«Antología
de las mejores novelas policíacas» en XVIII volúmenes, publicada entre
los años 1958 y 1973 por la editorial ACERVO.
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AA. VV.
Antología de las mejores novelas
policíacas - Vol. X
Antología de las mejores novelas policíacas - 10
ePub r1.0
Titivillus 01.11.2018
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AA. VV., 1966
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
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Índice de contenido
Cubierta
Antología de las mejores novelas policíacas - Vol. X
Una ilusión en rojo y blanco (Stephen Crane)
La mujer leopardo (Dorothy L. Sayers)
Si esto es locura (Lawrence Block)
Sospechoso número uno (Richard Deming)
Justicia rústica (John Faulkner)
Profesión: asesino (Jack Ritchie)
Asesino a sueldo (José M.ª Aroca)
El joyero chino (José M.ª Aroca)
Trampa mortal (Fredric Brown)
El cumpleaños de Granny (Fredric Brown)
Nadie al teléfono (Robert Arthur)
Asesinato en el muelle (Budd Schulberg)
La muerte por unas manos invisibles (John Dickson Carr)
Culpable inocente (Amadeo Ferrés Marsal)
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
El hombre de la mesa (C. B. Gilford)
Una historia de fantasmas (Henry Kane)
La llamada (Paul Sartoris)
Lucha leal (Cornell Woolrich)
Notas
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UNA ILUSIÓN EN ROJO Y BLANCO
Stephen Crane
DURANTE las largas noches del bloqueo de Cuba, los hombres que iban a bordo de
aquel pequeño y basculante aviso intimaban tanto como si hubiesen sido
enterrados en el mismo ataúd. Corresponsales que en Nueva York se comportaban
como individuos vanidosos y egoístas, se convertían en personas amables y sencillas.
Cada uno de ellos contaba todo lo que sabía, y a veces más. Este relato se lo debo a
uno de los astros más brillantes del periodismo neoyorquino.
Ahora, así es cómo imagino que sucedió la cosa. No sé si ocurrió de este modo,
pero así es cómo imagino que sucedió. Y siempre me ha parecido una historia muy
interesante. Llevaba poco tiempo en el periódico cuando el editor me encargó la
información en un interesante caso de asesinato.
Lo ocurrido era lo siguiente: en un apartado condado del Estado de Nueva York,
un granjero cobró un gran aborrecimiento hacia su esposa; un día entró en la cocina
armado de un hacha, y en presencia de sus cuatro hijos descargó un hachazo sobre la
nunca de su esposa. Esto sucedió a primera hora de la mañana, pero el granjero
ordenó a sus hijos que se fueran a la cama. Entonces trasladó el cadáver de su esposa
a un bosque cercano y lo enterró.
El granjero en cuestión se llamaba Jones. Su hijo mayor se llamaba Freddy. Una
semana después del asesinato, un vecino que vivía en una granja apartada pasó por
delante de la casa en su carreta y vio a Freddy jugando junto al camino. Se detuvo y
le preguntó al muchacho qué tal marchaba la familia Jones.
—Todos estamos perfectamente —respondió Freddy—. Todos… menos mamá,
que está muerta.
—¿Muerta? —exclamó el asombrado granjero—. ¿Cuándo murió, y de qué?
—¡Oh! —respondió Freddy—. La semana pasada, un hombre de pelo rojo y
grandes dientes blancos entró en la cocina y mató a mamá con una hacha.
El granjero se indignó con el muchacho al oír aquella fábula infantil que no tenía
sentido, y se marchó gruñendo contra la fantasía de los muchachos, que en este caso
era una fantasía macabra. Pero aquella misma noche contó el incidente en una
taberna, y cuando la gente empezó a echar de menos la familiar figura de Mrs. Jones
en la iglesia metodista los domingos por la mañana, no pararon hasta que se abrió una
investigación. El granjero Jones fue detenido por asesinato, y el cadáver de su esposa
fue rescatado de su tumba en el bosque y enterrado por su propia familia.
El principal interés se centra ahora en los muchachos. Los cuatro declararon que
se hallaban en la cocina en el momento del crimen, y que el asesino tenía el pelo rojo.
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El virtuoso Jones tenía el pelo gris. Los muchachos aseguraron también que los
dientes del asesino eran grandes y blancos. Jones sólo tenía ocho dientes, pequeños y
ennegrecidos por el tabaco. Las manos del asesino, según los muchachos, eran
blancas. Y las manos de Jones tenían el color de las nueces negras. Los niños
repitieron una y otra vez, llorando, la descripción, sin incurrir en contradicciones
esenciales y sin dar en ningún momento la impresión de que recitaban una lección
aprendida de antemano, cosa que hubiese podido despertar sospechas.
Los niños fueron puestos al cuidado de algunas mujeres, las cuales les atendieron
cariñosamente, mientras unos estúpidos detectives les interrogaban incansablemente.
Las respuestas eran siempre las mismas: el asesino tenía el pelo rojo, grandes dientes
blancos y manos también blancas. Jones permanecía sentado en su celda, con la
barbilla tristemente hundida en el pecho. Dijo que no sabía nada del asesinato. Creyó
que su esposa se había marchado a visitar a algún pariente. Había disputado con ella,
y ella le había dicho que iba a marcharse una temporada a fin de darle tiempo a
reflexionar. ¿Había visto la sangre en el suelo? Sí, había visto la sangre en el suelo.
Pero el día de la desaparición de su esposa había matado un conejo y creyó que la
sangre era del animal. ¿Qué le habían dicho sus hijos cuando regresó del campo? Le
habían hablado de un hombre de pelo rojo, grandes dientes blancos y manos blancas.
A la pregunta de por qué no informó a la policía del condado, respondió que no había
creído que valiera la pena molestar a la policía por una cosa que no tenía importancia.
Desde luego, odiaba a su esposa y se alegraba de haberse librado de ella. Creyó que
su esposa le había abandonado; y nunca prestó crédito a la fantástica historia que le
contaron sus hijos.
La mayor parte de la gente estaba convencida de la culpabilidad de Jones, pero un
sector opinaba que Jones era un hombre rudo y brutal, sí, pero no un asesino. Por otra
parte, los niños no pueden mentir, y los hijos de Jones, al ser interrogados, habían
declarado que el asesinato había sido cometido por un hombre de pelo rojo, grandes
dientes blancos y manos blancas. Yo mismo hablé varias veces con los muchachos, y
quedé sorprendido del poder convincente de su fantástica versión de los hechos.
Brillando en las profundidades de aquellos límpidos ojos infantiles, uno llegaba a ver
la imagen de un hombre de pelo rojo, grandes dientes blancos y manos blancas.
Ahora voy a decirles lo que sucedió…, cómo imagino que sucedió. Poco después
de haber enterrado a su esposa en el bosque, Jones regresó a la casa. Al no ver a
nadie, llamó del modo acostumbrado: «¡Madre!». Los chiquillos se presentaron ante
él, temblando. «¿Dónde está vuestra madre?», preguntó Jones. Los chiquillos le
miraron con expresión asustada. Freddy tomó la palabra: «Estábamos en la cocina,
entraste tú y golpeaste a mamá con un hacha; y luego nos enviaste a la cama». «¿Yo?
—exclamó Jones—. No he estado cerca de la casa desde la hora del desayuno».
Los chiquillos no supieron qué contestar. Sus mentes infantiles conservaban la
idea de que el hombre del hacha era su padre, pero su padre lo negaba, y, por lo tanto,
no podía ser cierto. El problema era superior a su capacidad de raciocinio.
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¿Qué aspecto tenía ese hombre? —preguntó Jones.
Freddy vaciló.
—Era…, se parecía mucho a ti, papá.
—¿A mí? —dijo Jones—. ¿No has dicho que tenía el pelo rojo?
—No, no he dicho eso —respondió Freddy—. Pensé que tenía el pelo gris, como
tú.
—Bueno —dijo Jones—, he visto a un hombre de pelo rojo que se alejaba por el
camino, y pensé que tal vez podía haber sido él.
La pequeña Lucy intervino entonces con profundo convencimiento:
—Su pelo era un poco rojo, papá. Yo lo vi.
—No —dijo Jones—. El hombre que yo vi tenía el pelo muy rojo. Y, ¿qué
aspecto tenían sus dientes? ¿Eran grandes y blancos?
—Sí —respondió Lucy—. Grandes y blancos.
Incluso Freddy se sintió inclinado a reconocerlo así:
—Creo que sus dientes eran blancos y grandes, papá.
Jones no habló más del asunto, de momento. Más tarde les dijo a los chiquillos
que su madre se había marchado a hacer una visita, y ellos lo aceptaron, aunque en su
mente no acababan de encajar del todo las piezas de aquel puzzle. Jones realizó sus
tareas como si no hubiese pasado nada.
Al día siguiente, mientras estaban desayunando, Jones le dijo a la pequeña Lucy:
—¿Te fijaste bien en el hombre de pelo rojo y grandes dientes blancos? ¿Notaste
algo más en él?
Lucy se irguió en su silla y mostró el infantil deseo de proporcionar alguna
valiosa información que mereciera la aprobación de su padre.
—Tenía las manos blancas…, unas manos muy blancas.
—¿Es verdad eso, Freddy? —preguntó al muchacho.
—No me fijé mucho en ellas, pero creo que eran blancas.
—¿Y qué nos dice la pequeña Marta? —inquirió el cariñoso padre—. ¿Viste tú al
hombre malo?
Marta, que sólo tenía cuatro años, respondió solamente:
—Su pelo era rojo, y su mano era blanca…, muy blanca.
—Ése es el hombre que vi alejarse por el camino —le dijo Jones a Freddy.
—Sí, tuvo que ser él —dijo el muchacho, con el cerebro completamente
embrollado.
Desde el punto de vista de los chiquillos, los adultos actúan de un modo
incomprensible. Por ejemplo, ¿puede haber algo más incomprensible que un hombre
dueño de dos caballos ande todo el día por el Campo, golpeando la tierra con una
azada? Y, ¿por qué cortan la hierba más larga y la meten en un granero? Y así por el
estilo. La vida y los actos de los adultos son profundamente misteriosos. Por lo tanto,
si un hombre de pelo rojo, grandes dientes blancos y manos blancas había descargado
un hachazo sobre la nuca de su madre, se trataba simplemente de un fenómeno
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perteneciente al misterio de la vida adulta. El pequeño Henry, cuando tenía un deseo,
gritaba y golpeaba la mesa con su cuchara. Esto era para él la vida. El hecho de que
su madre hubiese sido asesinada no le afectaba en absoluto.
Un día, Jones, que no había hablado más con sus hijos del hombre de pelo rojo,
les dijo súbitamente:
—Vamos a ver, hijos míos. Me he estado preguntando si os habréis equivocado.
¿Estáis absolutamente seguros de que aquel hombre tenía el pelo rojo, grandes
dientes blancos y manos blancas?
Los chiquillos protestaron airadamente.
—¡Desde luego, papá! —dijo Freddy—. No nos equivocamos. Le vimos como te
estamos viendo a ti.
Más tarde, la mente del propio Freddy empezó a trabajar por su cuenta. La
imagen del hombre de pelo rojo, grandes dientes blancos y manos blancos fue
concretándose en ella, y la prolongada ausencia de su madre le intrigó más y más. De
repente, se le ocurrió la idea de que su madre estaba muerta. Freddy sabía lo que era
la muerte. En cierta ocasión había visto un perro muerto; también había visto ratones,
gallinas y conejos muertos. Un día le preguntó a su padre:
—Papá, ¿volverá mamá a casa?
Jones dijo:
—Creo que no, hijo mío.
Esta respuesta confirmó al muchacho en su idea. Sabía que las personas que
mueren no vuelven a sus casas.
La actitud de Jones hacia la historia del hombre del hacha era muy singular. Se
mostraba incrédulo. Protestaba contra el convencimiento de los chiquillos, pero no
consiguió que cambiaran su versión. Estaban absolutamente convencidos de haberlo
visto.
La historia, en realidad, termina aquí. Pero quiero añadir algo que les divertirá. El
jurado condenó a Jones a morir en la horca, y su veredicto fue completamente justo:
antes de morir, Jones confesó. Freddy es ahora un respetable comerciante de
Ogdensburg. Y lo curioso del caso es que está convencido de que la confesión de su
padre fue una mentira. Considera a su padre como una víctima de la estupidez de los
jurados, y tiene la esperanza de encontrar, algún día, al hombre de pelo rojo, grandes
dientes blancos y manos blancas, cuya imagen permanece grabada en su memoria con
tal nitidez, que podría localizarle en medio de una multitud de diez mil hombres.
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LA MUJER LEOPARDO
Dorothy L. Sayers
SI pregunte por Smith & Smith.
el niño le estorba —dijo una voz al oído de Tressider—, vaya al Rapallo y
Tressider dio un respingo y miró a su alrededor. No había nadie cerca de él…, a
excepción del dependiente del quiosco de periódicos y del anciano caballero con
gafas absorto en la lectura del Blackwood. A un par de metros de distancia, un mozo
con aire de fastidio explicaba a una mujer de aspecto decidido y a un hombre bajito y
apocado que el tren de las 5,30 ya había salido y que no habría otro hasta las 9,15.
Los tres eran completamente desconocidos para Tressider. Se encogió de hombros.
Debió haber sido su propio subconsciente el que se había manifestado de aquel
extraño modo. Tenía que vigilarse a sí mismo. Los deseos ocultos que se revelan en
forma de audibles susurros pueden conducir a Colney Hatch… o a Broadmor[1].
Pero, ¿qué diablos podía haberle sugerido los nombres de «Rapallo» y
«Smith & Smith»? Rapallo… parecía el nombre de una ciudad italiana. Pero la
palabra le había llegado como «al» Rapallo, como si fuera el nombre de un
establecimiento. Lo mismo que «Smith & Smith». Fantástico. Luego miró hacia el
quiosco. Sí, desde luego: «W. H. Smith e Hijo»; aquél debió ser el punto de partida de
la sugerencia, y sus deseos reprimidos se habían encargado del resto.
«Si el niño le estorba, vaya al Rapallo y pregunte por Smith & Smith».
Dejó que sus ojos vagaran por los libros y revistas esparcidos por el mostrador.
Allí había algo… sí, en efecto. Un montón de libritos de tapas rojas, con el título en
negro: «Vocabulario para sus vacaciones en ITALIA». Aquél era el otro factor de la
ecuación. «Italia» había sido la cerilla que iluminó en su mente la palabra «Rapallo».
Satisfecho, dejó caer un chelín encima del mostrador y pidió el Strand Magazine.
Con la revista debajo del brazo, consultó el reloj de la estación y decidió que tenía el
tiempo justo para tomar un ligero refrigerio antes de que saliera su tren. Se dirigió al
restaurante, deteniéndose en el camino a comprar un paquete de cigarrillos en otro
quiosco, donde la mujer de aspecto decidido estaba aprovisionándose de tabletas de
chocolate para combatir la espera del tren de las 9,15. Tressider se dio cuenta, con
cierta satisfacción, de que el hombrecillo apocado había optado por la huida, y no le
sorprendió demasiado encontrarle en el mostrador del restaurante, sorbiendo
apresuradamente algo amarillo que le habían servido en un vaso.
Tardaron un poco en atenderle, ya que frente al mostrador se apiñaba una
verdadera multitud. Pero aunque perdiera su tren, salía otro veinte minutos después, y
su extraña experiencia le había desconcertado. El anciano caballero con el Blackwood
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coincidió en la puerta con Tressider cuando éste salía del restaurante, y casi tropezó
con él. Tressider se disculpó distraídamente de algo que no era culpa suya, y se
dirigió a la puerta de entrada a los andenes. Allí hubo otro retraso mientras buscaba
su billete, y mi mozo que estaba a su lado cargado de maletas perdió la paciencia y le
empujó con un breve «Disculpe, señor». Eventualmente, sin embargo, Tressider se
encontró en un vagón de primera clase con cuatro minutos en blanco delante de él.
Tiró su sombrero sobre la red, se dejó caer en un asiento e inmediatamente, con
una maquinal ansiedad por ahuyentar sus propios pensamientos, abrió su revista. Al
hacerlo, una tarjeta voló de entre las hojas y cayó sobre sus rodillas. Con una
exclamación de impaciencia dirigida contra los anunciantes que llenaban las páginas
de las revistas de folletos, recogió la tarjeta con la intención de tirarla debajo del
asiento. Una línea de mayúsculas negras retuvo su atención:
SMITH & SMITH
y debajo, en letras más pequeñas:
Mudanzas
La tarjeta era de tamaño comercial, y el dorso estaba completamente en blanco. No
había ninguna dirección; ninguna explicación. Obedeciendo a un repentino impulso,
Tressider cogió su sombrero y corrió hacia la portezuela del vagón. El tren se puso en
movimiento en el preciso instante en que Tressider saltaba al andén. Un mozo le
gritó:
—Es peligroso apearse del tren en marcha, señor.
—Lo sé, lo sé —dijo Tressider en tono impaciente—. He olvidado una cosa.
Se dirigió apresuradamente a la puerta del andén, murmuró unas palabras al
encargado de recoger los billetes, que continuaba allí, y se encaminó al quiosco de los
periódicos.
—Deme el Strand Magazine —pidió; y luego, creyendo captar una expresión de
asombro en los ojos del dependiente, añadió—: He perdido el otro.
El dependiente no dijo nada; se limitó a entregarle la revista y a aceptar el chelín
de Tressider. En aquel momento, Tressider se dio cuenta de que seguía sosteniendo
debajo del brazo el otro ejemplar del Strand. Bueno, dejaría que el hombre pensara lo
que quisiera.
Incapaz de esperar, entró en la sala de espera general y sacudió el nuevo Strand,
poniéndolo boca abajo. Cayeron varios folletos: uno acerca de la enseñanza de
idiomas por medio de discos, otro sobre seguros, otro sobre ventas a plazos. Tressider
los recogió y volvió a tirarlos. Luego examinó la revista, página por página. No había
ninguna tarjeta con el nombre «Smith & Smith».
Se quedó en pie, temblando, a la polvorienta luz de gas de la sala de espera.
¿Había imaginado la tarjeta? ¿Le estaba gastando una broma pesada su propio
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cerebro? No podía recordar lo que había hecho con la tarjeta. Rebuscó en todos sus
bolsillos. No estaba allí. Debió dejarla en el tren.
Tenía que haberla dejado en el tren.
El sudor empapaba su frente. Volverse loco era algo terrible. Si no hubiera visto
la tarjeta…, pero él la había, visto. Recordaba claramente la forma y el espaciado de
las negras mayúsculas.
Al cabo de unos instantes se le ocurrió una idea. Una firma que se anunciaba
debía tener una dirección, tal vez un número de teléfono. Aunque no necesariamente
en Londres, desde luego. Aquellas revistas circulaban por todo el mundo. ¿Qué
utilidad podía tener el anunciar sin indicar una dirección? Sin embargo, debía
comprobarlo. Las palabras «Smith & Smith – Mudanzas» en el Listín Telefónico de
Londres le tranquilizarían considerablemente.
Entró en la cabina de teléfonos más próxima. El listín colgaba de su recia cadena.
Al abrirlo, Tressider se dio cuenta de los centenares de firmas llamadas
«Smith & Smith» que existían en Londres. Sin embargo, perseveró, y al final se vio
recompensado al encontrar un abonado: «Smith & Smith, Mudanzas y Acarreos», con
una dirección en Greenwich.
Aquello tenía que haberle dejado satisfecho, pero no fue así. No podía creer que
una empresa de mudanzas y acarreos de Greenwich se anunciara, sin dirección, en
una revista de circulación mundial. Esa clase de publicidad sólo podían permitírsela
las empresas muy importantes. Y, además, en el segundo Strand no había ningún
anuncio.
Entonces, ¿cómo había llegado allí la tarjeta? ¿La habría metido en la revista el
dependiente del quiosco? ¿O la mujer de aspecto decidido que estuvo a su lado en el
quiosco del tabaco? ¿O el hombrecillo apocado que sorbía whisky con soda en el
mostrador del restaurante? ¿O el anciano caballero que había tropezado con él en la
puerta? ¿O el mozo que le había empujado en la puerta de entrada al andén? Recordó
súbitamente que aquellas cinco personas estaban cerca de él cuando oyó el extraño
susurro:
«Si el niño le estorba, vaya al Rapallo y pregunte por Smith & Smith».
Ávidamente, volvió las páginas del listín telefónico hasta encontrar la letra R.
Allí estaba. Esta vez no cabían dudas.
«Rapallo’s. Sandwich and Cocktail Bar»
El establecimiento se encontraba en la Conduit Street.
Un minuto más tarde, Tressider paraba un taxi delante de la estación. Su esposa
estaría esperándole, pero tendría que esperar. No era la primera vez que Tressider se
veía retenido por algún asunto.
El establecimiento era pequeño, pero no tenía nada de siniestro. Unas mesitas con
manteles blancos, muy limpios, y luces individuales, y un gran mostrador de caoba,
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cuyo amplio semicírculo ocupaba casi la mitad del espacio disponible. La puerta se
cerró detrás de Tressider con un agradable click. Se acercó al mostrador y, con una
indescriptible emoción, le dijo al barman:
—Me han dicho que venga aquí y pregunte por los señores Smith & Smith.
—¿De parte de quién, señor? —preguntó el barman, sin demostrar la menor
sorpresa.
—Jones —dijo Tressider, dando el primer nombre que se le ocurrió.
—Maurice, ¿hay algún encargo para un tal míster Jones de…, de quién ha dicho
usted, señor? ¡Oh, sí! ¿De los señores Smith & Smith?
El segundo barman se volvió en redondo y dirigió a Tressider una breve e
inquisitiva mirada.
—Sí —dijo—. Míster Smith le está esperando, señor. Por aquí, haga el favor.
Acompañó a Tressider al fondo de la sala, donde un hombre rechoncho, de
mediana edad, estaba sentado a una mesa comiendo un emparedado.
—Míster Jones, señor.
El hombre levantó la mirada y sonrió agradablemente.
—Es usted muy puntual —dijo, con una voz clara y suave, muy agradable al oído
—. No le esperaba tan pronto, la verdad.
Y luego, mientras el barman se alejaba, añadió:
—Siéntese, por favor, míster Tressider.
—Parece usted un poco excitado —dijo míster Smith—. Tal vez ha venido usted
corriendo desde la estación. Permítame recomendarle uno de los combinados
especiales de Rapallo’s. —Hizo una seña al barman, el cual no tardó en presentarse
con dos vasos llenos de un líquido de color oscuro—. Lo encontrará usted un poco
amargo, pero es muy eficaz. Y, no se alarme. Escoja usted el vaso que quiera y
déjeme el otro. La cosa no tiene importancia.
Tressider, confundido por la fácil sonrisa con que míster Smith había leído sus
pensamientos, cogió uno de los vasos al azar. Míster Smith cogió inmediatamente el
otro y se bebió la mitad de su contenido. Tressider sorbió el suyo. El licor era un poco
amargo, desde luego, pero no tenía mal sabor.
—Le sentará bien —declaró míster Smith, prosaicamente—. Y el niño, ¿está
bien? —inquirió a continuación.
—Muy bien —dijo Tressider.
—Desde luego. Su esposa le cuida perfectamente, ¿no es cierto? Una mujer buena
y consciente, como la mayoría de las mujeres. Dios las bendiga. El chiquillo tiene
ahora seis años, ¿no?
—Acaba de cumplirlos.
—Eso es. Tiene que pasar mucho tiempo antes de que alcance la mayoría de edad.
Quince años… sí, un tiempo considerable, durante el cual pueden ocurrir muchas
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cosas. Usted mismo, por ejemplo, habrá pasado de los sesenta: se encontrará al final
de la mejor parte de su vida, en tanto que la del niño, convertido en hombre, no hará
más que empezar. Es un joven caballero del cual se espera mucho, para citar al divino
Dickens. Y está empezando muy bien, a pesar de la triste desventaja que supone el
perder a sus padres a una edad tan temprana. Un niño guapo y lleno de salud, ¿no es
cierto? Ni paperas, ni sarampión, ni tos ferina, ¿verdad?
—Hasta ahora, no.
—No. Sus cuidados casi paternales le han librado de todas las enfermedades
propias de la infancia. Su hermano de usted fue un hombre muy juicioso, míster
Tressider. Algunas personas podrían haber pensado que era una locura dejar a Cyril a
su cargo, teniendo en cuenta que entre usted y la fortuna de los Tressider sólo habría
la vida del niño. Una locura…, e incluso una desconsideración. Ya que, después de
todo, es una gran responsabilidad la suya, ¿no? Un niño parece ligado a la vida por un
hilo tan frágil… Pero su hermano era un hombre juicioso, no me importa repetirlo.
Conociendo como conocía a su recta y virtuosa esposa y a usted mismo, hizo lo
mejor que podía haber hecho al dejar a Cyril a su cuidado. ¿Eh?
—Desde luego —dijo Tressider, con el ceño fruncido.
Míster Smith terminó su licor.
—No bebe usted —protestó.
—Escuche —dijo Tressider, vaciando de un trago el contenido de su vaso—,
parece usted saber muchas cosas acerca de mí, y de mis asuntos.
—¡Oh! Cosas del dominio público, naturalmente. Los periódicos se han ocupado
extensamente del pequeño y afortunado Cyril Tressider. Es posible que los periódicos
no sepan tanto en lo que respecta a míster Tressider, su tío y tutor. Tal vez ignoren
hasta qué punto se vio afectado por la catástrofe del Megatherium, ni cuánto dinero
ha perdido en las carreras de caballos. Sin embargo, saben que es un intachable
caballero inglés, y que él y su esposa cuidan muy bien al niño.
Tressider apoyó los codos sobre la mesa y, entrecruzando las manos, trató de leer
en el semblante de míster Smith. Le resultó difícil, ya que míster Smith, y la sala y
todo lo que había a su alrededor parecía avanzar y retroceder de un modo muy raro.
Tressider no excluyó la posibilidad de un ataque de fiebre.
—Niños… —La voz de míster Smith parecía llegar hasta él desde una enorme
distancia—. A veces, naturalmente, ocurren accidentes. Nadie puede evitarlo. Las
dolencias infantiles pueden provocar molestos efectos secundarios… Las costumbres
de los niños, por mucho que se les controle, pueden conducir… Perdone, temo que no
me escucha usted con la debida atención.
—No me encuentro bien —murmuró Tressider—. Ya en la estación… he tenido
alucinaciones…, no puedo comprender…
Repentinamente, desde el fondo del pozo donde había permanecido hasta
entonces, encadenado y gruñendo, el Terror saltó sobre él. Sacudió sus huesos y
agarrotó su estómago. Era como un enemigo palpable, sofocándole y desgarrándole.
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Se agarró a la mesa. Vio el enorme rostro de míster Smith inclinarse sobre él,
inmenso, inconmensurable.
—¡Cuánto lo siento! —La voz resonó en su oído como una gran campana de plata
—. No está usted bien, desde luego. Permítame. Sólo un sorbo de esto.
Tressider bebió y el Terror, derrotado, le soltó. Una inmensa paz invadió su
cerebro. Se echó a reír. Todo era alegre, alegre. Tenía ganas de cantar.
Míster Smith le hizo una seña al barman.
—¿Está preparado el automóvil? —preguntó.
Tressider estaba de pie al lado de míster Smith. El automóvil se había marchado, y se
encontraban solos ante las altas verjas verdes iluminadas por la suave claridad del
crepúsculo estival. Milla tras milla habían cruzado pueblos y campiñas; milla tras
milla, con el río discurriendo junto a ellos y el olor de los árboles y del agua
mezclados en la brisa de un atardecer de julio. El viaje había durado muchas horas, y
sin embargo, el suave crepúsculo era apenas más profundo que cuando se pusieron en
marcha. Para ellos, lo mismo que para Josué, el sol y las estrellas habían permanecido
inmóviles en su carrera. Tressider lo sabía, ya que no estaba borracho ni soñando. Sus
sentidos no habían sido nunca más agudos, ni más vividas sus percepciones. Cada
una de las hojas de los altos álamos que temblaban por encima de las verjas era
vivida para él, con una especial belleza de sonido, forma y olor. Las verjas, que
ostentaban en grandes letras el nombre «SMITH & SMITH — MUDANZAS», se
abrieron al toque de Smith. La larga avenida de álamos se extendía hasta una
achatada casa de piedra gris.
Durante las semanas que siguieron, Tressider se preguntó muchas veces a sí mismo
si, después de todo, había soñado aquella extraña aventura en la Casa de los Álamos.
Desde el primer susurro junto al quiosco de periódicos de la estación hasta el viaje en
automóvil a su propio hogar, en Essex, cada episodio había tenido un aire de
pesadilla. Aunque era imposible que una pesadilla fuera tan coherente y perdurara de
tal modo en el recuerdo al despertar. La habitación con sus paredes grisáceas y su
reluciente suelo: una charca luminosa a la suave mezcla de la luz eléctrica y de la
moribunda luz del día que penetraba por las altas ventanas. Había allí cuatro
hombres: míster Smith, el del restaurante; míster Smyth, con su alargado rostro
amarillento desfigurado por una cicatriz semejante a una quemadura de ácido; míster
Smythe, cuadrado y cetrino, con unas manos cortas y fuertes y unos velludos
nudillos, y el doctor Schmidt, el hombre sonriente con la bien recortada barbilla roja
y las gafas con montura de acero. Y la joven de ojos dorados como los de un gato,
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pensó Tressider. Los hombres la llamaban «miss Smith», pero su verdadero nombre
debía ser Melusina.
Ni podía haber soñado la conversación, la cual fue comercial y breve.
—Hace mucho tiempo nos dimos cuenta —dijo míster Smith— de que la
Sociedad necesitaba una organización adecuada para la eliminación de personas
molestas. Por regla general, las eliminaciones se llevan a cabo por individuos poco
preparados y que no disponen del material necesario, exponiéndose con ello a las
consiguientes dificultades e incluso peligros. Nosotros nos encargamos de atender a
todos los detalles desagradables de tales eliminaciones a un precio moderado, y me
atrevería a decir que puramente nominal. En el caso de que nuestras condiciones sean
aceptadas, podemos garantizar a nuestros clientes una seguridad absoluta, incluido,
desde luego, un inviolable secreto en lo que respecta a la transacción.
El doctor Schmidt carraspeó ligeramente.
—En el caso del joven Cyril Tressider, por ejemplo —continuó míster Smith—,
no puedo concebir nada más innecesario que la existencia de ese molesto chiquillo.
Es huérfano; sus únicos parientes son míster y mistress Tressider, los cuales, por muy
bien dispuestos que puedan estar hacia el niño, se encuentran financieramente
apurados por su presencia en el mundo. Si el niño fuese eliminado silenciosamente,
¿quién saldría perdiendo? El niño, no, puesto que se ahorraría los pecados y las
injusticias de nuestro desdichado planeta; sus parientes tampoco, ya que sólo tiene un
tío y una tía, cuya situación mejoraría con la desaparición del pequeño; y tampoco sus
colonos y empleados, ya que su bondadoso tío se ocuparía de ellos. Sugiero, míster
Tressider, que la pequeña suma de un millar de libras sería provechosamente
invertida en el traslado de ese niño a aquella región feliz, «más allá, mucho más allá
de las estrellas», donde podría jugar con los rubios querubines (para citar a nuestro
glorioso poeta), inmune a las enfermedades y accidentes a que están expuestos los
niños aquí abajo.
—¿Mil libras? —dijo Tressider, con una risotada—. Daría gustosamente cinco
mil para librarme de ese chiquillo.
El doctor Schmidt carraspeó.
—No nos gusta abusar —dijo—. No. Mil libras es un precio equitativo por el
trabajo.
—¿Y qué me dicen de los riesgos? —inquirió Tressider.
—Nosotros hemos eliminado todos los riesgos —respondió míster Smith—. Lo
mismo para nosotros que para nuestros clientes. Dígame, ¿el niño vive con usted en
su casa de Essex? Sí. ¿Es un buen muchacho?
—Se porta bien, por lo menos hasta ahora.
—¿Alguna mala costumbre?
—Es un poco embustero, como la mayoría de los chiquillos.
—A ver, acláreme eso, amigo mío —se interesó el doctor Schmidt.
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—Tiene mucha imaginación, y pretende haberse enfrentado con gigantes, hadas,
tigres y todo eso. Ya sabe. Lo cuenta como si sus imaginarias aventuras fueran
ciertas. Su tía está muy preocupada por esa tendencia de Cyril.
—¡Ah! —El interés del doctor Schmidt parecía ir en aumento—. ¿De modo que
mistress Tressider no estimula al niño en sus invenciones?
—No, todo lo contrario. Siempre le está diciendo a Cyril que acabará mal si sigue
contando esas historias. Pero no hay modo de que se corrija. A veces hemos llegado a
zurrarle. Pero es un chico muy testarudo. Tiene una fantasía meridional. No parece
inglés, desde luego.
—¡Lamentable! —exclamó tristemente el doctor Schmidt.
¡La-men-ta-ble! Sería una verdadera lástima que el pobre niño no cruzara las
verjas doradas a la edad más apropiada para disfrutar de la compañía de los
querubines. ¡Una verdadera lástima!
—Más lastimoso sería, Schmidt, que mía persona con semejante defecto llegara a
ocupar una posición importante como propietario de los bienes de los Tressider. El
honor y la rectitud, unidos a una saludable falta de imaginación, han hecho de nuestro
país lo que actualmente es.
—Cierto —dijo Schmith—. Lo ha expuesto usted maravillosamente, mi querido
Smith. No cabe duda, míster Tressider, de que su pequeño guerrero encuentra amplio
campo para sus imaginarias aventuras cuando juega en los terrenos desiertos de
Crantonbury Place, tan convenientemente situados junto a su vivienda.
—Parece estar muy enterado —murmuró Tressider.
—Nuestra organización —explicó el doctor Schmidt, con un amplio movimiento
de su mano—. Resulta muy triste el abandono que sufren las hermosas mansiones
antiguas de este país, pero lo que un hombre pierde los gana el niño de la casa
contigua. Yo estimularía al pequeño Cyril para que jugara en los terrenos de
Crantonbury Hall. Sus pequeños miembros se fortalecerían corriendo entre aquella
inculta vegetación. Permítame que cite a su Shakespeare, mi querido Smith. Es una
pena que las fuentes permanezcan silenciosas y el hermoso lago acabe por secarse.
Sin embargo, existen aún muchas posibilidades en un jardín abandonado.
Y el sonriente doctor Schmidt se tiró de la barbilla.
Si aquella fantástica conversación no había tenido lugar, ¿cómo era posible que
Tressider recordara claramente todas y cada una de sus palabras? Recordaba,
también, haber firmado un documento —la «Orden de Eliminación», según Smith—,
y un cheque de mil libras, pagaderas a Smith & Smith con fecha de 1 de octubre.
—No nos gusta trabajar precipitadamente —explicó míster Smith—. En este
momento no podemos predecir el día exacto en que llevaremos a cabo la eliminación.
Pero, de aquí a finales de septiembre, habrá tiempo de sobras. Si cambiara usted de
idea antes de que la eliminación se haya producido, bastará con que dé una
contraorden en Rapallo’s. Pero, después de la eliminación, no habrá lugar para
reclamaciones de ninguna clase. En realidad, cualquier reclamación provocaría una
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situación muy… desagradable. Claro que entre caballeros no puede plantearse una
situación de ese tipo. ¿Piensa usted ausentarse de casa por algún tiempo en los
próximos meses?
Tressider sacudió la cabeza.
—¿No? Perdone, pero opino que sería muy conveniente que pasara usted…
digamos el mes de septiembre, en el extranjero. O tal vez en Escocia. Allí hay
salmones, truchas, perdices…, toda una serie de agradables animales dispuestos a
dejarse matar.
El doctor Schmidt volvió a carraspear.
—Lo dejo a su criterio, desde luego —continuó míster Smith—. Pero si usted, y
quizá también su esposa…
—Mi esposa no dejaría solo a Cyril.
—Usted mismo, entonces. Unas vacaciones lejos del ambiente doméstico sientan
muy bien, a veces.
—Lo pensaré —dijo Tressider.
Había pensado a menudo en ello. También pensaba frecuentemente en la matriz en
blanco de su talonario de cheques. Esto, al menos, era un hecho. Pensaba en ello en
Escocia, el 15 de septiembre, mientras recorría las marismas, con la escopeta al
hombro. Tal vez resultara conveniente anular el pago de aquel cheque…
—¡Tía Edith!
—Sí, Cyril.
Mistress Tressider era una mujer delgada con un rostro enérgico y puritano; una
mujer de afectos poco amplios, pero constantes, y de perspectivas muy limitadas.
—Tía, he tenido una maravillosa aventura.
Mistress Tressider apretó sus pálidos labios.
—Bueno, Cyril, piensa en lo que vas a decir. No exageres, querido. Pareces muy
excitado.
—Sí, tía. He encontrado un hada.
—¡Cyril!
—De veras, tía, la he encontrado. Vive en Crantonbury Hall…, en la antigua
gruta. Una verdadera hada, viva. Llevaba un vestido dorado, con franjas de muchos
colores, como un arco iris, rojas y verdes y azules y amarillas y de toda clase de
colores. Y una corona de oro en la cabeza, y estrellas en los cabellos. Y yo no me
asusté ni pizca, tía, y ella dijo…
—Cyril, querido…
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—Sí, tía, de veras. No estoy exagerando. Era muy guapa. Y dijo que yo era un
niño muy valiente, como Juan sin Tierra, y que cuando me haga mayor me casaré con
ella y viviremos en el País de las Hadas. Estaba rodeada de leones y tigres y
leopardos, que llevaban collares de oro y diamantes. Y me llevó a su palacio…
—¡Cyril!
—… y comimos frutas encantadas en platos de oro y dice que va a enseñarme el
lenguaje de los pájaros y que me regalará un par de botas de siete leguas, para que
pueda viajar por todo el mundo y ser un héroe.
—La historia es muy bonita, querido, pero no es más que una historia, ¿verdad?
—No, no es mía historia. Es verdad.
—Querido, no pueden haber leones y tigres y leopardos en Crantonbury Hall.
—Bueno —el niño hizo una pausa—. Quizás estaba exagerando un poquito. Pero
había dos leopardos.
—¡Oh, Cyril! ¿Dos leopardos?
—Sí, con collares y cadenas dorados. Y el hada era muy alta y muy guapa, y tenía
los ojos dorados, como los leopardos. Dijo que era el hada de los leopardos, y que
ellos eran también hadas, y después de comer la fruta a los leopardos les salieron
unas alas y el hada se montó en uno de ellos y salieron volando por encima del
tejado.
Mistress Tressider suspiró.
—Creo que Nannie te ha contado demasiados cuentos de hadas. En realidad,
sabes perfectamente que las hadas no existen.
—Eso es lo que dices tú —replicó Cyril, con cierta rudeza—. Pero las hadas
existen, y yo he visto una, y cuando sea mayor seré el Rey de las Hadas.
—No quiero que me contradigas de ese modo, Cyril. Y está muy feo decir lo que
no es verdad.
—Pero, si es verdad, tía…
—No debes decir eso, querido. No me disgusta que inventes historias, pero sin
olvidar nunca que no son más que eso: historias.
—Pero yo he visto el hada.
—Si vuelves a decir eso, tu tía se enfadará de veras contigo…
—La he visto, la he visto. Juro que la he visto.
—¡Cyril! —La paciencia de mistress Tressider se estaba agotando—. No hay que
jurar nunca, y mucho menos en falso. Ahora mismo te irás a la cama sin cenar, y tu
tía no volverá a dirigirte la palabra hasta que te hayas disculpado por ser tan grosero y
por contar esas absurdas historias.
—Pero, tía…
—No se hable más del asunto —dijo mistress Tressider, y agitó el cordón de la
campanilla.
Nannie se llevó a Cyril a la cama, deshecho en lágrimas.
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—Disculpe, señora —dijo Nannie, dirigiéndose a mistress Tressider cuando ésta se
levantaba de la mesa, después de cenar—. El señorito Cyril no parece encontrarse
bien. Dice que le duele mucho el estómago.
Cyril tenía un aspecto febril y raro cuando su tía subió a verle. Estaba muy
encarnado, y en sus ojos había un brillo anormal. Se quejaba de un intenso dolor
debajo del cinturón de su pijama.
—Eso les pasa a los niños malos que cuentan historias —dijo mistress Tressider,
cuyas ideas acerca de aprovechar la ocasión eran bastante anticuadas—. Ahora,
Nannie tendrá que darte alguna amarga medicina.
Nannie, avanzando, armada con un horrible frasco de licor gris-verdoso, tenía
también algo que decir.
—Supongo que ha estado usted comiendo esas asquerosas manzanas silvestres
del jardín abandonado —observó—. Le he dicho mil veces que no las toque, señorito
Cyril.
—No he comido nada —protestó Cyril—. Sólo la fruta que me regaló el hada en
su palacio.
—No quiero volver a oír hablar del hada —dijo mistress Tressider—. Ahora,
querido, confiesa que todo fue una invención tuya… Parece que tiene fiebre —
añadió, dirigiéndose a Nannie—. Tal vez sería conveniente que avisáramos al doctor
Simmonds. No estando en casa mi marido, me siento un poco preocupada. Vamos,
Cyril, bébete la medicina y di que lo sientes…
Cuando llegó el doctor Simmonds, una hora después (ya que no estaba en casa
cuando le mandaron aviso), encontró a su paciente delirando y a mistress Tressider
profundamente alarmada. El doctor Simmonds procedió inmediatamente a un lavado
de estómago. Su rostro estaba muy serio.
—¿Qué es lo que ha comido? —preguntó, y sacudió la cabeza cuando Nannie
hizo alusión a las manzanas silvestres.
Mistress Tressider, pálida y ansiosa, explicó con todo detalle la historia que había
contado el niño acerca de la dama leopardo.
—Cuando llegó a casa tenía un aspecto febril —dijo—, pero creí que era debido a
la excitación de sus correrías.
—Los niños imaginativos son a menudo incapaces de distinguir entre realidad y
fantasía —dijo el médico—. Supongo que habrá comido algo que no debía comer;
formaría parte del juego que estaba representando consigo mismo.
—Al final le hice confesar que se lo había inventado todo —dijo mistress
Tressider.
—¡Hum! —dijo el doctor Simmonds—. Bueno, no debe preocuparse ya por él. Es
un niño muy fuerte, y va a necesitar todas sus fuerzas.
—¿Quiere usted decir que está en peligro, doctor?
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—¡Oh! Espero que no, espero que no. Pero los niños son algo muy delicado, ha
sufrido un trastorno muy serio. ¿Está míster Tressider en casa?
—¿Tengo que enviar a buscarle?
—Creo que sería lo mejor. A propósito, ¿podría facilitarme una botella limpia?
Me gustaría llevarme parte del contenido del estómago para su análisis. Sólo para
saber el terreno que pisamos, ¿sabe? No quisiera alarmarla… pero, en un caso como
éste, conviene ir sobre seguro.
Antes de que amaneciera, Cyril entró en coma, con el rostro azulado y el cuerpo frío,
y otro médico había sido llamado a consulta. Tressider, llegado en el tren de
medianoche, fue informado de que existían muy pocas esperanzas.
—Temo, míster Tressider, que el niño ha comido algo venenoso. Estamos
pendientes del análisis. Los síntomas parecen indicar una intoxicación causada por
solanina o algún alcaloide similar. Hierba mora… ¿Hay hierba mora en alguna huerta
de Crantonbury Hall?
Había hablado el doctor Pratt, un especialista y de los más caros.
Míster Tressider no lo sabía, pero dijo que podían ir a comprobarlo al día
siguiente. Por la mañana, recorrieron las huertas vecinas. No encontraron rastros de
hierba mora, pero el doctor Pratt, rebuscando entre la maleza del jardín contiguo a la
cocina, hizo un descubrimiento.
—¡Miren! —exclamó—. Esas viejas patateras tienen algunos tubérculos. La
patata pertenece al género Solano, y a veces los tubérculos muestran síntomas
venenosos. Si el niño ha comido por casualidad alguno de esos tubérculos…
—No cabe duda de que lo hizo —dijo el doctor Simmonds—. Miren esto.
Levantó una planta, algunos de cuyos tallos aparecían recién tronchados.
—No tenía la menor idea de que esa planta pudiera ser tan venenosa —dijo
Tressider.
—Por regla general no lo es —dijo el doctor Pratt—. Pero de cuando en cuando
se encuentra una especialmente rica en materia tóxica: la solanina. Hubo un caso que
dio mucho que hablar, alrededor del año 1885…
Se extendió en detalles. Mistress Tressider no pudo soportarlo. Dejó a los
hombres y subió a la habitación de Cyril.
—Quiero ver a la mujer leopardo —murmuró débilmente el niño.
—Sí, sí, no tardará en llegar, querido.
—¿Con sus leopardos?
—Sí, querido. Y sus leones, y sus tigres.
—Cuando sea mayor seré el rey de las hadas, ¿verdad?
—Desde luego, querido.
Al tercer día, Cyril murió.
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El análisis de los expertos confirmó el diagnóstico del doctor Pratt. En el contenido
del estómago se encontraron restos de patata silvestre. La muerte se produjo a
consecuencia de una intoxicación de solanina. Un análisis de otros tubérculos
arrancados de las mismas plantas reveló su riqueza en solanina. Veredicto: muerte
accidental. Los niños, dijo el coroner, son muy aficionados a masticar y a comer toda
clase de plantas y de frutos silvestres, y aquellos tubérculos tenían un aspecto muy
atractivo…, seguramente que los miembros del jurado los habían visto a menudo en
sus propios huertos y jardines. Sin embargo, rara vez los efectos eran tan trágicos
como el presente caso. Ninguna responsabilidad podía atribuirse a míster y a mistress
Tressider, los cuales habían advertido repetidamente al niño para que no comiera
ninguna fruta desconocida.
Tressider, que desconocía la historia de la mujer leopardo, se mostró muy
apenado por la muerte de su pupilo. Se compró un elegante traje negro y, poco
después, adquirió un automóvil. En los días que siguieron a la encuesta dio largos
paseos en su nuevo vehículo, y en cierta ocasión llegó hasta Greenwich.
Había consultado de nuevo el listín telefónico, y creía haber localizado la
dirección que buscaba. Sí, allí estaba, a la derecha: una verja pintada de verde, con un
letrero medio borroso:
SMITH & SMITH
Mudanzas
Se apeó del automóvil y se acercó a la verja con paso vacilante. El otoño se había
presentado muy temprano aquel año y, mientras Tressider estaba parado junto a la
verja, una amarillenta hoja de álamo, arrastrada por el viento, cayó a sus pies.
Empujó el portillo de la verja, el cual se abrió lentamente, con un lamentable
chirrido. No vio ninguna avenida de álamos ni ninguna casa achatada de piedra gris.
Se encontró en un patio sumamente descuidado, delante de una especie de almacén.
Un hombre de aspecto rudo salió a su encuentro.
—¿Puedo hablar con míster Smith? —preguntó Tressider.
—Querrá usted decir míster Benton —replicó el hombre—. Aquí no hay ningún
míster Smith.
—¡Oh! —exclamó Tressider—. Entonces, aquel caballero bajito y rechoncho, de
cabellos grises… Creí…
—Aquí no hay nadie que responda a esas señas —dijo el hombre—. Se ha
equivocado usted, caballero. Míster Benton es muy alto y muy delgado, y míster
Tinworth, su socio, es también delgado y cojea ostensiblemente. ¿Desea usted
encargar alguna mudanza?
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—No, no —se apresuró a contestar Tressider—. Creí que míster Smith vivía aquí,
sencillamente. ¿Acaso se ha retirado del negocio?
—Que yo sepa, hace muchos años que no vive aquí ningún míster Smith.
Aunque, ahora que caigo en ello, creo que murieron hace mucho tiempo… ¡Jim!
¿Qué fue del viejo míster Smith y de su hermano, los antiguos propietarios de este
negocio?
Un hombre de espalda encorvada salió del almacén, limpiándose las manos en su
delantal de arpillera.
—Murieron hace diez años —dijo—. ¿Qué pasa?
—Este caballero, que creía conocerles.
—Bueno, están muertos —repitió Jim.
—Muchas gracias —dijo Tressider.
Regresó al automóvil. Por enésima vez se preguntó a sí mismo si debía avisar al
banco para que no pagaran el cheque. La muerte de Cyril podía ser una simple
coincidencia. Y tenía que ser ahora o nunca, ya que la visita a Greenwich había
tenido lugar el 30 de septiembre.
Tressider vaciló, y acabó por aplazar el asunto hasta el día siguiente.
A las diez de la mañana telefoneó al banco.
—Un cheque —dio el número— de 1.000 libras, pagadero a Smith & Smith. ¿Ha
sido cobrado?
—Sí, míster Tressider. Hace escasamente media hora. ¿Ocurre algo?
—Nada, gracias. Sólo quería saberlo.
Por lo tanto, había extendido el cheque. Y alguien lo había cobrado.
Al día siguiente recibió una carta. Estaba escrita a máquina y no llevaba
remitente. Sólo el membrete SMITH & SMITH, y la fecha, 1 de octubre.
Muy señor nuestro:
Con referencia a su apreciado encargo del 12 de julio, relativo a una
mudanza en su residencia de Essex, confiamos en haberlo cumplido a su
entera satisfacción. Ponemos en su conocimiento que hoy mismo haremos
efectivo el cheque de MIL LIBRAS (1.000) que tuvo a bien entregarnos, y
que en cuanto obre dicha cantidad en nuestro poder le devolveremos el
documento que nos firmó como garantía de nuestro trabajo. Con el más
atento de los saludos de,
SMITH & SMITH
Dos días después llegó el documento en cuestión:
[Link] - Página 23
Yo, Arthur Tressider, de (aquí seguía su dirección en Essex), confieso
que asesiné a mi sobrino y pupilo Cyril Tressider del siguiente modo:
sabiendo que el niño tenía la costumbre de jugar en los jardines abandonados
de Crantonbury Hall, contiguos a mi propia residencia, rebusqué
cuidadosamente en los mencionados jardines hasta encontrar unas patateras
silvestres. Utilizando una jeringuilla inyecté una solución muy fuerte de
solanina en los tubérculos de aquellas plantas, sabiendo que en ellos se
encuentra siempre cierta cantidad del venenoso alcaloide. Preparé la solución
con algunas plantas solanas que había recogido en secreto. El hacerlo no me
resultó difícil, teniendo en cuenta los estudios de química que había
efectuado en mi juventud. Estaba convencido de que el niño se sentiría
atraído por aquellos tubérculos y los comería, pero de no haberlo hecho tenía
preparados otros planes similares, a los cuales hubiese recurrido en caso
necesario. Cometí el abominable crimen a fin de asegurarme la herencia de
los Tressider, que a la muerte de Cyril debía pasar a mis manos. Y hago esta
confesión agobiado por los remordimientos.
ARTHUR TRESSIDER.
1 de octubre de 19…
El sudor empapaba la frente de Tressider.
—¿Cómo diablos podían saber que yo había estudiado química?
Le pareció oír la sonriente voz del doctor Schmidt:
—Nuestra organización…
Quemó el documento y salió de la casa sin darle el acostumbrado beso a su
esposa. Transcurrió algún tiempo antes de que oyera la historia de la mujer leopardo,
y entonces pensó en miss Smith, la joven de ojos amarillos como los de un gato, que
debía haberse llamado Melusina.
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SI ESTO ES LOCURA
Lawrence Block
SAN Antonio no era un lugar desagradable, ni mucho menos. Había barrotes en las
ventanas, desde luego, y uno no podía entrar y salir a su antojo, pero la cosa podía
haber sido mucho peor. Siempre había imaginado los manicomios como una especie
de antros. En las novelas no se hace la debida justicia a tales instituciones. Se habla
de sadismo, de métodos medievales, etcétera. Y puedo asegurar que en San Antonio
no había nada de todo eso.
Yo disponía de una habitación individual, con una ventana con vistas a la huerta.
Una huerta con muchos árboles y unos arbustos encantadores cuyo nombre
desconozco. Cuando estaba solo, contemplaba el ir y venir del jardinero detrás de una
gran cortadora de césped. Pero, como es natural, no pasaba todo el tiempo en mi
habitación…, o en mi celda, como ustedes prefieran. Existía allí cierta relación social:
conversaciones con los otros pacientes, interminables partidas de ping-pong, y todo
eso. Y la terapia ocupacional era la mayor preocupación en San Antonio. Tejí cestos,
fabriqué una enorme cantidad de ceniceros… Supongo que aquello servía para algo.
La simple idea de concentrarse muy intensamente en una cosa que es
fundamentalmente vulgar debe poseer un valor terapéutico en casos de aquella
naturaleza: quizás el mismo valor que tienen los «hobbies» para los hombres cuerdos.
Tal vez se pregunten ustedes por qué estaba en San Antonio. La explicación es
muy sencilla. Un día del mes de septiembre salí de mi oficina poco antes de las doce
de la mañana y me dirigí a mi banco, donde hice efectivo un cheque de dos mil
dólares. Pedí que me entregaran la suma en billetes nuevos de diez dólares. Luego
eché a andar despreocupadamente hasta llegar a una calle bastante concurrida.
Allí empecé a vender los billetes. Detenía a los transeúntes y les ofrecía los
billetes a cincuenta centavos cada uno, o los cambiaba por cigarrillos, o los regalaba a
cambio de una palabra amable. Recuerdo que le pagué a un hombre quince dólares
por su corbata, la cual estaba bastante sucia, por cierto. No me extrañó que muchas
personas se negaran a tener tratos conmigo. Supongo que creían que los billetes eran
falsos.
No había transcurrido media hora cuando me detuvieron. La Policía creyó
también que los billetes eran falsos. Cuando los agentes me conducían al coche
patrulla, solté una carcajada y lancé al aire el montón de billetes de diez dólares. El
espectáculo de los representantes de la ley persiguiendo aquellos billetes nuevos era
realmente cómico, y me reí muy a gusto.
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Me encerraron en una celda de la comisaría. Me limité a permanecer sentado,
negándome a hablar con los que pretendían interrogarme. No tardó en presentarse
Mary, acompañada por un médico y un abogado. Mary derramó muchas lágrimas
sobre un bello pañuelo de batista, pero yo sabía lo mucho que gozaba representando
aquel nuevo papel: la amante esposa de un hombre que había perdido la chaveta. Una
maravillosa experiencia para ella.
Cuando la vi, mi letargo se desvaneció. Sacudí frenéticamente los barrotes de la
celda y dirigí a Mary los peores insultos imaginables. Mary estalló en sollozos, y se la
llevaron de allí. Alguien me hizo beber un líquido incoloro: un calmante, supongo. Al
cabo de un rato me quedé dormido.
En aquella ocasión no me llevaron a San Antonio. Me tuvieron encerrado tres
días —bajo observación—, y luego empecé a recobrar la cordura. Les pregunté a mis
guardianes dónde estaba, y por qué. Mis recuerdos eran muy confusos.
Un psiquiatra me visitó varias veces. Le dije que últimamente había estado
trabajando con exceso, sometido a una fuerte tensión. Esto le convenció de que mi
«venta» de los billetes de diez dólares era una evidente reacción contra aquel exceso
de trabajo, un repudio simbólico de los frutos de mis esfuerzos. Yo estaba luchando
contra el trabajo excesivo, desprendiéndome de los beneficios de aquel trabajo.
Hablamos largamente del asunto, el psiquiatra tomó muchas notas… y eso fue
todo. Como no había cometido ningún acto específicamente ilegal, no había cargos
contra mí. De modo que me soltaron.
Dos meses más tarde, cogí mi máquina de escribir y la lancé a través de la
ventana de mi oficina. Se estrelló contra la acera, fallando por muy poco la calva
cabeza de un corneta del Ejército de Salvación. Detrás de la máquina de escribir fue
un cenicero, luego mi pluma, luego mi corbata. Cuando estaba a punto de saltar yo
mismo por la ventana, tres de mis empleados me sujetaron fuertemente, hecho que
me enfureció.
Golpeé a mi secretaria —una excelente mujer, eficiente y leal como pocas— en la
boca, con desastrosos resultados para sus dientes. Le propiné un puñetazo al botones
en la barbilla, y otro a mi socio en el vientre. Había perdido los estribos y resultó muy
difícil dominarme.
Poco después me encontraba en San Antonio.
Como ya he dicho, no era un lugar desagradable. A veces incluso me gustaba. Allí
me sentía liberado de toda responsabilidad, y una persona que no haya estado en una
clínica mental no podrá apreciar, posiblemente, el alcance de aquella libertad. No se
trata simplemente de que no tuviera nada que hacer. Es algo mucho más profundo.
Tal vez consiga explicarlo. Yo podía ser quienquiera que deseara ser. No tenía
necesidad de mostrarme cortés ni amable con nadie. Si quería enviar al diablo a mía
enfermera, lo hacía, sencillamente. Si sentía el capricho de orinar en el suelo, orinaba
y en paz. No tenía necesidad de realizar ningún esfuerzo para aparentar que estaba
cuerdo. Después de todo, si hubiese estado cuerdo no hubiese estado allí.
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Cada miércoles, Mary venía a visitarme. Este hecho era motivo suficiente para
que San Antonio me resultara un lugar encantador. No porque Mary me visitara una
vez a la semana, sino porque seis días de cada siete me veía libre de su compañía. He
pasado cuarenta y cuatro años en este planeta, y durante veintiuno de ellos he estado
casado con Mary, y a medida que transcurrían los años su compañía se me iba
haciendo más insoportable. En cierta ocasión, hace algunos años, estudié la
posibilidad de divorciarme de ella. El precio hubiese sido exorbitante. Según el
abogado al cual consulté, Mary se hubiese quedado con la casa, el automóvil y la
mayoría de mis bienes, además de una asignación mensual que me hubiera obligado a
trabajar exclusivamente para ella. De modo que renuncié al divorcio.
Como ya he dicho, Mary me visitaba cada miércoles. Durante mi estancia en San
Antonio me mostré bastante apacible, aparte de unas demostraciones
temperamentales de poca importancia. Pero temo que no supe disimular mi hostilidad
hacia Mary. Cada vez que me enfrentaba con ella la acusaba de las peores
barbaridades, diciéndole que se entendía con mis amigos (como si alguno de ellos
pudiera tener el mal gusto de querer acostarse con una vieja gordinflona), y
demostrándole mi aversión por todos los medios a mi alcance. Pero ella seguía
acudiendo, cada miércoles, como el peor de los castigos.
Las sesiones con mi psiquiatra (no mío, específicamente, sino el psiquiatra
interno encargado de mi caso) no eran malas del todo. Era un hombre muy inteligente
y muy interesado en su trabajo, y yo disfrutaba hablando con él. La mayor parte del
tiempo me mostraba completamente cuerdo en nuestras conversaciones. Él evitaba
los análisis profundos —en realidad no disponía de tiempo para ello, abrumado de
trabajo como estaba—, y se concentraba en averiguar las causas de mis crisis
nerviosas y en encontrar el medio más eficaz para dominarlas. Juntos investigamos
los motivos de mi hostilidad hacia Mary. Hablamos largo y tendido.
Recuerdo perfectamente el día que salí de San Antonio. No estaba
definitivamente curado, palabra muy difícil de aplicar en casos como el mío. Dijeron
que estaba «reajustado», o algo por el estilo, y que me encontraba en condiciones de
reanudar el trato social. Su terminología era un poco más complicada que todo eso.
No recuerdo las palabras y frases exactas, pero el significado era el que acabo de
expresar.
Aquel día, el aire era frío y el cielo estaba lleno de nubes. Soplaba una agradable
brisa. Mary vino a recogerme. Estaba visiblemente nerviosa, tal vez un poco
asustada, pero yo me mostré muy dócil y muy amistoso con ella. La cogí del brazo.
Insistí en conducir el automóvil, para que pudiera darse cuenta de que mi estado era
completamente normal. Y ella captó el detalle.
—¡Oh, querido! —dijo—. Te sientes mejor ahora, ¿no es cierto?
—Estoy estupendamente —dije.
Salí de San Antonio hace cinco meses. Al principio, encontré más dificultades en
el exterior de las que había encontrado entre las cuatro paredes del manicomio. La
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gente no sabía cómo hablar conmigo. Parecían asustados por la posibilidad de que en
cualquier momento me entrara un arrechucho. Deseaban hablar normalmente
conmigo, pero no sabían cómo referirse a mi «dificultad». Una situación muy cómica.
La gente trataba de mostrarse amable conmigo, pero al mismo tiempo mantenía
una actitud recelosa cuando estaba a mi lado. Aunque yo era normal en la mayoría de
los aspectos, ciertas particularidades mías resultaban enervantes, en el mejor de los
casos. A veces, por ejemplo, me veían murmurar palabras incoherentes. En otras
ocasiones contestaba preguntas antes de que me las formularan, o ignoraba del todo
las preguntas. Un día, en una reunión, me acerqué al tocadiscos, saqué un disco de la
placa giratoria, lo hice salir volando por mía ventana abierta y coloqué otro disco en
su lugar. Aquellas extravagancias mías mantenían a la gente en vilo, pero a fin de
cuentas resultaban inofensivas.
La actitud general parecía ser ésta: yo estaba un poco chiflado, pero no era
peligroso, y parecía mejorar con el paso del tiempo. Y, lo más importante de todo: yo
era capaz de ganarme la vida, capaz de vivir en pacífica armonía con mi esposa y mis
amigos. Podía estar loco, pero no hacía daño a nadie.
Mary y yo estamos invitados a una reunión el próximo sábado, por la noche.
Iremos a casa de unos buenos amigos, a los que conocemos y tratamos desde hace
más de quince años. Allí encontraremos a otras ocho o diez parejas, también amigas
nuestras.
Será el mejor momento.
Les aseguro que al principio la cosa me resultó muy difícil. El asunto de los
billetes de diez dólares, por ejemplo: yo soy un hombre fundamentalmente
ahorrativo, y aquella conducta iba en contra de todos mis principios. Lo de la
máquina de escribir y el jaleo subsiguiente fue todavía peor. Yo no quería lastimar a
mi secretaria, a la que aprecio muchísimo, pues ya he hablado de sus relevantes
cualidades. Pero lo hice. Y creo que muy bien.
El sábado por la noche, en la reunión, me mostraré muy huraño. Me sentaré en
una butaca junto al fuego y me pasaré un par de horas con un vaso en la mano, y
cuando alguien se acerque a hablar conmigo le miraré fijamente y no le contestaré.
Haré irnos movimientos faciales involuntarios, tics nerviosos o algo por el estilo.
Luego me pondré en pie bruscamente y estrellaré mi vaso contra el espejo que
hay encima de la repisa de la chimenea, con la fuerza suficiente para romper el vaso,
el espejo, o las dos cosas. Alguien se acercará tratando de tranquilizarme. Sea quien
sea, le golpearé con todas mis fuerzas. Luego, profiriendo maldiciones, empuñaré el
pesado atizador.
Y aplastaré la cabeza de Mary con él.
Lo bueno del caso es que no habrá juicio ni nada que se le parezca. En algunos
casos puede resultar difícil alegar una locura temporal, pero tratándose de una
persona con antecedentes psicopáticos no habrá problema. El desenlace no es difícil
de predecir: me enviarán de nuevo a San Antonio.
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Supongo que permaneceré allí cosa de un año. En ese tiempo, desde luego, puedo
dejar que me curen del todo. ¿Por qué no? No me propongo matar a nadie más, de
modo que será la mejor solución. Lo único que tengo que hacer es realizar progresos
paulatinos hasta que llegue el momento en que me consideren apto para volver al
seno de la sociedad. Pero, cuando eso ocurra, Mary no estará esperándome en la
verja, Mary estará muerta.
Siento ya la excitación que bulle en mi interior. Me veo a mí mismo
representando el papel de loco, preparándome para el instante supremo. Luego, el
vaso estrellándose contra el espejo, y mi cuerpo moviéndose en perfecta
sincronización, y el atizador en mi mano, y el cráneo de Mary aplastado como una
cáscara de huevo.
Ustedes pensarán que estoy loco, completamente loco. Eso es lo bueno del caso:
que todo el mundo pensará lo mismo.
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SOSPECHOSO NÚMERO UNO
Richard Deming
El nuevo repartidor preguntó:
—¿Cuántos panecillos suele usted quedarse, míster Jones?
Antes de que Henry Jones pudiera contestar, su gorda esposa salió de la trastienda
y dijo:
—¿Otro repartidor en la camioneta del pan? ¿Qué le pasa a su compañía? ¿Acaso
no puede mantener a un hombre fijo en esta ruta?
—Pidió que le trasladaran —dijo el repartidor. Se volvió hacia Jones—. ¿Cuántos
ha dicho usted, míster Jones?
Hazel Jones dijo, belicosamente:
—La que hace aquí los pedidos soy yo, míster. Henry, vete a marcar aquellas latas
de conserva, tal como te he dicho. ¿Cuántas veces he de decirte las cosas antes de que
las hagas? —Volvió su atención al repartidor—: Dos docenas. Y procure que sean
tiernos. No vaya a endosarme los que otra tienda le ha devuelto. ¿Me oye?
—Sí, señora —dijo el repartidor.
Tras recoger los cuatro panecillos que quedaban del día anterior, el hombre volvió
a montar en la camioneta.
Obedeciendo a una furiosa mirada de su esposa, Henry Jones empezó a pegar
etiquetas con el precio en las latas de conserva.
Todos los repartidores piden el traslado a otra ruta al cabo de un par de meses de
tratar con la virago de mi esposa —pensó Henry—. Lástima que los maridos no
puedan pedir también el traslado… Veinte años de ser tratado como un dependiente,
haciendo todas las tareas domésticas, mientras Hazel se limita a dar órdenes con
aires de importancia. Si ella hiciera algo, la cosa resultaría más soportable.
Pero Hazel ni siquiera atendía a los clientes. Era una de esas personas que sólo
sirven para decirles a los demás lo que tienen que hacer.
Si supiera lo que le espera esta noche —pensó Henry con malévola satisfacción,
pegando furiosamente otra etiqueta—, se quedaría muda de asombro. No imagina en
lo que puede convertirse el más miserable de los gusanos.
El repartidor volvió a entrar en la tienda cargado de panecillos. Los colocó en el
estante del pan, mientras Hazel le obsequiaba con una serie de amargos comentarios
acerca del servicio de la panadería, de la calidad de sus productos y de lo
descabellado de sus precios.
Cuando terminó de colocar los panecillos, el hombre alargó silenciosamente a
Hazel el talonario para que firmara y se marchó sin despedirse.
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Dentro de una semana pedirá que le trasladen a otra ruta —pensó Henry. Luego
se detuvo, con una lata en una mano y una etiqueta en la otra, y se rectificó
mentalmente a sí mismo—. No, no pedirá el traslado, porque a partir de mañana ya
no volverá a tener tratos con Hazel.
Detrás de él, la áspera voz de Hazel dijo:
—¿Acaso estás posando para una estatua, imbécil? Date prisa en marear esas
latas. ¿O piensas pasarte todo el día clavando cuatro etiquetas?
Con un profundo suspiro, Henry volvió a su tarea.
Henry Jones era un hombrecillo de aspecto amable que frisaba en los cincuenta
años, con una leve obesidad y una orla de pelo alrededor de las orejas. Sus ojos,
detrás de las gafas sin montura, parecían disculparse continuamente ante el mundo
por el simple hecho de existir. Era la imagen más antitética posible de un asesino
potencial. Y consideraba esto como su mejor defensa, ya que había leído bastantes
relatos de crímenes ocurridos en la vida real para saber que el marido resulta
automáticamente un sospechoso cuando una esposa es asesinada, aunque todos los
indicios apunten a otra persona.
Y en este caso, todos los indicios apuntarían a otra persona. Henry estaba
plenamente convencido de que su reputación de hombre tímido y bondadoso sería su
mejor garantía ante las investigaciones policiales. Imaginaba a los vecinos y a los
clientes respondiendo con aire de asombro a las preguntas de la policía: «¿Henry
Jones? ¡Absurdo! Henry no mataría a un mosquito que le estuviera chupando la
sangre…».
Lo mejor de todo era que la policía no encontraría a nadie en ninguna parte que
desvirtuara la opinión que la vecindad tenía de él, porque era realmente un hombre
bondadoso. Nunca había lastimado a un ser viviente. Y a pesar de la pobre opinión
que tenía de la raza humana, nunca se le hubiera ocurrido eliminar a Hazel, de haber
existido cualquier otra solución. Pero, no existía. Sospechaba que, si sugería un
divorcio, Hazel le mataría a él. Marcharse y cambiar de identidad significaría perder
su amada tienda. La otra alternativa, la de continuar sometido al dominio de Hazel
después de veinte años de esclavitud, era inconcebible. Henry tenía que hacerlo.
Y tenía que ser aquella noche.
La Jones Grocery Store estaba abierta hasta las nueve seis días a la semana, a fin
de poder competir con las cadenas de establecimientos que cerraban a las seis. La
rutina a la hora de cerrar era siempre la misma. Henry acompañaba al último cliente
hasta la puerta y lo cerraba detrás de él para tranquilizar a Hazel, la cual tenía un
miedo crónico a los atracadores. Luego, mientras Hazel contaba el dinero y, en este
caso, un sábado por la noche, guardaba los recibos de la semana en una bolsa de lona,
Henry tapaba las verduras y, si el tiempo no amenazaba lluvia, vaciaba el cubo de la
basura en el incinerador, de modo que quedara preparado para aplicarle una cerilla
por la mañana.
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Aquella noche, Henry se apartó deliberadamente de la rutina. Cuando la última
cliente, mistress Hoffman, que vivía en la misma calle, salió de la tienda, Henry se
entretuvo arreglando una estantería hasta que la mujer se perdió de vista. Esto era
muy importante para su plan, ya que no podía permitir que la última cliente
atestiguara que había cerrado la puerta detrás de ella.
Hazel gritó:
—¿Qué pasa? ¿Es que no vas a cerrar la puerta? ¿Quieres que entre un atracador
mientras estamos solos y se lleve nuestro dinero?
—Lo siento —murmuró Henry.
Cerró la puerta apresuradamente y dejó caer las llaves en su bolsillo.
Un momento después volvió a apartarse de la rutina, llevándose el cubo de la
basura hacia la trastienda antes de tapar las verduras.
—¿Estás dormido, o qué te pasa? —aulló Hazel detrás de él—. Te olvidas de las
verduras…
Henry no tenía tiempo de tapar los recipientes de las verduras. La tarea solía
ocuparle diez minutos largos, y él deseaba actuar lo antes posible después de la salida
de mistress Hoffman. Se disculpó:
—En cuanto haya vaciado el cubo me ocuparé de las verduras, Hazel. Con tal de
que haga las dos cosas, no importa el orden que siga, ¿no te parece?
—Bueno, no lo olvides —dijo Hazel en tono irritado.
Cuando llegó al patio, Henry dejó en el suelo el cubo de la basura y abrió una de
las numerosas cajas de cartón amontonadas contra la parte trasera de la tienda. Metió
la mano en su interior y sacó un revólver niquelado que había adquirido en una tienda
de compraventa seis meses antes. Se lo puso al cinto, debajo de su delantal. Volvió a
meter la mano en la caja y sacó una pequeña palanqueta. A continuación cogió el
cubo de la basura y se dirigió rápidamente al incinerador, situado cerca de la verja del
patio. Vació el cubo, lo dejó en el suelo, empujó la verja y salió al callejón.
La única luz procedía de una bombilla pintada de verde colocada sobre la puerta
trasera de la tienda, la cual proyectaba un círculo luminoso de unos cuantos pies de
diámetro. A pesar de lo escaso de la iluminación, Henry localizó fácilmente el amplio
disco de metal incrustado en el centro del callejón.
Arrodillándose, utilizó la palanqueta para levantar uno de los bordes de la
tapadera de la cloaca, lo suficiente para dejar una abertura de unas seis pulgadas,
aproximadamente. Dejó caer la palanqueta a través del agujero y, al cabo de un
momento, oyó un satisfactorio y apagado chasquido.
Rogando silenciosamente para que ningún automóvil pasara por el callejón
durante los próximos minutos y estropeara sus planes metiendo una de sus ruedas en
el agujero de la cloaca, Henry cruzó de nuevo la verja, cogió el cubo vacío y regresó
apresuradamente a la tienda.
Mientras colocaba el cubo en el lugar acostumbrado, Hazel dijo:
—Has estado mucho rato para vaciar el cubo. Hoy has tenido un día fatal.
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Hazel había terminado de contar el dinero, y acababa de dejar la bolsa de lona
junto a la caja registradora. Mirando a la calle a través de los escaparates, Henry
comprobó que no había nadie a la vista.
—¿Ha llamado algún cliente mientras yo estaba fuera? —inquirió, y contuvo el
aliento esperando la respuesta.
Si algún cliente rezagado había encontrado la puerta cerrada, podría atestiguar
que Hazel estaba viva cuando la tienda ya había cerrado.
—¿Estás loco? —dijo Hazel—. Todo el mundo sabe que cerramos a las nueve en
punto.
Henry se acercó a la puerta, sacó las llaves de su bolsillo y volvió a abrirla. Se
embolsó de nuevo las llaves.
—¿Qué estás haciendo, imbécil? —aulló Hazel—. ¿Crees acaso que se ha hecho
de día y es la hora de abrir?
Henry no contestó. Echó a andar hacia Hazel hasta que únicamente el mostrador
les separó. Tenía la mano derecha oculta debajo del delantal.
Cuando Hazel vio el revólver que la apuntaba, sus ojos se desorbitaron en una
expresión de asombro y de incredulidad.
Henry hizo tres disparos.
El cadáver de Hazel apenas había chocado contra el suelo cuando Henry se
encontraba ya detrás del mostrador. Metiéndose el revólver que acababa de utilizar en
el bolsillo, abrió el cajón del mostrador situado inmediatamente debajo de la caja
registradora y sacó otro revólver del calibre treinta y ocho. Arrodillándose, agarró la
muñeca derecha de la muerta, colocó el arma en su mano y cerró sus dedos alrededor
de la culata. Luego tiró del revólver, cerró sus propios dedos alrededor de la culata y
se puso en pie. La operación no le había llevado más de treinta segundos.
Una mirada a través de los escaparates le dijo que la calle continuaba desierta.
Pero sabía que no seguiría estándolo treinta segundos más. En aquella tranquila
vecindad, el ruido de los disparos induciría a los curiosos vecinos a investigar en
todas direcciones.
Agarrando el saquito de lona con su mano izquierda, Henry echó a correr hacia la
trastienda. Cruzó el patio y la verja corriendo y se detuvo junto a la tapadera de la
cloaca. Dejó caer en primer lugar el saquito de lona, y luego el revólver que había
utilizado para asesinar a Hazel. Con el pie, volvió a colocar la tapadera en su lugar.
A continuación, alzó el revólver que había sacado del cajón del mostrador y
disparó por dos veces consecutivas.
Cuando volvió a entrar en la tienda, el viejo Tom Bower, que vivía en uno de los
pisos de la casa contigua, estaba inclinado sobre el mostrador, contemplando a Hazel
con una expresión horrorizada. Mistress Caskin, que vivía en la casa situada al otro
lado de la calle, entraba en aquel momento. Detrás de ella venían otros vecinos.
Henry murmuró, con voz apesadumbrada:
—Creo que le he alcanzado, pero ha podido escapar.
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Bower tragó saliva y miró el revólver que Henry tenía en la mano.
Dándose cuenta de que el anciano no había comprendido sus palabras, Henry se
explicó. Mistress Caskin y otros varios vecinos estaban ya en la tienda, y Henry se
dirigió a todos ellos.
—Ha sido un atracador. Me olvidé de cerrar la puerta de la tienda, y entró
mientras yo estaba en el patio vaciando el cubo de la basura. Cuando volví a la
tienda, estaba apuntando a Hazel con un revólver. Se volvió ligeramente para
apuntarme a mí y me ordenó que me colocara detrás del mostrador, al lado de Hazel.
Mi esposa aprovechó la ocasión para abrir el cajón del mostrador donde guardábamos
un revólver. —Levantó el arma que tenía en la mano—. Éste. Pero el atracador se dio
cuenta y disparó contra ella. Luego cogió el saquito del dinero y echó a correr hacia
la trastienda. Hazel había dejado caer el revólver al suelo. Lo recogí y salí en
persecución del asesino. Disparé contra él dos veces mientras corría por el callejón, y
creo que mi segundo disparo le alcanzó, porque se tambaleó. Pero continuó corriendo
y desapareció por la esquina en dirección a la Gran Avenida.
Una docena de personas se habían reunido en la tienda cuando Henry terminó su
relato. Los que habían llegado demasiado tarde para oír la primera parte de la
explicación preguntaron a los que ya se encontraban allí qué había sucedido. Mientras
el murmullo de voces iba en aumento, mistress Caskin dio la vuelta al mostrador y se
arrodilló al lado de Hazel. Incorporándose, murmuró:
—Creo que está muerta.
Dejando el revólver sobre el mostrador, Henry se inclinó a mirar a Hazel.
Bruscamente, sus hombros parecieron derrumbarse y se cubrió el rostro con las
manos.
Se produjo un breve silencio antes de que alguien sugiriera:
—Tal vez fuera conveniente avisar a un médico. Y a la policía.
Uno de los vecinos fue en busca del doctor Mauser, que vivía solamente a una
manzana de distancia. El médico llegó al mismo tiempo que un coche patrulla
conducido por un agente de uniforme. No había nada que el doctor Mauser pudiera
hacer por Hazel, excepto certificar su muerte, de modo que volvió su atención al
acongojado viudo. Henry parecía encontrarse bajo los efectos de una fuerte
impresión, y su actitud no era del todo simulada. El médico le dio un calmante.
Cuando Henry se hubo tomado el calmante, el policía de uniforme había recibido
ya las simultáneas explicaciones de una docena de vecinos. Le pidió a Henry una
descripción del bandido. Esto era fácil, porque Henry había estado aprendiéndose de
memoria una descripción durante meses.
—Era un hombre alto —dijo, con voz quebrada por la pena—. Unos seis pies de
estatura, diría yo, y tal vez unas doscientas libras de peso. Aparentaba unos treinta y
cinco años. Llevaba un sombrero de fieltro marrón, una americana color canela y
pantalones del mismo color que el sombrero. Era muy moreno, con la nariz grande y
ganchuda, el pelo negro y algo raro en el ojo izquierdo. Tenía el párpado más bajo
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que el del ojo derecho… Pero lo más visible era una cicatriz roja que bajaba desde su
oreja izquierda hasta la comisura de su boca.
El agente pareció impresionado por aquella detallada descripción. Se dirigió a su
automóvil para repetirla por radio y pedir a los otros coches-patrulla el bloqueo de la
zona.
Cuando volvió a entrar en la tienda, se limitó a hacer una lista de todos los
presentes, incluido el cadáver. No le preguntó nada más a Henry, como si
comprendiera que, dado su estado de excitación, era preferible dejar al principal
testigo en las expertas manos de la Brigada de Homicidios.
A las nueve y cuarto se presentó el sargento Harry Newton, de Homicidios. Era
un hombre de mediana edad, con un rostro cuadrado y unos ojos engañosamente
soñolientos, que no dejaban escapar un solo detalle. Iba acompañado por un
hombrecillo muy delgado, vestido der paisano, el cual llevaba un maletín y una
cámara fotográfica. El sargento Newton se dirigía a él llamándole Mac, y Henry
supuso que era mi empleado civil de los laboratorios de la policía.
Entretanto había llegado una ambulancia del City Hospital para llevarse a Hazel
al depósito de cadáveres en cuanto el sargento terminara sus investigaciones.
El sargento Newton empezó por escuchar el relato de lo que había sucedido, de
labios del agente de uniforme. Tras dirigir una ojeada a Henry, ahora sentado en una
silla que alguien había traído de la trastienda, se volvió hacia el doctor Mauser.
—¿Qué opina usted, doctor? —preguntó.
—La víctima casi no ha sangrado, sargento, de modo que debió morir en el acto.
Cualquiera de los tres proyectiles pudo causarle la muerte. Los tres le dieron en el
corazón.
El sargento miró a su alrededor.
—¿Alguno de ustedes sabe algo que no le haya dicho al agente?
Al ver que nadie decía nada, inquirió:
—¿Quién de ustedes fue el primero en llegar?
—Yo —dijo el viejo Tom Bower.
—Bien —dijo el sargento—. ¿Qué pasó?
Bower explicó que vivía en un piso de la casa contigua y que estaba sentado en la
habitación de la parte delantera con las ventanas abiertas, a causa de lo caluroso de la
noche. Dijo que al oír los disparos supo que eran disparos de revólver, y no unos
simples petardos.
—¿Por qué? —preguntó Newton.
—Bueno, resonaron en un lugar cerrado, y no al aire libre, como suelen resonar
los petardos y los cohetes, ¿comprende? Lo cierto es que quedé convencido de que
procedían de la tienda de Henry. Inmediatamente pensé en un atraco, y bajé
corriendo.
El sargento se rascó pensativamente el lóbulo de la oreja.
—¿Por qué pensó usted en un atraco?
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—Mistress Jones temía siempre que pudieran atracar la tienda alguna noche. Más
de una vez he sido el último cliente en salir, y oí que mistress Jones le gritaba a
Henry que cerrara la tienda cuando yo apenas había traspuesto la puerta. Si Henry no
se daba prisa, su esposa le decía si quería que un atracador les pillara solos y se
llevara su dinero. Yo sabía que ella guardaba ese revólver en el cajón, debajo de la
caja registradora, y creí que mistress Jones había disparado contra algún bandido. Ni
siquiera se me ocurrió que podía haber sucedido lo contrario. De haberlo imaginado,
no me hubiera dado tanta prisa en bajar.
El sargento Newton emitió una especie de gruñido.
—Cuando llegué aquí, la puerta de la calle estaba abierta —continuó Bower—.
No pude ver a nadie dentro, de modo que entré. Al llegar al mostrador, vi a mistress
Jones tendida en el suelo, en la parte de dentro. En aquel momento resonaron otros
dos disparos, y un momento después entró Henry por la puerta de la trastienda, con
un revólver en la mano. Me contó lo que había sucedido.
El sargento miró el círculo de rostros que tenía a su alrededor, pero nadie tenía
más detalles que ofrecer. A su pregunta general sobre la hora en que habían resonado
los disparos, la respuesta unánime fue que los tres primeros resonaron a las nueve y
cinco minutos, y los del callejón sólo un minuto más tarde.
—¿Ha tomado usted los nombres y direcciones de todos los presentes? —le
preguntó Newton al agente de uniforme.
—Desde luego, sargento.
—Entonces, tengan la bondad de marcharse —dijo Newton—. Necesitamos
espacio para trabajar. Usted también puede marcharse, doctor.
De mala gana, los vecinos empezaron a desfilar. Pero ninguno de ellos, a
excepción del doctor Mauser, se marchó a casa. Se quedaron en la acera,
contemplando las idas y venidas en el interior de la tienda a través de los cristales de
los escaparates.
Siguiendo instrucciones del sargento Newton, el hombre llamado Mac tomó
varias fotografías del cadáver desde distintos ángulos. Luego, Newton le dijo que
espolvoreara el revólver para sacar las huellas dactilares.
Hasta entonces, Henry había permanecido sentado en su silla, con aire abrumado,
sin prestar atención, al parecer, a lo que ocurría a su alrededor. De repente pareció
recobrar vida. Se puso en pie.
—¿Para qué quiere sacar las huellas dactilares de ese revólver? —inquirió—. No
es el que utilizó el atracador. Es el nuestro… el que Hazel guardaba en el cajón.
—Hay que comprobar todos los extremos —replicó lacónicamente el sargento.
Después de espolvorear cuidadosamente el revólver con un polvillo plateado,
Mac utilizó una cinta adhesiva transparente para recoger las huellas dactilares que
aparecían. Cuando hubo pegado la cinta a unas tarjetas blancas, tuvo un registro
permanente de las huellas.
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—Tómele las huellas —dijo Newton, señalando a Henry—. Y luego las de la
muerta.
Poniendo un tampón sobre el mostrador, Mac hizo una seña a Henry para que se
acercara. Henry se mostró sorprendido, pero no formuló ninguna objeción. Permitió
dócilmente que hicieran girar sus dedos, uno a uno, sobre el tampón, y luego sobre
una cartulina blanca.
Cuando la operación hubo terminado, Newton preguntó:
—¿Hay aquí algún lugar para lavarse?
—Arriba —dijo Henry—. Tenemos la vivienda encima de la tienda.
El sargento le permitió que subiera a lavarse las manos, mientras Mac tomaba las
huellas dactilares de Hazel. Cuando Henry bajó, Mac estaba comparando los dos
juegos de huellas con los que había sacado del revólver.
—Coinciden —le dijo a Newton—. Las del hombre, muy claras, están
superpuestas a las de la mujer, algo borrosas, pero hay un par de impresiones bastante
buenas a efectos de identificación.
Henry se alegró de haber tomado la precaución de cerrar la mano de Hazel
alrededor de la culata del revólver. Aunque no tenía la seguridad de que fueran a
comprobar las huellas dactilares que había en el arma, había leído lo suficiente como
para no arriesgarse a que no aparecieran las huellas de Hazel en el revólver.
El sargento Newton dijo:
—Meta ese revólver en su maletín para llevarlo a balística, Mac. —Luego se
volvió hacia el agente uniformado—. Dígales a los de la ambulancia que pueden
llevarse el cadáver.
Mientras el agente salía a avisar a los servidores de la ambulancia, Newton dedicó
finalmente su atención a Henry.
Durante los veinte minutos siguientes, Henry repitió su historia, respondió a
varias preguntas, volvió a describir al atracador y, finalmente, salió con el sargento al
callejón para mostrarle el lugar exacto donde se encontraba cuando disparó contra el
bandido que huía, y el lugar donde se encontraba el bandido cuando se tambaleó,
como si el disparo le hubiese alcanzado.
De nuevo en la tienda, Henry observó que el cadáver de Hazel había desaparecido
y que la ambulancia ya no estaba a la vista. Sin embargo, la multitud apiñada en la
acera continuaba allí.
El sargento Newton preguntó:
—¿Cuánto dinero se llevó el atracador?
—El duplicado de la cinta tiene que estar en la caja registradora —dijo Henry—.
Era bastante dinero, porque la mayoría de los clientes liquidan su cuenta semanal el
sábado. ¿Cree usted que el atracador podía estar enterado de ese detalle?
—Probablemente —asintió Newton.
Dando la vuelta al mostrador, evitando cuidadosamente pisar el lugar donde había
estado tendido el cadáver de Hazel, Henry abrió la caja registradora y sacó el
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duplicado de la cinta que Hazel había dejado allí. Parpadeó ligeramente cuando vio el
total. Era un montón de dinero el que había arrojado a la cloaca, pero no se había
atrevido a correr el riesgo de ocultarlo en alguna parte. Había decidido no dejar
ningún cabo suelto que en un momento determinado pudiera comprometerle
inesperadamente. Por eso había escogido la noche del sábado para el crimen, a pesar
de lo caro que iba a salirle. Poseyendo una mente lógica, le había parecido más
plausible que un atracador profesional escogiera el momento en que la ganancia
podía ser mayor.
—Mil cuatrocientos veintiocho dólares y setenta centavos —dijo, en voz baja—.
