Espíritu Santo
Espíritu Santo
Espíritu
Santo
y
Tú
INDICE
Prefacio...................................................................................................................................3
1- El Primer Paso....................................................................................................................4
2 El desbordamiento................................................................................................................8
3 ¿Qué dicen las Escrituras?.................................................................................................12
4 Preparándonos para el bautismo en el Espíritu Santo........................................................19
5 Cómo recibir el bautismo en el..........................................................................................20
Espíritu Santo........................................................................................................................20
6 Introducción a los dones del Espíritu Santo.......................................................................33
7 El don de lenguas y el don de interpretación.....................................................................37
8 El don de profecía..............................................................................................................46
9 Dones de Sanidades...........................................................................................................53
10 El obrar milagros..............................................................................................................60
11 El don de la fe..................................................................................................................65
12 Discernimiento de espíritus..............................................................................................69
13 La palabra de ciencia y la palabra de sabiduría...............................................................78
14 El camino excelente.........................................................................................................87
15 Consagración....................................................................................................................91
2
Prefacio
Este libro comparte algunos de los conocimientos adquiridos a través de una década de activo
testimonio, enseñando, viajando y experimentando la obra y las manifestaciones de nues-
tro Señor, el Espíritu Santo, en numerosos lugares.
Pueden considerarse los últimos diez años como una década de testimonio, ya que el Bautis-
mo en el Espíritu Santo ha tomado carta de ciudadanía en las iglesias “tradicionales".
Miles de pastores y sacerdotes, y millones de laicos de las más tradicionales denominacio-
nes, han recibido al Espíritu Santo como en el día del primer Pentecostés. Hechos 2:4. Y ahora,
a medida que el testimonio progresa con fuerza cada día más creciente, se advierte una gran
necesidad de enseñanza. Alguien ha señalado que el primer síntoma de la recuperación de un
enfermo es cuando se despierta su apetito. ¡El pueblo de Dios ha estado muy enfermo, cercano
a la muerte, pero ahora la Iglesia de Dios está convaleciente y hambrienta! Tenemos la
esperanza de que este libro logre suplir parte del alimento necesario para una total recupera-
ción.
Nosotros no nos inclinamos por ninguna denominación cristiana en particular. Nuestro ma-
yor deseo es que la gente encuentre en su vida al Señor Jesucristo, y reciba el poder del Espíri-
tu Santo, haciendo caso omiso de su denominación, en caso de tenerla. Nos ocupamos de todo
aquello que pueda unir a las iglesias, y hemos evitado la discusión de temas que han dividido a
los cristianos a lo largo de los siglos.
Hemos escrito estos estudios con sinceridad e iluminados por la luz de que disponemos en
este momento. Solamente podemos agradecer al Señor Jesús y al Espíritu Santo, que fue quien
nos enseñó a todos. Juan 14:26. Nuestra fuente escrita más importante, demás esta decirlo, es
la Escritura misma. Y también hemos aprendido mucho de nuestras propias experiencias.
Esperamos y oramos para que este libro, El Espíritu Santo y tu, sea de ayuda a muchos, tanto
a los que han sido bautizados en el Espíritu Santo desde años atrás, como para los que recién
entran o están preparándose para entrar en esta área de la experiencia cristiana. Terminamos
con las palabras de San Pablo
"Gracia y paz a vosotros, de Dios -nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Gracias doy a mi
Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en to-
das las cosas fuisteis enriquecidos en El, en toda palabra y en toda ciencia... de tal manera que
nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo..." (1 Co-
rintios 1:3-5, 7.)
En el amor de nuestro Señor Jesús,
Dennis y Rita Bennett
3
1- El Primer Paso
Varios años atrás, en uno de los estados de Nueva Inglaterra, la esposa de un comerciante
cristiano, amigo nuestro, lavaba los platos que habían sido utilizados para el desayuno, cuando
escucho que llamaban a la puerta de calle. Al salir para atender el llamado vio a su vecina, pa-
rada en la vereda y con una mirada de infinita tristeza en los ojos.
-He venido para despedirme- le dijo la visita-. Por mucho tiempo hemos sido vecinas, y si
bien no nos hemos tratado mayormente, he creído oportuno informarle que nos mudamos.
-¿Por que?- le preguntó la dueña de casa-. ¿Ha conseguido un nuevo puesto su marido, o
algo por el estilo? Pase, por favor y tome asiento. Dígame qué ha sucedido.
La vecina se dejo caer pesadamente en una silla. -No- dijo -no se trata de eso. Vamos a per-
der la casa, porque no podemos pagar las cuotas. También perderemos el automóvil.
Sin decir otra palabra se quedo mirando fijamente sus manos abiertas que descansaban sobre
su falda. Luego levanto los ojos. -Ya que estamos, le contare toda la historia. Juan y yo nos va-
mos a divorciar.
-Pero ¿Por qué? ¿Qué puede haber sucedido?
-Tanto mi esposo como yo somos alcohólicos empedernidos- dijo tristemente la mujer-. No
podemos librarnos del vicio. Hemos perdido nuestro dinero y prácticamente todos nuestros
bienes. Lo que más nos aflige es nuestro niño; no quisiéramos que fuera la victima de un ho-
gar destrozado, con todo lo que eso significa.
La pobre mujer estaba al borde de las lágrimas.
-Pero- dijo la esposa de nuestro amigo -¿no sabes que hay una solución?
La vecina levantó la vista bruscamente: -¿Qué quieres decir? Hemos probado todos los me-
dios. No podemos cumplir con el programa que nos fijó la sociedad de Alcohólicos Anóni-
mos. Hemos consultado a un psiquiatra, pero aun en el caso de que fuera esa la solución, no
tenemos el dinero para pagar las consultas.
-¿Por qué no le pides a Jesús que te ayude?
Ahora fue la vecina la que se quedo perpleja. -¿Jesús? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?
- ¡Por supuesto que tiene que ver! ¡El es el Salvador!- exclamó la esposa de nuestro amigo.
-Oh- dijo la vecina -estás hablando de religión y todo eso. Yo soy religiosa. Es decir, creo en
Dios, y siempre traté de ser una persona decente.
Se rió haciendo una mueca, y añadió. Por lo visto no lo he logrado.
-No, no, no es eso lo que quiero decir. Me refiero a que Jesús es el Salvador, él salva, rescata
a la gente. El te librara de tu situación, si le pides que se haga cargo de todo. Supongo que
quieres salir del hoyo en que te encuentras. Es decir, que quieres ser diferente, que quieres or-
denar tu vida.
La vecina miro por un instante a la dueña de casa. -Nunca nadie me lo dijo de esa manera-
exclamo-. ¿Quieres decir que es así de simple? ¿Solamente pedirle a el?
La esposa de nuestro amigo asintió. -¡Aja! El vive y está aquí mismo. ¡El lo hará!
4
La vecina permaneció por un rato en silencio y luego, de pronto, se dejó caer sobre sus rodi-
llas y levantó las manos en un gesto de rendición. -No sé cómo expresarlo- dijo -pero te ruego,
Jesús, que me ayudes a salir de este problema. ¡Por favor te pido que te hagas cargo!
A continuación se puso de pie y sin más se fue a su casa.
Dos días después el marido de la vecina tocó también el a la puerta de calle. -¿Qué ha pasado
con mi esposa?- preguntó con aspereza. ; ¡Yo también quiero de lo mismo!
Los esposos cristianos le explicaron al hombre la realidad de lo que había experimentado su
esposa, y le llegó el turno a el de ponerse de rodillas sobre el piso de la cocina y pedirle a Jesús
que se hiciera cargo de su vida.
¿Qué sucedió después? Desapareció el problema del alcohol, que no era más que un síntoma
del vacío de sus vidas. No se perdió el hogar. No se disolvió el matrimonio. Jesús salva. Jesús
salvó su hogar, su matrimonio, su salud, y probablemente sus vidas. Jesús no duda un instante
en acudir de inmediato para solucionar las necesidades mas apremiantes de la gente. Recorde-
mos que dos de sus grandes milagros los hizo para dar de comer a los hambrientos. A decir
verdad, casi todos sus milagros fueron para satisfacer las necesidades físicas de la gente. Ocu-
rre a menudo que el primer paso a dar para ser cristianos es nada más que un grito en demanda
de ayuda. Hechos 2:21; Romanos 10:13; Sal 103:1-2.
Pero otras cosas ocurrieron, además, al matrimonio de ex-alcohólicos. Toda su vida sufrió un
cambio notable. Eran diferentes. Algo sucedió dentro de ellos.
La palabra "salvar" en nuestras Biblias, traduce el original griego sozo que significa, de
acuerdo a nuestro vocabulario; "proteger o rescatar de peligros naturales y aflicciones ... salvar
de la muerte ... sacar con mano firme de una situación llena de peligro mortal ... resguardar o
evitar el contagio de enfermedades ... evitar la posesión demoníaca ... devolver la salud perdi-
da, mejorar, guardar, mantener en óptimas condiciones ... tener buen éxito, prosperar, andar
bien... salvar o proteger contra la muerte eterna ... "
Abrazar la fe cristiana no significa aceptar una filosofía o un juego de normal, o creer en una
lista de principios abstractos;
Abrazar la fe cristiana significa permitir a Dios que entre y viva en nosotros. (Colosen-
ses 1:27.)
Abrazar la fe cristiana significa arrepentirnos. (Hechos 2:38; 26:18.) Y eso, a su vez, sig-
nifica querer ser diferentes, admitir que estamos en el mal camino y que queremos volver a la
buena senda. Muchos vienen a Jesús, como el matrimonio de nuestro relato, porque saben que
están en un callejón sin salida, camino a la destrucción. Si están dispuestos a cambiar, Jesús
los acepta y atiende a sus necesidades.
Abrazar la fe cristiana significa convertirnos. (Hechos 3:19; Mateo 18:3.) Y para eso hay
que darse vuelta y caminar en la dirección opuesta -la verdadera dirección- con Jesús.
Abrazar la fe cristiana significa ser perdonado. (Salmo 103:11-12.) Y eso significa ser
despojados de nuestros pecados como si jamás hubieran existido y que no queden ni rastros de
ellos. Mas aún, significa ser perdonados cada día, ¡vivir en estado de perdón! (1 Juan 1:9.)
Abrazar la fe cristiana es nacer de nuevo. (Juan 3:1-21; 1 Pedro 1:23.) Y aquí llegamos al
meollo del asunto. Un erudito y anciano dignatario fue a Jesús de noche buscando respuestas a
sus interrogantes. Jesús le dijo:
Nicodemo, tienes que nacer de nuevo.
El anciano sacudió la cabeza. -¿Como es posible que un hombre ya grande vuelva a nacer?
¿Puede acaso entrar de nuevo en el vientre de su madre para volver a nacer?
5
Jesús le respondió: Nicodemo. Para un hombre docto y erudito es muy pobre la respuesta que
me has dado. No estoy hablando del nacimiento físico; eso ya sucedió. Tienes que nacer del
Espíritu. (Del Espíritu Santo).
¿Qué quiso decir Jesús?
La Biblia nos enseña que Dios creó al hombre con la capacidad suficiente para conocerle y
corresponderle. Pero desde el comienzo el hombre interrumpió esa relación y cuando lo hizo,
murió espiritualmente y transmitió esa muerte espiritual a todos sus descendientes. Lo mas re-
cóndito de nuestra personalidad toma el nombre de "espíritu" o pneuma en griego, y fue crea-
do con el propósito principal de conocer a Dios. Los animales tienen cuerpo y alma, pero los
hombres tienen cuerpo, alma y espíritu. (1 Tesalonicenses 5:23.) Cuando el hombre, en el co-
mienzo, destruyo la relación con Dios -lo que llamamos la caída del hombre- murió esa parte
recóndita, o quedo fuera de acción, y siempre desde entonces el hombre actuó a impulsos de
su alma y de su cuerpo. (Génesis 2:17.) ¡No es de extrañar entonces que nos hayamos metido
en semejante enredo! El "alma", psiquis en griego, es el componente psicológico, formado
por nuestro intelecto o voluntad, y nuestras emociones. Esta parte de nuestra personalidad es
maravillosa cuando esta bajo el control de Dios a través del Espíritu, pero es capaz de cosas
terribles cuando esta descontrolada.
He aquí el por qué la historia de la humanidad está plagada de odio, derramamiento de san-
gre, crueldad y confusión; los seres humanos están muertos espiritualmente: "muertos en vues-
tros delitos y pecados", (Efesios 2:1) procurando vivir de acuerdo al alma pero fuera de todo
contacto con Dios y, por lo tanto, perdidos. (Lucas 19:10.) La palabra "perdido" significa que
no sabemos dónde estamos, a dónde vamos, o para qué somos. Si no se corrige esta situación,
naturalmente significa el infierno, significa que la persona se perderá eternamente, y morará
en la oscuridad, en el miedo, en la rebelión, en el odio, separado de Dios para siempre ; y no
solamente eso, sino que será parte de la interminable destrucción del diablo y sus ángeles, por-
que allí no habrá "tierra de nadie". Por lo tanto, la necesidad más urgente y apremiante es
renacer, volver a la comunión con Dios; y eso, exactamente, es lo que Jesucristo nos ofre-
ce. Por medio de Jesús, y por Jesús solamente -no hay otro camino- se manifiesta la vida de
Dios que alienta su vida en nosotros. (Juan 10:10.)
Sin embargo, las iniquidades que cometimos cuando estábamos perdidos y fuera del contacto
con Dios, levantaron un muro divisorio de pecado y de culpabilidad que hacían imposible re-
cibir esta nueva vida. (Isaías 59:2.) Dios es amor pero también es justicia. No puede "dejar pa-
sar por alto" lo que hacemos, de la misma manera que un padre amante no puede "dejar pasar
por alto a su hijo" si sabe que es culpable de un delito. El padre tendría que insistir ante el mu-
chacho para "que se entregue" a las autoridades. Pero si el joven estuviera realmente arrepenti-
do, seria una buena ocasión para que el padre ofreciera pagar la multa, o cumplir una senten-
cia, o aun morir en su lugar, si tal cosa fuera posible. En ese caso se habría satisfecho tanto a la
justicia como al amor.
Y esto es justamente lo que hizo Jesús. Satisfizo los requerimientos de la justicia al mo-
rir por nosotros. Jesús era Dios en carne humana, la encarnación de la segunda persona de la
divinidad, el Dios Creador, por quien el Padre creó el universo. (Efesios 3:9; Hebreos 1:2.) El
no tuvo ni pecado ni culpa. Cuando Jesús murió en la cruz, porque era Dios y porque era ino-
cente, satisfizo totalmente la justicia en beneficio de todos los pecados que el hombre había
cometido o que cometería en el futuro.
De esta manera resolvió Jesús el problema de nuestra culpabilidad que nos mantenía aparta-
dos de Dios, y cuando murió y resucitó quedo expedito el camino al Padre para enviar al Es-
píritu Santo, por medio de quien fue posible que la vida de Dios se hiciera presente y morara
6
en nosotros. El único requisito que se nos exige a nosotros es que reconozcamos que he mos
vivido en el error y pidamos perdón. Luego debemos pedirle a Jesús que venga y viva en
nosotros y que sea nuestro Señor y Salvador. Por medio del Espíritu Santo, Jesús entra en
nuestras vidas, nuestros pecados son borrados por su sangre derramada, y obtenemos una vida
diferente. Y el Espíritu Santo se une a nuestro espíritu (1 Corintios 6:17) haciéndolo pasar
de muerte a vida; "nace de nuevo" y se transforma en lo que Pablo llama una "nueva cria tura".
(2 Corintios 5:17; Apocalipsis 21:4-5.)
Esa nueva vida creada por el Espíritu Santo en nosotros, es lo que Jesús llama "vida eter-
na". Esto va mucho mas allá de un mero "seguir andando"; es la vida de Dios en nosotros, la
clase de vida que nunca se acaba, que nunca se cansa, que nunca se aburre, que es siempre go-
zosa y lozana. (1 Juan 5:11.)
Cuando Jesús dijo que un niño pequeñito era lo más grande en el reino de los cielos, estaba
haciendo un comentario sobre la vida eterna. Una niño nunca se cansa de hacer la misma cosa
una y otra vez." ¡Léemelo de nuevo, mamita!" "¡hazlo de nuevo, papa!" Esta permanente y
continuada frescura y falta de tedio expresa con mucha aproximación la vida que Dios nos
quiere dar. “! ¡He aquí hago nuevas todas las cosas!" Y no una sola vez, sino continuadamen-
te, dice Jesús. ¡Es el permanente renovador! Se nos ha prometido que andaremos en "novedad
de vida" que es lo mismo que decir vida eterna: siempre lozaños, siempre renovándonos. La
palabra "eterno" significa literalmente "sempiterno", que nunca envejece.
Isaías dice: "Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantaran las alas
como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán." (Isaías
40:31.).
He aquí una sencilla oración que podemos elevar si decidimos recibir a Jesús:
"Querido Padre, creo que Jesucristo es tu Hijo Unigénito, que se hizo un ser humano,
derramó su sangre y murió en la cruz para limpiar mi culpa y mi pecado que me sepa -
raban de ti. Creo que se levantó de entre los muertos, físicamente, para darme nueva
vida. Señor Jesús, te invito a que entres en mi corazón. Te acepto como mi Salvador y
Señor. Te confieso mis pecados y te pido que los borres. Creo que has venido, y vives en
mí en este preciso instante.
¡Gracias, Jesús!"
Cuando decimos esta oración, podemos sentir o no que algo ha ocurrido. Nuestro "espíritu"
que tome vida a través de Jesucristo, se esconde mas profundamente que nuestras emociones;
de ahí que a veces se exterioriza una reacción emocional y otras veces no. Sea que sintamos o
no sintamos algo de inmediato, descubriremos que somos distintos, porque Jesús cumplirá lo
que ha prometido. Jesús nunca falta a su palabra. El dijo: "El cielo y la tierra pasaraán, pero
mis palabras no pasarán." (Mateo 24:35.)
7
8
2 El desbordamiento
Si hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador en la forma descrita en el capítulo anterior,
se habrá cumplido su promesa y desde ese instante Dios vive en nosotros. Por medio del Es-
píritu Santo se ha unido a nuestro espíritu, la parte más recóndita de nuestro ser, esta vivo, y
no solamente vivo sino que esta lleno del maravilloso gozo, y del amor y de la paz y de la glo-
ria de Dios mismo.
"Si alguno esta en Cristo" dice el apóstol Pablo, "nueva criatura es." (2 Corintios 5:17.) Tam-
bién, al hablar de los cristianos, dice que están sentados en lugares celestiales con Cristo. (Efe-
sios 2:6.)
Al llegar a este punto puede ocurrirnos lo que a muchos:
“Bueno, en realidad soy distinto. Algo sucedió cuando invite a Jesús a entrar en mi corazón,
y por un tiempo tuve esa honda sensación de amor y de gozo de que me están hablando. Quise
hacer partícipes a todos de mi experiencia. Pero estoy perdiendo ese primer entusiasmo. La
vida ya no es tan diferente. Me doy cuenta todavía que las cosas han cambiado en el fondo de
mi ser, pero la mayor parte del tiempo me siento igual que antes. Por las mañanas, cuando me
aparto para orar, siento a veces la presencia de Dios, pero durante el día lo pierdo de vista, por
así decirlo”
¿Por qué ocurre esto? No es difícil comprenderlo si recordamos y tomamos en serio lo que
dijimos en el capítulo anterior. En realidad, muchos problemas muy difíciles en la experiencia
cristiana, se entienden fácilmente si aceptamos lo que la Biblia nos dice sobre la naturaleza del
hombre como un ser tripartito: espíritu, alma y cuerpo. (1 Tesalonicenses 5:23.) Si todavía
pensamos en términos de un doble aspecto -alma y cuerpo- inevitablemente confundiremos
nuestras reacciones psicológicas con nuestra vida espiritual. Muchos excelentes maestros de la
Biblia en el día de hoy, bajo la presión de la psicológica, identifican el espíritu del hombre con
la "mente inconsciente" o con la "psiquis profunda", simplemente porque no toman en serio la
forma apropiada en que la Biblia hace la distinción entre el alma y el espíritu. (Hebreos 4:12.)
Pero si hacemos esta distinción no solamente podremos apreciar lo que sucede en el bautismo
en el Espíritu Santo, sino que podremos dar razón de otras cosas que nos han mantenido per-
plejos en nuestra vida cristiana.
En ocasión de recibir a Jesús como nuestro Salvador, nuestro espíritu cobro vida, comenzó a
hacer valer sus derechos en esta nueva vida y a ocupar el lugar que le correspondía como ca-
beza de nuestra alma -esa porción psicológica de nuestro ser (intelecto, voluntad y emocio-
nes)- y de nuestro cuerpo, esa porción psíquica. Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra alma
estaban acostumbrados a ser dirigentes y a veces no pasa mucho tiempo antes de que ambos
dominen otra vez nuestra nueva vida en el espíritu, y reasuman el comando. Cuando oramos
por la mañana, las interferencias de nuestra alma y de nuestro cuerpo alcanzan su más bajo ni-
vel; nuestro espíritu tiene la oportunidad de hacernos saber que esta presente; y en este, como
en otros momentos, vislumbramos, en lo más profundo de nuestro ser, que la nueva vida es un
hecho real y concreto. Pero no bien recomienza el fragor de la existencia, automáticamente de-
9
positamos nuestra confianza en el alma y en el cuerpo en lugar de hacerlo en el espíritu. Estu-
vimos tan acostumbrados a vivir de acuerdo a nuestros pensamientos, sentimientos y deseos -
de acuerdo a nuestra alma, nuestro ser psicológico- y a las demandas de nuestro cuerpo, que
bien pronto dejamos de oír la voz - del espíritu recién nacido, escondido en lo mas hondo de
nuestro ser. Pareciera que es necesario que algo le ocurra a nuestra alma y a nuestro cuerpo
antes de que nuestro espíritu pueda ejercer un control mas firme y decidido.
Este "algo" que debe suceder es que el Espíritu Santo que vive en nuestro espíritu, necesita
desbordar para llenar nuestra alma y nuestro cuerpo. La Escritura describe todo esto de diver-
sas formas. Así como la experiencia de aceptar a Jesús es relatada en la Biblia de diferentes
maneras, así también se recurre a variadas descripciones de la experiencia que e sigue: "bautis-
mo en (o con)1 e1 Espíritu Santo", "recibir el Espíritu Santo", "Pentecostés", "recibir el poder",
el Espíritu Santo "vino sobre" o "se derramó sobre" una persona. “Fue lleno del Espíritu Santo.
Son todas expresiones que traducen una misma verdad, vista desde diferentes ángulos.
De cualquier manera, creemos estar pisando sobre un terreno bíblico firme cuando utiliza-
mos la expresión "bautismo en el Espíritu Santo" ya que una impresionante cantidad de perso-
najes bíblicos la usaron: Dios el Padre (Juan 1:33), Dios el Hijo (Hechos 1:5) y Dios el Es-
píritu Santo, que es, por supuesto, el inspirador de las Escrituras donde se hallan estas expre-
siones; también figura Juan el Bautista (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 1:33), los cuatro
evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en los evangelios citados, y el apóstol Pedro (He-
chos 11:16). Si leemos cuidadosamente estas referencias, y las comparamos unas con otras,
constataremos que en ningún caso se refieren a la salvación sino a una segunda experiencia.
1
La preposición griega utilizada en utilizada en esta frase, puede traducirse “en” o “con”.
Esto es lo que en la Escritura se llama "el bautismo en el Espíritu Santo", porque se trata,
efectivamente, de un bautismo, significando con ello un verdadero empapamiento, un desbor-
damiento, una saturación de nuestra alma y cuerpo con el Espíritu Santo. Cuando la Biblia ha-
bla de Jesús "bautizando" en el Espíritu Santo, de inmediato visualizamos algo externo, al-
guien a quien se introduce dentro de algo. Sin embargo, en griego la palabra bautizar signifi-
ca "cubrir totalmente" -se utiliza en el griego clásico para referirse a un barco que hizo agua y
se hundió modo que no hace realmente a la cuestión si Jesús nos sumerge en el Espíritu Santo
en el sentido ex-, terno de la palabra; o si nos inunda desde afuera; o si Jesús induce al Espíritu
Santo a desbordarse desde donde mora dentro de nosotros para cubrir nuestras almas y nues-
tros cuerpos. Probablemente sean ciertas ambas imágenes. El "viene sobre nosotros" tanto des-
de adentro como desde afuera, pero es importante recordar que el Espíritu Santo esta viviendo
en nosotros y por lo tanto es desde adentro de donde e1 puede inundar nuestra, alma y nuestro
cuerpo. Jesús dice:
"El que cree en mi... ríos de agua viva correrán de su interior (el Espíritu Santo)" 2 (Juan
7:38), y la Biblia Amplificada dice: "Desde lo mas recóndito de su ser correrán ..." Cuando
recibimos a Jesús como Salvador, entra el Espíritu Santo, pero a medida que perseveramos '
en confiar y en creer en Jesús, el Espíritu Santo que habita en nosotros puede fluir co-
piosamente para inundar, o bautizar, nuestra alma y cuerpo y vivificar el mundo en derredor.
Por ello es que una y otra vez en la Escritura, la primera evidencia normativa que aparece de
esta experiencia pentecostal es una efusión:
10
"Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas..." (Hechos
2:4.)Algunos están perplejos por la expresión "recibir el Espíritu Santo". Un cristiano puede
formularse la siguiente pregunta: "¿Cómo puedo recibir el Espíritu Santo si ya está viviendo
dentro de mí?" Esta expresión puede entenderse fácilmente si recordamos que estamos refi-
riéndonos a una Persona, no a una cosa o a una parte de algo. Hay quienes hablan del Espíritu
Santo de una manera cuantitativa, como si pudiéramos recibir una porción del Espíritu Santo
en el momento de la salvación, y otra porción en una fecha posterior. Pero si el Espíritu San-
to es una Persona, como que lo es, entonces o está en nosotros o no lo está.
Todos sabemos lo que significa "recibir" a una persona. Imaginemos por un momento el ho-
gar de la familia Brown. Son las 5:40 horas de la tarde, y el señor Brown acaba de llegar del
trabajo y se está duchando antes de la hora de cenar. La señora Brown está dando los toques
finales a una comida especialmente preparada, porque los Brown han invitado a la familia Jo-
nes a cenar. La invitación ha sido fijada para las 6 de la tarde, pero 15 minutos antes sonó el
timbre de la puerta de calle. La señora de Brown se aturde un poco, porque todavía no ha ter-
minado de hacer la salsa; tiene restos de harina en la nariz ¡y su cabello esta desgreñado!
-¡Susie!- le grita a su hija -por favor atiende a los Jones; muéstrales el diario de la tarde o ha-
bla con ellos ¡todavía no estoy lista!
Y para colmo, en ese preciso instante suena el teléfono en la cocina, y la señora de Brown
contesta
-¡Hola! ¿María?- pregunta la voz por el teléfono-. Soy Helen. ¿Está la familia Jones en tu
casa?
-Si- respondió la señora de Brown -aquí están.
-¿Y como están? pregunto Helen.
-Bueno, en realidad no lo se -dijo la señora de Brown armándose de paciencia-. No los he re-
cibido todavía. No he terminado de preparar las cosas en la cocina.
-Te conviene apurarte y recibirlos- dijo Helen-. Resulta que ¡yo se que tienen muy buenas
noticias para ustedes y que les han llevado algunos hermosos regalos!
La señora de Brown cuelga el auricular, termina rápidamente lo que estaba haciendo, se arre-
gla el cabello, se da unos toques de polvo en la cara y entonces, en compañía de su marido, re-
cibe a sus amigos, escucha las noticias que tienen para ellos, y aceptan los regalos que han
traído. La Persona del Espíritu Santo ha estado viviendo en nuestra "casa" desde el momento
de nuestro nuevo nacimiento, pero ahora reconocemos su presencia y recibimos sus dones.
Resumiendo, digamos que la primera experiencia de la vida cristiana, es la llegada del Es-
píritu Santo, por medio de Jesucristo, para darnos nueva vida, la vida de Dios, la vida eterna.
La segunda experiencia es cuando recibimos o damos la bienvenida al Espíritu Santo, con lo
cual Jesús lo induce a que haga posible que exterioricemos esta nueva vida de nuestros espíri-
tus, a que bautice nuestras almas y nuestros cuerpos, y luego el mundo que nos rodea, con su
poder refrescante y renovador. "¡Ríos de agua viva correrán de su vientre!" La palabra utiliza-
da aquí es koilia, que se refiere literalmente al cuerpo físico, significando con ello que es por
medio del cuerpo físico -y sus palabras y acciones- que entramos en contacto con el medio
ambiente y con la gente que nos rodea. El mundo no recibirá ninguna ayuda ni aceptara nin-
gún desafió mientras no escuche ni experimente la vida de Jesús que brota de nosotros.
Imaginemos un canal de irrigación en el sur de California u otra región cualquiera habitual-
mente árida la mayor parte del año. El canal esta seco como también lo están los campos ale-
daños. La vegetación esta seca y muerta. De pronto se abren las compuertas del dique y el ca-
nal se llena de agua.
11
¡Antes que nada, es el canal mismo el que se siente renovado ! La fresca corriente arrastra el
detritus y apaga el polvo. A continuación el pasto crece y las flores se abren a lo largo de sus
márgenes, mientras los árboles a cada lado del canal cobran frescura y verdor. Pero no termina
ahí la cosa; a lo largo del canal, los granjeros abren las compuertas y el agua bienhechora se
derrama por los campos haciendo que "el desierto florezca como la rosa".
Así ocurre con nosotros. El depósito, el pozo, está en nosotros cuando nos hacemos cristia-
nos. Entonces, cuando permitimos que el agua de vida del Espíritu que está depositada en no-
sotros fluya hacia nuestras almas y cuerpos, somos nosotros los primeros en recibir sus efectos
vivificantes. De una manera novedosa, nuestras mentes toman conciencia de la realidad de
Dios. Comenzamos a pensar en él, aun a soñar con él, con más frecuencia y regocijo que an-
tes. Nuestras emociones reaccionan adecuadamente y empezamos a sentirnos felices en ál.
También responde nuestra voluntad y queremos hacer lo que él quiere que hagamos. De la
misma manera responden nuestros cuerpos, no solamente con una sensación de bienestar, sino
con renovadas fuerzas, salud y juventud. Luego el agua de vida fluye hacia otros, que com-
prueban lo que puede el poder y el amor de Jesús en su pueblo. Ahora está en condición de
utilizarnos para vivificar el mundo que nos rodea.
12
3 ¿Qué dicen las Es-
crituras?
Esto es lo más importante de todo. De nada vale la habilidad que tengamos para exponer
nuestras teorías: si no concuerdan con las Escrituras, son inaceptables. ¿De que manera actuó
el Espíritu Santo entre los primeros cristianos del Nuevo Testamento?
En primer lugar hablemos de Jesús. Si alguien hubo en quien habitó el Espíritu Santo, ese al-
guien fue Jesús. Fue concebido por el Espíritu Santo, es decir, que su nacimiento físico se pro-
dujo por la acción directa del Espíritu Santo. Fue la encarnación de la Palabra de Dios. Por la
acción del Espíritu Santo, el Unigénito Hijo de Dios, el Verbo Creador, quien fue desde la
eternidad con el Padre, por quien fueron creados los mundos, tomó sobre si mismo forma hu-
mana en alma y cuerpo. Una vez hecho esto, sin embargo, dejó de lado su poder, es decir, que
provisoriamente aceptó las limitaciones de su naturaleza humana (Filipenses 2:7-8). 1 Su cuer-
po humano, si bien perfecto, era verdaderamente humano, con todas las limitaciones de un
cuerpo humano. Su alma, su ser psicológico, si bien perfecto, también estaba sujeto a limita-
ciones. La Biblia nos dice que "Y Jesús crecía (en su alma) y en estatura (en su cuerpo) y en
gracia para con Dios y los hombres". (Lucas 2:52.) Se sometió al proceso del crecimiento y
del desarrollo como cualquier niño humano. Lo que en realidad sabemos, a través de las Escri-
turas, es que Jesús vivió en Nazareth hasta alcanzar la edad de 30 años y nadie tenia la menor
idea de que él era Dios encarnado. Aún su propia madre, María, no tenía más que una leve
sospecha. ¿Cómo sabemos esto? Porque cuando Jesús comenzó su ministerio, su madre estaba
maravillada y preocupada por él; ni siquiera sus hermanos y hermanas creían en él. Los habi-
tantes de la aldea donde se crió, dijeron: ¿Quién se cree que es? Nosotros le conocemos; ¡es el
hijo del carpintero!" Estaban tan indignados que trataron de matarlo (Mateo 13:54-58; Lucas
4:16-30).
¿Que pasó con Jesús en el lapso transcurrido desde que vivió en la aldea de Nazareth traba-
jando como carpintero (probablemente también como albañil y herrero) y el momento en que
súbitamente abandonó la aldea y comenzó a proclamar: "¡El reino de los cielos se ha acerca-
do!" y a curar enfermos, y echar fuera demonios, y, aun a resucitar a los muertos, como prueba
de su pretensión de ser el Mesías Rey de Dios? La respuesta es bien fácil: "Recibió el poder
del Espíritu Santo." Desde el comienzo nació del Espíritu Santo, pero cuando comenzó su mi-
nisterio a la edad de 30 años, el Espíritu Santo se manifestó en el de una nueva manera . Lee-
mos en los cuatro evangelios de cómo Juan el Bautista vio al Espíritu Santo descender y po-
sarse sobre Jesús. Jesús era, desde la eternidad, el Unigénito Hijo de Dios, mucho antes de que
la multitud a orillas del Jordán oyera la voz de Dios hablándole desde el cielo y reconociéndo-
le como Hijo. De la misma manera el Espíritu Santo estaba en Jesús desde el comienzo de su
vida terrenal, mucho antes que Juan el Bautista lo viera posarse sobre el en forma de paloma.
No obstante, y en esta línea de pensamiento, el Espíritu comenzó a manifestarse, por medio
13
de Jesús, con un nuevo poder. Comenzó su ministerio. El Espíritu le llevo al desierto para ser
tentado por el diablo, y luego de su victoria, leemos: "Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a
Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor." (Lucas 4:14.) ¿Por qué se de-
moró hasta este momento la plena manifestación del Espíritu Santo?
Una de las razones es que de esa manera Jesús podía vivir una vida normal en Nazareth sin
ser detectado como una Persona especial. El Padre mantuvo a su Hijo oculto, por así decirlo,
hasta el momento apropiado para revelarlo ante el mundo. Pareciera que el mismo diablo se
vio engañado por esto. Satanás lo enfrento recién después que Jesús fuera revelado en la plena
potencia del Espíritu. Pudiéramos ver en el intento de Herodes de matar a Jesús en su infancia,
un esfuerzo de parte de Satanás de librarse del Hijo de Dios, pero mas bien pareciera que el
príncipe de la oscuridad no se percato de la existencia de Jesús hasta que fue bautizado en el
Espíritu Santo.
Otra razón que explicaría esa demora sería la de que Jesús podría así mostrarnos, por su
ejemplo, lo que habría de ocurrirnos a nosotros. El bautizante en el Espíritu Santo fue, a su
vez, bautizado por el Espíritu Santo.
El Padre le dijo a Juan el Bautista, que aquel sobre quien viere descender el Espíritu y que re-
posara sobre el, habría de ser el que bautizaría con Espíritu Santo. (Juan 1:33.) Bien podría ser
que esta fuera la razón por la cual Juan le dijo a Jesús: "Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tu
vienes a mi?" (Mateo 3:14.) Si bien es cierto que eso lo dijo Juan antes de que efectivamente
el Espíritu descendiera sobre Jesús, es posible que Juan hubiera percibido proféticamente que
Jesús iba a ser el bautizante en el Espíritu Santo.
Parece que fue práctica universal en la iglesia primitiva, el bautismo con agua en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o en el nombre de Jesús -ambas formulas son utiliza -
das en el Nuevo Testamento- como el "signo exterior visible" de la "gracia interior del Espíri-
tu", de la salvación y de la nueva vida en Cristo. Partimos de la base de que quienes lean este
libro y acepten a Cristo, recibirán o habrán recibido el bautismo por agua a la manera de cada
congregación cristiana a la cual pertenezcan, y de acuerdo y en concordancia con la compren-
sión de lo que las Escrituras enseñan al respecto. Pero notemos, sin embargo, que el bautismo
con agua es el signo exterior de un bautismo que nos introduce en Jesús (salvación) (1 Co-
rintios 12:12), pero no el bautismo por Cristo que nos bautiza en el Espíritu Santo (Pentecos-
tés) (Lucas 3:16). Probablemente sea esta la razón por la cual Jesús mismo nunca bautizó a na-
die con agua, durante su ministerio en la tierra, si bien habrá instruido a sus discípulos en ese
sentido, antes de su crucifixión. Juan 4:1 dice: "Cuando, pues, el Señor entendió que los fari-
seos habían oído decir: Jesús hace y bautiza mas discípulos que Juan, (aunque Jesús no bauti-
zaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea." Tal vez Jesús se abstuvo
de bautizar el mismo con agua, para dejar claramente sentado que el tenía otro bautismo que
hacer: que el habría de bautizar "en Espíritu Santo".
