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Jesús Proclama El Reino de Dios

El documento resume la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios. Jesús anuncia que el Reino de Dios ya ha comenzado pero solo parcialmente, y pide a Dios que lo manifieste por completo. Jesús cura a la gente para mostrar que Dios quiere liberarlos del sufrimiento. Aunque Israel no escuchó su mensaje, Jesús mantiene la esperanza en que Dios finalmente establecerá su Reino plenamente.
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Jesús Proclama El Reino de Dios

El documento resume la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios. Jesús anuncia que el Reino de Dios ya ha comenzado pero solo parcialmente, y pide a Dios que lo manifieste por completo. Jesús cura a la gente para mostrar que Dios quiere liberarlos del sufrimiento. Aunque Israel no escuchó su mensaje, Jesús mantiene la esperanza en que Dios finalmente establecerá su Reino plenamente.
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Conocer, amar y seguir a Jesús

Trayecto Teológico

Introducción al Misterio de Cristo

Jesús proclama el Reino de Dios1


En torno al año 28 d.C. Jesús fue al desierto atraído por la propuesta
de Juan el Bautista. Escuchó su llamada a la conversión y se hizo
bautizar por él en las aguas del río Jordán. Para Jesús fue un
momento decisivo porque significó un giro en su vida. Ahí escuchó la
voz de Dios llamándolo a una misión.

Aquel joven que era de una pequeña aldea de Galilea no volvió ya a Nazaret. Comenzó a dedicarse totalmente
a una tarea de carácter profético que sorprende a sus familiares y vecinos. No se dirigió a Jerusalén ni se
quedó en Judea. Marchó directamente a recorrer Galilea. Llevaba fuego en su corazón. Necesitaba anunciar a
su pueblo una noticia que le quema por dentro: Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y
opresión (Lc 4,16-21). Sabe muy bien lo que quiere: pondrá fuego en la tierra anunciando la irrupción del
Reino de Dios (Lc 12,49-53).

La pasión por el Reino de Dios

Jesús fue caminando de pueblo en pueblo proclamando y anunciando la buena noticia del Reino de Dios. Sin
temor a equivocarnos, podemos decir que la causa a la que Jesús dedica en adelante su tiempo, sus fuerzas y
su vida entera es lo que él llama el Reino de Dios. Es, sin duda, el núcleo central de su predicación, su
convicción más profunda, la pasión que anima toda su actividad. El Reino de Dios es la clave para captar el
sentido que Jesús da a su vida y para entender el proyecto que quiere ver realizado en Galilea, en el pueblo de
Israel y, en definitiva, en todos los pueblos.

El Reino de Dios no era una especulación de Jesús, sino un símbolo bien conocido, que recogía las
aspiraciones y expectativas más hondas de Israel. Una esperanza que Jesús encontró en el corazón de su
pueblo y que supo recrear desde su propia experiencia de Dios, dándole un horizonte nuevo y sorprendente.
No era el único símbolo ni siquiera el más central de Israel, pero había ido adquiriendo gran fuerza para
cuando Jesús empezó a utilizarlo. Sin embargo, la expresión literal reino de Dios era reciente y de uso poco
frecuente. Fue Jesús quien decidió usarla de forma regular y constante. No encontró otra expresión mejor para
comunicar aquello en lo que él creía.

¿De dónde brota en Jesús esta manera de entender el reino de Dios? Al parecer, Jesús comunica su propia
experiencia de Dios, no lo que se venía repitiendo en todas partes de manera convencional…

Jesús nos enseña cómo es el Reinado de Dios

El Reino de Dios ha llegado y su fuerza está ya actuando, pero lo que se puede comprobar en Galilea es
insignificante. Lo que espera el pueblo de Israel y el mismo Jesús para el final de los tiempos es mucho más. El
Reino de Dios está ya abriéndose camino, pero su fuerza salvadora solo se experimenta de manera parcial y
fragmentaria, no en su totalidad y plenitud final. Por eso Jesús invita a entrar ahora mismo en el reino de
Dios, pero al mismo tiempo enseña a sus discípulos a vivir gritando: ¡venga a nosotros tu reino!

