Juan 20, 31:
Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo
de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Colosenses 3,16
"La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y
amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos
inspirados"
Efesios 2, 18
"Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo
Espíritu"
Efesios 4, 29
"No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente
para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen."
Efesios 5, 19-20
"Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y
salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por
todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo."
Romanos 1, 20
"Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la
inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que
son inexcusables;"
2 Corintios 1, 20
"Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por
eso decimos por él «Amén» a la gloria de Dios."
2 Corintios 3,16-4,6
"Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el
Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos
nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria
del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más
gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu. Por esto,
misericordiosamente investidos de este ministerio, no desfallecemos. Antes
bien, hemos repudiado el silencio vergonzoso no procediendo con astucia, ni
falseando la Palabra de Dios; al contrario, mediante la manifestación de la
verdad nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana
delante de Dios. Y si todavía nuestro Evangelio está velado, lo está para los que
se pierden, para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo
para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo,
que es imagen de Dios. No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo
Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el mismo
Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros
corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz
de Cristo."
1 Timoteo 1, 17
"Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén."
2 Timoteo 3, 16-17
"Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir,
para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra
perfecto y preparado para toda obra buena."
2 Pedro 1, 4
"por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y
sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza
divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia."
2 Pedro 1, 19-21
"Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis
bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que
despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana. Pero,
ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede
interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por
voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han
hablado de parte de Dios."
2 Pedro 3, 15-16
"La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo
escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue
otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto.
Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles
interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia
perdición."
TÍTULO II:
DE LA ACTIVIDAD MISIONAL DE LA IGLESIA
1. Misión fundamental de la Iglesia
C. 781:
Como, por su misma naturaleza, toda la Iglesia es misionera, y la tarea de la
evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios, todos los fieles,
conscientes de su propia responsabilidad, asuman la parte que les compete
en la actividad misional.
AG. 35-36
35. Puesto que toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es
deber fundamental del Pueblo de Dios, el Santo Concilio invita a todos a
una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de
la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su cometido
en la obra misional entre los gentiles.
Deber misionero de todo el Pueblo de Dios
36. Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y
asemejados a Él por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía,
tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para
llevarlo cuanto antes a la plenitud (Cf. Ef., 4,13).
Por lo cual todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su
responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el
espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la
evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal
obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana.
Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás
aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como
estandarte levantado entre las naciones (Cf. Is., 11,12) "luz del mundo" (Mt.
5,14) y "sal de la tierra" (Mt., 5,13). Este testimonio de la vida producirá
más fácilmente su efecto si se da juntamente con otros grupos cristianos
según las normas del decreto sobre el ecumenismo.
De la renovación de este espíritu se elevarán espontáneamente hacia Dios
plegarias y obras de penitencia para que fecunde con su gracia la obra de los
misioneros, surgirán vocaciones misioneras y brotarán los recursos
necesarios para las misiones.
Pero para que todos y cada uno de los fieles cristianos conozcan
puntualmente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz
de los que claman: "ayúdanos" (Cf. Act., 16,9), facilítense noticias
misionales, incluso sirviéndose de los medios modernos de comunicación
social, que los cristianos, haciéndose cargo de su responsabilidad en la
actividad misional, abran los corazones a las inmensas y profundas
necesidades de los hombres y puedan socorrerlos.
Se impone también la coordinación de noticias y la cooperación con los
órganos nacionales e internacionales.
EN. 14. 59
14. La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del
Salvador: "Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras
ciudades", se aplican con toda verdad a ella misma. Y por su parte ella
añade de buen grado, siguiendo a San Pablo: "Porque, si evangelizo, no es
para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de
mí, si no evangelizara!". Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos,
al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas:
"Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la
evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la
Iglesia"; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la
sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en
efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.
Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del
don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio
de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.
59. Si hay hombres que proclaman en el mundo el Evangelio de salvación,
lo hacen por mandato, en nombre y con la gracia de Cristo Salvador.
"¿Cómo predicarán si no son enviados?", escribía el que fue sin duda uno
de los más grandes evangelizadores. Nadie puede hacerlo, sin haber sido
enviado. ¿Quién tiene, pues, la misión de evangelizar? El Concilio Vaticano
II ha dado una respuesta clara: "Incumbe a la Iglesia por mandato divino ir
por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura". Y en otro texto
afirma: "La Iglesia entera es misionera, la obra de evangelización es un
deber fundamental del pueblo de Dios". Hemos recordado anteriormente
esta vinculación íntima entre la Iglesia y la evangelización. Cuando la
Iglesia anuncia el reino de Dios y lo construye, ella se implanta en el
corazón del mundo como signo e instrumento de ese reino que está ya
presente y que viene. El Concilio ha recogido, porque son muy
significativas, estas palabras de San Agustín sobre la acción misionera de
los Doce: "predicando la palabra de verdad, engendraron las Iglesias".
A. Anuncia y construye el reino de Dios
Mt. 28, 19-20
"Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20.y
enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo
estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia."
2. Dirección y cooperación personal
Dirección suprema
o C. 782 §1
Corresponde al Romano Pontífice y al Colegio de los Obispos la
dirección suprema y la coordinación de las iniciativas y actividades
que se refieren a la obra misional y a la cooperación misionera.
o AG. 29
Perteneciendo, ante todo, al cuerpo de los Obispos la preocupación
de anunciar el Evangelio en todo el mundo, el sínodo de los
Obispos, o sea "el Consejo estable de Obispos para la Iglesia
universal", entre los negocios de importancia general, considere
especialmente la actividad misional deber supremo y santísimo de la
Iglesia.
Es necesario que haya un solo dicasterio competente, a saber: "De
propaganda Fide", para todas las misiones y para toda la actividad
misional, salvo, sin embargo, el derecho de las Iglesias orientales.
Aunque el Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu
misional en la Iglesia de Dios, y no pocas veces se anticipa a la
acción de quienes gobiernan la vida de la Iglesia, con todo, este
dicasterio, en cuanto le corresponde, promueva también la vocación
y la espiritualidad misionera, el celo y la oración por las misiones y
difunda las noticias auténticas y convenientes sobre las misiones;
suscite y distribuya los misioneros según las necesidades más
urgentes de los países. A ella compete dictar normas directivas y
principios acomodados a la evangelización y darles impulsos.
Promueva y coordine eficazmente la colecta de ayudas materiales,
que ha de distribuirse a razón de la necesidad o de la utilidad, y de la
extensión del territorio, del número de fieles y de infieles, de las
obras y de las Instituciones, de los auxiliares y de los misioneros.
Juntamente con el Secretario, para promover la unión de los
cristianos, busque las formas y los medios de procurar y orientar la
colaboración fraterna y la pacífica convivencia con las empresas
misionales de otras comunidades cristianas para evitar en lo posible
el escándalo de la división.
Así, pues, es necesario que este dicasterio sea a la vez instrumento
de administración y órgano de dirección dinámica que emplee
medios científicos e instrumentos acomodados a las condiciones de
este tiempo, teniendo en cuenta las investigaciones actuales de la
teología, de la metodología y de la pastoral misionera.
Tengan parte activa y voto deliberativo en la dirección de este
dicasterio representantes elegidos de entre todos los que colaboran
en la Obra misional: Obispos de todo el orbe, según el parecer de las
Conferencias Episcopales, y superiores de los institutos y directores
de las Obras Pontificias, según normas y criterios que tenga a bien
establecer el Romano Pontífice. Todos ellos, que han de ser
convocados periódicamente, ejerzan, bajo la autoridad del Sumo
Pontífice, la dirección suprema de toda la obra misional.
Tenga a su disposición este dicasterio un Cuerpo permanente de
consultores peritos, de ciencia o experiencia comprobada, a los que
competirá, entre otras cosas, el recoger la necesaria información,
tanto sobre la situación local de los diversos países y de la
mentalidad, modo de pensar de los diferentes grupos humanos,
como sobre los métodos de evangelizar que hay que emplear, y
proponer conclusiones científicamente documentadas para la obra y
la cooperación misional.
Han de verse representados convenientemente los Institutos de
religiosas, las obras regionales en favor de las misiones y las
organizaciones de seglares, sobre todo internacionales.
