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Evolución de la Historiografía

Este documento discute el origen y evolución de la historiografía como género literario particular. Argumenta que aunque todas las sociedades tienen conciencia de su pasado, la historiografía como disciplina académica moderna surgió a finales del siglo XVIII y principios del XIX con el trabajo de historiadores como Leopold von Ranke en Alemania. Antes de esto, la historia era más una narración literaria que una disciplina científica.

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Evolución de la Historiografía

Este documento discute el origen y evolución de la historiografía como género literario particular. Argumenta que aunque todas las sociedades tienen conciencia de su pasado, la historiografía como disciplina académica moderna surgió a finales del siglo XVIII y principios del XIX con el trabajo de historiadores como Leopold von Ranke en Alemania. Antes de esto, la historia era más una narración literaria que una disciplina científica.

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4.

TUCÍDIDES NO ES NUESTRO COLEGA: ENRIQUE MORADIELLOS


EL ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LA
HISTORIOGRAFÍA COMO GÉNERO LITERARIO del XVIII y principios del XIX la actividad de investigación y re-
PARTICULAR dacción de los relatos históricos experimentó una transforma-
ción notable, de grado y calidad 67. Algunos incluso afirman
que, a partir de ese momento, el ejercicio de la Historia pasó a
convertirse en una disciplina científica, bien diferente de la His-
toria artística y literaria que se había venido practicando hasta
entonces. Y todo parece indicar que esta opinión es acertada,
como trataremos de demostrar.
A juicio del historiador británico Arthur Marwick, por
ejemplo, «la Historia, como disciplina académica y cuerpo de
conocimientos, comienza sólo con Ranke y sus compatriotas
I. EL ORIGEN DE LOS RELATOS HISTÓRICOS: DE LA alemanes de principios del siglo XIX». En igual sentido, el nor-
TRADICIÓN ORAL AL REGISTRO ESCRITO teamericano Harry Ritter, en un diccionario de notable curso e
influencia en el gremio de historiadores, afirma:
La mayoría de manuales sobre Historiografía (esto es: la Histo-
ria de los relatos históricos y sus autores) acostumbran a co- Durante el siglo XVIII la antigua tradición de Historia como narración
menzar su narración por lo que se consideran orígenes de la se fusionó con el interés erudito por los hechos y, alrededor de 1800,
disciplina en el mundo cultural helénico de los siglos VI y V el concepto moderno de Historia científica cobró forma 68.
a. C.: los logógrafos jonios más Heródoto y Tucídides, básica-
mente. En otros casos, los menos, se comienza señalando que Compartiendo esta tesis en mayor o menor medida, el his-
antes de ese momento germinal existen relatos de contenido toriador francés Nicole Loraux ha podido afirmar sin que pa-
histórico en civilizaciones previas como la egipcia, la mesopo- rezca una provocación: «Tucídides no es un colega» 69. Porque,
támica, la hebrea o la hindú del segundo y primer milenio antes
de nuestra era. Y aún hay otros casos en los que se afirma que
67
desde el mismo momento en que surgen comunidades huma- Robert Layton (ed.), Who needs the Past? Indigenous Values and Ar-
cheology, Londres, Unwin Hyman, 1990, especialmente la introducción del
nas hay conciencia y relato histórico, aunque éste se exprese editor, «Who needs the past», pp. 1-12. John Van Seters, In Search of History.
solamente mediante la palabra y en forma de cuentos, cantos y Historiography in the Ancient World, New Haven, Yale U.P., 1983. A. Mar-
poemas que, debido al desconocimiento de la escritura, se han wick, The Nature of History, capítulo II. F. Châtelet, El nacimiento de la Histo-
perdido para siempre en el olvido. ria, Madrid, Siglo XXI, 1978. 2 vols. A. Momigliano, La historiografía griega,
Barcelona, Crítica, 1984, pp. 9-45.
No obstante, paralelamente a esas referencias a los griegos, 68
H. Ritter, «History», en op. cit., p. 195. A. Marwick, op. cit., p. 29.
los egipcios o los sumerios como principio y fuente original, 69
N. Louraux, «Thucydide n’est pas un collègue», Quadernici di Storia,
casi todos los especialistas coinciden en señalar que a finales XII, 1980, pp. 55-81, apud, J. Le Goff, Pensar la Historia, p. 32.

