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Filosofía: Material de Estudio - 5to Año "Instituto Moderno de Educación Integral" Uegp #74

La filosofía surgió en la antigua Grecia como una búsqueda de la verdad y explicación de la realidad a través de preguntas. Los primeros filósofos fueron los sabios de Mileto en el siglo VI a.C. aunque fue con Sócrates, Platón y Aristóteles que la filosofía se estableció como disciplina. La filosofía cuestiona las verdades establecidas y busca nuevas respuestas a problemas sobre el ser humano, el conocimiento y el mundo a través de conceptos abstractos.

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Filosofía: Material de Estudio - 5to Año "Instituto Moderno de Educación Integral" Uegp #74

La filosofía surgió en la antigua Grecia como una búsqueda de la verdad y explicación de la realidad a través de preguntas. Los primeros filósofos fueron los sabios de Mileto en el siglo VI a.C. aunque fue con Sócrates, Platón y Aristóteles que la filosofía se estableció como disciplina. La filosofía cuestiona las verdades establecidas y busca nuevas respuestas a problemas sobre el ser humano, el conocimiento y el mundo a través de conceptos abstractos.

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FILOSOFÍA

Material de estudio – 5to Año


“Instituto Moderno De Educación Integral”
UEGP N° 74

2023
LA FILOSOFÍA

La filosofía: una invención de los griegos

La palabra filosofía significa etimológicamente (desde su origen) amor a la sabiduría. Deriva


de las palabras griegas philos, que significa “amor” y sophía, que quiere decir “sabiduría”. En la
Grecia del siglo IV a.C., el filósofo, el amante de la sabiduría, nació como el opuesto al sophós, es
decir, al sabio. Este último era el que poseía la sabiduría mientras que el filósofo era aquel que la
buscaba constantemente porque carecía de ella; lo suyo era amor por la sabiduría. El filósofo
interpela, pregunta, plantea interrogantes más que respuestas, es un buscador de respuestas; la
duda siempre lo acompaña. Se preocupa, se inquieta por saber. ¿Por qué busca constantemente la
sabiduría que el sabio ya tiene? Porque el filósofo pretende saber, pero para tener el sabor, es decir,
para armonizar la razón y los sentidos, para saber vivir y saborear las cosas. ¿Qué es ese saber que
es al mismo tiempo sabor de las cosas?

La búsqueda de la verdad. La verdad es, para los filósofos


de la Grecia del siglo IV a.C., aquello que da sentido, lo que es
innegable, necesario, lo que ni los dioses ni los hombres logran
desmentir, lo que explica la totalidad o el todo. El filósofo es aquel
que pretende entender y explicar el origen de las cosas, de los
seres humanos y del mundo.

La filosofía, como actividad que pretende explicar la


totalidad y que busca la verdad, surgió en el siglo IV a.C., en Atenas,
la polis (ciudad-Estado) que dominaba a las otras ciudades griegas
(Hélade). El filósofo apareció con las ideas de Sócrates y a él
siguieron Platón y Aristóteles, cada uno maestro del siguiente.
Platón y Aristóteles dejaron huellas decisivas en el pensamiento
filosófico hasta nuestros días.

Aristóteles estableció el nacimiento oficial de la filosofía a partir de sus investigaciones en


esa materia. Señaló que fueron los sabios de la ciudad de Mileto (Asia Menor, Turquía actual) como
Tales, Anaximandro y Anaxímenes, quienes primero emprendieron una búsqueda del origen (arkhé)
o fundamento de las cosas en el siglo VI a.C. Luego, siguieron otros en varios lugares de la Hélade:
Jenófanes, Heráclito, Parménides, Zenón de Elea, Pitágoras, Empédocles, Anaxágoras, Leucipo,
Demócrito. Finalmente, llegaron los sofistas, Sócrates y Platón, quien elaboró el concepto de eidos
o idea, y Aristóteles con la noción de ousía o sustancia.

La filosofía interpela la realidad, formula preguntas sobre todo lo que existe y conocemos,
sobre la totalidad. Esta capacidad de hacerse preguntas, de cuestionar lo dado es lo que se
denomina “problematización”, es decir, plantear en problemas, cuestiones o preguntas sobre
aspectos del mundo. Por eso, en filosofía se habla comúnmente de “problemas”: el problema de la
verdad, de los seres humanos (el problema antropológico), del conocimiento, del arte, del bien y
del mal, de la política, etcétera.

La filosofía no acepta las verdades establecidas, la “naturalidad” del mundo, el orden de las
cosas, sino que los cuestiona, mira por debajo de ellos, lee entre líneas, formula una y otra vez
preguntas sobre aquello que la mayoría de las personas dan por establecido. Vuelve a descubrir el
mundo con los ojos de un niño, pone a prueba todos sus supuestos y presupuestos e inventa
nombres que resignifican las cosas que ya conocemos; crea conceptos.

La filosofía se ha desarrollado desde el siglo IV a.C. hasta la actualidad y las personas que se
dedicaron a ella, los filósofos, fueron redefiniéndola en cada época histórica, ofreciendo nuevas
respuestas a viejos o nuevos problemas. Cada respuesta se presenta general-mente como un nuevo
interrogante.

En síntesis, la filosofía permite analizar, reflexionar y comprender mejor la realidad en la


que vivimos y a nosotros mismos.

La filosofía como metáfora de la realidad

La filosofía emplea un lenguaje y conceptos propios. Su lenguaje es abstracto y los


conceptos que la integran fueron elaborados a través de la
historia muchas veces a partir de las mismas preguntas. Se trata
de preguntas como qué es el ser humano, la verdad, el mundo,
la divinidad, el bien y el mal, el destino, entre otras. Durante
siglos, los filósofos elaboraron respuestas. Esas respuestas
filosóficas, a diferencia de las científicas, no se excluyen unas de
otras, como eslabones de un progreso superador, sino que
coexisten según distintas tradiciones y escuelas. Cada respuesta
se convierte en nuevas preguntas. La filosofía funciona además
como una metáfora de nuestras vidas y del mundo en que
vivimos.

Para el filósofo Enrique Marí, la filosofía como un tipo


especial de discurso social ha servido en cada etapa histórica
para legitimar las relaciones que el poder fue tejiendo según cambiaran los actores de la
dominación. Cada momento de la historia fue justificado ideológicamente por un sistema filosófico
determinado y preponderante. Así, la metafísica, la teología, la teoría del conocimiento y la
epistemología ocuparon, en forma sucesiva, en la historia occidental, los lugares centrales dentro
de la filosofía, imponiéndose por encima de otras ramas. Por ejemplo, Marí sostiene que el gran
avance de la ciencia y la tecnología del siglo XX, requerido por el proceso de concentración industrial
del capitalismo tardío, necesitó de una nueva forma de racionalidad filosófica: la epistemología o
filosofía de la ciencia.

En este sentido, la filosofía también ha actuado, durante la historia, como una metáfora de
las relaciones de poder dominantes.

