JESUCRISTO
EL SEÑOR
JORGE HIMITIAN
~1~
Primer Parte JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE
MI VIDA
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
el cual, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo,
hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo,
y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús
se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda
lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Filipenses 2:5–11
Capítulo 1
Jesucristo es el Señor de mi vida
Algunos estudiosos de la Biblia señalan la probabilidad de que el pasaje de
Filipenses 2 haya sido una antigua canción entonada en las reuniones de la
iglesia primitiva. No se sabe si fue tomada de la epístola, o si Pablo, al
escribirla, la incluyó o parafraseó en su carta. Pero de todos modos, allí está, y
por lo tanto es revelación de Dios para nosotros.
Dentro del pasaje, el versículo 11 es central:
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios
Padre.
La palabra clave es SEÑOR. Tenemos, pues, un pasaje base, un texto central
y una palabra clave. Todo este estudio girará en torno a la palabra clave. Para
entenderla bien, debemos comprender el texto, ubicándolo dentro del pasaje.
SE HUMILLÓ A SÍ MISMO
Examinemos primero el pasaje. Haya en vosotros —dice Pablo— este sentir
que hubo también en Cristo. Luego, procede a describir el sentir de Cristo:
el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa
a que aferrarse.
Cristo antes de nacer ya existía en forma de Dios. Él era Dios. En el principio
era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, afirma Juan (Juan
1:1). Cristo, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como una
posición a la que aferrarse, sino que se despojó, se desprendió de su condición
~2~
de Dios y al hacerlo vino al mundo como hombre, en la condición de hombre.
Dios, el ser supremo de todo el universo, el Creador, tomó forma de ser creado.
Este sentir que hubo en Cristo es el que debe haber en nosotros.
Existen seres creados superiores e inferiores a nosotros. Como hombres
todos deseamos superarnos, evolucionar, subir; nadie busca descender. La
siguiente pregunta te ayudará a entender el sentir que hubo en Cristo:
¿Quisieras dejar de ser lo que eres, para transformarte en un perro? Tu
reacción inmediata sería: “¡Por favor! ¡Yo soy hombre!”
¿Sabes lo que está ocurriendo en ti en este instante? Te estás aferrando a
tu condición; no quieres desprenderte de lo que eres. Pero tengo una
pregunta más: ¿Quisieras ser una hormiga? La reacción va a ser mayor porque
hay que descender aun más.
Dios se hizo hombre. Su salto de humillación haciéndose hombre es mayor
que el del hombre volviéndose hormiga porque, finalmente, hombre y hormiga
son seres creados, mientras que en su caso el Creador debió hacerse criatura y
descender, humillarse y venir a esta tierra.
Estando en esa condición, él podría haber dicho: “¡Atención! Soy hombre,
pero también soy Dios. He venido para que me sirvan; así que, ¡todos a
servirme!”
Pero él no vino para ser servido, sino para servir. Estando entre los
hombres como hombre, aún se humilló entre ellos para tomar la forma de
siervo. Toda su vida fue de servicio. En el aposento alto tomó la toalla y el
lebrillo y se arrodilló para lavar los pies sucios de sus discípulos. Esa tarea, que
correspondía al esclavo más indigno, la hizo él, porque descendió para servir.
Siendo Dios, se hizo hombre; siendo hombre se hizo siervo. Pero aún hay
otro escalón en este descenso de Cristo: siendo siervo, se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, y no cualquier muerte, sino muerte de
cruz. Cristo descendió al lugar más bajo. Porque no hay en el universo un sitio
peor que aquel donde se recibe la maldición divina. En efecto, él cargó en el
Calvario la maldición sobre sí; fue hecho pecado por nosotros. El ser más alto
del universo descendió hasta el lugar más bajo. ¡Todos nuestros infiernos
cayeron sobre el Hijo de Dios en aquella cruz!
DIOS LO EXALTÓ
El versículo 9 continúa diciendo: Por lo cual (por este sentir que hubo en
Cristo de humillarse hasta lo más bajo) Dios también lo exaltó hasta lo sumo.
Él se humilló. ¡Qué diferente de nosotros! Siempre buscamos ascender un
poco más. “Señor, concédeme que en tu reino me siente a tu derecha… Señor,
¿quién será el mayor?…” Siempre queremos subir.
Cristo dijo:
~3~
Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también
hagáis.
Y el apóstol Pablo apela:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.
El Padre exaltó a Cristo. ¿Por qué? Por su humillación. Él mismo enseñó a
los suyos que el que se humilla será ensalzado, y el que se ensalza será
humillado.
En su exaltación Cristo recibió del Padre dos cosas: primero, el lugar sumo.
La palabra sumo tiene la misma raíz que sumar. Sumo quiere decir la suma de
todas las sumas, el lugar más elevado. Cristo recibió ese lugar del Padre.
Segundo, recibió un nombre que es sobre todo nombre. Es un nombre tal
que frente a él se doblará toda rodilla de los que están en los cielos (ángeles y
redimidos), de los que están en la tierra (hombres, creyentes, pecadores y aun
ateos) y de los que están debajo de la tierra (muertos, demonios y todos los
seres del universo, seres de los infiernos y de los aires). Es decir, todos los
seres del universo —ángeles, demonios y hombres— doblarán sus rodillas
ante la mención de este nombre supremo que el Padre dio al Hijo cuando lo
exaltó. Y toda lengua confesará que ¡JESUCRISTO ES EL SEÑOR!, para la gloria
de Dios Padre.
EL NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE
Este nombre, SEÑOR, es el tema central de nuestro estudio; un nombre
que es sobre todos los nombres que existen en el universo. Abre la
enciclopedia más completa y busca el nombre más alto en cuanto a rango o
jerarquía. Aún sobre ése hay uno más importante todavía: el que el Padre le
dio al Hijo al exaltarlo a su diestra. Cristo tiene cientos de nombres preciosos.
La mayoría de nuestras canciones hablan de ellos: el lirio de los valles, la rosa
de Sarón, la estrella de la mañana, el resplandor de su gloria, el sol de justicia,
el buen pastor, el Redentor. Isaías, inspirado por Dios, lo llamó Emanuel. Y en
otra ocasión, Admirable, Consejero, Príncipe de paz. Cuando nació, un ángel
pronunció su nombre: Jesús, Salvador. Al ser bautizado en el Jordán, el cielo se
abrió y el Padre le dio aún otro: Hijo amado. ¡Qué nombre!
Pero, entre los nombres de Cristo, uno está sobre todos ellos. Es el título
que el Padre le confirió en el momento en que, habiendo resucitado, ascendió
a los cielos, fue exaltado y se sentó en el trono de la majestad en las alturas.
¿Cuál es ese nombre? SEÑOR. Jesús es su nombre histórico. Cristo, su nombre
profético. A Jesucristo —este personaje histórico que es el cumplimiento
profético— el Padre le dio el título de SEÑOR. Ese es el nombre más alto de
Cristo.
~4~
Sin embargo, de acuerdo con la acepción actual, Señor no parece un
nombre importante. A cualquiera se le dice señor: señor Pérez, señor
Rodríguez. Siendo éste un nombre tan alto, ¿por qué es de uso común? Con el
tiempo las palabras sufren modificaciones en cuanto a su acepción. Por
ejemplo, la palabra creer. Hablando corrientemente, se le da otro significado.
Le preguntamos a alguien:
“¿Qué te parece? ¿Lloverá?”
“Creo que sí.”
Creo se usa en lugar de me parece. En cambio, en el lenguaje bíblico, creo
indica una firme fe, nunca un titubeo.
Así pasa también con la palabra Señor. Hoy cualquiera es señor. Pero
antiguamente no a todos se los llamaba así. Era un título que pocos poseían.
¡Y cuando alguien lo tenía, era realmente todo un señor! Pero como Pablo no
escribió su epístola en castellano sino en griego, adelantaríamos mucho más
remontándonos al origen de la palabra en este idioma. En griego aparece así:
Jesucristo es el KYRIOS.
Así consta en los manuscritos: Jesucristo es el Kyrios. ¿Cómo podríamos
traducir kyrios al castellano para su plena comprensión? Es un nombre tan
amplio y tan rico que no basta un solo término para traducirlo. Es necesaria la
suma de varias palabras para llegar a su significado pleno:
Jefe
+ Dueño
+ Amo
+ Soberano
+ Máxima Autoridad
KYRIOS = SEÑOR
De modo que cuando alguien confiesa: “Jesucristo es mi Señor, mi KYRIOS,”
está diciendo: “Es mi jefe, el que manda en mi vida; es también mi dueño, mi
patrón, mi propietario; yo soy suyo. Todo lo que soy y tengo pertenece a
Jesucristo; él es mi amo.” Solemos relacionar la palabra amo con su antónimo,
esclavo, y dado que la esclavitud ha sido abolida, este término ha caído en
desuso. En su tiempo fue un término muy fuerte. El amo era el dueño de la
vida de su siervo. Tenía la facultad hasta de quitarle la vida. Y Jesús es el amo.
Además, Señor significa soberano, el que está sobre todo. Nada escapa a su
control. Él rige y es la máxima e indiscutida autoridad. Al decir, “Cristo es el
Señor,” entonces, ¡estamos diciendo muchísimo!
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Veamos cómo se usaba la palabra kyrios en los días del Imperio Romano.
Tenía dos acepciones. En primer lugar, en el sentido corriente (digamos, kyrios
con minúscula) se usaba para designar a toda persona rica, con muchas
propiedades, que tenía esclavos bajo su autoridad. En realidad, había muchos
esclavos en el imperio, y cada uno tenía un kyrios sobre sí, uno que era su jefe,
su dueño, su amo, su soberano, la máxima autoridad de su vida.
La contraparte del kyrios era el esclavo. Así como no puede haber esposo
sin esposa, ni padre sin hijo, tampoco puede haber kyrios sin esclavo. Un
esclavo solía presentarse ante su kyrios para decirle:
“¿Qué dice mi kyrios a su siervo?”
El kyrios respondía dándole una orden, un mandato cualquiera:
“Ve a la plaza, contrata diez cosecheros más, haz cosechar tal sector;
recorre el lagar, ordena la esquila de cien ovejas…”
La vida del esclavo consistía en dar fiel cumplimiento a las palabras que
salían de la boca de su señor. Lo que el señor decía, el esclavo lo ejecutaba al
pie de la letra. La actitud constante del esclavo era: “¿Qué dice mi kyrios a su
esclavo?”
ESCLAVOS DE JESUCRISTO
Pablo declaró: “Yo también soy un esclavo, aunque no de los hombres.
Tengo un kyrios; soy esclavo de Jesucristo, por amor del cual lo he perdido
todo y lo tengo por basura para ganarlo a él. Él es mi Señor.” Pablo se
comportaba ante su Señor tal como un fiel esclavo frente a su kyrios. Aún
desde el primer día de su conversión. Recordemos cuáles fueron sus primeras
palabras cuando se rindió a él. Cayendo al suelo, temblando y temeroso, dijo:
Kyrios, ¿qué quieres que yo haga? Lo dijo en el mismo instante de su
conversión, pero siguió repitiéndolo cada día, cada momento de su vida.
El Kyrios respondió: Levántate y entra en la ciudad. Y Pablo se levantó para
hacer exactamente lo ordenado por su Señor. ¿Alguna vez oraste diciendo:
“Señor, ¿qué quieres que haga?” Todos lo hemos hecho, pero ¿cuál es la
diferencia entre Pablo y nosotros? Que mientras él obedecía en todo,
nosotros nos levantamos de las rodillas para hacer lo que queremos.
En esa época, cuando un esclavo escribía una carta debía firmarla con su
nombre y agregar, “esclavo de…”, colocando allí el nombre de su amo. Las
cartas no se firmaban al final, como ahora, sino al principio. En cierto aspecto
era mejor, porque hoy al recibir una carta lo primero que hacemos es dar
vuelta la hoja para ver quién la firma. Recién entonces comenzamos a leerla.
Por ejemplo, si alguien llamado Juan era esclavo de un tal Andrés, comenzaba
su carta así: “Juan, esclavo de Andrés, a Fulano de Tal…” Notemos cómo
firmaba Pablo sus cartas. Filipenses [Link] “Pablo y Timoteo, siervos de
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Jesucristo…” En griego dice más que siervos, dice esclavos. Esa es la firma. Y
Pablo no la falsificó; estaba diciendo la verdad. Ellos eran esclavos de
Jesucristo.
EL CÉSAR ES EL KYRIOS
Hemos considerado el primer significado de la palabra kyrios, señor. Sin
embargo, en el sentido absoluto del término, en todo el Imperio Romano
había una sola persona digna de poseer el título de Kyrios: el César, el
emperador. Todo el imperio debía confesar: “El César es el Kyrios.” Y era tal la
fuerza que se quiso imprimir a esta declaración que durante cierto tiempo se
convirtió en saludo obligado del imperio. Cuando un ciudadano romano se
encontraba con otro, lo saludaba levantando una mano y diciendo: “El César
es el Kyrios.” El otro a su vez respondía: “El César es el Kyrios.”
¿Cuántas veces en el día saludamos diciendo: “Buenos días,” “Buenas
tardes,” “Buenas noches”? Tantas veces debían ellos pronunciar aquella frase:
“El César es el Kyrios.” ¡Qué propaganda! ¡Mucho mejor que por radio y
televisión! En todo el imperio, todo el día, por todas partes se repetía: “El
César es el Kyrios, el César es el Kyrios, el César es el Kyrios.”
A veces se producía un encuentro con alguien que en lugar de responder
“El César es el Kyrios,” decía: “Jesucristo es el Kyrios.”
“¿Cómo? ¿Quién? ¿Estás reconociendo a otro señor fuera del César?
¡Apréndanlo! ¡A la cárcel! ¡A la hoguera! ¡A las fieras!”
Aquellos primeros cristianos eran hombres que preferían confesar a Cristo
como Señor, y morir si fuese necesario, antes que seguir con vida negándolo.
Comprendían muy bien lo dicho por su maestro:
A cualquiera… que me confiese delante de los hombres, yo también le
confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que
me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi
Padre que está en los cielos.
Mateo 10:32
Verdaderamente el César era el Kyrios de todo el Imperio Romano, el jefe,
el que mandaba, el dueño de todo el imperio, de todo su territorio. Aún
cuando la gente tuviera chacras, terrenos, y otras cosas a su nombre, era
solamente para permitir una mejor administración económica del imperio. En
última instancia, todo pertenecía al César. Cuando él decía: “Quiero veinte
hectáreas de aquel sector de la ciudad para hacer una plaza,” no tenía que
pagar indemnización a nadie. Era el dueño. Por eso cuando le preguntaron a
Cristo si debían pagar el impuesto a César, él respondió:
—A ver una moneda… ¿De quién es esta imagen?
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—Del César.
—Dad a César lo que es de César.
Todas las monedas del imperio tenían grabada la imagen del César, porque
todo el dinero y aún el imperio eran de su propiedad. Cada cual tenía en su
poder dinero propio solamente para hacer posible el desenvolvimiento
económico general. El César se había constituido en el amo de todas las almas
que vivían bajo su dominio. Disponía de cada persona como quería. No era
necesario pasar por los tribunales para ser condenado a muerte. Parece que
cierto día dijo: “La plaza está muy mal iluminada. Quiero mejor iluminación.