Vamos a ver. Hay tres… casi cuatrocientos dólares en cheques, los cuales supongo
que el ladrón no se atreverá a ir a cobrar al banco. Pero quedan más de mil dólares en
efectivo.
—Describa la bolsa.
—Era un saquito de lona, que se cerraba con un pasador y un pequeño candado.
Las llaves tienen que estar en el bolsillo de Hazel.
El sargento Newton permaneció en silencio unos instantes, al parecer rumiando
en las declaraciones que había oído y comprobando mentalmente si había olvidado
alguna pregunta. De pronto, echó una ojeada a su alrededor.
—¿Dónde está el cubo vacío que llevaba usted cuando regresó de la trastienda?
Henry señaló hacia el lugar que ocupaba el cubo habitualmente, junto al
mostrador de la carne.
Newton entrecerró sus soñolientos ojos.
—Está bastante apartado de la caja registradora… Cuando el atracador le ordenó
que se colocara detrás del mostrador, junto a su esposa, ¿se entretuvo usted en llevar
el cubo allí, antes de obedecer?
Henry se sobresaltó. Pensando furiosamente, dijo:
—Creo… creo que reaccioné de un modo maquinal. He estado yendo a vaciar el
cubo al patio y devolviéndolo a su lugar durante tantos años, que al regresar de la
trastienda me dirigí directamente allí a dejar el cubo. Entonces fue cuando el
atracador me apuntó con su arma, y cuando Hazel aprovechó la ocasión para sacar el
revólver del cajón. El bandido tuvo que volverse ligeramente para vigilarme.
La explicación pareció dejar satisfecho al sargento, ya que no insistió.
Volviéndose al agente uniformado, le dijo:
—Comunique por radio y entérese de si la batida ha dado algún resultado. En
caso negativo, pida que me envíen media docena de agentes. Quiero localizar los dos
proyectiles que míster Jones disparó en el callejón.
Dedicó de nuevo su atención a Henry.
—Creo que eso es todo lo que podemos hacer aquí esta noche, míster Jones. En
cuanto mis ayudantes lleguen y se pongan a trabajar, podrá usted cerrar la tienda y
nos marcharemos a Jefatura.
—¿A Jefatura? —repitió Henry, sobresaltándose de nuevo—. ¿Para qué?
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—Quiero que le eche un vistazo a unas fotografías —dijo el sargento.
Henry suspiró, aliviado. Por un terrible instante había creído que iban a detenerle.
Era más de medianoche cuando Henry regresó a la tienda. En el intervalo, había
mirado centenares de fotografías de hombres fichados por robo a mano armada. No
había identificado a ninguno, desde luego. Para despistar, había vacilado ante algunas
de las fotografías, para terminar moviendo negativamente la cabeza.
El sargento Newton le acompañó hasta la tienda y le dijo que se pondría en
contacto con él en cuanto hubiese alguna novedad.
El lunes, Henry telefoneó al encargado de una funeraria con vistas al entierro de
Hazel. Cuando explicó las circunstancias de la muerte de su esposa y que el cadáver
se encontraba en aquellos momentos en el depósito, el hombre le dijo que no podían
fijar la fecha hasta que el forense terminara con su trabajo. Añadió, sin embargo, que
Henry no tenía que preocuparse de nada, ya que él se pondría en contacto con el
depósito y avisaría a Henry a su debido tiempo.
A medianoche empezó a llover. El lunes, cuando Henry se levantó, seguía
lloviendo a cántaros, hasta el punto de que apenas pudo ver el otro lado de la calle a
través de los cristales de la ventana de su dormitorio. El agua formaba una especie de
lago en el suelo, debido a que las cloacas no la absorbían con la suficiente rapidez.
En el momento en que Henry acababa de desayunar se presentó el sargento
Newton. El detective llevaba un impermeable de goma, pero resultaba una protección
insuficiente contra la lluvia. Cuando hubo colgado el impermeable en la percha del
zaguán del piso, Henry se dio cuenta de que las perneras de sus pantalones, estaban
empapadas.
—¿Quiere usted poner a secar sus pantalones y sus zapatos? —inquirió
amablemente—. Entretanto, puedo prestarle una bata.
El sargento sacudió la cabeza.
—Gracias. Pero en cuanto salga a la calle volveré a mojarme. La lluvia tiene
trazas de durar todo el día.
Se sentó cuidadosamente en el sofá del saloncito, procurando que la parte húmeda
de sus pantalones no tocase la tapicería.
Al principio, Henry creyó que el único motivo de la visita del sargento era el de
informarle de las novedades que se habían presentado. Le dijo a Henry que los tres
proyectiles extraídos del cuerpo de Hazel permitirían a balística identificar fácilmente
el arma asesina, caso de que apareciera. Añadió innecesariamente, en opinión de
Henry, que no habían sido disparados por el revólver que Henry había utilizado, y
que ni siquiera eran del mismo calibre, ya que el arma asesina era un treinta y dos, y
la otra un treinta y ocho.
—Encontramos uno de los proyectiles que usted disparó en el callejón incrustado
en un poste de telégrafos —continuó el sargento—. No pudimos localizar el otro, de
modo que es posible que alcanzara usted al atracador. Hemos puesto sobre aviso a
[Link] - Página 39
todos los médicos de la zona, por si se le ocurriera acudir a alguno de ellos para que
le curara. Ayer me pasé el día hablando con sus vecinos.
—¿De veras? —dijo Henry, algo sorprendido por aquel brusco cambio de tema.
—Sí. Todos coinciden en que su esposa era una mujer insoportable. Nadie parece
creer que vaya usted a echarla mucho de menos.
Henry enrojeció, pero no dijo nada.
—Por otra parte, todo el mundo afirma que es usted la persona más bondadosa del
mundo, que es incapaz de matar una mosca. Lo cual no quiere decir que no sea capaz
de matar a un ser humano.
Henry notó una rara opresión en la boca del estómago. Murmuró:
—Eso significa…
—Eso significa que no nos hemos tragado del todo su historia —declaró
tranquilamente Newton—. Cuando una esposa es asesinada, sospechamos
automáticamente del marido.
—Pero, en un caso como este… —protestó débilmente Henry.
—No sería la primera vez que un individuo finge un atraco para encubrir un
uxoricidio. Por si no conoce la palabra, significa asesinar a la propia esposa. No
tenemos ninguna prueba concreta de que usted lo haya hecho, pero hay un par de
cosas que no nos gustan.
—¿Cuáles? —consiguió articular Henry.
—En primer lugar, su descripción del atracador. Demasiado completa, a menos
que posea usted una mente fotográfica. No digo que lo hiciera usted. Lo único que
digo es que puede haberlo hecho. Volviendo a la descripción, es la que hubiese dado
un asesino aficionado, creyendo que cuanto más completa fuera, más convincente
resultaría. En segundo lugar, tenemos el detalle del cubo de la basura. Tal vez las
cosas sucedieron como usted dice, pero resulta poco verosímil que un atracador le
permitiera ir a dejar el cubo a la otra parte de la tienda. Parece más lógico que le
ordenara soltar el cubo en cuanto entró usted…
—He dicho la verdad —insistió Henry, sudando.
—No podemos probar lo contrario, míster Jones. Pero lo más inverosímil, para
mí, es que saliera usted detrás de aquel individuo y disparara contra él. No parece una
reacción propia de un hombre apacible como usted.
Henry murmuró:
—Aquel hombre acababa de asesinar a mi esposa. El horror y la indignación me
cegaron…
—Es posible —admitió el sargento—. La gente hace cosas muy raras cuando se
encuentra bajo los efectos de una fuerte impresión. Pero tengo que formularle una
pregunta, porque es parte de nuestra rutina: ¿Asesinó usted a su esposa e inventó lo
del atraco?
—Desde luego que no —dijo Henry con toda la indignación de que era capaz.
—Bueno, si lo hizo usted, probablemente quedará impune —dijo Newton.
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Henry miró al sargento como fascinado.
—¿Por qué dice usted eso? —inquirió.
—¿Qué podemos probar? Si lo del atraco es una invención, ha hecho usted un
trabajo perfecto. Atendiendo a los más mínimos detalles, como el de procurar que las
huellas dactilares de su esposa se encontraran en el revólver debajo de las suyas. Creo
que es usted lo bastante listo como para haberse desprendido del otro revólver y del
saquito del dinero de modo que nunca los encontremos. Los buscaremos, desde
luego. Pero dudo de que lleguemos a encontrarlos. Si asesinó usted a su esposa, no
podremos probarlo en un millón de años, a menos que obtengamos una confesión.
Mientras Henry le miraba con aire desconcertado, el sargento continuó:
—Todo esto no significa que yo crea que usted la asesinó. Pero, como policía, he
de tener en cuenta todas las posibilidades. Y una de las posibilidades es la de que el
asesino sea usted. Espero no haberle molestado. Tal como he dicho antes, el marido
es siempre el sospechoso número uno para nosotros.
Newton se puso en pie, se despidió de Henry y se marchó. Transcurrió media hora
antes de que Henry dejara de temblar.
Durante las dos noches siguientes le resultó difícil conciliar el sueño. En parte
debido a la lluvia que no había cesado de caer y que repiqueteaba fastidiosamente
sobre el tejado. Pero principalmente debido al desagradable curso de sus
pensamientos. Se imaginaba a sí mismo en una habitación de Jefatura, interrogado
durante horas enteras, cegado por el resplandor de una luz blanca. Se preguntó si la
policía local utilizaba porras de goma para hacer hablar a los sospechosos.
Pero al ver que pasaban los días sin recibir ninguna noticia del sargento Newton
su alarma fue remitiendo. No había sido más que una simple rutina policíaca, pensó,
desconcertante por la llaneza con que se expresaba el sargento.
Por varios motivos, Henry decidió no abrir la tienda durante aquellos días. En
primer lugar, debía guardar las formas y no abrir hasta que se hubiese celebrado el
entierro de Hazel. En segundo lugar, era una tontería abrir cuando la lluvia torrencial
obligaba a la gente a no salir de casa excepto para los asuntos de vital necesidad.
Afortunadamente, el sótano de la tienda estaba bien protegido y sólo dejaba filtrar
un poco de agua. Los boletines de noticias informaban de que la mayoría de los
sótanos estaban inundados. Las calles de la ciudad se habían convertido en torrentes y
el alcalde declaró el estado de emergencia.
El temporal duró tres días. El miércoles amaneció con el cielo despejado y salió el
sol, cálido y brillante. Al mediodía, las cloacas se habían tragado el agua de la
superficie y las calles estaban casi secas.
El entierro de Hazel había sido fijado para la tarde del miércoles, si el tiempo no
lo impedía. De modo que se efectuó a la hora señalada. Henry aparentó la debida
pesadumbre durante la ceremonia.
El jueves, Henry volvió a abrir la tienda. Había contratado al joven Thad Bower,
nieto de Tom Bower, para que le ayudara.
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Transcurrió el día sin que Henry recibiera ninguna noticia de la policía.
El viernes por la mañana, cuando salió al patio para aplicar una cerilla al
incinerador y quemar la basura que había depositado en él la noche anterior, vio una
camioneta del Ayuntamiento aparcada en el callejón. Un hombre alto y delgado, que
llevaba botas altas y un casco con una lámpara como los que utilizan los mineros,
estaba levantando la tapadera de la cloaca con una palanqueta. A su lado había otro
hombre robusto, de mediana edad, que llevaba un arrugado traje de color gris. El
corazón de Henry dio un brinco en su pecho al reconocer en aquel hombre al sargento
Newton.
Henry se olvidó del incinerador. Abriendo la verja, salió al callejón.
El sargento volvió hacia él unos ojos soñolientos. Con una voz anormalmente
ronca, dijo:
—Buenos días.
Henry preguntó:
—¿Qué… qué están haciendo?
El sargento Newton sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó.
—Tengo un resfriado de aúpa —dijo—. Debí poner a secar mis pantalones y mis
zapatos, tal como sugirió usted. ¿Esto? Nada, una comprobación rutinaria.
—¿Para qué?
El sargento se sonó de nuevo y volvió a meterse el pañuelo en el bolsillo.
—Un individuo llamado Lischer se presentó anoche en Jefatura. Parece ser que
pasó en automóvil por este callejón la noche en que su esposa de usted fue asesinada.
A la luz de los faros vio que la tapadera de la cloaca estaba ligeramente fuera de su
lugar. Dice que no se le metió una rueda del coche en el agujero por verdadera
casualidad. Vive a un par de manzanas de distancia. Cuando estaba encerrando el
coche, se le ocurrió que tenía que haberse parado a colocar la tapadera en su sitio, a
fin de evitarle un accidente a otro conductor menos afortunado. De modo que volvió
a sacar el coche y regresó aquí. Según él, no habían transcurrido diez minutos entre la
ida y la vuelta, pero encontró la tapadera en su sitio. Por lo visto, alguien se le había
adelantado. Calcula que la segunda vez llegó aquí alrededor de las nueve y cuarto. No
oyó ningún disparo, de modo que todo el tiroteo debió producirse entre sus dos
viajes. Regresó a su casa y se olvidó del asunto, hasta que leyó lo del atraco.
Henry no dijo nada. Estaba contemplando al hombre de las botas altas, que había
quitado ya la tapadera y estaba colocando una barandilla metálica circular alrededor
del agujero de la cloaca. Cuando estuvo colocada, el hombre cogió un rastrillo de la
parte trasera de la camioneta y descendió por el agujero.
El sargento Newton continuó:
—Cuando Lischer leyó lo del asesinato, recordó el detalle de la cloaca abierta y
se preguntó si existiría alguna relación entre los dos hechos. Sin embargo, no estaba
seguro de que la cloaca se encontrara en la misma manzana que la tienda atracada, de
modo que decidió ir a echar un vistazo antes de decir nada. Pero la lluvia le retuvo en
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casa hasta el miércoles. Como la mayoría de la gente, ni siquiera fue a trabajar. Ayer,
al regresar del trabajo, pasó por delante de la tienda y luego dio la vuelta y pasó por el
callejón. Cuando vio que la cloaca estaba situada directamente detrás de la tienda, se
presentó en Jefatura y nos contó lo ocurrido.
Henry tragó saliva un par de veces antes de preguntar:
—¿Cree usted que el detalle puede tener importancia, sargento?
Newton se encogió de hombros.
—Posiblemente. Pero con la cantidad de agua que han tragado las cloacas desde
aquella noche, lo que pudiera haber en el fondo habrá sido arrastrado muy lejos. Hay
veinte manzanas de cloaca entre este callejón y el río Des Peres. Pero hay también
diez tapaderas. En este momento, en cada uno de esos agujeros hay un obrero del
Ayuntamiento con un rastrillo. Si hay algo en la cloaca, lo encontraremos.
Henry tenía el estómago revuelto. Dijo:
—Será mejor que vuelva a la tienda. Tengo un dependiente novato, y no me gusta
dejarle solo.
Cruzó la verja, olvidándose de aplicar una cerilla al incinerador cuando pasó por
delante de él. Entró en la trastienda y se dejó caer sobre una silla, con la mirada
perdida en el vacío.
Diez minutos después el joven Thad Bower entró para preguntarle el precio de las
patatas. Poniéndose en pie, Henry acompañó al muchacho a la tienda y atendió por sí
mismo al cliente.
Durante el resto de la mañana, Henry trabajó maquinalmente, sonriendo de labios
para afuera, pero helado por dentro. Cada vez que se producía una pausa en la venta,
se iba a la trastienda para echar una ojeada al callejón. La camioneta del
Ayuntamiento continuaba aparcada allí.
A las doce, Henry envió a su nuevo dependiente a almorzar. Diez minutos más
tarde se presentó el sargento Newton. Henry se quedó de una pieza cuando vio lo que
el sargento llevaba en las manos. Con la derecha empuñaba una pequeña palanqueta,
y con la izquierda un revólver medio oxidado.
—Hemos encontrado esto a una manzana de distancia —dijo el sargento, alzando
la palanqueta—. El revólver estaba dos manzanas más allá. Seguramente tiraron los
dos objetos a la cloaca al mismo tiempo, pero el agua los arrastró.
Henry tragó saliva.
—Los otros hombres no encontraron nada —dijo el sargento—. O, al menos,
nada que podamos relacionar con el atraco. Tenía la esperanza de que encontrarían el
saquito de lona, pero el agua debió arrastrarlo hasta el río.
—¿Por qué esperaba usted que estuviera en la cloaca? —inquirió Henry
débilmente.
—Lo ocurrido parece evidente —dijo el sargento—. O, por lo menos, existen dos
alternativas evidentes. La primera es la de que el atracador abrió la tapadera de la
cloaca antes de entrar en la tienda, a fin de tener un lugar donde tirar el saquito
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después de sacar el dinero. Sabía lo del saquito, si había estudiado previamente el
golpe, y deseaba librarse de todo lo que pudiera comprometerle lo antes posible.
Después de utilizar el revólver, quería librarse también de él. De modo que pudo
ocurrir que al salir por la parte trasera de la tienda abriera el saquito con un cuchillo
(tenía que cortarlo, ya que estaba cerrado y las llaves se encontraban en el bolsillo de
su esposa), sacara el dinero y dejara caer el saquito y los cheques en la cloaca,
juntamente con el revólver. Tuvo tiempo de hacer eso y volver a colocar la tapadera
en su sitio mientras usted recogía el revólver que su esposa había dejado caer. Tal vez
eso fue lo que le hizo demorarse el tiempo suficiente para que usted pudiera salir y
disparar contra él. Si hubiésemos encontrado el saquito abierto, quedaría casi
confirmada esa alternativa.
—Comprendo —dijo Henry, sin atreverse a preguntar cuál era la otra alternativa.
Sin embargo, el sargento Newton le sacó de dudas.
—También podría ser que no existiera el tal atracador, que usted inventara toda la
historia y hubiese dejado caer el arma asesina y el saquito en la cloaca. Si
encontráramos el saquito sin abrir y con el dinero en su interior, sabríamos que usted
había inventado la historia del atraco.
Henry hizo un gran esfuerzo para que su voz sonara relativamente firme.
—¿Qué cree usted que sucedió, sargento?
Newton se encogió de hombros.
—Sin tener el saquito a la vista, no puedo pronunciarme en ningún sentido.
Incluso es posible que ésta no sea el arma asesina. Pero si balística dice que lo es, no
resultará demasiado difícil localizar a su propietario.
—¿Cómo? —preguntó Henry, relativamente seguro en lo que al arma respecta, ya
que le había dado un nombre falso al dueño de la tienda donde la compró, hacía seis
meses.
—Enviaremos el número de serie al fabricante, y sabremos a qué tienda lo envió
para su venta al salir de fábrica. En la tienda tendrán anotado el nombre del primer
comprador, y haremos que éste nos explique lo que hizo con él. De ese modo hemos
seguido el rastro de un arma a través de media docena de propietarios distintos. Y si
el revólver fue adquirido en la tienda de algún prestamista local, la cosa resultará
mucho más fácil.
—¡Oh! ¿Por qué?
—Estará registrado en Jefatura. Hay una ley que obliga a los dueños de esas
tiendas a informar a la policía de la compra y venta de toda clase de armas.
La sensación de seguridad de Henry empezó a evaporarse.
—Si el revólver procede de una de esas tiendas, será coser y cantar —continuó el
sargento—. Aunque el comprador diera mi nombre supuesto. Los prestamistas tienen
una memoria excelente. En especial cuando se trata de compradores de armas, ya que
a menudo surgen complicaciones. Le daremos la descripción del atracador y le
pondremos delante de usted. Y nos dirá cuál de ustedes dos compró el revólver.
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Henry fue incapaz de hacer ningún comentario. Había quedado anonadado.
El sargento Newton no pareció darse cuenta de la reacción de Henry. Tras
informar al tendero de que le tendría al corriente de las novedades que se produjeran,
se marchó.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Henry empezó a pensar furiosamente. Por
fortuna, no se presentó ningún cliente, de modo que Henry pudo dedicar toda su
atención al problema. La solución se le ocurrió repentinamente.
La policía tenía aún en su poder el revólver del calibre treinta y ocho que Hazel
había guardado en el cajón situado debajo de la caja registradora, pero en el mismo
cajón había una caja de proyectiles de aquel calibre. Henry se metió seis en el
bolsillo.
A la una, cuando Thad Bower regresó, Henry anunció que iba a almorzar y que
después de comer pensaba dormir un rato, advirtiendo al muchacho que no le
molestara para nada durante la hora siguiente.
—Si no sabes el precio de algo, calcúlalo a ojo —dijo—. No subas a despertarme
cada cinco minutos.
—Sí, señor —dijo el muchacho—. Procuraré arreglármelas solo.
Henry subió al piso y desde allí descendió al callejón por la escalera de la parte de
atrás. Sacó el automóvil del garaje, procurando no hacer ruido, y veinte minutos
después aparcaba delante de la tienda de un prestamista de la Franklin Avenue.
En la tienda no había nadie, aparte del anciano encorvado que seis meses antes le
había vendido el revólver.
Henry preguntó:
—¿Tiene usted algún revólver del calibre treinta y ocho?
El anciano le miró fijamente.
—¿No le he vendido a usted otro revólver? —inquirió.
La pregunta disipó cualquier duda que Henry pudiera albergar acerca de lo que
tenía que hacer. Al mismo tiempo, sintió tranquilizada su conciencia por el hecho de
que el hombre fuera tan viejo y tuviera un aspecto enfermizo. Se dijo a sí mismo que
a fin de cuentas iba a hacerle un favor librándole definitivamente de las miserias de
este mundo.
—Eso fue hace unos cuantos meses —dijo Henry.
El prestamista abrió un cajón del mostrador y sacó un revólver del calibre treinta
y ocho. Tendiéndoselo a Henry, dijo:
—Es un arma excelente. Apenas ha sido disparada, y el precio es muy módico.
Henry abrió el revólver y miró a través del cañón. Luego sacó los seis cartuchos
de su bolsillo y los colocó en el tambor del arma uno a uno, manteniendo los ojos
clavados en el anciano mientras efectuaba aquella operación. El prestamista, a su vez,
le miraba con aire cada vez más preocupado. Empezó a abrir la boca, pero la cerró de
golpe cuando Henry le apuntó con el revólver cargado.
—Entre en la trastienda —ordenó Henry.
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—El dinero está en la caja —balbució el anciano.
—Entre en la trastienda —repitió Henry.
Encogiéndose de hombros, el prestamista dio la vuelta al mostrador y se dirigió a
la puerta que conducía a la trastienda. La cruzó, seguido de Henry, el cual cerró la
puerta detrás de él.
Cuando el anciano se volvió, con una expresión intrigada en el rostro, Henry
apretó el cañón del revólver contra su corazón y disparó.
El prestamista cayó de espaldas sin proferir un solo gemido y quedó tendido en el
suelo, con la boca abierta y una expresión de indignada sorpresa en los ojos.
Henry frotó rápidamente el revólver con un pañuelo. Arrodillándose, cerró los
dedos del muerto alrededor de la culata.
La tienda estaba vacía cuando Henry se asomó a mirar. Frotó cuidadosamente con
el mismo pañuelo el tirador de la puerta de la trastienda. Volvió a utilizar el pañuelo
para abrir la puerta de la calle, se detuvo a mirar arriba y abajo y luego frotó la
manecilla exterior antes de cerrar la puerta de golpe.
La única persona que había en la calle era un hombre parado delante del
escaparate de otra tienda, de espaldas a Henry. Subiendo a su automóvil, Henry se
alejó rápidamente.
Veinte minutos después encerraba su automóvil en el garaje, cruzaba el patio y
subía silenciosamente la escalera de la parte de atrás. Eran las dos menos cinco
minutos.
En vez de almorzar, se bebió dos vasos de leche fría de la nevera.
A las dos en punto volvía a entrar en la tienda.
—No ha habido ninguna pega —le dijo el joven Thad—. Todo ha ido bien. ¿Ha
dormido usted su siesta?
—Un poco —dijo Henry—. Bueno, tráete unas latas de guisantes del almacén.
Vas a pegar unas cuantas etiquetas.
Al filo de las nueve de la noche, el sargento Newton llamó por teléfono.
—El revólver que pescamos en la cloaca era el arma asesina, desde luego —dijo
—. Fue vendido por un prestamista de la Franklin Avenue.
—La cosa ha ido de prisa —admitió Henry.
—En el registro figura como vendido a un tal George Williams. Un nombre falso,
evidentemente, puesto que la dirección que dio como suya era falsa. Pero,
desgraciadamente, el dueño de la tienda no podrá facilitarnos la descripción del
comprador.
—¿Por qué no?
—Se ha suicidado esta tarde. El hecho resultaría sospechoso, si las circunstancias
no justificaran el suicidio.
—¿Qué circunstancias?
—Utilizó uno de sus propios revólveres. Teniendo en cuenta que los guardaba en
un cajón cerrado, descargados, no es probable que un asesino tuviera acceso a ellos.
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Y tenía un motivo. Hace una semana, el médico le anunció que padecía cáncer y que
le quedaban pocos meses de vida.
Henry acogió la noticia con agrado. Realmente, le había hecho un favor al
anciano.
—En cualquier caso, hemos llegado a un callejón sin salida —dijo el sargento—.
Si planeó usted la muerte de su esposa, creo que se ha salido usted con la suya.
—Sus indirectas empiezan a resultarme molestas, sargento —dijo Henry.
—No soy muy sutil —admitió el sargento—. Perdone si le he ofendido. Como ya
le había dicho, para nosotros el marido es siempre el sospechoso número uno. Pura
rutina, ¿comprende? Bien, la orden de busca y captura de su atracador continúa
vigente. Si damos con él, volveremos a vernos. En caso contrario, es probable que
ésta sea la última vez que hablo con usted, míster Jones.
—Espero que den con él —dijo Henry—. Adiós, sargento.
Colgó el receptor y se volvió hacia Thad Bower.
—Puedes vaciar el cubo de la basura mientras yo reviso la caja. —Le entregó al
muchacho su llavero—. Pero antes cierra la puerta. No sea que entre otro atracador a
llevarse el dinero.
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JUSTICIA RÚSTICA
John Faulkner
James y Jesse Arnold, primos hermanos y casi tan parecidos entre sí como mellizos,
estaban en la estación de servicio de la carretera que conducía a Parchman, la
penitenciaría del estado. Acababan de recobrar la libertad después de haber cumplido
una condena por robo de ganado en las colinas. No era su primer delito ni su primera
condena. Esperaban algún vehículo que quisiera montarlos para regresar a casa.
El camión de suministros de la prisión cruzó la gran verja en su diario viaje a
Clarksdale y Menphis. Los dos libertos agitaron las manos y treparon a la parte
posterior del vehículo, vacía.
En Tutwiler, el cruce de carreteras Norte y Sur, Este y Oeste, Jesse se apeó. James
continuó en el camión.
—¿No te apeas? —inquirió Jesse—. Aquí podemos encontrar a alguien que nos
lleve a casa.
—No voy a ir a casa —dijo James.
—¿Adónde piensas ir?
—A Menphis. Tal vez a Arkansas.
—¿Cuándo volverás a casa?
—No lo sé. Quizá nunca.
El camión se puso en marcha. Jesse se quedó contemplando el vehículo hasta que
se perdió de vista.
A principios de abril, un mes más tarde, en las llanuras situadas al pie de las colinas
de Arkansas.
Las luces de las dispersas cabañas salpicaban la noche. Una de ellas brillaba en la
vivienda situada en la parte trasera de un establecimiento, mitad estación de servicio,
mitad tienda de comestibles. La parte delantera del local estaba a oscuras. No había
ninguna otra luz por los alrededores.
Un automóvil, de segunda mano y bastante destartalado, se detuvo en la sombra
delante del establecimiento. Cuatro figuras se apearon del vehículo y echaron a andar
hacia la puerta. Una de ellas golpeó la madera con el puño. Una puerta interior de
separación se abrió, enmarcando a un anciano a la luz de la habitación de la parte de
atrás.
—Un momento —dijo el anciano—. Ya voy.
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Encendió la luz de la tienda, se dirigió a la puerta y la abrió. Se asomó al exterior
y vio el automóvil al lado del depósito de gasolina.
—¿Necesitan ustedes gasolina? —inquirió.
Los cuatro hombres entraron en la tienda, apartándole a un lado.
—No —dijo uno de ellos—. Queso y galletas.
—Bueno, no necesitan mostrarse tan descorteses —rezongó el anciano.
—Al avío, viejo —dijo el hombre que había hablado—. Tenemos prisa.
—No van a llegar a ninguna parte tratando a la gente de este modo.
El hombre que había hablado alargó su mano armada con un revólver y golpeó la
cabeza del anciano.
—He dicho que tenemos prisa, viejo —dijo—. Ponga el queso y las galletas sobre
el mostrador.
El anciano se llevó la mano a la cabeza tratando de taponar la sangre de la herida.
Miró al hombre que le había golpeado con expresión de asombro y de temor. Se
deslizó detrás del mostrador sosteniéndose la cabeza con una mano, y con la otra sacó
un trozo de queso de un estante y lo colocó sobre la plana superficie delante de los
hombres. Luego repitió la operación con una caja de galletas.
—¿Quién hay, Henry? —preguntó una voz desde la trastienda.
El anciano volvió la cabeza hacia la puerta de separación y abrió la boca para
decir algo, pero el hombre del revólver se le adelantó:
—Dígale que irá dentro de un momento.
El anciano cerró la boca, miró al hombre y volvió de nuevo sus ojos hacia la
puerta de separación.
—Vamos. Dígaselo —insistió el hombre, levantando la mano armada con el
revólver.
—Iré dentro de un momento —cloqueó el anciano.
El hombre dejó su revólver encima del mostrador, y los cuatro empezaron a
comer el queso y las galletas.
Unos instantes después la voz resonó de nuevo a través de la puerta.
—¿Henry?
El hombre empuñó su revólver. El anciano le miró a los ojos.
—Ya está bien, muchachos —dijo el hombre. Todos dejaron de comer—. Vamos
a ver cuánto dinero tiene el viejo.
Los ojos del anciano parecieron velarse súbitamente.
—No tengo ningún dinero aquí —dijo.
Semejante a uña enfurecida serpiente, la mano se extendió a través del mostrador
y golpeó el rostro del anciano, el cual se derrumbó sobre las estanterías situadas
detrás de él. Se cubrió la cara con las dos manos, y la sangre brotó a través de sus
dedos.
—No me obligue a repetir esto —dijo el hombre.
El ruido anormal llegó a la trastienda.
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—¿Henry?
—Entra ahí y mira el cajón del mostrador —dijo el hombre, dirigiéndose a uno de
sus compañeros.
El hombre al cual iba dirigida la orden dio la vuelta al mostrador, miró
rápidamente debajo de su borde, localizó el cajón y tiró de él. Una campanilla
tintineó debajo del mostrador. El cajón se negó a abrirse.
—Acércale aquella hacha —dijo el primer hombre a otro de sus compañeros,
señalando con la cabeza, un hacha que estaba apoyada en la pared, al lado de la
puerta.
El otro hombre fue en busca del hacha y se la entregó al que estaba detrás del
mostrador. Se oyó un ruido de madera astillada. Desde la trastienda, la voz insistió:
—¿Henry?
—Aquí no hay más que unos cuantos peniques —dijo el hombre que acababa de
abrir el cajón.
El primer hombre había estado observando al que manejaba el hacha. Se volvió
hacia el anciano.
—Vamos, viejo. ¿Dónde está el dinero?
—Yo no les he hecho nada a ustedes —dijo el anciano a través de sus manos.
El primer hombre le golpeó ferozmente, inclinándose por encima del mostrador y
descargando el cañón de su revólver contra la cabeza del anciano.
Vamos, muchachos, dad la vuelta y ayudadle a encontrar el escondite —dijo el
primer hombre a los dos que continuaban a su lado.
—Yo no puedo, Red —dijo uno de ellos—. Me estoy mareando.
Red giró sobre sus talones y golpeó al que acababa de hablar casi con tanta
ferocidad como había golpeado al anciano, pero esta vez con la palma de la mano.
—Te advertí que no pronunciaras mi nombre —dijo.
El que acababa de ser golpeado se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero se
agarró al borde del mostrador.
—Necesito un trago —murmuró.
—Déjale que vaya —dijo uno de los otros dos—. Tal como está no nos servirá de
mucho.
—De acuerdo —dijo Red—. Pero vuelve en seguida.
El hombre casi mareado se soltó del mostrador y se encaminó a la puerta.
Los dos hombres que buscaban detrás del mostrador dieron por terminada su
requisa y uno de ellos dijo:
—Aquí no hay nada. Tal vez lo guarda en la trastienda.
Los tres miraron hacia la puerta de separación.
—Uno de vosotros se quedará aquí para vigilar —dijo Red.
Echó a andar hacia la puerta de la trastienda. Uno de los hombres dio la vuelta al
mostrador y se unió a él.
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—¿Qué hacemos con el viejo? —inquirió el hombre que se había quedado detrás
del mostrador.
—Vigílale —dijo Red, sin volver la cabeza.
—¿Y el que ha ido a la taberna?
—Cuando vuelva, dile que se quede aquí.
En la trastienda había una anciana. Estaba sentada ante una mesa con una lámpara
encendida. Llevaba un chal alrededor de los hombros. Cuando la puerta se abrió y
entraron los dos hombres levantó la mirada hacia ellos.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué desean? —dijo—. ¿Dónde está Henry?
—¿Dónde guarda Henry su dinero? —preguntó Red.
—¿Qué le han hecho a Henry? —dijo la anciana, apoyando sus manos en los
brazos de la mecedora para ponerse en pie.
Los dos hombres se habían parado delante de ella. El chal se desprendió de sus
hombros. Miró a los dos desconocidos y luego se dirigió precipitadamente hacia la
puerta que conducía a la tienda.
El hombre que acompañaba a Red se movió para detenerla, pero Red dijo:
—Déjala. Aquí no haría más que estorbar.
Pusieron manos a la obra, abriendo cajones y poniéndolo todo patas arriba.
Encontraron el saquito de lona con el dinero debajo del colchón. Red se lo guardó
debajo de la camisa y dijo:
—Vámonos.
Cuando pasaron de nuevo a la tienda no pudieron ver a la mujer. Estaba
arrodillada detrás del mostrador, inclinada sobre Henry, sollozando y lamentándose.
El cuarto hombre ya había regresado; sostenía una jarra en la mano.
—Echa un trago, Red —dijo, avanzando hacia Red con la mano que empuñaba la
jarra extendida.
Red volvió a golpearle en el rostro, esta vez con el revólver en su mano.
—Te advertí que no pronunciaras mi nombre —repitió.
La jarra se estrelló contra el suelo. El hombre chocó de espaldas contra el
mostrador, con una mano en la mejilla. Permaneció allí un instante, tratando de
disipar las nieblas que el alcohol había puesto en su cerebro. De pronto, se apartó del
mostrador y sacó un revólver de su bolsillo. Red esperaba, empuñando su propio
revólver.
—Tómatelo con calma —dijo uno de los otros—. Estás borracho.
El cuarto hombre no prestó atención. Se encaró con Red.
—Crees que no soy bastante bueno para tu banda, ¿verdad? Crees que me falta
valor… Bueno, mira esto…
Antes de que pudieran detenerle se inclinó a través del mostrador y le disparó un
tiro en la nuca a la anciana.
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Cuatro hombres agazapados alrededor de una fogata en las colinas de Arkansas.
Anochecía.
—Vamos a avivar un poco el fuego —dijo uno de los hombres, con un
estremecimiento de frío.
—¿Quieres que todo el mundo sepa dónde estamos? —dijo otro.
El que había hablado en primer lugar pareció encogerse todavía más.
—Tengo tanto frío, que no podré soportarlo mucho más tiempo —dijo.
—Si avivamos el fuego y alguien descubre que estamos aquí, vamos a pasarlas
moradas. Especialmente tú.
El que temblaba de frío se envolvió en un trozo de manta y se tumbó de costado,
con las rodillas dobladas, casi pegadas a la barbilla, dando la espalda a los otros.
El fuego no tardó en apagarse por completo. Los otros tres hombres se
envolvieron en sus mantas. Era noche cerrada.
A la mañana siguiente, cuando salió el sol, encendieron una pequeña fogata y
prepararon su desayuno. Inmediatamente después, cubrieron el fuego con puñados de
tierra.
El que se había quejado la noche anterior se agazapó sobre el moribundo calor y
dijo:
—Creo que voy a morirme de frío. No hay modo de entrar en calor…
Luego se puso en pie, envuelto todavía en su manta, y echó a andar hacia una
cercana espesura.
Uno de los hombres, agazapado aún junto al montón de tierra que cubría el fuego,
dijo:
—Vigiladle.
—¿A quién, Red? —inquirió uno de los otros, alzando la mirada hacia Red. El
tercer hombre miró también a Red.
—A él —dijo Red.
Los dos hombres siguieron la dirección de la mirada de Red.
—¡Oh! —dijo uno de ellos—. ¿Qué pasa con James?
—Vigiladle —repitió Red.
Aquel mismo día, algo más tarde. Los cuatro hombres estaban tumbados sobre
sus mantas, extendidas al sol en la ladera de la colina. James, apoyado en un codo,
miraba fijamente el suelo del cual su mano arrancaba incesantemente pequeños tallos
de hierba. Sus labios se movían, formando palabras silenciosas. Levantó la mirada y
descubrió que los otros le estaban contemplando. Se sobresaltó, y su mano quedó
inmóvil. Miró uno a uno a sus compañeros, inclinó los ojos al suelo, luego volvió a
alzarlos.
—¿Por qué me miráis así? —inquirió bruscamente—. Todo el día me habéis
estado vigilando. Contemplándome como… como…
—¿Como qué? —preguntó Red.
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—Como… como… como lo que sois. ¿Por qué me miráis de ese modo? Ya estoy
harto…
Su mirada sostuvo por un momento la de sus compañeros y luego volvió a
posarse en su propia mano. La mano se hundió una, dos veces en la hierba.
Bruscamente, James se puso en pie y empezó a descender la colina, casi corriendo.
Uno de los otros hizo un rápido movimiento para levantarse, pero Red dijo:
—No va a ninguna parte… todavía.
Transcurrió casi una hora antes de que James regresara. Se dejó caer sobre su
manta. Parecía un hombre distinto, seguro de sí mismo, como alguien, que ha resuelto
un problema secretamente, en beneficio suyo.
—Creíais que me había escapado, ¿eh? —preguntó en tono insolente—. Podía
haberlo hecho, desde luego. Ninguno de vosotros sería capaz de impedirlo.
Nadie le respondió. Continuaron tendidos sobre sus mantas, contemplándole.
Súbitamente, su confianza pareció tambalearse. Volvió a ponerse en pie de un salto y
echó a andar hacia la cercana espesura. A medio camino se detuvo y se volvió en
redondo, con las manos apretadas contra sus costados.
—Dejad de vigilarme de una vez —dijo, casi gritando—. ¿No puede uno dar un
paso sin que le vigilen como… como…?
Se interrumpió, jadeando, y luego giró en redondo y volvió a avanzar hacia la
espesura.
Habían cenado hacía mucho rato. El fuego estaba apagado. Los hombres yacían
envueltos en sus mantas en la oscuridad.
Una cabeza se alzó lentamente, en actitud de escucha. Luego, lentamente, el
hombre se levantó y arregló la manta de modo que pareciera que había alguien debajo
de ella. Con la misma lentitud, el hombre empezó a descender por la ladera de la
colina. En cuanto se hubo desvanecido entre las sombras, otra cabeza se alzó y una
voz susurró:
—¿Jake?
—Sí. Sí —dijo Jake—. ¿Qué pasa?
—Síguele.
—¿A James?
—Sí.
—¿Por dónde se ha ido?
Red señaló hacia la parte baja de la colina.
Jake se levantó y Red dijo:
—Ten cuidado. Procura que no te oiga.
La tercera forma se removió.
—¿Qué pasa?
—Se ha marchado —dijo Red—. Jake va a seguirle.
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Faltaba muy poco para que amaneciera cuando Jake regresó. Los otros dos
estaban despiertos, temblando de frío entre sus mantas. Jake se agachó a su lado.
—Ha hecho un trato con la policía —dijo.
—¿Le oíste? —preguntó Red.
—Sí. Hay un teléfono en la tercera casa, bajando la colina. Le oí a través de una
ventana. Dio los nombres de todos nosotros a la policía. Amenazó con su revólver al
viejo que vive allí y le dijo que le mataría si hablaba con alguien del asunto.
—¿Dónde está ahora?
—Venía detrás de mí. No tardará en llegar.
—¿Cuál es su plan?
—Reunirse con la policía a medianoche en el lugar desde el cual telefoneó, y
acompañar a los agentes hasta aquí.
—Bien. Puedes acostarte.
Aquel mismo día, al atardecer, después de cenar, Red anunció:
—Esta noche vamos a hacer un pequeño trabajo.
Todos miraron a James.
—¿Esta noche? —inquirió James—. ¿Esta noche?
—¿Qué tiene de particular esta noche? —preguntó Red.
—Nada —respondió James—. Nada. No tiene nada de particular. Sólo que no
sabía que íbamos a marcharnos de aquí tan pronto.
—Parece como si te sorprendiera la noticia —dijo Jake—. ¿Te extraña que no nos
quedemos aquí esta noche?
—¡Cállate! —ordenó Red.
Los ojos de James vagaron de uno a otro de sus compañeros.
—No sabía que íbamos a salir esta noche —insistió.
—Vamos a marcharnos en seguida —dijo Red, poniéndose en pie.
Los otros se levantaron, James el último, y le siguieron colina abajo.
Tenían el automóvil oculto a poca distancia, entre unos matorrales a la derecha
del camino. Subieron al vehículo, Jake y James en la parte de atrás, Red y el
conductor delante. James no dejaba de mirar a uno y otro lado mientras el automóvil
avanzaba. Finalmente, llegaron a la carretera asfaltada que discurría al pie de las
colinas y aumentaron la velocidad encaminándose hacia el este, a través de la
oscuridad nocturna. James ya no miraba a los lados. Permanecía hundido en el
asiento trasero, silencioso, inmóvil, con la barbilla hundida en el pecho, la viva
imagen del desaliento.
Viajaron horas enteras, cruzando las llanuras de Arkansas, el Río, y penetrando en
las colinas de North Mississippi. De pronto, el automóvil se detuvo. Se encontraban
en una carretera secundaria. Red se apeó y abrió la portezuela al lado de James.
—Baja —le dijo.
—¿Para qué? —preguntó James, mirando a Red con el ceño fruncido.
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Jake le empujó rudamente a través de la portezuela. James cayó a los pies de Red.
Jake descendió del automóvil, y él y Red se inclinaron sobre la figura caída en el
polvo. James empezó a retroceder hacia la cuneta, arrastrándose sobre sus manos y
rodillas.
—¿Qué… qué os proponéis hacer? —inquirió, con voz temblorosa.
—Dale media vuelta al automóvil —dijo Red por encima de su hombro al
conductor.
El chófer maniobró en la estrecha carretera hasta que el vehículo hubo dado la
vuelta. A la luz de los faros, Red avanzó hacia James y le golpeó en la nuca con su
revólver, haciéndole morder el polvo. Jake apoyó un pie en su espalda, impidiéndole
levantarse, y Red se dedicó a golpear sistemáticamente a la forma caída, con su
revólver. James permaneció en el suelo gimiendo, retorciéndose, cubriéndose el
rostro y la cabeza con las manos, con las rodillas dobladas como un feto en su útero.
Finalmente, Red y Jake se aparataron del caído, y se dirigieron hacia el automóvil,
que esperaba con el motor en marcha. Antes de subir al vehículo, Jake se volvió y
dijo, dirigiéndose a la figura caída en el polvo:
—Quédate aquí, que es tu tierra, Judas. En Arkansas no necesitamos a los tipos de
tu calaña.
El vehículo se alejó.
James continuó en el suelo, gimiendo, hasta que el sonido del automóvil se apagó
en la distancia. Entonces se puso en pie, temblando, con el oído tendido hacia el lugar
por el cual se había alejado el automóvil. Al no oír nada, agitó su puño en aquella
dirección y maldijo a los ocupantes del desaparecido vehículo.
No estaba tan malherido como había fingido. Se había quejado más de la cuenta
para que creyeran que su estado era peor. Tenía varios cortes en la cabeza y en la
cara, pero ninguno de ellos era grave: sus manos y sus brazos habían recibido la
mayor parte de los golpes. Miró a su alrededor. Mientras miraba, pensó:
«¡Qué mala suerte! Tuve que darles mi nombre a los agentes para que me
escucharan, y ahora esos tipos se ocultarán en alguna parte donde nadie podrá
encontrarles, y yo me he quedado solo, sin saber adónde ir…».
Casi lloraba de pesar por sí mismo. Los patrulleros de Arkansas podrían
localizarle fácilmente a través de su ficha en Parchman. Y la Patrulla de Mississippi
no dejaría de echar un vistazo a la cabaña de Jesse, para comprobar si había regresado
allí. No tenía ningún lugar adonde ir, pensó. Ningún lugar para James Arnold.
Permaneció allí, al borde de las lágrimas, maldiciendo su mala estrella.
Luego empezó a reconocer el lugar en el cual se encontraba. Durante el viaje no
había prestado atención al paisaje que desfilaba junto al automóvil. Se había hundido
en el asiento trasero, sin fijarse en nada. Ahora empezaba a reconocer el terreno. Por
casualidad, Red le había dejado muy cerca de la cabaña de Jesse.
«Y apuesto a que Jesse está allí, muy tranquilo y a salvo —pensó—. Y yo me
encuentro aquí helado de frío y sin ningún lugar adonde ir. ¿Por qué ha de estar Jesse
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allí, y no yo? ¿Por qué ha de tener él toda la suerte, y yo ninguna? No hay derecho.
Yo podría estar perfectamente en su puesto, y nadie conocería la diferencia…».
Ni siquiera los vecinos habían podido diferenciarlos nunca… Si pudiera cambiar
de puesto con Jesse, nadie se enteraría, y él estaría a salvo y tranquilo, en tanto que
Jesse sabría lo que significaba tener frío y no saber adónde ir. Jesse no tenía más
derecho a estar a salvo que él… Desde luego, tenía que cambiar de puesto con Jesse.
Darle una lección.
De repente, llegó a la conclusión de que el destino, la buena suerte, había
decidido finalmente echarle una mano. De no ser así, ¿por qué le habían dejado, por
casualidad, en un lugar donde podía poner en práctica el plan que acababa de
ocurrírsele?
James echó a andar vivamente a través de senderos familiares hacia la cabaña de
Jesse. No maldecía ya su mala suerte, no estaba ya indeciso; avanzaba vivamente a lo
largo del sendero que su destino le había trazado.
James se acercó a la cabaña por la parte trasera, dando un amplio rodeo. Se
detuvo en un bosquecillo, espiando. En el cielo había un extraño resplandor, pero no
prestó atención a él, absorto como estaba en la observación de la cabaña. Finalmente,
cruzó el patio y fisgó a través de una ventana. Una habitación, la cocina, estaba
iluminada. Jesse se encontraba allí inclinado sobre una mesa, de espaldas a la puerta.
Era otra señal para James, otro visto bueno, otro síntoma de su nueva suerte. Jesse
estaba donde él había imaginado que estaría, en la iluminada cocina y vuelto de
espaldas a la puerta. James anduvo de puntillas hasta el montón de la leña, cogió una
gruesa rama de encina y volvió a acercarse a la puerta. La abrió silenciosamente, dio
un par de rápidos pasos y descargó la rama con todas sus fuerzas sobre la cabeza de
Jesse. Jesse se desplomó, pero James continuó golpeándole. Finalmente soltó la rama
y se apoyó contra la mesa, jadeando como si acabara de ganar una larga carrera, con
los labios fruncidos en una mueca de triunfo.
Entonces vio la palangana de agua sobre la mesa y el trapo en la mano inmóvil de
Jesse. El trapo estaba rojo, y el agua teñida de rosa.
«¿Qué diablos estaba haciendo, lavándose la cara a esta hora de la noche? ¿Y qué
significa ese color rosa del agua?», se preguntaba James.
Se inclinó sobre Jesse para mirarle la cara. La tenía llena de arañazos y
magulladuras. El agua estaba teñida de sangre.
«¿Qué le habrá pasado? Alguna pelea, supongo», se dijo James.
Su mano se alzó hasta su propio rostro, lleno también de cortes y de
magulladuras. Eran muy parecidos a los de Jesse, otra prueba de que podía ocupar el
lugar de su primo, otra señal del destino. Casi se alegró de que Red y Jake le hubiesen
golpeado como lo habían hecho.
«Si se peleó con alguien, la cosa se sabrá y estas heridas serán la mejor prueba de
que soy Jesse».
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Ahora, el problema consistía en librarse del cadáver de Jesse. Pero también
aquello tenía una rápida solución. A un cuarto de milla de la cabaña, el lecho del
arroyo formaba una hondonada sin fondo aparente. El ganado que había caído en ella
no había podido ser recuperado; también se había tragado a un hombre, y a un
chiquillo. Estaba situada directamente debajo de un puente que cruzaba el arroyo en
aquel punto, de fácil acceso.
Antes de arrojar el cadáver por encima de su hombro a su tumba definitiva, James
registró los bolsillos de Jesse. Habitualmente, Jesse llevaba algo de dinero en ellos, y
James lo necesitaba. Ese era otro motivo para los deseos de venganza de James, el
cual no había tenido nunca dinero (por mucho tiempo, se entiende). Jesse siempre
llevaba unos cuantos dólares encima. Bueno, no iba a necesitarlos en el lugar al cual
se dirigía. James registró sus bolsillos y encontró algunos dólares y unas monedas
sueltas. Luego, en una bolsa cosida al forro de la americana, descubrió un fajo de
billetes: trescientos dólares.
«¿Dónde diablos obtuvo tanto dinero? Debió dar algún golpe importante», se dijo
James.
Después de lanzar el cadáver de Jesse por encima del puente vació sus propios
bolsillos y tiró al agua su cartera con el carnet de conducir.
James estaba de pie en la cocina, con los trescientos dólares en la mano, cuando
sonaron unos rápidos pasos en el porche y, antes de que pudiera ocultar el dinero,
entró un hombre sin llamar. Cruzó la habitación de la parte delantera de la cabaña y
entró en la cocina, diciendo por encima de su hombro a alguien que estaba detrás de
él.
—Está aquí.
El hombre llevaba un revólver en la mano, y apuntaba con él a James. Otros
hombres cruzaron la puerta, armados también con revólveres. Dos de ellos entraron
por la puerta trasera, como si hubiesen estado apostados allí para evitar una fuga.
—¿Qué demonios está haciendo aquí? —dijo uno de los hombres—. En su lugar,
yo me encontraría ahora a muchas millas de distancia.
—¿Qué significa esto? —inquirió James—. ¿Qué andan buscando?
—Como si no lo supiera… —dijo uno de los hombres.
El hombre que parecía encabezar el grupo se acercó a James y cogió el dinero de
su mano. James no opuso resistencia.
—¿Qué buscan ustedes aquí a esta hora de la noche y con esos revólveres? —
inquirió de nuevo.
—Ya lo sabrás en cuanto se haga de día —respondió uno de los hombres.
James trató de discutir, pero los recién llegados no estaban dispuestos a perder el
tiempo hablando. Le dijeron que se callara, y uno de ellos le amenazó con el revólver.
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—Ed —dijo el que encabezaba el grupo—, tú y George haréis la primera guardia.
Dos de nosotros os relevaremos dentro de un par de horas.
Dejó el dinero a la vista, sobre la mesa.
—Dejaremos el dinero aquí, de modo que no quepa ninguna duda de que es el
mismo dinero que me habéis visto coger de su mano al entrar.
Durante el resto de la noche, James tuvo que permanecer sentado en una silla
junto a la mesa. No le permitieron hablar con nadie. Permaneció allí, sorprendido y
bastante asustado. No creía que aquel grupo armado hubiera salido en busca de Jesse
por el simple delito de robar ganado. No sabía lo que había hecho Jesse. A la mañana
siguiente se enteró.
El tribunal se reunió en el patio de la cabaña de Jesse a las ocho para juzgarle.
Sacaron una mesa y una silla de la casa para que el juez Pruitt las utilizara como
estrado.
El juez Pruitt no era realmente un magistrado, sino una especie de juez de paz. En
calidad de tal, sus poderes y su autoridad no estaban claramente definidos y, en
consecuencia, eran casi ilimitados. Leyó la acusación que había redactado.
—Jesse Arnold, se le acusa del asesinato de Dan Henry Jones…
—¿Asesinato? —dijo James—. ¿Asesinato? Ni siquiera sabía que había muerto.
Nunca he asesinado a nadie —mintió.
El juez le miró con el ceño fruncido, disgustado por aquella interrupción. El
hombre que estaba a su lado le tiró del brazo ordenándole que se callara. El juez
continuó.
Al parecer, Jesse sabía que el anciano Jones guardaba cierta cantidad de dinero en
su casa. El anciano no confiaba en los bancos. Jesse había tratado de introducirse
subrepticiamente en la casa, pero el anciano le descubrió y luchó con él. Jones había
dicho que golpeó y arañó a Jesse en el rostro. Finalmente, Jesse le había golpeado con
un atizador y le dejó por muerto. Había pegado fuego a la casa para borrar las huellas
de su crimen. Aquél era el resplandor que James había visto, sin prestarle atención,
cuando se acercaba a la cabaña. Jesse había huido de la casa incendiada con el dinero,
trescientos dólares, les había dicho el anciano. Los vecinos habían visto el fuego y
llegaron a tiempo para arrastrar al anciano fuera de la casa. Jones había vivido lo
suficiente para decirles lo que Jesse había hecho. Había firmado una declaración
jurada antes de morir.
—¿Es usted culpable o no culpable? —preguntó el juez, inclinándose hacia
adelante a través de la mesa y mirando a James a los ojos.
—¡Soy inocente! —gritó James—. Ni siquiera soy Jesse. Yo soy James.
—James está en Arkansas. No ha vuelto por aquí desde que salió de Parchman la
última vez.
—Regresé anoche. No sabía absolutamente nada del viejo Jones.
—¿Qué me dice de los arañazos que tiene en la cara?
—Unos… unos individuos me golpearon.
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—¿Sus nombres?
—Bueno —gritó James—, anoche, cuando llegué aquí, encontré a Jesse.
—Muy bien —dijo el juez—. ¿Dónde está ahora?
—Se marchó. Anoche, poco después de llegar yo.
—¿Dónde está Jesse? —insistió el juez.
Súbitamente, James pensó en su ficha, que se encontraba en el archivo de la
prisión de Parchman: en ella figuraban sus huellas dactilares.
—¡Un momento! Puedo…
No, no podía decirlo. La policía de Arkansas le estaría buscando por el asesinato
de la anciana en la tienda de Henry. Y, si daban con él, nadie le libraría de la horca.
—Bueno, vamos a ver, ¿quién es usted, a fin de cuentas? —dijo el juez—. ¿James
o Jesse?
James se vio reducido al silencio, ya que, fuera cual fuese su respuesta, sólo podía
cambiar el Estado en el cual debía ser colgado. Miró al juez con una expresión
desesperada en los ojos, pero guardó silencio.
El juez se retrepó en su silla y se volvió ligeramente hacia la doble hilera de
hombres que estaban de pie al lado de la mesa y que constituían el jurado.
—El jurado se retirará a deliberar —dijo.
Los miembros del jurado se dirigieron al rincón más apartado del patio.
Permanecieron allí reunidos menos de cinco minutos.
Cuando se acercaron de nuevo a la mesa, el juez se dirigió a ellos:
—¿Han llegado ustedes a una decisión?
—Sí, señor juez —respondió uno de los miembros del jurado.
—¿Cuál es su veredicto? —preguntó el juez.
—Encontramos al acusado culpable del crimen que se le imputa y le condenamos
a ser colgado por el cuello hasta que muera.
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PROFESIÓN: ASESINO
Jack Ritchie
Yo estaba presente la última vez que cometió usted un asesinato —dijo Henry.
Encendí mi cigarro.
—¿De veras?
—Desde luego, usted no podía verme.
Sonreí.
—¿Se encontraba usted en su máquina para viajar a través del tiempo?
Henry asintió.
Naturalmente, no creía una sola palabra. Me refiero a la máquina para viajar a
través del tiempo. Henry podía haber sido testigo de mi último trabajo, pero no de
aquel modo fantástico.
Mi profesión es la de asesino y el hecho de que hubiera habido un testigo cuando
liquidé a James Brady resultaba fastidioso, naturalmente. Y ahora, por motivos de
seguridad, tendría que idear algo para librarme de Henry. No estaba dispuesto a
permitir que me hiciera víctima de un chantaje. Al menos, no por mucho tiempo.
—Debo advertirle que me he tomado la molestia de informar a varias personas de
que venía aquí, míster Reeves —dijo Henry—. No saben por qué estoy aquí, pero
saben que estoy aquí. Lo comprende, ¿verdad?
Sonreí de nuevo.
—No acostumbro asesinar a la gente en mi propia casa. Sería un atropello
incalificable a las leyes de la hospitalidad. Por lo tanto, no es necesario que cambie
usted nuestros vasos. Le aseguro que el suyo no contiene nada más que coñac.
La situación era básicamente desagradable, y sin embargo, descubrí que estaba
gozando con la extravagante historia de Henry.
—Esa máquina suya, Henry, ¿es parecida a un sillón de barbero?
—Hasta cierto punto —admitió.
Evidentemente, los dos habíamos visto la misma película.
—¿Con una especie de reflector detrás? ¿Y unas palancas delante, las cuales hay
que empujar para viajar hacia el pasado? ¿O hacia el futuro?
—Sólo hacia el pasado. Todavía estoy trabajando en el mecanismo para viajar
hacia el futuro —Henry sorbió su coñac—. Mi máquina es también móvil. Es decir,
no sólo me proyecta hacia el pasado, sino también hacia cualquier punto de la tierra
que yo desee.
Excelente, pensé. Aquello significaba una gran ventaja sobre las máquinas para
viajar a través del tiempo del antiguo modelo.
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—¿Y es usted invisible?
—Desde luego. No puedo participar de ningún modo en el pasado. Sólo puedo
observar.
Por lo menos, aquel loco pensaba con cierta lógica. El simple hecho de rozar el
ala de una mariposa en una época anterior a la nuestra en diez mil años, podría
modificar todo el curso de la historia.
Henry había llegado a mi apartamento a las tres de la tarde. No me había dado su
apellido, lo cual resultaba lógico puesto que pensaba hacerme víctima de un chantaje.
Era muy alto y delgado, con unas gafas que le daban un aspecto de lechuza y unos
cabellos que tendían a la anarquía.
Se inclinó hacia adelante.
—Ayer leí en el periódico que un tal James Brady fue asesinado a tiros en un
almacén de la Blenheim Street, alrededor de las once de la noche del veintisiete de
julio.
—De modo que se instaló usted en su máquina, retrocedió al veintisiete de julio,
se situó en la Blenheim Street a eso de las diez y media de la noche, y esperó a que yo
volviera a cometer el crimen, ¿no es eso?
—Exactamente.
Tendría que discutir aquella forma particular de locura con el doctor Powers. Es
un psiquiatra muy experto y (dado que me encargó la eliminación de su esposa) digno
de toda confianza.
Henry sonrió débilmente.
—Disparó usted contra James Brady a las diez y cincuenta y un minutos,
exactamente. Mientras se inclinaba sobre él para asegurarse de que estaba muerto,
dejó usted caer al suelo las llaves de su automóvil. Exclamó: «¡Maldición!», y
recogió las llaves. Antes de cerrar la puerta del almacén, se volvió hacia el cadáver y
le saludó con la mano, burlonamente. Luego se marchó.
Indudablemente había estado allí. No en aquella fabulosa máquina para viajar a
través del tiempo, sino probablemente oculto entre los millares de cajas y de fardos
que llenaban el almacén. Un testigo accidental del asesinato. Era una de aquellas
desdichadas coincidencias que de cuando en cuando vienen a estropear lo que de otro
modo sería un crimen perfecto. Pero, ¿por qué se había molestado en recurrir a
aquella fantástica historia?
Henry dejó su vaso sobre la mesa.
Creo que cinco mil dólares bastarían para hacerme olvidar lo que vi.
«¿Por cuánto tiempo? ¿Un mes? ¿Dos?», me pregunté. Di una larga chupada a mi
cigarro.
—Si acude usted a la policía, será su palabra contra la mía.
—¿Puede usted hacer frente a una investigación?
En realidad, no lo sé. Soy un cuidadoso practicante de mi oficio, pero es posible
que en alguna ocasión haya cometido algún error que pudiera serme funesto. Desde
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luego, no sentía el menor deseo de despertar el interés de las autoridades.
Volví a llenar mi vaso.
—Parece haber dado usted con un interesante y provechoso negocio —dije—.
¿Ha abordado usted a otros asesinos?
Miré su traje. Indudablemente había sido vendido con dos pares de pantalones.
Quizás Henry leyó mis pensamientos.
—Acabo de empezar, míster Reeves. Usted es el primer asesino al cual he
abordado. Desde luego, he efectuado otras investigaciones acerca de usted… El diez
de junio, a las once y doce minutos de la mañana, un automóvil que usted había
robado para el caso atropelló a mistress Irvin Perry.
Henry podía haber leído la noticia de la muerte de mistress Perry en los
periódicos. Pero, ¿cómo sabía que yo conducía el automóvil? ¿Un tiro al azar?
—Aparcó usted a unos cien metros del cruce —continuó Henry—. Mantuvo el
motor en marcha mientras esperaba que apareciera mistress Perry. Diez minutos antes
de que ella llegara, pasó un coche de los bomberos. Siete minutos después pasó un
«Ford» modelo «A» lleno de jovenzuelos. El «Ford» no llevaba tubo de escape.
Hacía un ruido infernal.
Fruncí el ceño. ¿Cómo era posible que Henry estuviera enterado de aquellos
detalles?
Henry parecía estar disfrutando de veras.
—El 28 de septiembre, a las dos y cuarto de una tarde desapacible, un tal Gerald
Mitchell «cayó» por un acantilado próximo a su casa mientras daba un paseo.
Mitchell le planteó a usted ciertas dificultades. A pesar de que era un hombre bajito,
tenía mucha fuerza. Consiguió arrancarle a usted el bolsillo izquierdo del abrigo antes
de que pudiera lanzarle al vacío.
Me sorprendí a mí mismo mirando fijamente a Henry y me apresuré a beber un
sorbo de coñac.
—Cinco mil dólares —dijo Henry—. Billetes pequeños, desde luego.
Naturalmente, no espero que tenga usted esa suma a mano. De modo que volveré
mañana, a las ocho de la noche.
Hice un esfuerzo por recobrar el dominio de mí mismo. Por un instante, casi
había alimentado la idea de que Henry podía tener, efectivamente, una máquina para
viajar a través del tiempo. Pero existía alguna otra explicación, y necesitaba tiempo
para pensar en el asunto.
Acompañé a Henry hasta la puerta. Antes de que se marchara, le dije:
—Henry, ¿podría usted montar en su máquina y descubrir quién era realmente
Jack el Destripador? Siento una gran curiosidad por saberlo.
Henry asintió.
—Lo haré esta noche.
Cerré la puerta y me dirigí al salón.
Mi esposa, Diana, dejó a un lado su revista de modas.
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—¿Quién era ese individuo tan raro?
—Según él, un inventor.
—¿De veras? Desde luego, tiene un aspecto lo bastante extravagante como para
serlo. Supongo que quería venderte su invento…
—No quería eso, exactamente.
Diana tiene los ojos verdes y fríos y tal vez no es más rapaz ni más infiel que
cualquier otra mujer casada con un hombre rico treinta años más viejo que ella. Me
doy perfecta cuenta de la naturaleza de nuestras relaciones, pero comprendo que el
que quiere gozar de una obra de arte tiene que pagar por ello. Y Diana es una obra de
arte: un triunfo de la naturaleza física. Le concedo el mismo valor que a mis
Modiglianis y a mis Van Goghs.
—¿Qué es lo que ha inventado, según él?
—Una máquina para viajar a través del tiempo.
Diana sonrió.
—Creí que esos individuos sólo se dedicaban a las máquinas de movimiento
continuo.
Yo estaba levemente irritado.
—Tal vez funciona.
Diana me miró con aire especulativo.
—Espero que no permitirás que ese individuo te saque el dinero.
—No, querida. Conservo aún intactas mis facultades mentales.
Su preocupación por mi dinero hubiera resultado emocionante, si yo no hubiese
sabido que Diana prefería gastarlo por su cuenta.
Diana volvió a coger su revista.
—¿Te ha pedido que vayas a ver la máquina?
—No. Y aunque me lo pidiera, no tengo intención de hacerlo.
Sin embargo, seguía preguntándome cómo podía haberse enterado Henry de los
detalles de aquellos tres asesinatos. Su presencia en uno de ellos podía aceptarse
como una coincidencia. Pero, ¿en tres?
No existía ninguna máquina para viajar a través del tiempo. Tenía que haber otra
explicación…, algo que un hombre inteligente pudiera creer.
Consulté mi reloj y pensé en otro asunto.
—Voy a salir, Diana. Regresaré dentro de un par de horas.
Me dirigí a la oficina de correos y abrí mi buzón particular. Allí estaba la carta
que esperaba.
Hago la mayor parte de mis negocios por correo. Mis clientes no conocen mi
nombre, ni siquiera en los casos en que es necesario un contacto personal.
La carta era de Jason Spender, con él cual había intercambiado ya alguna
correspondencia. Spender estaba interesado en la eliminación de Charles Atwood. No
me había dicho los motivos que tenía para desear la desaparición de Atwood, y a mí
no me interesaban de un modo especial. Sin embargo, sabiendo que Spender y
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Atwood eran socios en un negocio de construcciones, no resultaba difícil llegar a una
conclusión: Spender se había cansado de compartir los beneficios con su socio.
La carta aceptaba mis condiciones (quince mil dólares) y facilitaba la información
de que Atwood estaba invitado a una cena al día siguiente y regresaría a su casa
alrededor de las once de la noche. Spender tendría una coartada para aquella hora, por
si a la policía le daba por mostrarse suspicaz en lo que a él respecta.
A continuación me dirigí a la Agencia de Detectives Shippler y me entrevisté con
Shippler en persona.
Desde luego, no puedo utilizar continuamente a esa agencia para vigilar a mi
esposa. Pero varias veces al año contrato sus servicios durante un par de semanas.
Suele ser suficiente.
En 1958, por ejemplo, Shippler descubrió a un tal Terence Reilly. Era un joven
sumamente atractivo, rubio, atlético… y no puedo reprocharle demasiado a Diana que
se sintiera atraída por él.
Terence Reilly no tardó en abandonar este mundo. Nadie me pagó por aquel
trabajo. Lo hice por amor.
Shippler era un hombre gordinflón que frisaba en los cincuenta años. Sacó una
cuartilla mecanografiada de una carpeta y se colocó las gafas.
—Ayer, su esposa salió dos veces de su apartamento. Por la mañana, a las diez y
media, pasó una hora en una tienda de sombreros. Finalmente, compró un sombrero
blanco y azul, con…
—Ahórrese los detalles.
Shippler se mostró ligeramente ofendido.
—Los detalles pueden ser importantes, míster Reeves —dijo—. Nuestra agencia
procura ser lo más minuciosa posible. —Volvió a consultar la cuartilla—. Al salir de
la tienda, mistress Reeves fue a tomarse una naranjada en un…
Le interrumpí de nuevo.
—¿Vio o alguien? ¿Habló con alguien?
—Bueno, habló con la dueña de la sombrerería, y con el dependiente del
establecimiento de bebidas.
—¡Además de ellos! —estallé.
Shippler sacudió la cabeza.
—No. Pero volvió a salir del apartamento a las dos y media de la tarde. Se dirigió
a una cafetería situada en Farwell. Allí se encontró con otras dos mujeres de su edad,
con las cuales probablemente se había citado. Parece ser que se trataba de dos ex
condiscípulas, y que no se habían visto desde hacía años. Mi empleado oyó la mayor
parte de su conversación. Hablaron de otras ex condiscípulas y de lo que estaban
haciendo ahora. —Shippler se aclaró la garganta—. Parece ser que aquellas dos
mujeres estaban impresionadas por el hecho de que su esposa hubiera… ejem…
cazado a un hombre rico.
—¿Qué es lo que dijo Diana?
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—Se mostró muy prudente, sin comprometerse. —Shippler volvió a introducir la
cuartilla en la carpeta—. Su esposa se tomó un Pink Lady y un Manhattan durante las
dos horas que permaneció allí.
—No me interesan las preferencias de mi esposa en materia de bebidas. ¿Vio a
alguien más? ¿A algún hombre?
—No. A las cuatro y diez se despidió de las dos mujeres y regresó a su
apartamento.
La mente humana es una cosa muy extraña. Me sentí aliviado, desde luego…, y al
mismo tiempo algo decepcionado.
—¿Tenemos que continuar vigilándola? —preguntó Shippler en tono
esperanzado.
Esta vez había tenido a Diana bajo vigilancia durante una semana. Shippler me
cobraba cien dólares diarios, una suma importante. Sonreí ligeramente. Si tuviera la
máquina de Henry, podría ahorrarme mucho dinero…
—Vigílela unos cuantos días más —dije—. Y tengo otra cosa para usted.
—¿Sí?
—Mañana, a las ocho de la noche, espero una visita. El hombre estará conmigo
de diez a veinte minutos. Cuando se marche, quiero que le sigan. Quiero saber quién
es y dónde vive. —Describí a Henry—. Llámeme por teléfono en cuanto sepa algo
concreto.
A continuación me dirigí al banco y saqué cinco mil dólares.
A las siete de la tarde del día siguiente Diana se marchó al cine. O al menos eso
me dijo. Ya lo comprobaría más tarde.
Henry llegó a las ocho en punto y le llevé a mi estudio.
Tomó asiento.
—Trabajaba como oficinista en una firma importadora —me dijo, de buenas a
primeras.
—¿De quién está hablando? —pregunté.
—De Jack el Destripador. Un hombre de aspecto tímido, y de poco más de
cuarenta años, calculo. Al parecer era soltero y vivía con su madre.
Sonreí.
—Muy interesante. ¿Cómo se llamaba?
—Todavía no he podido averiguarlo. Verá, la gente no anda por ahí con un letrero
colgado del cuello con su nombre impreso…
Henry podía haber inventado algún nombre para Jack el Destripador, pero el no
hacerlo resultaba más hábil… y más lógico.
Henry dijo:
—¿Tiene usted los cinco mil dólares?
—Sí.
Saqué el paquete y se lo entregué.
Henry se puso en pie.
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—Esta noche pienso ser testigo de la matanza de Custer. La Historia me fascina.
Me quedaba un solo consuelo: cuando llegara el momento de matarle, gozaría
intensamente haciéndolo.
Cuando Henry se hubo marchado, me senté junto al teléfono y esperé
impacientemente. A las nueve y media sonó el timbre del aparato.
—Habla Shippler.
—Bien, ¿dónde vive ese hombre?
—Temo que mi empleado lo ha perdido —respondió Shippler, en tono de
disculpa.
—¿Cómo?
—Cambió varias veces de autobús, y finalmente desapareció. Creo que
sospechaba que le seguían.
—¡Es usted un estúpido! —rugí.
—Perdone, míster Reeves —replicó dignamente Shippler—. En todo caso, el
estúpido será mi empleado.
Colgué y me serví un whisky. Esta vez, Henry me había dado esquinazo. Pero no
faltarían otras ocasiones. Henry volvería a presentarse. Los chantajistas no están
nunca satisfechos.
El tiempo había transcurrido rápidamente y aquella noche aún me quedaba un
trabajo por hacer. Me puse el abrigo y el sombrero y bajé al garaje.
Charles Atwood vivía en una casa edificada en el centro de un terreno cubierto de
árboles. Una situación ideal, ya que ofrecía las máximas posibilidades para ocultarse.
El edificio estaba a oscuras, a excepción de las luces que brillaban en el tercer
piso, donde yo imaginé que vivían los criados.
El garaje se encontraba algo apartado de la casa. Me aposté detrás de un árbol
cercano y esperé.
A las once y cuarto, un automóvil enfiló el camino que conducía al garaje. Se
detuvo, mientras las puertas automáticas se levantaban, y luego desapareció en el
garaje.
Medio minuto más tarde se abrió una puerta lateral y un hombre alto se hizo
visible, a la luz de la luna. Echó a andar hacia la casa.
Yo tenía mi revólver y mi silenciador preparados, y esperé a que el hombre se
encontrara a unos quince pasos de distancia antes de abandonar mi escondite.
Al verme, Atwood se detuvo y profirió una exclamación de sorpresa.
Apreté el gatillo y Atwood se desplomó sin lanzar un gemido. Me aseguré de que
estaba muerto (no me gusta dejar las cosas a medio hacer), y luego me dirigí a través
de la arboleda hacia la calle donde había aparcado mi automóvil.
La cosa había salido perfectamente y, por primera vez en treinta y seis horas, me
sentí en paz con el mundo.
Regresé a mi apartamento poco antes de medianoche. Me disponía a acostarme
cuando sonó el teléfono.
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Era Henry.
—Veo que ha asesinado usted a alguien esta noche —dijo, en tono complacido.
Noté que mis manos se humedecían.
—Cuando llegué a casa —dijo Henry—, me monté en mi máquina y retrocedí al
instante en que había salido de su apartamento. Quería comprobar si usted había
tratado de seguirme. Tengo que tomar mis precauciones, ¿sabe? Después de todo,
estoy tratando con un asesino.
No dije nada.
—No me siguió usted, pero salió de su apartamento y entonces fui yo el que le
acompañé en mi máquina por simple curiosidad.
¡Aquella infernal máquina para viajar a través del tiempo! ¿Sería posible?
—Me estaba preguntando —dijo Henry— si el hombre al que usted asesinó era
realmente la víctima prevista.
¿Qué significaba aquello?
—Porque en el automóvil había dos hombres —añadió Henry.
Involuntariamente, exclamé:
—¿Dos?
—Sí. Usted disparó contra el primer hombre que salió del garaje. El segundo salió
cuarenta y cinco segundos después.
Cerré los ojos.
—¿Acaso me vio?
—No. Usted ya se había marchado. Aquel hombre se inclinó sobre el caído y
gritó: «¡Fred! ¡Fred!».
Yo estaba sudando.
—Henry, me gustaría verle.
—¿Por qué?
—No puedo decírselo por teléfono.
Henry se mostró dubitativo.
—Bueno, no sé si…
—Significa dinero, Henry. Mucho dinero.
Pareció meditar.
—De acuerdo —dijo finalmente—. ¿Mañana? ¿Alrededor de las ocho?
Yo no podía esperar tanto tiempo.
—No. Ahora mismo. Tan pronto como pueda usted venir.
Henry tardó unos segundos en contestar.
—Nada de trucos, míster Reeves —dijo—. Le advierto que tengo tomadas mis
medidas.
—Nada de trucos, Henry. Se lo juro. Venga lo más rápidamente que pueda.
Llegó tres cuartos de hora más tarde.
—¿De qué se trata, míster Reeves?
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Yo había estado bebiendo. No con exceso, desde luego, sino porque la idea del
hecho que estaba a punto de aceptar resultaba dolorosa para mi inteligencia.
—Henry, me gustaría comprar su máquina. Si es que realmente funciona.
—Funciona —dijo Henry, sacudiendo la cabeza—. Pero no quiero venderla.
—Cien mil dólares, Henry.
—Ni hablar.
—Ciento cincuenta mil.
—He dedicado toda mi vida a ese invento —dijo Henry—. No pienso separarme
de mi máquina.
—Podría usted construir otra, ¿no?
—Bueno… sí.
Me miró suspicazmente.
—Henry, ¿cree usted que en cuanto tenga la suya voy a dedicarme a construir
máquinas para viajar a través del tiempo y vendérselas a otras personas?
Su rostro reveló que indudablemente lo creía.
—Henry —dije, pacientemente—, la última cosa del mundo que deseo es que
ninguna otra persona disponga de esa máquina. Después de todo, soy un asesino. No
me gustaría que otra persona retrocediera al pasado… especialmente a mi pasado.
¿Comprende?
—Sí. Alguien podría denunciarle a la policía, desde luego. Hay personas así.
—Doscientos mil dólares, Henry —dije—. Es mi última oferta.
En realidad, el dinero no me importaba. Con la máquina de Henry —si
funcionaba— podría hacer millones.
Un brillo codicioso iluminó los ojos de Henry.
—Doscientos cincuenta mil dólares —dijo—. Lo toma o lo deja.
—¡Un cuarto de millón! En fin, acepto el precio. Sin embargo, he de
convencerme de que la máquina funciona. ¿Cuándo puedo verla?
—Ya me pondré en contacto con usted —dijo Henry—. Mañana, pasado mañana,
tal vez dentro de una semana…
—¿Por qué no ahora mismo?
Henry sacudió la cabeza.
—No. Es usted muy listo, míster Reeves. Tal vez ha preparado alguna trampa
para esta noche… Prefiero fijar el momento y las condiciones por mí mismo.
No pude disuadirle de su determinación y se marchó cinco minutos después.
Al día siguiente me levanté a las siete y salí a comprar un periódico.
Verdaderamente, me había equivocado de víctima. Había matado a un tal Fred Turley.
Nunca había oído hablar de él.
Atwood y Turley regresaron juntos de la cena y se metieron en el garaje. Turley
salió por la puerta lateral mientras Atwood se quedaba detrás cerrando su automóvil.
Luego había visto su cartera de mano en el asiento trasero. Se entretuvo unos
instantes en sacarla, y al salir del garaje encontró a Turley muerto en el camino que
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conducía a la casa. Al principio creyó que su amigo había sufrido un ataque al
corazón o algo por el estilo. Al descubrir la verdad, avisó a la policía, la cual no había
encontrado ninguna pista reveladora de la posible identidad del asesino.
Me pasé toda la mañana en mi apartamento esperando que Henry me telefoneara.
Leí distraídamente el periódico media docena de veces antes de que un artículo de la
sección local llamara mi atención.
Al parecer, un incauto había comprado una máquina para fabricar dinero.
Aquella forma de timo era probablemente tan antigua como el propio papel
moneda. La víctima era abordada por un desconocido que afirmaba poseer una
máquina que fabricaba dinero. Se metía un billete de dólar en ella, se daba vuelta a la
manecilla y salía un billete de veinte dólares por el otro lado. En este caso, la víctima
había comprado la máquina por quinientos dólares: el desconocido le había dicho que
se veía obligado a venderse la máquina porque necesitaba dinero.
¡Hay que ver lo estúpida que puede ser la gente!
¿No tenía la víctima la inteligencia y la imaginación elementales para darse
cuenta de que si la máquina fabricaba realmente dinero, lo único que tenía que hacer
el desconocido para obtener quinientos dólares era darle vuelta a la manecilla
veinticinco veces y convertir veinticinco dólares en quinientos?
Sí, la gente puede ser terriblemente…
Me encontré a mí mismo leyendo de nuevo el artículo. Luego me acerqué al
mueble-bar.
Después de beberme dos whiskys, me pareció haber recobrado la cordura.
Casi había caído en la trampa de Henry. Tuve que admitir, de mala gana, que
había estado a punto de incurrir en la misma estupidez que el individuo que compró
la máquina para fabricar dinero.
Sonreí. Sin embargo, sería una divertida aventura ver la máquina para viajar a
través del tiempo de Henry… Comprobar cómo se las arreglaba Henry para tratar de
convencerme de que realmente funcionaba.
Henry llegó a mi apartamento a la una de la tarde. Parecía encontrarse bajo los
efectos de una fuerte impresión.
—Horrible —murmuró—. Horrible.
—¿A qué se refiere?
—A la matanza de Custer. —Se secó la frente con un pañuelo—. En el futuro
tendré que evitar los espectáculos de esa clase.
Contuve difícilmente la risa. Henry sabía representar su papel, desde luego.
—Y, ahora, ¿vamos a ver su máquina?
Henry asintió.
—Iremos en su automóvil —dijo—. El mío está en el taller de reparaciones.
Llevaba cosa de una milla conduciendo, cuando Henry me dijo que arrimara el
coche a la cuneta.
Miré a mi alrededor.
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—¿Vive usted por aquí? —pregunté.
—No. Pero a partir de ahora conduciré yo. Usted irá en el asiento trasero, con los
ojos vendados.
—¡Oh! ¡Vamos, Henry!
—Es absolutamente necesario, si quiere que le lleve al lugar donde se encuentra
la máquina —dijo Henry obstinadamente—. Y voy a registrarle, para asegurarme de
que no lleva usted ninguna arma.
Yo no llevaba ninguna arma, y después de cachearme, Henry me colocó una
caperuza negra que me cubría toda la cabeza, atándola a mi nuca con unos cordones.
—Le estaré observando a través del espejo retrovisor —me advirtió Henry—. Si
levanta usted las manos hacia la caperuza, no hay trato.
Maquinalmente, me encontré a mí mismo tratando de recordar las vueltas que
daba Henry con el automóvil e intentando identificar sonidos que pudieran revelarme
el lugar al cual me conducía. Sin embargo, la tarea resultaba demasiado complicada y
finalmente decidí esperar con la mayor tranquilidad posible a que el viaje llegara a su
término.
Al cabo de una hora, el automóvil se detuvo. Henry se apeó y oí lo que me
pareció ser el sonido de las puertas de un garaje al abrirse. Henry regresó al
automóvil; avanzamos cosa de quince pies, y volvimos a pararnos.
Las puertas se cerraron y oí el chasquido de un interruptor.
—Ya hemos llegado —dijo—. Voy a quitarle esa caperuza.
Tal como había supuesto, nos encontrábamos en un garaje. Pero las ventanas
habían sido cubiertas con planchas de madera y encima de nuestras cabezas ardía una
sola bombilla. En la pared de la izquierda había una recia puerta de madera de roble.
Henry sacó un revólver.
Se me ocurrió una idea horrible. ¡Qué estúpido había sido! Me había dejado atraer
ciegamente —en sentido literal y figurado— hasta aquella trampa. Y ahora, por
motivos desconocidos para mí, Henry iba a asesinarme…
—Henry —empecé—, estoy seguro de que podemos hablar más despacio del
asunto y llegar a algún…
Henry hizo oscilar el arma.
—Esto es una simple medida de precaución —dijo—. Por si se le ocurre alguna
jugarreta.
Yo estaba demasiado impresionado para que se me ocurriera nada.
Henry sacó una llave y se acercó a la puerta de madera de roble.
—Esto era un garaje para dos automóviles —explicó—, pero yo lo dividí en dos
departamentos. La máquina está ahí dentro.
Abrió la puerta y pulsó un interruptor.
La máquina para viajar a través del tiempo de Henry era tal como la había
imaginado. Un sillón metálico con varias incrustaciones de cuero, con una amplia
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chapa de aluminio detrás, y una serie de palancas, discos y botones sobre un tablero
de mandos unido a la plataforma sobre la cual descansaba el sillón.
El local carecía de ventanas y sus cuatro paredes, así como el suelo, eran de
hormigón. Los únicos orificios eran los enrejados de tres ventiladoras, situados al
nivel del hombro.
—Su máquina parece una silla eléctrica, Henry —dije, sonriendo.
—Sí —murmuró—, eso es lo que parece, ¿verdad?
Le miré fijamente. Me había parecido notar un desagradable retintín en sus
palabras. Examiné de nuevo la máquina.
—Naturalmente, quiero una demostración. ¿Cómo funciona?
—Siéntese en el sillón y le diré qué palancas hay que empujar.
El artilugio tenía una gran semejanza con una silla eléctrica. Me aclaré la
garganta.
—Se me ha ocurrido algo mejor, Henry. Supongamos que se da usted un viajecito
en la silla. Yo esperaré aquí hasta que regrese.
Henry meditó unos instantes.
—De acuerdo. Pero tendrá usted que salir de esta habitación.
«¡Ja, ja!», pensé.
—Verá, cuando la máquina se pone en marcha —explicó Henry— crea una gran
perturbación a mi alrededor. Por eso he hecho tan sólida esta habitación. He instalado
también ventiladores para que contrarresten el remolino, pero no estoy demasiado
seguro de los resultados. No tengo ni idea de lo que podría sucederle si se quedara
aquí.
Sonreí.
—¿Cree que podría resultar herido? ¿O muerto?
—Exactamente. De modo que si sale y cierra la puerta, emprenderé el viaje. Y,
otra precaución: cuando regrese, tendrá usted que volver a salir.
Me reí silenciosamente mientras salía y cerraba la puerta detrás de mí. Encendí un
cigarro y esperé, divertido.
Lo que ocurrió a continuación fue sencillamente impresionante. Primero se oyó
un zumbido, como el de un generador al ponerse en marcha. El zumbido fue
haciéndose más intenso, y luego se mezcló con el ondulante rumor de un viento
huracanado. Aumentó paulatinamente en volumen y duró alrededor de un minuto.
Luego se interrumpió bruscamente y se produjo un silencio absoluto.
Sí, pensé. Una hábil demostración. Pero tendría que ser muy buena si Henry
esperaba sacarme doscientos cincuenta mil dólares.
Abrí la puerta.
¡El local estaba vacío!
Me detuve en el umbral, con la boca abierta. ¡Imposible! La única salida de la
habitación era la puerta en la cual me encontraba, e incluso la puerta era demasiado
estrecha para que la máquina pasara por ella. ¡Y las únicas aberturas, aparte de la
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puerta, eran las rejas de los ventiladores, con una superficie de menos de dos pies
cuadrados!
Súbitamente volvió a oírse el zumbido. Unas fuertes corrientes de aire llenaron el
local. Retrocedí precipitadamente y cerré la puerta.
El ruido se hizo ensordecedor, y luego, tan bruscamente como antes, se
interrumpió.
Se abrió la puerta. Henry salió de la habitación. Detrás de él pude ver la máquina
para viajar a través del tiempo, sobre su plataforma.
Henry tenía un aire pensativo. Finalmente sacudió la cabeza.
—Cleopatra no era ni siquiera medianamente guapa.
Mi corazón palpitaba aún aceleradamente.
—Sólo ha estado ausente un par de minutos —dije.
Henry agitó una mano.
—El tiempo es algo muy relativo. En realidad, he pasado una hora en la barcaza
de Cleopatra. —Regresó al presente—. ¿Puede usted reunir doscientos cincuenta mil
dólares?
Asentí débilmente.
—Tardaré un par de semanas. —Me sequé la frente con mi pañuelo—. Henry,
tengo necesidad de hacer un viaje en esa máquina.
Henry frunció el ceño.
He estado pensando en ello, míster Reeves. No. Podría usted robarme mi invento.
—Pero, ¿cómo? ¿Acaso no tengo que regresar aquí?
—No. Podría usted retroceder al pasado y luego regresar a cualquier lugar del
mundo. Tal vez a un millar de quilómetros de aquí.
Sacó una pequeña llave inglesa de su bolsillo y empezó a desconectar una parte
del tablero de mandos.
—¿Qué está usted haciendo?
—Estoy sacando algunos transistores clave. Es mejor que los lleve encima. De
este modo, si alguien pretende robarme mi máquina, se encontrará con que no
funciona.