La filosofía como necesidad de respuestas y redescubrimiento del mundo

La antropología ha descubierto que todo ser humano tiene una necesidad básica primitiva
o atávica, es decir, común a todos los de su especie, de aprehenderlo todo, de atrapar el mundo, las
cosas, la naturaleza y hasta a sus congéneres a través de las palabras. De esta manera, el ser humano
nombra el mundo, creando un universo de sentido y significado. Esta necesidad es más vital que
intelectual. El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss explica en su obra El pensamiento salvaje
(1962) que los pueblos primitivos son los más preocupa-dos por clasificarlo todo y conocer la razón
de todo, es decir, entender todo.

¿Qué significa esta necesidad de “ver claro”, de entenderlo todo, de asignar una palabra
para cada cosa? Significa no tanto un deseo de conocimiento, sino una necesidad de
apaciguamiento; más que un producto de nuestra curiosidad, es el resultado de nuestra ansiedad;
más que expresión de nuestro interés por el mundo, es producto del miedo que éste nos causa.
Ahora bien, para hacer filosofía conviene reconocer que no podemos comprenderlo todo.

A menudo se cita como frase inaugural de la filosofía la expresión de Sócrates: “Sólo sé que
no sé nada”. En efecto, la filosofía bucea en las explicaciones, pero no concluye ni culmina. Es más
bien la inquietud, la eterna búsqueda del pensamiento insatisfecho.

La utilidad de la filosofía

Tales fue uno de los sabios de Mileto (siglo VII a.C.), que Aristóteles considera como el
primer filósofo. De él se narran dos anécdotas. La primera es que pasaba mucho tiempo
contemplando los astros, el Sol y las estrellas. Un día Tales estaba mirando el cielo y por descuido
se cayó en un pozo. Una joven de Tracia que pasaba por ahí, se burló entonces de su preocupación
por conocer las cosas del cielo, cuando ni siquiera se daba cuenta de lo que tenía a sus pies.

La segunda anécdota cuenta que unos conocidos, advirtiendo la pobreza de Tales de Mileto,
le reprocharon la inutilidad y la falta de rentabilidad de la filosofía. Él, sin embargo, gracias a sus
conocimientos de astronomía, logró prever una buena cosecha de aceitunas cuando aún era
invierno. Con el poco dinero que tenía, consiguió alquilar los molinos de aceite de Mileto y de Quíos.
En cuanto llegó la temporada, los subalquiló al precio que quiso y reunió una suma considerable de
dinero para demostrar que es fácil para los filósofos hacerse ricos cuando quieren, pero que ése no
es el fin de la filosofía. Estas representaciones de la filosofía provienen del mundo clásico y fueron
referidas por Platón (Teeteto, 174 A) y Aristóteles (Política, 1259 A).

Visiones de la filosofía

“La filosofía —así, en singular— no existe. Esta palabra no significa más que amor al saber.
Expresa una actitud, un anhelo, un estado de ánimo: el deseo de llevar nuestro conocimiento hasta
sus últimos límites. No es, pues, un saber concreto y transmisible sino una actitud espiritual: en
ocasiones ésta se puede sugerir y aun encaminar, cuando preexiste una disposición espontánea. Se
adquiere así el hábito de dar al pensamiento una dirección determinada, a vincular el caso particular
a conceptos generales, a ver en el hecho más común un problema, a empeñar el esfuerzo de la
mente en una contienda con lo desconocido, a superar la limitación individual. [...] Si se hace de la
filosofía un cuerpo de enseñanzas sistematizadas, se descubre un conjunto de teorías elaboradas al
margen del proceso histórico de la humanidad. [...] Cada generación continúa la obra de sus
predecesores, pero también la altera y la transmuta; conserva el viejo término tradicional, pero
modifica su sentido y su concepto. [...] Desde luego no existe la filosofía; existen numerosas escuelas
y posiciones filosóficas. Son productos del proceso histórico y solamente en su proyección histórica
se aplican y se coordinan.”

Alejandro Korn, Sistema filosófico, Buenos Aires, Nova, 1959.


“El pensar filosófico tiene que ser original en todo momento.
Tiene que llevarlo a cabo cada uno por sí mismo.

Una maravillosa señal de que el hombre filosofa en cuanto tal


originalmente son las pre-guntas de los niños. No es nada raro oír de la
boca infantil algo que por su sentido penetra inmediatamente en las
profundidades del filosofar.

El filosofar original se presenta en los enfermos mentales lo


mismo que en los niños. [...] Hay una verdad profunda en la frase que
afirma que los niños y los locos dicen la verdad. [...] ¿Qué es, pues, la
filosofía, que se manifiesta tan universalmente bajo tan singulares
formas?

[La filosofía] no tiene nada ni encima ni al lado. No es derivable de


ninguna otra cosa. Toda filosofía se define ella misma con su realización.
[...] La filosofía es aquella concentración mediante la cual el hombre llega
a ser él mismo, al hacerse partícipe de la realidad.”

Karl Jaspers, La filosofía, México, FCE, 1957.

“Es preciso destruir el muy difundido prejuicio de que la filosofía


es algo sumamente difícil por ser la actividad intelectual propia de una
determinada categoría de científicos especialistas o de filósofos
profesionales y sistemáticos. Es preciso, por tanto, demostrar antes que
nada, que todos los hombres son ‘filósofos’, y definir los límites y los
caracteres de esta ‘filosofía espontánea’, propia de ‘todo el mundo’, esto
es, de la filosofía que se halla contenida: 1) en el lenguaje mismo, que es un
conjunto de nociones y conceptos determinados, y no simplemente de
palabras vaciadas de contenido; 2) en el sentido común, y en el buen
sentido; 3) en la religión popular y, por consiguiente, en todo el sistema de creencias, supersticiones,
opiniones, maneras de ver y de obrar que se manifiestan en lo que se llama generalmente ‘folclore’.

Después de demostrar que todos son filósofos [...] se pasa al segundo momento, el de la
crítica y el conocimiento, esto es, se plantea el problema de si: ¿Es preferible [...] ‘participar’ de una
concepción del mundo ‘impuesta’ mecánicamente por el ambiente externo, [...] o es mejor elaborar
la propia concepción del mundo de manera consciente y crítica, y [...] escoger la propia esfera de
actividad, participar activamente en la elaboración de la historia del mundo, ser el guía de sí mismo
y no aceptar del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre la propia
personalidad?”

Antonio Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Crocce, Bs. As, Lautaro, 1962.
La historia de la filosofía

Generalmente, la historia de la filosofía se clasifica en las siguientes etapas:

❚filosofía antigua: desde fines del siglo VII a.C. y


principios del siglo VI a.C. hasta el siglo V a.C., etapa
que se desarrolla en este capítulo;

❚filosofía medieval: desde el siglo VI hasta el siglo XVI;

❚filosofía moderna: desde el siglo XVII al siglo XIX; y

❚filosofía contemporánea: siglos XX y XXI.