Los obispos
o C. 782 §2
Cada Obispo, en cuanto que es responsable de la Iglesia universal y
de todas las Iglesias, muestre una solicitud peculiar por la tarea
misional, sobre todo suscitando, fomentando y sosteniendo
iniciativas misionales en su propia Iglesia particular.
o AG. 38-39
Deber misionero de los Obispos
38. Todos los Obispos, como miembros del cuerpo episcopal,
sucesor del Colegio de los Apóstoles, están consagrados no sólo
para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo. A ellos
afecta primaria e inmediatamente, con Pedro y bajo la autoridad de
Pedro, el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura.
De ahí procede aquella comunicación y cooperación de las Iglesias,
tan necesaria hoy para proseguir la obra de evangelización. En
virtud de esta comunión, cada una de las Iglesias, siente la solicitud
de todas las obras, se manifiestan mutuamente sus propias
necesidades, se comunican entre sí sus bienes, puesto que la
dilatación del cuerpo de Cristo es deber de todo el Colegio
episcopal.
Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en
su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como
visible el espíritu y el celo misional del Pueblo de Dios, de suerte
que toda la diócesis se hace misionera.
El Obispo deberá suscitar en su pueblo, sobre todo entre los
enfermos y oprimidos por las calamidades, almas que ofrezcan a
Dios oraciones y penitencias con generosidad de corazón por la
evangelización del mundo; fomentar gustosos las vocaciones de los
jóvenes y de los clérigos a los Institutos misioneros, complaciéndose
de que Dios elija algunos para que se consagren a la actividad
misional de la Iglesia; exhortar y aconsejar a las congregaciones
diocesanas para que asuman su parte en las misiones; promover
entre sus fieles las obras de Institutos misioneros, de manera
especial las obras pontificias misionales. Estas obras deben ocupar
el primer lugar, ya que son los medios de infundir en los católicos,
desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero,
y de recoger eficazmente los subsidios para bien de todas las
misiones, según las necesidades de cada una.
Pero creciendo cada vez más la necesidad de operarios en la viña del
Señor y deseando los sacerdotes diocesanos, participar cada vez más
en la evangelización del mundo, el Sagrado Concilio desea que los
Obispos, considerando la gravísima penuria de sacerdotes que
impide la evangelización de muchas regiones, envíen algunos de sus
mejores sacerdotes que se ofrezcan a la obra misional, debidamente
preparados, a las diócesis que carecen de clero, donde desarrollen, al
menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de
servicio.
Y para que la actividad misional de los Obispos en bien de toda la
Iglesia pueda ejercerse con más eficacia, conviene que las
Conferencias Episcopales dirijan los asuntos referentes a la
cooperación organizada del propio país. Traten los Obispos en sus
Conferencias; del clero diocesano que se ha de consagrar a la
evangelización de los gentiles; de la tasa determinada que cada
diócesis debe entregar todos los años, según sus ingresos para la
obra de las misiones; de dirigir y ordenar las formas y medios con
que se ayude directamente a las mismas; de ayudar y, si es
necesario, fundar Institutos misioneros y seminarios del clero
diocesano para las misiones; de la manera de fomentar estrechas
relaciones entre estos Institutos y las diócesis.
Es propio de las Conferencias Episcopales establecer y promover
obras en que sean recibidos fraternalmente y ayudados con cuidado
pastoral conveniente los que inmigran de tierras de misiones para
trabajar y estudiar. Porque por ellos se acercan de alguna manera los
pueblos lejanos y se ofrece a las comunidades ya cristianas desde
tiempos remotos una ocasión magnífica de dialogar con los que no
oyeron todavía el Evangelio y de manifestarles con servicio de amor
y de asistencia la imagen auténtica de Cristo.
Deber misionero de los sacerdotes
39. Los presbíteros representan la persona de Cristo y son
cooperadores del orden episcopal, en su triple función sagrada que
se ordena a las misiones por su propia naturaleza. Estén
profundamente convencidos que su vida fue consagrada también al
servicio de las misiones. Y porque, comunicando con Cristo Cabeza,
por su propio ministerio, centrado esencialmente en la Eucaristía -
que perfecciona la Iglesia -, y conduciendo a otros a la misma
comunicación, no pueden dejar de sentir lo mucho que les falta para
la plenitud del Cuerpo, y cuánto por ende hay que trabajar para que
vaya creciendo cada día. Por consiguiente, organizarán el cuidado
pastoral de forma que sea útil a la dilatación de Evangelio entre los
no cristianos.
Los presbíteros, en el cuidado pastoral, excitarán y mantendrán entre
los fieles el celo por la evangelización del mundo, instruyéndolos
con la catequesis y la predicación sobre el deber de la Iglesia de
anunciar a Cristo a los gentiles; enseñando a las familias cristianas
la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras entre
los propios hijos; fomentando el fervor misionero en los jóvenes de
las escuelas y de las asociaciones católicas de forma que salgan de
entre ellos futuros heraldos del Evangelio. Enseñen a los fieles a
orar por las misiones y no se avergüencen de pedirles limosna,
haciéndose mendigos por Cristo y por la salvación de las almas.
Los profesores de los seminarios y de las universidades expondrán a
los jóvenes la verdadera situación del mundo y de la Iglesia para que
comprendan claramente la necesidad de una más esforzada
evangelización de los no cristianos. En las enseñanzas de las
disciplinas dogmáticas, bíblicas, morales e históricas hagan notar los
motivos misionales, que en ellas se contienen, para ir formando de
este modo la conciencia misionera en los futuros sacerdotes.
o LG. 22
Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás
Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual manera se
unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos,
sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua disciplina, según la
cual los Obispos esparcidos por todo el orbe comunicaban entre sí y
con el Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de
la paz, y también los concilios convocados para decidir en común
las cosas más importantes, sometiendo la resolución al parecer de
muchos, manifiestan la naturaleza y la forma colegial del orden
episcopal, confirmada manifiestamente por los concilios ecuménicos
celebrados a lo largo de los siglos. Esto mismo está indicado por la
costumbre, introducida de antiguo, de llamar a varios Obispos para
tomar parte en la elevación del nuevo elegido al ministerio del sumo
sacerdocio. Uno es constituido miembro del Cuerpo episcopal en
virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica
con la Cabeza y con los miembros del Colegio. El Colegio o Cuerpo
de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se
considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro,
como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder
primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el
Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es
decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena,
suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente.
En cambio, el Cuerpo episcopal, que sucede al Colegio de los
Apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral, más aún, en el
que perdura continuamente el Cuerpo apostólico, junto con su
Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también
sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, si
bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del
Romano Pontífice. El Señor estableció solamente a Simón como
roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt 16,18-19) y le
constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn 21, 15 ss); pero el oficio de
atar y desatar dado a Pedro (cf. Mt 16,19) consta que fue dado
también al Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza (cf. Mt 18,
18; 28,16-20). Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos,
expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios; y en cuanto
agrupado bajo una sola Cabeza, la unidad de la grey de Cristo.
Dentro de este Colegio los Obispos, respetando fielmente el
primado y preeminencia de su Cabeza, gozan de potestad propia
para bien de sus propios fieles, incluso para bien de toda la Iglesia
porque el Espíritu Santo consolida sin cesar su estructura orgánica y
su concordia. La potestad suprema sobre la Iglesia universal que
posee este Colegio se ejercita de modo solemne en el concilio
ecuménico. No hay concilio ecuménico si no es aprobado o, al
menos, aceptado como tal por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa
del Romano Pontífice convocar estos concilios ecuménicos,
presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser
ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa,
con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o,
por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte
libremente, para que sea un verdadero acto colegial.
o ES III (6)
Los Obispos conscientes de la urgencia de la evangelización del
mundo fomenten las vocaciones misioneras entre los propios
clérigos y jóvenes y faciliten a los Institutos que se dedican a la
labor misionera los medios y la oportunidad de dar a conocer en la
diócesis las necesidades de las misiones y de despertar vocaciones
(N° 38).
