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La Estructura y Función de los Mitos

Este documento discute la importancia de estudiar los mitos en las sociedades tradicionales donde aún tienen vida y significado. Explica cómo los mitos justifican la conducta humana y dan sentido a la existencia. También argumenta que es mejor comenzar estudiando las mitologías de las sociedades arcaicas, donde los mitos aún cumplen un papel fundamental, en lugar de las grandes mitologías que han sido modificadas y sistematizadas. Finalmente, ofrece una definición de mito como la narración de un evento sagrado ocurrido
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La Estructura y Función de los Mitos

Este documento discute la importancia de estudiar los mitos en las sociedades tradicionales donde aún tienen vida y significado. Explica cómo los mitos justifican la conducta humana y dan sentido a la existencia. También argumenta que es mejor comenzar estudiando las mitologías de las sociedades arcaicas, donde los mitos aún cumplen un papel fundamental, en lugar de las grandes mitologías que han sido modificadas y sistematizadas. Finalmente, ofrece una definición de mito como la narración de un evento sagrado ocurrido
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CAPITULO I

L A E S T R U C T U R A D E L O S M IT O S

LA IMPORTANCIA DEL «M ITO VIV O »

Desde hace más de medio siglo, los estudiosos


occidentales han situado el estudio del mito en una
perspectiva que contrastaba sensiblemente con la de,
pongamos por caso, el siglo xix. En vez de tratar,
como sus predecesores, el mito en la acepción usual
del término, es decir, en cuanto «fábula», «inven­
ción», «ficción», le han aceptado tal como le com­
prendían las sociedades arcaicas, en las que el mito
designa, por el contrario, una «historia verdadera»,
y lo que es más, una historia de inapreciable valor,
porque es sagrada, ejemplar y significativa. Pero este
nuevo valor semántico acordado al vocablo «mito»
hace su empleo en el lenguaje corriente harto equí­
voco. En efecto, esta palabra se utiliza hoy tanto en
el sentido de «ficción» o de «ilusión» como en el
sentido, familiar especialmente a los etnólogos, a los
sociólogos y a los historiadores de las religiones, de
«tradición sagrada, revelación primordial, modelo
ejemplar».
Se insistirá más adelante sobre la historia de las
diferentes significaciones que el término «mito» ha
adoptado en el mundo antiguo y cristiano (cf. capí­
tulos VIII-IX). Es de todos conocido que a partir de
Jenófanes (hacia 565-470) —que fue el primero en
8 Mito y realidad

criticar y rechazar las expresiones «mitológicas» de


la divinidad utilizadas por Homero y Hesiodo— los
griegos fueron vaciando progresivamente al mythos
de todo valor religioso o metafísico. Opuesto tanto
a logos como más tarde a historia, mythos terminó
por significar todo «lo que no puede existir en la
realidad»., Por su parte, el judeocristianismo relegaba
al dominio de la «mentira» y de la «ilusión» todo
aquello que no estaba justificado o declarado válido
por uno de los dos Testamentos.
No es en este sentido (por lo demás el más usual
en el lenguaje corriente) en el que nosotros entende­
mos el «mito». Precisando más, no es el estadio men­
tal o el momento histórico en que el mito ha pasado
a ser una «ficción» el que nos interesa. Nuestra in­
vestigación se dirigirá, en primer lugar, hacia las
sociedades en las que el mito tiene —o ha tenido
hasta estos últimos tiempos— «vida», en el sentido
de proporcionar modelos a la conducta humana y
conferir por eso mismo significación y valor a la exis­
tencia. Comprender la estructura y la función de los
mitos en las sociedades tradicionales en cuestión no
estriba sólo en dilucidar una etapa en la historia del
pensamiento humano, sino también en comprender
mejor una categoría de nuestros contemporáneos.
Para limitamos a un ejemplo, el de los «cargo
cults» de Oceanía, sería difícil interpretar toda una
serie de actuaciones insólitas sin recurrir a su justi­
ficación mítica. Estos cultos proféticos y milenarios
proclaman la inminencia de una era fabulosa de abun­
dancia y de beatitud. Los indígenas serán de nuevo
los señores de sus islas y no trabajarán más, pues los
muertos volverán en magníficos navios cargados de
mercancías, semejantes a los cargos gigantescos que
los Blancos acogen en sus puertos. Por eso la ma-
A 9
La estructura de los mitos