Algunos debates y discusiones, que se han


producido en las últimas décadas, han definido una
nueva etapa en la historia de la filosofía que ha
recibido el nombre de “filosofía posmoderna”, por su
crítica a las posiciones sostenidas por algunas
corrientes de la filosofía moderna, como la Ilustración.

Mito y logos

Según la mitología griega, Deméter era la


madre tierra (de las palabras griegas di = tierra y miter
= madre) y la diosa de la agricultura. Era la responsable
de la fertilidad en la tierra y protegía los cultivos. Deméter había tenido con Zeus una hija llamada
Perséfone. Ésta era tan bella que Hades, el dios de los infiernos que vivía bajo tierra, decidió robarla
y llevársela a su oscuro reino.

Un día, mientras jugaba en una pradera, Perséfone vio un


narciso muy hermoso. Cuando trató de cortarlo, se abrió la tierra y
Perséfone fue secuestrada por Hades.

Deméter la buscó desconsolada y sin dormir por nueve días


y nueve noches. Helio —el Sol— informó a Deméter sobre el rapto
de su hija. Como no podía rescatarla, Deméter se sumió en una
tristeza sin fin. Recorría campos y ciudades, envejecida y al borde de
la locura. El dolor de Deméter hizo que toda la tierra se marchitara.
Los campos se secaron, las plantas no florecían y los frutos no
prosperaban. La gente empezó a morir de hambre y la humanidad
estuvo a punto de perecer.

Entonces los dioses le pidieron a Hermes —dios del


comercio— que fuera a negociar con Hades para que devolviera a
Perséfone a su madre. Hermes habló con Hades y éste aceptó. Sin
embargo, antes de partir, Hades hizo que Perséfone comiera un
grano de granada que la condenaba a pasar cuatro meses al año con
Hades por toda la eternidad.
A partir de entonces, Perséfone pasa ocho meses con su madre. En ese tiempo, Deméter es
feliz, la tierra es fértil y los campos se llenan de semillas y de frutos. Los cuatro meses restantes,
Perséfone debe volver al mundo subterráneo con Hades. Entonces, la tristeza de Deméter se
manifiesta en el hecho de que la tierra no brinda frutos ni flores.

A partir de la historia de Deméter y Perséfone, los griegos explicaban las estaciones del año
y los ciclos de la naturaleza. Se servían de este tipo de relatos o mitos (del griego mýthos, relato,
palabra) para interpretar simbólicamente los fenómenos de la vida y explicar los orígenes y los
misterios del universo. Los mitos se transmiten oralmente de generación en generación y son la
forma más primitiva de explicar el mundo. Alrededor del siglo IX a.C., Homero enlazó en narraciones
(poesía épica) algunos de esos mitos y a partir del siglo VIII a.C., fueron recopilados por Hesíodo.

Hemos dicho que, según Aristóteles, la filosofía se desarrolló en la primera mitad del siglo
VI a.C., con Tales, uno los sabios de Mileto. Comenzaron entonces a elaborarse explicaciones
racionales (en griego, lógos) de la realidad que se distinguen de los elementos mágicos propios del
mito. Sin embargo, Tales tomó elementos mitológicos para explicitar su teoría. Por ejemplo, los
griegos creían que todas las cosas tenían su origen en el dios Océano y la diosa Tetis. Por su parte,
Tales señalaba que el principio de todas las cosas era el agua. Pero la diferencia con los relatos
míticos es que Tales basaba su supuesto en el hecho de haber observado que el alimento de todos
los seres es húmedo y que el calor vive de la humedad y que las semillas de todas las cosas son
húmedas. También Tales había notado que el agua es uno de los elementos de la naturaleza que
más formas puede adoptar. Tales usó la observación y el pensamiento y no la imaginación. Eso
distingue a la filosofía del mito, aunque este último no es abandonado por completo.

Si bien algunos estudiosos del surgimiento de la filosofía como Jean-Pierre


Vernant o Francis MacDonald Cornford sostienen que dicho surgimiento se debió
a un pasaje del pensamiento mítico al racional, otros, como Conrado Eggers Lan,
atenúan esta distinción. Eggers Lan señala que, en griego antiguo, las palabras
mitos y logos referían ambas a relato y palabra. La diferencia entre ambos
términos residía en que el logos presentaba una estructuración conceptual que
permitía ordenar racionalmente la realidad. En cambio, en el mito, importa más
una imagen que estimula la sensibilidad, que apela a una vivencia personal. Esto
no quiere decir que el surgimiento de la filosofía haya hecho desaparecer por
completo al mito, sino más bien que éste coexiste con el logos.

Los dioses griegos

Los dioses griegos compartían con los mortales algunas características


como los sentimientos y las emociones; además representaban la naturaleza en todos sus aspectos,
pero eran inmortales, todopoderosos y magníficos. El cuerpo de los mortales era el campo de batalla
de la lucha entre los dioses. Los dioses vivían en la cima del Monte Olimpo, al norte de Grecia, bajo
la autoridad de Zeus, donde se alimentaban de néctar y ambrosía. Tradicionalmente, los dioses
olímpicos son doce: Zeus, Hera, Atenea, Poseidón, Apolo, Artemis, Deméter, Hermes, Afrodita, Ares,
Hefesto y Hestia.
Los presocráticos

Los filósofos anteriores a los sofistas y a Sócrates son


denominados presocráticos. Aristóteles se refiere a ellos en el
capítulo tercero del Libro I de la Metafísica. Estos filósofos
tienen en común la búsqueda de un origen (arkhé) o
fundamento primordial de la realidad que generalmente
encuentran en elementos de la naturaleza.

Los milesios

Los primeros que “filosofaron”, sostiene Aristóteles,


fueron los sabios de Mileto o milesios. Ellos pensaron que los
únicos principios de todas las cosas son de naturaleza material.
Por esta razón, se los denominó materialistas o ilosoístas (del
griego hýle = materia). Entre los milesios figuran Tales,
Anaxímenes y Anaximandro.

Tales, el primero en filosofar, sostiene que el


fundamento primero u origen de la realidad es el agua. Para
Anaximandro ese origen es el ápeiron o infinito, y para
Anaxímenes, el aire.

Heráclito de Éfeso

Heráclito de Éfeso (aproximadamente entre 530 y 440 a.C.) sostiene que el origen de todas
las cosas es el fuego. Pero, además, señala que todas las cosas están en movimiento. De él, se suele
recordar la idea de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, para significar que la
realidad fluye y que nada permanece igual, sino que hay cambio permanente. En realidad, el
fragmento de su obra que ha subsistido dice: “Para los que entran en los mismos ríos, corren aguas
diferentes, y las almas son exhaladas de la humedad”.

La filosofía del movimiento es también una filosofía de la identidad. Todo es fenómeno de


una misma realidad. Esta realidad no aparece cuando un fenómeno es aislado en un instante, sino
que, para comprender lo que es, hay que restablecerlo en la gran corriente del devenir que crea los
fenómenos y los contiene, y fuera de la cual no hay nada.

