Armando Tejada Gómez
PROFETA EN SU TIERRA
Título original: Profeta en su tierra
Armando Tejada Gómez, 1968
Ilustraciones: Enrique Omar Sobisch
NOTICIA DEL POETA Y SU TIERRA
Claro que sí. Profeta en su tierra, que es decir en su savia nutricia, en su
pleno pueblo, en la entraña de los que tantos sufren y sueñan y trabajan y anhelan;
voz cada vez más escuchada, por auténtica, en la propia patria; y por lo tanto
digna de derramarse más allá de las fronteras, por el mundo.
Está bien el desafío implícito que Armando lanza ya desde el título de esta
antología. Porque es hora de terminar con la tontería infinitamente repetida, según
la cual el artista, el creador, estaría condenado a clamar en el desierto, recluido en
un limbo al que no tienen acceso las multitudes compatriotas, lo que define
automáticamente al pueblo como menor de edad y de cordura, carente de paladar
y de discernimiento artístico, ajeno a quienes traducen con altura su sentir, y por lo
tanto sólo apto para consumir esos subproductos culturales que sus enemigos le
sirven con tanta profusión… «Nadie es profeta en su tierra»: sentencia frecuente de
pedantes y resentidos. Es cierto que a menudo se interpone entre uno y otra —
artista y masa popular— la densa red de los intereses creados. Pero de todos
modos, nunca conseguirá ser admitido como profeta —es decir, intérprete,
nombrador, anunciador en el más hondo sentido— el que pretende serlo
abroquelado en torres de cristal y presunción y autosuficiencia, sino el que se
diplomó de tal jugándose entero, vitalmente atento al latido íntimo de su pueblo y
de su tierra; el que no se puso enfrente ni arriba sino al lado, ardiendo en
fraternidad.
¿Cómo discutirle a Tejada Gómez ese título? Quien lo dude, que vaya a
alguno de sus recitales, en Buenos Aires o en una localidad cualquiera del país,
donde gente de diversa condición se congrega para escucharlo y aplaudirlo. En
esta Argentina donde hasta no hace mucho una obra poética sólo merecía
ediciones mínimas —aún de autores conocidos—, resulta que Tejada llega con el
libro, el disco y de viva voz a numerosos estudiantes u obreros, agricultores o
intelectuales. Por eso él puede decir sin exagerar: «Soy el único poeta argentino
que vive de su obra». Lo que quiere decir, simplemente, que el pueblo se reconoce
en su cantor.
Pero de esto —que tanta significación encierra— hablaremos después.
Para explicarnos las motivaciones de la poesía de Tejada, tenemos que
internarnos necesariamente en sus orígenes, en su mundo familiar y social,
rastrearlo desde su misma infancia. Con abuelos campesinos, también los oficios
de su padre estuvieron ligados a la tierra y a sus frutos: tropero, bracero,
cosechero… Desde la niñez, la vida de Armando está signada por la pobreza, la
pobreza decorosa de los que aprietan los dientes y siguen trabajando. Canillita o
lustrabotas, no pudo cursar ni las clases elementales —si se exceptúan los tres
meses en que asistió a una escuelita rural—. Enfrentado desde temprano a otra
escuela dura, la de la calle y las privaciones, compara, aprende, madura. Su propia
suerte evoca, pues, cuando en «Hay un niño en la calle» alude a la de otros millares
de muchachitos que hoy siguen transitando ese camino áspero:
«[…]
Cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle».
A veces, terminada la faena del día, regresaba a pie cansino de un extremo a
otro de la ciudad de Mendoza, por los arrabales. En el camino se detenía en algún
boliche, pero ya no para buscar clientes («¡qué iba a lustrar zapatos allí —me
cuenta ahora— si todos iban de alpargatas!»). Se quedaba ahí, demorado, olvidado
del tiempo, oyendo a esos peones, esos campesinos, que cortejaban a la noche y
olvidaban sus desgracias al compás de la guitarra compañera. En el prólogo de
«Tonadas de la piel», recuerda con breves trazos definidores a ese cantor popular
que «lapa su situación con vino. Se olvida de acordarse. Canta. Ahora es Sábado, se
desalquila del salario, se exime del sudor por esta noche y mañana: la miseria se le
olvida en la miseria. Es libre. […] Cada uno se va para adentro, a contra sangre va,
a contra olvido». Y a pesar de todo, «nace con cada copla a la esperanza».
La copla, con sus jugos hispanos mezclados con los nativos, deslumbró la
niñez de Tejada Gómez, se le quedó clavada como una espina gustosa, se le
convirtió en veta memorable, junto con la vida y la pericia amarga de quienes la
cantaban, aquellos a los que él define, abarcando mucho en dos palabras, como «mi
gente».
Un día, al recibir las monedas ganadas con su cajón de lustrar, su madre le
deja como regalo inusual una de 20 centavos, para que pueda pagarse lo que
entonces costaba una función de cinc. Pero le tocó pasar junto a un puesto de
revistas, donde otras veces se había quedado admirando la tapa ilustrada de una
edición popular del «Martín Fierro». Costaba exactamente lo mismo: ¿qué hacer?
Finalmente, cambió la función cinematográfica por el cuadernillo. Lo leyó
ávidamente y siguió haciéndolo por años. Desde entonces, no había de abandonar
la compañía de José Hernández.
A los 15 años, apenas sabía escribir. Ya entonces se ganaba la vida como
bracero. Pero en las pausas de la faena, en cualquier momento libre, frecuentaba
toda clase de lecturas. Así, a saltos, por su cuenta, fue instruyéndose, formándose
una cultura que venía a completar la otra, la de los trabajos, de los caminos, de la
frecuentación de su pueblo. Pronto aprende el lenguaje de la solidaridad de los
explotados, participa en jornadas de protesta, en las luchas obreras y políticas.
(Años después, en 1958, las fuerzas populares lo consagran diputado por
Mendoza). Esa militancia habrá de dar una base sólida y una cálida seguridad a
sus sueños. Su inquietud social alterna con una cada vez más insistente inquietud
literaria. Y desde que comienza a expresarse, lo hace a través del poema. Hasta
hoy. Porque no ha producido ni un artículo ni un cuento, y ni siquiera lo intenta.
La poesía se ha convertido en su manera de ser, de actuar, de vivir.
Al cumplir los 21 años, hay un viraje en su existencia: el trabajador manual
queda atrás; ingresa a la radio mendocina, y sin abandonar su ambiente conoce
otros, incluso los artísticos. Tres años después aparece su primer libro,
«Pachamama», que no es precisamente el de un principiante, sino el de un poeta ya
formado, seguro de sus medios expresivos, que anuncia firmemente sus pasos
posteriores: «Estoy hombre / montaña / subiendo por mis gritos». O: «No tengo
voz en súplica / Transpiro los clamores / Reclamo la sonrisa que ahogan
indefensa». Ya está allí ese tono reivindicatorio y varonil que ha de ser infaltable en
su obra.
A lo largo de sus ocho libros, Tejada ha tamizado su poesía, depurándola,
hasta adquirir una admirable soltura, un manejo cada vez más completo y gozoso
de su herramienta, un acento cada vez más original, donde la frescura de las
imágenes, su limpio perfil, se alía con una afinada concisión. Su vigorosa
capacidad de síntesis está emparentada con la brevedad sabrosa de la copla
anónima y a la vez con su búsqueda personal de lo esencial, ese rasgo que
distingue a lo más valioso de la lírica contemporánea. El carácter comunicativo y
accesible de su poesía —como en sus recientes «Tonadas para usar»— no puede
llamar a engaño. Porque es la difícil sencillez que, al igual que el petróleo, surge
como coronación de un largo proceso, de una labor infatigable. Véase un ejemplo
entre tantos:
«Si Pedro entra en el monte esta mañana
y no vuelve del hambre y la culebra,
si Juan se muere de soldado y lejos
y cae una napalm sobre una escuela,
¡la vida debe armarse hasta los dientes
y acribillar la muerte hasta la médula!».
Entre los temas de Tejada y su vida —su diversa y siempre renovada
experiencia individual, su inmersión en la de los demás, en la del mundo—, hay
una lógica y estrecha correspondencia. De ahí que él diga con toda razón: «Estos
poemas no han sido escritos desde afuera, sino desde adentro de la pelea». Su
punto de partida y su meta es siempre el hombre, el hombre de hoy y aquí (y por
lo tanto, de todos los puntos cardinales, de la Argentina y de América y del
mundo), el jaqueado y dolorido y acosado:
«[…]
soy yo que vuelvo de mirarme a fondo y de ver a través de alguna lágrima
la suerte pobre de los pobres pobres
de todas las provincias y los barrios».
Son los que aparecen en sus sucesivos libros con nombres distintos: Pedro
Changa, El Porfiao, Florencia Arboleda, Juana Robles, El Guitarrero, Lucas
Romero… Hasta que se descubre que casi siempre se repite un protagonista: Juan,
el pueblo con mayúscula, el pueblo infinito pero no amorfo ni anónimo, sino
individualizado, con los gestos propios de cada uno, con sus vidas singulares pero
también con su dolor y sus ansias comunes.
Esta identificación raigal y total con el prójimo innumerable, alumbra y
orienta su canto desde los comienzos. En «Historia de tu ausencia» —libro de 1957,
todavía inédito— apunta las razones:
«[…] llevamos
el destino de todos atado a la cintura
como quien atraviesa una noche terrible
con una flor al cinto».
Y luego, en «Antología de Juan»:
«Por eso cuando vuelvo demolido
de ver a mi país crucificado
estalla en mi guitarra como un grito
el silencio que traigo».
Es que también él, como su Lucas Romero, «¡está escuchando ser a sus
hermanos!». Pero no se limita a retratar sus penas, su angustia ante la presión
inhumana de «añejas minorías de sonrisa amarilla». Los llama, los convoca, los
exalta para la gran empresa que sólo podrá cumplirse en común:
«hay que juntar las ganas, organizar el grito
y despertar de pronto como un solo estallido».
ya que el aislamiento y la dispersión decretan la continuación del drama
colectivo:
«digo que un hombre solo, sólo es un hombre solo
y que no tengo tiempo de amparar solitarios».
La suya es una poesía tan viril como tierna, que respira por todos sus poros
el gozo de vivir —hasta cuando dice las heridas de su gente o se incendia en la
protesta—. También la ironía brota a menudo, sobradora, para marcar los
entuertos y ayudar a corregirlos, como en «Ejecutivo junior», «La veleta y el
viento», «Réquien por la modelo» y otras de sus sintéticas «Tonadas para usar».
En definitiva, Tejada demuestra una vez más, por si hiciera falta, que se
puede «cantar opinando» sin hacer concesiones demagógicas, con esa graciosa
perfección sin la cual no hay obra artística, con una calidad que deben reconocer
aun aquellos a los que duelen sus intencionados latigazos. Y así, con sus 39 años
bien plantados, se ha convertido por derecho propio en una de las más altas voces
poéticas de hoy.
Desde hace seis o siete años, quemó sus barcos: ha tenido la audacia de
dedicarse en forma exclusiva a la poesía y paralelamente a su presentación desde
los escenarios. El lo explica así: «Siempre he creído que la poesía es un género
popular, y que hay que restituirle esa cualidad que tuvo en su origen. Por eso volví
inseparable la producción poética de la actuación pública».
Juglar moderno, entonces, poeta caminador a lo largo y ancho del país que,
como señala en unas lineas que preceden la «Antología de Juan», «recorro
interminablemente por pasión y por oficio de andar diciendo la poesía,
devolviéndosela al pueblo de cuya formidable aventura me nutro».
Teje leguas hacia todos los rumbos de la República, va y viene por ciudades
y pueblos —incluyendo no pocos lugares donde se ignora la poesía
contemporánea, porque no ha llegado ni impresa—. Un día recita ante campesinos
en un rancho remoto y otro en festivales Folklóricos, como los de Cosquín o
Baradero, ante millares de personas. Es cierto que lo respalda su popularidad como
autor de zambas y otras canciones nativas: unos cien poemas suyos llevan música
de Matis. Ariel Ramírez, Tito Francia, Horacio Guarany, César Isella, Eduardo
Gómez —director de «Los Trovadores»— y otros. Eso le permite establecer desde
el principio una mayor comunicación con su público. En Buenos Aires, los
espectáculos montados por él, con acompañamiento musical, tuvieron cálido eco,
como «Ahí va Lucas Romero», presentado en 1965 en el Nuevo Teatro con
escenografía de Carlos Alonso, o sus recitales en el Luna Park, en teatros, peñas,
clubes, en veladas culturales.
Esta es una experiencia muy poco común en nuestro país, donde no es nada
frecuente la comunicación directa entre poetas y masa popular. ¿Cómo lo consigue
Tejada? El contesta: —«Mirá, eso depende de las condiciones en que das el recital.
En las provincias, por ejemplo, si tenés la posibilidad de dar la poesía a la gente
como un hecho natural, la recepción es inmediata, y también idéntica a los grandes
centros culturales. El único problema, en todo caso, es que no existe la costumbre
de asistir a espectáculos de poesía».
Georges Mounin comenta1 la creciente difusión de la poesía en Francia por
vehículos distintos del libro: la radio, la TV, el disco, etc., lo cual ha permitido que
la mejor poesía vuelva a ser oída en voz alta, aventando la pretensión intelectualista
que la confinaba a la lectura solitaria o susurrada. Tras aludir a poetas famosos
«que escriben tan bien y hablan tan mal», Mounin apunta una idea interesante:
«Gracias a las nuevas técnicas, puede ser que la poesía deba readaptarse
físicamente a ese instrumento maravilloso, difícil, completamente desconocido
para la mayor parte de nuestros poetas: la voz humana —la inflexión, el timbre, el
tono de la voz humana de nuevo encarnada».
Algo semejante he pensado escuchando a Tejada, su voz sonora que da el
relieve justo a cada imagen y a cada concepto, su dicción sin amaneramientos,
fresca y rotunda como sus poemas, que parecen haber sido creados al aire libre, o
al ritmo de la guitarra, vibrando a la par. Quizás esta asociación de voz y creación
literaria sea uno de los tantos secretos de su visible impacto en quienes lo
escuchan.
Suele producirse un hecho como este: en alguna asociación de intelectuales,
cuando se dan conferencias gratuitas, sólo asisten unas pocas decenas de personas.
Pero si se trata de un recital de Tejada Gómez, la sala se llena con quienes han
debido pagar la correspondiente entrada. Por eso es un poeta rentado por su
público, un público que se amplía constantemente…
Y este es un fenómeno apasionante, que merece ser analizado. Porque
implica el elogio, tanto del artista que ha sabido hallar el camino hacia la
sensibilidad de su pueblo, como de este, que va a su encuentro, y comprende que
en nuestro régimen social, para que el poeta pueda mantener su independencia,
tiene que retribuirlo como a cualquier otro trabajador.
Libre de mecenazgos comprometedores, de la trampa de editoriales, revistas
y otros medios de difusión más o menos monopolizados, que presionan sutilmente
a los creadores para castrarlos de algún modo, el poeta afirma tercamente su
derecho a prescindir de los poderosos y a darse íntegramente a lo que sabe justo.
Que ya lo proclamó Hernández: «Yo digo lo que conviene / y el que en tal güeya se
1
«Poésie et Société».
planta / debe cantar cuando canta / con toda la voz que tiene». Pero decir lo que
conviene —al hombre, al país, a la humanidad— es un lujo bastante caro. Y hay que
pagarlo. A Tejada se lo pagan entre muchos, entre los suyos, entre todos los que le
agradecen ese estremecimiento impar suscitado por sus poemas y canciones.
Que tal cosa suceda hoy en la Argentina, obliga a admitir su trascendencia
cultural y a la vez político-social. Porque confirma la avidez de nutridas capas de la
población por acceder a las distintas formas de la cultura, pese a tantos obstáculos
que se le oponen. A compás con la creciente lucidez y decisión con que
trabajadores y pueblo libran sus luchas para superar el agrio presente argentino, y
a tono también con los cambios que avanzan en el mundo, los artistas se acercan en
mayor número a las inquietudes y afanes de sus compatriotas, se definen más
certeramente, y en recompensa reciben ese afecto múltiple que para aquellos
resulta un limo irreemplazable.
Y eso es lo que particularmente está ocurriendo con Armando Tejada
Gómez, tan viñedo y cordillera, tan mendocino de pies a cabeza y tan argentino
por sus raíces, y por su follaje tan universal.
ALFREDO VARELA
A Domingo, Glorianit
y Paula,
que tienen toda una Patria
por delante.
«Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también».
(WALT WHITMAN, según León Felipe).
DISCOGRAFÍA
«SONOPOEMAS DEL HORIZONTE».
Edit. Juglaría, Buenos Aires, 1964.
«TESTIMONIAL DEL NUEVO CANCIONERO».
Poemas y canciones con Oscar Matus, Edit. El Grillo-Juglaría, Buenos Aires,
1965.
«POEMAS Y CANCIONES EN DIRECCIÓN DEL VIENTO».
Poemas y canciones con Ramón Ayala, Edit. Estudio, Buenos Aires, 1965.
«CANTORAL DE MI PAÍS AL SUR»
Editorial Juglaría, Buenos Aires, 1966.
«LOS OFICIOS DEL PEDRO CHANGA».
Poemas y canciones con el conjunto popular folklórico Los Trovadores.
Editora CBS COLUMBIA, Buenos Aires, 1967.
«POETA DE LA LEGUA».
Sello Qualitón, Buenos Aires, 1970.
«CANCIÓN CON TODOS».
Poemas y canciones con Rosa Rodríguez Gerling, sello Trova, Buenos Aires,
1971.
«LOS POEMAS QUE CANTAN EN COSQUÍN».
Con H. Lima Quintana, Manuel Castilla, A.Petrocelli, A.Feovaro y otros,
sello Azur, Buenos Aires, 1972
«VIETNAM».
Con Inda Ledesma y Héctor Alterio, sello Pincen, Buenos Aires, 1972.
ESPECTÁCULOS
«POEMAS Y CANCIONES DEL HORIZONTE».
Con Mercedes Sosa, Oscar Matus y Tito Francia, Teatro IFT, Buenos Aires,
1964. Teatro Universal, Montevideo, Uruguay, 1964.
«AHÍ VA LUCAS ROMERO».
Con escenografía de Carlos Alonso y música de César Espejo, NUEVO
TEATRO, Buenos Aires, 1965.
«RESURRECCIÓN Y CANTO DE LA COPLA».
Con César Isella, Marían Farías Gómez y el conjunto folklórico popular Los
Nocheros de Anta, FOLKLORE 67, Buenos Aires, 1967.
«LOS OFICIOS DEL PEDRO CHANGA».
Cosquín 1968, Córdoba, con Los Trovadores.
«AMÉRICA JOVEN».
Con César Isella, Teatro El Círculo, Rosario, 1968.
«INFORME CANTADO DEL NUEVO CANCIONERO».
Con César Isella y Los Trovadores, Teatro Odeón, Buenos Aires, 1972.
«AMÉRICA A DOS VOCES».
Con César Isella y escenografía de Carlos Alonso, TeatroI. F. T., Buenos
Aires, 1972.
ESCRITURA EN LA SANGRE
Ando con el sol lejos y de paloma herida, en tanto el día náufrago transcurre
en la memoria, golpeado por las cosas que mueren despacito detrás de las palabras
y demuelen las ganas y juntan soledad a manos llenas.
Un aire de sudeste humedece el silencio, pasa y no vuelve, cruza violando
las ventanas y agita las polleras de las oficinistas por ausencia de flor sobre los
muros y en los fríos despachos donde la muerte suma discretos memorándums,
facturas, porcentajes, números temporales como cualquier olvido.
Así, con un regazo de luz a medio luto, camino, reconstruyo el cereal del
tiempo, uno por sus mitades la mañana y el río, para que tenga el cielo su debido
horizonte y los niños no caigan al sueño sin paisaje.
He asumido este oficio sin darme cuenta: soy el que desentierra las cosas
perdurables. Y es que la ciudad olvida que necesita un duende que ordene la
alegría y suelte las abejas y mire, todo un siglo, la antigüedad del pájaro.
(Han omitido al grillo en medio del tumulto. La soledad, sin puertas, vive y
muere de espaldas. No advierten el peligro de sus breves prisiones y corren a su
prisa sin verse los candados. No sé. Yo no recuerdo cuándo ocurrió el olvido.
Nadie puede saberlo: son siglos de olvidarme).
Algún rey, un remoto señor de aleves ojos, traspapeló el infolio entre el
polvo canalla. Después, cuando vinieron los barcos por el río, cuando el hierro
entró al viento, cuando creció la sombra del primer cabildante, un día tras del otro,
entre mercaderías, entre hombres y relojes, entre tasajo y pan, cuando entre sal y
cuero se fundaba el olvido, mi voz bajó a la tierra junto al encomendero y el
soldado y el loco abuelo Trapalanda: traían las espadas, caballos, herrerías y la
palabra siempre y todas las palabras, para hacer un idioma de dura maravilla y
construirnos leyendas de asible eternidad.
Es difícil saber en qué memoria vine, cómo me fui cayendo de la copla hacia
el aire, qué corazón nombraba la nostalgia por dentro, qué mano inmemorial me
escondió en la guitarra.
El caso es que una noche me despertó la luna
y descubrí la tierra
y era un país mi sangre.
ARMANDO TEJADA GÓMEZ
PACHAMAMA
1953/1955
PACHAMAMA
(Fragmento Canto I)
Estaba.
Era anterior.
Como fuego y no sólo como fuego.
Eran caparazones andando para fósiles,
fémur como camino,
costillas como abrazos,
esternón donde estaba el temor como un hueso,
tal vez un clamor ciego,
un alarido solo,
tal vez,
primera carne animal y pesada,
sobre lo que ya estaba anterior,
bruscamente:
desde cuando la tierra se ensanchaba, girando
por entre torsos ígneos,
con triunfos de volcanes, cráteres, cordilleras
violentas como espaldas.
Tal vez ya preguntando por la hierba y el agua.
Estaba.
Era anterior.
Tierra venía a ser. Inevitable era.
Venía a su crecer rompiendo las estrellas.
Por millares de noches
sin luna y como un grito
que mordiera en el tiempo, monstruosas cabelleras
de lava y refucilos,
de totales tormentas.
Venía como un niño,
umbilical, rabiosa,
revelando el relámpago,
proclamando la piedra,
instaurando estampidos,
el fragor, la intemperie,
domando astros venía,
hurtando espacio, sombras,
desde allá, del vacío,
a procrear el llanto, la música y la fiebre.
A inaugurar el hombre,
desde entonces, la tierra.
Remota y sin caminos,
venía simplemente.
Hasta los meridianos, hasta erguirse en los polos,
hasta alzar la cabeza sobre todos los soles,
hasta ubicar su abdomen caliente, enardecido,
hasta repantigarse sobre toda la noche:
la que se abrió en el cielo para siempre. Final.
Así venía tierra, así venía entonces:
como un grueso esqueleto rondando el universo.
Venía,
simplemente,
a quedarse en la noche.
Nadie soñando, nadie.
Los peces en silencio.
En aquel, el silencio anterior a los peces.
Nadie hurgando raíces.
Digo desde el comienzo.
Antes de los pastores
que vendrían con perros.
Sin susurro y silbidos
de los bosques y el viento.
Antes de lo crecido.
Cuando no se nacía:
desde la misma, oscura, médula del silencio.
Desde allí tierra, digo.
Nadie.
Antes de la semilla y el sabor de los muertos.
Como si viera, digo.
Como al dorso del hombre.
Como tras de la sombra que venía conmigo.
Igual que regresando por abuelos perdidos
hasta la roca, el cauce,
la caverna distante, los rastros infinitos.
Como si fuera andando por raíz de osamentas
que ignoraron el grito.
Volviendo, para siempre, por llantos y alaridos
hasta el primer gigante.
Hasta el primer rugido,
hasta la primer vértebra del primer asesino.
Como de vuelta, andando,
por un gran nacimiento que subiera conmigo.
Tal vez para indagarla deshabitada, ciega,
para anotar preguntas, informar cómo ha sido,
para saber las nuevas, primeras intenciones
de su abdomen henchido, de su entraña gestando
el pez,
la clorofila,
el primer vuelo hambriento,
la primer blanda carne del dolor y el olvido.
Andando, regresando,
de raíz y hacia abajo,
hasta la misma magia de la canción y el grito.
Crepitaba y dormía.
Tal vez movía un brazo y hacía una montaña.
Era el primer, enorme, ademán sin medida:
tierra como una orgía.
Me pronuncio en pedazos,
con la voz en astillas,
con mudos movimientos
de mi aguja perdida.
Todo en dedos punzantes.
Hondo hasta la cintura.
Me pronuncio en raíces
como un hábil pocero
que cantara, allá abajo,
cierta faena oscura,
cierta insolente vida.
Se mueve, sin embargo,
con cierto ritmo loco de incontables rodillas.
Viene de muy abajo, candente, misteriosa,
asciende reventando: bosques, países, cimas.
La voz a ras del polvo.
Canto como en cuclillas.
Un tambor subterráneo se sacude en la arcilla.
Entonces bostezaba rugosas cordilleras.
Con rudos ademanes restaba altura al cielo,
lanzando el Aconcagua al ámbito y la estrella.
Sismos tenía entonces.
Una muerte de arenas.
Rumores imprecisos danzando en las tinieblas.
La voz, la voz de boca,
hasta saber el gusto del tiempo y de la tierra:
le transcurría el fuego,
le andaba por afuera,
una hoguera fantasma gozaba su inclemencia
bajando las montañas, los valles, las estepas,
hasta morir en roca y detenerse en piedra.
Se parece al recuerdo.
Como si lo supiera.
Tal como si tuviera su misma edad,
recuerdo,
la tierra ya en la tierra.
En su lecho de oxígeno: grávida, tensa, lenta.
Ya bramando sus partos:
el anfibio,
la fiera,
la flor en los peñascos,
todos los dinosaurios,
las alas y la selva:
un fragor de latidos conmoviendo el planeta,
la tierra enloquecida,
jadeando,
parturienta.
Me concierne del tiempo.
He aparecido. Vengo.
La voz como un cuchillo
que estuviera naciendo.
Erguido.
Ya de pie.
Creciendo.
PAMPA Y ZONDA
(Fragmento Canto II)
Después, desolaciones.