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en efecto, la distancia entre la «Historia» contada y relatada an- ciencia del pasado comunitario y la función social de esa misma
tes y después de Ranke (por utilizar su persona como símbolo conciencia en el seno del grupo, como elemento de identifica-
de las transformaciones operadas), es de tal grado que obliga a ción y de orientación dentro del contexto natural y social don-
distinguir ambos tipos de actividad como manifiestamente dis- de se encuentre emplazado. En palabras de Goethe: «Sólo en
tintas aunque ligadas genéticamente: la primera sería una suer- el hombre, el hombre se conoce a sí mismo; sólo la vida enseña
te de categoría o género literario y narrativo peculiar; la segun- a cada uno lo que es» 70.
da una auténtica disciplina científica humanística. Es evidente que tal necesidad funcional de una conciencia
Cabría comenzar reconociendo el acierto de quienes afir- del pasado es satisfecha en las sociedades ágrafas tanto como
man que todas las sociedades tienen conciencia temporal de su en las literarias con variedad de formas: la recitación de la ge-
pasado, en una forma u otra. En efecto, el hombre es por natu- nealogía familiar o tribal (tanto transmitida por tradición oral
raleza un ser gregario y todos los componentes de cualquier como escrita), el relato mítico (en calidad de cuento, poema
grupo humano son conscientes de que hubo un período tempo- oral épico, drama, etc.), la fábula sobre los orígenes, la leyenda
ral anterior a los acontecimientos vividos y recordados por cada sobre el tiempo germinal, la narración religiosa codificada en el
uno de ellos individualmente. Y esto porque el grupo social es libro revelado o libros sagrados, etc.
siempre heterogéneo, anómalo, en su composición: coexisten Los estudios etnográficos sobre las sociedades ágrafas exis-
en el mismo individuos de diversas edades y con distintas viven- tentes permiten conocer su concepción del pasado y del tiempo
cias propias, desde los más ancianos hasta los más jóvenes. Esta (entendiendo esta categoría como la conciencia de duración
anomalía de edades, esta presencia de generaciones dentro del y de diferencia entre el presente y lo previo y posterior a él).
grupo social es la causa material, fenoménica, irreversible, de Desde luego, para todas estas sociedades, el conocimiento de
que todos sus componentes tengan una conciencia temporal del su pasado es «un elemento crítico de toda la vida social» y, por
pasado. Simplemente: el nieto que convive con su abuelo sabe ello, «el conocimiento del pasado se convierte a menudo en un
que éste, a su vez, fue nieto de otro abuelo en algún momento recurso político» 71. No en vano del pasado proceden las técni-
anterior y recibe a través del mismo el bagaje de recuerdos e
ideas que se refieren a dicho tiempo pasado.
70
En consecuencia, en su propia calidad de grupo, toda co- Véase al respecto las reflexiones de Robert Layton, «Introduction:
Who needs the past?» en R. Layton (ed.), Who Needs the Past? Indigenous
munidad humana tiene un pasado que excede al pasado indivi- values and Archeology, Londres, Unwin Hyman, 1989, pp. 1-12. Cfr. A. Mar-
dual, a la memoria biográfica de cada uno de sus miembros, a wick, op. cit., pp. 14-20; E. J. Hobsbawm, «The Social Functions of the Past:
la que envuelve y conforma en gran medida. Y la conciencia y Some Questions», Past and Present, nº 55, 1972, pp. 3-17; y J. Le Goff, Pen-
concepción de tal pasado comunitario del grupo constituye un sar la Historia, pp. 180-182. La cita de Goethe (de Tasso, acto 2º, sec. 3) pro-
cede de Charles Cooley, «The Social Self», en Talcott Parsons et al. (eds.),
elemento inevitable de sus instituciones, valores, ideas, cere- Theories of Society. Foundations of Modern Sociological Theory, Nueva York,
monias y relaciones con el medio físico y otros grupos huma- Free Press, 1965, p. 823.
nos circundantes. Aquí reside la necesidad de tener una con- 71
R. Layton (ed.), op. cit., p. 3.

