Oscura Rendición: Diana Blayne
Oscura Rendición: Diana Blayne
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Oscura rendición
Diana Blayne
Capítulo 1
formulaba preguntas y Maggie supuso que era a causa de la habilidad que tenía para
leer las mentes.
Ella necesitaba ese empleo desesperadamente. Más que como medio para ganarse
la vida, había sido un refugio para protegerse del furioso magnate textil que la culpaba
de haberlo puesto en la picota por el mero placer de escribir una nota. Las subsiguientes
batallas libradas por el industrial con los encargados de la preservación del medio
ambiente y con el sindicato textil habían sido la lógica consecuencia de la nota
acusadora publicada en primera plana sobre las deficiencias de su planta fabril. Lo
acusaba de originar serios daños pulmonares en sus obreros y de no corregir la
situación. De hecho, las modificaciones para modernizar la planta e instalar un nuevo
sistema de contralor del dañino polvo del algodón ya habían sido planeadas y estaban
muy adelantadas en su implementación. Pero la nota no hacía mención de ese hecho;
hacía aparecer a Saxon Tremayne como un hombre de negocios ávido de dinero que
sólo pensaba en las ganancias y dejaba de lado la seguridad. Y él había culpado a
Maggie de ser la autora de esa nota condenatoria y ficticia. La había juzgado culpable
sin darle el beneficio de la duda o una oportunidad para que contara su versión de los
hechos. Él le había prometido un justo castigo por su traición y Saxon Tremayne era
hombre de palabra. La suya valía su peso en brillantes y en el pueblo textil de
Jarrettsville, en Carolina del Sur, su palabra era ley. Maggie no había querido
abandonar el encantador poblado, ella era inocente y si él le hubiera dado la más
mínima oportunidad, le habría probado su inocencia. Pero el día en que la nota había
salido a la luz, él no había estado con el ánimo predispuesto para escucharla. Su voz
había bramado por el teléfono con un tono profundo y lento y tan helado como el de un
espectro. La había interrumpido sin dejarle explicar que todo se debía a algunos errores
y traspapelamientos de notas. Le había prometido represalias con ese tono cortante que
solía tener cuando estaba furioso. Jamás alzaba la voz, pero era peor que si a uno le
gritaran hasta ensordecerlo.
Más, lo peor de todo era que su corazón, que por tanto tiempo había estado
vacante, se había entregado a él sin condiciones. Había aprendido a amar a ese gigante
en el breve lapso que había compartido con él y si hubiera tenido un poco más de
tiempo, quizás hubiera llamado su atención. El había sido amigable, colaborador, pero
ni una sola vez la había tocado o mirado en forma íntima. La gente comentaba que aún
seguía lamentando la muerte de su esposa, nada de lo que hablara con Maggie le hizo
tener la impresión de que así fuera. Más bien parecía no sentir nada por la que
compartiera con él la cama y el hogar durante dieciocho años.
Maggie se había preguntado infinidad de veces si él sería capaz de tener
sentimientos. Parecía un solitario completamente inmerso en los negocios pero sólo
eventualmente interesado en su familia. Tampoco tenía una familia muy numerosa: un
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hermanastro, la madre y unos pocos primos diseminados por el estado a quienes casi ni
conocía. Maggie ni siquiera sabía dónde vivía la familia de Saxon.
—¿Soñando despierta otra vez? —susurró a su oído una voz burlona.
—Lo siento —murmuró Maggie, contrita y se ruborizó—. Estaba repasando
mentalmente algunas notas.
— ¿Sobre cómo ayudar a los bomberos a recaudar los fondos suficientes para
comprar el equipo especial que ha vuelto loco a Harry? —Eve rió. — Vamos, Maggie,
no me mientas. ¿A quién tienes en la mira?
—A un hombre enorme, corpulento y con ojos como los de un tigre, de color
leonado, profundos y misteriosos —respondió ella exagerando apenas—. No, la verdad
es que pensaba a cuál de los comisionados de la ciudad llamaría primero para mantener
una entrevista. —Suspiró. — Me llevará dos semanas cubrir esta competencia. —Ahora
Maggie gimió. — Fotos, entrevistas... y ninguno de ellos abordará los temas principales
ni arriesgará una propuesta definitiva. Estoy tan cansada de escucharlos decir que se
postulan porque la ciudad los "necesita"... Caramba, Eve, si ellos realmente se
preocuparan por la ciudadanía, por lo menos, cuatro de ellos no deberían postularse
jamás.
—Vamos, tranquilízate —murmuró—. Lo que sucede es que todos esos años que
pasaste trabajando para esa revista son los culpables de que te sientas así. Ya te
acostumbrarás a esto.
— ¿Por qué no responden a mis preguntas? —preguntó Maggie, fatigada.
—Porque la mejor manera de resultar electo en Defiance es decir lo menos posible
sobre ti mismo. Cuanto menos sepan los votantes —susurró Eve, conspiradora—,
muchos más votarán por ti.
Maggie permaneció mirando el cielorraso como esperando que las respuestas
pendieran de allí.
—Mi padre me advirtió que no debía ir a la universidad en Carolina del Sur. Ese
fue, en realidad, mi más craso error. Debí permanecer en Defiance y participar en la
política local.
—Postúlate para un cargo —la alentó Eve—. Yo te votaré.
—Personalmente, yo estoy a favor de Thomas Jefferson para esta elección —
respondió ella, desperezándose.
—Está muerto —señaló Eve.
—Bueno, no consideraré eso en su contra —replicó Maggie con cara tiesa. Pasó la
mano por el cabello oscuro mostrando impaciencia. — Será mejor que comience a
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andar. Pasaré por la casa de Jake Henderson y tomaré unas fotos de ese repollo gigante
que ha cultivado. ¿Tengo alguna cosa pendiente?
Eve revisó el calendario enorme que colgaba en la pared garabateado con una
gruesa lapicera roja y meneó la cabeza.
—El almuerzo de mañana en el Rotary donde entregarán los premios a esos
estudiantes, eso es todo.
—Muy bien. —Maggie tomó su cámara de treinta y cinco milímetros y un rollo
extra de película junto con su bolso y se detuvo al llegar a la puerta. —Llámame si me
necesitas.
—Iré yo misma —prometió Eve lanzando una mirada irónica a la puerta del salón
de compaginación. Alzó un poco la voz por encima del murmullo apagado de la
computadora en la oficina de al lado—. ¡Necesito un descanso pues a pesar de todo el
trabajo pesado que hago aquí, ni siquiera lo toman en cuenta!
Un hombre alto de cabello canoso y con el vientre un poco abultado se acercó
hasta la puerta llevando un par de tijeras y una prueba de galera en la mano.
—Si desea hacer un poco de trabajo, señorita Johns —dijo a Eve—, entre aquí y
comience a pegar todo. Tengo la primera plana y doce páginas más esperando mientras
usted se pasa el tiempo aquí con la gran Señorita Revista Metropolitana.
—Yo no lo asocio a usted con el periodismo subdesarrollado —le informó Maggie
con altivez—. Y estoy muy convencida de que recibiré un Pulitzer con la nota excelente
que haré sobre el repollo de doce kilos que el señor Henderson logró de una semillita
plantada en su jardín.
Ernie Wilson la miró sin pestañear con la peculiar mirada de los martes cuando
compaginaban las páginas finales y estaban con el tiempo justo para entregar a la
imprenta. Era una mezcla de desesperación, exasperación y alcoholismo inminente.
—Adiós —dijo Maggie, presurosa y con un guiño a Eve, escapó por la puerta.
Empezaba a sonar como una obra de teatro. Maggie fijó la vista en su hermana.
— ¿Apoyo? —la aguijoneó Maggie con suavidad.
Lisa se sentó en el sillón frente al sofá y se mostró preocupada.
—El hermano de Randy es ciego —dijo ella en voz baja—. Sólo están él y su madre
en el enorme caserón de Jarrettsville y Randy no considera correcto casarse y dejar toda
la responsabilidad del hermano a su madre.
—Una actitud muy noble —comentó el padre asintiendo—. ¿Pero el hermano es
un completo inválido?
—Tengo la sensación de que es algo así como un tigre —respondió Lisa
lentamente—. Era un hombre de negocios muy poderoso y lleno de iniciativas antes del
accidente. Siempre en movimiento y con una actividad agotadora. Ahora no puede
continuar con ese ritmo y está muy amargado. Randy dice que ni siquiera desea salir de
la casa. ¡No quiere aprender Braille, rechaza tener un perro adiestrado para ciegos y ni
siquiera intenta amoldarse a su nueva situación!
El Profesor Sterline se pasó la mano por el cabello gris con gesto inquieto.
—Tal vez necesita un poco más de tiempo para amoldarse a las circunstancias —
recalcó él—. Tuve un estudiante así en mi clase de historia. Una vez que fue capaz de
aceptar su ceguera, progresó rápidamente.
—Tú no comprendes, papá —dijo Lisa—. Halcón está ciego desde hace dieciocho
meses.
— ¿Halcón? Extraño nombre —observó el padre.
—Es un apodo, pero jamás oí a Randy llamarlo de otro modo —dijo Lisa con una
sonrisa irónica—. De cualquier manera, no es como si el accidente fuera el único
causante. Además, ha tenido más de media docena de enfermeras y las ha despedido.
Randy dice que es un tipo insoportable.
—Un león con una espina en la garra —corrigió Maggie sintiendo una extraña
familiaridad con el ciego desconocido. Su propio trauma había comenzado
aproximadamente en esa época—. Sólo necesita que alguien lo saque del pozo.
— ¿Cómo te desempañas con un par de pinzas? —Bromeó Lisa—. Vendrás
conmigo, ¿verdad? La señora Steele te espera ansiosa. Quiere conocerte.
—No estoy segura de que mi seguro me cubra de los leones —respondió ella,
tajante—. Y los recuerdos que guardo de Jarrettsville son bastante... desagradables.
—Llevaremos una silla y un látigo para protegernos de Halcón —prometió Lisa—.
Pero nunca supe que estuviste en Jarrettsville...
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Esa noche, Maggie permaneció despierta en la cama por mucho tiempo con la
mente llena de recuerdos de Saxon Tremayne. No deseaba hacer ese viaje a Carolina del
Sur, pero no podía negarle ese pequeño sacrificio a su hermana. Además, si Saxon no
había venido a buscar su cabeza en estos dieciocho meses, era improbable que aún
continuara con ánimos de darle lo que él consideraba su justo castigo.
Esa actitud la había desilusionado un poco. Había deseado que él fuera tras ella...
por cualquier motivo, aun por venganza. Aún podía ver esos ojos leoninos
observándola, estudiándola, incrustados en un rostro ancho y curtido como el de un
romano, mientras que su estatura y corpulencia lo destacaban del resto tanto como su
aire de autoridad. Era un hombre llamativo: austero, autoritario, con una voz rica como
terciopelo espeso cuando hablaba suavemente. No había pasado un día sin que ella
pensara en él, lo extrañara y se preguntara si Saxon la habría perdonado por lo que
había creído su culpa. Si sólo pudiera escribirle y explicarle lo sucedido... Quizás ahora
que su mal humor se había enfriado, podría razonar con él y contarle la verdad. Pero si
aún seguía enojado, el enviar una carta sería un error garrafal de su parte. Maggie jamás
había hablado sobre su ciudad natal; no había tenido ninguna oportunidad de hacerlo.
El sabía que ella era de Georgia, pero no de dónde precisamente. Saxon jamás vacilaba
en usar su poder. No habría movido ni un músculo de su rostro si hubiera deseado
comprar el diario para despedirla. Y, además, tenía otras formas menos agradables de
quedar a mano con ella.
Maggie rodó sobre la cama y hundió el rostro hirviente en la almohada fría. Quizás
era mejor así. ¿Qué tenía ella en común con un millonario, después de todo? Aún en el
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caso de que hubiera llamado su atención, con toda seguridad, Saxon no hubiera tenido
otro uso de ella fuera de su dormitorio. No era hombre de hacer relaciones
permanentes; tenía la mente dedicada a los negocios. Si sólo pudiera olvidarlo...
Este viaje con Lisa tal vez lograra sacarla del marasmo de los recuerdos y por
cierto, la presencia de ese hermano irritable de Randy mantendría ocupada su mente.
Sonrió secretamente. Halcón sonaba a ave de presa, la misma que indudablemente
había inspirado ese apodo, un ave feroz y mortífera. La descripción que hiciera Lisa la
había intrigado demasiado. Qué terrible era haber tenido tanto y perderlo por la
ceguera. Se preguntó si ella podría ser capaz de atravesar esa coraza de rabiosa
amargura y ayudar al pobre león a encontrar la paz.
Era un pensamiento tentador. Cerró los ojos y lentamente se deslizó hacia el sueño
con esta idea fija en su mente.
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Capítulo 2
Randolph Steele resultó ser tal cual lo había descrito Lisa. Era alto, delgado y
distinguido, de cabello oscuro y tez oliva con ojos azules debajo de espesas pestañas
oscuras. Tenía una personalidad atractiva y eficiente y fue obvio para Maggie desde que
se encontraron en el aeropuerto, que Lisa era la dueña absoluta de su corazón.
El la besó con deleite y luego dio un paso atrás para apreciar mejor la figura
delicada de su novia con ojos que hablaban tomos enteros, antes de extender la mano
para saludar a Maggie.
—Debes ser la hermana mayor —dijo él—. Como ya habrás deducido con toda
seguridad, yo soy el novio.
—Tuve una extraña corazonada de que no eras un desconocido —respondió
Maggie, estrechando la mano con cálida firmeza—. Encantada de conocerte.
—Maggie es reportera, ¿sabes? —estalló Lisa, entusiasmada—. ¡Escribe para
nuestro diario local!
—¿Quieres quedarte tranquila? —gruñó Maggie llevándose las manos a la nuca
con desesperación—. ¡Bien sabes que no me agrada hablar de mi trabajo!
—Tu secreto espantoso está a salvo conmigo —replicó Randy mientras las guiaba
al área de estacionamiento con una maleta en cada mano—. Y dejando de lado las
bromas, será mucho mejor que lo mantengan en secreto delante de Halcón. Odia a los
reporteros.
— ¿Alguno asustó a tu madre antes de que él naciera? —preguntó Maggie con
picardía.
Randy lanzó una carcajada al oírla.
—No a mi madre. Halcón es mi hermanastro. En cierto sentido, él y su padre se
casaron conmigo y con mi madre. La casona Steele Manor pertenecía a mi madre, desde
luego, pero Halcón controla las finanzas de la familia. Mamá es un encanto, pero algo
frívola y sin cabeza para los negocios.
—Tu hermanastro debe ser bastante hábil —dijo Lisa.
—No, brillante —la corrigió Randy.
Se detuvo frente a un elegante Lincoln y después de guardar las maletas en él, les
pidió a las jóvenes que subieran.
— ¿Qué hace tu hermanastro? —preguntó Lisa.
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—Es un hombre de negocios. O lo era —se corrigió Randy con tristeza—. Cuando
murió su padre, él asumió la dirección de todas las empresas de la familia y eran
muchas. Estaba constantemente en actividad hasta que sucedió lo del accidente.
Lisa tomó la mano libre de Randy cuando sacaba el auto al tránsito y enfilaba fuera
de Greenville. Maggie, que jamás había pisado Greenville antes, se sintió fascinada por
los edificios históricos que se mezclaban en perfecta armonía con los modernos, por la
enorme alameda irregular de pleno centro, los inusuales letreros con los nombres de las
calles además y el aspecto de pueblecito que tenía la zona céntrica, todo lo cual estaba
realzado por el telón de fondo, las magníficas Blue Ridge Mountains.
— ¿A qué clase de negocios se dedica la familia?—inquinó Maggie, cortés,
mientras dejaba vagar la vista por todo el entorno.
—A la rama textil —respondió Randy, guiñándole el ojo a Lisa.
— ¡Qué coincidencia! —murmuró Lisa—, Maggie solía escribir mucho sobre ese
tema en su trabajo anterior, antes de que volviera a casa. Ella era una...
—Cállate la boca, querida —dijo Maggie a su hermana con una sonrisa dulce en los
labios—, o te taparé la boca con cinta adhesiva. Randy no desea oír toda la historia de
mi vida. Estoy convencida de que está mucho más interesado en la tuya.
«Además» pensó en silencio, «si su familia está en la industria textil y se entera de
que dejé Jarrettsville y los motivos que tuve, podrían conocer a Saxon Tremayne y
contárselo. ¡Y no deseo esa clase de problemas!»
—Eres tan modesta, Maggie —se quejó Lisa—. ¿Por qué no quieres que la gente
sepa que escribes? Además, Randy es de la familia... casi —agregó con timidez.
Él le apretó la mano.
—No tan casi. Todo lo que tenemos que hacer es idear una forma de salir de este
atolladero en que está la familia. —Suspiró. — Me es imposible dejar aquí a mamá con
Halcón. Sería sacrificarla. El siempre tuvo un carácter temible, pero desde el accidente,
ha sido un salvaje. Una enfermera abandonó la casa a las tres de la mañana con sólo el
camisón puesto. ¡En camisón! La detuvo la policía, por supuesto, buscando una
explicación. Llamaron a casa y aclararon el malentendido. A veces, Halcón tiene
violentos dolores de cabeza a la noche, fue al cuarto de la enfermera a pedirle una
inyección y ella pensó que deseaba otra cosa muy diferente—. Randy rió. —De
cualquier manera, molestó mucho a mi madre y hasta lloró. No quiso enfrentar a sus
amistades en el club al día siguiente, y casi no ha salido de la casa desde entonces.
La señora Steele le sugirió la idea de un gorrión encerrado en una jaula junto a un
águila. Qué difícil debía ser para ella vivir con un hijastro de ese temperamento y
conservar la cordura, pensó Maggie.
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—Tú debes ser Lisa —dijo ella luego de dar la bienvenida a Randy y sonriendo,
tímida, a la joven a su lado.
—Lo soy —respondió Lisa también sonriendo—. Randy me ha dicho tantas cosas
sobre usted, que no veía la hora de conocerla. Y adoro la casa.
—También yo la amo, especialmente en primavera. Y ésta debe ser Maggie —
agregó, sonriendo a la joven morena.
Maggie extendió la mano y encontró que se la estrechaba con cálida firmeza.
—Encantada de conocerla —respondió Maggie, cortés.
—He estado esperando este momento —confesó Sandra—. Sus cuartos ya están
preparados para recibirlas y...
—Yo no puedo quedarme —barboteó Maggie, ignorando la expresión azorada de
Lisa—. Acabo de recordar que prometí cubrir una nota esta noche, y no puedo faltar a
mi palabra. Debo volar de vuelta y quizá pueda verme libre para regresar mañana —
dijo ella con pánico en la voz—. Randy, ¿te molestaría llevarme de nuevo al aeropuerto?
O si no, puedo irme sola... Lo siento —agregó cada vez más nerviosa, mientras pensaba
«lo voy a lograr, conseguiré escapar antes de que Saxon se entere de que estoy aquí,
antes...»
—Seguramente no se irá cuando acaba de llegar, ¿verdad? —surgió una voz
inconfundiblemente profunda desde detrás del sillón de respaldo alto frente a la
chimenea, uno de los que daba la espalda al vestíbulo.
Maggie había oído esa voz aterciopelada en sus sueños. La había extrañado,
temido y sufrido los peores tormentos por ella en los últimos meses. Y ahora, todos esos
horribles temores se volvían realidad. Había logrado escapar de él, pero el destino la
había hecho volver a caer en sus redes y en el camino de Saxon, con una de las vueltas
siniestras de sus manos. Ya era demasiado tarde para correr.
Saxon se puso de pie lentamente, tan grande e imponente como ella lo recordaba.
Parecía un poco más pálido, el hirsuto cabello negro necesitaba un corte, pero
básicamente, era el mismo hombre.
Mantuvo la mano de dedos anchos sobre el respaldo del sillón, un anillo de rubíes
brillaba en el meñique, y miró en dirección a las voces. No llevaba anteojos oscuros ni
un bastón. Y todas sus cicatrices, como las de Maggie, permanecían ocultas a la vista.
—Ho… hola, señor Tremayne —pudo decir ella, insegura, deseando tener un
respaldo donde apoyarse.
—Venga aquí —dijo él sin preámbulos, mientras tres pares de ojos observaban,
fascinados, la escena casi muda.
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Mojando los labios con la lengua, Maggie se dirigió cautelosamente hacia la silla
donde la esperaba Saxon y se detuvo a unos pasos de distancia.
—No tendrá miedo de un ciego, ¿verdad? —preguntó él con una risa amarga.
—No... —susurró ella mientras sus ojos recorrían el rostro leonino con amor
indecible.
—Saxon... —comenzó su madrastra, nerviosa.
— ¿No reconociste el nombre?—preguntó Saxon, elevando la voz—. ¡Seguramente
me has oído maldecirlo hasta el cansancio! Maggie Sterline. ¡Sterline, maldición!
Randy silbó por lo bajo y lanzó una mirada patética a Maggie.
—Pensé que el nombre me resultaba familiar —gruñó él, atrayendo a Lisa contra
su cuerpo—. Oh, Señor, amorcito, ahora estamos a punto de enfrentarnos a su furia.
—Pobre Maggie —murmuró Lisa sufriendo por su hermana—. ¡Ojalá lo hubiera
sabido! Jamás dijo nada y ¡menos a mí!
—Probablemente no asoció el nombre de Halcón con Saxon —dijo Randy—.
Nunca lo llamé por su nombre delante de ti. Qué extraordinaria coincidencia.
— ¿Está acá de visita, señorita Sterline? —preguntó Saxon con veneno en la voz y
en los ojos leonados sin vista—. Espero que haya empacado una maleta grande, porque
se quedará aquí por mucho tiempo.
— ¿De... veras?
Preguntó como un eco. No era fácil intimidarla, pero había algo en Saxon
Tremayne que exigía obediencia y ella se la brindaba.
—Tu voz suena nerviosa, Maggie —dijo él, como un gato gigante que juega con su
presa—. No te dejes llevar por el pánico. Todo parece solucionarse solo y tengo planes
más hermosos que despellejar tu encantador cuerpo. Acerca un sillón y siéntate. Mamá,
Randy... cierren la puerta cuando salgan —apuntó él, sin pedirlo, sino ordenándolo.
Randy, Lisa y la señora Tremayne, visiblemente relajados, suspiraron agradecidos.
Se deslizaron rápidamente por la puerta y la cerraron con cuidado a sus espaldas.
