0% encontró este documento útil (0 votos)
148 vistas108 páginas

Misiones Franciscanas en Caquetá y Putumayo

Este documento resume un trabajo de investigación sobre las fundaciones de pueblos de indios realizadas por las misiones franciscanas en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo entre 1753 y 1784. El trabajo consta de dos capítulos. El primero examina la fundación del Colegio de Misiones de Propaganda Fide en Popayán, su configuración y funcionamiento, así como los misioneros que participaron. El segundo explora las rutas de acceso utilizadas, el proceso de poblamiento y el proyecto evangelizador
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
148 vistas108 páginas

Misiones Franciscanas en Caquetá y Putumayo

Este documento resume un trabajo de investigación sobre las fundaciones de pueblos de indios realizadas por las misiones franciscanas en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo entre 1753 y 1784. El trabajo consta de dos capítulos. El primero examina la fundación del Colegio de Misiones de Propaganda Fide en Popayán, su configuración y funcionamiento, así como los misioneros que participaron. El segundo explora las rutas de acceso utilizadas, el proceso de poblamiento y el proyecto evangelizador
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Fundaciones de pueblos de indios por las misiones franciscanas

en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo


(1753-1784)

Katerine Bolívar Acevedo

Universidad Nacional de Colombia


Facultad de Ciencias Humanas y Económicas
Medellín, Colombia
2018

i
Fundaciones de pueblos de indios por las misiones franciscanas
en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo
(1753-1784)

Katerine Bolívar Acevedo

Trabajo de investigación presentado como requisito parcial para optar al título de:
Magíster en Historia

Director:
Orián Jiménez Meneses
Doctor en Historia

Línea de Investigación:
Historia Social

Universidad Nacional de Colombia


Facultad de Ciencias Humanas y Económicas
Medellín, Colombia
2018

ii
A Rafa y a Marina, por ser refugio y soporte

iii
Declaración de obra original

Yo declaro lo siguiente:

He leído el Acuerdo 035 de 2003 del Consejo Académico de la Universidad Nacional,


«Reglamento sobre propiedad intelectual», y la Normatividad Nacional relacionada al
respeto de los derechos de autor. Esta disertación representa mi trabajo original, excepto
donde he reconocido las ideas, las palabras o materiales de otros autores.

Cuando se han presentado ideas o palabras de otros autores en esta disertación, he realizado
su respectivo reconocimiento aplicando correctamente los esquemas de citas y referencias
bibliográficas en el estilo requerido.

He obtenido el permiso del autor o editor para incluir cualquier material con derechos de
autor (por ejemplo, tablas, figuras, instrumentos de encuesta o grandes porciones de texto).

Por último, he sometido esta disertación a la herramienta de integridad académica, definida


por la universidad.

________________________________

Katerine Bolívar Acevedo

Fecha: 23/08/2022

iv
Resumen

Fundaciones de pueblos de indios por las misiones franciscanas en las cuencas


de los ríos Caquetá y Putumayo (1753-1784)

Este trabajo indaga la fundación de pueblos y misiones desarrolladas por la orden


franciscana en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo, en el periodo
comprendido entre 1753 y 1784, producto de la fundación y de la estrategia de
evangelización desarrollada por el Colegio de Propaganda Fide de Popayán. Durante
el siglo XVIII, las misiones hicieron parte de la estrategia de la Corona española por
controlar aquellos territorios que estaban por fuera de los márgenes jurisdiccionales
de las provincias, gobernaciones y virreinatos, en este caso, los indígenas ubicados
en la selva y cuenca del río Amazonas. Este texto se compone de dos capítulos. En el
primer capítulo se examina la fundación del Colegio de Misiones de Propaganda Fide
Nuestra Señora de las Gracias de Popayán, su configuración, funcionamiento, así
como también los misioneros y hermanos legos que hicieron parte de este. En el
segundo capítulo se exploran las rutas de acceso, el poblamiento y el proyecto
evangelizador ejecutado por los misioneros.

Palabras clave: Colegio de Misiones, Franciscanos, Caquetá, Putumayo,


Poblamiento.

v
Abstract

Establishments of Indian towns by the Franciscan missions in the basins of the


Caquetá and Putumayo rivers (1753-1784)

The present investigation inquiries about the foundation of towns and missions
developed by the Franciscan order in the basins Caquetá and Putumayo rivers
between 1753 and 1784, the product of the foundation and the evangelization strategy
developed by the College de Propaganda Fide of Popayan. During the eighteenth
century, the missions were part of the strategy of the Spanish Crown to control those
territories outside the jurisdictional margins of the provinces, governorships and
viceroyalties. In this case, indigenous people located in the rain forest and the
Amazon river basin. This text consists of two chapters. The first chapter studies the
foundation of the Colegio de Misiones de Propaganda Fide Nuestra Señora de las
Gracias de Popayán, its configuration and operation, the missionaries and lay brothers
who were part of it. The second chapter explores the access routes, the settlement and
the evangelizing project carried out by the missionaries.

Keywords: College of Missions, Franciscans, Caquetá, Putumayo, Settlements.

vi
Contenido

Lista de cuadros………………………………………………………………………….viii

Introducción .......................................................................................................................... 1

Capítulo 1
Los franciscanos en la provincia de Popayán .................................................................. 14
1.1 La provincia de Popayán ....................................................................................... 14
1.2 Las primeras instalaciones .................................................................................... 20
1.3 Los Colegios de Misiones o de Propaganda Fide ................................................. 29

Capítulo 2

Poblar, evangelizar y civilizar ........................................................................................... 48

2.1 Rutas de acceso y poblamiento ............................................................................. 48

2.2 Misiones y pueblos de indios. Padrones y matrículas en los ríos Caquetá y


Putumayo .................................................................................................................... 63
2.2.1 Padrones y matrículas ............................................................................... 68
2.2.2 El proyecto evangelizador franciscano ..................................................... 76

Consideraciones finales ...................................................................................................... 84

Mapas................................................................................................................................... 87

Bibliografía .......................................................................................................................... 89

Fuentes primarias ........................................................................................................ 89

Fuentes primarias publicadas ...................................................................................... 91

Fuentes secundarias:.................................................................................................... 93

vii
Lista de cuadros

Cuadro 1. Fundaciones y reducciones según Bartolomé de Alácano Ochoa……….…26

Cuadro 2. Misioneros entre los ríos Caquetá y Putumayo. Reconstrucción desde el

archivo……………………………………………………………………...43

Cuadro 3. Matrículas realizadas en las misiones franciscanas de los ríos Caquetá y

Putumayo……………………………………………………………..…….73

viii
Introducción

El presente trabajo es un acercamiento a la labor realizada por el Colegio de Misiones de

Nuestra Señora de las Gracias de Popayán en las cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo, en

la segunda mitad del siglo XVIII. Este colegio hizo parte de la política de la Iglesia Católica,

que buscaba impulsar la evangelización y el poblamiento en aquellos territorios donde la

presencia y el poder de la Corona española cojeaba, debido a que no había podido consolidar

su presencia y a la amenaza portuguesa en la cuenca del Amazonas, que intimidaba con

ocupar estos territorios.

En un primer momento, la formación de los misioneros destinados a la evangelización de las

poblaciones que habitaban las cuencas de estos ríos, estuvo en manos del convento de las

Santas Rosa y Clara de Pomasqui, perteneciente a la provincia franciscana de San Diego.

Luego, por real cédula, se decidió permutar en 1747 este convento, con el convento de

franciscanos observantes de San Diego de Quito; sin embargo, esta permuta no prosperó y se

sugirió que se permutara con el convento de observantes de San Bernardino de Popayán,

puesto que, desde la ciudad de Popayán se podía acceder al río Putumayo, aparentemente por

estar más cercano a esta ciudad. A las misiones en el río Putumayo se sumaron las del río

Caquetá, un río que corre paralelo a este. Estos ríos nacen en la cordillera de los Andes en

ese punto; de allí, se desprenden las tres cordilleras que atraviesan Colombia, y además,

nacen otros importantes ríos; algunos desembocan en el océano Pacífico, otros en el mar

Caribe y otros tantos, vierten sus aguas al río Amazonas, y eran, en el tiempo de las misiones

aquí mencionadas, las vías que conectaban de manera directa los territorios de la provincia

de Popayán y el reino de Quito con el océano Atlántico.

1
El convento de San Bernardino fue permutado y refundado como colegio de Misiones o para

la propagación de la fe, por iniciativa propuesta desde Roma, y buscaba, con las poblaciones

indígenas que se encontraban en las fronteras de los territorios de la Corona, acercarlos a la

vida civilizada, y formar misioneros que se encargaran de propagar la fe y evangelizar. El

Colegio de Misiones o de Propaganda Fide, Nuestra Señora de las Gracias de Popayán,

comenzó a operar sólo a partir de 1753, año en el cual las misiones franciscanas se empezaron

a movilizar desde esta ciudad hacía los ríos Putumayo y Caquetá y sus afluentes. El periodo

de actividades del Colegio, se extendió hasta 1784, pero sólo hasta 1790, fueron abandonadas

las misiones en su totalidad. Este periodo de operaciones, es el que concierne al estudiado en

la investigación que aquí se presenta, que, valga la redundancia, corresponde al periodo de

formación, consolidación y decadencia de las operaciones del Colegio como institución

dedicada a las misiones y a la permanencia de los misioneros en las mismas.

Este momento en la evangelización y poblamiento conduce a plantear preguntas por la

manera en que se dieron estas misiones y reducciones durante el periodo de actividades del

Colegio de Propaganda Fide, por su modo de proceder; al igual por los planes y proyectos

para avanzar en el territorio, reducir y evangelizar indígenas, por el cómo la orden franciscana

atrajo súbditos y creyentes, buscando solucionar un problema latente para la Corona:

conquistar y colonizar los indios ubicados en las fronteras geográficas de la administración

colonial.

La historiografía colombiana en el tema de las misiones para el siglo XVIII, ha concentrado

su atención en las misiones jesuitas que actuaron en los territorios de Casanare, Meta y

2
Orinoco1, y han logrado mostrar, la capacidad para desplegar empresas económicas a partir

de la agricultura y la ganadería por parte de los padres de la Compañía de Jesús. Para el caso

de las misiones franciscanas llevadas a cabo en los ríos Caquetá y Putumayo, la información

está dispersa en algunos trabajos que básicamente se han concentrado en dos problemas: la

explotación de la quina y el caucho a partir de la segunda mitad del siglo XIX y, el impacto

producido en las sociedades indígenas por la intervención misionera, estatal y extractiva2.

Otro conjunto de trabajos, elaborados desde la historia institucional de las órdenes religiosas,

y las historias regionales y locales, se han ocupado de publicar la transcripción de fuentes

manuscritas, y de abordar esos lugares de estudio desde las ópticas de la antropología, la

historia y la arquitectura3.

1
Hipólito Jerez, Los jesuitas en Casanare (Bogotá: Prensas del Ministerio de Educación Nacional, 1952);
Germán Colmenares, Las haciendas de los jesuitas en el Nuevo Reino de Granada, siglo XVIII (Bogotá: Tercer
Mundo, Universidad Nacional de Colombia, Dirección de Divulgación Cultural, 1969); José Eduardo Rueda
Enciso, Relaciones interétnicas en los llanos de Casanare y Meta 1767-1830 (Bogotá: Fundación para la
Promoción de la Investigación y la Tecnología, 1987), informe final; Luis Duque Gómez, “Visión etnológica
del Llano y el proceso de la evangelización”, en Misiones jesuíticas en la Orinoquía (1625-1767), editado por
José del Rey Fajardo (San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 1992); Edda Samudio, “Las haciendas
jesuíticas de las misiones de los Llanos de Casanare, Meta y Orinoco”, también en Misiones jesuíticas en la
Orinoquía (1625-1767); Jane Rauch M., Una frontera de la sabana tropical: los Llanos de Colombia, 1531-
1831 (Bogotá: Banco de la República, 1994); Héctor Publio Pérez Ángel, La hacienda Caribabare. Estructura
y relaciones de mercado (1767-1810) (Yopal: Corpes de Orinoquía, 1997); Jane Rauch M., La frontera de los
Llanos en la historia de Colombia, 1830-1930 (Bogotá: Banco de la República, 1999); Felipe González
Morales, Reducciones y haciendas jesuíticas en Casanare, Meta y Orinoco ss. XVII-XVIII: arquitectura y
urbanismo en la frontera oriental del Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana,
2004).
2
Algunos trabajos de esta corriente son los siguientes: Roberto Pineda Camacho, Historia oral y proceso
esclavista en el Caquetá (Bogotá: Fundación Juan José Aguerrevere, 1985); Roberto Pineda Camacho,
Holocausto en el Amazonas: una historia social de la casa Arana (Bogotá: Espasa, 2000); Augusto Javier
Gómez López, Putumayo: indios, misión, colonos y conflictos (1845-1970). Fragmentos para una historia de
los procesos de incorporación de la frontera amazónica y su impacto en las sociedades indígenas (Popayán:
Universidad del Cauca, 2005); Víctor Daniel Bonilla, Siervos de Dios y amos de indios. El Estado y la misión
capuchina en el Putumayo (Cali: Universidad del Cauca, Biblioteca del Gran Cauca, 2006); Misael Kuan
Bahamón, Civilización, frontera y barbarie. Misiones Capuchinas en Caquetá y Putumayo, 1893-1929 (Bogotá:
Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015).
3
Los estudios sobre historia institucional han sido los siguientes: Gregorio Arcila Robledo, Las misiones
franciscanas en Colombia: estudio documental (Bogotá: Imprenta Nacional, 1950); Gregorio Arcila Robledo,
Apuntes históricos de la Provincia Franciscana de Colombia (Bogotá: Imprenta Nacional, 1953); Luis Carlos
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomos I-II (Bogotá: Kelly, 1984-2000) y tomo III (Bogotá:
Universidad San Buenaventura, 2000). Es necesario mencionar que las historias institucionales son realizadas
por miembros de la orden franciscana, lo que genera una lectura parcializada de los hechos y del problema de

3
Siguiendo esta historiografía, la historia institucional franciscana en Colombia, está marcada

por dos momentos, ambos de referencia obligada. El primero, corresponde a los trabajos

realizados por fray Gregorio Arcila Robledo en la década de 1950, y el segundo, a los trabajos

de fray Luis Carlos Mantilla Ruíz, realizados entre los años 1980 y 2000. Fray Gregorio,

ubica al lector en los inicios de la orden, los hechos y personajes. Su obra, Las misiones

franciscanas en Colombia4, se ocupa de las misiones realizadas por los franciscanos, al

margen del Convento o Colegio de Misiones, de donde se partía hacia las misiones, que casi

siempre estuvieron ubicadas en los márgenes jurisdiccionales de las provincias o

gobernaciones; es decir, Arcila habla de las misiones en tres sentidos: las misiones vivas, que

fueron aquellas misiones de a pie, que realizaban los frailes a manera de peregrinaje en las

ciudades donde estaban ubicados los conventos, y en las jurisdicciones de estas ciudades y

provincias. Las segundas, las misiones entre los grupos indígenas que se encontraban más

cercanos a la vida en policía, pero que no habían sido adoctrinados ni por el clero regular ni

por el secular. Estas misiones fueron en realidad doctrinas, pero Arcila las registró como

misiones. Y, por último, las misiones y conversiones que estuvieron a cargo de la provincia

la evangelización y reducción de los indígenas. Los estudios desde la historia regional: Félix Artunduaga
Bermeo, Historia general del Caquetá (Florencia: Grupo de Editores del Caquetá, 4.ª edición, 1984); Lorenzo
García, Historia de las misiones en la Amazonía ecuatoriana (Quito: Ediciones Abya-Yala, 1985); José
Restrepo López, El Putumayo, en el tiempo y en el espacio (Bogotá: Centro Editorial Bochica, 1985); Julio
Mesías Mora Acosta, Mocoa: su historia y desarrollo (Bogotá: Cámara de Representantes, Congreso Nacional
de Colombia, 1997). Sobre fuentes: Gregorio Arcila Robledo, Provincia Franciscana de Colombia: las cuatro
fuentes de su historia (Bogotá: Editorial Renovación, 1950); Luis Carlos Mantilla Ruíz, Actividad misionera de
los franciscanos en Colombia durante los siglos XVII y XVIII. Fuentes documentales (Bogotá: Editorial Kelly,
1980); por último, desde la antropología, la historia y la arquitectura: Héctor Llanos Vargas y Roberto Pineda
Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá (Siglos XVI-XIX) (Bogotá: Fundaciones de Investigaciones
Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, 1982); Justo Casas Aguilar, Evangelio y colonización. Una
aproximación a la historia del Putumayo desde la época prehispánica a la colonización agropecuaria (Bogotá:
Ecoe Ediciones, 1999); Roberto Pineda Camacho, En el país de la mar dulce. Un ensayo de historia colonial
(1540-1830) (Bogotá: Academia Colombiana de Historia, Colección Bolsilibros, 2013), vol. LXIII; Constanza
Cobo Fray (coord.), Colegios de Misiones Franciscanos. Valoración histórica de los colegios de Nuestra
Señora de las Gracias, en Popayán, y de San Joaquín, en Cali (Cali: Universidad de San Buenaventura, 2011).
4
Arcila Robledo, Las misiones franciscanas.

4
franciscana de Santafé y los Colegios de Propaganda Fide de Cali y Popayán. Las más

sobresalientes fueron las del Chocó, los Llanos de Casanare, los Andaquíes, las del Caquetá,

el Putumayo, y Yurumanguí. Pese al aporte de Arcila Robledo, su obra es desordenada y

tienen datos imprecisos que entorpecen la comprensión del fenómeno misionero franciscano

en el Nuevo Reino de Granada.

La obra más reciente sobre la presencia franciscana en Colombia es la de fray Luis Carlos

Mantilla Ruíz: Los franciscanos en Colombia5; esta obra, en tres tomos, es un acercamiento

a la historia social de la provincia franciscana de Santafé en el Nuevo Reino de Granada y la

jurisdicción del mismo, a través de la vida de la orden en el Nuevo Reino de Granada, desde

el siglo XVI hasta la primera mitad del siglo XIX, abordada a partir de tres ejes temáticos: la

fundación de conventos, las doctrinas, y las misiones.

El tercer tomo presenta los acontecimientos de la orden durante el siglo XVIII y los inicios

de la vida republicana; del mismo modo que en el segundo tomo, trata el asunto de la

presencia franciscana en las ciudades y villas y las doctrinas en los pueblos de indios; para el

caso de las misiones, concentra su atención en las misiones del Chocó, Yurumanguí, los

Llanos Orientales, las de los ríos Caquetá y Putumayo, y las misiones entre los andaquíes.

El autor se ocupa del desarrollo y declive de las mismas por falta de operarios al comenzar

la década de 1780, igualmente, de los orígenes del Colegio de Propaganda Fide de Popayán,

así como de los misioneros que hicieron parte de las misiones. La investigación ubica al

lector en el contexto económico, social y político de cada siglo, la influencia que tuvo la

orden franciscana en la vida cotidiana de los pobladores del Nuevo Reino de Granada, y el

5
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomos I-III.

5
movimiento espacial que tuvo la orden, a través del cual, se puede observar el

adoctrinamiento de los indígenas en diferentes espacios.

De otro lado, otras obras de imprescindible referencia son: la de los antropólogos Héctor

Llanos Vargas y Roberto Pineda Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá (siglos XVI-

XIX)6, en la que se muestra la historia de los grupos indígenas que hicieron parte de los ríos

Caquetá y sus afluentes, siguiendo un enfoque arqueológico, antropológico e histórico, desde

el contacto inicial en el siglo XVI con los españoles y portugueses y las relaciones que se

tejieron entre estos, hasta entrado el siglo XIX. La obra de Justo Casas Aguilar, Evangelio y

Colonización. Una aproximación a la historia del Putumayo desde la época prehispánica a

la colonización agropecuaria7, es quizás una de las más completas sobre la historia del

departamento del Putumayo. El autor hace una descripción prolija del espacio, así como

también del primer contacto entre indígenas y españoles, las exploraciones y las primeras

fundaciones, dado que los misioneros franciscanos contribuyeron al poblamiento de los

márgenes del río Putumayo. Casas Aguilar, hace un recorrido por las primeras misiones en

el siglo XVII y la consolidación de las mismas en el siglo XVIII, a partir de la fundación del

Colegio de Propaganda Fide en Popayán.

De otro lado, la obra de Roberto Pineda Camacho, En el país del río de la mar dulce. Un

ensayo de historia colonial (1540-1830)8, hace un escueto recorrido por la historia de la

Amazonía, desde la fecha del descubrimiento del río en 1540, hasta los inicios de la república.

Busca acercar a lectores no especialistas en el tema y difundir la historia de la una de las

6
Llanos Vargas y Pineda Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá.
7
Casas Aguilar, Evangelio y colonización.
8
Pineda Camacho, En el país de la mar dulce, vol. LXIII.

6
selvas más importantes del planeta; sin embargo, se queda corta, dado que las fuentes

empleadas y la profundidad del análisis, es muy pobre.

Ahora bien, en esta tesis, se estudian las misiones en la dirección propuesta por el historiador

estadounidense Herbert Eugene Bolton, quien, siguiendo la propuesta de Frederick Jackson

Turner sobre la definición de frontera, plantea para el caso norteamericano que

[…] lo mismo da si se las analiza desde el punto de vista religioso, político o social. Como

instituciones religiosas estaban destinadas a introducir la fe entre los paganos. Conseguido esto,

su función cesaba. Diseñadas como instituciones para la frontera, eran, en principio,

temporales. Tan pronto como terminaba su trabajo en una frontera, se esperaba del misionero

que se trasladara a otra9.

Bajo esa perspectiva, las categorías de análisis seguidas en esta investigación, que se

enuncian a continuación, pero se desarrollan en los distintos capítulos de la tesis, son las de

“misión”, “poblamiento” y “cultura material”.

En el siglo XVIII, el Diccionario de autoridades de la lengua castellana definía misión como

“[…] la salida, jornada o peregrinación que hacen los Religiosos y Varones Apostólicos, de

Pueblo en Pueblo, o Provincia en Provincia, predicando el Evangelio, para la conversión de

los Hereges y Gentiles o para la instrucción de los Fieles, y corrección y emienda de los

vicios”10. Se refiere de manera puntual a las misiones o conversiones vivas, que se realizaban

de pueblo en pueblo, que estimulaba la movilidad y el peregrinaje de los religiosos tanto en

9
Herbert Eugene Bolton, “La misión como institución de frontera”, en Estudios (nuevos y viejos) sobre la
frontera, editado por Francisco de Solano y Salvador Bernabéu (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, Centro de Estudios Históricos, Departamento de Historia de América, 1990), 46.
10
Real Academia de la Lengua Española, Diccionario de autoridades de la lengua castellana (1726-1739),
“Misión”.

7
el ámbito rural como urbano. Para el caso de reducción, el mismo diccionario apunta: “Se

llama también el Pueblo de Indios, que se han convertido a la verdadera Religión”11. Por otro

lado, el Diccionario de la lengua española enuncia varios significados de la palabra misión,

entre los que se encuentra el referenciado en el Diccionario de autoridades, así como también

“casa o iglesia de los misioneros” y “tierra, provincia o lugar en que predican los

misioneros”12.

Más allá de estas definiciones, en el contexto referido en las fuentes consultadas, la misión

como institución estaba vinculada tanto a la Iglesia como al Estado, puesto que “no sólo

servía para cristianizar la frontera, sino también para expandirla, dominarla y civilizarla”13.

“Así pues, las misiones no estaban diseñadas sólo para ser seminarios cristianos; eran

también, adicionalmente, avanzadas de la dominación y escuelas de adiestramiento para la

civilización de la frontera”14. En otras palabras, la tarea del misionero no terminaba con la

conversión del indígena, se extendía a la enseñanza de los elementos de la “vida civilizada”,

a través de la disciplina que era impuesta a este.

La misión dentro de la institución eclesiástica cumplía con una jerarquía, pues los Colegios

de Propaganda en América dependían de la Congregación para la Propagación de la Fe, y

ésta dependía de la Curia Romana15. Por lo tanto, esa coherencia administrativa era la

11
Real Academia de la Lengua Española, Diccionario de autoridades, “Reducción”.
12
Real Academia de la Lengua Española, Diccionario de la lengua española, 22.ª edición, 2001, “Misión”.
13
Bolton, “La misión como institución”, 47.
14
Ibid.
15
La Constitución Apostólica Pastor Bonus, de S. S. Juan Pablo II, promulgada por Juan Pablo II el 28 de junio
de 1988, anota por noción de la Curia Romana, en el artículo I: “La Curia Romana es el conjunto de dicasterios
y organismos que ayudan al Romano Pontífice en el ejercicio de su suprema misión pastoral, para el bien y
servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, con lo que se refuerzan la unidad de la fe y la
comunión del Pueblo de Dios y se promueve la misión propia de la Iglesia en el mundo”.
Los dicasterios se entienden por la Secretaría de Estado, las Congregaciones, los Tribunales, los Consejos y las
Oficinas, a saber: la Cámara Apostólica, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, la Prefectura
de los Asuntos Económicos de la Santa Sede. Consultado en la página oficial de la Santa Sede:

8
siguiente: La Curia Romana, administraba sobre la Congregación para la Propagación de la

Fe, que a su vez se encargaba del manejo de los Colegios de Propaganda y la misión16.

Los pueblos de misión o reducciones, se encontraban ubicados en determinadas provincias,

y generalmente, se encontraban distantes unos con respecto a los otros. Esas misiones estaban

conformadas por un Gobernador, un Capitán, un Alcalde, un Fiscal, un Alguacil, un

Misionero y el resto de personas que conformaban el pueblo, los cuales podían pertenecer al

mismo grupo étnico, o en su defecto ser la agrupación de diferentes grupos.