Traigan cuarenta antorchas más. Pero que éstas sean hombres; tómenlos de
entre los cristianos que están en la cárcel.”
Trajeron, entonces, cuarenta cristianos, los ataron a los postes de la plaza,
los cubrieron de alquitrán y les prendieron fuego. El César podía hacer cuanto
quería. Era el amo, el Kyrios.
¡Qué fuerza tenía, entonces, la palabra Kyrios en esos días! Representaba al
soberano, a la máxima autoridad del imperio.
Durante los días de este imperio, Pablo vislumbró otro imperio que
comenzaba a tomar fuerza y a extenderse sobre la tierra: el de Jesucristo.
Dondequiera que él establecía iglesias, lo hacía sobre este fundamento:
Jesucristo es el Señor. Cada persona que se agregaba a la primitiva comunidad
cristiana reconocía que Cristo era el Señor de su vida.
—Hay otro imperio —decía Pablo—, otro reino, el reino de Dios. Y su trono
es estable para siempre.
EL EVANGELIO DEL REINO DE DIOS
El nombre Kyrios marca la tremenda diferencia entre las primitivas
congregaciones y las nuestras. Dios hoy está restaurando este nombre,
volviendo a ponerlo en su debido lugar. Cuando este nombre resplandeció
ante mis ojos y el Espíritu de Dios me reveló su trascendental importancia,
comencé a leer de nuevo los evangelios. Tuve ansias de volver a analizar la
forma en que predicaba Cristo, en que él evangelizaba. Después de haberlo
hecho durante ocho años en plazas, en parques, en trenes, en hospitales, en
congregaciones, en campañas, quería ahora, como un niño, aprender de Jesús
a predicar el evangelio como él lo hacía.
Quedé sorprendido, avergonzado y maravillado. Me pregunté: “¿De dónde
saqué yo esa manera de predicar?” Jesucristo nunca usó nuestros métodos, ni
nuestro enfoque. Jamás predicó a nuestra manera. Nunca preguntó: “¿Quién
quiere ser salvo? Levante la mano. No tiene nada que pagar.” No hizo ofertas.
Su proclama fue:
~8~
Arrepentíos… el reino de Dios se ha acercado.
Se trataba de un reino, un reino que venía a los individuos. ¿Cómo? En la
persona del Rey. Cuando Cristo se acercaba a alguien, lo ponía frente a una
obligada disyuntiva: entrar en el Reino o quedar fuera de él.
¿Cómo entrar? Subordinándose, sujetándose a la autoridad del Rey. Cristo
enfrentaba a los hombres con su propia autoridad: “Se sujeta a mí o no; me
reconoce como el Kyrios de su vida, o no.”
SIMÓN Y ANDRÉS
Algunos ejemplos ayudarán a entenderlo mejor. Cristo anda por las calles
de Capernaum, Galilea. Se acerca a la orilla del mar. A cierta distancia hay dos
hombres pescando; se ganan así la vida. Cristo se detiene, los mira. Uno es
Pedro; el otro, Andrés. Al sentirse observados levantan los ojos y tropiezan
con la mirada de Jesús. Cuando las dos miradas se cruzan, Cristo les lanza una
orden, con toda autoridad:
Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.
No les dice: “Oh, si ustedes vinieran en pos de mí, yo les haría pescadores
de hombres.” Tampoco: “¿Quién de ustedes quiere venir en pos de mí?
Levante la mano.” No entra en detalles ni explicaciones. Pedro y Andrés
quedan frente a una orden. ¿Qué se hace con una orden? Se obedece o no. No
hay otra alternativa.
Pedro puede reaccionar diciendo: “Pero, ¿Y éste quién es? ¿Qué pretende?
Yo soy el dueño y señor de mi vida. Hasta ahora nadie me ha dado órdenes.
¿Cómo viene éste a ordenarme que lo siga?” Pero no toma esa actitud.
Todo lo que Pedro y Andrés entienden es que deben dejar lo que están
haciendo y seguir a Jesús.
En cuanto a convertirse en pescadores de hombres, seguramente no
comprenden lo que significa. Sería como si alguien me dijera hoy: “Ven,
sígueme, te voy a hacer zapatero de almas.” ¿Zapatero de almas? ¿Qué es
eso? Así les suena a ellos lo de “pescadores de hombres.” Nosotros,
familiarizados con el lenguaje bíblico, entendemos ahora lo que quiere decir
esa expresión del Señor.
Pero Cristo no da explicaciones; sencillamente los pone frente a la
disyuntiva. Es cierto que Pedro, como dueño y señor de su vida, hace lo que
quiere. Pero ahora hay otro frente a él que pretende convertirse en el dueño y
Señor de su vida. Y sus palabras resuenan con autoridad. Se produce un
forcejeo en el interior de Pedro y finalmente algo se rompe en él; también en
Andrés: su voluntad propia. Dejan ambos, entonces, sus redes y siguen a
Jesús.
~9~
¿Qué significa eso para ellos? Sencillamente una cosa: “Ahora nos
sujetamos a Jesús. Él es quien manda en nuestras vidas.” Si Pedro tuviera que
dar testimonio de aquella experiencia, diría: “Hasta ese momento, yo era
dueño y señor de mi vida; desde entonces, Cristo lo es.”
MATEO
Otro día, en el mismo pueblo, Jesús sana a un paralítico. La gente está
maravillada, y lo sigue. Al pasar por cierto lugar, se detiene. Sobre la vereda,
en una rústica oficina improvisada, un cartelito reza: “Se cobran impuestos
para el
Imperio Romano.” Hay un hombre sentado, cobrando, haciendo cálculos y
listas.
Es Mateo. Algunos esperan turno para pagar sus impuestos. Cristo, rodeado
de gente, se para ante él.
Mateo se sorprende. “¿Qué sucede? ¿Viene tanta gente a pagar?” Pronto
descubre que todas las miradas convergen sobre él. En medio del grupo hay
uno de personalidad diferente que lo mira con detenimiento, con ternura y
firmeza: Jesús. Mateo permanece atento esperando oír sus palabras. Cristo no
le dice: “Tú tienes que saber cuatro cosas. Primero, que Dios es amor;
segundo, que tú eres un pecador; tercero, que yo voy a morir por tus pecados;
cuarto, que si tú me reconoces como tu Salvador personal, serás salvo.” ¡No!
Cristo pronuncia una sola palabra: “¡Sígueme!” Ponte por un momento en el
lugar de Mateo. Tú estás trabajando; alguien se detiene frente a ti y con
autoridad te dice: “¡Sígueme!”
“¿Qué significa eso? ¿Qué pretende este hombre?” No podrías evitar cierta
turbación.
Mateo quiere responder, pero en su interior, como un eco constante sigue
resonando esa palabra: ¡Sígueme!… ¡Sígueme! Piensa: “Hasta ahora nadie me
ha dado órdenes. ¿Quién es éste? ¿Por qué seguirle? ¿Para qué?” Quiere
responder, pero se detiene. “¿Le digo que venga más o menos a las seis,
cuando cierre la oficina?” No, no puede. Esto es una orden. No se pueden
poner condiciones, ni cuestionar, ni preguntar. Se sigue o no; se obedece o no.
“¿Y si viniera a fin de mes; así entrego las planillas y presento la renuncia…?”
Se produce una lucha dentro en su interior; su personalidad no sujeta a
Dios se resiste a obedecer. Pero algo comienza a ceder y quiere romperse…
Finalmente se rompe. Mateo se pone de pie, empuja la mesa y comienza a
andar en pos de Jesús. Eso es todo. Quizás el jefe de la oficina le dice:
—Mateo, ¿adónde vas?
—Sigo a Jesús.
~ 10 ~
—Pero, Mateo, ¿y el trabajo?
—Ahora, él es mi jefe.
—Y…, ¿vas a volver?
—No sé. Haré lo que él me diga.
—Pero Mateo… —Él manda en mi
vida.
—Mateo, ¿estás loco?
Sí, para el mundo, es una locura. Para los que creen y obedecen, poder de
Dios. Mateo podría sintetizar su experiencia de esta manera: “Hasta este
instante yo mandaba en mi vida. Ahora manda Cristo.” Todo su ser está a
disposición de Cristo a partir de esa hora. Esta es la esencia de la conversión.
ZAQUEO
En Jericó vive un hombre de baja estatura llamado Zaqueo. Tiene muchos
deseos de ver a Jesús, pero no puede: ¡es muy pequeño! Un día, a cualquier
costo, se propone lograrlo. Calcula por dónde puede pasar, se sube a un árbol
y espera el gran momento. “Me voy a dar el gusto. Lo voy a ver como desde
una platea.”
Allí viene Cristo, rodeado de gente. Avanza lentamente. Zaqueo está
expectante… Se acerca… Ya lo puede oír… Toda la caravana, con Cristo en el
medio, pasa justo debajo de su árbol. Su corazón palpita como nunca. “¡Al fin
lo veo! ¡Al fin lo escucho!”
De pronto, Cristo se detiene en ese preciso lugar. La caravana también.
Cristo mira hacia arriba. Todos hacen lo mismo. Ven a Zaqueo. ¡Qué
vergüenza! ¡Un hombre como él subido a un árbol! Cristo le dice: “Zaqueo…”
Él, maravillado, se pregunta: “¿Cómo sabe mi nombre?” Aumenta la
expectativa en su corazón. Sigue escuchando: “Date prisa, desciende, porque
hoy es necesario que pose yo en tu casa.”
No le dice: “Zaqueo, ¿Me recibirías en tu casa?” No. Le da una orden:
“Desciende… y pronto… hoy es necesario que me hospede en tu casa.” ¿Qué
está queriendo hacer Cristo? Lo mismo de siempre. Su mandato pone a
Zaqueo frente a la disyuntiva: “Y éste, ¿quién es? Está bien que haga milagros
y demás, pero en mi casa mando yo. ¡Por su propia cuenta decide venir a mi
casa, me obliga a bajar y todavía tiene la exigencia de que sea pronto!”
~ 11 ~
Es lo mismo que si yo te dijera: “Esta noche voy a cenar a tu casa. Así que,
¡apresúrate!” Tú me responderías: “Un momento. En mi casa mando yo. Tú
vienes cuando yo te invito.” ¡Es lógico!
Zaqueo permanece aún arriba del árbol. Pero está, más bien, frente a la
puerta del reino de Dios (y en el reino de Dios se hace fuerza y los valientes lo
arrebatan). De modo que Zaqueo queda turbado. No sabe qué hacer.
Encaramado todavía en la copa del árbol no atina a reaccionar, a decir nada;
pero en su interior aquella personalidad no sujeta a Dios comienza a
resquebrajarse, a crujir… ¡hasta que, al fin se rompe! Baja entonces del árbol y
va corriendo a su casa.
—¡Querida, querida! ¿Dónde estás? ¡Rápido! ¡Pronto! Hay que arreglar la
sala y acomodar las sillas. Que se prepare algo y se ponga la mesa. ¡Pronto!
¡Que viene Jesús!
—Zaqueo, ¿qué te pasa? —replica la mujer alarmada.
—Mujer, no hay tiempo… ¡que viene para acá!
—Pero, ¿quién viene?
—¡Viene Jesús!
—¿Quién? ¿Jesús? ¿Y tú lo invitaste?
—No, yo no lo invité.
—¿Entonces…?
—¡Se invitó solo!
—Zaqueo, ¡reacciona! ¿Has perdido la cabeza?
¿Cómo va a venir si tú no lo invitaste? ¿Quién manda en esta casa?
¡Esa es la pregunta! ¿Quién manda? Zaqueo inclina la cabeza y en forma
casi solemne dice:
—Hasta ahora, Zaqueo. Desde ahora, Jesús.
Luego llega Cristo. Se sienta a la mesa. En cierto momento Zaqueo no
puede más y se pone de pie y le dice al Señor: “La mitad de mis bienes doy a
los pobres, y al que le robé se lo voy a devolver cuatro veces”.
¿Quién le ha enseñado todo eso? ¿Cómo ha experimentado tanto cambio?
Es que ahora hay otro que manda y él lo reconoce.
~ 12 ~
Cristo, entonces, dice: “Hoy ha venido la salvación a esta casa… porque el
Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Cuando el
hombre perdido y rebelde —que no quiere ceder ante la voluntad de Dios—
de pronto cambia su actitud y se sujeta a él, encuentra la salvación. Sin
embargo, no todos responden así a Cristo, pues aunque Cristo ordena, no
obliga. La respuesta viene de parte del hombre.
EL JOVEN RICO
Cierta vez se acerca a Jesús un joven muy rico.
—Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?
—Guarda los mandamientos.
—¿Cuáles?
Cristo enumera algunos y con cierta satisfacción el joven le responde:
—Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Hay algo más?
—Una cosa te falta, una sola. —¿Cuál?
—Vende lo que tienes, y dalo a los pobres… y ven, sígueme.
El muchacho se entristece. Es muy rico.
Pero, Señor, ¿qué estás diciendo? ¿Para recibir la vida eterna uno tiene que
vender todo lo que tiene?
Si yo hubiera estado en la rueda de los discípulos, con mi antigua
mentalidad, le hubiera dicho a Cristo: “Maestro, permíteme una palabra. Eso
que le has dicho al joven, ¡no es bíblico! ¿Dónde menciona la Biblia que para
entrar al reino de Dios uno debe vender todo lo que posee? ¿Acaso no es
gratuita la salvación?”
El joven se encuentra frente a la puerta del Reino, casi entra, pero… no.
Toma una actitud que parece decir: “Lo que tengo es mío. Yo soy el dueño y
señor de mi vida y de mis posesiones”. Luego da media vuelta, mira a Cristo
por última vez y se aleja para hundirse en la tristeza y en las tinieblas.
Cristo queda mirándolo. “¡Lindo muchacho!… Parecía estar tan cerca, pero
¡no pudo entrar!” Cuando ya su figura se pierde en la distancia, Cristo suspira
y dice: “¡Cuán difícilmente entrarán en el Reino los que tienen muchas
riquezas”
Pero, ¿es que para entrar al reino de Dios hay que vender todo lo que se
posee? Entrar al Reino no es cuestión de vender o comprar; hay un solo
requisito: reconocer a Cristo como Señor de la vida. Si Cristo es mi Señor, es
~ 13 ~
Señor de todo lo que soy y tengo. Pero si no es Señor de mi todo,
sencillamente no es mi Señor. Este es el conflicto que hace sucumbir al joven
rico.
Cristo le dice a otro:
—Sígueme.
—Señor, ayer falleció mi padre. Deja que lo enterremos hoy, y después te
seguiré.
¿Qué diríamos nosotros en tales circunstancias?
—Oh, lo acompaño en el sentimiento. Vamos a orar por usted. Atienda
nomás.
Cristo, en cambio, le dice:
“Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú, sígueme.”
¡Qué exagerada me hubiera parecido antes la demanda de Cristo a este
joven! Ahora entiendo que Jesús le predica el evangelio del Reino en el que la
conversión significa rendición total a su autoridad. Ni una sola vez Jesucristo
rebaja la norma, siempre exige todo o nada.
“Te seguiré, pero deja que primero…”
“No. Si quieres seguirme, primero estoy yo, y no hay nada después de mí,”
contesta Cristo.
Otro responde a Cristo:
“Señor, te seguiré. Pero permíteme antes ir a la chacra de mis padres para
despedirme de ellos.”
¡Qué buen muchacho! Educado y afectuoso. No hay ningún mal en
despedirse de los padres. Sin embargo, Cristo le dice:
“Ninguno que, poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el
reino de Dios.”
Jesucristo busca hombres que se rindan enteramente a él, porque con esa
clase de hombres va a edificar su iglesia. Todos deben entender bien desde el
principio que seguirlo significa reconocerlo como Señor y Rey de la vida, como
autoridad suprema e incuestionable.
~ 14 ~
¿ES EL SEÑOR DE TU VIDA?
¿Es éste el evangelio que hemos predicado? ¿Nos hemos convertido con
este mensaje? ¿De dónde, pues, surge la debilidad de nuestras vidas? ¿Qué de
la frialdad de nuestras congregaciones? Hemos creído muchas verdades
referentes a Jesucristo: que él murió por nuestros pecados, que es el Salvador,
que él resucitó, que contesta nuestras oraciones, y que viene otra vez. Pero no
le hemos rendido nuestras vidas, no lo hemos reconocido como Señor, como
Amo absoluto, Dueño de todo lo que somos y de todo lo que tenemos.
Nos hemos convertido reconociendo a Cristo como nuestro “único y
suficiente Salvador personal”. Es de notar, sin embargo, que en la iglesia
primitiva la gente no se convertía aceptando a Cristo como Salvador, sino
reconociéndolo como el Señor de su vida. Yo me maravillo al leer en Los
Hechos acerca de la vida de los primitivos cristianos recién convertidos. Me
maravillo al compararlos con nuestras congregaciones. ¡Qué diferencia!
Después de treinta o cuarenta años de creyentes, nosotros ni aún nos
asemejamos a ellos. El motivo es evidente: ellos se convertían bajo otra figura.
En la predicación nosotros enfatizamos que Cristo es Salvador, Salvador y
Salvador. Y es cierto. Pero, no era ese el título con que los apóstoles
anunciaban a Jesucristo. En todas sus epístolas, San Pablo habla sólo tres
veces de Cristo como Salvador (en algunas otras ocasiones en que aparece el
término Salvador es referido a Dios el Padre). Sin embargo, usa la palabra
Kyrios más de 300 veces. ¡Qué proporción! Nosotros, en cambio, presentamos
a Cristo 300 veces como Salvador, y tres veces como Señor. ¡Y el resultado es
nuestro estado actual!
Cuando en aquella época alguien se convertía, se entregaba a Cristo, no era
una simple cuestión de decir: “Yo lo acepto como mi Salvador personal,” sino
de reconocerlo como Señor de la vida.
Pablo afirma en Romanos 10:8, 9:
Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca
que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los
muertos, serás salvo.
¿Cómo opera la salvación? Por confesar con la boca a Jesús como Señor, y
creer en el corazón que Dios lo levantó de entre los muertos.
EL PECADO MÁS GRANDE
¿Cuál es el pecado más grande? ¿Por qué cayeron Adán y Eva? ¿Mataron?
No. ¿Robaron? Tampoco. ¿Blasfemaron contra el Espíritu Santo? No. ¿Cuál
fue, entonces, su maldad? Hasta cierto día ellos vivieron sujetos a la autoridad
de Dios; luego tuvieron la infeliz idea de hacer su propia voluntad.
~ 15 ~
El criollo, en su lenguaje popular, ilustra muy bien en qué consiste el
pecado más grande, con la tan usada expresión: “Yo hago lo que se me da la
gana”. Esas ganas que tengo adentro de hacer lo que a mí me parece son la
misma esencia del pecado: rebelión contra Dios. Este es el pecado que
predomina en el mundo.
La Biblia señala que en los últimos tiempos el pecado se multiplicará. Y es
verdad. La gente cada vez tiene menos vergüenza de hacer lo que se le ocurre.
Ya no hay respeto a las buenas costumbres, ni a los mayores, ni a nada. Es un
espíritu que domina en el mundo, tanto en padres como en hijos, en patrones
como en empleados, en todos los órdenes de la vida. Ese espíritu se nos ha
contagiado a nosotros, los que nos llamamos miembros de la iglesia. Porque
podemos leer la Biblia, orar, testificar, ganar almas, predicar, hablar en
lenguas y hacer muchas buenas obras y, sin embargo, seguir haciendo lo que
se nos da la gana.
—Señor, en tu nombre hicimos esto y aquello; echamos fuera demonios.
—Apartaos de mí.
—Pero profetizamos…
—Apartaos de mí, obradores de iniquidad. Nunca os conocí. Porque no
todo el que me dice, “Señor, Señor,” entrará en el reino de los cielos, sino el
que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos… Porque cualquiera
que oye mis palabras y no las hace (quizás las oye, las cree, las predica, pero
no las hace) lo compararé a un hombre que edificó su casa sobre la arena, y
vino la tempestad, la inundación y fue grande su caída. Pero cualquiera que
oye mis palabras y las hace, le compararé a un hombre que edificó su casa
sobre la roca, y vino el río y la inundación, y la casa permaneció.
Edificar sobre la roca es reconocer a Cristo como Señor de la vida, y vivir
cada día evidenciando este reconocimiento.
UN PUEBLO DIFERENTE
Tengo una buena noticia: Dios ha prometido restaurar a su pueblo en los
postreros días, restaurar a su iglesia, volver las cosas a su debido lugar, exaltar
a Cristo ante los ojos de las naciones. Dios está llamando un pueblo para sí, un
pueblo que le responda. Mientras que el mundo en estos tiempos finales irá
de mal en peor, haciendo cada cual lo que le parezca, en una carrera
desenfrenada y acelerada, Dios levantará un pueblo que, como contraste,
vivirá como él quiere, haciendo Su voluntad, por haber reconocido a Jesucristo
como su Señor. El gran escritor inglés C. S. Lewis, en su libro El Gran Divorcio,
dice:
~ 16 ~
En suma, sólo existen dos clases de personas: los que al fin le dicen a Dios,
“Hágase tu voluntad,” y aquellos a los cuales Dios les dice por último, “Hágase
tu voluntad.”
¿A cuál de estos dos grupos perteneces?
VENGA TU REINO
Cristo nos enseñó a orar:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea
tu nombre.
Venga tu reino…
Sea hecha tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra.
Hasta ahora sólo hemos pensado en el aspecto escatológico del Reino, en
su futuro. Entre tanto, vivimos como nos parece. Pero hay dos aspectos de él
que debemos tener en cuenta: uno es la extensión del Reino; y esto es para
nosotros ahora, porque el reino de Dios viene a nuestra vida cuando Cristo
comienza a reinar en nosotros. De igual modo, su reino llega a nuestro hogar
cuando Cristo comienza a reinar en él.
El otro aspecto es la consumación del Reino. Eso se producirá cuando el
Rey en persona descienda y establezca su trono aquí sobre la tierra.
Hagamos nuestra esta oración: Venga tu reino. Y en vez de pensar
solamente en aquel día en que Cristo vendrá, pensemos en el día de hoy.
“Señor, venga tu reino. Señor, reina en mi vida. Sea hecha tu voluntad como
en el cielo, así también en mi vida, así también en mi hogar, así también en mi
negocio, en mi fábrica, en mi escuela, donde yo estoy, donde vivo. Hágase tu
voluntad, Señor. Venga tu reino.” En esa frase hay unción. Haz la prueba.
Ponla en tu espíritu y di con fe: ¡Señor, venga tu reino!
Esto es tan importante que con todo mi ser ruego que el Espíritu Santo te
alumbre y te quebrante frente al nombre SEÑOR. Porque en este nombre hay
poder para transformar tu vida, tu hogar, tu congregación. Desde lo más
hondo de tu corazón proclama a Jesucristo como Señor de tu vida. Todo lo
que eres, todo lo que tienes, tráelo a los pies de Jesús. Llámate a ti mismo
esclavo de Jesucristo.
Segunda Parte
JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE LA IGLESIA
Capítulo 2
~ 17 ~
Fondo histórico del reino de Dios
El mensaje de Jesucristo —Arrepentíos, que el reino de Dios se ha acercado—
no nació en una inspiración del momento. El Reino era el tema del corazón de
Dios aún desde siglos antes de que Cristo viniera a esta tierra. Lo vemos
esbozado a través de toda la Biblia. Consideremos, pues, su trasfondo
histórico, su trayectoria en todo el Antiguo Testamento hasta los días del
Nuevo Testamento.
Muchos de mis lectores conocen la historia del Antiguo Testamento. Pero
mi intención no es simplemente relatarla una vez más, sino señalar en ella el
desarrollo de los propósitos de Dios hasta llegar a la realización de su reino en
la iglesia.
Si Cristo es Señor de mi vida y de la tuya, y si formamos parte de aquella
comunidad que la Biblia llama la iglesia, entonces, él es Señor de la iglesia.
Pero, si Cristo no es Señor de nuestras vidas, no podremos decir que lo sea de
la iglesia. Cuando toda la comunidad lo reconoce como tal, y cada uno va
adquiriendo la misma convicción, Cristo llega a ser, entonces, el Señor de la
iglesia, y en ella se realiza y desarrolla el reino de Dios.
EL DIOS DE ABRAHAM, DE ISAAC Y DE JACOB
La historia del pueblo de Dios comienza en Génesis capítulo 12. Dios llama a
un hombre, Abram —a quien más tarde cambia el nombre por el de Abraham—
mientras está en la zona de Ur de los Caldeos, y le ordena:
Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra
que te mostraré.
Abram, entonces, queda confrontado por la disyuntiva del Reino. Así como
Cristo les dice a Pedro y Andrés, Venid en pos de mí, Dios le dice a Abram,
Deja tu tierra y tu parentela, y Abram sale. Es el primero en escuchar el
llamado del discipulado. Deja todo y se va, sin saber a dónde. Dios bendice a
Abram y le dice: Haré de ti una nación grande, y te bendeciré. Además, le da
una gran promesa: Serán benditas en ti todas las familias de la tierra (Génesis
12:2, 3).
Abraham es de edad avanzada y aún no tiene hijos, Pero le cree a Jehová y
esto se le cuenta por justicia (Génesis 15:6). Después de casi veinticinco años
Dios confirma su promesa dándole un hijo, Isaac. Luego viene la prueba; Dios
le pide su hijo, y Abraham es hallado fiel. Entonces Dios jura por sí mismo
diciendo:
De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas
del cielo y como la arena que está a la orilla del mar… En tu simiente
serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a
mi voz.
~ 18 ~
Génesis 22:17, 18
Es la primera vez que Dios jura en cuanto a la descendencia de un hombre.
En el juramento está implícita su inmutabilidad. Y en este caso el juramento es
doble: primero, Multiplicaré TU DESCENDENCIA; segundo, en TU SIMIENTE
serán benditas todas las naciones de la tierra. Dios jura que va a formar un
pueblo para sí de la descendencia de Abraham.
Más adelante, Isaac tiene dos hijos: Esaú y Jacob. Isaac recibe la bendición
dada por Dios a su padre y la transmite a su hijo Jacob. Dios cambia el nombre
de Jacob por el de Israel, nombre que también recibe posteriormente el
pueblo de Dios.
Jacob tiene doce hijos, que se convierten en cabezas de las doce tribus de
Israel. Muchas veces aparece en la Biblia la expresión: el Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob. ¿Por qué? Porque desde allí arranca la historia del pueblo
que Dios se ha propuesto formar para sí.
Mientras Jacob vive con sus hijos en Canaán, llegan días de hambre en la
tierra, y éstos descienden a Egipto en busca de alimentos. Allí se establecen.
Pasan alrededor de 400 años. Al cabo de este tiempo se comienza a ver el
cumplimiento de la promesa: “De tu descendencia haré una gran nación”.
Alrededor de setenta personas fueron las que llegaron a Egipto, y después de
los 400 años Israel se ha convertido en una gran nación de dos millones de
personas. Pero, ¿en qué condiciones? Muy lamentables, ya que vive
sojuzgada, oprimida dentro de los límites de otra nación, sirviendo a Faraón.
En esas circunstancias Dios decide intervenir. No puede tolerar que su pueblo
continúe así por más tiempo, sirviendo a otro señor.
MOISÉS Y JOSUÉ
Dios levanta, entonces, a un hombre llamado Moisés, a través del que, con
milagros, señales y prodigios, libra a su pueblo de la esclavitud de Egipto. El
Mar Rojo se abre ante el pueblo para darle paso hacia el desierto. Allí Dios les
da la Ley, las ordenanzas tocantes a los sacrificios, a la construcción del
tabernáculo y al orden sacerdotal, y la promesa de que van a entrar a poseer
la tierra de Canaán. Sin embargo, por la dureza de sus corazones y por su
incredulidad, vagan cuarenta años en el desierto y esa generación no hereda
la tierra prometida.
Josué se convierte en el sucesor de Moisés y en el instrumento elegido por
Dios para conducir al pueblo de Israel —la nueva generación— hacia la tierra
prometida.
Los cinco primeros libros de la Biblia trazan la historia del pueblo de Israel
desde Abraham (Génesis 12) hasta la llegada a las puertas de Canaán. Luego
sigue el libro de Josué, sucesor de Moisés. Allí se relata la entrada a Canaán y
~ 19 ~
la liberación de las naciones que habitan la tierra prometida, y que Dios da al
pueblo por mano de Josué.
CADA UNO HACÍA LO QUE BIEN LE PARECÍA
Cuando Josué muere, Dios levanta a otro: Otoniel. Y después de él, a una
sucesión de catorce hombres más, a quienes llaman jueces o libertadores.
Jueces, porque internamente cumplen la labor de juzgar al pueblo; y
libertadores, porque externamente liberan al pueblo de sus enemigos por
medio de la lucha armada. Precisamente el libro que sigue a Josué es el de
Jueces. En él aparece narrada la historia de Israel desde Josué hasta el
penúltimo juez, Sansón.
Durante la época de los jueces, se advierte en la vida de Israel una marcada
y progresiva decadencia espiritual, moral y política. Al final de este período la
nación está hundida en una situación realmente calamitosa.
Sansón, el penúltimo juez, muere. Samuel todavía no aparece en escena. El
pueblo desciende cada vez más bajo en su nivel espiritual y, por lo tanto, en
todos los otros niveles. Jueces 17:6 hace una descripción exacta del estado del
pueblo:
En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le
parecía.
La falta de un gobernante responsable determina una anarquía
generalizada. Ese dicho criollo —“Yo hago lo que se me da la gana”—
¡finalmente no es tan criollo que digamos! Miles de años atrás, ya existe un
pueblo que tiene el mismo sentir. Cuando leemos los últimos capítulos de
Jueces, descubrimos muchas cosas horrendas que se dan en medio del pueblo
de Israel porque cada uno hace “lo que se le da la gana” En esto consiste,
precisamente, la raíz del pecado. Notemos la forma en que comienzan casi
todos los capítulos finales de Jueces.
En aquellos días no había rey en Israel. 18:1
En aquellos días, cuando no había rey en Israel. 19:1
Y notemos cómo termina el libro en [Link]
En estos días, no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le
parecía.
¿Puede un libro tener una conclusión más triste? ¿Puede un autor terminar
su relato con una nota más disonante y pesimista? Pero, ésta es la Biblia, la
palabra de Dios, y no relata sino la verdad. No puede ponerle un final de
novela a los sucesos. Dice lo que es. Ese era el estado real del pueblo.
Para describir la condición actual del mundo, ¿no deberíamos usar la misma
frase? ¿En qué radica la esencia del pecado hoy? Cada uno quiere vivir como le
~ 20 ~
parece. No se respetan leyes ni normas. Cada cual anda según su propio antojo.
Esa es la médula del pecado del corazón humano.
NO HABÍA REY EN ISRAEL
Lo que más llama la atención en el pasaje que estamos considerando es la
primera parte de la frase: En aquellos días (los que van desde Sansón hasta
Samuel) no había rey en Israel.
Hasta aquí, podemos notar dos etapas más o menos definidas en la historia
de Israel. Primero, la de los patriarcas, desde Abraham hasta el éxodo.
Durante ese período es el padre principal de la familia quien ejerce el dominio
(las palabras patriarca y padre proceden de la misma raíz), estableciendo un
sistema de sucesión patriarcal en cuanto al gobierno. Con Moisés comienza la
segunda etapa. Los líderes de la nación ya no se suceden según el sistema
patriarcal, sino que Dios los a levantando de diferentes trasfondos.
Este período (de Moisés a Samuel) es el de los jueces o libertadores. Al
llegar a su fin, se nos dice que en aquellos días no había rey en Israel. ¿Por qué
aparece esta frase cuatro veces en el libro? Parece dar a entender que alguna
vez hubo rey, pero que en este momento, por no haberlo, cada uno vive como
quiere. Pero, ¿acaso se ha visto antes algún rey sobre la nación de Israel?
¿Abraham, tal vez? ¿O Jacob? No. Ellos son los patriarcas. ¿Y Moisés? Un
libertador. Hasta este momento no hay antecedentes de que alguien haya sido
rey sobre Israel. Sin embargo, este pueblo, distinto de todos los demás, sí ha
tenido un rey. Sólo que su rey no ha sido un hombre. ¡Jehová es el Rey de
Israel!
Abraham no hace lo que le parece en su tiempo. Dios le dice: Sal de tu
tierra… y él sale; Entrégame tu único hijo… y él se lo ofrece. Abraham tiene un
rey sobre sí.
Moisés no conduce a la nación como tirano o dictador. Cada vez que abre
su boca es para decir: Así ha dicho Jehová. Moisés lo reconoce como rey de
Israel. Él es solamente su ministro. Entra en su despacho, recibe sus mandatos
y sale al pueblo para transmitirlos. Moisés se somete a la autoridad que este
rey ejerce sobre la nación.
LA TEOCRACIA
El sistema de gobierno en el cual Dios se constituye como soberano se
denomina teocracia. Esta palabra viene de la unión de dos palabras griegas:
theos (Dios) y cratos (dominio). Es decir, “el gobierno, o dominio de Dios.” Éste
es el sistema que Dios elige para Israel. Pero Dios gobierna de esta manera en
tanto que el pueblo lo quiere. Cuando se rebela, no hay más teocracia.
Llega entonces un momento en que no hay profeta, no hay hombre que
entre y hable con Dios. No hay ministros ungidos, no se oye la voz de Dios y el
~ 21 ~
pueblo vive como le parece. No hay rey en Israel. De allí la anarquía en que
viven tanto la nación como los individuos.
Surge luego el último de los jueces, Samuel. La voz profética comienza a
oírse una vez más por su intermedio, a causa de que él empieza a oír la voz de
Dios.
“Samuel, Samuel.”
“¿Quién me llama?”
Es algo tan desacostumbrado en sus días que Dios hable, que le cuesta
bastante entender que el que lo llama es Dios.
Samuel no sólo se convierte en juez, sino que también es el profeta de
Dios. Él quiere retornar a la teocracia. Comienza a orientar al pueblo diciendo:
“Así dice Jehová: Salid a la batalla”, o bien: “Así ha dicho Jehová: No salgáis.”
Samuel procura que Israel viva otra vez bajo el reino de Dios y durante cierto
tiempo lo logra.
DIOS ES DESECHADO COMO REY
Sin embargo, después de algunos años, Israel quiere librarse nuevamente
de la teocracia.
Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá
para ver a Samuel.
1a Samuel 8:4
Los ancianos se juntan y convienen:
“Debemos hacer algo. Samuel nos dice a cada momento, así ha dicho Dios.
En el tiempo de nuestros padres no era así. Cada uno hacía lo que quería. ¿No
es mejor eso? ¿Hasta cuándo vamos a soportar este sistema de cosas? “Que
Dios dijo esto, que Dios dijo lo otro… ¿Por qué no le sugerimos un cambio?”
Se ponen de acuerdo, van a Ramá y llaman a Samuel. Uno toma la palabra:
“Honorable y respetable profeta Samuel. Nosotros, los ancianos del pueblo
de Israel, reunidos de común acuerdo, queremos expresarte nuestro
reconocimiento por los servicios prestados hasta aquí, y dada tu avanzada
edad, hemos acordado concederte el cese de funciones. Estamos muy
agradecidos por todo. Pero antes de tu retiro quisiéramos solicitarte un último
favor.”
Samuel, muy sorprendido, aguarda el pedido.
~ 22 ~
He aquí, tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por
tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las
naciones.
1a Samuel 8:5
Al oír esto, el profeta queda fuertemente disgustado: “Pero, ¿este pueblo
no entiende? ¿O acaso ignora su historia? ¡Son el pueblo de Dios! ¿Cómo se
les ocurre pedir un rey?” Su corazón está cargado y dolorido. Samuel va a orar,
a buscar a Dios.
¿De dónde, Señor, ¿de dónde ha salido esto? ¿Cómo se les ocurre tal cosa?
Han dicho: “como tienen las demás naciones.” Ah, cuando el pueblo de Dios
baja sus normas al nivel de los que viven sin Dios, ¡cuántos males comienzan a
surgir!
“Queremos un rey como tienen los demás”. Israel está viviendo en Canaán,
rodeada por otras naciones, las que sí tienen rey, y sabe de las fiestas que se
hacen cuando el monarca visita alguna de sus ciudades. Toda la gente se
agolpa en la plaza y a los lados de la calle principal. El camino real es
embanderado. Aparecen las palmas, las flores, la banda de música. ¡Qué
entusiasmo se genera! ¡Viene el rey! De pronto, llegan dos jinetes; son los
heraldos del rey. Hacen sonar sus trompetas: ¡Atención! ¡El rey viene! A lo
lejos se comienza a divisar un carruaje que avanza por la vía real. Se acerca; es
blanco y está muy engalanado. Viene tirado por caballos espléndidos. Sobre el
carruaje hay un trono; sobre el trono, un rey; y sobre la cabeza del rey, una
corona. La gente vitorea, agita sus manos en alto, aclama con júbilo: ¡Viva el
rey! Los músicos ejecutan la marcha real. Todo es algarabía.
¡Es fabuloso tener un rey! ¿Por qué todos lo tienen y nosotros no? Samuel,
queremos un rey, un rey como tienen las otras naciones.
Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que
nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz
del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti,
sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.
1a Samuel 8:6, 7
“Samuel, dales lo que te piden. Porque me han desechado a mí. Han dicho,
en otras palabras: No queremos que éste reine sobre nosotros. Pidiendo un
rey humano han pretendido disfrazar sus intenciones. Pero en realidad no
quieren que yo reine sobre ellos.”
UN REY CONFORME AL CORAZÓN DEL PUEBLO
Entonces es ungido el primer rey sobre Israel: Saúl. Ya que el pueblo así lo
quiere, Dios les da un rey conforme al corazón de ellos. Un rey hermoso, de
buen físico y muchas virtudes, joven, de excelentes condiciones. Así es Saúl. Si
~ 23 ~
leemos acerca de sus comienzos, quedaremos muy bien impresionados con
respecto a él. Reúne todas las condiciones humanas requeridas para ese
cargo.
Pero ya en el segundo año de su reinado, cuando Jonatán su hijo ataca la
guarnición de los filisteos y los pone en huída, Saúl pasa un pregón por todo
Israel: “Saúl ha atacado a la guarnición de los filisteos.” ¡Es una mentira!
Jonatán lo ha hecho. Pero él quiere la gloria para sí; quiere ser aclamado por el
pueblo.
Eso no es todo. Su problema fundamental radica en que al convertirse en
rey quiere hacer lo que a él le parece. El profeta, que representa para él la voz
de Dios, le dice: No ofrezcas tú el sacrificio, y Saúl espera siete días. Como
Samuel se demora, desobedece y ofrece el sacrificio él mismo. Cuando Dios
dice “No,” Saúl dice “Sí.”
Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el
mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora
Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas
ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón
conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea
príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová
te mandó.
1a Samuel 13:13, 14
Más tarde Dios le dice a Saúl: “Mata a todos, animales y hombres.” Pero
Saúl se excusa y, por iniciativa propia perdona a algunos. Ahora que Dios dice
“Sí,” él dice “No.” Eso es hacer lo que a uno le parece. En eso consiste el
pecado mayor. SAÚL ES DESECHADO
Dios desecha a Saúl como rey sobre Israel. A él y a su descendencia,
aunque sigue gobernando por algunos años más. ¿Por qué? ¿Es tan grave lo
que ha hecho? Sí; ha querido hacer su propia voluntad.
¡Triste historia la de Saúl! Ungido y luego desechado. Finalmente acaba
atormentado por demonios, y lleno de celos homicidas hacia David. Su vida
concluye mientras huye delante de sus enemigos. No hay voz de Dios para él.
Ha vivido en conflictos y tormento interior. Y ahora queda acorralado por los
que lo persiguen. En pleno campo, herido y a punto de perder la batalla, le
dice a su escudero: “Saca tu espada y mátame.” El escudero no se atreve, y
dado que en su orgullo Saúl no puede permitir que sus enemigos lo maten,
clava la empuñadura de su espada en la tierra y se arroja sobre ella. Así
termina la vida de un hombre que ha querido vivir como mejor le ha parecido,
no reconociendo al Señor como la autoridad suprema de su vida.
~ 24 ~
UN VARÓN CONFORME AL CORAZÓN DE DIOS
Mientras aún vive Saúl, Dios le dice a Samuel:
—Levántate, toma el cuerno, llénalo de aceite. Hoy vas a ungir a un varón
conforme a mi corazón como rey de Israel.
—Señor, si Saúl se entera, me matará.
—¡Ve!
—¿A dónde, Señor? —responde en obediencia Samuel.
—A la casa de Isaí.
—¿Isaí?
—Sí, uno de sus hijos será el rey.
—¿Un hijo de Isaí? ¿El hijo de un campesino va a ser el rey?
—¡Ve!
Y Samuel va a Belén, la aldea donde vive Isaí.
—¡Bienvenido seas, profeta Samuel! ¿Qué te trae por aquí?
—Un mandato de Dios. Quiero que hagas pasar tus hijos delante de mí,
porque Dios me ha ordenado que unja a uno de ellos por rey sobre Israel.
Sorpresa y excitación en el corazón del padre.
—¿Cómo es eso? ¿Uno de mis hijos? ¿Ungido rey? ¿Hoy?
No cabe dentro de sí. Sale en seguida en busca de uno de los muchachos.
¿A quién llamar? ¿Cuál será el mejor candidato? ¡El primogénito, por
supuesto! ¡Es especial para rey!
Llama, entonces, al hijo mayor. Cuando Samuel lo ve, no puede ocultar su
satisfacción.
—Es éste, sin duda. ¡Excelente muchacho!
Pero Dios le habla: No es él. (Porque el hombre mira lo que está delante de
sus ojos, pero Jehová mira el corazón.)
—No, éste no es —declara entonces Samuel.
“¡Qué extraño!” —piensa el padre—. “Yo creí… Bueno, seguramente es el
segundo.”
Entra el segundo. Y Dios vuelve a decir: “No.”
Pasan el tercero… el cuarto… el séptimo, y tras cada uno Dios repite: “No.”
—Jehová no ha elegido a éstos —dice finalmente Samuel, e Isaí queda
confundido.
~ 25 ~
—¿Tienes algún otro hijo? —le pregunta el profeta.
—Aún hay uno más… pero no como ser rey. Es un muchacho muy sencillo,
criado en el campo, entre las patas de los animales. Es el que cuida las ovejas.
—¡Llámalo!
Alguien sale en busca del menor.
—David, David, papá te necesita.
Viene David corriendo. Entra así nomás, en sandalias y ropa de campo,
sucio y desarreglado. El Señor le habla a Samuel:
—Levántate y úngelo; éste es.
El profeta se pone de pie y toma el cuerno. David se arrodilla delante de él,
y es ungido como rey de Israel en el nombre de Jehová. ¡He aquí el candidato
de Dios, aquel a quien él ha escogido! Recién después de varios años David va
a poder ceñirse la corona real, pero en ese instante ya queda ungido como
rey, por ser un varón conforme al corazón Dios.
DAVID EXALTA AL VERDADERO REY DE ISRAEL
En el campo, bajo los árboles, bajo las estrellas, David ha aprendido a
conocer a Dios y lo ha proclamado Señor de su vida. Sus salmos y alabanzas lo
reconocen como rey de Israel; más aún, como rey de las naciones: “¡Oh
Jehová, Señor nuestro, ¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”
De modo que cuando David ocupa el trono enseña al pueblo a reconocer al
auténtico rey de Israel, diciendo: “No soy yo el verdadero rey de Israel, sino
Jehová. A él le debemos obediencia. A él hay que honrar.”
Para David cada culto es una fiesta de gloria; es el momento en que el
pueblo se reúne para celebrar al Señor. Por eso proclama:
“El rey está en medio del pueblo. Aclamadle. Es digno de suprema
alabanza. A él se debe dar gloria, a él aplaudid y no a mí. Batid palmas,
levantad manos, alabadle con danzas, bendecid su nombre. Cantad con júbilo
delante del rey de toda la tierra.”
Si en la historia ha habido un hombre que ha enseñado a toda su
generación a alabar a Dios, éste ha sido David. Y no sólo a su generación, sino
a todas las que le siguieron. ¡Él es mi profesor de alabanza!
DIOS JURA A DAVID
Siendo David el rey, Dios afirma su trono para siempre mediante juramento:
~ 26 ~
Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: para
siempre confirmaré tu descendencia,y edificaré tu trono por todas las
generaciones.
Salmo 89:3, 4
Levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y
afirmaré su reino… y yo confirmaré su trono eternamente.
1a Crónicas 17:11, 12
Dios jura, por lo cual interpone inmutabilidad. Y su juramento es doble:
primero, el reinado de David será confirmado; segundo, de su descendencia
Dios levantará alguien que se sentará en su trono para siempre.
A David le sucede en el trono su hijo Salomón, éste tiene un hijo llamado
Roboam quien, cuando Salomón muere, ocupa el trono. Entonces ocurre una
sublevación. Jeroboam, uno de los generales de Salomón, viendo que Roboam
no anda en los caminos de su padre, se rebela contra él y quiere reinar en su
lugar. Como resultado, el reino de Israel (que hasta entonces se ha conservado
en unidad), se divide en dos. Roboam se sienta en el trono de David, en
Jerusalén, sobre la casa de Judá. Para decirlo más exactamente, reina sobre las
tribus de Judá y Benjamín, en tanto Jeroboam gobierna sobre la casa de Israel
(las diez tribus del norte). Pero el trono corresponde realmente a Roboam, por
ser descendiente de David.
En los libros de Reyes y Crónicas se ve correr la historia de estas dos líneas
de reyes a través de varias generaciones. Pasan los años, los reyes se suceden.
Llega el cautiverio, luego la restauración, y aproximadamente diez siglos
después del Rey David, nace un descendiente suyo llamado JESÚS, en un
pueblo conocido como Belén, de una mujer de nombre María.
JESUCRISTO: HIJO DE DAVID, HIJO DE ABRAHAM
¿Cómo comienza el Nuevo Testamento? Libro de la genealogía de
Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham (Mateo 1:1). David y Abraham son
los dos personajes que reciben juramento de Dios en cuanto a su
descendencia.
Este que ahora nace es hijo de David, su descendiente directo, aquel de
quien Dios dijo: Levantaré a alguien de tu descendencia que se siente en tu
trono y reinará eternamente y para siempre. Jesús es hijo de David. Pero
también es hijo de Abraham, a quien Dios le prometió: “En tu simiente serán
benditas todas las naciones de la tierra.” Este pasaje hace referencia a Jesús, la
simiente de Abraham, en quien serían benditas todas las naciones de la tierra.
Él nace y los ángeles cantan. Vienen magos de oriente para adorarle.
Preguntan: “¿Dónde está el rey que ha nacido?”
~ 27 ~
Herodes se preocupa: “¿Qué rey? Yo soy el único rey.” Se turba, tiene
temor, y quiere matar a Jesús, aniquilarlo. Pero no puede.
Jesús, a la edad de treinta años, comienza su ministerio público. Va primero
a las ovejas perdidas de la casa de Israel. El mensaje que predica es:
Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado.
Pero, ¿qué es el arrepentimiento? Pues, un cambio de actitud. Cristo, en
otras palabras, nos está diciendo: Cambien de actitud.
—Pero, ¿qué actitud?, —respondemos.
—La misma que tuvieron sus antepasados cuando dijeron: “No queremos
que éste reine sobre nosotros.” ¡Cambien, arrepiéntanse, que el reino de Dios
viene!
—¿Qué reino?
—El reino de Dios, la teocracia.
Notamos, pues, que cuando el hombre quiere por rey a otro hombre, Dios
se lo concede, aunque él no va a truncar sus planes. Comienza con un hombre
hasta llegar a Jesús, Hijo de David, pero esencialmente Hijo de Dios. Su
propósito final es el de establecerse en el trono, y esto lo logrará a través del
Hijo. La teocracia es el sistema de gobierno elegido por Dios para regir a los
hombres; la teocracia triunfará.
LA ACTITUD REBELDE
Jesús anuncia el reino de Dios. Israel como nación lo rechaza. Mantiene su
actitud rebelde. Su expresión como pueblo es: No queremos que éste reine
sobre nosotros… “¡Crucifícale, crucifícale!”
¿A vuestro rey he de crucificar?”
“¡Crucifícale!”
Esta es la respuesta de Israel con respecto a Jesucristo. Lo crucifica, lo
desecha, lo desprecia. No acepta su reinado.
Mateo, capítulo 11, nos hace sentir el lamento de Jesús sobre las ciudades
de Israel. Primero va a las ovejas perdidas de la casa de Israel, pero ellas lo
rechazan. Entonces Cristo dice:
¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón [ciudades
gentiles] se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en
vosotros, tiempo ha que se hubieran arrepentido… Y tú, Capernaum,
que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida.
~ 28 ~
Con estas palabras Cristo cierra su ministerio dirigido especialmente a
Israel, y abre las puertas del reino para todas las naciones.
EL VERDADERO ISRAEL
Jesús lanza su proclama universal:
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros…
Mateo 11:28
Cristo invita a todos, pero les advierte: Venid para llevar mi yugo, el yugo
que Israel no quiso soportar sobre sí.
Desde el mismo comienzo de su ministerio, Israel como nación lo resiste.
Sin embargo, hay individuos que responden a su llamado. Pasa Jesús junto a
Pedro y Andrés, a quienes dice: Venid en pos de mí. Encuentra a Mateo, y lo
llama: Sígueme. A Zaqueo: Bájate. Y todos ellos le obedecen y lo siguen.
Primero son dos, luego tres, después cuatro, doce, setenta. Se está
formando el verdadero pueblo de Dios, el reino de Dios sobre la tierra. El
grupo básico con que comienza es pequeño. En Pentecostés no son más de
120. Pero 120 discípulos que tienen a Cristo como Señor y Rey de sus vidas.
Sin embargo, y dado que éste es un reino santo y eterno, tanto en su forma
terrenal como en la celestial, Cristo debe entregar su vida para redimir “para sí
un pueblo propio celoso de buenas obras.” Debe morir en la cruz para que
todos aquellos que se arrepientan y lo confiesen como el Señor de sus vidas
puedan ser participantes de este reino. Entonces, mediante su muerte y
resurrección, él forma el verdadero Israel, un Israel espiritual, un pueblo que
le responde, que le reconoce como rey.
Israel había sido hasta aquí el pueblo de Dios, el que Dios había escogido.
Pero luego que Israel lo rechaza, cuando se cumple el tiempo, Dios forma un
nuevo Israel. No lo hace sólo con los que son hijos de Abraham según la carne,
sino con los hijos de Abraham según la fe, los hijos de la promesa. Son
aquellos que creen y permanecen en la misma fe de Abraham.
Este reino tiene un fundamento firme. La condición para pertenecer a él no
es el haber procedido de la descendencia de Abraham sino el haber nacido de
arriba, del agua y del Espíritu. El que no naciere de nuevo no puede ver, ni
tampoco entrar, en el reino de Dios. Dios tiene hoy su Israel espiritual.
En su carta a los Efesios, Pablo declara que la pared intermedia de
separación que había entre gentiles y judíos fue derribada por la muerte de
Cristo. Ya no hay más dos pueblos, pues de ambos hizo uno solo. Un solo
pueblo que es su cuerpo, la iglesia. En Romanos 2:28, 29, Pablo señala que no
son judíos los que están circuncidados en la carne sino aquellos que están
~ 29 ~
circuncidados en su corazón. Aquel que ha nacido de nuevo es el verdadero
judío para Dios.
Pablo insiste en esta verdad en Romanos 9:6–8:
No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que
descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de
Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia.
Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino
que los que son hijos según la promesa son contados como
descendientes.
Todos los que descienden ahora del Hijo de la promesa, Jesucristo, forman
el verdadero Israel, el pueblo de Dios.
EL REINO DE DIOS SE EXTIENDE
Cuarenta días después de su resurrección, Cristo asciende a los cielos. Deja
un grupo de 120 personas que constituyen, por el momento, el reino de Dios
sobre la tierra. Pero ¿qué pueden hacer 120 en un mundo en el que existen
tantos poderíos, reinos y potestades? Sin embargo, 120 con Cristo como Señor
absoluto de sus vidas son bastantes.
Cuando llega el día de Pentecostés, desciende el poder del Espíritu Santo y
los 120 son inflamados por él. Ahora la iglesia cuenta con poder: “¡Tuyo es el
reino! ¡Tuyo también el poder!” Son 120 nomás, pero con el poder de Dios
comienzan a extenderse y a crecer. ¡Y cómo crecen! En aquel mismo día se
convierten 3.000 personas. Poco después 5.000 varones más se suman al
reino. Y así sigue. El reino avanza en forma arrolladora. Comienza a penetrar
en otras naciones. ¡Aquellos hombres creen lo que su Señor les ha dicho!
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por lo tanto, id y haced
discípulos a TODAS LAS NACIONES. Jesús no les ha dicho: “Haced discípulos EN
las naciones,” sino, “A las naciones.” Ellos salen y van a hacer discípulos no a
unos pocos en cada nación sino a las naciones enteras. ¡Y lo hacen, lo logran!
¡Cambian la historia del mundo! Naciones enteras se convierten a Jesucristo,
porque ellos creen que este Jesús tiene toda potestad, que es el Señor. Y
¿quién puede detenerlos?
De esta convicción surge la dinámica de expansión de la iglesia primitiva.
De allí ese poder de crecimiento, esa fuerza de avance, ese ímpetu que los
lleva a nuevas ciudades y naciones. Ellos tienen conciencia de una tremenda
verdad: “Nosotros somos ahora el reino de Dios aquí en la tierra. Y este reino
ha de extenderse por su poder.” ¡Y cómo se extiende!
Los arqueólogos han descubierto más de 170.000 cráneos humanos en las
catacumbas de Roma. ¿Y los que no se han descubierto? ¿Y los que han
muerto quemados, atravesados por espadas, o arrojados a las fieras en la
~ 30 ~
arena romana? ¿Y los que han sido martirizados en diferentes lugares? ¡Cómo
se extiende el reino de Dios en el primer siglo!
Les cuesta la vida a muchos, sí, pero ¿qué pasa con ellos? ¿Se pierden?
¡No! Dejan el reino en la tierra para ser trasladados al mismo reino en los
cielos. La enseñanza bíblica es que la iglesia constituye una sola familia,
formada tanto por los que están en el cielo como por los que están en la
tierra. Mientras permanecemos aquí, vivimos para hacer la voluntad de Dios
en esta tierra como se hace en los cielos.
Dios está llevando a su iglesia a experimentar esta realidad: a que se
exprese, a que viva en la tierra como reino de Dios. Tú, como parte de la
iglesia, tienes la tremenda responsabilidad de permitir que el reino venga. Que
venga a tu vida. Que venga a tu hogar. A todas tus relaciones. ¡Oh, que surja
sobre la tierra un pueblo que honre, corone y obedezca a Jesucristo como
Señor y Rey!
Capítulo 3
Los dos reinos
Según lo afirma el apóstol Pablo, hay dos reinos en este mundo: el de las
tinieblas y el de la luz. Veamos lo que escribe a los Colosenses:
Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de
la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de
las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.
Colosenses 1:12, 13
Ahora bien, ¿qué es un reino? Es una comunidad compuesta por dos clases
de personas: el rey, que gobierna, y los súbditos, que obedecen y se sujetan a la
autoridad del rey. Si faltara algunos de estos componentes, no habría reino. No
puede haber reino sin rey; tampoco puede haberlo sin súbditos.
El reino de las tinieblas tiene su rey: Satanás. El reino de la luz también
tiene el suyo: Jesucristo. Todos nosotros hemos nacido en el reino de las
tinieblas. Adán, en su desobediencia, al no reconocer la autoridad de Dios
como Señor y Rey de su vida, deja de pertenecer al reino de la luz y pasa al de
las tinieblas. Desde entonces, todo hombre que nace de la descendencia de
Adán, nace en el reino de las tinieblas. Hablando de los que viven en las
tinieblas, Pablo dice: Entre las cuales también todos nosotros vivimos en otro
tiempo.
Efesios 2:3
La verdadera conversión tiene dos aspectos, según Colosenses 1:13. El
primero es ser liberado de la potestad de las tinieblas. Allí estábamos, pero
~ 31 ~
Dios nos sacó, nos liberó. Ahora somos libres, sí, pero no para dar ocasión a la
carne, y decir: “Bueno, antes éramos esclavos, súbditos de Satanás, pero
ahora podemos hacer lo que se nos da la gana.” Si así hiciéramos, estaríamos
interpretando mal el evangelio de Cristo.
Y esto se ve claro en el segundo aspecto de la conversión: somos librados
de un reino para ser trasladados a otro. Dios nos libra del reino de las tinieblas
y nos traslada al reino de su amado Hijo. La verdadera conversión, en su
aspecto pleno, consiste en este traslado.
Por mucho tiempo pensé que sería trasladado al reino de Dios el día que
muriera, que recién entonces entraría a él. O bien, que cuando Cristo viniera,
él traería su reino. Pero Pablo no ha muerto, ni Cristo ha vuelto todavía
cuando aquél dice, usando el verbo en tiempo pasado para indicar el hecho
como algo ya consumado: Nos libró del reino de las tinieblas y NOS HA
TRASLADADO al reino de su amado Hijo. El tener la idea de que algún día
vamos a entrar en el reino, o de que algún día vendrá el reino, nos ha creado
una concepción errónea de Cristo. Mientras sólo esperamos aquel día,
miramos al Señor como nuestro salvador, nuestro sanador, nuestro ayudador.
Y creemos que recién cuando él llegue será nuestro rey. Por esa razón
tomamos con tan poca seriedad su autoridad, lo que ocasiona debilidad y
desorientación en nuestras vidas. Cristo debe reinar ya. Necesariamente
debemos ser trasladados a su reino, porque la verdadera conversión consiste
en eso: en ser librados de un reino para ser incorporados a otro.
Pero, ¿cómo se llega a pertenecer a un reino? Sencillamente por hacerse
súbdito del rey. ¿Cómo entrar al reino de Jesucristo? Únicamente por permitir
que Cristo llegue a ser el Señor y Rey de la vida.
Si alguien nos preguntara a qué reino pertenecemos, seguramente nos
apresuraríamos a responderle: “Por supuesto, al reino de la luz.” Pero, y esto
sea dicho sin ánimo de echar sombras sobre esta afirmación, es conveniente
aclarar cuáles son algunas de las características de estos dos reinos a fin de
determinar en cuál de los dos estamos. Si a causa de este análisis notas que
necesitas realizar ajustes en tu vida, será cuestión de que en lo sucesivo te
ocupes de hacerlos; de este modo toda duda quedará eliminada y podrás
ocuparte luego de seguir a Jesucristo con toda fidelidad.
UN REY DECORATIVO
Suelo describir a la iglesia contemporánea como “la Inglaterra espiritual.”
Me explico. Quedan ya pocos países gobernados por un régimen monárquico.
Gran Bretaña es uno de ellos. Por perpetuar su tradición histórica, los
británicos siguen conservando esa estructura. Es el Reino Unido de Gran
Bretaña. Tiene un rey —en la actualidad, una reina— con su trono, su pompa,
~ 32 ~
su palacio, su corte, su séquito. Ella recibe el aplauso, la gloria y el homenaje
del pueblo. Sin embargo, dicen los mismos súbditos: “El rey reina, pero no
gobierna.”
El rey es un personaje tradicional, una figura decorativa. Todos aclaman:
¡Viva el rey! Todos honran su figura. Pero no gobierna. No es la autoridad
suprema. Hay un primer ministro, existe la Cámara de los Lores y la de los
Comunes, y son ellos quienes gobiernan al país como creen mejor. Con esto
no quiero dar a entender que esté bien o mal lo que hacen en Inglaterra:
simplemente deseo señalar por qué llamo a la iglesia “la Inglaterra espiritual.”
En la iglesia, ¿quién no reconoce que Cristo es el rey? Cualquier iglesia
protestante, ortodoxa o católica, declara: “Cristo es el rey.” Todos decimos
¡amén!, y le cantamos alabanzas. Pero la triste realidad que vivimos hasta hoy
en nuestras iglesias es que Cristo reina pero no gobierna. Él es el rey, pero el
primer ministro maneja las cosas. Dios quiere traer su reino primeramente a la
iglesia, y luego extenderlo a todos los demás.
Conviene reflexionar un momento. Dios ha prometido salvar a multitudes
en distintas ciudades, pueblos y naciones. Él ha dicho que derramará su
Espíritu sobre toda carne, y habrá salvación, y que todo aquel que invocare el
nombre del Señor será salvo. Los miles que se conviertan se sumarán a la
iglesia, a la comunidad que ya existe. Si entre nosotros, que ya formamos
parte de esa iglesia, Cristo no gobierna, en ellos tampoco gobernará. De allí el
énfasis, la insistencia del Señor, en que Cristo sea el rey de esta comunidad, la
iglesia actual, el que la gobierne en la práctica. Y también tiene que ser el
Señor sobre todos los aspectos de nuestra vida.
LA LEY DEL REINO DE LAS TINIEBLAS
Cada nación tiene una ley, una constitución que rige la vida de sus
ciudadanos. También ocurre esto en la esfera espiritual. Sé a qué reino o a qué
nación pertenece una persona por la ley que rige su vida. El reino de las
tinieblas tiene una ley, y el reino de la luz otra. ¿Cuál es la ley del reino de las
tinieblas?
En Efesios 2:3, el apóstol Pablo señala el sistema que rige para aquellos que
viven lejos de Dios:
entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los
deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los
pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los
demás.
Aquí hay una referencia directa a los deseos, a la voluntad, a los
pensamientos de nuestra carne, pero ¿cómo podemos identificarlos? ¿Cuáles
son los deseos de la carne? ¿Cuál es la voluntad de la carne? ¿Cuáles son los
~ 33 ~
pensamientos de la carne? Muchas veces tomamos la palabra carne como
referida a lo sensual, a lo perverso. Pero, según el lenguaje de la Biblia, la
carne es nuestra naturaleza humana no regenerada, la naturaleza que hemos
heredado de Adán, nuestros impulsos, deseos, pensamientos y voluntad
propia, los que, después de la caída, están enemistados con la voluntad de
Dios. El deseo de mi carne es mi propio deseo, por más sano e inocente que
me parezca. Hacer los deseos de la carne es hacer lo que yo quiero; la
voluntad de mi carne es “hacer lo que se me da la gana;” y los pensamientos
de la carne consisten en llevar a la acción lo que se me ocurre, lo que me
parece. En conclusión, la ley que rige en el reino de las tinieblas es ésta: Vive
como quieras, haz lo que te parezca, lo que te guste, lo que te convenga, lo
que se te ocurra.
LA LEY DEL REINO DE LA LUZ
El reino de Dios tiene una ley muy diferente: Vive como él quiere. Vive, sí,
pero como el Señor manda, como él ordena, y no como te parece. ¡Qué
sencillo! ¡Pero qué enorme diferencia señala!
¿Qué ley se cumple en tu vida? ¿A qué reino perteneces? ¿Cómo vives?
¿Cómo tú quieres, o como él quiere? No basta hacer su voluntad en algunos
aspectos de la vida; hay que hacerla en todos. No es cuestión de obedecerlo
cuando nosotros queremos sino en todo momento, en cualquier circunstancia.
Ya no puedo regir yo mi propia conducta; mi voluntad debe estar
definitivamente rendida a la de él. Ya no puedo trazar mis propias normas en
medio de la sociedad en la cual vivo, ni tampoco en mi propio mundo interior.
Hay una sola ley que me debe regir: Vivir como él quiere. Si en algún momento
me encontrara obrando en contra de su ley, inmediatamente debería
corregirme, diciéndole: “Señor, perdóname; es tu ley la que debe cumplirse
siempre en mi vida.” Pero si soy atrevido, o indiferente y hago lo que a mí me
parece, ¿puedo engañar a Dios? Las Escrituras declaran:
No os engañéis; Dios no puede ser burlado.
Gálatas 6:7
Y en otra parte David exclama:
¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?
Salmo 139:7
La vida cristiana es para ser vivida de frente al Señor y a la luz de su
presencia, con toda transparencia.
Con sinceridad, ¿cuál es la ley que se cumple en nuestras vidas? Con
respecto a muchas cosas hacemos lo que él quiere; pero, ¿no es cierto que en
muchas otras hacemos lo que nosotros queremos? Entonces, ¿a qué reino
pertenecemos? No podemos estar con un pie en cada lado. Dios quiere definir
~ 34 ~
esta situación. Debemos disponernos enteramente para vivir siempre según
su voluntad.
EL IDIOMA DEL REINO DE LAS TINIEBLAS
De acuerdo con el idioma que alguien habla, o a la forma en que lo habla,
se puede identificar su procedencia: francés, japonés, argentino. Todo el día
estamos hablando, desde que despertamos a la mañana hasta que nos
acostamos; con todos y a cada momento. De modo que el idioma que
hablamos es algo muy importante. El idioma que hablo evidencia a qué reino
pertenezco, pues tanto el reino de las tinieblas como el de la luz tiene cada
uno su propio lenguaje.
La queja es el idioma del reino de las tinieblas. ¿Qué lenguaje se habla en el
infierno? Pues, la queja. Allí todo es gemido, lamento y queja. ¡Ese es el
idioma!
Todos estamos en la tierra como peregrinos. Nuestra patria eterna será el
cielo o el infierno. Al pasar por este mundo, la gente observa el idioma que
hablamos y descubre de qué lugar somos y hacia dónde vamos. En nuestra
casa, en nuestro taller, en nuestra oficina, en nuestra escuela, en todas partes,
¿qué idioma hablamos? Nuestra manera de hablar delata también quién está
reinando en nuestro corazón.
La queja es el idioma de un pueblo derrotado, fracasado, de un pueblo que
vive en las tinieblas, en la confusión, en la desorientación, en la perdición.
Cuando dos ejércitos regresan de la batalla, ¿cómo vuelven los derrotados?
Tristes, cabizbajos, quejándose, rezongando, lamentando.
En ciertas ocasiones, al pasar cerca de algún estadio de fútbol, veo regresar
a los simpatizantes de los dos equipos rivales. No necesito preguntar qué
equipo ganó. Me doy cuenta por las quejas de los simpatizantes cuál es el
equipo perdedor. Si los “hinchas” de Boca Juniors vuelven quejándose,
significa que perdió Boca. El idioma que hablan los identifica.
La queja es el lenguaje del infierno. Si pudieras hacer un viajecito al infierno
y volver luego, nos dirías: “Allí se quejan todos continuamente. Son lamentos
interminables.”
Pero, veamos ahora qué idioma hablan los que, estando en este mundo,
viven en el reino de las tinieblas. Si pusieras atención, al menos por un día, al
lenguaje de la gente, quedarías sorprendido.
Una mañana, al salir de casa, me encuentro en el pasillo con una vecina.
—Buenos días, señora.
—Buenos días, Jorge —me responde ella.
~ 35 ~
—¿Cómo está usted?
—Bien, gracias. ¡Pero esta chica…!, ¡mire, qué manera de limpiar! Dejó
todo el pasillo sucio. No sé para qué le pagamos. ¡Estas chicas de hoy ni
siquiera saben limpiar! ¡Es que no tienen vergüenza!.
¿Qué idioma habla? La queja.
Camino dos o tres cuadras y saludo a otro vecino.
—Buenos días, don José. ¿Qué tal?
—Bien, bien. ¡Pero mire dónde me dejaron el recipiente de la basura los
que juntan los residuos! ¿Será posible? ¡Todos los días lo mismo! ¿Para qué
trabaja esta gente?
Y sigue quejándose, diciendo algunas otras cosas que no sería edificantes
reproducir.
Llego a la parada del ómnibus. Hay otra persona esperando desde hace un
rato. Se mueve nerviosamente.
—¡Este colectivo no viene nunca! Y la hora que es… (habla solo, caminando
de un lado al otro). Yo no sé… Nunca se puede confiar. No sé para qué ponen
una empresa si no tienen suficientes vehículos.
Queja y más queja.
Finalmente, llega el colectivo. Sube él y luego yo. El colectivo arranca, y
justo se enciende la luz roja del semáforo. El conductor se ve obligado a frenar
y comienza a hablar solo.
—¡Pero estas luces! ¡En vez de ayudar al tránsito, lo estorban! ¡A esta hora
deberían poner paso libre! ¡Qué barbaridad! ¿Cuándo aprenderán a hacer las
cosas bien?
Luz verde. Reanudamos el viaje. Una mujer grita desde atrás:
—¡En la próxima esquina, chofer! —pero el chofer se pasa de la esquina.
—Chofer, ¡le dije en la esquina! —dice la mujer disgustada.
—En esa esquina no hay parada, señora.
—¿Cómo que no hay parada, si siempre me bajo allí?
—Bueno, pero no hay parada.
—Sí que hay parada.
—No, señora.
~ 36 ~
—¡Sí!
Al final se baja, y desde la vereda le grita:
—¡Ustedes los colectiveros son todos iguales! ¡No tienen vergüenza!
Bajo del colectivo, busco un teléfono público. Hay un hombre hablando en
la cabina y otro esperando. El que habla lo hace tranquilamente; el otro
evidencia impaciencia y malestar. No sabe qué hacer. Ya está furioso. Le
escucho decir algunas frases a media voz:
“¿Cuándo piensa terminar éste? ¿Se cree dueño del teléfono? ¿Por qué no
se comprará uno para él solo?”
Por fin el hombre se va.
“Era tiempo de que terminara, ¿no?”
Introduce la ficha y disca…
“¡Ocupado! Pero… —Insiste, y ¡otra vez ocupado!— ¡No sé qué hace esta
gente! ¡Siempre da ocupado!”
Siguen las quejas. Es su idioma. Y si el aparato le llega a tragar la ficha,
¡mejor taparse los oídos!
Muchas veces el clima es el blanco de nuestras quejas: “¡Qué tiempo!, ¿no?
¡Ufa! ¡Qué calor!… ¡Qué frío hace!… ¡Se nubló de nuevo! ¡Otra vez empieza a
llover! ¡Cuándo saldrá el sol!”
Pregunto: ¿Qué quieres? ¿Que nunca haga calor, que nunca haga frío, que
nunca llueva? El problema no es lo que pasa afuera, sino lo que reina adentro.
Abre la puerta y entra en una casa. Si pudieras convertirte en un personaje
invisible, mejor. Porque cuando un extraño entra a una casa todos se vuelven
muy amables. “Oh, buenas tardes. ¡Pase! ¿Cómo le va? ¿Y su familia? Mamita,
¿por qué no preparas algo para tomar?” Por eso digo, si pudieras entrar sin
que nadie lo advirtiera, para que todo siguiera desarrollándose normalmente,
¿qué es lo que verías? ¿Qué idioma se habla en la casa?
El hijo se queja contra la madre: “Mamá, ¡cuántas veces te dije que
necesito un pantalón, y no me lo compras! ¿Por qué a él se lo compraste y a
mí no?”
La madre se queja contra el hijo: “Nene, ¡a comer! ¿Cuántas veces te tengo
que llamar? ¿Qué soy yo, tu sirvienta? ¡Ah, y después, guarda tu ropa! ¡Qué te
crees!”
~ 37 ~
La esposa se queja contra su marido: “Hay una canilla que gotea. ¡Hace
quince días que te lo estoy diciendo, y todavía no la arreglaste!”
El marido contra la mujer: “Y, ¡otra vez hiciste guiso! Todo el día
trabajando, ¿y tener que venir a casa para comer un plato de guiso?”
Hay tinieblas adentro, y de la abundancia del corazón se queja la boca.
EL IDIOMA DEL REINO DE LA LUZ
¿Cuál es el idioma del reino de Dios? La alabanza. ¿Qué idioma se habla en
el cielo? Pues, la alabanza. ¡Allí todos alaban! Todos dicen: “Gracias, Señor…
¡Gloria al Señor!… ¡Aleluya!” Si pudieras hacer un viajecito al cielo, y volver,
nos dirías:
“Todos allí hablan el idioma de la alabanza. ¡Ninguno se queja!”
Mientras que en el infierno no hay ninguno que alabe, en el cielo no hay
ninguno que se queje. Abajo, todo es queja; arriba, todo alabanza.
¿A qué país perteneces tú? ¿Qué idioma utilizas? Tu lenguaje delata quién
reina en tu corazón. La alabanza es el idioma del pueblo triunfante, victorioso.
El ejército vencedor vuelve de la batalla cantando, aclamando. Hay un tono de
victoria en su marcha, hay alabanza. ¿Por qué? Porque han vencido. ¿Con qué
pueblo estás identificado? ¿Cuál es el lenguaje que predomina en tus labios?
A veces nuestra conducta lleva a confusión. Por ejemplo, cuando nos
sentamos a la mesa, inclinamos las cabezas y decimos: “Gracias, Señor, por
este pan. Amén.” Luego, tomamos la cuchara, la introducimos en el plato,
probamos el primer bocado y expresamos con disgusto: “¡Qué comida tan
desabrida!”
¿Cómo? ¿Recién estábamos alabando, y ahora nos estamos quejando?
¿Qué idioma hablamos? ¡Alabamos y nos quejamos! Las dos cosas. ¿A qué
reino pertenecemos?
Durante el culto todos cantamos: “Él es digno de loor… Oh, Señor, tú eres
bueno… Te adoro… Creador del cielo y de la tierra… Él es soberano; domina
sobre todas las cosas…” Luego salimos para ir a casa.
“¡Este colectivo no llega más!” Empiezan a salir quejas de nuestro corazón.
Estamos en una reunión alabando al Creador del cielo y de la tierra, y al
salir nos quejamos del calor, del frío o del semáforo. Nos parece que al Dios
que gobierna el universo algunas circunstancias de nuestra vida se le escapan
de las manos, particularmente la luz roja de los semáforos cuando estamos
apurados.
~ 38 ~
Naturalmente, yo puedo a veces hacer comentarios sobre el tiempo, el
costo de vida, o la situación social; también es necesario que discipline y
corrija a mis hijos, que llame la atención a mi empleado, o que reclame a mi
patrón. Pero en otro tono. Sin quejarme. La queja es un espíritu del reino de
las tinieblas que va tiñendo de su mismo tono oscuro la conversación, todo lo
que decimos.