Heráclito también se refirió al logos (discurso, relato, palabras, razón), como aquello que es
eterno y común y que puede definirse como la ley del mundo en perpetua evolución que se conoce
a través del lenguaje. Y pese a que es común, la multitud vive como si cada uno tuviera su propia
inteligencia.
Los sofistas

Como consecuencia de las transformaciones ocurridas en Atenas en el siglo V a.C., sus


ciudadanos necesitaron usar la palabra como un arma fundamental en la vida pública de la polis. Así
surgieron los sofistas, maestros del discurso y constructores de la verdad al mejor postor. Desde
todos los lugares del mundo griego acudieron a Atenas, aunque sin establecerse en ella. Pasaban de
una ciudad a otra, recogiendo aplausos y dinero.

Los sofistas enseñaban a los jóvenes atenienses a ser “sabios” (sophoi), es decir, a tener el
conocimiento necesario para participar en los asuntos de la polis. Se presentaban como maestros
de sabiduría o de virtud, es decir, del arte de vivir, y como maestros de retórica, es decir, del arte
de persuadir mediante el discurso.

La sofística no fue un movimiento homogéneo y uniforme. Los rasgos en común que pre-
sentaba eran la crítica negativa del pasado, la insatisfacción y la intolerancia de los límites que la
tradición imponía a la actividad del pensamiento y a la voluntad humana, y la fe en la razón y la
palabra.

Entre los sofistas figuran Gorgias de Leontinos, Hipias de Elide, Pródico de Ceos, Protá-goras
de Abdera, Antifonte y Sócrates.

Para los sofistas, la utilidad es el criterio básico de la moral individual y pragmática. La moral
no puede fundarse en ilusiones como una naturaleza humana definible, un orden del mundo
exterior al hombre que lo incluye o un más allá divino. Solo existen individuos y esos individuos solo
pueden tener opiniones.

Pero como el individuo es un hombre en la polis, lo útil requiere un determinado con-senso


acerca de lo que es válido o no es válido, existe o no existe. La creación del consenso se consigue
mediante el dominio de la palabra y del arte de la retórica.
Lo que es útil a cada uno no puede ser perjudicial para la polis. Si bien se exalta al individuo,
ello no quiere decir que se haga lo mismo con el individualismo porque el éxito en la polis debe
apoyarse necesariamente en un consenso provisorio.

Ya no se cree en los dioses de la polis. Todo queda ahora en manos de


los hombres. El hombre construye la polis y su vida en ella. Protágoras acuña
la famosa fórmula de que “el hombre es la medida de todas las cosas; de las
que existen en tanto que existen; de las que no existen en tanto que no
existen”. La realidad o irrealidad de las cosas y su modo de ser pueden
determinarse solamente a través de la representación que el ser humano hace
de ellas.

No existe nada más allá de lo sensible; solo las apariencias cambiantes


percibidas o fabricadas por los sentidos. Por lo tanto, no puede existir ningún
conocimiento verdadero. Como la verdad depende del sujeto, no existe una
verdad que valga igualmente para todos los individuos. La verdad es relativa a
cada uno de ellos, y a los diversos momentos y esta-dos de los individuos. Cada
uno tiene su verdad, provisional y cambiante.

Sócrates

Sócrates (470-399 a.C.) nació y vivió en Atenas. Pasaba la mayor parte del tiempo
discutiendo en las calles, los gimnasios y los banquetes, suscitando la simpatía de muchos (ejercía
una poderosa fascinación en sus oyentes) y una clara hostilidad en otros.

En sus enseñanzas, empleó la ironía, la refutación y la mayéutica. El método de


interrogación irónica y de refutación (elénchus), hizo que lo compararan con una mosca por las
preguntas y cuestionamientos insidiosos e infatigables que presentaba a sus interlocutores y
discípulos. A través del método mayéutico (de mayéutica, dar a luz) —que decía haber heredado de
su madre, que era partera— pretendía dar a luz las mentes. Cada uno debía descubrir la verdad
mediante la argumentación.

Si bien Sócrates fue un sofista, se opuso a ellos. Desdeñaba


su vanidad, sus monólogos y su pago; pretendía seriedad en la
argumentación, se interesaba por el interlocutor y buscaba la verdad
(no el juego de palabras).

Lo acusaron de corromper a los jóvenes y de no creer en los


dioses de la polis, fue sometido a proceso y condenado a muerte.

No escribió ningún libro. Todo lo que sabemos de su vida y


sus ideas se lo debemos principalmente a Jenofonte, Platón y
Aristóteles. Platón lo presenta en sus diálogos (Apología de Sócrates,
Critón, Fedón, Banquete, Teeteto) como un maestro del
pensamiento, el padre de la filosofía, capaz de despertar los espíritus
a la reflexión gracias a la ironía y la mayéutica, al arte del diálogo y el
cuestionamiento.
Lo esencial de la filosofía de Sócrates consiste en su fe en la razón con la cual el ser humano
puede alcanzar el conocimiento de sí y la felicidad.

Critón

En el diálogo Critón o De lo que hay que hacer, Sócrates se halla preso y condenado a beber
cicuta (veneno que utilizaban los atenienses como método de ejecución). Critón ha sobornado al
guardia de la cárcel donde Sócrates espera su muerte, e intenta convencerlo de que huya junto a él
de la ciudad.

“Sócrates: —Mira entonces las cosas de este modo. Si


estuviéramos a punto de escaparnos —o como le quieras
llamar a eso— [imagínate que] se nos aparecieran las leyes y
el Estado nacional, y acercándose nos preguntaran: ‘Dime,
Sócrates ¿qué te propones hacer? ¿Con este acto intentas otra
cosa que destruirnos a nosotros, las leyes y el Estado entero,
en lo que a ti te toca? ¿O crees que puede subsistir y no
arruinarse aquel Estado en el cual las sentencias pronunciadas
no tengan fuerza, sino que sean desautorizadas y corrompidas
por los particulares?’ ¿Qué responderemos, Critón, a estas
cosas y otras semejantes? [...] ¿O acaso hemos de replicar: ‘En
efecto, ¿el Estado ha cometido injusticia contra nosotros y no
ha dictado correctamente sentencia?’ ¿Replicaríamos algo así?

Critón: —¡Por Zeus, Sócrates, algo así!