Por su parte, la Real Academia de la Lengua Española da por definición de “poblamiento”:

“Acción y efecto de poblar. Proceso de asentamiento de un grupo humano en las diversas

regiones de la tierra”17; siguiendo este orden de ideas, poblar se refiere a la fundar uno o más

http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_constitutions/documents/hf_jp-ii_apc_19880628_pastor-
bonus-general-norms.html.
Los orígenes de la Curia Romana datan del año 1588, cuando el Papa Sixto V constituyó los dicasterios o
departamentos, con el fin de organizar a los cardenales y a las organizaciones que éstos debían presidir, para
hacer más práctica y efectiva la organización dentro de la Iglesia. Consultado en Cathólicos.net:
http://es.catholic.net/op/articulos/23397/la-curia-romana.html.
16
De acuerdo a lo planteado por Hodgson, “las instituciones son el tipo de estructuras que más importan en la
esfera social: ellas constituyen el tejido de la vida social. El creciente reconocimiento del papel de las
instituciones en la vida social implica advertir que gran parte de la interacción y de la actividad humana está
estructurada en términos de reglas explícitas o implícitas. […] Podemos definir las instituciones como sistemas
de reglas sociales establecidas y extendidas que estructuran las interacciones sociales. […] Por lo general, las
instituciones hacen posible el pensamiento ordenado, las expectativas y la acción al imponer a las actividades
humanas una forma y una consistencia. Las instituciones dependen de los pensamientos y las actividades de los
individuos pero no pueden ser reducidas a ellos” (Geoffrey M. Hodgson, “¿Qué son las instituciones?”. Revista
en Ciencias Sociales, Cali, Universidad ICESI, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, n.º 8, jul-dic. [2011]:
22). En este orden de ideas, las reglas contribuyen a estructurar las relaciones entre los individuos y las
instituciones; si bien las reglas implican restricciones, no quiere decir que todas las reglas sean prohibitivas,
incluyen a su vez normas de comportamiento y convenciones sociales, cuyos “miembros de la comunidad
relevante comparten de manera explícita o tácita el conocimiento de estas reglas” (ibid., 24). Respecto al
funcionamiento de las instituciones, el mismo autor propone, de acuerdo a los filósofos pragmáticos que “las
instituciones funcionan sólo porque las reglas implícitas se encuentran inmersas en los hábitos compartidos.
[…] El comportamiento repetido es importante para establecer un hábito. Pero el hábito y el comportamiento
no son lo mismo. Si adquirimos un hábito no necesariamente tenemos que utilizarlo todo el tiempo. […] Los
hábitos persistentes y compartidos son la base de las costumbres” (ibid., 28-29). Y éstas, a su vez, terminan
constituidas en leyes.
17
Real Academia de la Lengua Española, Diccionario de la lengua española, “Poblamiento”.

9
pueblos, ocupar con personas un sitio para que sea habitado y se trabaje en él. El poblamiento,

por tanto, hace referencia a establecerse en un lugar, avecindarse y hacerlo habitable.

De otro lado, según el arqueólogo e historiador de civilización rural y la cultura material

medieval, Jean Marie Pesez, La categoría de “cultura material” se refiere a los objetos de la

vida material con los que el hombre establece una relación y que están en afinidad a las

estructuras socioeconómicas, las relaciones sociales y las relaciones de producción, “tiene

una relación evidente con las exigencias materiales que pesan sobre la vida del hombre y a

las que el hombre opone una respuesta que es precisamente la cultura”18.

Ahora bien, la metodología seguida en este trabajo se rigió principalmente por la

confrontación, comparación y análisis de las fuentes consultadas, apoyado en los aportes de

diferentes disciplinas, entre estas, la historia, la antropología y la geografía, para crear una

visión de conjunto de los procesos y relaciones de los grupos estudiados. Este proceso, se

llevó a cabo en tres etapas: la primera, de carácter exploratorio, se concentró en la búsqueda,

recolección, comparación y valoración de las fuentes manuscritas publicadas, seguida de la

búsqueda, recolección, valoración y análisis de las fuentes manuscritas que reposan en el

Archivo Central del Cauca, con el propósito de obtener un panorama general sobre la

información que se encontraba sobre misiones franciscanas en los márgenes de los ríos

Caquetá y Putumayo.

La segunda etapa de la investigación, fue la revisión exhaustiva de fuentes bibliográficas, de

trabajos realizados en Latinoamérica y en Colombia sobre el problema en cuestión, además

18
Jean Marie Pesez, “Historia de la cultura material”, en La Nueva Historia, dirigida por Le Goff, Jacques,
Roger Chartier y Jacques Revel (Bilbao: Ediciones Mensajero, 1988), 118.

10
de trabajos puntuales sobre la gobernación de Popayán y el reino de Quito. Éstas, aportaron

un conjunto de perspectivas de la situación colonial en el período y en el contexto de las

misiones, y luces sobre aspectos de las misiones franciscanas en los ríos Putumayo y Caquetá.

La tercera, consistió en el análisis y cruce de variables, en la vía de optimizar los resultados

de las búsquedas y la comprensión del fenómeno de las misiones. En esta etapa y con miras

a la escritura, a partir de los padrones, visitas, relaciones e informes de los funcionarios

borbónicos, fue necesario construir; de un lado, un conjunto de bases de información sobre

funcionarios y misioneros que fueron relevantes en la vida cotidiana de las misiones; de otro,

una cartografía que facilitara la visualización de las rutas de acceso y abastecimiento, los

puertos, los asentamientos (reducciones), las zonas de cultivo y de pastoreo; así como las

particularidades geográficas y climáticas del piedemonte andino amazónico y las riberas de

los dos ríos.

Las fuentes del periodo de estudio (1753-1784) se encuentran concentradas en fuentes

manuscritas publicadas: relaciones, visitas, crónicas e informes de funcionarios reales; así

mismo, diarios de viajeros y misioneros. Igualmente, en archivos históricos de carácter

nacional y regional; entre ellos, fueron consultados el Archivo General de la Nación y el

Archivo Central del Cauca (Popayán). Este último, archivo de mayor prevalencia para esta

tesis, se consultó la sección Colonia, donde reposan los fondos documentales: Misiones y

Órdenes Religiosas. La información que allí se consigna, es exclusivamente sobre el

desarrollo de las misiones y del Colegio Nuestra Señora de las Gracias de Popayán. El fondo

Misiones, contiene información sobre los sínodos y los padrones, sobre los misioneros que

asistieron a las misiones, los pueblos que formaron, los grupos indígenas que lograron

reducir, así como de todos los pormenores relacionados con el avituallamiento básico de los

11
religiosos (harina, carne, cera, entre otros). El fondo ‘Órdenes Religiosas’, tiene la

singularidad de las Cartas de Legitimación de los candidatos a la Orden franciscana.

Si bien la información que allí reposa, es la producida por la institución en sí misma, no

conduce directamente a formar un panorama general y profundo del accionar de las misiones,

no plasman con puntualidad la cotidianidad de las misiones. Si bien, las visitas y las cartas

de los religiosos ponen en evidencia las dificultades de misionar en un ambiente geográfico

como la selva amazónica y los contratiempos de acceso a la misma, no relatan con minucia

las calamidades y aciertos propios de la vida cotidiana en este entorno. Caso contrario ocurre

con la Relación realizada por el misionero fray Juan de Santa Gertrudis19, quien de manera

detallada, narra las penurias del acceso y de la vida en las misiones. Esta particularidad de la

documentación, está relacionada con la intermitencia de los misioneros, pese al propósito

que tenía de detener la avanzada portuguesa sobre territorios pertenecientes a la Corona

española.

Para dar cuenta de este proceso de investigación, de sus hallazgos y conclusiones, el trabajo

que aquí se presenta, está dividido en dos capítulos. El primero, presenta los hallazgos

relacionados con el estudio del surgimiento del Colegio de Misiones Nuestra Señora de las

Gracias, en el contexto de la vida cotidiana de una provincia como la de Popayán en el siglo

XVIII, que fue central para los proyectos de expansión colonial de la Corona española.

Igualmente, el capítulo se ocupa de relacionar los avatares en la instalación de la orden

franciscana en dicha provincia, y los relativos a algunas de sus exploraciones misioneras

hacia los márgenes de los ríos Caquetá y Putumayo.

19
Fray Juan de Santa Gertrudis O. F. M., Maravillas de la naturaleza (Bogotá: Banco Popular, 1970), tomos I-
III.

12
El segundo capítulo, presenta los resultados del estudio en la documentación y en la

historiografía, del desarrollo y configuración de las misiones franciscanas en las cuencas de

los ríos Caquetá y Putumayo. De manera puntual, se ocupa del proceso de poblamiento que

implican las misiones en aquellos lugares; para ello, presenta la relación de esta

configuración, en la convergencia de ese territorio del piedemonte amazónico con la de los

pueblos que erigieron y los grupos indígenas que lograron reducir. En esa dirección, muestra

el papel que jugaron los caminos y rutas de acceso y aprovisionamiento que incidieron en la

cultura material que se desplegó en las misiones; y a su vez, todo el universo de elementos y

objetos, evidencias esa cultura material, que eran parte esencial en su vida cotidiana, que

estaban en los intercambios y en los contrabandos a los que asiduamente se dedicaron muchos

de los misioneros.

13
Capítulo 1
Los franciscanos en la provincia de Popayán

Este capítulo examina la fundación del Colegio de Misiones o de Propaganda Fide, Nuestra

Señora de las Gracias, en la provincia de Popayán en 1753. Pone en evidencia dos elementos:

de un lado, el nacimiento de este colegio, su estructura organizacional y de funcionamiento;

de otro, los frailes que estuvieron en las misiones.

1.1 La provincia de Popayán

La provincia de Popayán fue una de las estructuras de administración que fundaron los

conquistadores en el siglo XVI, en su ánimo por organizar y controlar el territorio recién

descubierto. A la par de las exploraciones y la configuración de lo que hoy es el occidente

colombiano, las huestes de Sebastián de Belalcázar, provenientes desde el Perú, erigieron

sobre la cordillera “numerosas fundaciones: Cali, Villa de Ampudia (Jamundi), Popayán,

Timaná, Pasto, Cartago, Anserma, Arma, Antioquia, Buga, Almaguer y Toro”20, repartieron

indios en encomienda y doctrinas, catearon ríos, exploraron minas y transformaron el paisaje,

de la mano de los rebaños de cabras y ovejas, de los hatos de vacas y caballos, y de las piaras

de los cerdos.

Inicialmente, la provincia se extendía por todo el actual occidente colombiano y comprendía

una franja que corría paralela al océano Pacífico de sur a norte, desde el nudo de los Pastos

hasta el nudo del Paramillo, y de occidente a oriente comenzaba en el litoral Pacífico hasta

la vertiente occidental de la cordillera Central:

20
Zamira Díaz López, La ciudad colonial. Popayán: política y vida cotidiana (siglo XVI) (Cali: Fondo Mixto
para la Promoción de la Cultura y las Artes del Cauca, 1996), 47.

14
Por la descripción de Cieza de León sabemos que esta comprendía varias provincias, del Norte

al Sur de Colombia a lo largo del litoral Pacífico. Confinaba al norte con las llanuras de Neiva,

al nordeste con Antioquia; al oeste con el Chocó y al sur con la provincia de los Pastos21.

En la medida en que las exploraciones hacia el oriente se efectuaban, se fue integrando a la

provincia los territorios allende la cordillera oriental, hasta alcanzar el piedemonte amazónico

y la cuenca del río Amazonas.

Desde su fundación, la provincia de Popayán, estuvo sujeta a la dependencia de varias

entidades territoriales que se disputaron su territorio durante todo el periodo colonial. Por un

lado, se encontraban las jurisdicciones civiles y administrativas, y por el otro, las

jurisdicciones eclesiásticas. En el marco de estas dependencias, se realizaron numerosas

reformas administrativas mediante las cuales se anexaban o segregaban provincias de la que

sería la provincia de Popayán. Tal es el caso de la provincia de Antioquia en 1576, y la

provincia del Chocó en 1726, sólo por nombrar dos casos. Ahora bien, en el siglo XVI, del

gobierno civil de Popayán dependieron varias provincias: la provincia de Popayán, la de los

Pastos, la de Barbacoas, la de Iscuandé y la de Mocoa. Al compartir límites con el reino de

Quito y el Nuevo Reino de Granada, la provincia de Popayán también hizo parte de las

disputas jurisdiccionales de las posteriores audiencias que se crearon: la Audiencia de Santafé

en 1550 y la Audiencia de Quito en 1563.

Es así que la Gobernación de Popayán jugó un rol de puente entre las audiencias de Santafé y

Quito. Para entenderlo mejor veamos su jurisdicción en lo secular, administrativo y judicial:

desde la provincia de Buga hacia el sur ejerce jurisdicción la Real Audiencia de Quito, mientras

que Cartago, Anserma y Santafé de Antioquia caían bajo la jurisdicción del Nuevo Reino de

21
Ibid., 61.

15
Granada y eran regidas desde Santafé . La artificiosa división, obedecía ante todo a las vías de

comunicación, pues las ciudades del norte estaban unidas a Santafé por el camino del Páramo

del Quindío22.

En el aspecto político y económico, toda la Gobernación de Popayán dependía de la

Audiencia de Santafé, mientras que, en lo eclesiástico, el obispado tenía la misma

jurisdicción de la Gobernación; sin embargo, la ciudad de Pasto pertenecía al Obispado de

Quito, “siéndoles sufragáneas todas las ciudades desde Santafé de Antioquia por el norte,

hasta Almaguer por el sur, incluidas Timaná y Neiva por el oriente y el Chocó y

Buenaventura por el occidente”23.

La riqueza geográfica de la provincia estuvo enmarcada por la cordillera de los Andes, que

se eleva desde el sur, desde la frontera con Ecuador. El lugar donde se bifurcan las dos

cordilleras que atraviesan el país, la cordillera Occidental y la Central, es conocido como

Macizo colombiano, es el punto más angosto de la Cordillera de los Andes -logrando una

relativa cercanía entre el Océano Pacífico y la Selva Amazónica-, y nacen varios de los ríos

más importantes del país: el Cauca, el Magdalena, el Caquetá, el Putumayo y el Patía.

Para el siglo XVI, el geógrafo Juan López de Velasco, en su Geografía y descripción

universal de las Indias, se refiere a la extensión de la provincia de Popayán de la siguiente

manera:

22
Jorge Eliécer Salcedo, “El manejo del espacio”, en Historia del Gran Cauca. Historia regional del
suroccidente colombiano, editado por Alonso Valencia Llano (Cali: Universidad del Valle, Rectoría, Instituto
de Estudios del Pacífico, 1996), 71.
23
Salcedo, “El manejo del espacio”, 71. Martha Herrera Ángel, en su libro Popayán: la unidad de lo diverso.
Territorio, población y poblamiento en la provincia de Popayán, siglo XVIII (Bogotá: Universidad de los
Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia, CESO, Ediciones Uniandes, 2009), expone y
problematiza las vinculaciones jurisdiccionales que tuvo la provincia de Popayán desde su creación hasta
finalizado el periodo colonial.

16
Aunque por tener esta provincia tan largos términos, hay diferentes tierras y comarcas en ella,

las más dellas ó casi todas convienen en ser la tierra áspera y fragosa y de razonable tiemple;

fresco en las sierras y partes altas; caliente en los valles y tierras bajas, y húmedo en todas por

lo mucho que llueve de ordinario en esta región, que es abundante de ríos y de muchas aguas,

de grandes montañas y arboledas24.

Diferentes valles, planicies, páramos, cumbres, volcanes y bosques tropicales hicieron parte

del escenario donde se desenvolvió social, cultural, económica y políticamente la provincia.

El territorio de la misma, comprendía los departamentos de Cauca, Valle del Cauca, Nariño,

Chocó y Antioquia; posteriormente, se le anexaron las provincias que corresponden a los

departamentos de Caquetá, Putumayo, Amazonas, Guaviare, Vaupés y Guainía, región

conocida como la Amazonía colombiana.

La extensión de la provincia, que contribuyó a la fragmentación geográfica de la misma,

agrupa cuatro regiones geográficas: el valle del río Cauca, el cual atravesaba la provincia de

sur a norte en medio de la cordillera Central y Occidental. En segundo lugar, las cumbres y

volcanes que alcanzan alturas superiores a los 4.000 msnm: el complejo del Ruiz, el volcán

del Tolima; el Puracé y Sotará; y el Túquerres y Cumbal25, donde se pueden apreciar nieves

perpetuas o páramos y sus cuestas permiten los climas de media y alta montaña, lo cual incide

en una rica vegetación y, por ende, en la producción de un sinfín de alimentos.

En tercer lugar, el bosque tropical lluvioso que se extiende en el occidente de la provincia

entre la cordillera occidental y el océano Pacífico. Allí, en los cerros de Caramanta, nacen el

24
Juan López de Velasco, Geografía y descripción universal de las Indias [1574] (Madrid: Ediciones Atlas,
1971), 206.
25
Zamira Díaz de Zuluaga, Guerra y economía en las haciendas. Popayán, 1780-1830 (Bogotá: Biblioteca
Banco Popular, Textos Universitarios, 1983), 14.

17
río Atrato –que desemboca en el mar Caribe, en el norte-, y el río San Juan –que desemboca

en el océano Pacífico, hacia el sur-. A su vez, en esta región se elevan las serranía del Baudó

y del Darién. Por último, el pie de monte andino -amazónico y la selva del Amazonas-, que

es anexado a la provincia en el siglo XVIII, y que se extiende hacía el suroriente del actual

país, y es atravesado por ríos como el Caquetá, el Putumayo, el Yari, el Apaporis, el Guaviare,

el Vaupés, que drenan sus suelos y hacen parte de una de las principales cuencas

hidrográficas del mundo.

Debido a la considerable extensión de la provincia, buena parte de la vida política y civil se

desenvolvió en la zona andina, donde se ubicaron las principales ciudades y villas dejando

en un segundo plano los bosques tropicales del Chocó y del Amazonas; los cuales fueron

explorados y poblados en función de los recursos naturales que ofrecían. Es precisamente

esta región geográfica, la que fue elegida por los frailes franciscanos para ejercer las

misiones.

La selva del Amazonas es la selva tropical más grande del planeta, alrededor de 7,4 millones

de kms2, ubicada en América del Sur, conformada por diferentes tipos de bosque, desde el

de las tierras altas (3.000 msnm), pasando por el denso, la sabana inundable, hasta el bosque

inundable de las planicies (300 msnm). En ellos, se presentan tipos complejos de vegetación

y clima (precipitación y temperatura, 24°C en promedio)26.

La selva, es alimentada por la cuenca hidrográfica del río Amazonas, cuyo nacimiento ocurre

en la cordillera Chila, en Arequipa - Perú. Es considerado el río más largo y caudaloso del

26
Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Organización del Tratado de Cooperación
Amazónica, Perspectivas del medio ambiente en la Amazonía: Geo Amazonía (Lima: Centro de Investigaciones
de la Universidad del Pacífico, 2009), 132.

18
mundo; recorre alrededor de 7.000 km, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el

océano Atlántico. Durante todo su curso, es alimentado por alrededor de 1.000 tributarios.

Buena parte de sus afluentes nacen en la imponente cordillera de los Andes. En su curso alto,

los afluentes de mayor caudal son los ríos Ucayali, Huallaga, Marañon, Napo, Pastaza; en su

curso medio, toma el nombre de Solimoes y su caudal es nutrido por ríos como el Beni,

Madre de Dios, Madeira, Caquetá, Putumayo, Negro, Juruá, Purus; en su curso bajo, es

alimentado por los ríos Mapuera, Tapajos, Iriri, Xingú. De acuerdo a las propiedades del

suelo y la sedimentación, los ríos que desembocan en el gran Amazonas son considerados de

“aguas oscuras”, “aguas blancas” o “aguas claras”. Los ríos de aguas oscuras nacen en puntos

alejados de la cordillera, y discurren por suelos arenosos y ácidos. Los ríos de aguas blancas

contienen altos nutrientes y arrastran sedimentos desde la cordillera, lo que genera que sus

aguas inicialmente se observen turbias, además su pH regularmente es superior al neutro. Por

último, los ríos de aguas claras arrastran pocos sedimentos y por lo regular nacen por debajo

de los 300 msnm27.

Al tener como límite occidental la cordillera de los Andes, los actuales países andinos:

Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, así como Brasil, Surinam, Guyana y Venezuela,

comparten su jurisdicción, cuya área de influencia llega a una región geográfica conocida

como el piedemonte amazónico, donde las vertientes orientales de la cordillera comienzan a

descender formando el bosque de tierras altas hasta desaparecer en el bosque inundable. En

el caso colombiano, el 40% del territorio se encuentra en la selva amazónica. Los límites

naturales son: al oriente la vertiente oriental de la Cordillera Oriental de los Andes y hacia el

27
Consultado en la página web de Aguas Amazónicas: http://aguasamazonicas.org/aguas/tipos-de-rios/.

19
norte el río Ariari y la serranía de la Macarena, que sirven de frontera entre las sabanas de

los Llanos del Orinoco y las selvas pluviales del Amazonas28.

Estas particularidades geográficas, climatológicas y ecológicas de la selva, han jugado un

papel importante en los procesos de poblamiento y ocupación, adelantados desde el siglo

XVI hasta el siglo XX, por portugueses, españoles, franceses, ingleses y holandeses,

ocasionando disputas entre estos grupos de conquistadores y los reinos a los que pertenecían.

Las misiones franciscanas que se trabajan en esta tesis, y que se caracterizan adelante, son

una de las evidencias de las interacciones vividas entre ese medio geográfico y las presiones

del poblamiento.

Por las tensiones de disputa provincial, así como por la superposición de jurisdicciones

eclesiásticas en el territorio, cabe anotar de antemano, que los franciscanos de estas vivencias,

pertenecían a dos provincias franciscanas: la provincia de Santafé de la cual hacían parte las

ciudades de Anserma, Cartago y Buga; y la provincia de San Francisco de Quito, a la que

pertenecían las ciudades de Cali, Popayán, Pasto, Agreda de Mocoa y Écija de los

Sucumbíos, en el piedemonte amazónico.

1.2 Las primeras instalaciones

Sin dejar de hacer referencia al aporte realizado por fray Luis Carlos Mantilla Ruíz a la

historia de la orden franciscana y a la provincia de Santafé, la historiografía sobre la presencia

de la orden en el actual occidente colombiano, no cuenta con trabajos que contribuyan a la

comprensión del proceso de instalación establecimiento y consolidación de la orden en la

28
Wolfgang Brucher, La colonización de la selva pluvial en el piedemonte amazónico de Colombia. El
territorio comprendido entre el río Ariari y el Ecuador (Bogotá: Instituto Agustí Codazzi, 1974).

20
otrora provincia de Popayán. Frente a ese estado del tema, esta investigación busca aportar

algunos elementos que ayuden a llenar ese vacío sobre el desarrollo de los conventos, las

doctrinas y las intrigas de la orden en las ciudades de dicha provincia.

Y si bien, la historia está fragmentada, es claro que al recurrir a algunas contribuciones de

investigadores como Gegorio Arcila Robledo, Juan Manuel Pacheco, Nelly Valencia López,

Edinson Granja, Santibañez, Alonso Valencia Llano, es posible percibir algunos de los

puntos cruciales de los inicios de la orden durante el siglo XVI, la exploración de la vertiente

del Pacífico de la cordillera occidental –incluida la provincia del Chocó-, además de las

cuencas de los ríos Caquetá y Putumayo, en el siglo XVII, y el desarrollo de las misiones

realizadas por los Colegios de Propaganda Fide fundados en Cali y Popayán en el siglo

XVIII, y la particularidad de estos Colegios como instituciones especiales dentro de la

estructura de la orden y de la Iglesia Católica29.

Bajo esas perspectivas y la reconstrucción que esta investigación permitió realizar, es posible

señalar que la Orden de Frailes Menores (O. F. M.) u Orden de San Francisco30, arribó a

29
Estas obras son las siguientes: Arcila Robledo, Las misiones franciscanas; Arcila Robledo, Apuntes
históricos; Juan Manuel Pacheco, S. J., “Historia eclesiástica”, en Historia extensa de Colombia (Bogotá:
Academia Colombiana de Historia, 1971), vol. XIII, tomos I-IV; Nelly Valencia López y Edinson Granja
Santibáñez, “La Iglesia en la gobernación de Popayán”, en Historia del Gran Cauca, y, por supuesto, el aporte
que realiza fray Luis Carlos Mantilla Ruíz sobre el estudio de los Colegios de Misiones de Popayán y Cali y las
misiones que estos llevaron a cabo en Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I-II.
30
La Orden de Frailes Menores fue fundada por San Francisco de Asís en 1209, mediante aprobación de la
primera regla por el papa Inocencio III. Las reglas establecidas por Asís fueron tres: vivir en obediencia, sin
nada propio y en castidad. Éstas fueron implantadas en las órdenes religiosas para regular la vida en comunidad
de los conventos y los monasterios. San Francisco de Asís fue canonizado el 16 de julio de 1228 por el Papa
Gregorio IX. Francisco de Asís fue un santo italiano nacido en 1181, en Asís, Italia, con el nombre de Giovanni
di Pietro Bernardone; fue miembro de una familia adinerada de esta ciudad, participó en la guerra entre Perugia
y Asís en 1203. Cayó herido durante esta guerra y su cambio de vocación fue posterior a la recuperación de las
heridas, decidió reparar las iglesias de San Pedro y Santa María en Asís y asistir a los enfermos, su mayor
contribución a la Iglesia fue la creación de una orden mendicante, fundó la Orden Franciscana (Ordo Fratrum
Minorum: Orden de Frailes Menores), mediante ésta, San Francisco buscó dar un giro reformador a la Iglesia a
través de la predicación itinerante y el ideal de pobreza manifestado por Cristo. Escribió tres reglas -vivir en
obediencia, sin nada propio y en castidad- y fueron aprobadas de manera consecutiva por el papa Inocencio III
en 1209, 1221 y el papa Honorio III en 1223. Fue el papa Inocencio III el que lo ordena diácono en 1210. Luego

21
Popayán de mano del conquistador Sebastián de Belalcazar proveniente del Perú, quien hacía

parte de la hueste que acompañaba a Francisco Pizarro. Belalcazar en su periplo

conquistador, fundó la ciudad de Quito, en los Andes meridionales, en 1534, y avanzando

hacia el norte, en los confines del Perú, fundó las ciudades de Popayán en 1537, Cali en 1536,

y uno de sus lugartenientes, Lorenzo de Aldana, fundó Pasto en 153731.

