FARMACOECONOMÍA
Rafael Ferriols Lisart
1. INTRODUCCIÓN
2. ECONOMÍA DE LA SALUD
3. TIPOS DE ESTUDIOS DE FARMACOECONOMÍA
3.1 Análisis coste-efectividad
3.2 Análisis coste-utilidad
3.3 Análisis coste-beneficio
3.4 Análisis de minimización de costes
4. FUENTES DE INFORMACIÓN
4.1 Resultados en salud
4.2 Coste de los recursos
5. EL UMBRAL COSTE-EFECTIVIDAD Y CURVA DE ACEPTABILIDAD
6. LA REGLA DEL RESCATE
7. IMPACTO PRESUPUESTARIO Y TOMA DE DECISIONES
8. LA FARMACOECONOMÍA COMO HERRAMIENTA DE GESTIÓN SANITARIA
9. BIBLIOGRAFIA
1. INTRODUCCIÓN
El crecimiento del gasto sanitario es un problema general que afecta a la
sostenibilidad de del sistema sanitario público. La sociedad actual, considerada
como “la sociedad del bienestar”, parece estar obligada a la prestación de
cualquier servicio sanitario para mejorar la salud de la población. Sin embargo, la
disponibilidad en los recursos que se pueden ofrecer a la sociedad es limitada. El
aumento de las necesidades sanitarias junto a los avances tecnológicos provoca
un crecimiento del gasto sanitario a una velocidad superior a los recursos
disponibles. En este contexto es necesario disponer de políticas sanitarias capaces
de armonizar las necesidades de la población con los recursos económicos
disponibles.
Si asumimos que los recursos son limitados respecto a sus posibles
aplicaciones, cualquier decisión adoptada implicará renunciar a la aplicación de
otra alternativa. El valor de esta última alternativa a la que se renuncia, es lo que
se conoce como coste de oportunidad. La implementación de una intervención
sanitaria que no sea lo suficientemente eficaz, que no se utilice correctamente o
que pueda ser sustituida por otra más eficiente maximizará el coste de
oportunidad e incrementará el consumo de recursos.
La evaluación económica se basa en el criterio de eficiencia, no de coste. A
menudo, la elección más económica en términos de coste, no es la mejor elección
en términos de eficiencia.
La farmacoeconomía se engloba dentro de la evaluación económica de las
tecnologías sanitarias y considera todos aquellos aspectos económicos
relacionados con los medicamentos, su impacto en la sociedad, en la industria
farmacéutica, en los presupuestos nacionales, etc. Sin embargo, la toma de
decisiones debe contemplar, no solo los resultados de la evaluación
farmacoeconómica, sino también otros criterios como la equidad o la factibilidad,
que dificultan el proceso de selección.
2. ECONOMÍA DE LA SALUD
El gasto farmacéutico y sanitario ha crecido significativamente durante los
últimos años y ha adquirido una enorme importancia por la cantidad de recursos
que utiliza. La factura farmacéutica representa, aproximadamente, el 25% del
total del gasto sanitario. Este incremento es debido a un componente de coste,
pero también a un componente de cantidad, mayor población susceptible de
tratamiento. Algunos estudios demuestran que el aumento en la oferta de nuevas
tecnologías se asocia a una mayor utilización e incremento del gasto, pero
también al uso inadecuado de las mismas (figura 1).
Figura 1. Factores determinantes del incremento del gasto sanitario.
Gasto farmacéutico
Incremento de la demanda Incremento del coste
Factores autónomos Factores autónomos
Aumento de la renta Nuevas tecnologías sanitarias
Aumento del PIB Uso inadecuado de las
Aumento de la población tecnologías sanitarias
Aumento de la esperanza de
vida
Factores independientes
Ámbito de atención del sistema
sanitario
Cobertura del sistema sanitario
Accesibilidad al sistema sanitario
Calidad del sistema sanitario
La salud es un bien económico y un bien de inversión. La optimización en
la inversión realizada por parte de la sociedad y el sistema nacional de salud en la
atención sanitaria requiere una adecuada selección de los recursos empleados,
basándose no sólo en indicadores de eficacia, seguridad y calidad, sino también
en criterios de eficiencia, ya que entran en competencia directa con los recursos
empleados en otros servicios. Sin embargo, no hay que olvidar que conceptos
como demanda, oferta y producción de los servicios tienen un sentido diferente
cuando hace referencia a aspectos sanitarios. Así, se podrían tomar decisiones
aceptables desde un punto de vista económico pero que serían inaceptables
desde el punto de vista sanitario. Esto no implica que las estrategias económicas
no sean importantes para tomar decisiones en el campo de la salud.
La economía de la salud aplica los principios económicos a cualquier
aspecto relacionado con la salud, siendo su finalidad maximizar el estado de salud
de la población, minimizando la utilización de los recursos. La economía de la
salud analiza la forma en que las personas y las organizaciones utilizan los
recursos para obtener beneficios en salud, tanto en términos de cantidad como
de calidad de vida.
El continuo incremento del gasto farmacéutico y la necesidad de disminuir
los presupuestos de salud plantea la necesidad de incorporar los principios
económicos en la toma de decisiones en el área de los medicamentos. La
farmacoeconomía se desarrolló como parte de la economía de la salud, mediante
la aplicación de los principios de la evaluación económica a un aspecto tan
concreto de la sanidad como son los medicamentos. No obstante, ya se ha
comentado que los resultados de una evaluación económica no deben
condicionar automáticamente la toma de decisiones. Existen otra serie de
factores sociales, éticos y políticos que también deben valorarse.
La industria farmacéutica ha utilizado la evaluación económica para
intentar justificar en términos de coste-beneficio o coste-efectividad, los precios
cada vez más elevados de los nuevos medicamentos. La evaluación
farmacoeconómica es un requisito legal imprescindible, en varios países europeos,
para su registro y la negociación de su precio y reembolso. Por ello, cada vez es
más frecuente que los ensayos clínicos incluyan en su protocolo la recogida de los
datos necesarios para el análisis farmacoeconómico.
Las principales aplicaciones de la evaluación económica de medicamentos
son:
- Toma de decisiones en investigación y desarrollo de la industria farmacéutica.
Permite identificar las áreas con un mayor potencial económico y las más
prometedoras para la investigación de nuevos medicamentos.