Después, extremidades.
Un mapa de jarillas inmerso allá en el alba.
La pregunta de lejos…
La gran pregunta alzada.
Por aquí anduvo el alma su trecho
y su distancia.
Venían norte ardido.
Venían sur helado.
Con senos, genitales,
con los hijos colgando,
sin tiempo de la risa,
sin tiempo del cacharro:
la sed por donde muerte y estupor arrastrado.
Hablo mi viejo niño.
El buscador del agua.
Indigesto en quirquinchos, raíces, alimañas:
un cierto hambriento niño por donde vida, andando.
Entonces monte enano.
La tierra que sudaba la famélica espina,
la raquítica planta.
Eran desolaciones: abismos de la Pampa.
Por allí remolinos con la lengua de brasas.
Eran largos castigos callados,
solitarios.
Acechando la cueva,
oliendo las distancias:
por donde sol jadeante y la carne quemada.
Muerto hasta la laguna,
marchita flor del agua,
venía desde dónde a jadear la plegaria.
Ya el dolor en la carne.
Instalado.
Punzando.
Alojado en la nuca.
Bajo la piel clavando,
por donde los quejidos, brújula del gruñido,
por el pecho y las manos.
Era tropezar huesos.
Los pies cambiando arenas,
la sombra sin lugar,
el rastro sin regreso.
Creciendo por sus hombros,
venía en sequedades ahogado de salivas,
chupando sed del barro.
Entonces,
perspectiva de todo lo que estaba horizontal,
lanzado,
un universo plano
cavando para el hombre hondura en las visiones,
aquellas cavidades,
aquel pozo en la frente de aturdida mirada,
pando bosques de espinas,
y él por la boca abierta,
despierto en los chañares.
Moría la laguna
y de nuevo en el tránsito.
De nuevo el paso ciego,
el paso,
arena,
el paso,
la aridez, la distancia,
como una flor rugosa sobre el mar,
marchitada.
Con el sol en la espalda,
borroneado el semblante,
volcados sobre el pecho sus dos ojos quemados.
De nuevo paso ciego.
El paso,
arena,
el paso.
La agonía en el tranco.
El sol viene del sol
hasta la tierra en tierra,
en el hombre curvado
cae como una hoguera.
Se le sienta en la nuca,
le hace fuego en las vértebras
y el hombre es por su paso un sauce de la arena.
Todo el silencio abierto entre la polvareda.
Fauces las extensiones. Una infinita lengua.
LA MONTAÑA
(Fragmento Canto III)
Decúbito montaña.
Aleación de siglos en las venas dormidas,
la arcilla,
los metales,
el corazón de roca,
la garra del chañar como un ojo de espinas
buscando la raíz genital de la atmósfera.
Del herido costado, rojo torrente quieto.
Claveles, sus pestañas,
y la flor desolada,
esquivan por la sombra las cuchillas del viento,
la voz sur del planeta,
silbando sus pulmones de tempestad y nieve.
El pedregal lo sabe,
lo sabe hasta la cima,
hasta su dedo oscuro hurgador de las nubes,
hasta el perfil del mundo,
hasta la crin de piedra fatal,
final de hielo.
Hasta la ruta azul y el vuelo de la estrella.
Anduve en tus rodillas
y tus pies mendocinos,
respirando.
Con ninguna canción,
medido con mi muerte,
escalando.
Escalando y arriba,
en la nuca del mundo.
Abandonando el árbol,
resbalando en tus cruces,
hundiéndome en tus grietas,
con la voz a callar
y la roja guitarra de mi garganta,
rota.
La cima por la cima,
el viento por el viento,
la piedra por la piedra,
el agua por el tiempo.
Rodando en los colores
por el color abierto,
con los ojos exiguos,
con la belleza a cuestas,
sin nombre,
sin lugar,
por todo el estupor que escurre dimensiones,
la medida del pecho angosta entre las manos,
contraluz y deshecho,
con la belleza a cuestas,
sin contener el prisma,
sin darle residencia,
huyendo y evadido al número y la estética.
La distancia de arriba
se me cae al silencio.
Perenne original.
Campana de cavernas,
interrumpiendo el cielo con tus senos de piedra.
Toda tu piel de nieves,
tus venas cristalinas,
me suman,
me violentan,
cierta pregunta dura,
cierta cosa concreta,
total,
establecida
como una anatomía de mi raíz y el tiempo,
hundida en precipicios, alzada en tu osamenta.
Liberada del año que me corre la sangre
y me encoge los huesos,
te duermes con tu lomo falaz,
intransitable,
lanzándome el bostezo de tu peso callado,
de tu círculo pétreo.
Neutral de mi carne,
el latido y el sueño,
te quedas por tus cúspides
con el rigor encima,
con el rigor adentro.
Tus lavas engarzadas,
tus hombros permanentes,
tu risa mineral,
tu corazón de vientos,
tus cráteres fantasmas,
tus eruptos de Zonda,
tu muslo inexpugnable,
tus arterias de peces,
me dejan en la vida,
corriendo por mi plazo,
por mi instante de voz,
por mi hora candente.
Librado a la ceniza, al jugo y a la espuma,
con la oscura sentencia de crecer hasta el muerto
que modelo,
retoco,
bosquejo y alimento.
Me he perdido en tu noche,
vecina de la luna,
tenaz en el esfuerzo de huir de mi garganta,
integrarme desnudo en tu lengua silente
y estirarme en el vértigo de la nieve y el agua.
Cada latido nuevo se me va de la vida.
Y con cada palabra se me va una palabra.
Tengo una loca angustia de quedarme en los dientes,
correr,
juntar la vida,
apresar el oxígeno
y quedarme,
crecer,
por las raíces y arbustos,
contra toda tu piedra,
contra todo tu hielo,
contra tu pecho,
contra toda tu espalda,
irregular,
desnudo:
como una mano múltiple de raíces y sangre
sacudiendo tus hombros de vacío y campanas,
circular,
extendida,
aferrada.
No sé sino tu gris guillotina de roca,
tu trama de quebradas,
tus crines de vertientes.
No sé sino tus duras quietudes obstinadas,
tus castillos de mármol,
tus codos de pendientes.
No sé sino una sorda canción de minerales,
elemental
y madre del corazón adentro.
EL AGUA
(Fragmento Canto IV)
Muy al fondo, y conmigo, me huele el cuerpo a agua,
me sabe a sal lejana, a diluvio remoto,
irguiendo hasta los ojos mis entrañas solares
cruzo un túnel de herencia, de gérmenes hermanos
y desde todo el tiempo de anunciarme en el alba,
un oleaje turbio me oprime los dorsales,
una sorda memoria de mar bajo la noche,
un caracol al rojo zumbándome en el pecho,
un gran parto de estrellas licuadas en la sangre,
navegándome el grito, la soledad, el miedo.
Y nítido. Vibrando. La piel. El territorio.
Adentro Tras el ojo. Clámide con los huesos.
Un vaivén con la luna, un naufragio en la boca
me libera anchos barcos de tránsito, naciendo.
Testimonio conmigo, voy y vuelvo en el sorbo,
desgajo ciegos rumbos de la sed sin espanto
a nado en el más último refugio de mi carne,
hundido más abajo del mundo de mis manos,
allí, cuando levanto la mitad de la noche,
peces inmemoriales me interrumpen la frente
y empujado en la índole, como un río al océano,
alto de ser el hombre la desciendo. Y desciendo.
… Luego,
toda la luna se partió sobre el mundo
y un presagio de anfibios nos ciñó la cintura.
Succionaba hacia afuera
como al centro de un astro
carnal que derribara estrellas con la espalda,
dura,
calladamente,
sonido entre la furia se volvía a su vientre
lenta de atar al viento por sus ágiles manos,
por su potro de azufre, por sus zonas de llamas,
lo sujetaba a fondo con un témpano arriba
basta desmadejarle su envoltura de pájaros.
Lenta luna moviéndose,
de hierro con sus párpados,
fieros cráteres rojos le cayeron al alba,
silenciosa y caliente soledad desmayada
de paso por la noche desnuda de animales.
De cuajo y ya girando
trepó la lejanía,
la distancia en un rudo paisaje de las sombras,
de cuajo,
trepidando
mudó el peso a su entraña
cabalgando su órbita, lejana y de cenizas.
Luego,
toda la luna se quedó sobre el mundo
nadando en una noche de frío y de silencio.
Entonces bajó el agua,
se nos vino al regazo,
inundaba los valles de líquido y nacía,
fue un diluvio de muslos,
de torsos desde el cielo,
un gigante cayendo con la sal en los dientes,
sobre el sorbo y la gota, a contraluz y en tiempo,
netamente de música, de bronce netamente.
Fue cuando vino el agua sin réplica y a fondo,
chorreándole la espuma de flanco a las tinieblas,
volcada por sus hombros como una sola noche,
como un solo suceso de exprimir las estrellas,
vino el agua subiendo las rodillas del mundo,
se volcaba vaciando cataclismos de hielo,
sordamente de música, fieramente cantando,
se nos venía el agua de océano en océano.
Con un naufragio a solas, con un hueso de témpanos,
bajó entonces el agua. Densamente cayendo.
LA RAÍZ DEL CANTO
Recordar los orígenes:
que la piedra es la piedra, el árbol
es el árbol y la tierra es la tierra.
Que la carne, tu carne, mi carne, se repite
igual: originaria, animal y primera.
La tierra está en la tierra,
y el hombre sobre ella con sabor de raíces,
volviendo del fantasma con el amor a cuestas
como un hombro de luz.
Un río de preguntas agotado en respuestas.
El hombre es lo que ama: mujer, luna, alegría,
cierta ebriedad del pulso, hondo reloj de arena
con su gota de sangre.
Pero una gota insomne como el sol.
Atravieso sus carnes
andando desde su alma.
Apartando los climas
hasta mi rostro vengo.
Ahora reclamando.
Con la salud de tierra
cultivo la protesta
por la risa y la vida,
por un canto de auroras
que se abra hasta en las piedras.
Vengo por mi muchacho, callado,
color tierra.
Vengo desde una altura, desde un fondo,
una fuerza,
vertical,
permanente,
a preguntar los rostros,
a preguntar la ausencia.
Quiero alzarlo conmigo,
proyectarlo en la siembra;
quiero arrojarlo al mundo
como una carcajada que nunca se rompiera.
Quiero ponerle el rostro sobre luz,
sobre espigas,
sobre los engranajes,
las matanzas,
las ferias.
Hurgo por las ciudades, deshago la herramienta,
diluyo los papeles,
los números,
la encuesta.
Por todo el mundo muerto.
Final como una hoguera.
Deshojado en el hambre.
Inerte en la tormenta.
Pregunto por su sombra,
adónde se lamenta.
Ahora reclamando
vengo por mi muchacho
que anduvo por el germen,
que descubrió la tierra.
No tengo voz en súplica.
Transpiro los clamores.
Reclamo la sonrisa que ahogan indefensa.
Mi madre ha denunciado
el reguero y la huella
y estoy recuperado del castigo y la ofensa
de pie,
en el torbellino de mi salud violenta.
Vertical,
desprendido:
por un canto total con sus plurales fuerzas.
Muchacho de los pómulos,
por hacerte de nuevo,
sacudiría toda la euforia de la quena,
invocaría tierra,
amasaría estrellas.
Por dónde,
por qué rostro,
por qué plegaria hueca
anda tu piel perdida,
tu epidermis de orígenes,
tu sangre indescubierta.
No me nombren las razas.
Pregunto por el hombre que se quedó en la muerte.
Adonde los progresos,
las civilizaciones,
adonde los imperios que lo desagotaron
hasta piltrafa y seco.
No me nombren países
ni grutas de silencio.
Alzarlo.
Levantarlo.
Hermano yo contigo.
Hermano por tus llantos.
Hermano por tus huesos.
Digo el hombre de a uno,
personalmente uno,
singularmente este,
nacido como el libro: de uno por vez,
de a uno.
Dónde tu voz, pregunto,
tu cansado martillo,
tu música de músculo,
tu sueño sumergido.
Estoy en la esperanza.
Despertarás conmigo.
Con un pan, una estrella
y un poema de niños.
Me devuelvo a mi sombra,
escruto el intersticio,
tengo la gran locura de reírme contigo
por un tiempo de soles,
por entre los países,
aún mayor que el llanto
que horadaba mi ombligo:
los sudores siniestros,
la mugre de los siglos,
las sirenas de acero,
los progresos fallidos,
aún mayor, tú mayor
esparcido en la tierra,
esperando los siglos.
Te brotarán las madres
por el júbilo herido.
Que te talle la aurora
una línea desnuda.
Que el mar murmure voces
que afinen tu laringe.
Que del bosque y la selva
guardes olor de pinos.
Que vengan las montañas
a darte la estatura.
Que un mundo de arcoiris
te incruste los colores.
Que te inunde el paisaje
la boca y los sentidos.
Por fin recuperado
te anuncio y te contengo.
Muchacho color tierra,
por la tierra te espero.
Me quedaré en canciones
para tu buen regreso.
Te guardaré canciones
de mis viejos vecinos,
que te aguardan despiertos
con guitarras y vino.
Te cantaré sus cantos,
unísonos conmigo.
Desde las rosas, lluvias,
entre el alba y enero.
Por los rocíos, vientos,
entre brisa y silencio.
Sabor de fruta abierta.
Risa de vida plena.
Transitando tu arteria
regresarás, muchacho.
Cabal, como una roca,
te espero en el abrazo.
Estás bajo los trajes,
por entre los zapatos,
en las conversaciones,
el oro y los bolsillos.
Estás diseminado,
inútil, aguardando
la guerra y los venenos,
las órdenes y el vicio.
Estás por entre libros como flor olvidada,
recordando la página
a dioses aburridos.
Estás en las mentiras
y en las contradicciones.
Entre desorientados
suicidados contigo.
Por la fe de panfletos,
por los diarios y el cine.
Estás acurrucado.
Te denuncio, te acuso el rostro y la mirada.
Ahora te recuerdo la abierta Pacha Mama,
tiempo y tierra que aguardan
tu despertar,
tu sino,
tu salud de la muerte,
tu alegría del grito,
el amor por tu carne,
la risa de estar vivo
diseminando niños:
con un juego de lunas,
la uva y un barquito,
que se pierde en la acequia
jugando a infinito.
Estar.
Permanecer.
Vertical.
Estar para el amor, simplemente,
creando
el camino del hombre que estamos aguardando.
Me pierdo por los besos,
la canción,
los abrazos:
las brújulas brillantes, universales,
blancas.
Llamo desde mis hombros las grandes resonancias
con un vaso de vida chorreándome las manos.
Nunca más de rodillas,
nunca más a pedazos,
nunca más a la muerte
sin haber respirado.
Nunca más como topos,
nunca más acosados.
El hombre por sí mismo
hasta él mismo lanzado,
hasta su envergadura,
hasta el hombre soñado.
Nunca más a las armas,
nunca más el soldado.
Proyectarse hasta el otro,
hasta el mejor logrado.
Búscate por tu rostro,
lávate con mi canto.
Estoy en la esperanza.
Despertarás conmigo.
Con un pan y una estrella,
alumbrando los siglos.
TONADAS DE LA PIEL
1956
EXISTENCIA DE LA ARENA
La arena es piedra ausente,
camino por el aire,
sumiso vuelo intacto del agua, milenario.
Dulce vientre del río.
Madre de húmedo torso.
La arena es un silencio
viejo de andar callando.
Pedacito del tiempo,
mínimo sol charango,
terrestre golondrina caída a lo lejano,
tu misterio anchuroso le cabía a la noche,
cuando el viento soltaba su melena en el ámbito.
Y un hondo son contigo.
Y una lengua quemada.
Y una leña terrible se lamía en la llama,
se besaba en el fuego ancho de su verano
extendida en el mundo como un país de cuero
crujiente, ardiendo, ardía: de distancia a distancia.
La soledad subía, luna muerta en el aire,
su paulatina greda, su contorno callado,
nos venía juntando germen, sol y subía
volúmenes de arcilla,
duras tumbas de cuarzo.
Todo cayó al camino,
besó lo triturado,
ató el rumbo a los ojos,
preñó el clima de pájaros.
Se dormía en la tierra,
más bien sangre de abajo,
mármol remoto, océano,
infinito besándome:
mojadura de estrellas,
noche yendo en los ríos,
latido desde el agua.
Toda la arena supo, inundó lejanías,
fue rodando y cayendo, rompiéndose
y alzando
su muda edad severa triturada en el año.
Porque no cupo entonces sino como un gemido.
Porque lo venidero le colmó las entrañas.
La ausencia cómo sabe su rostro diminuto,
su cántaro molido, sus regiones violadas
y cómo desde el mundo va juntando el camino
donde baja a la sangre a morir y a quedarse
obstinada en su sueño. Definitiva madre.
Esta es toda la arena: altura derrumbada,
lengua del agua, espuma, anfibio clausurado,
nativa y horizonte, badajo de la noche,
caparazón del tiempo, tortuga planetaria.
Queda decir que el hombre, que andar, que lo nombrado,
que de todo lo cierto tuvo un trozo guardado,
que lo fósil le escribe un diapasón inmóvil
donde el helecho puso su sombra descarnada
y que en lo dulce duermen sus trigos minerales.
Ahora viene conmigo. Yo la vengo cantando:
ayayay de la arena,
niño desierto,
rama,
todo el año supimos la voz de la guitarra
y de hermano en hermano,
de caminar traemos,
el corazón legüero golpeándose, sonando,
porque el país lo sabe,
su silencio en nosotros,
que lo profundo sube por un párpado solo,
viene de repetirse, sale a fundar el día,
y a hinchar de un mismo júbilo la semilla del hombre.
Cuando toda la boca se parte en las canciones,
cuando estamos enteros desfondando la tarde,
cuando la primavera despereza la tierra
y nuestra voz sacude su pollera de sauces.
Entonces. Cuando siento que el vino te transita
como un humo caliente con su piel derramada,
presumido en su trópico, ebrio carnal, jadeo,
danza gruesas mujeres desnudas hasta el alma.
Y fundador contigo,
relator de tus soles,
te muevo las pestañas sonoras,
caminitos,
sintiéndote, sabiendo, nombrándote, vidala.
CANCIONERO DEL CARBÓN
… Pero, macho nocturno,
compacto estrellerío,
su pubertad contiene lo genital del fuego,
una noche votiva de araucaria, un silencio
vegetal todo estrépito
y abismales maderas detenidas en lo íntimo.
Y nunca sé qué voz, qué espeso oxígeno
percute oscuramente su sedimento acústico,
va de noche y cantando, desgajando del aire
chispas de furia sola, liberados relámpagos
y una sólida sombra, resuelta a ser de pronto:
luz violenta y desnuda, flor violada en lo cálido.
Originario adrede, ataúd de los árboles,
un vigor primitivo lo derrumbó del aire,
buscándolo aborigen, duro río sin cauce,
lo fue dejando noche, demorado letargo,
para que siendo insomne verano sobreviva,
sólidamente oscuro, con el clima enterrado.
Tócalo oscuramente, enciéndelo despacio,
que la luz se le caiga de los remotos márgenes,
cávale lo dormido donde el sol le reside,
donde a su leña antigua le sucedió quedarse.
Sólo el helecho es música, sólo un ay subterráneo,
ahí le cruje un gemido de nombre solidario,
ahí le estalla de pronto un timbal encendido,
una cuenca vacía: sólo azul, sólo espacio.
Ahora, carbón, cavándote, dándote en el crujido,
yendo a tu barco muerto, penetrándote el año
donde un tiempo volcánico puso a secar los pájaros,
encuentro las mandíbulas del siglo agazapado,
la hoguera sumergida, un destino caliente,
tu silencio gigante con la cintura en llamas.
Lo que cae a mi sangre lo inmóvil ya lo sabe.
Sucede el crecimiento. El animal sucede.
La primavera eufórica precipita los árboles,
pero inmutable y único, pero raíz del día,
por debajo del grito lo inmóvil ya lo sabe.
Apenas tu penumbra, tu crepúsculo bárbaro,
carbón de un solo muro, integrado pesabas.
Y hubo niebla, hubo el agua, entonces río y luna:
hubo un vapor extenso, nacimientos boreales
y un sigilo gigante de bosques derrumbados.
Se le quedó en un trópico la selva crepitante,
un ruido al rojo vivo,
intransitables valles de tinieblas quemadas,
se le puso nocturno el corazón de piedra
y el calor, vuelto abajo, se le volvió campana.
Porque vino la lluvia, cayó el mar a sus fraguas,
el agua fue apagando la tea en los volcanes
hasta que duramente, soledad encerrada,
el carbón fue creciendo corno una negra fábula.
En su país macizo,
el humo es como un vuelo separado del pájaro
y el sonido es un arduo cadáver,
un sol áfono.
La sinfonía herida le viene de la atmósfera
cuando el fuego desciende por los dientes del rayo
y la médula rígida donde guarda su trópico,
mineral insurrecto,
se le despierta lámpara.
RESURRECCIÓN DE LA CENIZA
Su presencia desciende por el dorso del fuego
a desnudar la última soledad del olvido,
naufragio de la llama,
calidad del silencio,
la impalpable paloma de su muerte desciende
ni madera
ni oxígeno
ni luz bajo sus cejas,
paloma gris desciende,
hasta la permanencia de su vuelo dormido.
Nunca recuerda,
nunca regresa de sus páramos,
nada agita los sueños de su mar sin gemidos,
ya caracol, atrapa las arterias del aire
y le ahoga los rubios caminos del sonido.
De su mundo hacia afuera,
el vegetal construye la savia, alza su día,
la sangre empuja a sangre su animal inviolable
golpeándole la índole con el mismo latido,
la piedra modifica su rostro contra el agua.
Lodo cae y se integra, se recobra, ejercita
la materia multánime, sus talleres profundos,
la trepidante atmósfera donde cabe la vida.
De su mundo hacia dentro, en su número solo,
precisamente inmóvil
la noche suya habita debajo de la noche,
solamente de sombras, de cavidad sombría,
fríamente de espaldas reside la ceniza.
Ajena, sólo olvido,
despedida materia final, extraña isla
donde lo ciego vive de su misma ceguera
y la muerte consiste en saber muy a fondo
que sólo la ceniza va nutriéndole el mito,
que de ceniza sólo existe, que su rito
vive en el mundo exiguo derrumbado del fuego
y que nunca ha existido más allá de ese límite.
La ceniza no tiene retorno en la ceniza.
Su soledad posible fundó la soledad.
La voz se hunde callada bajo su voz perdida.
La sequedad le guarda toda la sequedad.
La derruida intemperie de su intemperie duerme.
El tiempo agotó el tiempo de su mínimo andar.
Del silencio le nace su silencio concreto.
Su ausencia va a la ausencia duramente total.
Nieve de sed, caída estrella seca,
la ceniza resiste cuando el agua le besa
la esparcida materia solitaria, el fragmento
recóndito, dormido, con el que se sostiene,
se sostiene y resiste, fría esencia en su forma,
imperceptiblemente.
Pero húmeda la tierra, su vaho poderoso,
absorberá su entraña nutritiva y espesa,
le romperá a semillas la soledad, lo estéril
y a succiones rotundas la encenderá en el centro,
hasta que caiga al aire, se caiga y prolifere
primaveras, veranos, la dimensión, los jugos,
hasta que un gran tumulto de raíces le muerda
la intimidad caliente donde nada se pierde.
Roto ya lo callado, entusiasta volviendo,
la ancha lengua del agua le partirá el silencio,
de allí vendrá cantando, transformada, dinámica,
cómplice con la savia, todos los nacimientos.
Entonces, la ceniza olvidará su estirpe
y lentamente agrícola, subirá de la muerte.
SAL TERRESTRE
De pronto rudo párpado, lagrimal sin caricias,
fábula del salitre levantado a colmillos,
de un hosco cancionero dormido bajo el viento
y un agrio grito de agua detenido en la muerte
donde la espina cobra su nacimiento entero.
La arena se nos viene de una greda maciza,
de un roce de intemperies, de silencios completos,
se nos cae de piedra como una lluvia sólida,
planetaria y desnuda soledad de la muerte,
soledad con las fauces partidas en el agua
donde tus vidrios ciegos amarran el silencio.
Una lengua lejana te levanta en la arteria,
sonora entre la sangre, ciego mito de siembra:
vestigio que llevabas por un solo camino
donde el polvo rescata su agonía de ausencia.
La sed quema, nos quema tu niñez de ceniza,
tu terrestre memoria sin música, tu ritmo
atado a la distancia con un tránsito viejo
de soledad callando tu soledad entre vértigos.
Esto de venir hondo, de traer un subsuelo
de astrología y yodo, navegando la piedra,
hoscamente en el fondo, en lo sordo sin tregua,
en una muda tumba puesta a sorber el clima,
canta, sal, rudo párpado, sequía en la sequía,
una mordida estrofa de profundas avispas.
Cuando subes la tierra descalza, lentamente,
cuando rocío adentro, rumoreas el hierro,
una ráfaga loca de intemperie dormida
se desnuda en tu centro,
en tu latido a secas,
en tu cruda guitarra de roncos crujimientos.
Blanco abdomen desierto,
casi fuego en el dorso,
una hoguera remota te desciende cantando
su ancho diente de arcilla,
su paladar de arena,
los calcinados ojos de la planta primera,
casi como una furia de astillas minerales
tirando, puramente, de un animal dormido:
negro hueso de abajo,
muda geología,
sombría calavera empinada de chispas.
Llegas como rompiendo vestiduras de júbilo
desde un turbio galope sobre escarcha, creciendo
sobriamente en mis manos dentaduras calientes.
Y entonces, sal del mundo,
extensos de tu nieve,
rudos gorriones fríos,
todos pájaros tuyos,
irrumpen sangre y música de un solo nacimiento.
De parir con un grito de claridad contigo,
toros, piedras, estrellas, lentos niños de trigo.
HUESO FUNDAMENTAL
De lejos crece el hueso,
se busca en la estatura,
va integrando su suelo
desde dentro, empujando
la lenta furia ajena
mordida por la atmósfera,
donde el animal hondo
se apoya con la carne.
Quiebra,
rasga lo denso fuera del movimiento,
sube su duro oxígeno desterrando la sangre,
va, jugo en el latido, asomándose al grito:
rechinando y gozando la rotura del aire.