Los frailes menores iniciaron su labor misionera en Quito y sus alrededores en 1535, y

buscaron fundar un convento para hospedarse y lograr expandir su labor. Sin embargo, sólo

hasta 1565, se fundó la provincia franciscana de San Francisco de Quito, cuyos límites se

extendían hacia el norte hasta la ciudad de Cali, pasando por Popayán y Pasto. El flamenco

fray Jodoco Ricke fue uno de los primeros franciscanos en arribar a Quito, fue quien se

encargó de los primeros cimientos tanto de la orden como del convento de San Francisco en

la ciudad, además contribuyó de manera enérgica a la expansión de la fe cristiana y a la

de fundar la Orden Frailes Menores, creó junto con Clara de Asís la Segunda Orden llamada Las Damas Pobres
o Las Clarisas en 1212, y en 1221 fundó la Tercera Orden, llamada los Terciarios que comprende hombres y
mujeres laicos que combinan sus hábitos diarios con la prédica de la oración. Entre 1219 y 1220 predicó el
cristianismo entre los musulmanes de Siria y Egipto, sentando las bases del espíritu misionero que tendría la
orden. Muere en Asís el 3 de octubre de 1226 a los 45 años. Ver: Alberto González Gaviria, Mil preguntas
franciscanas (Medellín: Impresos, 1987), 3-20; Curía General Orden de Frailes Menores, O. F. M, Regla
Constituciones Generales y Estatutos Generales de la Orden de los Hermanos Menores (Roma, 2010), 2.
La Regla Bulada de San Francisco está fundamentada en las tres primeras reglas que se mencionaron: vivir en
obediencia, sin nada propio y en castidad; sin embargo, está compuesta en su totalidad por doce capítulos, los
cuales buscaban, y aún buscan, regular la vida de los frailes al ingresar a la orden. Los capítulos apuntan a
varios asuntos que tienen que ver con la vida conventual, la predicación y la conservación de la regla, el ingreso
y recibimiento de los frailes en la orden, el ayuno, la penitencia, la amonestación y la corrección de los
hermanos, la ayuda entre ellos, la conservación del voto de pobreza y la renuncia al dinero y a los bienes
materiales, el modo de trabajar, la predicación del evangelio, el trato con los demás mientras caminan por el
mundo y la licencia que debe ser concedida por los ministros provinciales para ir entre los infieles, la elección
del Ministro General, y por último, la prohibición de ingresar a los monasterios de las monjas sin licencia dada
por la Sede Apostólica. Ver: Curía General Orden de Frailes Menores, O. F. M., Regla Constituciones
Generales, 2-5.
31
El interés por mencionar la presencia de los franciscanos en estas tres ciudades reside en los conventos que
edificaron y las exploraciones y posteriores misiones que desempeñaron los frailes teniendo como punto de
partida estas ciudades, durante los siglos XVI-XVIII. Inicialmente en la cuenca de los ríos Putumayo y San
Miguel, y posteriormente, con la fundación del Colegio de Misiones de Popayán, dirigieron también los
esfuerzos de evangelización hacia la cuenca del río Caquetá.

22
consolidación de la Corona española en este territorio, perteneciente inicialmente, a la

Audiencia de Lima, hasta la fundación de la Audiencia de Quito en 156332.

En el caso de la ciudad de Popayán, los franciscanos se instalaron allí desde iniciada la

conquista, en 1536. Ante esas circunstancias, es posible conjeturar que el fundador del

convento de Observantes de San Bernardino, haya sido el mismo padre fray Jodoco Ricke,

en 1574. Los integrantes de este convento dedicaron sus labores de evangelización a los

indígenas de las ‘doctrinas’, sin descuidar la prédica en la ciudad, que compartían con el clero

secular y con los religiosos agustinos, dominicos, mercedarios, y posteriormente, los jesuitas.

Para el caso de la ciudad de Pasto, los franciscanos llegaron en 1563, y realizaron las mismas

tareas de prédica en el entorno urbano y de evangelización en las ‘doctrinas’ de la provincia.

Los religiosos de estas ciudades de la provincia de Popayán, compartieron la exploración

hacía los ríos Putumayo, San Miguel y Caquetá.

Del lado de la Audiencia de Quito, los territorios del piedemonte andino – amazónico y la

selva amazónica, fueron llamados: la región oriental. Esta región, fue dividida en cuatro

provincias o gobernaciones: “la de Yahuarsongo y Bracamoro, al extremo meridional; la de

Macas, en el centro; y la de Quijos, al norte. Con esa última partía límites por el lado del Sur

la de Mocoa y Sucumbíos, que ahora es territorio colombiano”33. Por lo tanto, las ciudades

32
Ver: Agustín Moreno, Fray Jodoco Rique y Fray Pedro Gocial. Apóstoles y maestros franciscanos en Quito.
1535-1570 (Quito: Ediciones Abya-Ayala, 1998). Los primeros franciscanos en el Nuevo Mundo buscaron
crear un mundo cristiano perfecto a través del ascetismo riguroso y el fervor místico, acompañado además por
una profunda espiritualidad y cimentado sobre la base de los primeros indígenas evangelizados en masa en
Nueva España. Esta idea del mundo perfecto se vio entorpecida por la realidad indiana, afectada por las
consecuencias mismas de la conquista. Ver: John Leddy Phelan, El reino milenario de los franciscanos en el
Nuevo Mundo (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas,
1972).
33
Federico González Suárez, Historia de la República del Ecuador (Quito: Daniel Cadena Editor, 1931), tomo
VI, 45.

23
de Mocoa34 y Écija de los Sucumbíos, “eran vecinas: la primera estaba entre los ríos Caquetá,

al norte, y Putumayo al sur, y la segunda, al sur de este río”35, entre los ríos San Miguel y

Guamúez.

La ruta de penetración, se hacía navegando el río San Miguel hasta el curso alto del río

Putumayo; así se hacía la avanzada hacia el curso medio y bajo de este río. La expedición de

fray Domingo Brieva, la de fray Pedro Pecador, y algunas expediciones posteriores, se

beneficiaron de esta ruta, y por supuesto de la navegabilidad del río hasta su desembocadura

en el curso medio del río Amazonas.

Estas exploraciones comenzaron en 1632, cuando partieron de Quito los padres fray

Francisco Anguita y fray Juan de Cassarrubias, el hermano Pedro de Moya y los ya

nombrados, padres fray Domingo de Brieva y fray Pedro Pecador. “De Pasto pasaron a Écija

de los Sucumbios, a 30 leguas de camino, acompañados tan sólo de un indio intérprete de

nombre Qata; habiéndose embarcado en el puerto llamado Quebrada del Río, después de dos

días de navegación, salieron al Putumayo y “tomaron posesión de su primer

descubrimiento”36; continuaron navegando -durante ocho días- río abajo, y se encontraron

con la provincia de los ceños y becabas […]. Estas iniciativas exploratorias estuvieron

34
La ciudad de Mocoa, como actualmente la conocemos, fue fundada por Pedro de Agreda en 1563 con el
nombre de Agreda de Mocoa, en el piedemonte andino amazónico, ante el descubrimiento de metales de oro en
sus inmediaciones. El reconocimiento de la región geográfica se remonta a 1542, como resultado de las
exploraciones llevadas a cabo por Hernán Pérez de Quesada, entre los actuales Llanos y el nombrado
piedemonte, buscando El Dorado. Las sublevaciones indígenas motivaron su traslado entre 1723 y 1724 del
actual Pueblo Viejo, al sitio actual entre los ríos Mulato, Sangoyaco y Mocoa, siendo nombrada Santa Clara de
Mocoa. Ver: Marcelino de Castellvi, “Reseña crítica sobre el descubrimiento de la región de Mocoa y
fundaciones de la ciudad del mismo nombre”, Boletín de Historia y Antigüedades (Bogotá: Academia
Colombiana de Historia), vol. XXIX, n.º 330-331 (1942); Mora Acosta, Mocoa: su historia y desarrollo, 45;
José Rafael Sañudo, Apuntes sobre la historia de Pasto (Imprenta Nariñense: Pasto, 1894-1939), segunda parte,
73.
35
José Rumazo, La región amazónica del Ecuador en el siglo XVI (Sevilla: Publicaciones de la Escuela de
Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1946), 256.
36
Ibid., 255.

24
acompañadas del interés que tenían los españoles y los funcionarios de la Corona

correspondientes a la Audiencia de Quito, en explorar y reconocer sus territorios orientales,

que en términos geográficos comprendían el pie de monte andino - amazónico y las cuencas

de varios de los principales afluentes del río Amazonas37.

Estos primeros franciscanos regresaron a Quito dado que su intérprete los abandonó y regresó

a Écija. En 1634, regresaron en una segunda expedición, pero tomando como rumbo el río

Napo; así se acercaron, a las poblaciones ribereñas de encabellados y cofanes.

Posteriormente, continuaron recorriendo hacia al sur, hasta llegar a el río Aguarico. Las

avanzadas de los franciscanos fueron sucesivas durante la primera mitad del siglo XVII; en

ellas, fundaron pueblos de misión y redujeron poblaciones indígenas, que tuvieron que

acostumbrarse al dios y a los tiempos cristianos. Igualmente, terminaron por acostumbrase a

las inclemencias del clima, y a un espacio desconocido, “[…] al que se llegaba primero

cruzando los desfiladeros de las montañas hasta vadear ríos y espacios anegadizos”38.

La tarea de evangelizar y reducir estuvo en manos de las órdenes religiosas, en un primer

momento a cargo de los franciscanos, a quienes se les asignó el río Putumayo y sus afluentes,

y exploraron y redujeron a los encabellados, cofanes, y abijiras en los ríos Napo y Aguarico;

y en un segundo momento, a los Jesuitas, a quienes se les asignó la provincia de Maynas, que

correspondía al curso alto, del ya mencionado río Amazonas, y los afluentes de éste, en esta

parte de su curso.

37
Ver: John Leddy Phelan, El reino de Quito en el siglo XVII (Quito: Banco Central del Ecuador, 2005).
38
Ver: Rumazo, La región amazónica.

25
El impulso evangelizador de los franciscanos de Quito en los territorios orientales, disminuyó

hacía 1645, dadas las dificultades para la consolidación de las misiones, y tomó nuevamente

fuerza alrededor de cuarenta años después, en 1686, perseverando hasta 1721, cuando vuelve

a declinar debido a la muerte de los misioneros en manos de los indígenas. Este nuevo

impulso propició la fundación de varios pueblos. Bartolomé de Alácano, en su “Informe al

Padre Provincial de San Francisco de Quito, fray Martín de Huydobro de Montalván, sobre

las misiones que tienen su religión entre los infieles de las provincias del Gran Caquetá, del

Putumayo y del Gran Río de Macas”39 (ver cuadro 1), anota que los religiosos franciscanos

en 1693, en las riberas del río Putumayo, lograron fundar los pueblos llamados Nombre de

Jesús de Nansueras, Santa María de Maguaguees, Santa Clara de Yaybras y San Diego de

Alcalá de Yantaguagees. Igualmente señala que, para el año siguiente, 1694, en el río

Acuysia, tributario del Putumayo, fundaron los pueblos de San Joseph de los Cuevos, San

Antonio de Padua de los Viguagees, San Bernardino de los Penes y Nuestro Padre San

Francisco de Piacomos.

Cuadro 1. Fundaciones y reducciones según Bartolomé de Alácano Ochoa

Fundaciones y reducciones de los misioneros franciscanos en los siglos XVII y


XVIII40
Año Ubicación Pueblo Nación
1693 Río Putumayo Nombre de Jesús de los Nansueras
Santa María de los Maguajes
Santa Clara de los Yaybras
San Diego de Alcalá de los Yantaguajes

39
Bartolomé de Alácano Ochoa, “Informe del Padre Provincial de San Francisco de Quito sobre las misiones
que tiene su religión entre los infieles de las provincias del Gran Caquetá, del Putumayo y del Gran Río de
Macas fray Martín de Huydobro de Montalván”, en Historiadores y cronistas de las misiones (Quito:
Corporación de Estudios y Publicaciones, 1989), consultado en http://www.cervantesvirtual.com/obra-
visor/historiadores-y-cronistas-de-las-misiones--0/html/00012b0e-82b2-11df-acc7-
002185ce6064_3.html#I_2_.
40
Bartolomé de Alácano Ochoa, “Informe del Padre Provincial”, 108-110.

26
Fundaciones y reducciones de los misioneros franciscanos en los siglos XVII y
XVIII40
Año Ubicación Pueblo Nación
1694 Río Acuysía San Joseph de los Cuevos Murciélagos
(tributario del río
Putumayo)
Río Putumayo San Antonio de Padua de los Viguajes
Río Putumayo San Bernardino de los Penes
Nuestro Padre San Francisco Piacomos
1695 Confluencia del río Redujeron las
Putumayo con el río provincias de los
Amazonas Senseguajes los
Punies, y los
Icaguates, los
Encabellados
Río Caquetá Se pacificaron las
naciones de los
Neguas, los Caguis
Río San Miguel San Buenaventura de los Coreguajes
San Pedro de Alcántara Avigiras
Río Putumayo Pueblo de los
Concepción de los Amaguajes
San Cristóbal de los Guaniguajes
Nuestra Señora de Chiquinquirá Yayguajes
de los Piacomo
San Juan de los Ayamacenes
1724 Río Caquetá San Antonio de Padua Indios Mocoas
Río Fragua San Miguel de los Yaguanangas
Río Mandur San Rafael de los Mandures
Río Domoxagua San Luis de los Andaquies
Río Chufia Nuestra Señora de los Ángeles de Chufíes
los
Juntas del río San Bernardino de los Caguanes
Caguán con el
Caquetá
1737 Juntas del río San Pedro de Alcántara de los Amoguajes
Putumayo y San
Miguel con el río
Guamez
Río Putumayo Nuestra Señora de los Dolores de Maceros
los
Santiago de los Ocomecas
San Juan Bautista de los Cunsas Encabellados
San Antonio de los Ocoguajes

27
Fundaciones y reducciones de los misioneros franciscanos en los siglos XVII y
XVIII40
Año Ubicación Pueblo Nación
San Juan Capistrano de los Guynos
Santa Rosa de Viterbo de los Hoyos
San Salvador de Orta de los Enos
Santa Colecta de los Senseguajes
Santa Buenaventura de los Coriguajes
1738 Río Putumayo Santa Cruz de los Mamos Mamos

Según Julio Mesías Mora Acosta, los pueblos fundados por los franciscanos hasta el año

1739 se conservaban divididos en dos grandes misiones, “[…] conviene a saber: la del gran

Caquetá con centro en Mocoa, y la del Putumayo con centro en San Miguel o Écija de los

Sucumbíos”41, esta división, se conservó durante el siglo XVIII como una distinción dentro

de los dominios de las misiones; sin embargo, como se ha venido señalando, las reducciones

se modificaron por diversos factores, entre los que se encontraban las considerables

distancias, la dificultad de la evangelización, y las muertes de frailes y hermanos legos a

mano de los indígenas.

En este orden de acontecimientos, se debe mencionar que los franciscanos de la provincia de

San Diego de Quito fueron los encargados de las misiones entre infieles en los ríos Caquetá

y Putumayo durante el siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, este segundo impulso

evangelizador, estimuló la creación del Colegio de Misiones de Pomasqui. Colegio que tuvo

a cargo estas misiones hasta la fundación del Colegio de Propaganda Fide en la ciudad de

Popayán.

41
Mora Acosta, Mocoa: su historia y desarrollo, 47. Ver: Gómez López, Putumayo: indios, misión, colonos.

28
1.3 Los Colegios de Misiones o de Propaganda Fide

Los Colegios de Misiones o de Propaganda Fide fueron el símbolo del fortalecimiento

misional en el siglo XVIII. Fueron instituciones destinadas a la formación y enseñanza de

sacerdotes y no sacerdotes, que, según Luis Carlos Mantilla Ruíz, “tuvieron que cumplir con

un doble fin de servir como centros de apostolado popular para las poblaciones ya

cristianizadas y de base de penetración en los territorios habitados todavía por indios

infieles”42.

Los Colegios Apostólicos, como también son conocidos, resultaron del esfuerzo de la Iglesia

Católica, la Corona de Castilla y la Orden franciscana, por impulsar la expansión misionera

y evangelizar las fronteras del Imperio español. Estos Colegios resultaron ser “corporaciones

jurisdiccionales franciscanas independientes, erigidas canónicamente por la Santa

Congregación de Propaganda Fide”43; esta independencia, le otorgaba libertad para nombrar

Prefectos y otorgar leyes, siempre bajo el control del Patronato Regio, puesto que los

Colegios operaban de manera mancomunada con la Corona española. La creación de los

Colegios apuntaba a fortalecer un nuevo método misional, impulsado por los Borbones,

donde prevalecía la formación de los misioneros en ciencias, artes y en “las cosas útiles a la

sociedad”44.

La Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe, fue fundada por Gregorio XV en

1622, con el propósito de difundir la fe católica en todo el mundo; posteriormente, será

42
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I, 553.
43
Archivo Franciscano de la Provincia de Chile, Guía del Fondo Colegio Franciscano de Chillán (Alcalá de
Henares: Universidad Alcalá de Henares, 2016), 5.
44
David Weber, Bárbaros. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración (Barcelona: Crítica, 2007),
175-178.

29
llamada Congregación de Propaganda Fide o para la Evangelización de los Pueblos. Ante

esta Congregación, en 1628, el franciscano fray Gregorio Bolívar, propuso la creación de los

colegios dedicados a la predicación entre los infieles y pueblos cristianos; este proyecto fue

llevado a cabo de manera inicial y provisional por el padre Antonio Bolívar en la provincia

de los Doce Apóstoles del Perú y por el padre Antonio Llinás, quien luego de ser ordenado

fraile franciscano, se embarcó en su peregrinaje a México y llevó a cabo su vida misionera

en Querétaro. Fue el padre Llinás, quien presentó la iniciativa de formar los colegios de

misiones ante el Rey y el Consejo de Indias, con el fin de lograr el aval civil y político del

proyecto45.

Finalmente, la “propuesta fue aceptada, y posteriormente presentada al Papa Inocencio XI,

que la aprobó con la Constitución de Eclesiae Catholicae del año de 1686”46. Esta

constitución, comprendía dos importantes aspectos: el primero, se refiere a los asuntos de la

vida conventual, como la instrucción de novicios, la aprobación de los mismos, la

observancia de la regla, la preservación de la pobreza en la Iglesia, la sacristía, los edificios,

celdas y el uso de las cosas, del vestuario de los religiosos y la prohibición de recibir limosnas

particulares y donaciones, el oficio religioso, las confesiones, el culto divino, los ayunos, las

culpas y la disciplina; y el segundo, se refiere a los asuntos de la vida misional, la entrada a

las misiones, las elecciones de guardianes y discretos, el trato con los infieles, la doctrina que

se debe enseñar a los Indios, el castigo de los Indios, y el castigo de las mujeres47. En el

45
Centro Eclesial de Documentación, Encyclicas o cartas circulares del padre fray Antonio Comajuncosa
(1794-1801) (Tarija: Convento Franciscano de Tarija, 2016), cap. 1, “La congregación de Propaganda Fide y
los franciscanos”, sin página, consultado en
http://www.franciscanosdetarija.com/pag/documentos/30ncíclicas/intro/parte1.htm.
46
Ibid., sin página.
47
Ver: Estatutos y Ordenaciones según las bulas que nuestro santísimo padre Inocencio XI expidió para los
Colegios de Misiones (Madrid: Imprenta de Don Benito Cano, 1791).

30
momento en que fueron expedidos los estatutos de la Ecclesiae Catholice, sus principales

puntos fueron:

[…] que los Colegios se erigieran en España, Filipinas, México, Perú y otras Indias

occidentales. Los Colegios de España deben servir para la preparación de no menos de dos

años para los candidatos a la evangelización en las Américas: la conversión de los infieles y la

salud espiritual de los fieles, […] El Colegio, si bien relacionado con la provincia religiosa,

tendrá legislación autónoma, con régimen de autoridades que une el Comisario General de las

Indias en Madrid, el Comisario en Latinoamérica, el P. Guardián y Prefecto de Misiones; éstos

dos últimos, autoridades del Colegio mismo. […] Además, el Colegio tendrá vida estrictamente

religiosa-franciscana: tiempos de oración y estudio comunitarios, cuidados de la biblioteca y

reducidas relaciones de los frailes con el universo externo al convento. Y por último, se

mantendrán complementarios dos espacios de trabajo: el propiamente conventual, y el de

evangelización. El conventual puede recibir hasta novicios, y por tanto ser casa de recepción

de candidatos a la orden y de preparación al sacerdocio, con escolaridad en humanidades,

filosofía y teología48.

La creación del colegio de Santa Cruz de Querétaro en 1682, le dio el impulso que requería

al proyecto misional, retomar aquellas zonas de frontera y sus habitantes, que aguardaban,

según los misioneros, por ser evangelizados. La fundación de este convento es reconfirmada

en 1688. Posterior a este, se fundaron nuevos colegios que terminaron diseminados por el

territorio indiano.

Cristo Crucificado de Guatemala (1692); Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas (1704);

San Fernando de México (1732); San Francisco de Pachuca, ligado a la familia franciscana de

los Descalzos, en 1732 y reconfirmado en 1771; San José de la Gracia de Orizaba (Puebla-

48
Centro Eclesial de Documentación, Encyclicas o cartas circulares, sin página.

31
México) en 1799; Nuestra Señora de las Gracias de Popayán en 1753 y reconfirmado en 1755;

San Joaquín de Cali en 1756; Purísima Concepción del Píritu (Venezuela); San Francisco de

Panamá. 1785; Santa Rosa de Ocopa, fundado en 1726 y confirmado en 1758; Nuestra Señora

de los Ángeles de Tarija en 1755; San Ildefonso de Chillán en 1756; Nuestra Señora del Mayor

Dolor de Moquegua 1795 (Perú); San José de Tarata en 1792; San Carlos de San Lorenzo

(Argentina) en 1784; Nuestra Señora de Zapopán (Guadalajara-México) en 1812.49

La consolidación de esta nueva estrategia misional permitió a la Corona española, en algunos

casos, consolidar su presencia y poblar estas zonas de frontera.

La estructura del Colegio de Misiones estaba compuesta por un Guardián que ejercía de

director, y cuyo cargo era renovado en los Capítulos Generales de la Orden. Este era

asesorado por un Discretorio o Consejo, formado por un grupo selecto de padres que hacían

parte del Colegio. Además, contaba con otra figura que era el Procurador o Prefecto de

Misiones, “el cual era el encargado de establecer el nexo entre las diversas conversiones de

una o varias jurisdicciones y sus respectivos Colegios. Estos debían responder ante el

Comisario General del Perú, que funcionaba como nexo con la Corona”50. Por último, se

49
Ibid., sin página.
50
Archivo Franciscano de la Provincia de Chile, Guía del Fondo, 5. La orden franciscana en las Indias operó
de la siguiente manera: el Comisario General de Indias residía en Madrid, y un Vicecomisario General era su
ayudante en Sevilla. En principio no se trató de una institución sino de individuos elegidos por el Rey, a quienes
los ministros generales de la Orden delegaban funciones especiales que estaban directamente relacionadas con
las Indias. El Comisario General de Indias delegaba funciones a los Comisarios Generales en la Nueva España
o Perú, según el caso. La orden decidió crear un comisario para las Indias, dadas las dificultades de la
comunicación y la administración. A través de los Capítulos Generales -reunión de los representantes de las
provincias que conformaban la orden-, se determinaba el destino de las Provincias y Custodias, se erigían,
modificaban, dividían o suprimían de acuerdo a los avances en la evangelización y congregación de indígenas
en el extenso territorio. El Comisario General de Indias estaba encargado de organizar las expediciones de
misioneros a las Indias, este también gestionaba los misioneros en caso tal de que fueran solicitados por los
Comisarios Generales o Provinciales.
La Comisaría de Indias se dividió en sus dos campos misionales: el primero tuvo su origen en la Nueva España,
donde fue designado Fr. Francisco Bustamante (1547-1554), los dominios españoles desde Panamá hacia el
norte en la Nueva España fueron denominados “Provincias de la Nueva España”. Los dominios del segundo,
comprendían el hemisferio Sur, fueron denominados “Provincias del Perú”. Los Comisarios Generales,
dirigirían el despliegue misionero en las Indias, se encargaron no sólo de los asuntos de las Provincias, sino

32
encontraban los sacerdotes o frailes misioneros, los hermanos legos y los novicios, quienes

compartían el espacio de las misiones, es decir, en parejas.