- Política de fijación de precios. El Ministerio de Sanidad y Consumo incluye
en su Plan Estratégico de Política Farmacéutica la formación de un comité
para la evaluación económica, integrado en la Agencia Española del
Medicamento.
- Selección de medicamentos. Permite elaborar formularios, guías
farmacoterapéuticas, protocolos clínicos, etc. basados en la eficiencia de
las alternativas disponibles.
- Estudios de vigilancia postcomercialización, que deben proporcionar
información sobre la utilización y los resultados del medicamento para
poder reevaluarlos en términos de eficiencia.
La aplicación del análisis farmacoeconómico a las diferentes opciones
terapéuticas nos va a permitir conocer la relación coste/efectividad de las
alternativas farmacológicas, y nos ayudará a seleccionar los medicamentos.
El término eficiencia y el término más barato no son sinónimos. La
eficiencia engloba tanto parámetros económicos, en términos de coste, como
parámetros de eficacia como pueden ser supervivencia o calidad de vida. Además,
la eficiencia de un fármaco va asociado a las condiciones de utilización. Un
fármaco puede ser más eficiente que otro para el tratamiento de una enfermedad
concreta, pero dejar de serlo cuando la enfermedad o incluso el grupo poblacional
al que va dirigido varía. Por otra parte, en el análisis de costes no deben
considerarse únicamente los costes de adquisición del fármaco, sino también los
costes potencialmente evitados por su administración (días de hospitalización,
número de ingresos por urgencias, costes de tratamiento de reacciones adversas,
etc.). Estos costes dependen de la perspectiva desde la que se realiza el estudio.
Existen diferentes tipos de análisis de evaluación de medicamentos. La
evaluación farmacoeconómica es la única que realiza un análisis completo, pues
compara tanto los costes como los resultados de las diferentes alternativas (tabla
1). Los análisis parciales de descripción de resultados, de costes o de la relación
coste-resultado de una única opción, así como los estudios de evaluación, de
forma independiente, de la efectividad o el resultado de diversas opciones no son
adecuados para responder a preguntas de eficiencia.
Tabla 1: Tipos de evaluaciones económicas.
¿Se examinan tanto los costes
como los resultados?
No Si
Resultados Costes
1. Análisis parcial 2. Análisis parcial
No a) Descripción b) Descripción a) Descripción de la relación
¿Se de resultados de costes coste-resultado
comparan
alternativas 3. Análisis parcial 4. Análisis completo
Si a) Evaluación b) Análisis de • Minimización de costes
de efectividad costes • Coste-efectividad
• Coste-utilidad
• Coste-beneficio
La farmacoeconomía intenta modelizar el curso de acción de las múltiples
consecuencias que se derivan de la utilización de un medicamento o tecnología
sanitaria para un determinado problema de salud. Su metodología debe ser
rigurosa para garantizar su reproducibilidad y su credibilidad, pero a la vez
suficientemente flexible como para reflejar la complejidad que se deriva de la
utilización de medicamentos u otras tecnologías en un contexto real.
A pesar de que aún existen algunos aspectos no resueltos, los pasos a
seguir para realizar una evaluación económica de medicamentos están bien
definidos. De manera breve, de lo que se trata es de medir los costes y los efectos
de las opciones que quieren compararse, elegir el tipo de análisis más adecuado y
aplicando el análisis incremental y el análisis de sensibilidad llegar a obtener unos
resultados.
3. TIPOS DE ESTUDIOS DE FARMACOECONOMÍA
Los tipos de estudios farmacoeconómicos vienen caracterizados por la
forma de medir los resultados clínicos, y es posible diferencias cuatro diseños
diferentes.
3.1. ANÁLISIS COSTE-EFECTIVIDAD
El análisis coste-efectividad es una técnica de evaluación económica en la
que se comparan dos o más tecnologías sanitarias en términos de unidades
naturales de efectividad. Por tanto, solo se puede aplicar a aquellas tecnologías
que comparten los mismos objetivos terapéuticos, cuyos resultados en salud se
expresan en las mismas unidades, pero con niveles de efectividad diferente.
Igualmente, señalar que se podría diferenciar entre estudios coste-efectividad o
coste-eficacia según los resultados en salud utilizados en el análisis procedan de
un entorno asistencial (efectividad) o de un entorno controlado, como es un
ensayo clínico (eficacia). No obstante, desde el punto de vista metodológico son
equivalentes.
El valor coste-efectividad para una alternativa terapéutica equivale al
coste asociado a cada unidad de efectividad alcanzada, y puede calcularse
mediante la siguiente expresión:
Coste-efectividadi = Costei /Efectividadi
donde el coste debería incluir todos los costes relevantes asociados a la
alternativa. Este cociente también se conoce como ratio coste-efectividad medio
(CEm) o coste por unidad de efectividad.
No obstante, la forma recomendada de expresión de los resultados en un
estudio coste-efectividad es mediante el coste-efectividad incremental (CEI), pues
la evaluación económica se basa en el análisis comparativo entre dos o más
alternativas, definido como la diferencia de costes que representa una alternativa
respecto a la otra por unidad de efectividad adicional conseguida. El cálculo se
realizaría de acuerdo a la siguiente ecuación:
Coste-efectividad incremental (i/j) = Costei – Costej/Efectividadi – Efectividadj
= Δ Coste i-j / ΔEfectividad i-j
El CEI también puede obtenerse a partir del número de pacientes que
necesito tratar para que uno de ellos se beneficie (NNT):
CEI = Δ Coste i-j • NNT
Otra forma de expresar el resultado de un análisis coste-efectividad es
mediante el cálculo del coste-efectividad marginal, es decir el coste adicional que
representaría incrementar en una unidad la efectividad del programa evaluado.
3.2. ANÁLISIS COSTE-UTILIDAD
Es similar a los estudios coste-efectividad, pero ahora el resultado clínico
que se emplea son los años de vida ajustados por calidad (AVAC), medidos a
través de la preferencia o utilidad de los pacientes sobre los resultados que van a
producir las alternativas en evaluación. La utilidad (U) es la preferencia o
valoración que el ciudadano tiene respecto a un estado de salud.
El AVAC es una medida de la salud basada en el supuesto que la salud se
puede reducir a dos componentes que son la calidad (Q) y la cantidad de vida (Y).
