Interculturalidad Y Misión Integral Los Desafíos A La Fe Evangélica en El Mundo Globalizado Actual
Interculturalidad Y Misión Integral Los Desafíos A La Fe Evangélica en El Mundo Globalizado Actual
1. Introducción
Soy un pobre barro pensativo que vive con dos hondas frustraciones. La
primera de ellas, reparable todavía en cierta medida, no haber estudiado en la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la decana de América, la
conciencia social y política del Perú. La segunda, lamentablemente irreparable
y dolorosa, no haber nacido en el Perú profundo, entre la mancha india de la
que bebieron mis ancestros y en la que tejieron sus esperanzas. Quizá por esa
razón, cuando me pregunto y me preguntan quien soy, digo sin dubitaciones:
soy un serrano que por equivocación nació en Lima...
Estas palabras indican desde que terreno humano y desde que historia de vida parte mi
reflexión sobre Interculturalidad y Misión Integral. Como hijo de inmigrantes, de padre
cusqueño y de madre ayacuchana, tengo la piel y el alma andinas, pero cultural y
socialmente, soy un mestizo criado y afincado en la ciudad de Lima, la capital del Perú. De
esa realidad, provienen mis dolores y mis preguntas lacerantes, porque soy lo que no
quiero ser, y no soy lo que en el fondo siempre he querido ser: un serrano hasta los
huesos, orgulloso de sus raíces y de su herencia andina.
Esta tensión cotidiana visibiliza un problema recurrente en aquellos que, como en mi caso,
habiendo nacido en la ciudad, no se sienten totalmente integrados a la cultura en la que
nacieron y crecieron, porque en sus fibras íntimas tienen el aroma de los andes que
heredaron de sus padres. Un aroma inconfundible que les impulsa a amar lo que a menudo
los mestizos desprecian o maquillan, para que no les digan serranos o cholos, en la
sociedad asimétrica y excluyente en la cual viven.
José María Arguedas, un brillante escritor peruano que experimentó esta tensión dolorosa
entre lo andino y lo mestizo, o el hondo desencuentro entre dos culturas, describió con
estas palabras el drama cotidiano que acompaña a los mestizos con piel y alma andinas, en
un país escindido en dos mundos que necesitan encontrarse:
Teniendo en cuenta la reflexión previa sobre la tensión entre lo andino y lo mestizo, o los
hondos desencuentros entre dos mundos; así como el tema de los innegociables de la
identidad evangélica; tres asuntos básicos se examinarán en este trabajo.
▪ Finalmente, como reflexión final y siguiendo las pistas bíblicas que se encuentran
en el Nuevo Testamento, se bosquejarán las bases teológicas para la construcción
de un modelo intercultural de misión integral que sea relevante para un contexto
histórico en el cual la interculturalidad emerge como una realidad inocultable y
como una realidad que interpela.
Desde hace algunos años en América Latina estamos en tránsito a un pluralismo religioso1.
El monopolio absoluto que tenía la Iglesia Católica Romana en el campo religioso se ha
resquebrajado notablemente. Cada día se nota más la presencia de otras formas de
organización religiosa distintas a la Católica Romana, entre ellas, las Iglesias Evangélicas
de diverso trasfondo histórico y teológico2.
1 De los dos sentidos en los que se utiliza la palabra pluralismo, el descriptivo y el normativo, en
este trabajo se utiliza el segundo de ellos. Es decir, no se está utilizando la palabra pluralismo en el
sentido de reconocer y de aceptar la realidad del pluralismo religioso, una realidad en la que las
personas abrazan diferentes perspectivas religiosas. Sino en el sentido de aceptar y de reconocer
que todas las religiones tienen igual valor en lo concerniente a la verdad y a la salvación, y que la
diversidad religiosa que afirma esa diversidad es inherentemente buena, para ser abrazada con
entusiasmo (Netland 2001:12).
2 De acuerdo a un observador católico: «En el Perú, por ejemplo, se calcula en más del 10% la
Sin embargo, para que la fe cristiana conviva como una religión más entre todas las
demás, un “obstáculo insuperable” para el diálogo interreligioso es la afirmación cristiana
de la singularidad de Jesucristo:
los países de la región. Estos movimientos han conquistado, poco a poco y de manera creciente,
un espacio hasta entonces monopolio absoluto de la Iglesia católica romana… todo parece indicar
que la tendencia a la atomización religiosa va creciendo y que en ciertos países o regiones se
encuentra virtualmente desplazada de su papel central en la regulación del campo religioso… En
cierto sentido, se puede afirmar que la Iglesia católica ya no logra regular ni controlar la dinámica
religiosa creativa de las poblaciones latinoamericanas» (Bastian 1997:9-10).
3 La perspectiva exclusivista enfatiza que la salvación sólo se puede encontrar en Cristo y que
esa salvación depende del reconocimiento de Cristo como Señor y Salvador. La perspectiva
inclusivista considera que la salvación se encuentra en algún lado en cada religión. La
perspectiva pluralista subraya que la raíz común de todas las religiones es precisamente la raíz
salvífica. Esta perspectiva enfatiza que la persona no tiene que cambiar de religión, simplemente
se tiene que ayudar a los budistas a ser buenos budistas, a los musulmanes a ser buenos
musulmanes o al hindú a ser un buen hindú (Sharma 2003:152).
4
Las diferentes teologías del pluralismo religioso –sobre todo en Asia y América
Latina– se han topado con el problema de la exclusividad del camino de la
salvación en y por la figura de Jesucristo. La dogmática cristológica se ha
convertido en obstáculo insuperable en los múltiples diálogos interreligiosos
emprendidos en las últimas décadas (Estermann 2006a:152).
Este “obstáculo insuperable” puede explicar porque según un teólogo, los siguientes serían
los obstáculos y los supuestos de un diálogo interreligioso fructífero:
Aunque bastante extensa esta cita, sin embargo, resulta valiosa porque pone sobre la mesa
de discusión las cuestiones de fondo que, desde una teología pluralista asociada a la
interculturalidad, se le plantea a los evangélicos, particularmente en lo concerniente al
diálogo interreligioso. Cuestiones como la relativización de la revelación bíblica o creer
que ésta es un simple accidente de la historia, la relativización de Jesucristo o la aceptación
de que se trata de «una verdad relativa para los que dependemos de la tradición histórica
cristiana» como señala Pixley, o una apertura acrítica y condescendiente a otras culturas en
las que se exige a los cristianos que no presuman «tener la verdad» según las palabras de
Pixley, obliga a los evangélicos a formularse varias preguntas insoslayables.