No hay duda que una de las razones por las cuales los conversos de Juan siguieron a Jesús es
que ellos habían oído que Jesús tenía otro bautismo para darles. Por la forma en que Juan ha-
bía hablado, los discípulos imaginaban que habría de ser una experiencia maravillosa, y que
esta experiencia sería tan clara y positiva como había sido su bautismo por agua. Probable-
mente esperaban que sucediera en cualquier momento, pero esperaron en vano. Ellos siguie-
ron a Jesús viéndole hacer milagros, sanando a los enfermos; luego fue crucificado, y resucitó
de entre los muertos; y hasta ese momento ¡ninguno había sido bautizado con el Espíritu San-
to!
14
Después que Jesús murió y resucitó, apareció a sus discípulos la misma noche del día en que
resucitó, y los invistió de la nueva vida en el Espíritu de lo cual hablamos en el capítulo prime-
ro. (Juan 20:22.) El Espíritu Santo vino a vivir en ellos, dando vida a sus espíritus: "nacieron
de nuevo del Espíritu", de la misma manera que lo hemos sido nosotros si he mos aceptado a
Jesús como Salvador. Este nuevo nacimiento para nosotros, corresponde al hecho de que Jesús
fue "concebido por el Espíritu Santo", por lo cual nuestros espíritus nacen de nuevo del Espíri-
tu Santo. Pero Jesús aun no había ascendido para ocupar su lugar "en lo alto" con su Padre, por
lo que no podía derramar el Espíritu Santo "sobre toda carne", pero podía -y así lo hizo-, otor-
garlo individualmente para que morara en unos cuantos, que eran sus primeros escogidos.
Les dijo que habría para ellos una nueva experiencia y que se mantuvieran a la expectativa.
Sus palabras finales, antes de la ascensión, fueron para recordarles esto.
Si tuviéramos la oportunidad de decir algunas palabras finales a nuestros amigos y familiares
antes de separarnos de ellos por un largo lapso ¡no cabe duda que escogeríamos cuidadosa-
mente esas palabras! Jesús las eligió bien. Hasta ese momento su mensaje mas importante ha-
bla sido: "debes nacer otra vez." Pero ahora que sus seguidores ya habían recibido el nuevo
nacimiento les dio la segunda instrucción importantísima: " Esperen hasta recibir el poder"
(Lucas 24:49.)
Jesús les dijo: "Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Es-
píritu Santo dentro de no muchos días." (Hechos 1:5.) El creyente sigue el modelo que Jesús
ha diseñado. El nuevo nacimiento en el Espíritu corresponde a lo que en Jesús significó ser
concebido por el Espíritu Santo. El creyente es bautizado con agua, de la misma manera que lo
fue Jesús. Después de esto, dijo Jesús, debemos esperar el bautismo en el Espíritu Santo, reci-
biendo el poder del Espíritu, tal cual lo recibió él.
De manera que estos 120 seguidores de Jesús, que habían nacido de nuevo, esperaron, según
él les ordenó. Alababan a Dios, oraban, iban al templo; hasta tuvieron una asamblea y una
elección (Hechos 1:1526.) No leemos, sin embargo, que hablaran a nadie sobre Jesús. El poder
para hacerlo con efectividad lo recibirán en el día de Pentecostés.
Jesús les había dicho: "Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu San-
to, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en SaMaría, y hasta lo ultimo de la tierra."
(Hechos 1:8.) Un "testigo" es una persona que no solamente ve que sucede algo, sino que está
dispuesta a declarar que vio cuando tal cosa ocurrió.
Diez días después de, que Jesús los dejó para volver a su Padre, el día de la fiesta de Pente-
costés, la fiesta de las primicias, vino el poder, con el estruendo de "un viento recio" con lla-
mas como de fuego y los discípulos "fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a
hablar en otras lenguas, seguir el Espíritu les daba que hablasen". (Hechos 2:4.) Es importante
recordar el hecho de que el Espíritu Santo ya habitaba en ellos desde que Jesús los invistió de
la nueva vida en el Espíritu en la noche de la resurrección. Esta nueva vida era el Espíritu San-
to unido a sus espíritus. "El que se une al Señor, un espíritu es con él", (1 Corintios 6:17) dice
Pablo, y también dice que: "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Romanos
8:9.) Ahora, en la fiesta de Pentecostés, el Padre, por medio del Señor Jesús, ya ascendido y
sentado a su mano derecha, derramó el Espíritu Santo desde "lo alto" sobre toda carne; es de-
cir, que el nuevo nacimiento, la nueva vida en Cristo, está ahora a disposición de todos los que
le invoquen. Ha venido el Espíritu Santo. Dios se ha hecho asequible al hombre de una nueva
manera. "¡El reino de los cielos se ha acercado!" Pero al par que el Espíritu Santo fue derrama-
do sobre toda la raza humana, también se agitó dentro de esos primeros seguidores -había mo-
rado en ellos desde que Jesús los invistió especialmente en la noche después de la resurrec-
ción- y comenzó a fluir de ellos
15
No hay duda alguna que hay cristianos que si bien alegan no haber tenido una "experiencia
pentecostal", testifican con éxito; ¡pero cuánto más eficaces serian de haber recibido la plena
emancipación del Espíritu! La evidencia más característica del reavivamiento de Pentecostés
es el tremendo aumento en el testimonio cristiano, que ha resultado en una renovación espiri-
tual en todo el mundo y que desde hace casi cien años va en progresivo aumento.
En formidables manifestaciones de poder. Los anonadó -eso es lo que quiere decir la Escritu-
ra cuando expresa que "cayó sobre ellos" o "vino sobre ellos "bautizando sus almas y cuerpos
en el poder y en la gloria que ya moraba en sus espíritus. Esta segunda experiencia, el derra-
mamiento del Espíritu Santo, también les ocurrió a otros que recibieron a Jesús, pero nueva-
mente aquí los primeros beneficiarios fueron los 120 seguidores escogidos. Los hizo desbor-
dar en el mundo en derredor, inspirándolos para que alabaran y glorificaran a Dios, no sola-
mente en sus propias lenguas sino en otros lenguajes, y al hacerlo domeño sus lenguas para su
servicio, libero sus espíritus, renovó sus mentes, vivifico sus cuerpos, y les dio poder para tes-
tificar. La multitud que se juntó quedó atónita ante el sonido emitido por estos galileos que ha-
blaban y alababan a Dios en el idioma de lejanos países. Los que escucharon no eran extran-
jeros sino judíos piadosos de todas las naciones. (Hechos 2:5.) Habían venido a su tierra para
el día de la gran fiesta. Miraban asombrados como esta gente humilde alababa a Dios en idio-
mas que bien sabían ellos que eran incapaces de haber aprendido, lenguajes de países donde se
habían criado los que escuchaban, y otras lenguas que no reconocían, "lenguas humanas y an-
gélicas". (1 Corintios 13:1.)
Algunos se burlaban, diciendo: "Están borrachos, eso es todo" Pero Pedro respondió: "¡No,
no están borrachos! Después de todo, ¡son apenas las nueve de la mañana! Pero esto es lo di-
cho por el profeta Joel: ... en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda
carne." (Hechos 2:1317.) Tan convincentes fueron las señales, que tres mil de esos "hombres
devotos" aceptaron a Jesús como al Mesías, se arrepintieron de sus pecados, fueron bautiza-
dos, y recibieron asimismo, ese día, el don del Espíritu Santo.
Es raro el hecho de que aun notables eruditos de la Biblia digan que: "Pentecostés sucedió
solo una vez", cuando con toda claridad el Nuevo Testamento relata varios "pentecosteses". El
próximo tuvo lugar en SaMaría. Los samaritanos formaban el remanente de los israelitas del
Reino del Norte. Ellos y los judíos, el pueblo del Reino de Judea del Sur, estaban en per-
manente disputa. Se odiaban a muerte. En Hechos 8 leemos de cómo Felipe -no el apóstol,
sino uno de los siete nominados para ayudar a los apóstoles (Hechos 6:1-6) fue a SaMaría y
les habló de Jesús a los samaritanos. Era un territorio difícil, pero los samaritanos escucharon a
Felipe, a pesar de ser judío y proclamar un Mesías judío, porque le vieron hacer las obras de
poder que Jesús hizo, y le oyeron hablar con autoridad, tal como hab1ó Jesús. El Espíritu San-
to en Felipe impresionó a los samaritanos con la verdad y la realidad de lo que estaba dicien-
do, y aceptaron a Jesús, nacieron de nuevo del Espíritu y fueron bautizados con agua. (Hechos
8:5-12.)
Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron de esta puerta abierta en SaMaría, enviaron a Pe-
dro y a Juan para ver que es lo que estaba sucediendo. No bien llegaron los dos notaron que
algo faltaba. El Espíritu Santo no estaba "cayendo" sobre los nuevos creyentes. Pedro y Juan
no dudaron que los samaritanos habían nacido de nuevo del Espíritu, pero estaban preocupa-
dos por el hecho de que el Espíritu no hubiera "descendido" sobre ellos; por lo tanto "les im-
ponían las manos y recibían el Espíritu Santo". (Hechos 8:1-17.) Observemos que Pedro y
Juan esperaban que el Espíritu Santo ya hubiera "descendido" sobre los conversos samarita-
16
nos. Lo cierto es que esta es la primera vez que se menciona la imposición de manos para reci-
bir el primer llenamiento del Espíritu Santo o el bautismo en el Espíritu Santo. Nada se nos
dice de imposición de manos para los 3.000 convertidos en Pentecostés, ni por supuesto, a los
120 primeros. Tampoco dice nada mas adelante el mismo capítulo de imposición de manos al
eunuco etiope. (Hechos 8:27-40.) Hemos de presumir que muchas veces el derramamiento o
bautismo del Espíritu Santo seguía espontáneamente a la salvación, como ocurrió más tarde
con Cornelio, en Cesárea de Filipo. (Hechos 10:44.) Pero en este caso Pedro y Juan considera-
ron que era necesaria una imposición de manos para animar a los samaritanos a recibir el Es-
píritu Santo. El Espíritu Santo moraba en estos conversos samaritanos. Estaba listo para inun-
dar sus almas y cuerpos, a bautizar, a rebasar, pero ellos tenían que responder, que recibir. No
bien lo hicieron, el Espíritu Santo comenzó a exteriorizarse desde ellos como ocu rrió con los
primeros creyentes en el día de Pentecostés. Sin duda alguna, exhibieron las mismas seña les,
hablando en nuevas lenguas y glorificando a Dios. No lo dice así específicamente la Escritura,
pero la mayoría de los comentaristas concuerdan que eso es lo que ocurrió.
"Les impusieron las manos para significar con ello que sus oraciones habían sido contestadas
y que les había sido conferido el don del Espíritu Santo; y en base al uso de esta sepan que re-
cibieron el Espíritu Santo y hablaron en lenguas."
Un observador, por lo menos, quedó hondamente impresionado: Simón, el hechicero, que ha-
bía engañado a los habitantes de SaMaría por muchos años con su magia negra. Corrió a Pe-
dro, con oro en sus manos y dijo:
“¡Yo los haré ricos si me dicen como hacen estas cosas! ¡Denme ese poder para que a cual-
quiera a quien yo le imponga las manos reciba este Espíritu Santo!" (Hechos 8:18-24.) Pedro,
por supuesto, le correspondió a Simón con toda firmeza que el don de Dios no se podía com -
prar con dinero, pero aún queda en pie la pregunta: ¿Que fue lo que vio Simón? Seguramente
que hablaban en lenguas, y alababan a Dios de una manera diferente de la que hacía pocos mi-
nutos antes.
Recordemos que cuando Pablo recibió el Espíritu Santo, si bien se le impusieron las
manos, fueron las manos de un desconocido de quien la Escritura sola mente dice que:
"Había entonces un discípulo... llamado Ananías..." (Hechos 9:10.) A pesar de que la
Escritura no registra, con respecto a este hecho, que Pablo hablara en lenguas, sabe -
mos que lo hacia según 1 Corintios [Link] "Doy gracias a Dios que hablo en lenguas
mas que todos vosotros."
El próximo "Pentecostés" relatado en los Hechos de los Apóstoles, tuvo lugar en la localidad
de Cesárea de Filipo, que era un centro de las tropas de ocupación romanas. En este lugar, un
devoto oficial romano, de nombre Cornelio, que creía en Dios de todo su corazón, recibió la
visita de un ángel que le indicó pidiera a Pedro -que a la sazón estaba en Jope, la ultra judía
comunidad de la costa- que viniera para decirle lo que tenía que hacer. (Hechos 10:6.)
Pedro, naturalmente, hubiera deseado no tener que ir y hablarles de Jesús y del bautismo del
Espíritu Santo a los soldados romanos. Hasta ese momento se creía que el nuevo nacimiento y
el bautismo en el Espíritu Santo eran patrimonio exclusivo de los creyentes judíos. Si un gen-
til, es decir un no-judío, quería recibir a Cristo y al Espíritu Santo, previamente tenía que ha-
cerse judío, y someterse a todos los complicados requerimientos de la ley judía. Sin embargo,
el Espíritu Santo hizo ver con toda claridad a Pedro, por medio de una serie de visiones
y de instrucciones directas, que tenía que ir con los romanos cuando lo invitaran, y así lo
hizo. (Hechos 10:223.) Ante el gran asombro de Pedro, cuando llegó a la casa de Cornelio y
comenzó a hablarles de Jesús a los romanos allí reunidos, respondieron de inmediato. Lo pri-
mero que Pedro y sus compañeros que le habían acompañado vieron y oyeron fue que estos
17
romanos, llenos de jubilo, hablaban en lenguas y magnificaban a Dios (Hechos 10: 24-48.)
Habían abierto sus corazones a Jesús, quien les dio nueva vida en el Espíritu, y de inmediato
permitieron que esa nueva vida los llenara y rebosara. Pedro y sus amigos no salían de su
asombro, pero reconocieron de inmediato que Dios "estaba derramando el don del Espíritu
Santo sobre los gentiles", primero en ocasión de la salva ción y luego en el bautismo en el Es -
píritu Santo. Por ello es que Pedro dijo: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no
sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?" (Hechos
10:47.) Defendiéndose contra las criticas dirigidas contra el al volver a Jerusalén por haber
bautizado a no-judíos, Pedro dijo:
"Y cuando comencé a hablar (a los romanos), cayó el Espíritu Santo sobre ellos también,
como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo:
"Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo." Si
Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor
Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?" (Hechos 11:1-17.)
Observemos que Pedro habla del don del Espíritu dado a los que creyeron, clara referencia de
que los romanos primero creyeron y luego el Espíritu Santo cayó sobre ellos.
Transcurrieron 30 años antes de que nuevamente el libro de los Hechos relatara otro "Pente-
costés". Tal vez el Espíritu Santo dejó pasar un lapso tan prolongado para mostrar que estas
cosas no mueren. Durante su segunda visita a Éfeso, Pablo recibió el saludo de un grupo de
doce hombres que sostenían ser discípulos. Pablo no se dio por satisfecho, pues intuía que fal-
taba algo, y por ello les preguntó: "¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron?"
(Hechos 19:2.) Nuevamente constatamos aquí que se espera que la experiencia de la salvación
sea seguida por el bautismo en el Espíritu, pero que los primeros cristianos reconocieron que
podría haber una demora, pues de lo contrario ¿por que se habría molestado Pablo en formular
esa pregunta? Más bien hubiera puesto en tela de juicio su salvación.
“¡Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo!" (Hechos 19:2) replicaron los efesios. Inves-
tigando mas a fondo, Pablo descubrió que no sabían ni de Jesús, y los guió para aceptar a Je-
sús, bautizándolos con agua, y a continuación leemos: "Y habiéndoles impuesto Pablo las ma-
nos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban." (Hechos 19:6.)
Nuevamente aquí la distinción es bien clara. Recibieron a Cristo y fueron bautizados con agua
como un signo exterior; luego, estimulados por la imposición de manos hecha por Pablo, res-
pondieron al Espíritu Santo que vino a morar en ellos y exteriorizaron su alabanza a Dios en
nuevos idiomas, Hebreos 6:12.
Hemos procurado en este capítulo mostrar el modelo bíblico de lo que el autor de la carta a
los Hebreos llama la "doctrina de bautismos". El apóstol Pablo, en Efesios 4:5 dice que hay
"un Señor, una fe, un bautismo", si bien es claro que en el Nuevo Testamento este "un bautis-
mo" se divide en tres. En 1 Corintios 12:13, Pablo dice: "Por un solo Espíritu fuimos todos
bautizados en un cuerpo... y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu." Aquí se refiere
al bautismo espiritual en Cristo que tiene lugar en el instante de aceptar a Jesús como Salva -
dor. Esto era seguido del bautismo con el Espíritu Santo, en el cual el Espíritu Santo que ahora
mora en el creyente se vierte al exterior para poner de manifiesto a Jesús ante el mundo, por
medio de la vida del creyente. Ya fuera antes o después del bautismo con el Espíritu Santo, en
ambos casos se exigía el signo exterior del bautismo con agua, símbolo de la limpieza interior
efectuada por la sangre de Jesús, la muerte del "viejo hombre" y la resurrección a una nueva
vida en Cristo. ¿A cual de estos tres bautismos se refiere Pablo cuando habla de “un bautis-
mo”?
18
Un artista puede mirar un cuadro que esta pintando de diferentes maneras. Puede mirar para
asegurarse que es una composición bien equilibrada; puede mirar de nuevo para controlar los
efectos lumínicos del reflejo de el sobre el agua o los Árboles; nuevamente lo mira desde otro
ángulo para evaluar la perspectiva. Hemos estado analizando los diferentes aspectos de la tarea
salvadora de Dios para con el hombre. Es preciso mirar a estas tres experiencias -la salvación,
el bautismo por agua y Pentecostés- separadamente, separación que la hemos establecido arti-
ficialmente, debido a nuestros pruritos, perdiendo así el panorama general. En la iglesia primi-
tiva las tres experiencias estaban estrechamente ligadas, pero en el día de hoy no ocurre así ha-
bitualmente.
Habiendo examinado el cuadro de distintas maneras, en el curso de nuestro estudio, debemos
dar un paso atrás y contemplarlo en su totalidad. Pablo dice que hay "un Señor", y sin embar-
go la Divinidad es tres en uno: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El hombre es una unidad, si bien
esta compuesto por la trinidad de cuerpo, alma y espíritu. El Cuerpo de Cristo en la tierra es
uno, pero formado por muchos miembros. De modo que cuando Pablo habla de "un bautismo"
pareciera referirse a la acción combinada por la cual Jesucristo viene a vivir en nosotros, el
signo exterior por el cual queda sellada esta acción, y el derramamiento, del Espíritu Santo a
través de nosotros para ministrar a un mundo perdido.
Nuestra recomendación es que todo aquel que encuentre difícil entender estas cosas por me-
dio del razonamiento, trate de experimentar' la realidad de Dios en la plenitud del Espíritu. La
comprensión intelectual vendrá después. Como lo dijo el gran San Agustín: "Credo ut intelli-
gam", es decir: "Yo creo para lograr entender."
Lo que sucede generalmente es
1. Aceptar a Jesús (recibir la salvación, el nuevo nacimiento y la vida eterna)
2. En ese momento el Espíritu Santo viene a vivir en la persona.
3. Esta persona puede pedir y ser Bautizada en agua.
4. Y luego ser Bautizada con el Espíritu Santo: Pidiéndolo a Jesús en oración, o con imposi -
ción de manos de un cristiano lleno del Espíritu Santo.
Puede recibirlo antes de ser bautizada en agua, pero no antes de recibir a Cristo.
19
4 Preparándonos para
el bautismo en el Es-
píritu Santo
El Espíritu Santo viene a vivir en nosotros cuan do recibimos a Jesús, y somos nacidos de
nuevo en el Espíritu. El bautismo en el Espíritu Santo es el fluir del Espíritu. No podemos pre-
tender que el Espíritu se derrame a través de nosotros, a menos que viva en nosotros; de mane-
ra que antes de solicitar ser bautizados en el Espíritu Santo, tenemos que ase gurarnos que cier-
tamente hemos recibido al Señor Jesús como Salvador, y hemos invitado a su Espíritu a que
viva en nosotros.
Jesús es el camino a Dios. No hay otro. Es el único camino por el cual podemos conocer a
Dios y recibir su vida. Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente Hombre. Este es
el significado de la encarnación: Dios, real y verdaderamente, se hizo hombre en el claustro
materno de la virgen María. De aquí que Jesús sea el punto de unión entre Dios y el hombre.
Hay otras filosofías y otras religiones que se refieren a Dios, y algunas de las cosas que dicen
son ciertas; pero si queremos que Dios mismo, venga a vivir en nosotros lo podemos en-
contrar solamente por medio de Jesucristo. Sea lo que fuere que decidamos hacer, no pida-
mos ser "bautizados en el Espíritu Santo" a menos que hayamos recibido a Jesucristo como
nuestro Salvador personal, so pena de caer en una profunda confusión espiritual.
"¿Pero qué diremos de las personas que nunca han oído de Jesús? ¿Qué diremos de los com-
ponentes de otras culturas y de otras religiones? ¿Se perderán simplemente porque nunca oye-
ron?" Podemos responder solamente
1. Nadie entrará al reino de los cielos, excepto por Jesucristo.
2. Para los que nacieron desde que Jesucristo vino al mundo, la decisión debe ser toma-
da en la vida presente. No habrá oportunidad de aceptar a Cristo después de la muerte.
(Hebreos 9:27.)
3. Dios dispone de medios para alcanzar a la gente en esta vida de lo cual ni siquiera te-
nemos idea. Abrigamos la esperanza de que Dios es capaz, de alguna manera, de ofrecer
la oportunidad de conocer a Jesús a todos aquellos que lo aceptarían si tuvieran la opor-
tunidad de conocerle. Sabemos que Dios quiere que todos vayan a él, y que "no se com-
place en la muerte del impío". (Ezequiel 33:11.) Sin embargo, Dios, que es omnipotente y
omnisciente, se ha limitado a sí mismo, en su trato con los hombres, dándoles realmente
libre albedrío.
4. La mejor y verdadera respuesta a quienes sienten que sería terrible que algún ser hu-
20
mano no tuviera la oportunidad de conocer a Jesús, es que también Jesús estaba preocu-
pado por lo mismo, y dio e1 la respuesta: "¡Vayan por todo el mundo y cuénteselo a to-
dos!" (Marcos 16:5.)
Los cristianos han fracasado tan tristemente en hacer eso (una reciente encuesta ha demostra-
do que el 95 por ciento de todos los cristianos nunca le han hablado a nadie sobre el Salvador)
que muchas personas inteligentes y con hambre espiritual, buscan las respuestas en sitios ina-
decuados y son presas de confusión y error.
21
5 Cómo recibir el
Bautismo en el
Espíritu Santo
Hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador; hemos renunciado a cualquier falsa ense-
ñanza que nos pudiera tener sujetos o confundidos, y ahora estamos listos para orar pidien-
do ser bautizados en el Espíritu Santo. ¿Quién nos va a bautizar en el Espíritu Santo? ¡Jesús
lo hará! ¡Siendo esto así!, ¿podemos recibir el Espíritu Santo en cualquier lugar y en cual-
quier momento?
"Pero yo creía que alguien tenía que imponerme las manos para "darme" el Espíritu Santo."
No, ya hemos dejado eso bien sentado. Habiendo recibido a Jesús, ya tenemos el Espíritu
Santo, de manera que nadie tiene que "dárnoslo" ¡aunque pudieran hacerlo! Jesús vive en
nosotros y está dispuesto a bautizarnos en el Espíritu Santo tan pronto como estemos listos
para responder. El que alguien imponga sus manos sobre nosotros puede ser de ayuda, y
ciertamente es bíblico, pero no absolutamente necesario. Hemos explicado ya que en tres
ocasiones en los Hechos de los Apóstoles, se impusieron las manos, no ocurriendo así en
otros dos casos. Mucha gente ha recibido el bautismo del Espíritu Santo, en años recientes,
sin que nadie estuviera cerca de ellos, excepto Jesús. Podemos recibir el bautismo del Espíritu
Santo en la iglesia, sentados o arrodillados en los bancos de la iglesia, manejando nuestros
vehículos en la carretera, limpiando la alfombra con la aspiradora, lavando los platos o cor-
tando el césped. Ocurrirá en el momento en que lo pidamos y creamos.
¿Pero debo hablar en lenguas?"
Cuando Dennis procuraba recibir el Espíritu Santo, dijo: “No me interesa ese asunto de las
‘lenguas’ de que me están hablando" Creía que hablar en lenguas era un cierto tipo de borras-
coso emocionalismo, y su crianza inglésa lo hacia cauteloso de tales cosas.1 ¿No pudieron
menos de reírse los cristianos que le estaban contando sus experiencias?
-Oh- dijeron-. Lo único que podemos decirte es que vino con el envase, lo mismo que en la
Biblia.
Ya hemos demostrado que hablar en lenguas es, en realidad, un común denominador en los
ejemplos del bautismo en el Espíritu Santo, a lo largo de las Escrituras. Pareciera no haber
dudas de que los primeros cristianos conocían la forma de saber inmediatamente si los con-
versos habían recibido o no el bautismo en el Espíritu Santo. Algunos sostienen que supuesta-
mente podemos saber cuando una persona ha recibido el Espíritu Santo por el cambio opera-
22
do en su vida, por los "frutos del Espíritu". Ciertamente que deberíamos ser cristianos más
"fructíferos" después de recibir el bautismo con el Espíritu Santo, pero el "dar frutos" no es la
señal bíblica de esta experiencia. Los apóstoles conocían en el acto cuando una persona había
recibido el bautismo con el Espíritu Santo. Si hubieran tenido que esperar hasta constatar los
frutos o el cambio de carácter en la vida de la persona, hu bieran demandado meses o años
para hacer la evaluación. Aparentemente los primitivos cristianos contaban con un medio
más simple, y no es difícil imaginar cual era.
¿Qué fue lo que atrajo a la gran multitud de "judíos, varones piadosos, de todas las naciones
bajo el cielo" en Pentecostés, tres mil de los cuales se con virtieron en esa misma hora y día?
No habían estado ahí el tiempo suficiente para averiguar que clase de vida había vivido la
gente antes y después. ¿Qué fue l o que de inmediato convenció a Simón el Mago que
sus vecinos habían recibido algo tan altamente ren didor que procuro comprarlo? Por
otro lado, ¿cómo supieron inmediatamente los apóstoles Pedro y Juan, que los conver -
sos de Felipe no habían recibido el Espíritu Santo ? Ciertamente no era por falta de
gozo, pues el relato dice: "Había gran gozo en aquella ciu dad." (Hechos 8:8.). ¿ Qué
fue lo que convenció to talmente a Pedro en la casa de Cornelio que los romanos ha -
bían recibido el Espíritu Santo, por lo cual se aventuró, contrariamente a todas las
practicas y creencias, a bautizar a estos gentiles? El caso de los efesios, citado en He -
chos 19, difiere algo, porque esta gente no había recibido a Jesús. Sin duda alguna
Pablo echó de menos la presencia del Espíritu Santo en todos ellos; pero luego que re -
cibieron a Jesús y fueron bautizados en agua, que fue lo que le permit ió saber a Pa -
blo, inmediatamente de haberles im puesto las manos, de que habían recibido le Es -
píritu Santo .
"Les oímos hablar en nuestras lenguas las mara villas de Dios." (Hechos 2:11.) "Los
oían que habla ban lenguas, y que magnificaban a Dios." (Hechos 10:46.) "Hablaban
en lenguas y profetizaban." (He chos 19:6.).
Cualquiera que tome en serio las Escrituras, no sucede sacar otra conclusión que no
sea la importancia de hablar en lenguas. Jesús mismo dijo: "Estas señales seguirán
a los que creen: hablaran nuevas lenguas." (Marcos 16:17.)
El apóstol Pablo les dijo claramente a los corintios "Quisiera que todos vosotros ha -
blaseis en lenguas." (1 Corintios 14:5 .)
Aquí tenemos el original griego
"Thelo de pantas humas lalein glossais", puede ser traducido ya sea en el presente
indicativo o en el subjuntivo. Numerosas versiones en castellano utilizan el subjuntivo:
"Quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas" (versión de Casio doro de Reina,
revisada por Cipriano de Valera y otras revisiones).La Biblia de Jerusalén elige el
presente de indicativo, como la traducción mas ajustada a la realidad: "Deseo que
habléis todos en lenguas." También es directa la traducción literal del Englishman's
Greek New Testament de Bagster, que vertida al castellano, dice: "Deseo que todos vo-
sotros habléis en lenguas."
Después de todo, es el mismo apóstol Pablo el que más adelante les dice a los corintios :
"Doy gracias a D ios que hablo en lenguas más que todos vosotros" o, con mayor
exactitud aun: "Doy gracias a Dios, hablando en lenguas, mas que todos vosotros." (1
Corintios 14:18.).
23
Pablo continúa diciendo: "Si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi
entendimiento queda sin fruto. ¿Qué pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también
con el entendimiento; cantaré con el espíritu pero cantaré también con el entendimien -
to." (1 Corintios 14:14-15.)
Y aquí tenemos la respuesta de lo que significa hablar en lenguas, y el por qué Dios
hubo de elegir una evidencia aparentemente tan extraña para acompañar al bautismo
con el Espíritu Santo. Hablar en lenguas es la oración con o en el Espíritu: es nuestro
espíritu, hablando a Dios, inspirado por el Espíritu Santo . Se produce cuando un cre -
yente cristiano habla a Dios, pero en lugar de hablar en un lenguaje que conoce con
su intelecto, simplemente habla, con fe infantil, y espera que Dios le de forma a las pa -
la bras. El espíritu humano regenerado, que está unido al Espíritu Santo, ora directa -
mente al Padre, en Cris to, sin estar sujeto a las limitaciones del intelecto . De la mis-
ma manera en que la nueva vida en el Espíritu es expresada o, si lo preferimos, ejercita-
da, así es construida o edificada la vida espiritual.
"El que habla en lengua extraña a sí mismo se edifica." (1 Corintios 14:4.) "Edificar" es la
traducción del vocablo griego oikodomeo que literalmente significa "construir". En este
caso significa edificarse a, si mismo espiritualmente. Una palabra afín la utiliza el após-
tol Judas, cuando dice: "Edificándonos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu.
Judas 20.) (Sin duda alguna que este pasaje de Judas se refiere al hablar en lenguas.)
Por otra parte, el intelecto se siente humillado al no comprender el lenguaje; se pone al
alma (ser psicológico) en su lugar, que esta sujeto al espíritu. La oración se eleva a Dios en
libertad. La oración llega tal cual el Espíritu Santo quiere que llegue; por lo tanto será
una oración perfecta, nacida de la perfección de la nueva criatura, y perfectamente ins -
pirada por el Espíritu a. De ahí que sea, además, una oración activa. El Padre la puede
recibir en su totalidad, porque proviene, no de nuestras almas embarulladas, sino del
Espíritu Santo a través de nuestro espíritu, ofrecida por nuestra voluntad y coopera-
ción.
Nuestra voz, nuestro idioma o, como la Biblia lo expresa, nuestra lengua es nues-
tro principal medio de expresión, y no es simple coincidencia que sea justamente
por aquí por donde comienza a derramarse el Espíritu Santo. Espiritualmente, psico-
lógicamente y fisiológicamente, nuestra habilidad para hablar es central. Leemos en
Proverbios: "Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; se saciará del pro-
ducto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, el que la ama
comerá de sus frutos." (Proverbios 18:20-21.) Nuestra capacidad para comunicarnos
con otros mediante un idioma racional, es parte fundamentalista del ser humano. La
Biblia se refiere a la facultad del idioma como la "gloria" del cuerpo. Dice el sal-
mista: "Despierta, oh gloria mía; despierta salterio y arpa; levantarme de mañana.
(Salmo 57:8.) Y en otro pasaje: "Alégrese por tanto mi corazón, y se gozó mi glo -
ria: también mi carne reposara confiadamente." (Salmo 16:9.) En cada caso la explica-
ción al margen establece que la palabra "gloria" es una metáfora de la palabra.
En su capítulo tres, Santiago compara la lengua con el timón de un gran barco, ca-
paz de controlar todo el navío con un ínfimo golpe, y también la compara con el
freno de un caballo, pequeño adminículo con que controla todo su cuerpo. Sin em -
bargo, Santiago continúa diciendo que la lengua "es un mal que no puede, ser refre-
nado, llena de veneno mortal". (Santiago 3:8.) Dice que la lengua, estando inflamada
con el fuego del infierno, contamina todo el cuerpo. (Santiago 3:6.) El Salmo 12:4
24
dice: "Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios están con nosotros: ¿quién
nos es Señor?" Pareciera que la misma facultad de hablar que es algo tan importante, es
también lo que mas obstruye la libertad del Espíritu Santo en la vida del creyente.
Es un foco que estimula nuestro orgullo intelectual. Un neurocirujano amigo nues-
tro, hizo el siguiente comentario: "Entiendo porque Dios recurre a hablar en lenguas.
El centro del lenguaje domina el cerebro. No veo como Dios pueda gobernar el cere-
bro físico; a menos que controle los centros del lenguaje.
a. Una prueba fascinante de esto radica en que las personas total mente sordas, y
que nunca han hablado ni una palabra, cuando reciben el Espíritu Santo hablan en
lenguas con toda fluidez. La señora Wendell Mason, de La Verne, California, que
trabaja con los sordos, dice: "He orado con varios sordos pidien do recibir el Es -
píritu Santo, y los he oído dirigirse fluidamente a Dios en un lenguaje celestial,
volviendo al lenguaje de signos al comunicarse conmigo. He visitado sordomudos
recibir el Espíritu Santo y hablar en lenguas." Hemos recibido testimonios simila -
res de otras personas que trabajan con los sordos. Seria totalmente imposible que
estos impedidos pudieran imitar un lenguaje, o pronunciar palabras recordadas de
su mente "in consciente" (como lo afirman algunos escépticos cuando tratan de
explicar el hablar en lenguas) desde el momento que nunca han escuchado ni una
palabra en sus vidas.
"¿Quién puede domar la lengua? " pregunta Santiago, y la respuesta es : "¡El Espíritu
Santo! ", y el hablar en lenguas constituye el recurso principal del proceso. Dice el
Espíritu Santo: "Quiero inspirar y gobernar en ustedes los medios mas importantes
de expresión que tengan, es decir la capacidad de ha blar. También quiero domar y
purificar eso con lo cual cometen los mayores pecados : ¡La lengua!"
Hablar en lenguas nada tiene que ver con las emo ciones. Hablar en lenguas de ningu-
na manera puede ser una emoción, porque las emociones forman parte del alma, de la
naturaleza psicológica, mientras que hablar en lenguas es hablar desde o en el es -
píritu. (1 Corintios 14:14.) Este hecho puede parecer sorprendente a las personas
que han oído de una mani festación altamente emocional, que en realidad no era otra
cosa que un abuso del don de lenguas (ministe rio público en lenguas) y de ahí que se
hayan sentido asustados o repelidos por esa práctica.
Los pasajes que en varias versiones modernas de las Escrituras hablan de "lenguas
de éxtasis" o "idioma extático" son en realidad paráfrasis y no traduc ciones. Nada
hay en el original griego que implique que hablar en lenguas tenga nada que ver
con la emoción, éxtasis, frenesí, etc. La frase reduce siempre a lalein glossais, que sig-
nifica, simplemente, "hablar en lenguajes ". Pueda que el hablar en lenguas emocione,
de la misma manera que aguza el intelecto, y esperamos que así sea; pero no tenemos
que alcanzar un estado emocional especial para hablar en lenguas . En realidad de ver-
dad, uno de los mayores impedimentos para recibir el Espíritu Santo es la recargada
atmósfera emocional que suponen algunos que ayuda y, más aún, que es necesaria.
Cuando las personas buscan recibir el bautismo del Espíritu Santo y ha blan en len-
guas por primera vez, tratamos de "cal mar" sus emociones lo mas que nos sea posi -
ble. Muchos comienzan a hablar en lenguas quedamente. Luego hablaran en voz más
tonante a medida que crezca su fe y pierdan el temor. De hecho, las emociones esti -
muladas se interponen en el camino del Espíritu Santo, de la misma manera que lo
25
hace un intelecto demasiado activo o una voluntad demasiado deter minada.
No hay nada de malo con la emoción. Tenemos que aprender a expresar nuestras emo-
ciones y disfrutar de ellas mucho más de lo que generalmente lo hacemos, especial-
mente en relación a nuestra asociación con Dios. ¿Puede haber, acaso, algo más mara -
villoso, o más emocionantemente conmovedor, que sentir la presencia de Dios? Pero
la emoción, sin embargo, es una respuesta, una expresión, no una causa. El emo-
cionalismo es la expresión de la emoción, en función de sí misma, sin estar enraizada
en causa alguna.