Para despertar vocaciones misioneras explíquense diligentemente la
misión de la Iglesia hacia todas las naciones y las formas específicas
en que tanto los Institutos, como los sacerdotes, religiosos y laicos
de ambos sexos se esfuerzan por realizarla. Póngase sobre todo de
relieve la especial vocación misionera "para toda la vida",
ilustrándola con ejemplos (N° 23, 24).
o PB. 85. 87.92
Congregación para la Evangelización de los Pueblos
Artículo 85
Corresponde a la Congregación dirigir y coordinar en todo el
mundo, la obra de evangelización de los pueblos y la cooperación
misionera, salvo la competencia de la Congregación para las Iglesias
Orientales.
Artículo 87
La Congregación se preocupa de que el Pueblo de Dios, impregnado
de espíritu misionero y consciente de su responsabilidad, colabore
eficazmente en la obra misionera con la oración, con el testimonio
de vida, con la acción y con la ayuda económica.
Artículo 92
La Congregación administra su patrimonio y los otros bienes
destinados a las misiones, mediante una oficina especial, quedando
firme la obligación de rendir cuentas a la Prefectura de los
Asuntos Económicos de la Santa Sede.
Los institutos religiosos
o C. 783
Ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la
Iglesia, los miembros de los institutos de vida consagrada están
obligados a contribuir de modo especial a la tarea misional, según el
modo propio de su instituto.
o AG. 40
Deber misionero de los Institutos de perfección
Los Institutos religiosos de vida contemplativa y activa tuvieron
hasta ahora, y siguen teniendo, la mayor parte en la evangelización
del mundo. El Sagrado Concilio reconoce gustoso sus méritos, y da
gracias a Dios por tantos servicios prestados a la gloria de Dios y al
bien de las almas, y les exhorta a que sigan sin desfallecer en la obra
comenzada, sabiendo, como saben, que la virtud de la caridad, que
deben cultivar perfectamente por exigencias de su vocación, les
impulsa y obliga al espíritu y al trabajo verdaderamente católico.
Los Institutos de vida contemplativa tienen una importancia singular
en la conversión de las almas por sus oraciones, obras de penitencia
y tribulaciones, porque es Dios quien, por medio de la oración,
envía obreros a su mies, abre las almas de los no cristianos, para
escuchar el Evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus
corazones. Más aún: se ruega a estos Institutos que funden casas en
los países de misiones, como ya lo han hecho algunos, para que,
viviendo allí de una forma acomodada a las tradiciones
genuinamente religiosas de los pueblos, den su precioso testimonio
entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, y de la
unión en Cristo.
Los Institutos de vida activa, por su parte, persigan o no un fin
estrictamente misional, pregúntense sinceramente delante de Dios si
pueden extender su actividad para la expansión del Reino de Dios
entre los gentiles; si pueden dejar a otros algunos ministerios, de
suerte que dediquen también sus fuerzas a las misiones; si pueden
comenzar su actividad en las misiones, adaptando, si es preciso, sus
Constituciones, fieles siempre a la mente del Fundador; si sus
miembros participan según sus posibilidades, en la acción misional;
si su género de vida es un testimonio acomodado al espíritu del
Evangelio y a la condición del pueblo.
Creciendo cada día en la Iglesia, por inspiración del Espíritu Santo,
los Institutos seculares, su trabajo, bajo la autoridad del Obispo,
puede resultar fructuoso en las misiones de muchas maneras, como
señal de entrega plena a la evangelización del mundo.
o CD. 33
Los religiosos y las obras de apostolado
Todos los religiosos, a quienes en todo cuanto sigue se unen los
hermanos de las demás instituciones que profesan los consejos
evangélicos, cada uno según su propia vocación, tienen el deber de
cooperar diligentemente en la edificación e incremento de todo el
Cuerpo Místico de Cristo para bien de las Iglesias particulares.
Estos fines los han de procurar, sobre todo, con la oración, con obras
de penitencia y con el ejemplo de vida. El sagrado Concilio los
exhorta encarecidamente que aprecien estos ejercicios y crezcan en
ellos sin cesar. Pero según la índole propia de cada religión,
dediquen también su mayor esfuerzo a los ejercicios externos del
apostolado.
o EN. 15. 69
Vínculos recíprocos entre la Iglesia y la evangelización
15. Quien lee en el Nuevo Testamento los orígenes de la Iglesia y
sigue paso a paso su historia, quien la ve vivir y actuar, se da cuenta
de que ella está vinculada a la evangelización de la manera más
íntima:
—La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los
Doce. Es un fruto normal, deseado, el más inmediato y el más
visible "Id pues, enseñad a todas las gentes"[37]. "Ellos recibieron la
gracia y se bautizaron, siendo incorporadas (a la Iglesia) aquel día
unas tres mil personas... Cada día el Señor iba incorporando a los
que habían de ser salvos".
—Nacida, por consiguiente, de la misión de Jesucristo, la Iglesia es
a su vez enviada por El. La Iglesia permanece en el mundo hasta que
el Señor de la gloria vuelva al Padre. Permanece como un signo,
opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de
Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo
continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de
evangelizador lo que ella está llamada a continuar. Porque la
comunidad de los cristianos no está nunca cerrada en sí misma. En
ella, la vida íntima —la vida de oración, la escucha de la Palabra y
de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan
compartido — no tiene pleno sentido más que cuando se convierte
en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace
predicación y anuncio de la Buena Nueva. Es así como la Iglesia
recibe la misión de evangelizar y como la actividad de cada
miembro constituye algo importante para el conjunto.
—Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí
misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y
comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de
escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el
mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo
y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar
"las grandezas de Dios", que la han convertido al Señor, y ser
nuevamente convocada y reunida por El. En una palabra, esto quiere
decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si
quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el
Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado, y el Sínodo de
1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se
evangeliza a través de una conversión y una renovación constante,
para evangelizar al mundo de manera creíble.
—La Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser
anunciada. Las promesas de la Nueva Alianza en Cristo, las
enseñanzas del Señor y de los Apóstoles, la Palabra de vida, las
fuentes de la gracia y de la benignidad divina, el camino de
salvación, todo esto le ha sido confiado. Es ni más ni menos que el
contenido del Evangelio y, por consiguiente, de la evangelización
que ella conserva como un depósito viviente y precioso, no para
tenerlo escondido, sino para comunicarlo.
—Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los
evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les
explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el
mandato que ella misma ha recibido y les envía a predicar. A
predicar no a sí mismos o sus ideas personales, sino un Evangelio
del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para
disponer de él a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma
fidelidad.
Los religiosos
69. Los religiosos, también ellos, tienen en su vida consagrada un
medio privilegiado de evangelización eficaz. A través de su ser más
íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo
Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la
que ellos dan testimonio. Ellos encarnan la Iglesia deseosa de
entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas. Ellos son por su
vida signo de total disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los
hermanos. Por esto, asumen una importancia especial en el marco
del testimonio que, como hemos dicho anteriormente, es primordial
en la evangelización. Este testimonio silencioso de pobreza y de
desprendimiento, de pureza y de transparencia, de abandono en la
obediencia puede ser a la vez que una interpelación al mundo y a la
Iglesia misma, una predicación elocuente, capaz de tocar incluso a
los no cristianos de buena voluntad, sensibles a ciertos valores. En
esta perspectiva se intuye el papel desempeñado en la
evangelización por los religiosos y religiosas consagrados a la
oración, al silencio, a la penitencia, al sacrificio. Otros religiosos, en
gran número, se dedican directamente al anuncio de Cristo. Su
actividad misionera depende evidentemente de la jerarquía y debe
coordinarse con la pastoral que ésta desea poner en práctica. Pero,
¿quién no mide el gran alcance de lo que ellos han aportado y siguen
aportando a la evangelización? Gracias a su consagración religiosa,
ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y
lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos
son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado
por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración.
Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de
la misión y afrontando los más grandes riesgos para su salud y su
propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo.
