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Estudios: Estudios de Criminologia I

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ESTUDIOS DE CRIMINOLOGIA I

Director
Luis Arroyo Zapatero

♦ COLECCIÓN

ESTUDIOS
ESTUDIOS DE CRIMINOLOGIA I

Director
Luis Arroyo Zapatero

EDICIONES DE LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA


1993

Thls One

A2Z1-XC3-DKCY
ESTUDIOS DE CRIMINOLOGIA I / Director Luis Arroyo
Zapatero.
[Cuenca]: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-
La Mancha, D.L.: CU-197-1993.

p.; 24 cm. — (Estudios; 17)

Contiene las ponencias del Master en Criminología organizado por


la Universidad de Castilla-La Mancha en Albacete.

ISBN: 84-88255-34-9
1. Criminología-Estudios y conferencias
I. Arroyo Zapatero, S~\ Luis, dir. II. Universidad
de Castilla-La Mancha, V / ed.
343.9(063)

© De los textos: G. Picca, B. Mapelli Caffarena, M. J. López Latorre, V. Garrido


Genovés, C. Rechea Alberola, J. Montañés Rodríguez, M. N. Castex, M. A.
Luengo Martín, J. McGuire, J. M. Fritz, C. Esteban, V. Garrido, C. Molero, R.
Barberet, L. W. Sherman, J. Llera Ramo, D. Gómez Iniesta, A. Nieto Martín, F.
Palazzo, M. Cassano, R. de Vicente Martínez.

© De la edición: Universidad de Castilla-La Mancha.

Edita: Universidad de Castilla-La Mancha.


Colección Estudios
Coordinador: Luis Arroyo Zapatero

Diseño de la colección: Hnos. García Jiménez

I.S.B.N.: 84-88255-34-9
D.L.: CU-197-1993

Imprime: Artes Gráficas Antona, S.A. C/. Padre Ocaña, 2 - Teléf. 11 12 61


Tarancón (Cuenca)
INDICE
Presentación 7
ASPECTOS CRIMINOLÓGICOS GENERALES
— La criminología frente a su futuro 9
Georges Picea
— Las relaciones especiales de sujeción y el sistema penitenciario 17
B. Mapelli Caffarena
— Los orígenes de la moderna Psicología criminal en España: reflexiones
para una política criminal actual 43
M . J. López Latorre y V. Garrido Genovés
— Aspectos psicológicos de los malos tratos en el menor 67
C. Rechea Alberola y J. Montañés Rodríguez
— El problema de la toxicofilia en Latinoamérica: Mito y realidad 79
M. N. Castex

CONDUCTA DELICTIVA
— Personalidad y conducta delictiva 91
M. A. Luengo Martín
— Enfoques psicológicos para la reducción de la conducta delictiva:
Investigaciones recientes e implicaciones prácticas 107
J. McGuire
— Sociología clínica: Aplicaciones para la prevención de la delincuencia 123
J. M. Fritz
— El tratamiento de los psicópatas adictos a las drogas y/o al alcohol 133
C. Esteban, V. Garrido y C. Molero
— Estudio Internacional sobre delincuencia mediante autoinforme en
Albacete, España y Omaha, Nebraska, [Link]. (Estudio piloto) 161
R. Barbereí, C. Rechea Alberola y J. Montañés Rodríguez

OPINIÓN PUBLICA Y POLICIA


— El papel de la criminología en la actuación policial y la prevención del
delito en los Estados Unidos 181
L. W. Sherman
— Violencia y opinión pública en el País Vasco 191
J. Llera Ramo
— Comparación entre dos escalas de estimación de la gravedad de delitos a
partir del Código penal y la opinión pública 217
C. Rechea, D. Gómez Iniesta y A. Nieto Martín

DROGAS Y LEY
— La legislación italiana sobre estupefacientes, con especial referencia a la
regulación del consumo personal 231
F. Palazzo
— Los delitos de elaboración y tráfico ilícitos de sustancias estupefacientes .. 239
M. Cassano
— Legislación española en materia de drogas 247
R. de Vicente Martínez
PRESENTACION

En tiempos como en los que esta presentación se escribe, en los cuales se producen
algunos crímenes atroces que conmueven a la comunidad, las personas que logran dominar los
impulsos más atávicos se interrogan sobre el por qué de los comportamientos humanos vio
lentos y los posibles remedios con los que atajarlos, y dirigen su inquietud hacia lo que se ha
dado en llamar "criminología", es decir, el análisis científico de las causas y condiciones de
las más graves formas de desviación social, las conductas que calificamos como criminales o
delictivas. No es asunto sencillo. Los actos humanos son la resultante de una compleja gama
de factores personales y sociales que ninguna ciencia por sí sola es capaz de abarcar con su
singular mirada y metodología. Son varias las que están llamadas a intervenir: la Ciencia del
Derecho como protagonista de la definición legal de la conducta delictiva; la Psicología como
ciencia que describe y pretende explicar las conductas humanas y los procesos mentales indi
viduales y colectivos que subyacen a ellas; la Sociología desde su ocupación por los factores
sociales y la vida social. La combinación de enfoques científicos no es nada fácil y los resul
tados de los esfuerzos sostenidos desde finales del pasado siglo son bien parcos, pero seguir
desarrollando los plurales ensayos de lo que llamamos Criminología y enseñando lo poco que
de ello sabemos es una noble tarea universitaria y, sobre todo, una necesidad de la sociedad de
nuestro tiempo.
Para dar satisfacción a esa necesidad social de conocimientos sobre las causas y con
diciones de la conducta delictiva y de los modos en los que los agentes sociales pueden inter
venir para prevenir y ayudar se organizó por la Universidad de Castilla-La Mancha en Albacete
un Master en Criminología dirigido a juristas, psicólogos, sociólogos, educadores, trabajado
res sociales, etc., impartido por especialistas de todos esos campos científicos. Más de treinta
profesionales han cursado ya los dos años de estudios y experiencias prácticas previstos en un
programa necesariamente interdisciplinar. La labor docente se acompaña de un trabajo de
investigación de Criminología aplicada que pronto dará sus primeros frutos con la primera
encuesta nacional por autoinforme, que se realiza en el marco de un programa internacional
en el que participan grupos de más de veinte países, así como con la investigación sobre inter
venciones institucionales en el tráfico de cocaína auspiciado por el Instituto Interregional de
las Naciones Unidas para Investigaciones sobre la Delincuencia y la Justicia (UNICRI).
En el Master, cuyo comité científico preside el Prof. Dr. Marino BARBERO SANTOS,
Delegado para España de la Sociedad Internacional de Criminología, han impartido enseñan
za un nutrido grupo de cualificados especialistas españoles y extranjeros. Del conjunto de inter
venciones hemos seleccionado alguna de las conferencias impartidas en la Facultad de Derecho
de Albacete y varios de los trabajos realizados en su seno para su edición en este primer libro
de Estudios de Criminología, que se estructura en cuatro bloques. El primero sobre aspectos
criminológicos generales, que da comienzo con el trabajo de Georges PICCA, Secretario
General de la Sociedad Internacional de Criminología, sobre el futuro de la Criminología. El
segundo agrupa diversos ensayos sobre la conducta delictiva. El tercero recoge dos trabajos
sobre opinión pública y policía. El cuarto sobre aspectos legales del problema de las drogas.
En su conjunto representa un material relevante para la formación de los criminólogos, a la
vez que resulta indicador de la intensa actividad del grupo académico que protagoniza el Master
integrado entre otros por los Drs. RECHEA ALBEROLA, MONTAÑES RODRIGUEZ, DE
VICENTE MARTINEZ y Rosemary BARBERET, y que permite augurar un fructífero futu
ro.

Albacete, 23 de febrero de 1993

Luis Arroyo Zapatero


Catedrático de Derecho Penal de la
Universidad de Castilla-La Mancha
LA CRIMINOLOGIA FRENTE A SU FUTURO1
GEORGES PICCA
Abogado General de la Corte de Casation (París).
Secretario General de la Sociedad Internacional de Criminología

El crimen, la delincuencia, son la herencia obligada de la historia de los pueblos y


también, una realidad viva en el mundo de hoy. Esta realidad es para muchos gobiernos,
una preocupación política; también es una inquietud para la seguridad de la población.
¿Son estos hechos sociales y humanos, por tanto, lo que siempre ha creído la opi
nión común? ¿Son también lo que han sido al hilo de los siglos?.
Al fin del segundo milenio, la inevitable transformación de las sociedades revela
aspectos inéditos y diversos de estos actos inmemoriables de transgresión social que lla
mamos crímenes o delitos.
Debemos, por tanto, interrogarnos:
Más allá de las diferentes normas morales y de las reglas jurídicas, ¿hemos descu
bierto conceptos y metodologías científicas suficientemente aptas para comprender el
alcance la las evoluciones que afectan a la criminalidad, así como, a las desviaciones, la
marginalidad...? ¿O bien, estamos constreñidos, en la exploración de estos fenómenos, a
darnos por satisfechos con datos fragmentarios y empíricos, esto es, anecdóticos?
¿Es necesario, igualmente, contentarnos con construcciones jurídicas de nuestros sis
temas de justicia penal y con unos mecanismos de control social que ocultan el alcance

1 Discurso inaugural de la II Prorrux'ión del Masteren Criminología. Albacete, 23 de octubre de 1992. Traducción
realizada por Cristina Rechea Alberola y Diego J. Gómez Iniesta.
profundo de estos actos insólitos que afectan al orden público e indignan a la conciencia
colectiva?
Tantos interrogantes difíciles y, consecuentemente nuevos y temibles retos para una
criminología ya más que centenaria. Entre una criminalidad con formas múltiples de una
parte, y unos sistemas de justicia penal que encuentran frecuentemente dificultades para
prevenir las consecuencias, de otra parte

¿Cuál puede ser el devenir de la criminología?


Pero, ¿se debe, en principio, hablar de criminología?
¿No es necesario ver, ante todo, en esta palabra un signo de reconocimiento entre
diversos autores reconocidos del campo penal? Las comodidades del lenguaje han dado
lugar a una contraseña internacional: criminología, kriminologie, criminology, crimino-
logie...
Una palabra alrededor de la cual nos encontramos, nos congregamos, hasta comul
gamos, como en este día, en intercambios enriquecedores. Existe, sin embargo (y no lo
ignoramos) en este ámbito, unas palabras, Las criminologías; porque si el lenguaje puede
ser común, las ideas no son siempre compartidas: criminología general, clínica, radical,
sociológica y además sociología de la desviación, teoría del labeling (etiquetamiento),
movimientos abolicionistas, criminología de la liberación de la América Latina, etc..
La diversidad de aproximaciones a los hechos y de corrientes de pensamiento dan la
medida de la propia complejidad de los fenómenos observados y de las dificultades encon
tradas en su análisis.
Así pues, hablamos aquí mejor de las criminologías que de una criminología, sobre
la que se puede preguntar si el modelo único es suficiente para autentificar un reivindica
do alcance científico.
Sin embargo, lo que separa a los criminólogos es, a nuestro entender, menos impor
tante que lo que puede unirles. Es suficiente para atestiguarlo participar (como lo hace
mos) en confrontaciones internacionales. A pesar de la diversidad de culturas, la consta
tación de hechos sociales observables y comportamientos humanos empíricamente
comparables transcienden las fronteras de las diferentes morales y los límites de las legis
laciones penales.
¿No es en este punto, además, la persecución de un cierto universalismo, en el que
reside la marcha común y la esperanza de todos los criminólogos?
Nacida en el siglo XIX, la criminología fue víctima del cientifismo pujante, inhe
rente a esta época. Marcada por el despertar de las ciencias sociales y las excesivas espe
ranzas puestas en ellas; la criminología ha llevado siempre el peso de esta herencia. Así
es, nacida bajo el influjo del positivismo, los padres fundadores de la "ciencia criminoló
gica" quisieron, en primer lugar, afirmar su independencia intelectual con respecto al
carácter normativo de las morales comunes y del derecho penal.
La influencia de la filosofía positivista ha marcado especialmente esta evolución.
Además, cuando se habla de "crimen", el camino es necesariamente estrecho entre la cons
tatación del hecho social y la norma que lo define. ¿No se confronta la exigencia de neu
tralidad científica en la observación de este hecho, de manera inevitable, con las eleccio
nes realizadas por la sociedad para proteger sus valores a través de la justicia penal?

10
Todo ello lo sabemos desde hace mucho tiempo, pero la razón de ser de todas las cri
minologías reside menos, en realidad, en las cualifícaciones del crimen (o en su negación),
en tanto que hecho social, que en la explicación de las respuestas que aportan las socie
dades a este hecho, cuya existencia se constata en todas las sociedades humanas.
¿Sería, pues, necesario hizar muy alto los colores de la ciencia y luchar en el senti
do de otras ciencias "sociales y del hombre" para defender un puesto frecuentemente dis
cutido? Si el devenir criminológico debe tener su lugar no sólo en el campo penal, sino
también social, no debe estar limitado por simples categorías disciplinarias.
No queda más que decir que toda reflexión sobre el futuro de las criminologías pasa
necesariamente por su reconocimiento. Ahora bien, ello está muy condicionado por el
papel que tengan a bien desempeñar las Universidades. Sólo ellas pueden, en efecto, ense
ñar, formar, iniciar en la investigación y, asegurar un espacio de libertad indispensable en
el desarrollo del conocimiento en el ámbito criminológico.

Tal constatación confiere un gran valor a la iniciativa de vuestra universidad de crear


un Master en Criminología.
Nuestra sociedad Internacional ha dedicado (hace poco y en este mismo país) uno
de sus Cursos Internacionales anuales a la cuestión de la enseñanza de esta disciplina en
la Universidad. Hemos podido constatar, en esa ocasión, que la necesidad de esta ense
ñanza era compartida unánimemente en las diversas regiones del mundo. Hemos podido,
igualmente, convencernos de que las criminologías sólo se desarrollan donde hay grupos
universitarios activos que alimentan su propio conocimiento de la realidad criminal junto
a los profesionales de la justicia penal.
Es, pues, necesario señalar que no se puede concebir una reflexión , una enseñanza,
una investigación sobre los diversos aspectos del campo penal, abstrayéndose de las rea
lidades y prácticas sociales. Ello supone que los criminólogos tendrán, en lo sucesivo, que
ensanchar su percepción de la criminalidad y de los mecanismos complejos de control
social.

Es necesario recordar que tres consideraciones históricas han favorecido el naci


miento en Europa, a fines del siglo XIX, del movimiento criminológico.
— Una evolución de la filosofía penal hacia un mejor conocimiento de la desvia
ción, de la marginalidad y de la delincuencia en la sociedad. Bajo la influencia de la
corriente positivista, las construcciones jurídicas abstractas del hombre delincuente, desa
rrolladas por las teorías penales clásicas, van a tener en lo sucesivo un rostro humano, algo
de carne y hueso.
— Una reacción de defensa social, en segundo lugar, contra los resultados produci
dos por los profundos cambios nacidos de las revoluciones industriales y del desarrollo
del fenómeno urbano. Al banalizarse, los crímenes y los delitos van a revelar que sus raí
ces más profundas están en la pobreza, la inadaptación social, la marginación. Por ello
resultará una visión determinista de la delincuencia que se perpetuará aun cuando la cri
minalidad se transforme.

11
Es necesario añadir a estas dos consideraciones un nuevo interés suscitado por la
observación de hechos sociales, en el ámbito de la estadística. Este interés aparece ya en
el despertar y primeros desarrollos de las ciencias sociales. Se va a utilizar especialmen
te sobre la patología social, pues la observación de la criminalidad y del campo penal apa
rece, desde esta perspectiva, justificada por una finalidad utilitaria. Es necesario defender
a la sociedad contra el crimen y para hacer ésto, observa al "microbio social" que es el cri
minal en el "caldo de cultivo" de la criminalidad. Falta un nuevo lenguaje, y se utilizará
el de la patología médica.
Al mismo tiempo, surgen conflictos de disciplinas entre el Derecho penal, la medi
cina y las ciencias sociales, sobre el tipo de criminal que va a estar enjuego. Si estos con
flictos encuentran aquí un terreno favorable para desarrollarse, no están limitados a una
criminología balbuceante. Tampoco pueden explicarse únicamente por un imperialismo
inherente a cada disciplina científica en relación con las otras. Estos conflictos revelan,
en realidad, divergencias de fondo sobre las percepciones y el análisis de la personalidad
humana y, sobre todo, el papel y alcance que se atribuye a la norma social. El carácter
multidisciplinar, hoy reconocido, de los estudios criminológicos pone de manifiesto que
estos conflictos estén en parte sosegados, aunque no lo suficiente como para afirmar su
desaparición. Ello contribuye igualmente a explicar ciertas dificultades, indecisiones, esto
es obstáculos, que se encuentran en la puesta en acción de metodologías incontestadas en
la investigación. Sin embargo, al lado de estas controversias disciplinares, se ha abierto
un debate mayor: el del carácter científico y el alcance de la investigación criminológica
para prevenir o controlar la criminalidad. Este debate está marcado por el difícil diálogo
entre criminólogos y responsables de la justicia penal.
La lógica de las ciencias sociales ha impuesto un nuevo lenguaje en el percepción
de la criminalidad y en aquéllo que se ha llamado durante mucho tiempo, la "reacción
social". La transgresión social se expresa hoy en día más bien en lo que en el vocabulario
informático se calificaría de lenguaje "soft" que en términos de combate. A la "defensa
social" de los positivistas del siglo XIX , se prefiere el término de "gestión de las delin
cuencias". Como se adivina, no se trata solamente de una apariencia. La lógica de las cien
cias sociales puede proceder a una lectura pluralista de los hechos sociales, para interpre
tarlos en su confrontación con la norma.
De otro lado, la criminología europea y etnocentrista del siglo XIX ha estallado hoy
bajo el impulso de las ciencias sociales y de su desarrollo en otras culturas distintas de la
cultura europea. Nuevos conceptos han revelado análisis inéditos de lo que durante mucho
tiempo se ha percibido como la fatalidad de una antigua transgresión del equilibrio social.
Ante lo que se ha llamado durante mucho tiempo (a falta de otro término mejor) "fenó
meno criminal", existía un consenso para dar el monopolio de la vigilancia del mismo a
los juristas y moralistas. Hoy, los sociólogos y clínicos tienden a reemplazarles, menos
para asegurar un control de las delincuencias que para analizar los elementos.
Más allá de las clasificaciones jurídicas, durante mucho tiempo estadísticas tradi
cionales (crimen, criminalidad, criminal) sobre la legitimidad o la rentabilidad de los sis
temas de justicia penal, las ciencias sociales dirigen también hacia ellas sus instrumentos
de observación. Aún más, las nuevas estrategias, sufriendo un espectacular cambio de ten
dencia apuntan a estos instrumentos menos sobre la persona de los delincuentes que sobre
la de las víctimas.

12
Como consecuencia, es una criminalogía «tallada, en la que el carácter trenado-
nal y transcultural esta sometido a las duras leyes de las ciencias sociales es necesario
investigar vías de futuro para las criminologías: ¡Ruda tarea!

En esta peligrosa empresa se impone, mientras, una primera realidad: criminalidad


y justicia sufren, un poco por todo el mundo, las consecuencias ineludibles de evolucio
nes (o la ausencia de evolución) en el dominio cultural y de las costumbres, económico y
social. Basta para convencerse con medir las diferencias que pueden hoy separar, sobre
este punto, a sociedades desarrolladas y en vías de desarrollo. Pero, al mismo tiempo, la
permeabilidad de las sociedades a la difusión rápida de modas (nueva consecuencia de la
rapidez de las comunicaciones) es un factor tan esencial como contradictorio.
¿Se puede en tal contexto concebir un modelo científico unitario, apto para concep-
tualizar, en la diversidad de culturas, las interpretaciones contemporáneas de la transgre
sión social y sus consecuencias sobre el plano de la norma?
"Si la criminología debe ser una ciencia —escribía SUTHERLAND (hace ya algu
nos decenios)—, es necesario ordenar la heterogénea serie de factores múltiples, asocia
dos al crimen y a la criminalidad, por medio de una interpretación teórica que posea las
mismas características que las teorías científicas existentes en otros ámbitos.".
La realización de tal objetivo parece tan difícil como poco operacional. También la
controversia escolástica sobre la naturaleza científica (o no) de la empresa criminológica
ha perdido (con justa razón) su virulencia, fuera (e incluso en el interior) de las
Universidades. En cambio, las criminologías nos ofrecen hoy preciosos "enrejados de lec
tura" de las diversas manifestaciones de desviación o de criminalidad en todas las regio
nes del mundo. Por consiguiente, nuevas vías de futuro pueden abrirse a las diversas cri
minologías, menos en la búsqueda de la construcción de un modelo científico unitario
(cuya utilización sería hipotética) que en una diversificación de su devenir.
Si se quiere admitir que el crimen forma parte de estructuras sociales, del hecho de
su permanencia y de su "normalidad" estadística, no se puede deducir que los hechos
sociales se produzcan necesariamente, en condiciones exactamente semejantes. Del mismo
modo que ningún ser humano es idéntico a otro, difícilmente puede aislarse la personali
dad del individuo de la cultura en la cual vive. Por ello, ese tipo de criminología "causa-
lista" a la busca de hipotéticas causas en el comportamiento criminal no está de actuali
dad.
Hemos aprendido, en cambio, cuál puede ser la significación del acto criminal, cap
tada en una cultura determinada. De la misma forma, la mejora de métodos de medida y
evaluación debe permitir una percepción más exacta de las dimensiones, de las caracte
rísticas y tendencias de la criminalidad en unas regiones dadas. La generalización de las
encuestas de opinión y cuestionarios aplicados a los estudios de victimización han com
pletado el conocimiento en este ámbito.
Ello ha permitido, en fin, ilustrarnos sobre la importancia —hasta aquí solamente
sospechada— de una criminalidad escondida, no descubierta o no denunciada, pero con
siderable cuando se trata de ciertos delitos. De forma que puede ser menos lo aprendido
hasta aquí, que se revela precioso, que lo que comenzamos a descubrir y las perspectivas
que se ofrecen en adelante en la investigación.

13
También se han señalado las lagunas, esto es, las desigualdades del control social,
que pueden ofrecer una percepción falsa de la criminalidad real. Una parte de la respon
sabilidad puede atribuirse a las debilidades del funcionamiento de la justicia penal. Esto
es, por lo tanto, una nueva vía que se abre a las criminologías de hoy: ¿en qué medida se
puede esperar mejora de nuestros sistemas de control social y una prevención mejor de
las diversas formas de marginalidad y desviación?.

La aplicación de los resultados de la investigación criminológica a la política crimi


nal es una cuestión que interesa, hoy más que en el pasado, a los administradores penales
ansiosos por renovar las legislaciones penales y su aplicación. El Consejo de Europa ha
consagrado trabajos importantes a esta cuestión, porque las decisiones "de los políticos"
tienen la posibilidad de ser , menos ambiciosas si se utilizan los resultados de la investi
gación. Sin embargo se ha observado que "un mundo separa el despacho climatizado, bien
ordenado, informatizado del investigador y las condiciones de superpoblación, de fealdad
y de suciedad en las que la policía, el juez o el funcionario de prisiones debe trabajar".
De cara a las nuevas evoluciones de la criminalidad, se debe señalar, igualmente, que
los gobiernos han tenido tendencia, desde hace una veintena de años, a informarse mejor
sobre la delincuencia reuniendo grandes comisiones de expertos, en las que los criminó-
logos han tenido su puesto. Se puede sin embargo decir que si éstos no están asociados,
generalmente, a la elaboración de la política criminal tampoco están hoy totalmente apar
tados.
Muchas veces la contribución de la investigación criminológica a la mejora de la jus
ticia penal no reposa en algo evidente. Muchos son los que piensan lo contrario, incluso
entre los criminólogos, porque el criminólogo no es un reformador social.
Por lo demás, ciertas criminologías apuntan fundamentalmente a la abolición del sis
tema penal y a su sustitución por procedimientos más flexibles, más "civiles", más que a
perfeccionar un sistema del que denuncian las desigualdades. ¿Es necesario limitar el
número de prisiones en favor del refuerzo de las políticas sociales orientadas hacia la pre
vención y las medidas alternativas?
No se puede disimular que la elección es, sobre todo de naturaleza política, y las
orientaciones de la opinión pública no van necesariamente en el mismo sentido que las
recomendaciones de la investigación criminológica.
Hace unos veinte años, se produjo la denuncia, en el mundo occidental, de la "CRI
SIS" de la política criminal, después de la producida en la sociedad. Esta crisis no ha ter
minado: simplemente se ha instalado entre nosotros, traduciéndose en cierta inadecuación
(a veces profunda) de la justicia penal para dominar la evolución contemporánea de las
desviaciones y otras criminalidades, y ésto en numerosas regiones del mundo. Porque las
estructuras de los sistemas de justicia evolucionan más lentamente que las costumbres y
no están en condiciones de comprender los perversos efectos de las transformaciones
sociales. Esto es particularmente cierto en las sociedades desarrolladas que están, tam
bién, abocadas a una inadaptación continua de sus mecanismos de control social, salvo
una extrema liberalización...
En esta conjetura no es posible acomodar las elecciones estratégicas de la política
criminal. Porque hoy, las manifestaciones más peligrosas de la criminalidad tienen unas

14
implicaciones transnacionales. Los gobiernos tienen, en cierto modo, que hacer frente a
dos tipos de criminalidad. Una nacional, ligada a las estructuras, a las costumbres y al
grado de desarrollo, etc.; otra de tipo transnacional (tráfico de estupefacientes-terrorismo).
Estas limitaciones ponen de manifiesto preocupaciones sobre el coste y la realiza
ción de elecciones presupuestarias que exigen previsiones, a más o menos largo plazo, de
la política criminal y de la política social.
Todo ésto hace necesario una revisión de los procedimientos de control social del
crimen y de la desviación en las sociedades contemporáneas y, consecuentemente, una
nueva reflexión que no dependa solamente del jurista o del político... Es decir, se abre una
nueva vía en la que las criminologías deben tener un puesto esencial.

¿Qué perspectivas se pueden arriesgar ante una criminalidad del mañana y ante las
respuestas que las sociedades deben aportar con o sin el concurso de las criminologías?
Los últimos treinta años han sido particularmente ricos, en el mundo occidental, en
todo tipo de escenarios, ante la previsión de carácter económico. El tiempo, desgraciada
mente, ha hecho justicia a numerosos de estos "futuribles", que unas circunstancias no
previstas han desmentido. Sin embargo, el funcionamiento prospectivo —hoy necesario—
no se satisface más que por la extrapolación a partir de la experiencia del pasado. Es nece
sario pues imaginar. Por ello, la realidad de hoy es desde ahora instructiva.
La esperanza que el siglo XIX había puesto en aquéllo que se llamaba entonces "el
progreso" de las ciencias y la educación para la mejora del hombre y de su medio, están
hoy bien muertas. Sabemos, en cambio, que el desarrollo científico está atento a los valo
res y contribuye a plantear nuevos problemas bajo el plano de la ética. La utilización de
energía nuclear y sus consecuencias, la extraordinaria evolución de la biología y las mani
pulaciones genéticas que pueden resultar, no son mas que algunos ejemplos, de los más
evidentes, de problemas que exponen las ciencias en la sociedad actual.
La generalización de la educación en nuevas capas de población no hace retroceder
la delincuencia, ya que las tasas de criminalidad parecen aumentar al mismo tiempo que
el producto nacional bruto de las naciones. En realidad el desarrollo económico del que
no se aprovechan evidentemente de la misma manera todos, ha contribuido fundamental
mente a hacer evolucionar una criminalidad de violencia y de comportamiento hacia una
búsqueda del beneficio, de la ganancia consecuencia de la multiplicación de los medios
de producción y de consumo. ¿Se puede pensar que esta tendencia se modificará? Así lo
ha señalado uno de los criminólogos más agudos, J. VAN DIEK: "la evolución de la situa
ción en Europa Occidental, desde la década de los 50, tiende incontestablemente a mos
trar que la criminalidad no retrocedería automáticamente con la instauración de socieda
des más prósperas y más igualitarias"2.
Es necesario ver aquí una consecuencia de la relación inevitable entre las estructu
ras sociales y la fisonomía de la criminalidad.

1 Cuarta Conferencia de Política Criminal del Consejo de Europa ( STRASBOURG —Francia— 9-11 Mayo
1990).

15
En realidad, de lo que se trata es de imaginar cómo será la criminalidad del mañana,
más que de estimular una reflexión sobre la necesaria adaptación de las legislaciones y
políticas penales a las exigencias de las sociedades actuales. El "nothing works" de MAR-
TINSON ha contribuido a confirmar, junto al círculo limitado de criminólogos, las debi
lidades de la justicia penal contemporánea. Este saludable examen de conciencia se pro
duce en un momento en el que la exigencia de seguridad de la población va creciendo.
¿Las respuestas aportadas por los responsables políticos son siempre a la medida de los
problemas que se plantean? Ciertamente existe una concienciación. Se experimentan nue
vas estrategias penales y da igual que no se pueda disimular su carácter, a veces, equívo
co. Estas estrategias tienden a reducir un superpoblación penitenciaria muy costosa para
los caudales públicos, a limitar el recurso a la prisión a través de medidas alternativas.
Tienden también, por un nuevo interés hacia las víctimas, a atenuar las consecuencias ino
portunas de la amplitud de la criminalidad no descubierta y, por lo tanto, no sancionada.
Pero se asiste también a la puesta en acción de programas variados de prevención social
que tienden a intervenir contra corriente de la justicia penal. Igualmente existe un plan de
modernización y de especialización de los servicios de policía. Desde estas perspectivas
es esencial que el pensamiento criminológico aporte la prueba de su existencia y de sus
acciones. ¡¡¡Este es el reto principal de su futuro!!!.

16
LAS RELACIONES ESPECIALES DE SUJECION
Y EL SISTEMA PENITENCIARIO
BORJA MAPELLI CAFFARENA
Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Huelva

I. INTRODUCCIÓN.
En los últimos años se observa —con preocupación para algunos— una serie de reso
luciones del Tribunal Constitucional determinando el sistema penitenciario en sus distin
tos aspectos por la condición derivada de la teoría de la relación especial de sujeción.
Dentro de esta corriente jurisprudencial merecen destacarse las sentencias de 21 de Enero
de 1987 y, más recientemente, la de 27 de Junio de 19901.
Pero no es el sistema penitenciario el único ámbito de la vida social que ha visto
constreñido su marco constitucional debido a la referida teoría. Por el contrario, y segu
ros de no agotar, el catálogo abierto siempre a nuevas sorpresas, los tribunales españoles
han considerado relaciones especiales de sujeción, al menos, las siguientes: los concesio
narios de servicios y obras (STC . 30.1.1981), los colegios profesionales con sus miem
bros (STS. 2.2.1984 y 24.1.1989), los empresarios integrados en una denominación de ori
gen (STS. 13.12.1985), los mayoristas de los mercados centrales (STS. 29.12.1987), los
objetores de conciencia (STC. 27. 10. 1 987), los promotores de viviendas de protección ofi
cial (STC. 6.6. 1984), las entidades bancarias en su relación con el banco de España (STC.

' La primera STC cuya fundamentación parte de la relación especial de sujeción del interno con la
Administración penitenciaria es de [Link].1985. En esta resolución el TC entiende que dicha relación restringe la
presencia del abogado en el proceso disciplinario. Si el inculpado pudo asesorarse de un letrado aunque este no asis
ta al momento de su comparecencia ante el órgano sancionador debe entenderse que se ha cumplido con el derecho a
la defensa recogido en el Art. 24.2 CE.

17
18.2.1985), los miembros de las Fuerzas Armadas (STC. 15.6.1981), los abogados y pro
curadores frente a los jueces (STC. 9.3.1988) y, por supuesto, los funcionarios públicos
para quienes originariamente se diseñó esta particular forma de relación con la
Administración.
La reacción de la doctrina ha sido unánime a la hora de valorar negativamente esta
corriente jurisprudencial que lejos de frenar la sobredimensionada potestad disciplinaria
de nuestra Administración ha dado un respaldo a la misma dificultando por medio de esta
teoría la implantación en este ámbito de los principios que rigen para las sanciones pena-
les2. El problema mas inmediato que plantea es el punto de confusión que introduce entre
los ámbitos penales y disciplinarios. Si en algún momento pudo afirmarse que entre ambos
espacios había una frontera pacífica^, hoy debido a esta prodigalidad es difícil mantener
esa afirmación. Como apunta con razón Michavila4 de seguir esta línea jurisprudencial
podríamos encontrarnos con la teoría de las relaciones especiales de sujeción termine por
sustraer todo el Derecho administrativo de las exigencias y garantías constitucionales.
Quizás barruntando este peligro alguna jurisprudencia constitucional ha tratado de buscar
en esta teoría aspectos positivos no sólo para la Administración sino también para el admi
nistrado. Concretamente en la sentencia 6.6.84 el alto tribunal entiende que el poder dis
ciplinario que se deriva de las relaciones de sujeción tiene como finalidad garantizar a los
terceros el cumplimiento de las reglas de la concesión administrativa.
Es difícil valorar esta abrumadora extensión de la referida teoría, es decir, quizás en
muchos de los supuestos no estamos ante una reformulación de los principios del Derecho
administrativo sino tan sólo ante un recurso plástico mediante el cual los tribunales pre
tenden explicar unas relaciones diversificadas en un supuesto individualizado. La abso
luta falta de una mínima teorización sobre las relaciones de sujeción provoca que la juris
prudencia extraiga de ellas consecuencias completamente dispares, pues, a veces, detectar
unas relaciones de sujeción sirve de fundamento para la exclusión total de un principio
constitucional y, en otras, solo limita la vigencia de ese mismo principio. Ello no puede
decirse, en cambio, respecto de las sentencias que afectan al sistema penitenciario por la
regularidad con la que se recurre a la referida teoría y por las consecuencias que de modo
constante se derivan de las mismas.

- Véase entre otros: Chinchilla Marín, C. El nuevo régimen disciplinario de los alumnos no universitarios, en
REDA, Núm. 64 (1989), págs. 547-568., Gallego Anabitarte, A. Las relaciones especiales de sujeción y el principio
de legalidad de la Administración, en Rev. de la Administración Pública, Núm. 34 (1961), págs. 11-51., Jiménez
Blanco Carrillo de Albornoz, A. Notas en torno a las relaciones de sujeción especial : Un estudio de la Jurisprudencia
del Tribunal Supremo, en La Ley ( 13-Mayo-1988), págs. 990-993., Michavila Núñez, J.M. "Relación especial de suje
ción " en el sector crediticio y Estado de Derecho, en REDA, Núm. 54 ( 1987), págs. 243-265., Santamaría Pastor, J.A.
Fundamentos del Derecho administrativo, TI. Madrid, 1988, págs. 868-869., Rubio, M. De nuevo sobre la potestad
sancionadora: La sentencia del Tribunal Constitucional de 6 de Junio de 1984, en REDA, Núm. 42 (1984), págs.
277-283. Algunos autores, como es el caso de García Macho (En torno a las garantías de las Derechos fundamenta
les en el ámbito de las relaciones de especial sujeción, en REDA, Núm. 64 (1989), págs. 521-531), en contra de la
doctrina dominante, valuarán positivamente las relaciones de sujeción en la medida que —según su opinión— evita
que se establezcan restricciones en las relaciones generales entre el ciudadano y el Estado y permiten que el afectado
por la especial sujeción administrativa pueda calcular y prever los límites de las restricciones.
} Vid. Bajo Fernández, M. Derecho penal económico. Aplicado a la actividad empresarial, Madrid, 1978.
pág. 87.
4 Michavila Núñez, J.M.., op. cit. pág. 250.
tn contra de la opinión de Ciallego AnahitarteS, uno de los primeros autores que
escribieron sobre el tema de forma monográfica en nuestro país, para quien este tipo de
relaciones de la Administración solo tiene cabida en un Estado donde el peso no recae en
la existencia de las leyes y donde la Administración funciona libre de trabas legales, el
reforzamiento de esta teoría está teniendo lugar en un momento histórico caracterizado
precisamente por una fuerte protección de los administrados frente a la Administración en
el ámbito constitucional.
En efecto, llama la atención en primer lugar una coincidencia en las fechas de las
resoluciones judiciales que solo puede explicarse por un curioso principio "compensato
rio". Cuando tras la entrada en vigor de la Constitución comienza a desarrollarse una legis
lación que virtualiza las garantías constitucionales, una reacción jurisprudencial preserva
para la Administración un espacio sancionador solo relativamente controlado que en defi
nitiva resulta ser el objetivo principal que se persigue con la consolidación de las relacio
nes especiales de sujeción6.
Sin embargo, las sentencias del Tribunal Constitucional relacionadas con la cuestión
penitenciaria citadas al principio tienen —como ya hemos señalado— una dimensión mas
ambiciosa en las consecuencias que deben de derivarse del reconocimiento de una espe
cial relación de sujeción entre los reclusos y la Administración penitenciaria. Ya no se trata
de limitar la eficacia de los principios de legalidad, ne bis in idem, tutela judicial efectiva
o presunción de inocencia entre otros dentro del sistema disciplinario sino de fundamen
tar un permanente status jurídico debilitado, que en una institución totalizadora como la
penitenciaria va a repercutir tanto en el régimen disciplinario como en el desarrollo de
otros aspectos programáticos -vr. gr. niveles de participación en la vida prisional, crite
rios de interpretación de las exigencias de orden y seguridad o condiciones laborales del
interno7.
Esta posición del alto Tribunal resulta especialmente grave si tenemos en cuenta la
actual política penitenciaria inspirada, tras la crisis de los fines resocializadores, en una

5 Gallego Anabitarte, A. Las relaciones especiales de sujeción v el principio de legalidad de la administración,


en Rev. de la Administración Pública, Núm. 34 (1961), págs. 11-51.
6 Por esta razón, no puede tampoco extrañar que el nacimiento de la teoría de las relaciones especiales de suje
ción se sitúe en el marco de las monarquías constitucionales a lo largo del siglo XIX, como una reacción frente a la
pérdida de poder del Estado, ni que en el plano dogmático deba atribuirse a Mayer (vid. Mayer, O. Derecho admi
nistrativo Alemán, concretamente el T. IV, Las obligaciones especiales, 2° Edic. Buenos Aires 1 982) el mérito de teo
rizar sobre estas relaciones propias de la administración y a la vez sistematizar el principio de reserva de ley para pro
teger la seguridad jurídica del administrado. Si con este principio se alejaba la posibilidad de concebir en el Estado
de Derecho espacios out law, las relaciones especiales permiten al Estado actuar al margen del derecho en sus rela
ciones internas. También resulta paradójico que Laband preocupado por trasladar al campo del derecho público el
rigor formal del derecho privado en un momento —la segunda mitad del s. XIX— cuando aún el primero estaba sumi
do en la mayor arbitrariedad, sin embargo, reconozca la existencia de relaciones internas en el propio Estado en donde
el Derecho no interviene.
7 Esta potencialidad de la relación especial de sujeción como fuente de restricción de los Derechos
Fundamentales de los internos se aprecia con claridad en las argumentaciones del Abogado del Estado en la tramita
ción del recurso de amparo que daría lugar a la STC de [Link]. 1987. En ella se recoge la siguiente argumentación:"La
relación penitenciaria configurada en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional como relación de sujeción espe
cial comporta... un régimen especial limitativo de los derechos fundamentales de los reclusos..." Obsérvese que, según
el abogado del Estado, la limitación no se deriva de la privación de libertad sino de la relación de sujeción. Añadiendo
esta clave de ambigüedad resulta difícil saber donde están los límites de la restricción.

19
doctrina funcionalista. Economización de recursos y de riesgos, privatización, centraliza
ción son los criterios que inspiran desde las grandes resoluciones de las autoridades res
ponsables hasta las decisiones más concretas. Ante este panorama es evidente que la teo
ría de las relaciones especiales de sujeción propiciará un deterioro de los derechos
fundamentales de los internos en aras a una ejecución segura y económica.

I. La teoría de la relación especial de sujeción: contenido y fundamento.


I. La teoría de la relación especial de sujeción8 nace dentro de las direcciones for-
malistas-normativistas del positivismo alemán de finales del s. XIX. La construcción se
debe a Paul Laband9 y Jellinek'o, si bien como ya hemos señalado su sistematización com
pleta dentro de la teoría de la ciencia administrativa corresponde a Otto Mayer.
Entendía Jellinek que la actividad estatal puramente administrativa no formaba parte
del Derecho. Quedaban, pues, fuera del ámbito jurídico todas aquellas actividades propias
de la Administración, como son la reglamentación, la edición de bandos o las órdenes de
organización y servicios dirigidas a los funcionarios. Allí donde no se establece una rela
ción entre iguales sino que existe un poder arbitrario o de sujeción entre las partes no puede
hablarse de relaciones jurídicas. El contenido de la norma jurídica sólo puede consistir en
una delimitación de derechos y deberes de los ciudadanos que entran en un conflicto pari
tario entre sí.
Si el Estado actúa con libertad y, por tanto, no existe encuentro de voluntades sólo
es posible hablar de normas técnicas. De la misma manera que no pueden considerarse
normas jurídicas aquellas que rigen aspectos de la vida doméstica de una familia. Para
Jellinek esta posibilidad de encontrar espacios libres a la limitación que comporta toda
norma jurídica se explica en su propia concepción del Estado como entidad superior al
Derecho. El Estado no nace del Derecho sino que asume los ámbitos jurídicos como auto-
limitación de su propio poder' 1. Cuando aquel actúa fuera del Derecho sólo se encuentra
sometido al dominio político o ético.
El Estado es pues libre para regular el ámbito interno del poder de la Administración.
Las relaciones que establece el Estado en el ejercicio de su soberanía son de carácter exter
no, cuando regulan relaciones generales con los ciudadanos, e interno, cuando se refieren

s La expresión alemuna correspondiente es besonderes Gewaltverhaltnis traducida al castellano en los prime


ros textos en su sentido más literal, es decir, como "relación especial de poder" (Cfr. Forsthoff, E. Tratado de Derecho
Administrativo). Por su parte. García Trevijano {Tratado de Derecho Administrativo, T. I, 3° Edic. Madrid 1974, pág.
473) prefiere emplear la expresión "supremacía especial" siguiendo, de esta manera, a Romano y García de Enterria.
Gallego Anbitarte (op. cit. págs. 1 1 - 1 2 en nota) justifica su elección de la expresión, que finalmente terminará impo
niéndose, por dos razones. De una parte, porque todas las definiciones que se hacen de este tipo de relaciones, están
hechas desde la relación de sometido y no desde el poder; de otra, porque el uso de la expresión "poder" obligaría a
su concreción. A nuestro juicio la opción finalmente aceptada presenta dos ventajas de dudosa oportunidad: la pri
mera que es considerablemente más inconcreta, la segunda que puede aplicarse a otros ámbitos no sólo públicos, sino
también privados. No es la elección semántica la que ha trasladado el interés de la teoría del objeto vinculante (suje
ción) al vínculo (relación).
9 Vid. sobre todo su obra Staatsrecht del Deutschen Reichs, Berlín, 1901, vol. I°.
10 Vid. Gesetz und Verordnung, Freiburg/Br. 1987.
" Jellinek, G. allgemeines Staatslegre, 3° Edic. Berlín 1912, págs. 314 y ss.

20
a las relaciones especiales con determinados grupos de personas que por lo general guar
da Pftu Si Rifado un específico deker de lealtad ("circulo interno del Estado" STC 50/83).
Esto explica que la sanción disciplinaria sea más una respuesta a una conducta infiel que
a una infracción, especialmente cuando las relaciones de sujeción se entienden fundadas
en la soberanía del Estado. A diferencia del ilícito penal el administrativo se agota con la
lesión al principio de lealtad, es decir, con la frustración de unas expectativas sin necesi
dad de que este llegue a concretarse en la infracción normativa12.
La siguiente cita de Mayer ilustra hasta qué punto el administrativista alemán enten
día la responsabilidad disciplinaria como una responsabilidad de autor. "La oportunidad
de la pena, señala Mayer, así como su forma son aspectos que entran en la apreciación del
interés del servicio. Por lo tanto, el poder disciplinario no lleva ante los ojos una venda
por cuyas estrechas aperturas sólo se ve una parte de la realidad, aquella que constituye
la materia del delito, sino que tiene en cuenta también los antecedentes meritorios y las
perspectivas de enmienda que el culpable puede ofrecer, el daño inferido por el castigo al
nombre del funcionario, el mal ejemplo, que. por otro lado, podría causar su impunidad
en los funcionarios, en fin, todo lo que la prudencia política puede hallar digno de consi
deración"1-3.
Planteando en estos términos, desde el momento en que el órgano sancionador no es
a la antinormatividad de la conducta a donde debe prestar atención sino a la persona some
tida a la potestad disciplinaria, es del todo innecesario que la norma de conducta esté con
figurada con precisión. Dicho en otros términos ni el principio de reserva de ley, ni la taxa-
tividad que requiere el principio de legalidad ofrecen funciones garantísticas cuando nos
encontramos ante una manifestación del derecho de autor. Esta consideración es conve
niente tenerla en cuenta ya que es frecuente encontrar en la doctrina y, sobre todo, en la
jurisprudencia como único argumento para excepcionar ambos principios frente a la potes
tad disciplinaria de la administración la presencia de unas relaciones especiales de suje
ción, cuando en realidad se trata sólo y exclusivamente de perpetuar una manifestación
del Estado autoritario.
Tras la teoría de la relación especial de sujeción basada en la soberanía del Estado,
tal como la veía Laband o Jellinek —y que por lo demás considero la única forma cohe
rente de fundamentarla— subyace la idea del Estado absoluto en el que los intereses del
mismo no sólo son autónomos respecto de los intereses de los ciudadanos sino también
antagónicos. Frente a esas posiciones hoy es generalmente admitido que el Estado carece
de intereses propios, que se trata sólo de un instrumento al servicio de los intereses de la
sociedad y que, por lo tanto, sólo ejerce un poder vicarial. La diferenciación entre los inte
reses internos y externos propicia que el interés interno del Estado termine confundién

Sobre la teoría de las relaciones especiales de sujeción en la doctrina alemana vid. entre otros: Brohm. W.
Verwaltungsvorschriften und besonderes Gewaltverhaltnis, en Die Óffentliche Verwaltung (Stuttgart), 1964, págs.
238-25 1 ; Jesch, D. Gesetz und Verwaltung, Tubingen, 1 96 1 ; Kempf, E. Grundrechte im besonderen Gewaltverhaltnis,
Hamburg, 1964.; Martens, W. Das besonderen Gewaltverhaltnis im demokratischen Rechtsstaat, Frankfurt/M. 1970.;
Fuss, E.W. Zum Abschied vom besonderen Gewaltverhaltnis, 1972.
13 Mayer, op. cit. pág. 78. También Maurach (vid. Maurach, R. Tratado de Derecho penal. T. I, Barcelona 1962,
págs. 12-13) comparte la idea de que el ilícito administrativo se caracteriza por una frustración del funcionario de la
"fidelidad y devoción especial al Estado".

21
dose con los conceptos de "jerarquía", "dominio" o "lealtad"14. Conceptos que inevita
blemente han de verse potenciados si la diferenciación determina el fundamento de rela
ciones específicas y la génesis de ámbitos de restricción de los derechos fundamentales al
margen del Derecho. El reconocimiento de un orden doméstico permite ya de por sí
recrearse en la idea de una Administración liberada de los controles de garantía del Estado
de Derecho15.
Ciertamente estos autores en cuanto que reconocen dentro de la actividad estatal
espacios fuera del control jurídico mantienen una posición diametralmente opuesta a la
concepción kelseniana del Estado. Conocido es por todos que para Kelsen !°, igual que
Midas, rey de Frigia, convertía en oro aquello que tocaba, el Estado convierte en Derecho
todas las normas que dicta. La Administración solo dicta normas jurídicas cuando estas
tienen un carácter colectivo, sólo en la forma jurídica puede el Estado dirigirse a los ciu
dadanos, sin establecer diferenciación ninguna según la relación general o especial que
guarden con aquél. Sin embargo, a pesar de las diferencias en las concepciones de la fun
ción y significación del Estado ambas coinciden en la imposibilidad de explicar los lími
tes a su actividad. Si el relativismo de Jellinek convertía al Estado en puro ejercicio de
poder, para el relativismo normativo de Kelsen la validez de una norma jurídica no puede
negarse por el hecho de que su contenido contradiga una norma social, cultural, natural o
di cualquier otro orden no jurídico17.
En ambos casos la relación especial de sujeción encontraba su fundamento en la pro
pia idea de la soberanía estatal. La diferencia pasa a ser de escasa relevancia, mientras que
Kelsen liberaba a la norma jurídica de cualquier valoración social, Jellinek, se limitaba a
crear espacios estatales ajenos al Derecho. La idea de la supremacía sigue siendo mante
nida por quienes reconocen esta particular forma de someterse al Estado. Así Romano en
Italia18 o García Trevijano19 coinciden en destacar que sólo donde se acentúa la depen
dencia al Estado hay relación especial fuente de restricción de las libertades comunes a
todos los ciudadanos. Ambos autores terminan negando la identidad sustancial entre la

14 Octavio de Toledo, E. La prevaricación delfuncionario público, Madrid, 1980, págs. 284-285.


15 Vid. Parejo Alfonso, L. Estudio preliminar en Parada Vázquez, op. cet. págs. 45-46.; Prieto Sanchis, L. La
jurisprudencia constitucional v el problema de las sanciones administrativas en el Estado de Derecho, en Rev.
Española de Derecho Constitucional, Enero-Abril, 1982 (Núm. 4) págs. 101-102. La falta de características esencia
les en la actividad de la Administración ha sido especialmente estudiado en el ámbito de la potestad disciplinaria (vid.
por todos Cerezo Mir, J. Curso de Derecho penal español, 3° Edic. Madrid, 1985, págs, 53 y ss.).
16 Kelsen, H. Allgemeines Staatslehre, 1925, pág. 44.
17 Con todo no sería de justicia ver en la posición que mantienen estos autores sólo aspectos negativos de los
que mucho tiempo después se iban a derivar graves consecuencias en la medida que el ejercicio del poder se libera
ba de cualquier sometimiento crítico externo a él (vid. Welzel, H. Introducción a la filosofía del Derecho, 2° Edic.
Madrid 1979, pág. 230 y ss.), por el contrario, las pretensiones tanto de Laband como de Kelsen era tratar de dar cier
to contenido formal al Derecho público del que hasta entonces carecía.
18 La responsabilidad de policía, señala Romano "presupone absolutamente una potestad especial frente a la per
sona, que a la inversa se encuentra en un particular estado de sujeción hacia el Estado o hacia otro ente público y su
aplicación (la sanción) no es jurisdiccional" (Romano, S. Corso de diritto administrativo Pádova, 1937, pág. 317).
19 García Trevijano, op. cit. págs. 473-479. De la misma manera Gallego Anabitarte (op. cit. 25) destaca como
la primera de la características de la relación especial de sujeción una "acentuada situación de dependencia, de la cual
emanan determinadas obligaciones".

22
potestad punitiva general y la disciplinaria. El carácter de supremacía del poder discipli
nario explica la independencia de esta responsabilidad respecto de la civil y la penal y jus
tifica la posibilidad de hacer valer cumulativamente toda la responsabilidad por un mismo
hecho sin violar por ello el principio ne bis in idem20. Para García Trevijano21 de la rela
ción de supremacía se derivan las siguientes potestades administrativas: posibilidad de
dictar normas internas que afecten a la buena marcha del servicio, posibilidad de actuar a
través de ordenes, posibilidad de vigilar la marcha del servicio y potestad disciplinaria.
Especialmente útil resultaba la idea de la supremacía para explicar cómo en el marco
de unas relaciones especiales de sujeción también perdía su vigencia el principio de reser
va de ley. La propia administración, como ha señalado en reiteradas ocasiones nuestro TC,
ejerce una capacidad de autocontrol y la reserva de ley pierde parte de su fundamento22.
Si grave es que la Administración pueda ejercer la potestad disciplinaria esgrimiendo tan
sólo una pretendida relación de supremacía, más grave aun resulta el hecho de que dicha
actividad pudiera llevarse a cabo al margen de la ley por vía reglamentaria. La doctrina
administrativista reaccionó críticamente considerando que se extrapolaba el ámbito pro
pio de la autotutela administrativa para ejercer una heterotutela que burla los controles de
legalidad y judicialidad2-''.
II. Con el transcurso del tiempo la teoría de las relaciones especiales de sujeción lejos
de desaparecer iba a ir adquiriendo una solidez extraordinaria abarcando ámbitos para los
que no estaba inicialmente previstos y que desbordaban manifiestamente la idea de la
supremacía que sirvió inicialmente de fundamento. Las relaciones de las entidades finan
cieras con el Banco de España o la de los concesionarios con la Administración —por sólo
poner dos ejemplos— no pueden considerarse de supremacía, sino a lo sumo diversas en
comparación con la relación administrativa del resto de la sociedad.
Otros autores han fundamentado las relaciones especiales de sujeción en la volunta
riedad con que el individuo las asume. Así, señala Parada Vázquez2^, que en todo caso el
funcionario es quien ha ido al encuentro de ellas conociendo y aceptando todos sus con

Vid. Hassemer, W./Muñoz Conde, F. Introducción a la Criminología v al Derecho penal. Valencia, 1 989, pág.
130.
21 García Trevijano, op, cit. págs 473 y 479.
22 Vid. entre otras las STC 42/87 y 2/87.
23 Vid. García de Entorna, E./Fernández, T.-R. Curso de Derecho Administrativo, T.I. Madrid, 1 980, pág. 438.
24 Mayer, T. I. op. cit. pág. En el mismo sentido Obermayer, K. Verwaltungsakt und innerdienstlicher Rechtakst,
1956. La idea de fin también aparece en Gallego Anabitarte (op. cit. pág. 50-5 1 ) para quien sólo puede justificarse una
intervención en la situación jurídica del individuo restringiendo la eficacia del principio de legalidad cuando respon
de a una finalidad objetiva.
25 Parada Vázquez, J. R., La Administración y los jueces, Caracas, 1988, pág. 298. Para García Trevijano (Op.
cit. pág. 476) el contenido de la supremacía especial no está sometido al principio de habilitación legal como lo está
el general. No obstante, la habilitación debe exigirse cuando la instauración de la relación especial de poder es obli
gatoria para el administrado.

23
tenidos negociales o reglamentarios. Ocasionalmente también la jurisprudencia26 ha acep
tado como fuente de las relaciones especiales el "acuerdo de voluntades".
La tesis de la voluntariedad, a nuestro juicio, es difícil de sustentar y con ella se inten
ta suplantar de forma rudimentaria la necesaria habilitación legal para poder excepcionar
o debilitar la eficacia sobre todo del principio de reserva de ley27. Olvida ésta, en primer
lugar, que los derechos fundamentales no son renunciables28. En segundo lugar, la volun
tariedad no constituye ninguna fundamentación, sino en todo caso una nota característica
de estas relaciones. Y, por último, no puede predicarse la voluntariedad de muchas de las
relaciones que reconocen como de sujeción especial y menos de la relación penitenciaria.
Incluso, en supuestos en los que prima facie aparece el consentimiento de la persona, no
resulta difícil descubrir que se trata solo de una apariencia y que es la propia Admi
nistración la que unilateralmente conforma los derechos limitados y la aceptación resulta
una condición insoslayable para el ejercicio de una actividad (v. gr. ejercicio profesional
colegiado) o el disfrute de un beneficio (v. gr. concesionario)2^.
Con frecuencia también se ha acudido a fundamentar las relaciones de sujeción en
la necesidad de garantizar la eficacia de los actos administrativos30. Parte de los argu
mentos anteriormente expuestos pueden reproducirse frente a quienes entienden que la
Administración está habilitada para establecer relaciones de sujeción por razones de efi
cacia. Se trata como en el caso anterior más de una cuestión técnica que de un fundamento,
por lo demás habría que preguntarse si todos los casos de relaciones de sujeción respon
den al criterio de mayor eficacia y si la limitación del principio de legalidad y de ne bis in
idem es la medida más adecuada para garantizar la eficacia administrativa-31. Por último,
el propio TS ha señalado que "el ámbito disciplinario no se halla singularmente apodera
do de las exigencias de eficacia" (STS [Link].1982).
Estas dificultades añadidas a la falta de contornos nítidos del concepto y de los con
tenidos de las relaciones de sujeción ha propiciado un abandono por parte de la doctrina
de interés en definir lo que es y una mayor atención en fijar cuales son sus características
más definitorias reconociendo incluso que algunas de ellas pueden no concurrir en cier
tas relaciones de sujeción. En esta línea de investigación se sitúa Gallego Anabitarte, para

26 Cfr. las Sentencias del TS de 18.11.1981; 12.11.1985 y 13.12.1985 y del TC de [Link].84. (66/84).
27 Michavila Núñez, op. cit. pág. 252, Rubio, M. op. cit. pág.478.
28 La CE establece su fuerza vinculante tanto para los poderes públicos como para los ciudadanos ( Art. 9. 1 ). Vid.
Pérez Luño, A.-E. Los Derechos Fundamentales, Madrid, 1984. passim. Criticando la teoría del consentimiento seña
la Gallego Anbitarte (op. cit. pág. 47) que "la aprobación no puede ser nunca fundamento para dictar actos que, con
carácter soberano, intervengan en la esfera del individuo, ya que entonces se daría el caso de una delegación indivi
dual de poder soberano, delegación que solo es posible por el poder legislativo".
29 En este sentido, Montoro Puerto, M. La infracción administrativa. Características, manifestaciones y san
ción. Madrid, 1965, pág. 127.; Michavila Núñez, op. cit. pág. 254.; Octavio de Toledo, op. cit. pág.280.
-10 Vid. Murgeon, citado por García de Enterria, op. cit. pág. 148; Martínez Pérez, C. La inflación del Derecho
penal y del Derecho administrativo, en Estudios penales y criminológicos, IV, Santiago de Compostela, 1981-82, pág.
203; Sanz Gandasegui, La potestad sancionatoria de la Administración: La Constitución española y el TC. Madrid,
1985. pág. 90. Críticamente Montoro Puerto, op. cit. pág. 127., Parada Vázquez, J.R. Derecho administrativo, T.I,
P.G. 2° Edic, Madrid, 1990, pág. 426.
31 Baena Alcázar (Curso de ciencia de la Administración, Vol. I, Madrid 1988, pág. 352) señala que el ejercicio
de la potestad disciplinaria resulta generalmente ineficaz como control de la Administración española. Tampoco puede
alegarse una eficacia por la inmediación de la autoridad sancionadora, pues como señala Parada Vázquez (Op. cit.
pág. 426) la inmediación deja de existir en los casos de sanciones muy graves que se reservan siempre al Gobierno.

24
quien las referidas relaciones se caracterizan por las siguientes notas: acentuada situación
de dependencia, de la que emanan determinadas obligaciones; estado general de libertad
limitada; existencia de una relación personal; imposibilidad de establecer de antemano
extensión y contenido de las relaciones, así como la intensidad de las necesarias inter
venciones coactivas en la esfera de los afectados; el hecho de que el individuo tiene que
obedecer órdenes, las cuales no emanan directamente de la ley; el hecho de que esta situa
ción se explique en razón de determinado fin administrativo; la alusión a un elemento de
voluntariedad en dicha situación de sometimiento; y, finalmente, el admitir de manera
expresa o tácita que la justificación de dicha relación se encuentra en la necesidad de una
eficiencia y productividad administrativa32.
III. Pero, sin duda, la propuesta más sugestiva es la que retoma la idea originaria de
Laband a la vez que abandona la teoría de las relaciones especiales de sujeción para jus
tificar la potestad disciplinaria en una relación contractual siguiendo el modelo civilísti-
co y que en el ámbito administrativo se traduciría en una relación reglamentaria, Como
apunta Montoro33 el fundamento de las relaciones especiales no es otro que el propio orde
namiento jurídico interno de la Administración. El derecho disciplinario complementa las
disposiciones generales prescribiendo una serie de conductas y sus correspondientes san
ciones que lesionan el desarrollo de determinados servicios de la Administración por los
que se encuentra afectado determinado grupos de personas.
Desde esta perspectiva normativa se resuelven muchos de los problemas complejos
de los que presenta la teoría de las relaciones especiales de sujeción. Ante todo se supera
la vieja idea de las "espacios libres de Derecho" en las relaciones dentro de los círculos
internos del Estado. El ordenamiento en el que se prescribe la potestad disciplinaria es un
ordenamiento jurídico, es decir, no presenta diferencias sustanciales con el régimen san-
cionador general fuera de la diferencia que significa el aseguramiento de un servicio.
Que no pueda decirse nada sobre los contenidos de las normas que recogen las con
ductas infractoras y que no pueda concretarse y hacer más riguroso la aplicación de los
principios garantísticos no es algo que deba sorprender ya que se deriva de la propia natu
raleza administrativa de dicho ordenamiento. El Derecho administrativo, como apunta
Bodenheimer34, no se ocupa de los contenidos concretos de las normas, ni da información
acerca de la actividad de los funcionarios en cuestiones específicas como pueden ser la
repoblación forestal o la reconstrucción de carreteras ni de la discrecionalidad funciona-
rial. En definitiva, no se ocupa de la transmisión de la voluntad del Estado en la presta
ción de un servicio. Por el contrario, si establece los límites de esa actividad, de ese ejer
cicio de voluntad. Textualmente señala el referido autor que "debe definirse el Derecho
administrativo como el Derecho que se refiere a las limitaciones puesta a los poderes de
los funcionarios y corporaciones administrativas".
Pretender un acuerdo doctrinal en torno a los contenidos de las relaciones de suje
ción o intentar dar una definición sustancial de la misma se ha demostrado un trabajo bal

32 Gallego Anabitarte, op. cit. pág. 25; también Montoro Puerto, op. cit. pág. 127.
33 Montoro Puerto, op. cit. pág. 127.
34 Bodenheimer, E. Teoría del derecho, México, 1974, págs. 1 16 y ss.

25
dío que solo ha servido para añadir nuevas claves de confusión y en definitiva ha facili
tado el camino de su instrumentalización para extenderse por nuevos horizontes. Pero es
igual de inútil negar su existencia en un ejercicio de "desesperación teórica". La variedad
de ámbitos en los que surge una relación de sujeción, la disparidad de sanciones y de pro
cedimientos a las que se encuentra sometida desborda cualquier pretensión sistematiza
dora. "Todo grupo social, apunta Montoro con razón, dotado de un mínimo de organiza
ción posee un régimen disciplinario. La disciplina de la función pública es una forma
peculiar de esta disciplina interior de los grupos y ella posee todos sus caracteres"35. La
función disciplinaria es común a toda organización social, si bien existen diferencias cuan
do se trata de una función del Estado, en cuyo caso, dicha potestad aparece formalizada,
en tanto que la relación disciplinaria de los grupos sociales nace espontáneamente y las
reglas por lo general se asumen tácitamente. De no existir esta vinculación disciplinaria
esta fuera de lugar que la Administración no podría satisfacer su fin de llevar a buen ter
mino ciertos servicios públicos.
Por otra parte, la potestad disciplinaria viene reconocida positivamente en los textos
constitucionales. Así nuestra Constitución no sólo la reconoce de forma genérica en la
propia declaración del Estado como Estado Social, sino en algunos pasajes específicos
como las restricciones para militares y funcionarios del derecho de sindicación (Art.28,1)
o del derecho a la huelga para el mismo colectivo (Art. 28,2), o cuando se preservan los
servicios esenciales de los conflictos colectivos laborales (Art. 37,2), también colectivos
como jueces y magistrados encuentran ciertas limitaciones en le ejercicio de los derechos
y libertades públicas (Art. 127)36.
Ahora bien no es menos cierto que la propia Constitución deja resuelto el problema
de la vigencia de las garantías en los supuestos de relaciones disciplinarias específicas.
Los casos mas paradigmáticos de éstas como pueden ser las relaciones funcionariales, las
de los militares o las penitenciarias se encuentran por mandato expreso de la Constitución
—cfr. respectivamente los arts. 103.3; 104.2 y 17.1/25.2— protegidas por la garantía del
principio de reserva de ley. Es, pues, fácil de concluir que si para la organización de los
servicios públicos más incuestionables rigen los principios generales mucho más deben
regir para los casos en los que ni siquiera puede afirmarse con seguridad que estemos ante
una relación específica37.
Trasladado el problema a un cuerpo normativo jurídico se despejan también otras
dudas importantes. La primera de ellas es que la cierta discrecionalidad administrativa a
la hora de aplicar las exigencias constitucionales debe confrontarse críticamente con el
servicio que se trata de prestar. Así, constituiría una arbitrariedad injustificada una rela
jación del principio de reserva de ley que no pueda explicarse por la naturaleza compleja
del servicio. En este sentido hay que recordar que la mejor jurisprudencia constitucional
no niega la vigencia de las garantías constitucionales frente a la potestad disciplinaria sino

35 Montoro Puerto, op. cit. pág, 127. La idea había sido ya expuesta por la doctrina francesa, entre otros por Legal
y Bréthe (Le pouvoir disciplinaire dans les institutions privées, Paris, 1938. págs. 47 y 50) quienes veían el Derecho
disciplinario como una unidad presente en todo grupo organizado ya sea de carácter público o privado.
36 Más extensamente Jiménez-Blanco, op. cit. pág. 989.
37 Para más detalles, vid. Baño León, op. cit. págs. 206 y ss.

26
tan sólo que deberá adecuarse a sus particularidades, Se trata de analizar con un sentido
restrictivo los casos en los que la Administración debe seguir disponiendo de potestad dis
ciplinaria y abandonar la utópica pretensión de traspasar dichas competencias a los tribu
nales ordinarios. Ahora bien lejos de abandonarlo a la arbitrariedad administrativa dicha
potestad debe de estar revestida de todas las garantías jurisdiccionales y pese a cierta juris
prudencia dubitativa parece irrefutable la tesis de que esa es la voluntad de nuestra
Constitución en declaraciones tan contundentes como la del Art. 25.1,
Cuestión distinta es el grado de respeto a aquellas garantías con las que se ejercita
la potestad disciplinaria. Aquí también conviene recordar algo que se ha dicho reiterada
mente. Ni siquiera en el ámbito penal, auténtico crisol de las exigencias constitucionales,
puede afirmarse de forma general un cumplimiento riguroso de las mismas. Por el con
trario, cada vez grupos más importantes de delitos se incorporan al Código con un más
que dudoso respeto al principio de reserva absoluta de ley. Tal como mayoritariamente
respalda la doctrina-18 debe garantizarse el carácter complementario del reglamento para
resolver problemas de especificidades del injusto quedando la ley reservada para estable
cer el contenido de los mismos y ello siempre que por la complejidad de la materia o por
su versatilidad se vea imposible una regulación legal completa sin remisiones reglamen
tarias de los comportamientos desvalorados.
Finalmente, la tesis del ordenamiento sectorial despeja también las dudas sobre la
diferenciación cuantitativa o cualitativa del ilícito disciplinario frente al ilícito penal y las
consecuencias que de ello se derivan para la aplicación del principio de ne bis in idem.
Hoy más que nunca faltan argumentos para poder seguir sustentando la tesis clásica de la
diferenciación sustancial y se hace imposible negar lo evidente que "en el corazón de todos
los sistemas disciplinarios funciona un pequeño mecanismo penal"39, lo cual no empece
que pueda hablarse de independencia entre ambos ilícitos4o. Y, por tanto, aun a falta de
una declaración programática en un texto general que regule la capacidad sancionatoria
de la Administración debe mantenerse la inconstitucionalidad de aquellas normas que per
miten la duplicidad sancionatoria e, incluso, —como sucede en el ámbito penitenciario—
hace prevalecer la sanción disciplinaria frente a la penal cuando ambas concurren.
Mantener la duplicidad no solo es conculcar el principio de legalidad, sino el de igualdad
ante la ley (Art. 14CE)4i.

III. Las relaciones penitenciarias en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.


I. En lo que resta de nuestro trabajo vamos a analizar con mayor detenimiento las
sentencias de TC a las que hicimos mención al comienzo y que aunque no pueden en rigor
considerarse novedosas respecto a la caracterización de las relaciones penitenciarias como
de sujeción especial, por cuanto que esporádicamente ya el TS se había referido a ello42,

38 Vid. por todos Baño León, J. M., Los límites constitucionales de la potestad reglamentaria (Remisión nor
mativa y reglamento independiente en la Constitución de 1 978-), Madrid, 1991, pág. 225 y ss.
39 Foucault, M., Vigilar y castigar, 3° Edic. Madrid 1978, pág. 183.
40 Cerezo Mir, op. cit. pág. 55.
41 Zugaldia Espinar, J. M., Fundamentos de Derecho penal. (Parte general). Las teorías de la pena y de la ley
penal. Granada 1990, pág. 136.
42Cfr. STS 23.4.1976.

27
sin embargo, si lo son en las consecuencias que extrae de dicha declaración. Previamente
nos parece interesante detenernos en le debate que se suscitó en Alemania a partir preci
samente de una resolución del Tribunal Constitucional de este país en donde negaba la
existencia en el ámbito penitenciario de relaciones especiales de sujeción.
En Alemania —a diferencia de otros países— se había alcanzado una cierta teoriza
ción para explicar la desprotección jurídica de los internos. En efecto, doctrina y juris
prudencia coincidieron durante mucho tiempo en considerar que los penados se encuen
tran sometidos a una relación especial de sujeción de la que se deriva un modelo de
ejecución no regulado jurídicamente. Frente a las numerosas obligaciones de los internos,
orientadas para alcanzar altas cotas de seguridad y orden, apenas podían esgrimirse dere
chos. El status jurídico del preso quedaba reducido a una forma de ejecución extremada
mente sencilla y a un tratamiento para preservar la vida y la salud. Todo ello se regía tan
solo por las ordenes de servicio y ejecución que cada Estado federado dictaba para sus
establecimientos43. La situación que permitía la reducción de los derechos fundamenta
les de las personas en función de un servicio público —ejecución de la pena— prestado
por la Administración penitenciaria provocó su abandono jurídico ya que por otra parte
tampoco se benefició de los principios del Derecho administrativo y llegó, sin embargo,
a transformarse en la idea central que inspiraba la ejecución penal44. Era el resultado de
un Derecho penal liberal escasamente interesado por las cuestiones penitenciarias. A lo
largo del siglo XIX y hasta después de la segunda guerra mundial las cárceles, en el mejor
de los casos, sólo llegaron a ser laboratorios lombrosianos.
Esta orientación político penitenciaria sustentada por una constante jurisprudencia
se vio alterada por una resolución del TC alemán de 14.3. 197245. En ella se deja a un lado
la teoría de la relación especial de sujeción para declarar que no sería constitucional una
limitación de los derechos fundamentales de la persona en base a una norma de rango
administrativo orientada a lograr ya sean los fines de la pena ya los del establecimiento
penitenciario. La limitación de los derechos de los internos solo sería posible si estuviera
amparada por una ley. No obstante, el Alto Tribunal señaló un plazo de transición, que no
fue bien recibido por la doctrina4^, en el que todavía se permitirían ciertas restricciones a
los derechos fundamentales de los internos sin cobertura legal "cuando fuera imprescin
dible para el cumplimiento de la pena o para ejecutarla ordenadamente", pasado dicho

43 Vid. Schuller-Springorum, H. Strafvollzug im Übergang. Studiem zum Stand der Vollzugsrechtslehre.


Góttingen, 1969, págs. 39 y ss., Tiedemann, K. Die Rechtstellung des Strafgefangenen nachfranzósischem unddeuts-
chem Verfassungsrecht. Bonn, 1963.
44 Schüler Springorum, H. op. cit. pág. 40. Recoge este autor el texto de una sentencia de un tribunal ordinario
que sirve para ilustrar el tenor de las resoluciones judiciales durante la influencia de la teoría de las relaciones espe
ciales (Pág. 45). En ella se dice que "la ejecución penal constituye una especial relación de poder, en cuyo ámbito la
administración está justificada para tomar o regular, en forma general o especial, todas las medidas necesarias para la
realización de la ejecución de la pena, en el sentido de sus finalidades jurídicamente reconocidas".
45 BVerfGE 33, 1 y ss. Para un recensión de la sentencia vid. Starck, Cj. Anmerkung zum Beschluss des BVerfG
vom 14.3.1972, en Juristenzeitung, 1972, págs. 360-362.
46 Hesse, K. Grundzügedes verfassungsrechts der Bundesrepublik DeutscMand, 12° Edic. Karlsruhe 1980, pág.
136.

28
plazo el legislador debería desarrollar legalmente la nueva posición mantenida en la sen
tencia47.
Los principios del Estado de Derecho no sólo debían de garantizar los fundamentos
legales del Derecho penitenciario y su vigencia para la Administración y para los inter
nos, sino que lograba además una virtualidad inmediata de todos estos derechos en la legis
lación penitenciaria. Junto al reconocimiento general de los derechos fundamentales cuya
esencia debía ser en todo caso respetada y del principio de legalidad ( Art. 1 9,4 de la Const.
alemana) se hace también referencia a la especial importancia del principio de igualdad
para una Administración en un Estado de Derecho —sobre todo respecto de las medidas
de seguridad y orden— y al fundamento jurídico constitucional del principio de propor
cionalidad. Para la actividad de los jueces de vigilancia fueron significativas las referen
cias a la independencia judicial (Art. 97) y a la legalidad procesal (Art. 101,1)48.
La decisión del TC y la posterior entrada en vigor de la Ley penitenciaria49 no sólo
resultaba revolucionaria por cuanto la ciencia jurídica penitenciaria se introducía en un
lenguaje de derechos del penado al que no estaba históricamente acostumbrado sino que
permitía una reformulación del propio significado de la pena de prisión. En efecto, la
estructuración jurídico positiva de los derechos del interno favorece una visión plural y
dinámica de la pena y no estática y unidimensional. La teoría de las relaciones especiales
de sujeción se corresponden con una visión retributiva de los fines de la pena. En el
momento de su ejecución el penado debe sentir la absoluta desprotección jurídica, que se
suma al daño físico de la pena. La pena retributiva, la pena absoluta se correspondía con
la idea de mal absoluto.
Por el contrario, el abandono de la referida teoría hace que siga vigente toda la rique
za de derechos constitucionales de la persona —incluso sumando otros nuevos adquiri
dos en su condición de penado— como consecuencia lógica de una concepción de la pena
entendida como proceso de comunicación y de aprendizaje social. La meta resocializa-
dora se convierte en un motor de dinamización de las relaciones en el colectivo peniten
ciario decisivo en el plano normativo. Fruto de toda esta reformulación es la preocupa
ción por formular en el derecho positivo las garantías constitucionales y desarrollar
posteriormente una serie de medidas encaminadas a potenciar la apertura al exterior o la
democratización de las relaciones internas. La idea de un modelo penitenciario como pro
ceso social deriva de la propia exigencia social50. Por vez primera los fines de la pena no
se diseñaban contra el penado sino tratando de comprometerlo en un programa positivo
para su propia biografía.

La doctrina, no obstante, ya había apuntado con anterioridad 1a necesidad de una reforma legal en la que el
penado mantuviera esencialmente su status jurídico de persona y éste no pudiera alterarse sino de acuerdo con una
ley y conforme a lo establecido por la Constitución para estos casos (Cfr. Müller-Dietz, H. Strafcollzugsgesetzgebung
und Strafvollzugsreform. Anales Universitatis, Bd. 55, Kól,. 1970.
48 Schóch en: Kaiser/Kerner/Schoch, Strafvollzug. Ein Legrbuch, 3° Edic. Heidelberg 1982, pág. 102.
49 Ley sobre la ejecución de la pena privativa de libertad y medidas de mejora y seguridad privativas de liber
tad-ley de ejecución penitenciaria ( StVollzG) de 1 6 de Marzo de 1 976 (BGB1. 1 pág. 58 1 , ber, pág. 2088).
50 Vid. Calliers, R.P., Theorie der Strafe im demokratischen und sozialen Rechtstaat. Ein Beitrag zur strafe-
rechtsdogmatischen Grudlagendiskussion. Frankfurt/M. 1974, pág. 38.

29
Pero han sido muchos años los que transcurrieron bajo la égida indiscutible de las
relaciones especiales de sujeción y, por tanto, no puede esperarse que una sola reforma
legislativa vaya a modificar súbitamente un estilo de gestión que por lo demás viene
impuesta en gran medida por la propia naturaleza de la institución penitenciaria. "La pri
sión no es hija de las leyes ni de los códigos, ni del aparato judicial"5 1. La propia teoría
de la relación de supremacía aplicada al mundo penitenciario no es más que la expresión
jurídica de un hecho cierto: que por encima de todo lo que caracteriza al preso es la pér
dida de libertad y las limitaciones en sus condiciones de vida. Así pues, a pesar de todas
las mejoras jurídicas que se sucedieron tras esta nueva corriente jurisprudencial, señala
Kerner52 con razón, la ley penitenciaria alemana —y lo mismo puede decirse de la nues
tra— sigue dibujando sin justificación aparente en muchos casos un modelo de vida pri-
sional de sometimiento. En lugar de la búsqueda de su autodeterminación en especial en
los centros de mayor seguridad perdura ante todo la idea de alienación. El recurso a expre
siones inconcretas en las legislaciones penitenciarias —como sucede en nuestra ley con
los criterios de "peligrosidad" e "inadaptación" que permiten el traslado a un centro de
máxima seguridad— son una prueba de la vigencia de la teoría de las relaciones especia
les de sujeción53.
Por lo demás la Sentencia del TC alemán tendría repercusiones también para otras
relaciones de supremacía. Aunque carece de todo fundamento pensar que tras dicha reso
lución fueran a desaparecer las limitaciones a los derechos fundamentales, no cabe duda
que, al menos, se logró que las restricciones estuvieran respaldadas por una norma de rango
legal, que se justificarán siempre por la necesidad imprescindible de un servicio público,
que no se establecieran con carácter general sino como resultado de un conflicto de inte
reses individualizado y que respetaran en su esencia los derechos constitucionales. En defi
nitiva, limitaciones con unas garantías y exigencias que eran precisamente lo que se tra
taba de soslayar por medio de la teoría de las relaciones de sujeción. En consecuencia, a
partir de entonces sólo puede hablarse de relaciones diversas con la Administración que
eventualmente pueden determinar ciertas limitaciones en los derechos de las personas de
acuerdo con el ordenamiento jurídico5**.

51 Foucault, op. cit. pág. 314.


52 Kerner, en Kaiser/Kerner/Schóch, op. cit. pág. 314.
53 Para Fragoso (Fragoso, H.C. El derecho de los presos (Los problemas de un mundo sin ley), en Doctrina penal,
Núm. 14) Abril-Mayo 1981) en algunos países como USA se llega a situaciones penitenciarias similares a la que se
deriva de la relación de sujeción y se mantiene una fase ejecutiva prácticamente ajena al control jurídico. En el siste
ma norteamericano de penas indeterminadas que todavía se encuentra vigente es posible que la administración peni
tenciaria, mediante la aplicación de sanciones disciplinarias prorroge la duración de la pena a límites intolerables,
(pág. 251).
54 Fuss, E.W. op. cit. passim. En contra de la opinión sustentada en el texto García Macho (op. cit. págs. 524 y
ss.) entiende que pese a la Sentencia comentada no puede afirmarse que hayan desaparecido las relaciones especiales
de sujeción en la praxis jurídica germana ya que sigue existiendo "la autorización de límites inmanentes entre dere
chos fundamentales" que era su función más singular. A nuestro juicio, el problema de la teoría de supremacía no era
tanto fundamentar las limitaciones a los derechos constitucionales como hacerlo en un marco ajeno al derecho en el
que por tanto la Administración pudiera actuar con total discrecionalidad.

30
II. Como ya hemos apuntado las sentencias de nuestro TC no debieron de coger a
nadie de sorpresa, el TS ya había hecho uso de ella y también la mayoría de los peniten-
ciaristas se habían mostrado a favor de la teoría de las relaciones especiales de sujeción55.
Quizás, como señala Diez Ripollés56 sin ser muy conscientes del carácter profundamen
te restrictivo de los derechos de los reclusos de ese concepto. Con carácter general tam
bién los administrativistas habían dado por valida la aplicación de dicha teoría en el campo
penitenciario57. A diferencia pues de lo que había sucedido en Alemania, en España —en
las escasas ocasiones en las que la doctrina se había preocupado por el tema— parecía
incuestionable que las relaciones penitenciarias eran relaciones especiales de sujeción. La
situación no puede menos que calificarse de paradójica pues en el país germano la juris
prudencia forzó una reforma legal para impedir que los tribunales pudieran seguir esgri
miendo la referida teoría, en tanto que en nuestro país los tribunales no parece que se hayan
dado por enterados de que existe una ley —la primera ley orgánica tras la Constitución—
cuyos principios resultan desde todo punto de vista contrarios a la teoría de las relaciones
especiales de sujeción.