A pedazos calientes se yergue, agrega, suma,
su paloma esencial a otra paloma
ciega, fundamental, solemne y ciega,
enteramente espesa y dulce luego.
Entonces, ya concreto, va quedando
rígido y espacial: músculo seco,
sostiene el corazón y lo sustenta
con su tambor partido de silencio,
con su crujido bronco y sus abismos
de ajada soledad, alzada adentro.
Sequedad masticada atrás del fuego,
antiguamente espiga, sepultura,
cal, tránsito jadeante, nieve en vilo,
caracol desnudado en la saliva:
hueso descomunal, brújula macho,
heredero talón de los gemidos,
desde su semillero vino andando,
sostuvo al hombre, estuvo, le armó el grito.
Alono andamio, rito, danza pálida,
litorales de sangre le circundan
todo el calcio final, la cueva sola
donde duran los siglos, donde gasta
su témpano ancestral, su estrella quieta.
Desde ahí duele y hambre y sed cayendo,
lloviéndonos la edad, chispa en la chispa,
rumor junto al rumor, lámpara terca.
Desde allí alzó el dolor, vino conmigo,
su esqueleto integral excedió el tiempo.
Y el pequeño martirio vino encima
encogido de llanto, desatando
la espina, la caverna, un viejo diente:
el estupor más hondo vuelto lanza.
Fue arrastrado y vencido y enterrado,
puesto entre roca y viento, hecho a la arena,
roto a trozos de polvo en las mandíbulas
donde el primer sollozo hizo su cueva,
subió por el sudor, vigiló el mundo,
astilla de la astilla, hembra en la hembra
y andando y conociendo y entre muertes
nos rescató la sílaba, nos puso
su lento paso al alma entre las piernas.
Un oficio distante encendió al hombre,
lo encendió labrador, le preñó el hueso
de martillo inmortal, de pala alzada,
de cuchillo buscándose en el cuero
y el albañil de piedra y la cerámica
y el barro vuelto muro fundó el templo,
le vio llegar el vientre, las dos manos,
la ardida consistencia de la arena,
porque un embrión de furia inauguraba
espacios, sol, canales, rudimentos.
Lo que sostuvo queda, lo derruido
pronuncia el testimonio conservado,
despierta la memoria de la tierra
con un severo gesto en las edades,
donde él supo el relámpago y el pecho
aprendió la tormenta atada al rayo,
cuando rotos los cauces de la noche
las aguas siderales se volcaron.
Forjador y racimo, camarada,
sangre buscando sangre y luna y hierro,
dio el rumbo, dio calor, anchas zancadas
por donde vino el hombre y cayó al beso,
por donde subió el hijo a dos latidos
y una madre sin límites trepaba
y la vida llegaba inmensamente
y el hueso, a carne y hueso, la fundaba.
Entonces llanto, látigo, la muerte,
el lecho de furor, la alta pirámide,
la ciudad sin palomas, las banderas
clavándose en la espalda del esclavo,
exprimiéndole el alma, el heredero,
sujetando la historia con un clavo,
triturándole el rumbo, deshaciendo
su médula mundial, su dulce larva,
para que noche y noche y noche a plomo
sumergiera la aurora de la carne,
le absorbiera el rocío, hundiera el día,
le apagara la estrella de las manos.
La pequeñita muerte innecesaria,
lo que quedó clamando, amor, clamando,
el minúsculo padre engrandecido
de tanto repicarse y repicarnos,
trepaba el corazón, buscaba el sitio
lúcido y necesario donde amamos.
Fue enorme leñador, día del árbol,
calendario sudado en la madera,
no sólo piel, también estrella ardiendo
profundamente al alma, al fondo, al hueso.
Allí esperó, guardaba las astillas,
ciegamente esperó, mientras caía.
Fue cuando un hueso enorme, largo, entero,
encogía, callaba, andaba el viento.
De tanto hueso al fin yendo al olvido,
su multitud tremenda ardió debajo
y una furia distante reconstruía
la insurrección dispersa en las gargantas.
Y el día reventó, colmó sus horas,
anegó un mes de fuerza, inundó un año
y a los bordes del siglo fue volcándose
un mar de pies, de manos, de rodillas,
de oscura sumisión diseminada
a lo largo y lo negro de la historia,
donde le residía todo el hambre,
todo el harapo, el muerto, el de rodillas,
el fundador vencido, el alfarero,
el constructor callado, solitario.
Sólido, concretado en su herramienta,
dormido en su labor, su oficio, el hacha,
erguido a puro hueso desde siempre
se ajustó la memoria a ras del alma
y de su frente, sólida paloma,
vino andando sus huesos hasta el alba.
ANTOLOGÍA DE JUAN
1958
COPLERA DE JUAN
Me llamo Juan y no tengo
más que mi sombra en el mundo,
pero como yo soy Juan,
creo en la sombra que tengo.
Ahí donde usted la ve
mi sombra es raíz del tiempo.
Ellos pasan y no creen.
Son tristes y amargos, ellos.
Gente sin sueño y sin Juan
entre la tierra y el cielo.
Ellos pasan. Y ni sueñan
que cuando pasan, yo quedo.
Siempre de aquí para allá,
soy Juan de la tierra y basta.
La Patria se llama Juan
porque es sangre mía que anda.
Vaya donde vaya yo
conmigo avanza la Patria.
A los Juanes nos dejaron
no más de cuatro palabras:
apenas las que hacen falta
para nombrar la esperanza,
pero es que al que siembra y sueña
¡ni falta le hace nombrarla!
Yo soy don Juan Esperanza
y entre semilla y semilla,
le ando deshojando flores
a doña Juana Alegría:
el día que hagamos yunta
¡qué fiesta va a ser la vida!
ANTIGUO LABRADOR
La tierra estaba de antes, señor.
Iban los ríos
como niños potentes ciñéndole el regazo,
lamiéndole la tierna caparazón de greda
con su campana líquida,
sus sales planetarias,
iban los ríos solos subiéndose a los árboles,
mojándoles la sombra, procreando los pájaros.
Y la tierra era un ancho territorio, señor,
porque entonces la tierra no era buena ni mala.
Solamente camino.
Luna de la distancia.
Porque entonces la tierra no terminaba nunca
y el pan era un velero de la espiga lejana.
Pero el viento lo sabe,
siembra su siembra unánime,
la desata de noche con los dedos del aire,
su tránsito caliente le deshace los límites,
la libera de tantos oscuros propietarios.
Yo sé, señor,
yo he visto la noche sobre el campo,
su condición de estrella, su silencio pesado
y digo que no es cierto que puedan alquilarla,
que le alambren el torso, que le vendan la espalda,
porque la tierra entera pertenece a la noche,
al universo entero, al sudor de la azada
que mueve la fatiga campesina del mundo,
la voluntad labriega como una enorme pala.
Pertenece al que sabe
celebrar la alegría de ver crecer las plantas,
al cómplice del sol, al sembrador callado
que pone la semilla como un semen dichoso
y espera, lentamente, el milagro del agua.
Porque sin esta frente,
sin este rudo brazo,
sin el tiempo a destajo de gastarnos las manos,
quién dará testimonio de la vida en la tierra,
quién ha de prepararnos la primavera, el vino,
el fermento gredoso de donde viene el canto.
Por eso yo pregunto, señor: ¿cuándo es el día,
a qué hora, justamente, vamos a rescatarla,
qué hombres vendrán conmigo,
qué canción cantaremos,
qué flores sembraremos dónde está la alambrada?
Digo que este mensaje debe saberlo América,
que no sólo nosotros,
que cada uno lo sepa,
porque hay un continente de tierra sometida,
gordos concesionarios,
carbón comprometido,
hay zonas donde el hambre tutea la agonía
y esclavitud de estaño
y cobre de miseria,
hay trigo condenado a los precios siniestros,
petróleo al que amenazan su primavera negra,
naranjas exportadas con todo el sol a cuestas,
hay niños que no encuentran al hombre,
caen antes,
se van, sonrisa abajo, muerte abajo,
se pierden entre lo destructivo que cae y se disgrega.
Que no sólo nosotros.
Que cada uno lo sepa.
Golpeo esta guitarra elemental: América,
hasta cavarle al medio un pozo de sonido,
hasta ponerle adentro una zamba furiosa,
mi percusión de sangre, señor, este latido
tan pariente del aire,
tan sol,
tan repartido
entre una antigua música de azúcar en nosotros,
para que desde el hombre continental subamos,
almíbar solitario, familia amanecida,
a empujar la esperanza pobrecita,
mestiza,
a desatar las manos de América nativa.
La tierra estaba de antes, señor.
Iban los ríos,
luz con la lengua húmeda,
iban árbol arriba,
a besar el tumulto donde empieza la vida.
Por eso yo pregunto, señor
¡cuándo es el día!
2
Ayer pasé por tu casa.
Te estaban desalojando.
Dónde han de ponerte, hermano,
que no le ocupes espacio
a este señor que es el dueño
de tu techo y tu trabajo.
Porque tu cuerpo le sobra.
Sólo le sirven tus brazos.
En eso anda este señor.
Hay técnicos estudiando.
Dejá que te agarre el siglo
en el medio de la calle
y él en la casa vacía
con el miedo y con el asco.
Ayer pasé por tu casa.
Ya no jugaban tus niños.
¡Se había secado el patio!
MUCHACHA
Recuérdame esta noche y nómbrame en tu idioma,
amor mío, muchacha, territorio de pájaros,
nómbrame en las ciudades donde trepas los trenes
con la amapola herida de tu vestido diario.
No conozco tu nombre, pequeñito y apenas,
tu mínimo poema de una sola palabra,
pero voy pronunciándote cuando digo esperemos
o cuando me transitas hacia dentro del alma,
porque sé que tus rostros tienen un mismo rostro
y tu sonrisa un aire de pétalo del aire,
conozco, sé tu modo de salvamos la vida,
vencedora inmutable, con un niño en la sangre.
Yo te he visto muchacha plural, en las ciudades,
gastándote la magia con la prisa del alba.
Las oficinas públicas, públicamente áridas,
la tienda estrepitosa, la planilla a mansalva,
esas fábricas rojas de devorar, el sueldo,
lamentables rutinas de alquilarte hasta el sábado
y tú, tu nuca tibia, trizada luz, flor pálida,
resistes esa estrecha disposición de enanos
apoyada en tus sueños como en una ventana.
Y el moscardón horario zumbándote el absurdo
para matarte adentro la condición de pájaro.
Las ciudades son turbios demagogos, son esas
celestinas anónimas de la moda, sensuales
como una gelatina de sexo pegajoso,
espesas son, a gotas, turbiamente sensuales.
Las ciudades son fríos hoteles transitorios.
Debe ser espantoso morir en las ciudades.
Porque no han hecho nada por amor, tantas cosas,
porque no figurabas en los planos, muchacha.
Y ya has nacido risa, has nacido tumulto,
has nacido de pronto con un golpe de alas.
Y ahora que has venido, que ya estás, que has llegado
hay que cambiarlo todo, decir amor y amarnos,
clausurar las planillas, postergar las ganancias,
ahora que has llegado con tu fragante risa
qué han de hacer los señores de destino contable…
En horas de oficina bajará mi poema
a decirte en la oreja: territorio de pájaros…
Pero sigue guardando flores en la cartera,
la última dulce carta, un poema de Pablo,
sigue guardando signos de combatir el moho,
subversivos panfletos de construir la esperanza.
Muchacha, estrella nuestra, amor en todas partes,
los poetas cantamos para tu pie desnudo,
para tu sangre diaria,
porque somos la vida y esa sonrisa tuya,
nada más que la vida,
la vida y tú,
muchacha…
3
¡Para cuándo…!
Para cuándo.
Ayer mismo planté un árbol.
Mi hermano ajustó una tuerca.
Para cuándo.
Tengo la casa pensada.
Y una muchacha esperando,
para cuándo…
… ya he cortado la madera
para la mesa más grande
y nunca crece el jornal
aunque la vida haga bulla.
¡Para cuándo…!
Tanto que quiero a los niños
y la muchacha esperando…
¡Para cuándo!
LA CANCIÓN DEL MURO
Nosotros lo llamamos
el borrador del pueblo.
Lo entrecruzan los ¡viva!,
los ¡abajo!, los ¡muera!,
pero en verdad soñamos
la paz y los jardines.
Manos como estas manos,
un tesón de vecinos
lo ha ido levantando
ladrillo por ladrillo,
como quien le pusiera
perfil al horizonte,
flechas, cuyo trayecto
nos custodia el camino,
con esa ortografía de esperanza
llamándonos,
denunciando que hay alguien
que no llegó a destino,
que ha caído escribiendo
su biografía, a mano,
para que nuestros ojos
se la pasen en limpio.
Es posible que ahora
no lo recuerde todo,
que olvide su escritura cabal,
es muy posible
que no transcriba tanta
soledad de los hombres,
tanto abandono, tanta,
fe que no hemos perdido,
que nos han anotado
como una orden del día,
que vamos delegando
de familia en familia.
Tal vez hoy no recuerde
todo lo que hay escrito
en los muros del pueblo
donde todo está dicho.
Hay gente que no puede,
no tiene acceso, calla,
gente que pone toda su voz
en una raya
donde uno aprende frases
de libertad mordida,
versículos de furia,
biblias despedazadas,
hay cronistas furtivos
de la impiedad furtiva,
testigos que denuncian
la historia pasada,
el duro testimonio
del hombre contra el hombre,
un sufrido poema
de cansancio cansado.
Cosas que uno quisiera
aunque después muriese
a condición que tenga
su rosa cada mano,
aunque después muriese
porque aquí nos importa
cómo ha de ser la vida,
cómo hemos de vivirla
hasta agotarle el agua,
como hemos, entretanto,
de bebería y saciarnos.
La muerte es un misterio
necesario y hermoso
cuando uno llega solo,
sin que lo empuje nadie.
Por eso están escritos
los muros de los pueblos,
llenos de roncas sílabas,
palabras mutiladas
y diálogos
y voces
y réplicas
y gritos,
manuscritos a pura necesidad,
grabados
con una transitoria
digital de violencia
que ha trizado el silencio
de ademanes fantasmas.
Daniel
o Pedro
o Carlos,
cuando nada han podido,
cuando bocas lejanas
reían o callaban,
han predicado el rumbo
hacia el pan, hacia el agua
y uno aprende en los muros
que la tierra es de todos,
que entre nosotros toda
la alegría es posible,
que hay que escuchar tan sólo
la voz ronca del muro
solicitar al hombre
la paz
y los jardines.
4
Alto profeta, cantor,
alumbrador de palabras,
soy el pueblo,
la más vieja memoria de la esperanza,
siglos de caldear el pan
me han puesto blanca la barba.
Nunca olvides cuando pases
junto al que sueña y trabaja
que con mi pan
y la música de tu canción necesaria,
confabulados al viento
—molinero de distancias—,
a música,
viento
y pan,
le vamos haciendo el alma.
HAY UN NIÑO EN LA CALLE
A esta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.
Le digo amor, me digo, recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
una oscura vergüenza, la historia, el tiempo,
diarios,
porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.
Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hombre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto,
de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.
Dónde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados,
porque en este camino de lo hostil ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fe, su dolor a pedazos
y ahora necesito saber cuáles sonríen,
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque si no es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.
Importan dos maneras de concebir el mundo.
Una, salvarse solo,
arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra,
un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.
Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándose el pecho con un ala cansada,
no debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.
Cuando uno anda en los pueblos del país
o va en trenes por su geografía de silencio,
la patria
sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
qué historia les concierne,
qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro encuentra
la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales
donde el azúcar sube como un junco del aire,
uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en las fábricas,
hay días que uno andando de madrugada encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.
Y uno recuerda nombres, anécdotas, señores
que en París han bebido
por la antigua belleza de Dios, sobre la balsa
en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario,
en tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son accionistas de los niños descalzos.
Ellos han olvidado
que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños
que viven en la calle
y multitud de niños
que crecen en la calle.
A esta hora, exactamente,
hay un niño creciendo.
Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle…
5
Más bien es largo el camino.
El sol le ha metido un tajo.
Esta mañana tenía
fresco rocío al costado.
Le parpadeaba la luz
sobre el pecho de los álamos.
Madrugué pero fue inútil,
madrugué y al fin de nada
me ha servido la mañana,
ahora vuelvo y el día
ya no me sirve de nada.
Es fiero tener el día
de sobra, como la barba.
Esta mañana lo anduve
silbadito y con más ganas.
Ahora vuelvo con las mismas,
con las mismas y cansado.
¡Puta que es largo el camino
sin silbido y sin trabajo!
PETROLEO Y POESÍA
Abajo
una colmena de inocentes mentales
elabora lo hondo,
duros crepuscularios,
al centro cardinal del sexo de la tierra
la noche geológica pasa rompiendo márgenes
de mineral desnudo, de hierros desflorados,
pasa con un tumulto de espesa sangre oscura
desmantelando el tórrido silencio planetario:
le bulle la colmena a mi país
debajo,
donde yace el petróleo como un río enterrado.
Ya sé que arriba tañen el caballo y la lluvia,
que giran los pulmones de la luz y que el aire
se ahoga de horizonte circular y paisaje,
ya sé que arriba habito a la altura del día,
que la tarde se quema de primavera y luna
con un chisporroteo de cenizas totales,
sé, pero aquí me hundo, bajo y siento las manos
descender las raíces hacia el padre del árbol,
hacia una muchedumbre de sólidos aromas
donde baten su látigo el fuego y los volcanes.
Aquí duerme el petróleo.
Su negro estrellerío sostiene las montañas.
Aquí espera el petróleo.
Un cauce sin sonido bajo el cauce del agua.
Aquí estalla el petróleo.
Sube apartando grietas su bandera apagada.
Recuerda mi país a lo largo y lo ancho.
No olvides mi país a lo hondo y lo alto.
Baja ahora conmigo
a la soberanía mineral de su mapa,
a la intimidad ciega de su vientre palpable,
baja a piel y a tímpanos
y escúchale la vida desmesurada, abajo.
Porque si no, no puedo decirte que vigiles,
que le cuides la antigua calidad de la sangre,
que tus ojos guerreros le protejan la entraña.
Baja ahora conmigo
y habitemos su ubérrima profundidad callada.
Hubo un tiempo de fuerza animal, palpitante,
hubo un tiempo de bueyes, de galopes, de pasos,
tiempos de fuerza viva como una flor o un ciervo,
pero después el hombre la trasladó a la máquina:
le fue multiplicando músculos y palancas.
Desde entonces descienden los hombres a la tierra
a liberar los hombros del petróleo gigante.
Y también desde entonces la ignominia ha crecido
como una enredadera de fusiles y zarpas,
porque cayeron pueblos de pastores, banderas,
muchachos que tenían sólo sed de muchachas,
muchachas que tenían sólo luna en los ojos,
padres con una dulce paloma en las pestañas.
Pulpos de un asombroso parecido a los hombres
compraban y vendían, vendían y compraban,
cipayos de un terrible parecido al desprecio
aún oliendo a muerte fueron condecorados.
Debajo iba el petróleo como un pez a oscuras
navegando la tierra por su paz milenaria.
Desde entonces hay oro y honores disponibles
para aquellos que entreguen a su madre violada.
A un extremo del mundo,
nuestro país levanta su andamio humedecido
de tarea y canciones, de pan circulatorio,
al sur de las estrellas,
su multitud nos nutre como un cálido sino:
gente muy parecida a la gente del mundo
sonríe diariamente con un modo de trigo.
En lo austral de la tierra,
donde el día es un potro de plata repartida,
a ras de piel le zumba el petróleo, florece
por todo el territorio como un oscuro ombligo.
Aquí llegan los barcos, los trenes, los aviones,
llenos de una anacrónica manufactura antigua,
sale también la carne y los fardos de lana
y el sudor y las lágrimas y cifras clandestinas,
por cada tonelada de trabajo nos llegan
dos cierres automáticos y una revista vieja
y a veces, pulcramente, asépticos, intactos,
llegan turbios señores a turbias oficinas.
Entonces gabinetes, pequeños militares,
abdómenes con hombres mundialmente sensuales
y señoras de gustos mundialmente falaces
pactan civilizamos a libras o a dólares
mediante abogaditos de apellidos canjeables,
miran por la ventana y recuerdan la noche
de Irán, de Venezuela,
de distintos lugares donde también pactaron
persecusiones, odios, traiciones, cobardías,
con esa misma náusea y esa misma nostalgia.
De noche,
cuando sueña la ciudad junto al río
y patria adentro duermen la semilla y la mano,
bajo las altitudes de la noche estrellera
olorosa a orígenes de impenetrable rastro,
añejas minorías de sonrisa amarilla
ejercitan la entrega, enredan su camándula
y testaferros pálidos de vocación siniestra
firman su biografía de sumisos castrados.
Gente que no conoce la labor de la gente
está confabulada.
Mercaderes que vuelven ruidosamente al templo
ceban su vieja trampa.
Selectos haraganes de tedio y humo y sífilis
nos asaltan la espalda.
Y ahora es el petróleo.
Dedos, guantes, señores, capitanes de intrigas,
tigres particulares, buscan enajenamos,
sombras con apetitos, apetitos con manchas,
enemigos de baba personal nos socavan.
Constante y largamente
por la prensa y la radio
destilan su narcótico formal,
cifras,
contratos
llenos de viejas trampas
y cláusulas letales
donde por cada pozo de petróleo perdido
llegarán alambradas, gerentes y soldados
que con rara inocencia nos pegarán un tiro
cada vez que la patria nos empuje las manos.
Nos buscan el petróleo, la elemental tiniebla
donde la tierra guarda su potente verano,
para que mueva máquinas velozmente asesinas
sobre la paz del hombre, los árboles, el pájaro.
Y no era para esto que nosotros erguimos
a la faz de las nubes las torres, campanarios
de convocar la siembra y el amor de los pueblos,
de señalar la vida altamente sagrada.
No era para esto que el músculo y el libro
le cuidó el nacimiento, la pubertad acechada
por tristes alcahuetes de lo extraño, traidores
que no son ni ceniza, ni muerte ya, ni nada.
No era para esto, país, amor, hermanos.
Era para que nunca nos ataran el rumbo,
para que nos creciera la atmósfera y el vuelo,
era para ponernos la decisión a fondo
que alzamos la garganta nocturna del petróleo
allá donde la tierra es una extensa mano
y la arena una isla de soledad y oro.
Alzamos la imbatible raíz americana
como un chorro de noche a lo alto del hombre.
Era para ponemos la libertad en los ojos
y no ver sino pueblos, colmenares, guitarras,
habitando la pulpa madura de la patria.
Fue para liberarnos, país, amor, hermanos.
Recuerda lo profundo. Cava en tu propio canto.
Déjate un ojo abierto, país. Cuida tu espalda.
Dormir es una hazaña de peligro asesino.
Déjate un brazo libre mientras la historia anda.
Pon tus hijos en fila. Defiéndete el costado.
Cuídate con tus ríos, tus calles, tus ciudades.
Déjate un grito en vilo. Vigila tus estatuas.
Despliega tu bandera tras de cada palabra.
Haz guardia entre los hombres. No descuides la espalda.
Límpiate de pequeños rencores familiares.
Une a tus grandes niños. Cíñelos con el mapa.
Atales esta arteria vital en la cintura
para que nunca olviden como late tu entraña.
Déjate un ojo abierto para que por él miren
constante y hondamente tus vigías compactos.
Di petroleo y despliega su enorme bandería
hacia todos los hombres que construyen tu sangre.
Albañil, sobre el ala del andamio, no olvides
ni fechas, ni regiones, ni materias, ni márgenes,
el país es un solo contenido, un solo
amor, un solo corazón inviolable.
Recuerda metalúrgico, pastor de acero y máquinas,
que el petróleo, su estambre, su energía, su cauce,
son tan inalienables como tu voz, tus ojos
y el pecho donde guardas la imbatible esperanza.
Campesino, memoria de la tierra, no olvides
las barbas de los ríos, las caídas del agua
desde donde la fuerza cambia el rostro del mundo
y hace temblar de luz las flores minerales.
Recuerda ciudadano, no olvides ferroviario
que el país es tan uno, tan tú y tan nosotros
que ahora no se puede pensarlo de a pedazos
sino como una sola voluntad entre todos,
sino como un violento y cálido puñado.
Asúmelo. Pongámosle el hombro a las estrellas.
Llenémonos la boca de amor impenetrable.
El enemigo es una agonía del odio.
Una derruida garra.
País, fábula nuestra, territorio del hombre,
que mi canción te sea como un viento de espadas
que ha preñado al petróleo con la sangre del pueblo
¡y lo ha vuelto bandera de vida enarbolada!
UN GRITO DE IDA Y VUELTA
Es de andar el país que traigo el rostro
azotado de polen, azotado
por un mapa de viento desmedido,
por una enormidad de olvido largo.
Pasan las estaciones como tumbas
mientras los trenes pasan
desvaneciendo ranchos y chilcales
y regiones de arena interminable.
A veces queda en la pupila, ardiendo,
la sal de una mirada
donde la muerte talla en la pobreza
algún niño de trapo,
y aquella vasta soledad que crece
en la geografía del espanto.
Vengo de andar país. No impunemente
tengo un país delante.
Su gaviota a mi puerta. Sus raíces
de guitarra en la sangre.
Por ser nomás, no soy. Soy si me incumbe
entera su distancia.
Ando territorial y amaneciendo
en el velamen de sus madrugadas,
protagonista de su luz enorme
como una llamarada.
Por eso cuando vuelvo no me puedo
el silencio que me traigo.
De ver el país por dentro no me caben
los ojos en la cara:
rostros y voces, nombres y apellidos
me acosan preguntando
por el futuro que jamás empieza,
por la reforma agraria,
por las postergaciones y el bochorno
del latifundio rata,
por el sometimiento que nos urden
a espaldas del alba,
por el miedo animal que merodea
con sus brujas gendarmes,
por los niños que crecen casi inermes
entre tanta mentira organizada,
entre décadas de hambre y de desprecio
y discursos y salmos
que no cree ni dios porque ayer mismo
un niño murió de hambre
y en La Rural un toro batió todos
los récord de subasta
y en Inglaterra a Borges lo nombraron
doctor honoris causa.
Por eso cuando vuelvo demolido
de ver a mi país crucificado
estalla en mi guitarra como un grito
el silencio que traigo.
