Amigos inseparables
Andrea Andrea Frediani
Frediani
Una serie de novela histórica Guerreros invencibles
Enemigos eternos Dictator I
que te conquistará
«Andrea Frediani sabe muy bien cómo llevar
Roma, 88 a. C. Cayo Julio César es solo un niño cuando conoce, en las pe- Dictator
al lector al fragor del combate y hacerlo
ligrosas calles de la Suburra, a Tito Labieno, con quien sella una amistad I
partícipe de pasiones, paisajes y situaciones
destinada a perdurar en el tiempo. El ambicioso Julio César emprenderá
julio césar
reales. Batallas, emociones y refulgir de
espadas en una novela fascinante.» años más tarde una heroica carrera militar que lo llevará a combatir en
Corriere della Sera
«Tan apasionante como una película, tan
España y, sobre todo, en las Galias, en una campaña repleta de éxitos,
siempre con Labieno a su lado. Juntos desarrollan las más hábiles estra-
tegias y llevan a cabo extraordinarias hazañas en el campo de batalla que
la sombra
real como un ensayo.» los hace, casi, invencibles. Sin embargo, mientras el éxito y el reconoci-
Focus Storia miento militar y político de César no para de crecer, las voces contrarias
DE Andrea Frediani, nacido en Roma en 1963 y
licenciado en Historia Medieval, es uno de
JULIO
empiezan también a surgir desde el Senado, y hacen peligrar su futuro más los divulgadores históricos más reputados de
«Andrea Frediani ilumina los fragmentos inmediato. Además, las desavenencias con Quinto, hijo de Labieno, y los Italia. Profesor universitario, colabora con
más desconocidos de la vida de Julio César sinsabores de su relación con Servilia, su amante, enturbian su campaña numerosos medios de comunicación, como
con una fascinante novela histórica en la hacia el poder más absoluto, lo que obliga a muchos, incluso a su propia Focus Storia, Focus Storia Wars, Storia Milita-
de
que hay brío narrativo, emoción y color.» re, Medioevo y Rivista Italiana Difesa.
sombra, su fiel y querido amigo Labieno, a tomar partido. Y es muy posible
La sombra
Il Messaggero
que nadie salga ganando. Autor con una amplia trayectoria y varios
CÉSAR
galardones en su haber, su trilogía sobre Ju-
«El magnetismo de Roma y de la figura de Inspirada en hechos reales, La sombra de Julio César es la primera entrega
lio César, Dictator, formada por los volúme-
Julio César, la crueldad de la guerra, los de la trilogía Dictator, una trepidante novela histórica que recorre la vida
amores apasionados y la violencia y la nes La sombra de Julio César, El enemigo de
y las gestas del mayor líder de la antigua Roma con una impecable recrea-
dignidad son los ingredientes de esta Julio César y El triunfo de Julio César, todos
ción histórica.
trepidante trilogía, poderosa y convincente.» de próxima aparición en Editorial Planeta,
Vero mereció el prestigioso Premio Bancarella.
LA VIDA DE JULIO CÉSAR COMO
«Frediani acompaña al lector a descubrir NUNCA TE LA HAN CONTADO.
una civilización extraordinaria, sin recurrir
a lugares comunes y ciñéndose con preci-
sión a la reconstrucción histórica.»
Il Venerdì di Repubblica
PVP 21,90 € 10292395
Diseño de la cubierta: © Lookatcia.com
Imagen de la cubierta: © Stephen Mulcahey / Arcangel
Fotografía del autor: © Giliola Chisté
155 mm 32 mm 155 mm
Andrea Frediani
La sombra de Julio César
Dictator I
Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale
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Título original: L’ombra di Cesare
© Andrea Frediani, 2021
Publicado de acuerdo con MalaTesta Lit. Agency y The Ella Sher Lit. Agency
© por el mapa del interior, Àlvar Salom, 2022
© por la traducción, Juan Carlos Gentile, 2022
© Editorial Planeta, S. A., 2022
Espasa, un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
www.editorial.planeta.es
www.planetadelibros.com
Primera edición: marzo de 2022
ISBN: 978-84-670-6506-0
Depósito legal: B. 1592-2022
Composición: Realización Planeta
Impresión y encuadernación: Liberdúplex, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España
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como papel ecológico y procede de bosques gestionados de
manera sostenible.
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I
Así, se produjo un verdadero combate entre
enemigos, el primero en Roma, ya no con el
aspecto de una sedición, sino realmente con
trompetas y enseñas según las reglas de la
guerra.
Apiano,
Las guerras civiles, 58, 259
Roma, 88 a. C.
Estruendo. No, no el habitual estruendo de los carros en
la Suburra, de las peleas y riñas callejeras, de los vende
dores que presumen de la calidad de sus mercancías. Es
truendo que sabe a miedo, gritos que transmiten agita
ción, un ansia que impregna a los habitantes apenas
despiertos del sórdido barrio a los pies del Viminal y el
Esquilino.
El muchacho, saltando repentinamente de la cama,
imagina de qué miedo se trata.
Es un miedo que Roma nunca ha vivido, más que en
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el pasado: el de un ejército en armas en marcha hacia la
ciudad.
Pero sí, piensa el muchacho, quizá se sintieron así sus
conciudadanos tres siglos antes, cuando los galos de
Breno, vencedores en Alia, se disponían a caer sobre la
Urbe. Pero esos eran bárbaros. Un enemigo natural al
cual los dioses podían conceder acaso la victoria en una
batalla, pero nunca en la guerra.
Pero ¿a quién concederían la victoria los dioses en
una lucha entre romanos?
El muchacho oye que la gente vuelve a casa, a pesar de
que ha amanecido hace poco. Regresan todos precipita
damente, suben las escaleras con la respiración afanosa,
golpean las puertas gritando a sus familiares que no aso
men ni siquiera la nariz fuera de las ventanas.
Están llegando.
Sila está llegando.
Y con seis legiones a sus espaldas.
—Cayo, hoy no vas donde el magister, como es natu
ral...
La madre del muchacho ha entrado en su cuarto.
También ella, nota Cayo, está agitada. Sus hermosos ras
gos están tensos, contraídos y endurecidos. La preocu
pación la devora. El hijo advierte que en su hermoso ros
tro no hay rastro de maquillaje. Raras veces la ha visto
así. Pero nunca, por otra parte, Aurelia ha vivido una si
tuación semejante: Sila viene a desafiar a su cuñado.
Cayo Mario.
Cayo Mario, triunfador de Yugurta, de los cimbrios y
los teutones. Cayo Mario, seis veces cónsul. Cayo Mario,
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el hombre que había pretendido quitar a Sila, cónsul de
signado, el mando de la guerra contra Mitrídates del
Ponto.
—Claro, mamá —respondió el muchacho. No. No iría
donde el magister. Aquel no era un día para ir a la escue
la. Pero estaba muy decidido a aprender algo, de todos
modos. Esperó a que la mujer saliera de la habitación,
luego se ajustó la túnica a la cintura, se puso la toga pre
texta y se encaminó, resuelto, hacia la puerta de casa.
—¿Adónde vas? —preguntó la madre, viéndolo abrir
la puerta.
No obtuvo respuesta. El muchacho había salido sin
dignarse a mirarla. Ella lo persiguió por las escaleras.
Pero ya estaban en la planta más baja, aquella con las vi
viendas más amplias y mejor servidas. Cayo permane
ció fuera del portal un instante. Aurelia volvió dentro y
se asomó. Lo vio alejarse a paso veloz hacia los muros.
—Cayo Julio César, cuando se lo diga a tu padre...
Pero no supo cómo concluir la frase: incluso el padre
se rendía la mayoría de las veces ante la titánica volun
tad de su hijo, a pesar de que tenía únicamente doce
años.
Solo podía esperar que no le ocurriera nada.
No era fácil localizar a alguien a quien pudiera pedir in
formación. Los pocos que aún se encontraban por la ca
lle iban demasiado deprisa para que pudiera detenerlos.
Pero el joven Cayo no era tímido.
—¡Quieto! —gritó a un viejo curtidor, apenas salido
de una insula con una vasija llena de orina, que estaba
cargando en el carro. Aquel no contestó ni lo miró; es
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más, espoleó al mulo para que emprendiera la marcha.
César se puso delante de la bestia, corriendo el riesgo de
ser arrollado. El viejo se vio obligado a tirar de las riendas.
—¿Qué quieres, chiquillo? ¡Déjame marchar o perde
ré mi carga! —aulló con voz excitada.
—¿Qué sucede? ¿Los cónsules están a las puertas de
la ciudad?
El tono de César, por el contrario, era imperioso y
firme.
—El cónsul Sila está aquí dentro. Está intentando for
zar la puerta Esquilina. El cónsul Quinto Pompeyo, en
cambio, bloquea la puerta Collina. Si Cayo Mario no or
ganiza bien la defensa, entrarán pronto. ¡Y ahora apár
tate!
El muchacho se desplazó. Habían ido rápido, enton
ces. De Nola a Roma en un tiempo apenas superior al
empleado por los mensajeros —y por los disidentes de
la armada de Sila— para avisar a la ciudad y a Cayo Ma
rio. Habían ido tan rápido que no le habían dado el tiem
po suficiente a su tío para organizar una defensa ade
cuada.
Bien, al menos las puertas debían de tener una guar
nición, se dijo César. Y él tenía la suerte de encontrarse
precisamente junto al punto en que Sila estaba realizan
do el asalto a los muros. Podría observar, al fin, el primer
combate de su vida.
Casualmente, era también el primer combate entre
romanos a lo largo de los muros de la Urbe.
—¡Ha entrado! ¡Sila ha entrado con dos legiones!
Gritos y trompetas a su derecha. Se volvió. Vio a un
soldado corriendo hacia él. Luego, otro, y otro más de
trás de ellos, sobre el fondo recortado por la muralla. Los
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legionarios del cónsul marchaban en orden compacto:
sobre los yelmos descollaban las enseñas de las distintas
unidades. Los precedía el sonido de los cuernos, las
trompetas y las bocinas.
Soldados en armas dentro de los muros de la Urbe. Y
no para una ceremonia triunfal. Nunca se había oído
desde tiempos inmemoriales.
Oyó estruendo también a su izquierda. Se volvió de
nuevo. Un grupo de soldados iba hacia él. Soldados,
pero también ciudadanos armados con palos, mazas y
piedras: una horda desordenada e indistinta de volunta
rios.
Por lo visto, su tío había conseguido organizar una
especie de defensa. Parecía que iba a ver el primer com
bate por las calles de Roma. No una sedición, sino una
verdadera batalla, con trompetas y enseñas de guerra.
Y él estaba justo en medio.
Al muchacho le bastó un rápido vistazo: los hombres de
Mario no tenían ninguna esperanza contra los legiona
rios de Sila. Los soldados, los de verdad, aplastarían
cualquier obstáculo sin ni siquiera aflojar su avance. In
cluido él. Miró a su alrededor, buscando un recoveco don
de refugiarse. No, de qué le serviría un recoveco, conclu
yó. Necesitaba un sitio elevado desde el que observar la
batalla. O la masacre en que parecía que iba a transfor
marse.
Se dio cuenta de que no estaba solo en aquella incó
moda y peligrosa situación. Desde un rincón, a su iz
quierda, asomó otro chiquillo, más o menos de su edad.
Cerca de él, la chusma de los seguidores de Mario blan
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día hoces y palos, y algunos gladios, las características
espadas cortas romanas, y algunas lanzas. El mucha
cho se dirigió al lado opuesto de la calle, hacia un carro
abandonado al cual estaba aún enganchado un buey: el
carretero debía de haber escapado a toda prisa en
cuanto vio a los primeros soldados aparecer en el hori
zonte.
El chico aferró al animal por el cabestro, intentando
que se moviera. Pero la bestia mugía, y no se movió de
allí. Trató de arrastrarlo hacia un callejón lateral. Eran
solo unos pocos pasos, pero la obstinación del buey, ner
vioso por el alboroto de los soldados que se aproxima
ban, parecía imponerse. Sin embargo, observó César, el
muchacho no se daba por vencido, pese a que podría ser
arrollado por la multitud o triturado por la presión de
las dos formaciones.
Luego, de pronto, el animal pegó un salto y con una
cornada golpeó al chico, que acabó en el suelo, aparente
mente aturdido. César miró a la derecha, luego a la iz
quierda. Los hombres de Sila estaban cerca, los de Mario
muy cerca.
Cuestión de segundos. Lo iban a pisotear.
Se echó sobre el muchacho. Le pasó los brazos por de
bajo de las axilas y lo ayudó a levantarse. El otro lo se
cundó con pasividad, pero una vez de pie, mientras Cé
sar lo empujaba en dirección al callejón lateral, tendió
débilmente el brazo hacia el carro, señalándole así que
quería detenerse.
—¿Estás loco? Ven conmigo.
—Pero... la mercancía de mi padre está ahí arriba...
—respondió el muchacho, con la voz pastosa y débil.
—Tu padre estará más contento si vuelves tú a casa
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—replicó, decidido, César, arrastrándolo lejos con ma
yor decisión.
En un instante estuvieron en un lado del callejón.
César aún tuvo tiempo de examinar a uno de los faci
nerosos de la primera fila que pasaron justo después
de él.
—Quédate aquí y preocúpate de alcanzar tu carro
solo después de la contienda. Yo tengo cosas que hacer
—dijo César, separándose del muchacho.
—No. Esperaré a que hayan pasado todos. Si el en
frentamiento se desarrolla un poco más adelante, lo in
tentaré de nuevo.
El chiquillo parecía completamente recuperado.
Clangor de armas. Gritos de dolor y de ferocidad ase
sina.
El combate había comenzado. Y era justo allí donde
se enfrentaban las dos formaciones.
El muchacho hizo un gesto de fastidio. Luego miró a
César.
—Supongo que tengo que darte las gracias. Quizá
tengas razón. Me hubieran masacrado.
—No te preocupes. De todos modos, yo no me pierdo
este enfrentamiento.
—Yo tampoco.
—Entonces, sígueme. Busquemos un lugar elevado,
desde el que podamos verlo sin correr riesgos inútiles
—concluyó César, mirando a su alrededor. Luego se diri
gió, muy decidido, hacia un bloque de toba aún no edifi
cado, que surgía junto a una insula de solo dos plantas, a
su vez adyacente a una de ocho. Subió, seguido por el
otro muchacho, y desde allí alcanzó el balcón de la vi
vienda.
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—¿Cómo te llamas? —preguntó a su nuevo compa
ñero.
—Tito. Tito Labieno.
—¿Eres del barrio?
—Desde hace poco. Mi familia y yo nos trasladamos
aquí hace un año. Venimos del Piceno. ¿Y tú quién eres?
—Cayo César, de la familia de los Julio.
Lo dijo con displicencia, sabiendo que así haría aún
más efecto. Siempre hacía efecto.
—¡Un patricio! ¡No pensaba que los hubiera aquí, en
la Suburra! Estás de paso...
—No. Vivo aquí.
—Entonces lo pasarás mal...
César había llegado a la terraza que hacía de cobertu
ra parcial del edificio. Alargó una mano hacia Labieno
para ayudarlo a subir, pero se detuvo.
—Lo paso muy bien. Es solo que hace rato que no te
nemos magistraturas. Y son ellas las que traen dinero.
Pero estamos entre las familias más antiguas de Roma.
Descendemos de Eneas y, por tanto, de Venus. Tenlo en
mente —precisó con orgullo.
El otro asintió, y solo entonces César le dio la mano y
lo aupó. Se miraron en silencio, estudiándose. César era
sin duda más alto; sus rasgos, notablemente aristocráti
cos, eran delicados y agradables. El cabello, muy cuida
do, castaño y suave, enmarcaba un rostro más redondo
que ovalado. El otro tenía rasgos apenas más marcados,
un rostro bien ovalado y un cuello largo, pero no tanto
como el de su interlocutor. Tenía la nariz igual de pro
nunciada, pero más ancha. Por la cabeza descendían in
disciplinados rizos rubios; sus cejas eran espesas y al
gún fugaz indicio de vello surcaba sus mejillas. Tenía los
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ojos oscuros y penetrantes como los del patricio, pero
carecían de la autoridad que caracterizaba la mirada de
César.
—Pero... espera un momento —dijo de repente Labie
no—. Si eres de la gens Julia, eres parte en esta disputa.
¡Eres pariente de Cayo Mario!
—Sí. No deberías dejarte ver conmigo, si quieres un
consejo desapasionado. No me parece que mi querido
tío político tenga los medios para oponerse a las legiones
de los cónsules —respondió César, echando un vistazo
fugaz hacia abajo, donde la fuerza de choque de los le
gionarios parecía, sin embargo, en apuros en aquellos
espacios restringidos.
Labieno se quedó pensativo un instante.
—No importa. Me has salvado. Y, además, quiero ver
la pelea. Subamos un poco más.
César asintió y se dirigió hacia el borde opuesto de la
terraza, que limitaba con el edificio más alto. Desde allí
resultó muy fácil acceder a la otra insula y seguir subien
do. Las azoteas, entre tanto, se iban llenando de curiosos.
También las ventanas, que, lejos de estar cerradas, aloja
ban cada una a varios espectadores. Pero César quería
estar más alto que todos, tener una visión de conjunto de
lo que sucedía como un estratega que necesitara ver
todo el tablero para mover sus peones.
Una escalera exterior llevaba hasta el tejado. Una vez
encima, no tenían más que estar atentos y mantenerse en
equilibrio sobre la superficie inclinada y sobre las tejas.
Desde allí se veía todo.
También las otras zonas de la ciudad. Y César notó
enseguida que había otras tropas legionarias acercándo
se, pero desde una dirección distinta de la puerta Esqui
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lina. Pronto se abalanzarían desde atrás sobre sus adver
sarios.
Concentró la propia atención en el combate que se li
braba bajo él. Una refriega furibunda, en la cual los le
gionarios no conseguían liberar su fuerza de choque. Es
más, incluso parecían tener dificultades. Frente al incon
tenible contraataque enemigo retrocedían, en vez de
avanzar. Buscó a Mario, buscó a Sila.
Su tío no estaba. O al menos, no se lo veía. No se lo
imaginaba, de todos modos, con casi setenta años, en
medio de la multitud, dando mandobles con el gladio
contra hombres con la mitad de sus años y el doble de su
corpulencia. Si Mario hubiera conseguido birlar el man
do de la campaña de Oriente a Sila, el muchacho no du
daba que habría observado los combates desde una po
sición privilegiada, sin ofrecer ningún estímulo a sus
hombres.
En este sentido, el hecho de que fuera Sila contra
Mitrídates era sin duda una ventaja para Roma: estaba
en la plenitud de los años, y aún sediento de gloria mi
litar. Lo vio, al fin. Vio al enemigo de su familia, a lo
mos de un magnífico alazán, en medio de la propia
formación. Pero sí, debía de ser él. No se veían oficia
les, aparte de los centuriones con la cresta traversa, en
tre las filas legionarias. César había oído decir que solo
un tribuno había secundado al cónsul, siguiéndolo ha
cia la Urbe. Todos los demás se habían desmarcado. Y
aquel comandante a caballo, con el amplio paludamen-
tum, la cresta sobre el yelmo y la armadura anatómica
dorada, de la que colgaban tiras de cuero, solo podía
ser él.
Sus hombres no se limitaban a retroceder. Un portaes
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tandarte de la primera fila que había quedado desarma
do de pronto intentó huir, temiendo quizá perder la en
seña. Sus camaradas lo vieron y, espantados, hicieron lo
mismo: en breve, la sección más avanzada del ejército
silano se disgregó.
—Parece que al cónsul le está yendo mal... —comentó
Labieno.
César no respondió. En el fondo, le disgustaba. Sabía
que debía desear la victoria de su tío, pero... Sila había su
frido una evidente injusticia. Había sido legalmente elegi
do cónsul, y también legalmente le había sido asignado el
mando en la guerra mitridática. Luego, tras abandonar
Roma, Mario se había hecho conferir el mando de la cam
paña de Oriente.
El cónsul demostraba agallas al venir a recuperar lo
que le habían quitado en su ausencia. Y no había tenido
escrúpulos para violar el pomerium, el sagrado suelo de
Roma, y reivindicar sus propias razones, ni tampoco se
había dejado intimidar por el pasado militar de Mario ni
desalentar por la opinión contraria de sus oficiales. Es
más, incluso había conseguido convencer a los soldados
de nada menos que seis legiones para marchar con él, en
su defensa, contra la patria. ¡Qué hombre! ¡Y qué dile
mas había debido de superar!
Deseó que los dioses no lo pusieran nunca frente a
elecciones de ese tipo.
Su mirada cayó de nuevo sobre Sila. Lo vio abrirse
paso entre los soldados en desbandada y cabalgar obli
cuamente hacia el portaestandarte que había dado inicio
a la derrota. Cuando lo alcanzó, le arrancó la enseña de
la mano y volvió a cabalgar hacia delante, incitando a
los otros a seguirlo.
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—¡Ese sí que es un comandante! —exclamó Labieno,
admirado.
César habría querido decir lo mismo, pero no podía.
Los soldados detuvieron su fuga y, poco a poco, rea
nudaron el avance. Labieno decidió pinchar a su nuevo
amigo:
—Claro, estas cosas también las hacía Cayo Mario, en
los tiempos de los cimbrios y los teutones.
Estaba hablando de un cuarto de siglo antes.
César se volvió apenas y lo miró de reojo. Se daba
cuenta también él de que el tiempo de Mario había pasa
do hacía rato. Lo cierto es que, después de estar toda la
vida en los campamentos militares, su tío nunca había sa
bido adaptarse a la vida civil, y en la política había rendi
do pésimos servicios a la causa de los populares, de la que
era un defensor muy poco idóneo. El padre de César sos
tenía que hubiera sido mejor que se retirase definitiva
mente de la vida pública, y su hijo compartía esa opinión.
Pero ahora era de la familia, a pesar de que sus misera
bles orígenes no encajaban con la noble vetustez de los
Julio: había que apoyarlo hasta el final, porque de él, al
menos, seguro que no vendría ningún mal.
—¡Y también es un gran estratega! —continuó Labie
no, señalando el centro de la ciudad. César comprendió
enseguida qué quería decir: otro contingente de legiona
rios, que evidentemente había entrado por una puerta
más al norte, avanzaba contra los de Mario. En breve,
estos serían cogidos en una pinza y estarían condena
dos. Además, entre tanto, las tropas de Sila, alentadas
por su jefe, habían reanudado su avance.
Alguien debía de haber advertido a los seguidores de
Mario. De repente, las últimas filas se fragmentaron y se
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dispersaron con increíble rapidez. Se decía que el tío de
César incluso había prometido la libertad a los esclavos
que se enrolaran bajo sus enseñas. Pues bien, si se había
presentado alguno, era probable que estuviera entre los
primeros en escapar.
En apenas unos segundos, la voz de la llegada de las
otras legiones alcanzó también a las primeras filas de los
marianos. Los hombres comenzaron a desperdigarse en
todas direcciones, introduciéndose entre los bloques de
pisos, entrando en las insulae, tratando de alcanzar vías
y calles distintas a las que estaban tomando los soldados
de Sila en su avance.
El público, que entre tanto había ido aumentando en
las ventanas, los balcones y los tejados de las casas, esta
ba consternado. Un momento antes, había podido com
probar la aparente superioridad de los marianos. Sobre
todo, en la Suburra, barrio popular por excelencia, donde
no había nadie partidario de Sila. Pero en otras partes la
situación no era muy distinta, después del sacrilegio que
había cometido el cónsul y que, presumiblemente, había
escandalizado incluso a sus aristocráticos partidarios.
En apenas unos minutos, los legionarios de Sila se hi
cieron dueños del terreno. El comandante impidió que se
dispersaran persiguiendo a los fugitivos. Solo quiso que
esperasen a los soldados provenientes del norte para su
reagrupación. Volvió a compactar las filas y salió para
disponerse frente a la primera línea. Daba la impresión
de que quería dar un discurso.