Sócrates: —Ahora bien, y si las Leyes dijeran: ‘Sócrates


¿eso es lo que ha sido convenido entre tú y nosotras, o, más
bien, que conservaran su validez las sentencias que el Estado
dictase? [...] En este caso, ¿qué te impulsa contra nosotras y el
Estado para que intentases destruirnos? En primer lugar, ¿no
te hemos engendrado al permitir que, gracias a nosotras, tu madre se casara con tu padre y te diera
a luz? Exprésate, si censuras aquellas Leyes que, entre nosotras, conciernen a los matrimonios, en
algún punto que no se comportan bien'. ‘Nada tengo que censurar’, respondería yo. ‘¿Y en cuanto
a las que conciernen a la crianza y educación del niño, según las cuales tú mismo has sido educado?
¿O acaso en aquellas de nosotras que disponían bien, al encargar a tu padre que te educara en la
música y en la gimnasia?’ ‘Disponían bien’, diría por mi parte. ‘Bien, y tras haber sido engendrado,
criado y educado [por nosotras], ¿podrías, en primer lugar, negar que tus progenitores y tú mismo
no son [algo] nuestro, como producto y como esclavo? Y, en segundo lugar, si es así, ¿crees que
tendrías los mismos derechos que nosotras, y que cuanto hemos intentado hacerte, tan-to sería
justo que hicieras en revancha? [...] ¿Y te sería lícito respecto de la Patria y de las Leyes, de modo
que, si nos propusiéramos matarte porque consideramos que es justo, por tu parte tratarías de
aniquilarnos a nosotras, las Leyes, ¿y a la Patria en la medida que te fuera posible? [...] Más bien,
Sócrates, haznos caso a nosotras, que te hemos criado, y no pongas a tus hijos ni a la vida ni a
ninguna otra cosa por encima de lo justo, de modo que cuando llegues al Hades, puedas aducir en
tu defensa todo esto ante los que allí gobiernan. En efecto, en lo que aquí se refiere, si obras del
modo [que te propones], no será ni más justo ni más religioso, ni mejor para ti ni para ninguno de
los tuyos y, al llegar allá tampoco será mejor. Pero si te marchas ahora [al Hades], te marchas no por
causa de nosotras, las Leyes, sino por causa de los hombres. Si por el contrario, te escapas
vergonzosamente, retribuyendo injusticia con injusticia y mal por mal, violando tus convenios y
acuerdos con nosotras, y haciendo mal a quienes menos corresponde —a ti mismo, a tus amigos, a
la Patria y a nosotras—, nos irritaremos contigo mientras vivas; y allá nuestras hermanas las leyes
del Hades, no te recibirán amistosamente, sabiendo que has intentado destruirnos, en lo que de ti
dependía. Que Critón no te convenza de que hagas caso de lo que dice, sino más bien [haznos caso]
a nosotras'.

Has de saber, mi querido amigo Critón, que estas cosas son las que creo escuchar. [...]
Obremos de ese modo, puesto que el dios nos guía por ese camino.”

Platón, Critón, Buenos Aires, Eudeba, 1996.


Los filósofos: Platón y Aristóteles

Platón

Platón nació en 427 a.C. y murió en 347 a.C., en Atenas. Su nombre era Aristocles pero lo
llamaban Platón debido a sus anchos hombros (éste es el significado de Platón en griego). Provenía
de una familia noble; su madre era descendiente del famoso gobernante de Atenas Solón (594 a.C.)
quien dejó sin efecto las rigurosas leyes draconianas e introdujo una serie de reformas en la
organización de la polis que precedieron a la reforma democrática de Clístenes (507 a.C.).

En 407 a.C., Platón conoció a Sócrates, quien sería su gran maestro y junto al que per-
manecería hasta su muerte en 399 a.C. Pese a las críticas que Platón formuló a los sofistas e incluso
a Sócrates, éste tuvo una influencia innegable en el pensamiento de Platón.

Luego de la muerte de su maestro, Platón realizó una serie de viajes, en primer lugar,
probablemente a Egipto, y luego a Italia meridional y sucesivos periplos a Sicilia.

Fundó su propia escuela, la “Academia”, que recibió ese nombre porque estaba ubicada en
un gimnasio, en las afueras de Atenas, dedicado a un héroe llamado Academo. Entre otros,
Aristóteles estudió en ella.

Los diálogos

Platón escribió diálogos en los que expuso sus ideas a través de los personajes. En ellos
aparecen Sócrates, otros sofistas, amigos de Platón y personalidades de la época.

Los diálogos de Platón suelen ser clasificados en tres grupos.

Los diálogos tempranos, denominados también socráticos o aporéticos (de aporía,


problema sin solución posible; del griego a = sin y porós = camino, es decir, “sin salida”), se
caracterizan por terminar en una dificultad y giran alrededor de una refutación. No establecen una
doctrina. Entre otros figuran Apología de Sócrates, Critón, Protágoras, Laques, Cármides, Menón,
Eutidemo y Cratilo.

En los diálogos de madurez, aparecen la doctrina de las ideas y la doctrina del conocimiento
o reminiscencia. El procedimiento argumentativo más importante es el empleo de hipótesis. Son
fundamentalmente Fedón, República, Banquete o Simposio y Fedro.

Los diálogos tardíos, en los que el diálogo es menos intenso; son más metodológicos y la
figura de Sócrates está desdibujada. Ellos son: Teeteto, Parménides, Sofista, Político, Filebo, Timeo
y Leyes.

También se sabe por referencias de Aristóteles y Teofrasto (discípulo de Platón y


Aristóteles), que Platón dejó un legado de enseñanzas no escritas que habría impartido en la
Academia.

La doctrina de las ideas

¿Fluye en el cielo el Rhin? ¿Hay una forma


universal del Rhin, un arquetipo,
que invulnerable a ese otro Rhin, el tiempo,
dura y perdura en un eterno Ahora
y es raíz de aquel Rhin, que en Alemania
sigue su curso mientras dicto el verso?
Jorge Luis Borges, “Correr o ser”, en La cifra (1981).

El eje central de la obra de Platón es la doctrina de las ideas. Por “idea” o “éidos” Platón
entiende el aspecto, la forma o el carácter común que tiene un conjunto de cosas cuan-do es
aprehendido por la inteligencia. Éidos en griego significa “forma” o “configuración de algo”. Si bien
el término original ha sido traducido como “idea”, lo que nos hace pensar en un concepto, para
Platón el significado de éidos era el de una característica o forma común que puede ser aprehendida
por el pensamiento.

Las ideas o formas son comunes a un conjunto de entidades, son universales. Son realidades
verdaderas y únicas. Y, al mismo tiempo, son modelo (“paradigma” o arquetipo) o punto de
referencia de las cosas sensibles, es decir, de aquellas que podemos percibir con los sentidos. Platón
sostiene que las cosas sensibles son imágenes o copias de las ideas. Por ejemplo, el caballo es caballo
porque participa de la idea de caballo que es la que establece los parámetros de aquello que
podemos considerar tal; una mesa será mesa porque participa de la idea de mesa, que también fija
los parámetros de lo que se considera mesa. Y lo mismo puede decirse de los seres humanos y de
sus características.

Platón establece dos tipos de relación entre las cosas sensibles y las cosas inteligibles o
ideas: una de participación (méthexis) o presencia y otra de imitación (mímesis).

Con la doctrina de las ideas, Platón divide la realidad en dos mundos: el mundo de las ideas
o mundo inteligible y el mundo de las imágenes, apariencias o copias de las ideas o mundo sensible.
En el último vivimos los seres humanos. El mundo de las ideas está más allá de nosotros, es decir,
es “trascendente”. Entre todas las ideas, la idea soberana es la del bien.