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cas, los saberes y las tradiciones que permiten la mera supervi- meros habitantes de la región eran gigantes que desconocían el
vencia y reproducción del grupo comunitario. Así, por ejem- fuego y comían carne cruda, a quienes fueron sucediendo otros
plo, entre los Inuit, esquimales del Ártico, es obligatorio para pueblos que aprendieron a cazar, descubrieron el fuego, cons-
todos los jóvenes el aprendizaje de los métodos que permiten truyeron útiles y armas, iniciaron el intercambio de objetos y
sobrevivir en un medio físico de extraordinaria dureza. Y ese concluyeron alianzas matrimoniales. Por el contrario, los Kuu-
aprendizaje se realiza a través de prácticas y cuentos, cantos y ku yau sostienen que los espíritus creadores establecieron de
leyendas transmitidas oralmente por los ancianos y adultos. De una vez para siempre «el paisaje presente, su diversidad bioló-
igual modo, en los pueblos pastores y agricultores la preserva- gica y los propios ocupantes humanos aborígenes». Así pues,
ción del pasado comunitario por vía oral es una pieza esencial en las sociedades ágrafas, la concepción del tiempo como se-
para legitimar, por ejemplo, el derecho a uso de la tierra y del cuencia acumulativa y lineal puede coexistir con una concep-
agua, y para entender y justificar el tipo de relación establecida ción estática o cíclica. Y ambas se manifiestan en relatos míti-
con otras comunidades exteriores y la extendida práctica de la cos multiformes transmitidos por vía oral («Nuestros padres
exogamia matrimonial 72. nos los enseñaron a nosotros, como sus padres les enseñaron a
Generalmente, la conciencia temporal de estas comunida- ellos»), con todas las limitaciones que impone la fragilidad e in-
des ágrafas distingue perfectamente entre el pasado reciente consistencia de la memoria humana 74.
(incorporado en la memoria biográfica del individuo o en la de Durante el III milenio a.C., el crucial fenómeno histórico
sus inmediatos antecesores) y el pasado distante (que alude al del surgimiento de civilizaciones urbanas y literarias en el Cre-
período mítico de los orígenes o la creación). Así sucede entre ciente Fértil (Egipto y Mesopotamia) fue acompañado de la
los Hadza, pueblo cazador-recolector del norte de Tanzania, y aparición de un tipo de relato escrito (en papiro, cera, madera
entre los Kuuku yau, aborígenes de la península de Cape York, o piedra) donde se entretejían y combinaban los mitos legenda-
en el noreste de Australia 73. Sin embargo, mientras los Hadza rios, los actos e intervenciones divinas y los hechos humanos
conciben lo sucedido desde la creación como una secuencia seculares del pasado. Es entonces cuando propiamente se
acumulativa de desarrollo y mejoramiento, los Kuuku yau lo constituyó la Historia, la literatura histórica, «como una forma
conciben de modo estático y repetitivo. Para los Hadza los pri- de narración de acontecimientos pretéritos», como una catego-
ría o género literario y narrativo particular. Porque, no en vano,
72
Jack Anawak, «Inuit perceptions of the past»; Victor Raharijaona,
la escritura permitió superar la fragilidad de la memoria indivi-
«Archeology and oral traditions in the Mitongoa-Andrainjato area (Betsileo dual y dejar un registro de los hechos comunitarios permanen-
region of Madagascar)»; ambos artículos en R. Layton (ed.), Who Needs the te y transmisible a generaciones sucesivas, sin los riesgos de ol-
Past, pp. 45-50 y pp. 189-194, respectivamente. vidos o deformaciones voluntarias o involuntarias que estaban
73
D.K. Ndagala y N. Zengu, «From the raw to the cooked: Hadzabe
perceptions of their past»; A.K. Chase, «Perceptions of the past among north
74
Queensland Aboriginal people»; ambos artículos en R. Layton (ed.), Who Recogido por N.M. Williams y D. Mununggurr, «Understanding
Needs the Past, pp. 51-56 y pp. 169-179, respectivamente. Yolngu signs of the past», en R. Layton, op. cit., p. 78.

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presentes en la transmisión oral. La escritura, en definitiva, po- Bajo el nombre de cada gobernante se inscriben varios hechos
sibilitó un desarrollo acumulativo de la tradición cultural de las de naturaleza diversa: siempre la altura alcanzada por la inun-
sociedades, de modo que los más viejos niveles de esa propia dación anual del Nilo (medida en palmas y pies), a veces el nú-
tradición se asimilaran sin caer en el olvido. Y de este modo mero de habitantes y ganado censado, frecuentemente noticias
surgió cierta conciencia del proceso histórico a través del mero sobre festividades y ofrendas religiosas, construcción de tem-
desarrollo percibido de la tradición y del fenómeno de los cam- plos, victorias militares, expediciones en busca de minerales,
bios en la misma 75. Como ha recordado Emilio Lledó: etc. A tenor de este contenido, es evidente que la estela fue
compuesta «con el fin de reflejar la gran antigüedad de la mo-
Entonces hubo que dar un paso esencial: el que lleva de la oralidad a narquía» y legitimar el poder real, garante del orden social y
la escritura. Aquí radicaba el salto fundamental de la memoria. Por- político que regulaba el aprovechamiento de las crecidas flu-
que la oralidad estaba siempre supeditada a una serie de actos –actos viales, tan esencial para la supervivencia de Egipto («regalo del
de habla–, condicionados a su vez al aire fonético que los articulaba y Nilo»). Aunque también se ha hecho notar la práctica ausencia
al aire histórico que les daba sustancia. La escritura superó esa inicial
de noticias míticas en la estela, lo que sugiere otra función utili-
e inevitable claudicación de la memoria viva. [...] La solidificación de
taria menos ideológica: servir a los escribas y sacerdotes como
la memoria en la escritura lograría así situar el lenguaje en otro terri-
torio que el de aquellas palabras sin sosiego que, como en la expre-
registro ajustado de sucesos seculares, con una finalidad admi-
sión homérica, «se escapaban para siempre del duro cerco de los nistrativa y como sistema de datación cronológica 77.
dientes» 76. Esa misma ambivalencia de funciones (propagandística y
administrativa) también parece estar presente en los restantes
En Egipto, los textos históricos más antiguos son las listas relatos históricos egipcios: en el Canon de los Reyes de Turín
de reyes establecidas por los escribas y sacerdotes. La famosa (una relación dinástica redactada en el siglo XIII a.C.), en las
Estela de Palermo es una inscripción de la IV dinastía (circa múltiples inscripciones reales, votivas o conmemorativas
2350 a.C.) que recogía la nómina de reyes y algunos sucesos de (como las grabadas en pirámides, templos u obeliscos), en los
cada reinado, comenzando por los predecesores del faraón anales de los faraones donde se registraban sus campañas y
Menes, supuesto unificador de Egipto (3100 a.C.), y conti- triunfos militares, etc 78.
nuando la relación hasta la fecha de composición de la estela. A pesar de la eclosión de la literatura histórica en Egipto, la
concepción temporal correspondiente frustró la aparición de