Por tanto, cualquier estado de salud se puede representar mediante una
combinación de cantidad y calidad de vida, esto es, mediante un par (Q,Y). Por
tanto, el valor de un estado de salud (Q,Y) se puede representar como: U (Q,Y) = U
(Q) × Y. El valor de la salud de una persona es el número de años de vida de dicha
persona ponderado por el valor de su calidad de vida en cada año de su vida.
Para medir la utilidad, se emplean escalas de salud y diversas técnicas de
cuantificación que van desde el valor 1 (salud ideal) hasta el 0 (muerte), existiendo
incluso valores negativos que corresponden a los estados de salud que el paciente
considera como peores que la propia muerte. De éstas, la lotería estándar es muy
habitual en las evaluaciones farmacoeconómicas. Consiste en que la persona
determine la equivalencia entre dos alternativas: una de ellas es una alternativa
concreta en donde existe un determinado estado de salud no ideal, mientras que
la otra alternativa es el juego entre dos posibilidades, la de salud ideal, con una
probabilidad “p” y la de muerte, con una probabilidad de (1-p). El entrevistado
debe calcular ese valor de probabilidad en el que le resultaría indiferente elegir
entre una alternativa u otra.
La calidad de vida relacionada con la salud se mide mediante unos
cuestionarios que pueden ser de tipo genérico (perfiles de salud - Sickness Impact
Profile, el Nottingham Health Profile o el Short Form Health Survey-36 (SF-36)- y
medidas de utilidad - Matriz de Roser y Kind, la Quality of Well Being Scale, o
el EuroQol), cuando se aplican a cualquier situación, o específicos, si se utilizan en
un determinado estado o patología. Los instrumentos genéricos se clasifican en
dos grupos importantes, los perfiles de salud y las medidas de utilidad.
3.3. ANÁLISIS COSTE-BENEFICIO
En este tipo de estudios, tanto los costes como los resultados clínicos se
miden en unidades monetarias (euros, dólares, etc.). La gran ventaja de estos
estudios es que nos permiten poder elegir la alternativa que presenta una mejor
relación beneficio/coste y un mayor beneficio neto global. El principal
inconveniente es la dificultad para expresar en forma de dinero los beneficios en
salud.
3.4. ANÁLISIS DE MINIMIZACIÓN DE COSTES (AMC)
En esta clase de estudios se comparan los costes de dos o más
alternativas que presentan idénticos resultados clínicos. Para poder realizar este
tipo de estudio es necesario asegurar que las opciones comparadas son
equivalentes terapéuticos. El AMC es una de las técnicas menos empleada, pero
además su utilización suele ser incorrecta por la asunción errónea de la
equivalencia terapéutica en las opciones estudiadas.
Un equivalente terapéutico se puede definir como un fármaco diferente en
su estructura química del original, pero del que se espera un efecto terapéutico y
un perfil de efectos adversos similares cuando se administra a un paciente a dosis
equivalentes. El término equivalente terapéutico hace referencia a los aspectos
relacionados con la actividad y seguridad del medicamento respecto a otro que es
equivalente en estos aspectos.
La dificultad, por tanto, para definir dos fármacos como equivalentes
terapéuticos reside precisamente en este aspecto. Es necesario para establecer la
equivalencia terapéutica realizar una revisión de la evidencia científica existente
que nos aporte los datos necesarios para poder para asumir la igualdad en la
eficacia y seguridad de las alternativas evaluadas. No se deben extrapolar
efectos clínicos ni toxicidades no demostradas, ni beneficios clínicos en base a
variables intermedias. Se asume que hay equivalencia terapéutica entre dos
fármacos cuando la diferencia entre los resultados demostrados en los ensayos
clínicos está dentro de un margen que se considera clínicamente irrelevante.
El AMC sólo debe utilizarse cuando los resultados de las opciones
evaluadas son idénticos. Es necesario demostrar, sin ambigüedades, que existe
evidencia clínica de equivalencia. El AMC no se limita a un simple análisis de costes,
esto sólo se puede realizar después de demostrar que los beneficios en salud entre
las tecnologías sanitarias de interés son similares. Sorprende encontrar con
publicaciones donde se aplica el AMC sin realizar previamente una evaluación de
los beneficios en salud que deben evaluarse antes de utilizar este tipo de análisis
farmacoeconómico. En el AMC la opción más económica es la preferida.
Ya hemos comentado las características que definen los equivalentes
terapéuticos. Se trata de fármacos diferentes con los mismos resultados clínicos,
tanto en efectividad como en seguridad, para una determinada indicación. El
problema reside en definir los criterios de semejanza. La no existencia de
diferencias estadísticamente significativas en los resultados clínicos entre dos
fármacos no es un criterio suficiente para afirmar que se trata de equivalentes
terapéuticos, pues un simple aumento del tamaño muestral puede hacer que se
alcance la significación estadística. Aumentar la población de estudio reduce los
intervalos de confianza y favorece que se alcance la significación estadística. Por
el contrario, una vez demostrada la equivalencia, un aumento del tamaño
muestral reducirá el intervalo de confianza de equivalencia (intervalo de confianza
de la diferencia entre las alternativas), aunque puede dar lugar a encontrar
diferencias estadísticamente significativas en alternativas equivalentes
clínicamente. Una diferencia estadísticamente significativa no implica diferencias
clínicas significativas, y viceversa, una diferencia clínicamente significativa no
tiene necesariamente que estas asociada a diferencias estadísticamente
significativas.
Tal como se desprende del razonamiento anterior, el concepto de
equivalentes terapéuticos no implica que no existan diferencias de efectos entre
ellos, pero se asume que la diferencia es tan pequeña que no tiene relevancia
clínica. La equivalencia terapéutica es un concepto clínico no estadístico, y es
necesario definir el margen de equivalencia aceptable para la efectividad
terapéutica (¿cuál es la diferencia máxima de efecto entre las alternativas que
estoy dispuesto a aceptar para considerar que esta no es relevante?) o valor delta
(δ). Este valor δ no está predefinido y se debe obtener previamente mediante
consenso, siendo diferente según el fármaco evaluado.
