6.
El evangelio
según Juan.
ITDAR
EVANGELIOS SINOPTICOS Y EVANGELIO DE JUAN
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6. El evangelio según Juan.
I. Los Orígenes
El evangelio de San Juan es el más extraordinario y quizás el más valioso de los que forman el
cuarteto de evangelios canónicos. Es muy diferente en estructura y en estilo, aunque se ocupa
del amplio desarrollo de acontecimientos que hallamos en las páginas de los otros. NO
contiene parábolas y apenas siete milagros, cinco de los cuales no se recuerdan en ninguna
otra parte. Los discursos de Jesús que hay en él están relacionados principalmente con su
persona más bien que con la enseñanza ética del reino. Las entrevistas personales son
múltiples, y las relaciones de Jesús con individuos están más acentuadas que su contacto
general con el público.
El evangelio es marcadamente teológico, y trata con referencia de la naturaleza de Cristo y del
significado de la fe en Él. A causa de las notables diferencias que existen entre los sinópticos y
Juan la veracidad de éste ha sido puesta en duda. La solución se encuentra en su origen y
propósito. Según la tradición fue escrito por Juan, el hijo de Zebedeo, el último miembro
sobreviviente del grupo apostólico, mientras pasaba los años finales de su vida en Éfeso.
Aunque esta opinión ha sido persistentemente atacada, queda todavía como una de las
mejores hipótesis que se nos puedan ofrecer.
La teoría de que el Cuarto Evangelio fue el producto de algún desconocido presbítero conocido
con el nombre de Juan, y no de Juan el Apóstol, no puede ser reconocida como teoría
aprobada. Todo el testimonio de los padres desde los tiempos de Ireneo, está
abrumadoramente a favor de la paternidad literaria de Juan. Clemente de Alejandría (190
D.C.), Orígenes (alrededor del 220 D.C.), Hipólito (alrededor del 225 D.C.), Tertuliano
(alrededor del 200 D.C.), y el fragmento de Muratori (alrededor del 170 D.C.), concuerdan en
atribuir el cuarto evangelio a Juan, el hijo de Zebedeo.
II. Autor
Hay algunos hechos referentes al autor que pueden ser deducidos del mismo evangelio.
Primero: Que él era judío y acostumbraba a pensar en aramaico; aunque su evangelio fue
escrito en griego. En su redacción aparecen muy pocas cláusulas subordinadas; pero con
frecuencia inserta palabras hebreas o aramaicas que luego explica. El autor estaba
familiarizado con la tradición judía. En 1:19-28 se refiere a la esperanza de la venida del Mesías
de acuerdo con aquella tradición. conocía los sentimientos judíos hacia los samaritanos (4:9) y
su actitud exclusiva en cuanto al culto (4:20). Conocía las fiestas judías y las explica
cuidadosamente en beneficio de sus lectores.
Segundo: Que era un judío de Palestina y que tenía conocimiento personal del país y
especialmente de Jerusalén y de sus alrededores (9:7, 11:18, 18:1). Estaba familiarizado con
las ciudades de Galilea (1:44, 2:1) y con el territorio de Samaria (4:5, 6, 21). En cualquiera de
las regiones que describe da la impresión de encontrarse en su casa. Además, era testigo
ocular de los acontecimientos que consigna. Tanto en 1:12 era testigo ocular de los
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acontecimientos que consigna. Tanto en 1:14, “vimos su gloria…” como en 19:35, donde habla
en tercera persona, “el que lo vio da testimonio”, declara que está diciendo lo que ha sido
parte de su experiencia personal. Ligeros toques esparcidos por todo el evangelio confirman
esta impresión. La hora cuando Jesús se sentó en el brocal del pozo (4:6), el número y tamaño
de las tinajas en las bodas de Caná (2:6), el peso y el valor del ungüento que María derramó
sobre Jesús (12:3, 5), los detalles del juicio contra Jesús (Caps. 18 y 19) son puntos poco
relacionados con el asunto principal de la narración, pero que denuncian al testigo ocular.
