Ministerio Sacerdotal
Ministerio Sacerdotal
mgm m
MINISTERIO
SACERDOTAL
Y CARISMA
Portada: J. Ruiz
MINISTERIO SACERDOTAL
Y CARISMA CALASANCIO
I
I
Introducción
5
¿A qué debe- atribuirse esta repetida falta de inte
gración del elemento sacerdotal, tanto teórica como
prácticamente, en la vocación escolapia? Adelan
tando lo que espero se deduzca de la lectura de este
folleto, creo que la razón fundamental ha sido la dis
tinta manera de comprender y vivir el ministerio en
tre nosotros, lo cual a su vez es fruto de una evolu
ción de la teología del sacerdocio, que en la época
postridentina tuvo unas características contra las cua
les en parte reaccionó Calasanz, y que hoy acentúa
otros matices del ministerio más en consonancia con
el conjunto de la tradición de la Iglesia.
Las páginas que siguen aspiran a esclarecer la
relación que existe entre el ministerio sacerdotal y el
carisma calasancio, basando la reflexión en el prime
ro de los dos elementos menos estudiado entre noso
tros. Se presentan a los lectores escolapios sin ningu
na pretensión de ser una síntesis definitiva. AI con
trario, reflejan una opinión, largamente pensada des
de luego, pero que aspira a suscitar otras opiniones
complementarias e incluso contrarias, para que entre
todos lleguemos a comprender y vivir más compro
metidamente nuestra vocación escolapia integral en
el seno de la Iglesia.
6
que reflejan en primer lugar la conciencia y 1.a expe
riencia personal de San Pablo. La primera vez que
habla de su ministerio, el Apóstol lo describe esen
cialmente como predicación y anuncio del Evangelio
(1Tes 2, 1-12). Pocos años después lo caracteriza
además como ministerio de unidad en medio de las
divisiones, ministerio que constituye a los que lo ejer
cen en servidores de Cristo y dispensadores de los
misterios de Dios y que les exige ser fieles y hu
mildes (1Cor 3, 1-4.21), ministerio de una nueva Alian
za, ministerio del Espíritu y la justicia, tesoro que se
lleva en frágiles vasos de arcilla y que depara a la
vez múltiples dificultades y esperanzas, ministerio de
reconciliación y embajada de Cristo (2Cor 3, 1-4, 21),
ministerio sagrado que presenta a Jesucristo el anun
cio del Evangelio como un sacrificio para que los pa
ganos se conviertan en una ofrenda agradable a Dios
(Rom 15, 16; cf. 1, 9 y 12, 1)4.
Junto a los textos que reflejan la vivencia ministe
rial de Pablo, en otros pasajes enumera diversos do
nes y servicios existentes en la comunidad, entre los
que destaca la .tríada bien definida de los apóstoles,
los profetas y los doctores (1Cor 12, 28; cf. Rom 12,
6-7), cuyas funciones eran respectivamente: ser misio
neros enviados por la comunidad a evangelizar, ser
líderes de las comunidades locales y animadores de
sus asambleas litúrgicas, y ser maestros o catequis
tas de los creyentes basándose en la enseñanza me
tódica de la Biblia. La inclusión de esta tríada de mi
nisterios encabezando un catálogo de dones o ca-
rismas nos muestra que, para Pablo, son los caris-
mas más importantes, aunque no todos los carismas
son ministerios, puesto que existen muchos otros do
nes de Dios para edificación de la comunidad. Los mi
nisterios son como carismas o servicios fundamenta
les e institucionalizados5. Por otra parte en estas
mismas cartas San Pablo habla de ministros de las
iglesias locales que las dirigen (1Tes 5, 12-13) las
sirven (Rom 16, 1-2; 1Cor 16, 15-16) y las supervisan
7
(Flp 1, 1). En estos últimos textos se citan ya los
títulos de epíscopo y diácono aplicados a algunos
ministros, aunque no tienen todavía el significado que
posteriormente asumirán en la tradición eclesial. En
cambio no aparece el título de presbítero, tan impor
tante más tarde.
La teología de los ministerios se enriquece extra
ordinariamente en las consideradas hoy por muchos
como epístolas postpaulinas. Y en primer lugar en la
epístola a los Efesios, cuya característica principal
es su contenido eclesial y el horizonte católico que
imprime a la Te primitiva. En la realización del plan
de Dios la Iglesia, en sentido universal, ocupa un
lugar fundamental como pléroma de Cristo y realiza
ción histórica de reconciliación universal. El'redactor
de la carta la divide en dos partes, la primera sobre
la identidad de la Iglesia en el misterio de Cristo
(cap. .1.-3), y la segunda sobre el crecimiento y la uni
dad de la misma según los designios de Dios (cap.
4-6) f\ En ambas partes se subrayan el rol esencial de
los ministerios. Apóstoles y profetas son el fundamen
to de la construcción eclesial cuya piedra angular es
Cristo (Ef 2, 20), son el medio a través del cual Dios
ha manifestado al resto de la Iglesia su plan salví-
fico (Ef 3, 5-6)7, son dones de Cristo al servicio del
crecimiento y de la unidad de su cuerpo (Ef 4, 11-12).
“La epístola a los Efesios —ha escrito P. Bony— co
loca los ministerios en el centro de una Iglesia si
tuada ella misma en el centro de la creación y de la
historia” 8.
Las cartas pastorales desarrollan ampliamente las
funciones de Timoteo y Tito a quienes se Ies ha con
fiado su ministerio por la imposición de las manos
(1Tim 1, 18; 4, 14; 6, 12; 2Tim 1, 6). Son funciones re
lacionadas principalmente con la Palabra y la direc
ción de la comunidad: velar por la pureza de la fe,
enseñar y exhortar, reprender, organizar la comuni
dad y su liturgia (1Tim 4, 13.16; Tit 2,1; 2Tim 1,14; 4,
2). También mencionan las cartas pastorales a los
8
ministros de 1.a Iglesia local: epíscopos, presbíteros y
diáconos. Presbítero (anciano) y epíscopo (vigilante)
parecen ministerios casi equivalentes designados con
nomenclatura distinta: la primera en lenguaje más an
tiguo y judío, la segunda más moderno y secular.
Pero se nota ya una evolución y una cierta especiali-
zación de servicios: en el epíscopo resalta el minis
terio de presidir (1 Tim 3, 1-7), en los presbíteros el
de predicar (1Tim 5, 17-22). El servicio concreto de
los diáconos aparece descrito con menos claridad
(1Tim 3, 8-13)). La designación de los ministerios en
las pastorales desembocará más tarde en la trilogía
de grados del sacramento del orden.
Dentro de la literatura de inspiración paulina hay
que decir algo, finalmente, de la carta a los Hebreos.
En ella aparece de forma explícita en el Nuevo Tes
tamento el tema sacerdotal, pero únicamente hablan
do de Jesucristo (Heb 3, 1-10, 39), y de tal forma
presentado que se puede entender, ya sea subrayando
el aspecto de continuidad en relación al sacerdocio
del Antiguo Testamento, ya sea destacando la discon
tinuidad o rom-pimiento del sacerdocio de Cristo, ra
dicalmente nuevo. En general se ha leído esta epístola
en el primer sentido, con lo cual se posibilitó la in
tegración de la mentalidad sacerdotal del Antiguo
Testamento en la Iglesia, Hoy se tiende más a una
comprensión en discontinuidad desde la cual algunas
aplicaciones analógicas a la vida y ministerio de los
sacerdotes son inadecuadas. En Hebreos, además del
tema sacerdotal, aparece también insinuado el tema
ministerial pero tímidamente y sin conexión aparente
con el anterior. Se habla de los guías de la comuni
dad cuyo ministerio consiste en el anuncio de la Par-
labra y la dirección (Heb 13, 7.17.24).
Junto a la tradición paulina, en el Nuevo Testa
mento existen otras dos grandes tradiciones: la sinóp
tica y la joannea. Siendo ambas tradiciones evangé
licas están centradas en la persona de Jesús, y la
Iglesia, en principio, ha de ocupar en ellas un lugar
9
explícito poco importante, y menor todavía todo lo
que se refiere a su estructuración como es el caso
de los ministerios. Sin embargo, los evangelios, al
transmitirnos no solamente la Buena Nueva de Jesús
sino también la vivencia de la misma en las comuni
dades en las que aquéllos se formaron, reflejan dis
tintas comprensiones y experiencias de lo eclesial.