Los pasos que debemos seguir para intentar evaluar la posible
equivalencia terapéutica entre dos alternativas diferentes y, de este modo,
seleccionar el tipo de evaluación económica más adecuada se puede
esquematizar en los siguientes puntos:
1. Definir la medida de efectividad (años de vida ganados, supervivencia, etc.).
2. Definir el margen de equivalencia aceptable para la efectividad terapéutica.
Las alternativas tendrán la misma efectividad cuando la diferencia entre
ellas no supere un valor previamente definido, el denominado margen de
equivalencia (δ) y que se define como la máxima diferencia clínicamente
irrelevante.
3. Recogida de los datos de efectividad y de costes, tanto si se trata de datos
experimentales propios como si proceden de la bibliografía.
4. Realizar un análisis de equivalencia clínica. Veamos un ejemplo. Supongamos
que debemos realizar un estudio farmacoeconómico entre dos tratamientos
A y B, de los cuales disponemos únicamente de la información procedente
de un ensayo piloto (tabla 2). Observando los valores de los IC95%, los dos
tratamientos no presentan diferencias estadísticamente significativas.
Ejemplo:
Tabla 2. Resultados del ensayo piloto de efectividad entre el fármaco A y el fármaco B
Parámetro Tratamiento A Tratamiento B
Tasa de respuesta (%) 80 70
IC 95% 65-95 60-80
Tamaño muestral 20 20
Para realizar el análisis de equivalencia clínica debemos definir el intervalo
de equivalencia, Supongamos que se trata del 15% (δ=15%) de la tasa de
respuesta. Por tanto, el margen de equivalencia sería la tasa de respuesta por δ
(0,80 x 0,15 = 0,12), es decir 0,12.
Existirá equivalencia clínica si es posible rechazar, simultáneamente, las dos
hipótesis nulas unilaterales. Así pues, la diferencia de efectividad (d) entre A y B
debe cumplir que: - δ ≤ d ≥ +δ. Para cada uno de estos contrastes unilaterales se
utiliza un nivel de significación α = 0,05, pero como se realizarán dos contrastes
unilaterales simultáneos, su combinación es igual a un valor α = 0,1, o a demostrar
que d y su intervalo de confianza del 90% (IC 90%) se encuentran dentro del
intervalo definido por ±δ.
Las hipótesis nulas quedarían definidas del siguiente modo, siendo TRA la
tasa de respuesta del tratamiento control A, y TRB la tasa de respuesta del
tratamiento experimental, B:
H01: d ≥ 0,12; TRA - TRB - 0,12 ≥ 0
H02: d ≤ - 0,12; TRA - TRB + 0,12 ≤ 0
Con los datos disponibles podremos calcular el error estándar de la
diferencia de proporciones mediante la fórmula:
σ = [p(1-p) * (1/nA+1/nB)]1/2
donde p es la tasa de respuesta ponderada y n el tamaño muestral.
Aplicando los valores de nuestro ejemplo, obtendríamos:
σ = [0,75(1-0,75) *(1/20+1/20)]1/2 = 0,137
Para H01:
Z01 = (pA-pB-0,12) / σ = - 0,146
El valor obtenido es inferior al valor de la distribución normal que deja un
área izquierda de 0,05, Z0,05 = -1,645, no excede pues este valor crítico y por
tanto NO se puede rechazar la hipótesis nula. Así pues, no se puede concluir la
equivalencia de las dos alternativas.
5. Seleccionar el método de evaluación farmacoeconómica. En este ejemplo se
puede observar como la equivalencia “estadística” no se corresponde con la
equivalencia terapéutica. Además, para establecer la equivalencia terapéutica
es necesario rechazar las dos hipótesis nulas unilaterales, y como vemos la
primera de ellas no se puede rechazar, no siendo por ello necesario
comprobar la segunda hipótesis nula. Consecuentemente, el AMC no sería
una estrategia adecuada para efectuar un análisis farmacoeconómico de
estos fármacos, siendo más adecuado un análisis coste-efectividad.
4. FUENTES DE INFORMACIÓN
La realización de un estudio farmacoeconómico implica identificar, medir y
valorar los recursos empleados (costes) y los efectos obtenidos (resultados en
salud).
4.1. RESULTADOS EN SALUD
La efectividad representa la medida del impacto de la intervención sobre
el estado de salud. Para ello es necesario, previamente, definir el parámetro o
indicador de efectividad que vamos a emplear.
Existen dos tipos de indicadores, los indicadores intermedios y los
indicadores finales. Los indicadores intermedios son aquellos relacionados implícita
o explícitamente con un objetivo a más largo plazo. Son parámetros clínicos o
fisiológicos fácilmente medibles, objetivos y cuantitativos, que permiten, sin
embargo, sólo comparaciones limitadas. La presión arterial, la concentración de
colesterol, la frecuencia cardiaca, el aclaramiento de creatinina, etc. son ejemplos
de indicadores intermedios. Esta medida de efectividad es sencilla de obtener y
fácil de comparar.
Los indicadores finales miden el grado de aparición de los eventos sobre los
que realmente se quiere intervenir, tales como la supervivencia o los años de vida
ganados ajustados a calidad (AVAC). Requieren un horizonte temporal más
amplio, pero permiten comparaciones generales entre alternativas diferentes.
Podremos comparar la eficiencia de un tratamiento antihipertensivo respecto a
un tratamiento antibiótico, si el resultado se expresa de la misma forma, por
ejemplo, el aumento de supervivencia.
La información sobre la efectividad de las opciones que estamos
evaluando puede proceder de fuentes de información muy diversas. Todas son
válidas, siempre que seamos conscientes de las limitaciones derivadas de su
procedencia. La calidad de un estudio farmaceconómico depende de la calidad de
las fuentes de información empleadas. La tabla 3 muestra la escala de evaluación
de la evidencia de la Agencia de Tecnología Médica.
Así pues, podemos utilizar datos de efectividad propios, procedentes de
nuestro entorno. Estos datos, obtenidos de forma adecuada, se caracterizarán
por tener una elevada validez interna, pero pueden ser de poca utilidad en otro
entorno diferente (validez externa reducida). Además, dispondremos sólo de los
datos de efectividad de una de las alternativas evaluadas (la alternativa que se
está utilizando en nuestro entorno), pero no la de su comparador (la alternativa
que queremos empezar a utilizar, y de la cual desconocemos sus resultados en
salud).