No estaremos en ninguna rara disposición de ánimo cuando hablamos en lenguas. Ningu-
na relación tiene con lo misterioso, lo oculto, como creemos quedo claramente especifi-
cado en el capítulo anterior. No se trata de histeria ni de forma alguna de sugestión.
No entramos en trance ni ponemos nuestras mentes en blanco. Mientras hablamos en
lenguas nuestra mente debe trabajar activamente pensando en el Se ñor . Poner nues-
tra mente en blanco o adoptar una actitud de pasividad mental resulta peligroso en
cualquier circunstancia, y no debe ser estimulado.
Hablar en lenguas de ninguna manera significa compulsión. Dios no obliga a su pue -
blo para actuar de esta manera: lo inspira. Es el enemigo el que "posee" y obliga a la
gente a actuar contra su voluntad. Siempre que uno diga: "Hago esto porque Dios me
ordenó hacerlo" refiriéndose a cualquier manifestación física, lo mas probable es que Dios
nada tenga que ver en ello, sino que es mas bien la propia naturaleza (psicológica) del
alma de la persona la que esta actuando o, peor aun, un espíritu extraño lo está abrumando,
4 Dios puede hacer y hace cosas inesperadas y desacostumbradas, pero no exige de sus hijos
un comportamiento tan caprichoso y grotesco que pudiera ahuyentar a otros. (2 Timoteo
1:7.)
Siguiendo la misma línea de pensamiento, algunos temen hablar en lenguas porque se ima-
ginan que de pronto pueden pegar un salto en la iglesia e interrumpir al predicador, o de
pronto empezar a hablar en lenguas en un campo de golf. ¡Tonterías! "El espíritu del profeta
está sujeto al profeta." (1 Co rintios 14:32.) Algunos razonan así: "Pero si este es el
Espíritu Santo que esta hablando ¿cómo me atreveré a rechazarlo? Ah, pero es que este no
es el Espíritu Santo hablando. Hablar en lenguas significa que es nuestro espíritu el que esta
hablando, inspirado por el Espíritu Santo, y nuestro espíritu está bajo nuestro control. Antes
de poder manifestarse cualquier don del Espíritu, necesita nuestro consentimiento. Puede
ocurrir a veces que estemos tan poderosamente inspirados por el gozo y el poder del Señor,
que sentimos la necesidad de hablar en una circunstancia en la cual nuestra mente nos esta
diciendo que no corresponde. No hay nada malo en ello; aprendemos así a controlarnos de la
misma manera que aprendemos a no reírnos a destiempo, aún cuando algo nos parezca muy di-
vertido, ¡y nos sentimos altamente inspirados para reírnos! Esta es una buena comparación,
porque la inspiración del Espíritu Santo se asemeja a una risa gozosa.
4 No estamos negando que el Espíritu Santo puede, por su soberana voluntad, provo -
car sensaciones físicas. No es raro que una persona sienta un movimiento sobrenatural
localizado en sus mejillas, labios, lengua, o un tartamudeo o temblor en el cuerpo, en
momentos de orar pidiendo el bautismo del Espíritu Santo, y esto puede ocurrirle a una
persona que no solamente no demuestra activamente su deseo de recibir el Espíritu
Santo, sino que ni siquiera comprende el asunto. Hay casos de quienes experimentan
un debilitamiento de los músculos ¡al extremo de no poderse tener en pie! El día de
Pentecostés, fueron acusados de estar borrachos. En Cesárea de Filipo los romanos se
sintieron anonadados por el Espíritu Santo, al parecer sin esperar que tal cosa ocurrie -
26
se. Por lo menos Pedro no mencionó tal manifestación y no esperaba que sucediese.
Sin embargo, no importa cuan abrumadora sea la inspiración, y de si es espiritual, psi -
cológica o aun física en su naturaleza, el espíritu del profeta todavía esta sujeto al pro -
feta. En todos los casos es siempre requerido el consentimiento y cooperación del in -
dividuo. No importa can poderosa sea la inspiración, nunca es compulsiva. Notemos,
sin embargo, que el Espíritu puede -y así lo hace-, constreñir a los incrédulos. Los que
salieron a arrestar a Jesús cayeron a tierra. Pablo cayó de su cabalgadura y quedó tran -
sitoriamente enceguecido. Se podrían mencionar muchos otros ejemplos.
Algunos plantean el problema de que la Biblia dice que no debe hablarse en lenguas de no
mediar interpretación. Esta regla se aplica a hablar en lenguas en una reunión pública, y será
tratado con mayor detalle en el capítulo que trata del don de lenguas, pero por ahora diremos
que el hablar en lenguas privadamente no requiere interpretación. El creyente está "hablando,
a Dios en un misterio", orando con su espíritu, no con su intelecto.
“¿Y si no hablamos en lenguas? ¿Puedo recibir el Espíritu Santo sin hablar en lenguas?"
¡Todo viene incluido!" Hablar en lenguas no es el bautismo en el Espíritu Santo, pero
es lo que suce de cuando somos bautizados en el Espíritu, y resulta ser un importante
recurso para ayudarnos, como dice Pablo, a ser llenos o continuar siendo llenos del
Espíritu. (Efesios 5.:18.) No es que tengamos que hablar en lenguas para tener el Es-
píritu Santo dentro de nosotros. No es que tengamos que hablar en lenguas para gozar
de momentos en los cuales sentimos que estamos llenos del Espíritu Santo, pero si
queremos el libre y pleno derramamiento que es el bautismo en el Espíritu Santo, de -
bemos esperar que ocurra como en la Biblia , y como lo hicieron Pedro, Santiago,
Juan, Pablo, María, María Magdalena, Bernabé y todos los demás. Si queremos enten -
der el Nuevo Tes tamento, necesitamos la misma experiencia que tuvieron sus escrito -
res.
Algunas personas preguntaran: "¿Pero que me dice de los grandes cristianos de la historia?
Ellos no hablaron en lenguas." ¿Estamos seguros de ello? Es muy probable que no haya habido
ningún momento en la historia de la iglesia sin que hubiera algunos que conocían la plenitud
del Espíritu Santo y hablaran en lenguas. Siempre que hubo notables reaviva mientos de
la fe, se evidenciaron los dones del Esp íritu . San Patricio en Irlanda, San Francisco
de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Francisco Javier, los primeros cuáqueros, los
valdenses, los primeros metodistas, son unos pocos ejemplos de los que en aquellos
tempranos días hablaron en lenguas. En épocas más recientes, numerosos dirigentes
cristianos hablan hoy en lenguas, pero no lo admiten por temor al prejuicio. Pero
hay muchos que son más valientes. Hay miles de pastores y sacerdotes en práctica-
mente todas las denominaciones que testifican haber recibido el bautismo en el Es-
píritu Santo y hablado en lenguas, y el número esta creciendo cada vez más. Una sola
organización de pastores presbiterianos carismáticos, suma alrededor de 400. Cinco
años atrás un dirigente de la iglesia bautista norteameri cana nos dijo que en ese en-
tonces había 500 pastores de esa denominación que hablan recibido el Espíritu Santo
y hablado en lenguas.
¡Hay un cierto número, de personas que han hablado en lenguas y que no lo saben!
De vez en cuando, al hablar sobre esta manifestación, alguien nos dice: "Oh, usted se
refiere a ese extraño lenguaje que he hablado desde que era niño; ¿es eso?; ¡Me hace
sentir feliz y cercano a Dios!” *
* Como es obvio, para que tal cosa sea valida, el niño tendría que haber recibido primero a Jesucristo.
27
Al terminar una reunión, una simpática señora holandesa, de alrededor de 35 años
de edad, conversaba con Dennis.
-Una vez hable en lenguas, hace de esto alrededor de ocho meses- comentó con
cierto dejo de ansiedad en la voz -y quisiera hacerlo de nuevo.
-¿Y por qué no lo hace?
-Oh, no me animaría. Me entretengo con mis hijos hablándoles en un lenguaje
que a ellos los divierte. ¡Me temo que si trato de hablar en lenguas hablaría en ese
lenguaje; aún sin proponérmelo!
A esta altura de la conversación Dennis sonreía. -Esa es su lengua- le dijo.
La señora se sobresaltó: -Oh, no- dijo sacudien do firmemente la cabeza - ¡esa es
una lengua que usamos en los juegos!
Luego de varios minutos de discusión, Dennis le pregunto:
- ¿Estaría dispuesta a hablarle a Dios en esa lengua?
Requirió un poco más de persuasión, pero final mente inclino su cabeza y comenzó
a hablar queda mente en un hermoso lenguaje . No habían pasado treinta segundos an-
tes de que sus ojos se llenaran de lágrimas de gozo: -¡Esto es! ¡Esto es!- dijo.
Un joven matrimonio de turistas ingléses, mientras recorrían los Estados Unidos, se
detuvieron en St. Luke hace alrededor de siete años atrás. Sentían cu riosidad por
averiguar más sobre el bautismo en el Espíritu Santo. Hablando, procuramos expli-
carles que significaba el hablar en lenguas. El joven esbozó una sonrisa entre divertida
y perpleja, y pregunto:
-¿Podría ser algo que yo he estado haciendo en mis oraciones desde la edad de tres
años?
La esposa también sonrió y exclamó: -¡Yo también!
Sin saberlo el uno del otro, ambos habían hablado en lenguas de tiempo en tiempo,
en sus oraciones, desde su más tierna infancia .
No les parece esta una buena ocasión para mencionar el hecho de que muy a menudo la
primeras veces que las personas hablan en lenguas, lo hacen en sus sueños . La sema-
na antes de escribir este capítulo, dedicamos un cierto tiempo a conversar con el pilo -
to de unas líneas aérea, que procuraba conocer algo más sobre el Espíritu Santo. Nos
dijo:
-Noches atrás soñé que hablaba en lenguas. ¡Cuando desperté tenia una sensación ma -
ravillosa!
Cuando una persona habla en lenguas durante su sueño, pronto comenzara a hablar
en lenguas estando despierto, si está dispuesto a hacerlo. A veces resulta difícil conven-
cer a la gente de esto. Un joven estudiante asistió, juntamente con otros estudiantes, a la
Reunión de Información de los viernes en St. Luke. Una semana después vino a la
iglesia y me dijo: -Estoy muy desilusionado. Quería que darme las otras noches para
recibir el Espíritu Santo, pero los otros muchachos no podían esperar. Pero esa noche
soñé que llegaba hasta la barandilla que separa el altar en su iglesia, y recibí el Es -
píritu Santo. ¡Fue maravilloso! ¡Hablé en lenguas y me sentí lleno de alegría!
-Hum-m-m- exclamo Dennis-. La reunión del viernes tuvo lugar en la casa parro-
quial ¿no es así?
-Si- replico el joven-. Nunca entre al templo propiamente dicho, ¡pero durante mi
sueño es ahí donde estaba!
- ¿Quieres describirme el templo?- le pidió Dennis.
-Bueno, noté que el altar ocupaba una posición que no es la habitual en la mayoría
28
de las iglesias. Estaba tan separado de la pared que podría haberla tocado con la
mano cuando me arrodille en el altar. (Esto ocurría hace alrededor de siete años
atrás, cuando esa disposición de los altares no era tan co mún.) La iglesia estaba pin-
tada de marrón, toda de madera.
A continuación el joven procedió a describir con toda precisión el interior de la Igle-
sia de St. Luke, Seattle. Parecía que el Señor no solo había bautizado a este hombre
en el Espíritu Santo, sino que le había mostrado un cuadro claramente reconocible del
interior de la Iglesia de St. Luke. (Esto último seria una manifestación del don de
ciencia.)
- ¡Felicitaciones! - le dijo Dennis-. ¡Has recibido el Espíritu Santo!
- Oh, no- respondió el muchacho ¡fue nada mas que un sueño!
Demandó algún tiempo el convencerlo, pero finalmente consintió en orar y de inmedia-
to comenzó a hablar con toda fluidez en un nuevo lenguaje.
- ¡Es el mismo lenguaje que hable durante mi sueño!- exclamo contento.
Antes de orar pidiendo recibir el Espíritu Santo, sugerimos que primero oremos al
Padre en el nombre de Jesús, reafirmando nuestra fe en Cristo, agrade ciéndole por la
nueva vida que nos ha brindado en Jesús y por el Espíritu Santo que vive en noso -
tros . Continuar orando diciendo todo lo que hubiere en nuestros corazones. Si recorda -
mos algo que nos im pida acercarnos a Dios , una mala acción o una mala actitud in-
confesada, un resentimiento contra alguien, por ejemplo, o una deshonesta operación co-
mercial, digámoselo a Dios, confesémosle nuestro pecado, y luego prometámosle enderezar
nuestros caminos . Si ese es nuestro sentir, dejemos la oración momentáneamente, pon-
gamos las cosas en orden y después volvamos (Mateo 5:23-24) pero no permitamos
que la idea de algún pecado "escondido" o desconocido nos impida pedir el bautismo en el
Espíritu Santo. "No somos dignos" podrán decir algunos, y la respuesta es: "¡Por su-
puesto que no somos dignos!" Solamente Jesús es digno . ¿Alguna vez, podremos acer-
carnos por ventura al Señor y decirle: “Ahora soy digno, por lo tanto, ¡dame la parte que
me corresponde!"? Es mejor no hacerlo: ¡bien pudiera ser que nos la diera!
Si estamos solos orando para recibir el Espíritu Santo, elevemos esta oración, o si
algún otro está orando con nosotros dirán una oración similar
"Padre celestial, te doy gracias porque estoy bajo la protección de la preciosa
sangre de Jesús que me ha limpiado de todo pecado. Amado Señor Jesús, te rue-
go que me bautices en el Espíritu Santo, y permíteme alabar a Dios en un nue-
vo lenguaje, que supere las limitaciones de mi intelecto. Gracias, Señor; creo que ya
mismo estás respondiendo a mi ruego. Te lo pido en el nombre del Señor Jesús."
Cuando le pedimos a Jesús que nos bautice en el Espíritu, nosotros debemos recibirlo. El recibir
nos corresponde a nosotros.
Este es el ABC del recibir :
A. Pedir a Jesús que nos bautice en el Espíritu Santo. La carta de Santiago dice: "No tenéis
lo que deseáis, porque no pedís." (Santiago 4:2.) Dios nos ha dado libre albedrío y eso nunca
lo quitara. No forzará sus bendiciones sobre nosotros, ya que no es este el camino del amor.
Debemos pedir. Dios nos ordena ser llenos de su Espíritu Santo. Efesios 5:18
B. Creer que recibiremos en el momento en que lo pedimos. "Pedid y recibiréis, para que
vuestro gozo sea cumplido." (Juan 16:24.) La fe es creencia en tiempo presente. "Es la fe"
escribe el autor de Hebreos. (Hebreos 11:1.) Además la fe es activa y no pasiva, lo cual
quiere decir que somos nosotros los que debemos dar el primer paso.
29
C. Confesar con nuestros labios. Cuando recibimos a Jesús como nuestro Salvador, creímos
en nuestro corazón y le confesamos con nuestros labios. Ahora confesemos con nuestros labios
pero en el nuevo lenguaje que el Señor esta dispuesto a darnos. Abramos nuestra boca y co-
mencemos a hablar, anunciando así que creemos que el Señor nos ha bautizado en el Espíritu.
No hablemos en castellano ni en ningún otro idioma que conozcamos, pues Dios no nos puede
dirigir para hablar en lenguas si estamos hablando en un lenguaje que nos es familiar. ¡No po-
demos hablar en dos idiomas a la vez! Confiemos en Dios que el nos de las palabras, así
como podía confiar en Jesús de que le permitiría caminar sobre las aguas. Hablar en len-
guas es un infantil acto de fe. No requiere nin guna habilidad, antes bien, significa despojar-
nos de toda habilidad. Es hablar con palabras sencillas, utili zando nuestra voz, pero en lugar
de decir lo que nuestra mente nos dicta, debemos dejar que el Espíritu Santo dirija nuestra voz
directamente para decir lo que el quiere que digamos.
"¡Pero ese sería yo el que habla!" ¡Exactamente! Dios no habla en lenguas, es la gente la
que habla en lenguas, y es el Espíritu el que da las palabras . Veamos lo que sucedió en Pente-
costés: "Y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen."
De modo que debemos comenzar a hablar en otras lenguas -no en nuestro propio idioma u
otros idiomas- según el Espíritu nos faculta a .pronunciar las palabras o a darles forma,
¡cosa que el Espíritu hará, sin duda alguna! De la misma ma nera en que un niño comienza
a balbucear sus primeras palabras, abramos nuestras bocas y pronunciemos las primeras sila-
bas y expresiones que vienen a nuestros labios. Debemos empezar a hablar en la misma forma
como Pedro tuvo que salir del bote. Dios nos guiará cuando nos animemos a confiar en é1,
dando el primer paso, en fe.
Al orar para recibir el Espíritu Santo, ocurre a veces que algunas personas experimen-
ten un temblor involuntario, balbucean sus labios y castañetean sus dientes. Estas son reac-
ciones físicas ante el Espíritu Santo, que en si mismas no tienen mayor significación, aparte
de indicar su presencia. Se producen probablemente ante la resistencia que le oponemos. Al-
gunas personas han esperado en vano, durante años, para que los "labios balbuceantes" lle-
guen a ser un lenguaje. El creyente en todos los casos debe empezar a hablar: hablar en len -
guaje no es un acto involuntario.
"Pero yo no quiero -dicen algunos- que nadie me enseñe como hablar en lenguas.
Quiero que Dios lo haga. De lo contrario podría ser "en la carne".
Es imposible que nadie nos diga "cómo" hablar en lenguas. Lo que estamos tratando de ha-
cer es convencerlos de que comiencen a hablar. Cierto que mucha gente empieza a hablar es-
pontáneamente sin que nadie los incite. Aparentemente así lo hicieron la mayoría, en los ca-
sos relatados en la Biblia. Si todos viviéramos de acuerdo a una fe sencilla, también actuaría-
mos así, pero desgraciadamente muchos de nosotros tendemos a ser sofisticados y estamos
llenos de inhibiciones, temerosos de que nos tomen por tontos. Muchos adultos y niños agra-
ciados con una fe infantil reciben fácilmente y con espontaneidad; nuestras instrucciones van
mas bien dirigidas a los que aun mantienen ciertos pruritos. Todo cuanto podemos decir es
que depende de cada uno de nosotros el que salgamos del bote si queremos caminar sobre
las aguas. No podemos dar indicaciones de cómo caminar sobre las aguas, pues Jesús cuida-
rá de eso, pero sí podemos apremiarlos para que salgan del barco, y den el primer paso sobre las
olas. Con respecto a que pueda ser "en la carne", un conocido erudito maestro de la Biblia, nos
dice: "Cuando Pedro salió y caminó sobre las aguas, los de "la carne" se quedaron sentados
en el bote."
La "carne" es lo opuesto a la fe; es el "viejo hom bre", rebelde y pecador. Es mucho más
"de la carne" esperar que Dios tome el mando y nos haga hacer algo, que confiar en el con fe
30
sencilla y esperar a que nos honre cuando empezamos a imitar los sonidos de nuestro hablar. Es-
tamos enseñando -y sabemos que esa es la verdad- que estos primeros esfuerzos en
obedecer al Espíritu no son más que el comienzo. No importa que estos primeros sonidos no
sean otra cosa que las pocas gotas que salen cuando "cebamos la bomba"; pronto saldrá el chorro
con toda su fuerza.
El salmista David, por inspiración del Espíritu Santo , dijo así: "Abre tu boca, y yo
la llenaré." (Salmo 81:10.)
Un sonido de regocijo puede no ser hablar en lenguas, pero aun esto agrada al Señor. No pa-
sará mucho tiempo antes que Dios premie nuestra fe sencilla y hablemos el lenguaje del
Espíritu Santo.
Al llegar a este punto, pueden suceder varias cosas puede ocurrir que no logremos empezar
a hablar, debido a nuestra timidez e inhibiciones. Muy bien, ¡no ha fracasado en el examen!
Pero tenemos que perseverar hasta que decidamos emitir ese primer sonido. Algo parecido
a lo que les ocurre a los paracaidistas que se arrojan del aeroplano por primera vez. Si quiere
ser un paracaidista ¡tiene que saltar! ¡No hay otra manera! No hay que echarse atrás, co-
mo algunos hacen, diciendo: "Supongo que Dios no me quiere conceder ese don." Pero no es
Dios, sino nosotros los que nos echamos atrás.
A veces comenzamos a hablar, pero lo más que logramos son unos pocos sonidos vacilan-
tes. ¡Muy bien! ¡Ya hemos roto la "barrera del sonido"! Debemos persistir con esos so-
nidos. Ofrezcámoslos a Dios. Con nada más que esos "sonidos gozosos" digámosle a Jesús
que lo amamos. A medida que lo hacemos así, esos sonidos crecerán hasta adquirir la magnitud
de un lenguaje plenamente desarrollado. Este proceso puede durar días o semanas, pero no por
culpa de Dios sino por culpa nuestra. En un sentido estrictamente real, cualquier sonido que
hagamos ofreciendo nuestra lengua a Dios en fe sencilla, puede ser el comienzo de hablar en
lenguas. Hemos presenciado vidas visiblemente cambiadas por la liberación del Espíritu
como resultado de la emisión de un solo sonido, ¡de una sola silaba! Si en alguna oportunidad
hemos emitido tal sonido al mismo tiempo que confiando en Dios de que el Espíritu Santo
nos guiaría, desde ese momento en adelante nunca hay que decir: "Todavía no he hablado
en lenguas", sino: ¡Empiezo a hablar en' lenguas!" Recordemos que la manifestación del
Espíritu significa siempre que Dios y nosotros estamos trabajando juntos.
"Obrando con ellos el Señor... con las señales que se seguían." (Marcos 16:20.)
Por otra parte puede ocurrir que de inmediato ha blemos en un hermoso lenguaje.
Eso también es ma ravilloso, ¡pero no significa de ninguna manera que ma s santos
que los otros! Significa simplemente que estamos un poco más liberados en nues -
tros espíritus que tenemos menos inhibiciones. De cualquier manera, el quid del asunto
es que continuemos hablando, o tratando de hablar .
De vez en cuando ocurre que una persona cuenta con algunas nuevas palabras en su
mente, antes de que empiece a hablar en lenguas. ¡Hay que decirlas! L as demás se-
guirán.
Ocasionalmente hay algunos que ven las palabras escritas, como si estuvieran escri-
tas en un indicador automático movible o proyectado sobre la pared. Una mujer vio
las palabras en su "lengua", como si hubieran sido escritas en la pared ¡con la pro-
nunciación y acentuación completas! Las "leyó" a medida que aparecían, y comenzó
a hablar en lenguas. ¿Por qué suceden tales cosas? Porque al Espíritu Santo le gusta
la variedad . La mayoría de las personas no reciben estas "ayuditas", de modo que, si
nos ocurren, alabemos al Señor. Algunos son más capaces de cantar que de hablar, y
31
eso está bien. De la misma manera que podemos empezar a hablar en el Espíritu,
lo podemos hacer cantando. Solamente debemos permitir al Espíritu que nos de la tona-
da como asimismo las palabras. Es probable que al principio nos venga como un cantu-
rreo, tal vez entone a des tonos, pero puede ayudarnos a liberarnos: Conocemos personas
que no pueden cantar ni una sola nota al "natural", pero que cantan hermosamente
en el Espíritu.
¿Qué se supone que sintamos cuando hablamos en lenguas ? Puede que al principio nos
sintamos absolutamente nada. Recordemos que esto no es una expe riencia emocio-
nal... Estamos tratando de que nuestro espíritu adquiera la libertad necesaria para
alabar a Dios a medida que el Espíritu Santo nos inspira . Puede transcurrir un tiem-
po antes de que nuestro espíritu pueda abrirse camino hacia nuestros sentimientos
para hacernos nuevamente conscientes de que Dios está en nosotros. Por otra parte,
podemos experimentar algo así como si de golpe se abriera una brecha y nos sintié-
ramos transportados a las regiones celestiales. ¡Alabemos al Señor! Es una expe-
riencia maravillosa tener la súbita conciencia de la plenitud de Cristo en nosotros y
sentirnos arrebatados de esa manera. Muchas personas acusan una sensación de liber-
tad y realidad en lo más hondo de sus espíritus cuando empiezan a hablar y de estar lle -
nos de la plenitud de Cristo.
Por lo menos de una cosa podemos estar seguros: si no aceptamos la experiencia
como real, no estare mos conscientes de su realidad. La vida del cris tiano esta edifi -
cada sobre la fe , es decir, confianza y aceptación. Inevitablemente muchos dirán:
"¡Pero ese fui solamente yo!" Por supuesto, ¿quién espe raba que fuese, algún otro?
Somos nosotros los que hablamos, mientras el Espíritu Santo provee las pa labras .
Pero a menos que aceptemos que se trata del Espíritu Santo y de que la experien -
cia es real, no habremos de ser bendecidos con las bendiciones que estamos buscan-
do. Por lo tanto, creamos y aceptemos, y alabemos al Señor por lo que esta haciendo
en nosotros y por medio de nosotros .
A Dennis le pidieron un día que diera su testimonio en una iglesia cercana. Después
de la reunión muchos se quedaron para orar y pedir recibir el Bautismo en el Espíritu
Santo. El ministro religioso le dijo a Dennis:
-Hay otro aquí que esta pasando por momentos muy difíciles. ¿Puede usted ayudar-
lo?
Era un joven ministro perteneciente a una de las iglesias de liturgia muy elabora-
da. Tenía la firme determinación de recibir el Espíritu Santo pero, como es obvio,
estaba totalmente fuera de su elemento en este marco sin inhibiciones. Mientras mas
lo exhortaban los bien intencionados hermanos que oraban por él, ¡más se congelaba!
Dennis le pidió que lo visitara en su oficina en St. Luke, y ahí, luego de hablar
tranquilamente un rato, oraron para que recibiera la plenitud que estaba bus cando.
Luego de un rato comenzó a temblar violentamente y a hablar en un hermoso len -
guaje.
Continuó hablando durante dos o tres minutos, miro a Dennis con aire sombrío, y
dijo: -Bueno, muchas gracias- ¡y se fue!
A la noche siguiente llamo por teléfono - Dennis- dijo tristemente -te agradezco
mucho por tratar de ayudarme, pero no recibí nada.
Dennis le dijo:
-Mira, mi amigo. Te vi temblar bajo el poder del Espíritu Santo, y te oí hablar
32
hermosamente en un lenguaje que no conoces. Yo se que tú sabes que el Señor Jesús
es tu Salvador, de modo que estoy se guro que tiene que haber sido el Espíritu San -
to. No dudes más. ¡Agradece al Señor por haberte bautizado en el Espíritu Santo!
Colgó el teléfono, pero una hora después volvió a llamar. Estaba eufórico. -¡Oh!- ex-
clamó- cuando seguí tu consejo comencé a agradecerle al Señor por haberme bauti-
zado en el Espíritu, y de repente sentí el impacto del gozo del Señor; ¡y me siento como
si caminara en las nubes!
No transcurrió mucho tiempo antes que oyéramos del reavivamiento producido en la
pequeña iglesia.
Si hemos pasado por un período de gran tensión o pesadumbre por lo cual hemos te -
nido que ejercita un firme control sobre nuestras emociones, hallaremos difícil aflojar
esa tensión al grado de permitirle al Señor Jesús que nos bautice en el Espíritu Santo.
Nos hemos estado aferrando a algo, y nos asalta el temor de que si aflojamos ahora
nos vamos a "desmoronar". Cuando esto ocurre, es muy probable que al procurar
dejar en libertad a nuestra voz para que le hable al Señor, comencemos a llorar. ¡Adelan-
te con el llanto! El Espíritu Santo sabe perfectamente como desatar esos nudos. A veces
las personas lloran y otras veces ríen cuando reciben el Bautismo en el Espíritu Santo.
Ocho años atrás oramos con un joven ministro y su esposa, y al recibir el bautismo en
el Espíritu el joven reía a mandíbula batiente, mientras la esposa lloraba co-
piosamente, y ambos fueron llenos con el gozo del Señor. Nuestro Señor sabe lo que
necesitamos, y procederá de la manera en que mas nos beneficie.
Hay algunos creyentes que han pedido ser bautizados en el Espíritu Santo, pero
no han podido comenzar a hablar en lenguas. Creen que esto se debe a que Dios no
quiere que lo hagan; que no sea para ellos. Nuestra experiencia, sin embargo, nos
dice que con buenas explicaciones, respondiendo a sus pregun tas y una apropiada ins -
trucción, tales personas logran despojarse de sus inhibiciones y comienzan a hablar
en el Espíritu .
Actuando como consejeros, hallamos que hay per sonas que en el pasado se han
visto envueltas en cultos o practicas ocultas, según lo explicamos de talladamente en
el capítulo cuarto. Han suspendido estas prácticas pero nunca renunciaron a ellas. Des-
pués de guiarlos en tal sentido, y consumada la renuncia, comienzan de inmediato a
hablar en lenguas.
Estamos convencidos, a la luz de las Escrituras y habiendo orado, durante mas de diez
años, con miles de personas que querían recibir el bautismo en el Espíritu Santo, que
no existe ningún creyente que no pueda hablar en lenguas, si ha sido bien adoc-
trinado y realmente preparado para confiar en el Señor.
Después que Cristo nos ha bautizado en el Espíritu Santo , nuestra vida comienza a
tener verdadero poder . Es lo mismo que un soldado que hace acopio de proyectiles
para su fusil, con gran descontento del enemigo, que es Satanás. Muchos cristianos no
creen que haya un real enemigo, que el diablo sea una persona, ¡ por eso se pasan la
vida sentados en su campo de con centración ! En el instante en que recibimos la
plenitud del Espíritu Santo, es decir, en el momento en que comenzamos a permitir
que el poder de Dios fluya desde nuestro espíritu e inunde nuestra alma y cuer po y el
mundo en derredor, Satanás se torna dolorosamente consciente de nosotros, y noso-
tros tomamos conciencia de su tarea. Nos prestara su atención pro curando, en lo posi-
ble, "acallar nuestra voz".
El ministerio de Jesús, en el aspecto de sus mi lagros y de su poder, comenzó re-
33
cién después de haber recibido el poder del Espíritu Santo e inmediatamente después
venció a Satanás cuando fue tentado en el desierto. (Mateo 3:14-17; 4:1-10.) Nues-
tras nuevas vidas en el Espíritu están modeladas según un patrón que es el mismo
Jesús. 7 También seremos puestos a prueba cuando recibamos el poder del Espíritu Santo. Y
porque Jesús salio victorioso, ¡también lo seremos nosotros!
La carta de Santiago dice así: "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de
vosotros ."
"Someteos, pues, a Dios" significa que la primera y principal defensa es permane -
cer en comunión con Dios; no debemos dejar de alabarle, de gozar de su presencia y de
creer y confiar en el activamente. No permitamos que nada empañe nuestra nueva li-
bertad en comunión con el Señor.
El próximo paso es: "Resistid al diablo, y huirá de vosotros." (Santiago 4:7.) Jesús
resistió echando mano a las Escrituras: "Escrito esta... Escrito esta." La Biblia es la es-
pada del Espíritu. Hallemos y aprendamos de memoria versículos que tengan el filo
de la espada, para tenerlos siempre a mano en caso de necesidad.
"He aquí os doy potestad... sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañara."
(Lucas 10:19.) "Porque mayor es (Jesús) el que está en vosotros, que el (enemi-
go) que está en el mundo." (1 Juan 4:4.) "Porque las armas de nuestra milicia no
son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas." (2 Co-
rintios 10:4.)
Si quisiéramos contarles a otros lo que nos ha ocu rrido a nosotros, asegurémonos an -
tes de que el Espíritu Santo nos guía . No todos estarán preparados para escuchar nuestro
testimonio, como pudiéramos creer, de modo que debemos actuar inicialmente cuando
el Espíritu Santo abre las puertas. Tenemos que pre pararnos para ser testigos eficien-
tes, estudiando seriamente las Escrituras.
El hecho de que una persona reciba el bautismo en el Espíritu Santo no significa que
haya alcanzado la "culm inación" espiritual, (ni el hablar en lenguas ), como estamos segu-
ros que todos habrán comprendido al llegar a este punto del libro. Nunca debemos ce-
der a la tentación del enemigo que nos quiere hacer sentir superiores; oremos para ob-
tener la virtud de la humildad; es un buen antídoto. El bautismo con el Espíritu Santo
es solo el comienzo de una nueva dimensión de nuestra vida cristiana , y depende
exclusivamente de nosotros si habremos de crecer o decrecer. Si nuestra elección si-
gue firme en el sentido de colocar al Señor en el primer lugar en nuestras vidas, en-
tonces estamos bien encaminados ¡hacia una meta de gloriosas aventuras en nuestro Se-
ñor Jesucristo!
34
6 Introducción a los
dones del Espíritu
Santo
Si ya hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, comenzamos a tener conciencia de
los dones del Espíritu. Son dos las palabras más corrientemente utili zadas cuando se ha-
bla de estos dones: una es carisma (o su plural carismata), don del amor de Dios; la
otra es panerosis, manifestación.
La palabra "don" es una palabra apropiada, pues nos recuerda que estas bendiciones
no se ganan, sino que Dios las da gratis a sus hijos. Un don no es un premio al buen
comportamiento sino una señal de relación. Damos regalos a nuestros hijos en sus
cum pleaños porque son nuestros hijos y no porque han sido "buenos". La palabra
"manifestación" significa poner a la vista, hacer visible, hacer conocido . Esta pala-
bra muestra que los dones del Espíritu reflejan el ministerio de Jesús, puesto en evi-
dencia por su pueblo en el día de hoy. Las dos palabras juntas - "dones" y "manifes-
taciones"- nos dan una imagen mas completa de la obra del Espíritu Santo.
Nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo, deberíamos creer que Dios, a través de
nosotros, mostrará su amor, a medida que las necesidades se hagan patentes día a día .
Cuando una persona necesita ser sanada deberíamos contar con que Dios, a través nues-
tro, manifieste su don de sanidad en la persona necesitada. Los dones no nos pertene -
cen . La persona en favor de quien se lleva a cabo el ministerio, recibe el don. No
debemos tener la pretensión de contar con ciertos dones, pero recordemos que Jesús,
el don de Dios, vive en nosotros y dentro de el están todos los buenos dones.
En la iglesia han existido dos ideas extremas en cuanto a la manifestación de los
dones del Espíritu Santo. La idea que más ha prevalecido es que Dios, en forma
permanente, da un determinado don o varios dones a ciertas personas, que se trans-
forman así oficialmente en los que "hablan en lenguas" o "interpre tan" o "sanan".
En apoyo de esta tesis, algunos hacen referencia a la Escritura que dice: "Porque a
este es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Es-
píritu..." (1 Corintios 12:8) sin percatarse que este capítulo relata las alternativas de
una reunión de iglesia durante la cual el Espíritu Santo esta inspirando a unas y a
otras personas a manifestar sus variados dones. No significa que un individuo en
particular sea quien reciba uno o más dones específicos. Esta equivocación de creer -
se posee dor de dones fijos, lleva al orgullo, al estancamiento, y tiende a limitar en
35
esa persona los otros dones de Dios . Otro resultado negativo es que se deja librada
a unos pocos miembros de la congregación la manifestación de los dones, mientras
que la mayoría se retrae como simple espectadora sin pensar que Dios quisiera obrar
también por intermedio de ellos .
El otro extremo estar representado por la idea de que todos los bautizados en el
Espíritu Santo cuentan con los nueve dones del Espíritu, que pueden mani festarse
en la oportunidad en que esa persona lo determine ; una especie de "hombre orques-
ta" independiente. Si bien es cierto que todos los dones, al residir dentro de Cristo
residen en nosotros, la Escritura enseña claramente que el único que puede ponerlos
de manifiesto, discrecionalmente, es el Espíritu Santo . (1 Corintios 12:11.) Dios
procura enseñarnos que nos necesitamos mutuamente, que no podemos depender única-
mente de nosotros mismos. El cuerpo de Cristo está constituido por muchos miem-
bros, y Dios ha planeado deliberadamente que la puesta en acción de los dones se
haga “como el quiere” pues de esa manera los cristianos los unos de los otros para
cumplir eficazmente las funciones determinadas por é1. Debemos "discernir el cuerpo
del Señor" buscando a Cristo en la persona de otros cristianos o de lo contrario estor-
baremos seriamente y limitaremos lo que Dios quiere hacer. Deberíamos orar para que
la gloria de Dios se exteriorice en la vida de otros así como en la nuestra.
Es cierto, sin embargo, que a medida que los cristianos crecen en madurez, algunos
dones pueden ser expresados con mas frecuencia y efectividad por medio de ellos. Se
dice entonces que tienen un ministerio en esos dones. Toda persona que tenga tal mi-
nisterio debería estimular a los que son nuevos a participar en el campo de los dones, y
cuidarse é1 mismo a no centralizarse demasiado en su particular ministerio impidiendo
así que Dios pueda utilizarlo de otras maneras. ¡Dios es un Dios de variedades!