Saxon se recostó en el sillón y Maggie se balanceó sobre el borde del otro asiento,
observándolo. No pudo dejar de apreciar cómo las motas doradas de la chaqueta
realzaban el brillo dorado de sus ojos leonados; cómo la tela se tensaba sensualmente
sobre el pecho corpulento que se afinaba hacia el estómago plano y las caderas estrechas
para terminar en los poderosos muslos. Tenía cuarenta años, pero no los representaba
con ese cuerpo atlético; sólo las hebras de plata en las sienes y algunas arrugas en el
rostro eran un indicio de su edad.
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nerviosas o demasiado beligerantes como para hacer algún bien. —Se removió en el
sillón y cerró los ojos por un instante. — Cuando Randy me comentó que el apellido de
su novia era Sterline, le pregunté sobre su familia. El te mencionó. Se acercaba la
Navidad y fue muy sencillo inducirlo a que te invitara junto con Lisa. Te quería
conmigo. Serás mis ojos por un par de semanas. Aparte de todo lo demás, bien puedes
considerar que no es mucho lo que te pido. Me debes algo al menos... sin tomar en
consideración de quién es la culpa —agregó él cuando ella intentó hablar. Los anchos
hombros subieron y bajaron. — Fui lo bastante estúpido como para creer que era el
personaje central de una crónica periodística y no la víctima de un asesinato.
Maggie dejó deslizar su mirada sobre Saxon como si bebiera sus palabras y sus
facciones. ¿Podría soportar permanecer en esta casa junto a él aunque fuera por tan
poco tiempo? ¿Contemplándolo, viéndolo así, odiando su ceguera y culpándose por su
íntima participación en su desgracia...?
—Seré tus ojos —respondió ella por fin, con una voz queda y serena. Entonces,
Maggie vio que Saxon se relajaba visiblemente—. Lo seré por un tiempo, pero puede
que te haga más daño que bien por los sentimientos que albergas contra mí.
—Tú no sabes lo que siento, cariño —replicó él, cruzando las piernas—. Para decir
la pura verdad, ni siquiera yo estoy seguro de cuáles son mis sentimientos hacia ti. He
pasado meses culpándote de todo lo que me sucedió, porque el odio es una poderosa
motivación para sobrevivir, y lo necesitaba. Todavía lo necesito, en cierto sentido. Pero
haré lo imposible para mantener mis resentimientos bajo control. Es... muy duro para
mí —titubeó él—, estar en estas condiciones. No estoy acostumbrado a sentirme...
vulnerable.
Ella comprendió que la palabra debía ser indefenso, pero no podía pronunciarla, le
era imposible. Admitirlo hubiera sido algo así como una debilidad de su parte.
—Por lo menos dos enfermeras atestiguarían en cualquier corte que tú no eres
vulnerable —le recordó ella con una sonrisa que Saxon no podía ver.
Las cejas espesas y negras se alzaron, inquisitivas.
— ¿La corredora nocturna y el sargento de caballería?—preguntó él con aire
inocente.
Maggie rió en voz alta sin poder contenerse.
— ¿Era así como las llamabas?
—Hice que Randy me describiera a la que escapó. Dijo que fue pura vanidad de su
parte el pensar que yo la forzaría en su cama, por más desesperado que estuviera. Y el
sargento de caballería... cielos, ¡me cansé de que me ordenara tomar la sopa de arvejas
partidas! ¿Alguna vez has probado la sopa de arvejas partidas que sirven en los
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hospitales? Así sabía la que ella preparaba... sin sal, sin sabor, sin arvejas, sólo un caldo
de pura agua caliente con un poco de condimento.
— ¿Qué me dices de las otras?
—Unas cuantas solteronas con el complejo de Jane Eyre —respondió él, dejándolas
de lado—, ¿Cómo pueden pensar algunas mujeres que un ciego se enamore de ellas a
primera vista? Debo palparlas para conocerlas y no conozco a muchas que se dejen leer
con el sistema Braille por un extraño. ¿Lo harías tú? —preguntó él súbitamente.
Ella se ruborizó.
—Sabes bien cómo soy —lo eludió.
—Han pasado dieciocho meses —le recordó—. Puedes haber engordado o haber
perdido peso.
El había bromeado así una vez cuando ella le hacía la entrevista y había generado
un acercamiento entre ambos que le había dado alas a su imaginación. Más, ahora ella
sólo podía ser precavida respecto a él, después de lo que dijera. Tal vez intentaba
dejarla vulnerable sólo para vengarse por lo que creía que había hecho y ella no se
aventuraba a bajar la guardia.
—Podría contaminarte —replicó ella con sarcasmo en la voz.
—Humor y temple —adujo él con su sonrisa exasperante.
—Eres un pirata —gruñó ella.
— ¿Con un parche en cada ojo? —la provocó él.
— ¡No quiero quedarme aquí!—estalló Maggie de repente al comprender los
problemas que debería enfrentar junto a Saxon.
—Pero lo harás —dijo él sereno—. ¿Deseas que te pague, un salario? —agregó—.
Podemos decir que eres una enfermera de compañía y te pagaré lo que recibían las
enfermeras. Puedes decirle a tu padre que te contraté.
—También tengo un empleo en el diario —respondió ella de inmediato.
—Tomarás una licencia de dos semanas.
—Mi jefe no me dará dos semanas de licencia... —comenzó ella.
—Lo hará si yo se lo digo —contestó él con una seguridad pasmosa y arrogante —.
Si dice que no, levantaré la hipoteca que pesa sobre su diario y lo echaré.
— ¿Cómo sabes que tiene una hipoteca que levantar? —Se sentía furiosa.
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—Lisa no nos había dicho que escribías, querida —agregó Sandra Tremayne,
compasiva más que resentida como había temido Maggie que estuviera al revelarse su
identidad.
—Yo lo siento por Saxon... el señor Tremayne —dijo ella, sincera y con la culpa
reflejada en el rostro—. Hubo una confusión con los nombres de los autores. Lo que yo
escribí fue una crónica especial, pero cambiaron los nombres y yo aparecí como autora
de un artículo que había escrito uno de los reporteros nuevos de la revista. Yo tenía
demasiado respeto por el señor Tremayne como para dar a publicidad un artículo tan
solapado en su contra. Soy consciente de que algunos periodistas no piensan dos veces
cómo conseguir una historia, pero no soy una de ellos. Espero que ustedes me crean
aunque él no lo haga.
—Yo te creo —dijo Lisa abrazando a su hermana—. Te conozco de toda la vida,
¿recuerdas?
Maggie sonrió y con voz temblorosa por la emoción, respondió:
—Sí, querida, lo sé.
—Nadie te culpa —acotó Randy—. Halcón ha tenido momentos muy malos y no
puede aceptar lo que ha pasado. Pero también sé que le podría haber sucedido en
cualquier momento. Mientras iba camino de cargar gasolina, o cuando salía a cenar. Y
en cuanto a mí, acepto como buenas las garantías que da Lisa.
— ¿Te ha arrojado de la casa? —preguntó Sandra, realmente preocupada—. No lo
permitiré por nada del mundo. Esta aún es mi casa y eres muy bienvenida.
—No, en absoluto, no me ha echado —dijo Maggie—. Exactamente lo contrario.
Seré sus ojos por unas semanas.
— ¿O...? —inquirió Randy, conocedor de su hermanastro.
—O comprará el diario donde trabajo y echará a mi jefe. Eso fue lo que dijo.
—Y seguramente lo haría —acordó Randy—. Te pagará por el dudoso honor que
te confiere, supongo. Creo que tendrás que pagar cuentas como todo el mundo.
—Las tengo, y él lo hará —contestó Maggie—. Al menos no me tiene atada y sin
comida. Y eso ya es algo. Aparte de todo, creo sinceramente que comprendo cómo se
siente. ¡Qué tragedia! No debe ser fácil para él con lo activo y dedicado al trabajo que
era. Y no salir nunca de la casa... ¿Por qué no sale?
—Dice que no quiere ser llevado de aquí para allá como un animal estúpido —
comentó Randy—. Al menos ésa es la excusa que recibo. Ambos nos hemos ofrecido
para ayudarlo, pero no lo permite.
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—Tal vez permita que yo lo ayude —dijo ella, pensativa—. En tanto crea que
manda y da órdenes.
—Y ésa —dijo Sandra Tremayne a su hijo—, es la razón por la que las mujeres
regirán el mundo algún día. Nosotras les hacemos creer que ustedes tienen las ideas,
pero en realidad, siempre son nuestras. ¿Verdad, niñas?
—Verdad —dijeron a coro Maggie y Lisa.
— ¿Regresamos a la sala?
—El desea conocer a Lisa —murmuró Maggie cuando Randy abría la puerta y Lisa
vacilaba, pero su hermana la tomó de la mano y la arrastró hasta el gran sillón.
—Señor Tremayne, ésta es Lisa —dijo Maggie colocando la mano de su hermana
en la manaza de Saxon.
Saxon podía ser encantador cuando se lo proponía, y éste era uno de esos raros
momentos.
—Estoy encantado de conocer a mi futura cuñada —dijo él con esa voz
aterciopelada que la enloquecía y con una sonrisa—. ¿Cómo es tu hermana, Maggie?
¿Como tú? ¿O es rubia?
—Es de cabellos cortos y ojos verdes y además tiene pecas —dijo Maggie
servicial—. Oh, y un lunar en la mejilla izquierda.
Saxon frunció el ceño y pareció más intimidatorio que nunca.
—Ahí se fue tu aguinaldo de Navidad, Blanca Nieves —le dijo a Maggie.
Ella rió a pesar de sí misma al verlo tan enfurecido.
—Es muy rubia. No tan alta como yo, pero tiene mejor figura que yo. Sus ojos son
verdes y tiene rasgos delicados. ¿Estás satisfecho?
—Eres muy insolente, señorita, —la acusó él.
—Sí, señor —acordó ella, guiñando un ojo a Lisa.
—Ahora entiendo por qué Lisa es azafata. Lo hace para escapar de ti.
—Ese comentario fue cruel —murmuró Maggie.
—Y probablemente cierto. Pero, ustedes deben estar cansadas por el viaje. ¿Por
qué no van a descansar un poco? —agregó él, cortés—. Madre, ¿están preparadas las
habitaciones?
—Sí, Saxon —aseguró Sandra, mostrando alivio en cada línea suave de su rostro—.
Vengan conmigo y las llevaré arriba. ¿Pido a las mucamas que te traigan algo, querido?
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Capítulo 3
—Ojalá pudiera verte —musitó él—. ¿Has cambiado en algo? ¿Estás más delgada,
más pesada? ¿Tu cabello sigue largo o te lo has hecho cortar? ¡Ven aquí!
El latigazo de su voz de mando la movilizó de inmediato. Se levantó, insegura.
—Aquí, frente a mí —gruñó él, señalando el sitio entre sus rodillas, mientras las
manazas le tomaban las piernas cubiertas por los pantalones para instigarla a obedecer.
Su roce trajo recuerdos imborrables a la memoria de Maggie. Sólo había hecho eso
cuando había sido necesario, para ayudarla a bajar del auto o para pasar por las
puertas, pero sus dedos siempre habían despertado estremecimientos helados que
recorrían su espina dorsal cada vez que los había posado sobre ella. Y jamás lo había
olvidado. Ahora, con los meses en que lo había añorado agregado a la excitación, su
corazón latió con fuerza enloquecedora cuando Saxon se inclinó hacia adelante y le
tomó la cara con sus manos grandes y fuertes.
—Esta es la única forma que tengo de verte ahora —dijo él, sosegado—. ¿Te
importa mucho, en realidad? —preguntó, gentil.
—No —susurró ella—. No, no me molesta.
—Tu voz suena insegura. ¿Tienes miedo de que te ahogue?
—No, señor —respondió ella, cerrando los ojos mientras los pulgares de Saxon los
palpaban para seguir sobre las cejas finas y descender por la nariz patricia hasta la boca
de graciosa curva y luego por el contorno del rostro oval con pómulos altos y elegantes.
Sus dedos eran ligeramente callosos, como si hubiera cabalgado últimamente, y su
tacto era deliciosamente abrasivo para el delicado cutis que rozaban. Por último, deslizó
sus manos por la corta cabellera oscura. Entonces, suspiró pesaroso.
—Te lo has hecho cortar —murmuró él.
—Yo, me molestaba —mintió ella, a sabiendas de que lo había hecho porque a él le
había agradado largo hacía tiempo.
—Recuerdo cómo se veía aquel día que caminamos por el parque —comentó él,
con aire rememorativo—. El viento lo despeinaba sin que pudieras controlarlo y yo
conseguí una cinta del vendedor de flores para que lo ataras.
—Y con ella, un ramo de violetas —agregó Maggie con nostalgia.
Ese había sido un día agridulce y extraño, el último que compartiera en armonía
antes de que apareciera el artículo en la revista.
Las manos de Saxon le apretaron el rostro.
—Déjalo crecer nuevamente —pidió él, áspero.
—Si lo prefieres... —Ella alzó la vista hasta los ojos en tinieblas y quiso llorar.
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Eran ojos sensuales, con destellos dorados que partían de sus profundidades, con
pestañas que cualquier mujer envidiaría y con pequeñas arrugas en las comisuras. Las
cejas, espesas y oscuras, daban el marco ideal y ella tuvo la tentación casi irresistible de
acariciarlas con las yemas de sus dedos.
—Aún no he terminado —aclaró él, suave, mientras parecía estudiar el rostro
prisionero con sus ojos fijos—. Quiero saber cómo cambiaste físicamente y ésta es la
única manera que me queda. ¿Te ofendería mucho que te tocara todo el cuerpo?
Maggie cerró los ojos al sentir una oleada de dolor casi físico que la atormentó.
Que esas manos fuertes y grandes le palparan el cuerpo era lo más cercano al paraíso
para ella. ¿Ofenderla?
—No —susurró, insegura—. No me... ofenderá.
El la tomó por los hombros y la levantó sosteniéndola frente a sí. Sus dedos la
soltaron y comenzaron un viaje de descubrimiento que la hizo temblar de placer. Se
deslizaron por los brazos, haciendo penetrar su calor a través de las mangas de seda del
mismo color verde de los ojos de Maggie, descubriendo que eran tan delgados como
antes. Retomaron el camino de regreso a los hombros deslizándose por ellos hasta el
cuello largo y elegante y luego descendieron hasta las clavículas.
—Eres muy delgada —dijo él, gentil, descansando las manos en el borde del escote
en V de la blusa.
—Yo, yo siempre pierdo peso en el otoño —balbuceó ella.
— ¿De veras? —Sus dedos volvieron a moverse ahora hacia abajo, por la parte
superior de los declives suaves de los senos. Entonces, percibió la rigidez y el sobresalto
que la invadían al sentir la permanencia de esas manos sobre el comienzo de las
delicadas curvas sensibles.— Sé que es íntimo —acotó él frunciendo el ceño mientras
sus dedos trazaban dibujos pequeñísimos a través de la tela fina y del delicado encaje
del sostén que se notaba abajo—. Y tú no estás acostumbrada a dejar que un hombre te
toque de esta manera, ¿no es así?
Sin esperar una respuesta, él deslizó las manos por los altos pechos, luego por el
talle hasta la cintura y por último por los muslos de Maggie.
—Eres tan delgada que me destrozas el corazón —continuó él con una voz que la
desconcertó—. ¿Cenaste?
—Sí, señor —le respondió.
—De ahora en adelante, asegúrate de tomar un buen desayuno y no escatimes el
almuerzo. Si llego a descubrir que has estado salteando comidas, te alimentaré yo
mismo. ¿Está bien claro?
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centavo... en tanto yo fuera valioso como noticia—agregó, con súbita amargura y por un
instante, sus manos la apretaron con crueldad.
—Saxon, yo no te traicioné —murmuró entre dientes apretados por el dolor que
le infligían los dedos de hierro—. ¡No lo hice!
La boca de Saxon le aplastó los labios encontrándolos a ciegas, por instinto. La
presión irresistible los lastimaba mientras él saciaba sus añoranzas en los labios tersos y
tiernos, retorciéndolos entre los dientes con tanta violencia que logró cortarlos y Maggie
lanzó un grito ahogado. Era como ser zarandeada contra las rocas por olas turbulentas;
él era brutal en su trato. Los ojos de Maggie se cuajaron de lágrimas. Dieciocho meses
atrás ella lo había deseado con una pasión arrolladora que la hubiera entregado a sus
brazos a pesar de la educación casi monacal que recibiera. Lo hubiera hecho por amor.
Pero esto era todo lo contrario a sus idealizaciones de aquella época; ésta era una
experiencia que no se basaba en el ardor pasional.
Como si él intuyera las lágrimas, alzó la cabeza oscura y frunció el ceño. Su
corazón latía alocado contra su pecho y su aliento era entrecortado.
— ¿Te estoy lastimando? —preguntó él, seco.
Maggie lamió la herida del labio y consiguió serenar su propia respiración.
—Por favor, déjame ir —rogó ella con la garganta cerrada.
Saxon aflojó la presión de sus poderosas manos y murmuró algo entre dientes. Sus
ojos ciegos vagaron por la habitación, inquietos.
— Sentí sabor a sangre en tu boca —dijo él, lento—. ¿Estás bien?
Ella tragó saliva, nerviosa.
—F-fue sólo... un corte. Ahora estoy muy bien. Saxon, suéltame, ¡por favor!
—Solía preguntarme cómo sería besar esa boca hermosa —dijo él, tierno—.
Aunque no quería que fuese así. No pelees —agregó él, sujetándola sin esfuerzo—.
Deja que pruebe tu boca una vez más. Permíteme... disculparme y reparar el daño —
murmuró, inclinándose.
Esta vez su boca fue exquisitamente gentil, frotándose contra los labios heridos con
una presión ligera y sutil que más parecía el beso de un niño. Los brazos enormes la
rodeaban tragándola como el agua tibia del baño, tentándola a relajarse, a permitirle su
roce para que se suavizara y se fundiera en él.
—Sabes como una virgen —susurró él al tiempo que la apretaba más contra su
cuerpo y sus labios sonreían contra los suyos—. ¿Lo eres?
— ¿Y tú?—replicó ella con el poco coraje que pudo reunir.
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Capítulo 4
acordes con su figura imponente. Necesitaría habilidad, astucia y cariño para hacerlo
poner de pie nuevamente.
—Estás muy callada, señorita Reportera —le dijo Saxon de repente logrando que
los demás se callaran y dejaran de hablar sobre las montañas cercanas y la belleza
arrogante del otoño en esta época del mes.
— ¿De veras? —Preguntó Maggie—. Me preguntaba si te gustaría dar un paseo en
auto por las montañas un día de estos.
El rostro de Saxon se ensombreció mientras sus ojos despedían llamas de fuego.
— ¿Para qué? —inquirió él, tajante—. ¿Esperas que mis ojos se curen
milagrosamente?
—No tienes que ver para admirar y apreciar la belleza —respondió ella mientras
escrutaba su semblante—. Por supuesto, si prefieres esconderte aquí adentro...
— ¿Esconderme? —explotó él y su madre sofocó una sonrisa.
—Bien, ¿cómo lo llamarías? —quiso saber Maggie, razonando con él—. Tú nunca
sales de la casa, ¿no es así?
El se revolvió, enojado, en el asiento que apenas contenía su formidable figura
—No dejaré que me lleven de un lado a otro como si fuera una criatura idiota —
dijo él, orgulloso.
—No será así —prometió ella—. ¿Sabes?, deberías sentirte halagado. Yo no ofrezco
mi compañía a cualquiera y ciertamente, no suelo llevar a hombres a dar un paseo en
auto todos los días.
La broma pareció atravesar la coraza que lo protegía. Frunció los labios carnosos y
alzó una ceja y la miró con expresión confundida.
— ¿Cómo puedo estar seguro de que puedes conducir en esos caminos?
—No puedes —acordó ella y rió—. Lo único que puedes hacer es confiar en que no
deseo matarte. Además, yo también estaré dentro del auto. Tendré que ser cuidadosa.
Saxon inhaló con fuerza.
—Está bien. Mañana por la mañana, si no llueve.
— ¿Qué hay de malo con la lluvia? ¿Te disuelves al mojarte?
El alzó una ceja.
—No seas tan presumida, señorita —murmuró él con un brillo extraño en los ojos
ciegos—. Yo sé muy bien lo que a ti te disuelve, ¿o no lo recuerdas?
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Maggie bebió el aroma dulzón y fresco del aire otoñal mientras sus ojos se
extasiaban en los árboles distantes que cubrían las laderas de las Blue Ridge Mountains.
—Eso parece ser todo lo que tú deseas —replicó ella.
—Demonios si lo es —murmuró él buscando la mano de Maggie hasta encontrarla.
Entrelazó los dedos con los de ella y se reclinó con un suspiro de pesar—. Te extrañé.
— ¿Es cierto?
Ella alzó los ojos hacia el semblante de facciones recias y sintió que algo en su
interior se derretía. Deseaba admitir cuánto lo había extrañado, pero podría convertirse
en un arma en manos de Saxon en contra suya y aún no sabía hasta dónde podía confiar
en él ya que sus cambios de humor eran demasiado súbitos e impredecibles.
Saxon rió con risa seca.
—No me crees, ¿verdad? ¿Qué sucede, cariño? ¿Crees que busco tus debilidades
antes de atacar?
— ¿Y no es así? —replicó ella.
El alzó los hombros anchos en gesto desdeñoso y le soltó la mano para encender
un cigarrillo. Fumó unos minutos con el ceño fruncido.
—Al principio te culpé de todo —admitió él—. ¡Por todos los infiernos! jamás
había odiado a nadie como a ti. No esperaba esa clase de traición de parte tuya. Creía
que estábamos cerca del comienzo de algo muy... de una relación muy distinta de la que
habíamos tenido hasta ese momento.
Ella cerró los ojos. Ella había creído lo mismo. El día anterior a la salida de la
revista que llevaba la nota de la discordia, había habido un momento muy especial en
que ambos se habían mirado a los ojos dejando de lado los disfraces y las mentiras;
cuando la mirada de cada uno había mostrado todos los mismos deseos terribles, la
necesidad que ambos sentían de transformarlos en ciega pasión devastadora si la puerta
de su oficina no se hubiera abierto de repente para dar paso a un joven ejecutivo.
— ¿Llegará el día en que me creas? —preguntó ella casi sin aliento.
—Estoy ciego —recalcó él y aspiró con fuerza el humo del cigarrillo—. ¿Tienes
idea de lo que es vivir sin el sol, vivir en las sombras, depender de la gente? Es algo que
jamás me había ocurrido antes y yo no... —Cortó el chorro de palabras para volver a
fumar con ansias. — Yo no lo soporto y no puedo bastarme por mí mismo —admitió
él a regañadientes—. Algunas veces, de noche, el dolor es insufrible. No puedo dormir,
así que me quedo tendido en la cama, despierto y cavilo. No puedo dirigir la compañía
de esta manera, no sin mis ojos, así que todo el peso recae sobre Randy que no tiene la
edad suficiente ni la experiencia necesaria para hacerlo solo.