En las misiones o conversiones vivas del siglo XVI, los misioneros contaban con formación

en teología, conocimientos superiores en humanidades y filosofía, y debían aprender las

gramáticas de las lenguas indígenas51. Los misioneros del siglo XVIII por su parte, se debían

a su convicción y vocación, pues las sociedades indígenas que faltaban por evangelizar y

reducir, se encontraban en los márgenes del Imperio español, y habían sido aisladas en la

medida que la frontera se expandía. El investigador Justo Casas Aguilar, señala que “las

misiones fueron un proyecto compartido de la Iglesia y el Estado español, en el que éste

aportó los recursos económicos, la Iglesia los recursos humanos, y obviamente por su

condición, fue la ejecutora del programa”52. Al tratarse de un Colegio de Propaganda Fide,

buena parte de las decisiones que tomaban sus directores tenían como origen Roma. Pese a

esta aparente independencia, al recibir financiación por parte de la Real Hacienda, a través

de las Audiencias o Virreinatos, los Colegios de Propaganda estaban supeditados al contexto

político, social y económico del lugar donde era ubicada la misión; es decir, el contexto de

las poblaciones a las cuales se acercaban los misioneros, estaba relacionado con los intereses

de las Audiencias o Virreinatos, según el caso; el interés podía estar enfocado en poblar

también de las Custodias y Vicarías que se irían estableciendo de acuerdo a la avanzada evangelizadora. Ver:
Antolin Abad Pérez, Los franciscanos en América (Madrid: Editorial MAPFRE, Colección MAPFRE 1492,
1992).Otro cargo nuevo en las Indias fue el de los Procuradores, llamados también Procuradores de Misión o
de Provincia, estos se encargaban de informar a la Corte y al Consejo de Indias los problemas y necesidades
que presentaban las misiones, las ayudas requeridas, el estado y las urgencias del personal, asimismo, presentar
la solicitud de nuevos grupos de misioneros. Los Procuradores enviaban religiosos desde diferentes, provincias,
custodias y vicarias, ubicadas en lugares equidistantes para informar a través de la rica documentación el estado
de las doctrinas y misiones bajo responsabilidad de la orden. El flujo de información desde las Indias hacia
España, le permitió a la orden conocer las dificultades propias de su personal e impidió que perdiera el control
sobre las Comisarías, pese a que se trataba de funciones delegadas.
51
Isidro Félix de Espinosa, Crónica de los Colegios de Propaganda Fide de la Nueva España (Washington:
Academy of American Franciscan History, 1964), XVIII.
52
Casas Aguilar, Evangelio y colonización, 47.

33
lugares cuya vocación fuera agrícola o ganadera, o que se encontraran en rutas de accesos

para conectar territorios ya poblados, o en zonas de frontera que se encontraran en lugares

estratégicos para la defensa de los territorios españoles, o para impedir el contrabando que

terminaba afectando las arcas reales.

Ahora bien, el Colegio de Misiones o de Propaganda Fide Nuestra Señora de las Gracias de

Popayán53, que fue fundado en 1753, tiene su origen en el siglo XVI, relacionado con las

actividades del Convento de San Bernardino de Popayán a cargo de los Franciscanos

Observantes. Este colegio, dirigió sus esfuerzos a la evangelización de los grupos indígenas

que se encontraban en los márgenes de los ríos Putumayo y Caquetá y sus afluentes. Los

límites de la provincia comprendían “la dilatada península que ciñen desde el Valle de Mocoa

hasta el desemboque del primer (río Putumayo) con el nombre de Iza entre los portugueses,

en el Marañón, alias entre los mismos Certón y del segundo (Caquetá) hasta la entrada del

río grande de Guayari”54.

Posteriormente, por Real Cédula del 5 de mayo de 1759, el rey decidió confiar al colegio de

misiones, las misiones del pueblo andaquí, que se ubicaba en la cuenca alta del río Caquetá,

y se movilizaba en un área geográfica, que comprendía los nacimientos del río Magdalena y

el río Caquetá hasta el pie de monte andino-amazónico entre las cuencas de los ríos Orteguaza

53
Por su parte, el Colegio de Misiones San Joaquín de Cali recibió patente como colegio independiente, en
1766, y ejerció funciones sobre los indígenas de Yurumangui.
54
Antonio B. Cuervo, Colección de documentos inéditos sobre la geografía y la historia de Colombia (Bogotá:
Imprenta de Vapor de Zalamea Hermanos, 1891), tomo IV, 248. Estos límites eran los anotados por fray
Bonifacio del Castillo.

34
y Caquetá55. Cabe anotar que estos ríos hacen parte de la cuenca hidrográfica del río

Amazonas y despliegan sus aguas en dirección sureste hacia la selva que baña este río.

El 14 de agosto 1747 por disposición del Comisario General de Perú fray Eugenio Ibáñez

Cuevas se ‘permutó’ el Convento de las Santas Rosa y Clara de Pomasqui, fundado como

Colegio de Misiones en la Provincia de San Francisco de Quito, a unos cuantos kilómetros

de la ciudad de Quito, con el convento de la recoleta de San Diego de Quito que pertenecía

a los franciscanos observantes; luego, esta permuta no prosperó, puesto que estos últimos

sentían afectados sus intereses y no querían desplazarse a Pomasqui; “recurrieron

secretamente al Ministro general de la Orden, fray Pedro Juan Molina, quien desautorizó el

proceder del padre Ibáñez Cuevas”56, y retrocedió la orden de la permuta, restableciendo la

recoleta de San Diego.

[…] esta situación, a su vez, hizo pensar a los misioneros que trabajaban en las misiones del

Caquetá y el Putumayo, que para ellos era más conveniente, dada su mayor cercanía, tener la

base de su Colegio en Popayán y no en Pomasqui y por ello propusieron al Rey que les

permitiera fundar otro colegio semejante en Popayán o para permutar el de Pomasqui con el de

Popayán. A lo cual accedió el soberano”57.

Así pues, el soberano accedió permutar el convento de Pomasqui con el convento de San

Bernardino de Popayán; por su parte, los provinciales de la provincia de Quito, el Guardián

55
Juan Friede, Los Andaki, 1538-1947. Historia de la aculturación de una tribu selvática (México: Fondo de
Cultura Económica, 1967). Inicialmente las cabeceras del río Magdalena hicieron parte de la provincia de
Timaná, perteneciente a la Gobernación de Popayán, iniciando el siglo XVII, pasó a ser parte de la Gobernación
de Neiva, perteneciente a la Real Audiencia de Santaféé. En el siglo XVIII, los virreyes del nombrado Virreinato
del Nuevo Reino de Granada prestaron atención al problema que simbolizaba para la Gobernación de Neiva,
los indios andaquíes que eran evangelizados por los misioneros franciscanos.
56
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I, 560.
57
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I, 560. Archivo Central del Cauca (en adelante
se citará así: ACC) Sig.: 9058 (Col. E I-7or) fl. 2v.

35
y el Discretorio del colegio de misiones Santas Rosa y Clara de Pomasqui, presentaron las

razones para fundar el colegio de misiones en las ciudades de Popayán o Pasto. La primera

razón que presentaron, se refiere a la proximidad y facilidad de comunicación de dichas

ciudades con las misiones del Putumayo y Caquetá.

[…] por que siendo la principal condicion, el que el colegio se situe en aquel Paiz, o lugar mas

próximo, e inmediato a los lugares donde se han de hacer, y tratar las Conversiones de los

Ynfieles; este requisito se reconoce cabal en uno de estos Conventos, por que estando las

Montañas de dichas Missiones divididas en dos porciones distantes unas de otras, La una en

Sucumbios, y Rios del Putumayo; y la otra en Mocoa, y el famoso Rio del Caquetá: El

Convento de Pasto esta inmediato a la Mission de Sucumbios y Rios del Putumayo, y tanto,

que en la expedición de religiosos, que se hace para ella, es la principal, y precissa estancia la

de este Convento, y Ciudad, donde les es necesario parar, solicitar avios, prevenir su Conducta,

y esperar el que la rigida Cordillera se serene de sus frequentes nevadas, y ofresca menos aspero

transido a dichas Montañas, que de ordinario son pocos los tiempos que lo permite, y es

precisso estar a vista de ellos para lograrlos58.

Sumado a esto, se enteraron que en exploraciones realizadas por otros misioneros, se podía

acceder a las misiones desde Popayán por dos caminos menos ásperos y fragosos que el

camino desde Pasto. Estos dos caminos a los que se refieren son el camino de Almaguer y el

camino de Timaná, de los que se hablarán más adelante.

La segunda razón que presentaron se refiere a la dificultad y trabajo que tenían los misioneros

para trasladarse desde Quito a dichas misiones; pues la congruencia con la situación era que

los colegios se ubicaran en lugares cómodos para el acceso y el aprovisionamiento de

58
ACC Sig.: 9055 (Col. E I-7or) fl. 1v.

36
alimentos y menesteres, y por supuesto “[…] menos costosa. La Conduccion, y se eviten las

Contingencias de peligrar los dichos Socorros, o por la demasiada demora, o por malicia, o

dolo, de los Conductores”59. La ciudad de Popayán al ser cabeza de gobernación, cumplía

con las características de abastecimiento de víveres y alimentos que requerían las misiones,

además contaba con la riqueza y devoción de sus vecinos, lo que podrían verse reflejado en

el auxilio material y oportuno de los misioneros. Argumentaban los frailes que pese a que la

ciudad de Pasto ofrecía alimentos, harinas, carnes y otros víveres a buen precio, era una

ciudad pobre, deteriorada y aniquilada en su vecindad. Por ello, se puede indicar que la

ubicación del Colegio de Misiones en Popayán fue mucho más estratégica en términos

económicos que en términos prácticos, puesto que, aunque el camino de Pasto, resultaba

reducir la distancia entre esta ciudad y las misiones, no se tuvo por conveniente.

La tercera razón que presentaron los frailes fue el beneficio espiritual que los habitantes de

las expresadas ciudades recibirían con el establecimiento del Colegio en una de ellas,

[…] en que los Padres Missioneros con su exemplo, Doctrina y predicación consigan copiosos

frutos es=pirituales, no solo en la reducción de los Infieles, sino también en la penitencia de

los Pecadores: Y este requisito viene muy adequado en este Colegio, si se situa en uno de

dichos Conventos; y especialmente si se pone en el de Popayan; por que siendo tan Crecida las

mies, son pocos los operarios60.

Los frailes sugerían que, dada la inmensidad del obispado de Popayán y dado que buena parte

de su población vivía en la montaña (selva) y con muy poca doctrina, los operarios que

59
ACC Sig.: 9055 (Col. E I-7or) fl. 2r.
60
ACC Sig.: 9055 (Col. E I-7or) fl. 2r; Sig.: 9423 (Col. E I-7or) fls. 1r-3r.

37
aportara el colegio para la evangelización de los infieles serían convenientes para el gobierno

y la iglesia de dicho obispado.

La cuarta y última razón que mencionaron los frailes, era la necesidad que tenían los

conventos de estas ciudades -Pasto y Popayán-, de componerse, ya que su fábrica estaba muy

deteriorada, y era necesario para el servicio a la comunidad y a las conversiones61.

Finalmente, se expidió patente para la permuta por el presbítero José Beltrán y Caicedo, y el

rey la aprobó por Cédula Real del 17 de abril de 1753, y luego fue confirmada por Benedicto

XIV, el 22 de noviembre de 1755. De esta manera fue permutado el convento de San

Bernardino de Popayán con el Convento de las Santas Clara y Rosa de Pomasqui de la ciudad

de Quito, con participación de frailes pertenecientes al convento de San Diego de Quito. El

resultado fue la creación de El Colegio de Propaganda Fide Nuestra Señora de las Gracias de

Popayán, cuya entidad dependía del Comisario General del Perú y no de la Provincia de San

Francisco de Quito o la Provincia de Santafé, puesto que los Colegios de Propaganda Fide

fueron creados con el propósito de propagar la fe y tenían una relación directa con Roma.

Fundado el Colegio de Misiones por el quiteño fray Fernando Larrea en 1753, la planta física

del antiguo convento de San Bernardino fue demolida con el propósito de construir un

edificio de mejores proporciones y espacios para la empresa que suponían las misiones y la

formación de novicios,62 donde aprendieran las lenguas de los indios y se establecieran

cátedras de teología y artes63. Para el caso, fue nombrado como primer guardián del colegio:

61
ACC Sig.: 9055 (Col. E I-7or) fl. 2v.
62
Ver: Herwing Hartman Garcés, “Reseña histórica de la Iglesia de San Francisco y del Colegio de Misiones
de Nuestra Señora de la Gracia de Popayán”, Boletín de Historia y Antigüedades (Bogotá: Academia
Colombiana de Historia), vol. XC, n.º 823 (2003) dic.; Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III,
vol. I, 570-572; Cobo Fray, Colegios de Misiones Franciscanos.
63
ACC Sig.: 9207 (Col. E I-7or).

38
fray José Joaquín Barrutieta. Junto con el nombramiento como Colegio de Misiones, el

Colegio de Pomasque, también trasladó a sus frailes. Las actividades del Colegio, se dividían

entre la predicación popular, las conversiones entre infieles y el ministerio espiritual en los

lugares donde estaban establecidos; sin embargo, fueron las misiones populares las que

ganaron mayor veneración para los misioneros de estos colegios64. De acuerdo al historiador

Luis Carlos Mantilla Ruíz, los padres que partieron de Pomasqui hacia Popayán, fueron: fray

Joaquín Mariano Lucio, fray Antonio Medina, fray Antonio Rosales, fray Javier Zapata, fray

José Bustamante, fray Diego García y los hermanos legos fray Domingo Luna, fray Juan

Fuenmayor y fray Pedro Nagle”65.

Este colegio fue fundado con el propósito de evangelizar los indígenas ubicados en los

márgenes de los ríos Caquetá y Putumayo, grupos llamados por los misioneros como

amaguajes, senseguales, murciélagos, mamos, tamas, encabellados y posteriormente los

indígenas andaquies66, y ofrecer la prédica del evangelio entre los feligreses de la ciudad de

Popayán, y los pueblos y haciendas adyacentes a dicha ciudad. Por lo tanto, el colegio

compartía rasgos de colegio misionero con las costumbres de los franciscanos observantes

que habitaban la ciudad. El colegio y las misiones eran financiados por la Audiencia de

Santafé, puesto que los intereses de la Corona estaban encausados a incorporar estas zonas

de frontera y sus habitantes a la vida en policía y al son de campana, buscando también

64
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. II, 459.
65
Ver: Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I, 562.
66
Dado que el territorio que habitaban usualmente los andaquies compartía jurisdicción con la Audiencia de
Santafé por estar ubicado en la provincia de Neiva, los funcionarios de la Audiencia y los virreyes destinaron
algunos recursos para el sostenimiento de estas misiones, puesto que los andaquies ponían en apuros el tránsito
entre Popayán y Santafé en el camino que transitaba por el páramo de Guanacas.

39
plantas que fueran útiles al saber científico y al erario real. Además, fue el Real Tribunal de

Cuentas de Popayán el órgano encargado de cancelar los sínodos de los misioneros67.

El sínodo, era el estímulo económico que recibía el operario de las misiones -como eran

llamados los frailes y hermanos legos- por su labor misionera; era cobrado cada seis meses,

en los meses de mayo y noviembre. El operario recibía alrededor de 137 pesos y los destinaba

para abastecerse de alimentos como: vinos, carnes, harina, y algunos abalorios para conservar

la atención de la población indígena que estaba bajo su cuidado, o en algunos casos, atraer

nueva población.

El colegio comenzó a funcionar en 1753 y sus funciones se extendieron hasta 1790, cuando

fue abandonada totalmente la misión; claro está, que en 1784, el virrey Caballero y Góngora,

decidió dar por terminadas estas misiones, dadas las inconsistencias de las mismas y los

pocos avances en la evangelización y poblamiento. En primer lugar, las misiones presentes

en la cuenca del río Putumayo fueron trasladas hacia la cuenca del río Caquetá, puesto que

buscaban minimizar el trato de los frailes con comerciantes portugueses68, hasta que en 1790,

a causa de una rebelión indígena generalizada, y al asesinato de varios conversores a manos

de estos, fueron totalmente abandonadas.

67
Archivo General de la Nación-Bogotá (en adelante, AGN), Miscelánea, 39, 141, D. 122, fl. 991r.
68
Al hacer parte de la cuenca amazónica, los misioneros compartieron límites con la Amazonía portuguesa, en
esta medida, el río Putumayo, al ser navegable sin dificultad fue testigo del contrabando que se ejerció en estas
tierras, además de la expansión de los dominios portugueses hacia el noroeste, este hecho generó la expedición
de límites de Francisco de Requena y la advertencia continúa de la corona española a sus funcionarios para que
regularan el trato con los portugueses. Ver: Llanos Vargas y Pineda Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá;
Jean-Pierre Goulard, “El medio-amazonas a finales del siglo XVIII: un espacio insumiso”, en Espacios urbanos
y sociedades transfronterizas en la Amazonía, editado por Carlos Gilberto Zárate Botía (Leticia: Universidad
Nacional de Colombia, sede Amazonía, Instituto Amazónico de Investigaciones, 2012); Juan Sebastián Gómez
González, Frontera selvática. Españoles, portugueses y su disputa por el noroccidente amazónico, siglo XVIII
(Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia-ICANH, 2014).

40
Los virreyes del Nuevo Reino de Granada, estuvieron al tanto de los progresos y retrocesos

que presentaban estas misiones, ya que suponían un gasto para el erario real y no

consolidaban el poblamiento y la evangelización de los grupos indígenas; a ello, agregaban

la decadencia de las misiones y la falta de operarios para consolidar el proyecto. El virrey

Pedro Messía de la Cerda, señalaba en 1772, “que las misiones no correspondían a los gastos

hechos por el gobierno para el mantenimiento de los misioneros y sostenimiento de las

escoltas, pues apenas se advertía progreso, las reducciones no se secularizaban ni sus indios

pagaban tributo”69; en su defensa, los misioneros presentaban como motivos la inconstancia

de los indios que marchaban con facilidad a los montes y continuaban con su vida de idolatría.

Por otro lado, Messia de la Cerda, consideraba que era por falta de compromiso y espíritu

apostólico por parte de los misioneros. Asimismo, el virrey Manuel Guirior, menciona que

las misiones no lograron los adelantamientos que se podían esperar, según el balance

realizado alrededor de dos décadas atrás70. Por su parte, el arzobispo virrey Caballero y

Góngora, también anotaba en su relación de mando, los lentos progresos que había tenido la

misión por la inconstancia de los indios, pero consideraba importante insistir en éstas, dada

la gran fertilidad del territorio y el riesgo de intromisión por parte de los contrabandistas

portugueses71.

Como ya se mencionó, la nómina del Colegio de Misiones se produjo a partir de las

expediciones venidas desde España y al interés de los criollos por ingresar a la orden; pese a

69
Pacheco, S. J., “Historia eclesiástica”, vol. XIII, tomo III, 310.
70
Manuel Guirior, “Instrucción que deja a su sucesor en el mando en Virrey Don Manuel Guirior”, en
Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada, editado por Germán Colmenares (Bogotá:
Banco Popular, 1989), tomo I, 276.
71
Ver: Francisco Gil y Lemos, “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada que hace el Arzobispo Obispo
de Córdoba a su sucesor el Excelentísimo Señor Don Francisco Gil y Lemos. Año de 1789”, en Relaciones e
informes, editado por Colmenares, tomo I, 392.

41
esta claridad, no se tiene un registro preciso sobre la cantidad de frailes que conformaron

dicha nómina, y que se dedicaba a las labores misioneras y a las labores urbanas. Claro está,

que hubo diferentes expediciones con frailes franciscanos venidos desde España buscando

engrosar las líneas de los misioneros destinados a las misiones, esto como política de los

colegios misioneros. La primera expedición fue en 1756, hicieron parte de ella, diez

sacerdotes: fray Manuel Navarro, fray Antonio Urrea, fray Joaquín Gil, fray Jacinto Alonso,

fray José Losada, fray Antonio Alfaro, fray Juan Serra, fray Juan Antonio Hidalgo, fray

Cristóbal Romero, fray Juan Plata, junto con ellos viajaban el Comisario fray Lope de San

Antonio.

La segunda expedición fue en 1784, por orden del Comisario General de Indias; partieron de

España veintidós religiosos con dirección al Colegio de Cali y al Colegio de Popayán, en

igualdad de proporciones. De dicha expedición de misioneros que llegaron al Colegio de

Popayán se tiene registro de los sacerdotes fray Jerónimo Matanza, fray Vicente Barrutia,

fray Francisco Icazbalzeta, fray Manuel Lanza, Pedro Fermín Ibañez, fray Pedro Marcia, fray

Antonio de San Pedro, fray Jerónimo Alonso y los hermanos legos fray Manuel Hermosilla

y fray Baltasar de Santa María Pérez72. Este nuevo grupo de misioneros, tuvo algunos

aprietos para concretar su estancia en las misiones, puesto que hubo dificultades en el

traslado; además, algunos se negaron a adentrarse en las labores misioneras, por lo tanto,

fueron sancionados, otros, murieron a manos de los indígenas o fueron incorporados a las

labores urbanas del colegio.

72
Ver: Luis Carlos Mantilla Ruíz, Las últimas expediciones franciscanas al Nuevo Reino de Granada: episodios
de criollismo conventual o de rivalidad hispano-criolla: 1756-1784 (Bogotá: Editorial Kelly, 1995).

42
Luis Carlos Mantilla Ruíz anota la nómina del colegio en el intermedio de estas dos

expediciones, en 1776, así: los frailes destinados a las misiones en el Caquetá, el Putumayo

y entre los andaquies eran siete: el fray Bonifacio del Castillo, fray José de la Concepción y

Vicuña, el hermano fray Juan de Azos y Lostra de los Dolores, el hermano fray Juan de la

Cruz Ortega, el hermano fray Ignacio Romero, el hermano fray José Iglesias y el hermano

fray Esteban de San Francisco. Los frailes moradores en el Colegio entre sacerdotes eran

siete: fray Joaquín Lucio, fray Vicente López, fray Francisco María Mosquera, fray Diego

de la Pobreza, fray Antonio Rosales, fray Francisco Javier Zapata, fray Simón Menendez,

fray José Inostroza, fray Manuel Quiñonez de Cienfuegos, fray Mariano Murgueitio, fray

Manuel Navarro y por último, fray José Antonio de San Joaquín. Los coristas jóvenes eran

siete: fray José Joaquín Delgado Borja, fray Ramón Delgado y Borja, fray Francisco Delgado

y Borja, fray Baltasar Guirán, fray José Joaquín Dueñas, fray Javier Córdoba y fray Marcos

Gil y Tejada. Los hermanos legos y donados: comprendían seis: fray Domingo Luna, fray

Juan Ruiz Espejo, fray Andrés Jiménez, fray Ventura de San Francisco, fray Manuel

Almeyda, fray Nicolás, fray Roche y fray José Betancur. Por último, los novicios fray Miguel

Dueñas, fray Luis Tejada y fray Juan de Rebolleda73. Algunas de estas personas, que parecen

estar destinados a las labores urbanas de la orden, tendrán también presencia en las misiones.

Cuadro 2. Misioneros entre los ríos Caquetá y Putumayo. Reconstrucción desde el

archivo

Misioneros entre los ríos Caquetá y Putumayo (1758-1790)74


Nombre del Misionero Años aproximados
de labor
Sacerdote Fr. Joseph Joaquín Barrutieta 1758-1768
Sacerdote Fr. Francisco Xavier Mejía 1758-1762

73
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. I, 578-579.
74
Este periodo de tiempo fue elegido de acuerdo a los padrones que reposan en el Archivo Central del Cauca.