¿Los evangélicos tienen que dejar de seguir proclamando en todos los pueblos, sociedades
y culturas del mundo, la singularidad de Jesucristo como un punto innegociable de su fe e
identidad religiosa? ¿Tienen que dejar a un lado la naturaleza y la vocación misionera
intrínseca de la fe cristiana, para no ofender a los no cristianos, y como un paso necesario y
obligado para establecer una relación intercultural más sincera y fructífera con los
adherentes de otras religiones? ¿Habrá algo de la gracia de Cristo o de la universalidad del
5
soplo del Espíritu Santo en los seguidores de las tradiciones religiosas distintas a la fe
cristiana? ¿Existe salvación fuera de la fe cristiana?
Como cristianos, sabemos que uno de los grandes desafíos del pluralismo religioso
consiste en comprender el carácter universal de la revelación y de la salvación en
Jesús, y al mismo tiempo, sin medias tintas, el valor revelatorio y salvífico, incluso
universal, de las religiones (Susin 2007:10).
Para unos parece que tiene que ser así, ya que, según su punto de vista, «en el continuo
diálogo y cooperación con otras religiones, cada religión tiene que reconocer y aceptar la
demanda de unicidad y… el carácter definitivo en toda otra religión genuina» (Wijsen
2003:268). Para un evangélico, aceptar este punto de vista como válido, bajo el paraguas
contemporáneo de la interculturalidad, significaría e implicaría negar que:
Los evangélicos que han afirmado y afirman la misión integral de la iglesia, una de cuyas
premisas fundamentales ha sido la convicción de que la buena noticia de salvación tiene
respuestas precisas para todas las necesidades humanas, entre ellas la dimensión religiosa
de la vida, tienen que encarar este nuevo desafío teológico.
Los partidarios de una teología pluralista, una de cuyas premisas es la aceptación del
carácter revelatorio y salvífico de las religiones distintas a la fe cristiana, afirmarían sin
ambages que uno de los desafíos teológicos que plantea la interculturalidad, sería el
siguiente:
Hoy, cuando la teología pluralista admite que todas las religiones son
fundamentalmente respuestas validas al Misterio Divino y que su pluralidad no es
mala, sino que responde al designio de Dios, la misión sigue teniendo sentido, pero
otro sentido. Ya no puede pretender luchar contra la pluralidad religiosa y reducirla
a la unidad, ni ser estrictamente unidireccional (sólo ir a enseñar, pero no esperar
aprender nada) ni proponerse el proselitismo ni la conversión. La misión pluralista
no se propone convertir a los miembros de otras religiones, sino que desea verles
vivir más a fondo la religión en la que Dios los ha puesto. No pretende sólo
enseñar, sino que desea también aprender (Vigil 2007:44).
que la revelación de Dios no se da en un vacío y que todos los creyentes tienen un trasfondo
religioso previo, afirman que las religiones ancestrales (primal religions) han sido el suelo más fértil
para la recepción del evangelio cristiano a lo largo de la historia de la iglesia (Walls 1996:120-124;
Bediako 2007:1-4). Más aun, Bediako, precisa que las religiones ancestrales (primal religions), han
sido el trasfondo religioso de la mayoría de los cristianos en todos los lugares y épocas (Bediako
2007:1).
7
En otras palabras, una misiología pluralista exigiría renunciar a seguir proclamando en
todos los pueblos y culturas del mundo la singularidad de Cristo. Exige también renunciar
a la naturaleza y vocación misionera de la fe cristiana para dedicarse a animar a los no
cristianos a «vivir más a fondo la religión en la que Dios los ha puesto» (Vigil 2007:44)6.
A la luz de este planteamiento de los teólogos pluralistas, un desafío concreto para los
cristianos evangélicos sería, entonces, reflexionar colectivamente sobre la pertinencia y las
consecuencias del diálogo interreligioso, dentro de sociedades como las latinoamericanas
en las cuales, paso a paso, se va configurando un campo religioso mucho más diversificado
y atomizado.
En países como el Perú, se ha dan dado pasos significativos en el campo del dialogo y de la
acción interreligiosa entre las religiones monoteístas (católicos, evangélicos, judíos,
adventistas). Desde hace varios años, el Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP),
la institución más antigua y representativa de la mayoría de las iglesias evangélicas,
participa en un espacio interconfesional. Este es un espacio de encuentro y de acción
común, orientado mayormente a mantener las buenas relaciones entre la iglesia católica
romana y las confesiones religiosas no católicas, así como a realizar acciones colectivas
como jornadas de oración por el país y campañas de promoción de la paz social como
parte de la sociedad civil organizada.7
Un poco más complicado y conflictivo, para la mayoría de los evangélicos, sería entrar en
el terreno del dialogo interreligioso con las religiones andinas autóctonas que se han
visibilizado en años recientes con la emergencia en el ámbito público de sus paqos
(chaman en quechua) o yatiris (chaman en aimara), y que reclaman su derecho a existir
como cualquier otra confesión religiosa y a no ser discriminadas en las sociedades
democráticas actuales. Entre otras razones, porque desde una perspectiva intercultural, se
tendría que dialogar y reflexionar teológicamente sobre prácticas ancestrales de los pueblos
andinos, preservados y difundidos por los pobladores de estos pueblos y por los
inmigrantes voluntarios o forzados que se han asentado en los cinturones de pobreza que
rodean a ciudades como Lima (Perú) o La Paz (Bolivia)8.
puntos de vista sobre teología andina, se puede encontrar en los dos tomos del libro Teología
Andina: El tejido diverso de la fe indígena, publicado por el Instituto Superior Ecuménico Andino de
Teología (Estermann 2006b). El libro Filosofía Andina de Josef Estermann es también un valioso
aporte como insumo para el diálogo interreligioso con las religiones andinas (Estermann 2006c).