COPLERA DEL PRISIONERO
Estamos prisioneros,
carcelero:
yo de estos torpes barrotes,
tú del miedo.
¿Adónde vas que no vienes
conmigo, a empujar la puerta?
No hay campanario que suene
como el río de allá afuera.
Como el que se prende fuego
andan los presos del miedo:
de nada vale que corran…
¡El incendio va con ellos!
No hay quién le alquile la suerte
al dueño de los candados:
¡murió con un ojo abierto
y nadie pudo cerrarlo!
No sé, no recuerdo bien
qué quería el carcelero…
¡… creo que una copla mía
para aguantarse el silencio!
Es cierto: muchos callaron
cuando yo fui detenido;
¡vaya con la diferencia:
yo preso, ellos sometidos!
Le regalé una paloma
al hijo del carcelero.
Cuentan que la dejó ir
tan sólo por verle el vuelo…
¡Qué hermoso va a ser el mundo
del hijo del carcelero!
MUCHACHO DE SEPTIEMBRE
Andar de rigurosa adolescencia: sumido, inevitable, tropezando, como
buscando qué, que no he perdido, náufrago fatigado de los parques,
andar así, mirándome yo mismo y sin tener oficio de mirarme por
solamente ser sólo la vida, con la insolencia del recién llegado.
Uno, de pronto, por la sola fuerza de los días calientes y las ganas
voraces de ser hombre pero al todo, por esas cosas sólidas, cabales,
entra a mirar el mundo que le toca, a solapear las calles donde pasa
ensimismado y solo, tonto y solo, esquivando la luna de los charcos;
uno que apenas tiene los domingos, algún amigo, un nombre y una madre,
se pone a meditar muy seriamente, de pronto, por las calles.
Son días a mansalva, largos días sin puertas ni ventanas.
Uno va caminando dentro de uno y ya no hay dios ni diablo que lo pare.
Cuídense de estos ojos que no olvidan, ¡ojo con esos ojos!, más cuidado,
que uno mismo se busca pero mira y está jugado y es inapelable.
Andar de adolescencia en bandolera es andar de testigo y acusado
por los atardeceres sin orillas, absurdamente ausente de los pájaros,
dolido hasta los huesos, dolorido de las interminables caminatas
con la sangre violentamente inútil y con toda la piel desmantelada
adentro de septiembre, muy adentro: allí donde su flor crece sin lástima.
Uno no aguanta ya que los silencios le apaguen las campanas,
pisa en la tierra donde todo vuelve, entra en el viento donde nadie calla,
porque la cosa empieza en esta esquina, en esta voz empieza, en estas
manos
y entonces no me vengan con olvidos, con bigotes solemnes, con calmantes
y el impune gendarme establecido y el alcanfor letal del funcionario
y el orden remendado del desorden y el guiño corruptor de los culpables.
—¡Quietos ahí!,
que uno no vino al mundo tan luego a sostenerle el taparrabos.
Si me sienten pasar, aún aroma que va de adolescencia y madrugada,
martirizando un tango malherido, violándole los perros a la calle,
si escuchan unos pasos en la noche como alguien que va quebrando ramas,
soy yo que vuelvo de buscar sin tregua la índole materna de la patria,
mi rostro, exactamente, yo que vuelvo de medirme la hombría y su tamaño,
mojado de llorarme en el rocío, aterido de verme solitario
sin paz ni pan ni sitio ni un oficio de loco o artesano,
discutiéndole a dios los siete días que ya no traga nadie
con todo el sinrespeto del que reza y lleva el corazón desocupado;
soy yo que vuelvo de mirarme a fondo y de ver a través de alguna lágrima
la suerte pobre de los pobres de todas las provincias y los barrios
con ese rostro tierra y generosa que no atina a comerse la esperanza
y espera no sé que, que venga mongo
para comérsela y ponerse en marcha.
Si me sienten pisar, alta la noche, el territorio de la luna amarga,
si vuelvo, como vuelvo, amanecido, a mi parte de madre y de regazo,
no digan: crecerá, como quien dice: toda ceniza ha sido llamarada,
porque aquí,
en los naufragios de septiembre,
la vida caudalosa monta guardia.
COPLERA DEL VIENTO
Ando cantándole al viento
y no sólo por cantar,
del mismo modo que el viento
no anda por andar nomás…
Yo soy sangre en movimiento
y él es paisaje que va…
Me gusta andar en el viento
y es porque me gusta andar
empujado por los sueños
y empujando a los demás.
Yo sé que no empujo solo
y hay quien me empuja a soñar.
Tuve un amigo aquí cerca,
corazón de palomar,
le vieron viento en los ojos:
no lo dejaron pasar.
¡Ellos no saben que al viento
nadie lo puede atajar!
Si la piedra es viento quieto
que ha olvidado el arenal,
¡los muros son sólo viento
que el viento se llevará!
¡Ando cantándole al viento
y no sólo por cantar!
PEATÓN DIGA NO
Salir, el viento arriba, cualquier mañana de estas
al día trepidante, izando la paciencia,
insistiendo en los sueños que no se dan y huyen
locamente delante de nuestra suerte perra;
salir, ya malherido por los informativos
y con el diario en llamas por la chispa de América
—corriendo hacia lo de uno urgentemente solo—,
es un fulero asunto, una ronca vergüenza
escondida en el fondo del manso portafolios,
esa tonta mochila del peatón sin tregua.
Yo peatón, me digo con el pecho golpeado
por las humillaciones sucesivas del día,
digo que yo me digo: hay que hacer algo, viejo,
antes que venga el cáncer y te deje en la vía;
hay que hacer algo pronto y aquí, sin ir más lejos,
hacer, no se qué cornos, empezar la podrida,
porque yo ya no llego ni con la lengua afuera
si no empiezo esta cosa de enderezar la vida,
¡aquí y ahora mismo!, digo, sin dar más vueltas,
asumiendo la bronca feroz de cada día.
¿Qué hacer? ¿Qué hacer, hermano, debajo de la lluvia?
¿Debajo del cemento, donde un perro agoniza?
¿Debajo del gobierno, inerme y ciudadano,
yugando bajo el peso de sus grandes mentiras?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer, hermano, lacerado de afiches
donde la coca-cola se mata de la risa?
Hay que encontrar la forma de dárselas con todo
porque a mí no me arreglan ya con otra aspirina;
pero ¿qué hacer, hermano, debajo de la lluvia
como un desopilante inspector de cornisas?
Yo peatón, culpable de ser la muchedumbre,
yo mismísima culpa, ¡no compro más tranvías!
Digo no. No y a muerte. ¡No redondo y en seco!
¡Y para todo el viaje digo un no cañonazo!
¡Un no en la plena jeta del mercader de Patria!
¡No! ¡Hasta que yo no tenga las treinta y tres de mano!
¿Se da cuenta, compadre? Era simple la cosa.
Como dicen los bolches: la libertad se ejerce.
Ya tengo la precisa. Digo no, simplemente,
y se les viene abajo toda la estantería.
Pruebe, compadre, empiece por los no más pequeños,
no a la pequeña burla que casi ni se siente,
diga no a los legales prósperamente oscuros,
a las fotonovelas, al cantante epiléptico;
no al opio venenoso de la Tevé y la Radio.
Diga no. Es una bomba: ¡y con la mecha ardiendo!
Dígalo en todas partes, en su casa, en la feria,
en la calle, en los trenes, en la cancha, en el viento;
lléveselo al trabajo de modo bien visible
y lúzcalo orgulloso como un pañuelo nuevo,
después, vaya subiendo en grados subversivos
hasta el no más heroico y de cada momento:
no a las persecuciones, a la atroz carestía,
a los golpes de Estado y a los edictos rengos;
no a los yanquis en Cuba (o en cualquier otra parte),
a la guerra asesina en Vietnam, por ejemplo,
a que humillen la sangre como en Santo Domingo
sumando nuestra sangre a sumados ejércitos;
diga no sin tapujos allí donde le cuadre
hasta que se propague por el país entero
un no como una casa, grande como una casa
donde un día podamos alojar nuestros sueños.
Pero si acaso siente por el aire un sonido
como de pueblo andando caudal en su torrente,
si fueran a buscarlo los compañeros río
para Jordán y limo de sus hondas vertientes,
empínese en la honra de la Patria que amamos
y salga a decir sí,
sencillamente.
EL BARCO
Hace siglos, lunas, soles
que el país va navegando.
Látigos de dura historia,
montonera de hambre y años;
hace mucho —el tiempo es hombre—
que la Patria va en un barco
hacia su puerto de paz, navegando.
Tanto andar por estas aguas,
tantas veces el naufragio,
tan castigada la brújula,
tanto Patria,
—¡hermano, tanto!—
que de surcar intemperies
siglos, soles, lunas, años,
el país que nos contiene
—digamos— ¡se ha vuelto barco!
Gaviota de los trigales
se ha vuelto barco.
Suburbio donde esperamos,
se ha vuelto barco.
Tierra ajena y sudor nuestro,
¡navegando!
Ahora mejor juntemos amor,
mientras comenzamos
a decirnos tiernamente
que vamos,
que todos vamos
navegando el mismo barco,
sin islas, sin otro puerto,
sin más capitán que el canto:
vamos navegando todos
el mismo barco.
Hay que admitirlo.
Es un hecho
largamente elaborado,
un modo de muchos sueños
y una esperanza almirante.
¿No es hermoso que pensemos
a la Patria navegando?
¿No es bello saber que todos
vamos en el mismo barco?
Políticos, presidentes,
honorables ciudadanos:
ahí va esta flor del oficio
tonadero de mi canto:
sobre la rosa del viento
la Patria es un dulce aroma,
navegando.
Ahora más bien pensemos,
quedémonos meditando.
Habitemos ese verso
ya sin posible naufragio:
—Generales, abogados,
sacerdotes, diputados,
señoras, hombres de empresa,
comerciantes, funcionarios—
¡sobre la flor de los vientos
la Patria se ha vuelto barco!
Yo me conozco el oficio
y la guitarra es un mago.
—Quien haya perdido el rumbo
saldrá con ella a buscarlo—.
Y esta guitarra que toco,
pajarera del paisaje,
cuando dice lo que dice
no hay que andar adivinando…
Guitarra, ¿cómo es la Patria
navegante que cantamos?
¿Sobre la flor de los vientos
un aroma vuelto barco?
¿Y no te duele, guitarra,
la madera en la garganta
como a mí me está doliendo
la campana de la sangre?
¡Ya no me digas, guitarra,
cómo es mi Patria!
Lunas, siglos, días ciegos,
navegando.
Y mientras ellos te beben,
abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
¡abajo vamos remando!
Guitarra, Patria, Bandera,
luna, río, sueño y cielo,
navío del alto viento,
dulce rosa navegando,
hay dos modos de saberte
mientras tanto:
arriba como un olvido,
como una memoria, abajo.
Porque arriba te trafican
y abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
nosotros vamos remando,
mientras tanto.
¡Y sin embargo es tan simple!
¡Es tan claro sin embargo!
Hay que hacerse del timón.
Cambiar el rumbo de manos.
Subir de pronto a cubierta
—y con este mismo oficio
unitario que remamos—
poner las cosas en orden,
limpiar el viento,
limpiarnos
de los que vienen arriba
traficando y vomitando.
Y entonces,
¡proa a los sueños!
¡América está esperando!
LUZ DE ENTONCES
1963
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MEMORIA DEL GRILLO
Yo, simplemente, vine a nutrirme de asombro.
En mi niñez recuerdo me anegaba lo bello
como un agua sencilla. Ni siquiera recuerdo
cuándo dolió primero esta sangre que llevo.
No hay una fecha exacta de mi arribo al espanto.
Entraba a los misterios como Juan por su casa
y andaba enloquecido de tanta maravilla.
Todo esto sucedía de manera inocente.
No escuchaba el crujido, las roturas del día
ni el dolor de los árboles gastados por el viento.
Simplemente crecía con la simple opulencia
de un fruto en el verano. Ni siquiera sabía
que lo hermoso era hermoso: mi padre inaccesible
con su sombra gigante, mi voz, que no sonaba aún
sino por dentro. El aroma regazo que envolvía a mi madre.
Era como el reverso de la muerte y el grito.
Andaba por la vida húmedo de milagro.
No digo que recuerdo, pero mi país era
casi de un verde siempre. Por donde uno anduviera
lo seguían los árboles. Un canal rumoroso lo partía en el medio
y luego se perdía por los cañaverales.
Mi país era bueno, loco de puro grillo,
lleno de sol, maduro, con sus lentos caballos.
El agua, madre y greda, verde de yerba mota,
nos lavaba el racimo de las uvas moradas.
Jugábamos al río con el canal crecido,
robábamos duraznos de corazón dorado,
hacíamos fogatas altas como nosotros
y esperábamos siempre que sucediera algo.
Allí supe que puede suceder lo increíble
apenas uno quiera penetrar y habitarlo
y sólo estar y estarse padeciendo el misterio
quietecito, en silencio: sometido al silencio
potente de la sangre.
De esa verde memoria es que conozco el llanto.
Traía un pan enorme. Detrás mío, la tarde
se iba quedando pálida. Entré en el Callejón
desenredando un silbo que quería aprender
y que no había caso. Fue cuando abrí la puerta
que el llanto se me vino. La casa estaba llena
de ese clamor extraño. Nadie me vio. Era el grito.
Su primer estallido. Mi madre como un trapo
con el rostro en las manos. Mis hermanos, el perro,
la soledad más terca y el miedo, el lento miedo
cavando en mi garganta: de golpe el llanto crudo,
su jauría en mi casa. ¡Papá!, grité, ya herido
por el miedo y el grito. Y me volví a buscarlo
sin saber que lloraba.
Cuando entré al Callejón la tarde ya era vieja.
Yo corría aterrado en busca de mi padre.
Después regresé al llanto, solo como el olvido
y un gran rito de sombras me aguardaba en la casa.
VAGANDO POR AHÍ
No se puede pensar en ese pez
entre el aliento espeso del mercado,
pero está ahí: de plata detenida
como un cuchillo roto por el mango.
(Entonces descargaron las manzanas).
El rojo es dulce. Enorme. Mondo.
Sale a girar ardiendo del canasto.
¿Cómo no quema al hombre que las cuenta
con esos ojos cortos y culpables?
(Han comprado ese pez y el rojo es dulce).
¡Son miles de manzanas, sin embargo…!
PRIMERA SOLEDAD
Hoy mi madre no me quiso.
La he rondado horas enteras
pero nada, no me quiso
ni me ha pegado siquiera.
Salgo a morir al baldío
volteando todas las puertas.
Arde el sol en el silencio
amarillo de la siesta.
Ni gatos ni vigilantes.
Sólo la calle desierta.
¿Cómo me voy a morir
sin que mi madre me vea?
LA NOCIÓN DEL MAR
Tajeaba el sol al Barrio de las Latas,
infierno basural allá debajo.
Una escalera azul de aire canalla
subía a un cielo rata y castigado.
Crecíamos allí, hurgando el mundo
que nos llegaba roto, triturado,
construyendo en su oscuro deterioro
el rostro inmemorial de la esperanza;
porque siempre brillaba algo en la mugre,
siempre había una chispa centelleando
y en medio del fragor de los destruido
algo de ignota vida era salvado
por nuestras manos de escarbar el fondo,
las costuras del mundo, su naufragio,
buscando en los pedazos del olvido
la estrella rota de los basurales.
—¡Se nos vienen los Jotes!, carcajeaban
los Carreros al vernos en bandadas
asediar el ruinoso traqueteo
con que trizaba a la mañana, el carro.
Hombres con voces de quebrar maderas,
peones de vida cruel y vino amargo,
vengaban en nosotros, si podían,
la tonada humillada, el mal tabaco,
la perra suerte de vivir muriendo
entre el chirrido funeral del carro.
En el Boliche de La Pastelera
era larga la noche. Demoraban
el trago redentor, el vino pobre,
la bruta soledad y sus fantasmas.
En el calor espeso del boliche
era un incendio turbio la guitarra.
Entonces nos dejaban arrimarnos,
ateridos de miedo, hasta sus llamas.
El Tiburcio, guatón, fiero hasta el hueso,
siempre hablaba del mar cuando tomaba,
se nos ponía bueno de repente
y una tonta ternura lo maneaba.
—¿Cómo es el mar, Tiburcio?
—Che, Tiburcio,
hablá del mar…
—Azul hasta la enagua.
Le toca el culo al cielo…
—¿Qué le toca?
—El mar es como el cielo, pero abajo…
Era de verlo, repechando el vino,
despeñando los ojos por las lágrimas.
Caído hacia lo triste repetía:
—El mar es el tamaño del tamaño.
—¿El tamaño de qué?
Se le caían
por el labio inferior raras palabras
de turbia enormidad y sortilegios
quemados en la sal del mar que amaba
y que emergía con la borrachera
de la chispa recóndita, enterrada
en ciertos sitios de la sangre, donde
su animal regresaba hacia la infancia.
El Guatón dijo el mar, la espuma, el cielo,
dijo la enagua azul, habló del agua
que lejos de los ojos era lejos
como el cielo y el mar que nos contaba.
Pero algo nos sonaba en lo más niño,
en lo que persistía tierno y claro,
algo como colores sin orillas
por detrás de lo ruin, ahí en lo mágico
que no retrocedió ni aún doliendo
en lo feroz de aquella madrugada,
cuando supimos al Tiburcio muerto
de puro mar y cuatro puñaladas.
Ya nadie habló del mar. Todos supimos
que el mar es como el cielo, pero abajo.
NOCIÓN DE SEPTIEMBRE
Entonces yo era un niño
y mi país un tábano.
La flor fundó septiembre
y el día apareció
vestido de muchacha.
Toda la luz crecía.
La vimos imponerse
ceñida por la inmóvil
ternura de los álamos.
Rodeado del aroma
seminal de la tierra,
quedé tenso, esperando
que sucediera algo…
Pero, no. Sólo el agua,
la acequia campanera
tañendo sobre el lomo
encelado del aire.
Era la primavera.
Volvía del milagro.
FABULACIÓN DEL MÁGICO
La calle dio un alarido. Pasó partiendo botellas.
A1 fondo, quedó la calle con toda la lengua afuera.
El año juntó sus meses y ese día hizo una hoguera.
Abochornado de llamas el sol rajaba la siesta.
El Mágico, loco lindo, cruzó hechizado de señas
como siempre que volvía de sus grandes borracheras.
Cuando el Mágico entra al vino, rompe moradas compuertas
y convoca antiguos brujos bajo la paz de la siesta.
Ahora está en la alegría y se acuerda y no se acuerda,
pero ha caído de pie: iluminado de flechas.
El barrio duerme en los gatos. La brisa ha izado su vela.
En la memoria del Mágico, el universo navega.
LA VIDA DOS VECES
Miren cómo sonaba allá en mi barrio agreste
este nombre caído de los mares lejanos:
Toddy Deussán. Un chico alimentado a lirios.
Una flor de su madre que soñaba otra vida.
Supe que no quería que jugara conmigo
porque yo era la forma del pánico y el hambre
y la más descarada miseria por el mundo.
Pero Toddy, esa gracia hecha de mimbre y aire,
vivía hipnotizado por mi gran aventura.
Cuando huía del ojo celoso de su madre
se acercaba a mi sombra con cierto desenfado,
me mostraba sonriendo sus ignotos tesoros
y me buscaba el lado más pájaro del alma.
El descubrió en mis ojos cierto país del sueño
donde se desnudaba un ángel con harapos,
algunos yacimientos de enterrada inocencia
y un gran rompecabezas de ternura en mis manos.
Un día, ya vencidos por nuestra resistencia,
los padres me dejaron entrar en el santuario,
nos sirvieron un río de leche y mediaslunas
y yo los deslumbré dibujando caballos.
Después, siguió la vida, como siempre sucede,
volvió el viento de agosto y crecieron los árboles;
sus padres, que tenían el sueño de otra vida,
una tarde ceniza se mudaron de barrio.
Yo olvidé al canillita en un cruce de esquinas,
entré al jornal violento del vino y los obrajes,
vestí los portentosos pantalones del viento
y descubrí mi oficio de fábula y guitarra.
Toddy, se llama Alfredo Deussán, vive en Mendoza,
casó con otro mimbre hace muchos veranos,
seguramente tiene un puñado de niños
y es una pajarera su comedor de diario.
Acaso, un año de estos, cuando vuelva al oeste,
llame a su puerta clara y despierte sus pájaros,
sólo porque un amigo es la vida dos veces
y desde aquella tarde no dibujo caballos.
NUMERACIÓN DEL MUNDO
Por el cero se ve
adentro del espacio,
por el 8 a lo ancho
y desde el 9, claro.
El 7 es reverente, el 1
solitario,
el 4 hace equilibrios
y el 5 está sentado.
El viento parte el 3,
le rompe el cántaro
sólo para que pase
ese cisne del 2
ceñido y raudo.
El 6, hecho un ovillo,
los mira desde abajo.
EL APRENDIZ DE BRUJO
Cantar era la fiesta de los pobres
en aquellos domingos del sol alto:
una misa de júbilo en el vino
que aturdía guitarras en el patio.
Y uno, recién llegado a las raíces,
cogollo de vivir recién brotado,
arrimaba la sangre lentamente
a un rescoldo de coplas y de gallos
hasta aprender por dentro la hechicera
antología aleve de los astros
y esa luna solemne de la ausencia
que anda por la tonada hace mil años.
Era nuestro bautismo cancionero,
la iniciación raída de la magia,
la primera escritura en la memoria
del libro de los pueblos cuando cantan,
era un vértigo oscuro, un refucilo
que nos ponía el corazón en llamas,
un sismo hacia lo hondo de la vida
buscándole la pulpa a las palabras,
la indagación del mundo, la tristeza
del árbol del olvido, alguna lágrima
caída de los ojos hacia adentro:
donde la soledad la devoraba.
Cómo olvidar la fiesta de los pobres
en aquellos domingos de sol alto,
si era un salmo cantor la poesía
y el vino: ¡un sacerdote milenario!
EL ESPEJO EN LA ACEQUIA
Ella tenía un sueño de blusas para el sábado
y yo no lo sabía.
Me deben ese sueño. Yo también se lo debo.
Con la fatiga al hombro, cruzábamos la viña.
Ella tenía un sueño de pollera estampada,
pero yo no sabía.
Andábamos ganando uno que otro centavo:
cierto pan necesario que mi madre partía.
Etelvina Tejada, nos deben ese sueño,
ese trecho de insomnio clavado en nuestra vida.
La andaba atravesando toda la adolescencia
y yo no lo sabía.
Tenía un modo raro de mirarse en la ecequia,
pero yo ¿qué sabía?
NIEBLA DEL MIEDO
¿Adónde, adonde iremos
cuando apaguen la tarde
y la luz se derrumbe
inevitablemente?
¿Adónde, adonde iremos
cuando la luna inmole
otra vez su ceniza
sigilosa en los valles?,
¿cuando se queden solos,
viudos del sol, los árboles
y las sombras nos suelten
los toros por la sangre?
¿Adónde, pero adonde,
a qué fogata iremos
a quemarle a los ojos
la materia del sueño?
Si la noche da un tranco,
un poniente, un crepúsculo
y entra, violentamente,
a existir en lo oscuro,
¿adónde, adonde iremos
por la niebla del miedo
a buscar por la casa
la voz de los adultos?
EL TÁBANO
Era mujer la arena, aquella tarde,
junto al cañaveral de brujería.
Como un muslo del sol, cansadamente,
doraba en los canales su fatiga.
Se despeñaba el Salto haciendo añicos
el silencio caliente de la siesta
y en una flor de espuma siempreviva
subía el remolino de la greda.
Velozmente bajaba la corriente
por el viejo canal de la Alameda,
llevando hacia el rumor de los nogales
el tumulto apagado de la acequia.
¿Cómo olvidar la hora crepitante
en que la luz quedaba como muerta:
con el aire de pie en los altos álamos
custodiando la tarde y sus fronteras?
Fue en ese territorio del verano,
sobre la piel en llamas de la arena,
¡donde sentí que un tábano de sangre
propagaba en mi piel la adolescencia!
Volví, pensándome ya para siempre,
por el trópico lento de la siesta,
aturdido de aroma, flagelado
por la furia del polen y su hoguera.
Algo de mi quedaba para siempre
entre el cañaveral y las acequias.
No sé si mi niñez. Un dulce rastro.
Cierta primera herida de la ausencia.
Recuerdo solamente algunos árboles,
el sol escandaloso, las higueras
y esa ocurrencia vaga, sin sentido,
de que esa tarde era mujer la arena…
HISTORIA DE TU AUSENCIA
1957
HISTORIA DE TU AUSENCIA
Este país del sol,
esta ranura
de mirarse en lo alto y de mirarnos
nos conoció el amor cuando lo hallamos
disperso entre los hechos,
manoseado
como un triste apetito,
como un roce,
un menester del lecho,
una palabra,
roto por el gemido en el tumulto,
profeta solitario de las calles.
Y este era el viejo amor,
este era el rito
que levantó la piedra y besó el pámpano,
esta fue la heredad de los pastores
fundadores de Dios y de las tablas;
este pulso de mí,
estas canciones
antiguas de cantar,
esta labranza
de un solo idioma y una sola fecha
era el amor.
Y nadie lo encontraba.
Y yo lo vi pasar como un sollozo,
como un cántaro seco,
como un agua
inútil de golpearse entre las rocas,
devastarse, caer y devastarse;
lo vi por las ciudades,
por las ropas
como un árido sexo arrebujado
y tan exiguo de su sed primera,
tan caído a la cal,
tan horadado,
que no supe qué hacer con mi caricia,
mi entraña germinal,
mi niño extraño:
no supe y regresé,
volví al comienzo
de cada soledad,
abandonado.
Regresé a desandar el hombre,
el vino
donde la tarde afila su navaja,
a releer las cartas malheridas
de adiós, de nunca,
de escribir distancias
y ya nadie sabía:
era tan lejos,
tan al cubo del tiempo y olvidado
que no tuve si no cierta memoria,
cierta bujía obsesa de la sangre
que me puso la voz como de luna,
como de junco azul,
como de aldaba
puesta a llamar al grito hasta lo hondo,
puesta a golpear al norte mi garganta.
Y entonces tú.