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—No han faltado —admitió ella. Alzó el rostro con una sonrisa y entonces
comprendió que era una sonrisa que él no podía observar, aunque se oía en su voz—.
Todavía —agregó ella, con picardía.
Saxon no sonrió. Los dedos volvieron a recorrer las delicadas facciones con una
tenue caricia.
—Te deseo —dijo él en voz baja y sus palabras fueron más fuertes por su misma
suavidad—. Quiero que la primera vez sea conmigo.
Maggie se sofocó.
— ¿Por qué? —preguntó hundiéndose en las caricias de sus manos y en la dulzura
de sus palabras.
—Porque algún idiota descuidado podría lastimarte. Yo no lo haría. —Se inclinó y
frotó las mejillas ásperas contra las de Maggie lentamente y con toda la sensualidad de
la que era capaz, mientras su aliento le acariciaba lo oreja. — Jamás le he hecho el amor
a una virgen —susurró a su oído—. Y nunca lo había deseado hasta ahora. ¿Sabes acaso
qué valor incalculable posees?
Maggie contrajo los dedos detrás de la cabeza de Saxon. Deseaba desperezarse
como un gato, mover su cuerpo sinuosamente contra el suyo y de repente comprendió
que sus ansias eran levemente chocantes para ella misma. Apenas si podía respirar por
los latidos enloquecidos de su corazón.
— ¿Esto es parte del plan? —No supo cómo pudo hablar y se odió por hacerlo de
este modo, pero se debilitaba y no se atrevía a permitírselo. — ¿Es parte del plan para
hacerme pagar por lo que tú crees que hice?
El cuerpo de Saxon se petrificó. Respiró profundamente y se alejó del lado de
Maggie. La antigua rigidez volvió a posesionarse de sus facciones; la ternura se había
desvanecido de los ojos oscuros.
—Eres mordaz, ¿no es así? —Preguntó entrecerrando los ojos—. De ahora en
adelante deberé ser más cauto contigo.
—No harás que caiga de rodillas frente a ti, señor Tremayne —replicó ella,
alejándose—. Pero si quieres, puedes intentarlo.
— ¿Crees que no podría, cariño? —Inquirió él alzando la ceja—. Esto sólo ha sido
una pequeña escaramuza. Aún queda la batalla por librar, y tú estarás cerca de mí por
un rato largo.
—Solamente por un par de semanas —respondió ella, firme—. Yo también tengo
un empleo que cuidar y que no me esperará indefinidamente.
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—Con más razón debes volver a ponerte de pie —dijo ella con una carcajada—.
Ahora, ¿qué te parece si damos unas cuantas vueltas por el jardín y así te enseño a no
pisar las raíces sobresalientes de los robles?
El alzó, orgulloso, la cabeza.
— Sería muy propio de ti hacerme ir de bruces contra el maldito árbol.
— ¿Quién, yo? —preguntó ella, con aire inocente.
—Sí, tú, Blanca Nieves —replicó él—, Pero será mejor que tengas algo bien
presente antes de llevarme de paseo.
— ¿A qué te refieres? —preguntó al tiempo que lo hacía poner de pie.
—Si caigo, caeré sobre ti.
Ella se quedó mirando la mole de su cuerpo y suspiró con gesto teatral.
—Oh, caramba, será mejor que me asegure de que eso no ocurra. Sólo seré una
pequeña mancha chata de color sobre el suelo, ¿verdad?
—Si caemos —murmuró él, inclinándose—, pensaré en muchas otras cosas menos
en dejarte chata sobre el suelo.
—Bueno, no te preguntaré qué cosas —prometió ella tomándolo de la mano—. Soy
una buena niña, lo soy, y ¡no permitiré que ningún ricachón lascivo me lleve por mal
camino!
El rió a carcajadas mientras Maggie lo ayudaba a bajar por los peldaños. Al menos
era un comienzo.
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Capítulo 5
Horas más tarde, en el dormitorio de la planta alta que habían asignado a Maggie
para todo el tiempo que deseara permanecer en la casa, ella y Lisa conversaban después
de haberse cambiado de ropa para la cena.
—Pensé que te irías inmediatamente —dijo Lisa, riendo al observar a su hermana
mayor.
Maggie tenía un hermoso vestido verde esmeralda que hacía juego con sus ojos.
—No eras la única —confesó Maggie—. Jamás tuve sobresalto más fuerte que éste.
Creí que no me recuperaría. Cuando Randy mencionó que su hermano mayor era Saxon
Tremayne estuve completamente segura de que mi vida llegaba a su fin.
—Es maravilloso, ¿no te parece? —murmuró Lisa sorpresivamente.
— ¿Quién, Randy? —fue la réplica de Maggie.
—Sabes muy bien que me refiero a Saxon —dijo Lisa frunciendo los labios.
Maggie bajó la vista a la alfombra blanca que hacía resaltar el azul intenso de la
colcha que cubría la enorme cama con dosel y los pesados cortinados de las ventanas
que hacían juego.
—Creía que me odiaba. Aún no estoy muy segura de que no sienta resentimiento
contra mí. Toda esta palabrería sobre la necesidad de que lo ayude a restablecerse, bien
podría ser una máscara, algo para entretenerme hasta que planee su venganza.
—Si la forma en que se aferraba a tu mano es indicativa de algo, desearía que
Randy me odiara así.
Maggie sonrió.
—Se estaba asegurando de que yo también sufriera las consecuencias si lo hacía
chocar contra una pared. Ya ves. ¿Qué haré con respecto a mi empleo? Sabes muy
bien que el diario no podrá aceptar mi ausencia durante dos semanas.
—Nadie es imprescindible en este mundo —le recordó su hermana—. Tendrían
que arreglarse sin ti si te murieras. Además, tengo el presentimiento de que el señor
Tremayne ya se ha hecho cargo de eso.
Maggie se estremeció.
—Jamás pensé que lo tomara de esta manera —comentó ella, preocupada—. Lisa,
¿qué debo pensar? ¿Habré sido la culpable? ¿Y qué pasará si no recupera la vista?
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—No sigas —le pidió su hermana tocándole el brazo con cariño—. Todo lo que
debes hacer es concentrar tus esfuerzos en ayudarlo a recuperar la confianza en sí
mismo. Y si lo amas tanto como yo creo, no será demasiado difícil para ti, ¿verdad?
Maggie se puso de pie con un suspiro.
—Sé lo que siento —confesó ella—. Lo que me mantendrá despierta por las noches,
es lo que él siente por mí. Sin embargo, no me preocuparé por el momento. Bajaremos a
cenar y luego intentaré vivir cada día como se presente.
—Es una solución muy práctica, si quieres saber mi opinión—replicó Lisa,
divertida.
Empero, Maggie no se sentía práctica. Se sentía confundida, hambrienta y
atemorizada. Mientras cenaba al lado de Saxon en la mesa larga debajo de la gran araña
de cristal, sintió el impulso casi irresistible de levantarse y echar a correr.
Sin embargo, tuvo que reconocer que Saxon era el hombre más sensual que había
conocido. Los músculos bien trabajados estaban recubiertos por vello oscuro, cuya
sombra se traslucía por la fina tela de la camisa. Maggie jamás lo había visto sin esa
prenda, mas, de repente tuvo conciencia de que lo deseaba con toda su alma. Anhelaba
tocarlo...
Azorada ante la fuerza de su propio deseo, se dedicó con atención a la comida para
ocultar los ojos que él no podía ver.
—Estás muy callada, Maggie —murmuró él, gentil.
Ella alzó la vista, nerviosa, y sonrió olvidando por un instante que él no la veía.
—Estoy muy ocupada con esta comida deliciosa —mintió ella y agregó en silencio,
«que bien podría ser cartón de acuerdo con lo me dicen mis papilas gustativas».
Saxon inclinó la cabeza a un lado con una expresión divertida en sus ojos oscuros.
— ¿Estás segura?
—Entonces, ¿qué supones que me sucede? —preguntó ella revirtiendo la
situación—. ¿Piensas que estoy aquí soñando despierta contigo?
Saxon echó atrás la cabeza y lanzó una estentórea carcajada. Sandra y Randy lo
observaron, estupefactos. Aparentemente, la risa era algo muy raro en ese hombre
moreno desde que le sucediera el accidente.
— ¿Lo estás? —preguntó él—. Quiero decir, ¿soñando despierta?
— Si de veras quieres saberlo, estoy preocupada pensando qué haré si se te llega a
ocurrir conducir el auto cuando salgamos a la mañana.
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La respuesta provocó la risa de todos los presentes y terminó con el tema primitivo
de la pregunta.
Ella lo observó detenidamente. El sólo pensar en estar tan cerca de él la dejaba sin
aliento. Casi podía sentir el calor y la fuerza de sus poderosos músculos contra ella.
—Seguro —le contestó—. Y si te caes, ¡me arrastrarás en tu caída y me aplastarás!
Saxon dirigió la mirada vacía en dirección de la voz con el rostro tenso de
facciones sensuales como la voz con la que le respondió.
—Me encantaría aplastarte. Tenerte debajo de mi cuerpo. Pero a todo tu cuerpo.
Maggie sintió el rubor que coloreaba sus mejillas y levantó el pocillo de café a los
labios como para ocultarse. No se atrevía a insistir en esa línea de conversación ni por
todo el oro del mundo.
— ¿No deseas jugar? —murmuró él con una sonrisa maliciosa—. Ya veremos qué
pasa. Termina tu desayuno, cariño. Debemos cubrir mucho terreno hoy.
Ella se inclinó hacia adelante.
— ¿Adonde iremos... además de dar un paseo?
—A mi oficina —replicó él con un suspiro.
Ella sonrió en secreto. Ese sería el paso más importante que diera desde el
accidente y ella no podía dejar de sentirse orgullosa por haber influido en Saxon.
Cuando terminaron de desayunar, ella lo tomó del brazo y lo guió hasta donde
estaban guardados los autos de la familia.
Adentro se encontraban un Mercedes, un Fiat y un gran Lincoln negro.
— ¿Cuál es el tuyo? —preguntó ella, insegura.
—Adivina.
Maggie estudió el rostro orgulloso.
—El Lincoln.
Saxon alzó una ceja y sonrió.
— ¿Debo sentirme halagado por conocer mis gustos?
Ella rió.
—No lo sé.
Él le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo contra sí.
—Yo necesito un auto grande, cariño. Mi físico es demasiado voluminoso y debo
entrar cómodamente.
Maggie lo codeó jugando.
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—Doy fe —acordó ella, tironeándolo hacía el auto—. Bien, sólo espero no arrancar
los guardabarros al sacarlo de aquí. Yo conduzco un Volkswagen, ¿sabes?
—Mi Dios —exclamó él, riendo—. Sí que tendrás que hacer algunos ajustes para
conducir este monstruo. Confiaré en ti, a pesar de todo, Maggie. Al menos con el auto
—agregó él en voz tan baja y con un doble sentido que la irritó.
Saxon se detuvo cuando ella trataba de acomodarlo en el asiento delantero al lado
del conductor. Posó las manazas sobre los hombros de Maggie y las dejó deslizar hasta
la cintura estremeciéndola de placer sensual al hacerlo.
—Un minuto, Maggie. ¿Qué llevas puesto? Descríbemelo.
Ella lo hizo, pero con voz forzada por el súbito e imprevisto contacto con las
manos de Saxon que seguían sosteniéndola. De pronto, Maggie se dio cuenta de que
sus cuerpos se rozaban en toda su longitud,
—¿Qué clase de suéter es? —preguntó él al tiempo que levantaba las manos hasta
el borde del escote en V y seguía su contorno con el dedo índice—. ¡Qué cutis suave
tienes! —Comentó, cortés. El dedo inquisitivo se introdujo debajo del escote para
delinear la curva del seno—. Muy, muy suave.
Ella aprisionó los dedos intrusos entre los suyos.
—Vergüenza debería darte —le dijo, sofocada.
Saxon echó a reír.
— ¿Te has ruborizado? Lamento no poder verte Maggie. Apuesto que tus ojos
están poniéndote en evidencia en este preciso momento. —Su rostro se tornó triste y la
soltó con un suspiro. — Será mejor que nos pongamos en marcha.
Ella se alejó de su lado sintiéndose al mismo tiempo aliviada y decepcionada. Si
sólo pudiera confiar en que él no la heriría... Empero, aún no sabía si lo que lo
impulsaba era la venganza o el deseo, y hasta que lo descubriera, no se atrevía a dejarlo
acercar demasiado.
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Capítulo 6
La parte occidental de Carolina del Sur era en casi toda su extensión, parte de las
estribaciones de las magníficas Blue Ridge Mountains. Ahora, con un otoño que las
pintaba como una paleta multicolor, la vista era tan extraordinaria que la ceguera de
Saxon era casi agresiva.
—Es una mañana bastante fresca —recalcó él con los ojos fijos en el camino por el
que conducía Maggie.
—Sí, estoy de acuerdo. Saxon, ojalá pudieras ver las montañas —dijo ella, triste—.
Se ven como si un pintor loco y sobreexcitado le hubiera lanzado todos los colores de su
paleta: oro, rojo, anaranjado y ámbar, con la punta de su pincel.
Saxon curvó sus labios en una sonrisa amplia.
—Lo haces muy bien... la descripción, digo. ¿Dónde estamos?
Le nombró la autopista.
—Es muy extensa y en este momento no hay mucho tránsito. Las montañas están
adelante, bastante lejos y vamos por lo que alguna vez fueron colinas. Las laderas están
cubiertas de hierba del amor.
— ¿Hierba del amor? —preguntó él, asombrado.
—De veras, se llama así —dijo ella riendo, feliz—. Los ecologistas estatales de
Georgia lo siembran para evitar la erosión de las tierras en las costas altas, exactamente
igual a las defensas rocosas en los lechos de los arroyos para impedir que a las costas se
las lleve el agua.
—Entonces, debemos estar cerca de Jarrettsville ahora —apuntó él para cambiar—
de tema.
—Justo detrás de la colina —acordó Maggie observando la pequeña ciudad que
aparecía ante su vista con el telón de fondo de las montañas multicolores—. Es más
grande de lo que la recordaba —murmuró ella—. Pero tan adorable cómo siempre.
—Siempre la consideré así. No es tan grande como Anderson o Spartanburg o
Greenville, pero aun así es un formidable centro textil.
—Tu corporación es el miembro más destacado, si mal no recuerdo —acotó ella
con una sonrisa.
—Empezamos con algo muy pequeño —le contó Saxon—. Pero aún seguimos
creciendo a pesar de la economía. ¿Dónde estamos?
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Maggie se lo dijo.
—Si la memoria no me falla, creo que aquí giramos a la derecha.
—Sí, y después a la izquierda.
—Pero, ¿ese camino no conduce a la parte posterior de la planta?
—Va directo al centro de cómputos —respondió él—. Allí es donde está mi oficina
principal. Nunca estuviste allí.
Ella siguió sus indicaciones en silencio, rumiando acerca de ese período de su vida
que había concluido en semejante tragedia. Rememoró varias visitas a las gigantescas
hilanderías de la Corporación Tremayne, pero por algún motivo desconocido para ella,
el centro de cómputos jamás había figurado en su agenda. En aquel momento, ella y
Saxon estaban más interesados en las terminales de producción. Varias veces él había
mencionado el sitio donde estaba localizado el centro nervioso de la corporación, pero
ella no se había interesado demasiado. Había estado mucho más interesada en el
hombre mismo y el departamento de publicidad la había muñido de todas las fotos de
la operación que ella podía necesitar para la desastrosa nota.
Maggie estacionó el automóvil cerca de la entrada al centro de cómputos y apagó
el motor. Empero, cuando trató de salir, observó que Saxon continuaba rígidamente
sentado en su asiento con los ojos sin vida fijos en el camino bajo el ceño fruncido.
— ¿Entramos? —preguntó ella, suave.
El inhaló con fuerza e impaciencia.
—No sé si esto es una buena idea.
— ¿Por qué no? —Maggie lo observó con suspicacia—. ¿Acaso tienes miedo de que
las empleadas desfallezcan y se desmayen al tropezar contigo?
Saxon se sorprendió por un instante y luego lanzó una alegre carcajada que le
borró las líneas tensas del rostro.
—Dios, eres excelente para mi ego —comentó él.
—Siempre. Ahora, ¿salimos o prefieres permanecer aquí sentado, cavilando por el
resto de la mañana? Imagínate lo que podrían pensar de nosotros si alguno de tus
ejecutivos se asomara y nos viera en esta actitud tan sospechosa.
—Umm, no me parece que pueda ser sospechosa —murmuro él y antes de que
Maggie comprendiera lo que planeaba, él la tomó en sus brazos y la sentó sobre sus
rodillas.
—Saxon... —susurró, sobresaltada.
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El rostro varonil era sobrio, indescifrable, mientras los cálidos dedos la recorrían
dejándose estar en la suave curva de los labios.
— ¿Te sientes nerviosa? No tienes motivos. ¿Qué podría hacerte en este sitio?
— ¿Quieres que te escriba una lista? Es mejor que entremos. ¿Vamos?
—No quiero entrar todavía. —Le alzó el rostro por el mentón con la yema de sus
dedos para que ella sintiera su aliento cálido y aromado con tabaco sobre los labios. —
¡Podría comerte! —apuntó él finalmente.
Maggie sintió la fuerte presión de la boca ansiosa sobre sus labios con un dolor
salvaje en los lugares más improbables. Ni siquiera intentó resistirse. Las caricias de
Saxon la excitaban tanto o más que el mejor vino añejo. Su cuerpo se dejó alzar en los
poderosos brazos como si fuera lo más natural del mundo. Por todos los santos, jamás
había querido a alguien como amaba a Saxon. Ni siquiera a los miembros de su familia.
El era la luz de su existencia y le resultaba absolutamente imposible negarlo. Ciego o
no, él seguía siendo Saxon.
Le devolvió el beso con pasión, rodeó su cuello con los brazos y se aferró a él.
Maggie podía sentir su respiración entrecortada, percibir la sed insaciable que lo
consumía al presionar las caderas contra las suyas con movimientos ondulantes.
— ¡Oh! —Maggie exhaló el aliento dentro de la boca de Saxon al sentir una
intimidad a la que no estaba acostumbrada.
El percibió el tenue sonido de la exclamación y sonrió, comprensivo. Su mano
presionó más la base de la espina dorsal de Maggie y levantó su cabeza para estar alerta
al más mínimo sonido o al más ligero movimiento.
—Caramba, Maggie, ¿pensabas que la ceguera me había dejado impotente? —
preguntó él con descaro.
Ella luchó por levantarse y alejarse de su lado, pero con la íntima convicción de
que jamás lo lograría a menos que él lo permitiera. El continuaba sentado y orgulloso de
sí mismo. Ella lo fulminó con la mirada que partía de un rostro enrojecido por el pudor,
mientras él reía en voz baja.
— ¿Quieres callarte? —gruñó ella mientras seguía luchando para establecer un
poco de orden en su apariencia mirándose en el espejo retrovisor, e incómoda por la
visión de deseo que aún veía en el rostro de Saxon y que hacía juego con el que ella
misma sintiera hacía un segundo por primera vez en su vida.
—No puedo remediarlo. No estoy acostumbrado a tratar con vírgenes nerviosas.
Es... embriagador.
—Yo no estoy nerviosa —negó ella enseguida.
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—Bien —insistió Saxon. Se puso de pie con la mano apoyada sobre el escritorio—.
¿Maggie?
Ella lanzó rayos por los ojos.
—Te he repetido hasta el cansancio que yo no escribí esa nota —dijo ella, furiosa—.
¿Qué debo hacer para convencerte?
Saxon pareció relajarse aunque muy poco.
— ¡Ven aquí!
—Debemos irnos...
—Al diablo con todo. ¿Quieres venir de una vez? —masculló él—. ¡Maggie, no
hagas que me tropiece con todos los muebles tratando de encontrarte!
Ella vaciló, pero sólo por un instante. No deseaba humillarlo por nada del mundo.
Se adelantó un poco.
El sintió el calor de su cuerpo antes de que ella se acercara demasiado, porque
estiró los brazos y la tomó por los hombros, atrayéndola contra sí.
—Desde un principio te dije que tendía a volverme impaciente y con mal humor —
le dijo con voz tierna—. Y no será más fácil cuando me ataquen los dolores de cabeza.
Así que si decides romper el acuerdo y regresar a tu casa, yo no te detendré.
Esta declaración la asombró. No parecía provenir de un hombre vengativo. Lo
miró a los ojos vacíos con el corazón a flor de piel... y todos sus rencores se
desvanecieron en el aire. No era justo que él socavara su resistencia de esta manera, sólo
con mostrarse humilde.
Suspiró.
—Yo también tengo mi genio y lo pierdo muy a menudo. ¿No sería preferible que
nos fuéramos de aquí? —murmuró ella.
Él le apretó la frente contra su pecho mientras lanzaba un suspiro, y la abrazaba
con cariño hamacándola en sus brazos y apoyaba la mejilla sobre la cabellera oscura de
Maggie.
—Sopórtame un poco —le susurró él al oído—. Hago lo más que puedo para no
herirte.
Era toda una confesión para el hombre orgulloso, rígido e inflexible que ella
recordaba. Estaba plenamente segura de que él nunca se disculpaba con nadie.
—Dijo el lobo a la oveja —dijo ella entre risas.
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—También tienes dientes para morder —le recordó él, riendo. La apretó más
contra su cuerpo antes de soltarla—. No durarías mucho a mi lado si fueras uno de esos
angelitos compasivos y tiernos que muchas madres esperan que sean sus hijas. Vamos a
casa, cariño. Necesito encontrar a Randy y discutir algunas tácticas con él.
—Tú eres el jefe. —Le tomó la mano para guiarlo a la puerta.
Tabby los encontró en la oficina exterior.
— ¿Desea que le envuelva algunos de estos problemitas molestos y se los doy para
que los lleve a su casa, jefe? —preguntó Tabby, picara.
— ¿Qué clase de problemitas son esos?
—Bien, por ejemplo, está la máquina expendedora de bebidas gaseosas que se
disfraza de tragamonedas. Está la máquina de café que da café pero no da vasos. Está el
encargado de reparar la computadora que promete venir un lunes y ni apareció hoy que
es viernes. También el vendedor de repuestos que no quiere escucharme cuando le digo
y le repito que hemos contratado a otro proveedor. Están las tres muchachas que no
saben coser, pero que quieren dos veces el sueldo que le pagamos a los operarios de
producción...