Misioneros
o C. 784
Los misioneros, es decir, aquellos que son enviados por la autoridad
eclesiástica competente para realizar la obra misional, pueden ser
elegidos entre los autóctonos o no, ya sean clérigos seculares,
miembros de institutos de vida consagrada o de una sociedad de
vida apostólica, u otros fieles laicos.
o AG. 3.40
Misión del Hijo
3. Este designio universal de Dios en pro de la salvación del género
humano no se realiza solamente de un modo secreto en la mente de
los hombres, o por los esfuerzos, incluso de tipo religioso, con los
que los hombres buscan de muchas maneras a Dios, para ver si a
tientas le pueden encontrar; aunque no está lejos de cada uno de
nosotros (Cf. Act., 17,27), porque estos esfuerzos necesitan ser
iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación del Dios
providente, pueden tenerse alguna vez como pedagogía hacia el
Dios verdadero o como preparación evangélica. Dios, para
establecer la paz o comunión con El y armonizar la sociedad
fraterna entre los hombres, pecadores, decretó entrar en la historia
de la humanidad de un modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo
en nuestra carne para arrancar por su medio a los hombres del poder
de las tinieblas y de Satanás (Cf. Col., 1,13; Act., 10,38), y en El
reconciliar consigo al mundo (Cf. 2 Cor., 5,19). A El, por quien hizo
el mundo, lo constituyó heredero de todo a fin de instaurarlo todo en
El (Cf. Ef., 1,10).
Cristo Jesús fue enviado al mundo como verdadero mediador entre
Dios y los hombres. Por ser Dios habita en El corporalmente toda la
plenitud de la divinidad (Cf. Col., 2,9); según la naturaleza humana,
nuevo Adán, lleno de gracia y de verdad (Cf. Jn., 1,14), es
constituido cabeza de la humanidad renovada. Así, pues, el Hijo de
Dios siguió los caminos de la Encarnación verdadera: para hacer a
los hombres partícipes de la naturaleza divina; se hizo pobre por
nosotros, siendo rico, para que nosotros fuésemos ricos por su
pobreza (2 Cor., 8,9).
El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su
vida para redención de muchos, es decir, de todos (Cf. Mc., 10,45).
Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo
que no ha sido asumido por Cristo. Pero tomó la naturaleza humana
íntegra, cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, a
excepción del pecado (Cf. Heb., 4,15); 9,28). De sí mismo afirmó
Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Cf. Jn., 10,36):
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, y me envió a
evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a
predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la
vista" (Lc., 4,18), y de nuevo: "El Hijo del Hombre ha venido a
buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10).
Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en Él se ha
obrado para la salvación del género humano hay que proclamarlo y
difundirlo hasta los confines de la tierra (Cf. Act., 1,8), comenzando
por Jerusalén (Cf. Lc., 24,47), de suerte que lo que ha efectuado una
vez para la salvación de todos consiga su efecto en la sucesión de
los tiempos.
Deber misionero de los Institutos de perfección
40. Los Institutos religiosos de vida contemplativa y activa tuvieron
hasta ahora, y siguen teniendo, la mayor parte en la evangelización
del mundo. El Sagrado Concilio reconoce gustoso sus méritos, y da
gracias a Dios por tantos servicios prestados a la gloria de Dios y al
bien de las almas, y les exhorta a que sigan sin desfallecer en la obra
comenzada, sabiendo, como saben, que la virtud de la caridad, que
deben cultivar perfectamente por exigencias de su vocación, les
impulsa y obliga al espíritu y al trabajo verdaderamente católico.
Los Institutos de vida contemplativa tienen una importancia singular
en la conversión de las almas por sus oraciones, obras de penitencia
y tribulaciones, porque es Dios quien, por medio de la oración,
envía obreros a su mies, abre las almas de los no cristianos, para
escuchar el Evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus
corazones. Más aún: se ruega a estos Institutos que funden casas en
los países de misiones, como ya lo han hecho algunos, para que,
viviendo allí de una forma acomodada a las tradiciones
genuinamente religiosas de los pueblos, den su precioso testimonio
entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de Dios, y de la
unión en Cristo.
Los Institutos de vida activa, por su parte, persigan o no un fin
estrictamente misional, pregúntense sinceramente delante de Dios si
pueden extender su actividad para la expansión del Reino de Dios
entre los gentiles; si pueden dejar a otros algunos ministerios, de
suerte que dediquen también sus fuerzas a las misiones; si pueden
comenzar su actividad en las misiones, adaptando, si es preciso, sus
Constituciones, fieles siempre a la mente del Fundador; si sus
miembros participan según sus posibilidades, en la acción misional;
si su género de vida es un testimonio acomodado al espíritu del
Evangelio y a la condición del pueblo.
Creciendo cada día en la Iglesia, por inspiración del Espíritu Santo,
los Institutos seculares, su trabajo, bajo la autoridad del Obispo,
puede resultar fructuoso en las misiones de muchas maneras, como
señal de entrega plena a la evangelización del mundo.
o GS. 27
El respeto a la persona humana
27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el
Concilio inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin
excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo,
cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para
vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se
despreocupó por completo del pobre Lázaro. En nuestra época
principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de
servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese
anciano abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero
despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo
ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió, o
de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la
palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis
hermanos menores, a mí me lo hicisteis. (Mt 25,40). No sólo esto.
Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase,
genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-;
cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo,
las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos
sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la
dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida,
las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones
laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad
de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en
sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran
más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al
honor debido al Creador.
Catequistas
o C. 785
§ 1. Para realizar la tarea misional se han de emplear catequistas,
es decir, fieles laicos debidamente instruidos y que destaquen por su
vida cristiana, los cuales, bajo la dirección de un misionero, se
dediquen a explicar la doctrina evangélica y a organizar los actos
litúrgicos y las obras de caridad.
§ 2. Han de formarse los catequistas en escuelas destinadas a este
fin o, donde no las haya, bajo la dirección de los misioneros.
o AG. 17
Formación de los catequistas
17. Digna de alabanza es también esa legión tan benemérita de la
obra de las misiones entre los gentiles, es decir, los catequistas,
hombres y mujeres, que llenos de espíritu apostólico, prestan con
grandes sacrificios una ayuda singular y enteramente necesaria para
la propagación de la fe y de la Iglesia.
En nuestros días, el oficio de los catequistas tiene una importancia
extraordinaria porque resultan escasos los clérigos para evangelizar
tantas multitudes y para ejercer el ministerio pastoral. Su educación,
por consiguiente debe efectuarse y acomodarse al progreso cultural
de tal forma que puedan desarrollar lo mejor posible su cometido
agravado con nuevas y mayores obligaciones, como cooperadores
eficaces del orden sacerdotal.
Multiplíquense, pues, las escuelas diocesanas y regionales en que
los futuros catequistas estudien la doctrina católica, sobre todo en su
aspecto bíblico y litúrgico, y el método catequético, con la práctica
pastoral, y se formen en la moral cristiana, procurando practicar sin
cesar la piedad y la santidad de vida.
Hay que tener, además, reuniones o cursos en tiempos determinados,
en los que los catequistas se renueven en la ciencia y en las artes
convenientes para su ministerio y se nutra y robustezca su vida
espiritual. Además, hay que procurar a quienes se entregan por
entero a esta obra una condición de vida decente y la seguridad
social por medio de una justa remuneración.
Es de desear que se provea de un modo congruo a la formación y
sustento de los catequistas con subsidios especiales de la Sagrada
Congregación de Propaganda Fide. Si pareciere necesario y
oportuno, fúndese una Obra para los catequistas.
Además, las Iglesias reconocerán, agradecidas, la obra generosa de
los catequistas auxiliares, de cuya ayuda necesitarán. Ellos presiden
la oración y enseñan en sus comunidades. Hay que atender
convenientemente a su formación doctrinal y espiritual. E incluso es
de desear que, donde parezca oportuno, se confiere a los catequistas
debidamente formados misión canónica en la celebración pública de
la acción litúrgica, para que sirvan a la fe con más autoridad delante
del pueblo.
o EN. 73
Ministerios diversificados
Es así como adquiere toda su importancia la presencia activa de los
seglares en medio de las realidades temporales. No hay que pasar
pues por alto u olvidar otra dimensión: los seglares también pueden
sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el
servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de
ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los
carismas que el Señor quiera concederles. No sin experimentar
íntimamente un gran gozo, vemos cómo una legión de Pastores,
religiosos y seglares, enamorados de su misión evangelizadora,
buscan formas cada vez más adaptadas de anunciar eficazmente el
Evangelio, y alentamos la apertura que, en esta línea y con este afán,
la Iglesia está llevando a cabo hoy día. Apertura a la reflexión en
primer lugar, luego a los ministerios eclesiales capaces de
rejuvenecer y de reforzar su propio dinamismo evangelizador.