Entonces me creciste
de un eco dulce que en la fe llevaba.
Yo te besé en la luz,
donde se besan
la madera, los pájaros y el agua,
porque era necesario que tuvieras
un clima donde andar con tu milagro,
una lluvia de júbilo a tu diestra
y un badajo de sol por las mañanas.
Era tan necesario darte espacio,
lugar en la canción,
sitio en el alba,
mientras yo hilaba mi canción agreste
con el viento que hilaba tu costado.
Por eso fue distinto,
parecía
que el río te llevaba de la mano
para que hasta la sal te conociera
antes de ser espuma entre las aguas.
Ibas hacia la noche como el día
con un paso apagado y otro en llamas,
lenta de tu misterio,
promovida
por un rumor de niños y campanas.
Y hubo que hacer de nuevo cada cosa:
la minuciosa flor, la lluvia;
tanto
que llegada al amor no fue posible
penetrar en lo muerto y olvidarte,
porque tú,
fundadora, regresabas
hasta habitar mi voz con tu imbatible
diapasón de nacer,
prieto en la carne;
propagadora de la miel del mundo,
llegaste a mi canción con tu rescate
y en realidad fue nueva cada cosa
a partir de la luna en que llegaste.
Aquí,
bajo la luz,
dije tu nombre,
tu sílaba de música,
tu fiesta
y luego lo supieron los racimos,
los niños, las canciones y la tierra.
Si ahora digo amor tal vez no diga
que la ausencia me mira del fondo de tus ojos,
que aquí estuvimos juntos,
que fue hermoso
y que el sol conocía tu perfil de memoria.
Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro,
lo luz que fue llevarte de la mano pequeña
como a un tallo mecido por un viento de música
hacia los territorios donde aguarda el silencio.
Y ya que estás distante,
qué pensarán los árboles,
qué dirán las canciones,
cómo verá la noche mi soledad de ríos;
dónde pondrán su ronda los niños de la tarde,
adonde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo
y la calle tan sola con sus puertas inútiles
y las sombras sin besos
y los perros perdidos;
ahora que la ausencia me interrumpe la boca,
ahora que me esperas tan allá de los niños.
Se nos ha muerto el año.
Yo le veo el invierno
hecho de un solo frío,
de un solo tajo solo
a la mitad de agosto,
de una dura distancia
larga, definitiva.
Porque de pronto sobran los barcos,
los andenes
y de pronto este rumbo ya no tiene sentido
como si nadie fuera hacia ninguna parte
o alguien hubiera muerto a mitad de camino.
Alguien.
Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije.
La flor de tu vestido.
Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre
para que recobrara su condición de estío.
Ya no sé,
nunca entiendo estas precarias sílabas,
cosas que no recuerdo de pronto me dominan:
¿te dije que tenías la piel como de humo?,
¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen?,
¿te he enseñado el misterio de los árboles solos?,
¿sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas?
No sé,
nunca recuerdo tanta distancia,
tanta
canción que no he cantado cuando anduvimos juntos.
Me dolería mucho no haberte dicho todo
lo que llevo en la boca casi como otra risa.
Cómo harás para andar sin esta sangre,
este zumo de ti,
esta madera
que te llenó el navío de rescate
cuando el naufragio tuyo por la tierra;
pienso que no andarás sobre las aguas
con el milagro del amor a cuestas,
que cada rosa morirá en su aroma
vencida por su muerte tan pequeña.
Te va a sobrar el día,
la mañana
izará sus palomas a tu puerta,
irrumpirá acústica y sinfónica
por todos los olvidos de tu ausencia.
Te va a sobrar la voz,
ese sonido
donde gira la música su rueca
y has de encontrar calladas las guitarras,
mordidas de silencio en las caderas.
Qué harás con esta noche,
con el grillo
picapedrero de su piedra negra,
con su viento a oscuras; sus relojes
ajenos a tu pulso y a tu pena.
Tú la verás llegar por la ventana,
por tu pupila lúcida y desierta
donde antes residían mis pupilas
como luz en la luz,
verás que llega
y que no trae ese lucero tuyo
para que yo lo encienda y tú lo enciendas.
Te caerá a la piel su junco roto
con la luna partida por las trenzas.
Cómo te costará asumir el año,
qué castigo,
qué látigo septiembre
con su tumulto por los tiernos sauces
y su estallido de panteras verdes.
Tú lo verás girar en su dulzura
de jubilosa azúcar por tus sienes,
su hoguera vegetal en tu cintura
y su inmisericorde flor en celo;
le verás esa furia que tenían
mis labios milenarios en tu cuello,
te dolerá el color como una espada
de fuego y tú, de fuego y yo,
de fuego,
pero de golpe extraño, innecesario:
de pura ausencia sobre pura arena.
Cómo harás para andar sin nuestra sangre,
sin nuestro corazón,
sin nuestra huella;
te va a sobrar el cielo, amor, los pasos
con los que regresabas de la estrella,
porque a mí ya me sobran las palomas
como te sobra a ti la primavera.
Amor,
yo vine de un puñado rojo,
de maltratada gente que conoces
porque ya te mostré cómo sonríen,
cómo esperan a diario
y me construyen
este arduo diapasón, estos dos flancos
de avanzar y crecer y de construirnos.
Vengo de conocerlos en lo oscuro,
en cada frustración llena de estragos,
en donde un día concibió mi padre
su memoria de vuelta en mi garganta
cuando yo no era más que su fatiga,
apenas su pupila,
apenas aire
y él juntaba las voces andariegas,
iba entre sus amigos relatándome,
soñándome cuando decía: espero
o cuando sin decirlo me esperaba.
Y las calles lo saben,
he subido
muy lentamente hasta mi rostro,
saben
que esta palabra de sufrir tu nombre
ha sido repetida por mis pasos;
que no me pertenece sino el rumbo
y acaso la alegría de tus manos,
pero que lo demás es de mi gente
transitadora de su aliento largo
y que aun este amor que ahora pone
su caricia frutal sobre mis labios,
yo lo aprendí de ese puñado rojo
de donde vengo con el grito en alto.
Ya no puedo volver.
Es imposible
porque no existo atrás sino adelante
y este camino no regresa nunca,
va, simplemente,
como la distancia
hacia el carozo azul del horizonte
donde me aguarda el hombre y su esperanza.
Y mi gente lo sabe.
Lleva siglos
de hacer este camino andando,
andando
y uno entiende que ya comienza el viaje,
que hay que partir,
que es hora,
que este paso
de inexorable andar no muere en uno,
no termina mañana,
no descansa
y es hermoso saber que llegaremos
crecidos de país,
multiplicados.
Amor,
me quedo sin decir tu nombre
porque tendría que inventar palabras
para que lo comprendan las palomas,
la miel,
la uva, terminada en marzo.
Tú no te vas de mí.
Ahora quedas
incorporada a mi silencio diario.
Toda vez que me mire la alegría
subirá tu presencia hasta mis labios:
definitivamente mi sonrisa
te traerá a la luz desde mi sangre.
Tal vez le diga a alguien que has estado
—no sé qué tiempo,
nunca sabré cuánto—
junto a mis soledades tumultuosas
llenándome de coplas la guitarra.
Si alguien te preguntara cómo entiendo
la vida y el amor, has de decirle
que no creo en la muerte,
que hace mucho
salí a besar la frente de los niños.
ADOLESCENTE DESOCUPADO
Salgo a andar y me llueven palabras y señales.
Búscate calle oscura por las frías ciudades,
las de máscara y grito, las de robos y llaves;
búscate, hurga y búscame definitivamente
buscándome, buscando.
Como siempre en un hongo,
siempre como llorando,
tan dramático y solo como un viejo en la calle,
como siempre a la muerte;
nadie, tanto con nadie,
como siempre la sombra por nuestra vieja sangre.
Ómnibus, diarios viejos, el hombre en sus zapatos,
la voz en los letreros, la vida en los silbatos,
vengo desde un latido rodando, tropezando,
buscando raíz, fondo, el pájaro rodando,
cómo, cuándo, hasta cuándo.
Ya no digo la lluvia,
sus mojadas tarántulas.
Aprendo cuando vienes callándote y callándome,
nunca como en tus ojos y el puño abandonado,
en tu paso al destino:
nunca me dices tanto.
Al año vengo ahora con tu plazo y mi plazo.
Digo amor y me ahoga el pesado arco iris
de tu abrazo y mi abrazo.
Al año llego, vengo,
ahora, aquí, hasta cuándo,
tan cierto como un toro, una piedra o un árbol.
Llanto. Recuerdo el día.
El amor esperando.
Trenes. Recuerdo el viaje.
Sueños de abeja y tábano.
No tengo otro silencio que el recuerdo y el año.
Después como en hollines,
como un dolor crecido a espaldas de mi espalda.
Después no me recuerdo,
siempre desconocido,
no recuerdo la niebla ni el corazón de escarcha.
Otra calle me urgía con una luna rota
y una virgen de lata.
La vida sola,
mía.
Insomne como el agua.
CARTA BAJO LA LLUVIA
Es increíble cómo se regresa,
se vuelve atravesando las derrotas.
Ciertas espinas queman,
ciertos pasos
nos pisan las palabras en la proa.
Yo sé que tú,
que yo,
que los que entienden
llevan la boca sola
y quieren
y no pueden trasladarse
al darme de sombra, a las regiones
al adarme de sombra, a las regiones
donde la gente cae y se destroza.
Sé, pero tú también
y caminamos
empujados de sueños,
caminamos
por nuestra biografía silenciosa
con la chispa rebelde de los ojos
sobrevivida intacta, memoriosa.
Porque tú, sostenida de jazmines,
levantada en mi voz como una historia
que ya sabía de antes,
tú que apenas
eras leve viajera de mis horas,
ya me has dicho la fecha de tu nombre,
tu destinado día entre las olas
y tengo que inventarte profecías,
signos, para que lleguen tus palomas.
Tengo que destinarte.
No podría
rozar tu soledad.
Nunca he podido
ausentarme de nadie sin decirle
en qué rincón espera la alegría.
Cuando lo olvido, vuelvo.
Nunca dejo
palabras sin decir.
Nunca he podido.
Tengo que ser tu arquero. Dispararte.
Malherirte la noche en las pupilas.
Es increíble cómo se regresa
a continuar, a sostener el día.
Y sí, queda el invierno
y ese puño
y el polvo triturado de cuchillos.
Las cosas llueven, llueven,
se acumulan
en estos hombros de cargar la vida,
porque es cierto hasta el llanto que se sufre
pero también es cierto que se olvida,
que uno se pone gente y va con ella
hasta besarle cada despedida,
que uno se inventa rumbos y no sabe,
que uno llega y comienza otra partida.
Queda, oscuramente queda, camarada
y llueve
pero existo y voy contigo
ahora no me importa hasta qué trecho,
ni qué distancia somos,
vas conmigo
rozando mi canción con tu silencio
pero tal vez ya somos el camino.
Y sí, queda el invierno,
pero es hondo
transitarlo cuchillo por cuchillo.
Claro que es un milagro.
Y un milagro
es lo más natural: no te imaginas
cómo las cosas simples tienen duendes
doblando y desdoblándoles la orilla
—el viento que te envuelve lleva el polen
que inundará la flor de astrologías—.
Ya sé que tú lo sabes, pero es hondo
agregarte milagro a la sonrisa.
En realidad, los dedos del milagro
hilaron mi canción con tu gemido.
El polen de tu pena espera el día.
Cuando amanezca, ya serás sonido.
LA BARCA
A imagen de mí,
a semejanza
de cuánto y tanto sueño desvelado,
te vi llegar,
atravesar la ausencia
con la proa lunada de tu barca.
Y a imagen de ti,
a semejanza
de un antiguo profeta destinado,
salí a nombrarte niños,
a fundarte,
a ser tu territorio y tu habitante.
Pongo una historia aquí,
fecho tu arribo,
inauguro en tu voz mi calendario:
tú has de explicarme el alba cuando llegue
rodeada del rito de los pájaros.
Destino tu lugar.
Este es el sitio
donde fui diariamente solitario.
Siembro una estrella aquí para que crezca
su luz enamorada por tu sangre.
Fundo tu casa aquí,
sostengo el día
y su paloma sideral sin margen
para que andes vestida de alegría
tan húmeda de azul como el verano.
Debes decirme tú cómo la tarde
se te vuelve horizonte en el regazo,
cómo la noche es tu materia y tiembla
ceñida por tu piel y por mis brazos.
Cuéntame como canto cada rama,
cada viento que pasa,
cada olivo
y aprenderás a verme en mis silencios,
maduros de memoria, como el vino.
Pongo tu nombre aquí.
Este es mi modo
de amarrarte la barca con la vida,
mi manera inocente de ser hombre,
la costumbre terrestre de mi espiga.
Escúchame crecer.
Multiplicarme.
La muerte queda lejos todavía.
LOS COMPADRES DEL HORIZONTE
1960
INCENDIO DEL COMPADRE
Materia paternal,
siempre amanece
pisando en lo robusto de la sangre.
Su estatura rotunda se sostiene
en la sombra floral de la mañana.
De una orilla a otra de la vida,
sujetando el origen por sus márgenes,
entra a lo geográfico del día
la filiación terrestre del compadre.
Él siempre estuvo aquí. Sobre esta tierra
su boca ha sido náufrago y testigo.
Por donde fuera el viento iba su rostro
buscando semillar y hacerse sitio.
Él siempre estuvo aquí. Tuvo sus hembras,
sus parientes de luto, sus vecinos.
La costumbre rural de su alegría
anda diseminada por el vino.
Yo lo sé amanecer cuando amanezco
claro, puro país, pueblo, heredero
y él pasa ante mis ojos por la tarde
como una hechura regional del tiempo.
—Patrón, hoy no me espere. He cumplido otro tranco.
No hay modo de atajarme si ando de calendario.
La tarde va vestida de estival amarillo.
Giraluz de la altura su bandería clara.
Rodeada está de ríos. Ceñida de palomas.
Se le ha quedado inmóvil la silueta en los álamos,
—patrón, borre este día. Más tarde lo igualamos.
Qué primavera el mundo después del primer trago.
Hoy es día de grillos. Fecha de cancionero.
El compadre ha salido a celebrar su Santo.
Por la tarde que pasa con el aire dormido
la luz alza las ropas del cielo desflorado,
—patrón, tenga su sombra. Guárdese su salario.
Hoy no me da la gana de alquilarle los brazos.
Ahora no hay medida. Se ha incendiado el compadre.
La alegría le llena de pájaros la sangre.
El día sale a verlo. Él saluda a los árboles.
Como un zonda de júbilo avanza por la calle.
El sol cae de cobre degollando los cerros.
Topetando las sombras va el grito del compadre.
Allá espera el boliche con la noche en el medio.
El paisaje lo bebe. Y él se bebe el paisaje.
NOCHEDANZA DE LA MATILDE LUNA
me he gastado los sueños
por dar contigo
si esta noche te encuentro
Dios es testigo.
Un imperio de crepúsculos inmolado en las hechuras
por la cresta de la noche lleva la Matilde Luna.
Ceñido modo de madre su piel de tarde madura.
Caderas de ansiosos barcos navegan en su hermosura.
De lejos la ata la danza, lazo de médula oscura,
y la arrastra sombra abajo, moliéndole la dulzura.
Siempre la pudo la noche, La noche siempre la empuja.
Sobrevive la semana fregando sus fechas duras,
hasta que el sábado suelta calendarios de locura.
Entonces, el ritmo cae a su índole de fruta
y a sorbos de astral cadencia, su espalda bebe la música.
Ojos de negro horizonte, la Matilde con la luna.
Un diablo de zumo negro le pone la boca de uva.
Cogollo del cogollo
mi vida vamos
agüita entre nosotros
ramita de agua
ramita de agua sí
como tu pelo
los árboles se duermen
tierrita y cielo
como moler la sed
vamos mi vida
a bebemos la noche
que no se diga.
Entró la Matilde Luna, sinceramente nocturna,
y el aire de su pollera alzó las voces en celo.
La cueca estaba quemando bodegones de fatiga,
cañaverales de ritmo, polvaredas de pañuelos.
Quedó tirante el instinto, el sexo se volvió arquero,
las miradas de los hombres le atravesaron el miedo.
Entró pisándose el paso por el filo del aliento,
cercada de luz y rostros, invadida por los gestos.
La noche que la traía se le acurrucó en el pelo
y respirada de ganas cayó a la pulpa del vértigo.
Con el beso me aromas
andas desandas
caminitos de menta
trechos de albahaca
trechos de albahaca sí
que no se diga
que abajo de la enagua
te quiebro espigas
flor de tu aliento niña
moja mi boca
con la miel del rocío
que va en tu sombra.
Vino a buscarse en los otros para ver si la encontraban
y halló detrás de un pañuelo los ojos que la buscaban;
vueltas que tiene la vuelta, remolinos, llamaradas,
aldabón de limpia música, su risa aprendida al agua.
Tiembla arriba la alegría. El baile levanta espadas.
Las locas manos del ritmo despedazan las guitarras.
Arde la noche en el medio. Los muslos prenden su fragua.
Rojo de girar, el polvo, incendia la madrugada.
Los gritos corlan la vuelta, tamaños de luz, tajadas,
coplas de gigante júbilo se empinan en las gargantas.
La Matilde va encontrándose cuando una ráfaga de ansias
la olvida profundamente en la furia de la danza.
Al pasito al pasito
quién lo dijera
te vuelco las estrellas
de la pollera.
Abajo tiembla la tierra. Atrás un rumor caliente.
Un fuego ají la transpira. Un gusto de sal la muerde.
Ya ni se escucha vivir, naufraga en su cuerpo, cede,
al fondo de sus latidos un río de sangre hierve.
Un pálpito desmedido la recorre y se la bebe
con una sed milenaria que la quema y la enloquece.
Flor de tu aliento niña
moja mi boca
con la miel del rocío
que va en tu sombra.
Su cuerpo, vivo racimo, se deshace entre la hierba.
Su flor derramada estalla salpicando las estrellas.
Abismos su piel, abismos, precipicios y cavernas
la cavan con el misterio que la funda y la penetra.
Lejos. Un grito espacial. Los sonidos se la llevan.
Un tañido colmenar la separa de la tierra.
Si esta noche te encuentro
Dios es testigo.
Ahora se llama universo, limo, jugo, primavera,
humedad, luz, contenido, polen, salmo de la greda,
se llama sangre desnuda, sustancia, hueso, madera,
Matilde Luna, canción, se llama como la tierra,
boca, raíz seminal, brotecito, especie entera.
Entre los dedos del día, la rueca solar comienza.
Amanecida de origen, va la Matilde de vuelta.
MEMORIA DEL GUITARRERO
Sangre de pie, salía de la tarde
por la voz tornasol de la guitarra,
boca de todo el mundo, duendeluna,
a contar el oficio del milagro.
Panquehua era de trigo por entonces,
de abuelo y cereal, de madre y agua;
era de clima nuevo y nuevo aroma
recién nacido de la paz del árbol.
Entonces, cuando el día se ahogaba
de luz cumbreña, de violentos pájaros:
un día de esos días que en la trilla
molían su molienda los relámpagos,
se lo vio aparecer al Guitarrero
—dicen que como un trozo del paisaje—
templando su memoria en el silencio
y sustentado en lo carnal del canto.
Dele hurgarse la copla, el cancionero
donde amontona asuntos la tonada;
póngale darle al grito, tarde arriba,
hasta colmar la voz y desfondarla.
Así, por el caudal de su alegría,
salían a existir los olvidados,
el tumultuoso amor, la pena oscura,
la muerte solitaria y de a caballo.
El pueblo se encontraba en sus canciones.
Se escuchaba vivir en su relato.
Por eso lo amparó luna por luna,
lo acogió en su calor, lo hizo compadre,
le dio su pan, su vino, el mejor sitio
a la sombra materna de su casa,
sintiendo que algún día, el mismo viento
lo llevaría así como lo trajo.
Aquí lo demoraron las estrellas,
las noches labradoras, los sucesos
cálidos de la vida campesina
trenzados a sollozo y nacimientos.
Quién sabe si en la noche, cuando el canto
volvía al campanario de los grillos,
allí en la soledad, no urdió quedarse
en esos ojos que rondaban niños.
Y un día lo encontraron boca abajo del alba.
Nadie le vio el silencio donde quedó dormido.
Los gallos madrugaron con el canto a media asta.
Las últimas estrellas molían el rocío.
Dicen que su cabeza jugueteaba en la acequia
y que el agua llevaba su estupor por el limo.
La mañana inocente se calzaba la escarcha.
El día pestañeaba sus pájaros invictos.
Lo esperó la guitarra, sombra allá de la muerte,
donde su cancionero se había vuelto río.
DESTINACIÓN DE LAS GAVIOTAS
Aquella tarde, el mar se parecía,
enormemente azul, a lo lejano:
al azul que de niño se perdía
adentro de los ojos, de mirarlo.
No es fácil penetrar un continente
con la esperanza atada a los pañuelos.
Armado de la propia artesanía
y la ausencia alojada en el silencio.
Un hombre es un país. Un hombre tiene
el rostro al modo de sus propios sueños:
cuando entra a residir en su aventura
se te muere la muerte allá a lo lejos.
La cosa no fue huir sino buscarse,
aunque venía huyendo cuando vino:
también allá vivió por las orillas,
cambió de nombre, se agregó al olvido.
Cuando partió besando para siempre
la luz, la madre, el amoroso idioma,
cayó en el horizonte y los adioses
y a partir de ese rumbo fue gaviota.
Pepe Gaviota, solo, entró a la tierra
tañendo su lenguaje campanario:
en la paciencia de la agricultura
preñó a la tierra y a la Pancha Alfaro.
Asuntos de familia, situaciones,
o ese modo jugoso de la Pancha,
tal vez la soledad —toda la noche
y el vino en la memoria como lámpara—.
Porque la soledad llueve en la lluvia
y la tarde lastima por la tarde
y el amor es tan hondo y a él caen
los puertos, los regresos y los barcos.
La cosa era juntarse en el destino,
haber nacido para padre y madre.
Quién sabe cómo fue. Pero allí mismo
la sangre que traía entró a la sangre.
La Pancha ya venía con el clima:
aroma a yuyo, a piel, a greda y agua
y el Pepe se quedó a sembrarle hijos
por las dulces caderas geográficas.
Así empezó la tierra a hacerse hombre,
aturdida de pájaros nupciales,
humildemente agreste, labradora,
molinera y redonda como panes.
Fundar un patio, un niño, un día entero,
fue una aventura vigorosa y tierna.
Era fundarse aquí, irse quedando,
olvidar, empezar, hacerse América.
Así, de dos naufragios, de dos olas,
de dos golpes de vida, de dos sangres,
se estableció la patria de lo hermoso:
el nacimiento de los arrabales.
ESPERA DEL PEDRO CHANGA
Lo soñaron jinete, carpintero,
capitán de las lluvias del verano;
de niño lo querían de oro nuevo,
minero del salar, sabio artesano.
Porque las madres juegan a la espiga,
húmedas sus canciones de milagro,
rodeando a sus niños de luciérnagas
en la tierna bandera del regazo.
Si a uno le diera por tocar la pulpa,
lo más sobrellevado de los años,
baria fondo al fondo del anhelo
que el Pedro Changa se quedó esperando
con ese modo suyo de ir haciendo
cigarrillos y estibas de cansancio
hasta ponerse de humo y ser espeso
como el pájaro oscuro del tabaco.
No vale recordar lo adolescente,
lo que fue atravesar cañaverales
silbándose la luna que gemía
ceñida por la noche palpitante,
silbándose el vigor, lo mujeriego,
cantándose lo joven de la carne;
no vale recordar cómo es que muere
la verde brujería de la llama
gastada por lo pobre y sin camino
que le gastó la fuerza al Pedro Changa.
Fue a la Pampa en enero porque el trigo
había puesto de oro la distancia
y en marzo fue subiendo hasta las uvas
que el sol de Cuyo preña de tonadas;
después entró al maíz, Santa Fe arriba,
y desgranó sus dientes sin ganancia
cuando mayo tenía ya los ojos
amanecidos de violenta escarcha.
Julio lo vio trepar sobre los trenes
hacia el azúcar agrio de la zafra
y volverse algodón todo septiembre
con el Chaco colgado a las espaldas.
Caminos de jornal ha andado el Pedro
por todos los caminos de la patria
para volver al fin ya sospechando
que hay algo en todo esto que no anda,
por más que él ponga el hombro
y que sus manos
le hayan quedado anchas como el mapa.
La desocupación junta a los hombres
en la aurora trizada de la calle,
los ordena de gris, los alinea
con una misma espina atravesada.
Cada uno está solo con los otros
buscándose cigarros y palabras
mientras se cuentan hijos y decesos
y pormenores de la mala pata.
Entonces se le ve la traza al Pedro
fumándose hasta el pucho la esperanza,
apoyado en los hombros del silencio
y buscando salidas a sus ganas.
EL PORFIAO
Prontuario del Porfiao
con su retrato:
De frente lo habita un toro.
Furia empinada en la talla.
Rostro de añeja intemperie.
Viste de un gris manoseado.
Algo de mimbre y nogal
se le adivina en los brazos.
Cejas de decir que no
le estrechan la frente escasa.
Pelo lacio de tinieblas.
Pestañas impenetrables.
Por sus ojos baja un rayo
largamente acorralado.
La boca es apenas muda
cicatriz sobre la cara
pero cuando la desnuda
el filo de las palabras
un carajo subversivo
le pone de pie las ganas.
Sumario de la suma y la porfía:
Nació adentro del país,
se multiplicó en las calles,
tiene todos los oficios
ejercidos por el hambre.
Contestador, mano suelta,
infinito de compadres,
vive a lo largo del día:
lengua libre, sueños altos.
Su edad se cuenta a jornal
estirado hasta que alcance.
Le da por el vino a gritos
y por cantar en la calle.
Casi siempre cae preso
por derribar capataces.
Se resistió al desalojo,
debe la luna y el agua.
No lee sino intenciones
ni escribe sino ademanes.
Casó con la Juana Robles
hace catorce veranos
y se los ve florecer
a razón de un hijo por año.
Declara ser nacional.
Nativo de padre y madre.
De seña particular.
Lleva el trabajo a destajo.
Preguntado por su nombre
dice llamarse El Porfiao,
sin apellido y a secas:
porfiadamente, El Porfiao.
