el cuchillo lleno de sangre cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro,
en la mano: desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía
      —Vente con nosotros —le dijeron—. En buen lío te has metido. como si también se detuvieran el tiempo y el aire de la vida.
      Y el los siguió.       “Con tal de que no sea una nueva noche”, pensaba él.
      Antes de entrar en el pueblo les pidió permiso. Se hizo a un lado       Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas.
y allí vomitó una cosa amarilla como de bilis. Chorros y chorros, De eso tenía miedo.
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      “Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos
ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré
manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo; hasta que
su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz.”
      Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el
cuerpo, endureciéndolo.
      —Soy yo, don Pedro —dijo Damiana. ¿No quiere que le traiga
su almuerzo?
      Pedro Páramo respondió:
      —Voy para allá. Ya voy.
      Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo el intento de
caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por
dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la
tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

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