yoría de esos «cargo cults» exige, por una parte, la


destrucción de los animales domésticos y de los en­
seres, y por otra, la construcción de vastos almace­
nes donde se depositarán las provisiones traídas por
los muertos. Tal movimiento profetiza la arribada
de Cristo en un barco de mercancías; otro espera la
llegada de «América». Una nueva era paradisíaca
dará comienzo y los miembros del culto alcanzarán
la inmortalidad. Ciertos cultos implican asimismo ac­
tos orgiásticos, pues las prohibiciones y las costum­
bres sancionadas por la tradición perderán su razón
de ser y darán paso a la libertad absoluta. Ahora
bien: todos estos actos y creencias se explican por
el mito del aniquilamiento del Mundo seguido de una
nueva Creación y de la instauración de la Edad de
Oro, mito que nos ocupará más adelante.
Hechos similares se produjeron en 1960 en el Con­
go con ocasión de la independencia del país. En cier­
tos pueblos, los indígenas quitaron los techos de las
chozas para dejar paso libre a las monedas de oro
que harán llover los antepasados. En otros, en medio
del abandono general, tan sólo se cuidaron de los
caminos que conducían al cementerio, para permitir
a los antepasados el acceso al pueblo. Los mismos
excesos orgiásticos tenían un sentido, ya que, según
el mito, el día de la Nueva Era todas las mujeres per­
tenecerán a todos los hombres.
Con mucha probabilidad, hechos de este género
serán cada vez más raros. Se puede suponer que el
«comportamiento mítico» desaparecerá con la inde­
pendencia política de las antiguas colonias. Pero lo
que sucederá en un porvenir más o menos lejano no
nos puede ayudar a comprender lo que acaba de
pasar. Lo que nos importa, ante todo, es captar
el sentido de estas conductas extrañas, comprender
10 M ito y realidad

su causa y la justificación de estos excesos. Pues


comprenderlos equivale a reconocerlos en tanto que
hechos humanos, hechos de cultura, creación del es­
píritu —y no irrupción patológica de instintos, bes­
tialidad o infantilismo—. No hay otra alternativa:
o esforzarse en negar, minimizar u olvidar, tales exce­
sos, considerándolos como casos aislados de «salva­
jismo», que desaparecerán completamente cuando las
tribus se civilicen, o bien molestarse en comprender
los antecedentes míticos que explican los excesos de
este género, los justifican y les confieren un valor
religioso. Esta última actitud es, a nuestro parecer,
la única que merece adoptarse. Unicamente en una
perspectiva histórico-religiosa tales conductas son sus­
ceptibles de revelarse como hechos de cultura y pier­
den su carácter aberrante o monstruoso de juego
infantil o de acto puramente instintivo.

EL INTERES DE LAS «MITOLOGIAS PRIM ITIVAS»

Todas las grandes religiones mediterráneas y asiá­


ticas cuentan con mitologías. Pero es preferible no
hilvanar el estudio del mito partiendo, por ejemplo, de
la mitología griega, o egipcia, o india. La mayoría de
los mitos griegos fueron contados, y, por tanto, modifi­
cados, articulados, sistematizados por Hesiodo y H o­
mero, por los rapsodas y mitógrafos. Las tradicio­
nes mitológicas del Próximo Oriente y de la India
han sido cuidadosamente reinterpretadas y elabora­
das por los respectivos teólogos y ritualistas. No quie­
re decir esto: l.°, que estas Grandes Mitologías hayan
perdido su «sustancia mítica» y no sean sino «lite­
raturas», o 2.°, que las tradiciones mitológicas de las
sociedades arcaicas no hayan sido elaboradas por
La estructura de los mitos 11

sacerdotes y bardos. Al igual que las Grandes Mito­


logías, que han acabado por transmitirse por textos
escritos, las mitologías «primitivas», que los primeros
viajeros, misioneros y etnógrafos han conocido en su
estadio oral, tienen su «historia»; dicho de otro mo­
do: se han transformado y enriquecido a lo largo
de los años, bajo la influencia de otras culturas su­
periores, o gracias al genio creador de ciertos indi­
viduos excepcionalmente dotados.
Sin embargo, es preferible comenzar por el estudio
del mito en las sociedades arcaicas y tradicionales,
sin perjuicio de abordar más tarde las mitologías de
los pueblos que han desempeñado un papel impor­
tante en la historia. Y esto porque, a pesar de sus
modificaciones en el transcurso del tiempo, los mitos
de los «primitivos» reflejan aún un estado primor­
dial. Se trata, a lo más, de sociedades en las que los
mitos están aún vivos y fundamentan y justifican todo
el comportamiento y la actividad del hombre. El pa­
pel y la función de los mitos son susceptibles (o lo
han sido hasta estos últimos tiempos) de ser obser­
vados y descritos minuciosamente por los etnólogos.
A propósito de cada mito, así como de cada ritual,
de las sociedades arcaicas, ha sido posible interrogar
a los indígenas y enterarse, al menos en parte, de las
significaciones que les atribuyen. Evidentemente, es­
tos «documentos vivos» registrados en el curso de
encuestas hechas sobre el terreno no resuelven en
modo alguno todas nuestras dificultades. Pero tienen
la ventaja, considerable, de ayudarnos a plantear co­
rrectamente el problema, es decir, a situar el mito en
su contexto socio-religioso original.
ENSAYO DE UNA DEFINICION DEL MITO