Se le ha leído la ley
y no ha contestado nada.
No firma. Su dedo al pie
es una hermética mancha.
Retrato de perfil, de contravida,
de trasluz, de mirarlo y que se diga:
Véasele madera, barro vivo,
fundamentado cobre en la garganta.
Le cae un horizonte pensativo
por la soledad pura de los labios.
Véasele el rocío, la manera,
el modo de hacer sombra en el paisaje.
Agua, sol esencial, nutrida atmósfera
le amasan la existencia con el aire.
Está para durar. Lo sabe el polen.
La estrellera estatura de los árboles.
Cuerpo de dura luz, mentón de piedra,
el silencio animal lo desampara.
Sólo el viento le suelta la inocencia
cuando lo vuelve arena en la distancia.
Véasele esperar. Testimoniarse
en la geografía de su sangre.
Un retrato de espaldas lo termina,
lo pone a flor de piel y lo proclama:
Atrás lleva el amor, el fundamento,
la estrella paternal, la raíz clara.
Nadie lo ha visto aquí donde quisiera,
donde pudiera ser, donde quién sabe.
El lo sabe decir, nadie lo ha visto
nadie ha entrado a su sombra a regresarlo,
a traerlo de allí donde sus sueños
son una fuerza dulce, enamorada
de la vida sin límites, del día
repartido en los niños y en los tallos.
Nadie lo ha visto aquí. Hay que sentirlo.
Derribarle el silencio. Penetrarlo.
De espaldas se lo ve como es más cierto:
un postergado amor, desmesurado.
LA JUANA ROBLES LLORANDO
Lo gritaron y alzó el puño
dos cuartas de su pobreza.
Los milicos lo llevaron
por no agachar la cabeza.
Su mujer pasó la noche
hilando lágrimas tercas.
Amaneció de papel.
Sostenida por las trenzas.
El miedo es como un suburbio
por donde la noche entra
desflorando los gemidos
y el crujido de las puertas.
La soledad quedó sola,
apagándose en la vela,
hasta que, párpado a párpado,
murió con la sombra puesta.
Amaneció de papel.
La tos cavando en la pena.
La encontró el amanecer
empozada en las ojeras.
Vez que chumban al Porfiao
le sale de la pobreza
un duende de rebeldía
y un pariente de violencia.
Y la Juana se lo ha visto
cuando el vino lo libera:
macho de sangre en el grito
con la risa de bandera:
a un paso de la ternura.
El Porfiao se acerca y pega
y ella rueda, llanto y furia,
manejada por la tierra.
Pero es un llanto distinto.
Es una lágrima fresca.
Cosas de hombre y de mujer
gastados por la miseria.
Pero este llanto es de miedo.
Es una lágrima nueva.
Gota que colma los ojos
desde un río de impotencia.
Cuando vio que lo llevaban
por no agachar la cabeza,
la aplastó un pesado espanto
de candados y cadenas.
Cosas de pobre y porfiao
salirse de la pobreza.
La Juana le ha hilado un llanto
antiguo, como la tierra.
DOÑA FLORENCIA ARBOLEDA
Sobre los ríos secos donde cae
la tarde, chamuscada de infinito,
sobre las situaciones del silencio
y las crepitaciones del olvido;
allí, donde las cosas tienen tiempo
y se detienen a buscar su sitio,
vive doña Florencia, madre y árbol,
calendario de sauces, mapa vivo,
relatando el país, porque sus ojos
le han visto el nacimiento a los caminos.
Se la ve mineral cuando amanece
ancha la voz y vegetal las venas.
Alzada sobre el día, lentamente,
cruza la luz morada de la tierra
—como cuando va el sol sobre las vides
haciendo parpadear la primavera—
la presencia habitando todo el aire
y la sombra cavando en la leyenda.
La arboladura de su mano ampara
el hecho nacional del cancionero,
porque hubo comisarios, milicadas,
biblias del hambre, generales, cepos,
guerrillas de patrones, lenguaraces,
comparsa electoral, domingos ciegos,
en tanto su semilla iba a lo alto
y sus lujos cruzaban el invierno
y la patria era pan y la mercaban
a pequeña traición y bajo precio.
Qué memorias no guarda su memoria
cuando agita las aguas del silencio.
Su boca nombradora sabe lunas,
historias sin historia en los sucesos.
De tanto padecer gobernaciones
ya la esperanza se le ha vuelto hueso,
pero para durar, para que aguante
traiciones y promesas, milagreros:
ya no le quedan rumbos que no sepa
la paciencia sin llanto de su empeño
donde el país es padre, campesino,
suburbio numeroso, viento nuevo.
Cómo van a voltearle la esperanza
si es lo más arbolado de sus sueños.
Su idioma sale lleno de habitantes
a poblar los rincones del poniente
cuando la tarde es roja como un gallo
gastado de empinarse en su vertiente.
Entonces cada cual vuelve al oficio
donde estaba esperándolo la suerte
y regresa al paisaje fallecido,
los antiguos lugares de la gente,
la calle que no está, que se ha perdido
buscándole vecinos a la muerte.
Déjenla que a dos manos nos relate
los duendes asoleados de la siesta,
cuando se fue a penar Clímaco Ahumada
por el martirio seco de Panquehua
o aquella vez de sangre y madrugada
que se cayó al rocío el guitarrero
y empezó a tonadear allá debajo
con la voz dada vuelta hacia el silencio.
Nada puede olvidar. Nada la olvida.
Escúchenla tutearse con el tiempo.
Ay, Florencia Arboleda, madre nuestra,
cogollito del aire, sol por dentro,
tu condición de cobre me da vueltas
como un río de aroma por el pecho;
quédate en el lugar donde los vientos
se ponen milagrosos de copleros,
guárdate la tonada que en tus labios
tiene pájaros míos prisioneros,
porque hay mucho que andar y andar cantando
en tanto viene el día y dice: andemos.
LA VERDADERA MUERTE DEL COMPADRE
Lo vieron avanzar hacia la noche.
La guitarra raigal lo custodiaba.
Apagaron las voces del boliche.
Las sombras le cayeron de los párpados.
Nadie pudo ver bien, un toro oscuro
embistió las pupilas asombradas.
Tambaleando su sangre entró a la noche.
El polvo palpitante lo esperaba.
No hay modo de contar qué parecía
su tamaño terrestre ante los astros.
Hay que andar el rigor, climas de hombría,
atravesar un trópico de tábanos,
desnudar su lejana alfarería,
reconstruirse en lo tierno de su carne,
para saber qué viento de jaurías
derribó la estatura del compadre.
Nunca se supo bien. En los boliches
la luz y los candiles lo callaron.
Avanzó deshojando los latidos
desde una astrología de puñales.
Una amapola cruel al rojo vivo
se le fue haciendo brasa entre las manos.
La luna lo tumbó. Lo puso muerto.
Se le dejó caer como un hachazo.
Aquí cayó el compadre a su silencio.
Agregado a la arena fue olvidándose.
Quedó cara a la luz, semblante al cielo,
de espaldas al olvido, rostro al alba.
Cuando regresó el viento, Sur y ríos,
pasó sobre su rostro, duro y áspero.
Aquí lo absorbió el río. Las raíces
desataron la furia de sus barbas.
Una lenta labor de polvo y tiempo
le buscaba la furia de la sangre.
Su piel volvió a la tierra, lentamente
lo reunió la sal, lo fue apagando
con su lengua de frío transparente
hasta ponerle el corazón de plata.
El cobre minucioso, el hierro negro,
la arcilla mineral, el liquen bárbaro,
le exprimieron el zumo, le bebieron
la índole vinícola de un trago.
Entonces regresó. Cundió su sombra
por un extraño hechizo de campanas.
Con las canciones rolas por la lluvia
penetró al corazón de las guitarras.
Su memoria ritual creció en la noche
postulada de estrellas y relámpagos.
Y amaneció en la muerte su silencio
trizado por el júbilo y los pájaros.
MANIFIESTO DEL HORIZONTE
Aquí la gente nace, va la vida en las calles,
a veces llueve y luego sale un niño aromado
a jugar con el oro caliente del verano.
Las muchachas se duermen con la luna en las trenzas
a un tranco de la noche, a un paso del espacio
y los abuelos mueren con la antigua costumbre
de no preguntar nada
y el corazón agrícola navega hacia el silencio
por un río de panes
con el sollozo roto de rumor amarillo,
de abejas sorprendidas sobre la flor del año
sorbiendo los colores genitales del agua
donde el día se vuelve madera y el relámpago
cruza la primavera con las barbas en llamas.
Aquí, junto a este riego de procrear y asirnos
de por vida a la vida con la médula alzada,
cada cosa contiene su raigal carnadura,
su biológica ráfaga
y es fácil ver al tiempo con sólo ver un hombre,
ver un solo camino y saber la distancia,
tocar un solo pecho y encontrar lo que espera
o lo que cada uno quiere ser y no puede
porque hay tramos oscuros por andar todavía,
canciones truncas, sílabas sin cantar y pedazos
de amor abandonado por un olvido extraño
o por la cobardía de quedarnos desnudos
con toda la fe al aire
y entonces descubrimos qué mal vestida ausencia
nos ha puesto nocturna la garganta entusiasta.
Siempre fueron metrópolis, estuvo organizado:
el machete, el cuchillo, la pólvora, el cipayo.
Es una vieja cosa esta trampa del hambre:
la cláusula, el acuerdo, gendarmes, funcionarios.
Siempre los gabinetes, la gula del extraño:
godos, secos ingleses, embajadores yanquis:
arteros dividendos dividiendo la sangre.
Primero fue la tierra, tan simple de trigales
y el maíz aborigen, tan desnudo en los valles;
primero el oro indio del sol asesinado,
el metal puramente a látigo y relámpago.
Esto fue lo primero. La tierra no ha olvidado.
Y siempre las metrópolis atando y separándonos.
Ahora es el petróleo, el rastro del uranio,
el lugar de la muerte, las bases militares.
Por la horca del dólar los pueblos van pasando
y siempre las metrópolis atando y separándonos.
Aquí, en el territorio del hombre casi estambre
donde uno escucha al trópico treparse a las campanas
a veces cae un joven con el velero roto,
tercamente de espaldas cae su sueño náufrago
y luego, mientras sube el día las paredes,
más allá de la tropa ciegamente ordenada,
las ciudades pululan, enronquecen las máquinas,
las madres continúan a pesar del cansancio
y se oye la patrulla por las calles desiertas
trepidar, atisbando las puertas entornadas
y se siente la atmósfera pegajosa y felina
descender sobre el triste continente ocupado,
donde ha caído un joven sobre su última sombra
y una antigua guitarra le recibe el naufragio.
Este suelo y su piel de madera empinada
conoce del crepúsculo por un terrible tacto,
lo ha visto desvestirse junto al mar y los bosques
mientras cruje el oxígeno densamente rasgado,
chapoteando la noche animal de la selva:
largamente desnudo su sexo planetario,
junto a la desolada percusión de la luna
que en medio del silencio baja a lamer los valles,
presa luz del sonido, mojado son del agua,
con su lengua espacial del sigilo sonámbulo.
Este suelo conoce la noche por el tacto:
aquí habita su especie dentro y fuera del hombre;
en estas latitudes de extremoso contacto
donde la luna embiste la vida por los ojos
hasta dar con un niño de mineral atávico
y nos empuja el beso del día carne adentro
con la raíz del clima asida por el tallo.
Aunque en la superficie se quiebre la cintura
y la espalda expoliada transpire de fatiga jornalera
y consuma
el calor que sostiene la estatura ganada
a la exigua quincena de alcohol, pan insumiso;
aunque cancele al hombre la cifra del mercado,
aún existe la noche que reúne el misterio junto al mar,
bajo el bosque de vahos vegetales,
aún existe un mandato de nacimiento en medio
del corazón nativo largamente empuñado
por el canto insurrecto que nos levanta el grito
derramando el gigante del vino por la sangre.
A esta hora del árbol,
el agua que lo nutre despliega su bandera,
enarbola su cauce, pone un río en el viento
y le ciñe las hojas con su índole verde.
A esta hora del mundo,
la noche lleva el cántaro trizado por los gallos,
va juntando las sombras que caen de los pinos,
apenas tiene tiempo de saltar al espacio
y ya se trepa el día por la luz con los párpados
húmedos de rocío.
A esta hora del hombre
la mañana lo empuña tiernamente de nuevo
y rumorosamente le levanta los brazos,
las antiguas palancas de construir el tiempo.
Todo va a repetirse:
con la boca en su sitio las canciones comienzan,
los cantores salieron a buscar las guitarras,
las guitarras volvieron a buscar el origen,
los hombres se restriegan el sol en las pestañas,
los niños han soñado su necesario sueño,
los caballos galopan su cantidad de música,
las mujeres despiertan con la vida en el medio.
Nadie duda a esta hora:
todos nos saludamos la alegría de vernos,
buenos días almíbar, máquinas, buenos días,
¿cómo han amanecido los niños de otros pueblos?
¿Creció ya la esperanza?, ¿escuchó alguien su queja?
¿Qué amor nutre sus ojos a esta hora del pecho?
Panificada América, el día nos comienza:
buenos días, América, dispon nuestra tarea.
El compadre, ya Juan, se empina y dice:
Patria, amor mío, quiero juntar todas las ganas,
todo el guitarrerío donde tu pueblo canta
para que, copla a copla, nos vayamos sabiendo
el tamaño, la furia, la herencia solidaria;
ese modo de sernos uno al otro, camino
o río tumultuoso o historia castigada,
mientras que a golpe vivo de miseria aprendemos
que hay que empuñarse el rumbo sin pleitos ni abogados,
porque siempre nos joden, siempre nos joden, patria,
siempre los comedidos nos llevan a otra parte
y ¡basta!, ¡ya está basta!, ¡terminémosla, patria!
Y juntemos a todos en una misma gana
para voltear el odio, el miedo, la miseria
y avanzar con el rostro nacional por el alba.
Digo que un hombre solo, sólo es un hombre, digo
que tiene su misterio el hombre solitario,
pero ya estoy cansado del misterio gratuito,
de la soledad pura y el silencio importante;
ya no quepo en la luna de tanto andar las noches
tuteándome con todos los duendes de la calle;
digo que un hombre solo, sólo es un hombre solo
y que no tengo tiempo de amparar solitarios.
Tanto andar, tantos pasos por las calles en vilo,
cuánto que uno se busca, tanto que hemos andado
—no digamos que todos, pero la mayoría—
buscando el fundamento de lo que nos separa,
de eso que no nos deja reunir la alegría
y repartir a todos la sal, el pan y el agua,
esos tres elementos de que se nutre el grito,
el himno que supimos y el amor que nos salva,
tanto y cuánto que gasta la historia con nosotros
para que nos unamos de una vez por debajo
y sin embargo cuesta y sin embargo tarda
y sin embargo hay alguien que caerá mañana,
alguien que hoy no ha comido con los hijos mirándolo,
mirándonos, mirando tus cereales, patria.
Sumar uno más uno hasta llegar al hombre,
al país que dijimos sin olvidar a nadie,
súmame, patria, el niño que te ha visto vestida
de estival y muchacha con los sueños al aire
pero con lo labriego, con lo gremial del canto,
súmame lo de todos, cuéntame padre y madre
porque así es como puedo soñarte el horizonte
y una dulce pradera de pan multiplicado.
Hay que juntar las ganas y contar desde abajo,
vamos uniendo rostros, manos, sueños, olvidos,
flor turbamulta quiero, a la altura del día
el regreso de todo lo que fue sumergido.
A partir de esta calle no hay posible regreso,
no hay otro pacto que este, pero sin apellidos
y no es fácil ni pronto, ni ya voy ni gemidos,
ni discursos ni curas, ni general ni edictos,
no hay arreglo, no hay nada que hacerle en este asunto:
hay que juntar las ganas, organizar el grito
y despertar dé pronto como un solo estallido.
Patria, amor mío, es hora, se han cumplido los siglos,
estoy fundiendo todas las manos de tus hijos,
aguarda que ahora tengo el corazón al viento
y en el viento un aroma popular encendido.
Espéranos, iremos por los barrios hermosos
donde el día transcurre custodiado de niños,
diciéndonos que es grave pero bello tenerte
limpia de capataces metálicos y cínicos.
Espérame. Esperemos. El último ha salido.
Hay que marchar con todos para soltar la aurora
dentro de tu pueblo como un inmenso río
por donde irá la vida liberada cantando:
ya vuelvo, amor, América, espérame en el trigo.
AHÍ VA LUCAS ROMERO
1962
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FILIACIÓN DEL ROCÍO
La mañana inicial sube embestida por la luz
principal y entrañable;
ya está nupcial soltando las palomas
entre la adolescencia de los árboles,
buscándolo,
tocándole lo verde que anda en la arboladura de su sangre,
lo verde flor que es él cuando amanece,
cuando amanece flor a flor de labios:
todavía aromado,
aún simiente,
aún simiente aroma enamorado,
amanece,
despierta lentamente por regiones de luz,
a pasos cálidos,
mientras que, panza arriba, el sol paterno
pasa sobre los humos del verano,
bebiéndolo,
lamiéndole la índole,
abriéndole la puerta de los párpados
por donde entra el día hasta su boca,
hasta su corazón verde y oceánico;
sube, viene,
lo busca la mañana
y aún tiene en la piel mujer y mosto,
su mujer moscatel en el costado,
dormida todavía como greda,
gredosa e inocente a su costado,
como greda dormida en la inocencia del barro maternal
que está soñando;
así,
tirado así de las raíces,
Lucas Romero asume la mañana.
Y todo es nuevo entonces,
bien nacido,
todo puede empezar esta mañana,
seguir creciendo,
andar el agua nueva que adentro del rocío está sonando
con un ruido interior de tierra herida
por la lengua estival que enreda el agua;
y él, entonces, de pie,
yendo y viniendo,
poniéndose de acuerdo con los pájaros,
semental y aturdido por el júbilo
que pasa por la brújula del aire:
mírelo aguaribay,
véalo rama,
tenga en cuenta sus manos vegetales,
fíjese, cuando mira el horizonte, cómo le queda el cielo
en las pestañas:
tan como en su lugar, pero ya ardiendo;
allí, de pie y raigal, con ese modo,
esa manera de paisaje que anda.
Véalo transitar en su armadura,
en la bandera viva de su traza,
en el cobre terrestre
de su pecho
y en la paz de sus huesos minerales;
acérquese,
miremos su ternura,
lo frutal de su boca de durazno,
la frente de soñar duendes y siembras
en la locura cereal del año.
Ese rostro trigal,
esa existencia circular de su voz y de su sangre,
allí en la luz,
cruzando por la tierra,
cruzado por la tierra y por el aire donde él residirá
y será habitado,
donde será habitado y habitante.
Así,
Lucas Romero se recobra,
sale a vivir,
bebe su trago de alba,
de pie sobre su vida numerosa,
alto
en la luz mayor de la mañana.
CORAL DEL NACIMIENTO
¿Cómo adquirió la hombría?,
¿cómo ordenó el martirio?,
¿cómo llegó a ser Lucas?,
¿se sabe cómo y cuándo?,
¿dónde escuchó las voces que andan su agronomía?,
¿de qué madre tremenda mamó tamaño macho?
¿Cómo supo las cosas?,
cómo si no viviendo,
muriendo en los rincones sin perro,
enderezándose,
enderezando un rostro pateado por el odio,
queriendo ver y viendo por debajo del barro;
no, no lo trajo
el viento ni salió de las aguas;
no es hijo de las cumbres
ni siquiera tocayo;
fue parido en el medio de las trepidaciones
entre el jadeo humilde de un jadeo de madre,
allá en las plantaciones,
bajo el jornal maldito reptó,
nació reptando;
no fue ningún milagro.
Llegó a sumar la suma de la disentería
y a darle un golpe de hacha a su padre en la espalda.
¿Quién iba a hacer el vino para cuando él naciera?,
él, que nacía el último, casi como sin ganas,
varón únicamente,
fiero como el olvido:
—Otro más esa pobre…
—Otro agregado al hambre.
—Si se le seca el pecho dele leche de burra.
—Con la leche de burra se crían en un salto.
—Pobrecito ¡y tan fiero!
—Ya va a crecer no le hace.
—Mi josé nació gordo, no sé si usté recuerda, claro que en esa época
teníamos trabajo.
—Otro y con tantas bocas.
—¡Jesús!, ¡qué mala suerte!
—Los hijos son los hijos… y con lo mal que pagan…
—Hay que cerrar los ojos.
—Total, dicen que traen un pan abajo el brazo.
—¿Un pan?
—¡Qué más quisiera una que ya es coneja!
—¡La de panaderías que hubiera puesto el pancho!
—Es la suerte del pobre juntar hijos y penas.
—Traer guachos al mundo.
—¡Y lo que cuesta criarlos!
—Dígame a mí: catorce.
—¡Ay, los hijos, señora!
—Míreme a mí, catorce y tan pobres como antes.
Así rugía el coro feroz de las comadres,
así fue recibido su animal solitario;
él piensa, cuando piensa, que su padre sabía
que este hijo más bien era como otro golpe de hacha,
otro más,
otra boca,
otra tuberculosis,
¡otra escupida roja,
pero échele a la vida!
¡Viene la vida y vamos!,
y es lindo ser la vida aunque sea
en las últimas,
cuando la vida empieza ¿quién sabe dónde acaba?
Déjemelo que crezca con su fuerza inocente,
con su mágica fecha,
con su pancita al aire,
déjele esos ojitos con la vida en el medio
que ahí estoy yo
y me veo
y me gusta mirarme;
si él llega al mediodía,
si pasa por el fuego,
si me cruza la muerte,
si recuerda esta sombra que se para a mirarlo,
¿quién le dice?,
¿quién puede saber que no recuerda?,
¿y sí dice cómo era la sombra de su padre?,
¿y si llega?,
¿y si vive?,
¿y si cruza la muerte?,
es como estar quedándose adentro de la sangre;
déjemelo creciendo nomás, que en una de esas,
él le inventa otro oficio a la vida y al hacha.
Lo llamaremos Lucas porque me suena a mucho
aunque me ha dicho el cura que no anda con su santo
¿y qué?,
¿si a mi me suena?,
¿y qué hay?,
¿qué tanto santo?,
¡lo llamaremos Lucas porque a mí se me canta!
De ese modo tan simple Lucas tuvo su nombre,
en medio de esas cosas adquirió su campana,
pero en ese sentido:
—Lucas porque me suena,
—me suena en los abuelos,
—¡Lucas Romero y basta!,
—¡y basta para un niño que en una de esas crece
y me lleva en sus ojos
y muero mucho menos si quedo en su mirada!
Se recuerda el bautismo,
de algún modo lo sabe,
como si lo supiera lo lleva cuando pasa
viendo como dos veces las cosas y la gente:
¡ejercitando el hacha que lleva en las entrañas!
EL VERDE CORAJE
Si le dieran un palmo,
un territorio suyo,
si él pudiera ganarle al jornal rengo y magro
el tranco necesario,
digamos media legua,
si le fuera posible,
si le dieran el trecho de la sombra de un árbol,
si de pronto los amos lo amaran y quisieran,
si quisieran dejarse de incubar la violencia,
si no lo acorralaran
contra la piel raída de su piel de miseria;
si él pudiera moverse a partir del lucero
y penetrar al día con los ojos abiertos,
qué flor,
qué tallo dulce crecería en el aire,
qué paz,
¡qué vida enorme vendría de la tierra!
Subiría gozando ese aroma que digo,
ese florecimiento que cunde en la madera,
la madre numerosa que viene por el agua
pariendo en cada clima su infinita paciencia.
Si él pudiera ganarse el tranco necesario,
el palmo que hemos dicho con la voz subversiva
de la noche inocente,
cuando es inevitable querer,
buscar la vida,
esa que se va yendo,
la que se va y no vuelve
y nos cuesta saberlo mientras nos ronda el odio
y viene el amo y dice,
dice que no se puede,
que él tiene una escritura con un sello antiquísimo,
una vieja escritura con un sello indeleble,
que Dios sabe este asunto
y que esto es lo sagrado
de la vida y la muerte.
Y que si no que miren:
—¿Dónde almuerza el obispo?
—¿A qué puerta se llama?
—¿Quién cuida de la virgen?
—¿Dónde hace siesta el cura cuando la siesta quema?
—¿Dónde está Dios?
—¿Quién vela la muerte de los vivos?
—La muerte, sí, la muerte.
—Porque la vida es llanto.
—Dolor de haber nacido.
—Pira de sacrificios
y eso también fue escrito
con un sello indeleble,
aunque él reclame un palmo dando vuelta el sombrero,
dándole cien mil vueltas a su vida de hereje,
allí,
clavado al patio,
presencia del infierno,
ángel sensual del brote,
soñando sus tremendas bacanales de siembra,
tremendo,
¡fornicando la tierra en primavera,
echándole padrillos a las yeguas de octubre
y escuchando crujir la vida en los relinchos!
Allí, sin darse cuenta del pecado que asume,
Lucas del aquelarre dando vuelta el sombrero
pero si será imbécil,
si sera,
si supiera
qué maldición asume reclamando la tierra,
diciendo simplemente:
—Quiero un trecho de sombra,
ese justo,
ese sólo del árbol que yo puse
y subió con su tonta facha de pajarera
al aire,
al aire macho,
al aire macho y libre
¡que anda en celo y se acuesta con cada primavera!
¡Si será cholo idiota!,
¡si será coya loco!,
si será campesino,
¡pero miren qué bruto!,
girando su sombrero sin mirar a los ojos
y allí,
sin darse cuenta del pecado que asume,
hablando a media lengua de un territorio suyo
y que el Juan y que el Pedro
y qué se yo qué chismes,
solito como un poste,
sufrido y corajudo
y que eso ha sido anoche
y que de noche dicen,
dijeron,
me decían:
—Digamos media legua.
—A pagar con lo que haga.
—Con lo que me produzca.
Totalmente inconsciente
de lo que iba diciendo mientras que lo decía
—¡y Dios y la escritura que no se lo merecen!
—¡Y el general que duerme como todos los días!
—Y el juez.
—Y el comisario que anda con la comadre
—clueco
—poniendo huevos,
mientras él lo decía,
allí,
puesto en sus huesos,
¡dando vuelta el sombrero de la muerte y la vida!