Respecto a la tradición sinóptica, entrar en el es
tudio de temas como: los doce, los apóstoles, los dis
cípulos... depasa los objetivos y posibilidades de es
te folleto9. Pero se puede citar como detalles que
reflejan la realidad ministerial de las comunidades
los siguientes. En Marcos, la conexión muy especial
entre Jesús y sus discípulos, que prefigura la unión
de los ministros con el Señor (Me 3-6 y 11-14); la dis
tinción entre dos tipos de enseñanza y de oyentes,
que insinúan funciones diversas de la Iglesia: evan
gelizaron y catequesis (Me 4); las cuestiones de pre
eminencia y autoridad, que aclaran el lugar de los
ministros en la comunidad (Me 9 y 10); y el papel ac
tivo de los discípulos en los relatos de la multiplica
ción de los panes y en la institución de la Eucaristía
(Me 6; 8 y 14). En Mateo es característico el lugar
preponderante de la función de los doctores y pro
fetas (Mt 5-7; 13 y 23); también las enseñanzas sobre
la vida eclesial y las relaciones entre sus miembros
(Mt 18). En la obra de Lucas, es propio de su evan
gelio el llamar con frecuencia al grupo de los doce,
apóstoles (6 veces); la misión de los setenta y dos
discípulos, distinta de la confiada a los doce (Le 10
y 9); y el sentido universalista y la presencia de la
mujer en la misión (Le 3; 4; 8 y 14). En el libro de los
Hechos aparece relacionado con los ministerios: el
rito de la imposición de las manos (Hch 6 y 12); el
nombre de distintos ministros: apóstoles, ancianos,
profetas (passim), los siete (Hch 6); la organización
de las iglesias de Jerusalén y de Antioquía (Hch 2-5;
11 y 13); y el ministerio de Pablo y sus colaboradores
(Hch 13 y ss).
10
Resumiendo lo que se deduce de la lectura de las
tradiciones paulina y sinóptica con respecto al sacer
docio y los ministerios se puede concluir cuanto
sigue.
En la tradición paulina, el Apóstol se presenta co
mo: enviado por Jesucristo para anunciar el Evange
lio, servir la unidad de la comunidad y comunicar el
mensaje de reconciliación del mundo con Dios. De
las epístolas se deduce la existencia de diversos ca
nsinas ministeriales: evangelizadores enviados al
mundo; dirigentes, servidores de la unidad y catequis
tas de las comunidades; defensores y animadores de
la fe. Son cooptados (tardíamente?) por la imposición
de las manos. Y son designados por estos nombres:
apóstoles, profetas, doctores, evangelistas, pastores,
epíscopos, diáconos, diaconisas, presbíteros, guías...
En la tradición sinóptica se refleja la presencia
de unas funciones particulares con estas caracterís
ticas: los que las realizan están unidos especialmente
con el Señor; son ministros de la Palabra de distintas
maneras; distribuidores del Pan; servidores de la co
munidad sin preeminencias; enviados en misión y a
las mismas comunidades. Son cooptados (tardíamen
te) por la imposición de las manos. Se Ies llama: los
doce, discípulos, apóstoles, doctores, profetas, los se
tenta y dos, algunas mujeres, presbíteros, los siete...
Finalmente, en ambas tradiciones, se manifiesta
un clima eclesial de comunión y participación en el
cual el vocabulario referente a los ministerios subra
ya el sentido de diaconía y servicio, privilegiando los
carismas de dirección: el servicio de evangelización
en el primer período apostólico y el gobierno pasto
ral en época más tardía10. “En todos los estadios del
Nuevo Testamento, el ministerio no se desarrolló en
torno de la eucaristía o de la liturgia sino en relación
a la construcción apostólica de la comunidad por la
predicación, la exhortación y la dirección” n.
11
2. Teología del sacerdocio en el siglo SI
y en la época tridéntina
En nuestro breve recorrido por el Nuevo Testa
mento a propósito de los ministerios no hemos visto
que se les aplique un lenguaje sacerdotal. Nunca se
llama al epíscopo o al presbítero, sacerdote. Los mi
nisterios neotestamentarios son designados en gran
parte con nombres profanos (inspector, anciano, ser
vidor) para marcar las diferencias con la clase sacer
dotal judía y pagana, y para subrayar el rompimiento
de la fe cristiana con la sinagoga12.
Pero en el siglo II encontramos un retorno a las
denominaciones ministeriales precristianas. Primero
la Didaché y después Clemente Romano comparan
analógicamente los ministros de la comunidad cris
tiana con los del templo de Jerusalén. Y a partir
de aquí se desarrollará cada vez más un lenguaje
sacerdotal en una especie de regresión que obscure
ce la novedad radical del cristianismo 13. Por otra par
te, y simultáneamente, se camina hacia una conver
gencia de ministerios eclesiales. La Didaché, Clemen
te Romano e Ignacio de Antioquía presentan todavía
estructuras ministeriales distintas: apóstoles y profe
tas, gobierno colegial de epíscopos-presbíteros, y
episcopado monárquico respectivamente. Pero cada
vez se van haciendo más semejantes las diversas or
ganizaciones, coincidiendo en las mismas personas
el ministerio de la palabra con la presidencia de la
comunidad, la presidencia de la celebración litúrgica
y el gobierno de la Iglesia. Se puede afirmar que en
los inicios del siglo III el ministerio eclesial está ya
articulado en los tres grados jerárquicos del episco
pado, presbiterado y diaconado, destacando entre los
demás la figura del obispo por sus funciones litúrgi
cas y sacerdotales14. La evolución clara del vocabu
lario refleja una evolución en la vida eclesial y en la
consiguiente reflexión teológica. El Nuevo Testamen
to tanto respecto al sujeto de los ministerios como a
12
su predicado se expresa en lenguaje no sacerdotal.
En la época patrística los nombres neotestamentarios
siguen utilizándose para designar a los sujetos de los
ministerios, pero se les atribuyen ya funciones sacer
dotales. Finalmente, en la edad media se designa
también a los sujetos de los ministerios con nombres
sagrados y sacerdotales, y la categoría del sacerdo
cio se toma como punto focal de toda la teología
de los ministerios.
Es en la baja edad media cuando este proceso de
sacerdotalización de los ministerios llega a su punto
culminante. Había terminado la época de expansión
del Evangelio en Europa y la catequización de los
pueblos bárbaros. El mundo conocido se había trans
formado en la cristiandad. La Iglesia perdió su impul
so misionero y se replegó sobre su vida interna. Por
otra parte se desarrolló grandemente, pero en un sen
tido unilateral, el culto y la teología de la Eucaristía.
Como consecuencia, los ministros del evangelio se
limitaron, por un proceso de reducción ontológica, a
ser sacerdotes del altar15. Pedro Lombardo (11160),
en la primera definición que se da del sacramento
del orden, lo describe todavía de manera amplia co
mo: signaculum, id est sacrum quiddam, quo spiritua-
lis potestas traditur ordinato et officium w. Pero Santo
Tomás (t 1274), y todos los que le siguieron, centra
ya el oficio del presbítero sobre todo en el ofreci
miento del sacrificio de la Eucaristía. El sacerdote,
dice, tiene dos funciones: una, fundamental, se ejer
ce sobre el verdadero cuerpo de Cristo; la otra, deri
vada, sobre su cuerpo místico17. Algo más tarde,
Duns Escoto (f1308) define así el sacramento del
orden: est gradus preeminens in Ecclesia disponeos
ad consecrationem vel dispensationem Eucharistiae18.
Un hecho bien ilustrativo de este desplazamiento
en la manera de vivir y entender los ministerios es la
explicación que la teología ha dado sobre la materia
del sacramento del Orden y sobre la sacramentaiidad
del episcopado. Hasta la alta edad media se entendió
13
que la materia era el gesto neotestamentario de la
imposición de las manos. A partir del siglo XIII se
explicó que era la entrega de los instrumentos (cáliz
y patena), y se negó que el episcopado fuera sacra
mento porque en nada se diferenciaban los obispos
de los presbíteros respecto a la celebración de la
Eucaristía. En el siglo XIX, con el comienzo de la re
novación litúrgica y un mejor conocimiento de la pa
trística, se inició un retorno a la visión tradicional que
culminó en la declaración autoritativa de Pío XII res
pecto a la imposición de las manos como materia del
sacramento, y en la clara expresión de la sacramen-
talidad del episcopado por parte del Vaticano II.