Henry me llevó de nuevo a mi apartamento, adoptando las mismas precauciones
que antes, y luego se marchó.
En América existe la costumbre de conservar las placas de las matrículas de los
automóviles que se han poseído. Henry no era una excepción de la regla. En la pared
del garaje tenía clavadas cuatro de aquellas placas, y yo me había aprendido de
memoria dos de ellas.
Telefoneé a Shippler.
—¿Puede usted seguirle el rastro a unas matrículas de automóvil antiguas?
—Sí, míster Reeves. Tengo varios amigos en la oficina municipal.
Le di los números.
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—El primero corresponde a una matrícula de 1958, y el segundo a otra de 1959.
Quiero el nombre y la dirección del propietario lo antes posible. Llámeme por
teléfono en cuanto tenga la información.
Me dispuse a colgar.
—¡Un momento, míster Reeves! Tenemos el informe de ayer acerca de su esposa.
¿Le importa que se lo dé por teléfono?
Me había olvidado de Diana.
—De acuerdo —dije.
—Su esposa salió del apartamento a las diez y media de la mañana. Se dirigió a
una perfumería y compró esmalte para las uñas.
—¿De qué tono? —pregunté secamente.
—Summer Rose. Luego fue a…
—¿Se encontró con alguien? —interrumpí.
—No, míster Reeves. Pero por la tarde volvió a salir. A las siete y tres minutos.
Se encontró con una mujer llamada Doris. Mi empleado dice que oyó que Doris decía
que había tenido mellizos.
Suspiré.
Luego entró en un cine y salió a las once y media.
No iba a preguntarle el título de la película…
—¿Es eso todo?
—Sí, señor. Su esposa regresó a su apartamento a las once cincuenta y seis. El
título de la película…
Colgué y me preparé un whisky con soda.
La idea de una máquina para viajar a través del tiempo era fantástica. Pero, ¿lo
era realmente? Todos sabemos que existe una cuarta dimensión. Y los futuros viajeros
del espacio tendrán que utilizar uno de esos artilugios para alcanzar planetas que son
físicamente inaccesibles de acuerdo con el actual concepto del tiempo.
Diana entró en el salón. Se estaba pintando las uñas.
—Pareces pensativo —me dijo.
—Tengo muchas cosas en que pensar.
—Supongo que no tendrán nada que ver con el hombre que estuvo aquí… Me
refiero al inventor.
Sorbí mi whisky.
Supongamos que te dijera que su máquina para viajar a través del tiempo
funciona…
Diana se absorbió en sus uñas.
—Espero que no te habrás dejado engañar…
Me di cuenta de que el frasquito de esmalte llevaba una etiqueta en la cual
destacaban las palabras Summer Rose.
—¿Por qué no puede existir una máquina para viajar a través del tiempo? —
inquirí.
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—No irás a decirme que te ha convencido…
Me puse a la defensiva.
—Quizá sí.
Diana sonrió.
—¿Cuánto te ha pedido por ella?
—¿Cuánto crees que puede valer una máquina para viajar a través del tiempo?
Diana enarcó una ceja.
Yo alcé una mano.
Vamos a suponer que existiera una cosa así. ¿Cuánto estarías dispuesta a pagar
por ella?
Diana contempló sus uñas.
—Tal vez un par de miles de dólares. Podría ser un juguete muy divertido.
Me eché a reír.
—¿Un juguete? Querida, ¿no te das cuenta de la enorme importancia de una
máquina semejante? Podrías retroceder al pasado y arrancarle todos sus secretos.
Diana levantó la mirada.
—¿Y dedicarme al chantaje, quizá?
—Mi querida Diana, no se trataría de un chantaje vulgar. Ningún secreto de la
nación estaría a salvo. Podrías vender tus servicios al gobierno…, a cualquier
gobierno…, por el dinero que quisieras. Podrías estar presente en las reuniones más
importantes de los gabinetes, penetrar en los laboratorios más aislados…
—¿Es eso lo que harías si dispusieras de una máquina semejante? ¿Utilizarla para
hacer chantaje?
Involuntariamente, me había dejado arrastrar. Sonreí.
—Sólo estaba fantaseando, querida.
Diana me dirigió una mirada especulativa.
—No cometas ninguna tontería.
—Mi querida Diana, soy el hombre más prudente del mundo.
Supuse que no tendría noticias de Shippler durante la siguiente hora y media, de
modo que me dirigí a la oficina de correos.
Encontré una carta de Spender. Expresaba su disgusto por el hecho de que hubiera
matado a Turley en vez de Atwood. Había jugado al golf muchas veces con Turley, y
le echaría de menos. Sugería también que le devolviera los quince mil dólares o
completara mi trabajo.
Shippler telefoneó a las tres y media.
—Las dos matrículas pertenecieron a la misma persona —me dijo—. Un tal
Henry Pruitt. Vive en el 2341 de la Avenida Headley.
Esperé hasta las diez de la noche y entonces saqué mi linterna, una cinta métrica y
mi manojo de llaves especiales de la caja fuerte, y fui en busca de mi automóvil.
La casa de Henry se encontraba en un barrio muy poco poblado de la ciudad: a
ambos lados de la vivienda había unos solares vacíos. Era un edificio de dos plantas,
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relativamente pequeño. Junto a la avenida había un garaje.
Aparqué mi automóvil a un centenar de pies de la casa y encendí un cigarro. A las
once, las luces de la planta baja se apagaron para encenderse poco después en el piso
alto, donde evidentemente se encontraba el dormitorio.
Diez minutos más tarde se apagaron también las luces del piso.
Esperé otra media hora antes de encaminarme al garaje. Constaba de dos
departamentos: el de la izquierda tenía las paredes de hormigón; las ventanas del de
la derecha estaban cubiertas con planchas de madera.
Medí la parte exterior del garaje, la altura, la anchura, y la longitud. Luego saqué
el manojo de llaves de mi bolsillo y, tras unas cuantas tentativas, conseguí abrir la
puerta. Entré, cerré la puerta detrás de mí y encendí mi linterna.
Sí, éste era el lugar donde había estado a primeras horas de la tarde: las cuatro
placas clavadas en la pared, la mesa llena de herramientas en un extremo, y la puerta
que conducía a la máquina para viajar a través del tiempo a la izquierda.
Encendí la luz.
La puerta de la habitación contigua estaba también cerrada, pero no me resultó
difícil abrirla.
Encendí la luz de la habitación contigua, con cierta aprensión.
Efectivamente, allí estaba. ¡La máquina para viajar a través del tiempo!
Por un instante, la idea del robo cruzó por mi mente. Pero luego recordé que
Henry tenía una parte de los mandos. Y, además, ¿cómo iba a sacarla de la
habitación? La puerta era demasiado pequeña.
Y, a propósito, ¿cómo había conseguido Henry meter la máquina en la
habitación?
Reflexioné, y llegué a la conclusión de que Henry debió introducirla allí a piezas
para montarla luego.
Lo que realmente me preocupaba era saber cómo se las había arreglado Henry
para sacar la máquina de la habitación, a primeras horas de la tarde.
Eso era lo que tenía que descubrir, antes que nada.
Empecé por examinar las paredes. Las cuatro eran de hormigón y completamente
macizas. Tomé medidas de la habitación y de toda la parte interior del garaje. Mis
cálculos demostraron que no había ningún compartimiento secreto, ningún hueco.
Examiné cuidadosamente las rejas de los ventiladores. Traté de aflojarlas, pero
estaban muy bien atornilladas a la pared. No podían ser quitadas sin invertir en la
operación bastante tiempo y cierto esfuerzo. Examiné el suelo. Era de compacto
hormigón.
Había otra posibilidad. El techo. Tal vez Henry tenía allí un juego de poleas que
levantaban la máquina hasta alguna abertura del techo.
Fui al otro local en busca de una escalera de mano y revisé minuciosamente el
techo, pulgada a pulgada, sin encontrar la menor grieta que pudiera señalar el acceso
a algún compartimiento secreto.
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Bajé de la escalera y descubrí que estaba temblando.
En aquel local no había ninguna salida para la máquina. Ninguna.
¡Excepto a través de la propia máquina!
Tardé diez minutos en recobrar el dominio de mí mismo, al menos en parte.
Apagué las luces y cerré las dos puertas detrás de mí.
A la mañana siguiente empecé a convertir mi capital en dinero efectivo.
Shippler llamó por la tarde con su informe diario.
—Mistress Reeves salió del apartamento a las dos de la tarde. Se dirigió a casa de
su amiga Doris, donde estuvo jugando a cartas. El apellido de la tal Doris es Weaver.
Los mellizos se llaman…
—¿Cree usted que me importan los nombres de esos condenados mellizos? —
rugí.
—Lo siento. Su esposa salió de la casa de mistress Weaver a las seis y media. Se
detuvo en el supermercado y compró cuatro chuletas de cordero, dos libras de…
—Sé perfectamente lo que cenamos anoche —volví a interrumpirle—. Ahora,
dígame, ¿tiene usted algo importante que decirme?
—Nada realmente importante, supongo.
—Entonces, envíeme la cuenta. No voy a necesitarle más.
—De acuerdo —dijo Shippler—. En caso necesario, ya sabe dónde estamos. Y,
felicidades.
—¿Felicidades? ¿Por qué?
—Bueno… por la fidelidad de su esposa… esta vez.
Colgué el receptor.
No. No iba a necesitar más a Shippler. Si quería descubrir algo acerca de Diana,
pronto me encontraría en condiciones de hacerlo por mí mismo.
Pensé en Henry. Indudablemente, podía construir otra máquina para viajar a
través del tiempo, pero yo no se lo permitiría. Para que mis proyectos resultaran
eficaces, era indispensable que yo ejerciera un monopolio. Ya me ocuparía de Henry
en cuanto poseyera la máquina.
A finales de aquella semana tenía los doscientos cincuenta mil dólares en dinero
efectivo. Me sentí tentado de telefonear a Henry, pero temí que desapareciera si se
enteraba de que había descubierto su identidad.
Transcurrieron tres interminables días antes de que Henry se presentara en mi
apartamento.
Le hice entrar rápidamente.
—Ya tengo el dinero —le dije—. Todo.
Henry se rascó una oreja.
—En realidad, no sé si debo venderle la máquina.
Le miré fríamente.
—Doscientos cincuenta mil dólares. Es todo el dinero que tengo. No pagaré ni un
centavo más.
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—No se trata del dinero. Me duele desprenderme de la máquina. ¿Qué voy a
hacer sin ella?
Abrí la cartera de mano.
—Mírelos, Henry. Doscientos cincuenta mil dólares. ¿Sabe lo que puede comprar
con ese dinero? Puede usted construir docenas de máquinas. Puede construirlas con
láminas de oro y adornarlas con piedras preciosas.
Henry continuaba vacilando.
—¡Henry! —exclamé—. Hemos hecho un trato, ¿no es cierto? No puede usted
volverse atrás.
Henry acabó por suspirar.
—Supongo que no. Pero sigo creyendo que estoy cometiendo un error.
Me froté las manos.
—Bueno, en marcha. Iremos en mi automóvil. Puede usted vendarme los ojos,
como la vez anterior.
—Ahora no creo que sea necesario —dijo Henry—. En cuanto usted tenga la
máquina, podrá descubrir quién soy y dónde vivo.
Era cierto.
El viaje hasta el garaje de Henry pareció interminable, pero al fin llegamos.
Henry sacó las llaves y abrió la puerta de madera de roble. Pulsó el interruptor.
La máquina estaba allí. Hermosa. Brillante. Y ahora era mía.
Henry sacó de su bolsillo las piezas que se había llevado y volvió a colocarlas en
el tablero de mandos. Luego me entregó una cuartilla mecanografiada.
—Aquí están las instrucciones. No pierda este papel. Será mejor que se aprenda
las instrucciones de memoria. En caso contrario, podría encontrarse en un atolladero
en el momento menos pensado.
Cogí la cuartilla.
—Es posible que no acierte con la fecha exacta que desee al primer intento —
continuó Henry—. Los calendarios han sufrido diversos cambios, y, además, la
Historia está llena de errores en lo que respecta a las fechas. Cuando se encuentre en
un caso de esos, sintonice lentamente a derecha e izquierda, hasta encontrar el
punto…
—¡Déjese de monsergas y márchese de una vez! —estallé—. ¡Puedo leer esas
instrucciones como el primero!
Henry pareció ligeramente molesto, pero salió de la habitación y cerró la puerta.
Me senté en el sillón y leí las instrucciones. Eran absurdamente sencillas. Pero
volví a leerlas antes de meterme la cuartilla en el bolsillo.
Bueno, ¿adónde iría ahora?
Sí. Ya estaba. A la fiesta de Nochevieja de los Lowell. Diana había desaparecido a
las diez y media, y no volvería a verla hasta las dos de la mañana del día de Año
Nuevo.
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Ajusté los controles del tiempo. No sabía exactamente a qué distancia se
encontraba la mansión de los Lowell, pero haría girar lentamente el mando del
sintonizador de distancias hasta localizarla.
Vacilé un instante, respiré profundamente y luego pulsé el botón rojo.
Esperé.
No ocurrió nada.
Fruncí el ceño y volví a pulsar el botón.
Nada.
Saqué la cuartilla de mi bolsillo y releí febrilmente las instrucciones. No había
cometido ningún error.
¡Y entonces caí en la cuenta! ¡Todo había sido un timo!
Salté del sillón y corrí hacia la puerta.
Estaba cerrada.
Golpeé la madera con los puños y llamé a Henry. Grité y maldije hasta
enronquecer.
La puerta continuó cerrada.
Conseguí recobrar cierto dominio de mí mismo. Me acerqué a la máquina y
arranqué una pieza del sillón. Era de aluminio y sumamente maleable, y tardé más de
tres cuartos de hora en destornillar las bisagras de la puerta.
En el suelo, al otro lado de la puerta, había un sobre.
Lo abrí. Las cuartillas escritas a máquina iban dirigidas a mí desde luego:
Mi querido míster Reeves:
Sí, ha sido usted víctima de un timo. No existe ninguna máquina para
viajar a través del tiempo.
Supongo que podría haberme largado y dejar que enloqueciera usted
buscando una explicación, pero no voy a hacerlo. Me siento muy orgulloso
de mi pequeño proyecto, y espero que sabrá usted apreciarlo en lo que vale.
¿Cómo conseguí enterarme de aquellos interesantes detalles acerca de
sus cuatro últimos asesinatos?
Yo estaba allí.
No en una máquina para viajar a través del tiempo, desde luego.
No cabe duda de que sabe usted perfectamente que Diana no se sintió
atraída por su encanto, ni por sus modales. Diana se casó con usted por su
dinero.
Usted le sugirió que tenía mucho, pero sin especificar la extensión ni la
fuente de su riqueza. Y esa reticencia tenía que despertar forzosamente la
curiosidad de una mujer. Especialmente de una mujer como Diana.
De modo que Diana decidió hacerle espiar y contrató los servicios de una
agencia de detectives. La Agencia Shippler. Muy eficiente, por cierto.
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Tuvo usted la suerte de que durante aquel período —una semana,
aproximadamente— no le encargaran ninguno de sus trabajitos. Pero Diana
se fijó en un detalle repetido en todos los informes de la agencia.
Los detalles son muy importantes.
Todos los días se dirigía usted a la oficina de correos y retiraba la
correspondencia de un apartado.
Ahora bien, «¿por qué necesitaba usted un apartado?», se preguntó
Diana. Después de todo, tenía usted un hogar al cual hacerse enviar la
correspondencia normal. De modo que aquélla no podía ser una
correspondencia normal.
Para Diana fue un juego de chiquillos sacar un molde de la llave del
buzón mientras usted dormía y hacerse confeccionar otra para su uso
particular.
Cada mañana (usted iba allí por la tarde), Diana se dirigía a la oficina de
correos y abría su buzón. Cuando encontraba una carta, la abría al vapor, leía
el contenido y volvía a depositarla en el buzón con tiempo suficiente para
que usted pudiera recogerla el mismo día.
Y así fue cómo se enteró de los detalles de sus negociaciones para
cometer mi asesinato. Y eso hizo posible que yo me encontrara en los lugares
donde iban a ser cometidos los crímenes, convenientemente oculto.
Sí, Diana y yo nos conocíamos desde hacía bastante tiempo y nos
encontrábamos de cuando en cuando, discretamente, muy discretamente.
Diana recordaba la repentina desaparición de un tal Terence Reilly. Y
últimamente, teniendo en cuenta que estábamos a punto de entrar en
posesión de doscientos cincuenta mil dólares y no queríamos que el plan se
estropeara, llevábamos más de un mes sin vernos.
El plan primitivo había sido únicamente el de hacerle víctima de un
chantaje. Pero, dada su profesión, me hubiera expuesto a un desagradable
tropiezo el día menos pensado.
Así que decidimos dar un solo golpe y hacernos de una vez con todo su
dinero.
Cuando usted lea esta carta, Diana y yo estaremos ya muy lejos. El
mundo es un lugar muy amplio, míster Reeves, y no creo que usted nos
encuentre. A menos de que disponga de una máquina para viajar a través del
tiempo.
¿Cómo me las arreglé para hacerle creer en mi desaparición a bordo de la
máquina del tiempo?
Fue un plan muy minucioso, míster Reeves, pero con la perspectiva de
un cuarto de millón de dólares como premio uno puede permitirse el ser
minucioso.
[Link] - Página 79
Hace diez días, cuando me dejó usted sólo en mi máquina para viajar a
través del tiempo, puse en marcha dos aparatos ocultos en el techo del garaje.
Uno de ellos creaba ruido y el otro creaba viento.
Y luego plegué rápidamente la máquina para viajar a través del tiempo.
Sin duda habrá usted observado ya que es sumamente ligera. Y si se
molesta en examinarla cuidadosamente, descubrirá que está provista de
varias bisagras que permiten plegarla con relativa facilidad.
A continuación saqué la reja de uno de los «ventiladores», metí la
máquina plegada por la abertura y me introduje yo mismo por ella hasta un
cuartito situado al otro lado de la pared.
Le vi entrar en la habitación, míster Reeves, y le concedí medio minuto
para que se asombrara a sus anchas. Luego puse de nuevo en marcha los
aparatos que creaban el ruido y el viento. No me interesaba que se recobrara
usted lo bastante como para examinar más a fondo la habitación.
Cuando usted salió, me limité a salir de mi escondite y a montar de
nuevo la máquina.
Ingenioso, ¿no cree?
Pero, ¿dice usted que es imposible? ¿Que no hay en la habitación un
lugar donde pudiera ocultarme y ocultar la máquina… incluso plegada?
¿La habitación es completamente maciza? ¿La ha examinado usted
minuciosamente y apostaría la vida a que es así?
Tiene usted razón, míster Reeves. Aquí no hay ningún lugar donde
ocultarse. La habitación es maciza.
Lo que ocurre es que hay dos garajes.
El primero, al cual le llevé con los ojos vendados, se encuentra a varias
millas de aquí. Me costó mucho conseguir que me lo construyeran
exactamente igual que éste, y lo dispuse todo para que pareciera el mismo.
De modo que los dos garajes son idénticos…, con algunas excepciones.
El local destinado a contener la máquina para viajar a través del tiempo es un
poco más pequeño en uno de ellos, a fin de que quedara un espacio para
ocultarme y ocultar la máquina en el hueco de una de las paredes.
Después de dejarle en su apartamento, regresé al garaje, cargué con la
máquina, me llevé las placas de las matrículas y las traje aquí.
¿Las placas de las matrículas?
Es usted un hombre listo, míster Reeves. Di eso por sentado y pensé que
tenía que aprovecharme de ello. Las clavé en un lugar visible, con la
esperanza de que usted las viera y las utilizara para localizar mi identidad y
mi dirección.
Quería que examinara usted este garaje. Quería que se convenciera de
que la máquina para viajar a través del tiempo tenía que ser auténtica. Yo me
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encontraba en un solar contiguo, espiándole, después de haber apagado las
luces de mi casa.
Desde luego, yo no soy Henry Pruitt. Las placas de las matrículas
pertenecían al anterior inquilino de la casa.
Sin embargo, a efectos de esta carta, prefiero conservar esa identidad.
Sinceramente suyo,
HENRY PRUITT.
Rompí la carta a pedacitos y cogí un martillo de la mesa de las herramientas.
Mientras aplastaba la máquina para viajar a través del tiempo, no pude evitar el
horrible pensamiento de que tal vez alguien, en una verdadera máquina para viajar a
través del tiempo, podría encontrarse en aquel preciso instante dentro de local,
contemplándome.
Y riéndose de mí.
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ASESINO A SUELDO
José M.ª Aroca
El hombre del traje blanco se deslizó furtivamente en el café «Las Dos Rosas». Sus
ojos castaños se pasearon rápidamente sobre los ocupantes de las pequeñas mesas,
para detenerse finalmente en un hombre robusto, que llevaba una chaqueta deportiva
y unos pantalones de franela gris, y estaba sentado frente a una mesa algo apartada de
las demás. El hombre del traje blanco cruzó el café como un gato moviéndose a lo
largo de un tejado y se dejó caer en la silla vacía.
El hombre robusto levantó los ojos de su periódico.
—Hola. ¿Qué desea?
El hombre del traje blanco se inclinó hacia adelante y susurró:
—Ha sido usted puntual, míster Parker.
El hombre robusto sorbió su aperitivo y estudió al intruso.
—¿De modo que sabe quién soy?
—Sí, señor. He visto su fotografía. Yo soy Pedro.
—En Santacruz hay centenares de Pedros.
—Pero yo vengo de parte de Carbajal.
—¿Y qué significa eso?
Pedro sonrió nerviosamente.
—Comprendo sus precauciones, míster Parker. Pero puede confiar en mí. Todo
está arreglado. Le hemos reservado una habitación en el Hotel Miramar de la calle
Callao. Está situada en el último piso. El presidente irá en el primer carruaje con
Carbajal. Llevará un uniforme blanco y estará sentado en la parte de la derecha.
Carbajal se sentará a la izquierda. Recuérdelo bien, míster Parker.
El hombre robusto pareció encontrar muy divertidos aquellos detalles.
—Lo recordaré, Pedro. No debo cometer un error, ¿verdad? Pero, supongamos
que llueve y que utilizan un coche cerrado. O que al cochero le da por variar de ruta.
—No lo hará, tranquilícese. Desde la ventana de su habitación verá usted
perfectamente la cabeza y los hombros del presidente. Es un tiro fácil. Y en Santacruz
no ha llovido en julio desde hace veinte años. ¿Por qué iba a hacerlo mañana?
El hombre robusto miró a su interlocutor con un malicioso brillo en sus ojos
azules.
—Si es tan fácil, ¿por qué no lo hace usted mismo?
Pedro quedó sorprendido y dolido al mismo tiempo.
—Yo tengo que estar en la procesión con Carbajal. Todos nuestros amigos tienen
que estar allí, para ser vistos y recordados cuando suceda la cosa, a fin de que nadie
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pueda acusarnos. Tenga usted mucho cuidado, míster Parker. Márchese
inmediatamente. En el hotel hay una puerta que da a la Avenida de los Mártires.
Salga por ella. No podríamos ayudarle, y no queremos volver a verle, ¿entiende?
Pero, por favor, míster Parker, no se deje coger. Si le detienen, la policía le hará
hablar.
—No se preocupe, Pedro. No me cogerán. Pero, ¿no olvida usted algo?
Pedro sacó un abultado sobre del bolsillo interior de su americana y lo depositó
sobre la mesa.
—Aquí está la suma convenida, míster Parker: 50.000 pesos, en billetes de mil.
Pedro se asombró al ver que el hombre robusto cogía el sobre y lo introducía
descuidadamente en uno de sus bolsillos.
—¿No cuenta usted el dinero?
—No. Si me engaña, pasaremos cuentas más tarde.
Los ojos azules se inclinaron hacia el estuche de madera colocado de pie junto a
la mesa. Pedro siguió la dirección de aquella mirada.
—¿Es eso el rifle? —inquirió.
El otro asintió.
—¿Puedo verlo?
—Demasiado peligroso, Pedro. Aquí hay mucha gente.
Pedro asintió lentamente y luego frunció el ceño.
—¿Cómo se las ha arreglado para pasarlo por la aduana?
El hombre robusto apuró el contenido de su vaso antes de contestar.
—Dígame, Pedro, ¿cómo se gana usted la vida? ¿Cómo alimenta a su esposa y a
sus hijos? Porque supongo que tiene usted esposa e hijos…
El rostro de Pedro se iluminó.
—¡Oh, sí! Seis. Y uno en camino. Fabrico cigarros y los vendo por todo el
mundo.
—¿He tratado yo de decirle cómo debe manejar su negocio?
El tono era frío y cortante.
La sonrisa de Pedro se desvaneció y sus ojos se contrajeron. Luego, la sonrisa
volvió a aflorar lentamente a su rostro.
—¡Oh! Comprendo. No quiere usted hablar del rifle Secreto profesional, ¿eh?
—Exactamente. Ahora, creo que será mejor que se vaya. Yo esperaré unos
minutos. No conviene que nos vean salir juntos. Iré directamente al hotel, y me
quedaré allí hasta que el trabajo quede terminado.
Pedro asintió:
—Adiós, míster Parker. Buena suerte.
Y salió del café tan rápida y silenciosamente como había entrado en él.
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A las once de la mañana del día siguiente, el Presidente apareció en la escalinata del
antiguo Palacio Real. Su mano izquierda descansaba sobre el pomo de su espada.
Llevaba el brazo derecho en cabestrillo. De cuando en cuando, agitaba su mano libre
a la excitada multitud que se agolpaba contra las verjas del palacio. Y la multitud
agitaba sus manos y profería gritos de entusiasmo. Una multitud feliz, bulliciosa
dispuesta a celebrar alegremente el aniversario de la República.
El Presidente se volvió hacia su ayuda de campo.
—Ahí llegan. Vamos a bajar.
Descendieron la amplia escalinata y cruzaron el patio. En las verjas, los soldados
de la República empujaban y contenían a la multitud a fin de mantener un pasillo
abierto para los dos hombres. Una niña se deslizó por entre las piernas de un soldado
y se detuvo ante el presidente, con una expresión de curiosidad en sus grandes ojos
infantiles. Sonriendo, el Presidente levantó a la niña del suelo con su brazo izquierdo
y besó su sucia mejilla. La multitud rió y aplaudió mientras el Presidente pasaba a la
niña a los extendidos brazos de su madre.
—¿Te das cuenta, Esteban? —le dijo a su compañero—. No son más que
chiquillos. Muéstrate amable con los pequeños, y te darán lo que les pidas.
En aquel momento desfilaban ante ellos las fuerzas de caballería, saludando con
los sables en alto. Luego, llegó el carruaje del Presidente. Carbajal se apeó. Era un
hombre alto, calvo, embutido en un blanco uniforme. La sonrisa que asomó a sus
labios mientras se acercaba al Presidente, se borró al ver el brazo en cabestrillo.
—¿Está usted herido, Excelencia? ¿Qué ha sucedido?
El Presidente se echó a reír.
—No es nada, Manuel. Me he dislocado el hombro, sencillamente. No es la
primera vez que me pasa.
Carbajal parecía sumamente preocupado.
—¿Cómo ha sido?
—La yegua blanca. Esta mañana quise montaría, y me derribó. Ningún caballo
me había tirado al suelo desde que tenía doce años. Tendremos que cambiar de
asiento en el carruaje, Carbajal. Yo me sentaré a la izquierda, a fin de poder saludar a
la gente.
Se volvió a decirle algo a su ayuda de campo, de modo que no vio la expresión de
Carbajal mirando el carruaje como si fuera un animal salvaje a punto de saltar.
El Presidente terminó de hablar con su ayuda de campo y se encaró con el primer
ministro.
—¿Qué le pasa, Manuel? ¿Está enfermo? Tiene usted un aspecto muy raro.
Carbajal se obligó a sí mismo a sonreír, y el esfuerzo sólo sirvió para acentuar la
expresión asustada de sus ojos.
—Estaba pensando en usted, Excelencia, y en lo que podía haber ocurrido. No
debe usted montar la yegua blanca. Es demasiado nerviosa. Creo que sería preferible
aplazar la visita a la catedral hasta que se haya repuesto usted de la caída.
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El general Ramón Castillo Manuel de Rosas estalló en una carcajada.
—¿Y decepcionar a todos esos leales ciudadanos? ¿Y a su eminencia el cardenal?
¡Oh, no! Le aseguro que me encuentro perfectamente. Me duele el hombro, es cierto,
pero eso no es nada para un viejo soldado. Vamos, amigo mío. No debemos hacer
esperar al cardenal.
Carbajal continuó sin moverse y el Presidente añadió, en tono afable:
—Usted primero, Manuel.
Resistiendo a la presión del brazo del Presidente, Carbajal balbució:
—No vaya a la catedral, Excelencia. Espere hasta que se haya repuesto del todo.
Permítame que vaya yo y le presente disculpas al cardenal en su nombre.
—Tonterías, Manuel. Le agradezco la preocupación que demuestra por mí, pero
le aseguro que me encuentro en perfectas condiciones. El médico me ha dado unas
pastillas, por si se reprodujeran los dolores. Vamos…
Presionado por el brazo del Presidente, Carbajal subió al carruaje, mientras la
multitud acogía con alborozo aquella muestra de afecto entre los dos hombres.
El Presidente se instaló al lado de Carbajal y la comitiva se puso en marcha.
En la calle del Corregidor, Juan Zapata, que contemplaba el paso de la comitiva
desde el umbral de su taberna, le dijo a su joven esposa:
—Ese Carbajal tiene una cara fúnebre. Parece que vaya a un entierro.
Pero su esposa no le oyó, ocupada como estaba en agitar frenéticamente los
brazos en dirección al carruaje presidencial.
En el interior del coche, el Presidente se volvió hacia Carbajal.
—En nuestra ciudad tenemos unas mujeres muy guapas, Manuel —dijo—.
Lástima que no tengamos ocasión de verlas más a menudo… Es la cuarta vez que
recorro este trayecto. Ninguno de mis predecesores duró tanto tiempo. ¿Se acuerda de
Rojas? Le apuñaló un estudiante en este mismo carruaje. ¿Y Marcial? Despedazado
por una bomba en la Avenida de Mayo. ¿Y el pobre Romero? Ahogado en el canal.
Era un excelente nadador. Pero sus manos estaban atadas, y de sus pies colgaba un
trozo de verja del parque. Tal vez en este preciso instante alguien está apostado en
una de esas ventanas, dispuesto a disparar contra nosotros. Ser Presidente tiene sus
desventajas, Manuel. Tengo que permanecer sentado, y sonreír, y esperar que no
suceda lo peor. Lo mismo que usted.
Miró a su compañero.
—¡Sonría, hombre, sonría! Me está dejando todo el trabajo. Salude a la gente.
Tenemos que conservar nuestra popularidad, Manuel. Si la perdemos, lo habremos
perdido todo.
Mientras hablaba, estallaron varios cohetes, provocando cierta confusión entre los
caballos de la escolta e incluso entre los que tiraban del carruaje. Los alardes
pirotécnicos habían sido rigurosamente prohibidos por el jefe de policía. Pero el jefe
de policía no era un personaje popular, y los turbulentos ciudadanos de Santacruz
habían interpretado la orden a su manera.
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Carbajal pareció asustarse más que los propios caballos ante el estampido de los
cohetes y se agarró al brazo del Presidente.
—Si continúa eso, Excelencia, los caballos se desbocarán. Sería preferible que
nos desviáramos hacia la Avenida de los Mártires. Iremos más aprisa, y
despistaremos a la multitud.
El Presidente reflexionó unos instantes y acabó asintiendo.
—Sí, Manuel, es una buena idea.
Llamó al jinete que cabalgaba junto al carruaje y le gritó:
—Dígale al coronel Martínez que se desvíe hacia la Avenida de los Mártires, en
vez de pasar por la calle Callao. Vamos con un poco de retraso y el otro camino será
más rápido.
El hombre saludó y picó espuelas a su caballo para ir a cumplir la orden.
El cambio de ruta ejerció un efecto tranquilizador en Carbajal. Dejó de
estremecerse y de brincar nerviosamente ante el estampido de los cohetes, y dedicó
más interés a la gente alineada en las aceras, saludándola con más entusiasmo del que
había mostrado hasta entonces.
El Presidente le contempló con una sonrisa en los labios.
—Eso está mucho mejor, Manuel. Así me gusta. Tenía usted un aspecto realmente
fúnebre.
Carbajal le devolvió la sonrisa.
—Estaba cansado, Excelencia. La noche pasada apenas pegué un ojo. Ya sabe que
padezco de insomnio. Y, para acabar de arreglar las cosas, ese desdichado accidente
de la yegua… No debe usted arriesgarse de ese modo, general. Suponga que hubiera
sido el cuello, en vez del hombro…
El Presidente palmeó afectuosamente la rodilla de su compañero.
—No sé lo que haría sin usted, Carbajal. Tengo a mi alrededor muy pocas
personas en las cuales pueda confiar. Usted es una de ellas. Sí, tiene razón, no debo
arriesgarme. Mi vida pertenece a la República, y no a mí mismo.
Súbitamente, Carbajal se irguió en su asiento, muy rígido, con los ojos
desorbitados. Volvió a agarrarse al brazo del Presidente.
—Esto no es la Avenida de los Mártires, Excelencia. Ese imbécil de Martínez no
ha cumplido su orden. —Sacudió el brazo herido, pero el Presidente no dio la menor
muestra de dolor—. ¡Detenga el carruaje! ¡Deténgalo, antes de que sea demasiado
tarde!
El Presidente dijo, en tono severo:
—Haga el favor de dominarse, Manuel. La cosa no tiene importancia. Martínez
habrá entendido mal mi orden, sencillamente. No hay por qué ponerse así. A su edad,
no le conviene excitarse tanto.
Carbajal no le escuchaba. Tenía los ojos clavados en las ventanas del piso alto de
un hotel. Respiraba trabajosamente, y sus dedos se habían engarfiado en el asiento de
cuero del carruaje. En aquel momento estalló un cohete, muy cerca. Carbajal lanzó un
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grito y se llevó las manos al cuello, como si le faltara aire para respirar. Luego se
desplomó sobre las rodillas del Presidente.
Aquella misma tarde, el Presidente se despedía de un amigo en la estación del
ferrocarril. El brazo derecho no parecía dolerle lo más mínimo cuando respondió al
vigoroso apretón de manos del hombre vestido con una chaqueta deportiva y unos
pantalones de franela gris.
—Bueno, míster Stevens, hasta la vista. Permítame que le exprese una vez más
mi agradecimiento por haberme advertido de lo que tramaba Carbajal. Me gustaría
poder hacer algo más por usted.
John Stevens sonrió.
—Cincuenta mil pesos no son una suma desdeñable, general. Y yo no podía
quedarme con los brazos cruzados sabiendo que iban a asesinarle a usted. Pero,
todavía no me ha dicho lo que ha sucedido con el verdadero Charles Parker.
—Mis hombres le detuvieron en el café, media hora después de que usted saliera
de él. Estaba reclamado por la policía argentina, y se lo hemos entregado. A pesar de
todo, lamento lo de Carbajal. Era un hombre listo y le echaré de menos. No me
proponía matarle, desde luego. Sólo quería darle un buen susto. Pero me olvidé de lo
débil que tenía el corazón.
—Usted no le mató, general —dijo Stevens—. Su imaginación y su conciencia se
encargaron de ello. Estaba mortalmente asustado, pensando en una ventana del último
piso del Hotel Miramar y en un asesino a sueldo…, que resultó ser un viajante de
comercio con un estuche de madera, lleno de bisutería. Adiós, Excelencia. No
ocuparía su puesto por todo el café de Sudamérica.
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EL JOYERO CHINO
José M.ª Aroca
Me encontraba en Inglaterra, perfeccionando mi inglés.
Como es natural, no desaprovechaba ninguna oportunidad de entablar
conversación con las personas que el azar ponía junto a mí en un restaurante, en un
banco de un parque público o en la sala de espera de una estación de ferrocarril. En
una de estas últimas conocí al hombre de los guantes. Los guantes fueron lo primero
que me llamó la atención en él. Estábamos en pleno verano, y no es corriente ver a un
hombre, en tal época del año, con las manos enfundadas en unos gruesos guantes de
piel. Además, me intrigó su modo de mirar a sus propias manos, como si debajo de
aquellos guantes se ocultara un horrible secreto. El anciano —puesto que se trataba
de un anciano, con el pelo completamente blanco— estaba sentado en un rincón de la
sala de espera. Mi inexperiencia en el manejo de las guías de ferrocarriles inglesas me
había hecho confundir un tren con otro, y ahora debía aguardar más de una hora el
que me correspondía tomar. Decidí sentarme al lado del anciano. Con un poco de
suerte, la hora de espera podría resultarme provechosa.
No me costó demasiado romper el hielo. Tuve la impresión de que el anciano
acogía mi llegada con agrado, especialmente cuando le informé de mi condición de
extranjero y de escritor.
—¿Qué temas toca usted en sus obras? —inquirió.
—Bueno, en realidad no puedo hablar todavía de mis «obras» —dije—. Pero me
apasiona la literatura de misterio, a la cual me niego a reconocer la categoría de «sub-
género». Ustedes, los ingleses, tienen a verdaderos maestros en esa especialidad.
—Sí —admitió—. Tal vez porque nuestro país, con sus brumas, sus castillos
poblados de fantasmas y el tono gris de su atmósfera se presta a ese tipo de fantasías.
Usted viene del país del sol; y el sol derrite a los fantasmas. En España no se concibe
a un Jack el Destripador, a un Christie… Aquí, en cambio… ¿Qué pensaría usted si le
dijera que yo mismo he sido protagonista involuntario de una espantosa historia, que
supera en horror a las más descabelladas invenciones literarias?
Le miré, asombrado. Hasta entonces me había parecido un hombre normal, pese a
las furtivas miradas que seguía dirigiendo a sus enguantadas manos. Bueno, tal vez se
tratara de algún inofensivo maniaco. A cierta edad, ya se sabe…
—Sí, amigo mío —continuó el anciano—. Una historia espantosa, como podrá
juzgar por sí mismo…
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—Hace muchos años, cuando yo era joven y vivía en un barrio de Londres, llegó a mi
poder un joyero chino, de laca. Lo adquirí en una subasta, no porque sintiera un gran
deseo de poseerlo, sino sencillamente porque me pareció que era muy barato.
Cuando llegué a casa lo coloqué encima de una mesa y lo contemplé con
admiración, ya que era un objeto muy bello, desde luego. Medía unos veinte
centímetros de largo, por diez de ancho y doce de profundidad. Su superficie, excepto
en la parte superior, era completamente negra, lisa y pulida como la hebilla del
correaje de un granadero.
En la tapadera había el retrato de un chino muy alto, vestido de negro. En su
mano derecha empuñaba una espada, levantada por encima del hombro, como si se
dispusiera a descargarla sobre un enemigo.
El retrato era de un asombroso realismo, hasta el punto de que el implacable odio
reflejado en el rostro del chino me produjo una desagradable sensación de malestar.
Era un rostro malvado, y a través de la pericia del artista que lo había pintado
continuaba vivo, después de un sinnúmero de años, encerrado dentro de la laca como
un animal conservado en hielo.
Me resultó imposible abrir la caja. Estaba cerrada, y el empleado de la sala de
subastas me había dicho que la llave se había perdido. Tal vez por eso era tan bajo el
precio del joyero.
Lo levanté para examinar la cerradura, y capté un leve ruido, como si algo se
moviera en el interior de la caja. Aquello me intrigó, y decidí hacer abrir el joyero
para ver lo que había dentro.
Un cerrajero se encargó de abrirlo. La cerradura quedó estropeada, pero olvidé
inmediatamente el desperfecto al levantar la tapa, ya que allí, mirándome fijamente,
había dos ojos negrísimos, muy pequeños, pero muy brillantes, parecidos a los ojos
de abalorio de una muñeca de trapo, pero infinitamente más vivos.
Los ojos estaban encajados en un arrugado rostro amarillento, el cual parecía
hecho de auténtica piel humana. Metí un dedo en el joyero y toqué una mejilla; lo
saqué en seguida, extrañamente impresionado. Fue como si me hubiera tomado la
libertad de palpar la cara de un hombre sin su permiso.
Detrás de mí resonó una exclamación de asombro, y al volverme vi a mistress
Flood, la mujer que cuidaba de mi apartamento, inclinada sobre mi hombro.
—¿Qué es eso, míster Collins? —inquirió, en tono asombrado—. ¿Una momia en
miniatura?
Porque aquella cabeza desde la cual me miraban torvamente los negros ojos
estaba instalada sobre un cuerpo diminuto, el cual, a pesar de que su tamaño no era
mayor que el de un cigarro, tenía unas proporciones que encajaban perfectamente con
el pequeño rostro amarillo. El muñeco llevaba una especie de túnica de seda negra
como las que yo había visto más de una vez en retratos de chinos de elevado rango,
con unos pantalones, también de seda negra, asomando por debajo de la túnica y
encima de unos zapatos diminutos. De su cintura pendía una vaina en miniatura fijada
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con microscópicos rubíes y de la cual sobresalía la empuñadura de una espada. Cogí
la empuñadura con la punta de dos dedos y la espada salió fácilmente de la vaina.
Tenía el tamaño de un mondadientes y la hoja estaba muy afilada.
Volví a introducirla en la vaina y contemplé de nuevo el retrato de la tapa,
comparándolo con la diminuta figura del interior. No cabía duda: eran idénticos.
—¿Qué es eso? —volvió a preguntar mistress Flood—. ¿Una muñeca?
Superando cierta aversión, tomé una de las manos del pequeño ser entre mis
dedos. Era lisa y bien formada, y pude sentir los huesos, como tensos alambres, bajo
la piel. Los delicados dedos podían ser movidos independientemente unos de otros, y
al extremo de cada uno de ellos había una uña larga y puntiaguda.
—Si eso es una muñeca, mistress Flood, el que la hizo debía de ser un genio.
En el reverso de la tapa había pintados algunos caracteres chinos. Aparte del
muñeco —o lo que fuera—, el joyero estaba vacío. Ya he dicho que la cerradura
quedó estropeada, de modo que no pude volver a cerrar la caja. No tenía importancia:
cerrada o no, nadie iba a robar el muñeco.
Aquella noche estuve cenando en casa de unos amigos y llegué a mi apartamento
a primeras horas de la madrugada. Nada más entrar, me sorprendió oír unos extraños
sonidos procedentes de la habitación donde había dejado el joyero chino. Intrigado,
abrí la puerta de aquella estancia, rasqué un fósforo y encendí el gas. Inmediatamente
localicé la causa del ruido: la ventana estaba abierta de par en par, y una leve brisa
agitaba las cortinillas. Los plomos que mantenían tensas las cortinillas, al chocar
contra el antepecho de la ventana, producían los intrigantes sonidos.
Cerré la ventana. Al volverme, mi mirada cayó sobre el joyero chino, colocado
encima de una mesita. Con cierta sorpresa, vi que estaba abierto. Miré en su interior y
descubrí que estaba vacío. El muñeco había desaparecido.
A la mañana siguiente me levanté tarde y lo primero que hice fue ir a mirar el
joyero. Continuaba sobre la mesa, pero ahora volvía a estar cerrado. Lo abrí: el
muñeco estaba allí, mirándome fijamente con sus malévolos ojos negros.
Cerrando la caja con cierta precipitación, observé un extraño detalle en el retrato
de la tapa: la punta de la espada que el chino blandía estaba cubierta con una
diminuta mancha roja. Desde luego, razoné, la mancha debía estar ya allí el día
anterior; no podía haber sido añadida a través de la laca protectora; pero resultaba
sorprendente que no me hubiera fijado antes en ella, ya que era muy visible.
Llamé a mistress Flood y la interrogué a propósito del muñeco.
—¿Se lo llevó usted a casa para enseñárselo a su marido?
Mistress Flood se irguió, indignada.
—¡No tocaría eso por nada del mundo, míster Collins!
Era evidente que estaba diciendo la verdad. Luego le pregunté si había dejado la
ventana abierta.
—¡Ni pensarlo! Todos los días, antes de marcharme, me aseguro de que quedan
bien cerradas.
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—Bueno, mistress Flood, échele una mirada a la tapa de ese joyero y dígame si
observa en ella algo que no hubiera visto antes.
Lo vio en seguida.
—Sí, señor. Hay una mancha roja en la punta de la espada. Ayer no me fijé en
ella.
—Sin embargo, tenía que estar ahí.
—Yo juraría que no estaba.
—¡Tenía que estar! —exclamé bruscamente, sobrecogido por un repentino y
absurdo temor.
Mistress Flood me miró con aire de sorpresa.
—Bueno, si usted lo dice, míster Collins…
No vi el periódico hasta después de almorzar. De momento, los grandes titulares:
BRUTAL ASESINATO DEL DIRECTOR DE UNA COMPAÑÍA COMERCIAL no
me llamaron la atención. Pero más tarde, mientras leía el relato del crimen, una vaga
intranquilidad se apoderó de mí.
Al parecer, la víctima era un hombre de mediana edad llamado Peters, y su
cadáver había sido encontrado en un callejón. Lo impresionante del caso era el
ensañamiento del criminal, que había acuchillado repetida e innecesariamente al
cadáver. Tal como sugería el periódico, parecía la hazaña de un loco o de un
monstruo inhumano.
Cuando llegué a casa, mistress Flood ya estaba enterada de la noticia.
—Ha sido muy cerca de aquí, ¿verdad? El señor me disculpará, pero hoy voy a
marcharme antes de que anochezca…
A la mañana siguiente examiné el retrato de la tapa del joyero y confieso que lo
que vi me hizo estremecer. Esta vez no podía caber ninguna duda: la mancha roja se
había extendido un poco más por la hoja de la espada.
Froté la tapa con la punta del dedo, pero la capa de laca era completamente
impermeable. Sin embargo, de un modo inexplicable, el color había penetrado hasta
la espada pintada debajo de ella.
Abrí el joyero y, dominando mi repugnancia, saqué la diminuta espada de la
vaina. Me quedé helado de horror al ver que estaba manchada exactamente igual que
la espada del retrato.
No me sorprendió ver los titulares del periódico de la tarde: OTRO BRUTAL
ASESINATO. Ahora estaba seguro de que existía alguna relación entre el muñeco del
joyero de laca y aquellos espantosos crímenes. Y, no obstante, ¿cómo era posible?
¿Qué clase de lazo podía existir? La idea era ridícula.
Aquel día hice tres cosas: mandé colocar un fuerte cerrojo en la ventana; copié la
inscripción china de la tapa de la caja y se la envié a un amigo de Cambridge,
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especialista en idiomas orientales, con el ruego de que la tradujera. Y fui a ver al
hombre que me había vendido el joyero, un tal Syms.
Syms se mostró muy amable, pero no pudo ayudarme mucho.
—Un joyero chino de laca, vendido el pasado lunes, ¿eh? —Hojeó un libro-
registro—. ¡Ah! Aquí está. Lote 76, vendido por dos libras. Lo consiguió usted muy
barato, permita que se lo diga. Formaba parte de los bienes de un tal míster
Rowlandson, fallecido recientemente.
—¿Sabe usted algo acerca de él?
—Únicamente que vivió en China durante una gran parte de su vida, que no tenía
parientes de ninguna clase y que dejó todo su dinero a una sociedad para la amistad
anglo-oriental, o algo por el estilo.
No era mucho, desde luego. Regresé a casa y vi que el cerrojo estaba ya colocado
en la ventana. Aquella noche me aseguré de que quedaba bien cerrada por dentro.
Ignoro por qué me desperté. En la mesilla de noche, el despertador señalaba las
doce y un par de minutos, y en la casa reinaba un silencio absoluto. Sin embargo, mis
nervios estaban tensos, vibrando de terror.
Luego oí el sonido de unos pasos en la calle; unos pasos que parecían haber
brotado súbitamente de debajo mismo de mi ventana, claramente audibles al
principio, para apagarse paulatinamente a lo lejos. Como si alguien acabara de salir
de la casa.
Era inútil intentar dormir. Me levanté y me dirigí a la habitación donde se
encontraba el joyero chino. Tal como había temido, la ventana estaba abierta y el
muñeco había desaparecido.
Dejé la ventana abierta. ¿De qué serviría cerrarla? Por la mañana, el muñeco
había regresado y la mancha roja en la espada llegaba cerca de la empuñadura.
Se había producido otro horrible asesinato. La policía no había podido efectuar una
sola detención, y la prensa la acusaba de incompetencia. Lo único que se había
descubierto era que todas las víctimas estaban relacionadas entre sí por su parentesco
con un tal Joseph Wells-Barton que había muerto en Hong Kong en 1904.
Consulté una enciclopedia y encontré estos datos: «Wells-Barton, Joseph, coronel,
D. S. O. (1865-1904). Tercer hijo del profesor Edward Wells-Barton. Sirvió con
distinción en la India, y más tarde en China. En 1900 fue condecorado por su brillante
intervención en el sofocamiento de la revuelta de los bóxers, una fanática secta china
que había cometido atrocidades contra los europeos residentes en el norte del país.
Asesinado en Hong Kong en 1904 por un atacante desconocido».
Aquel mismo día recibí la respuesta de mi amigo de Cambridge.
«En una traducción libre —escribía—, la inscripción china que me has enviado
(atrozmente copiada, por cierto) significa “Me vengaré”, o algo por el estilo…».
[Link] - Página 92
Con la carta en la mano, abrí el joyero de laca y contemplé al malvado muñeco.
Los negros ojos me miraban fríamente. Saqué la diminuta espada de la vaina: la
mancha roja llegaba casi hasta la empuñadura.
Decidí desprenderme del joyero. Lo más práctico sería tirarlo al río.
Aquella noche salí de casa con el joyero debajo del brazo. Crucé apresuradamente
las casi desiertas calles en dirección al puente de Hammersmith. Una espesa niebla
cubría las aguas. Me acerqué a la barandilla del puente y dejé caer el joyero.
Era más tarde de lo que había supuesto, ya que en aquel momento oí el reloj de un
campanario que daba la hora, medianoche. Y casi simultáneamente la niebla que
cubría el río fue taladrada por un grito humano.
Resonó una sola vez. No fue un grito de desaliento, ni de terror, ni siquiera de
dolor, sino más bien un aullido de rabia. Empecé a temblar, incapaz de desprender
mis manos de la fría barandilla de hierro.
Aunque el grito no se repitió, a través de la niebla y de la oscuridad llegó otro
sonido, una especie de chapoteo, como si un hombre luchara por su vida contra la
corriente. Permanecí allí, frío como el propio hierro, cinco minutos, diez… Y luego
oí otro sonido: el de unos pasos que se acercaban rápidamente. Me parecía estar
viviendo una pesadilla, deseando echar a correr e incapaz de hacerlo. Esperé allí,
lleno de terror, sabiendo perfectamente quién iba a aparecer de un momento a otro
delante de mí. Tal vez dispuesto a vengarse en mi persona, del mismo modo que se
había vengado de sus otras víctimas.
Un instante después estaba a mi lado, con el joyero bajo el brazo, las ropas
empapadas y una expresión de odio en su amarillo rostro. Le reconocí
inmediatamente: era mi muñeco, ahora de proporciones gigantescas. Mientras la caja
descendía hacia el agua había sonado la medianoche y el muñeco había asumido su
forma nocturna.
En aquel instante supe lo que debe sentir un hombre que ha intentado cometer un
asesinato y súbitamente ve a su presunta víctima, milagrosamente ilesa, erguirse
delante de él. Pensé que el chino iba a desenvainar su espada para acabar conmigo,
pero a pesar de que su mano agarró la empuñadura del arma, como si fuera a sacarla,
no lo hizo. Se limitó a mirarme fijamente durante un largo minuto, y luego encogió
sus gigantescos hombros como dando a entender que no me tomaba en serio y
desapareció entre la niebla.
Aquella noche se cometió otro asesinato con la habitual brutalidad, y por la mañana
el joyero de laca se encontraba de nuevo sobre la mesita de la habitación de mi
apartamento. Y la espada de la tapa estaba teñida de rojo hasta el puño.
A partir de entonces se estableció una nueva relación entre el muñeco de la caja y
yo mismo. Creo que la noche en que traté de destruirlo, con tan poco éxito, fue la
noche en que tuvo lugar el último de los asesinatos vengativos. La espada estaba
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completamente manchada de rojo, y seguramente aquello indicaba que la tarea
confiada al terrible verdugo se había cumplido.
Pero los horribles asesinatos no cesaron. Otra clase de victimas ocuparon el lugar
de las personas que habían estado emparentadas con el coronel Wells-Barton:
víctimas que no tenían la menor relación con China ni con el levantamiento de los
bóxers.
Es posible que pueda adquirirse la afición al asesinato. Tal vez es como una
droga, y el muñeco de la caja se había habituado a ella. ¿Quién podría decir lo que
pasaba por la mente de aquel ser? ¿Quién podría saber siquiera qué clase de ser se
albergaba dentro de aquella apariencia?
Yo no, desde luego. Yo sólo podía sentir el poder que ejercía sobre mi propia
mente. Y, sin embargo, ¿se trataba realmente de la influencia del muñeco, o era
simplemente que mis propios deseos inconfesables, hasta entonces latentes o
reprimidos, encontraban finalmente cauce para manifestarse a través de él? No podría
decirlo. De lo que no cabía duda era de que existía alguna terrible relación entre
nosotros: una relación que iba a hundirme cada vez más en un infierno.
Mistress Flood me enseñó los titulares del periódico; el acto se había convertido casi
en una costumbre.
EL MISTERIOSO ASESINO HA VUELTO A ACTUAR. ESTA
VEZ, LA VÍCTIMA ES UNA MUJER.
—Estoy asustada —confesó mistress Flood—. Léalo, míster Collins. Es horrible.
Fingí leer, aunque no necesitaba hacerlo. Podía haberle contado a mistress Flood
lo que había ocurrido, con mucho más detalle. Podía haberle hablado de aquel paseo
a través de las silenciosas y oscuras calles, con mi extraño compañero, de la puerta
que encontramos abierta, del horrorizado rostro de la mujer mientras se incorporaba
en la cama con los ojos inmensamente abiertos.
Incluso ahora recuerdo perfectamente el peculiar zumbido de la hoja de la espada
mientras caía, y la roja mancha extendiéndose por la albura de nieve de la almohada.
Y la extraña emoción del momento, y el rápido regreso con el chino abriendo la
marcha, y yo pegado a sus talones… como un perro.
No puedo decir exactamente cuánto duró aquello. Llegué a perder la noción del
tiempo, viviendo en un estado como de ensueño, siempre esperando con una febril
excitación que llegara la noche.
Súbitamente, mis relaciones con el muñeco empezaron a experimentar otra sutil
transformación. Al principio, me había utilizado como al dueño de su refugio; luego
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nos habíamos convertido en compañeros de armas, en hermanos de sangre; pero
ahora captaba una expresión en sus ojos que me hacía pensar que quizás estaba en
peligro. Trataba de ahondar en su mente, y me parecía leer en ella la historia de mi
propia destrucción.
Se burlaba de mí con la mirada, y cuando se reía no lo hacía ya conmigo, sino de
mí. Yo era su víctima escogida. Le había seguido como un perro; y como a un perro
me echaría de su lado.
Pero, cometió un error. Era demasiado vanidoso y no se tomó la molestia de
ocultar su secreto; subestimó mi astucia y mis posibilidades. De noche, él era el
dueño, indudablemente; iba armado, y yo no. Pero de día era distinto; hasta
medianoche, el amo era yo.
Esperé a que mistress Flood se hubiera marchado. No había prisa; hasta
medianoche, el muñeco era simplemente esto: un muñeco diminuto e indefenso.
Amontoné más leña en el fuego y aguardé a que prendiera en ella la llama. Luego
abrí el joyero y dirigí una última mirada a mi pequeño diablo amarillo. ¿Podía
sospechar lo que pasaba por mi mente mientras le miraba, o tenía el cerebro tan
petrificado como su cuerpo durante las horas diurnas? Lo ignoro. En su rostro se
reflejaba la maligna expresión de siempre; una expresión que nunca cambiaba.
—Adiós, amigo mío… enemigo mío —murmuré.
Y, cerrando el joyero, lo arrojé al fuego.
La caja ardió como yesca, y al arder se abrió la tapa y pude ver al muñeco,
envuelto en las llamas, experimentando ya el eterno tormento de los fuegos del
infierno.
Gritó. Fue un grito minúsculo, como el de un hombre reducido un centenar de
veces en su volumen, apenas audible Luego las llamas penetraron en su boca, sus
ojos se hincharon y toda la estructura de sus facciones se convirtió en una informe
masa. Un momento después había desaparecido la única prueba de su anterior
presencia era un leve olor a carne quemada que flotó como incienso en el aire de la
habitación.
Abrí la ventana de par en par y dejé que la brisa nocturna penetrara en el cuarto.
Me invadió una sensación de alivio. Por primera vez en muchas semanas me sentí un
hombre libre.
Y repentinamente me di cuenta de que nunca había poseído al demonio; era él
quien me había poseído a mí. Ya que, ahora que estaba destruido, consideraba con
horror todos aquellos espantosos asesinatos en los cuales yo había estado presente, y
en los que, al menos de un modo pasivo, había tomado parte.
Pero ahora aquella fase de mi vida había pasado y tenía que entregarme a la tarea
de librar a mi mente del horrible recuerdo. Sin el consuelo del olvido, quién sabe los
tortuosos caminos que podía seguir mi cerebro. ¿La locura? Muchos hombres han
enloquecido por cargas mucho menos pesadas sobre su conciencia.
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Me acosté, con la esperanza de hundirme en un sueño apacible y reparador, pero
me vi acosado por la más espantosa de las pesadillas. Soñé que la sangre de todas las
víctimas había sido vertida en un enorme recipiente, y que yo hundía las manos en él
una y otra vez.
Por la mañana me levanté y entré en el cuarto de baño. Encendí la luz. El horror y
el desaliento me dejaron sin habla, incapaz de expresar en un grito toda mi agonía.
Mis manos estaban tan rojas como si de veras las hubiera sumergido en sangre.
Me las lavé una y otra vez; las froté con un estropajo, con piedra pómez… Todo
fue inútil; continuaron rojas, teñidas con el escarlata de la culpa…
El anciano se calló. Su mirada erró por la sala de espera. En sus ojos había un extraño
brillo.
Por mi parte, me afirmé en la creencia de que había topado con un demente. El
anciano pareció adivinar mis pensamientos.
—Piensa usted que estoy loco, ¿verdad? Que acabo de contarle una fábula. ¡Ah!
Daría cualquier cosa por que lo fuera. Pero, mire: ¡aquí está la prueba!
Con un repentino movimiento se quitó los guantes y extendió sus manos a la luz.
Era cierto. Estaban completamente rojas. Como si las hubiera sumergido hasta las
muñecas en un recipiente lleno de sangre.
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TRAMPA MORTAL
Fredric Brown
El mostrador, enfrente de él, estaba húmedo y pegajoso.
Sir Charles Hanover Gresham apoyó cuidadosamente los antebrazos en el
borde, sosteniendo en alto el doblado ejemplar del Stagecraft que estaba leyendo.
Apoyó los antebrazos, no los codos; cuando sólo se posee un traje, que además
empieza a deshilacharse, se procura no apoyar los codos sobre un mostrador o una
mesa. Del mismo modo que, al sentarse, se levantan un par de pulgadas las perneras
de los pantalones, a fin de evitar la formación de rodilleras. Cuando uno es actor,
recuerda esas cosas. Aunque se trate de un ex actor que nunca llegó y que nunca
llegará, que vive (malvive) del chantaje y que bebe cerveza en un bar de Bowery,
sucio y miserable, a las dos de una fría tarde de otoño.
Pero nunca deja de leer el Stagecraft.
Sir Charles lo estaba leyendo ahora. «Tahúr convertido en productor», decía uno
de los titulares; leyó incluso aquello, sin demasiado interés. Luego vio un nombre en
el segundo párrafo, el nombre del autor de la comedia. Sir Charles enarcó ligeramente
las cejas ante aquel nombre. Wayne Campbell, su patrón, había escrito otra comedia.
La primera en tres años. Para Wayne, el hecho no tenía importancia, ya que había
vendido sus dos últimas obras a Hollywood por unas sumas muy apetitosas. Con
nuevas comedias o sin ellas, Wayne Campbell seguiría comiendo caviar y bebiendo
champán. Y, con nuevas comedias o sin ellas, sir Charles Hanover Gresham seguiría
comiendo bocadillos de salchichas y bebiendo cerveza. Era de lo único que se
avergonzaba: no de los bocadillos y de la cerveza, sino de los medios por los cuales
se veía obligado a obtenerlos. Chantaje es una fea palabra; sir Charles la aborrecía.
Pero, ahora, posiblemente…
Valía la pena celebrar incluso aquella posibilidad. Miró el mostrador enfrente de
él; vio los quince centavos depositados allí. Sacó del bolsillo su último billete de
dólar y lo dejó sobre el único espacio seco del mostrador.
—¡Mac! —dijo.
Mac, el dependiente, se acercó.
—¿Lo mismo, Charlie? —inquirió.
—No, Mac. Esta vez será el líquido ambarino.
—¿Se refiere usted al whisky?
—Me refiero al whisky. Uno para ti y otro para mí. ¡Ah! La dorada uva alegra
mis últimos días…
Mac sirvió dos whiskys y volvió a llenar el vaso de cerveza de sir Charles.
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—La cerveza es a cuenta mía.
Sir Charles alzó su vaso de whisky y miró por encima de él, no a Mac, el
dependiente, sino a su propio reflejo en el pringado espejo que se extendía al otro
lado del mostrador. Un caballero de aspecto distinguido le devolvió la mirada. Se
sonrieron el uno al otro; luego, ambos miraron a Mac, el uno por delante, el otro por
la espalda.
—A tu excelente salud, Mac —dijeron. Sir Charles en voz alta y su reflejo
silenciosamente.
El whisky, muy áspero, difundió un agradable calorcillo por su cuerpo.
Mac miró a sir Charles y dijo:
—Es usted un tipo raro, Charlie, pero me es simpático. A veces pienso que es
usted realmente un caballero.
—Lo Falso y lo Verdadero están separados por un cabello —citó sir Charles—.
¿Conoces por casualidad a Ornar?
—¿Ornar qué?
—El tendero. Un gran hombre, Mac, un gran hombre. Escucha esto:
El alfarero se afana en su rueda
dando forma a un artístico florero.
Pasan, y se mofan de su aspecto desastrado:
¿por qué tiembla entonces la mano del alfarero?
Mac dijo:
—No he pescado nada.
Sir Charles suspiró.
—¿Tengo un aspecto desastrado, Mac? En serio, voy a llamar por teléfono y a
concertar una importante cita, posiblemente. ¿Estoy presentable, o tengo un aspecto
desastrado?
—Su aspecto no puede ser mejor, Charlie.
Sir Charles sonrió amablemente. Dijo:
—Bueno, Mac, creo que mis finanzas soportarán otro trago.
Mac le sirvió otro whisky y se marchó a atender a otro cliente.
La bruma estaba llegando, la suave bruma. La figura del espejo sonrió a sir
Charles como si tuvieran un secreto en común. Y lo tenían, aunque el whisky les
ayudaba a olvidarlo…, o cuando menos a enterrarlo en un rincón de la mente. Ahora,
a través de la suave bruma que no llegaba a ser una verdadera embriaguez, la figura
del espejo no dijo: «Eres un impostor y un fracasado, sir Charles, que vives del
chantaje», como había dicho tan a menudo y en tono tan acusador. No. Ahora dijo:
«Eres un tipo estupendo, sir Charles; un poco baqueteado por la suerte durante estos
últimos —no vamos a decir cuántos— años. Las cosas van a cambiar. Tu nombre
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volverá a figurar en los carteles; una vez más, tendrás a los auditorios en la palma de
tu mano. Eres un actor, sir Charles».
Apuró su segundo whisky y luego, sorbiendo lentamente su cerveza, releyó el
artículo del Stagecraft intitulado «Tahúr convertido en productor».
No incluía muchos detalles, pero eran suficientes. El nombre del melodrama era
El crimen perfecto, lo cual no importaba; el autor era Wayne Campbell, lo cual
importaba. Wayne podía intentar incluirle en el reparto; Wayne lo intentaría. Y no
precisamente por la amenaza de chantaje; sino por todo lo contrario.
Y, aunque aquello tampoco importaba, el productor de la obra era Nick Corianos.
Tal vez, pensándolo bien, el detalle tenía su importancia. Nick Corianos era un tahúr
de categoría. El crimen perfecto no fracasaría por falta de dinero, con un caballo
blanco como Nick. Todo el mundo había oído hablar de Nick Corianos. Circulaba la
leyenda de que en cierta ocasión había perdido medio millón de dólares en una sola
sesión de póquer que duró 40 horas, sin descomponerse. Circulaban otras leyendas
más desagradables acerca de él, pero la policía nunca consiguió probar nada.
Sir Charles sonrió a sus propios pensamientos: Nick Corianos sacando adelante El
crimen perfecto. Se preguntó si la idea se le habría ocurrido a Corianos, si formaba
parte de sus motivos para patrocinar precisamente aquella comedia. Uno de los
pequeños placeres de la vida, pensar tales cosas. Alardear, fingir, conociendo lo
ridículo de la propia actitud, sabiendo que se es un fracasado, viviendo a base de
pequeños placeres… y de grandes sueños.
Sin dejar de sonreír, sir Charles salió de la taberna y se dirigió a la cabina
telefónica situada en la misma acera. Marcó el número de Wayne Campbell. Dijo:
—¿Wayne? Habla Charles Gresham.
—¿Sí?
—¿Puedo ir a verle… a su oficina?
—Escuche, Gresham, si se trata de más dinero, no. Recibirá usted lo pactado
dentro de tres días, y quedamos de acuerdo en que si recibía esa cantidad de un modo
regular no plantearía…
—Wayne, no se trata de dinero. Todo lo contrario, mi querido amigo. Puedo
ahorrarle a usted dinero.
—¿Cómo?
Wayne Campbell se mostraba frío, suspicaz.
—Va a contratar usted actores para su nueva comedia. ¡Oh! Ya sé que no los
contratará personalmente, pero una recomendación suya me valdría un contrato. Un
papel cualquiera, Wayne, por insignificante que sea, y no volveré a molestarle.
—¿Mientras se represente la obra, quiere usted decir?
Sir Charles se aclaró la garganta. Dijo, de mala gana:
—Desde luego, mientras se represente la obra. Pero, tratándose de mía comedia
suya, Wayne, puede representarse mucho tiempo.
—Se emborrachará usted y le despedirán antes de que terminen los ensayos.
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—No. Cuando trabajo no bebo, Wayne. ¿Qué tiene usted que perder? No le haré
quedar mal. Sabe que puedo actuar, ¿no es cierto?
—Sí. —A regañadientes, pero fue un sí—. De acuerdo… tendrá usted un papel, si
ello me ahorra dinero. Y es una obra de catorce personajes. Supongo que podré…
—Iré a verle, Wayne. Y, gracias, muchas gracias.
Salió de la cabina y se alejó rápidamente, antes de dejarse vencer por la tentación
de tomar otro whisky para celebrar su próxima reaparición en las tablas. Su posible
reaparición, se corrigió a sí mismo inmediatamente. Incluso con la ayuda de Wayne
Campbell, la cosa no era segura.
Se estremeció ligeramente, mientras se dirigía a la estación del Metro. Tendría
que comprarse un abrigo con el dinero de su próxima… asignación. El tiempo estaba
cada vez más frío; lo notó al apearse del Metro y encaminarse a la oficina de Wayne.
Pero la oficina de Wayne le acogió calurosamente; mucho más calurosamente que el
propio Wayne, el cual se quedó mirándole fijamente, en silencio.
Finalmente, dijo:
—Lo divertido del caso es que no encaja usted en el papel. No le va el personaje,
Gresham.
—No veo la diversión por ninguna parte, Wayne. El que le vaya o no a un actor el
personaje depende del maquillaje, de la capacidad de interpretación… Un verdadero
actor puede representar cualquier papel.
Sorprendentemente, Wayne se estaba riendo entre dientes, al parecer muy
divertido. Dijo:
—Usted no aprecia lo divertido del caso, Gresham, pero yo sí. Existen dos
posibilidades. Una de ellas es un papel sin importancia, con un par de parlamentos
muy breves. La otra…
—¿Sí?
—Ahí está lo divertido del asunto, Gresham. En mi comedia aparece un
chantajista. Y usted es un chantajista en la vida real: me está sacando el dinero desde
hace cinco años.
—De un modo muy razonable, Wayne. Tiene usted que admitir que mis
peticiones son modestas, y que nunca las he aumentado.
—Ahí está el quid del asunto, Gresham. Como chantajista, es usted una joya. Y lo
bueno sería permitirle que hiciera de chantajista en mi comedia, de modo que
mientras se mantuviera en cartel yo no tuviera que pagarle ni un céntimo. Es un papel
bastante importante; le rendiría mucho más de lo que pueda sacarme a mí. Pero…
—Pero, ¿qué?
—¡Que no encaja usted en el personaje! No resulta convincente como chantajista.
Siempre disculpándose, siempre avergonzado de su proceder… Sí, lo sé, no se
dedicaría usted al chantaje si pudiera ganar sus comidas (y sus bebidas) por otro
medio más honorable. Pero el chantajista de mi comedia es un tipo cínico y sin
escrúpulos. Tiene que serlo. El público no creería en alguien como usted, Gresham.
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—Deme una oportunidad, Wayne. Permítame leer el papel.
—Creo que encajará mejor en el otro: pocas entradas en escena, un par de
parlamentos breves…
—Al menos, permítame leerlo.
Wayne Campbell se encogió de hombros. Señaló un manuscrito encuadernado
que reposaba sobre su escritorio, al alcance de la mano de Gresham. Dijo:
—Bien, el personaje es Richter. Su escena más importante, su parlamento más
largo y más dramático, se encuentra al final del primer acto. Léalo en voz alta.
Los dedos de sir Charles temblaban ligeramente mientras buscaba el final del
primer acto. Dijo:
—Permítame que lo lea primero para mí mismo, Wayne, a fin de captar el
sentido.
Era un parlamento bastante largo, pero sir Charles lo leyó un par de veces y se
hizo con él: la memoria nunca le había fallado. Dejó el manuscrito sobre el escritorio
y meditó unos instantes para ponerse en situación.
Su rostro adquirió un aspecto duro y frío; entrecerró los ojos; se puso en pie y
apoyó las manos en el escritorio, mirando fijamente a Wayne. Su voz sonó
mortalmente amenazadora.
Los ojos de Wayne reflejaron un creciente asombro a medida que escuchaba, con
gran satisfacción por parte de sir Charles.
—¡Asombroso! —exclamó Wayne—. Puede representar el papel. De acuerdo,
trataré de que se lo den. Pero, si me hace quedar mal con su afición a la bebida…
—Descuide, Wayne, puede confiar en mí.
Sir Charles volvió a sentarse; durante el parlamento había estado tranquilo y frío.
Ahora temblaba de nuevo, y no quería que Wayne se diera cuenta. Podría pensar que
estaba borracho o enfermo, sin saber que su temblor era de avidez y de excitación. Se
encontraba ante un momento crucial de su vida, ante la posibilidad de rehacer su
carrera de actor, ante la oportunidad que había estado esperando durante tanto tiempo.
Wayne Campbell era un autor importante, y su comedia podía mantenerse muchos
meses en cartel. Los productores podían fijarse en él y ofrecerle una oportunidad
mejor cuando terminara de representarse la obra, y otra todavía mejor después…
Sabía que se estaba engañando a sí mismo, pero la excitación, la esperanza, eran
algo muy real. Embriagaban sus sentidos con más intensidad que la más fuerte de las
bebidas que servían en las tabernas.
Tal vez incluso tendría una oportunidad de volver a representar una obra de
Shakespeare… Se sabía de memoria la mayoría de los papeles importantes de las
obras de Shakespeare, aunque siempre había representado papeles insignificantes.
Macbeth, el gran parlamento de Macbeth…
Dijo:
—Me gustaría que fuera usted Shakespeare, Wayne. Me gustaría que hubiera
acabado de escribir Macbeth. Ése sí que es un personaje. Escuche:
[Link] - Página 101
Mañana, y mañana, y mañana,
hormigueos en esta hermosa paz día a día,
hasta la última sílaba del tiempo archivado;
y con todos nuestros ayeres hemos preparado
el camino polvoriento de la muerte…
—Vela que se apaga, etcétera. Muy bello, desde luego, y también a mí me gustaría ser
Shakespeare, Gresham. Pero, dispongo de muy poco tiempo…
Sir Charles suspiró y se puso en pie. Macbeth le había hecho recobrar la
seguridad en sí mismo; ya no temblaba. Dijo:
—No le molestaré más. Bueno, Wayne, muchas gracias.
—¡Un momento! Por su aspecto cualquiera diría que acabo de contratarle… Y no
es así, Gresham. Dejaremos la elección de los actores en manos del director de
escena, con el asesoramiento y la aprobación de Corianos y mía, desde luego, pero
todavía no hemos contratado a ningún director. Creo que será Dixon, pero la cosa no
es segura, todavía.
—¿Quiere que hable con él? Le conozco de vista.
—No…, prefiero que no lo haga, hasta que le hayamos contratado
definitivamente. Si va usted a verle, dará por sentado que vamos a contratarle y
exigirá más dinero. Es preferible que hable usted con Nick; a fin de cuentas, la obra
se montará con su dinero, ¿comprende?
—Desde luego. Iré a verle, Wayne.
Campbell sacó su billetero.
—Aquí tiene veinte dólares —dijo—. Arréglese un poco; un buen corte de pelo,
un afeitado y una camisa limpia. El traje puede pasar. Tal vez un planchado. Y,
escuche…
—¿Sí?
—Esos veinte dólares no son un regalo, sino a cuenta de su primer sueldo.
—Muy equitativo. ¿Cómo debo enfocarle el asunto a Corianos? ¿Asegurándole
que soy capaz de representar el papel?
Wayne Campbell sonrió. Dijo:
—Recítele el papel, tal como me lo ha recitado a mí. Será suficiente.
—Comprendido —Sir Charles sonrió a su vez—. Un millón de gracias, Wayne.
Adiós.
Sir Charles se puso en manos del barbero, tal como le había recomendado Wayne. Se
compró una camisa nueva, se hizo lustrar los zapatos y planchar el traje. Levantó su
ánimo con tres martinis en un bar respetable; tres, sorbidos lentamente, y ninguno
más. Y comió… las tres cerezas de los martinis.
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El espejo del mostrador no estaba grasiento. Pero era de cristal azul, y le devolvió
una siniestra imagen de sí mismo. Sonrió de un modo siniestro a su propio reflejo.
Pensó: Chantajista. Un papel a tu medida. Represéntalo como es debido, y algún día
representarás Macbeth.
El reflejo azul en el espejo le devolvió la sonrisa. Había llegado el momento.
Corianos se encontraría ya en el despacho de su club nocturno.
Sir Charles salió a la calle y tomó un taxi. No por motivos prácticos; sólo le
separaban diez manzanas del club de Corianos y podía haberlas recorrido a pie. Pero,
psicológicamente, un taxi era importante. Tan importante como una generosa propina
al conductor.
El Blue Flamingo estaba aún cerrado, desde luego, pero la puerta de servicio se
encontraba abierta. Sir Charles entró. Un camarero ponía manteles en las mesas. Sir
Charles preguntó:
—¿El despacho de míster Corianos, por favor?
—Tercer piso. Allí está el ascensor.
—Gracias —dijo sir Charles.
Tomó el ascensor hasta el tercer piso. Le dejó en un pasillo pobremente
iluminado, al cual se abrían varias puertas. Sólo una de aquellas puertas de cristal
opaco estaba iluminada. Sir Charles llamó suavemente con los nudillos; una voz
invitó rudamente:
—Adelante.
Sir Charles entró. Dos hombres de aspecto impresionante jugaban a cartas a
través de una mesa escritorio.
Uno de ellos inquirió:
—¿Qué desea?
—¿Alguno de ustedes es míster Corianos?
—¿Qué es lo que quiere de él?
—Mi tarjeta, señor —sir Charles se la entregó al hombre que le había
interrogado; ahora estaba seguro de que ninguno de aquellos dos hombres era Nick
Corianos—. Dígale a míster Corianos que deseo hablar con él acerca de un asunto
relacionado con la comedia de míster Campbell.
El hombre que había hablado miró la tarjeta. Dijo:
—Okay.
Dejó sobre la mesa las cartas que tenía en la mano y cruzo la puerta de una
oficina interior. Al cabo de unos instantes reapareció, diciendo:
—Okay.
Sir Charles entró en la oficina.
Nick Corianos levantó los ojos de la tarjeta que reposaba sobre el escritorio de
caoba. Inquirió:
—¿Es una broma?
—¿Una broma? ¿A qué se refiere?
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—Siéntese. ¿Es una broma, o es usted realmente sir Charles Hanover Gresham?
Quiero decir, si es usted realmente un… bueno, si tiene el título de sir.
Sir Charles sonrió.
—Nunca he admitido que no lo tuviera. Y no voy a empezar a hacerlo ahora. De
todos modos, esa tarjeta me permite llegar hasta ciertas personas con más facilidad.
Nick Corianos se echó a reír. Dijo:
—Comprendo. Y empiezo a sospechar lo que le trae aquí. Es usted un aficionado,
¿no es cierto?
—Soy un actor. Me he enterado de que patrocina usted una comedia; en realidad,
he leído la comedia. Y estoy interesado en representar el papel de Richter.
Nick Corianos enarcó las cejas.
—¿Richter? Me parece recordar que es el nombre del chantajista.
—Exactamente —sir Charles se apresuró a levantar una mano—. Por favor, no
me diga que no encajo en el personaje. Un verdadero actor puede representar
cualquier personaje. Y yo puedo ser mi chantajista.
Nick Corianos dijo:
—Es posible. Pero yo no me ocupo del reparto.
Sir Charles sonrió. Súbitamente, la sonrisa se borró de su rostro. Se puso en pie y
apoyó las manos en el escritorio de caoba de Nick. Volvió a sonreír, pero con una
sonrisa distinta. Su voz sonó fría y perentoria. Dijo:
—Escuche, amigo, a mí no me puede usted engañar. Sé demasiado. Tal vez no
pueda probarlo por mis propios medios, pero la policía sabrá hacerlo, en cuanto le
sople unas palabras al oído. Walter Donovan: ¿significa algo ese nombre para
usted? Y la fecha del primero de septiembre, ¿le recuerda algo? En un lugar situado
a un centenar de metros de la carretera de Bridgeport, en dirección a Stamford.
¿Cree que puede…?
—¡Basta! —le interrumpió Nick.
Empuñaba una negra pistola automática con su mano derecha, en tanto que con la
izquierda pulsaba un timbre de su mesa.
Sir Charles Hanover Gresham miró fijamente la pistola y vio la muerte a menos
de un metro de distancia; por espacio de míos segundos, se sintió invadido por el
pánico.
Y luego el pánico desapareció para dejar paso a una sincera admiración.
Un plan perfecto, de punta a punta. El crimen perfecto, anunciado como tal. Y él
no había sospechado nada.
Wayne Campbell, cansado del chantajista que estaba sacándole el dinero desde
hacía cinco años, había ideado un plan muy hábil para librarse de él. Muy hábil, y
muy sencillo al mismo tiempo. Enterado de un hecho que comprometía gravemente a
Nick Corianos, se había limitado a encajarlo en el manuscrito de la comedia. Recítele
el papel, tal como me lo ha recitado a mí…
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E incluso había sabido que él, Charles, no le comprometería. En aquel preciso
instante, antes de que Nick Corianos apretara el gatillo, podía decir:
«Wayne Campbell está enterado también del asunto. Todo ha sido obra suya…».
Pero aquellas palabras no le salvarían, ya que aquella negra automática había
convertido la ficción en realidad, y aunque consiguiera que la muerte de Campbell
siguiera a la suya, no salvaría con ello su propia vida. Wayne le conocía hasta el
punto de saber que no le comprometería… si con ello no obtenía ningún beneficio.
Se irguió en toda su estatura, apartando las manos de la mesa, pero
manteniéndolas cuidadosamente pegadas a sus costados, mientras los dos hombres
del vestíbulo entraban en el despacho.
Nick dijo:
—Pete, busca aquella saca de lona especial. ¿Está el automóvil delante de la
puerta de servicio?
—Seguro, jefe.
Uno de los hombres salió del despacho.
Nick no había apartado los ojos (ni el negro cañón de su pistola) de sir Charles.
Sir Charles sonrió. Dijo:
—¿Puedo pedir una merced?
—¿Una qué?
—Un favor. Además del que ya trató de hacerme. Pido treinta y cinco segundos.
—¿Treinta y cinco segundos?
—Sí. Lo he cronometrado cuidadosamente. La mayoría de actores lo recitan en
treinta segundos, porque se comen las pausas. Me refiero, desde luego, a los
inmortales versos de Macbeth. ¿Puedo morir un poco más tarde? ¿Dentro de treinta y
cinco segundos, exactamente?
Nick enarcó las cejas. Dijo:
—No entiendo mía sola palabra, pero creo que no me perjudicará en nada
concederle esos treinta y cinco segundos, siempre que mantenga las manos a la vista.
Sir Charles empezó:
«Mañana, y mañana, y mañana…»
El hombre que había salido del despacho volvió a entrar con un saco de lona
enrollado debajo del brazo.
—¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó—. ¿Le falta un tornillo?
—¡Cierra el pico! —ordenó Nick.
Nadie volvió a interrumpir a sir Charles.
Nadie se mostró impaciente, a pesar de que treinta y cinco segundos pueden ser
muy largos.
«… vela que se apaga!
La vida no es más que una sombra que camina,
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un mal actor que recita su papel sobre el escenario
y luego se calla para siempre; es un cuento
narrado por un idiota, lleno de sonido y de furor,
pero vacío de significado».
Se interrumpió, y la pausa pareció extenderse interminablemente.
Sir Charles se inclinó ligeramente y luego volvió a erguirse para que el auditorio
comprendiera que el monólogo había terminado.
El dedo índice de Nick Corianos se curvó sobre el gatillo de la pistola.
El aplauso fue ensordecedor.
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EL CUMPLEAÑOS DE GRANNY
Fredric Brown
Los Halperin eran una familia muy unida. Wade Smith, uno de los dos únicos
presentes que no pertenecía a ella, les envidiaba aquello, puesto que él no tenía
familia…, aunque la envidia quedaba atemperada por el vaso que sostenía en su
mano.
Era la fiesta de cumpleaños de Granny Halperin, su octogésimo aniversario; todos
los presentes, a excepción de Smith y de otro hombre, eran Halperin y se llamaban
Halperin. Granny tenía tres hijos y una hija; todos estaban presentes, y los tres hijos
estaban casados y se habían traído a sus esposas. En total, siete Halperin, contando a
Granny. Y había cuatro miembros de la segunda generación, nietos, uno de ellos con
su esposa, en total trece Halperin. Trece Halperin, contó Smith; añadiéndose él
mismo y el otro no Halperin, un hombre llamado Cross, sumaban quince adultos. Y a
una hora más temprana había otros tres Halperin a mano, bisnietos, pero les habían
acostado ya, a horas distintas, de acuerdo con sus respectivas edades.
Y Smith simpatizaba con todos ellos, aunque ahora que los niños estaban
acostados el licor fluía generosamente y la reunión se estaba convirtiendo en algo
demasiado ruidoso para su gusto. Todo el mundo estaba bebiendo; incluso Granny,
sentada en una silla muy parecida a un trono, tenía un vaso de jerez en la mano, el
tercero que bebía.
Era una anciana menuda y sumamente vivaz, pensó Smith. Una matriarca, desde
luego; a pesar de su aspecto insignificante, gobernaba a su familia con mano de hierro
enguantada de terciopelo. Smith estaba lo bastante borracho como para mezclar sus
metáforas.
Él, Smith, se encontraba aquí porque había sido invitado por Bill Halperin, que
era uno de los hijos de Granny; él era el abogado de Bill y también su amigo. El otro
forastero, un tal Gene o Jean Cross, parecía ser amigo de varios de los nietos
Halperin.
A través de la habitación vio que Cross estaba hablando con Hank Halperin y
observó que súbitamente sus voces habían subido de tono, haciéndose furiosas. Smith
confió en que no habría complicaciones; la reunión era demasiado agradable para
verse turbada por una riña o una discusión.
Pero, repentinamente, el puño de Hank Halperin se estrelló contra la mandíbula
de Cross, y Cross retrocedió unos pasos, tambaleándose, y cayó al suelo. Su cabeza
chocó contra el borde de piedra del hogar con un ruidoso thunk, y Cross se quedó
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muy quieto. Hank corrió a arrodillarse al lado de Cross y le tocó, y cuando levantó la
mirada estaba muy pálido.
—Está muerto —balbució—. ¡Dios mío! No quería… Pero él dijo…
Granny no sonreía ya. Su voz sonó cortante como un cuchillo.
—Él trató de golpearte primero, Henry. Yo lo vi. Todos nosotros lo hemos visto,
¿no es cierto?
Y, al pronunciar las últimas palabras, miró fijamente a Smith, el otro forastero.
Smith se removió sobre sus pies, inquieto.
—Yo… yo no vi cómo empezaba la cosa, mistress Halperin.
—No es cierto —afirmó Granny—. Estaba usted mirándoles directamente, míster
Smith.
Antes de que Smith pudiera contestar, Hank Halperin dijo:
—Lo siento, Granny… aunque sé que eso no soluciona nada. Estamos en un
verdadero apuro. Recuerda que he luchado siete años en el ring como profesional. Y
los puños de un boxeador o ex boxeador están considerados legalmente como armas
mortales. Aun en el caso de que él me hubiese golpeado primero, me acusarán de
asesinato en segundo grado. Usted lo sabe, míster Smith, puesto que es abogado. Y,
con el otro lío en que me vi metido, la policía no se andará con chiquitas conmigo.
—Temo… temo que tiene usted razón —dijo Smith en tono inseguro—. Pero, ¿no
sería preferible que alguien telefoneara a un médico, o a la policíaco a ambos?
—Lo haremos dentro de un momento, Smith —dijo Bill Halperin, el amigo de
Smith—. Antes vamos a arreglar esto entre nosotros. Fue defensa propia, ¿no es
cierto?
—Supongo… supongo que sí. Yo no…
—¡Un momento! —intervino Granny—. Aunque sea un caso de defensa propia,
Henry se encuentra en un apuro. ¿Creéis que podemos confiar en ese Smith, una vez
esté fuera, de aquí, y delante del tribunal?
Bill Halperin dijo:
—Pero, Granny, tenemos que…
—Tonterías, William. Yo vi lo que ocurrió. Todos lo vimos. Se enzarzaron en una
discusión, Cross y Smith, y se mataron el uno al otro. Cross mató a Smith, y luego,
aturdido por los golpes que había recibido, cayó y chocó de cabeza con el borde del
hogar. ¿Vamos a permitir que encierren a Henry en la cárcel, muchachos? No, un
Halperin no irá a la cárcel. Henry, sacúdele un poco a ese cadáver, de modo que
parezca que recibió unos cuantos golpes antes de morir. Y el resto de vosotros…
Los varones Halperin, a excepción de Henry, rodeaban ahora a Smith; las
mujeres, a excepción de Granny, estaban inmediatamente detrás de ellos… y el
círculo se cerró.