55 Buenos Anís, F. Estudio preliminar, en García Valdés, C. La reforma penitenciaria española —Textos y mate
riales para su estudio—.. Madrid 1981, pág. 15; García Valdés, C. Comentarios a la Ley General Penitenciaria,
Madrid 1980, pág. 17, Garrido Guzmán, L. Manual de ciencia penitenciaria, Madrid 1983, pág. 382., González
Vicente, M.P. El derecho a la tutela efectiva en el procedimiento sancionador penitenciario, Rev. Estudios
Penitenciarios, Núm. 239 (1988), pág. 45. Alonso de Escamilla (El controljurisdiccional de la actividad penitencia
ria, en CPC Núm. 40 ( 1990 págs. 147-164). Se detiene algo más en el tema y parece apoyar una nueva formulación
de la relación especial de sujeción. Con esta expresión ya no se haría referencia a la conocida teoría de Jellinek y
Laband, sino "a un régimen especial que un estado democrático no puede dejar de determinar con precisión". La idea
nos parece acertada pero nos sugiere de inmediato una pregunta: ¿Cuál es el sentido de mantener aun la referencia a
la relación que genera? La cuestión volverá a suscitarse más adelante cuando comentemos la jurisprudencia consti
tucional, por lo que nos remitimos allí.
56 Díez Ripollés, J. L. La huelga de hambre en el ámbito penitenciario, en CPC 1986 (núm. 30), pág. 615.
Precisamente es este autor de los pocos que, en nuestro país, critica la aplicación de la referida teoría al ámbito peni
tenciario porque no pueden limitarse los derechos fundamentales sin autorización de la Constitución y porque el inte
rés público no es un fundamento suficiente para justificar privación de derechos.
57 Con todo esto se observa mayor cautela en el campo de la ciencia administrativa española. Así Sosa Wagner
(Administración penitenciaria, en Rev. de Administración Pública, Núm. 80(1976), págs. 101-103) señala que lateo-
ría de las relaciones especiales de sujeción es criticable por distintos motivos, aunque no obstante, es innegable que
en el supuesto de los penados la institución penitenciaria establece una "relación de la que se deriva un status espe
cial que nacer con el hecho de ingreso en uno de los establecimientos penitenciarios de lo cual sólo puede despren
derse una especificidad en los derechos y deberes del interno pero no un espacio jurídicamente vacío. Críticamente
también Baño León (op. cit, pág. 127). Menos crítica resulta la posición de González Navarro (Poder domesticador
del Estado y derechos del recluso, en Homenaje a García de Enterria, Madrid 1 99 1 , págs. 1 1 26- 1 1 27 y 11 32- 1 1 35)
pues si bien considera que son de "dudosísima justificación" en un Estado de Derecho las distinciones entre relacio
nes jurídicas generales y especiales cuando de ellas se deriva una disminución de las garantías jurídicas de aquellos
ciudadanos que intervienen en una relación de sujeción especial (pág. 1088), sin embargo, admite como algo dife
rente a la relación de sujeción la "potestad domesticadora" de la Administración penitenciaria. Potestad que define
como "dominio del hombre mediante la obtención de un saber de su pasado, de su presente y de su futuro" (Pág. 1 133).
La potestad domesticadora se manifiesta en las normas jurídicas que regulan el tratamiento. Sin entrar en una valo
ración crítica detallada de esta posición baste decir que la actividad de observación y tratamiento está en todo caso
preservada por el consentimiento del interno quien no podrá ser perjudicado en caso de negarse. Teniendo en cuenta
esta libertad de someterse o no a la observación y el posterior tratamiento se hace difícil aceptar la potestad domesti
cadora. Por otra parte, el tratamiento no está concebido jurídicamente como una actividad de dominio sino todo lo
contrario por lo que aun aceptando dicha potestad no parece indicado calificarla de "domesticación".

31
Por este motivo, pese a que el TC reitera la existencia de una relación especial de
sujeción de la misma no extrae las consecuencias que lógicamente debieran de extraer-
se58, sencillamente porque de hacerlo así haría una reflexión coherente en un plano teóri
co, pero radicalmente contraria a la legislación penitenciaria e, incluso, al propio texto
constitucional (Art. 25,2).
La STC de 21.1.87 resuelve un recurso de amparo presentado por un interno de
Basauri contra el acuerdo de la Junta de Régimen y Administración en el que se le impo
nía una sanción de catorce días de aislamiento en celdas por una falta muy grave y otra
más de doce días de aislamiento por otra falta distinta. Los derechos constitucionales lesio
nados según la demanda son los siguientes: derecho a la tutela judicial efectiva (Art. 24,1)
por no motivar la inadmisión de pruebas y por practicar otras sin estar presente el intere
sado; derecho a un proceso con todas las garantías (Art. 24,2); derecho a la asistencia del
Letrado (Art. 24,2); derecho a un proceso público (Art. 24,2); derecho a utilizar los medios
de prueba pertinentes para su defensa (Art. 24,2) al no permitirse al actor expresarse en
euskera; principio de legalidad (Art. 25,1) porque las sanciones impuestan venían con
templadas solo en el Reglamento penitenciario; principio resocializador (Art. 25,2) que
garantiza el derecho a la integridad física y moral lesionada con un aislamiento en celdas
de veintiséis días, y, finalmente, se entiende infringido el Art. 25,3 que prohibe a la
Administración imponer sanciones que directa o subsidiariamente puedan suponer priva
ción de libertad.
Por su parte, la STC de [Link].90 resuelve un recurso de amparo frente a una reso
lución de la Audiencia Provincial de Madrid autorizando la intervención médica aun en
contra de su voluntad para salvar la vida de cualquiera de los miembros del colectivo de
presos del "grapo" que se encontraban en huelga de hambre reivindicando la supresión de
la política de aislamiento y dispersión aplicada por la Administración penitenciaria con
tra presos pertenecientes a bandas armadas en el momento en que el huelguista perdiera
la conciencia. En este caso la STC se centra en la posible lesión de los Arts. 15, 16,1, 17,1
y 18,1 CE e, indirectamente, los Arts. 24,1 y 25,2 CE.
Las dos sentencias centran su fundamentación jurídica básicamente en la estructura
de la relación especial de sujeción para desestimar ambos recursos. Sin embargo, existen
algunas diferencias en el alcance que se le concede y que justifica recuperar aquí ambos
textos:
La Sentencia de 27.1.87 señala lo siguiente:
" En estos casos la reserva de ley cumple principalmente la función de garanti
zar la seguridad jurídica, de modo que los internos puedan disponer de informacio
nes suficientes sobre las normas jurídicas aplicables en un determinado caso, y la
norma debe formularse con la suficiente precisión para que el interno pueda prever
razonablemente las consecuencias que puedan derivar de una determinada conduc
ta. El interno se integra en una institución preexistente y que proyecta su "autori
dad" sobre quienes, al margen de su condición común de ciudadanos, adquieren el
status específico de individuos sujetos a un poder público que no es el que, con carác
ter general, existe sobre el común de los ciudadanos. En virtud de esa sujeción especial,

58 Así lo entiende también Baño León, op. cit. pág. 127.

32
j en virtud de 1a f/ftMtf jp fflfranfl tít SOfflífÍfl!Í0!ÍO SÍflPÍflF fl IJJ1 DflrfWUIÍWir/).
el (US punietldi no es el genérico del Kstado, y en tal medida la propia reserva de Ley
pierde parte de su fundamentación material, dado el carácter en cierto modo insu-
primible de la potestad reglametaria, expresiva de la capacidad propia de autoorde-
nación correspondiente, para determinar en concreto las previsiones legislativas abs
tractas sobre las conductas identificables como antijurídicas en el seno de la
institución".
La Sentencia de 27.6.90 dice así:
"Aunque el concepto de relación especial de sujeción es de por sí impreciso (STC
61/90), no puede ponerse en duda que la reclusión en un centro penitenciario origi
na una relación jurídica de esa naturaleza, según ha declarado la STC 2/87, y así se
desprende directamente de la propia Constitución, cuyo Art. 25,2, en atención al esta
do de reclusión en que se encuentran las personas que cumplen penas de privación
de libertad, admite que los derechos constitucionales de esas personas puedan ser
objeto de limitaciones que no son de aplicación a los ciudadanos comunes y, entre
ellas, las que se establezcan en la ley penitenciaria, que regula el estatuto especial de
los recluidos en los centros penitenciarios. Esta relación especial de sujeción que debe
ser siempre entendida en un sentido reductivo compatible con el valor preferente que
corresponde a los derechos fundamentales, origina un entramado de derechos y debe
res recíprocos de la Administración y el recluido, entre los que destaca el esencial
deber de la primera de velar por la vida, integridad y salud del segundo, valores que
vienen constitucionalmente consagrados y permiten, en determinadas situaciones,
imponer limitaciones a los derechos fundamentales de internos que se colocan en peli
gro de muerte a consecuencia de una huelga de hambre reivindicativa, que podría
resultar contraria a esos derechos si se tratara de ciudadanos libres o incluso de inter
nos que se encuentren en situaciones distintas".
III. Ninguna de las dos sentencias puede considerarse que aplican la teoría de las
relaciones especiales, cuyo sentido último es el de negar el reconocimiento de los dere
chos constitucionales a los internos. Pero es evidente que la primera de ellas se aproxima
mucho más a la formulación originaria y por esta razón permite extraer unas conclusio
nes más graves para el sistema penitenciario. Comienza por negar algo que constitucio
nalmente parece insostenible: que el contenido del Art. 25,2 CE no confiere un derecho
amparable "que condicione la posibilidad y la existencia misma de la pena a esa orienta
ción". Semejante afirmación sólo deja lugar a una lectura del referido precepto: el Art.
25,2 pierde su fuerza vinculante. Lejos de ser un elemento de dinamización se convierte
en una mera declaración de buena voluntad elevada a rango constitucional, se degrada de
utopía jurídica, a absurdo jurídico. La posición nos parece difícil de sostener ya que como
ha reconocido la generalidad de la doctrina las metas resocializadoras se insertan en la
propia concepción social del Estado^. Por otra parte, su ubicación entre los derechos fun
damentales, la atemperada redacción ("se orientarán") y su propio desarrollo en la legis
lación penitenciaria permiten concluir que el constituyente no quiso quedarse en una mera

Vid. por todos la obra conjunta Sociedad y delito en Papers. Revista de Sociología. Núm. 1 3, Barcelona 1 980.

33
formalidad sino reconocer un derecho del penado que obligará a la Administración a tra
vés de los tribunales de justicia. Distinto es el contenido que pueda dársele a las metas
resocializadorasGO.
La segunda grave consecuencia de esta STC también fundada en la teoría de la rela
ción especial de sujeción se refiere al status libertatis del penado. En ella se afirma que
"la libertad que es objeto del derecho fundamental resultó ya legítimamente negada por
el contenido del fallo de la condena"61. Semejante afirmación no sólo desconoce es sen
tido del derecho a la libertad ambulatoria, sino que se sitúa en una concepción de la teo
ría de la pena contraria a los modernos postulados resocializadores.
Por lo que se refiere al status libertatis, pretendidamente perdido según la STC, con
vendría recordar lo señalado precisamente por Jellinek a quien —como hemos señalado—
se atribuye la paternidad de la teoría de las relaciones especiales de sujeción. Para este
autor el status libertatis constituye el núcleo de los derechos personales que son inheren
tes a toda persona e inviolables porque son los elementos esenciales para el desarrollo inte
gral de la personalidad, que como señala también nuestra Constitución en todo caso debe
rán ser respetados durante la ejecución de la pena62. No se puede, pues, "perder
legítimamente" el referido status , ni siquiera puede perderse una de sus manifestaciones
concretas: la libertad personal ambulatoria. La promoción de ésta en los modelos peni
tenciarios actuales dista mucho de aquellas prisiones con celdas y grilletes en donde el
interno pasaba las veinticuatro horas del día. Hoy el modelo ordinario de ejecución per
mite una amplia posibilidad de movimientos dentro y fuera de la prisión. Esto es posible
entre otras cosas porque la libertad ambulatoria se puede dosificar y graduar y la pena pri
vativa de libertad sólo puede restringir ésta proporcionalmente preservando en todo caso
la dignidad humana que requiere respetar en esencia el derecho fundamental.
De estas consideraciones se deriva necesariamente una conclusión a la que el TC no
quiso llegar: que la sanción de aislamiento en celda conculca manifiestamente el Art. 25,3
CE. El aislamiento en celdas es una sanción que directamente implica privación de liber
tad y por tanto sólo judicialmente puede imponerse. Ni el carácter excepcional que le otor
ga la LOGP6'', ni que sea aprobada por el juez de vigilancia cuando excede de catorce días
(Art. 76,2 d/LOGP)64 son garantías suficientes para resolver la inconstitucionalidad.

60 Vid. Mapelli Caffarena, B. Principios fundamentales del sistema penitenciario español, Barcelona 1983.
61 En otro momento vuelve a reiterar la misma idea: "Al estar ya privado de su libertad en la prisión, no puede
considerarse la sanción como una privación de libertad, sino meramente como un cambio en las condiciones de su
prisión". En el mismo sentido que la sentencia comentada, Garrido Guzmán, L. Tutela judicial efectiva y asesora-
miento de letrado de los recluidos en Instituciones Penitenciarias (Sentencia del Tribunal Constitucional Núm. 2/1987,
de 21 de Enero), en Poder Judicial, Núm. 7 (Sept. 1987), pág. 119.
62 Pérez Luño, op. cit. págs. 174-175.
61 El Art. 42,3 señala que "La sanción de aislamiento en celda sólo será de aplicación en los casos en que se
manifiesta una evidente agresividad o violencia por parte del interno, o cuando esté reiterada y gravemente altere la
normal convivencia del centro".
64 Uno de los aspectos tratados por la Sentencia que comentamos hacer referencia a este límite de los catorce
días de sanción de aislamiento a partir de los cuales deberá aprobarse por el juez de vigilancia. En una práctica deplo
rable la Administración penitenciaria venia burlando esta garantía legal mediante el ardid de transformar las sancio
nes que superen ese tope en varias sanciones de manera que no llegue ninguna de ellas a alcanzar los catorce días. El
TC considera que ello burla el control judicial y en esta cuestión reconoce al recurrente el derecho a la tutela judicial
efectiva.

34
La administración penitenciaria no puede imponer sanciones de aislamiento aunque
sean de un día de duración. A lo sumo, podrá tomar medidas cautelares de detención COn
carácter de urgencia, provisionalidud y puru resolver graves situaciones (Je peligro (Alt.
45 LOGP). En contra de lo que opina el Tribunal, tan degradante e inhumano resulta la
celda "negra" como concebir la ejecución penitenciaria como pérdida absoluta del dere
cho a la libertad ambulatoria lo que se traduce en aislamiento perpetuo.
Por lo demás la resolución del alto tribunal merece también una valoración crítica
por la falta de concreción con que se expresa en otros pasajes que resultan de crucial
importancia para el Derecho penitenciario. Así en relación al problema planteado de res
peto al principio de legalidad se reconoce su vigencia ("Una sanción carente de toda base
normativa legal devendría, incluso en estas relaciones, no sólo conculcadora del princi
pio objetivo de legalidad, sino lesiva del derecho fundamental considerado"), sin embar
go, se obstaculiza considerablemente su efectividad al reconocer que bastaría con que le
interno disponga de "información suficiente sobre las normas jurídicas" y que estas se for
mulen "con la suficiente precisión para que el interno pueda prever razonablemente las
consecuencias que puedan derivar de una determinada conducta".
No basta que una norma jurídica permita "prever razonablemente" la consecuencia
de una conducta infractora. Los derechos fundamentales están amparados por el principio
de reserva absoluta de ley, es decir, que la particular afección que esta materia tiene sobre
ellos —entre los que se encuentra la resocialización, que orienta e inspira también al sis
tema sancionador— hacen aconsejable sustraer de la Administración su regulación. El sis
tema penitenciario sancionador descansa fundamentalmente en el Reglamento, en donde
de describen las conductas infractoras y la sanción correspondiente. Tan sólo se reserva a
la ley el catálogo de sanciones65. La Sentencia que comentamos da por buena esta situa
ción que, a nuestro juicio, vulnera el principio de reserva de ley.
Tampoco puede considerarse satisfactoria la "precisión" del reglamento al describir
las conductas objeto de sanción. En ocasiones se persiguen comportamientos tan sólo por
que puedan resultar contrarios a una determinado moral66, en otras se acude a formula
ciones absolutamente imprecisas que permitan castigarlo todo67. Permítasenos contrastar
esta liberalidad jurisprudencial con la posición del TS en la década de los setenta. Baste
como ejemplo las consideraciones de esta STS de 25.3.1972:
"Si los principios fundamentales de tipicidad de la infracción y de la legalidad de la
pena operan con atenuado rigor cuando se trata de infracciones administrativas, y no de
contravenciones de carácter penal, tal criterio de flexibilidad tiene como límites insalva
bles la necesidad de que ese acto o la omisión castigados se hallen claramente definidos

65 No es este el momento de entrar a analizar las llamadas consecuencias no disciplinarias de una conducta infrac
tora que en nuestra legislación adquiere una considerable dimensión y que resultan en definitiva más graves para el
interno que la propia sanción. Por una parte, porque interrumpe por lo general el sistema progresivo de cumplimien
to que anticipa el momento en que el interno puede abandonar la prisión y, por otra parte, porque no están sometidas
a ningún control judicial. Este extenso arsenal disciplinario pase a su gravedad para los derechos fundamentales de
los internos encuentra su regulación por lo general en el marco reglamentario.
66 Como el el caso del Art. 8 i/ RP que castiga los actos "contra la decencia pública".
67 Baste como ejemplo de imprecisión la falta recogida en el Art. 1 10, f/RP, por la que se castiga "cualquier otra
acción u omisión que implique incumplimiento de los deberes y obligaciones del interno, produzca alteración en la
vida regimental y en la ordenada convivencia" y no esté comprendida entre las anteriores.

35
como falta administrativa y la perfecta adecuación con las circunstancias objetivas y per
sonales determinantes de la ilicitud por una parte, y de la imputabilidad por la otra, debien
do rechazarse la interpretación extensiva o analógica de la norma, y la posibilidad de san
cionar un supuesto diferente de la que la misma contempla.. ."individualizar y determinar
la infracción estrictamente de manera que no deje lugar a dudas", ... "a fin de reducir toda
posible arbitrariedad". .."por lo que es indudable que la Administración se encuentra some
tida a normas de indudable observancia al ejercer su potestad sancionadora sin posibili
dad de castigar cualquier hecho que estime reprochable...".
No hay motivos para considerar que la tendencia apuntada en la resolución de TS se
haya modificado, sino más bien, al contrario, la CE la consagra y estructura positiva
mente68. El TC en ésta como en posteriores ocasiones ha perdido la oportunidad de exi
gir un cumplimiento más riguroso con los principios y exigencias constitucionales en el
sistema de sanciones penitenciarias. No se trata de negar la posibilidad de que la
Administración penitenciaria disponga de un régimen disciplinario, pero éste no se deri
va de ninguna relación de sujeción específica sino del cumplimiento de un fallo conde
natorio. Cumplimiento que ha de ejecutarse de acuerdo con los principios resocializado-
res. Esta matización no es puramente discursiva sino que permite una revisión crítica de
los excesos disciplinarios inmanentes a la propia cultura carcelaria. Sólo cuando se impo
ne una sanción orientada a la convivencia ordenada que permite a la vez la ejecución y
propicia actividades resocializadoras se podrá justificar un castigo.
La gravedad de las sanciones —casi todas ellas de carácter personalísimo —69, las
condiciones de indefensión del preso, el fracaso frente a este colectivo de otros sistemas
punitivos más graves o los fines resocializadores son algunas de las circunstancias con
currentes que aconsejarían mayor atención a la hora de exigir el cumplimiento de los prin
cipios de legalidad, de proporcionalidad, de culpabilidad, de ne bis in ¡dem, de tutela judi
cial efectiva y a un proceso con todas las garantías.
Por último hay que reseñar que algún sector de la doctrina, como es el caso de Luzón
Peña70 aun rechazando la tan citada teoría como fórmula restrictiva de carácter general,
sin embargo, no ve inconveniente en que se mantenga si esta ve limitada su eficacia al
texto legal. Tal posición se encuentra muy próxima a quienes defienden el fundamento
estatutario de la relación especial de sujeción. Sin embargo, a nuestro juicio tampoco es
esa una solución satisfactoria pese a que como ya hemos apuntado nos parece la única que
puede defenderse dentro de un Estado de Derecho. Pero no deja de plantear problemas.
En primer lugar, nos encontraríamos con que las restricciones a las exigencias constitu
cionales podrían llevarse a cabo desde una regulación reglamentaria —aunque jurídica—.
En segundo lugar, de mantenerse esta teoría las eventuales restricciones seguirían hacién
dose en función de una supremacía del Estado. Si es dudoso saber si puede hablarse de
relaciones de supremacía, no lo es menos determinar cuando se dan estas y donde se

68 Vid. García de Enterria, op. cit. T. I. pág. 165.


69 Téngase en cuenta que el RP permite, por medio de la acumulación de sanciones, aislamientos continuados
en celdas de hasta cuarenta y dos días de duración (Art. 115).
70 Luzón Peña, D.M. Estado de necesidad e intervención médica (ofuncionarial, o de terceros) en casos de huel
ga de hambre, de intentos de suicidio o autolesión, en Rev. de Estudios penitenciarios, Núm. 238 (1987), pág. 49.

36
encuentran los límites del ejercicio de esa supremacía. Por último, la relación de sujeción
se llegaría a convenir en un obstáculo pura \mrmf stras finalidades que estuvieran en
contradicción con los intereses de la Administración. Por estas razones, creemos —como
ya hemos venido apuntando— más plausible la sustitución de esa vieja teoría por la idea
de prestación de servicios públicos en un marco legal sin diferenciación sustancial entre
relaciones especiales y generales que pudieran posteriormente justificar restricciones gene
rales a los derechos fundamentales de las personas.
IV. Por su parte, la STC de 27.6. 1990 refleja un debate dentro del Alto Tribunal que
finalmente cristaliza en el voto particular de dos de los magistrados, mostrando precisa
mente su disparidad en el uso de la teoría de la relación especial de sujeción que final
mente prospera en la resolución. Recuérdese que el uso sobredimensionado de la referi
da teoría se concentra en la década de los ochenta y es entonces cuando la doctrina
"alarmada" suscita una reflexión sobre el tema. La Sentencia que estudiamos a continua
ción es unos años posterior y, pese a sus conclusiones, nos permite augurar que se inicia
un cierto cambio jurisprudencial caracterizado por el uso restrictivo y crítico de las rela
ciones especiales de sujeción. Restricción en un doble sentido, por una parte, limitándo
se el número de relaciones caracterizadas como de supremacía administrativa, y, por otra,
disminuyendo la incidencia que la misma tiene como fuente de restricción de las garantí
as constitucionales. Esta STC ilustra suficientemente la nueva posición no sólo ya por la
significación de dos votos particulares sino porque se reconoce la teoría de las relaciones
como "imprecisa", "por lo que debe ser entendida siempre en un sentido reductivo com
patible con el valor preferente que corresponde a los derechos fundamentales".
La referida sentencia aborda la compleja problemática de la disponibilidad sobre la
propia vida. Problemática que adquiere una mayor complejidad cuando se trata de un inter
no en instituciones penitenciarias que utiliza la puesta en peligro de su propia vida —su
agonía— como un medio rei vindicativo71. No es exagerado afirmar que la doctrina espa
ñola prácticamente ha agotado las posibles soluciones al caso, ya sea tratándolo específi
camente o bien asimilándolo a otros comportamientos, como son los eutanásicos, suici
das o la negativa a determinados tratamientos médicos por convicciones religiosas. A
continuación veremos algunas de las posiciones más definidas.
Puede considerarse doctrina dominante la que distingue los casos de huelga de ham
bre de los propiamente eutanásicos y concede a uno y otro un tratamiento jurídico penal
diferente. Para Luzón Peña dicha diferencia radica en el desvalor de la causa que origina
la situación de peligro para la vida. En la eutanasia "puede sostenerse que tiene derecho
a soportar el riesgo de una muerte o lesión debida a causas naturales, sin someterse a reme
dios artificiales. Por ello las consecuencias del ejercicio de ese derecho no son un mal en
el sentido jurídico (la muerte o la lesión aceptadas solo constituirían en ese caso un mal
naturalístico) y, por tanto, al no amenazar un "mal. no cabe estado de necesidad que ampa
re una intervención médica impuesta por la fuerza"72. En el caso de la huelga de hambre,
opina este autor, ya no se trata de ejercer un "derecho a matarse", la conducta aun no sien

71 Sobre el tema vid. Diez Ripollés, op. cit.; Luzón Peña, op. cit.
72 Luzón Peña, up. cit. págs. 54-55.

37
do antijurídica seguiría estando desaprobada. "Como dicha causación de la muerte sí es
un mal en sentido jurídico cabe para evitarla... una actuación médica —o funcionarial—
de alimentación forzosa amparada por el estado de necesidad"7-^.
La posición de Luzón Peña puede considerarse radicalmente intervencionista ya que
considera que el estado de necesidad ampararía cualquier intervención, en cualquier
momento siempre que estuviera sometida a los límites de necesidad, idoneidad y subsi-
diaridad74.
Por su parte, Diez Ripollés mantiene una opinión más ecléctica, diferenciando el tra
tamiento jurídico penal de acuerdo con la evolución del estado de salud del huelguista.
Para este autor, no hay diferencias entre los supuestos aquí estudiados y los de suicidio y
al no ser este un acto ni antijurídico ni ilícito el "impedir violentamente un suicidio cons
tituye claramente un delito de coacciones"^ que en el caso de la alimentación forzada por
el médico o funcionario se adecuaría al tipo agravado de coacciones del Art. 204,3 CP que
regula supuestos de tortura en el ámbito penitenciario en concurso con el 165 bis CP que
castiga a quienes obstaculizan el legítimo ejercicio de la libertad de expresión.
El tratamiento en cambio sería distinto si el huelguista hubiera perdido la concien
cia. En este caso, ya solo podría contarse con una voluntad presunta y la Administración
estaría amparada por una causa de justificación si llegara a forzar la alimentación. Incluso,
si se dieran el resto de los elementos típicos de las formas omisivas podría penalizarse la
no intervención7^.
Finalmente, dentro de esta breve exposición de las distintas opiniones de nuestra doc
trina, encontramos también quienes son partidarios del mayor respeto para la decisión de
la persona. En esta posición se encuentra Del Rosal Blasco77 quien, sin establecer dife
rencias entre los supuestos de suicidio y de huelga de hambre, entiende que el primero es
un "acto desde el punto de vista jurídico libre" y, en consecuencia, si el suicida ha mani
festado una voluntad libre y consciente "con carácter general (son) impunes todos los com
portamientos consistentes en no impedir el suicidio —haya o no posición de garante por

71 Luzón Peña, op. cit. pág. 55.


74 Coincidente con la posición que acabamos de exponer se muestra la Administración penitenciaria quien en
una Circular de 2. 1 .1990 señala lo siguiente: "Cuando un interno por su situación clínica precisa ingresar en un hos
pital, se acompañará a la orden de traslado copia del Auto del Juez de Vigilancia que autoriza a prestar el correcto tra
tamiento para salvaguardar la integridad física, aun en contra de su voluntad". "En el supuesto de que según el diag
nostico de los Facultativos que les atienden por su situación clínica pudieran derivarse consecuencias insuperables
para su salud, como las anteriormente citadas (repercusiones orgánicas), se aplicará el artículo 45,1 b de la LOGP y
artículo 123 del Reglamento Penitenciario, con el fin de que la alimentación asistida se lleve a cabo con garantía para
el enfermo y los médicos y persona sanitario que le atienden" Los artículos mencionados hacer referencia a la posi
bilidad de emplear medios coercitivos para evitar daños de los internos a si mismos. Los medios coercitivos durarán
el tiempo estrictamente necesario y la Administración solo viene obligada a notificárselo al Juez de Vigilancia.
75 Díez Ripollés, op. cit. pág. 650.
76 Aun presentando diferentes argumentos puede considerarse doctrina y jurisprudencia dominante la que aca
bamos de exponer.. Son partidarios de diferenciar entre los estados de conciencia e inconsciencia del huelguista, entre
otros: Bustos Ramírez, Manual de Derecho penal. Parte especial, 2° Edic. Barcelona, 1991, pág. 37). Muñoz Conde,
F. Derecho penal. Parte especial. 8° Edic. Valencia 1990, pág. 72.
77 Del Rosal Blasco, B., La participación y el auxilio ejecutivo en el suicidio: un intento de reinterpretación
constitucional de art. 409 del Código penal, en ADPCP, Enero-Abril, 1987, págs. 94-97.

38
parte del omitente—", tan sólo se respondería penalmente cuando "se pudiera demostrar
que el garante ha intervenido (por omisión) decisiva o definitivamente m la formación de
la voluntad suicida"^).
Por nuestra parte, consideramos que el suicidio y la huelga de hambre constituyen
dos supuestos distintos a los que, por tanto, corresponden también soluciones jurídico peni
tenciarias diferentes7^. En aquellos casos en los que el suicida actúe motivado directa
mente por su condición penitenciaria, la Administración está obligada a intervenir en el
marco de las funciones resocializadoras que establece el Art. 25,2 CE y la legislación peni
tenciaria. El supuesto del suicidio en la sociedad libre es distinto ya que las motivaciones
pueden no llegar a desaparecer y la persona se encuentra con plenitud de facultades voli
tivas. En prisiones se sabe que la psique humana sufre una transformación en muchos
supuestos que la hace proclive a tendencias suicidas. Este estado psíquico es temporal y
se resuelve en la medida que los equipos técnicos diseñen un programa de actuación tera
péutica que puede incluir en sus primera fases intervenciones más decisivas, como el ais
lamiento o la farmacología.
Diferente es también el caso de la huelga de hambre. Quien adopta la decisión de
poner en riesgo su vida como medio de reivindicación está ejerciendo el derecho a la liber
tad de expresión y la interrupción de la huelga es una conducta tipificada penalmente.
Hasta aquí estamos de acuerdo con la propuesta mayoritaria de la doctrina. Ahora bien,
justificar la intervención una vez que, inevitablemente, el huelguista como consecuencia
de su actitud, se aproxima a las fases terminales y pierde la conciencia nos parece desa
certado. En primer lugar, porque es inclinarse por una solución solo aparentemente huma
nitaria80. Piensese, en la degradación de la dignidad humana a que se sometería a un huel
guista que se le introduce en este círculo inacabable: resolución consciente —pérdida de
consciencia—alimentación forzada. En segundo lugar, las hipótesis de un Estado que apro
veche la huelga de hambre para eliminar la disidencia o de los reclusos indeseables81 —
aunque se han dado y son imaginables— no pueden determinar la solución del problema.
En tercer lugar, la acción no perdería su eficacia aunque se supiera con certeza que el
Estado no está obligado a intervenir82, sino más bien lo contrario. La dramática imagen
de una persona agonizando y muriendo por lo que considera una reivindicación justa es
el efecto más importante que persigue el huelguista y que mayor repercusión social tiene.
Y, en todo caso, así lo considera el huelguista y así hace uso de su libertad de expresión.

78 Del Rosal Blasco, op. cit. págs. 96-97.


79 Mapello Caffarena, op. cit. págs. 287 y ss.
80 Muñoz Conde, op. cit. pág. 72. También Bustos Ramírez, op. cit. pág. 37.
81 Diez Ripollés, op. cit. pág. 658.
82 Diez Ripollés, op. cit. pág. 657.

39
En cuarto lugar, no hay consentimiento presunto si el huelguista ha permanecido infor
mado en todo momento y era conocedor hasta el final de las consecuencias de su actitud83.
La no intervención no significa abandono asistencial y médico. Por último, se olvida una
cuestión ciertamente importante, la responsabilidad penal de la Administración no se plan
tea en la intervención o no intervención sino en conocer cuales son las reivindicaciones
del huelguista. Si la actitud de no ingerir alimentación está motivada por unas condicio
nes penitenciarias manifiestamente ilegales de las que se derivan situaciones inhumanas
o degradantes la Administración se encuentra en una posición de garante frente al con
flicto de intereses planteados por el huelguista entre seguir soportando dichas condicio
nes y poner fin a su vida como medio reivindicativo.
Hasta aquí hemos expuesto las posiciones doctrinales más frecuentes que, como ya
hemos señalado, abarcan todas las soluciones posibles. Por tanto en el caso de la resolu
ción del TC comentada no extraña tanto su adhesión a una u otra posición cuanto el fun
damento de la misma. Para el Alto Tribunal la alimentación forzosa al penado que se niega
a ingerir alimentos viene justificada por la relación especial de sujeción. Las alimenta
ciones forzosas, reconoce el TC, serían ilícitas, "si se tratara de ciudadanos libres o inclu
so de internos que se encuentren en situaciones distintas (¿?)" pero la relación de sujeción
obliga al Estado a preservar y proteger la vida.
¿Como puede la relación de supremacía llegar a anular el derecho del penado sobre
su propia vida? ¿Qué soberanía estatal, qué servicio o qué eficacia administrativa podrían
llegar a justificar semejante intervención? ¿Qué límites encontraría esa actividad coacti
va del Estado basándose en las relaciones de sujeción? La resolución comentada trata de
contestar esta última cuestión. Para cohonestar el derecho a la integridad física y moral
—que se reconoce en el recluso— y la obligación de la Administración de defender su
vida y salud se reitera la "equilibrada y proporcionada" solución recurrida "que no mere
ce el más mínimo reproche". Esta es, permitir la intervención médica "tan solo en el
momento en que según la ciencia médica, corra 'riesgo serio" la vida del recluso y en la
forma que el Juez de Vigilancia Penitenciaria determine, prohibiendo que se suministre
alimentación bucal en contra de la voluntad consciente del interno".
El propio TC parece reconocer en sus propias reflexiones que semejante forma de
entender la cohonestación^ podría dar lugar a un trato inhumano y degradante en caso de
que el huelguista reiterara sucesivamente su renuncia a la alimentación una vez recobra
da la conciencia, pero entiende que no puede ser así "porque el propósito no es el de pro
vocar el sufrimiento, sino de prolongar la vida". El argumento no convence porque "pro

83 El problema de la voluntad no actualizada ha sido tratado más detenidamente en el marco de los supuestos
eutanásicos, en donde se considera que no hay voluntad presunta sino cierta cuando el enfermo manifiesta su volun
tad con conocimiento de una dolencia grave, cuando se refiere a una determinada forma de tratamiento médico o se
nombra un "representante de la voluntad", con la intención de colocar en manos de una persona de confianza con vín
culos personales las decisiones existenciales más fundamentales, antes que en las manos de un médico extraño (Cfr.
Proyecto alternativo de la ley reguladora de la ayuda a morir, en ADPCP, Set.-Dic. 1988, págs. 848-849.) No habría,
a nuestro juicio problemas para hacer extensivos dichos criterios al supuesto de las huelgas de hambre.
84 Según Moliner, M. {Diccionario de uso del español vox cohonestar, I° Edic. Madrid 1970) para el DRAE
"cohonestar" significa dar apariencia de justa o razonable a una acción que no lo es.

40
longar la vida" no es por sí solo un valor positivo sino que tiene que contrastarse con una
r^ñlidíU1 Concreta que en esta ocasión, la convertiría en una actividad degradante,
La falta de un criterio que permita saber hasta dónde puede llegar la Administración
penitenciaria en su limitación de los derechos fundamentales del interno sitúa a éste en un
estadio de absoluta indefensión. Si la teoría de la relación especial de sujeción en la STC
comentada anteriormente sirvió para hacer que el interno pierda su status libertatis, en
esta ocasión se le impone vivir bajo coacción. Ni la libertad en su aspecto esencial, ni la
vida o la integridad física pueden verse mermados por una relación de sujeción85. Incluso
a nuestro juicio ni siquiera el deber genérico de la Administración penitenciaria de velar
por la vida y la salud de los internos (Art. 3,4 LOGP) puede esgrimirse en estos casos86.
V. A modo de resumen consideramos que la teoría de las relaciones especiales de
sujeción tiene como presupuesto una concepción absoluta del Estado. Incluso con un dis
curso contradictorio la jurisprudencia emplea dicha teoría para favorecer una actividad
administrativa, sobre todo en el ámbito disciplinario, ajena a los principios y exigencias
constitucionales.
Sin embargo, en relación con el sistema penitenciario la relación de sujeción tras
pasa el marco disciplinario para servir de fundamento a un sistema penitenciario retribu
tivo en donde el interno ve anulados o esencialmente restringidos derechos fundamenta
les que son inalienables por mandato constitucional. Por estas razones, el empleo aquí de
esta teoría se torna si cabe más grave y criticable. Una concepción resocializadora de la
ejecución penitenciaria no es imaginable en un sistema penitenciario regido por la idea de
la supremacía de la Administración. La Administración penitenciaria sólo está legitima
da a limitar los derechos fundamentales que no pueden ejercerse en un estado de priva
ción de libertad. Ahora bien, la concepción resocializadora de la prisión obliga a enten
der la ejecución en un proceso de recuperación social del penado, es decir, en un proceso
de recuperación de los derechos fundamentales restringidos por la imposición de la pena.

85 En este sentido nos parece acertado el voto particular del Magistrado Rodríguez-Pinero y Bravo-Ferrer, para
quien el fundamento de la relación de sujeción es desafortunado porque "el penado en relación con su vida y salud y
como enfermo goza de los mismos derechos y libertades que cualquier otro ciudadano, y por ello ha de reconocérse
le el mismo grado de voluntariedad en relación con la asistencia médica y sanitaria".
86 En contra Bueno Arús, Derechos de los internos, en Cobo del Rosal, Comentarios a la legislación penal, T.
VI, Vol. I, Madrid, 1986, pág. 66.

41
LOS orígenes de la moderna psicología
CRIMINAL EN ESPAÑA: REFLEXIONES PARA
UNA POLITICA CRIMINAL ACTUAL
Ma JESÚS LÓPEZ LATORRE
Profesor Ayudante, Departamento de Psicología Básica. Universidad de Valencia

VICENTE GARRIDO GENOVÉS


Prof. Titular, Departamento de Teoría de la Educación. Universidad de Valencia

RESUMEN
El presente artículo analiza los orígenes de la psicología criminal o psicología
aplicada al estudio de la delincuencia, intentando ofrecer una amplia visión de
cómo evolucionó esta disciplina entre las décadas de 1940 y 1960, sus contri
buciones teóricas más relevantes y las aportaciones que en materia de preven
ción y tratamiento han tenido una cierta continuidad hasta la actualidad.
Asimismo, señalamos las características que definirían a este campo de estudio,
contextualizado en el marco socioeconómico de la posguerra, y concluimos con
una serie de reflexiones para la política criminal actual.

INTRODUCCIÓN
Como bien saben los estudiosos de este campo, el final del siglo pasado y el primer
tercio del siglo XX registraron autores importantes en el ámbito de la criminología y psi
cología jurídica (v.g. Dorado Montero, L. Jiménez de Asúa, Q. Saldaña, Padre Montés,
Rafael Salillas, C. Bernaldo de Quirós y Emilio Mira y López), cuyas obras no desmere

43
cen en comparación con las contemporáneas extranjeras. También se conoce el desarro
llo y auge que este campo de estudio ha experimentado a partir de los años 80 tanto a nivel
de investigación como a nivel profesional. Sin embargo, ha habido un gran desconoci
miento con respecto a la psicología criminal o psicología aplicada al estudio de la delin
cuencia tras el cambio en el panorama científico que se produjo como consecuencia de la
guerra civil; en unos años de reactivación, especialmente en la década de los 50, que con
ducen a la toma de carta de naturaleza de la psicología —mediante la creación de la
Sociedad Española de Psicología en 1952 y la creación de la Escuela de Psicología de
Madrid en el año 1953 (Tortosa et al., 1991)— y al asentamiento de las bases necesarias
para su afianzamiento como ciencia positiva.
Aun cuando fuera muy escaso lo que la psicología en este período pudiera ofrecer a
la explicación del problema delictivo, hemos pretendido bucear en esos fundamentos con
objeto de aportar una visión histórica imprescindible para comprender el desarrollo de la
psicología criminal española contemporánea.
Podría objetar el lector nuestra adscripción a las expresiones psicología criminal y
su homóloga psicología de la delincuencia, argumentando, como Bartol y Bartol (1987),
que este área de investigación no toma carta de naturaleza hasta los años 60 con la publi
cación de Legal and Criminal Psychology (1961) de Hans Toch y Crime and Personality
(1964) de H. J. Eysenck. No le quitaríamos razón, pero, ¿cómo denominar entonces a las
reflexiones y planteamientos interventivos de orden psicológico que, sobre el fenómeno
de la delincuencia, surgen en España en las décadas de los 40 y 50? No hemos querido
utilizar una denominación alusiva al carácter embrionario de una disciplina, como 'pro-
topsicología criminal ', en tanto que en nuestra selección no se ha considerado la con
ciencia que tienen los autores de estar desarrollando en común un cuerpo de conocimien
to, sino que el criterio fundamental ha sido la valoración de los métodos utilizados y los
objetivos perseguidos.
En nuestro recorrido por la aplicación de la psicología al estudio de la delincuencia
y del delincuente, nos centramos en aquellos trabajos —publicados en España en las déca
das de los 40 y 50— que, abordando el fenómeno de la delincuencia o alguna de sus mani
festaciones y consecuencias, tuvieran un carácter específicamente psicológico o introdu
jeran en su discurso aportaciones psicológicas que merecieran recogerse. De esta forma,
consideramos adecuados aquellos trabajos en los que se aplicarán metodologías psicoló
gicas en el estudio del delincuente (test, entrevistas, observación...), o bien implicaran
constructos y áreas donde la psicología tiene un papel predominante, caso de la persona
lidad de los sujetos, el clima social y familiar, los patrones de socialización, la prevención
de las conductas antisociales en grupos de alto riesgo, los efectos de la privación de liber
tad, psicología aplicada a la actuación policial y a instituciones comunitarias vinculadas
con ésta, etc.
Esto supone recoger, junto a las aportaciones de psicólogos, las de pedagogos, antro
pólogos, juristas, neurólogos, psiquiatras y otros profesionales vinculados al estudio y tra
tamiento del sujeto delincuente. Porque al igual que en otros ámbitos en los que se aplicó
la psicología, como la educación, la rehabilitación de accidentados, la deficiencia mental
y el terreno laboral e industrial (Carpintero, 1989), los primeros trabajos publicados en
España que abordan la delincuencia desde perspectivas total o parcialmente psicológicas,
se deben a profesionales formados en disciplinas con una mayor tradición en este campo,
como la pedagogía, la psiquiatría o la criminología.

44
Pretendemos por lo tanto ofrecer la evolución de esta disciplina entre los años 40 y
60, enmarcando las contribuciones más relevantes y detectando los ejes básicos que han
ido construyendo su desarrollo interno; asimismo, resaltar aquellas aportaciones que en
materia de prevención y tratamiento supusieron un avance notable y/o han tenido una cier
ta continuidad hasta la actualidad.
Esperamos que más allá de la necesaria revisión histórica de un período práctica
mente desconocido, el lector encuentre en el presente trabajo un análisis incisivo de las
bases del conocimiento teórico y práctico que la Psicología ha sido capaz de elaborar en
su esfuerzo por comprender y disminuir la problemática de la delincuencia.

LA PSICOLOGIA CRIMINAL EN ESPAÑA ENTRE 1940 Y 1960

Características
Con cierto retraso respecto a otras áreas especializadas —psicologías educativa, clí
nica e industrial— también la psicología se ha introducido en el estudio del comporta
miento criminal, otrora patrimonio de la psiquiatría y la sociología.
En el período objeto de nuestro estudio se dan las primeras tentativas de introducir,
salvando el oficialismo y las constantes políticas de la dictadura, planteamientos teóricos
y metodológicos que respondan a un problema de profunda raigambre social. Esto se apre
cia con mayor claridad en los años 50. donde en trabajos impregnados aún de condicio
nantes morales y religiosos, se denuncian sin embargo taras sociales —como la despro
tección infantil y la tasa de analfabetismo— fomentadas por una política poco sensible a
las desigualdades sociales; frente a éstas, se proponen medidas de índole comunitaria basa
das en estudios psicosociales sobre los individuos a tratar y se insta a los organismos com
petentes a promover el desarrollo económico y social de las clases menos favorecidas
(López-Latorre, 1992).
Si para la ciencia española ésta es una etapa de retroceso, en nuestro campo hay que
añadir a los problema de restricción ideológica, los propios del nacimiento de una disci
plina. En consecuencia, la psicología de la delincuencia de la posguerra presenta cuatro
características, en gran parte coincidentes con las descritas por Yela (1976) y Carpintero
(1980) al respecto de la psicología en general.
La primera es un enfoque pluridiscliplinar. El problema de la delincuencia es abor
dado por profesionales procedentes de distintas disciplinas: Juristas, psiquiatras, pedia
tras, pedagogos y maestros (con abundancia de clérigos en estos dos últimos colectivos)
escriben acerca de la psicología de los delincuentes, de la reacción social ante éstos y del
modo en que deberían aplicarse tratamientos preventivos y reformadores.
La segunda es el desconcierto. Los autores españoles han de enfrentarse a la expli
cación y solución de una delincuencia extendida y pluriforme, que se da a nivel mundial
y ante la cual el régimen político español no puede ser un aislante. Fenómenos como la
delincuencia juvenil, uno de los más estudiados en estas décadas, son productos genuinos
de la posguerra y el desarrollismo. Frente a ellos, coexisten en España consideraciones
biológicas, sociales y multicausales y, posiciones oficialistas con otras reivindicativas de
soluciones institucionales ante la pobreza y falta de instrucción de un gran sector social.

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La tercera es la ausencia de teorías criminológicas estructuradas, cuya explicación
del conflicto social oriente las propuestas tratamentales y profilácticas de nuestros auto
res. Si bien en los 40 hay una adscripción a planteamientos de corte biológico y psicodi-
námico, y psicosocial en los 50 ', los autores españoles no mencionan modelos científicos
concretos en los que fundamentar sus razonamientos. Consideramos que esta situación
—que es producto en parte, de las dos mencionadas anteriormente— estriba en la difi
cultad de contrastar y, por lo tanto, organizar, las diferentes perspectivas de unos autores
que, sin disponer de los canales adecuados para ello, presentan una diferente formación
profesional y un dispar conocimiento de las teorías que están canalizando el progreso cien
tífico en este campo.
La última características es la escasa realización de las propuestas preventivas y tra
tamentales. Si bien, especialmente en los 50, se dan ideas y propuestas valiosas, la prác
tica correccional —a excepción de programas aplicados en centros de especiales caracte
rísticas, cuyo ejemplo más notable es el Reformatorio de Amurrio— está anclada en
supuestos filantrópicos y de custodia sin que aparezcan aplicaciones reales y continuadas
que pudieran calificarse de científicas e innovadoras.
La precariedad de la psicología criminal en la España de la posguerra se debe prin
cipalmente a la nula consideración de las personas e instituciones que protagonizan el des
pegue de la psicología española. El grueso del desarrollo de esta disciplina en aquellos
años se centraba en la orientación y selección vocacional y profesional, la psicotécnica
escolar y laboral y la psicopedagogía. Sin embargo, a pesar de que la psicología de la delin
cuencia parte en sus orígenes de unos fundamentos más endebles que otras áreas de la psi
cología española, su relevancia es patente en el hecho de que muchas de las ideas y suge
rencias de los años 40 y 50 son investigadas experimentalmente en la actualidad.

Teoría criminológica
En la primera de estas décadas se desarrollan explicaciones del delincuente y del
comportamiento delictivo basadas en tipologías constitucionales y/o temperamentales
—especialmente las kretschmerianas— y en controversias como la desencadenada por la
dicotomía determinismo versus libre albedrío.
Tesis psicobiologicistas, psicoanalíticas y correccionalistas básicamente conforman
el marco teórico en le que se apoyan las investigaciones criminológicas de este período.
Las primeras buscan correlaciones entre características corporales y reacciones psíquicas
(Galino, 1948; Anónimo, 1947a; Perera, 1948), las segundas —en clara armonía con las
tesis freudianas— encuentran complejos y traumas psíquicos en la base etiológica de la
conducta antisocial (Echalecu, 1947; Camargo, 1946; Teruel, 1945; Soriano, 1949); ante
estas teorizaciones sobre el delito y el delincuente, las de influencia correccionalista afir
man el libre albedrío, la importancia de la voluntad en el orden espiritual y educativo y en

' Si bien es cierto que los años 50 recoge con mayor amplitud las corrientes sociológicas imperantes en [Link].,
todavía España está retrasada con respecto al extranjero en la consideración sociológica del delito. A pesar de la dis
ponibilidad editorial de las teorías de la Asociación Diferencial de Sutherland ( 1939), la de Anónima de Merton (1938)
y las de la escuela de Chicago, recogidas en The City (Park, Burguess y MsKenzie, 1925) no existe entre los autores
españoles adscripción a ninguna de ellas, ni, por descontado, ninguna teoría integradora (López-Latorre, 1992).

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la génesis del carácter y la conducta (Tomé, 1946a, 1946b; Sánchez, 1947; González-
Sánchez, 1948a). De sus trabajos se desprende la educación moral como un intento por
reforzar la voluntad debilitada de algunos delincuentes con objeto de convertirla en ins
trumento inhibidor de las tendencias delictivas del sujeto. La voluntad se convierte así en
instrumento clave para el tratamiento penitenciario (Alvarez de Linera, 1947; Ortiz, 1947;
Paya, 1949; Gay, 1949; González-Sánchez, 1948a). Si bien con menor insistencia que en
esta década, también en los 50 se puede apreciar, que la educación de la voluntad, sigue
siendo un elemento a considerar en la formación del recluso.
Si los planteamientos de los años 40 son todavía demasiado dependientes de las teo
rías bioconstitucionalistas y precarias en aportaciones científicas2, hacia la mitad de la
década de los 50, unas perspectivas más aperturistas y científicas se traducen en una mayor
atención por el análisis teórico, la prevención y el tratamiento de la delincuencia así como
por el estudio de las instituciones encargadas de su control social. También a partir de este
momento, se plantea de forma insistente la importancia de los conocimientos psicológi
cos para la práctica de los profesionales ligados a este marco de acción (tribunales, fun
cionarios de prisión, jueces...).
Básicamente se trata de un período en el que se acentúa y extienden algunas de las
tendencias registradas en la pasada década. En este sentido, la necesidad de abordar la per
sonalidad del sujeto antisocial para realizar el trabajo preventivo y/o rehabilitador formu
lada en los años 40 (Galino, 1948; Ortiz, 1947; Guerrero, 1946; Rodríguez-Lafora, 1949;
Vallejo, 1945; Teruel, 1945), se confirma plenamente en los 50 donde el estudio de la per
sonalidad del delincuente en cuanto persona única e irrepetible, es decir, con su comple
ta organización somatopsíquica, se convierte en la premisa básica de la que parten la
inmensa mayoría de las aportaciones teóricas (Tomé, 1953, 1956; Echalecu, 1950a; Pérez
de Petinto, 1954; Meneu, 1958).
Las explicaciones de corte psicoanalítico, si bien introducen la variable sentimien
to de culpabilidad, continúan las líneas doctrinales anteriores sugiriendo que el delito se
origina por conflictos psíquicos no resueltos (Camargo, 1951; Alvarez de Linera, 1951).
Son pues planteamientos que siguen muy de cerca las aportaciones más clásicas del freu
dismo sobre la génesis delictual: sentimientos de culpabilidad, defectuosa incorporación
del super-yo, complejo de Edipo, sublimación, contenido simbólico del crimen, confesión
como medida autopunitiva y vida afectiva instintiva e inconsciente como motor de la con
ducta humana (Rutter y Giller, 1988; Sancha-Mata, 1987). Se siguen defendiendo méto
dos biotipológicos como instrumentos útiles para detectar los rasgos distintivos de la per
sonalidad del delincuente, pero se aboga por esquemas biotipológicos más abreviados que

2 A este respecto, son demostrativas las palabras del director de la Clínica Psiquiátrica Penitenciaria de Madrid,
Eduardo M. Martínez: "La organización del sistema penitenciario en los Estados Unidos, en Bélgica, en Alemania y
en Italia, registran una directa cooperación de la ciencia biopsicológica en las cuestiones de régimen y de sistema de
la reforma. En España, desde el año 1934, en que se creó un centro de Psiquiatría Criminal anexo a la Escuela de
Criminología hasta el año 1938 en que se crea el Gabinete de Investigaciones Psicológicas de la Inspección general
de Campos de Concentración de Prisioneros(...), nada se ha hecho para incorporarse al movimiento científico de la
época. Unas conferencias prácticas en la Clínica Psiquiátrica Penitenciaria a los maestros alumnos de la última pro
moción, y unas publicaciones de la Escuela de Estudios Penitenciarios sobre estos temas, son la única aportación de
la organización penitenciaria al asunto que nos ocupa" (Martínez, 1948, pp. 19).

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operativicen el examen constitucional y temperamental en la práctica médico-psiquiátri
ca (Echalecu, 1950a; González-Pinto, 1952; De Ormaechea, 1950).
Del interés por la reforma, emerge en los 40 la consideración de un marco más
amplio de variables psíquico-ambientales en la configuración de la conducta delictiva
(Rodríguez-Lafora, 1949; Galino, 1948, Piquer y Jover, 1945; González-Sánchez, 1948a;
Alvarez de Linera, 1946; Alvarez de Cánovas, 1943), comprensión multifactorial que rea
parece con gran fuerza en la década de los 50. Frente a explicaciones, como las lombro-
sianas, apoyadas en atavismos o rasgos degenerativos, se proponen otras que al conside
rar una pluralidad de factores causales, flexibilizan posturas deterministas —biológicas
y/o psíquicas— y posibilitan una mayor gama de medidas tratamentales a aplicar; es obvio
el planteamiento de base, si el individuo está sujeto a fatalismos de los que no puede esca
par, se reducen drásticamente las posibilidades interventivas, y consecuentemente, las efi
cacia de las medidas profilácticas y rehabilitadoras que se adopten para su reforma.
Este planteamiento se observa incluso en todos aquellos trabajos que abordan la per
sonalidad criminal —entendida como estructura psíquica delictiva en sí misma— (Soriano,
1949; Echalecu, 1947). La mayoría de éstos, aunque hacen recaer un mayor peso etioló-
gico en los factores individuales que en los ambientales, adoptan una postura interaccio-
nista en su explicación sobre la configuración de la personalidad criminal al exponer la
necesidad de atender a todo tipo de variables —tanto situacionales como patológicas o
hereditarias—, que pueden actuar como predisponentes al crimen activando potenciali
dades psicofísicas congénitamente condicionadas (Echalecu, 1947, 1 950a; Martínez, 1946;
Soriano, 1949; Aguirre, 1948; Vallejo, 1945; Rodríguez-Lafora, 1949; Galino, 1948; Ortiz,
1947; Guerrero, 1946).
En los 50, la mayoría de los planteamientos que tratan de explicar la génesis de la
personalidad del delincuente son teorías organicistas de predisposición —utilizando la
terminología de Pérez-Sánchez (1987)—, que adoptan posiciones conciliadoras ante la
debatida cuestión disposición/medio. Tal y como asiente García-Yagüe (1956), no se igno
ra que la persona se despliega en contacto con el medio y en su cotidiana lucha contra él.
Aunque se concede una importancia fundamental a la herencia en la conformación de la
personalidad, se rechaza la fatalidad genética lombrosiana —criminal tipo anatómico—,
al considerar que la disposición individual está mediatizada por influencias externas; la
herencia no transmite una inclinación criminal cerrada en sí y delimitada, sino ciertas pro
piedades invariantes de la personalidad que pueden favorecer que su portador, se convierta
en delincuente bajo la intervención de factores exógenos3 (Carretero y Talón, 1953a,
1953b; Echalecu, 1950a; Pérez de Petinto, 1954; Castillón, 1956; Bernal, 1958).
Esta concepción globalizadora de la personalidad motiva el interés por el diagnósti
co psicológico y la utilización de métodos variados que permitan una valoración cualita
tiva y más acabada del hombre, que no se limite al estudio de la inteligencia o la consti

3 Esta tesis conciliadora en términos disposición/medio, propia del pensamiento criminológico europeo hasta la
2" Guerra Mundial, enlaza por una lado, con las posturas teóricas eclécticas de Ferri o von Listz, para quienes la con
ducta delictiva es producto del organismo físico-químico o predisposición y del ambiente físico-social o entrono
(García Pablos, 1988), y por otro, con la concepción gestáltica de la personalidad como estructura integrada y orga
nizada —no como sumación de elementos—, lo que confiere estabilidad a la conducta a pesar de posibles modifica
ciones temporales o situacionales (Avia, 1989).

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tución y temperamento sino que atienda igualmente al entorno social en el que el sujeto
§e desenvuelve. Entre ellos y junto a las técnicas proyectivas (Test de Rnrschaoh. Taa de
Apercepción Temática de Murray, Test de Szondi) se destacan reactivos mentales (Test de
Stanford-Binet, Escala de Fernald) y tests para evaluar el juicio moral (Prueba de
Descoeudres, Tests de cuestiones morales de Sharp, Tests de moralidad de Fernald). El
razonamiento que subyace a la medición de estas dimensiones psicológicas es evidente:
si la conducta criminal implica transgredir reglas y principios sociales y morales, es de
suponer que el individuo desadaptado a su ambiente presente algún tipo de anomalía físi
ca o mental (Avia, 1989), o bien un razonamiento moral inferior al de sus homólogos no
criminales (Garrido, 1987a; Hampson, 1986). De este modo, dentro de la perspectiva clá
sica de la evaluación psicológica, se incluyen medidas sobre la inteligencia, la personali
dad y el razonamiento moral, con objeto de mostrar la variabilidad individual y las carac
terísticas peculiares que puedan explicar el comportamiento antisocial del individuo
delincuente.
Las iniciativas reformistas en el período analizado, acentúan la necesidad de com
prender los motivos que impulsan al individuo a involucrarse en un hecho delictivo
(Echalecu, 1950a, Carretero y Talón, 1953a; Tomé, 1956; Pérez de Petinto, 1954). El cono
cimiento profundo y completo de su personalidad es indispensable para poder combatir
los factores criminógenos endógenos y exógenos que pueden intervenir en el desencade
namiento de la conducta antisocial, ya que la persona es el supuesto básico de imputación
de los hechos y sin la cual, no puede sustentarse ninguna construcción jurídica sobre el
delito.

Variedades delictivas
Entendiendo por variedades delictivas aquellas que dan lugar a áreas especializadas
de la psicología de la delincuencia y la criminología, los autores españoles de esta época
abordan principalmente la delincuencia femenina, la sexual, la ligada a la psicopatía y
otras perturbaciones y la delincuencia juveniH, apareciendo en los 50 una nueva catego
ría delictiva no contemplada en los 40, la alta delincuencia o actividades antisociales de
individuos de elevado nivel socioeconómico.
El tema de la delincuencia femenina, en concreto la prostitución, es abordado en los
40 por un sólo trabajo —el de Juan Lorca ( 1 948)— y desde planteamientos lombrosianos,
otorgando a la criminalidad femenina rasgos degenerativos y un papel básicamente insti
gador. En los 50, se otorga una mayor atención a este problema introduciéndose junto a
explicaciones que siguen recurriendo a postulados lombrosianos —como el de la perver

4 La inclusión de esta última variedad en un análisis compartido con las restantes supuso cierto problema, ya que
a menudo, la teoría criminológica general se confunde con la teoría elaborada a propósito de la delincuencia infanto-
juvenil al englobar ésta, los orígenes y el desarrollo del comportamiento delictivo en los sujetos. Sin embargo hemos
preferido mantenerla como categoría discreta por dos razones principales: en primer [Link] supone un área que
no engloba toda la conducta antisocial, de forma que lo que se teoriza respecto a ella no puede homologarse con la
conducta delictiva en general y, en segundo, porque los teóricos que han trabajado en delincuencia juvenil han desa
rrollado conceptos generales y aplicados que merecen su estudio detenido y de forma separada con respecto a otros
tópicos como el comportamiento antisocial de sujetos reincidentes o el estudio psicológico de los internos en institu
ciones penitenciarias.

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sidad de la mujer o el marcado carácter sexual del delito femenino— (Alvarez de Linera,
195 1 ; Sánchez-Morate y Velasco-Escassi, 1957), otras que niegan este determinismo abo
gando por un planteamiento psicosocial del problema, aunque sin abandonar variables de
corte fisiológico. En esta línea se enmarca el trabajo más novedoso de los 50, realizado
por Carlos Carrasco Canals (1956). Este autor señala ciertas diferencias sexuales en el
delito, adscribiendo distintos roles a hombres y mujeres en función de variables cultura
les y sociales. Predice la desmasculinización del delito y el incremento de la tasa delicti
va femenina conforme vaya afianzándose la emancipación de la mujer y se amplíen las
opciones laborales y sociales a las que ésta pueda acceder. Alude al carácter encubierto,
a la ausencia de delitos violento y a factores biológicos y fisiológicos como la menstrua
ción o el embarazo, como rasgos diacríticos de la criminalidad femenina, por último, acon
seja tener en cuenta las diferencias somáticas, espirituales y sociales (proceso de sociali
zación) que separan al hombre de la mujer, como elementos explicativos de su menor
participación delictiva.
Los delitos sexuales son considerados en el período de estudio como manifestacio
nes conductuales psicopatológicas señalando la existencia de desequilibrios, anomalías
mentales y/o defectos en el desarrollo de la identidad sexual como elementos subyacen
tes al transtorno manifestado. La evaluación de la delincuencia sexual en estos años está
muy lejos de adoptar una perspectiva desmitificadora que integre correlatos explicativos
de carácter social, fisiológicos y psicológico (Garrido y Vidal, 1987); se asume en conse
cuencia, la anormalidad del delincuente sexual al que se le exime, total o parcialmente, de
la responsabilidad de sus actos (González-Sánchez, 1948b; Valterra, 1947; Camargo,
1951).
Angel Pulido (1953) introduce una categoría delictiva no contemplada en los 40, la
alta delincuencia o actividades antisociales de individuos de elevado nivel socio-econó
mico, a los que caracteriza como sujetos con sentimientos de superioridad, tendencia a la
racionalización de los delitos, alto nivel educativo y preocupación constante por el dine
ro y la reputación personal.
Con las explicaciones psicopatológicas reaparece el concepto de personalidad cri
minal y con él, la tesis de la diversidad del delincuente5. En general, los autores españo
les si bien no rechazan abiertamente el concepto de personalidad criminal, niegan la exis
tencia de una correlación inequívoca y absoluta entre delincuente y enfermo, por la posible
exención de la responsabilidad jurídico-penal del infractor (Combarros, 1948b; Gónzalez-
Sánchez, 1948b; Sánchez-Gómez, 1950). Dentro de la personalidad criminal, el subtipo
psicopático es el más estudiado. Desde planteamientos teóricos, la psicopatía se incluye
en el terreno de la patología psiquiátrica pero desde una óptica jurídicas se ve excluida de
los límites acotados como enajenación mental. El sujeto psicópata es considerado como
un individuo transtornado pero no como un enfermo mental en sentido riguroso, priman
do factores como la peligrosidad o tendencia antisocial de las personalidades psicopáti

5 Principio que mantiene la existencia de diferencias cualitativas entre la persona que comete delitos y la perso
na que no los comete, de forma que el problema se ubica en el sujeto y su particular constelación de variables perso
nales se convierte en el factor causante de su comportamiento antisocial y su determinación hacia el delito (García-
Pablos, 1988).

50
cas (Combarros, 1948b; González-Sánchez, 1948b; González-Pinto, 1955) frente a las
perturbaciones psíquicas implícitas a este cuadro clínico.
Aunque se coincide en señalar las características más sobresalientes del sujeto psi
cópata, los distintos autores distan en sus consideraciones acerca de la viabilidad de su
tratamiento y readaptación social, mostrándose en los 50, una actitud menos optimista
sobre la corrección de estos sujetos que la mantenida en la década anterior (López-Latorre,
1992). Se destaca su tendencia a la antisocialidad y sus posibilidades de autocontrol, por
lo que deben asumir la responsabilidad de los actos que cometan (Combarros, 1948b;
Echalecu, 1950b; Quintero, 1950; Pérez de Petinto, 1954).
Para defender a la sociedad de los conflictos ocasionados por estos delincuentes y
otros perturbados, se ofrecen do tipos de respuesta representadas en las secuencias "impu-
tabilidad-responsabilidad-intemamiento penitenciario" y "enfermedad-irresponsabilidad-
internamiento psiquiátrico". Las primeras son preconizadas por las explicaciones que con
sideran al perturbado como un sujeto que actúa de manera consciente, libre y voluntaria
(Combarros, 1948a; Martínez, 1946); las segundas, por aquéllas que buscan soluciones
ante sujetos que consideran como necesitados de asistencia médica y cuidados especiales
(Quintero, 1950).
Si bien a finales de los 40 se plantea la importancia criminológica del alcoholismo
(González-Sánchez, 1948b), es en la década de los 50 cuando comienza a atisbarse un
interés creciente por el problema del alcohol como agente causante de conductas delicti
vas, aludiéndose a su permisividad y gran aceptación social como obstáculos a los que se
enfrenta la lucha contra esta problemática social (González-Pedraza, 1952; Sánchez-
Morate y Velasco-Escassi, 1957).
En ambas décadas, la de los 40 por ser una etapa contextualizada en el marco socio
económico de la posguerra, y la de los 50 por experienciar un incremento tanto a nivel
cuantitativo como cualitativo de la desviación conductual de niños y adolescentes, se
muestra un gran interés sobre esta variedad delictiva y se contempla con preocupación la
necesidad de cuidar y proteger al niño difícil o problemático como fin preventivo de esti
los de vida antinormativos (Gay, 1949; Ortiz, 1947; Galino, 1948; Martínez-Navarro,
1950; González-Muñiz, 1957; Borrás, 1957; Payá, 1958). Así, más que de conducta delic
tiva se habla de conducta antisocial, inadaptada o irregular. Se insta a que la sociedad plan
tee soluciones a corto y largo plazo que atajen la evolución de incipientes manifestacio
nes antinormativas hacia conductas más graves en la vida adulta y de mayor repercusión
social (Galino, 1948; Gay. 1949; Ortiz, 1947; Lucía, 1947; Payá, 1949). Instituciones espe
cíficas son creadas con fines educativos y tutelares, no represivos, al margen de la juris
dicción ordinaria para adultos. Sus competencias son dobles: por un lado, la reforma y
rehabilitación de conductas irregulares y, por otro, la protección de la infancia con res
pecto a los comportamientos delictuosos de determinados adultos (Payá, 1949; De Ybarra,
1955: Anónimo. 1947b). Se trata en definitiva de la ideología tutelar apoyada en la difu
sión del pensamiento correccionalista; instituciones religiosas, jurídicas y benéficas asu
men las obligaciones no cumplidas por ciertas familias con respecto a sus hijos, tratando
de reeducar la personalidad inmadura y en proceso de formación y corrigiendo la parte
más debilitada del joven abandonado y/o antisocial: su estado moral.
Se reconoce la dificultad inherente a la delimitación y concreción de los comporta
mientos que deben ser considerados como delictivos en la infancia y juventud, al ser éstas,
etapas de evolución, desarrollo y maduración que dan lugar a tendencias motivacionales

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y pautas comportamentales todavía poco estables (Galino, 1948; Ortiz, 1947). Por todo
ello, estudiar la personalidad del infractor y buscar las causas y motivos de la conducta
irregular se torna indispensable como directriz de la acción educativa sobre los aspectos
morales, sociales y profesionales. El conocimiento de la psicología del menor antisocial,
su carácter, temperamento, emociones, instinto y mentalidad —indicativos de su grado de
adaptación— marcará el tratamiento a aplicar en cada individualidad como vía de rein
serción social (Piquer y Jover, 1945; Rodríguez-Lafora, 1949; Galino, 1948; Vastillón,
1956; Bernal, 1958; Oliveros, 1952; Dorao, 1956). En definitiva, se trata de comprender
los motivos que pudieron impulsar al sujeto a cometer un delito para trazar los planes de
profilaxis y terapéutica que puedan reorientar y corregir la personalidad del menor anti
social (Garrido, 1986).
Se mantiene una visión multifactorial de la conducta antisocial, variando el grado de
responsabilidad que atribuyen a los diferentes factores en la configuración de la persona
lidad (Castillón, 1956; Bernal, 1958; González-Pinto, 1958; Anónimo, 1959; Martínez-
Navarro, 1950). En cuanto a las causas de la anormalidad infantil, se destacan en los 40
el alcoholismo paterno (Lucía, 1947; Alvarez de Cánovas, 1943) y la ausencia de cuida
dos y armonía familiar (Gay, 1949; Lucía, 1947; Galino, 1948). El delincuente y los meno
res difíciles son considerados como individuos necesitados de ayuda que deben ser ampa
rados, reeducados o reformados condicionando su futuro comportamiento. En los 50, se
concretan y amplían las apuntadas en la anterior década hasta configurar un cuadro etio-
lógico que engloba la mayoría de los factores que hoy se consideran importante en la géne
sis de la delincuencia (López-Latorre, 1992), destacando por su importancia las altera
ciones del medio ambiente familiar y en las que se incluyen desde la miseria y ausencia
de cuidados hasta la familia incompleta o nociva (Bernal, 1958; Oliveros, 1952; Payá,
1956); de aquí, que la familia emerja como objetivo fundamental a tener en cuenta en la
intervención de la infancia inadaptada. Aunque la vinculación afectiva —calidad de las
interacciones— parece ser más relevante que la ausencia de uno de los padres en la rela
ción familia-antisocialidad, (Kazdin, 1988; López-Coira, 1987), en esta década la ruptu
ra del vínculo conyugal se presenta como unos de los factores más ampliamente acepta
dos en la desviación conductual del menor, sobre todo si va acompañada de un ambiente
de miseria económica, moral y social (Bernal, 1958; Vergallo, 1958; Payá, 1958; Ruiz-
Marín, 1959; Pertejo, 1956; Castillón, 1956).

Prevención y tratamiento
Al considerar la delincuencia como un fenómeno complejo y multicausado, se exige
la presencia de un equipo interdisciplinar especializado y coordinado que aborde la tota
lidad de las cuestiones relativas a la inadaptación social Payá, 1959; Castillón, 1956).
Consecuencia asimismo de lo anterior, son las pautas preventivas dirigidas tanto al indi
viduo y su entorno familiar —pedagogía—, como al más amplio de la comunidad —cam
pañas de información y actuaciones de política económica y social6. La escuela dentro de

Especialmente dirigidas a las barriadas suburbiales, donde se requiere, ajuicio de Piquer (1953) y Larrea (1952),
un replanteamiento exhaustivo por parte de los poderes competentes y que abarque tanto a la geografía humana como
medidas de política social y de readaptación.

52
este proceso es considerada como institución social de trascendental ayuda en la labor
correccional de la infancia inadaptada o en peligro de extraviarse. La catalogación de sus
funciones depende de la orientación adoptada por los diferentes autores, abarcando desde
la mera trasmisión de la enseñanza patriótica y cristiana (Montilla, 1943; Alvarez de
Cánovas, 1943) hasta la detección de síntomas precoces indicativos de trastornos o des
viación infantil (Lucía, 1947; Galino, 1948; Payá, 1959); labor esta última que se desta
ca por su importante papel profiláctico en cuanto puede evitar el posterior sometimiento
de niño y jóvenes inadaptados al sistema penitenciario adulto.
Con los años 50 emerge una considerable atención hacia la prevención, especial
mente de la inadaptación infantil y juvenil resaltándose la educación familiar como tarea
preventiva de orden prioritario (estrategia profiláctica introducida por Ma Angeles Galino
en 1948). Se continúan las líneas profilácticas esbozadas en los años 40 como la educa
ción moral y religiosa, el reconocimiento precoz de actos predelictivos, los hábitos de dis
ciplina, la separación del niño de su hogar cuando este resulte perniciosos para su forma
ción, la orientación profesional y la pedagogía familiar (Galino, 1948; Ortiz, 1947;
Guerrero, 1946 Lucía, 1947). A éstas se añaden, el control de los medios de comunica
ción, sistemas de acogimiento familiar, adopción, asistencia domiciliaria, creación de
comedores, guarderías, consultorios psicopedagógicos y organizaciones de diverso tipo
—escuelas de padres, sociedades recreativas, etc— . (Pertejo, 1956; Larrea, 1952;
Castillón, 1956; Vergallo, 1958; Ruiz«Martín, 1959).
Cuando el menor o el adulto comenten actos antisociales o delictivos, se pone en
funcionamiento la tercera fase preventiva o de tratamiento propiamente dicha, que inten
ta conseguir la reinserción del delincuente a su contexto jurídico y social proporcionán
dole un nuevo repertorio conductual incompatible con el que le condujo al entrama
do delictivo. La pena entonces, adquiere fines correccionales y el régimen de reclusión
—reformatorio y prisión— es asumido como marco de aplicación de las medidas tera
péuticas. Si bien en los 50 se arguyen críticas sobre los efectos negativos del internamiento
y se ofrecen planteamientos embrionarios sobre la conveniencia de la desinstitucionali-
zación como medio tratamental (Payá, 1958; García-Yagüe, 1958; Díaz-Arnal, 1958), el
recurso al emplazamiento del menor en instituciones predomina como medida en esta
época. Reflejo de esta orientación es el ensalzamiento de los reformatorios en cuanto a su
competencia psicopedagógica y elevada integridad moral y religiosa (Martínez-Navarro,
1957; Montoya, 1955); especialmente se destacan y describen los métodos y sistema edu
cativo seguido en el reformatorio de "el Salvador" o de Amurrio regido por la congrega
ción de Padres Terciarios Capuchinos.
La práctica de reforma se basa en el reconocimiento de la heterogeneidad de la pobla
ción recluída. Sus fases son el examen, la clasificación y el tratamiento individualizado,
de forma que las técnicas tratamentales se ajusten a las características de cada niño o adul
to con comportamiento antisocial (Galino, 1948; Ortiz, 1947; Guerrero, 1946; Alvarez de
Linera, 1946; Dorao, 1956; Díaz-Arnal, 1958; Martínez-Navarro, 1950). Otro resultado
de la atención individualizada sobre el delincuente es la propuesta sobre la creación de
centros especiales que acojan a los diferentes tipos de reclusos que habitan las prisiones
(Combarros, 1948a; Sánchez-Morate y Velasco-Escassi, 1957).
El estudio de las circunstancias personales del sujeto no es óbice para que se consi
deren factores de índole sociológica, educativa o situacional como motivadores del deli
to, introduciéndose estrategias educativas que complementan las derivadas del modelo

53
terapéutico (Ortiz, 1947; Galino, 1948; Bernal, 1958; Payá, 1959). Así encontramos un
amplio repertorio de medidas interventivas: psicológicas (psicoterapia), pedagógicas (hábi
tos de disciplina, formación religiosa y moral, instrucción laboral y educativa), de evita
ción del contagio moral (aislamiento) y de la ociosidad (actividades deportivas y socio-
culturales).
Dentro de este contexto, se insiste en la importancia de una adecuada y más com
pleta formación de aquellos profesionales encargados de llevar a cabo la labor reforma
dora: funcionarios de prisión con adultos (Tomé, 1946a; Sánchez, 1947; Guerrero, 1946;
Carretero y Talón, 1953b) y, educadores, maestro y psiquiatras con la infancia inadapta
da (Ruiz-Marín, 1959; Payá, 1956; Castillón, 1956). El objetivo en ambos casos será dotar
al delincuente mientras esté bajo tutela o recluído en prisión, de un conjunto de valores,
habilidades y recursos que, tras su período de privación de libertad, le capaciten para el
complicado proceso de integración social y le posibiliten una vida plenamente humana.
Pues el fin último al que se dirige el ideal de la reforma es conseguir que el sujeto antiso
cial, ya sea niño, joven o adulto, adquiera modelos prosociales incompatibles con la delin
cuencia, se convierta en una persona responsable y socialmente autónoma y aprenda a res
petar las leyes, normas y obligaciones implícitas a la convivencia humana (Castillón, 1956;
Payá, 1959; Ruiz-Marín, 1959).

ASPECTOS MAS RELEVANTES EN MATERIA DE PREVENCIÓN Y TRA


TAMIENTO
La complejidad del fenómeno de la delincuencia exige la convergencia de conoci
mientos de diversa procedencia disciplinar para la explicación, evaluación y estudio de la
conducta delictiva. Entre el flujo teórico subyacente a las aportaciones españolas, resulta
innegable la repercusión que la escuela constitucionalista —especialmente la alemana
encabezada por Ernest Kretschmer (1988-1964)—, la sociológica alemana o la psicoana-
lítica, supusieron par la teorización del delito y del delincuente. También influyeron cri-
minólogos y penitenciaristas españoles como Arenal, Dorado Montero, Salillas o el Padre
Montés, psiquiatras y pedagogos contemporáneos como López-Ibor, Mira, Vallejo, Fuster
o Piquer. Sin embargo, entre las diversas influencias que coexisten en el panorama crimi
nológico español de la posguerra, corrientes sociológicas que recibieron una notable aten
ción en el extranjero —ecológicas, estructurales...— no quedaron reflejados en los escri
tos de los autores españoles considerados.
Los trabajos psicológicos de la posguerra sin embargo, no van a ser ajenos en algu
nas de sus propuestas a las peticiones que psicólogos sociales y sociólogos van a formu
lar en años posteriores. Diríamos que algunos de los autores que escriben en estos años
son capaces de superar una perspectiva restringida a la etiología del delito y sugerir solu
ciones de amplio espectro que la moderna criminología actual todavía está enfatizando, y
que algunos otros, fundamentaron con su trabajo muchas de las actividades prácticas que
los psicólogos españoles vienen haciendo desde la década de los 70 —asesoramiento a tri
bunales, diagnostico, estudios diferenciales de la personalidad...—. En consecuencia, aten
deremos en nuestro análisis valoratorio, especialmente a estos último estudios, donde las
mejores ideas se refieren a la prevención y tratamiento de la delincuencia.
Pasamos a exponer a continuación los que consideramos principales puntos de inte
rés en la obra de los autores españoles revisados. Los nueve primeros puntos incluyen las

54
aportaciones más interesantes que permiten perfilar el modelo básico de intervención en
la delincuencia juvenil, los tres restantes se refieren a propuestas relevantes para el trata
miento de delincuentes adultos.

/. La visión de la escuela y la familia como organismos de prevención primaria y secundaria.


Montilla (1943) y Galino (1948) destacan en fechas tan recientes, el papel de la
escuela por su situación óptima para la detección y prevención de posibles manifestacio
nes antisociales de los escolares. La segunda autora, propone la enseñanza de técnicas de
crianza y disciplina para aquellos padres que no hayan logrado una adecuada cohesión
familiar. Castillón (1956) destaca la vigilancia y el modelado de los padres como elemento
fundamental en la prevención de la delincuencia en el núcleo familiar. De análoga forma
se manifiesta Raquel Payá (1959) cuando insiste en que la familia debe ser incluida en los
planteamientos reeducativos y terapéuticos de los comportamientos antisociales en la
infancia y adolescencia.
Aún cuando estos factores tiene cierta tradición en trabajos psicoanalíticos
(Alexander y Healy: The roots ofcrime, 1935) y en la sociología de Chicago (Shaw y
McKay: Juvenile delinquency and urban areas, 1942) hay que tener presente que las gran
des aportaciones sobre esta materia no llegan hasta la aproximación psicoanalítica de
Friedlander (The psychoanalytical approach to juvenile delinquency, 1 947) y los trabajos
multifactoriales de los Glueck (Unraveling juvenile delinquency, 1950). Se trata entonces,
de auténticas elaboraciones bien definidas y concretas de estos autores españoles, quie
nes aciertan en señalar aspectos importantes que luego será confirmados por métodos
empíricos.

//. La labor de la escuela como elemento de desarrollo moral.


En 1952, Larrea propone las bases para la creación de programas de instrucción
ético-jurídica que capaciten a la infancia para las relaciones interpersonales. Salvando las
diferencias morales propias de la época, las modernas corrientes en el campo del desa
rrollo moral y los valores no hacen sino enfatizar la necesidad de dotar al estudiante de un
adecuado crecimiento en la esfera de la socialización. Larrea, al proponer que los progra
mas escolares incluyan todos los elementos jurídicos y éticos que se consideren indis
pensables para la convivencia humana, está adelantando importantes aspectos de la
L.O.G.S.E.; y al solicitar que los conceptos abstractos de los valores se ejemplaricen en
situaciones concretas de la vida del niño, nos recuerda una de las más defendidas actua
ciones preventivas de la psicología de la delincuencia actual, consistente en crear activi
dades prácticas mediante ejercicios de simulación y participación comunitaria, con obje
to de que el niño experimente oportunidades para su desarrollo moral y aprenda pautas
prosociales.

///. Programas de prevención primaria dentro de un contexto ecológico de participación comu


nitaria.
Una de las aportaciones más interesantes de estas décadas es que no sólo se plantea
la vinculación de lo escolar con la experiencia laboral, aspecto recogido en la tesis de A.K.
Cohen (Delinquent boys: the culture ofthe gangs, 1955), sino que se propone la creación

55
de redes comunitarias donde padres y maestro colaboren en tareas conjuntas para la deten
ción y modificación de los factores criminógenos (Castillón, 1956; Fierro, 1951); junto a
ello, se señala la conveniencia de que el menor participe en actividades socio-culturales
(Castillón, 1956). En íntima conexión con lo anterior, se propone la construcción y dise
minación de talleres de formación profesional y de parvularios que ayuden a mitigar el
efecto de los factores criminógenos en los suburbios (Piquer y Jover, 1953).

IV. Una perspectiva comprometida desde el punto de vista político.


Se denuncia que las precarias condiciones de vida en ciertos barrios alimentan la
conducta delictiva de sus habitantes. Para Larrea (1952), los suburbios requieren solucio
nes globales de naturaleza social y política, que, Santiago y Castella (1956) puntualiza en
la necesidad de atención educativa y material de los hijos de inmigrantes. Payá (1958) se
explícita en la necesidad de que la escuela, en ese momento centrada en un férreo come
tido instruccional de niños bien adaptados, amplíe sus contenidos y atienda a los niños
más necesitados.

V. Actuación Policial de carácter preventivo-comunitario.


Esta orientación, que promueve desde principios de los 80 la psicología policial
(Reisser y Clyver, 1987), la intuyen autores como Borrás (1957) y Larrea (1952) que plan
tean la necesidad de que la policía controle las actividades callejeras de los menores en
edad escolar, como medida de apoyo a la familia y a la escuela para evitar el vagabundeo
y los conductas predelictivas.

V1. Se enfatiza la importancia de la predicción temprana de la conducta antisocial.


Este, que posteriormente ha sido uno de los aspectos contemplados en los estudios
longitudinales durante la primera etapa de las carreras delictivas, es destacado por los auto
res de estas décadas. Una detección temprana de actitudes antisociales permite preesta
blecer pautas profilácticas y tratamentales (Piquer, 1953; Pérez de Petinto, 1954; García-
Molina, 1950; Serrano, 1959). La delincuencia juvenil debe ser combatida en los primeros
años de la vida, preferiblemente a la edad en que los niños entran a la escuela, de ahí que
autores como Díaz-Arnal (1958), Ruiz-Marín (1957) y Payá (1959) señalen la importan
cia de que padres y maestros observen la evolución física y moral del menor, para reco
nocer precozmente trastornos psíquicos o conductuales.