Conversando un día dos cristianos, uno de ellos le dijo al otro: -Puedes quedarte
con los dones, yo tomaré los frutos. 2
Los dones del Espíritu son algunas de las maneras mediante las cuales Dios ac -
túa a través de la vida de los creyentes. El fruto del Espíritu Santo es el caráct er
y la naturaleza de Jesucristo exteriorizado en la vida del creyente . Jesús no se
redujo a decirles a los enfermos que se aproximaban a é1: "Yo lo amo", sino que les
dijo: "¡Yo los sano!" Pocas experiencias hay tan tristes como amar a una persona y no
poder ayu darla. Tanto los frutos como los dones son de vital importancia . Pero a la
fecha, sin embargo, se ha hecho mucho más hincapié en la cristiandad sobre los fru-
tos del Espíritu que sobre los dones del Espíritu. 3
2
El fruto del Espíritu es, de acuerdo a Gálatas 5:22-23 "amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza".
3
1ra Corintios 12:8-10: "Palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, don de la fe,
obrar milagros, dones de sanidad, de profecía, diversos géneros de lenguas, interpretación de lenguas"
El Espíritu Santo inspiró a Pablo a exhortarnos a que aprendamos sobre los dones
espirituales: "No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales." (1
Corintios 12:1.) En este libro hemos de dar una definición de cada uno de los dones,
citando ejemplos en la vida de Cristo y de otros en el Nuevo Testamento, haciendo
algunas referencias, al Antiguo Testamento, y que podemos esperar para la iglesia en
el día de hoy. Se verá así cómo fueron manifestándose siete dones -en el Antiguo
Testamento y en los Evangelios- a medida que la gente era impulsada por el Espíritu
Santo.
36
Estos siete dones son los siguientes
1. La "palabra de sabiduría".
2. La "palabra de ciencia".
3. Don de la fe.
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la profecía.
7. Discernimiento de espíritus.
8. Don de lenguas.
9. La interpretación de lenguas.
Esto hace un total de nueve dones , señalados por el apóstol Pablo en 1 Corintios
12. De esta manera, los creyentes que todavía no han participado de la experiencia de
Pentecostés, pueden ser el conducto por el cual se manifiesten ocasionalmente cual -
quiera de esos siete dones, muchas veces sin siquiera percatarse de ello. Sin embargo,
después de la plenitud y derramamiento del Espíritu, uno cualquiera o los nueve do -
nes en conjunto pueden exteriorizarse fre cuentemente y con poder, a través de la vida del
creyente.
Todo creyente que tenga vocación de servir a Dios echando mano de los dones del Es-
píritu Santo, debe aprender a escuchar a Dios. A menudo acaparamos la conversación.
Es lógico esperar que el principiante cometa errores . No podemos esperar que un ni-
ño que recién comienza a aprender aritmética no cometa errores. Quedémonos tranqui-
los que aun los errores redundan para la gloria de Dios, si contamos con él y deposi -
tamos en él toda nuestra confianza.
"Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre..." dice San-
tiago. (Santiago 1:17.) Resulta obvio, por supuesto, que todos los dones de, Dios son
perfectos, pero es útil recordar que no lo son los canales a través de los cuales se ma -
nifies tan esos dones. El solo hecho de que una persona manifieste esos dones no sig -
nifica que esta caminan do en estrecha comunión con Dios . Tal como lo implica la pa-
labra "don". La carta a los romanos nos dice: "Por que irrevocables son los dones y
el llamamiento de Dios." (Romanos 11:29.) No sigamos tras una per sona por el
solo hecho de tener un "ministerio de dones". En lugar de ello, "veamos cuáles son
los fru tos del espíritu, los frutos de su vida, su honestidad y pureza, engendradas por
37
el Espíritu de Verdad -el Espíritu Santo- y su anhelo de conocer y apreciar la Palabra de
Dios . Busquemos entre los que enseñan a aquellos que establecen un claro equilibrio
entre el significado literal y el significado espiritual de las Escrituras, y procuremos
la comunión con otros hermanos; hecho eso, aceptemos solamente aquello a que nos
mueve el Espíritu Santo y que concuerda con la Escritura. Recordemos que los cristia-
nos no siguen las señales, sino que las señales siguen a los cristianos.
Los, dones de Dios, cuando son expresados de la manera en que Dios quiere que lo
sean, resultan her mosos, y no sólo hermosos sino útiles, para que el cuerpo de Cristo
crezca y se desarrolle. No han de ser meramente tolerados, sino anhelosamente apete -
cidos. Debemos advertir contra dos errores que se han cometido con mucha frecuencia
en el pasado: abu so de los dones por desconocimiento del orden bíblico, y rechazo o
apagamiento de los dones del Espíritu. A menudo el segundo error se comete como
reacción contra el primero.
Todas las buenas cosas nos han sido dadas gra tuitamente en Cristo (Romanos
8:32); sin embargo, las promesas de Dios debemos apropiárnoslas por la fe. Los do -
nes serán puestos de manifiesto de acuerdo al grado de nuestra fe: "Conforme a
vuestra fe os sea hecho." (Mateo 9:29; Romanos 12:6 .) Manifestemos sus dones
en fe, amor y obediencia, para que, el pueblo de Dios sea fortalecido y este prepa-
rado para la difícil y gloriosa tarea que le espera.
No estudiaremos los dones -en el mismo orden en que aparecen en 1 Corintios 12,
sino que los agruparemos en clases, como sigue
A. Dones de inspiración o comunión. (El poder pa ra decir.)
1. Don de lenguas.
2. Don de interpretación.
3. Don de la profecía.
El orden que hemos seguido para el catálogo de los Dones, no hace a su importancia
relativa, como tampoco lo hace en las Escrituras, pero nos ayudará a percibir la rela-
ción de las manifestaciones entre unas y otras.
38
7 El don de lenguas y
el don de interpreta-
ción
Analizaremos al mismo tiempo los dones de lenguas y de interpretación, desde el mo-
mento en que nunca deben ir separados en una reunión pública. Algunos sostienen que
hablar en lenguas e interpretar lenguas son los dones de menor jerarquía, porque están
anotados en ultimo lugar en la lista de dones de 1 Corintios 12:7-11. Si hubiera una
razón especial por la cual estos dones aparecen últimos en la lista, una explicac ión
mas lógica seria que fueron los últimos dones dados a la Iglesia. Los primeros siete
dones de la lista aparecen en el Antiguo Testamento y en los Evangelios, pero estos dos
últimos no fueron dados hasta después de Pentecostés.
Hay dos maneras de hablar en lenguas. La más común es la que se usa como un lenguaje
devocional para edificación propia, y no hace falta interpretaci ón. (1 Corintios 14:2.)
Ya hemos discutido esto en detalle. Queremos referirnos, mas bien, a la manifes tación
publica de hablar en lenguas, es decir la que debe ser interpretada . A esto llamaremos
el "don de lenguas". Cuando un cristiano bautizado en el Espíritu Santo siente la inspi -
ración de hablar en len guas en voz alta y en presencia de otros, a lo cual sigue general -
mente la interpretación, estamos en pre sencia del don de lenguas . (1 Corintios 14:27-
28; 12:10.) El don de lenguas es transmitido o dado a los oyentes, que son edifica-
dos al escuchar la interpretación que sigue, hecha por quien tiene ese don. 1 Es prefe -
rible que los dones de hablar en lenguas y de interpretación no se empleen en grupos
de incrédu los o de creyentes no suficientemente instruidos, sin una explicación previa
sobre su significado, ya sea antes o después de sus manifestaciones.
Hay formal principales para expresar el don de lenguas en la congregación
1. Por medio del don de lenguas y de interpretac ión, Dios puede hablar a los
incrédulos y/o a los creyentes.
Si bien Dios no habla en lenguas (¿cómo podría haber un lenguaje desconocido para
él?) estimula al cristiano dócil a que lo haga, y de esa manera - me diante las len -
guas y la interpretación- habla a su pueblo hoy en día. Tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento dan testimonio conjunto de que Dios habla a su pueblo mediante estos do-
nes. Así dice Isaías:
"Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablara a este pueblo."
39
(Isaías 28:11.) San Pablo cita esa referencia cuando explica lo que significa hablar en
lenguas e interpretar: "Esta escrito: en otras lenguas y con otros labios hablare a
este pueblo... “(1 Corintios 14:21), la traducción literal del griego dice así: "En otras len-
guas y en labios de otros hablaré a este pueblo..." Además la Escri tura da por sobreen-
tendido que el don de lenguas, sumado al don de interpretación, da por resultado una
profecía, lo cual sigue siendo siempre Dios hablando al pueblo. (1 Corintios 14:3.)
1
El Don de lenguas también puede aplicarse como oración o alabanza a Dios
El don de lenguas no es una señal para el creyente, desde el momento en que el creyente
no necesita de una señal, pero puede ser una señal para el incrédulo (generalmente no
buscada), que lo induce a aceptar Señor Jesucristo. "Así que, las lenguas son por señal,
no a los creyentes, sino a los incrédulos..."(1 Corintios 14:22.)
¿De qué manera el don de lenguas puede ser una señal para el incrédulo?
a . La lengua puede ser un lenguaje comprensible al incrédulo, por el cual Dios le ha -
bla directamente a el.
b. La lengua puede ser un lenguaje incomprensible, pero el poderoso impacto del len -
guaje hablado en lenguas, que como norma se acompaña siempre de interpretación,
puede alcanzar al incrédulo y actuar como una señal para él.
Cuando el don de lenguas es un mensaje de Dios, que alcanza al incrédulo, sea por su
conocimiento del lenguaje (una traducción), sea por la inspirada interp retación de un
creyente, y en algunos casos sin con tar con la interpretación o traducción, constituye
una señal para el incrédulo de que Dios es real, vivo, y esta preocupado por él.
Un joven que formaba parte de las fuerzas de ocupación de los Estados Unidos de
América en el Japón, y que pertenecía a una iglesia en el Estado de Oregon, se había
casado con una señorita japonesa. El joven matrimonio regreso a los Estados Unidos
y en todo les iba bastante bien, a excepción de que la joven señora rechazaba rotun -
damente la fe cristiana de su marido, y se mantenía resueltamente aferrada a su bu-
dismo. Una noche, después del servicio nocturno, la pareja estaba en el altar, el oran -
do a Dios por medio de Jesucristo, y ella elevando sus oraciones budistas. Al lado de
ellos estaba arrodillada una señora de edad madura, ama de casa de la comuni dad.
Cuando esta señora comenzó a orar en lenguas en voz alta, súbitamente la esposa japo-
nesa tomo del brazo a su marido
“¡Escucha!" le susurro sorprendida. “¡Esta mujer me está hablando en japonés!" Me es-
tá diciendo: "¿Has probado a Buda y no te ha hecho ningún bien? ¿Por qué no pruebas
con Jesucristo?" Y no me habla en el lenguaje japonés corriente sino en el idioma
que se utiliza en el templo ¡y usa mi nombre japonés completo que nadie en este país co-
noce!" ¡No es de extrañar que esta joven señora abrazara la fe cristiana!
Hemos conocido muchos casos similares. Lo que ocurrió en el caso que acabamos de mencio-
nar, es que como la ama de casa norteamericana se sometió a Dios orando en lenguas, el Es-
píritu Santo eligió cambiar el lenguaje de oración a Dios, por un mensaje de Dios a través
del don de lenguas.
Ruth Lascelle (entonces Specter) 2 se había criado en un hogar judío ortodoxo. Cuando,
al comienzo de su edad adulta, su madre aceptó a Jesús como su Mesías, Ruth creyó que su
madre había perdido el juicio. Concurrió a la iglesia donde asistía su madre, en procura
de refutar sus creencias. En una de esas reuniones hubo un mensaje en lenguas que si bien es
cierto que no fue interpretado, hizo un impacto tan profundo en Ruth que supo en ese pre-
ciso instante que Jesús era real, y ella también lo aceptó como su Mesías.
Este es un ejemplo del don de lenguas, ni entendido ni interpretado, y, sin embargo, fue
40
una señal de una fuerza tal que Ruth se convirtió en el acto. Dice Ruth: "Le pedí a
Dios que me diera una señal que me indicara que la fe cristiana es la fe verda dera.
Hasta ese momento, por supuesto, nunca había oído la cita de la escritura del Nuevo Testa-
mento que dice: "Los judíos piden señales." 3 (1 Corintios 1:22.)
Otro caso interesante sucedió en 1964 en el norte de California, durante un servicio caris-
mático. Una estudiante universitaria asistió a la reunión con su padre, prominente funcionario
eclesiástico. Esta joven conoció a Jesús en su infancia, pero se había alejado cada vez más de él,
durante sus años de estudiante. Su fe se había hecho añicos, y estaba bajo tratamiento psiquiá-
trico. Casi al finalizar la reunión los dones de lenguas y de interpretación se manifestaron
en amor y en potencia. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras caminaba hacia el
altar para orar. Le dijo a la persona que la aconsejaba:
"¡Cuando oí hablar en lenguas por primera vez esta noche, y el mensaje que siguió, supe de
nuevo, y sin ninguna duda, que Dios es real y que me ama!"
Este último caso es un ejemplo de estos dones como una señal, no para el incrédulo, de acuerdo
a lo que dijimos anteriormente, sino más bien para una creyente afectada de incredulidad
temporaria.
Los dones de lenguas y de interpretación también pueden ser un mensaje de Dios para
bendecir y ex hortar a los fieles. Hay numerosos ejemplos que confirman esta afirmación;
solo mencionaremos uno. Un viernes por la noche, alrededor de un año después de que Rita
fuera renovada en su experiencia del bautismo en el Espíritu Santo, asistía a una reunión
de oración. Oró por una amiga que estaba trabajando como enfermera misionera en África, y
que estaba soportando difíciles pruebas. Cuando terminó de orar por Dorotea, hubo un
momento de don de lenguas y de interpretación, que al efecto decía así: "Si tu misma estás
dispuesta a ir a ayudar a tu amiga, tus oraciones serán contestadas mas rápidamente." A
continuación el Señor le pregunto a Rita tres veces, de la misma manera que le preguntó
a Pedro: "¿Me amas?" Ella, que había estado caminando muy cerca de é1, testificando acti-
vamente de el desde su reavivamiento, se sintió penosamente sorprendida de que le pregun-
tara si lo amaba, y rompió a llorar. Allí mismo Rita le aseguró a Dios que lo amaba tan-
to que estaba dispuesta a ir dondequiera la enviara. Tan convincente fue el mensaje que le
dio el Espíritu Santo, que al finalizar la reunión ¡sus amigos la rodearon para despedirla!
según resultaron las cosas, si bien estaba dispuesta a ir al África, en lugar de ello dos meses
después el Señor la envió a Texas.
41
Esto significa permitir al Espíritu Santo no solamente guiar nuestra pa labra, sino
también cantar mientras é1 dirige las palabras y la tonada . En un grupo de creyentes
bien instruidos, varias personas pueden orar o alabar a Dios, hablando o cantando en
lenguas al unísono, sin necesidad de interpretación. Y en algunas ocasiones, cuando
todo el grupo se une "cantando en el Espír itu", permitiendo al Espíritu Santo no
solo guiar las voces individualmente, sino combinándolas a todas ellas, se logra una ar-
monización tan sublime que semeja el canto de un coro angélico.
Es motivo, de perplejidad para algunos, cuando unas pocas palabras en lenguas son se-
guidas de una larga respuesta en el idioma nativo. Varias razones explican este hecho.
Pudiera ser que el lenguaje dado por el Espíritu Santo fuera más conciso que el len -
guaje más elaborado del intérprete. También pudiera ser que la interpretación misma
fuera seguida por palabras proféticas. Otra explicación más es la de que al hablar en
lenguas era en realidad una oración privada, y la presunta interpretación era, en la
realidad, una profecía.
Si bien es cierto que todos los creyentes deberían hablar diariamente en lenguas du-
rante sus oraciones, no todos pueden ejercitar el don de lenguas en una reunión pú-
blica. (1 Corintios 12:30.) Sabremos que Dios nos está inspirando a manifestar el don
de lenguas cuando sentimos con toda claridad en lo más intimo de nuestro ser el
avivamiento o el testimonio del Espíritu Santo. Esto no significa que tengamos que
hacer nada impulsivamente. Debemos hablar al Señor tranquilamente y pedirle, para
el caso de que nos quiera utilizarnos de esta manera, que nos brinde la oportunidad,
durante el servicio, de oficiar en el ministerio. Nunca debemos interrumpir cuando
otra persona este hablando . ¡El Espíritu Santo es un caballero !" Debemos preguntar-
le al Señor si este es el don particular que quiere para este grupo determinado. Al utili -
zar cualquiera de los dones orales del Espíritu Santo -lenguas, interpretación o pro -
fecías- hablemos con voz suficientemente alta para que todos nos escuchen , pero no
seamos innecesariamente ruidosos ni cambie mos el tono de nuestra voz natural . El
ser ruidosos o afectados asustará a la gente y podrán impugnar la genuinidad del
don. Evitará que oigan lo que Dios quiere decirles. Hablemos con el máximo de
preocup ación por el bienestar de todos y en el amor de Dios . Si creemos que Dios quie-
re que manifestemos el don de lenguas, debemos estar preparados para orar también
por el don de interpretación, para los casos en que no hubiera otra persona presente
suficientemente entregada para hacerlo. (1 Corintios 14:13.)
La interpretación de lenguas es dar, en una reunión publica, el significado de lo que se
ha dicho por el don de lenguas . Una persona se siente movida a hablar o a cantar en
lenguas, y la misma u otra persona recibe del Espíritu Santo el significado de lo
que se ha dicho . El que interpreta no entiende la lengua. No es una traducción sino
una interpretación, dando el sentido general de lo que se ha dicho. El don de la
interpretación puede hacerse presente directa mente en la mente de la persona, en su
totalidad, de lo contrario tan solo algunas pocas palabras al comienzo, y cuando el
intérprete, confiando en el Se ñ or, comienza a hablar, se materializa el resto del
mensaje . De esta manera se parece a hablar en len guas: "Tu hablarás, y el Señor
pondrá en tu boca las palabras." La interpretación puede presentarse tam bién en
forma de imágenes o símbolos, o por un pens amiento inspirado, o el intérprete puede
escuchar el discurso en lenguas, o parte del mismo, como si la persona estuviera ha -
blando en el idioma nativo.
42
La interpretación dará el mismo resultado que una declaración profética, es decir de
"edificación, exhortación, consolación". (1 Corintios 14:3-5.) Recorde mos que los
dones no han sido dispuestos para que nos sirvan como guía de nuestras vidas, sino
para confirmar lo que Dios ya nos está diciendo en nuestro espíritu y .por medio de
las Escrituras.
Dios actúa como quiere, pero se ajusta a ciertas pautas generales que nosotros pode-
mos detectar. Algunos han denominado a 1 Corintios 14 como las reglas de oro ca-
rismáticas del cristiano. Por ejemplo, 1 Corintios 14:27, dice así: "Si alguno habla en
una lengua, su número debe estar limitado a dos, o a lo sumo a tres, y cada uno
(esperando su turno), y que alguien explique (lo que se ha dicho)" Esta escritura es-
tablece normas especificas. Limita el número de intervenciones en lenguas e inter-
pretaciones a dos o tres veces en una reunión. Algunos estiman que el próximo ver-
sículo significa que después de dos o tres dones de lenguas, un "interprete oficial"
deberá brindar una sola interpretación para los dos o tres discursos en lenguas, pero
el versículo 13 indica que cualquiera que esta acostumbrado a manifestar el don de len-
guas, también puede orar pidiendo el don de la interpretación. Esto es importante que
lo tengamos en cuenta, desde el momento en que puede haber otros en la reunión
que no se sienten suficientemente entregados en ese mo mento para hacer la interpre-
tación que se necesita. A fin de evitar la confusión que produciría entre los incrédu-
los y los creyentes no instruidos la falta de interpretación del don de lenguas (vers.
23, 33) parece que es bíblico que cada vez que se hable en lenguas hay que hacer la in-
terpretación separadamente. Además se tornaría muy difícil retener la interpret a-
ción por un periodo demasiado prolongado.
El hablar en lenguas sería reconocido más como idioma conocido si hubiera alguien
presente que supiese ese lenguaje y pudiera traducirlo. También es posible que en
alguna medida el hablar en lenguas sea en el "lenguaje de ángeles". (1 Corintios
13:1.) Sabemos que en el mundo hay alrededor de 3.000 idiomas y dialectos, de modo que
no puede sorprender a nadie que muy pocos idiomas puedan ser reconocidos en una locali-
dad en particular; en realidad es sorprendente que se puedan reconocer tantos. En el
día de Pentecostés había alrededor de 120 personas ha blando en lenguas, pero solo
fueron reconocidos catorce lenguajes (Hechos 1:15; 2:1, 4, 7-14), a pesar de que ha-
bía "judíos piadosos" de todas las naciones del mundo conocido. Este es más o menos el
porcentaje de idiomas conocidos identificados hoy en día. Orando con personas pidien-
do la bendición de Pentecostés, y habiendo asistido a numerosas reuniones carismáticas
en muchas partes del mundo durante los pasados diez años, hemos conocido gente que
han hablado en lenguas en latín, castellano, francés, hebreo, vasco antiguo, japonés,
arameo, chino mandarín, alemán, indonesio, dialecto chino foochow, griego neo-
testamentario, inglés (por un orador no inglés) y polaco.
A veces, los que han recibido la experiencia de Pentecostés, deben soportar el desa -
fío de algunos que no comprenden el propósito de hablar en lenguas, con preguntas
tales como la siguiente:
"Si realmente le ha sido dado un nuevo lenguaje, ¿por qué no lo hace analizar,
descubre a que país pertenece y va a ese país como misionero a predicar el evange-
lio en ese idioma?" Otros preguntan
"Si Pentecostés es tan poderoso, ¿cómo es que los misioneros con esta experiencia tie-
nen que estudiar un idioma en la Universidad?"
43
Estas personas no se dan cuenta que el don de lenguas es manifestado al incrédulo
solamente cuan do es dirigido por el Espíritu Santo, y aun en el caso de que una per -
sona pueda ser utilizada una sola vez para hablar un determinado lenguaje, y con
ello al canzando a alguien para Cristo, no tiene ninguna manera de saber si le será
dado hablar alguna vez más en la vida ese lenguaje especifico. Si bien el creyente
bautizado en el Espíritu Santo puede hablar en su privada lengua devoción al tanto
en este como en el don de lenguas la elección del lenguaje que hable no puede ser re-
gulada por el individuo. Dios lleva a cabo estos milagros vocales según su elección y de
acuerdo a sus propósitos.
Aparte de todo ello, hay quienes erróneamente aseguran que la proclamación del Evan-
gelio se hizo en Pentecostés por medio del don de lenguas y por lo tanto sería el único pro-
pósito válido para hablar en lenguas hoy en día. Si bien es cierto que se escucha a algu-
nos hablando, impulsados por el Espíritu Santo, en idioma conocido en el día de Pentecostés,
también es cierto que no proclamaron el Evangelio en lenguas, sino que estaban alabando a
Dios. El que evangelizó ese día fue Pedro. Aun cuando antes de hablar a la gente el
también fue edificado al hablar en len guas, en el momento de brindar el mensaje de
salv ación, habló en un lenguaje que ál comprendía y que todos sus oyentes entendían.
Corre una idea muy generalizada, pero errónea, de que los oyentes en el día de Pente -
costés eran "extranjeros" que no entendían el dialecto arameo del hebreo, que era el idio-
ma corriente, y fue por ello que al predicarles el evangelio lo hicieron en los idio-
mas de los países de los cuales provenían. Este error se co rrige fácilmente prestando
atención al relato. El segundo capítulo de los Hechos, dice así:
"Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el
cielo." (Hechos 2:5.)
Las personas que oyeron hablar en lenguas en el día de Pentecostés a los 120 prime-
ros creyentes, eran fieles judíos de la "Dispersión" o diáspora, que era el término uti-
lizado para indicar el hecho de que ya en esos días el pueblo judío estaba desparrama-
do por todo el mundo. Pero igual ha como lo hacen en el día de hoy, mantuvieron su iden-
tidad y criaron a sus hijos como buenos judíos. Y aún cuando hubieran nacido en el
extranjero, y hubieran sido educados hablando otro idioma, a todos les enseñaban la
lengua hebrea, y sin duda alguna esperaban ansiosos el día en que pudieran visitar
Jerusalén. En el día de Pentecostés sucedió algo así como si los pueblos de habla inglésa
de todo el mundo se reunieran en Londres en ocasión de un suceso nacional de gran im-
portancia como fuera, por ejemplo, la coronación de la Reina Isabel II. Habría gente
de Nueva Zelanda, de Jamaica, de la India, británicos de nacionalidad, criados en hoga-
res "a la inglésa", hablando el idioma inglés, pero que nunca estuvieron en la "madre
patria". En su vida diaria hablarían a menudo una lengua "ex tranjera". Imaginémo-
nos a esa gente reunida en Londres para la coronación que escucharan de pronto a un
grupo de londinenses de clase popular -"cock neys"- con su acento característico-
¡hablando hermosamente en el lenguaje nativo, de los lejanos países de los cuales prove-
nían! "¿No son "cockneys" todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros ha-
blar cada uno en la lengua del país en que vivimos?”
"Oh", dicen algunos, "todos oyeron en su propio lenguaje. Los discípulos hablaban en
una misteriosa "lengua" que milagrosamente le "sonaba" a cada uno como su propio
lenguaje." Es una teoría interesante, pero no bíblica. La Biblia dice: "Comenzaron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen." (Hechos 2:4.)
44
Cuando Pedro se dirigió a la multitud les dijo "Varones hermanos..." (Hechos 2:29.) No
eran extranjeros sino "hermanos", un termino que los judíos no usaban livianamente. Ade-
más, es evidente que cuando Pedro se puso de pie para explicarles lo que estaba sucedien-
do, no habló en lenguas. Se mencionan 14 naciones y sus respectivos lenguajes; ¿debemos
imaginar que Pedro les habló sucesivamente en esos 14 idiomas? Por supuesto que no; ha-
blo en un lenguaje en que todos le entendieron. ¿Que estarían haciendo en Jerusalén en el
gran día si no entendieran el idioma y pudieran participar del acontecimiento? El relato nos
dice también que había algunos prosélitos, es decir gentiles convertidos, pero estos, tam-
bién habrían sido instruidos en el idioma hebreo.
Habiendo dejado aclarado este punto de que no se utiliza habitualmente el don de lenguas
para anunciar el Evangelio, y que no fue utilizado en el día de Pentecostés con ese propósi-
to, reconozcamos también que, como en todos los casos, hay excepciones a la regla.
Hay ejemplos esparcidos a lo largo de la historia del cristianismo, de algunos a
quienes el Espíritu Santo les dotó de la capacidad de hablar y entender un nuevo
idioma, reteniendo esta capacidad en forma permanente. De acuerdo a sus biógrafos,
el gran misionero de Oriente, Francisco Javier, recibió de esta manera el idioma
chino. Stanley Frodsham, en su libro Con señales siguiendo 3 nos relata varios ejemplos
similares que han ocurrido en el movimiento pentecostal moderno.
John Sherrill, en su libro, Hablan en otras lenguas, 4 cuenta de un misionero que en el
año 1932 fue utilizado por Dios, mediante el don de lenguas, para llevar el mensaje
de la salvación a una tribu de caníbales. El misionero H.B. Garlock fue capturado y
juzgado por los nativos. Les hab1ó durante veinte minutos en lo que para él era un idio-
ma desconocido, pero que evidentemente los caníbales lo entendieron, les satisfizo lo
que les dijo, y lo dejaron en libertad, y posteriormente se entregaron a Cristo. Es
significativo el hecho de que cuando Garlock volvió al centro misionero, continuó ofi-
ciando a los liberianos en el idioma de ellos que, le había demandado tanto tiempo y
trabajo aprender. No retuvo en forma permanente el idioma de los caníbales pues el
Espíritu se lo había "prestado" solamente para esa emergencia.
Alrededor de ocho años atrás, una señorita de la iglesia de St. Luke, Seattle, al visitar
un hospital se detuvo a conversar con una mujer asiática a quien no conocía. La mu-
jer hablaba muy poco inglés, pero lo suficiente para entender que la visitante quería
orar con ella, a lo cual reaccionó diciendo: "¡Yo, Buda! ¡Yo, Buda! ", significando con
ello, por supuesto, que era budista. La señorita de la iglesia de St. Luke se sintió in-
clinada a hablarle a la mujer a medida que el Espíritu ponía las palabras en su boca,
y durante varios minutos hab1ó en un idioma desconocido para ella. Al hacer ademán
de retirarse, la mujer le dijo, con el gozo reflejado en su rostro: "¡Yo, Jesús! ¡Yo Jesús!"
Resulta obvio que la señorita de St. Luke había testificado a la asiática en su propio
lenguaje, y la mujer respondió recibiendo a Jesús como su Salvador.
Otra idea no bíblica que sostienen algunos, es que los corintios eran las "ovejas
negras" de la iglesia primitiva. Atentaban contra las buenas costumbres, hablando en
lenguas, por ejemplo, porque no eran más que convertidos "a medias" de su paganis-
mo. Pablo tuvo que "sermonearlos" debido a su emocionalismo. Aceptaba que hablaran
en lenguas, pero a regañadientes.
Lo equivocado de esta idea puede comprobarse fácilmente leyendo con atención el Nue-
vo Testamento. Cuando Pablo fue a Corinto, Dios le dijo: "Yo tengo mucho pueblo en
esta ciudad." (Hechos 18:10.) Fue en Corinto donde Pablo conoció a dos de sus grandes
colaboradores, Alquila y Priscila, y también fue en Corinto donde trajeron a Apolo, uno
45
de los más elocuentes de entre los primeros evangelistas. No hay indicación alguna
de que los corintios fuesen un grupo de segunda categoría. Lo que sucede es que
está generalizado un falso concepto popular de que una gran iglesia es una iglesia sin
problemas. Lo cierto es todo lo contrario: mientras mayor sea la iglesia y mayor la
obra que realiza, mayores serán los problemas que Satanás querrá provocar. Claro
que tenían dificultades los corintios, pero ello era debido a que Dios estaba realizan-
do una gran obra entre ellos y tenían que soportar el desafió del enemigo.
Pablo no les echaba en cara a los corintios porque hablasen en lenguas, sino porque
permitían la en trada en su grupo al orgullo y al divisionismo. Su gran preocupación
eran sus divisiones, su sectarismo, que a su vez originaban el abuso de los dones. Le -
jos de tratar de impedirles el use de los dones los insta repetidamente a solicitarlos:
"Procurad los dones" (1 Corintios 12:31; 14:1.) "Que nada os falte en ningún
don..." "Quiero que en todas las cosas seáis enriquecidos en é1, en toda lengua..."
Pero también les dice: "Pero hágase, todo decentemente y con orden." (1 Corintios
14:40.).
Si Pablo se hiciera presente en el mundo de hoy en día, con toda seguridad nos
trataría como trató a los corintios.
A continuación Pablo volvería su mirada a los grupos carismáticos -o a algunos
de ellos, por lo menos- y les diría algo así: "Mis queridos hermanos, estoy encanta-
do de oír y ver los maravillosos dones del Espíritu manifes tados en vosotros, pero,
¡por favor! ¿Tiene que gritar tan fuerte ese hermano? Observe que alguien se retiró
de la reunión cuando ese hermano gritó. Tuvisteis vosotros una reunión pública a la
cual invitasteis a incrédulos, y todos vosotros hablasteis en lenguas al mismo tiempo
sin dar ninguna explicación. ¿Creísteis que fue esa la mejor manera de demostrar
amor y preocupación por vuestros invitados? Estoy cierto que algunas de las perso -
nas que tratáis de alcanzar piensan que estáis locos. ¡Recordad que el espíritu del
profeta esta sujeto al profeta!"
¿Puede ser imitado fraudulentamente el don de hablar en lenguas? Si, por supuesto.
Todos los dones tienen su contrahechura satánica, que en el caso del don de lenguas
se manifiesta por la emisión de expresiones o sonidos en labios de quienes adoran
otros dioses, o están envueltos en otras religiones o cultos, que configuran una falsifi-
cación del don de lenguas. En una reunión pública numerosa, donde resulta difícil
ejercer un control estricto, puede darse el caso de que una tal persona manifieste una
imitación fraudulenta. Y es en esas circunstancias cuando se pone de manifiesto la
necesidad del don de discernir los espíritus. Ningún cristiano que esta caminando en
el Espíritu bajo la protección de la sangre de Jesús, debe temer que pueda incurrir
en una falsifi cación del don de lenguas. La Escritura nos recuerda nuestra seguridad
en Cristo
“¿Que padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Si pescado, en
lugar de pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo ma los, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, cuan to más vuestro Padre celestial dará el Espíritu
Santo a los que se lo piden?" (Lucas 11:11, 13.) "Nadie que hable por el Espíritu
de Dios (esto puede sig nificar un cristiano hablando en lenguas) llama anatema a
Jesús." (1 Corintios 12:3.)
Resumiendo, el don de lenguas, y el de interpretac ión de lenguas, es en primer lu -
gar, una señal para los incrédulos (1 Corintios 14:22), siempre y cuando se manifiesten
46
de acuerdo a las instrucciones bíblicas. En segundo lugar, ambos dones tienen el mis mo
efecto de una profecía, y por lo tanto sirven para que la iglesia reciba edificación.
(1 Corintios 14:5, 26-27.)
Pidámosle a Dios que nos utilice en estos dos dones; ambos son necesarios. El
apóstol Pablo en Corintios 12, compara los dones del Espíritu, públicamente mani -
festados, con varios miembros y sentidos del cuerpo, teniendo cada uno su lugar, y
siendo cada uno necesario a su manera. A la luz de la Escritura, no vemos cómo
pueden ser clasificados los dones en categorías de mayor o menor significación,
desde el momento en que Pablo pone énfasis en el hecho de que cada miembro del
cuerpo es importante. A menos que se pongan de manifiesto todos los dones, el
cuerpo de Cristo en la tierra se verá impedido en su accionar.
Cada uno de nosotros debería examinar su propia vida y arreglar cuentas con Dios
antes de manifestar los dones de Dios. Si la gente resulta beneficiada, ¡ démosle a
Dios la gloria! Oremos para que la gloria de Dios también se manifieste a través de
otros miembros del cuerpo de Cristo. (Juan 17:22.)
47
8 El don de profecía
El don de profecía se manifiesta cuando los cre yentes expresan lo que está en la
mente de Dios, por inspiración del Espíritu Santo y no por insp iración de sus pro -
pios pensamientos . La profecía no es un don "privado", sino que siempre interviene
un grupo de creyentes, si bien pudiera estar destinada a una o más de las personas
presentes. De esa ma nera puede ser "juzgada", es decir, evaluada por la iglesia .
A pesar de que la profecía aparece en el sexto lugar en la lista de 1 Corintios 12,
Pablo la coloca al tope en el capítulo 14, significando con ello lo altamente benefi-
ciosa que es para la iglesia. Así, dice Pablo:
"Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis...
el que profetiza, edifica (construye) a la iglesia." El versículo 39 es más enfático
aun: " ¡procurad profetizar !"
Ya vimos en el último capítulo que los dones de lenguas y de interpretación, ac-
tuando juntos servían, en primer lugar, como señal para los incrédulos y, en segundo
lugar, para la edificación de la iglesia, es decir para los creyentes. La profecía es
justamente el reverso, primero para la edificación de los cre yentes y en segundo lu-
gar para los incrédulos: "...la profecía (es señal), no a los incrédulos, sino a los cre-
yentes." (1 Corintios 14:22.)
La Escritura nos dice que hay tres maneras me diante las cuales la profecía sirve a
los creyentes: edificación, exhortación y consolación; o, dicho en otras palabras, constru -
yendo, animando y consolando. (1 Corintios 14:3. ) De ahí que la profecía tenga un
carácter esencialmente estimulante para la iglesia, si bien no toda profecía tiene ese
carácter. Si un padre terrenal nunca corrigiera a sus hijos, estaría adoptan do una acti-
tud perjudicial y descarriada. No crecerían ni madurarían normalmente. Si, por el contra -
rio, el padre le dijera permanentemente al hijo que todo lo que hace está mal y
nunca le dijera que lo ama y aprecia lo que hace, no habría un vinculo de amor en-
tre padre e hijo. Podríamos establecer una proporción adecuada: una tercera parte de
exhortación y dos terceras partes de consolación. Es por ello que en una reunión he-
mos de contar con muchas profecías que expresan la consolación del Padre y en me-
nor proporción las que suponen un regalo. Una profecía valida no tendrá que ser dura -
mente condenatoria para los creyentes, pero sí un consejo dado en tonos firmes e ine-
quívocos.