Generalmente, se recurre a utilizar la información procedente de ensayos
clínicos publicados. El ensayo clínico controlado aleatorio es el único diseño
experimental que permite establecer relaciones de causalidad. No obstante,
también presenta limitaciones importantes. En primer lugar, los resultados en
salud obtenidos proceden de un entorno, a veces, muy diferente al de la práctica
clínica habitual. La selección y seguimiento de los pacientes, los criterios y
técnicas diagnósticas empleadas, la adherencia al tratamiento, los recursos
empleados, etc. hacen que la eficacia de la intervención sea distinta de la
efectividad. Igualmente, por el mismo motivo, el coste asociado a la utilización de
los recursos es distinto.
Tabla 3. Escala de evaluación de la evidencia de la Agencia de Tecnología Médica. Grado
de Evidencia.
Calidad de la Tipo de diseño del estudio
evidencia
Buena Meta-análisis de ensayos clínicos controlados
aleatorios y ensayos clínicos controlados aleatorios
de muestra grande
Buena – Ensayos clínicos controlados aleatorios de muestra
regular pequeña y ensayos prospectivos controlados no
aleatorios
Regular Estudios Caso-Control y estudios de Cohortes
Baja Series clínicas no controladas, estudios descriptivos,
comités de expertos, conferencias de consenso y
casos clínicos
4.2. COSTE DE LOS RECURSOS
Los costes representan la valoración monetaria del impacto de la
intervención sobre el consumo de los recursos, de forma que nos podemos
encontrar con costes propiamente dichos como con costes negativos o ahorro de
recursos.
El coste de un recurso (CR) se obtiene como el producto de dos factores: la
cantidad total de recurso consumido (QR) y el valor monetario de la unidad de
dicho recurso (VUR). Por ejemplo, el coste de elaboración de un inyectable será el
coste por hora del profesional que lo elabora por el tiempo empleado en su
preparación. Matemáticamente se puede expresar del siguiente modo.
CR = QR •VUR
Al igual, que sucedía con la efectividad, con el consumo de recursos se
debe proceder de la misma forma: identificar, medir y valorar los recursos
consumidos.
Los costes que van a incluirse en un estudio coste-efectividad dependen de
la perspectiva del estudio. La perspectiva más amplia, y recomendada, es la
perspectiva social, donde deberíamos contemplar todos los recursos consumidos.
La elección de la perspectiva condiciona, tanto los costes incluidos como la forma
de evaluación.
En los estudios coste-efectividad y coste-utilidad la medida de los recursos
consumidos se realiza en unidades naturales, no monetarias, como días de
hospitalización, tiempo del paciente, recursos sanitarios, etc.
La medida de los recursos empleados se puede obtener de los ensayos
clínicos publicados o incluso de la información disponible en nuestro propio
entorno. En ambos casos, debemos cuestionar la validez de esta información. En
un ensayo clínico por realizarse en unas condiciones controladas, a veces, lejos de
la práctica clínica habitual, y en los datos propios por poder reflejar una práctica
local, sin validez externa.
Otra posibilidad es recurrir a información retrospectiva, mediante una
revisión bibliográfica. Lo ideal sería realizar un meta-análisis de los costes
imputables a las tecnologías sanitarias evaluadas, de forma similar a como se
procede con la estimación de la efectividad. Si no disponemos de información
suficiente, una alternativa es la entrevista a expertos en el tema objeto de
evaluación. La figura 2 muestra un ejemplo asignación de consumo de recursos
por un panel de expertos para la valoración de antibióticos parenterales de uso
hospitalario.
Otro aspecto importante es el grado de precisión necesario en la medida
de los recursos consumidos. La medida exhaustiva de todos los recursos supone
un esfuerzo muy importante. Este enfoque de “micro-costes”, en general, no es
necesario, y la precisión puede ser mucho menor sin perder utilidad para el
objetivo final de un estudio coste-efectividad. Se admite la omisión de
determinados costes tales como aquellos que se reparten por igual entre las
alternativas, los costes de difícil medición y sin un efecto determinante en el
resultado y los costes de efectos infrecuentes y poca cuantía.
Sin embargo, el principal problema del análisis de costes no es medir los
recursos consumidos, sino valorarlos. El coste debería ser el coste de oportunidad.
En un mercado en perfecta competencia se podría asumir que el precio del
mercado equivale al coste de oportunidad, pero esto no es lo habitual en los
sistemas sanitarios y los costes imputados a los recursos consumidos no reflejan
los costes verdaderos. Por ello, en un mercado imperfecto, con información
ambigua, es frecuente recurrir a los denominados “precios sombra” que es el
precio de referencia que tendría un bien en condiciones de competencia perfecta.
Generalmente se obtiene por valor de sustitución o reemplazo o mediante el
cálculo de la disposición a pagar por ello.
Figura 2. Asignación del consumo de recursos para la elaboración y administración de
antibióticos de uso parenteral a nivel hospitalario.
Valoración de tiempos
para las diferentes
Clasificación de
Fácil
comparación
de totales.
5. EL UMBRAL COSTE-EFECTIVIDAD y CURVA DE ACEPTABILIDAD
La definición de un umbral coste-efectividad consiste en definir o fijar un
valor máximo de la ratio coste- efectividad más allá del cual no se estima
apropiada la aceptación de un programa sanitario. Definido el umbral, la toma de
decisiones se basa en la regla de asignar recursos a los programas siempre y
cuando su ratio incremental coste-efectividad sea igual o inferior a la ratio
máxima.
El umbral de eficiencia se halla implícito en las decisiones sociales, en
general, y más específicamente en las recomendaciones que se derivan de las
evaluaciones de tecnologías sanitarias14. En Estados Unidos y Canadá se
considera aceptable una alternativa terapéutica con un coste por año de vida
ajustada a calidad (AVAC) inferior a 50 000 $. Este valor umbral es,
aproximadamente, el valor coste-efectividad de la diálisis en los pacientes con
insuficiencia renal crónica. Si esta prestación constituía un derecho federal
garantizado a todos los ciudadanos por Medicare significa que el gobierno
considera que la diálisis debe ser ofrecida a todos quienes la necesitan, por tanto,
intervenciones con similar valor coste-efectividad deberán prestarse a todos
quienes la necesiten.