75
J. Van Seters, In Search of History. Historiography in the Ancient
77
World, pp. 1-4. Herbert Butterfield, The Origins of History, Londres, Met- J. Van Seters, op. cit., pp. 131-133. H. Butterfield, op. cit., pp. 23-25.
huen, 1981, pp. 19 y 44. Jack Goody y Ian Watt, «Las consecuencias de la al- Cfr. Henri Frankfort, Reyes y dioses. Estudio de la religión del Oriente Próxi-
fabetización», en David Crowley y Paul Heyer (eds.), La comunicación en la mo en la Antigüedad en tanto que integración de la sociedad y la naturaleza,
Historia. Tecnología, cultura, sociedad, Barcelona, Bosch, 1997, pp. 72-82. Madrid, Alianza, 1981.
78
76
E. Lledó, «El despertar de la memoria», El País, 4 de enero de 1990. J. Van Seters, op. cit., pp. 153-187. H. Butterfield, op. cit., pp. 44-60.

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un sentido histórico lineal y evolutivo. En consonancia con el Al igual que en Egipto, también las culturas mesopotá-
relativo aislamiento e inmutabilidad de su cultura durante mi- micas (sumeria, babilónica, asiria...) generaron multitud de
lenios, los egipcios consideraban el tiempo como parte de un relatos escritos en los que se encuentra esa misma mezcla
orden cósmico estático e inmutable tras la creación divina. De de sucesos míticos, religiosos, seculares y dinásticos. Por
este modo, los incidentes históricos eran sólo desórdenes su- ejemplo, en Sumeria, desde el 2100 a.C. se elaboraron listas
perficiales del cosmos o hechos recurrentes de significación cronológicas de reyes con la misma funcionalidad dual que
inalterable. Es decir: la civilización egipcia parecía y creía vivir las egipcias: servir como sistema de datación para la prácti-
en un eterno presente siempre igual a sí mismo en su estructura ca administrativa y como elemento de legitimación del esta-
profunda y pese a sus variaciones epidérmicas. do monárquico. Con este último propósito, la Lista de Reyes
El tratamiento figurativo del faraón, dios viviente encarga- Sumerios relataba el descenso de la realeza del cielo para
do de mantener la armonía cósmica, expresa esta idea de la fundar la primera ciudad-Estado y la repetición de ese acto
eterna permanencia de las cosas pese a su cambio fenoménico: después de que una inundación fluvial hubiera arrasado la
la escultura es siempre arquetípica y bastaba borrar el nombre tierra 80.
original del faraón oferente e inscribir otro nuevo para que la El mismo propósito de apología del poder real benefactor y
figura cambiase de atribución. Del mismo modo, tal concep- protector se advierte en las inscripciones reales votivas y con-
ción temporal se reflejó en el tratamiento egipcio de la cronolo- memorativas y en los anales que narraban las campañas milita-
gía. Sólo se reconocían períodos temporales de un año solar res de los reyes asirios e hititas. De las listas reales parece haber
(365 días) por lo que los períodos superiores se computaban surgido posteriormente un nuevo género historiográfico: la
mediante los años del reinado del faraón (cada uno empezando crónica, «una narración de sucesos políticos o religiosos orde-
su reinado en el año 1). Esta ausencia de sentido temporal con- nados cronológicamente y fechados de acuerdo con los años de
tinuo y evolutivo implicaba una diferencia radical entre los ci- reinado de un monarca». La famosa serie de Crónicas de Babi-
clos anuales regulares (claves para el culto religioso y el registro lonia fue compuesta en el siglo VIII a.C. y destaca por la preci-
de las crecidas del Nilo) y el pasado distante (que sólo podía sión y relativa objetividad de sus contenidos seculares, en los
computarse vagamente mediante las listas reales). En el siglo III cuales apenas hay intervención divina, implicaciones religiosas
a.C., Manetho, un sacerdote que ya escribía en griego, compi- o intención de halago al rey o al Estado. Así ha podido decirse
laría la primera lista de todos los faraones y los dividiría en gru- que estas crónicas «no parecen tener otra función que la de re-
pos dinásticos, haciendo posible para los egiptólogos el uso de gistrar con cuidado los hechos pasados» y son producto de
esas listas como criterio de datación cronológica aproximada 79.
dence», en R. Layton, Who Needs the Past, pp. 131-149. Sobre las distintas
79
G. J. Whitrow, Time in History. Views of Time from Prehistory to the concepciones del tiempo y su medida véase Angela García Blanco, Descu-
Present Day, Oxford, University Press, 1988, pp. 24-29. John Baines, «An- briendo el tiempo, Madrid, Museo Arqueológico Nacional, 1996.
80
cient Egyptian concepts and uses of the past: 3rd to 2nd millennium BC evi- H. Frankfort, Reyes y dioses, p. 259 y 423.