VI1. Necesidad de equipos interdisciplinares.


Varios autores, y con especial énfasis Castillón-Mora (1956) y Payá (1959) llaman
la atención sobre la necesidad de conformar equipos integrados por psiquiatras, médicos,
psicólogos, psicoterapeutas y educadores, capaces de asumir desde sus especialidades y
en coordinación todas las tareas de diagnóstico y tratamiento y tratamiento diferencial de
los menores sometidos a reforma.

VIH. Se proponen medidas tratamentales alternativas al internamiento.


La Ley de Menores de 1 948 determina una serie de medidas, tutelares y de reforma,
a aplicar en diferentes tipos de establecimientos: casas de observación, casas de reforma
y casas de familia (Andrés-Ibañez, 1986).

56
Si bien la mayoría de propuestas tratamentales asumen los regímenes previstos por
esta ley, son varios los autores que consideran perjucidial para el niño el internamiento,
especialmente en edades muy tempranas (Díaz-Arnal, 1958; Payá, 1958; García- Yagüe,
1958). Por esta razón y por los beneficios que tienen sobre la formación integral, se soli
cita la generalización de centros abiertos y renovados que acojan cada uno a un pequeño
número de menores.
Payá (1958) destaca la utilidad de instituciones ya existentes, como las casas de fami
lia y los escasos hogares de familia, e insta a su proliferación. Tanto esta autora como Díaz-
Arnal (1958) se hacen eco de la literatura internacional, en especias de R. Spitz y J.
Bowlby, que señalan los graves inconvenientes de la separación del núcleo familiar en la
primera y segunda infancia de la vida del niño, de ahí que Payá solicite un incremento de
los servicios familiares que procuren la mejor adaptación social entre los miembros de la
familia y, entre éstos y la sociedad exterior, proponiendo el mantenimiento del niño en le
hogar o como medida alternativa, en caso de imposibilidad, su colocación en una familia
adoptiva.

IX. Experiencias pioneras en técnicas de modificación de conducta.

En 'El Salvador' (Amurrio), primer reformatorio al servicio del Tribunal Tutelar de


Menores, creado a petición de Gabriel Ma de Ybarra, se aplican una serie de métodos inno
vadores, en materia de observación y tratamiento (De Ybarra, 1955).
En un elaborado sistema de fases progresivas, las conductas prosociales se premian
con una mayor autonomía y grado de libertad. Pero lo más destacable es la utilización de
un sistema basado en el refuerzo con 'papel moneda' canjeable por recompensas (De
Ybarra. 1955). Según nos consta (Sos-Peña et al. 1990; Redondo, 1983), anteriores expe
riencias con sistemas de reforzamiento se aplicaron en el ámbito educativo con J. Lancaster
(1778-1838) y en el tratamiento con presos adultos por A. Macconochie (1787-1860), pero
ésta es la primera referencia que conocemos en la literatura internacional acerca de la apli
cación de un sistema de economía de fichas en instituciones para jóvenes antisociales.

X. El funcionario de prisiones debe ser un educador-corrector.

Guerrero (1946) explicita muy claramente la necesidad de que el funcionario debe


ser ante todo un educador-corrector, y que su trabajo debe estar coordinado con el del resto
del personal penitenciario para conseguir resultados positivos en la reforma del recluso.
Aunque este planteamiento se encuentra ligado al de reconocimiento de la necesidad de
una higienización ambiental de la prisión y del importante papel del funcionario para su
consecución —Donald Clemmer, ya en 1940, escribe The prison community, centrándo
se en el fenómeno de la prisionización— la importancia de la perspectiva adoptada por
Guerrero en 1946, posteriormente sostenida por Tomé en 1956, radica en la consideración
intuitiva de la importancia del funcionario como modelo de la transmisión de conductas
prosociales, por ser la persona que se encuentra más próxima al interno y la que compar
te más tiempo con él. Asunción que nos será tenida en cuenta en la literatura internacio
nal hasta la publicación de Society ofcautivens de Sykes una década después (concreta
mente en 1957) al poner de relieve la forma en que las subculturas de los reclusos

57
interaccionan con la normativa institucional y los efectos que de ello se derivan (Goffman,
1961).

X1. Una visión moderna de la arquitectura penitenciaria.

Con el propósito fundamental de optimizar la clasificación de los reclusos en gru


pos como base del tratamiento reformador, Cañas (1957) y Tomé (1953) demandan modi
ficaciones arquitectónicas en los centros penitenciarios que reviertan en una mejora de las
condiciones de vida del preso y en los resultados de la reforma. Aunque el fin último de
estas medidas es evitar, en lo posible, el contagio moral entre los presos, Tomé (1953,1956)
siguiendo líneas de actuación en materia arquitectónica penitenciaria aplicadas en otros
países, plantea la conveniencia de edificar diferentes tipos de prisiones en función del régi
men más o menos expansivo que les correspondería a los recluidos en ellas, de forma que
algunos penados, como los políticos, podrían beneficiarse de edificios más abiertos a la
comunidad.
Resulta difícil leer textos tan concretos y parecidos en la literatura internacional de
la época. Loa abolicionistas de la prisión y los abanderados de la institucionalización, no
aparecerán hasta los años 60 cuando las teorías del etiquetado recojan los trabajos de
Clemmer y Sykes y hablen de la institución total como lugar de alienación y defensa del
estatus quo (Goffman, 1961).

XI1. Se recomienda la utilización de medidas psicoterapéuticas en el medio penitenciario.

Sánchez-Gómez (1950) recomienda el uso de una psicoterapia educativa, orientan


do acerca de las posibilidades de aplicación de la terapia de grupo y psicodrama para el
tratamiento de los delincuentes institucionalizados. Probablemente el autor desconoce que
en ese mismo año, S.R. Slavson escribió en Scientific American su trabajo Group
Psychotherapy donde fundamentaba algunos de los presupuestos básicos del tratamiento
psicoterapéutico en grupo. Cinco años más tarde Donald Cressey publica la Terapia deri
vada de la Asociación Diferencial para el cambio de las actitudes de los delincuentes, en
la que plantea la presión del grupo como herramienta de cambio conductual del colectivo
en su totalidad, a través del proceso de socialización que ocurre en su interior.
Cuando Sánchez-Gómez (1950) asegura la idea de utilizar algunos de los integran
tes del grupo como ayudantes en el proceso terapéutico, se está anticipando a lo que pos
teriormente se ha denominado principio del terapeuta. En efecto, son muchos los traba
jos que en la actualidad, plantean la conveniencia de que algunos de los sujetos que asisten
a tratamiento sean 'nombrados' como terapeutas de sus propios compañeros (Ross y
McKay, 1976).
En general, puede observarse que el tratamiento de los menores delincuentes es más
pedagógico-social que el propuesto para los adultos encarcelados, donde lo fundamental
es el aspecto clínico-psiquiátrico, junto a la necesidad de formación instruccional y labo
ral; también hay un excesivo peso de los diagnósticos clínicos y una obsesión por cate-
gorizar y hacer tipologías que presumiblemente servirán para bien poco dada su comple
jidad y su dudosa fiabilidad, pero estos defectos son compartidos por otros trabajos
internacionales.

58
El origen de la psicología criminal en los 40 y 50 es rico en ideas y paupérrimo en
realizaciones prácticas, algo, por lo demás, no diferente de lo que ocurre en la actualidad,
pero ya conocemos que muchas ideas mueven posteriormente a otros a realizar lo que en
ellas se encerraba. De este modo, cuando en los años 80 la actuación correctiva con los
menores delincuentes en España se orienta a la desinstitucionalización, cualquiera de los
que firmaron las oportunas disposiciones administrativas podía haber recurrido a los auto
res que nosotros hemos mencionado. Por otra parte, propuestas de esta época como cono
cer la etiología de la conducta delictiva, basar el tratamiento en el estudio de la persona
lidad, efectuar un diagnóstico inicial y flexible, recabar información sobre el historial
delictivo y ambiental del sujeto o aplicar un tratamiento individualizado, son directrices
que se mantienen y de las que había derivado gran parte de los esfuerzos tratamentales de
la delincuencia infantil y adulta en España —tal y como se demuestra en el hecho de que
la L.O.G.P. a finales de los 70 retoma estos principios (Alarcón, 1986)—.
En cualquier caso, los fundamentos de la actuación psicológica con adultos y meno
res delincuentes están ya en estos autores y en estas páginas. Si somos capaces de actua
lizar el vocabulario utilizado y de prescindir de los criterios moralistas que subyacen en
muchos de los escritos de estos autores —mediatizados por la coyuntura institucional y
limitaciones de la ciencia de su época— encontramos la mayoría de las preocupaciones,
reflexiones y propuestas de intervención, que de una forma intuitiva y desde una pers
pectiva eminentemente práctica, seguirán apareciendo de una forma casi invariable hasta
la actualidad.

REFLEXIONES PARA UNA POLITICA CRIMINAL ACTUAL


Como suele ocurrir tantas veces, muchas de las cosas planteadas por los psicólogos
criminalistas en los últimos diez años (período temporal de consolidación profesional y
científica en nuestro país, si bien todavía inconcluso) ya habían sido recogidas por estos
pioneros de la psicología de la post-guerra española. Las páginas anteriores incluyen ejem
plos explícitos al respecto, y son bien significativos de que lo que más queda en el alero,
en la actualidad, es impulsar las ideas y las reflexiones cuanto antes a la acción.
Esta es una de las ideas fundamentales en este último apartado del presente artícu
lo. Por supuesto, la lectura atenta de los textos actuales más relevantes en nuestra disci
plina (p. ej. Jiménez Burillo y Clemente, 1986; Redondo, 1992; Varios, 1992) introduce
marcos teóricos y de ación más elaborados que los analizados en nuestro análisis históri
co. En concreto, lo que ahora parece haberse implantado gracias al esfuerzo de los psi
cólogos contemporáneos es:
1- El empleo de teorías definidas donde encuadrar el hecho delictivo y la rehabili
tación de los delincuentes, especialmente aquellas basadas en el aprendizaje social y en
la teoría del control social de Hirschi (1969). En los tratamientos se ha juzgado también
importante la contribución de los psicólogos del aprendizaje operante y los impulsores de
la psicología ambiental.
2- El deseo por evaluar los resultados alcanzados. Dicha evaluación no se ha lle
vado a cabo de forma sistemática, pero sí ha habido una sensibilización hacia la necesi
dad de emplear métodos de analizar los resultados, ya sean éstos de naturaleza interme
dia (constructos de personalidad, por ejemplo) o finalista (éxito o logro de los cambios de
conducta deseados) (Garrido, 1982).

59
3- Las técnicas cognitivas y comportamentales en el tratamiento de los delincuen
tes juveniles y adultos han conseguido un hegemonía casi absoluta; la terapia familiar sis
temática y las aproximaciones dinámicas se han visto retiradas a la intervención en casos
de familias desestructuradas, pero sin una verdadera incidencia en cuanto al comporta
miento antisocial.
Sin embargo, hoy como ayer quedan tareas pendientes. En particular:
1 .- Sigue habiendo un abismo entre las propuestas que la psicología recomienda para
prevenir y tratar la delincuencia y las actuales aplicaciones que lleva a cabo. Por supues
to, una gran parte de este desfase se debe a razones ajenas a la propia psicología, atribui-
bles en último caso a decisiones de política social y penal. Pero es cierto que muchas veces
los psicólogos no estamos dispuestos a apoyar con hechos algunas de nuestras afirmacio
nes más célebres. Por ejemplo: "hemos de intervenir con la familia cuando sea posible",
"es necesario alterar la organización ambiental de la institución", o "hemos de generali
zar lo que enseñamos en los talleres de aprendizaje".
2- Hemos desatendido, en la práctica, algunas de las líneas de trabajo que los pio
neros de la postguerra abrieron para nosotros. En particular, nos referimos a la actividad
preventiva de la delincuencia en familias y escuelas. Son muy pocos los artículos que han
reflejado experiencias de esta índole; en su lugar la psicología se ha dedicado al ámbito
de la educación formal y a la terapia orientada a las desavenencias de la pareja.
De forma paradójica, en pocos lugares parece más fuerte el peso específico de la psi
cología que en la prevención en estos escenarios. En la literatura internacional, los desa
rrollos más prometedores se ubican en preparar a los chicos de familias en riesgo para
afrontar ambientes familiares y escolares más enriquecedores, al tiempo que se intervie
ne en estos dos ecosistemas (v. Garrido, 1987b).
Nuestra contribución real, en términos de tratamiento, es ciertamente escasa. Lo que
investigamos sobre niños y escuela, por el contrario, permite albergar serias esperanzas
para que la psicología española ofrezca resultados tangibles a una política social y crimi
nal coherente. Esto mismo se refleja también en la literatura internacional, donde los
esfuerzos por tratar delincuentes juveniles o adultos reincidentes tienen menos éxito que
los programas bien estructurados de prevención de la delincuencia. A esto debería aña
dirse el perfeccionamiento importante que han alcanzado las técnicas de predicción de la
conducta delictiva, lo que nos permite dirigir tales programas hacia poblaciones clara
mente específicas en riesgo (v. Burchard y Burchard, 1987).
Junto a la prevención, creemos que la psicología debería ahondar en el conocimien
to de los delincuentes sexuales y psicópatas. En los años 40 y 50 hubo un interés desta
cado por la psicopatía, aun cuando no se hiciera otra cosa que copiar los conceptos de
Schneider y ciertas composturas del psicoanálisis. Ahora es muy difícil que los psicólo
gos se ocupen de una población desatendida desde siempre en nuestro país. Pero es algo
necesario, como lo prueban los contínuos escándalos de la sociedad ante las agresiones
de una violencia desmedida, absurda, siempre gratuita e injustificable. Los psicólogos
tenemos la responsabilidad de intentar dilucidar y orientar a los poderes públicos acerca
de los orígenes y la forma de prevenir la repetición de conductas psicopáticas.
Desafortunadamente, nosotros creemos que la gravedad y frecuencia de los actos psico
páticos sexuales y homicidas se incrementarán en los próximos años; deberíamos adelan
tarnos, con algunas respuestas, a unos acontecimientos que suscitarán muchas preguntas.

60
EPILOGO
Algunas de las cosas que hicieron los psicólogos de la postguerra española supusie
ron premoniciones destacadas de las líneas de trabajo de la psicología criminal actual. Los
doce grandes avances señalados anteriormente son una prueba contundente al respecto.
La lenta y paupérrima institucionalización de esta rama de la psicología ha conducido a
que, más de 30 años después, prácticamente todas sus propuestas queden, de facto, pen
dientes de ser llevadas a la práctica. No podemos permitirnos el lujo de que esto siga ocu
rriendo durante mucho más tiempo.

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66
ASPECTOS PSICOLOGICOS DE LOS MALOS
TRATOS EN EL MENOR
CRISTINA RECHEA ALBEROLA
Catedrática de Psicología, Univ. de Santiago

JUAN MONTAÑÉS RODRIGUEZ


Catedrático de Psicología, Univ. de Castilla-La Mancha

RESUMEN
En esta comunicación se analiza la necesidad y las dificultades que
entraña la construcción del concepto de maltrato psicológico; una posi
ble explicación del porqué de la existencia del maltrato; y algunas líne
as por las que pensamos que debe de discurrir la investigación en este
campo.

Introducción
La Convención de la ONU sobre Derechos del Niño, ratificada por España (B.O.E.
31-1 2-90), expresa el deseo social de garantizar una amplia gama de derecho a los meno
res. En este sentido, el texto exige a los Estados modificar, si es preciso, sus Leyes para
garantizar y proteger los derechos de los menores. Aunque parece evidente que la volun
tad política del actual gobierno está en esta línea, no podemos hacernos demasiadas ilu
siones, como se ha puesto de manifiesto en unas recientes jornadas parlamentarias sobre
"Los Menores en la Sociedad Democrática", por las dificultades que existen para dar una
respuesta satisfactoria en este campo. Por una parte, la sensibilidad social ante las cues
tiones que afectan a los menores es, a menudo, contradictoria. Y por otro lado, no siem

67
pre existe un acuerdo entre los profesionales que trabajan en primera línea de este tipo de
problemas. La respuesta, sea la que sea, va a resultar siempre insatisfactoria, debido a la
gran cantidad de elementos dispares que intervienen en la producción de los fenómenos
y, también, en la solución de los mismos.

Problemática de la definición
El maltrato infantil se puede abordar desde múltiples perspectivas: jurídica, médica,
sociológica, psicológica, entre otras. Desde cualquier punto de vista, el interés por esta cues
tión es reciente, hasta el punto de que sólo a partir de los años 70 y 80 se ha convertido en
verdadero objeto de investigación científica (una de las primeras publicaciones científicas
sobre este tema, Child Abuse and Neglect, no aparece hasta el años 1 976, y otras como
Journal ofFamily Violence, hasta 1986). Fruto de este trabajo ha sido la posibilidad de defi
nir con cierta precisión el síndrome del niño víctima de violencia y abandono físicos, sin
que se haya conseguido, por ahora, iguales resultados en los referente a abandono y agre
sión psicológicos, o a los efectos psicológicos negativos del maltrato físico.
En general, el maltrato infantil es un problema del que ni la sociedad ni la ciencia se
han hecho eco en la medida que su gravedad requiere. Ni una ni otra han tomado con
ciencia del daño cualitativo que entraña para el desarrollo del hombre, ni de la verdadera
magnitud cuantitativa de su frecuencia en las conductas familiares, escolares y sociales.
Ello se ha debido a tres razones fundamentales que pueden operar conjunta o aisladamente:
a) Muchos tipos de maltrato no se consideran como tales.
b) Muchos casos de maltrato no se denuncian nunca.
c) En muchas ocasiones es muy difícil identificar al niño maltratado.
A) Por lo que respecta al primer punto, nos encontramos con un contexto ecológico
que estimula a los padres a castigar a sus hijos, convenciéndoles de que el niño es una pro
piedad particular que pueden tratar como quieran, según sus propios criterios, sin interfe
rencias; que el castigo es un método apropiado para educar a sus hijos; y que su actitud
en ningún caso es brutal, sino educativa, en beneficio del propio niño.
Del mismo modo, ese contexto ecológico actúa sobre el niño convenciéndole de que
los padres tienen derecho a castigarlo y que, por tanto, cada vez que se desvíe existe una
justificación a la acción punitiva que el adulto ejerce sobre él. Ambos planteamientos pue
den llevar a que el maltrato infantil se integre "en una fórmula de diálogo aceptado" por
el agresor y la víctima (Ajuriaguerra, 1973), y que se camufle con un halo de respetabili
dad familiar lo que sólo es una agresión sobre una víctima fácil, que permite satisfacer al
adulto su agresividad o sus deseos, en apariencia muy respetables.
Todo ello hace que la sociedad esté sólo sensibilizada ante los casos mas graves de
agresión y no tanto ante la identificada como necesaria y sinónima de educación.
Este mismo problema se hace especialmente agudo cuando nos centramos en el mal
trato y abandono psicológicos del niño, y esto es así, porque, al no dejar secuelas eviden
tes e inmediatas, no hay forma de identificarlo como tal y puede pasar inadvertido inclu
so para los agresores. No olvidemos que muchos padres, especialmente procedentes de
clases económicas y culturales privilegiadas, al tiempo que han desterrado los malos tra
tos físicos, han adoptado el maltrato psicológico como forma de comportamiento puniti
vo con sus hijos. Así, en una reciente estadística española se estima que "un 4 '8% de los
padres mantienen con sus hijos relaciones de castigo físico, mientras que un 8 '75% utili

68
za violencia psicológica" (EL PAIS, 29-9-91. Al respecto, Brenner (1984) dice que el
abuso emocional, frente al físico, es mucho más difícil de identificación, "casi imposible",
lo cual no quiere decir que no exista o que no sea un agente peligrosísimo para el correc
to desarrollo del niño. La violencia psicológica es un tipo de violencia sutil y complejo
que en muchas ocasiones resulta más traumática para la víctima que la violencia física
(Medina de Salustiano, 1991). Sus efectos negativos están ahí y se pueden hacer eviden
tes en un momento u otro del desarrollo, son heridas psicológicas que pueden sangrar
durante mucho tiempo, aunque bien es cierto que faltan investigaciones que relacionen el
maltrato psicológico con los problemas del desarrollo emocional, cognitivo, interperso
nal, etc.. Como dicen Kempe y Kempe (1978): "Tenemos la impresión, no verificada aún,
de que gran parte del retraso que se observa en niños que sufren maltrato está menos rela
cionado con la violencia física, en sí, que con la negligencia y los agravios emocionales
que con frecuencia le acompañan".
B) Como consecuencia de lo anterior, la denuncia del maltrato infantil es una prác
tica poco habitual. A la falta de conciencia de qué sea maltrato infantil, hay que añadir la
dificultad de su detección, una tarea plagada de obstáculos por muy diversas razones. En
primer lugar, nos encontramos con el problema de la privacidad del acto, que hace nece
saria siempre una constatación a posteriori. Por otro lado, aunque el "síndrome del niño
maltratado" de Kempe y Cols. (1962) ha facilitado la detección de los malos tratos, la
mayoría de los casos de malos tratos se manifiesta en forma de negligencia o abuso psi
cológico, en los que la evidencia física puede no estar presente o no ser tan "evidente",
dependiendo, en estos casos, para la determinación de su existencia, del juicio de los pro
fesionales implicados. Al respecto tenemos que decir que parece que existe una mayor
tendencia en los letrados y profesionales de la justicia, que en los trabajadores de las cien
cias sociales, a dar más importancia a la evidencia física que a la psíquica para la deter
minación de la existencia de malos tratos. Generalmente resulta bastante difícil que un
juez pueda aceptar que haya habido maltrato sin la evidencia de maltrato físico.
Por último, las denuncias de maltrato infantil son, en la mayoría de los casos, hechas
por terceros, lo que supone una gran limitación. En primer lugar, porque las consecuen
cias del maltrato deben ser tales que un profesional pueda reconocerlas, y, en segundo
lugar, porque el profesional deberá tomar la decisión de denunciar, lo que , naturalmente,
hará sólo en casos flagrantes, por las complicaciones y compromisos que ello conlleva.
Está, pues, claro y creemos que todos somos conscientes, de que los datos oficiales son
sólo la punta del iceberg, y que se hace cada día más necesaria una aproximación a datos
reales, no por estimación especulativa, sino por métodos, como el de autoinforme o las
escalas de observación, que en otros casos están dando magníficos resultados.
C) Esta cuestión nos lleva directamente al tercer problema planteado al inicio de esta
comunicación y que es crucial en el estudio de los aspectos psicológicos del maltrato infan
til: ¿Cómo identificar o definir al niño maltratrado?
La dificultad de encontrar una definición objetiva de lo que es el maltratro infantil
es la clave del estado actual en la investigación y tratamiento sobre el tema. El problema
fundamental radica en que esta definición no sólo depende de las variopintas opiniones
que los diversos sectores de la sociedad tienen sobre lo que se considera maltrato, como
ya hemos comentado, sino que depende, en gran manera, de las opiniones y necesidades,
a veces contradictorias, de los profesionales implicados en le campo de estudio al que nos

69
referimos (servicios de menores, salud pública, servicios sociales, psicólogos, educado
res, médicos, jueces, abogados, etc.).
Con lo anterior queremos recalcar que el maltrato infantil es un juicio social, un cons-
tructo creado y no descubierto (Garbarino, 1990). De ahí "la necesidad de una formación
especializada de los profesionales para conseguir una detección precoz, en atención a la
dificultad que supone el diagnóstico de los malos tratos de tipo psicológico, por negli
gencia y de tipo sexual" (conclusiones del I Congreso Estatal sobre la Infancia Maltratada,
Barcelona, noviembre 1989).
Estamos convencidos de que la identificación del maltrato psicológico es un traba
jo multidisciplinar, fruto de continuas interacciones entre el psicólogo y los diversos pro
fesionales que intervienen, tanto de la Administración de Justicia, como de la Educación
y la Salud (Hernández, Vázquez y Sánchez, 1991). Hoy existen indicios esperanzadores
de que abogados, jueces y otros miembros del Derecho, consideran cada vez más impres
cindible el concurso de los psicólogos para la valoración e imposición de medidas en diver
sos campos, como el policial, tribunales civiles y penales, prácticas penitenciarias, o vic-
timología (dentro de la que las consecuencias del maltrato infantil es de suma importancia).
En este campo, la labor del psicólogo tendría dos vertientes; por un lado, la de asesora-
miento técnico de jueces y magistrados en la determinación de la existencia y conse
cuencias psicológicas del maltrato; y por otro lado, la de atención en la recuperación psi
cológica de la víctima.
De todas formas, hoy por hoy, queda mucho que hacer en este terreno ya que en
España la Psicología ha penetrado con mucha mayor dificultad en el terreno de lo legal,
de lo que lo ha hecho en otros campos, hasta el punto de ser un fenómeno prácticamente
de los años 80, que se encuentra en pleno movimiento de expansión, pero en los inicios
del mismo (Garrido, 1991). El reto actual del psicólogo pasa por ampliar sus campos de
intervención y consolidarse como una figura cuya aportación técnica y teórica la haga
objetivamente imprescindible para desarrollar la dimensión psicosocial del Derecho
(Mayor y Urra, 1991).

Una teoría explicativa


La psicología, desde un punto de vista teórico, tiene una explicación de por qué sur
gen y se mantienen, aún intergeneracionalmente, los maltratos físicos y psíquicos sobre
niños, y que permite aplicar técnicas de intervención en familias y de tratamiento sobre
los niños.
Para la mayoría de los expertos el aprendizaje por modelado es uno de los procesos
psicológicos que mejor explican el mantenimiento de conductas punitivas en la relación
adulto-niño.
Para la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1986), el hecho de no poder disponer
de una libertad ilimitada justifica que tenga que haber restricciones sociales (castigos exter
nos) e internas (autocensura), que controlen la conducta humana. El hombre dispone de
una exclusiva capacidad autodirectiva que le permite controlar, hasta cierto punto, sus pen
samientos, sentimientos y actos, a partir de las consecuencias que éstos comportan; sin
embargo, existen personas, que carecen de criterios internos o que han interiorizado nor
mas antisociales, con una gran potencialidad trasgresora, a no ser que exista un castigo
amenazante que limite su conducta. ¿A qué edad puede controlar el niño su comporta

70
miento por criterios internos? Parece ser que bastante temprano, según las investigacio
nes psicológicas; pero ¿en qué momento creen los padres, y el adulto en general, que los
niños poseen esos criterios internos? Probablemente, la mayoría piense que la niñez es un
continuo estado de inmadurez durante el cual el niño adolece de criterios y valores pro
pios para un adecuado procesamiento de la información que le permitiese formas adapta
das de conducta, por lo que sería necesaria la permanente tutoría externa del adulto y ello
justificaría la necesidad de imponerle restricciones a través de sanciones negativas: casti
gos físicos, reprimendas verbales, desaparición de recompensas, silencios,...
A la sanción, por una parte se le concede un papel educativo (transmite normas de
conducta al que carece de ellas), y, por otra, se la entiende como un control social que se
usa cuando se desconocen las condiciones mantenedoras de la conducta transgresora o
cuando se conocen pero no es fácil la intervención para modificarlas. Estas consideracio
nes permiten a los padres justificar el uso del castigo, y a los hijos, si no se rompe el cír
culo, mantener esta misma actitud cuando sean padres, respecto a sus propios hijos. Nos
encontramos así con el "modelado negativo", mecanismo psicológico que explica por qué
los niños tienden a adoptar con los compañeros estilos de conducta similares a los que
ellos mismos sufren y por qué los niños que sufren maltrato de sus padres tienen tenden
cia a utilizar conductas violentas con sus propios hijos. Está demostrado que la violencia
familiar engendra más violencia y que los padres que maltratan, frecuentemente, proce
den de un microsistema familiar que a su vez les maltrató durante su infancia, es decir,
que repiten las mismas pautas parentales a las que ellos estuvieron expuestos. Tal trans
misión intergeneracional es ciertamente congruente con el argumento de que la informa
ción cognitivo-afectiva sobre sí mismo, sobre los demás, y las relaciones entre ambos, así
como las habilidades conductuales relevantes en estos aspectos, derivadas de la expe
riencia en la familia, "no sólo se interiorizan, sino que se arrastran en las nuevas relacio
nes" (Sroufe & Fleeson, 1986).
Se genera así un círculo vicioso que condiciona tanto el rol infantil como el poste
rior rol paterno o materno, del que no es fácil evadirse ni valiéndonos de la presentación
de otros modelos, ni apelando a la propia capacidad de autodirección del hombre. Pues,
por un lado, aunque el hombre sea testigo de múltiples modelos de ser padres, su capaci
dad para elegir entre esos modelos puede estar limitada por la índole de su propia expe
riencia (Kempe y Kempe, 1978). Y por otro lado, sabemos y está demostrado, por estu
dios sobre las prácticas de socialización familiar, que ni la autodirección ni la autoestima
de los niños se ven, precisamente, favorecidas por la influencia que sobre ellas ejerce el
carácter punitivo de los padres (Bandura, 1986). No obstante, no todos los niños maltra
tados terminan maltratando a sus descendientes, especialmente cuando la discontinuidad
caracteriza el proceso de desarrollo, y el sujeto se encuentra con algún tipo de experien
cia de relaciones compensatorias, en el matrimonio, con los compañeros, o con algún otro
adulto relevante, que le han ayudado a subrayar el sentimiento individual de autoestima,
proporcionándole a la vez modelos conductuales de consideración y cuidado con lo demás
(Belsky y Pensky, 1988; Burgess y Youngblade, 1989).
A parte del efecto del azar, una posible forma de romper el ciclo del abuso será,
siguiendo a Brenner (1984):
a) cambiando el comportamiento de los padres con los hijos, de forma que éstos
ganen en sentimientos de seguridad y confianza en los adultos. Así, su desarrollo será otro
muy distinto y su comportamiento posterior, como padre, estará mediatizado por expe

71
riendas propias mucho más satisfactorias. Para cambiar el comportamiento de los padres,
puede ser de gran ayuda el recuerdo empático del dolor, ya que los que han sufrido abu
sos en su infancia muestran una cierta insensibilidad, como padres, ante el sufrimiento de
sus hijos.
b) actuando directamente sobre los niños, creándoles confianza, amor propio y acti
tudes sociales, con la esperanza de que cuando lleguen a adultos, su comportamiento como
padres sea más adecuado con sus propios hijos.
Según la Teoría del Aprendizaje Social, está también demostrado, tanto por estudios
de laboratorio como de campo, que los niños y adultos tienden a comportarse de forma
más punitiva cuando observan que los demás actúan agresivamente que cuando no son
expuestos a modelos agresivos. De acuerdo con Bandura, el poder desinhibidor de la agre
sión del modelado aumenta:
• cuando los observados han desarrollado estilos agresivos de comportamiento.
• cuando el modelo agresivo no recibe castigo o consigue buenos resultados
( refuerzo vicario).
• cuando la agresión está socialmente aceptada.
• cuando la víctima invita al ataque mediante actos que facilitan el que pueda atri
buírsele culpabilidad.
• cuando las lesiones sufridas por la víctima son mínimas o curables.
Condiciones que en la relación adulto-niño son especialmente favorables cuando,
evidentemente, los padres en ningún caso son socialmente recriminados por su compor
tamiento con el niño, es más, se considera un deber doloroso pero necesario el tener que
intervenir punitivamente en la vida del niño; o cuando los padres tienen una imagen defor
mada del niño que lo define o presenta como víctima (hiperactivo, irritable, inoportuno,
poco razonable, egoísta...), y los maltratos que se le aplican no dejan huellas evidentes
como es en el caso de agresiones o negligencias físicas leves y, en general, en todo tipo
de agresión psicológica.
Sobre la importancia del castigo vicario para la modificación de la propia conducta
se ha escrito mucho. En el caso concreto que nos ocupa sabemos que observar que los
demás son castigados por comportarse agresivamente reduce los actos agresivos similares
de los observadores, pero no les desalienta para otras formas de agresión. Este dato puede
explicar el aumento del maltrato psicológico sobre el físico. En la actualidad el castigo físi
co está ampliamente desacreditado y, en general, las ideas educativas, con mayor o menor
rotundidad, se oponen al uso de este tipo de castigos (Martínez, 1986). Dicho de otra forma,
de algún modo el castigo físico se desaprueba y está mal visto, lo que favorece su inhibi
ción, pero al mismo tiempo puede estar favoreciendo otros tipos de control social y otros
mecanismos educativos que sustituyan a los anteriores, nos estamos refiriendo al abuso y
la negligencia psicológica. Puede estar, entonces, ocurriendo en nuestra sociedad actual una
metamorfosis, donde el castigo sea una forma más sutil de control, pero no necesariamen
te menos perjudicial para la construcción de la personalidad infantil y no con menor capa
cidad de ser modelo de futuros comportamientos parentales de los niños de hoy.

Líneas hacia el futuro


Como consecuencia de todo lo anterior creemos que en el momento actual es nece
sario plantearse una serie de cuestiones. La mayoría de las investigaciones sobre maltra

72
to infantil se han realizado para determinar las causas que provocan el maltrato, con inten
ción de prevenir este tipo de conductas en las familias (De Paul, 1988). Las causas estu
diadas con mayor profusión han sido la patología de los padres, el estrés, el tipo de rela
ción padres-hijo y el niño como "provocador del abuso" (Wolfe, 1985). Ninguna de estas
causas, sin embargo, se ha manifestado como necesaria y suficiente para explicar la con
ducta de malos tratos en los padres.
No obstante, a pesar de la abundante literatura sobre el tema, estos estudios adole
cen de un error de principio: ¿Cómo trabajar e intervenir con familias que maltratan si no
tenemos una buena definición de lo que es el maltrato infantil ni sus consecuencias?.
Creémos que los esfuerzos deben centrarse en llegar a un acuerdo respecto a este punto,
para que cualquier investigación sobre el maltrato infantil sea fructífera.
Como ya dijimos en la primera parte de esta comunicación, los datos oficiales son
limitados y para tener un conocimiento real de la magnitud y la naturaleza del problema
de los malos tratos en menores, el mejor sistema es hacerlo a través de cuestionarios,
autoinformes o escalas de observación. A través del autoinforme de niños y de adultos se
podrá obtener información mucho más fidedigna, tanto de las conductas de los padres,
como de las consecuencias del maltrato en los niños... Por otro lado, el uso de escalas de
observación, cuando es posible su aplicación, proporciona una información más objetiva
sobre el tipo de relaciones que se dan entre los padres y el niñ[Link] problema fundamental
de estos instrumentos es que para su construcción es necesario un conocimiento profun
do del fenómeno que se pretende estudiar. Existen algunos de estos instrumentos pero
están todavía en fase experimental o de adaptación (algunos de los ejemplos existentes
podrían ser la entrevista semi-estructurada "Child Abuse and Neglect Interview Schedule
(CANIS)" de Ammerman, Hersen & Van Hasselt (1987), o la escala sobre negligencias
"Childhood Level of Living Scale (CLL)" de Polansky et al. ( 1 98 1 ).
Así pues, para trabajar en serio en este tema, es necesario seguir una cierta metodo
logía. En primer lugar, determinar aquellos comportamientos del adulto que, unas veces
por abuso y otras por negligencia, conlleven maltrato psicológico para el niño. Algunos
de estos tipos de conductas son: denigración, humillación, amenazas de violencia, control
y vigilancia constantes, diferentes tipos de rechazo, gritos y silencio, ignorancia de las
necesidades de afecto, atención y apoyo emocional, cambios de humor sin motivo apa
rente, abandono en guarderías, expectativas excesivas ante una sociedad hipercompetiti-
va.
En segundo lugar, determinar las consecuencias que dichas manifestaciones produ
cen en el niño. Aunque no existe un cuadro clínico que dé explicación total del maltrato
psicológico, ni probablemente sea posible establecerlo, dadas las múltiples formas poten
ciales de este tipo de abuso y/o negligencia y las ilimitadas manifestaciones de tipo afec
tivo, cognitivo y social a que pueden dar lugar, se están haciendo serios esfuerzos por esta
blecer tablas de comportamiento que limiten la complejidad de los efectos del maltrato y
permitan su denuncia. Es lo que intentaron Kempe y Kempe (1978), e incluso antes
Ajuriaguerra (1973), cuando describieron el perfil psicológico del niño maltratado, o más
recientemente, Brenner (1984) en una serie de tablas donde resume muestras de compor
tamiento de niños sometidos a abusos y negligencias físicos y emocionales.
En la bibliografía consultada observamos que el niño maltratado, tanto física como
psicológicamente, se caracteriza por unos trastornos de comportamiento, hasta cierto punto
comunes, que se manifiestan aislada o conjuntamente, con diversa intensidad, y con pecu

73
liaridades propias en cada edad. Estos trastornos de comportamiento, se pueden conside
rar, en una primera aproximación y conscientes de que son necesarias muchas más inves
tigaciones, efectos visibles e identificativos de posibles malos tratos. Entre estos trastor
nos psicológicos del comportamiento cabe destacar los siguientes:
1 .- Comportamientos lábiles, bipolares e incomprensibles. Propios de una persona
lidad desorientada, en la que coexisten estímulos, intereses y motivaciones en
permanente contradicción, con dificultades de procesamiento de la información
e incorrectas estrategias de adaptación. Son niños que frecuentemente se mue
ven entre la introversión y la agresividad, la inhibición y la impulsividad, la obe
diencia y el desafío, el rechazo del adulto o el amigo y la búsqueda continua de
su atención, la actitud de desconfianza e intentos de ser agradable.
Manifestaciones depresivas.
2- Problemas de desarrollo (retardos, fijaciones, regresiones) afectivos, cognitivos
y sociales.
a) En el campo afectivo muestran problemas de ansiedad, angustia y miedo;
negativismo, agresividad e hiperactividad. No manifiestan sus sentimientos. Poca
autoestima.
b) Desde el punto de vista cognitivo, se observa en ellos problemas del len
guaje, de atención, percepción y memoria. Dificultades de aprendizaje en el aula.
Problemas de reconocimiento de sus propios sentimientos y deficitaria imagen
de sí mismos.
c) Socialmente muestran una clara incapacidad para relacionarse con los
padres, maestros, adultos en general y compañeros. Básicamente, se caracteri
zan por una enorme desconfianza ante el adulto.
A pesar de que la anterior sintomatología es característica de niños maltratados, no
quiere decir que todos ellos la desarrollen. De hecho, se ha comprobado que las conse
cuencias del maltrato dependen de muchos factores y de complejas relaciones entre ellos,
por ejemplo, el tipo de abuso y/o negligencia; de la severidad, frecuencia, contexto y dura
ción del mismo; de la edad y, fundamentalmente, del estado biopsicológico del niño en el
momento de producirse el abuso.
La mayor dificultad, con la que se enfrenta el psicólogo en este campo, es la profu
sión de variables que deben tenerse en cuenta cuando se pretende determinar las condi
ciones y consecuencias del maltrato. Por un lado, existen, al menos, cinco tipos de abu
sos o negligencias (abuso y negligencia físicos y psicológicos y abuso sexual, del que no
hemos hablado) que difícilmente aparecen de forma aislada. La lista de posibles condi
ciones, o factores de riesgo, y sus interrelaciones son, por otro lado, todavía más comple
jas e imprecisas. En cuanto a los efectos, hay que tener en cuenta que las consecuencias
psicológicas pueden aparecer a largo plazo, lo que hace que su estudio y detección sea
todavía más complicado. Por último, la implementación de técnicas de intervención y tra
tamiento exige un conocimiento fundamentado de las relaciones que se establecen entre
todos estos conjuntos de variables, tarea en la que se ha trabajado mucho en los últimos
veinte años, pero en la que todavía quedan muchas lagunas de conocimiento, tanto teóri
co como práctico.
La construcción de instrumentos evaluativos y la obtención de los datos correspon
dientes, a partir de las investigaciones ya realizadas, posiblemente faciliten el acuerdo

74
entre los profesionales implicados en el estudio de las relaciones existentes entre com
portamiento parentales, factores de riesgo y consecuencias del maltrato infantil.
Un problema que no queremos dejar de plantear en esta ocasión es el siguiente: La
mayoría de los esfuerzos que se han hecho y que aún siguen realizándose, para atajar el
problema de los malos tratos en los niños, se han centrado en técnicas de prevención de
los mismos. Estas técnicas se centran en la intervención sobre las familias que ya han sido
detectadas como causantes de malos tratos y, en muy pocos casos, sobre familias de alto
riesgo. Sin embargo, un aspecto sorprendente, es lo poco que se ha hecho para ayudar al
sujeto que padece las consecuencias del maltrato.
Sólo en épocas recientes ha ido adquiriendo cierta importancia la victimología. La
sociedad en la que vivimos, con su carga sancionadora, ha olvidado, generalmente, que
en toda agresión no sólo existe el agresor, al que hay que castigar e intentar rehabilitar,
sino también una víctima que necesita algo más que ser indemnizada. Los déficits afecti
vos, cognitivos y sociales que puede padecer el niño maltratado, deben y pueden ser sub
sanados y creémos que los esfuerzos en este sentido no serán nunca suficientes.
Por último, proponemos algunas cuestiones que nos han surgido a lo largo de la ela
boración de este trabajo y que hacen referencia a decisiones de la Administración de
Justicia en relación al maltrato psicológico y que pueden ser puntos de reflexión y discu
sión en algún otro momento.
1- Si aceptamos como cierto el hecho de la "transmisión intergeneracional", en las
decisiones sobre custodia de niños ¿los padres que han recibido malos tratos, tienen capa
cidad para cuidar de un hijo?
2- Dada la relación entre haber sido maltratado y la conducta antisocial, ¿se podría
tomar esta correspondencia en consideración como circunstancia atenuante?
3.-En el caso de adopción, ¿puede darse en adopción un niño maltratado?. ¿Cuanta
información debería darse a los nuevos padres respecto al maltrato recibido por el niño y
sus posibles consecuencias?.

Conclusiones
1- La literatura sobre las consecuencias psicológicas del maltrato físico y psíquico
presenta, en estos momentos, más interrogantes que respuestas.
2- Aunque falta concienciación sobre la existencia del maltrato infantil, especial
mente del psicológico, existe un convencimiento general entre los expertos, no siempre
probado científicamente, de que el maltrato psicológico no sólo existe, sino que puede lle
gar a tener consecuencias más nocivas para el desarrollo que el maltrato físico.
3- Cada vez es más necesaria una definición de maltrato psicológico, aceptada por
los distintos profesionales que actúan sobre el niño, que permita su detección, prevención
y tratamiento. Proponemos la creación de un equipo interdisciplinar que se plantee la
investigación necesaria para llegar a esa definición.
4- Conocemos tipos de maltrato psicológico, factores de riesgos y posibles efectos,
pero falta una ingente tarea de investigación que relacione las distintas variables y preci
se la naturaleza del maltrato psicológico.
5.- La Teoría del Aprendizaje Social nos ofrece un modelo psicológico, explicativo
del maltrato y, al menos en teoría, indica las direcciones en las que hay que ir para rom
per el ciclo del maltrato.

75
6- Partiendo de las investigaciones e instrumentos de evaluación existentes, debe
hacerse un esfuerzo de adaptación y aplicación de los mismos, aplicando técnicas de aná
lisis de datos multivariados, que permitirán llegar a conclusiones más comprehensivas en
un tema de gran complejidad inicial.

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77
EL PROBLEMA DE LA TOXICOFILIA EN
LATINOAMÉRICA. MITO Y REALIDAD
MARIANO N. CASTEX
Catedrático de Psicología Forense. Universidad de Buenos Aires

Disertar acerca de una temática como la propuesta: "El problema de la toxicofilia en


Latinoamerica . Mito y realidad.", se erige como una tarea compleja, oferente ubérrima
de cuasi-imposibles.
En efecto, en el doble ideograma enunciante, integranse cuatro conceptos comple
jos, plenos de aquél "misterio" del que hablan —no sin variantes— Don Miguel de
Unamuno —con su "misterio" —no "problema"— de la personalidad (" sentimiento con
gojoso de la identidad y continuidad individual y personal")— , G. Marcel -con sus notas
de "compromiso" (engagement), "presencia" y "eternidad"— y/o M. Blondel —el mis
terio en cuanto a luz que ilumina el enigma"— que, como señalara en otro trabajo pro
pio, convoca pero, a la vez, —paradoja en seducción— atrae y repele, se acerca al pensa
dor inquieto, y huye de él sin dejarse, en momento alguno, atrapar.
"Toxicofilia " en sentido amplio —o su multitudinaria sinonimia—, "Latinoamerica",
"mito" y "realidad", constituyen —por sí solos— desafíos al intelecto de todo hombre
entregado con pasión a la "búsqueda" de aquello que "es" —o su sinonimia (para que este
autor, al menos) "verdad"—, si acaso existe ello en , o tras , ese juego de espejismos y
falsos dioses con que se entretiene, jugueteando , el mundo de los que "somos" , tritura
dos en el "siendo". Utilizo aquí el término "triturar", por preferencia al de "moler", ya
que el primero clausura la posibilidad de "transcendencia" —con su connotación de "espe
ranza"— e introduce en el abismo del "no ser/siendo", en donde impera la "absoluta sin
razón" , cuya mejor expresión es el "trabajo/ no trabajo" del que hablara en una recien
te comunicación a la Academia Nacional de Buenos Aires. "Molienda" —en cambio—
entreabre a la "luz" , y esa luz —por la que clamaba Goethe al morir— no brilla en las

79
favellas y las villas miserias, o similares, de mi continente. Tampoco brilla en otros estra
tos sociales. En cierto modo "el poder" —que tampoco es dueño ni poseedor de "la luz",
pero cree poseerla y hasta poder dispensarla— impide el acceso a "la luz".
Al solo objeto de obviar equívocos, oportuno es definir lo mas simple —al menos
en el presente análisis— y así por mito entiéndase —en palabras de Marta Pérez— "al
arco tendido hacia el cumplimiento del deseo", "el esfuerzo por simbolizar al hombre y
lo que le rodea", "intento que hace lugar a los dioses ...a los cuales se intenta asemejar",
esfuerzo que —empero— se estrella una y otra vez con el escollo de la realidad —en
cuanto éste término implica: "circunstancia (en sentido orteguiano) efectiva", por oposi
ción a lo aparente, a lo ilusorio, y a lo ficticio— .
Mito que puede ser "actuado" —el discurso narco como luego se verá, lo está— y
lo llamamos así "mito inclusivo", o "hablado" —como en el caso presente— en donde
se transforma en "mito comprensivo" en donde la función interpretativa permite enfren
tar al caos sin temerlo.
Queda bien claro también, que el uso en la presente disertación del concepto "reali
dad", puede interpretarse en sentido amplísimo, no excluyente incluso, del "psychische
Realitát" freudiano.
Tal vez, aquí y ahora, "la realidad" a la que se apunta, se constituya como "aquello
que es, pese a la permanente negación predicada "in recto et in obliquo" que se hace de
la misma, y con independencia de la manipulación constante que —desde el poder (en
cualquiera de sus instancias y formas)— se efectúa para desvirtuarla en su "eseidad".
Pero, volviendo al "mito", su uso aquí conlleva, no la noción del mito en niveles de
valoración mayores y en cuanto una nota positiva del homo Sapiens", sino al mito, en
cuanto "figura ficticia" que se concreta en torno de una determinada actualidad (no de un
porvenir) que sirve para impulsar a la acción" —concepto que extraemos —"mutatis
mutandis"— de Georges Sorel (Réfléxions sur la Violence, 1907)—, en beneficio de inte
reses determinados. En otras palabras, a la interpretación arbitraria de una determinada
realidad, transformándola en impulso de acción-, operación perversa y compleja, tras la
que se oculta el "deseo" de un determinado "poder".
Se está así ante la perversión del "homo miticus", uno más de los fenómenos que
califican a nuestra era, edad de la ciencia y de la tecnología, pero —sobre todo— edad en
que Freud, al igual que Nietzsche y Marx, como lo señalaba con acierto P. Ricoeur hace
casi dos décadas, se han erigido ante el mundo de pensar, como los protagonistas de la
sospecha y los desbaratadores de los esquemas lógicos del saber. Se está así en la era de
la "mentira de la conciencia" y de la "conciencia como mentira".

En cuanto al término "Latinoamerica" qué puede abarcar el mismo, sino al hetero


géneo conglomerado de naciones de un continente "margen", con una mayor etnia latina
que en otras regiones, una predominancia de sangre indígena —mucho de ella con genes
productores -en sus ancestros- de civilizaciones de avanzada como la inca, la maya o la
azteca— sacrificada y sojuzgada aquélla en nombre de una "civilización" con prédica
evangelizadora, avaricia desmedida, ornatos de cruz y una cohorte de idealistas, hombres
de aventura, descastados y seres exclavizados del sufriente continente negro, en el que
interrumpe —a partir de la segunda mitad del siglo pasado— una corriente polifacética

80
de inmigración europea que, tras la segunda guerra mundial, se torna en asiática.
Colonialismos y neocolonialismos de ayer, hoy superados por las novedosas formas de
sujeción, ya de autocratismo pseudodemocrático y condicionante (caso peruano), ya demo
cracia complaciente, con poderes represivos paralelos —manifiestos y/o disimulados, pero
con objetivos claros y definidos— (caso argentino, 1992). Ambas reemplazan los siste
mas dictatoriales, propios de las décadas previas.
El uso del concepto, exige precisión suma, ya que no es lo mismo hablar de la región
hispánica del Norte o Centro-América, de la costa nor o centro occidental de América del
sur, de la ribera sur del Pacífico, o del "Gran Paraguay" —antigua designación con que
los misioneros jesuitas designaban a las tierras prolíficas de la gran cuenca del Plata—,
hoy mas lusitana que hispánica, gracias a la escasa visión del despotismo ilustrado por una
parte, y la astucia diplomática de los Braganza, por la otra.
Si bien puede hablarse, como se decía, de un "margen" o de "países de margen" (por
oposición a los países centrales a que hacen referencia autores como el maestro Zaffaroni),
cuya unión en esencia la brinda el lazo del idioma —mejor o peor hablado, si se toma
como referente a la lengua de Castilla—, la lucha por la independencia política en el siglo
pasado y el enlace común con una cultura que enaltece —la ibérica—, el concepto
"Latinoamérica" —en extremo extenso— al extraerse, estalla en múltiples fracciones, irre
ductibles entre sí, en donde los denominadores comunes constituyen una ínfima porción,
en relación a las notas que diferencian a aquéllas entre sí.
Con lo dicho, adquiere importancia tener en cuenta que "el discurso" que se inten
ta, brota de un "topos" peculiar del sector denominado "cono Sur Americano", como lo
es la Argentina, nación que recién reconoce sus raíces continentales, cuando descubre a
sus hermanas con manos generosas y extendidas, al producirse el conflicto de las
Malvinas.
Ello no obsta para que Argentina participe del estado en que se encuentra el resto del
margen Latinoamericano, que sea una más de las "democracias acondicionadas" con que
cierra un ciclo del siglo XX, aplaudidas por el mundo del "poder" debido a sus "esfuer
zos" en participar en el denominado "primer mundo", los que se traducen en una meticu
losa sujeción a las férreas normas que impone aquél —o un sector de aquél, ya que no
todo el "primer mundo" es poder—, aun a costa de su dignidad, sus riquezas, sus reser
vas naturales y, sobre todo, del sacrificio del propio mundo de valores y culturas.
De esa Argentina, parte de Latinoamerica, hablo. Tierra que una década atrás llora
ba en pañuelos blancos a algunos de sus hijos desaparecidos, y hoy, aún pareciera ignorar
que se están exterminando en su seno algunos de sus hijos mas valiosos e irreemplaza
bles, como lo son la "justicia", la "educación" y la "salud" de su pueblo, consumidos ellos
en la fogata de un discurso falaz y corrupto, que aún logra ocultar la sustitución de sus
laureles por cadenas de las que será difícil liberarse en los siglos venideros.
En consecuencia, se hace referencia a un fenómeno, en relación a un subcontinente
y a una nación en peculiar, desde un "topos" en donde aún son "rara avis" los seres que,
como en el cuento infantil, mirando al emperador, claman ante su desnudez, pero son aca
llados por el murmullo del obsecuente y la lujuria de los benefactores del "poder remu
nerativo", también denominado éste —por pensadores como Pietro Prini— "violencia de
la corrupción", tanto más presente ésta en los "denunciadores" que en los "denunciados".

SI
En este contexto conceptual, en donde debe desarrollarse la temática de la presente
reflexión contexto que remite a la idea niestscheana de "hombre enfermo", en cuanto "ser
que ha perdido un rasgo esencial de ser creador de valores".
Al hacer referencia a la toxicofilia, se intenta desplegar ante el espectador un con
junto heterogéneo de sinonimias conceptuales, en donde un significante camaleónico
—permítase la licencia—, equívoco por excelencia, exhibe significados múltiples, depen
diendo éstos últimos del tablado emisor del discurso que se predica.
Así suele presentarse a la "toxicofilia" como sinónimo de " toxicodependencia",
"drogadicción", "et sic sine fine...", conceptos todos ellos que pueden diferenciarse cier
tamente —no sin una buena dosis de sutileza e innecesaria teorización—, pero tras lo que
se oculta aquello, sin duda poseedor de mayor transcendencia, que bien puede denomi
narse el "fenómeno narco", con su propio y peculiar "discurso".
La droga dependencia o tóxico-dependencia, término de uso frecuente tanto en la
Medicina , como en la Psicología Clínica y las diversas psicologías (s) la Sociología, o el
derecho y —aún— entre el Vulgo, apunta —en el nivel científico— a una connotación
organicista, médica y toxicológica. Reina de tal manera su uso, en el ámbito de la Medicina
Legal y de la Psicología Forense, en la encrucijada que conforman los discursos legal,
médico, psicológico y sociológico.
Precisivo —si se toma con cautela— apunta el efecto devastador que poseen ciertas
drogas —en un inicio, algunos estupefacientes, concepto éste también polisémico, gracias
al discurso del "fenómeno narco" como se verá de inmediato— sobre el ser humano y no
poco seres vivos, de crear —en los mismos— condiciones en las cuáles —ante la supre
sión del tóxico— el organismo ingresa en un estado de desestabilización, superable al pro
porcionarse una nueva dosis del producto, elevándose —en la reiteración— el umbral de
sensibilización de la misma, lo que conduce a un ciclo repetitivo que culmina en la sobre
dosis, la intoxicación y —con frecuencia— la muerte.
El concepto en uso, excluye empero a los tóxicos de uso societario —o legal— acep
tados (tabaco, alcohol), creadores sin duda alguna de estados de dependencia admitidos
con unanimidad por la ciencia universal pero, paradójicamente, incluye a otros produc
tos, acerca de los cuales no se han demostrado con claridad una capacidad de "crear depen
dencia", al menos en las dosis utilizadas habitualmente para el consumo (tetrahidrocarbi-
noles, hojas de coca, etc.).
Dentro del concepto de narcodependencia, toxicodependencia o drogadicción, el len
guaje internacional acuñó para su uso en el área, al término "estupefaciente", concepto
equívoco y polisémico por excelencia, bajo cuya "comprehensio" (esto en sentido esco
lástico) caen toda suerte de productos naturales y sintéticos "susceptibles de crear depen
dencia física y/o psíquica", paso que ha creado un sinfín de equívocos y confusiones, ya
que cada Estado es libre de definir —por lo general— cuáles son —para él— los produc
tos que ingresan y/o egresan en o de la lista de tan noble y caprichosa égida. Sobre ello se
volverá mas adelante en la presente disertación.
La toxicofilia, término postulado por la cátedra de Psicología Forense de la
Universidad de Buenos Aires —a mi cargo, desde 1985, en cuanto profesor titular regu
lar—, remite a una connotación más psicologista, que pone énfasis en el concepto de
"investimiento objetar, de "amor al tóxico", siendo suficiente que tal dinamismo se diri
ja a un tóxico real, susceptible de crear o no dependencia física —en el sentido médico

82
del término—, pero ciertamente "tóxico", es decir, con poder para crear lesiones en el
organismo de quien lo consume, sea o no sea su uso legal.
El concepto de toxicofilia en cuanto "amor al tóxico", nos coloca así ante la posibi
lidad de interpretar un fenómeno aislado o no, individual o social, en donde un individuo
o conjunto de individuos "ama en el otro, (en el tóxico) aquello que le falta al yo propio
y/o al yo societario —si se permite esta última concepción—, para alcanzar su ideal".
Así como el término primero permite una inmediata y sórdida asociación, no sola
mente con una vertiente médico—toxicológico—legal confusa, sino también con otra, por
demás compleja —criminológica por excelencia—, pero que abreva en otros discursos —
económico, social y, sobre todo, político de dominio—, el concepto de toxicofilia tiende
a entreabrir el panorama hacia la comprensión de determinadas conductas de ser huma
no, intentando una interpretación y un acercamiento a las mismas, que permita, a través
de una fructífera relación, el mejoramiento de la calidad humana de cada ser y , en con
secuencia, del "todo-societario".
La lectura del fenómeno toxicofílico, no es patrimonio así de una ciencia o de un arte
aislado, sino, por el contrario,de una conjunto interdisciplinario que permita una aproxi
mación clínica multiaxial, dentro de la complejidad que pueden tener cada uno de aque
llos.
Dentro de este paradigma, pierden vigor, en consecuencia, discursos en donde impe
ren arcaicos conceptos tales como el que le rodea al concepto tipifícador penal de la depen
dencia física —este estado, para el presente enfoque, será un síndrome estrictamente médi
co— toxicológico-psiquiátrico—, que no requiere del "Todo-Penal", sino —a lo sumo—
de una atención justificada debidamente por la tutela civil, o los mas confusos y crípticos
aún, como "dependencia psíquica", "personalidad adicta", "aut similia", ya que tal per
sonalidad es indefinible, como lo señalan con fundamentos C. Ferbos, A. Guedeney y A.
Magoudi, ya que no existe una estructura específica del toxicómano, concepto éste que
podría extenderse, indicando que lo sí existente, es el comportamiento (conducta toxico-
fílica), la cual puede hallarse en las más diversas estructuras psíquicas.
En esta postura, al acercarnos a los autores galos supracitados, lo hacemos —sobre
todo— a Bergeret, Kornetsky y Sawitt.
Es Freud quien abre la puerta a la comprensión de tales conductas ya que, de sus
escritos, surge que el comportamiento toxicofílico se constituiría como un sustituto del
acto sexual, pudiéndose interpretar a la masturbación como la conducta adictiva mas anti
gua.
Para la psicoanalista vienés, en determinados casos, una oralidad constitucional
puede explicar los lazos existentes entre una adicción y una perversión oral. Mantiene así,
en algunos de sus escritos, que tanto el alcohol como también —posiblemente— otros
tóxicos, ocupan el lugar del objeto primordial, siendo tratados como tal por el productor
del comportamiento adictivo.
De Freud deben rescatarse —entre otras muchas cosas— el señalamiento de la exis
tencia de comportamientos de la existencia de comportamientos adictivos sin tóxico (el
caso del juego en cuanto autopunción), y la asimilación de los comportamientos abusivos
etílicos con los estados maníacos, así como la comparabilidad entre algunos modelos de
neurosis y determinadas conductas toxicofílicas.
Merece un comentario especial el hecho que, a partir de la obra de Byck —citada en
Ferbos et alii — editada en 1976, se ha abierto una veta de interés en torno a la desapari

83
ción de los trabajos de Freud sobre la cocaína —no hallables hasta el año 1963 (en que
fueron únicamente editados en inglés) y silenciados luego, hasta 1976—, fenómeno que
apunta a una reflexión en torno a "si la ausencia de interrogación por parte de Freud entre
la adicción (cigarro y cocaína) y la neurosis, no sería la marca de una prohibición edípi-
ca, debiéndose entonces interpretar la desaparición de los escritos sobre la coca y la ausen
cia de una reflexión importante acerca de la articulación entre la neurosis y toxicomanía
en sus escritos, como un desplazamiento de tal prohibición". Cabe recordar que Jones, en
1953, abre el fuego en este tema, señalando que Freud habría llegado al descubrimiento
del complejo de Edipo gracias a la cocaína, descubrimiento que no puede disociarse de la
prohibición del incesto.
Los escritos post—freudianos se organizan en dos vertientes importantes. La pri
mera de ellas, define —o al menos intenta hacerlo— a la toxicomanía como una estruc
tura. Entre sus propugnadores, cuéntase a Hartmann (1925) —el primer investigador de
la corriente post-freudiana en explotar la toxicomanía en forma exclusiva, procurando
explorar los lazos entre la cocaínofilia y la homosexualidad (24, Rado (1926) —reductor
de las toxicomanías a un cuadro único inicial del índole depresivo—, Glover (1932) —
creador del concepto del "estado límite", al que denominó "estado transicional"— y quien,
juntamente con autores de la escuela kleiniana —entre quienes Rosenfeld y Gammil. entre
otros—, intenta explicar la toxicofilia como una exacerbación del sadismo ligado a eta
pas precoces del desarrollo libidinal, Wurmser (1982) —quien refleja a su pensamiento
en una experiencia de mas de mil casos, pero sin especificar una etiología, lo que no le
impide afirmar la existencia de una especificidad en el funcionamiento mental del toxi-
cómano—, Oury ( 1 977), Aulagnier (1981), —autor del investimiento objetal pasional asi
métrico en el toxicofílico—, quien articula su concepción en torno a la noción de neo—
necesidades—.
En cuanto a la segunda vertiente, ésta se encuentra integrada principalmente por
Bergeret (1970-1981) —uno de los raros autores en sostener la inexistencia de la estruc
tura de la personalidad propia de la toxicofilia, aún cuando establece la existencia de deter
minados compromisos económicos (aménagements) parciales, independientes de las
estructuras subyacentes, pero comunes a las diferentes formas estructurales de las perso
nalidades toxicómanas—, Gerard y Kornetsky (1954-1955) —creadores de un síndrome
toxicomaníaco al que caracterizan por la tríada: disforia, transtornos en la identidad sexual
y perturbaciones en la capacidad de relación— y Sawitt en 1936.
En la dimensión de la adolescencia, los autores post-freudianos son remisos en afir
mar la existencia de una etiología psíquica específica para la producción de conductas
toxicofílicas, teniendo a equiparar tales conductas con otras conflictivas, propias de la
etapa evolutiva que analizan. Así Dora Hartmann —en 1963—, Wieder & Kaplan —
1969—, Braconnier —entre 1974-1979—, Charles-Nicolás —en los años 1981-1983—,
Guillaomin —en 1981 —, Chan, Miller y Zinberg.
En la literatura actual, las toxicofilias se relacionan con cuatro grandes esquemas: los
estados límites, las neurosis, las psicosis, y la perversión. Una buena síntesis del pensa
miento en torno al tema, se encuentra en el trabajo de Ferbos y colaboradores, ya citado.
Las conductas toxicolíficas serán entonces objeto de acercamiento terapéutico por
parte de la psicología clínica —cualquiera sea el eje de aproximación al paciente—, y se
impone entonces —como verdad de perogrullo— que, en la medida en que no produzcan
—tales conductas— injustos penales ajenos a la "filia" en sí, esto es, no conduzcan a una

S4
lesión clara y precisa a un bien individual o social tutelado, no pueden ser jamás objeto
de una acción y/o consideración por parte del "Todo-Penal".
Tal acción y/o consideración, expresada a través de la tipificación penal que expre
san legislaciones recientes, además de científicas e ilógicas, constituyen una abierta vio
lación a la intimidad del ser humano, y únicamente pueden explicarse a la luz de la psi
cosis tanatizante y esclavizadora que caracteriza a las formas del "poder" que rigen las
postrimerías del siglo XX.
Se está así, ante lo que puede llamarse "el discurso narco".
Por "discurso narco " defino al conjunto complejo y heterogéneo que, expresado en
la comunicación, se dirije a la sociedad con referencia al tema "droga", con cualquiera de
sus múltiples variantes. Tal discurso se reviste, en la primera instancia, con el justificati
vo de la protección y de la seguridad pública, y es merecedor de una gama amplia de lec
turas, debido a la policrómica multiplicidad de facetas que manan sus entrañas.
El "discurso narco" surge —en el origen— desde los países centrales. Es fruto en
esta etapa, de la reacción de algunos centros de poder, existentes en las determinadas nacio
nes desarrolladas, en donde peculiares conductas toxicolíficas —y no otras, también toxi-
cofílicas (tabaco, alcohol, etc..)— son percibidas desde ese "poder", ya como introduc
toras de exigencias y transformaciones sociales y económicas de límites imprevisibles, Ya
como una directa amenaza al concebido estado propio de "defensa social", siempre éste
en un equilibrio precario e inestable.
Este peculiar discurso, adquiere en el margen latinoamericano, en donde el proble
ma no es la toxicofilia en sí mismo, sino —en algunas de sus regiones, la producción de
ciertos de tóxicos más solicitados en los países centrales (coca y marihuana, amén de cier
tos alucinógenos)— un mayor rigor, tras el fracaso de la acción impulsada por la "doctri
na de la seguridad Latinoamericana", discurso éste que, originado desde los [Link]. y eje
cutados por las fuerzas de seguridad del continente, cubrió de cadáveres y desaparecidos
la región, sobre todo en el periodo 1960-1985.
El "discurso narco" es propio de las dos últimas dos décadas del siglo. En la prime
ra etapa florece en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, procurando la erradicación de los
cultivos, no ofreciendo a tales países programas de ayuda e implementación de economías
sustitutivas, pero ciertamente intentando —a través de costosísimas y complejas opera
ciones— una aglutinación en torno a una extensa red militarizada de operaciones e inte
ligencia, que asegurara no sólo el sojuzgamiento de las economías cuestionadas, sino —
sobre todo— a toda otra forma económica o social que eventual mente perturbase o se
constituyese como mera amenaza a los intereses del "poder central". En estos últimos
casos, todo era cuestión de una oportuna recalificación de la actividad "no narco" moles
ta, integrándola, a través de la manipulación de los "mass-media" y —en consecuencia—
de la opinión pública, en la categoría "aterrorizante" de la "droga".
En la segunda etapa, el "discurso narco" alcanza al resto de Latinoamérica, no encua
drada en la categoría de "productor", Así nacieron los países "tránsitos", eufemismo que
permite un amplio justificativo para postular e instrumentar caprichosas y nebulosas tipi
ficaciones penales y reforzar los sistemas de inteligencia y seguridad, todo lo cual —en
última instancia— incrementa el poder de control del centro sobre el margen, si no es
forma directa, ciertamente en forma indirecta, a través de las seudo— democracias de
turno —democracias acondicionadas y acondicionantes— las que —paradójicamente—

85
a la vez que emisoras del "discurso narco" e instrumentos de su acción, participan —con
no poca frecuencia— de modo activo en el fenómeno "narco" y en su pingüe producción.
Nacen así toda suerte de epítetos y maniobras útiles para vincular a determinadas
personas o grupos sociales —que el "poder" califica como sus enemigos— "a la droga",
concepto que ahora reemplaza a los gastados slogans —al menos en nuestro medio— de
"marxista", "coimero" o "puto". Se entroniza también —a modo complementario y como
novedosa arma de dominio societario— el uso de "la sospecha", la que permite acondi
cionar y someter a todo enemigo, actuando sobre la fama y el buen nombre del individuo,
así como como sobre sus posibilidades de realización ciudadanas.
Hace ya mas de quince años, quien esto escribe, en momentos en que el Cono Sur
proliferaba la violencia no institucionalizada, tanto como institucionalizada, insistía en
señalar la aparición de tales nuevas formas de violencia ejercidas desde el "poder", ya que
diezmar estratos sociales determinados, ya para eliminar física, psíquica, civil y/o políti
camente, a figuras de riesgo para el "establishment" de turno, o ya —simplemente— para
aterrorizar a la población en general, en medios en donde no puede tolerarse el surgimiento
de idea alguna original y creativa y, por consiguiente, cualquier esbozo de crítica a los sis
temas de dominación imperantes.
En su momento la Ley argentina 20.771, como su sucesora la Ley 23.737 —aberra
ción aún mayor— se presta así tanto por sus condiciones de "ley en blanco", como por lo
difuso y confuso de algunas de sus disposiciones, a constituirse en aptísimo y oportuno
instrumento para aterrorizar, intimidar, sojuzgar y eliminar a figuras opositoras, a inteli
gencias inquietas y, aún, para distraer a la ciudadanía, creando "circos" cuando deben ocul
tarse los escándalos mayúsculos en que incurren los fieles del "imperio" cuando "roban
para la corona —como lo índica con valentía el periodista argentino Horacio Verbitsky,
en su best-seller—, corona de simples y jusmesos virreyes por cierto.
En nuestro medio, este fenómeno se ha percibido con claridad en el caso
"Maradona", víctima inmolada —con un habilísimo uso de la referida Ley— en los alta
res del "discurso narco", en beneficio de la "corona", ya que un análisis pormenorizado
del "hecho" que se le incrimina, analizado en el conjunto del día y hora de su acaecer, y
relacionado con la "circunstancia" argentina de ese peculiar momento, permite, al com
pararlo con otros muchos fenómenos similares, extraer conclusiones que apuntan con cla
ridad a una "creación de un fenómeno" para ocultar y/o hacer olvidar uno o más "fenó
menos otros" que perjudican al "poder" (a la "corona", en términos de la Argentina de
Verbitsky) lo que conduce a no poder concluir esta breve referencia, sin efectuar un some
ro paralelismo con otro novedoso "discurso aterrorizante", que se implementa en el mar
gen Latinoamericano y que podría ser denominar "el discurso penal económico"', mere
cedor éste —por cierto—, no de una conferencia,, sino de un extenso tratado, a poco que
uno analice casos como los de actor R. Darin, o los de las Vedettes S. Giménez y M.
Casán., entre muchos otros, casos que, en cuanto "telones útiles" al "poder", ocultan otros
hechos y fenómenos que surgen a la luz, frutos todos ellos de un uso cínico —pero cohe
rente con la moral imperante— del ejercicio del "poder remunerativo al que hace refe
rencia Galbraith en su obra "The Anatomy of Power" y que analiza con tanta maestría P.
Prini en su ensayo acerca de "La violencia del Poder". Tales ejemplos señalan con clari
dad el doble discurso perverso y esquizofrenizante que emite un "poder" acondicionado
por el "Poder central" quien para sobrevivir, no vacila en utilizar las tres variables: el poder
penal con su rica ambigüedad—, el poder remunerativo —violencia de la corrupción— y

86
el poder acondicionador —al que Prini califica como "espectáculo del poder" y, perso
nalmente, considero puede denominarse, al menos en Latinoamerica, "poder desculturi-
zador" o —también— "poder mitificador", en cuanto en esta forma de ejercicio del poder
el que, al "crear los signos del prestigio y prescribir el ceremonial de la obediencia en la
jerarquía de los corrompidos-corruptores y al entronizar falsos dioses en los ámbitos de
la cultura, des-educa. En tal labor actúan decididamente los mass-media, ya de modo direc
to, ya "in obliquo", al estupidificar las mentalidad societaria y suplir con toda suerte de
tilinguerías al libro y al aula.
Es indudable que, tras lo expuesto, queda en claro, en lo que refiere a los caracteres
y cualidades que reviste el "discurso narco", que éste, en primer lugar, es ambivalente, en
cuanto se dirige a condenar el uso de determinados productos —tóxicos o no—, mientras
se fomenta en el ámbito de la sociedad la utilización de otros, tales como el alcohol o el
tabaco.
El colmo en esta dimensión se ha dado recientemente en el medio argentino, en
donde el Presidente de la Nación ha llegado a vetar parcialmente la Ley que prohibe la
publicidad del cigarrillo, señalando que "debe proteger una industria que es fuente de tra
bajo para miles de operarios", argumento que,"mutatis mutandi", de aplicarse en Bolivia,
Colombia o Perú, legitimizaría por completo las plantaciones de la coca o de marihuana,
con fundamentos sólidos por cierto, si uno se atiene a la realidad socio-económica de las
áreas geográficas involucradas en tal producción y a la escasa oferta por parte de los paí
ses "centrales", para contribuir a la promoción de esas regiones con economías de susti
tución, para un problema que es propio y grave de "aquellos".
A la luz de tal concepción, que surge de una figura política que se ha destacado por
sostener la necesidad de la "pena de muerte" para los traficantes, a la vez que miembros
de su propia familia política quedaban involucrados en escandalosos procesos judiciales
penales vinculados al tráfico de divisas obtenidas por narcotráfico, estando —para peor—
procesado el propio Secretario de Estado para el tema, debido a una temática penal —
ajena al tema droga, pero penal al fin—, en un país en donde por ley un procesado no
puede ocupar cargos públicos —condición ésta que se utiliza desde el poder, a discreción
y cuando ello conviene a los intereses políticos del propio gobernante—, el hecho de que
un padre o una madre hable a sus hijos acerca del "Peligro de la droga" mientras ingiere
whisky o se oculta tras cortinas de humo de cigarrillo, es inmerecedor de ulterior comen
tario debido a su pequeñez e intrascendencia.
No obstante ello, la cualidad "psicotizadora " de todo mensaje ambivalente debe ser
tenida en cuenta, máxime cuando el discurso que lo contiene, va dirigido a los estratos
evolutivos mas sensibles, como lo son la pre-adolescencia, la adolescencia y la juventud
adulta (post-adolescencia inmediata).
En segundo lugar, el "discurso narco", sobre todo el expresado a través de los "mass-
media" exhibe características bi-polares que oscilan entre un "paternalismo" rígido, for
zado y hasta con ribetes de cursilería —cuando no de pietismo con ornatos de beatería, y
una cualidad "intimidatoria" sin par, en donde se confunde lo real y lo ficticio (adultera
ción de cifras estadísticas, transformación de lo real en novelesco, exageraciones desme
didas, negación de información objetiva pero que se considera imprudente proporcionar,
etc..) lo oportuno y lo inoportuno (campañas educativas en donde se intenta disuadir del
camino de la droga utilizando motivaciones bizarras, o a figuras pertenecientes a orga
nismos de seguridad, prescindiendo del impacto negativo que sus representantes tienen

87
en la mayoria de los jóvenes adolescentes, etc..) lo científico y lo científico (poniendo
énfasis en acciones deletéreas de drogas que no poseen tales efectos y omitiendo datos
sobre drogas "permitidas" por la "cultura" imperante, manipuleo de la información cien
tífica y técnica, etc.).
Esta última cualidad —de a-intelectualidad—, por lo supra-expuesto, contribuye a
des-educar al medio, sobre todo a los jóvenes, pervirtiendo la información y contribu
yendo de modo directo al descreimiento en los mayores y a la desvalorización de la auto
ridad en cuanto figura social. Todo ello, sin dejar de mencionar al aspecto de incitación al
desafío que se impulsa, al actuar con falsía y/o falta de tacto, sobre etapas evolutivas de
la persona que, como la adolescencia y la juventud adulta, tienden por esencial al oposi-
cionismo y a una reiterada afirmación del derecho a la propia experiencia.
Se está así ante la cualidad mas perniciosa del "discurso narco" esto es, su "capaci
dad para engendrar toxicofilias" .
Por lo expuesto, salta a la vista que es "discurso narco" ante el caos (que crea el pro
blema "droga"), "incluye" al individuo y únicamente le permite el enfrentar a aquél, median
te la negación. En cambio, en el presente escrito crítico, lo que se postula es la conciencia-
ción del "discurso narco" y su interpretación, lo cual permite enfrentar al caos, sin temerlo.
En otros términos, se transforma así al "mito actuado" en "mito hablado". La dinámica con
duce entonces, desde el mito inclusivo (tanatizante) al mito comprensivo (transformador).

No puede concluirse la presente exposición sin enunciar —recapitulando en parte lo


expuesto— algunas de las ventajas que el "discurso narco" ofrece tanto al "poder central",
como a los "poderes coloniales (acondicionados)" del margen Latinoamericano.
Se esta de tal manera ante un arma novedosa de dominio político, militar, social y
económico, en lo que la dimensión de los "toxicofílico" — tal cual la concebimos en el
presente trabajo— pasa a un plano de prioridad ínfima, ya que el "discurso narco" no pro
cura el rescate y el mejoramiento de la "persona" y de la "sociedad" sino la entronización
de la "ferinidad natural" en el "poder", y un mejor manejo y explotación del llamado "mar
gen" en beneficio del "poder central".

Bajo este aspecto, no puede dejar de efectuarse una reflexión, aún cuando somera,
en torno a la gravedad ética que implica que organizaciones e instituciones de bien públi
co, civiles y religiosas, se unan al "discurso narco" y a su manejo, en detrimento del indi
viduo, en vez de aunar esfuerzos para trabajar —en bien de la sociedad—, con la proble
mática toxicofílica —individual y/o societaria—, al margen del discurso mencionado y su
paradigma, rehusando caer en éste.
La misma consideración es válida en cuanto al individuo, máxime cuando se trata
de profesionales de la salud, o del derecho, y/o actividades a ellas vinculables, ya que, al
ligarse al "discurso" —desenmascarado éste— violan derechos esenciales, y al no inves
tigarlo en su real dimensión, producen conductas inaceptables de omisión.
Soluciones para Latinoamérica
Pareciera oportuno no concluir la presente reflexión, sin dejar de efectuar algunas
conclusiones. Son las ellas:
1.- El actual problema internacional y propio de cada nación acerca de la "droga",
no puede encontrar una solución adecuada y/o deseable, mientras se intente procurar a
ésta a través de una legislación concebida y amamantada en el paradigma productor del
denominado "discurso narco".
2.- Se imponen nuevas formas de investigación en torno a la problemática de la
"droga" —en sentido amplio— y de las toxicofílias —en el sentido que damos en la pre
sente al concepto—, formas de investigación criminológicas que deberán ser radicalmen
te diversas a las vigentes en la actualidad, debiéndose atender siempre a la variabilidad de
los tiempos, lugares circunstancias y personas, que intervienen en cada medio y temática
"sub exámine".
3- En los países del margen latinoamericano, debe otorgarse prioridad a aquellos
paises productores de los tóxicos que crean conflictivas serias en los países del llamado
"centro",para quienes la única solución estable pasa por una economía de sustitución,
impregnada de justicia y que ofrezca dignidad y posibilidades de progreso al productor.
En este sentido, un sano aprovechamiento de los recursos que hoy en día se malgastan en
el "discurso narco" y en su implementación, podría coadyuvar a abrir novedosas brechas
transformantes, dentro de un enfoque como el suprarreferido.
4- En cuanto a los demás países del margen latinoamericano, en donde interesa —
sobre todo— el problema toxicofílico, se impone el desenmascaramiento del "discurso
narco" en cuanto metodología propia del "poder de acondicionamiento", y —a la vez—
procura perseguir y erradicar de la sociedad a quienes se lucran desde estratos del poder
con el negocio de toda suerte de tóxicos, incluídos los psicofármacos. Asimismo, deben
intentarse nuevos cambios y soluciones del problema toxicofílico, superando por com
pleto las doctrinas, concepciones y prácticas tradicionales impregnadas por metodologí
as corrompidas, lo que implica un enfoque realístico previo de la dimensión y compleji
dad del fenómeno.
5.- Así, el deseo de una solución debe fomentar:
5. 1 .- Toda investigación que procure una elaboración de una doctrina y de una pra
xis radicalmente nueva, que tienda a la superación del mito del "terror y del horror", a tra
vés de un mejor conocimiento de cada tóxico —en su dimensión biológica, psicológica,
política, social -cultural y religiosa-, económica, etc..—.
5.2.- El cambio de los controles sociales existentes, tras replanteos formulados a la
luz de investigaciones adecuadas —como las propuestas "supra"—, debe implementarse
procurando no la estigmatización sino la liberación del hombre, incluso del ya desviado
por el tóxico —como lo recomienda A. Beristain—.
5.3- La legislación debe descriminalizar a las figuras tipificadas como delictivas en
el campo de las drogas, en lo que hace a la privacía de cada individuo y, simultáneamen
te, procurar proteger al individuo del sometimiento que procura el "discurso narco".
5.4.- Las autoridades judiciales deben concienciarse acerca de los peligros que invo
lucra el "discurso narco" y del peligro de politización y de abuso del poder que éste lleva
consigo.

89
5.5- Los "mass-media" deben exigirse éticamente, fomentando la libertad y la libe
ración del individuo, mas que la represión y la prohibición. En tal sentido se impone una
jerarquización en la educación en torno al tal temática, desarrollo educativo en donde se
exponga con rigurosidad científica y métodos pedagógicos adecuados a cada auditorio,
en torno a los aspectos positivos y negativos de cada tóxico en uso, tanto los ilícitos como
los lícitos.
5.6- Los líderes políticos, sobre todos los de los países del llamado margen deben
tomar conciencia de su actual partidismo en favor del "poder", evitando en todo momen
to en formar parte activa o pasiva de los fautores del "discurso narco". Tales líderes deben
recordar en forma permanente que "para luchar contra los problemas de las drogas, se
necesitan cambios en las estructuras sociales, económicas, culturales y políticas de nues
tros países", tal cual lo ha recomendado el Quinto Congreso de las Naciones Unidas sobre
prevención del crimen y tratamiento del delincuente.

En otras palabras, se impone una lucha —en todos los estratos sociales y políticos—
por el "hombre nuevo", base de una sociedad en que debe desaparecer de modo definiti
vo la cruel e inmoral distinción entre sociedades "centrales" y sociedades del "margen".
En último término, se impone una revolución moral la que no puede socializarse, sin ini
ciarse en cada individuo a través de un sinceramiento y de una conversión, proceso que si
exige para todo individuo, tener satisfechas las mínimas condiciones de supervivencia, de
las que, al menos en el continente Latinoamericano, carecen millones de seres humanos,
cifra que crece de continuo, en vez de disminuir, gracias a la miopía, a la avaricia y a la
amoralidad que caracteriza a quienes conforman los estratos del "Poder" en los países del
"Centro" y —también, "last but not least"— a quienes en territorios del "margen", sirven
con obsecuencia a tal "Poder", constituyendo aquello que he dado en llamar "El Poder de
jusmesía".