El NICE asume un valor de 30 000 libras por AVAC, pues en todas, excepto
una, de las intervenciones sanitarias recomendadas el coste por AVAC fue inferior
a esta cantidad. En España, también sin un valor explícito, se considera que una
alternativa es eficiente cuando el coste incremental es menor a 30.000 €/AVAC.
Este valor surge de una revisión de las evaluaciones económicas de intervenciones
sanitarias publicadas en España desde 1990 hasta 2001 en la que se analizaron
las intervenciones sobre las que los autores establecieron algún tipo de
recomendación, así como los criterios utilizados.
No obstante, no existe un criterio claro para fijar el valor umbral. Este
valor representaría la disposición máxima a pagar de la sociedad por un AVAC.
Sin embargo, este valor depende de múltiples factores, como el presupuesto
disponible y del tamaño –coste total– del programa evaluado en relación con ese
presupuesto. Por tanto, no se puede afirmar que debe ponerse en práctica
cualquier programa sanitario cuya ratio incremental sea inferior a 30.000 €/
AVAC, pues el programa puede ser de tal dimensión que su aceptación suponga la
supresión de otros programas útiles. Existen además otros problemas adicionales.
Los AVAC no recogen todos los beneficios relevantes que se derivan del uso de
una tecnología sanitaria, y es difícil extrapolar o transferir los datos obtenidos en
un determinado contexto de análisis a otro diferente.
Así pues, la toma de decisión entre dos posibles alternativas, desde el
punto de vista de la eficiencia, va a depender del máximo coste por unidad de
efectividad que estemos dispuestos a pagar en un determinado contexto. Es decir,
del máximo valor de coste efectividad incremental (CEI) aceptable (CEIA). Las
alternativas con un CEI inferior al CEIA serán las preferidas. Para ello, ha sido
propuesto el cálculo del beneficio neto incremental (BNI) como una alternativa al
CEI.
EL BNI se expresa en unidades monetarias y se define como el producto
del CEIA por la diferencia entre la efectividad incremental entre las alternativas
evaluadas menos el coste incremental:
BNI = CEIA ●ΔE – ΔC
Valores positivos del BNI indicaran preferencia por la nueva alternativa,
pues en estos casos el CEIA será mayor que el CEI, tal como se deduce a
continuación:
BNI = CEIA ●ΔE – ΔC >0 ⇒ CEIA > ΔC/ ΔE
A diferencia del CEI, la varianza del BNI, en una muestra suficientemente
grande, presenta una distribución normal. No obstante, dada la dificultad de fijar
el valor del BNI es recomendable obtener la denominada curva de aceptabilidad
coste-efectividad. Esta curva indica la probabilidad de que una intervención
presente una relación coste-efectividad favorable, en función del valor asignado a
la disponibilidad a pagar por unidad de efectividad8,13. Se obtiene representando,
gráficamente, la probabilidad de obtener un BNI positivo para un intervalo de
valores de CEIA. La figura 3 muestra una representación gráfica de una curva de
aceptabilidad coste-efectividad.
Figura 3. Curva de aceptabilidad coste-efectividad
ser coste-efectivo
Probabilidad de
Disponibilidad a pagar
6. LA REGLA DEL RESCATE
La adecuada utilización de los recursos siempre es exigible. La toma de
decisiones debe contemplar las evidencias clínicas existentes, pero también debe
incorporar criterios económicos. Sin embargo, la práctica clínica se caracteriza por la
necesidad de tomar decisiones en situaciones de incertidumbre, situaciones donde las
alternativas de efectividad son escasas o las opciones terapéuticas de primera elección
fracasan o incluso, no existen.
Los profesionales de la sanidad juegan un papel clave en el uso de los recursos
disponibles. Deben asegurarse, por una parte, del mejor cuidado posible para el paciente
y a su vez deben hacer un uso correcto de los recursos sanitarios. Sin embargo, algunos
profesionales piensan que no es ético condicionar las decisiones clínicas a aspectos
económicos. El principio ético de beneficiencia obliga al médico a hacer todo aquello que
sea mejor para su paciente. Pero estos costes representan un sacrificio para la sociedad.
Hacer ‘lo que haga falta’ por el paciente sin atender al coste, sería, desde un punto de
vista social un comportamiento poco ético, ya que supondría un coste de oportunidad
demasiado alto para la sociedad e iría en contra del principio de justicia.
Este concepto utilitarista de la sanidad parte de la idea de que el bien social
equivale a la maximización de la suma del bienestar del individuo. El sistema sanitario
justo es aquel que consigue aumentar la salud sumada de todos los individuos, sin
considerar el beneficio individual. Además, los criterios utilitaristas de la salud no
respetan la igualdad de oportunidades, pues no tienen en cuenta que las personas
generan diferencias de salud por motivos de los que no son responsables, como la edad,
el sexo, la raza o las condiciones sociales, económicas y culturales. Desde una perspectiva
social, los individuos pueden fácilmente compartir la idea de que los recursos públicos
deben ser utilizados correctamente y que para conseguir este objetivo la evaluación
farmacoeconómica tiene un gran valor. Sin embargo, es difícil de aceptar no actuar en un
individuo enfermo cuando hay medidas potencialmente eficaces para hacerlo, pero no se
cumplen unos mínimos criterios de análisis económico. En estos casos, el profesional de
la salud se ve obligado a recurrir a opciones terapéuticas no eficientes con el objetivo de
agotar las posibilidades de salvar al paciente. Estas situaciones representan el conflicto
entre el beneficio individual y el colectivo, derivado del valor moral que representa la
sensación de tener la obligación de invertir todos los recursos que sean necesarios para
mejorar la salud de un individuo concreto, independientemente del coste que represente.
Esto es lo que se denomina regla de rescate, y representa la conducta humana de
“rescatar” una vida individual puesta en peligro, sin importar los costes.
La regla del rescate escapa a la medicina basada en la eficiencia, cuyo objetivo
es conseguir que los recursos existentes se asignen y distribuyan de acuerdo al interés
global de la sociedad no buscando, sólo, el bien individual de un paciente. No obstante, la
aplicación de criterios estrictos de eficiencia en sanidad se encuentra con importantes
obstáculos, como las frecuentes contradicciones entre eficiencia y equidad, la falta de
información sobre la efectividad de muchas tecnologías sanitarias, etc.