8
y la práctica del servinacuy o la convivencia antes del matrimonio. Se encuentran también
prácticas ancestrales como encomendarse a los apus (espíritus tutelares de los cerros) y
levantar en los caminos apachetas (montículos de piedras para invocar la protección de la
divinidad), así como la permanencia y la difusión de la medicina andina (curación
utilizando el cuy o yerbas nativas), entre otras9.
Además de estas prácticas ancestrales, como lo ha señalado un autor para el caso particular
del pueblo aimara de Pilcuyo (Puno, Perú) y que se aplica también para otros pueblos
andinos, habría que considerar que las comunidades andinas:
Teniendo en cuenta ese dato particular, como plataforma de diálogo interreligioso con las
religiones andinas, puede ser bastante útil reflexionar sobre los puntos de contacto que
parecen existir entre las creencias y el ethos de las crecientes y dinámicas iglesias
pentecostales, con los valores y las prácticas culturales de las comunidades andinas10.
Especialmente, porque las iglesias pentecostales son parte del protestantismo popular, el
sector mayoritario de la comunidad evangélica en América Latina, que ha sintonizado con
las relaciones humanas que se tejen en el mundo de los pobres y de los excluidos, así como
con las expectativas sociales y políticas que ellos tienen.
Pero, antes de continuar, es necesario precisar que para nada se está insinuando ni
sugiriendo que las iglesias pentecostales y las religiones andinas tengan un mismo Dios o
una misma comprensión de la divinidad, una misma comprensión del camino de salvación
o un mismo horizonte misionero, es decir, un mismo substrato teológico. Hecha esta
precisión necesaria, y con el auxilio de la observación participante, se puede afirmar que
los siguientes parecen ser los puntos de contacto entre las iglesias pentecostales y las
comunidades andinas:
9
El antropólogo evangélico Tito Paredes en su libro El Evangelio: un tesoro en vasijas de barro,
particularmente en los capítulos 11 y 12, tiene observaciones valiosas para el diálogo interreligioso
con las manifestaciones religiosas andinas (Paredes 2000:125-168).
10
Para la discusión sobre este asunto crítico se tiene que considerar el punto de vista de Gillian
Bediako, para quien, las religiones ancestrales (primal religions) «…constituyen el sustrato
fundamental de toda experiencia religiosa subsiguiente, proporcionando elementos universales y
básicos para la comprensión humana de lo Trascendente y del mundo, percepciones religiosas
esenciales y válidas que pueden ser construidas o suprimidas, pero que no pueden ser suplantadas o
sustituidas» (Bediako 2007:1).
9
▪ La acción comunitaria, la práctica de la ayuda mutua, la reciprocidad, como una
forma de atención directa a necesidades específicas del prójimo y como expresión
de una preocupación concreta por el bien común.
▪ El respeto por los ancianos o los líderes locales que preservan la memoria
colectiva. Los que, desde abajo, desde la base, han construido una autoridad
espiritual que todos conocen cercanamente, porque ellos forman parte del pueblo
de a pie.
▪ La invocación a Dios o a la divinidad para que los proteja. Ya que, según se cree,
actúa inmediatamente para preservar la vida de los seres humanos y para cuidarlos
durante la jornada cotidiana y en el camino de regreso a casa.
Para las comunidades andinas estas prácticas serán, seguramente, hebras del tejido social y
cultural que desde hace cientos de años constituye el manto histórico sobre el cual se
afirma su identidad o una herencia de sus antepasados que los ha acompañado a lo largo de
su historia. Para los evangélicos varias de estas prácticas serán, quizás, expresión de la
gracia común y señales que dan cuenta de la revelación general que estas comunidades
tuvieron a su alcance.
Los pentecostales, con respecto a sus creencias y prácticas que parecen tener cierta sintonía
con las creencias y prácticas de los pueblos andinos, dirán que son expresión concreta de
su forma particular de leer y actualizar lo que en el Nuevo Testamento se presentan como
las señales visibles de las comunidades de discípulos como una sociedad alternativa
modelada, guiada, sostenida e impulsada por el Espíritu Santo.
¿Existen otras vías para el dialogo interreligioso con las tradiciones religiosas distintas a la
fe cristiana aparte de los puntos de contacto que parecen existir entre las iglesias
pentecostales y las comunidades andinas? Si existen otras vías. Así, por ejemplo,
atendiendo a las demandas de la interculturalidad y a la luz de la responsabilidad global
que tienen todas las religiones, entre ellas la fe evangélica, se puede pensar en tareas
comunes con los adherentes de otras confesiones religiones que se han visibilizado en los
últimos años en América Latina.
Tres temas básicos que para nada mellan la identidad evangélica ni sus doctrinas
fundamentales se pueden plantear como preocupación y tarea común mínimas para todos
los seres humanos, cualquiera sea la tradición religiosa que ellos tengan:
10
▪ La defensa irrestricta de la dignidad humana contra toda forma de violencia
estructural o injusticia institucionalizada y contra la amenaza de un holocausto
nuclear.
Sin embargo, cualquiera sea la ruta que se tome para el diálogo interreligioso, una cuestión
básica será preguntarse: ¿Cuáles son los límites que se tienen que establecer para el diálogo
con las tradiciones religiosas distintas a la fe cristiana? ¿Qué se puede negociar en una
mesa de diálogo con las religiones no cristianas y cuáles son los puntos innegociables que
le dan sabor propio a la fe cristiana y que hilvanan su identidad religiosa específica? De
acuerdo a Sidney Rooy:
No cabe duda que, desde una perspectiva evangélica, siempre se tendrá que considerar los
tres criterios planteados por Sidney Rooy. Pero, ¿qué más se tiene que considerar? Se tiene
que considerar, además, que «el carácter multicultural del mundo obliga a que los
ministros del Evangelio funcionen en un marco intercultural, y que la misión fuera se hará
entre los creyentes de otras tradiciones religiosas que son nuestros vecinos, amigos y
compatriotas» (Burrows 2008:21-22). Y se tiene que considerar también que «la
interculturalidad pone a la gente frente al desafío de vivir juntos en la unidad, el respeto y
la reciprocidad en un mundo destrozado por la desunión debido a las diferencias» (Ezeani
2008:37).