La paz,
la paz del mundo girando en su osadía,
pero si será bárbaro,
¿pero a quién se le ocurre?,
sólo a él a esta hora del sol sobre la vida,
la vida sí,
la vida,
propiamente la vida,
ese monstruo insolente,
esa que crece y grita,
esa que muerde y clama
clamando en la alegría;
ese adorable oxígeno,
esta que va contigo,
que va con él, conmigo
cuando digo la vida;
aunque él no se dé cuenta de un modo milenario
y vaya
y pida un palmo,
un territorio trigo,
dando vuelta un sombrero girasol y amarillo.
LOS PROFETAS
En el vino coral de los boliches
se dijo y se redijo como un salmo violento:
—Algún día esa luna
—esa noche que roe los huesos del silencio
—ese macho entrecejas que anda juntando gritos adentro del coplero
—va a salir empujando las brujas y las puertas
—mojado de milagro
—caliente y estupendo
—va a salir
—va a dejarse de gastar la alegría de su sangre tremenda
—y alto de noche y luna
—todo de esa materia
—va a amanecerse andando las leguas del rocío
—¡con la bolsa de pájaros al hombro de los sueños saldrá Lucas Romero!,
—¡algún día esa luna!,
—¡ese Lucas Romero!
Él,
tan mapa,
tan hombre,
tan oliendo a madera,
justamente este prójimo que se explica en su sitio
por la índole viva de su sombra en la tierra,
ese con ojos ríos que vara pero no vuelven,
ese mismo
tan luego,
él que sabe el oficio verde jugoso y verde que ejercita la siembra:
—¡Va a salir!,
—¡va a venirse a trancos populosos
y pasará pisando un viento de hojas secas!
Allá atrás lo demoran,
la condición dolida le duele y lo demora,
a diario anda sacándose la arena de los ojos,
los puñados de sombra que los brujos le arrojan
para que llore arena cuando se quede solo,
para que llore solo cuando nadie lo vea,
para que no se mire la situación
y olvide
y se demore y tarde,
maneado por las sombras.
Pero él escucha.
A veces
lo nombra por su nombre la tonada profeta,
lo llama
cuando baja los ríos apacibles
el martirio filial del padre jornalero,
la voz, partida al medio, de su mujer quejándose,
¡el vino agitador de los sábados ciegos!
El siente que lo busca la memoria que lleva,
lo lleva y no lo deja
y se le mete al sueño
quemándolo,
quemándole por la noche la lengua
la de putear lo torpe del compañero flojo,
la de babear carajos cuando la borrachera
le acogota la bronca detrás del trago turbio
y lo arroja,
lo tira por dentro de la noche
¡al vómito animal de la muerte trapera!
El siente que lo llaman,
escucha que lo nombran
él siente que lo busca la memoria que lleva,
porque allá donde calla se le junta la furia
¡procreándole sueños de alarido y panteras!
TREGUA DEL DÍA
El mediodía huele a su naranja.
Sobre la mesa fulge un pan reciente
y el vino capitán guía su barca.
Hoy es día de pago
y está pleno,
está sobre el mantel repantigado
con un florero gordo en el ombligo,
redondo en la ternura de la casa.
¡Cómo huele la flor de la cocina!,
¡qué panzada de amor hierve en la hornalla!
Una alquimia laurel sueña en la olla
la danza maternal de las cucharas,
zahumando la antigua brujería que sube en el vapor,
que anda en el aire,
con su cesta floral poniendo aroma
en la voz aromada de la Paula.
A esta hora viene.
Ella lo mira
por el ojo guardián de la ventana
y él abraza la fiesta de sus niños
y se viene racimo por el patio,
preguntando sucesos pequeñitos,
tropezando en el perro,
a carcajadas,
bebiéndose los ojos de los hijos,
sintiéndolos crecer entre
los brazos,
como sucede siempre a esta hora
que el mediodía huele a su naranja.
¡Qué nacional su voz!,
qué idioma hermoso suena en su nombre
cuando llega y llama y dice traeme agua y ella corre
con el rocío que guardó en la jarra,
el agua mañanera,
la del día,
la que le lava el polvo y el cansancio:
él se mete en su euforia,
chapalea,
se salpica de vidrios las pestañas
hasta que queda nuevo como un potro
que fuera por la lluvia galopando.
Con los niños detrás,
dándole vueltas,
moliendo el cascabel de las palabras,
va,
se sienta con ellos a la mesa
a presidir la bulla de sus pájaros.
¡Si se vieran vivir!,
si les dijeran
que esa es la paz,
si fueran a decirles:
—¡La paz del mundo vive en esta casa!,
¡qué ojos de no saberlo que pondrían!,
¡qué fábula de asombro!,
¡pobre Paula!,
no atinaría más que a servir vino
y a ofrecer de lo poco su bocado,
porque hasta entender bien, ¿qué pasaría?,
¿qué haría él en medio de sus pájaros?,
mirando a esos señores en la puerta,
oyéndolos:
—La paz vive en su casa
—esta es la paz que sueñan los que sueñan
—¿la paz?,
—¡la simple paz que hay en su casa!
Pero no,
déjenlos.
No tricen esto.
De algún modo vital ellos lo saben.
Por algo él busca firmas por las noches
y es vocal titular del sindicato.
Hoy es día de pago,
día pleno:
el vino capitán canta en los vasos,
mientras la Paula sirve la comida
y el mediodía huele a su naranja.
FURIA
La noche socavón vino y lo dijo.
Se puso hablar de atrás, como agachada:
—¿Así que el capataz se anda largando con la mujer del Lucas?
—¡Cuente…!, ¡cante…!
—¿Y que ella no le da, pero él la busca floreándose a orillas de la tarde?
—¡Ya le va a dar!, no hay hembra que resista…
—¿Se acuerda de la Zoila de Morales?
—¿La tetona?
—¡La misma!, ¡si habrá visto el cielo de espaldotas che compadre!
—¿Y las hijas del turco?
—¡Y tanta y cuánta!
—Quien le dice que no.
—Tardes y fardes.
—Él siempre cajetilla.
—Perfumado.
—Paradito en el hilo del donaire.
—¡Si estas pobres mujeres están fritas de sus machos cansados y sudando!
—¡Las ganas que tendrán de darse el gusto y echarse, porqué no, su cana al
aire!
—Y esta no puede ser tan no me mires.
—Hembras son hembras.
—Ya verá compadre.
—Aunque ella no de bola cuando pasa.
—¡Le ha echado el ojo el capataz y basta!
—Y me lo dijo a mí: ¿cuánto se juega a que dentro de un mes la tengo abajo?
—¿Y usté?
—¡Me le achiqué!
—¿Quién da un centavo por la mujer del Lucas en el trance?
La noche socavón vino y lo dijo
y al mes y un día Paula fue a quejarse.
No quería decirle esto a su Lucas,
de semejante cosa lamentarse
—pero es que ayer ya vino hasta la puerta a hacerse el loco y tal como si
nada sin fijarse que estaban las criaturas y que yo soy una mujer casada.
Y lo decía allí,
mirando el suelo,
de pronto niña rosa de la tarde,
ahora con un rojo pequeñito
quemándole las rosas de la cara.
Otra vez como entonces
cuando dijo:
—Que sí, que bueno, vos habíale a mama.
Otra vez con el pie
rayando el suelo,
escribiendo en el polvo:
lucaspaula,
con la punta del pie pero en la tierra:
que sí, que bueno, vos habíale a mama
que sí, que bueno, habíale, Lucas, Paula.
Y él que ya lo sabía,
que lo supo allá en el socavón de los borrachos,
que sabía esa queja,
que conoce la madera velero de su Paula,
la miró con los ojos que ella sueña,
desde el fondo del fondo de la sangre,
y le dijo:
—¡Ya vengo!, ¡no pregunte!
Y se metió en el ruedo de la tarde;
de esta tarde que tiene treinta insomnios,
treinta dagas melladas en su carne,
esta que él esperó
que se soltara
de los labios damascos de su Paula;
esta que ya nació y que va en su frente
mientras avanza en medio de la calle,
dotado de su fuerza
y su alegría,
soldado de lo suyo,
miliciano,
golpeando en los boliches como un viento,
escupiendo sus señas,
preguntando:
—¿Ha visto al míster?, ¿dónde?, ¿cómo dice?, ah, sí, está bueno, ¡allá voy
compadre!
Y cuando entró al obraje lo halló solo
aferrado a la balsa de su vaso,
con su piel sin color
y sin banderas,
con ese cuerpo que no huele a nada
y allí le dio,
le dio sin desperdicios,
le molió los gemidos a trompadas
en nombre del amor
—¡gringo de mierda!
Y algunas otras cuentas atrasadas.
CANDIL DE LA ASAMBLEA
En el ojo candil de la asamblea
llora su lloro un ímpetu empinado.
Ahí viene el Pedro Cobre con ojos socavones
cavando en la penumbra su paciencia de estaño,
viene,
ahí viene viniendo,
llega de los badajos,
se sienta lentamente y la luz cuchillera
se le arroja cortándole la sombra en mil relámpagos.
Serio,
en la misma cosa,
Coya Manuel ya vino;
entró con ese modo sereno y altiplano,
mascando su silencio, por las mismas razones,
por las mismas cuestiones, llegó y quedó esperando.
Alguien dijo:
—¡Es lo justo!,
mirando los candiles,
como para saberse y estar leal y exacto.
Pancho Salitre entonces entró con su intemperie,
salado hasta los huesos,
sumido en su campana,
porque el obraje junta las brújulas del hombre
y las brújulas juntan su rumbo en los obrajes.
Afuera,
el viento oscuro soltó todos los perros,
los metió en el silencio y los dejó aullando.
Fue cuando la distancia trajo a José Galope,
polvoso y andariego,
rodeado de ráfagas;
Ramón Petróleo trajo papel y un lápiz mocho
y dijo:
—Compañeros, respondan cuando llame.
—Alumbre que yo escribo.
—Alúmbreme.
—Alumbremos.
—Compañeros, pongamos la luz donde hace falta.
Alguien dice:
—Presente…
Pero más bien de adentro,
como apagando el grillo de su voz solidaria.
La cocina está al tope.
Sigue llegando gente.
Jacinto Litoral arma un humo de chala.
Un moscardón afónico ronda por la asamblea,
zumba,
serrucha un nombre
y cae acribillado.
Entra Lucas Romero con la noche entrecejas
porque anduvo citando la gente por los ranchos:
—La María frutal está de encargue
—ya se puede empezar
—no sé quién falta…
Debajo,
en las polleras de la noche,
la asamblea organiza sus demandas,
se cuenta que son cuentos,
que ya es hora,
¡que hay que enfrentar las cosas y empujarlas!
La voz va de hombre en hombre como un rito,
como un toro ritual y organizado,
tironeando los hechos hacia afuera,
topetando en la hombría las palabras,
topándose con ojos como puños
que empuñan la asamblea por las astas.
En el orden del día quema el viento
largo y territorial de la esperanza:
—Pongamos la unidad como hemos dicho.
—Hay que exigir lo justo y razonable
—ponga mejor salarios para todos
—anote abajo la reforma agraria
—la lucha está en el voto
—ponga el voto
—que nos dejen vivir y organizamos
—vamos por parte pidan la palabra
—compañero no es vida en el obraje
—aquí hay que unirse todos
—por ahí vamos
—no hay que miar contra el viento desunidos
—la cosa es comprender
—en eso estamos.
Por debajo del sueño de los amos,
del sueño ya sin sueños,
por debajo
de la gendarmería y la opulencia
ellos velan su insomnio castigado,
vuelto a nacer,
caído,
clandestino,
enterrado y perdido y encontrado.
Lucas Romero halla su destino,
se ve candil,
llamea en sus hermanos.
De pronto han dicho
—¡huelga!,
gravemente
y su hombría ya tiene su tamaño.
Se ve Frutal, Salitre, Cobre, viento,
Coya, José, Ramón, Jesús, Portuario
, furia territorial, Jacinto, Selvas,
país, tierra filial, galope, estaño.
Escucha preguntar.
La voz lo busca:
¡está escuchando ser a sus hermanos!
—Pablo Portuario… bueno…
—¿Andrés Café ya vino?
—¿Estuvo en la otra huelga?
—Respondan cuando llame
—¿Jesús Floral, pregunta? No. No murió. Ya viene…
—Claro que estuvo a un pelo.
—¿Usté estuvo esa tarde?
—Casi pierde la sombra pero aún hace sombra.
—Lo anduvieron buscando pero no lo encontraron…
El sueño de los justos los reune en la noche
para hacerse justicia detrás de los candados.
La luna está de hierro,
policial,
luminosa,
buscándole la boca a puertas ventanas,
pero nada se filtra de la luz que hay adentro,
procreándose,
naciendo,
propagando su llama,
¡mientras la noche huye de los perros del viento
y el miedo le hecha llave al sueño de los amos!
MISTER MANDAMIENTO
Con el aire pastor entre las piernas
cayó preso esa tarde entre las ramas.
Para qué sospechar hechicerías,
cruces de sal,
conjuros en el rastro.
¿Adónde iba a esconderse?,
adonde iría
si no al regazo verde de los árboles,
al monte suyo donde supo el silbo,
a la patria ramosa de los pájaros.
No fue a su casa pero vino al monte
y en el monte, sin vueltas, lo agarraron.
Allí era pan comido,
justamente,
por ese rastro verde, el comisario
sabía que daría con el hombre
y entonces fue a buscarlo entre los pájaros.
De allí se lo trajeron sin el silbo,
con el aire pastor y sin las ramas,
rodeado del acero ciego y sordo,
viéndolo de reojo,
calculándolo,
sin comprender al cuerpo del delito,
sin más datos que el nombre,
sin más causa
que la huelga de ayer,
sin mediar crimen
ni violación ni robo o desacato.
Lo trajeron redondo al calabozo
con el aire pastor aprisionado
y sin saber qué hacer con su silencio
ni por qué letra exacta sumariarlo,
a pesar de que el gato de los códigos
tiene,
como se sabe,
cinco patas;
pero no dice huelga en los incisos
y esa es la cosa porque el míster clama
y golpea la mesa y si lo apuran
le echa el caballo encima al comisario
—que trató de explicarle lo del código
con toda la elocuencia de sus brazos—
cuando el míster salió como escupida
dijo:
—¡País de mierda!,
y dio un portazo.
Él está preso al fondo,
entre las sombras;
se llega al calabozo por el patio,
un patio viejo,
transitado a oscuras,
vivido,
con más rayas que una mano;
un patio donde estuvo la tristeza mirándose,
mirándose,
mirando
cómo el día da vueltas por el mundo
y entierra por la tarde su milagro:
empozado en el vientre del crepúsculo
y luego va muriéndose despacio,
muriéndose en los ojos de los presos
donde hay un animal crucificado
que mira por su herida la inocencia
con ojos de cordero degollado.
Pero es que ahora es él.
¡Y es tan distinto!
La celda esconde a un prisionero extraño.
¡Debe haber un error!
¿Dónde está el ángel?
¿Qué se hizo del profeta que mandaba?
¿Qué mandamiento es este que no rige?
¿Qué número lo tiene aprisionado?
¿Dónde está escrito
lo que no está escrito?
¿Cómo se sabe lo que nadie sabe?,
¿de qué tabla cortaron la madera para enterrar con Dios a este cadáver?
(Y eso cruza por dentro de la gente.
La memoria es muy pilla y Dios lo sabe
y a la hora de misa, las comadres
van a salir al atrio a comentarlo,
a guiñar sus preguntas y a comerse
la comidilla de los novenarios).
O no.
No es cierto.
¡Míster puede todo!
¡Vamos!
¡Métale el sello, comisario!
(Explíquele a sus hijos que era cierto:
que mató al hijo y se comió el cadáver,
que estos perros cochinos comunistas,
que era orden de arriba, que no es fácil,
que la patria peligra, que era justo
y que la ley estaba amenazada
que el míster trajo aquí pan y progreso
—y pongo el sello y me voy campante…).
¿Y?
¡Vamos!
¿En qué topa que no entra?
Por qué se esconde en el articulado
¿y el inciso y la ley?,
(—¡país de mierda!).
¡Póngale el sello! ¡Váyase campante!,
siga al pie de la letra las letrinas,
¡jubílese en su ley de comisario!,
¿acaso a usted le importan los murmullos
que le siguen la sombra por la calle?
Ahora que es de noche y nadie mira,
él está allí mirándola,
mirando,
viendo cómo las bestias de la sombra
comen la luna que ha caído al patio.
Él no sabe que el frío de las celdas
corta el sueño a tajadas en la espalda
y anda con su cuchillo por la noche
derribando la hombría y desollándola.
Y allí está con lo puesto,
silencioso,
con solo el ruido de su sangre que anda,
escuchándose ser,
siendo en lo oscuro,
adquiriendo la lumbre de su lámpara,
dispuesto a resistir y a resistirse,
creciendo en el silencio como un árbol.
En eso está cuando oye que lo nombran,
por debajo del frío,
unas palabras,
y el Milico Manuel,
pegado al muro,
le pasa un pan, un trago y una manta.
PLENARIO DE LA NOCHE
La soledad cavó por su silencio
y lo encontró habitado.
De nada le valió su vieja maña
de acogotar los presos,
derrotarlos,
cuando ella viene rata y se los come,
la noche polleruda como un fraile,
y ellos,
los presos rotos,
los vencidos,
crujen bajo sus patas sollozando,
dando vueltas y vueltas en las sombras,
despiertos,
con el sueño degollado,
acurrucándose entre los orines,
llorando el perro de los solitarios.
De nada le valió.
Cavó y no pudo.
La soledad se puede a los culpables.
Entró a su corazón como a morderlo
y lo tenía lleno de habitantes.
El era otro cantar en esa celda.
Estaba de asamblea con su sangre.
(El sonido tenaz de su silencio percutía en el vientre
de la cárcel,
cuando contestó al Roque:
—Estoy de acuerdo, yo siempre he caminado hacia adelante
y vino el capataz pasando lista,
preguntando quién era el delegado
y nadie contestó ni movió un pelo
hasta que él avanzó sin más palabras,
custodiado por ojos proyectiles que lo hacían sentirse acorazado.
Anunció:
—¡Huelga!,
con su voz bandera
y sonó un estampido en el obraje).
El deja que la noche entre y lo huela
y que la soledad venga y lo lama,
porque está miel pensándose la vida,
la vidamiel que ha hecho con sus manos
hasta que un día supo:
¿quién se come
la miel multiplicada de mi patria?
Quién sea que la come,
ese me come,
ese come la miel de mi trabajo,
come, me come, alguién me está comiendo
la tierra, el agua, el sol, el día, el año
y se come lo dulce que yo quiero
de la miel fatigada de mi Paula,
la tierna miel que sube por mis hijos
a llenar la colmena de la patria.
Si me dejo comer la están comiendo.
La seguirán comiendo por añares.
Nos seguirán comiendo, vida mía,
mis muchachos de miel, mi pueblo,
¡Paula!
Cuando él salió a luchar, afirmó:
—Es justo…
con su rostro
de autorizar las cosas necesarias,
mientras cortaba pan como palomas,
sabiendo sin saber dónde miraba,
mirando sin mirar hacia el camino
que aguardaba detrás de la ventana.
Alta es la noche ya;
negra en su rostro,
vuelve el hocico para succionarlo
buscándole el lugar de la tristeza,
derramándole miedo por la cara:
(¿y si vienen de noche, como dicen
y le sacan las uñas y lo capan?
¿Qué más pueden hacerle?).
Lucas piensa.
Organiza su hombría.
La repasa.
(Si vienen no respondo por mi muerte,
¡respondo por mi vida y eso basta!).
(Como cuando esa vez en el Ingenio
que le quisieron abonar con vales
y protestó:
—¡No vengan con papeles!, ¡no cobro con papeles mi trabajo!
Y el capataz se vino con la lonja azuzando alcahuetes
y carajos;
recuerda, en el hocico de la noche,
qué miedo antiguo le paró la sangre,
como retrocedió hasta que le dieron
el primer chicotazo por la cara
y cómo
—no recuerda con qué furia—
se los limpió a coraje y manotazos).
Eso está en orden.
Por ahí no duele la noche que ha bajado a succionarlo,
pero es que, en una de esas, la tristeza
comienza a tironearlo de los párpados,
como si fuera sueño,
un sueño húmedo:
la Paula con los niños esperando,
si sabrá que está preso,
si lo piensa
asomada a la gota de una lágrima,
navegando en el río de esta noche
el mismo insomnio que él va navegando:
(¡duérmete Paula!, ¡duerme!, ¡si durmiera…!,
¡pero qué va a dormir!, ¡tan luego Paula!,
si esta noche
tiene ojos en sus ojos
que salen de la sombra a contemplarlo:
¡Cuídate Lucas,
que la noche es fría!,
seguro que andas con el pecho al aire…,
¡qué costumbre, señor!,
¡después me vienes
hablando de dolores en la espalda!).
Y entonces ríe,
sobrevive y ríe recordando los dichos de su Paula,
de pronto está de pie pero ya entero
mirándola mirarse en su mirada,
justo cuando la luz,
allá en el patio,
¡clava la daga de la madrugada!
LAS PUERTAS DEL DÍA
LA luna había muerto en los últimos grillos,
acaso apuñaleada por el canto del gallo,
dormía bajo tierra con el vientre luciérnaga,
velada por el rito terrestre de los sapos.
Piel de la Luz,
el cielo,
creció en el horizonte,
redondo como siempre,
con su piel de damasco;
y el alba,
a una altura de cigüeña y molino,
parpadeó en el regazo rocío de los árboles.
—Ya puede irse, don Lucas, hay orden de largarlo
Lucas juntó sus cosas mientras que le decían:
—Usté estaba en la lista de los presos gremiales
Lucas juntó el silencio cuando oyó que decían:
—¡Pero, hombre!, con dos hijos metido en estas cosas…
—Yo sé lo que le digo, ¡déjese de macanas!
Pisó por el silencio de la calle dormida.
Salió,
dejó la sombra sumada en el sumario.
Rodeado de su música bebió el aire primero
y según el sonido, fue orquestando sus pasos.
Se acomodó las ropas
con ese modo suyo de organizarse el alma,
y entonces,
ya sin sombra definitivamente,
amaneció en el ruido nutrido de la calle.
La misma calle suya con el pez en el charco,
esta que tiene puertas y madres palpitantes,
la misma,
la que cruza por el mapa del día,
ida y vuelta en la vida,
su pisoteada calle.
Esta misma que pisa
sabiéndole los ruidos,
escuchándola ser, viéndola procrearse
a partir de esa casa,
de aquella madreselva,
sintiéndola moverse a partir de la sangre,
sonando,
percutiendo en la vida tremenda
que irrumpe con el sueño trizado de campanas.
Él no se ve los ojos ni la altura que lleva
—si se viera venir sabría su tamaño.
Mientras anda recuerda,
pone en orden su fuerza,
se penetra el olvido pero lo encuentra claro.
Delante suyo, un niño que sabe de memoria,
imbatible de júbilo, lo lleva de la mano.
(Se mira para atrás, se está pensando;
recuerda la escritura de los hechos:
con la memoria atrás se ve pidiendo
la tierra girasol en el sombrero
o aquella rebeldías solitarias
de quemar una noche la quincena
porque tengo y lo pago y yo lo gano
y ando con esta vida y me la bebo;
se ve venir azul, se está mirando
amanecer vinagre y sin un peso,
roto, herido en el ala, turbio y torpe,
topetando en la culpa de los ebrios;
recuerda cuando andaba aborrecido
gastándose el coraje en entreveros,
escupiendo el amor en los quilombos
y con la suerte renga, a contrapelo;
se acuerda como fue que andaba solo
cebándole los lloros al silencio,
gastándose la voz en los boliches
y metido en el lloro de los perros;
se ve, se está mirando esos rencores,
el desamor, la arena que le duele,
jugando a que no existe la esperanza
y náufrago de todos los pañuelos,
solo nomás, perdido entre la furia
que entonces le sobraba en el silencio).
No se mira y ya se sabe que ahora viene entero,
que cada paso suyo será un paso adelante,
trae maduro el vino,
lleva el tiempo cumplido,
vuelve de una manera creciente por la calle;
sabiendo por sus nombres las puertas herrerías,
la esquina bolichera,
el umbral del compadre,
nombrándolos,
queriendo besarlos en la aurora,
colgándole cogollos a todas las ventanas:
la Irene de don Pedro,
el muchacho de Gómez,
la situación hermosa de verlos padre y madre;
la paciencia de Tello que está pagando el lote,
las gallinas de Suárez a orillas de los gallos.
Enseguida las puertas van a soltar la vida,
—lo sabe, mientras cruza, musical y callado—
un aroma de niños se pondrá en movimiento:
enseguida las puertas van a abrir el milagro.
No sabe que lo miran desde el río del sueño,
no sabe que lo saben, pero lo están mirando
porque él ha vuelto entero de la vida que lleva
y trae una madera bandera y navegante;
porque ya no regresa sino para saberse
y esta mañana avanza con los ojos delante,
como si no supiera pero sabiendo todo
lo que un hombre precisa para ser su habitante
en tanto que es de día y el alba está desnuda,
¡y él viene de su vida, creciente por la calle!
Seguramente, el sol le hará una sombra nueva,
cuando salga y se suba por la piel del verano
—dentro de cuatro gallos—, cuando nazca amarillo,
y, como estaba escrito, lo encuentre caminando.
No sé, tal vez los pasos, su crujido en la tierra,
el modo intencionado de mirar adelante,
algo que ahora lleva pero también lo lleva,
no sé, sin duda el ruido de sus pasos timbales,
algo de su sonido, no sé, tal vez el viento
despertó a las rituales vecinas de la calle:
—¡Ahí va Lucas Romero…!,
dijeron, se dijeron
con las voces corales fuera de la ventanas:
—¡Ahí va Lucas Romero…!
—¡Jesús, niños!, ¡despierten!,
con los ojos paloma, las vecinas corales:
—¡Ahí va Lucas Romero…!
—¡Ahí va…!
Lo están mirando.
Algo,
sin duda el viento,
va música en la calle.
TONADAS PARA USAR
1967
CANCIÓN DE UN PESO
Hoy, al salir de casa,
me encontré una moneda.
Un peso. Un sol
mondo y lirondo de metal.