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«una tradición académica sin función propagandística o de Sin embargo, recientemente se ha puesto de manifiesto que
glorificación monárquica» 81. esa concepción temporal lineal y consecutiva no es privativa de
En el caso del antiguo pueblo de Israel, la preocupación la literatura hebraica y que en ésta tampoco están ausentes con-
por el pasado y la preservación de la conciencia histórica colec- cepciones cuasi-cíclicas del pasado. En cualquier caso, lo que sí
tiva es incluso un precepto de su religión recogido en el libro parece claro es que en Israel, durante el siglo VI a.C., apareció
revelado, donde se encuentra la siguiente exhortación de Moi- una narración histórica genuinamente secular y crudamente
sés a los hebreos: realista, ajena a intervenciones divinas directas y explicativa de
las causas y curso de los acontecimientos humanos relatados.
Trae a la memoria los tiempos pasados, Así sucede, por ejemplo, en la llamada «Narrativa de la suce-
Atiende a los años de todas las generaciones; sión» (libro segundo de Samuel, 9-20), que trata del surgimien-
Pregunta a tu padre, y te enseñará; to de la monarquía hereditaria en Israel y de la fracasada rebe-
A tus ancianos, y te dirán: lión de Absalón contra su padre, el rey David 82. En dicha obra,
Cuando distribuyó el Altísimo su heredad entre las gentes, se describe del siguiente modo la batalla final entre las tropas
Cuando dividió a los hijos de los hombres, del rey y las de su hijo y la terrible muerte de éste:
Estableció los términos de los pueblos
Según el número de los hijos de Dios. (Deuteronomio, 32, 7-8). David revistió sus tropas y puso al frente de ellas jefes de millares y de
centenas; una tercera parte, a las órdenes de Joab; una tercera, a las
Tradicionalmente, se ha venido sosteniendo que los hebreos de Abisaí, hijo de Sarvia, hermano de Joab; y la otra tercera, a las de
fueron el primer pueblo de la Antigüedad que adoptó una con- Itai, de Gat. [...] Salió, pues, la gente al campo contra Israel, y trabóse
la batalla en los bosques de Efraím. Allí sucumbió el pueblo de Israel
cepción lineal del tiempo, opuesta a la visión cíclica o estática
ante los seguidores de David, y se hizo una gran matanza, de veinte
de las otras culturas circundantes. Esta novedosa concepción
se basaría en la idea teleológica de la historia humana como re-
velación gradual del plan de Dios (desde su alianza con el pue- 82
J. Van Seters, op. cit., capítulo 7, quien considera que el autor del Deu-
blo elegido hasta la llegada del Mesías); idea supuestamente re- toronomio fue «el primer historiador conocido de la civilización occidental
flejada en los distintos libros que componen el Antiguo que merece este nombre», aunque tuvo la desgracia de permanecer anónimo
y de que su obra fuera desmenuzada en varios libros canónicos de la religión
Testamento. Tal concepción se habría legado al cristianismo y, hebrea (pp. 359-362). Cfr. H. Frankfort, Reyes y dioses, pp. 355-359. Lionel
a su través, habría constituido la base de la idea moderna occi- Kochan, «Judaísmo. Recuerda los días antiguos...», El Correo de la Unesco,
dental del tiempo (una vez eliminada su dimensión divina). marzo 1990, pp. 25-29. Resulta significativo que Robert Stinson inicie su no-
table antología de textos históricos con la rebelión de Absalón: The Facies of
Clio. An Anthology of Classics in Historical Writing from Ancient Times to the
81
Sobre la historiografía mesopotámica, seguimos las tesis de J. Van Se- Present, Chicago, Nelson-Hall, 1987. Véase también la reflexión de Erich
ters, In Search of History, capítulo 3, especialmente pp. 55-99 (lista de reyes Auerbach sobre esa Historia bíblica: Mímesis. La representación de la reali-
sumeria) y 80-82 (crónicas de Babilonia). dad en la literatura occidental, México, FCE, 1982, pp. 24-27.

