LA LEYENDA DEL MUIRAQUITA
El muiraquita, piedra verde esculpida en forma de sapo, era usado por las mujeres
tapajós como amuleto para prevenir enfermedades y evitar la infertilidad. La creencia se
difundió por el Bajo Amazonas y llegó al Caribe, donde se encontraron muiraquitas
amazónicos. La fama y el exotismo del amuleto lo convirtieron en un objeto de deseo desde
los inicios de la colonización de la Amazonia, en los siglos XVII y XVIII, cuando fueron
encontrados por la primera vez en las proximidades de los ríos Nhamundá y Tapajós. Pocos
son los ejemplares que pueden apreciarse actualmente, principalmente en su región
originaria. Están repartidos por los principales museos del mundo y en colecciones
particulares, pero el Museo de Santarém exhibe una muestra del raro artefacto, además de
las réplicas hechas en cerámica y otros materiales. Cuenta la leyenda que antiguamente
había una tribu de mujeres guerreras, las Icamiabas, que no tenían marido y no dejaban que
nadie se aproximase a su aldea. Manejaban el arco y la fl echa con una pericia
extraordinaria. Parece ser que Iaci, la luna, las protegía. Una vez al año recibían a los
guerreros Guacaris en la aldea, como si fuesen sus maridos. Si nacía un niño se lo
entregaban a los guerreros para criarlo, si era niña, se quedaban con ella. Ese día tan
especial, un poco antes de la media noche, cuando la luna estaba a plomo, se dirigían en
procesión para el lago llevando a hombros botes llenos de perfumes que derramaban en el
agua para el baño purifi cador. A media noche se sumergían en el lago y cogían un barro
verde, dándole variadas formas: de sapo, pez, tortuga y otros animales. Pero la forma de
sapo es la más representada, por ser la más original. Ellas se lo daban a los Guacaris, que lo
llevaban colgados en el cuello, enfi lados en una trenza de cabello de las novias, como
amuleto. Hasta hoy, se cree que el Muiraquita proporciona felicidad a quien lo posee,
siendo, por tanto, considerado un amuleto de suerte para su propietario y también la cura
para casi todas las enfermedades.
LA LEYENDA DEL RÍO AMAZONAS
Hace mucho tiempo, cuando los animales todavía hablaban, el Sol se enamoró de la
Luna y fue correspondido por ella. No obstante, se dieron cuenta en poco tiempo que, al
aproximarse, uno destruía al otro: el Sol derretía a la Luna y la Luna apagaba al Sol.
Percibieron así que ese amor era imposible, pues al aproximarse uno al otro, el planeta
Tierra, tan dependiente de esos grandes astros, sería totalmente destruido, pues el amor
ardiente del Sol, derretía a la Luna, y las aguas de la Luna inundarían la tierra. Fue entonces
cuando ellos decidieron separarse. La Luna, en desacuerdo con la separación, lloró días y
noches seguidas. Sus abundantes lágrimas, se derramaron sobre la Tierra hasta llegar al
mar; pero al llegar allí, fueron rechazadas por ser de agua dulce y las aguas del mar,
saladas. De tal modo que esas aguas, que eran lágrimas de la Luna, y que fueron devueltas
por el mar, se transformaron en nuestro grandioso río Amazonas.
En el Reino de las Piedras Verdes solo existían mujeres, conocidas como las Icamiabas,
“mujeres sin marido”, vivían solas, lideradas por una virgen que no tenía contacto con el
sexo masculino, y regidas por sus propias leyes en el interior de la región del río
Nhamundá. Eran muy trabajadoras, así como eximias cazadoras, se dedicaban a la pesca y
elaboraban cerámicas, redes, armas y ornamentos. Durante mucho años fueron buscadas
por diversos exploradores, no obstante, nunca se las encontró, dado que la región estaba
protegida por diversas tribus de indios, de las cuales, la más próxima era la de los Guacaris.