Lo último que Smith vio con claridad fue a Granny en su silla semejante a un
trono, con los ojos brillantes de excitación y de decisión. Y también se dio cuenta del
repentino silencio, un silencio que su voz no podía ya penetrar.
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Luego, el primer golpe se abatió sobre él.
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NADIE AL TELÉFONO
Robert Arthur
Por encima de su Wall Street Journal, Harvey Benson miró a su esposa. Linda
estaba leyendo: al menos, sostenía un libro entre sus manos. Pero no había vuelto
una página en los últimos cinco minutos.
Harvey inclinó su periódico.
—Linda, ¿es un buen libro ese que lees? —preguntó. Linda alzó la mirada con un
leve sobresalto.
—¡Oh, sí! Muy excitante… Es la nueva novela policíaca de la que todo el mundo
habla. —Sostuvo el libro de modo que su marido pudiera ver la sobrecubierta: un
puñal negro siluetado contra un fondo escarlata—. Te gustará.
—Llevas tanto tiempo mirando la misma página —dijo Harvey, sacudiendo la
ceniza de su cigarro—, que hubiera supuesto que era más bien aburrido.
—¡Oh! ¿De veras? Estaría atando cabos…
¿Había enrojecido mientras hablaba? La mayoría de las mujeres sabían mentir
muy bien, pensó Harvey, pero Linda no era una de ellas. Sentada allí, con su pelo
rubio enmarcado contra la pantalla de la lámpara encendida, tenía un aspecto
encantador. Y parecía también una mujer enamorada. Pero no de él, pensó, con una
creciente sensación de rabia. En cinco años de matrimonio, nunca había estado
enamorada de él.
—Es una lástima que hayas renunciado a tu partida de póquer de esta noche,
Harvey —dijo Linda—. Siempre has esperado con ansiedad tu partida de los
miércoles. —Sonrió—. Probablemente porque siempre ganas.
Harvey había decidido quedarse en casa. El inesperado anuncio, después de cenar,
de que aquella noche no iba a salir, pareció disgustar a Linda. ¿O acaso lo había
imaginado?
—Temo que te he descuidado un poco.
—Desde luego que no, querido —dijo Linda—. Un hombre tiene que distraerse, a
menudo trabaja hasta muy tarde…
Y tal vez eso ha sido un error por mi parte, fue la silenciosa réplica de Harvey.
En aquel preciso instante sonó el timbre del teléfono. Harvey había estado
esperando que sonara. Para un hombre de su corpulencia, se movió con mucha
rapidez. Empuñó el receptor casi antes de que su esposa pudiera ponerse en pie.
—Yo contestaré, Harvey… —empezó a decir Linda, y vio que su marido ya lo
estaba haciendo.
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—Tal vez sea mi agente —dijo Harvey por encima de su hombro, y luego, a
través del receptor—: ¿Diga?
Linda volvió a hundirse lentamente en su butaca. Harvey esperó un momento
antes de insistir:
—¿Diga?
No le llegó ninguna respuesta, aparte de un leve zumbido. Al cabo de un largo
rato repitió el «¿Diga?» una vez más, y entonces se produjo un chasquido al otro lado
de la línea y Harvey colgó el receptor.
—Es curioso —dijo—. No había nadie al teléfono.
—Sí que es raro —comentó Linda, cogiendo de nuevo su libro y volviendo la
página—. Tal vez el teléfono esté estropeado.
—No, no puede ser eso —dijo Harvey—. He oído que colgaban al otro lado.
Igual que la otra mañana, cuando me retrasé un poco en salir para la oficina. Bueno,
quizás han marcado un número equivocado. —Bostezó ligeramente—. ¿Qué te
parece si nos acostáramos? Mañana será un día muy ajetreado.
A la mañana siguiente, en su oficina, Harvey Benson se sumergió en su trabajo
como siempre hacía, estudiando las situaciones que se le presentaban y decidiendo
acerca de ellas, una tras otra, de un modo rápido y concreto. En la pared de su oficina
había colgado un pequeño tablero de caoba de Honduras con una sola palabra
grabada en él: ACTUAR. Despreciaba a las personas indecisas… y tenía la sensación
de que la mayoría de las personas lo eran.
Había sentido la tentación de demorarse en casa un poco más que de costumbre,
sólo para comprobar si el teléfono volvía a sonar, sin que nadie respondiera cuando él
empuñase el receptor. Pero lo consideró innecesario. Después de todo, Mungo había
telefoneado diciendo que se presentaría a informar aquella misma mañana. Y él le
había dicho a Mungo que informara únicamente cuando tuviese una certidumbre. Era
evidente que Mungo la tenía ya.
Poco antes del mediodía sonó el zumbador de su despacho. Era su secretaria, la
cual le comunicó que míster Mungo deseaba verle.
—Dígale que espere un poco —dijo Harvey, obedeciendo a un repentino impulso
—. Antes quiero hablar un momento con usted, miss Woodard.
—Desde luego, míster Benson.
Su secretaria entró un momento más tarde con su cuaderno de notas, una mujer
alta y huesuda, con una última pincelada de juventud y de esperanza prolongándose
desesperadamente en su rostro.
—¿Sí, míster Benson? —inquirió, mientras tomaba asiento.
—No necesita su cuaderno de notas —dijo Harvey—. Sólo quiero charlar con
usted un momento.
En la mirada de la secretaria se reflejó una especie de pánico.
—No comprendo, míster Benson. ¿Sucede algo?
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A Harvey le divertía comprobar hasta qué punto se asustaban sus empleados
cuando hacía algo inesperado. Y le gustaba cogerles a menudo por sorpresa:
habitualmente una desagradable sorpresa. Eso les mantenía en estado de continuo
alerta.
—Nada, en absoluto —respondió Harvey amablemente—. Sólo quería hablar con
usted. Creo que hasta ahora no hemos hablado nunca… en un plan personal, quiero
decir.
—Creo… creo que no, míster Benson.
Miss Woodard estaba sentada en el borde de la silla, muy rígida.
—Claro que hasta ahora no había sabido que podía necesitar el consejo de una
mujer. Siempre he creído que cada uno debe tomar sus propias decisiones y actuar de
acuerdo con ellas. Pero ahora voy a pedirle su opinión… como mujer, no como
secretaria.
—Bueno… yo… si puedo serle útil…
—De acuerdo. —Harvey se reclinó hacia atrás y enlazó sus fuertes dedos detrás
de su maciza cabeza—. Voy a pedirle que imagine a una mujer, miss Woodard: una
mujer que siempre ha sido práctica, fría y dueña de sí misma. Repentinamente, esa
mujer se muestra soñadora y abstraída. Permanece minutos enteros mirando al vacío.
Si uno habla con ella, no parece oírle. ¿Qué deduciría usted de eso?
—Bueno… yo diría que estaba enamorada —murmuró miss Woodard, mientras
su caballuno semblante se ruborizaba ligeramente.
—Exacto. Ahora, supongamos que esa mujer está casada. Supongamos que en
dos ocasiones, cuando su marido se encuentra inesperadamente en casa a una hora en
que suele estar ausente… Me sigue usted, ¿verdad?
—¡Oh, sí, míster Benson!
—Supongamos que en esas dos ocasiones en que su marido se encuentra
inesperadamente presente, suena el teléfono y esa mujer casada contesta y le dice al
que llama que se ha equivocado de número. ¿Qué opinaría usted?
—Bueno, supongo que puede darse ese caso. —Miss Woodard frunció levemente
el ceño—. Yo misma me he equivocado muchas veces al marcar un número.
—Desde luego. Pero ahora, miss Woodard —Harvey se inclinó hacia adelante y
sonrió a su secretaria, mostrando sus dientes—, supongamos que en otras dos
ocasiones, cuando el marido se encuentra también inesperadamente en casa, contesta
él al teléfono y la persona que está al otro lado del hilo cuelga sin hablar…
Miss Woodard se había puesto muy seria.
—Bueno… parece como si alguien tratara de hablar con la esposa sin que el
marido se enterara.
—Exactamente. Tenía la impresión de que no podía estar equivocado, pero me
satisface muchísimo que su opinión coincida con la mía. Muchas gracias, miss
Woodard.
—De nada, míster Benson. Estoy aquí para servirle en lo que pueda.
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—Y, ahora, envíeme a míster Mungo.
Un súbito impulso de furor hizo que Harvey Benson mordiera su cigarro. Desde
luego, Linda estaba enamorada. Y, con la misma seguridad, nunca había estado
enamorada de él, su marido. Ni siquiera cuando él se le había declarado. Pero ahora
estaba enamorada de alguien. Y aquel amor debía quedar borrado, destruido, a fin de
que Harvey Benson pudiera recobrar el frío y equilibrado discernimiento que le había
guiado tan bien a través de su vida.
—Bueno, ¿estaba en lo cierto? —preguntó Harvey Benson mientras Mungo
entraba en la habitación, sonriendo astutamente, y se sentaba en la silla que miss
Woodard acababa de dejar vacante—. ¿Se ha encontrado con alguno de los hombres
cuyos nombres le di a usted?
—Sí, señor. —La sonrisa de Mungo se hizo más ancha—. Lo ha hecho.
—Bueno, ¿con cuál de ellos?
—No era el que usted consideraba como más probable, míster Benson. No era el
médico. Mistress Benson ha estado viéndose con el arquitecto.
—¿Arkwright? ¿Donald Arkwright?
—Sí, señor. He obtenido todos los datos acerca de él en Cleveland, su ciudad
natal.
—Sí —dijo Harvey, tratando de dominar su impaciencia—. Mistress Benson
procede también de Cleveland. Conoció a Arkwright allí. Ya se lo dije a usted.
—Sí, señor —admitió Mungo—. Pero no me dijo usted que fueron a la escuela
juntos y que durante varios años se les consideró como novios, o poco menos.
Arkwright tenía un gran retrato de ella en su habitación, y en una de las fotografías de
fin de curso aparecen cogidos por la cintura.
—Linda no me ha hablado nunca de eso.
—Supongo que no —dijo Mungo—. Bueno, en las dos últimas semanas se han
visto varias veces.
—¿Seguro?
—Mistress Benson no ha salido con nadie más.
—¿Dónde se encontraban?
—En el Restaurante Drover’s, por ejemplo —dijo Mungo—. En realidad, sólo les
vi allí dos veces…
—Ha hablado usted de varias veces.
—Sí. Pero no todas fueron en el restaurante. En cinco ocasiones, he seguido a
mistress Benson desde su casa hasta el Drover’s. Tres de las veces comió sola, pagó
su cuenta y luego se dirigió a la parte trasera, donde se encuentran los lavabos. No
volvió a salir. Evidentemente, se marchó por una puerta trasera hacia el lugar de su…
cita.
—¡Y usted no la siguió! —exclamó Harvey furiosamente.
—No puedo estar en dos lugares a la vez, míster Benson. De todos modos, casi
puede asegurarse que, las veces que se me despistó, fue a encontrarse con ese
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Arkwright en algún otro lugar. Porque las otras dos veces, él se reunió con ella en el
restaurante y comieron juntos. Mientras comían, hablaban de un modo muy íntimo.
Yo estaba solamente a dos mesas de distancia, pero no pude oír lo que decían. Las
dos veces, él se marchó antes que ella, pagando la cuenta. Mistress Benson tomó un
poco más de café, elogió al maitre por el servicio y se marchó sola un cuarto de hora
más tarde. Mistress Benson se encontró con Arkwright hace diez días. La otra vez fue
el pasado lunes.
Harvey se reclinó hacia atrás. Sí, el lunes por la noche Linda había obrado como
si anduviera sobre una nube. Y el martes por la mañana, cuando Harvey se había
demorado a propósito más de una hora de lo acostumbrado en salir, llegó la primera
llamada telefónica: la que él había contestado sin encontrar a nadie al otro extremo
del hilo.
—No me sorprende que sea Arkwright —le dijo a Mungo—. Linda le ha
mencionado un par de veces, en aquel tono ligero que utilizan las mujeres para hacer
creer que alguien les tiene sin cuidado. ¿Qué más ha averiguado usted?
—Bueno, Arkwright llamó cinco veces por teléfono a mistress Benson durante el
pasado mes, según el encargado de la centralita del inmueble donde vive.
Probablemente la llamó otras veces desde otros teléfonos. Como es natural, ella
siempre espera que llame Arkwright, puesto que ustedes viven en Pacific Beach y si
llamara ella tendría que pedir una conferencia interurbana, que luego figuraría en el
recibo mensual. Ahora, si quiere usted que continúe siguiéndola hasta que…
—No será necesario.
—Puede usted tener la seguridad de que es él —dijo Mungo, poniéndose en pie
—. Perdone que se lo diga, pero tengo bastante experiencia en esta clase de asuntos.
Y por la cara de su esposa al entrar en aquel restaurante, puedo afirmar que iba a ver
a alguien que le inspiraba un profundo amor.
—Me ha dicho ya lo que había descubierto, ¿verdad? —Ante su propia sorpresa,
Harvey se dio cuenta de que casi estaba gritando—. No le he pedido su opinión
personal, ni los beneficios de su experiencia.
—Sí, señor. —Mungo retrocedió un paso—. Sólo quería referirme a que, a pesar
de que conocemos al hombre, no tenemos todavía ninguna prueba… para el divorcio,
quiero decir.
—¿Quién ha dicho que estoy buscando pruebas para un divorcio? Lo único que
quería saber era la identidad del hombre. Ahora, deme usted su informe y olvídese
por completo del asunto.
—Muy bien, míster Benson. —Mungo dejó caer unas cuartillas dobladas por la
mitad sobre el escritorio y echó a andar hacia la puerta—. Me olvidaré del asunto,
como usted dice. Ni siquiera he anotado nada en mis archivos.
—Entonces, no lo haga.
—La minuta…
—Mi secretaria le pagará en efectivo. La encontrará al salir.
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—Sí, señor.
Mungo abrió la puerta y se marchó.
Harvey utilizó el teléfono interior para decirle a miss Woodard que pagara a
Mungo en efectivo y cargara la suma en la cuenta de los gastos personales de Harvey.
Luego encendió otro cigarro y se retrepó en el sillón, expeliendo bocanadas de humo
hacia el techo. Sí, pensó, Linda estaba enamorada. Un primer amor que había
revivido tras un encuentro casual ocurrido tres meses antes. Y ahora, Linda estaba
indudablemente a punto de decirle que quería divorciarse. Conociéndola como la
conocía, sabía que no cedería fácilmente. Pero había una circunstancia bajo la cual
tendría que ceder.
Harvey Benson meditó unos instantes más, y luego cogió el informe que Mungo
había dejado. Contenía los números de teléfono de Arkwright, el de su casa y el de la
oficina.
Después de aprenderse los números de memoria, rompió el informe a pedacitos y
los tiró al cesto de los papeles. A continuación utilizó su teléfono particular. Un
momento más tarde, la voz que recordaba de aquel único encuentro en la reunión de
los Johnson respondió:
—¡Hola, Arkwright! —dijo Harvey—. Soy Benson, el marido de Linda. Escuche,
da la casualidad de que necesito un arquitecto para que me dé algunas ideas acerca de
unos terrenos que pienso edificar. ¿Podría usted venir a echarles una mirada
conmigo…, digamos después de almorzar? ¡Estupendo! Entonces, pasaré a recogerle
a las dos.
Harvey colgó el receptor y volvió a retreparse en su sillón, fumando con intensa
satisfacción. El plan que había ideado no podía ser mejor.
Harvey desvió el pequeño automóvil europeo de la carretera asfaltada y lo hizo
penetrar en el rudimentario camino que discurría a través de quinientos pies de
terreno herboso hasta el borde del arrecife. A su lado, el joven alto de cabellos color
de arena miraba ávidamente a su alrededor. Don Arkwright tenía cierto aire pueril
que debía atraer a las mujeres, supuso Harvey. Por lo menos, atraía a Linda.
—¿Son éstos los terrenos, míster Benson? —preguntó.
—Cuatrocientos acres —respondió Harvey—. Un cuarto de milla a lo largo del
arrecife, dominando el Pacífico.
Puso la segunda de las cuatro marchas del pequeño automóvil. En el garaje, Bill
había sugerido que se llevara el «sedán» grande, pero Harvey dijo:
—Lo pondríamos perdido de polvo, Bill.
Ahora, levantando una gran polvareda detrás de él, acercaba el automóvil al borde
del acantilado.
—No tiene un aspecto demasiado atractivo —admitió—. Pero, adecuadamente
urbanizado, puede valer millones. Es un lugar tranquilo, con una soberbia vista al
[Link] - Página 115
mar.
—No parece mala idea —dijo Arkwright—. Suponiendo que pueda traerse el
agua hasta aquí, desde luego.
—Ése es un pequeño problema —convino Harvey—, pero creo que podremos
solucionarlo. Lo que ahora deseo son algunas ideas preliminares.
Detuvo el pequeño automóvil a una docena de pies del borde del acantilado, y se
apearon del vehículo. Arkwright ensanchó el pecho y aspiró la brisa del océano. Un
centenar de pies debajo de ellos, el Pacífico lamía la blanca arena tachonada de rocas.
—¡Mire, allí! —gritó Arkwright, señalando hacia el norte—. ¡Hay varias focas
sobre las rocas! No sabía que llegaban tan al sur…
—¡Oh, sí! —Harvey pudo ver un grupo de pequeñas formas negras diseminadas
sobre unas rocas planas que emergían del agua a media milla de distancia de la playa
—. Antes abundaban mucho por estos alrededores.
Aprovechó la ocasión para estudiar el terreno que se extendía al norte. No había
ningún árbol, ninguna presencia humana: excursionistas, vagabundos o bañistas.
Tampoco había ningún tránsito en la carretera que habían abandonado un momento
antes. Harvey volvió lentamente la cabeza: el sur era también una extensión vacía y
solitaria. Tal como había supuesto al trazar sus planes, desde luego.
—El lugar tiene unas posibilidades maravillosas —dijo Arkwright, mientras
Harvey terminaba su inspección—. Le agradezco la oportunidad que me brinda con
este trabajo.
—Agradézcaselo a Linda —dijo Harvey, y sonrió.
—Bueno, ha sido muy amable por su parte —dijo Arkwright—. Cuando nos
encontramos en aquella reunión, ni siquiera estaba seguro de que se acordara de mí.
—¡Oh! Le recuerda a usted muy bien. —El tono de Harvey era sardónico. Por el
rabillo del ojo contempló a un solitario «sedán» que avanzaba por la carretera
asfaltada, pasaba por delante de ellos y desaparecía—. Me di cuenta en seguida de lo
feliz que se sentía al volver a verle. A fin de cuentas, fueron ustedes novios en su
época escolar.
—Bueno, habíamos pasado algunos buenos ratos juntos —dijo Arkwright—. Y
pensar que han transcurrido doce años… —Se arrodilló y atisbo por encima del borde
del precipicio—. Habría que amurallar este acantilado —sugirió—. Sólo como una
medida de precaución.
—Soy un decidido partidario de las medidas de precaución —asintió Harvey,
colocándose detrás de Arkwright—. ¡Y ésta es una de ellas!
En el momento en que Arkwright se incorporaba, Harvey extendió sus manos
hacia adelante con la intención de empujar al joven y precipitarle al vacío. Pero
Arkwright se había vuelto ligeramente al tiempo de levantarse, de modo que el
empujón sólo le hizo vacilar, medio perdido el equilibrio.
—¡Míster Benson! —gritó—. ¿Qué está usted haciendo?
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—¡Tomando precauciones! —gruñó Harvey, y descargó su puño contra la
mandíbula del joven.
Arkwright se tambaleó, pero consiguió agarrar el brazo de Harvey. Éste proyectó
su mano libre contra el pecho de Arkwright, y empujó. Moviendo los brazos como
dos aspas de molino, el arquitecto retrocedió, perdió pie y cayó al vacío.
Harvey miró a su alrededor, en busca de un posible testigo. La zona, en todas
direcciones, continuaba desierta. Respirando agitadamente se acercó al borde del
precipicio y miró hacia abajo. Donard Arkwright yacía sobre las rocas y la arena de la
playa, completamente inmóvil, seguramente muerto.
A continuación, Harvey Benson subió al pequeño automóvil y puso el motor en
marcha. Luego se apeó, soltó el freno y empujó el vehículo hasta precipitarlo por el
acantilado. El coche dio una vuelta de campana en el aire y fue a estrellarse a una
docena de pies de distancia del cadáver de Arkwright.
Una vez más, Harvey miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no
existía ningún testigo de su hazaña. Luego echó a andar hacia la carretera.
Transcurrió bastante tiempo antes de que pasara un automóvil, cuyo conductor se
ofreció amablemente a desviarse de su camino para llevar a Harvey a la comisaría de
policía que se encontraba seis millas al sur.
La entrevista con el teniente Grayling —joven, reposado, seguro de sí mismo—
fue breve. Harvey contó su historia con acento entrecortado por la emoción.
Arkwright y él habían salido con la intención de inspeccionar los terrenos. Cuando
estaban a punto de marcharse, Arkwright se había empeñado en darle la vuelta al
automóvil. Al parecer, no estaba familiarizado con el cambio de marchas de los
coches europeos, y había puesto la primera en vez de la marcha atrás. Aturdido, había
tratado de saltar, en vez de parar el automóvil, y había caído por el acantilado, al
mismo tiempo que el vehículo.
—¿Presenció alguien el accidente? —preguntó Grayling, tomando notas.
Harvey sacudió la cabeza.
—Es un lugar muy aislado. Tuve que esperar mucho rato hasta que pasó un
automóvil que me trajera aquí. Ni siquiera intenté bajar a la playa… Me pareció
imposible que el pobre Arkwright pudiese estar con vida.
—Comprendo. —Grayling anotó algo en su cuaderno—. Hay un campamento de
Boy Scouts a unas dos millas al norte de aquel lugar. Pensé que alguno de los
muchachos podía encontrarse por allí.
No, Harvey estaba completamente seguro de que no había nadie.
Grayling cerró su cuaderno de notas y alargó la mano hacia el teléfono.
—Enviaré a unos hombres a rescatar el cadáver —dijo—. No creo que resulte una
tarea fácil: el acantilado es muy escarpado. ¿Quiere usted esperar?
Harvey se pasó un pañuelo por el rostro.
—Naturalmente, estoy un poco trastornado —dijo—. Preferiría marcharme a
casa. A menos que haya algo que yo pueda hacer…
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—¡Oh, no! —dijo Grayling—. Nada en absoluto. Tengo su dirección. Si necesito
alguna información complementaria, le llamaré a usted por teléfono. Y habrá la
encuesta, desde luego.
—Desde luego —repitió Harvey—. Gracias, teniente. Ahora, si pudiera usted
encontrarme un taxi…
Eran las cuatro y media cuando el taxi dejó a Harvey delante de la puerta de su casa:
noventa minutos antes de su hora de llegada habitual. Linda, que estaba en el patio
regando unas flores, se sorprendió al verle.
—Hoy llegas muy temprano, Harvey —dijo.
—Desde luego —replicó Harvey.
Estaba de un humor excelente. Bajó a la bodega en busca de una botella de
whisky y se sirvió una generosa ración.
—Hoy he vivido mía interesante experiencia —dijo, después del primer sorbo—.
Muy interesante, Linda.
—¿Interesante? —preguntó su esposa, intrigada.
—He conocido a tu amiguito.
Linda estuvo a punto de dejar caer la regadera. Enrojeció hasta la raíz de los
cabellos.
—¿De qué estás hablando? —murmuró.
—¡Oh! Vamos, Linda, no creerás que me has estado engañando durante las
últimas semanas… Por tu actitud, incluso un idiota hubiera adivinado que estabas
enamorada. Y, encima, aquellas llamadas telefónicas: cuando contestabas tú, se
habían equivocado de número, y si contestaba yo no había nadie al otro extremo del
hilo… ¿Crees que soy tonto para no sospechar lo que has estado haciendo?
—No he estado «haciendo» nada —dijo Linda, con una asombrosa sangre fría—.
Pero, es cierto, Harvey. Estoy enamorada. Pensaba decírtelo esta noche. Quiero
divorciarme.
Harvey bebió otro sorbo de whisky y se echó a reír.
—¿Divorciarte, querida? ¿Por qué motivo?
—Porque estoy enamorada de otro hombre. Nunca lo he estado de ti. Lo sabes
perfectamente, Harvey. Dijiste que llegaría a amarte, y lo he intentado; sin embargo,
ha sido inútil. Ahora…
—Ahora estás un poco trastornada, querida. Y eso les ocurre a muchas mujeres.
Pero acabarás por olvidar este amor. Y te resultará más fácil, sabiendo que tu
amiguito ha muerto.
—¿Muerto? —Linda se cubrió el rostro con las manos—. ¿Muerto? ¿Piensas que
voy a creerte? ¡Sólo tratas de torturarme!
—En absoluto. Esta mañana le llamé por teléfono. Concerté una cita con él.
Negocios, le dije. Le llevé a los terrenos que poseo en Cliffside. Nos apeamos del
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automóvil… y él se cayó por el acantilado. Murió en el acto.
—¿Estás diciéndome… que le asesinaste?
—Desde luego que no. Un hombre sería un estúpido si dijera una cosa así… aún
en el caso de que fuera cierto. El automóvil se precipitó por el acantilado,
sencillamente.
—¡Tú le asesinaste!
—Estás un poco excitada, Linda, de modo que no tomaré en cuenta tus palabras.
—Le asesinaste, ¿verdad?
—No soy más que un hombre que protege lo que le pertenece.
—¡Y tú crees que yo te pertenezco! Eso es lo que crees, ¿verdad?
Linda echó a correr a través del patio y entró en la casa; Harvey oyó cómo se
cerraba violentamente la puerta de su habitación. Entró a su vez en la casa, sin
apresurarse, y golpeó con los nudillos la puerta del cuarto de su esposa.
—¡Linda! —llamó. Oyó el ruido de los cajones al abrirse—. ¡Linda!
—Voy a marcharme, Harvey —dijo Linda a través de la puerta—. En cuanto haya
recogido lo más indispensable me marcharé.
—No tomes decisiones precipitadas, Linda —dijo Harvey.
Al ver que su esposa no contestaba, salió de nuevo al patio y encendió un cigarro.
El bolso de Linda estaba sobre la mesa. Lo abrió y sacó los veintitrés dólares que
contenía. Linda no podría ir muy lejos sin dinero, y no tenía cuenta en el banco. No
tardaría en recobrar la cordura.
Harvey se había fumado la mitad del cigarro cuando salió Linda. Se había puesto
un vestido oscuro y llevaba un pequeño maletín. Se detuvo en la puerta del patio.
—Sólo quiero mi bolso —dijo—. Ya enviaré por el resto de mis cosas.
—Estás trastornada —insistió Harvey—. ¿Adónde vas a ir? No tienes dinero, ni
siquiera para tomar un taxi.
Linda cogió su bolso y lo abrió bruscamente. Palideció.
—¡Eres un monstruo! —exclamó, temblando de rabia—. Iré andando. Dormiré en
la calle, si es preciso. Pero antes acudiré a la policía para que sepa que le has
asesinado.
—Te pondrás en evidencia, querida. Fue un accidente, y nadie podrá probar lo
contrario.
—Sé que eres listo, terriblemente listo. Pero no creas que voy a dejar de
intentarlo.
Harvey se sintió invadido por una súbita cólera. Se acercó a Linda y la agarró por
los brazos.
—¡No seas estúpida! Métete en la cabeza que Donald Arkwright está muerto. Fue
un accidente, y nadie va a hacerte caso si pretendes decir lo contrario.
El asombro que se reflejó en el rostro de Linda hizo que Harvey la soltara.
—¿Donald Arkwright? —balbució Linda—. ¿Has asesinado… a Don Arkwright?
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—Yo no he dicho eso. He dicho que está muerto. Vamos, Linda, recobra el juicio.
Ya sabes que no tienes a nadie a quien recurrir.
Pero Linda le estaba mirando con una extraña expresión.
—Donald no significaba nada para mí —dijo.
—¿Qué estás diciendo?
—Donald no era más que un viejo amigo que se sentía solo y que me llamó varias
veces por teléfono. Fui a almorzar con él en un par de ocasiones. Cuando
mencionaste el restaurante, pensé que sabías la verdad.
—¿La verdad? ¿Qué verdad? —inquirió Harvey, desconcertado.
—El motivo de que fuera siempre al restaurante Drover era el de que me daba una
oportunidad de ver al hombre del cual estoy enamorada. Es el encargado del
restaurante. Y ahora acudiré a él.
Dio media vuelta, echó a correr hacia la puerta y desapareció. Harvey quiso
seguirla, pero en aquel momento sonó el teléfono.
Con una sensación casi premonitoria, descolgó el receptor.
—¿Diga? —aulló—. ¿Diga? —Esperó un largo rato y luego repitió—: ¿Diga?
Pero al otro extremo de la línea no había nadie.
Harvey Benson estaba medio borracho cuando llegó el teniente Grayling,
acompañado por dos agentes, media hora más tarde. Después de todo, había testigos
del supuesto accidente, le dijo Grayling. Ochocientos metros al norte del lugar donde
había asesinado a Arkwright, un guía y cinco Boy Scouts estaban ocultos entre unas
rocas, contemplando las evoluciones de las focas debajo de ellos. Cuando llegaron
Harvey y Arkwright, la curiosidad les impulsó a enfocar sus prismáticos en aquella
dirección, y lo habían presenciado todo.
Seis testigos…
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ASESINATO EN EL MUELLE
Budd Schulberg
El musculoso brazo y apoyó la mano sobre el reloj. La fuerza de la costumbre. Las
despertador estaba a punto de sonar cuando Matt Gillis extendió su velludo y
seis y media. En verano, con la luz filtrándose a través de las rendijas de las
persianas. En invierno, en cambio, a las seis y media era aún de noche. Matt
desperezó su enorme corpachón y gruñó. La costumbre le despierta a uno a las seis y
media cada mañana, pero la costumbre no hace que a uno le guste despertarse a
aquella hora cuando el viento sopla desde el mar, barriendo el muelle con una
intensidad inusitada. Matt se estremeció anticipadamente.
Oyó el viento que aullaba a través del angosto cañón de la Eleventh Street, y
pensó: Otro día, otro asqueroso día de frío siberiano. Sacó un pie de la cama para
comprobar la temperatura, y volvió a meterlo inmediatamente en el cálido refugio de
las sábanas. La habitación estaba helada. El maldito portero, Lacey —todo el mundo
le llamaba Rudolph, a causa de su nariz perpetuamente enrojecida—, dejaba apagar la
calefacción todas las noches. Bueno, se diría quizás el propietario, ¿qué esperan por
veinticinco dólares al mes?
Matt se removió en la cama, dispuesto a alcanzar sus ropas de trabajo.
—¿Matt? —murmuró su esposa, Franny, alargando una mano hacia él en la
oscuridad—. Voy a levantarme. Te prepararé un poco de café.
—Me sentará muy bien.
Su rolliza Fran. Matt palmeó cariñosamente su hombro por encima de las mantas.
Su regordete rostro irlandés estaba hinchado todavía de sueño. Por un instante, Matt
la recordó tal como había sido quince años antes: la muchacha más bonita del barrio,
alegre, pizpireta, con sus ojos azul celeste y su naricita respingada, poco más que una
niña entre los grandes brazos de Matt, una chiquilla en brazos de un oso. Ahora había
engordado, casi como él, pero a escala más reducida, como si quisiera adaptarse al
aspecto de su marido para no desentonar.
—Matt, ¿no te importa que engorde? —le había susurrado una noche en la
inmensa cama de metal, cuando los niños se habían quedado dormidos.
—No, sigues siendo la mujer más guapa del barrio —había dicho Matt
galantemente.
—Al menos, puedes encontrarme siempre en la oscuridad —dijo Fran con una
ahogada risita.
Los dos se habían echado a reír, hasta que Fran tuvo que llamarle la atención a su
marido, porque todo lo que Matt hacía lo hacía en grande: reír, luchar, comer, beber,
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arengar a la multitud en el sindicato. Incluso cuando creía que estaba hablando
normalmente, gritaba, atronaba, de modo que al reírse allí, en la cama, los niños —
Tom y Mickey y Kate y Johnny y Peggy, los cinco que habían tenido hasta entonces
— se habían removido en sus camitas y Fran había dicho:
—Ssssst. Si la pequeña se despierta, tendrás que levantarte y pasearla por todo el
piso.
Matt sacó sus largas piernas del lecho y notó el frío contacto del linóleo.
Permaneció un momento inmóvil, con su larga camiseta, pensando… no sabía
exactamente qué; en el día que se abría delante de él, en los días de su juventud, en la
noche en que su padre llegó a casa con tres dedos de la mano derecha menos
(planchas de cobre: tres dedos cortados limpiamente), y en todos aquellos años que el
viejo estuvo luchando por su indemnización. Llegó un momento en que el viejo no
sabía hablar de otra cosa, y el asunto llegó a convertirse en una broma… no para el
viejo, desde luego, sino para Matt y sus hermanos, cuando fueron lo bastante mayores
como para mantener a su padre.
Matt permaneció sentado en el borde de la cama, frotándose los ojos cargados de
sueño, pensando, pensando, mientras su esposa, cálida y dulce y llena en su camisón,
se incorporó detrás de él y susurró:
—Voy a levantarme y a prepararte un poco de café.
Deseaba decir algo más. Deseaba decir:
«Sí, Matt, sé lo que significa bajar al muelle cuando el sol apenas se ha
levantado… Sé lo que significa para ti quedarte allí de pie con otros trescientos o
cuatrocientos hombres, bajo la mirada insolente del jefe de los estibadores, Fisheye
Moran. Sé lo que significa para ti ir al trabajo todas las mañanas como si tuvieras un
empleo…, cuando en realidad no puedes trabajar a menos que Fisheye se digne darte
una chapa de latón».
Deseaba decir:
«Sí, y sé lo que significa para ti que te dejen en la calle; sé lo que sientes cuando
el jefe de los estibadores fija en ti sus ojos insolentes y dice: Esto es todo por hoy;
vuelve mañana, a ver si hay más suerte».
Matt estaba ahora en pie, un oso velludo bajo su larga camiseta, desperezándose y
gruñendo para acabar de despertarse. Fran empezó a levantarse, pero Matt apoyó su
manaza en el hombro de su esposa y la obligó a permanecer en la cama. Bueno, de
acuerdo. Fran se alegraba de no tener que levantarse. ¿Cuándo podía descansar un
cuerpo mejor que en aquellos preciosos minutos a primera hora de la mañana?
—Ten cuidado, Matt. Ten mucho cuidado. No te metas en ningún lío.
Fran conocía a su Matt, el rebelde irlandés, uno de los pocos valientes —o
temerarios— que se atrevía a levantar la voz contra los manejos de la pandilla de
Lippy Keegan, el cual controlaba el trabajo de los estibadores, y el juego en los
descansos de mediodía, y todo lo que podía producir una ganancia fácil. Lippy y sus
esbirros gobernaban el barrio a su antojo, y los estibadores que sabían lo que les
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convenía se arrimaban a los muchachos de Keegan y sacaban el mejor partido posible
a la situación. Matt trataba siempre de hacerles reaccionar, pero el miedo estaba
demasiado arraigado. «Matt, he de pensar en mi mujer y en mis hijos; déjame en
paz», decían, y empujaban sus 30 centavos a través del mostrador pidiendo otro
whisky.
Matt trató de hacer el menor ruido posible mientras bajaba la escalera. Cerró la
puerta del inmueble detrás de él y se quedó un momento de pie en la acera, con la
cabeza ligeramente levantada, como si olfateara el aire. Luego se subió el cuello del
chaquetón, se hundió la gorra hasta las orejas y volvió su rostro al viento. Era un
rostro tallado en granito, con una poderosa mandíbula y una nariz aplastada, un rostro
que había encajado muchos golpes. Con el paso de los años, los muchachos de
Keegan habían ido incubando un creciente respeto hacia Matt. Los golpes no hacían
mella en él. Su capacidad de reacción era asombrosa.
Matt entró en el Longdock Bar & Grill, situado en la esquina de la calle, al otro
lado del muelle. Estaba lleno de estibadores que tomaban un café o comían un par de
huevos con jamón antes de dirigirse al trabajo. Había allí hombres de todas las edades
y tamaños, con rostros curtidos como el de Matt, muchos de ellos con la nariz
aplastada a consecuencia de las peleas libradas en los muelles o en las tabernas; entre
ellos no faltaban los ex boxeadores que habían conocido sus buenos tiempos:
palmadas en el hombro de los amigos ocasionales y quinientos dólares por un
combate de ocho asaltos. Moviéndose entre los estibadores veíase a un hombre de
aspecto, ratonil llamado Billy Morgan, aunque todo el mundo le llamaba «J. P.»,
debido a su condición de prestamista. Si uno no trabajaba, podía recurrir a J. P. para
que le prestara un par de dólares, al diez por ciento semanal. Si uno se retrasaba en el
pago, J. P. informaba a Fisheye, y Fisheye le permitía a uno trabajar un par de días
hasta que la deuda quedaba saldada. Lo tenían todo perfectamente montado. Matt
miró a J. P. y le volvió la espalda.
En un rincón estaban dos de los pistoleros de Lippy. Specs Sinclair, un hombre de
aspecto apacible que no tenía pinta de luchador pero que había liquidado por lo
menos a una docena de hombres, y Feets McKenna, un tipo musculoso capaz de
tumbar a un buey de un puñetazo. Feets era el matón del local. Specs, un analfabeto,
ejercía las funciones de secretario. Matt miró a los dos hombres a la cara para
demostrarles que no les tenía miedo, nunca. Luego se abrió paso hacia el mostrador.
Los hombres allí reunidos iban vestidos como el propio Matt, con pantalones
viejos y camisas de franela y gorras que habían conocido mejores días. Todos
conocían a Matt y respetaban su gallardía; pero al mismo tiempo consideraban su
compañía como poco conveniente, si querían trabajar en el sector del puerto
controlado por Lippy Keegan.
Matt esperaba que le sirvieran el café cuando un puño se aplastó dolorosamente
contra su costado. Parpadeó, sorprendido, e inició un movimiento de defensa, pero al
reconocer a su agresor sonrió. Debió imaginárselo. Era Runt Nolan, cuyas cien
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batallas en el ring y 25 años de fanfarronear en los muelles estaban impresos en su
achatado rostro. Pero toda una vida dedicada a dar y a recibir golpes no había
conseguido apagar el brillo de sus ojos. Runt Nolan veía siempre el lado divertido de
las cosas, incluso cuando le apuntaba el negro cañón de un 38. En tanto que los otros
estibadores escurrían temerosamente el bulto ante los pistoleros de Lippy, Runt
parecía encontrar un perverso placer en provocarles. A veces se reían de sus
bravuconadas y a veces, si continuaba provocándoles —sobre todo en presencia de
los otros estibadores—, ponían término a la situación con una llave inglesa o un trozo
de tubería de plomo. Runt tenía una cabeza más dura que una piedra y más vidas que
un par de gatos, y sus milagrosas recuperaciones de aquellas palizas se habían
convertido en una leyenda en todo el muelle.
En cierta ocasión le habían dejado boca abajo en una calleja, en medio de un
charco de sangre, tras haberle propinado los golpes suficientes para destrozar el
cráneo de un toro; y una hora más tarde, cuando todo el mundo le imaginaba camino
del depósito de cadáveres, se había presentado en el Longdock y había pedido un
whisky.
Runt sonrió al ver que Matt se frotaba el costado con fingido resentimiento.
—Buenos días, Matt. Sólo quería comprobar si estabas en forma.
—Ten cuidado Runt. Otro puñetazo como ése y te aplasto la cabeza.
—¡Vamos a verlo, valiente!
Runt se puso en guardia, dio unos saltitos, y rozó la mandíbula de Matt con el
puño izquierdo, sin dejar de reír.
Matt cogió su taza de café y un buñuelo y se sentó en una de las mesitas con
Runt. A éste rara vez se le veía comer. Parecía considerar la necesidad de alimento
sólido como una desgracia, como una señal de debilidad. Whisky, cerveza, y algún
que otro bocadillo: ésta era la dieta de Runt, una dieta que a los cincuenta y cinco
años, a pesar de lo que pudiera opinar la ciencia médica, le conservaba ágil y
resistente.
—¿Qué clase de carga tenemos hoy? —preguntó Matt.
Runt vivía en un fonducho situado encima del Longdock, y habitualmente estaba
enterado del movimiento del muelle.
—Plátanos —respondió desdeñosamente Runt.
—¡Plátanos! —repitió Matt, con aire de disgusto.
Los plátanos significaban mucho acarreo a hombros, transportando los pesados
racimos. Un descargador de plátanos era poco menos que una mula humana. Los
plátanos sólo tenían una cosa buena: los estibadores que trabajaban asiduamente
podían permitirse el lujo de renunciar a los plátanos, de modo que siempre se
necesitaban brazos suplementarios. El estibador que no le caía bien a Fisheye, e
incluso el tipo que andaba a la greña con la pandilla de Keegan, tenían una
posibilidad de trabajar el día que había plátanos.
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Cuando Runt y Matt llegaron al muelle, diez minutos antes de que la sirena
anunciara las siete y media, había ya un par de centenares de hombres en el tinglado
principal, calentándose alrededor de improvisados braseros y golpeando los pies
contra el suelo para desentumecerlos. Algunos de ellos eran hombres endurecidos por
el trabajo, estibadores profesionales, cuyos padres irlandeses habían descargado
barcos en aquel mismo muelle. Y algunos de ellos eran únicamente aves de paso, en
busca de un jornal que les permitiera emborracharse. Algunos de ellos eran hombres
robustos, de anchos hombros y poderosas espaldas. Algunos de ellos eran hombres
sorprendentemente delgados, miserablemente vestidos, la resaca humana del muelle.
Fisheye apareció flanqueado por un par de matones: «Flash» Gordon y «Blackie»
McCook. Ahora, los estibadores que aguardaban eran casi trescientos.
Obedientemente, se agruparon de modo que Fisheye pudiera escoger. Como ovejas de
un rebaño. Los hombres que Fisheye escogía eran los únicos que trabajaban. El que
quería trabajar asiduamente debía entregarle a Fisheye un porcentaje de su salario, o
prestarle algún servicio a Lippy. No era indispensable estar fichado, pero un par de
años pasados en una respetable penitenciaría eran una buena recomendación.
—Necesito doscientos descargadores de plátanos. —La ronca voz de Fisheye
recordaba las sirenas contra la niebla que aullaban a lo largo del Hudson. Trabajo
para doscientos hombres a 2,27 dólares la hora. Los trescientos, tal vez cuatrocientos
hombres, se miraron unos a otros con silenciosa rivalidad—. Tú… y tú… Pete… y tú,
Slim…
Fisheye escogía a los hombres con una mirada fría, dura. Matt experimentó un
creciente malestar en la boca del estómago a medida que Fisheye iba entregando
aquellas preciosas chapas de latón. No le importaba verlas en manos de hombres
maduros como él, forjados en el propio muelle. Lo que le resultaba insoportable era
verse postergado en beneficio de aquellos jovenzuelos casi imberbes, tales como el
cínico Skelly, que se jactaba de haberse asegurado el trabajo diario gracias a las
«faenas» que había llevado a cabo por cuenta de Lippy. El joven Skelly tenía grandes
ideas, decían en el bar. Cualquier día pasaría a formar parte de la «plantilla» de
Lippy. Y, con el tiempo, quién sabe… «Peaches» Maloney había sido el número
uno…, hasta que Lippy le enterró en una cloaca. Matt había visto sucederse a
aquellos jefecillos. Y siempre se había mantenido en la misma actitud de
intransigente firmeza.
Fisheye casi había acabado de escoger a sus doscientos hombres. Apoyó la mano
en el hombro de Runt Nolan.
—Bueno, bocazas, puedes enganchar. Pero recuerda que te estoy haciendo un
favor. Mantén el pico cerrado, si no quieres que te eche por la borda.
Runt apretó fuertemente los puños; experimentaba un intenso deseo de decir lo
que pensaba. Pero un día era un día, y últimamente su ración de cerveza había
escaseado de un modo alarmante. Miró a Matt con una expresión desolada y echó a
andar hacia el muelle.
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Matt esperó, pensando en Fran y en los niños. Y esperó, pensando en Fisheye: no
era justo, no era justo que un tipo como él tuviera tanto poder. El rostro de Matt
reflejaba lo que sentía en aquel momento. Fisheye se dio cuenta y se acercó a Matt,
como si fuera a escogerle a él, y luego entregó una chapa de latón por encima del
hombro de Matt a Will Murphy, un viejo desdentado incapaz de cargar con la quinta
parte del peso que Matt podía acarrear. Matt no había sido nunca un hombre
prudente, y en aquel momento la rabia le cegó. Agarró a Fisheye por la pechera de su
chaquetón y le sacudió furiosamente.
—Escúchame bien, cerdo. Si hoy no me das trabajo, voy a partirte en dos. Tengo
que dar de comer a mis hijos. ¿Te has enterado, Fisheye?
Fisheye miró desesperadamente a su alrededor. Blackie y el joven Skelly se
acercaron en actitud amenazadora.
—No pasa nada, muchachos —dijo Fisheye, cuando les vio a su lado—. Yo
arreglaré esto. Matt es un tipo testarudo, pero no tan testarudo como para desear que
le echen al río. ¿Verdad, Matt?
Al río. Un cuerpo inconsciente hundido en las negras y profundas aguas del río,
mientras la ciudad dormía. Causa de la muerte: caída accidental, seguida de asfixia.
Docenas y docenas de hombres excelentes habían sido echados al río como basura.
Matt conocía algunas de las viudas que tenían historias que contar, si alguien se
atreviera a escucharlas. Al río. Matt se apartó de Fisheye. ¿Qué iba a ganar
haciéndole frente? Una paliza, y tal vez una ración de plomo. Pero, el día menos
pensado, Runt y él harían algo, y otros les seguirían; se celebrarían unas verdaderas
elecciones, y…
Detrás de Matt, un camión hizo sonar su claxon, pidiendo entrada al muelle.
Fisheye se volvió hacia Matt:
—¡Quítate del paso, estúpido! ¿No ves que estás bloqueando el tránsito?
Matt escupió en el suelo y se alejó.
De nuevo en el Longdock, Matt se sentó con una cerveza delante de él, contemplando
maquinalmente el programa matinal de la televisión: una dama de aspecto atractivo,
anunciando algo. Bla-bla, bla-bla, bla-bla… Antes, por lo menos, había silencio y
tranquilidad en el Longdock hasta que los estibadores venían a almorzar. Matt se
dirigió a otra taberna y se sentó ante otra cerveza. De cuando en cuando, un estibador
en las mismas condiciones que Matt entraba en la taberna y prestaba oído atento a las
sugerencias de Matt acerca de la necesidad de convocar unas honestas elecciones
sindicales; debían librarse de la explotación de que les hacían víctimas Lippy y su
pandilla; sí, la cosa resultaría difícil, desde luego, pero si reunían los votos
suficientes…
Matt creía hablar en voz baja, pero incluso su susurro tenía volumen, y en un
rincón de la taberna Feets y Specs se estaban enterando de todo. No fruncían el ceño
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ni asumían un aspecto amenazador: se limitaban a mirar, bebiendo silenciosamente, y
enterándose de todo.
Cuando Matt terminó su cerveza y salió a la calle, Feets y Specs se levantaron de
sus asientos y le siguieron. Un barco que navegaba río abajo hizo sonar una sirena
que se tragó todos los otros ruidos del muelle. Matt no oyó acercarse a los dos
hombres hasta que Feets apoyó una mano en su hombro. Feets tenía un corpachón
como el de Matt, robusto y duro. Specs, en cambio, era bajito y delgado. Llevaba
unas gafas de vidrios muy gruesos. En cierta ocasión había disparado contra un
individuo erróneamente. Lippy le había dicho que se comprara un par de gafas
nuevas, advirtiéndole que no volviera a incurrir en aquella equivocación.
—¿Qué hay de nuevo, Matt? —preguntó Feets, y por su tono nadie hubiera
dudado de la cordialidad de su saludo.
—¡Hola, Feets! ¡Hola Specs! —dijo Matt.
—Oye, Matt, queremos hablar contigo —dijo Feets.
—Bueno —dijo Matt—, si sólo se trata de hablar, adelante.
—¿Por qué andas siempre buscándote complicaciones? —inquirió Specs—.
Deberías recapacitar, Matt. Si mantuvieras la boca cerrada, podrías trabajar tres o
cuatro días a la semana.
—No sabía que os preocupara tanto el hecho de que yo trabaje o no.
—Matt, no seas tan testarudo —insistió Feets—. Con tus bravatas no vas a
conseguir nada, desde luego. Lo único que conseguirás será que Lippy pierda la
paciencia.
Matt mandó a Lippy al diablo. Feets y Specs parecieron apenados, como si Matt
obrara de un modo insensato.
—No hables así —dijo Specs. Su rostro adquiría una gran palidez cuando se
disponía a entrar en acción. En el muelle se decía que Specs gozaba apretando el
gatillo—. Si sigues utilizando ese lenguaje, tendremos que tomar medidas. Ya sabes
cómo las gasta Lippy.
Matt pensó un instante en el peligro que correría si hablaba demasiado claro: Fran
y los niños en casa, esperando el dinero que tendría que pedirle prestado a J. P. ¿Por
qué buscarse más complicaciones? ¿Para ir a parar al fondo del río? ¿Por qué no
podía ser como otros muchos estibadores, como Flanagan, por ejemplo, que aborrecía
a Lippy Keegan, pero lo disimulaba a fin de poder llevarles la comida a los suyos?
Lippy era el amo del muelle, les gustara o no…
Matt pensó todo esto, pero no pudo contenerse. Matt era un hombre que se
respetaba a sí mismo, y no podía soportar que un rufián sin escrúpulos y un grupo de
bribones se llamaran a sí mismos un sindicato. «No debiera decir esto», pensaba
Matt, en el momento en que lo estaba diciendo:
—Sí, sé cómo las gasta Lippy. Pero un día de estos se va a llevar la mayor
sorpresa de su asquerosa vida. Lippy va a encontrarse…
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—¡Cierra el pico de una vez! —dijo Feets—. Te estás buscando un disgusto muy
serio.
—Lo supongo —dijo Matt—. Pero no voy a echarme atrás.
Feets y Specs se miraron el uno al otro, como diciéndose: ¿Qué puede hacerse
con un cabezota como éste? Se encogieron de hombros y se apartaron de Matt,
regresando a la taberna. Más tarde, informarían a Lippy y recibirían las órdenes
oportunas. Matt Gillis estaba proporcionándole muchos quebraderos de cabeza a
Keegan. Con lo bien que irían las cosas si no fuera por ese puñado de bocazas…
Feets y Specs se acodaron en el mostrador plenamente convencidos de que defendían
la paz y la estabilidad, una paz y una estabilidad que Matt Gillis se empeñaba en
turbar.
Matt encontró a Runt en el Longdock alrededor de las cinco y media. Runt estaba
eufórico después de haber cobrado su jornal. Hablaron de la petición que pensaban
elevar para convocar una asamblea de estibadores. Runt había estado hablando con
un par de veteranos que estaban medio muertos de miedo y medio dispuestos a hacer
cualquier cosa. Y había tal vez una media docena de jóvenes estibadores que tenían
ideas jóvenes y no transigían con el imperio que Lippy ejercía en el muelle. Otro par
de rondas, y llegó la hora de cenar.
—Toma otro trago, Matt. El dinero me está quemando en el bolsillo.
—Gracias, Runt, pero tengo que marcharme a casa. Ya sabes que mi mujer me
zurra si llego tarde.
Matt Gillis se frotó los labios con la manga del chaquetón y palmeó el hombro de
Runt.
—No te metas en líos. Ten cuidado.
Mal asunto, meterse con la pandilla de Lippy y beber al mismo tiempo. La
borrachera justificaría aún más una «caída accidental» al río.
Matt estaba preocupado por Runt mientras andaba por la oscura acera en
dirección a su casa. Runt se arriesgaba demasiado. A Runt le gustaba decir:
«Dejadme beber y divertirme a mi modo. No tengo nada que perder…».
Tendré que vigilar a Runt con especial cuidado, ahora que se acerca la asamblea,
pensaba Matt, cuando algo sólido se estrelló detrás de su oreja. El golpe había sido
descargado con la fuerza suficiente para derribar a un caballo, pero Matt se volvió,
convirtió en una maza su mano derecha y estaba a punto de utilizarla cuando le
alcanzó otro golpe, esta vez en la nuca. Creyó reconocer al joven Skelly, en compañía
de Feets, aunque no estaba seguro. En la calle reinaba la oscuridad y la cabeza de
Matt estaba estallando. Como en una pesadilla, se sintió arrojado al suelo y pisoteado.
La noche se cerró sobre él como un encerado negro…
Todo el mundo hablaba al mismo tiempo y Matt estaba tendido sobre la cama en su
habitación.
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—Marchaos, dejadme dormir…
—Matt, escucha, soy el doctor Wolff. —El médico, delgado y bajito, se volvió—:
Fuera, fuera, desalojad el cuarto.
La mitad de los vecinos del inmueble se apretujaban en el pequeño piso de los
Gillis. Mistress Geraghty, servicial como siempre, se llevó a los niños para darles de
cenar. El doctor Wolff lavó las feas heridas que Matt tenía en el cuero cabelludo. La
mitad del barrio le debía dinero, un dinero que nunca vería… ni reclamaría. Algunos
de los veteranos estaban aún en deuda con su padre, que a los setenta y cinco años
insistía en el ejercicio de su profesión. Padre e hijo habían remendado numerosas
heridas como aquéllas. Eran especialistas en contusiones producidas por llaves
inglesas, tuberías de plomo y calcetines rellenos de arena. Judíos en un barrio
irlandés, nunca tomaron partido, verbalmente, en la interminable guerra de guerrillas
entre la pandilla del muelle y los «insurgentes». Lo único que podían hacer, cuando
un estibador pasaba por uno de aquellos trances, era olvidarse de presentar la factura.
Los Wolff continuaban siendo pobres, a causa de sus repetidos fallos de memoria.
—¿Es grave, doctor?
—Tendríamos que mirarle por rayos X, para asegurarnos de que no existe fractura
de cráneo. Me gustaría tenerle un par de días en Saint Vincent.
No había fractura, sólo un par de boquetes de seis pulgadas, y una conmoción:
limpio trabajo profesional, realizado de acuerdo con las instrucciones recibidas: «No
acabéis con él. Dejadle de modo que tenga algo en que pensar durante un par de
semanas».
Al segundo día se presentó Runt con la buena noticia de que los estibadores
estaban firmando la petición. La agresión a Matt les había enfurecido, en vez de
asustarles como Lippy había imaginado. Runt dijo que creía que dispondrían de
suficientes hombres, tal vez un par de docenas, para convocar la asamblea.
El padre Conley, un párroco del muelle con muchas agallas, había ofrecido la
biblioteca de la parroquia para celebrar en ella las reuniones que hicieran falta.
Pero aquella noche Fran se sentó en la cama al lado de Matt dispuesta a hablar.
Fran tenía un plan. Llevaba mucho tiempo madurándolo. Y había llegado el momento
de ponerlo en práctica. El marido de su hermana trabajaba en una empresa
empaquetadora. El sueldo era bueno, el trabajo era estable y, sobre todo, no había allí
ningún Lippy Keegan fastidiándole a uno si no se conformaba a sus caprichos. Su
cuñado le había dicho que emplearían a Matt. De momento ingresaría en calidad de
obrero eventual, pero si el trabajo le gustaba no resultaría difícil que se convirtiera en
fijo. El cuñado tenía cierta influencia en la empresa.
—Por favor, Matt, por favor.
Era la lógica doméstica de Fran contra su instinto de luchador. Si Matt fuera
soltero, como Runt Nolan, las cosas serían distintas. Pero, ¿era justo que Fran y los
niños se quedaran sin unos ingresos fijos de setenta y cinco dólares semanales y
pasaran hambre y dificultades?
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—¿Por qué tienes que exponerte continuamente a recibir un golpe? La próxima
vez será peor. Esos hombres…
Sí, Matt lo sabía. El río: el silencioso asociado de Lippy Keegan, el viejo North
River, esperándole en la oscuridad.
—De acuerdo, Franny —estaba diciendo Matt bajo sus vendajes—. De acuerdo.
Dile a Derny que aceptaré el empleo.
Las amplias naves de la empresa eran limpias y tranquilas. Los obreros se
incorporaban al trabajo directamente desde sus hogares. No había que esperar en el
tinglado, comentando los barcos que llegarían y la carga que traerían. Sus
compañeros de trabajo eran distintos, también: hombres reposados que llevaban
muchos años en la empresa y que no se buscaban complicaciones. A Matt le parecía
extraño no tener que mirar detrás de él para ver si le seguía alguno de los matones de
Lippy, le parecía extraño tener dinero en el bolsillo sin la preocupación de pensar
cómo iba a devolvérselo a J. P.
Cuando Matt llevaba tres semanas en su nuevo empleo, Fran se compró un
vestido: el primer vestido que se compraba en casi dos años. Y el domingo siguiente
fueron al parque y almorzaron en una cafetería cerca del Zoo: su primera visita a un
restaurante desde Dios sabe cuándo. Fran había cogido la mano de Matt y le había
dicho:
—¡Oh, Matt! ¿No es mucho mejor esto? ¿No es así cómo la gente tiene que vivir?
Matt dijo que sí, naturalmente. Resultaba muy agradable ver a Fran feliz y
tranquila, sin el agobio de pensar en lo que les daría de comer a los niños, sin la
preocupación de que su marido pudiera llegar a casa descalabrado. Sólo que…, Matt
no podía expresarlo con palabras, pero la sensación que le invadía cuando se
encontraba en la enorme planta de empaquetado era cada vez más desazonante.
Se preguntaba qué estarían haciendo Runt, y Jocko, y Bagles, y Timmy, y el resto
de los habituales del Longdock. No había estado allí más que una vez desde que
aceptó el nuevo empleo. Los muchachos le habían preguntado cómo le iba y si le
gustaba su trabajo, pero Matt captó algo raro en ellos, como si estuvieran diciendo:
«Bueno, por fin le has dejado el campo libre a Lippy en el muelle, ¿eh, Matt?».
«Tanto hablar de sanear el sindicato, y luego te pliegas como mi acordeón, ¿eh,
Matt?». Estaba en sus ojos: incluso en los de Runt.
—Bueno, me alegro de que hayas sido lo suficientemente listo como para poner
tu pellejo a salvo —dijo realmente Runt—. Yo haría lo mismo si fuera padre de
familia. Pero nunca me he dejado pescar, ¿sabes?
Runt se echó a reír y palmeó ligeramente la espalda de Matt, pero su actitud no
era la misma de antes, indudablemente.
Una semana después Matt encontró a Runt en la calle y le preguntó cómo iban las
cosas. Había oído hablar de una reunión que iba a celebrarse en la parroquia… Al
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parecer, un funcionario del Departamento del Trabajo iba a hablarles de sus derechos
y del modo de hacerlos valer. El padre Conley, por su parte, había contratado los
servicios de un abogado especializado en problemas laborales para que les asesorase,
y el asunto parecía encaminarse a una solución.
Pero Runt se mostró poco locuaz. Matt se dio cuenta de que ahora era un extraño
para los hombres del muelle. Runt no había censurado nunca la actitud de Matt: se
había limitado a hablar de los tipos demasiado obtusos, como él mismo, que se
aferraban a una posición y no sabían renunciar a ella. Pero Matt captó la censura
implícita en aquellas palabras. Con su rostro de luchador, Matt era considerado como
un tipo duro. Pero en realidad era un hombre emotivo, hipersensible. Runt ni siquiera
le dijo la fecha en que iba a celebrarse la reunión secreta; se limitó a preguntarle si le
gustaba su nuevo empleo.
—No está mal —dijo Matt.
No tenía que levantarse a las seis y media. No tenía que esperar la limosna de una
chapa de latón. Un sueldo regular todas las semanas… ¿Qué más podía desear?
Empaquetar interminablemente los géneros más diversos en una sala en forma de
túnel iluminada por tubos fluorescentes… ¿Qué es lo que tenía el muelle? ¿Por qué
los hombres se humillaban a sí mismos apiñándose como ganado en los tinglados?
¿Qué atractivo ofrecía la descarga del cemento, del sulfato de cobre, del café, de los
minerales cuyo polvillo se aferraba a la garganta y tal vez le envenenaba a uno
lentamente?
Pero había otras cosas, y Matt lo sabía. Había la brisa aromada a sal; había los
barcos que llegaban de España, de América del Sur, de Grecia, de todo el mundo.
Había el centelleo del río los días de sol. Y el incesante movimiento del muelle: el
ruido de los transbordadores, de los remolcadores, de las gabarras, de los camiones. Y
las diversas mercancías a manejar: pieles, perfumes, sardinas, coñac —con la
posibilidad de llevarse un par de botellas debajo del chaquetón—. Y los descansos
para el almuerzo: no para comer un bocadillo frío, sino un filete recién asado en el
bar de enfrente, con una cerveza fresca para hacerlo pasar. Y los comentarios sobre el
combate de la noche anterior, o el partido de rugby del día siguiente, o el último truco
ideado por los ladronzuelos del muelle para robar las mercancías almacenadas.
El muelle: el violento, inquieto y corrompido muelle.
Matt rumiaba sus propios pensamientos sin decir nada. Se sentaba en la
habitación que daba a la calle, leyendo el periódico, bebiendo cerveza,
preguntándose, hasta que le dolía la cabeza, lo que Runt y los muchachos iban a
hacer.
Una noche, al llegar a casa, Flanagan y Bennet y algunos de los otros vecinos
estaban hablando en el zaguán de la escalera. Matt oyó:
—Tal vez ha pillado una de sus acostumbradas borracheras y la está durmiendo
en alguna parte.
Y:
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—A lo mejor se ha embarcado para alguna parte. En su juventud había navegado,
y puede haberle dado por ahí.
Y Matt oyó:
—Cuando va cargado, no se da cuenta de nada. Podría echarse de cabeza al río
pensando que se acostaba en su cama.
¡Runt Nolan! No le habían visto el pelo en tres días, dijo Flanagan. Matt echó a
correr escaleras arriba para contárselo a Fran, y ésta vio la expresión de sus ojos
cuando hablaba de Runt.
—Vamos, Matt, no ganarás nada excitándote así…
Vio que la expresión de sus ojos era la antigua expresión, la que tenían los ojos de
Matt antes de aceptar el empleo en la empresa de empaquetado.
Matt paseó arriba y abajo, pero los niños alteraron sus nervios y marchó a hablar
con el padre Conley. El párroco estaba tan preocupado como Matt. Specs había
estado advirtiendo a Runt que no convocara más reuniones en la parroquia. Specs le
había dicho a Runt que dejara de hacer el tonto, por su propio bien.
Matt regresó a su casa al cabo de un rato, pero no pudo dormir. A la una y media
de la madrugada volvió a vestirse y bajó al Longdock. ¿Se sabía algo de Runt?
Nueve días más tarde se supo algo de Runt. El Departamento de Policía había
establecido contacto con Runt, por medio de un garfio que exploraba el fangoso
fondo del río. Causa de la muerte: caída accidental seguida de asfixia por inmersión.
La noche de su desaparición, Runt había sido visto en varias tabernas, borracho como
una cuba. En su cuerpo no había ninguna señal de violencia. ¿Quién podía demostrar
que no había resbalado? El viejo North River, el silencioso asociado de Lippy, había
cumplido como los buenos una vez más.
Fue un buen entierro. Toda la vecindad asistió a él: incluso Lippy Keegan, y Specs, y
Skelly, y el resto de los muchachos. Después de la misa, el padre Conley salió a la
acera, y Matt y varios de los que apreciaban más a Runt se acercaron para oír lo que
el padre Conley iba a decir.
Habían visto al padre enfurecido en más de una ocasión, pero nunca como en
aquel momento.
—Un accidente, ¿eh? —dijo—. Si creen que vamos a tragarnos eso, son más
tontos de lo que pensaba.
—¿Qué podemos hacer, padre?
Todo el mundo miró al que había hablado: era Flanagan, que estaba detrás de
Matt; Flanagan, que siempre había contemporizado con los Keegans. Pero, como a la
mayoría de los demás, le había gustado la presencia en el muelle del cabeza rota de
Runt. El Longdock no sería el mismo sin él. En el fondo del río, Runt le había hecho
más daño a Lippy que cuando andaba por el muelle, hablando más de la cuenta.
El padre Conley dijo:
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—No dejaremos de remover el asunto. Interrogaremos a todas las personas que
hablaron con Runt el día que le golpearon en la cabeza. Obligaremos a actuar a la
policía. El caso de Runt Nolan no ha terminado, ni mucho menos.
—Ahora es el momento de nombrar a alguien candidato a la presidencia contra
Lippy —dijo Bennett.
Todo el mundo miró a Matt. Matt inclinó la mirada hacia sus incómodos zapatos
negros. Hubiera dado cualquier cosa por haber estado con Runt la noche en que los
matones de Keegan acabaron con él.
—Me parece muy bien, no hay que darles un momento de respiro —dijo el padre
Conley—. Tal vez no lo saben todavía, pero los tiempos están cambiando. Un día de
estos saldrán del muelle con las manos a la cabeza. —Miró a Matt y añadió—: Yo
puedo ayudaros. Pero no puedo actuar en nombre vuestro. Necesitáis un jefe.
Matt volvió a contemplar las puntas de sus zapatos. El traje azul marino le
producía siempre una sensación de incomodidad. Vio a Fran, hablando con otras
mujeres. En su cerebro se entremezclaban Fran, y la empresa de empaquetado, y el
bienestar de los niños, y Runt, y lo que el padre Conley estaba diciendo, y los rostros
de aquellos estibadores que le miraban, aguardando su decisión…
Al día siguiente, el timbre del despertador quebró el silencio a las seis y media. Matt
se incorporó en la cama. A su lado, Fran murmuró:
—Voy a levantarme y a prepararte un poco de café.
Matt se volvió hacia ella.
—Lo siento, Fran. Yo…
—No digas nada.
Incluso antes de lo de Runt, Fran había intuido lo que iba a pasar. Y cuando
regresaban del entierro, Matt había dicho:
—Todos los muchachos querían a Runt. Están indignados. Ahora es el momento
de conseguir que hagan algo.
Fran, sentada en la cama detrás de él, dijo:
—No compliques las cosas más de lo necesario, Matt.
Matt se puso en pie, se desperezó, gruñó y empezó a ponerse los pantalones.
—No te preocupes, sé cuidar de mí mismo. No van a pillarme borracho, como al
pobre Runt, Dios le tenga en su gloria.
Fran no lamentaba siquiera que Matt renunciara a su trabajo en la empresa
empaquetadora. Un empaquetador es un empaquetador, y un estibador es un
estibador. En el fondo, Fran lo había sabido siempre.
—Voy a levantarme y a prepararte un poco de café —repitió, tal como había
hecho un millar de veces antes, tal como volvería a hacerlo, si Matt tenía suerte— un
millar de veces más.
Matt la miró cariñosamente.
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—Te estás poniendo gorda, cariño…
Luego se puso la camisa de lana a cuadros encima de la larga camiseta. Si había
trabajo suficiente, no sería de extrañar que Fisheye le escogiera, para cubrir las
apariencias si se abría alguna investigación.
El garfio de estibador al cinto, Matt se puso el chaquetón y la gorra, le dijo a Fran
que no se preocupara y trató de no hacer demasiado ruido mientras bajaba la crujiente
escalera.
Flanagan salía de su piso cuando Matt llegó al rellano inferior. El viejo estibador
bostezaba y se frotaba los ojos cargados de sueño, pero al reconocer a Matt sonrió.
—¡Buenos días, Matt! Nos estabas haciendo mucha falta.
Nos. Flanagan había recalcado aquel nos. Matt palmeó su hombro, más turbado
de lo que quería dar a entender.
—El muelle es el muelle, ¿eh, Matt?
Matt dejó oír una especie de gruñido de asentimiento. Se sintió mucho mejor una
vez en la calle, cuando el viento chocó contra su rostro.
Cuando llegaron a la esquina, dos figuras surgieron de un edificio: Specs Sinclair
y el joven Skelly. Specs estaba resfriado. Padecía de sinusitis, y en invierno estaba
siempre resfriado.
—¿De modo que no quedaste satisfecho? —le dijo a Matt, cubriéndose la nariz
con un pañuelo—. Te echamos de aquí una vez, pero por lo visto quieres repetir la
experiencia.
Matt le miró a los ojos, contento y excitado al mismo tiempo por encontrarse de
nuevo ante el granuja de Sinclair y el matón de Skelly. Viejos conocidos…
—Cierra el pico, comadreja —replicó Matt—. Esta vez no va a resultar tan fácil
la cosa. Ninguno de nosotros incurrirá en el error del pobre Runt. Ahora nos
mantendremos agrupados como una piña. Y el padre Conley se encargará de que los
periodistas se interesen por el muelle. Repite la experiencia, como tú la llamas, y
sabrás lo que es una descarga de diez mil voltios.
Specs miró a Skelly. Las cosas se estaban complicando, indudablemente. En los
viejos tiempos, la muerte de un borrachín como Nolan pasaba inadvertida. En tanto
que ahora… Por primera vez en su vida, Specs dudó de que Keegan poseyera la llave
mágica para abrir las puertas de aquella situación.
Matt cruzó la calle y empujó la puerta del Lorgdock. Todo el mundo sabía que iba
a regresar al muelle. Todo el mundo iba a verle. En aquel momento deseó que Runt
estuviera allí, y que anunciara su presencia golpeándole el costado con el puño
izquierdo. Sabía que aquello no era posible, pero le hizo sentirse mejor preguntarse si
aquel asqueroso hijo de perra estaría también allí, viéndole entrar.
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LA MUERTE POR UNAS MANOS INVISIBLES
John Dickson Carr
No llegó a comprender nunca por qué había experimenta do aquel malestar, y hasta
aquel miedo, antes incluso de haber llegado a la playa.
¿Los fantasmas de la noche? Pero, ¿hasta dónde puede ir la imaginación?
Un sendero escarpado conducía a la playa. De todos modos, la carretera estaba en
buenas condiciones y podía fiarse de su automóvil. Sin embargo, a medio camino,
antes incluso de notar el viento marino o de oír el murmullo del océano, Dan Fraser
se dio cuenta de que el sudor perlaba su frente. Un nervio dio una sacudida a su
pierna, pegada al freno.
«¡Es una estupidez!», se dijo a sí mismo.
Se lo dijo con una especie de sorpresa, parecida a la que había experimentado
durante la guerra, cuando conoció el miedo por primera vez. Pero aquel miedo, el de
la guerra, había tenido su razón de ser.
Un relámpago zigzagueó en el cielo encima de él. La noche era sofocante. La
carretera, que ponía a prueba ahora la suspensión de su automóvil, parecía discurrir
por el fondo de un abismo sin aire.
Después de todo, pensó Dan Fraser, tenía motivos más que sobrados para dar
gracias al cielo. Iba a ver a Brenda; era el hombre más afortunado de Londres. Si ella
había decidido pasar el fin de semana en un lugar tan apartado como Cornuailles del
Norte, él era feliz haciendo el viaje…, aunque fuera con un día de retraso.
La visión de Brenda surgió ante sus ojos tan claramente como el relámpago. La
veía como siempre, medio sonriente, medio enfurruñada, con la luz en sus cabellos
rubios. Brenda era hermosa, era deseable. Él no tenía derecho a sospechar que su
candor y su vivacidad pudieran ocultar alguna cosa.
Brenda Lestrange obtenía siempre lo que deseaba. Y le había deseado a él, sólo
Dios sabía por qué. Él no tenía nada de extraordinario. De nuevo, mentalmente, la vio
sobre la pista de baile de un club nocturno, oyó el ritmo sincopado de la orquesta. Los
hombros de Brenda surgían de un vestido plateado, de escote muy amplio, y sus ojos
eran tan azules y tan grandes como los de la Eva eterna.
¿Por qué no había preferido a un hombre de mundo, a un conquistador como
Toby Curtis, detrás del cual corrían todas las mujeres? Pero, tal como Joyce había
dado a entender, aquél era el quid de la cuestión: Toby Curtis no prestaba la menor
atención a Brenda, a causa de todas las demás. Por consiguiente, Brenda prefirió…
«Bueno, siendo así, ¿qué es lo que me pasa?», se preguntó Fraser. Iba a ver a
Brenda dentro de unos momentos. Debería sentirse inundado de júbilo, y no presa
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de…
¡Cuidado!
Ahora estaba en terreno llano, al nivel del mar. El automóvil avanzaba junto a
unos cuidados jardines que se extendían delante de unas terrazas que conducían a las
playas privadas. Enfrente de él, y del mar, se alzaba el bungalow demasiado grande y
demasiado adornado al que Brenda había bautizado, con cierta grandilocuencia, con
el nombre de «La Casa del Rey».
Y no había ni una sola luz en las ventanas…, ni una sola luz a las diez y cuarto de
la noche.
Dan paró el motor, apagó los faros y se apeó del automóvil. En la oscuridad, oyó
el rumor de las olas asaltando una y otra vez la playa.
Abriendo el portaequipajes, sacó de él su maleta y volvió a cerrarlo con un
chasquido que resonó claramente por encima del rumor de las olas. Aquella parte de
la costa de Cornuailles estaba realmente demasiado solitaria, demasiado desolada,
aunque era la primera vez que Dan se hacía aquella reflexión.
Se dirigió hacia la casa. Sus pasos resonaron sobre la grava de la avenida. Cuando
estuvo más cerca, comprendió por qué el bungalow no estaba iluminado.
Todas las cortinas estaban echadas, tapando las ventanas, al menos en aquella
parte de la casa.
Dan se apresuró, casi echó a correr, hacía la puerta principal. Dejó caer el
llamador de hierro, una vez, dos veces. En el momento en que echaba una mirada por
encima de su hombro, un nuevo relámpago hizo palidecer el cielo, hacia poniente.
La claridad fulgurante iluminó la arena gris y el agua negra orlada de espuma. En
medio de la playa, visión inmaterial, se erguía la formación rocosa parecida a un
trono, que miraba eternamente al mar y que, desde hacía siglos, era conocida con el
nombre de Trono del Rey Arturo.
El ojo blanco del relámpago se cerró. En la lejanía se oyó el rumor de un trueno.
El bungalow no podía estar desierto. Aun suponiendo que Toby Curtis y Edmund
Ireton estuvieran en casa de este último, a alguna distancia de allí, en la costa, Brenda
tenía que estar en el bungalow. Lo mismo que Joyce Ray. Y los dos criados.
Dan dejó de llamar a la puerta. Giró el tirador.
La puerta se abrió.
En el vestíbulo, demasiado adornado como todo lo que pertenecía a Brenda,
varias lámparas iluminaban los lujosos muebles y el encerado suelo. Pero el vestíbulo
estaba vacío.
El viento silbaba en la espalda del joven. Dan entró, y volvió a cerrar la puerta
empujándola con el pie. No tuvo tiempo de llamar. Joyce Ray, la prima de Brenda, se
dirigía hacia él, los brazos colgando a sus costados, los ojos enormes, como los de
una sonámbula.
—De modo que ha llegado usted —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Ha
venido usted, después de todo.
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—Yo…
Dan se calló. La vista de Joyce fue una iluminación. No explicaba el malestar ni
el miedo que había experimentado, pero explicaba muchas cosas.
Joyce era una muchacha tranquila, reservada, con sus brillantes cabellos negros y
su sobria elegancia. Pero era también la pariente pobre de Brenda, y Brenda no
dejaba que lo olvidara ni un solo instante. Dan permaneció inmóvil, con los ojos
clavados en Joyce. De repente, el rostro de Joyce perdió su expresión de sonámbula.
Tenía unos ojos grises, con unas cejas muy negras; se animaron, se iluminaron, como
si pudieran leer en Dan.
—Joyce —murmuró Dan—. Acabo de comprender algo…, algo que hasta ahora
no había comprendido. Pero, debo decirle…
—¡Cállese! —exclamó Joyce.
Su boca se crispó; se cubrió los ojos con las manos, como para protegerlos de la
luz.
—Sé lo que quiere usted decir —continuó Joyce—. Pero no debe decirlo.
¿Comprende?
—Joyce, no sé por qué estamos aquí parados, teniendo tantas cosas… No, desde
luego que no debo decirlo. Es necesario que antes hable con Brenda…
—¡No podrá usted hablar con ella!
—¿Por qué?
—No podrá hablar nunca más con ella —dijo Joyce—. Brenda está muerta.
Hay palabras que, de momento, no sorprenden ni aturden. Uno no las cree,
sencillamente. No pueden ser ciertas. Lentamente, Dan Fraser dejó su maleta en el
suelo.
La policía —dijo Joyce tragando saliva— ha venido esta mañana, a primera hora.
Ya se ha marchado. Se han llevado a Brenda al depósito… Allí dormirá esta noche.
Dan no dijo nada.
—Míster Edmund Ireton —continuó Joyce— se ha quedado aquí desde… que
llegó. Y también Toby Curtís. Lo mismo, gracias a Dios, que un hombre llamado
Gedeon Fell. El doctor Fell es un anciano muy culto. Tiene muy buenas relaciones
con la policía; es muy amable, y ha ayudado a arreglar las cosas. De todos modos,
Dan, si hubiese estado usted aquí anoche…
—Tenía un compromiso ineludible. Se lo había advertido a Brenda.
—Sí, ya sé que los periodistas están siempre muy ocupados. Pero, si hubiese
estado usted aquí, Dan, tal vez no hubiera sucedido nada.
—¡Joyce, por favor!
Hubo un silencio en la estancia tranquila y clara. El rostro de Joyce adquirió una
expresión abrumada.
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—Perdóneme, Dan. Sufro mucho, y supongo que he tratado de vengarme en la
primera persona que se ha presentado.
—No tiene importancia. Pero, ¿cómo murió Brenda? —inquirió Dan. Y añadió,
en tono desesperado—: ¡Un momento! A ver si lo adivino… Esta mañana ha ido a
nadar temprano, como de costumbre. Se ha lanzado desde esas rocas, y…
—No —dijo Joyce—. Ha sido estrangulada.
—¿Estrangulada?
Lo que Joyce trataba de decir era «asesinada». Su boca no consiguió articular la
palabra; su propia mente parecía retroceder ante la aceptación del hecho. Pero miró a
Dan sin inclinar los ojos.
—Sí, Brenda fue a nadar temprano esta mañana.
—¿Y bien?
—Por lo menos, eso creo. No la vi. Estaba aún durmiendo en la habitación del
fondo que Brenda me destinaba siempre. Lo cierto es que salió en traje de baño rojo y
albornoz blanco.
Instintivamente, los ojos de Dan se alzaron hasta un óleo colgado encima de la
chimenea. Pintado por un célebre artista, representaba una escena de la antigüedad
clásica. Se titulaba Los Amantes, era de un realismo extremo y Brenda lo apreciaba,
mucho porque la mujer tenía un curioso parecido con ella.
—Bueno —continuó Joyce—, ya sabe usted lo que hacía siempre Brenda. Se
quitaba el albornoz y lo extendía sobre el Trono del Rey Arturo. Luego se sentaba allí
y fumaba un cigarrillo contemplando el mar antes de entrar en él. El albornoz seguía
estando en la roca cuando bajé a la playa, a eso de las siete y media. Pero Brenda no
estaba allí. Ni siquiera se había puesto su gorro de baño. Alguien la había
estrangulado con aquel chal de seda que tenía el capricho de llevar con el albornoz.
El chal estaba tan enrollado alrededor de su cuello, que no pudieron quitárselo.
Estaba tendida delante de la roca, boca arriba, con el rostro negro e hinchado. Podía
vérsela desde la terraza.
Dan echó una ojeada hacia los opulentos colores carne de Los Amantes, y luego
se apresuró a volver la cabeza.
Joyce, la muchacha tranquila y competente, conservaba el dominio de sí misma.
—Puedo dar gracias a mi buena estrella —dijo la joven súbitamente—, por no
haber corrido hasta allí. Quiero decir, desde la terraza hasta la playa. Me lo
impidieron.
—¿Se lo impidieron? ¿Quién?
—Míster Ireton y Toby. O, mejor dicho, míster Ireton. Toby no hubiera pensado
en ello.
—Pero…
—Toby había llegado aquí un poco más temprano. Pero estaba detrás del
bungalow, tirando al blanco con una carabina de precisión del calibre 22. Yo le oí
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disparar. Míster Ireton acababa de llegar. Inmediatamente nos dirigimos a la terraza,
los tres. Y vimos a Brenda.
—Oiga, Joyce, ¿qué importancia podía tener que usted corriera o no hacia la
playa? ¿Por qué dice usted que tuvo la suerte de que impidieran que lo hiciera?
—De no ser así, la policía hubiera podido acusarme.
—¿De qué?
—De haber matado a Brenda —respondió Joyce sin vacilar—. En toda la
extensión de arena, no había huellas de pasos, salvo los de Brenda.
—¡Un momento! —dijo Dan—. ¿La… la asesinaron con su propio chal?
—Sí. La policía y el doctor Fell están convencidos de ello.
—Entonces ¿cómo pudo el asesino andar por encima de la arena y regresar sin
dejar huellas de pasos?
—Ése es el problema. La policía no lo comprende. Por eso prosigue sus
investigaciones y el doctor Fell va a volver aquí esta noche.
Joyce había terminado por fracasar en su desesperado intento de hablar en tono
desenvuelto, como si todo aquello no tuviera importancia. Su rostro estaba pálido.
Pero, de nuevo, la expresión de sus ojos cambió, y vaciló.
—Dan…
—¿Sí?
—¿Comprende ahora por qué estaba tan preocupada cuando llegó usted tan
repentinamente y dijo que…?
—Sí, lo comprendo.
—Sea lo que fuere lo que quería decirme, o creía tener que decirme…
—¿Acerca de… nosotros?
—Acerca de… lo que sea. Comprenda que debemos olvidarlo y no volver a
hablar de ello. ¡Nunca!
—Comprendo que no puedo mencionarlo en estos momentos. Ahora que Brenda
está muerta, no sería oportuno. —No podía apartar los ojos de aquel irónico cuadro
—. Pero, ¿también el futuro está muerto? Si he sido un imbécil y me he creído
locamente enamorado de Brenda, cuando en realidad…
—¡Dan!
Cinco puertas desembocaban en el vestíbulo, recargado de espejos. Joyce se
acercó a aquellas puertas como si temiera una emboscada detrás de cada una de ellas.
—Por el amor de Dios, baje la voz —suplicó—. En esta casa se oye todo. Le he
dicho «nunca», y hablaba completamente en serio. Si hubiera hablado usted hace una
semana, o incluso hace veinticuatro horas, las cosas serían distintas. ¿Cree que me
hubiera negado a escucharle? Pero ahora es demasiado tarde.
—¿Por qué?
—¿Puedo contestar yo a esa pregunta? —interrumpió una voz seca y sarcástica.
Dan había dado un paso hacia Joyce, intensamente consciente de su encanto. Se
detuvo en seco, desconcertado, al tiempo que se abría una de las cinco puertas.
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Míster Edmund Ireton, bajo, delgado, elegante, cumplidos ya los cincuenta, se
acercó con su paso vivo. Sus cabellos negros y lustrosos tenían muy pocas hebras
grises. Su rostro tenía la expresión de un sátiro benévolo.
—Perdonen —dijo.
Detrás de él apareció Toby Curtis, alto, robusto, un hombre sumamente atractivo.
Toby abrió la boca, pero míster Ireton le hizo callar con un gesto.
—Perdonen —repitió—. Pero lo que decía Joyce es exacto. En esta casa puede
oírse todo, incluso cuando cae la lluvia a torrentes. Si continúa usted gritando y el
doctor Fell le oye, va usted a hacer correr un grave peligro a esta joven.
—¿Un peligro? —repitió Toby Curtis. Se rascó la nuca—. ¿Qué peligro podría
hacerle correr Dan?
Míster Ireton, inmaculado en su pantalón de franela y su pullover veraniego, se
acercó a la chimenea. Contempló el cuadro de Los Amantes antes de volverse.
El salmista nos dice —declaró secamente— que todo es vanidad. ¿Ninguno de
ustedes había notado (Dios me perdone por decirlo) que la principal característica de
Brenda era su vanidad?
Su mirada se posó en Joyce, la cual se volvió bruscamente y ocultó su rostro entre
sus manos.
—Una vanidad increíble. Si alguien hubiese herido su orgullo, nuestra querida
Brenda hubiera cometido un crimen.
—No sé a qué viene todo esto —dijo Dan—. Brenda no mató a nadie, la mataron
a ella.
—Pero puede extraerse una lección del acontecimiento, ¿no lo cree usted así?
—No irá usted a insinuar que Brenda se estranguló con su propio chal…
—No… Pero, escúcheme. Nuestra Brenda tenía, sin duda, muchas pasiones y
caprichos. Pero no había más que un hombre al cual amaba y con el cual deseaba
casarse. Y ese hombre no era míster Dan Fraser.
—Entonces, ¿quién era? —preguntó Toby.
—Usted.
La sorpresa de Toby no fue fingida. Palideció, y se rascó de nuevo la nuca.
—¡Caramba! —exclamó—. Lo ignoraba por completo, y nunca había
imaginado…
—Desde luego que no —afirmó míster Ireton. A sus ojos asomó una expresión
maliciosa—. En principio, Brenda podía obtener al hombre que deseara. Trastornó la
cabeza a míster Fraser y se prometió a él. Lo hizo para darle celos a usted, míster
Curtis. Y usted no se dio cuenta. Y, durante todo ese tiempo, Joyce Ray y Dan Fraser
se morían de amor el uno por el otro. Y míster Fraser tampoco se dio cuenta.
Edmund Ireton dio media vuelta sobre sí mismo.
—Tal vez lamente usted mi franqueza, míster Fraser. Lo más probable es que
sienta usted deseos de retorcerme el cuello. Pero, ¿puede usted desmentir mis
palabras?
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—No.
Dan era demasiado honrado para negar.
—Pues bien, en ese caso, pongan mucho cuidado cuando la policía les interrogue,
o descubrirá la verdad. Joyce tiene otro móvil de mucho peso. Es la única pariente de
Brenda, y heredará todos sus bienes. Si se enteran de que, además, amaba al novio de
Brenda, será acusada del crimen.
—¡Basta ya! —exclamó Dan, que no se atrevía a mirar a Joyce—. ¡Le hemos
comprendido perfectamente! ¡No sisa usted!
—¡Oh! No pretendía molestarles. Pero, si son ustedes lo bastante tontos como
para no tratar de defenderse, les defenderé yo. ¡Eso es todo!
Toby Curtis dio un paso hacia adelante.
—Dan, no se deje impresionar por él —dijo—. En primer lugar, la policía no
puede detener a nadie. Usted no estaba aquí…
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Cuando la policía terminó de fotografiar, de medir y de sacar los moldes de los
pasos de Brenda, hice algunas investigaciones por mi cuenta.
Edmund Ireton sonrió.