7. IMPACTO PRESUPUESTARIO Y TOMA DE DECISIONES
Actualmente es cada vez más frecuente la utilización de los análisis
farmacoeconómicos de los nuevos medicamentos en el proceso de toma de
decisiones sobre su precio, nivel de financiación e inclusión en los formularios y las
guías farmacoterapéuticas. Este tipo de análisis permite conocer el coste y la
efectividad incremental de una nueva terapia cuando se compara con las
opciones ya existentes en un paciente con una determinada patología, y
proporciona una estimación de la eficiencia de este nuevo medicamento frente la
alternativa ya disponible. De este modo, se intenta maximizar la eficiencia a la
hora de asignar los recursos existentes desde una perspectiva social.
Es posible realizar un enfoque farmacoeconómico distinto en cada una de
las diferentes fases de utilización de un medicamento y valorar que papel juega
cada tipo de evaluación económica para establecer el gasto sanitario. En primer
lugar, tendríamos la evaluación farmacoeconómica dentro de un ensayo clínico.
Los datos obtenidos harán referencia al cociente coste-eficacia del tratamiento,
pues los resultados proceden de pacientes seleccionados en base a los criterios de
inclusión definidos en el ensayo, es decir en “condiciones ideales” de utilización y
seguimiento. Los resultados presentarán un elevado grado de consistencia
interna, pero su validez externa es baja, no podemos extrapolarlos a la práctica
habitual, porque los condicionantes que nos encontramos en el ensayo pueden
diferir bastante de la práctica clínica. Su aplicación a nuestro entorno por tanto
es escasa.
Una vez el fármaco se encuentra comercializado, la evaluación económica
intenta adaptarse al máximo a las condiciones reales de práctica clínica, intenta
ganar validez externa. Finalmente, lo que se debe valorar, es como va influir la
incorporación de este nuevo fármaco en el sistema sanitario en su conjunto. Si la
alternativa que se introducirá sustituye a una que hasta entonces era la práctica
habitual, es necesario estudiar todas las implicaciones en la oferta y la demanda
de provisión de servicios relacionados con la patología afectada. En este caso no
se cuenta con la validez interna que poseen las evaluaciones procedentes de los
ensayos clínicos, sin embargo, nos acercan a una posición que puede ser de
mayor utilidad para el agente decisor.
Sin embargo, todas estas evaluaciones farmacoeconómicas no
proporcionan información directa del impacto que la nueva terapia tendría sobre
el presupuesto sanitario tras su introducción. Excepto cuando un medicamento
presenta un cociente coste-efectividad incremental negativo, situación poco
frecuente, su utilización implica el consumo de una mayor cantidad de recursos
frente a las alternativas existentes. El nuevo medicamento tendrá una mayor
eficiencia, conseguirá mejores resultados de salud con los recursos económicos
empleados, pero el presupuesto sanitario puede verse incrementado. Hay que
tener presente que las guías de evaluación económica, para los estudios coste-
efectividad, proponen la realización de análisis farmacoeconómicos desde una
perspectiva social, considerando todos los costes y efectos.
Los agentes decisores son, por ello, cada vez más reticentes a utilizar de
forma aislada los estudios coste-efectividad como criterio para la optimización de
los recursos sanitarios. Estos estudios no contemplan las restricciones
presupuestarias ni tienen en cuenta los compartimentos estancos de los
presupuestos sanitarios o la incapacidad de poder inferir fondos y recursos de
una unidad a otra dentro del sector sanitario. Así, es necesario disponer de
estudios que demuestren como van a influir en los presupuestos la introducción o
aplicación de las nuevas alternativas evaluadas con objeto de poder planificar
mejor los recursos necesarios para cubrir la asistencia sanitaria.
En este sentido, los modelos de impacto presupuestario representan una
estimación cuantitativa de la alteración prevista en el gasto sanitario asociado a
la atención de una patología o grupo de pacientes concretos con la introducción
de una nueva intervención sanitaria para dicha patología o grupo de pacientes.
La figura 4 muestra un ejemplo simplificado de cálculo del impacto
presupuestario por la incorporación de un nuevo medicamento a la guía
farmacoterapéutica del hospital. El cálculo del impacto presupuestario se ha
convertido en un elemento de gran utilidad para la toma de decisiones y
complementa los estudios farmacoeconómicos coste-efectividad. La información
derivada de la combinación de ambos tipos de estudio permitirá conocer la
eficiencia de las alternativas evaluadas y si es posible asumir la repercusión
presupuestaria.
Las principales directrices que hay que seguir para la realización de un
estudio de impacto presupuestario son: transparencia, perspectiva del estudio,
procedencia de los datos, horizonte temporal, población objetivo, valoración de
los costes y análisis de sensibilidad. Tres elementos son claves para la realización
de estos estudios: el grado de sustitución entre las alternativas; la utilización de
recursos adicionales a los que se utilizaban y el tamaño poblacional del estudio.
No obstante, no existe una metodología totalmente aceptada y existen
discrepancias en la forma de presentar los resultados.
Figura 4. Modelo de impacto presupuestario para la sustitución de un medicamento X de la
guía farmacoterapéutica hospitalaria por una nueva alternativa Y.
Situación Grado de Situación prevista
actual sustitución: 100% • Utilización de Y
Pacientes que reciben Pacientes que reciben
el tratamiento X (Nx) el tratamiento Y (Ny)
Análisis de costes
Costes directos
•Adquisición del CAY
CAX tratamiento (CA)
CAdX •Administración del CAdY
tratamiento (CAd)
CEX Costes indirectos CEY
• Coste de la estancia
hospitalaria (CE) =
Estancia media
hospitalaria de los
pacientes que reciben el
COX tratamiento* Coste de la COY
estancia hospitalaria
• Otros costes (CO)
Visitas, pruebas, efectos
adversos,…
Impacto presupuestario = Coste del tratamiento X –
Coste del tratamiento Y = NX*(CAX + CAdX + CEX + COX) -
NY*(CAY + CAdY + CEY + COY)
8. LA FARMACOECONOMÍA COMO HERRAMIENTA DE GESTIÓN
SANITARIA
España dispone de un sistema sanitario totalmente descentralizado y
mayoritariamente de financiación pública. Este hecho garantiza a la totalidad de
los españoles a un acceso a las prestaciones sanitarias necesarias para mantener
un bienestar adecuado. Sin embargo, el incremento interanual del gasto
farmacéutico ha ido aumentando años tras año. Las principales causas son:
• La comercialización de nuevos productos. Generalmente aportan un valor
terapéutico añadido, pero con un mayor precio.