Es cierto que al lado de los ministerios con orden sagrado, en virtud
de los cuales algunos son elevados al rango de Pastores y se
consagran de modo particular al servicio de la comunidad, la Iglesia
reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado, pero que son
aptos a asegurar un servicio especial a la Iglesia. Una mirada sobre
los orígenes de la Iglesia es muy esclarecedora y aporta el beneficio
de una experiencia en materia de ministerios, experiencia tanto más
valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia consolidarse, crecer y
extenderse. No obstante, esta atención a las fuentes debe ser
completada con otra: la atención a las necesidades actuales de la
humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre
inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a
las exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que
permitirán buscar con sabiduría y poner en claro los ministerios que
necesita la Iglesia y que muchos de sus miembros querrán abrazar
para la mayor vitalidad de la comunidad eclesial. Estos ministerios
adquirirán un verdadero valor pastoral y serán constructivos en la
medida en que se realicen con respecto absoluto de la unidad,
beneficiándose de la orientación de los Pastores, que son
precisamente los responsables y artífices de la unidad de la Iglesia.
Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a
experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia —
catequistas, animadores de la oración y del canto, cristianos
consagrados al servicio de la palabra de Dios o a la asistencia de los
hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables
de Movimientos apostólicos u otros responsables—, son preciosos
para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su
capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que están lejos.
Nos debemos asimismo nuestra estima particular a todos los
seglares que aceptan consagrar una parte de su tiempo, de sus
energías y, a veces, de su vida entera, al servicio de las misiones.
Para los agentes de la evangelización se hace necesaria una seria
preparación. Tanto más para quienes se consagran al ministerio de la
Palabra. Animados por la convicción, cada vez mayor, de la
grandeza y riqueza de la palabra de Dios, quienes tienen la misión
de transmitirla deben prestar gran atención a la dignidad, a la
precisión y a la adaptación del lenguaje. Todo el mundo sabe que el
arte de hablar reviste hoy día una grandísima importancia. ¿Cómo
podrían descuidarla los predicadores y los catequistas? Deseamos
vivamente, que en cada Iglesia particular, los obispos vigilen por la
adecuada formación de todos los ministros de la Palabra. Esta
preparación llevada a cabo con seriedad aumentará en ellos la
seguridad indispensable y también el entusiasmo para anunciar hoy
día a Cristo.
o CT. 66
Catequistas laicos...
En nombre de toda la Iglesia quiero dar las gracias a vosotros,
catequistas parroquiales, hombres y, en mayor número aún, mujeres,
que en todo el mundo os habéis consagrado a la educación religiosa
de numerosas generaciones de niños. Vuestra actividad, con
frecuencia humilde y oculta, mas ejercida siempre con celo ardiente
y generoso, es una forma eminente de apostolado seglar,
particularmente importante allí donde, por distintas razones, los
niños y los jóvenes no reciben en sus hogares una formación
religiosa conveniente. En efecto, ¿cuántos de nosotros hemos
recibido de personas como vosotros las primeras nociones de
catecismo y la preparación para el sacramento de la reconciliación,
para la primera comunión y para la confirmación? La IV Asamblea
general del Sínodo no os ha olvidado. Con ella os animo a proseguir
vuestra colaboración en la vida de la Iglesia. Pero el título de
«catequista» se aplica por excelencia a los catequistas de tierras de
misión. Habiendo nacido en familias ya cristianas o habiéndose
convertido un día al cristianismo e instruidos por los misioneros o
por otros catequistas, consagran luego su vida, durante largos años,
a catequizar a los niños y adultos de sus países. Sin ellos no se
habrían edificado Iglesias hoy día florecientes. Me alegro de los
esfuerzos realizados por la S. Congregación para la Evangelización
de los Pueblos con miras a perfeccionar cada vez más la formación
de esos catequistas. Evoco con reconocimiento la memoria de
aquellos a quienes el Señor llamó ya a Sí. Pido la intercesión de
aquellos a quienes mis predecesores elevaron a la gloria de los
altares. Aliento de todo corazón a los que ahora están entregados a
esa obra. Deseo que otros muchos los releven y que su número se
acreciente en favor de una obra tan necesaria para la misión.
o ES. III (24)
Respecto de los misioneros laicos en las misiones:
§ 1. Exíjase sincera intención de servir a las misiones, madurez,
adecuada preparación, especialización profesional y una
permanencia conveniente en la misión;
§ 2. Coordínense entre sí eficazmente las asociaciones misioneras de
laicos;
§ 3. El Obispo del lugar de misión cuide solícitamente de estos
laicos;
§ 4. Garantícese la seguridad social de estos laicos (N° 41).
o C. 281
§ 1. Los clérigos dedicados al ministerio eclesiástico merecen una
retribución conveniente a su condición, teniendo en cuenta tanto la
naturaleza del oficio que desempeñan como las circunstancias del
lugar y tiempo, de manera que puedan proveer a sus propias
necesidades y a la justa remuneración de aquellas personas cuyo
servicio necesitan.
§ 2. Se ha de cuidar igualmente de que gocen de asistencia social,
mediante la que se provea adecuadamente a sus necesidades en caso
de enfermedad, invalidez o vejez.
§ 3. Los diáconos casados plenamente dedicados al ministerio
eclesiástico merecen una retribución tal que puedan sostenerse a sí
mismos y a su familia; pero quienes, por ejercer o haber ejercido
una profesión civil, ya reciben una remuneración, deben proveer a
sus propias necesidades y a las de su familia con lo que cobren por
ese título.
3. Concepto técnico de misión
C. 786
La actividad propiamente misional, mediante la cual se implanta la Iglesia
en pueblos o grupos en los que aún no está enraizada, se lleva a cabo por la
Iglesia principalmente enviando predicadores hasta que las nuevas Iglesias
queden plenamente constituidas, es decir, cuando estén provistas de fuerzas
propias y medios suficientes para poder realizar por sí mismas la tarea de
evangelizar.
AG. 15. 19
La Comunidad cristiana
15. El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo, por la
siembra de la palabra y proclamación del Evangelio, y suscita el homenaje
de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva vida en el seno
de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el único
Pueblo de Dios que es "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo de adquisición".
Los misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios, susciten tales
comunidades de fieles que, viviendo conforme a la vocación a la que han
sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado, sacerdotal,
profética y real. De esta forma, la comunidad cristiana se hace signo de la
presencia de Dios en el mundo; porque ella, por el sacrificio eucarístico,
incesantemente pasa con Cristo al Padre, nutrida cuidadosamente con la
palabra de Dios da testimonio de Cristo y, por fin, anda en la caridad y se
inflama de espíritu apostólico.
La comunidad cristiana ha de establecerse, desde el principio de tal forma
que, en lo posible, sea capaz de satisfacer por sí misma sus propias
necesidades.
Esta comunidad de fieles, dotada de las riquezas de la cultura de su nación,
ha de arraigar profundamente en el pueblo; florezcan las familias henchidas
de espíritu evangélico y ayúdeseles con escuelas convenientes; eríjanse
asociaciones y grupos por los que el apostolado seglar llene toda la sociedad
de espíritu evangélico. Brille, por fin, la caridad entre los católicos de los
diversos ritos.
Cultívese el espíritu ecuménico entre los neófitos para que aprecien
debidamente que los hermanos en la fe son discípulos de Cristo,
regenerados por el bautismo, partícipes con ellos de los innumerables
bienes del Pueblo de Dios. En cuanto lo permitan las condiciones religiosas,
promuévase la acción ecuménica de forma que, excluido todo
indiferentismo y confusionismo como emulación insensata, los católicos
colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del
Decreto sobre el Ecumenismo, en la común profesión de la fe en Dios y en
Jesucristo delante de las naciones -en cuanto sea posible- y en la
cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos
colaboren, por la causa de Cristo, su común Señor: ¡que su nombre los
junte! Esta colaboración hay que establecerla no sólo entre las personas
privadas, sino también, a juicio del ordinario del lugar, entre las Iglesias o
comunidades eclesiales y sus obras.