— ¡Sácame de aquí de una buena vez! —estalló Saxon en dirección a Maggie—.
Encárgate tú, Tabby —le gritó por encima del hombro.
La pelirroja le sacó la lengua al verlos salir del edificio.
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Capítulo 7
— ¿Adónde vamos ahora? —preguntó Maggie una vez que estuvieron de nuevo
en el auto.
—Eso depende de ti, cariño. Tú eres la que conduce —respondió él con una
sonrisa.
— ¿Te gustaría subir a las montañas y hacer un picnic? —sugirió ella con una
sensación de regocijo que la impulsaba a la aventura—. Podríamos detenernos en algún
sitio y comprar un poco de queso, galletas y algunos pastelitos dulces.
— ¿La infancia revivida? —bromeó él.
—Algo por el estilo —admitió Maggie—. Lisa y yo solíamos ir de pesca con
nuestro padre y siempre nos deteníamos en alguna pequeña tienda campestre para
comprar provisiones. Casi me había olvidado lo divertido que era.
—Yo, en cambio, no he ido de pesca desde que tenía doce años —recordó él.
— ¿Qué haces para divertirte y descansar cuando no estás matándote con el
trabajo? —inquirió ella después de hacer arrancar el motor y haberlo conducido hasta la
autopista.
—La corporación ha sido mi vocación y mi pasatiempo favorito por muchos años,
Maggie —respondió él, sereno. Buscó un cigarrillo en los bolsillos y lo encendió con
desenvoltura—. No he tenido tiempo para nada más.
—Me parece bastante limitado —observó ella.
— ¿De veras? ¿Qué haces tú cuando no estás trabajando en el diario?
Maggie lanzó un suspiro.
—No mucho, debo confesar. Sólo tenemos dos reporteros y el otro trabaja por
horas, después de la escuela. Yo estoy disponible las veinticuatro horas del día. Si algo
sucede, se supone que yo debo cubrirlo sin importar la hora que sea.
—Eso no me parece muy seguro —remarcó él—. ¿Qué pasaría si hubiera un robo
nocturno?
—Tomaría mi cámara e iría —contestó ella, simplemente—. Es parte del trabajo.
Las noticias no se toman vacaciones.
—Ciega dedicación al trabajo, según parece —se burló él.
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—Somos los ojos y los oídos del público —argumentó ella, caldeándose para la
batalla—. Escribimos la historia mientras se va haciendo. ¿Quién va a registrar los
hechos importantes y sobresalientes si no lo hacemos nosotros?
—No puedo ver muy bien la diferencia que hará en la historia si no se registra un
robo en una pequeña población para la posteridad —respondió él—. ¿Importa
realmente que consignes los hechos a la medianoche y no a las siete de la mañana del
día siguiente?
Maggie respiró hondo para calmarse.
—Oh, tú no lo comprendes en absoluto.
—Nunca lo hice. Tú le entregas un ciento diez por ciento a tu trabajo, y ¿a quién le
interesa? Decididamente, no a la gente que lee las noticias. Conocían todos los hechos
antes de que el diario fuera a la imprenta. Sólo lo leen para saber a quién han arrestado.
—Simplificas demasiado las cosas.
—No, en absoluto. Tú exageras la importancia de lo que haces. He notado la
misma actitud en todos los periodistas dedicados y tesoneros —continuó él—. Ellos ven
su trabajo como una suerte de Santo Grial, pero no es más que una columna de chismes
glorificada al máximo, que la mayoría de las veces causa más problemas de los que
resuelve. He visto grupos que desfilan para beneficio de las cámaras de televisión.
—Nosotros hacemos muchísimo bien —musitó ella al tiempo que tomaba una
curva.
—Nómbrame alguno —la retó.
—Muy bien, lo haré
E inmediatamente comenzó a ametrallarlo con los proyectos que había llevado a
cabo su diario: programas para beneficio de los necesitados, los sin hogar, los ancianos,
los menos privilegiados, los ignorantes, los desolados y acongojados, los ciegos, los
estafados y embaucados, los impedidos, y sólo cuando se tomó un respiro para
continuar fue que Saxon lo impidió levantando una mano y riendo divertido.
—De acuerdo, de acuerdo. Ya me hago cargo —admitió él—. Quizás los diarios de
las pequeñas localidades logren más cosas que los otros y no soy yo quién para decir
que haces un poco de bien. Pero —agregó—, ¿se terminará el mundo si abandonas tu
trabajo?
Maggie quedó pensativa por unos momentos.
—No para los subscriptores del diario —confesó ella—. Porque siempre hay
alguien que puede reemplazarte en el personal del diario, y probablemente hacer una
tarea mejor de la que tú has realizado. Sin embargo, no sé si yo podría vivir sin él.
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— ¿Por qué no? —Saxon alzó la cabeza como si la respuesta fuera de vital
importancia para él.
—No es un trabajo aburrido —respondió ella—. Siempre está sucediendo algo
distinto, ya sea un proyecto que tú sigues o una gran historia que comienza a salir a la
luz después de haber estado en secreto por largo tiempo. No puedes aburrirte porque
no tienes tiempo. —Se le iluminó la cara con los recuerdos. — Te acostumbras a golpear
a las puertas de lugares en los que no podrías entrar si fueras un ciudadano común.
Conoces gente extraordinaria, haces cosas excitantes... Lo adoro —concluyó ella—. Es...
todo.
—Un hombre debe ser eso para una mujer —replicó él en voz baja.
—Ningún hombre será jamás todo para mí —adujo ella dirigiendo el auto hacia
una carretera que los llevaba a las montañas.
—Yo no estaría tan seguro al respecto, si fuera tú —le aconsejó Saxon—. La
mayoría de las veces debemos reconocer que no somos tan autosuficientes como
tratamos de auto convencernos.
— ¿Hablas por experiencia personal? —desafió ella.
—Sí —admitió él para sorpresa de Maggie—. Jamás pensé que viviría para ver el
día en que debía conformarme con ser guiado de la mano como una criatura, Maggie.
Hubiera apostado dinero y del grande, a que nunca podría ocurrirme eso.
—No siempre será así para ti —lo consoló ella con más convicción de la que
realmente sentía.
— ¿Estás segura? —El rió con amargura. — Eso no es lo que me dijo el cirujano.
—Las circunstancias pueden cambiar —le recordó Maggie.
—Algún día, las ballenas podrán conducir automóviles —se mofó él.
—Saxon...
—No sigamos, cariño. Dime dónde estamos.
No seguiría discutiendo más el tema, eso era obvio. Maggie suspiró, fatigada, por
el duelo verbal.
—Nos dirigimos a las afueras de Jarrettsville en dirección oeste, pero veo una
autopista que arranca a nuestra izquierda y que cruza el Tiger River. ¿Por cuál de las
dos tomo?
—Sigue derecho. Ya debemos estar en las estribaciones de la cadena de la Blue
Ridge Mountain.
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—Por cierto —rió ella al observar el terreno montañoso, el campo abierto y las
cabañas aisladas que descansaban en las laderas entre un follaje glorioso.
Saxon nombró dos autopistas y agregó:
—Donde ambas se cruzan, toma el camino de la izquierda y sigue tres o cuatro
kilómetros hasta encontrar una pequeña tienda campestre sobre la derecha del camino.
Podemos detenernos allí y conseguir algunas provisiones.
—Tienes muy buena memoria.
—Hago lo posible. ¿Estás familiarizada con los caminos de montañas? ¿Has
conducido por ellos?
—No tanto como me gustaría —admitió ella—. Pero no me dejaré vencer por el
pánico si los frenos se calientan y comienzan a chirriar. He conducido en las montañas
de Georgia por los alrededores de Blairsville y Hiawassee. ¡Y puedes creerme, es un
buen entrenamiento!
—Comprendo lo que dices. Las curvas son un verdadero reto.
El rostro de Saxon se ensombreció y Maggie supo que recordaba sus tiempos de
corredor.
— ¿Te gustaría escuchar las noticias? —preguntó ella y antes de que Saxon se
negara, encendió la radio agradecida de la distracción que les proporcionaba, evitando
así que él continuara con sus cavilaciones.
Minutos después subían por un camino cuyas curvas, vueltas y revueltas les
ponían los pelos de punta. Sin embargo, ella no estaba nerviosa pues Saxon estaba a su
lado. Por extraño que le pareciera, él le daba seguridad. De pronto, ella detuvo el auto
frente a la tienda campestre y cargaron el auto con salchichas envasadas, galletas,
pastelitos y refrescos y un aro de queso típico de la región.
—Este lugar es hermoso —comentó ella deteniendo el auto en un parque desierto a
la vera del camino.
Desde allí se podían admirar las montañas que dominaban el paisaje.
— ¿Está desierto? —preguntó él.
—Oh, sí por completo. ¿Descargamos las provisiones y descansamos aquí un rato?
—Estoy de acuerdo.
Lo ayudó a salir del auto e ignorando las mesas y bancos de cemento, se tendieron
debajo de un frondoso manzano. Muy pronto terminaron el queso, las galletas y las
salchichas y después se tiraron a descansar bebiendo los refrescos y comiendo los
pastelitos dulces.
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Ella comenzó a protestar, pero la boca de Saxon obraba milagros en la suya, tan
experto como lo recordaba y tan peligroso al burlarse de las tímidas protestas por la
intimidad que asumían sus manos.
—No te resistas —murmuró él contra sus labios—. Limitaré mis atenciones a este
territorio tan interesante, si eso es lo que deseas. ¿Dónde están los botones?
Ella trató de concentrarse, pero él le acariciaba los labios con la punta de la lengua
y la mente de Maggie volaba por un limbo de placer inefable que le impedía pensar en
la disposición insólita de la abotonadura debajo del brazo.
—Entonces... —murmuró él al encontrarlos y con dedos expertos comenzó a
desprenderlos—. También este pequeño girón de nube —susurró mientras
desabrochaba el sostén de encaje blanco que sólo servía como adorno de los senos—.
¡Ah! —exclamó, extasiado, al tocar al fin, la piel caliente de los pechos erguidos y
endurecidos por el roce de sus manos. Maggie exhaló un gemido de sorpresa—.
¡Maggie, tu piel es como la seda al tacto y tan dulce que podría comerte! —Bajó la
cabeza contra las tensas curvas que se elevaban de ese cuerpo y saboreó la piel
suavemente perfumada con desusada reverencia—. Sabes a flores —dijo, mientras ella
se arqueaba y se mordía los labios para no gritar al tiempo que permitía que las manos
ardientes la alzaran hasta su boca sedienta de goces.
El la probó, la mordisqueó hasta que un grito agudo escapó de los labios de
Maggie con la fuerza del placer que Saxon le proporcionaba con sus caricias.
—Maggie —gimió él y corrió sus manos para tomarla por la espalda y continuar
acariciándola.
Deslizó la boca hasta la de ella y la tomó por asalto. Los dedos de Saxon se
crisparon sobre las nalgas de Maggie que lanzó un grito ahogado.
Saxon se tensó de golpe, alzó la cabeza y aflojó los dedos que la habían hecho
sufrir.
—Lo siento, ha sido imperdonable de mi parte. ¿Te lastimé mucho?
Maggie lamió sus labios resecos y observó su semblante sin vista, helada por lo
que estaba sucediendo. Percibió el aire frío sobre la piel desnuda que el calor y la
humedad de los besos de Saxon habían dejado vulnerable.
—Tú no me lastimaste, Saxon —confesó ella con voz casi inaudible.
Las facciones tensas de Saxon se fueron relajando y sus manos volvieron a explorar
el cuerpo tenso y arqueado que parecía entregarse ansioso.
—A pesar de eso, no volveré a ser tan rudo —prometió él—. ¿Te agrada el roce de
mis manos, Maggie?
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Ella luchó por mantenerse cuerda, pero él creaba una tensión tan fuerte en su
cuerpo y en su alma... nuevos placeres... placeres exquisitos.
—Por favor —susurró ella mientras le tomaba la cabeza y la hacía descender hasta
que la boca reposara sobre sus senos hambrientos de gozo—. Así...
—Sí, querida —respondió él, pasando sus labios lentamente sobre los de Maggie—
así... así...
Luego, frotó su frente, sus ojos, las mejillas y todo su rostro por sobre la piel
desnuda produciéndole sensaciones que ella jamás hubiera imaginado que podría
sentir. A pesar de su edad era terriblemente inocente con respecto a la intimidad entre
un hombre y una mujer. Pero no era a causa de mojigatería, sino simplemente porque
ningún hombre había hecho hervir su sangre en la forma en que lo hacía Saxon.
Los labios de Saxon la tocaban, la adoraban en medio de un silencio que el susurro
de las hojas en la brisa parecía intensificar y el crujido de las hojas secas debajo de su
espalda cuando se retorcía, indefensa, bajo sus manos y su boca.
Entonces, él movió la mole de su cuerpo para que descansara sobre la frágil silueta
de Maggie, desde los senos hasta los muslos, para que ella pudiera notar las sutiles
diferencias entre su cuerpo masculino y el femenino. Ella retuvo el aliento ante la
extraña sensación de unicidad.
La boca de Saxon saboreaba los labios entreabiertos de Maggie mientras su cuerpo
viril se movía con sensualidad sobre la fragilidad delicada de ella, meciéndose
suavemente y presionándola otras veces con fuerza. Ella gimió indefensa ante el
tumulto de emociones encontradas que la avasallaban.
—Ninfa —le dijo él al tiempo que las manos la tomaban de las nalgas para
presionar las caderas contra las suyas—. Dulce y pequeña seductora, siente en tu cuerpo
el efecto que me produces.
—Saxon —susurró ella, sufriendo lo indecible—. Oh, Saxon, ¿qué estás haciendo?
—No te avergüences —murmuró él, tranquilizándola—. Sé demasiado bien todo
lo nuevo que es esto para ti. Sólo quédate tendida y quieta, cariño, y deja que te enseñe
lo que debes hacer. Voy a ser muy, pero muy cuidadoso y lo haré muy, pero muy
lentamente y muy tierno... —Las manos de Saxon se movieron y ella mordió un grito al
sentir que le desprendía la falda y la deslizaba por los muslos.
—El camino —balbuceó ella, sintiendo que su cuerpo enloquecido se rendía al
suyo, que sus piernas cooperaban con él, que sus manos se aferraban a su cuello cuando
debían rechazarlo, empujarlo, cuando las intenciones de Saxon eran demasiado claras
hasta para una novata.
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Maggie estudió el rostro ancho y moreno con algo de admiración y asombro. Era
extrañamente satisfactorio saber que tenía ese efecto sobre él.
—Has pasado mucho tiempo sin ninguna mujer, ¿no es verdad? —preguntó ella,
titubeante.
Los ojos de Saxon comenzaron a brillar amenazantes mientras continuaba sentado,
tieso e inconmovible.
— ¿Es eso lo que piensas? —inquirió él, tajante—. ¿Qué estaba tan desesperado
que todo lo que necesitaba era cualquier cuerpo de mujer para ponerme así?
— ¿No fue así? —preguntó ella y contuvo el aliento a la espera de su respuesta.
El brillo fue más intenso.
—Realmente ¿crees que te usaría de esa manera sabiendo que eres virgen? —Se
puso de pie—. Te agradezco el concepto que tienes de mí. Ha sido fascinante. Volvamos
a casa, ahora.
—Yo no intenté detenerte —le recordó ella, suave.
El rió con amargura.
—Por supuesto que no. ¿Por qué ibas a hacerlo? Si quedabas embarazada, yo sería
el responsable y quedaría a tu merced para un juicio. Entonces, tu vida se deslizaría por
un lecho de rosas.
Maggie quedó azorada, su rostro se tornó blanco como un papel, pero no dijo ni
una palabra. Comenzó a recoger los restos del picnic y a cargarlos en el auto. Tiró la
basura en uno de los cestos y subió al auto. Tampoco dijo una sola palabra durante todo
el trayecto de regreso.
Cuando llegaron a la casa, él se puso peor aún, rugiendo como un león, gruñendo
acerca de los negocios, quejándose de la falta de cooperación de Maggie cuando trataba
y fracasaba al intentar conseguir comunicación con algún hombre de negocios con
quien Saxon deseaba hablar por teléfono. Por último, Maggie perdió los estribos y salió
del estudio dando un portazo, dejándolo solo con su mal humor.
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Capítulo 8
Esa noche, Maggie tuvo buen cuidado de sentarse, a la hora de la cena, junto a Lisa
y alentarla a hablar sobre temas generales para que nadie prestara mucha atención a su
inusual silencio. Saxon, a la cabecera de la mesa, tampoco parecía muy proclive a la
conversación. Permanecía indiferente a los que lo rodeaban, cavilando mientras
picoteaba la comida que tenía adelante.
Maggie huyó a la planta alta en cuanto tuvo la primera oportunidad, a pesar de
haber visto a Saxon dirigirse al estudio cuando la cena hubo concluido. Ella no podría
enfrentar las preguntas acerca del día pasado en compañía de su nuevo jefe sin
ruborizarse y eso hubiera llevado a diversos comentarios muy interesantes y suspicaces
de parte del resto de la familia.
Una vez en el dormitorio, se sentó frente al espejo y comenzó a cepillarse el cabello
lentamente mientras revivía cada instante, cada gesto y cada palabra de esas horas
maravillosas de ardiente pasión. Había transcurrido mucho tiempo desde que un
hombre intentara hacerle el amor y nunca en su vida se había sentido tan atraída, ni su
cuerpo había respondido de la manera que lo hiciera con Saxon. Si ese autobús no
hubiera pasado por la carretera en esos momentos, ella se hubiera rendido y entregado
a él en forma total y absoluta sin parar mientes en el pudor por hacerlo allí, debajo de
los árboles y a plena vista de cualquiera. No podía recordar haber sufrido un deseo tan
enloquecedor ni un apetito sexual de semejante magnitud en toda su vida. Aún ahora,
luego de varias horas, su cuerpo y todo su ser seguían devorados por las llamas de la
pasión.
Con sólo rememorar las horas de la tarde sentía que la piel de su cuerpo se erizaba
de excitación. El cálido roce de esos dedos firmes sobre su piel, su evidente destreza
para acariciarla la hacían envidiar y casi odiar a las mujeres con las que él había
aprendido sus técnicas amatorias. Cerró los ojos y se estremeció de gozo y de
añoranzas. Anhelaba estar de nuevo en sus brazos, ser mimada por él y ser... guiada por
él en el arte de amar. ¿Cómo sería compartir su cama? ¿Qué sentiría ella al estar a su
lado? Estas y otras preguntas revoloteaban en la mente de Maggie desasosegándola.
Entonces tomó una decisión: debía controlarse seriamente pues una aventura baladí con
Saxon Tremayne sólo la llevaría a un callejón sin salida y ella debía pensar no sólo en el
presente sino también en lo que le quedaba de vida. Tenerlo como amante y aprender
con él cómo amar le impediría poder reconstruir su vida con cualquier otro hombre, ya
que ninguno podría tomar su lugar. No deseaba arriesgarse a tanto. Su vida sin él ya
sería bastante difícil aun así como estaban las cosas entre ellos.
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Tenía la frente hirviendo—. Estoy aquí; no me iré a ningún sitio. ¿Qué puedo hacer
para ayudarte? ¿Es un dolor de cabeza?
—Execrable dolor de cabeza —la corrigió él, encogiéndose de dolor—. Las
tabletas... en el cajón superior de la mesa de noche.,
Ella soltó su mano y encontró la botella con el medicamento. Leyó las indicaciones
escritas en la etiqueta y le peguntó si ya había tomado alguna. Cuando él respondió
meneando la cabeza, Maggie echó dos en la palma de su mano y fue hasta el baño en
busca de un vaso con agua.
Saxon tomó las tabletas y luego se tiró hacia atrás pesadamente, reposando la
cabeza de cabellos oscuros sobre la funda de la almohada color crema.
—Te calmará en veinte minutos más o menos —murmuró ella, compasiva—. Lo
siento mucho; debe dolerte terriblemente.
—Qué palabra tan débil e inocua usas para calificarlo —gimió él.
Maggie volvió a alisarle el cabello mientras recordaba las palabras perversas y
maliciosas que él había usado cuando abandonaron el parque. Probablemente el dolor
había comenzado entonces y lo había inducido a reaccionar de la manera en que lo
había hecho. El dolor y la frustración habían sido los causantes de su hostilidad y no el
odio hacia ella. Ahora lo comprendía y el aguijón que tenía clavado en el alma se diluyó
de inmediato.
—Fui extremadamente cruel contigo, ¿no es así? —inquirió él, lacónico, como si
pudiera oír los pensamientos que rondaban la mente de Maggie.
—Sí, y mucho —le respondió sin concesiones.
Saxon intentó sonreír débilmente.
—Te deseaba —dijo—. Y lo último que esperaba era que apareciera un auto
cargado de turistas por ese lugar.
Maggie, al recordar el momento en que ese contingente los interrumpió, sintió que
un estremecimiento le recorría el cuerpo.
— Era un lugar muy público — murmuró ella.
—Yo no sabía ni dónde estaba en ese instante y no digas que tú sí lo sabías porque
estarías mintiendo —musitó él—. Estabas tan apasionada como yo y si ellos no
hubiesen aparecido por allí, hubiéramos...
—Yo hubiera vuelto a la cordura —replicó ella, lacónica, tratando de auto
convencerse.
—Al diablo con eso. No te creo en absoluto —exclamó él.
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cama. ¿No se te había ocurrido pensarlo? Ni siquiera sé cómo protegerme, porque jamás
tuve la necesidad de hacerlo.
—No tienes que hacerlo ahora —replicó él, con mirada colérica—. En todo caso,
todavía no. No te seduciré esta noche. ¿Te gustaría tenerlo por escrito y firmado ante un
escribano público?
—Me gustaría derramar un balde de aceite caliente sobre tu cabeza, eso es lo que
más me gustaría hacer —replicó ella, ácida.
—Siento como si alguien ya lo hubiera hecho —le respondió, y parecía verdad.
Ella se conmovió y cedió. Era una treta diabólica usar su dolor como chantaje en su
contra, pero Maggie no pudo rehusarse.
—No puedo creer que esto sea bueno para ti —murmuró ella al deslizarse al lado
de Saxon en la cama.
El pareció tensarse al sentir el cuerpo que se deslizaba junto al suyo, pero instantes
después, la rodeó con los brazos y recostó la pesada cabeza sobre los senos tibios de
Maggie.
Saxon suspiró con alivio.
—Oh, Dios, es maravilloso.
Sí, lo era, pensó ella, relajándose al sentir que el peso de su cabeza le producía una
sensación inefable de placer. Si esto lo aliviaba, era un sacrificio muy pequeño de su
parte.