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mil hombres. Extendióse allí la lucha por la superficie de todo el país, nomía monetaria y mercantil, la crisis del gobierno aristocráti-
y fueron más los que devoró el bosque que los que había devorado la co, el surgimiento de las tiranías y democracias en las ciuda-
espada. Al encontrarse Absalón con los servidores de David, iba Ab- des-Estado, y los cambios religiosos y rituales consecuentes. En
salón montado sobre un mulo, y, al penetrar el mulo bajo el follaje de definitiva, como han subrayado muchos autores, la difusión del
una gran encina, se le enganchó la cabeza en la encina, quedando él
racionalismo crítico intelectual y de la nueva conciencia cívica
suspendido entre el cielo y la tierra, mientras el mulo sobre el que ca-
de la polis griega fueron auténticos parteros de la historiografía
balgaba seguía adelante. Vio esto uno, y le dijo a Joab: «He visto a
Absalón pendiente de una encina». Joab le dijo: «¿Y por qué no le
griega. Es decir: la historiografía clásica fue un resultado más
echaste a tierra, y yo te hubiera regalado diez siclos de plata y un tala- de la progresiva trituración del mito por parte del logos que
barte»? Pero aquel hombre le dijo: «Aunque me pesaras mil de plata, tuvo lugar en el ámbito helénico entre los siglos VI y V a.C. 84.
no pondría yo la mano sobre el hijo del rey, pues bien oímos todos Bajo la rúbrica de logógrafos se agrupa un conjunto de es-
que a ti, a Abisaí y a Itai os dijo el rey: Guardadme a Absalón. Ade- critores del Asia Menor griega que anticipan a Heródoto con
más, haría la traición a mi vida, pues al rey nada se le esconde, y tú sus relatos de acontecimientos pasados en los que quiere estar
mismo testificarías contra mí». Joab dijo entonces: «No será así, sino ausente el mito y la leyenda. El más conocido de ellos, Hecateo
que yo mismo lo atravesaré delante de ti»; y tomando tres dardos en de Mileto (fines del siglo VI a.C.), exponía así el propósito de su
sus manos, se los clavó en el corazón a Absalón cuando aún estaba obra Genealogías (de las grandes familias míticas):
vivo en el cogollo de la encina. Cercáronle luego diez mozos, escude-
ros de Joab, que hirieron a Absalón, acabándole 83. Escribo estas cosas en la medida en que me parecen verídicas; de he-
cho, las leyendas de los griegos son numerosas y ridículas, por lo me-
nos en mi opinión.

II. LA HISTORIOGRAFÍA CLÁSICA EN GRECIA Y ROMA Ciertamente, la subsecuente historiografía griega va a ca-
racterizarse por ese enfrentamiento al mito en aras de un relato
La aparición de ese género de literatura histórica en Israel es racionalista, crítico, inmanentista y secular, resultado de la in-
contemporáneo del surgimiento de un tipo similar de relato
histórico en Grecia, también a lo largo del siglo VI y V a.C. Evi-
84
dentemente, esta floración de la historiografía clásica griega François Châtelet, El nacimiento de la Historia, Madrid, Siglo XXI,
fue consecuencia y manifestación de la eclosión cultural que 1978, vol. I. H. Butterfield, The Origins of History, pp. 130-137. J. Van Seters,
op. cit., capítulo 2. J. P. Vernant, Los orígenes del pensamiento griego, Buenos
dio origen paralelamente a la Filosofía, la Geometría y la Aritmé- Aires, Eudeba, 1965, especialmente, p. 39. J. Fontana, Historia, pp. 17-18.
tica, la tragedia y la comedia, etc. De igual modo, dicha eclo- Arnaldo Momigliano, «Historiografía griega», en A. Momigliano, La histo-
sión fue precedida y originada por la generalización de la eco- riografía griega, Barcelona, Crítica, 1984, pp. 9-45. Stephen Usher, «Greek
Historiography and Biography» en M. Grant y R. Kitzinger (eds.), Civiliza-
tion of the Ancient Mediterranean. Greece and Rome, vol. 3, Nueva York,
83
Libro Segundo de Samuel, 18, 1-15. Scribner’s, 1988, pp.1525-1540.

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vestigación y averiguación personal por parte del autor, que Heródoto de Halicarnaso (circa 480-425 a.C.) y el ateniense
pretende ser «verdadero» y no fabuloso ni ficticio, ni imagina- Tucídides (circa 460-400 a.C.) son los exponentes más notables
rio. La Historia nace así como actividad instalada consciente- y representativos de la historiografía clásica helénica. Ambos
mente en una perspectiva de logicidad y racionalidad universal, continuaron y acentuaron el respeto a las dos exigencias del re-
que sólo está dispuesta a admitir un conocimiento demostra- lato histórico establecido por Hecateo: la forma narrativa y la
tivo, apodíctico y convincente. Y surge como tal oponiéndose pretensión de veracidad. Y con ellos quedó constituida la His-
a las narraciones de Homero y Hesíodo en cuanto que son toria como una categoría y género literario racionalista y con-
mitos, entendiendo éstos como «un relato tradicional que re- tradistinto del relato mítico y fabuloso, enfrentado a él en la vo-
fiere la actuación memorable y ejemplar de unos personajes luntad de búsqueda de la «verdad» de los acontecimientos
extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano» (definición humanos en el propio orden humano, sin intervención sobre-
de Carlos García Gual). En resolución, la Historia brota de la natural y apelando a una inmanencia causal en la explicación
crítica racional hacia unos sistemas mitológicos esparcidos por de los fenómenos; un género literario dotado además de una
la Hélade y que aparecen en aquella época de transición y musa inspiradora particular: Clío.
cambio profundo como mutuamente contradictorios y gené- Heródoto, exiliado de su ciudad por motivos políticos y
ricamente ridículos respecto a la realidad, incapaces de se- tras haber viajado por Asia Menor y Egipto, escribió un gran
guir cumpliendo su funcionalidad socio-histórica tradicional. relato («el primer gran libro en prosa») sobre el origen y desa-
Georges Dumézil ha definido cuál fuera ésta con las siguientes rrollo de las guerras médicas que habían terminado en el 479
palabras: a.C. Esa narración sobre un tema político y militar casi coetá-
neo (donde sólo se hablaba de «sucesos de los hombres» y no
La función de la clase particular de leyendas que son los mitos es, en estaban presentes los dioses) se completaba con largos excur-
efecto, expresar dramáticamente la ideología de que vive la sociedad, sos en los que relataba la geografía, creencias, instituciones y
mantener ante su conciencia no solamente los valores que reconoce y costumbres de otros pueblos (lidios, escitas, egipcios...) que
los ideales que persigue de generación en generación, sino ante todo también habían ido cayendo bajo el dominio de Persia. Tituló
su ser y su estructura mismos, los elementos, los vínculos, los equili-
su obra Historias, en el sentido entonces corriente de «investi-
brios, las tensiones que la constituyen, justificar, en fin, las reglas y las
gaciones», «indagaciones» o «averiguaciones», tal y como dejó
prácticas tradicionales sin las cuales todo lo suyo se dispersaría 85.
escrito en su famoso párrafo proemial:

85
Georges Dumèzil, El destino del guerrero, México, Siglo XXI, 1971 , la mitología griega, Madrid, Alianza, 1992. H. Butterfield, op. cit., p.134.
p. 15. J. Van Seters, In Search of History, pp. 8-12. Carmine Ampolo, «Heró- H.E. Barnes, A History of Historical Writing, Nueva York, Dover, 1962,
doto, un narrador extraordinario», El Correo de la Unesco, marzo 1990, pp. 26-27. Véase también la introducción y el capítulo 1 (Grecia) de Donald
pp. 16-19. Moses I. Finley, «Mito, memoria e historia», en Uso y abuso de la R. Kelley a su excelente antología de textos históricos: Versions of History from
historia, Barcelona, Crítica, 1976, capítulo 1. C. García Gual, Introducción a Antiquity to the Enlightenment, New Haven, Yale University Press, 1991.

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TUCÍDIDES NO ES NUESTRO COLEGA ENRIQUE MORADIELLOS

Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródo- bre el pasado cercano, en tanto que opuesto a los tiempos le-
to de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos gendarios y míticos.
queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realiza- Pocos años después de Heródoto, Tucídides relató en la
das, respectivamente, por griegos y bárbaros —y, en especial, el moti- Historia de la guerra del Peloponeso el dilatado conflicto entre
vo de su mutuo enfrentamiento— queden sin realce 86.
Atenas y Esparta por la hegemonía en Grecia, en el cual había
participado hasta que un fracaso militar le obligó a exiliarse de
El término Historia, como ya hemos visto, derivaba del sus- Atenas. Al igual que Heródoto, su narración se refiere a un
tantivo ístor, «el que ve», el testigo ocular y presencial, ya utili- crucial suceso recientísimo y se basa en la observación personal
zado por Homero en la Ilíada (siglo IX a.C.). Heródoto lo apli- y las fuentes orales fidedignas, como señala explícitamente:
có a su obra porque su relato sobre un pasado cercano y crucial
(no sobre un pasado mítico, «prestigioso y lejano») se funda- Respecto a los hechos que tuvieron lugar en la guerra, no me pareció
mentaba ante todo en la observación personal y directa: «digo bien escribirlos enterándome de ellos por cualquiera ni tampoco ex-
lo que he visto». Y si esa observación personal no hubiera sido poniendo mi propia opinión, sino que busqué en todos los casos la
posible, se fundamentaba en la información proporcionada mayor exactitud posible, tanto en aquellos que presencié, como en
por testigos oculares y fidedignos, debidamente contrastados aquellos de los que supe por otros. La investigación resultaba, no
unos con otros siempre que hubiera tenido ocasión y posibili- obstante, laboriosa, porque los testigos presenciales de los aconteci-
dad 87. De hecho, a partir de Heródoto, la historiografía griega mientos daban noticias diferentes sobre unos mismos hechos, según
se ocupará esencialmente de conocer y escribir sobre el pasado el interés personal o la memoria que cada uno tuviera 88.
reciente y contemporáneo porque éste es el único capaz de ser
observado o recordado personalmente y a través de testigos Sin embargo, hay un aspecto en el que la obra de Tucídides
fiables. Y el recurso a ambas observaciones y testimonios se difiere de la elaborada por el «padre de la historia»: su relato
presentaba como el único método para obtener la «verdad» so- elimina totalmente los aspectos etnográficos presentes en su
antecesor y se concentra en los aspectos políticos, militares y
86
constitucionales de los avatares y sucesos humanos, sobre los
Historia, Madrid, Gredos, 1977, libro I, p. 85. Traducción de Carlos
Schrader e introducción de Francisco Rodríguez Adrados. Cfr. A. Momiglia-
cuales es posible una observación directa y fidedigna que per-
no, «Historiografía griega» y «El lugar de Heródoto en la historia de la histo- mite una narración intencionalmente veraz. Este giro de Tucí-
riografía», ambos en Historiografía griega, capítulos 1 y 7. Fernando Sánchez dides marcará profundamente el desarrollo posterior de la his-
Marcos es autor de una selección comentada de textos históricos, entre otros toriografía clásica grecorromana, que versará esencialmente
de los griegos, de gran valor didáctico: Invitación a la Historia: de Heródoto a
sobre asuntos de orden político, diplomático y militar. Y a ello
Voltaire, Barcelona, Publicaciones Universitarias, 1988.
87
A. Momigliano, op. cit., pp.14-15 y 46-48. Cfr. Jorge Lozano, El discurso
88
histórico, pp. 15-25. M. I. Finley, Uso y abuso de la historia, capítulo 1. A. Mo- Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Akal, 1989, I, 22. Traduc-
migliano, «Herodotus Today», Storia della Storiografia, nº 7, 1985, pp. 3-5 ción de Luis M. Macía Aparicio. Las dos citas posteriores de Tucídides están,
(número monográfico dedicado a Heródoto). respectivamente, en la misma página 22 y en el libro II, p. 40.