90
PERSONALIDAD Y CONDUCTA DELICTIVA:
IMPLICACIONES PARA EL TRATAMIENTO'
M. A. LUENGO
Profesora Titular de Psicología de la Universidad de Santiago

El introducir una ponencia sobre "personalidad y conducta delictiva", en las jorna


das sobre "Posibilidades y Límites de la Psicología", adquiere sentido en el contexto de
analizar cómo desarrollos que se vienen dando en Psicología de la Personalidad, una dis
ciplina eminentemente teórica, pueden ser aplicados a un campo de estudio concreto y a
un área específica de intervención. Lo que pretendemos poner de manifiesto, es la impor
tancia del estudio y la investigación en personalidad para el análisis de la conducta anti
social y el tratamiento de la misma.
Dentro del contexto apuntado anteriormente, voy a plantear la exposición haciendo,
en un primer momento, una breve historia de cómo se han ido estudiando y como se han
introducido las variables individuales o de personalidad en el análisis de la conducta delic
tiva. Analizaré posteriormente las variables de personalidad que tanto, a partir de las revi
siones teóricas, como de los trabajos de investigación que hemos realizado en la
Universidad de Santiago, parecen ser las más relevantes a la hora de analizar el fenóme
no y por último señalaré las implicaciones que la investigación sobre variables de perso
nalidad, en relación con la conducta delictiva pueden tener para el diseño de estrategias y
programas de intervención.

1 V JORNADAS DE PSICOLOGIA. Posibilidad y límites de la psicología de la personalidad: Problemas epis


temológicos, teóricos y aplicados. Oviedo, 21-25 de Marzo de 1988.

91
El estudio de variables de personalidad, o mejor de variables individuales, en rela
ción a la conducta delictiva, constituye un amplio campo de investigación que data de muy
antiguo. Las primeras investigaciones sobre conducta delictiva, relacionada con factores
individuales, surgen de las consideraciones biológicas en torno al tema y es, a partir de la
obra de Lombroso (1836-1909), considerado el fundador de la Escuela Positivista de
Derecho Penal, y de sus teorías biogenéticas sobre el delito, cuando se comienza a consi
derar la conducta del delincuente desde el punto de vista individual y cuando pasa a ser
objeto de estudio por parte de la psiquiatría y de la psicología.
En su obra "L'Uomo Delinquente" (1876) sostiene la idea del criminal como un ser
atávico, que reproduce en su persona los instintos feroces de la humanidad primitiva y de
los animales inferiores. Estos individuos tienen una características o estigmas físicos, tales
como: mandíbulas enormes, asimetría del rostro, pómulos altos, arcos superciliares pro
minentes, orejas grandes, tatuajes, etc., que parecen reflejar algún tipo de degeneración y
que nos hacen recordar los rasgos físicos de los salvajes primitivos, monos y en algunos
casos animales inferiores de la escala de la evolución. Estas anomalías físicas serían según
este autor, directamente responsables de la conducta delictiva.
A partir de esta aproximación biogenetista para la explicación de la conducta delic
tiva y la consideración del "criminal nato" surgen los primeros intentos de tratamiento y
aparece la institucionalización o el apartar a estos individuos de la sociedad como la alter
nativa para paliar el problema.
Uno de los resultados más directos de la obra de Lombroso van a ser posteriormen
te los estudios sobre "constitución y delincuencia", basados en la teoría sobre tipos somá
ticos y personalidad de Kretsmer y Sheldon. Este grupo de teorías ponen de manifiesto la
relación entre constitución física y delincuencia. Una serie de autores (Sheldon, 1949;
Epps y Parnell, 1952; Glueck, 1956) comparan diferentes medidas antropométricas y la
distribución somatotípica encontrando que los delincuentes se caracterizan y se diferen
cian de los no delincuentes por poseer un tipo determinado de constitución: la constitu
ción mesomórfica. Encuentran que entre los delincuentes existía una gran cantidad de suje
tos mesomorfos, en una proporción igual al doble de la esperada por puro azar y relacionan
directamente mesomorfía y conducta delictiva.
Siguiendo esta línea diferencialista y que pone el énfasis en las variables individua
les, están los estudios que desde los modelos estructurales de personalidad, tratan de iden
tificar un conjunto de rasgos o características, que definen la personalidad criminal. Estas
investigaciones, realizadas en su mayoría con sujetos institucionalizados, utilizando test
psicométricos de personalidad no han dado resultados contrastables.
Este intento de las orientaciones intrapsíquicas de explicación de la conducta delic
tiva a partir de características individuales, va a quedar soslayado a mediados de los años
50, por el gran auge de las teorías sociológicas y durante mucho tiempo el campo de la
criminología y el estudio de la conducta delictiva va a estar dominado por concepciones
sociológicas y se van a formular teorías en las que son variables externas al sujeto, rela
cionadas con la estructura social tales como: clase social, lugar de residencia, estructura
familiar o asociación con iguales delincuentes, las que se consideran como determinantes
de la conducta delictiva.
Aunque de los estudios realizados, teniendo en cuenta estas teorías, se desprende que
realmente esos factores sociales correlacionan con la delincuencia no se puede explicar,
a partir de ellos, el fenómeno de conducta delictiva en toda su extensión. Por otra parte,

92
cuando se han hecho investigaciones más sofisticadas y se han corregido los defectos
metodológicos de muchas de estas investigaciones, derivados de trabajar exclusivamente
con delincuentes institucionalizados, los resultados no son tan concluyentes. Cuando los
estudios se realizan con sujetos de la población general, y el índice de conducta delictiva
se evalúa por cuestionarios tipo autoinforme, estas variables no parecen tener tanta impor
tancia y se ve que están mas relacionadas con el hecho de que los sujetos que realizan ese
tipo de conductas estén institucionalizados e intervengan sobre ellos los agentes de con
trol social, que con la propia conducta.
En este momento, nadie duda que puedan existir situaciones criminógenas en la
sociedad tales como, carencias económicas, situaciones de paro, situaciones de desigual
dad social, situaciones de anomia o vínculos subculturales que inciten o favorezcan la con
ducta delictiva, pero no todos los sujetos que se enfrentan a estas condiciones se convier
ten en delincuentes. No todos los que viven en un determinado medio social y con unas
características de estructura social determinadas se comportan delictivamente. Por ello, se
hace necesario recurrir a variables individuales y más concretamente a la integración de
variables individuales y sociales para la explicación de la conducta delictiva.
En este contexto surgen, a mediados de los años 60, modelos psicosociales en los que
se abandonan las orientaciones puramente intrapsíquicas o sociológicas y se asume que la
delincuencia es un fenómeno en donde, tanto la persona como el ambiente juegan un papel
determinante. Una necesidad sentida, en los últimos años, por los investigadores que traba
jan en el campo, es la de aumentar el poder explicativo de las teorías. Parece claro que las
teorías tradicionales, que se centran en un único nivel de explicación, bien sea este indivi
dual, microsocial o macrosocial, no pueden reflejar el complejo proceso que lleva a la rea
lización de actos delictivos. Por ello, han surgido recientemente teorías integradoras, en las
que se aunan diferentes teorías psicológicas y sociológicas para la explicación de la con
ducta delictiva. Tal es el caso de la teoría de Elliot (Elliot, Ageton y Canter, 1979 y Elliot,
Ageton y Huizinga, 1985) o la de Feldman (1977). Paso brevemente a comentar una de ellas.
El modelo de Elliot y col., que proponen como teoría explicativa, tanto de la con
ducta delictiva como del consumo de drogas en la adolescencia, aparece esquematizado
en la figura n° 1 .

FIGURA 1
EL MODELO INTEGRADO

TENSIÓN

INADECUADA DÉBILES VíNCULOS FUERTES VíNCULOS NO CONDUCTA


SOCIALIZACIÓN CONVENCIONALES CONVENCIONALES DESVIADA

DESORGANIZACIÓN
SOCIAL

93
SOCIALIZACION CONVENCIONAL
FUERTES V1NCULOS DÉBILES V1NCULOS
FRECUENCIA BAJA DE FRECUENCIA ALTA DE
CONDUCTA DESVIADA CONDUCTA DESVIADA
FUERTES
VINCULOS ALTA RECOMPENSA ALTA RECOMPENSA
ALTO COSTE BAJO COSTE
SOCIALIZACION
DESVIADA AUSENCIA DE CONDUCTA DESVIADA
CONDUCTA DESVIADA POCO SERIA
DÉBILES
VINCULOS BAJA RECOMPENSA BAJA RECOMPENSA
ALTO COSTE BAJO COSTE

Delincuencia en función del contenido y efectividad de la socialización.


N.B.: Tomado de-Elliot. Huizinga y Agaton. 1985.

En este modelo, asumiendo que las variables fundamentales son las derivadas de la
Teoría del Control, se intenta integrar la teoría de la anomia y las teorías del aprendizaje
social. Se parte de la idea, al igual que en las teorías de la anomia, de que la delincuencia
es una respuesta al fracaso real o anticipado para lograr metas o necesidades inducidas
socialmente. El no delinquir, dependería de la fuerza de los controles sociales, internos y
externos, que sirven para regular la conduzca. Las situaciones de tensión que se generan
en la sociedad, unidas a situaciones de desorganización social y deficiencias en el proce
so de socialización, constituyen un conjunto de experiencias que debilitan los vínculos del
joven con los grupos convencionales de la sociedad (familia, escuela, trabajo, organiza
ciones de la comunidad, etc..) y le llevan a asociarse a grupos no convencionales o des
viados, que aportan un ambiente donde el joven puede sentirse reforzado por su conduc
ta desviada.
Desde este modelo, la vinculación con grupos delincuentes, sería la variable más
próxima y más directamente relacionada con la conducta delictiva, debido a la influencia
que el grupo de iguales tienen sobre el joven en el período de la adolescencia. Sin embar
go, la variable fundamental, en consonancia con la teoría del control, sería la fuerza de los
controles sociales que le sirven al individuo para regular su conducta. Estos controles
dependen del proceso de socialización e internalización de normas que le proporciona al
sujeto controles internos y del grado de integración en grupos y actividades convencio
nales que determinan la fuerza de los controles externos sobre la conducta
Cuando se ha dado un inadecuado desarrollo de los controles en la niñez por prácti
cas inadecuadas de socialización, o cuando por situaciones de fracaso escolar, rechazo
familiar, desorganización social, etc. se produce un debilitamiento de los controles exter
nos y el joven se hace mas vulnerable a la conducta delictiva y a la asociación con com
pañeros delincuentes, de los que aprendan habilidades y actitudes antisociales.
La teoría de Feldman (1977), desde una perspectiva de aprendizaje social, integra
los planteamientos derivados de la teoría del aprendizaje con la teoría de predisposicio
nes individuales de Eysenk y la teoría del etiquetamiento y explica la adquisición, reali

94
zación y mantenimiento de la conducta delictiva, en función de la interacción de esas apro
ximaciones teóricas.
La adquisición y realización de la conducta delictiva estaría regulada por los proce
sos de aprendizaje. Por una parte se aprenderían normas y controles internos que llevan
al sujeto al no delinquir, al asociar consecuencias positivas con el cumplimiento de nor
mas y negativas con su ruptura. Por otra, se aprendería a realizar conductas antisociales
en función del refuerzo directo de tales conductas, los modelos a los que el sujeto estu
viera expuesto y las inducciones situacionales para la realización de tal conducta.
Las predisposiciones individuales de carácter biológico tal como las mantenidas
desde la teoría de Eysenk estarían mediatizando los procesos de aprendizaje y serían
importantes en el proceso de adquisición.
El mantenimiento de la conducta delictiva se explicaría por el balance de resultados
positivos y negativos que el individuo hubiera obtenido por su conducta y los procesos de
reacción social o etiquetamiento, a los que el individuo hubiera estado sometido. La persona,
cuya predisposición biológica, en combinación con una historia específica de aprendizaje
adquiere hábitos delictivos puede mantenerlos por su contacto con el sistema de justicia, debi
do a su etiquetamiento como delincuente y a la adquisición de una identidad desviada.
A partir de la teoría de Feldman e intentado recoger las aportaciones que desde las
diferentes teorías tanto psicológicas como sociológicas se han realizado en este campo de
investigación, proponemos un esquema de análisis de la conducta delictiva, que ha su vez,
nos sirve con marco de referencia para enmarcar los datos de nuestra propia investigación.

FIGURA 2
ESQUEMA PARA ANALIZAR LA CONDUCTA DELICTIVA

ESTRUCTURA SOCIAL V. SITUACIONALES


V. Familiar Carencias económicas
V. Escolares Paro
Vínculos subculturales
Oportunidades delictivas

V. INDIVIDUALES
1f
Reglas personales
Valores
APRENDIZAJE Metas CONDUCTA
Expectativas DELICTIVA
ii Desarrollo cognitivo
Empatía
<'
PREDISPOSICIONES
PSICOBIOLOGICAS PROCESOS DE REACCIÓN CARRERA
SOCIAL DELICTIVA

A
95
Proponemos analizar la conducta delictiva en un contexto de experiencia social,
aprendizaje e interacción y dentro de este contexto la conducta delictiva sería una res
puesta que el sujeto da ante una determinada situación y sería el resultado de la interac
ción entre variables personales del sujeto, variables situacionales inmediatas y hechos
específicos de la historia del individuo. Lo fundamental en la adquisición de la conducta
delictiva o en el llevar un estilo de vida delictivo sería el proceso de socialización que ha
seguido el individuo y que le ha impedido, por una parte, interiorizar normas y pautas de
comportamiento socialmente aceptables y le ha permitid» adquirir conductas que violen
esas normas.
Desde este punto de vista, el delinquir puede ser visto, más que como un conjunto
de disposiciones generalizadas, como una decisión a la que se llega en un conjunto parti
cular de circunstancias. Dos son, por tanto, los principales grupos de factores, que afec
tan a la toma de decisiones y desde los que podemos analizar la conducta delictiva. Por
una parte, las situaciones personales, económicas o sociales en la que se encuentra un indi
viduo en un momento determinado y han configurado su estilo de vida; por otra, las varia
bles internas afectivas y cognitivas, que determinan su nivel de desarrollo y maduración
y en base a las cuales el individuo percibe la situación, hace juicios sobre ella y se invo
lucra o no en una actividad delincuente, adquiere una identidad criminal y un estilo de
vida delictivo.
Es necesario distinguir, tal como aparece en el esquema, el concepto de conducta
delictiva y el de carrera delictiva. Cada vez parece más evidente en la investigación sobre
delincuencia, la necesidad de clarificar el concepto de conducta antisocial o conducta
delictiva que se está utilizando, para saber a quien se puede aplicar los resultados de las
investigaciones, y las dimensiones de seriedad y frecuencia de la conducta antisocial pare
cen ser relevantes para la clarificación del concepto. (Olzack y col. 1983). Existen dife
rentes tipos de conducta antisocial y diferentes tipos de delincuentes. No es lo mismo, y
por tanto el peso que tengan las diferentes variables también variará, el individuo que rea
liza esporádicamente conductas delictivas y que puede ser un fenómeno común en la edad
de la adolescencia, que aquellos sujetos que persistentemente se involucran en activida
des delictivas o aquellos que hacen de la delincuencia su forma de vida. En este sentido,
señalamos que la forma más seria de conducta delictiva, y que etiquetamos como carrera
delictiva, estaría mediatizada fundamentalmente, por los procesos de reacción social que
se hubieran dados a las conductas antisociales previas unido a unas condiciones sociales
desfavorables.
En este contexto se sitúa nuestro análisis de variables de personalidad en relación a
la conducta delictiva y lo que postulamos es que variables de personalidad más estables,
tales como las derivadas de la teoría de Eysenck, podrían estar determinado conjuntamente
con variables de estructura social, los procesos de aprendizaje que le llevan al individuo
a adquirir otra serie de variables, de carácter mas procesual, que le sirven al individuo para
analizar el medio social y responder a él de una forma adaptada o inadaptada.
Desde este punto de vista, las expectativas, los valores, las reglas personales, las
habilidades cognitivas para solución de problemas, el nivel de desarrollo cognitivo social,
la empatía y todas aquellas relacionadas con los procesos de control y autorregulación de
la conducta, y que suponen un desarrollo personal, aparecen como variables relevantes en
la comprensión de la conducta delictiva. En este tipo de variables, junto con las derivadas

96
de la teoría de Eysenck es en las que se centra gran parte de la investigación actual sobre
el tema.
Brevemente paso a comentar estas variables, conjuntamente con los estudios, que
nosotros estamos realizando en torno a ellas.
Uno de los modelos que más investigación ha propiciado en el análisis de persona
lidad y conducta antisocial ha sido el formulado por Eysenck ( 1964) en su obra
"Delincuencia y Personalidad". Este es un modelo biosocial, en el cual, los factores socia
les interactúan con predisposicf^fc biológicas del organismo y desde él se predice que
en sujetos con similares situaciones'de condicionamiento, aquellos que tengan altas pun
tuaciones en las dimensiones de extraversión, neuroticismo y psicoticismo serían los que
estarían mas predispuestos a la conducta delictiva.
Formula su teoría en términos de condicionamiento pauloviano y mantiene que el
condicionamiento es la base del comportamiento social y de la conciencia. Las personas
más difíciles de condicionar, los que puntúan alto en Extraversión, estarían en desventa
ja para la adquisición de reglas sociales y serían por tanto más propensas a la conducta
desviada. La dimensión de neuroticismo vendría a aumentar y mantener las tendencias
conductuales adquiridas tanto sociales como antisociales y la dimensión de psicoticismo
agregaría elementos agresivos, impersonales y violentos a la conducta antisocial del suje
to.
Los estudios empíricos que examinan esta teoría, comparando delincuentes y no
delincuentes, han producido resultados contradictorios. Cuando los estudios se han reali
zado con sujetos institucionalizados, los resultados no parecen apoyar las predicciones de
la teoría, sobre todo en relación a la dimensión de extraversión (Eysenck y Eysenck, 1970,
1971, 1976; Hernández y Mauger, 1980; Hare, 1982; Luengo, 1983). Cuando los estudios
se realizan con sujetos de la población normal y la conducta antisocial se evalúa por cues
tionarios, tipo autoinforme, la teoría se confirma principalmente para Extraversión y
Psicoticismo, pero no para Neuroticismo (Allsop y Feldman, 1976; Shapland y col 1965;
Bushton y Chrisjohon, 1981; Furnhan, 1984).
Los resultados de nuestras investigaciones, tomando como marco de referencia la
teoría de Eysenck, van en esta misma dirección. Cuando trabajamos con delincuentes ins
titucionalizados, éstos puntúan significativamente más alto en P y N pero no en E.
(Luengo, 1983). Cuando evaluamos la conducta antisocial a través de autoinformes, los
sujetos con puntuaciones más altas en conducta antisocial, puntúan también en E y P, pero
no en N (Luengo y col. 1986).
Intentando justificar estos resultados Hindelang y Weis (1972) argumentan que la
teoría de Eysenck puede ser válida para predecir algunos tipos de actividades delictivas
pero no para todos y Eynseck y Eysenck (1970), también señalan que pueden existir dife
rentes patrones de puntuaciones en las dimensiones de personalidad en relación a distin
tos tipos de conducta delictiva; más recientemente, Eysenck y col. (1977) y McGurk y
McDougall (1981) han demostrado que pueden existir diferentes tipos de personalidad
entre los sujetos delincuentes.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, nos propusimos en un estudio (Luengo y
col. (1986) analizar la importancia que algunas variables de personalidad, en concreto, las
relacionadas con la teoría de Eysenck y el lugar de control, medido a través de la escala
de Lefcourt y col. (1977), tienen en la explicación de la conducta antisocial y el peso espe
cífico de cada una de éstas variables al analizar distintos tipos de conducta antisocial.

97
A través de un cuestionario tipo autoinforme, distinguimos dos tipos de conducta
antisocial: "Conducta antisocial contra normas" (C.A.N.) que incluye conducta contra nor
mas socialmente establecidas que en la investigación sobre delincuencia podrían consi
derarse "delitos de status", es decir, conductas prohibidas por la edad del sujeto que las
ejecuta y otra dimensión "Conducta antisocial contra la propiedad" (C.A.P.) que incluye
conductas más graves, tales como, delitos contra la propiedad y agresiones contra perso
nas y que ya son considerados delitos en el código penal.
Los resultados, a partir de los análisis de regresión en los que se toma como V.D.
cada uno de los tipos de conducta antisocial y como V.I. las puntuaciones en las variables
de personalidad confirman las hipótesis de que existen diferentes patrones de personali
dad en relación a las diferentes formas de conducta antisocial. Cuando se toma como V.D.
la "conducta antisocial contra normas" las tres dimensiones de personalidad postuladas
por Eysenck parecen contribuir de forma significativa a la explicación de esta conducta;
sin embargo cuando la V.D. es la "conducta antisocial contra la propiedad" las dimensio
nes de extraversión, psicoticismo y neuroticismo dejan de ser significativas y es la orien
tación externa de lugar de control en situaciones de logro la variable que aparece como
predictor de ese tipo de conducta. Estos datos parecen apoyar la sugerencia de Furhnan
(1984) de que la teoría de Eysenck sirve para aplicarla a las poblaciones no etiquetadas
como delincuentes o para predecir las formas más leves de conducta antisocial. Las for
mas más graves de conducta delictiva se podrían predecir mejor a partir de otro tipo de
variables.
Por otra parte, la teoría de Eysenk no establece una relación directa entre conducta
delictiva y variables de personalidad, sino entre éstas y la adquisición de reglas y normas
que regulan la conducta. Suponiendo que los valores funcionan como normas o criterios,
que guían el pensamiento y la acción y que se adquieren a través del proceso de sociali
zación, en otro trabajo (Luengo, 1985) nos propusimos analizar en qué medida las varia
bles de personalidad se relacionan con las prioridades de valor de los jóvenes delincuen
tes.
En este estudio, realizado con una muestra de delincuentes institucionalizados, se
hicieron grupos de sujetos con aquellos que puntuaban más alto y más bajo en cada una
de las dimensiones de personalidad y se analizaron las diferencias en las preferencias de
valor de estos grupos.
Los resultados demuestran que los jóvenes, en función de sus características de per
sonalidad, difieren significativamente en sus preferencias de valor y que estas diferencias
en el ordenamiento de los valores parecen estar relacionadas lógicamente con la natura
leza de las dimensiones de personalidad y con la conducta delictiva.
Las dimensiones de Extraversión y Psicoticismo son las que parecen revelar mayor
número de diferencias significativas, Los valores relacionados con la moralidad y aque
llos que implican aceptación de las normas morales (ser servicial, ser capaz de perdonar
a los demás etc.), son considerados más importantes por aquellos que puntúan bajo en la
dimensión de Extraversión, mientras que los que implican autoexpresión y oposición a
normas son considerados más importantes para los que puntúan alto en esa dimensión.
Valores de carácter hedónico y que podrían estar relacionadas con la conducta antisocial,
tales como, "tener una vida excitante", "tener placer" y "tener felicidad" son más impor
tantes para los que puntúan alto de Extraversión. Esto estaría de acuerdo con la teoría de
Eysenck en el sentido de que los jóvenes introvertidos estarían más inclinados a aceptar

98
las normas y reglas sociales. Preferencias de valor semejantes se dan en relación a la
dimensión de Psicoticismo. Los que puntúan bajo en esta dimensión dan más importan
cia a valores relacionados con el mundo social, mientras que los que puntúan alto valoran
más aquellos que se centran en si mismo. Estas diferencias en las prioridades de valor, en
función de las variables de personalidad son semejantes a las diferencias encontradas entre
delincuentes y no delincuentes, y nos hace subrayar la importancia de la teoría de Eysenk
en el análisis de la conducta delictiva. Como señalábamos en el esquema que proponía
mos estas variables estarían mediatizando la adquisición de normas y reglas de compor
tamiento que serían las variables más directamente relacionadas con la conducta antiso
cial.
Algunos autores (Rushton, 1982) no analizando la conducta antisocial, sino su antí
tesis, la conducta prosocial, han señalado que los constructos de empatía y reglas perso
nales serían las variables básicas para predecir este tipo de conducta y en ellas se ha cen
trado la mayor parte de la investigación. Nosotros postulamos, desde la conceptualización
que hemos hecho de la conducta antisocial, que estas variables son fundamentales para
analizar la conducta delictiva.
Entendemos por reglas personales aquellas normas internalizadas en función de las
cuales se juzgan los acontecimientos y de acuerdo con ellas se aprueban o se desaprue
ban, teniendo en cuenta su grado de internalización, podrían diferenciarse distintos tipos
de reglas morales, que se mantienen fuertemente y conllevan un carácter de obligatorie
dad. Los valores, que se mantienen a un nivel más abstracto y en su relación con la con
ducta le dan carácter de deseabilidad y las convenciones sociales, que serían aquellas que
se mantienen arbitrariamente y su relación con la conducta estaría mediatizada funda
mentalmente por el contexto social. Todos estos tipos de reglas tienen en común el ser
normas internas que sirven para juzgar los eventos y si la conducta no se adecua a ellas,
uno se censura a sí mismo en función del grado que estuvieran internalizadas.
Otras investigaciones que hemos realizado se relacionan con este tipo de variables.
Vamos a comentar algunas de ellas.
En nuestro trabajo, partimos del concepto de valor como variables cognitivo-moti-
vacionales, en función de las cuales el individuo evalúa e interpreta constantemente su
propio ambiente y que tienen implicaciones para su conducta personal y social. Siguiendo
la definición dada por Rokeach (1973), los valores pueden ser considerados como varia
bles dependientes, en este sentido son el resultado de fuerzas culturales, institucionales y
personales y como variables independientes, ya que tienen efecto sobre la conducta y fun
cionan sensibilizando a las personas a percibir algunos eventos como deseables y dignos
de ser alcanzados y otras como indeseables. En este sentido influyen sobre nuestra defi
nición de situaciones particulares y tienen implicaciones para la acción.
Podemos considerar los valores como creencias, relativamente estables, de lo que es
o no es deseable y funcionan como normas o criterios que guían el pensamiento y la
acción. En función de los valores, el individuo hace evaluaciones de su conducta y va a
verse obligado a actuar para conseguir modos de conducta o estados finales, que se encuen
tran más altos en la jerarquía de valores. Se consideran, fuerzas motivantes de la conduc
ta del sujeto relacionadas con la necesidad de acrecentar la autoestima.
Dentro de las teorías de expectativa por valor, los valores son criterios en función de
los cuales se establecen y seleccionan las metas que el individuo debe alcanzar y repre

99
sentaciones cognitivas de las necesidades individuales y sociales que obligan al individuo
a actuar.
Los resultados de nuestro trabajo (Luengo, 1982), demuestran que los sujetos delin
cuentes conceden más importancia a aquellos valores, que tienen una relevancia inme
diata y personal, que aquellos que tienen un carácter interpersonal. Los valores; "tener una
vida cómoda", "tener armonía interna", "tener placer", "ser ambicioso", "ser limpio", son
considerados más importantes por los sujetos delincuentes, sin embargo "ser responsa
ble", "tener verdadera amistad" son considerados significativamente menos importantes
por el grupo de delincuentes. Por otra parte, los sujetos delincuentes estructuran los valo
res de forma diferente. Los valores que conciernen a su mundo personal se relacionan
negativamente con los que hacen referencia a fines sociales o modos de conducta desea
ble socialmente. En los sujetos no delincuentes, aquellos que se refieren a la satisfacción
personal se relacionan con valores interpersonales o sociales.
Estos resultados obtenidos en nuestra investigación, coinciden en gran medida con
otros estudios que siguiendo metodología semejante, comparan los valores de sujetos
delincuentes y no delincuentes y también con trabajos realizados en contextos diferentes,
tales como, los trabajos de Yochelson y Samenow (1978), realizados en el contexto clíni
co. Este es un estudio de seguimiento de un grupo de sujetos delincuentes durante un
período de 20 años. Estos autores señalan que los delincuentes tienen patrones de pensa
miento característicos, cuyo rasgo más sobresaliente es su profunda egocentricidad.
En nuestro estudio, la importancia que los delincuentes le dan a los valores centra
dos sobre sí mismo y la relevancia de los valores personales frente a los valores sociales
haría referencia a esa egocentricidad, en el sentido de que se tiene muy poca considera
ción por el mundo social y lo que se valora es la satisfacción de necesidades personales.
Este aspecto, es consistente con los estudios sobre razonamiento moral. Estos estu
dios, basados en la teoría de Kohlberg, sitúan a los delincuentes en una etapa preconven-
cional de desarrollo moral. En esta etapa las cuestiones sobre lo correcto y lo mal hecho
se contestan sólo en términos de sus necesidades personales y su satisfacción e implican
una orientación de razonamiento centrada en sí mismo.
Han sido muchos los estudios realizados, para evaluar el nivel de razonamiento moral
en los sujetos delincuentes y aunque no todos los resultados van en la misma dirección y
los sujetos delincuentes pueden estar en estadios diferentes de razonamiento moral, de las
revisiones realizadas se puede llegar a las siguientes conclusiones.
a) Los delincuentes muestran, en general, un nivel de desarrollo inferior al de los
sujetos no delincuentes con las mismas características demográficas y socio-económicas.
b) Distintos tipos de delincuentes muestran distintos niveles de desarrollo moral. Los
sujetos con un nivel convencional y postconvencional son detenidos con mayor probabi
lidad por actos que violen normas pero no causan perjuicio a otras personas, por ejemplo
el uso de drogas; sin embargo, los sujetos con un nivel preconvencional estarían implica
dos más frecuentemente en todo tipo de actos delictivos.
c) El nivel de desarrollo moral predice el ajuste posterior de los delincuentes, en el
sentido de que la reincidencia es menor en los sujetos con niveles convencionales.
La conclusión a la que se llega al analizar estos estudios es que si bien no se puede
decir que un bajo nivel de desarrollo cognitivo y de razonamiento moral sea la causa de
la delincuencia un nivel convencional o post-convencional de razonamiento moral, puede

100
actuar como una barrera o un aislante contra la conducta delictiva cuando las fuerzas situa-
cionales proporcionan fuertes incentivos para tal conducta.
Otra variable relacionada con estos patrones de pensamiento egocéntrico a los que
hemos venido aludiendo, es la empatía. Esta variable la ha introducido Morash (1983) en
la formulación que hace de la teoría de Kolhberg al aplicarla a la conducta delictiva y la
utiliza para justificar las diferencias encontradas entre los hombres y mujeres en relación
a la conducta.
En los estudios sobre conducta prosocial, se ha puesto de manifiesto que la empatía
es un factor importante en el proceso mediante el cual el individuo desarrolla pautas de
comportamiento acorde con las normas sociales y de aquí surge el interés en analizarla en
relación a la conducta delictiva.
Aunque existen problemas en la definición de empatía y en la operacionalización del
concepto, la mayor parte de los autores, hacen referencia al tratar al concepto a la capaci
dad que tienen los sujetos de ponerse en lugar de otros, bien a nivel cognitivo, percibien
do y comprendiendo lo que le sucede a otra persona, o bien, a nivel afectivo, experimen
tando las emociones del otro.
Los resultados de los estudios sobre esta variable en relación a la conducta delicti
va, aunque no son demasiado consistentes, han demostrado que los delincuentes son menos
empáticos que los no delincuentes y las mayores diferencias se encuentran en la dimen
sión afectiva. También analizando distintos grupos de delincuentes, se ha encontrado que
los delincuentes peor ajustados dentro de su propia subcultura y aquellos que presentan
puntuaciones más altas en conductas agresivas son los que mantienen niveles mas bajos
de empatía (Ellis, 1982). Nuestros propios trabajos en relación a esta variable, aunque
todavía en un estado muy incipiente, apuntan en esta dirección (Mirón, Otero y Luengo,
1987).
Los resultados de todos estos estudios, parecen indicar un déficit en el desarrollo
cognitivo-social de los sujetos delincuentes que supondría un mayor egocentrismo y una
inhabilidad o habilidad disminuida para empatizar con otras personas, tomar conciencia
de los otros, ponerse en su papel y adoptar conductas y actitudes aceptables socialmente.
Otro conjunto de variables, relacionadas con el proceso de maduración cognitiva y
con la capacidad de un individuo para solucionar los problemas dentro de un contexto
social, harían referencia a lo que Yochelson y Samenow (1978) denominan "fragmenta
ción del pensamiento" y que se caracteriza por una tendencia a ver el mundo de una forma
episódica, sin integrar la experiencia presente con la pasada y sin anticipar ni proyectar el
futuro. En este sentido, los estudios empíricos han demostrado que una mayor impulsivi
dad, una menor demora de gratificación y una perspectiva de tiempo futuro relativamen
te corta son características de los sujetos delincuentes.
En una investigación, realizada por nosotros (Salcedo y Luengo, 1987) nos propu
simos analizar si los sujetos delincuentes tienen una perspectiva de tiempo más corta que
los no delincuentes y si la institucionalización, que es el "tratamiento" al que se somete a
los delincuentes, afecta a esta perspectiva de tiempo. Para ello, trabajamos con cinco gru
pos de sujetos: un grupo de no delincuentes, un grupo de delincuentes no institucionali
zados y tres grupos de delincuentes institucionalizados que variaban en el periodo de tiem
po que llevaban institucionalizados.

101
Consideramos las perspectiva temporal como un concepto multidimensional y espe
cífico y se obtuvieron datos a través del cuestionario de Trommsdorff y Lamm (1976) que
evalúa las siguientes dimensiones:
a) Una dimensión puramente afectiva (evaluación positiva o negativa del presente,
pasado y futuro).
b) Su interés por el futuro personal y social.
c) Una dimensión cognitivo-motivacional (probabilidad y deseabilidad de ocurren
cia de una serie de eventos)
d) Una dimensión sobre percepción del control interno vs. externo del punto perso
nal.
. e) Extensión del futuro (duración del periodo de tiempo en el que el sujeto sitúa los
eventos del futuro).
Estas dimensiones se evaluaron en relación a áreas específicas de la vida del sujeto
(posición económica, autorrealización, bienestar físico, ocupación y relaciones interper
sonales).
Los resultados obtenidos en este estudio, se pueden resumir en los siguientes:
a) Los delincuentes y no delincuentes, se diferencian en su evaluación afectiva de
los periodos temporales y en su grado de preocupación por el futuro social. Los delin
cuentes evalúan su pasado y su presente como más negativo y muestran menos interés por
el futuro social.
b) La institucionalización afecta negativamente a la PTF del sujeto siendo ésta menos
extensa, más irrealista y más orientada al futuro personal y estos efectos se incrementan
a medida que es mayor el tiempo de institucionalización.
Los resultados de esta investigación son consistentes con los obtenidos por otros
autores (Landau. 1976; Tromsdorff y Lamm, 1980) y vienen a confirmar, en parte, los
resultados de los estudios sobre valores, según los cuales los delincuentes daban menos
importancia a los valores relacionados con el mundo social que con el mundo personal.
Los estudios comentados hasta este momento, parecen demostrar que existen un con
junto de variables relacionadas con patrones de pensamiento, expectativas, reglas perso
nales y los procesos de maduración y desarrollo social que diferencian consistentemente
a los sujetos delincuentes de los no delincuentes. Aunque es necesaria mayor cantidad de
investigación para analizar el peso de cada una de las variables en los distintos tipos de
conducta delictiva y estudios longitudinales que permitan establecer relaciones causales,
los procesos por los cuales se generan estas variables y cómo interactúan con las varia
bles situacionales en la realización de la conducta delictiva, creo que los estudios comen
tados señalan la importancia de tener en cuenta las variables personales al analizar el fenó
meno delictivo y tienen importantes implicaciones para su tratamiento.
El considerar las variables mencionadas, como variables relevantes en el análisis de
la conducta delictiva permite integrar los diferentes aspectos que desde las teorías socio
lógicas se consideran relevantes en el análisis de los procesos de desviación. La familia y
la sociedad juegan un papel importante en todo el proceso de maduración y desarrollo cog-
nitivo-social del individuo y así los factores podrían seguir siendo factores dominantes en
la etiología de la conducta delictiva,si bien las variables de desarrollo personal podrían
explicar la elección individual de implicarse en una actividad delictiva.
Si admitimos que las variables personales analizadas, son relevantes en el análisis
de la conducta delictiva, los procesos de intervención deberían considerar que los sujetos

102
implicados en tales conductas son sujetos deficitarios en sus procesos de socialización y
en sus procesos de internalización de normas y los programas de tratamiento no tendrían
como objetivo prioritario el cambiar conductas, como muchos de los programas que han
fracasado en el tratamiento de los sujetos delincuentes, sino modificar sus patrones de pen
samiento y facilitar un proceso natural de crecimiento que en muchos casos ha sido impe
dido por factores ambientales y familiares. Lo que se intentaría es que los sujetos adopta
sen las normas y reglas de la sociedad convencional.
Desde este punto de vista lo que se propone como estrategias de intervención y que
parecen ser, cuando se analizan programas de tratamiento (Lane y Burchard, 1983; Sarri,
1986) que son con los que se obtienen resultados más satisfactorios, es que éstas deben ir
encaminadas a entrenar al sujeto a resolver problemas dentro de contextos sociales, de
forma que los sujetos desarrollen procesos de pensamiento interpersonal, sean capaces de
pensar en las consecuencias de su conducta y adquieran las habilidades necesarias para la
adaptación a la sociedad.
En este sentido los tratamientos cognitivo-conductuales de entrenamiento en habili
dades de solución de problemas en situaciones de conflicto interpersonal, junto a progra
mas educacionales y técnicas de psicoterapia individual o grupal que se centran en el desa
rrollo de relaciones interpersonales, parecen ser las estrategias de intervención más
prometedoras. (Duguid, 1983; Arbuthnot, J. Gordon, D.A.., 1986; Lochman, J.E. y col.,
1984; Kazdin, A.E. y col 1987).
A partir de los estudios e investigaciones que hemos comentado se puede postular
que el aspecto central en el proceso de intervención debería ir dirigido al desarrollo de
capacidades cognitivas y de metas, valores y expectativas que favorecieran el razona
miento interpersonal. Este desarrollo se tendría que dar a través de un proceso que facili
te la maduración del individuo y ésto se produce dentro de contextos educativos, y no en
ambientes institucionales, tales como los que hasta ahora se han utilizado en nuestro país,
para el tratamiento de jóvenes delincuentes.

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105
ENFOQUES PSICOLOGICOS PARA LA
REDUCCION DE LA CONDUCTA DELICTIVA:
INVESTIGACIONES RECIENTES E
IMPLICACIONES PRACTICAS1
JAMES McGUIRE
Profesor de la Universidad de Liverpool. Departamento de Psicología clínica.

El debate de la efectividad
Desde hace algún tiempo existe en el Reino Unido un supuesto tácito, pero muy
extendido, acerca del trabajo con delincuentes, y aunque sólo unas cuantas personas lo
han articulado explícitamente, se ha convertido en el trasfondo de gran parte del pensa
miento criminológico, de la penología y del trabajo social. Me refiero a la sensación, ante
cualquier intento para alterar o reducir la propensión a delinquir, de que poco o nada dará
resultado: que las expectativas que tenemos sobre la posibilidad de reducir la reinciden
cia son un sueño que probablemente no se realizará, y que por lo tanto no debería influir
en la formación de la política criminal.
A cualquier persona que trabaje con delincuentes esto puede parecer de momento
persuasivo, porque se corresponde directamente con la experiencia real de conseguir cam
bios de este tipo. Al mismo tiempo, parece una visión extremadamente pesimista, ¿cuál

1 Conferencia de clausura de la primera promoción del Master en Criminología. Junio 1992. Traducción de R.
Barberet, J. Montañés y C. Rechea.

107
es su origen? Se deriva de amplias revisiones de investigaciones llevadas a cabo a media
dos de los años 70 en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, que tenían como objetivo
reunir toda la investigación, disponible hasta entonces, sobre estudios "tratamiento-resul
tado" en el trabajo con delincuentes. Estos estudios incluían algunos intentos de experi
mentar con distintos tipos de condenas o disposiciones judiciales, así como el uso de varias
formas de "terapia" con delincuentes de toda clase de ambientes penales. Lipton,
Martinson y Wilks (1975), en los Estados Unidos, y Brody (1976), en el Reino Unido,
estuvieron de acuerdo en dos importantes conclusiones. Una era que las investigaciones
llevadas a cabo hasta ese momento eran metodológicamente defectuosas y que las gran
des variaciones en la calidad del diseño experimental dificultaban la obtención de cual
quier conclusión clara. La otra era que, por lo menos entre los estudios aceptablemente
bien controlados en cuestiones de diseño, los patrones detectados parecían no aportar nin
guna prueba sobre si se podría confiar en algo que funcionara consistentemente. Martinson
dijo (1974):
"Puede ser ... que hasta el momento haya un fallo más radical en nuestras
estrategias: que la mejor educación, o la mejor psicoterapia, no pueden
superar, ni incluso reducir notablemente, , la fuerte tendencia de los delin
cuentes a seguir con su conducta criminal."
Estas declaraciones se repitieron a este lado del Atlántico en las conclusiones de
Brody (1976):
"Los revisores de las investigaciones sobre la efectividad de distintas con
denas o maneras de tratar o formar a delincuentes han llegado de forma
uniforme al acuerdo de que hasta ahora los resultados ofrecen poca espe
ranza de que se pueda hallar fácilmente un remedio fiable y sencillo con
tra la reincidencia ... Los estudios que han obtenido resultados positivos
han sido escasísimos, inconsistentes en sus resultados, y abiertos a tanta
crítica metodológica que no resultan convincentes".
Estas revisiones y las conclusiones sacadas de ellas provocaron un considerable deba
te y controversias apasionadas, sobre todo en los Estados Unidos, acerca de los impor
tantes aspectos implicados en el concepto de "tratamiento correccional" y de la gran can
tidad de fondos públicos que lo mantenían. Se escribieron numerosos artículos en la línea
de estas revisiones, citando sus resultados y aceptando la implicación general de que poco
se podía hacer para reducir la conducta delictiva de los delincuentes.
Durante la década y media que siguió a estas declaraciones, la conclusión de que
"nada da resultado", como se llegó a denominar, se convirtió en verdadera doctrina para
muchos trabajadores del campo de la justicia penal en el Reino Unido. Ahora sabemos
que estas revisiones, llevadas a cabo en los años 70, y las conclusiones sacadas de ellas
eran tremendamente defectuosas: sin embargo su impacto acumulativo ha retrasado la
investigación sobre la rehabilitación de delincuentes casi veinte años. Es mi objeto en esta
conferencia, primero, examinar algunas críticas que se han dirigido a las revisiones de las
investigaciones del "nada da resultado". Segundo, me gustaría repasar los resultados que
han surgido de trabajos e investigaciones mas recientes. Tercero, intentaré sacar conclu
siones sugerentes acerca de posibles direcciones futuras de la investigación en este campo;

108
y de forma especulativa, posibles aplicaciones en la política y práctica penal y peniten
ciaria'.
Siguiendo con el trabajo de Martinson y Brody y sus asociados, algunos años des
pués, varios investigadores reevaluaron sus argumentos y sacaron conclusiones opuestas
a las suyas. Por ejemplo. Blackburn (1980) examinó una serie de estudios llevados a cabo
durante la segunda mitad de los años 70 y los sometió a una serie de tests metodológica
mente bastante exigentes propuestos por Logan (1972). Los estudios tenían que satisfa
cer criterios específicos como el uso de grupos de control, la replicabilidad de tratamien
tos, períodos de seguimiento de dos años mínimo, etc. Blackburn descubrió sólo cinco
trabajos que cumplieran todos sus requisitos. Sin embargo, los cinco dieron resultados en
los que se obtenían reducciones significativas de la reincidencia entre los grupos tratados,
en comparación con los grupos no tratados. Esto está muy lejos de la perspectiva "nada
da resultado" y de que la conducta criminal no es susceptible de cambio.
De forma parecida, Gendreau y Ross (1979) recopilaron una "biblioterapia para cíni
cos", en un volumen de artículos en los que se informaba de resultados positivos en el tra
tamiento de delincuentes. Mcguire y Priestley (1985) compendiaron una lista bastante
amplia de estudios con resultados prometedores e intentaron desafiar la perspectiva (hasta
entonces, muy extendida y establecida) de que nada constructivo se podía hacer para alte
rar patrones de conducta delictiva.
Igualmente perjudicial para la posición de "nada da resultado" fue un artículo de
Thornton ( 1987) en el que reinvestigó una selección de los estudios utilizados por Lipton,
Martinson y Wilks (1975) para llegar a sus propias conclusiones. Al contrario de lo que
habían proclamado Lipton el al., algunos de estos proyectos habían descrito resultados
positivos. En realidad, si nos centramos en los estudios que utilizaron diseños experi
mentales controlados, una cifra cercana al 50% demostraron la ventaja de la intervención
terapéutica. En el resto de los estudios, no se detectaron diferencias y en un caso desafor
tunado la terapia proporcionó una neta desventaja. Pero como señaló Thornton, en línea
con su re-análisis, aunque se podrían plantear muchas preguntas sobre la naturaleza exac
ta de los logros obtenidos, la única conclusión no permitida era la de que "nada da resul
tado".
Asimiladas las lecciones de estas valoraciones desanimadoras de las revisiones de
los años 70, ¿qué se puede hacer? El paso inmediato es tirar a la papelera de la historia la
perspectiva de que poco podemos hacer para ayudar a que los delincuentes cambien; acom
pañado de una apertura hacia una nueva investigación sobre qué es lo que "da resultado".
El segundo paso es un renovado interés, basado específicamente en enfoques psicológi
cos, por el trabajo con delincuentes — debo añadir que sin excluir otros enfoques por las
razones que citaré posteriormente con mas detalle. Hay también —y me gustaría ampliar
esto luego — razones importantes para apoyar al llamado enfoque "cognitivo conductual"
en el trabajo con sujetos individuales.
Hemos revisado la polémica causada por el debate sobre efectividad y el cambio de
opinión, lento pero firme, (ahora acelerándose), desde una perspectiva de desgana sobre
la rehabilitación del delincuente hacia una más constructiva. Es una rara nota a pie de pági
na en la historia de esta polémica que, en paralelo con la discusión entre escuelas de pen
samiento opuestas, Martinson, tal vez el más vociferante del grupo original de revisores,
aceptase después sus propios errores y tomara una actitud completamente contraria sobre

109
las perspectivas que había publicado en 1974. Basándose en una nueva visión de los resul
tados empíricos, en 1979 se refirió a su conclusión inicial de la siguiente manera:
"Basándonos en los resultados de nuestra investigación actual, retiro esta
conclusión. He dicho frecuentemente que el tratamiento añadido a las
redes del sistema penal y penitenciario es "impotente" y retiro esta carac
terización también. Protesté el eslogan utilizado por los medios de comu
nicación para resumir lo que dije, "nada da resultado". La prensa no tenía
tiempo para los vaivenes científicos y llegó al grano mejor que yo. Pero
por todo eso, la conclusión no es correcta."

Las "causas y curas" sociológicas y psicológicas


Si discutiera estos asuntos con un grupo de criminólogos británicos, sería conscien
te de la necesidad de justificar mi argumento de un enfoque psicológico de la conducta
criminal. La situación será distinta aquí en España, o tal vez en este entorno que tenéis
aquí, pero en Gran Bretaña, proponer un enfoque individual sobre delincuentes (y se asume
automáticamente que cualquier enfoque psicológico tienen que ser así) como una mane
ra de reducir las tasas de reincidencia se vería como algo sospechoso, y se recibiría hasta
con cierta hostilidad. Los intentos para explorar los motivos individuales del delincuente,
para analizar actos criminales, para inculcar en individuos el concepto del cambio con-
ductual o personal, se perciben como una manera de "culpar" al delincuente. Pueden enca
sillarse, en última instancia, con teorías del delito arraigadas en supuestos biológicos o en
nociones derivadas de algún tipo de teoría de la personalidad.
Hay varias respuestas que se pueden dar a estas alegaciones, y espero no resultar
paranoico si les dedico un poco de atención. Primero, los modelos criminológicos con una
base puramente sociológica me parecen altamente deterministas. Las objeciones desde un
punto de vista filosófico son que parecen privar a los individuos de la capacidad de tomar
decisiones que de hecho sabemos que toman. Y a nivel empírico, que, dadas las mismas
circunstancias sociales hay gran variación en las reacciones de los individuos (incluyen
do el recurso al crimen). Segundo, muchas teorías criminológicas llegan a incorporar varia
bles sociales y psicológicas de manera válida y constructiva —la teoría de asociación dife
rencial, la teoría del control interno, la teoría del aprendizaje social y otras más. Tercero,
sólo las orientaciones psicológicas más crudas y dogmáticas, como las de Hans Eysenck
o de Yochelson y Samenow, ignoran factores socio-ambientales en sus explicaciones de
la conducta delictiva. Finalmente, y probablemente de mayor relevancia para los objeti
vos actuales, los enfoques que subrayan algún cambio en individuos delincuentes han obte
nido recientemente una considerable evidencia positiva.

Resultados de la investigación actual sobre la efectividad


¿Cómo están los resultados que ahora nos permiten cambiar la conclusión de que
"nada da resultado"? De hecho hay cantidades considerables de ellos, demasiado abun
dantes para detallarlos aquí. Pero un elemento claro que puede dar idea de nuestro pensa
miento global en éste área es el surgimiento, desde mediados de los años 80, de varios
estudios utilizando el nuevo método de meta-análisis. Esto junto con la revisión narrati

110
va tradicional que aparece con más frecuencia en revistas académicas, produce una ima
gen sugerente de lo "que da resultado" en el campo del tratamiento del delincuente.
El meta-análisis conlleva la agregación y el análisis conjunto de muchos estudios
experimentales. Estos estudios pueden tener distintas medidas de resultados; pueden estar
basados en distinto número de sujetos, y hasta variar en el rigor de su diseño experimen
tal. Su impacto se examina en términos de un estadístico común llamado " tamaño del
efecto". Este mide el grado relativo de la diferencia entre el grupo tratado y el grupo de
control desde el comienzo a la terminación del experimento. Se expresa en términos de
"unidades de desviación estándar", para que el grado relativo del cambio pueda repre
sentarse sin importar la naturaleza de la variable que se examina. Así pueden agruparse
distintas series de estudios —por ejemplo, unos que estén mejor diseñados que otros— y
comparase los "tamaños de los efectos" respectivos. Al examinar sistemáticamente varios
tipos de comparaciones, podemos ver si surge una imagen más coherente, que luego podría
servir como base para unas conclusiones más amplias.
Se han realizado hasta ahora un total de siete meta-análisis importantes sobre la rein
cidencia y otras variables relacionadas con el trabajo con grupos de delincuentes.
[Link](1985).
Incluye el primer estudio de este tipo por Garren (1985), donde revisó 1 1 1 trabajos
con más de 13.000 delincuentes. Descubrió un afecto global significativo del tratamiento
en una variedad de medidas de resultados, incluyendo la reincidencia.
2. Gottschalk el al. (1987).
Gottschalk et al, (1987) obtuvieron un afecto más débil, tratando las intervenciones
con base comunitaria.
3. Whitehead& Lab (1989).
Whitehead y Lab (1989), informaron de resultados mayoritariamente negativos, y
descubrieron sólo unos pocos resultados prometedores; pero un examen intenso de su revi
sión demuestra que descartaron todos los estudios con una tamaño del efecto del trata
miento menor a 0'2; un poco raro, dado que la mayoría de los que hacen la política social
se alegrarían si se pudiera obtener de manera rutinaria este tipo de reducción en la reinci
dencia.
4. Losel&Koferl(1989).
Losel y Koferl (1989), , describieron los resultados de los regímenes alemanes
"socio-terapéuticos", e información de un modesto efecto positivo con delincuentes de
larga condena, altamente reincidentes.
5. Izzo&Ross(1990).
Izzo y Ross (1990), compararon programas que tenían un componente "cognitivo"
con otros que no lo tenían, y encontraron como efecto de los primeros una superioridad
notable en términos de reducción de la reincidencia.
6. Andrews el al. (1990).
7. Lipsey (1990).
Finalmente, los dos meta-análisis más amplios y recientes, los de Andrews el al.
(1990) y Lipsey (1990) han obtenido patrones consistentes y paralelos de resultados y han
alcanzado conjuntamente una serie de conclusiones basadas, en el caso de Lipsey, en los
resultados de no menos de 443 estudios. Deseo mencionar dos aspectos específicos deri
vados de estos estudios meta-analíticos. Primero, Lipsey encontró que la mayoría de estu

111
dios que revisó tenían efectos positivos sobre la reincidencia: en el 65% de los experi
mentos que examinó aparecían diferencias a favor del grupo experimental. Segundo
Andrews el al. encontraron que cuando se había planificado correctamente el tratamien
to, según las necesidades del delincuente, y éste había sido identificado adecuadamente
para recibir los servicios, el efecto medio en las tasas de reincidencia se traducía en una
reducción del 53%. Es decir, cuando se diseña y se implementa correctamente los pro
gramas pueden perfectamente "dar resultado".
Todos estos meta-análisis juntos pueden demostrar que el efecto neto del "trata
miento" en los muchos estudios revisados oscila entre el 20 y el 40% y en algunos casos
es más alto. Es una imagen muy distinta a la noción de que "nada da resultado" que hasta
hace poco estancó y desanimó a tanto pensamiento en este campo.
Se puede explicar de otra manera. Imaginemos que somos el ministro de justicia en
un gobierno que se interesa realmente sólo en el coste de todas estas iniciativas. Nuestra
preocupación, en otras palabras, se centra en el coste-beneficio de la intervención. Prentky
y Burgess (1990) trabajaron con este enfoque en un análisis realizado en el centro de
Tratamiento de Massachusetts. Esta institución trabaja con personas que han cometido
delitos sexuales. Utilizando un análisis aduanal complejo, Prentky y Burgess calcularon
el coste de una reincidencia, basándose en la suma de todos los fondos policiales, judi
ciales e institucionales requeridos para intervenir con delincuentes "tratados" y "no trata
dos", respectivamente. El resultado demostró un ahorro neto, por cada acto reincidente,
de unos 6.800.000 ptas. Pero si los costes humanos en términos de victimización y otras
secuelas de la delincuencia no son persuasivos por sí solos, conviene señalar que decidir
no invertir en el tratamiento es una estrategia peor tomada, vista aún es términos pura
mente económicos.
Si juntamos todos los elementos de este conjunto de resultados, ¿Cuál parece ser el
efecto global del "tratamiento sobre los delincuentes? Utilizando lo que puede denomi
narse como "efecto medio en la población" para el conjunto entero de análisis, llegamos
a una cifra entre el 15% y el 20% en términos de la reducción de la tasa de reincidencia
para los grupos de delincuentes "tratados" en comparación con los "no tratados". Sin duda,
algunas cifras son más bajas; y algunas son bastante más altas, de cualquier modo, es un
resultado formidable: ¿Qué comunidad, que tuviera la posibilidad de reducir en una sexta
o quinta parte la criminalidad de sus delincuentes más problemáticos, ignoraría una pro
posición tan atractiva?
También proporciona una sana comparación con otros estudios meta-analíticos que
se han llevado a cabo en otros campos, por ejemplo en otros estudios sobre el cambio de
la personalidad o el progreso terapéutico. Aunque el tamaño del efecto en esos estudios
es típicamente más alto, los datos que utilizan son generalmente menos fiables, como son
los autoinformes de los pacientes o la opinión subjetiva de un clínico sobre sus avances.
Un estadístico de reincidencia, aunque con sus propios problemas de medida, es un indi
cador de cambio de conducta más concreto, verificable y sólido.
Dando un paso más, ¿cuáles son los resultados acumulados en estas revisiones tan
amplias y sustanciales de los componentes de programas eficaces de tratamiento? Si tene
mos en cuento los meta-análisis aquí citados juntos con otros de Mclvor (1990), y
Gendreau y Ross (1987), nos encontramos con una guía clara acerca de lo que "da resul
tado". Las características que parecen distinguir los problemas eficaces de tratamiento de
los no eficaces, basándonos en evidencia plena, se resumen en que los primeros:

112
1. Tienen una mayor probabilidad de identificar delincuentes de alto riesgo.
2. Se enfocan a la conducta delictiva u otras conductas asociadas con ella.
3. Tienen una mayor probabilidad de estar basados en la comunidad (es decir, no son
programas en grandes instituciones).
4. Tienen un enfoque cognitivo y conductual.
5. Emplean un programa estructurado y usan enfoques de tratamientos claros y más
directivos.
6. Demuestran una alta "integridad de tratamiento": los componentes de los progra
mas se implementan cuidadosamente según lo planeado.
Los programas que se muestran como los más valiosos parecen ser los que emplean
alguna combinación de actividad directiva o volitiva con un enfoque permanente en pro
cesos cognitivos, dentro de un programa bien diseñado y estructurado. Por ejemplo, varian
tes cognitivas de formación en habilidades sociales: métodos directos cognitivo-conduc-
tuales como los de formación por auto-instrucción o inoculación del estress; entrenamiento
en resolución de problemas interpersonales; o mejor aún, los programas multimodales,
que contienen todos estos elementos, son el tipo de programa que con más probabilidad
producen los efectos requeridos para la reinserción social y la rehabilitación. Fragmentos
de esta evidencia y las lecciones que nos pueden enseñar se han revisado más ampliamente
en otros estudios (McGuire y Priestley, 1990).
Vamos a examinar algunos ejemplos de estudios con buenos resultados en este
campo. Se ha informado de programas con resultados positivo en varios estudios como
los de Chandler (1975), o de Klein, Alexander y Parsons (1977) que utilizan el entrena
miento en habilidades sociales y métodos parecidos. Chandler utilizó una serie de ejerci
cios de cambio de roles con grupos de delincuentes jóvenes que habían sido clasificados
como "egocéntricos". El proceso de cambio de roles mejoró sustancialmente su capaci
dad para cambiar para cambiar de perspectivas en situaciones interpersonales; además, su
reincidencia en un periodo de seguimiento de 18 meses fue significativamente más baja
que la del grupo de control equiparado. Para estos jóvenes el "egocentrismo" estaba aso
ciado, al marco de referencia con su conducta delictiva.
Un caso más dramático aún es el de Klein et al. (1977) que emprendieron un estu
dio donde controlaba el efecto de la terapia conductista de familia con familias de jóve
nes delincuentes. Los factores de una deficiente comunicación entre padres e hijos y los
altos niveles de conflicto intergeneracional van unidos a menudo con la propensión a delin
quir. La intervención se compuso de un programa de habilidades de negociación para las
familias, que obtuvo efectos altamente significativos no sólo en la frecuencia de conflic
tos familiares sino también en las tasas de reincidencia de los hijos quinceañeros. Otros
grupos de familias incluidas en programas de comparación con terapias psicoterapéuticas
y centradas en el cliente no demostraron ningún cambio parecido.
Vamos a centrarnos ahora en un segundo conjunto de informes, donde el énfasis del
trabajo con delincuentes se ha centrado en el área del control del enfado y de la agresión.
El trabajo pionero de Novaco (1975) demostró que los sujetos podían aprender tácticas
para controlar graves explosiones de ira altamente dañinas. Otros investigadores, siguien
do su línea, han ampliado sus métodos y grupos de identificación para incluir a padres
abusivos y agresores (Denicola y Sandler, 1980; Nomellini y Katz, 1983); a pacientes psi
quiátricos adolescentes (Feindler et al., 1986; Kolko et el., 1981); a presos (McDugall,
Barnett Ashurst, y Willis, 1987); y a pacientes forenses (Stermac, 1987). Ahora existen

113
programas de control del enfado bien investigados para jóvenes delincuentes que utilizan
combinaciones de entrenamiento de habilidades y técnicas de inoculación contra el estress
(Feindler y Ecton, 1986; Goldstein el 1., 1989).
Otro ejemplo de experimento controlado es el trabajo frecuentemente citado de Ross
y sus colegas en el servicio de Probation (Libertad Vigilada) de Canadá. Este grupo de
investigadores desarrolló un programa de entrenamiento cognitivo, titulado
"Razonamiento y Rehabilitación", para trabajar con delincuentes persistentes a quienes
se había identificados como deficientes en habilidades de razonamiento y resolución de
problemas. Los individuos bajo libertad vigilada, que recibieron este entrenamiento, com
parados con grupos de control equiparados, fueron mucho menos propensos a re-delin
quir o a ser re-encarcelados en un periodo de seguimiento de nueve meses.
Las conclusiones de los amplios estudios meta-analíticos y de los experimentos con
trolados, sobre los que se basan son importantes, pero no son la única prueba que puede
aportarse acerca de la reducción de la conducta delictiva. Para suplementarlas, hay ahora
un número sustancial de informes con "diseño de caso único" que describen cómo, en
casos individuales con conductas muy difíciles, es posible alterar y mejorar la propensión
a delinquir. Disponemos de ejemplos de este tipo acerca de una amplia gama de conduc
tas insidiosas, entre las que se incluyen las siguientes:

el robo Reid y Patterson, 1976


Stumphauzrer, 1976

desórdenes de conducta y Foxxelal., 1987


novillos Kolko y Milan, 1983

problemas con el alcohol Lawson, 1983


Milleretal., 1974

Problemas con el control del Bistline y Freiden, 1984


enfado Feindler y Fremouw. 1983

abuso verbal Frederiksen et al., 1976

iras explosivas Foy et al., 1975

incendio provocado Daniel, 1987b

exhibicionismo Daniel, 1987a

incesto Harbert el al., 1974

pedofilia Brownell el al., 1977


Laws, 1980

114
Los métodos empleados en estos estudios comparten características con los identi
ficados como más útiles en los meta-análisis, y con los que usan principalmente de pro
cedimientos cognitivo-conductuales.
Por ejemplo, Lawson (1983) utilizó un diseño sencillo de "A-B" para valorar el
impacto de un programa de tratamiento en el consumo de alcohol de un cliente varón de
un alto consumo. Su tasa auto-informada de consumo de alcohol en el periodo base de dos
semanas fue como promedio de 65 copas tomadas por semana. Durante el "tratamiento",
que consistió en un programa multi-modal que incluía la educación sobre el alcohol y el
entrenamiento de auto-control, su ingestión se había reducido a 10 copas tomadas por
semana en un periodo de doce semanas. Un periodo de seguimiento de tres meses demos
tró que su frecuencia de consumo se había estabilizado en este nivel.
Herbert at el., (1974) utilizaron un sencillo diseño de A-B para evaluar la eficacia de
una técnica conductual, la sensibilización encubierta, sobre los impulsos incestuosos de
un hombre de 52 años que había abusado sexualmente de su hija durante un periodo de
cinco años (desde que ella tenía doce años hasta que tuvo 17). Había dos variables obje
tivo, una cognitiva, la otra fisiológica. La primera consistía en una puntuación obtenida
en una tarea de selección de tarjetas que media su nivel de excitación auto-informado e
interés en respuesta a una serie de escenas descritas en las tarjetas. La segunda consistía
en la circunferencia de su pene medida por un pletismógrafo del pene. La línea base con
sistía en medias de estas variables en sesiones a lo largo de cuatro días. La fase de trata
miento duró 13 días, y se obtuvieron grandes reducciones en ambos índices de excitación
a imágenes desviadas (sexualmente abusivas). Estos cambios se mantuvieron en sesiones
de seguimiento hasta seis meses más tarde.
Un diseño de este tipo también fue utilizado por Daniel (1987) para controlar la eli
minación de la tendencia a provocar incendios de un condenado por incendio premedita
do. Utilizó otra técnica conductual conocida como "saciedad del estímulo". Se pidió al
cliente que encendiera fósforos y los mantuviera con el brazo extendido hasta que se con
sumieran, en sesiones semanales que duraban hasta 50 minutos. El control a lo largo del
tiempo demostró que su tolerancia iba bajando junto con su interés, por una actividad que
anteriormente había sido una experiencia estimulante. Conforme avanzada el tratamien
to declaró haber perdido todo interés por provocar incendios y no se ha informado de nin
guna reincidencia en un periodo de seguimiento de seis meses.
Reid y Patterson (1976) hicieron un uso extensivo de la metodología del caso único
en su trabajo con familias de hijos delincuentes con tasas altas de robo y de agresión en
el hogar. Este estudio fue bastante amplio, con bastantes familias, y para cada familia se
inició un tratamiento con un programa para entrenar a los padres en habilidades para tra
tar niños. Se proporcionó a los padres un manual describiendo tales habilidades, y asis
tieron a sesiones de formación. Estas intervenciones fueron eficaces para los problemas
objetivo utilizándose diseños de caso único separadamente en cada familia para producir
cambios en las tasas de robo y agresión.
Finalmente, se han utilizado diseños de este tipo para evaluar cambios que, aparen
temente, podrían ayudar a los delincuentes jóvenes —aparte de si han reducido su con
ducta delictiva o no— a evitar ser cogidos por la policía. Werner et al., (1977) demostra
ron que era posible enseñarles a modificar su conducta, y a adoptar "una expresión de
querer reformarse", cuando eran interrogados por la policía en la calle. Evidentemente,

115
como con todas las otras tecnologías, ¡ésta puede servir a la sociedad para lo mejor o lo
peor!.
La evidencia hasta ahora es que hay cosas que funcionas y que podemos aislar fac
tores decisivos de ellas para una aplicación práctica. Los métodos con más éxito desde el
punto de vista de asegurar un impacto en la reducción de tasas de reincidencia son prin
cipalmente aquellos derivados de un enfoque cognitivo-conductual, que se centran en alte
rar las características de la relación existente entre los pensamientos y las acciones de un
individuo.
No desearía insistir, por un solo momento, en que los programas enfocados a indi
viduos delincuentes que consisten en el desarrollo de algún método psicológico, son la
única manera de impactar sobre la conducta delictiva. Las investigaciones han demostra
do también que una mayor preocupación o vigilancia por parte del público, o el rediseño
del interior de las tiendas pueden reducir las tasas de robo en domicilio o en tiendas en
localidades específicas. Las modificaciones del medioambiente, en el que se den actos
delictivos, ofrecen oportunidades enormes que se han explorado sólo mínimamente, y cier
tamente traerían también otros beneficios sociales.
Más allá de este tipo de propuestas, quedan los planteamientos más grandes de la
redistribución de la renta, de la distribución adecuada de viviendas y otras condiciones de
vida para los que residen en los barrios de altos índices de delincuencia. Pero ¿cuál es la
probabilidad de obtener alguna de estas propuestas tan ambiciosas? la mayoría de las socie
dades parecen haber vuelto la espalda, si es que alguna vez la afrontaron, a la idea de enfre
narse a los males sociales más fundamentales, de los que la delincuencia es sin duda uno
de sus muchos síntomas. Pensar en estos términos en Gran Bretaña en el momento actual
es arriesgar que te llamen meramente idealista. Mientras las diferencias entre los ricos y
los pobres sigan creciendo, la tasa de delincuencia seguirá creciendo también. Pero argu
mentar que lo segundo es lo producto del primero es una visión ahora casi totalmente desa
creditada, aún con el ejemplo de pruebas tan sobrecogedoras como lo ocurrido reciente
mente en los Angeles.

La investigación aplicada a la práctica


Hay todavía muchas preguntas sin contestar; y queda mucho trabajo por hacer. Mi
opinión que los que trabajan en el sistema de justicia penal puede llegar a ser científicos
empíricos por derecho propio, aplicando métodos con clientes individualmente o en gru
pos y recopilando evidencias acerca de su eficacia. En las áreas de práctica en la realidad
en el campo de la justicia penal, tanto en instituciones como en servicios basados en la
comunidad, muchos trabajadores se sienten ahora suficientemente animados como para
embarcarse en iniciativas propias y evaluarlas.
Sin embargo, no se deben subestimar las dificultades implicadas en todo esto, por
que la estructura de muchos organismos no esta diseñada para animar, y a veces ni siquie
ra para sostener grandes pasos imaginativos. En el siglo XIX Charles Dickens, uno de los
mayores novelistas ingleses, escribió un libro titulado "Pequeño Dorrit" en el que satiri
zó las previsiones hechas para los segmentos más desafortunados de la sociedad. Entre los
departamentos del gobierno que describió en su libro había uno que se llamaba "Oficina
de circunlocución" .Esta oficina garantizaba que, cualquiera que fuera la tarea a hacer, se
establecerían procesos para asegurar que no se pudiera hacer. A veces parece, y no sé cómo

116
se encuentra España al respecto, que las cosas de hoy en día no han cambiado. Existen
[Link] para distintos propósitos, pero su objetivo común parece ser a veces asegurar qUC
el propósito nunca llegue a cumplirse. Más dramáticamente, si quieres intentar algo un
poco imaginativo, la organización tiene una multitud de recursos que en la práctica signi
fican que no se realizará tu idea. Vamos a examinar brevemente algunas barreras con las
que se enfrentan los trabajadores en el Reino Unido para poner en práctica nuevas y valio
sas ideas.
Primero, dentro de los organismos. Antes de plantear cualquier intento de desarro
llar un nuevo enfoque en un programa, hay algunos factores clave que necesitan reflexión
y arreglos. Estos incluyen asuntos de recursos, de lo que se necesitará a nivel práctico para
hacer funcionar un programa; de la organización y el tiempo: hay que reconocer que la
mayoría de los individuos que trabajan a tiempo total tienen sus horas ya comprometidas
y que al mismo tiempo el programa propuesto se tendrá que llevar a cabo dentro del hora
rio laboral normal; del apoyo o acuerdo de los colegas, para asegurar que poner el pro
grama en marcha no llegue a convertirse en una lucha perpetua y estresante. Finalmente,
en el Reino Unido muchas innovaciones han fracasado porque la "cultura" o el "clima"
dentro de una organización tiene una influencia amplia y omnipresente sobre lo que se
piensa que se puede hacer dentro de ella. Este problema, con todo lo intangible y amorfo
que pueda ser, tiene que afrontarse si se quiere conseguir el éxito.
Una segunda serie de cuestiones en la planificación eficaz de programas surge cuan
do consideramos a los propios delincuentes. Muchos de ellos pueden no estar interesados
en, o impresionados por, los resultados que demuestran que hay maneras de reducir sus
tasas de reincidencia. Sencillamente, cuando hay otras elecciones disponibles hay que per
suadirles para que se apunten a estos programas que tienen que hacerse lo más atractivos
posibles. Es importantísimo, entonces, dedicar algún tiempo al tema de la identificación:
una definición nítida de a quién sirve el proyecto, cuáles son sus objetivos y si puede real
mente alcanzarse. Una segunda dificultad en Gran Bretaña es la del acceso igualitario a
los programas de todos los que potencialmente se beneficiarían de ellos. Por ejemplo, a
veces se discriminan aún más a las delincuentes femeninas o a las minorías étnicas en la
provisión de servicios para delincuentes. Ambos problemas se juntan en el proceso prác
tico de "reclutar" o atraer a clientes para un proyecto. Se necesita buena comunicación y
buena distribución, relaciones verticales y horizontales dentro de un organismo para ase
gurar que se haga un esfuerzo máximo para alcanzar la mayor audiencia posible.
El tercer dominio que necesita atención es el ambiente externo. Ninguna organiza
ción existe en el vacío; los procesos de toma de decisiones con otros organismos son nece
sarios para cualquier trabajo en la justicia penal. Es de suma importancia en el Reino Unido
cultivar relaciones con los tribunales y el personal legal cuando se está promocionando
nuevos programas.
Finalmente, la aplicación apropiada de programas correccionales o rehabilitadores
eficaces requiere incluir, como parte intrínseca del proceso de cambio, procesos de vigi
lancia y evaluación. El desarrollo de una amplia gama de métodos para llevar a cabo tal
evaluación ha sido un residuo muy importante de este enfoque.
También tenemos que reconocer, por supuesto, que aún si se resolvieran todos estos
problemas de implementación y aún si se desarrollaran y se establecieran programas exce
lentes, probablemente sólo podrían aplicarse a un pequeño número de personas que delin
quen en un país dado, a lo lago de un año cualquiera. Hay de verdad una restriccion en el

117
número de delincuentes que se pueden tratar de esta manera. Esto no quiere decir, sin
embargo que no merezca la pena embarcarse en tales programas, por dos razones: prime
ro el tipo de trabajo que hemos tratado aquí está hecho para (y los resultados de los meta-
análisis lo apoyan) delincuentes persistentes, quienes de hecho son responsables de una
proporción alta de la delincuencia oficial. Segundo, se necesita ver tales programas como
parte de una red de otras formas de intervención, muchas de las cuales serían de más baja
intensidad y a lo mejor no con el requisito de tener un enfoque "cognitivo-conductual".
Puede crearse una amplia red de programas, comprometiendo a las instituciones y la comu
nidad, compuesta por varios niveles de trabajo enfocados hacia los niveles de riesgo y las
necesidades de poblaciones selectivas de delincuentes. Estamos empezando a aprender lo
suficiente de lo segundo como«para poder tomar decisiones relativamente sólidas acerca
de la distribución y asignación de recursos para muchas clases de problemas asociados
con la delincuencia. Nuestra información es todavía incompleta pero lo suficiente para
que zonas locales den grandes pasos y al hacerlo, se enfrenten con preguntas todavía sin
contestar.
En la psicología clínica nos animan a adoptar un modelo de trabajo conocido como
el "científico-practicante". Puede parecer más grandioso escrito de lo que es en realidad.
Pero el principio fundamental es eminentemente sólido. Nos hace plantear cualquier pro
grama de trabajo, sea con un individuo, un grupo, o una organización, no sólo como la
"práctica" de nuestra profesión , sino también como "experimentación". Debemos estar
constantemente planteándonos preguntas, recogiendo datos, probando hipótesis y revi
sando nuestras perspectivas sobre nuestro trabajo. Este proceso puede aplicarse cuando
trabajamos 'terapeuticamente' con un solo delincuente, o de forma 'gerencial' dentro de
un organismo diseñado para realizar una función concreta dentro del sistema de justicia
penal. El siguiente paso en el proceso de implementar la justicia es adoptar este enfoque
racional y empírico y aplicarlo enérgicamente al problema de qué es lo que puede ayudar
a los delincuentes a cambiar.

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121
SOCIOLOGIA CLINICA: APLICACIONES PARA
LA PREVENCION DE LA DELINCUENCIA1
JAN MARIE FRITZ, PH.D., CCS.2
Universidad de California. Presidente del Grupo de trabajo de Sociología Clínica
de la Asociación Internacional de Sociología.

Este trabajo define la sociología clínica y trata el papel de la disciplina en la defini


ción, análisis y reducción de problemas sociales. Se presta particular atención en el mismo
a un programa de control del tabaquismo que fue aplicado a un grupo de delincuentes juve
niles albergados en centros de tratamiento residenciales en California, el Estado más gran
de de Estados Unidos en cuanto población (más de 30 millones).

Definición de la Sociología Clínica


En los Estados Unidos las palabras "clínico" y "sociología" fueron vinculados por
primera vez en 1930. Milton C. Winternitz, un patólogo y decano de la Facultad de
Medicina de Yale. quería establecer un departamento de sociología clínica. Había empe
zado a desarrollar sus planes desde 1929 y escribió (Winternitz, 1930a) sobre su propuesta
de departamento en un informe publicado en el Bulletin de la Universidad de Yale. Ese
mismo año — 1930— Winternitz (1930b) mencionó la sociología clínica en un discurso
con ocasión de la inauguración del nuevo edificio de ciencias sociales de la Universidad

1 Traducido por Rosemary Barberet.


- Departamento de Sociología, California State University, San Bernardino, 5500 University Drive, San
Bernardino, California 92407-2397 EEUU.

123
de Chicago y Abraham Flexner (1930), director del Instituto para estudios avanzados en
Princeton, mencionó la propuesta para la sociología clínica de Winternitz en su obra
Universities: American. English, German.
La primera discusión publicada sobre sociología clínica por un sociólogo apareció
en 1931. Louis Wirth (1931a) publicó un artículo titulado "La sociología Clínica" en la
American Journal of Sociology y además publicó un panfleto sobre las carreras socioló
gicas donde identificó la sociología clínica como "una de las divisiones importantes de la
sociología".
Se han publicado discusiones sobre el enfoque "clínico" de los sociólogos y de la
"sociología clínica" por lo menos cada dos o tres años durante los últimos sesenta años (Fritz,
1989, 1991a). La definición ha contenido normalmente varios enfoques-análisis, investiga
ción, e intervención. La literatura norteamericana, a lo largo de los últimos diez años, ha
enfatizado particularmente la intervención.
La sociología clínica se define aquí como un campo multidisciplinar, humanístico,
enfocado en el análisis y la intervención. El análisis clínico es la evaluación crítica de cre
encias, políticas y/o prácticas con la idea de mejorar la situación. La intervención, es decir,
la creación de nuevos sistemas tanto como el cambio de los sistemas existentes, se basa
en el análisis continuado (Fritz, 1991b).
El término "sociología clínica" no se refiere únicamente a aplicaciones médicas
como puede ser trabajar en un hospital y proporcionar consejo o socioterapia. Mientras
que el término "clínico" originalmente significaba "de cabecera", se utiliza hoy en día en
varias disciplinas para indicar el uso de enfoques analíticos en entornos diversos.
Los sociólogos clínicos tienen sus áreas de especialización —entre las que se encuen
tran la de organizaciones; salud y enfermedad; forense; geriatría y sistemas sociales com
parados— y desempeñan variadas funciones. Son, por ejemplo, especialistas de desarro
llo organizacional; socioterapeutas; interventores de conflictos; gestores de política social
y administradores. Los sociólogos clínicos utilizan una metodología cualitativa y/o cuan
titativa para la evaluación.
Los sociólogos clínicos mantienen una variedad de enfoques teóricos. Son general
mente eclécticos, es decir, reúnen enfoques de las distintas disciplinas que han estudiado.
Normalmente un enfoque teórico —por ejemplo, la teoría de sistemas, la interacción sim
bólica, la teoría del conflicto— es la base del trabajo del sociólogo clínico y se combina
con otro u otros enfoques más. Una combinación de enfoques (por ejemplo, la teoría del
conflicto con el conductismo; la interacción simbólica y el estructuralfuncionalismo) pue
den ser la vía más adecuada para analizar un problema o intervenir en un sistema.
El papel del sociólogo clínico puede necesitar estar en uno o más niveles de enfo
que, desde el nivel individual al nivel inter-social. Aunque el sociólogo clínico se espe
cializa en uno o más niveles de intervención, la aplicación de la teoría social, sus con
ceptos y métodos a la práctica requiere una habilidad especial. El sociólogo clínico debe
ser capaz de no sólo reconocer los varios niveles de intervención sino de moverse entre
estos niveles para el análisis y la intervención (Freedman, 1984).

La confrontación de nuestros problemas sociales


Cada país —dependiendo de su nivel de desarrollo económico, sus prioridades y su
voluntad para percibir y responder a sus necesidades— identificará, analizará y tomará

124
medidas para aliviar sus problemas sociales. Los sociólogos clínicos, como los de otras
disciplinas, pueden ayudar y están ayudando a resolver o por lo menos reducir tanto los
problemas en su país como en ambientes multinacionales. Mas que hablar de las contri
buciones de ciertos individuos, sería mejor que nos fijáramos en el tipo de contribución
que se podría esperar, en general, de los sociólogos clínicos.
Esta contribución se distinguirá dependiendo de ciertos factores como pueden ser la
titulación (licenciatura, Master o doctorado), la duración y el tipo de experiencia y las
áreas de competencia. Muchos sociólogos clínicos en los [Link]. solicitan la certificación
profesional como tales.-1 Las siguientes contribuciones, en general, son de esperar de soció
logos clínicos doctorados:
Análisis teórico: El sociólogo clínico ha tenido amplia formación en teoría. El resul
tado es un gran conocimiento de una gama de teorías importantes y de dos o más disci
plinas que afectan su área de especialización. El sociólogo clínico debe:
— tener la capacidad de llevar las teorías a la práctica.
— reflexionar periódicamente sobre su propio enfoque teórico y los efectos que pue
den tener en el trabajo llevado a cabo.
— proporcionar una perspectiva teórica, cuando sea necesaria, para clientes, cole
gas, empleadores y miembros interesados de la comunidad.
Perspectiva de los sistemas sociales. La formación del sociólogo enfatiza el enten
dimiento del sistema social—una configuración de posiciones, roles y normas como una
fuerza dinámica por un lado, del efecto de ser miembros de sistemas sobrepuestos por otro.
Los sociólogos clínicos deben tener conocimientos de los sistemas, deben poder mover
se entre la teoría y la práctica cuando trabajan con sistemas y deben ayudar a individuos
y grupos de evaluación y el posible cambio de sistemas.
Niveles de análisis. El sociólogo clínico debe concentrarse en un nivel de análisis
(por ejemplo, el individuo, el pequeño grupo, la organización, la comunidad local, el nivel
internacional) cuando empieza un proyecto de intervención. Pero la traducción de teoría
social, sus conceptos y métodos a la práctica requiere una capacidad para no solamente
reconocer los varios niveles sino para moverse entre estos niveles para análisis e inter
vención.
Sofisticación metodológica. El sociólogo recibe una formación extensa en metodo
logía de la investigación. Los sociólogos clínicos no sólo deben conocer las ventajas y
desventajas de los métodos cualitativos y cuantitativos en sus ambientes prácticos. Un
sociólogo clínico debe también recomendar los métodos apropiados, teniendo en cuenta
los objetivos de las partes interesadas, las consideraciones éticas y los recursos disponi
bles.

3 La Sociologica! Practice Association (SPA) ha certificado a los sociólogos clínicos desde 1984. Para conse
guir el título "sociólogo clínico certificado", un individuo debe presentar un expediente adecuado que incluya docu
mentación sobre su formación y su experiencia. El solicitante debe haberse formado en sociología y en otra discipli
na relacionada, debe haber sido supervisado, debe haber escrito declaraciones teóricas y éticas y debe proveer
recomendaciones. Si el comité certificante declara que el expediente es aceptable, el solicitante es invitado para dar
una demostración delante de sus colegas y el panel certificante. El solicitante forma parte de la discusión posterior
con el público y luego se reune en privado con el panel certificante. Este evalúa el solicitante y elabora un informe
recomendándole (o no) al comité certificante.

