Siempre Fuiste Tú
Guadalupe Yesenia Hernández Díaz
No recuerdo ni el día, ni la fecha exacta de esa última vez que lo vi, de esa última vez que
mire sus ojos, esos ojos tan lindos que me hacían sentir que estaba en el lugar más hermoso
que había podido conocer en toda mi vida, esos ojos color marrón que acompañados con
esas cejas y ese lunar tan peculiar que sobresale cerca de ellas me hacían sentir como en el
paraíso, no solo era eso, sino también la profundidad de su mirada que desprendía un calor
muy acogedor en mi ser, en veces me hacía sentir escalofríos y otras veces me hacía
enloquecer.
Más allá de sus ojos, era su ser lo que me hacía sentir tan cautivada, era su forma de pensar,
su manera de hablar, su forma de ver la vida, junto con todas esas sabías ideas que
sobresalían de su mente, no podía dejar de admirarlo, él era a quien yo estaba buscando, a
quien realmente yo siempre había querido.
Él era la persona más preciosa que había visto en toda mi vida, era como ver las estrellas
detalladamente en una noche mágica, en una noche tan única en la cual no puedes ni pensar
en alguna otra cosa, es ese instante en el que sientes una felicidad inmensa, pero a la vez
tranquilidad, toda esa paz que fluye alrededor y se convierte solo en amor.
Su nombre era Janvel, era de alta estatura, delgado, algo en particular que me encantaba de
él era su tez tan propia como el tono de las almendras, pero en esos últimos días, en esos
terribles últimos días, su precioso tono de piel y su mirada tan profunda se habían apagado,
como si en un abrir y cerrar de ojos todo ese brillo que sobresalía de él se hubiera
desvanecido, y yo me sentí de la misma manera o incluso peor, solo que no tengo palabras
exactas para explicar ese sentimiento, ese sentimiento tan cruel, tan horrible, tan fastidioso,
pues Janvel, la persona que más había amado en toda mi vida, se había marchado y no
porque él lo deseara, sino porque la vida así lo decidió.
Tras largas noches de frío, de llanto, de desesperación, y de locura, solo recuerdo que llego
a mi vida como un rayo de luz, una persona muy comprensible y amorosa, la cual siempre
me brindaba lo mejor, y a pesar de que en ocasiones no nos comprendiéramos del todo y
tuviéramos un millón de diferencias, yo empezaba a quererlo, su nombre era Aitor, un
chico de baja estatura, tez blanca y de ojos negros, él se había convertido en uno de esos
seres especiales en mi vida.
En una noche fría de octubre, Aitor se encontraba estupefacto a causa de unas escenas
terroríficas que cruzaban por su mente, no era la primera vez que esto pasaba, y siempre
que él presenciaba esas sensaciones intrusas, se ponía a decir cosas sin sentido, se veía
inquieto, y en ocasiones realizaba movimientos extraños y bruscos, algunas veces no podía
ni hablar, yo solo podía brindarle su medicamento para controlar todos esos efectos tan
excéntricos, pero él siempre insistía con que había alguien en casa que quería hacernos
daño, en especial a él.
Llego a un punto donde él quedó inconsciente, y justo ahí fue cuando yo empecé a
presenciar los pasos de alguien a lado mío, miré con precaución a todos lados, pero no
había ni una sola persona, hasta que escuché un ruido tan fuerte como si la ventana de la
derecha hubiera sido estrellada con algún objeto pesado, ahí fue cuando abrí mis ojos y me
di cuenta de que eras tú, siempre habías sido tú, pues como olvidar esos ojos y ese lunar tan
encantador, ese color de piel y esa profunda mirada, siempre fuiste tú y siempre serás tú,
Janvel.