—¿Trata usted también de resolver ese misterio, míster Curtis?
—No he dicho eso. —El tono de Toby era frío—. Pero me gustaría formularle un
par de preguntas. ¿Por qué me ha estado pinchando todo el día?
En realidad, míster Curtis, es porque le envidio.
—¿Cómo?
En lo que respecta a las mujeres, joven, yo no tengo sus ventajas. Mi juventud no
ha tenido nada de romántica. No la he pasado en una granja del Veldt[2] sudafricano.
No he aprendido a conducir una carreta de bueyes ni a matar una mosca con la punta
de mi látigo. No soy ni un jinete fuera de serie, ni un tirador de primera.
—¡Oh! Deje eso…
—¿Que lo deje? Bien. Pero, ¿cuál era la siniestra pregunta que deseaba
formularme?
—No. Todavía no. Es usted demasiado listo.
—Muchas gracias.
—Escuche, Dan —continuó Toby—. ¿Ha visto usted esa roca a la que se da el
nombre de Trono del Rey Arturo?
—La he visto cincuenta veces, Toby, pero sigo sin comprender…
—Y yo no comprendo —intervino repentinamente Joyce— por qué me hicieron
sentar donde estuvo sentada Brenda. Fue algo horrible.
—¡Oh! Estaban llevando a cabo la reconstrucción del crimen —dijo Toby en tono
grandilocuente—. Pero lo importante, Dan, es saber cómo pudieron acercarse a
aquella roca sin dejar ninguna huella de pasos.
—En efecto.
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—Nadie pudo hacerlo —prosiguió Toby en el mismo tono—. El asesino, por
ejemplo, no pudo llegar por el mar. ¿Por qué? Porque el punto más alto donde el
agua, con la marea alta, hubiese podido borrar las huellas, se encuentra a más de seis
metros de distancia del Trono. ¡A más de seis metros!
—¡Un momento! —dijo míster Ireton, alzando un dedo—. El inspector Tregellis
ha declarado que el asesino tuvo que atacar a Brenda por detrás, sin que ella se diera
cuenta de que se acercaba.
—Igualmente imposible. Desde la terraza hasta la roca hay también más de seis
metros. ¿Qué opina usted, Dan? ¿Ve alguna solución?
Dan, que normalmente tenía un cerebro ágil y despierto, estaba tan absorto en
Joyce que no podía pensar en otra cosa. Joyce estaba separada de él, se alejaba para
siempre, en el preciso instante en que la había encontrado en su camino. No obstante,
trató de reflexionar.
—¿No hay la posibilidad de que el asesino hubiera podido saltar?
—¡Ah! —exclamó irónicamente Toby, que por cierto era un excelente atleta—.
Es la primera cosa en que pensaron.
—¿Y es imposible?
—Absolutamente. El único que podía haberlo hecho sería un campeón olímpico
en plena forma, suponiendo que hubiese podido tomar impulso y que hubiese
dispuesto de un lugar donde aterrizar. Pero en la arena no había ninguna huella. No
hubiese podido aterrizar sobre el Trono, estrangular a Brenda y volver atrás como un
boomerang.
—Sin embargo, alguien mató a Brenda… ¡La cosa ha sucedido!
—¿Cómo?
—No lo sé.
—Parece usted casi orgulloso de todo esto, míster Curtís —dijo suavemente
Edmund Ireton.
—¿Orgulloso? —exclamó Toby, cuyo rostro volvió a palidecer.
—Sí. Como si ese crimen constituyera una marca deportiva.
Toby no se encolerizó. Pero abrió las hostilidades.
—Muy bien, señor espíritu superior. Le estoy muy reconocido por su
hospitalidad, en ese bungalow de su propiedad donde pasamos los fines de semana.
Pero durante todo el día me ha estado usted fastidiando. Y usted, ¿quién es usted?
—Perdón, no comprendo…
—Hace dos o tres años que forma usted parte de nuestro grupo. Ha estado usted
especialmente con Brenda y con Joyce. ¿Quién es usted? ¿Qué hace usted en la vida?
—Observo a la humanidad —contestó tranquilamente Ireton—. Estudio los
diversos aspectos de la vida. Y sirvo… digamos de tío a esas dos jóvenes.
—¿De tío? ¿Nada más?
—¡Toby! —exclamó Joyce, indignada.
Volvió instintivamente su mirada hacia Dan, y luego hacia Toby.
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—No se preocupe, querida —dijo Toby con un gesto de la mano—. No es a usted
a quien estaba apuntando.
No apartaba su mirada de Ireton.
—Continúe —dijo cortésmente este último.
—Pretende usted que Joyce está en peligro. Joyce no corre el menor peligro
mientras la policía no sepa cómo fue estrangulada Brenda.
—Acabará por descubrirlo, míster Curtis, puede estar seguro de ello.
—¿Trata usted de proteger a Joyce?
—Naturalmente.
—¿Y por eso ha aconsejado a Dan que no confiese que está enamorado de ella?
—Desde luego. ¿Por qué otro motivo…?
Toby se irguió y hundió su mano en el bolsillo de su amplia chaqueta de paño.
—Entonces, ¿por qué no le ha dado ese consejo sin que nosotros estuviésemos
presentes? ¿Por qué ha gritado que Dan estaba enamorado de Joyce, y ella de él,
dando así públicamente un motivo para el asesinato?
Edmund Ireton abrió la boca y volvió a cerrarla inmediatamente.
Era un golpe directo, tanto más inesperado por cuanto procedía de Toby Curtis.
Míster Ireton permaneció inmóvil debajo del cuadro de Los Amantes. La
expresión del sosia de Brenda, irónica y desenvuelta, no era ya la suya. Todo el
mundo tenía los nervios en tensión y nadie habló; el silencio, pensó Dan Fraser, era
tanto más profundo por cuanto la lluvia había cesado.
Los ruidos nocturnos, las gotas que caían de los árboles, hacían más intenso el
silencio. Luego oyeron unos pasos tan pesados como los de un elefante acercándose
lentamente detrás de una de las puertas. En aquellos pasos, pesados y lentos, había
algo de fatídico.
Apoyado en un bastón, un hombre entró en la estancia. Era tan corpulento, que
tuvo que pasar de lado para franquear el umbral.
Un grueso mechón de cabellos grises caía sobre una de sus orejas. Sus lentes,
provistos de una ancha cinta negra, colgaban oblicuamente de su nariz. Su ancho
rostro, normalmente rojizo y radiante, poseía toda una serie de barbillas. Pero en
aquel momento tenía una expresión ausente, y su bigote de bandolero calabrés estaba
erizado.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamó, con una voz sonora. Entrecerró los ojos mientras miraba
a Dan con interés—. Sin duda es usted míster Fraser, el último miembro de esta
reunión, bastante curiosa, por cierto. ¿Me equivoco? Su seguro servidor, caballero.
Me llamo Gideon Fell.
El doctor Fell llevaba un abrigo negro tan amplio como una tienda de campaña, y
sostenía en su mano izquierda un sombrero de eclesiástico. Intentó saludar y trazó un
círculo con su bastón, con grave peligro para los muebles más próximos.
Los otros permanecieron callados, pero su angustia era tan palpable como el olor
de la tierra mojada.
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—Sí, ya he oído hablar de usted —dijo Dan, cuya voz subió un tono, a su pesar
—. Pero, parece que está usted algo lejos de su domicilio, doctor Fell. Supongo que
habrá venido usted a admirar el Trono del Rey Arturo.
El doctor Fell le miró y, por un instante, dio la impresión de que sus numerosas
barbillas iban a ser sacudidas por un ataque de hilaridad. Pero se limitó a mover la
cabeza.
—¡Admirar el Trono del Rey Arturo! Si existieran recuerdos de ese personaje
legendario, estarían en Tintagel[3], mucho más al sur. No, estoy aquí de vacaciones.
Esta mañana, el inspector Tregellis me ha fascinado con el relato de un crimen
inexplicable. Y esta noche he regresado aquí por motivos de mi incumbencia.
Míster Ireton, que había recuperado su aire desenvuelto, preguntó cortésmente:
—¿Puedo preguntarle cuáles son esos motivos?
En primer lugar, deseaba interrogar a las dos doncellas. Viven en la parte trasera
de la casa, al igual que miss Ray; y esta tarde, como ustedes quizá recordarán,
estaban al borde de un ataque de nervios.
—¿Es eso todo?
—Hum… No. —El doctor Fell frunció las cejas—. Además, deseaba retenerles a
todos ustedes aquí, durante un par de horas. Y, finalmente, deseaba descubrir el móvil
del crimen. Y me alegra poder anunciarles que ya lo he descubierto.
Joyce no pudo contenerse.
—Entonces, ¿lo ha oído usted todo?
—¿Eh?
—¡Todo lo que ha dicho este hombre!
A pesar de las frenéticas señas que le dirigía Dan, Joyce señaló con la cabeza a
míster Ireton, y prosiguió, con acento apresurado:
—Le juro que no soy responsable en absoluto de la muerte de Brenda. Lo que le
dije ayer era completamente cierto: no quiero su dinero, y no aceptare ni cinco
céntimos. En lo que respecta a mis… asuntos privados…, —y el rostro de Joyce se
tiñó de púrpura— todo el mundo parece estar al corriente, excepto Dan y yo. ¡Por
favor, no haga caso de las palabras de este hombre!
El doctor Fell la miró con una expresión de asombro que no tardó en
transformarse en otra de apuro.
—Pero, mi querida señorita —protestó con su voz cavernosa—, no hemos
sospechado de usted ni por un solo instante. ¡No, no, por los augures de Atenas! —
Hablaba como si acabara de oír la cosa más absurda del mundo—. En lo que respecta
a las palabras de su amigo míster Ireton, no las he oído. Supongo que habrá repetido
lo que me dijo ayer, y, efectivamente, aquello proporcionaba el móvil. Pero no el de
usted.
—¿De veras? ¿No me está usted tendiendo una trampa?
—¿Le he dado la impresión de ser capaz de una cosa semejante? Nada es menos
probable que su culpabilidad, especialmente teniendo en cuenta el modo como su
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prima fue asesinada.
—¿Sabe usted cómo fue asesinada?
—¡Oh! Eso… —gruñó el doctor Fell con un gesto de impaciencia—. Era el punto
más sencillo del caso.
Avanzó, reflejado por los espejos, y dejó su bastón y su sombrero sobre una mesa.
A continuación, contempló a los reunidos con una mezcla de pesadumbre y de
contrición.
—Sin duda, les sorprenderá a ustedes que un viejo cascarrabias como yo pueda
estar dotado de facultades de observación. Pero yo tengo una ventaja sobre la policía.
Durante mucho tiempo, mi profesión fue la de maestro y estoy acostumbrado a los
embusteros. ¡Piensen ustedes un poco, caramba!
—¿En qué?
—¡En los hechos! —dijo el doctor Fell con una horrible mueca—. Según las
doncellas, Sonia y Dolly, miss Brenda Lestrange bajó a bañarse a las siete menos diez
de la mañana. Dolly y Sonia estaban despiertas, pero no se n. Ocho o diez minutos
después, Míster Toby Curtis empezó a disparar su carabina detrás del bungalow.
—¡Pero Brenda no fue asesinada con una carabina! —exclamó Toby.
—Lo sé, caballero —respondió pacientemente el doctor Fell.
—Entonces, ¿adónde quiere usted ir a parar?
Caballero —dijo el doctor Fell—, me haría un gran favor si no considerara cada
una de mis preguntas como una trampa. Tiendo una trampa al asesino, y únicamente a
él. Usted disparó varias balas…, las doncellas le vieron y le oyeron. —Se volvió
hacia Joyce—. Usted también lo oyó, ¿no es cierto?
—Oí un disparo —respondió Joyce, intrigada—, tal como le he dicho a Dan. A
eso de las siete, en el momento de levantarme.
—¿Miró usted por la ventana?
—No.
—¿Dónde está ahora esa carabina? ¿Está aquí?
—¡No! —La respuesta de Toby fue casi un grito—. Se la entregué a Ireton
después de haber descubierto el cadáver de Brenda. Pero, si la carabina no tiene nada
que ver en el asunto, ni yo tampoco, ¿a qué conduce todo esto, santo cielo?
El doctor Fell no respondió inmediatamente. Luego volvió a componer su
horrible mueca.
—Sabemos —declaró— que Brenda Lestrange llevaba un albornoz, un traje de
baño y un chal de seda anudado alrededor del cuello. ¿Es así, miss Ray?
—Sí.
—No soy una autoridad en materia de atuendos femeninos. Por regla general, no
observo nada especial, a no ser que se trate de una actriz de cine. He visto a algunos
hombres llevar un pañuelo al cuello con un vestido de playa. Pero, ¿acostumbran las
mujeres a llevar un chal cuando van a bañarse?
Se produjo un silencio.
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—No, no suelen llevarlo —dijo Joyce—. Personalmente, no lo llevo nunca. Pero
Brenda tenía ese capricho y lo llevaba siempre.
—¡Ah! —dijo el doctor Fell—. El asesino contaba con ello.
—¿Con qué?
—Con el hecho de que aquel capricho era conocido. Permítanme que les haga el
relato, bastante espantoso, del crimen.
El doctor Fell había cerrado los ojos. De su bolsillo, sacó una inmensa pipa de
espuma. Evidentemente, experimento la sensación de que la había llenado y
encendido, ya que se la puso en la boca y aspiró profundamente.
—Miss Lestrange —continuó— llega a la playa. Se quita el albornoz. Recuerden
esto, es muy importante. Sube al Trono del Rey Arturo y se sienta. Lleva el chal
anudado alrededor del cuello. Su estatura era más o menos la de usted, miss Ray.
Ahora está allí, sentada en una roca profundamente hundida en la arena.
El doctor Fell hizo una pausa y abrió los ojos.
—El asesino la ataca por detrás. Ella no ve ni oye nada, hasta que él la agarra.
Una fuerte presión en las carótidas, a cada lado del cuello, debajo de la barbilla, le
hace perder el conocimiento en unos segundos y provoca su muerte en unos minutos.
Cuando el cuerpo perdió su rigidez, debió caer hacia adelante. ¿Y qué sucedió en vez
de eso?
Dan, profundamente aliviado al ver que las sospechas se apartaban de Joyce, tuvo
la impresión de que se abría una ventana en su cerebro.
—Brenda estaba tendida de espaldas —dijo Dan—. Joyce me lo ha dicho. Brenda
estaba tendida de espaldas, con la cabeza hacia el mar. Y eso significa…
—¿Sí?
—Eso significa que el cadáver no cayó por su propio impulso. Y su caída tiene
relación con ese chal infernal…, lo pensé en seguida. Doctor Fell, ¿cree usted que
Brenda fue asesinada con el chal?
—En un sentido, sí. En otro sentido, no.
—Tiene que ser sí o no. O fue estrangulada, o no fue estrangulada.
—No necesariamente —dijo el doctor Fell.
—Entonces, vámonos todos a un manicomio —sugirió Dan—, porque toda esta
historia no tiene pies ni cabeza. El asesino no pudo alejarse sin dejar huellas. A fin de
cuentas, estoy de acuerdo con Toby: ¿qué tiene que ver la carabina en este caso?
—Lo que desempeñó un papel, y muy importante, fue la detonación.
El doctor Fell se sacó la pipa de la boca. Dan se preguntó por qué había
experimentado la sensación de que los ojos del doctor eran opacos. Agrandados por
los cristales de las gafas, tenían, por el contrario, una expresión penetrante.
—Una carabina del calibre 11,25 —continuó el doctor Fell con su voz profunda
— produce un ruido especial. Si se dispara con ella, al aire libre, el tiro suena
exactamente igual que el ruido que produce el verdadero instrumento del crimen.
—¿El verdadero instrumento? ¿Qué ruido?
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—El chasquido de un látigo de piel de serpiente —respondió el doctor Fell.
Edmund Ireton, que pareció haber envejecido repentinamente diez años, fue a
sentarse en una butaca. Toby Curtis retrocedió un paso, y luego otro.
—No he visto nunca —dijo el doctor Fell— el larguísimo látigo que utilizan los
conductores de carretas de bueyes en África del Sur. Pero, en América, he visto su
equivalente; es un látigo que puede alcanzar una longitud de siete metros y medio. Y
seguramente que también ustedes han tenido ocasión de verlo, en los escenarios de
variedades.
El doctor Fell apuntó a los reunidos con su pipa.
—¿Lo recuerdan ustedes? En hombre del látigo se coloca a cierta distancia,
enfrente de su ayudanta. Se oye un chasquido atroz. El extremo del látigo se enrolla
dos o tres veces alrededor del cuello de la joven. No está herida. Pero si el hombre
atrajera el látigo hacia él, la joven se vería en un apuro; y en grave peligro, si el
hombre tirara fuertemente del látigo hacia atrás y ella no pudiera moverse. Alguien
premeditó cometer un crimen con un látigo de esa clase. Llegó aquí esta misma
mañana, muy temprano. El látigo, enrollado alrededor de su cintura, quedaba oculto
debajo de una recia chaqueta de paño. Miren, por favor, la chaqueta que Toby Curtis
lleva en estos momentos.
Con voz aguda, Toby gritó una palabra que podía ser un reto, una protesta o un
insulto.
—¡Basta! —exclamó Joyce, volviendo el rostro.
—Continúe, por favor —dijo míster Ireton.
—En el silencio matinal —dijo el doctor Fell—, no podía ocultar el chasquido del
látigo. Por lo tanto, ¿qué podía hacer?
—Disfrazarlo —dijo Edmund Ireton.
—Exactamente. Se dedicó a practicar con una carabina. Disparó varias veces,
detrás del bungalow, para dar a conocer su presencia. Después de esto, nadie podía
sospechar que el chasquido del látigo —aquella única «detonación» oída por miss
Ray— no procedía realmente de la parte de atrás del bungalow.
—Mientras el hombre estaba…
—En la terraza, seis metros detrás de una víctima retenida por los brazos de
piedra de una roca hundida en la playa, el extremo del látigo se enrolló alrededor del
chal. Miss Lestrange perdió inmediatamente la respiración, y bajo la tracción ejercida
por un brazo fuerte, murió en pocos segundos. En el escenario, como ustedes
recordarán, una torsión de muñeca libera del látigo el cuello del ayudante. Toby
Curtis se enfrentó con una tarea más difícil: el chal estaba tan apretado alrededor del
cuello de su víctima, que se hubiera jurado que había sido estrangulada con aquel
chal. Podía retirarlo. Pero sólo mediante una torsión que hizo girar a Brenda sobre sí
misma y la hizo caer de espaldas al suelo. El látigo no dejó ninguna huella sobre la
arena. A continuación, Curtis se dirigió a casa de míster Ireton, con el pretexto de
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devolver la carabina, en realidad para dejar allí el látigo. Había cometido un crimen
que, en su vanidad, creía inexplicable. Eso es todo.
—Pero, eso no puede ser todo —dijo Dan—. ¿Por qué asesinó Toby a Brenda?
¿Qué motivo…?
—El motivo fue la vanidad herida. Míster Edmund Ireton se lo ha dado a entender
a usted, por así decirlo. En todo caso, ha hecho una alusión en ese sentido, que a mí
no se me ha escapado.
Edmund Ireton se levantó trabajosamente de su asiento.
—No soy juez ni verdugo —dijo—. Estoy… estoy al margen de la vida. Me
limito a observar. Si adiviné el móvil del crimen…
—¿No pudo usted haber hablado sin rodeos? —inquirió secamente el doctor Fell.
—¡No!
—Ésta ha sido la trágica ironía de todo este asunto. Miss Lestrange deseaba a
Toby Curtis, tanto como él la deseaba a ella. Pero, siendo mujer, su fingida
indiferencia llegó demasiado lejos. Curtis creyó en ella. Si hubieran lastimado
suficientemente la vanidad de Brenda, hubiera cometido un crimen. Lastimando la
vanidad de Curtis…
—¡Miente usted! —exclamó Toby.
—¡Mírenle! —ordenó el doctor Fell—. Incluso en el momento en que le acusan
de un asesinato, se está contemplando en un espejo.
—¡Miente usted!
—Brenda se burló de él —continuó diciendo la voz sonora del doctor—. Y por
eso murió. Brutalmente, estúpidamente, asesinó a una mujer que le hubiera
pertenecido si se lo hubiera pedido. A eso me refería al hablar de una ironía trágica.
Toby había retrocedido hasta el fondo de la estancia y su espalda chocó contra la
pared; había tropezado con otro espejo.
—¡Miente usted! —repitió—. Puede hablar todo lo que se le antoje. Pero no
puede probar absolutamente nada.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
—Ya les he advertido que había regresado aquí esta noche para retenerles a
ustedes un par de horas. Esto ha dado tiempo al inspector Tregellis para registrar la
casa de míster Ireton, y el inspector ya está de vuelta. También les he advertido que
había interrogado a las dos doncellas, Sonia y Dolly. Mi querido míster Curtis, creo
que a veces incurre usted en el error, a pesar de su vanidad, de subestimar su atractivo
personal.
Joyce pareció haber comprendido, pero no dijo absolutamente nada.
—Sonia —prosiguió diciendo Fell, mirando a Toby a los ojos— siente una
debilidad especial por usted, según parece. Esta mañana, cuando oyó la última
detonación, se asomó a la ventana para mirar hacia abajo. Y usted no estaba allí. La
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cosa le pareció muy extraña y corrió hacia la terraza de la parte delantera para
descubrir dónde estaba usted. Y le ha visto…
La puerta por la cual había entrado el doctor Fell continuaba abierta. La voz del
doctor se elevó y resonó en todo el vestíbulo.
—¡Pase, Sonia! Después de todo, ha sido usted testigo del crimen. Pase usted
también, inspector.
Toby Curtis buscó desesperadamente un camino de escape con la mirada, pero no
consiguió encontrar ninguno. El pequeño grupo vio durante unos segundos el rostro
de Sonia, hinchado por el llanto. Luego, una robusta silueta de uniforme pasó delante
de ella, llevando el objeto que había sido encontrado, oculto en la otra casa.
El inspector Tregellis quedó reflejado por todos los espejos, con el látigo
enrollado debajo de su brazo. Y lo que llevaba no parecía un látigo, sino una
cuerda…, la cuerda de la horca.
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CULPABLE INOCENTE
Amadeo Ferrés Marsal
P edro Girbau se sentó en una silla de la terraza del bar.
Pidió una mezcla de coñac, ginebra y limón, con hielo y seltz. El calor era
agobiante en la ciudad y el mes de agosto parecía interminable. El vaho de las calles,
con un sabor acre y penetrante, impregnaba el aire.
Contempló, con mirada abstraída y casi con indiferencia, todo cuanto le rodeaba.
Por unos instantes su rostro se iluminó, pareciendo adquirir cierto interés. En una
mesa cercana a la suya había una pareja. Eran muy jóvenes. Ella, rubia, de pálida tez,
ojos grandes, casi una niña. Él, también rubio, imberbe, serio y desgarbado, le cogía
una mano. «¿Nórdicos?», se dijo Pedro Girbau. «Sí, parecen extraídos de un cuento
de Andersen. Y, además, ¡son felices!».
Sonrió con sarcasmo, repitiendo casi en voz alta: «¡Felices!».
Pedro Girbau adoptó una expresión de acerada dureza. Fue bebiendo a pequeños
sorbos. Encendió un cigarrillo.
Todo había ocurrido repentinamente. Sólo la había leído dos veces. El sobre, que
contenía la carta infame, le pesaba mucho. El bolsillo interior de la americana,
encima de su corazón, semejaba contener un gran bulto; un peso ominoso que
oprimía su pecho, que, incluso, hacía difícil su respiración.
Con un gesto rápido e instintivo, su mano extrajo el papel. Lo desdobló ante sus
ojos… «Le aconsejo que vigile. Debe ser como Argos: cincuenta ojos dormidos y
otros tantos despiertos y alerta. La paloma, a pesar del peligro, puede ser atraída por
el gavilán. Un profesor de baile es tan peligroso como un cazador furtivo. El palomar
en donde se arrullan Paola y Francesca es el estudio de baile del propio profesor…».
No, no había más. Apretó la carta entre sus dedos, estrujándola. En su cerebro, sin
embargo, aquellas palabras ignominiosas continuaban resonando cada vez más
fuertes y sonoras. No era posible acallarlas, reducirlas al silencio, estrujarlas como
hacía con el papelucho. Tenían vida propia y, semejantes a raíces, iban penetrando en
las más profundas entrañas de su ser.
¿Quién podría ser el autor del anónimo? ¿Un hombre? ¿Una mujer?… Sí, tal vez
una mujer. El anónimo, cuando intenta descubrir secretos de alcoba, o bien sugiere
determinadas vilezas, es más bien un arma femenina. Y sus motivos suelen ser
múltiples: despecho, celos, envidia, odio; ¿quién lo sabe?
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Lo que sí aparecía muy claro es que en él se aludía a su esposa Lina. Pero, ¿cómo
podía ser ello cierto? Su mujer siempre se había mostrado buena, honesta, obediente
y enamorada… ¿Enamorada? ¡Bah! Pedro Girbau hizo una mueca. Las mujeres saben
fingir muy bien… cuando quieren. Y esto es así, en sus dos acepciones, es decir:
tanto si lo desean, como si aman de verdad.
Con todo, Lina había sido su mujer durante ocho años. Cierto que no habían
tenido hijos. Pero se habían querido hasta entonces con un cariño sereno, apacible.
Jamás disputaron por cosas de importancia. Nunca la discordia los había distanciado.
Unos quince años mayor que ella, la había hecho su esposa después de unos
meses de relaciones. La conoció en una reunión o fiesta de sociedad en casa de sus
amigos los Gallardo. Lina era una bellísima joven, de mirada candorosa, de unos
veinticinco años. Pelo castaño, ojos claros, piel blanca y con un especial atractivo.
Desde el primer instante de conocerla, se sintió prendado por la joven. Lina no tenía,
al parecer, familia en la ciudad. Vivía con una dama viuda, rica y dada a los viajes. A
su lado, Lina era más que una asistenta o una mujer de compañía, una verdadera
amiga. La viuda la consideraba mucho y la distinguía con su afecto y confianza.
Surgió, pues, el hechizo, y Lina comprendió que Pedro Girbau, hombre ya
maduro, experimentado y con holgada posición, no era tampoco despreciable. Girbau
la colmó de todos aquellos gustos y caprichos sutiles y exquisitas atenciones que toda
mujer joven y bella suele desear para ser feliz.
Pedro Girbau se repetía a sí mismo que nunca la desconfianza ni la duda habían
surgido entre los dos, empañando la dicha de su matrimonio. Ninguna sospecha pudo
ni remotamente turbar aquella paz ni aquella felicidad… ¡Y ahora esa ruin traición!
Como suele acontecer casi siempre en estos casos, precisamente ahora le parecía
haber observado una actitud distinta en ella durante los últimos días. Sí, a medida que
iba recordando palabras, detalles, gestos y situaciones, se iba afirmando más en esta
suposición. Era indudable. La semana anterior le había dicho que no se hallaba con
humor para asistir al teatro. ¡Tanto como siempre le había gustado!… Y un mes antes
(lo recordaba perfectamente), cuando le hizo el último regalo de aniversario, un
valioso diamante artísticamente tallado, también creyó notar cierto desinterés en
ella… ¡No, no era eso! Lo que Pedro Girbau pensaba ahora o recordaba de aquel día,
es que creyó advertir en Lina como una forzada gratitud. No fue espontánea al
besarlo, al corresponderle con sus caricias… Hubo cierta reserva. Entonces no le dio
importancia; pero ahora comprendía que sí la tenía.
¡Con el profesor de baile!… Eduardo Rey, el gran bailarín, ídolo de las damas, de
las millonarias a quienes honraba con las enseñanzas de su arte. ¡Era ridículo!… ¡No,
no podía ser verdad!… Lina, alguna vez, hablando de Eduardo, lo había hecho con
indiferencia, casi con ironía. Era, simplemente, eso: el profesor de baile. Un hombre
joven, atento, galán por comedimiento, y al cual, por snobismo, las señoras y las
jovencitas de cierta clase social se disputaban, al objeto de que las instruyese en el
secreto de la danza clásica o moderna; en los pasos y en las cadencias armoniosas de
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un vals, de un minué o de una contradanza; o en los movimientos convulsivos y
frenéticos, de típico sabor afrocubano. Todo ello para tener luego la satisfacción de
mostrar aquellas habilidades en los salones o en las «soirées», delante de sus amigos
o amistades, excitando, con orgullo, la envidia de éstas.
Él no supo negar a Lina ese capricho. ¡Estaba de moda!
Fue un capricho más, en efecto, entre los innumerables que la esposa, huérfana de
maternidad, solía convertir en anhelos fervientes.
Eduardo Rey frecuentó la casa. También en esas lecciones de baile tomaba parte
la pequeña Alicia, hija de los señores Rocha, vecinos de la torre contigua a la de los
Girbau. La chiquilla era grácil y vivaracha, con una genuina y precoz disposición
para la música y la danza, con sus once años recién cumplidos.
Quizá todo ello no fuese más que una burda infamia, una vil calumnia urdida por
alguien que envidiara su felicidad; que quisiera lograr la desunión del matrimonio.
¡Eso es! Alguien que les odiase… Girbau frunció el ceño. ¡No! También esto le
pareció absurdo. Él no tenía enemigos y no creía posible que los tuviese su mujer.
Las palabras del anónimo volvían a oírse dentro de su cerebro: «Debe ser como
Argos…», decían éstas… ¡Sí! Vigilaría. Estaría al acecho. No le demostraría nada a
Lina. Ésta seguiría ignorando que él «sabía». Proseguiría su vida normal. Las
ocupaciones lo mantenían por mucho tiempo ausente de la casa y, a veces, de
Barcelona. Además, cada final de mes seguiría yendo a Madrid. Como lo venía
haciendo desde los comienzos de su matrimonio con Lina. No rompería con ninguna
de las costumbres establecidas o impuestas por sus negocios. Seguiría con sus
habituales viajes. La agencia de su empresa en Madrid necesitaba de su presencia,
cuando menos, un día o dos cada mes. También los días 14 y 15 continuaría
ausentándose para hacer su inspección a la sucursal de La Coruña. Todo
permanecería igual. Lina no sospecharía nada… Aun cuando estas mismas ausencias
pudiesen favorecer a los adúlteros.
Con estas últimas reflexiones se levantó, saliendo de la terraza del bar y subiendo
a su coche que tenía aparcado cerca de la próxima esquina.
II
Fueron transcurriendo los días, las semanas, los meses. Pedro Girbau tuvo la
evidencia de la traición de Lina. Quienquiera que fuese el anónimo comunicante, éste
no se había equivocado. No existía la calumnia, sino un hecho real y concreto: su
esposa le era infiel. Cuando llegó el momento cruel de la verdad, Girbau reaccionó de
una manera distinta a su peculiar temperamento o carácter. No se alteró en lo más
mínimo. Acogió fríamente los hechos consumados. No tuvo ningún reproche para
ella. Ninguna acusación. En todo caso significó una mayor dedicación a su trabajo,
regresando siempre a su casa a altas horas de la noche. Nadie pudo advertir en él
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ningún cambio, ninguna variación en su habitual comportamiento, ya dentro o fuera
del hogar.
Si Lina llegó a notar algo distinto en su marido, tampoco tuvo ningún interés en
demostrárselo. Si alguna vez ella le reprochó aquel exceso de trabajo que podría
perjudicar su salud, con un gesto evasivo, su marido le replicaba:
—¡Te preocupas demasiado por mí, querida!…
Lina era la misma… Y, sin embargo, se la veía más joven, más juvenil, más
femenina. Sus ojos habían ido adquiriendo una extraña luminosidad; sus movimientos
estaban dotados de una frescura y de una gracia muy singulares. Girbau lo advertía,
pero fingía no darse cuenta. Era como si, por medio de una fuerza de voluntad
superior, lo quisiera ignorar…
Sin embargo, antes de proseguir con el relato de los hechos, es preciso referir
algunos acontecimientos retrospectivos y, por tanto, anteriores a la evidencia que del
delito de su esposa tuvo el propio Pedro Girbau.
En efecto, un día en que éste regresó a su hogar casi de madrugada, encontró a
Lina levemente cubierta por las lujosas sábanas del lecho. Las formas recortadas
debajo de las sedas tenían una fascinante atracción. Fue acercándose lentamente hasta
hallarse al borde mismo de la cama. Se la quedó mirando. La contemplaba con una
mirada que parecía poseer un raro influjo o un misterioso poder hipnótico. Lina,
quizás a causa de la fuerza de sugestión de aquellos ojos que se posaban en ella, se
agitó en su lecho. Abrió los ojos y, de pronto, al notar la proximidad de su marido y
de aquella indefinible expresión de su adusto semblante, exhaló un grito, acompañado
de un temblor que recorrió su cuerpo como finas corrientes de frío.
—¡Me has asustado, Pedro! —exclamó, recuperando parte de su serenidad y
pugnando por sonreírle plácidamente.
—¿Tienes miedo? —preguntóle él secamente.
—¿Miedo?… ¡Qué tontería!… No, pero no te oí llegar. Además, es tarde… Creí
que ya estarías acostado…
—Comprendo, Lina —Girbau posó de nuevo sus ojos en ella—. Estás muy
bonita…
—¿De veras?… Hace tanto tiempo que no me lo dices —lo miraba entre suspicaz
y sorprendida.
—Es cierto, querida. ¡Ah!… Es muy tarde, sí —Girbau esbozó una sonrisa que
sólo pudo ser casi una mueca—. Tienes razón: ¡muy tarde!
—Trabajas demasiado, Pedro.
—No hay otra solución.
Pedro fue desvistiéndose. Se metió en su lecho. Antes de apagar la pequeña
lamparita, aspiró el aire de la estancia, impregnado de sutiles emanaciones y
perfumes de mujer, y repitió, sin volver la mirada al lecho de su esposa, con una voz
cuyo extraño sonido hizo estremecer a Lina:
—¡No hay otra solución!
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La oscuridad más negra reinó en aquella alcoba, en la que parecían gravitar, con
invisibles aleteos de malignos rumores, presagios de desgracia y de muerte.
A la mañana siguiente, al despertarse, Lina tuvo miedo. Casi una especie de terror
pánico se apoderó de ella. Encima de su mesita de noche vio la pistola que pertenecía
a su marido. Una «Eibar», automática, de calibre medio… ¿Acaso anoche se habría
propuesto utilizarla? ¿Contra quién? Tuvo un escalofrío: ¿contra ella? Inconsciente
casi de lo que hacía, con mano temblorosa cogió el arma y la retuvo entre sus dedos
para cerciorarse de que, en efecto, era aquella misma arma. Sí lo era. Pedro se la
había enseñado alguna vez, riéndose de su natural temor y turbación. En aquel
preciso instante su marido penetró en la alcoba. Estaba sonriente. Llevaba una toalla
en las manos, con la que iba secándose el rostro recién afeitado.
—¡Ah, sí, perdona!… —exclamó sin darle importancia y sustrayendo la pistola
de manos de Lina y sin tocarla con sus dedos aún húmedos, envolviéndola con la
propia toalla—. Se me olvidó anoche encima de tu mesita. La estuve limpiando…
Luego tú te despertaste y ya no reparé en ella…
Lina no le contestó, limitándose a sonreírle tímidamente.
Este incidente no tuvo otras consecuencias.
Sí, Pedro Girbau, después de recibir aquella carta anónima se propuso descubrir
toda la verdad. Pero a su modo. Si Lina le era infiel debería saberlo cuanto antes. Lo
que no podía prolongarse era la duda, aquella incertidumbre monstruosa.
Por su parte, Eduardo Rey había ido espaciando más las visitas a la casa. Según
dijo un día, «la alumna sabía ya tanto como el maestro». Y, al decirlo, miró
serenamente a Pedro Girbau. Éste le sonrió, al parecer, casi complaciente.
—Siempre dije que Lina tiene talento. Es joven y sería una pena que no
aprovechara esa circunstancia para seguir aprendiendo.
Si hubo alguna oculta intención en estas palabras, y si Lina o Eduardo lo
percibieron, fueron lo suficientemente hábiles y perspicaces para no dejarlo traslucir
ni darse por aludidos. Lina objetó, con un mohín que quiso ser de tolerante
reconvención:
—¡Tú siempre estás presumiendo de viejo, Pedro!
Se había cogido del brazo de su marido.
—De viejo no, Lina. En todo caso de experiencia.
—Virtud que sólo se puede adquirir con los años, señor Girbau —intervino el
propio Eduardo Rey.
Éste permanecía ante él, grave y sereno. Era un apuesto individuo. Bien parecido;
sin afectaciones, a pesar de su profesión mi tanto «ligera»; y hasta simpático, sin
duda alguna. Girbau lo miró burlonamente.
—Usted no puede, pues, hablar de experiencia. Ustedes, los jóvenes, sólo «hacen
experiencias»; y no es lo mismo. A veces éstas suelen tener graves consecuencias.
Recuerde usted, por ejemplo, la pasión del joven Paris que dio origen a la guerra de
Troya…
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—Pero Helena fue, sin duda, muy hermosa —replicó Eduardo sin pestañear.
—Y falsa también, sin duda alguna… —Girbau se lo quedó mirando con una
expresión indefinible en su rostro, mientras creyó percibir un ligero temblor en los
dedos de Lina que se apoyaban en su brazo.
Desde ese día en que fue proclamada la «buena aplicación» de Lina y el
magnífico resultado de las lecciones de baile, Eduardo limitó cada vez más sus
visitas. Alicia, la pequeña de los señores Rocha, también iba resultando muy buena
alumna, y era ella el único pretexto, al parecer, para que el profesor no optase por
rehuir por completo su presencia en el hogar de los Girbau.
También fue en esos días cuando Girbau decidió conocer la verdad. Habían
transcurrido varios días desde que recibiera la nota indigna. Pudo delegar aquel
trabajo, casi denigrante, a un detective particular o bien a una agencia de
investigación; pero un escrúpulo de vergüenza…, o un exceso de habilidad, le
indujeron a proseguir las investigaciones por su cuenta. Prefería que no hubiese
injerencias en aquel desagradable asunto.
Hasta el día 13 de septiembre siguiente no tuvo éxito en su empresa. Si éxito
puede llamarse el ver culminadas sus pesquisas y el comprobar que la infamia y la
indignidad eran ciertas y verdaderas. Para ello, comunicó a Lina que iba a emprender
el acostumbrado viaje a La Coruña, como solía hacer cada mes. Debía efectuar la
inspección a aquella sucursal. Al efecto, el día antes ya fue preparando las maletas, se
hizo encargar un billete en el «Talgo», y a las doce horas del mediodía del referido
día 13 tomó el tren en el apeadero del Paseo de Gracia.
Sin embargo, Pedro Girbau no tenía la intención de proseguir el viaje hasta La
Coruña. Se apeó en Sitges. Volvió a coger al primer tren en dirección a Barcelona, y
llegado esta vez a la estación terminal, confió el equipaje en consigna.
Tomó un taxi. Le dio una dirección al chófer y se apeó cerca de la casa donde
tenía su alojamiento Eduardo Rey. Y esperó.
Las horas fueron desfilando con lentitud. Implacables. Pedro Girbau, sentado
cerca de la veranda de un café, siguió imperturbable el monótono y cansino
transcurrir del tiempo.
Era ya más de media tarde. Decidió salir unos momentos. Aquella pasividad lo
desconcertaba. Estaba casi aturdido; sentía sus miembros entumecidos por la
inacción. Dio unos pasos hacia la ancha plaza que se extendía casi enfrente mismo de
la casa hacia la que convergían sus miradas. De pronto retrocedió, como tocado por
un resorte. En una de las calles adyacentes le había parecido ver la figura de Lina.
Entró en otro bar. Se apostó junto al mostrador y esperó. Sí. No cabía la menor duda:
¡era Lina! Desde su puesto de observación la vio andar por la acera frente al bar. Sus
pasos eran rápidos, precisos, pero sin mostrar ningún temor ni recelo de nada ni de
nadie. Se comportaba con perfecta naturalidad. Parecía muy segura de sí misma. No
volvió la cabeza en ningún momento. Entró en el zaguán de la casa de Eduardo Rey.
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Lo hizo con la misma indiferencia que lo haría al hacer una visita a casa de una amiga
o bien al entrar en la suya propia.
Girbau, lentamente, abandono el establecimiento. Ninguna alteración en su rostro.
Ningún temblor en su mirada. Quizás una ligera crispación en los dedos de sus
manos. El paquete de cigarrillos quedó completamente estrujado entre sus yemas. Al
darse cuenta, lo miró, y con un gesto de desprecio, pero con calma y casi con una
sonrisa en los labios, lo dejó caer en un imbornal. Pasaron dos horas más. Dos horas
en que pareció haberse convertido en una figura inmóvil, quieta, expectante. Dos
horas que debieron ser para él el tormento del potro, del fuego y del agua. Por unos
instantes, unas oleadas de ira y de odio contenidos le subían hasta el cerebro,
sintiendo como la sangre se le agolpaba como acero derretido en la cabeza, en los
ojos, en las manos, trementes y engarfiadas. Aquel impulso de primitiva barbarie hizo
que en sus ojos apareciera una feroz y terrible expresión. Sintió que su corazón latía
con fuerza inusitada, como si quisiera escapársele del pecho… ¡Eran gritos! Su
corazón gritaba dentro de sus entrañas, con unas voces furiosas, roncas, bravías; y
eran gritos de ira, de venganza, de muerte. Aquellos feroces latidos decían: «¡Má-ta-
los, máta-los, mátalos!»…
Girbau volvió poco a poco a su pasividad. Se dominó. Pasó dentro de él la horda
bárbara, salvaje, cruel, primitiva. La piara inmunda de las bajas pasiones. Y no
escuchó las voces sangrantes de su corazón. Permaneció en su puesto de hombre
burlado, traicionado. La ignominia fue su amiga y se colgó de su brazo.
Siguió esperando. Con impavidez. Casi ya con serenidad. Al fin, cerca de las
nueve de la noche, Lina volvió a aparecer en el umbral de la puerta. Las luces de los
grandes focos eléctricos y de los anuncios multicolores dieron una extraña e irreal
expresión a su cara. Pedro la vio. En aquellos instantes, con su mano pequeña y
enfundada en delicado guante, alisaba las sedosas hebras de sus cabellos: algún rizo
rebelde que, quizás, se le habría resistido a su toilette improvisada y poco eficaz.
Luego, sin mirar a parte alguna, había emprendido el camino hacia el centro de la
ciudad, por la misma calle por la que apareciera dos horas antes.
Ya debió ser suficiente para Girbau. Pero su morbosa curiosidad no quedó aún
satisfecha. Quería apurar la hez de su infortunio y de su deshonra. Inventó nuevos
viajes. Simuló infinitas y súbitas ausencias.
Y, con pequeñas diferencias de tiempo y horario, las citas de Lina y de Eduardo
Rey fueron repitiéndose.
Los meses, pues, se sucedieron rápidamente. A intervalos, Girbau realizaba sus
viajes a Madrid o bien a La Coruña. Estos últimos coincidían lo mismo que antes, es
decir en los días 14 o 15 de cada mes, y el día último de mes lo hacía coincidir
también con su viaje a Madrid. Parecía tener interés en no desviarse de esa rutina
establecida desde tiempo antes.
El paso de los días, lento unas veces y fugaz otras, iba marcando insensibles
huellas en el alma de Pedro Girbau. A medida que su infortunio y su desgracia
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crecían y aumentaban, él iba troquelando su corazón en otros moldes. Una frialdad de
desinterés y de hueco escepticismo lo iban alejando de todo cuanto lo rodeaba,
exceptuando todo aquello referente a sus negocios. Esta posición de su ánimo,
indudablemente, sólo debía ser posible mediante una especie de desdoblamiento de
su propia personalidad. Y parecía haberlo logrado plenamente.
En el mes de enero cesaron completamente las visitas de Eduardo. La pequeña
Alicia acudiría, en adelante, a una academia de danza y de baile. Sus padres lo habían
determinado así. Pedro creyó adivinar los verdaderos motivos que éstos tenían para
proceder de ese modo.
Lina, salvo aquella expresión de fresca juventud y de alegre vitalidad que se
desprendía de su rostro y de su cuerpo, mezclada en estos últimos tiempos con unos
fugaces destellos de sombrías inquietudes, era siempre la misma. Un tanto ajena a sí
misma, y como algo ausente en sus actitudes; reservada, procurando, sin embargo, ser
amable con su marido, no parecía observarse en ella cambio alguno. Las múltiples y
diversas actividades de la vida social en que se desenvolvía, la cual no había rehuido
en ningún momento, la tenían absorta y ocupaban, al parecer, la mayor parte de su
tiempo.
Desde aquella noche en que su marido la había despertado, en el cerebro de Lina
había penetrado una duda. Una horrenda sospecha empezó a germinar en él:
¿conocería su marido parte de la verdad? ¿Tendría indicios de su adulterio? Sin duda,
tanto ella misma como Eduardo Rey, comprendieron que aquella situación no podía
prolongarse indefinidamente.
A principios del mes de febrero, Lina se volvió taciturna. Se la veía preocupada.
A Girbau no le pasó inadvertida esa actitud. ¿Qué ocurría? ¿Es que empezaba a tener
miedo? ¿Comprendía que su conducta desleal hacia él era muy peligrosa? Es posible.
Sin embargo, debía existir algo más que determinara aquel cambio. Pedro Girbau
dedujo que si ella sintiera miedo, eludiría su presencia; temblaría ante él; procuraría
esquivar sus encuentros. Pero no era así. Por el contrario, Lina se mostraba bastante
afectuosa con él. Incluso llegaba a interesarse (seguramente por pura cortesía, se dijo
Girbau, pero se interesaba) por el curso de los negocios, por sus viajes. No. No era
miedo ni temor hacia él las causas que originaban aquel patente cambio en el carácter
o temperamento de Lina. Debía haber otra explicación.
Pocos días después supo cuáles eran las verdaderas causas y motivos de esa
brusca alteración.
III
Fue el día 14 de febrero. Girbau subió al «Talgo». Casi siempre utilizaba ese
medio de locomoción, cuando no lo hacía por vía aérea. También, de tarde en tarde,
conducía su propio coche, si bien prefería aquellos viajes por serle más cómodos.
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Pensaba pernoctar en Madrid hasta el día siguiente, durante el cual visitaría la
agencia de la capital. Luego seguiría, como otras veces, hasta La Coruña. También
había determinado prolongar en esta ocasión el viaje al objeto de recorrer la zona de
Oviedo y de Gijón, en cuyas capitales tenía la intención de abrir nuevas sucursales de
su negocio de representación y de exportación.
En el asiento contiguo al suyo se sentó una mujer. La observó con discreto
disimulo. Era morena, de una belleza soberbia y casi explosiva. No tendría más de
cuarenta años. Parecía una mujer de gran temple. Se comportaba con aplomo y con
desenvoltura. Se cambiaron unas frases. Ella, poco después, se puso a leer y encendió
un aromático cigarrillo.
A las dos horas de viaje, Girbau se levantó, dirigiéndose al coche-bar. Pidió unos
emparedados y una botella de jerez. No habían transcurrido unos minutos, cuando
oyó a su lado una voz dulce y bien timbrada:
—Buenas tardes, señor Girbau.
Era su hermosa compañera de viaje. Él se volvió sorprendido. La miró a los ojos.
No recordaba haber pronunciado ni su nombre ni su apellido. Las palabras que se
cruzaran entre ellos se refirieron a las triviales incidencias del viaje, del tiempo o del
paisaje…
—¿Le extraña que sepa quién es usted?
—Pues… sí, la verdad —replicó Girbau en un ambiguo ademán.
—Le explicaré… Mi presencia aquí no es casual.
—¡Ah!… —Pedro Girbau exageraba su asombro.
—Le he estado observando desde hace algún tiempo —prosiguió la dama—.
Quería hablarle. Supe que usted viajaba a menudo y que esos viajes coincidían casi
siempre en unos determinados días… Entonces decidí también coincidir con usted en
alguno de esos viajes. Sí, verá: era mucho mejor hacerlo así que no en la propia
ciudad. Debía ser prudente…
—Muy reconocido, señorita, por haber merecido su atención… Además, le
aseguro que me complace su compañía.
—Gracias. Llámeme señora. Soy viuda. Mi nombre es Francisca Galve.
—Encantado. ¿Quiere usted tomar alguna cosa?
A pesar de lo insólito de aquella situación, Pedro Girbau empezaba a dar una
importancia muy relativa a las cosas y a los móviles que, a veces, suelen determinar
las acciones de nuestros semejantes.
Encargó unos canapés y una botella de oporto. Supo adaptarse al clima de tan
inesperada coyuntura.
Mientras, contemplaba a su misteriosa interlocutora. De pronto frunció el ceño.
¿Acaso sería aquella dama la autora del anónimo?… Aquel misterio, aquella
insistencia en querer hablar con él. Por unos instantes tuvo casi la certeza de no
equivocarse… ¿Qué deseaba esa mujer? ¿Por qué quería hablarle? Y, sobre todo, ¿por
qué «le había estado observando desde hacía tiempo»?
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La mujer, en tanto iban dando cuenta de los canapés y emparedados, lo alejó de
estos interrogantes:
—Sí, señor Girbau: necesitaba tener una entrevista con usted.
—Bien. Creo que lo ha logrado usted, ¿no?
—Así es… Y no es fácil empezar ahora. No es nada fácil lo que he de decirle,
créame… Quizá le cause a usted una gran pena, un extremado dolor… Pero, ¡tengo
que hacerlo! No me queda otra alternativa…
En sus ojos aparecía una fría mirada. Prosiguió:
—Hace ya algunos años que conocí a… Eduardo Rey… ¿Sabe a quién me
refiero, verdad?…
Pedro Girbau se puso pálido. No pudo evitarlo.
—… ¿Y, por qué me cuenta eso? —su voz sonó áspera.
—Porque creo que le interesa, señor Girbau… Eduardo fue para mí un verdadero
amigo…
—¿Amigo?… —el tono sarcástico de Pedro era evidente.
—Cuando murió mi marido —la viuda seguía sin arredrarse—, quedé sin
amparo… Sin valor para seguir viviendo. Eduardo me devolvió la alegría, la
felicidad. Renació la ilusión y creí poder volver a vivir de nuevo…
—Bien, bien, señora… ¿Y qué puede importarme a mí todo eso?
—Eduardo pensaba casarse conmigo…; pero más adelante. Dentro de unos años.
¡Era nuestro proyecto! Una vez se hubiese ido retirando de su profesión…
—¿Usted creyó eso?
—¡Sí!… —fue casi un grito—. Sé que no me mentía… Pero yo, entonces, le
disuadí. Primero debía triunfar plenamente. Después se dedicaría a mí… No he de
negarle que Eduardo posee un gran atractivo… Su actividad le obliga a ser amable
con todas nosotras. Ejerce gran influencia entre las mujeres, ¡ya lo sé!… Y le he
conocido muchas veleidades. Pero eran simples amoríos. Fáciles aventuras, idilios
pasajeros que no dejaban rastro ni huella en su alma. ¡Siempre volvía a mí! ¡Claro
que creí en él y en su promesa!…
La mujer se apretaba las manos con nerviosismo.
—Entonces no se preocupe: nada tiene usted que temer —repuso Girbau mientras
bebía unos sorbos de oporto. El tono empleado por él era casi impersonal. Como si lo
que estaba oyendo de labios de la hermosa viuda fuese sólo una confesión
sentimental, de una mujer que buscase amparo y consejo. Añadió—: Debe tener
confianza: usted se casará con ese… Eduardo.
Pronunció el nombre con gran dificultad.
—¡No!… Sospecho que no, señor Girbau.
—¿Por qué?
—Sé lo que me digo… Eduardo se siente ahora atraído por otra mujer…
—¿Sólo por una?
—Esta vez, sí. Sólo por una. Y es muy joven. Mucho más joven que… nosotras.
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—«¿Nosotras?»… No la entiendo.
—Quiero decir: más joven que las demás que ha conocido… o que aún conoce…
¡De todas cuantas ha fingido querer! Más joven que yo; más joven que… —se detuvo
indecisa; se mordía los labios.
—Prosiga, señora Galve: ¿que quién?… Hable usted sin reparos.
Pedro Girbau volvió a escanciar vino en los vasos. Miró fijamente a la mujer.
—¿Usted…, usted ya conoce la historia, es así? —preguntó ella, con un
sentimiento de vergüenza en su rostro.
—Creo que sí. Lina es una infiel, una adúltera. ¿Es esto?
—Bueno…, quizá yo no lo hubiera dicho de ese modo; pero…, ¡sí, es cierto! Y a
ella me refería al decirle a usted que había otra mujer mucho más joven… que
«nosotras». Sí: más que yo misma; más joven que su esposa… ¡Ah, siento causarle
ese dolor!… Ya le dije que iba a apenarle con mis palabras…
—No lo crea. Estoy tranquilo. Hay verdades que, si no matan, por su misma
tremenda y rotunda realidad, por su enorme y pavoroso contenido, ya no pueden
causarnos ningún daño. Resbalan sobre nuestras almas, sin apenas rozarlas. Son
demasiado… aplastantes, ¿comprende? El mismo horror que entraña su conocimiento
nos inmuniza contra su poder de destrucción.
—Admiro su sangre fría…
—¿Sangre fría? ¡Bah!… Es también asco, repugnancia, desprecio ante esa
inmundicia; ante esa miseria, ante esa maldad… ¿Sangre fría? No: es indiferencia y
tristeza. Es…, ¡nada! Esa quizás sea la expresión más adecuada: ¡nada!
La mujer lo contempló por unos instantes en silencio. Después agregó:
—Como le decía, Eduardo últimamente ha conocido a otra. Se llama Gabriela
Condal.
—¿Ésa le da miedo a usted? —Girbau había encendido un cigarrillo.
—Sí… Su esposa (perdone otra vez, señor Girbau) no era más que… un
pasatiempo para él. ¡Estoy segura!… Como las demás. Pero ésa, no. Gabriela es
peligrosa para mí; para mi futuro… ¡Me lo quitará!
Parecía una niña a quien amenazan con quitarle una bonita muñeca. En cierto
modo, Girbau se daba cuenta de que aquella mujer, en el inicio de su graciosa y
opulenta madurez, no podía comportarse de otra manera. El amor, en sus manos,
debía ser como un muñeco valioso, un talismán único, mágico y de postreros y
febriles anhelos. ¡Y no debía dejárselo arrebatar por nadie! La miró nuevamente con
gravedad y acabó por hacer un ademán de impaciencia:
—Señora Galve. Creo que ya la he escuchado bastante. Siento que tenga esos
problemas. Como comprenderá, no soy el más indicado para hallarle ninguna
solución.
—No le pido tal cosa, señor Girbau… Casi podría decirle que ahora, ¡Eduardo ya
no me interesa!…
—¿Entonces?
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—Sí, ¡le odio y le aborrezco!… Pero deseo vengarme de él.
La mirada de Francisca Galve relucía iracunda. Una especie de estupor se reflejó
en el semblante de Girbau. Ella continuó:
—Tengo que mostrarle algo: ¡vea esto!…
Le tendía una carta. Pedro sintió como un escalofrío iba subiéndole por la espina
dorsal. Reconoció la letra: era de Lina. La carta iba dirigida a Eduardo Rey. Decía:
«Eduardo: No puedo consentir que pretendas burlarte de mí. Te he visto esta mañana
en compañía de Gabriela. Sabes cuánto te he querido… —las manos de Girbau
temblaron en una ruda crispación de sus nervios— y cuánto sigo queriéndote. Pero, te
lo ruego, no me traiciones. Por ti he sido infiel a mi marido. He olvidado mis deberes
de esposa. Estoy deshonrada. No me traiciones, Eduardo. ¡Te mataría! Tu traición, tu
olvido, tu abandono, sería mi muerte… y también la tuya. Te adora. Lina».
La faz del hombre estaba casi lívida. El pulso dilataba sus sienes: semejaba que
iban a estallar de un momento a otro. Entonces comprendió, en un rapto de lucidez y
de intuición, cuáles eran los motivos y las causas determinantes del cambio que había
venido observando en Lina: el temor ante el abandono y los celos causados por el
desvío de su amante, de Eduardo Rey.
Pasaron unos instantes de violento silencio. Luego devolvió aquella carta a
Francisca Galve. Esta frunció el ceño en un gesto de incredulidad. Era
incomprensible aquella actitud en el hombre. Éste preguntó:
—¿Cómo la ha conseguido usted?
—¡Oh!… Verá: fui un día al piso de Eduardo. ¡Tenía que oírme!… Encima de la
mesa de su despacho vi la carta desdoblada, abierta. Debía haberla recibido hacía
poco tiempo. Debió olvidarse de ella. No sé… La cogí por curiosidad al ver la firma,
la letra de una mujer… ¡Estaba furiosa, además!…
Viendo que Girbau mantenía la misma pasiva actitud, preguntóle:
—¿No… quiere…, no quiere usted, señor Girbau, quedarse… con la carta?
—No. No me interesa, señora Galve. Supongo que a usted le interesará
conservarla en su poder… No irá a romperla, ¿verdad?
—¿Romperla?… ¡No!… Claro que no… —la mujer le miraba sin comprenderle
—. Sin embargo, creí que le haría un señalado favor entregándosela a usted…
—¿Para qué la querría yo?
—¿Para qué?… ¡Para vengarse! —la figura de la viuda vibraba al pronunciar
estas palabras—. Usted venga su honor ofendido, castiga a los culpables y…
—¡Ya!… —la interrumpió Girbau—; y, de paso, le proporciono a usted una gran
satisfacción; una venganza gratuita, sin riesgos, ¿es así?
Ella le miró irritada.
—¡Odio a los hombres! —exclamó con exasperación.
Girbau había encendido otro cigarrillo. Sin mirarla, le dijo:
—Debe calmarse: usted quiere todavía a ese… Eduardo. Le pasa lo que a mí: que
aún quiero a mi mujer. No se torture con ese empeño de vengarse. Déjelo, señora.
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Debe… despreocuparse.
—¿De veras no quiere la carta? —insistió ella.
—Ya le he dicho que no me interesa. No insista. Guárdela usted. Quizás algún
día… pueda serle útil.
Las últimas palabras brotaron de los labios de Girbau terriblemente metálicas, con
un sonido enigmático. Francisca Galve miró sus ojos. Y se estremeció. En aquellas
pupilas había un brillo de insondable misterio. Estaban inyectadas en sangre.
Girbau le sonrió amablemente. Le ofreció un vaso de oporto. Debían brindar por
aquel feliz encuentro. La mujer guardó la carta en su bolso. Se sentía intrigada por el
desarrollo de la entrevista. Esta no había tenido el desenlace que ella habría deseado.
La carta debía ser el más poderoso móvil para que el marido burlado repudiase a la
esposa infiel. El arma que le ayudaría a tomar venganza de ella y de su amante. Pero
allí estaba el marido: rechazaba la prueba que, en cualquier tribunal, hubiera servido
para acusar a Lina de adulterio. Sí, las cosas no se desarrollaban tal como había
previsto en un principio. Como cuando empezó a vigilar a Pedro Girbau; a investigar
sus viajes… ¡Todo había sido en vano! En efecto, ella quería vengarse de Eduardo;
pero… a su modo. Al sentirse temerosa y débil, ante la intrusión de Gabriela Condal,
tuvo la idea de provocar una violenta situación entre los amantes y el esposo de la
adúltera… Mas el escándalo no se produciría. Pedro Girbau, enterado, al parecer, del
desleal proceder de Lina, no parecía haber dado mucha importancia a la carta. Pero,
¿es que no comprendía el inmenso valor de la misma? ¡Era definitiva! Cualquier
abogado sacaría el mejor partido de ella. Era el consciente reconocimiento de una
mujer culpable, indigna…, ¿por qué aquél no se quedaba con la carta?…
Volvieron a sus cómodos asientos. El tren serpiente se deslizaba veloz. Dentro de
unas horas llegarían a la estación de Atocha.
Apenas si reanudaron la conversación. Girbau se mantuvo tenso y erguido
durante el resto del viaje.
Cuando llegaron a Madrid se ofreció en acompañarla. Quiso llamar un taxi.
Francisca Galve, amablemente, declinó el ofrecimiento. Antes de despedirse le dijo:
—No olvide, señor Girbau, que en mi poder tengo esta carta.
El rostro de él no se contrajo. Se limitó a replicar:
—Lo sé, señora Galve. Y usted procure no olvidarse nunca de ella.
Se despidieron. Francisca tomó un taxi por su cuenta. Ya en su interior, asomó
una de sus manos diciéndole adiós:
Girbau anduvo unos instantes. No cogió ningún taxi. No tenía interés en llegar al
hotel donde solía hospedarse, el «Sanvy Hotel», en la calle Goya… No. Ese día tenía
otros proyectos. ¿Cómo se llamaba aquella modesta pensión de la Carrera de San
Jerónimo, allí en la esquina con la Plaza de las Cortes?… ¡Pensión de la Villa del Oso
y del Madroño! ¡Eso es! Y aun cuando el nombre era prolijo, esta circunstancia no
impedía que la pensión fuese excelente. Sí. Pasaría la noche en esa casa de
huéspedes. Era muy limpia y servían una comida típicamente española. Sin embargo,
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no era el deseo de paladear buenos platos lo que llevaba a Pedro Girbau hacia la
mencionada pensión. Ya había pernoctado en ella en otras ocasiones. La pulcritud del
servicio, la limpieza de las camas y de las habitaciones, junto a la variedad de los
sabrosos manjares, no estaba reñida con cierta despreocupación por los detalles,
digamos, estadísticos o de administración. Cumplíanse los requisitos formularios del
modo más somero posible, sin molestar demasiado a los clientes, sin exigírseles
enojosos datos; sino aquellos estrictamente indispensables según ordenaba el vigente
reglamento de hoteles y alojamientos. Por ejemplo, Girbau recordaba que una vez
que estuvo allí en el mes de julio… o en el mes de octubre (lo que sí recordaba es que
era un mes de treinta y un días), la hoja de registro llevaba fecha 30, cuando en
realidad el día era el 31, o sea el último del mes. Sí. Esto lo recordaba de un modo
preciso, concreto. Fue un detalle muy interesante. Y lo retuvo en su memoria.
Pedro Girbau, después de andar a lo largo del Paseo del Prado hasta la Plaza de
Murillo, subió a un taxi haciéndose conducir hasta la pensión de la Carrera de San
Jerónimo, lugar que no quedaba tampoco muy apartado de donde se hallaba.
IV
La inquietud de Lina era cada vez más evidente. Cuando regresó su marido de
Madrid y de La Coruña, la encontró en un estado deplorable. Se sucedían las jaquecas
y su mal humor parecía no abandonarla nunca. Apenas lograba disimular su
desasosiego; ni siquiera delante de Pedro. Éste, aunque seguía fingiendo no darse
cuenta de su estado, de vez en cuando le recomendaba reposo:
—Lina, creo que te convendría un largo período de descanso. ¿Por qué no vienes
conmigo a Madrid? Podría llevarte a San Sebastián o bien al sur: a Alicante. Durante
unas semanas podrías hacer vida reposada, descansando de tus ajetreos mundanos.
Aquí, tus amistades, tus amigos, tus quehaceres cotidianos quebrantan tu salud. La
verdad, creo que tienes demasiadas preocupaciones.
Aquel desusado interés por ella, sorprendió a Lina, pero no hizo caso. Sentía casi
remordimiento dentro de sí misma. ¿Es que él conocía la traición de que lo hacía
objeto?… ¿Cómo habría sido capaz de ofender de aquel modo al esposo bueno,
honrado, sumiso, afectuoso?… No podía raciocinar con cordura. Se hallaba en el
fondo del abismo. Le era imposible razonar con lógica. Eduardo Rey parecía cansarse
de ella. Había otra mujer. El cariño culpable que sentía hacia aquel hombre le
impedía discernir ya el bien del mal. En un momento de desesperación, después de
casi una semana en que le había sido imposible hablar con él, le había escrito una
carta. Cuando reflexionó con claridad, comprendió lo absurda y peligrosa que podía
resultar esa resolución. Mas ya no tenía remedio. La carta estaba en poder de
Eduardo. Había obrado como una estúpida, como una celosa estúpida. Aquél, pocos
días más tarde, le aseguró que nunca la olvidaría. ¡Nunca! Lina reclamó entonces la
carta. Él le dijo que la tenía en alguna parte, que ya se la devolvería en otra ocasión…
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No debía preocuparse. Nunca la abandonaría a ella por otra mujer. Debía serenarse.
Sus celos eran infundados. ¿Gabriela?, ¡ja, ja!… «¡Una chiquilla!»… Compañera de
trabajo. Su pareja de baile. Nada más.
Lina, naturalmente, no lo creyó. Al salir aquel día de la casa de Eduardo, vio
junto a la acera un «Ford» descapotable. Lo reconoció en seguida. Era el coche de
Gabriela Condal, la bailarina de moda en las mejores salas de fiestas de la ciudad y
quien, desde hacía unos meses, formaba pareja con Eduardo. ¡Ella era el gran peligro!
Aquel mismo peligro que otra mujer, la viuda Francisca Galve, intuía también como
una amenaza para ella. La juventud de la Condal, su lozanía, eran como un reto, una
afrenta continua y apremiante para Lina. Ésta le dirigió una mirada llena de odio y de
rencor cuando la percibió salir del automóvil y dirigirse, sin advertir su presencia,
hacia el apartamento de Eduardo Rey.
Luego habían sobrevenido aquellos días llenos de sobresaltos, de zozobras y de
temor que poco a poco habían ido repercutiendo en su carácter y en su vida.
Ante la buena disposición de su marido deseando llevarla fuera de la ciudad, Lina
se excusó argumentando que le era imposible ausentarse de Barcelona. Tenía
prometida su asistencia a una gran velada social con motivo de la inauguración del
«Hogar de la Joven Moderna». ¿No se acordaba? Se lo había dicho en alguna
ocasión. Tenía el compromiso de ir. Celia Cortado y Nelly de la Maza no la
perdonarían si dejaba de concurrir a ella.
—Comprendo —fue la lacónica respuesta de Pedro.
Al advertir el tono casi ofendido y triste de éste, Lina insistió:
—¡Por favor, Pedro!… No lo tomes a mal; pero no puedo abandonar a mis
amigas. No puedo dejarlas, como quien dice…, en la estacada.
—No; no debes hacerlo. Olvida lo que te he dicho, Lina. ¡Olvídalo! No volveré a
insistir.
Procuró simular una sonrisa. Por primera vez, Lina tuvo la certeza de que él sabía
algo. De que le ocultaba sus sentimientos. Se puso pálida, temblorosa.
Girbau no la vio. Estaba de espaldas a ella, sirviéndose una copa de jerez. No
volvería a importunarla. ¿Para qué?
No entraba en sus planes forzar los acontecimientos. De haber aceptado Lina su
proyecto de cambiar por una temporada de ambiente, de situación, quizás habría
cambiado también el curso de sus propios pensamientos. Pero tendría que ser
espontáneo, sin influencias ni presiones por su parte. El destino, en último caso,
tendría que decir también la última palabra. «¡La última palabra!», se repitió Girbau a
sí mismo. Le pareció volverse melodramático. Sonrió. ¡No!… Él no era fatalista.
Obraba, a su entender, con absoluto sentido común. Y es peligroso, muy peligroso,
cuando un hombre, subjetivamente, cree obrar con sentido común. Todo aparece
claro, diáfano, sin ninguna duda. Y para poder obrar de acuerdo con la virtud y con la
bondad, aunque parezca una paradoja, hay que sumergirse en un suave escepticismo.
Es decir: sin exigir demasiado de la verdad.
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Pedro Girbau tenía sus triunfos. En aquel juego en que había empeñado su honor,
su vida y su futuro, cada cual debía jugar limpiamente con las cartas que les hubiesen
tocado en suerte. Y así, aun cuando el juego resultase sucio e indigno en el fondo,
debía conservar íntegras y puras las formas.
Él jugaría sus propias cartas. Las que el destino o el azar habían puesto en sus
manos. Su envite sería arriesgado, quizá temerario. Pero no sentiría miedo. Ni miedo
ni piedad.
El anónimo, la evidencia del delito, conocido meses antes, la perseverancia de
Lina en el mismo, la carta que le mostrara la viuda, el empecinamiento de aquélla en
no abandonar la ciudad, sus sutiles pretextos… También la copa de sus pesares estaba
rebosante. Y se había colmado la medida.
Finalmente, los acontecimientos se precipitaron. Sólo Dios podría juzgar si Pedro
Girbau había jugado todas sus cartas y sus triunfos. Y, en caso de ser así, qué
responsabilidad tuvo en esos acontecimientos.
El día 29 de febrero de 1964 fue muy frío y desapacible. En las primeras horas de
la mañana había llovido, y, por la tarde, pareció que la lluvia, fina y persistente, bajo
un cielo plomizo y negro, se iba transformando en leves copos de nieve. Eran las
últimas convulsiones de un crudo invierno. Los postreros latidos del monstruo.
Girbau se hallaba en Madrid. En vez de haber emprendido el viaje el día anterior,
como solía hacer casi siempre a finales de mes, había tenido que salir aquella misma
mañana. Según había dicho a Lina, el motivo de ese retraso era debido a que el día
anterior, o sea el 28 de febrero, tuvo que acompañar a un grupo de industriales
alemanes interesados en montar un gran complejo fabril en España. Las reuniones
con esos extranjeros habíanse prolongado hasta muy entrada la madrugada del mismo
29. Concretamente, eran cerca de las diez cuando pudo regresar a su domicilio,
cansado y soñoliento. Seguidamente, después de descansar apenas una hora, se
dispuso salir para Madrid.
Eran ya cerca de las nueve de la noche cuando sonó el teléfono en la torre. Lina
hacía poco que había regresado de una reunión con unas amigas suyas. Acudió junto
al receptor, mientras la doncella recogía su abrigo que todavía llevaba en las manos.
—¿Dígame?…
—¿Eres tú, Lina?
Ésta se estremeció. Era la voz de Eduardo Rey.
—Sí…
—Lina, escúchame bien —había un raro acento en su voz.
—¿Sucede algo?… —interrumpió bruscamente al percibir aquel tono.
—Escucha: debes venir en seguida a mi casa. Es muy urgente. Debo hablar
contigo. ¡Tiene que ser ahora mismo!…
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Era un tono apremiante, lleno de inquietud.
—Pero… oye, ¿qué pasa?… Te encuentro raro…
—¡No pasa nada! No preguntes más… Pero debes venir en seguida, ¿oyes? ¡En
seguida! ¡Te necesito!…
Ante esta nueva súplica, que más semejaba una orden, Lina no replicó.
—Bien…, sí, de acuerdo. Iré ahora mismo.
—¡Ah!…, oye, otra cosa: no digas a nadie adónde vas. ¿Has entendido? ¡A nadie!
¡Ni siquiera a la doncella!
—Sí; he comprendido.
—¡Es muy importante! ¡Por favor, no te retrases!…
—No, Eduardo. Iré en seguida.
Ya había colgado el receptor, pero aun mantuvo por unos instantes los dedos
encima del nacarado aparato. Permaneció pensativa y ansiosa al mismo tiempo. Poco
a poco, una febril agitación se fue apoderando de ella. ¡Eduardo!… Y era él mismo
quien la llamaba. Una expresión de alegría y de contento disipó aquellas primeras
brumas de ansiedad y de preocupación. Casi hubiera saltado con alborozo. Hacía
varios días que no oía aquella voz, que nada supo de él. Se contuvo. El corazón le
palpitaba a un ritmo acelerado… De súbito volvió a adoptar una actitud seria y
pensativa. Una temerosa sombra cubrió su faz, poco antes radiante y sonriente. «¿Qué
le ocurría a Eduardo?». Aquella entonación seca y áspera de su voz; aquellas extrañas
palabras: «Es muy urgente», «No digas a nadie adónde vas»… ¿Por qué aquel
misterio? No era propio de Eduardo… Se pasó una mano por la frente, como
intentando ahuyentar sus temores. ¡Bah!… Cosas de él. Lo importante es que la había
llamado; que se acordaba de ella, ¡que no la olvidaba!… De pronto un rictus de
despecho y de celos apareció en la mirada de Lina… «¡Sí, claro, debía tratarse de
Gabriela! De esa mocosilla entrometida… Quizás le habría dado algún disgusto a
Eduardo, y ahora éste acudía a ella para… consolarse… ¡El muy…!».
Casi pataleó el suelo. Luego se puso a reflexionar detenidamente y volvió a
tranquilizarse casi por completo. Unos días antes Eduardo le dijo que Gabriela le
llevaba por el camino de la amargura, «artísticamente hablando, se entiende», había
aclarado él. Eso había dicho. La chica, según él, era un manojo de nervios y siempre
quería imponer su criterio… ¡Sería eso! ¡Pobre Eduardo! Sí, estaba segura de haber
acertado.
Llamó a su doncella, diciéndole que volvía a salir.
—¡Ah!… Tráeme el bolso, Dolores… Lo he dejado en el gabinete… ¡De prisa!
—Sí, señora.
La doncella corrió a cumplir la orden de su dueña. La ayudó a ponerse el abrigo y
Lina salió al zaguán de la torre. La noche era fría, pero ya no nevaba.
Subió a su pequeño coche y velozmente emprendió la marcha. Unos veinte
minutos después, tras sortear el tráfico que en aquellas horas aun circulaba por las
grandes avenidas, llegó cerca de la casa de Eduardo Rey.
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Penetró en el ascensor. Pulsó nerviosamente el botón del cuarto piso. Al llegar al
rellano del apartamento, salió al exterior de la cabina. Pareció dudar unos instantes…
«¿Y si se tratase de su marido?»… Tuvo un escalofrío… ¡No! ¡Qué insensatez! Para
eso no le habría llamado con tanta urgencia. Además, Pedro estaba en Madrid… ¿No
había salido aquella misma mañana?… ¡Basta! ¡No debía hacerse más estúpidas
conjeturas!
Iba a tocar el timbre del piso. Lo pensó mejor. Abriría con su propia llave.
Aquella llavecita pequeña, de plata, que él le había regalado después de la primera
cita.
Entró en el alojamiento. Las luces estaban encendidas. El amplio pasillo que daba
acceso al gran estudio también aparecía iluminado profusamente. A través de la
puerta, al fondo del pasillo, se oían los sones destemplados de un «twist», con un
ruido que hacía temblar las paredes.
Anduvo unos pasos. Vio luz, a través de una rendija de la entornada puerta, dentro
de la habitación o dormitorio de Eduardo. Tuvo una rara sensación de temor y de
cólera, al mismo tiempo. Creía percibir como un rumor de risas ahogadas… Luego se
sonrió. ¡No! Era la música del tocadiscos, junto con las estridencias vocales de un
conjunto de color…
Abrió la puerta del dormitorio. La cama aparecía descompuesta y en desorden. Se
acercó a ella. Encima de unos sillones bajos y afelpados, se veían innumerables
prendas y aun vestidos pertenecientes al dueño de la casa. Meneó la cabeza. ¡Era
incorregible!… De pronto sus ojos quedaron fijos en algo que le llamaba
poderosamente la atención. Lina arrugó el ceño, apretó los dientes y se precipitó con
arrebato sobre un objeto que estaba encima del lecho y medio oculto por los pliegues
de las sábanas. Lo cogió con sus dedos y una expresión de ira y de odio recorrió sus
facciones y empalideció su bello rostro: era un precioso camisón de seda, rosa y
ámbar, con unas iniciales bordadas en hilos de oro. Y éstas eran: G. C.… ¡Gabriela
Condal!…
Estrujó entre sus manos aquella maldita prenda femenina de su rival. Tenía los
ojos llenos de ira, inyectados en sangre. Estuvo unos momentos indecisa, y poco
después, sosteniendo entre las puntas de sus dedos aquel objeto, se precipitó fuera de
la estancia, volviendo al pasillo.
La música seguía sonando con estruendo ensordecedor. Sin embargo, no parecía
oírse voces humanas.
Lina, hecha una furia, con odio salvaje, se precipitó hacia el estudio de Eduardo
Rey.
En una de sus manos blandía el «cuerpo del delito»; en la otra, el bolso al que
parecía sujetar amorosamente, como si en su interior llevase algo muy querido o
valioso. Aquella actitud decidida y furiosa también podría considerarse de una
peligrosidad extrema. Peligrosidad para quien estuviese tras de la puerta del estudio:
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un bolso de mujer, esgrimido por ésta en ciertas circunstancias…, también puede
resultar un arma contundente.
VI
Los periódicos de la mañana siguiente publicaron la noticia: Eduardo Rey, el
notable bailarín y profesor de baile, había sido hallado muerto en su propio
apartamento. Al parecer, se trataba de un asesinato. El cadáver del bailarín había sido
descubierto por su pareja profesional, la joven Gabriela Condal, cuando ésta llegó al
piso cerca de las 9’35 de la noche. Según las primeras impresiones del médico
forense, el crimen debió cometerse momentos antes de la llegada de la joven, es
decir, sobre las 9’25, o quizás aun antes de esa hora. El dictamen definitivo, emitido
después de haberse efectuado el examen microscópico de los segmentos de plasma
sanguíneo coagulado, precisaría más exactamente estos extremos.
Gabriela Condal, al hacer el macabro hallazgo, sólo tuvo tiempo para salir al
exterior del apartamento y gritar. Habían acudido varios vecinos. Seguidamente la
muchacha había sido presa de una crisis nerviosa y sufrido un desvanecimiento. La
impresión había sido brutal y el resultado fue un «shock», el cual, en los primeros
instantes, inspiró serios cuidados a los médicos. Afortunadamente, horas después,
hubo en ella una favorable reacción. La prensa seguía informando de que «todo hacía
prever una total recuperación de la genial bailarina, pareja y compañera del
malogrado Eduardo Rey, aun cuando todavía persistiera cierta gravedad en su estado
general».
Eduardo Rey había sido muerto por dos disparos de pistola. De momento se
ignoraban las causas o móviles del crimen. Se estaban realizando las oportunas
investigaciones. La policía, a pesar del estado de la joven Gabriela, y de las muestras
de auténtico dolor que la habían sumido desde el primer instante en aquella
postración, no descartaba la posibilidad de que hubiese podido ser ella misma la
autora del crimen. Fieles a sus principios, nadie debe considerarse inocente, mientras
no quede demostrado lo contrario con hechos fehacientes e incontrovertibles.
Gabriela fue internada, provisionalmente, en una clínica, permaneciendo
debidamente custodiada por un agente de seguridad, apostado en el exterior de la
habitación.
Las pesquisas proseguían a un ritmo cada vez más intenso. Tras las primeras
investigaciones en el apartamento, se comprobó que, por la noche, Eduardo Rey
había tenido, por lo menos, dos visitas. Además de Gabriela Condal, otra mujer había
ido al piso. Había huellas de zapatos femeninos en la alfombra donde fuera hallado el
cadáver… Asimismo existía un detalle que preocupaba, de momento, a los agentes y
al inspector: cerca del cuerpo del bailarín fue hallada una prenda íntima de mujer: un
camisón de seda, y que, por las iniciales del mismo, se llegó a la conclusión de que
pertenecería a la propia Gabriela Condal.
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¿Quién pudo dejar ese objeto en el estudio? ¿Ella misma? Se iban perfilando unas
más concretas y positivas hipótesis del caso, las cuales, de ser ciertas, sugerirían la
idea de tratarse de un crimen pasional. El hallazgo de esa prenda inducía a creer que
algún arrebato de celos, por parte de una ignorada visitante nocturna, provocaron la
muerte de Eduardo Rey. Naturalmente, todas las sospechas se orientaron
seguidamente hacia una mujer; pero, ¿qué mujer?
La pistola, una automática de calibre medio, fue hallada junto al mueble del
tocadiscos. La disposición del cuerpo, caído de espaldas, con los ojos abiertos y un
gesto de terror y de terrible sorpresa en sus facciones, hacía presuponer a la policía
que el asesino (o la asesina) debía haber disparado frente a su víctima, probablemente
de improviso y sin que mediara lucha entre los dos.
En el arma aparecieron claramente unas huellas. Sólo faltaba determinar a quién
pertenecían. También los expertos encontraron diversas manchas sospechosas, tanto
en la culata del arma como en algunas partes del cañón. Parecían ser, y eran según se
demostró después de los análisis posteriores, pequeñas partículas o residuos de
polvos cosméticos muy perfumados, así como de carmín de labios. Todos estos
detalles venían a demostrar, sin lugar a dudas, que la pistola en cuestión había
permanecido en el interior de un bolso de mujer.
Las dos balas fueron disparadas por la misma pistola. Las estrías fueron
coincidentes con otras de balas que fueron disparadas más tarde en el laboratorio.
Cerca ya del mediodía del primero de marzo, que era domingo, el inspector
encargado del caso realizó una segunda visita a la clínica en la cual se hallaba
recluida Gabriela Condal.
La joven había experimentado una sensible mejoría en cuanto a su estado de
conmoción psíquica. Pero todavía mostraba dificultad en articular palabras.
Pronunciaba, ininteligibles, unos sonidos que parecían repetirse con monotonía.
Siempre eran los mismos. El inspector se acercó al lecho. Como en un susurro pudo
percibir algunos vocablos articulados, con sentido; eran unas palabras débiles y
confusas:
—¡Ella!… ¡e-lla!
Los labios de la muchacha, amoratados, lívidos, pugnaban, trementes, para dar
paso a la articulación de su voz, para hacerse oír y comprender de quienes la
rodeaban.
—¡Cálmese, señorita, cálmese! —El inspector se había sentado a su lado. La
miraba benévolamente, al objeto de inspirarle confianza—. Debe pensar algo. Sólo
debe pensar una sola cosa. Óigame con atención: debe decirme un nombre, ¿eh? Sólo
debe decirme un nombre, ¿entiende? ¿Quién es «ella»?…
La joven hizo un esfuerzo penoso para hablar. Pero no pudo. Su cabeza se ladeó
sobre la almohada y unas lágrimas resbalaron quedamente y silenciosas por sus
pálidas mejillas. Debió sentirse impotente y débil. Cerró los ojos y pareció haber
quedado inconsciente.
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El inspector hizo un gesto de contrariedad y encogió los hombros. Miró al doctor
que presenciaba la escena.
—¡Ah!… Creo que es inútil.
—Esa muchacha —explicó el doctor— sigue en ese estado semiinconsciente que
perdura, por lo regular, después de una fuerte conmoción anímica. Padece, además,
una especie de afasia o pérdida del habla. Aunque también creo que, en ella, esa
misma dificultad en articular palabras, más bien se debe y parece derivada de alguna
lesión laríngea de tipo constitucional, agudizada, en estas condiciones, por las
emociones recibidas. Estimo que estos síntomas indican una afección pasajera que,
no dudo, podrá ser superada.
—¿No podrían intentar algo, doctor?
—Le hemos puesto una inyección. La reacción no se hará esperar.
Gabriela Condal permaneció aún por espacio de unos minutos en aquella
posición. Finalmente, con lentitud, y como si despertase de un largo y profundo
sueño o de un hipnótico letargo, abrió los ojos. Parecía mucho más tranquila. Casi
normal. Incluso había color en sus mejillas.
Miró ante sí. Sus labios musitaron algo. El médico se acercó a ella.
—No tenga miedo, señorita Condal. Está usted entre amigos. Soy el doctor que la
atiende. Ese señor —le señalaba al inspector— también es su amigo. Quiere hacerle
unas preguntas. ¿Querrá contestar usted?…
La muchacha respiró más tranquila; miró al doctor, luego al policía.
—Veamos, señorita —la voz del inspector era amable—: ¿qué recuerda usted de
anoche?, ¿eh?… Así, sin prisas, sin precipitaciones. Puede usted contestarme poco a
poco. No debe apresurarse, ¿me comprende?
—¡Fue ella!… ¿saben?… ¡Sí, fue ella!…
—Bien. ¡Así me gusta! Y, ¿quién es ella? ¿Puede recordarlo?
—¡Ella, sí!… Lina…
—¿Lina?
—Sí, señor… Lina… Yo la vi… ¡Fue ella!…
La expresión de terror volvió a reflejarse en su cara.
El inspector miró al médico. Éste comentó:
—Ha reaccionado con signo positivo. Pero aún es prematuro. Su cerebro se halla
bajo la obsesión de una idea fija. Va recordando, pero sigue dominada por aquella
impresión brutal. Poco a poco irá normalizando su estado psíquico. De momento, ya
ha logrado superar lo peor: ha podido articular palabras y emitirlas en alta voz.
—¿Cree usted que puedo continuar interrogándola?
—Estimo que sería conveniente dejarla descansar unas horas. Si este proceso de
recuperación se mantiene, espero que por la tarde, o tal vez antes, estará en
condiciones de someterse a su interrogatorio, inspector.
—Conforme. Volveremos luego.
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El policía se levantó. Dirigió una mirada a la muchacha. En el momento en que
iba a abandonar la habitación, se oyó una voz clara y fuerte que gritaba:
—¡Fue Lina Goya de Girbau!… ¡Era su amante!…
La joven prorrumpió en unos histéricos sollozos.
El inspector se paró en seco al oír las voces. Había oído bien: Lina Goya de
Girbau. Era suficiente.
El doctor y las enfermeras acudieron a calmar a la paciente, la cual se estremecía
presa de súbita y febril excitación.
VII
Pedro Girbau regresó de su viaje a las 1015 de aquella misma mañana del
domingo día 1.º de marzo. Había tomado el avión de las 815, en el aeropuerto de
Barajas. Cerca de las once entró en su casa. No había podido prolongar su estancia en
Madrid. Sólo pudo mantener una corta entrevista con el delegado de la sucursal.
Según indicó más tarde a Lina, fueron aquellos señores alemanes quienes motivaron
el que no pudiese permanecer por más tiempo ausente de Barcelona. Esos mismos
extranjeros con los que había estado reunido hasta las diez de la mañana del día
anterior. Había concertado sostener una segunda entrevista con ellos por la mañana
del domingo, y él ¡no tuvo más remedio que acceder y regresar de nuevo! Cuando
entró en el gabinete de Lina para darle cuenta de estas incidencias, la halló muy
agitada.
En el rostro de Lina aparecían huellas muy profundas, como de haber pasado la
noche en vela. Sus ojos mostraban hondas ojeras y unos surcos amoratados alrededor
de sus párpados denotaban cansancio y fatiga.
—¿Pasa algo, querida?
La pregunta pareció inquietar aún más a su mujer.
—¿Por qué me lo preguntas?
—¡Oh!… Por nada, por nada. He creído advertir en ti un aspecto cansado o
afligido… Perdona. Celebraré que me haya equivocado. ¡Yo sí que estoy hecho
polvo! Llegué a Madrid ayer noche y apenas tuve tiempo de ver a Garrido, el
delegado de mi sucursal. Y esta mañana, ¡otra vez al avión!
—Podías haberte quedado todo el día en Madrid.
—¡Era imposible! Ya te lo he dicho: debo estar con esos extranjeros antes de la
una… ¡Ah, es para desesperarse!
—¿Dónde te alojaste anoche? —Lina intentaba sobreponerse a sí misma.
—¿Dónde?… ¡Ah, sí, tiene gracia! Verás: fui a una pensión que ya conocía.