43
Misioneros entre los ríos Caquetá y Putumayo (1758-1790)74
Nombre del Misionero Años aproximados
de labor
Sacerdote Fr. Antonio Urrea 1758-1762
Sacerdote Fr. Juan Serra 1758-1759
Sacerdote Fr. Antonio Alfaro 1758-1777
Sacerdote Fr. Cristóbal Romero 1758-1759
Sacerdote Fr. Francisco Rosales 1758
Sacerdote Fr. Juan Plata 1758-1759
Sacerdote Fr. Manuel Navarro 1758-1777
Sacerdote Fr. Joseph de Jesús y Carbo 1758-1765
Hermano Lego Fr. Juan de la Cruz Ortega 1758-1783
Hermano Lego Fr. Joseph de San Vicente 1758
Hermano Lego Fr. Luis de San Antonio 1758-1759
Hermano Lego Fr. Esteban de San Joseph 1758-1782
Sacerdote Fr. Agustín Baquero 1759
Sacerdote Fr. Jacinto Luengo 1759
Sacerdote Fr. Francisco de la Santísima 1759
Trinidad
Sacerdote Fr. Antonio Paredes 1759-1765
Sacerdote Fr. Ramón Xibaja 1762-1768
Sacerdote Fr. Simón Menéndez 1764-1778
Hermano Lego Fr. Juan de Jesús 1764-1765
Sacerdote Fr. Gregorio Barcenas 1765
Sacerdote Fr. Joaquín Gil 1765-1768
Sacerdote Fr. Joseph Iglesias 1765-1785
Hermano Lego Fr. Juan Espejo 1765
Sacerdote Fr. Joseph de la Concepción Vicuña 1765-1778
Sacerdote Fr. Bonifacio del Castillo 1768-1778
Sacerdote Fr. Joseph Hinestroza 1768-1774
Hermano Lego Fr. Miguel Santofimio 1768-1777
Sacerdote Fr. Roque Amaya 1772-1774
Sacerdote Fr. Juan de los Dolores Azos 1775-1787
Hermano Lego Fr. Ignacio de las Gracias 1775-1776
Sacerdote Fr. Manuel de la Trinidad 1775
Sacerdote Fr. Francisco Javier del Campo 1777
Hermano Lego Fr. Esteban de San Francisco 1775-1778
Sacerdote Fr. Antonio Cruz 1774-1778
Sacerdote Fr. Manuel Suárez 1777
Hermano Lego Fr. Ignacio Romero 1775-1778
Sacerdote Fr. Joseph Joaquín Dueñas 1782
Sacerdote Fr. Joseph Joaquín Arango 1782-1783
Sacerdote Fr. Tomás de Jesús Carrejo 1782-1790
Sacerdote Fr. Ramón de la Concepción Ortíz 1782-1783
Hermano Lego Fr. Joseph de Jesús María y Navas 1782

44
Misioneros entre los ríos Caquetá y Putumayo (1758-1790)74
Nombre del Misionero Años aproximados
de labor
Hermano Lego Fr. Matías Aguilar 1782-1787
Sacerdote Fr. Francisco Javier de San Joaquín 1782-1783
Hermano Lego Fr. Alejo de Jesús y San Antonio 1785-1790
Sacerdote Fr. Gerónimo de la Matanza 1785-1790
Sacerdote Fr. Miguel de Alcántara 1785-1790
Hermano Lego Fr. Joseph de Alcántara 1785
Hermano Lego Fr. Manuel Hermosilla 1785-1787
Sacerdote Fr. Manuel Lanza 1785
Sacerdote Fr. Mariano Gutiérrez 1785-1786
Sacerdote Fr. Vicente Barrutia 1785
Sacerdote Fr. Fermín Ibáñez 1785-1787
Sacerdote Fr. Marcos Tejada 1785-1790
Sacerdote Fr. Joseph Benítez 1785
Sacerdote Fr. Francisco Pugnet 1785-1790
Hermano Lego Fr. Pedro de los Dolores 1785
Sacerdote Fr. Juan Antonio del Rosario 1785
Gutiérrez
Sacerdote Fr. Francisco Icazbalzeta 1786-1790
Sacerdote Fr. Santiago Echavarria 1786-1787
Hermano Lego Fr. Alejo Antonio Jáuregui 1786-1787
Hermano Lego Fr. Joseph Pugnet 1786-1787
Sacerdote Fr. Marcos Calderón 1790
Sacerdote Fr. Marcos de San Joseph Tejada 1789
Hermano Lego Fr. Lorenzo de Concepción Gironza 1789-1790
Guardián Fr. Vicente de San Antonio*
Guardián Fr. Diego de la Pobreza*
Guardián Fr. Joseph Antonio de San Joaquín*
Guardián Fr. Joaquín Mariano de San Luis
Gonzaga*
Guardián Fr. Francisco María de Mosquera*
Guardián Fr. Joseph de San Agustín
Hinestroza*
Guardián Fr. Mariano Joseph del Santísimo
Sacramento*
Guardián Fr. José Joaquín de Santa María y
Dueñas*75

* Los referidos frailes ocuparon los cargos de Guardián y Discretorio del Colegio de Misiones, durante el
periodo de tiempo que existió, compartiendo e intercambiando los cargos entre ellos.
Fuentes: ACC: Sig.: 4729 (Col. E I-11ms) fl. 3r; Sig.: 4740 (Col. E I-11ms) fl. 2r; Sig.: 5124 (Col. E I-11ms)
fl. 1r; Sig.: 5143 (Col. E I-11ms) fl. 1r, fl. 8r; Sig.: 5204 (Col. E I-11ms) fls. 1r-2r; Sig.: 5288 (Col. E I-11ms)
fl. 7r; Sig.: 5371 (Col. E I-11ms) fl. 12r; Sig.: 5401 (Col. E I-11ms) fl. 9r; Sig.: 5475 (Col. E I-11ms) fl. 9r;
Sig.: 5654 (Col. E I-11ms) fl. 1r; Sig.: 5670 (Col. E I-11ms) fl. 7r; Sig.: 5790 (Col. E I-11ms); Sig.: 5856 (Col.
E I-11ms) fl. 1r; Sig.: 5791 (Col. E I-11ms) fl. 1r; Sig.: 5867 (Col. E I-11ms) fl. 2r-fl. 11r; Sig.: 5920 (Col. E I-

45
De acuerdo a las certificaciones y gratificaciones que elaboraron los misioneros para cobrar

el sínodo cada seis meses, y que se revisaron para el periodo (1758-1790), las labores

misioneras en los ríos Caquetá y Putumayo contaron con un total de sesenta y seis operarios

entre Sacerdotes y Hermanos Legos, peninsulares y criollos –formados en el Colegio de

Misiones-. Dicha cifra, es considerable dada la queja constante de la falta de operarios para

estas labores; sin embargo, sólo seis de estos misioneros superaron los 20 años en dichas

misiones: fray Antonio Alfaro, fray Manuel Navarro, fray Joseph de Jesús y Carbo, fray Juan

de la Cruz Ortega, fray Esteban de San Joseph y fray Joseph Iglesias. Cinco estuvieron

alrededor de 10 años: fray Simón Menéndez, fray Joseph de la Concepción Vicuña, fray

Bonifacio del Castillo, fray Miguel Santofimio, fray Juan de los Dolores Azos y fray Tomás

de Jesús Carrejo. Sólo permanecieron en las misiones entre unos meses y dos años treinta y

seis operarios, y los diecinueve restantes, estuvieron entre 4 y 6 años.

Los operarios, como son llamados en los documentos, en algunas ocasiones abandonaban la

misión, regresaban a la ciudad de Popayán, cumplían el tiempo que por regla debían estar

entre los indígenas, fallecían por enfermedad o fallecían a manos de éstos. Los primeros años

de estas misiones, a cargo del Colegio de Misiones de Nuestra Señora de las Gracias de

Popayán, tuvieron un impulso que se vio reflejado en el número de misioneros que echaron

por tierra el proyecto y procuraron ejecutarlo.

Alrededor de dieciocho misioneros hicieron presencia entre 1758 y 1759, fechas de las cuales

se tiene registro. Para la década siguiente, los nuevos misioneros sumaron once, pero

11ms) fl. 2r, fl. 10r, fl. 13r; Sig.: 5962 (Col. E I-11ms) fls. 1r-6r; Sig.: 6006 (Col. E I-11ms) fl. 11r; Sig.: 7105
(Col. E I-11ms) fls. 18r-19r; Sig.: 6297 (Col. E I-11ms) fl. 9r.

46
resultaron en algunos casos ser el relevo de quienes ya no se encontraban en las misiones. Lo

mismo ocurrió en las dos décadas siguientes. Es claro que quienes sostuvieron el proyecto

misionero en estos afluentes fueron quienes permanecieron entre 10 y 20 años, puesto que

procuraron darles continuidad a los pueblos fundados y sostener el número de indígenas

atraídos a la fe católica; aunque esta situación presentó diversos matices, puesto que no

siempre lograron conservar una cifra significativa de indígenas convertidos. En promedio,

hubo entre 6 y 8 misioneros por año, cifra que también varió de acuerdo al curso de las

misiones.

En 1790, por medio del gobernador de la provincia de Popayán, el guardián del Colegio de

Misiones, planteó ante el virrey Joseph de Ezpeleta, la necesidad de gestionar una nueva

expedición de misioneros españoles con el fin de nutrir los religiosos pertenecientes a la

institución76. Es probable que dada la decadencia del Colegio y de las misiones en los ríos

Caquetá y Putumayo, esta gestión no se haya realizado, pues hacía esa fecha, las misiones se

estaban despoblando y eran pocos los argumentos para sustentar una nueva expedición.

En el caso puntual del Colegio de Misiones Nuestra Señora de las Gracias de Popayán, el

inicio de esta década apuntó al ocaso del mismo. La política borbónica que buscaba crear

estas instituciones con el fin de llevar a cabo misiones en zonas específicas de la Corona con

personal formado para evangelizar con poblaciones indígenas, había cumplido su ciclo, y

debió esperar hasta el siglo XIX, para ver un resurgir en el interés por poblar estas zonas.

76
AGN, Miscelánea, 39, 141, D. 121, fls. 977r-987v.

47
Capítulo 2
Poblar, evangelizar y civilizar

Durante el siglo XVIII, se gestó un nuevo impulso de colonización de las zonas de frontera

de la Corona española que eran habitadas por grupos indígenas renuentes a la evangelización.

Este fue el caso de zonas como las de la Baja California, la Sierra Gorda de Querétaro, la

Sierra Tarahumara, el Paraguay, el Maynas, el Caquetá, el Putumayo, el Chocó y el Darién,

por citar algunos casos.

Con el fin de lograr llegar a estas poblaciones indígenas, llevar a cabo las misiones y lograr

efectuar el poblamiento, la Corona se apoyó en las diversas órdenes religiosas. Si bien desde

el siglo XVI, la Corona había entregado a las órdenes religiosas la misión de evangelizar, fue

en el siglo XVIII que se le dio esta potestad a los Colegios de Propaganda Fide, para que

retomaran la empresa de llevar la palabra de Dios a todo el continente americano. En este

contexto, el objetivo central de este capítulo consiste en mostrar los resultados del estudio de

la manera en que se instalaron y pusieron en funcionamiento las misiones por parte de los

misioneros franciscanos en los márgenes de los ríos Caquetá y Putumayo. Para ello, muestra

su proyecto evangelizador, los pueblos de indios que fundaron y el modo como sostuvieron

la misión.

2.1 Rutas de acceso y poblamiento

Además del fenómeno del clima, mencionado en el anterior capítulo, las rutas de acceso a la

selva Amazónica estuvieron determinadas por dos elementos: el primero los caminos en la

cordillera y el piedemonte andino-amazónico, y el segundo, la navegabilidad de los ríos, que,

junto a ríos de menor cauce y quebradas, sirvieron de croquis para trazar rutas, fundar pueblos
48
y desplazarse. Como se menciona en la historiografía, la cordillera determinó el avance de

los conquistadores hacía la selva amazónica. En el caso de las Audiencias de Santafé y Quito,

las exploraciones se dieron desde las ciudades andinas que se encontraban en alturas

superiores a los 2.000 msnm, e implicaba recorrer caminos que afirmaban la difícil topografía

de la imponente cordillera. Como lo indican las crónicas, los caminos eran ásperos, fragosos,

dilatados y al pie de desfiladeros, intransitables en temporada de lluvias y con climas o

temperamentos que dependían de la altitud; por ello, recorrer unas cuantas leguas, implicaba

un gran esfuerzo, como el que debió hacerse para lograr el establecimiento de las misiones

franciscanas en los ríos Caquetá y Putumayo, así como en los demás ríos de su cuenca y de

la cuenca del gran Amazonas.

Estos proyectos, estuvieron acompañados por continuas exploraciones que buscaban

determinar el camino más conveniente para adentrarse en los bosques y tener una

comunicación constante y fluida con los lugares de abastecimiento de las misiones. Estas

exploraciones conservaban el celo misionero de las primeras décadas de los descubrimientos,

que no sólo buscaban reducir almas a la fe católica y vasallos al rey, sino también conocer y

enterar a la Corona sobre los territorios recién descubiertos; esa tarea, era realizada por

particulares y religiosos regulares, que prontamente buscaron poblar estos territorios. Pero

como se ha venido argumentando, debido a las características geográficas, hidrográficas y

climatológicas, el poblamiento fue lento y enfocado inicialmente, hacia la reducción de los

pueblos indígenas que habitaban los espesos bosques tropicales, con el propósito de lograr

posteriormente, la explotación de las riquezas de los mismos con ayuda de los indígenas.

Es necesario anotar que el río Caquetá o Yapurá (en Brasil) nace en el Páramo de las Papas

a 3.992 msnm, en el macizo colombiano, a unos 2.5 km del nacimiento del río Magdalena;
49
discurren sus aguas en dirección sur inicialmente, para luego tomar la dirección sureste hasta

desembocar en el río Amazonas; sirve de límite natural entre los actuales departamentos del

Cauca y Putumayo. Es un río de “aguas claras”, y su recorrido es de 2.280 km, de los cuales,

1.200 km transcurren en el territorio colombiano, y los restantes 1.000 km, en territorio

brasilero. Durante su recorrido, se alimenta de un número significativo de afluentes que

nutren su caudal, pero los saltos, raudales o “cachiveras”, impiden su navegabilidad en toda

su extensión. Su curso alto, avanza sobre la vertiente oriental de la cordillera Oriental y el

piedemonte amazónico, hasta llegar a la planicie amazónica, tupida de densos bosques

húmedos tropicales, la cual bordea sus orillas, en ambos márgenes. El curso medio del río,

avanza en territorio colombiano, y el curso bajo, en territorio brasilero. Los principales

afluentes que vierten sus aguas por el margen izquierdo, son: el Orteguaza (210 km), el

Caguán (630 km), el Yarí (550 km) y el Apaporis (1.370 km), cada uno, con varios

tributarios. A diferencia del río Caquetá, estos afluentes son navegables en recorridos

considerables con embarcaciones de poco calado, lo que posibilita la conectividad de los

diferentes.

Por otro lado, el río Putumayo o Iza (en Brasil) nace en el Nudo de los Pastos, que alcanza

alturas superiores a los 4.000 msnm, y comparte algunas similitudes con el río Caquetá. Sus

aguas discurren en dirección sureste hasta desembocar en el curso medio del río Amazonas,

a la altura de la población San Antonio de Iza; sirve de límite natural entre las repúblicas

actuales de Colombia, Ecuador y Perú. Se trata de un río de “aguas claras”, y su recorrido es

de 1.813 km, navegables en casi su totalidad, y de los cuales, 1.500 km transcurren en

territorio colombiano. Sus principales afluentes por el margen izquierdo, son: el Igaraparaná

(440 km), y por el margen derecho el Guamúez (140 km), el San Miguel (240 km).

50
Los puntos de partida mediante los cuales los españoles se acercaron a las cuencas de estos

dos ríos, fue la fundación de Écija de los Sucumbíos, Mocoa y San Miguel en el siglo XVI,

y significó además, como se ha mencionado, puntos de convergencia entre las Audiencias de

Quito y Santafé hacia dos direcciones, la primera la delimitación política, y la segunda, la

delimitación eclesiástica.

La otrora ciudad de Mocoa, fue fundada en el pie de monte andino-amazónico, con una

ubicación que resultó ser estratégica, puesto que le permitió explorar el río Putumayo y tener

una conexión con la ciudad de Pasto, que se encontraba a mitad de camino de las ciudades

de Popayán y Quito. Por lo tanto, facilitó también la circulación y conexión entre la selva

amazónica, la cordillera y el océano. María Clemencia Ramírez de Jara, señala que la relación

que establecieron los grupos indígenas asentados en el piedemonte amazónico con los demás

grupos de “las tierras altas y las tierras bajas”77, posibilitó que se convirtieran en

intermediarios entre unos y otros; por ende, “la relación estrecha que se establecía entre los

grupos de piedemonte o de montaña con los de la selva, explicaría su papel protagónico en

la defensa de la puerta de entrada al territorio amazónico por parte de los misioneros y

colonizadores españoles”78.

Este fenómeno, se ve reflejado en los intercambios comerciales que establecieron los

sibundoyes, operando como intermediarios entre los grupos indígenas de la selva y la

montaña, los misioneros y los grupos indígenas, y los misioneros y los centros mayores de

abastecimiento como las ciudades de Popayán y Pasto y las villas de Almaguer y Timaná. En

77
María Clemencia Ramírez de Jara, Frontera fluida entre Andes, Piedemonte y Selva: el caso del Valle de
Sibundoy, siglos XVI y XVIII (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Colección Cuadernos de
Historia Colonial, 1996), 91.
78
Ibid., 91.

51
este entramado, a través de los caminos del Alto Magdalena: Almaguer y Guanacas, los

españoles buscaron conectar dos de las gobernaciones más importantes pertenecientes a la

Audiencia de Santafé, separadas por una barrera infranqueable, la cordillera Central: la

Gobernación de Popayán ubicada sobre la cordillera Occidental, y la Gobernación del Nuevo

Reino de Granada, ubicada en la cordillera Oriental. Estos dos caminos, sirvieron a su vez,

como ruta de entrada y enlace con el alto Caquetá y el alto Putumayo.

La historiografía que se ocupa de las regiones del Caquetá y el Putumayo79, si bien ha hecho

grandes aportes a su historia en el periodo colonial, en lo que se refiere a los caminos y rutas

de acceso y poblamiento, ofrece algunas generalidades, que el trabajo de archivo realizado

para esta investigación, complementa de muy buena manera. Los autores refieren las rutas a

groso modo, los lugares comunes relacionados con las dificultades del acceso debido a la

geografía y a las condiciones climáticas y la importancia de los cauces de los ríos en el

poblamiento, pero no adelantan las singularidades de esas rutas, que si se desprenden de la

lectura y análisis de las fuentes aquí consultadas.

En ese orden de ideas, Héctor Llanos Vargas en su artículo “Caminos de Guacacallo. Por los

caminos del Magdalena”, anota que para el siglo XVIII, “un camino importante fue el de los

misioneros franciscanos que se dirigieron de Timaná hacia el oriente, por el valle del río

Suaza al territorio de los andaquies, en los llanos del río Orteguaza, y de allí, hacia el gran

Caquetá”80. Asimismo, señala que fray Juan de Santa Gertrudis siguió la ruta desde Neiva y

79
Los autores a los que me refiero son estos: Friede, Los Andaki; Llanos Vargas y Pineda Camacho, Etnohistoria
del Gran Caquetá; Pilar Moreno de Ángel, Jorge Orlando Melo y Mariano Useche Losada (eds.), Caminos
reales de Colombia (Bogotá: FEN, 1995); Artunduaga Bermeo, Historia general del Caquetá; Casas Aguilar,
Evangelio y colonización.
80
Héctor Llanos Vargas, “Caminos del Guacacallo. Por los caminos del Magdalena”, en Caminos reales de
Colombia, editado por Moreno de Ángel et al., 53.

52
“continuo por el camino de la Plata-Inzá-Páramo de Guanacas-Malvasa-Popayán-Almaguer,

hasta las misiones del Caquetá y el Putumayo”81.

Esto quiere decir que, para llegar a las misiones, los franciscanos podían ubicar dos rutas: la

primera por Timaná y la segunda por Almaguer. Estas dos rutas de acceso, las confirma María

Victoria Uribe en su artículo, “Caminos de los Andes del sur. Los caminos del sur del Cauca

y de Nariño”82, en el cual señala los caminos que desde tiempos prehispánicos conectaban el

actual macizo colombiano con el sur del país, las ciudades de Pasto, Popayán y Quito, el alto

Magdalena, el valle del río Cauca, la costa pacífica y la selva amazónica. La autora señala

que el siglo XVIII estimuló la apertura de nuevas trochas hacia el Amazonas:

[…] en ese entonces las vías de comunicación entre la región andina y la selva eran básicamente

tres; la más septentrional de ellas era la de Timaná, en el sur del Huila, la cual desembocaba en

Mocoa; hacia el sur de ésta se desprendía la trocha que se originaba en Almaguer, en el Cauca,

atravesaba la Bota Caucana para salir a Santa Rosa, Yunguillo y Condagua y de allí a Mocoa;

finalmente estaban las trochas que desde Pasto descendía al Alto Putumayo, vía el valle de

Sibundoy y La Cocha83.

A diferencia de las indicadas por Llanos Vargas, donde una de las rutas llegaba -la que partía

de Timaná-, al valle del Orteguaza y de allí al río Caquetá, las tres que menciona María

Victoria Uribe, llegaban a la región del Putumayo.

Por su parte, María Clemencia Ramírez de Jara y Beatriz Alzate, en su artículo “Por el Valle

de Atriz a Écija de Sucumbíos. Testimonios de viajeros por el piedemonte amazónico.

81 Ibid.
82
María Victoria Uribe, “Caminos de los Andes del sur. Los caminos del sur del Cauca y de Nariño”, en
Caminos reales de Colombia, editado por Moreno de Ángel et al.
83
Ibid., 69.

53
Recopilaciones y anotaciones”84, refieren que, de acuerdo a los testimonios presentados por

viajeros, misioneros, exploradores y empresarios, desde el siglo XVI al XX, existían seis

caminos para acercarse a las cabeceras de los ríos y a las misiones. Dos de estos caminos,

partían desde la ciudad de Pasto: el primero comenzaba en Pasto, pasando por el Valle de

Sibundoy hasta Mocoa y regresando nuevamente por el Valle de Sibundoy. El segundo, partía

desde Pasto con dirección a Mocoa vía río Guamuez. El tercer y cuarto camino, partían desde

Mocoa. El primer camino buscaba conectar Mocoa con San Agustín (en la Gobernación de

Neiva), pasando por Almaguer, San Sebastián, el páramo de Las Papas hasta alcanzar San

Agustín. El segundo camino, partía desde Mocoa con dirección al río Caquetá hasta llegar a

los pueblos de misiones de San Diego y La Concepción en el río Putumayo. El quinto camino,

iniciaba en villa de Timaná en la Gobernación de Neiva, para acercarse al pueblo de misiones

de La Ceja (San Francisco Solano), continuaba hacia el Porvenir y Morelia hasta llegar a

Mocoa y las cabeceras del río Caquetá. El sexto y último de los caminos, transitaba por el

piedemonte ecuatoriano al piedemonte colombiano.

De acuerdo a las fuentes primarias consultadas en esta investigación, se debe hacer mención

de cuatro caminos que sirvieron como rutas para que los misioneros del Colegio de Misiones

accedieran al río Putumayo, y que fueron perdiendo prioridad y transitabilidad en la medida

en que se descubría un nuevo camino, que ofreciera mejores condiciones. Los cuatros

caminos fueron los siguientes: el camino de Pasto, que se desprendía en dos rutas: hacía

Sibundoy y hacia Sucumbíos; el camino de Almaguer; y por último, el camino del pueblo de

San Francisco Javier de la Ceja (ver mapa 1).

84
María Clemencia Ramírez de Jara y Beatriz Alzate, “Por el Valle de Atriz a Écija de Sucumbios. Testimonios
de viajeros por el piedemonte amazónico. Recopilaciones y anotaciones”, en Caminos reales de Colombia,
editado por Moreno de Ángel et al.

54
El camino de Pasto, partía hacía dos direcciones; la primera, desde Popayán con dirección

hacia la ciudad de Pasto, a 2545 msnm. La ciudad estaba relativamente cerca de la misión de

Sucumbíos y al río Putumayo y sus afluentes, los misioneros debían esperar a que la

cordillera se serenara de sus frecuentes nevadas, y ofreciera un tránsito menos áspero, pues

es probable que en temporada de lluvias el camino se hiciera intransitable85. Este camino,

continuaba hasta el Valle de Cayambe, ‘transmontaba’ la cordillera oriental ecuatoriana hasta

llegar a la ciudad de Écija de los Sucumbíos86, y “siguiendo por el río San Miguel, que riega

aquella comarca, descendían hasta el río Putumayo”87. Este camino podía partir también

desde la ciudad de Quito, transitaba la cordillera hasta el Valle de Cayambe para luego llegar

a la ciudad de Écija.

El segundo, saliendo también de la ciudad de Popayán hasta la ciudad de Pasto, buscaba el

Valle de Sibundoy hasta llegar a la ciudad de Mocoa, y de ahí, avanzaban hasta el río

Putumayo. Este camino, “trajinado durante mucho más tiempo, pero clausurado a mitad del

siglo XVIII a causa del comercio ilícito”, no entró en total desuso, si bien, los misioneros

debieron buscar otras rutas para el acceso a las misiones, el comercio ilícito continuó

movilizándose por él. En su Relación, fray Juan de Santa Gertrudis88, manifiesta que el este

camino era el más “acertado y conveniente” para ingresar a la misión.

De Caquetá a Sibundoy tomando el camino por Santa Clara de Mocoa hay sólo seis días

de camino, y de estos seis, los dos que hay de Mocoa a Caquetá es tierra llana (…). Los

85
ACC Sig.: 9055 (Col. E I-7or).
86
Casas Aguilar, Evangelio y colonización, 63.
87
García, Historia de las misiones, 97.
88
Fray Juan de Santa Gertrudis hizo parte de la primera expedición de frailes provenientes de España al Colegio
de Misiones Nuestra Señora de las Gracias, que alimentarían la nómina de operarios dedicados a las misiones
de los ríos Caquetá y Putumayo. Se internó en la selva en 1758, junto con sus demás compañeros y terminó
expulsado de las misiones y el Colegio, por su comportamiento, en1762. Su experiencia en estas misiones fue
expuesta en la obra ya citada Maravillas de la naturaleza.

55
cuatro días que hay de Mocoa a Sibundoy era toda la dificultad componer y abrir el camino

para que entrase bestias. Y es cosa natural que más presto, con más facilidad, y con menos

costo se habían de poner corriente estos cuatro días, mayormente estando ya camino hecho

de todos los días, que lo tienen trillados los indios sibundoyes entrando y saliendo de Mocoa

todo el año, que no querer el Comisario, sólo por su capricho, emprender abrir camino por

Almaguer, habiendo veinte y dos días de Almaguer a Caquetá, camino más fragoso y

doblado. Y la conveniencia que daba el camino por Pasto era mejor que por Almaguer,

porque de Sibundoy a Pasto hay cuatro días de camino que lo andan bestias89.

Además, Pasto gozaba de ser una tierra abundante, con trigo, carne, ganado vacuno y

ovejuno, y los paños y la bayeta resultaban más económicos, dada su relativa cercanía a

Quito. Santa Gertrudis señala que los padres del colegio conocían las ventajas de este camino

en términos de distancia, tiempo, transitabilidad y acceso, pero no estaban dispuestos a perder

la potestad sobre el camino de Almaguer -que resultaba ser más dilatado y quebradizo-, ni a

perder su categoría ante una ciudad como Pasto, que, aunque tenía los medios agropecuarios

para abastecer las misiones, era una ciudad pequeña en comparación con Popayán.