Sería difícil encontrar una definición de mito que


fuera aceptada por todos los eruditos y que al mismo
tiempo fuera accesible a los no especialistas. Por lo
demás, ¿acaso es posible encontrar una definición
única capaz de abarcar todos los tipos y funciones
de los mitos en todas las sociedades, arcaicas y tra­
dicionales? El mito es una realidad cultural extrema­
damente compleja, que puede abordarse e interpre­
tarse en perspectivas múltiples y complementarias.
Personalmente, la definición que me parece menos
imperfecta, por ser la más amplia, es la siguiente:
el mito cuenta una historia sagrada; relata un acon­
tecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primor­
dial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho
de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las
hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha
venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el
Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una
especie vegetal, un comportamiento humano, una ins­
titución. Es, pues, siempre el relato de una «crea­
ción»: se narra cómo algo ha sido producido, ha
comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha
sucedido realmente, de lo que se ha manifestado ple­
namente. Los personajes de los mitos son Seres Sobre­
naturales. Se les conoce sobre todo por lo que han
hecho en el tiempo prestigioso de los «comienzos».
Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y des­
velan la sacralidad (o simplemente la «sobre-natura­
lidad») de sus obras. En suma, los mitos describen
las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo
sagrado (o de lo «sobrenatural») en el Mundo. Es
esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta real­
La estructura de los mitos 13

mente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día.


Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal,
sexuado y cultural, a consecuencia de las interven­
ciones de los seres sobrenaturales.
Se tendrá ocasión más adelante de completar y de
matizar estas indicaciones preliminares, pero de mo­
mento importa subrayar un hecho que nos parece
esencial: el mito se considera como una historia sa­
grada y, por tanto, una «historia verdadera», puesto
que se refiere siempre a realidades. El mito cosmo­
gónico es «verdadero», porque la existencia del Mun­
do está ahí para probarlo; el mito del origen de la
muerte es igualmente «verdadero», puesto que la mor­
talidad del hombre lo prueba, y así sucesivamente.
Por el mismo hecho de relatar el mito las gestas
de los seres sobrenaturales y la manifestación de sus
poderes sagrados, se convierte en el modelo ejemplar
de todas las actividades humanas significativas. Cuan­
do el misionero y etnólogo C. Strehlow preguntaba a
los australianos Arunta por qué celebraban ciertas
ceremonias, le respondían invariablemente: «Porque
los antepasados lo han prescrito así» \ Los Kai de
Nueva Guinea se negaban a modificar su manera de
vivir y de trabajar, y daban como explicación: «Así
lo hicieron los Nemu (los Antepasados míticos) y nos­
otros lo hacemos de igual manera» 2. Interrogado so­
bre la razón de tal o cual detalle de cierta ceremonia,
el cantor Navaho contestaba: «Porque el Pueblo
santo lo hizo de esta manera la primera vez» 3. En­
contramos exactamente la misma justificación en la
plegaria que acompaña un ritual tibetano primitivo:
«Como ha sido transmitido desde el principio de la
creación de la tierra, así nosotros debemos sacrificar
(...). Como nuestros antepasados hicieron en los tiem­
pos antiguos, así hacemos hoy» 4. Tal es también la
14 M ito y realidad

justificación invocada por los teólogos y ritualistas


hindúes: «Debemos hacer lo que los dioses han he­
cho en un principio» (Satapatha Bráhmana, VII, 2,
1, 4). «Así hicieron los dioses; así hacen los hombres»
(Taittiriya Bráhmana, 1, 5, 9, 4 ) 5.
Como hemos señalado en otro lugar 6, incluso los
modos de conducta y las actividades profanas del
hombre encuentran sus modelos en las gestas de los
Seres Sobrenaturales. Entre los Navaho, «las mujeres
han de sentarse con las piernas debajo de sí y de lado;
los hombres, con las piernas cruzadas delante de ellos,
porque se dijo que en un principio la Mujer cam­
biante y el Matador de monstruos se sentaron en estes
posturas» 7. Según las tradiciones míticas de una tribu
australiana, los Karadjeri, todas sus costumbres, todos
sus comportamientos se fundaron en el «tiempo del
Ensueño» por dos Seres Sobrenaturales, Bagadjimbiri
(por ejemplo, la manera de cocer tal o cual grano o
de cazar tal animal con ayuda de un palo, la posición
especial que debe adoptarse para orinar, etc.)8.
Sería inútil multiplicar ejemplos. Como lo hemos
demostrado en El mito del eterno retorno, y como se
verá aún mejor por lo que sigue, la función principal
del mito es revelar los modelos ejemplares de todos
los ritos y actividades humanas significativas: tanto
la alimentación o el matrimonio como el trabajo, la
educación, el arte o la sabiduría. Esta concepción no
carece de importancia para la comprensión del hom­
bre de las sociedades arcaicas y tradicionales, -y de
ellas nos ocuparemos más adelante.
«HISTORIA VERDADERA»-«HISTORIA FALSA»