Hasta el presente, en la mayoría de las reuniones carismáticas, ha sido mayor el
ministerio dado a los creyentes por el don de lenguas y de interpret ación que por la
profecía. Una de las razones que explicarían este hecho es que pareciera que se re-
quiere más fe para hablar proféticamente, que la que hace falta para que una per -
sona hable en lenguas y otra interprete. Hablar en lenguas es un don más fácil de
manifestar que el de la profecía, pre cisamente porque el lenguaje es desconocido al
orador y por ello no siente ningún temor en caso de equivocarse y, además, porque
la interpretación la realiza otra persona, por lo general. Por el contrario, sobre la per -
48
sona que profetiza cae todo el peso de la responsabilidad.
Por lo tanto, el primer propósito del don de profecía es hablar a los creyentes,
pero este don puede también atraer a los incrédulos a Dios. La Escritura dice : "Pero
si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por
todos es juzgado; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el
rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está en tre vosotros." (1 Co-
rintios 14:24-25.) Esto indica el uso del don de profecía juntamente con el don de cono-
cimiento. El don de conocimiento es la revelación divina de hechos no aprendidos por
el enten dimiento natural . Hablaremos más en detalle sobre este don en un capítulo más
adelante. Cuando el incrédulo se da cuenta que son revelados hechos íntimos de su vida
relacionados con su estado espiritual, se convence de la realidad de Dios y de inmediato
se convierte. Por otro lado, el creyente incrédulo o indocto, que no entiende en su pleni-
tud los dones del Espíritu, no habiendo recibido el bautismo del Espíritu Santo, muy a
menudo, al llegar a este punto, se convence de que estas cosas son reales. (Esto ultimo
está ocurriendo cada vez con mayor frecuencia, en el día de hoy. Muchos creyentes "no
adoctrinados" solicitan recibir el bautismo del Espíritu Santo, por que han visto en ac -
ción los dones de los cuales les habían dicho que "no eran para el día de hoy".)
En el Antiguo Testamento hubo hombres inspirados de Dios para profetizar. Estos pro-
fetas fueron especialmente elegidos por Dios para comunicar su palabra a la gente, ofi -
ciando los dones combinados de profecía y conocimiento, y a menudo ejecutando "gran -
des proezas" por el poder de Dios. Muchas veces, por medio de ellos hizo conocer Dios
su voluntad e intención. Habitualmente toda profecía que se refiera al futuro va acom-
pañada de la partícula condicional "si".
"De aquí a cuarenta días Ninive será destruida" (Jonás 3:4) es lo que Jonás debía anun-
ciar. Pero los habitantes de Ninive se arrepintieron en saco y ceniza. ¿De que habría va -
lido enviar a Jonás si no hubieran tenido ninguna oportunidad de arrepentirse? De modo
que Ninive no fue destruida -en esa ocasión al menos ¡lo cual molestó mucho a Jonás!
Jeremías fue un profeta de la antigüedad, que advirtió a los habitantes de las ciudades
de Judá, que se volvieran de sus malos caminos. También esta fue una profecía "condi -
cional". Después de oírlo hablar las palabras del Señor, tanto el sacerdote como los pro-
fetas y el pueblo en general quisieron matar a Jeremías. A veces el papel del profeta lo
hacía muy popular y en ocasiones muy peligroso. Esteban desafió al Sanedrín pregun-
tando: "¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?" Jesús exclamó: "¡Je-
rusalén, Jerusalén que matas a los profetas...! (Mateo 23:37; Hechos 7:52.)
También hay profecías incondicionales que hacen referencia a planes definidos de
Dios, relacionados especialmente con la venida de Cristo. Isaías 53 es un perfecto ejem-
plo, pues se trata de una de las más grandes profecías del Antiguo Testamento rela -
cionadas con el Señor Jesús. Moisés profetizó sobre Cristo: "Profeta de en medio de ti,
de tus hermanos, como yo, lo levantará Jehová tu Dios; a él oiréis." (Deuteronomio
18:15.) Y, en realidad, Jesucristo mismo fue un "profeta, poderoso en obra y en pala-
bra". (Lucas 24:19.) Fue el profeta, 1 de la misma manera que fue el sacerdote, el rey.
En el Nuevo Testamento figuran numerosas declaraciones proféticas hechas por Jesús.
Los capítulos 13 de Marcos y 24 de Mateo son poderosas profecías sobre acontecimien-
tos venideros. El capítulo 16 de Juan en su casi totalidad es una profecía dada por Jesús
a sus discípulos mas allegados
"Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsaran de las sinago-
gas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a
49
Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí. Mas os he dicho estas cosas,
para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. (Juan 16:1-4.)
(Leer el resto del capítulo.)
Estas profecías "incondicionales" fueron dadas principalmente para servir como seña -
les indicadoras a los creyentes, para que pudieran discernir las "señales de los tiempos".
Jesús dijo: "Os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis." (Juan
14:29.).
1
El mero hecho de reconocer en Jesús a un profeta, no hace cristiano a nadie; Jesús debe ser reconocido
como el divino Hijo de Dios, Dios hecho carne.
En este momento no estamos debatiendo sobre el valor de las profecías, simplemente las
mencionamos de paso, para ubicarnos y saber donde estamos en el plan calendario de Dios.
En tiempos del Antiguo Testamento Dios no podía andar, por su Espíritu, morar entre su
pueblo, pero el Espíritu Santo descendió para ungir a ciertas personas sometidas a Dios. El
Espíritu reposó sobre ellos. Moisés, profeta y líder del pueblo de Israel, llegó a la con-
clusión, cierto día, de que lo que se exigía de él constituía una carga demasiado pesada para so-
portarla por sí solo, por lo cual Dios tomó el espíritu que estaba en él, y lo puso en otros seten-
ta hombres; cuando esto ocurrió, ellos, a su vez, comenzaron a profetizar. Pero se planteó un
problema, porque sobre dos personas, Edad y Medad, que no habían estado en el Tabernáculo
con los otros setenta, también reposó el Espíritu y por su inspiración comenzaron a profeti-
zar a campo abierto. Entonces algunos de los otros se quejaron y querían que Moisés les
prohibiera que profetizaran. La respuesta de Moisés" fue, en sí misma, una profecía:
"¿Tienes tú celos por mi? 0jalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová
pusiera su Espíritu sobre ellos." (Números 11:29.)
Estas palabras se cumplieron en los días de Pentecostés . Justamente ese día Pedro hizo refe-
rencia a las palabras de Joel, que fueron similares a aque llas: “Esto es lo dicho por el
profeta Joel: Y en los postreros días derramaré de mi Espíritu sobre toda carne. Y vues -
tros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros an -
ciano soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos en aquellos días derramaré de mi
Espíritu y profetizarán.” (Hechos 2:16-18).
En Efeso, cuando Pablo impuso sus manos sobre los doce y recibieron su ‘Pentecostés’,
"hablaban en lenguas y profetizaban". (Hechos 19:6.) La Escritura nos dice que desde el
día de Pentecostés y del derramamiento del Espíritu. Santo, en adelante, toda criatura some-
tida a Dios puede ser movida por el Espíritu Santo a profetizar. Pablo, estando en Corinto,
luego de recomendarles con ahínco de que todos deben aspirar a obtener el don de la profecía,
se ocupa de las personas poseedoras de este don: "Los profetas hablen dos o tres, y los demás
juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Porque
podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. Y
los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas." (1 Corintios 14:29-32.)
Estos versículos nos hablan de las "normas" a que deben ajustarse los que profetizan en
reuniones. Los profetas deben limitarse a hablar dos o tres veces, lo mismo que para
las lenguas y la interpretación. No importa cuan maravilloso sean los dones vocales, no
deben ocupar toda la reunión. Hay que permitir el tiempo necesario para la enseñanza ins -
pirada de la Palabra de Dios, para la alabanza y la oración, para compartir el testimonio,
para cantar las alabanzas a Dios, etc.
Como ya lo hemos expresado anteriormente, la profecía tiene siempre, como destinata-
ria, a la comunidad: el pueblo de Dios. En todos los casos, debe ser anunciada en presencia de
otros, porque la profecía tiene que ser juzgada o evaluada por la iglesia, en términos del
50
testimonio del Espíritu en los cora zones de los demás hermanos, y en los términos es -
tablecidos por la Palabra de Dios, con la cual debe concordar la profecía, sin excepción. Esto
sirve también de control para evitar que una persona en particular demande demasiado para sí
misma. El dirigente de la reunión debe estar atento para corregir cuando fuere necesario. Se
hace mención a los buenos modales y a la consideración debida a las demás personas. "Los es-
píritus de los profetas están sujetos a los profetas", nos recuerda que los dones del Espíritu
son por inspiración y no por compulsión, y no hay ninguna excusa que justifique un com-
portamiento extravagante. Siguiendo al pie de la letra al Espíritu Santo , la reunión será
pacifica, apacible y ordenada: "decentemente y con orden", como lo dice Pablo. Para noso -
tros la palabra "decentemente" pudiera traducirse mejor por "con propiedad" o "decorosa -
mente".
A las mujeres se les permite ejercer el ministerio de la oración y la profecía, siempre
que estén sujetas a la dirección del hombre.
Si una mujer esta en duda con respecto a su de recho de profetizar, puede recordar
la hermosa profecías declarada por María, la madre de Jesús
"Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Por-
que ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaven-
turada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es
su nombre. Y su misericordia es de generación en gen eración a los que le temen. Hizo
proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de
los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes,
y a los ricos envió vacíos." (Lucas 1:46-53.)
Hasta aquí hemos hablado sobre el don de profecía referido a todos los miembros del
cuerpo, pero ahora vamos a referirnos a los que hacen de la profecía su ministerio. De
la misma manera que la era apostólica no es una cosa concluida y el ministerio del apos -
tolado se mantiene en toda su vigencia en el día de hoy, así existen todavía los que
tienen el ministerio de profeta. En razón de que los profetas del Antiguo Testamento ha-
blaban contra los abusos sociales y políticos y contra las practicas sacerdotales y de la
jerarquía de esa época, es decir contra la "institución", ha echado raíces la errónea
idea de que todo activista y todo aquel que protesta contra la injusticia social es un
"profeta" y de que la "profecía" consiste, principalmente, en denunciar la maldad hu-
mana. Pero como ya lo hemos visto, no es lo que el hombre dice en el ámbito natural lo que
hace un profeta, sino el hecho de que es impulsado por el Espíritu de Dios para hablar
las palabras que Dios pone en sus labios.
El verdadero profeta no tendrá necesidad de anunciar a los demás que é1 es un pro-
feta; será reconocido por su ministerio. Moisés es un excelente ejemplo de un profeta,
y sin embargo la Biblia dice de é1: "Moisés era muy manso (humilde, benévolo),
mas que todos los hombres que había sobre la tierra." (Números 12:3.) Esto es un
buen criterio para probar a un profeta hoy en día. Es natural que un profeta de Dios
oficiará con frecuencia en el don de la profecía, que muchas veces va unido al don de
la palabra de sabiduría muy difícil a veces de es tablecer la distensión entre ambas
-haciendo conocer la voluntad y el pensamiento de Dios. Cuando Jesús, sentado junto
al pozo, le contó a la mujer, con lujo de detalles, todo lo que sabía sobre su vida per-
sonal, la mujer de inmediato le dijo:
"Señor, me parece que eres profeta." (Juan 4:19.)
Un verdadero profeta será un cristiano maduro , ya que su ministerio figura en la
lista como uno de los oficios utilizados para la edificación de la iglesia. (Efesios
51
4:8, 11-16.) No se permitirá a nin guna persona que ejerza el ministerio como profe -
ta consagrado en la iglesia, a menos que sea perfecta mente conocido por sus hermanos
en cuanto a su doctrina y a su manera de vivir . Un verdadero profeta denunciará todo
lo que sea malo, sin tomar en consideración si el actuar así lo hará impopular o no.
Atraerá a la gente a Dios, no a sí mismo .
El ministerio del profeta debe ser juzgado más estrictamente que el de los hermanos
en general que profetizan en las reuniones. Puede darse el caso de que un hombre
sea utilizado en el oficio profético, y sin embargo cometerá errores garrafales de
vez en cuando. Nunca habrán de aceptarse sus palabras por el mero hecho de su ministe -
rio, sino que deberán ser puestas a prueba por la Palabra y el Espíritu; y esto, por su -
puesto, no significa de ninguna manera que sea un falso profeta, sino solamente de
quien no ha alcanzado la perfección y por ello esta sujeto a error. "En parte profeti -
zamos." (1 Corintios 13:9.)
El enemigo dispone de imitaciones fraudulentas de todos los verdaderos dones, y hay
profusión de falsos profetas en el mundo. Un falso profeta es tremen damente peli -
groso, ya que usará de su presunta auto ridad para ejercer su maligna influencia sobre
las per sonas, y sujetarlas a servidumbre por medio del te rror. Logrará separarlos de
los demás miembros de la familia de Cristo -a menos que se lo ponga en tela de jui -
cio y se descubra su falsedad- con el argumen to de que pertenecen a un pequeño y
selecto grupo escogido. Eso es lo que ocurrió hace poco tiempo atrás en nuestra propia
iglesia, cuando un grupito de fervientes cristianos fue dominado por un hombre de
otra ciudad. Vino y les dijo que el habría de ser su "pastor". Tendrían que abstener-
se del más mínimo contacto -aun de sus familiares y amigos con toda persona que
rechazara al grupo, y les prohibió que leyeran otra cosa fuera de lo que el les permi -
tía leer, ¡la mayor parte de lo cual lo había escrito el mismo! Por supuesto, también
les prohibió escuchar a ningún otro maestro fuera de é1. Les dijo además que cual-
quier persona que se separara del grupo, estaría condenada a la perdición. Es conve-
niente estar precavidos, porque hay actualmente muchísimos "lobos rapaces" como los
llamaba Pablo, rondando alrededor del pueblo de Dios.
"Así ha dicho Jehová de los ejércitos: no escuchéis las palabras de los profetas que
os profetizan: os alimentan con vanas esperanzas: hablan visión de su propio corazón ,
no de la boca de Jehová ." (Jeremías 23:16.) El profeta mentiroso no advierte al pueblo
que deben dejar de hacer lo malo (Jeremías 23:17-22)-, y generalmente la aparición de
un falso profeta se acompaña de inmoralidad.
Debemos precavernos también de la profecía per sonal y directa, especialmente cuan -
do la misma no es ejercitada por un hombre maduro y sometido a Dios., Un abuso des-
enfrenado de "profecías personales" minó el movimiento del Espíritu Santo que com en -
zó a principios de siglo . Aun hoy subsiste. A los cristianos les son dadas palabras de
sabiduría y de conocimiento para ser utilizadas entre ellos, "en el Señor" y tales pala-
bras alientan y ayudan, pero tiene que haber un testimonio del Espíritu de parte de
la persona destinataria de esas palabras, y habrá que extremar las precauciones al re -
cibir cualquier supues ta directiva o una profecía que predice el futuro. En ningún
caso debemos tomar determinaciones basadas únicamente en el hecho de que alguien
emitió una supuesta declaración profética o una interpretación de lenguas, o por una
presunta palabra de conocimi ento o de sabiduría. Nunca hagamos algo por el mero
hecho de que un amigo se nos acerca y nos dice: "El Señor me dijo que lo dijera
que hicieras tal o cual cosa." Si el Señor en realidad tiene instruc ciones para dar -
52
nos, nos proveerá de un testigo en nuestros propios corazones, en cuyo caso las pala -
bras emitidas por el amigo, o por intermedio de los dones del Espíritu Santo en una
reunión, serán la confirm ación de lo que Dios ya nos ha estado indicando. La dirección
también debe concordar con la Escritura . Y ya que hablamos de Escrituras, veamos lo
que dijo Pedro:
"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar
atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarez-
ca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones ..." (2 Pedro 1:19.) La Pala -
bra es crita de Dios es nuestra guía del viajero, que debemos estudiar concienzuda -
mente, y es el criterio para poner a prueba todas las palabras habladas . Hay un anti-
guo dicho que vale la pena repetir: "Si tenemos el Esp íritu sin la Palabra, estalla-
remos; si tenemos la Palabra sin el Espíritu, nos secaremos; pero si tenemos el Espíri-
tu y la Palabra, creceremos."
Hagamos notar la cautela del profeta Jeremías . El Señor le dijo a Jeremías que com-
prara una propiedad a su primo Hanameel. Jeremías no hizo nada hasta que recibió
la visita de su primo ofreciéndole venderle la propiedad, sin tener este último la me -
nor idea de lo que el Señor el había dicho a Jeremías. "Entonces" dijo Jeremías, "co -
nocí que era palabra de Jehov á." Si el profeta Jeremías, ese gran hombre de Dios, fue
tan cauteloso que desconfiaba hasta de su propia profecía ¡cuánto más deberemos serlo
nosotros! (Jeremías 32:6-9 .) ¡La profecía no es decir la buenaventura! La profecía no
es mirar en una bola de cristal, o echar las cartas, o una supuesta predicción del futuro
por cualquier otro método. Como ya lo hemos dicho detalladamente en capítulos ante -
riores, Dios prohíbe terminantemente atisbar en el futuro; siempre lo ha prohibido. Si
los hombres intentan hacerlo, recibirán información del enemigo para sus propios fi -
nes y, si persisten, será para su destrucción. Cierto es, como ya lo hemos mencionado,
que la Escritura nos dice que Dios, por medio de sus profetas, nos revela hechos que
habrán de suceder; pero esto nada tiene que ver con decir la buenaventura; se trata,
simplemente, que en esos casos, Dios ha querido com partir sus intenciones con sus hi-
jos fieles . El verda dero profeta no procuraba obtener información sobre el presente o
el, futuro, pero como vivía en estrecha comunión con el Señor, Dios compartía con el
su conocimiento. La verdadera profecía es anticipar, no vaticinar .
La profecía tampoco es una "predicación inspirada ". La predicación, que significa
"proclamar el evangelio" debe ser, naturalmente, inspirada por el Espíritu Santo, pero
al predicar, esa inspiración del Espíritu Santo se extiende al intelecto, al entrenamien -
to, a la destreza, al trasfondo del predicador. Podemos escribir el sermón de antemano
o improvisarlo, pero en ambos casos proviene de un intelecto inspirado. Pero la profe -
cía significa que la persona esta pronuncian do las palabras que Dios le suministra di -
rectamente; proviene del espíritu, no del intelecto . Una persona puede emitir palabras
proféticas que ni siquiera él mismo entiende. Durante el transcurso de un sermón ins -
pirado puede suceder que el predicador profetice o manifieste los dones de conoci -
miento y sabiduría, pero esas palabras no son parte de la predicación.
Pablo, en su primera carta a los tesalonicenses, dice así: "No menospreciéis las profe -
cías. Examinad lo todo; retened lo bueno." (1 Tesalonicenses 5:20-21.) El hecho de
que se abusa de los dones de Dios y de que el enemigo dispone de imitaciones fraudu -
lentas, no significa que debemos rechazar lo que Dios tiene para nosotros. Eso es
exactamente lo que quisiera el enemigo. Cuando los hijos de Israel abandonaron el de-
sierto y penetraron en la tierra prometida, descubrieron que los frutos eran mucho más
53
grandes, pero también lo eran los enemigos. No sólo uvas había en el valle de Escol,
sino gigantes, y así puede ser nuestra experiencia. Si decidimos tomar este nuevo ca-
mino en el Espíritu, ¡pero la fruta vale el esfuerzo!
Jesús es profeta, sacerdote y rey. También nosotros podemos ser, hoy en día, a través
de los profetas, sacerdotes y reyes. (Apocalipsis 1:6.) El pro feta habla a la gente las
palabras de Dios; el sacer dote le habla a Dios a favor de la gente, por medio de la ala -
banza y de la oración; el rey domina, imponiendo su voluntad, por medio de la pala-
bra, sobre las obras del enemigo. En los tres ministerios la voz es importantísima, y
nos permite ahondar en la razón del porque la voz tiene que ser sometida en Pentecos -
tés. Si aspiramos a los dones verbales, guardémonos de hablar iniquidades, y así entra -
remos en la categoría de quienes Dios dice "serás como mi boca". (Jeremías 15:19.)
Aspiremos al don de la profecía. Pidámosle a Jesús que edifique su cuerpo en la tie -
rra, por nuestro intermedio. Al tener comunión con el Señor y con nuestros hermanos
y hermanas en el Señor, habremos de experimentar que en nuestra mente toman forma
pensamientos y palabras de inspiración que no escu chamos ni compusimos. Si están
de acuerdo con la Escritura, entonces debemos compartirlos con la Iglesia . En cuanto
a la interpretación puede ocurrir que recibamos tan solo unas pocas palabras, que au -
mentaran una vez que hayamos empezado a interpretar. Podremos ver un cuadro con
los "ojos de la mente" y las palabras brotarán cuando comenzamos a describir el cua -
dro. En cuanto a los dones de lenguas y de interpretación; el Espíritu brinda las pa-
labras valiéndose de distintos medios. Algunos ven las palabras como si estuvieran es -
critas y se reducen a leerlas palabra por palabra.
Los dones se manifiestan por la habilidad de Dios, no de la nuestra. En la medida de
nuestra fe el proveer las palabras que quiere que hablemos. (Romanos 12:6.) No ten -
gamos miedo de emitir una profecía ni nos sintamos acomplejados porque la Iglesia
debe evaluarla. No apaguemos el Espíritu. El profeta Amós pregunto: "Si habla Jeho -
vá el Señor, ¿quién profetizara?" (Amós 3:8.) ¡Olvidémonos de nuestro orgullo y testi -
fiquemos de Jesús!
54
9 Dones de Sanidades
Los dones de poder son la sanidad, los milagros y la fe. Configuran la continuidad
del ministerio de misericordia de Jesús hacia los necesitados . La mayoría de las perso-
nas se muestran interesadas en los dones de la sanidad, porque la necesidad es algo tan
generalizado. Es fácil comprender que se trata de uno de los dones que más benefician
al hombre en su vida . De los nueve dones es, con mucho, el más aceptado por la cris-
tiandad. Fue el Señor Jesús quien le dio la preeminencia que tiene, pues el noventa por
ciento de su ministerio en la tierra lo utilizo sanando enfermos . La primera instrucción
que les dio a sus discípulos fue:
"¡Sanad enfermos!" (Mateo 10:8.)
Sin embargo, en el lapso transcurrido entre la resurrección y su ascensión, la Biblia
no registra que Jesús practicara ninguna curación. Durante esos cua renta días, ocupo
gran parte de su tiempo enseñando y preparando a sus discípulos para proseguir con el
ministerio que el comenzó . Inmediatamente después de Pentecostés, los primeros cre -
yentes continua ron el ministerio de Jesús, sanando enfermos, resu citando a los muer -
tos, y echando fuera espíritus in mundos. El ministerio de sanidad de Jesús ha pro -
seguido por casi dos mil años, y continuará así hasta que el vuelva a la tierra. Jesús
nos dio esta gran promesa: "El que en mi cree, las obras que yo hago, el las hará tam -
bién; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre." (Juan 14:12.)
Los dones de la sanidad se destinan para la curación de lesiones, incapacidades
físicas o mentales, y enfermedades en general, sin la ayuda de medios naturales
de la destreza humana.
Son manifestaciones del Espíritu Santo que, movido a misericordia, y canalizándose
a través de seres humanos, van en ayuda del necesitado. Las personas utilizadas por
Dios como sus conductor para ejercer la sanidad; no deberían tener la pretensión de
"poseer" esos dones, ni deberían adjudicarse el titulo de "sanadores", sino mas bien
darse cuenta que a través de ellos podrían ma nifestarse cualquiera de los nueve dones,
en la ocasión en que lo dispusiera el Espíritu Santo, de acuerdo a las necesidades de
los que lo rodean. Existe una real interdependencia entre Dios y el hombre en todo lo
relativo a los dones del Espíritu. Por ejemplo, si somos movidos a orar por un amigo,
debemos tomar nuestro vehículo, ir a la casa del amigo, hablar de cómo Jesús sana
hoy en día, orar con el amigo y Jesús hará la curación. Un espectador podría decir: "A,
lo que parece, lo han hecho todo." En realidad, al principio, fuimos un "testigo", infor -
mando lo que puede hacer Jesús; luego un "mensajero", trayendo el don de Jesús, a
través del Espíritu Santo que mora en nosotros. Dios nos guía y nos utiliza en su tarea,
pero el que sana es Jesús . Gozamos del privilegio de ser colaboradores juntamente con
el Señor Jesús. Después de la ascensión y de Pentecostés, la Escritura nos dice que los
discípulos "... saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirman -
55
do la palabra con las señales que la seguían". (Marcos 16:20.)
No es indispensable que un cristiano haya recibido el bautismo del Espíritu Santo
para poder orar por los enfermos, ni el hecho de que una persona que ha orado con re -
sultados positivos por un enfermo sea una señal de que ha recibido el bautismo del Es -
píritu Santo. Jesús dijo: "Estas señales seguirán a los que creen... sobre los enfermos
pondrán sus manos, y sanarán." (Marcos 16:17-18.) Cualquier creyente pue de orar por
un enfermo y verlo curarse por el poder de Jesús. Sin embargo, y hablando en térmi -
nos ge nerales, el don de sanidad se manifiesta después de haber recibido el bautismo
en el Espíritu Santo , al aumentarse la fe, y recién entonces el cristiano comienza a mi-
nistrar a los enfermos. Al igual que los otros dones, el de sanidad se exterioriza con
mucha mayor intensidad y realidad, después de recibir el Espíritu Santo .
Se entiende habitualmente por "imposición de las manos" el tocar la cabeza del en -
fermo con una o las dos manos, mientras elevamos la oración. No es un acto mágico,
pero es bíblico. Como lo expresa Oral Roberts, constituye un "punto de contacto" para
que el enfermo "libere su fe". Puede también ser una vía por la cual se canalice el
efectivo poder del Espíritu . La Biblia dice que podemos poner las manos sobre el en -
fermo, y así lo hacemos. No obstante, tomemos nota de que Jesús oró por los enfer -
mos de muy variadas maneras. A veces ponía sus manos sobre ellos, o tocaba sus ojos
o sus orejas; en otras ocasiones les soplaba su hálito; y a veces no hacia ni siquiera un
gesto, simplemente pronunciaba una palabra y los enfermos eran curados. En algunas
ocasiones les ordenaba a ellos que hicieran algo, como un acto de fe. Una vez le untó
con barro los ojos a un hombre y le ordenó que se lavara. Y a unos lepro sos todo lo
que les dijo fue: "Id, mostraos a los sacerdotes" (el departamento sanitario), y al darse
vuelta para ir, ¡fueron sanados! De paso, debemos llamar la atención sobre todas las
personas afectadas de enfermedades que requieren tratamiento medico y están someti -
das a medicación. Aconsejamos a los tales, que no suspendan el tratamiento especifico
(contra la epilepsia, la diabetes, los trastornos cardiacos, por ejemplo) antes de "ir y
mostrarse a los sacerdotes" -los médicos- quienes deberán certificar la curación . Lo
mismo se aplica a las personas afectadas de tuberculosis o cualquier otra enfermedad
contagiosa, que ha sido curada por Jesús por medio del don de sanidad.
En la epístola de Santiago leemos de curaciones efectuadas a enfermos "ungiéndoles
con aceite" (San tiago 5:14-15) y en respuesta a sus oraciones eleva das con fe. Los an -
cianos, los dirigentes de la congregación, efectúan el ungimiento al par que oran por
los enfermos de esa congregación en particular. Los discípulos ungían con aceite y
oraban por los enfermos. (Marcos 6:13.) En la Biblia el aceite re presenta uno de
los símbolos del Espíritu Santo. "Ungir" significaba derramar aceite (generalmente
de oliva) sobre el enfermo mientras se oraba por el. Actualmente la costumbre se re -
duce a tocar la frente del enfermo con aceite. La epístola de Santiago dice a conti -
nuación: "La oración de fe salvará (sanará) al enfermo, y el Señor lo levantará..."
(Santiago 5:15.) Notemos la naturaleza incondicional de la promesa. En la Escritura no
hallamos ningún mandamiento que nos exija concluir la oración de sanidad con esa
frase tan devastadora de la fe que dice: "Si es tu voluntad". Dios ha dejado clara -
mente sentado en su Palabra, que es su voluntad curar a los enfer mos, de modo que
todo cuanto se diga al respecto esta demás. Jesús jamás utilizó la forma condicional
cuando oro por los enfermos. El nos dijo que debemos creer que habremos de recibir la
respuesta a nuestras oraciones, aun antes de que oremos. (Marcos 11:24. ) Algunos
56
nos recuerdan que Jesús oró en Getsemani diciendo "Padre, si quieres..." ó "no se haga
mi voluntad, sino la tuya". Pero esta es una situación totalmente distinta. Jesús sa-
bía cual era la voluntad del Padre. Vino al mundo con el exclusivo propósito de morir
por nuestros pecados y resucitar para nuestra justificación. La oración se refería a su
renuencia de sentirse separado de la amante comunión con su Padre, que es lo que
ocurriría durante las dolorosas horas de la cruz, cuando cargo sobre sus hombros e1 pe-
cado de toda la humanidad.
Y cuando se trata de la sanidad, sabemos cual es la voluntad del Padre: "Yo soy Je -
hová, el sanador." (Éxodo 15:26.) "El que sana todas tus dolencias." (Salmo 103:3.)
"Quitaré toda enfermedad de en me dio de ti." (Éxodo 23:25.)
Algunos confían en que Jesús podría sanar ¡pero no están muy seguros en cuanto al
Padre! En cierta ocasión le pidieron a Dennis que visitara a una mujer gravemente en -
ferma a quien los médicos habían desahuciado.
Cuando entro a la pieza, pudo ver que efectivamente estaba muy enferma. Pálida y
enflaquecida, mostraba, sin embargo, un hermoso resplandor en su rostro. Con una
sonrisa le dijo a Dennis: -No se preocupe. Estoy reconciliada con el hecho de que esta
es la voluntad de Dios.
¿Qué podía responder a eso? Lo habían enviado a orar por su mejoría, y ella estaba
segura de que Dios quería que muriera. Le dijo:
-No puedo discutir con usted en momentos como estos, pero le ruego me conteste
una pregunta: si Jesús en persona entrara a esta pieza ¿que cree usted que haría?
-¡Me sanaría!
Dennis asintió. -¿No tiene ninguna duda en cuanto a eso?
Movió su cabeza en un gesto negativo.
-Bueno. Jesús dijo que el únicamente hacia las cosas que veía hacer al Padre, es decir
que no hacía nada por sí mismo. (Juan 5:19.) También dijo que el y su Padre estaban
tan unidos, como si fueran uno, y que, si le habíamos visto a e1, habíamos visto al Pa -
dre. ¿Cómo puede usted decir, entonces, que Jesús la sanaría pero que la voluntad del
Padre es que muera de esta enfermedad?
Meditó un rato y luego su rostro se iluminó más de lo que ya estaba.
-Comprendo bien lo que usted quiere decir.
Y ahora si podían orar en favor de su curación.
Una señora nos relato su experiencia. "Cuando estuve gravemente enferma, varias
personas oraron conmigo pero al terminar siempre añadían las pa labras "si fuere tu
voluntad, Señor". Yo me angustiaba cada vez que oía esa frase. El día en que recupere
la salud fue el día en que una de esas personas oró con verdadera fe. Estuve esperando
escuchar la frase "si fuere tu voluntad", pero ¡alabado sea el Señor! no la dijo." Si no
podemos orar por un enfermo con certeza y fe, deberíamos abstenernos de orar hasta
que logremos hacerlo o, de lo contrario, pedirle a otro que lo haga.
No es necesario que elevemos largas oraciones por los enfermos. Cuando contamos
con la fe necesaria para pronunciarla, una palabra imperativa basta para lograr el re -
sultado apetecido: "¡Sana, en el nombre de Jesús!" Jesús sanaba con un toque o una
palabra, casi siempre con una orden: "Sé limpio" le dijo al leproso. Al paralítico le
dijo: "Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa." Ordenó a los oídos del sordo: "Sé
abierto." Al hombre que tenía la mano seca le ordenó: "Extiende tu mano" y la mano
le fue res taurada sana .
Observemos que en la lista de 1 Corintios 12:9 Pablo habla de " dones de sanidades "
57
y no de "don de la sanidad". Los menciona tres veces en el capítulo y en todos los ca -
sos los dos sustantivos están en plural. La traducción literal diría: "Dones de sanida -
des."
Y es lógico que así sea, desde el momento en que hay muchas enfermedades se nece -
sitan muchos dones. Una de las más hermosas promesas de sanidad, referidas a Jesús
como nuestro Sanador, es la que dice: "El herido fue por nuestras rebeliones, molido
por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre e1, y por su llaga fuimos no -
sotros curados." (Isaías 53:5.) Y nosotros podemos decir con Pedro, lo que e1 dijo mi -
rando atrás hacia la crucifixión: "Por cuya herida fuisteis sanados." (1 Pedro 2:24.)
Las treinta llagas en las espaldas de Jesús representan la sanidad de todas nuestras en -
fermedades. Al igual que con los demás dones, algunos cristianos reciben el ministe -
rio de sanidad, y con frecuencia son utilizados de esta manera. Y no es raro observar,
en este mi nisterio, que resulta más efectivo orar por algunas enfermedades en particu -
lar. Por ejemplo, un amigo nuestro realiza un poderoso ministerio para la artri tis, otro
para los dolores de muelas, etc. Tal vez sea esta la razón porque Pablo habla de "dones
de sanida des". Algunos han desarrollado' este ministerio de manera notable, a resultas de
lo cual miles de personas han sido curadas y auxiliadas. Estamos profundamente agradecidos
a esas personas dedicadas y entregadas a Dios. Y será aun más esplendido cuando un crecido
número de los hijos de Dios tomen la inicia tiva y obedezcan el mandato de "sanad a los enfer -
mos". En toda congregación donde sus miembros han r ecibido el bautismo en el Espíritu
Santo, se encuentra gente con un ministerio de sanidad latente.
Una persona puede ser curada por la fe de otra cuando esta demasiado enferma o débil para
ejercitar su propia fe (Marcos 2:3-5) aun cuando este inconsciente o en coma. La cura-
ción puede efectivizarse por medio de la fe sola (en Jesús) del enfermo (Mateo 9:22, 29) o
por la fe combinada del enfermo y del que ejerce su ministerio. (Marcos 5:25-34.)
Esto último, por supuesto, es la situación más de seable. Cuando sea posible, es importante
darse el tiempo suficiente para cimentar la fe del enfermo, antes de imponerle las manos
para la curación. Esto puede hacerse compartiendo pasajes de la Biblia que se refieren a la
sanidad, y compartiendo testimonios personales. Ya le dijo el apóstol Pablo escribiendo a
los romanos: "La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios." (Romanos
10:17.) Debemos acla rar con toda precisión que ni siquiera necesitamos depender de
la fe de otros, y que nos basta con la Palabra de Dios.
Rita estaba compartiendo su testimonio con un grupo de mujeres en un hogar en Spokane,
Washington, en el año 1965, cuando sonó el teléfono. Era una señora que se llamaba Juanita
Beeman. La dueña de casa la presentó a Rita por teléfono, y tomó cono cimiento del
problema. Juanita tenía una afección cardiaca que se manifestaba por taquicardia (acel e-
ración de los latidos del corazón) debido a lo cual le hablan instalado un marcapaso elec-
trónico. A pesar de que habían transcurrido varios meses desde la operación para im-
plantarle el aparato, tenia que guardar cama en reposo absoluto. Su corazón estaba dilatado
y cada quince días tenían que extraerle el líquido que resumía y que se deposita alre-
dedor del corazón, debido a la presencia del aparato que actuaba como un cuerpo extra-
ño. Le pidió por teléfono a Rita que fuera a su casa a orar por ella. A la mañana se dio
cuenta de que eran verdaderos creyentes. Después de compartir los pasajes referidos a
la sanidad y de hablar sobre los distintos casos de sanidad que ella había presencia-
do, oraron. La presencia de Dios se hizo tan patente y poderosa, que todos ellos fueron
movidos a lágrimas. Varios días después, cuando Jua nita entro caminando al consulto-
rio del médico (antes debido a su debilidad tenia que ser transportada en una silla de
58
ruedas), este le preguntó sorprendido:
-¿Qué ha sucedido?
Ella le respondió alegremente: -¡Dios contesta las oraciones, doctor!
El médico la examino, y comprobó que su corazón se había reducido a su tamaño normal, y
que no se había depositado mas liquido. Juanita, desde entonces, ha vivido una vida gozosa
y activa.
Cuando oramos por los enfermos, tanto ellos como nosotros deberíamos sentirnos edifica-
dos. Smith Wigglesworth aseguro que nunca sentía tan de cerca el poder de Dios como
cuando oraba por los enfermos. Muchas veces tuvo una visión de Jesús cuando estaba en-
tregado a una ferviente oración de sanidad. Descubrió, además, la importancia que tiene el
medio ambiente que nos rodea cuando hacemos la oración.