Asimismo, señala que el colegio enviaba anualmente dos religiosos al Chocó, que era una

provincia con ricos minerales de oro, “y en cosa de cuatro o cinco meses que se gasta de ida,

estada y vuelta, lo regular es traer cuatro mil pesos de limosna”90. Po lo tanto, tampoco

estaban dispuestos a renunciar a esta limosna y a la proporcionada en la provincia de

Antioquia, donde también se explotaban minerales de oro. Y si bien, los frailes argumentaban

que era un colegio pobre y requerían estas limosnas, Santa Gertrudis por lo contrario

89
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 346.
90
Ibid., 347.

56
argumenta: “Que la verdad es porque la necesidad no los apretaba. Y era así verdad, porque

con lo que se recogía sólo en Popayán siempre había sobrado”91.

Por otro lado, el camino de Almaguer partía desde la ciudad Popayán hasta la villa de

Almaguer con dirección al pueblo de Santa Rosa, luego a Mocoa hasta llegar al río Putumayo.

Este camino, que fue el usado por fray Juan de Santa Gertrudis y sus compañeros para

ingresar a las misiones en 1758 (menciona que de Almaguer a Mocoa había 17 jornadas),

entró en desuso por las dificultades que presentaba y por el descubrimiento del camino del

pueblo de San Francisco Javier de la Ceja.

Santa Gertrudis de manera detallada relata su ruta partiendo de la ciudad de Popayán, donde

se encontraba el Colegio de Misiones, hasta el río Putumayo. Se avanzaba hasta la ciudad de

Almaguer, de ésta al Pongo, un caserío, antes de dirigirse a Santa Rosa, el primer pueblo de

la misión. “Cuatro jornadas son de camino del Pongo a Santa Rosa, y desde la entrada hasta

llegar es páramo. El camino es camino flojo. Lo más de él es llano, y es raro el día del año

que no llueva. Está lleno de pantanos y ciénagas, y con trajín de los bueyes está lleno de

atascaderos”92. Como lo indica en la Relación, el pueblo de Santa Rosa era pequeño, se

reducía a 8 casas, el convento y la capilla. Estaba a cargo del hermano lego fray Juan de la

Cruz. Luego a Pueblo Viejo, se transitaban cuatro jornadas entre un clima caliente y húmedo.

En cada jornada se encontraba un tambo para pasar la noche, esto suma cinco tambos antes

de arribar al Caquetá.

91
Ibid., 347.
92
Ibid., 206.

57
En Pueblo Viejo, “el cual está en un llano. Antes de llegar hay un río de unas 15 o 20 varas

de ancho y lleva media vara de agua. El pueblo tendrá 10 o 12 familias de indios, pero van

medio vestidos, esto es, de la cintura para abajo hombres y mujeres. Es tierra muy fértil y

abundante de plátanos, maíz y yucas93. A tres días de camino de allí, se encuentra el pueblo

de San José, “de solo seis familias […], una vega llana a orilla de un gran río (no menciona

cual), que se podía pasar en canoa”. De este pueblo a Santa Clara de Mocoa, habían cinco

días de camino, “el pueblo tenía alrededor de 15 vecinos y fue llamada Santa Clara de Mocoa,

para conservar la memoria de la antigua ciudad de Mocoa”, a cuatro días de ésta, se

encontraba un camino por serranía que llegaba hasta el pueblo de los indios Sibundoyes.

Continuando hacia Caquetá, y “a cosa de un par de leguas de Mocoa se acaba la serranía, y

entra tierra toda llana pero toda monte. Esto fue lo peor, porque a cada paso se halla un

pantano, que nos atascábamos hasta sobre la rodilla”94. Caquetá es descrito como un pueblo

de 15 vecinos, “desde este pueblo se desviaba hasta la izquierda hacia Santafé, y cuatro días

de río debajo de Caquetá le entran dos ríos grandes llamados La Fragua y El Pescado, que

salen de los andaquies, y que con estos dos ríos se hace él ya río muy grande”95. De ahí,

relaciona que caminaron una jornada hacía el embarcadero para navegar posteriormente el

río Putumayo.

El camino del pueblo de San Francisco Javier de la Ceja fue el último en ser habilitado y

transitado por los misioneros, en la década del 60 del siglo XVIII. Esta ruta comenzaba en

Popayán para continuar hasta la hacienda de Laboyos, hasta avanzar al pueblo de San

93
Ibid., 232.
94
Ibid., 241.
95
Ibid., 242.

58
Francisco Javier de la Ceja y “de allí se bajaba al río Pescado y se tomaba dirección hacia

Mocoa y Sucumbios, o se tomaba el Caquetá hasta la Tagua donde se pasaba al Putumayo,

cuando se iba para los pueblos más retirados de este río”96.

La apertura de este camino fue estimulada por la fundación del Colegio en Popayán, y por el

hecho de que el virreinato hubiera delegado las misiones entre los indios andaquies a estos

franciscanos, misiones que habían estado en manos de los franciscanos de Santafé, pues

estaban ubicados en el camino entre las dos gobernaciones. El pueblo de San Francisco Javier

de la Ceja, servía como escala y puerto para internarse en las misiones del Caquetá y

Putumayo. En su relación sobre el estado del Nuevo Reino de Granada, el Virrey Francisco

Gil y Lemos, anotó que la utilidad del camino por este pueblo se debía a que: “dichos ríos

del Pescado y Fragua entran unidos en el de Orteguaza o Suya, y éste en el Gran Caquetá, en

que entrando por el río Mecaya y por un camino de cuatro días de tierra llana se llega al

Putumayo”97. Así mismo, el virrey señalaba que este camino era el único paso habilitado para

las Misiones y era necesario que permaneciera bajo cuidado de las autoridades virreinales,

[…] pues los antiguos caminos de Almaguer y Sucumbios, por largos y escabrosos, se

abandonaron; el de Pasto no se tuvo por conveniente su tráfico (sic) y el de Suvanguena es

demasiado extraviado, especialmente desde que de orden de Su Magestad se trasladó el Colegio

de estos Padres de la Ciudad de Pasto donde estaba a la de Popayán, cuya operación aunque ha

sido facilitado mucho no sólo la reducción de los Andaquies, sino también por medio de éstos

la de los habitantes de los ríos Orteguaza, Caquetá y Mecaya98.

96
Casas Aguilar, Evangelio y colonización, 63.
97
Gil y Lemos, “Relación del estado”, 392.
98
Ibid., 391.

59
Décadas anteriores, las autoridades del Colegio y los misioneros determinaron que el camino

más conveniente para adentrarse en las misiones era este. Fray José de la Concepción Vicuña,

misionero apostólico, escribía en respuesta a fray Joaquín Mariano de San Luis Gonzaga,

Guardián del Colegio de Misiones, que el mejor y menos áspero camino para internarse en

las misiones del Caquetá y el Putumayo era este camino real, Vicuña señalaba que

//fl. 1r// haviendo penetrado las selvas de nuestras Misiones asta su colonia principal de la

Concepcion (que esta cita sobre el margen del gran río Putumayo) reconocí dos sendas y dos

Ríos que tiene los Yndios Andaquies de la montaña para su trafico y reciproco comercio con

los Yndios de dicha mi //fl. 1v// Colonia. Y según lo que observe, oi a personas fidedignas y

practicas assi de dichos caminos, como de los antiguos de Pasto, y Santa Rosa, en ninguna

parte hay iguales proporciones para establecer una entrada vrebe, y menos incommodas para

nuestros Missioneros y los conductores de sus respectivos socorros, que por uno de los dichos

caminos, llamada de el Pescado, por el Río de este nombre99.

La viabilidad de este camino se sustentaba en cuatro puntos que señalaba Vicuña: el primero

que desde el Colegio de Misiones -ubicado en la ciudad de Popayán-, hasta la colonia a su

cargo ubicada en el Valle de Suaza, en el gobierno de la villa de Timaná, que era además

escala y puerto de las naciones andaquies, charaguayes, aguanungas y otras, “había un

camino abierto, traficado, y frequentado del mutuo comercio de los dos Valles de este Nuevo

Reyno de Granada”100. Por él, era posible el tránsito entre la provincia de Quito y el Gobierno

de Popayán con el Virreinato de Santafé; es decir, entre el valle del río Cauca y el valle del

río Magdalena, los cuales pertenecían jurisdiccionalmente a la provincia de Popayán o el

Virreinato de Santafé respectivamente. El segundo punto que señaló Vicuña, apuntaba a que

99
ACC Sig.: 9155 (Col. E I-11ms) fls. 1r-1v.
100
ACC Sig.: 9155 (Col. E I-11ms) fl. 1v.

60
los misioneros podían encontrar peones con mayor facilidad, y esto permitía que se les

prestara socorro cuando transitaran por el camino. El tercer punto manifestaba que las

vituallas y utensilios que necesitaban los misioneros para sus pueblos se encontraban en

abundancia y mejores precios. Y por cuarto y último punto, el misionero señalaba que el

camino de Pasto se encontraba cerrado por órdenes del excelentísimo virrey de la Audiencia

y el de Santa Rosa sólo era usado una vez al año, cuando los conductores de los sínodos de

los misioneros transitaban hacia las misiones; por lo tanto, para mantenerlo en óptimas

condiciones era necesario renovar muchas veces su apertura, costo que no estaba dispuesto a

asumir el Colegio, el virreinato o el gobierno de Popayán.

Pese a las dificultades indicadas, esta ruta de San Francisco Javier de la Ceja terminó siendo

la ruta oficial empleada por los misioneros para transitar entre Popayán y las misiones, puesto

que el recorrido se veía recortado a 20 días, mientras que las demás rutas empleaban entre

dos y tres meses en el recorrido.

Ahora bien, el acceso a las misiones no se limitó sólo a los caminos de tierra que implicaban

la tarea titánica de abrir monte y buscar cómo ingresar a los espesos bosques; los ríos, como

se ha venido insinuando, fueron parte integral de la comunicación entre el piedemonte

andino, los ríos de menor cauce y los grandes afluentes como el Caquetá y el Putumayo. En

otras palabras, la red hídrica que forma la cuenca del Amazonas, conecta la cordillera de los

Andes con la selva y a su vez con el océano Atlántico. Es decir, las quebradas y los ríos como

Fragua, Pescado, Bodoquera, Orteguaza, Guaméz y San Miguel, conectaron los centros de

abastecimiento ubicados en la cordillera; en este caso, Popayán, Almaguer, Timaná y Pasto,

con los pueblos de misión fundados por los franciscanos. Los indígenas pobladores del

bosque amazónico se movilizaban en canoas con gran destreza, éstas transportaban personas
61
y bienes de un lugar a otro ubicados a grandes distancias, cacao, mantas, yucas, camotes,

carne salada, harinas, pescado salado, monos, semillas, ganado, canela traída desde el Gran

Pará y demás productos.

Santa Gertrudis menciona las jornadas de navegación y algunas características de los pueblos

de esta ruta. San Diego era el primer pueblo sobre este río, y tenía alrededor de 500 indios,

entre hombres y mujeres; el padre conversor de este pueblo era fray Francisco Xavier Mejía.

De allí, en tres días de navegación se llega al pueblo de Santa Cruz de los indios mamos, con

alrededor de 500 indios a su haber, fray Francisco Rosales era el conversor de dicho pueblo,

“nosotros nos detuvimos tres días, y el Padre Rosales nos avió para La Concepción, y los

indios de San Diego se volvieron para su pueblo. Quédose en el mamo con el Padre Rosales

el Padre Alfaro, y en dos días llegamos a La Concepción”101.

Este último pueblo estaba a cargo del fray José Carbó, era el más antiguo y grande de la

misión, y era conformado por dos naciones, los payaguas y los payaguajes, que sumaban

unos 900 indios. El padre fray Antonio Urrea se quedó de compañero de fray José Carbó.

Veintiún leguas más debajo del pueblo de la Concepción se encontraba el pueblo de los

amoguajes, que no tenía un conversor fijo y destinaron a fray Cristóbal Romero para hacerse

cargo de éste. El padre fray Joseph Joaquín Barrutieta había sido el encargado de este pueblo,

pero para el momento de la llegada de Santa Gertrudis y la expedición de misioneros, este

padre, era el presidente de las misiones y su vida en el pueblo era intermitente debido a sus

demás obligaciones. Igualmente, a su llegada, el padre fray José Carbó por orden del padre

Barrutieta había fundado un nuevo pueblo, de una nación llamados los encabellados, llamado

101
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 262.

62
los Agustinillos y estuvo a cargo de Santa Gertrudis, este pueblo estaba ubicado a nueve días

de camino del pueblo de los amoguajes, y fue tarea del misionero atraer el grupo de indígenas

y hacer los esfuerzos necesarios para poner en marcha la misión y ejecutar las tareas de

evangelizar y poblar.

2.2 Misiones y pueblos de indios. Padrones y matrículas en los ríos Caquetá y Putumayo

El misionero establecía el lugar donde implantar la misión; para el caso de los ríos Caquetá

y Putumayo, procuraba que estuviera cerca a estos grandes ríos o sus afluentes, con el fin de

facilitar la comunicación con los demás pueblos de misión y el pueblo de La Escala, que

funcionaba como lugar de aprovisionamiento o comunicación con Popayán o Santafé. Así

mismo, buscaba que fuera un sitio seguro, que no fuera a inundarse durante la temporada de

lluvias o que no fuera a plagarse de alimañas durante el verano; esto lo podía establecer con

ayuda de los mismos indígenas. Santa Gertrudis, menciona cómo en sus recorridos entre los

Andes y la selva, contrató los servicios de indígenas, o en su defecto fue ayudado por estos,

puesto que se encontraban en las inmediaciones o en los caminos entres las ciudades de

Almaguer, La Plata, Timaná, Popayán y Pasto y la selva, y servían como intermediarios y

cargueros entre los misioneros y los grupos indígenas. Tal es el caso de los andaquies y los

sibundoyes102. Sí bien, los misioneros actuaban como exploradores, examinando el terreno y

lograban adentrarse por lugares poco conocidos, esta tarea no hubiera sido posible sin la

ayuda de los indígenas, en quienes se apoyaban, para conocer las rutas, la flora, la fauna y

los otros grupos que buscaban evangelizar.

102
ACC Sig.: 9510 (Col. E I-11ms) fl. 2v.

63
La primera visita efectuada desde el Colegio de Propaganda de la ciudad de Popayán fue

realizada por fray Jacinto Alonso Luengo, en 1759. Reunió a los frailes que se encontraban

en las misiones y que cómodamente podían llegar al Pueblo de La Purísima Concepción,

pasó revista, preguntó el estado de los pueblos y si era necesario visitar estos. Para el

momento de esta visita, como se mencionó en líneas anteriores, existían seis pueblos de

indios: el pueblo de San Joaquín a cargo de los frailes José de Jesús y Antonio Paredes, el

pueblo del Caquetá y Mocoa a cargo de fray Juan Plata, el pueblo de la Purísima Concepción

a cargo de fray Antonio Urrea, el pueblo de San Francisco de los Amaguajes a cargo de fray

Cristóbal Romero, el pueblo de San Diego a cargo de fray Javier Mejía, y el pueblo de Santa

Rosa a cargo de Juan de la Cruz.

Los autos de la visita era el instrumento que sugerían las reglas para los misioneros en

términos de organización de los pueblos de indios, el celo misionero y la observancia de la

regla. En primer lugar, ordenaba que el pueblo donde hubiera dos religiosos, estos debían

permanecer muy unidos, y en cuanto a los asuntos públicos y comunes a los indios, se

consultaran mutuamente para evitar confrontaciones, además de aconsejarse en caso de que

uno de los dos tomara el gobierno por decisión propia. En segundo lugar, recomendaba que

los misioneros se abstuvieran de comunicar y hablar los asuntos de misión con los seglares

indios o blancos, y que no admitieran en su mesa a cualquier persona, sino a personas que

como sus prendas y buena política tuvieran alguna recomendación. En tercer lugar, todos los

misioneros debían celar el comercio perjudicial a los haberes reales, y para esto, encargaba a

los misioneros de los pueblos de San Joaquín, Concepción, San Diego y Caquetá, prevenir

que cualquier seglar ingresara a las misiones. En cuarto lugar, encargaba a todos los

misioneros celar los seglares que ingresaran a las misiones con algunas drogas para venderlas

64
a los indios, para que nos los engañaran, ni los maltrataran al cobrar. En quinto lugar, que al

reprender a alguna india lo hiciera en presencia del Gobernador o cacique de su nación para

que evitara motivos que generaran comentarios y murmullos. En sexto y último lugar,

ordenaba a los misioneros que tuvieran el cuidado de noticiarse y comunicarse mutuamente

los unos y los otros, por lo menos mes a mes, comentando los asuntos de la vida, salud,

bienestar de ellos y de los pueblos, y que se consolaran espiritualmente103.

La dinámica de los pueblos de misión estaba concentrada en la enseñanza de la doctrina

cristiana. Así pues, los misioneros consideraban que tenían mérito por su aplicación y trabajo

en la predicación y enseñanza de los dogmas de la fe católica. Los pueblos contaban con

Iglesia, la cual era proporcional al número de indios que lo componían104, además de las casas

que se establecían alrededor de la Iglesia, y la casa y las oficinas del misionero; en algunas

oportunidades, los pueblos podían estar rodeados por una especie de cerca que los protegía

de intrusos y animales de la selva; así mismo, contaba con un espacio para las labranzas cuyo

fin era subsistir y mantenerse. Algunos contaban con cultivos de maíz, yuca, plátanos,

arracachas, camotes, raíces, arroz, caña de azúcar y algunas yerbas medicinales105; sumados

a estos, la cera, el cacao y la canela, crecían de manera silvestre y en abundancia106. Las

gallinas y los cerdos también hacían presencia en los pueblos, integrándose a la dieta de los

indígenas107.

103
ACC Sig.: 9387 (Col. E I-11ms) fls. 1r-4r.
104
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 3r.
105
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, 217, 225; ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 2r.
106
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 1v.
107
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 1v.

65
Durante algunos periodos, las familias encomendaban a los más pequeños a los misioneros,

para poder adentrarse en el bosque, con el fin de ir a buscar animales y aprovisionarse de

alimentos; esta faena duraba alrededor de una semana, y regresaban cargados con frutas,

pescados y monos108.

Sólo lo que era penoso es que cuando los indios se iban para toda la semana, me traían a los

guaguas para que yo los cuidara hasta que ellos volviesen; y como esto allá es estilo general,

en todos los pueblos era preciso pasar por ello, y así, al querese ir, se venían con los guaguas

diciendo: Payre, riño yogo ayro sayge Numico adqui siaqua caridgi na o Numicodgi na. Que

quiere decir: “Padre, con la chica canoa voy al monte, llevo a mi mujer y todos los demás de

casa”. Catay, guarda estos chiquillos o chiquillas109.

En los días de trabajo, se levantaban entre cinco y seis de la mañana y se juntaban en la Iglesia

todos los indios (a excepción de los enfermos), allí, los misioneros enseñaban la Doctrina

Cristiana. A las cuatro de la tarde, se volvían a juntar todos los niños y las niñas del pueblo,

y les enseñaba el misionero con especial particularidad dado que todos estaban cristianizados,

debían responder en castellano a las preguntas que les hacían para que lo fueran hablando.

Los diaz de fiesta se toca a Misa a la misma hora antes se reza la Doctrina con todo el Pueblo,

y después el Misionero para si mismo, o por interprete les hace alguna exhortación cita

advirtiéndole en estas sus obligaciones o repreendiendole sus desordenes, y vicios110.

108
Esta actividad itinerante de adentrarse en el bosque a buscar alimentos es característica de los pueblos
indígenas de la cuenca amazónica, donde los periodos de lluvia y sequía generan el desplazamiento a otras
zonas de mayor altitud, buscando raíces, frutos y leguminosas que pueden ser aprovechadas para el sustento de
las tribus.
109
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 295-296.
110
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 4r; Sig.: 9403 (Col. E I-11ms) 1r.

66
Los días festivos y los jueves no se les enseñaba por la tarde la doctrina a los niños. Santa

Gertrudis anota que desde el principio entabló que los muchachos fueran al convento y les

hizo tablillas del Christus y hacía uso de estampillas con imágenes religiosas,

para enseñarles a leer y ayudar a misa, con intento al mismo tiempo que ellos se hicieran

prácticos de la lengua española, y yo con ellos también de su lengua. Y así ellos me enseñaron

su lengua […]. En un par de meses ya todos los cholos y cholitos sabían leer y ayudar a misa111.

Los muchachos más jóvenes eran dóciles a la doctrina y aprendían más fácil la lengua y el

evangelio,

pero el indio que ya llega a los 20 años, es más duro que una piedra. Por la mañana y por la

tarde yo lo que hacía era: ya que estaban juntos para rezar, sacaba unas estampas de medio

pliego que llevaba, una de la Virgen y otra de San Francisco Solano, cuando predicaba a los

indios. Ellos miraban a la Virgen y decían: Numico. Esta es mujer. A San Francisco Solano

decían Payre. Este con el hábito conocían, es Padre. A los indios que le pintan alrededor decían

ellos: Runa pancia siaqua, hombres como nosotros son todos112.

Así mismo, la importancia de la señal de la cruz como ritual característico del cristianismo

era enseñada por los frailes y empleada en la cotidianidad de los pueblos de misión113. Santa

Gertrudis menciona las dificultades que tuvo durante toda su estadía, para lograr que los

indígenas lograran persignarse y santiguarse de la manera correcta:

Yo los arreglaba a dos filas, y levantando el brazo derecho, haciendo la cruz con los dedos

pólice y índice decía: Echame siaqua, pancoa, numico, guanbra, cholo, echame. Mírenme

111
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 294-295.
112
Ibid., 308.
113
La señal de la Cruz representa la figura de Cristo Crucificado y a través de la cual redimió al mundo del
pecado mortal. De acuerdo a la Doctrina Cristiana se usa de tres maneras: signarse, santiguarse y persignarse.
Ver: Gaspar Astete, S. J., Catecismo de la doctrina cristiana (Pasto: Casa Mariana, 1980), 5-7.

67
todos, hombres y mujeres, mozas y muchachos, mirad lo que hago. Unos salían levantando el

brazo derecho y otros el izquierdo, haciendo mil garabatos con los dedos. Era preciso de uno a

uno irle a componer la mano y los dedos para formar la cruz, y cuando había compuesto 10, ya

los otros 10 estaban descompuestos, y otros tantos que ya se estaban refregando con ambas

manos por la delantera o trasera, con carcajadas de risa, porque, no penetraban qué era aquello;

y este afán no duró un día ni dos, sino 3 y 4 años enteros, estando tan rudos el día postrero

como el primero114.

Cuando lograba avances en el aprendizaje de la señal de la cruz, continuaba con la enseñanza

del Padrenuestro, el Avemaría y el Credo:

Ya que los tenían compuestos, cantando y muy despacio me persignaba; pero los más al haber

de cruzar, cruzaban al revés y era preciso a los que reparaba haberles de ir a enderezar las

cruces. Después de persignar y santiguar proseguía el Padrenuestro, Avemaría y Credo, y

puedo asegurar que al cabo de 8 años todavía a solas había muchos que no se sabían persignar

ni santiguar115.

Para enseñar el Credo y las otras dos oraciones, además de explicar los misterios de la fe

católica, los misioneros aprendieron la lengua, y entrecruzaron términos españoles con los

de su lengua, como una estrategia para comunicarse de manera eficaz con los recién

cristianizados.

2.2.1 Padrones y matrículas

De acuerdo a Luis Carlos Mantilla Ruíz, el estado de la misión en los ríos Caquetá y

Putumayo, en 1747, estaba conformada por diez pueblos, y estaban a cargo de los

114
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 308-309.
115
Ibid., 309.

68
franciscanos de Quito. Estos pueblos eran: “San Antonio de Caquetá, San Miguel de

Sucumbíos del río de San Juan, San Diego y San José del río Aguese, San Salvador de Orta

de los Mamos, La Concepción de Macaguajes, San Juan Capistrano de los Encabellados y

San Francisco de los Amaguajes con más las capitales de Écija de Sucumbíos y Agreda de

Mocoa”116. Estos pueblos estaban acompañados por varios religiosos, entre los que se

encontraban:

Fray Montalbán, fray Francisco Mateus, fray Buenaventura de Villapanilla, fray Francisco

Javier Soto, fray Antonio Paternina, fray Marcos Proaño, fray José Martínez, fray Vicente

Rafels, fray Fernando Losa, fray Juan Mansilla, fray Francisco Dominguez, fray Felipe

Herrera, fray Juan Dávalos. Los nombres de los hermanos legos eran: fray Domingo Garrido,

fray José Carbó, fray Juan Melgarejo, Leandro Sandoval y fray Pablo Artieda117.

Una década después, en 1759, cuando ya el Colegio de Propaganda Fide operaba desde la

ciudad de Popayán, y los operarios llegados desde España se habían instalado en la misión,

de este nutrido grupo de misioneros sólo permanecía en esta, fray Joseph Carbó. La visita de

fray Jacinto Luengo en este mismo año, permitió conocer los pueblos fundados para el

momento. El pueblo de La Purísima Concepción estaba a cargo del mismo padre Carbó y

compartía funciones con el padre fray Antonio Urrea; fray Antonio Paredes estaba a cargo

del pueblo de San Joaquín; fray Juan Plata a cargo de los pueblos de Caquetá y Mocoa; fray

Cristóbal Romero estaba a cargo del pueblo de Nuestro Padre San Francisco de los

Amaguajes; fray Francisco Xavier Mejía estaba a cargo del pueblo de San Diego; el hermano

lego fray Juan de la Cruz y Ortega estaba a cargo del pueblo de Santa Rosa. Aunque Santa

116
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. II, 121; ACC Sig.: 9432 (Col. E I-11ms), fls.
2r-2v.
117
Mantilla Ruíz, Los franciscanos en Colombia, tomo III, vol. II, 122.