El descansó por unos minutos sin moverse, pero casi sin poder evitarlo, sus labios
comenzaron a avanzar lentamente, quemándole la piel a través de la fina tela de la
blusa hasta que encontraron la suave colina de su seno.
—Saxon —susurró ella.
El ignoró la súplica implícita.
—No hables —le dijo contra su carne.
Sus dientes mordisqueaban la piel sensible a través de la tela que los separaba. Sus
manos que descansaban debajo de ella, la levantaron para estrujar el cuerpo contra su
boca que súbitamente pareció sedienta y exigente.
Maggie contuvo el aliento. «Tonta», se recriminó antes de percibir los primeros
síntomas de sensualidad que la enloquecían. «Tonta. ¡Sabías que esto sucedería!»
El rodó en la cama llevándola con él hasta que quedaron tendidos, ella de espaldas
con todo el peso del cuerpo fornido de Saxon sobre el suyo mientras la boca ansiosa
jugaba sin descanso con las suaves curvas de sus senos a través de la tela.
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—Nada. Buenas noches, cariño. Que duermas bien. Y gracias por la... compasión.
—De nada. Gracias por la... instrucción.
—Como dice el proverbio —murmuró él—, no has visto nada todavía.
—Eso es lo que me asusta —respondió ella, y con un buenas noches apenas
audible, cerró la puerta con toda rapidez
Billings Sports wear estaba en los suburbios de Spartanburg y era una agradable
empresa con algo más de doscientos empleados. Era una empresa dedicada solamente a
la fabricación de prendas y no todo un complejo productivo como la Corporación
Tremayne. Pero ostentaba un nivel de calidad que enorgullecería a cualquier
corporación. Los salones de corte de las prendas tenían una cinta transportadora que
llevaba las telas desde el almacén, y largas mesas donde los cortadores preparaban y
cortaban las distintas partes de las prendas para luego ser unidas y cosidas por
costureras especialistas. Por todos lados se oía el ruido de las máquinas de coser, un
murmullo ensordecedor que acallaba las conversaciones. Cintas transportadoras
también corrían en este salón entre las operadoras de las máquinas de coser recogiendo
las prendas ya terminadas en grandes canastos. La oficina era un lugar muy agradable y
alegre con mujeres sonrientes que se encargaban de los jornales y del trabajo de
recepción, además de ejecutivos elegantemente vestidos que ejecutaban su tarea
directiva con orgullo. Maggie se sintió fascinada por la planta. La industria textil había
sido uno de sus intereses más desarrollados mucho antes de que Saxon Tremayne
hiciera irrupción en su vida. Se prendió de la manaza cálida de Saxon mientras el
vicepresidente de la planta, Gordy Kemp, los acompañaba por el edificio. El era un
hombre alto, muy delgado, con pequeños ojos verdes y una sonrisa débil que era
demasiado complaciente.
Maggie recordó lo que Saxon dijera acerca del hombre en su conversación con
Tabby.
—Me gustaría que reuniera a todos los trabajadores en la línea de camisas, ahora
—dijo Saxon, lacónico, cuando hubieron terminado el recorrido por toda la planta.
Estaban de pie delante de las puertas giratorias que separaban la planta de las
oficinas.
— ¿Ahora? —estalló Kemp.
—Inmediatamente —fue la respuesta fría de Saxon.
Kemp se encogió de hombros, se mostró un poco inseguro y entró a la oficina para
hacer el anuncio desde el intercomunicador de la planta.
Los dedos de Saxon aferraron los de Maggie.
—Quédate exactamente a mi lado, no te muevas —le dijo al oído.
— ¿Qué harás?
—Espera y lo verás.
Los ojos ciegos brillaban desafiantes. Las máquinas de coser comenzaron a dejar de
funcionar gradualmente y los empleados se fueron agrupando de a poco en un gran
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semicírculo que enfrentaba a las puertas giratorias donde estaban Saxon, Maggie y el
joven Kemp.
Kemp estaba más nervioso que antes.
—Todos están aquí, señor Tremayne —le dijo al hombre mayor.
Saxon asintió.
—Buenos días —comenzó él dirigiéndose a los trabajadores, alzando el tono de su
voz profunda para que llegara hasta los confines de la planta—. Para todos aquellos que
no me conocen y con toda seguridad eso involucra a la mayoría de ustedes, voy a
presentarme, soy Saxon Tremayne. Mi corporación está en el proceso de absorber a
Billings Sportswear, como seguramente ya habrán oído decir.
Hubo un murmullo apagado entre los empleados que pareció débilmente
antagónico.
—Tengo entendido —continuó Saxon con aire indiferente—, que ustedes están
bajo la sospecha de que la prioridad que tengo en mente es despedir a los trabajadores
de más edad basándome en cualquier excusa legal y laboral para no pagarles los
beneficios del retiro correspondiente.
Esa declaración casi hace estallar la planta. Kemp se tironeó nerviosamente de la
corbata.
—Señor Tremayne... —comenzó él con la voz estrangulada.
Saxon alzó la mano con gesto imperativo, cortándole la palabra.
—También tengo entendido que esta equivocación ha sido promovida por cierto
personal gerencial dentro de la organización.
Kemp quedó de una pieza y Maggie desvió la vista antes de que se diera cuenta de
su interés en él.
—Deseo que todos sin excepción, conozcan mis planes y sepan que no tengo la
más mínima intención de echar con engaños a los empleados más antiguos para
privarlos de sus bien merecidos benéficos de retiro, —dijo Saxon con absoluta firmeza y
alzando el rostro como si estuviera mirándolos directo a los ojos—. En realidad, pueden
esperar un aumento inmediato en sus salarios, aumento de los beneficios de seguro
colectivo y vacaciones pagas. Todo lo cual, para sorpresa mayúscula de mi parte,
ustedes no estaban recibiendo. ¿Qué les parece?
Un rugido atronador llenó la planta, luego se escucharon muchas risas y algunos
silbidos. Saxon sonrió.
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—Pensé que les agradaría escuchar esto. Y ustedes, los empleados más antiguos,
estarán contentos al oír que también planeamos aumentar los beneficios del retiro.
Ahora escuchen lo que sucederá en estas dos semanas que se avecinan. Nuestros
empleados administrativos han estado trabajando con los ejecutivos de Billings para
reestructurar algunas políticas nuevas para la compañía. Una de ellas incluirá una
reunión mensual de todos para discutir largo y tendido sobre algún tema en especial
que ustedes prefieran. Dos días al mes, tendrán la oportunidad de charlar con algún
ejecutivo designado para la tarea si es que tienen algún motivo de queja o alguna
sugerencia para el mejoramiento de la producción. Instalaremos un buzón para
sugerencias. Cualquier mejora que implementemos por la sugerencia de un empleado
dará como resultado un sueldo extra para el autor de la misma. También
modernizaremos las operaciones aquí... agregaremos equipos nuevos y
reemplazaremos alguna maquinaria que no rinda como es debido.
Un silencio ominoso cubrió el gran salón y Kemp pareció buscar un hoyo donde
esconderse.
— ¿Alguna queja hasta el momento? —preguntó Saxon, seco.
— ¡No! —corearon varios empleados seguidos por un bramido de risas.
Saxon sonrió.
—Eso es sólo el principio. Tendré mucho más para decir sobre el tema de los
cambios más tarde, y se escribirán boletines en los pizarrones a tal efecto. Cuando
algunos de estos cambios estén en marcha, tendremos otra reunión general de planta y
cotejaremos lo que se haya logrado hasta ese momento. Mientras tanto, si alguno de
ustedes no está satisfecho con la fusión de las empresas, quiero saberlo. Y, desde ahora
en adelante, si escuchan algún rumor, vengan directamente a mí. Yo llegaré al fondo de
la cuestión y el autor se encontrará en medio de un infierno. Una cosa más —agregó
él—. No les estoy ofreciendo limosnas. Estos beneficios extra no son un soborno para
tenerlos contentos. Se les entrega por adelantado para que mantengan una atención
continua sobre los detalles y el orgullo por la producción de una línea de ropa de
calidad excelente. Tengo entendido que la gente de control de calidad de esta planta se
aburre hasta el cansancio porque no pueden hallar la más mínima falla en las prendas
que pasan por sus manos. Todo eso dice muchísimo sobre ustedes, y yo los aprecio en
lo que valen. Ese es el motivo por el cual ustedes recibirán esos aumentos, y si
continúan produciendo ese tipo de resultados, seguirán habiendo aumentos. Si yo gano
dinero, ustedes ganan dinero, y más adelante, hasta discutiremos la repartición de
algunas acciones entre todos. Ahora, regresemos al trabajo.
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— ¿Has considerado alguna vez escribir un libro sobre cómo dirigir una empresa
textil? —preguntó Maggie camino de la casa.
— ¿Un libro? He escrito artículos —admitió él—, pero no un libro.
—Podría ser un proyecto muy interesante —sugirió ella—. El mercado está escaso
de ese material y tú has estado en el negocio por bastante tiempo.
El reclinó la cabeza contra el respaldo con el ceño fruncido. Buscó un cigarrillo en
el bolsillo y lo encendió.
—Caramba, estás llena de sorpresas. Me parece haber vuelto a la vida desde que
llegaste aquí.
—Estoy de acuerdo contigo en eso. Pero todo lo que necesitabas era un aguijón. No
eres el tipo de hombre que se sienta y se deja envejecer.
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— ¿Estás segura de eso? Si piensas un poco, verás que hice muy poco en los
últimos meses.
Maggie detuvo el auto frente a una luz roja en las cercanías de Jarrettsville.
—Tal vez toda la compasión que te rodeó en esa época fue la que te impidió salir
adelante —bromeó ella—. Se ve que lo único que necesitabas era una enfermera que te
pegara con un ladrillo en la cabeza dos veces por día.
Saxon lanzó una carcajada.
— ¡Qué forma más extraordinaria de tratar a un pobre hombre ciego!
— ¿Tú? ¿Pobre? ¿Ciego? —exclamó ella.
—Un hombre, al menos seguramente —murmuró él.
Ella sonrió mientras cambiaba la luz.
—Jamás tuve dudas al respecto.
— ¿Especialmente en algunos momentos?
Maggie se alegró de que él no pudiera ver el color en sus mejillas.
—Deberías tener un poco de vergüenza de ti mismo —comentó ella—. Tratando de
seducir a mujeres inocentes en lugares públicos.
—Si mal no recuerdo, casi lo logré.
—No puedo negarlo —admitió ella—. Estaba más que deseosa. Y espero que no te
aproveches de mi confesión —agregó ella—. No puedo remediar el reaccionar así
contigo. Soy demasiado nueva en todo esto como para contenerme. Especialmente
cuando me ofreces un placer que jamás he experimentado en toda mi vida.
El estiró la mano para asir la de Maggie y apretarla cariñosamente.
—Eso es algo que siempre he admirado de ti. Eres absolutamente franca y sin
tapujos. Nunca me mientes, ni siquiera cuando te turba tener que decir la verdad.
— ¿No notarías la diferencia? —preguntó ella, tierna.
—Creo que sí. —Suspiró y le estrujó la mano con afecto. — De acuerdo, haré lo
imposible para no arrinconarte contra una pared. Pero te deseo con desesperación.
Seguramente tú ya lo sabes, ¿verdad?
—Sí. Lo sé.
—Los hombres se vuelven notoriamente astutos cuando las emociones los
dominan. Yo no te forzaría conscientemente a que te entregaras a mí... pero no te puedo
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prometer que no perderé la cabeza alguna vez. Ya has tenido pruebas evidentes de que
no siempre me hallo en perfecto control de mí mismo.
— ¿En realidad me deseas... sólo a mí y no a una mujer? —preguntó ella que
necesitaba sentirse segura.
—Ya me preguntaste eso una vez anteriormente y yo me salí de mis casillas —
recordó él—. No, Maggie, yo no quiero sólo un cuerpo caliente. Y si así fuera, te tengo
demasiado respeto como para usarte de ese modo. ¿Satisfecha?
—Calculo que sí —dijo ella arrastrando las palabras.
Maggie tomó al dictado las cartas que enviarían para requerir esa información adicional
de la que habían hablado.
Lisa la acechó cuando subían para cambiarse antes de la cena.
— ¿Cómo anda todo? —le preguntó a Maggie—. No lo he oído aullar en toda la
tarde.
—No lo ha hecho —respondió Maggie, sonriente—. ¡Oh, Lisa, si lo hubieras visto
esta mañana en la planta! Estuvo fabuloso. Se adueñó del lugar, encantó a los
empleados, desplazó a un ejecutivo intrigante... ¡Estuvo realmente maravilloso!
—En realidad, parece muy distinto en estos días —respondió su hermana—. Sin
embargo, te falta mucho todavía.
— ¡Ni me lo recuerdes! —Maggie rió. — Pero al menos, ya he dado un paso
adelante. Además, ahora tiene algo que hacer en lugar de cavilar.
—Eso es un hecho. A propósito —agregó Lisa deteniéndose frente a la puerta del
cuarto de Maggie—, ¿sabías que Sandra invitó a gente a cenar?
— ¿Quiénes son?
—La vecina de al lado y su hermano, según tengo entendido —dijo Lisa con un
suspiro al ver ensombrecer el rostro de Maggie—. Ella tampoco está muy feliz por la
invitación; ellos vinieron de paso y prácticamente se invitaron solos. No pudo hacer
nada cortés excepto aceptarlo. —Los ojos de Lisa se nublaron de ira. — El nombre de la
joven es Marlene Aikens y su hermano se llama Bret. El es agradable, pero ella es una
malhumorada del tamaño de un elefante.
— ¿Lo sabe Saxon?
—Lo dudo. Sandra dijo que Marlene lo persiguió sin descanso hasta que él
prácticamente la echó por la puerta principal. Pero ahora se ha vuelto valiente de
nuevo. Supongo que se figura que la ausencia hace que el cariño aumente. —Lisa
sonrió. —Aunque Sandra no cree lo mismo.
Maggie no hizo otra cosa que asentir con la cabeza. Empero, sentía un vago temor
acerca de la reunión nocturna, como si pudiera transformarse en algo que afectaría en
forma drástica su felicidad.
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Capítulo 9
Era mejor así, que Saxon no pudiera ver, pensó Maggie con amargura, al sentarse a
la larga y elegante mesa justo frente a Marlene Aikens. Ella se hubiera sentido mucho
peor vestida y con menos atractivos de los que tenía, si él hubiera podido compararla
con la elegante rubia que lucía un envolvente vestido negro de corte sencillo pero
extremadamente costoso. El conjunto de pantalón y chaqueta color ciruela que tenía
Maggie parecía recién sacado de una tienda de antigüedades en comparación con
aquella suntuosidad y la sonrisa irónica de la mujer mayor así se lo dio a entender.
Sin embargo, Bret Aikens era un hombre agradable, aproximadamente de la edad
de Maggie, con cabello y ojos oscuros y una personalidad fácil de tratar, lo opuesto a su
extravagante hermana. Maggie se encontró sentada a su lado para la cena y entre ellos
surgió de inmediato una gran simpatía.
—Me enteré de que te transformaste en los ojos de Saxon —murmuró él mientras
comían la ensalada.
Ella sonrió.
—Es una manera de decir —le confió ella—. Y no totalmente. Existen momentos y
lugares donde él debe hacer su experiencia personal...
—No digas más. ¿Eres de Georgia? —preguntó él, sonriente.
—Seguro que sí. Pero me agrada este estado también. Es un lugar encantador.
—Así lo creemos por estos lares —asintió él.
—Lo que me fascina es la historia —dijo Maggie al llegar a los postres—. Nunca
me interesó demasiado la Guerra Revolucionaria pero desde que llegué aquí, me siento
bastante curiosa al respecto.
—Ya descubrirás que la mayoría de las batallas y escaramuzas se libraron en
Carolina del Sur. Muchas más que en los otros estados —le dijo él—. Si no me falla la
memoria fueron ciento treinta y siete en total.
— ¿Tantas? —exclamó ella.
—Puedes apostar. Y, ¿sabías que el general Francés Marión, el llamado Zorro de
los Pantanos, era de Carolina del Sur.
Ella echó a reír.
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—Si tienes algún momento libre más adelante en la semana, me encantaría llevarte
a Spartanburg y mostrarte la Price House y la Walnut Grove Plantation —agregó Bret a
Maggie—. Ambas datan del siglo XVIII. De hecho, la Walnut Grove Manor House data
de 1765 y fue el hogar de una mujer guía que sirvió a los generales de la Guerra
Revolucionaria en la Battle of Cowpens. Pensándolo mejor —agregó él con una sonrisa
radiante—, podríamos ir hasta el Cowpens National Battlefield mientras estamos en eso
y vemos el lugar donde los Patriotas derrotaron a los Redcoats en la peor batalla para
ellos...
—Me encantaría a mí también —le dijo Maggie, interrumpiéndolo—. ¿Qué día?
— ¿Te parece bien el viernes? ¿Más o menos a las ocho y media para empezar
temprano?
Ella asintió.
—Me parece una excelente idea. Y uh no se lo digas a Saxon en este momento,
¿quieres? Prefiero hacerlo yo personalmente.
Bret la estudió detenidamente y luego volvió la mirada hacia la cabecera de la
mesa donde estaba el gigante moreno.
—A él no le gustará —suspiró Bret.
—Lo sé —murmuró ella con una sonrisa maliciosa.
—El no te pone ni siquiera nerviosa, ¿verdad? Sin embargo, atemoriza a la mayoría
de la gente. Por las dudas, podríamos cargar uno de los grandes cañones en el auto...
Dime, ¿sabías que los viejos Confederados usaban cáscaras de nueces para teñir sus
uniformes de gris? Tomaban los...
— ¿...aquellas nueces negras con cáscaras gruesas que tiñen las suelas de los
zapatos de color negro cuando caminas sobre ellas? —lo interrumpió Maggie.
—Las mismas —acordó él y prosiguió narrándole cómo se completaba el proceso
del teñido.
Ella lo escuchó con mucho interés, era tan distinto a su hermana que le agradaba
sobremanera. Y, además, estaba segura de que necesitaría ese día lejos de la casa.
Parecía que Saxon planeaba dedicarse con fervor al trabajo en el libro, lo cual implicaba
muchísimo trabajo para ella, aunque en realidad no le molestaba para nada. Era que ella
temía la proximidad forzada a la que se vería enfrentada. No estaba segura del poder de
resistencia que tenía frente a él si Saxon comenzaba a ejercer presión. No podría
sobrevivir a un romance pasajero con Saxon, y Bret, por otro lado, era un hombre
agradable con quien podía sentirse segura. No tenía intenciones aviesas y le serviría de
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escudo contra el ardor apasionado de Saxon. Al menos, esperaba que Bret pudiera
defenderla. Y tenía el presentimiento de que llegaría a necesitarlo.
Los dos días que siguieron a la cena pasaron muy rápidamente y sin ninguna clase
de problemas. Saxon dictaba y Maggie escribía y luego pasaba a máquina además de
trabajar en el manuscrito que progresaba a ojos vistas.
Al tercer día trabajaron sin descanso para comer, excepto unos emparedados que
les llevaron al estudio donde se encerraron con llave para no ser molestados por el resto
de la familia.
— ¿Te cansas? —preguntó él después de haber concluido la frugal comida y de
que Maggie terminara de tomar otras diez páginas de dictado.
—No mucho. ¿Y tú? —preguntó ella desperezándose.
Saxon se recostó sobre el sillón giratorio detrás del escritorio, los músculos del
poderoso pecho se destacaron debajo de la camisa de seda clara cuando alzó los brazos
para estirarlos.
—Muy pocas veces me siento cansado a hora tan temprana —confesó él—.
Disfruto trabajando. Me gusta mucho lo que hago.
—Y ésa es probablemente la razón por la que has tenido tanto éxito —recalcó ella.
Sus ojos se posaron con cariño en el semblante duro de líneas muy marcadas—. Saxon,
¿nunca has deseado una familia propia? —preguntó ella, súbitamente.
El se rió.
— ¿Qué trajo eso a tu mente?
—No lo sé —admitió ella—. Es algo que me he preguntado muchas veces, eso es
todo.
Los ojos de Saxon se oscurecieron al volverse en dirección a la voz.
—Yo podría hacerte la misma pregunta.
—Sí, me gustaría mucho tener un hogar e hijos propios. Lo que sucede es que no se
presentó la oportunidad. Tendría que amar mucho a un hombre para considerar la idea
de vivir con él por el resto de mi vida.
— ¿Y nunca has amado a nadie de esa manera? —insistió él.
Maggie se encogió de hombros.
—Creí estar enamorada una o dos veces —dijo ella, suave, sin aclarar que una de
esas veces era de él y que aún seguía sintiendo de ese modo.
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Los dedos de Saxon se tensaron y él se recostó contra el respaldo del sofá. Su mano
libre jugueteó con los botones de su camisa mientras una sonrisa sensual aparecía en
sus labios.
— ¿Supón que vienes a mi lado —murmuró él—, y te doy un curso refrescante de
lascivia básica?
Maggie rió sin poder contenerse, se sentía indefensa.
— ¡Caramba con este viejo ricachón lascivo!
Saxon se puso serio y entrecerró los ojos.
—Maggie, ¿de veras te parezco viejo para ti? —preguntó él como si le importara
mucho.
Maggie sintió que se le rompía el corazón. Se arrepintió un poco por su broma
impensada.
—No —dijo con voz quebrada y se arrellanó entre sus brazos cálidos fuertes
posando la mejilla sobre el pecho cubierto de vello rizado—. No, no me pareces viejo en
absoluto. Sólo maduro y sensual, y deliciosamente masculino.
Ahora fue él quien contuvo el aliento. Su mano presionó la mejilla de Maggie
contra la musculatura de su pecho moviéndola lenta y rítmicamente contra su piel. La
respiración de Saxon se aceleró con ese contacto y su corazón retumbó en los tímpanos
de la joven.
— ¿Sensual? —preguntó él, ronco.
—Mucho —admitió ella y sintió que su propia respiración se volvía irregular.
Le agradaba la sensación producida por el vello rizado, un poco áspera quizá,
contra los ojos, la nariz o la comisura de sus labios. Entonces, abrió los labios y los posó
sobre el pecho para disfrutar no sólo el aroma a jabón y colonia y al perfume acre que
emanaba de la piel viril sino también para saborear todo eso al mismo tiempo. Saxon
enredó sus manos en la cabellera oscura como si gozara con su textura de seda y con
movimientos circulares y pausados presionó esos labios entreabiertos contra su cuerpo
guiándolos para que cumplieran mejor su cometido.