125
Habilidades de intervención. Un sociólogo clínico deberá tener una formación inter
disciplinaria y suficiente experiencia en la intervención en su área de especialización. El
sociólogo certificado debe ir más allá del mero apuntar unas cuantas dificultades en una
situación determinada. El sociólogo clínico proporcionará análisis, sugerirá maneras alter
nativas para confrontar una situación, y, cuando sea posible, iniciará o ayudará a iniciar
la intervención. En cualquier intervención, el sociólogo clínico está obligado a observar
la ética profesional y debe identificar y confrontar los problemas éticos que pueden sur
gir-
Área de conocimiento especializado. Cada sociólogo clínico, tiene un marco de refe
rencia que enfatiza factores sociales (por ejemplo, condiciones socioeconómicas, etnici-
dad, sexo) y por lo menos una de dos áreas de competencia especial —por ejemplo, la pro
moción de la salud, la criminología counseling, la organización comunitaria o la política
social. Un sociólogo clínico debe trabajar en áreas donde tiene una pericia particular, y
debe advertir a las partes interesadas antes de iniciar un trabajo que caiga fuera de sus
áreas especiales de conocimiento o intervención.
Claro está, los sociólogos clínicos no son los únicos que pueden hacer este tipo de
contribuciones, Sin embargo, es cierto que distintas disciplinas generalmente enfatizan
una o más áreas de la lista arriba mencionada y dan poca importancia a las otras. Los pro
gramas de sociología, por ejemplo, hacen hincapié frecuentemente en algunos factores
explicativos (por ejemplo, decisiones económicas o políticas, sistemas de estratificación),
alguna teoría social y metodología de la investigación en particular. Muchas veces no pro
porcionan una formación supervisada en la intervención y por eso, muchos sociólogos clí
nicos han tenido que recibir esta formación fuera de su carrera de sociología.

La delincuencia Juvenil en los Estados Unidos

Hace un año la Comisión Nacional Americana sobre Infancia4 concluyó dos años y
medio de intensa investigación sobre los problemas que confrontan los niños estadouni
denses y sus familias. Los miembros de la comisión repasaron la bibliografía disponible
y patrocinaron un proyecto nacional de opinión pública para entender las actitudes y cre
encias del público. También mantuvieron audiencias, formaron parte en plenos munici
pales y llevaron a cabo visitas y grupos de discusión en once comunidades por los Estados
Unidos.
La comisión concluyó (National Commision on Children, 1991: XVIII):

Si medimos el éxito no sólo por lo bien que salen la mayoría de los niños,
sino por lo mal que algunos lo pasan, América lo está haciendo muy mal.

4 La Comisión Nacional Sobre la Infancia fue establecida por la Ley Pública 100-203 con la intención de ser un
grupo de información y apoyo para los niños estadounidenses. Los 34 miembros de la comisión fueron nombrados
por el Presidente, el Presidente pro tempore del Senado y el Presidente de la Cámara de Representantes. El Presidente
de la comisión fue John D. Rockefeller IV, un senador de Virginia del Oeste. La comisión entregó un informe final al
Presidente de los Estados Unidos: al Comité sobre Finanzas y al Comité sobre Trabajo y Recursos Humanos del
Senado; y a los Comités sobre Presupuestos, la Educación, el Trabajo, la Energía y el Comercio de la Cámara de
Representantes.

126
Uno de cada cuatro niños es criado por un solo padre. Uno de cada cinco
§5 ft(W¿. Medió millón nacen anualmente de adolescentes mal prepara
das para asumir las responsabilidades de la paternidad. Un número cada
vez mayor es minusválido antes de nacer por culpa del abuso de drogas
de sus padres. Otros viven entre la violencia y la explotación, en muchos
ocasiones provocadas por el próspero tráfico ilícito de drogas. Niños
pobres —y ricos también— confrontan futuros limitados cuando su ense
ñanza es inadecuada y tienen pocas oportunidades para el enriquecimiento
cultural y la integración en su comunidad...
Estas condiciones han contribuido a nuestro problema de delincuencia juvenil5. Otros
posibles factores: el tamaño de la población juvenil y la influencia de una población que
incrementa la oferta de propiedades susceptibles de ser robadas. Otro factor es el número
de casas desprotegidas porque toda la familia trabaja fuera de casa o porque participan en
actividades de ocio que tienen lugar también fuera de casa.
La tasa de detención para los jóvenes es bastante más alta que hace dos décadas aun
que ha bajado algo durante los años 80, debido a unos cambios que favorecen el trata
miento informal de los llamados "infractores de estatus" (por ejemplo, los que se fugan
de casa, los ausentes escolares), en lugar de su detención. Según su informe expedido por
el gobierno federal (Snider, Finnegan, Nimick, Sickmund, Sullivan and Tierney, 1989:5):
Entre 1984 y 1985, el número de casos de delincuencia juvenil procesa
dos formalmente por los tribunales de menores en un 7% ... El mayor cre
cimiento fue en los casos de delitos de drogas, donde hubo un crecimiento
de 20%. El número absoluto de casos y la tasa de aumento dentro de las
tres otras categorías de delito (contra las personas, contra la propiedad, y
contra el orden público) también aumentó, pero no tanto.
Los blancos representan tres cuartas partes de todos los casos resueltos por los tri
bunales de menores pero el número de hispanos y negros que aparecen ante estos tribu
nales es más alto que su proporción de la población nacional. Los varones representan el
85% de los casos delincuentes y dos tercios de los casos de los tribunales de menores se
originan en zonas urbanas. Es importante notar, sin embargo, que "la delincuencia por
parte de chicas, blancos y las clases medias y altas es generalmente subestimada en la esta
dística oficial" y que factores sociales (más que factores biológicos) explican por qué algu
nos grupos minoritarios tienen tasas altas de delincuencia (Bynum and Thompson,
1992:66,63).
Un método para controlar formalmente a delincuentes juveniles es encarcelándoles
en casas hogares, en centros de detención o en reformatorios. Según cifras recientes, la
tasa nacional de custodia de jóvenes ha aumentado continuamente de 1 975 hasta 1 987. En

5 La palabra "juvenil" se referirá aquí a jóvenes de diez a diecisiete años. La mayoría de edad, en casi todas las
jurisdicciones, es dieciocho. En 1986 la población juvenil formaba el 11 '5% de la población de los Estados Unidos
(Bureau of the Census, 1986:22).

127
la fecha de la encuesta en 1987, 91.646 jóvenes estaban bajo custodia a nivel nacional6 y
19.000 de éstos lo estaban en California. Mientras que muchos estados han trasladado a
sus jóvenes de centros públicos a centros privados más pequeños, California tenía 14.712
en centros públicos y sólo 4.447 en centros privados (Flanagan and Maguire, 1990:559-
60).

Actividades de control del Tabaquismo en California


En 1988 los votantes de California aprobaron la Proposición 99 (la iniciativa de
impuestos de California). Esta proposición añadía un impuesto de 25 centavos por paque
te de cigarrillos (al impuesto ya existente de 10 centavos), con un aumento proporcional
de impuesto en otros productos de tabaco. El dinero recaudado por la venta de tabaco es
utilizado para la prevención del tabaquismo, su cese, su tratamiento y la investigación.
El esfuerzo californiano anti-tabaco es único. El programa, administrado por el
Departamento de Salud y el Departamento de Educación del estado, es el mayor, más com
prehensivo y más ambicioso esfuerzo de educación en sanidad pública nunca iniciado en
el ambiente de control del tabaco. El esfuerzo se dirige particularmente a los jóvenes y a
los miembros de grupos minoritarios. El objetivo es reducir el consumo de tabaco en el
estado hasta el 73% antes de 1999.
Elizabeth Klonoff, una psicóloga, y yo, por otra parte del Instituto de Salud y
Conducta de la Universidad Estatal de California en San Bernardino, solicitamos fondos
del Departamento de Salud del estado de California. Ahora llevamos varios programas de
prevención para alumnos entre 13-19 años de edad. Hemos iniciado también un progra
ma con cargos públicos electos o designados directamente(por ejemplo, alcaldes, conce
jales) en 43 ciudades.

Control del tabaquismo y delincuencia


El proyecto que voy a describir hoy ha sido llevado a cabo a lo largo de un año con
delincuentes juveniles (chicos y chicas) que vivían en dos centros residenciales públicos
en un condado de California. Los jóvenes eran de 15-19 años de edad y la mayoría esta
rían en estos centros por menos de un año. Antes de empezar el proyecto, tuvimos un grupo
de discusión en uno de los centros para enterarnos de las opiniones de los jóvenes sobre
la juventud, la comunidad y el liderazgo.
El proyecto de control del tabaquismo era parecido a los que estábamos llevando a
cabo con chicos de BUP. Las dos directoras de proyectos (ayudados por tres estudiantes
universitarios) se reunían con grupos de 15-25 delincuentes. Los grupos veían unas dia
positivas y hablaban del cambio en el uso del tabaco en los Estados Unidos en los últimos
cincuenta años y la campaña de la industria tabacalera para convencer a los jóvenes de
utilizar sus productos. A los jóvenes también se les enseñaba cómo funcionan las agen
cias publicitarias y cómo se desarrolla una campaña publicitaria.

6 Los datos reflejados aquí fueron recaudados en fechas concretas. Las cifras serían mucho más altas si uno aña
diera todos los jóvenes ingresados a lo largo del año en los centros públicos y privados. Las cifras nacionales de admi
sión para 1987, por ejemplo, fueron 590.654 para centros públicos y 125.954 para centros privados.

128
\m jóvenes fugmn divididns en gmiws más iwtoite y M upupas AmM fintas
un nombre para sus "agencias". Nos acercábamos a cada agencia y le pedíamos que desa
rrollara un anuncio contra el tabaquismo para la televisión. Cada agencia tenía que deci
dir sobre un objetivo para el anuncio (por ejemplo, mujeres embarazadas, adolescentes
negros), escribir un guión y actuar el anuncio. Proporcionábamos los materiales que nece
sitaran y un equipo de cámara.
Al final del periodo de seis o siete semanas de reuniones semanales de una o dos
horas, los grupos se reunían para ver los anuncios. Después de la representación cada par
ticipante recibió una camiseta, (las camisetas eran todas del tamaño grande y eran de los
colores de un popular equipo de fútbol americano. Las camisetas tenían nuestro logotipo
y el nombre de la universidad). Una cinta de video de los anuncios fue entregada a los cen
tros residenciales para su uso propio.

Lecciones del proyecto


Los proyectos de control del tabaquismo están generalmente basados en la informa
ción (para aumentar conocimientos) o en la discusión (para cambiar actitudes y la con
ducta) (Bruvold, 1990:143). Intentamos alcanzar ambas metas pero también queríamos
enseñar algunas de las habilidades sociales necesarias para obtener empleo, ampliar los
intereses de los participantes y animarles a considerar una carrera universitaria. Como éste
era nuestro primer intento con delincuentes en centros residenciales de tratamiento, que
ríamos asegurarnos de que tendríamos la oportunidad para aprender, cambiar de dirección,
énfasis, timing o producto.
Entre las lecciones que aprendimos:
1. La importancia de llevar a cabo un grupo de discusión antes de empezar con el
proyecto. El grupo de discusión no estaba vinculando de ninguna manera con el
proyecto de control del tabaquismo. Era un lugar donde poder aprender cómo los
participantes ven el mundo y cómo se tratan entre sí. Queríamos entender las jerar
quías de valores y enterarnos de los intereses y objetivos de los participantes.
Este esfuerzo nos proporcionó gran cantidad de información y fue particularmen
te emocionante para mi asistente. Estuvo tan emocionada y desconcertada por lo
que oyó que, sin darse cuenta, dejo de tomar apuntes durante la sesión.
La información generada por un grupo de discusión puede proporcionar un pri
mer paso excelente para el esfuerzo de intervención. Puede ayudar al equipo inter
ventor a tomar decisiones sobre el programa, incluyendo saber cómo piensan rela
cionarse con los participantes.
2. La importancia del apoyo del personal para el esfuerzo desde todos los niveles
de la institución. Tuvimos sesiones de formación antes de empezar con el pro
grama oficial para que pudieran enterarse de nuestros objetivos y para que noso
tros pudieramos beneficiarnos de sus consejos. Aún así, todavía fue difícil con
trarrestar la presencia de "guardias aburridos" durante las sesiones de grupo o
simplemente tratar de evitar otros tipos de interrupciones.
3. La importancia de variar el tamaño de actividades de pequeño grupo. Los parti
cipantes se sienten muchas veces intimidados o tímidos en grupos grandes o por

129
la presencia de algunos compañeros. Variando el tamaño y los miembros de los
grupos, logramos incrementar el nivel de participación.

4. La importancia de la formación en habilidades sociales. Tal vez una de las cosas


más importantes que ofrecimos a los jóvenes era una visión sobre cómo las deci
siones se tomarían en una agencia publicitaria. Trabajamos con ellos para diseñar
"normas" aceptables de participación. Estas "normas" —como estar en desacuer
do, donde sentarse, cómo controlar el lenguaje corporal, cómo entender normas
sobre el habla y el tiempo— se encuentran en muchas situaciones de empleo.

5. La importancia de ser modelos. Sabíamos que las investigaciones científicas (por


ejemplo, Jones, Kline, Habkirk and Sales, 1990: 187) había demostrado que el
factor más importante en un programa eficaz podría ser la comunicación eficaz
del profesor, su afecto y habilidades interpersonales. Hicimos hincapié en esto a
la hora de formar nuestro personal y reservamos suficiente tiempo para compar
tir impresiones para que los jóvenes pudieran enterarse de nuestras decisiones
sobre la educación y el trabajo. Los estudiantes universitarios que fueron los ayu
dantes para este proyecto no eran mucho mayores que delincuentes y ayudaban a
demostrar que jóvenes de los mismos barrios que ellos podrían sacarse una Carre
ra universitaria.

6. La importancia de romper el síndrome adulto=enemigo. Muchos jóvenes ven a


sus padres y otras personas de autoridad como personas que proporcionan recur
sos financieros o como un lugar donde quedarse pero no como personas que pue
den ayudarles a la hora de pensar y debatir sobre los dilemas de la vida.
7. La importancia de reconocer a las pandillas de delincuentes. De la misma mane
ra que los niños pequeños prueban a sus padres para aprender los "límites", los
jóvenes probaron a los líderes del proyecto para ver si podían "colarle uno." Hizo
falta, por ejemplo, encontrar estrategias que nos sirvieran para reconocer cualquier
signo de la existencia de pandillas delincuentes. Era particularmente interesante
dado que estábamos creando productos de video y no queríamos que éstos inclu
yeran nombres, señales o colores de las distintas pandillas. Resolvimos este pro
blema de distintas maneras pero dejamos entender a cada grupo que si sólo una
persona violaba esta norma significaría que el producto final no sería exhibido.

8. La importancia de ayudar a los jóvenes a ver la posibilidad de un futuro. Varios


participantes pensaban que se morirían dentro de los próximos años o que pasarí
an la mayoría de su tiempo en la cárcel. Gente que piensa que no tienen nada que
perder pueden actuar como si así fuera realmente.

9. La importancia de dejar a los participantes la flexibilidad de ser creativos. Los


directores del programa tienen que trabajar dentro del horario de la institución y
tienen que obedecer otras normas de la institución (por ejemplo, no se permiten
camisetas demasiado grandes, o la necesidad de llamar al personal con las llaves
para dejarte entrar y salir de una habitación). Tienes que trabajar de verdad para
animar la creatividad.

130
10. La Importancia de decidir (de antemano) sobre IVtttO VUS ít IkVít1' IílS ílCliVÍdU-
des si hay una complicación. Las chicas delincuentes, por ejemplo, hablaban con
otra estaba dando la lata y le pedían que cesara. Los chicos raras veces lo hacían
Una estrategia particularmente útil fue la elaboración para cada grupo de una lista
de las normas básicas de participación (por ejemplo, cada persona debe ser un
participante activo en las decisiones del grupo). Una de las normas básicas fue
cada miembro del grupo tenía que asegurar que se prestara atención a las nor
mas.
11. La importancia del estudio de la interacción entre el personal del proyecto y los
jóvenes. Los estudiantes sin formación suficiente pueden decir o hacer algo que
conduzca a una situación difícil y no saber qué hacer para rectificarla. Un pro
grama menos autoritario tiene más potencial para conseguir el cambio de actitu
des y conductas pero también puede llevar a malentendidos entre el personal de
proyecto y los participantes.

Conclusión
Cada vez hay más fondos disponibles para programas de prevención —programas
que intentan hacer a la gente más sana y a nuestras comunidades más seguras. El progra
ma de control del tabaquismo descrito aquí es uno de estos programas. Este esfuerzo puede
tener o no un efecto sobre el uso del tabaco pero como otros programas de prevención, se
dirige a individuos y tiene la posibilidad de ampliar la gama de experiencias positivas del
participante.
Los sociólogos clínicos y otros que llevan a cabo programas de prevención tienen
que recordarse a sí mismos que tales programas se centran casi exclusivamente en las acti
tudes y la conducta de los participantes. Los que dirigen estos programas tienen que recor
dar que otra parte de su tarea (aún si no está incluida en los objetivos de la entidad patro
cinadora) es trabajar con la dirección del centro, con antiguos participantes y con los que
desarrollan la política social para ver de que manera los elementos positivos de estos pro
gramas pueden ser incorporados en los programas continuados de la institución.
Los sociólogos clínicos también deben ayudarnos a entender que lo que hemos iden
tificado como el problema (por ejemplo, la delincuencia juvenil) puede ser que no sea el
problema real. Necesitamos centrar nuestro esfuerzo en la prevención real y muy tem
prana. Esto significa desarrollar programas a nivel local y nacional que se dirijan a pro
blemas sociales (por ejemplo, tanto problemas estructurales como el desempleo, una edu
cación deficiente, la imposibilidad de adquirir una vivienda, la "subcultura depredadora"
que incluye "valores y conductas autodestructivas" (Taylor, 1988:16) que alimentan la
delincuencia juvenil. Necesitamos trabajar juntos para romper el yugo inmovilizante del
presente y para visualizar de qué manera las cosas pueden ser diferentes.

131
EL TRATAMIENTO DE LOS PSICOPATAS
ADICTOS A LAS DROGAS Y/O AL ALCOHOL
CRISTINA ESTEBAN
Departamento de Psicología Básica. Universidad de Valencia

VICENTE GARRIDO
Profesor Titular del Departamento de Teoría de la Educación. Universidad de
Valencia

CARMEN MOLERO
Departamento de Psicología Básica. Universidad de Valencia

INTRODUCCIÓN
Este artículo tiene como objetivo principal, realizar una revisión de los estudios más
actuales, (comprendidos entre los años 1985-1991), referentes al estudio del tratamiento
de los psicópatas adictos a las drogas y/o al alcohol, dada la alta prevalencia con la que
estos trastornos coexisten en un mismo individuo.
Sin embargo, habría que señalar que a lo largo del cuerpo científico, referido a la
investigación acerca de la psicopatía, no existe un acuerdo unánime respecto a la nomen
clatura y en ocasiones acerca del constructo o definición de la Psicopatía.

Evolución del concepto de Psicopatía


La psicopatía ha sido siempre un concepto escurridizo para los científicos sociales.
Aunque en la actualidad tiende a considerarse el término "psicopatía" como sinónimo de
"Trastorno Antisocial de la Personalidad", hasta 1930 era utilizado como un rótulo gené

133
rico referido a varios tipos de patología, resultante de alguna forma de un defecto consti
tucional, es decir, se le otorgaba connotaciones biológicas, (Gertsley et al., 1990).
La clasificación diagnóstica de psicopatía comenzó probablemente con la psiquia
tra francés Pinel(1809); quién empleó la calificación original de manie sans delire para
aquellas personas que mostraban acciones notablemente atípicas y agresivas.
Pritchard (1835) en Inglaterra, acuñó la frase "moral insana" para designar a aque
llos cuya moral y humor están fuertemente perturbados o depravados; cuyo poder del auto
control está ausente o muy deteriorado y a aquellos individuos incapaces de hablar o razo
nar acerca de algún tema propuesto, así como de conducirse por sí mismos con decencia
y propiedad en los quehaceres de la vida.
En 1988 Koch sustituye el término "moral insana" por el de "psicopatía inferior", ya
que el término de "moral insana" había suscitado fuertes objeciones (religiosas, jurídicas,
etc.). Este termino se convirtió más tarde en el de "personalidad psicopática" (McCord y
McCord, 1964.)
Por ejemplo Kahn (1931) describe a los psicópatas como: "una variedad confusa de
los histéricos, compulsivos, desviados sexuales, y psicóticos límite" (McCord y McCord,
1964, p.28).
Gran parte de la comunidad psicológica rechazó eventualmente el concepto de psi
copatía por ser inviable, sin sentido y moralista. Sin embargo a pesar de ello el término de
personalidad psicopática llegó a ser ampliamente aceptado. Y también el nombre del sín
drome bajo el que se da la alteración desde "psicopatía agresiva", "psicopatía histérica",
"psicopatía esquizoide" y sociopatía en su forma actual de "alteración de la personalidad
antisocial", implicando cada denominación sus propias implicaciones y connotaciones
(Doren, 1988.)
Los profesionales de la salud mental consideran a la psicopatía como una categoría
diagnóstica que no ha sido siempre constante. Mucha gente percibe a la psicopatía como
una calificación relegada a las personas agresivas que no nos gustan.
Pero con el fin de sondear la opinión entre los profesionales, Gray y Hutchinson rea
lizaron en 1964 un estudio entre 937 psiquiatras canadienses. Los 10 ítems (entre un total
de 29 ítems) que los profesionales ven como más críticos en el diagnóstico de la psicopa
tía, según este estudio eran:

1. No saber aprovechar las enseñanzas de la experiencia pasada.


2. Falta de sentido de la responsabilidad
3. Incapacidad para establecer relaciones interpersonales.
4. Fallos en el control de impulsos.
5. Fallos en el sentido moral.
6. Actitud crónica o reiteradamente antisocial.
7. Ineficacia de los castigos para alterar la conducta.
8. Inmadurez emocional.
9. Incapacidad para experimentar sentimientos de culpabilidad.
10. Egocentrismo.

Cleckley (1941, 1976), el autor que ha proporcionado las más detalladas descrip
ciones clínicas de la psicopatía y de sus diversas manifestaciones, enumera una serie de

134
rasgos que considera como más significativos de trastorno, y que son similares a los enu
merados por Gray y Huichinsun (1964). Estos son:

1. Encanto externo y notable inteligencia.


2. Inexistencia de alucinaciones y de otras alternaciones del pensamiento irracional.
3. Ausencia de "nerviosismo" o de reacciones neuróticas.
4. Falta de confiabilidad.
5. Mentiras e insinceridad.
6. Falta de sentimientos de culpabilidad y de vergüenza.
7. Conducta antisocial sin aparente remordimiento
8. Razonamiento insuficiente y falta de capacidad para aprender de la experiencia.
9. Egocentrismo patológico e incapacidad para amar.
10. Gran pobreza de reacciones afectivas primordiales.
1 1 . Pérdida específica de intuición.
12. Irresponsabilidad en las relaciones interpersonales corrientes.
13. Comportamiento fantástico y poco recomendable por lo que respecta a la bebi
da, e incluso enajenado en algunas ocasiones.
14. Amenazas de suicidio raramente cumplidas.
15. Vida sexual impersonal, trivial y poco integrada.
16. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.

Aunque otros autores (Karpman, 1961 ; Arieti, 1967; McCord y McCord, 1964; Graft,
1966; Foulds, 1965; Buss, 1966; etc.), han ofrecido, en ocasiones muy similares, defini
ciones de psicopatía, consideramos la definición de Cleckley como la más significativa
por su mayor comprehensividad y aceptación.
Sin embargo, a lo largo de los años, se ha ido sacrificando el concepto de "Psicopatía"
por otro concepto de naturaleza más sociológica, el "Trastorno Antisocial de la
Personalidad" (DSM-III; APA, 1980), considerándose que la actual categorización del
DSM-III del trastorno Antisocial de la Personalidad, ha sustituido a los anteriores cons-
tructos de Psicopatología descritos por Cleckley (1976) y otros autores (ej. McCord y
McCord, 1964; Jordan et al., 1989.) En la actualidad, superados un sin fin de sustantivos
obsoletos (manía, locura sin delirio, locura de degenerados, moral insana, etc), se acepta
la denominación de "Personalidad Antisocial" o de "Trastorno Antisocial de la
Personalidad", en términos de clasificación Psiquiátrica, relegándose el termino "psico
patía" a la investigación. Aunque existen autores que consideran que a pesar del frecuen
te uso, como sinónimos e equivalentes, de los términos Psicopatía y Trastorno Antisocial
de la Personalidad, se trata de dos conceptos diferentes. Al parecer el concepto responsa
ble de tal confusión, sería el de conducta antisocial, dado que es el punto de intersección
entre ambos trastornos. Es decir, si consideramos la conducta antisocial en sí misma, nos
encontraríamos con que en ocasiones el factor responsable de su manifestación es la per
sonalidad psicopática; en otras ocasiones sería el Trastorno Antisocial de la Personalidad,
quedando un área en la que se incluirían diversas causas como el alcoholismo, la droga-
dicción, etc. Este último factor, es también en muchas ocasiones motivo de confusión a la
hora de diagnosticar tanto una personalidad psicopática como un Trastorno Antisocial de
la Personalidad. Sin embargo, es de gran importancia clarificar la confusión diagnóstica
entre un diagnóstico de alcoholismo o drogadicción, por sus implicaciones en el trata

135
miento. Es decir, cuando un trastorno por adicción coexiste con un trastorno de persona
lidad, es de gran importancia establecer cuál de las dos condiciones es el diagnóstico pri
mario. De forma gráfica dichas intersecciones o puntos de solapación las representaría
mos del siguiente modo.

CONDUCTA ANTISOCIAL

La conducta Antisocial, englobaría desde los rasgos de personalidad psicopáticos


hasta los criterios (más conductuales) de un Trastorno Antisocial de la Personalidad del
DSM-III - DSM-III-R (APA, 1980 y 1987.) La psicopatía, en sus descripciones iniciales
(ej. Cleckley, 1941) que enfatizan los constructos de personalidad, surgiría de esa pers
pectiva, a la que nos referíamos, de considerar la psicopatía como un rótulo genérico refe
rido a varias patologías derivadas de un defecto constitucional, y tendría unos matices más
bien biológicos, sin que se descarten los factores de naturaleza ambiental.
Por otra parte la categorización del DSM-III, suministra una definición de conduc
tas antisociales especificas del Trastorno Antisocial de la Personalidad, con el resultado
de que el trastorno llega a ser casi coincidente con la delincuencia (Jordan et al., 1989.)
Sin embargo, como advirtió Karpman (1941), la presencia de la conducta antisocial no
debería ser en sí misma suficiente para un diagnóstico de psicopatía, ya que estas con
ductas pueden estar presentes en otros trastornos.
Tras este intento de aclarar la confusión existente respecto a los conceptos de
Psicopatía y trastorno Antisocial de la Personalidad, concluiríamos, por lo tanto que una
persona diagnosticada de un Trastorno Antisocial de la Personalidad, puede cumplir o no
los criterios de psicopatía y que puede haber psicópatas que no cumplan los criterios del
DSM-III de Trastorno Antisocial de la Personalidad.

136
Nosotros utilizaremos como termino mas peral el de Trastorno Antisocial de la
Personalidad (TAP)I, pero también como sinónimo de psicopatía, por afinidad al uso más
común y por considerar que la mayor parte de estudios referentes a la psicopatía, con sus
connotaciones subyacentes de rasgos de personalidad, hacen referencia a muestras de indi
viduos que manifiestan conductas antisociales y que por tanto se podrían enmarcar den
tro del concepto de Trastorno Antisocial de la Personalidad, como muchos estudios han
demostrado. Y tal vez lo que estamos haciendo es considerar a aquellos individuos que se
solapan dentro de ambos trastornos, por los que el punto de intersección sería la manifes
tación de las conductas antisociales. Es decir, por convención, dada la frecuencia con la
que aparecen distintos descriptores, a lo largo de la investigación científica, analizaremos
aquellos trabajos que se refieran tanto a la Psicopatía como al Trastorno Antisocial de la
Personalidad.

Naturaleza de los trabajos a investigar

A lo largo de la literatura científica existen pocos estudios sistemáticos que hayan


investigado, de forma especifica, los resultados del tratamiento del abuso de sustancias en
sujetos con trastornos antisocial de la personalidad, (Gerstley et al., 1990). En el presen
te estudio tan solo hemos encontrado un trabajo que de forma directa ofrezca resultados
al respecto (Woody et al., 1985.)
En segundo lugar, nos encontramos con aquellos trabajos que evalúan los resultados
de tratamiento en muestras con un diagnóstico de abuso de sustancias (alcohol u opiáce
os en la mayor parte), y consideran como un grupo integrante de la muestra, frente a otros
grupos de diagnósticos, el de los sujetos con trastorno antisocial de la personalidad. Por
lo que este segundo tipo de trabajos, también ofrecen la posibilidad de derivar alguna con
clusión referente a los resultados de tratamiento del subgrupo objeto de nuestro interés,
Por otra parte estarían aquellos estudios cuyo objetivo es el determinar el peso de
distintas variables como predictoras de los resultados del abuso de [Link] estu
dios considerarían el trastorno antisocial de la personalidad como una de las variables,
junto a otras, susceptibles de influir en una determinada dirección en los resultados
Por ultimo tendríamos aquellos trabajos, que sin aportar datos cuantitativos acerca
de los resultados del tratamiento del abuso de sustancias en sujetos antisociales, recogen
tendencias y proponen programas de tratamiento de forma relativamente detallada, diri
gidos a esta peculiar población, o bien remiten a resultados obtenidos por otros autores.
A través de la revisión de estos cuatro tipos de trabajos, intentaremos determinar: (a)
cuáles son los resultados de tratamiento obtenidos en la literatura más reciente, (b) qué
explicación dan los distintos autores a esos resultados, (c) cuáles son los tipos de trata
miento aplicados en los últimos años y (d) qué tratamientos o directrices al respecto, pro
ponen los diferentes autores, a la luz de los resultados obtenidos, y todo ello con el obje
tivo más general de poder ofrecer una panorámica general del estado actual de la cuestión

TAP Trastorno Antisocial de la Personalidad.

137
objetivo de este estudio, a saber, el tratamiento de los psicópatas adictos a las drogas o el
alcohol.

REVISIÓN DE LOS RESULTADOS OBTENIDOS


En primer lugar, revisaremos aquellos trabajos que ofrecen datos cuantitativos, de
alguna forma relativos a los resultados del tratamiento de los sujetos antisociales adictos
al alcohol o a las drogas. Recogeremos así mismo las interpretaciones dadas por los auto
res de dichos trabajos ante sus hallazgos.
Woody et al. (1985), llevaron a cabo una investigación considerada como una de las
más pertinentes al objeto (Gerstey et al., 1990), que reveló que los adictos a los opiáceos
mantenidos con metadona (psicofármaco utilizado como "droga sustitutiva" en el trata
miento de adictos a la heroína) con un diagnóstico psiquiátrico adicional de trastorno anti
social de la personalidad, obtenía resultados más escasos a los siete meses de seguimien
to que los grupos de pacientes mantenidos con metadona que no tenían un diagnóstico
psiquiátrico adicional o bien tenían un diagnóstico adicional de depresión mayor o un diag
nóstico de trastorno antisocial de la personalidad más un diagnóstico de depresión. Aunque
el grupo con sólo un trastorno antisocial de la personalidad, no mostró una respuesta posi
tiva a la psicoterapia, los adictos con trastorno antisocial de la personalidad que también
se encontraba dentro de un criterio de depresión mayor mostraron una respuesta positiva
ante el tratamiento. Estos hallazgos sugieren que algunos abusadores de sustancias con un
diagnóstico de trastorno antisocial de la personalidad, quizás los psicópatas sintomáticos2,
pueden beneficiarse de la psicoterapia individual. Woody et al., (1985), especularon que
"quizás más que ningún otro aspecto del síndrome de psicopatía, la trivialidad y la super
ficialidad de las relaciones interpersonales puede ser el contribuidor más negativo" para
los resultados de los adictos antisociales "puros".
Otra dirección toman los resultados obtenidos por Stoudenmire et al., (1989). Estos
autores, utilizaron una medida pre-post tratamiento, de funcionamiento vital y personal
del sujeto (Holistic Living Inventory; Stoudenmire et al 1985, 1986), con cuatro dimen
siones (mental, espiritual, emocional y física), como metas del tratamiento del alcohol. A
su vez realizaron una división de la muestra según sus características de personalidad, con
siderando un total de cinco grupos de personalidad, (Esquizoide, Pasivo-Agresiva,

2 La clasificación entre psicópatas sintomáticos y psicópatas idiopáticos responde a la consideración de que exis
ten sujetos cuya implicación con el alcohol y/o las drogas ha provocado el surgimiento de conductas antisociales, que
a su vez han llevado a diagnosticarlos como psicópatas. Es decir su problema primario sería la adicción y su proble
ma secundario la conducta antisocial, siendo a su vez susceptibles de experimental signos de culpabilidad, remordi
miento, lazos interpersonales, depresión ansiedad, etc., que podría decirse son "incompatible" con la psicopatía como
tal. A este grupo se le denominaría psicópatas sintomáticos o secundarios. Frente a éste, estaría el de psicópatas idio
páticos, puros o primarios, cuya conducta adictiva, se consideraría una conducta antisocial en sí misma, manifesta
ción de su propio trastorno y estructura de carácter antisocial.

138
:
AntiSOCIaL PSÍCntÍ09. y N§lltófÍea)3. Hallaron que los sujetos antisociales alcokól ICOS
sometidos a un programa residencial de alcoholismo (programa aplicado a pacientes que
viven en el lugar o centro, donde se implementa el tratamiento), mejoraban de forma sig
nificativa en las dimensiones emocional, mental y espiritual, no siendo así en la dimen
sión física. Los mismos resultados fueron hallados para los grupos de mentalidad neuró
tica y pasivo-agresiva, siendo los grupos de personalidad esquizoide y psicótica los que
mostraron resultados negativos en estas cuatro dimensiones. Aunque si consideramos que
en la dimensión física no obtuvieron diferencias significativas ninguno de los grupos,
deberíamos determinar, que aunque con diferencias en el resto de dimensiones, no se die
ron resultados positivos tras el tratamiento para ninguno de los grupos, ya que en la dimen
sión física contempla el consumo de "varias sustancia no nutritivas como el alcohol, las
drogas, la nicotina, etc"., que es el fin principal de un tratamiento. Stoudernmire et al
(1989), llegaron a la conclusión de que aquellos pacientes alcohólicos con serios proble
mas emocionales son los más proclives a mostrar una mejoría mayor, frente a aquellos
otros cuya capacidad puede adaptarse a la realidad del mundo real está más deteriorada
(esquizoides y psicóticos).
Más acordes con los resultados obtenidos por Woody et al (1985), son los hallazgos
obtenidos por Poldrugo y Forty (1988). Estos autores hallaron que entre cinco de los sub
tipos de personalidad considerados como más representativos, de los once subtipos de per
sonalidad contemplados en el DSM-III4 (dependiente, pasivo-agresiva, retraída, limítro

3 A grandes rasgos, la Personalidad Esquizoide, se caracteriza por la reserva, el aislamiento social y la soleada.
Las personas introvertidas suelen preferir la soledad. Así como los trabajos y aficiones solitarios; carecen de capaci
dad para las relaciones cálidas y estrechas. Rara vez expresan sus sentimientos en forma directa. Las frustraciones que
provocan expresiones de cólera en la mayoría de la gente despiertan en ellos poca hostilidad observable. No sólo tie
nen relaciones sociales limitadas, sino que también parecen alejados de su ambiente. La Personalidad Pasivo-Agresiva,
se caracteriza por la resistencia indirecta a las presiones o requerimientos que perciben. Como esta resistencia es indi
recta, el individuo puede parecer pasivo y dócil cuando en realidad su hostilidad está a punto de salir a la superficie.
Así mismo, se resiste las presiones encaminadas a que se supere. Este resentimiento se expresa por medio de dila
ciones, terquedad, ineficiencia y por olvidos inexplicables. La Personalidad Antisocial, se caracteriza por un patrón
de conducta básicamente huraño, que entra en conflicto con la sociedad. Las personalidades antisociales son incapa
ces de sentir lealtad hacia los individuos, los grupos o los valores sociales. Rara vez sienten culpabilidad o aprenden
de la experiencia. Sin embargo, experimentan fuertes emociones al enfrentarse con problemas que consideran impor
tantes (Sarason y Sarason. 1986). La Personalidad Psicótica, se caracteriza por un pérdida de todo interés respecto a
los demás y al ambiente en que se vive. Cuando se habla de personalidad psicopática, se hace referencia a una per
sonalidad patológica pero no tan marcadamente enferma como la autentica psicosis. En este sentido se hallaría entre
la psicosis y la neurosis. La Personalidad Neurótica, se caracteriza por la hablilidad emocional. El neurótico es una
persona emocionalmente hipersensible, aquejado frecuentemente de desarreglos somáticos difusos (jaquecas, tras
tornos digestivos, insomnio, dolores de espalda, etc), y predispuesto a manifestar desórdenes neuróticos. (Eysenck y
Eysenck, 1978).
4 Las categorías de los trastornos de la personalidad usadas por los clínicos en el Eje 2 del DSM-III son: para
noica, esquizoide, esquizotípica, histriónica, compulsiva, pasivo o agresiva, dependiente, narcisista, limítrofe y anti
social.

139
fe (bordeline) y antisocial)5, en una muestra de 80 sujetos alcohólicos fueron los sujetos
"antisociales" los que peores resultados obtuvieron; beneficiándose tan solo un 12'5% de
grupo de terapia. En el otro extremo, los sujetos "dependientes"obtuvieron muy buenos
resultados, incluso mejores que aquellos sin trastorno de personalidad, beneficiándose un
75% del grupo de terapia. La explicación dada por Poldrugo y Forty (1988), ante los resul
tados negativos obtenidos por el grupo de sujetos "antisociales" fue que la descripción clí
nica de este subtipo, con una edad temprana de inicio en la bebida y una dependencia físi
ca más severa y unas perspectivas pronosticas más limitadas, se asimila a las características
del "alcoholismo esencial" o primario^ (Conley y Prioleau, 1983), frente al "alcoholismo
reactivo" o secundario, con un comienzo más tardío en la bebida y representación de ras
gos neuróticos, que tienen un mejor pronóstico de resultados (con el que se relacionarían
los sujetos dependientes.) Esta explicación enlaza con la ofrecida por Studenmire (1990).
En la investigación llevada a cabo por Kinht-Law el al. (1988), a diferencia de las
anteriores, no se considera al grupo de sujetos antisociales en sí mismo, sino que este grupo
se integra en el grupo de "alcohólicos esenciales" (Personalidad Psicopática, Esquizoforme
A y Esquizoforme B combinada), frente al de "alcohólicos reactivos" (Personalidad
Neurótica, Clásica y Neurótica-Clásica combinada)7. Los resultados obtenidos al compa

5 La personalidad Antisocial y la Personalidad Pasivo-Agresiva, han sido definidas en la nota al pié de página
3. La Personalidad Retraída, se caracteriza por el aislamiento social, que no está motivado por la necesidad de ais
larse socialmente sino por el temor a ser rechazado. Las personalidades retraídas desean participar en el intercambio
social, pero son hipersensibles y temen que las lastimen. Estas personas llegan a experimentar una gran congoja por
su incapacidad de relacionarse cómodamente con las demás. Cuando llegan a establecer una relación superficial con
otra persona es porque sienten que hay suficientes garantías de que no las rechazarán o las humillarán. La Personatidad
dependiente, se caracteriza por su pasividad y por menospreciarse a sí misma. A diferencia de la personalidad pasi
vo-agresiva, aquí no hay razón para creer que la pasividad sea una fachada que esconda fuertes tendencias de oposi
ción. Las personalidades dependientes se resisten a tomar decisiones importantes, buscan la dirección de otros, y expe
rimentan una intensa incomodidad cuando se les deja actuar por su cuenta. Se les hace difícil tolerar la soledad y
aparecen impotentes e incapaces de valerse por sí mismas. La Personalidad Limítrofe, se trata a grandes rasgos de
una enfermedad que se caracteriza por elementos de la neurosis, la psicosis y la psicopatía al mismo tiempo (Herder,
1985), Es un trastorno caracterizado por la inestabilidad en muchos terrenos de la vida, incluyendo las relaciones
sociales, es estado de ánimo y el concepto de uno mismo. A menudo incurre en un conducta impulsiva e impredici-
ble relacionada con los juegos de azar, el uso de drogas o el alcohol, el sexo, los gastos exagerados, el exceso en la
comida y las actividades físicamente peligrosas. A menudo la personalidad limítrofes se queja de sentir aburrimien
to o vacío espiritual en forma crónica. Sus explosiones de cólera son comunes, así como la dificultad para alcanzar
un conjunto de valores aceptable (Sarason y Sarason, 1986).
6 El alcoholismo "reactivo", en contraste con lo "esencial", se relaciona con la adicción menos severa al alco
hol, una edad más tardía en el inicio del consumo, una historia familiar de alcoholismo ausente no significativa, esca
sa o nula disrupción social, el pronóstico en cuanto a los resultados de tratamiento en más positivo y presenta más ras
gos neuróticos y de estrés. La conducta antisocial en este tipo de alcohólicos sería el resultado de un deterioro social
secundario a su adicción. El alcoholismo "esencial", por el contrario, se relaciona con un inicio del consumo a eda
des más tempranas, un alcoholismo más severo, unas relaciones sociales más pobres, problemas gastrointestinales y
conductas antisociales más frecuentes.
7 La clasificación en estos seis tipológicas de personalidad, responden al sistema de clasificación del MMPI de
Conley (Conley y PProleau, 1983), que a su vez se relacionan, según estos autores, con la descripción teórica del alco
holismo reactivo y esencial. Estos autores surgieron que tres de las seis tipologías. Neurótica, Clásica, y Neurótica-
Clasica, presentan un carácter más neurótico, cuyas propiedades demográficas y pronósticas son similares a las del
alcoholismo reactivo. Por el contrario, los tipos de personalidad, Psicopática, Esquizoforme A Y Esquizoforme B.
presentan un carácter ,más psicopático cuyas propiedades demográficas y pronósticas son similares a las del alcoho
lismo esencial (para una descripción más detalladas de esta tipologíra de personalidad, ver Conley y Proleau, 1983).

140
rar ambos grupos de alcohólicos, indican unos peores resultados para los "alcohólicos
esenciales". Kight-Law et al. (1988), aún considerando la limitación de sus resultados por
el pequeño valor muestral (N=38), concluyeron con la posibilidad de utilizar el sistema
de clasificación de Conley y Prioleau (1983), para el desarrollo de un perfil de personali
dad comprehensivo que pueda servir de apoyo a la hora de predecir los resultados de tra
tamiento, en algunos pacientes alcohólicos.
Kadden et al. (1989) realizaron una investigación en la cual compararon dos tipos
de tratamiento, el Entrenamiento en Habilidades de Afrontamiento y el Grupo de Terapia
Interaccional ( Coping Skills Training vs. Interactional Group therapy), en una muestra de
sujetos sometidos a tratamiento antialcohólico, y su interacción con el grado de psicopa
tía, psicopatología y deterioro neuropsicológico de los sujetos (N=96)8. Los cambios pre-
prot, fueron significativos para todas las medidas consideradas, excepto para nivel ocu-
pacional,9 En cuanto a los dos tipos de tratamiento, concluyeron que el Entrenamiento en
Habilidades de Afrontamiento fue más efectivo para los sujetos con un mayor grado de
psicopatía o psicopatología, mientras que la Terapia Internacional fue más efectiva para
aquellos sujetos con una psicopatía más baja. En general ambos tratamientos fueron igual
mente efectivos para los sujetos con una psicopatología más baja. Estos mismos autores
comprobaron la durabilidad de los resultados obtenidos transcurrido este periodo de
seguimiento, confirmaron los hallazgos obtenidos en el post-tratamiento. Tras los dos estu
dios llevados a cabo por Kadden et al. (1989) y Cooney et al. (1991), estos autores con
cluyeron que los pacientes con mayor grado de psicopatología, responden mejor al trata
miento en habilidades de afrontamiento debido a que se trata de un programa muy
estructurado y debido a que no contempla como objetivo prioritario la prevención de las
recaídas. Por el contrario, la relativa ausencia de estructura y de delimitación de objetivos
muy marcados de la terapia interaccional pueden resultar amenazadores para los pacien
tes con mayor psicopatología. Por otra parte, los pacientes con mayor grado de psicopa
tía pueden resultar amenazadores para los pacientes con mayor grado de psicopatía pue
den obtener mejores resultados con el tratamiento de habilidades de afrontamiento, debido
a que ésta no requiere una relación interpersonal, significativa entre los miembros del
grupo y debido a que proporciona habilidades específicas para el control de la ira. Para la
comprobación de esta última hipótesis acerca de la importancia de la naturaleza de las
relaciones interpersonales en los resultados de un tratamiento, los autores proponen incluir
uiedklas-dttraTTte el proceso de tratamiento, que de algún modo evalúen el grado de inte
racción o vinculación terapéutica; es decir la implicación, comunicación, aceptación,
empatía, etc. establecidas en la relación entre el terapeuta y el paciente, en la que habría
de considerar tanto la percepción del paciente como la del terapeuta.
El objetivo de una investigación llevada a cabo por Lennings (1990), fue el de
demostrar que los indicadores de psicopatía no muestran relación con la extensión o el
nivel de tratamiento en una Comunidad Terapéutica, en una muestra de sujetos adictos a
las drogas; es decir, que los niveles de psicopatía no varían a medida que se va avanzan

s Cada sujeto fue evaluado en cuanto a su grado de psicopatía, psicopatología y deterioro neuropsicológico, por
lo que se obtuvo una medida de cada sujeto en cada uno de los tres factores.
9 Las medidas utilizadas para evaluar los cambios pre-post tratamiento fueron el nivel ocupacional, la abstinen
cia, la severidad psiquiátrica y la conducta social.

141
do a lo largo de los niveles dentro de un tratamiento (los niveles implican el incremento
de diferentes actividades conductuales y su intensidad). Su conclusión fue que en efecto,
las medidas de psicopatía no cambian como resultado del avance a través de los distintos
niveles del tratamiento, frente a otras medidas como la depresión, la somatización, la dis
torsión psicótica etc., que si podrían experimentar alguna variación. Por todo ello, con
cluyó que los sujetos psicópatas adictos a las drogas, son resistentes al cambio. Lennings
(1990), sugirió una vez concluyó su estudio, pese a reconocer sus limitaciones (supuso
que no había diferencias significativas entre los sujetos, sin someterlo a comprobación
empírica) y pese a que el estudio confirma los hallazgos de que el trastorno psicopático
de la personalidad es resistente al tratamiento, que también podría derivarse de esto una
proposición, a saber, "el éxito de los resultados de tratamiento, puede tener lugar al mar
gen de la clasificación del trastorno antisocial de la personalidad. La práctica de conside
rar a los pacientes con trastornos psicopáticos de la personalidad como 'el grupo de los
demasiado difíciles', al menos con respecto a los servicios de tratamiento en el campo del
abuso de sustancias, necesita una cualificación rigurosa". Al parecer, de forma contraria
a la opinión de la mayor parte de autores estudiosos del tema, Lennings considera que un
diagnóstico de psicopatía del sujeto adicto, no debería suponer una predicción negativa
de los resultados de tratamiento en sí mismo, y que los resultados del tratamiento no depen
derían de tal diagnóstico.
Con el fin de reexaminar los datos del estudio respecto a la psicoterapia de Woody
et al, (1985), comentados anteriormente, y que ya apuntaban a la consideración de que
uno de los factores más influyentes en la dirección negativa de los resultados, era la inca
pacidad de los psicópatas para establecer relaciones interpersonales significativas, Gerstley
et al. (1989), llevaron a cabo un estudio en el que intentaron relacionar la interacción o
vinculación terapeuta, con los resultados obtenidos por pacientes con trastorno antisocial
de la personalidad, dependientes de los opiáceos sometidos a tratamiento. Llegaron a la
conclusión de que algunos pacientes que se hallan dentro de un criterio DSM-III de tras
torno antisocial de la personalidad eran capaces de establecer relaciones significativas con
la terapeuta y por tanto beneficiarse de la psicoterapia. Según Gerstley et al. (1989), el
escaso beneficio que parecen demostrar los pacientes dependientes de los opiáceos diag
nosticados con un TAP, es debido a la escasa capacidad del paciente para establecer rela
ciones interpersonales.
En 1987, Mather intentó determinar qué papel jugaban los síntomas del trastorno
antisocial de la personalidad en pacientes en recuperación del alcoholismo, en un hospi
tal militar. Sus análisis le llevaron a concluir que la presencia de síntomas de un trastor
no antisocial de la personalidad, cuando se asocian a episodios de abuso del alcohol, se
relaciona de forma significativa con problemas en la rehabilitación del alcoholismo
(Mather, 1987.) Con el fin de buscar una explicación posible a tal realidad, Mather sugi
rió que los pacientes con un Trastorno Antisocial de la Personalidad, manifiestan de forma
característica una desconsideración por las normas sociales y por los derechos de los
demás; dificultad a la hora de establecer lazos emocionales genuinos; incapacidad de con
tener sus impulsos. Y que por todo ello, un tratamiento apropiado y con garantías de éxito
para los alcohólicos primarios podría ser aquel que requiera que los pacientes se benefi
cien de su experiencia pasada, que reconozcan y sean conscientes de los efectos del alco
holismo sobre sí mismos y sobre los demás, y que exija que los pacientes expresen y se
enfrenten terapéuticamente a su vulnerabilidad emocional; pero por el contrario, tal tra
tamiento estaría destinado al fracaso con la mayoría de pacientes antisociales.

142
Interpretación y conclusiones acerca de los resultados

Aunque estos trabajos son tan sólo una muestra de los resultados obtenidos por los
diferentes autores a lo largo de la literatura científica, los investigadores en su conjunto
han llegado a la conclusión, y nosotros nos unimos a la misma, de que el trastorno anti
social de la personalidad es por lo general un predictor claramente negativo para los resul
tados de un tratamiento del abuso de sustancias. A su vez, estos resultados tan negativos
cuando se comparan distintas patologías, experimentan una paliación o mitigación, al con
siderar este trastorno de tipo emocional (ansiedad, depresión.) Por lo que luego surgiría
la necesidad de "clasificar" a los sujetos, dentro del propio trastorno antisocial de la per
sonalidad, a la hora de analizar los resultados de tratamientos de dicha población. Pero
también se observan diferencias significativas cuando se consideran diferentes tipos de
tratamientos. Por lo tanto tendríamos ya dos directrices alentadoras, la clasificación de los
sujetos dentro de sus tipologías y obviamente el tipo de tratamiento, cuestión que tratare
mos posteriormente.
En cuanto a los motivos respecto a la ausencia de resultados positivos más señala
dos por los autores, se podrían resumir en los siguientes; respecto a las características inhe
rentes al trastorno antisocial de la personalidad: la dificultad para establecer relaciones
interpersonales significativas (Woody et al., 1985; Kadden et al., 1989; Cooney et al.,
1991; Gerstley et al., 1989) la superficialidad de estas relaciones (Woody et al., 1985),
edad temprana de inicio en el consumo (Poldrugo y Forti, 1988), dependencia física y
patrones de bebida más severos (Poldrugo y Forti, 1988), escaso autocontrol (Kadden et
al., 1989; Cooney et al, 1991) e impulsividad, disconformidad con las normas sociales,
falta de respeto hacia los derechos de los demás y la incapacidad para aprender de la expe
riencia pasada (Mather, 1987.) Respecto a los procedimientos intrínsecos al tratamiento,
se apunta a la ausencia de clasificaciones relativas a la personalidad de los pacientes, como
predictoras de los resultados(Kight-law et al., 1988; Lennings, 1990) así como la necesi
dad de adecuar los tratamientos a las características intrínsecas de personalidad de los suje
tos objeto de tales tratamientos (Kadden et al., 1989 Cooney et al., 1991.)
A rasgos generales, tales explicaciones dadas por los diferentes autores apuntan a
ciertas características de personalidad inherentes a la psicopatía como responsables de los
resultados negativos obtenidos a los largo de la literatura, en el tratamiento de la adicción
a las drogas y/o el alcohol en sujetos con rasgos psicopáticos. Y por ende a la necesidad
de adecuar los tratamientos a tales características, atendiendo a las necesidades y capaci
dades de tales individuos.

TRATAMIENTOS APLICADOS MAS SIGNIFICATIVOS


En este apartado intentamos recoger la descripción de aquellos tratamientos aplica
dos por diferentes autores, en los trabajos referidos anteriormente, que consideramos más
significativos. Algunos de los tratamientos aplicados, no son descritos por no tratarse de
una técnica específica de intervención, sino de un conjunto de técnicas que configuran un
programa.

143
El tratamiento aplicado por Woody et al., (1985), fue la Psicoterapia Expresiva de
Apoyo (Supportive-Expresive Therapy), de orientación analítica, y la psicoterapia Cognitivo
Conductual (Cognitive-Behavioral Therapy), sistema de psicoterapia activa, directiva y con
limitación de tiempo (Woody et al. 1983), ambas en adición al Consejo de drogas (Drug
Couseling), centrado en la identificación de necesidades especiales y asignación de servi
cios concretos (Woody et al., 1983) Estos autores no encontraron diferencias significativas
entre estos dos tipos de Psicoterapia, por lo que en el análisis de resultados, las considera
ron conjuntamente (los resultados obtenidos aparecen en la sección correspondiente.)
— La terapia Expresiva de Apoyo (Supportive-Expresive Therapy.)- Las princi
pales técnicas de este tipo de tratamiento son la expresiva y el apoyo, como su nombre
implica. La técnica expresiva, intenta ayudar al paciente a identificar y trabajar los aspec
tos problemáticos de una relación. El terapeuta identifica estos aspectos a través de la rela
ción con el paciente y paralelamente a través de lo que dice el paciente acerca de sus rela
ciones con sus padres, su esposa u otros miembros de la familia. Se pone una atención
especial al significado que el paciente atribuye a la dependencia de las drogas. Por ejem
plo, una terapeuta puede tener un paciente que niega tener el mínimo problema, evitando
discutir cualquier problema, mintiendo durante varias sesiones, y que consume drogas. El
terapeuta, trabaja con el paciente, instalándolo a que reconozca sus problemas y no los
niegue, si el terapeuta tiene éxito, el tratamiento ayudará al paciente a abarcar sus pro
blemas de forma más directa, y por lo tanto incrementará la posibilidad de que el pacien
te encuentre mejores soluciones, que el consumo de drogas, para resolver sus problemas
cotidianos. (Woody et al., 1983.)
— La terapia Cognitiva-Conductual (Cognitive-Behavioral Therapy.)- Este tra
tamiento se centra en descubrir y comprender la influencia de los pensamientos, creen
cias, actitudes, subyacentes a los sentimientos y conductas problemáticas de los sujetos.
Lo que se pretende es que el paciente aprenda a corregir de forma sistemática sus pensa
mientos de forma que se adapten más adecuadamente a la realidad. En la Terapia
Cognitivo-Conductual con adictos, un paciente puede decirle al terapeuta que es incapaz
de pensar o sentir con normalidad si no es bajo el efecto de las drogas y que por lo tanto
no tiene intención de desistir de su consumo. El terapeuta y el paciente intentarán de forma
conjunta, comprobar tal pensamiento, examinando la evidencia existente (ej: experiencias
en las que el paciente se siente bien en la actualidad sin consumir drogas) y generando
nuevas evidencias, como que el paciente asista a fiestas sin estar bajo la influencia de las
drogas. Este procedimiento se repetiría para distintas creencias o pensamientos, de forma
que al finalizar la terapia, el paciente pueda corregir él mismo sus pensamientos inade
cuados y sustituirlos por otros más funcionales y por mecanismos de afrontamiento más
constructivos (Woody et al., 1983).
— El Consejo de Drogas (Drug Counseling.)- este tratamiento se centra principal
mente en suministrar recursos externos en lugar de enfrentarse con procesos intrapsíqui-
cos. Los consejeros controlan el progreso revisando los análisis de orina y la labor de los
profesionales. Coordinan los servicios con los médicos, tribunales y agencias sociales o
ayudan a implementar la política y las normas del programa. Una situación de consejo
típica cuando un consejero se reúne con un paciente podría ser la siguiente: el consejero
revisa el protocolo clínico del paciente y observa que los análisis de orina contienen res
tos de opiáceos. Interroga al paciente acerca de lo que ha ocurrido y de cómo se siente. El
paciente le responde que su dosis de metadona no el suficiente, que al final del día pade

144
ce síndrome de abstinencia y cjuc ha estado consumiendo heroína, El coilSCJCrO CI1lUI1CCS,
concierta una cita üel paciente con el medico del programa, quién evaluará la necesidad
de incrementar la dosis de metadona. A su vez, el paciente menciona que debe compare
cer ante los tribunales dentro de dos semanas y que necesita una certificación de que está
participando en un programa de tratamiento, para presentarla ante el juez. El consejero
hace que el paciente firme una solicitud de informe, prepara un documento y se lo da al
paciente para que se lo dé a su abogado. Este tratamiento o servicio, es complementario
a cualquier otro tipo de programa (Woody et al., 1983.)
Como indicábamos anteriormente, Kadden et al (1989) compararon la efectividad
de dos tipos de tratamientos, en sus palabras estos dos tratamientos son representativos de
los que están suministrando en la actualidad los programas de rehabilitación del alcoho
lismo. Estos son: el Entrenamiento en Habilidades de Afrontamiento y el grupo de Terapia
Interaccional.
— El Entrenamiento en Habilidades de Afrontamiento (Coping Skills training.)
El entrenamiento en habilidades de afrontamiento, proporciona una experiencia de grupo
altamente estructurada, diseñada para fomentar la adquisición de habilidades, incluyendo
la solución de problemas, habilidades interpersonales, relajación y habilidades para el
afrontamiento de la ira y el consumo de bebida. Los miembros del grupo aprenden a iden
tificar y manejar situaciones que pueden suponerles un alto riesgo para la recaída. Los
terapeutas utilizan, para la enseñanza de las habilidades, presentaciones didácticas y ensa
yos conductuales dentro de las sesiones de grupo, así como la práctica de ejercicios en
casa. Los terapeutas eluden entrarse en los conflictos o sentimientos interpersonales que
se desarrollan entre los miembros del grupo (Kadden et al. 1989).
— El Grupo de Terapia Interaccional (Interactional Group Therapy.) El objetivo
del grupo de terapia interaccional, es explorar las relaciones interpersonales de los parti
cipantes y la patología tal como se manifiesta en las interacciones "aquí y ahora" dentro
del grupo. Los terapeutas fomentan la expresión de los sentimientos inmediatos, la auto
reflexión, y la exploración de las experiencias significativas tal como suceden en cada
sesión. Debido a la naturaleza a corto plazo de los grupos, se utilizan técnicas estructura
das para facilitar el proceso del grupo (ej: historia técnica; Lazarus, 1971 ; citado en Kadden
et al ., 1989.) Los sumarios del terapeuta de cada sesión son enviados a los miembros del
grupo para que sean leídos antes de la sesión siguiente. Los terapeutas evitan el dar guías
específicas para el afrontamiento de los problemas.
Lennings (1990), desarrolló su estudio en una comunidad Terapéutica, para resi
dentes adictos a los opiáceos.
— La Comunidad Terapéutica (TC). Las Comunidades Terapéuticas, son progra
mas de tratamiento residenciales, a largo plazo, con una duración entre 14 y 15 meses. La
mayor parte del personal clínico, está constituido por ex-adictos, rehabilitados en la pro
pia comunidad terapéutica. La meta específica del tratamiento es el desarrollo de un esti
lo de vida prosocial marcado por la abstinencia y la eliminación de actitudes y conductas
antisociales. El régimen diario en las comunidades se estructura en torno a la implicación
del residente en varias actividades laborales, educativas, profesionales, terapéuticas, recre
ativas y comunitarias. Los componentes clave del programa son los grupos de encuentro
y la terapia de grupo, el consejo individual, los aprendizajes, las clases de educación for
mal y terapeutica y las responsabilidades laborales del paciente. Los residentes van pasan
do a través de unas fases explícitas, que suponen un incremento del grado de aprendizaje

145
psicológico y social. Tras completar ocho meses de residencia, el plan de tratamiento con
templa seis meseáde vida independiente (De León, 1989).
Al igual que Woody et al., (1985), Gerstley et al., (1989), utilizan la psicoterapia
(cognitivo/conductual y expresiva/de apoyo) para realizar su investigación. Estos dos tipos
de psicoterapia han sido descritos anteriormente.
Otros tratamientos aplicados, que no describiremos aquí son:
El programa del centro residencial, aplicado por Stoudenmire et al., (1990), incluía
terapia de grupo e individual, educación sobre la adicción, ejercitación del aumento de
control, ejercicio físico, educación para la nutrición, entrenamiento en técnicas de relaja
ción, disertaciones y discusiones sobre el pensamiento racional, entrenamiento asertivo,
conferencias seguidas por role-playing y feedback y ejercicios seguidos de discusión y
encuentros de Alcohólicos Anónimos.
Un programa de tratamiento socio-médico, de acuerdo con un modelo Croata, es el
ofrecido por Poldrugo y Forti, (1988) ver Hudolin, (1976)
Kight-Law et al., (1988) utilizaron el programa ARU (Unidad de Rehabilitación
Alcohólica) de la Fundación Carrier, en New-Jersey, (para una información mas detalla
da, ver Pettinati et al (1982a, 1982b.)
El programa aplicado para la recuperación del alcoholismo en el Naval Hospital
Roosvelt Roads (Puerto Rico) y descrito por Mather (1987), consistió en la hospitaliza
ción de los pacientes durante seis semanas, con actividades que incluían dos grupos dia
rios de terapia, consejo individual, encuentros de alcohólicos anónimos, administración
diaria de "disulfirán" (Antabuse)10. consejo familia, y sesiones, vídeos y discusiones rela
tivos al alcoholismo y sus problemas relacionados.
Ante esta revisión de los tratamientos aplicados, hay que señalar la ausencia de inves
tigación acerca de muchos tratamientos existentes, que considerando las conclusiones ante
riormente citadas tal vez sean susceptibles de obtener resultados más positivos.

DIRECTRICES DE TRATAMIENTO PROPUESTAS


A la luz de los resultados obtenidos en la investigación de Woody el al (1985), estos
autores proponen, dado que los adictos a los opiáceos con un trastorno antisocial de la per
sonalidad no parecen beneficiarse del empleo de la psicoterapia como una medida de mejo
ra de los resultados de tratamiento, que un ambiente altamente estructurado con un con
trol conductual significativo, podría alentar el desarrollo de una capacidad más autocrática
en estos pacientes, que los haría más similares a aquellos que tienen un diagnóstico adi
cional de depresión y por tanto beneficiarse más de la psicoterapia.
Stoudenmire et al. (1990), proponen, dados sus resultados en que los sujetos menos
beneficiados son aquellos con un ajuste deteriorado a la realidad, que el programa de tra
tamiento incluya actividades de orientación a la realidad.

"' Antabuse, es un fármaco que produce efectos desagradables (náuseas, sudor frío) cuando la gente bebe alco
hol dentro de las 12 horas que siguen a su ingestión. Puesto que el propio individuo es el que se administra el anta
buse, el éxito de esta técnica de su motivación para reducir o eliminar la bebida, si el individuo no toma el fármaco o
si está más interesado en beber que en permanecer sobrio, la terapia de anatabuse no tiene éxito (Sarason y Sarasion,
1986).

146
Los autores Poldrugo y Forti (1988), proponen la necesidad de la clasificación de los
trastornos de la personalidad según el DSM-III, aunque no la consideran como definitiva,
ya que comporta importantes implicaciones para el manejo clínico de los pacientes den
tro de un programa determinado de tratamiento, y para resultados del tratamiento antial
cohólico. El eje II de este criterio diagnóstico, permite la detección de subtipos alcohóli
cos, necesarios para la asignación a un tratamiento específico, como es el caso de las
personalidades "antisociales", "dependientes" y "limítrofes".
Kadden et al. (1989) y Cooley et al. (1991), proponen en base a sus resultados, que
se incluyan medidas de la interacción o vinculación terapéutica, como antes indicába
mos, así como determinar si los grupos homogéneos, creados por una estrategia de adap
tación de los distintos subgrupos a diferentes tratamientos (ej.: la asignación de aquellos
sujetos con alta psicopatía al tratamiento en habilidades de afrontamiento y de aquellos
sujetos con baja psicopatía a la terapia interaccional), podría mejorar los resultados.
Después de llegar a la conclusión de que algunos pacientes dependientes de los opiá
ceos con trastorno antisocial de la personalidad pueden beneficiarse de la psicoterapia,
Gertsley et al. (1989), proponen, al menos hasta que el criterio diagnóstico DSM-III sea
revisado, que las decisiones del tratamiento relativas a los pacientes con trastorno antiso
cial de la personalidad deberían ser tomadas de forma más apropiada después de una
"serie de ensayos" de tres o cuatro sesiones. En ese momento, tanto el paciente como la
terapeuta deberán decidir si vale la pena continuar la relación.
Dado el tipo de tratamiento aplicado (descrito arriba) y las razones que da el autor
para su escaso resultado en los alcohólicos con trastorno antisocial de la personalidad,
Mather (1987) concluye como ya indicamos que este tipo de tratamiento puede ser apro
piado y fructífero para los alcohólicos primarios, ya que en el que se exige al paciente que
se beneficie de las experiencia pasada, que reconozca y sea consciente de cómo su alco
holismo le afecta a él mismo y a los demás, y requiere que los pacientes expresen y se
enfrenten terapéuticamente a su vulnerabilidad emocional, pero destinado al fracaso con
la mayor parte de pacientes antisociales, dadas las características diferenciales de este tipo
de pacientes(desconsideración ante las normas sociales y hacia los derechos de los demás,
incapacidad de establecer relaciones interpersonales significativas, etc.). Ante ello el autor
propone que los programas dirigidos a los alcohólicos deberían ser modificados para los
sujetos antisociales.
Stabenau (1985), considera que los tratamientos, en su mayor parte no han sido orien
tados a las tipologías de alcohólicos (primarios vs, secundarios, trastorno antisocial de la
personalidad vs. ausencia de trastorno, inicio temprano vs, inicio tardío, deterioro neu-
ropsicológico vs. ausencia de deterioro), e indica que los futuros programas de tratamiento
deberían adaptarse a las necesidades, capacidades y déficits de los pacientes.

Conclusiones sobre las Directrices Propuestas


A la luz de las propuestas realizadas por los diferentes autores recogemos las siguien
tes propuestas en dirección a la mejora de los resultados de tratamiento: Ambientes alta
mente estructurados y control conductual, actividades de ajuste a la realidad, evaluación
de la interacción o vinculación terapéutica para la asignación a grupos de tratamiento (es
decir los sujetos susceptibles de establecer una interacción positiva con el terapeuta, podrí
an beneficiarse de la psicoterapia, mientras que aquellos que manifiestan una incapacidad

147
para tal, deberían ser asignados a otro tipo de tratamiento más adecuado a sus déficits),
determinación del tipo de alcoholismo (a lo que uniríamos la anteriormente citada clasi
ficación del tipo de personalidad antisocial), ensayos terapéuticos para determinar la adap
tación al tratamiento, y en general como directriz más comprehensiva, la modificación de
los tratamientos y dirección de los mismos a las necesidades, capacidades y déficits pecu
liares de este tipo de pacientes.

EL TRATAMIENTO DE LOS PSICÓPATAS ADICTOS AL ALCOHOL Y/O LAS


DROGAS
Tras las directrices propuestas por los diferentes autores, surgen las cuestiones
siguientes: ¿de qué tipos de tratamientos estándar, para abuso de sustancias y/o trastorno
antisocial de la personalidad disponemos en la actualidad?, ¿cuáles son los más adecua
dos para cada tipo de adicto (primario vs. secundario; reactivo vs, esencial, etc.) y/o a cada
tipo de psicópata (idiopático vs. sintomático)? ¿qué tipo de selección sería la pertinente
para la clasificación adecuada de los subtipos de adictos a las drogas y/o al alcohol anti
sociales? (esta cuestión no la trataremos en este trabajo, por haber sido tratada en el
Capítulo 3), ¿qué modificaciones deberíamos realizar, para adaptar los programas a las
características de los abusadores de sustancias antisociales?

Los tratamientos del abuso de sustancias


En respuesta a la primera cuestión, respecto a los tipos de tratamientos de los que
disponemos, en el año 1983 un informe federal(5th Report ADAMA, 1983a), listó el rango
de intervenciones de tratamiento disponibles para alcohólicos indiferenciados' ' (Ver tabla
1). Este listado aunque consideramos incompleto, puede servir de punto de partida, para
nuestro propósito.

TABLA 1
Alcoholismo
Intervenciones
Primario
de Tratamiento:
y Secundario

1. Desintoxicación12
2. Programa para pacientes internos vs. externos
3. Adaptación de los pacientes al programa
Terapia conductual
Terapia de aversión
Terapia de extinción
Entrenamiento en Habilidades de afrontamiento

" Hace referencia a que no se hace distinción entre alcohólicos primarios y secundarios.
12 Este el el primer paso para tratar el alcoholismo de forma habitual. La abstinencia fisiológica generalmente
comienza de 6 a 24 horas después de que se ha dejado de beber en exceso, aunque podría ocurrir cuando los alcohó
licos simplemente reducen su ingestión de alcohol (Mendelson y Mello, 1978).

148
4. Selección de Tratamiento y Ubjetivos'J
Abstinencia
Bebida controlada
5. Alcohólicos Anónimos
6. Psicoterapia Dinámica
7. Terapia de Grupo
8. Tratamiento Familiar
9. Farmacoterapia
FUENTE: adaptado de 5th NIAA Report, ADAMHA, 1983a

Aunque este informe está referido al alcohol es coincidente o adaptable en muchas oca
siones a los tratamientos aplicados para el consumo de otras drogas, sin embargo debería
mos añadir otros tipos de intervenciones, específicas del abuso de drogas como, entre otros:
— el Mantenimiento con Metadona (para adictos a los opiáceos),
— las Comunidades Terapéuticas (en un principio destinadas al tratamiento de adic
tos a los opiáceos, peor que actualmente aplican tratamientos para el alcohol y otras dro
gas: De León. 1989) y
— los modelos de Auto-Ayuda orientados a la abstinencia, derivados de Alcohólicos
Anónimos, como Narcóticos Anónimos, Dependientes Químicos Anónimos, etc.
Hay que añadir que ninguno de estos tratamientos ha demostrado ser mejor que los
demás, en cuanto a su eficacia respecto a los sujetos alcohólicos (Sarson y Sarason, 1986.)

El tratamiento del trastorno Antisocial de la Personalidad Antisocial y/o la Psicopatía


En cuanto a los programas aplicados para el tratamiento del Trastorno Antisocial de
la Personalidad no disponemos de un listado del tipo anterior, sin embargo, Kellner (1986),
realizó una revisión de la eficacia de algunos tipos de tratamientos aplicados a delin
cuentes, ya que la mayoría de estudios se han realizado con este tipo de población.
Respecto a los delincuentes juveniles con trastorno antisocial de la personalidad, los
tratamientos que parecen ser más efectivos son aquellos que incluyen implicación por
parte del terapeuta, aceptación por parte del paciente y el establecimiento de una relación
de confianza. También parecen ser más efectivos aquellos tratamientos que incluyen con
sejo y guía, enseñanza de habilidades sociales y el refuerzo de conductas apropiadas y la
preparación en cuestiones prácticas, tales como la forma de enfrentarse con diversos pro
blemas en el empleo y cómo diferenciar el bien y el mal.
En cuanto a las personalidades antisociales adultas, parecen ser más difíciles de tra
tar y no existen conclusiones evidentes de que el tratamiento sea efectivo, sin embargo, al
menos puede ser útil en algún aspecto. Los estudios a largo plazo sugieren que incluso en
ausencia de tratamiento, una notable proporción de encarcelados que han cometido crí
menes de gravedad, así como de sujetos con personalidades antisociales, llegan a ser tole
rantes con las leyes, a medida que se van haciendo más adultos (Kellner, 1986) Los resul

13 La abstinencia hace referencia a la evitación completa de las bebidas alcohólicas. En cuanto al objetivo de la
bebida controlada, hace referencia a la posibilidad de que pueda entrenarse a los alcohólicos a mantener su bebida
dentro de límites moderados.

149
tados de Sturup (1964), demostraron que una proporción importante de incluso psicópa
tas severos se ajustaban a la comunidad tras una combinación de encarcelación, terapia
ambiental y psicoterapia.
Tras estas consideraciones, unidas a las de otros autores que consideran que los
pacientes con un trastorno de abusos de sustancias combinado con un trastorno antisocial
de la personalidad, cuyo tratamiento se centra en el abuso de sustancias, tienden a experi
mentar una modificación en su carácter patológico (Nace, 1989), nuestra primera propo
sición o recomendación sería centrarse en el tratamiento del abuso de sustancias, adap
tando el programa de tratamiento a las características de los sujetos con trastornos antisocial
de la personalidad, y no centrarnos en el tratamiento del trastorno antisocial para abarcar
el problema del consumo de sustancias, proposición o recomendación ya apuntada por
otros autores (Collins et al., 1988), al considerar que debido a que el tratamiento del tras
torno antisocial de la personalidad es notablemente difícil y debido a que se conoce más
acerca del tratamiento del abuso de sustancias, una estrategia sensata en el tratamiento de
tales casos sería comenzar centrándose en el abuso de sustancias, (Collins et al., 1988).

Adecuación de los programas al Tipo de Adicto Antisocial


En respuesta a la segunda cuestión, Mandell, en 1981, describió una serie de consi
deraciones al tratamiento específico del alcoholismo en la psicopatía, basándose en el
agente remisor del paciente al tratamiento, sugiriendo que el subtipo de "psicópatas pri
marios", a menudo son remitidos a un tratamiento a través de la intervención de una ter
cera persona (el esposo, el jefe o los tribunales.). Este autor sugiere que, "estos individuos
responden al tratamiento cognitivo que se centra en cómo el alcoholismo interfiere en los
propios objetivos y ambiciones del sujeto".
Los psicópatas "neuróticos", ingresan en el tratamiento a causa de su enfermedad
física o su miedo a enfermar, con explosivos episodios de ira. Estos individuos, a menu
do responden al entrenamiento en el manejo de la perturbación emocional, especialmen
te la ira. Su facilidad verbal es considerada como un obstáculo en este proceso.
Los psicópatas "inadecuados" o "culturales", ingresan en el tratamiento debido al ago
tamiento de recursos (económicos, personales, familiares.). Estos, más a menudo responden
a través de las reuniones de grupo que inducen a la abstinencia y al entrenamiento en habi
lidades de afrontamiento. Alcohólicos Anónimos es de particular ayuda para estos grupos.
Sin dirigirse en concreto al tratamiento en sujetos antisociales, Klein y Miller, (1986),
realizaron un análisis acerca de tres acercamientos para el tratamiento de la Drogadicción,
llegando a ciertas conclusiones que pueden ser de nuestro interés.
— El modelo de rehabilitación orientado a la abstinencia (en el que se incluirían los
grupos de auto-ayuda como Alcohólicos Anónimos y sus derivados Narcóticos Anónimos
y Dependientes Químicos Anónimos), sería más apropiado para aquellos individuos que
están motivados, que están en una fase temprana respecto a la adicción a las drogas y que
pueden permitirse una intervención potencialmente costosa en tiempo y energía.
— La Comunidad Terapéutica, sería indicada para aquellos individuos que tienen
una larga historia de conducta antisocial, especialmente para aquellos que han sido con
finados por los tribunales a estos ambientes de tratamiento durante varios años.
— El mantenimiento con metadona, estaría indicado para aquellos individuos que
han fracasado repetidas ocasiones en conseguir la abstinencia y que han sido incapaces de

150
estabilizar sus vidas, estos individuos son generalmente dependientes de los opiáceos y se
han visto implicados en numerosas actividades antisociales e ilegales.
Por otra parte y como punto clarificador, Klein y Miller apuntan que la psicoterapia
individual no es un sustituto de estos tres acercamientos, pero que puede complementar
los en los casos apropiados.
Rounsanville et al. (1982),centrándose en la hetereogeneidad de los sujetos en tra
tamiento para la adicción a los opiáceos, concluyeron que la gran mayoría de los adictos
tienen un trastorno psiquiátrico secundario (es decir poseen uno o más trastornos psi
quiátricos adicionales a su adicción a las drogas, bien sea una depresión, un trastorno de
la personalidad, o un alcoholismo, por citar los más frecuentes), por lo que señalan la
importancia de detectar y tratar las condiciones psiquiátricas de los adictos. Centrándose
en las tres categorías diagnósticas mayores siguientes: trastorno depresivo, personalidad
antisocial y alcoholismo, y sus implicaciones para el tratamiento, surgieron, en base a
numerosos estudios, el valor de los tratamientos psicológicos y farmacológicos, respecto
a los trastornos depresivos; respecto al alcoholismo, señalan la importancia de coordinar
los programas de alcohol y drogas, que generalmente son administrados de forma dife
renciada, y de la incorporación de técnicas generalmente reservadas para el tratamiento
del alcohol en los programas de tratamiento de drogas: respecto a adictos con personali
dad antisocial señalan que no existe tratamiento específico para este tipo de pacientes. Por
otra parte, la investigación respecto a los cambios de personalidad en el tratamiento de
drogas, ha demostrado que los rasgos psicopáticos no varían incluso cuando son detecta
dos cambios en otras características tales como el locus de control (percepción que un
sujeto posee sobre las contingencias que determinan los premios y castigos, puede ser
interno o externo al sujeto) o la depresión. A pesar de ello, el conocimiento de un diag
nóstico, puede ayudar a disponer al clínico a las necesidad de definir normas y ambientes
limitados para los pacientes con este trastorno.
Schubert et al. (1988), tras una revisión meta-analítica14 respecto a las asociaciones
entre el alcoholismo, el abuso de drogas y el trastorno antisocial de la personalidad, rea
lizaron una serie de consideraciones respecto al tratamiento de estos singulares pacientes,
concluyendo que las tipologías deben ser realizadas a través de los tres diagnósticos, y que
estas tipologías pueden ser útiles para clarificar los acercamientos de tratamiento más apro
piados. En particular, los pacientes con alcoholismo, abuso de drogas o personalidad anti
social, tienden menos a beneficiarse de la medicación psicótropa'5 y de la psicoterapia
tradicional (que requiere que se establezca, por decisión del propio paciente y del propio
terapeuta, un compromiso terapéutico), que de los tratamientos residenciales interactivos
(más susceptibles de control) o de las organizaciones orientadas a la auto-ayuda. Al mar
gen de abogar por la identificación de tipologías dentro de los tres trastornos considera
dos por estos autores, por su implicación en la eficacia de un tratamiento, los mismos auto
res consideran que deberían ser identificadas tipologías más específicas, por ejemplo

14 La meta-análisis o revisión cuantitativa es un resumen estadístico de varios estudios referentes a la misma


cuestión, frente a los análisis cualitativos tradicionalmente utilizados bajo una medida estadística común.
15 Los psicótropos son sustancias (drogas, agentes naturales o sintéticos) que provocan principalmente altera
ciones psíquicas de forma que alteran las vivencias y conductas generalmente de forma reversible.

151
cuando los déficits neuropsicológicos son evidentes, y en cuyo caso deberían ser aplica
dos tratamientos de terapia conductual como el entrenamiento en habilidades sociales. A
ésta última consideración, se unen las realizadas por Malloy et al., 1990, al sugerir que
dada la alta coincidencia de este tipo de déficits (neuropsicólogicos) en los pacientes adic
tos antisociales, éstos pueden influir en los resultados del tratamiento, por lo que merecen
ser evaluados. Las consideraciones respecto a los déficits neuropsicológicos los tratare
mos en el siguiente apartado.
Nace (1989), propuso la utilización de un acercamiento terapéutico, dirigido al tra
tamiento del alcoholismo y otros trastornos del consumo de sustancias, en el que el tras
torno antisocial en parte, y quizás de forma inadvertida también está siendo tratado. Este
autor hace referencia al programa de Alcohólicos Anónimos '6, considerando que pese a
que el tratamiento del trastorno de la personalidad no es completo ni totalmente abarcado
en el proceso de rehabilitación, sin embargo sí se inicia a través del tratamiento del alco
holismo. Con el objetivo de la sobriedad, la capacidad de observar y modificar los rasgos
del sujeto, arraigados al trastorno, mejora de forma significativa (Nace, 1989), es decir si
el sujeto permanece sobrio, será más fácil determinar qué manifestaciones son fruto del
consumo excesivo y cuáles son producto del propio trastorno, y con ello más susceptibles
de ser afrontadas. Dentro de las doce fases del programa, las fases consideradas como
dedicadas al tratamiento del trastorno antisocial de la personalidad, serían las 6 y 717, ya
que están dirigidas a los defectos de carácter.
Hemos considerado de interés el introducir esta referencia al programa de
Alcohólicos Anónimos, por ser uno de los tratamientos para el alcoholismo más utiliza
dos en la actualidad, y. al que se hace referencia de forma masiva en los trabajos no solo
referentes al tratamiento del abuso de sustancias sino también referentes al abuso de sus
tancias en sujetos antisociales. Nace (1989), de acuerdo con las tendencias propuestas por
algunos autores, aboga por ambientes de rehabilitación altamente estructurados en el tiem
po es programado, las actividades están estrechamente determinadas, y la conducta está
regulada por normas y ordenanzas. La acotación de situaciones es una característica cons
tante de tales programas, ej: limitación del consumo de alcohol o drogas, visitas limita
das, relativamente escasa utilización de medicación, y prohibiciones contra las malas
actuaciones.
Sin embargo los programas de Alcohólicos Anónimos ( o Narcóticos Anónimos),
forman en numerosas ocasiones, parte de otros programas, como un sistema de grupos de
apoyo o auto ayuda, programas que combinan otros tipos de acercamientos (ej; el
Entrenamiento de Habilidades para la Rehabilitación de Adultos (Skills Training for Adult
Recovery), para sujetos adictos a la heroína mantenidos con metadona, incluye además
un acercamiento psicoeducativo; Stark 1989).