¿Quién fue el autor? Evidentemente estuvo con Jesús desde casi la iniciación de su carrera,
porque menciona episodios que serían de fecha anterior a la apertura del ministerio de Cristo
según los Sinópticos. Debió haber pertenecido al grupo de discípulos que se mencionan en la
narración. Según el capítulo final, se le identifica como el “discípulo amado” asociado
íntimamente con Pedro, y que estaba muy cerca de Jesús en la Santa Cena (13:23), en el
proceso (18:15, 16), y en la cruz (19:26, 27). Solamente uno de los más íntimos asociados del
Señor llenaría todas estas circunstancias. Santiago fue muerto al comenzar la historia de la
iglesia (Hech. 12:2). Pedro, Tomás y Felipe se mencionan tan frecuentemente en tercera
persona que ninguna de ellos pudo haber sido el autor. Aunque el autor no se nombra a sí
mismo, dio por entendido que sus lectores conocían quién era y que aceptarían su autoridad
en los asuntos de que escribió. Juan, el hijo de Zebedeo, sigue siendo el que presenta la mejor
posibilidad, y en la presunción de su paternidad literaria de este evangelio, fundamos las
siguientes conclusiones.
La biografía de Juan es fragmentaria como todas las otras biografías bíblicas. Era uno de los
hijos de Zebedeo, pescador de Galilea (Mar. 1:19, 20), y de Salomé, que probablemente fue
hermana de María, la madre de Jesús (compárense Mat. 27:56, Marc. 15:40, Juan 19:25).
Creció hasta la virilidad en Galilea, y se asoció en el negocio de la pesca con su hermano
Santiago y con Andrés y Pedro. Debió haber pertenecido a los primeros discípulos de que se
menciona en Juan 1:40. De ser así, acompañó a Jesús en su primer viaje por Galilea (Juan 2:2),
y más tarde él y sus socios abandonaron el negocio de la pesca para seguir a Jesús (Mat. 4:21,
22).
Los episodios de la vida de Jesús en los que Juan participó son demasiado numerosos para
catalogarlos y explicarlos por separado. Estuvo con Jesús en Jerusalén durante su ministerio
inicial en Judea. Acaso la entrevista con Nicodemo haya tenido lugar en la casa de este
discípulo. Posteriormente participó en la misión de los Doce, tal como se describe por Mateo
(10:1, 2). Necesitó el consejo de Jesús tanto como cualquiera de los Doce, porque él y Santiago
parecían poseer temperamentos extraordinariamente apasionados. Jesús los llamó “hijos de
trueno”, o, traducida la frase más literalmente, “hijos del tumulto” (Mar. 3:17). Marcos no
consigna ninguna razón para darles este nombre, pero el uso de la frase hebreos “hijo de…”
generalmente sirve para calificar al aludido como cuando se dice “hijos de Belial”, que significa
“personajes indignos”. Su intolerancia y crueldad se revelan en su pronta disposición para
regañar al hombre que echaba demonios, fundándose en que no andaba con ellos (Luc. 9:49);
además en su extraviado deseo de hacer que cayera fuego del cielo sobre las villas de los
samaritanos que no quisieron recibir al Señor (9:52-54). Los dos, temerariamente, pidieron a
su madre que solicitara de Jesús, que les fuera concedido sentarse en los primeros asientos de
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su reino (Mat. 20:20-28). Estas crudezas de temperamento fueron rudamente reprendidas por
Jesús no obstante de que pudieron haber sido motivadas por la lealtad a Él y a su obra. En la
Santa Cena Juan ocupó un lugar privilegiado, de intimidad, y cercano a Jesús (Juan 13:23).
Durante el proceso contra Jesús, al autor del evangelio pudo acercarse hasta el patio del sumo
sacerdote porque era conocido de la familia de la casa (18:15, 16). Posiblemente él haya sido
el representante en Jerusalén de la compañía pesquera dirigida por su padre, y así pudiera
explicarse que fuera conocido de las familias prominentes de la ciudad. Por lo que parece, fue
testigo del juicio muerte de Jesús, pues aceptó la responsabilidad de proteger a la madre de
Éste, cuando antes de morir, la encomendó a su cuidado (19:26, 27). Estuvo con Pedro durante
los negros días subsiguientes, y los dos juntos fueron los primeros visitantes que contemplaron
el recién abierto sepulcro. Allí, al contemplar los lienzos en la tumba vacía, “vio y creyó” (20:8).
