“LA VICHI”
A principios de septiembre del año 2011, estuve viviendo con una conocida,
rentábamos un cuarto en la ciudad de Putla Villa de Guerrero Oaxaca, el cuarto
era muy pequeño, con luces tenues, todas las cosas estaban algo amontonadas,
casi no había espacio ni para caminar, apenas y entraban las camas. No era
cómodo estar ahí, pero tenía que hacer el sacrificio porque mis padres no podían
pagar otro lugar.
Al pasar de los días, la señora Lupe (mi conocida), me presentó con la casera, una
señora que solía usar largos vestidos que cubrían su delgada figura, era güera,
con cabello corto que parecía de algodón, sus ojos verdes reflejaban una mirada
dura, daba miedo e inspiraba poca confianza. Pero conforme la fui tratando me
pareció que era una buena persona y de vez en cuando iba a su casa para
ayudarla con algunas cosas.
Casi a mediados de septiembre, la casera, a la que conocían como “La vichi” me
ofreció ir a rentar a su casa; la casa era grande, todo estaba en orden, había
mucha luz y muchas plantas, de esas que suelen tener las señoras de edad
mayor, aunado a ello, quedaba cerca del centro, tan cerca que podía escuchar
muy fuerte el repicar de las campanas de la iglesia e incluso podía irme
caminando hasta la escuela. La señora Lupe me animó para irme a vivir con “La
vichi”, dijo que estaría mucho mejor con ella, así lo creí y me mudé.
Durante los primeros dos días todo iba muy bien, le ayudaba a hacer la limpieza
después de llegar de la escuela. Pero una mañana no recogí la basura, la dejé
aún lado de las escaleras porque no sabía dónde meterla.
-¡Que no sabes que la basura se separa! -gritó de repente “La Vichi”-. El camión
no se lleva la basura si no está separada -continuó diciendo algo enojada y me
sentí mal.
-Oh, no sabía -fue lo que pude decir.
-¡Para la otra separa la basura!, ahí están los botes, uno es para la orgánica y otro
para la inorgánica -me advirtió.
-Aja -dije con pena. Era la primera vez que me regañaba, no creí que fuera para
tanto y siento que debió explicarme eso, antes de gritarme.
Por la noche, “La vichi” seguía de mal humor y me pidió que no me quedara hasta
tarde con la luz encendida. Nuevamente me sentí fatal porque tenía que hacer mi
tarea, pero a pesar de eso, apagué la luz de la sala y me dirigí a mi cuarto para
terminar la tarea. No me agradaba la idea de que alguien ajeno a mi familia me
regañara por cosa de nada. Pensé que debía buscar otro lugar para vivir.
El día siguiente al regaño, todo estuvo bien. Pero, la noche… fue larga.
Esa noche, me fui a acostar temprano porque al siguiente día, me iría de práctica
a una escuela primaria. A pesar de que me fui a acostar temprano, no podía
dormir, logré medio conciliar el sueño hasta las 10 u 11 de la noche.
Como a eso de las 3 de la madrugada, desperté porque sentí la presencia de
alguien a lado de mi cama, las luces estaban apagadas y me tapé de pies a
cabeza.
Una sensación de incomodidad invadía mi cuerpo, no tenía el valor de quitarme la
sábana y mirar. Esa presencia que se sentía a mi lado empezó como a tocar mi
cuerpo, sentía que había algo sobre mí, pero no me tocaban, solo estaba muy
cerca. A la vez se escuchaban murmullos lúgubres, no entendía lo que escuchaba,
era muy raro, parecía que esa presencia o ser hablaba en otro idioma, sus
murmullos empezaban a sonar más fuertes, no sabía qué hacer, quería llorar,
gritar, salir corriendo, pero el miedo se apoderó de mí y me mantuve inmóvil, en
primer lugar porque sentía mi cuerpo algo pesado y dos, porque traté de pensar
que era una pesadilla y pronto despertaría.
Pasaron algunos minutos y esos murmullos tenebrosos no cesaban, era algo que
jamás había escuchado. Sabía que en la pared de al lado estaba el interruptor de
la luz y que si me paraba rápido, podía encenderlo, pero temía mucho por lo que
fuera a ver.
-A la cuenta de tres -decía para mis adentros-. Uno…, dos… ¡tres! -de inmediato
me quité la sábana, sin voltear a mi lado derecho, prendí la luz y me paré como
rayo, di unas cuantas zancadas para llegar a la puerta.
Estando parada en la puerta, mi corazón palpitaba demasiado rápido, escuché
como un ruido viajaba dentro del pequeño y frío cuarto, ese ruido subió por el
ropero que estaba frente a la cama y se movían algunas cajas que estaban arriba.
Miré a la muñeca vieja de porcelana que estaba encina del ropero, vi sus ojos
negros y se erizó mi piel, de inmediato la asocié con algo malo y es que, no he
tenido buenas experiencias con las muñecas, pero eso, es otra historia.
No creía lo que estaba escuchando. Salí de mi estado de shock y me dirigí a la
habitación de “La vichi”, que estaba justo a lado de mi cuarto.
Para mi sorpresa, me encontré a “La vichi” parada frente a la puerta de su cuarto,
lo primero que noté fue que de sus ojos escurría un líquido rojo, al mirarla me
quedé perpleja, no me sentía en confianza, incluso pensé que se vendría encima
de mí. De tan asustada que estaba, no pensé en la razón por la cuál “La vichi”
¡estaba despierta!, ¿acaso habría sido ella la que me espantó?, ¿era una bruja y
quería robarse mi alma?
-¿Qué te pasa? -preguntó
-Me asustaron, alguien estaba en mi cuarto -dije con voz temblorosa.
-Seguramente fue un gato, aquí nadie se ha metido. Todo está cerrado, pero
vamos a ver.
Ella salió por delante de mí, en su camisón blanco. Entró a mi cuarto como
revisando si había algún animal, yo me quedé afuerita del cuarto. Cuando terminó
de revisar dijo que no pasaba nada.
- ¡Acuéstate!, no hay nada.
-No me quiero quedar en ese cuarto -dije con pena.
-Mmm bueno, entonces quédate a dormir en mi cuarto -sentí desconfianza de
acostarme en la misma cama que ella, pero prefería estar con alguien vivo, a
regresar al cuarto donde me habían asustado.
Ella se acostó primero, luego me acomodé a su lado, dejando espacio entre
nosotras. No pegué el ojo y sabía que no podía dormir hasta tarde, porque debía ir
a la escuela.
Dieron las 5:30 am y tenía que levantarme, regresar al cuarto y sacar mi uniforme
para meterme a bañar. La idea de entrar me causaba escalofríos, pero tenía que
hacerlo. Me armé de valor y como pude pasé al cuarto, una sensación de pesadez
me invadió, la piel se me erizó nuevamente y me dieron ganas de llorar.
Segura estaba de que ya no quería volver a esa casa, mucho menos, quedarme a
dormir en aquel cuarto, pues sabía que, de ahí en adelante, no podría dormir. Así
que le conté a una compañera de clase lo que me había sucedido y como caída
del cielo, me ofreció irme a rentar con ella, de inmediato. No lo pensé dos veces y
esa misma tarde, me mudé.
A “La vichi”, la idea no le pareció nada y se quedó enojada conmigo, tanto que
cada vez me topaba, prefería voltearme la mirada, para no saludarme.
Bueno, al menos ya tenía donde dormir tranquila y sin espantos, o eso era que lo
pensaba…
Autor: Laura Bernardino Rendón.