La reforma protestante hizo hincapié en el sacer
docio común de los fieles y negó el aspecto sacerdo
tal del ministerio. Lutero entendió la ordenación como
un cierto rito para llamar a alguno a realizar un mi
nisterio eclesiástico, fundamentalmente el de la Pa
labra. Esta circunstancia condicionó las determina
ciones del concilio deTrento. Algunos obispos lucha
ron por una declaración más equilibrada que supe
rara tanto las afirmaciones extremistas de los refor
madores como la práctica también incompleta de un
sacerdocio exclusivamente cultual. Pero lo- que en
definitiva el concilio sancionó fue una declaración
dogmática sobre el sacerdocio visible, conectado úni
camente con el poder de consagrar y perdonar los
pecados, mientras que en sus decretos de reforma
insistió en la necesidad de predicar e instruir al pue
blo 19. La reforma litúrgica postconciliar de Pío V aca-.
bó de remarcar el carácter ritualista del sacerdote, •
y el desarrollo de la teología espiritual de los siglos
XVIII-XIX contribuyó a crear una identidad teológica
sacerdotal alejada de las realidades de los hombres,
identificada mejor con el servicio de los ángeles, pre
sentada bajo el signo de la dignidad, y centrada en la
mediación entre Dios y los hombres. Hay que decir
que la praxis pastoral abrazaba también otros aspec-
14
tos del ministerio, pero quedaban desgraciadamente
aparte de 1.a reflexión teológica.
De todo ello resultó una imagen sacralizadá que
hasta hace poco era casi exclusiva en el proyecto de
vida sacerdotal y en la teología. Todos los que fuimos
ordenados antes del Vaticano II nos formamos en este
ambiente. Los acontecimientos posteriores muestran
a la vez la crisis actual de esta visión incompleta y
espiritualista y la no asimilación práctica de las nue
vas perspectivas esbozadas por el último concilio.
15
contribuyeron a cambiar la orientación de su vida23:
su progresiva maduración interior, provocada por el
contacto con corrientes vivas de espiritualidad y por
una solidaridad nueva con los pobres; el desencanto
que brotó en su ánimo al conocer más de cerca la
burocracia y el politiqueo en los que se vio sumergi
do; la comprensión nueva que se fue suscitando en él
respecto a la reforma promovida por Trento, concebi
da en un sentido más global, menos paternalista, po
tenciada desde el trabajo en la base y no impuesta
desde el poder; el descubrimiento progresivo de la
misión educativa como dedicación muy propia del
sacerdocio, entendido en un sentido más amplio que
el simplemente cultual, que era el común de enton
ces; la superación de una cierta alergia contra los
formalismos de la vida religiosa institucionalizada que
había conocido, al experimentar que, con un estilo
nuevo, podía ser cauce para vivir el evangelio; en
fin, su propia situación psicológica, que podemos su
poner era de crisis interior, puesto que se encontraba
alrededor de los cuarenta años. A través de estas
causas Dios le movió a emprender un estilo distinto
de vida sacerdotal mediante el cual aspiró a obtener
los objetivos conciliares que siempre había deseado,
pero con unos medios más adecuados y evangélicos.
Este sentido nuevo que descubrió para su vida
y su ministerio, Calasanz lo vivió durante cincuenta
años hasta su muerte en 1648 y lo fue transmitiendo
a sus compañeros con quienes formó el instituto de
las Escuelas Pías. En este dilatado período tuvo oca
sión de formular repetidas veces su pensamiento,
ya sea en documentos solemnes, ya sea en cartas
más ocasionales, unos y otras influenciados siempre
por su larga experiencia pastoral y reformadora, ini
ciada antes de llegar a Roma24.
En las Constituciones, escritas en Narni entre
septiembre de 1620 y febrero de 1621, habla del mi
nisterio específico de la Escuela Pía particularmente-
en el proemio y en los nn. 175 y 203. Dentro del mis-
16
mo destaca, además de las funciones de los superio
res, siempre sacerdotes, las propias de los sacerdo
tes formadores de los novicios (nn. 17 y 25) y la ac
tuación del confesor y de otro sacerdote director de
la oración continua (nn. 193-194). No olvida la pro
yección de nuestro ministerio sobre las familias a
través de las sesiones públicas de catequesis y de los
textos escolares (nn. 200 y 213) 25. Y de forma más
extensa habla del ministerio sacerdotal en el culto
litúrgico (nn. 55-71), las confesiones (nn. 316-325) y
la predicación (nn. 326-334), presentando el ejercicio
del mismo en favor de nuestros educandos como una
especialización del sacerdocio, como ministerio espe
cífico o principal aunque no exclusivo, según se de
duce de la lectura de estos capítulos20.
El Memorial al Cardenal Tonti27, redactado en
1621, es un documento excepcional en favor del mi
nisterio escolapio, “ministerio insustituible... y acaso
el principal para la reforma de las corrompidas cos
tumbres; ministerio que consiste en la buena educa
ción de los muchachos en cuanto de ella depende
todo el resto del buen o mal vivir del hombre futuro”
(n. 5). Calasanz explica detalladamente, en los pá
rrafos siguientes, las peculiaridades y excelencias
de este ministerio, para deducir con rigurosa conse
cuencia la necesidad de constituir esta obra como
Orden religiosa. “Si la Santa Iglesia acostumbra a
conceder esta gracia a tantos otros ministerios, ¿por
qué no a éste, que puede considerarse compendio
de todos ellos, no sólo por ayudar al prójimo en caso
de necesidad en todo lo que los otros le ayudan,
sino por preparar y disponer las almas mediante una
buena educación a ser capaces de recibir el servicio
de todos los demás ministerios?” (n. 25). “Si la Santa
Iglesia ha concedido esta gracia a tantos institutos
de ministerio general y común, ¿por qué no a uno
específico y peculiar? Si la- ha otorgado a muchos
específicos, tal vez no tan necesarios y al menos no
tan solicitados, ¿por qué no a éste, necesarísimo y
17
solicitadísimo?... ¿por qué... no se concederá a
quien desde los primeros años ayuda a bien vivir, de
donde depende... la paz y sosiego de los pueblos...,
la propagación de la fe, la conversión y preservación
de la herejías... y, finalmente, la reforma de toda la
cristiandad” (n. 26). Este era el pensamiento de Ca-
lasanz en su madurez respecto al ministerio peculiar
escolapio, insustituible, compendio de todos los de
más, y fundamental para la reforma de la Iglesia pro
clamada en Trente.
Hasta el final de su vida no dejó de repetir en sus
cartas su visión acerca de nuestro ministerio especí
fico, sobre todo cuando surgieron entre los mismos
escolapios sutiles tentaciones de dedicarse a otros
apostolados en nombre de una concepción más estre
cha y acaso más fácil de la misión sacerdotal28.
Explicitará su pensamiento hablando de los sacerdo
tes que han de atender a la educación de los mucha
chos como principal realización de su ministerio29,
dejando si es preciso otras posibles actuaciones sa
cerdotales con personas distintas de nuestros alum
nos 30. Sin embargo, admite también el ministerio de
la predicación realizado con sencillez y el de las con
fesiones de los adultos, uno y otro especialmente en
los días de fiesta31. Durante el último período de su
vida Calasanz pone particular énfasis en la celebra
ción de la Eucaristía32. Años antes había afirmado:
“Mejor sería no haber nacido que no ser buen sacer
dote” 33. A un escolapio, en una de sus últimas cartas
pocos días antes de morir, escribe: “Que el Señor le
recompense con bienes espirituales y le dé la gracia
de conocer la dignidad sacerdotal y le dé la humildad
y reverencia que merece tan alto ministerio y sacra
mento” 34.
En conclusión, se podría resumir así el pensa
miento de Calasanz en torno a la relación entre sa
cerdocio y educación en su instituto: “El sacerdocio
del religioso educador lo entiende Calasanz como el
fundamento de la misión educativa. El ministerio sa-
18
cerdotal es, según él, magisterio, pero no de solemne
predicación sino de enseñanza continua, normalmen
te en la escuela, de doctrinas humanas y divinas or
ganizadas en síntesis armónica... Su obra educativa
(la Escuela Pía), aunque limitada a los jóvenes y con
medios profanos, alcanza valores de universalidad
y de sacralidad ya que busca, como objeto último,
la formación y el progresivo ordenamiento de toda
la sociedad cristiana como .tal. La autoridad de la
Iglesia ha atribuido a esta particular estructuración
sacerdotal el sentido de una missio oficial y le ha
reconocido un rol necesario e insustituible dentro
del multiforme apostolado jerárquico”35. Con este
planteamiento, Calasanz fue, como se diría hoy, un
disidente respecto a la praxis sacerdotal de su tiem
po, un avanzado en la manera de entender el minis
terio apostólico.