69
Gertrudis no aparece relacionado en la visita de fray Jacinto Luengo, y estuvo a cargo del

pueblo Agustinillos (ver mapa 2).

En la visita efectuada por fray Juan Matud en 1770, el religioso informaba sobre los pueblos

que conformaban la misión en ese momento. El padre realizó un informe de la visita donde

relataba la ubicación de los pueblos, la distancia entre los mismos, la cantidad de indígenas

reducidos y los avances en la evangelización. Según su relación eran cinco pueblos en total,

tres en el río Putumayo y dos en el Caquetá: Santa María y San Francisco Solano. Matud

partió del pueblo de San Francisco Xavier de La Ceja -que era el pueblo de La Escala- con

dirección al puerto de La Bodoquera.

El Pueblo esta cituado en una de las cabezeras de dos montañas, que dividen un río de suficiente

caudal, como quatro quartas distante; de una, y otra parte hay abundantes y frescos Pastos, los

Yndios tiene algunas pocas Bacas y Cavallos, sus principales cosechas son Mais, plantanos,

yucas, arracachas, crian animales de zerda, con abundancia, cosechan algun cacao, y caña de

Azucar, y se mantienen sin alguna escazes, con estos efectos, a que se añade la caza, y pesca,

en que son muy diestros como los Yndios de adentro118.

El padre fue acompañado por cuatro indios desde el pueblo de La Ceja hasta el puerto

mencionado. En siete días, vencieron las dificultades del áspero tránsito de cuatro cordilleras

vestidas de montañas, aunque no muy espesas; pasaron a nado el río del Pescado, y el padre

en los hombros de uno de los indios pudo pasarlo. En ocho días llegaron al Puerto de Santa

María de Caquetá, en este pueblo, que operaba como puerto, encontraron al conversor fray

Simón Menéndez, preguntaron por la conversión y bautismos de los indios. Allí, el padre

había construido iglesia, habitación para tres religiosos con las oficinas correspondientes, y

118
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 1v.

70
tenía una huerta sembrada de arroz, caña dulce y algunas medicinas. Se sorprendió el padre

al conocer en su viaje de regreso, que 42 indios de este pueblo, pertenecientes a la nación de

los tama se habían fugado y refugiado en el bosque.

Este Pueblo esta fundado sobre una Barranca del rio Kaqueta, en una llanura hermosa, que a

excepción de la tierra, que ocupa Pueblo y Chacras, toda esta rodeada de montaña vestida de

diferentes arboles ya fructíferos, ya infructíferos, que de una, y otra parte del rio forman la

vista, y recreo más agradable119.

Concluida su visita en este pueblo, continúo por dos días por agua y dos por tierra hasta

avistar el pueblo de La Purísima Concepción del Putumayo a cargo de fray Bonifacio del

Castillo, conocido por su celo apostólico y predicación. Este pueblo estaba compuesto por

individuos de diferentes naciones: encabellados, senseguales, guages, macaguajes, y entre

hombres y mujeres sumaban 239 individuos. Se trataba de uno de los pueblos más antiguos

de la misión:

Tiene este Pueblo una Yglesia muy capaz, y decentemente adornada con tres Altares, esta

cubierta de texa, tiene decentes ornamentos, y algunas alajitas de plata: la havitaciones

destinada para los religiosos es la mejor de las Missiones, por que se compone de quatro celdas

con cubierta, y piso de tabla; y otras quatro baxas, que sirven de oficinas, tiene una hermosa

huerta con diferentes arboles fructíferos cercada por la parte de Tierra con tapial, y por la otra

barranca alta, y crespa del rio120.

De este pueblo pasó a los de San Francisco y San Diego, se embarcó en un barquillo pequeño,

aguas arriba por el río Putumayo, a los tres días llegó a la misión. En este primer pueblo,

compuesto por ochenta y siete almas, halló al hermano lego fray Joseph Iglesias. Concluida

119
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 2r.
120
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 2v.

71
esta visita, continuó su camino hacia el pueblo de San Diego, donde llegaron a los tres días;

el conversor de este pueblo era fray Manuel Navarro, el pueblo estaba compuesto de 169

almas y junto con el de la Concepción era uno de los más antiguos, pero las pestes diezmaron

en dos oportunidades la población del mismo; ante esto, el conversor pidió autorización para

ingresar a la montaña a buscar infieles. Al despedir este pueblo, llegó hasta la boca del río

Caquetá, subió por este arriba hasta el pueblo de San Francisco Solano, cuyo conversor era

fray Joseph Hinestrosa, quien se encontraba muy enfermo y pedía licencia para salir al

colegio por su enfermedad. El pueblo era compuesto por ochenta y tres individuos. Matud,

denunciaba la falta de operarios que tenían las misiones para la fecha, pues debían ser doce

y sólo eran seis, situación que entorpecía la labor evangelizadora. Terminada la visita, el

sacerdote regresó al pueblo de La Ceja o “de salida de montaña (gracias al Altísimo sin

especial novedad en la salud) aunque acosado de algunos dolores, cansancio en viaje tan

prolijo y sin detenerme mas de dos días endereze el viaje a este Appostolico Colegio” 121 en

la ciudad de Popayán.

En el transcurso de una década, las misiones veían disminuidas sus fuerzas, pues el número

de operarios no lograba igualar o superar los presentes en la década inmediata a la formación

del Colegio de Misiones. A partir de la década del 70 del siglo XVIII, las misiones

comenzaron un período de decadencia del cual nunca se recuperaron, y que se debe en gran

medida a la falta de continuidad de los misioneros en el territorio.

Solo hasta el año de 1774, aparecen registros en las fuentes, de matrículas o padrones. Los

padrones cumplían la tarea de contabilizar los indios pertenecientes a cada pueblo, debían

121
ACC Sig.: 9054 (Col. E I-11ms) fl. 3r.

72
realizarse cada seis meses, y era uno de las obligaciones para poder justificar el cobro del

sínodo; estos padrones, eran realizados por los misioneros en los pueblos que tenían a su

cargo. Se trataba de una exigencia de los funcionarios del virreinato122, para conocer de

primera mano el funcionamiento de las misiones, puesto que la Corona llevaba cerca de dos

décadas apoyando las conversiones pero éstas no daban muestras de progreso, ni en el

poblamiento, ni en el aumento de la población evangelizada, pues la población que lograba

vivir en policía y bajo los preceptos de la doctrina cristiana finalmente podía tributar al rey.

Cuadro 3. Matrículas realizadas en las misiones franciscanas de los ríos Caquetá y

Putumayo

Matrículas realizadas en las misiones franciscanas de los ríos Caquetá y Putumayo

entre 1774 y 1790123.

Año de la
1774

1775

1777

1778

1779

1780

1783

1785

1786

1787

1789

1790
matrícula
124

Pueblos de
Indios
La
Purísima
261 317 317 322 90 72 83
Concepción
125

San
Francisco 59 55 70 55 49 34 38 49 67
Solano126
San
101 94
Francisco

122
ACC Sig.: 9381 (Col. E I-11ms).
123
Fuentes: ACC Sig.: 5371 (Col. E I-11ms); Sig.: 5401 (Col. E I-11ms); Sig.: 5475 (Col. E I-11ms); Sig.: 5654
(Col. E I-11ms); Sig.: 5670 (Col. E I-11ms); Sig.: 5790 (Col. E I-11ms), Sig.: 5856 (Col. E I-11ms); Sig.: 5791
(Col. E I-11ms); Sig.: 5867 (Col. E I-11ms); Sig.: 5920 (Col. E I-11ms); Sig.: 5962 (Col. E I-11ms); Sig.: 6006
(Col. E I-11ms); Sig.: 7105 (Col. E I-11ms); Sig.: 6297 (Col. E I-11ms).
124
Este padrón fue consultado en Arcila Robledo, Las misiones franciscanas, 336-337, debido a que el
documento que reposa en el Archivo Central del Cauca se encuentra deteriorado y era imposible leer el padrón
completo. La signatura del documento es 5371 (Col. E I-11ms).
125
El pueblo de la Purísima Concepción comprendía indios de diferentes naciones: encabellados, huaques o
morciélaga, senseguajes y macaguajes.
126
De indios huaques, sobre el río Orteguaza.

73
Año de la

1774

1775

1777

1778

1779

1780

1783

1785

1786

1787

1789

1790
matrícula

124
Pueblos de
Indios
de los
Amaguajes
San Diego
de
30 124 80 90
Putumayo
127

Nuestra
Señora de
184 80 162 155 155 159
los
Dolores128
San
Antonio de 82 143 93 94 107 87 94
los Mamos
San Joseph
del Río del 99 88 83
Pescado129
San
Francisco
198 242 235 297 301 214 259 260 245
Xavier de
La Ceja
San Miguel
de 98 86 86 82 70
Puicuinti130
Santa
Bárbara de
90 90 43
la
Bodoquera
San Joseph
de los 68 69 77
Canelos131
Nuestra
Señora de
las Gracias 170 180
del
Caguan132
Total de
indios 717 785 924 971 552 637 558 237 458 784 594 382
tasados

127
Compuesto por indios de nación encabellados y senseguajes.
128
Este pueblo contaba con la presencia de varias naciones, yurí, payaguajes, tamas, coreguajes y quiyoyas.
Fundado en las márgenes del río Caquetá.
129
El padrón de 1777 aparece con el nombre de San Juan Baptista del río del Pescado.
130
Este pueblo fue fundado sobre el río Orteguaza, y pertenecían a él varias naciones: payaguajes, tamas y
coreguajes.
131
Ubicado sobre el río Orteguaza, pertenecían a los indios de la nación de los andaquies.
132
Ubicado sobre el río Caguán. Pueblo de nación tama.

74
Este cuadro muestra la totalidad de indios tasados en los pueblos de misión en los que

operaron los franciscanos del Colegio de Misiones de Popayán, quienes, entre 1753 y 1790,

fundaron, trasladaron y /o refundaron un total de 14 pueblos de indios en los márgenes de los

ríos Caquetá y Putumayo. Algunos documentos, donde se encontraban los padrones estaban

en malas condiciones y no pudieron se transcritos, otros estaban incompletos desde el

momento de la creación y unos pocos no se encontraron. Pese a que la información está

incompleta, se puede deducir que los años donde la misión alcanzó su máxima cantidad de

individuos, fue entre 1777 y 1778, llegando a contabilizar casi mil. Para los demás años, se

puede inferir que la media fue de quinientos individuos, cifras que dan muestra de lo tenues

que eran las misiones y del poco efecto que tenían sobre los dispersos pueblos indígenas. Los

últimos cuatro pueblos fueron fundados en el río Caquetá, a partir de 1785, esto posiblemente

se debe a que por cédula real se le ordenó a la orden franciscana abandonar las misiones en

el río Putumayo y desplazarse hacia el río Caquetá133.

De acuerdo al informe de fray Fermín Ibáñez, tres de estos ocho pueblos: el Caguán, San

Antonio de Orteguaza y Ahumico, se fundaron después de establecida la escolta. El primero,

en el año de 1786; el segundo, en el año de 1787; y el tercero, en el año de 1788. Se deduce

por consiguiente, que para 1786, existían los pueblos de La Ceja, La Bodoquerita, Los

Canelos, Puicuinti y Solano, además de tres que funcionaban en el río Putumayo: La

Concepción, San Antonio de los Mamos y San Diego”134. En 1790, las misiones abandonan

133
Llanos Vargas y Pineda Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá, 33.
134
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 6v.

75
las misiones debido a una sublevación general de los indígenas en el Caquetá que ocasionaron

la muerte de varios misioneros135.

2.2.2 El proyecto evangelizador franciscano

Los métodos y medios de evangelización empleados por los franciscanos en sus primeras

doctrinas, durante el siglo XVI, en el Caribe y Nueva España, sirvieron de laboratorio para

el resto de territorios descubiertos. Los recursos iniciales con los que contaron los misioneros

en las Indias fueron: replicar el modelo de Jesucristo y los apóstoles y la tradición misional

de las Órdenes religiosas136. Los franciscanos consideraron que estas nuevas tierras

presentaban la oportunidad propicia para replicar el modelo de los apóstoles, con el cual se

había difundido el cristianismo hacía 1500 años atrás. En el caso de la Nueva España, el

135
Los grupos indígenas que buscaban sujetar los españoles, para instaurar la fe católica y la vida civilizada
fueron descritos también por Agustín Codazzi a mediados del siglo XIX cuando visitó la zona. Codazzi, ubicó
las tribus de acuerdo al área geográfica en la cual se movilizaban. Para este ingeniero y militar entre los ríos
Yari, Caguán y Orteguaza se ubicaban los coreguajes y los tamas. Los coreguajes “van también sin vestido
usando el fono en forma de un ancho cinturón del cual pende el delantal, y sus mujeres enteramente desnudas
excepto las casadas que llevan por distintivo una concha de nácar por delante; son bien formados ágiles y buenos
bogas”, se dedicaban a la pesca y caza, dejando el cuidado del camp a las mujeres. Extraían cera blanca, “con
cuyo propósito se procuraban herramientas, chaquiras y espejos”. Los tamas compartían vestimenta con los
anteriores, eran pacíficos, cultivadores y simpatizaban con la pesca. Por otro lado, en la cordillera se
encontraban los andaquies, “viven en plena libertad, sin comercio con los demás indios, en la escabrosa
cordillera de los Andes entre las cabeceras de los dos ríos Fragua, el uno que cae al Orteguaza y el otro
directamente al Caquetá” al estar ubicados en la cordillera tenían un contacto regular con otros grupos humanos.
En los ríos Caquetá y Putumayo se ubicaban los macaguajes, los amaguajes y los guitotos o huitotos, conocidos
como los murciélagos. Los macaguajes, “esta tribu es de la nación de los Putumayos […] van cubiertos de una
túnica larga de majagua formada de la corteza del árbol semejante al higuerón, la tiñen de un color morado para
liberarse de los numerosos insectos que abundan en su territorio”, recogían cera y tejían hamacas para cambiar
por herramientas y chaquiras. Los amaguajes eran de la misma nación de los Putumayo, se dedicaban a la
agricultura y a coger zarzaparrilla y pequeñas cantidades de cera. Por último, los huitoto eran feroces, vivían
entre el Putumayo y el Caquetá. Ver: Camilo Domínguez Ossa y Augusto Gómez López (eds.), Geografía física
y política de la Confederación Granadina. Estado del Cauca. Territorio del Caquetá, obra dirigida por el
general Agustín Codazzi (Cali: Universidad del Valle, 1996), 166.
136
Pedro Borges, “La metodología misional americana”, en Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y
Filipinas (siglos XV-XIX), obra de Pedro Borges et al. (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1992), vol. I,
497.

76
modo de vida de los indígenas y las condiciones culturales de los mismos, permitieron las

conversiones en masa.

Por otro lado, la tradición misionera que poseían los franciscanos fue construida gracias a la

experiencia evangelizadora realizada en “el Oriente europeo, Norte africano, Oriente asiático

próximo, y de manera más inmediata, en Canarias, Oriente Medio, Extremo Oriente y entre

los moriscos de Granada”137; y les permitió tener conocimientos previos sobre el

acercamiento a culturas diferentes a la cristiana. Si bien no hay referencia explícita a estos

lugares iniciales, durante la evangelización en las Indias, esta tradición misionera le permitió

a la orden franciscana desplegar su personal y adelantar la evangelización en el nuevo

continente138.

Pedro Borges, expone que los recursos metodológicos empleados por los misioneros en la

evangelización de las Indias occidentales fueron139: el estudio y conocimiento del indígena,

con el propósito de reconocer sus leyes, sistema político, costumbres, tradiciones,

137
Ibid.
138
El historiador español Pedro Borges propone que los principios metodológicos básicos están agrupados en
distintas clases de métodos: en primer lugar, los métodos de preparación, los misioneros no dudaron de la
capacidad de los nativos para comprender la religión cristiana, pese a que consideraban que eran de cortedad
intelectual, sumado a esto el misionero debía persuadir al indígena que se debía hacer hombre, elevar su
condición humana. En segundo lugar, los métodos de difusión: consistían en agrupar a los indígenas en poblados
(reducciones) puesto que la dispersión demográfica y geográfica entorpecía la difusión de la nueva fe y esto
propiciaba que se conservara el culto prehispánico, además de difundir la idea de que el evangelio debía ser
predicado evangélicamente, es decir, aplicar los preceptos del evangelio en la vida cotidiana pese a los matices
de la realidad americana. En tercer lugar, los métodos de catequización: el esfuerzo de los evangelizadores por
aprender las lenguas indígenas y catequizarlos en ellas. Los misioneros buscaron que la interpretación del
evangelio fuera similar en los lugares que evangelizaban. En cuarto lugar, los métodos de persuasión: los
misioneros se cercioraron que los indígenas se hicieran cristianos voluntariamente, consideraron a los indígenas
de mentalidad infantil, inestables, tornadizos, volubles y desconfiados, por lo tanto la persuasión determinó la
evangelización. Por último, los españoles consideraban que su cultura era superior a la del indígena, esto hacia
que fuera vulnerable a los conquistadores corregidores, encomenderos y buscó defender y ayudar al indígena.
Ver: Borges, “La metodología misional americana”, 503-505.
139
Borges, “La metodología misional americana”, 498-502. Además de sus fortalezas y debilidades físicas y
síquicas, los misioneros se dedicaron no sólo a estudiar y conocer, sino también a escribir y compartir los
conocimientos que lograban obtener de las sociedades indígenas.

77
mentalidad, sistema económico laboral. La trasmisión de experiencias: este recurso

metodológico facilitaba “el intercambio y la comunicación de experiencias entre unos

religiosos y otros”140. La discusión colectiva de los métodos: estaba “basada en la

observación personal y directa del indígena, así como en la experiencia de los propios

misioneros, los Capítulos o Congregaciones (reuniones oficiales periódicas) de las

respectivas provincias religiosas, las Juntas eclesiásticas”141, normas sobre metodología

misional: las órdenes religiosas elaboraron normas que rigieron la evangelización de los

indígenas: “las específicas de cada territorio, las propias de cada Orden y hasta de cada

provincia religiosa, las dictadas por las Juntas eclesiásticas, los Concilios provinciales y los

Sínodos diocesanos, y las decretadas por las autoridades civiles”142. Por último, Las obras de

metodología misional: las monografías escritas por los misioneros con el fin de compartir

experiencias, fueron “de índole general, de carácter específicamente americano y de temas

específicos”143.

El siglo XVIII, dejó al descubierto dos puntos: el primero, que estos recursos metodológicos

fueron pensados a partir de la experiencia misional del siglo XVI y debían adaptarse a la

realidad indiana del presente siglo; y el segundo, que la complejidad geográfica y

demográfica del piedemonte y la selva amazónica generó variaciones en estos recursos,

puesto que la propagación de la fe estaba vinculada a la religiosidad de los grupos indígenas,

a sus estrategias de supervivencia y a las prácticas sociales de los mismos, puesto que se

140
Ibid., 499. Las experiencias entre misioneros que estaban en territorios indianos y los que se encontraban en
España, próximos a partir a América fueron compartidas con fluidez, dado que había un interés permanente por
compartir estas experiencias, formar a los futuros misioneros y cultivar el interés por evangelizar a los gentiles.
141
Ibid., 500.
142
Ibid.
143
Ibid., 502.

78
trataba de poblaciones nómadas que se movilizaban por el bosque tropical de acuerdo a las

necesidades que se les presentaran.

Este proyecto estaba vinculado a la idea de expandir no sólo el cristianismo sino también la

frontera y la vida civilizada. Así mismo, motivó el desarrollo de un nuevo recurso, basado en

el amor y la bondad, “este nuevo recurso quizá era el reflejo de una sensibilidad ‘ilustrada’

hacía los indígenas, pero también era un hecho que los sacerdotes que carecían de poder de

coacción no tenían otra alternativa que confiar en el amor y la bondad para convencer a indios

a los que no podía forzar”144; sin embargo, pese a las buenas intenciones de los misioneros,

también ejercieron castigos y violencia contra los indígenas.

La estrategia inicial que empleaban los frailes misioneros, era desplazarse a los lugares donde

se encontraban los grupos indígenas y vivir con ellos, construir la Iglesia y aprender la lengua,

y que estos aprendieran el castellano. Los indígenas eran atraídos a través de los objetos

relacionados con la vida cotidiana y que les facilitaba el trabajo de recolección de frutos, tala

de árboles para elaborar canoas, pesca y caza de monos, iguanas y tapires. Además de la

elaboración de collares, chaquiras, eslabones, azulejos, estampas y vestimenta que

despertaban la curiosidad y la novedad.

Luego de aprender la lengua indígena, los misioneros celebraban misa, enseñaban la señal de

la cruz, y proseguían con los fundamentos de la doctrina cristiana, el Credo, el Padrenuestro

y el Avemaría.

La instrucción de los Dogmas de la fee, aunque de orden superior se auxilia, fomenta, y

acomoda, con la civilización por que corrigiendo esta las Barvaras costumbres, vios y orrores

144
Weber, Bárbaros, 152.

79
que ofuscan y obscurecen la razón tiene aquella menos obstáculos, que vencer para hacer

impresión en el alma145.

El proyecto fue también ambiguo, puesto que los frailes estaban pensando en el celo

misionero, pero cuestionaban su vida en las misiones y en las inconsistencias que éstas tenían

dadas las dificultades para cristianizar a los indígenas:

En este punto señor siempre que los misioneros hayan procurado de su parte instruirlos

exaptamente enseñándoles la Doctrina Christiana, imponiéndoles en todas sus obligaciones,

manifestadoles la vanidad de sus herrores, y la abominable brutalidad de sus costumbres, y esto

todos los días con methodo, y modo proporcionado a la Capasidad de los Yndios, ni nadie los

puede pedir mas, ni ellos tienen otra cosa que hacer quedando inmunes de toda responsabilidad

para con Dios, y para con los hombres: Si los Yndios son unos hombres que viven peor que

Brutos enteramente entregados a la embriaguez, y sensualidad, si se devoran unos, a otros

sirviéndolos de alimento los individuos de su propia especie: que hacen prisioneros146.

Siguiendo este orden de ideas, los misioneros le recordaban al guardián de las misiones, cómo

las repetidas experiencias con la enseñanza e instrucción de los indios, les habían enseñado

que debían evitar abandonar la misión, pues ausentarse por poco tiempo, implicaba que

debían empezar a trabajar de nuevo en todo, puesto que rápidamente los indígenas lo

olvidaban todo147. Al respecto, Santa Gertrudis señalaba que los indígenas abrazaban con

facilidad la fe, pero también la olvidaban con la misma facilidad:

Yo lo mejor que hallé es lo peor que allí hay, y es que como ellos viven sin idolatría, no hacen

repugnancia a la fe, y con facilidad la abrazan. Esto es lo mejor, porque no hay que batallar

145
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 4v.
146
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 4v.
147
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms) fl. 3r.

80
contra razones bárbaras; pero como con la misma facilidad que la toman, también con facilidad

la dejan, viene a ser lo mejor que en realidad es lo peor. Ellos no abrazan la fe por conocer que

aquello es la verdad y concentáneo a lo que dicta la luz natural, sino sólo porque así se lo dice

y enseña el Padre Conversor. Y eso por el interés de los donativos con que los regala de hachas,

machetes, chaquiras, eslabones, etc148.

Los indígenas reconocían que eran los misioneros quienes obsequiaban estos instrumentos,

y por eso hacían caso de lo que les enseñaban, pero cuando ya se agotaban, regresaban de

nuevo al bosque. En ese sentido, el indígena es occidentalizado e impregnado de las lógicas

de trabajo a través de las herramientas (como el hacha y el machete), que si bien, buscaban

atraerlos a la evangelización también les estaba mostrando el uso de éstas para optimizar el

tiempo. Augusto Gómez, señala que las vías fluviales y terrestres que empleaban los

misioneros en el siglo XVIII para el comercio, tendrán “un nuevo contexto social y

económico, es decir, en condición de mercancías, que los blancos o extranjeros

fomentaron”149.

Como se señaló en el aparte sobre las rutas y el poblamiento, los caminos también eran rutas

de abastecimiento e intercambio para las misiones, y este abastecimiento habla de la cultura

material y la alimentación que se vivía en éstas. Ahora bien, la cultura material, se refiere a

los objetos de la vida material con los que el hombre establece una relación y que están en

afinidad a las estructuras socioeconómicas, las relaciones sociales y las relaciones de

148
Santa Gertrudis, Maravillas de la naturaleza, tomo I, 333-334.
149
Augusto Javier Gómez López, “Bienes, rutas y mercados (siglos XV-XIX). Las relaciones de intercambio
interétnico entre las tierras bajas de la Amazonia y las tierras altas de los Andes”, Revista de Antropología y
Arqueología (Bogotá: Universidad de los Andes, 1996), 72.

81
producción de las que hace parte. En ese orden de ideas, Arjun Appadurai150 menciona que

la cultura material es también la relación que se establece con las mercancías y las cosas.

Para el caso de estas misiones, la cultura material se puede observar en dos frentes, el primer

frente conformado por los bienes que consumían los misioneros, en términos de alimentación

y objetos, y los bienes que transportaban a las misiones con el fin de evangelizar y reducir

los indígenas en pueblos. El segundo frente está conformado por los bienes que consumían e

intercambiaban los grupos indígenas, así como también por los objetos de su cultura material.