Estos eran recibidos por las Icamiabas en la fi esta anual dedicada a la luna, y durante esa
noche, dice la leyenda, se emparejaban y después se sumergían en el lago Iaci-uaruá
(“espejo de la luna”) para buscar, allá en la profundidad, la materia prima con la que
moldeaban los muiraquitãs, que, al salir del agua, endurecían. Entonces, le regalaban a los
compañeros este talismán de la fertilidad, un ornamento en forma de rana, y ellos se lo
colgaban al cuello con orgullo, pues era la insignia de la noche nupcial.
Durante la realización de la fiesta al año siguiente, las mujeres que habían concebido un
bebé, si este fuese niño, se lo entregaban al padre Guacari, y en el caso de nacer una niña,
se la quedaban para que la tradición continuase. Cuentan también, que el explorador
español Francisco de Orellana había divisado, en el buscado reino de las Piedras Verdes,
estas mujeres guerreras confundiéndolas con las de la Antigua Grecia. Cuentan los indios
que ellas atacaron la flota hispánica en un feroz combate que tuvo como escenario la
desembocadura del río Nhamundá. Los españoles, sorprendidos por el ataque de estas
numerosas y bellas combatientes, fueron prontamente derrotados por los arcos y flechas de
las Icamiabas, dándose rápidamente a la fuga. Nació entonces la leyenda. Fray Gaspar de
Carvajal, escriba de la flota, relató la aventura y a las mujeres de cabellos largos y
distribuidos en trenzas dobladas en lo alto de la cabeza, se les dio el nombre de Las
Amazonas.
LA LEYENDA DEL BOTO
Las poblaciones ribereñas del Alto Amazonas conocen diversas leyendas y muchas de
ellas llegaron a nuestro conocimiento hasta los días de hoy. Por increíble que parezca, son
un aporte a la era de la modernidad y pueblan nuestro imaginario colectivo. Para la
comunidad de las más variadas tribus indígenas que habitan aquella localidad, el personaje
más temido, pavoroso y horroroso era el llamado Uariara. Era el conocido dios de los ríos,
mares y arroyos, gran protector de los peces. Cuando ese pavoroso ser ve a través de las
claras u oscuras aguas a una bella y hermosa muchacha en noches de luna llena, se
transforma en un apuesto joven que procura acercarse a las indias o blancas de la región y,
de forma sencilla, seducirlas. Él es la transformación humana de un formidable y gran
delfín rosado. De acuerdo con la leyenda, el boto, canta hermosas canciones. Las indias y
las muchachas blancas que aún son vírgenes difícilmente resisten al melodioso canto y
acaban por acompañarlo, momento en el que son arrastradas hacia el fondo de los ríos de la
región en noches claras de luna. Esos hermosos delfi nes rosas que se transforman en
apuestos jóvenes, siempre se reúnen en las orillas de los arroyos para cantar y bailar sobre
las aguas.
Cuenta la leyenda que una bella y hermosa india, hija de un poderoso y valiente cacique,
se casó con un bravo y valiente guerrero que era conocido y respetado por los otros
indígenas. Un tiempo después, la bella india se quedó embarazada y tuvo un lindo bebé que
se convirtió en la alegría de toda la comunidad indígena de la región amazonense. Tras un
tiempo de convivencia, la preciosa india notó que su bravo y valiente marido tenía una
extraña cola, que más bien parecía una aleta de pez. Estaba siempre escondida bajo un
taparrabos hecho con las plumas de las aves reales que él cazaba siempre. Cierto día, ella le
preguntó: — ¿Por qué usas esa cosa tan fea? — Esto es lo que les falta a las personas que se
ahogan – respondió el bravo guerrero, irritado ante las preguntas de su mujer. Después de
enfadarse por la pregunta un tanto impertinente, salió de su choza y nunca más volvió a la
tribu. Todos notaron la falta del valiente y gran guerrero indio, y empezaron a buscarlo por
todos los lugares por donde se extendían las conocidas comunidades indígenas. También
existe otra leyenda en la que el delfín rosado sale de las aguas del río Amazonas y se
transforma en un apuesto joven que deja embarazadas a algunas muchachas indias o
blancas que aún no llegaron a la menarquia. Cuando estas muchachas se quedan
embarazadas, en vez de culpar a los novios por lo ocurrido, dicen que las sedujo el boto.