Debemos añadir que en las sociedades en que el


mito está aún vivo, los indígenas distinguen cuida­
dosamente los mitos —«historias verdaderas»— de
las fábulas o cuentos, quellam an «Historias falsas».
Los Pawnee «hacen una distinción entre las 'his­
torias verdaderas’ y las 'historias falsas’, y colocan
entre las historias 'verdaderas’, en primer lugar, to­
das aquellas que tratan de los orígenes del mundo;
sus protagonistas son seres divinos, sobrenaturales,
celestes o astrales. A continuación vienen los cuen­
tos que narran las aventuras maravillosas del héroe
nacional, un joven de humilde cuna que llegó a ser
el salvador de su pueblo, al liberarle de monstruos,
al librarle del hambre o de otras calamidades, o al
llevar a cabo otras hazañas nobles y beneficiosas.
Vienen, por último, las historias que se relacionan
con los medicine-men, y explican cómo tal o cual mago
adquirió sus poderes sobrehumanos o cómo nació tal
o cual asociación de chamanes. Las historias 'falsas’
son aquellas que cuentan las aventuras y hazañas en
modo alguno edificantes del coyote, el lobo de la
pradera. En una palabra: en las historias 'verdaderas’
nos hallamos frente a frente de lo sagrado o de lo
sobrenatural; en las 'falsas’, por el contrario, con un
contenido profano, pues el coyote es sumamente po­
pular en esta mitología como en otras mitologías nor­
teamericanas, donde aparece con los rasgos del astuto,
del picaro, del prestidigitador y del perfecto bribón» 9.
Igualmente, los Cherokees distinguen entre mitos
sagrados (cosmogonía, creación de astros, origen de
la muerte) e historias profanas que explican, por
ejemplo, ciertas curiosidades anatómicas o fisiológi­
16 M ito y realidad

cas de los animales. Reaparece la misma distinción


en Africa; los Herero estiman que las historias que
narran los principios de los diferentes grupos de la
tribu son verdaderas, porque se refieren a hechos que
han tenido lugar realmente, mientras que los cuentos
más o menos cómicos no tienen ninguna base. En
cuanto a los indígenas de Togo, consideran sus mitos
de origen «absolutamente reales» 10.
Por esta razón no se pueden contar indiferente­
mente los mitos. En muchas tribus no se recitan de­
lante de las mujeres o de los niños, es decir, de los
no iniciados. Generalmente, los viejos instructores co­
munican los mitos a los neófitos durante su período
de aislamiento en la espesura, y esto forma parte de
su iniciación. R. Piddington hace notar a propósito
de los Karadjeri: «Los mitos sagrados que no pueden
ser conocidos de las mujeres se refieren principalmen­
te a la cosmogonía y, sobre todo, a la institución de
las ceremonias de iniciación» u .
Mientras que las «historias falsas» pueden contarse
en cualquier momento y en cualquier sitio, los mitos
no deben recitarse más que durante un lapso de tiem­
po sagrado (generalmente durante el otoño o el in­
vierno, y únicamente de noche)12. Esta costumbre
se conserva incluso en pueblos que han sobrepasado
el estadio arcaico de cultura. Entre los turco-mon­
goles y los tibetanos, la recitación de cantos épicos
del ciclo Gesor no puede tener lugar más que de
noche y en invierno. «La recitación se asimila a un
poderoso encanto. Ayuda a obtener ventajas de toda
índole, especialmente éxito en la caza y en la gue­
rra (...). Antes de recitar se prepara un área espol­
voreada con harina de cebada tostada. El auditorio se
sienta alrededor. El bardo recita la epopeya durante
varios días. En otro tiempo, se dice, se veían entonces
La estructura de los mitos 17

las huellas de los cascos del caballo de César sobre


esta área. La recitación provocaba, pues, la presencia
real del héroe» 13.