Los fieles cristianos, congregados de entre todas las gentes en la Iglesia, "no
son distintos de los demás hombres ni por el régimen, ni por la lengua, ni
por las instituciones políticas de la vida, por tanto, vivan para Dios y para
Cristo según las costumbres honestas de su pueblo; cultiven como buenos
ciudadanos verdadera y eficazmente el amor a la Patria, evitando
enteramente el desprecio de las otras razas y el nacionalismo exagerado, y
promoviendo el amor universal de los hombres.
Para conseguir todo esto son de grandísimo valor y dignos de especial
atención los laicos, es decir, los fieles cristianos que, incorporados a Cristo
por el bautismo, viven en medio del mundo. Es muy propio de ellos,
imbuidos del Espíritu Santo, el convertirse en constante fermento para
animar y ordenar los asuntos temporales según el Evangelio de Cristo.
Sin embargo, no basta que el pueblo cristiano esté presente y establecido en
un pueblo, ni que desarrolle el apostolado del ejemplo; se establece y está
presente para anunciar con su palabra y con su trabajo a Cristo a sus
conciudadanos no cristianos y ayudarles a la recepción plena de Cristo.
Ahora bien, para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de la
comunidad cristiana son necesarios varios ministerios que todos deben
favorecer y cultivas diligentemente, con la vocación de una suscitada de
entre la misma congregación de los fieles, entre los que se cuentan las
funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los catequistas y la Acción
Católica. Prestan, asimismo, un servicio indispensable los religiosos y
religiosas con su oración y trabajo diligente, para enraizar y asegurar en las
almas el Reino de Cristo y ensancharlo más y más.
Incremento de las Iglesias jóvenes
19. La obra de implantación de la Iglesia en un determinado grupo de
hombres consigue su objetivo determinado cuando la congregación de los
fieles, arraigada ya en la vida social y conformada de alguna manera a la
cultura del ambiente, disfruta de cierta estabilidad y firmeza; es decir, está
provista de cierto número, aunque insuficiente, de sacerdotes nativos, de
religiosos y seglares, se ve dotada de los ministerios e instituciones
necesarias para vivir, y dilatar la vida del Pueblo de Dios bajo la guía del
Obispo propio.
En estas Iglesias jóvenes la vida del Pueblo de Dios debe ir madurando por
todos los campos de la vida cristiana, que hay que renovar según las normas
de este Concilio: las congregaciones de fieles, con mayor conciencia cada
día, se hacen comunidades vivas de la fe, de la liturgia y de la caridad; los
laicos, con su actuación civil y apostólica, se esfuerzan en establecer en la
sociedad el orden de la caridad y de la justicia; se aplican oportuna y
prudentemente los medios de comunicación social; las familias, por su vida
verdaderamente cristiana, se convierten en semilleros de apostolado seglar y
de vocaciones sacerdotales y religiosas. Finalmente, la fe se enseña
mediante una catequesis apropiada, se manifiesta en la liturgia desarrollada
conforme al carácter del pueblo y por una legislación canónica oportuna se
introduce en las buenas instituciones y costumbres locales.
Los Obispos, juntamente con su presbiterio, imbuidos más y más del sentir
de Cristo y de la Iglesia, procuran sentir y vivir con toda la Iglesia.
Consérvese la íntima unión de las Iglesias jóvenes con toda la Iglesia, cuyos
elementos tradicionales deben asociar a la propia cultura, para aumentar con
efluvio mutuo de fuerzas de vida del Cuerpo místico. Por ello, cultívense
los elementos teológicos, psicológicos y humanos que puedan conducir al
fomento de este sentido de comunión con la Iglesia universal.
Pero estas Iglesias, situadas con frecuencia en las regiones más pobres del
orbe, se ven todavía muchas veces en gravísima penuria de sacerdotes y en
la escasez de recursos materiales. Por ello, tienen suma necesidad de que la
continua acción misional de toda la Iglesia les suministre los socorros que
sirvan, sobre todo, para el desarrollo de la Iglesia local y para la madurez de
la vida cristiana. Ayude también la acción misional a las Iglesias, fundadas
hace tiempo, que se encuentran en cierto estado de retroceso o
debilitamiento.
Estas Iglesias, con todo, organicen un plan común de acción pastoral y las
obras oportunas, para aumentar en número, juzgar con mayor seguridad y
cultivar con más eficacia las vocaciones para el clero diocesano y los
institutos religiosos, de forma que puedan proveerse a sí mismas, poco a
poco, y ayudar a otras.
4. Acción misionera
No creyentes
o C. 787 §1
Con el testimonio de su vida y de su palabra, entablen los
misioneros un diálogo sincero con quienes no creen en Cristo, para
que, de modo acomodado a la mentalidad y cultura de éstos, les
abran los caminos por los que puedan ser llevados a conocer el
mensaje evangélico.
Pre-catecumenado y catecumenado
o C. 788
§ 1. Quienes hayan manifestado su voluntad de abrazar la fe en
Cristo, una vez cumplido el tiempo de precatecumenado, sean
admitidos en ceremonias litúrgicas al catecumenado, e inscríbanse
sus nombres en un libro destinado a este fin.
§ 2. Por la enseñanza y el aprendizaje de la vida cristiana, los
catecúmenos han de ser convenientemente iniciados en el misterio
de la salvación, e introducidos a la vida de la fe, de la liturgia y de la
caridad del pueblo de Dios, y del apostolado.
§ 3. Corresponde a las Conferencias Episcopales publicar unos
estatutos por los que se regule el catecumenado, determinando qué
obligaciones deben cumplir los catecúmenos y qué prerrogativas se
les reconocen.
o AG. 14
Catecumenado e iniciación cristiana
14. Los que han recibido de Dios, por medio de la Iglesia, la fe en
Cristo, sean admitidos con ceremonias religiosas al catecumenado;
que no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una
formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida
cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro.
Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de
la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los
ritos sagrados que han de celebrarse en los tiempos sucesivos,
introdúzcanse en la vida de fe, de la liturgia y de la caridad del
Pueblo de Dios.
Libres luego de los Sacramentos de la iniciación cristiana del poder
de las tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo,
reciben el Espíritu de hijos de adopción y asisten con todo el Pueblo
de Dios al memorial de la muerte y de la resurrección del Señor.
Es de desear que la liturgia del tiempo cuaresmal y pascual se
restaure de forma que prepare las almas de los catecúmenos para la
celebración del misterio pascual en cuyas solemnidades se regeneran
para Cristo por medio del bautismo.
Pero esta iniciación cristiana durante el catecumenado no deben
procurarla solamente los catequistas y sacerdotes, sino toda la
comunidad de los fieles, y en modo especial los padrinos, de suerte
que sientan los catecúmenos, ya desde el principio, que pertenecen
al Pueblo de Dios. Y como la vida de la Iglesia es apostólica, los
catecúmenos han de aprender también a cooperar activamente en la
evangelización y edificación de la Iglesia con el testimonio de la
vida y la profesión de la fe.
Expóngase por fin, claramente, en el nuevo Código, el estado
jurídico de los catecúmenos. Porque ya están vinculados a la Iglesia,
ya son de la casa de Cristo y, con frecuencia, ya viven una vida de
fe, de esperanza y de caridad.
o SC. 64
Catecumenado
Restáurese el catecumenado de adultos dividido en distintas etapas,
cuya práctica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esa
manera, el tiempo del catecumenado, establecido para la
conveniente instrucción, podrá ser santificado con los sagrados ritos,
que se celebrarán en tiempos sucesivos.
o CC. 865. 1183
865: § 1. Para que pueda bautizarse a un adulto, se requiere que
haya manifestado su deseo de recibir este sacramento, esté
suficientemente instruido sobre las verdades de la fe y las
obligaciones cristianas y haya sido probado en la vida cristiana
mediante el catecumenado; se le ha de exhortar además a que tenga
dolor de sus pecados.
§ 2. Puede ser bautizado un adulto que se encuentre en peligro de
muerte si, teniendo algún conocimiento sobre las verdades
principales de la fe, manifiesta de cualquier modo su intención de
recibir el bautismo y promete que observará los mandamientos de la
religión cristiana.
1183: § 1. Por lo que se refiere a las exequias, los catecúmenos se
equiparan a los fieles.
§ 2. El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren exequias
eclesiásticas por aquellos niños que sus padres deseaban bautizar,
pero murieron antes de recibir el bautismo.