Los misioneros desplazaban a las misiones algunos elementos de su añorada vida en

civilidad: el vino, la carne, la harina, la cera de castilla para celebrar la misa y la sal 151 eran

los principales elementos que el misionero desplazaba en un primer momento, y que a través

del sínodo que también solicitaba, para no sentirse tan aislado de aquel grupo social al que

pertenecía. Estos elementos tuvieron unos efectos tenues en las poblaciones indígenas, salvo

la carne, pues como lo menciona Casa Aguilar, los misioneros se encargaron de introducir el

ganado vacuno al piedemonte andino-amazónico y a la selva. El ganado tiene un efecto

contundente tanto en el medio ambiente, por la huella ecológica que genera el pisoteo y el

pastizaje para alimentarse, la tala del bosque y un aumento y variación de las proteínas que

los indígenas consumían. En efecto, consumían proteínas suministradas por especies como

el mono, la danta, el cerdo de monte que vivían, y aún viven en estado salvaje, pero que al

consumir proteína animal en estado doméstico tenían la continuidad en el consumo.

150
Arjun Appadurai, La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías (México: Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, Grijalbo, 1991).
151
ACC Sig.: 8946 (Col. E I-11ms) fl. 3v.

82
Entre los objetos que transportaban y que estaban en relación directa con el sostenimiento

del pueblo y que les eran atractivos se encontraban hachas, cascabeles, espejos, tijeras de

lienzos, escopetas, lienzo para los hábitos franciscanos, cuchillos, chaquiras, anzuelos,

cántaro de manteca, machetes, veneno152. Para las tareas de evangelización, los implementos

para la sagrada eucaristía: cáliz y paterna de plata, custodia de plata, incensario, plato de

vinajeras, rosarios, coronitas, estolas, manteles de bretaña, misales, crismeras de plata,

además de diversas imágenes del santoral católico: Nuestra Señora de la Concepción, Nuestra

Señora de los Dolores, el Señor Crucificado, el Señor Resucitado, santos Ecce Homos153.

Estos objetos de la iglesia católica, acompañaban las enseñanzas de la doctrina cristiana,

como parte del reconocimiento de los elementos que componen la misma.

Las dinámicas de los pueblos indígenas junto con las particularidades geográficas de la zona

de estudio dejan al descubierto las dificultades para consolidar la evangelización y el

poblamiento. Las motivaciones personales y espirituales de los misioneros no fueron

suficientes para que sus intenciones echaran raíces en el terreno, pues dependían también de

otras variables, como el apoyo por parte de los funcionarios de la Corona para el

abastecimiento de carne, harina y cera, un número considerable de misioneros para

acompañarse en las labores, el aprovisionamiento constante de herramientas y abalorios para

preservar la población indígena ya reducida, además de un elemento inherente al misionero

y era la condición cultural de los indígenas donde sus prácticas y su hábitat incidían en su

cotidiana itinerante y esto a su vez, incidía en la intermitencia de las misiones.

152
ACC Sig.: 9386 (Col. E I-11ms) fls. 1r-2v; Sig.: 9510 (Col. E I-11ms) fl. 2r; Sig.: 8946 (Col. E I-11ms)
fl.14v.
153
Sig.: 9427 (Col. E I-11ms) fls.1r-2r.

83
Consideraciones finales

En el orden de los planteamientos de esta investigación, del modo como se desarrollaron las

misiones en los ríos Caquetá y Putumayo a cargo del Colegio de Misiones Nuestra Señora

de las Gracias, se construyeron las siguientes consideraciones finales:

En el caso de las misiones de los ríos Caquetá y Putumayo, la misión como institución civil

y religiosa, buscó por un lado, constituir el tejido social y ordenar las actividades de los

grupos indígenas en torno a la enseñanza de la doctrina católica y la introducción a la vida

civilizada, sin embargo, la modificación de los hábitos y costumbres de los indígenas y la

introducción de los hábitos y costumbres hispanos no fue una tarea fácil, puesto que la

sujeción de los indígenas fue intermitente durante las décadas de presencia franciscana en

estos ríos, lo que impide calcular el alcance del adoctrinamiento católico. Además, no

produjo cambios sociales, económicos y culturales que hayan reestructurado profundamente

los modos de vida de los indígenas. Esta intermitencia en la cantidad y permanecía de frailes

dedicados a las misiones, generaba que éstas no lograran una consolidación en el medio

geográfico. Es decir, no se lograba consolidar el poblamiento, y ante esta situación los

operarios no lograban que los indígenas se acomodaran a la vida sedentaria, a vivir al son de

campana y a tributar ante el rey.

La flaqueza en la consolidación del poblamiento se la endosaban -los misioneros-, al carácter

de los indígenas -que impedía ser civilizado en su totalidad-, y al inestable flujo de operarios,

que mostró altas y bajas, durante todo el periodo de actividades del colegio. Muchos de los

frailes, por diversos motivos, sólo duraron un año o menos de un año en la misión, y en un

año eran pocos los avances que lograban consolidar.

84
Los conversores presentaban continuas quejas al guardián del colegio, por la falta de

operarios destinados a las misiones, por la tardanza en el avituallamiento y los estipendios.

Además por las dificultades de la vida cotidiana: las temporadas de invierno y verano, la

escasez en los alimentos que los vinculaban con la “vida civilizada”: harina, carnes, sal, vino,

la precariedad con la que se levantaban los pueblos -pues los operarios vivían en unos ranchos

con suma incomodidad, miseria y escases-154, pese al ganado y a las sementeras, la ausencia

de compañía que propiciara conversaciones que estimularan la inteligencia y la conservación

de la regla que exigía permanecer en la misión durante diez años y que a su vez le impedía

abandonar su pueblo en cualquier momento.

Para los frailes era un reto permanecer en la misión, pues se sentían alejados del mundo,

además ingresar o salir de la misión no era tan sencillo, dado que transitar el camino para el

pueblo de La Escala en invierno era toda una odisea.

El proyecto de evangelización empleado por los franciscanos no fue tan sólido como se pudo

haber esperado, dada la formación que recibían en los Colegios de Misiones, si bien

organizaban el pueblo de acuerdo a las disposiciones reglamentarias del Colegio de

Propaganda Fide, y enseñaban la doctrina cristiana como lo exigían las bulas inocencianas,

no lograban sujetar y atraer a los indígenas como lo esperaban. Las “bujerías” que resultaban

ser herramientas o abalorios eran efectivas de manera temporal, las recibían, residían un

tiempo en el pueblo y luego decidían marcharse al bosque. Los misioneros no aprendían

prontamente la lengua indígena, lo que dificultada la comunicación y maltrataban a los

conversos de manera severa, lo que generaba desconfianza dentro los mismos pueblos.

154
ACC Sig.: 9391 (Col. E I-11ms), fl. 3r.

85
Asimismo, de acuerdo a los padrones, los pueblos no superaban mil indígenas a su haber lo

que da muestras del poco impacto que tenían los misioneros para atraer el interés de los

indígenas. Esto demuestra que se trataron de unas misiones con un bajo impacto, si se

compara con el impacto que generaron los jesuitas en Maynas o los mismos franciscanos en

la Baja California.

El flujo inestable de operarios también puede deberse a una incapacidad de los funcionarios

de la Corona por gestionar personal para estas misiones, que dado el lugar donde estaban

ubicadas era un baluarte de la Corona, al buscar detener el avance portugués hacia el noroeste

de la selva amazónica. En los inicios de la misión, hacia el año 1753, hay un interés de parte

del Colegio por proporcionar los bienes y los alimentos necesarios para poner en marcha las

misiones, pero este interés se va debilitando en la medida en que los años avanzan, los

mismos frailes deben financiar la compra de herramientas y abalorios para llevar a cabo sus

funciones en su pueblo a cargo.

Las dificultades geográficas propias de la cordillera de los Andes y de la selva del Amazonas,

incidieron en el desarrollo y ritmo de las misiones, pero no impidieron que se sostuviera

alrededor de 40 años. Los informes de los funcionarios demuestran el movimiento que tenían

los ríos (movimiento de personas) y los caminos, además de la circulación de bienes y

mercancías, confirmando que pese a la complejidad geográfica e hidrográfica era un espacio

conectado.

86
Mapas

Mapa 1

87
Mapa 2

88
Bibliografía

Fuentes primarias

Archivo General de la Nación (AGN)-Bogotá

Miscelánea, 39, 141, D. 122

Miscelánea 39, 141, D. 121

Archivo Central del Cauca (ACC)-Popayán

Fondo Misiones

Sig.: 4729 (Col. E I-11ms)

Sig.: 4740 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5124 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5143 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5204 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5288 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5371 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5401 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5475 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5654 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5670 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5790 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5856- (Col. E I-11ms)

Sig.: 579l (Col. E I-11ms)

Sig.: 5867 (Col. E I-11ms)

89
Sig.: 5920 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5962-(Col. E I-11ms)

Sig.: 6006 (Col.- E I-11ms)

Sig.: 7l05-(Col. E I-11ms)

Sig.: 6297 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9391 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9510 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9387 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9054 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9403 (Col. E I-11ms)

Sig.: 5428 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9155 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9044 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9432 (Col. E I-11ms)

Sig.: 8946 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9053 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9068 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9271 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9510 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9403 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9381 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9391 (Col. E I-11ms)

Sig.: 9404 (Col. E I-11ms)

Sig.: 8908 (Col. E I-11ms)


90
Sig.: 5428 (Col. E I-11ms)

Fondo Órdenes Religiosas

Sig.: 9058 (Col. E I-7or)

Sig.: 9055 (Col. E I-7or)

Sig.: 9423 (Col. E I-7or)

Fuentes primarias publicadas

Alácano Ochoa, Bartolomé de. “Informe del Padre Provincial de San Francisco de Quito

sobre las misiones que tiene su religión entre los infieles de las provincias del Gran

Caquetá, del Putumayo y del Gran Río de Macas fray Martín de Huydobro de

Montalván”, en Historiadores y cronistas de las misiones. Quito: Corporación de

Estudios y Publicaciones, 1989. Consultado en:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/historiadores-y-cronistas-de-las-

misiones--0/html/00012b0e-82b2-11df-acc7-002185ce6064_3.html#I_2_.

Archivo Franciscano de la Provincia de Chile. Guía del Fondo Colegio Franciscano de

Chillán. Alcalá de Henares: Universidad Alcalá de Henares, 2016.

Astete, Gaspar, S. J. Catecismo de la doctrina cristiana. Pasto: Casa Mariana, 1980.

Curía General Orden de Frailes Menores, O. F. M. Regla Constituciones Generales y

Estatutos Generales de la Orden de los Hermanos Menores. Roma, 2010.

Consultado en: Ordo Fratrum Minorum:

http://www.ofm.org/ofm/?page_id=2&lang=es.

Constitución Apostólica Pastor Bonus, de S. S. Juan Pablo II promulgada por Juan Pablo II

el 28 de junio de 1988.

91
Cuervo, Antonio B. Colección de documentos inéditos sobre la geografía y la historia de

Colombia. Tomo IV. Bogotá: Imprenta de Vapor de Zalamea Hermanos, 1891.

Domínguez Ossa, Camilo y Augusto Gómez López. Geografía física y política de la

Confederación Granadina. Estado del Cauca. Territorio del Caquetá. Obra dirigida

por el general Agustín Codazzi. Cali: Universidad del Valle, 1996.

Estatutos y Ordenaciones según las bulas que nuestro santísimo padre Inocencio XI expidió

para los Colegios de Misiones. Madrid: Imprenta de Don Benito Cano, 1791.

Gil y Lemos, Francisco. “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada que hace el

Arzobispo Obispo de Córdoba a su sucesor el Excelentísimo Señor Don Francisco

Gil y Lemos. Año de 1789”, en Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva

Granada, Germán Colmenares. Tomo I. Bogotá: Banco Popular, 1989.

Guirior, Manuel. “Instrucción que deja a su sucesor en el mando en Virrey Don Manuel

Guirior”, en Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada, Germán

Colmenares. Tomo I. Bogotá: Banco Popular, 1989.

Jerez, Hipólito. Los jesuitas en Casanare. Bogotá: Prensas del Ministerio de Educación

Nacional, 1952.

López de Velasco, Juan. Geografía y descripción universal de las Indias [1574]. Madrid:

Ediciones Atlas, 1971.

Mantilla Ruíz, Luis Carlos. Las últimas expediciones franciscanas al Nuevo Reino de

Granada: episodios de criollismo conventual o de rivalidad hispano-criolla: 1756-

1784. Bogotá: Editorial Kelly, 1995.

Pérez, Felipe. Jeografia fisica i politica de los Estados Unidos de Colombia. Tomo I. Bogotá:

Imprenta de la Nación, 1862.

92
Santa Gertrudis, Juan, O. F. M. Maravillas de la naturaleza. Tomos I-III. Bogotá: Banco

Popular, 1970.

Real Academia de la Lengua Española. Diccionario de autoridades de la lengua castellana

(1726- 1739). Consultado en: http://web.frl.es/DA.html.

Real Academia de la Lengua Española. Diccionario de la lengua española. 22.ª edición.

Madrid: Real Academia de la Lengua Española, 2001. Consultado en:

http://dle.rae.es/?id=TSQdXko.

Fuentes secundarias

Abad Pérez, Antolin. Los franciscanos en América. Madrid: Editorial MAPFRE, Colección

MAPFRE 1492, 1992.

Aguas Amazónicas. Consultado en: http://aguasamazonicas.org/aguas/tipos-de-rios/.

Appadurai, Arjun. La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías.

México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Grijalbo, 1991.

Arcila Robledo, Gregorio. Apuntes históricos de la Provincia Franciscana de Colombia.

Bogotá: Imprenta Nacional, 1953.

Arcila Robledo, Gregorio. Las misiones franciscanas en Colombia: estudio documental.

Bogotá: Imprenta Nacional, 1950.

Arcila Robledo, Gregorio. Provincia Franciscana de Colombia: las cuatro fuentes de su

historia. Bogotá: Editorial Renovación, 1950.

Artunduaga Bermeo, Félix. Historia general del Caquetá. 4.ª edición. Florencia: Grupo de

Editores del Caquetá, 1984.

Bolton, Herbert Eugene. “La misión como institución de frontera”, en Estudios (nuevos y

viejos) sobre la frontera, editado por Francisco de Solano y Salvador Bernabéu.

93
Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Centro de Estudios

Históricos, Departamento de Historia de América, 1990.

Bonilla, Víctor Daniel. Siervos de Dios y amos de indios. El Estado y la misión capuchina

en el Putumayo. Cali: Universidad del Cauca, Biblioteca del Gran Cauca, 2006.

Borges, Pedro. “La metodología misional americana”, en Historia de la Iglesia en

Hispanoamérica y Filipinas (Siglos XV-XIX), Pedro Borges et al. Vol. I: Aspectos

generales. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos,1992.

Brucher, Wolfgang. La colonización de la selva pluvial en el piedemonte amazónico de

Colombia. El territorio comprendido entre el río Ariari y el Ecuador. Bogotá:

Instituto Agustín Codazzi, 1974.

Casas Aguilar, Julio. Evangelio y colonización. Una aproximación a la historia del

Putumayo desde la época prehispánica a la colonización agropecuaria. Bogotá:

Ecoe Ediciones, 1999.

Centro Eclesial de Documentación. Encyclicas o cartas circulares del padre Fray Antonio

Comajuncosa (1794-1801). Tarija: Convento Franciscano de Tarija, 2016.

Consultado en:

http://www.franciscanosdetarija.com/pag/documentos/enciclicas/intro/parte1.htm.

Cobo Fray, Constanza (coord.). Colegios de Misiones Franciscanos. Valoración histórica de

los colegios de Nuestra Señora de las Gracias, en Popayán, y de San Joaquín, en

Cali. Cali: Universidad de San Buenaventura, 2011. Consultado en:

http://www.franciscanosdetarija.com/pag/documentos/enciclicas/intro/parte1.htm.

Colmenares, Germán. Las haciendas de los jesuitas en el Nuevo Reino de Granada, siglo

XVIII. Bogotá: Tercer Mundo, Universidad Nacional de Colombia, Dirección de

Divulgación Cultural, 1969.


94
Díaz de Zuluaga, Zamira. Guerra y economía en las haciendas. Popayán, 1780-1830.

Bogotá: Biblioteca Banco Popular, Textos Universitarios, 1983.

Díaz López, Zamira. La ciudad colonial. Popayán: política y vida cotidiana (siglo XVI). Cali:

Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes del Cauca, 1996.

Duque Gómez, Luis. “Visión etnológica del Llano y el proceso de la evangelización”, en

Misiones jesuíticas en la Orinoquía (1625-1767), editado por José del Rey Fajardo.

San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 1992.

Félix de Espinosa, Isidro. Crónica de los Colegios de Propaganda Fide de la Nueva España.

Lino Gómez Canedo (ed.). Washington: Academy of American Franciscan History,

1964.

Friede, Juan. Los Andaki, 1538-1947. Historia de la aculturación de una tribu selvática.

México: Fondo de Cultura Económica, 1967.

García, Lorenzo. Historia de las misiones en la Amazonía ecuatoriana. Quito: Ediciones

Abya-Yala, 1985.

Gómez González, Juan Sebastián. Frontera selvática. Españoles, portugueses y su disputa

por el noroccidente amazónico, siglo XVIII. Bogotá: Instituto Colombiano de

Antropología e Historia-ICANH, 2014.

Gómez López, Augusto Javier. “Bienes, rutas y mercados (siglos XV-XIX). Las relaciones

de intercambio interétnico entre las tierras bajas de la Amazonia y las tierras altas de

los Andes”. Revista de Antropología y Arqueología, Bogotá, Universidad de los

Andes (1996).

Gómez López, Augusto Javier. Putumayo: indios, misión, colonos y conflictos (1845-1970).

Fragmentos para una historia de los procesos de incorporación de la frontera

95
amazónica y su impacto en las sociedades indígenas. Popayán: Universidad del

Cauca, 2005.

González Gaviria, Alberto. Mil preguntas franciscanas. Medellín: Impresos, 1987.

González Morales, Felipe. Reducciones y haciendas jesuíticas en Casanare, Meta y Orinoco

ss. XVII-XVIII: arquitectura y urbanismo en la frontera oriental del Nuevo Reino de

Granada. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2004.

González Suárez, Federico. Historia de la República del Ecuador. Tomo VI. Quito: Daniel

Cadena Editor, 1931.

Goulard, Jean-Pierre. “El medio-amazonas a finales del siglo XVIII: un espacio insumiso”,

en Espacios urbanos y sociedades transfronterizas en la Amazonía, editado por

Carlos Gilberto Zárate Botía. Leticia: Universidad Nacional de Colombia, sede

Amazonía, Instituto Amazónico de Investigaciones, 2012.

Hartman Garcés, Herwing. “Reseña histórica de la Iglesia de San Francisco y del Colegio de

Misiones de Nuestra Señora de la Gracia de Popayán”. Boletín de Historia y

Antigüedades, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, vol. XC, n.º 823 (2003),

dic.

Herrera Ángel, Martha. Popayán: la unidad de lo diverso. Territorio, población y

poblamiento en la provincia de Popayán, siglo XVIII. Bogotá: Universidad de los

Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia, CESO, Ediciones

Uniandes, 2009.

Hodgson, Geoffrey M. “¿Qué son las Instituciones?”. Revista en Ciencias Sociales, Cali,

Universidad ICESI, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, n.º 8, jul-dic. (2011).

Kuan Bahamón, Misael. Civilización, frontera y barbarie. Misiones Capuchinas en Caquetá

y Putumayo, 1893-1929. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015.


96
Llanos Vargas, Héctor. “Caminos del Guacacallo. Por los caminos del Magdalena”, en

Caminos reales de Colombia, editado por Pilar Moreno de Ángel, Jorge Orlando

Melo y Mariano Useche Losada. Bogotá: FEN, 1995.

Llanos Vargas, Héctor y Roberto Pineda Camacho. Etnohistoria del Gran Caquetá (Siglos

XVI-XIX). Bogotá: Fundaciones de Investigaciones Arqueológicas Nacionales,

Banco de la República, 1982.

Mantilla Ruíz, Luis Carlos. Actividad misionera de los franciscanos en Colombia durante

los siglos XVII y XVIII. Fuentes documentales. Bogotá: Editorial Kelly, 1980.

Mantilla Ruíz, Luis Carlos. Los franciscanos en Colombia. Tomos I y II. Bogotá: Editorial

Kelly, 1980.

Mantilla Ruíz, Luis Carlos. Los franciscanos en Colombia. Tomo III, vols. I y II. Bogotá:

Universidad San Buenaventura, 2000.

Marcelino de Castellvi. “Reseña crítica sobre el descubrimiento de la región de Mocoa y

fundaciones de la ciudad del mismo nombre”. Boletín de Historia y Antigüedades,

Bogotá, Academia Colombiana de Historia, vol. XXIX, n.º 330-331 (1942).

Mora Acosta, Julio Mesías. Mocoa: su historia y desarrollo. Bogotá: Cámara de

Representantes, Congreso Nacional de Colombia, 1997.

Moreno, Agustín. Fray Jodoco Rique y Fray Pedro Gocial. Apóstoles y maestros

franciscanos en Quito. 1535-1570. Quito: Ediciones Abya-Ayala, 1998.

Moreno de Ángel, Pilar, Jorge Orlando Melo y Mariano Useche Losada (eds.). Caminos

reales de Colombia. Bogotá: FEN, 1995.

Pacheco, Juan Manuel, S. J. “Historia eclesiástica”, en Historia extensa de Colombia. Vol.

XIII, tomos I-IV. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1971.


97
Pérez Ángel, Héctor Publio. La hacienda Caribabare. Estructura y relaciones de mercado

(1767-1810). Yopal: Corpes de Orinoquía, 1997.

Pesez, Jean Marie. “Historia de la cultura material”, en La Nueva Historia, dirigida por

Jacques Le Goff, Roger Chartier y Jacques Revel. Bilbao: Ediciones Mensajero,

1988.

Phelan, John Leddy. El reino de Quito en el siglo XVII. Quito: Banco Central del Ecuador,

2005.

Phelan, John Leddy. El reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo. México:

Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas,

1972.

Pineda Camacho, Roberto. En el país de la mar dulce. Un ensayo de historia colonial (1540-

1830). Vol. LXIII. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, Colección

Bolsilibros, 2013.

Pineda Camacho, Roberto. Historia oral y proceso esclavista en el Caquetá. Bogotá:

Fundación Juan José Aguerrevere, 1985.

Pineda Camacho, Roberto. Holocausto en el Amazonas: una historia social de la casa Arana.

Bogotá: Espasa, 2000.

Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Organización del Tratado de

Cooperación Amazónica. Perspectivas del Medio Ambiente en la Amazonía: Geo

Amazonía. Lima: Centro de Investigaciones de la Universidad del Pacífico, 2009.

Ramírez de Jara, María Clemencia. Frontera fluida entre Andes, Piedemonte y Selva: el caso

del Valle de Sibundoy, siglos XVI y XVIII. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura

Hispánica, Colección Cuadernos de Historia Colonial, 1996.

98
Ramírez de Jara, María Clemencia y Beatriz Álzate. “Por el Valle de Atriz a Écija de

Sucumbíos. Testimonios de viajeros por el piedemonte amazónico. Recopilaciones

y anotaciones”, en Caminos reales de Colombia, editado por Pilar Moreno de Ángel,

Jorge Orlando Melo y Mariano Useche Losada. Bogotá: FEN, 1995.

Rauch M., Jane. La frontera de los Llanos en la historia de Colombia, 1830-1930. Bogotá:

Banco de la República, 1999.

Rauch M., Jane. Una frontera de la sabana tropical: los Llanos de Colombia, 1531-1831.

Bogotá: Banco de la República, 1994.

Restrepo López, José. El Putumayo, en el tiempo y en el espacio. Bogotá: Centro Editorial

Bochica, 1985.

Rumazo, José. La región amazónica del Ecuador en el siglo XVI. Sevilla: Publicaciones de

la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1946.

Salcedo, Jorge Eliécer. “El manejo del espacio”, en Historia del Gran Cauca. Historia

regional del suroccidente colombiano, editado por Alonso Valencia Llano. Cali:

Universidad del Valle, Rectoría, Instituto de Estudios del Pacífico, 1996.

Samudio, Edda. “Las haciendas jesuíticas de las misiones de los Llanos de Casanare, Meta

y Orinoco”, en Misiones jesuíticas en la Orinoquía (1625-1767), editado por José

del Rey Fajardo. San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 1992.

Sañudo, José Rafael. Apuntes sobre la historia de Pasto. Segunda parte. Pasto: Imprenta

Nariñense, 1894-1939.

Uribe, María Victoria. “Caminos de los Andes del sur. Los caminos del sur del Cauca y de

Nariño”, en Caminos reales de Colombia, editado por Pilar Moreno de Ángel, Jorge

Orlando Melo y Mariano Useche Losada. Bogotá: FEN, 1995.

99
Valencia López, Nelly y Edinson Granja Santibáñez. “La Iglesia en la gobernación de

Popayán”, en Historia del Gran Cauca. Historia regional del suroccidente

colombiano, editado por Alonso Valencia Llano. Cali: Universidad del Valle,

Rectoría, Instituto de Estudios del Pacífico, 1996.

Vásquez Sánchez, Jaime. “Geografía del suroccidente colombiano”, en Historia del Gran

Cauca. Historia regional del suroccidente colombiano, editado por Alonso Valencia

Llano. Cali: Universidad del Valle, Rectoría, Instituto de Estudios del Pacífico, 1996.

Weber, David. Bárbaros. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración. Barcelona:

Crítica, 2007.

100

También podría gustarte