LO QUE REVELAN LOS MITOS

La distinción hecha por los indígenas entre «histo­


rias verdaderas» e «historias falsas» es significativa.
Las dos categorías de narraciones presentan «histo­
rias», es decir, relatan una serie de acontecimientos
que tuvieron lugar en un pasado lejano y fabuloso.
A pesar de que los personajes de los mitos son en
general Dioses y Seres Sobrenaturales, y los de los
cuentos héroes o animales maravillosos, todos estos
personajes tienen en común esto: no pertenecen al
mundo cotidiano. Y, sin embargo, los indígenas se
dieron cuenta de que se trataba de «historias» radi­
calmente diferentes. Pues todo lo que se relata en los
mitos les concierne directamente, mientras que los
cuentos y las fábulas se refieren a acontecimientos
que, incluso cuando han aportado cambios en el
Mundo (cf. las particularidades anatómicas o fisio­
lógicas de ciertos animales), no han modificado la
condición humana en cuanto t a l 14.
En efecto, los mitos relatan no sólo el origen del
Mundo, de los animales, de las plantas y del hombre,
sino también todos los acontecimientos primordiales
a consecuencia de los cuales el hombre ha llegado a
ser lo que es hoy, es decir, un ser mortal, sexuado,
organizado en sociedad, obligado a trabajar para vi­
vir, y que trabaja según ciertas reglas. Si el Mundo
existe, si el hombre existe, es porque los Seres Sobre­
naturales han desplegado una actividad creadora en
los «comienzos». Pero otros acontecimientos han te­
18 M ito y realidad

nido lugar después de la cosmogonía y la antropo-


gonía, y el hombre, tal como es hoy, es el resultado
directo de estos acontecimientos míticos, está consti­
tuido por estos acontecimientos. Es mortal, porque
algo ha pasado in illo tempore. Si eso no hubiera su­
cedido, el hombre no sería mortal: habría podido
existir indefinidamente como las piedras, o habría
podido cambiar periódicamente de piel como las ser­
pientes y, por ende, hubiera sido capaz de renovar su
vida, es decir, de recomenzarla indefinidamente. Pero
el mito del origen de la muerte cuenta lo que sucedió
in illo tempore, y al relatar este incidente explica por
qué el hombre es mortal.
Del mismo modo, determinada tribu vive de la pes­
ca, y esto porque en los tiempos míticos un Ser Sobre­
natural enseñó a sus antepasados cómo capturar y
cocer los pescados. El mito cuenta la historia de la
primera pesca efectuada por el Ser Sobrenatural, y al
hacer esto revela a la vez un acto sobrehumano, ense­
ña a los humanos cómo efectuarlo a su vez y, final­
mente, explica por qué esta tribu debe alimentarse
de esta manera.
Se podrían multiplicar fácilmente los ejemplos. Pero
los que preceden muestran ya por qué el mito es, para
el hombre arcaico, un asunto de la mayor importancia,
mientras que los cuentos y las fábulas no lo son. El
mito le enseña las «historias» primordiales que le han
constituido esencialmente, y todo lo que tiene relación
con su existencia y con su propio modo de existir en
el Cosmos le concierne directamente.
inmediatamente se verán las consecuencias que esta
concepción singular ha tenido para la conducta del
hombre arcaico. Hagamos notar que, así como el
hombre moderno se estima constituido por la His­
toria, el hombre de las sociedades arcaicas se declara
La estructura de los mitos 19

como el resultado de cierto número de aconteci­


mientos míticos. Ni uno ni otro se consideran «da­
dos», «hechos» de una vez para siempre, como, por
ejemplo, se hace un utensilio, de una manera defini­
tiva. Un moderno podría razonar de la manera si­
guiente: soy tal como soy hoy día porque un cierto
número de acontecimientos me han sucedido, pero
estos acontecimientos no han sido posibles más que
porque la agricultura fue descubierta hace ocho o
nueve mil años y porque las civilizaciones urbanas
se desarrollaron en el Oriente Próximo antiguo, por­
que Alejandro Magno conquistó Asia y Augusto fun­
dó el Imperio romano, porque Galileo y Newton
revolucionaron la concepción del Universo, abriendo
el camino para los descubrimientos científicos y pre­
parando el florecimiento de la civilización industrial,
porque tuvo lugar la Revolución francesa y porque
las ideas de libertad, democracia y justicia social
trastocaron el mundo occidental después de las gue­
rras napoleónicas, y así sucesivamente.
De igual modo, un «primitivo» podría decirse: soy
tal como soy hoy porque una serie de acontecimien­
tos tuvieron lugar antes de mí. Tan sólo debería aña­
dir, acto seguido: esos acontecimientos sucedieron
en los tiempos míticos, y, por consiguiente, consti­
tuyen una historia sagrada, porque los personajes del
drama no son humanos, sino Seres Sobrenaturales.
Y aún más: mientras que un hombre moderno, a pe­
sar de considerarse el resultado del curso de la His­
toria universal, no se siente obligado a conocerla en
su totalidad, el hombre de las sociedades arcaicas no
sólo está obligado a rememorar la historia mítica de
su tribu, sino que reactualiza periódicamente una gran
parte de ella. Es aquí donde se nota la diferencia más
importante entre el hombre de las sociedades arcaicas
20 M ito y realidad