El epílogo de este evangelio indica que vivió por largo tiempo a partir del principio de la era
cristiana porque de no haber sido así apenas podría haber sido necesario darlo a entender. Las
epístolas muestran que alcanzó una influyente posición en la iglesia, llegando a ser un
poderoso expositor del amor de Dios según fue revelado en Cristo. Probablemente su muerte
haya ocurrido al cerrarse el primer siglo.
Juntando todos estos esparcidos retazos de la biografía de Juan, que se encuentran
entretejidos en la narración general de la vida de Cristo, se pueden ver algunas de sus
personales experiencias espirituales. De naturaleza apasionada, le dio a Cristo una lealtad
completa que a veces se expresó con crudeza y temeridad. A medida que Cristo templó su
temperamento y lo purificó de la desenfrenada violencia, Juan se convirtió en el apóstol del
amor, cuya devoción no fue superada por ningún otro de los escritores del Nuevo Testamento.
El fuego de su naturaleza se descubre en el vigor de su lenguaje. Juan refleja las censuras de
Jesús contra los incrédulos (8:44) cuando les llama “hijos del diablo” (1 Juan 3:10). Sin
embargo, es él mismo el que dijo: “Amados, amémonos unos a otros; Porque el amor es de
Dios; y el que ama es engendrado de Dios, y conoce a Dios” (4:7). Estos dos aspectos no son
inconsistentes con un espíritu ardiente. Juan es el caso ejemplar de un hombre que pudo ser
un gran pecador, y del cual Cristo hizo un gran testigo suyo.
III. Fecha y lugar
La fecha del cuarto evangelio ha sido diversamente calculada, desde el 40 D.C. o aún más
tarde. No puede ser posterior al Diatesaron de Taciano en el que ya se encuentra incorporado
a mediados del siglo segundo. El descubrimiento del fragmento de Rylands, en el que se
preserva un trozo de Juan 18:31-33,37,38 demuestra que el evangelio de Juan probablemente
se encontraba en uso desde la primera mitad del siglo segundo. Goodenough arguye que Juan
pudo haber sido escrito en fecha tan antigua como el 40 D.C., aunque pocos eruditos aceptan
tan temprana fecha. La mejor solución parece ser que Juan fue escrito en Asia Menor,
posiblemente en Efeso, hacia el fin del primer siglo, cuando la iglesia había alcanzado
suficiente madurez, y cuando había necesidad de avance en la enseñanza referente a la
naturaleza de la fe. Parece que fue escrito este evangelio en un medio gentil, porque las fiestas
y usos de los judíos se van explicando para beneficio de aquellos que no estaban familiarizados
con ellos (Juan 2:13, 4:9, 19:31).
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IV. Contenido
Sirve de clave al contenido del evangelio de Juan, la propia declaración del autor en Juan
20:30, 31:
“Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus
discípulos, las cuales no están escritas en este libro.
Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
Juan 20:30-31
Tres palabras sobresalen en este breve pasaje: Señales, creáis, y vida. La primera contiene la
clave para descubrir la organización del evangelio alrededor de un escogido número de
milagros, paralelo en su carácter general a los que se recuerdan en los evangelios sinópticos,
pero llamados aquí señales a causa de su especial significado dentro de este evangelio. Se
designan siete que fueron ejecutados públicamente por Jesús en otros, o para beneficio de
otros. Ilustran diferentes campos de su poder, y colectivamente proporcionan testimonio a
favor de la deidad de Cristo, la doctrina central del Evangelio.
Titulo Pasaje Campo de Poder
La transformación del agua en vino 2:1-11 Sobre la cualidad
La curación del hijo del cortesano 4:46-54 Sobre la distancia
La curación del paralítico 5:1-9 Sobre el tiempo
La alimentación de los cinco mil 6:1-4 Sobre la cantidad
La caminata sobre el agua 6:16-21 Sobre la ley natural
La curación del ciego de nacimiento 9:1-12 Sobre la desventura
La resurrección de Lázaro 11:1-46 Sobre la muerte
Estos siete milagros se operaron precisamente en campos donde el hombre es incapaz para
efectuar ningún cambio sobre las leyes o condiciones que afectan su vida. En estos campos en
donde el hombre es impotente, Jesús demostró su propia potencia, y las obras que hizo dan
testimonio de su capacidad sobrenatural.