16 Alcohólicos Anónimos (AA), es una asociación de ayuda mutua fundada en el año 1935 en USA y difundida
hoy en numerosos países. Sólo personas alcohólicas pueden ser miembros: se evita una organización centralizada y
aquellas permanecen en el anonimato. Partiendo de una labor socioterapéutica, basada en un bien del hábito de la bebi
da. (Dorsch, 1985).
17 Los pasos seis y siete del programa de Alcohólicos Anónimos son respectivamente: "Estamos totalmente dis
puestos a que Dios suprima todos esos defectos de carácter" y "Humildemente le pedimos que nos exima de nuestros
errores".

152
Y es c|ue tradicionalmente, ha ?sj§fo|g M anta§0nÍ5IH0 ClHíC IOS PSÍCÓlOgOS y SqUC^
líos que abogan por un modelo de auto-ayuda para la rehabilitación (Marlatt y Gordon,
1985; Miller, 1978) Sin embargo otros autores defienden la combinación de tales acerca
mientos, psicoeducativo y modelo de auto-ayuda.

LOS DÉFICITS NEUROPSICOLOGICOS EN LOS PSICÓPATAS ADICTOS AL


ALCOHOL Y/O LAS DROGAS

Muchos estudios han demostrado que existen déficits neuropsicológicos en consu


midores crónicos de alcohol, utilizando una variedad de baterias y tests (Malloy, 1989),
existiendo una abundante literatura acerca de los problemas neurológicos asociados con
el abuso de sustancias (Miller y Orr, 198); Ryan, 1980; Ryan y Butters, 1980) y sobre el
hecho de que el alcoholismo puede conllevar deterioros neurológicos (Begleiter, Porjesz,
Bihari, & Kissin, 1984; Schaeffer, Parsons & Yohman, 1984.) Por otra parte se ha demos
trado que cuando los adictos de forma adicional a su adicción se diagnostican con un TAP,
los déficits neuropsicologicos pueden agravarse de forma significativa (Griggs y Tyler,
1981 ; Rounsanville et al., 1987; Shuckit, 1985)
En esta misma línea, referente a la presencia de deterioro neuopsicológico en los
abusadores de sustancias con trastorno antisocial de la personalidad, evidenciada por diver
sos autores (Hoffman et al., 1987; Mally et al., 1989, 1990; Hellselbrock, 1985),
Hesselbrock et al. (1985), sugirieron que los programas de tratamiento deberían ser indi
vidualizados para adaptarlos a las necesidades del paciente. Un alcohólico cuyo funcio
namiento cognitivo esté deteriorado, podría requerir terapia de orientación conductual cen
trada en el entrenamiento del proceso de toma de decisiones. Por otra parte, un alcohólico
cuya habilidad cognitiva permanezca intacta y su funcionamiento esté dentro de un nivel
normal podría beneficiarse de programas educativos que traten de los efectos del alcohol
sobre el cerebro y la conducta. Este tipo de programa se espera induzca a un individuo a
reducir la ingesta de alcohol, por lo que limitaria sus efectos potencialmente dañinos del
alcohol al mínimo.
Otras puntualizaciones referidas a las implicaciones en el tratamiento de los déficits
neuropsicológicos son las señaladas por Malloy et al., (1989). Por ejemplo, los pacientes
de alto riesgo de experimentar déficits neuropsicológicos, deben ser identificados para ser
referidos a consultas neuropsicológicas o neurológicas o pueden ser objeto de un conse
jo adicional relativo a las consecuencias neuropsicológicas futuras del abuso continuado,
lo que puede servir como un motivador para conseguir la abstinencia. En casos de nive
les de deterioro evidentes, la intervención temprana en ambientes de vida supervisados,
puede ser más eficaz que el tratamiento intensivo de sustancias. Los pacientes con dete
rioro pueden tener dificultades particulares en grupos de tratamiento que enfatizan el sos
tenimiento de la atención, la memoria y las habilidades de solución de problemas. En los
casos menos severos, el personal puede designar al paciente como objetivo de una inter
vención individual especial diseñada para tener en cuenta estos déficits.
Con esta última consideración referente a la presencia de déficits neuropsicológicos
en los psicópatas adictos al alcohol y/o las drogas, obtenemos otro punto a tener en cuen
ta a la hora de seleccionar un tratamiento para este tipo de pacientes. El saber que un
paciente individual es altamente proclive a manifestar déficits neuropsicológicos puede

153
ser útil en la implementación de programas de cantidad de formas, así como el conocer
los déficits actuales del pacientes y su futuro riesgo de deterioro.

CONCLUSIONES
A lo largo de esta revisión, nos hemos encontrado con ciertas tendencias en los tra
bajos utilizados para el análisis Como indicábamos en la introducción a este artículo, dis
poníamos de distintos tipos de trabajos, dispuestos para su estudio. Sin embargo hay cier
tas características, que nos parece pertinente señalar.
En primer lugar, los trabajos referentes a la evaluación de resultados de tratamien
to, a menudo, no ofrecen una descripción detallada del tipo de tratamiento o programa de
tratamiento que se está aplicando. Por lo que las conclusiones no deben referirse a trata
mientos concretos o a aspectos de los mismos.
Por otra parte los tratamientos aplicados, no forman parte de un programa específi
co para el tratamiento de los adictos antisociales, sino que por el contrario se dirigen al
abuso de sustancias sin, la mayor parte de ocasiones, tener en cuenta las características de
personalidad de los sujetos que van a ser tratados. Dato que nos parece importante tener
en cuenta, antes de concluir, en la consideración de los resultados negativos obtenidos,
significando que ningún tratamiento ha demostrado tener eficacia para este tipo de pobla
ción. Es decir, quizás los resultados serían más positivos —o al menos mas clarificado
res— si los programas atendieran a los diferentes tipos de sujetos que van a ser objeto de
la intervención.
Pese a estas objeciones o carencias de las investigaciones, los trabajos y sus con
clusiones no carecen de interés, ya que los propios autores, a partir de ellas proponen nue
vas líneas de investigación, directrices y tendencias muy estimables.
En primer lugar es de destacar la unanimidad con que los autores sugieren los mayo
res beneficios del tratamiento del abuso de sustancias en sujetos antisociales, cuando éstos
posean un diagnostico adicional de depresión. Y no sólo obtienen mayores beneficios de
los tratamientos en general, sino que son susceptibles de beneficiarse de ciertos tipos de
tratamiento, (ej.: psicoterapia individual, terapia de grupo interaccional, etc,), los cuales
obtienen una evidente ineficacia en sujetos antisociales sin diagnóstico adicional de depre
sión.
Ello nos llevaría a la necesidad esencial de establecer un diagnóstico cuidadoso den
tro de la tipología existente en relación al trastorno antisocial (ej.: psicopatía idiopática
vs. sintomática.)
Pero los resultados no sólo varían en cuanto a la tipología del trastorno antisocial,
sino en cuanto a la tipología dentro del trastorno de la adicción, muy solapada con la ante
rior (ej.: alcohólico esencial vs. alcohólico reactivo; alcoholismo primario vs. secunda
rio.). Pero no vamos a entrar en los aspectos diagnósticos y tipológicos. Tan sólo preten
demos señalar, a la luz de las investigaciones citadas, la importancia de utilizar un sistema
de clasificación fiable y válido, haciéndonos eco de numerosos autores, para la asignación
de diferentes tratamientos.
Otro punto a destacar sería la necesidad de evaluar el posible deterioro neuropsico-
lógico del sujeto, a la hora de asignar qué tratamiento es susceptible de ser el más eficaz
para el sujeto en cuestión. Es evidente por tanto que es necesaria una investigación futu
ra, basada en una cuidadosa delincación de estos diagnósticos.

154
Una vez efectuados los diferentes diagnósticos pertinentes (en relación al tipo de psi
copatía, abuso de sustancias y categorías diagnósticas adicionales) como ya hemos indi
cado, el control del abuso de sustancias deberá ser la meta principal del tratamiento.
En otra línea, es de interés destacar el acuerdo de muchos autores en abogar, para el
tratamiento de este tipo de pacientes, por tratamientos y ambientes altamente estructura
dos en centros residenciales, con objetivos claramente marcados, con un control conduc-
tual significativo, con actividades programadas, etc., (Coping Skills Training) y objetar
por el contrario la aplicación exclusiva de tratamientos en que se exija al paciente cierta
implicación con el terapeuta, grupo, etc. o el compromiso de sus emociones (ejemplo, psi
coterapia tradicional o interaccional). Entre otras razones, ya señaladas en este artículo,
se apuntan a que sus pacientes con personalidades psicopáticas severas llegar a ser extre
madamente problemáticos y con frecuentes conductas perturbadoras, así como manipu-
lativos y explotadores. Sin embargo, no siempre se destacan como negativas este último
tipo de intervenciones, aludiendo a que existen adictos antisociales al alcohol y/o a las
drogas susceptibles de beneficiarse de tales intervenciones, pero de nuevo surgiría la pre
gunta: ¿Qué tipología es dentro del trastorno antisocial, susceptible de tal beneficio? ... .
En suma, en general y bajo condiciones especiales de aplicación destacamos:
— Es preferible la aplicación de tratamientos bajo condiciones de institucionaliza-
ción.
— El entrenamiento de habilidades, parece más apropiado para los psicópatas "idio-
páticos", frente a cualquier otro tipo de tratamiento (habría que destacar que este es uno
de los tratamientos más carentes de investigación)
— Aunque la psicoterapia tradicional es ineficaz para la mayor parte de abusadores
antisociales, existen subtipos susceptibles de beneficiarse de la misma.
— Los grupos de terapia son efectivos para la prevención de la conducta de nega
ción de los pacientes, requiriendo que el paciente asuma la responsabilidad de sus actos.
— Las técnicas de modificación de conducta, basadas en la administración de con
tingencias o recompensas (premios y castigos), pueden ser útiles para este tipo de pacien
tes. Sin embargo dado que los refuerzos pueden ser difíciles de definir para los abusado
res antisociales, tal técnica debería ser aplicada de forma individual.
— La medicación de psicofármacos es cautelar par este tipo de pacientes, ya que
pueden incrementar la conducta agresiva; en combinación con otras drogas pueden supo
ner una sobredosis; y pueden ser fuente de abuso.
Sin embargo, y pese a que estas conclusiones no carecen de interés, tan sólo las con
sideramos el punto de partida de lo que debería ser un cuerpo científico específico de
investigación, dada la ausencia de estudios definitivos. A saber, el estudio de tratamien
tos específicos, elaborados para una población específica y diferenciada como son los psi
cópatas adictos.
Como línea generales de actuación, a la hora de implementur un tratamiento para los
psicópatas adictos al alcohol y/o las drogas, de acuerdo con las investigaciones realizadas
hasta la fecha, propondríamos:
a) Centrarnos en el tratamiento de la adicción, para derivar después del tratamiento
de la psicopatía .
b) Diagnosticar que patologías concurren de forma adicional con la psicopatía, adic
ción, con el fin de determinar las diferentes tipologías dentro de los trastornos dada la
implicación en los resultados de tratamiento.

155
c) De acuerdo con las tipologías anteriores, seleccionar el tipo de tratamiento para
el abuso de sustancias, que más se adecúe a las características de personalidad y necesi
dades del paciente, así como a su posible deterioro neuropsicológico.

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159
ESTUDIO INTERNACIONAL SOBRE
DELINCUENCIA MEDIANTE AUTO-INFORME
EN ALBACETE, ESPAÑA Y OMAHA,
NEBRASKA, ESTADOS UNIDOS
(ESTUDIO PILOTO)1
ROSEMARY BARBERET, CRISTINA RECHEA ALBEROLA,
JUAN MONTAÑÉS RODRIGUEZ
(Universidad de Castilla-La Mancha)

INEKE HAEN MARSHALL


(Universidad de Nebraska en Omaha).

El equipo investigador agradece la colaboración del Excmo. Ayuntamiento de


Albacete y de la Universidad de Castilla-La Mancha, así como el buen trabajo y la pacien
cia de nuestros entrevistadores: Lydia Benítez Fernández, Inmaculada Aroca Ibáñez,
Rosario Gómez Castelló, Simona Martínez Culebras, María Isabel Mínguez Valero,
Manuela Salinas Sánchez, Nuria Tebar Martínez, Soledad Tendero Rubio y Julia Valle
Pareja.
En Omaha, participaron junto a la Dra. Marshall los siguientes investigadores: Dr.
Vicent J. Webb, Mickey Coffey, Vic Bumphus y Suzie Roach.

1 Ponencia presentada en la Reunión Anual de la Sociedad Americana de Criminología, Nueva Orleans, Luisiana,
4-7 Noviembre, 1992.

161
INTRODUCCIÓN
Teniendo en cuenta la gravedad del problema del consumo de drogas y de la delin
cuencia entre los jóvenes, parece sumamente importante que los políticos y la comunidad
científica tengan un mejor conocimiento de las relaciones entre droga y delincuencia, así
como de su evolución. Por otra parte, entendemos que la creciente cooperación entre los
países europeos y la necesidad de un intercambio internacional con países científicamen
te avanzados como los Estados Unidos de América, facilita y hace urgente la investiga
ción comparada sobre el desarrollo del consumo de drogas y de la delincuencia en la juven
tud.
En este contexto surge el presente proyecto de investigación de una reunión, man
tenida en 1988 por un conjunto de países de la OTAN, donde se decidió realizar un estu
dio sobre drogas y delincuencia por medio del autoinforme. Desde ese momento el
Ministerio de Justicia Holandés se interesó por dicho proyecto y se comprometió a coor
dinar los esfuerzos internacionales para llevarlo a cabo. Hasta 1 99 1 no había existido cola
boración española para la realización del mismo. La posibilidad de representar a España
en este esfuerzo se le propuso a los miembros del Master de Criminología de la Facultad
de Derecho de Albacete (Univ. de Castilla-La Mancha), que se comprometieron, en una
reunión preliminar en Amsterdam (Junio 1991), en la participación y ejecución de dicha
investigación en nuestro país.
El equipo internacional sugirió que el proyecto se realizara en dos fases:
1. Un estudio piloto para probar la viabilidad y el ajuste del cuestionario a la reali
dad social de cada país.
2. Un estudio amplio en una muestra representativa de los jóvenes en la población
de cada país que participa.
El presente estudio responde a la realización del estudio piloto de ese proyecto en la
ciudad de Albacete, con la colaboración económica del Excmo. Ayuntamiento de la ciu
dad, y en la ciudad de Omaha, Nebraska ([Link].) con el patrocinio del Comité
Universitario de Investigación y el Departamento de Criminología de la Universidad de
Nebraska en Omaha.
Dado que los datos que se ofrecen en este trabajo proceden precisamente de un estu
dio piloto, con una muestra muy restringida que estadísticamente no representa a toda la
población de las dos ciudades, es conveniente que éstos se interpreten y valoren con la
suficiente prudencia y cautela científica.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA


La mayoría de los políticos y casi todos los investigadores en el campo de la crimi
nología son conscientes de que las cifras oficiales de consumo de drogas y delincuencia
tienen graves limitaciones, entre las que destaca, por ejemplo, el hecho de que sólo las
personas que cometen un delito, que es denunciado, son incluídas en las estadísticas ofi
ciales.
Los resultados, hasta ahora limitados, de las investigaciones llevadas a cabo por
medio del autoinforme sugieren que hay tanta conducta delictiva, así como consumo de
droga, que no son detectados, que el conocimiento que se tiene acerca de la cantidad, ori

162
gen y desarrollo de la criminalidad es a todas luces insuficiente. Lo cual repercute en que
las políticas de prevención, así como las medidas penales convencionales que existen para
el control de la delincuencia y de la droga, no tengan el efecto deseado sobre la tasa total
de la población delictiva. Las estadísticas oficiales no sólo desconocen la cantidad verda
dera de delincuencia real, sino que ignoran también hasta qué punto es significativa la cri
minalidad no conocida y si ello ocurre para todo tipo de actos antisociales. Tengamos en
cuenta que existe una tendencia a no denunciar los delitos menores y a sobreestimar los
graves: y que hay estudios que revelan que existen hasta diez o veinte delitos admitidos
para cada uno de los oficiales. En este sentido ciertos estudios de victimización presentan
una valiosa correción a las estadísticas oficiales, aunque no ofrecen muchos datos sobre
el autor del delito. La investigación por autoinforme, en consecuencia, viene a ser una
alternativa a las estadísticas oficiales. Los datos conseguidos por autoinforme pueden dar
información sobre delitos personales, no personales, sin víctimas..., sobre los actores y
sobre las relaciones existentes entre tipos de delitos y transgresores, sobre el número de
delincuentes en comparación con el número de delitos..., etc que de otra forma no sería
fácil conocer.
La droga y la delincuencia son un problema fundamentalmente juvenil con causas y
raíces comunes. La delincuencia juvenil constituye un problema social grave práctica
mente en todos los países occidentales: los costes económicos de este tipo de delito son
enormes, sobre todo en países donde las autoridades locales tienen que manejar presu
puestos y recursos limitados.
Saber la cantidad de jóvenes involucrados en la delincuencia, las tasas individuales
de delincuencia (la llamada "productividad" de los delincuentes), la versatilidad de los
delincuentes, así como la ubicación de los delitos en relación con el domicilio de los delin
cuentes, son, sin duda, la base de todo proyecto encaminado a la planificación, imple-
mentación y evaluación de programas de prevención de la delincuencia.

METODOLOGIA
Asumida la necesidad de datos internacionales sobre la delincuencia y consumo de
drogas juvenil, utilizamos el método de autoinforme porque se ha considerado el más
válido para los objetivos que pretende esta investigación. La conducta antisocial medida
por este método es conducta "admitida", y se consigue por medio de preguntas directas a
los jóvenes sobre su propia conducta antisocial, por medio de entrevistas y cuestionarios.
El método de autoinforme en criminología se ha utilizado en los Estados Unidos
desde los años 40, pero ha surgido sólo recientemente en España —en los años 80—, como
una nueva forma de recaudar datos sobre la delincuencia.
La criminología es todavía un campo subdesarrollado en España, y por consiguien
te el método de autoinforme para detectar la delincuencia y el consumo de drogas ha sido
infrautilizado. Sin embargo, se han llevado a cabo dos estudios importantes sobre delin
cuencia y el uso de drogas utilizando el método de autoinforme en Navarra (Hualde &
Lozona, 1982, 1986, 1992), y en Galicia (Luengo, 1989, Otero, 1992). También se han
incluido escalas de delincuencia autoinformada en otros estudios encargados por entida
des municipales o regionales, Dado que estos estudios se han realizado por empresas pri
vadas por contrato con estos organismos, se consideran propiedad del cliente y muchas
veces no se han publicado. Por tanto, aunque hay poca evidencia de una tradición de auto

163
informe en España, no se puede afirmar que no exista, aunque no se ha hecho hasta ahora
ningún estudio de delincuencia por autoinforme a nivel nacional.
En cambio, cuando se ha estudiado sólo el consumo de drogas, si es frecuente encon
trar trabajos realizados con el método de autoinforme y publicados en España (Cidur-
EDIS, 1980; Al vira Martín, 1985; Comas, 1985; Navarro, 1985; Mendoza, 1987; Calafat,
1989; Elzo, 1989; Comas 1990). Los años 80 han sido una decada de gran proliferación
de estudios de este tipo.
En comparación con España, los estudios mediante autoinforme en los Estados Unidos
se hacen desde los años 40 y constituyen un enfoque importante en el estudio de la delin
cuencia. Con delincuentes adultos han sido limitados: sólo tenemos dos estudios con delin
cuentes encarcelados, realizados por Rand Corporation (Peterson & Braiker, 1980, y
Chaiken & Chaiken, 1982); el segundo de los cuales ha sido replicado en Colorado (Mande
& English, 1988) y Nebraska (Horney & Marshall, 1990). La mayoría de los estudios
mediante autoinforme se ha realizado con poblaciones jóvenes (por ejemplo, Hirschi, 1969;
Elliot & Voss, 1974; Elliot & Ageton, 1980; Hindelang, Hirschi & Weis, 1981). Ellos han
demostrado que las personas están dispuestas a admitir conducta delictiva en un cuestio
nario y también la existencia de más delincuencia de la que aparece en los datos oficiales.
El estudio más completo hecho hasta el momento en Estados Unidos con el Método
de autoinforme ha sido hasta ahora la Encuesta Nacional Juvenil (National Youth Survey)
(Elliott et al., 1983, Huizinga & Elliott, 1987): un estudio longitudinal de la conducta delic
tiva, el consumo de alcohol y drogas, y el abuso grave de sustancias por parte de la pobla
ción juvenil estadounidense. Basándose en una muestra probabilística, construida para ser
representativa de la población juvenil entre 11 y 17 años de los Estados Unidos en 1976,
Elliot y sus colegas estiman la incidencia de la delincuencia (el número medio de delitos
por persona) y la prevalencia (proporción de la población juvenil involucrada en la delin
cuencia).
La validez y fiabilidad de los datos obtenidos por medio de autoinforme siempre han
preocupado a los investigadores, pero aún más cuando se trata de recaudar datos sobre
delincuencia juvenil y adulta (Weis, 1986): mientras que la fiabilidad de los datos obteni
dos ha sido bastante bien establecida la validez se ha mostrado mucho más problemática,
Por ejemplo, las investigaciones han sugerido que puede existir una validez diferencial de
medidas de autoinforme para negros y blancos en Estados Unidos (Hirschi, 1969;
Hindelang et al., 1981; Elliott et al., 1983).

1. Lugares de la muestra: Albacete y Omaha


Albacete
Albacete (Al-Basit, la llanura) es una ciudad de 135.889 habitantes, capital de una
provincia de 14.852 km2 y 346.217 habitantes. Ocupa el número 29 entre las capitales de
provincia. La densidad de población de la provincia es por tanto muy baja (23 habitantes
por km2) y se concentra prácticamente en un 40% en la ciudad. Pertenece a la región cas-
tellano-manchega, famosa por ser escenario de las correrías del inmortal D. Quijote de la
Mancha. Se encuentra enclavada en el sureste del centro de la península Ibérica y debi
do a su privilegiada situación geográfica, respecto al resto de regiones españolas, ha sido
a través de los tiempos modernos cruce de caminos de relevante importancia.

164
Es una ciudad pequeña y cómoda, con modernas edificaciones y grandes zonas ver
des; una ciudad de servicios, administración pública y comercio, centro de una importan
te zona agrícola y con un evidente, aunque modesto, despertar industrial. La provincia, de
la que es capital, ocupa un discreto 38° lugar de renta per-cápita entre las 50 provincia
que constituyen España. En el sector agroalimentario destaca la producción agrícola de
cereales, vinos, leguminosas y hortícolas, así como la producción ganadera, especialmente
de corderos y ovejas; existe también en la zona una importante riqueza cinegénetica de
perdices, conejos y liebres. Todo ello se está constituyendo en la base de un desarrollo
industrial agroalimentario, todavía muy embrionario. Otras industrias albaceteñas, algu
nas de muchísima tradición, son: cuchillería, confección, construcción y metal. Albacete
tiene además una de las bases aéreas españolas.
La ciudad de Albacete, aunque su origen es medieval, tiene una estructura urbanís
tica moderna, con un centro de principios de siglo y unos sucesivos anillos de desarrollo
que la han hecho crecer en las últimas décadas. No obstante, tiene una estructura urbana
poco homogénea: consta de un centro claramente definido donde se agrupan los servicios
administrativos y el comercio; de un ensanche donde se han instalado las clases medias;
y de una periferia, en parte formada por asentamientos espontáneos donde prima la auto
construcción, y en parte modelada de forma regular y planificada (barriadas sociales). Los
barrios periféricos, separados de la ciudad por una auténtica frontera, constituida por el
ferrocarril y la carretera de circunvalación, concentran los mayores bolsas de pobreza,
incultura y segregación social de la ciudad.
La población de Albacete es joven y, en consecuencia, con un potencial demográfi
co considerable. Por otra parte, aunque se encuentre en una zona fuente tradicional de emi
grantes de otras tierras de España y del extranjero, ha sido receptáculo de una parte impor
tante de la emigración del entorno rural, todo lo cual le da una imagen peculiar donde se
entrecruzan lo urbano con lo rural. La única minoría étnica importante numéricamente son
los gitanos, estimados en un 1 % de la población total de la ciudad.

Omaha, Nebraska
Omaha se ubica en la orilla occidental del Río Missouri en la parte medio-occiden
tal de los Estados Unidos. La ciudad ha sido un importante centro de la agricultura y el
transporte desde que se fundó a finales de la década de 1 850. Omaha ocupa el lugar 48 de
las ciudades estadounidenses y el 63 entre las áreas metropolitanas de la nación. Tiene
618.262 habitantes dentro de esta área metropolitana, que comprende cuatro condados, y
más de un millón de habitantes en un radio de 50 millas alrededor de la ciudad. La pobla
ción dentro de los límites de la ciudad es aproximadamente de 360.000. Desde 1980, la
población de Omaha se ha incrementado en un 5'7%. El grupo étnico más importante de
Omaha son los Afro-americanos (cerca de un 13%).
Las industrias más importantes de Omaha son seguros, telemarketing, comunica
ciones, agricultura (preparación de carnes para la venta), y ferrocarriles. La ciudad sirve
como centro regional de servicios y de comercio. La base aérea Offutt, la sede del
Comando Estratégico Estadounidense, se ubica en el área metropolitano de Omaha. La
tasa de paro (3'1%) de 1991 es menor a la tasa nacional. La tasa de delincuencia ha sido
consistentemente más baja que en otras ciudades estadounidenses de tamaño similar en
años recientes. El coste de vida es menor al coste nacional medio.

165
El Cuestionario
Se ha diseñado un instrumento común que ha sido ya probado en seis países: EEUU,
Italia, Francia, Suecia, Irlanda del Norte y Holanda. Este cuestionario funcionó bien con
muestras y grupos de edades diferentes. No se encontraron graves problemas, pero se están
introduciendo pequeños cambios que lo mejoren.
La traducción y adaptación a la población española la realizaron los autores del pre
sente trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha. Lo que parecía inicialmente una
simple tarea de traducción se convirtió en largas discusiones acerca del lenguaje coloquial
y el significado cultural de las palabras para adecuarlo a la población a la que iba dirigi
do .Por ejemplo, en vez de utilizar la palabra "la policía" para la pregunta "Te cogió algu
na vez...?" se incluyó ambas palabras "policía y guardia civil", No estaba claro que la pala
bra "policía y guardia civil" servía como palabra genérica para identificar a todos los
miembros de las fuerzas y órdenes de seguridad pública en España. Dado que la guardia
civil suele operar en zonas rurales, pareció oportuno incluir ambas palabras, por si el acto
delictivo hubiera ocurrido en una zona rural y por si la persona hubiera sido detectada por
la guardia civil. Hubo otros items que incluyeron conductas inexistentes en el contexto
español, que dejamos en el cuestionario de todas maneras. Por ejemplo, la idea de que la
policía pararía a un niño en la calle en horas escolares, por sospechar que estaba hacien
do novillos, es improbable. Además, dado que Albacete es la capital de la cuchillería espa
ñola, se preveía problemas con las tasas de prevalencia de llevar armas (navajas), puesto
que muchos residentes de Albacete llevan navaja por razones estéticas, por costumbre, o
por su utilidad. Finalmente nadie en Albacete había oído hablar de la droga "angel dust"
(PCP). Aparte de dejar en el cuestionario items, como éstos, aunque su probabilidad de
ocurrencia en el contexto español fuera nula, también se llegó al acuerdo en otros items,
de anular las respuestas precodificadas y dejar la respuesta abierta.
Para un mejor desarrollo de la teoría y el entendimiento del consumo de drogas y la
delincuencia juvenil, el cuestionario incluye ciertos items sobre relaciones de los jóvenes
con la familia, el ambiente escolar o laboral, el grupo de iguales, el ocio y la comunidad.
Además en la versión española se ha introducido una escala de inpulsibilidad para poder
estudiar las características de personalidad que tienen relación con la delincuencia y el
consumo de drogas. A fin de validar la consistencia interna del cuestionario, se han repe
tido ciertos items al final del mismo.
En Omaha, se hicieron cambios relativamente leves al cuestionario, Por ejemplo, en
vez de "litter bin" (expresión más bien inglesa), se utilizó "trash can". El item que pre
guntaba en qué país había nacido el padre del sujeto era bastante irrelativamente para
Omaha, donde el porcentaje de padres nacidos en el extranjero es casi nulo. Sin embargo,
se incluyó de todas maneras. A fin de validar la consistencia interna del cuestionario, se
han repetido ciertos items al final del mismo

Muestreo
Se consideraron varios métodos de muestreo: rutas aleatorias, barridos de bloques
censales y muestras escolares. Estos métodos se habían utilizado ya en algunos de los paí
ses en su fase piloto. Aunque un muestreo aleatorio no era necesario para los intereses
fundamentales de este estudio piloto, a efecto de que los datos pudieran considerarse más
útiles, se quiso probar el método y al mismo tiempo obtener datos lo más válidos posible.

166
Ademas, la colaboración con el ayuntamiento de Albacete dio la idea de que resultaría rela
tivamente fácil obtener las listas del padrón municipal de los jóvenes entre 14-21 años resi
dentes en la capital. No obstante, en el momento en que se hizo la solicitud de las listas del
padrón, se estaba produciendo a nivel nacional un debate sobre la intimidad de los datos per
sonales. Se llegó a un compromiso con el ayuntamiento para garantizar la intimidad de los
ciudadanos de Albacete y el departamento de estadística municipal proporcionó dos listas
de direcciones de jóvenes, sin que constase nombre y apellidos, generadas aleatoriamente,
en función de la población juvenil en cada distrito municipal. La primera lista era con la que
se trabajó, y la segunda sirvió para las sustituciones.
En resumen, en Albacete, las entrevistas personales se hicieron en base a las listas
municipales de jóvenes de 14-21 años en 7 zonas de la ciudad, más otra zona compuesta por
las pedanías, en proporción a la población en cada zona de la ciudad.
Los directores del proyecto piloto de Omaha también consideraron distintos diseños
de muestreo. El método de ruta aleatoria hubiera sido imposible en una ciudad del tamaño
de Omaha. El área metropolitana cubre un territorio muy extenso: una gran proporción de
las casas están deshabitadas durante el día, y los costes asociados con el proceso de locali
zar y entrevistar a residentes parecían prohibitivos. Se pensó en una segunda opción que
fuese la combinación de entrevistas telefónicas y personales, que se rechazó también al resul
tar muy costosa: solamente la parte telefónica hubiera acabado con el presupuesto.
Finalmente, los directores decidieron que un diseño muestral aleatorio no era posible dado
el presupuesto. Sin embargo, querían una muestra representativa de los jóvenes de distintas
áreas de la ciudad, y una muestra desproporcionada de minorías y de varones. Dado que el
estudio piloto se hizo en junio, una muestra escolar tampoco era factible. La solución final
fue contactar a los jóvenes a través de varias organizaciones y lugares donde éstos acos
tumbran a juntarse en el verano, como el Boys Club y el YMCA.
La Tabla 1 (pág. 174), resume las características de las dos muestras.

Trabajo de Campo
El trabajo de campo en Albacete se inició en marzo de 1992 y se prolongó hasta
Agosto del mismo año.
La selección de entrevistadores se hizo entre los alumnos del Master en Criminología
interesados en el tema y los jóvenes registrados en la bolsa de trabajo del Ayuntamiento. Al
final el equipo de entrevistadores estuvo formado por cinco alumnas del Master de
Criminología (todas ellas asistentes sociales), y cuatro personas de la bolsa de trabajo del
Ayuntamiento (2 de las cuales eran también asistentes sociales): 8 mujeres y 1 hombre. La
edad media de los entrevistadores, ponderada por el número de entrevistas realizadas, fue
de 25 años.
Decidimos realizar entrevistas personales y no auto-administradas, aunque a nivel
nacional, se ha visto la conveniencia de incorporar una parte autoadministrada. Dado que
los entrevistadores albaceteños eran inexpertos en estas tareas, se vió la necesidad de pro
porcionarles la formación necesaria. Para ello, se elaboró un manual y se les dió una sesión
formativa de cinco horas. A cada entrevistador se le entregó un carné de identificación y se
les renumeró con 1.500 ptas. por entrevista válida. Además, los alumnos del Master en
Criminología tuvieron la oportunidad de ganar créditos como parte de las prácticas obliga
torias en el mismo.

167
En España, se decidió no pagar a los sujetos entrevistados, al no ser la costumbre en
comparación a otros países como en Estados Unidos. Se decidió observar la situación para
ver si había problemas de participación si no se ofrecía renumeración. No hubo grandes pro
blemas: las negativas que se dieron no parece que se debieran a la falta de remuneración.
El equipo director del trabajo realizó además un control de calidad de las entrevistas
en el 100% de las mismas. La mayoría resultaron correctas desde el principio. Algunas de
ellas fueron rechazadas y los entrevistadores tuvieron que realizar otras (sustituirlas), por
presencia de familiares durante la entrevista. Otras tuvieron que corregirse volviendo al
domicilio por falta de algún dato.
Se realizó también un control de falsificación sobre un 1 1 % de las entrevistas totales,
sin haberse detectado ninguna evidencia de falsificación. Este control consistía en volver a
contactar con las personas entrevistadas y comprobar su participación.
Se entrevistó también a los entrevistadores sobre sus experiencias con el trabajo y las
reacciones de los sujetos al cuestionario. Generalmente, se encontraron pocos problemas.
La colaboración de los vecinos era buena, y solían ayudar al entrevistador, a veces incluso
ofreciéndoles información sobre cómo encontrar al sujeto si no estaba en casa. La utiliza
ción del nombre de la Universidad de Castilla-La Mancha, como organizadora del estudio,
daba creabilidad y facilitaba la interacción. No hubo duda por parte de los sujetos acerca de
la garantía del anonimato. La mejor hora para entrevistar era la hora de la sobremesa.
Generalmente, los jóvenes eran receptivos, y se necesitaban pocos argumentos para con
vencerles de que participasen.
Las dificultades surgieron sobre todo a la hora de localizar a los sujetos, porque aun
que el 70% de las direcciones llevaron a entrevistas válidas, el 30% restante crearon muchos
problemas posteriores, hasta el punto de tener que ser necesaria su sustitución. Además, dado
que la mayoría de los sujetos vivía en pisos, los entrevistadores tuvieron que comunicar pri
mero por el telefonillo desde fuera, lo cual daba a la familia una salida fácil para no cola
borar. Los entrevistadores crearon varias formas de resolver este problema. Algunos inten
taron "adoptar una voz creíble" y otros sencillamente pidieron entrar al edificio para luego
subir y convencer al sujeto o su familia en persona, lo cual resultaba mucho más fácil.

Tasas de Respuesta
Entrevistas sin problemas 98 (70%)
(La dirección era válida, había un joven en el domicilio,
decidió participar, y la familia colaboró y accedió a la
intimidad requerida)

Sustituciones (una o más veces; se enumera la razón para la primera sustitución)


Inválida (otras personas presentes) 4
Negativas 4
Negativas de parte de la madre 1
La dirección no existía 2
No existía joven en la dirección 15
Ausencia 4
Traslado 5
No consta 7
42 (30%)

168
En el trato con el sujeto y su familia, al entrevistador se le pedía su carné de identi
ficación, o el nombre de los directores del estudio. Algunas veces las madres querían asis
tir a la entrevista; en ese caso, el entrevistador explicaba el requisito de la intimidad.
Acerca de las reacciones al cuestionario, hubo pocos problemas. Generalmente, los
sujetos opinaron que el cuestionario era muy completo pero largo. La primera parte del
cuestionario, donde se pregunta sobre las experiencias familiares y escolares, normalmente
se realizaba sin problemas. Durante la segunda parte, cuando se entra en variables de com
portamiento delictivo, las preguntas empiezan a sorprender al sujeto. A veces piensa que
aquellos items no le son aplicables. Sin embargo, los entrevistadores creen en la sinceri
dad de los sujetos. Si algunas respuestas no han sido verdaderas, ellos piensan que no han
sido por mentir, sino por problemas de memoria y cansancio. A veces, al final de la entre
vista, surgieron breves conversaciones sobre los actos admitidos en el cuestionario. En
general, entonces, los jóvenes eran cooperativos y no tenían grandes críticas del cuestio
nario.

LA UBICACIÓN Y LA ENTREVISTA DEL SUJETO


Las entrevistas válidas necesitaban una media de dos contactos antes de obtener la
entrevista, con un rango de 1-11 contactos.

Número de Contactos Necesitados para Obtener una Entrevista

1 44 (31%)
2 51 (36%)
3 22 (16%)
4 9 ( 7%)
5+ 14 (10%)

140

Los sujetos se localizaron a todas horas, (de las 9'00 hasta las 2 T00, pero más de la
mitad se localizaron entre las 16'00 y las 19'00 (la media era 16'00).

Hora de comienzo para las Entrevistas Válidas

Mañana (hasta 13'00) 34 (24%)


Almuerzo (14'00-15'00) 27 (19%)
Sobremesa (16'00-19'00) 73 (52%)
Tarde (20'00+) 6 ( 5%)

140

Las entrevistas tuvieron lugar mayoritariamente en el domicilio del sujeto

169
Lugar de la Entrevista

En su domicilio 126 (90%)


En otra casa particular 0
En un lugar público 12 ( 9%)
Otro 2 (1%)

140

Las entrevistas duraron una media de 27 minutos, con un rango de 10-55 minutos

Duración total de la Entrevista

0- 1 5 minutos 27 (19%)
16-30 minutos 81 (58%)
31-45 minutos 30 (21%)
46+ 2 ( 2%)

140

Durante el mes de agosto, una vez concluido el proceso de cumplimentación del


cuestionario, se procedió a grabar los datos en el programa Dbase III+.
Una diferencia importante entre el trabajo de campo en Omaha y Albacete es el asun
to de consentimiento de los padres. Para el proyecto piloto, el consejo de Revisión
Institucional de la Universidad de Nebraska, un consejo formado por profesores que revi
sa el tratamiento ético de los sujetos en investigaciones llevadas a cabo por los profeso
res de la universidad, eliminó el requisito normal de consentimiento de los padres. Sin
embargo, los directores del estudio están enfrentándose actualmente a un proceso largo y
difícil acerca del consentimiento de los padres, por los requisitos exigidos por los conse
jos escolares. El estudio nacional en España no utilizará ningún formulario especial para
menores de edad, aunque claro está, los padres pueden negar la participación de sus hijos
en el estudio si lo desean.
Los entrevistadores en Omaha (tres alumno de postgrado) no fueron entrevistados
sobre su experiencia, pero la opinión de los directores del estudio es que disfrutaron en
esa tarea, y no parecían intimidados o temerosos ante esa experiencia. Habitualmente, los
directores del proyecto (Dres. Marshall And Webb) hacían el contacto inicial con las orga
nizaciones y concretaban los detalles. Luego le correspondía a uno de los entrevistadores
seguir con el contacto y solucionar los detalles prácticos. Normalmente, en el tablón de
anuncios de la organización, indicaban el día y la hora en que se realizarían entrevistas
allí. A veces los sujetos estaban esperando en cola para participar. Se pagaba a cada uno
unas 400 ptas., y parece que fue un buen incentivo, particularmente para los más jóvenes.
Los directores habían temido que la requerida firma del sujeto (al terminar la entrevista y
aceptar la paga, el joven tenía que firmar un recibo como parte de los requisitos adminis
trativos de la universidad) iba a preocupar al sujeto la garantía de anonimato, pero es inte
resante notar que el problema nunca surgió. Después de la entrevista, varios jóvenes dije
ron que había sido divertida.

170
RESULTADOS
La Tabla 2 (págs. 175, 176 y 177), detalla las tasas de prevalencia encontradas para
ambas muestras: la de Albacete y la de Omaha. Sin embargo, debido a distintos diseños
muestrales, diversidad de muestras, y otras diferencias estructurales entre las dos ciuda
des, la comparación de tasas de prevalencia resulta improcedente. No obstante, dadas las
tasas generalmente altas de la muestra de Omaha, quizás vale la pena destacar los items
para los que las tasas de Albacete sobrepasan a las de Omaha: conducir sin permiso/segu
ro, grafiti, dañar una papelera pública y beber bebidas alcohólicas. Conducir sin permiso
en Albacete está significativamente relacionado con la edad (p<.05); los menores de 18
años tenían más probabilidad de conducir sin permiso o seguro que los de 1 8 años o mayor
edad.
Más interesante es el análisis de las asociaciones entre variables. En cada muestra
de estadística j i-cuadrada para sexo y delincuencia autoinformada se computó (ver Tabla
3, pág. 178). En el piloto de Albacete sólo se encontraron tres items con una asociación
significativa entre sexo y delincuencia auto-informada: llevar un arma (hay que mencio
nar que de las 15 armas llevadas, 12 eran navajas), dañar una papelera pública, y dañar
"otras cosa". El piloto de Omaha encontró asociaciones significativas para dos tercios de
los items de delincuencia auto-informada. Además, mientras que en el piloto de Omaha
aparece un item donde las mujeres auto-informaban más que los hombre, en el piloto de
Albacete no se da ninguno, solamente items donde los hombre auto-informaban más que
las mujeres.
También son interesantes los resultados de cada proyecto piloto acerca de la consis
tencia de las respuestas de items de delincuencia auto-informada. Ambos proyectos pilo
tos repitieron algunos items al final del cuestionario para medir validez y fiabilidad. La
Tabla 4 (pág. 179), compara estos resultados. Aunque solamente un item apareció en
ambas escalas (robar de una tienda), vemos que las tasas de consistencia son generalmente
altas en las dos muestras. En consecuencia, parece que este cuestionario tiene una alta con
sistencia interna al menos en dos culturas distintas.

Conclusiones
Estos dos proyectos piloto, aunque realizados en dos lugares muy diferentes y de dis
tintas maneras, sí que nos llevan a algunas conclusiones acerca de la implementación del
cuestionario de delincuencia auto-informada. Primero, el cuestionario parece ser cultu-
ralmente neutral. Se necesitó poca adaptación para hacerlo relevante en cada contexto cul
tural. Segundo, el cuestionario parece gozar de una alta consistencia interna.
Acerca de los procesos de administración de la entrevista en los dos contextos cul
turales, se demuestra que se puede utilizar a alumnos para realizar estas tareas con efica
cia. Aunque se de por asumido en los [Link]., se suele dudar de encuestas hechas por
alumnos en España. Un alumno cuidadosamente formado y vigilado puede ser un entre-
vistador perfecto. Reúne además la necesaria empatía por su joven edad.
Es interesante notar que el incentivo monetario se determina culturalmente. Los
directores del proyecto piloto de Omaha lo consideraron muy importante, mientras que en
España, donde no se suele pagar a los sujetos, no parecía necesario.

171
Finalmente, los resultados de las cruces con sexo y delincuencia auto-informada
demostraron que para dos tercios de los items, los varones de Omaha admitían actos delic
tivos con un diferencia significativa con las mujeres, lo cual es un dato muy comprobado
en otras investigaciones criminológicas. Sin embargo, salvo en tres items, donde los varo
nes albaceteños admitían más que las mujeres, no se encontraron diferencias entre los
hombre y las mujeres de Albacete. No sabemos si esto proviene de las tasas bajas de pre-
valencia para la muestra albaceteña, de algún otro problema sin detectar del estudio, o si
esto demuestra más igualdad entre los sexos en cuanto a la participación en actos desvia
dos o delictivos en la población juvenil española. El estudio nacional nos resolverá esta
duda.

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173
Tabla 1. Características de las Muestras Piloto: Albacete, España (N=140)
Omaha, Nebraska, EEUU (N=200).

Albacete Omaha
Sexo Mujer 53% Mujer 34'5%
Hombre 47% Hombre 65'5%

Minorías Payo 99% Blanco 52'5%


Étnicos/raciales Gitano 1% Negro 44'5%
Hispano 3'0%

Edad 13 4%
14 10% 14 28 '0%
15 15% 15 13'5%
16 15% 16 17'0%
17 14% 17 12'0%
18 14% 18 8'0%
19 14% 19 8'0%
20 11% 20 7'5%
21 3% 21 6'0%

Escolarización No estudia 21% No estudia 16'5%


EGB 8% "Junior High" 15'5%
BUP-COU-FP 56% "HighSchool" 52'5%
Universidad 16% Universidad 15'5%

Estudia y Trabaja No 88% No 44' 2%


Si 12% Si 55 '8%

Participación en Si 38% Si 69'0%


Deportes/Ocio No 59% No 31'0%
Organizados No consta 3%

174
labia 2. Tasas de Prevalencia

A. Conducta Desviada

Albacete (N=140) Omaha (N=200)


Alguna Ultimo Alguna Ultimo
vez año vez año

Hacer novillos 40% 21% 51 '5% 27%


Fugas del hogar 9 4 18 9
Conducir sin permiso de 59 32 52 24'5
conducir o sin seguro
Grafiti 26 14 13 4

B. Vandalismo
Albacete (N=140) Omaha (N=200)
Alguna Ultimo Alguna Ultimo
vez año vez año

Dañar parada de autobús 2'1% 0% No se preguntó


Dañar señal de tráfico 6'4 0 17% —
Dañar cabina telefónica 5 1 6
Dañar ventana 10 1 32
Dañar papelera pública 17'1 5'7 9'5
Dañar farola 4'3 0 12 —
Dañar mobiliario del colegio 25 5'7 25'5
Dañar árboles, flores 17'9 1 25
Dañar asiento en autobús 6'4 1 14'5
Dañar coche particular 4'3 0 10'5 —
Dañar bicicleta de otro 10 1 17 —
Dañar motocicleta de otro 5'7 1 No se preguntó
Dañar otra cosa 14'3 1 32
Dañar buzón No se preguntó 18'5

Cualquier acto de vandalismo 43'6% 15'7%

175
C. Delitos Contra la Propiedad
Albacete (N= 140) Omaha (N=200)
Alguna Ultimo Alguna Ultimo
vez año vez año

Robar de una cabina 4% 1% 14' 1% 4%


telefónica o una máquina
expendedora
Robar de una tienda 26 1 43'5 13'5
Robar del colegio 11 2 25'5 9
Robar de casa 10 4 24'5 10'5
Robar del trabajo 1 0 12 7
Robar una bicicleta o una moto 3 1 9 1'5
Robar un coche 1 0 7 5'5
Robar del interior coche 2 0 13'5 7
Actuar de carterista 0 0 3'5 1'5
Robar cartera, bolso 0 0 2 1
Robar otra cosa 6 4 7 2'5
Comprar bienes robados 5 2 24 11
Vender bienes robados 1 0 12'5 7

176
D. Conducta violenta
Albacete (N=140) Omaha (N=200)
Alguna Ultimo Alguna Ultimo
vez año vez año

Llevar arma 18% 11% 36% 20'5%


Amenazar para conseguir dinero 1 0 1 0'5
Riñas o desórdenes públicos 33 18 52 30
Prender fuego intencionadamente 5 1 5,5 1
Golpear a no-familiar 6 2 19 10
Golpear familiar 1 0 3' 5 0'5
Dañar a alguien con arma 5 2 6 2'5

E. Alcohol y Drogas
Albacete (N= 140) Omaha (N=200)
Alguna Ultimo Alguna Ultimo
vez ano vez ano

Utilizar hashish marijuana, cannabis 19% 16% 40% 27'5%


Utilizar drogas duras 4 2 15 II
Beber bebidas alcohólicas 81 77 79 61

177
Tabla 3. Sexo e ítems de Delincuencia Auto-Informada

ítems para los que los hombres admiten más que las mujeres (p<,05)
Albacete (N= 140) Omaha (N=200)
Hombres Mujeres Hombres Mujeres

Riñas, desórdenes públicos 61 '8% 33'3%


Llevar arma 30'3% 10'8% 44'3 20' 3
Dañar ventana 39'7 17'4
Dañar otra cosa 22'7% 6'8% 36'6 23'2
Comprar bienes robados 31'3 10'I
Dañar bicicleta de otro 22' 1 7'2
Dañar señal de tráfico 21'4 8'7
Dañar buzón (No se preguntó) 22'9 10' 1
Robar del interior de un coche 19' 1 2'9
Vender bienes robados 17'6 2'9
Grafiti 17'6 4'3
Dañar farola 17'6 1'4
Dañar papelera pública 28' 8% 6' 8% 13'0 2'9
Robar otra cosa 10'7 0'0
Viajar sin pagar 9'9 1'4

ítems para los que las mujeres admiten más que los hombres (p<.05).

Albacete (N= 140) Omaha (N=200)


Hombres Mujeres Hombres Mujeres

Llamadas telefónicas obscenas 54'2% 69'6%


o amenazas (este item no aparecía
en la versión del cuestionario
utilizado en el piloto albaceteño)

Nota: Los items que no aparecen no estaban significativamente asociados con la


variable sexo para ninguna de las dos muestras.

178
Tabla 4. Consistencia de las Respuesta» a los ítems de Delincuencia .AuUi-IiilontKida.

OMAHA
Respuestas Respuestas
Consistentes Inconsistentes

Robar de una tienda 89 '0% 10' 1%


Robar del colegio 92'0 8'0
Robar de casa 92' 8 7'2
Llevar arma 95'5 4'5
Amenazar para conseguir dinero 98'5 1'5
Beber bebidas alcohólicas 96'0 4'0
Tasa media de consistencia: 94'0%

ALBACETE
Respuestas Respuestas
Consistentes Inconsistentes

Hacer novillo 87' 1% 12'9%


Dañar o destruir cabina telefónica 84' 3 15'7
Robar de una tienda 87'9 12' 1
Robar cartera o bolso 97'9 2'1
Dañar a alguien con un arma 97' 1 2'9
Utilizar canabis, hashis o porros 98'6 1'4
Tasa media de consistencia = 92' 1%

179
EL PAPEL DE LA CRIMINOLOGIA EN LA
ACTUACION POLICIAL Y LA PREVENCION
DEL DELITO EN LOS ESTADOS UNIDOS'
LAWRENCE W. SHERMAN
Profesor de Criminología de la Universidad de Maryland y Presidente del Crime
Control Institute de Washington, D.C., [Link].

En las dos últimas décadas la ciencia criminológica ha florecido en los [Link]. Al


mismo tiempo, la criminología ha alcanzado una creciente influencia en la política social.
Esta influencia es probablemente menor todavía en relación con la política sobre deter
minación de la pena o encarcelamiento, muy sensible a la política de "mano dura", en
asuntos de orden público, del Partido Republicano que viene dominando la Presidencia
del país. Pero la influencia de la criminología en la actuación policial y en la prevención
del delito ha sido muy sustancial y en su mayor parte independiente de las tendencias polí
ticas a nivel general. De hecho hoy prestan su atención a la investigación y teoría cientí
fica más jefes de policía que en cualquier otro momento de la historia estadounidense y,
probablemente, de la mundial.
En esta conferencia intentaré hacer dos cosas. Primero, describiré las principales
manifestaciones de esta influencia de la ciencia sobre la política policial y de prevención
del delito. Segundo, describiré las condiciones estructurales bajo las cuales ha tenido lugar
este fenómeno y evaluaré sus perspectivas futuras.

Lección inaugural de la asignatura Policía y sociedad del Master en Criminología en la Universidad de Castilla-
La Mancha, Albacete, 9 de Mayo, 1991. Traducción realizada por Fernando Rodriguez Marín, revisada por Dra.
Cristina Rechea Alberola.

181
1. ¿Cómo ha influido la criminología en la actividad policial estadounidense?
Tres campos sustantivos de la criminología han influido en las practicas policiales.
El más importante con diferencia es el número creciente de comprobaciones empíricas de
ciertas suposiciones acerca de las practicas policiales y el trabajo policial en general. En
segundo lugar, y de mayor importancia potencial, esta la influencia creciente de las teorí
as de la oportunidad en la acusación de delitos. En tercer lugar, y pese a encontrar una
gran resistencia, está el marco de desarrollo político de una actuación policial orientada a
los problemas.

/. a. Comprobaciones empíricas del trabajo policial


La publicación en 1974 del Experimento sobre Patrullas Preventivas de Kansas City
provocó una revolución científica. No importa que el experimento en sí y su diseño ado
lecieran de terribles errores, que sus conclusiones se interpretaran incorrectamente o que
nunca se repitiese el experimento. Lo importante es que estableció un precedente: demos
tró que la ciencia podía poner bajo el microscopio los métodos policiales y sus efectos.
La conclusión de que diferentes niveles de presencia patrullera no tenían impacto alguno
en la delincuencia provocó una enorme controversia, y ha sido contradicha después por
otros muchos cuasi-experimentos en redadas o batidas y por un experimento aleatorio en
Minneapolis, conocido como el de los "puntos calientes". Pero Kansas City fijó un ejem
plo para toda una generación de gestores policiales y de criminológicos y demostró de qué
forma cooperar productivamente ambos grupos.
A partir de ese momento las investigaciones se sucedieron rápida y enérgicamente.
En 1975, la compañía RAND publicó un estudio que demostraba que los inspectores hacen
poco para esclarecer los delitos y dedican la mayoría de su tiempo tramitando papeles y
llevando a cabo detenciones, generalmente cuando las pruebas les han sido entregadas por
las mismas víctimas o testigos. Otras investigaciones de criminólogos —repetidas en
varias agencias policiales— descubrieron que unos pocos "factores de esclarecimiento"
permiten a los inspectores predecir qué casos podrán solucionar y cuales serán de impro
bable resolución. Esto condujo a un nuevo sistema de investigación selectiva según el cual,
los casos de la baja probabilidad de esclarecimiento eran archivados nada más ser denun
ciados, y se dedicaba así más tiempo a los casos solucionables.
Varios estudios criminológicos de finales de los años 70 pusieron en entredicho la
práctica policial usual de disparar contra ciudadanos que intentaban escapar al ser dete
nidos, incluso cuando éstos no hubieran cometido actos de violencia. Estos estudios ayu
daron de tal manera a cambiar estas prácticas policiales que el número de ciudadanos
muertos anualmente por la policía en las grandes ciudades disminuyó a la mitad —de apro
ximadamente 400 a 200, entre 1971 y 1984— cuando nuestro Tribunal Supremo prohibió
a la policía disparar contra sospechosos no violentos.
En 1977 la policía de Kansas City puso en entredicho de nuevo una suposición
común, al demostrar que la rapidez de la llegada policial al lugar de un crimen no era
importante, casi nunca para la detención posterior del delincuente. Este descubrimiento,
que fue también repetido en otras ciudades, fue devastador para la estrategia de patrullas
motorizadas adoptada en los sesenta, lo cual retiraba a los agentes del servicio a pie y los
colocaba en coches con radio, con el objeto de obtener una capacidad de respuesta rápi

182
da. Si la respuesta rápida no impurlu y S¡ los CUtllCS patrulla llü piCVieilCIl el ÜClílU. ¿para
qué sirve entonces tenerlos? La pregunta devino cada vez más clara para los criminológi
cos y los gestores policiales.
No todos los descubrimientos criminológicos fueron desilusionantes. El experimento
de Interrogatorio de Campo de San Diego, por ejemplo, ayudó a prevenir la delincuencia
callejera "visible" —incluidos los robos. Varios estudios transeccionales confirmaron este
resultado. Otro experimento en San Diego encontró que los coches con dos agentes no
eran más seguros que aquellos dotados con uno sólo, con lo que tocó un tema laboral muy
sensible para los policías de grandes ciudades que podría contribuir a reducir los costes
policiales.
Por un tiempo, el resultado más prometedor fue el descubrimiento del experimento
de 1984, sobre violencia doméstica de Minneapolis que yo mismo diseñe y dirijí.
Descubrimos que la mera detención por violencia doméstica menor, incluso sin procesa
miento posterior, reducía las probabilidades de que se repitiera la violencia contra la misma
víctima en un periodo de seguimiento de seis meses. Este fue el experimento de campo
totalmente aleatorio sobre la utilidad de las detenciones que se ha hecho en todo el mundo,
segun creo, pero si los miembros de este distinguido público pueden informarse de la exis
tencia de otros experimentos aleatorios sobre detención, les estaría muy agradecido. Al
decir aleatorio quiero significar que todas las personas que son totalmente susceptibles de
ser detenidas, fueron sometidas a una formula matemática que les daba las mismas posi
bilidades de ser detenido como de no serlo. El resultado de este método es, por supuesto,
una base muy sólida para inferir causalidad, lo cual hace que este diseño sea tan popular
en investigaciones médicas.
Los resultados del experimento sobre violencia doméstica no han sido, no obstante,
corroborados por réplicas posteriores. Por ahora, tres réplicas no han encontrado efecto
disuasorio alguno, mientras que otros dos encuentran alguna evidencia de un cierto efec
to disuasorio junto a evidencia de lo contrario. Mi propia replica del experimento en
Milwaukee, que no encontró efecto general, descubrió asimismo que ésto reflejaba dos
reacciones diferentes: la detención servía para disuadir a los sujetos que tenían un empleo,
mientras que a los desempleados los hacía más violentos. Este tipo de reacción diferen
ciada a la intervención policial genera difíciles problemas de equidad, pero se puede argu
mentar que es muy importante saber que esto es de hecho así.
Más prometedores han sido los resultados consistentemente favorables de cuasi-
experimentos en una actuación policial "de puerta a puerta", en la cual los agentes llaman
a las puertas en ciertos vecindarios para visitar a los residentes y discutir los problemas
locales de orden público. Esta estrategia redujo la delincuencia sustancialmente en un
vecindario de Houston en 1983-84 y ha demostrado ser eficaz desde entonces en reducir
la delincuencia violenta en zonas de Oakland (California), y Birmingham ( Alabama), pla
gadas por el tráfico de droga en la calle.

1. b. Teorías de la oportunidad para cometer el delito

Pocas, si acaso, de las comprobaciones empíricas de las prácticas policiales han esta
do basadas en una teoría criminológica sistemática. La mayoría responden a plantea
mientos de prevención o incapacitación, pero de forma poco sólida conceptualmente. La

183
reciente aplicación de las teorías de la oportunidad en un ámplio abanico de innovaciones
en la prevención del delito, ha sido más sistemática.
La teorías sobre delincuencia, conocidas como de la oportunidad-delito, en oposi
ción a las basadas en las características del delincuente, ponen mucho énfasis en la acce
sibilidad de los objetivos en situaciones desprotegidas. Mientras más objetivos apropia
dos y más situaciones desprotegidas haya disponibles, más actos delictivos habrá —si el
número de delincuentes potenciales permanece constante. Desde este perspectiva, enton
ces, el número de coches CAUSA robos de coches, mientras que más aparcamientos CAU
SAN robos en los mismos. Mientras más grabadoras de video y otras propiedades mue
bles haya, o mientras más cajeros automáticos haya en lugares oscuros más delitos habrá.
Esta perspectiva, desarrollada por los criminólogos americanos Hindeland,
Gottfrendson, Garofalo, Cohen y Felson, y los británicos Clarke, Mayhew y otros, ha sido
integrada recientemente con teorías basadas en el delincuente, en la controvertida TEO
RIA GENERAL DEL DELITO de Michael Gottfrenson y Travis Hirshi de la Universidad
de Arizona, En esta teoría, AMBOS la oferta de delincuentes y la de oportunidades son
importantes. Esta teoría no ha llevado aún a que se recomiende la reducción del número
de coches o de vídeos— aunque yo puedo pensar en muchas razones para apoyar esa reco
mendación, Pero ha hecho más sistemático el uso de una idea que se originó en el pensa
miento de la policía, y cuya aplicación ha sido expandida por innovaciones a nivel popu
lar de la policía. Charlas sobre la conveniencia de echar los cerrojos a la puerta, no dejar
las llaves en el coche, no andar sólo de noche por la calle y demás, han sido práctica poli
cial normal por algún tiempo. Más recientemente, la policía en San José ha obtenido la
aprobación de una normativa que exige a los bancos recibir aprobación de una normativa
que exige a los bancos recibir aprobación policial antes de instalar un nuevo cajero auto
mático de los abiertos 24 horas. La policía de Gainesville (Florida), ha obtenido una nor
mativa que exige la existencia de dos empleados en las tiendas abiertas después de la pues
ta del sol o toda la noche, con el objeto de disuadir los robos. La policía en Nueva York
ha obtenido una normativa llamada de "candado", que les permite cerrar cualquier nego
cio donde ocurran delitos repetidamente.
Esta línea de desarrollo político ha sido apoyada por las investigaciones del Instituto
de Control del Delito sobre "puntos calientes" de delincuencia depredadora. En 1989 pusi
mos de manifiesto que menos del 3% de las direcciones y esquinas de Minneapolis pro
ducían más de 50% de las respuestas policiales de emergencia. Hemos repetido este patrón
más tarde con datos de desplazamiento y de delitos en Milwaukee y en Kansas City. Como
resultado de ello, la policía de Minneapolis ha creado una unidad de Direcciones de lla
mada Repetida, dedicada exclusivamente a cambiar las condiciones en direcciones de alta
delincuencia. Han asignado asimismo patrullas intensivas en puntos calientes en un expe
rimento que redujo la delincuencia denunciada en esos lugares.
El énfasis en teorías de oportunidad-delito es todavía muy controvertida para los
agentes de rango inferior. Ellos ven generalmente a los delincuentes como meteoros, con
un cupo fijo de delitos que tendrán que cometer antes de quemarse, independientemente
de la oferta de oportunidades que encuentren. Esta visión conduce a la teoría pesimista del
desplazamiento del delito que Clarke ha llamado una visión "hidraúlica del delito: los
acontecimientos reprimidos en una situación "saltarán" en otro lugar y en otro momento.
Esta tesis considera ineficaces los esfuerzos preventivos de reducción de la oportunidad.
Es asimismo muy difícil de refutar a través de la investigación empírica, aunque Clark,

184
Mayhew, Barr y Peasc han hecho algunos progresos en este sentido. Los agentes de ran
gos inferiores prefieren enfocar su repulsa moral hacia los delincuentes, con un apetito
insaciable por encerrarlos para siempre. Con razón los [Link]. han alcanzado la mayor
tasa de presos, per cápita, del mundo.

1. c. Actuación policial orientada a los problemas


Los jefes de policía americanos tienden a adoptar una visión más objetiva. Están lle
vando a cabo una larga batalla para cambiar la cultura de las organizaciones policiales de
las grandes ciudades desde el "coge al malo" hasta el "da pasos sistemáticos para preve
nir el delito". El foco de estos esfuerzos no es la teoría criminológica, sino sus aplicacio
nes conocidas con los nombres populares de "actuación policial comunitaria" y "actua
ción policial orientada a los problemas". Los dos programas han llegado a significar lo
mismo, bajo la influencia académica del profesor de derecho de Wisconsin, Herman,
Goldstein, autor del reciente libro ACTUACION POLICIAL ORIENTADA A LOS
PROBLEMAS.
La tesis de Goldstein es que la actuación policial ha llegado a preocuparse demasia
do por seguir la rutina del cumplimiento de la ley, sin concentrarse en su fin. El número
de emergencia de la policía, el 9 1 1 , se ha convertido en un símbolo de esta enfermedad,
y los jefes de policía se quejan de la "tiranía del 911", Con un crecimiento constante del
número de llamadas, de las cuales un número creciente también son asuntos triviales y no
delictivos, la policía tiene poco tiempo para pensar en los patrones subyacentes de los
temas que mueven el 91 1. Goldstein propone que la policía analice estos patones, diag
nostique sus causas, desarrolle formas de atacar las causas, y vigile la eficacia de esas
intervenciones. De hecho, propone un modelo de salud o de prevención de la enfermedad
para la actividad policial, en oposición al modelo de sala de emergencias.
Muchos jefes de policía están convencidos de que este enfoque tiene sentido. De lo
que no están convencidos es de que pueden apagar el sistema del 91 1 para sustituirlo por
una actividad orientada a los problemas. La presión política ejercida sobre la policía para
para que conteste todas las llamadas de servicio es muy grande. Aquí, de nuevo, los cri-
minólogos han ayudado a intentar educar a lo líderes ciudadanos y al público en general
sobre la manera en que el 91 1 socava la eficacia del control policial de la delincuencia. Se
han hecho investigaciones que demuestran que los ciudadanos que llaman a la policía esta
rían satisfechos con NO recibir el envío de un coche de policía si esa política les fuera
explicada claramente y se le diera la alternativa de presentar su denuncia por teléfono u
otra opción cualquiera. Las evaluaciones demuestran que los ciudadanos PREFIEREN esa
política a la de que les llegue un coche de policía de contestar llamadas de gente que se
deja las llaves dentro del coche o sobre hurtos consistentes en irse sin pagar la gasolina
de una estación de servicio. Pero en su mayoría, la policía todavía responde a demasiadas
llamadas al 9 1 1 para poder permitirse dedicar un tiempo sustancial a una actividad orien
tada a los problemas.
Mientras tanto, unidades especiales relevadas del servicio de patrulla han hecho
esfuerzos sustanciales por aprender como resolver problemas. La policía de Hartford es
experta en el rediseño de calles para obstaculizar el flujo de delincuentes. La de Newport
News ha aprendido a negociar con jueces y a amenazar a dueños de establecimientos hote
leros para apartar a las prostitutas de una zona de mucha delincuencia. La de Minneapolis

185
ha aprendido a preparar un expediente contra una taberna violenta para revocar su licen
cia de venta de alcohol. Estos y otros ejemplos están siendo rápidamente diseminados por
todo el país en sesiones de formación, como parte de los esfuerzos de los jefes de policía
por desarrollar un cambio, guiado criminológicamente, en la estrategia básica de la poli
cía americana. Les queda mucho camino por recorrer, pero han hecho progresos impor
tantes.

2. ¿Cómo llegó la criminología americana a conseguir esta influencia en la actuación


policial?
Las condiciones históricas y estructurales de la influencia creciente de la criminolo
gía en la actuación policial americana debe ser entendido en el contexto del optimismo
fundamental de la cultura americana: la creencia de que todos los problemas pueden solu
cionarse con suficiente trabajo duro y recursos. Este optimismo se ve reforzado periódi
camente por grandes milagros, como la penicilina, la victoria en la II Guerra Mundial, el
programa espacial, y el crecimiento continuado de la expectativa de vida. El hecho de que
la mayoría de esos milagros ocurran, aparentemente, gracias a la ciencia es también impor
tante pues vence al antiintelectualismo de la cultura americana con la visión de que la cien
cia es bastante práctica.
En este contexto, el crecimiento de la tasa de delincuencia y los disturbios raciales
de los años sesenta fueron un punto de inflexión, una gran crisis que llamaba la atención
sobre la calidad de la actuación policial. La enorme cantidad de críticas amontonadas sobre
la policía en aquel tiempo fue seguida por una gran inversión de recursos públicos y pri
vados en desarrollo policial. Una manifestación de ello fue la mejora de la EDUCACION
policial. Gran parte se centró en los rangos inferiores, aunque el efecto a largo plazo ha
sido mayor en los rangos superiores. Mientras que los fondos federales subvencionaban
la educación universitaria para los policías, un pequeño número de becas privadas en uni
versidades de élite, como Harvard, han proporcionado un número desproporcionado de
jefes de policía una década más tarde. Un programa similar subvencionava el desarrollo
de programas de doctorado en criminología, de los que existen unos quince en la actuali
dad. Estos programas han contribuido a proporcionar profesores a más de 1000 universi
dades y escuelas que ofrecen títulos en justicia criminal y criminología.
De igual importancia fue la inversión de INVESTIGACION. Las primeras becas
para investigación sobre policía fueron en su mayoría desperdiciados al no existir una
infraestructura de investigadores experimentados ni de personal policial interesado, para
poder usar el dinero adecuadamente. Pero fondos privados de la Fundación Ford crearon
la Fundación de la Policía en 1970, la cual invirtió decididamente y bien en experimen
tos de ciencia social sobre la actuación policial entre los que hay que destacar el experi
mento de Patrulla Preventiva de Kansas City. Con un capital de mas de 1 millón de dola
res de 1970, constituía un modelo para el futuro gasto de cantidades inferiores de dinero
federal. A finales de los setenta, los fondos privados para la investigación sobre policía
habían desaparecido prácticamente pero los fondos federales estaban bastante bien insti
tucionalizados.
Una tercera fuerza histórica fue el crecimiento de los ORDENADORES. La infor-
matización de los datos sobre delitos, llamadas al servicio policial y detenciones ha per
mitido a los criminólogos analizar enormes conjuntos de datos sin casi coste alguno en su

186
preparación. El instituto para el control del Delito obtiene ahora de modo rutinario las cin
tas de datos de los ordenadores de los centrales policiales, las traspasa a nuestros micro-
ordenadores y las analiza de un modo mucho más eficiente que los mismo ordenadores
centrales. El análisis de los puntos calientes, por ejemplo, fue posible gracias a los avan
ces en Hardware, y a la abolición gradual de los archivos en papel de las agencias poli
ciales de grandes ciudades en la mitad de los ochenta.
A mayor abundamiento, en los ochenta se sintieron claramente los efectos de la edu
cación policial de los altos líderes. El jefe de policía de Minneapolis que consistió la rea
lización del primer experimento aleatorio sobre la utilidad de las detenciones, Anthony
Bouza, de origen gallego, tenía un título de Master; ninguno de sus antecesores habían
siquiera ido a la universidad. Los dos jefes de policía negros que albergaron los experi
mentos de actuación policial comunitaria en Houston y Newark, Lee Brown y Hubert
Williams, eran doctor en criminología y licenciado en derecho, respectivamente, y ambos
enseñaban en la universidad. Y lo que es más importante, sus subordinados se compro
metieron seriamente con buenos proyectos de investigación con diseños de investigación
serios.
Así, cuando el Presidente Reagan anunció un gran incremento en los fondos para la
guerra a las drogas en 1989. 30 jefes de policía de grandes ciudades firmaron una decla
ración y algunos fueron a Washington para dar una conferencia de prensa en la que insta
ban al Congreso a que reservara un diez por ciento de los fondos para trabajo de investi
gación y desarrollo de estrategias policiales. Sus peticiones fueron ignoradas, pero el punto
clave es que querían una mejor dirección de la investigación criminológica para saber qué
hacer con los problemas explosivos del tráfico de drogas y el homicidio en las grandes
ciudades.
La ironía de este fuerte apoyo de la policía a la investigación es que la mayoría de
los líderes políticos ignoran su existencia. En este momento, el futuro de la investigación
criminológica es muy dudoso pues los nuevos líderes que controlan los fondos federales
son muy críticos de la criminología académica y parecen estar reorientando los fondos
para la investigación hacia descripciones más periodísticas de nuevas ideas. El Fiscal
General Thornburg hizo una fuerte crítica pública a la criminología académica en una
reciente conferencia cumbre sobre delitos violentos, por razones que todavía no parecen
claras. La mayoría de los centros de investigación criminológica se encuentran en crisis
económica en la actualidad, debido a este cambio en el apoyo federal, y están teniendo
que deshacerse de personal experimentado. El futuro inmediato parece peor que en cual
quier momento del cuarto de siglo pasado.
Pero la perspectiva a largo plazo puede ser más halagüeña. Los líderes policiales ayu
daron a la elección de Bush y quizá puedan persuadirle de que cambie de sentido en este
tema. Un reciente artículo del Washington Post, firmado por un jefe de policía, le instaba
a invertir más en investigación policial. En una reciente reunión en la Casa Blanca, los
jefes de policía indicaron al presidente que se han gastado treinta y cinco dolares ($35) al
año por cada americano en investigación sobre control de enfermedades y cero como once
dólares ($0"1 1), por ciudadano americano, en investigación sobre control de la delin
cuencia. Bush se interesó tanto en este tema como para anotar estas cifras.
Los jefes de policía están incluso acudiendo a sus propios presupuestos para apoyar
la investigación. Nueva York, Minneapolis, Kansas City han destinado dólares prove
nientes de impuestos locales para contratar centros de investigación criminológica para

187
realizar evaluaciones o análisis de delitos. Si este precedente se extiende a otras agencias
policiales, se romperá el monopolio de los fondos federales.
Las tasas de delincuencia estadounidenses son una gran desgracia nacional. Las cau
sas de nuestro problema de delincuencia no están totalmente claras, pero es probable que
una gran consecuencia de ello sea un interés continuado en las criminología como orien
tada de la política. Pues hasta que no mejoren substancialmente nuestros problemas de
delincuencia nadie podrá pretender tener todas las respuestas que solo podrán ser propor
cionadas por más investigación.

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189
VIOLENCIA Y OPINION PUBLICA EN EL
PAIS VASCO'
FRANCISCO J. LLERA RAMO
Profesor de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco

Violencia y opinión pública en el País Vasco


Los terroristas tienen especial interés en que sus acciones adquieran espectaculari-
dad e impacto masivo, sobre todo al entrar en juego el azar. Debemos estar preparados a
que con la rutinización impuesta por el tiempo sus acciones sean más brutales o, cuando
menos, tengan más [Link] efectos solo se pueden conseguir con el concurso de
los medios de comunicación de masas como aspersores de imágenes y creadores de opi
nión. La opinión pública es hoy el gran actor mediador entre la política y los rituales colec
tivos (KERTZER, 1988), de los que forma parte el terrorismo. Podríamos decir que ella
misma deviene en un ritual.
Realidades complejas en el plano sicológico, cultural, económico o político encuen
tran su estado final, cristalizando en opiniones, actitudes y motivos de acción individual
que condensan eso que llamamos opinión pública. Esta hoy no funciona con grandes dis
cursos y explicaciones, sino con simplificaciones en forma de flash informativo, de titu
lar, de imagen fugaz, de juicio de valor o de cliché acuñado. Aunque el proceder técnico
del aparato informativo sea homologable entre sociedades, incluso de muy diferente nivel
de desarrollo, no sucede lo mismo con su funcionamiento social, mucho más dependien

1 Ponencia presentada en el seminario sobre "Investigación sobre la violencia en el País Vasco". UIMP,
Santander, 1991.
te de la contextura cultural y la estructura política de cada sociedad. En tal sentido, no es
indiferente que una sociedad sea democrática o no, ni que su régimen político sea una
estructura con solera o esté todavía por consolidarse. Tampoco es lo mismo una cultura
política bien estructurada, de valores, actitudes, identidades y liderazgos, que definen opi
niones estables, que otra, fragmentaria, cambiante y que cede fácilmente al desencanto o
a la explosión emocional. Esto es especialmente importante en aquellas sociedades que
pudiéramos llamar "débiles", con grupos sociales poco articulados, en procesos de cam
bio rápido y a las que la "masificación" convierte en poco más que una sucesión de "esta
dos de opinión". Y, no digamos nada, si esas sociedades pudieran estar tocadas, en mayor
o menor medida, por los argumentos o los discursos de los terroristas.
Hay un gran consenso entre los investigadores sociales del fenómeno terrorista con
temporáneo (OCINID Y DE GRAF, 1982) en que el objetivo principal del terrorismo es
irrumpir como actor principal en la escena política, intentando el cambio fáctico del sis
tema político o de sus decisiones, para lo que la actuación directa sobre la opinión públi
ca resulta altamente rentable. El terrorista necesita ser noticia de primera página y diaria
mente a ser posible: convertirse en vanguardia de una demanda social más o menos amplia,
tratando de activar su supuesta "base social"; aprovechar cualquier motivo de queja o pro
testa social, maximizando la "movilización"; y crear una brecha entre la opinión pública
y las instituciones, dando lugar al "movimiento". No les importa tanto demostrar que las
instituciones no satisfacen las demandas sociales ("motivaciones" formales), cuanto que
no son capaces de acabar con ellos mismos ("acción-represión-acción"). Se trata de debi
litar la moral del "enemigo" y para esto es fundamental la opinión pública ("desmorali
zación"). Al final, el éxito de los terroristas consiste en hacerse imprescindibles como acto
res en la propia liquidación de la violencia generada por ellos, buscando una negociación
en la que sean sujeto y no objeto.
La violencia terrorista en nuestro país (MUÑOZ ALONSO, 1982) tiene un nombre
propio, ETA, responsable de miles de actos violentos y cientos de muertes. ETA ha logra
do crear un movimiento social y una subcultura política (MATA, 1991) en cuyo seno se
entiende, se justifica, se apoya y hasta se practica de forma dispersa la violencia política
(ataques a casas del pueblo, vandalismo, atentados contra supuestos intereses franceses,
etc.). El terrorismo necesita generar una cultura propia. La cultura política de la violencia
produce una inversión de sentido, de lenguaje y de valores, tanto más importante, cuan
tos más medios tenga para comunicarse con la opinión pública y para movilizar a sus
incondicionales. Esta dinámica produce un gran estress en la opinión pública, que tiene
que moverse entre dos sistemas simbólicos: uno, mayoritario, pero plural y tolerante; el
otro, minoritario, pero autoritario. Uno definido como de paz y diálogo y el otro, defini
do por ellos mismos, como de guerra. De ahí que cualquier cesión simbólica o de lenguaje
(sobre todo, por parte de los políticos) puede echar a la opinión pública, siempre frágil,
en manos de la lógica de los terroristas, como una forma de aminorar la tensión. A esta
estrategia, por tanto, no le favorecen cesiones como el asunto de Leizarán o las mociones
de independencia en los ayuntamientos.
En las páginas que siguen trataremos de evaluar los estados de opinión con respec
to a la violencia política en el País Vasco, basándonos en estudios muestrales realizados
a lo largo de estos años. Estos nos permiten cuantificar la penetración social de los argu
mentos de los terroristas, así como su imagen social. Al mismo tiempo, se pueden com

192
parar nuestros resultados con los obtenidos para otros países por Chistophcr HEWITT
1IQ8QY

I. EL CONTEXTO POLITICO DE LA VIOLENCIA DE ETA

La violencia sigue siendo, por desgracia, un triste protagonista de la vida política


vasca. De las distintas violencias habidas en el País Vasco (ZULAIKA, 1988) nos intere
sa aquí la ejercida por el terrorismo nacionalista radical encabezado por ETA (JAURE-
GUI, 1981; RINCON, 1985; CLARK, 1990; LLERA, 1990b) y causante de la mayor parte
de las muertes violentas producidas en España en los últimos treinta años. El tiempo pare
ce validar la hipótesis de Martha CRENSH AW ( 1 98 1 : 379ss), recordada por Juan J. LINZ
y su equipo (1986: 619), de que el terrorismo puede ser un signo coyuntural de una socie
dad estable. Aunque no se trata aquí de hacer análisis sobre la trayectoria o la sociología
del terrorismo vasco, puede ser ilustrativo echar un vistazo a su historial mortífero, tal
como muestra el gráfico 1, del que se deduce una clara estrategia desestabilizadora y de
desligitimación al incrementarse sus acciones en momentos de movilización política, de
institucionalización o de conflicto.
El terrorismo de ETA cuenta en el País Vasco con una larga trayectoria que tiene
mucho que ver con el contexto político en el que se produce, tal como muestran José L.
PIÑUEL (1986) o Fernando REINARES (1990:353-396) en referencia a la transición
española. Sin embargo, la evolución del terrorismo de ETA hay que referirla a los cam
bios políticos en el propio País Vasco y a su estrategia deslegitimadora del proceso demo-
cratizador.

GRAFICO 1

MUERTOS EN ACCIONES TERRORISTAS EN ESPAÑA, 1968-1990

140 -r c
g tL
1 1 TOTAL 0
120- -
■ POR ETA < > C 0. 0)
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II
68 69 70 71 72 73 74 7? 76 77 78 79 ' 8n si s ' s .' - , -. n
Años

193
1.1. Ciclos Políticos en el País Vasco
La fragilidad y difícil cristalización del pluralismo político en el País Vasco son evi
dentes a poco que se eche una mirada retrospectiva a lo ocurrido desde el comienzo de la
transición. Para comprender mejor sus transformaciones podemos distinguir cuatro perí
odos: el primero, que va de 1977 a 1979, es el de la transición vasca propiamente dicha;
el segundo, de 1980 a 1984, es el de la institucionalización interna; el tercero, entre 1984
y 1986, es el de la crisis del nacionalismo hegemónico con la ruptura del PNV; el cuarto,
de 1986 a 1990, es el que se abre la fase de consolidación democrática. Por otra parte, esta
periodización coincide también con ciclos de "compromiso" y "repliegue" (HIRSCH-
MAN, 1982:80) de la ciudadanía, tal como muestra el gráfico 2 de abstención/participa
ción electoral.

GRAFICO 2
EVOLUCION DE LA ABSTENCION EN EL PAIS VASCO (1977-1991)

45

40 4

.o
<

G-77 G-79 F-79 A-80 G-82 F-83 A-84 G-86 A-86 F-87 G-89 A-90 F-91

1.1.1. 1977-1979: la transición vasca


Este período se extiende desde las primeras elecciones generales de 1977 hasta el
referéndum autonómico de finales de 1979 y en él se produce la primera gran decantación
del sistema de partidos vasco. En estos años se celebra el referéndum constitucional
(Diciembre de 1978), que añade un factor de diferenciación definitivo entre los partidos
vascos, las segundas elecciones generales (Marzo de 1979) y las primeras locales y fera
les (Abril de 1979) (LINZ y otros, 1986).
En 1977 el nacionalismo todavía no es mayoritario en la sociedad vasca, aunque el
PNV sea ya el primer partido, y se produce la escisión definitiva en el seno de la "izquier
da abertzale" ante la aceptación o no de la reforma. De otro lado, las opciones estatales
surgen con relativa fuerza, hasta el punto de imponer un presidente socialista (R. Rubial)

194
en el preautonómico Consejo General Vasco formado por lo partidos parlamentarios
(PNV, UCD, PSOEyEE).
Además, esta etapa de pluralismo y decantación partidaria (LLERA, 1985a) esta
caracterizada por la política de pactos, así: la participación del nacionalismo moderado en
la discusión del texto constitucional, aunque mantenga su reserva abstencionista en el refe
réndum aprobatorio, la aceptación por una parte (EE) del nacionalismo radical de la amnis
tía y de la reforma, el gobierno preautonómico de concentración y el consenso estatuta
rio, roto solamente por la parte del nacionalismo radical que sigue rechazando la reforma
(HB)(ARREGI, 1981).
Las segundas elecciones generales de Marzo de 1979 suponen la aparición de la
mayoría nacionalista, tanto por el declive de las opciones estatales como por la concu
rrencia por primera vez de la recién nacida HB (HASI, ESB y ANV, entre otros). Las elec
ciones forales y locales de Abril confirmarán la hegemonía nacionalista y el control ins
titucional del PNV, apareciendo la debilidad de la implantación territorial de las opciones
estatales, sobre todo de centro-derecha. Esto obligará a la recomposición del Consejo
General Vasco, que pasará a ser presidido por C. Garaikoetxea. HB inicia su participación
en las instituciones forales, lo que sirve para asegurar la mayoría absoluta del PNV en las
mismas.