Bueno, yo sé que nada
se compra con un peso:
ni un fósforo
ni un barco
ni una espiga
ni un pan,
pero dije: es mi día
de suerte. ¡Hermoso día!
Y con el sol delante
me puse a caminar…
Llamé a todas las puertas
y no encontré trabajo
ni un fósforo
ni un barco
ni una espiga
ni un pan;
el día, como siempre,
retiraba sus redes
y, con la tarde a cuestas,
tuve que regresar.
La gente de mi pueblo
apenas gana un peso.
Un peso. Un sol mondo
y lirondo de metal.
Sabe que poco y nada
puede comprar con eso:
ni un fósforo
ni un barco
ni una espiga
ni un pan.
Sin embargo mi gente,
la gente de mi pueblo,
con todo el sol delante
¡se ha puesto a caminar…!
LA GRAN GUERRA
Al parecer Abel
no quiso ser guerrero.
Caín, según se sabe,
lo desnucó por eso.
Se dice que se odiaban
con cierto fundamento:
al parecer, no amaban
los dos el mismo juego.
Ganó Caín y tuvo
muy larga descendencia:
una enorme familia
de yankis y banqueros.
En los ratos de ocio
jugaban a matarse.
Pero ya no era un juego.
INFORME EN LAS TINIEBLAS DEL ULTIMO «MARINE» EN
VIETNAM
«… Viene de todas partes como la madrugada.
Cósmicamente empieza sin un solo estallido.
La luz entra de pronto. Desarrolla el silencio.
Crece luego en la altura extendiendo el espacio.
Se nos hace imposible conservar las tinieblas.
El sol devora todo. Entra por todas partes.
Ayer hicimos sombra un arrozal entero
y ahí están nuevamente sembrando llamaradas.
Espero nuevas órdenes. Den nuevas instrucciones
porque la luz lastima la moral del soldado.
Ayer, mientras matábamos, enloqueció Jin Hovver:
gritaba que la muerte no propaga lo oscuro.
—¡Maten la luz! pedía. Hubo que silenciarlo.
Hoy, a las 3 PM, tomamos la Colina
y a las 7 PM fuimos desalojados.
Puedo jurar que estaba toda el área desierta
pero, como un relámpago la luz vino de abajo.
¡Sáquenme de este infierno! ¡La luz nos ha cercado!».
¿QUÉ HAY DETRÁS DE UN COLORADO?
Para el humo del mundo, para el breve
placer de sonreír junto a las olas,
para antes y después de los amores,
cultiva el tabacal fragantes hojas.
Lejos,
allá en el norte,
Candelario
pita su chala y muere.
¡Esa es la cosa!
LA POBRE GENTE
Pobre la gente pobre
con semejante frío.
A patacón por cuadra
y aterida de olvido.
Pobre la gente
pobre,
por las calles lluviosas
con todo el viento en contra
y el bolsillo vacío.
No lejos,
no muy lejos,
estaba yo cantando
una canción con sol
y ojos de nomeolvides.
No lejos,
no muy lejos,
estallaban los suspiros.
¡Estaba yo cantando
y rompí la guitarra,
la hice añicos
delante del sol
y los suspiros!
¡Pobre la gente pobre,
con semejante olvido!
EL PEZ POR LA BOCA MUERE
Si la paloma muere de un hondazo
o de pasear la paz por las praderas,
si muere la paloma, como es justo,
tal vez la vida cumpla con la muerte.
Y si el cantor se muere de su canto
porque al cantar el corazón le crece,
está muriendo de gritar la vida
y, si se quiere, de su propia muerte.
Así debiera ser un siglo y otro:
verano, otoño, invierno, primavera,
girando sobre el eje de los vientos
con el ritmo del cántaro y la rueca.
Debiera ser así. El asesino
desarmoniza la naturaleza,
mezcla las estaciones y los vientos,
corta las manos de las alfareras.
Si Pedro entra en el monte esta mañana
y no vuele del hambre y la culebra,
si Juan se muere de soldado y lejos
y cae una napalm sobre una escuela,
¡la vida debe armarse hasta los dientes
y acribillar la muerte hasta la médula!
Después, puede girar de nuevo el siglo
con el ritmo del cántaro y la rueca
y en el eje del viento molinero:
verano, otoño, inviernos, primaveras…
LA LUCHA
Con una flor, con una
manzana solariega,
con un cogollo y una
granada de rocío,
puedo cortar de cuajo
la oscuridad del lobo
y el odio y la amarilla
vejez de los colmillos.
Esta es a lucha, es esta
la suerte de los siglos:
de un lado el jardinero,
del otro el asesino.
El hierro será el hierro.
Pero el lirio es el lirio.
TONADA DEL ENTENADO
Aquí
donde me ve,
así
de tan inmenso:
con la pampa en los ojos
y la piedra en la mano,
con mi abuelo alarido
y mi madre y mi padre
dele galope,
dele
fundar país pariendo
hasta rajar la tierra
y hacerle
un hijo macho;
aquí,
patria por medio,
entre un río
y un árbol,
monté mi sangre en pelo
y no fui liberado.
Aquí
donde me ve,
sigo aún desterrado.
Así,
de pata al suelo,
ilegal,
perseguido,
en bolas,
clandestino,
cuero al sol,
estaqueado,
buscando mis fantasmas
entre las polvaderas,
lejos de Dios,
de a pie.
¡Y encima
desarmado!
PROHIBIDO PROHIBIR
Estaba la ventana dando voces
de agolpada y furiosa primavera,
se partía la yegua en un relincho
y era un ruido caliente la colmena.
Subían llamaradas a las ingles
y era muchacha el tacto de la greda.
Abajo, la semilla era un escándalo
y un grito genital toda la tierra.
La Juana miró a Juan. Juan a la Juana.
El sol, inmemorial, quemó la leña.
De lejos parecía que era un humo,
pero era de ellos dos la polvareda.
RÉQUIEM POR LA MODELO
Lástima la modelo
con esos ojos suyos
y ese cuerpo de lujo
natural, pero ajeno.
Lástima esa muchacha
que podría fundarnos
con su joven milagro
casi un pueblo de nuevo.
Lástima. Es una lástima
su desnudez de hielo,
su mirada de vidrio,
su sexo sin misterio.
Lástima que no tenga
terror por su agonía
y que su piel de fruta
no sienta el manoseo.
Qué lástima esa risa
de bonita bobita,
siempre crucificada
por el lucro y el tedio.
Lástima. Es una lástima
que nadie se lo diga
y que su primavera
se venda al menudeo.
¡Qué lástima, tan joven
en un mundo tan viejo!
EL BIENAVENTURADO
Aquel hombre de enfrente,
simple de corazón,
agonizó sus años
corriendo a tres empleos.
Un día, simplemente,
su simple corazón
le estalló en una esquina
y despertó en el cielo.
Dios, bonachón y antiguo,
le dio la bienvenida,
palmeándolo y diciendo:
¿Qué cuenta de la vida?
Y aquel hombre de enfrente,
simple de corazón,
se quedó boquiabierto
y preguntó: ¿qué vida?
MUERTE EN LO VERDE
a Santiago Pampillón
La muerte dio en lo verde.
Era septiembre
y la luz combatía en todas partes.
Era septiembre adentro de septiembre
y la flor regresaba a desnudarse.
A un paso de tus ojos vi la muerte:
estaba de tiniebla,
agazapada,
como suele esperar detrás del viento
para herir lo que crece por la espalda.
Y dio en lo verde.
Nos hirió en septiembre
cuando la primavera era un muchacho.
ALGO SE MUEVE
Galileo abjuró.
Dijo que se tuviera
lo dicho por no dicho.
Pero desde ese día
de obstinada tiniebla,
nada,
ni aún la nada,
se mantuvo en su sitio.
Una noción diabólica
de insolentes galaxias
pasó
aventando el polvo
muerto del Santo Oficio.
Alguien
había visto
por dentro
el infinito.
EL AQUELARRE
¿Cuándo se quedan solos
Johnson, Tsombé, Somoza?
Chiang-Kai-Shek, kao Ky,
Westmorenland, Batista,
solos:
yo digo solos
dentro de la camisa,
¿qué ráfaga macabra
los cruzará por dentro?
¿Qué muerte?
¿Qué gusano?
¡Qué horror, qué
contravida!
¡Solos!
¡Yo digo solos
dentro de la ceniza!
LOS TRAPITOS AL SOL
¡Qué decoro, doña Clara:
el ser pobre pero honrada!
Siempre empinada en su orgullo,
la buena de doña Clara,
se desloma trabajando
de la mañana a la noche,
de la noche a la mañana.
Pero, pobre, a veces miente,
para no mostrar la hilacha.
Suele mentir cuando dice:
—«En casa no falta nada».
Piensa que tiene la culpa
de ser pobre, doña Clara,
aunque deje hasta el resuello
mientras lava que te lava
repitiendo a cuatro vientos:
—«En casa no falta nada».
Su chico dejó la escuela,
su chica está de mucama,
al alba salen los tres
y es como un látigo el alba.
¡Qué clara bondad de pan,
la bondad de doña Clara!
Con su piadosa mentira
le lava al mundo la infamia
de la mañana a la noche,
de la noche a la mañana.
FUNERAL DEL SOLDADO
¿Qué fue de aquel muchacho
silbador y andariego
que violaba veranos
de pájaros y fuego?
¿Aquel, el que cantaba
desde la piel al grito,
junto a la hoguera joven
y el fragor de los pinos?
¿Qué fue de aquella sangre
en júbilo creciente
que enamoraba al vino
aún verde de septiembre?
¿Creció todo un otoño?
¿Volvió tarde la noche?
¿Lo devoró la luna?
¿Se lo comió el relente?
¿Qué fue de aquel muchacho
de estampido y de hierba?
¿Dónde perdió el aroma
y adquirió la tiniebla?
¡Ay, qué inocencia suya
su alegría inocente!
Pisándole el rocío
lo seguía la muerte.
Lo despeñó un abismo
de estupor infinito
abajo,
abajo,
abajo
de la piel y del grito.
Después, cundió el silencio.
Y comenzó el olvido.
EL SUBVERSIVO
Un día,
el pobre tipo
empleado o jornalero,
ese que anda a los tumbos
y de la cuarta
al pértigo,
el que ha visto llover
y llover
y llover
sobre su lomo gris
y su triste sombrero;
ese,
el tipo a destajo
que vive de segunda
como el padre del padre
de su anónimo abuelo:
el buen contribuyente
de la cola de acémilas,
aquel,
el locatario
con su ataúd de deudas,
ese que viaja en ómnibus
o en tren la vida entera;
un día,
cualquier día
de mascar la impotencia,
va a agotar,
va a gastar,
va a perder la paciencia:
esa última,
oscura rebelión
que le queda.
¡Un día,
el subversivo,
va a empuñar la impaciencia!
El tipo es un peligro:
tiene un arma secreta.
EJECUTIVO JUNIOR
¿Sí, hay que tragarse sapos,
aguantar, sonreir,
decir estoy de acuerdo,
pero no estar de acuerdo
se da cuenta? Mentir
y pasar hecho un trapo
a lo largo del día
como ante un gran espejo.
A uno le parece
que la gente lo mira,
que anda con una mosca
de vergüenza en la frente,
pero son esas cosas
de romántico sonso,
la inmadurez, las grandes
pendejadas, ¿comprende?
¡A mí que no me jodan
con las grandes palabras!
(¿Vamos, a papá mono
con las bananas verdes?).
Sí, hay que tragarse sapos,
olvidar lo que es uno…
Pero, ¿sabe una cosa?
Sólo el primero duele…
LA VELETA Y EL VIENTO
Como el mundo es redondo, se aconseja
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente, el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.
Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.
Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.
Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.
¡Hay que ser consecuente con la furia!
Escoger entre el viento o la veleta.
EL VINO TRISTE
Ese hombre que entra al Bar
sin sombra que le ladre,
ese que pisa y pasa
sin rostro ni señales;
pide una copa solo
de espaldas a la calle,
bebe su copa solo,
inmóvil, demorándose,
paga, piensa otro trago
sin gastar ni una frase
y luego, se va solo
hacia la noche y nadie.
Ese tipo va herido.
Y la muerte lo sabe.
EL CRISTAL CON QUE SE MIRA
Por ver vivir hay gente que daría
los mejores momentos de su vida,
se estaría sentada en lo más muelle
de sus anchos traseros noche y día,
bostezando los telenoticieros
y masticando chiclets a destajo,
sin comprender que el mundo es una hoguera
y que arde, justamente, desde abajo.
Y ya los ve: rumiando las noticias
que las agencias les han masticado,
odiando levemente lo que odian
los amos del cristal que están mirando:
la guerra en el Vietnam —siempre de arriba—,
los disturbios raciales, los desfiles,
alguna boda príncipe en Europa
—que tiene su candor—, según se mire.
¡Por ver vivir hay gente que daría
los mejores momentos de su vida!
Mientras, arde la tierra. Cruje el siglo.
Tiembla la vieja luna celestina.
Los pueblos se desbordan en torrentes
y estallan las raíces, sacudidas
por la fuerza huracán del mundo nuevo
construido a partir de las cenizas.
Ni fu ni fa. A ellos no les roza
este tiempo de furias y de iras.
Creen a pie juntillas que la historia
es según el cristal con que se mira.
SI, CAMARADA
El tipo que se da
¿está mal que se dé?
¿Por qué sale a jugarse,
a consumirse, a arder?
Pasa que está caliente
con todo lo que pasa.
Pasa que dice basta
y se pone de pie.
El tipo que se da
está bien que se dé.
RONDA DEL CIEGO
Si hay un tajo,
un ciempiés,
una espada,
un zarzal
y una mesa de diez
y otra mesa sin pan,
si hay un grito,
un dolor,
un Caín,
un truhán
que devora la flor
degollando el rosal,
si el que mira
no ve
al verdugo
detrás
del ciempiés, del horror,
de la espada y el pan,
ese cómplice
es peor
que el Caín,
y el truhán,
ese, esté donde esté,
deberá suplicar
porque
viendo el dolor
no ha querido
mirar.
EL SEMBRADOR DE VIENTOS
Hay días como un cepo,
días con diente y todo;
hay días que te dan
y te dan
y te dan,
como si el cruel oficio
de vivir fuera poco.
Hay días que te buscan
la segunda mejilla
y es una cuchillada
la voz, el ojo, el prójimo;
días que te persiguen
por todas las esquinas
las brujas,
los lagartos,
la araña y los horóscopos.
Las abuelas creían
en yuyos y conjuros,
en rezos,
nudos ciegos,
en cruces y demonios,
pero aquel que conoce
la furia por sus nombres
sabe de dónde viene
la tempestad del odio.
En días como estos
hay que apretar el puño,
buscar al hechicero
y dársela con todo.
POETA DE LA LEGUA
Cantando por ahí se ha sentado a mi mesa
el cantor, el rufián, el ángel, el guerrero,
el empresario, el lúcido, el loco, la ramera:
gente de bravas índoles y de modales feos.
Juntos hemos bebido del vino del escándalo
y le hemos bajado los calzones al tiempo.
Alguna vez la copla arde en sus corazones
y recorre sus aguas y sale por sus ojos
con el sigilo junco de un niño alucinado
que ha visto un dios de sal pero lejos y solo.
Y yo, que tengo sitio de laurel en mi pueblo,
mientras esto no cambie, bebo y canto con todos.
LA NOCHE QUEDO ATRÁS
Esta es la vida nueva:
trabajar seriamente en tu oficio, vivir
algunas inquietudes y despuntar el vicio
de pintar, de cantar, de pescar, de reír
o cantar seriamente o pescar
seriamente
o pintar seriamente
y despuntar el vicio de vivir
y vivir
y vivir.
Este es el nuevo oficio
de la vida del hombre.
Es simple como el hombre:
se trata de vivir.
Pero al que no trabaja
quítale el pan y el agua,
al guerrero las armas
y al avaro el botín.
Más luego,
seriamente,
como quien suelta pájaros,
a construir la alegría:
a vivir con lo puesto,
a vivir simplemente,
simplemente,
¡a vivir!
EL DÍA DE SAN BARTOLOMÉ
Fue un día como otros con su nivel de pájaros,
su fuego en el rescoldo, sus asuntos de moho,
un día de almanaque grisado por la prisa,
sin gallos ni profetas ni liturgias ni coros.
Estaba el sol ahí, como todos los días.
La gente ahí. Los muros en su lugar. Las puertas
de espaldas al bullicio de la casa del hombre
y hasta el olmo de enfrente era un olmo cualquiera.
Alto, sobre los pájaros, en un alto edificio
de impecable aluminio,
Herodes reunió sus cien ejecutivos:
dio instrucciones precisas, atendió cien teléfonos,
alzó un vaso de whisky y lo bebió de un guiño.
—Mando, dijo, que empiece la era de los jóvenes.
Hay que industrializar la juventud, señores:
deben crearse imágenes, gustos, música, ideas,
ropas, formas, colores, series, héroes, canciones;
debemos propagar el odio a las raíces,
instruir en el desprecio, despedazar los himnos,
crear la teoría de las generaciones
y alentar la discordia entre padres e hijos.
No existe otra manera de detener la historia
que degollar el tallo a ras de la simiente,
por eso instauraremos el ritual del olvido
en grandes aquelarres de hogueras y de jingles.
Ordeno que se canten canciones como esta:
«Yo soy yo,
soy el único.
El recuerdo
es un vicio.
Antes de mí,
las sombras.
Después de mí,
el olvido…».
Señores, dijo Herodes sonriendo hacia el poniente,
aquello de los niños, era un juego de niños…
ORACIÓN POR MI ENEMIGO
El enemigo es breve como un siglo,
algo más que un colmillo, menos que una araucaria,
suele esperar afuera, repta detrás del viento,
puede herir a mi hermano si se demora el alba.
El enemigo es breve pero puede hacer daño,
cortar un gajo ahora, envenenar mi canto,
puede hacer que me nazcan cuchillos de los dientes
y buscarme la boca para luego acusarme.
El enemigo sabe que no tengo parientes
ni blasón en la puerta ni abuelos magistrados,
puede urdir que soy vago y mal entretenido
y mostrar las hilachas de mis antepasados.
Puede, como ha podido, todo este breve tiempo
pasar gato por liebre y comerse el venado
mientras la buena gente me mira a la intemperie
y en tanto se persigna me da vuelta la cara.
Es un Goliath de hierro el enemigo mío,
gigantesco, electrónico, atómico, blindado,
pero es breve, epidérmico, aéreo, bullanguero
y olvida entre su estrépito que yo vengo de abajo,
que soy un sacerdote del aire y la madera
que escribí la biblia entre el dolor y el fango,
que no hay flor en la tierra que no me considere
no digo el jardinero pero digo su hermano,
que el cereal, el último cereal que nos quede,
lleva en su piel, ardiendo, el calor de mis manos
y que el pan que se come cuando muerda la espiga
le filtra en la saliva el sabor de mi sangre.
El enemigo es loco y breve como un siglo.
Imagina que Cristo es un hombre y tres clavos
y porque nunca supo cuánto dura un rebelde,
bebe su hiel y eructa hacia las navidades,
oficia fríos rezos en la misa del oro,
gatilla las tinieblas, bombardea arrozales,
tiene un perro, una amante y dos psicoanalistas
que le amansan la muerte dos veces por semana
y él que nunca me ha visto ni por fotografías
cree que ando en su sombra y soy una navaja.
De noche, cuando cae a la estepa del sueño,
cuando lo desenchufan sus enchufados amos,
transpira, grita, salta y enrosca su culebra
igual que una culebra herida por el rayo.
Nadie puede con él dormido ni despierto
ni bonachón ni alegre ni triste ni nostálgico,
ha sido condenado a llevarse a sí mismo
y ¿quién puede evitar que esté solo de a ratos?
Yo, que siento y consiento la piedad por la vida,
que amo desde hace siglos la salud de los árboles,
pienso que él debería regresar al origen
y aprender con la flor los rituales del agua.
Pero, quién lo desnuda como en un nacimiento,
quién le olvida la sombra, los crímenes, el cáncer,
como lo llevo herido a un sitio campesino
¿y digo pan o hierba sin que la vida estalle?
¿Y acaso, digo acaso porque todo es posible,
él puede en lo profundo volver a la inocencia?
¿Puede mirar a un ciervo porque sólo es de música
y no matar su leve sinfonía en el aire?
¿El que no entiende nada que no sea de acero,
de dólar, consistente, de exacto porcentaje,
soportará de pronto adentro de su pecho
el estallido enorme del amor en su sangre?
¿Esas detonaciones de los niños en ronda?
¿La madre que los llama con la torcaz y el álamo?
¿No sacará el revólver cuando vea la vida
frágil como la lluvia, desnuda como un cántaro?
¿No empezará de nuevo este torpe asesino
a jugar al guerrero y a comerse el venado?
Yo sé que mi enemigo es breve como un siglo,
un colmillo en cenizas, menos que una araucaria,
hay pueblos que lo asedian delante de los vientos
y ya no tienen tiempo para esperar el alba.
¡Pobre de mi enemigo, tan breve en su masacre!
Aquí al pie de los vientos, digo: que en paz descanse.
ARMANDO TEJADA GÓMEZ (Mendoza, Argentina, 1929 - Buenos Aires, 3
de noviembre de 1992). Autodidacta, escribió su primer libro de poemas a los
quince años, alternando su producción con trabajos rurales y de obrero de la
construcción, en cuyo gremio militó, hasta ingresar a la Radiotelefonía en L.V.10,
Radio de Cuyo, de su provincia natal. Era locutor profesional. Su primer libro
apareció en 1954, gracias a haber obtenido el Premio Municipal de la Capital de su
provincia. Ya en 1940 había iniciado su labor autoral junto al compositor Manuel
Oscar Matus, su comprovinciano, con quien fundó en 1963 el Movimiento Nuevo
Cancionero que dio origen a la Nueva Canción Lationamericana. Pero,
comprometido en las luchas gremiales y políticas, resultó electo diputado en la
Legislatura Mendocina en el período 1958/60. En 1959 fue invitado a la República
Popular China, la U. R. S. S., Checoslovaquia y Francia. En 1961 ganó la Primera
Recomendación del Jurado de la Casa de las Américas, en La Habana, Cuba, con su
libro Los Compadres del Horizonte. En 1964, se trasladó a Buenos Aires. Es en ese
año, que se dedica integralmente a su tarea artística. Monta espectáculos en teatros,
salas y festivales de la Capital y por todo el país, alternando su labor con giras a
Europa y a América Latina. Sus libros conocen sucesivas reediciones y crece tanto
su producción literaria como cancionera, al punto que sus poemas, libros y
canciones, han sido traducidos a unos treinta idiomas, incluidos el chino, hebreo,
danés, yugoeslavo, ruso, inglés, italiano, etc. Sus canciones integran el repertorio
de la casi totalidad de los intérpretes folklóricos y populares argentinos y
latinonamericanos, tales como Mercedes Sosa, Chabuca Granda, Ariel Ramírez,
Jairo, Lito Vitale, Los Fronterizos, Los Andariegos, Marián Farías Gómez, Víctor
Heredia, César Isella, Cuarteto Zupay, José Angel Trelles, Quinteto Tiempo,
Horacio Guarany, Ginamaría Hidalgo, Leonor González Mina, Luis Ordoñez,
Guillermo Guido, Los Trovadores, Duo Salteño, Opus4, el Coral Demo, Moncho
Mieres, Perla Aguirre, Enrique Llopis, Nascencia, el grupo Sanampay de México,
Daniela Mercuri, Jorge Viñas, Julio Lacarra, etc.
Habiendo tomado vuelo popular los temas: Canción con Todos, Fuego en
Anymaná, Zamba del riego, Volveré siempre a San Juan, Canción para un niño en la calle,
Coplera del prisionero, Zamba del nuevo día, Regreso a la Tonada, Paloma y Laurel, Zamba
del laurel, Milonga para una calle, Canción de la ternura, Balada de marzo, Canción de
lejos, Canción del forastero, Zamba Azul, Triunfo Agrario, La Pancha Alfaro, Canción de
las simples cosas, Resurrección de la alegría, entre otras.
En 1974, ganó el Primer Premio de Poesía de La Casa de las Américas, Cuba,
con el Canto Popular de las Comidas y en 1978, el Premio Internacional de Novela,
por Dios era Olvido, Bilbao, España, editado por Espasa Calpe, Madrid.
Aparte de estas, su obra ha merecido las siguientes distinciones:
Primer Premio Ciudad de Buenos Aires, en
el Primer Festival Ibero-Americano de la Canción y la Danza, por su Canción
del Centauro, con música de Ivan Cosentino.
Primer Premio SADAIC, por Elogio del Viento, con música de «Cuchi»
Leguizamón.
Premio Festival de la Patagonia en Punta Arenas, Chile, por Fuego en
Anymaná, con música de César Isella.
Premio de Honor, por Dios era Olvido, Mejor Novela, bienio 80/82 Fundación
Dupuytrén, Buenos Aires.
Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, Buenos
Aires, por el conjunto de su obra poética.
Integró la terna para el Gran Premio Fundación Konex, Mejor Autor
Popular, Cien años de Música Argentina, 1985.
Gran Premio SADAIC, 1986, por el conjunto de su obra cancionera.
En el año 1991 su obra fue declarada de interés educativo por el Gobierno
de la Provincia de Buenos Aires.
Grabó diez discos de larga duración con sus poemas en su voz, en
Argentina, Cuba y México.
Sus obras integrales para cantantes, conjuntos y voz recitante, son: Los oficios
del Pedro Changa, CBS, con Los Trovadores. Tonada larga para el País del Sol, cantata
mendocina, con el conjunto Nacencia, música de Daniel Talquenca. Cancionero de
las comidas argentinas, música de «Cuchi» Leguizamón, Duo Salteño. Coral Terrestre,
con el conjunto Sanampay, México, editorial Todos los Pueblos. Cancionero Político
Argentino, con Alberto Sbezzi, inédito. El otro Sur, canto al Neuquén, con Alberto
Zapata, inédito.
Por iniciativa de sus familiares y con el apoyo de SADAIC, la Casa de
Mendoza y la Sub Secretaría de Cultura y Comunicación Educativa de la Provincia
de Mendoza sus restos descansan en su Guaymallén natal desde el 21 de abril del
año 1993, fecha en que hubiera cumplido 64 años.