§ 3. Según el juicio prudente del Ordinario del lugar, se pueden
conceder exequias eclesiásticas a los bautizados que estaban
adscritos a una Iglesia o comunidad eclesial no católica, con tal de
que no conste la voluntad contraria de éstos, y no pueda hacerlas su
ministro propio.
Neófitos
o C. 789
Fórmese a los neófitos con la enseñanza conveniente para que
conozcan más profundamente la verdad evangélica y las
obligaciones que, por el bautismo, han asumido y deben cumplir; y
se les inculcará un amor sincero a Cristo y a su Iglesia.
o AG. 15
La Comunidad cristiana
15. El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo, por la
siembra de la palabra y proclamación del Evangelio, y suscita el
homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva
vida en el seno de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los
congrega en el único Pueblo de Dios que es "linaje escogido,
sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición".
Los misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios, susciten
tales comunidades de fieles que, viviendo conforme a la vocación a
la que han sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha
confiado, sacerdotal, profética y real. De esta forma, la comunidad
cristiana se hace signo de la presencia de Dios en el mundo; porque
ella, por el sacrificio eucarístico, incesantemente pasa con Cristo al
Padre, nutrida cuidadosamente con la palabra de Dios da testimonio
de Cristo y, por fin, anda en la caridad y se inflama de espíritu
apostólico.
La comunidad cristiana ha de establecerse, desde el principio de tal
forma que, en lo posible, sea capaz de satisfacer por sí misma sus
propias necesidades.
Esta comunidad de fieles, dotada de las riquezas de la cultura de su
nación, ha de arraigar profundamente en el pueblo; florezcan las
familias henchidas de espíritu evangélico y ayúdeseles con escuelas
convenientes; eríjanse asociaciones y grupos por los que el
apostolado seglar llene toda la sociedad de espíritu evangélico.
Brille, por fin, la caridad entre los católicos de los diversos ritos.
Cultívese el espíritu ecuménico entre los neófitos para que aprecien
debidamente que los hermanos en la fe son discípulos de Cristo,
regenerados por el bautismo, partícipes con ellos de los
innumerables bienes del Pueblo de Dios. En cuanto lo permitan las
condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica de forma
que, excluido todo indiferentismo y confusionismo como emulación
insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos
separados, según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, en la
común profesión de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las
naciones -en cuanto sea posible- y en la cooperación en asuntos
sociales y técnicos, culturales y religiosos colaboren, por la causa de
Cristo, su común Señor: ¡que su nombre los junte! Esta colaboración
hay que establecerla no sólo entre las personas privadas, sino
también, a juicio del ordinario del lugar, entre las Iglesias o
comunidades eclesiales y sus obras.
Los fieles cristianos, congregados de entre todas las gentes en la
Iglesia, "no son distintos de los demás hombres ni por el régimen, ni
por la lengua, ni por las instituciones políticas de la vida, por tanto,
vivan para Dios y para Cristo según las costumbres honestas de su
pueblo; cultiven como buenos ciudadanos verdadera y eficazmente
el amor a la Patria, evitando enteramente el desprecio de las otras
razas y el nacionalismo exagerado, y promoviendo el amor universal
de los hombres.
Para conseguir todo esto son de grandísimo valor y dignos de
especial atención los laicos, es decir, los fieles cristianos que,
incorporados a Cristo por el bautismo, viven en medio del mundo.
Es muy propio de ellos, imbuidos del Espíritu Santo, el convertirse
en constante fermento para animar y ordenar los asuntos temporales
según el Evangelio de Cristo.
Sin embargo, no basta que el pueblo cristiano esté presente y
establecido en un pueblo, ni que desarrolle el apostolado del
ejemplo; se establece y está presente para anunciar con su palabra y
con su trabajo a Cristo a sus conciudadanos no cristianos y
ayudarles a la recepción plena de Cristo.
Ahora bien, para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de la
comunidad cristiana son necesarios varios ministerios que todos
deben favorecer y cultivas diligentemente, con la vocación de una
suscitada de entre la misma congregación de los fieles, entre los que
se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los
catequistas y la Acción Católica. Prestan, asimismo, un servicio
indispensable los religiosos y religiosas con su oración y trabajo
diligente, para enraizar y asegurar en las almas el Reino de Cristo y
ensancharlo más y más.
o CC. 760. 851. 865
760 Ha de proponerse íntegra y fielmente el misterio de Cristo en el
ministerio de la palabra, que se debe fundar en la sagrada Escritura,
en la Tradición, en la liturgia, en el magisterio y en la vida de la
Iglesia.
851 Se ha de preparar convenientemente la celebración del
bautismo; por tanto:
1 El adulto que desee recibir el bautismo ha de ser admitido al
catecumenado y, en la medida de lo posible, ser llevado por pasos
sucesivos a la iniciación sacramental, según el ritual de iniciación
adaptado por la Conferencia Episcopal, y atendiendo a las normas
peculiares dictadas por la misma;
2 Los padres del niño que va a ser bautizado, y asimismo quienes
asumirán la función de padrinos, han de ser convenientemente
ilustrados sobre el significado de este sacramento y las obligaciones
que lleva consigo; y debe procurar el párroco, personalmente o por
medio de otras personas, que los padres sean oportunamente
instruidos con exhortaciones pastorales e incluso con la oración en
común, reuniendo a varias familias, y visitándolas donde sea posible
hacerlo.
865 § 1. Para que pueda bautizarse a un adulto, se requiere que
haya manifestado su deseo de recibir este sacramento, esté
suficientemente instruido sobre las verdades de la fe y las
obligaciones cristianas y haya sido probado en la vida cristiana
mediante el catecumenado; se le ha de exhortar además a que tenga
dolor de sus pecados.
§ 2. Puede ser bautizado un adulto que se encuentre en peligro de
muerte si, teniendo algún conocimiento sobre las verdades
principales de la fe, manifiesta de cualquier modo su intención de
recibir el bautismo y promete que observará los mandamientos de la
religión cristiana.
Régimen pastoral
o C. 790
§ 1. En los territorios de misión compete al Obispo diocesano:
1 promover, dirigir y coordinar las iniciativas y obras que se refieren
a la actividad misional;
2 cuidar de que se hagan los oportunos convenios con los
Moderadores de los institutos que se dedican a la tarea misional, y
de que las relaciones con los mismos redunden en beneficio de la
misión.
§ 2. A las prescripciones del Obispo diocesano indicadas en el
§ 1, 1 , están sujetos todos los misioneros, incluso los religiosos y
sus auxiliares que residan dentro de la demarcación del Obispo.
o AG. 30. 32-33
Ordenación local de las misiones
30. Para que en el ejercicio de la obra misional se consigan los fines
y los efectos propuestos, tengan todos los misioneros "un solo
corazón y una sola alma".
Es deber del Obispo, como rector y centro de unidad en el
apostolado diocesano, promover, dirigir y coordinar la actividad
misionera, pero de modo que se respete y favorezca la actividad
espontánea de quienes toman parte en la obra. Todos los misioneros,
incluso los religiosos exentos, están sometidos al Obispo en las
diversas obras que se refieren al ejercicio del sagrado apostolado.
Para lograr una coordinación mejor, establezca el Obispo, en cuanto
le sea posible, un Consejo pastoral en que tomen parte clérigos,
religiosos y seglares por medio de delegados escogidos. Procure,
además, que la actividad apostólica no se limite tan sólo a los
convertidos, sino que ha de destinar una parte conveniente de
operarios y de recursos a la evangelización de los no cristianos.
Ordenación de la actividad de los Institutos
32. Es también conveniente coordinar las actividades que
desarrollan los Institutos o Asociaciones eclesiásticas. Todos ellos,
de cualquier condición que sean, secunden al ordinario del lugar en
todo lo que se refiere a la actividad misional. Por lo cual será muy
provechoso establecer bases particulares que regulen las relaciones
entre los ordinarios del lugar y el superior del Instituto.
Cuando a un Instituto se le ha encomendado un territorio, el superior
eclesiástico y el Instituto procuren, de corazón, dirigirlo todo para
que la comunidad cristiana se desarrolle en iglesia local, que a su
debido tiempo sea dirigida por su propio pastor con su clero.
Al cesar la encomienda del territorio se crea una nueva situación.