Platón expone esta división de la realidad en un pasaje de República (Politeia) denominado


“La alegoría de la caverna”. En ella, presenta a la humanidad sumida en la oscuridad y atada por las
cadenas de la ignorancia, percibiendo solo la apariencia de las cosas, o sea, la sombra de sus siluetas
proyectadas en la pared del fondo de la caverna. Así, toman la copia por el modelo y creen conocer
las cosas verdaderamente cuando en realidad solo perciben su apariencia. El filósofo es capaz de
romper las cadenas de la ignorancia y contemplar la verdad. Cuando pretende mostrar la verdad a
los demás, es incomprendido porque solo se puede llegar a ella haciendo un arduo ejercicio
intelectual que nos saca de lo habitual, del mundo cotidiano al que estamos acostumbrados, de su
“normalidad” o “naturalidad”.

Entonces, para Platón el mundo o la realidad queda dividido en dos: el mundo inteligible o
de las ideas, trascendente, y el mundo sensible o de las apariencias, terrenal, donde vivimos los
seres humanos. Esta división de la realidad y el conocimiento será decisiva en toda la historia de
Occidente y de la filosofía.
La doctrina del conocimiento o reminiscencia

La doctrina del conocimiento como reminiscencia o anámnesis consiste en que el hombre


cuando conoce recuerda aquello que el alma, antes de quedar presa en el cuerpo, con-templó en el
reino de las ideas. Platón emplea un mito para explicar esta concepción del conocimiento. El hombre
es un ser caído que, al abandonar el reino de las ideas y atravesar el río Leteo (del olvido), ha
olvidado. Al caer en el mundo sensible e “in-formar” un cuerpo, el alma, cada vez que ve una cosa,
la reconoce y siente el dolor en sus muñones por el trauma de la pérdida. De ahí que conocer sea
re-conocer por recuerdo o reminiscencia. Con este relato, Platón afirma que el conocimiento no es
algo que proviene de afuera, sino que hay que buscarlo en nosotros mismos.

El filósofo rey

Platón creía que los filósofos eran los más capacitados para gobernar la polis ya que eran
ricos en virtud y sabiduría y habían contemplado la verdad. Sostenía que ellos estaban des-tinados
a mandar, es decir, a ser gobernantes de una polis bien gobernada. Este sistema fue denominado
“sofocracia” (de sophós = sabio y cratos = gobierno) e influyó en muchas de las ideas políticas de
Occidente hasta nuestros días para legitimar gobiernos elitistas, es decir, de pocos, que se
consideran a sí mismos los mejores y más aptos para gobernar.

Aristóteles

Aristóteles nació en 383 a.C., en Estagira, Macedonia, polis que había sido colonizada por
los griegos. En 367 a.C. viajó a Atenas y estudió con Platón hasta la muerte de éste. Diógenes Laercio
cuenta que Platón lo llamaba “la inteligencia” (noûs). Discrepó en gran medida con las ideas
filosóficas de su maestro. Organizó y amplió el pensamiento filosófico heredado.

Filipo de Macedonia lo convocó como maestro de su hijo Alejandro Magno, a quien educó
hasta el 336 a.C., año en que Alejandro sucedió a su padre. Luego, regresó a Atenas donde fundó
una escuela que recibió el nombre de “Perípatos” que quiere decir “paseo” porque Aristóteles tenía
la costumbre de enseñar paseando por los jardines. También recibió el nombre de “Liceo” debido a
que sus edificios eran vecinos a un pequeño templo dedicado a Apolo Licio.

Con la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C., se produjo en Atenas una reacción
antimacedónica por lo que Aristóteles fue acusado de impiedad, es decir, de desconocer el poder
superior de los dioses, y debió abandonar la polis. Murió en 322 a.C.

Obras

Generalmente, las obras de Aristóteles o “corpus aristotélico” se reúnen en los siguientes grupos.

❚ Obras lógicas que reciben el nombre de Organon (que significa instrumento o herramienta) y
comprenden varios libros: Sobre las categorías, Sobre la interpretación, Primeros analíticos,
Segundos analíticos, Tópicos y Refutaciones sofísticas; y los tratados la Poéticay la Retórica.

❚ Obras de filosofía natural como la Física, el Tratado sobre el cielo, Sobre la generación y la
corrupción y el tratado sobre meteorología; los tratados de psicología, de los cuales el más
importante es Sobre el alma; y un conjunto de escritos menores denominados Parva Naturalia.
❚ Escritos metafísicos que comprenden un conjunto de catorce libros y que recibieron el nombre de
Metafísica.

❚ Obras sobre ética y política, de las cuales, las dos más importantes son la Ética Nicomáuea y la
Política.

❚ Tratados de ciencias naturales que compilan informaciones e investigaciones sobre tipos de


animales y vegetales, cuestiones de naturaleza fisiológica, etcétera. Entre otros, figuran Historia de
los animales, Sobre las partes de los animales, Sobre el movimiento de los animales y Sobre la
generación de los animales.

❚ Algunos fragmentos y títulos de obras perdidas de Aristóteles, en su mayor parte, diálogos


destinados a divulgar su obra.

La ciencia de las causas primeras y la sustancia

Aristóteles definió la filosofía como la ciencia de las primeras causas o de los primeros
principios de todo lo que hay, de la realidad. Para eso, en la Metafísica, revisa las ideas desarrolladas
hasta ese momento sobre este enfoque. Señala que los milesios, entre fines del siglo VII a.C. y
principios del VI a.C., son los primeros en filosofar, cuando buscan el origen o arkhé de las cosas en
los elementos naturales. Luego llega a su maestro, Platón. Pero, al examinar el concepto de éidos,
Aristóteles critica la separación que Platón estable-ce entre una cosa y la idea que le corresponde,
entre el mundo sensible y el mundo de las ideas, o entre una cosa y su sustancia (ousía) o entidad,
como él la llama. Para Aristóteles, una cosa no puede estar separada de su sustancia o entidad
porque si está separada, no puede ser conocida ni explicada.
La filosofía se ocupa, además de las causas primeras de la realidad, de la sustancia.
Aristóteles entiende la sustancia o ousía como “lo que es en tanto que es” (“tò ón he ón”). Ousía
significa la calidad de ser, el hecho de ser y no el hecho de ser esto o aquello determinado. Se puede
traducir entonces como sustancia, entidad o esencia.

La sustancia puede entenderse de dos maneras:

❚ como materia, es decir, como el sustrato primero de cada cosa, aquello de donde proviene y que
permanece en ella; aquello de lo que la cosa está hecha; y

❚ como forma, es decir, como determinación esencial de la cosa, lo que hace que sea lo que es.

Materia y forma hacen que la sustancia sea determinada, numéricamente uno, siempre
sujeto de predicación y que no tenga contrario. Por ejemplo, en la fabricación de una silla de
madera, se pasa de algo que es madera (materia) al objeto silla (forma).