Ella dejó que guiara su boca hasta que percibió el borde duro del cinturón contra
su mejilla. Las manos femeninas, mientras tanto, disfrutaban con el tacto del pecho
áspero y caliente en medio de un silencio que los hacía arder con dulces sensaciones
imposibles de describir.
Maggie enredó sus dedos en el vello rizado que cubría los músculos tensados del
pecho y probó su resistencia al tironearlo sin querer cuando se separó para mirar a
Saxon.
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Él le acarició el rostro con dedos sensitivos trazando la línea de sus ojos, sus cejas,
la nariz, las mejillas y la barbilla hasta recalar en la curva suave de la boca.
—Ojalá pudiera verte —murmuró él con voz grave que resonó en la quietud del
cuarto—. Te quedas muy silenciosa cuando te sostengo entre mis brazos... tu voz no te
delata hasta que te excitas completamente.
Maggie hundió la cara en el hueco de la garganta palpitante de Saxon, emocionada
por sus palabras y el tono suave y cariñoso de su voz.
— ¿No puedes saber que me complaces? —suspiró ella.
—Yo no quiero saber lo que sientes, tu cuerpo me lo dice claramente —aseguró
él—. Quiero saber lo que piensas.
— ¿Por qué?
Llevó la mano hasta el cuello de Maggie enredándose los dedos en las hebras
sedosas del cabello para volver a posar la cabeza contra su pecho.
—Tu corazón late más a prisa minuto a minuto —señaló él.
La mano siguió su camino hasta tomar posesión de la suave redondez tibia como si
ya fuera su dueño absoluto.
—Lo mismo ocurre con el tuyo —susurró ella, temblorosa.
Saxon inclinó su cabeza y rozó con su boca los labios temblorosos.
—Tiéndete a mi lado —musitó él al tiempo que la empujaba levemente para que
cumpliera su pedido—. Hagamos el amor y olvidemos el mundo y la oscuridad. Deja
que olvidemos todo... excepto esto...
Su boca se posesionó de la de Maggie con ardor incontenible y un anhelo
desesperado de ser correspondido mientras sus brazos la reclinaban contra los firmes
contornos de su cuerpo y el beso continuaba quemando los labios de la joven.
Ella percibió vagamente que los dedos expertos de Saxon se introducían debajo de
su camisa con escote en V, la levantaban, hallaban el cierre del sostén y lo desprendían
con movimientos ágiles y seguros.
—Saxon... —protestó ella, débil.
—Déjame —susurró él al descubrir con sus manos la piel tibia que había estado
cubierta—. Sabes muy bien que tú también lo deseas.
Desde luego que ella también lo ansiaba; ése era el problema más grande para ella.
Negarse el goce de la magia del contacto de sus manos sobre la piel desnuda era tan
imposible como negar que lo amaba con todo su corazón.
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La incitó más con los labios sobre su boca, con caricias cada vez más exigentes.
—Quítatela —murmuró él.
—La familia...
—La puerta está cerrada con llave, ¿recuerdas? —dijo él, divertido—. Y yo no
puedo verte...
¿Qué importaban las protestas de todos modos? se preguntaba Maggie al tiempo
que sus manos comenzaban a despojarla de la camisa y del sostén. Cuando hubo
terminado, él la recostó suavemente sobre los cojines del sofá.
El empezó a deslizarse, pero ella le tironeó de la camisa con manos que debían
estar rechazándolo en vez de ayudarlo.
— ¿Deseas que me la quite yo también? —preguntó él con voz tensa y que dejaba a
las claras que su autocontrol fallaba.
—Por favor —respondió ella.
Saxon se despojó de la camisa y la arrojó sobre la alfombra. Ella quedó sin aliento
al verlo casi desnudo y comprobar la amplitud de su pecho y la anchura de sus
hombros, los músculos desarrollados de sus brazos y el oscuro vello rizado que iba
afinándose hacia la cintura hasta pasar, seguramente, debajo del cinturón que sostenía
sus pantalones.
— ¿Te agrada lo que ves? —le preguntó Saxon casi sin aliento acercándose a ella
como para que pudiera sentir el calor que irradiaba su piel, pero sin rozarla.
—Oh, sí —contestó ella con ojos que lo adoraban—. Sí, me agrada mucho.
—Desearía poder verte en este momento —suspiró él, triste, deslizando
lentamente el cuerpo enorme al lado de Maggie.
Al principio lo hizo con suma delicadeza para que ella sintiera apenas su roce.
Luego, con mayor intensidad para que sintiera su masculinidad agresiva con torturante
placer mientras la incitaba y excitaba hasta que el débil cuerpo femenino traicionó a su
dueña, delatando lo mucho que lo deseaba. Saxon la besó con ternura infinita en todo el
rostro mientras sus dedos, tocándola levemente y explorando las diferentes texturas de
la piel, buscaron y hallaron la prueba tangible de su excitación.
— ¿Te gusta mi tacto tanto como me agrada a mí el tuyo? —Le preguntó.
—Sí —respondió ella junto a la boca de Saxon.
Entonces él deslizó las manos hasta las caderas de Maggie atrayéndolas
sensualmente contra su cuerpo, oprimiéndolas lentamente contra las suyas. Ella gimió
débilmente y él se apoderó de ese gemido con la boca abierta para luego suavizarlo con
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tirarse en sus brazos una vez más. Pero rechinó los dientes, se puso el sostén y la blusa y
evitó mirarlo mientras lo hacía.
—Alcánzame la camisa —farfulló él, tajante, como si odiara el sólo tener que
pedírselo.
Ella se la entregó en la mano extendida y se dio vuelta para no verlo cuando se la
ponía.
Maggie oyó el click del encendedor cuando él encendió un cigarrillo y luego
percibió el aroma acre del humo que despedía.
—Tú me deseaste bastante, diría mucho, aquella noche en mi dormitorio —le
recordó él, con un sarcasmo hiriente—. ¿Qué sucedió, Maggie? ¿Te enfriaste
súbitamente por la ceguera de mis ojos o tu compañero de la cena tiene algo que ver en
todo esto?
— ¿Compañero de la cena? —repitió ella y recordó la invitación de Bret que debía
hacer conocer a Saxon.
—Bret Aikens —le recordó él.
—Es muy agradable —comentó ella evasivamente.
—Mi madre me dijo que tú y Bret tenían muchos intereses comunes —replicó él,
tajante.
Maggie suspiró.
—Bueno, a ambos nos agrada la historia —admitió ella—. De hecho, me llevará a
Spartanburg mañana para visitar algunos sitios de especial interés histórico —agregó,
desafiante.
El rostro de Saxon se tornó lívido y Maggie pudo apreciar explosiones en
miniatura que chispeaban en sus ojos.
— ¡Ni que hablar de eso! —estalló él—. ¡Tienes trabajo que hacer!
—Mañana no tengo nada que hacer—replicó ella, segura—. Saldré de paseo con él.
— ¡No lo harás mientras estés trabajando para mí!
Maggie lanzó su cabellera hacia atrás y se encaminó hacia la puerta.
—O voy mañana a Spartanburg o regreso a casa en Georgia mañana —le gritó ella
desde la seguridad que le brindaba la puerta—. ¡Y no hay nada que puedas hacer para
detenerme!
Salió del estudio dando un portazo con todas sus fuerzas.
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Cuando Bret llegó a buscarla cerca de las ocho y media de la mañana, Maggie
suspiró aliviada al ver que Saxon no se había levantado aún. Había estado lista para
empacar sus pertenencias y regresar a su hogar si hubiera tenido algún problema acerca
del viaje a Spartanburg, pero estaba contenta de no haber tenido que llevar a cabo su
amenaza. Abandonar a Saxon en estos momentos hubiera sido terrible y seguramente le
dolería por muchísimo tiempo.
Pero se obligó a olvidar el futuro y concentrarse en un día a la vez. Bret era un
compañero de viaje tranquilo que mantenía una conversación placentera y nada
exigente mientras guiaba el auto por la autopista que los llevaba primero al este y luego
al sur.
—Pasaremos cerca de Spartanburg camino a Woodruff —le explicó él—, para ver
la Price House, pero regresaremos a esa localidad pasando por Roebck, donde se
encuentra la Walnut Grove Plantation y luego, sí, atravesaremos Spartanburg antes de
volver a casa. ¿De acuerdo?
—Me parece maravilloso—le dijo ella—. Debes conocer todas estas rutas muy bien.
—Desde luego —acordó él—. He estado en esos sitios infinidad de veces. Me gusta
la historia —agregó con una sonrisa forzada.
Era un paseo hermoso a través de la campiña más bonita que Maggie hubiera visto
jamás aunque le pareció que les tomaba mucho tiempo. Empero, cuando llegaron a
Woodruff, resultó ser demasiado temprano para visitar la enorme mansión de ladrillos
pues aún no estaba abierta al público. Por lo tanto, decidieron ir hasta un restaurante
cercano para beber café hasta que se hicieran las once de la mañana. Cuando regresaron
encontraron que otros turistas estaban esperando.
Bret pagó la entrada negándose al ofrecimiento de Maggie para compartir los
gastos y luego, ella olvidó todo lo relacionado al dinero al empezar a recorrer la
histórica Price House. Tenía el techo a la holandesa muy inclinado y chimeneas con el
extremo superior hacia adentro, un estilo típicamente característico del d.C. South. Los
ladrillos para la casa se habían hecho en el lugar y presentaban las caras lisas al haber
sido colocados al puro estilo flamenco. La casa, construida en 1795, descansaba en un
inmenso terreno que alguna vez en el pasado fue una importante plantación. No sólo
había servido como posada sino también como casa particular. Thomas Price, su
diseñador y primer habitante, había tenido allí un almacén de ramos generales además
de una oficina de correos. El interior estaba alhajado con mobiliario del período colonial
y Maggie sintió el fuerte llamado del pasado que parecía provenir desde los graciosos
confines añejos. La comisión de prevención histórica del condado había estado
sumamente activa para devolverle todo su esplendor al restaurarla.
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Lisa y Randy habían salido de paseo cuando Maggie llegó a la casa silenciosa.
Sandra aún permanecía levantada y caminando de una habitación a la otra. Al ver a
Maggie en el vestíbulo, salió apresuradamente a su encuentro.
—Por suerte has regresado a casa —dijo ella con evidente alivio y desarrugando la
frente que mostraba su preocupación—. Oh, Maggie, ¿irías arriba para ver si Saxon
desea hablar contigo? Se ha encerrado con llave en su dormitorio y no deja que le
llevemos comida... No ha probado bocado en todo el día. No dejó que Randy ni yo
entráramos a la habitación... Nunca se ha comportado así —confesó ella, impotente—.
Algo malo debe ocurrirle y estoy muy preocupada. ¿Querrías...?
—Por supuesto —dijo Maggie, servicial, conocedora de lo que ocurría.
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Capítulo 10
Maggie trató de recuperar el aliento, pero no podía apartar los ojos fascinados de
la figura que tenía enfrente. Parecía una estatua griega delicadamente tallada en granito
sin un gramo de más, puro músculo y potente virilidad.
—Si vas a entrar, hazlo de una vez —gruñó él girando pero tanteando el camino de
regreso a la cama.
Ella lo siguió y cerró la puerta al entrar. Después, pasmada aún, lo vio
desplomarse sobre las sábanas arrugadas, color tostado y emitir un quejido de dolor.
—Estás enfermo —estalló ella.
—Un poco —dijo él, débil—. Consígueme algo fresco para beber, ¿quieres, cariño?
¡Por todos los cielos, estoy ardiendo!
Maggie trató de serenarse y reunió todo el coraje que pudo para ir a su lado.
Cuando llegó junto a la cama, le tocó la ancha frente con la palma de la mano. Le quemó
la piel.
—Regresaré enseguida. Tú deberías estar debajo del cobertor.
—Entonces, cúbreme —rezongó él—. Demonios, hace calor...
Estaba delirando. Maggie lo tapó con el cobertor y bajó a decírselo a Sandra, quien
de inmediato llamó al médico de la familia. Acababa de llegar y subir al piso alto para
revisar a Saxon cuando Lisa y Randy entraban a la casa.
— ¿Qué anda pasando? —preguntó Randy enseguida.
—Es Saxon —dijo Sandra—. Maggie dice que vuela de fiebre.
Randy sacudió la cabeza, incrédulo
—Es para apuntarlo en los anales de la familia. Sólo puedo recordar un par de
veces en que Saxon estuviera enfermo. Mientras tanto, ¿qué les parece si tomamos un
poco de café en espera del diagnóstico?
—Maggie y yo lo prepararemos —se ofreció Lisa mientras arrastraba a su hermana
a la cocina.
— ¿Cómo está, mal? —preguntó Lisa al llenar la cafetera y preparar un café muy
cargado.
—No lo sé con certeza —masculló Maggie. Puso cuatro pocillos y sus respectivos
platos sobre una bandeja junto con crema y azúcar. — Siento que es mi culpa. El no
quería que yo saliera con Bret y lo hizo por despecho...
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—He dicho que quiero a Maggie —repitió él, acalorado—. ¡A nadie más!
—Oye, madre, será mejor complacerlo —dijo Randy con una sonrisa maliciosa
dirigida a Maggie—. Después de todo, tiene muy buen gusto para elegir enfermera.
— ¿Estás seguro de que no te molesta? —preguntó Sandra a Maggie con aire de
preocupación.
—No me molesta en absoluto —mintió ella al comprender lo que le significaría
permanecer al lado de Saxon luego del choque que recibiera y del que aún no estaba
recuperada.
—Si nos necesitas... —comenzó Lisa.
—Gritaré y enarbolaré una bandera, ¿de acuerdo? —bromeó Maggie—. He
cuidado de ti y de papá cuando han estado enfermos; sé muy bien qué debo hacer. Pero
no me vendría nada mal otra taza de café.
—Te traeré una —prometió Lisa.
Siguió a los otros fuera de la habitación y cerró la puerta al salir.
—Mi bebida helada —agregó Saxon, recordándoselo.
— ¡Oh, caramba! —Ella corrió a la puerta. — Lisa, ¿le traerías a Saxon un vaso alto
con algo frío, por favor? —le gritó a su hermana.
— ¡Seguro! —llegó la respuesta desde el descanso de la escalera.
—Eres una reportera sensacional —bromeó Saxon al oírla llegar al lado de la
cama—. Tienes una memoria fotográfica.
—Me tenías preocupada —se excusó ella tomándolo de la mano—. ¿Te sientes un
poco mejor?
— ¿Por qué diablos la mayoría de la gente cree que al clavarte una aguja en el
brazo tendrás menos de qué quejarte? —rezongó él.— Ahora el brazo me duele tanto o
más que el resto del cuerpo. ¡Dan me atravesó el hueso con esa maldita aguja!
—Debería darte vergüenza —bromeó ella—. Viene de Dios sabe dónde, a altas
horas de la noche para atenderte y saber qué es lo que tienes, y todo lo que haces es
quejarte de su forma de poner inyecciones. Debería llamarlo y contarle lo ingrato que
eres.
—Y bien que lo harías también, perversa —musitó él respirando hondo. Cerró los
ojos, cansado—. Maggie, me siento como el diablo. No me abandones.
Ella le apretó la mano.
—No lo haré. Quédate tranquilo.
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Saxon bebió hasta la última gota de la bebida helada que trajera Lisa junto con el
café para Maggie y luego se durmió. Sin embargo, despertó menos de dos horas
después dando vueltas y revueltas en la cama. La fiebre lo consumía.
El resto de la familia se había ido a la cama, pero Maggie recordó lo que Sandra
había comentado acerca de pasarle una esponja fría por todo el cuerpo. Seguramente
ayudaría a bajarle la fiebre mientras surtía efecto el antibiótico.
Apretando los dientes, lo destapó y comenzó a pasar la esponja mojada por todo el
cuerpo afiebrado.
Al principio, él se tensó al percibir el extraño contacto helado, pero luego, se relajó
y permaneció tendido con los ojos cerrados. Maggie continuó por mucho tiempo
masajeando el cuerpo casi inerte de Saxon, percibió el descenso de la temperatura en su
piel caliente y observó con detenimiento los rápidos cambios de expresión que iba
mostrando su rostro. El la necesitaba. Por unas cuantas horas él dependería de ella.
Cuando Maggie terminó de pasar la esponja, lo volvió a cubrir con las mantas y
Saxon cayó en un sueño pesado. Ella se sentó en un silloncito a su lado para poder
observarlo, como si quisiera grabar en su mente cada una de las características de ese
rostro tan amado hasta bien entrada la madrugada. Apenas si podía mantener los ojos
abiertos y de pronto, el sueño pudo más y los párpados pesados cayeron para no volver
a abrirse. Su cuerpo quedó flojo en el sillón y durmió profundamente.
El seguía dormido cuando ella despertó y se inclinó para tocarle la frente. Estaba
fresca, afortunadamente; la fiebre había cedido. Maggie lo abandonó el tiempo
suficiente como para cambiarse de ropa, refrescarse un poco y buscar una bandeja para
llevarle el desayuno arriba. Sandra tenía una reunión con el grupo de la iglesia esa
mañana, y Randy y Lisa irían a la ciudad a comenzar sus compras de muebles para la
nueva casa.
— ¿Te molesta que todos te abandonemos? —preguntó Sandra con un poco de
culpa—. Si él nos dejara permanecer a su lado, estaría gustosa de compartir la carga...
—Lo sé perfectamente —dijo Maggie con una sonrisa—. No me molesta en lo más
mínimo.
— ¿Una tarea de caridad, querida mía? —preguntó Sandra, comprensiva.
Maggie, imperturbable, asintió con la cabeza.
—Es mejor que suba esto antes de que él se despierte —dijo, indicando la
bandeja—. Espero lograr que coma algo, aunque sea una tostada.
—Bien —comentó Randy—, si lo hace por alguien, tú eres la más indicada.
—Espero que tengas razón —respondió ella—. Los veré más tarde. Hasta luego.
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—Saxon, ¿no puedes aguardar a que Randy esté de vuelta en casa?—preguntó ella,
nerviosa.
—Maggie, me siento como si no me hubiera bañado en semanas, ¿no lo
comprendes? Sólo deseo una bañera con agua. Si eres tan endemoniadamente púdica,
me las arreglaré solo, sin tu ayuda.
—Me haces aparecer como una mojigata —rezongó ella—. Está bien, te ayudaré.
De todas maneras, no creo que pueda sentirme más turbada de lo que ya estoy.
—No hay nada turbador ni impactante en la desnudez, o al menos Dios no lo
creyó así porque, originariamente, nos hizo sin proveernos de un guardarropa
completo.
—Supongo que tienes razón —admitió ella, renuente—. Sin embargo, la gente
suele producir cosas realmente repugnantes sacadas de la desnudez.
— ¿Como la pornografía? Sí, lo sé. De un acto de amor producen un acto de
degradación humana. Empero, entre gente que se ama, Maggie, se vuelve una
expresión de algo más que de deseo carnal, así como los cuerpos son algo más que
objetos de depravación.
Ella se levantó y estiró su camiseta de escote en V con manos inseguras.
—Contigo soy muy tímida —confesó ella—. Es algo que no puedo remediar, no
poseo la experiencia necesaria para fingir lo que no siento verdaderamente.
—Me alegra que sea así —replicó él, sereno—. Y no quiero que consigas esa clase
de experiencia con ningún hombre excepto yo.
Ella se aclaró la garganta otra vez.
—Abriré el grifo de la bañera.
La risa suave y contenida de Saxon la siguió como un viento implacable. Cuando
hubo llenado la bañera, arregló las toallas y regresó al dormitorio a buscarlo con el
corazón en la boca.
Saxon retiró las mantas que lo cubrían y se puso de pie sin demostrar ninguna
vergüenza aun cuando ella vaciló y él debió saber que lo estaba mirando.
— ¿Podrías acercarte lo suficiente para darme la mano? —bromeó él.
—Por supuesto. —Maggie le tomó la mano y lo llevó hasta el baño recubierto de
azulejos azules. — Lo siento, estaba repasando, una lección de anatomía, —agregó con
una sonrisa maliciosa.
— ¿Desilusionada, Maggie? —inquirió él, en voz baja.
Ella le bajó la mano hasta posarla sobre el borde de la bañera.
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Las palabras no tenían sentido, pero entonces, no tenían nada que ver con lo que
estaba sucediendo y ambos lo sabían. El se volvió sin poder controlarse y también la
hizo girar a ella hasta que el frágil cuerpo femenino quedó como pegado contra todo el
largo del de Saxon y ella sintió por primera vez, el sedoso roce de piel contra piel en la
suave tibieza del agua. Las piernas se entrelazaron temblorosas y el cuerpo de Maggie
se tensó cuando ella estiró los brazos para rodearle los hombros y sus senos se
aplastaron contra el vello enjabonado del pecho de Saxon.
—Ahora —gimió él.
Le temblaron los brazos cuando la atrajo contra sí y bajó la boca para cubrir la de
Maggie con un beso desesperado. El agua los cubrió hasta el cuello y debajo de la
superficie agitada, Maggie pudo sentir las manos de Saxon tocándola como ningún
hombre lo había hecho antes, explorándola y apaciguándola para lo que seguramente le
haría conocer.
—Pero... pero no podemos —dijo ella, con un gemido ahogado y apenas susurrado
temblando toda ella por el largo contacto con su cuerpo.
— ¿Por qué no? —protestó él.
Su lengua se introducía y salía de la boca de Maggie con movimientos rítmicos y
sus manos la alzaban por las caderas y le acariciaban los muslos.
— ¿Aquí? —gritó ella, pero ya había perdido el control; se arqueaba y
contorsionaba y se aferraba a él con pasión incontenible.
Su urgencia era tal que, al sentir que Saxon la movía, se abandonó a sus brazos y le
mordió los labios mientras le clavaba las uñas en la piel. Su voz se elevó en un grito
salvaje que rompió el silencio que los rodeaba cuando el mundo se oscureció y se
enrojeció y giró alocadamente en el resplandor enceguecedor de explosiones ígneas que
parecían rodearla y el dolor se volvió una suerte de terrible y dulce necesidad...
Maggie siempre había oído que los hombres pierden el interés una vez que han
saciado sus apetitos, pero Saxon continuó sosteniéndola contra su pecho y depositaba
besos dulces y cariñosos en todo su rostro hasta que la vio nuevamente tranquila. Le
acarició las mejillas, la boca, el cuello con dedos temblorosos mientras decía palabras
ininteligibles a su oído. Palabras que ella no podía entender ni oír bien, ya que su
cuerpo aún seguía torturado por las secuelas de un gozo que no admitía descripción.
—Yo creía... suponía que debía doler —murmuró ella contra el hombro desnudo al
tiempo que se estremecía por una corriente de aire frío y la baja temperatura del agua.
