MARCO TEÓRICO
1. Autismo
1.1. Descripción del autismo
La American Psychiatric Association [APA], 2000 y la Organización Mundial de la
Salud [OMS], 1992, agrupan al autismo en los trastornos generalizados del desarrollo,
también denominados trastornos de inicio de la infancia, la niñez o la adolescencia.
Asimismo, el Manual Diagnostico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-V
(2013) define el TEA como una enfermedad que se asocia al neurodesarrollo que es una
afección que perjudica el desarrollo de lenguaje, cognitivo, afectivo, social y
conductual. Este manual clasificó tres grados de autismo: el trastorno espectro autista de
grado tres se manifiesta en un nivel más profundo, seguido el trastorno del espectro
autista de grado dos (necesita ayuda notable), el autismo de grado uno (necesita poca
ayuda), esto integraría a lo que antes se denominó autismo de alto funcionamiento o
personas con autismo leve (Melchor Pacheco y Quispe Caqui, 2021).
Siguiendo a Rios Colorado, Sánchez y Ordoñez Mora (2021), el Trastorno del Especto
Autista contempla patrones de comportamiento tanto restringidos como repetitivos.
Además, en el Manual Diagnostico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-V
(2013) afirma que el autismo tiene como características esenciales la presencia de un
desarrollo marcadamente anormal o deficiente de la interacción y comunicación social
junto con un repertorio sumamente restringido de actividades e intereses. Sus
manifestaciones varían mucho en función del nivel de desarrollo y de la edad
cronológica del sujeto.
1.2. Etiología del autismo
Las evidencias científicas señalan que los síntomas que se encuentran en el espectro
autista son el resultado de alteraciones más o menos generalizadas del desarrollo de
diversas funciones del sistema nervioso central (Gillberg et al., 1991 citado en Rivas
Torres, López Gómez y Taboada Ares, 2010).
Actualmente, la realidad de un mecanismo causal biofisiológico toma fuerza,
atendiendo siempre al papel de los factores hereditarios con una compleja y
pluridimensional contribución genética (DeLong, 1999; Trottier, Srivastava y Walker,
1999), valorando también la interacción entre el potencial genético y una multiplicidad
de eventos prenatales y perinatales (López Gómez, Rivas y Taboada, 2008a, 2008b;
Wilkerson, Volpe, Dean y Titus, 2002, citado en Rivas Torres, López Gómez y Taboada
Ares, 2010).
Del mismo modo, cabe considerar los factores del desarrollo (raza, partos múltiples,
riesgos paternos) asociados con las características demográficas (edad y educación
materna, nivel socioeconómico, etc.), interactuando con la vulnerabilidad genética, e
incrementando, de este modo, el riesgo de autismo (Baron-Cohen y Bolton, 1994;
Croen, Grether y Selvin, 2002 citado en Rivas Torres, López Gómez y Taboada Ares,
2010).
Siguiendo a Benítez (2015), el enfoque organicista asocia el origen del TEA con tres
posibles causas. En primer lugar, las alteraciones genéticas (anormalidades
cromosómicas) conforman una explicación más que aceptable como causa primigenia
del TEA. Así, por ejemplo, una de las anomalía cromosómicas más frecuentes que se
asocian al autismo es el síndrome de la X-frágil. Por otro lado, las alteraciones
bioquímicas (alteraciones de los neurotransmisores e influencia de los péptidos y
opiáceos). Por último, se hace referencia a las alteraciones virales debidas a las
infecciones en el embarazo que dañan al feto y provocan anomalías durante la gestación
(Díez-Cuervo, 2005 citado en Benítez, 2015).
1.3. Epidemiología
Siguiendo a L. Alison Mcinnes, Profesora en Psiquiatría y Genética Humana de la
Facultad de Mount Sanaí en Nueva York, las recientes investigaciones realizadas en EE.
UU, Reino Unido, Japón, Francia, Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia, Dinamarca,
Indonesia, Alemania, Irlanda y Canadá, con una población de 5 millones de niños en
edades comprendidas entre el nacimiento y los 8 años de edad, concluyó con la
identificación de 2.380 casos de autismo.
Fombonne et al., documentó que en datos epidemiológicos entre 1966 y 1991 la
frecuencia de autismo era de 4,4/10.000 y entre 1992 y 2001 de 12,7/10.000. Las cifras
en el año 2002 aceptan que la frecuencia de autismo en la población mundial es de
1/1000 (Alison Mcinnes, 2002).
En cuanto a la prevalencia del TEA, en los últimos años se cifra que 25 de cada 10.000
nacidos padecen algún trastorno de esta naturaleza siendo mayor el número de hombres
que lo sufren en comparación con las mujeres (4 a 1) (Benítez, 2015). Y aunque las
estimaciones varían, en la actualidad se reconoce generalmente que la prevalencia es al
menos del 1%-1,5%. Establecer cifras exactas de prevalencia es difícil debido a las
modificaciones en los criterios de diagnóstico a lo largo del tiempo y a la
heterogeneidad del autismo. Así pues, la gravedad del autismo varía enormemente, no
solo entre diferentes personas sino también en la misma persona a lo largo del tiempo
(Barthélémy, Fuentes, Howlin, y van der Gaag, 2019).
1.4. Detección e identificación del autismo
El inicio del TEA es anterior a los 3 años de edad. Si bien durante el primer año de vida
las manifestaciones del trastorno son bastante sutiles, son muchos los padres que se
preocupan por la falta de interés del niño por interactuar con el adulto de referencia.
Estas sospechas son más fáciles de corroborar pasados los dos primeros años de vida del
hijo. En cualquier caso, debemos considerar que el TEA presenta un curso continuo por
lo que deberemos estar atentos a la evolución del niño. En este punto toma vital
importancia la detección temprana del TEA, dado que cuantas más oportunidades se
tengan para identificar los síntomas del bebé con riesgo y de los niños, antes se podrán
aplicar los programas de tratamiento, evitando que el problema se agrave y se convierta
en crónico (Benítez, 2015).
Una vez que se sospeche la presencia de autismo, debe realizarse una evaluación
multidisciplinar, en la cual todos los miembros del equipo deben haber recibido
formación sobre el autismo y al menos un miembro debe tener formación en la
evaluación y el diagnóstico de autismo mediante la utilización de instrumentos
estandarizados. El equipo multidisciplinar debe tener acceso a aportaciones de
especialistas de psicología, educación, logopedia, pediatría o psiquiatría infantil, terapia
ocupacional, fisioterapia, así como al apoyo de los servicios sociales. Con fines de
evaluación, lo ideal es poder observar a la persona en distintos entornos, tanto
estructurados como no estructurados (por ejemplo: en la clínica, en el hogar, en la
guardería / escuelas, en el centro de día, etc.) (Barthélémy, Fuentes, Howlin, y van der
Gaag, 2019).
1.5. Investigaciones recientes del autismo
ALONSO Y ALONSO INVESTIGACIONES RECIENTES SOBRE AUTISMO
(**no lo encuentro**)