DERECHO CANONICO II
LIBRO III:
Misión de enseñar de la Iglesia
1. LA FUNCIÓN DE ENSEÑAR DE LA IGLESIA
Canon 747
§ 1. La Iglesia, a la cual Cristo Nuestro Señor encomendó el depósito de la fe, para que, con
la asistencia del Espíritu Santo, custodiase santamente la verdad revelada, profundizase en
ella y la anunciase y expusiese fielmente, tiene el deber y el derecho originario,
independiente de cualquier poder humano, de predicar el Evangelio a todas las gentes,
utilizando incluso sus propios medios de comunicación social.
§ 2. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso
los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos,
en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la
salvación de las almas.
DEI VERBUM N° 9 Y 10
9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto
modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en
cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición
transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada
por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la
guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la
Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades
reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado
de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido
con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera
constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados
y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la
fe recibida. Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o
transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se
ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra
de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato
divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la
expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como
verdad revelada por Dios que se ha de creer. Es evidente, por tanto, que la Sagrada
Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo
de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el
otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen
eficazmente a la salvación de las almas.
LUMEN GENTIUM N°24 Y 25
24. Los Obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido
dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de
predicar el Evangelio a toda creatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación
por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt 28,18-20;
Mc 16,15-16; Hch 26, 17 s). Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a los
Apóstoles el Espíritu Santo, y lo envió desde el cielo el día de Pentecostés, para que,
confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes,
los pueblos y los reyes (cf. Hch 1,8; 2, 1 ss; 9,15). Este encargo que el Señor confió a los
pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con
toda propiedad diaconía, o sea ministerio (cf. Hch 1,17 y 25; 21,19; Rm 11,13; 1Tm 1,12).
La misión canónica de los Obispos puede hacerse por las legítimas costumbres que no
hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de la Iglesia, o por leyes dictadas
o reconocidas por la misma autoridad, o directamente por el mismo sucesor de Pedro; y
ningún Obispo puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él
niega la comunión apostólica.
25. Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio.
Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y
son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que
predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser
aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la
Revelación cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia
apartan de su grey los errores que la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). Los Obispos, cuando
enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como
testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y
costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben
adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del
entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano
Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia
su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él,
según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de
los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la
forma de decirlo. Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la
infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el
vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en
materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva,
en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con
mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los
maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la
sumisión de la fe.
Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la
doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación,
que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice,
Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio
cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus
hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres.
Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no
por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del
Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna
aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el
Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de
maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la
infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La
infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando
ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca
puede faltar el ascenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la
cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe. Mas cuando el
Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él definen una doctrina, lo
hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse
todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la
sucesión legítima de los Obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano
Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente
expuesta en la Iglesia. El Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la
importancia del asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar
adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna
nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe.
LOS PRINCIPIOS MORALES.
GAUDIUM ET SPES N° 42 Y 76
42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada
en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.
La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social.
El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa
derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la
comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde sea necesario, según las
circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe
crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo,
las obras de misericordia u otras semejantes.
La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre
todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica.
La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es "en
Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano". Enseña así al mundo que la genuina unión social
exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la
caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las
energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en
esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido
con medios puramente humanos.
Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma
particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social, la
Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las
diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan confianza en ella y
reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia
advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos
de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las
justas asociaciones humanas.
El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se
encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesantemente se fundan en
la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones
en lo que de ella dependa y puede conciliarse con su misión propia. Nada desea tanto como
desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que
reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del
bien común.
76. Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística, tener un
recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir
netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título
personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan,
en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores.
La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno
con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y
salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio
terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación
personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien
de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuesta de las
circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte
temporal, sino que, sujeto de la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna.
La Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez
más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones.
Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con
su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la
responsabilidad políticas del ciudadano.
Cuando los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos son enviados para
anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio de su apostolado se
apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la fuerza del Evangelio en
la debilidad de sus testigos. Es preciso que cuantos se consagran al ministerio de la palabra
de Dios utilicen los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en
muchas cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.
Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están estrechamente
unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su propia
misión lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil;
más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto
como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones
de vida exijan otra disposición. Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en
todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su
misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias
referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la
salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al
Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la Iglesia, cuya
misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la
comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para gloria de Dios.
VERITATIS SPLENDOR N° 25 Y 27
25. El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la
historia; también hoy. La pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la
vida eterna?» brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la
respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de Dios, que invita al
seguimiento y da la gracia para una vida nueva, está siempre presente y operante en medio
de nosotros, según su promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 20). La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada
época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a sus discípulos
el Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn 14,
26), y, al mismo tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,
5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en
la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser
custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo
de la historia. La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a los Apóstoles y a
sus sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de la verdad: «Quien a vosotros os
escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los
Apóstoles cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino» del Señor
(cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo el seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí la
vida es Cristo» (Flp 1, 21).
27. Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión
confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la cual se continúa en el ministerio de
sus sucesores. Es cuanto se encuentra en la Tradición viva, mediante la cual —como afirma
el concilio Vaticano II— «la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y
transmite a todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradición apostólica va creciendo
en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» 39. En el Espíritu, la Iglesia acoge y transmite
la Escritura como testimonio de las maravillas que Dios ha hecho en la historia (cf. Lc 1,
49), confiesa la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres y de los
doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los santos y de las santas, y en el
sacrificio de los mártires, celebra su esperanza en la liturgia. Mediante la Tradición los
cristianos reciben «la voz viva del Evangelio» 40, como expresión fiel de la sabiduría y de
la voluntad divina.
Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación
auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de
los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente,
expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las
circunstancias. Esta actualización de los mandamientos es signo y fruto de una penetración
más profunda de la Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y
culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez
permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la
gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los
Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio.
Además, como afirma de modo particular el Concilio, «el oficio de interpretar
auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio
vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo». De este modo, la Iglesia, con
su vida y su enseñanza, se presenta como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,
15), también de la verdad sobre el obrar moral. En efecto, «compete siempre y en todo
lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así
como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los
derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas».
Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusión moral y en torno a
los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teorías, el Magisterio, en fidelidad a
Jesucristo y en continuidad con la tradición de la Iglesia, siente más urgente el deber de
ofrecer el propio discernimiento y enseñanza, para ayudar al hombre en su camino hacia la
verdadera libertad.
LA BUSQUEDA DE LA VERDAD
Canon 748
§ 1. Todos los hombres están obligados a buscar la verdad en aquello que se refiere a Dios
y a su Iglesia y, una vez conocida, tienen, por ley divina, el deber y el derecho de abrazarla
y observarla.
§ 2. A nadie le es lícito jamás coaccionar a los hombres a abrazar la fe católica contra su
propia conciencia.
DIGNITATIS HUMANAE N°1
1. Los hombres de nuestro tiempo se hacen cada vez más conscientes de la dignidad de la
persona humana, y aumenta el número de aquellos que exigen que los hombres en su
actuación gocen y usen del propio criterio y libertad responsables, guiados por la
conciencia del deber y no movidos por la coacción. Piden igualmente la delimitación
jurídica del poder público, para que la amplitud de la justa libertad tanto de la persona
como de las asociaciones no se restrinja demasiado. Esta exigencia de libertad en la
sociedad humana se refiere sobre todo a los bienes del espíritu humano, principalmente a
aquellos que pertenecen al libre ejercicio de la religión en la sociedad. Secundando con
diligencia estos anhelos de los espíritus y proponiéndose declarar cuán conformes son con
la verdad y con la justicia, este Concilio Vaticano estudia la sagrada tradición y la doctrina
de la Iglesia, de las cuales saca a la luz cosas nuevas, de acuerdo siempre con las antiguas.
En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el
camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo.
Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a
la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los
Apóstoles: "Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt.,
28, 19-20). Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo
en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla.
Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los
hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma
verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Ahora bien, puesto que la libertad
religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a
Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina
tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la
verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. Se propone, además, el sagrado Concilio, al
tratar de esta verdad religiosa, desarrollar la doctrina de los últimos Pontífices sobre los
derechos inviolables de la persona humana y sobre el ordenamiento jurídico de la sociedad.
DIGNITATIS HUMANAE DECRETO 2
2. Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción,
tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y
esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su
conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o
asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la
libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal
como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este
derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el
ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho
civil.
ADGENTES N° 13
13. Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a
todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo
enviado por El para salvar a todos, a fin de que los no cristianos abriéndoles el corazón el
Espíritu Santo, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a El con sinceridad,
quien por ser "camino, verdad y vida" satisface todas sus exigencias espirituales, más aún,
las colma hasta el infinito.
Esta conversión hay que considerarla ciertamente inicial, pero suficiente para que el
hombre perciba que, arrancado del pecado, entra en el misterio del amor de Dios, que lo
llama a iniciar una comunicación personal consigo mismo en Cristo. Puesto que, por la
gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, participando
ya por la fe del misterio de la Muerte y de la Resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo
hombre perfecto según Cristo. Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de
sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y
desarrollarse poco a poco durante el catecumenado. Siendo el Señor, al que se confía,
blanco de contradicción, el nuevo convertido sentirá con frecuencia rupturas y
separaciones, pero también gozos que Dios concede sin medida. La Iglesia prohíbe
severamente que a nadie se obligue, o se induzca o se atraiga por medios indiscretos a
abrazar la fe, lo mismo que vindica enérgicamente el derecho a que nadie sea apartado de
ella con vejaciones inicuas.
Investíguense los motivos de la conversión, y si es necesario purifíquense, según la
antiquísima costumbre de la Iglesia.
Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y
de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están
impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la
verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la
verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no
pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de
libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por
consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la
persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece
también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella,
y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido.