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La tortuga y la lluvia a cántaros

El documento habla sobre una tortuga llamada Manuelita que vivía en la casa del narrador. Durante una gran inundación, la tortuga fue arrastrada por la corriente a través del patio inundado mientras el narrador la observaba desde una ventana. Aunque Manuelita logró flotar por un tiempo, finalmente fue arrastrada por el agua y no pudo ser salvada. La familia del narrador rescató a varios vecinos que también habían sido arrastrados por la inundación, pero lamentablemente la tortuga Manuelita no pudo ser salvada deb

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La tortuga y la lluvia a cántaros

El documento habla sobre una tortuga llamada Manuelita que vivía en la casa del narrador. Durante una gran inundación, la tortuga fue arrastrada por la corriente a través del patio inundado mientras el narrador la observaba desde una ventana. Aunque Manuelita logró flotar por un tiempo, finalmente fue arrastrada por el agua y no pudo ser salvada. La familia del narrador rescató a varios vecinos que también habían sido arrastrados por la inundación, pero lamentablemente la tortuga Manuelita no pudo ser salvada deb

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I

Que habla de los nombres de las


tortugas y de lo que pasa con ellas
cuando llueve a cántaros

Antigua Pasolento era una tortuga como todas. O al


menos eso creíamos en mi casa. Comía sandía y lechuga de
tanto en tanto, pero lo que más le gustaba era el pepino. Se
lo cortaba la abuela Martita en rodajas finas. Ella, se lo lle-
vaba al solcito, y ñam, ñam, se lo iba comiendo sin apuros.
Tenía un caparazón algo extraño, eso sí: la placa de la
parte más alta sobresalía un poco como si fuera un botón.
Tal vez era la cicatriz de alguna herida vieja. A veces las
tortugas pelean.
Como toda buena tortuga, amaba las flores de la rosa
china. El problema es que mi abuela Martita también ama
su rosa china amarilla.
8 9

Cuando nadie la estaba mirando, la tortuga siempre le


atacaba la planta:
-¡Salí de ahí, tortuga loca! -le gritaba la abuela Martita y
la corría con la escoba.
Al principio, nosotros le habíamos puesto de nombre
“manuelita”. ¿Por qué? Toda tortuga argentina se llama así,
por la de María Elena, ¿no? Con minúscula. A nadie se le
ocurría otro nombre y le quedó ese.
Sin embargo, ese no era el verdadero. Esta, y otras mu-
chas cosas sobre nuestra tortuga, yo las supe mucho tiempo
después.

Todo empezó con la inundación. Sí, un día en mi ciu-


dad comenzó a llover, y a llover, y a llover, y a llover.
Cayeron baldes de agua.
El agua se hizo un río en la calle y después entró a las
casas sin pedir permiso, a los gritos.
Estaba tan enojada que no le importaron las puertas, ni
las ventanas, ni la gente que se tuvo que subir a las sillas, de
las sillas a las mesas, de las mesas a lo alto de los muebles.
Algunos, buscando escaparse del agua traicionera, hasta
se subieron a los techos como mi amiga Marianita que ter-
minó en el de su casa con los abuelos y con Teddy, su perro.
Nosotros en casa nos trepamos a la mesa del comedor
mientras papá y mamá subían los muebles donde podían.
Después nos fuimos a mi dormitorio que quedaba en la
parte de arriba.
10 11

Desde la ventana mirábamos la lluvia en el patio que ya Se trepó a la medianera y pasó de largo.
era un lago. Solo le faltaban los patos.Y ahí fue cuando la Muchas cosas pasaron flotando: los chiches del bebé de
vi. Allí estaba la tortuga, nuestra manuelita, flotando en el la vecina, el tendedero de la ropa, una silla de plástico, una
agua que se la llevaba de aquí para allá, de una pared a la ensaladera, un mueble color verde, Don Pancho subido a
otra. Con las patas y la cabeza escondidas en el caparazón, un bote y mucha gente que yo ni conocía, con caras des-
parecía una pelota de rugby. Después entraba en un remo- esperadas.
lino, se hundía y volvía a salir. Mi papá alcanzó a pescar a todos. Uno por uno con el
Yo pensaba “ahora no sale más”. Pero me tranquilizaba palo de la escoba y medio cuerpo afuera. Se agarraban al
acordándome de que las tortugas viven muchos años. Y palo y mi papá los arrastraba. Después los hacía entrar por
cada vez que perdía las esperanzas, ella salía otra vez a flote, la ventana de mi habitación.
como un barquito de papel. Todos pasaron con nosotros esa noche. La “noche del
El agua subió y subió.Yo, desde la ventana de mi cuarto, diluvio”, como la llamó la abuela Martita.
la veía subir y tapar el patio que ya parecía una pecera. ¿Y la manuelita? A la manuelita no la pudo salvar. Las
tortugas no tienen manos.

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