19
vidad sacerdotal, asumiendo al mismo tiempo las
obligaciones esenciales de la vida religiosa, pero or
ganizados con la finalidad primaria del ejercicio del
celo apostólico37. Todo ello Ies configuró con una
identidad característica en cuanto al estilo de su vida
consagrada y a la originalidad de su apostolado.
Respecto a la vida consagrada, los clérigos regu
lares se distinguen por no profesar una Regla en el
sentido tradicional, aunque teóricamente sigan el es
píritu de la de San Agustín; no recitan el oficio divi
no en el coro; no usan hábito sino el vestido común
de los sacerdotes romanos; no son mendicantes sino
que viven de donativos y de su propio trabajo; no
viven en monasterios o conventos sino en casas; no
abandonan el mundo sino que viven en él; no acen
túan la contemplación como los monjes, ni la solem
nidad del culto como los canónigos regulares, ni la
pobreza y la fraternidad como los mendicantes. Fo
mentan un sentido de unión y cohesión que nace en
gran parte de su trabajo especializado y de su sen
tido universalista; la organización de su gobierno es
muy centralizada pero dinámica; y los religiosos pue
den ser cambiados con gran movilidad, según las
necesidades pastorales de la iglesia universal38.
En cuanto al apostolado, los clérigos regulares
asumen la vita apostólica antigua en su concepto ple
no, que abraza tanto la vida personal y comunitaria
como los ministerios pastorales que se Ies confían.
No es, en muchos casos, que la acción sea mayor
que la de otras familias religiosas anteriores. Es el
planteamiento del apostolado lo que varía. Por pri
mera vez la acción apostólica pasa a ser un com
ponente inseparable de la vocación religiosa, cosa .
que no ocurría en el fondo con los mendicantes, y
que los clérigos regulares transmitieron a las congre
gaciones surgidas más tarde. En la vida religiosa
clerical-regular la cualidad y el dinamismo sacerdo
tales forman parte de la misma consagración religio
sa, distinguiéndose en especial entre ellos la dedi-
20
cación al ministerio de la Palabra en sus distintas
formas, tanto nuevas, como la formación bíblica o la
catequesis bien organizada, como las tradicionales:
predicación, misiones populares, etc.39.
No siempre la identidad de los clérigos regulares
se ha mantenido clara desde el punto de vista teó
rico y jurídico. En el proceso de nivelación que se
dio hasta el Vaticano II en .todas las formas de vida
religiosa, y que ahora parece querer aflorar de nue
vo, se identificaron demasiado el estilo y las finalida
des de los institutos clérico-regulares con los de las
comunidades canonicales, conventuales y apostóli
cas40. Según los estudios realizados para preparar
el nuevo derecho de religiosos, el fin de los canóni
gos regulares “consiste en el culto particularmente
solemne de la alabanza divina y en el ministerio pa
rroquial”. Las notas características de los conven
tuales o mendicantes son estas cuatro: “una intensa
vida común, señal y vínculo de fraternidad; la activi
dad apostólica que debe ajustarse a las exigencias
de la vida común la cual siempre deberá observarse;
las observancias regulares que no son otra cosa que
ciertos elementos específicos de la vida conventual;
y el testimonio de austeridad de vida”. Los institutos
apostólicos tienen como nota esencial “la entera de
dicación al apostolado en el sentido que el modo* de
vida del instituto y de los miembros se ordena total
mente al desarrollo de la misión apostólica. Han sido
fundados principalmente para ejercitar determinados
ministerios propios. Están obligados a establecer su
género de vida de tal forma que los religiosos puedan
dedicar su existencia íntegramente al apostolado”.
Entre los institutos apostólicos, es clerical el “que
por derecho particular asume el ejercicio del orden
sacro y que por tal es reconocido por la autoridad
de la Iglesia. Los institutos clericales deben dar el
primer puesto a -los ministerios sacros que están vin
culados con el sacramento del orden”.
21
El antiguo proyecto del nuevo derecho de reli
giosos trataba de los clérigos regulares dentro del
apartado de los institutos apostólicos, identificándo
los con los institutos apostólicos clericales. Creo que
esta identificación es acertada en lo referente ai es
tilo de vida, ya que éstos lo imitaron de los primeros.
Sin embargo, en cuanto a la misión, hay que distin
guirlos por su naturaleza sacerdotal. La misión que
la Iglesia les ha conferido —educación por ejemplo—
se la ha encomendado como una forma peculiar de
ministerio sacerdotal, y no les confía como misión es
pecífica otra cosa que funciones sacerdotales. “El
sacerdocio no es entre ellos algo adventicio, intro
ducido poco a poco como sucedió en los monaste
rios, sino que es necesario para su fin” 41. Los insti
tutos apostólicos no son pues, por definición, cleri
cales; los de clérigos regulares, sí, aunque algunos
de sus miembros no reciban el sacramento del orden.
A niveles prácticos la identidad de los clérigos re
gulares ha quedado también con frecuencia desdibu
jada. Hasta cierto punto es normal que así haya su
cedido porque estas familias religiosas se fundaron
no desde unos presupuestos teóricos, definidos pre
viamente, sino desde la praxis. Las características de
la vida y la misión de los clérigos regulares son una
deducción y generalización de la dinámica de estas
órdenes, que mutuamente se han influenciado y enri
quecido en sus seculares relaciones 42.
En nuestra historia escolapia encontramos tam
bién una no identificación plena con la imagen ideal
de los institutos clérico-regulares. San José de Ca-
[Link] dio a los primeros escolapios un estilo de vida
religiosa que, en algunos puntos, me parece que era
más propio de los mendicantes. Ello se explica por la
influencia que sobre él ejerció, antes de su llegada
a Roma, una corriente espiritual —minoritaria y con
templativa en el seno de 1.a Compañía— representada
por el jesuíta catalán Antoni Cordeses que fue en
Gandía formador del futuro obispo Capilla43; y ya
22
en la Ciudad Eterna por su relación, más conocida y
estudiada, con los conventuales franciscanos y algu
nos carmelitas. En determinadas observancias exter
nas, se podría decir que Calasanz retrocede a formas
religiosas anteriores. Pero en cuanto a la misión nues
tro Fundador asume las líneas más progresivas de su
tiempo respecto al ministerio sacerdotal, especiali
zándolo, tanto al orientar su servicio primordialmente
hacia un grupo particular del Pueblo de Dios, como al
dedicarlo principalmente al aspecto evangelizador del
mismo, entonces poco valorado.
Este desajuste fundacional, si se puede llamar así,
explica —dejando de lado otras razones menos edi
ficantes— el enfrentamiento después de la muerte
de Calasanz de dos corrientes en el seno de la Es
cuela Pía. Una, conservadora, representada por los
PP. Generales García (segundo) y Chiara (cuarto),
que pretendía implantar la primitiva observancia ca-
lasancia. Y otra tendencia, innovadora, defendida por
los PP. Generales Scassellati (tercero) y Fedele (quin
to), que quiso adecuar nuestra observancia religiosa
a las necesidades prácticas del ministerio escolapio-.
Fue el sexto General, P. Carlos J. Pirroni, quien con
siguió realizar una síntesis de lo mejor de ambas
corrientes 44
Pero si en el aspecto religioso se progresó al
acomodar la observancia a las necesidades del apos
tolado de acuerdo con el planteamiento propio de los
clérigos regulares, en el aspecto ministerial se retro
cedió al perderse en parte el sentido unitario y refor
mador de Calasanz. De manera clara en el siglo XVIII
se comenzó a crear un dualismo en nuestra misión
al separar enseñanza y labor sacerdotal, por razones
tanto de mentalidad teológica respecto al sacerdocio
como de inclinaciones personales y de prestigio de
la Orden 45. A partir de entonces, algunos de nuestros
sacerdotes, fundándose en una concepción que veía
el ministerio como algo relacionado con la adminis
tración de los sacramentos, la predicación, etc. no
23
se sintieron realizados en tareas que corresponden
más directamente al fin específico de la Orden. Otros,
los más, se sintieron identificados con el fin primor
dial del instituto y subordinaron el sacerdocio, enten
dido cultualmente, al carisma característico de la
Orden. En ambos casos se llegó a una crisis de iden
tidad por haber creado un dualismo en nuestra mi
sión, separando ministerio sacerdotal y carisma ca-
íasancio4C.