Nos consta que hemos visto a un paciente literalmente dominado por la televisión, cuando
tenia sus ojos pegados a la pantalla ¡y a duras penas logramos convencerlo que apagara el
televisor para poder elevar una oración de sanidad! Si las circunstancias están bajo nuestro
control, debemos insistir en quitar todo motivo de distracción, no solamente durante el mo-
mento que dure la oración, sino especialmente después y, si es posible, antes. Smith Wi-
gglesworth, si podía, solicitaba a los incrédulos que abandonaran la pieza antes de elevar la
oración de sanidad. Así lo hizo Jesús cuando resucito a la hija de Jairo. (Marcos 5:38-40.)
Por supuesto que todas estas actitudes deben ser tomadas con amor.
Las personas que sientan la vocación de orar por los enfermos deben dedicar el tiempo que
sea necesario para preguntarle a Dios cómo proceder. Se debe contar con que otros dones
del Espíritu, tales como la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento se manifiesten
conjuntamente con los dones de sanidades. Pudiera haber algo en la vida del enfermo que
esté impidiendo la curación, y que podría ser revelada por la palabra de sabiduría.
El don de la palabra de sabiduría puede ser un gran edificador de la fe. A veces el Señor le
hará conocer a un cristiano que otro padece de una enfermedad. Al compartir ambos cristia-
nos este conocimiento, le infundirá al enfermo una gran certeza y la fe necesaria para recep-
tar la sanidad que se le ofrece. Varios evangelistas de sanidad dependen en gran medida de
la palabra de sabiduría para cimentar la fe, y a medida que el Señor pone de manifiesto las
necesidades, la gente es curada allí donde se encuentren, sentadas o de pie, sin necesidad de
que nadie en particular oficie con ellos individualmente, aparte del Señor.
La fe, por supuesto, es el más importante de los dones en el ministerio de la sanidad. Hay
ocasiones en las cuales el don de la fe será tan fuerte, que sabremos, aun antes de orar, que
la persona será curada.
Es importante explicarle al enfermo, que cuando las manos les son impuestas, debe dar
rienda suelta a su fe y recibir la curación. Como ya lo hemos dicho, la sanidad de Dios pue-
de producirse por un toque, una palabra o cualquier otro acto de fe. Algunas personas fue-
ron curadas escuchando la radio cuando un evangelista predicaba sobre la sanidad. Esto
ocurrió recientemente durante el curso de una transmisión radial en Seattle, Washington, a
pesar de ni siquiera haberlo sugerido. Una radio escucha dio rienda suelta a su fe y se curó.
Personas en lugares alejados, fueron curadas por las oraciones de sus amigos (Mateo 8:8),
aun sin saber que los amigos estaban orando. Un grupo de miembros de la Iglesia Episcopal
de Van Nuys, California, oraban por una amiga que sufría de un tremendo absceso en la
muela. Mientras oraban, sonó el teléfono:
¿Que esta ocurriendo ahí? -pregunto la mujer-. ¡De pronto me he curado!
La Biblia registra otros casos extraordinarios de sanidad por el simple hecho de que la
sombra de una persona pasara sobre los enfermos (Hechos 5:15) o entregando a los enfer-
59
mos paños o delantales que habían tocado las personas utilizadas por Dios para ese ministe-
rio de la sanidad. (Hechos 19:11-12.) De más está decir que estas cosas pueden ser motivo
de abuso o de uso incorrecto, pero sin duda alguna son reales y verdaderas. Además, repeti-
mos, brindan la ocasión para dar rienda suelta a la fe. Sabemos de casos, en la actualidad,
en que alguien ha puesto en contacto con el cuerpo del enfermo -sin que el en fermo lo su-
piera- un pañuelo bendecido, y el enfermo se ha curado. En este caso actúa la fe de la per -
sona que trae el objeto bendecido y que es el conducto que Dios utiliza para la curación.
Sabemos por la Biblia que Dios quiere que su pueblo sea integro en espíritu, alma y cuer-
po. A pesar de lo maravilloso que es la curación física, estamos conscientes de que nuestra
vida en este planeta no pasa de ser una gota en el océano de la eternidad. De ahí que, como
es fácil comprender, la sanidad más importante es la curación del alma y del espíritu, pues
ello tiene valor eterno. Muchas veces, sin embargo, cuando el hombre interior recibe la sal-
vación de Dios, se produce una reacción en cadena por la cual la santidad de Dios le infun-
de salud al espíritu y al cuerpo. La carta a los romanos dice así: "Si confesares con la boca
que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios se levanto de los muertos, serás
salvo." (Romanos 10:9.) En griego, la palabra que nosotros traducimos como "salvar" es
sozo, que significa ser curado, resguardado de peligro, mantenido en lugar seguro, o salva -
do de la muerte eterna. Es una palabra que abarca muchísimos conceptos, y se aplica no
solo al espíritu sino también al alma y al cuerpo. Cuando Ananías oró por Pablo, este fue
curado de su mal físico y bautizado en el Espíritu Santo casi simultáneamente. (Hechos
9:17-18.) Y sabemos que estas cosas ocurren en el día de hoy. La oración en el lenguaje
que dicta el Espíritu Santo (hablando en lenguas) puede curar, pues el Espíritu Santo nos
guía para que oremos por nuestras debilidades y dolencias, y por las necesidades de otro.
(Romanos 2:26.)
Hemos mencionado, según Santiago 5, las directivas de ungir a los enfermos con aceite y
pronunciar la oración de la fe. También observamos que Santiago dice "Si hubiere cometi-
do pecados, le serán perdonados". (Santiago 5:15.) La enfermedad, como la muerte, apare-
ció como resultado de la caída del hombre. Pero el Señor Jesús dejó claramente sentado que
no toda enfermedad es el resultado directo del pecado en la vida del individuo. Los discípu-
los le preguntaron sobre el ciego relatado en Juan 9: "¿Quién pecó, este o sus padres, para
que haya nacido ciego?" La respuesta de Jesús fue terminante: "No es que pecó este ni sus
padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en el." (Juan 9:3.)
Pero en otras ocasiones, Jesús establece una relación directa entre los pecados del indivi-
duo y su enfermedad. En Lucas 5 leemos de la forma de que se valieron cuatro amigos para
transportar un paralítico hasta donde estaba Jesús. Como primera medida Jesús le dijo al
paralítico: "Hombre, tus pecados te son perdonados." Luego le ordenó que se levantara y se
fuera a su casa.
En Juan 5 Jesús sana otro paralítico, pero esta vez le advierte: "No peques más, para que
no te venga alguna cosa peor." (Juan 5:14.)
Cuando oramos por los enfermos, debemos estar advertidos de que un pecado sin arrepen-
timiento, un hondo resentimiento o una pésima actitud, pueden interferir e impedir la cura-
ción. El Libro de Oración Común en la parte correspondiente al servicio para la visitación
de enfermos, da las siguientes directivas:
"Entonces la persona enferma será exhortada a hacer una confesión especial de sus peca-
dos, si siente preocupación de conciencia; después de tal confesión, y con la evidencia de
su arrepentimiento, el ministro le dará seguridad de la misericordia y perdón de Dios." 1 Es
de buena política, antes de orar por un enfermo, preguntarle si "siente preocupación de con-
60
ciencia", y en caso afirmativo guiarlo al arrepentimiento y a la confesión de su pecado, de
la manera en que siempre lo haremos. 2
Doquiera se mueva el Espíritu Santo, habrá sanidad. Dios no es glorificado en la enferme-
dad de su pueblo, como algunos erróneamente enseñan, sino, por el contrario, en su cura-
ción. Cuando Pablo nos dice que el se "gloriara en sus debilidades" (que no significa nece-
sariamente debilidades físicas o enfermedad) quiere decir que su debilidad le da ocasión a
Dios para demostrar su poder. Los hombres son guiados a Jesús hoy en día al comprobar su
poder de sanidad, de la misma manera que lo era en los días del Nuevo Testamento. La cu-
ración física del incrédulo debería llevarle a Jesús como su Salvador. Debido a que con el
correr de los años, y aun hoy, tantas iglesias han dejado de proclamar la verdad de que Je-
sús sana en la actualidad, han surgido cultos falsos exhibiendo un tipo de sanidad que no es
bíblica y que no glorifica a Jesús.
Por otra parte, numerosas iglesias de todas las denominaciones, que se están movilizando
en una dirección carismática, comprueban más y más casos de sanidad. Ciegos que recupe-
ran la vista; cataratas que se disuelven (¡y aun cuencas vacías que se llenan!); oídos sordos
que oyen; tumores que desaparecen; huesos fracturados que sueldan de inmediato; cardio-
patías curadas; esclerosis múltiple, tuberculosis, cáncer, parálisis, artritis, y todas las enfer-
medades que afectan al cuerpo humano y son curadas por el toque de la mano del Maestro.
Algunas de estas curaciones han sido instantáneas, otras progresivas, al gunas parcia-
les. En las ocasiones en las que hubiéramos esperado ver una curación y no la vimos, la cul-
pa no fue de Dios sino del hombre. Somos muy rápidos para decir: "Dios no lo hizo. Me
imagino que no está dispuesto a sanarme." Sin embargo, la Palabra de Dios nos asegura que
sí lo está, y ahora mismo.3
La gente dice: "Yo creería en la sanidad si viera un caso en el cual el médico tomara una
radiografía, luego se orara, a continuación el medico tomara otra radiografía que probara
que efectivamente se curó."
3
Las Escrituras prometen salud para el creyente. Por otro lado, debido a una variedad de razones, a veces los
creyentes enferman. La promesa, sin embargo, es que si enfermamos, Dios nos sanará. Algunos dicen: "Pero
no van a vivir para siempre. Algún día tienen que morir." Es cierto. Pero el pueblo de Dios tiene la promesa
de una larga vida, y cuando vayamos al hogar de nuestro Padre, no es necesario que lo hagamos en enferme-
dad y dolor. En Génesis 25:8 leemos que: "Y exhalo el espíritu, y murió Abra ham en buena vejez, anciano y
lleno de años, y fue unido a su pueblo.”
Hay muchos de esos casos que están debidamente registrados y archivados, con la cura-
ción perfectamente corroborada por la evidencia médica, con radiografías, análisis de labo-
ratorio, etc. Desgraciadamente, los que exigen tales pruebas nunca las buscan. Jesús dijo:
"Si no oyen a Moisés y a los profetas (que ciertamente fueron testigos de las curaciones de
Dios), tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos." (Lucas 16:31.)
La mejor manera de aprender sobre la sanidad, es comenzar a orar por los enfer-
mos. Pidámosle a Dios que nos ayude en esta decisión y andemos en fe. Algunos saben
cuando deben orar por un enfermo por el testimonio interior; otros perciben una tibieza en
sus manos; otros pueden acusar una arrolladora compasión. No debemos depender sola-
mente de estos signos exteriores, pero si confirman la percepción interior de nuestro espíri-
tu, contaremos con dos testimonies para reclamar la sanidad de Dios, especialmente si las
circunstancias favorecen que oremos por los necesitados. Cuando se produce la sanidad, de-
mos la gloria a Dios y guiemos a Jesús a la persona sana da, si aún no lo ha encontrado. Las
61
señales nos seguirán en la medida que continuemos mirando al Señor Jesús y permanezca-
mos en su amante comunión.
62
10 El obrar milagros
Los milagros son hechos que anulan o contradicen a las denominadas "leyes de la natura-
leza". Estrictamente hablando, no existen "leyes de la naturaleza" como tales. El concepto
de "leyes" físicas ha sido descartado por la física moderna, que define los sucesos naturales
en términos de "probabilidades". Por ejemplo, la antigua física newtoniana establecía que:
"Hay una ley según la cual -descontando la resistencia del aire- todos los objetos caen con
una aceleración de 9,81 metros/segundo." La ciencia moderna diría: "Es probable que todo
objeto que cae acelerará su velocidad a razón de 9,81 metros/segundo." Y esto se asemeja
muchísimo a lo que dice el cristiano: "Las denominadas leyes de la naturaleza, codificadas
por la ciencia humana, no son otra cosa que la manera habitual que tiene Dios de hacer las
cosas." Mantiene un orden regulado para nuestra conveniencia . ¡Que desmañado seria vivir
en un universo donde nada se repitiera dos veces de la misma manera! ¡Sería como vivir en
un mundo de "Alicia en el país de las maravillas" y en medio de un gran desorden! Sin em-
bargo, Dios en beneficio de su pueblo creyente, cambiará su acostumbrada manera de hacer
las cosas, para poder atender a sus necesidades y además para mostrarles que el es soberano
y tiene todo el poder. Los grandes milagros del Antiguo Testamento se hi cieron, justamen-
te, para atender a las necesidades, de la gente, y demostrarles que Dios era real, y que todo
esta bajo su control.
No es siempre fácil trazar una delgada línea divisoria entre el don de milagros y los dones
de sanidades. Pareciera que la "sanidad" comprende a aquellos actos de poder que supone
la curación de una condición en el cuerpo humano (o en el cuerpo animal, porque la sani-
dad alcanza también a los animales por la oración). Otros sucesos caerían bajo el titulo de
milagros.
Mencionaremos algunos de los milagros típicos del Antiguo Testamento: la separación de
las aguas del mar Rojo para que escapara el pueblo de Israel (Éxodo 14:21-31) ; la deten-
ción del sol y de la luna para Josué (Josué 10:12-14); la tinaja de harina que no escaseó y la
vasija de aceite que no menguó durante el hambre en la tierra (1 Reyes 17:8-16) ; el fuego
que cayó del cielo sobre el Monte Carmelo para quemar el sacrificio de Elías y revelar al
verdadero Dios. (1 Reyes 18:17-39); el retroceso de diez grados del sol según el reloj de
Acaz, en respuesta a la oración de Isaías, (2 Reyes 20:8-11); las milagrosas plagas de Egip-
to (Éxodo 7:12); la transformación en inocua de un potaje venenoso realizado por un acto
de fe de Eliseo. (2 Reyes 4:38-41.) La mayoría de los grandes milagros del Antiguo Testa-
mento ocurrieron en las vidas de Moisés, Elías y Eliseo.
El relato de Elías y de su discípulo Eliseo nos habla a nosotros en el día de hoy. Eliseo pi-
dió una "doble porción" del Espíritu Santo que poseía Elías. Cuando Elías fue arrebatado al
cielo, su manto -símbolo de su ungimiento- cayó sobre Eliseo. (2 Reyes 2:9-14.) El hecho
notable que registra la Escritura, es que Eliseo hizo el doble de los milagros que había eje-
cutado Elías. Esto es simbólico de lo que les ocurrió a los creyentes después de la ascensión
de Jesús, si bien Jesús no les legó solo una "doble porción" de su Espíritu, pues no estable-
63
ció limite alguno. Simplemente dijo: "Mayores obras hará, porque yo voy al Padre." (Juan
14:12.)
El don de milagros es uno de los dones que rinde mucha gloria a Dios y uno de los que
más debería manifestarse en el día de hoy, de acuerdo a la pro mesa de Jesús. Dios se deleita
en hacer milagros, y esta utilizando a sus hijos en la práctica de este don. El poder para ha-
cer mayores obras viene del hecho de que Jesús ascendió al cielo y Pentecostés recibió la
plena potencia del Espíritu Santo, poder con que cuen tan los cristianos desde aquel enton-
ces.
Por supuesto que Jesús ejecuto más milagros que ningún otro personaje en la Biblia, sin
que todos ellos, aparentemente al menos, hayan sido registrados. Como ya lo dijo Juan: "Y
hay también muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una,
pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir." (Juan 21:25.)
Unos cuantos de sus milagros, que hallamos en la Biblia, incluyen los siguientes: transfor-
mar el agua en vino (Juan 2:1-11) ; caminar sobre las aguas (Mateo 14:25-33); alimentar
milagrosamente a la multitud (Marcos 6:38-44; Mateo 16:8-10) ; calmar la tempestad en el
mar (Marcos 6:45-52) ; la pesca milagrosa (Juan 21:5-12) ; pescar un pez y sacar una mo-
neda de su boca (Mateo 17:27).
El primer milagro de Jesús fue la transformación del agua en vino: "Este principio de se-
ñales hizo Jesús en Cana de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él."
(Juan 2:11.) Jesús realizó milagros, movido por su compasión frente a las necesidades hu-
manas y por razones practicas. Cuando caminó sobre las aguas fue para tranquilizar a sus
discípulos y además porque tenía apuro en llegar a Betsaida. Cuando alimento milagrosa-
mente a las multitudes, lo hizo porque era imposible conseguir alimento de otra manera.
Cuando transformó el agua en vino fue por que había necesidad de vino en la fiesta. Obser-
vemos que los milagros no se ejecutaron para asustar a los incrédulos y forzarlos a creer,
sino más bien para estimular a los que ya creían o a los que querían creer. "La generación
mala y adultera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás
(haciendo referencia a su muerte y resurrección)." (Mateo 12:39-40.) Mucha gente dice:
¡Ahí lo tienen! ¡No se supone que tengamos señal!" Pero pasan por alto el hecho de que Je-
sús está hablando a una "generación mala y adultera". Por otra parte, Jesús dijo:
"Estas señales seguirán a los que creen..." (Marcos 16:17.)
Después de Pentecostés, los apóstoles y otros que no lo eran, hicieron muchas señales de
poder: en varias ocasiones los creyentes fueron liberados de la cárcel por el poder angélico
(Hechos 12:1-17; 16:2540; 5:17-25); el evangelista Felipe fue transportado corporalmente a
Azoto por el poder del Espíritu Santo. (Hechos 8:39-40.) (Tomemos nota de lo siguiente:
esto no fue una "proyección astral" o nada parecido. Felipe fue físicamente y corporalmente
arrebatado por el Espíritu Santo y transportado de Gaza a Azoto, (¡una distancia de 38 kiló-
metros!) Obrando milagrosamente, Pablo encegueció transitoriamente a Elimas el mago
para que cesara en su oposición al Evangelio. (Hechos 13:9-12.) Pablo fue mordido por una
víbora venenosa y no sufrió daño alguno. (Hechos 28:3-6.)
Pedro y Pablo cuentan en su haber el mayor número de milagros registrados en el libro de
los Hechos de los Apóstoles, pero también ejecutaron milagros Esteban y Felipe, y en 1 Co-
rintios 12 el don de hacer milagros es uno de los nueve dones que regularmente manifesta-
ban los creyentes.
¿Qué quiso decir Jesús cuando afirmó que los que creen en el harían "cosas mayores"? Al-
gunos piensan que significa que se producirán muchos mas milagros, en razón del mayor
numero de personas que hoy en día son llenados con el Espíritu Santo. Otros creen que po-
64
dría significar también que se harán nuevos milagros, en adición a los que registra el relato
bíblico, y mayores aun que aquellos. De una cosa estamos seguros, y es de que si Jesús tuvo
la intención de que los creyentes hicieran nuevos milagros, serían siguiendo el modelo de-
terminado ya por el Señor, y de acuerdo con las Escrituras. Hay muchos hechos horripilan-
tes que tienen lugar en la actualidad, a medida que los hombres y las mujeres experimentan
con lo oculto y lo psíquico, es decir con los poderes de Satanás, y el cristiano no debe dejar-
se engañar por ellos. La Escritura nos dice que los seguidores del enemigo harán "grandes
señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuese posible, aun a los escogidos".
(Mateo 24:24; Marcos 13:22.)
Sin embargo, los milagros se suceden hoy en día, de acuerdo a las normas establecidas por
las Escrituras. En el libro Nine O'Clock in the Morning, (A las nueve de la mañana), cita-
mos varios casos en que Dios modificó sorprendentemente las condiciones atmosféricas, en
respuesta a una oración hecha con fe.1
Hay ejemplos de personas que, en la actualidad, han sido transportadas físicamente en el
Espíritu, de la misma manera en que lo fue Felipe el evangelista, según la crónica registrada
en Hechos 8:39-40. David du Plessis, probablemente el más conocido testigo del reaviva-
miento carismático, fue actor de un milagro igual, al comienzo de su ministerio. Estaba reu-
nido juntamente con otros hombres en el jardín de la casa de un amigo, orando por otro
hombre gravemente enfermo y que vivía en una casa distanciada casi dos kilómetros de
donde estaban ellos.
"Mientras orábamos", cuenta David, "el Señor me dijo: "¡te necesitan ya mismo al lado del
lecho de ese enfermo!" Arrebaté mi sombrero, corrí alrededor de la casa y di un primer
paso saliendo del portal, para dar el segundo paso en el umbral de la casa donde yacía en-
fermo mi amigo, ¡a casi dos kilómetros de distancia! Por supuesto que me sorprendí sobre-
manera. Me consta que fui transportado de manera instantánea esa distancia, porque alrede-
dor de quince minutos llegó el resto de los hombres con quienes había estado orando, los
cuales llegaron agitados por el esfuerzo realizado. Me preguntaron: " ¿Cómo llegaste aquí
tan rápido?"
David tenía que llegar inmediatamente, y Dios simplemente proyecto el transporte.
En estos últimos años se esta desarrollando en Indonesia lo que tal vez sea el más podero-
so reavivamiento de cristianismo neotestamentario, que el mundo haya experimentado ja-
más. Nos llegan informes bien documentados de sucesos milagrosos de la misma naturaleza
y magnitud que los relatados en la Biblia. 2 Miles de personas han sido milagrosamente ali-
mentadas con provisiones calculadas para unos cuantos centenares; el agua ha sido transfor-
mada en vino para poder tomar la santa cena; grupos de cristianos han caminado sobre las
aguas para poder cruzar ríos y proclamar las buenas nuevas de Cristo, por no decir nada de
los miles que han sido sanados y aun resucitados de entre los muertos. 3 Se podrían descartar
estos informes como fantasiosos, salvo el hecho de que han sido confirmados por testigos
fidedignos, y a menudo por cristianos que previamente no creían que los milagros relatados
en el Nuevo Testamento pudieran repetirse hoy en día. Tal vez la más poderosa evidencia
indirecta de la verdad de estas señales, radica en el hecho que más de dos millones y medio
de musulmanes han aceptado a Cristo, como asimismo miles de comunistas. La prensa
mahometana admitió recientemente ¡la conversión de dos millones de mahometanos a la fe
cristiana!
Una de las principales razones de lo que está ocurriendo, sin duda alguna, consiste en el
hecho de que están viendo el poder de Dios manifestado, no solamente en el milagro de vi-
das transformadas, sino en los milagros literales de la Biblia. ¿Por qué habrían de ocurrir
65
semejantes acontecimientos? Es debido a que los indonesios nunca les han dicho que cier-
tas partes de la Biblia "no son para hoy"; de ahí que lo están practicando en fe simple; ¡Y
da resultado! ¡Dios vive!
Dios se arriesga cuando comparte con su pueblo sus obras sobrenaturales. Sin duda obra-
ría mas milagros entre su pueblo, pero bien sabe que eso seria perjudicial para nosotros a
menos que estemos espiritualmente preparados. Oímos la verdadera historia de un evange-
lista que había sido poderosamente utilizado por Dios, hasta que una noche el poder y la
gloria de Dios elevaron a esta persona un par de metros desde el suelo, a plena vista de la
congregación. Fue tan impresionante esta experiencia, que desde esa noche en adelante ese
particular siervo de Dios no podía hablar de otra cosa sino de cómo algún día los cristianos
serán transportados de un lugar a otro en el Espíritu para proclamar el evangelio a todo el
mundo. Al final se redujo a ser el único tema de ese evangelista, resultando ser un impedi-
mento para la predicación del Evangelio y un buen ministerio reducido a casi nada
Conviene detenernos un poco y analizar este ejemplo en particular. ¿Cuál fue el propósito
de este milagro? Podríamos responder de inmediato: "!Oh, para probar a los asistentes que
el evangelista estaba diciendo la verdad!" No, de ninguna manera, porque también Satanás
puede elevar a las personas en el fenómeno denominado "Levitación". Entre las personas
que incursionan en el campo de lo oculto actualmente, algunos experimentan con estos fe-
nómenos, tratando de aprender a flotar en el aire o levantar objetos pesadísimos con la ayu-
da de poderes "espirituales". Una variedad del espiritismo que se practica en tertulias fami-
liares y que consiste en hacer mover una mesa sin tocarla, es una forma de levitación. El
hecho de que alguien pueda ser elevado de la tierra, de ninguna manera prueba que esa per-
sona sea de Dios, como tampoco lo prueba el hecho de que pueda sanar a los enfermos.
En el caso particular que estemos analizando, no era necesario un milagro para probar que
el evangelista era de Dios, pues eso surgía claramente de lo que estaba diciendo: proclama-
ba el evangelio de Jesucristo. ¿Cuál fue, entonces, el propósito del milagro? Era simple-
mente para alegrar el corazón de la gente que estaba escuchando, mostrando una vez más
cuán real es Dios. No era otra cosa que Dios expresando el amor al predicador y a los oyen-
tes de una manera extraordinaria. Nuestro amigo evangelista cometió el error de querer ade-
lantarse a Dios y a las Escrituras, especulando sobre las cosas que tal vez Dios haría en el
futuro, y edificando sobre ello toda una doctrina. Si bien es posible que a medida que au-
menta el fragor de la batalla aumentará el numero de personas que sean transportadas en el
Espíritu, no contamos con antecedentes bíblicos para decir que Dios lo va a establecer
como un "ministerio". Si hubo alguien en la historia que pudo haber utilizado esa "vía aé-
rea", ese alguien fue el apóstol Pablo, pero no tenemos ninguna noticia de que haya sido
transportado de esa manera. Si bien es cierto que Dios obra en su vida otros milagros, cuan-
do se trató de viajar, viajó siempre como los demás.
Inmediatamente después de ser bautizada en el Espíritu Santo, la gente experimenta una
mayor capacidad para lo milagroso en su vida, Luego se advierte una disminución de estas
experiencias porque nos invaden las viejas maneras de pensar y de vivir, y Dios nos tiene
que inscribir en la escuela del Espíritu Santo. Quiere enseñarnos algunas cosas antes de po-
der confiar plenamente en nosotros en esta área, no sea que se meta de por medio nuestro
orgullo y otros pecados, provocando nuestra propia exaltación, para luego caer estrepitosa-
mente. (1 Timoteo 2:6.) Sin embargo, el cristiano prudente, habiendo una vez probado las
maravillosas obras del Señor, es estimulado a someterse al manejo de Dios y a sus leccio-
nes, para que siga adelante, y no retroceda en el camino andado. Es la voluntad del Padre
que permanezcamos en esta nueva dimensión.
66
Ya hemos advertido en detalle en un capítulo anterior, y al comienzo de este mismo capí-
tulo, en el sentido de que para cada uno de los dones de Dios hay una imitación fraudulenta
demoníaca. Un hongo y una seta venenosa parecen exactamente iguales, pero uno es un ali-
mento delicioso y el otro un veneno mortal. Solamente la Escritura puede enseñarnos a de-
tectar una "seta venenosa" espiritual. Los verdaderos milagros de Dios pueden manifestarse
únicamente a través de aquellos que han recibido a su divino Hijo Jesús. Los cristianos no
esperan milagros por el milagro en si, sino porque Dios prometió que seguirían en la vida
de sus hijos y porque atienden a las necesidades de los hombres y llevan a otros a Jesús.
El Nuevo Testamento registra más sucesos milagrosos en la vida de San Pablo que en nin-
guno de los doce apóstoles originales. Si pensamos que los primeros apóstoles gozaban de
un "status" especial porque anduvieron y hablaron con Jesús durante su vida terrenal, debe-
ríamos sentirnos estimulados por Pablo que no conoció a Jesús "según la carne". (2 Co-
rintios 5:16.) Es interesante notar el hecho que el poder de Pablo en el Espíritu Santo no
disminuyó al llegar a viejo. Más bien, lo vemos manifestando las mismas aptitudes mila-
grosas de Dios y su poder de sanidad con mayor potencia en el último capítulo de los He-
chos que en cualquier otro momento de su vida. (Hechos 27:28.) Pablo nunca disminuyó su
ritmo, ni aun llegado a viejo.
Muchas veces los milagros de Dios se hacen de una manera tan "naturalmente sobre-
natural" que podemos no percibirlos si no estamos alertados . Debemos mantenernos a
la expectativa para que los milagros de Dios se manifiesten en nosotros y a través de nues-
tra vida. Oremos para que el poder de Dios también se manifieste a los demás miembros del
cuerpo de Cristo. Contemos con un milagro y mantengamos los ojos puestos en Jesús.
67
11 El don de la fe
La Biblia nos habla de la fe desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero la define en una
sola ocasión. La encontramos en la carta a los Hebreos: "Es, pues, la fe la certeza de lo que
se espera, la convicción do lo que no se ve." (Hebreos 11:1.) Varias son las cosas que
aprendemos, de este versículo. La fe es ahora o no es fe. Fe es tiempo presente; esperanza
es tiempo futuro. Fe es creer antes de ver, pero dará sustancia a lo que hemos creído. La fe
no es algo pasivo, sino algo activo.
Todo el mundo, tanto creyentes como incrédulos, pueden entender lo que es la fe humana
natural. La gente tiene fe en las cosas de este mundo por la experiencia adquirida a través
de sus cinco sentidos. Por fe natural prendemos el televisor, creyendo que veremos o escu-
charemos algo interesante. Si bien la mayoría de las personas no entienden el sistema eléc-
trico de la televisión, a pesar de eso su fe natural lo insta a encenderlo. Para sentarnos en
una silla echamos mano a nuestra fe natural. Si las personas pudieran ver la estructura mo-
lecular de la silla y los enormes espacios intermoleculares en esa materia que parece tan só-
lida, ¡tomarían asiento cautelosamente! Por fe natural encendemos una luz, viajamos en
avión, manejamos un automóvil o simplemente vivimos. Las personas pueden tener esta
clase de fe y no creer en Dios. La fe natural es la confianza puesta en algo o en alguien que
podemos ver, oír y tocar,”Ver para creer”.
La fe verdadera, la que viene de Dios es sobrenatural, es decir que trasciende los sentidos
naturales.
La primera es "la fe que salva". La Biblia nos dice que sin fe es imposible agradar a
Dios. (Hebreos, 11:6) No obtenemos la salvación por nuestras buenas obras si no por la fe
en Jesucristo.
"Cree (ten fe) en el Señor Jesucristo, y serás salvo..." (Hechos 1ó:31.) La llave a la fe cris-
tiana no es ver para creer" sino "creer antes de ver". "La fe" dice el autor de Hebreos "Es la
certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no so ve". (Hebreos 11:1.) Jesús no se
evidencia a nuestros sentidos físicos, pero por medio del Espíritu Santo podemos experi-
mentar, aquí y ahora, su amor y comunión. Esta fe salvadora es un don de Dios, y no algo
que nosotros podamos fabricar. (Efesios 2:8-9.) La fe salvadora llega al hombre por medio
do la proclamación de la Palabra de Dios. "La fe es por el oír y el oír, por la palabra de
Dios." (Romanos 10:17.)
Una vez que hemos recibido a Jesús, la Escritura nos dice que cada cristiano recibe "la
medida de fe". (Romanos 12:3.) Todos iniciamos la carrera con una medida igual, pero al-
gunos crecemos en fe y otros no, y ello dependerá de nosotros. Dios siempre tiene una re-
serva para sus hijos; sus depósitos son ilimitados.
La segunda clase de fe, es la fe como un "fruto del Espíritu". (Gálatas 5:22.) Esto viene
como resultado de nuestra salvación: unión con Cristo. Jesús dice: "Yo soy la vid, vosotros
los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto." (Juan 15:5.)
68
Desde el mismo instante de nuestra unión con él (la viña) tenemos potencialmente la capa-
cidad do dar frutos.
Nuestra fe (confianza, creencia) en Jesús es la obra de Dios Espíritu Santo, y es él el que
nos abastece de fe a medida que avanzamos en la vida cristiana. Nuestra parte es responder-
le a él. La fe en Jesús, tanto la fe inicial coma la fe permanente constituye la base para to-
dos los otros frutos y dones del Espíritu. Es imposible sobreestimar su importancia. "Con-
forme a vuestra fe os sea hecho" dice Jesús: y en otro pasaje: "Al que cree, todo le es posi-
ble." (Mateo 9:29; Marcos 9:23.)
La fe, como fruto, es la resultante de un proceso que se obtiene con el tiempo. No se plan-
ta un árbol y se espera que al día siguiente brinde frutos, El árbol tiene que ser cultivado,
alimentado y regado. La palabra "morar" significa tomar residencia permanente. El resulta-
do de morar es el fruto de un carácter cristiano piadoso. Nuestro crecimiento en el fruto de
la fe dependerá de un caminar con Cristo sin altibajos, de una diaria alimentación de las Es-
crituras, y de la comunión en el Espíritu Santo.
El don de la fe existe potencialmente en el creyente desde el momento en que recibe a
Cristo pero al igual que los otros dones, se torna mucho más activo después del bautismo en
el Espíritu Santo. A diferencia del fruto, es dado en forma instantánea. Es una súbita oleada
de fe, habitualmente durante una crisis, para creer confiadamente, sin un ápice de dudas,
que lo que hagamos o hablemos en el nombre de Jesús, sucederá.
La palabra "confesión" toma sus raíces de dos vocablos griegos, homo logos, que significa
hablar lo mismo que la Palabra de Dios. El don de fe verbal es confesar lo que dice Dios,
dirigido por el Espíritu Santo. Uno de los versículos que mejor describe este pensamiento
esta registrado en Marcos:
"Respondiendo Jesús les dijo: Tened fe en Dios." (La traducción literal del griego es: "Te-
ned la fe de Dios.") "Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quíta-
te y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo
que diga le será hecho." (Marcos 11:22-2.3.)
Elías constituye un sugestivo ejemplo de este don en el Antiguo Testamento. Aparece sú-
bitamente en escena en I Reyes 17:1 presentándose ante Acab, el más perverso de los reyes
de la historia de Israel, diciéndole: "Vive Jehová, Dios de Israel, en cuya presencia estoy,
que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra." Y su advertencia so cum-
plió al pie de la letra. El profeta Elías debe haber vivido en un alto nivel de fe, si bien sabe-
mos que en algunas ocasiones su fe se derrumbo casi por completo, como esta registrado en
1 Reyes 19:3 ¡cuando perdió el valor y huyo despavorido! Nadie podrá dudar que Elías tie-
ne que haber recibido verdaderas oleadas de fe, especiales dones de fe, para enfrentar crisis
como las que hemos mencionado, o la tremenda prueba del monte Carmelo: “Si Jehová es
Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él”, (1 Reyes 18:21) cuando bajó fuego del cielo para
confirmar que el Dios de Elías era el Dios verdadero a quien había que servir.
Por otra parte, hallamos un don de fe en acción, en el conocido incidente en la vida del
profeta Daniel. Funcionarios celosos tramaron un complot contra Daniel, como resultado
del cual fue sentenciado y echado a un foso de leones hambrientos. Daniel no dijo ni una
palabra, simplemente confió en Dios, y los leones no lo dañaron. A pesar de ser Daniel un
hombre extraordinario, tiene que haber tenido una gran dosis de fe para soportar esta espan-
tosa experiencia. (Daniel 6:17-28.)
En el Señor Jesucristo, el fruto y el don se combinan a la perfección, porque el vivió siem-
pre en la cima de la plenitud de su fe en el Padre. Los evangelios están repletos de ejemplos
de su gran fe. Un día Jesús y sus discípulos decidieron cruzar el lago en una pequeña barca.
69
Jesús estaba cansado y se durmió recostado sobre un cabezal en la popa de la embarcación.
Súbitamente se desato una gran tormenta que echaba las olas en la barca que se inundaba.
Los discípulos estaban aterrorizados y despertaron a Jesús. Unas pocas palabras le bastaron
para aquietar la tormenta. Aun cuando lo despertaron de un profundo sueño, no tuvo necesi-
dad de que le inyectaran una dosis especial de fe para realizar el milagro. (Marcos 4:35-41.)
El don de fe es distinto al de obrar milagros, que estudiamos en el capítulo anterior, si bien
puede producir milagros. Si los discípulos, en el barco ajetreado por la tormenta hubieran
permanecido calmos y seguros a pesar de su peligrosa situación. Hubieran estado manifes-
tando el don do fe. Pero como ocurrieron las cosas, fue, Jesús quien por medio de un mila-
gro, tuvo que acallar la tormenta. Si Daniel, en el foso de los, leones, hubiera dado muerte a
las peligrosas fieras con nada mas que un gesto, hubiera aplicado el don del milagro, Pero
lo que sucedió es que permaneció ileso en presencia de los bravos leones, demostrando una
formidable dosis de fe. Cosas parecidas a estas encontramos entre los creyentes del Nuevo
Testamento. ¿Quién más inestable que Pedro? Después de Pentecostés, el Espíritu Santo lo
estabilizó considerablemente, pero, al igual que cualquiera de nosotros, tenia sus altibajos.