La gente nos escucha y no nos entiende. A veces, decimos “¡Aleluya!
¡Gloria a Dios!” y a veces nos quejamos, igual que ellos.
LA “QUEJABANZA”
Me parece que nos ocurre como a aquellos que viven en la provincia de
Misiones, en el norte de Argentina, en el límite con Brasil. Hablan un español
mezclado con el portugués. A ese idioma le llaman el “portuñol,” porque es
mitad portugués y mitad español. Hablan así porque son habitantes de la
frontera; viven prácticamente en los dos países a la vez.
¿Cuál es el idioma que nosotros hablamos? ¡La “quejabanza”! Queja y
alabanza. Un poco de cada una. ¿A qué reino pertenecemos? Parecería que
vivimos en los dos reinos a la vez, con un pie en cada lado. Por eso muchas
veces cuesta descubrir quién es del mundo y quién es de la iglesia. Pero Dios
está separando una cosa de la otra. Está definiendo al pueblo para que cada
uno, como parte de ese pueblo, viva como debe vivir y hable como debe
hablar. Pablo señala cuál ha de ser nuestro lenguaje:
Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre…
Efesios 5:20
Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con
vosotros en Cristo Jesús.
1ª Tesalonicenses 5:18
Dad gracias siempre y por todo. Esta es la voluntad de Dios. Si el Señor
ordena hablar este lenguaje, es indigno hablar cualquier otro. Debes dar
gracias siempre y por todo, pase lo que pase.
Pero, ¿por qué? Pues, porque el Señor reina sobre toda circunstancia y
todo lo que hay en nuestra vida se halla bajo su control. Él nos enseñó que
hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, y que no cae un pajarillo
en tierra sin que él lo sepa. ¿Cómo, entonces, vamos a dar lugar a la ansiedad
y a la queja? San Pablo, para confirmar esto, dice que “todas las cosas ayudan
para bien a los que aman a Dios.” De modo que la única expresión digna de un
hijo de Dios frente a todo lo que le ocurre es dar gracias y alabanzas al Señor,
quien gobierna, sobre todo.
Cierto día se me acercó un creyente y me dijo:
~ 39 ~
—Hermano, ¡me aumentaron el sueldo! ¡Gloria Dios!
—¡Qué bueno! ¡Dios te bendijo! Me alegro mucho.
Después de algunos meses lo encontré nuevamente, pero esta vez se lo
veía triste, quejoso. Le pregunté:
—Hermano, ¿qué te pasa? ¿Por qué te quejas?
—Me echaron del trabajo.
¡Cuán importante es aprender a dar gracias siempre y por todo! De otro
modo seguiremos con la “quejabanza”. Aún el ateo da gracias y está contento
cuando las cosas le van bien. La característica de un súbdito del reino de Dios
es que da gracias por todo.
—Hermano, me echaron del trabajo. ¡Gloria a Dios! ¡Dios me dará un
trabajo mejor! Eso es fe; eso es alabanza.
Supongamos que una señora está en su cocina lavando los platos. Toma un
lindo y valioso jarrón para lavarlo y de pronto se le cae al piso y se hace añicos.
Ahora, ¿qué hacer?
“Pero, ¡qué tonta, qué estúpida! Estas manos de trapo que tengo, pero…”
Comienza a quejarse. ¿Cómo? ¿No había que dar gracias siempre, y por
todo?
“Pero, ¡se rompió mi jarrón! ¿Tengo que dar gracias?”
¡Exacto! Tiene que dar gracias. Así dice la palabra de Dios. Se rompió, se
perdió el jarrón; pero que, al menos, no se pierda el gozo. Ahora, si
quejándonos se arreglara el jarrón, ¡nos podemos juntar unos cuántos y
comenzar a hacerlo! Sin embargo, la queja no soluciona nada. Pierdes el gozo,
pierdes la presencia de Dios, pierdes la fe, y todo sigue igual. Dad gracias
siempre… Estad siempre gozosos.
Un día vino un hermano —amigo mío— y me dijo:
—Jorge, ¿sabes una cosa? Mi novia me dejó. ¡Gloria a Dios!
—¿Cómo “gloria a Dios”? —le pregunté. —¿Entonces no la querías?
—Jorge, Dios sabe cuánto la quiero. Pero él me enseñó a darle gracias por
todo.
—Éste aprendió el idioma —dije para mí—. Aprendió el lenguaje del reino y
cree firmemente que Cristo reina sobre toda circunstancia, que no hay
casualidad, que no hay contrariedad, que todas las cosas ayudan a bien y, por
lo tanto, da gracias siempre y por todo.
~ 40 ~
El mundo quedará maravillado, sorprendido, si nos ve dar gracias a Dios
siempre y por todo. En la adversidad o en la prosperidad, en el éxito o en el
fracaso, en la cumbre o en el valle, no podemos dejar de hablar el idioma del
reino de los cielos, nuestro idioma. Esta alabanza, esta expresión de gratitud
está inspirada en el reconocimiento íntimo de que Cristo reina sobre toda
situación.
Después de meditar en estas cosas, notarás más que nunca la cantidad de
veces que te quejas en el día. No te será fácil librarte de la queja si estás muy
acostumbrado a ella. Pero si te lo propones, con la ayuda del Espíritu de Dios y
con disciplina podrás corregirte de este mal hábito, y aprender a dar gracias
siempre y por todo.
Debo decir, además, que hay un espíritu detrás de las palabras que
pronunciamos. No es meramente cuestión del idioma, sino también del tono o
el acento con el que damos significados diferentes a nuestra expresión.
Generalmente nuestro tono al hablar deja traslucir el espíritu que predomina
en nosotros. A veces se escucha orar a alguien en el culto con palabras de
alabanzas y gratitud, pero en un tono de tristeza y de amargura. Aunque da
gracias, hay un tinte de queja, de lamento en lo que dice. Cuando conversa,
aunque directamente no se queja, manifiesta un espíritu de queja.
¡Que Dios nos limpie desde adentro, desde lo más íntimo de nuestro
espíritu, quitando todo rezongo, todo lamento, toda amargura que pueda
haber allí oprimiéndonos, para que libremente, con transparencia, podamos
hablar el lenguaje del reino de los cielos! Anímate a decir en todo momento y
circunstancia, de todo corazón: ¡Gloria sea a su nombre!
LA BANDERA DE CADA REINO
Cada país tiene también una bandera. Los colores y su disposición
identifican a la nación. No hacen falta palabras. Es algo que no se oye; se ve. Si
me presento con los colores celeste y blancos dispuestos en franjas
horizontales, sabrán que pertenezco a Argentina. Cada país, pues, tiene una
bandera que lo distingue. También la tienen el reino de las tinieblas y el reino
de Dios. ¿Cuál es la bandera del reino de Dios? ¿Qué podrán ver otros en
nosotros que, sin decirles nada, les indique que somos discípulos de Jesús?
Cristo, después de haber lavado los pies a los doce, en una atmósfera de
intimidad y afecto, les dijo:
Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os
he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos
que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.
~ 41 ~
Juan 13:34, 35
El mundo nos identifica por esta señal: si tenemos amor los unos por los
otros. El mundo nos mira, nos observa, y aún sin hablar debe notar que
pertenecemos al reino de Dios. La bandera que caracteriza a los súbditos de
este reino es el amor.
En Cantar de los cantares 2:4, la esposa —figura de la iglesia— habla del
amado —figura de Cristo— diciendo:
Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor.
¿Qué bandera ha puesto Cristo sobre la iglesia? Amor. Esto debe ser
distintivo en nosotros. Un historiador pagano, hablando del amor que
caracterizaba a los primeros cristianos, decía: “Donde vea a dos personas que
aún sin conocerse se aman, allí hay dos cristianos.” Además, cuando
consideramos la vida de la iglesia primitiva tal cual la describe el libro de
Hechos, debemos reconocer que el amor era, sin ninguna duda, la nota
dominante entre los discípulos. Así lo habían aprendido de Jesús. Amor. En
esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los
otros.
Por el otro lado, está la bandera del reino de la tinieblas. ¿Cuál es? El
egoísmo. En lugar de amar también a los demás, me amo sólo a mí. Vivo para
mí, me esfuerzo para mí, me preocupo por mí. Todo converge en mí. Cuando
quieras saber si alguien pertenece al reino de las tinieblas, mira la bandera
que flamea sobre su vida. Si ves en ella los colores del egoísmo, seguramente
pertenece al reino de las tinieblas.
EL QUE NO AMA A SU HERMANO
Para un hijo de Dios amar a su hermano no es una exhortación o un
consejo de parte de Dios sino un mandamiento. Hay varios textos de la
epístola de San Juan, que vienen muy al caso por su incuestionabilidad. Si te
pregunto: ¿En que reino estás, en el de las tinieblas, o en el de la luz?, quizás
respondas: ¡En el reino de la luz, por supuesto!
Sin embargo, debo pasar esta declaración por el examen de la palabra de
Dios (1ª Juan 2:9):
El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en
tinieblas.
¿Hay algún hermano a quien tú aborreces? ¿Hay alguien en tu
congregación, o fuera de ella, a quien no amas?
“Oh no, hermano —me dirás—. Yo no aborrezco a nadie. Yo no odio a
nadie.”
~ 42 ~
¡Un momento! Aborrecer no es odiar; aborrecer es un término más suave.
Es tener en menos, no apreciar, poner en segundo plano a alguien. ¿Hay
alguno a quien menosprecias? ¿Hay alguien de quien dices: “¿A ése, la verdad
que no lo paso?” Pues, eso es aborrecer. Si no lo puedes pasar, lo aborreces. Y
si tú aborreces a un hermano, dice Dios que todavía estás viviendo en las
tinieblas.
Sigue el texto mencionado:
El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.
Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas,
y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.
1a Juan 2:10, 11
Si tú no amas, estás en tinieblas y tropiezas con tus hermanos. El que ama…
en él no hay tropiezo, reza el texto. De modo que aunque el otro venga como
un toro enfurecido, tú puedes evitar el encontronazo. Dos no tropiezan si uno
no quiere.
En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel
que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.
1a Juan 3:10
Y si no es de Dios, ¿de quién es?
Muchos dicen:
—Hermano, yo no aborrezco a nadie.
—¿Y a Fulano de tal?
—No, no. Con él no tengo nada. Yo no tengo nada con nadie.
¡Justamente ese es el problema! ¡No tener nada! ¡Tendrías que tener algo!
Tendrías que tener amor. Aquí ya no se nos dice, el que no aborrece, sino, el
que no ama. Si no tienes nada, no tienes amor. Y San Juan señala claramente
que el que no ama no es de Dios.
Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos
a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte 1a
Juan 3:14
¿Has pasado de muerte a vida? ¿Cómo lo sabes?
“Y, porque un día hace cinco años, en una reunión pasé adelante llorando y
entregué mi vida a Cristo. Seis meses después me bauticé en agua, y ahora soy
miembro de la iglesia en plena comunión.”
~ 43 ~
No, lo que cuenta no es lo que te pasó un día, sino lo que ahora tienes. En
esto sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los
hermanos. ¿Cómo puedo saber que permanezco en vida? No por lo que
sucedió hace algunos años, sino por lo que está pasando ahora en mi corazón.
Nuestro testimonio debería ser: “Yo sé que pertenezco al reino de Dios porque
amo a mis hermanos.” El apóstol Juan escribe: El que no ama a su hermano,
permanece en muerte. Sin embargo, alguien podría decir:
“Mire usted, yo sé que tengo que amar a mis hermanos, pero hay uno a
quien no puedo amar. ¿Sabe por qué? ¡Porque ése ni debe ser mi hermano!”
¿Cómo puedes afirmar que no es tu hermano?
¿Cómo te atreves a constituirte en juez? Y si no es tu hermano, entonces,
¿qué es? ¡Tu prójimo!
Pues, Cristo dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
De manera que, ¡ámalo como a ti mismo, como el Señor lo ordenó!
“No, no, no. ¡Me parece que ése no es ni siquiera mi prójimo!”
Y, ¿qué es, entonces? ¿Tu enemigo? Cristo dijo: Amarás a tus enemigos. De
modo que no tienes escapatoria. Si es tu hermano, tienes que amarlo. Si es tu
prójimo, tienes que amarlo. Y si es tu enemigo, también tienes que amarlo.
Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida, [me asusta leer este
texto] y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. 1ª
Juan 3:15
Yo me pregunto qué hemos hecho hasta el día de hoy con todos estos
textos. Dios está abriendo hoy las páginas de su libro ante los ojos de su
pueblo. Y si yo no amo a mi hermano Dios dice que soy asesino; y como
asesino, no puedo tener vida permanente en mí.
El amor hacia los hermanos no es un mero afecto emocional, un amor
teórico o un amor “espiritual.” No, de ninguna manera. Es un amor práctico,
real, tangible. No basta con abrazar al hermano. Cristo quiere echar
fundamentos concretos y firmes para su reino.
En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros;
también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.
1a Juan 3:16
Esa clase de amor que tuvo Cristo, que lo llevó a dar su vida, es el que
debemos tener. Debo amar hasta poder ofrecer mi vida por mis hermanos. Es
fácil decir: “Hermano querido, te amo con todo mi corazón.” Pero un día este
~ 44 ~
hermano querido golpea a la puerta de tu casa. Viene temeroso. No sabe
cómo empezar la conversación. De pronto te dice:
—Hermano, esta quincena el patrón no me pagó. Por favor, ¿podrías
prestarme algo de dinero para que mi familia coma?
—Mire, hermano, en cuestiones de dinero yo tengo una norma: No presto
plata a nadie, ni pido nada prestado. Así pues, ¡que Dios le bendiga!
¿De dónde salió esa norma? Veamos lo que Dios dice en su palabra:
Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener
necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en
él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en
verdad.
1a Juan 3:17, 18
Esta es la clase de amor que Cristo nos demanda.
ESTE ES SU MANDAMIENTO
Quiero señalar un último texto que nos ayudará muchísimo en relación con
este tema:
Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo
Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.
1a Juan 3:23
Este es el mandamiento de Dios. ¿Qué se hace con un mandamiento?
Sencillamente, se lo obedece. Si él manda en mi vida, sólo me resta obedecer.
Y él ordena que crea en su nombre, y que ame a mis hermanos.
Hace unos años, había un hermano a quien no podía amar. Había dicho
tantas cosas de mí, que me costaba mucho tener que tratarlo. Yo iba a mi
cuarto y oraba: “Señor, te ruego que me cambies. Lléname de amor hacia ese
hermano. Señor, bendíceme. Dame amor, Señor.” Lo hacía una y otra vez.
Pero el amor no venía. Porque el amor no viene por orar, sino por obedecer.
Podría haber pasado diez años pidiendo a Dios que me llenara de amor sin
llegar a experimentarlo. Pero si Cristo me dio el mandamiento de amar, no
tengo que pedir, “Oh, Señor, dame…,” sino que debo actuar con fe
obedeciendo su palabra. En la obediencia se desata la bendición de Dios.
Supongamos que hay un hermano a quien yo no puedo tratar con amor.