I
24
El n. 2 nos ofrece una visión doctrinal del minis
terio presbiteral en la misión de la Iglesia. Partiendo
de la misión de Jesús nos explica cómo todos los
fieles participan de su sacerdocio y cómo a algunos
de ellos les constituye ministros para hacer de los
cristianos un solo cuerpo (párrafo 1). El servicio de
los presbíteros es, por tanto, ante todo servicio de
unidad y reconciliación en la comunidad 49. No asu
men el conjunto de los carismas, pero tienen el caris-
ma del conjunto, es decir su rol específico es hacer
converger hacia la unidad los diversos ministerios
que el Espíritu suscita en la Iglesia50. Con este fin
se Ies confiere una potestad sacerdotal —única cita
doctrinal de Trento en el decreto— y se les hace
partícipes de La consagración y misión de Cristo a
través de los apóstoles y los obispos (párrafo 2), to
do ello por medio del sacramento del Orden que les
configura con Cristo Sacerdote para que puedan ac
tuar en su nombre (párrafo 3).
La naturaleza del presbiterado queda así di
bujada en lo esencial. Pero el Concilio añadió en la
última redacción otros dos puntos para esclarecer
y relacionar los matices característicos de las dos
visiones confluyentes en la asamblea. ¿Qué es lo
prioritario en la existencia sacerdotal, el culto o la
evangelización, la dimensión .teocéntrica o la dimen
sión antropológica? La respuesta conciliar es clara:
el ministerio presbiteral está ordenado conjuntamente
a ambos y los presbíteros han de integrar en su voca
ción, evangelización y culto, porque el servicio de la
Palabra culmina en la Eucaristía (párrafo 4) y porque
la gloria de Dios consiste en la salvación del hombre
(párrafo 5)51.
Descrita la naturaleza del presbiterado, el Vatica
no II especifica más en concreto sus funciones, si
guiendo el orden ya clásico de los ministerios de la
palabra, de los sacramentos y de la dirección de la
comunidad. Hubo reticencias respecto a este orden
de funciones por parte de quienes priorizaban lo sa-
25
cerdotal fundándose en la doctrina tridentina. Pero el
mismo concilio Vaticano II había establecido que los
presbíteros participan del ministerio de los obispos
en un rango subordinado, y las funciones de éstos
habían sido ya descritas en la constitución sobre la
Iglesia por el orden citado (LG 25-27. Cf. 28).
Del ministerio de ¡a palabra se trata en el n. 4.
Es cumplimiento del mandato del Señor de predicar
el Evangelio a toda criatura y debe ser realizado de
muchas maneras: por el testimonio, el anuncio a los
no creyentes, la catequesis a los fieles, la exposición
de la doctrina de la Iglesia, la iluminación de los pro
blemas actuales a la luz de Cristo, la aplicación a
las circunstancias concretas de la vida de la verdad
del Evangelio (párrafo 1). Y todo ello según las distin
tas necesidades de las personas y los diversos caris-
mas de los presbíteros. Este ministerio culmina nece
sariamente en la liturgia de la Palabra, los Sacramen
tos y la Eucaristía (párrafo 2) según el principio de
integración enunciado en el n. 2.
El n. 5 trata del ministerio propiamente sacerdotal
de los presbíteros. Describe la función presbiteral en
cada sacramento y la finalidad de cada uno de ellos.
Y afirma que todos los sacramentos así como todo
apostolado en la Iglesia culminan en la Eucaristía
(párrafos 1 y 2). Forma parte también del ministerio
propiamente sacerdotal: enseñar a los fieles a inte
grar en la Eucaristía el ofrecimiento de la propia vida
y a orientar hacia Dios la liturgia, la oración y el
compromiso de cada uno (párrafo 3).
Los presbíteros realizan, finalmente, el ministerio
de reunir y edificar la comunidad tal como se explica
en el n. 6. Es la función propiamente pastoral que
ejercen al participar del oficio de Cristo Cabeza y
Pastor y que compendia e integra .todos los demás
aspectos del ministerio (párrafo 1). La función pasto
ral primera es la educación en la fe, aspecto especí
ficamente sacerdotal del ministerio de la Palabra,
que los presbíteros deben llevar a cabo por sí mismo
26
o por medio de otras personas. Por esta educación,
cada uno de los fieles ha de ser ayudado a dejarse
conducir por el Espíritu, a cultivar su propia vocación,
a conseguir la madurez cristiana, a vivir las exigencias
de la caridad y a comprometerse en la comunidad
humana (párrafo 2). Los presbíteros, que se deben a
todos, tienen encomendados pastoralmente de una
manera especial a los pobres, a los jóvenes, a los
padres de familia, a los religiosos, y a los enfermos
y moribundos (párrafo 3). El ministerio pastoral ade
más no se limita al cuidado individual de los fieles
sino que debe atender a la formación de la comuni
dad cristiana en su dimensión local pero abierta a la
Iglesia universal y a los no creyentes (párrafos 4 y 6),
comunidad que se fundamenta y culmina en la Euca
ristía (párrafo 5). Todo ello exige del presbítero estar
por encima de ideologías y partidos por cuanto es
servidor de la unidad (párrafo 6).
Las funciones hasta aquí descritas, siguiendo las
enseñanzas del Concilio, están íntimamente relacio
nadas y, en cierto sentido, quedan englobadas en la
expresión ministerio pastoral, que incluye el ministe
rio de la Palabra y el ministerio cultual los cuales
confluyen, a su vez, uno en el otro porque la evange-
lización desemboca en la liturgia y la alabanza a
Dios se encarna en la liberación del hombre. En la
práctica todas estas funciones no pueden ser realiza
das ni de la misma manera en todas partes ni por
todos los presbíteros en cada lugar. Hay especializa-
ción y pluralidad de servicios aunque es uno solo
el ministerio sacerdotal, tal como afirma el n. 8 del
decreto, que cita, a modo de ejemplo: el ministerio
parroquial o interparroquial, la investigación y 1.a en
señanza, la dedicación al trabajo manual, las obras
directamente apostólicas u otras ordenadas al apos
tolado, y los múltiples trabajos diversos que exigen
las adaptaciones del ministerio a las necesidades de
nuestros días. Estas funciones plurales postulan uni
dad y cooperación fraterna en el seno del único pres-
27
biterio para que todos sus miembros sean coopera
dores de la verdad (párrafos 1-4).
Una última enseñanza del Concilio que nos inte
resa para nuestro tema es el de la proyección de las
exigencias del ministerio en la dinámica del creci
miento espiritual de los presbíteros 52. Configurados
con Cristo por el sacramento del Orden “se consti
tuyen en instrumentos vivos del Sacerdote eterno pa
ra poder proseguir a través del tiempo su obra admi
rable de dar unidad a todo el género humano... y re
presentan a su modo la persona del mismo Cristo”
(n. 12). Esto les exige aspirar a la santidad de vida
que conseguirán “ejerciendo sincera e infatigable
mente en el Espíritu de Cristo su triple función”
(n. 13). Sin embargo existe el peligro de la dispersión
por las muchas obligaciones de su ministerio, y de la
falta de unidad entre vida interior y acción externa.
La coherencia integral de su vocación los presbíteros
la conseguirán imitando y uniéndose a Cristo en el
conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega
a los demás en el ejercicio de la “caridad pastoral”,
todo lo cual se manifiesta en “la fidelidad para con
la Iglesia” (n. 14).