Finalmente, admitiendo que, tal vez, no se han planteado todos los desafíos teológicos que
se tendrían que encarar en un contexto intercultural, todavía nos queda la tarea de rastrear
las pistas bíblicas sobre las que se podría construir un modelo intercultural de misión
integral. Un repaso de los ejes temáticos claves del Antiguo Testamento será la alfombra
teológica sobre la que se situará, un poco más adelante, la reflexión sobre las pistas
bíblicas que nos proporciona el Nuevo Testamento para tejer un modelo intercultural de
misión integral. Veamos.
11
4. Las pistas bíblicas: la construcción de un modelo intercultural de misión integral
En el libro de Génesis se afirma que todos los seres humanos fueron creados a la imagen
de Dios. Se trata de una afirmación que tiene un carácter inclusivo, ya que en ella tienen
cabida todas las personas, cualquiera sea la perspectiva religiosa o la identidad cultural que
ellas tengan. En otras palabras, todos los seres humanos, cristianos y no cristianos, son
portadores de la imagen de Dios y tienen una dignidad humana intrínseca. Una dignidad
humana que no depende de las políticas de Estado, de los pactos internacionales, del
trasfondo cultural, ni de las convicciones políticas y religiosas personales o colectivas.
En efecto, como Creador, Dios es el Señor de la historia, las naciones y las culturas. Pero
también es Señor Soberano de las religiones, cualquiera sea la noción o la imagen de Dios
que ellas tengan, sin que esto signifique ni implique necesariamente, que las religiones no
cristianas sean en sí mismas y por sí mismas, vehículos validos de salvación en el que no
tienen ningún valor o tienen un valor relativo la persona y la obra de Jesucristo.
Que el Dios de la Biblia sea Señor de todo lo que existe, incluso de las manifestaciones
religiosas de los pueblos, sociedades y culturas del mundo, exige que él sea conocido en
todos los pueblos, sociedades y culturas, no sólo mediante la revelación general o su gracia
12
común, sino también mediante la revelación especial manifestada claramente en la persona
y obra de Jesús de Nazaret. Ya que «negar la singularidad de Cristo equivale a restarle toda
fuerza a la misión y hacer que resulte superflua. Afirmar su singularidad, por otra parte, es
reconocer la urgencia de hacer conocer universalmente a Cristo» (Stott 1995:307).
Tiene que ser así, porque otra de las notas claves del Antiguo Testamento, conectada a la
teología de la creación, es la afirmación de la universalidad del amor de Dios. Dios ama a
todos los pueblos, sociedades y culturas del mundo y desea que todos los seres humanos,
cualquiera sean sus creencias religiosas previas, conozcan su propósito de salvación. Los
primeros 11 capítulos de Génesis11, el llamamiento de Abraham (Gn. 12:1-3), varios de los
Salmos (Sal. 2, 33, 66, 67, 72, 96, 98, 100, 117, 145) y el mensaje de los profetas
(particularmente Jonás),12 coinciden en este punto y juntos tejen la alfombra sobre la que
Israel tenía que caminar en el mundo como luz de las naciones (Is. 42:6; 49:6).
Para proclamar esa buena noticia se tiene que entrar en una relación intercultural en la que
los evangélicos sean capaces de dialogar con las otras perspectivas religiosas que
interactúan en sus contextos particulares de misión, conociendo al otro y enseñando al otro,
escuchando al otro y aprendiendo del otro, examinando las particularidades religiosas de
cada uno y construyendo agenda pública orientada al bien común. Teniendo en cuenta en
todo momento que la religión del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento estuvo
«marcada por un claro exclusivismo en lo esencial de su fe, pero una significativa
adaptación cultural en la articulación y aplicación de esa fe» (Stam 1997:20). Y teniendo
en cuenta, además, que:
17:8-24) y la experiencia del profeta Eliseo con el leproso Naamán (2 R. 5:1-14). Ambas
experiencias fueron mencionadas por Jesús luego de su discurso programático en la sinagoga de
Nazaret (Lc. 4:16-30).
13 En realidad no se trata de un desafío nuevo, ya que el «cristianismo nació en el mundo pluralista
greco-romano del mediterráneo. Los discípulos de Jesús de Nazaret fueron al mundo greco-
romano con la buena noticia acerca de Cristo. La Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento, fue escrita en un contexto religioso pluralista con énfasis en la singularidad de un
Dios verdadero» (Sharma 2003:148).
13
El desafío misionológico es deshacernos de los ídolos heredados y buscar las
formas de encarnar el evangelio fielmente en las otras culturas que hasta ahora se
han querido someter a la imposición cultural extranjera en nombre de un evangelio
distorsionado (Stam 1997:23).
Los evangélicos tienen que recordar, entonces, que la misión no se realiza enclaustrados en
las catacumbas o encerrados en las cuatro paredes de los templos, sino en medio de la
gente y en la plaza pública. Una plaza publica pluralista en términos religiosos y culturales,
en la que los desafíos teológicos crecen cada día, y en la que se da tanto un encuentro
como un desencuentro de cosmovisiones. Es en esa plaza pública que los evangélicos
tienen que proclamar que el Dios de la Biblia es tanto universal como particular. Y en la
que tienen que ser capaces de discutir de tú a tú, sin complejo de minoría, con aquellos que
afirman que Dios es universal y que la religión es particular, relativizando así a Jesucristo y
“ninguneando” a la buena noticia del reino de Dios.
Existen seguramente otros temas claves en el Antiguo Testamento, aparte del tema de la
teología de la creación y el del amor universal de Dios, sumamente útiles para el proceso
de articulación de un modelo intercultural de misión integral basado en todo el consejo de
Dios14. Pero aquí nos hemos limitado a examinar brevemente dos temas que nos parecen
centrales y medulares para nuestra discusión. Dos temas de los que se pueden derivar
aplicaciones prácticas para la realidad intercultural en la que vivimos como, por ejemplo,
acciones colectivas orientadas a la defensa de la dignidad de todos los seres humanos,
cualquiera sea su perspectiva religiosa, su preferencia política o su trasfondo cultural.
El evangelio de Mateo, aparentemente el mas judío de los cuatro evangelios, tiene varios
indicios sobre la universalidad del amor de Dios. La inclusión de cuatro mujeres no judías
en la genealogía del Mesías Jesús de Nazaret es el primer indicio (Mt. 1:1-16). Los otros
indicios son los relatos de la visita de los sabios del oriente (Mt. 2:1-12), la sanidad del
siervo del centurión (Mt. 8:5-13), la sanidad de la hija de la mujer cananea (Mt. 15:21-28)
y la confesión del centurión romano al pie de la cruz (Mt. 27:54). Otro indicio es la
afirmación de Jesús de que el evangelio del reino sería predicado en todo el mundo, para
testimonio a todas las naciones (Mt. 24:14).
14 Entre estos temas se encuentra, por ejemplo, el tema de la ética del Antiguo Testamento. Un
tema que tiene, según Christopher Wright, un ángulo teológico (Dios), un ángulo social (Israel) y un
ángulo económico (la tierra), formando un triangulo de relaciones en el que cada uno de ellos
afecta a los otros. Estos tres ángulos tejen el armazón ético del Antiguo Testamento (Wright
1983:19-64).
15 David Bosch, discutiendo sobre las palabras de Jesús, por camino de gentiles no vayáis, y en
ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt.
10:5-6), y no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 15:24), resume su
punto de vista con estas palabras: «…la misión a los gentiles se hace posible únicamente después
de la muerte y resurrección del Mesías de los judíos. Antes de estos eventos, cualquier referencia
a dicha misión tenía que hacerse empleando el tiempo futuro (Mt. 8:11; 24:14; 26:13). La parábola
de los viñadores ilustra gráficamente que la viña no pasa a los otros sino después del asesinato
del hijo…» (Bosch 2000:91).
14
Jesús es nuestro modelo de interculturalidad. El estaba muy enraizado en su cultura
hebraica y fue capaz de juzgarla. Al mismo tiempo, estaba abierto a la gente de
otras naciones, deseoso de penetrar en su mundo y de entrar en relación con ellos
sin necesariamente perderse. Tenemos un ejemplo en su encuentro con la
Samaritana en los pozos de Sicar (Jn 4, 5-42)… (Ezeani 2008:37).
El médico Lucas, tanto en el tercer evangelio como en Hechos de los Apóstoles, paso a
paso, va mostrando que los primeros discípulos siguieron la ruta misionera labrada por
Jesús de Nazaret. Ellos también, situados en el mundo greco-romano pluralista de su
tiempo, fueron entrando en una relación intercultural conforme el horizonte de la misión se
fue ensanchando. Así, los discípulos fueron anunciando públicamente la buena noticia de
salvación a los diversos públicos humanos con los que se encontraron, conforme la misión
fue avanzando desde la oscura provincia romana de Palestina, pasando por ciudades
griegas como Corinto y Atenas, hasta centros urbanos de Europa como Filipos y Roma.
Para nuestra discusión resulta bastante significativo entonces, examinar la propuesta lucana
registrada particularmente en Hechos de los Apóstoles, entre otras razones, porque en este
documento del Nuevo Testamento se puede encontrar varias pistas para la construcción de
un modelo intercultural de misión integral. Lucas en su relato del avance misionero de la
comunidad de discípulos en el mundo pluralista greco-romano del primer siglo,
caracterizado por la presencia de un amplio abanico de culturas y religiones, va indicando
en su relato cómo estos primeros misioneros fueron respondiendo a las diversas
necesidades humanas y dialogando creativamente con las particularidades culturales y las
expresiones religiosas con las que se fueron cruzando en el camino.
Lucas subraya en su relato que, en ese mosaico de culturas y religiones que fue el imperio
romano del primer siglo, los primeros discípulos fueron capaces de relacionarse
interculturalmente con las distintas perspectivas culturales y religiosas, sin renunciar en
ningún momento a su vocación misionera. Una vocación que los condujo a proclamar que,
aparte de Jesús de Nazaret, en ningún otro había salvación (Hch. 4:12) y que no podían
dejar de decir lo que habían visto y oído (Hch. 4:20). Así, en la encrucijada pluralista
religiosa y cultural del primer siglo, los discípulos no dejaron de proclamar a todos los
públicos humanos, en todos los espacios culturales en los que transitaron, que Jesús de
Nazaret, un predicador judío crucificado por el poder imperial, era Cristós (Mesías,
Ungido) y Kyrios (Señor).
La versión lucana de la genealogía del Mesías que se remonta hasta Adán (Lc. 4:23-38), la
mención de personajes no judíos por parte de Jesús luego de su discurso programático en
la Sinagoga de Nazaret (Lc. 4:25-28), así como el encargo final de Jesús resucitado en el
que se afirma que en su nombre se predicará el arrepentimiento y el perdón de pecados en
todas las naciones (Lc. 24:47), dan cuenta de la universalidad del amor de Dios que se
presenta como uno de los temas dominantes de la perspectiva teológica lucana16.
16Las palabras del ángel Gabriel a la doncella Maria acerca del hijo que ella tendría, su reino no
tendrá fin (Lc. 1:33), ya insinuaban el carácter universal del amor de Dios. Lo mismo se puede
decir de las palabras del anciano Simeón (Lc. 2:31-32) y de las palabras de Juan el Bautista (Lc.
3:6).
15
Precisamente, la universalidad del amor de Dios, aparece como un eje teológico transversal
en el libro de los Hechos. En Hechos 1:8, un texto en el que se resume tanto el contenido
como la estructura de este libro, se anuncia ya este tema, puntualizándose que los
discípulos serían testigos de la buena noticia de salvación hasta lo último de la tierra. El
relato del descenso del Espíritu el día de Pentecostés, registrado en Hechos 2, da también
cuenta de ello. La referencia de que los testigos humanos de este evento provenían de
varias naciones (éthnos) y oían hablar en su propia lengua (diálektos) las maravillas de
Dios (Hch. 2:8-12), expresa que, en efecto, el propósito de Dios es que todas las éthnos
bajo el cielo (Hch. 2:5) escuchen la buena noticia de salvación.
Otro pasaje clave para nuestra discusión es Hechos 6:1-7. El texto da cuenta de la
composición diversificada de la comunidad cristiana primitiva. Había en esa comunidad
dos grupos de judíos, los helenistas y los hebreos, grupos que se distinguían principalmente
por su lengua y su cultura. Los «helenistas hablaban griego y llevaban un estilo de vida
mas influido por la cultura griega (muchos de ellos podrían haber sido judíos de la diáspora
establecidos en la ciudad santa). Los hebreos eran judíos palestinos que hablaban hebreo o
arameo y que estaban menos influidos por la cultura griega» (Taylor 2003:1384)17.