y el hombre moderno: la irreversibilidad de los acon­


tecimientos, que, para este último, es la nota caracte­
rística de la Historia, no constituye una evidencia
para el primero.
Constantinopla fue conquistada por los turcos en
1453 y la Bastilla cayó el 14 de julio de 1789. Estos
acontecimientos son irreversibles. Sin duda, al haberse
convertido el 14 de julio en la fiesta nacional de la
República francesa, se conmemora anualmente la
toma de la Bastilla, pero no se reactualiza el aconte­
cimiento histórico propiamente dicho 15. Para el hom­
bre de las sociedades arcaicas, por el contrario, lo
que pasó ab origine es susceptible de repetirse por la
fuerza de los ritos. Lo esencial para él es, pues, cono­
cer los mitos. No sólo porque los mitos le ofrecen
una explicación del Mundo y de su propio modo de
existir en el mundo, sino,, sobre todo, porque al re­
memorarlos, al reactualizarlos, es capaz de repetir lo
que los Dioses, los Héroes o los Antepasados hicieron
ab origine. Conocer los mitos es aprender el secreto
del origen de las cosas. En otros términos: se apren­
de no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia,
sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas re­
aparecer cuando desaparecen.

LO QUE QUIERE DECIR «CONOCER LOS M ITOS»

Los mitos totémicos australianos consisten la ma­


yoría de las veces en la narración bastante monótona
de las peregrinaciones de los antepasados míticos o de
los animales totémicos. Se cuenta cómo, en el «tiem­
po del sueño» (alcheringa) —es decir, en el tiempo
mítico— estos Seres Sobrenaturales hicieron su apari­
ción sobre la Tierra y emprendieron largos viajes,
La estructura de los mitos 21

parándose a veces para modificar el paisaje o produ­


cir ciertos animales y plantas, y finalmente desapa­
recieron bajo tierra. Pero el conocimiento de estos
mitos es esencial para la vida de los australianos. Los
mitos les enseñan cómo repetir los gestos creadores
de los Seres Sobrenaturales y, por consiguiente, cómo
asegurar la multiplicación de tal animal o de tal
planta.
Estos mitos se comunican a los neófitos durante su
iniciación. O, más bien, se «celebran», es decir, se les
reactualiza. «Cuando los jóvenes pasan por las diver­
sas ceremonias de iniciación, se celebran ante ellos
una serie de ceremonias que, a pesar de representarse
exactamente como las del culto propiamente dicho
—salvo ciertas particularidades características—, no
tienen, sin embargo, por meta la multiplicación y cre­
cimiento del tótem de que se trate, sino que van enca­
minadas a mostrar la manera de celebrar estos cultos
a quienes se va a elevar, o que acaban de ser elevados,
al rango de hombres» 16.
Se ve, pues, que la «historia» narrada por el mito
constituye un «conocimiento» de orden esotérico no
sólo porque es secreta y se transmite en el curso de
una iniciación, sino también porque este «conocimien­
to» va acompañado de un poder mágico-religioso.
En efecto, conocer el origen de un objeto, de un
animal, de una planta, etc., equivale a adquirir sobre
ellos un poder mágico, gracias al cual se logra domi­
narlos, multiplicarlos o reproducirlos a voluntad. Er-
land Nordenskiold ha referido algunos ejemplos par­
ticularmente sugestivos de los indios Cuna. Según sus
creencias, el cazador afortunado es el que conoce el
origen de la caza. Y si se llega a domesticar a ciertos
animales, es porque los magos conocen el secreto de
su creación. Igualmente se es capaz de tener en la
22 M ito y realidad