De las enseñanzas del Concilio sobre el ministe
rio presbiteral se desprende una nueva luz para en
tender la relación entre el sacerdocio y nuestro ca
rísima. Las dificultades han nacido de una compren
sión demasiado restringida del ministerio, centrado
durante siglos en su dimensión litúrgica. El elemen I
to sacerdotal es esencial en el presbiterado, pero es
sólo una característica del ministerio total53 que com
porta muchas otras tareas, las cuales deben realizar
se teniendo en cuenta también los distintos carísimas
de los presbíteros (nn. 4-8). En la concepción unita
ria y plena del ministerio pastoral la categoría de
sacerdocio puede relegarse a un segundo plano
puesto que sólo expresa una de las dimensiones o
funciones del ministerio de la nueva alianza. Por eso
parece preferible expresar dicha dimensión con la
28
forma de un adjetivo: es más exacto hablar de minis
terio sacerdotal que de sacerdocio ministerial54 Pe
ro, por otra parte, la compenetración entre .todas las
dimensiones del ministerio como aspectos del servi
cio a la unidad eolesial permite designar al presbi
terado por la función ontológicamente superior, es
decir como ministerio sacerdotal (cf. nn. 2 y 13-14).
De todo ello se deduce lo equivocado del plantea
miento teológico de oponer sin más ministerio pasto
ral a la labor en el campo de la educación. Ya hemos
visto cómo San José de Calasanz intuyó también la
parcialidad de la disyuntiva entre sacerdocio y ense
ñanza según se desprende de textos sorprendentes
como éste: “Me admiro de que el P. Guillermo haya
llegado a ser, por no decir tan negligente, tan avaro
de su talento —don del sacerdocio según el contex
to—, el cual no consiste en decir misa sino en ense
ñar, junto con las letras, el santo temor de Dios” 56.
Otra cosa será, a niveles prácticos, discernir có
mo debemos realizar hoy en los distintos lugares
nuestro ministerio y qué funciones concretas debemos
priorizar.
29
En esta línea creo que, ante todo, debemos mati
zar la tradicional definición del escolapio como maes
tro, religioso y sacerdote. Esta descripción la consi
dero hoy poco adecuada porque contrapone en la
práctica, como elementos distintos, el magisterio y
el sacerdocio. Según hemos visto no es éste el pen
samiento de Calasanz respecto a nuestro ministerio
específico ni el de la Iglesia en cuanto al apostolado
de los clérigos regulares. Tampoco es un plantea
miento actual, aunque a veces hablemos de nuestra
misión distinguiendo profesionalidad por una parte y
pastoral por otra, porque con ello disociamos, sin ad
vertirlo, promoción humana y evangelización, cuando
en realidad la primera forma parte de la segunda.
Hemos de resituar eficazmente nuestro apostolado
en la misión global de la Iglesia rompiendo los lími
tes artificiales que nos hemos impuesto.
El nuevo marco referencial de nuestra vocación
ha de ser el seguimiento de Jesucristo tal como se
nos propone en el Evangelio, realizado de forma con
creta en el compromiso de nuestra vida consagrada
vivida en la comunidad escolapia al servicio de la
evangelización que nos confía la Iglesia66. Consagra
ción, comunión y misión constituyen una trilogía más
coherente e integradora que la tradicional de vida
religiosa, magisterio y sacerdocio para describir
nuestro carisma. Efectivamente, en esta nueva trilo
gía: a) confluyen complementariamente en la unidad
de la propia experiencia la dinámica de la consagra
ción y la del ministerio; b) la dimensión comunitaria
se constituye en elemento fundamental de unidad, ya
que vivimos consagrados en comunión y somos co-
munidad para la misión; c) la única misión escolapia
sintetiza vitalmente todas las tareas posibles de nues
tro plural ministerio.
Respecto a la complementariedad entre consa
gración y ministerio, es evidente que tanto la vida
religiosa como el presbiterado son dos formas totali
zantes de la existencia cristiana que muchos creyen-
30
tes viven por separado y en plenitud. Pero en nuestro
caso concreto “el religioso presbítero debe saber
vivir su vocación específica inconfuse et indivise, sin
confundir las dos dimensiones pero también sin se
pararlas... La distinción la hacemos en el nivel meto
dológico para comprender la naturaleza de cada ele
mento; pero en la vida concreta, ambas dimensiones
deben fecundarse mutuamente dando un sentido de
vida consagrada al ministerio y revelando la vocación
ministerial de 1.a vida consagrada... El religioso-sacer
dote está llamado a mostrar la complementariedad de
esos carismas en la unidad indisoluble de su propia
vida” 57. De manera esquemática se puede expresar
esta complementariedad diciendo que lo caracterís
tico de la dinámica de la consagración es fundamen
tarse en la vida para proyectarse en la misión —vivir
sirviendo—, mientras que lo propio de la dinámica
del ministerio es partir de la misión para implicar la
vida —servir viviendo—. Son dos dinámicas espiri
tuales de sentido opuesto que se suman y fortalecen
en la vivencia concreta del sacerdote escolapio.
En cuanto al ámbito comunitario, se encuentran y
experimentan unitariamente en el mismo nuestra par
ticipación en la vida y en la misión de Jesucristo58.
La comunidad escolapia ha de ser una realización
concreta de la alternativa eclesial propuesta por Je
sús, alternativa de sociedad totalmente distinta a la
que promueve el mundo', y que se basa en la convi
vencia y el compartir fraternos, en la comunión de
personas viviendo el espíritu de las bienaventuranzas,
y en el servicio mutuo de su miembros y de todo el
grupo a otras personas 59. En este sentido “la comu
nidad religiosa no es de este mundo en cuanto re
chaza las estructuras y los principios que rigen el
mundo existente; pero es para este mundo, entendi
do como mundo que quiere nacer a través de dolores
de parto. Su lugar de inserción es el punto de ruptura
entre el mundo existente y el mundo posible... La
segregación de la comunidad religiosa es significati-
3t
va no cuando se inspira en la fuga del mundo sino
cuando expresa el servicio total al mundo que quiere
nacer, buscado e intuido a la luz de las promesas de
Dios”co. En la comunidad escolapia se viven los va
lores característicos del seguimiento de Cristo que
configuran el ser religioso, ser dinámico que se cons
truye en el hacer, dando testimonio y comunicando
vida desde la propia comunidad. Así la vida comuni
taria, además de ser apoyo moral para cada religioso
y ámbito natural de su experiencia de Dios, es tam
bién fuente inspiradora de comunión entre los cre
yentes y fermento de variadas comunidades eclesia-
les y humanas concretas. En el caso específico de
los presbíteros, cuyo rol característico —según se
ha explicado en el apartado 5— es hacer comunidad
y fomentar la solidaridad entre los hombres, la per
tenencia a una comunidad religiosa potencia su ser
vicio ministerial de comunitariedad, aportando ade
más una perspectiva característica de universalidad,
propia de la vocación religiosa, que enriquece a las
iglesias particulares a las que sirven 61. El ámbito co
munitario es, en definitiva, elemento integrador fun
damental de la vocación escolapia. Y las actividades
de sus miembros ordenados, aunque quizás no estén
directamente al servicio de una comunidad local, sir
ven a la comunión entre los hombres y de éstos con
Dios por medio de la oración, la enseñanza, el tes
timonio, el amor fraterno y la celebración litúrgica
en un ministerio especializado dentro de la pastoral
orgánica 62.
Finalmente, respecto a la misión, queda suficien
temente explicado en los apartados anteriores lo des
enfocado del planteamiento dialéctico entre funcio
nes sacerdotales y educativas. “La Iglesia antigua no
separaba los ministerios de la caridad de los de la
palabra y la liturgia, como si aquéllos fueran profa
nos respecto a los otros considerados como sagra
dos” 03. El ministerio específico escolapio es una fun
ción concreta del ministerio pastoral. Incluye, inte-
32
grándolas, todas las tareas del mismo pero dentro
de unas especializaciones características que reali
zamos desde la plataforma de nuestra vida consagra
da en comunidad. Por esta razón, aunque en la Igle
sia la figura del obrero o del maestro que sea sacer
dote es posible, creo que el escolapio ha de ser
sacerdote-maestro y no maestro-sacerdote04. En el
futuro pueden existir, efectivamente, ministros de las
comunidades locales que no se diferencien por su
forma de vida del conjunto de los fieles, incluido el
matrimonio y la profesión secular. Pero no faltarán
otros ministros dedicados a tiempo completo al servi
cio de la Iglesia universal, totalmente disponibles a
las variadas necesidades de la evangelización. El
sacerdote escolapio prefigura este modelo de minis
terio comprometido exclusivamente al anuncio del
Evangelio entre los niños y jóvenes, incluso a través
del testimonio de su propia existencia consagrada65.