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TUCÍDIDES NO ES NUESTRO COLEGA ENRIQUE MORADIELLOS

se debe, en gran medida, el gran prestigio de Tucídides en la y no por unos pocos; conforme a la ley todos tienen iguales derechos
Antigüedad y, luego, entre los historiadores empirio-positivis- en los litigios privados y, respecto a los honores, cuando alguien goza
tas del siglo XIX, como superior en fiabilidad y rigor a Heródo- de buena reputación en cualquier aspecto, se le honra ante la comu-
to, erróneamente acusado de crédulo o incluso embustero 89. nidad por sus méritos y no por su clase social. [...] Amamos la belleza
con sencillez y el saber sin relajación, y usamos nuestra riqueza como
No obstante, debe señalarse que el relato histórico de Tucídi-
medio de acción más que como motivo de jactancia.
des, como el de sus sucesores clásicos, es más verosímil que
verdadero, como demuestra el gusto por la transcripción de
Después de Tucídides, el cultivo de la Historia en Grecia ex-
discursos supuestamente pronunciados por los protagonistas
perimentó un retroceso cualitativo, simultáneo con la crisis de
históricos en momentos claves. En palabras del propio Tucí-
la polis como entidad estatal y cívica. Las obras de Jenofonte,
dides:
Calístenes, Eforo, Teopompo (todos del siglo IV a.C.) y los his-
Respecto a todo lo que de palabra dijeron unos y otros cuando iban a
toriadores del período helenístico (Estrabón o Diodoro de Si-
combatir o cuando ya estaban en combate, resultaba difícil reflejarlo cilia, por ejemplo) constituyen en la mayor parte de los casos,
con exactitud, tanto para mí, respecto a lo que yo mismo oí, como en palabras de Moses Finley, una «pedestre enumeración de
para los que me daban noticias de ello, fuera cual fuera su fuente, así sucesos», un «vehículo de propaganda política» o un «recurso
que las transcribo tal como a mi entender tendría que manifestarse a los sentimientos». Como han señalado otros autores, por
cada uno en tales circunstancias, procurando ajustarme lo más posi- aquellos tiempos de crisis política la influencia de las artes retó-
ble al sentido general de lo que realmente se dijo. ricas «se posesionó de la historiografía» y estimuló los relatos
donde se hacía «resaltar lo trágico, lo dramático, las pasiones
En consonancia con ese principio, más en aras del efecto desatadas», tratando de «conquistar al auditorio conmovién-
retórico y ejemplarizante que de la verdad, Tucídides puso en dolo y deleitándolo al mismo tiempo» 90. Aún así, la mejor tra-
boca de Pericles la conmovedora oración fúnebre por los jóve- dición historiográfica griega se perpetuó y enlazó con la roma-
nes atenienses muertos en combate por su ciudad que era a la na a través de un pequeño grupo de autores entre los que
par un hermoso canto al sistema democrático que regía en la destacan Polibio y Plutarco.
polis: Polibio (circa 200-118 a.C.), aunque nacido en Megalópo-
lis, fue educado en Roma junto con el millar de jóvenes nobles
Tenemos un régimen político que no envidia las leyes de los vecinos y griegos expatriados tras la supresión de una revuelta antirro-
somos más bien modelo para algunos que imitadores de los demás. mana. Esa circunstancia, junto con su amistad con Escipión
Recibe el nombre de democracia, porque se gobierna por la mayoría
90
Moses I. Finley, Los griegos de la Antigüedad, Barcelona, Labor, 1980.
89
A. Momigliano, «Historiografía sobre tradición escrita e historiografía Cfr. S. Usher, op. cit., passim. Las últimas citas proceden de Jorge Luis Cassa-
sobre tradición oral» y «El lugar de Heródoto», en op. cit., pp.94-104 y ni y A. J. Pérez Amuchástegui, Del «epos» a la historia científica. Una visión
135-145. de la historiografía a través del método, Buenos Aires, Ábaco, 1982, pp. 63-64.

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