La segunda palabra, creáis, es la clave de todo el evangelio, y ocurre noventa y ocho veces.
Generalmente se traduce creer, aunque algunas veces también se traduce como confiar o
confiarse (véase 2:24). Esta palabra da a entender el reconocimiento de un derecho personal,
o también sirve para designar la completa entrega del individuo a Cristo. Contiene plenamente
el significado de toda la vida cristiana, porque el tiempo verbal usado en estos pasajes implica
el proceso consiguiente al acto de creer, indicando además el desarrollo. Juan define creer en
Cristo como recibirlo (1:12), haciéndose él parte de la vida de aquel que cree en Él. Convencido
por las señales que fueron pruebas del poder de la divina persona de Jesús, el creyente
lógicamente proseguirá sobre una fe bien fundada.
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La tercera palabra clave del evangelio es vida, que en el lenguaje de Juan, es la suma total de
todo lo que el creyente recibe en su salvación. Es la más elevada experiencia que puede tocar
a un ser humano. “Ésta”, dijo Jesús, “es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo al cual has enviado” (17:3). La vida según Juan no es el desarrollo de
la vitalidad en la humana existencia. Incluye una clase de Naturaleza, una nueva conciencia,
relación viva con el medio ambiente, y un constante crecimiento. Cristo se presenta como el
modelo de esta vida que es don de Dios para el cristiano y la meta de Dios para los cristianos.
Las tres palabras, señales, creer y vida, proporcionan lógica organización al evangelio. En las
señales está la revelación de Dios; en el creer se indica la reacción que aquéllas deben
producir; en la vida se encuentra el resultado que trae el creer.
V. Énfasis
El evangelio de Juan tiene muchas peculiaridades que dan vigor a la presentación de su tema
principal. Las demandas de Jesús se presentan en siete principales “YO SOY”:
1. YO SOY el pan de vida 6:35
2. YO SOY la luz del mundo 8:12, 9:5
3. YO SOY la puerta (de las ovejas) 10:7
4. YO SOY el Buen Pastor 10:11, 14
5. YO SOY la resurrección y la vida 11:25
6. YO SOY el camino la verdad y la vida 14:6
7. YO SOY la vid verdadera 15:1
Juan insiste en la relación personal de Jesús con el hombre. Consigna veintisiete entrevistas
personales, algunas de las cuales son extensas en tanto que otras breves. En esta lista
incluimos algunos pasajes que podrían clasificarse bajo otros encabezados, por ejemplo, la
milagrosa curación del hijo del noble (4:46-54), o el juicio delante de Pilatos (18:28-19:16). En
ocasiones como estas, el interés de Jesús en los individuos se deja ver más que la misma
acción. En los sinópticos, por ejemplo, el juicio delante de Pilato es un detalle importante en el
desenlace de la vida de Jesús, en tanto que en el Evangelio de Juan el interés personal de Jesús
en Pilato y su deseo de traerlo al reconocimiento de sus demandas divinas son mucho más
evidentes.
El vocabulario juanino es tan singular que hasta un versículo o dos de ese evangelio,
entresacados de su contexto pueden ser fácilmente identificados. Algunas palabras claves se
repiten constantemente, no porque el escritor esté limitado en la amplitud de su
pensamiento, sino porque las verdades centrales del evangelio, como los diamantes, necesitan
contemplarse según los ángulos de cada faceta. Algunos de estos términos, como “vida”, “luz”,
“tinieblas”, “trabajo”, “mundo”, “creer”, “hora” son, o bien figurativos, o tienen otro especial
significado técnico en este evangelio. Otras son abstractas y de contenido algo filosófico:
“verdad”, “verdadero”, “odio”, “recibir” (en el sentido de aceptar), “amor” (dos diferentes
verbos), “llevar”, “enviar”, “principio”, “saber” (dos diferentes verbos), “gloria”, “glorificar”,
“testificar”, “testimonio”, “permanecer”, y “el Padre”. El evangelio de Juan demuestra por su
vocabulario que la enseñanza sobre al vida cristiana había cristalizado ya en determinados y
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definidos conceptos que se expresaban en frases invariables, las cuales, hasta el día de hoy,
representan un nueva modelo de verdad espiritual.