Establezcan entonces, de común acuerdo, las Conferencias
Episcopales y los Institutos, normas que regulen las relaciones entre
los ordinarios del lugar y los Institutos. La Santa Sede establecerá
los principios generales que han de regular las bases de los contratos
regionales o particulares.
Si bien los Institutos están preparados para continuar la obra
empezada, colaborando en el ministerio ordinario de la cura de las
almas, sin embargo, al aumentar el clero nativo, habrá que procurar
que los mismos Institutos, de acuerdo con su propio fin,
permanezcan fieles a la misma diócesis encargándose
generosamente en obras particulares o de alguna región.
Coordinación entre Institutos
33. Los Institutos que se dedican a la actividad misional en el mismo
territorio conviene que encuentren un buen sistema de coordinar sus
trabajos. Para ello son muy útiles las Conferencias de religiosos y
las reuniones de religiosas, en que tomen parte todos los Institutos
de la misma nación o región. Examinen estas Conferencias qué
puede hacerse con el esfuerzo común y mantengan estrechas
relaciones con las Conferencias Episcopales.
Todo lo cual, y por idéntico motivo, conviene extenderlo a la
colaboración de los Institutos misioneros en la tierra patria, de suerte
que puedan resolverse los problemas y empresas comunes con más
facilidad y menores gastos, como, por ejemplo, la formación
doctrinal de los futuros misioneros, los cursos para los mismos, las
relaciones con las autoridades públicas o con los órganos
internacionales o supranacionales.
o ES. III (17)
La Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe, tras haber
consultado a las Conferencias Episcopales y a los Institutos
misioneros, proceda lo antes posible a la formulación de los
principios generales según los cuales se han de estipular las
convenciones entre los Ordinarios del lugar y los Institutos
misioneros que han de regir sus mutuas relaciones (N° 32).
En la estipulación de estas convenciones téngase presente la
estabilidad de la labor misionera y las necesidades de los Institutos
(N° 32).
5. Obra misional diócesis
Cooperación
o C. 791
En todas las diócesis, para promover la cooperación misional:
1 foméntense vocaciones misioneras;
2 destínese un sacerdote a promover eficazmente iniciativas en favor
de las misiones, especialmente las Obras Misionales Pontificias;
3 celébrese el día anual en favor de las misiones;
4 páguese cada año una cuota proporcionada para las misiones, que
se remitirá a la Santa Sede.
o AG. 23
La vocación misionera
23. Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar
la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama
siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a
predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que
distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la
vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo
tiempo en la Iglesia institutos, que reciben como misión propia el
deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia.
Porque son sellados con una vocación especial los que, dotados de
un carácter natural conveniente, idóneos por sus buenas dotes e
ingenio, están dispuestos a emprender la obra misional, sean nativos
del lugar o extranjeros: sacerdotes, religiosos o laicos. Enviados por
la autoridad legítima, se dirigen con fe y obediencia a los que están
lejos de Cristo, segregados para la obra a que han sido llamados (Cf.
Act., 13,2), como ministros del Evangelio, "para que la oblación de
los gentiles sea aceptada y santificada por el Espíritu Santo" (Rom.
15,16).
o ES. III (6)
Los Obispos conscientes de la urgencia de la evangelización del
mundo fomenten las vocaciones misioneras entre los propios
clérigos y jóvenes y faciliten a los
Institutos que se dedican a la labor misionera los medios y la
oportunidad de dar a conocer en la diócesis las necesidades de las
misiones y de despertar vocaciones (N° 38).
Para despertar vocaciones misioneras explíquense diligentemente la
misión de la Iglesia hacia todas las naciones y las formas específicas
en que tanto los Institutos, como los sacerdotes, religiosos y laicos
de ambos sexos se esfuerzan por realizarla. Póngase sobre todo de
relieve la especial vocación misionera "para toda la vida",
ilustrándola con ejemplos (N° 23, 24).
Sacerdote encargado
Guía misional
Cuota o limosna
Acogida misionera
o C. 792
Las Conferencias Episcopales deben crear y fomentar instituciones
que acojan fraternalmente y ayuden con la conveniente atención
pastoral a quienes, por razones de trabajo o de estudio, acuden a su
territorio desde las tierras de misión.
o AG. 38
Deber misionero de los Obispos
Todos los Obispos, como miembros del cuerpo episcopal, sucesor
del Colegio de los Apóstoles, están consagrados no sólo para una
diócesis, sino para la salvación de todo el mundo. A ellos afecta
primaria e inmediatamente, con Pedro y bajo la autoridad de Pedro,
el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura. De ahí
procede aquella comunicación y cooperación de las Iglesias, tan
necesaria hoy para proseguir la obra de evangelización. En virtud de
esta comunión, cada una de las Iglesias, siente la solicitud de todas
las obras, se manifiestan mutuamente sus propias necesidades, se
comunican entre si sus bienes, puesto que la dilatación del cuerpo de
Cristo es deber de todo el Colegio episcopal.
Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en
su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como
visible el espíritu y el celo misional del Pueblo de Dios, de suerte
que toda la diócesis se hace misionera.
El Obispo deberá suscitar en su pueblo, sobre todo entre los
enfermos y oprimidos por las calamidades, almas que ofrezcan a
dios oraciones y penitencias con generosidad de corazón por la
evangelización del mundo; fomentar gustosos las vocaciones de los
jóvenes y de los clérigos a los Institutos misioneros, complaciéndose
de que Dios elija algunos para que se consagren a la actividad
misional de la Iglesia; exhortar y aconsejar a las congregaciones
diocesanas para que asuman su parte en las misiones; promover
entre sus fieles las obras de Institutos misioneros, de manera
especial las obras pontificias misionales. Estas obras deben ocupar
el primer lugar, ya que son los medios de infundir en los católicos,
desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero,
y de recoger eficazmente los subsidios para bien de todas las
misiones, según las necesidades de cada una.
Pero creciendo cada vez más la necesidad de operarios en la viña del
Señor y deseando los sacerdotes diocesanos, participar cada vez más
en la evangelización del mundo, el Sagrado Concilio desea que los
Obispos, considerando la gravísima penuria de sacerdotes que
impide la evangelización de muchas regiones, envíen algunos de sus
mejores sacerdotes que se ofrezcan a la obra misional, debidamente
preparados, a las diócesis que carecen de clero, donde desarrollen, al
menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de
servicio.
Y para que la actividad misional de los Obispos en bien de toda la
Iglesia pueda ejercerse con más eficacia, conviene que las
Conferencias Episcopales dirijan los asuntos referentes a la
cooperación organizada del propio país. Traten los Obispos en sus
Conferencias; del clero diocesano que se ha de consagrar a la
evangelización de los gentiles; de la tasa determinada que cada
diócesis debe entregar todos los años, según sus ingresos para la
obra de las misiones; de dirigir y ordenar las formas y medios con
que se ayude directamente a las mismas; de ayudar y, si es
necesario, fundar Institutos misioneros y seminarios del clero
diocesano para las misiones; de la manera de fomentar estrechas
relaciones entre estos Institutos y las diócesis.
Es propio de las Conferencias Episcopales establecer y promover
obras en que sean recibidos fraternalmente y ayudados con cuidado
pastoral conveniente los que inmigran de tierras de misiones para
trabajar y estudiar. Porque por ellos se acercan de alguna manera los
pueblos lejanos y se ofrece a las comunidades ya cristianas desde
tiempos remotos una ocasión magnífica de dialogar con los que no
oyeron todavía el Evangelio y de manifestarles con servicio de amor
y de asistencia la imagen auténtica de Cristo.
o ES. III (23)
Se hace necesaria la cooperación con los Obispos de misiones a fin
de que los inmigrantes de las tierras de misión sean debidamente
acogidos y sostenidos mediante una adecuada cura pastoral por los
Obispos de las naciones cristianas más antiguas (N° 38).
o C. 271 §2
El Obispo diocesano puede conceder a sus clérigos licencia para
trasladarse a otra Iglesia particular por un tiempo determinado, que
puede renovarse sucesivamente, de manera, sin embargo, que esos
clérigos sigan incardinados en la propia Iglesia particular y, al
regresar, tengan todos los derechos que les corresponderían si se
hubieran dedicado en ella al ministerio sagrado.