mano un hierro al rojo o de coger serpientes veneno­


sas a condición de conocer el origen del fuego y de
las serpientes. Nordenskióld cuenta que «en un pue­
blo Cuna, Tientiki, hay un muchacho de catorce
años que entra impunemente en el fuego tan sólo
porque conoce el encanto de la creación del fuego.
Pérez vio frecuentemente a personas coger un hierro
al rojo y a otras domesticar serpientes» 17.
Se trata de una creencia muy extendida y que no
es propia de un cierto tipo de cultura. En Timor, por
ejemplo, cuando un arrozal no medra, alguien que
conoce las tradiciones míticas relativas al arroz se
traslada al campo. «Allí pasa la noche en la cabaña
de la plantación recitando las leyendas que explican
cómo se llegó a poseer el arroz (mito de origen)... Los
que hacen esto no son sacerdotes» 1S. Al recitar el
mito de origen, se obliga al arroz a mostrarse her­
moso, vigoroso y tupido, como era cuando apareció
por primera vez. No se le recuerda cómo ha sido
creado, a fin de «instruirle», de enseñarle cómo debe
comportarse. Se le fuerza mágicamente a retornar al
origen, es decir, a reiterar su creación ejemplar.
El Kalevala cuenta cómo el viejo Váinámóinen se
hirió gravemente cuando estaba ocupado en construir
una barca. Entonces «se puso a urdir encantamien­
tos a la manera de todos los curanderos mágicos. Can­
tó el nacimiento de la causa de su herida, pero no
pudo acordarse de las palabras que narraban el co­
mienzo del hierro, las palabras que podían precisa­
mente curar la brecha abierta por la hoja de acero
azul». Al fin, después de haber buscado la ayuda de
otros magos, Váinámóinen exclamó: «¡Me acuerdo
ahora del origen del hierro! Y comenzó el siguiente
relato: el Aire es la primera de las madres. El Agua
es la mayor de los hermanos, el Fuego es el segundo
Im estructura de los mitos 23

y el Hierro es el más joven de los tres. Ukko, el gran


Creador, separó la Tiera del Agua e hizo aparecer el
suelo en las regiones marinas, pero el hierro no había
nacido aún. Entonces se frotó las palmas de las ma­
nos sobre su rodilla izquierda. Así nacieron las tres
hadas que habían de ser las madres del hierro» 19.
Notemos que en este ejemplo el mito deP origen del
hierro forma parte del mito cosmogónico y en cierto
modo lo prolonga. Tenemos aquí una nota específica
de los mitos de origen sumamente importante y cuyo
estudio se hará en el capítulo siguiente.
La idea de que un remedio no actúa más que si se
conoce su origen está muy extendida. Citemos nue­
vamente a Erland Nordenskióld: «Cada canto má­
gico debe estar precedido de un encantamiento que
habla del origen del remedio empleado, de otro modo
no será eficaz (...). Para que el remedio o el canto
de remedio haga efecto hay que conocer el origen
de la planta, la manera cómo fue alumbrada por la
primera mujer» 20. En los cantos rituales na-khi pu­
blicados por J. F. Rock se dice expresamente: «Si
no se cuenta el origen del medicamento, no debe uti­
lizarse» 21. O también: «A menos que se relate su
origen, no se debe hablar de él» ’22.
Veremos en el capítulo siguiente que, como en el
mito de Váinámóinen citado anteriormente, el origen
de los remedios está íntimamente ligado a la narra­
ción del origen del mundo. Precisemos aquí, no obs­
tante, que se trata de una concepción general que
puede formularse de esta suerte: No se puede cum- /
plir un ritual si no se conoce el «.origen», es decir, el
mito que cuenta cómo ha sido efectuado la primera/
vez. Durante el servicio funerario, el chamán na-khi,
dto-mba, canta:
24 M ito y realidad

«Vamos ahora a acompañar al muerto y a conocer de


[nuevo la pena,
Vamos a danzar de nuevo y a derribar a los demonios. |
No se debe hablar.
Si se ignora el origen de la danza,
No se puede danzar» 23.

Esto recuerda extraordinariamente las declaraciones


de los Uitoto a Preuss: «Son las palabras (los mitos) f
de nuestro padre, sus propias palabras. Gracias a es-1
tas palabras danzamos; no habría danza si no nos
las hubiera dado» 24.
En la mayoría de los casos, no basta conocer el i
mito de origen, hay que recitarlo; se proclama de
alguna manera su conocimiento, se muestra. Pero esto
no es todo; al recitar o al celebrar el mito del origen, I
se deja uno impregnar de la atmósfera sagrada en la
que se desarrollaron esos acontecimientos milagrosos. I
El tiempo mítico de los orígenes es un tiempo «fuer-l
te», porque ha sido transfigurado por la presencial
activa, creadora, de los Seres Sobrenaturales. Al reci-l
tar los mitos se reintegra este tiempo fabuloso y, porl
consiguiente, se hace uno de alguna manera «contem-|
poráneo» de los acontecimientos evocados, se com­
parte la presencia de los Dioses o de los Héroes. En!
una fórmula sumaria, se podría decir que, al «vivir»
los mitos, se sale del tiempo profano, cronológico,!
y se desemboca en un tiempo cualitativamente dife-1
rente, un tiempo «sagrado», a la vez primordial e in-1
definidamente recuperable. Esta función del mito, I
sobre la cual hemos insistido en Le Mythe de l’ÉternelX
Retour (especialmente en las páginas 35 ss), se desta-l
cará mejor aún en el curso de los análisis que se-l
guirán.
ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DE LOS MITOS