Aparte de este dato particular, no se tiene que olvidar que la primera comunidad cristiana,
al principio, era esencialmente judía y que «con el tiempo creció y se volvió una
comunidad multicultural de creyentes. Los apóstoles se abrieron a la concertación. Juntos,
los cristianos hicieron frente a los desafíos y problemas, lo que permitió a los discípulos
crecer y funcionar como una comunidad multicultural» (Ezeani 2008:36).
Los helenistas fueron, si seguimos el relato lucano, los que hicieron los primeros contactos
misioneros con los no judíos o gentiles. Uno de ellos, Felipe, predicó en la despreciada
región de Samaria (Hch. 8:5-13) y le anunció el evangelio al eunuco etiope (Hch. 8:26-39).
Además, helenistas provenientes de Chipre y de Cirene, fueron a Antioquia de Siria
predicando el evangelio a judíos y a griegos (Hch. 11:19-20).
A la luz de estos datos se puede afirmar que los helenistas, habituados a transitar en dos
culturas (la judía y la griega), estuvieron mejor preparados para comunicar la buena noticia
de salvación en otras fronteras culturales, actuando como una suerte de puente para la
misión a los no judíos. En tal sentido, la experiencia bicultural e intercultural de los
helenistas, fue valiosa para la comunicación transcultural de la buena noticia del reino de
Dios en diferentes lugares del imperio romano del primer siglo.
Ellos fueron también los que catalizaron, cuando la marginación de las viudas de los
helenistas fue resuelta con la elección de los siete servidores de las mesas (Hch. 6:5-6), la
emergencia de un nuevo liderazgo y de nuevas estructuras en la comunidad de discípulos
de Jerusalén. De manera que, la presencia de judíos socializados en otros contextos
culturales y con una experiencia bicultural, posibilitó tanto cambios sustantivos en la
estructura interna y en liderazgo de la iglesia primitiva, como en la comprensión del
alcance de la misión cristiana.
17 Para otro autor, como la distinción se establece en función de la lengua materna, «los helenistas
tienen que ser entonces los judíos de Jerusalén que se habían hecho cristianos y cuya lengua era
el griego… Como su lengua era el griego, estos judíos residentes en Jerusalén son sin duda
naturales de la diáspora» (Gourgues 2001:53).
16
El otro texto clave en el que se resalta el amor inclusivo de Dios es Hechos 10-11. El
pasaje indica que Pedro, un judío que debido a las prescripciones de su religión no podía
tener contacto con los extranjeros (Hch. 10:28), tuvo una autentica conversión, un cambio
de mente y de corazón, todo por iniciativa del Espíritu quien dilató así el horizonte de la
misión. De la experiencia de conversión al otro que tuvo Pedro, y en la que se jugaba en
realidad el futuro de la misión cristiana más allá del mundo monocultural judío, se ha
afirmado que allí ocurrió:
Así fue en efecto, ya que luego de escuchar las palabras del centurión romano Cornelio, y a
pesar de la carga religiosa y cultural de su exclusivismo judío, Pedro finalmente pudo
confesar: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda
nación se agrada del que le teme y hace justicia (Hch. 10:35). Más aun, proclamó que
Jesucristo es Señor de todos» (Hch. 10:36), dando a entender así, como lo reconocería un
poco después cuando tuvo que explicar a los discípulos de trasfondo judío la razón por la
que había entrado en casa de un extranjero (Hch. 11;17; 15:7-11), que Dios amaba también
a los gentiles.
Como ocurrió con Pedro cuando tuvo que cruzar otras fronteras culturales dejando atrás
sus prejuicios culturales y religiosos, los evangélicos de este tiempo, para embarcarse en
una relación intercultural con un no judío, tienen que comprender que la conversión
teológica no implica un abandono irresponsable de la fe en el Dios de la Biblia como un
Dios imparcial en su amor y Señor de todos los seres humanos; sino el despojo de todo
aquello que son los añadidos humanos al evangelio y de los prejuicios religiosos y
culturales que no nos permiten sentarnos en una misma mesa con el otro para que nos
escuche, para escucharle, y para aprender juntos.
Más aun, sentarse en una mesa con el otro cuya perspectiva religiosa puede ser
radicalmente distinta a la nuestra, para dialogar en busca de una agenda de trabajo
colectivo orientada a la búsqueda del bien común, no desdice para nada la identidad
cristiana de quien dialoga y no implica una traición artera a la causa del reino de Dios y su
justicia. Como tampoco implica dejar a un lado fibras íntimas de la fe evangélica, como la
singularidad de Jesucristo y la naturaleza y vocación misionera de la iglesia, bajo el
pretexto de una «aproximación sincera» a los no cristianos.
17
Tiene que ser así, porque para sentarse en una misma mesa con los no cristianos, se tiene
que entender primero que se trata de un diálogo entre iguales. Iguales que están tratando de
encontrar vías colectivas por las cuales transitar sin perder en el camino su identidad
religiosa precisa. Además, se tiene que entender que uno no se sienta en una mesa de
diálogo con entidades abstractas o con almas incorpóreas, sino con seres humanos situados
en realidades históricas concretas y que tienen una cosmovisión especifica que da sentido a
sus vidas.
Luego de una amplia discusión (Hch. 15:7) y de escuchar los testimonios directos de
Pedro, Bernabé y Pablo (Hch. 15:7-13), Jacobo planteó una solución para el tema en
disputa (Hch. 15:13-21) en la que se precisaba que los gentiles tenían que «apartarse de las
contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre» (Hch. 15:20). De
acuerdo a un autor:
Así, los cristianos de trasfondo judío, fueron comprendiendo que cuando la buena noticia
del reino de Dios cruza otras fronteras culturales, sociales y religiosas, se tienen que revisar
las formas tradicionales y encapsuladas de comunicar esa buena noticia y de relacionarse
con aquellos que provienen de los nuevos espacios sociales y culturales en los que la
iglesia ha llegado para quedarse. Quizás, la capacidad de dialogar creativamente,
comunicándose adecuadamente y escuchando a los otros; así como comprender que el
evangelio no está amarrado a ninguna cultura en particular, ya que su contenido trasciende
toda particularidad cultural, sean dos de las lecciones más valiosas que se desprenden de la
decisión que se tomó en el Concilio de Jerusalén.