Una piedra golpeó su caballo. El animal relinchó, le
vantó las patas anteriores e hizo oscilar al cónsul, que
corrió el riesgo de caer desmontado. Inmediatamente
después cayó una teja, que rebotó en el suelo a pocos pa
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sos de distancia. El segundo proyectil había partido de
la terraza que había bajo el tejado en el que estaban Cé
sar y Labieno.
Luego, durante un momento, nada. Asombro por
parte de los soldados, desconcierto por parte de los es
pectadores. De repente, gritos, insultos y nuevos pro
yectiles. Una lluvia de proyectiles. Desde los edificios
empezó a volar de todo: piedras, vasijas, tejas y palos se
abatieron sobre las cabezas de los soldados, algunos de
los cuales empuñaron sus jabalinas y las apuntaron ha
cia arriba. Pero los ciudadanos se escondían detrás de
los antepechos y los alféizares, o se estiraban sobre los
tejados y no ofrecían un blanco fácil.
Algunos soldados se separaron de la formación y se
dirigieron hacia la entrada de la insula más cercana, qui
zá con la intención de hacer una redada. Sila se lo impi
dió, ordenó a los centuriones que formaran testudos y a
los jinetes que se dispusieran en círculo en torno a él,
con los escudos en alto para protegerlo. Por último, or
denó a los demás que marcharan hacia el centro de la
ciudad.
—¿Y tú? ¿No tiras nada?
Labieno insistía en provocar a su compañero.
—Me parece un gesto inútil y ridículo, lanzar piedras
contra unos soldados. Cuando combata, será con armas
de verdad. Hazlo tú, si quieres.
—¿Para qué...? Soy del Picenum, y el otro cónsul,
Quinto Pompeyo, también lo es. Y él está con Sila.
Durante unos instantes permanecieron en silencio,
mirando el muro de escudos que se había formado sobre
las cabezas de los soldados. Los objetos contundentes
seguían cayéndoles encima, pero sin ningún efecto.
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—Eres un noble muy extraño, tú —concluyó Labie
no—. Desciendes de Venus, pero vives en la Suburra.
Eres pariente de Cayo Mario, pero no pareces darle tu
apoyo. Eres un fanfarrón, pero no mueves un dedo...
César no dijo nada. Se inclinó y arrancó una teja. Miró
abajo. Los soldados marchaban lentamente, mantenien
do compacto el techo de escudos que, sin solución de con
tinuidad, los protegía sobre la cabeza y a lo largo de los
lados. Se volvió hacia Labieno. Lo miró. Apretó la teja en
el puño. Levantó apenas el brazo.
Labieno comprendió que estaba a punto de golpear
lo. Alzó a su vez los brazos para parar el golpe; luego
advirtió que César se ponía rígido de repente. Contrac
ciones y espasmos a lo largo del brazo que apretaba la
teja, luego también a lo largo de la pierna. Empezó a cas
tañetear los dientes, después la baba salió de su boca.
Los ojos estaban desorbitados, ya no lo veían. César no
parecía darse más cuenta de nada. Sudaba copiosamen
te. Se mordía los labios, y regueros de sangre acompaña
ban a la baba. Labieno sintió unas flatulencias, y luego
vio una mancha de humedad formándose a la altura del
pubis.
Por último, César se desplomó en el suelo. Pero el te
jado estaba en pendiente. Las tejas debajo de él cedieron
y su cuerpo empezó a deslizarse hacia abajo. Labieno se
agachó con agilidad a lo largo de la parte superior del
techo y tendió los brazos. Consiguió aferrar la mano de
su compañero, que aún apretaba la teja, antes de que se
precipitara hacia abajo. Mientras procuraba mantener la
estabilidad, trató de levantarlo. César era más alto, pero
él más robusto. En poco tiempo, logró atraerlo hacia sí,
devolviéndolo a la parte superior, donde pudo mante
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nerlo recostado sin que hubiera peligro de que resbalara
de nuevo.