TABLA 1 .- Sistema de partidos electorales y parlamentarios en la Comunidad Autónoma


del País Vasco entre 1980 y 1990*

1980 1984 1986 1990


[Link]. - Esc. [Link]. - Esc. [Link]. - Esc. [Link]. - Esc.
PNV 38 25 42 32 23.7 17 28,5 22
PSOE 14,2 9 23 19 22 19 19,9 16
HB 16,6 11 14,6 11 17,5 13 18,4 13
EE 9,8 6 8 6 10,9 9 7,8 6
EA - - - - 15,8 13 11,4 9
UCD 8.5 6 - — - - -
AP/CP/PP 4,8 : 9,3 7 4,8 2 8,2 6
PCE 4 i — — - — - -
CDS - - - - 3,5 2 - -
UA - - - - - - 1,4 3

(*) [Link].= % sobre votos válidos de los partidos parlamentarios


ESC.= escaños obtenidos

1.1.2. 1980-1984: la institucionalización


Es la etapa de la primera legislatura autonómica, en la que se comienza a concretar
todo el diseño institucional, no sin tensiones. Se inicia después de las elecciones de Mayo
de 1 980, en las que se confirma la mayoría del PNV, que forma el primer gobierno autó
nomo en solitario gracias a la mayoría absoluta que le garantizaba el abstencionismo ins

195
titucional de HB (LLERA, 1981). El período comenzará, por tanto, con un control nacio
nalista de todas las instituciones locales, lo que acelerará más el retroceso inicial de todas
las opciones estatales e incluso la descomposición de la UCD en el País Vasco. Un PNV
que compite con el centro-derecha en el Gobierno central y una HB disputándole el espa
cio a toda la izquierda estatal conseguirán, con su implantación y la imposición de su dis
curso activador del conflicto nacionalista, la desmovilización temporal del electorado no
nacionalista (más del 48% de abstención en 1980).
El control peneuvista de las instituciones vascas, un PSOE muy debilitado y una
UCD en crisis en Madrid darán al traste con los primeros pasos de una política consocia-
cional; el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, el gobierno de Calvo Sotelo y la
nueva política autonómica de la LOAPA, fuertemente apoyada por los socialistas en ascen
so, significarán una reactivación del conflicto nacionalista contra el estado en pleno pro
ceso de institucionalización autonómica.
Entre 1979 y 1980 se produce el momento más álgido de la acción de las distintas
organizaciones terroristas, especialmente de ETA, con un total de 242 muertos, que supo
nen un tercio de todos los producidos desde el inicio de la transición. Con todo, no se
puede olvidar que en la fase final de la UCD, se produce la negociación entre el Ministerio
del Interior y ETApm, que culmina con el abandono de las armas por ésta a cambio de la
llamada "política de reinserción social", lo que habrá de radicalizar y tensar las relacio
nes entre HB y EE en el seno de la izquierda abertzale. El proceso se cerrará con el
Congreso Constituyente de Euskadiko Ezkerra como partido, nacido de la fusión de EIA,
la fracción mayoritaria del PCE/EPK, un sector de los fundadores de HASI y socialistas
provenientes de ANV, ESEI e independientes, abandonando la definición marxista-leni-
nista.
El triunfo socialista en 1982 (LERA, 1983), además de abrir una nueva etapa en
España, supone una reorientación del voto estatal en el interior del País Vasco, así como
una redefinición de las relaciones entre las instituciones vascas y el gobierno central. Este
cambio se dejará notar en las segundas elecciones locales y forales de 1983 (LLERA,
1984b), en las que se confirma la hegemonía nacionalista, al mismo tiempo que el ascen
so del PNV y EE y la recuperación del PSOE definen un panorama más plural, especial
mente en los grandes municipios industriales.
La discusión de las normas electorales forales y el aparcamiento de la Ley de
Territorios Históricos (LTH), que habría de delimitar las competencias entre el Gobierno
de Vitoria y las Diputaciones Forales, así como la Ley de Normalización del Euskera o la
de símbolos, a la vez que agudizaban el conflicto centro-periferia, iban a abrir un nuevo
frente de tensiones en el propio seno de la comunidad nacionalista.

1.1.3. 1984-1986: crisis nacionalista


Las segundas elecciones autonómicas de 1984 (LLERA, 1986c) van a coincidir con
un fuerte disenso interno del PNV y sobre el modelo institucional de la CAV: la relación
partido/gobierno, la representatividad y la toma de decisiones en el seno del partido, el
liderazgo Arzalluz/Garaikoetxea y la política de alianzas, que abre la crisis en Navarra
después de las elecciones forales de 1983.
A este enrarecido ambiente interno, que llegó a poner sobre la mesa la renuncia de
Garaikoetxea a la candidatura para Lendakari (Presidente del Gobierno Vasco), hay que

196
añadir la reacción violenta de uno de los grupúsculos de ETA, asesinando al candidato y
senador socialista Casas en plena campaña electoral, los nueve primeros asesinatos de los
GAL y las primeras deportaciones y extradiciones de militantes de ETA por parte del
gobierno francés.
Con todo, el PNV reeditará su éxito en términos absolutos, si bien el ascenso del
PSOE y la pérdida de eficacia del abstencionismo institucional de HB por su retroceso
relativo hacen que el empate parlamentario efectivo a 32 entre el Gobierno y la oposición
definan mucho las cosas al gobierno monocolor, que se verá obligado a acordar un pacto
de legislatura con el PSOE.
A los pocos meses de iniciada la legislatura la fractura interna del PNV iba en aumen
to, hasta el punto de que Graraikoetxea presenta en 1985 su dimisión como Lendakari,
siendo nombrado J.A. Ardanza para sustituirle. El retroceso electoral sufrido por el PNV
en las elecciones generales de Junio de 1986 (LLERA, 1986A) precipita la ruptura inter
na del partido y del grupo parlamentario, que culmina en la aparición del nuevo partido
nacionalista encabezado por Garaikoetxea: Eusko Alkartasuna (EA).
El año 1986 (LLERA, 1986b) puede pasar a la historia política de Euskadi por ser
un momento crucial y un punto de no retorno en la crítica transición por la que atraviesa
el sistema institucional vasco, cuyo síntoma es la falta de delimitación precisa en la com
posición, perfil electoral y distribución ideológica del sistema de partidos. Lo que cierta
mente parece apuntarse en esta encrucijada es el agotamiento de un modo de hacer polí
tica, cuyo modelo es el de la "adversary politics" (FINER, 1975), caracterizado en nuestro
caso por la maximización del conflicto, la confrontación permanente, el exclusivismo pri-
mordialista y la imposición de mayorías monocolores artificiales.

1.1.4. 1986-1991: consolidación democrática


Este último período se inicia en Noviembre de 1986 por el adelanto de la tercera
legislatura vasca (LLERA, 1988a), tras la escisión del PNV, y se caracteriza por una mayor
segmentación y pluralismo en el sistema de partidos, al repartirse el PNV y EA los votos
del primero e incrementarse el peso electoral de los partidos de la izquierda nacionalista
(EE y HB), todo lo cual le da al PSOE el triunfo parlamentario por primera vez.
La nueva estructura de la competencia partidista da un giro total a la política vasca:
se impone la necesidad de la coalición para gobernar las instituciones y se considera
imprescindible un pacto entre las fuerzas democráticas para abordar la fase final de la vio
lencia terrorista en un ambiente político de consenso. En el primer caso, la búsqueda de
la mayoría parlamentaria culmina en el gobierno de coalición PNV-PSOE, encabezado
por Ardanza; en el segundo, la política de consenso se concreta en el pacto de Ajuria-Enea
(residencia del Presidente vasco) contra la violencia, suscrito en Enero de 1988 por todos
los partidos parlamentarios vascos (PNV, PSOE, EA, EE, PP y CDS) a excepción de HB.
Al mismo tiempo, las terceras elecciones locales y ferales de Mayo de 1987 extien
den el pluralismo inicial a todas las instituciones, con diferencias territoriales importan
tes, que llevan a la aparición de una nueva coalición EA-EE en la Diputación Foral de
Guipúzcoa y que se combinará con la del PNV-PSOE en Alava y Vizcaya.
Las cuartas elecciones autonómicas de 1990, aunque pueden ser consideradas de
continuidad, definen un nuevo panorama, en el que el PNV vuelve a ser el primer partido
vasco a costa del retroceso de EA y del resto de los partidos parlamentarios, del que solo

197
se salva el PP por su ligera recuperación. Otro dato significativo de estas elecciones es la
aparición parlamentaria del viejo alavesismo como opción política diferenciada (Unidad
Alavesa). Las elecciones definen un escenario compuesto por siete fuerzas políticas: cua
tro nacionalistas (PNV, HB, EA y EE), dos de ámbito estatal (PSOE y PP) y una provin-
cialista (UA), por un lado, y cuatro de centro-derecha (PNV, EA, PP y UA) y tres de
izquierda (PSOE, HB y EE), por otro, a los que hay que añadir una antisistema (HB) fren
te a todas las demás. Las difíciles negociaciones postelectorales dan al traste con la exi
tosa coalición anterior (PNV-PSOE) y definen una nueva coalición alternativa de corte
nacionalista (PNV-EA-EA), considerada por todos los observadores como precaria, por
la rivalidad PNV-EA. Lo cierto es que durará muy pocos meses, hasta que las nuevas elec
ciones provinciales y locales de Mayo de 1991 definan el nuevo eje de alianzas
PNV-PSOE a la vista del retroceso de EA y EE, lo que inevitablemente producirá la rup
tura de la coalición PNV/EA/EE y la formación de un nuevo gobierno integrado por
PNV-PSOE-EE, dotado de mayor coherencia institucional y territorial, así como de mayo
ría más sólida. Una efecto nada desdeñable de este cambio tras la crisis de gobierno es la
ruptura interna de EE, que ya se venía fraguando desde su último congreso de principios
de 1991, entre los partidarios de la fusión con EA (minoría, aunque mayoritarios en
Guipúzcoa) y los que han preferido seguir con el proyecto político originario y en alian
za con el PNV y el PSOE.

1.2 La espiral del silencio en la vida cotidiana de los vascos


En 1979 Juan J. LINZ y su equipo comenzaban su trabajo de campo en Euskadi pre
guntando por el miedo a participar en política ( 1 986: 1 6), constatando la existencia de una
"espiral del silencio" (NOELLE-NEUMANN, 1980), que afecta de forma desigual a dis
tintos sectores sociales y políticos de la opinión pública vasca. Casi diez años después más
de la mitad de la población vasca seguía viviendo bajo la presión social del miedo y la inse
guridad para expresar con libertad sus ideas políticas, siendo los mismo segmentos socia
les de entonces los afectados.
Pasados los años, nos ha parecido interesante preguntarles a los entrevistados si sue
len hablar de política, tanto como indicador de interés por la política, como de libertad, y
no porque el miedo a participar activamente en la política haya desaparecido, sino como
una expresión más cotidiana de contacto con la política.

TABLA 2.- Frecuencia con que hablan de política los votantes de los partidos vascos*

CP CDS EA EE HB PNV PSOE TOTAL


Frecuente 16 7 9 30 8 6 7
A veces 28 42 33 50 46 40 34 31
Casi nunca 16 30 44 34 17 33 36 33
Nunca 40 24 1? 6 7 L9 24 28
N.C. — 4 1 1 — — — 1

(*) Encuesta realizada en 1989 sobre recuerdo de voto de las elecciones autonómicas de
1986. Fuente: F.J. LLERA (CIS, 1795)

198
Como se puede comprobar, solo una tercera parte larga de los ciudadanos vascos sue
len hablar de política con mayor o menor frecuencia. Micnliurs que los volunte* Uc I IB y
EE son los más politizados y los que más libres se sienten, los del PP y el PSOE son los
que menos hablan de política, describiendo un fenómeno muy paralelo al constatado, tanto
en 1979 como en 1987.

1.3. La violencia en la vida política vasca


Que la violencia sigue siendo un actor principal de la escena política vasca es obvio.
En el invierno de 1991 el 86 % de la opinión pública vasca consideraba bastante ó muy
grave la violencia de ETA. Tan solo los electores de HB rebajaban esta percepción de gra
vedad al 49 %. Por otra parte, después del paro (8.5) y la droga (8.5), la violencia terroris
ta es el problema que más sigue preocupando a los vascos (8.3).
Para ocho de cada diez vascos en 1991, ETA se ha convertido en un obstáculo para
el progreso del País Vasco y debería disolverse sin más. Solo un 13 % piensa lo contrario.
Si lo primero alcanza casi el 90 % entre los electorados democráticos, lo segundo supera
el 60 % entre los votantes de HB, a pesar de que también entre ellos haya un 25 % hartos
de tanta violencia.
Sin embargo, el fracaso del terrorismo es rotundo a la vista de la reacción de la socie
dad vasca, sobre todo después del llamado "Pacto de Ajuria Enea" de todos los partidos
democráticos vascos para consensuar y coordinar las políticas contra el terrorismo. Un indi
cador básico del nivel de legitimación social alcanzado por el sistema democrático nos lo
dan las respuestas de acuerdo/desacuerdo "con los que dicen que hoy en Euskadi se pue
den defender todas las aspiraciones y objetivos políticos sin necesidad de recurrir a la vio
lencia", tal como muestra la siguiente tabla 3.

TABLA 3.- Acuerdo/desacuerdo con que en Euskadi la violencia no es necesaria para con
seguir objetivos políticos según los electorados de 1986.

CP CDS EA EE HB PNV PSOE TOTAL


Muy Acuerdo 53 38 48 44 15 49 52 42
Bastante id. 28 62 39 50 29 40 39 38
Bast. Desac. 13 — 7 4 28 3 4 17
Muy Desac. 6 — 1 — 12 1 — 22
NS/NC — — 5 2 16 7 5 11

Fuente: F.J. LERA (CIS, 1795)

Ocho de cada diez vascos muestran con claridad su confianza en el sistema demo
crático actual y su rechazo a la violencia. Este porcentaje es superado en todos los electo
rados a excepción del de HB, aliado estratégico de los terroristas y que, sin embargo, se
muestra ya dividido al respecto, lo que explica, al menos en parte, el lento declive electo
ral que padece desde 1990. No son desdeñables las proporciones radicalizables y de signo
contrario que aparecen, tanto entre el electorado de la derecha española, como entre los de
los partidos nacionalistas moderado.
Sin embargo, lo más significativo es la reacción de la sociedad vasca tras el acuerdo
de las fuerzas políticas democráticas, tal como muestra la evolución de la opinión entre
1989 y 1991, a pesar de que la pregunta no haya sido planteada del todo igual.

199
TABLA 4.- Evolución de la opinión pública vasca sobre la inutilidad de la violencia para
resolver los problemas entre 1989 y 1991.
4

1989 1991
% %
Total Acuerdo 42 76
Bastante Acuerdo 38 12
Ni acuerdo ni desacuerdo — 4
Bastante Desacuerdo 7 3
Total Desacuerdo 2 5
NS/NC II

Fuentes: Para 1989: [Link] (CIS, 1795). Para 1991: GV 91

La deslegitimación de la violencia es rotunda y evoluciona con firmeza entre los vas


cos (+ 8 %), siendo cada vez menos los indiferentes (- 7 %), a pesar de que siga habiendo
un contingente importante (8 %) que la respalda. Tan solo el electorado de HB permanece
inmóvil en sus posiciones, que, en todo caso, denotan una paradójica división interna.

II. LA IMAGEN DE ETA EN LA SOCIEDAD VASCA


Es la sociedad vasca la que más cerca siente los efectos de la violencia y será ella
misma la encargada de su erradicación. De ahí que sea de especial interés conocer la evo
lución de la imagen de ETA y sus militantes, así como los cambios de las actitudes de los
vascos ante sus acciones y su estrategia general.

II.l. Imagen de los activistas de ETA


Veamos, ante todo, la evolución experimentada por la opinión de los vascos en rela
ción a los calificativos atribuibles a las "personas que están comprometidas con el terro
rismo", comparando nuestros resultados de 1989 con los obtenidos por Juan J. LINZ y su
equipo después de las primeras elecciones democráticas y del referéndum de Autonomía
en el País Vasco ( 1 986:628).

Tabla 5.- Evolución de la imagen de los terroristas 1978-1989.

1978 1979 1989


Patriotas 13 17 5
Idealistas 35 33 18
Manipulados 33 29 11
Locos 11 8 16
Criminales 7 5 16
NS/NC 1 8 34
(1.140) (1.011) (2.386)

Fuente: 1978 y 1979: J.J. LINZ y otros (1986). 1989: F.J. LLERA (CIS, 1795)

200
til predominio y estabilidad de la opinión favorable de los vascos respecto de los
terroristas en los primeros años de la transición se torna en rechazo y hastío diez años des
pués. La adhesión rotunda de los que les consideraban "patriotas" pasa del 17 % al 5 % y
la posición, entre exculpatoria y positiva, de los que la calificaban "idealistas" retrocede
del 33% al 18%, la idea, negativa y eximente o a la vez, de los que los tildaban de "mani
pulados por otros" pasa del 29% al 1 1% y, finalmente, las posiciones negativas de quie
nes les llaman "locos" o "criminales comunes" se incrementan del 13% al 32%. Es, igual
mente, llamativo el incremento de los sin opinión hasta llegar a un tercio, que destaca,
sobre todo, en los sectores no identificados políticamente y entre los votantes de los par
tidos nacionalistas. Para terminar, puede ser ilustrativo ver el comportamiento de los dis
tintos electorados de 1986 ante esta cuestión:

Tabla 6.- Imagen de los terroristas según los electorados de 1986.

CP CDS EA EE EB PNV PSOE TOTAL


Patriotas — 3 5 31 1 5
Idealistas 13 — 24 26 40 15 10 18
Manipulados 20 19 17 8 5 17 12 11
Locos 16 23 18 18 2 22 26 16
Criminales 38 38 18 13 — 15 36 16
NS/NC 13 20 20 30 22 30 16 34
(28) (16) (132) (179) (171) (358) (291) (2.386)

Fuente: F.J. LLERA (CIS, 1975)

Comparando estos datos con los de Juan J. LINZ y su equipo (1986: 639), salta a la vista
el cambio de tendencia en todos los electorados. Sin duda, los cambios más significativos son
los del PSOE y EE, aunque también se podría decir que del nacionalismo en general.
En el electorado socialista los juicios positivos se reducen del 46% al 10%, mientras
que los negativos se incrementan del 47% al 74%. El más estable resulta el del centro-
derecha, en el que CP (74%) y CDS (80%) mantienen casi por igual el predominio de la
valoración negativa que en 1979 hacían los votantes de UCD (76%). Entre los electores
del PNV permanece estable el juicio negativo (54%), pero se reduce el positivo desde el
40% al 16%, centrándose en este último aspecto la diferencia con EA (27% de opiniones
positivas). EE ha vivido en su propia carne el cambio de posición al promover el aban
dono de las armas de ETApm en 1981, integrando en su seno a muchos exactivistas, de
ahí que el retroceso de los juicios positivos del 85% al 31% y el avance de los negativos
del 6% al 39% sea sumamente importante. En HB, mientras que los juicios negativos per
manecen estables en torno al 7%, los positivos se reducen en su conjunto del 85% al 71%
y, al mismo tiempo, cambian de intensidad al bajar los que los consideran "patriotras" (del
60% al 31%) y subir los que les tienen por "idealistas" (del 25% al 40%).

II.2. Actitudes ante ETA


En 1981 les preguntamos a los entrevistados, por primera vez y de forma abierta,
qué opinión les merecía ETA en general. A partir de ese momento y con las respuestas de

201
entonces hemos confeccionado un ítem "cerrado", que hemos ido planteando en distintos
estudios, obteniéndose la serie de la tabla 7, de la que se deducen con claridad algunos
rasgos: en primer lugar, el incremento claro del rechazo total; en segundo lugar, la reduc
ción progresiva de los que no manifiestan opinión, en parte por miedo; en tercer lugar, la
lenta reducción de los apoyos; y, finalmente, el comportamiento errático de lo que llama
mos justificación remota (fines sí, pero medios no o antes sí, pero ahora no).

Tabla 7.- Evolución de la actitud ante ETA en la CAV entre 1981 y 1989.

1981 1982 1983 1987 1989


% % % % %
Apoyo total 8 6 6 1 3
Justificación crítica 4 1 4 6 5 •
Fines sí / medios no 3 1 2 12 9
Antes sí / ahora no 12 4 6 19 15
Indiferentes 1 1 1 2 3
Da miedo 1 2 2 4 4
Rechazo total 23 42 41 34 45
NS/NC 48 43 28 22 16
(1..800) (1800) (600) (1..800) (2.386)

Fuentes: Para 1981 y 1982: AAPP 81 y AAPP 82. Para 1983 y 1987: IPV 83 e IPV 87. Para
1989: F.J. LLERA (CIS, 1795)

Si agrupamos las respuestas y comparamos las actitudes de cada provincia en 1981


y en 1989 podemos hacernos una idea de la evolución del clima de movilización social
contra la violencia en cada uno de los territorios.

Tabla 8.- Evolución de la actitud ante ETA en las provincias vascas entre 1981 y 1989

ALAVA GUIPÚZCOA VIZCAYA CAV


81 89 81 89 81 89 81 89

Apoyo/just. 9 4 9 8 14 8 12 8
[Link]. 8 21 11 26 18 22 15 23
Indiferent. 4 4 3 4 5 3 4 3
Miedo — 2 1 3 — 4 1 4
Rechazo total 28 55 24 36 23 48 23 45
NS/NC 51 14 52 23 40 15 45 17

Como se puede comprobar, es la opinión pública alavesa la más claramente movili


zada contra ETA, seguida de la vizcaína. Sin embargo, es la guipuzcoana la que más len
tamente evoluciona en ese mismo sentido.
Suele decirse que el apoyo a ETA hay un factor generacional, veamos a continua
ción las actitudes de los distintos grupos de edad en 1989.

202
Tabla h Actitud ante ETA de los distintos grupos de edad d§ ln CAV m 1080
18-25 26-40 41-50 51-60 + 60 CAV
% % % % % %

Apoyo total 3 4 4 4 2 3
Justificación crítica 8 6 2 3 1 5
Fines si / medios no 10 12 6 7 - 5 9
Antes si / ahora no 17 15 15 14 11 15
Indiferentes 7 3 1 2 2 3
Da miedo 2 2 5 5 4 4
Rechazo total 30 40 51 50 59 45
NS/NC 23 18 16 15 16 16
(472) (657) (412) (411) (424) (2.386)

Fuente: F.J. LLERA (CIS, 1795)

Mientras que en el apoyo incondicional casi no hay diferencias generacionales, éstas


aparecen en todos los demás casos: el rechazo se incrementa claramente con la edad, al
tiempo que los más jóvenes son los que más adhesión muestran a las justificaciones crí
ticas o remotas, son los que más se reservan sus opiniones, los más indiferentes y los que
menos miedo muestran. Es ésta, por tanto, una de las variables de la subcultura de la vio
lencia en el País Vasco.
Otro de los aspectos que suele estar detrás de la justificación del terrorismo de ETA
es la adhesión de una parte de la comunidad nacionalista. Veamos ahora el comporta
miento de los vascos según se consideren o no nacionalistas a si mismos.

Tabla 10.- Actitud ante ETA según la autoidentificación nacionalista de los entrevistados
de la CAV en 1989

Nacionalistas No Nacionalistas CAV


% % %
Apoyo toíal 3 4 3
Justificación crítica 8 2 5
Fines si / medios no 13 4 9
Antes si / ahora no 20 11 15
Indiferente 2 4 3
Da miedo 3 4 4
Rechazo total 36 56 45
NS/NC 15 15 16
(1.119) (966) (2.386)

Fuente: F.J. LLERA (CIS, 1795)

203
Frente a lo que pudiera parecer, llama la atención el hecho de que no haya diferen
cias entre ambos grupos en el apoyo explícito a ETA, como tampoco la hay con respecto
a aquellos que manifiestan indiferencia, miedo o se reservan la opinión. Sin embargo, la
contraposición aparece a la hora de manifestar un mayor rechazo por parte de los no nacio
nalistas frente al incremento de las actitudes más o menos justificatorias por parte de los
nacionalistas. Para terminar, puede ser revelador echar un vistazo a las opiniones de los
electores de HB en esta misma encuesta: un 16 % manifiesta su apoyo total, un 33 % la
justifica aunque reconozca errores, un 19 % acepta sus fines pero rechaza sus medios, para
otro 5 % hoy ya no tiene sentido, solo un 1 % explicita un rechazo total y una cuarta parte
se reserva su opinión.

II.3. Las acciones de ETA


Otra forma de medir la aceptación o el rechazo social del terrorismo es a través del
juicio que merecen sus acciones a la opinión pública. Aunque no tenemos datos de la reac
ción social ante todos y cada uno de los actos violentos, especialmente de aquellos más
sangrientos y masivos, si podemos calibrar los estados de opinión ante una muestra de
ellos. De 1981 tenemos datos sobre el asesinato de Ryan, ingeniero de la central nuclear
de Lemóniz, y sobre los atentados contra militares y miembros de las fuerzas de seguri
dad. En 1987 hemos preguntado la opinión sobre el asesinato de Yoyes, exdirigente de
ETA que abandonó la organización.

Tabla 10.- Valoración de algunas acciones de ETA en 1981 y 1987 en la CAV

RYAN(81) [Link].(81) YOYES(87)


% % %
Rechazo absoluto 68 65 60
Disculpan 16 17 10
Ambigüedad 5 4 7
Justificación 2 3 1
NS/NC 9 11 22
(1.200) (1.200) (1.800)

Fuentes: IPV 81 elPV 87

El asesinato del ingeniero Ryan en plena campaña de ETA contra Lemóniz supuso
la primera gran manifestación ciudadana contra ETA, algo que concuerda con la reacción
masiva de la opinión pública vasca, a pesar de que casi una cuarta parte de los ciudada
nos encontrasen algún tipo de justificación. Frente a lo que pudiera parecer, el comporta
miento de la opinión pública no era muy distinta cuando se trataba de atentados contra
miembros de las fuerzas armadas o de seguridad.
Sin embargo, años después y con un mayor nivel de movilización social contra la
violencia, la reacción ha sido relativamente más fría y dubitativa a la hora de opinar sobre
el asesinato de la exmilitante de ETA, si bien la opinión mayoritaria fue de claro rechazo.
El contraste de opiniones nos los muestran los electorados de HB y EE. Si en el primero

204
predominan la justificación (40 %) y el desconcierto (46 %) al lado de un exiguo recha
zo (14 %), en el segundo es este último el que destaca (77 %) frente a las dudas (13 %) y
la justificación (10 %).
El contraste lo tenemos con la valoración que hacía la opinión pública vasca en 1981
sobre la muerte de ARREGUI, militante de ETA detenido, que desencadeno una campa
ña de denuncia de HB contra las torturas a activistas vascos.

Tabla 11.- Opinión sobre la muerte de ARREGUI en 1981 según provincias

ALAVA GUIPÚZCOA VIZCAYA CAV


% % % %
Rechazo absoluto 87 78 91 85
Disculpan 2 4 1 3
Ambigüedad 1 3 2 3
Justifican - 2 1 1
NS/NC 10 13 5 8
(402) (385) (394) (1.181)

Fuente: IPV 81

Como se puede comprobar, el rechazo de la opinión pública de todo atisbo de acción


represiva o error policial es aún más rotundo que en relación al terrorismo, de ahí que la
movilización antirrepresiva haya sido siempre uno de los principales argumentos del movi
miento social generado en torno al terrorismo.

III. CAUSAS Y SOLUCIONES DE LA VIOLENCIA


Otros dos aspectos relacionados con el terrorismo son el diagnóstico social sobre sus
causas y el apoyo popular a las distintas soluciones que se barajan para su erradicación.
La relación entre ambos discursos sociales es fundamental en el proceso de movilización
social contra el terrorismo.

III.l. Causas y responsables de la violencia


En sus encuestas de los años 1978 y 1979 Juan J. LINZ y su equipo (1986: 647ss)
encuentran que para la opinión pública vasca de esos años los responsables de la violen
cia son por orden de mayor a menor importancia los siguientes: la extrema derecha (22
%), el gobierno central (20 %), la dictadura pasada (19 %), la extrema izquierda (17 %),
la policía (15 %), los nacionalistas y regionalistas (4 %) y los estudiantes y jóvenes (3 %).
Como se puede comprobar tres cuartas partes de la población vasca atribuía a los herede
ros y triunfadores de la guerra civil las causas de la violencia al comienzo de la transición
democrática, lo cual explica la enorme permeabilidad inicial al discurso y a las justifica
ciones políticas de los terroristas, sobre todo por parte nacionalista. No olvidemos, como
bien señala G. JAUREGUI (1981 :23), que la idea de "ocupación" es algo que está en la
génesis del nacionalismo vasco. El nacionalismo radical reeditará esta idea uniéndola a
una sobredramatización del Franquismo, cuyos efectos aún siguen ejerciendo su influencia.

205
En 1981 tratamos de indagar la argumentación en torno a las causas del terrorismo,
pidiendo a nuestros entrevistados que mostrasen su acuerdo o desacuerdo con las siguien
tes frases:
1* "La violencia en el País Vasco es fruto de tantos años de centralismo".
2a "Entre los atentados de izquierdas o de derechas no hay diferencias. Lo impor
tante es que todo es terrorismo".
3a "Si la Policía y la Guardia Civil no desaparecen de las calles o no se retiran del
País Vasco, no habrá posibilidades de pacificación".
4a "La violencia no desaparecerá del País Vasco hasta que no se consiga la inde
pendencia".
5a "Más importante y más grave que los atentados es la violencia ejercida por el
Estado (las detenciones, la represión policial, el recorte de la libertad de expre
sión, etc)".
6a "A la hora de la verdad, los verdaderos culpables de tanta violencia son los
nacionalistas (todos)".
Estos han sido los resultados obtenidos para cada electorado y para el conjunto del
País Vasco.

Tabla 12.- Actitudes ante la violencia según electorados vascos en 1981

HB EE PNV UCD PCE PSOE CAV


Frases + - + - + - + - + - + - +
Ia 90 4 83 6 67 11 38 37 86 3 52 16 58 10
2* 29 62 45 40 82 16 83 1 1 60 39 75 8 55 24
3* 74 18 76 II 50 23 20 60 63 21 26 37 43 23
4a 64 18 44 36 25 43 12 69 15 57 11 47 26 34
5* 87 5 74 10 50 23 8 67 68 14 44 2? 47 18
6a 7 79 13 73 8 78 25 48 19 60 13 55 11 57

Fuente: [Link]. 81. Porcentaje horizontales para opción y frase. Se han, eliminado los NS/NC,
(+) significa "acuerdo" y (-) "desacuerdo.

Una mayoría, que rondaba el 60 %, estaba de acuerdo en diagnosticar la situación


de violencia como consecuencia del viejo centralismo y esa misma mayoría rechazaba el
que los culpables fuesen los nacionalistas, a pesar de que uno de cada diez no estuviese
de acuerdo con lo primero y si con lo segundo y casi un tercio de los entrevistados no emi
tiese opinión al respecto. Se puede observar con claridad que este diagnóstico era asumi
do plenamente por los electorados de la izquierda abertzale (HB y EE) y del PCE y, en
menos medida, del PNV y el PSOE frente a la división profunda de los centristas.
Se produce una transferencia curiosa en la segunda cuestión, ya que, aunque la mayor
parte de la población (55 %) estaba de acuerdo en equiparar el terrorismo de derechas y
de izquierdas, una parte de los anticentristas de antes (alrededor del 15 %) discrepaban de
tal identificación, caracterizando, de este modo, el apoyo logístico de la violencia de ETA.

206
El aCUerdn Oflfl 1¡1 OfllifiaaSfófi dé ferroristos era máximo entre los electores del PNV, UCD,
PSOE y PCE frente a la división del electorado de EE y la posición mayoritariamente con
traria a los de HB.
Otro de los matices en el discurso político que diagnostica la violencia en nuestra
sociedad suele referirse a la "violencia institucional", a la "violencia de estado" o a la
"represión". La interiorización de este discurso había sido tal, que había llegado a con
vencer a casi la mitad de los entrevistados (47 %), no llegando a oponérseles ni uno de
cada cinco ciudadanos, mientras que algo más de un tercio no se pronunciaba al respec
to. Casi las mismas proporciones se producen a la hora de atribuir o no la responsabilidad
a la presencia de las fuerzas de seguridad del Estado. La represión era ampliamente com
partida por los electorados de la izquierda abertzale y, en menor medida, por el PCE, man
teniéndose el PNV y el PSOE en torno a los porcentajes muestrales, mientras que la UCD
vuelve a quedarse sola en su posición contraria. A su vez, el tema de las fuerzas de segu
ridad sensibilizaba de forma especial a los votantes de HB, EE, PCE y, menos, a los del
PNV frente a la posición favorable del PSOE y, sobre todo, de la UCD.
No parece que la violencia en el País Vasco tenga relación causal con las ansias de
independencia de la mayor parte de la sociedad, ya que solo uno de cada cuatros vascos
pensaba que ese era el fin de la violencia frente a uno de cada tres que pensaba lo contra
rio y cuatro de cada diez que no se manifestaban ni en uno y otro sentido. Esta idea solo
era mayoritaria entre el electorado de HB, al tiempo que el de EE se dividía en partes casi
iguales.

III.2. Las soluciones para acabar con la violencia


No existe ningún remedio mágico para acabar con la violencia, como prueba de su
continuidad, pero lo que si hay son discursos, más o menos contrapuestos, sobre qué medi
das o estrategias sería más eficaces para conseguir reducirla poco a poco. Se ha hablado
y se sigue hablando de distintas soluciones, pero lo más importante es que se ha pasado
de la contraposición polémica entre las fuerzas democráticas a un consenso sobre la com-
plementariedad de las mismas.
Por nuestra parte, desde 1981 y en distintos estudios venimos pulsando la opinión
sobre algunas medidas barajadas en el debate público previo al Pacto de Ajuria-Enea. Lo
hemos hecho preguntando el acuerdo o desacuerdo sobre frases como éstas:

1" "La única solución es que una policía bien dotada y eficaz acabe con el terroris
mo" (policía).
2a "En un plazo breve la Policía Autónoma tiene que sustituir a la Fuerzas de
Seguridad del Estado" (Ertzantza).
3a "El Gobierno del Estado y ETA tienen que sentarse en la misma mesa a negociar"
(negociación).
4a "El pueblo debería unirse para aislar a los violentos" (movilización).
5a "Que se de la Amnistía" (amnistía).

Veamos la evolución de la opinión pública vasca respecto a estas cuestiones en la


siguiente tabla.

207
Tabla 13.- Evolución de la opinión de la CAV entre 1981 y 1987 sobre algunas solucio
nes para acabar con la violencia

1981 1982 1983 1987


% % % %

31 32 26 25
POLICIA
47 49 63 34
+ 69 59 60 63
ERTZANTZA
- 9 19 21 5
+ 46 46 61 55
NEGOCIACION
- 27 28 27 11
+ 41 39 43 49
MOVILIZACION
- 32 36 44 11
+ 54 52 59 49
AMNISTIA
- 20 24 26 27
Fuentes: AAPP 81, AAPP 82, IPV 83, IPV 87. Se han eliminado los NS/NC, (+) = acuerdo y
(-) = desacuerdo. % verticales para cada frase.

Solo la sustitución de las fuerzas de seguridad del Estado por la Ertzantza (63 %) y
la negociación (?) del Gobierno y ETA (55 %) conseguían una adhesión mayoritaria al
final del período, con un 49 % de acuerdo les seguían la movilización popular y la amnis
tía, mientras que la solución policial estatal dividía a la opinión pública, siendo más los
reacios a aceptarla que los favorables. Tan solo la amnistía ha visto incrementar su recha
zo, al tiempo que la negociación y la movilización aumentaban su aceptación frente a la
reducción en los casos de la policía, la ertzantza y la amnistía.
Cuatro años después y como efecto claro del Pacto de Ajuria-Enea, sellado por las
fuerzas políticas democráticas a comienzos de 1988, el acuerdo con la necesidad de la
movilización popular contra la violencia había saltado del 49 % al 77 %, mientras que se
mantenía estable el desacuerdo (11 %) y se reducía sensiblemente la indiferencia.
En 198 1 el 40 % de los vascos estaban en contra de la idea de que la única forma de
conseguir la paz era acabar con ETA frente a un 24 % que participaba de la misma y otro
36 % que no manifestaba opinión, denotando la fuerte resistencia social a las medidas poli
ciales y represivas en ese momento. Al mismo tiempo, lo más grave es que ese mismo
contingente (frente a un exiguo 23 %) estaba convencido de que de no haber sido por ETA
y el miedo que infundía en la clase empresarial los vascos no habríamos mejorado nues
tras condiciones salariales. Han tenido que pasar diez años, cientos de muertos, miles de
actos violentos y multitud de crisis empresariales para que los vascos hayamos recapaci

208
tadO y hoy pensemos masivamente (78 %- frente a 13 c!>r) que "ETA se ha convertido en
un obstáculo para el progreso del País Vasco y lo mejor que puede hacer es disolverse sin
más".

111.2. 1 . La actuación institucional


A comienzos de Febrero de 1988 el CIS hacía un estudio para pulsar la opinión públi
ca ante la oferta de tregua y negociación de ETA. Entre otras cosas, se pedía una valora
ción de la actuación de distintas instituciones y fuerzas políticas en la lucha contra la vio
lencia. Si extraemos solamente las respuestas positivas obtenidas en el País Vasco, el
resultado no puede ser más desalentador a la vista del siguiente ranking: Gobierno Vasco
(29 %), EE (27 %), la ertzantza (24 %), el PNV (24 %), el Gobierno central (22 %), EA
(22 %), los jueces (20 %), los medios de comunicación (20 %), el PSOE (18 %), los obis
pos vascos (17 %), la guardia civil (15 %), HB (15 %), IU (10 %), el CDS (9 %) y el PP
(8 %). Parece que algo no funcionaba bien en el tratamiento institucional del terrorismo,
a la vista, si no del rechazo, si de la frialdad y el escepticismo de la opinión pública vasca
ante las actuaciones de los distintos actores políticos.

111.2.2. Algunas medidas antiterroristas concretas


En 1981 el gobierno de UCD decide impermeabilizar la frontera Navarra con
Francia, recurriendo al ejército de tierra, consiguiendo el rechazo mayoritario (55%) de la
opinión pública vasca (IPV 81) y tan sólo la adhesión de un 3%, mientras cuatro de cada
diez ciudadanos dudaban (20%) o no se pronunciaban (22%), lo que denota, una vez más,
el rechazo de las medidas represivas ejecutadas por las fuerzas armadas y de seguridad
del Estado. En esa misma encuesta ocho de cada diez vascos rechazaban la posibilidad de
la declaración del estado de excepción seis de cada diez eran contrarios a cualquier otro
tipo de intervención del ejército en la lucha contra el terrorismo.
Ese mismo año se produce la tregua de ETApm, que culminaría en su autodisolu-
ción como grupo armado, produciéndose reacciones muy distintas en la opinión pública:
para la mayoría (46%) se trataba de una decisión seria que debería de ser definitiva, un
tercio largo (36%) no tenía opinión al respecto, otro 6% la veía como un juego político y
un 12% se mostraba claramente en contra.
Un efecto de la negociación entre ETApm y el Gobierno central fue la llamada "polí
tica de reinserción", que abrió el camino de la libertad para cientos de exactivistas que
decidieron abandonar las armas y que desencadenó una campaña radical en contra de lo
que ellos llamaban "traidores" y "arrepentidos". En 1987 (IPV87), para el 50% de los vas
cos resultó una medida positiva, otro 30% no tenía opinión, un 1 1% mostraba sus dudas
y otro 9% la rechazaba frontalmente. Eran los electores de EE (73%) y del nacionalismo
moderado (64%) los más favorables frente al desconcierto del electorado de HB y de los
partidos estatales. En concreto, en HB, y a diferencia de la opinión de sus líderes, el 33%
se mostraba a favor de medida, el 27% en contra, un 15% dudaba y otro 25% no mani
festaba opinión alguna.
Por esos años se produce el inicio de la llamada colaboración francesa, una de cuyas
medidas fue la política de expulsiones, extradiciones y entregas de refugiados vascos a las
autoridades españolas. Una vez más, esta política represiva, se encuentra en 1987 (IPV

209
87), si no con el rechazo masivo (33%), si con la incomprensión (16%) o indiferencia (28%)
de los vascos, de los que sólo una cuarta parte (23%) apoyó incondicionalmente tales medi
das, Si la justificación, más o menos matizada, predominaba entre los electores estatales y el
PNV, el rechazo provenía, sobre todo, de los entrevistados identificados con HB (83%), EA
(43%) y EE (41%), lo que ejemplifica la persistencia tardía de la trama social de lo que he
denominado "solidaridad antirrepresiva".

II1. 2. 3. El Pacto de Ajuria-Enea


Una de las razones de la desorientación y escasa movilización de la opinión pública en
contra del terrorismo durante los años ochenta era la propia disparidad de criterios entre los
partidos políticos democráticos y la utilización de esta cuestión como un elemento más de su
propia lucha política, ya fuese para denunciar la responsabilidad de las políticas centralistas o
represivas, ya las ambigüedades del nacionalismo al respecto. Sin embargo, en 1981 (AAPP
81) los vascos demandaban masivamente (66 %) la unidad de los partidos democráticos para
la pacificación de Euskadi. Han tenido que pasar diez años y correr sangre para que se hicie
se efectiva tal aspiración de liderazgo y coherencia política.
En esa misma encuesta, sin embargo, la opinión pública vasca se dividía a favor (41 %)
y en contra (32 %) de la movilización y colaboración ciudadanas para aislar y perseguir a los
terroristas, precisamente por esa carencia de liderazgo político unitario.
Este es precisamente el gran acierto del pacto de Ajuria-Enea. Tras tres años de vigen
cia del mismo y después del fracaso de las llamadas "conversaciones de Argel", el Gobierno
Vasco realiza una encuesta (GV 91) en la que se evalúan sus resultados: ocho de cada diez vas
cos ha oído hablar de él, dos tercios lo conocen y están de acuerdo en que su objetivo es "la
unidad de todos los demócratas frente a la violencia de ETA" y que, por lo tanto, debe de seguir
existiendo mientras haya violencia.
Sin embargo, en lo que es el objetivo fundamental, el final de la'violencia, la opinión
pública vasca se divide en partes iguales (40 %) a la hora de evaluar la contribución efectiva
del pacto en este terreno, en la medida en que ETA sigue azotando con virulencia, sobre todo
en el último año, y los apoyos a HB no merman de forma espectacular. Algo parecido ocurre
con la división de opiniones a favor (38 %) y en contra (28 %) de que uno de los objetivos del
pacto sea el "aislamiento de HB", a pesar de que ocho de cada diez votantes de esta formación
hayan interiorizado que así sea y, por consiguiente, pidan mayoritariamente (50 %) su disolu
ción.
Lo cierto es que diez años después, hoy es casi el doble (77 %) el número de ciudadanos
vascos que piensa que la movilización ciudadana es necesaria para acabar con la violencia y
son siete de cada diez los que reconocen que "en los últimos tiempos la gente está perdiendo
el miedo a manifestarse abiertamente contra ETA".

IV. LA DERROTA POLITICA DE LOS TERRORISTAS


Aunque la victoria operativa aún no se haya culminado, la derrota política del terroris
mo es evidente a la vista del fracaso de todos sus objetivos: en primer lugar, no han conse
guido deslegitimar el sistema democrático con su estrategia desestabilizadora; en segundo
lugar, tampoco han podido sustituir el liderazgo del nacionalismo moderado en el seno de la
comunidad nacionalista, fracasando en sus intentos de radicalización; en tercer lugar, han teni
do que ir poniendo sordina a la llamada "alternativa KAS" renunciando a su imposición; y en
cuarto lugar, parece que pueden ir perdiendo la esperanza de desfilar con aires marciales por

210
la Gran Yía bilbaína después de una negociación política oxitnsa m íl fisUo. Se Pu«le «Pe-
rar (]Ue\ al final, tengan que Conformarse con una puesta en escena de "diálogo a alto nivel" en
el que, al lado de un alivio de las medidas penales, se puedan producir algunas promesas polí
ticas con carácter diferido, de las que se tendrían que hacer cargo los partidos políticos parla
mentarios.

IV.l. El fracaso de la "alternativa KAS"


La "alternativa KAS", desde que a mediados de los años setenta la patentasen los diri
gentes "polímilis, fue el gran programa político de los terroristas y su movimiento radical. Tras
años de movilización y propaganda, en 1981 (AAPP 81) decían conocer su existencia genéri
ca un 37 % de los vascos, sobre todo votantes de HB (71 %) y EE (64 %), lectores de Egin (80
%) y Deia (48 %), universitarios (80 %) y jóvenes menores de 30 años (59 %). Sin embargo,
solo un 1 1 % conocía todos sus puntos y otro 18 % citaba alguno de sus contenidos.
Seis años después (IPV 87) y antes del fracaso de Argel y del pacto de Ajuria-Enea, a
seis de cada diez vascos les resultaba un tema indiferente, uno de cada cuatro pensaban que
"no es hoy una reivindicación ni útil ni prioritaria" y era un 17 % el que se mostraba favora
ble a su utilidad. En el propio electorado de HB no pasaban de seis de cada diez los que seguí
an creyendo en ella y hasta un 1 1 % se mostraba contrario, mientras que entre el resto de los
votantes nacionalistas predominaba la indiferencia o el rechazo.

IV.2. La negociación Gobierno-ETA


Ya hemos visto en la serie 1981-1987 que la opinión pública vasca era mayoritariamente
favorable a una negociación genérica Gobierno-ETA como forma de acabar con el terroris
mo. En la encuesta realizada por el CIS ( 1 .729) a comienzos de 1988, tras la oferta de tregua
de ETA, el 56 % de los vascos creía que esa era una forma de acabar con el terrorismo, un 40%
confiaba en la seriedad de la oferta, si bien un tercio pensaba que eran maniobras de los terro
ristas y que, después de todo, siempre habrá algunos que no acepten las condiciones y sigan
sembrando violencia.
Veamos la actitud de las opiniones públicas vasca, navarra y española en su conjunto
respecto a la oferta negociadora de ETA en ese momento.

Tabla 14.- Opiniones de vascos, navarros y españoles respecto a la negociación


Gobierno-ETA en 1988

País Vasco Navarra España


% % %
El gobierno no debería negociar 6 17 28
Solo si ETA deja las armas 29 36 39
Se debe negociar, aceptando la tregua 52 34 21
NS/NC 13 L3 12
(1.042) (335) (3.700)

Fuente: CIS, 1.729

211
Como se puede comprobar, la opinión pública, en general era favorable a una sali
da negociada al terrorismo vasco, mucho más condicionada en el caso de las opiniones
española y navarra y bastante más flexible la de los vascos. No había, por tanto, un recha
zo mayoritario frontal a la negociación y, mientras españoles y navarros tienden a poner
como condición el abandono de la actividad violenta, los vascos pensaban que la tregua
era suficiente. No sabemos cuál será la actitud actual de las respectivas opiniones públi
cas después del fracaso de Argel, de los efectos del pacto de Ajuria-Enea y del incremento
de la actividad terrorista en el año 1 99 1 , pero podemos estimar que se habrán reducido los
favorables a la negociación.
Finalmente, con respecto a los contenidos de esa negociación en el supuesto de que
ETA renuncie definitivamente a la violencia, tenemos datos de serie entre 1981 y 1988.

Tabla 15.- Evolución de la opinión pública vasca entre 1981 y 1988 sobre algunas solu
ciones negociadas al final de la violencia (solamente se recogen las opiniones
favorables).

1981 1983 1987 1988


% % % %
Autodeterminación 70 65 63 44
Retirada de la FF Seguridad 69 60 59 45
Integración de Navarra 73 - 57 44
Amnistía 54 59 49 25
(1800) (600) (1500) (1042)

Fuentes: AAPP 81, IPV 83, CV 87 y CIS, 1.729

A pesar de las diferencias en las formulaciones, se puede comprobar cómo han ido
perdiendo fuerza todos los argumentos políticos de los violentos, sobre todo la amnistía
y, especialmente, después de haber rechazado al unísono los partidos políticos democrá
ticos cualquier negociación política con los terroristas. En definitiva, los violentos fraca
san en su intento de raptar como propias y exclusivas demandas y aspiraciones políticas
que pueden estar en los programas del resto de las fuerzas nacionalistas democráticas. Y,
sobre todo fracasan en la única reivindicación propia, es decir en la demanda de amnistía,
que es rechazada por la mayoría de la población y que en 1988 estaba dispuesta, a lo más,
a que se negociasen medidas de reinserción para presos y refugiados sin delitos de sangre
(65 %).

CONCLUSIONES
Parece obvio que el problema de ETA atañe, fundamentalmente, a la sociedad vasca
y, sobre todo, a la comunidad nacionalista, en la medida en que el discurso en el que se
ampara para legitimar su continuidad y mantener activo su movimiento social tiene argu
mentos de carácter nacionalista exclusivamente. Es cierto que los vascos necesitamos en
este trance la ayuda, la comprensión y la solidaridad de otros muchos, particularmente de

212
las instituciones democráticas estatales y, no digamos nada, de la responsabilidad de los
medios de comunicación.
ETA es una negra herencia del Franquismo, en el que contó con la complacencia de
muchos, aunque sus argumentos tengan raíces anteriores y su cantera actual no haya teni
do en su socialización política ninguna experiencia directa de la dictadura. Por tanto, el
funcionamiento eficaz y efectivo de la democracia es la mejor vacuna, al tiempo que el
consenso democrático en su mejor antídoto.
El terrorismo vasco está políticamente derrotado, aunque siga teniendo la mejor
herramienta de trabajo: su eficacia mortífera, Al mismo tiempo, la subcultura política gene
rada por él y que nutre y reproduce su movimiento social se muestra altamente resistente
e impermeable, por lo que es fundamental una estrategia de acción en su propio terreno:
la movilización social y la opinión pública.
Los responsables políticos democráticos han aprendido a no utilizar el terrorismo
como elemento de batallas políticas, los nacionalistas se han percatado del error de vin
cular más autonomía con menos violencia, todos se han convencido de que las medidas
policiales son inevitables y necesarias y las autoridades estatales saben que el Estado no
puede permitirse el lujo de cometer errores que arriesguen la confianza que los ciudada
nos vascos han ido depositando en el sistema democrático.
La reacción de la opinión pública y la movilización popular tras los pactos demo
cráticos para la pacificación de Euskadi han dado frutos evidentes, pero la paz aún no se
ha conseguido y requiere dar pasos adelante, que, en modo alguno, pueden suponer cesión
política por parte de las instituciones democráticas. Es necesario transmitir confianza y
serenidad a los ciudadanos, al tiempo que se les motiva para el compromiso activo.

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215
COMPARACION ENTRE DOS ESCALAS DE
ESTIMACION DE LA "GRAVEDAD" DE
DELITOS A PARTIR DEL CODIGO PENAL Y
LA OPINION PUBLICA
CRISTINA RECHEA ALBEROLA
Catedrática de Psicología. Universidad de Santiago de Compostela.

DIEGO J. GÓMEZ INIESTA


ADÁN NIETO MARTIN
Becarios de Investigación en Derecho penal. Universidad de Castilla-La Mancha.

Resumen
Este trabajo pretende comprobar si existe acuerdo entre la gravedad de los delitos tal
como están tipificados en el Código Penal y la Opinión que sobre este tema tiene la socie
dad (una muestra de estudiantes de la Universidad de Castilla-La Mancha). La clasifica
ción legal se hizo a partir del tipo medio de pena impuesta para cada delito en el Código
Penal y la clasificación social utilizando la escala de opinión de Thurstone. Las dos cla
sificaciones se comparan para comprobar el grado de acuerdo entre ambas. También se
analizan las discrepancias halladas entre ellas.

* * *

En un momento en que se prepara un nuevo Código Penal, parece interesante cono


cer la opinión que la gente de la calle tiene sobre los delitos y su gravedad. En este traba

217
jo se pretende hacer una comparación entre la opinión pública y la ley respecto a la valo
ración de la gravedad de los delitos.
Existe un larga tradición en Psicología en la construcción de escalas para clasificar
objetos o hechos en función de una variable subjetiva, como puede ser la belleza, las pre
ferencias o la gravedad (métodos de Thurstone, Thurstone-Chave, Dunn-Rankin y Green).
Este tipo de método permite no sólo ordenar los elementos objeto de la clasificación de
mayor a menor en cuanto a la variable estudiada (belleza, gravedad, utilidad, etc.), sino
también determinar la distancia que existe entre los citados elementos, en cuanto a la
variable de clasificación (Dunn-Rankin, 1983). Dentro del estudio de la gravedad del deli
to, precisamente uno de los primeros métodos que se construyó para crear escalas de varia
bles subjetivas se ejemplificó clasificando los delitos en función de su gravedad
(Thurstone, 1927). Y desde la aparición del libro de Sellin y Wolfgang (1964) la utiliza
ción de esta técnicas para evaluar la consideración social sobre la gravedad de los delitos
se ha extendido ampliamente y hasta se han utilizado para analizar las políticas de pre
sencia de las patrullas policiales (Hellery McEwen, 1975), y determinar las sentencias de
delincuentes convictos (van den Haag, 1982).
A pesar de contar con estos métodos objetivos y reconocidos de clasificación de
variables subjetivas, existen ciertos problemas en su aplicación que merecen ser discuti
dos. La existencia de diferentes métodos plantea el problema de la elección entre ellos.
De los cuatro métodos citados más arriba los de Thurstone (método de comparaciones
binarias) y Dunn-Rankin clasifican los objetos a través de la elección entre pares; esto es,
los objetos a clasificar se emparejan entre si y se les pide a los sujetos que elijan de entre
cada par aquel elemento que consideren más cargado en la variable que se quiere estudiar.
A partir de este conjunto de elecciones hecho por un grupo de sujetos (jueces), se obtie
ne una escala por medio de las correspondientes transformaciones. La obtención de datos
siguiendo estos métodos es algo complicada pero sus resultados pueden estar menos ses
gados que con otro tipo de métodos, pues el sujeto nunca llega a conocer cual es el resul
tado final de su clasificación y actúa realmente en función de como piensa en el momen
to de cada elección.
Los métodos de Thurston-Chave (método de intervalos aparentemente iguales) y el
de Green (método de intervalos sucesivos) siguen la técnica de clasificar los elementos
dentro de una serie de categorías, previamente establecidas, de la variable que se quiere
estudiar (Ponsoda, 1986). A partir de las clasificaciones realizadas por los sujetos, por
medio de la correspondiente transformación se obtiene una escala final. Aunque estos
métodos simplifican la obtención de los datos necesitan partir de la posibilidad de cate-
gorización por parte de los sujetos del continuo psicológico del que se trate (en este caso,
gravedad de un delito).
Aunque la clasificación desde un punto de vista legal parece una cuestión mucho
más fácil y objetiva, dada su tipificación en el Código Penal, tiene también sus compli
caciones debido a los diferentes tipos de penas privativas de libertad (con sus máximas y
mínimos) y otras penas de carácter económico y social; además, para algunos delitos exis
te un tipo básico y los tipos agravados y privilegiados lo que todavía complica más la con
secución de una clasificación en función de la gravedad de los delitos desde el punto de
vista legal.
Siempre que se construyen escalas de medida hay que tener en cuenta la validez y
Habilidad del instrumento que se usa. Desde un punto de vista psicológico, el término gra

218
vedad puede hacer referencia a dos dimensiones del mismo cuando se aplica u los delitos,
Por un lado, puede hacer referencia a la evaluación normativa del acto (su maldad desde
el punto de vista moral (wrongfulness)); esto es, los delitos pueden ser más o menos gra
ves en función del tipo de norma que quebrantan. Por otro lado, también se puede evaluar
la gravedad de un delito en función de las consecuencias de la ofensa sobre la víctima,
esto es, al daño (harmfulness) producido por el delito. Así, cuando un sujeto emite un jui
cio sobre el nivel de gravedad de un delito, puede tener "in mente" una u otra dimensión
del término y, por lo tanto, producir un juicio diferente en cada caso.
Ciertos estudios sobre el tema han puesto de manifiesto que efectivamente las esca
las producidas a este respecto por diferentes tipos de preguntas a los sujetos producen esca
las no idénticas. Por ejemplo, [Link] (1989) pidió a sus sujetos que clasificaran los deli
tos, primero por su gravedad, en segundo lugar por su amoralidad y, por último, por
consecuencias del acto, y aunque encontró algunas diferencias entre escalas,, las dos últi
mas correlacionaban 0.925; además, en el análisis de regresión las escalas de amoralidad
y de consecuencias explican el 95 '8% de la varianza de la escala de gravedad general.
Además, Warr encontró que una minoría substancial no discriminaba entre las dos dimen
siones del concepto gravedad. Por lo tanto, y como dice Cohen, "si se está interesado sólo
en la percepción pública de la gravedad, las escalas de opinión son (por definición) exac
tas" (Cohen, 1988).
Por lo que respecta a la dicotomía entre las dimensiones del concepto gravedad antes
comentadas, la doctrina penal no hace ningún tipo de distinción y el concepto de la gra
vedad del delito hace referencia al daño social que con él se causa y las penas se asignan
en función de la magnitud de ese daño social.
Teniendo en cuenta todas las consideraciones anteriores, a continuación se exponen
los criterios elegidos para la obtención de los datos de las clasificaciones legal y social,
para pasar posteriormente a la exposición de los resultados obtenidos y su comparación.

METODOLOGIA y resultados
Elección de los delitos a clasificar.
En primer lugar se seleccionó un número limitado de delitos para usar como elemen
tos en la clasificación. Esta selección se hizo según los siguientes criterios: Primero, los deli
tos debían abarcar diferentes áreas delictivas y la mejor clasificación de estas áreas, por su
sencillez y comprensión para los profanos, nos pareció la de delitos contra bienesjurídicos
individuales y delitos contra bienes jurídicos colectivos. Segundo, en el grupo de trabajo
había un cierto interés en ciertos delitos que por unas razones u otras en el momento actual
están provocando discusiones en círculos sociales especializados, lo que puede ser un índi
ce de conflicto entre los aspectos legales y sociales de la consideración de los delitos. En ter
cer lugar, existía la posibilidad de utilizar acciones delictivas concretas (abrirle una brecha
a uno de un puñetazo) o el delito genérico (lesiones). Se optó por esta última categorización
porque aunque podía suponer una dificultad a la hora de la clasificación legal (por ejemplo,
las penas previstas en el C.P. en los casos de diferentes lesiones son de distinta gravedad),
se pensó que de esta forma se obviaba cualquier sesgo de las respuestas en la construcción
de la escala social del concepto gravedad. La lista final que consta de 14 delitos aparece en
la Tabla 1 (agrupados según su pertenencia a una u otra área).

219
TABLA 1.- Relación de delitos que se han tenido en consideración en este trabajo, clasi
ficados en función de su pertenencia a un tipo de delito u otro.

DELITOS CONTRA LOS BIENOS JURIDICOS


INDIVIDUALES COLECTIVOS
(1) Aborto (2) Tráfico de influencias
(4) Lesiones (3) Delito Ecológico
(5) Tráfico de Drogas (7) Delito Fiscal
(6) Allanamiento de Morada (8) Evasión de capitales
(10) Homicidio (9) Falsificación de documentos
(11) Violación
(12) Hurto
( 1 3) Delito contra el Honor
(14) Estafa

Construcción de la Escala a nivel legal.


La clasificación de los delitos desde el punto de vista legal se hizo de acuerdo con los
siguientes criterios. Primero, se realizó una escala ordinal de las posibles penas que esta
blece el C.P., atendiendo en primer lugar a las penas privativas de libertad a las que se asig
naron valores según la Tabla 2. En el supuesto que el delito llevase consigo además de la
privación de libertad una multa, se le sumaría una unidad al valor correspondiente del cua
dro, y si además llevase aparejado la inhabilitación especial, se le añadirían dos unidades.

TABLA 2- Evaluación (asignación de valores numéricos) a los diferentes tipos de penas


que existen en C.R
Arresto menor 1
mínimo 2
Arresto mayor medio 3
(Destierro) máximo 4

mínimo 5 Suspensión de todo cargo


Prisión menor medio 6 público, profesión u oficio
máximo 7 y del derecho de sufragio
durante el tiempo de
mínimo 8 condena 2
Prisión mayor medio 9
máximo 10

mínimo 11
Reclusión menor medio 12
máximo 13
Inhabilitación
mínimo 14 absoluta 3
Reclusión mayor medio 15
máximo 16

220
A partir de esta evaluación de las penas, se tuvo en cuenta el tipo básico de los deli
to^. éS dé3ÍF, Sifi téñér éñ cüéñtá los tipos agravados, privilegiados, ele. de la misma figu
ra delictiva y, para el caso en que la pena prevista está fijada en toda su extensión, se aco
gió el grado mínimo, sin atenuantes ni agravantes. Así, las penas previstas para los delitos
de la lista quedó como se indica en la Tabla 3.

TABLA 3.- Listado de las penas correspondientes a cada uno de los delitos correspon
dientes de la Tabla 1 .

Aborto (art. 413) Prisión menor


suspensión
Tráfico de Influencias (art. 404 bis a) Arresto Mayor
inhabilitación especial
multa
Delito Ecológico (art. 347 bis) Arresto Mayor
multa
Lesiones (art. 420) Prisión Menor
suspensión
Tráfico de Drogas (art. 344) Arresto Mayor (gr. max.)
a
Prisión Menor (gr. med.)
multa
Allanamiento de Morada (art. 490) Arresto Mayor
multa
Delito Fiscal (art. 349) Prisión Menor
suspensión
multa
Evasión de Capitales (art. 7,3) Arresto Mayor
Ley Control de Cambios multa

Falsificación de Documentos (art. 303) Prisión Menor


suspensión
multa
Homicidio (art. 407) Reclusión Menor
Violación (art. 429) Reclusión Menor
Hurto (art. 515) Arresto Mayor
Delitos contra el honor (art. 457) Destierro
multa
Estafa (art. 528) Arresto Mayor

221
Teniendo en cuenta los criterios establecidos previamente en la evaluación de las
sanciones y las penas previstas que acabamos de citar, la escala de gravedad de los deli
tos elegidos, desde el punto de vista legal, es la que aparece en la Tabla 4, con un rango
que va de 2 a 14 (amplitud de 12 unidades), y una mediana de 5.5.

TABLA 4.- Ordenación de los delitos de la Tabla 1 en función de su gravedad, medida


por las penas correspondientes establecidas en el C.P.

1 2 Hurto 2
14) Estafa 2
1 3) Delitos contra el Honor 3 = 2+1
8) Evasión de Capitales 3 = 2+1
6 Allanamiento de Morada 3 = 2+1
3) Delito Ecológico 3 = 2+1
2) Tráfico de Influencias 5 = 2 + 2+1
5) Tráfico de Drogas 5=4+1
1) Aborto 7=5+2
4) Lesiones 7=5+2
9) Falsificación de Documentos 8 = 5 + 2+ 1
7) Delito Fiscal 8 = 5 + 2+1
11) Violación 14=11+3
10) Homicidio 14=11+3

Construcción de la Escala a nivel social.


La decisión sobre qué escala utilizar se apoyó en unos recientes resultados (Meliá,
Sospedra, Ramón y Molina, 1992), en los que se compararon los cuatro métodos antes
citados y se comprobó que los resultados de todos ellos correlacionaban altísimamente,
por lo que cualquiera de las cuatro escalas puede predecir con bastante exactitud el com
portamiento de las otras. Visto, pues, que metodológicamente no existe casi diferencia
entre los cuatro métodos, se optó por uno de los métodos de elección forzada entre pares
ya que como comentamos más arriba, el sesgo del sujeto experimental puede ser menor.
Y dentro de los métodos de elección forzada se eligió el de Thurstone por ser con el que
el grupo de trabajo estaba más familiarizado.
Así pues, para la obtención de datos siguiendo el método de Thurstone se formaron
todos los pares posibles de los 14 delitos elegidos {[(n) (n-l)]/2 = [(14) ( 1 3)]/2 = 91 pares),
que se presentaron a una muestra de 83 sujetos, de los cuales 32 eran hombres y 5 1 muje
res, estudiantes del primer curso de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales
de la Universidad de Castilla-La Mancha en Albacete. A pesar de que esta muestra no es
tan grande como las que se usan en este tipo de investigación, otros autores han demos
trado que con una muestra de 30 sujetos se produce ya una estabilización de la escala
(Ponsoda, García y Olea, 1989; Olea y San Martín, 1989). La media de edad de la mues

222
tra fue de 18.88 años, con una desviación típica de 0.94. La tarea de los sujetos consistió
en determinar cual de los elementos de cada par consideraban más grave. Una vez reco
gidos los datos no hubo necesidad de eliminar a ningún sujeto por lo que la muestra final
estuvo compuesta por 83 sujetos (N= 83).

TABLA 5- Matriz de Comparaciones Binarias de los 14 delitos seleccionados, obtenida


a partir de los 83 sujetos de la muestra. Cada elemento de la matriz indica el número de
veces que el delito de la fila correspondiente se ha considerado más grave que el delito de
la columna correspondiente.

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
1 59 47 56 22 65 58 53 61 14 18 62 66 60
2 24 28 38 5 42 42 36 49 0 1 30 66 31
3 36 55 54 18 51 54 58 59 5 7 39 73 37
4 27 45 29 8 52 48 46 58 0 1 35 60 31
5 61 78 65 75 75 75 77 79 4 8 61 79 77
6 18 41 32 31 8 45 41 63 0 1 27 68 42
7 25 41 29 35 8 38 42 47 0 0 28 63 45
8 30 47 25 37 6 42 41 60 0 1 30 67 37
9 22 34 24 25 4 20 36 23 0 0 22 45 18
10 69 83 78 83 79 83 83 83 83 69 83 83 83
11 65 82 76 82 75 82 83 82 83 14 82 83 82
12 21 53 44 48 22 56 55 53 61 0 I 67 49
13 17 17 10 13 4 15 20 16 38 0 0 16 21
14 23 52 36 41 6 41 38 46 65 0 1 34 62

Con estos datos así obtenidos, se construyó la matriz de comparaciones binarias,


que aparece en la Tabla 5. Cada elemento de dicha matriz indica el número de sujetos que
han considerado el delito correspondiente a la fila más grave que el delito correspondien
te a la columna. Dividiendo cada uno de estos elementos por N se obtiene la matriz de
proporciones a partir de las cuales, bajo el supuesto básico de este método —normalidad
de la distribución de los datos— , se obtienen las puntuaciones típicas (puntuaciones z)
correspondientes. El cálculo de las medias de cada fila de esta segunda matriz proporcio
na el siguiente paso en la construcción de la escala. Para la construcción de la escala defi
nitiva se ordenan dichas medias de mayor a menor y se le suma a cada uno de estos valo
res el valor absoluto de la media más baja, de forma que se otorga a la escala un cero
relativo (evitándose así la existencia de valores negativos en la escala que podrían llevar
a dificultades en la interpretación de la misma). El resultado final y los pasos intermedios
de todos estos cálculos puede verse en la Tabla 6.

223
TABLA 6- Relaciones de los delitos ordenados en función de las medias y resultado final
de la construcción de la escala.

^ ,. r, » . ,, , Valor
Delitos Sum. Medida
Final
13) Delitos contra el Honor -19.84 -1.52+1.52 = 0.00
9) Falsificación Documentos - 1 6.59 - 1 .27 + 1 .52 = 0.25
4) Lesiones -8.28 -0.63 + 1 .52 = 0.89
12) Hurto -7.57 -0-58 + 1 .52 = 0.94
7) Delito Fiscal -7.15 -0-55+1.52 = 0.97
14) Estafa -4-27 -0.32 + 1 .52 = 1 .20
8) Evasión de Capitales -3-83 -0.29 + 1 .52 = 1 .23
6) Allanamiento de Morada - 1 .64 -0.12+1.52=1 .40
3) Delito Ecológico -0.59 -0.04 + 1 .52 = 1 .48
2) Tráfico de Influencias 0.24 0.01 + 1 .52 = 1 .53
1 ) Aborto 6.54 0.50+1 .52 = 2.02
5) Tráfico de Drogas 10.32 0.79 +1.52 = 2.31
11) Violación 29.70 2.28+1.52 = 3.80
10) Homicidio 50.02 3.84 + 1.52 = 5.36

La escala resultante es un escala de intervalo con una amplitud de 5.36 unidades, una
media de 1 .766 y una desviación típica de 1.34. Hubiera podido ser interesante comparar
los resultados de esta clasificación por separado para hombres y mujeres pero, dada la
diferencia entre los tamaños de ambas muestras y que la de los hombres está en el límite,
se prefirieron analizar toda la muestra conjuntamente.

ANÁLISIS DE LOS RESULTADOS Y DISCUSION


Los resultados conjuntos de las dos escalas aparecen en la Tabla 7. Para la compa
ración entre ambas escalas debemos tener presentes algunas cuestiones metodológicas. La
escala de evaluación social es una escala de intervalo mientras que difícilmente se puede
decir lo mismo de la escala legal. Los números asignados a las penas en la forma estable
cida en la Tabla 2 no garantizan la igualdad de intervalos y, si tenemos en cuenta que a
cada pena original se le ha sumado, en algunos casos, las evaluaciones correspondientes
a otros tipos de penas (multas e inhabilitaciones), podemos tener la garantía de que se trata
de una escala puramente ordinal. No obstante, y dado que la comparación entre valores
obtenidos en cada una de las escalas por cada delito puede permitir una mejor compren
sión de las diferencias asignadas por cada método a sus objetos de clasificación, en la
Figura 1 aparecen las escalas como si ambas tuvieran una unidad de medida.

224
TABLA 7- Resultados de las dos escalas de gravedad de los delitos, ordenadas según la
escala de opinión pública (O.P.). La escala legal (L) aparece en la segunda columna.

Delitos O.P. L

13) Delitos contra el Honor 0.00(1) 3 (4.5)


9) Falsificación Documentos 0.25 (2) 8(11.5)
4) Lesiones 0.89 (3) 7 (9.5)
12) Hurto 0.94 (4) 2(1.5)
7) Delito Fiscal 0.97 (5) 8(11.5)
14) Estafa 1.20(6) 2(1.5)
8) Evasión de Capitales 1.23(7) 3 (4.5)
6) Allanamiento de Morada 1.40(8) 3 (4.5)
3) Delito Ecológico 1.48(9) 3 (4.5)
2) Tráfico de Influencias 1.53(10) 5 (7.5)
1) Aborto 2.02(11) 7 (9.5)
5) Tráfico de Drogas 2.31 (12) 5 (7.5)
11) Violación 3.80(13) 14(13.5)
10) Homicidio 5.36(14) 14(13.5)

A pesar de que transformar una escala de intervalo en escala ordinal supone una pér
dida de información, para poder hacer una comparación global de las dos escalas es nece
sario hacerlo con la escala de opinión pública. No obstante, de acuerdo con lo comenta
do en la introducción del trabajo, lo que perdemos en información lo ganamos de esta
forma en consistencia o fiabilidad de los datos. Después de esta transformación, la Figura
2 representa la relación existente entre las dos medidas de la gravedad.
Como se hace evidente en este diagrama no existe una clara relación entre la pena-
lización establecida en el CP actualmente vigente y lo que la sociedad considera como
delitos graves. Esta falta de acuerdo se manifiesta cuantitativamente en un índice de corre
lación (por rangos) de 0.37, lo que significa que ambas escalas tienen sólo en común un
14% de la varianza (r2 = 0.14). No obstante, si se observa la estructura de la dispersión
en la Figura 1, se puede comprobar que existen claramente dos grupos diferenciados de
delitos; por un lado se agrupan los delitos números 4, 7, 9 y 12, y por el otro, el resto de
los delitos que mantienen entre las dos escalas una evidente relación lineal. De hecho eli
minando los cuatro delitos antes citados la estructura de la dispersión se acerca a una línea
de regresión bastante ajustada, y calculada la relación entre las dos escalas, habiendo supri
mido esos cuatro delitos, se obtiene una correlación de 0.94 que se puede interpretar como
que existe un 88% de acuerdo entre las dos clasificaciones. Aunque esta magnitud no
implique un acuerdo absoluto, permitiría una predicción relativamente ajustada.

225
Figura 1.- Comparación gráfica de las dos escalas resultantes de este esutudio.

Delitos contra el Honor


Falsificación de Documentos

Hurto
-c Estafa
Lesiones
Hurto
Delito Fiscal
— Delito Ecológico
— Allanamiento de Morada
Estafa — Evasión de Capitales
Evasión de Capitales *— Delitos contra el Honor
Allanamiento de Morada
Tráfico de Influencias
< Delito Ecológico

Tráfico de Influencias -
-L Tráfico de Drogas <
Ü
Aborto tu
-i
Z
O
c Tráfico de Drogas ü<
Z
o
— E
^—
< Aborto <
- -c Lesiones -

Delito Fiscal
u -c Falsificación de Documentos

Violación —

Homicidio
Homicidio
Violación

226
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227
DISCUSIÓN
Una primera consideración global sobre estos datos nos permite decir que la divi
sión inicial de los delitos entre los bienes jurídicos individuales y colectivos pone de mani
fiesto que los sujetos de la muestra son, por lo general, más exigentes cuando se trata de
los bienes individuales que de los colectivos. Existen excepciones que comentaremos más
adelante pero, de los cinco delitos contra los bienes colectivos, dos (el 7 y el 9) forman
parte del grupo cuya gravedad ha sido calificada como baja en comparación con las penas
correspondientes, mientras que sólo otros dos delitos (el 4 y el 13), de los nueve contra
los bienes individuales se encuentran en este grupo.
Dado el análisis realizado sobre los datos vamos a dividir nuestra discusión de los
resultados en dos partes. En la primera nos centraremos en los cuatro delitos en los que la
discrepancia entre las dos escalas muestra que la opinión pública trata como delitos con
un bajo nivel de gravedad, relativo a la consideración legal (los cuatro delitos citados en
el párrafo anterior), para pasar luego a hacer un análisis de los otros delitos, entre los que,
a pesar del índice de correlación obtenido, existen discrepancias que merecen un comen
tario.
Los cuatro delitos que forman el grupo desviado (por llamarlo de alguna manera),
nos referimos a la "Lesiones" (4), al "Delito Fiscal" (7), la "Falsificación de Documentos"
(9), y los "Delitos contra el Honor" ( 1 3), tienen en común una característica y es que todos
ellos han sido calificados, desde el punto de vista social muy por debajo de las penas que
les asigna al CP (las mayores discrepancias entre las dos escalas, independientemente del
signo de la discrepancia, se dan en estos cuatro delitos).
La mayor discrepancia se da con la "Falsificación de Documentos". A este respec
to la valoración resultante de la encuesta se encuentra en consonancia con la corriente doc
trinal actual: este delito queda en extremo sancionado en el CP actual y, así, en el Proyecto
de CP de 1992 se efectúa una rebaja de las penas correspondientes. Algo similar sucede
con los "Delitos contra el Honor" para los que la corriente doctrinal actual pide una des-
penalización, para pasar a constituir meros ilícitos civiles. De todas formas los resultados
de la evaluación social (tremendamente bajos) no dejan de ser sorprendentes pues parece
más bien que dadas las características de la muestra, tanto por la juventud como por su
formación no han sabido valorar del todo la importancia que puede tener este tipo de ilí
citos.
Algo similar ha debido pasar con el delito de "Lesiones". Realmente, el CP estable
ce diferentes penas según los diferentes tipos de lesiones y para la evaluación legal se eli
gió la lesión mínima pero que requiere asistencia médica. Es posible que desde el grupo
social se entienda el término "lesiones" como algo mucho más ligero de lo que realmen
te significa en la legislación vigente.
Por otro lado, el ahinco con el cual las instancias oficiales intentan crear una con
ciencia fiscal entre los ciudadanos no parece haber calado demasiado hondo, por lo menos
en muestra a la que nos referimos: La discrepancia entre las penas correspondientes en el
CP al "Delito Fiscal" y la consideración por parte de los sujetos en la segunda en cuanto
a su magnitud. Teniendo en cuenta esta dato es sorprendente que por lo que respecta a la
""Evasión de Capitales" (el otro delito económico de los evaluados) ocurra justo el fenó
meno contrario (aunque la diferencia es menor). La única explicación que se nos ocurre

228
hace referencia a las influencias familiares o sociales. Como es sabido, durante el régi
men anterior y los inicios de la transición se otorgó gran importancia a la evasión de capi
tales, lo cual ha hecho que estos delitos sean penados en nuestro ordenamiento con una
severidad poco corriente, situación que lógicamente puede haber influido en la percep
ción que sobre su gravedad existe en la opinión pública. Tras las últimas modificaciones
legislativas un importante número de conductas de este tipo han sido despenalizadas y
hoy, en una economía con niveles cada vez mayores de integración, es difícil pensar qué
interés se intenta proteger realmente mediante este tipo de delitos.
No obstante, resulta sorprendente (y hasta peligroso) que en una muestra de la edad
como sobre la que se ha realizado en estudio se mantengan planteamientos sociales que
corresponderían a una generación pasada y en la que ha calado tan poco (después de 10
años) el sentido de la integración europea y (después de 17 años) la conciencia fiscal.
Como hemos comentado más arriba, a pesar de la lata correlación existente entre los
once delitos restantes hay aspectos que merecen ser comentados. Entre los bienes colec
tivos un valor que se cotiza claramente al alza es el medio ambiente, cuyo daño es valo
rado con más severidad por la opinión pública que por el tipo penal. Debe indicarse que
la divergencia se subsana en el Proyecto del 92, en el cual se agravan las penas del delito
ecológico.
Tampoco queremos dejar de reseñar los resultados relativos al tráfico de drogas y el
aborto, delitos que quedan unidos por la polémica "despenalización versus penalización"
que gira en torno a ellos. De la valoración hecha por la opinión pública,, en cambio, se
deduce claramente su penalización, es decir, el mantenimiento de la situación actual.
Por último, también a destacar es la distinta gravedad que para la opinión pública
tiene el homicidio y la violación, considerando más grave el primero, a diferencia del CP
que asigna igual pena a ambos delitos. De nuevo el Proyecto de CP que actualmente se
debate, diferencia en las penas las divergencias sentidas en la población encuestada. Sin
embargo, nuestro comentario no sería del todo sincero si no pusiéramos de manifiesto la
divergencia que ha existido entre los hombres y las mujeres de nuestra muestra. En efec
to, en el par "homicidio-violación", de entre el grupo de varones sólo uno consideró como
más grave la violación que el homicidio, mientras que entre mujeres, de las 5 1 encuesta-
das, 24 consideran más grave la violación que el homicidio.
Aunque sabemos que las conclusiones a las que podemos llegar con este estudio
están muy limitadas por la muestra de la que hemos obtenido los datos, consideramos que
a partir de estos últimos se plantean cuestiones interesantes que pueden servir al legisla
dor en su tarea de construcción de un nuevo CP, si es que está interesado en lo que la
sociedad para la que legisla piensa. La verdad es que esto parece ser así puesto que las
tendencias correctoras en el nuevo CP están de acuerdo con las tendencias mostradas por
la opinión pública salvo en el caso del "delito fiscal". En este caso la juventud de la mues
tra y, como consecuencia, su no ser objeto de ese tipo de delito, puede ser la causa de la
poca importancia dada al mismo. Sería interesante que el Ministerio de Economía tuvie
ra en cuenta este dato cuando se plantee sus campañas de concienciación fiscal.

229
REFERENCIAS
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230
LA LEGISLACION ITALIANA SOBRE
ESTUPEFACIENTES, CON ESPECIAL
REFERENCIA A LA REGULACION DEL
CONSUMO PERSONAL'
F. PALAZZO
Catedrático de Derecho penal. Universidad de Florencia

1. Italia no es un país productor de estupefacientes, pero sí un lugar de tránsito, trans


formación y consumo a gran escala de dichas sustancias.
En lo que se refiere a los flujos de tráfico hacia Europa Occidental, por nuestro país
entra heroína, cocaína y sustancias derivadas del cannabis.
Se calcula que cerca del 30% de la heroína introducida en Europa Occidental pasa
por Italia, procedente del Suroeste asiático (de la llamada "media luna de oro"), en otro
tiempo a través de la "ruta balcánica" (Turquía, Bulgaria. Yugoslavia), y en la actualidad
por Grecia y la costa meridional adriática, pero también a través de itinerarios más sinuo
sos que culminan en las zonas fronterizas de nuestro país con Austria y Alemania.
La cocaína, cuyo consumo se halla en fuerte expansión en Italia, llega desde
Sudamérica por vía aérea o marítima, bien directamente, bien tras una primera escala,
habitualmente en España.

Traducción: Profesor Nicolás García Rivas.

231
Los derivados del cannabis provienen de Africa septentrional y en particular de
Marruecos, ya sea directamente por mar hasta las costas italianas,o tras una primera esca
la —sobre todo cuando se trata de grandes cantidades— en las costas meridionales de
España o Francia, desde donde se dirigen hacia otros países de Europa occidental.