Aristóteles denomina accidentes a las demás


formas de la sustancia como la cantidad, la cualidad, la
relación, el lugar, el tiempo, la posición, la posesión, la
acción y la pasión. El propio Aristóteles, en Categorías
4,1b25, ejemplifica los accidentes de la siguiente manera:
“Por ejemplo, para dar una idea: de sustancia, hombre,
caballo; de cantidad, cuatro pies, cinco pies; de cualidad,
blanco, gramático; de relación, doble, la mitad, mayor; de
dónde, en el Liceo, en la plaza; de cuándo, ayer, el año
pasado; de posición, yace, está sentado; de posesión, está
calzado, está armado; de acción, corta, quema; de pasión,
es cortado, es quemado”. A todas estas maneras de
predicar la entidad, Aristóteles las llama categorías.

Materia y forma muestran una perspectiva


estática de la ousía, dejan de lado el movimiento.
Aristóteles introduce una dimensión dinámica de la
entidad con los conceptos de potencia y acto. La potencia
es la materia considerada dinámicamente, es decir, en sus
posibilidades y el acto, la forma considerada
dinámicamente, es decir, la forma consumada. Por
ejemplo, en el caso de una silla de madera, el árbol es silla
como potencia, es decir, como posibilidad de silla, pero,
en tanto árbol, será solo árbol en acto.

Para conocer y explicar la entidad o sustancia,


Aristóteles exige un fundamento intrínseco o “inmanente”
a la intensidad misma. En este sentido, se opone a la “trascendencia” de las ideas o formas
platónicas. Esta distinción entre el inmanentismo y el trascendentalismo respecto del ente o la
entidad tendrá consecuencias fundamentales en la filosofía, y dará lugar al idealismo y al realismo:
las cosas son a partir de las ideas que las aprehenden o tienen una existencia propia
independientemente del acto de conocimiento.

La ética

Para Aristóteles, los actos del ser humano deben tender a un fin último o bien supremo que
es la felicidad (eudaimonía). Las características más importantes de la felicidad son que la elegimos
por ella misma y nunca por otra cosa, y que consideramos a la felicidad como algo que se basta a sí
mismo y que incluye en sí todo lo deseable en la vida. Según Aristóteles, la felicidad es una actividad
del alma de acuerdo con la virtud (areté) y se alcanza en la vida contemplativa.

Aristóteles expuso estas ideas en la Ética nicomáquea, obra inconclusa que recibió ese
nombre porque su hijo Nicómaco se encargó de editarla. Aristóteles escribió también otras dos
éticas: la Ética eudemia (que toma su nombre de su discípulo Eudemo de Rodas) y la Gran ética o
Gran moral cuya autenticidad todavía está en discusión.

“Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable [que sea una actividad]
de acuerdo con la virtud más excelente, y ésta será una actividad de la parte mejor del hombre. Ya
sea, pues, el intelecto ya otra cosa lo que, por naturaleza, parece mandar y dirigir y poseer el
conocimiento de los objetos nobles y divinos, siendo esto mismo divino o la parte más divina que
hay en nosotros, su actividad de acuerdo a la virtud propia será la felicidad perfecta. Y esta actividad
es contemplativa. [...]

Tal vida, sin embargo, sería superior a la de un hombre, pues el hombre viviría de esta
manera no en cuanto hombre, sino en cuanto que hay algo divino en él; y la actividad de esta parte
divina del alma es superior al compuesto humano. Si, pues, la mente es divina respecto del hombre,
también la vida según ella será divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de seguir los
consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar solo humanamente y, siendo
mortales, ocuparnos solo de las cosas mortales, sino que debemos en la medida de lo posible,
inmortalizarnos y hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en
nosotros; pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a todas en poder y
dignidad. Y parecería, también, que todo hombre es esta parte, si, en verdad, ésta es la parte
dominante y la mejor; por consiguiente, sería absurdo que un hombre no eligiera su propia vida,
sino la de otro. Y lo que dijimos antes es apropiado también ahora: lo que es propio de cada uno
por naturaleza es lo mejor y lo más agradable para cada uno. Así, para el hombre, lo será la vida
conforme a la mente, si, en verdad, un hombre es primariamente su mente. Y esta vida será también
la más feliz.”

Aristóteles, Ética nicomáquea, Planeta Agostini, Barcelona, 1995.

Las corrientes post-aristotélicas

Luego de Platón y Aristóteles, y de su significativa presencia, en los siglos de la Antigüedad


que siguieron, se desarrollaron básicamente las siguientes corrientes: el epicureismo (Epicuro), el
escepticismo (Carnéades), el estoicismo (Séneca, Epicteto, Marco Aurelio) y el neoplatonismo
(Plotino).

Epicuro

Epicuro nació en la isla de Samos a finales de 342 a.C. o a principios de 341 a.C. Como era
hijo de ciudadanos atenienses, en 321 a.C. debió trasladarse a Atenas para cumplir con el servicio
militar. Se dirigió luego a Colofón donde decidió continuar sus estudios de filosofía, y más tarde a
Rodas. En 311 a.C. se trasladó a Mitilene para ejercer como maestro público y luego a Lámpsaco
donde consiguió formar un grupo de amigos en el que se contaban algunos de sus más queridos
discípulos. Finalmente, en 306 a.C. volvió a Atenas donde fundó una escuela que recibió el nombre
de “El Jardín” en la que pasó el resto de su vida. Epicuro murió en 270 a.C.

De Epicuro se han conservado su Testamento, cartas, entre las que se destacan las Cartas a
Heródoto (física), a Fitocles (meteorología) y a Meneceo (cuestiones éticas y teológicas), las
Máximas capitales, las Exhortaciones (Gnomologio Vaticano) y fragmentos de obras y car-tas como
Sobre la naturaleza.

La angustia de muerte

La obra de Epicuro se basa en la necesidad de combatir el miedo a la muerte, mostrando


cómo ésta se inserta en el ciclo natural de las cosas, ya que la condición básica para dis-frutar de
una vida tranquila es aceptar los hechos naturales tal como son. De esta manera, la muerte se
concibe desprovista de elementos sobrenaturales y terroríficos. Para eso, es necesario explicar el
universo con una teoría del conocimiento. Epicuro expuso sus ideas sobre la realidad en una obra
denominada Canon, de la que quedan unos pocos fragmentos.

La búsqueda de la felicidad

Epicuro procura que el hombre sea feliz. Para eso, propone la filosofía como remedio
(phármakon) capaz de contrarrestar las cuatro causas que encadenan al ser humano al sufrimiento:
el temor a los dioses, a la muerte, al dolor y a las ideas falsas sobre lo que constituye el bien. La
filosofía es concebida como buen juicio y se brinda a todos los seres humanos: varones, mujeres,
libres y esclavos.