Sirven muy bien, ¿sabes? Se llama «La Pensión de la Villa del Oso y del Madroño».
¿Qué te parece? —le sonreía afable—. Te llevaré a ella el día que quieras
acompañarme y que te decidas a abandonar tus reuniones sociales, ¿de acuerdo?
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Lina observó la animación y hasta el optimismo de estas últimas palabras de
Pedro. Esa observación la desconcertó en cierto modo. No supo dónde residía algo
inconcreto y extraño que parecía contenerse en ellas. Quiso corresponderle con su
sonrisa, pero sólo logró esbozar una mueca inexpresiva.
De pronto la voz de la mujer, sobreponiéndose a su temor, sonó serena y precisa:
—Sí, Pedro. Tienes razón. Sucede algo… ¡Es verdad!…
—¿Cómo?… —el asombro de Pedro Girbau no admitía ninguna duda.
—Debo decirte algo: de un momento a otro, puedo ser acusada de… haber
matado a un hombre… Al menos, seré sospechosa de haber cometido un crimen.
Lo decía sin entonación. Casi sin expresión en su semblante. Como una autómata
o una médium en trance. Ausente, lejana, pero tremendamente realista.
—¿Qué demonios estás diciendo, Lina?
Ella se dejó caer en un diván.
—Es cierto, Pedro. Ayer noche se cometió un asesinato, y yo estuve en el lugar
del crimen…
Lina pensó con dolor que todo aquello debía ser como una horrenda pesadilla
para su esposo.
—Pero, dime —volvió a repetir éste con perplejidad reflejada en su cara—, ¿de
qué me estás hablando?… Y, ¿quién es ese hombre?
—¿No has leído los periódicos?
—No he tenido tiempo todavía… ¿Quién es, Lina?…
—Eduardo Rey…
—¿Eduardo Rey?… ¿el profesor de baile?… Y dices, ¿que lo han asesinado?
—Sí.
—Pero, Lina…, oye; pero, tú, ¿dices que estuviste en su casa? ¿Qué hacías tú en
ella?…
Lina tuvo un fuerte estremecimiento. Miró con gran atención a su marido.
—¿En su casa?… —repitió pensativa—… Sí, tienes razón, Pedro: en su casa.
Pero, ¿cómo sabes que fue en su casa? —le miraba con gesto de asombro.
—¿Qué?… ¡Oh, no sé!… Supongo que lo habrás dicho tú misma, ¿no?
—No —hablaba con lentitud y mantenía los ojos fijos en él—; creo que yo sólo
he dicho que estuve en el lugar del crimen; pero sin decir dónde…
—Bueno, sí, es posible. Lógicamente he deducido que fuiste a su casa; que éste
debía ser el lugar del crimen… Pero, dime de una vez, ¿qué diablos pasó y por qué
fuiste a casa ele Eduardo Rey?…
Lina comprendió que debía decir la verdad. Pero, ¿qué verdad? La monstruosidad
de su culpa, de su incalificable culpa, se le apareció de pronto con toda su enorme
crudeza. ¿Qué iba a decirle?: «¡Soy una infiel, una mala mujer! ¡He deshonrado tu
nombre y el mío! ¡Me he arrastrado por el fango como una vil mujerzuela! ¡He sido
la amante de Eduardo Rey!…». ¿Tenía que decirle todo esto?…
El silencio, pesado y violento, envolvía a los dos.
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—¿Qué es lo que pasó, Lina?
Pedro Girbau insistió, sin apartar su mirada del rostro pálido de su mujer.
—Tuve que ir, Pedro. Sí, ¡tuve que ir! —Las manos de Lina oprimían el collar de
perlas que pendía de su cuello.
—Pero…, ¿por qué? —casi gritó él.
—Verás: Eduardo Rey me llamó por teléfono ayer noche. Yo acababa de regresar
a casa. Dolores, mi doncella, tenía aún mi abrigo en sus manos… Serían cerca de las
nueve…
—¿Qué quería? —preguntó casi agresivo Girbau.
—No sé… No me lo dijo. Sólo insistió en que fuese a verle. Dijo que era muy
importante… ¡Que debía ir en seguida!… ¡que era urgente!…
—Y, entonces, tú, naturalmente, fuiste.
—Sí.
—Lo que no comprendo es qué interés podías tener tú en obedecerle, yendo a su
casa, a aquellas horas de la noche… ¡No lo entiendo, Lina!
Ésta habló durante largo rato, tratando de convencer a su marido. Creyó que debía
tratarse de algo relacionado con la pequeña Alicia, la hija de los Rocha…
—¿Alicia?… —interrumpió Pedro—. Sigo sin entenderte. La niña ya no tenía
nada que ver con… ese profesor de baile, ¿no es así?… Tú misma me lo dijiste.
Como también que ahora la llevaban a una academia de baile, ¿no es así, Lina?
—¡Sí!… ¡Sí, sí!… Tienes razón, Pedro… No sé cómo explicártelo. Se me ocurrió
eso. La voz de Eduardo era muy extraña. Presentí un peligro… ¡No sé…!
—¿Un peligro? ¿Para quién?
—Te repito que no lo sé… ¡Estaba muy agitada!… Creí…
No continuó con la sarta de embustes. Estaba alterada. Aquel suplicio constante
de estar fingiendo ante su marido iba acabando con su entereza. ¡No podía resistir
más! Le iba a sobrevenir el fatal derrumbamiento, sin poder ya evitarlo. Vislumbró su
debilidad, se dio cuenta de que iba a estallar de un momento a otro. Sus nervios ya no
la obedecían. ¡No tenía fuerzas para continuar la farsa, para proseguir mintiendo! Se
armó de valor. Miró de frente al hombre que tenía ante ella, y le espetó de pronto:
—¡Te he engañado, Pedro!… ¡Te he estado engañando!… He sido la amante de
Eduardo Rey… Ahora, ya lo sabes… ¡Mátame, si quieres!… Pero, ¡no puedo más!…
Si esperaba ver en su maridó una alteración en su rostro, crisparse sus manos, o
bien oírle proferir grandes voces, gritos y denuestos, sufrió un gran error. Girbau
permaneció insensible ante ella, sentado frente a aquella mujer que, al fin, confesaba
su falta, su vergonzosa culpa. Mantenía una calma fría, glacial, más temible aún que
si hubiera reaccionado con furia salvaje, brutal, primitiva.
Cuáles fuesen los sentimientos que torturaban su mente, es difícil imaginárselo.
Aquella confesión, indudablemente, confería ciertos atenuantes al delito de su mujer;
pero Pedro Girbau hacía ya mucho tiempo, muchos meses, que no concedía ningún
valor a las manifestaciones externas. En su corazón sentía un desprecio olímpico
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hacia los sentimientos y hacia las virtudes que sólo son capaces de manifestarse en
las postreras y extremas situaciones; pero que son insuficientes para evitar que se
produzcan los mayores males y las más pérfidas acciones.
Se levantó. Anduvo unos pasos por la habitación. Lina, sorprendida y espantada a
la vez ante aquella insólita actitud del hombre, lo miraba con los ojos muy abiertos,
en los que se veían una gran congoja y un profundo terror.
De pronto, él se detuvo. Estaba de pie frente a ella. Se cruzó de brazos y le
preguntó:
—¿Es todo cuanto tienes que decirme?
—Pues, sí…, Pedro. ¡Sé que no tengo perdón!…
—No. No lo tienes, Lina. ¡No lo tienes!
No gritaba. Su voz era áspera, metálica, sin ningún sentimiento ni reproche, ni
acusación. Era un sonido. Nada más. Lina lo miró con miedo, con horror indefinible,
instintivo, casi físico.
—¿Y ahora qué piensas hacer? —preguntó Pedro—. ¿Crees de veras que
sospecharán de ti?
—Sí… Mi presencia en aquella casa y en aquella hora me harán sospechosa. ¡Es
terrible!…
—¿A qué hora llegaste?
—Serían las nueve y media…, no, espera: debían ser menos de las nueve y
media… Debí llegar antes. Sí. Las nueve y media eran cuando salí. Me fijé en el reloj
del estudio. Eso lo recuerdo bien…
—Digamos, ¿las nueve y veinte?
—Sí, ¡eso es!… Cuando me llamó él por teléfono eran las nueve o faltaban pocos
minutos.
—¿Qué hiciste tú?
—Subí al piso y entré…
—¿Cómo pudiste entrar? ¿Estaba la puerta abierta; cerrada, llamaste?
—No… Tenía…, tenía una llave… del piso.
—¡Oh, eso es muy grave, Lina!… Una llave del piso… —Girbau estaba
pensativo—. Y, ¿por qué no llamaste en vez de utilizar esa llave?
—No. No lo hice.
Girbau arrugó el ceño.
—Cometiste un error. Un grave error, Lina. Abriste tú misma la puerta. ¿No
comprendes? La policía verá en eso múltiples complicaciones. Verás: cuando lleguen
a interrogarte, debes omitir ese detalle.
Lina no le entendía. Preguntó:
—Pero, ¿por qué?… Entonces, ¿cómo pude penetrar?… Si la puerta estaba
cerrada…
—Sí, desde luego. Bien, les dices que hallaste la puerta abierta; que estaba
solamente entornada; que seguramente el verdadero asesino… ¿no fuiste tú, verdad,
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Lina?…
Esta incisión, así de improviso, desconcertó a Lina, la cual replicó:
—¡No!… Claro que no… ¿Piensas que pude ser yo?…
—No. Pensándolo bien, no debiste ser tú…
—¡Pedro!… —exclamó Lina ante aquella expresión de duda e incredulidad.
—Digo, pues —prosiguió él—, que seguramente el auténtico asesino la dejaría
abierta, ¿entiendes?
—Lo haré así; bien…
—Lo que debes ocultar es eso de la llave. Sería fatal.
—Creo que te comprendo… Pero, ¿no sería mejor decir y contar toda la verdad?
…
—Toda la verdad… —repitió Girbau como en un eco—, ¿de qué te serviría? La
verdad siempre es una, aun cuando el sofista diga lo contrario. Pero debe decirse en el
momento oportuno, apropiado. Además, existen verdades que jamás deberían ver la
luz del día. Que siempre deberían permanecer sepultadas… ¿Qué hiciste después?
—Sí…, una vez dentro del piso, fui hacia el estudio… No, bueno, antes al ver luz
en una habitación… entré en ella…
—¿En una habitación?… —interrumpió su marido.
—Sí…, en la habitación de Eduardo…
—¡Ah!… —la comprensión de Pedro empezaba a desconcertar a Lina—. Y,
¿entraste en ella?
—Sí; sólo por unos instantes.
—O sea que fuiste dejando huellas de tus pasos por todas partes. ¡Muy mal
hecho!
En los ojos de la mujer, abiertos y temerosos, surgió de improviso un destello de
comprensión. También su mente percibió toda la horrenda verdad. El miedo fue
penetrando en ella al percibir claramente que de todos aquellos hechos se derivaba un
peligro concreto, puesto que la convertían en presunta culpable de un crimen. ¡Un
crimen!… Cierto que ella había intuido que sería sospechosa; pero, a medida que su
marido la interrogaba, el terror de ser acusada parecía cobrar nueva forma, patente
realidad. ¡Un crimen!
—¿Qué pasó luego? —la voz de Girbau seguía siendo impersonal, ausente.
—Recogí una prenda íntima. Era de Gabriela Condal, su pareja de baile…
—¿Nada más? —preguntóle él. No parecía decirlo con sarcasmo. Simplemente,
lo decía mirándola con el mismo interés desenfadado e indiferente con que un
cirujano hace una incisión en un cadáver, durante el curso de una autopsia…
—También era… su amiga.
—¡También!… ¡Vaya, vaya!… Comprendo.
Un tardío rubor fue cubriendo la faz de Lina. Esta continuó:
—Después penetré en el estudio. El tocadiscos estaba sonando. El ruido era
enorme… ¡Quedé horrorizada!… El cuerpo del hombre, de Eduardo Rey, estaba
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tendido encima de la alfombra, en medio de un charco de sangre… Permanecí
paralizada por el terror… Sea quien fuere el asesino, el disparo no se oiría a causa del
estrépito del tocadiscos…
—¿Cogiste algo? ¿Tocaste alguna cosa? —interrumpió de nuevo su marido.
—No, creo que no. Es decir, sí: esa prenda de la Condal; las puertas; tuve que
apoyarme en los respaldos de una de las butacas del estudio… Me senté en ella, pues
iban faltándome las fuerzas. Creí que iba a desmayarme… ¡Fue horroroso! —Lina se
cubría el rostro con las manos.
—Entonces, dime: ¿estás segura de que no cogiste ni tocaste nada?
—Segura, sí. Sólo tiré esa prenda interior de aquella mujer…
—¿Qué llevabas tú?
—No comprendo…
—Quiero decir: ¿qué cosa u objeto traías tú que fuese de tu pertenencia?
¿Llevabas paraguas, algún otro objeto, un pañuelo, algo que, inadvertidamente,
pudiese haberte caído en el suelo?
—Sólo llevaba mi bolso.
—Tu bolso… —Girbau reflexionó unos instantes—. ¡Bien! Debes ceñirte a decir
toda la verdad, menos en lo tocante a la llave, pues eso te comprometería. ¿Te vio
alguien al entrar o bien al salir? ¿Te acuerdas de algo en concreto? Eso también es
muy importante.
—No recuerdo nada… Es posible que me viesen, desde luego. Al entrar, no me
fijé en nadie. Y…, al salir, estaba tan aturdida que sólo tenía conciencia de huir, de
alejarme de allí…
—De todo esto resulta —Girbau hizo el comentario como si monologase consigo
mismo— que cuando penetraste en el apartamento, el dueño de él ya estaba muerto,
¿es así?
—¡Ya te lo he dicho!
—Y, ¿tampoco se te ocurrió gritar, pedir auxilio, llamar a la policía? ¿No pensaste
que quizás sólo pudiese estar herido?, ¿qué todavía viviese?
—No… —la voz de Lina tenía un deje cansado, apenas audible—. Quedé tan
impresionada que no pude pensar en nada de eso. No supe qué hacer. Sólo sentí
miedo, deseos de huir de aquel lugar…
—Me hago cargo. ¿No viste nada sospechoso en el piso… además de esa prenda
íntima?
—No, por supuesto… Pero, ¿a qué te refieres, Pedro?
—Pues, concretamente, a algo que pudieras relacionarlo con el crimen, ¿eh? Algo
que llamase también tu atención… Por ejemplo: un arma…
—Sí, tienes razón: vi el arma… Sí, debió ser la misma con la que… le mataron.
—¿Cómo era? ¿Lo recuerdas?
—No me fijé mucho en ella… Era una pistola… Quizás —Lina se mordía los
labios—, ¡sí, creo que se parecía a la tuya!
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—Entiendo. De lejos te parecería semejante. ¿No te acercaste a ella? No la
cogiste, ¿verdad?
—¡No! Te repito que no toqué nada más. Sólo pensé en huir, ¡huir! Sin embargo,
las piernas apenas me obedecían.
—¡Bien, bien! Como advertirás fácilmente tú misma, cometiste varias torpezas.
—¡Es verdad, Pedro!
—Sí, así es: abrir con la llave ésa…; entrar en una habitación, coger la prenda de
Gabriela Condal que, luego, tiraste en el suelo; no avisar a la policía… Sí, todo ello
resultará muy fastidioso.
—¿Qué puedo hacer?
—De momento, tranquilizarte. Es necesario que te serenes.
—¡Y me lo dices tú! —pareció que Lina iba a estallar en sollozos.
Pero se dominó. Después de levantarse se paseó nerviosamente por la estancia,
apretándose las manos y moviendo la cabeza.
—¡Fui una estúpida, Pedro!… ¡Una estúpida!… Y, ¿qué he de hacer ahora? —
volvió a sentirse débil y unos convulsivos sollozos abatieron por fin su entereza,
agitándola tristemente—. Tú… tú no puedes, ¡no puedes perdonarme! ¡Te he hecho
tanto daño!… Y, ahora, sin embargo, en esta hora tan amarga para mí, eres el único
que puede ayudarme.
—Deja lo otro, Lina. Lo que en estos momentos interesa es saber cómo vas a salir
de este lío. Sí, como tú dices, de un momento a otro, puedes ser acusada como
sospechosa —de pronto pareció recordar algo—. ¿Dijiste que esa Gabriela Condal
también lo visitaba?
—¡Sí!… —el rostro de la mujer se alteró súbitamente, presa de cólera siniestra.
Al advertir que su marido la contemplaba fijamente, bajó la cabeza, avergonzada, y
cambió de expresión—. Sí, sin duda: aquella prenda… lo demostraba, ¿no lo crees
así?
—¡Oh, sí, sí! Sin lugar a dudas… Entonces, Lina, bien pudo ser ella misma la
asesina. ¿Qué te parece a ti?… Si tú no lo hiciste…
—¡Claro que no fui yo, Pedro! —miró a su marido con los ojos desorbitados—.
Ya he notado que tú recelas, que no me crees… ¡Sospechas de mí!…
—No es eso, Lina… No creo que hayas sido tú; pero, de acuerdo con tu versión,
puesto que lo hallaste muerto, ¿quién fue el asesino? ¿Te creerá la policía?
—Pedro, ¿qué estás pensando?
—Nada. Sólo que será difícil demostrar tu inocencia.
—Dudas de mí, bien lo veo… —el tono era tembloroso. Luego se rehízo—. Me
siento culpable, Pedro. Culpable por mi delito; por mi deslealtad contigo; pero…, eso
no; lo otro, no: ¡yo no lo maté!…
—Cálmate. Conviene que estés serena. Ya te he dicho que debes tranquilizarte.
Debes afrontar los hechos con dignidad. —Pedro Girbau levantó la cabeza como
dando el ejemplo a su esposa—. ¿Recuerdas si existe algún objeto, un escrito, no sé,
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algo que pueda ser identificado como cosa tuya y que pudiera estar en poder de la
víctima o en su casa?
—No. Sólo eso de la llave… Espera, sí: hay una carta…
—¿Una carta?
—Sí, Pedro. No he de ocultarte nada —la vergüenza cubría la faz de la mujer—.
Le escribí una carta… Hace ya algún tiempo.
Girbau recordó a la viuda Francisca Galve. Todo coincidía. Preguntó:
—¿Crees que la guardaba en su casa?
—Supongo… No lo sé, ciertamente.
La situación era violenta. Parecía que los más finos estiletes estuviesen hurgando
en las llagas, en carne viva.
—Es igual; déjelo. —Pedro Girbau también se levantó. Hizo un gesto evasivo con
las manos y prosiguió—: Cuando te interroguen procura aparecer serena, con pleno
dominio de ti misma. Sabrán que fuiste a la casa de Eduardo Rey. Eso no puedes
ocultarlo. Sería peor. Hubo una llamada telefónica; tu doncella te vio salir… No.
Debes decir que fuiste a su piso. Pero recuerda lo que has de declarar: la puerta estaba
abierta; lo hallaste muerto; tú no tocaste ni cogiste nada. Sobre todo, no debes
hablarles de esa llave. Escóndela en alguna parte. ¿Entiendes?
—Sí; lo entiendo.
Quedaron sumidos en otro penoso y largo silencio. Eran como dos seres que,
habiendo vivido junto por espacio de muchos años, de pronto se hubiesen dado
cuenta de que no eran otra cosa que unos extraños entre sí. Unos desconocidos. Había
surgido algo terrible entre ellos. La sospecha, la desconfianza, la evidencia de la
culpabilidad, de la falta en sí, por una parte; y, por la otra, el temor, la inquietud y el
miedo a que esa misma falta fuese descubierta, habían dado paso, súbitamente, a un
estado de ánimo mucho más trágico, si cabe. Todo se había aclarado. La verdad
brillaba con su esplendor. La adúltera ya había confesado. Mas allí, en las entrañas de
sus corazones, en las profundas soledades de sus almas, áridas y secas; informe y
horrendo, quieto y abominable, como una fiera demoníaca y agazapada; como una de
esas creaciones delirantes de Gustavo Doré, se ocultaba todo un nuevo horror: el
horror de su misma verdad; del reconocimiento de la culpa y de su confirmación. Era
como un muro, una barrera que se interponía, frígida y ominosa entre sus cuerpos y
entre sus almas. Lina sentía gravitar sobre su espíritu el peso de una losa, de un
monte de mármol o de granito: la culpa. Pedro Girbau, en su destino triste e
inquietante, se sumergía, cada vez más, en un lago lleno de nieblas y de sombras
confusas: la indiferencia. Y esa indiferencia, poco a poco, le había ido convirtiendo
en un ser ausente, egoísta, y en el cual sólo existía un cínico e inhumano
escepticismo.
Pedro Girbau abandonó la estancia en donde había tenido lugar tan larga
entrevista con su esposa. Subió a su despacho, en el primer piso. Tenía que poner en
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orden una serie de asuntos antes de salir para ir a entrevistarse con aquellos
extranjeros.
Cerca ya de las doce llamó por teléfono. Lina lo oyó como se disculpaba por no
poder ir al encuentro de los alemanes. Dio el encargo a un intérprete que éstos traían
consigo. Girbau había reflexionado, determinando no acudir a la cita, y permanecer al
lado de Lina.
Poco más tarde de la una y media del mediodía, llamaron a la puerta de la torre.
La doncella acudió a abrirla. Lina, momentos después, se precipitó en el despacho de
su marido. Abrió la puerta con desolación. Estaba temblorosa…
—¡Pedro!… Ya están aquí… ¡Son ellos!… Es la policía…
Se puso pálida, Girbau acudió a su lado en el instante en que la mujer sufría un
desvanecimiento y se desplomaba en sus brazos.
Para esos dos seres empezaba un calvario. Iban a proclamar, ante el mundo y ante
la sociedad, las miserias que durante tanto tiempo sólo habían torturado sus propias
existencias. Había llegado para ellos el momento en que sus intimidades serían
expuestas ante las miradas curiosas y ávidas de las gentes.
Si hasta entonces el infortunio que, por irónico destino, parecía unir a los dos,
sólo fuera conocido por un reducido grupo de sus amistades o simples conocidos
(entre los que debía contarse el autor o autora del anónimo famoso); en adelante iba a
trascender en forma de escándalo. Y junto al desvío y a la deslealtad de una mujer, a
la cual también se acusaría de asesina, se juntaría el bochorno y el deshonor de un
hombre al cual, unos hechos y unas circunstancias en cuyo origen no había
intervenido, pondrían en entredicho y en la picota de la afrenta y de la infamia.
VIII
Las pesquisas de la policía, tras las palabras pronunciadas en su lecho por
Gabriela Condal, no fueron muy prolijas. El inspector que tenía a su cargo el caso
«del bailarín» (como ya se le había dado en llamar) inició las investigaciones. Y
éstas, naturalmente, comenzaron en el propio hogar de los Girbau.
Lina, repuesta de aquel súbito desvanecimiento producido por la presencia de la
policía en su casa, contestó a las preguntas del inspector. Este, casi ya con la
seguridad de que la actuación de la señora Girbau, en la noche del crimen, era harto
sospechosa, le indicó amablemente que debería abstenerse de ausentarse de la ciudad.
Podría ser de nuevo interrogada.
No sólo fue así, sino que, horas más tarde, después de haberse efectuado el
oportuno cotejo de huellas dactilares y comprobarse que las halladas en la pistola
automática coincidían y eran las mismas de la señora Catalina Goya de Girbau (a la
cual se habían tomado previamente en el curso de la primera entrevista con el
inspector), ésta fue detenida bajo la acusación de «presunta autora del asesinato de
Eduardo Rey».
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Había surgido la circunstancia de que el arma pertenecía a Pedro Girbau, por lo
que la policía coligió que Lina, antes de acudir al piso de Eduardo, habría cogido la
pistola en el lugar donde la guardara su marido. Esto, naturalmente, educía una
tremenda consecuencia, pues demostraría que pudo haber premeditación.
Aparte de las huellas de Lina, también los expertos hallaron diversos indicios de
otras marcas digitales, irreconocibles y no identificables a causa de su borrosa
conformación. Todo ello indujo a la policía a suponer que, habiendo pertenecido el
arma a Pedro Girbau, esas mismas reminiscencias de huellas también serían suyas e
impresas en el arma con anterioridad, naturalmente, a las dejadas en ella por su
esposa.
También los expertos encontraron que las manchas que había en la pistola eran,
sin duda alguna, procedentes de algún tubo de carmín, y se dedujo, asimismo, que la
automática debió permanecer en el interior de algún bolso. Al ser interrogada la
doncella, ésta confirmó tal extremo al decir que, «en efecto, la señora, al salir por la
noche, llevaba un bolso. Ella misma fue a recogérselo al gabinete para entregárselo a
su señora». Se examinó dicho bolso, y aun cuando no apareció en él vestigio de
polvos o cosmético, no se descartó la posibilidad de que lo hubiese contenido horas
antes. Un análisis posterior evidenciaría la verdad en este punto.
En cambio, sí se encontró en él un tubo de carmín y manchas de ese producto en
algunas partes del forro.
En cuanto a la hora en que debió tener lugar el crimen, parecía desprenderse de lo
declarado por la propia Lina Goya, avalado por la doncella que oyó parte de la
conversación, que si Eduardo Rey llamó por teléfono minutos antes de las nueve, se
cometería entre las 9’20 y las 9’35, ya que la propia Lina confesó haber subido al
piso cerca de las 9’20 o 9’25. También concretó, en ese interrogatorio, que al salir del
apartamento eran las nueve y media. Todo esto, naturalmente, con el margen de
algunos minutos, iba afirmando la sospecha de la policía contra Catalina Goya de
Girbau.
Pedro, al despedirse de Lina en la prisión preventiva de mujeres, le dijo que no se
preocupara. Iría en busca del mejor abogado de la ciudad. «No sólo se demostraría su
inocencia, sino que se la rehabilitaría de aquella falsa acusación, demostrándose la
debilidad de los cargos que se le hacían y liberándola de aquella absurda situación».
Lina escuchó las palabras de su marido. Pero no se sintió consolada. En su mente
comenzaba a germinar una extraña y alocada idea. Todavía no parecía definirse de un
modo concreto. Era tan sólo como una sombra sin contornos muy claros, vagarosa;
más bien, como un presentimiento. A veces, tenía la sensación de que iba siendo
empujada hacia un negro precipicio sin fondo. Experimentaba casi la misma
impresión de quien está bajo los efectos de un sueño inquieto, y en el curso del cual,
de pronto, cree ser empujado al vacío, con la sensación de flotar, por unos segundos,
en un gran espacio innominado, para ser, finalmente, precipitado en medio de un
[Link] - Página 180
vértigo estremecedor, que hiela el alma y hace palpitar furiosamente el corazón a las
profundidades de una ignota dimensión.
Lina sentía todo eso. Y lo sentía, consciente de sí misma, estando despierta, con
los ojos abiertos y oyendo las voces de sus semejantes; no sumida en las brumas del
sueño, ni siendo víctima de las mágicas y turbadoras visiones de unos mundos
forjados en su mente por una alucinación. No era ninguna pesadilla. Al menos, ella lo
creía así… ¿O no lo era? ¿Dónde estaba la realidad?… La conciencia culpable de
Lina, que ya empezaba a sentir las temibles punzadas, si no del arrepentimiento, sí de
la ignominia y de la vergüenza que su deslealtad iba a echar sobre sí misma y sobre
su propio marido, la acusaba tenazmente, con crueldad, con agobiante y opresivo
delirio… Pero, además de eso, sentía algo inconcreto. Aquel presentimiento
tenebroso de un peligro invisible, latente, que la rodeaba, que parecía querer
ahogarla. Como si, a pesar de su culpa, por encima de ésta y de ella misma, gravitase
un poder diabólico que la fuese envolviendo poco a poco, que intentaba asfixiarla por
completo. Sí, era algo mucho más peligroso, cruel y funesto que su delito. Que su
propia culpabilidad.
En los largos interrogatorios, Lina se mantuvo firme, sin embargo. Negó que ella
hubiese dado muerte a Eduardo Rey. Pero no supo explicar quién le había abierto la
puerta del piso. Si de acuerdo con su versión, cuando ella penetró en el apartamento,
Eduardo ya estaba muerto, ¿qué mano había podido abrir aquella puerta? Se
confundió durante ese interrogatorio. En primer lugar (seguramente recordando los
consejos de su marido) empezó por decir que «había hallado la puerta abierta».
Después dio a entender que no fue así: «que la encontró cerrada y que entonces ella
había llamado»… Quiso rectificar. Mas ya no hubo remedio. Posiblemente, en su
mente se confundieron los términos: pensó que «tenía que decir aquello», es decir:
que alguien la había abierto, al objeto de dar más verismo al hecho de que «ella no
pudo matar a Eduardo Rey». Quiso insinuar que éste vivía aún… Que ella, al salir del
piso, aún lo había dejado con vida. Fue fatal. La policía arremetió. Y cedió su
entereza. Dijo la verdad.
Pero, como suele suceder en tales casos, ante la abrumadora cantidad de indicios
acumulados que la hacían tan sospechosa, de esa verdad, mientras hechos posteriores
no la confirmaran de un modo fehaciente, sólo fue aceptada aquella parte que al
inspector le pareció tenía más visos de lógica. Así, ella misma confesó que poseía una
llave del piso. Que la había utilizado para entrar en el mismo… En eso sí fue
escuchada, creída, pues además les mostró esa llave (que ni tan siquiera se acordó de
esconder, tal como también le indicara su marido). Pero en cuanto a otros extremos,
la policía sustentaba otras teorías y no se les concedió veracidad alguna.
El detalle de la prenda femenina les hizo presuponer que Lina, al encontrarla en el
piso, presa de furioso ataque de celos, se precipitaría contra Eduardo, dándole muerte
con la pistola que llevaba escondida de antemano en el bolso. Esta conjetura
desconcertaba, en cierto modo, a los policías, ya que, si bien de las pruebas aportadas
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se infería que hubo premeditación, ésta se hallaba algo atenuada ante el hecho de
haber obrado bajo los efectos de una fuerte conmoción pasional. ¿Obnubilación?
¿Súbito arrebato de enajenación mental? El inspector, junto con el comisario en cuya
jurisdicción tenían lugar los interrogatorios, llegaron a la conclusión de que la
presunta acusada, enterada de las «infidelidades» de que la hacía objeto Eduardo Rey,
se propuso darle un buen susto. A este fin cogería la automática de su marido, al
dirigirse aquella noche hacia el apartamento de Eduardo. Pero cuando vio el camisón
de su rival, prueba evidente de que ésta había visitado la casa, no supo contenerse. Y
cometió el crimen. Luego, asustada de su acción, sin acordarse de las huellas que iba
dejando tras de sí, tiró la prenda, la misma pistola, y huyó…
Lo que Lina no supo durante estos interrogatorios, es que al salir ella aquella
noche de la casa de Eduardo Rey, fue vista, además de otras personas que así lo
declararon, por alguien que en aquellos precisos instantes se dirigía, precisamente, al
piso del bailarín: y ese alguien era la misma Gabriela Condal.
Todo fue desarrollándose de modo que el atestado de la policía acabó por
contener una verdadera acusación contra Catalina Goya, aunque ésta mantuviera su
negativa y no se confesara culpable.
Oportunamente, el juez que debía instruir la causa dictó el auto de procesamiento,
desestimando el recurso de apelación presentado por el abogado defensor, y a pesar
de que éste en su alegato recurrió a los más decisivos argumentos de defensa
intentando demostrar «que no había lugar al auto de procesamiento contra su
defendida Catalina Goya Olevna».
Así, pues, desestimado dicho recurso de apelación, se preveía que la vista de la
causa tendría lugar algún tiempo después.
El abogado defensor de Lina, un buen jurisconsulto a quien Pedro Girbau rogó se
encargase de la defensa de su mujer, era un hombre joven, no habiendo rebasado los
treinta y dos años. Hizo numerosas visitas a la acusada. Fue imponiéndose de cuantos
detalles y particularidades favorables pudiesen ayudarle en su gestión de defensa, si
bien, ya desde buen principio, advirtió en Lina cierta inhibición en prestar su
colaboración, como si se encerrara, conscientemente, en una especie de extraña e
inexplicable obstinación ante las preguntas que el letrado le hacía.
Éste manifestó a Girbau que existían algunos aspectos en el caso que le ayudarían
a poder demostrar la inocencia de su esposa. La presencia, por ejemplo, de Gabriela
Condal en la vida de Eduardo Rey, podría representar un factor decisivo y un buen
argumento de defensa. Aunque no fue mucho más explícito, en realidad el abogado se
refería a aquel coincidente encuentro en la noche de autos. Pues si es verdad que todo
parecía acusar a Lina, también de esa coincidencia podrían inferirse otras conjeturas,
tales como la de suponer que «pudo ser la propia Gabriela Condal quien disparara
contra Eduardo Rey». También la Condal pudo verse sometida a un incontrolable
ataque de celos y disparar. Sí, con la misma pistola que Lina pudo llevar en el bolso,
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y que bien pudo dejar abandonada en el apartamento… Todo ello era algo
incongruente; pero daría la batalla…
El entusiasmo del abogado no hizo gran mella en el temperamento de Pedro
Girbau. Éste se limitó a desearle que aquellos buenos augurios tuviesen plena
culminación en un brillante éxito por su parte, «logrando demostrar la inocencia de su
querida esposa».
Por su parte, el abogado, enterado de la irregular situación en que aquel suceso
habría enfrentado al matrimonio, procuraba no encrispar los ánimos, ni herir
susceptibilidades. Cosa harto difícil, en verdad. Pues para poder llevar a cabo su
labor, tenía imperiosa necesidad de conocer determinadas facetas íntimas y delicadas.
También en estos extremos notó la vaguedad y casi… la ausencia de interés y de
voluntad en las respuestas de Lina.
Como hombre de leyes, ducho en esas lides, no daba mucha importancia a esas
defecciones. Sin embargo, y a pesar del optimismo que se desprendía de sus palabras,
en su fuero interno no dejaba de comprender que, por esas mismas causas,
ponderando en toda su justeza los medios a su alcance y el ambiente en que
discurrían esos preliminares de defensa, su labor sería ardua y no demasiado
prometedora.
Avezado a no dar mucha importancia a sus propios sentimientos, si bien pondría
todo su esfuerzo en probar la inocencia de su defendida, pues íntimamente estaba
seguro de su falta de culpabilidad, también intuía algunos inconvenientes y elementos
adversos en su gestión. La desagradable concurrencia del adulterio en la persona de
Catalina Goya (factor determinante ya de muchas animosidades y de preconcebidas
opiniones) no sería ningún hecho favorable en su haber. Por el contrario, tendía a
indisponer, por anticipado, el ánimo del tribunal. Y puede que, incluso, incidiese en
su veredicto, si no de un modo directo, sí de una forma accidental y, por
consecuencia, subjetiva en quienes deberían emitirlo. El abogado defensor terminaba
por decirse a sí mismo «que el caso reunía algunos aspectos tan escabrosos y tan poco
edificantes, que éstos harían pesar más la balanza del lado del rigor más severo, que
del lado de la compasión y de la clemencia».
IX
Llegó el día señalado para la vista. El juicio oral se inició con los preliminares y
diligencias acostumbradas.
Debido a las peculiares características que habían concurrido en la instrucción del
sumario, las cuales hacían prever un juicio apasionante, y si bien éste no se celebraba
a puerta cerrada, se procuró limitar la entrada del público en la sala, por expresa
indicación del Presidente.
Los cinco Magistrados ocuparon sus asientos, así como el acusador público
representando al Ministerio fiscal, el Secretario, el abogado defensor y los
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funcionarios y agentes de servicio.
En el banquillo se sentaba la acusada Catalina Goya de Girbau, con el semblante
pálido, aunque sin aparentar gran preocupación o intranquilidad. De vez en cuando
dirigía su mirada hacia el lugar que ocupaba su defensor y parecía respirar más
profundamente.
Pedro Girbau, citado a declarar como testigo por la parte fiscal (si bien en su
calidad de cónyuge podría, en su caso, ampararse en los eximentes que determina la
ley), esperaba fuera de la sala, junto a los demás testigos. El juicio oral tenía lugar en
una de las salas de lo criminal del Palacio de Justicia. Entre los pocos asistentes,
periodistas y curiosos, reinaba gran expectación.
En el momento oportuno, el Presidente declaró abierta la sesión, preguntando
seguidamente a la acusada si se confesaba reo del delito que se le había imputado en
el escrito de calificación.
Lina contestó que no. El abogado aprobó con un movimiento de cabeza la
serenidad con que fue dada la respuesta:
—No, Señoría.
Ante esta negativa, el Presidente procedió a la celebración del juicio. A
continuación el Secretario dio cuenta del hecho que había motivado la formación del
correspondiente sumario, así como del día en que se comenzó su instrucción. Leyó
los escritos de calificación, la lista de peritos y la de los testigos que habían sido
presentados por la parte fiscal. Después hizo la relación de las demás pruebas que
concurrían en el proceso.
La primera sesión del juicio oral fue casi exclusivamente dedicada a la práctica de
las diligencias de prueba, con la presencia de los peritos que confirmaron el hallazgo
de huellas en el arma o cuerpo del delito, así como los vestigios de carmín hallados
en el bolso de la acusada, y de los indicios descubiertos en aquélla. Más tarde se
inició el examen de los testigos. Entre éstos figuraban dos personas que habían visto a
Catalina Goya salir de la casa de Eduardo la noche de autos, y un taxista cuyo
aparcamiento estaba situado enfrente mismo del edificio y que reconoció a la
acusada, «quien era la misma mujer que vio salir precipitadamente aquella noche y
casi correr hasta subir a un pequeño coche».
—¿A qué hora la vio salir usted? —preguntó el fiscal, el cual había comenzado el
interrogatorio de los primeros testigos.
—Recuerdo que debían ser las nueve y media.
Luego fue llamada la doncella de Lina, la cual manifestó haber oído parte de la
conversación que sostuviera su señora, «si bien, entonces, no supo con quién estaba
hablando».
—¿Qué palabras oyó usted, señorita? —La pregunta la hacía el Presidente, tras
una breve pausa durante la cual sostuvo unas palabras con los demás Magistrados.
—Pues verá… —la muchacha se mordía el labio inferior, sin atreverse a hablar.
—Prosiga, por favor.
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—Sí, señor… Oí que la señora preguntaba: «¿Sucede algo?». Después volvió a
preguntar: «¿Qué pasa?»…
—¿Nada más?
—Creo que, antes de colgar, aseguró que «iría en seguida».
—¿Usted no supo adónde se dirigía su señora?
—No, señor.
Cuando llegó su turno, el abogado defensor le preguntó:
—¿Observó usted alguna alteración en su señora?
—No lo sé, señor. No lo recuerdo.
—¿No le pareció a usted que la persona con quien había hablado su señora podía
haberla intranquilizado, por hallarse, quizás, ante algún peligro?
La pregunta podría ser recusada, pero el Presidente consideró que no contenía
ninguna sugestión ni era capciosa: simplemente perseguía la finalidad de aclarar un
punto, al parecer, muy importante. La doncella era la persona que viera a Lina antes
de ir al piso de la víctima, y también quien pudo haber observado las reacciones de
aquélla después de la llamada telefónica.
—No me acuerdo, señor. Sólo comprendí que la señora tenía prisa por ir a alguna
parte. Nada más.
El fiscal intervino para decir:
—Antes de salir, ¿qué le dijo a usted?
—Me ordenó que le trajese el bolso… Fui a buscárselo en el gabinete.
—¿Nada más?
—No, señor. La ayudé a ponerse el abrigo y salió.
La sesión fue suspendida, poco después, hasta el día siguiente.
Al abrirse de nuevo, se procedió a seguir con el desfile de testigos. La primera en
ser llamada por el Presidente fue Gabriela Condal, repuesta ya por completo de su
dolencia. A las preguntas del fiscal, fue declarando casi en los mismos términos que
lo hiciera con anterioridad a la policía y durante la instrucción del sumario.
El defensor de Lina la sometió a su interrogatorio:
—Señorita Gabriela, ¿usted vio a la acusada aquella noche?
—Sí, señor.
—¿Dónde?
—Ella salía de la casa donde vivía Eduardo Rey.
—Bien. ¿Y usted dónde se hallaba?
—En la calle… —la joven parecía indecisa. El Presidente escuchaba con gran
atención—. Bueno, yo me dirigía también al piso del señor Rey.
—Comprendo. Entonces fue cuando usted descubrió el cadáver, ¿es así?
—Sí, señor.
—¿Recuerda usted si vio o notó algo extraño, aparte, claro está, del cuerpo de la
víctima?
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—¿Extraño?… Las luces del piso estaban encendidas; el tocadiscos sonaba con
estrépito…, creo que vi una pistola cerca del cuerpo del señor Rey…
—¿Algo más, señorita?
—Sí… —el rostro de Gabriela Condal se había cubierto de rubor—: Junto a él
había una prenda de mujer…
—Precise, por favor: ¿«Junto a él» se refiere a Eduardo Rey?
—Sí, señor.
—Gracias. ¿Puede decirme a quién pertenecía esa prenda?
—Era mía… —fue casi un susurro. La bailarina bajó los ojos.
El abogado no hizo más preguntas. A través de aquellas palabras, y dentro de la
forma legal, intentaba hacer penetrar ciertas dudas en el ánimo de los jueces. Creyó
observar en el semblante de algunos de ellos cierta preocupación. El caso tenía todas
las peculiaridades de un crimen pasional; pero, ¿por qué éste no podría haberse
producido de modo distinto a como se resumía en la calificación del sumario?… ¿No
podría haber sido la propia Gabriela Condal?
Seguidamente fue llamado a declarar Pedro Girbau. Se le hicieron las
consideraciones legales oportunas, indicándole que, en su calidad de cónyuge, podía
abstenerse de prestar declaración. Replicó que no tenía ninguna dificultad en declarar.
El Presidente, después de recabar los datos de su filiación y demás concernientes
a su identidad, según los trámites de fórmula, dejó que la parte fiscal lo interrogase.
Primero se le hicieron varias preguntas sobre diversos aspectos de la vida de su
esposa. Luego las preguntas se concretaron a conocer dónde se hallaba él mismo en la
noche de autos.
—Me encontraba en Madrid —respondió Girbau.
—¿Cuándo volvió usted?
—Por la mañana del día 1.º de marzo.
—¿Cómo supo, señor Girbau, la noticia de la muerte del señor Rey?
—Mi esposa me la comunicó.
—¿Le dijo algo más?
—Sí… También me confesó que ella, por la noche, había acudido al piso de la
víctima, habiendo hallado muerto al señor Rey.
—¿Le dijo su esposa por qué había ido al piso de la víctima?
—Sí, señor. El señor Rey la había llamado por teléfono.
—¿Sabe usted si el señor Rey había hecho otras llamadas a su esposa?
La pregunta mantuvo tenso el semblante de Girbau por unos instantes. Finalmente
éste contestó:
—No lo sé… No lo creo.
—¿Era usted amigo del señor Rey?
—No. Simplemente, había sido el profesor de baile de mi esposa, y no existía otra
relación entre él y yo.
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—Dice usted: «Había sido el profesor». ¿Debo entender que, en la actualidad, ya
no lo era?
—En efecto, señor.
—¿Por qué motivo?
—Creo que mi esposa había terminado las lecciones de baile.
—Bien. ¿Antes de irse usted a Madrid, por la mañana del día 29 de febrero,
percibió alguna inquietud en su esposa?
—No.
—¿Y cuando regresó usted de Madrid?
—Ya le he dicho que fue ella quien me comunicó la trágica noticia.
—Así es. Pero, ¿la halló usted inquieta, preocupada?
—Sí.
El fiscal pasó luego a ocuparse de la pistola.
—¿El arma con que se cometió el crimen la reconoció usted como suya, verdad?
—Sí.
—¿Antes de salir de viaje, por la mañana del día 29 de febrero, notó usted si le
faltaba la pistola?
—No.
—¿Pudo su esposa tener acceso a la misma? Es decir: ¿pudo cogerla del lugar
donde usted la tenía guardada?
—No sé. No la tenía escondida; la guardaba en uno de los cajones de mi mesa
escritorio. Pero… —Girbau expresaba una gran contrariedad—… ¡eso es absurdo!…
Mi mujer nunca cogería un arma de fuego… ¡Ella no pudo hacer una cosa semejante!
El Presidente lo amonestó severamente.
—No se le pide su opinión, señor Girbau. Debe abstenerse de formular ninguna
sugerencia. Es improcedente. Debe contestar a lo que se le pregunta.
El fiscal continuó:
—Insisto en la pregunta, señor Girbau: ¿pudo coger la pistola su esposa?
—Sí.
Seguidamente el interrogatorio se desvió hacia uno de los puntos más escabrosos:
—Sabemos que entre la acusada y la víctima existía una gran amistad. ¿Puede
usted decirme si conocía esa circunstancia?
—Siempre creí que esa amistad se debía a la relación que se establece entre un
profesor y una alumna.
Girbau mantenía una dignidad y una entereza poco comunes.
El fiscal parecía hallarse en un delicado momento. Prosiguió:
—Sí, comprendo. Sin embargo, ¿cuándo supo usted la existencia de otras
relaciones, digamos, menos lícitas entre la acusada y el señor Rey?
Ya estaba dicho. Los magistrados escuchaban con gran atención. Lina parecía
haberse quedado inmóvil. El abogado defensor jugaba distraídamente con un lápiz.
—Mi mujer me dijo la verdad.
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—¿Cuándo?
—Después de confesarme que había ido al piso de… él —la dificultad de Girbau
se hizo bien patente.
—¿Quiere usted decir: «del señor Eduardo Rey»? —insistió el fiscal.
—Sí, señor.
El acusador dio por terminado su interrogatorio. No pudo conseguir que Girbau
aclarase si había notado algún cambio notable en el proceder de Lina durante los
últimos tiempos, antes de la tragedia. No obtuvo más que vagas respuestas, cuando
no negativas concluyentes.
Lina, desde su asiento, seguía con trémula expresión las incidencias del juicio. En
los últimos momentos había vuelto a sentir aquel instintivo y funesto terror hacia algo
infinitamente misterioso; algo que era como una negra sombra. Como la imagen de
un peligro sin forma, un monstruo sin ojos, sin cabeza, es decir: sin sentido lógico.
Pero que la envolvía con su influjo maléfico y su poder casi sobrenatural… ¿Eran,
quizás, rumores apenas percibidos tras las palabras de su marido? ¿Algo que sonaba
como un eco en las preguntas del fiscal?…
Pedro Girbau, por su parte, parecía algo cansado. Bajó la cabeza.
El abogado defensor de Catalina Goya se dirigió al testigo. Solamente le interrogó
una vez:
—¿Conocía su esposa el manejo de las armas de fuego, señor Girbau?
—¡No!… Nada de eso… Le daban pánico.
No hubo más.
El Presidente llamó acto seguido a otro testigo. Era Francisca Galve, la viuda que
Girbau conociera en el Talgo unos meses antes.
Después de los preliminares de rigor y del juramento, fue sometida al
interrogatorio del fiscal:
—¿Vio usted alguna vez a la acusada en casa del señor Rey?
—No, señor. Aunque sé que lo visitaba.
—Aclare eso, por favor.
—Me consta que eran… muy amigos.
—¿Oyó usted alguna vez hablar de ella al señor Rey?
—Sí… Bueno, quiero decir que con Eduardo hablé muchas veces de la acusada.
—¿Por qué?
—Porque…, porque… —la viuda parecía intranquila, pero se decidió—, Eduardo
Rey iba a casarse conmigo. La presencia de otras mujeres en su vida me perjudicaba.
—Entiendo. ¿Cuándo vio usted por última vez al señor Rey?
—Hablé con él dos días antes de su muerte.
—¿Dónde hablaron ustedes?
—En su propio apartamento. Fui a verle.
—¿Advirtió usted algo raro en su comportamiento, aparte del mal humor o del
cansancio que, es lógico suponer, debían hacer presa en un hombre tan ocupado como
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el señor Rey?
Las palabras del fiscal tuvieron la virtud de producir una especie de
estremecimiento en la mujer. Su rostro adquirió una expresión sarcástica y en sus ojos
se veía como una llama de maligna ironía.
—No, señor. Me pareció el de siempre.
—¿Hablaron esta vez de algo relacionado con la acusada?
—En concreto, no… Tuve que aludir a ella, cuando increpé a Eduardo por su
comportamiento para conmigo.
—¿De quién más hablaron?
—De… Gabriela Condal —pareció casi escupir estas palabras.
Este nuevo interrogatorio tenía suspensos a todos los presentes.
—¿A quién temía usted más, señora: a la acusada o bien a otras mujeres?
—¿Temer?… ¡A nadie, señor!
Hasta finalizar con su intervención, el fiscal volvió a la carga:
—¿Cree usted que la acusada sentía celos de usted, señora Calve? ¿Se lo
demostró alguna vez?
—No. Además, no soy pitonisa, señor. Como mujer puede que sintiera celos. Sin
embargo, nuestras situaciones son distintas. —Echó una mirada despreciativa hacia el
lugar donde se hallaba sentada la acusada.
—¿En qué sentido?
—Yo soy viuda; ella es casada.
Lina alzó los ojos y los mantuvo firmes en aquella mujer que le soltaba aquel
insulto. Pero no había odio en ella. Ni rencor, ni despecho. Simplemente, era una
expresión de pena, de pesar.
El acusador dio por terminado su cometido. El abogado defensor, por su parte,
solicitó poder interrogar a la testigo. Le hizo pocas preguntas. No la consideró de
gran interés. Y en esto, sufría un error. Pero la persona que podría haberle puesto en
antecedentes seguía en silencio. Callaba. Se limitaba a jugar las mejores cartas que le
habían tocado en suerte. En realidad, la partida no había terminado aún.
La sesión se suspendió para ser proseguida por la tarde.
Al reanudarse el juicio, el Presidente concedió la palabra al fiscal al objeto de que
principiara a informar al Tribunal, dando así por concluidas las diligencias de la
prueba testifical.
Sin detenerse mucho en la exposición de los hechos y sin penetrar en el fondo de
las posibles motivaciones psicológicas del caso, fue desarrollando los preliminares de
su informe. Alegó que la acusada, «Catalina Coya Olevna, en el pleno uso de sus
facultades mentales, habiendo olvidado los más elementales deberes de pudor y de
lealtad hacia su marido, tuvo desde hacía tiempo devaneos con el fallecido Eduardo
Rey». Precisó que esos desvíos, a la par que significaban un «flagrante delito contra
las buenas costumbres y una descarada afrenta a la honestidad», delito que el Código
Penal califica con un nombre muy característico y concreto, pero que no mencionaba
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puesto que no era ése el delito por la que se la juzgaba, habían sido, además, los
determinantes y los motivos que indujeron a la procesada a cometer su crimen.
Aquellas relaciones ilícitas fueron la causa que la llevaron a la consumación
premeditada del asesinato.
La dureza del informe del fiscal iba presentando a Catalina Coya como una mujer
exenta de escrúpulos, y que obra dominada exclusivamente por sus bajas pasiones.
Siguió la enumeración de los hechos, las pruebas periciales y las testificales, con
las circunstancias que «demostraban —remarcó el acusador—, sin lugar a dudas, que
ella era la asesina». La presencia de la acusada en el piso de la víctima a la hora en
que, con posterioridad y de acuerdo con el dictamen del forense, se pudo precisar
tuvo lugar el crimen; las huellas de la pistola que habían resultado ser de ella misma;
el hecho de abrir la puerta del piso con su propia llave (lo cual, además, implicaba
premeditación por su parte) y su huida del piso sin avisar ni a los vecinos ni a la
policía, junto con los testigos oculares que la vieron salir de la casa de Eduardo Rey,
aducían la más patente prueba de su culpabilidad.
—Según se desprende de las pruebas aportadas tanto por los peritos como por los
testigos, no queda la menor duda de su culpabilidad. Catalina Coya Olevna, la noche
de autos, después de la llamada telefónica de Eduardo Rey, se apropió de la pistola de
su marido, ausente de Barcelona, y se dirigió al piso de la víctima. En el bolso llevaba
el arma mortal. Las huellas son las suyas. También en el arma aparecieron manchas
de carmín, indicios de polvos. Es una evidencia incontrovertible que el arma estuvo
en su bolso. La acusada, sin embargo, ha venido negando la verdad. Sigue obstinada
en su negativa. Ya en el atestado de la policía sufrió los primeros errores: primero, al
declarar que había penetrado en el piso al hallar la puerta abierta; después, dándose
cuenta del desliz, diciendo que la puerta estaba cerrada y que, al llamar ella,
«alguien» la había abierto… La acusada quiso aparentar, desde el primer momento,
que al abandonar el piso «todavía el señor Rey no estaba muerto». Que aún vivía.
Todo mentira. Un cúmulo de mentiras en las que ella misma se iba enredando de
forma que cada vez le iba siendo más difícil salir de ellas. Hasta que, al fin, dijo una
verdad. ¡Una sola! Que había abierto la puerta con la llave que poseía. Resumiendo:
ante aquella llamada un tanto intempestiva efectuada cerca de las nueve de la noche
del día 29 de febrero, la acusada supuso que era una buena ocasión para poner en
práctica su plan. Eduardo Rey la hacía objeto cada vez más de una mayor
indiferencia. Y ella no podía permitir que otra mujer, aunque fuese su pareja de baile
y su compañera de profesión, estuviese con él a todas horas. ¡No! Catalina Goya se
propuso terminar con aquella situación. Quizás si Eduardo Rey la hubiese oído,
comprendido sus exigencias, si él le hubiese prometido que las cosas cambiarían en
adelante, la acusada se habría conformado con amenazarle. Con darle un buen susto y
hacerle comprender que no le convenía jugar con ella. Pero no fue así. La acusada
penetró en el apartamento, halló la prenda íntima de una rival y, entonces, ciega ya
por los celos, por el odio que rebosaba en su corazón, pero llevando ya «con
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premeditación» la pistola en su bolso, se abalanzó hacia donde se hallaba Eduardo
Rey. Exigió a éste explicaciones y al no ser atendida y negarse a sus pretensiones, le
disparó las dos balas que le causaron la muerte…
En aquel momento, Lina, que había ido excitándose, a medida que el fiscal
pronunciaba las duras acusaciones contra ella, se levantó de su asiento y con una voz
entrecortada por los sollozos, exclamó:
—¡No!… ¡no, no!… ¡Dios mío!
Se retorcía las manos. Sollozaba y daba la impresión de que iba a sufrir un
desvanecimiento.
Los magistrados se hallaban impresionados por el tremendo patetismo de aquellos
simples monosílabos. Y en el momento en que los agentes acudían cerca de la
acusada para calmarla y hacerla sentar de nuevo, un inesperado incidente vino a
unirse a aquella brusca interrupción del informe fiscal.
Fue un hecho absurdo, insólito, incoherente. Lo ilógico de aquel suceso, súbito y
fuera de lo normal en estos casos, mantuvo en una especie de hipnotizado y colectivo
asombro a todos los que presenciaron la escena: Pedro Girbau irrumpió por una de las
puertas laterales de la sala, desde donde era presumible sospechar que hubiese estado
escuchando lo que en ella estaba ocurriendo, y con voz sonora y ronca por la
emoción, acercándose al estrado de los magistrados, casi gritó:
—¡Basta! ¡Basta ya!… ¡No fue ella!… ¡Yo maté a Eduardo Rey!… ¡Yo soy el
asesino!…
Pasados los primeros instantes de tremenda sorpresa, el pasmo cedió el paso a una
general admiración. Aquella excitación cesó cuando el Presidente mandó desalojar la
sala del escaso público en ella congregado. Aquel inusitado y extraordinario
acontecimiento que venía a turbar el proceso normal de un juicio, apenas tenía
precedente.
Después de las oportunas deliberaciones del Tribunal, se acordó suspender el
juicio ante aquella inesperada revelación del marido de la acusada, considerando que
este hecho podría producir alteraciones sustanciales en el curso del juicio, si bien éste
casi había finalizado y se hallaba ya en la fase del informe fiscal. El abogado
defensor fue quien solicitó, como parte, la suspensión de la causa hasta la aportación
de nuevos elementos de prueba y de juicio. Era indudable que el abogado se hallaba
tan asombrado como los demás componentes del Tribunal. Y esta suspensión, aunque
era prematuro adelantar ninguna conjetura, podría determinar un más favorable
rumbo para su defensa. Necesitaba saber más cosas. ¿Qué razón impelía a Girbau
para hacer semejante confesión? ¿Cómo creerla si, además, había declarado hallarse
en Madrid?…
El abogado procuró acercarse a Pedro Girbau. Deseaba cambiar algunos puntos
de vista con él. Pero éste se negó a escucharlo. Amablemente, le indicó que «no diría
nada más hasta haber sido interrogado por el juez instructor o bien por el fiscal». El
letrado, ante esa actitud, se encogió de hombros y no supo vencer su perplejidad.
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¿Aquel súbito arrebato del marido no significaba un esfuerzo magnánimo y humano
de desprendimiento y de sacrificio? Quizás… «Pero, entonces —se decía el abogado
de Lina—, ¿no comprende que si no habla conmigo no podrá prosperar esa
pretendida confesión de culpabilidad? A pesar de lo irregular de ese procedimiento,
podríamos hacer surgir nuevos elementos que nos conducirían a demostrar la
inocencia de mi defendida, que, además —y aquí el hombre arrugó el entrecejo— es
su propia esposa»…
Lina, de igual modo, no salía de su asombro. ¿Había oído bien? ¿Era su marido,
su propio marido, quien se confesaba autor del asesinato?… De pronto, le pareció que
el suelo se hundía bajo sus pies. No supo si aquella revelación venía a ser algo así
como la confirmación de aquello que en su subconsciente, ella misma desde hacía
tiempo, había creído entrever o intuir. ¿Era eso, acaso, lo que constituía el misterio de
aquella sombra indefinible de enigma y de extraño peligro, que a veces la acometiera,
como si la envolviese o la empujase hacia un precipicio, hacia una insondable
profundidad?
Mientras los magistrados y demás componentes del Tribunal permanecían
reunidos en un despacho inmediato, Francisca Galve, que hasta aquel momento se
había mantenido a distancia de Girbau, se acercó a éste. La viuda lo miró con sus
grandes ojos, negros y provocativos:
—¡Tiene usted un gran valor, amigo mío!… Supongo que me recuerda usted,
¿no?
—Sí, señora —respondió Girbau—; la he visto esta mañana cuando hemos
permanecido juntos esperando el momento de entrar a declarar. Supongo que usted
habrá dicho cosas muy duras, ¿es así?
—¡Qué le diré! Creo que usted, según acaban de comunicarme, las ha dicho
todavía más graves y duras: se ha confesado usted autor de un crimen. Y esto…, ¡no
es un moco de pavo, que digamos! Ha ido usted muy lejos, ¿no cree? —la viuda lo
miraba suspicaz y con un rictus de picaresca intención en su boca—… La verdad, la
verdad, que es usted digno de toda mi admiración. ¡Créame!
—¿Lo dice de veras?
—¡Sí, señor!… En estos mismos momentos, muy cerca de usted, aunque con
disimulo, le están vigilando… ¡Usted es un asesino!
—¿Y no le doy miedo? ¿No siente odio hacia mí?
—¿Miedo?, ¿odio?… ¡No, señor Girbau! Creí que usted ya me había
comprendido. Pero es que, además, tampoco me sería posible sentirlo… ¿Sabe por
qué?
—No.
—Pues porque usted… es inocente. Y mañana se aclararán las cosas. Todo eso
que cuentan que usted ha dicho ahí dentro, no tiene sentido, ¿sabe? Y ellos también lo
verán así… Sí, comprendo que, por su parte, es una actitud muy noble; pero
perfectamente inútil. ¡Eso es! No conseguirá nada con su declaración, señor Girbau.
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—¿Tan segura está?
—¡Claro!…
—No sé…, no sé… Verá: usted ya ha prestado también su declaración; ya ha
contado su historia; ya lo ha dicho todo al señor fiscal, ¿no es así?…
—¿Todo?… —la viuda tenía una mirada maliciosa y adusta al mismo tiempo—.
¡No! ¡Todo no, señor Girbau!… ¡Y usted lo sabe!
Éste hizo un ademán, como de súplica, ante ella.
—No irá usted a proclamar que… —la viuda no lo dejó concluir.
—… que tengo una carta en mi poder —lo miraba casi radiante—. No. No lo haré
ahora. Pero puedo hacerla llegar a su destino. ¿Quién podrá impedírmelo?
—Por favor, señora Galve, yo le ruego a usted que lo medite antes de tomar esa
resolución.
—Pero, ¿es de veras que quiere usted cargar con un crimen que no ha cometido?
Es decir: ¿acusarse de algo que no ha podido cometer?
—No esté tan segura…
—¡Bah!… Es ridículo. No sé mucho del caso, ni he oído bastante; pero sé que
existen hechos y circunstancias que no dejarán prosperar esa absurda confesión suya
declarándose culpable.
—¿Qué hechos son ésos, señora Galve?
—He oído decir que usted se hallaba en Madrid la noche del crimen. Estaba
ausente, por tanto, de Barcelona. Sin duda, usted lo habrá declarado así cuando le ha
interrogado el señor fiscal durante el curso del juicio. ¿No pretenderá hacernos creer
a todos que pudo estar usted en Madrid y en Barcelona al mismo tiempo? ¿Quién
tomará en serio semejante embuste? La superchería no podrá mantenerse, señor
Girbau. Convénzase usted. A lo sumo, le condenarán por haber interrumpido la vista
de la causa; por haberse opuesto a la prosecución del juicio… Quizás unos meses de
cárcel o bien una fianza bastante crecida… ¡No logrará usted otra cosa!
—Parece usted una mujer de leyes. Recuerde, sin embargo, lo que le digo: no
mande usted la carta acusadora…
—¡Ah!… —exclamó la viuda—. ¿Lo reconoce, verdad?… Comprende, al fin,
que la carta que aún obra en mi poder, y que una vez se la ofrecí a usted, tiene mucha
importancia, ¿verdad?… Que ella, por sí sola, bastaría para condenar… a su mujer,
¿eh?… ¿Lo comprende, señor Girbau?…
—Sí; creo que sí. —En el semblante de Pedro Girbau aparecía una indefinible
expresión.
Francisca Galve miró en derredor. Sí, no cabía duda. Girbau era observado por
dos o tres individuos apostados estratégicamente y a prudente distancia de ellos.
Seguramente deberían ser los agentes que estarían esperando la resolución de los
magistrados y del juez instructor para hacerse cargo del presunto culpable.
—Señor Girbau —dijo al fin la viuda—: me pide usted un imposible. Usted
querrá mucho a su mujer, a pesar de todo lo sucedido; a pesar del… escándalo y del
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bochorno que todo este asunto supone para usted; sí, ¡a pesar de la evidencia de la
traición de que ha sido usted objeto!… Pero yo, permítame que se lo diga, no
comparto sus elevados y altruistas anhelos; no puedo colaborar con usted. ¿Entiende?
No, señor: ¡no me siento tan magnánima como para eso!… Sé lo que debo hacer.
Girbau insistió:
—Podría evitarlo si me lo propusiera, señora Galve —la miraba frente a frente y
sin pestañear.
—¿De veras? Y, ¿qué haría usted?
—Declarando, por ejemplo, que usted hace ya tiempo que tiene esa carta…
—¿La tengo?… Sí, es cierto; pero no la llevo conmigo, ¿comprende? No soy
tan… impulsiva e imprudente. Y sus palabras tampoco servirían de gran cosa. Pero es
que, por otra parte, estoy plenamente convencida de que usted no hará semejante
declaración.
—¿Por qué?
—Porque es usted muy inteligente. Sabe cuándo conviene jugar, y cuándo es
prudente no hacerlo.
Estuvieron unos segundos silenciosos. En la frente de Girbau aparecían unas
arrugas. Su voz sonó tensa y seca cuando dijo:
—Tiene razón. Hay que saber jugar. Jugar la última carta.
—¡Así es!… Deje que yo también juegue mi baza, ¿eh? —Francisca Galve hacía
un imperceptible mohín con sus labios—. Ya le dije, durante nuestro primer
encuentro, que los motivos que me inducían a entregarle la carta ya no eran otros que
el odio y el rencor. Durante mucho tiempo he llegado a sentir asco de mí misma. Sí,
le quise mucho. Amé con locura a ese hombre…, ¡a ese desgraciado de Eduardo Rey!
—su voz bajó de tono aun cuando las palabras las dijo con emoción—. Le quise: a
pesar de sus constantes… distracciones y desvíos. Pero todo tiene un límite. Y él
quiso burlarse de mí, ¿comprende cuáles eran mis sentimientos y cuáles son en estos
momentos?
—Lo intento, señora. De todos modos, me sorprende usted.
—También me ha sorprendido usted a mí con su confesión de proclamarse autor
de un crimen… Me atrevo a decirle que usted y yo tenemos muchas cosas en
común… Quizás más de las que pensemos a primera vista… —hizo un ademán como
de excusa y mirando de soslayo prosiguió—. Perdone, pero hemos de separarnos.
Nos están mirando y no nos conviene. Usted siga afirmando que es el asesino. A lo
mejor se sale con la suya… Yo, mientras tanto, jugaré mi baza, quiero decir: ¡mi
carta! Adiós.
Pedro Girbau la vio alejarse por el largo pasillo. Se sonrió imperceptiblemente.
¿Qué diablos pretendía conseguir aquella mujer? ¿Qué perseguía?… Quizás sólo eso:
jugar. Sí; jugar las cartas que el destino había puesto en sus manos. Y en este caso,
concretamente, no era ninguna figura retórica; no era ninguna imagen; sino algo real
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y positivo: una carta verdadera, auténtica. Aquella carta que Lina Goya, su esposa,
escribiera a Eduardo Rey. Y ésa podría ser definitiva.
El juicio oral, suspendido por la inesperada confesión del marido de la acusada,
pudo reanudarse al cabo de una semana. Durante su transcurso, el juez instructor de
la causa deliberó con los demás magistrados acerca de las diligencias que se
imponían tras de aquella repentina declaración. Se libraron algunos exhortos con el
fin de que compareciesen nuevos testigos. Era necesario aportar determinadas
pruebas con el fin de discernir los verdaderos motivos que indujeran a Pedro Girbau
el haber tomado aquella peregrina y temeraria decisión. El presunto autor del hecho
delictuoso fue detenido preventivamente según prescribe la ley.
Asimismo fue requerido con el fin de que considerase los extremos a que iba a
conducirle su actitud. Dijo estar advertido de los derechos que le asistían y que no se
retractaba de su declaración, ratificándose en la misma. Así, pues, los hechos y las
pruebas deberían ser aportados en el curso del juicio. Él era el asesino. Su mujer era
inocente. Lo dejaron, apercibiéndole, por última vez del irregular desarrollo que su
comportamiento determinaba en el proceso, y de los perjuicios que se derivaban del
entorpecimiento del juicio.
El día señalado para la reanudación de la vista estuvo lleno de enorme
expectación en los pasillos del Palacio de Justicia. Se esperaba una sesión repleta de
emociones y de imprevistos sucesos.
Una vez abierta la misma, el Presidente resumió las consideraciones que habían
determinado la suspensión, iniciándose seguidamente una prueba testifical de
excepción, con el fin de dilucidar algunos aspectos de dudosa consistencia.
El primer testigo resultó ser un hombre de mediana edad, alto y enjuto, de ojos
saltones y de rápidos movimientos. El individuo iba mirando a una parte y a otra de la
sala, como si una costumbre inveterada le hiciese comportarse y obrar de aquel modo.
Se le tomaron el nombre y apellidos y los demás datos de su filiación, junto con el
juramento de rigor y demás requisitos legales.
El magistrado Ponente se encargó del interrogatorio:
—¿Ha declarado usted que es empleado de la Compañía de Ferrocarriles?
—Sí, señoría. Soy inspector de tren.
—¿En qué línea presta usted sus servicios?
—En la de Barcelona-Madrid.
—¿En qué clase de tren?
—En el «Talgo».
—¿Desde cuándo está en esa línea?
—Desde el año 1960.
—Es suficiente. Gracias.
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Fue requerida la presencia de Pedro Girbau, el cual penetró en la sala
acompañado de un funcionario del Ministerio fiscal. El Presidente le ordenó
acercarse al estrado y cuando estuvo casi frente al testigo, preguntó a éste:
—¿Conoce usted a ese señor?
El empleado del «Talgo» aguzaba su memoria, arrugando la frente y mirando
fijamente a Girbau, quien se mantenía en una posición de tiesura y de envaramiento
un tanto afectados. De pronto, el inspector de tren exclamó:
—¡Sí, creo recordarle!… Esa fisonomía… Sí, señor —dirigió una sonrisa a
Girbau. Pero éste no se inmutó. Se encogió ligeramente de hombros. El inspector de
tren proseguía—… Sí, usted… usted también tiene que acordarse de mí…
El Presidente le indicó dijese todo lo que recordase.
—Verán: ese señor subió al tren… Todavía faltaban algunos minutos para salir.
Me preguntó si tendría tiempo para ir hasta la cantina… Creo que debía llamar por
teléfono o algo así. Lo cierto es que no recordaría muy bien este suceso, a no ser que
al señor se le cayó el periódico. Sí, ¡lo recuerdo perfectamente!: llevaba la reseña del
partido celebrado por la noche entre el Real Madrid y el Sparta, de Praga… —dijo
como excusándose—. Yo soy madridista…
Esta vez, el Ponente le indicó debía continuar con su declaración.
—Me puse a leer el periódico. Cuando ese señor regresó, se lo devolví; pero él,
percatado de mi interés por la reseña del partido, insistió en que lo leyese, incluso me
rogó que me lo quedase. Él ya tenía otros… —el empleado se dirigió a Pedro Girbau
—. Fue usted muy amable, señor…
El marido de Lina, en apariencia, no mostraba ninguna clase de sorpresa ni
demostraba reconocerle. Le hizo una leve inclinación de cabeza y volvió a su
impasibilidad.
El Ponente siguió preguntando.
—¿En qué día tuvo lugar ese encuentro en el «Talgo»?
—Debió ser… veamos: el partido se celebró el día 28 de febrero por la noche…
¡Eso es! Y el periódico sería, pues, el del día 29 de febrero, ya que llevaba la reseña.
—Entonces —insistió el Ponente—, ¿puede concretarnos qué día fue?
—¡Sí, señor!… Fue el día 29 de febrero, y como ya he dicho poco antes de salir el
tren hacia Madrid; sobre las 11’45, poco más o menos… Luego el señor ocupó su
asiento. Yo mismo lo acompañé hasta él.
—¿Volvió usted a hablar con él durante el viaje?
—Sí, señor… Recuerdo también que fue cuando ese señor regresaba del coche-
bar.
El Presidente se dirigió entonces a Pedro Girbau:
—¿Es verdad todo lo que acaba de declarar ese señor?
—No lo recuerdo con exactitud.
—Debe ser más concreto, señor Girbau. ¿Recuerda haber hablado con él?
—Sí.
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—¿Reconoce usted que fue el día 29 de febrero por la mañana?
—Sí, señor.
El testigo se retiró. El Presidente dijo a Pedro Girbau que permaneciese en su
sitio. Seguidamente fue llamada a declarar una mujer. Era de edad madura, llena de
carnes, y con una sonrisa simpática estereotipada en su rostro.
Tras de los preliminares comenzó el interrogatorio a cargo del magistrado
Ponente.
—¿De dónde es usted?
—De Madrid.
—¿A qué se dedica usted, señora?
—Con mi marido y una sobrina mía, regento una pensión —la mujer pareció
animarse de pronto—. ¡Es muy conocida! Se llama «Pensión de la Villa del Oso y del
Madroño»; está en la carrera de San Jerónimo…
Se la llamó al orden, apercibiéndole que no debía seguir por aquella carrera…
—Fíjese en ese señor —le señalaba a Pedro Girbau—, y dígame si lo conoce.
La buena mujer lo contempló atentamente. Una expresión de afecto y de
cordialidad asomó a su cara.
—¡Sí!… Claro que lo conozco. Ese señor es cliente nuestro… —sin duda había
orgullo al decirlo.
—Bien. ¿Recuerda usted cuándo estuvo en su casa por última vez?
—¿Cuándo, cuándo?… Creo recordar que fue, ¡sí, señor!, fue a últimos de mes…
—¿De qué mes, señora?
—Pues… sí, quizás fuese en el mes de febrero.
El Ponente le mostró entonces un pequeño libro o libreta encuadernada.
—¿Conoce usted este libro, señora?
—Naturalmente, señor. Es nuestro libro de registro… ¡Si lo conoceré! En nuestra
casa todo se hace con orden y garantía… ¡Ay perdón! —exclamó al advertir el gesto
de reconvención del magistrado.
El Secretario a quien se le había entregado el libro lo abrió ante los ojos de la
testigo, mientras el magistrado Ponente le decía:
—Aquí se señala que el señor Pedro Girbau, al que usted acaba de reconocer,
estuvo en su pensión el día 29 de febrero de este año. ¿Es eso verdad?
—¡Claro! Ya dije que me acordaba de que la última visita de ese señor a nuestra
casa debió ser a finales de febrero… El señor, cuando viene a la pensión, siempre lo
hace a últimos de mes… ¡Por la noche del 29 de febrero! Ya lo creo que me acuerdo:
este año es bisiesto y el mes de febrero tiene 29 días. Pasó la noche en la Pensión y se
marchó muy temprano.
Verificado el reconocimiento de la mujer por Pedro Girbau y después de haber
abandonado aquélla la sala, el Presidente se dirigió de nuevo al marido de la acusada,
preguntándole:
—¿Sigue usted sosteniendo aún lo que dijo al declararse culpable?
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Girbau se mantenía impasible. Pálido. No contestó.
—¿Sostiene todavía que es usted quien mató a Eduardo Rey? ¿Cómo nos explica
usted que haya podido hallarse en Madrid y Barcelona a un tiempo? ¿Posee usted el
don de la ubicuidad, señor Girbau?… ¡Conteste!…
—No… —fue casi un débil murmullo.
—¡Bien! ¿Declara, entonces, que en un intento desesperado quiso usted salvar a
su esposa, Catalina Goya Olevna, presentándose como autor de un crimen? ¿Confiesa
usted haber declarado una falsedad?
—Sí…
—Ruego que hable más alto.
—¡Sí, lo confieso!
Un profundo silencio acogió esa exclamación de Pedro Girbau. Estas tres
palabras llevaban implícitas el reconocimiento de su falsa afirmación al declararse
como presunto autor de la muerte de Eduardo Rey. Esa actitud, asimismo, sólo iba a
redundar en perjuicio de la verdadera acusada, pues era evidente que, frente a una
mujer desleal y pérfida, ese hombre poseía un elevado criterio y un corazón muy
humano.
Como la marea que va encrespándose poco a poco, así la sala fue inundándose, e
invadida por un rumor incesante de cuchicheos y de murmullos, que, únicamente,
cesaron cuando se impuso el silencio con la reconvención de desalojar la sala si
volvían a repetirse.
De pie, frente al estrado de los magistrados, Pedro Girbau escuchó la misma voz
del Presidente, el cual lo increpó duramente por su actuación en la sesión anterior de
hacía una semana, y por cuyo motivo sería sancionado y se le incoaría el sumario
correspondiente, ya que su comportamiento, «al intentar declarar en falso,
entorpeciendo la normal función del Tribunal, había perjudicado el curso legal del
juicio». Girbau, finalmente, se retiró de la sala.
A una indicación del Presidente la acusada Catalina Goya Olevna compareció y
ocupó el banquillo en espera de la reanudación del juicio.
Los magistrados, tras una corta deliberación entre ellos, volvieron a sus sitios y el
Presidente declaró que habiéndose demostrado la imposibilidad física de la presencia
de Pedro Girbau en Barcelona en la noche de autos, quedaba totalmente descartada
«su presunta confesión de culpabilidad, efectuada en la sesión anterior, por cuya
causa debía proseguir el juicio sin más dilaciones ni aplazamientos».
Concedida la palabra al fiscal, éste procedió a terminar su informe, si bien
considerando las circunstancias de los últimos acontecimientos, iba a rogar al
Presidente diese a conocer un nuevo documento de prueba.
—El hecho de haber tenido que suspender durante unos días la vista de esta causa
no ha representado otra cosa que poder demostrar y confirmar, con más evidencia y
con nuevos y más valiosos argumentos, la culpabilidad de la acusada. Esta, como ya
indicaba en mi informe de la sesión anterior, persiste en su negativa. También,
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entonces, expuse los motivos y la forma cómo se llevó a cabo el hecho criminal.
Después de la presentación de la pieza de convicción que obra en poder de ese
Tribunal, con la venia de éste, concluiré el presente informe.
El fiscal se acercó al estrado y habló con el Presidente. Éste depositó en manos
del Secretario un documento procediéndose por éste a su lectura. El escrito no era
otro que la carta que Lina escribiera a Eduardo. Sin duda, la viuda Francisca Galve
había sabido jugar «su baza».
La acusada tenía las manos fuertemente asidas a la barandilla. Mostraba los ojos
extraviados y llenos de lágrimas.
El Secretario, con voz fuerte y recia, fue leyendo todo el contenido de la carta
hasta el final. A nadie escapó el tremendo impacto de aquella acusadora misiva.
—… «Por ti he sido infiel a mi marido. He olvidado mis deberes de esposa. Estoy
deshonrada, Pero no me traiciones, Eduardo… ¡Te mataría! Tu traición sería mi
muerte y la tuya»…
Al finalizar la lectura siguió un silencio expectante. Lina mantuvo la cabeza baja,
sin atreverse a mirar a parte alguna. Aquello era la consumación de su indigno
proceder y el fruto de su falta de prudencia y de cordura.
Un perito calígrafo testificó, seguidamente, que, habiéndose hecho la oportuna
confrontación de escritura, aquella carta dirigida al fallecido Eduardo Rey había sido
escrita por la propia acusada.
Basándose en esta prueba aportada tan inesperadamente por «alguien que la había
hecho llegar hasta el Tribunal», según declaró el Presidente, el fiscal terminó su
informe formulando una verdadera acusación contra Catalina Coya.
Las palabras del acusador público, crueles y terribles, resonaban en la sala como
ráfagas furiosas de viento y de tempestad. Muchos de los presentes se hallaban casi
sobrecogidos por el sonido de aquella voz:
—Y así queda demostrado, con la abrumadora cantidad de pruebas que lo
atestiguan, que la acusada, huérfana de todo sentimiento de honor y de humanidad, en
su exacerbada y perversa condición, con alevosía y premeditación, perpetró tan
execrable crimen en la persona de Eduardo Rey Santos, por la noche del 29 de
febrero de 1964…
Poco después el fiscal terminó, solicitando para la procesada la pena de reclusión
perpetua.
Concedida la palabra al abogado defensor, éste aunque sintiendo todo el peso de
los incidentes que se habían ido sucediendo casi ininterrumpidamente durante aquella
larga sesión, todavía intentó defender a su cliente. Apoyó sus argumentos señalando
que ciertas pruebas aportadas podrían ser susceptibles de adolecer de algunas
irregularidades y que se podría demostrar tenían también sus puntos vulnerables. El
hecho, por ejemplo, de que en la pistola sólo apareciesen las huellas dactilares de la
acusada, piedra angular de la acusación, no era, a su juicio, suficiente para condenar a
su cliente. Tampoco el hecho de haber escrito aquella carta, dirigida a Eduardo Rey,
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contenía poder bastante y probatorio para fundar en ella la supuesta culpabilidad de
su defendida. La pasión y el ánimo exaltado pueden, en determinadas circunstancias,
hacer pensar y decir cosas que jamás han de realizarse. Tanto las huellas de la pistola,
que bien pudieron ser resultado de un contacto fortuito con el arma en el mismo
instante en que ella había acudido al piso y hallar muerto a Eduardo Rey,
circunstancia extraordinaria que la eximía de no recordar «si había tocado la pistola
con sus manos»; como las palabras de la carta, escritas en un momento de exaltada
irreflexión, «no podían tomarse en consideración ni eran suficientes para condenar a
Catalina Goya Olevna».
Pese a sus esfuerzos y a las argumentaciones aducidas, su alegato o informe no
logró influir decididamente en el ánimo de los magistrados ni en el ambiente del
Tribunal. Sus componentes, sin duda, aun considerando algunas de las razones del
abogado defensor, advertirían que no eran tampoco suficientes, en definitiva, para
invalidar los cargos abrumadores que se habían acumulado contra la acusada. Ese era
el momento tan temido por el defensor: aun cuando se pudiesen buscar eximentes en
las palabras de la carta, por ejemplo, la existencia de ésta en sí, no dejaba de implicar
en todo momento otra lamentable certeza. Y ésta era que Lina también era culpable
de otro delito: el de adulterio. «Y esto —volvió a repetirse el abogado—,
inconsciente, pero subjetivamente, también iba a incidir en la conciencia de quienes
iban a juzgarla y también pesaría, con su gravitación invisible, en el momento de
dictar la sentencia».
Terminó su informe solicitando para su defendida la absolución total,
declarándola inocente de todo cargo y del delito criminoso que se le imputaba.
Finalizada su actuación, el Presidente ordenó a la acusada ponerse en pie,
preguntándole si tenía que manifestar algo al Tribunal. Lina, fijos los ojos en él, con
voz clara, pero llena de fatiga, sólo dijo:
—Soy inocente del crimen; pero soy culpable por mi traición…
No dijo otras palabras y volvió a sentarse.
El Presidente, poco después, declaró el juicio concluso para sentencia.
Y así, a pesar de sus palabras, de su obstinación en no confesarse culpable,
Catalina Goya Olevna sería sentenciada a la pena que los magistrados, tras de las
deliberaciones pertinentes, dictarían en el plazo de los tres días siguientes.
XI
Y el veredicto emitido por el Tribunal fue dado a conocer públicamente y
comunicado de modo fehaciente a la acusada por el magistrado Ponente. Lina, puesta
en pie, escuchó su sentencia: se la condenaba a la pena de treinta años de reclusión.
Transcurridos varios días, Pedro Girbau, a quien se había impuesto una sanción
muy elevada, en concepto de daños y perjuicios, aparte de las responsabilidades que,
en su día, se le exigirían al sustanciarse la causa que se le instruía por los cargos de
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entorpecimiento del curso legal del juicio y confesar en falso y con doloso intento,
acudió a ver a su mujer. Se le permitió la entrada a la misma celda donde ella se
encontraba recluida.
—¿Cómo estás, Lina?
—Bien. Ya pasó lo peor, ¿no? —los ojos de Lina estaban secos. Apenas
reflejaban emoción alguna. En las comisuras de sus labios se notaba un rictus de
tenue amargura que intentaba disimular por medio de una dulce y serena sonrisa.
Se dirigió de nuevo a su marido:
—Te agradezco que hayas venido. Tenía que decirte algo.
—Pues aquí estoy, Lina. ¿Qué es?
—Verás: no es fácil… Sin embargo, lo intentaré: he reflexionado mucho estos
días, ¿sabes?… He visto y he sufrido mucho. He vivido intensamente… No sé cómo
expresarme… También he sentido, quizás, por primera vez, los pasos del tiempo, de
las horas; el leve discurrir de los minutos, de los segundos. Sí; he oído sus pisadas.
Cuando el tiempo camina, lo hace levemente, sin ruido. Y yo lo he oído estos días.
¡Esto es muy importante, Pedro!… Dentro de mí ha tenido lugar una gran lucha. He
sido constante; he porfiado en esa lucha y creo que he vencido… ¡Me siento libre,
Pedro! ¿Comprendes? ¡Soy libre!… ¡Al fin conozco la libertad!…
Pedro Girbau había encendido un cigarrillo, ignorando quizás si lo permitían las
ordenanzas, y escuchaba a su mujer en silencio y sin interrumpirla. Las últimas
palabras le parecieron que debían fluir de los labios de una loca o de una pobre ilusa
o iluminada: mencionar la libertad dentro de una prisión, le pareció poco adecuado y
producto de una mente enferma, falta de sentido común.
Ella debió adivinar sus pensamientos:
—No he perdido el juicio, Pedro; aunque motivos tengo para ello. Simplemente,
he comprendido algunas cosas. Ahora ya sé que todos nosotros hemos de pagar algún
día nuestras malas acciones. Nadie queda sin pagar su propia deuda… Ninguno de
todos nosotros escapamos a esa ley inexorable, terrible, cruel; pero justa…
Pedro hizo un gesto de impaciencia. Lina prosiguió:
—¡Escucha!… —dejó el tono imperativo y dulcificó la expresión—. Por favor,
escúchame: no voy a decir nada contra ti…
—¿Contra mí?… —el hombre la miraba con una especie de incrédulo asombro.
Bueno; quiero decir que mis palabras no son para ti. Del mismo modo que he
liberado mi corazón, también he comprendido que no sólo hemos de pagar nuestras
culpas, nuestras deudas… También hemos de sufrir por los demás, por nuestros
semejantes; hemos de pagar también por ellos. No basta con arrepentirse, Pedro; ¡no
basta!… Hay que pagar.
»Por ello, no suplico tu perdón. Yo misma me ofrezco a pagar por… todo.
¡Hemos de sufrir, de padecer, de llorar por los demás; por todos los hombres; por sus
errores, por sus faltas, por sus delitos, por sus crímenes!…».
—Lina…, comprendo que ese encierro haya podido…
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—¡No!… —atajó Lina con un brillo radiante en sus ojos—. No es la cárcel la que
me ha señalado el camino de la luz, de esa verdad que vislumbro por primera vez…
No me compadezcas, Pedro. Estoy contenta con mi suerte, ¿sabes?… Ayer noche,
incluso…, ¡recé!… Sí, no te sonrías. Descubrí que aun podía hacerlo. Y me abracé,
llorando, al suelo, con los brazos extendidos; no sólo expiando mi culpa; sino
hallando un gran consuelo, una íntima y dulce serenidad… Sólo quiero decirte esto:
creo que mi castigo es justo, ¿entiendes? No lo soporto con resignación, con
paciencia; sino con alegría… ¡Me siento feliz!… —Lina aparecía ante el hombre
como transportada por el influjo de su propia exaltación. Pedro Girbau permanecía
silencioso. Ella prosiguió:
—Y esto es todo cuanto quería decirte. No hay más… Y, ahora, Pedro, debemos
decirnos adiós. Tú debes seguir tu vida. Nada puedes ya hacer por mí… ¡Soy libre!…
Quizás tú mismo hayas hecho posible eso… No lo sé. ¡No quiero saberlo!… Adiós.
Pedro Girbau abandonó la celda. «Sin duda», se dijo, mientras caminaba por los
pasillos interiores del edificio, «Lina había sufrido una acusada transformación
durante aquellos últimos días». La fría y escéptica visión de la vida, que seguía
predominando en el alma de Girbau, no pudo rehuir, al menos por unos instantes,
aquella positiva y concreta evolución ocurrida en la vida de su esposa.