El evangelio de Juan insiste en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios. Aunque ninguno de
los otros evangelios retrata con mayor claridad su humanidad, como el de Juan, tampoco
ninguno de lo otros afirma tan directamente las prerrogativas de su divinidad: “El Verbo era
Dios” (1:1); “Yo y el Padre somos uno” (10:30); “antes que Abraham fuese soy Yo” (8:58); “el
que me ha visto ha visto al Padre” (14:9); Y la jaculatoria de Tomas, “Señor mío y Dios mío”
(20:28).
También se pone énfasis sobre la humanidad de Jesús. Se cansó (4:6), tuvo sed (4:7),
impaciente (6:26), pensativo (6:67), severo (8:44), triste (11:35), agradecido (12:7), atribulado
(12:27), cariñoso (13:1), leal (18:8), valiente (18:23). Para sus contemporáneos que
incidentalmente se encontraron con Él, fue “el hombre que se llama Jesús” (9:11); para los que
vivieron con Él se convirtió en “el Hijo de Dios” (6:69).
VI. Propósito
Como ya dijimos, el propósito de este evangelio es apologético. Todos los evanagleio tuvieron
el designio de inculcar la fe en aquellos que los leyeran o que oyeran leerlos. Este evangelio se
diseñó para aquellos que ya tenían algunas inclinaciones filosóficas, según el prólogo lo
demuestra y que buscaban una respuesta para aquella petición que Felipe hizo: “Señor,
muéstranos el Padre y nos basta” (14:8).
Es posible que el evangelio de Juan haya sido escrito con el consciente intento de suplementar
los relatos existentes de la vida y obra de Jesús que habían encontrado forma escrita en los
evangelios sinópticos y canónicos. No se puede afirmar dogmáticamente que Juan conoció y
leyó a Mateo, o a Marcos, o a Lucas. Sin embargo, la omisión general que hace del ministerio
de Jesús en Galilea, la casi total ausencia de las parábolas, la definida alusión a un selecto
grupo de milagros (20:30), y el acoplamiento de algunos datos históricos de Juan con los que
tienen los sinópticos, hacen que uno sienta que el autor procuró dar al público nueva
información que todavía no se había escrito. Por ejemplo, en el relato de la Santa Cena, Juan
describe la escena del lavatorio y explica cómo Jesús quiso dar una lección objetiva de
humildad a sus discípulos. Fuera de la suposición de que esa lección podría ser de Lucas, sin
embargo, dijo que los discípulos estuvieron arguyendo “quién de ellos tendría que ser el
principal” (Luc. 22:24): Los dos relatos por tanto se entrelazan en significado y uno podría
imaginarse que acaso Juan estuviera explicando cómo afrontó Jesús al situación que Lucas
describe, y que de esta manera hiciera una adición personal al relato de Lucas.
VII. Personajes
Una peculiaridad del evangelio de Juan consiste en el desarrollo que hace del carácter de sus
personajes valiéndose de bocetos intercalados en el texto. Nicodemo (Juan 3:1-15, 7:50-52,
19:39), Felipe (1:43-46, 6:5-7, 14:8-11), Tomás (11:16; 14:5, 6; 20:24-29), María y Marta (11:1-
40,12:2-8), María la madre de Jesús (2:1-5, 19:26, 27), y otros, se mencionan en forma natural
y sencilla al recordárseles en su relación con la narración principal, y no obstante, cuando se
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combinan esas alusiones sueltas forman un completo retrato fotográfico de la persona
aludida. Hasta cierto punto el mismo procedimiento también se utiliza en los otros evangelios,
pero en gran parte se reduce a muy pocos y sobresalientes caracteres como Pedro o Judas, en
tanto que el cuarto evangelio hace lo mismo, ya se trate de sobresalientes o de oscuros
personajes presentándolos como ejemplos de creyentes o de incrédulos.