No sabía qué más hacer. Nunca había visto nada se
mejante. Lo observó. Los ojos del patricio seguían desor
bitados. Se preguntó si no debía ir a por agua, pero tenía
miedo de dejarlo solo.
De pronto, lo vio estremecerse. Entendió de inmedia
to: se estaba ahogando en su propia saliva, quizá tam
bién con el moco. Después de un instante de vacilación,
lo agarró y lo puso de lado. Funcionó: vio que se relaja
ba. También, que la mirada de César estaba recuperando
la vitalidad. Suspiró, aliviado. Se distendió poco a poco,
dejó caer finalmente la teja que aún tenía apretada en el
puño y sacudió la cabeza. Pero continuaba en un estado
de sopor, y se resignó a esperar.
Ese chiquillo debía de estar maldecido por los dioses, se
dijo. Por eso era tan extraño... Era un aristócrata, pero no
estaba con los aristócratas. Estaba con el pueblo, pero no
se comportaba como un plebeyo. Parecía no pertenecer
a nada, y ahora, ese extraño ataque... que parecía no tener
nada de humano. Pero no, quizá no estaba maldito por los
dioses, quizá pertenecía a los dioses. Por otra parte, ¿no ha
bía dicho que descendía de Venus? ¿Y qué sabía él, Labie
no, de los asuntos de los dioses? ¿De lo que tendrían reser
vado a aquel muchacho?
No supo decir cuánto tiempo había transcurrido. Se
percató de que César lo miraba. Buscó un rastro de con
ciencia en sus ojos. Lo encontró, y esto lo alentó a ha
blarle.
—Te ha sucedido... algo —dijo, articulando las pala
bras.
César intentó levantarse sobre los codos. Lo consi
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guió, pero con esfuerzo. Sintió el agrio sabor de la san
gre en los labios y la humedad entre las piernas. Asintió.
Luego trató de hablar también él.
—¿Cómo... me las he arreglado?
Labieno se sintió incómodo.
—Ehm... Te cogí antes de que te precipitaras, y luego
te puse de lado para evitar que te ahogaras...
Silencio.
—¿Ya te había sucedido?
—Sí —respondió César, débilmente y la voz pastosa.
Labieno se animó.
—¿Qué es?
Debió esperar aún unos instantes. El tiempo de que
César volviera en sí.
—La llaman... enfermedad sagrada...
—¿Algún demonio te posee?
—¿Demonio? Qué va a ser un demonio... Entonces,
también Alejandro Magno habría estado poseído por los
demonios...
La voz de César volvía a ser imperiosa.
—¿Qué tiene que ver Alejandro Magno?
—Tiene, ¡y cómo! También él la sufría.
—¿Y entonces? ¿Quieres hacerme creer que estás des
tinado a ser como él?
—Puede ser.
Labieno reflexionó. El muchacho descendía de Venus.
No parecía que pudiera ser clasificado en ninguna cate
goría humana. Tenía el mismo mal de Alejandro el Ma
cedonio. Y poco antes le había salvado la vida.
Quizá de veras había conocido a alguien elegido por
los dioses.
—Bien —dijo César, poniéndose de pie con una vitali
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dad impensable solo un momento antes—. Si alguna vez
hago algo grande, lo haremos juntos.
—¿Qué quieres decir?
—Está claro. Acabamos de conocernos, yo te he sal
vado la vida a ti, y tú me has salvado la vida a mí. Esto
es una señal divina. Los dioses quieren hacer de noso
tros una sola persona. Para que donde no llega uno lle
gue el otro. Es más, estoy seguro de que haremos grandes
cosas: los dioses te han puesto en mi camino para que
me completes, para que pueda alcanzar objetivos que a
los otros le son vedados. Mañana preséntate con tu pa
dre y visita al mío. Encontraré el modo de que os convir
táis en nuestros clientes.
Le tendió la mano. Labieno lo miró, sin decir nada. Por
un instante, pensó que quizá estuviera loco. Que los de
monios lo poseían de verdad. Pero luego lo miró a los
ojos. Loco o no, si había alguien capaz de transformar la
locura en grandeza, ese era él.
Le estrechó la mano con fuerza.
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