El hombre sólo puede ser feliz si es libre. La libertad, unida al conocimiento del mundo
natural, permite al hombre vivir sin estar sujeto al ciclo de la casualidad, estableciendo a partir de
sí la iniciativa de la acción. La formulación de estas ideas se encuentra en la Carta a Meneceo.

Es fundamental aclarar el significado real de la muerte con ayuda de la filosofía. Cada


momento de vida es también un momento de muerte, y el de la muerte, es solamente el último.

Una vez vencido el miedo a la muerte, es necesario liberar al ser humano de la sujeción a la
voluntad de los dioses, tarea que deberá desarrollar la física que explica las causas de los fenómenos
de la naturaleza.

Según Epicuro, el bien consiste en buscar el placer y huir del dolor. El más elevado placer
espiritual, el estado de mayor serenidad y plenitud es denominado ataraxía (ausencia de turbación).
Pero Epicuro no cree que esta paz del alma pueda alcanzarse en soledad. Por eso, exhorta a meditar
en compañía de un amigo. La amistad (philía) proporciona al alma una paz tal que deja de ser un
instrumento que contribuye a la felicidad (eudaimonía) para convertirse en la felicidad misma.

Los cafés filosóficos

Los cafés filosóficos o filo-cafés surgieron hace más de diez años en parís. En ellos, se
devuelve a la filosofía una de sus funciones originales: la del libre pensamiento realizado por cada
persona en diálogo con otras, tal como lo practicaba Sócrates con sus discípulos.

Introducción

Existen ya más de ciento cincuenta cafés filosóficos diseminados a través de todo el


territorio galo donde se reúnen individuos de todas las edades y condición para debatir sobre
cuestiones como la existencia, el amor, la muerte, el deseo, la palabra, el poder o la modernidad.
En la institución filosófica, se ha desatado una agitada polémica entre los profesores sobre la
naturaleza de este fenómeno. Algunos filósofos se han implicado en esta nueva práctica,
participando activamente y animándose a organizar este tipo de debates, pero la mayoría ha
adoptado más bien una actitud de distanciamiento, o ha preferido atacar duramente este tipo de
eventos. A estos profesores, el adjetivo “filosófico” les parece totalmente inapropiado para un
ejercicio que fundamentalmente sigue siendo una “charla de café”.

Historia del café filosófico

El aspecto más impresionante de este fenómeno reside en su espontaneidad. Gracias a los


medios de comunicación, los cafés filosóficos se convirtieron rápidamente en un fenómeno “de
moda”. En 1992, Marc Sautet, profesor de filosofía de la Universidad de París, durante una
entrevista en la radio, contó como algo anecdótico que se reunía con unos amigos para filosofar
cada domingo por la mañana en un café de la plaza de la Bastilla. Cuál sería su sorpresa el domingo
siguiente, cuando comprobó cómo acudían numerosas personas, deseosas de participar en ese tipo
de discusiones informales. Semana tras semana, el número de asistentes iba en aumento, por lo
que se hizo necesario buscar algunas reglas básicas de funcionamiento. El café filosófico había
nacido. Desde 1995, otras dos o tres experiencias vieron la luz en la capital francesa. Fue entonces
cuando la prensa comenzó a prestar atención al fenómeno. [...]

Espíritu y funcionamiento del café filosófico

[...] Sea cuál sea la cuestión elegida como tema central para cada uno de estos debates —
determinado por el animador o por la mayoría del grupo—, cada persona lo tratará a su manera,
según sus capacidades. [...] Sin embargo, el hecho de esperar el turno de palabra, de respetar la
palabra de los otros, de escuchar la opinión de otra persona hasta el final, incluso si ésta nos molesta
—pero sobre todo si ésta nos molesta—, provocará definitivamente efectos particulares en los
participantes. [...] Existe un punto de partida en todo este asunto que nos remite a Sócrates, a su
comportamiento y a su concepción de la mayéutica. La hipótesis de base de la que se parte es la
creencia de que el espíritu humano es algo fundamentalmente creativo; que nuestra alma es una
“chispa divina” que está “preñada” de unas ideas que habrá que “dar a luz” para que adquieran una
“forma” determinada. El factor principal que permite “dar a luz” a estas ideas se encuentra
principalmente en la conmoción que nos genera la palabra del otro. [...]A esta visión de las cosas se
opone la concepción aristotélica de la tábula rasa. Si como dice el estagirita, la mente es una tabla
sobre la que se inscriben los pensamientos, entonces éstos no surgen mediante un proceso de
creación intrínseco, sino que provienen del exterior.

Diferentes modalidades de cafés filosóficos

[...] Han aparecido también talleres, que se celebran en un café, o una biblioteca, o una sala
común, o en otros entornos. Ciertos talleres trabajan con textos de autores como un pretexto para
que surjan diversas problemáticas. El animador deberá aquí añadir a su conocimiento del texto en
cuestión, un sentido especial de ese arte socrático en la formulación de las preguntas que posibilite
el trabajo en grupo. Otros talleres utilizan el principio del “arte de preguntarse mutuamente” entre
los participantes con el fin de profundizar en un tema dado. Cada uno de los participantes propone
una serie de preguntas, iniciándose ellos mismos en la función animadora de la práctica mayéutica.
Otras propuestas consisten en solicitar a los participantes la preparación de una pequeña
introducción para el debate posterior con el fin de que trabajen un poco el tema a tratar y con el
objeto de contar desde el principio con un número mínimo de conceptos clave. Ciertas variantes
más particulares del café filosófico utilizan el recurso de una película con el propósito de generar un
debate. Y lo mismo puede organizarse en un teatro, después de una obra teatral, en la que el
director de escena y los actores sean invitados a participar en un debate. O incluso con personas
invitadas que intentarán, desde su ámbito profesional específico, como el de la justicia, el arte o la
enseñanza, iniciar un debate filosófico con los participantes.
Oscar Brenifier, académico, coordina cafés filosóficos en Francia, y es autor de libros de divulgación filosófica para niños y jóvenes. Es
director de la revista L’Agora sobre didáctica de la filosofía. Traducción de Gabriel Arnaiz. El artículo completo puede consultarse en:
[Link] (1/12/2005)

Preguntas

 Describan brevemente en qué consiste un café filosófico.


 ¿Cuáles fueron las reacciones del mundo académico-filosófico ante su aparición?
 ¿En qué basan su principio de funcionamiento? ¿Qué concepciones de la filosofía menciona
el autor respecto de la actividad filosófica en este artículo?
 ¿Qué modalidades tienen los cafés filosóficos?
 ¿Qué opinan ustedes de la experiencia de los cafés filosóficos? ¿Participarían en ellos?
¿Coordinarían espacios de debate como éstos? ¿Por qué?
 En la Argentina, los cafés filosóficos también favorecieron nuevas experiencias: las del
Talktime o discusión, pero en un idioma extranjero ([Link]). A través de
Internet, averigüen las actividades de los cafés filosóficos y de los Talktime. Asistan a uno y
expongan a los compañeros su experiencia

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