Estaba siempre tan atento a lo que la gente pudiera decir que Pablo se vio obligado a “resis-
tirle cara a cara”. (Gálatas 2:11) Pero al recibir la noticia do que Dorcas o Tabita, la amada
discípula de Jope había muerto, sin dudar un instante fue y pronuncio la palabra de fe: “Ta-
bita, levántate” (Hechos 9:40.)
Veamos el ejemplo de fe en acción en Hechos 12. Pedro fue arrestado por Herodes Agripa
I y encarcelado, con el deliberado propósito de ejecutarlo a la mañana siguiente, tal cual lo
había hecho ya con Jacob, hermano de Juan. Leemos:
"Estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y los guardias delan-
te de la Puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una
luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Leván-
tate pronto. Y las cadenas se cayeron de las manos”; ¡EI Ángel lo sacó a Pedro de la cárcel
antes de que Pedro se diera cuenta ni siquiera de que estaba despierto! (Hechos 12:6-7.)
Cuando el pasaje habla de que el ángel toco a Pedro, significa "darle un golpe", no una
palmadita cariñosa. Pedro dormía tan profundamente, que aun cuando ya se había desperta-
do le tomó un tiempo "volver en sí" y darse cuenta de lo que había ocurrido. Esto es la fe en
acción en un sentido muy parecido al de Daniel. Cualquiera de nosotros tal vez nos hubiéra-
mos mantenido despiertos, preocupados por lo que nos habría de ocurrir o planeando una
manera de escapar pero no es lo que Pedro hacía. Estaba durmiendo placidamente dejándo-
lo todo en las manos de Dios, y recibió la recompensa por su fe.
Al concluir esta sección sobre los dones del poder, mencionamos nuevamente que más a
menudo los dones del Espíritu Santo, se manifiestan juntos, interactuando y acrecentando
su mutuo poder.
En el evangelio de Mateo, Jesús encarga a los discípulos la siguiente misión: "Sanad en-
fermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis,
dad de gracia." (Mates 10:8.) Para poder cumplimentar esta orden habrán de requerirse los
tres dones del poder: sanar a los enfermos y limpiar a los leprosos (dones de sanidades); re-
sucitar a los muertos (dones de fe, de milagros y de sanidades); echar fuera los demonios
71
(don de fe, mas los otros dones de los cuales hablaremos en la próxima sección).
72
12 Discernimiento de
espíritus
A los últimos tres dones los, denominaremos dones de revelación porque nos dan informa-
ción sobrenaturalmente revelada por Dios. Podríamos definirlos sencillamente como "la
mente de Cristo manifestada a través de un creyente lleno del Espíritu Santo" Cada uno de
estos dones consiste en la habilidad dada por Dios para recibir de el información con refe-
rencia a algo, a cualquier cosa que humanamente nos seria totalmente imposible conocer,
revelada al creyente para lograr protección, orar con mas efectividad o ayudar a alguno en
su necesidad.1
1
Hay solamente dos maneras -Aparte de la vía natural a través de los sentidos físicos de la vista, del oído, del
olfato, del gusto y del tacto - por las cuales la mente humana puede recibir información. Una de ellas es po-
nernos en contacto mentalmente con el mundo "psíquico", de tal manera que la información la receptamos di -
rectamente de los espíritus de Satanás. Es lo que ocurre con los fenómenos llamados percepción extrasenso-
rial, espiritismo, clarividencia, etc. Todas estas cosas están estrictamente prohibidas por Dios, y no debemos
practicarlas.
La otra vía de información es la que nos viene por la renovación de nuestro espíritu, que a su vez ha sido
inspirado por el Espíritu Santo. Esta forma de conocimiento sobrenatural es aceptable a Dios -nos viene, di-
rectamente de El - y no representa, ningún peligro para nosotros. El Espíritu Santo compartirá con nosotros
solamente aquellas cosas que el sabe que necesitamos y que pueden ser de ayuda para otros Recibimos este
conocimiento, no tratando de desarrollar alguna misteriosa destreza oculta, sino andando en estrecha relación con
Dios en Jesucristo, y permitiéndole a su Espíritu que obre en nuestras vidas.
Discernimiento
Antes de referirnos al discernimiento espiritual, conviene hablar del discernimiento en ge-
neral. En primer lugar existe lo que podemos denominar “discernimiento natural” que es
patrimonio tanto de cristianos como de no cristianos. Consiste en la facultad de poder juz-
gar a las personas y a las circunstancias y a nuestro propio comportamiento, que deriva de
la enseñanza que hemos recibido en nuestros hogares y como, consecuencia del medio am-
biente en que actuamos y de nuestra cultura. De este material esta compuesta nuestra "con-
ciencia" natural, y de ahí que no podamos confiar mucho en ella. La mente, y esa porción
de la mente que llamamos conciencia, es una mezcla de bueno y de malo, de verdad y de
error. Su discernimiento y sus juicios morales carecen de valor. Es una verdad indiscutida
que las pautas de la moral humana varían de cultura a cultura, y de generación a genera-
ción, y todo lo que nos puede decir la mente por natural no va más allá de saber si concuer-
da o no, si es aceptable o inaceptable, con el tiempo y el lugar en el cual estamos viviendo.
Esto es lo que el mundo en general utiliza coma base para sus decisiones. Carecen de esta-
73
bilidad.
Además, el enemigo puede enviar gente a la reunión con el deliberado propósito de pertur-
barla con una manifestación de imitación fraudulenta. Hechos 16 relata el incidente según
el cual una mujer poseída de un espíritu de adivinación, durante varios días interrumpió a
Pablo diciendo algo que tenía todo el aspecto de una profecía: "Estos hombres son siervos
del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación." (Hechos 16:17) Lo que de-
cía era cierto, pero hablaba bajo el influjo del enemigo. La Escritura nos dice que cuando
Pablo discernió el espíritu, le causó desagrado, por lo cual le ordenó al espíritu que la aban-
donara y la dejara libre. Este ejemplo nos dice que las manifestaciones fraudulentas deben
ser encaradas, dentro de lo posible, en el momento mismo en que se manifiestan.
La historia de Eliseo y su siervo Giezi es un ejemplo del Antiguo Testamento de los dones
de discernimiento de los espíritus y de sabiduría. Naaman, general del rey de Siria, era le-
proso. Cumpliendo con las instrucciones del profeta Eliseo, se lavó siete veces en las aguas
del Jordán y se curo de su enfermedad. En gratitud, Naaman ofreció presentes a Eliseo,
pero éste los rechazó. En cambio Giezi, el siervo de Eliseo, siguió secretamente a Naaman,
le mintió diciéndole que habían llegado dos visitas inesperadas y pidiéndole a Naaman dos
mudas de ropa y algún dinero, todo lo cual, no hace falta decirlo, Giezi se guardo para él.
Cuando Giezi se presentó de nuevo ante su patrón, Eliseo discernió su espíritu deshonesto,
y por el don de conocimiento supo lo que había hecho. (2 Reyes 5.)
Hay muchos ejemplos de Jesús cuando discernía espíritus. Sin conocer a Natanael, discer-
nió inmediatamente que era "un verdadero israelita, en quien no hay engaño". (Juan 1:47.)
Cuando Pedro hizo su gran confesión sobre Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vi-
viente", Jesús le alabó. Pero cuando Jesús les dijo a sus seguidores que é1 habría de morir,
Pedro no pudo aceptar sus palabras. Comenzó o reconvenir a Jesús, diciendo: "Señor, ten
compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca." Jesús discernió que Pedro estaba
hablando por boca de un falso espíritu, y le dijo: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me
eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres."
(Mateo 16:15-23.) Cuando Jesús no fue recibido en una aldea de Samaria, Jacobo y Juan se
enojaron y le preguntaron a Jesús si podían ordenar que cayera fuego del cielo para consu-
mir a los habitantes. Pero Jesús les respondió: "Vosotros no sabéis de que espíritu sois."
(Lucas 9:54-55.) Vemos a través de estos dos últimos ejemplos, que aun los más cercanos
seguidores de Jesús pueden ser conducidos a conclusiones erróneas.
Profecías ya cumplidas y otras señales bíblicas, indican que es muy probable que estemos
viviendo la parte final de los últimos días. La Escritura enseña que antes del retorno de Je-
sucristo a la tierra, habrá muchos más espíritus mentirosos desatados, de ma nera que será
más necesario que nunca discernir entre lo falso y lo verdadero. (Mateo 24; Apocalip sis
13:11-14.)
Otro uso muy importante del don de discernimiento de los espíritus es para desatar al que
el enemigo tiene atados. Una de las señales que seguirían a los creyentes, les dijo Jesús, se-
ria la de echar fuera a los demonios en su nombre (de Jesús).
3
Se da el nombre de exorcismo, desde la antigüedad, al ministerio de echar fuera a los espíritus malignos.
77
Alrededor de un veinticinco por ciento del ministerio de Jesús consistió en dar libertad a
los que Satanás tenía cautivos; y también nosotros debemos esperar ser usados de esa ma-
nera. Jesús dijo: "El Espíritu de Jehová el Señor esta sobre mí, porque me ungió Jehová; me
ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón,
a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel..." (Isaías 61:1) En este
pasaje, Isaías se refería específicamente a Jesús, pero ahora, desde el Calvario, con Cristo
que vive en nosotros, también nosotros estamos ungidos con el Espíritu Santo, y también se
aplica a nosotros. Esto no quiere decir que debemos buscar específicamente a los que nece-
sitan ser liberados o desarrollar una morbosa fascinación por este tema, pero si debemos sa-
ber cómo orar por las personas que lo necesiten. Si estamos sometidos a Dios y adecuada-
mente preparados, e1 pondrá en nuestro camino a los que necesitan ser liberados.
La epístola de Santiago nos dice cómo entrenarnos para orar por aquellos que necesitan
ser puestos en libertad: "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros."
(Santiago 4:7.) El primer paso, entonces, es someternos a Dios. Esto lo podemos hacer por
medio do la oración, pidiéndole que nos muestre las facetas de nuestra vida que requieren
corrección. Tenemos que cortar por lo sano con cualquier pecado conocido que tengamos
en nuestra vida.
Es importante también que nos afirmemos en la autoridad que tenemos en Jesús, estudian-
do los pasajes que se refieran a esta materia.4 Debemos comprender que en el nombre de Je-
sús tenemos autoridad para atar a los espíritus inmundos y para arrojarlos fuera. Algunas
personas enseñan que al tratar con un espíritu maligno, se debe decir: "El Señor te repren-
da", en lugar de enfrentar al enemigo directamente. Citan a Judas 9 y a Zacarías 3:2. Los
santos ángeles, a pesar de ser criaturas de Dios, sin pecado, tienen que actuar frente al ene-
migo de esa manera.
4
Ver Efesios 1:1-23; 2:1-10; Lucas 10:19; Gálatas 2:20; 2 Corintios 5:17; 1 Juan 4:4.
Pero nosotros, los cristianos, no solamente somos cria turas de Dios, sino hijos de Dios,
con Cristo en nosotros. Jesús nos dijo que tratáramos con el enemigo directamente: "...en
mi nombre echaran fuera demonios..." (Marcos 1ó:17.)5 y no hay otra manera de hacerlo.,
según todo el Nuevo Testamento.
A menos que la persona para quien estamos orando sea un intimo amigo o un familiar,
debe haber siempre una tercera persona cuando oramos pidiendo liberación. Esta tercera
persona puede no hacer otra cosa que permanecer de pie o arrodillada y aprobando en ora-
ción. Si la persona que necesita ser liberada quiere hablar confidencialmente, la tercera per-
sona, puede retirarse a la próxima pieza mientras hablamos, pero en todos los casos debe
estar presente cuando se eleva la oración de liberación. No es prudente que un hombre ore
en privado con una mujer pidiendo su liberación, o viceversa (siempre es mejor que los
mismos sexos oficien unos con otros en todas las áreas del ministerio). Si es inevitable que
sea un hombre el que ore por la liberación de una mujer o de una niña, siempre tiene que
estar presente otra mujer.
Un cristiano no puede ser poseído en su espíritu (donde mora el Espíritu Santo), pero
su mente, sus emociones o su voluntad (las tres partes constitutivas de su alma) pueden es-
tar deprimidas, oprimidas, obsesionadas, o aún poseídas, si le ha permitido la en trada al
enemigo, por andar en los caminos del pecado antes que con Jesús. Una persona que no es
creyente, por supuesto, puede estar poseída en su espíritu, alma y cuerpo. De lo antedicho
78
resulta claro, entonces, que el primero y más importante paso para ayudar a una persona a
librarse del enemigo es asegurarnos que é1 o ella conocen al Señor Jesús como su Salvador.
Si la persona por quien estamos orando no es cris tiana, debemos guiarla para aceptar a Je -
sús. Aconsejamos releer el capítulo primero que nos ayudara en este punto. Es de gran ayu-
da tener un definido "plan de salvación" en mente, con escrituras apropiadas.
Leamos y expliquemos estos versículos y guiemos a las personas a pronunciar una oración
como la que sugerimos al final del primer capítulo de este libro, o una oración similar en
sus propias palabras.
Ahora, cristianos los dos, y protegidos por la san gre de Jesús, elevemos una abierta confe -
sión como la siguiente: "Gracias, Jesús, por la protección de tu preciosa sangre sobre noso-
tros y alrededor nuestro." A continuación debemos preguntarle a la persona con quien he-
mos estado orando si esta segura que Dios le ha perdonado sus pecados. Si le queda un res -
to de duda, debemos hacer énfasis sobre la siguiente Escritura: "Si confesamos nuestros pe-
cados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." (1
Juan 1:9.) Puede ser de ayuda que la persona confiese sus pecados a Dios en nuestra pre-
sencia y en voz alta.6 En esos casos debemos escuchar en silencio y en espíritu de oración
lo que tiene que decir, y cuando ha terminado, declararle el perdón de Dios. Podemos decir
algo por el estilo:
6 Si se da el caso de que escuchamos cuando alguien confiesa sus pecados a Dios, debemos recordar que ja-
más, bajo ninguna circunstancia, debemos revelar absolutamente a nadie lo que hemos oído, ni aun a nuestro
más intimo y querido amigo. Debemos olvidar lo que escuchamos. Constituye un pecado grave si delibe-
radamente revelamos lo que nos ha dicho en confianza una persona confesando sus pecados a Dios.
"He oído confesar tus pecados a Dios y sé que estás verdaderamente arrepentido. Dios
dice: "Cuanto esta lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebelio-
nes." (Salmo 103:12.) Si la persona todavía tiene dificultades, lo mejor es llamar a un pas-
tor entrenado para aconsejarlo con su mayor experiencia y tratar de convencerlo y tranquili-
zar su mente.
Debemos asegurarnos, por supuesto, de confesar y pedir perdón por los propios pecados
conocidos de nuestra vida, y de que hemos perdonado a otros. El cristiano debería vivir dia-
riamente en este estado de perdonar y pedir perdón.
Debemos tratar, en lo posible, de descubrir la naturaleza exacta del espíritu o de los espíri-
79
tus con los que tenemos que lidiar. Dejemos que sea el Espíritu Santo quien nos guíe en
esto, como en todo lo demás. No nos metamos en una interminable sesión de "consejos"
con lo cual se puede perder mucho tiempo, sino que tenemos que descubrir que es lo que
esta perturbando a la persona: ¿es miedo, odio, lujuria, ideas perversas, complejo de perse-
cución, terror a los animales, enojo, etc.? Pidámosle a la persona que nombre las cosas que
la afligen. Tratemos cada problema como una entidad espiritual, y encarémosla directa-
mente como tal. El diablo es muy hábil en este aspecto, y tratara de que la persona ore así:
"¡Echo fuera esta neurosis de ansiedad!" o "¡Reprendo a este espíritu de ansiedad!" No es
así la forma. Tenemos que guiarlo para que diga lo siguiente: "¡Espíritu de ansiedad, te ato
en el nombre de Jesús, bajo su preciosa sangre, y te arrojo a las tinieblas de afuera, para
nunca mas volver, en el nombre de Jesús!" A veces es necesario que la persona repita junta-
mente con nosotros, al comienzo, frase por frase, pero luego es conveniente que la persona
diga por sí sola toda la oración. Después que la persona la haya repetido, nosotros la deci-
mos de nuevo reprendiendo y arrojando al espíritu fuera de él, haciendo causa común con
ella en la oración. Es importante que la persona que necesita ser liberada aprenda a decir su
propia oración, pues de esta manera adquiere la confianza necesaria para usar su autoridad
sobre el enemigo y puede orar por sí sola si el enemigo retorna.
Cuando la persona logra captar la idea, ocurre con frecuencia que ora por otros problemas
que no mencionó al comienzo, a medida que el Espíritu Santo los trae a su mente. Algunos
espíritus logran crear mayores reacciones emocionales en unas personas oprimidas más que
en otras. Algunos consiguen crear nauseas, o exagerados accesos de tos, bostezos, es-
tornudos, etc. A. veces se producen reacciones mas violentas, tales come ser arrojados al
suelo. Si suceden tales cosas no nos dejemos atemorizar por ello. Alabemos al Señor, supli-
quemos la protección de la sangre de Jesús, ¡y sigamos adelante! Por otra parte, no creamos
que porque tales reacciones no se han producido, nada ha sucedido. Tampoco debemos
pensar que, por el hecho de que una persona ha tenido una reacción física, ya está liberada.
Tales manifestaciones son efectos secundarios de la liberación.
Si la persona necesitada de oración se siente incapaz de cooperar, o no tiene una clara per-
cepción interior de sus problemas, tendremos que actuar nosotros solos para atar a los es-
píritus y arrojarlos fuera en el nombre de Jesús y bajo la protección de su sangre, tal como
lo hizo el apóstol Pablo en el incidente relatado en Hechos 16:16-18. Si, por otra parte, una
persona esta en plena posesión de sus facultades y de su voluntad, y no quiere cooperar, es
probable que estemos perdiendo nuestro tiempo con él, hasta que é1 mismo se dé cuenta de
su necesidad y solicite ayuda.
¡Hay personas que realmente gozan de sus problemas! ¡Y a través de ellos Satanás se de-
leita en hacer perder el tiempo y la energía a los cristianos!
A veces tenemos que ser muy enérgicos, cuando oramos por la liberación. El espíritu debe
obedecer cuando la orden la damos con fe y en el nombre de Jesús. Si el espíritu detecta la
más leve vacilación de nuestra parte, evadirá nuestra orden. ¡Insistamos! (Es conveniente
explicar rápidamente y en términos sencillos al "paciente" que no le estamos hablando a él
cuando reprendemos al espíritu inmundo. Digamos algo por el estilo: "No te estoy hablando
a ti, sino al espíritu que te esta perturbando.")
No hay un solo caso en las Escrituras de imposición de manos para echar fuera espíritus, y
la mayoría opina que no debe practicarse. No creemos que en la persona que oficia, si es un
cristiano y esta protegido por la sangre de Cristo, pueda sufrir ningún daño , pero podemos
esperar que la persona que necesita ser liberada reaccione fuerte y violentamente si se la
80
toca. Es preferible evitar todo contacto físico cuando estamos ofreciendo oraciones para la
liberación.
Una vez obtenida la liberación, debemos alabar al Señor y rendirle a el la gloria. Ahora si
coloquemos las manos sobre la cabeza de la persona y oremos para que el Espíritu Santo
llene todos los espacios que antes ocupaban los espíritus. Si 1a persona no ha sido bautiza-
da en el Espíritu Santo, esta es una excelente oportunidad para explicarle como se recibe y
debemos ayudarla para hacerlo. Es imperativo que la casa este rebosante del Espíritu Santo
y de su poder.
Debemos insistir ante la persona sobre la importancia de alimentarse diariamente con la
Palabra de Dios, en la oración, en la alabanza, y en la comunión con otros en el Señor.
Hemos dado solamente los lineamientos generales sobre este tema, pero antes de pasar
adelante, queremos señalar que el echar fuera los espíritus no esta limitado, de ninguna ma-
nera, a las personas que están profundamente oprimidas o poseídas. En toda oportunidad en
que sentimos que el enemigo nos esta acosando y no podemos deshacernos de él mediante
nuestras propias oraciones, no debemos dudar un instante de recurrir a un amigo en el Se-
ñor y pedirle que ore con nosotros y nos ayude a echar fuera el mal. Cada vez que estamos
luchando contra un pecado que no nos da reposo -enojo, lujuria, temor- aunque no se trate
más de que un leve problema, si no podemos dominarlo, debemos tratarlo como un espíritu
de opresión, sujetarlo y arrojarlo afuera; y si no podemos hacerlo por nuestra propia cuenta,
¡pidamos ayuda! En esos casos, nuestro consejo es recurrir a un consejero cristiano bien ca -
lificado para que hable y ore con nosotros.
Oremos para que nuestro discernimiento sobre las tácticas del enemigo en nuestras propias
vidas y en las vidas de otros, sea aguzado de tal manera que podemos experimentar la total
liberación de los cautivos. Recordemos, además, que los setenta seguido res de Jesús que
salieron luego de recibir el poder contra el enemigo, volvieron llenos de gozo declarando
que habían logrado sujetar a los demonios en el nombre de Jesús. Pero Jesús, que sin duda
alguna se regocijó con ellos, los trajo de vuelta a la realidad: "No os regocijéis de que los
espíritus se os sujeten, sino regocijaos de que vuestros nombres están escri tos en los cie-
los." Mientras oramos para que la gente sea librada de la servidumbre, no olvidemos de re -
gocijarnos más que nada, de que nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida del
Cordero.
81
13 La palabra de cien-
cia y la palabra de sa-
biduría
El octavo don de nuestro estudio es la "palabra de ciencia o conocimiento". Es la revela-
ción sobrenatural de hechos pasados, presentes o futuros sin intervención de la mente natu-
ral. Podemos describirla como la mente de Cristo manifestada a la mente del creyente, y
hecha conocer, cuando es necesario, en un abrir y cerrar de ojos. (1 Corintios 2:1ó.) Este
don es utilizado para proteger a los cristianos, para indicarles como orar con más eficacia, o
para mostrarles como ayudar a otros.
El noveno don, la "palabra de sabiduría" es la aplicación sobrenatural del conocimiento.
Es saber qué hacer con el conocimiento natural o sobrenatural que Dios nos ha dado, tal
como el sentido común, por ejemplo, que nos dice como iniciar una acción. La "palabra de
conocimiento" es una información revelada de una manera sobrenatural, pero la "palabra de
sabiduría" nos dice cómo aplicar la información.
Generalmente nos es dada la "palabra de sabiduría" juntamente con la "palabra de conoci-
miento". Es conveniente esperar pacientemente la palabra de sabiduría, y no salir disparan-
do con los nudos a medio hacer, cuando recibimos un conocimiento sobrenatural. Espera-
mos a que sea Dios quien nos diga que hacer con ella. La "palabra de ciencia" nos indicará
cómo hacer lo que Dios nos ha indicado que debemos hacer, cómo resolver los problemas
que se plantean, o qué cosas decir y cómo decirlas en una situación dada, especialmente
cuando el desafío se refiere a nuestra fe. Los dones de la "palabra de conocimiento" y de la
"palabra de sabiduría" pueden ponerse de manifiesto por una súbita inspiración que no se
nos va de nosotros, sin "conocer" en lo más hondo de nuestro espíritu, o por la interpreta-
ción de un sueño, 1 una visión, una parábola, por los dones vocales del Espíritu Santo y,
mas raramente, oyendo en forma audible la voz de Dios, o por la visita de un ángel.
La Escritura habla de "palabra" de conocimiento y "palabra" de sabiduría. En ambos casos
"palabra" en griego, es “logos”, que puede significar "palabra", "cuestión" o "asunto" y no
está reducida únicamente a la palabra hablada. Esto quiere decir que si recibimos los dones
de conocimiento o de sabiduría, bien que sean audibles o no, siguen siendo dones de "pa-
labra de conocimiento" o "palabra de sabiduría". No tienen que ser, necesariamente, dones
vocales. Con frecuencia, y refiriéndose a estos dones, se habla de "la palabra de conoci-
miento" o "la palabra de sabiduría". En el original griego no aparece ningún artículo y sim-
82
plemente los denomina "palabra de sabiduría" y "palabra de conocimiento". El agregarle un
artículo puede modificar artificiosamente su significado. Ni siquiera tenemos el derecho de
utilizar el artículo indefinido: "una palabra de sabiduría" como lo hacen algunas versiones
modernas, pues nuevamente aquí se percibe el sutil cambio de sentido. Pero corrientemen-
te, y para facilitar las referencias bíblicas, utilizamos el articulo determinante "la" pero si
las escribimos debemos dejarla fuera de las comillas, indicando así que el articulo se refiere
al don en general, y no a la "palabra" en particular. Bien pudiera ser que la ausencia del ar-
tículo en el original griego nos recuerde que estas "palabras" son tan solo fragmentos de la
sabiduría y del conocimiento de Dios.
1
Si bien es cierto que a veces Dios le habla a una persona por medio do un sueño, esto no quiere
decir que debemos llevar un diario registro do todos nuestros sueños. E1 psicólogo puede tener inte-
rés en conocer 1os sueños de la personas que lo consultan, que le sirve como pista para saber lo qué
está ocurriendo en el subconsciente, pero esto tiene muy poco qua ver con el tema que estamos tra-
tando. Muchos de los sueños no son otra cosa que el resultado de haber comido demasiado antes de
ir a dormir. Y algunos sueños los provoca el enemigo; ¿por qué gastar nuestro tiempo prestándoles
atención a la confusión que pueden originar? Si Dios nos ha hablado en un sueño y é1 quiere que 1o
recordemos, lo recordaremos sin duda alguna. El dice qua el Espíritu Santo "os recordará todo lo
que yo os he dicho". (Juan 14:2ó.)
83
sonalmente, por medio de Jesucristo (Juan 17:3; Filipenses 3.10), de recibir la plenitud del
Espíritu Santo, estudiando la Palabra de Dios que nos hace saber la voluntad de Dios y sus
caminos, para lo cual no hay sustituto. (Salmo 103:7; Éxodo 33:13.) Ante un conocimiento
natural de este mundo, tan sugestivo y en permanente desarrollo, es apasionante comprobar
que el conocimiento del Señor va en aumento en su pueblo hoy más que nunca. Isaías nos
dice que: ". . . la tierra será llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el
mar." (Isaías 11:9.) Aun el libro de Daniel y su similar el de Apocalipsis han permanecido
cerrados y sellados a la comprensión total del hombre hasta el tiempo del fin... (Daniel
12:4, 9.) Hay muchas cosas de la Palabra de Dios que nos serán reveladas a nosotros recién
en los últimos tiempos. ¡Estamos viviendo días gloriosos! El conocimiento del hombre pa-
sará, pero el conocimiento del Señor es permanente y durará toda la eternidad. (Mateo
24:3536; 1 Pedro 1:25.)
84
Veamos algunos ejemplos de una "palabra de conocimiento" registrados en la Bi-
blia:
Fue utilizada para encontrar personas u objetos extraviados, como sucedió con Saúl y las
asnas perdidas (1 Samuel 9:15-20; 10:21-23). (Observemos que la "palabra de conocimien-
to" puede brindarnos información sobre asuntos aparentemente triviales. Dios se preocupa
por cada una do las necesidades humanas).
Natán recibió una "palabra de conocimiento" relacionada con el asunto que hubo entre Da-
vid y Betsabé. También recibió sabiduría para tratar con el rey. (2 Samuel 12:7-13.)
Fue utilizada para desenmascarar a un hipócrita, a Giezi, el siervo de Eliseo. (2 Reyes
5:20-27.)
Eliseo, por revelación milagrosa, supo dónde estaba emplazado el ejército sirio, salvando
así a Israel de la batalla. (2 Reyes ó.8-23.)
El Señor Jesús usó e1 don de la "palabra de co nocimiento". Cuando dejó de lado su gloria,
aceptó las limitaciones del intelecto humano. Mientras vivió en esta tierra no fue omnis-
ciente -que tiene conocimiento de todas las cosas- pero todo el conoci miento que necesitaba
para encarar cualquier situación, lo obtenía del Espíritu Santo de la misma ma nera que lo
obtenemos nosotros por intermedio de el.
Cuando Jesús sana al paralítico, también le perdonó sus pecados. Esto provocó entre los
escribas pensamientos aviesos contra Jesús. Jesús supo, por una "palabra de conocimiento"
(no por "leer los pensamientos") lo que pensaban en su fuero íntimo, y así se los dijo direc-
tamente. (Mateo 9:2-ó.)
Por medio de este don de revelación (no por "clarividencia") Jesús "vio" a Natanael mu-
cho antes de conocerlo, sentado bajo la higuera, y también supo Jesús qué clase de persona
era. Vernos entonces que "la palabra de conocimiento" puede revelar las andanzas de un
hombre y la naturaleza de su corazón y de sus pensamientos. (Juan 1:47-50.)
Fue utilizado para convencer a la mujer samaritana de su pecado, y de la necesidad de
aceptar a Jesús como Mesías. "Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he he-
cho..." (Juan 4:1718, 29.)
Este conocimiento sobrenatural se manifestó permanentemente en los días de la iglesia
primitiva.
Fue utilizado para revelar la corrupción en la iglesia: Ananías y Safira. (Hechos 5:3.)
Otro Ananías, un cristiano de otra manera desconocido, supo, por una visión, (no por pala-
bra de conocimiento) de la conversión de Saulo, el nombre de la calle (Derecha), el nombre
de la persona en cuya casa se hospedaba (Judas), a quien tenia que buscar (Saulo de Tarso),
que estaba haciendo Saulo (orando), su actitud (estaba arrepentido) y sus necesidades (cura-
ción y el bautismo con el Espíritu Santo). (Hechos 9:11-12, 17.)
El Espíritu Santo reveló a Pedro, por medio de la "palabra de conocimiento" que tres hom-
bres preguntaban por él a la puerta de su casa en Jope, y no tuvo ni un vestigio de duda de
que debía acompañarlos. (Hechos 10:17-23.)
Como un ejemplo del día de hoy, relataremos algo que ocurrió en Spokane, Washington,
mientras Rita daba una clase sobre los dones del Espíritu Santo. No se reducían tan solo a
estudiar este tema intelectualmente, sino que oraban y esperaban que esos dones se mani -
festaran. La fe aumentó cuando se escuchaba la Palabra de Dios, y cuando la clase conside-
raba las Escrituras, aumentó la atmósfera de fe a un punto tal en que lo milagroso podía
ocurrir en cualquier momento. Mientras oraban, al finalizar la clase, Rita tuvo una fuerte
impresión, una sensación desacostumbrada en su oído derecho. No sabiendo, al comienzo,
de dónde venia esa impresión, pidió la protección de Dios. Entonces se le ocurrió lo si-
85
guiente: "Tal vez Dios esta tratando de decirme que alguien de este grupo sufre de su oído
derecho." Estando entre amigos, decidió preguntar. Una joven, llamada Fran, respondió de
inmediato, y dijo que padecía de una sordera del oído derecho desde hacia veinte años. Úl-
timamente su sordera la molestaba tanto que había orado intensamente a Dios para que la
sanara. Rita relata lo siguiente: "Nunca en mi vida se me había revelado de esta manera la
"palabra de conocimiento" y supe, sin el mas leve asomo de duda, de que Dios la iba a sa-
nar." El grupo de oración rodeó a Fran y le impusieron las manos, pero fue innecesaria la
oración de intercesión, porque Dios ya reveló lo que iba a hacer; con fe sencilla Rita ordenó
al oído de Fran, en el nombre de Jesús, que se curara. Fran contó luego que ella sabia que
algo había ocurrido, pero no testificó sobre su curación antes de ser examinada por el medi-
co. Después contó que cuando se oró por ella, sintió un chasquido y recobro el oído. El me-
dico confirmó que su oído había vuelto a la normalidad. Y así ha quedado desde entonces.
Este hecho muestra una combinación de tres dones, comenzando con una "palabra de cono-
cimiento", que trajo un don de fe, que a su vez puso en acción el don de sanidades.
Tan maravilloso como es el hecho de que Dios nos había y nos diga lo que va a hacer y
que papel vamos a jugar en sus planes (conocimiento), lo es, y de igual importancia, el que
él nos muestre cómo ejecutar nuestra tarea (sabiduría). Si una madre explicara a su hijita
cuáles son los ingredientes y las proporciones a utilizar para hacer una torta, pero no le die-
ra la sabiduría necesaria para saber cómo mezclar esos ingredientes, el conocimiento no
tendría ningún valor. En realidad, el resultado seria desastroso. De todo ello se desprende
que corren parejos los dones de conocimiento y de sabiduría; es importante disponer de am-
bos. El libro do Proverbios nos dice: "La lengua de los sabios adornara sabiduría." (Prover-
bios 15:2.)
Nuestro ruego es que este estudio redundara en una mayor comprensión, de tal manera que
los dones de poder y de revelación se manifiesten en el cuerpo de Cristo mucho más que en
89
el pasado, y que los dones mas conocidos -los de la palabra inspirada- sean expresados con
mayor belleza y edificación en la Iglesia.
Es nuestra opinión que Dios quiere que los dones se manifiesten en forma activa en la vida
de la iglesia, para aumentar nuestra propia edificación y gozo, y también demostrarle al
mundo que Jesús vive y es real. El Espíritu Santo reparte los dones a cada hom bre indivi-
dualmente, en la forma en que él lo cree oportuno, y el Espíritu Santo desea que vivamos
una vida abundante en Cristo.
"Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo
que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la igle -
sia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos."
(Efesios3:20-21.)
90
14 El camino excelen-
te
En Éxodo 28 leemos una descripción de las vestiduras que el sumo sacerdote usaría al ofi-
ciar en el tabernáculo para adorar a Dios. El sumo sacerdote tenía una prenda llamada efod.
Era azul y orlada con una decoración muy particular:
"Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campa-
nillas de oro alrededor. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra
granada, en toda la orla alrededor." (Éxodo 28:33-34.)
Las campanillas de oro pueden considerarse como un símbolo de los dones del Espíritu
Santo. A los dones se los ve y se los oye, y son hermosos. Las campanillas tintineaban
cuando el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo, invisible a los adoradores de afuera,
aunque sabían que el estaba orando por ellos. De la misma manera, los dones nos enseñan
que Jesús, si bien invisible a nuestros ojos terrenales, vive y oficia por nosotros en el lugar
santísimo.
Las granadas representan el fruto del Espíritu. Son dulces en sabor y atractivas en color, y
llenas de semillas, lo cual nos recuerda que no solamente son frutas, sino que son fructífe-
ras. Hemos hecho un amplio estudio sobre los dones del Espíritu Santo, las campanillas de
oro, y ahora nos resta recordar que los dones del Espíritu Santo están balanceados por el
fruto del Espíritu.
Digamos de nuevo que los dones del Espíritu (1 Corintios 12:7-11) son: sabiduría, ciencia,
discernimiento de espíritus, fe, milagros, sanidades, profecía, lenguas e interpretación de
lenguas; el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23) es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, fe, mansedumbre, templanza. Los sacerdotes creyentes de hoy, deberían controlar
la orla de sus túnicas, es decir, sus vidas, para ver lo que hay allí.
Para que hubiera "una campanilla do oro y una granada, y otra campanilla de oro y otra
granada" como dice la Escritura, alrededor de la túnica del sacerdote, tendría que haber un
número igual de cada una. Es interesante consignar el hecho de que en la lista precedente,
figuran nueve dones y nueve frutos del Espíritu. Para permitir que las campanillas de oro
suenen con claridad, armoniosamente, sin entrechocar unas con las otras, debe mediar un
fruto entre cada una de ellas.
Los dones puestos de manifiesto por vidas despro vistas de frutos, motivados por una auto
estimación y sin otro deseo que el de llamar la atención, desper tarán tanto entusiasmo como
el que pudiera despertar el golpetear sobre unos tachos. Los dones del Espíritu son "irrevo -
cables", es decir, que Dios no los quita porque sean mal utilizados, y es por ello que pueden
manifestarse a través de vidas que no son consagradas y a través de personas que le deben
91
una reparación tanto a Dios como a los hombres; pero de cualquier manera tales personas
no producen mas que un ruido ensordecedor para los que tienen discernimiento. A esto se
refiere el apóstol cuando habla de "metal que resuena" y "címbalo que retine". Nuestras
campanas no deberían ser de bronce o de latón, sino de oro puro. Campanas de oro repre-
sentan vidas que están a tono con el Señor y con los hermanos, y cuyo deseo central es
exaltar a Jesucristo, mientras manifiestan los dones.
Es significativo el hecho de que esta figura de campanillas y granadas alternadas se pro-
yecta en el Nuevo Testamento, ya que entre los dos grandes capítulos de los dones, -1 Co-
rintios 12 y 14- se encuentra engarzado el hermoso capítulo 13, referido al amor, fruto cen-
tral del Espíritu:
"Si tengo el don de hablar en lenguas, tanto de hombres como de ángeles, sin haber -
las aprendido, pero no tengo amor, soy como ruidosa campana de bronce o címbalo
que retiñe. Y si he sido utilizado en el don de profecía y entiendo todos los misterios y
toda la ciencia; y haya colmado la medida de la fe, hasta para trasladar montañas,
pero no tengo amor, nada soy. Y si todo lo que tengo se lo doy a los pobres y entrego
mi cuerpo para ser quemado, pero el amor de Dios no brilla a través mío, nada me
aprovecha.