Estas observaciones preliminares bastan para pre­


cisar ciertas notas características del mito. De una
manera general se puede decir que el mito, tal como
es vivido por las sociedades arcaicas, l.°, constituye
la historia de los actos de los Seres Sobrenaturales;
2.°, que esta Historia se considera absolutamente ver­
dadera (porque se refiere a realidades) y sagrada (por­
que es obra de los Seres Sobrenaturales); 3.°, que el
mito se refiere siempre a una «creación», cuenta
cómo algo ha llegado a la existencia o cómo un com­
portamiento, una institución, una manera de trabajar,
se han fundado; es ésta la razón de que los mitos
constituyan los paradigmas de todo acto humano sig­
nificativo; 4.°, que al conocer el mito, se conoce el
«origen» de las cosas y, por consiguiente, se llega a
dominarlas y manipularlas a voluntad; no se trata
de un conocimiento «exterior», «abstracto», sino de
un conocimiento que se «vive» ritualmente, ya al na­
rrar ceremonialmente el mito, ya al efectuar el ritual
para el que sirve de justificación; 5.°, que, de una
manera o de otra, se «vive» el mito, en el sentido
de que se está dominado por la potencia sagrada, que
exalta los acontecimientos que se rememoran y se
reactualizan.
«Vivir» los mitos implica, pues, una experiencia
verdaderamente «religiosa», puesto que se distingue
de la experiencia ordinaria, de la vida cotidiana. La
«religiosidad» de esta experiencia se debe al hecho
de que se reactualizan acontecimientos fabulosos, exal­
tantes, significativos; se asiste de nuevo a las obras
creadoras de los Seres Sobrenaturales; se deja de exis­
tir en el mundo de todos los días y se penetra en un
26 M ito y realidad

mundo transfigurado, auroral, impregnado de la pre­


sencia de los Seres Sobrenaturales. No se trata de una
conmemoración de los acontecimientos míticos, sino
de su reiteración. Las personas del mito se hacen
presentes, uno se hace su contemporáneo. Esto im­
plica también que no se vive ya en el tiempo crono­
lógico, sino en el Tiempo primordial, el Tiempo en el
que el acontecimiento tuvo lugar por primera vez.
Por esta razón se puede hablar de «tiempo fuer­
te» del mito: es el Tiempo prodigioso, «sagrado»,
en el que algo nuevo, fuerte y significativo se mani­
festó plenamente. Revivir aquel tiempo, reintegrarlo
lo más a menudo posible, asistir de nuevo al espec­
táculo de las obras divinas, reencontrar los seres so­
brenaturales y volver a aprender su lección creadora
es el deseo que puede leerse como en filigrana en to­
das las reiteraciones rituales de los mitos. En suma,
los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida
tienen un origen y una historia sobrenatural, y que
esta historia es significativa, preciosa y ejemplar.
No podría concluirse de modo mejor que citando
los pasajes clásicos en los que Bronislav Malinowski
trató de desentrañar la naturaleza y función del mito
en las sociedades primitivas: «Enfocado en lo que
tiene de vivo, el mito no es una explicación destinada
a satisfacer una curiosidad científica, sino un relato
que hace revivir una realidad original y que responde
a una profunda necesidad religiosa, a aspiraciones
morales, a coacciones e imperativos de orden social,
e incluso a exigencias prácticas. En las civilizaciones
primitivas el mito desempeña una función indispensa­
ble: expresa, realza y codifica las creencias; salva­
guarda los principios morales y los impone; garantiza
la eficacia de las ceremonias rituales y ofrece reglas
prácticas para el uso del hombre. El mito es, pues,
La estructura de los mitos 21

un elemento esencial de la civilización humana; lejos


de ser una vana fábula, es, por el contrario, una
realidad viviente a la que no se deja de recurrir;
no es en modo alguno una teoría abstracta o un des­
file de imágenes, sino una verdadera codificación de
la religión primitiva y de la sabiduría práctica (...).
Yodos estos relatos son para los indígenas la expre­
sión de una realidad original, mayor y más llena de
sentido que la actual, y que determina la vida inme­
diata, las actividades y los destinos de la humanidad.
El conocimiento que el hombre tiene de esta realidad
le revela el sentido de los ritos y de los preceptos de
orden moral, al mismo tiempo que el modo de cum­
plirlos» 25.

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