—Te dolió —murmuró él a su oído—. Lo que sucede es que no te importó —
agregó él, con risa en la voz.
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—Es tan extraño que uno pueda desear, necesitar dolor en pequeñas dosis —
comentó ella algo turbada—. ¿Por qué?
—Yo tampoco lo sé, querida —confesó él—. Sólo sé que en toda mi vida jamás ha
habido algo como esto, con nadie. Estoy apenas aprendiendo a comprender por qué los
franceses llaman al acto de amor "la pequeña muerte".
—Fue algo así, ¿verdad? —inquirió ella inclinándose para besarle los labios con
dulzura y amando su cálida dureza y el roce de su cuerpo contra el suyo.
Saxon inhaló con fuerza, la tomó por los hombros y la miró con una expresión de
gran preocupación.
—Maggie, será mejor que salgamos de una vez. El agua está muy fría.
—Oh, sí, sí, por supuesto —tartamudeó ella.
Salió de la bañera y tomó una toalla para envolverse y le tendió otra a Saxon. Se
secaron uno al otro en medio de un silencio extraño. Ella regresó al dormitorio antes
que él para buscar su pijama. Se lo tendió para que se lo pusiera y se alejó para vestirse.
Cuando Saxon hubo terminado ella lo llevó de regreso a la cama.
—Si quieres, te secaré el cabello —se ofreció ella en tono opaco.
—No. Está bien. Ya quité casi toda el agua que tenía. Es mejor que seques el
tuyo.
—Y-yo lo haré.
Buscó algo que decir, pero se había vuelto tímida frente a él; se sentía nerviosa e
insegura. Saxon parecía deplorar lo que había sucedido y ella se alejó, tratando aun de
reconciliar las demandas de su cuerpo con su propia reticencia. Jamás había creído que
la gente pudiera perder el control de tal forma. Ahora, todo había pasado y la súbita
idea de que pudiera quedar embarazada la asaltó sin que pudiera evitarlo. Ni siquiera
había pensado en las consecuencias... ¡ni una sola vez! Toda su crianza, todos sus
principios habían quedado de lado ante el deseo insaciable que sintiera por un hombre
que sólo ansiaba adueñarse de su cuerpo. Y ahora él lo lamentaba junto con ella, pero
era demasiado tarde.
Maggie se secó el cabello y pasó varios minutos en su cuarto con la idea de
recuperarse lo suficiente como para volver a él. Pero cuanto más tardaba, más imposible
le parecía. ¿Cómo podría enfrentarlo después de un abandono tan absoluto? ¡En la
bañera! ¿Cómo podría volver a hablarle? Cerró los ojos. Su cuerpo ya comenzaba a
sentir los estragos de la dureza de la bañera. ¡Debieron estar completamente locos!
Bien, al menos Saxon sabía ahora que seguía siendo un hombre entero a pesar de
su ceguera, pensó ella con amargura. Y ya que él había conseguido lo que quería desde
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que ella llegara a su casa, probablemente no querría verla más. ¿Había sido puro deseo?
¿O había estado celoso de Bret... tan celoso que sintió la necesidad de ejercer su dominio
sobre ella? ¿O habría razones más oscuras y profundas que éstas? ¿Acaso era una
venganza por el artículo dañino que le causara, indirectamente, la ceguera?
Esa idea la paralizó. En el momento de entrega ella había creído que Saxon lo hacía
por amor. Se había auto convencido de que las palabras de amor que le susurrara al
oído, las ardientes órdenes que la habían impulsado a hundirse en la dulce locura
emotiva, habían surgido por puro amor a ella. Sin embargo, ahora tenía dudas. ¿No
podía cualquier mujer haberlo complacido de la misma manera a pesar de lo que él le
dijera? Después de todo, los hombres disfrutaban del acto sexual sin importarles
quiénes eran sus compañeras, ¿o no?
Cuanto más cavilaba, más grandes eran sus dudas, hasta que al fin se convenció de
que lo que había ocurrido entre ellos no era nada más que una sórdida excursión al
placer animal, un error que nunca debió haber cometido.
Salió al corredor justo en el momento en que Randy llegaba.
—Randy ¿le cambiarías las sábanas a Saxon? —preguntó ella—. Debo salir por
unos minutos...
—Oh, seguro —acordó él, sonriente—. ¿Descansaste un poco?
—Dormí algo, ahora necesito un poco de aire fresco, eso es todo —le aseguró
ella—. Un millón de gracias.
Bajó volando la escalera agradecida de que no hubiera nadie a la vista pues estaba
llorando.
Vagabundeó por el parque durante horas, cavilando, odiándose y odiando a
Saxon. Sólo le quedaba una cosa por hacer. Regresar a su hogar. Ahora. Antes de que,
por alguna horrible circunstancia, volviera a caer rendida en sus brazos. El que
ocurriera una vez podía ser excusable basándose en locura temporaria, pero dos veces
sería imperdonable.
Se envolvió en sus propios brazos al sentir que el frío la hacía temblar. Regresó al
interior de la casa y subió la escalera como si fuera una prisionera que iba a la
guillotina.
Golpeó la puerta de Saxon y pegó un salto al oír el grito.
— ¡Entra!
Abrió la puerta y se movió, vacilante, hacia el interior de la habitación. El estaba
debajo de las sábanas, fumando un cigarrillo con el rostro sombrío y surcado de líneas
tensas.
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—Y entonces, también debes considerar que soy ciego —insistió él—. Por lo que no
soy el marido más recomendable del mundo.
— ¡Eso no tiene nada que ver con esto! —protestó ella—. Saxon, si tuvieras bien
la vista, nada de esto hubiera sucedido, ¿no te das cuenta de eso? Tú no hubieras
estado tan celoso de Bret como para seducirme, o tan hambriento de una mujer como
para haber perdido la cabeza. ¡Tú no hubieras... no me hubieras deseado siquiera! —Su
voz se quebró en la garganta y con un grito casi ahogado ella giró y salió corriendo
hacia la puerta.
— ¡Maggie, tú, loca y pequeña tonta! —estalló él—. ¡Maggie!
Empero, ella no se detuvo, no podía detenerse. El no la amaba. Sólo el sentimiento
de culpa lo obligaba a sugerir el matrimonio como reparación. Todo porque él creía que
podía quedar embarazada. No podía dejar que él se dejara atrapar en un matrimonio
que no deseaba con toda su alma. Sin amor nunca sería lo mismo. Y si él se enamoraba
de otra mujer y se encontraba atado a ella, sería mucho más de lo que ella podría
soportar.
Corrió escaleras abajo con los ojos cegados por las lágrimas apenas consciente de
unos pasos que la seguían. Se detuvo al pie de la escalera al oír el llamado de Saxon.
Alzó la vista hasta el primer escalón donde él permanecía de pie con la mano
aferrada a la baranda.
— ¡Saxon, no! —gritó ella al ver que la mano se Saxon se desprendía—. ¡No!
Pero la advertencia llegó demasiado tarde. El cayó de cabeza por la escalera con un
ruido sordo y aterrador, saltando y rodando. Maggie se abalanzó hacia él, pero no llegó
a tiempo para detener su caída. Ella sintió que su propia cabeza chocaba y golpeaba
contra un peldaño cuando intentó detener la caída de Saxon, pero se mantuvo firme
rogando que fuera suficiente para evitarle más dolor.
Ambos rodaron hasta quedar formando una masa informe al pie de la escalera,
uno encima del otro. Maggie se levantó pesadamente y lo miró. Saxon permanecía
inconsciente; tenía cerrados los ojos, su rostro estaba pálido, casi blanco y sin expresión,
y tenía una mancha de sangre en la sien derecha.
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Capítulo 11
Las horas siguientes pasaron como en una nebulosa. Maggie debió haber gritado
porque cuando miró a su alrededor, Randy y Sandra ya estaban inclinados sobre Saxon,
y Lisa la sostenía para que no se lanzara sobre el cuerpo inanimado de Saxon.
Casi le fue imposible narrarles los sucesos que habían tenido lugar minutos antes.
Su voz, incoherente debido a las lágrimas, sus ojos fijos en Saxon, su mano se aferró a la
de él hasta que llegó la ambulancia lo cual pareció toda una eternidad, le impidieron
hacerse entender. Fue con él en la ambulancia sin dejarlo hasta que lo llevaron a la sala
de guardia.
Por último, luego de unos minutos de agonía, el doctor Johnson salió de la sala y
les explicó lo que había sucedido con una larga e incomprensible descripción netamente
técnica.
—Lo más importante de todo —concluyó él, sosteniendo las temblorosas manos de
Sandra, mientras los otros se reunían a su alrededor—, es que, a causa de la caída, se ha
movido la esquirla. Todavía no es operable, pero... con un poco de suerte, mí querida...
cuando Saxon se recupere, podrá ver otra vez.
Sandra contuvo el aliento y el rostro de Maggie se iluminó con una radiante
sonrisa de alivio. ¡Podría volver a ver! Si eso llegara a ocurrir, quizás él hasta sería capaz
de perdonarla por esto, por enviarlo al hospital...
Las lágrimas rodaban libremente por las mejillas de Maggie. Ojalá... ¡Ojalá! A ella
no le importaría renunciar a él si eso fuera la consecuencia de la recuperación de su
visión. No le importaría perderlo para siempre, en tanto él se sintiera otra vez entero.
¡Daría cualquier cosa para que eso fuera realidad!
Sandra se volvió a ella una vez que el médico se hubo ido prometiendo avisarles
cualquier novedad.
— ¿Te das cuenta? —susurró ella, llorosa sosteniendo la mano de Maggie y
atrayéndola contra su pecho—. Siempre todo se arregla para bien. Te estabas culpando,
querida, pero si no se hubiera caído... no tendría la posibilidad de volver a ver. ¡Ahora,
él podrá ver de nuevo!
Randy extendió la mano y le revolvió el cabello con gesto fraternal.
— ¿Quieres hacer el bien de serenarte? Todo saldrá bien. De veras, te lo aseguro.
Lisa agregó su granito de arena para tranquilizar a Maggie. Todos permanecieron
en el hospital durante casi todo el día hasta que Saxon, por fin, recobró la conciencia y
pudo recibir visitas. Entraron de a uno. Maggie quedó para el final, no tanto por
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consideración hacia los otros, sino por cobardía. No obstante, le llegó el turno y tuvo
que reunir todo su coraje para encarar la situación. Maggie jamás había estado tan
nerviosa como en el instante en que se detuvo en la puerta. Vestía un sencillo traje
camisero color verde en suave lana tramada, botas claras y tenía el cabello recién
lavado, enmarcándole el rostro ovalado. Había crecido un poco, pero aún tardaría
bastante para llegar al largo que agradaba a Saxon. Se preguntó, como atontada, cuánto
tiempo tardaría en crecerle.
Empujó la puerta y entró sorprendiéndose al encontrarlo sentado en la cama. La
habitación, según pudo notar Maggie, estaba casi en penumbras.
Cuando ella entró, él se dio vuelta y sus pupilas parecieron dilatarse al fijar la vista
en ella. Se deslizaron lentamente por cada línea de su rostro antes de descender a su
cuerpo donde se demoraron amorosamente sobre cada curva suave que se podía
apreciar debajo del vestido. Saxon sonrió débilmente, pero su rostro reflejaba
admiración netamente masculina.
—Esto me sucedió con demasiados días de retraso para beneficiarme en algo —
murmuró él, enigmático y la miró a los ojos justo en el momento en que las palabras
penetraban en el torbellino de su mente causando impacto con su significado más que
evidente.
Maggie se ruborizó y Saxon, que esta vez lo pudo ver, rió feliz.
—Entra y siéntate —le dijo.
Ella se acercó a la silla que estaba al lado de la cama y se sentó en el borde
manteniendo el bolso apretado sobre la falda.
— ¿Cómo-cómo estás? —preguntó ella, vacilante—. ¿Cómo te sientes?
—Dolorido —murmuró él con una sonrisa que más parecía una mueca—. Fuerte
como un toro. Encantado. Capaz de conquistar el mundo. Muchísimas cosas, Maggie.
Pero, ¿cómo te sientes tú?
—Culpable —replicó ella sin pensar y cerró los ojos, temerosa al ver su
expresión—. ¡Saxon, lo siento tanto!
— ¿Por haber hecho qué? —estalló él—. Por hacer posible que volviera a ver.
¡Qué loca eres!
— ¡Por hacerte caer por las escaleras! —corrigió ella—. ¡Pudiste haberte roto el
cuello!
—Pero no sucedió. Y valió la pena. —Sus ojos buscaron los de Maggie y se
entrecerraron. — Estabas equivocada, ¿sabes? —agregó él suave—. Pareces no creer lo
que te digo, pero, era a ti a quien deseaba esa mañana, sólo a ti. A nadie más.
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—Estoy segura de que no me necesitarás ya que tienes todas esas beldades que
rivalizan por llamar tu atención, ¿no te parece?
— ¿Extrañas tu empleo? —se burló él.
—Lo he extrañado siempre —respondió ella, indiferente—. Todavía no he hallado
nada que pueda remplazado.
— ¿Ni siquiera en esa bañera conmigo? —preguntó él abruptamente y estudió el
rostro arrebolado con ojos que no perdían detalle—. Quizá te interesaría saber que, de
todos los lugares en los que he mantenido relaciones con otras mujeres, nunca lo había
hecho en una bañera. Ese fue el primero y único.
Maggie intentó mostrarse sofisticada y fracasó ampliamente.
—Oh, no lo digas —balbuceó ella volviendo la cabeza a otro lado.
—Mi pequeña mojigata —se mofó él con voz profunda y un tanto risueña—. ¿Te
ruborizaste de pies a cabeza cuando me viste desnudo?
Ella inhaló profundamente.
—Sí, seguro que sí —admitió—. ¿Te diviertes mucho conmigo, Saxon? ¿Te
agradaría pincharme con alfileres?
El la estudió por largo rato como disecando las emociones fugaces que se
reflejaban en ese rostro escondido.
—Yo no bromeaba cuando te pedí que te casaras conmigo —dijo él
inesperadamente—. Ambos sabemos que podrías estar embarazada.
Ella asintió tapándose el rostro con las manos.
—Podría ser. Pero existe la misma probabilidad de que no lo esté. Aún pienso que
es una locura casarse sin... sin estar seguros.
Saxon cerró los ojos con un suspiro de pesar.
—Tal vez tengas razón —dijo con tono pesaroso—. Quizás es una locura. Pero,
Maggie, tengo cuarenta años. Tú tienes... ¿cuántos? ¿Veintiséis? ¿Cuánto tiempo nos
queda para seguir buscando pareja? Somos compatibles... endiabladamente compatibles
en lo físico. Dime, dejando de lado todo el orgullo y vanidad, ¿podrías conseguir algo
mejor? Yo puedo darte de todo y más de lo que puedes desear. Yo... yo me haré cargo
de ti, Maggie —agregó él y ella percibió su vacilación; era como si Saxon hubiera
pensado decir algo completamente distinto, pero lo había pensado mejor.
Ella sintió el impulso de levantarse y echar a correr. Su proposición era algo que ni
debía ser considerada. No obstante el riesgo de un embarazo, era una locura dejarse
llevar a un matrimonio como éste, cuando ella sabía muy bien que él no la amaba. No
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en la forma en que debía amarla para hablar de matrimonio. ¡El matrimonio era tan
permanente!
Ella lo miró con ojos que reflejaban todas sus incertidumbres.
— ¿Qué sucedería si te enamoraras de otra mujer? —inquirió ella, con calma—.
¿Qué sucedería si... si yo lo hago? —agregó, sabiendo que las probabilidades eran
billones contra una, pero demasiado insegura para admitir que lo amaba y ser
rechazada.
—Cruzaremos los puentes cuando lleguemos a ellos. ¿Bien? —Sus ojos oscuros
penetraron en los de Maggie y una ceja espesa se elevó hacia el vendaje que le rodeaba
la cabeza. — ¿Dudas todavía? Ven aquí, Maggie y te convenceré de la mejor manera
posible.
En realidad, ella debió haber partido mientras aún conservaba sus fuerzas, se
reprochó. Más, lo deseaba tanto, lo amaba con tanto ardor que no pudo hacerlo. Su
mente estaba bajo el influjo y el dominio de su corazón rebelde. Se levantó de la silla,
consciente de la débil expresión de sorpresa que mostró el rostro de Saxon al verla
acudir sin resistencia hacia él y sentarse en el borde de la cama.
— ¿Estás seguro de que lo podrás resistir? —preguntó ella mirándole el rostro
fatigado.
— ¿Contigo? —inquirió con tono profundo y ronco—. Mi Dios, ¿no sabes acaso
que hasta me levantaría de mi lecho de muerte para hacer el amor contigo? Tiéndete a
mi lado...
Saxon la tomó con fuerza del brazo y la tironeó hacia abajo para que cayera contra
su pecho ancho. Su boca encontró la otra en un solo movimiento fluido, sus labios
tantearon y exigieron mientras su lengua invadía la otra boca rendida al saqueo.
El enredó sus largos dedos en el corto cabello de Maggie y le apretujó el rostro
contra su cara con urgencia creciente en la súbita presión de su boca.
—No —susurró ella, temblorosa.
Saxon, cuya respiración mostraba a las claras su cólera, le permitió separarse un
tanto, pero sus ojos prometían el justo castigo que recibiría por hacerlo.
—Te deseo —recalcó él sosteniendo la mirada de Maggie con gesto implacable—.
De cualquier forma en que pueda conseguirte. Y tú también me deseas. ¿No es eso
suficiente, Maggie? ¿Debes tener también promesas de amor eterno?
Ella le acarició el rostro con dedos temblorosos que trasuntaban adoración
probando la textura de las mejillas y los labios.
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— No. — Ella suspiró con pesadumbre. — Supongo que no. —Sus ojos hurgaron
en los suyos serenamente. — Al menos acepto con los ojos bien abiertos, por así decirlo.
No esperaré que seas un santo.
—Así me gusta. Eso es algo muy bueno —dijo él—, porque no te casarás con uno.
Dios bien sabe que no soy perfecto.
Maggie frunció los labios con gesto travieso y malicioso.
—Oh, tal vez en un aspecto... —murmuró ella, sugestiva.
El contuvo el aliento y llevó los dedos de Maggie a su boca, mordisqueándolos con
los labios y con los dientes.
— ¿Te agrado? —preguntó él sensual.
—Sí —admitió ella antes de que su propia respiración la delatara más.
—La próxima vez —susurró él, ronco, mirándola a los ojos—, será en una cama,
con luces radiantes. O a plena luz del día para que yo pueda verte, verte
verdaderamente mientras hacemos el amor.
Maggie sintió un cosquilleo salvaje recorrer su cuerpo de arriba a abajo al tiempo
que su corazón parecía emprender una loca carrera.
—Saxon, ¿te gustaría tener un hijo? —le preguntó con la voz de una extraña.
—Oh, Dios... —gimió él atrayéndola contra su cuerpo. La besó salvajemente, con
desesperación hasta casi lastimarle los labios con el ardor de sus besos—. Por supuesto
que deseo tener un hijo —insistió él con voz temblorosa lo mismo que la mano que le
sostenía la cabeza gacha para seguirla besando.
—Un pequeñín con ojos oscuros y manos grandes —exhaló ella junto a la boca de
Saxon.
—Una niña pequeñita con ojos verdes y piernas largas —la corrigió él mordiéndole
los labios, entusiasmado.
—Uno de cada uno —prometió ella al recibir sus besos que le hacían probar y
saborear la dulce y lenta presión que ejercía su boca contra los tersos labios femeninos.
Ninguno de los dos oyó la puerta cuando se abrió, ni la señal discreta de la
mucama al aclararse la garganta hasta que lo repitió un poco más fuerte la segunda vez.
Maggie se echó atrás con el rostro rojo de vergüenza.
— ¡Oh! —exclamó ella—. ¿Necesita que yo... salga de la habitación?
La mujer mayor, una pelirroja, sonreía divertida.
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—Únicamente si usted necesita ese ejercicio — dijo—. Supe que él era peligroso en
el instante en que lo vi en el vestíbulo.
Saxon le sonrió.
—Bueno, no hay mucho que hacer por estos lados —comentó él—. Tuve que
importar mi propio juguete...
La mujer mayor rió y le guiñó el ojo a Maggie.
— ¡Óigalo! No deje que la corrompa, mi querida. ¡Conozco a los de su tipo!
—Llegó demasiado tarde —le informó Saxon—.Acaba de aceptar casarse conmigo.
—Pobrecita —suspiró la enfermera palmeando el hombro de Maggie—. Haga que
la trate como merece, ¿entiende? Bien, ahora le llenaré la jarra con jugo helado, señor
Tremayne. ¿Quiere un vaso lleno para tomar ahora?
—No, pero me agradaría tomar una taza de café si es posible —respondió él con
una sonrisa que podía haber hechizado a un toro salvaje.
—Le alcanzaré una. ¿Para usted también? —Preguntó dirigiéndose a Maggie.
—Le estaría muy agradecida —fue la respuesta.
—Estaré de vuelta en un santiamén —replicó la enfermera por encima del hombro.
Saxon le sonrió con rostro relajado y ojos serenos y oscuros. Había algo diferente
en su expresión, pero algo vagamente familiar en su mirada...
—No pienses tanto, te harás daño —murmuró él.
Le rozó la mejilla con el dorso de la mano mientras sus ojos parecían dibujar cada
línea del rostro de Maggie para grabarlas en su mente.
— ¿Cuándo?
— ¿Cuándo qué?
— ¿Cuándo te casarás conmigo? Supón que realicemos una boda doble con
Randy y Lisa. ¿Tendrías algún inconveniente? —preguntó él.
Maggie quedó sin aliento.
—Apenas faltan seis semanas...
Saxon le cubrió la boca con un dedo y la miró con ojos solemnes.
—Yo puedo esperar seis semanas... apenas. Si piensas posponerlo por más tiempo,
te diré francamente que no podrás ser capaz de mantenerme alejado de tu cama. Te
deseo con desesperación.
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—No he vuelto a hacerte el amor desde que regresé a casa —le dijo, cariñoso—,
porque no estaba seguro de poder detenerme.
Los ojos de Maggie volaron hacia el rostro de su amado y contuvo el aliento.
—Oh.
El sonrió apenas.
— ¿Estabas preocupada?
—No estoy muy segura. Yo... bueno, yo me preguntaba si lo estabas pensando
mejor, eso es todo.
Saxon le tomó la mano y llevó la suave palma hasta sus labios.
—No, cariño, ni lo pienses. ¿Y tú, te arrepientes?
Ella le devolvió una sonrisa feliz.
—No.