El amor es paciente, es bondadoso; el amor no es envidioso; el amor no esta hincha -
do de orgullo, no se comporta indecorosamente o con desenfreno; no busca su propio
interés, no se irrita con facilidad, no abriga malos pensamientos; no se regocija de la
injusticia y de la perversidad, sino que se regocija cuando triunfa la justicia y la ver -
dad; el amor es consistente, el amor esta siempre dispuesto a confiar, espera lo mejor,
en todas las cosas, todo lo soporta como un buen soldado.
El amor nunca termina; las profecías pasaran; las lenguas cesarán; y también la
ciencia, un día, dejara de ser. Porque nuestra ciencia es fragmentaria y nuestra profe -
cía limitada. Pero cuando venga lo perfecto, será innecesario lo imperfecto.
Cuando fui niño hable como un niño, razone como un niño; pero cuando me hice
hombre, abandone mis hábitos infantiles. Ahora miramos en un espejo una imagen bo -
rrosa, ¡pero entonces veremos cara a cara! Ahora comprendemos en parte, pero en-
tonces conoceremos plenamente, de la misma manera en que somos conocidos.
De modo pues, que permanecen la fe, la esperanza y el amor, estas tres; pero el ma-
yor de ellos es el amor."
El amor es el fruto mas importante del Espíritu; sin el los otros ocho podrían no exis -
tir.
Se los denomina "fruto" en singular, y no "frutos" en plural, porque los otros son como los
gajos de una naranja contenidas dentro del fruto del amor.
¿A qué amor se refiere este capítulo, que lo describe como más grande que la fe, que es la
llave a la Biblia y sin el cual no podemos recibir nada de Dios? De este amor se dice que es
más grande que la ciencia (conocimiento), que es un don del Espíritu, y anhelado por los
cristianos. ¡Es mayor que el martirio sufrido por confiar en Jesús! Es más importante que
dar a los pobres, si bien el dar a los pobres es una buena obra. Este amor es superior al don
de la profecía, don del cual dijo Pablo que todos los cristianos deberían desearlo como al
más grande de los dones para la edificación de la iglesia. Es mayor que hablar en lenguas
desconocidas. Es superior a la esperanza.
Con toda seguridad que aquí se esta hablando de una clase de amor diferente al amor hu-
92
mano, que es inconsistente y limitado. En nuestro idioma hay un solo vocablo para designar
al amor, ¡mientras que el idioma griego tiene siete! El Nuevo Testamento hace mención so-
lamente de dos de esos siete vocablos philia, que significa afecto o apego por otra persona,
amistad, que es un tipo limitado de amor; y ágape que significa el perfecto amor de Dios -
amor incondicional -tal como esta expresado en el amor de Dios por el hombre, o el amor
fraternal cristiano en su más alta expresión, que nace como resultado de que Dios vive en el
hombre.
Una tercera acepción para el vocablo amor en el idioma griego, es eros que significa amor
físico o sensual. Tenemos, pues, una trilogía para la palabra "amor": ágape, del espíritu ;
philia, del alma; eros del cuerpo.
El fruto del Espíritu del que estamos hablando en este capítulo, es ágape. Dios manifestó
su amor por el hombre a través del nacimiento, de la vida y de la muerte de Jesucristo. "Na-
die tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos", (Juan 15:13), y aún
por sus enemigos. (Romano 5:7-10.) El amor de Dios en el hombre viene como resultado
de la salvación. El bautismo en el Espíritu Santo provoca aun una mayor efusión del amor
de Dios, en tanto que la persona more en Cristo y camine en el Espíritu. "El amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado." (Roma-
nos 5:5.) El capítulo 13 de 1 Corintios, cuando habla del amor, se refiere a ágape, amor au-
tosacrificial, amor sin reservas.
Y el amor no es solamente el fruto central del Espíritu, sino un mandamiento de Jesús
"Amarás al Señor tú Dios con todo tú corazón, y con toda tú alma, y con toda la mente.
Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo. De esos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas." (Mateo
22:37-40.)
Jesús también dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros, como yo
os he amado..." (Juan 13:34.)
En el Nuevo Testamento también se menciona al amor como una de las cosas que nos
"edifican" espiritualmente. “El conocimiento envanece, pero el amor edifica."
La primera fase del amor es cuando solamente podemos amar a los que antes nos amaron
primero. "Nosotros le amamos a é1 (Dios) porque él nos amó primero." (1 Juan 4:19.) Es
un comienzo necesario. Pero no va más allá de ser una mezcla de amor. Con el amor puro
viene un olvidarse de sí mismo y un mayor deseo de dar que de recibir. Cuando alcanzamos
esta etapa, nos damos cuenta que amamos a Dios no por lo que ha hecho o esta haciendo
por nosotros, sino que le amamos por sí mismo.
Solamente después de haber hecho contacto con esa celestial fuente de amor, podemos es-
perar amar a nuestros semejantes. El primero y gran mandamiento, es decir amar a Dios,
tiene que producirse antes del segundo, que es amar al prójimo, porque si no se cuenta con
el amor de Dios, es imposible que amemos a nuestros semejantes.
Dios no hubiera exigido esta condición si fuera algo imposible de cumplir. Algunas perso-
nas sostienen que el amar a Dios les lleva todo su tiempo y no les queda ningún resto para
ocuparse de otros. Jesús les ordenó a sus discípulos que se amaran los unos a los otros de la
misma manera que el los había ama do, como una señal para el mundo de que ellos eran sus
seguidores. Cuando amamos a nuestros hermanos, amamos a Cristo, porque la Biblia dice
que todos formamos el cuerpo do Cristo, carne de su carne y hueso de sus huesos. (Efesios
5:29-30; 1 Corintios 12:27.) Dios recepta nuestro amor en la medida en que amamos a los
hermanos en Cristo, como asimismo en nuestra devoción a él en oración y alabanza. A la
par que maduramos en amor, también podremos al canzar y amar a los incrédulos, y aun
93
amar a nuestros enemigos. (Mateo 5:43-48.)
Sin embargo, en un plano terrenal, el amor es imposible sin amarnos a nosotros mismos,
tal como lo dice la Escritura: "Ama a tu prójimo como a ti mismo." Si nos odiamos a noso-
tros mismos, no podremos amar verdaderamente a Dios, a nuestros hermanos, a los incré-
dulos, o a nuestros enemigos. Y solamente podremos amarnos a nosotros mismos sabiendo
quienes somos en Cristo, y sabiendo que el yo esencial es una nueva criatura en la cual
mora Dios. Únicamente por causa de Jesús existe en nosotros algo por lo cual valga la pena
amarnos a nosotros mismos. Es un pecado no amarnos a nosotros mismos. ¿Cómo podemos
dejar de amar todo lo que Dios ha creado?
Pablo dice al finalizar el capítulo 12: "Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os mues-
tro un camino aun más excelente." (1 Corintios 12:31.) El camino más excelente no es "en
lugar de los dones" sino en lugar de "procurar los dones": amar de tal manera que los dones
fluyan hacia afuera con tanto donaire que semejen a las refrescantes aguas de un rió que vi-
vifican todo a su paso. El ágape nunca falla, dice Pablo; pero la profecía, las lenguas, la
ciencia, y los otros dones cesarán de ser cuando Jesús, el perfecto, vuelva a buscar a su igle-
sia. Los dones han sido establecidos principalmente para la edificación y la protección de la
iglesia en la tierra, pero cuando la igle sia este con el Edificador, los dones dejarán de ser
necesarios. Pero hoy en día si lo son.
Un joven se enrola en el ejército. Es de esperar que rinda un "fruto" en su vida: valor, re-
sistencia, perseverancia, formalidad, etc. El fruto es de la máxima importancia, y deja una
impronta permanente en su carácter. Imaginemos la reacción del joven si fuera enviado al
frente de batalla y su superior le dijera:
"Bueno, hijo, cuentas con las cosas más importantes; el fruto se ha desarrollado en tu vida,
no necesitas nada más." El joven, con toda probabilidad, respondería:
"Señor, todo eso me parece muy bien y muy lindo, pero según rumores, hay un enemigo
aquí cerca, y las bajas que traen de vuelta confirman esos rumores. Si no lo toma a mal qui-
siera que me diera armas (dones) para protegerme; ¡estamos en guerra!" Si le dijeran que
han decidido prescindir de las armas, porque el ejército no las necesita más, ¡sería muy difí-
cil convencerlo!
Efectivamente hay una guerra en marcha; y durante todo el tiempo que vivamos en este
mundo caído, necesitaremos los dones. Los dones todavía no han pasado; más aun, la Escri-
tura señala que antes que Jesús vuelva a buscar a su iglesia, habrá un avivamiento aun ma-
yor del Espíritu Santo, para combatir el incremento de la obra del enemigo, y como es ob-
vio, los dones estarán incluidos en ese avivamiento. (Joel 2:23-24, 28-31; Hageo 2:9.) Y en
un día glorioso, cuando la batalla haya concluido con la victoria, los dones dejarán de ser
necesarios.
También pasarán la fe y la esperanza, tal cual las conocemos en este mundo. "La esperan-
za que se ve no es esperanza... pero si esperamos lo que no vemos con paciencia lo aguar-
damos." (Romanos 8:2425.) "Es, pues, la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de
lo que no se ve." (Hebreos 11:1.) Viendo la evidencia de nuestra fe, nos introducirá a una
forma de relación de fe distinta a la que ahora conocemos. Cuando veamos a nuestro Señor
cara a cara, todas estas cosas pasarán, tal como lo asegura la Escritura. Lo único que tendrá
permanencia eterna será el amor -ágape- porque "Dios es amor".
Hemos procurado demostrar que debe haber un equilibrio y una acción recíproca entre los
dones y el fruto del Espíritu Santo. Los dones -las campanillas de oro- deben tintinear para
proclamar al mundo que nuestro sumo sacerdote vive por siempre jamás, y sigue firme en
su obra redentora, sanando al mundo por medio del ministerio de su pueblo. El fruto tiene
94
que verse, para mostrar a la gente como es Jesús, y como los ama. El mundo tiene que ver
el amor de Dios actuando en su pueblo.
95
15 Consagración
Ya hemos hablado de dos experiencias cristianas básicas, siendo la más importante la sal-
vación, y en segundo lugar el Bautismo con el Espíritu Santo. Ambas se dan en forma
gratuita a quienquiera que las pida y nada puede hacerse para ganarlas.
También puede darse un paso vital, que podríamos denominar consagración . Los dos pri-
meros pasos los ofrece Dios para nuestra aceptación, mientras que en la consagración, no-
sotros nos damos a Dios:
"Así que, hermanos, os ruego... que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo
(consagrado), agradable a Dios, que es vuestro culto racional." (Romanos 12:1.)
Pablo esta hablando a los "hermanos", a creyentes que son salvos y sin duda bautizados en
el Espíritu Santo. La consagración es algo que nosotros hacemos, pero únicamente Dios nos
da la capacidad para ello. Significa someter nuestra propia voluntad a Dios en la más alta
medida posible para que su perfecta voluntad pueda manifestarse en nosotros y a través de
nosotros. Este paso es una respuesta a la oración que dice:
"Venga tú reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra (en vasos
de barro(2 Corintios 4:7.)” (Mateo 6:10.)
1
Otros términos usados al mismo fin son: entrega, discipulado o dedicación.
Lo que en realidad quiere decir es que debemos permitir a Jesús que sea EL Rey y Señor
de nuestras vidas.
"¿Y quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová?" pregunto el rey David a su pue-
blo. (1 Crónicas 29:5.) El pueblo de Israel respondió voluntariamente y "de todo corazón";
dieron de sí y dieron sus bienes para la construcción del templo del Señor. A continuación,
David elevó una hermosa oración, terminando con las conocidas palabras:
"Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tus manos lo damos." (1 Crónicas 29:14.)
Nosotros y todo lo que tenemos, pertenece a Dios, pero habiéndonos dado libre albedrío,
tiene que esperar a que seamos nosotros quienes le retribuyamos voluntariamente.
De la manera en que somos salvos cuando por vez primera recibimos a Jesús, y sin embar -
go nuestra salvación continua día a día; de la manera en que recibimos el Espíritu Santo en
un determinado momento, de una vez y para siempre, pero debemos permitirle que nos lle -
ne día a día; así también tenemos que efectuar el acto inicial de la consagración, que tam-
bién tendrá que ser renovado día a día, reuniendo las facetas de nuestra vida que parecieran
haberse apartado de él, y juntarlos en el sitio donde deben estar. Muchos hay que han naci-
do de nuevo y han silo bautizados en el Espíritu Santo, que no se dan cuenta de la necesi-
dad de consagrarse. Y, sin embargo, la consagración es el único camino para una vida ple-
na y victoriosa en Cristo.
La consagración se produce, entonces, cuando optamos caminar con Jesús, día a día; sig-
96
nifica poner a Jesús en primer lugar en nuestras vidas y caminar con é1. "Buscad primera-
mente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." (Mateo ó:33.)
Jesús nos ha prometido estar siempre con nosotros, pero el creyente no consagrado pretende
que Jesús le acompañe adonde él quiere ir, en tanto que la persona consagrada sigue a Jesús
adonde Jesús quiere ir. Jesús dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis-
mo, tome su cruz cada día (someta su propia voluntad cada día) y sígame (Lucas 9:23)
Al llegar a este punto alguien puede plantear lo siguiente: "Todo esto suena muy bonito,
pero ¿cómo aprender a hacerlo?" El mejor consejo que podemos dar es que debemos descu-
brir la diferencia que existe entre alma y espíritu. Ya hemos mencionado la importancia de
comprender que no estamos reducidos a dos partes, -alma y cuerpo- como los anímales,
sino que conformamos tres partes: espíritu, alma y cuerpo.
El espíritu (pneuma) es la parte mas recóndita de nuestro ser, que fue creado para tener
comunión con Dios. Estaba muerto "en delitos y pecados" y cobró vida al hacernos cristia-
nos, y Dios vino a morar justamente allí. Es en nuestro espíritu donde subyace ese conoci-
miento o testimonio interior de la voluntad de Dios. En la carta a los Colosenses leemos:
"Porque en él (Jesús) habita toda la plenitud de la Deidad (Trinidad), y vosotros (los cristia-
nos) estáis completos en él." (Colosenses 2:9-10.) En el evangelio de Juan, leemos lo que
dijo Jesús: "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y
haremos morada en é1." (Juan 14:16.) ¿Qué más podemos pedir cuando el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo viven en nuestro espíritu? Esta es la parte de nuestro ser denominada
"nueva criatura" sitio en el cual nuestro espíritu se ha unido al Espíritu Santo y se han he-
cho uno solo. (1 Corintios 6:17.) Con frecuencia, esta es la parte más descuida da de nuestro
ser, siendo, como es, la mas importante.
El alma (psiquis) es la parte del hombre que lo ha gobernado siempre, desde la caída.
Esta compuesta de tres partes: el intelecto la voluntad y las emociones. El alma del cristiano
ha llegado a un punto en que puede ser puesta en orden; todavía es una mezcla de bien y de
mal. Resulta maravilloso cuando el alma se somete a Dios; pero cuando no lo está, puede
bloquear lo que Dios quiere hacer en nosotros y a través nuestro. Si bien el "viejo hombre"
fue crucificado con Cristo, todavía quedan restos del desorden que dejó allí desde la época
en que dominaba nuestra alma; la tarea de limpieza -en lenguaje bíblico- se llama santifica-
ción. ¡Esta esfera es un verdadero campo de batalla! Es el campo del "yo" que Jesús quiere
que neguemos.
E1 cuerpo (soma) es el ámbito de los cinco sentidos gusto, tacto, olfato, vista y oído. El
cuerpo es la casa donde habitan el alma y el espíritu, y el cuerpo del cristiano pasa a ser el
templo del Espíritu Santo. (1 Corintios 6:19) Con el bautismo en el Espíritu Santo el cuerpo
se llena hasta rebosar con la gloria de Dios. En tanto nuestros cuerpos -que todavía con -
servan tendencias a caer- no controlen nuestras vidas, antes bien son controlados por el Es-
píritu Santo y por nuestro estado de "nuevas criaturas", expresaran la hermosura y el gozo
del Señor. Dios tiene sus planes con respecto a nuestros cuerpos físicos, y los ejecutará en
la medida en que seamos obedientes a la inspiración del Espíritu Santo y de su Palabra, re-
feridas a su templo. Dios quiere que "seas prosperado... y que tengas salud, así como pros -
pera el alma". (3 Juan 1:2.)
Nuestra situación en la vida puede ser comparada a lo que puede ocurrir en un gran trasa-
tlántico. El capitán ha estado gravemente enfermo y durante el prolongado período que du-
ró su enfermedad, no pudo ejercer el comando de la nave. La tripulación, bien entrenada,
supo muy bien lo que tenía que hacer y tomó el control. Desgraciadamente, sin conocer ni
el destino ni el propósito del viaje, navegan por el Océano sin rumbo fijo. Se suscitan dis-
97
putas entre ellos, y queda muy poco combustible. Desde el momento en que no conocen el
arte de la navegación y por lo tanto como llegar a un puerto, no pueden reabastecerse. ¡La
situación se ha tornado grave! Milagrosamente, mejora el capitán, pero se da cuenta que le
demandara un tiempo ganar nuevamente el control del buque. De vez en cuando la tripula-
ción le presta atención, pero las mayoría de las veces le dicen "Vea, señor, hemos navegado
mucho tiempo sin su ayuda, y sabemos hacerlo. Déjenos en paz."
Nuestro espíritu, unido al Espíritu Santo, es quien debe -presuntuosamente- gobernar
nuestra alma, y nuestra alma sometida debe -también presuntuosamente- gobernar nuestro
cuerpo. Pero por mucho tiempo, sin embargo, desde el momento en que nacimos, nuestro
espíritu ha estado fuera de acción y nuestra alma y nuestro cuerpo han actuado por su pro-
pia cuenta. ¿Qué tiene que hacer el capitán del barco para tomar nuevamente el control? Lo
que la tripulación desconoce es que las cosas volverán a la normalidad y todos serán felices,
solamente cuando el capitán, con sus mapas y su brújula, y su conocimiento del mar, logre
recuperar el control total de la situación. Además el capitán también sabe coómo manipular
la radio para pedir ayuda y dar indicaciones sobre la posición del barco, solicitando com-
bustible y otros elementos necesarios. La paz y la felicidad volverán a reinar en el barco en
el memento en que el capitán retome el control.
Para el cristiano, inmediatamente después de su bautismo en el Espíritu Santo, la presencia
de Dios resulta tan real, que no le demanda ningún esfuerzo colocar a Dios en el primer lu-
gar. Está primero en nuestra mente temprano a la mañana, es el tema favorito en nuestra
conversación durante el día. Y es e último en quien pensamos antes de retirarnos a dormir.
Su espíritu renovado (el capitán) esta por encima de su alma (la tripulación), y el cuerpo (el
barco) funciona de acuerdo a las directivas del capitán. Sucede que en algunas personas
esta paz y orden duran más que en otras, pero bien pronto el alma comienza a forcejear para
recuperar el control que le corresponde. Para que todo se desarrolle en orden, el cristiano
tiene que tener una idea bien clara de la diferencia que hay entre su alma y su espíritu. Y
esto lo puede saber aplicándose al estudio de las Escrituras.
"La Palabra de Dios es viva y eficaz, y mas cortante que toda espada de dos filos; y pene-
tra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensa-
mientos y las intenciones del corazón." (Hebreos 4:12.)
¿Por qué la Biblia insiste en la necesidad de establecer una clara división o separación o
distinción entre el alma y el espíritu? El alma, como ya lo hemos dicho, es una mezcla de
bien y de mal. La Biblia nunca nos dice que debemos caminar o vivir en el alma, pero sí
nos repite una y otra vez "andad en el Espíritu", "vivid en el Espíritu", "orad en el Espíri -
tu", "cantad en el Espíritu" ¡Nuestras almas podrán ser limpiadas, curadas, restauradas y
utilizadas para la gloria de Dios, en la medida en que aprendamos a caminar en el Espíritu,
sometiendo nuestras almas al Espíritu de Dios! Las palabras del salmista David nos parecen
apropiadas a este respecto:
"Junto a aguas de reposo me pastoreará; confortará mi alma." (Salmo 23:2-3.)
De la misma manera que somos tres partes -espíritu, alma y cuerpo- nuestras almas tam-
bién están formadas por tres partes: intelecto, voluntad y emociones. Nuestro intelecto con
forma una de la áreas mas difíciles de nuestra alma, en el intento de someternos a la obra
del Espíritu Santo. Pareciera que es el que más hondo ha caído a causa del pecado original,
ya que justamente fue el intelecto el que incursionó en las zonas prohibidas por Dios, y por
allí entró el pecado en el mundo. Dijo al tentador: "Sabe Dios que el día que comías de él,
serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Génesis 3:5.)
Y desde entonces el hombre ha vivido de acuerdo a los razonamientos de su intelecto.
98
Desde el primer grado de la escuela primaria se nos ha enseñado que el intelecto es la parte
más importante en nuestras vidas, pero la educación no constituye la respuesta completa
para cambiar el mundo. (La madre de Dennis solía decir: "¡Si educamos a un diablo, lo más
que podremos obtener es un diablo capaz!"). Satanás es un embaucador más hábil que el
más hábil de los abogados criminalistas; no nos cabe la menor duda de que podrá engañar
nuestro intelecto, si nuestro intelecto es lo único con que contamos. Nuestra mente ha lo-
grado acumular informaciones buenas y malas, verdaderas y falsas, y aun después de la
conversión y del bautismo con el Espíritu Santo, toma tiempo efectivizar un cambio. Sin
embargo, el intelecto es algo maravilloso siempre que este sometido a Dios y haya sido re-
novado por el Espíritu Santo.
"No os conforméis a este siglo, sino transformaos”. Las palabras “transformado” y “trans-
figurado” provienen del mismo vocablo griego metamorfo, (de donde viene la palabra me-
tamorfosis). “…por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis
cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2.).
También dicen las Sagradas Escrituras: "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo tam-
bién en Cristo Jesús." (Filipenses 2:5.)
No aceptemos, como nuestra, cualquier idea que surja en nuestra mente. Debemos investi-
gar su origen preguntándonos a nosotros mismos: ¿Vino de Dios? ¿Vino de mi nueva vida
en Cristo? ¿Vino del enemigo? Es preciso que de inmediato eliminemos de nuestra vida los
dardos de fuego y la dañina imaginación del enemigo. La tentación no constituye un pecado
en sí, pero lo es cuando .nos solazamos con la tentación, que en última instancia nos hará
caer en la mala acción. La Biblia dice "Refutando argumentos, y toda altivez que se levanta
contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a
Cristo." (2 Corintios 10:5.)
El "conocimiento de Dios” es que el creyente es una nueva criatura, de ahí que sus pensa-
mientos serán sanos y buenos. Todo otro pensamiento que viene del enemigo o de la villa
del alma y debe ser resistido. El creyente debe oponerse permanentemente a esos pensa-
mientos desviados (se hará mas fácil el esfuerzo con el correr del tiempo) o, de lo contrario,
volverá a su vieja manera de ser. Watchman Nee 2 el gran líder chino, dice que hay muchos
hijos de Dios que tienen corazones nuevos pero cabezas viejas.
La expresión "refutando argumentos" en el pasaje precedente, significa que es necesaria
nuestra cooperación y aquí es donde entra en acción nuestra voluntad. La voluntad es el
núcleo del alma, el lugar donde se hacen las elecciones y se toman las decisiones. Es el yo
esencial, y ha sido usada para ejercitar la propia voluntad y no la voluntad de Dios. Dios le
entregó al hombre una libre voluntad para que libre mente pudiera decidir amarle, pero el
mal uso que de la libre voluntad hizo el hombre, causó la muerte de Jesús. El libre albedrío
fue adquirido por la muerte de Jesús. Dios nunca nos quita el libre albedrío, pero todos los
días debemos demostrarle nuestro amor a él, devolviéndole espontáneamente nuestra vo-
luntad. Esto, en otros términos, es la consagración
Dios no tiene ningún interés en que nosotros le obedezcamos como autómatas, porque en
ese caso no tendríamos poder de decisión. Todos aquellos que aceptan que Dios se ha reve-
lado en las Escrituras, y especialmente en Jesucristo, saben perfectamente bien que Dios
quiere criaturas que voluntariamente desean que el haya dispuesto para ellos. No pierden
sus voluntades; conscientemente, activamente, gozosamente, acomodan sus voluntades a la
de él, porque sienten y conocen su amor, y porque están respondiendo a su amor. Dios nos
dio libre albedrío, es decir, la potestad para elegir, para que pudiéramos amarle libremente
99
y obedecerle también libremente. Dios quiere hijos, no robots. El Padre anhela la obedien-
cia de sus hijos, porque los ama y quiere lo mejor para ellos. Los hijos, a su vez, desean
obedecer al Padre, porque le aman.
Jesús, cuya voluntad era sin pecado y, por lo tanto, distinta de la nuestra, sirvió de ejemplo
cuando nos dijo: "No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre."
(Juan 5:30.)
Pudiera darse el caso de tener miedo de someter nuestra voluntad a la de Dios, porque el
enemigo nos ha asustado diciéndonos cosas como: "Con toda seguridad que Dios lo obliga-
rá a dejar la familia y lo enviará a un país lejano", o "Dios te obligará a pararte en una es-
quina de tu pueblo a predicar a los transeúntes." ¡No le prestemos atención!
Debemos dejar sentado con toda claridad en nuestra mente, de una vez por todas, que Dios
nos ama, y quiere lo mejor para nosotros; solamente andando de acuerdo a sus planes po-
dremos rendir una vida fructífera, ahora y por la eternidad. ¡No debemos permi tir que nada
impida que Dios nos dé lo mejor!
También es la voluntad la que controla esa tercera parte de nuestras almas: nuestras emo-
ciones. Las emociones son los "sentimientos" del alma. Algunos cristianos tienen emocio-
nes que se parecen mucho a ese conocido juego de los niños llamado Yo-Yo. Hoy sienten
que son salvos; mañana dudan y sienten que no son salvos. Hoy sienten que Dios los está
guiando; mañana no están seguros ni siquiera de si Dios sabe que ellos existen.
Como es obvio, nuestras emociones no son de fiar, y si procuramos guiar nuestras vidas
según sus dictados, terminaremos en una total confusión. Hemos hecho mal uso de nuestras
emociones en el pasado: arranques de mal humor, cediendo a la autoconmiseración, etc.
Nuestras vidas no pueden ser dirigidas por nuestros sentimientos; también ellas son una
mezcla del bien y del mal. Debemos manejarnos por el conocimiento interior que nace en
nuestros espíritus y en concordancia con la Palabra de Dios. "Los sentimientos no son he-
chos." Por supuesto que esto no quiere decir, de ninguna manera, que la vida cristiana deba
estar desprovista de emociones, sino que Dios, en esta esfera de nuestra vida, también tiene
una tarea que realizar con respecto a la sanidad y a la renovación de nuestro ser.
Si todavía no es una realidad en nuestras vidas, debemos dar ese paso de la consagración,
que resulta fácil cuando aprendemos a discernir entre lo que es alma y lo que es espíritu. Es
algo que exige nuestro consentimiento y, cuando lo hacemos, se profundiza, y todas las de-
más cosas ocupan su lugar en nuestras almas. No es pura casualidad que el capítulo cuarto
de Hebreos hable de entrar en el reposo de Dios, justamente antes de explicar la necesidad
de establecer una clara distinción entre el alma y el espíritu. El reposo es la consecuencia de
vivir en el espíritu y no en el alma, pero muchos cristianos todavía tienen que aprender a re-
conocer esa diferencia. La salvación significa un descanso para el espíritu del hombre.
"Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan a la
presencia del Señor tiempos de refrigerio." (Hechos 3:19.) Jesús dijo: "Venid a mí todos los
que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11:28.) El bautismo en el
Espíritu Santo significa un rebosamiento de ese descanso que brinda reposo al alma. Isaías
lo expresa de la siguiente manera: "Porque en lenguas de tartamudos, y en extraña lengua
hablara a este pueblo, a los cuales el dijo: Este es el reposo; dad reposo al cansado; y este es
el refrigerio..." (Isaías 28:11-12.) El intelecto entra en reposo cuando se somete a Dios, y el
hablar en lenguas constituye uno de los medios más importantes para dejar que el Espíritu
Santo renueve y refresque nuestras mentes y almas. En la medida en que aprendamos a ne-
gar a nuestras almas el derecho de gobernarnos y caminemos en ese reposo con nuestras al-
100
mas y espíritus sometidos al Señor, podrá Dios eliminar la "madera, el heno y la hojarasca"
y establecer todo aquello que tenga valor permanente en nuestras vidas. (1 Corintios 3:12-
13.) Jesús dijo: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humil-
de de corazón; y hallarles descanso para vuestras almas." (Mateo 11:29.)
"Llevad mi yugo sobre vosotros." Cuando uno de los bueyes (nosotros) es guiado por el
otro (Jesús) estando ambos bajo el mismo yugo - los dos están sujetos a servidumbre y de-
ben transportar la carga - el buey guía dirige al otro y soporta el mayor peso del trabajo.
Cuando empezamos a acusar el peso de la carga, podemos estar seguros que estamos qui-
tándole al Señor la dirección, y debemos retomar el lugar que nos corresponde, es decir,
exactamente a la par de él. El peso de la carga puede compararse a un termómetro espiritual
para advertirnos que el alma y no el espíritu esta tomando la iniciativa. La pesadez nos está
diciendo que nuestras almas no están reposando en Cristo.
Cuidémonos de no volver atrás, a la época en que actuábamos de acuerdo a los dictados de
nuestro pervertido intelecto, de nuestras emociones y de nuestra propia voluntad, y en cam-
bio mantengamos vivo el torrente que empezó en nuestro particular Pentecostés; la mente
de Cristo que se manifiesta en nosotros, sus emociones fluyendo a través nuestro, y su vo-
luntad cumplida en nosotros.
Esta oración podemos elevarla a nuestro Dios tal cual la transcribimos, o utilizando nues-
tras propias palabras:
1. La Salvación: Juan 10:9; Hechos 16:30-31; Romanos 10:9,13; Mateo 9:22; Lucas
7:50; Juan 3:16-17; Lucas 17: 19; 2 Timoteo 1:9; Tito 3:5.
2. Bautismo en el Espíritu Santo : Hechos 1:5, 8; 2:4; Efesios 5:18; Hechos 19:6;
8:17; 9:17; Hechos 10:45-46; 11:16.
3. Consagración, entrega total a Cristo, decidir hacer siempre su voluntad:
Juan 5:30; 8:29; Mateo 26:39; Marcos 14:36; Lucas 22:42; Romanos 12:2; He-
chos 13:36; Juan 7:17; 9:31; Hebreos 10:7; 10:36; 13:21; 1 Pedro 4:2; 1 Juan
2:17. Efesios 5:17; Juan 20:21.
101
4. Saber el propósito de Dios para su vida, su llamado personal y enfocarse en él sin
desviarse nunca. “Dando fruto con perseverancia”.
Buenas obras. Ya sabemos que las buenas obras no nos dan el rótulo de buenos cristianos,
pero la Biblia nos dice repetidamente que Dios nos premiara de acuerdo a lo que hayamos
hecho. Amar al prójimo como a nosotros mismos significa alimentarlo cuando esta ham-
briento, vestirlo cuando le falte ropa, visitarlo cuando esta enfermo o en la prisión. Y, tal
cual lo explicó Jesús, nuestro prójimo no se reduce a nuestro vecino, sino a cualquier perso-
na necesitada que recurra a nosotros. El apóstol Santiago afirma que es una burla decirle a
alguien que tiene hambre y frío: ¡Dios te bendiga! ¡Caliéntate! ¡Aliméntate!", si no hace-
mos algo para ayudarlos.
La acción social de cristiano, de lo cual tanto se habla hoy en día, se reduce, en pocas
palabras, a la acción del cristiano en el mundo dondequiera se en cuentre. No se supone
que la iglesia, como organización, se transforme en un factor de poder político, pero los
cristianos deben interesarse en la política, y traer sus convicciones con ellos. La iglesia,
como organización, no debe intervenir directamente en las diferencias entre capital y traba-
jo, pero los cristianos que sean dirigentes en el campo del capital y del trabajo, deben parti-
cipar con sus convicciones cuando se plantean las confrontaciones de los dos campos. El
comerciante que está en Cristo, tratará a sus empleados como los trataría Cristo, y los
empleados cristianos rendirán su jornada de trabajo como lo haría Jesús. La base de
una verdadera "acción social" es actuar según la premisa establecida en 1 Juan [Link]
"... como él es, así somos nosotros en este mundo."
En compañía de toda la familia debemos participar colaborando con la obra de Dios sobre
bases más amplias aun, ayudando al sostén del campo misionero, ayudando en los proyec-
tos de la iglesia local, etc. Por supuesto, debemos contar con el Señor, quien nos dirigirá en
todas estas cosas, pero que el "esperar en el Señor" no se convierta en una excusa para no
hacer nada. El hacerla constituye una parte vital de nuestra vida y testimonios cristianos.
Cooperando con Dios. La palabra cooperar significa simplemente "trabajar juntos", y la
Escritura nos dice que Dios quiere que seamos colaboradores con él. (1 Corintios [Link] 2 Co-
rintios 6:1.) Todo esto quiere decir que si bien Dios nos ha creado como seres libres, él está
pendiente de nuestra colaboración para introducir su amor al mundo.
El Señor Jesús no escribió ningún libro, pero el más importante de todos los libros del
mundo escribe sobre él; nunca viajó más allá de unos pocos kilómetros de su lugar de naci-
miento, y sin embargo trazó un plan para alcanzar los lugares mas remotos del mundo. Des-
pués de limpiarlos de sus pecados, llenó a sus seguidores con el amor, el gozo y el poder de
Dios, y los envió para derramar ese gozo, ese amor y ese poder sobre otros y decirles que
ellos también podían ser perdonados y llenados de la gloria y del poder de Dios. En esto
consisten las buenas nuevas, el Evangelio, y las personas que lo escuchan y lo aceptan for-
man parte del pueblo de Dios, la Iglesia.
Es un método notablemente eficaz, pues si una persona recibe hoy a Cristo, y al mismo
tiempo recibe un mayor poder para testificar recibiendo el bautismo en el Espíritu Santo, y
mañana ayuda a otros dos a recibirlo, asegurándose de que estos también sean bautizados
en e1 Espíritu Santo, y a su vez esas dos personas alcanzan a cuatro en el día subsiguiente,
y esos cuatro ganen a ocho, y se continúa en esa pro gresión geométrica, en un mes, es decir
en treinta y un días se habrán alcanzado y ganado para el reino de Dios, !mil millones de
personas! 1
102
1
Esta multiplicación extraordinaria se daría en el caso de que cada cristiano ganara solamente dos personas para
Dios durante toda su vida. Como es de imaginar, un cristiano que cuenta con el poder de Dios debería orar pidien-
do 1a oportunidad de testificar por Cristo todos les días, para que durante su existencia centenares de personas
fueran ganadas para Cristo
Este es el principio sobre el cual se basó Jesús para alcanzar al mundo: cada persona
contándole a los demás, y ellos, a su vez, a otros, hasta que sean millones los que estén
llenos de la gloria de Dios en toda la redondez de la tierra. Este plan de acción ha sido
iniciado una y otra vez, y luego ha fracasado, debido a la infidelidad y a lo olvidadizo del
ser humano, y a la confusión y a las desviaciones provocadas por el enemigo. Pero mayor -
mente el fracaso se ha debido a que el mensaje fue transmitido solo par cialmente: perdón
sin poder. Hoy en día. sin embargo, nuevamente es proclamado el "Evangelio comple -
to", no solamente el hecho esencial de que Dios perdona y ama a su pueblo, sino que al
hacerlo les da poder para ganar a otros. El plan de Dios es que millones de hombres y
mujeres, y también de niños, en todo el mundo, sean portadores de su mensaje de
amor, perdón, sanidad y poder para toda la humani dad. Estamos viviendo la era del
reavivamiento de la iglesia, ¡y es algo tan emocionante! En todo el mundo la gente está des-
cubriendo qué maravilloso es hablar a los demás sobre Jesús y el poder del Espíritu Santo,
¡y sabemos que el plan de Dios no fracasará! Bien pudiera ser este el último avivamiento
antes de la venida del Señor. Esperamos y oramos para que este libro ayude a muchos a co-
operar con Dios y que, como hijos y colaboradores seamos llenados, hasta rebosar, con su
gran gozo.
103