Cada uno de estos seis temas puede ser considerado como un punto de agenda necesario en
todo proceso de diálogo interreligioso en el mundo globalizado contemporáneo. Dialogo
interreligioso en el que para un evangélico, las demandas de apertura, respeto y disposición
para aprender del otro, no tiene como correlato inevitable el abandono de dos
innegociables de su fe como la singularidad de Cristo y la naturaleza y vocación misionera
de la iglesia, tal como lo demuestra la experiencia misionera de Pablo en Atenas. En otras
palabras, a la luz de la experiencia misionera de Pablo en Atenas, se puede afirmar que
para interactuar con los adherentes de otras religiones no se tiene que renunciar a la
identidad evangélica ni edulcorar o maquillar las exigencias del evangelio del reino de
Dios, pero si se tiene que aceptar que después de cada experiencia misionera se replantea
la comprensión que se tiene acerca de Dios y de su acción soberana en el mundo.
Finalmente, Hechos 20:4, proporciona también pautas valiosas para tejer un modelo
intercultural de misión integral. Lucas en su relato subraya que los compañeros de viaje de
Pablo provenían de diferentes lugares del imperio romano en los que se había proclamado
el evangelio, como para darle a entender a sus lectores que el apóstol estuvo rodeado de un
equipo de trabajo multicultural y con experiencia intercultural, como había sido la
experiencia de la iglesia de Antioquia de Siria (Hch. 13:1-4) de la que provenían Pablo y
Bernabé, precisamente dos judíos de la dispersión.
20
De esta referencia de Lucas, teniendo en cuenta además que san Pablo tuvo otros
compañeros de misión que provenían de otros pueblos y culturas (Ro. 16:1-15; Fil. 4:2-3;
Col. 4:9, 12, 17), se puede deducir que para la comunicación del evangelio en otros
territorios, fue necesaria y valiosa la formación de equipos misioneros multiculturales, con
trasfondo bicultural y con experiencia intercultural. Equipos misioneros que tuvieron que
haber aprendido de la experiencia misionera de san Pablo que él mismo consignó en una
de sus cartas a los discípulos de la ciudad de Corinto:
Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos, a los que están
sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a
los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley
(no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo) para ganar a los que están
sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he
hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del
evangelio, para hacerme coparticipe de él (1 Co. 9:20-23).
De la experiencia misionera de san Pablo se puede aprender que siendo judío aprendió a
pensar y a actuar como gentil para llevar las buenas nuevas a los gentiles (Stam 1997:15).
Un dato que indica claramente que el evangelio es traducible a todas las culturas. Está en
lo cierto entonces Lamin Sanneh, cuando sostiene que «la fe cristiana no es una religión de
uniformidad cultural, ya que en su expansión histórica se ha reflejado la tremenda
diversidad y el dinamismo de los pueblos del mundo» (Sanneh 2003:130). Esto puede
explicar también por qué Samuel Escobar menciona lo siguiente sobre este tema:
El mundo en el que san Pablo proclamó públicamente la buena noticia de salvación, no fue
un terreno neutral ni aséptico frente a las corrientes de pensamiento predominantes en ese
tiempo, o ajeno a la diversidad cultural que se respiraba a cada paso. Lucas en Hechos de
los Apóstoles nos muestra como san Pablo actuó creativamente en las diversas realidades
culturales en las que proclamó el evangelio en la plaza pública. Así, como ya se ha
mencionado en otro momento, cuando llegó a Antioquia de Pisidia, frente a un público
judío y a prosélitos judíos, tuvo un lenguaje apropiado para esos públicos particulares
21
(Hch. 13:14-41). Pero en ciudades griegas como Listra y Atenas, frente a un público gentil,
hizo referencia a varios temas relacionados con la revelación general que un auditorio
humano no judío podía captar con mayor facilidad (Hch.14:15-17; 18:22-31). En otras
palabras, Pablo buscó «sintonizar» con los distintos públicos receptores del evangelio, sin
renunciar en ningún momento al meollo del mensaje cristiano.
La experiencia bicultural de Pablo como judío de la diáspora que hablaba arameo y griego
(Hch. 21:37, 40; 22:2), así como la formación intercultural que tuvo como judío de la
dispersión natural de Tarso y como un estricto fariseo educado en Jerusalén (Hch. 21:39;
22:3), fueron factores claves para que él fuera capaz de traducir el evangelio en cada
realidad cultural en la que se encontró como misionero de la buena noticia del reino del
Dios. Como lo ha precisado Dean Flemming, Pablo fue directamente influenciado por tres
mundos culturales convergentes en el primer siglo: el judío, el griego y el romano
(Flemming 2005:123). Este mismo autor ha puntualizado también que:
El trasfondo cultural de san Pablo fue entonces un factor clave para la comunicación del
evangelio en el mundo mediterráneo del primer siglo. El inmenso valor que tuvo su
trasfondo cultural para su posterior actividad misionera se nota, tanto en el registro de las
actividades misioneras del apóstol de los gentiles que Lucas nos ha dejado en los Hechos,
como en las Epístolas que el dirigió a varias de las nacientes iglesias cristianas que se
establecieron en el mundo gentil. De toda la correspondencia paulina dos temas
particulares pueden ilustrar hasta que punto Pablo fue capaz de utilizar apropiadamente,
para la comunicación del evangelio, todo su bagaje cultural. Así, cuando escribió a los
discípulos de Roma, expresó lo siguiente sobre la revelación general a la que los romanos
habían tenido acceso, como cualquier otro ser humano de cualquier cultura:
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de
los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce
les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su
eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo,
siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa
(Ro. 1:18-20).
Pablo afirmó así que Jesucristo es Señor del universo y, consecuentemente, todos los seres
humanos y todas las estructuras sociales, políticas y religiosas, están bajo su autoridad y
tienen que postrarse ante él, aunque esto les resulta inaceptable, ofensivo y excluyente a los
partidarios de una teología pluralista que considera a todas las religiones como revelatorias
y salvíficas.