1
Extractos de “Jesús. Aproximación histórica”, de José Antonio Pagola.
En la tradición cristiana quedaron recogidos dos gritos que ciertamente nacieron de su pasión por el reino de
Dios. Son dos peticiones, directas y concisas, que reflejan su anhelo y su fe: Padre, santificado sea tu nombre,
venga tu reino. Jesús ve que el nombre de Dios no es reconocido ni santificado. No se le deja ser Padre de
todos. Aquellas gentes de Galilea que lloran y pasan hambre son la prueba más clara de que su nombre de
Padre es ignorado y despreciado. De ahí el grito de Jesús: Padre, santificado sea tu nombre, hazte respetar,
manifiesta cuanto antes tu poder salvador. Jesús le pide además directamente: Venga tu reino. La expresión es
nueva y descubre su deseo más íntimo: Padre, ven a reinar. La injusticia y el sufrimiento siguen presentes en
todas partes. Nadie logrará extirparlos definitivamente de la tierra. Revela tu fuerza salvadora de manera
plena. Solo tú puedes cambiar las cosas de una vez por todas, manifestándote como Padre de todos y
transformando la vida para siempre.

● El reino de Dios está ya aquí, pero solo como una semilla pequeña que se está sembrando en el
mundo; un día cobijará a los pájaros y se podrá recoger la cosecha final.
● El reino de Dios está irrumpiendo en la vida como una porción de levadura; Dios hará que un día esa
levadura lo transforme todo.
● La fuerza salvadora de Dios está ya actuando secretamente en el mundo, pero es todavía como un
tesoro escondido que muchos no logran descubrir, pero que invita a dejarlo todo por él. Un día todos
lo podrán disfrutar.

Jesús no duda de este final bueno y liberador. A pesar de todas las resistencias y fracasos que se puedan
producir, Dios hará realidad esa utopía tan vieja como el corazón humano: la desaparición del mal, de la
injusticia y de la muerte. ¿Cuándo llegará este final? Jesús no se preocupa de fechas ni calendarios; no hace
cálculos, al estilo de los escritores apocalípticos; no concreta plazos ni especula sobre períodos o edades
sucesivas. Probablemente, como la mayoría de sus contemporáneos, también Jesús lo intuía como algo
próximo e inminente. Hay que vivir en alerta porque el reino puede venir en cualquier momento. Sin embargo,
Jesús ignora cuándo puede llegar, y lo reconoce humildemente: De aquel día y de aquella hora, nadie sabe
nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre.

Jesús mantiene su confianza en el reino definitivo de Dios y la reafirma con fuerza en la cena en que se
despide de sus discípulos horas antes de ser crucificado. Es la última de aquellas comidas festivas que, con
tanto gozo, ha celebrado por los pueblos simbolizando el banquete definitivo en el reino de Dios. ¡Cuánto
había disfrutado anticipando la fiesta final en la que Dios compartirá su mesa con los pobres y los
hambrientos, los pecadores y los impuros, incluso con paganos extraños a Israel! Esta era su última comida
festiva en este mundo. Jesús se sienta a la mesa sabiendo que Israel no ha escuchado su mensaje. Su muerte
está próxima, pero en su corazón apenado sigue ardiendo la esperanza. El reino de Dios vendrá. Dios acabará
triunfando, y con él triunfará también él mismo, a pesar de su fracaso y de su muerte. Dios llevará a plenitud
su reino y hará que Jesús se siente en el banquete final a beber un vino nuevo.

Dios, amigo de la vida

Nadie lo pone en duda. Jesús entusiasmó a los campesinos de Galilea. Al oírle hablar y, sobre todo, al verle
curar a los enfermos, liberar de su mal a los endemoniados y defender a los más despreciados, tienen la
impresión de que Dios se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones de cumplimiento religioso.
El Reino de Dios responde a sus aspiraciones más hondas. Los campesinos galileos captan en él algo nuevo y
original: Jesús proclama la salvación de Dios curando. Anuncia su Reino poniendo en marcha un proceso de
sanación tanto individual como social. Su intención de fondo es clara: curar, aliviar el sufrimiento, restaurar la
vida.

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