2. El fenómeno del consumo de estupefacientes está sufriendo hoy en Italia notables


mutaciones.
Sigue siendo la heroína la sustancia más demandada (más del 80% del total) pero,
tras la saturación del mercado norteamericano, ha aumentado considerablemente el con
sumo de cocaína, aunque no alcanza al de las drogas "blandas". La difusión de la cocaí
na transforma en cierto modo la configuración del mercado ya que sus consumidores tie
nen, por lo general, más edad y una posición social más elevada que las de los
consumidores de heroína y drogas blandas. Por otro lado, los cocainómanos mantiene una
dependencia mayor de la sustancia, como lo demuestra el hecho de ser el grupo que pro-
porcionalmente se muestra menos propenso a abandonar el consumo (40% frente al 50%).
La evolución se observa también en el envejecimiento de la población consumido
ra: en la actualidad, el 64,5% pertenece al tramo de edad comprendido entre 22 y 30 años.
El dato se ve corroborado, además, por el hecho de que la proporción de muertos por
sobredosis registra un constante incremento entre los adultos (mayores de 30 años), al
tiempo que disminuye entre los más jóvenes (de 15 a 21 años):

ADULTOS JOVENES
1988 n. 191:23,6% n. 89 11,0%
1989 n. 262: 26,9% n. 99 10,2%
1990 n. 328: 28,3% n. 96 8,3%
1991 n. 362: 28,4% n. 101 7,9%

El fenómeno puede ser valorado positivamente en cuanto que hace pensar en un pro
gresivo alejamiento del consumo de drogas por parte de las jóvenes generaciones, como
consecuencia de la intensa actividad de prevención social.
Los operadores sociales que trabajan en este campo llaman la atención acerca de un
nuevo fenómeno que, carente aún de análisis estadísticos, es observado sin embargo con
gran preocupación. Se trata del alto número de consumidores capaces de integrar el con
sumo de drogas en unas pautas normales de vida laboral y social. A este grupo pertene
cen no sólo los consumidores ocasionales, sino también los habituales-periódicos (es
característico en este sentido el consumo de fin de semana).
En relación con los motivos personales que llevan a asumir el "status" de toxicó-
mano, una investigación realizada sobre la base de entrevistas a consumidores ha revela
do que los principales motivos son: la curiosidad (34,7%), los problemas familiares
(24,3%) y los problemas existenciales (14,5%). Menor incidencia tienen los problemas
escolares (0,6%) o laborales (0,5%). Resulta preocupante la alta incidencia del motivo
"curiosidad" porque refleja una actitud de tolerancia difusa hacia la droga por parte de los
jóvenes.
La estadística citada confirma, además, dos importantes características del fenóme
no del consumo de estupefacientes.

232
En primer lugar, una gran mayoría de consumidores son varones, habitantes en zonas
metropolitanas del país que mantienen una baja tasa de escolaridad.
En segundo lugar, se evidencia que el camino que culmina en la dependencia de dro
gas duras comienza habitualmente en el consumo de drogas blandas. Entre los heroinó-
manos, más del 73% se iniciaron con ellas; el porcentaje desciende hasta el 47,9% entre
los cocainómanos.
Por lo que respecta a la dimensión global del fenómeno, se suele hacer referencia —
entre otros— a dos indicios: número de muertos por sobredosis y cantidades decomisa
das por la autoridad.
El número de fallecidos demuestra una tendencia al aumento:

año 1980 n. 208 fallecidos


año 1985 n. 242
año 1990 n. 1.161
año 1991 n. 1.275

Sin embargo, desde 1987, la tasa de incremento anual de fallecidos se halla en sen
sible disminución:

10U

80

60

40

20
10
n
1986 1987 1988 1989 1990 1991

Por otra parte, las cantidades de sustancia decomisadas en los últimos años mues
tran un sensible aumento, lo que quizá se deba a la intensificación de la actividad de pre
vención y represión llevadas a cabo por la policía y la magistratura.

3. La evolución de la legislación italiana en materia de estupefacientes puede anali


zarse desde un triple punto de vista:
a) el control administrativo de las actividades (legales) de producción y comerciali
zación.
b) el tratamiento jurídico dispensado a los consumidores de estupefacientes.
c) las normas penales que sancionan la producción y el tráfico ilícitos. (Esta última
perspectiva será objeto de un estudio independiente a cargo de la Dra. Margherita
Cassano).

233
En los que se refiere al primer aspecto, cabe señalar aquí que se observa una ten
dencia constante, tanto en el sentido de una progresiva acentuación de los controles admi
nistrativos sobre las actividades lícitas de producción y comercialización de estupefa
cientes, como en el de potenciar actuaciones de prevención social. En esta línea cabe
inscribir en especial la última reforma legislativa (Ley de 26 de junio de 1990, n. 162),
que no solamente ha ultimado y perfeccionado la red de controles administrativos esbo
zada ya en la anterior Ley de 22 de diciembre de 1975, n. 685, sino que sobre todo ha
ampliado la competencia de las administraciones regionales, de las autoridades sanitarias,
escolares y militares de cara a una actuación informativa y educativa hacia los jóvenes.
Por el contrario, en lo que se refiere al tratamiento del simple consumidor, la legis
lación italiana de los últimos sesenta años ofrece multitud de soluciones y de muy varia
da índole.
En su redacción de 1931, el Código Penal no sancionaba el consumo personal y sí,
únicamente, el comercio clandestino y fraudulento con penas que hoy parecerían excesi
vamente suaves (art. 446 c.p., ya derogado). El consumidor quedaba prácticamente equi
parado al enfermo mental y sometido, por tanto, a internamiento en manicomio cuando
resultase "peligroso para sí mismo o para otros", o bien ocasionase "grave escándalo".
Con la Ley de 1954 y, sobre todo, con la jurisprudencia que muy pronto se consoli
dó en aplicación de la misma, se produce un giro eminentemente represivo. En efecto, el
endurecimiento del tratamiento punitivo y procesal alcanza entonces a cualquier persona
que poseyera sustancias estupefacientes, sin distinguir entre productor/traficante y con
sumidor, y con independencia de cuál fuera la cantidad poseída. Pese a las duras críticas
que recibió esta equiparación de tratamiento, por considerarla irracional e injusta, el
Tribunal Constitucional confirmó tan rigurosa aplicación de la ley, avalada por el Tribunal
de Casación.
La amplia corriente de opinión desarrollada durante las décadas de los años sesenta
y setenta hace hincapié en las causas sociales que explican el consumo de estupefacien
tes y en la ineficacia de la respuesta puramente represiva frente al consumidor, conside
rado más un enfermo que un delincuente. Se llega, así, a la reforma operada con la Ley
de 22 de diciembre de 1975, n. 685. Frente a un draconiano endurecimiento de las penas
para el traficante, la Ley contempla la impunidad del mero consumidor. La regulación del
consumo personal presenta dos aspectos fundamentales: de un lado, la exención de pena
queda supeditada a la posesión de una cantidad "módica"; de otro, se prevé la posibilidad
de que el consumidor quede sometido a tratamiento rehabilitador obligatorio por decisión
de la autoridad judicial. En los años ochenta el consumo de estupefacientes se ha exten
dido en nuestro país, como lo demuestra el importante aumento de fallecidos por sobre-
dosis. Por lo demás, el clima internacional auspiciaba el incremento de la represión, sobre
todo tras la ratificación del Convenio de Viena de 1988. En concreto, se objetaban a la
Ley italiana de 1975, al menos, cuatro defectos fundamentales:
a) excesiva indeterminación de la noción de "módica cantidad", que señalaba el
umbral de punibilidad.
b) los pequeños traficantes (consumidores o no) podían quedar impunes, con lo que
cabía la posibilidad de que la Ley incentivase el tráfico a pequeña escala.
c) la previsión del tratamiento terapéutico-rehabilitador obligatorio había quedado
inédita.

234
d) la impunidad de la posesión de pequeñas cantidades podía generar un mensaje
permisivo de cara a la sociedad.

4. La Ley de 26 de junio de 1 990 n. 1 62 procede a elevar aún más las sanciones para
los delitos de elaboración y tráfico ilícitos, manteniendo en todo caso un distinto régimen
sancionador, según se trate de drogas duras o blandas. La calificación de la sustancia estu
pefaciente como dura o blanda queda confiada, como hasta ahora, a un sistema de tablas
que el Ministerio de Sanidad pone al día periódicamente.
La innovación más importante de la Ley de 1990 es la profunda modificación en la
regulación del consumo personal, con la finalidad de poner coto a los supuestos defectos
de la ley de 1975.
(Tras las modificaciones introducidas por la ley de 1990 ha sido necesario reorde-
nar toda la normativa sobre estupefacientes en un "texto refundido", aprobado por Decreto
del Presidente de la República el 9 de octubre de 1990 n.309).
El art. 72 del texto refundido (t.r.) contiene una declaración expresa acerca de la ili
citud del consumo personal de estupefacientes. Pero se trata en realidad de una declara
ción de principios, con una función eminentemente simbólica, ya que no prevé las san
ciones a imponer, ni se formula detalladamente el precepto. El complejo sistema
sancionador contra el consumo aparece regulado en los arts. 75 y 76 t.r.
La reforma de 1990 sitúa el consumo personal en el campo del ilícito administrati
vo, evitando equiparar su régimen sancionador al de la elaboración y tráfico ilícitos. La
frontera entre las dos clases de infracciones (administrativa o penal) viene delimitada por
la cantidad de sustancia estupefaciente apresada. Sin embargo, a diferencia de la regula
ción precedente, la cantidad-límite se establece numéricamente, sustancia a sustancia,
mediante un decreto del Ministro de Sanidad. Los criterios básicos establecidos por la Ley
para la determinación de dicha cantidad, desarrollados después en el decreto ministerial,
son los siguientes: a) el porcentaje de estupefaciente debe referirse a la cantidad de "prin
cipio activo" contenido en la sustancia; b) el límite cuantitativo se sitúa en la "dosis media
diaria". Ahora bien, dicha "media" no se refiere a la cantidad consumida diariamente por
el toxicómano, sino a la cantidad determinada conforme a criterios objetivos en virtud de
las propiedades tóxicas de la sustancia y de la configuración del mercado clandestino.
Por encima de ese límite, el consumidor sufre las durísimas penas previstas para el
traficante.
Por el contrario, dentro del límite de la "dosis media diaria", el consumidor se ve
sometido a un complejo sistema de sanciones administrativas y medidas rehabilitadoras
que se articula sobre dos principios fundamentales.
En primer lugar, las sanciones previstas contra quienes poseen la sustancia para su
uso personal son de naturaleza administrativa o judicial, pero en ningún caso privativas
de libertad. La aplicación de unas u otras depende de la "recaída" del autor en el consu
mo de estupefacientes: en efecto, las sanciones de naturaleza judicial son aplicables a los
sujetos sancionados previamente por la Administración en dos ocasiones. Con ello apa
rece en el sistema sancionador un principio de "progresión".
En segundo lugar, la reforma de 1990 instaura un sistema de "alternatividad" entre
sanciones administrativas y medidas rehabilitadoras. Ello significa que el toxicómano tiene
en su mano siempre la posibilidad de escapar a la imposición de la sanción —adminis
trativa o judicial— si solicita someterse a un programa terapéutico y socio-rehabilitador.

235
La ejecución de dicho programa en su integridad conlleva el archivo del procedimiento
administrativo o judicial, y el consiguiente levantamiento de las sanciones. Sin embargo,
si el sujeto rechaza o interrumpe el tratamiento después de solicitarlo, le serán impuestas
desde luego las sanciones de carácter judicial.
Como puede observarse, la reforma de 1990 ha huído tanto del modelo de trata
miento obligatorio como del estrictamente voluntario. La solución escogida se aproxima
más al tratamiento "incentivado" y al "pacto terapéutico". Incentivado porque la solicitud
de tratamiento, pese a ser voluntaria, es estimulada con la perspectiva de evitar la sanción.
Pacto terapéutico, también, porque una vez requerido el tratamiento sólo la perseverancia
del sujeto en su curación y, en última instancia, su logro, le garantizan escapar de las san
ciones judiciales.
El sistema sancionador-rehabilitador descrito aquí sumariamente es aplicable a cual
quier consumidor que sea hallado en posesión de un cantidad inferior a la "dosis media
diaria". Ahora bien, su eficacia es distinta según el grupo al que pertenezca el consumi
dor.
En efecto, la alternativa del tratamiento no parece idónea para los consumidores oca
sionales, ya que se trata de sujetos carentes de necesidades terapéuticas. Del mismo modo,
no parece que la amenaza de una sanción sirva de incentivo para solicitar el tratamiento
a los consumidores toxicodependientes con alteraciones severas de la personalidad. Por
consiguiente, puede decirse que este sistema sancionador se adecúa más bien a los con
sumidores habituales pero integrados todavía en la sociedad.

5. Conviene realizar ahora algunas precisiones sobre la tipología de las sanciones


previstas para el consumidor y sobre el procedimiento para su imposición.
A) Las sanciones administrativas consisten en la suspensión de autorizaciones de
carácter administrativo para el desempeño de determinadas actividades (permisos de resi
dencia, de conducir o de armas, pasaporte) o la prohibición de su concesión. En casos
excepcionales, sobre todo si se trata de menores de edad, la imposición de la sanción puede
sustituirse por la reprensión pública. La sanción es impuesta por el Prefecto, que es el
representante del Gobierno central en el ámbito provincial. En Italia hay 99 provincias.
El procedimiento sancionador debe cumplir una doble exigencia. Por un lado, debe
garantizársele al afectado el derecho de defensa contra la acusación de que es objeto. Por
otro, la autoridad pública debe ofrecer al consumidor la alternativa del tratamiento reha-
bilitador, con el fin de evitar que el toxicómano permanezca en la clandestinidad.
A satisfacer la primera coadyuvan las normas generales reguladoras de la infracción
administrativa, que siguen siendo aplicables en virtud del art. 75 t.r. Para cumplir la segun
da se prevé un momento procesal "sui generis", consistente en un "coloquio" con el
Prefecto mismo, al que se convoca al consumidor con el fin de "descubrir (...) los moti
vos de la infracción y determinar las medidas más idóneas para prevenir ulteriores infrac
ciones". La falta de presentación del interesado al "coloquio" o su negativa a solicitar tra
tamiento rehabilitador conllevan la imposición de la sanción, una vez probada la
infracción, obviamente.
En el período que va desde el 11.7.1990 hasta el 13.12.1991, la policía ha denun
ciado ante la prefectura a 25.854 personas sorprendidas en posesión de cantidades infe
riores a la dosis media diaria. De ellas, cerca del 60% han acudido al "coloquio" con el
Prefecto, que ha finalizado en un 36,8% de los casos con la simple reprensión, habiendo

236
solicitado el tratamiento un 57,5% de los sujetos. En consecuencia, sólo un exiguo por
centaje, inferior al 6% de quienes acudieron al "coloquio", ha sufrido la imposición de la
sanción administrativa.
B) Las sanciones judiciales presentan dos rasgos especialmente significativos.
En primer lugar, se trata de medias cuyo contenido es extremadamente amplio. Junto
a las que se asemejan sustancialmente a las sanciones administrativas, existen otras en las
que se limita parcialmente la libertad personal, como la obligación de presentarse perió
dicamente en comisaría, de entrar y salir del domicilio a horas determinadas o de no aban
donar el municipio. Otras medidas resultan más idóneas para lograr la resocialización del
sujeto: por ejemplo, desempeñar un trabajo de utilidad pública o quedar confiado a la
ayuda y control de los servicios sociales. No falta, por último, una medida de carácter
patrimonial, consistente en la paralización temporal del vehículo en el que se transporta
ron o se guardaron las sustancias estupefacientes, siempre que sea de propiedad del afec
tado.
En segundo lugar, la aplicación de las medidas de naturaleza judicial se caracteriza
por la amplia discrecionalidad del juez, que puede adaptar su contenido al caso concreto,
e incluso combinar unas medidas con otras.
La competencia para la imposición de estas sanciones corresponde al juez de pri
mera instancia, que actúa siguiendo una procedimiento jurisdiccional simplificado con
respecto al ordinario.
Puesto que ninguna de las medidas judiciales se corresponde con las sanciones
penales clásicas previstas (en lista cerrada) en el Código Penal, se ha cuestionado su
naturaleza y la normativa que deba aplicárseles. Cabe señalar, a este respecto, que debi
do a su primordial función preventivo-especial y en virtud de una interpretación analó
gica, no puede excluirse que les sean aplicables los preceptos estrictamente penales.

237
LOS DELITOS DE ELABORACION Y TRAFICO
ILICITOS DE SUSTANCIAS ESTUPEFACIENTES1
MARGHERITA CASSANO
Fiscal del Tribunal de Florencia

Problemática del delito previsto en el Art. 75 del Texto Refundido en materia de estu
pefacientes
El precepto citado fusiona dos figuras previstas ya en los arts. 71 y 72 de la Ley
685/75, creando un único tipo delictivo de "elaboración y tráfico ilícitos de sustancias estu
pefacientes".
Las penas varían en función de la sustancia que es objeto de la conducta ilícita, como
ocurría ya en la anterior normativa, y también —y aquí con grandes fluctuaciones— según
que los hechos integren el tipo básico o los que contienen especiales circunstancias modi
ficativas.
El art. 80 t.r. contempla las agravantes, mientras que en el art. 73 aparecen previstas
las atenuantes: leve entidad del hecho en el apartado V y el llamado arrepentimiento acti
vo en el apartado VII.
La consecuencia inmediata de este tratamiento normativo es la oscilación de la san
ción penal en una franja amplísima, que alcanza el mínimo y el máximo legal, amplián-
dose al propio tiempo la discrecionalidad del juez a la hora de imponer la pena, todo lo
cual genera una gran indeterminación.
Pero los mecanismos de la propia ley sustantiva se acentúan al combinarse con los
previstos en el nuevo proceso penal.

Traducción: Profesor Nicolás García Rivas.

239
La posibilidad de seguir procedimientos alternativos (con conformidad en cuanto a
la pena en el procedimiento abreviado), permite al acusado obtener una reducción de la
pena en un tercio —por efecto de las atenuantes previstas—, lo que se combina con una
ulterior disminución en aplicación de las atenuantes genéricas.
Sorprendentemente, pues, la supuesta mayor severidad punitiva de la nueva norma
tiva se traduce en realidad en un menor rigor respecto a la anterior legislación material
(Ley 685/75) o procesal, en virtud de ese cúmulo de posibilidades de atenuación.
Todo ello repercute, además, en el régimen de la prisión preventiva —tanto en lo que
se refiere a su duración como a la posibilidad misma de prescribirla— y permite conceder
al autor la suspensión condicional de la condena, así como los beneficios previstos en la
legislación penitenciaria.
Conviene analizar a continuación los problemas que ha planteado la aplicación de
este tipo delictivo, y que hasta ahora sólo han sido resueltos parcialmente.

A) La sustitución del criterio de la módica cantidad por el parámetro de la dosis diaria


Este último sirve para separar la infracción administrativa y la penal en los supues
tos de importación, adquisición o posesión ilegales para uso personal.
El criterio es válido incluso si las citadas conductas tienen como finalidad facilitar el
consumo de terceros o cuando concurren otros comportamientos penalmente relevantes
previstos en el art. 73, ya que en estos casos la falta de comprobación del número de dosis
medias diarias respecto a las sustancias apresadas influye sobre la posibilidad de verificar
la eventual "leva entidad del hecho" (art. 73, apartado V) y de redefinir conforme a nue
vos parámetros la noción de "ingente cantidad" (art. 80, apartado 11).
Como se sabe, para determinar la dosis media diaria de cada sustancia la Ley se remi
te al oportuno decreto del Ministro de Sanidad (art. 72 quater de la Ley 162/1990), el cual
fue aprobado el 12.7.1990 asumiendo las directrices de la toxicología forense en cuanto a
la absoluta imposibilidad de concretar de forma correcta la dosis diaria respecto a un con
sumidor en particular.
En efecto, los químicos toxicólogos consideran que el único criterio científicamen
te correcto es la delimitación objetiva de la dosis media diaria, estableciendo con rigor la
toxicidad de las diversas sustancias, poniendo al día periódicamente las tablas donde éstas
ser recogen en función de la variación de la concentración de los principios activos que
contienen la dosis en el mercado clandestino, así como las modificaciones en el compor
tamiento de los consumidores con el paso del tiempo respecto a las distintas modalidades
de utilización de los estupefacientes; todo ello con el fin de que los valores contenidos en
las tablas reflejan la realidad del fenómeno en todo momento.
En otro orden de cosas, son conocidas las críticas (incluso de índole constitucional)
vertidas sobre una normativa penal que, al remitirse a otra de rango administrativo —some
tida a criterios científicos objetivos—, incurre en una gran falta de elasticidad, con lo que
impide alcanzar soluciones justas en el caso concreto, mientras la legislación anterior con
fiaba a la discrecionalidad reglada del magistrado la determinación y subsiguiente aplica
ción de la eximente de módica cantidad, permitiendo un distinto tratamiento para situa
ciones diversas.
El Tribunal Constitucional, en su Sentencia n° 333 de 10.1 1.1991, pese a rechazar
varios motivos de inconstitucionalidad invocados contra los arts. 73, 75 y 78 del Decreto

240
P.R. 309/90 en relación con los arts. 3, 25, 27 y 32 de la Constitución, recoge una inter
pretación del art. 73 que limita los posibles excesos.
En efecto, la Sentencia citada advierte que "la rigidez de la delimitación actual entre
infracción penal y administrativa en función de la dosis media diaria determinada norma
tivamente con exactitud para cada tipo de sustancia puede llevar a situaciones problemá
ticas siempre que el exceso resulte insignificante o de poca entidad.
Y si bien es cierto que se podía haber tenido en cuenta la peculiar situación del
poseedor de un pequeño excedente procediendo a una mejor articulación del supuesto
delictivo previsto en el art. 73-5 t.r., no lo es menos que el legislador, al seguir hasta hoy
una inclinación distinta, manifiesta una opción político criminal que (se esté o no de acuer
do con ella) se sitúa en el marco de su legítima discrecionalidad.
Ahora bien, el juez sigue teniendo en estos casos la obligación primordial de ajustar
la interpretación al principio general de ofensividad de la conducta y, en consecuencia,
apreciar si el excedente en cuestión es de entidad tan pequeña que permita considerar el
comportamiento del autor (considerando que la "ratio" del precepto prohibe la acumula
ción y las peculiaridades de la figura) carente de idoneidad lesiva sobre los bienes jurídi
cos tutelados, de modo que se sitúe fuera del área penalmente relevante.
Tampoco cabe dejar de lado que en la nueva regulación, y a diferencia de lo que ocu
rría en el sistema normativo instaurado con la Ley de 1975, el límite de la dosis media dia
ria opera como elemento negativo de un tipo penal consistente en la tenencia de sustan
cias que contengan una cantidad de principio activo superior al máximo permitido. Por
consiguiente, ese elemento de la conducta incriminada debe se abarcado también por el
dolo de autor, es decir, éste tiene que saberse en posesión de tal cantidad de sustancia estu
pefaciente como para que la de principio activo se sitúe por encima del límite fijado en la
tabla que contiene el decreto ministerial.
Podría faltar la conciencia de haber superado el umbral de la punible, o sea el dolo,
y con ello el delito mismo".

B) El supuesto de "leve entidad del hecho "


La línea interpretativa trazada por la Sentencia del Tribunal Constitucional debe ser
vir para la correcta aplicación del art. 73, incluida la atenuante del apartado V.
Como se dijo anteriormente, este apartado recoge los supuestos de leve entidad, ate
nuando la respuesta punitiva frente a infracciones menores (que anteriormente podían cons
tituir alguno de los delitos previstos en el art. 72 de la Ley 685/75, castigados con penas
leves, o bien permanecer impunes por aplicación de la eximente del art. 80) introducien
do criterios propios de preceptos ya vigentes, en especial en el art. 3 1 1 CP, intitulado: "cir
cunstancias atenuantes: leve entidad del hecho".
Esta última disposición permite atenuar la pena hasta un tercio en los delitos del
Título I del Código Penal ("Delitos contra la personalidad del Estado") cuando "por la
naturaleza, medios, modalidades o circunstancias de la acción, o por la especial levedad
del daño o del peligro, el hecho resulte de leve entidad".
El apartado V del art. 73 t.r. describe los criterios para valorar la leve entidad del
hecho como sigue: "cuando por los medios, modalidades o circunstancias de la acción o
por la cantidad o pureza de las sustancias los hechos previstos en el presente artículo sean
de leve entidad se aplicará la pena de prisión de uno a seis años y multa de 5 a 50 millo

241
nes de liras, si se tratara de sustancias estupefacientes o psicotrópicas incluidas en las tablas
I y III del art. 14, y la pena de prisión de seis meses a cuatro años y multa de 2 a 20 millo
nes de liras cuando las sustancias estuvieran incluidas en las tablas II y IV".
[La pena básica prevista para el primer supuesto (art. 73-1) es la prisión de ocho a
veinte años y multa de 50 a 500 millones y, para el segundo (art. 73-1), la de prisión de dos
a seis años y multa de 10 a 150 millones].
El primer problema que se le plantea al interprete es dilucidar si el apartado V del
art. 73 da vida a un delito autónomo o, por el contrario, se trata de una circunstancia ate
nuante cualificada, repercutiendo la solución que se adopte en la competencia jurisdiccio
nal (Juez de primera instancia o Tribunal) y sobre la obligatoriedad o discrecionalidad de
la detención por parte de la policía judicial, teniendo en cuenta que el art. 380 h) CPP, al
referirse a la detención obligatoria aludía expresamente al art. 71 de la ley 685/75, susti
tuido ahora en su integridad por el art. 73 t.r.
Sin embargo, el problema parece haberse resuelto ya. En efecto, tanto la jurispru
dencia ordinaria como la de casación se han inclinado por considerarla una atenuante cua
lificada, siendo competente el Tribunal para comprobar en cada caso su concurrencia (v.
gr. Sentencia del Tribunal de Casación, Sala I, de 5.12.1990); además, la normativa pos
terior que convierte en discrecional la detención en caso de leve entidad del hecho, es decir,
la Ley n° 314 de 5.10.1991 (que convalida, modificándolo, el Decreto-Ley n° 247 de
8.8.1991), reconoce expresamente su naturaleza de circunstancia atenuante: "el apartado
II,h), del art. 380 del Código procesal penal queda sustituido por el siguiente: h) delitos
relativos a sustancias estupefacientes o psicotrópicas sancionados en el art. 73 del Texto
Refundido aprobado por D.P.R. n° 309 de 7.10.1990, salvo que concurra la circunstancia
prevista en el apartado V del citado artículo".
Esta reforma del art. 380 CPP si bien resuelve el problema planteado convirtiendo
en facultativa la detención a cargo de la policía judicial en casos de leve entidad, por otro
lado genera problemas nada nimios al atribuir precisamente a la policía la singular tarea
de apreciar una circunstancia atenuante cualificada, lo que resulta especialmente comple
jo porque obliga a comprobar la cantidad y pureza de las sustancias (en función del grado
de principio activo que contenga, lo que por cierto no puede determinar el "narcotest", aun
admitiendo que sea labor de la policía realizarlo) y a motivar la detención, en su caso, sin
que exista siquiera una clara correspondencia entre los artículo 381 -IV CPP y 73-v t.r. a
la hora de señalar los criterios para apreciar la leve entidad del hecho.
Por otra parte, la reforma introduce una salvedad a la regla prevista en el art. 379 que
obliga a la policía judicial a determinar la pena con el fin de adoptar, en su caso, medidas
precautelares conforme a los criterios seguidos por la autoridad judicial para la aplicación
de las medidas cautelares previstas en el art. 200 CP, es decir teniendo en cuenta la pena
fijada por la ley para el delito consumado y la tentativa, sin tomar en consideración la posi
ble concurrencia de delito continuado, reincidencia ni otras circunstancias modificativas,
a excepción de la atenuante genérica prevista en el art. 62-4 CP así como de aquellas cir
cunstancias agravantes cuya apreciación obligue a imponer una pena distinta a la previs
ta en general para el delito o las agravantes cualificadas que impiden apreciar circunstan
cias atenuantes cualificadas.
En cuanto a la aplicación jurisprudencial de la atenuante prevista en el apartado V
del art. 73 t.r., no puede negarse que se está produciendo una divergencia interpretativa

242
entre los tribunales ordinarios, que le dan una lectura amplia, y el órgano de casación, que
ofrece, por el contrario, una visión netamente restrictiva; lo cual no es sino el fiel reflejo
de la disputa anterior acerca del significado de la expresión "módica cantidad".
Difícilmente puede compartirse la interpretación restrictiva por cuanto la Ley ofre
ce criterios diferenciados y alternativos que abarcan no sólo la tenencia para uso personal
de cantidades superiores a la dosis media diaria, por encima del nivel al que alude la sen
tencia del Tribunal Constitucional, sino también la venta al por menor ocasional o reali
zada por un toxicómano en situación de necesidad o, incluso, la venta al por menor lucra
tiva cuando la conducta revele una actividad de pequeñas proporciones.
En efecto, la norma no se refiere únicamente a la cantidad o pureza de la sustancia
apresada, apreciadas en términos de presencia real o concentración de principios activos
(de ahí la necesidad de un análisis toxicológico de las sustancias y la comprobación del
número de dosis medias diarias recogidas, determinadas en base a la presencia y concen
tración de principios que acompaña a la conducta y le confieren el carácter de leve.
Por otra parte, el hecho de que se prevea, junto a una sanción muy leve, un máximo
de pena elevado incluso para infracciones de leve entidad contrasta con una interpretación
en sentido amplio, alejada de la orientación acogida habitualmente por el Tribunal de casa
ción; desde el prisma la interpretación sistemática de las normas cabe excluir que la leve
entidad del hecho pueda abarcar un campo mayor de situaciones de las que anteriormen
te encajaban en el art. 72 de la Ley 685/75; ya que el legislador, con la Ley 162/90, no ha
pretendido otra cosa que recoger en el art. 7 1 los supuestos subsumibles en aquella norma,
endureciendo las penas, así como aquellos otros que, ante la presencia de agravantes, el
legislador no consideraba leves. De ello se deduce, por un lado, que debe negarse la "leve
entidad del hecho" en supuestos delictivos en que concurran agravantes o referidos a can
tidades que no podían considerarse módicas conforme a la normativa anterior, mientras
será de aplicación el art. 7 1 -5 cuando la lesión o puesta en peligro generada por el hecho
sea de escasísima gravedad, bien por la naturaleza de los medios utilizados ([Link]. meca
nismos no insidiosos o fraudulentos), o por las circunstancias que concurren en la con
ducta (si es totalmente esporádica y no se trata de un acto de intercambio lucrativo), o cuan
do la cantidad coincida o se aproxime al límite de lo módico; o bien, en otro caso, porque
la cantidad total de sustancias o de principio activo sea exigua, situándose no muy por enci
ma de la dosis media diaria" (Sentencia del Tribunal de Casación, Sección VI, 12.7.1 990).
Sí es pacífica, en cambio, la jurisprudencia —pese a mantenerse distintas interpreta
ciones de la circunstancia— en lo que se refiere a la aplicación de la atenuante, en virtud
de los principios que rigen la sucesión de la ley penal en el tiempo (art. 2-II CP), a todos
los procedimientos abiertos —incluso en casación— referidos a supuestos delictivos aná
logos contemplados en la Ley 685/75 (así la Sentencia del Tribunal de Casación, Sala de
Vacaciones, de 8.8.1990).
Resulta oportuno referirse también al pronunciamiento de la Sala I del Tribunal de
Casación de fecha 17.1.1991, que amplía a la fase de ejecución —incluso en resolución
de incidente— la posibilidad de apreciar la leve entidad del hecho, lo que sinceramente
provoca cierta perplejidad. En efecto, en el caso analizado el Tribunal afirma que el
Juzgado de Vigilancia, llamado a pronunciarse acerca de una solicitud de suspensión de la
pena en virtud del art. 90 t.r., tiene competencia para decidir — "incidenter tantum"— si
el hecho sobre el que se ha dictado ya sentencia firme con anterioridad a la entrada en vigor

243
de la Ley 162/90, o incluso después si aún no se hubiese resuelto la apelación, en su caso,
puede reconducirse o no al supuesto previsto en el art. 73-V y ser declarado de leve enti
dad, sirviéndose para ello de los autos del procedimiento y realizando las oportunas com
probaciones en virtud del art. 92 del D.P.R. 309/90.

El delito de asociación para delinquir en materia de estupefacientes previsto en el


art. 74 D.P.R.. Su problemática.
Este precepto recoge la anterior formulación del delito de participación en la asocia
ción (apartado II), conminado con prisión de 10 a 24 años, manteniendo su autonomía res
pecto a la figura prevista en el apartado I que sanciona a quien promueve, crea, dirige,
organiza o financia la asociación con la pena de prisión de 20 a 24 años.
La reforma ha elevado la pena mínima, añadiendo en el apartado I los supuestos de
financiación.
Los apartados III y IV modifican la regulación precedente, incluyendo circunstan
cias agravantes comunes y cualificadas: número de partícipes, colaboración en el hecho
de personas inclinadas al consumo de estupefacientes o tenencia de armas en el seno de la
organización.
Por su parte, los números V y VI del art. 74 recogen innovaciones de escaso relieve
debido a su previsible falta de operatividad.
En efecto, el apartado V establece un incremento de pena si concurre la circunstan
cia prevista en el art. 80 e), que se refiere a la adulteración de estupefacientes transforma
dos por la organización, incrementando así su capacidad lesiva.
La creación de esta agravante no parece muy acertada, toda vez que los traficantes
de droga no están interesados en introducir en el mercado sustancias contaminadas, sien
do así que ni en nuestro país ni fuera de él se han encontrado nunca estupefacientes adul
terados con fines homicidas. Por otra parte, carece del más mínimo fundamento científi
co la idea generalizada de que lo estupefacientes se mezclan con sustancias nocivas y que
es la fragmentación de las dosis en la calle la responsable de las muertes por sobredosis,
siendo lo cierto, muy al contrario, que la amplia casuística en esta materia señala como
causa de esos fallecimientos la especial pureza de la sustancia consumida y, por consi
guiente, el exceso de concentración de principios activos en relación con el estado físico
y el grado de tolerancia del consumidor.
El apartado VI permite aplicar las penas del art. 614 CP cuando la asociación se cons
tituya para cometer los hechos de leve entidad previstos en el art. 73-V t.r. La formulación
de la norma resulta verdaderamente confusa, siendo prácticamente imposible que logre sus
objetivos, esto, es, atenuar el rigor punitivo respecto a asociaciones de menor dimensión
y peligrosidad. En efecto, la estructura organizativa y el programa delictivo exigidos por
el apartado VI del art. 74 parecen incompatibles con el contenido del delito de asociación
ilícita menos grave, toda vez que esa hipotética organización debería fundarse sobre un
acuerdo que previera expresa y concretamente la moderación de medios y conductas y un
programa delictivo dirigido a la comisión de delitos especialmente leves, rechazando explí
citamente la comisión de actos de tráfico de alguna relevancia.
Difícilmente será posible, empero, que en la práctica varias personas creen una orga
nización estable de esas características, es decir, con la intención patente de vender oca

244
sionalmente unas pocas dosis medias diarias de sustancias estupefacientes, dedicando esca
sos medios a dicha actividad.
Finalmente, como es sabido, el delito de asociación para delinquir tiene carácter per
manente y en los supuestos previstos en los apartados I y II la prisión preventiva es obli
gatoria en virtud del art. 380 I CPP, debido a lo elevado de las penas.

245
LEGISLACION ESPAÑOLA EN MATERIA DE
DROGAS
ROSARIO DE VICENTE MARTINEZ
Profesora Titular de Derecho Penal. Universidad de Castilla-La Mancha

SUMARIO: I. Introducción.- II. Legislación penal.- III. Legislación penitenciaria.-


IV. La Ley de Seguridad Ciudadana en materia de drogas.- V. Organos administrativos
competentes en materia de drogas.- VI. Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.- VII. Organos
judiciales competentes y normas procesales en materia de drogas.- VIII. Referencia al Plan
Nacional sobre drogas.- IX. Convenios internacionales.

I. Introducción
El estudio del tema de las "drogas" en la legislación española se circunscribe fun
damentalmente a exponer la incidencia de las drogas en el ordenamiento jurídico español.
La amplitud del tema, dado su carácter interdisciplinar, es extraordinaria, por tal razón el
campo de estudio ha tenido que ser limitado a las cuestiones consideradas más importan
tes y definitorias, limitándose a una exposición y somero análisis de los preceptos rela
cionados con el tema.
Si hace unos años podía afirmarse que el tráfico y consumo de drogas en España no
constituían por su extensión un tema prioritario en el campo de lo social, la evolución
ascendente que en la actualidad se observa al respecto hace que se tenga que prestar aten
ción especial a las proporciones alcanzadas por dicho tráfico y consumo. Efectivamente,
en los últimos años se constata un notable aumento de la criminalidad relacionada con las
drogas tóxicas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas. En la Memoria de la Fiscalía
General del Estado de 1991 se contienen algunos datos profundamente expresivos: el
número de procedimientos judiciales por tráfico de drogas habían sido 30.706 en 1989;
en 1990 se alcanzó la cifra de 42.272, lo que supone un incremento porcentual del 37,67%.

247
Entre los asuntos hay que destacar el que es objeto del sumario 1 3/90 del Juzgado
Central de Instrucción núm. 5. La citada causa criminal tiene por objeto principal la inves
tigación y desarticulación de aquellos grupos organizados asentados en Galicia que desde
hace unos años vienen dedicándose al transporte, introducción y distribución de ingentes
cantidades de sustancias estupefacientes, principalmente las denominadas hachís y coca
ína. La instrucción judicial ha permitido establecer una importante conclusión: existe una
relación directa y constatada entre las organizaciones gallegas y los principales jefes de
las mafias colombianas de la cocaína.
Las aprehensiones de droga en Europa, según datos provisionales facilitados por
Interpol, revelan que las mayores incautaciones de hachís y cocaína se produjeron en
España. En heroína, Turquía e Italia están por delante de nuestro país, que ocupa el tercer
lugar. Según la Memoria de la Fiscalía general del Estado de 1991 las sustancias decomi
sadas de Heroína habían sido de 712.890 gramos durante 1989; en 1990 se alcanzó la cifra
de 886.410 gramos, lo que supone un incremento porcentual del 24,34. En cuanto a la
Cocaína, en 1989 se decomisaron 1.852. 231 gramos mientras que en 1990 la cantidad
ascendió a 5.382.085 gramos, lo que supone un incremento porcentual del 190,57. En rela
ción al Hachís, en 1989 se incautaron 64.246.972 gramos y 70.075.570 gramos en 1990,
lo que supone un incremento porcentual del 9,07.
No hay que olvidar que España, por su situación geográfica, ocupa en el tráfico inter
nacional de drogas una situación de enlace entre Europa y América en conexión con Africa
y Asia. Pero, el problema es a nivel internacional. La preocupación por los efectos pro
ducidos por el tráfico y uso indebido de drogas ha desencadenado en varios convenios
internacionales cuyo objetivo es la lucha contra la droga.

II. Legislación Penal


En 1971 se inicia en España una política penal en materia de drogas. Ese año tuvo
lugar una profunda modificación del art. 344 del Código penal que en su redacción ante
rior a la Ley de reforma de 1971 constituía una norma penal en blanco cuyo complemen
to se encontraba en los artículos anteriores. Era una mera cualificación de otros delitos
contra la salud pública —se imponía la pena superior en grado— cuando las conductas
estuviesen relacionadas con drogas tóxicas o estupefacientes. La Ley de 15 de noviembre
de 1971, sobre reforma del Código penal incorpora por primera vez a nuestro ordena
miento un precepto legal en orden a la represión penal de esta clase de delitos.
La nueva redacción otorgada en 1971 al art. 344 fue reflejo de la ratificación por
España, en 1966, del Convenio Unico de las Naciones Unidas, de 30 de marzo de 1961.
Convenio que suponía la culminación de los esfuerzos internacionales en orden a la pre
vención y represión del tráfico de drogas.
La reforma del Código penal, parcial y urgente, de 25 de junio de 1983 operada por
Ley Orgánica 8/1983, reformó de nuevo el art. 344, introduciendo junto a las drogas tóxi
cas y estupefacientes las sustancias psicotrópicas, delimitando el ámbito de conductas
prohibidas, eliminando la expresión "tenencia" y distinguiendo, a efectos de medición de
la pena, según la nocividad para la salud de la droga en cuestión, añadiendo una serie de
cualificaciones específicas y medidas.
La reforma persiguió como objetivos fundamentales: depurar la definición de los
comportamientos punibles, distinguiendo mejor entre las conductas susceptibles o no de

248
intervención penal, restringir el desmedido arbitrio judicial característico del anterior art.
344 y suavizar el tratamiento penal de los delitos de tráfico de drogas, otorgando a los jue
ces facultades para la imposición de consecuencia accesorias en particular, en el caso de
la delincuencia organizada.
Pero, la inquietud creciente de la opinión pública ante el aumento alarmante del trá
fico y el consumo de drogas, han obligado una vez más a recurrir al viejo Derecho penal
represivo, al aumento de las penas y a la utilización de cuantas medidas represivas y poli
ciales están al alcance de los poderes estatales.
Todo ello ha dado lugar a la Ley Orgánica 1/1988, de 24 de marzo, de reforma del
Código penal en materia de tráfico ilegal de drogas que modifica el art. 344, en el que se
incluyen únicamente las conductas delictivas básicas y se añaden los artículos 344 bis a)
a bis f) y los arts. 93 bis y 546 bis f). Los nuevos preceptos 344 bis, contienen supuestos
de conductas agravadas, sistema de determinación de la pena de multa, comiso y reinci
dencia internacional, en tanto que el art. 93 bis incorpora una modalidad específica de
remisión condicional atendiendo a la condición de drogodependiente y el art. 546 bis f)
prevé un nuevo supuesto de receptación.
El Código penal regula el delito de tráfico ilegal de drogas tóxicas, estupefacientes
y sustancias psicotrópicas entre los delitos contra la salud pública.
Tras la reforma de 1988, el art. 344 ha quedado redactado así: "Los que ejecuten
actos de cultivo, elaboración o tráfico, o de otro modo promuevan, favorezcan o faciliten
el consumo ilegal de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas, o las pose
an con aquellos fines, serán castigados con la pena de prisión menor en su grado medio a
prisión mayor en su grado mínimo y multa de un millón a 100 millones de pesetas si se
tratare de sustancias o productos que causen grave daño a la salud, y de arresto mayor en
su grado máximo a prisión menor en su grado medio y multa de 500.000 a 50 millones de
pesetas en los demás casos".
Está claramente excluida en el art. 344 la tenencia para el consumo.
El art. 344 bis a) contempla una serie de agravaciones:
— Cuando las drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas se faciliten
a menores de 18 años o disminuidos psíquicos o se introduzcan o difundan en centros
docentes, en centros, establecimientos y unidades militares o en establecimientos peni
tenciarios.
— Cuando los hechos descritos en el art. 344 fueren realizados en establecimientos
abiertos al público por los responsables o empleados de los mismos.
— Fuera de notoria importancia la cantidad de drogas tóxicas, estupefacientes o sus
tancias psicotrópicas.
— Se faciliten a personas sometidas a tratamiento de deshabituación o rehabilita
ción.
— Se adulteren, manipulen o mezclen entre sí o con otros, incrementando el posi
ble daño a la salud.
— Cuando el culpable perteneciera a una organización de tráfico de drogas.
— Cuando el culpable fuere autoridad, facultativo, funcionario público, trabajador
social, docente o educador.
Por Ley Orgánica 8/1992, de 23 de diciembre, de modificación del Código penal y
de la Ley de Enjuiciamiento Criminal en materia de tráfico de drogas, se han incorpora
do al art. 344 bis a) del Código penal tres nuevas circunstancias:

249
— Cuando el culpable participare en otras actividades delictivas organizadas.
— Cuando el culpable participare en otras actividades ilícitas cuya ejecución se vea
facilitada por la comisión del delito.
— Cuando los hechos descritos en el artículo 344 fueren realizados mediante meno
res de 16 años o utilizándolos.
Existe asimismo en el artículo 344 bis b) una cualificación especial, que eleva las
penas del art. 344 bis a) a la superior en grado cuando las conductas definidas en el mismo
fueran de extrema gravedad o cuando se trate de los jefes, administradores o encargados
de las asociaciones que tengan por finalidad el tráfico de drogas. Se establece asimismo
en el citado artículo una serie de medidas que podrá adoptar la autoridad judicial tales
como disolución, suspensión de las actividades, etc.
El art. 344 bis c) contempla la inhabilitación especial y absoluta, además de la pena
correspondiente, cuando los hechos fueren realizados por facultativo, funcionario públi
co, trabajador social, docente o educador, en el ejercicio de su cargo, o por Autoridad o
agente de la misma.
El art. 344 bis d) contiene una regla para la determinación de la cuantía de las mul
tas dentro de los márgenes que correspondan en el grado correspondiente a la gravedad
del delito.
La preocupación por dotar al Código penal de instrumentos que permitan una acción
eficaz contra las drogas ha llevado al legislador a introducir en aquel texto nuevas dispo
siciones: concretamente, sobre aplicabilidad de las penas de la receptación en conductas
relacionadas con delitos de tráfico de drogas (art. 546 bis f) y sobre comiso.
La novedad más importante del art. 344 bis e), según la nueva redacción estableci
da por Ley Orgánica 8/1992, de 23 de diciembre, es que permite el comiso de las ganan
cias obtenidas de los delitos previstos en los arts. 344 a 344 bis b), "cualesquiera que sean
las transformaciones que hubieren podido experimentar", ampliando así las posibilidades
que ofrece el art. 48 del Código penal, que sólo permite el comiso de los instrumentos y
efectos del delito. Asimismo, establece que los bienes, efectos e instrumentos definitiva
mente decomisados por sentencia se adjudicarán al Estado.
En el art. 344 bis f) se considera que las sentencias de los Tribunales extranjeros por
delitos de la misma naturaleza producirán efectos en orden a la apreciación de la agra
vante de reincidencia.
Por Ley Orgánica 8/1992, de 23 de diciembre se incorporan al Código penal cinco
nuevos artículos, 344 bis g) al 344 bis k). La reforma legislativa tipifica como delito el
blanqueo de dinero procedente del tráfico de drogas, para el que fija penas de hasta seis
años de cárcel. La reforma del Código penal adelanta la promulgación del nuevo texto
penal en lo que hace referencia a actuaciones delictivas relacionadas con el narcotráfico
para incorporar a la legislación española los preceptos del Convenio de Viena de 1988,
que debe se asumido por los países firmantes antes del 1 de enero de 1993.
La reforma instaura también como delito, castigado con las mismas penas, la fabri
cación, transporte o distribución de equipos materiales o sustancias susceptibles de ser uti
lizadas para la fabricación de drogas, como el éter o determinados instrumentos de labo
ratorio. Por último, regula las "entregas vigiladas" de alijos de drogas como medio de
investigación policial para evitar que su uso pueda degenerar en la comisión de un delito
provocado. Por su parte, los responsables de entidades bancarias que colaboren o permi

250
tan "a sabiendas" el blanqueo de dinero podran ser condenados a cumplir hasta seis años
de cárcel.
No ha olvidado la reforma de 1988 la problemática del toxicómano-delincuente y ha
incluido en el marco de la regulación de la condena condicional un nuevo precepto, el art.
93 bis, dirigido a otorgarles un tratamiento específico en cuanto a la remisión condicional
y que se añadiría como nueva vía alternativa a las más generales.
Las medidas que establece el ordenamiento jurídico, en caso de toxicomanías son,
por tanto: Remisión condicional (art. 93 bis) y la toxicomanía como enajenación mental
y trastorno mental transitorio (arts. 8.1 —eximente completa— y 9.1 —eximente incom
pleta—). Estos artículos permiten acordar el internamiento del drogadicto en un centro de
tratamiento. Se establece, asimismo, la posibilidad de sustituir el internamiento por un tra
tamiento ambulatorio según la evolución del toxicómano.
Otros delitos en relación con el tema de las drogas contemplados en el Código penal
español son: El delito de conducción bajo la influencia del bebidas alcohólicas, drogas
tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas (art. 340 bis a) 1).
Entre las disposiciones relativas al tráfico de drogas se pueden citar: La Ley Orgánica
7/1982, de 13 de julio, reguladora de los delitos de infracciones de contrabando, que man
teniendo el carácter administrativo de determinadas figuras, ha criminalizado un amplio
sector de comportamientos. Antes de la promulgación de la citada Ley Orgánica el con
trabando constituía siempre una infracción administrativa. La Ley Orgánica 7/1982, que
modifica la legislación vigente en materia de contrabando, castiga con prisión menor y
multa del tanto al duplo del valor de los géneros o efectos a los que importaren, exporta
ren o poseyeren géneros prohibidos y a los que realizaren con ellos operaciones de comer
cio o circulación sin cumplir los requisitos establecidos en las leyes (art. 1, cuarto). El deli
to se comete, cualquiera que sea la cuantía de los efectos, cuando el objeto de contrabando
sea drogas, armas... (art. 1, tres).

III. Legislación penitenciaria


El consumo, que no se considera delictivo, sí que da lugar, en cambio, a la imposi
ción de medidas de seguridad en cuanto el sujeto sea toxicómano o posea ilegalmente dro
gas (art. 2, T y 8° de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 4 de agosto de
1970).
Según el art. 2 de la citada Ley "serán declarados en estado peligroso, y se les apli
carán las correspondientes medidas de seguridad y rehabilitación, quienes:
A) Resulten probadamente incluidos en alguno de los supuestos de este artículo, y
B) Se aprecia en ellos una peligrosidad social.
Son supuestos de estado peligroso los siguientes:
Séptimo. Los ebrios habituales y los toxicómanos.
Octavo. Los que promuevan o realicen el ilícito tráfico, fomenten el consumo de dro
gas tóxicas, estupefacientes o fármacos que produzcan análogos efectos, y los dueños,
empresarios, gerentes, administradores o encargados de locales o establecimientos abier
tos o no al público, en los que, con su conocimiento, se permita o favorezca dicho tráfico
o consumo, así como los que ilegalmente posean las sustancias indicadas."

251
Por su parte, la Ley Orgánica 1/1979, de 26 de septiembre, General Penitenciaria y
el Reglamento Penitenciario de 1981 disponen de medidas concretas para los presos toxi-
cómanos:
— Debe haber una dependencia para la observación psiquiátrica y la atención a los
toxicómanos.
— Principio de comunidad terapéutica.
— Los penados clasificados en tercer grado que, por presentar problemas de droga-
dicción, necesiten de un tratamiento específico podrán ser asistidos en un centro de desin
toxicación.
Se estima que en las instituciones penitenciarias españolas entre el 60 y el 80% de
los reclusos son consumidores de estupefacientes.

IV. La Ley de Seguridad Ciudadana en materia de drogas


La tan debatida y polémica Ley Orgánica 1/1992 de 21 de febrero, sobre Protección
de la Seguridad Ciudadana, la conocida como "Ley Corcuera", contempla importantes y
más que dudosas, desde el punto de vista constitucional, novedades en materia de drogas.
Así en su artículo 1 2 párrafo 3° habilita al Gobierno para poder acordar la necesidad de
registro para la fabricación, almacenamiento y comercio de productos químicos suscepti
bles de ser utilizados en la elaboración o transformación de drogas tóxicas, estupefacien
tes, sustancias psicotrópicas y otras gravemente nocivas para la salud. En su art. 21 regu
la una facultad novedosa que ha suscitado posturas contrarias a su implantación por tres
razones: por la posible inconstitucionalidad al oponerse al art. 18.2 de la Constitución
española, por la vulneración de principios constitucionales en su regulación del concepto
de delito flagrante en el caso de los delitos que, en materia de drogas tóxicas, estupefa
cientes o sustancias psicotrópicas castiga el Código penal y por el papel desorbitado que
atribuye a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.
El art. 21 de la Ley Orgánica sobre Protección de la Seguridad Ciudadana dispone:
" 1 . Los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad sólo podrán proceder a la
entrada y registro en domicilio en los casos permitidos por la Constitución y en los tér
minos que fijen las leyes.
2. A los efectos de lo dispuesto en el párrafo anterior, será causa legítima para la
entrada y registro en domicilio por delito flagrante el conocimiento fundado por parte de
las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que les lleve a la constancia de que se está cometiendo
o se acaba de cometer alguno de los delitos que, en materia de drogas tóxicas, estupefa
cientes o sustancias psicotrópicas, castiga el Código penal, siempre que la urgente inter
vención de los agentes sea necesaria para impedir la consumación del delito, la huida del
delincuente o la desaparición de los efectos o instrumentos del delito.
3. Será causa legítima suficiente para la entrada en domicilio la necesidad de evitar
daños inminentes y graves a las personas y a las cosas, en supuestos de catástrofe, cala
midad, ruina inminente u otros semejantes de extrema y urgente necesidad.
En tales supuestos, y para la entrada en edificios ocupados por organismos oficiales
o entidades públicas, no será preciso el consentimiento de la autoridad o funcionario que
los tuviere a su cargo.

252
4. Cuando por las causas previstas en el presente artículo las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad entrasen en un domicilio, remitirán sin dilación el acta o atestado que redacta
ren a la autoridad judicial competente".
De esta forma se regulan las condiciones y términos en que, conforme a lo permiti
do por la Constitución y las leyes, se podrá prescindir del mandamiento judicial para pene
trar en domicilios, en lo que se refiere a las tareas de persecución de fenómenos relacio
nados con el narcotráfico y como los Agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad sólo
podrán proceder a la entrada y registro en domicilio en los casos permitidos por la
Constitución y en los términos que fijen las leyes (art. 21.2).
El tortuoso camino recorrido por el texto legal en las cámaras legislativas, y también
los diferentes obstáculos que tuvo que sortear, eran signos admonitorios de la dudosa cons-
titucionalidad de los instrumentos jurídicos que se pretendían aplicar para acceder a un
domicilio. En este sentido, en el Anteproyecto del texto legal se pretendió devaluar el con
cepto de domicilio, restringiendo su ámbito al efecto de facilitar las entradas y registros
sin mandamiento judicial, por lo que la ley fue objeto de una acertada crítica en el infor
me del Consejo General del Poder Judicial de 18 de noviembre de 1990. Se encauzaron
entonces las reformas hacia el concepto de delito flagrante que en el art. 21 .2 del Proyecto
legislativo quedó centrado en el vocablo "conocimiento". Ello suscitó numerosas censu
ras debido a su más que probable inconstitucionalidad con lo que acabó siendo acicalado
con la palabra "fundado". En el Pleno del Senado, el "conocimiento fundado" fue puesto
en relación con el término "constancia" al efecto de seguir apuntalando la constituciona-
lidad de la norma.
A pesar de todos los esfuerzos por adecuar el texto de la ley a la Constitución la
Audiencia Provincial de Madrid en Auto de 1 8 de noviembre de 1992 ha planteado cues
tión de inconstitucionalidad al entender que el citado art. 21.2 es contrario al art. 18.2 de
la Constitución española.
Según el art. 18.2 de la Constitución de 1978 "el domicilio es inviolable. Ninguna
entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o resolución judicial,
salvo en caso de flagrante delito". De este precepto se deduce que se eleva la protección
jurídica del domicilio a la categoría de derecho fundamental frente a las intromisiones de
los poderes públicos y de los particulares.
Sin embargo, el precepto justifica la violabilidad del domicilio por dos motivos: uno,
por causa de flagrante delito y de conocimiento fundado de que se está cometiendo un
delito en materia de drogas y otro, en supuestos de catástrofes, calamidades y casos simi
lares.
A los efectos de legitimar la entrada y registro en domicilio por los agentes de las
Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en caso de delito flagrante, desde la perspectiva consti
tucional del art. 18.2 y de la legal del número 2 del art. 21 de la Ley Orgánica 1/1992, se
precisa la concurrencia de una serie de requisitos:
1. La inmediatez temporal del delito: la perpetración del hecho debe estar llevándo
se a cabo en el preciso momento de su descubrimiento. La Ley Orgánica 1/1992 exige el
conocimiento fundado por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que les lleve a la
constancia de que se está cometiendo (venta) o se acaba de cometer alguno de los delitos
relacionados con el narcotráfico. El conocimiento fundado de la comisión del delito, que
exige la Ley, será valorado por la propia Policía atribuyendo a este conocimiento un por

253
centaje suficiente de probabilidades que les lleve a decidir a invadir el domicilio, con inde
pendencia del éxito que luego obtenga.
2. La necesidad urgente de la entrada en domicilio. Según la Ley sobre Protección
de la Seguridad Ciudadana, la urgente intervención de los agentes será necesaria para
impedir la consumación del delito, la huida del delincuente o la desaparición de los efec
tos o instrumentos del delito.
3. La inmediatez personal del delincuente. Es necesario, además, que el delincuen
te se encuentre en el lugar del hecho en tal relación con los efectos del delito que ello sea
prueba de su participación en el mismo.
4. La subsidiariedad de esta medida: se adoptará sólo si la naturaleza de los hechos
no permite acudir a la autoridad judicial para obtener el mandamiento correspondiente.
5. La entrada y en su caso el registro han de perseguir la obtención de un fin con
creto y exclusivo: La de poner término al delito que se está cometiendo y/o detener al autor
que lo acaba de cometer de manera ostentosa.
Requisitos que no todos ellos se cumplen en el art. 21 .2 que lo que hace, en defini
tiva, es dejar en poder de la policía una facultad discrecional prácticamente incondicio-
nada y carente de una protección efectiva frente a los posibles errores o excesos, transfi
riendo la función propia de los jueces a los agentes policiales. La inviolabilidad del
domicilio de un ciudadano va a quedar, pues, en manos de la interpretación que, en cada
supuesto, hagan los funcionarios policiales de lo que significa el "conocimiento fundado"
y la "constancia".
La finalidad que pretendía el Poder Ejecutivo con el precepto cuestionado era con
trolar y evitar el pequeño tráfico de papelinas —y no tanto el llamado narcotráfico, a que
se alude en la Exposición de Motivos—, facilitando para ello la entrada de los funciona
rios de la Policía en los domicilios.
Así pues tanto del análisis del texto legal como de sus antecedentes se infiere que la
norma lleva a cabo una reelaboración o redefinición del concepto tradicional de flagran
cia. Ello implica que los destinatarios más directos de la norma, es decir, la Policía que va
a operar con ella, acaben decidiendo si entran o no en un domicilio en base a un juicio de
inferencias inductivas, y no mediante el criterio propio de flagrancia, que sólo exige de
los funcionarios policiales una percepción sensorial de la ejecución del hecho delictivo.
Los policías pasan a ser en estos casos quienes realicen los razonamientos indiciarios que
suelen efectuar los jueces para conceder los mandamientos de entrada y registro.
Pero además, la Ley sanciona el consumo público de drogas, la tenencia de peque
ñas cantidades, el abandono de jeringuillas en las vías públicas o cualquier otro útil o ins
trumento utilizado para su consumo (art. 25) y la falta de diligencia para impedir el con
sumo o el tráfico en locales o lugares públicos (art. 23 h).
En efecto, el art. 23 en su letra h) califica como infracción grave: "La tolerancia del
consumo ilegal o el tráfico de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas
en locales o establecimientos públicos o la falta de diligencia en orden a impedirlos por
parte de los propietarios, administradores o encargados de los mismos". Como tal infrac
ción grave puede se sancionada con multa de cincuenta mil una peseta s a cinco millones
de pesetas (art. 28.1.a) y/o suspensión temporal de las licencias de apertura de estableci
mientos (art. 28.1.d).
Por su parte, el art. 24 de la Ley establece que: "Las infracciones tipificadas en los
apartados a), b), c), d), e), f), h), i), 1) y n) del artículo anterior podrán ser consideradas

254
muy graves, teniendo en cuenta la entidad del riesgo producido o del perjuicio causado,
o cuando supongan atentado contra la salubridad pública, hubieren alterado el funciona
miento de los servicios públicos, los transportes colectivos o la regularidad de los abaste
cimientos, o se hubieren producido con violencia o amenaza colectivas".
En el supuesto de que la tolerancia o la falta de diligencia para impedir el consumo
o el tráfico de drogas en locales o lugares públicos se calificare como de infracción muy
grave la multa a aplicar sería de cinco millones una pesetas a cien millones de pesetas (art.
28.1.a).
El art. 25 dispone que: "1. Constituyen infracciones graves a la seguridad ciudada
na el consumo en lugares vías, establecimientos o transportes públicos, así como la tenen
cia ilícita, aunque no estuviera destinada al tráfico, de drogas tóxicas, estupefacientes o
sustancias psicotrópicas, siempre que no constituya infracción penal, así como el aban
dono en los sitios mencionados de útiles o instrumentos utilizados para su consumo.
2. Las sanciones impuestas por estas infracciones podrán suspenderse si el infractor
se somete a un tratamiento de deshabituación en un centro o servicio debidamente acre
ditado, en la forma y por el tiempo que reglamentariamente se determine".
Esta sanción no supone, menos mal, una vuelta a la penalización del consumo de
drogas ya que la medida no prevé que el hecho sea delito ni suponga el ingreso en prisión.
Se afronta el problema con la imposición de sanciones y multas por vía administrativa.
Asimismo, se les da a los toxicómanos la posibilidad de conmutar la multa (de cincuenta
mil una pesetas a cinco millones de pesetas) por el ingreso voluntario en centros de trata
miento. No se contempla la posibilidad de conmutar la multa por la realización de pres
taciones comunitarias.
Entre las sanciones figura además la retirada del carné de conducir: "Las infraccio
nes previstas en el art. 25 podrán ser sancionadas, además, con la suspensión del permiso
de conducir vehículos de motor hasta tres meses y con la retirada del permiso o licencia
de armas, procediéndose desde luego a la incautación de las drogas tóxicas, estupefacientes
o sustancias psicotrópicas" (art. 28.2).

V. Órganos administrativos competentes en materia de drogas


Los órganos administrativos del Estado competentes en materia de drogas son: La
Comisión Interministerial para el estudio de problemas derivado del consumo de drogas,
El Plan Nacional sobre Drogas y los Grupos de Orientación y Prevención en las sedes de
las Jefaturas Superiores de Policía y en la Brigada Central de Estupefacientes.
El Decreto 3032/1978, de 15 de diciembre, sobre denominación, estructura y fun
ciones de la comisión interministerial para el estudio de los problemas derivados del con
sumo de drogas establece que la Comisión Interministerial tendrá los siguientes órganos:
Comisión Permanente, Grupos de Trabajo y Secretaría.
La Comisión Permanente tendrá, entre otras las siguientes funciones:
— Confeccionar y presentar a la aprobación del Pleno de la comisión el plan gene
ral de actuaciones de la misma, de la Comisión Permanente y de los Grupos de Trabajo.
— Presentar al Ministro de Sanidad y Seguridad Social, como Presidente de la
Comisión Interministerial, para su elevación al Gobierno, en su caso, las recomendacio
nes y propuestas que estime necesarias para el cumplimiento de los fines de la Comisión
Interministerial.

255
— Promover, impulsar y coordinar la acción de las Comisiones Territoriales, etc.
Los Grupos de Trabajo se constituyen a propuesta de la Comisión Permanente para
considerar aspectos concretos de los problemas relacionados con el consumo de drogas y
están compuestos por funcionarios y personas especializadas, designadas por la Comisión
Interministerial o por la Comisión Permanente.
El Real Decreto 1677/1985, de 1 1 de septiembre, de coordinación interministerial
para la ejecución del Plan Nacional sobre Drogas. El Consejo de Ministros de 24 de julio
de 1985 aprobó el Plan Nacional sobre Drogas. El mencionado Plan establece actuacio
nes que, por incidir en el ámbito de las diferentes administraciones públicas, exige el esta
blecimiento de estructuras de coordinación, objetivo a que responde el presente Real
Decreto mediante la creación de un órgano colegiado cuya Secretaría se atribuye a un órga
no unipersonal, el Delegado del Gobierno, cuyas funciones básicas se configuran aten
diendo la necesidad de armonizar las actuaciones de las diferentes administraciones y de
todos los Departamentos y Organismos que procuran la satisfacción del interés general en
este ámbito en las diferentes fases en que el problema de la droga tiene manifestación,
tanto en la adopción de medidas de prevención, tratamiento y reinserción social de los
toxicómanos como de la represión del contrabando y tráfico.
La Orden de 30 de abril de 1 982, por la que se crean los grupos de orientación y pre
vención en las sedes de las Jefaturas superiores de Policía y en la Brigada Central de
Estupefacientes.
Según la citada Orden las funciones de los Grupos de Orientación y prevención se
desarrollarán en las siguientes áreas:
— Delincuencia juvenil
— Consumo de drogas.
— Orientación y asesoramiento a familias.
— Estudio psicosocial de delincuentes inadaptados sociales.

VI. Fuerzas y Cuerpos de Seguridad


La actuación de la Policía contra el tráfico ilícito de drogas, en cuanto supone la cre
ación de Brigadas y Grupos Especializados, viene dada en función de la tipificación del
delito de tráfico ilícito en el art. 344 del Código penal y en la creación de la entonces deno
minada Brigada Especial de Investigación de Estupefacientes, según dispone al art. 6 de
la Ley 17/67, de 8 de abril, desarrollándose sus competencias y funciones en una
Disposición de la Dirección General de Seguridad de 22 de mayo de 1967. La denomina
ción actual es la de Brigada Central de Estupefacientes.
Con la creación de la Brigada Central de Estupefacientes, además de tratar de dar
respuesta a un problema aún incipiente, como señala la Exposición de Motivos de la Ley
que la crea, se llevaba a cabo la creación de un organismo que asumiera las competencias
señaladas en el Convenio de 1936 en su art. 11 a las Oficinas Centrales Nacionales encar
gadas de la represión del tráfico ilícito en sus respectivos países y de canalizar la colabo
ración con otros países en este terreno, sin perjuicio del papel desempeñado por la Interpol,
que dentro de su seno ha creado la Sección de Estupefacientes, con un grado de especia-
lización y colaboración internacional con difícil parangón en la lucha contra otras moda
lidades delictivas.

256
Como he señalado la Ley 17/67, de 8 de abril, en su art. 6 crea la Brigada Central de
Estupefacientes, dentro de la Comisaria General de Policía Judicial, como órgano espe
cializado.
Desde entonces ha experimentado varias modificaciones en su organización interna,
tratando de adecuarse a la evolución del problema y de desarrollar las competencias atri
buidas que son:
— En el plano operativo, las actuaciones contra el tráfico ilícito ejecutando los ser
vicios directamente o en colaboración con las unidades periféricas.
— En el plano de la coordinación a nivel nacional, relacionándose con los servicios
de la Dirección General de la Guardia Civil y de la Dirección General de Farmacia, Control
de Estupefacientes y Psicotrópicos, así como con cuantos organismos tienen competencia
en esta materia.
— Como Oficina Central Nacional, centralizando todas las informaciones naciona
les relacionadas con el tráfico ilícito.
— En el campo de la cooperación internacional, relacionarse con todos los organis
mos extranjeros, manteniéndose un estrecho contacto y pudiendo corresponder directa
mente con las Oficinas Centrales de los demás países.
— Promover y realizar estudios y estadísticas.
— Elaborar programas conjuntos de formación de personal especializado, a nivel
nacional, en régimen de intercambio con entidades extranjeras o de ámbito internacional.
Para el cumplimiento de los cometidos operativos, la Dirección General de la Policía
cuenta con:
— La Brigada Central. Cuenta con seis grupos organizados por especialidades, según
el tipo de droga y modalidad de tráfico (heroína, tráfico por barcos, fármacos, cocaína,
cáñamo, tráfico internacional).
— Grupos Regionales. Ubicados en las Brigadas Regionales de Policía Judicial de
las trece Jefaturas Superiores de Policía. Se dedican exclusivamente al tema de drogas.
Coordinan a nivel regional.
— Grupos Especiales. Creados en las Comisarias de aquelas poblaciones y zonas
donde se acuse una especial incidencia del tráfico ilícito o consumo abusivo de drogas.
— Grupos Provinciales y Locales. En algunas Comisarías existen grupos o funcio
narios especializados en estupefacientes.
Independientemente de estas unidades especializadas, la Policía, en el desarrollo de
sus servicios normales, lleva a cabo actuaciones contra el tráfico ilícito dando cuenta del
resultado a la Brigada Central de Estupefacientes o solicitando su cooperación o la del
Grupo Regional o Especial cuando es necesaria.
Las funciones no operativas (coordinación, cooperación y formación) se desarrollan
por la Brigada Central de Estupefacientes mediante el Gabinete de Estudio, Información
y Coordinación, creado por Instrucción del Ministerio de la Gobernación de 16 de junio
de 1975, para la coordinación de los servicios del Departamento en la represión del tráfi
co ilícito de drogas. Al Gabinete le compete la labor de inteligencia, así como de mante
ner al día los conocimientos científicos y técnicos específicos y su difusión (tendencias y
modalidades del tráfico ilícito, Fuentes de procedencia, rutas y sistemas de ocultación,
pautas de consumo, sistemas de prevención y de rehabilitación, etc.), así como la confec
ción de estadísticas y estudios periódicos sobre técnicas y metodología en la investiga
ción, traficantes cuya detención o vigilancia interese, miembros de organizaciones peli

257
grosas, así como todo lo concerniente a formación de personal, asistencia técnica a la poli
cía operativa y coordinación de actividades.
Dependiente del Ministerio del Interior, la Dirección General de la Guardia Civil
cuenta con una estructura orgánica para el tratamiento de los temas de drogas, en parte
similar al de la Brigada Central de Estupefacientes, habiendo creado, primero con carác
ter experimental y de forma definitiva en 1979, en la Jefatura del Servicio Fiscal la Sección
Central Antidroga y dependiendo del Servicio, en las distintas Zonas, Comandancias o
Aduanas, Grupos Antidroga.
El Ministerio de Hacienda, por medio de la Dirección General de Aduanas, inter
viene contra el tráfico ilícito de drogas por medio de las Aduanas, en las que la Guardia
Civil actúa como fuerza del Resguardo Fiscal, y por el Servicio de Vigilancia Aduanera
(antes Servicio Especial de Vigilancia Fiscal).
Asimismo, la Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad, establece en su art. 12 que una de las funciones que serán ejercidas por el
Cuerpo Nacional de Policía consiste en la investigación y persecución de los delitos rela
cionados con la droga.

VIL Órganos judiciales competentes y normas procesales en materia de drogas


Según establece la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, la juris
dicción española será competente para conocer los hechos cometidos por españoles o
extranjeros fuera del territorio nacional susceptibles de tipificarse, según la ley penal espa
ñola, como alguno de los siguientes delitos: Tráfico ilegal de drogas psicotrópicas, tóxi
cas y estupefacientes (art. 23.4).
Asimismo, la citada Ley establece en su art. 65 que la Sala de lo Penal de la
Audiencia Nacional conocerá en única instancia del enjuiciamiento de las causas por los
siguientes delitos: Tráfico de drogas o estupefacientes, fraudes alimentarios y de sustan
cias farmacéuticas o medicinales, siempre que sean cometidos por bandas o grupos orga
nizados y produzcan efectos en lugares pertenecientes a distintas Audiencias.
Por Ley 5/1988, de 24 de marzo se crea la Fiscalía Especial para la Prevención y
Represión del Tráfico Ilegal de Drogas, como una de las medidas prioritarias en pro de
establecer una política coherente que coordine las distintas instancias competentes en torno
al desarrollo del Plan Nacional sobre Drogas, aprobado el 24 de julio de 1985.
En el Preámbuo de dicha Ley se justifica la creación de esta Fiscalía Especial por
razón de la transcendencia del principio de unidad de actuación en este ámbito, "a conse
cuencia, tanto de la extensión del fenómeno como de sus peculiares manifestaciones cri
minológicas".
Son funciones de la Fiscalía Especial para la Prevención y Represión del Tráfico
Ilegal de Drogas:
— La intervención directa en procesos penales por delitos relativos al tráfico de dro
gas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas cometidos por bandas o grupos organiza
dos, en conformidad y de acorde a los artículos 65. 1 .d) y 88 de la Ley Orgánica del Poder
Judicial de 1 de julio de 1985.
— Intervención directa en procedimientos penales por delitos relativos al tráfico de
drogas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas en que lo acuerde el Fiscal General del
Estado.

258
— Coordinación de actuaciones de las distintas Fiscalías en orden a la prevención y
represión del tráfico ilegal de drogas.
— Investigación de la situación económica y patrimonial, así como las operaciones
mercantiles y financieras, de toda clase de personas de las que existan indicios sobre la
realización o participación en actos de tráfico ilegal de drogas, o de que pertenecen o auxi
lian a organizaciones dedicadas al tráfico de las mismas, pudiendo requerir tanto a las
Administraciones Públicas, como Entidades, Sociedades y particulares las informaciones
que estimen precisas.
— Colaboración con las autoridades judiciales en el control del tratamiento de los
drogodependientes a quienes se haya aplicado la remisión condicional.
— Promover y/o prestar auxilio judicial internacional previsto en las leyes, tratados
y convenios internacionales en orden a la prevención y represión del tráfico ilegal de dro
gas.
— Posibilidad de emitir a la Policía Judicial las ordenes e instrucciones que consi
dere procedentes para el desempeño de sus funciones.
En cuanto a las normas procesales en materia de droga hay que mencionar la Ley
4/1984, de 9 de marzo, por la que se modifica el art. 338 de la Ley de Enjuiciamiento
Criminal, la modificación se concreta en la posibilidad de que la autoridad judicial acuer
de la destrucción de las piezas de convicción, singularmente drogas y explosivos, cuya
conservación lleva implícita un peligro real o potencial, y la Ley Orgánica 8/1992, de 23
de diciembre, que añade en el Título I del Libro II de la Ley de Enjuiciamiento Criminal
un nuevo artículo, el 263 bis, al efecto de cumplimentar la previsión contenida en el artí
culo 73 del Convenio de Schengen de regular el régimen de las entregas vigiladas de estu
pefacientes y sustancias psicotrópicas. El nuevo artículo establece que el Juez de
Instrucción competente y el Ministerio Fiscal, así como los Jefes de las Unidades
Orgánicas de Policía Judicial de ámbito provincial y sus mandos superiores, podrán auto
rizar la circulación o entrega vigilada de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psi
cotrópicas, así como de otras sustancias prohibidas con el fin de descubrir o identificar a
las personas involucradas en la comisión de algún delito relativo a dichas drogas o sus
tancias o de prestar auxilio a autoridades extranjeras con esos mismos fines.

VIII. Referencia al Plan Nacional sobre Drogas


El Congreso de los Diputados, en su sesión de 27 de octubre de 1984, aprobó una
moción dirigida a la elaboración de un Plan de Prevención contra la droga en que se con
temple la reinserción social de los drogadictos, para el cual el Consejo de Ministros cons
tituyó un Grupo de Trabajo Interministerial integrado por los departamentos con impli
cación más directa en el tema de estupefacientes, y encomendándose la coordinación del
mismo al Ministro de Sanidad y Consumo. Así, a propuesta del Grupo de Trabajo
Interministerial, el Consejo de Ministros de 24 de julio de 1985 aprobó el Plan Nacional
sobre Drogas.
El 1 1 de septiembre se aprueba el Real Decreto 1677/1985 de coordinación
Interministerial para la ejecución del Plan Nacional sobre Drogas.
En la elaboración del Plan Nacional sobre Drogas habían intervenido los Ministerios
de Sanidad y Consumo, Trabajo y Seguridad Social, de Justicia, Interior, Defensa, Cultura,
y de Educación y Ciencia. Este Plan Nacional establece actuaciones que exigen el esta

259
blecimiento de estructuras de coordinación, para lo que se crea a través de este Real
Decreto, un órgano colegiado cuya Secretaría se atribuye a un órgano unipersonal, el
Delegado del Gobierno, quien deberá armonizar las diferentes administraciones, departa
mentos y organismos que participen tanto en la adopción de medidas de prevención, tra
tamiento y reinserción social de los toxicómanos, como de la represión del tráfico y con
trabando.
El Delegado del Gobierno está adscrito al Ministerio de Sanidad y Consumo. Junto
a él existe un Gabinete Técnico con nivel orgánico de Subdirección General.
Son funciones del Delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas:
— El desarrollo de las propuestas y acciones derivadas de los acuerdos del grupo
interministerial.
— Elaboración de propuestas de programas y actuaciones relativas a la lucha con
tra el tráfico y consumo de drogas y evaluar las realizadas por los diversos Ministerios.
— Ejercicio de la coordinación y dirección funcional de los distintos departamentos
ministeriales, organismos y administraciones públicas en este ámbito.
— Coordinación de la asignación de los recursos presupuestarios del Plan Nacional
sobre drogas, y administrar los adscritos a la Secretaría del Grupo Interministerial.
— Realización del estudio, evaluación y seguimiento de las actividades desarrolla
das en ámbito del Plan Nacional.
— Ejercer todas aquellas atribuciones que le fueron conferidas por el Gobierno o
Grupo Interministerial para dar cumplimiento al Plan Nacional sobre Drogas.
Frente a las funciones desempeñadas por el Delgado del Gobierno para el Plan
Nacional sobre Drogas, el Gabinete Técnico tendrá también sus funciones propias:
— Instrumentar los acuerdos del Grupo Interministerial.
— Coordinar y servir de apoyo a los órganos técnicos del Plan Nacional.
— Elaborar la Memoria anual.
— Desarrollo de los programas de información, investigación y publicaciones.
— Elaborar informes y dictámenes.
— Desarrollo de programas de colaboración técnica con las Comunidades
Autónomas, con la Administración local y con otros departamentos de la Administración
del Estado.
— Desarrollo de los Servicios de Documentación.
— Establecer un registro de datos de carácter internacional.
— Las que le sean atribuidas en relación con el Plan Nacional sobre Drogas por el
Delegado del Gobierno instituido como tal para dicho Plan.
Entre los factores que motivaron la elaboración de este Plan Nacional sobre Drogas,
se ha de mencionar la escasez de recursos suficientes para lograr la recuperación y reha
bilitación-desintoxicación del drogadicto, la convicción de que la drogadicción genera y
potencia la delincuencia, debilitando las estructuras de la seguridad ciudadana, y la gran
expansión a la que ha llegado el tráfico ilícito de drogas.
Las pretensiones del Plan Nacional sobre Drogas las expone claramente el Ministro
de Sanidad en el Prólogo de dicho Plan, de forma que '"conseguir un amplio consenso
social ... solicitamos la colaboración de las organizaciones sociales y especialmente de
todas las Administraciones... el objetivo inicial fue que el Plan Nacional fuera técnica
mente aceptado. En él tiene cabida todas las experiencias que cuentan con un aval cientí

260
fíco... habilitar recursos que satisfacieran las demandas sociales y que respondieran a la
situación que hoy tenemos planteada...".
La acción preventiva que se precisa actualmente es recogida en el espíritu de este
Plan que pretende actuar contra la marginalidad, especialmente la juvenil y a favor de una
educación para la salud. En suma, se predica una prevención tanto a nivel individual como
colectivo, admitiéndose como únicas soluciones tendentes a prevención a medio y largo
plazo.
Al margen de las medidas preventivas, se pregona la necesidad del endurecimiento
de las penas privativas de libertad para los traficantes, redoblándose los esfuerzos contra
la represión del tráfico de drogas.

IX. Convenios internacionales


La preocupación contra el comercio y tráfico ilícito de estupefacientes o sustancias
tóxicas no ha sido exclusiva de España. El mal social de la toxicomanía y los perjuicios
de toda índole que dicho tráfico origina en la economía de los países y en la salud de sus
habitantes, ha forzado a una regulación a nivel extraestatal reflejada en Convenios
Internacionales.
En el campo internacional los primeros pasos se inician con la Primera Comisión
Internacional del Opio, celebrada en Shangai el 1 de febrero de 1909 y mediante la
Convención Internacional del Opio de La Haya de 23 de enero de 1912.
A ellos le han seguido varios Convenios Internacionales relativos al tráfico o comer
cio de estupefacientes, como el Convenio de Ginebra de 26 de junio de 1936, el Protocolo
de París de 19 de noviembre de 1948, el Protocolo de Nueva York de 23 de junio de 1953,
etc.
Actualmente se encuentra en vigor: El Convenio Unico de 1961, firmado en Ginebra
el 30 de marzo de 1961. Firmado por España el 27 de julio de 1961 y ratificado por
Instrumento de 3 de febrero de 1966. Protocolo de modificación del mismo el 25 de marzo
de 1972; el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971, firmado en Viena el 21 de
febrero de 197 1 , y ratificado por España el 20 de junio de 1 973 y la Convención de Viena
de 1988 que entró en vigor el día 1 de noviembre de 1990, a los noventa y un días de ser
ratificada por veinte Estados, siendo España el vigésimo Estado en ratificarla, concreta
mente el 13 de agosto de 1990.

261
COLECCIÓN ESTUDIOS

1 . Literatura infantil.
2. Narrativa española actual.
3. X Encuentro de didáctica de
las Ciencias
Experimentales.
4. Poesía infantil.
5. América Latina: regiones en
transición.
6. Los montes de Castilla-La
Mancha.
7. La armonización fiscal en
los años 90.
8. Enfermería y sociedad.
9. La ética de Spinoza.
Fundamentos y significado.
10. Actas del VIII Congreso
nacional de educación
física de E.U. de
Profesorado de E.G.B.
1 1 . Literatura infantil y
enseñanza de la literatura.
12. Memoria de Nuevo Mundo.
Castilla-La Mancha y
América en el Quinto
Centenario.
1 3. América Latina: la cuestión
Regional.
14. Selvicultura mediterránea.
1 5. España Franquista. Causa
general (1936-1945)
Actitudes Sociales ante la
Dictadura (1939-1975).
16. Filosofía y educación.
17. Estudios de Criminología I.
i os actos humanos son la resultante
■"' de una compleja gama de factores
personales y sociales que ninguna ciencia
por sí sola es capaz de abarcar con su
singular mirada y metodología.
En Estudios de Criminología I se
aborda desde una perspectiva múltiple
(Ciencia del Derecho, de la Psicología y de
la Sociología) el mundo de la conducta
delictiva, su pasado, presente y futuro. Es
una obra relevante para la formación de
los criminólogos y para todos aquellos
que estén interesados en el problema de
la delincuencia, sus causas, situación
actual y posibilidades de intervención
social.

Ediciones de la Universidad
de Castilla-La Mancha 5488II255341"

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