En el orden práctico, dada la variedad y las posibilida
des múltiples de nuestra misión escolapia así como las
crecientes necesidades que reclaman nuestra aten
ción apostólica, será necesario un auténtico sentido
y ejercicio de discernimiento espiritual colectivo pa
ra descubrir cuál es la dedicación más conveniente
en cada momento y en cada lugar para asumirla co
mo tarea comunitaria, pero teniendo presente también
la vocación personal de cada religioso, la autonomía
de los valores temporales y las tareas específicas de
los presbíteros y de los laicos indicadas por el Vati
cano II (cf. GS 42b y 43b; AA 6a; AG 5 y 6; CD 28-
30 y 34-35).
33
7. La misión del sacerdote escolapio hoy
Delineado el nuevo marco referencial que permite
superar vivencialmente la dicotomía entre ministerio
sacerdotal y carisma calasancio, se deberían exponer,
para terminar, las especializaciones características
de la misión escolapia en nuestro tiempo a la luz
de la comprensión postconciliar del ministerio pas
toral GG. El tema, por su importancia, exigiría un espa
cio del que ahora no dispongo. Me limito pues a apun
tar estas especializaciones siguiendo las Reglas de
las Escuelas Pías que señalan las siguientes:
a) Dedicación al mundo juvenil y su entorno
(n. 89). Especialización clarísima en toda nuestra his
toria que debemos mantener celosamente, pero te
niendo presente que las circunstancias de nuestra
época son muy distintas de las del tiempo de Cala-
sanz, y que por tanto, de acuerdo con la vida de la
Iglesia, “tenemos que intensificar nuestro apostolado
entre los fieles más de cuanto fue necesario hacerlo
en tiempo de nuestro santo Fundador o en épocas
pasadas”67.
b) Peculiar atención a los pobres (n. 90). Opción
preferencial indiscutible de Calasanz, matizada por
la jerarquía de su tiempo, pero que la Iglesia post
conciliar subraya de nuevo con insistencia profética,
sobre todo en América Latina. Esta opción no es un
punto de llegada porque el Evangelio no es única
mente para los pobres, sino un punto de partida de
la evangelización ya que el Evangelio no excluye a
nadie, es para todos. Y no implica por tanto necesa
riamente una exclusividad de servicio ni un solo tipo
de obras, sino que en cualquier misión hemos de
hablar y actuar desde la perspectiva del pobre y ha
cer presente esta especialización de nuestro carisma
en toda actuación y obra escolapia °8.
34
c) Educación iluminada por la fe (n. 91). Es una
función propia del ministerio pastoral repetidamente
señalada por el Vaticano II que confirma la clarivi
dencia de Calasanz. La visión conciliar pone en crisis
la idea tantas veces repetida de la simple función
de suplencia de las actuaciones eclesiales educati
vas. En ocasiones la han realizado o la realizan toda
vía de manera justificada. Pero su objetivo va más
allá de esta finalidad meramente social de la que no
proviene su especificidad ni su razón de ser69.
d) Evangelización de la cultura e inculturación
de la fe (n. 92). Es otra nota característica de nues
tro carisma. Por vocación debemos vivir y actuar en
una situación secular promoviendo la compenetración
mutua —una especie de osmosis— entre fe y cul
tura, entendiendo esta última en el sentido explicado
por el Vaticano II (GS 53) y por la UNESCO70. Es un
ministerio en punta, de frontera entre la Iglesia y el
mundo, no exento de riesgos. Opino que muchas difi
cultades e incomprensiones de la Compañía de Jesús
en los últimos años provienen de la audacia de su ca
risma, semejante al nuestro en este punto.
e) Creación de comunidades cristianas vivas
(n. 91). Especialización ya comentada en la que con
fluyen el ministerio saéerdotal, ordenado a la cons-
trución de la Iglesia como comunidad solidaria, y la
vida religiosa como centro de animación de comuni
dades laicales más amplias, en especial para noso
tros en el mundo educativo71.
Llevar a la práctica las especializaciones señala
das requiere serenidad y equilibrio en las opciones
concretas. Señalo dos cuestiones que se han de tener
muy presentes en el discernimiento colectivo.
La primera se refiere al peligro de dar respuestas
polarizadas y cerradas. Nuestra vocación es como
una encrucijada de diferentes elementos, tan rica en
matices que es fácil caer en la simplificación, valo-
35
rando de forma excluyente un aspecto determinado
hasta el punto de suprimir los demás. La opción por
el pobre puede llegar a excluir lo educativo; la prio-
rización de lo escolar puede hacer caer en el olvido
la dimensión social; la preocupación cultural, margi
nar lo catequético; la catequesis, lo educativo global;
lo educativo, la misión sacerdotal; el sacerdocio cul
tual, negar sentido al ministerio pastoral más amplio;
la consagración religiosa, minusvalorar la función
apostólica; lo funcional de nuestra vocación, ahogar
el aspecto significativo y comunitario de la misma,
etcétera. Como orden religiosa hemos de abrazar to
dos los aspectos de nuestro carisma sin eliminar nin
guno. Los religiosos y las comunidades concretas
pueden acentuar más unos aspectos que otros, y esto
será fuente de enriquecimiento colectivo siempre que
se valoren y asuman positivamente los aspectos prio-
rizados por los demás.
La segunda cuestión práctica es la elección de
los medios y obras para actuar las especializaciones
de nuestro ministerio Las obras no son el carisma,
pero tampoco simples instrumentos accidentales del
mismo. En las obras se encarna y se manifiesta nues
tra misión específica. Es, por consiguiente, muy im
portante todo lo que se refiere a crear, elegir, ubicar,
renovar, transformar, suprimí*, etc. nuestras institu
ciones 72. En particular, creo que debemos buscar en
el momento presente, con imaginación, alternativas
variadas y válidas a nuestras obras tradicionales: nue
vos tipos de escuela, grupos, asociaciones, hogares,
movimientos, comunidades... No pongo en duda que
nuestras escuelas pueden tener sentido también hoy.
No lo tendría en cambio, en mi opinión, considerar la
parroquia como única alternativa moderna de aqué
llas basándose en una mal entendida pastoral de con
junto. Más de una voz se ha levantado ya en la Igle
sia señalando los inconvenientes de “el proceso de
la creciente parroquialización de las órdenes en los
últimos tiempos”73. Ministerio sacerdotal no es sinó-
36
nimo de ministerio parroquial. El sacerdocio escola
pio es de frontera y debe ser ejercido también en es
tructuras no directamente eclesiales. Sería empobre
cer el carisma calasancio si abandonáramos por sis
tema o por principio obras seculares (escuelas) para
responsabilizarnos de instituciones eclesiásticas (pa
rroquias). Unas y otras tendrán sentido para nosotros
si las asumimos no como función de suplencia de
otros educadores o de otros sacerdotes sino en la
medida que sean medios aptos de expresar y actuar
la misión escolapia integral entre los niños y jóvenes.
37
NOTAS
39
16. Cit. por L. Ott, El sacramento del Orden, en “Historia
de los dogmas”, IV, cuaderno V, Madrid, 1976, p. 49.
17. Summa Theologica, IIIa, q.22. Cf. J. Galot, Teología del
sacerdozio, Firenze, 1981, p. 135.
18. En L. Ott, o. c., p. 77.
19. H. Jedin, La imagen de sacerdote en Trento, en “Sacer
docio y celibato”, Madrid, 1971, pp. 92-101; S. Dianich, Ministe
rio, en “Diccionario enciclopédico de teología moral”, Madrid,
19783, pp. 669-670.
20. J. de Guibert, Capilla, Andró, en “Dictionnaire de spi-
ritualité”, II, Paris, 1953, pp. 117-119; I. Gómez, Capella, Andrés,
en “Diccionario de Historia Eclesiástica de España", I, Madrid,
1972, pp. 337-338; J. Castells, Josep de Calassang, prevere de
l’Església d’Urgell, en “Església d’Urgell” 107 (1982), pp. 12-14.
21. J. Poch, Mossén Josep Calassang a la diócesi d’Urgell,
en “Catalaunia” 195 (1977), pp. 12 y 13.
22. J. Poch, o. c., pp. 27-29.
23. Cf. M. A. Asiain, El camino de José de Calasanz, Sa
lamanca, 1981, pp. 29-78.
24. Cf. M. A. Asiain, o. c., pp. 319-379; Id., La experiencia re
ligiosa de Calasanz, Salamanca, 1979, pp. 215-240; Id., La expe
riencia cristiana de Calasanz, Salamanca, 1980, pp. 199-250.
25. G. Ausenda, La Pedagogía Calasanziana, en “Esperien-
ze di Pedagogía Cristiana nella storia”, I, Roma, 1981, pp. 348-
350.
26. G. Santha, San José de Calasanz. Su obra. Escritos,
Madrid, 1956, pp. 120-132.
27. Véase en Documentos fundacionales de las Escuelas
Pías, Salamanca, 1979, pp. 183-193.
28. EP 247, 557, 793, 807, 1035, 1068, 1332, 1442, 2876,
3036, 3125, 3206, 3742...
29. EP 829, 1201, 1419, 2602, 2811, 2812, 3625, 3663, 3672,
3692, 3700, 4108.
30. EP 1332, 1334, 1523, 2263, 2276, 2577, 3043, 3087, 3112,
3431, 3871.
31. EP 58, 1294, 1410, 1415, 2908, 2947, 3112.
32. EP 1350, 2954, 3621, 3647, 3669, 3683, 3706, 3781, 4239.
33. EP 1932.
34. EP 4572.
35. G. Cianfrocca, Giuseppe Calasanzio, en “Dizionario degli
Istituti di perfezione”, IV, Roma, 1977, pp. 1346-1347.
36. R. Hostie, Vida y muerte de las órdenes religiosas, Bil
bao, 1973, pp. 193-225; J. C. R. García Paredes, Misión de la
vida religiosa, Madrid, 1982, pp. 224-230.
37. A. Carminati, Finí della Religione, en “Dizionario degli
Istituti di perfezione”, IV, Roma, 1977, p. 43.
40
38. F. Andreu, Chierici Regotari, en "Dizionario degli Isti-
tuti di perfezione”, II, Roma, 1975, pp. 897-909; M. A. Véliz, Los
Clérigos Regulares (mecanograf.), México, 1981, pp. 7-9.
39. J. Alvarez Gómez, La vida religiosa ante los retos de la
historia, Madrid, 1979, pp. 145-147; V. Macea, Apostolato, en
"Dizionario degli Istituti di perfezione”, I, Roma, 1974, p. 723.
40. Las citas textuales que siguen están tomadas de J. Be-
yer, Los institutos de vida consagrada, Madrid, 1978, pp. 161-182.
41. R. Lemoine, Le monde des religieux, en "Histoire du
Droit et des institutions de l'Eglise en Occident", XV-2, París,
1976, p. 111.
42. M. Dortel-Claudot, Le genre de vie extérieur de la Com-
pagnie de Jésus, Rome, 1971, pp. 9-18.
43. A. Yanguas, Cordeses, Antoine, en “Dictionnaire de spi-
ritualité”, 2-il, París, 1953, pp. 2310-2322; M. Andrés, Pensamien
to teológico y vivencia religiosa en la reforma española, en “His
toria de la Iglesia en España”, ill-2, Madrid, 1980, pp. 321-322
y 355-356; J. Poch, o. c., p. 48.
44. G. Santha, La fidelidad a Calasanz. El P. Juan García
del Castillo, Salamanca, 1982, pp. 47-54; Id., Humanista y ambi
cioso. El P. Camilo Scassellati, Salamanca, 1982, pp. 14-26 y
42-43 (Traducción de los estudios históricos de Santha sobre los
PP. Chiara, Fedele y Pirroni en preparación). G. Ausenda, Chie
rici Regolari Poveri delta Madre di Dio delle Scuole Pie, en
“Dizionario degli Istituti di perfezione", II, Roma, 1975, pp.
931-932.
45. S. Giner, La vocación escolapia, en "Escuelas Pías. Ser
e historia”, Salamanca, 1978, pp. 326-327, cf. 320-321.
46. Cf. G. Rocca, Finí della Religione, en "Dizionario degli
Istituti di perfezione", IV, Roma, 1977, p. 57.
47. Y. Congar, El sacerdocio del Nuevo Testamento. Misión
y culto, en “Los sacerdotes", Madrid, 1969, pp. 269-281.
48. J. Frisque, Decreto Presbyterorum Ordinis. Historia y co
mentario, en “Los sacerdotes”, o. c., pp. 127-209; A. Favaie (dir),
I sacerdoti nello spirito del Vaticano II, Tormo, 1969, pp. 345-883.
49. L. Boff, El destino del hombre y del mundo, Santander,
1980, pp. 138-156.
50. M. Magrasi, II Prete. Una identita da riscoprlre e vivere,
Nocí, 1977, p. 21.
51. S. Lyonnet, Le ministére et la vie du prétre a la lumiére
du mystére du Christ, Rome, 1976, pp. 9-23.
52. J. Esquerda, Teología de la espiritualidad sacerdotal,
Madrid, 1977, pp. 177-200.
53. Conferencia Episcopal Alemana, o. c., p. 103.
54. B. Sesboue, en J. Delorme (dir), o. c., p. 445.
55. EP 3098.
56. J. A. Miró, Claves de lectura de las Constituciones de
las Escuelas Pías, Salamanca, 1980.
41
57. Confederación Latinoamericana de Religiosos, Espiritua
lidad del sacerdote religioso, Bogotá, 1981, pp. 12, 24-35 y 56.
58. Cf. G. Sánchez Mielgo, Biblia y vida religiosa, Valencia,
1981, pp. 153-254.
59. Cf. J. M. Castillo, La alternativa cristiana, Salamanca,
19793, pp. 25-59.
60. E. Balducci, Gli Scolopi, oggi, Roma, 1980, p. 4.
61. Confederación Latinoamericana de Religiosos, o. c., pp.
16-17 y 62.
62. M. Midali, Religiosi e ministeri nella Chiesa lócale, Ro
ma, 1980, pp. 83-97; L. Boff, o. c., pp. 152-153.
63. L. Sartori, Carismas y ministerios, en “Diccionario Teo
lógico Interdisciplinar”, II, Salamanca, 1982, p. 21; cf. V. Codina,
o. c., pp. 18-19.
64. H. Küng, o. c., p. 77; L. Boff, o. c., pp. 145-146; cf.
V. Tomek, o. c., p. 274.
65. E. Balducci, o. c., p. 5.
66. Cf. J. Esquerda, o. c., pp. 105-113; E. Balducci, Siervos
inútiles, Salamanca, 1971, pp. 159-221; J. García Velasco, El sa
cerdocio en el plan de salvación, Salamanca, 1974, pp. 88-114;
A. Ballestrero, En comunión con Dios, Salamanca, 1981, pp. 100-
214; I. Elód, Vallas és Egyház, Budapest, 1981, pp. 315-318.
67. V. Tomek, o. c., p. 285; cf. Memorial al Cardenal Tonti,
n. 25; EP 3871; A. Sapa, Teología Sprituaíe Pedagógica di San
Giuseppe Calasanzio, Firenze, 1951, pp. 81-93.
68. Cf. E. Bonnin (dir), Espiritualidad y Liberación en Amé
rica Latina, San José, 1982, pp. 103-152; J. M. Guerrero, La op
ción preferencia! por los pobres, un desafio para la vida religio
sa, en “Ecclesia” 2089 (1982), p. 1021.
69. Cf. M. Midali, o. c., pp. 65-67 y 76; V. Codina, o. c.,
pp. 62 y 95-97.
70. Conferencia mundial sobre políticas culturales. México,
julio-agosto de 1982.
71. V. Codina, o. c., p. 79; E. Balducci, Gli Scolopi, oggi.
Roma, 1980, p. 5.
72. J. C. R. García Paredes, o. c., pp. 263-268.
73. J. B. Metz, Las órdenes religiosas, Barcelona, 1978, pp.
20 y 105; cf. M. Vacca, Parrocchie affidate a religiosi: suppienza
o spazio per una specificitá di anuncio?, Tormo, 1978, pp. 3-15.
42
SUMARIO
Introducción............................................................ 5
1. Sacerdocio y ministerio a la luz del Nuevo-
Testamento ...................................................... 6
2. Teología de-i sacerdocio en el siglo II y en
la época .tridentina ....................................... 12
3. La experiencia y el pensamiento de Ca-
lasanz ............................................................... 15
4. La crisis de identidad de los clérigos re
gulares ............................................................... 19
5. El ministerio pastoral según el Vaticano II 24
6. Marco referencial de la vocación escolapia 29
7. La misión del sacerdote escolapio- hoy....... 34
NOTAS ..................................................................... 39