La lección que se desprende del trasfondo multicultural que tuvo san Pablo y de la manera
como él capitalizó ese bagaje multicultural en su experiencia misionera, es que todo
trasfondo cultural tiene que ser examinado críticamente a la luz del evangelio y ser puesto
al servicio del reino de Dios. En tal sentido, todo discípulo, como embajador del reino de
Dios en las realidades religiosas y culturales en la que está situado como ser humano de
carne y hueso, tiene que ser capaz de examinar críticamente su propio bagaje cultural y de
utilizar en la comunicación y contextualización del evangelio los elementos culturales que
no diluyan, distorsionen ni desfiguren el mensaje que le ha sido encomendado.
El texto del libro del Nuevo Testamento que examinaremos con cierto cuidado es
Apocalipsis 7:9-10. Lo que afirma san Juan acerca de la gran multitud, la cual nadie podía
contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, da cuenta de la totalidad y de la
universalidad de la salvación. Se trata de una verdadera comunidad multicultural, sin
fronteras, que ha experimentado la interculturalidad. Pero, además, la afirmación que se
hace en este pasaje, indica que hubo misioneros transculturales que proclamaron la buena
noticia de salvación en otros pueblos y culturas, discípulos que fueron capaces de caminar
en la encrucijada intercultural de su tiempo sin perder su identidad específica como
discípulos de Jesús de Nazaret.
Sin embargo, como ha señalado con acierto Juan Stam, no se trata del único pasaje del
libro de Apocalipsis en el que se hace referencia a este tema. En palabras de Juan Stam:
Apocalipsis 7:9-10 puntualiza, entonces, que más allá de la perspectiva teológica particular
que uno pueda tener sobre el reino de Dios, la misión cristiana o la composición social de
la iglesia, la realidad innegable es que la iglesia está llamada ser una comunidad
multicultural, multilingüe y multiétnica. En tal sentido, necesariamente se tiene que entrar
en una relación intercultural con el otro, con el prójimo, con el no cristiano que no
comparte nuestro punto de vista religioso, pero que tiene que escuchar la buena noticia de
salvación liberada de todo añadido teológico que distorsiona el evangelio y de toda
imposición cultural que denigra la dignidad de todos los seres humanos como creación de
Dios.
5. Palabras finales
Los temas del Nuevo Testamento tratados sucintamente en este trabajo, sin perder
conexión con la perspectiva del Antiguo Testamento, nos informan que el amor universal
de Dios es un tema transversal clave y que explica la realidad de la iglesia como una
comunidad multicultural, multilingüe y multiétnica. Pero también, como un dato clave de
cuyo valor para la misión integral tenemos que ser conscientes, nos informan que los
primeros misioneros y el conjunto de la iglesia fueron capaces de traducir el evangelio a
las diferentes realidades culturales en las que se movilizaron y estuvieron presentes.
Aparece así como una nota clave la contextualizaciónón del evangelio y la encarnación de
los misioneros. Un proceso que demanda una conversión teológica como la de Pedro y una
capacidad de responder creativamente –bajo la guía del Espíritu y anclados en el piso firme
de las Escrituras– a los nuevos desafíos misioneros que se van presentando en el camino.
Esto exige, además, entrar en el terreno de lo público, un espacio en el que los evangélicos
tienen todavía poca experiencia de presencia orgánica y pocos cuadros políticos capaces de
dialogar de tú a tú con los cuadros políticos de otros sectores sociales organizados de la
sociedad civil y de la comunidad política.
La ruta del aprendizaje desde abajo, insertados en los movimientos sociales en los que se
tejen nuevas formas de acción social y política, parece ser la vía mas próxima y accesible
para la incidencia pública de los evangélicos. Pero también, la presencia de cuadros
políticos de trasfondo evangélico que actúen orgánicamente en la plaza pública, se presenta
como la otra ruta que se puede seguir en un contexto en el cual todos los actores colectivos
están llamados a participar activamente en la construcción de la paz social y a contribuir en
el proceso de consolidación de la democracia.
Sin embargo, cualquiera sea la ruta que se siga, se tiene que entrar necesariamente en una
relación intercultural con los otros actores sociales y religiosos que están presentes en la
plaza pública y en la sociedad civil organizada. Pero, ¿estamos suficientemente preparados
para participar seria y responsablemente en los movimientos sociales y en la vida pública
sin perder en el camino nuestra identidad específica como discípulos de Jesús de Nazaret?
Finalmente, para trenzar todo lo que hasta aquí se ha planteado, cabe reiterar que el reinado
de Dios no está limitado a las iglesias evangélicas y que el Dios de la Biblia no puede estar
encadenado en los lugares de culto cristianos. Es así porque el Dios de la Biblia no es un
Dios ajeno a lo que ocurre en la plaza pública, porque él ha creado al mundo, lo examina
constantemente, lo gobierna y lo redime, según su propósito de salvación (Wright
2007:320-325).
Consecuentemente, los evangélicos tienen que interesarse por lo que ocurre en el mundo,
buscando con el otro, con el prójimo que no comparte su fe en el Dios de la vida, resistir a
los poderes que oprimen a los seres humanos. Poderes que están convirtiendo la casa
común de todo el linaje humano en un inmenso basural que, si no actuamos oportuna y
solidariamente, se convertirá en poco tiempo en la tumba colectiva de cristianos y de no
cristianos.
25
Una relación intercultural realmente fructífera y esperanzadora para toda la familia
humana, mas allá de la defensa cerrada que cada uno puede hacer de su confesión religiosa
y de la particularidad cultural de los actores individuales y colectivos que intervienen en
los esfuerzos de dialogo interreligioso, solo tiene sentido, si el horizonte común es la
defensa de la dignidad de todos los seres humanos, la lucha permanente contra el
escándalo de la pobreza y de la exclusión de miles de personas, y el cuidado del mundo en
el que todos vivimos. Esta responsabilidad global que compromete a todas las religiones,
ya teje en si misma una agenda común que para nada desdice, distorsiona o diluye, la
identidad especifica de cada confesión religiosa que participa en el dialogo interreligioso.
Todo lo demás puede ser, entonces, vana palabrería para inflar nuestro ego, elucubraciones
intelectuales desconectadas de las expectativas del pueblo de a pie, expresión de nuestros
prejuicios religiosos y culturales, o imposiciones que vienen de nuestras formas
trasnochadas y etnocentristas de entender a Dios, la religión y la cultura.
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