Poco duró, sin embargo, esa asimilación. La lógica y la razón volvieron a
imponerse en él y desechó toda debilidad. Volvió a sus raciocinios interiores: «Sí, era
indudable que debía existir la conciencia; pero también seguía considerando que era
muy cómodo el que ésta, en un momento dado, pudiese prevalecer sobre hechos y
actos consumados, y deshacerse de todo aquello que fuese pecado y delito, como
quien se quita una prenda o un vestido, y ya, después se creyese purificada por medio
del simple arrepentimiento o de cualquier otro acto similar… ¿Qué le había dicho ella
sobre esto?… Algo así como: hemos de sufrir, de padecer por los demás, por todos
los hombres… ¡Sí! Eso estaba muy bien. Él mismo, Pedro Girbau, coincidía con estas
hermosas virtudes, con tales grandes y elevados sentimientos. Pero esto suponía
también olvidar; perdonar ofensas, agravios, deshonras… ¡No!».
Su espíritu, entonces se rebelaba. «Orden, armonía, hermandad, ¡amor!… ¡sí, sí!
¡Qué alto y grandioso contenido en estas palabras!… Pero quien rompa ese orden, esa
armonía; quien infrinja esa hermandad…; ¡quien haga traición al amor!… ése que sea
repudiado, que se le castigue con la pena más dura, que ni la misma muerte pueda ser
consuelo para ése; que se le condene al olvido, a la pena del infierno y de la
desesperación… Que para ése no pueda existir el fácil recurso del arrepentimiento.
La lealtad, por encima de las pasiones; y quien la eche en olvido, quien la vulnere,
¡que se atenga a las consecuencias de su vileza y de su traición!».
Girbau iba discurriendo de esta guisa, sin advertir la extraña y absurda posición
mental en que se debatía y en la cual iba asfixiándose su alma.
Ya se disponía a salir al exterior del amplio vestíbulo de la prisión, cuando se
halló frente a un hombre que lo saludó. Era el abogado defensor de su mujer.
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—¿Ha hablado usted con su esposa? —le preguntó aquél.
—En efecto.
—¿Ha notado usted el cambio que se ha operado en ella?
—Sí. He creído observarlo. Puede que esa reacción, dadas las circunstancias, le
sea beneficiosa. Podrá ayudarla a sobrellevar la soledad de su reclusión.
—Cierto, señor Girbau. Su esposa ha hallado, al fin, la paz y la tranquilidad. Esa
misma paz y esa misma tranquilidad que todos nosotros buscamos sin poderlas hallar
por ninguna parte. Porque las buscamos fuera de nosotros mismos. Hay una cosa muy
curiosa en ese cambio de actitud de su esposa.
—¿Qué es?
—Sin saberlo ella misma, sin proponérselo siquiera, el destino parece haber
influido en depararle ocasión de sentirse… liberada, como ella dice.
—Sí; eso mismo me ha confesado a mí.
—Considera justo su castigo —prosiguió el abogado—; y, por medio de éste, aun
cuando no lo merezca y pague por un crimen que no ha cometido, siente que lo hace
en nombre de los verdaderos culpables; ¿qué le parece?, ¿no es bien curioso?
—Mi esposa lleva sangre eslava en sus venas. Alguno de sus antepasados, por
línea materna, fue ruso. Su segundo apellido de Olevna declara bien patente esa
procedencia… Y esa exaltación, ese entusiasmo místico, son propios de la raza.
Además, últimamente, creo que leía mucho a Dostoievski. Sin duda, no ha logrado
sustraerse al influjo de alguno de esos personajes, y aun se siente sugestionada por el
destino trágico de los mismos.
El abogado advirtió la sutil ironía de las palabras de Girbau. Miró a éste a los
ojos, fijamente:
—¿Cree usted?
—Es evidente, ¿no?… Eso de querer pagar con el propio sacrificio todas las
culpas ajenas; las del mundo entero, es típico y característico del alma eslava. Incluso
me ha confesado que halla un gran consuelo en llorar abrazada al suelo. ¡No tengo,
pues, la menor duda sobre el origen de sus deliquios llenos de misticismo!…
El abogado lo contempló una vez más. Unos instantes después, exclamó:
—¡Es usted muy hábil, señor Girbau!
—¿Qué?… No le entiendo…
—Es igual —el abogado hizo un gesto evasivo. Continuó—: Ayer le dije a su
esposa que, de acuerdo con ella, iba a solicitar la revisión del juicio, por medio del
oportuno recurso de casación, puesto que la sentencia no ha sido fallada por el
Supremo. Fundaría mi demanda impugnando la resolución y alegando error de hecho
en las pruebas… Estoy seguro de que lograría rehabilitarla, señor Girbau.
—Y todo eso basado…, ¿en qué? —preguntó súbitamente interesado Girbau.
—En pruebas. Éstas demostrarían que Lina, su esposa, es inocente… ¿No
estamos seguros de su inocencia tanto usted como yo mismo?
—Sí…, claro…, evidentemente. Y, ¿qué dijo ella?
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—Se opuso a mis proyectos. Me prohibió que iniciara gestión alguna en ese
sentido. Me lo hizo prometer, y yo se lo juré. ¡Su esposa es una gran mujer!
—Nunca lo he dudado… —Pedro Girbau miró al abogado y volvió a insistir—.
¿Puede decirme qué pruebas serían las que aportaría usted para poder fundamentar su
alegato?
—¡Oh!… Muchas, señor Girbau. ¡Muchas! Una de ellas, por ejemplo, es la
pistola.
—¿La pistola?
—Sí. Las huellas dactilares que se encontraron en el arma pudieron haberse
puesto en ella con anterioridad… y con premeditación.
—Pero, ¡eso es un absurdo!
—No lo crea, señor Girbau. No lo es. Por el contrario, tiene un gran sentido de
lógica y de verosimilitud. Tengo la seguridad de que su esposa, desde el principio, no
me dijo, o no quiso decirme, toda la verdad. No fue sincera conmigo…
Pedro Girbau, sin mirarle, interrumpió al abogado. Su voz era clara y precisa:
—Nunca lo fue.
—¡No quiere entenderme!… O quizás me entiende usted demasiado. Lo que
quiero decir es que mi defendida, Catalina Goya, no me ayudó mucho en su propia
defensa. No colaboró mucho, ¿comprende lo que quiero decir? Sabía algo más de lo
ocurrido; conocía más detalles, y me los ocultó. ¿Por qué?…
—Y, ¿qué más? —la interrogación de Girbau contenía un leve dejo sarcástico. El
abogado prefirió ignorarlo y continuó:
—También hubo otra circunstancia, digamos, no muy bien definida: cuando usted
se confesó autor del crimen, interrumpiendo el juicio oral, no favoreció a su esposa.
Su actitud más bien sirvió para desorientar a los magistrados; pero no consiguió alejar
de su mujer la acusación que pesaba sobre ella.
—¿No cree que es muy aventurado decir esas cosas?
—Entonces, dígame, sinceramente —el abogado seguía ignorando el tono de su
interlocutor. Casi le miraba con rara curiosidad—, ¿qué motivos le indujeron a usted
declararse culpable? ¿Por qué lo hizo si, de antemano, sabía usted que no podría
prosperar su pretendida y supuesta confesión de culpabilidad?
—Tiene usted razón. —Girbau iniciaba un nuevo rumbo en su actitud—. ¡Fui un
insensato! Mi actitud no fue más que un pueril intento desesperado. Quise alejar la
sentencia condenatoria que ya veía cada vez más amenazante sobre mi mujer. Creí
que podría lograr la suspensión del juicio, incluso que se procediese a una revisión
del sumario, de las primeras indagaciones… ¡No sé!… Algo, pensé, se lograría con
mi intervención. Aunque sólo fuese retrasar el curso del proceso; hacerlo más
complicado…
El abogado estaba tenso. Cuando habló, lo hizo con los puños crispados.
—¡Más complicado!… Sí, en efecto: se complicó aún más todo el asunto. Pero,
en resumen, es lo que acabo de manifestarle: su confesión no sirvió sino para
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acentuar más y hacer más patente aun la acusación contra su mujer.
—No fue esa mi intención. Usted debe saberlo.
—«Debo»… Sí, puede que sí —dijo cáusticamente el letrado—. Pero debió ser
usted más persuasivo…, mucho más convincente, ¿comprende?
—Pues…, no; la verdad, es que no le entiendo. ¿Cómo podía convencer al
Tribunal de que por la noche del día 29 de febrero pude hallarme en Madrid y en
Barcelona al mismo tiempo?
El abogado sostuvo aquella mirada.
—Podría haber dicho —hablaba con suavidad y remarcando las palabras—, por
ejemplo, que usted había mentido al declarar lo contrario. Es decir: que usted era el
asesino, porque el día 29 por la noche no se encontraba en Madrid, sino en
Barcelona…
—Pero se demostró que me hallaba en Madrid.
—Exacto: ¡se demostró! Pero si usted deseaba salvar a su esposa, tenía que haber
dicho lo contrario: que esa noche se hallaba en Barcelona… Y usted, señor Girbau,
no dijo nada de eso. Entonces los magistrados tuvieron la impresión, convertida días
después en convicción irrebatible, de que usted sólo había querido fingir pasar por
culpable, que su confesión era falsa, como un intento «desesperado» y «pueril»
(como usted mismo acaba de decirme) al objeto de salvarla a ella. Prevaleció esa
impresión y, como es natural, de una manera indirecta influyó seguramente en el
veredicto.
—Tiene usted una gran imaginación —replicó Girbau—. Creo que de unas
simples conjeturas e hipótesis saca muchas teorías y formula y sustenta… frágiles
conclusiones.
—Puede ser. De todos modos, cuando usted se proclamó autor del crimen, si se
hubiese confiado a mí por entero, hubiésemos llegado a resolver favorablemente la
situación.
—¿Está seguro?
—Sí; lo estoy… Pero, entonces, usted no quiso hablar conmigo…
—Comprenda: aún estaba aturdido por mi propia decisión… Debía poner en
orden mis propios pensamientos.
—Sí, y cuando se reanudó la sesión del juicio, una semana después, pudo
demostrarse la imposibilidad física de la presencia de usted en dos sitios distintos, al
mismo tiempo y a la misma hora. Lo cual, junto con cierta carta que su esposa había
escrito a la víctima, y presentada muy oportunamente por algún enemigo de su
esposa, fue ya suficiente para condenar a mi defendida. ¡Todo estaba perdido!
—Nos queda el recurso de la resignación —dijo Girbau en un gesto de
imposibilidad—. Además, usted hizo lo que estaba a su alcance… A propósito:
sírvase mandarme la minuta de sus honorarios cuanto antes.
—¿Piensa ausentarse de la ciudad?
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—¡Oh, no!… Pero he de volver a mis asuntos. Debido a todos esos trastornos,
mis negocios andan un poco a la deriva. Debo enderezarlos de nuevo. Necesito estar
en la brecha, o como decimos aquí: al pie del cañón.
Se hizo un breve silencio. El abogado, de pronto, preguntó:
—¿No siente curiosidad por conocer qué le habría aconsejado decir con el fin de
hacer mucho más verosímil su repentina confesión de culpabilidad?
Girbau frunció las cejas y arrugó la frente.
—Conseguirá usted interesarme: ¿qué habría sido?
—Omitiendo el asunto del arma, por el momento, usted hubiese podido decir que
el día 28 de febrero, durante el cual, según usted, estuvo muy ocupado con unos
extranjeros en Barcelona, hasta cerca de las diez de la mañana del siguiente día, lo
que hizo, verdaderamente, fue ir a Madrid. Llegó a la capital por la tarde del
mencionado día 28 y se hizo conducir hasta el hotel, digo la pensión… de… ¡eso es!
«Pensión de la Villa del Oso y del Madroño»… y pasó allí la noche…
—Pero… —objetó Girbau—, advierta que eso no tiene sentido. ¡Es descabellado!
…
—Espere: usted, por diversas referencias, o bien por experiencias personales a
través de anteriores estancias en la misma pensión, conoce la forma, el medio… y la
costumbre de llevar el registro de los huéspedes. Sí; le resulta bastante fácil que su
nombre y firma y demás datos personales figuren en el libro de registro; pero no en la
hoja del día 28 de febrero; sino en la del día 29… ¿Verosímil, señor Girbau?
—¡Fantástico!
—Prosigo. Es curioso, además, que ese mes de febrero tiene 29 días, es decir:
pertenece a mi año bisiesto, el de 1964. Por tanto, puede incluso suceder que en el
registro de aquella pensión sólo exista una hoja: la del día 28 de febrero. Luego, para
la del día 29, se habilita un folio aparte. Como, en efecto, según el libro presentado en
el juicio, así se demostró que se hacía en la pensión del «Oso y del Madroño»… Y
todo eso, digamos, pudo facilitarle a usted las cosas…
Girbau miraba muy atento al abogado e intentaba sonreírle.
—A la mañana siguiente —continuó aquél—, o sea el día 29, a las ocho, toma
usted el avión (con nombre falso, por supuesto) y a las dos horas se halla en
Barcelona. Entonces es cuando finge a su mujer que ha estado ocupado durante todo
el día anterior, el 28, y que, asimismo, ha tenido que acompañar a aquellos
extranjeros toda la noche… ¡Ah, esos extranjeros y las noches de Barcelona! ¿Es así?
… —el abogado, por primera vez, se permitía usar aquellas ligeras expresiones—. Y
es, entonces, cuando usted simula hacer el viaje a Madrid, o sea por la misma mañana
del día 29…
—No tiene lógica —objetó Girbau—. Todo eso, además, entrañaría una acción
premeditada por mi parte… ¡Decididamente, si llego a decir todo eso no sólo habría
significado salvar a mi mujer!
El abogado ignoró el sentido de estas palabras, sólo dijo:
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—Quizás no tenga lógica; pero hubiese sido efectivo.
—Usted juega con hipótesis y conjeturas; pero ya vio también que, al reanudarse
el juicio, hubo la declaración de un testigo, de un inspector de tren…
—¡Ah, sí, es cierto!… Durante aquella semana de suspensión del juicio, el juez
instructor tuvo a bien citar a otros testigos. Algunos de éstos fueron sugeridos por las
propias declaraciones de usted que constaban en el atestado de la policía y en los
escritos del sumario. En efecto, usted no se recató de declarar muchos de esos
detalles y circunstancias, así de sus entrevistas con esos extranjeros, como de sus
viajes etc. Todo, por tanto, conducía a un mismo objeto, quiero decir: a un mismo
fin… Pero me he apartado de lo que iba diciéndole: he dicho, pues, que usted, tras de
regresar verdaderamente de Madrid, por la mañana del día 29, prepara y simula el
viaje. Va hacia la estación terminal y provoca un simple incidente con el jefe de tren.
El hombre le queda muy reconocido por haberle dado el periódico, y siempre existe
la posibilidad de que le reconozca cuando llegue la ocasión. Inicia el viaje y usted
procura que el mismo individuo vuelva a hablarle, y así ocurre durante el transcurso
de los primeros sesenta minutos, ya en el mismo asiento del tren, bien en el coche-
bar. En alguna de las dos primeras estaciones del trayecto (Tarragona o Reus) se apea
usted. Lo demás es bien sencillo. No tiene ningún problema. Coge cualquier tren y
regresa a Barcelona. Es por la tarde del día 29 de febrero, en que su esposa cree que
usted se encuentra viajando y que, asimismo, usted lo seguirá declarando
posteriormente. Luego viene la paciente espera hasta la hora en que cree puede ser
más a propósito y conveniente a sus designios. El sombrero y el abrigo le prestan, si
no un «camouflage» completo, sí una indefinida impersonalidad y aun genérica
afinidad con miles de hombres que visten el mismo atuendo. A las nueve de la noche
o algo antes, usted acude al piso de Eduardo Rey. Éste se asombra mucho al verle.
Quizás esté también asustado. Usted, sin embargo, lo calma. Le sonríe. Le dice que
ha ido para tener una conversación amistosa con él. Él debe mirarle con desconfianza.
Con recelo. Entonces, usted le dice que, en la entrevista, desearía también que
estuviese presente Lina, su esposa. Eduardo Rey no le comprende. No se decide a
ejecutar lo que se le ordena. Pero usted insiste; de algún modo logra persuadirle para
que llame a Lina por teléfono. Es preciso que ella asista a la reunión…
—El triángulo, ¿eh? —Girbau tenía el rostro congestionado por una forzada y
extraña sonrisa.
—Puede llamarlo así… Lo siento. Sigo: Eduardo Rey, al fin, accede a llamar a
Lina. Coge el teléfono. Usted, posiblemente, le va dictando las palabras que debe
decir: Lina ha de acudir al piso; inmediatamente, sin demora. Es muy importante. No
debe decirle, naturalmente, que usted se halla presente. Será una sorpresa. Cuando
Eduardo cuelga el receptor usted se ha ido acercando al tocadiscos; lo pone en
marcha; le da el máximo volumen. Las paredes resuenan, tiemblan, y parecen que
van a derrumbarse a causa del excesivo ruido de la trepidante música. Usted supone,
no sin razón, que los vecinos ya deben estar acostumbrados a aquellos excesos
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musicales. «Eduardo Rey, ese bailarín, juerguista y ruidoso»… Sí; todo concierne y
encaja dentro del plan que usted ha ido forjando… Eduardo lo mira atónito ante
aquellas maniobras. En las manos de usted, previamente enfundadas en unos guantes,
ha aparecido una pistola. Suenan dos tiros, dos disparos, uno seguido del otro; casi
simultáneamente. El fragor de aquellas detonaciones ha sido ahogado por el ruido de
los sones sincopados del tocadiscos. Eduardo Rey se tambalea, y cae, al fin, muerto
sobre la alfombra. Usted tira el arma y, con extraordinarias precauciones, huye del
apartamento, cerrando la puerta. Procura no ser visto por nadie. Posiblemente la
suerte viene en su ayuda y logra salir de la casa sin que nadie lo haya observado.
Antes, es verdad, ha cerrado la puerta. Usted ya sabe que su mujer posee una llavecita
del piso. Ha podido descubrirla registrando su bolso o su secreter. Si ella llega a
utilizarla, eso también significará una mayor complicidad en el crimen; será mucho
más sospechosa, pues, incluso, se podrá llegar a la suposición de premeditación y
alevosía. Finalmente, llega su esposa al apartamento y… ya conocemos el resto. Por
su parte, usted tiene buen cuidado de pasar la noche en algún lugar aislado. Puede que
en las mismas oficinas de su empresa. Esto no entraña ninguna dificultad.
—¿Ha concluido su exposición? —Girbau le sonreía abiertamente.
—Casi; en líneas generales, sí. Más o menos, es lo que le habría aconsejado decir
a usted cuando hizo su confesión ante el Tribunal. ¿Qué le ha parecido?
—Muy original, desde luego. Pero insisto en juzgarlo inverosímil e inadmisible.
Es un desfile de absurdos. Ningún Tribunal los hubiese aceptado. Aparte de que,
según esas suposiciones, esas hipótesis tan gratuitas, esas maniobras tan complicadas,
yo obraba con innegable y premeditada maldad; me presentaba como el sujeto
perverso que pretende conseguir un fin… inconfesable y monstruoso, ¿es así? El
hecho mismo de tirar la pistola y en la que aparecieran las huellas de una persona…
—¡Exacto! —interrumpió el abogado—. Sólo deberían aparecer, claras y
precisas, las huellas dactilares de su mujer, y dejadas por ella, posiblemente algún
tiempo antes por medio de una ingenua (pero ingeniosa, lo reconozco) estratagema
que usted mismo habría usado para conseguir lo que se proponía. Y así, aun cuando
se descubriesen otras huellas, quizás sin posible identificación, se llegaría a la
conclusión de que, siendo la pistola de su pertenencia, lógico sería también admitir
que debían ser las de usted mismo. Sí, muy inteligente. Además, la pistola presentaba
algunas manchas de carmín y residuos de polvos cosméticos. Todos estos indicios
señalarían, indudablemente, hacia una dirección e inducirían a sospechar que el arma
estuvo en un bolso: en el de la asesina… Pero es que esas pruebas tan acusadoras
también pudieron hacerse previamente, preparándolas con gran astucia, ¿no le
parece?
—Advierto que usted, de unas suposiciones ha llegado a formar, como ya le he
dicho, una verdadera teoría. Teóricamente, pues, no he de objetarle nada; pero en la
práctica todo esto no es más que mi puro y descabellado disparate.
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—De acuerdo Quizás lo sea. Me he limitado a exponerle, en efecto, una teoría y
todas aquellas argumentaciones que yo le habría aconsejado decir ante el Tribunal. Y
se lo repito: estoy seguro, fíjese bien lo que digo; ¡estoy seguro de que habría
conseguido demostrar la inocencia de su esposa!
—Con todo, su teoría, o lo que sea, continuaba siendo muy peligrosa.
—¿Peligrosa? —preguntó el abogado con fingida inocencia—. ¿Para quién?
—Para mí, naturalmente. De haber declarado yo mismo todo eso, es posible que
sólo se hubiese conseguido hacer un simple cambio: mi mujer podría ser inocente, sin
culpa, y yo pasaría a ocupar su puesto en el banquillo de los acusados.
—¿No era ése su deseo al declararse culpable?
—Ya le he dicho que quise salvar a mi esposa; pero no a un precio tan alto.
Compréndame… De todos modos, lo que acaba de contarme es muy interesante. ¡Se
lo aseguro! Y no soy hombre impresionable, ni suelo admirarme ya de nada…
—Así, pues, ¿he satisfecho su curiosidad?
—¡Ya lo creo! Me ha demostrado que la fantasía no tiene límites… Y, ¿qué piensa
hacer ahora?
—Como le indiqué al principio, me proponía presentar recurso de revisión del
juicio. Pero su esposa se opone. Le he jurado abstenerme de hacer nada sin su
consentimiento. Aunque es posible que mi sentido del deber y… mi conciencia no me
dejarán dormir muy tranquilo, y me obliguen más adelante, cuando posea suficientes
pruebas y elementos de juicio, a romper mi juramento. —Girbau se lo quedó
mirando, pero no hizo ningún comentario. El abogado continuó—. ¡Sí, por ahora, el
verdadero culpable puede sentirse tranquilo!
»Sólo quisiera decirle, señor Girbau, que su esposa nos está dando una tremenda
lección de humildad y de resignación; de arrepentimiento y de altruismo. Algunos de
nosotros tendríamos que comprenderlo así. Procurar desprendernos de esa máscara de
hipocresía, de orgullo y de egoísmo con que cubrimos nuestros rostros… ¡Aprender
de ella y huir de los hielos y de la glacial indiferencia que aprisiona nuestra alma y
ahoga nuestro corazón! Tiene razón ella, cuando dice que todos, sin excepción,
hemos de pagar nuestras culpas, todas las culpas: por nosotros mismos y por los
demás… De este modo, si bien considera que su castigo es justo, no por el crimen en
sí (que no cometió), sino por su falta, piensa también que su reclusión no es ya una
desdicha. Su encierro y su apartamiento del mundo se le aparecen como el
instrumento, la fuerza poderosa y el medio eficaz, por razón de los cuales ha podido
lograr la serenidad de su espíritu y su liberación…».
Girbau permaneció unos segundos en silencio. Después, con impasible gesto y
fijando su mirada en el abogado, replicó:
—Veo que es usted un gran sentimental y un… intelectual… ¡No! No se ofenda.
No lo digo en sentido peyorativo. Le envidio. Simplemente: ¡le envidio! También en
mis buenos tiempos yo mismo pensaba así. Quería subir hasta las estrellas y formar
un mundo nuevo: el Ideal; así, en mayúscula, que es mucho más literario y filosófico.
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Mas la vida se ha impuesto y el destino, con su zarpa, con sus mordientes colmillos
ha logrado desgarrarme. ¡Qué quiere usted!… Al fin me he vuelto positivista, cínico e
incrédulo… Como el clásico puedo decirle que «aun cuando oigo el mensaje, me
falta la fe» —esbozó una mueca—. ¿Algo más, señor abogado?
—Quien rechaza el mensaje por ignorancia es un simple, digno de compasión;
pero quien lo hace, consciente, por altanería y por orgullo, es un temerario y no
merece que se le tenga piedad.
—¿Piedad?… Sí, ciertamente, es una hermosa palabra, amigo mío. Pero que
suena hueca. Sin sentido. La piedad no debe hallarse sólo en el corazón de los
hombres; sino también en su cerebro, en la razón que rige sus acciones. Sentimos
piedad por un demente, por un alcohólico, por un desgraciado, enfermo o miserable;
pero solemos ser incapaces de evitar, sin piedad, más con viril y noble realismo, los
motivos, las causas, o las circunstancias adversas o poco propicias que hayan podido
ser el origen de su desgracia, de su vileza, de su enfermedad o de su miseria.
—No hay duda de que tiene usted una gran opinión de sí mismo.
—Quizás. Lo que sostengo es que las viles acciones siempre suelen tener un
origen oscuro, un motivo o causa que, a tiempo, pudiera haberse evitado.
—¡Vaya! Eso nos llevaría casi a proclamar que la culpabilidad concreta no existe.
Que no hay culpa absoluta y que todo, por el contrario, es relativo. ¡Eso es un
disparate!
—Puede ser. Existen mayores disparates; a mí, me sirve éste.
—En la aplicación práctica de sus teorías, llegaríamos a considerar como virtudes
el gesto de Breno y aun la Ley del Talión, ¿no cree usted?
—No. Breno es la fuerza bruta. La misma brutalidad. No entra, por tanto, en mis
principios…
—Sin embargo, usted mismo… —le atajó el defensor suavemente.
—No, señor abogado —repuso con energía Girbau—. La violencia, como causa,
no la admito; como efecto, la comprendo… Con todo, me quedo con la Ley del
Talión. Pero no aplicada en lo físico, sino en lo moral.
—Repugnante y monstruoso. La Buena Nueva instauro el perdón entre todos los
hombres. Hace casi dos mil años. Sólo ésta debería ser nuestra única y verdadera
filosofía, señor Girbau: la del perdón.
—Admirable consejo. Y sin embargo, prefiero otra, la que no permita la
existencia del perdón; evitándose, desde un principio, la posible y futura existencia de
la falta, de la maldad…
El abogado se dispuso despedirse de aquel hombre.
—Es usted un resentido. Y lamento que no comprenda lo que ha sucedido con su
mujer. Gracias a ese proceso evolutivo de su alma, su esposa se ha encontrado, al fin,
a sí misma. Y es ella, precisamente ella, la que quiere y desea sufrir esa condena de
los hombres, cruel e injusta; con la convicción de que haciéndolo así, carga con las
faltas y con los delitos ajenos… Con los míos, con los de usted, señor Girbau…
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Éste levantó los brazos exclamando:
—¡Bien! No se esfuerce usted, por favor. Debemos dejarla con tan elevados
pensamientos, con tan encumbradas convicciones. No seré yo quien trate de impedir
que se dedique a la evolución de su espíritu, ni quien se interponga en ese camino
que, desde su encierro en la cárcel, ha emprendido hacía… su libertad.
Los dos hombres se miraron a los ojos. El abogado tenía la faz pálida y mostraba
un aspecto casi afligido. Pedro Girbau conservaba su serenidad y una extraña e
indescifrable expresión cubría su adusto semblante, con cierto aire de fatiga en sus
ojos.
No hubo apretón de manos. Una leve inclinación de cabeza y ambos se separaron,
alejándose uno del otro. Luz y noche. Alba y oscuridad. Cielo y averno. Pero, ¿quién
de ellos poseía la verdad? Obvia es esta pregunta para nuestro razonamiento humano;
para el limitado entendimiento que sólo percibe y entrevé una parte de la realidad y
de la esencia de las cosas. No así, para una más alta y profunda comprensión.
Pedro Girbau se encaminó lentamente hacia el exterior de la prisión. Al hallarse en la
calle aspiró el aire, el viento y aquel hálito de vida y de acción que lo devolvía al
mundo. Pero no se sintió renovado. Deambuló durante mucho tiempo, sin rumbo
determinado.
En el cielo empezaron a brillar; hermosas, blancas y radiantes, innumerables
estrellas. En aquella bóveda sin fin, eterna e insondable, debía hallarse la respuesta a
todos los anhelos del hombre. A sus alegrías, a sus pesares; a sus grandes acciones y a
sus crímenes inicuos. Todos los «por qué» pronunciados por los labios febriles de
cuantas generaciones han existido, existen y existirán, sólo podrían ser resueltos y
contestados por el Infinito.
Siguió andando, solitario. Algunas palabras del abogado martilleaban en su
cerebro: «Le he jurado abstenerme de hacer nada sin su consentimiento… Aunque es
posible, que mi sentido del deber y… mi conciencia, no me dejarán dormir tranquilo,
y me obliguen más adelante, cuando posea suficientes pruebas y elementos de juicio,
a romper mi juramento…». Quiso apartarlas de su mente: ¡fuera!; mas no pudo.
Volvían incansables, con torturante y obsesiva repetición: «Aunque es posible que mi
sentido del deber y… mi conciencia…». Girbau se encontró casi riéndose de sí
mismo: «¡Ah, vaya! Entonces, ¿era eso? ¿La… conciencia? ¡Bah!». Insistió en
concentrarse en sí mismo; en aislarse de todo y no escuchar aquellas palabras…
El fuerte viento azotaba su cara. Seguía imperturbable en su ruta, ignorando
adónde se dirigía, casi sin conciencia de sus propios pasos, ni de adónde éstos le
llevaban.
En la recia y fría contextura física de aquel hombre, alto y fornido, hasta entonces
seguro de sí mismo, a pesar de cuantos sufrimientos, odios y bajezas lo habían
sacudido y atormentado, se produjo un estremecimiento convulsivo, sin llanto; como
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producto de alguna postrera videncia, de un sismo escatológico. Sintió el
resquebrajamiento de su íntimo ser; el desgarramiento de su entraña telúrica y
humana. Detuvo sus pasos. Sus ojos le parecieron velados por algo húmedo, casi
vidrioso. Tenía la boca seca, sin sentir ningún ansia de sed; notó como algo insípido
en su paladar: sin sabor, sin forma, sin nombre. La misma saliva era pegajosa,
espesa… Tuvo la sensación de haber perdido uno o varios sentidos. «¿Acaso —pensó
— la noción del tiempo?». Sentía muy vaga su presencia dentro de sí mismo. Todo lo
que le rodeaba, todo lo que le envolvía era como una bruma de lejanía, de ausencia,
de hastío… Y el aire mismo, aun con el soplo de la ventolera que arreciaba a su
alrededor, parecía detenerse ante él, como si le temiera, como si se opusiera a
penetrar en sus pulmones.
Pedro Girbau frotó sus ojos. Pasó el vértigo. Miró ante sí. El pavimento del paseo
le pareció largo, infinito, interminable.
Y se sintió terriblemente cansado.
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EL HOMBRE DE LA MESA
C. B. Gilford
Byron Duquay estaba sentado, solo, ante la mesa octogonal tapizada de verde. A su
derecha había un velador sobre el cual se apilaban las fichas de póquer, rojas,
blancas y azules. A su izquierda había un carrito de té cargado con Scotch, Bourbon,
una botella de sifón, una docena de vasos limpios y un gran recipiente lleno de
cubitos de hielo.
Sentado allí, solo, Byron Duquay jugueteaba con un mazo de cartas. Sus largos
dedos, perfectamente manicurados, mezclaron los naipes, una y otra vez. Luego fue
extendiendo las cartas, una a una, delante de él, en un juego que parecía ser una
extraña combinación de solitario y buenaventura. El rostro enjuto y ascético de
Duquay no cambió de expresión en ningún momento. Ni en la habitación, ni en todo
el amplio apartamento, había otro sonido que el flick-flick de los naipes al pasar a
través de las manos de Duquay.
El silencio quedó interrumpido por el click metálico de una de las puertas al
abrirse. La puerta se encontraba en un ángulo de la habitación, fuera del alcance de la
vista de Duquay, de modo que se limitó a decir, en tono amistoso:
—Entre, quienquiera que sea.
Esperaba a un compañero de juego. Pero el hombre que apareció ante sus ojos
medio minuto después no había venido a jugar a cartas, evidentemente. Era un
hombre de pequeña estatura y muy delgado. Llevaba unos pantalones grises muy
sucios y una camisa blanca abierta por el cuello. Sus cabellos, más bien largos,
estaban despeinados y revueltos. Sus ojos pálidos tenían una expresión desesperada.
Empuñaba un cuchillo de regular tamaño en su mano derecha.
Byron Duquay no hizo ningún gesto para levantarse de la mesa. Pero interrumpió
su juego solitario.
—¿Qué desea? —preguntó.
El desconocido no respondió a la pregunta. Después de mirar suspicazmente a su
alrededor, inquirió a su vez:
—¿Estamos solos aquí?
Quizás imprudentemente, Duquay asintió.
—Muy bien —dijo el recién llegado—. No me busque complicaciones, y no le
pasará nada.
—¿Qué es lo que desea? —volvió a preguntar Duquay.
Pero esta vez su voz sonó algo más firme, más tranquila, y la pregunta resultó
menos maquinal.
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El joven no respondió, tampoco. Miró de nuevo a su alrededor, quizás tratando de
decidir si había allí algo de lo que él quería. Su mirada se posó en las botellas
colocadas sobre el carrito de té y sus ojos se iluminaron.
—De momento, no me vendría mal un trago —dijo.
—Siéntese —dijo Duquay—, y se lo serviré.
Pero esperó hasta que su visitante se hubo sentado. El joven, posiblemente como
medida de precaución, escogió el lugar situado exactamente enfrente de Duquay, que
al mismo tiempo era el más alejado de él. Mantuvo la mano derecha sobre la mesa.
La hoja del cuchillo, de unas seis pulgadas de longitud, brillaba contra la superficie
verde como un diamante contra un fondo de negro terciopelo.
—¿Qué prefiere, Bourbon, o Scotch?
Sorprendido por el hecho de poder escoger, el joven vaciló.
—Bourbon —dijo finalmente—. Con un par de cubitos de hielo.
Hubo otro silencio mientras Duquay vertía el licor en el vaso. Luego lo empujó a
través de la mesa. El joven lo cogió con la mano izquierda, bebió un largo sorbo, hizo
una leve mueca.
—Quiero algo de dinero —dijo después—, y las llaves de su automóvil, y quiero
saber dónde lo tiene aparcado. También quiero algo de ropa.
Duquay no hizo ningún movimiento inmediato para atender a aquella petición.
—Eso no suena como un atraco vulgar —dijo.
—No es un atraco vulgar. —El joven bebió otro largo sorbo de whisky—. Vamos,
ya ha oído lo que le he dicho.
Pero Duquay cambió de tema.
—A propósito, ¿quién es usted?
—Nadie que a usted le…
—Usted debe de ser Rick Masden.
El joven enarcó ligeramente las cejas.
—Supongo que escucha usted las noticias de la radio y de la televisión.
—Alguna que otra vez —asintió Duquay.
—De acuerdo. Soy Rick Masden. La semana pasada rajé a dos personas en un
bar. Mi chica y su nuevo amiguito. Un par de días después me echaron el guante, pero
ayer conseguí fugarme. —Hizo una mueca que quería ser una sonrisa—. Porque
encontré otro cuchillo.
—¿Le importa que me sirva un whisky? —inquirió Duquay, volviéndose hacia el
carrito de té.
Pero la mano izquierda de Masden, soltando el vaso, golpeó fuertemente la mesa.
—¡Olvídese del whisky! —casi gritó—. Le he dicho ya lo que quiero, y lo quiero
ahora mismo.
Duquay renunció al whisky, pero no hizo el menor movimiento.
—Vamos a hablar del asunto con calma, Masden —dijo.
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La mano derecha de Masden avanzó un par de pulgadas, y la hoja del cuchillo
centelleó.
—Mire, míster —dijo lentamente—, procure hacer lo que le he dicho, si no quiere
que le raje como rajé a aquellos dos.
Pero Duquay no parpadeó siquiera.
—¡Quédese quieto, Masden! —ordenó, y su tono fue tan imperativo que, al
menos de momento, Masden obedeció—. Antes de decidirse a rajarme, como dice
usted, será mejor que escuche lo que voy a decirle.
Masden pareció captar el peligro, el desafío. Permaneció sentado, muy quieto.
Incluso el cuchillo se inmovilizó.
—Le escucho —dijo finalmente.
—Bien. Ahora, vamos a analizar nuestra situación, míster Masden. Estamos
sentados frente a frente, a unos seis pies de distancia uno de otro. Usted tiene un
cuchillo, y de momento yo no dispongo de ninguna arma. Pero he estado pensando,
míster Masden, en lo que podría hacer si usted se decidiera a apelar a la violencia.
Desde luego, trataría de defenderme. ¿Sabe usted lo que haría? Esto, sencillamente: si
hace usted el más leve movimiento para levantarse, volcaré la mesa sobre usted.
Estoy completamente seguro de que puedo hacerlo. Usted es un poco más joven que
yo, Masden, pero supongo que ya habrá observado que le doblo en tamaño. De modo
que ésa será la primera fase de nuestra pequeña batalla: usted estará en el suelo, con
la mesa encima, o, si no soy tan afortunado, se encontrará usted de espaldas contra la
pared opuesta, con la mesa entre nosotros. ¿Me sigue?
Fascinado, a pesar de su suspicacia y su furor, el joven asintió.
—Sí, le entiendo —dijo.
—Entonces, pasemos a la Segunda Fase. Fíjese en el escritorio que hay detrás de
mí, a mi izquierda, Masden. Puede verlo perfectamente desde el lugar donde se
encuentra. ¿Sabe ya a qué me refiero? Lo utilizo como cortapapeles, pero en realidad
es una daga turca… Bien, inmediatamente después de volcar la mesa sobre usted,
cogería esa daga. Y entonces estaríamos aproximadamente en igualdad de
condiciones, ¿no cree, Masden?
El joven parpadeó varias veces y se pasó la lengua por los labios. Pero no dijo
nada.
—Eso en lo que respecta a la Segunda Fase —continuó Duquay—. Podríamos
decir que con la Segunda Fase terminarían los preparativos para la batalla. La Tercera
Fase sería el comienzo de la batalla en sí. ¿Qué posibilidades tendríamos, Masden?
El joven volvió a parpadear y a relamerse los labios, pero tampoco esta vez hizo
ningún comentario.
—En primer lugar, las armas —dijo Duquay—. ¿Qué clase de cuchillo es el suyo,
Masden?
—Un cuchillo de cocina, muy afilado —respondió Masden, casi
involuntariamente—. Un tipo me lo pasó de matute en el calabozo.
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—En lo que respecta a las armas —dijo Duquay, con una leve sonrisa—, creo que
tengo una ligera ventaja sobre usted. Al menos, yo no cambiaría mi daga turca por su
cuchillo de cocina.
—Mire, míster…
Pero Duquay continuó:
—Sin embargo, los hombres involucrados en esta batalla son más importantes
que las armas. Vamos a ver, Masden, ¿qué edad tiene usted?
—Diecinueve años.
—Yo tengo treinta y uno. Una leve ventaja por su parte, tal vez. ¿Cuánto pesa
usted?
—Ciento veinte libras.
—Yo peso sesenta libras más, Masden. Ventaja para mí. Ahora, veamos nuestras
posibilidades atléticas. Por mi parte, cultivé toda clase de deportes en la Universidad,
hace diez años. Destaqué en natación y en fútbol: era un buen defensa. Además, me
mantengo en forma haciendo una hora de ejercicio todos los días. En diez años no he
acumulado ni una onza de grasa. Eso demuestra algo, ¿no cree? Ahora, dígame, ¿qué
deportes ha practicado usted, Masden?
Al otro lado de la mesa, el joven se había puesto más pálido. Volvió a pasarse la
lengua por los labios. Pareció como si quisiera contestar, pero ninguna palabra surgió
de su boca.
—Permítame analizarle tal como yo le veo, Masden. Es usted un caso de
desnutrición crónica. No porque haya pasado hambre, en realidad, sino porque se ha
criado sin ninguna vigilancia y nunca ha comido las cosas adecuadas. Está usted
anormalmente delgado. Añada a eso unas cuantas malas costumbres. Probablemente
empezó a fumar cuando tenía nueve o diez años. He notado lo manchados de nicotina
que tiene los dedos. Sólo Dios sabe lo que fuma usted ahora, tal vez algo más fuerte
que el tabaco. También bebe. Apostaría cualquier cosa a que bebe más que yo.
Míreme, Masden, y mírese a usted mismo. Dígame quién de nosotros dos se
encuentra en mejor condición física.
El joven tenía ahora el ceño fruncido. Sus pobladas cejas estaban casi juntas, y
sus ojos miraban torvamente a su interlocutor.
—Pero no hemos discutido el factor más importante de todos —dijo Duquay—.
Me refiero al valor, a la voluntad de luchar, de aceptar los riesgos necesarios. Cuando
entró usted en esta habitación era muy valiente, desde luego. Y era valiente porque
tenía un cuchillo, y suponía que yo estaba desarmado. Pero, ¿hasta qué punto es
valiente ahora? Yo diría que mucho menos que hace unos instantes. Entró aquí
fanfarroneando y amenazando con rajarme, pero ahora que parece existir la
posibilidad de que el rajado sea usted, la cosa no parece gustarle tanto, ¿verdad?
—¡Está usted faroleando!
Rick Masden había encontrado finalmente su lengua, y las tres palabras surgieron
de sus labios como una pequeña explosión.
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Duquay sonrió.
—¿Lo cree de veras? —inquirió—. En tal caso, lo único que tiene que hacer para
convencerse es efectuar un solo movimiento para abandonar su silla.
Hubo otro silencio, esta vez más pesado, lleno de hostilidad. Masden no se
movió.
—Queda otra cosa que no podemos pasar por alto —continuó Duquay al cabo de
unos instantes—. El motivo. Aunque no sea usted el hombre más valiente del mundo,
tiene un buen motivo para luchar. Si me mata, tendrá mi dinero, mi automóvil y todo
lo que quiera llevarse. Si, por el contrario, le matan a usted, su situación no será peor
de lo que era antes de fugarse.
Algo parecido a una esperanza pareció brillar en los pálidos ojos del joven.
—¿Qué ganará usted luchando conmigo, míster? —quiso saber.
—Ésa es una buena pregunta —admitió Duquay—. Supongo que podría dejar que
se llevara usted lo que desea, dificultando con ello un poco más el trabajo de la
policía y retrasando su captura un par de días, o un par de semanas. Y podría confiar
en que una vez consiguiera usted lo que quiere se marchara de aquí pacíficamente,
limitándose a atarme, quizás, como medida de seguridad. Pero da la casualidad de
que no confío en usted hasta ese punto. Es usted un delincuente nato, y disfruta
haciendo daño, perjudicando a los demás. Después de haber asesinado a dos
personas, no creo que vacilara en matarme.
El joven continuaba con el ceño fruncido. Pero ahora había asomado a sus ojos
una expresión de malicia.
—Y además, Masden, da la casualidad de que me es usted profundamente
antipático. Es usted escoria, pura escoria. No me importaría correr el riesgo de
resultar herido, o incluso muerto, a cambio del privilegio de aplastarle.
Rick Masden, aunque en realidad no hizo ningún movimiento, se agitó en su silla
y su mano derecha tembló visiblemente.
—De modo que usted y yo vamos a luchar a navajazos, ¿eh, míster? —preguntó.
—Desde luego, si trata usted de levantarse de esa silla.
Masden apuró el contenido de su vaso, haciendo una mueca ante el ardor del
whisky. Luego dijo:
—De acuerdo. Adelante, empiece lo que sea.
—Yo no he dicho que iba a empezar nada —replicó Duquay—. Me he limitado a
decirle lo que me proponía hacer si usted empezaba algo.
Se produjo otro silencio, más profundo y más prolongado. Los dos hombres se
miraban el uno al otro, con las manos visibles sobre la mesa. En la mano derecha de
Masden brillaba el cuchillo de cocina. Las dos manos de Duquay estaban vacías. Pero
la mirada de Masden se desvió hacia el escritorio, resbaló sobre la daga y se apartó de
ella rápidamente. Los segundos y los minutos iban deslizándose.
Luego, Masden dijo:
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—¿Por qué no me da usted lo que quiero? Unos cuantos billetes, un traje y las
llaves de su coche. Lo tiene usted asegurado. ¿Por qué quiere complicar las cosas?
—No pienso darle nada.
Masden se mordió el labio inferior, pensativamente.
—Entonces, ¿qué va a pasar? ¿Vamos a quedarnos sentados aquí
indefinidamente? Usted ha dicho que si hago un movimiento para levantarme,
volcará la mesa y cogerá aquella daga. Entonces empezará la lucha. Pero, si no me
muevo…
Súbitamente, una nueva luz brilló en los ojos del fugitivo.
—Ya entiendo, ya entiendo —murmuró entre dientes—. Está esperando usted a
algunos tipos que vendrán a jugar a cartas, y trata de retenerme aquí hasta que
lleguen.
Duquay permaneció tranquilo.
—Y lo estoy haciendo bastante bien, ¿no cree, Masden? —preguntó—. Sí, espero
que lleguen dentro de unos instantes.
—Pero no va a salirse con la suya.
—Le queda a usted una alternativa. Puede abandonar su silla, y yo volcaré la
mesa e iré en busca de mi daga. Puede probar fortuna…
—Sería estúpido que me quedara aquí sentado, esperando —murmuró Masden.
—Hay otra posibilidad, desde luego.
—¿Qué quiere usted decir?
En los ojos del fugitivo volvió a brillar una lucecita de esperanza.
—Bueno, si luchamos, yo también correré un riesgo. Y no es que me atraiga
precisamente el correrlo. De modo que podría estar dispuesto a hacer un trato. Mi
seguridad, a cambio de su huida. Su huida con las manos vacías, desde luego.
Rick Masden había perdido casi toda su jactancia.
—Le escucho —dijo.
—Hablemos claro. Mientras usted empuñe ese cuchillo, me sentiré en peligro. Si
se pone en pie súbitamente, ¿cómo puedo saber si trata usted de atacarme o de
escapar, sencillamente? De modo que, si se pone usted en pie, tendré que
defenderme. ¿Comprende adónde quiero ir a parar?
Masden asintió.
—Creo que sí —dijo.
—Por lo tanto, la clave de la situación es su cuchillo. Usted quiere escapar de
aquí. Yo prefiero no tener que luchar, si no me veo obligado a ayudarle y a colaborar
en su huida. Pero, mientras conserve usted ese cuchillo en su mano, no puede hacer
ningún movimiento sin que ello signifique el comienzo de una lucha. De modo que la
única salida que le veo a la situación es que tire su cuchillo al centro de la mesa.
—¿Cómo?
—Es lo justo. Entonces, ninguno de los dos estará armado.
—Pero, usted saldrá corriendo detrás de mí…
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—Tenemos la mesa entre nosotros. Eso le dará cierta ventaja. Tendrá que salir de
aquí antes de que yo consiga atraparle, sencillamente.
—Pero usted telefoneará a la policía.
Duquay sonrió.
—Es usted un chico listo, Masden. No se me había ocurrido la idea, pero es lo
que hubiera hecho, probablemente. De acuerdo, haremos un trato: mi teléfono a
cambio de su cuchillo.
—¿Qué quiere usted decir?
—Mi teléfono está sobre el escritorio, al alcance de mi mano. Si me lo permite,
alargaré el brazo y arrancaré el cable. Cuando lo haya arrancado, usted tirará el
cuchillo al centro de la mesa y echará a correr. ¿Qué le parece?
El joven frunció el ceño. Estaba pensando furiosamente. De cuando en cuando
miraba a Duquay, sopesándole, tratando de adivinar sus verdaderas intenciones.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Arranque usted el cable. Entretanto, yo
conservaré el cuchillo. Y si trata de coger la daga en vez del teléfono…
—No me pierda de vista, Masden.
Lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco y sin perder de vista a su
adversario, Duquay hizo girar ligeramente su silla, extendió el brazo izquierdo, cogió
el teléfono y tiró fuertemente de él. Un par de sacudidas más y el cable quedó suelto.
—¿Satisfecho? —inquirió Duquay. Dejó caer el receptor, el cual chocó
blandamente contra la alfombra—. Ahora su cuchillo, por favor. Tírelo al centro de la
mesa, donde ninguno de los dos podamos alcanzarlo.
Se miraron fijamente, sin confiar del todo el uno en el otro. Hubo una larga pausa,
durante la cual ninguno de los dos hombres se movió.
—Vamos, Masden. Mientras empuñe ese cuchillo, no podrá abandonar su silla.
Silenciosamente, con evidente mala gana, el joven envió el cuchillo rodando
hacia un extremo de la mesa.
—Ahora quédese sentado —dijo Masden—, porque voy a largarme.
—Lamento no poder desearle buena suerte —replicó Duquay.
Se despidieron en silencio. Y en aquel preciso instante, las despedidas y el
silencio quedaron interrumpidos por un leve ruido.
Los dos hombres sentados ante la mesa lo oyeron.
Masden reaccionó rápidamente. Se puso en pie de un salto, derribando la silla, y
echó a correr. Duquay no se movió. Se aferró a la mesa con ambas manos y gritó a
pleno pulmón:
—¡Sam! ¡Detenga a ese hombre! ¡Es un criminal!
En la otra habitación se oyeron gritos y un rumor de lucha. Byron Duquay
continuó sin moverse, limitándose a escuchar. El rumor fue en aumento, hasta que un
sonido distinto terminó con todo: el sonido de un puño al estrellarse contra unos
huesos.
[Link] - Página 219
Duquay se echó hacia atrás en su silla y suspiró, aliviado. La lámpara que ardía
sobre la mesa arrancó brillantes reflejos al sudor que empapaba su rostro…
… El capitán Sam Williams volvió a presentarse en el apartamento de Byron Duquay
dos horas más tarde para jugar la aplazada partida de póquer. Había pasado aquellas
dos horas poniendo a buen recaudo a Rick Masden y redactando un informe con
todos los detalles acerca de su captura.
—Byron —dijo, estrechando la mano de Duquay—, no sé si me atreveré a volver
a sentarme ante una mesa de póquer con usted. No me había dado cuenta de la
capacidad que tiene para echarse faroles.
—Me adula usted, Sam —dijo Duquay—. He tenido suerte, sencillamente. Esta
noche, antes de que Virginia se marchara, he insistido en que me ayudara a sentarme
aquí. De cuando en cuando prefiero recibir a mis invitados sentado en una silla
normal, ¿comprende? Por unos instantes, me hago la ilusión de que no soy un
inválido. Si hubiera estado en mi silla de ruedas, no habría podido engañar a Masden,
desde luego.
Sam asintió en silencio. Su mirada se posó en la silla de ruedas visible a través de
la entreabierta puerta del dormitorio. Rick Masden no la había visto. O, si la había
visto, no la había relacionado con el hombre sentado ante la mesa.
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UNA HISTORIA DE FANTASMAS
Henry Kane
Yo no creo en fantasmas. Tal vez no creo en fantasmas porque me niego a creer en
ellos, y mi mente rechaza la posibilidad y busca otra explicación. En el caso Troy,
tal explicación lleva implícitos, para mí, deseo de morir, alucinación, complejo de
culpabilidad, pena merecida, autocastigo y doble personalidad. Pero de nuevo me
estoy saliendo de la raya: no soy un psiquiatra, soy un detective privado. Los habrá
que estén en desacuerdo con mis conclusiones, y usted puede ser uno de ellos. Bien.
Lo único que puedo hacer es relatar los acontecimientos tal como ocurrieron,
empezando por aquella tarde del mes de enero en que mi secretaria introdujo a miss
Sylvia Troy en mi oficina.
—Miss Sylvia Troy —dijo mi secretaria, y se marchó.
—Soy Peter Chambers —dije—. ¿No quiere usted sentarse?
Miss Troy era bajita, bastante guapa, muy femenina, y bordeaba la treintena. Sus
cabellos ondulados y rojizos enmarcaban un rostro ovalado en el cual los ojos
castaños, enormes, hubieran sido muy bellos de no haber tenido una expresión casi
imposible de definir con palabras. Sólo se me ocurre un vocablo para definirla:
acosamiento. Un vocablo susceptible de interpretaciones muy distintas, desde luego.
Sus ojos no formaban parte de ella, parecían remotos y perdidos. Miss Troy continuó
en pie mientras yo, sentado detrás de mi escritorio, me removía intranquilo.
—Siéntese, por favor —dije en el tono más cordial que me fue posible en medio
de la preocupación por evitar aquellos ojos asustados, singularmente luminosos y
extrañamente aislados.
—Muchas gracias —dijo miss Troy, sentándose en la silla colocada delante de mi
escritorio.
Tenía una voz encantadora: suave, muy femenina, melodiosa. Llevaba un abrigo
de lana rojo con un pequeño cuello de piel, negro, y un bolso de piel, también negro.
Abrió el bolso, sacó trescientos dólares y los dejó sobre mi escritorio. Miré el dinero,
pero no lo toqué.
—¿No es suficiente? —inquirió miss Troy.
—¿Cómo dice?
—Por su modo de mirarlo, me ha parecido…
—De mirar, ¿qué? —pregunté.
—El dinero. Sus honorarios. Lo siento, pero no puedo pagarle más.
—No lo he mirado de ningún modo especial, miss Troy. Lo miraba, simplemente,
Trescientos dólares pueden ser suficientes… o no serlo. Depende de lo que usted
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desee de mí a cambio de ellos.
—Quiero que cace usted a un fantasma.
—¿Qué?
—Por favor, míster Chambers —dijo miss Troy—. Estoy hablando muy en serio.
—Un fantasma…
—Un fantasma que ha asesinado ya a una persona y que amenaza con asesinar a
otras dos.
Traté de disimular mi desconcierto rebuscando en mis bolsillos y encendiendo un
cigarrillo. Luego dije:
—Miss Troy, la caza de fantasmas no es mi especialidad, precisamente. Si ese
fantasma suyo ha asesinado a alguien, se ha equivocado usted de lugar. Debió usted
acudir a las autoridades constituidas, a la policía…
—No puedo acudir a la policía.
—¿Por qué no?
—Porque si cuento mi historia a la policía, mis dos hermanos y yo nos veremos
complicados en un…
Se interrumpió.
—¿En un qué?
—En un asesinato.
Se produjo una pausa. Miss Troy permaneció sentada, en silencio; yo fumaba
nerviosamente.
Luego dije:
—¿Va usted a contarme esa historia?
—Sí.
—¿No resultará tan comprometedor…?
—No, en absoluto —dijo miss Troy—. Debo contársela a usted, porque hay que
hacer algo, porque alguien —espero que usted— tiene que intervenir. Pero si repite
usted a la policía lo que voy a contarle, me limitaré a negarlo. Dado que no existen
pruebas y que estoy dispuesta a negar lo que usted pueda repetir, nadie se verá
comprometido.
La cosa iba encajando en mi especialidad. Las personas en apuros son mi
especialidad. La única pega era la mención de un fantasma. De todos modos, aplasté
mi cigarrillo en el cenicero, guardé los trescientos dólares en un cajón de mi
escritorio y dije:
—De acuerdo, miss Troy. Oigamos su historia.
—La cosa empezó hace poco más de un año. En noviembre hizo un año,
exactamente.
—Sí —dije.
—En la familia éramos cuatro.
—Cuatro de familia —dije.
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—Tres hermanos y yo. Adam era el mayor. Adam Troy tenía cincuenta años
cuando murió.
—¿Y los otros?
—Joseph tenía treinta y seis. Simón tiene treinta y dos. Y yo veintinueve.
—¿Dice usted que Joseph tenía treinta y seis?
—Mi hermano Joseph se suicidó —aparentemente se suicidó— hace tres
semanas.
—Lo siento —dije.
—Y ahora, si me lo permite… le explicaré los antecedentes de la situación.
—Por favor —dije.
—Adam, debido a su edad, era una especie de padre para todos nosotros. Adam
era soltero, rico… Tenía una gran facilidad para hacer dinero, en tanto que el resto de
nosotros —se encogió de hombros—, cuando se trataba de ganar dinero, no éramos
unas lumbreras, precisamente. Joseph era viajante de comercio, Simón es dependiente
de farmacia y yo trabajo en un club nocturno, y con muy poco éxito, tengo que
confesarlo.
—¿En un club nocturno? Muy interesante.
—Hago voces, ¿sabe? Antes era ventrílocua. Ahora me limito a las imitaciones de
voces conocidas. Nada del otro mundo.
—¿Y Adam? —dije—. ¿A qué se dedicaba?
—Era corredor de fincas, y al mismo tiempo negociaba en la Bolsa. Sabía ganar
dinero y sabía guardarlo. Por eso no se casó, probablemente. Era como un padre para
nosotros, pero, en realidad, nunca nos ayudaba con dinero excepto en casos muy
apurados. Consejos…, muchos. Censuras…, muchas. No puedo decir que fuera malo
para nosotros, pero no era realmente bueno… ¿Comprende?
—Perfectamente, miss Troy.
—Ahora, lo de las voluntades.
—¿Voluntades?
—Últimas voluntades y testamentos. Todos nosotros tenemos lo que llama
voluntades recíprocas. Si uno muere, lo que deja se reparte entre los otros. Estoy
segura de que ha oído usted hablar de las voluntades recíprocas…
—Desde luego.
—Bien. El año pasado Adam ganó una importante suma en la Bolsa y sugirió que
fuéramos de vacaciones juntos, unas vacaciones de invierno. Él correría con todos los
gastos. Un par de semanas esquiando, divirtiéndonos, al aire libre, en Vermont.
¿Comprende?
Hice un gesto de asentimiento.
—Bueno, Joseph, Simón y yo nos las arreglamos para tener libres dos semanas
del mes de noviembre, y fuimos todos a un refugio de alta montaña situado en los
Montes Verdes de Vermont… —Miss Troy se estremeció y permaneció unos
instantes silenciosa. Luego continuó—: No sé cómo empezó la cosa. Tal vez todos la
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teníamos en nuestras mentes, tal vez aquella culpa era como un veneno en todos
nosotros, pero Joseph fue el primero en decirlo.
—¿En decir qué, por favor?
—Que debíamos librarnos de Adam. Adam estaba arriba, durmiendo, y nosotros
tres estábamos sentados alrededor del fuego, bebiendo, quizás un poco más de la
cuenta, cuando Joseph hizo aquella sugerencia. Simón y yo la hicimos nuestra
inmediatamente. Ninguno de los tres habíamos tenido nunca dinero, lo que se dice
dinero, y de repente se nos ocurrió que podíamos disponer de él mientras éramos lo
bastante jóvenes para disfrutarlo —miss Troy volvió a estremecerse y se cubrió el
rostro con las manos. Habló a través de sus dedos entreabiertos—. A partir de ahora
preferiría abreviar un poco. ¿Puedo hacerlo?
—Desde luego —asentí.
Dejó caer sus manos sobre su regazo.
—Al día siguiente, salimos de excursión. En un momento determinado, Adam se
asomó a un barranco que tenía unos dos mil pies de profundidad, y por cuyo fondo
discurría un riachuelo. Joseph se acercó por detrás, empujó a Adam y éste cayó. Eso
es todo. Cayó. Hasta el fondo. Los ecos de su caída resonaron unos instantes, y
luego… nada. A nuestro regreso informamos a las autoridades. Dijimos que Adam
había resbalado y caído. La policía subió a investigar, hubo una encuesta, y así
terminó la cosa.
—¿Cómo terminó?
—El veredicto del coroner fue el de muerte accidental.
Me puse en pie y empecé a pasear por mi oficina. Paseé delante de miss Troy,
detrás de miss Troy y alrededor de miss Troy. Ella no se movió. Continuó sentada con
las manos unidas sobre su regazo. Finalmente, dije:
—De acuerdo. No repetiré a nadie lo que acaba de contarme. Ahora, por favor,
¿qué fantasma mató a quién?
Miss Troy permaneció inmóvil. Sólo movió los labios.
—El fantasma de Adam mató a Joseph.
—Mi querida miss Troy —dije—, hace unos instantes me ha dicho usted que
Joseph se suicidó.
—Lo siento, míster Chambers, pero yo no le he dicho eso.
—Pero…
—Le he dicho que aparentemente se suicidó.
A regañadientes, admití mi error.
—Es cierto, ha dicho usted eso. Pero, ¿qué diferencia hay entre un suicidio
aparente y un suicidio real? Me refiero a este caso concreto.
—¿Puedo decirlo a mi manera?
—Se lo ruego.
Volví a ocupar mi asiento, contemplando a miss Troy mientras hablaba, pero mis
ojos no se encontraron con los suyos. Por algún motivo ignorado, en aquella tarde del
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mes de enero absolutamente normal, en el ambiente familiar de mi propia oficina, no
podía decidirme a mirar a aquella mujer a los ojos.
—Vivo en la calle Treinta y Tres, Oeste, número treinta y tres —dijo miss Troy.
Cogí mi cuaderno de apuntes y un lápiz, satisfecho por la oportunidad que se me
presentaba de hacer algo prosaico.
—Es un apartamento de una sola habitación en el cuarto piso, letra C.
—Letra C —repetí, tomando nota.
—Hace dos meses, el quince de noviembre, exactamente un año después de su
muerte, Adam vino a visitarme.
—Adam vino a visitarme… —repetí…, e inmediatamente dejé caer el lápiz sobre
el escritorio—. ¡Un momento, miss Troy!
—¿Sí, míster Chambers?
—Ese Adam, ¿no es el individuo que está muerto?
—Sí.
—¿Y fue a visitarla a usted?
—Exactamente.
Suspiré.
—Continúe.
—La tarde del quince de noviembre había salido a comprar unas cosas en el
supermercado. Cuando volví a casa, Adam estaba sentado en una silla, esperándome.
Recuperé mi lápiz y fingí tomar notas.
—¿Está segura de que era Adam?
—El fantasma de Adam. Adam está muerto.
—Sí, naturalmente, el fantasma de Adam. ¿Qué aspecto tenía?
—El mismo aspecto que tenía el día que murió. Incluso llevaba la misma ropa:
botas claveteadas, anorak verde, gorro de esquiador verde.
—¿Habló con usted?
—Sí.
—¿Cómo sonaba su voz?
—Como siempre. Adam tenía una voz profunda. Me habló en tono triste, dolido,
pero no furioso.
—¿Y qué es lo que dijo?
—Dijo que había vuelto en visita vindicativa; ésas fueron sus palabras,
exactamente: visita vindicativa. Dijo que iba a matar primero a Joseph, luego a
Simón, y luego a mí. Después se puso en pie, abrió la puerta y se marchó.
—¿Qué hizo usted entonces?
—Llamé a mis hermanos, los cuales vinieron a mi apartamento, y les conté lo que
había sucedido. Desde luego, no me creyeron. Dijeron que mi imaginación me había
jugado una mala pasada, que últimamente había estado muy nerviosa… Sugirieron
que fuera a ver a un médico. No les hice caso… ni siquiera cuando Joseph fue
asesinado.
[Link] - Página 225
—¿Cómo ocurrió?
—Joseph se abrió las muñecas y se desangró. Pero allí no había ningún arma.
Junto al cadáver no se encontró ninguna arma; no había ninguna arma manchada de
sangre en su apartamento.
Encendí otro cigarrillo. La llama del fósforo tembló. Lo apagué rápidamente y lo
deposité en el cenicero. Aspiré una profunda bocanada de humo. Luego dije:
—Miss Troy, ¿por qué ha esperado hasta ahora para dar este paso?
—Porque Adam volvió a presentarse anoche. Cuando regresé de mi trabajo,
estaba sentado en la misma silla, vestido exactamente igual que la otra vez. Dijo que
había acabado con Joseph… y que a continuación le tocaba el turno a Simón. Luego
se puso en pie, abrió la puerta y se marchó.
—¿Qué hizo usted?
—Me desmayé. Cuando recobré el conocimiento, me dio un ataque de histerismo.
Cuando me recobré del ataque, me arreglé un poco y fui directamente a casa de mi
hermano Simón. Era muy tarde, pero no me importó. Simón vive en la calle Cuatro
Oeste, muy cerca del lugar donde yo trabajo. Llamé al timbre hasta que se despertó y
me dejó entrar. Le conté lo que había sucedido y no me creyó, como la vez anterior.
Insistió en que tenía que ir a que me viera un médico, y que él se encargaría de
arreglar eso. Hoy decidí que tenía que hacer algo. Oí hablar de usted… y aquí estoy.
Por favor, míster Chambers, ¿me ayudará usted? ¡Por favor!
—Haré lo que pueda —dije. Tomé nota de nombres, direcciones y números de
teléfono, del lugar donde trabajaba miss Troy, del lugar donde trabajaban sus
hermanos, etc. Luego le entregué a miss Troy una tarjeta con mi número de teléfono
—. Siempre que lo desee puede llamarme a este número —le dije.
—Muchas gracias.
Por primera vez, miss Troy sonrió, agradecida.
Poniéndome en pie, dije:
—De acuerdo. Vamos.
—¿Adónde?
—Me gustaría ver su apartamento. ¿Puedo?
—Sí, desde luego —miss Troy se puso en pie—. Es usted muy minucioso,
¿verdad?
—Así es como trabajo —dije.
Era un apartamento muy pequeño situado en el cuarto piso de una casa renovada. No
había ascensor. El apartamento consistía en un saloncito con un diminuto cuarto de
baño y una diminuta cocina. En la cocina no había ninguna ventana. En el cuarto de
baño había mía, y dos en el saloncito: cada una de las ventanas estaba provista de un
cerrojo de seguridad.
—Estupendo —dije—. ¿Ha puesto usted esos cerrojos?
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—No. Los hizo instalar el anterior inquilino.
—Son unos buenos cerrojos y funcionan perfectamente —observé en tono de
aprobación. Luego continué mi inspección—. Veo que no hay escalera de incendios.
—No es necesaria —dijo miss Troy—. La quitaron al renovar el edificio.
Descubrí que la cerradura de la puerta era muy deficiente. De un modelo muy
antiguo, no se necesitaba ser un experto para abrirla. Además, la puerta no estaba
provista de una protección complementaria: no había ningún cerrojo.
—Mal asunto —murmuré.
—¿Cómo dice?
—Mire, no sé quién la ha estado visitando a usted, fantasma o no fantasma, pero
cualquiera puede entrar aquí fácilmente, con una ganzúa de las más sencillas. Hay
que arreglar esto.
—¿Arreglarlo? ¿Cómo?
—¿Dónde está su listín de teléfonos?
Miss Troy me lo entregó y busqué en él los cerrajeros más próximos, y les llamé
por teléfono hasta encontrar a uno que estaba libre. Le dije lo que quería. Me
prometió venir dentro de media hora, y miss Troy preparó unos bocadillos y café, y
comimos y charlamos evitando toda mención de los fantasmas, y miss Troy se mostró
más animada y sonrió con más frecuencia, y yo descubrí que estaba pasando una
tarde muy agradable.
—¿Por qué no viene usted a verme al club esta noche? —sugirió miss Troy—. Ya
le he dado las señas en su oficina, cuando tomó todas aquellas notas. Es el Café Bella.
—¿A qué hora se marcha usted allí?
—El espectáculo empieza a las nueve. Hay seis números. No son demasiado
interesantes, desde luego, y nos pagan muy poco, pero no nos exigen demasiado y
disponemos de un camerino individual. El espectáculo se desarrolla en una especie de
sesión continua de nueve a dos, y a veces hasta más tarde, según el número de
clientes. Cuando no1 trabajo, me quedo sentada en mi camerino. No me gusta
alternar con los clientes, y el propietario no nos exige que lo hagamos. Me gustaría
que viniera usted a presenciar mi actuación.
—Tal vez lo haga —dije.
Llegó el cerrajero e hizo lo que le indiqué. Colocó una cerradura moderna y un
cerrojo de acero en la puerta. Le pagué de mi bolsillo, y no acepté que miss Troy me
reembolsara el dinero.
—Va a cuenta de mis honorarios —dije—. Creo que así no volverán a molestarla.
—Eso espero, eso espero —dijo miss Troy—. Dios le bendiga. Empiezo a
sentirme mejor. Es como cuando uno va a un buen médico y le tranquiliza, ¿sabe?
Sólo con su presencia, con su actitud, todas esas cosas absurdas parecen un sueño,
una pesadilla.
—Me alegro. Lo único que tiene que hacer es continuar pensando así. Ahora,
adiós, y gracias por el almuerzo.
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—¡Oh! No vale la pena. ¿Irá a verme esta noche?
—Lo procuraré —dije.
Simón Troy trabajaba en una farmacia situada en la Columbus Avenue. Era una
tienda pequeña, y la farmacia parecía muy antigua… y muy anticuada. Olía a hierbas,
a específicos y a germicidas, había polvo en las estanterías y el polvo de la atmósfera
provocaba deseos de estornudar. Simón Troy, el único dependiente, era un hombre
rubio y bajito, de ojos castaños, tez macilenta y dientes pequeños y amarillos. Su
sonrisa, cuando entré en la farmacia, fue de lo más superficial: el dependiente de una
farmacia acogiendo a un cliente. Le dije quién era y por qué estaba allí, y en su rostro
se dibujó una expresión de ansiedad al tiempo que se borraba de él la sonrisa.
—Si no tiene usted inconveniente —dijo— pasaremos a la trastienda. Allí
podremos hablar con más tranquilidad.
La trastienda, separada de la parte delantera por un recio cristal, era un cuartito
ocupado en su mayor parte por un mostrador de madera destinado a la preparación de
las recetas. Había también un par de sillas, y Simón Troy me invitó a sentarme en una
de ellas. Antes de hacerlo, dije:
—¿Es usted Simón Troy?
En tono impaciente, respondió:
—Sí, sí, desde luego.
Saqué un paquete de cigarrillos, le ofrecí uno y lo cogió con sus delgados y
huesudos dedos, manchados de nicotina. Encendió mi cigarrillo, encendió el suyo, y
lo chupó rápidamente, profundamente, ruidosamente. Yo hablé y él escuchó. Le dije
todo lo que Sylvia Troy me había contado, y le hablé de los honorarios que me había
pagado. Cuando terminé, él había terminado con el cigarrillo y encendió uno de los
suyos con la colilla del que yo le había ofrecido.
—Míster Chambers —dijo—, supongo que se da cuenta de lo terriblemente
preocupado que estoy en lo que respecta a mi hermana.
Asentí con un gesto.
—Sylvia está enferma, míster Chambers. Estoy convencido de que lo observó
usted.
Asentí de nuevo, y dije:
—¿Tiene usted inconveniente en contarme lo que sucedió en Vermont?
—¿Se refiere usted a lo de Adam?
—Sí.
Troy dijo:
—Ni siquiera estábamos cerca de él. Le dio por asomarse a un precipicio.
Nosotros nos encontrábamos a muchos metros de distancia, los tres. Supongo que
resbaló, o que le entró vértigo. Oímos un grito y le vimos desaparecer. La policía de
Vermont examinó minuciosamente el lugar. Había empezado a nevar y en el borde
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del precipicio no había huellas de pisadas. Pero en algunos puntos de la ladera del
barranco a los cuales pudieron descender, encontraron trozos de hueso, trozos de
carne y trozos del anorak que Adam llevaba. El cadáver, desde luego, no fue
recuperado.
Colocó la punta del dedo índice de su mano derecha entre sus dientes y se mordió
la uña, audiblemente.
—Míster Troy —dije—. ¿Tiene usted alguna idea acerca de los motivos que han
impulsado a su hermana a inventar esa absurda historia que me contó?
—Temo que sólo existe una explicación. Creo que Sylvia sufre una grave
depresión nerviosa.
—Pero, ¿hay alguna base para ello? ¿Algún hecho del pasado? ¿Algún motivo?
—Sylvia le habló de nuestras voluntades recíprocas, ¿no es cierto?
—Sí —dije.
—Bien. Del dinero de Adam, deducidos los impuestos, nos correspondieron unos
cincuenta mil dólares a cada uno. Mi hermano Joseph, un viudo sin hijos, era un
hombre más bien conservador, como yo. Ingresamos el dinero en el banco y
continuamos viviendo con la misma sencillez. Sylvia, en cambio, abandonó su
trabajo en el club nocturno y se marchó a Europa. Al cabo de un año había dilapidado
la herencia de Adam. Supongo que el tener que empezar de nuevo, después de un año
de darse la gran vida, la desquició. A partir de entonces, empezó a portarse de mi
modo muy raro. Hablaba de un complot, de nuestro complot, para asesinar a Adam.
Y ahora, para terminar de arreglarlo, ha salido con lo del fantasma de Adam.
—¿Qué puede usted decirme acerca del suicidio de Joseph?
—Muy poca cosa. Joseph era un hombre sencillo y meticulosa. Un
hipocondríaco, aunque los médicos le inspiraban terror. Hace seis meses empezó a
dolerle el estómago. Tenía náuseas, vómitos. Se negaba a ir al médico, pero
finalmente le convencí. Los rayos X descubrieron una úlcera en su estómago. Los
doctores opinaban que era benigna, pero Joseph estaba convencido de que era de tipo
canceroso. Decidió operarse, pero antes de la fecha fijada para la operación se
suicidó.
—Sí, lo sé, se abrió las venas de las muñecas —dije—. Pero, ¿cómo es que no se
encontró ninguna arma?
Simón Troy sonrió tristemente, dejando al descubierto sus dientes amarillos.
—La policía quedó satisfecha con la explicación. Joseph se suicidó en su cuarto
de baño. Conociendo a Joseph, sé exactamente lo que hizo, una vez adoptada la
decisión. Cerca del cadáver se encontró una maquinilla de afeitar abierta, sin hoja.
Joseph sacó la hoja de la máquina de afeitar, se cortó las venas, dejó caer la hoja en la
taza del retrete y se desangró. En el cuarto de baño había una gran cantidad de sangre,
pero ninguna arma. Joseph, como ya le he dicho, era un hombre muy meticuloso, un
animal de costumbres. Dejó caer la hoja en la taza del retrete y tiró de la cadena. La
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policía se mostró de acuerdo con mi opinión. Después de todo, era mi hermano: nadie
tenía más motivos que yo para conocerle.
Me puse en pie, diciendo:
—Muchas gracias.
—Un momento, míster Chambers…
Simón Troy vaciló, indeciso.
—¿Sí?
—Míster Chambers —balbució—. Creo que… debería usted devolverle ese
dinero…, los honorarios…, a mi hermana.
—¿Por qué?
—Sylvia no necesita un detective privado. Necesita un médico.
—Creo que tiene usted razón.
Sonrió, aparentemente aliviado ante mi comprensión.
—Me he informado ya —continuó—, y he escogido a un especialista en
enfermedades nerviosas, un psiquiatra, como ahora les llaman. Con un pretexto u
otro, haré que Sylvia vaya a verle.
—Estupendo —dije—. En cuanto a los honorarios, estoy de acuerdo con usted:
corresponden a un médico, y no a mí.
—Le agradezco mucho su comprensión, míster Chambers.
—De todos modos, no creo que deba devolverle el dinero a ella. No conviene
excitarla más. Se lo entregaré a usted. Ahora no lo llevo encima, pero puedo
entregárselo más tarde en su apartamento.
—Resérvese cincuenta dólares por las molestias que el caso le ha producido,
míster Chambers.
—Gracias. Entonces, le veré a usted más tarde.
—¿Sabe dónde vivo?
—Miss Troy me dio sus señas en la Calle Cuatro.
—Es el apartamento 3 A. Y… ¡Oh!
—¿Sí?
—Me olvidaba de decirle que hago el turno de tarde. Empiezo a trabajar a las dos
y cierro a las diez. De modo que llego a casa un poco tarde, ceno…
—Comprendo —dije—. ¿Qué le parece si voy a verle alrededor de las doce?
—De acuerdo. Ha sido usted muy amable, míster Chambers. Gracias por todo.
Aquella noche, a las diez, con doscientos cincuenta dólares en el bolsillo, me senté
frente a una mesa del Café Bella y presencié la actuación de Sylvia Troy. El local era
de baja categoría, el servicio deficiente, el licor malo, y el número de Sylvia Troy
peor. Salía vestida con unos pantalones negros y una blusa del mismo color y hacía
imitaciones de celebridades, masculinas y femeninas. La extensión de su voz era algo
maravilloso —desde la profunda voz de bajo masculina hasta la mezzo-soprano
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femenina—, pero sus imitaciones carecían de gracia y de talento. Me marché antes de
que terminara el número.
Me fui a cenar a un restaurante, visité varios clubs nocturnos, bebí unas cuantas
copas y alrededor de las doce me dirigí al número 149 de la Calle Cuatro, donde vivía
Simón Troy. Un ascensor me subió al tercer piso. Pulsé el timbre del apartamento
3 A. No contestó nadie. Volví a llamar. Silencio. Di vuelta al pomo de la puerta.
Estaba abierta. Entré.
Simón Troy estaba sentado, mirando fijamente delante de él, con los codos
apoyados en una mesita para dos. Sobre la mesa, delante de él, había un vaso grande
que contenía un solo dedo de jerez. Simón Troy miraba una silla vacía situada al lado
opuesto. En aquel lado de la mesa, enfrente de la silla vacía, había otro vaso medio
lleno de jerez. Al parecer, no lo habían tocado. Me acerqué rápidamente a Simón
Troy, le examiné, y luego me dirigí al teléfono para informar a la policía de su
muerte.
El hombre encargado del caso era mi amigo el teniente Louis Parker, de la Brigada de
Homicidios. Sus expertos comprobaron rápidamente que la causa de la muerte había
sido el envenenamiento con cianuro. Encontraron cianuro en el vaso de jerez
semivacío, así como las huellas dactilares de Simón Troy. En el otro vaso no había
veneno ni huellas dactilares. Un minucioso registro reveló que en el apartamento no
había ningún frasco que contuviera o hubiera contenido veneno. Cuando se llevaron
el cadáver y me quedé a solas con el teniente Parker, me dijo:
—Bueno, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué estaba usted haciendo aquí?
—¿Cree usted en fantasmas, teniente?
Parker se encogió de hombros.
—A veces. ¿Por qué? ¿Acaso va a contarme una historia de fantasmas?
—Es posible —dije.
Le conté toda la historia y le dije lo que estaba haciendo en el apartamento de
Simón Troy.
—Bueno —dijo—. Vamos a charlar un poco con esa dama.
Sylvia Troy estaba en su camerino. Dijo que no se había movido de él, excepto para
representar su número, en toda la noche. Su camerino se abría a un pasillo que
conducía a una puerta trasera que daba directamente a la calle. Parker interrogó a
todos los empleados del local. Ninguno de ellos podía desmentir lo que Sylvia había
dicho. Luego, Parker se llevó a Sylvia a la Comisaría y yo les acompañé. Allí la
interrogó durante horas enteras, pero Sylvia insistió una y otra vez en que no había
salido del camerino más que para acudir al escenario y representar su número.
Finalmente, Parker abrió los brazos en un gesto de impotencia.
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—Bien —le dijo a Sylvia—. Puede usted marcharse. Será mejor que se quede en
casa, a fin de que sepamos dónde podemos encontrarla en caso necesario.
—Sí, teniente —dijo Sylvia en tono amable, y se marchó.
Nos quedamos en silencio. Parker encendió un cigarrillo y yo encendí otro.
Finalmente, dije:
—Bueno, ¿qué opina usted?
—Creo que esa pichona se ha cargado a sus dos hermanos y que no tenemos por
dónde cogerla.
—¿De veras?
—Está usted enterado de lo de las voluntades recíprocas, ¿no es cierto?
—Sí.
—Primero desapareció Joseph. Y ahora Simón. Muertos los dos hermanos, Sylvia
Troy entrará en posesión de un centenar de miles de dólares.
—¿De modo…?
—De modo que la muerte de Joseph se atribuyó a suicidio, pero teniendo en
cuenta que no se encontró ninguna arma pudo haber sido asesinato. La muerte de
Simón puede atribuirse también a suicidio… con la salvedad de que tampoco en este
caso se ha encontrado ningún frasco con veneno. —Parker agitó una mano—. Se ha
volatilizado.
—¿El fantasma? —sugerí.
—La dama —dijo Parker—. Asesinó a sus dos hermanos e inventó lo del
fantasma como la más absurda de las cortinas de humo. Y no tenemos la menor
prueba contra ella. Pero la encontraremos, no le quepa la menor duda. Bueno,
márchese a dormir, Chambers. Parece usted cansado.
—¿Y usted? —inquirí.
—Yo me quedaré aquí, trabajando.
Llegué a casa a las cuatro de la mañana. Cuando abría la puerta, oí el timbre del
teléfono. Corrí hacia él y empuñé el receptor. Era Sylvia Troy.
—¡Míster Chambers! —exclamó su voz al otro extremo del hilo—. ¡Por favor!
¡Míster Chambers!
Estaba aterrorizada.
—¿Qué pasa? —dije—. ¿Qué pasa?
—Me ha llamado.
—¿Quién?
—¡Adam!
—¿Cuándo?
—Ahora mismo, ahora mismo. Dijo que venía… a por mí.
La voz se apagó.
—¡Miss Troy! —grité—. ¡Miss Troy!
[Link] - Página 232
—¿Sí?
La voz era débil.
—¿Puede usted oírme?
—Sí.
—Quiero que cierre todas las ventanas y que eche los cerrojos.
—Ya lo he hecho —respondió Sylvia.
—Y que cierre la puerta y eche el cerrojo.
—También lo he hecho.
—Bien. No abra la puerta a nadie, excepto a mí. Tocaré el timbre y le hablaré a
usted a través de la puerta cerrada a fin de que pueda reconocerme. ¿Reconocerá
usted mi voz?
—Sí, míster Chambers.
—Ahora, tranquilícese. No tardaré en llegar.
Colgué el teléfono, y a continuación llamé a Parker y le informé.
—Se acerca el desenlace —le dije—. Lleve muchos hombres y mucha artillería.
Vamos a vérnoslas con un peligroso asesino. Nos encontraremos allí. ¿Sabe usted las
señas?
—Desde luego.
Colgué de nuevo el teléfono y eché a correr.
Al lado de Parker había tres detectives y tres agentes de uniforme. Uno de estos
últimos empuñaba una metralleta. Cuando entramos en el vestíbulo, los detectives y
los otros dos agentes uniformados desenfundaron sus pistolas. Subimos la escalera.
Al llegar al cuarto piso, Parker me hizo una seña y pulsé el timbre del apartamento
4 C.
Una voz masculina, profunda, respondió.
—¿Quién es?
—Peter Chambers. Deseo hablar con miss Troy.
—Miss Troy no está aquí —respondió la voz.
—Eso no es cierto. Sé que miss Troy se encuentra en su apartamento. Acabo de
hablar con ella por teléfono.
—Sylvia no quiere verle.
—¿Quién es usted?
—Eso no es asunto suyo —replicó la voz—. Váyase.
—Lo siento. No pienso marcharme, míster.
La voz sonó ahora irritada.
—Mire, tengo un revólver en la mano. Si no se marcha, voy a disparar a través de
la puerta.
Parker me empujó a un lado y gritó:
—¡Abran a la policía!
[Link] - Página 233
—¡No me importa quienes sean ustedes! —respondió la voz—. Se lo advierto por
última vez. ¡O se marchan, o disparo!
—Y yo le advierto a usted que, o abre la puerta, o disparamos —gritó Parker—.
Voy a contar hasta tres. ¡Uno!
Silencio.
—¡Dos!
Detrás de la puerta resonó una burlona risita.
—¡Tres!
Silencio.
Parker hizo una seña al agente que empuñaba la metralleta, el cual se colocó
frente a la puerta. El teniente levantó su mano derecha, con el índice apuntando hacia
arriba.
—¡Abra! ¡Es el último aviso!
Silencio.
Parker bajó el dedo y el agente disparó. Un corro de proyectiles se abrió paso a
través de la puerta. Se oyó un grito penetrante, el ruido de un cuerpo al caer…, y
silencio. Parker hizo una seña a los dos robustos detectives, los cuales se dejaron caer
contra la puerta, hombro con hombro, al unísono, una y otra vez. La puerta crujió,
crujió, hasta que terminó por ceder, arrancada de sus goznes.
Sylvia Troy yacía en el suelo, muerta, taladrada por los disparos de la metralleta.
En el apartamento no había nadie más. La puerta había estado cerrada y con el
cerrojo echado. Las ventanas estaban cerradas por dentro. Un minucioso registro
reveló que en el apartamento, aparte del cadáver de Sylvia Troy —y ahora nosotros,
desde luego—, no había nadie.
El teniente Parker se acercó a mí, con cierto aire de desconcierto en el rostro
empapado en sudor. Sus hombres, altos, musculosos, poderosamente armados, se
reunieron como silenciosos chiquillos en un grupo junto a él.
—Bueno —dijo el teniente, sin alzar la voz, cosa rara en él—. ¿Qué opina usted,
Pete?
Tuve que tragar saliva un par de veces antes de poder hablar, pero me aferré a mi
premisa.
—No creo en fantasmas —dije.
Tal vez no creo en fantasmas porque me niego a creer en ellos, y mi mente
rechaza la posibilidad y busca otra explicación. En el caso Troy, tal explicación lleva
implícitos, para mí, deseo de morir, alucinación, complejo de culpabilidad, pena
merecida, autocastigo y doble personalidad.
Los habrá que estén en desacuerdo con mis conclusiones.
Usted puede ser uno de ellos.
[Link] - Página 234
LA LLAMADA
Paul Sartoris
Cualquier habitante del departamento francés de Finisterre, en la accidentada costa
de la Bretaña, cualquier ciudadano de Brest, de Quimper, de Morlaix, de
Douarnenez, que aquella mañana a la hora del aperitivo hubiese abierto las páginas
de la prensa local o regional habría podido leer, perdida entre los que en Francia son
llamados «hechos diversos», una gacetilla de pocas líneas, sin firma de redactor y que
decía poco más o menos lo siguiente:
«En la noche última, un fuerte temporal desencadenado a lo largo de nuestra
costa, y que alcanzaba hasta el sur del litoral inglés, obligó a suspender toda
comunicación por vía marítima entre Francia y Gran Bretaña. Lo que, dentro del
marco general de esta tempestad, más puede interesarnos como noticia local, es el
hecho de que el faro de B… ha quedado aislado de la costa francesa. Todo intento de
restablecer el contacto directo ha resultado fallido. Tampoco funcionan los sistemas
de comunicación entre el faro y los servicios de tierra mediante los aparatos ópticos,
luminosos o eléctricos. Ello hace temer que las condiciones de vida no sean allí muy
agradables. Mas, de todas formas, no es de creer que sus dos ocupantes corran
peligro, pues se trata de una situación transitoria y, por otra parte, no es la primera
vez que ello ocurre».
Eso es todo. Una nota de formato cuadrangular en la parte baja del periódico, a la
derecha de la página, debajo de una noticia cuyo titular exclamaba con grandes
signos de admiración y en letras de gran tamaño: «¡Un autobús con veinte pasajeros
cae a un barranco sin que se produzca un solo herido grave!».
Eso era todo. El habitante de Quimper o de Brest podía pensar, a lo sumo, que a él
no le gustaría trabajar en un faro. Pero cada profesión tiene su riesgo. Y entonces
doblaría el periódico y agotaría con fruición, como si fuera néctar, su vaso de Pernod.