• Las llegadas de nuevas tecnologías diagnósticas, incrementando la tasa de
pacientes diagnosticados que requieren un tratamiento.
• La cronificación de muchas enfermedades.
• La existencia de terapias intensivas para tratar enfermedades graves.
• El aumento de la población anciana.
• El hecho de asegurarse contra la enfermedad y tener acceso a asistencia
gratuita en el momento del servicio provoca de forma automática un
aumento de la demanda.
En este contexto, las autoridades sanitarias han intentado poner una serie
de medidas para controlar el gasto, entre las que destacan:
• Condicionar el precio al valor y utilidad terapéutica.
• Editar un formulario con datos de eficiencia.
• Crear una agencia informativa independiente sobre los diferentes aspectos
del medicamento.
• Incentivar a los médicos a usar el formulario farmacoterapéutico.
• Publicación de boletines de forma periódica destinados a promover el uso
de medicamentos coste-efectivos.
• Potenciar el uso de genéricos.
• Regular el copago de los pensionistas.
• Regular la publicidad.
En la literatura se recogen otras medidas para mejorar gestión sanitaria
según el ámbito de actuación. Así, se puede trabajar en tres niveles:
macrogestión, mesogestión y microgestión. Estos niveles van desde lo más alto en
la toma de decisiones o macrogestión (como el diseño de política pública en el
Ministerio de Salud o los Modelos de Garantías de calidad) hasta el contacto
directo con el paciente en la microgestión. En macrogestión o política sanitaria “a
gran escala” deben establecerse las prioridades sanitarias y resolver los posibles
compromisos sociales asociados al estado de bienestar. Por ejemplo, introducir
competencia gestionada, desmonopolización, definir prioridades, etc. La
mesogestión sería la gestión a nivel de las instituciones sanitarias, y englobaría
decisiones sobre privatizar la organización de los servicios sin cambio de
titularidad, descentralización e incentivos. En microgestión o gestión clínica, vías
clínicas, estudios de efectividad y adecuación, validación de medidas de calidad
de vida relacionadas con la salud, análisis de decisiones diagnósticas y
terapéuticas, guías de buena práctica clínica.
En resumen, la primera cuestión relevante para definir una política
sanitaria pública coherente consiste en diseñar un sistema de asistencia que
mantenga mejoras valiosas –en términos de salud-, como resultado de la
tecnología médica disponible y al mismo tiempo trabaje para reducir la asistencia
de bajo valor, manteniendo una visión amplia, a largo plazo, sobre las estrategias
de salud, de manera constante e independiente de los problemas coyunturales de
coste y sostenibilidad financiera. Es evidente que los países deben estructurar una
política de salud orientada hacia el empleo más racional de los recursos y la
ampliación y funcionamiento adecuado de los servicios de salud.
Así, en algunos países un análisis farmacoeconómico es un requisito legal
para los nuevos medicamentos que se registran, como criterio complementario
para la negociación del precio y reembolso, con la intención de racionalizar el
gasto farmacéutico. En otros, su presentación, aunque todavía no es un requisito
legal, sirve de gran ayuda en la fase de negociación del precio y reembolso, así
como en la toma de decisión sobre qué medicamentos emplear en la práctica
médica rutinaria.
La economía de la salud reconoce que la relación entre los recursos
empleados para mejorar el estado de salud y los resultados obtenidos depende
del nivel de desarrollo del país en que se emplean. En este caso se buscará
racionalizar los recursos existentes y conseguir fuentes suplementarias de
financiación, de tal forma que se garantice la extensión de la cobertura a toda la
población. Así, el análisis macroeconómico tiene prioridad frente al análisis
individual de un medicamento o una alternativa terapéutica. En muchas partes de
Latinoamérica, África o Asia, no se trata de elegir el tratamiento más apropiado y
eficaz, sino simplemente de tener acceso al único recurso disponible; no está en
juego la calidad de vida en el momento de la enfermedad, sino la posibilidad de
sobrevivir.
Desde el punto de vista de los agentes decisores, la principal barrera es no
entender que racionalizar el cuidado médico no significa recortar los gastos de
salud ni disminuir la calidad de esta. La contención del gasto farmacéutico es un
objetivo, en principio, sencillo en comparación con otras intervenciones sanitarias.
Parece lógico que una determinada política de medicamentos deba valorar el
impacto económico de los mismos en el sistema de salud.
No hay que olvidar que los análisis económicos de la salud se basan en la
elección, en la manera de hacerla y en sus consecuencias. Sin embargo, las
decisiones políticas de salud raramente se basan sólo en criterios económicos, y
no se toman decisiones de “todo o nada”. Generalmente, se decide si se amplía o
se reduce una prestación ya ofrecida. Por tanto, es conveniente considerar las
variaciones de costes y de beneficios como incrementos de costes y beneficios
entre las opciones consideradas y desde la perspectiva más amplia posible. Esto
significa que los costes de los fármacos no deben ser evaluados de forma aislada,
sino en relación con los costes sanitarios totales. En conclusión:
▪ Las nuevas tecnologías sanitarias deben someterse a una rigurosa
evaluación económica y clínica antes de su adopción y difusión por los
sistemas de salud.
▪ La Administración Sanitaria debe adoptar y fomentar la utilización de estas
técnicas, y utilizarlas para que la toma de decisiones esté basada en
criterios objetivos.
▪ La estandarización de la metodología es esencial para que los resultados de
estos estudios puedan contar con una credibilidad suficiente.
▪ La industria farmacéutica debe integrar los métodos de evaluación
económica en su proceso de investigación.
▪ La colaboración de profesionales con distinta formación es básica para el
desarrollo y difusión de este tipo de técnicas.
▪ La evaluación económica debe integrarse al resto de las áreas que estudian
los medicamentos desde distintos puntos de vista. El conocimiento de todas
las características, positivas y negativas, de los mismos contribuirá a una
utilización más racional.
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