Los ojos de Saxon descendieron hasta el bajo escote en V de la camisa y se
oscurecieron ostensiblemente. Durante varios segundos, su respiración pareció agitarse
cada vez más antes de soltarle la mano, girar y apoyarse en el respaldo del sofá con los
ojos cerrados.
—Se está haciendo tarde —dijo él después de un minuto—. Será mejor que
duermas un poco.
Maggie, decepcionada, lanzó un largo suspiro y comenzó a levantarse de su
asiento.
El la tomó del hombro cuando ella empezaba a levantarse y la hizo volver,
escudriñando su cara.
—Maggie... —musitó él con voz insegura.
Sin defensa alguna, ella se dejó caer en su regazo, tomándolo por la nuca para que
bajara su cabeza.
—Bésame —pidió con voz ahogada—. ¡Por favor, Saxon, bésame muy fuerte!
Las bocas se unieron en un beso apasionado, seguido por otros cada vez más
fogosos como si hiciera semanas que no lo hicieran en lugar de unos cuantos días. Ella
percibió los latidos acelerados del corazón de Saxon que imitaban a los suyos y se
abandonó al placer de estar cerca suyo, besarlo y desearlo. Ya había pasado demasiado
tiempo.
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Sintió que Saxon se revolvía en el sofá hasta quedar tendido cuan largo era al lado
de Maggie mientras una mano se había introducido debajo de la camisa para reposar
sobre la piel de su cintura.
— ¿Acaso eso es todo lo que piensas hacer? —Le susurró ella en la boca.
— ¿Qué es lo que quieres que haga? —le preguntó con una sonrisa maliciosa
mientras la observaba apoyado sobre el codo.
—Siempre creí que era yo la que necesitaba instrucción sobre el tema —murmuró
ella, seca.
—En esto, ambos somos principiantes, Maggie —respondió él mientras sus dedos
le acariciaban el torso debajo de la camisa.
— ¿Principiantes? —preguntó ella, asombrada.
—Uh-huh —murmuró él. Sus dedos dispusieron rápidamente del broche del
sostén y ascendieron hasta encontrar la piel satinada que se endureció ante el roce
sutil—. ¿Es esto lo que querías? —inquirió él con picardía.
—Más o menos —admitió ella con la respiración entrecortada mientras respondía
sin ninguna vergüenza a las sensaciones que él le producía.
Saxon arqueó las cejas y sonrió con malicia.
—Entonces, ¿qué te parece esto, mi querida? —murmuró él, mientras jugaba con el
borde de la camisa y lo iba subiendo por el cuerpo dejando al descubierto la cintura,
primero, luego el estómago y por último las suaves curvas de los senos.
Fue allí cuando él quedó como petrificado y se desvaneció la sonrisa de su rostro al
verla por primera vez y poder admirar la carne vibrante que sólo había conocido al
tacto.
— ¿Te sientes... te sientes decepcionado? —preguntó ella, vacilante al ver su
inmovilidad.
Un profundo suspiro escapó por entre los labios tensos de Saxon y volvió la
mirada al rostro de Maggie para tranquilizarla.
—No, no estoy decepcionado —respondió con voz ronca.
Volvió a inclinar la cabeza y ella lo vio abrir la boca para apresar el pezón
endurecido entre sus labios y atormentarlo con su lengua. Maggie sin defensa posible,
arqueó el cuerpo mórbido mientras su respiración quedaba presa en su garganta
cuando la magia de amor comenzó a ejercer su hechizo sobre ella.
Los dedos de Saxon se clavaron en la carne trémula hasta hacerle daño al tiempo
que su boca se tornaba cada vez más exigente. Con un quejido de voluptuosidad
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contenida, Saxon retornó a la boca de Maggie, deteniéndose por breves instantes encima
del rostro amado mientras sus ojos relumbraban de pasión y se clavaban en las
esmeraldas ardientes de Maggie.
—Maggie... —El mordió la palabra.
Sus manos se posesionaron del cuerpo frágil anhelantes. Entonces, ella se hundió
en los mullidos cojines bajo el peso formidable de Saxon aceptándolo con júbilo y sin un
atisbo de protesta.
Se estiró debajo de él con movimientos sensuales percibiendo el roce de las
poderosas piernas musculosas contra las suyas en el prolongado silencio que los
rodeaba, acentuado por los sonidos de respiración áspera y el frotar de tela contra tela.
El estaba sin camisa y apoyaba el pecho desnudo sobre la tersa piel de Maggie
cuando, sin ninguna advertencia, se separó. Le temblaba el cuerpo por el esfuerzo de
contener su pasión. Dejó caer su frente sobre la de Maggie y luchó por recobrar el
aliento.
—Oh, cariño, te subes a mi cabeza como el alcohol—murmuró él jadeante aún.
Ella le tocó los hombros anchos y musculosos con ternura al percibir la tensión que
lo dominaba.
—Eres muy fuerte —musitó ella, temblorosa.
—Y tú muy suave y delicada —respondió él, besándola ligeramente en los labios—
. ¿Me deseas?
—Sí —replicó ella, sincera. Le tocó los labios con la yema de los dedos—. Saxon...
El sacudió la cabeza.
— Esta noche no —.La besó una vez más y se sentó, volvió a abrocharle el sostén y
a acomodar los faldones de la camisa debajo de los blue jeans con dedos inseguros.
— ¿Por qué? —quiso saber Maggie.
El la ayudó a sentarse y la besó en la frente.
—Porque lo que ocurrió en el baño fue un accidente. La próxima vez que hagamos
el amor, no será así, de repente y sin pensar o porque yo pierdo la cabeza. Sucederá
porque ambos lo deseamos y con mi sortija en tu dedo,
— ¿Entonces tú no querías en realidad que ocurriera?—preguntó ella por
curiosidad.
Saxon no le respondió de inmediato, sacó un cigarrillo, lo encendió y lanzó unas
cuantas bocanadas de humo. Luego la atrajo contra su cuerpo y se recostó contra el
respaldo del sofá.
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—Yo dije —insistió él obligándola a mirarlo a los ojos—, ¿tú quieres que la use?
Ella suspiró lentamente.
—Sí —admitió ella echando la cautela al viento—. Sí, quiero, quiero que todas esas
mujeres provocativas sepan que tú me perteneces.
Los dedos de Saxon se extendieron sobre la garganta palpitante de Maggie y le
reclinó la cabeza sobre su hombro mientras algo oscuro y salvaje refulgía en sus ojos al
fijarlos en los de ella.
—Repite eso de nuevo...
—¿Qué?
—Que voy a pertenecerte —murmuró él.
Maggie se ruborizó y trató de esconder sus ojos, pero él no se lo permitió.
—Tú vas... a pertenecerme —balbuceó ella mientras la mirada penetrante de Saxon
debilitaba sus piernas.
—Y tú me pertenecerás —replicó él en respuesta—. ¿En cuerpo y alma?
—En cuerpo y alma —suspiró ella. Sus dedos temblorosos acariciaron el rostro del
hombre amado, la frente amplia, las cejas, la nariz y la boca—. Todo mío.
— ¿Conoces las palabras que se dicen en la ceremonia de bodas? —preguntó él.
—Amar, honrar y querer...
—Y con mi cuerpo te adoraré —musitó él con fervor. Sus manos la aprisionaron y
la acercaron más para cubrirla casi con su cuerpo. Los largos brazos la envolvieron y la
apretaron contra el pecho todavía desnudo por lo que las manos de Maggie se
incrustaron en la espesa mata de vello sobre los músculos calientes—. ¿Te hice gozar
realmente aquella mañana?—le preguntó, ronco—. ¿Te proporcioné todo el placer que
yo deseaba darte?
—Sí. Oh, sí, Saxon. Me hiciste gozar más de lo imaginable.
—Y si no hubiera existido la posibilidad de un hijo —continuó él despacio—, si yo
no hubiera perdido la cabeza... ¿lo mismo te casarías conmigo para Navidad?
Maggie vaciló. Él le pedía que admitiera algo que ella tenía miedo de admitir.
Podía soportar el amarlo en silencio, pero ¿sería capaz de soportar su compasión si
llegara a conocer su verdad? Volvió a vacilar, rígida contra el cálido cuerpo de Saxon.
El la tomó por la barbilla y le levantó el rostro observándola con detenimiento.
—Te necesito —le dijo él—. Tengo que saberlo. ¿Te estoy obligando a llevar a cabo
una unión que no deseas?
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—Di las palabras, Maggie —insistió él—. Oh, Dios, dime las palabras... ¡Las
necesito tanto!
—Te amo, Saxon —exhaló ella en su boca percibiendo con asombro el temblor que
recorrió el cuerpo enorme de Saxon y la oleada posesiva que se adueñó de sus brazos al
envolverla por completo—. Te amo tanto que hasta me hace sufrir.
—Querida — susurró él, inclinándose.
Abrió la boca contra la de ella encajando exactamente en el quicio que dejaban los
labios entreabiertos, tomando posesión lenta y decidida de toda su boca.
Maggie lo sintió moverse tendiéndola sobre el sofá mientras él también hacía lo
propio, fundiéndose en un abrazo mientras se besaban lenta, cariñosamente, como no lo
habían hecho nunca.
—Sólo me llamas querida cuando... hacemos el amor —susurró ella.
—Puedo encontrar otras palabras si así lo deseas —respondió él—. Cariño,
dulzura, pedacito de cielo, corazón, mía... mi amor.
— Me-me gusta la última —murmuró ella.
Saxon frotó la nariz contra el rostro de Maggie.
— ¿También tú lo quieres oír? ¿Qué te amo?
— ¿De veras?—musitó ella, incapaz casi de respirar al mirarlo, esperando contra
toda esperanza, necesitándolo.
—Desesperadamente —admitió él clavando la vista en los ojos verdes como
buscando en ellos lo que ya ardía en los suyos—. Desesperadamente. Como una
criatura de quince. Desde el día en que al abrir la puerta de mi oficina te vi de pie frente
a mí hace casi un año.
—Oh, Saxon —estalló ella, ocultando el rostro en la garganta del hombre amado.
—No he tenido ni una mujer desde ese día —le susurró él al oído—. Nada hasta
ese día en la bañera. Ni siquiera lo intenté, Maggie; no existía nadie más que tú para mí.
Nadie. Te he amado desde hace tanto tiempo...
—Y yo también te he amado todo este tiempo. —Maggie gimió. — Hice como que
vivía, pero todo el tiempo pensaba que me odiabas. Y cuando descubrí que tú eras el
hermanastro de Randy, estuve convencida de que me habías traído para vengarte de
mí.
—Cuando yo descubrí que eras la hermana de Lisa me volví loco tratando de
inventar excusas para traerte aquí —confesó él—. Cuando por fin conseguí que Randy
pensara invitarte junto con Lisa para que nos hicieran una visita, tuve que esforzarme
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por parecer indiferente. Pero lo alenté a cada paso. Quería tenerte aquí conmigo hasta
que pudiera probar tu cercanía. Y luego, la única manera de retenerte a mi lado fue
demostrar rencor y deseos de venganza. Chantaje, intimidaciones, culpa... mi Dios. ¡Los
subterfugios que utilicé para impedir que me abandonaras!
—Seducirme —agregó ella, suspirando.
—Eso no lo planeé —dijo él, riendo—. Pero me pareció tan absolutamente natural
en ese entonces, tan correcto. Fuiste mi primera virgen, ¿lo sabías?
Ella giró para mirarlo con ojos sonrientes y acercarse más.
—En realidad, no sé si estar celosa de todas esas mujeres con las que adquiriste tu
experiencia o si debo estar agradecida a ellas. Lo hiciste todo maravilloso para mí.
—Me sucedió exactamente lo mismo —respondió él alisándole el cabello—. Jamás
le había hecho el amor a una mujer de la que estuviera enamorado hasta entonces. —
Rió con dulzura. — Pude haberte protegido, pero no lo hice. Ansiaba la amenaza de un
hijo, quería un hijo tuyo. Por lo menos, así lo creí. Esperaba que el temor te llevara a
aceptar y responder con un sí cuando te formulara la pregunta. Y lo logré.
Ella meneó la cabeza.
—No, no fue así —lo corrigió ella—. Si no te hubiera amado como te amo, hubiera
dicho que no a pesar de los riesgos. Pero tú me estabas ofreciendo el paraíso. ¿Cómo
podía rechazarlo?
Saxon posó la manaza sobre el estómago de Maggie con ademán posesivo.
— ¿Te disgustaría estar embarazada tan pronto?
—Aún no, estamos seguros —le recordó ella.
Él le rozó los labios con los suyos.
—Lo estaremos para Navidad —susurró él, voluptuoso, moviéndose contra el
cuerpo de Maggie para que descubriera el apetito que lo devoraba—. Podía contenerme
mientras no estaba seguro de ti. Pero ahora que lo estoy, te deseo más que nunca. Y ya
habrás comprendido que no aceptaré un no por respuesta, ¿verdad?
Ella contuvo el aliento cuando él volvió a sacarle la camisa.
—La puerta...
—La cerré con llave cuando entramos. Tranquilízate, querida. Esta vez será todo lo
que ambos queremos y esperamos que sea. No es impensado, ni es un impulso. Serás
mía por el resto de nuestras vidas. —Mientras él susurraba estas palabras, le sacaba
lentamente la camisa dejándola desnuda de la cintura para arriba.
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—Creí haber mencionado eso antes —replicó ella—. Oh, Saxon, debes ser el
hombre más magnífico.
—Tú misma puedes pasar por una adorable estatua griega —respondió él
admirando su cuerpo esbelto—. Maggie —continuó mientras deslizaba sus dedos por
cada curva y montículo del cuerpo femenino—. Te deseo más de lo que podría expresar
con palabras. Quiero envejecer junto a ti. Quiero que tus hijos sean míos. Quiero pasar
el resto de mi vida, adorándote, amándote...
—Siento lo mismo con respecto a ti —respondió ella. Movió las piernas para
acercar su cuerpo más contra él sonriendo ante la reacción involuntaria, la súbita
tensión bajo el calor de sus músculos poderosos—. Haz que dure... mucho tiempo —le
susurró al tiempo que alzaba las manos para enredar en ellas y tironear los vellos del
pecho viril—. Haz que esta vez dure para siempre.
La respiración de Saxon se tornó irregular y jadeante. Una pierna fornida se
insinuó sobre las de Maggie y una mano cálida le aplanó el vientre antes de empezar a
realizar sobre su cuerpo nuevos movimientos hasta entonces desconocidos para ella.
Maggie gritó sin poder contenerse, temblando de placer mientras se miraban a los
ojos, extasiados y ella clavaba sus uñas en la carne dura de Saxon.
El sonrió, triunfante.
—Supón, que te diga exactamente lo que voy a hacerte —susurró él, inclinándose
para pellizcarle los labios con los suyos—. Y cómo lo llevaré a cabo —agregó, riendo
por lo bajo cuando ella se arqueaba y gemía violentamente—. Oh, sí, mi adorada, es
hermoso, ¿no es así? Y esto es sólo el principio, sólo la punta del iceberg.
—Saxon —exclamó ella colgándose del cuello, atrayéndolo con fuerza, sus ojos
suplicantes y todo su cuerpo ardiendo de pies a cabeza bajo las caricias exquisitas con
que Saxon la torturaba hasta el delirio—. ¡Te amo, te amo con locura!
—Yo también te amo —respondió él en un susurro—. Amo cada centímetro de tu
cuerpo, cada curva, cada línea... Con mi cuerpo te adoraré. Aquí es donde comienza
nuestro matrimonio, aquí y ahora, con tanta seguridad como si el contrato matrimonial
ya estuviera firmado, las sortijas en su lugar y dichos los votos. Eres mía y soy tuyo y
ésta es nuestra hora.
—Para amar y para querer —jadeó ella con ojos que despedían destellos
apasionados—. En la enfermedad y la salud... todos los días de mi vida. Mi querido.
¡Mi amor!
El la tranquilizó, la apaciguó, la trajo de regreso desde la cima a la que había
llegado y cuando ella ya estaba serena, él volvió a comenzar desde el principio,
hablándole con voz grave y pausada y ardiente, mirándola con ojos casi negros por la
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pasión y el amor mientras le susurraba explícitamente lo que iría haciendo para llevarla
al gozo supremo. Y entonces, con paciencia infinita y torturante minuciosidad, con sus
manos y su boca y su cuerpo, él la llevó a la cumbre máxima de la locura y de la
consumación. Y, ella sintió que su cuerpo se elevaba, subía, volaba hacia el sol desnudo
mientras la habitación y el mundo y la realidad, todo, hacía explosión dentro de sí por
el gozo de amar y ser amada.
Minutos más tarde, temblorosa aún, seguía pegada a él, con la mejilla apoyada
sobre su pecho cálido y húmedo; el brazo de Saxon rodeándola, su boca acariciándole
los ojos, la nariz y la curva sonriente de los labios, calmándolos.
—Nunca entendí lo que era una entrega total hasta que tú apareciste en mi vida —
murmuró él, indolente—. Ahora, todo tiene sentido. Una mujer. Hijos. Un hogar. Todo
eso tiene sentido.
— ¿No dicen, acaso, que las muchachitas buenas quedan embarazadas la primera
vez? —preguntó ella, soñolienta y desperezándose.
El rió.
— ¡Muy bien! Tú eres buena, de acuerdo —musitó él, volviéndose a ella—.
Demasiado buena. Ven aquí...
—Pero, no puedes... —comenzó ella hasta que él se movió y ella comprobó que
realmente él podía.
—Yo no sé qué clase de libros has estado leyendo, cariño —murmuró él mientras
se apoderaba de su boca—. Pero, sí, ciertamente es posible... como estás a punto de
comprobar. Tócame... sí, ¡justamente... como... lo haces! ¡Por Dios, Maggie! —exclamó él
y ella se rindió inmediatamente a sus requerimientos mientras él la guiaba, la
preparaba, la atormentaba con caricias amorosas lentas y acompasadas que la hicieron
olvidar casi por completo el acto de amor recién consumado hasta que ella no pudo
hacer otra cosa que adherirse a él, y morderse los gritos apremiantes que dejaba exhalar
en suspiros junto a la boca de Saxon. Y entonces, ella también comprendió, por fin, por
qué los franceses lo llamaban la pequeña muerte, la muerte más maravillosa y hermosa
que se pudiera imaginar...
La doble boda fue una fantasía en blanco y encaje y luz suave con el árbol de
Navidad de la iglesia brillando a la derecha del altar cuando Maggie recibió la sortija de
Saxon y Lisa a su lado, recibía la de Randy. Lágrimas de felicidad rodaron por las
mejillas de Maggie que las dejó caer sin vergüenza alguna al aceptar a su marido ante
los ojos del mundo con las manos unidas y mirándolo con ojos de adoración.
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El órgano tocó la marcha nupcial mientras ellos salían por el pasadizo de la nave
central detrás de Randy y de Lisa. Maggie saludó con la mano a su padre que se
encontraba sentado junto a Sandra, en el instante en que abandonaba la pequeña iglesia.
—Démonos a la fuga —dijo Randy a su hermanastro cuando los invitados se
apiñaron alrededor y un grupo de jóvenes se adelantó llevando gallardetes y latas
vacías, comenzando entonces la inevitable lluvia de arroz para desearles felicidad
eterna.
Saxon, riendo alegremente, condujo a Maggie hasta su nuevo Ferrari y la ubicó en
el asiento al lado del volante subiendo él inmediatamente después a su lugar. Apenas
si tuvieron tiempo suficiente para despedirse de Lisa y de Randy antes de enfilar el auto
hacia Charleston donde pasarían su luna de miel.
Saxon tomó la mano de su mujer con todo el cariño que sentía por ella,
transmitiéndoselo en un apretón caluroso.
Ya se hallaban bien lejos del tránsito pesado de la ciudad.
— ¿Feliz? —preguntó él, sereno.
—Delirantemente feliz —exclamó ella al tiempo que lo miraba con el rostro
bañado de dicha—. Te amo.
—Te amo, mi vida. Feliz Navidad.
—Feliz Navidad para ti también. —Ella se recostó en el asiento, sonriendo.
Saxon le acarició la palma de la mano con el pulgar y la miró de reojo.
—Maggie, han pasado seis semanas —le recordó sonriendo con malicia.
—Sí, lo sé.
—Y ¿bien? Vamos brujita... —insistió él apretándole la mano—. ¡Cuéntame las
novedades!
Maggie giró en el asiento y recogió una pierna debajo del blanco vestido.
—Lo siento mucho, mi amor —dio ella con dulzura—. Sinceramente no sé nada
aún.
—Siempre estuve convencido de que las mujeres eran las únicas que podían
saberlo.
—Sí, pero tú cuentas tus seis semanas desde la vez de la bañera caliente —musitó
ella—. Yo las cuento desde la alfombra frente al hogar encendido —agregó ella,
arrebolada, recordando ese único momento de locura incontenible después del cual
habían luchado por mantenerse separados hasta que las sortijas estuvieran en su lugar.
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—Ah —exclamó él echándole un vistazo con una luz maliciosa destellando en sus
ojos oscuros—. Y ya que hablamos de vigor. Creo que aquella noche demostré el mío.
—Puede que también hayas demostrado y confirmado tu virilidad al mismo
tiempo —respondió ella, riendo—. Algo que debió haber ocurrido, no ocurrió y sí
justamente después de haber rodado por la escalera.
—Tú no me lo habías dicho —acusó él.
Ella sonrió, picara.
—Querido, una mujer debe utilizar todas sus armas —le recordó ella—. Yo te
amaba, pero tenía miedo de que al decírtelo, te echaras atrás con respecto a la boda. Al
menos, hasta la noche en el estudio...
— ¡Tú, pequeña brujita! —la acusó él de nuevo—. ¡Tú me sedujiste a sabiendas!
—Mira quién habla —replicó ella, segura de sí misma—. Yo necesitaba un poco de
seguridad.
Saxon llevó la mano de Maggie hasta sus labios y la besó.
—Aguarda hasta que lleguemos a Charleston y verás —amenazó Saxon, divertido.
—Haré todo lo posible, mi vida —prometió ella, púdicamente y su sonrisa
contenía todas las promesas del mundo—. ¡Oh, Saxon Tremayne, te amo
horrorosamente!
—Yo también te amo con delirio, señora Tremayne —respondió él con dulzura—.
¡Cuántas bendiciones tenemos que contar en nuestro haber estas Navidades!
—Algo incalculable, todo un Potosí —dijo ella.
Sonrió contenta mientras observaba el largo camino que llegaba al horizonte y
sentía la mano de su marido alrededor de la suya; esa mano grande y cálida que
apretaba fuertemente la suya pequeña y frágil.
Maggie no necesitaría regalos bajo el árbol de Navidad este año.
Ya había recibido el mejor de todos... el amor.