Richard Berrieux no estaba asustado. Pero tampoco se sentía tranquilo. Hay que
comprenderlo. Richard había sido mozo de almacén, cargador de muelles, marinero y
boxeador profesional; había ejercido incluso, a ratos perdidos, esa extraña profesión
—mezcla del saltimbanqui, del payaso y del atleta— que es la lucha libre. En la
Marina había soportado temporales que no eran peores que algunas de las
tempestades que había tenido que sufrir de su irascible patrono, cuando Berrieux era
[Link] - Página 235
descargador en el puerto de Brest. A veces se había preguntado frente a quién había
pasado ratos más desagradables, si frente al mar o ante Monsieur Blanchard, el
poderoso dueño de Empresas en los muelles de Brest. O cuando, golpeado por un
boxeador contundente y preciso en su punto débil —la barbilla—, Richard se
sumergía en uno de aquellos prolongados «knock-downs», aquellas caídas sobre la
lona, que eran como un preludio y un anuncio del K. O. definitivo, del fuera del
combate. Berrieux recordaba perfectamente aquella nebulosa sensación de angustia,
cuando el cerebro y los músculos fallaban y, como si un resorte se hubiera roto, se
encontraba de rodillas en el suelo o tumbado en él o apoyado en las cuerdas o
flotando en una especie de vals imaginario. Sólo una lucecita se mantenía encendida,
la de la voluntad; pero era una lucecita de poderosa fuerza y Richard, la mayoría de
las veces, se volvía a poner en pie lentamente, con un aspecto entre ebrio y
narcotizado, con un aire feroz: con la ferocidad de su titánica lucha interna reflejada
en el rostro. En realidad, la voluntad ordenaba levantarse casi sin saber por qué. Era
como un «otro yo» que funcionase separadamente del cuerpo y que le mandase
volver a la lucha. El cuerpo quizá preguntaba al cerebro por qué razón tenía que
reanudar el sufrimiento; pero el cerebro no sabía nada. La verdad es que el cerebro de
Richard nunca le había servido para gran cosa. En aquellos momentos sólo le era útil
para contestar al cuerpo que siguiese peleando, para transmitirle, como una central
eléctrica, la orden lejana recibida de aquella lucecita autónoma que seguía
funcionando como un motor separado del cuerpo y del alma. Su voluntad era cual un
robot. Tenía un plan preestablecido y lo cumplía a rajatabla; nada podía detener su
funcionamiento una vez que, a semejanza de un botón electrónico, la campana del
gong la ponía en marcha. Luego, de repente, el cerebro ya no recibía las órdenes, ya
no las transmitía y, entonces, aquel montón de vigorosos músculos quedaba tendido
en el suelo, flojo, como un muñeco de trapo sin armadura de alambre. Era increíble
hasta qué punto el cuerpo de Berrieux quedaba inerte, sin vida, sin apariencia alguna
de posibilidad de movimiento, cuando —roto un invisible muro de resistencia, un
muro del sonido muscular que estaba en alguna parte— Richard quedaba tendido en
la lona. Masa inerte rodeada de aullidos frenéticos, al igual que si cada uno de los
espectadores hubiese contribuido personalmente con un golpe a su derrumbamiento.
El bien trabado complejo de músculos luchaba siempre hasta el final y, aún entonces,
probablemente aún entonces, la voluntad continuaba transmitiendo —como buen
robot— sus órdenes inútiles. Richard Berrieux no llegaba a profundizar tanto. Nunca
profundizaba hasta ese punto. Únicamente sabía que por una falta de correlación
entre su voluntad de hierro y su mandíbula de cristal, entre el robot y los músculos,
quedaba a veces tumbado en el ring por más de diez segundos, entre una vociferante
multitud de seres civilizados. Y aún era peor cuando, al no romperse el muro de
músculo, Richard flotaba durante varios asaltos, durante muchos «rounds», en una
acción ofensiva y defensiva misteriosamente coordinada por el instinto —¿o quizá
por el cerebro, si es que realmente le servía para algo? En la larga nebulosa de la
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inconsciencia, Berrieux oía de vez en cuando el sonido amortiguado —para él
amortiguado—, extraño, de la campana y nunca sabía si el combate había terminado
o tan sólo había concluido un asalto. A veces, únicamente se enteraba en el vestuario,
cuando su cuidador le decía: «Muy bien, muchacho, has aguantado hasta el final», o
cuando, entre un rosario de insultos al árbitro, su cuidador juraba que jamás habrían
debido parar el combate por inferioridad física de su pupilo, porque Richard «aún
tenía cuerda para rato», aún era capaz su complejo de músculos de funcionar hasta el
final bajo las órdenes de la lucecita-robot. A Richard, esta es la verdad, no le
importaba mucho una u otra cosa en aquellos momentos. Percibía lo que pasaba del
mismo modo que un enfermo con fiebre alta escucha discutir a sus familiares sobre
su estado, a través de una nube mental, pensando únicamente que lo mejor sería que
se fuesen a hablar a otra habitación…
Sí, todo esto había sido desagradable, sobre todo porque había impedido que
Richard Berrieux se elevase sobre su dura condición de «docker», de descargador de
muelle, y dejase de una vez para siempre el puerto y el rostro podrido de Monsieur
Blanchard y el rostro podrido y servil de sus capataces. Ahora bien: miedo, lo que se
dice miedo, no había llegado a sentirlo nunca. Cada profesión tiene su riesgo…
Ni tampoco lo había sentido^ en la Marina, ni desde luego en la lucha libre, en el
«catch». Lo malo del «catch» había sido aquella bestial caída del ring entre dos
butacas. Lo tenían bien combinado entre él y Billy «Pantera», ex mecánico de Lille,
algo fanfarrón, pero buen chico y modo sito. Como Richard era el más ligero —
nunca pasó en boxeo del peso «welter»— era él quien, de cuando en cuando, las
noches en que tenían que «decidir» la eliminatoria de un torneo importante, salía
catapultado fuera del ring, espectacularmente. Era la parte del saltimbanqui. ¿Podrá
«Pantera» deshacerse definitivamente de Richard Berrieux o subirá éste de nuevo al
ring para aplicar su presa de cuello?, se preguntaban en la sección deportiva algunos
periodistas que ni se tomaban la cosa en serio ni acababan de tomársela a broma,
algunos de ellos, desde luego, buenos amigos de Charles Roux, promotor de boxeo y
lucha libre radicado en El Havre. En realidad, «Pantera» se deshizo de él
definitivamente. La cosa acabó allí, aun cuando «Pantera» fue el primero en
lamentarlo, ante todo porque Richard y él no eran malos amigos y en segundo lugar
porque ya empezaban a llamarle «La Catapulta del Ring» y eso le gustaba. Jamás
había conocido Berrieux persona alguna a quien agradasen más los apodos raros y
altisonantes: «Pantera», «Ciclón» (eso había sido antes), «Catapulta»… En todo caso,
Richard se vio catapultado, literalmente. Fue más allá de lo previsto y, a semejanza de
aquellos saltimbanquis que al lanzarse desde lo alto de la torre humana miden mal la
distancia y chocan contra el borde de la pista del circo, Berrieux cayó de espaldas
entre dos butacas y golpeó pesadamente su nuca contra un saliente. Estuvo mucho
tiempo inconsciente, al borde de la muerte. Y Richard dejó la lucha libre. Cada
profesión tiene su riesgo…, pero no es lícito incrementarlo caprichosamente.
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A pesar de todo, quizás abandonó porque, en el «catch», aquel extraño robot que
Berrieux tenía por voluntad no funcionaba en absoluto. Quedaba al margen. Sólo el
cerebro transmitía órdenes y el músculo las ejecutaba. La voluntad quedaba fuera.
Nada ni nadie apretaba el botón electrónico de su funcionamiento. Y la voluntad se
abstenía de intervenir. Por ello, si se producía dolor o inconsciencia, Richard
abandonaba o era vencido. Y la voluntad seguía extrañamente inhibida.
Sin duda, para Richard el boxeo era algo congénito, existía una afinidad directa
entre su alma, su voluntad, y aquel singular combate de fuerza y habilidad. Quizás,
además del dinero necesario para elevarse por encima de la condición de los
cargadores de muelle, buscaba Richard una íntima satisfacción personal, una
satisfacción del orgullo o de la vanidad. Pero cuando Richard, el vencido testarudo,
ya no encontró combates de boxeo, su voluntad se inhibió. Como él decía «ya no
ponía corazón». Y el «catch» le proporcionó, durante cierto tiempo, un suplemento de
dinero. Pero nada más. Era como un trabajo de «docker» mejor pagado. No otra cosa.
Por ello, cuando el doctor Gaussin indicó el grave peligro —mortal— de una nueva
contusión en la nuca, Richard dejó su profesión de las horas extras. Y es que la
voluntad (o, como él diría, el corazón) seguía ausente. Pero no tuvo miedo, ésa es la
verdad. La vida de Ricchard le había acostumbrado a todo, especialmente a la dureza.
La vida era como una guerra en la que siempre tocaba perder y donde, de cuando en
cuando, se moría. Sin construcciones filosóficas desde luego, simplemente como un
hecho. Algo que pasaba, lo uno y lo otro: el perder —o el ganar a veces— y el morir.
La Marina mercante vino luego y Richard fue aquí donde se desenvolvió con
mayor éxito. Aceptó el riesgo sin preocupaciones, como algo natural. Sin embargo, lo
más importante fue que su voluntad empezó a funcionar algo; con la luz a medio
apagar, pero algo. Y sólo cuando así sucedía Berrieux podía salir a flote, como
cuando —siendo boxeador— surgía de las aguas profundas de un «knock-down» y se
ponía de nuevo en guardia, asombrosamente.
Lo que complicó todo fue aquella chica. Richard en realidad nunca se había
enamorado en el verdadero sentido de la palabra. Acaso él pensaba lo contrario, mas
su noción de las cosas era un poco indeterminada. Con aquella chica fue diferente.
Richard pensaba sólo en desembarcar para poder verla. No se trataba de Santa Juana
de Arco, desde luego, pero esto no preocupaba a Berrieux: primeramente, porque lo
único que sabía Richard de Juana de Arco es que la habían quemado los ingleses y, en
segundo lugar, porque ninguna de sus novias anteriores se parecía tampoco
demasiado a la doncella de Orleans. En todo caso, la voluntad de la muchacha era tan
férrea como la de cualquier heroína histórica. O Richard quedaba en tierra de modo
fijo o habían terminado. La verdadera razón estribaba en qué «Nancy» —éste era su
nombre de guerra, como lo era «Pantera» para el mecánico de Lille—, cansada de ir
de hombre en hombre como una mariposa de larga vida, no estaba dispuesta a tener
que ir ahora de puerto en puerto, cuando por fin había encontrado un solo hombre.
Richard tenía ya más de 30 años: por una vez en su vida meditó, todo lo que podía
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meditar, ante la exigencia de Nancy. De ahí que, por un largo camino de papeleo y
pruebas de capacitación —largo y extraño camino para Richard—, hubiese pasado al
Servicio de faros. Lo paradójico fue que, cuando por fin comunicó a Nancy la gran
noticia, ella decidió la ruptura definitiva, porque —según decía— un faro no era más
que un barco embarrancado. Si se consideraba fríamente el lugar donde Berrieux se
hallaba en aquel momento, quizás el juicio no fuese muy inexacto. Únicamente se
podía llegar a él en lancha, estaba rodeado de rocas, de arrecifes y cuando —como
hoy— se desencadenaba un temporal, las feroces aguas del Atlántico barrían la
plataforma o camino de ronda del faro cual si fuese el puente de un buque encallado,
inmóvil e indefenso.
Richard pensó en todo esto, en todo lo que pudo pensar de todo esto, y se dijo que
sólo llevaban veinticuatro horas aislados del mundo por las olas y que la cosa no era
para tanto. Pero se sintió intranquilo. Acabó su ronda exterior y su repaso de las
instalaciones —¿para qué, si apenas funcionaban?— y entró en el interior del faro,
sentándose calladamente. Luego, con cierta precaución absurda e inexplicable,
levantó poco a poco los ojos y contempló al «viejo» lean, al torrero que pronto
tomaría el camino del retiro y que se encontraba al otro lado de la redonda estancia,
de la linterna del faro, aquella jaula de hierro y cristal que Richard llamaba «la
cristalera».
Jean Duchêsne, con su pelo casi blanco, con su pesado cuerpo apoyado en una
mesa, mascullaba en voz baja imprecaciones y frases ininteligibles. Su mirada estaba
turbiamente fija en los cristales a través de los montantes metálicos, como si a través
de ellos viese algo más que el temporal o, mejor dicho, más que la noche incipiente.
Como si viese algo que Richard no pudiese alcanzar.
Y ahora sí, esta vez sí, sin saber por qué, de una manera ilógica, incomprensible,
Richard Berrieux tuvo miedo. Un miedo irracional. El miedo químicamente puro.
Y cuando un hombre tiene miedo sin saber por qué, entonces se pone a pensar en
cualquier cosa. No sólo para olvidar su miedo, sino también porque le es imposible
pensar sensatamente en un miedo desconocido. Solamente siente la presión de su
dedo frío en la garganta, de su dedo impalpable: únicamente esa presión en el
gaznate.
—Un faro en un islote… —dijo Richard en voz apenas perceptible.
Y al oírse a sí mismo miró desconcertadamente al «viejo» Duchêsne. Más éste no
le hizo el menor caso; siguió mascullando por bajo su misterioso rosario salpicado de
maldiciones. Estaban simétricamente situados en los dos lados de un diámetro teórico
que pasase por el centro de la linterna, de la «cristalera». Como dos pájaros
melancólicos y medio locos encerrados en una enorme jaula de metal y vidrio. Una
jaula rodeada por el foso gigantesco del mar que rugía a sus pies, entre los arrecifes
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invisibles, entre la lluvia espesa, entre y por encima del rumor del viento, entre uno y
otro estampido de los truenos, bajo una música de fondo inacabable y amenazadora.
Sí, un faro en un islote era como un barco varado: «Nancy» tenía razón. La
cabeza de Richard era un torbellino dentro del cual giraban desordenadamente
algunos de los conocimientos que habían tenido que ser machacados dentro de su
cerebro cuando se preparaba para su actual oficio… El faro de la isla Vierge, cerca
del Aber-vrach, no muy lejos de Brest —con sus 75 metros de alto… El faro aislado
de Armen— ¿dónde diablos se hallaba éste?, desde luego en un islote batido por las
olas y habían tardado 13 años en construirlo… El faro de la isla… —¿qué faro?, ¿y
qué le importaba a él?… Esta «cristalera» era como una caverna colgante, como una
horca de vidrio, era…
De un salto, Berrieux se puso en pie. Al igual que si hubiera oído la campana
anunciando el principio de un «round» y ello hubiese encendido automáticamente la
lucecita de su voluntad-robot. Berrieux no era hombre para quedarse sentado
pensando. Se dirigió sin vacilar a Duchêsne, caminando rectamente sobre el diámetro
teórico de la estancia circular, con la misma seguridad que si su línea estuviese
pintada en el suelo. El cuerpo de Richard estaba algo encogido y, mientras su mano
izquierda protegía el estómago, la derecha se mantenía a la altura del costado, presta
a golpear. Insensiblemente, la lucecita-robot había colocado a sus músculos en la
actitud que otrora adoptaban al iniciar los «rounds» en sus días faustos: en una
posición de guardia abierta, atacante. Y es que en la mente oscura de Richard, más
allá de su escaso razonamiento, el instinto de luchador repetía algo que acababa de
descubrir. Él, Richard Berrieux, estaba en peligro. No sabía por qué. Pero Berrieux
únicamente conocía un sistema de defensa frente a cualquier peligro: el de su probado
estilo de boxeador combativo. Probablemente era incongruente y absurdo;
probablemente el peligro —si lo había— no podía ser ahuyentado con los puños y
con el débil maxilar castigado en decenas de combates. Ahora bien: un lobo sólo sabe
defenderse con sus dientes, una serpiente con su picadura mortal, Richard Berrieux
con sus apretados nudillos.
Y allí, mientras el mar seguía rugiendo su sinfonía monótona, mientras el agua y
el viento azotaban la alta torre redonda, Richard atravesó rectamente la linterna hacia
la figura casi inmóvil, casi indefensa, de aquel viejo mascullante… Como un gallo de
pelea que prepara sus espolones y su pico ante una amenaza. Y mientras su puño
derecho, sin saber por qué, se contraía convulsivamente contra su costado, Richard
seguía sintiendo en su gaznate el dedo del miedo, en una presión leve pero angustiosa
que aceleraba su respiración.
Jean Duchêsne le miró como si no le viera y volvió inmediatamente sus ojos hacia el
mar a través de los cristales. Richard quedó allí parado un momento, sin modificar la
posición de su cuerpo y de sus manos. Alto y ligero, tirante como un alambre a punto
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de romperse, Berrieux tuvo la sensación de girar en el vacío mientras el veterano
torrero le volvía la espalda. Resistió unos segundos la espesa tensión y luego,
inarticuladamente, gritó:
—¡A la cámara de servicio!
La pesada espalda de Duchêsne giró sobre sí misma y dos ojos sin mirada se
clavaron en Richard. Era como si contemplasen algo a través de él. La voz que le
contestó —neutra y lejana— parecía provenir de una tercera persona.
—Vaya usted —dijo la voz—. Ésta es mi noche.
—¡Si es su noche, tiene que ir a la cámara de servicio! —replicó Richard, cual si
repitiese fuera de tiempo una lección trabajosamente aprendida en la escuela.
Hubo una, breve pausa, mientras los ojos vacíos miraban a Berrieux.
—Es mi noche, mi última noche; déjeme en paz. Yo me quedo aquí.
Richard le cogió violentamente por los hombros y le levantó de su asiento.
—¿Qué demonios le pasa?
Dos pesadas manos, dos tenazas, asieron las muñecas de Richard y,
retorciéndolas, las separaron de los hombros con una lentitud deliberada. Richard
estaba aprisionado y se sentía casi impotente cuando, de un modo súbito, el viejo le
soltó y se abalanzó sobre un cristal.
—¿Lo ha visto ahora? Nieve. Es como aquella noche.
Berrieux no había visto nada. Le dolían las muñecas y estaba furioso. Pero no se
movió. De Duchêsne emanaba como una fuerza magnética. Instintivamente, Berrieux
se colocó en guardia otra vez, más cerradamente, como si esperase un ataque.
Pasaron unos segundos y Richard, de nuevo, se sintió girar en el vacío; mas esta vez
no gritó ni trató de zarandear a Duchêsne.
Era algo así como una lucha sutil e incomprensible, al igual que si estuviese
fraguándose un combate entre los dos hombres sin que ninguno de los dos tratase de
realizarlo. La potencia física, a la vez organizada y ciega, de Richard daba vueltas
sobre sí misma; la fuerza magnética de Duchêsne se vertía hacia el mar, cual si
desafiase a los elementos. Y sin embargo, se forjaba una lucha inútil e irrazonada
entre ambos, como si se tratase realmente de dos pájaros locos encerrados en una
cristalera combatiendo cada uno por su cuenta contra la nada. Y como si,
forzosamente, hubiesen de colisionarse en su lucha ciega y divergente, de igual forma
que chocan entre sí dos vertiginosos peces rojos en una pecera demasiado pequeña.
Entonces, lentamente, como si en un resquebrajado dique se abriese una grieta sutil y
empezase a escapar de modo suave —pero de forma incontenible— el agua
almacenada durante años, Duchêsne se puso a hablar, a hablar, con una voz sorda y
neutra que no venía de él, sino de más allá —a través de los cristales—, que venía del
cántico también sordo e incesante del mar:
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—Fue una noche como hoy. Relámpagos y nieve. ¿Los ha visto usted juntos
alguna vez? —no esperó la respuesta—. Había ese mismo rumor de llamada, ese grito
ahogado de las viejas cavernas. Y mi nieto y yo quedamos absortos, mirando
fijamente la tempestad…
La voz seguía y seguía y Richard Berrieux se preguntaba qué nieto estuvo allí y
cuándo y por qué y cómo. Mejor dicho, no se lo preguntaba, pero lo habría hecho si
hubiese sido capaz de reflexionar adecuadamente.
—… mi nieto y yo, siempre quietos, como dos pájaros hipnotizados por una
serpiente. Hubo un relámpago cegador y salimos los dos a la plataforma. El agua
resbalaba sobre nuestros impermeables, azotaba nuestros rostros. El viento nos
aplastaba contra la pared del faro. Yo no sé por qué estábamos allí, mi nieto y yo. No
lo sé. Percibíamos quizás el grito ahogado de las cavernas… ¿No lo oye usted ahora?
Esta frase fue como un latigazo que sacudió al entumecido Berrieux. Miró al
viejo con estupor. Los brazos de Richard colgaban como armas inútiles y sus dedos
entreabiertos eran un resto de naufragio de la cerrada amenaza de sus puños. Ahora,
pareció despertar. Sin embargo, Richard no dijo nada y Duchêsne continuó hablando.
Mejor dicho, Richard volvió a escucharle de nuevo, porque la hendidura del agrietado
dique se iba agrandando más y más y por ella fluía incesante el rumor de aquella
charla átona y obstinada, acumulada durante años, condensada en largas esperas,
como el agua estancada…
—… estábamos allí, como dos avecillas atraídas por una serpiente, y la mano
abierta de mi nieto me enseñó unos copos de nieve: «Mira», me dijo. Y me los quiso
dar, mientras los copos le escapaban, fundiéndose entre sus dedos. El viento seguía
prensándonos contra el muro circular y permanecíamos en aquel sitio, inmovilizados
por su fuerza y por algo dentro de nosotros mismos que nos mantenía inertes. No sé
el tiempo que pasó. Yo creo que fueron horas. Pero me pareció que transcurrían días
enteros. Oscureció. Y…
El viejo dio un bote hacia delante y Richard retrocedió bruscamente y se encontró
a sí mismo en cerrada guardia, con los puños convulsos cubriendo su frágil mentón.
—¿Lo ha visto ahora? —aulló Duchêsne, con la cara pegada a los vidrios, los
ojos fijos en la tempestad—. …Nieve. Relámpagos y nieve.
Pero Berrieux no veía más que la negra cortina de agua, cada vez más espesa.
Había visto, eso sí, el fogonazo de un relámpago. Relámpagos y la lluvia, una cortina
inextricable, porque estaba acabando de oscurecer.
Sin mayor transición, Duchêsne volvió a sentarse y su dique interior,
definitivamente roto, siguió soltando palabras y palabras almacenadas, un chorro
sordo que recibía Richard en pleno rostro, tal una ducha adormecedora.
—Entonces mi nieto empezó a oír, a entender verdaderamente la llamada de las
cavernas… —Berrieux, en pie, inmóvil, parpadeó inquieto—. Sólo algunos elegidos
pueden ir a ellas, a vivir eternamente entre sus algas… Nadie puede oponerse sin
morir. No puede, no debe impedirse que el elegido acuda a su llamada y viva para
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siempre con la frente en las algas, con el salitre en sus labios. Es un privilegio —hizo
una corta pausa y, como si este punto fuese particularmente penoso para él, añadió
con voz más débil— …un doloroso privilegio. Y extraño… muy extraño. Pero,
¿quién puede oponerse a este designio? Yo lo hice y nada conseguí. Es decir,
conseguí morir: porque yo estoy muerto por dentro… Sólo espero mi día —y
aquellos ojos lejanos, neutros, vacíos, que miraban más allá y venían de más allá, se
fijaron mortecinamente en las pupilas de Berrieux.
Richard observó cómo se iban aflojando sus músculos, progresivamente
paralizados. Él no estaba armado para enfrentarse con esta clase de riesgos. Sintió
que la paralización le subía por el pecho, cual una descarga eléctrica apenas
perceptible y notó cómo la descarga se detenía en su garganta y se apoyaba un
momento allí, mezclada y confundida con el miedo, con la presión de su dedo sutil.
No obstante, hubiera conseguido poner en marcha su bien trabado complejo de
músculos, si aquella voz no hubiera seguido hablando. Pero la voz continuó. Y el ex
boxeador, con su guardia baja, igual que en los momentos que precedían a sus fuera
de combate, no se movió. Absorto e hipnotizado. Hipnotizado como un pájaro ante
una serpiente.
—Yo hubiera debido comprender —reanudó Duchêsne, como una máquina
infatigable—. Pero no comprendí. Yo hubiera debido bajar con él. Pero no entendí la
llamada. Y luché. Y le hice sufrir. Y en definitiva, estoy muerto. Pronto tendré la
corona de algas en mi frente y el salitre en mis labios.
La máquina parlante proseguía. Porque ahora ya no era el fluido deslizar del
líquido desbordante, del ruinoso dique, con el cántico del agua por fin liberada.
Ahora no. Era tan sólo como una antigua letanía, penosa y obligada, como un disco
usado que sonase con esfuerzo, movido por una máquina sin freno sin posibilidad
alguna de detenerse hasta el momento de su propia destrucción.
—Cuando mi nieto hubo comprendido bien, se abalanzó contra el pretil de la
plataforma e hizo intención de arrojarse al mar. Su estado de marasmo había
desaparecido, sustituido por una extraña excitación. Yo me sentía aún paralizado y
entumecido, pero mi pasión por el muchacho me hizo reaccionar. De un salto me
situé a su lado y, cogiéndole por los hombros, le obligué a virar sobre sí mismo —
Duchêsne se contempló aquellas manazas de hierro que habían inmovilizado a
Berrieux, se las contempló mientras las hacía girar lentamente ante sus ojos, de
izquierda a derecha y de derecha a izquierda, simétricamente. Luego, continuó—.
Todo fue entonces muy rápido. Yo golpeé al muchacho en la cara y aún recuerdo su
expresión de asombro, mientras la sangre le nacía de la nariz y se mezclaba en su
rostro con el azote de la lluvia. Le volví a golpear más abajo, en el pecho, en el
estómago; sin embargo, no cayó. Se encogió un poco, como un animal herido, pero
siguió en pie. Fue inevitable que yo me relajase. Era mucho más fuerte que el chico y
tenía que haberle aturdido. Además, cada manotazo que daba en su cuerpo retumbaba
en mi corazón, que se contraía dolorosamente… Sus palabras me llegaron a través del
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viento y de la lluvia de los relámpagos y de la nieve (porque yo sentí la nieve en mis
mejillas). Me llegaron como una voz más de la tormenta, como la llamada de las
cavernas: «Vámonos juntos, abuelo», me dijo. Yo meneé la cabeza de lado,
obsesionado, aterrorizado sin saber exactamente por qué; dispuesto en todo caso a
retenerle junto a mí. La voz aquella que salía de la tormenta, y que parecía en parte la
de mi nieto, volvió a hablarme, mientras el muchacho apoyaba su espalda en el pretil
y se recuperaba poco a poco de la paliza recibida: «Nos llaman a los dos, abuelo:
¡vámonos!». Volví a negar con la cabeza, sin comprender lo que él me decía
(entonces yo no entendía), pero sin moverme. De repente, de un modo violento,
aquella forma delgada y sin potencia saltó hacia mí y recibí en plena cara un puñetazo
vigoroso, inexplicablemente vigoroso… No pude comprender su fuerza, aquella
fuerza que se descargó en mi barbilla —hizo una pequeña pausa—… sí, creo que fue
en la barbilla. Entonces no podía entenderlo. Ni tampoco sus últimas palabras,
aquellas palabras de despedida que pronunció al pegarme y que quedaron grabadas
para siempre en mi mente…
El viejo disco sonaba ahora dificultosamente, dolorosamente. Pareció que había
llegado a una parte ya gastada y, aunque seguía girando, no se captaba nada de su
misterioso rosario apenas mascullado; sólo algunas imprecaciones sueltas. Como si,
dando vueltas y más vueltas durante años en la oscura habitación del cerebro, el
cansado disco se hubiese visto brutalmente rayado por las internas sacudidas del
dolor. Pero la máquina parlante no tenía freno. Únicamente podía detenerla su propia
destrucción. Y el disco giraba y giraba, de un modo ininteligible:
—… grabadas para siempre… se me han repetido durante años…, «ven
pronto»…, pero yo no he ido…, «ven pronto»…, yo tenía, sin embargo, que esperar
mi llamada…, sólo pueden ir los elegidos…, es un privilegio, un extraño privilegio…
Richard escuchaba inmóvil, absurdamente quieto, como un pájaro paralizado ante
el dulce silbido mortal de la serpiente. Sin embargo, el rayado del disco vino en su
ayuda. El suave silbido mortal era ahora intermitente y Berrieux, con un esfuerzo
sobrehumano, tendió las cuerdas de sus músculos, enderezó su torso y, casi como un
endemoniado, sacudió a Duchêsne.
—¡Cállese! ¡Estoy harto! —le zarandeaba frenéticamente, cual si quisiera romper
de una vez la máquina parlante.
Sería mejor decir que trató de zarandearle, porque las manos-tenaza del viejo
volvieron a aprisionar sus muñecas y, otra vez lentamente, otra vez retorciéndolas, las
separó de sus hombros. Luego las soltó y se encaró con Richard, brillándole ahora
inusitadamente los ojos.
—¡Déjeme en paz! Hoy es mi día, hoy he oído la llamada de las cavernas. Usted
no me cree porque no me entiende. Yo tampoco comprendí. Pero el chico cayó al
agua desde aquí arriba, desde esta inmensa altura, y no se estrelló contra las rocas,
porque su cuerpo nunca apareció aunque yo lo busqué desesperadamente desde el
segundo día, cuando vinieron a rescatarme y me hallaron tendido aquí. Y decían que
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era seguro que lo devolvería el mar… Lo decían en el Servicio… —la voz perdió
volumen y el disco, otra vez en marcha, continuó sobre un pasaje que al parecer no
estaba gastado aún:
—Yo caí ahí, detrás de donde está usted, detrás de esa puerta metálica cerrada que
lleva a la plataforma del faro, al camino de ronda. Me derrumbé de espaldas,
pesadamente. Pensé que había resbalado, pero no: el puñetazo que recibí era
vigoroso. Al caer, me di en la nuca y permanecí inconsciente dos días. Debí morir.
Tenía que haber muerto: era lo justo. Nadie debe tratar de impedir que esto ocurra y
yo lo había hecho. Pero… —hizo una pausa imperceptible para tocarse suavemente
detrás del cuello, con su mano de gorila—… tengo una nuca irrompible. Tropecé
contra un saliente de la base de la puerta, con una fuerza capaz de fracturar un trozo
de hierro. Sin duda me salvé porque yo también había sido llamado, pero no lo
entendí. Y he tenido que esperar años. Ya creí que no me llamarían. ¡Estaban a punto
de retirarme del Servicio de faros! —contempló a Richard con sus ojos otra vez
vidriosos, que miraban a través de Berrieux—. El muchacho me espera. Yo le he
visto en su caverna, entre las algas, blanco como un trozo de alga secada al sol, con
los labios llenos de puro salitre; le he visto, pero no he podido entrar; he nadado horas
enteras. Y ahora podré entrar. Ahora, voy a entrar.
Las últimas palabras habían sido dichas con un fuerte tono de voz, un tono que se
elevaba a medida que, como impulsado por una fuerza misteriosa, Duchêsne se iba
alzando en su asiento. Y el efecto de su voz de volumen creciente, unido a su lento
levantarse, creaba la impresión de que la figura chaparra de Duchêsne se agigantaba,
se agigantaba, hasta ser más alta que la Berrieux.
Lo que ocurrió después fue una sucesión de cosas, todas ellas rápidas, casi
simultáneas. En cierto modo afortunadas para Richard, porque tuvieron la virtud de
arrastrarle al único terreno donde sabía defenderse. Sucedió así: en primer lugar se
detuvo el gastado disco, quizá ya concluido; en segundo lugar, Duchêsne adelantó el
cuerpo y, para abrirse paso, acometió de frente a Richard con su pesado puño («golpe
en el plexo solar», le habían dicho a Richard que se llamaba cuando era pugilista;
pero esta clase de ataque no le preocupaba mucho).
Fue bastante, sin embargo, para quitar de en medio a Berrieux y para que
Duchêsne se abalanzase literalmente hacia la puerta que estaba situada tras de
Richard. Pero fue suficiente también para devolver a Berrieux a la realidad: de
repente dejó de flotar en una extraña nube, cesó de experimentar el raro
encantamiento y su lucecita-robot se puso en marcha. En un perfecto
desencadenamiento de sus reflejos condicionados, todo entró en movimiento en
Richard: su juego de piernas, haciéndole dar un salto de lado para evitar un nuevo
choque; su guardia peleona y abierta de los días faustos, ayudándole a buscar los
puntos débiles de su adversario; y, sobre todo, la íntima satisfacción de pisar con
ambos pies, con todo el cuerpo, aquel terreno tan suyo, aquella singular forma de
combate que tenía con su naturaleza profunda una misteriosa correlación: el boxeo.
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Después de varios años de enmohecimiento, su voluntad-robot funcionaba
nuevamente de un modo perfecto, la lucecita estaba encendida. Y Richard, ágil,
rápido, preciso, saliendo de las brumas de una incierta pesadilla, se sentía por primera
vez feliz y ligero, seguro de sí, dueño de su propio campo de acción.
La lucha fue rápida y no tuvo historia. Como boxeador Richard hubiese llegado muy
lejos sin su maldita fragilidad. Y aquí no tenía enfrente a ningún profesional.
Dejó pasar por su lado el pesado vendaval de Duchêsne y le martilleó en el
costado antes de que pudiera revolverse. Duchêsne forcejeó con la puerta y Berrieux
sintió de pronto en el rostro el beso refrescante de la lluvia, que entraba a raudales.
Los dos hombres se encontraron fuera, en la plataforma, frente a frente, con el ruido
de su pelea totalmente amortiguado por la sempiterna música de fondo de la
tempestad. Berrieux golpeó a su antagonista en el estómago y luego en la cara y,
mientras el viejo quedaba —ahora él— como paralizado, volvió a golpearle en la cara
y en el estómago con una furia que sólo hubiese justificado la disputa de un título de
campeón… O quizá Richard luchaba contra sí mismo, contra aquel animalillo
hipnotizado, que había sido, contra aquella pesadilla que le había envuelto
largamente, contra la presión del miedo, la delicada y angustiosa presión de su dedo
en el gaznate.
Y cuando hubo castigado repetidamente a Duchêsne en la cintura y en el rostro, el
viejo se dobló sobre sí mismo, se apoyó de espaldas en el pretil del faro y se quedó
allí inmóvil, igual que cuando años atrás Berrieux se apoyaba en las cuerdas,
descansando en ellas para no caer. Y Richard recordó sus viejos días de pugilista y su
lucecita-robot funcionaba mejor que nunca, cual si en ella se concentrase toda la
inteligencia posible de Richard —que, desde luego, no era mucha.
Berrieux se adelantó y contempló el rostro pálido de Duchêsne. Tenía que acabar
con la pelea. Tenía que dar el golpe definitivo y llevarse adentro a aquel viejo loco.
Se adelantó lentamente y preparó su derecha para rematarle.
Cómo sucedió, Richard nunca lo supo. Recibió el puñetazo en la cara cuando se
adelantaba. Quizá resbaló —a él se lo pareció y, en realidad, era casi un milagro
mantenerse de pie en aquel sitio y en plena lucha. En todo caso, aquel viejo agotado y
maltrecho, machacado por los puños expertos, tuvo aún fuerzas, inexplicablemente,
para aplicar a Richard un potente puñetazo en directo, para vapulearle con una de
aquellas manazas suyas de gorila.
Berrieux sufrió el impacto en pleno mentón. En aquella maldita mandíbula de
cristal que le había impedido elevarse sobre la condición de descargador de muelles.
Sintió inmediatamente la sensación de mareo, de flotamiento, que conocía tan bien y,
deslizándose como un patinador sobre el pavimento de hierro resbaladizo —¿acaso
había algo de nieve bajo sus pies?—, se desplomó pesadamente hacia atrás. Como un
saco, ésa era la expresión que utilizaban cuando él caía en el ring de El Havre o de
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Lille. Así cayó. Como un saco. Y hacía atrás. Chocando contra un saliente de la base
de la puerta, en plena nuca. En aquella maldita nuca que le había impedido seguir
luchando contra «Pantera» y escapar de su ingrato trabajo de «docker»…
Quedó inmóvil, con el rostro hacia arriba. Hubiera estado mirando a las estrellas
si el temporal hubiese dejado la más pequeña posibilidad de verlas. Quedar tumbado
de cara a las estrellas es una hermosa posición para un boxeador derribado. Y ser
boxeador era lo más hermoso para Richard.
Si el empedernido lector de periódicos y no menos empedernido bebedor de Pernod
hubiese abierto un ejemplar de la prensa regional o local al cabo de pocos días —
poco importa cuántos— habría encontrado otra vez una gacetilla referente al faro de
B… Esta vez la tipografía era más espectacular. La noticia alcanzaba una cierta
notoriedad; pero, la verdad sea dicha, no resultaba muy ilustrativa. Y por ello, el
habitante de Brest, de Quimper o de Morlaix, hubiese leído primero la información
con cierto interés y se habría finalmente encogido de hombros, mientras saboreaba,
como si fuera néctar, su Pernod.
Porque la noticia decía, poco más o menos, así:
«Como es sabido, hace varios días y tras diversos intentos, se consiguió por fin
enlazar por barca con el faro de B… Hoy podemos ya proporcionar detalles
completos sobre el asunto, una vez concluida la investigación abierta por el señor
Juez Instructor y las diligencias de la policía judicial. Cuando desembarcó el grupo de
rescate existía cierta inquietud, dado el largo aislamiento y el prolongado silencio.
Esta inquietud se hallaba desde luego justificada, ya que en el faro sólo fue
encontrado uno de sus dos ocupantes, Richard Berrieux, y éste yacía muerto, de
espaldas, al pie de una puerta metálica abierta posiblemente por la propia tempestad.
Berrieux, actualmente en el Servicio de faros, fue en otros tiempos un boxeador
mediocre y, con posterioridad, había arrastrado su decadencia por los rings mediante
la práctica de la lucha libre con figuras de segunda categoría. Ni en el rostro del
cadáver ni en el resto de su cuerpo existía señal visible alguna que pudiese indicar a
la policía lo ocurrido, ni tampoco la autopsia ha revelado nada de particular,
limitándose a precisar el forense que Berrieux había sufrido una grave contusión en la
nuca con subsiguiente hemorragia interna, probable causa de su muerte; es de
suponer pues, que, al tratar de dominar el furioso temporal, resbalase y cayese por sí
solo, hiriéndose mortalmente. En todo caso, terminada la información judicial, y sin
que a ello se opusiera el señor Fiscal, el fallecimiento del ex boxeador ha sido
atribuido a un desgraciado accidente provocado por la violencia de la tempestad. En
verdad, hasta tal punto fueron extraordinarios los trastornos causados por los
elementos desencadenados que han sido encontrados fragmentos de alga marina, aún
frescos, en la linterna o habitación circular principal del faro, justamente en el dintel
de la puerta frente a la cual estaba tendido el cadáver de Berrieux y poco más o
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menos a la altura de su frente. Ello parece increíble dada la gran altura de la torre,
pero las olas alcanzan a veces proporciones gigantescas y sin duda insospechadas por
los propios entendidos.
»En cuanto al veterano Jean Duchêsne, quien tenía provisionalmente (por unos
días) el mando del faro, no ha podido ser hallado rastro de él. Debió verse abalanzado
al mar por encima del pretil o parapeto de la plataforma, aunque a primera vista no
semeje posible caer por allí, dada su altura y condiciones de seguridad. Las conjeturas
de los expertos no han conducido a nada práctico y en el procedimiento judicial
seguido sobre este asunto se le tiene por muerto, quizás ahogado o —más
probablemente— estrellado contra los arrecifes. Lo singular es que su cadáver haya
desaparecido totalmente porque, según los entendidos, dadas las características del
lugar y sus corrientes, era seguro que lo devolvería el mar. No obstante ha sido
perdida ya toda esperanza a este respecto y el señor Juez ha dado por concluida su
actuación.
«Señalemos para terminar, al margen de la investigación oficial, que al decir de
algún anciano pescador de la costa existen en los alrededores del faro unas cavernas
submarinas, inexploradas e inaccesibles, y que el cuerpo de Duchêsne pudo haber
sido arrastrado por el mar hasta alguna de ellas. Pero los buzos que de manera
incansable han trabajado en la zona lo niegan rotundamente. Allí no hay cavernas:
únicamente arrecifes y algas, bosques de algas capaces de rechazar por sí solos todo
intento de penetración de un cuerpo humano».
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LUCHA LEAL
Cornell Woolrich
Alrededor de las diez de la noche del día en que se inicia esta historia, Terry se apeó
de un taxi y entró en el hotel. Se dirigió a la conserjería y preguntó:
—¿En qué habitación está Mike?
—¿Mike qué? —respondió el conserje evasivamente.
Terry mostró su 2941.
—Este Mike.
—Está en el quinto piso, en la suite del rincón —dijo entonces el conserje.
Terry subió y llamó respetuosamente a la puerta. Casi cariñosamente. No como
llamaba a veces a otras puertas.
Otro detective abrió inmediatamente, como si hubiese estado esperándole. Se
saludaron con un simple gesto: estaban tan acostumbrados a trabajar juntos, que el
volver a encontrarse era una rutina.
—¿Qué ha estado haciendo? —preguntó Terry, en el mismo tono que hubiera
utilizado para preguntar por Dios.
—Ha dormido un poco. Luego ha estado viendo la televisión. Ha pedido otra
botella —respondió su compañero, inclinando la vista al suelo y sacudiendo la cabeza
con aire compungido—. Procura evitar que beba más, si puedes.
Cuando los hombres se muestran tiernos, la ternura de las mujeres no puede
compararse con la suya. La ternura de las mujeres está en las pequeñas cosas, en sus
dedos, en sus manos. La ternura de los hombres es más semejante a una llama de
devoción, ardiendo vorazmente hacia algún caudillo, algún ídolo, algún jefe. Sucede
principalmente en grupos tales como los ejércitos en tiempo de guerra, y en aquella
otra guerra entre la policía y sus eternos adversarios.
—Es imposible, a estas alturas tendrías que saberlo —gruñó Terry, enojado ante
lo que interpretaba como torpeza de su compañero.
—Pero, ¿cuánto va a durar, a este paso? Día y noche, noche y día. Ni siquiera los
médicos pudieron hacer nada por él cuando estuvo en el hospital. Una botella tras
otra, y toda la noche despierto, maldiciendo y golpeando la cama con el puño en su
frustración y su furor.
—Sabes tan bien como yo lo que necesita. Eso es lo que le está recomiendo.
Cuando lo tenga, dejará de beber y de rabiar, y será un hombre distinto. —La
Mandíbula de Terry estaba rígida por el odio. Un odio secundario al principio, pero
ahora tan ardiente como el de Mike y el del resto de ellos. El frustrado odio de la
traílla cuando el conejo les ha burlado y, sin embargo, permanece a la vista,
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inasequible e inmune. Y cuando la traílla resulta ser la policía, desacostumbrada a
tales retos, resulta algo terrible. Mil años de inteligencia humana, los mejores
cerebros de la raza, han contribuido a la creación de la policía, y un hombre solo no
puede alzarse contra ella, por rico que sea, por listo que sea. No, no morirá. No
morirá hasta que lo tenga.
—Me gustaría que lo consiguiera —dijo el otro—. Quisiera verle morir en paz,
morir dichoso, si es que tiene que morir.
—A todos nos gustaría —dijo Terry en tono reverente—. En su época fue el
número uno. Ya no surgen hombres como él. Le quiero como a un padre. Le quiero
más que a un padre. Quiero que consiga lo que desea. Quiero dárselo. Quiero ser el
que se lo dé. —Se golpeó el pecho con el pulgar—. Yo.
En sus ojos había una luz casi de fanatismo, de apasionada devoción a un
caudillo.
Súbitamente, la puerta del dormitorio dio paso a un rugido. El rugido de una voz,
humana, pero semejante a la de veinte toros.
—¿Quieren dejar de cotorrear como un par de comadres? —inquirió la voz—.
¡Terrance! ¡Venga aquí!
El otro detective cerró silenciosamente la puerta detrás de él y se marchó. Terry
entró en el dormitorio y se quedó en pie junto al umbral, en posición de firmes.
El hombre sentado en la cama era un hombre alto, robusto, que había cumplido
los sesenta. Un lado de su rostro había sido marcado por un golpe, pero no estaba
paralizado, únicamente un poco distorsionado. Podía moverlo libremente cuando
hablaba, o utilizaba su mandíbula, o hacía algo con los ojos. Parecía tener la piel
estirada por la mano de un invisible barbero. Un rostro congestionado por el odio y
por el whisky. El odio estaba también en sus ojos. Unos ojos terribles. Tan cargados
de odio, que parecían odiar todo aquello sobre lo cual se posaban: incluso una mesa,
incluso una silla. Pero esto se debía únicamente a que estaban saturados; en realidad,
sólo odiaban una cosa en el mundo. Una cosa: un hombre.
—¡Déjese de pamplinas! —gruñó, aludiendo a la posición de firmes de Terry—.
Ya no estoy en servicio activo, y usted lo sabe.
—Para mí lo estará usted siempre —dijo Terry respetuosamente—. Siempre y
siempre, a pesar de lo que diga el escalafón.
—Sí —replicó Mike secamente, en uno de sus raros momentos de calma—. Les
envían a ustedes aquí, por turno, para que me sienta mejor, supongo. —Su voz rugió
de nuevo—: ¡No les necesito! ¡No necesito a ninguna niñera que se siente junto a mi
cama y juegue al ramiro conmigo! Denme lo que quiero. ¡Atrapen a ese hombre! —
Tuvo que interrumpirse para recobrar el ritmo normal de su respiración. Luego
continuó, con más lentitud y en tono más bajo—: Ahí fuera, en este mismo pasillo, a
tres o cuatro puertas de distancia del lugar en el cual estamos hablando…
—Lo sé —dijo Terry pacientemente.
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—¡Bueno, entonces lo oirá una vez más! —estalló Mike—. Detrás de aquella
puerta hay un hombre que se mueve de un lado para otro, se pone de pie, se sienta,
libre y tranquilo, tomándose lag cosas con mucha calma, riéndose para sus adentros,
no sólo de mí, sino también de usted y de todos nosotros…
—No está tan tranquilo —dijo Terry rencorosamente—. Cada minuto de su vida
es un infierno. El aire que respira está impregnado de temor. Siempre ignorando lo
que va a pasar… Apuesto que hay momentos en que se cambiaría de buena gana con
el más miserable de los vagabundos, con tal de verse libre de nosotros.
—Eso no es suficiente —dijo Mike, con voz casi angustiada—. Quiero verle
tendido en el suelo, molido a palos hasta que su cuerpo no sienta los golpes. Y luego
ver cómo se recupera, y golpearle más, y más, y más. Quiero pisotearle con mis
propios pies. Quiero escupir en su boca abierta y silenciosa.
Se interrumpió, jadeante. Las emanaciones de su odio llenaron el aire de la
habitación, inodoro hasta entonces, y ahora tan tóxico como el monóxido de carbono.
—La tentativa con el taxi-fantasma fracasó —observó Terry, en tono lúgubre al
cabo de un par de minutos.
—Frank me llamó y me lo dijo, mientras ustedes estaban al acecho. Todo lo que
intentamos fracasa. Es algo inexplicable. Ese hombre debe poseer un sexto sentido.
—Tiene una mente muy ágil —admitió Terry—. Se comprende. Ha dispuesto de
tres años y medio para desarrollarla. Pero en ese caso concreto sucedió algo que no
podíamos prever. Estábamos aparcados a media manzana de distancia, sin perder de
vista la entrada del hotel, con el taxi para junto a nosotros, dispuesto a ponerse en
marcha a la primera señal. El hombre salió y echó a andar por la acera. Entonces le
hicimos una seña al taxista. La situación era ideal: no había ningún otro taxi a la
vista, ya que en aquella hora concreta, y en aquella concreta parte de Nueva York,
escasean mucho. Además, el único edificio de apartamentos de la calle es éste. Fíjese
bien. Sólo este edificio de apartamentos. Súbitamente, una muchacha surge de él, al
parecer con mucha prisa por llegar a alguna parte. Echa a correr hacia el taxi,
adelantándose al tipo. Pero el taxista, siguiendo nuestras indicaciones, no le hace caso
y se arrima a la acera para que pueda subir el tipo. Éste no se da cuenta de la
maniobra, al parecer, y sube al taxi. Dos manzanas más allá, una luz roja detiene al
vehículo. El tipo, entretanto, debió olerse algo. Y supongo que el nerviosismo del
conductor contribuyó a hacerle entrar en sospechas. Hay mucha gente que no puede
disimular su miedo. Son capaces de hacer frente a un hombre armado con un
revólver, pero en cuanto se les menciona un peligroso desequilibrio mental se
descomponen. Es un temor supersticioso a lo desconocido, un instinto atávico latente
aún en muchas personas. Sea como sea, un billete de dólar cae sobre el asiento
delantero, la puerta se abre y vuelve a cerrarse, y el tipo se ha apeado. No hay nada
que el conductor pueda hacer para retenerle. Y, de todos modos, está demasiado
asustado para intentar algo. De manera que tenemos que presenciar, impotentes,
cómo el tipo recorre las dos manzanas, de regreso al hotel, y vuelve a refugiarse aquí.
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—¿Cree que sabía algo? —inquirió Mike.
—Desde luego. No ha vuelto a salir.
—Es listo —gruñó Mike—. Casi puede leer los pensamientos. Puede verle a uno
en la oscuridad como un gato.
—También nosotros somos listos —dijo Terry en tono rencoroso—. También
nosotros podemos ver en la oscuridad como los gatos, como los tigres. Y le
superamos en número.
—Ha dispuesto de tres años y medio para aguzar sus facultades.
—Nosotros hemos dispuesto de treinta, sesenta, ciento veinte años —le recordó
Terry. Se apartó súbitamente de la ventana a través de la cual había estado mirando—.
Vamos a cazarle con una chica. Voy a intentarlo con una chica.
—Ese truco ya ha sido utilizado.
—¿Cómo? ¿Mediante una llamada por teléfono, en la cual una melosa voz de
mujer le invitaba a reunirse con ella en un lugar determinado? ¿Haciendo que una
chica espectacular llamara a su puerta, fingiendo que se había equivocado de
habitación? La muchacha a que me refiero es distinta. Ya lo verá.
Se acercó al teléfono y marcó un número. Cuando obtuvo la comunicación, dijo:
—Puede usted venir. La estamos esperando.
Nada más.
Mike continuaba respirando trabajosamente. Respirando ruidosamente, como un
caballo.
—Tómeselo con calma, Mike —dijo Terry—. La chica no tardará en llegar.
—No puedo esperar —se lamentó Mike—. Estoy sufriendo. El odio llega a
convertirse en un dolor físico.
Se sirvió medio vaso de whisky y lo apuró de un trago. Tenía la frente enrojecida
y sudorosa. Se la enjugó con la manga.
Terry se sentó repentinamente, levantó una pierna, se quitó el zapato, lo puso
boca abajo e hizo caer una piedra diminuta.
—Me ha estado fastidiando todo el día —observó—. Y hasta ahora no había
tenido ocasión de librarme de ella.
Luego volvió a ponerse el zapato.
Llegó la muchacha. Era espectacular. Pero su calidad superaba a su aspecto. No
había en ella nada de vulgar: ni en su modo de hablar, ni en su modo de andar, ni en
su modo de vestir. Cualquier hombre se hubiese sentido orgulloso de llevarla del
brazo, luciéndola por la calle. Llevaba un vestido negro, sin mangas y muy escotado
por delante y por detrás, aunque no hasta el punto de resultar indecoroso. La única
joya que lucía era un pequeño reloj de pulsera, atado con un cordón negro alrededor
de la muñeca. Incluso su maquillaje era discreto: una leve sombra de rimmel en los
ojos y un tono suave en los labios. En cuanto a su perfume, era de aquellos que sólo
se perciben cuando la persona que lo lleva ha abandonado la habitación.
La muchacha tenía «clase», indudablemente.
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Un tipo especial de muchacha, para un tipo especial de hombre. Un notable tipo
de hombre.
—Dese la vuelta —dijo Terry, en tono impersonal.
—Ahora, dese la vuelta por el otro lado.
—Ahora, ande hacia allí.
—Ahora, vuelva.
Terry miró a Mike.
Mike se limitó a sacudir la cabeza.
—Será un golpe muy fuerte para él.
La muchacha no sonrió ni reaccionó en ningún sentido. Mike no le estaba
dirigiendo un cumplido, sino estableciendo un hecho.
—Ahora, mucho cuidado —le advirtió Terry a la muchacha.
—Siempre tengo cuidado —dijo la joven, con cierto femenino desdén.
—Un paso en falso, y puede usted echarlo todo a rodar…
—Nunca doy un paso en falso… cuando hay un hombre de por medio.
—No va a vérselas usted con un vulgar donjuán. Ese hombre es educado, y ha
acumulado bastante dinero como para hacer que la gerencia del hotel se lo piense dos
veces antes de permitir que le saquemos de aquí a la fuerza y correr con ello el
peligro de una sustanciosa reclamación por daños y perjuicios. Esa clase de
publicidad perjudicaría sus relaciones públicas. De modo que ese hombre vive aquí
en una especie de inmunidad, a menos que cometa alguna infracción. Y aquí está el
problema. No comete ningún error. Tres años y medio de doble juego le han enseñado
a ser prudente.
—En cierta ocasión le estaba vigilando desde un coche —intervino Mike
rencorosamente—, cuando no se había encerrado aún en su habitación a cal y canto.
Le vi cruzar la calle sólo para echar un paquete de cigarrillos vacío en una papelera,
en vez de dejarlo caer en el suelo.
—Tenemos un expediente completo sobre él, empezando con la acusación
original que disparó todo el caso…
—¿Por qué no la utilizan?
—Las pruebas son demasiado circunstanciales. El más completo de los
expedientes no significa nada sin la prueba de un hecho definido, concreto, punible
por la ley. Si le cogemos con las manos en la masa en una transgresión, por pequeña
que sea, el resto será coser y cantar.
El sonido de los dientes de Mike al rechinar pudo ser claramente oído en toda la
habitación.
—Tal como están las cosas ahora, él no puede salir y escapar, y nosotros no
podemos sacarle de aquí. Es un callejón sin salida. Nosotros estamos a un lado de la
puerta, y él al otro. Tenemos que introducir a alguien al otro lado, con él, pero que
trabaje para nosotros. Es lo único que nos permitirá atraparle, ¿comprende?
—Comprendo —dijo la muchacha en voz baja.
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—Ahora ya tiene una idea de la tarea que le espera. Tendrá que luchar contra una
mente inteligente, muy despierta, pero algo desequilibrada, según todos los indicios.
Mike rugió furiosamente.
—¿Por qué dorarle la píldora? ¡Ese tipo es un loco peligroso!
—No quería asustarla demasiado —contemporizó Terry.
—Puede verse liada con un individuo que está loco de atar, y es mejor que lo sepa
—replicó Mike.
Por un instante, los ojos de la muchacha se agrandaron. Fue la única señal de
temor que dio. Luego dejó caer sus párpados sobre ellos.
—Todos los hombres enloquecen, más o menos… cuando una se acerca
demasiado a ellos —dijo, en tono pensativo.
—No tenga miedo. Nosotros la cubriremos. Estaremos al alcance de su voz.
—A veces, eso puede ser terriblemente lejos —dijo la muchacha.
—Ese tipo ha cometido actos por los cuales le hubieran lapidado en la época
bíblica —rezongó Mike.
—No la desanime —suplicó Terry.
—No se preocupe —dijo la muchacha—. ¿Y en caso de que consiga entrar en la
habitación con él?
—Tendrá que dejarse guiar por el instinto. Lo esencial es que se gane su
confianza. Lo demás vendrá por sí mismo.
—¡Oh, querida! —gimoteó Mike, con típico sentimentalismo gaélico—. Te
compraré una sarta de perlas…
—No uso joyas —dijo la muchacha en tono grave—. En la vida que llevo,
constituyen un riesgo.
Abrió la puerta.
—Será mejor que empiece —dijo. Luego se volvió hacia los dos hombres—.
Recen por mí —añadió, antes de cerrar la puerta detrás de ella.
Lo dijo con una sonrisa, pero no estaba bromeando.
La joven llamó a la puerta con aire decidido, como cuando se llama a la puerta de la
casa de un amigo de cuya buena acogida no se duda.
El hombre que acudió a abrir no era viejo, pero lo parecía. Llevaba el pelo muy
corto, a la altura de las cerdas de un cepillo de dientes gastado. Sus profundas ojeras
hablaban de interminables noches de insomnio. Tenía un aspecto tenso y agotado al
mismo tiempo. No en aquel preciso instante, sino de un modo permanente.
—¿Sí? —fue todo lo que dijo. E incluso aquel corto vocablo estuvo lleno de
ansiedad.
—Me ha costado horrores encontrar tu habitación —dijo la muchacha, empujando
la puerta antes de que el hombre pudiera evitarlo y colándose en la estancia.
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—Creo que se ha equivocado… —dijo el hombre, volviendo la cabeza, puesto
que la muchacha estaba ahora detrás de él.
—¿No lo recuerdas? Abajo, en el bar, hace un rato… Dijiste: «Sube a tomar una
copa, y así podremos conocernos mejor». Ya estoy aquí. Sírveme algo.
La puerta del cuarto de baño se abrió inesperadamente. Una mujer hizo su
aparición en medio de la incipiente crisis, fría e indolente. No era una muchacha, pero
su aspecto continuaba siendo satisfactoriamente joven. Tenía aquel aire distinguido
que sólo se adquiere con una buena educación.
Miró al hombre.
—¿Qué sucede? —inquirió, en tono tranquilo—. ¿Qué es lo que quiere esa joven?
—Por lo visto, me ha confundido con alguien que pretende haber conocido en el
bar…
—¿Cómo podías haber estado allí? Ni tú ni yo nos hemos movido de esta
habitación desde las ocho…
La muchacha giró rápidamente sobre sí misma, como una danzarina, y
desapareció con la misma celeridad con que había entrado.
El hombre permaneció en pie junto a la puerta, helado, como si una serpiente
hubiese caído inesperadamente sobre su hombro desde alguna parte, y luego se
hubiera deslizado hasta el suelo sin causarle daño.
Terry tuvo que pedir ayuda para sujetar al robusto y excitado Mike y empujarlo hacia
la cama, de la cual había saltado al enterarse de lo que había ocurrido. La llamada a la
conserjería le había costado un considerable esfuerzo, ya que tuvo que sujetar a Mike
con un brazo mientras manejaba el teléfono con el otro. Cuando llegó la ayuda, en
forma de un hombrón de cincuenta años, la cosa resultó más fácil. Entre los dos
consiguieron dominar los ímpetus de Mike. Pero lo hicieron de un modo
respetuosamente pasivo, sin utilizar los brazos para empujarle. En realidad, Terry se
limitó a utilizar su espalda como una barrera de contención clavando los pies en el
suelo y empujando hacia atrás. La masa tripartita de figuras guardaba cierto parecido
con el clásico grupo estatuario de Laocoonte, salvo que éstas no eran de mármol, ni
permanecían inmóviles, ni iban desnudas. Finalmente, por medio de una serie de
sacudidas, primero a un lado y luego al otro, consiguieron situar a Mike dentro de la
órbita del lecho, del mismo modo que un par de hombres hubieran podido mover un
frigorífico u otro objeto igualmente pesado sin ruedas. Súbitamente, Mike dejó de
luchar y se dejó caer pesadamente sobre el borde de la cama.
—No se excite, Mike —suplicó Terry—. No le hará ningún bien.
—Sé lo que me conviene, mejor que cualquiera de ustedes —gruñó Mike.
Terry vertió un poco de whisky en un vaso y se lo ofreció a Mike, el cual se lo
devolvió inmediatamente, arrojándole el líquido a la cara.
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Terry se frotó el rostro con la manga. Por un instante, las gotas pegadas a su
mentón asumieron el aspecto de una extraña barba formada de abalorios. En su rostro
se reflejaba la expresión del hijo dócil que acaba de ser abofeteado y acepta la justicia
del castigo, incluso sin saber exactamente por qué ha sido castigado.
El empleado del hotel se había retirado.
Terry esperó a que la respiración de Mike recobrara un ritmo más normal antes de
arriesgarse a una segunda tentativa.
Esta vez, Mike se bebió el whisky sin rechistar. Su rostro recobró lentamente el
color.
—¿Quién es ella? —preguntó, soltando el vaso—. ¿Cómo ha entrado allí? Creí
que tenían controlado todo el edificio. ¿Cómo ha podido colarse?
—No ha sido culpa nuestra, sino fruto de una ciega coincidencia, una de esas
cosas que ocurren de cuando en cuando y que no hay modo de evitar, debido a que
son completamente imprevisibles. Es una antigua amiga suya. No vino a verle, ni
siquiera sabía que vivía aquí. Vino a ver a otra persona, a una amiga. Y debió
encontrarse con él cara a cara en uno de los pasillos del hotel. El hotel está lleno de
pasillos, y no podemos cubrirlos todos. Él le daría el número de su habitación. Y
luego, al despedirse de su amiga, iría a charlar con él de los viejos tiempos. Nada de
sexo, no es una mujer de esa clase. No había ningún motivo especial para sospechar
de ella; pudo subir en el ascensor en compañía de otras personas, y pasar inadvertida.
Ha sido otra de esas inesperadas casualidades, Mike. Como la de aquella muchacha
con el taxi.
—Siempre le favorece una de esas casualidades —dijo Mike torvamente—. Por
espacio de tres años y medio le han favorecido, una y otra vez. Hasta el punto de que
me pregunto a mí mismo: ¿quién es el que castiga, y quién el castigado? ¿Quién tiene
la razón de su parte, y quién está en el error?
Por un instante, pareció que iba a echarse a llorar. Pero no lo hizo.
—Tiene la suerte de los malditos. Ha adquirido un sexto sentido que le protege.
—No, Mike, no la tiene. E incluso la suerte de los malditos se acaba algún día.
—Lo quiero —susurró Mike, con la terrible irrevocabilidad de un último
sacramento.
—Lo tendrá usted, Mike —dijo Terry en voz baja, apoyando su mano en el
hombro de Mike, como para hacer más firme su promesa—. Lo tendrá.
Mike salió para su revisión médica bimensual en el Hospital Francés el lunes, a
primera hora de la mañana, tambaleándose desde el hotel hasta el automóvil negro
que aguardaba junto a la acera, como un enorme oso de Alaska mantenido en pie a la
fuerza. Terry le sostenía por un brazo y un compañero suyo por el otro, mientras
Mike se deshacía en imprecaciones contra el enemigo al cual estaba volviendo
temporalmente la espalda. En el último momento, quizás recordando días más felices,
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se libró con una impaciente sacudida de los dos hombres que le sostenían y recorrió
el resto del camino solo, con un desdeñoso:
—Andaba solo antes que ninguno de ustedes dos viera la luz del día, y continuaré
andando solo cuando ustedes dos descansen en la sepultura que aguarda a todos los
hombres.
El automóvil se hundió ligeramente bajo su peso.
—Es todo un hombre —dijo el compañero de Terry con admiración.
—Nunca veremos otro igual —asintió Terry.
El automóvil dio la vuelta alrededor de los macizos de tulipanes situados en el
centro de la parte inferior de Park Avenue, dobló una esquina y se perdió de vista. El
hospital se encontraba casi en línea recta con el hotel, pero separado de él por la
anchura de la isla, en el West Side.
Mike saldría del hospital el miércoles a las nueve. Lo cual daba a Terry cuarenta y
ocho horas para obrar por su cuenta. Mejor dicho, veinticuatro horas, ya que debería
repartirse la guardia.
Disponía de veinticuatro horas para obrar por su cuenta. Dio media vuelta y entró
en el hotel, solo.
Esperó hasta las diez, como si aguardara alguna señal que los demás no podían
captar. Cuando la oyó, se puso en pie bruscamente, salió de la habitación, cruzó el
pasillo y se encaminó hacia aquella otra puerta.
En el suelo, junto al umbral, había una cafetera y una taza sucia puestas sobre una
bandeja. Se oía un zumbido como el de un moscón contra el cristal de una ventana.
Una máquina de afeitar eléctrica.
Terry volvió sobre sus pasos, esta vez más lentamente, matando el tiempo.
Un camarero salió del ascensor y recogió la bandeja. Cuando Terry se acercó de
nuevo a la puerta, el zumbido había cesado.
Esta vez llamó.
Llamó de un modo especial. Sin agresividad ni timidez. Como un hombre
llamando a una puerta conocida, ni más, ni menos.
—Una voz dijo:
—¿Sí?
—Deseo hablar con usted un momento —dijo Terry.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de usted.
No ocurrió nada.
—De usted… y de mí —añadió Terry.
Tampoco ahora ocurrió nada.
—En beneficio mutuo —dijo Terry.
Nada, todavía. Pero el simple hecho de que no hubiera respuesta, demostraba que
la mente del hombre le estaba dando vueltas a la situación.
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—No le engaño, es en beneficio mutuo —insistió Terry—. Pero no puedo decir
nada más desde aquí fuera.
Finalmente, la puerta se abrió, no para permitirle entrar, sino para permitir al de
dentro echarle una ojeada.
El hombre dejó la cadena puesta. El incidente con la muchacha había extremado
su prudencia.
Terry se movió con mucho cuidado. Con la misma lentitud con que se avanza
para no asustar a un pájaro o una mariposa. Sacó su cartera, la abrió y dejó que el
hombre viera su placa de detective. Luego habló rápidamente, ya que la cara del
hombre se había ensombrecido.
—No le exijo que me deje entrar. Es usted quien debe decidirlo, por su libre
voluntad.
Y después añadió, en voz muy baja:
—Le prometo que no voy a tocarle.
Tal vez aquello diera resultado. Quién sabe…
—Pero, es usted un polizonte.
—Pertenezco a la policía —admitió Terry—. Pero me gustaría tener algo más
nuevo que un Dodge del sesenta y uno.
La puerta se cerró. Cayó la cadena. La puerta volvió a abrirse. Terry entró.
Primera etapa.
Terry señaló una mesita situada en el centro de la habitación.
—¿Puedo acercarme a aquella mesa?
El hombre asintió, pero no pareció comprender a qué estaba asintiendo.
Terry se acercó a la mesa y se volvió de espaldas, de modo que la vista del
revólver no asustara al hombre. Dejó su arma sobre la mesita y se volvió.
—Esto es para que confíe usted en mí —dijo—. Ahora estoy desarmado.
Cachéeme.
El hombre vaciló.
—Insisto.
El hombre le tocó en los diversos lugares donde podía llevar un revólver.
—Ahora podemos hablar.
El hombre miró a la puerta.
Terry captó el significado de aquella mirada y se acercó a la puerta, echando la
cadena y dando una doble vuelta a la llave. Luego volvió a enfrentarse con el hombre.
—Así estaremos a salvo de cualquier interrupción —dijo—. No puedo
arriesgarme a que me vean aquí con usted.
El hombre no dijo nada.
—Tiene que aprender a confiar en mí —añadió Terry—. Hasta que lo haga, lo que
yo diga no tendrá ningún sentido.
Era evidente que el hombre no confiaba en Terry. Sus ojos oscilaban como dos
pequeños metrónomos, atrás y adelante, atrás y adelante, listos para saltar alarmados
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al primer movimiento sospechoso.
—Sabe usted perfectamente lo que ha hecho —continuó Terry—. Durante años
enteros ha figurado en la nómina de uno de los «gangs» más peligrosos de esta
ciudad, a pesar de pertenecer a la policía. Cuando se preparaba una operación de
limpieza, alguien avisó a los delincuentes. ¿Quién pudo haber sido? Se sospechó de
un hombre, pero su culpabilidad no pudo ser demostrada. Sin embargo, el traidor
ignoraba que el hijo de Mike tomaría parte en la operación. Y recibió un balazo, y
murió. El tipo que disparó contra él fue a la silla eléctrica hace años. Pero el
verdadero causante de aquella muerte fue expulsado del cuerpo, simplemente, sin que
se especificaran los motivos de aquella expulsión. Y con un montón de dinero sucio
esperándole.
Escupió en el suelo con compasión.
—Mike no tiene ahora ningún hijo —añadió—. Pero no ha olvidado. Y usted no
podrá ganar, a menos que pacte conmigo.
Los ojos se habían inmovilizado repentinamente.
Terry continuó, hablando en voz baja y muy lentamente:
—No tengo que decirle a usted cuál es su situación, pero de todos modos lo haré.
No puede salir de aquí. Está atrapado, como en la Edad Media, cuando un individuo
se refugiaba en una iglesia —un santuario—, y no podían entrar a buscarle porque el
hacerlo hubiera significado profanar la iglesia. De modo que esperaban fuera, hasta
que el hambre u otra circunstancia le obligaba a salir. La situación actual es muy
parecida, excepto que la iglesia es ahora un hotel, cuyo propietario tiene una
considerable influencia en las altas esferas, y no quiere que le saquen a usted a la
fuerza, a menos que se le acuse de un delito concreto. Y no sólo por la desfavorable
publicidad que representaría para el establecimiento, sino también por el peligro de
una eventual reclamación por daños y perjuicios. Puesto que no podemos acusarle de
un delito previsto en el Código —se trata más bien de un caso de supuesta
depravación moral—, las altas esferas han de esperarle a usted fuera. Mientras no
cometa usted ninguna infracción (y, por lo que hemos visto hasta ahora, se anda usted
con pies de plomo), la situación continuará inalterable, ya que al hotel le interesa
prolongarla. ¿Dónde podría encontrar un huésped que paga quinientos dólares
mensuales por una de sus habitaciones y que está prácticamente atado al hotel por el
resto de su vida natural?
Terry miró al hombre con una expresión de curiosidad.
—Es el caso más raro que se ha producido en muchos años: en nuestros archivos
no hay constancia de nada semejante.
Sin decir una palabra, el hombre sacó una botella de Courvoisier de un mueble
bar y se sirvió una copa.
—Tal como están las cosas —prosiguió Terry—, puede decirse que la situación se
encuentra… estabilizada. Pero esto no durará mucho. Dentro de unos cuantos meses,
o de un año, teniendo en cuenta lo que es la naturaleza humana, se hallará usted a
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merced de cualquier empleado del hotel, puesto que todos ellos saben que le tienen
sobre un barril de pólvora y que no puede escapar. Le faltarán al respeto, empezarán a
robarle cosas… ¿A quién va usted a quejarse? ¿A nosotros? Hasta que un día, una
pizpireta doncella entrará en su habitación con la mano extendida y le dirá:
«Quinientos dólares, por favor, o empiezo a gritar y diré que ha tratado usted de
abusar de mí». Tendrá que pagar, no le quedará otra salida. La cosa se repetirá, sólo
que la segunda vez serán mil dólares. Le sangrarán hasta agotar su cuenta. Y entonces
el hotel le echará a los lobos.
El hombre mantenía ahora los labios fuertemente apretados. En sus ojos había una
expresión desolada.
—Ahora, permítame que le describa la otra cara del cuadro. Tiene usted bastante
dinero para vivir como un rey el resto de su vida, en cualquier parte del mundo, París,
Roma, Río de Janeiro… Una vez allí, estará a salvo hasta cierto punto. No existe
ninguna base jurídica para una demanda de extradición. Lo único que podemos hacer
es sugerirles a las autoridades que su catadura moral es más que dudosa y que no le
pierdan de vista. Si la policía empieza a importunarle, lo único que tendrá que hacer
es trasladarse a otro lugar. Al menos no se verá usted confinado en un hotel, como
aquí. Y existen algunos lugares donde se encontrará completamente a salvo de toda
molestia. Tánger era uno de esos lugares, no sé si continúa siéndolo. Y aquel dominio
de Arabia donde se ocultó Eichmann antes de trasladarse a Buenos Aires: Kuwait. Y
Andorra, en los Pirineos. Pero, aunque tenga que andar continuamente de un lado
para otro, precedido siempre por su reputación, el dinero le facilitará las cosas. En el
mundo actual, el champaña es tan bueno en un lugar como en otro, las muchachas son
tan bonitas en un lugar como en otro, los coches deportivos son tan rápidos en un
lugar como en otro.
Terry se interrumpió y miró al hombre a los ojos.
—¿Le he mentido a usted? —inquirió—. ¿Le he dicho la verdad, o no?
El hombre inclinó la cabeza en silencioso asentimiento.
—Ahora, el problema estriba en que pueda salir del país. Con la vigilancia de que
es objeto, le resultará casi imposible.
El hombre asintió sombríamente, como si el problema no fuese nuevo para él.
Encendió un cigarrillo, o trató de hacerlo. El pequeño cilindro blanco vibró como un
martinete de fragua entre sus labios. Finalmente, tuvo que tirarlo.
—Yo puedo ayudarle a salir del país.
Se produjo un largo silencio. Dos mentes midiéndose una a otra. Dos pares de
ojos escrutándose. Dos pulsos latiendo con la misma emoción: una tensa esperanza.
Pero una esperanza que procedía de dos direcciones distintas.
—¿Cuánto?
—Una buena pregunta. Veinte mil dólares.
Otro prolongado silencio.
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Terry llevaba ahora quince o veinte minutos en la habitación. Durante aquellos
quince o veinte minutos, el hombre sólo había pronunciado dos frases: «Pero, es
usted un polizonte» y «¿Cuánto?». De pronto rompió a hablar:
—Le doy a usted el dinero. Y luego me detienen en el aeropuerto. ¿Qué pasa?
Pues que usted tiene veinte mil dólares y yo estoy preso.
—No se precipite. Puede darme el dinero cuando esté ya en el avión.
—Eso no representa ninguna garantía. Tendrá usted que acompañarme. Y en
cualquier momento puede obligarme a entregarle el dinero. Va usted armado.
—Puedo proporcionarle un revólver. Esto nos dejaría en igualdad de condiciones.
—Entonces podrían detenerme, basándose en la ley Sullivan.
—El revólver no aumentará sus riesgos. Sólo hay un riesgo, y es el de que le
impidan llegar al avión. Y yo me comprometo a evitárselo.
El hombre sacudió la cabeza con aire angustiado.
—No puedo creerlo. Hay un viejo refrán que dice: «En el amor y en la guerra,
todo es lícito». Tendría que haber otro que dijera: «Entre un policía y el hombre al
cual está persiguiendo, todo es lícito».
Terry suspiró pacientemente.
—Mire —dijo—, yo me expongo mucho más que usted. Si la cosa sale mal, lo
menos que puede pasarme es que me expulsen del cuerpo. Veinte mil dólares
representan una bonita suma para un hombre que tiene delante de él sus ascensos y su
pensión. Pero, si tiene que vivir de ellos toda la vida, sin posibilidad de encontrar un
trabajo decente, no merecen que se arriesgue un solo dedo para obtenerlos.
Dirigió una inquieta mirada alrededor de la habitación y volvió a la carga.
—Una vez esté usted en el avión, sus preocupaciones habrán terminado. Y
entonces empezarán las mías.
—Pueden detenerme en el último momento, incluso después de haberle entregado
el dinero, incluso después de haberme colocado el cinturón de seguridad.
—Estará usted protegido por partida doble. En primer lugar, para que le
detuvieran sería necesario que otros miembros del cuerpo se enteraran de su
proyectada fuga. El soplo tendría que proceder de mí, y por la cuenta que me tiene
mantendré la boca cerrada. En segundo lugar, si yo le jugara una mala pasada, puede
usted arrastrarme en su caída. No olvide que llevará los veinte mil dólares encima. Lo
único que tendrá que hacer es acusarme de cohecho. ¿Cómo podría justificar la
posesión de aquella suma? ¿Y el no haber informado a mis superiores desde el primer
momento? Es posible que eso no le sirviera de ayuda, pero yo no saldría mejor
librado desde luego.
El hombre no dijo nada. Parecía estar sopesando los pros y los contras del
problema.
Finalmente, Terry rompió de nuevo el silencio.
—El dar vueltas y vueltas no nos conducirá a ninguna parte. La única alternativa
que le queda es la de confiar en mi palabra. Piénselo. No puede quedarse aquí
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indefinidamente, ya le he explicado por qué. El final sólo podría ser uno. Como en las
antiguas películas del Oeste, tendrá que salir disparando o con las manos en alto. O
bien con los brazos atados a la espalda con una camisa de fuerza.
»Otra cosa. Si ahora rechaza mi proposición, y luego cambia de idea y trata de
ponerse en contacto conmigo, será demasiado tarde. Mi… El hombre que está por
encima de mí saldrá del hospital el miércoles, a las nueve en punto de la mañana, y en
cuanto haya salido, no habrá posibilidad de ningún arreglo.
Terry se sentó a horcajadas sobre el brazo de un sillón, con las manos en los
bolsillos, esperando una respuesta. Indiferente, seguro de sí mismo, esperando una
respuesta.
El hombre echó a andar hacia él lentamente, deteniéndose a cada paso que daba,
como alguien que no sabe lo que está haciendo, como alguien que anda en sueños,
como alguien sumergido en un torbellino del cual le resulta imposible salir. Era algo
terrible de contemplar. Avanzando un pie, y luego tratando de retroceder. Avanzando
el otro pie, y luego tratando de retroceder. Avanzando de nuevo el primer pie…
Finalmente, Terry rompió el silencio en tono apremiante:
—Bueno, ¿qué hay del asunto? ¿Va a confiar en mí? ¿O no va a confiar en mí?
Creyó que el hombre no iba a contestar nunca. Cualquiera lo habría creído. Terry
no repitió la pregunta. La había formulado una vez. Una vez era suficiente.
El hombre extendió su mano repentinamente, tan repentinamente que casi cogió a
Terry por sorpresa. Miró aquella mano. Luego la estrechó.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el hombre—. Voy a confiar en usted, y que
Dios me ayude.
Ahora era martes, el último día de gracia. Alrededor de las ocho de la noche, Terry
entró de servicio.
El hombre estaba en la habitación, con la nariz pegada a la persiana de una de las
ventanas. Los intersticios de la persiana, que estaba cerrada, formaban una sucesión
de líneas rectas superpuestas. Todos, excepto uno, el que quedaba al nivel de sus ojos.
Aquél se abría en una elipse en el centro. A cada uno de sus extremos, el pulgar y el
índice del hombre lo mantenían ligeramente abierto. Las tablillas eran flexibles y
podían doblarse.
El hombre estaba tan inmóvil como un cadáver puesto en pie, y la habitación
guardaba la misma inmovilidad. Sin embargo, flotaba en ella un aire de excitación,
una especie de tensión eléctrica. Se presentía que algo iba a ocurrir, de un momento a
otro.
La botella de Courvoisier descansaba sobre una mesa. Junto a ella había una
factura del hotel con un «pagado» en tinta de color violeta.
La puerta del armario estaba abierta, pero en su interior no había nada. Toda la
ropa aparecía tirada sobre los sillones, con los colgadores todavía puestos. Una
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maleta abría su enorme boca sobre la cama, con montones de ropa interior apilados a
su alrededor, camisas, calzoncillos, pijamas… La pantalla del televisor estaba
encendida, pero el sonido había sido cortado. Una muchacha peinaba silenciosamente
sus cabellos, primero a un lado, y luego al otro. Después llegó un hombre y la besó,
como resultado directo de su peinado.
(La advertencia de Terry había sido: «Cuando se disponga a marcharse, deje el
televisor encendido. Su reflejo se ve desde la calle. Lo sé porque lo he visto con mis
propios ojos. Si pasa algún coche patrulla creerán que continúa usted en la habitación.
Eso puede proporcionarnos un par de horas más de ventaja»).
Llamaron a la puerta, y la cargada tensión del cuarto estalló súbitamente. El
hombre se volvió al oír el sonido, y su rostro tenía el color de la plata, brillante y gris.
Hizo un sobrehumano esfuerzo para dominar el temblor de sus rodillas y se acercó a
la puerta.
—Cleary —dijo una voz confidencial, al otro lado.
El hombre abrió la puerta.
Terry entró y volvió a echar la cadena. Los dedos del hombre estaban demasiado
descoordinados para que pudiera esperarse algo de ellos.
—Creí que me había dejado usted en la estacada —dijo, el hombre con voz
jadeante.
—Cuando hago un trato, me atengo a él —replicó Terry.
Sacó de su bolsillo una bolsa de papel de color oscuro y depositó su contenido
sobre la mesa. Era un revólver.
El hombre retrocedió instintivamente, como si lo que acababa de aparecer sobre
la mesa fuera una enorme tarántula negra.
—Ya le dije que le conseguiría mi revólver.
Los ojos del hombre hicieron una pregunta a Terry, sin formularla con los labios.
—No importa cómo ha llegado a mi poder. Dispongo de medios para obtener las
cosas que quiero. Tal vez se lo ocupé a alguien que no tenía derecho a llevarlo… y
luego me olvidé de entregarlo. Él no va a denunciar que le han quitado un revólver. Y
usted puede dejarlo caer en el mar en pleno vuelo, y asunto concluido.
El hombre contemplaba el arma fijamente, casi como si nunca hubiera visto una
de tan cerca.
—Cójalo —le estimuló Terry.
El hombre no hizo ningún movimiento.
—Haga lo que le digo —insistió Terry—. Pero no toque el gatillo: está cargado.
El hombre cogió el revólver, tímidamente al principio, y luego cerró los ojos
alrededor del arma con más fijeza, y pareció sopesarla. De todos modos, cuando
volvió a dejarlo sobre la mesa no pudo evitar un suspiro de alivio.
A continuación, Terry sacó de uno de sus bolsillos un sobre abierto.
—Aquí está el billete de avión que mandó reservar usted. Nueva York-Zurich, sin
escalas. Vuelo nocturno, esta noche. Disponemos todavía de una hora y veinte
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minutos…
—¿Ha ido a buscarlo usted mismo? —preguntó el hombre, con los ojos
agrandados por la sorpresa.
—Hubiese sido demasiado arriesgado: podían identificarme más tarde. Esperé
fuera, y cuando vi salir un mensajero de la Western Union le abordé, di el nombre de
usted, pagué el importe del billete y le entregué un dólar de propina. Me pareció que
era lo más seguro.
El hombre miró el billete como un condenado a muerte miraría la llave de la
puerta de su celda puesta súbitamente en su mano. Luego lo dejó sobre la mesa, junto
al revólver.
—¿Tiene usted el pasaporte en regla? —inquirió Terry.
—Lo renové hace un año y medio, antes de que la red se cerrara a mi alrededor.
Tiene validez para otros seis meses.
—Cuando quiera renovarlo, preséntese en el consulado norteamericano del lugar
donde se encuentre —le recordó Terry—. No hay ningún cargo oficial contra usted,
de modo que no le pondrán impedimentos. —Dirigió una mirada penetrante al
hombre, y añadió—: Ahora, ocupémonos de lo más importante. ¿Qué hay del dinero?
¿Siguió usted mis instrucciones?
—Hice lo que usted me dijo.
—¿Salió bien?
—No hubo ninguna pega. Me lo enviaron por medio de un cobrador. Llegó
acompañado por un guardia armado.
—Les vi entrar y les vi salir —dijo Terry desdeñosamente.
—En cuanto se hubieron marchado, separé veinte mil dólares: están en el bolsillo
interior de mi chaqueta. El resto se encuentra en aquel maletín; tengo la llave colgada
al cuello con una cadenita de metal.
Terry se encaminó hacia la puerta.
—¿Qué va usted a hacer? —preguntó el hombre, sobresaltado—. No he
preparado aún mis cosas.
—Sólo quiero cerciorarme de que el camino está despejado.
Abrió parcialmente la puerta, sacó la cabeza y un hombro por la abertura y
escrutó el pasillo.
No había nadie a la vista.
Terry volvió a cerrar la puerta y echó la cadena. Luego, sin volverse, de modo que
su propio cuerpo ocultara lo que estaba haciendo, sacó su revólver y dio media
vuelta. Inesperadamente, pero sin el más leve indicio de excitación. Con la misma
naturalidad con que alguien se vuelve para decir algo a la persona que se encuentra
detrás de él.
El hombre estaba iniciando un viaje diagonal desde una de las butacas a la maleta,
con un par de trajes en las manos. Terry disparó contra él sin que se alterara un solo
músculo de su rostro, y le alcanzó en plena frente, entre los ojos.
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Los dos trajes cayeron al suelo hacia adelante, uno después de otro, pero el
impacto de la bala proyectó al hombre hacia atrás: estaba muerto antes de caer. La
cosa había sido tan rápida, que en su rostro no había siquiera una expresión de
estupor. Parecía haberse quedado apaciblemente dormido.
Por fin había encontrado la paz. Por fin había encontrado el descanso. Por fin se
encontraba en un lugar donde la policía no podría perseguirle.
Terry se movió rápidamente, con la agilidad de un animal joven. El joven animal
humano que mata. Sin un solo gesto inútil. Con el ritmo de un metrónomo, el ritmo
de lo macabro.
Soltó el revólver y se quitó la chaqueta.
Sacó el colgador de uno de los trajes tirados sobre una butaca y colgó en él su
propia chaqueta.
Suspendió el colgador del borde de un cuadro colgado en la pared, a la altura del
hombro. Luego ahuecó una hombrera de la chaqueta, de modo que formara una
especie de bolsa, en vez de colgar desmadejadamente de la percha.
A continuación cogió el otro revólver, el que él había traído, apuntó a la chaqueta
y disparó. Era un blanco difícil, pero no imposible para un policía. Dio en el lugar
exacto: debajo mismo de la hombrera, previamente ahuecada. La bala atravesó la tela
y se clavó en la pared.
Terry tiró el revólver, todavía humeante, sobre el hombre muerto; no importaba
dónde cayera.
Luego cogió una lima de uñas del tocador y hurgó con ella en su propio hombro.
La lima rajó su camisa y tal vez deshilachó ligeramente la capa superior de su piel.
Se quitó rápidamente los cinco dedales de goma de color carne que llevaba
puestos y los introdujo en su bolsillo; los médicos los utilizan para realizar ciertas
operaciones exploratorias, pero suelen llevar solamente uno, en el dedo índice; Terry
los había llevado en los cinco dedos. Eran bastante fáciles de obtener.
Por entonces, el teléfono estaba ya sonando y en el pasillo se oía un rumor de
voces.
Terry descolgó la chaqueta, sacó la percha y se puso de nuevo la prenda.
Luego se acercó a la puerta y la abrió de par en par, con la misma mano con que
sostenía el revólver.
Había un grupo de personas que se mantenían a una distancia prudencial,
temiendo acercarse, ignorando lo que sucedía. Cuando vieron a Terry, el protector, el
representante de la ley, dejaron escapar un audible suspiro de alivio. Sus rostros
volvieron a reflejar la confianza.
Luego, Terry localizó a su compañero, que en aquel preciso momento hacía su
aparición detrás del grupo, y le gritó, exultante de alegría:
—¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! ¡Llama a Mike al hospital y dile que lo conseguí!
¡Dile que fui yo, Cleary!
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Y mucho después de que su compañero se precipitara al teléfono para dar la
noticia, y mucho después de que su compañero hubiera terminado con el teléfono y
los engranajes de la Ley empezaran a girar, Terry continuaba paseando de un lado
para otro y gritando «¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí!».
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Notas
[Link] - Página 267
[1] Famosos psiquiátricos ingleses. (N. del E. D.) <<
[Link] - Página 268
[2] Veldt, sabana africana. (N. del E. D.) <<
[Link] - Página 269
[3] La corte del rey Arturo se encontraba en Tintagel. <<
[Link] - Página 270
[Link] - Página 271
[Link] - Página 272