¿Qué hago? Dios me dice que debo amarlo. ¡Pues, lo voy a amar, aunque no
sienta nada! ¡Qué importa lo que sienta! Apenas lo vea, lo voy a tratar como si
lo amara. Voy a actuar en obediencia al mandamiento.
~ 45 ~
Entonces, llega mi hermano y yo me acerco a él para saludarlo. En otras
ocasiones lo he saludado fría y secamente. Pero ahora, en obediencia a Dios,
voy a saludarlo como si lo amara. Hay un mandamiento; sobre él actúo. En el
ínterin, Satanás me dice:
“¡Hipócrita, hipócrita!”
Me doy vuelta y le contesto:
“¡Mentiroso, mentiroso! No soy hipócrita sino Obediente”.
Me encuentro con mi hermano (sigo sin sentir nada). Lo saludo como si lo
amara, y aún no termino de abrazarlo cuando algo sucede en mi interior y
¡descubro que lo amo! ¿Qué ha pasado?
¡Ya no siento ese resentimiento! En la obediencia se desata el poder de
Dios.
Vamos a ilustrarlo con un ejemplo sencillo: Tú tienes un calefón a gas en tu
casa. Llega un huésped que nunca ha visto un calefón así, y te dice:
—Por favor, necesito agua caliente.
—Bueno, pues, abre la canilla y gracias a ese artefacto tendrás toda la que
quieras.
Él mira el calefón y ve una pequeña llama.
—Ah, pero yo necesito mucha agua. ¡Esa llamita no puede calentar toda la
que necesito!
—¡Abre la canilla! —le insistes.
La llama es pequeña, pero cuando tu huésped abre la canilla…
¡FFRRUMMM!… ¡el calefón se enciende por completo y el agua se calienta!
—Oh, ¡está muy caliente! ¡Por favor, bájalo un poco!
Así sucede con el amor. Tengo una llama chiquita de amor hacia un
hermano, pero en el momento en que actúo en fe y obediencia, cuando lo
trato como si lo amara intensamente, ¿saben qué ocurre? ¡Se enciende el
calefón, y empieza a correr un afecto cálido hacia él!
¿Hay una familia a la que no puedes amar? Comienza a tratarla como si la
amaras. Si la madre está enferma, ve a la casa, entra a la cocina, ponte un
delantal y lávale los platos. Limpia los pisos y prepara la comida para sus hijos.
No la sermonees; actúa con fe. Cuando vuelvas a tu casa notarás que la amas.
Dios desata su bendición en la obediencia. El amar a los hermanos es un
mandato, no una opción. No nos queda otra alternativa. Los amo obedeciendo
~ 46 ~
al Señor, o hago lo que a mí me parece y quedo fuera de su reino. Si realmente
quieres sentir el amor de Dios en tu corazón, no esperes a tener una
sensación; actúa como si amaras, y cuando actúes en fe, amarás en verdad.
Yo vivía en un barrio donde había muchos armenios, árabes y judíos.
¿Sabes qué comentan algunos? “¡Cómo se ayudan los judíos!”
Verdaderamente, se ayudan. Si vas al negocio de un judío y él no tiene la
mercadería que necesitas, te manda al del otro judío. Los comerciantes de
esta colectividad dan becas a sus estudiantes. Crean cooperativas, clubes,
entidades que impulsan el progreso de los suyos. Yo espero un tiempo no muy
lejano en que el mundo diga: “¡Cómo se aman los del reino de Dios! ¡Cómo se
aman!”
Alguien comentará: “Tengo un vecino, un obrero, que se compró un
terrenito y trajo ladrillos. Durante unos meses todos los sábados vinieron unos
cuantos de ellos ¡y en seguida le levantaron la casa!”
“¡Cómo se aman!” Habrá verdadero amor, y el mundo lo sabrá.
Otro comentará: “Yo tengo una vecina que estuvo enferma, pero ¡tiene
que ver usted! Tenía la casa mejor que nunca. Cada día venía alguien del
grupo de ellos y le hacía todas las cosas… ¡Cómo se ama esa gente!”
¿Qué se dice hoy en día de los evangélicos? “Buena gente los evangelistas.
No hacen mal a nadie; no fuman, no tienen vicios. Sí, son buena gente.” Esa es
la imagen que damos. En mis días de colegio secundario, mis compañeros,
parafraseando al tango, me decían:
“No fumas, no vas al cine, las carreras no te gustan.”
Era la impresión que habían recogido de mí. Una imagen negativa. Un
simple cuadro de restricciones. Hoy el mundo no tiene de nosotros la imagen
de una comunidad dinámica, positiva, que se ama, que se brinda, de tal
manera que puedan decir: “Yo también quiero pertenecer a esa comunidad.”
Pero Dios está restaurando su iglesia y las palabras de Cristo serán una
realidad:
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos
con los otros.
Capítulo 4
La comunidad del reino
San Pablo se refiere a Jesucristo en Colosenses 1:18 como la cabeza del
cuerpo, que es la iglesia. Esta figura es la más importante que aparece en el
Nuevo Testamento en cuanto a la revelación de lo que es la iglesia. La iglesia
es un cuerpo. ¿Cómo está formado? Por la cabeza y los miembros. No puede
~ 47 ~
haber un cuerpo sano sin cabeza; tampoco puede haber un cuerpo sin
miembros. El cuerpo es la cabeza más los miembros.
Pablo usa dos figuras para señalar una misma verdad: La iglesia es un reino
cuyo rey es Cristo y cuyos súbditos somos nosotros; y la iglesia es un cuerpo
cuya cabeza es Cristo, siendo nosotros los miembros. Con estas dos figuras,
Pablo está enseñando la misma verdad: Cristo es el Señor de la iglesia. Él es el
jefe, el dueño, el amo, la máxima autoridad. Cristo es la cabeza de la iglesia.
Cristo es el rey del reino de la luz, a donde Dios nos ha trasladado.
Existe entre estas dos figuras una gran similitud. El cuerpo humano es un
pequeño reino cuyo rey es la cabeza, y cuyos súbditos son los miembros. El
cuerpo funciona como tal porque la cabeza (el rey) manda y los miembros (los
súbditos) obedecen. El rey ordena al brazo: “¡Levántate!” y el brazo se
levanta. “¡Bájate!” y se baja. No lo dice por fuera, sino por dentro, mediante el
sistema nervioso. Ordena a los pies: “¡Caminen!” y caminan. Dice: “¡Alto!”, y
se paran. ¿Qué sería de un cuerpo si no funcionara como un reino? Por otro
lado, un reino es como un cuerpo. Los súbditos del rey son los miembros del
reino, y la cabeza es el rey. De igual modo, ¿qué sería de un reino si no
funcionara como un cuerpo?
CUANDO NO HAY ARMONÍA
A veces los investigadores en el campo de la ciencia médica hacen ciertos
experimentos sobre animales. Por ejemplo, toman un perro vivo, le hacen una
operación quirúrgica y destruyen ciertos centros de locomoción de su cerebro.
Luego observan sus movimientos. El animal tiene vida, se mueve, pero sin
orden.
No hay autoridad en el cuerpo. Los miembros no obedecen. Quiere caminar,
levanta una pata y se cae; quiere levantarse y no puede. No hay coordinación,
porque los miembros no tienen una cabeza que los dirija.
Si ver un cuadro así es horrible, mucho más es observar a la iglesia, el
cuerpo de Cristo, actuar de esa manera. Esto sucede cuando cada miembro de
la iglesia no está bajo las órdenes de la cabeza, que es Cristo. Cada uno actúa,
entonces, como quiere o como mejor le parece. No hay armonía. Hay vida, hay
movimiento, quizá mucho trabajo. Pero no hay progreso. Recién cuando todos
los miembros del cuerpo reconocen a la cabeza y le obedecen
incondicionalmente podemos tener una imagen de lo que es la iglesia de
Cristo aquí en la tierra. Gracias a Dios que hoy él está sanando a la iglesia. Él
está levantando a este cuerpo enfermo, le está dando vida, y la iglesia está
respondiendo de un modo alentador.
Si a alguno se le ocurriera preguntar: ¿Cuál es la iglesia verdadera?,
enseguida pensaríamos en la que tiene una sana doctrina, en aquella que
~ 48 ~
teológicamente está más acertada. Pero yo respondería con sencillez a esa
pregunta diciendo que la iglesia verdadera es aquella que vive y actúa en la
tierra como el reino de Dios y como el cuerpo de Jesucristo.
VIDA Y SUJECIÓN
La iglesia primitiva no tenía un libro de doctrina, ni siquiera el Nuevo
Testamento. ¡Pero era la iglesia verdadera! Estaba sujeta a la cabeza, cada uno
reconocía a Cristo como el Señor de su vida y tenía la vida del cuerpo. ¿Cómo
sabían ellos, entonces, si alguien pertenecía a la iglesia de Cristo o no?
Precisamente por estos dos factores: vida y sujeción.
Son las dos cosas que indican que pertenecemos a la iglesia.
A continuación consideraremos algunos aspectos prácticos que tienen que
ver con lo que es la verdadera iglesia. Para ello nos referiremos al capítulo 2
del libro de los Hechos. Allí hay una iglesia que verdaderamente funciona
como la iglesia de Cristo dentro de una ciudad, porque expresa y vive el reino
del Señor.
Aunque estamos hablando de la iglesia en conjunto, es bueno individualizar
un poco. Porque generalmente al referirnos a ella, decimos: “Sí, es cierto, la
iglesia debería ser así.” Pero, ¿quiénes forman la iglesia? ¿No está compuesta
por cada uno de nosotros? ¡Por supuesto que sí! De modo que si la iglesia no
funciona es porque tú no funcionas, y porque yo no funciono. No hablemos,
pues, de ella como algo ajeno a nosotros mismos, y de sus problemas como de
los problemas de alguna institución extraña a nuestra vida.
Así que yo quisiera particularizar un poco y decir: La verdadera iglesia es
aquella en la que cada uno de los miembros respalda, de palabra y de hecho,
cuatro expresiones de vida que se encuentran en la iglesia primitiva y que
vamos a considerar en los párrafos siguientes.
1. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI VOLUNTAD
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada uno de los miembros
demuestra con sus hechos que Jesucristo es el Señor de su voluntad.
Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a
quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Hechos 2:36
Pedro, ante aquella multitud reunida el día de Pentecostés, hizo
sencillamente una cosa: presentó a una persona. Una persona a quien ellos ya
conocían como personaje histórico: Jesús de Nazaret. “Este, a quien ustedes
crucificaron y mataron, Dios le resucitó y le hizo Señor y Cristo.” Los miles de
~ 49 ~
oyentes que escucharon esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los
otros apóstoles (v. 37): Varones hermanos, ¿qué haremos?
Allí había 3.000 personas que hasta ese día nunca habían buscado
orientación ni habían dicho a nadie “¿Qué tengo que hacer?” Por el contrario,
su actitud siempre había sido: “Yo hago lo que se me da la gana.” ¡Pero, ahora
tenían una nueva actitud! Entonces, vino la orden. Pedro, igual que su
maestro, no titubeó. No les hizo una invitación suave. Fue una orden (es el
evangelio del reino):
Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de
Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo.
Luego el versículo 41 señala: Así que, los que recibieron su palabra —es
decir, los que recibieron su orden, los que obedecieron este mandato, los que
reconocieron la autoridad de Cristo, en este caso a través de Pedro— fueron
bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.
Podemos decir que allí nació la iglesia como comunidad. La iglesia
verdadera, formada por aquellos que podían decir de todo corazón:
“Jesucristo es el Señor de mi voluntad.” Tres mil voluntades fueron
doblegadas en aquel instante ante la voluntad de Jesucristo. Tres mil
voluntades se rompieron, se quebraron, se rindieron: ¿Qué haremos? Hubo
arrepentimiento, un cambio total de actitud. Ante la orden —Arrepentíos, y
bautícese cada uno de vosotros— sin dilaciones se arrepintieron y se
bautizaron.
Sí, la iglesia es un cuerpo. ¿Cuántas voluntades puede haber dentro de un
cuerpo? ¿Qué pasaría si yo tuviese en mi cuerpo más de una voluntad? Yo,
Jorge Himitian, tengo una sola y, básicamente, se expresa a través de mi
cuerpo. Si quiero caminar, camino; si quiero hablar, hablo; si quiero saltar,
salto. ¡Qué conflicto habría en mí si yo tuviera dos voluntades! ¡Si una quisiera
caminar y la otra sentarse! ¡Si un pie quisiera ir hacia adelante y el otro se
negara! ¿Y qué sería si dentro de este cuerpo hubiese tres voluntades? ¿Y si
hubiera mil?
¡Imposible! Mi cuerpo tiene una sola voluntad. Y cuando tú integras el
Cuerpo de Cristo, y lo reconoces como Señor por el acto del bautismo, ya tu
voluntad queda sepultada. Tú mueres bajo las aguas y se levanta una nueva
criatura que dice: “En mi vida ya no mando yo sino Cristo.”
La voluntad es algo propio que todos tenemos. Al sumarse a la comunidad
de los discípulos de Jesús, el cristiano deja de actuar en forma independiente.
Tampoco puede hacerlo en forma dual, es decir: según su voluntad y según la
voluntad de Cristo. Cuando Cristo se ha convertido en el Señor de tu vida,
~ 50 ~
cuando comienzas a pertenecer a su iglesia, hay para ti una sola manera de
vivir. No puedes estar decidiendo cada vez: “¿Qué hago? ¿Esto o aquello?”
Simplemente te limitas a hacer la voluntad de Dios, lo que él ha ordenado.
Si te encuentras en un aprieto por una pregunta difícil, no puedes decir: “¿Qué
hago? ¿Digo la verdad? ¿Miento? ¿Qué hago?” ¡No tienes opción! No hay dos
caminos. Ahora, para ti hay sólo uno posible. No puedes mentir. Ya está
decidido. Cristo lo decidió por ti. No existen las dos alternativas.
Llega el momento de pagar los impuestos. Hay una planilla con una
declaración jurada que reza más o menos así: “Doy testimonio que los datos
arriba consignados son fidedignos.” Ahora, “¿Qué hago? ¿Digo todo? ¿O sólo
la mitad? Total, lo que no pague al Estado lo voy a dar para la obra del Señor.”
¡No! Eso ya está decidido. Lee Romanos 13 si queda alguna duda. No
puedes mentir. De modo que cuando declaras con juramento y firmas, ¿qué
estas firmando? ¿Una mentira?
Nadie te obliga a ser cristiano. La puerta está abierta; puedes irte al reino
de las tinieblas si quieres. Pero no puedes pertenecer al reino de Dios y vivir
conforme a tu voluntad. Ya no mandas tú en tu vida. Hay una sola voluntad
que rige. Y aunque te amenacen de muerte, aunque te rematen la casa, tienes
que hacer la voluntad de Cristo.
Palabra dura, ¿no es cierto? ¿Quién la puede soportar? El reino de los cielos
sufre violencia, y los violentos lo arrebatan (Mateo 11:12). ¡Los cobardes
quedan afuera! Si tú eres cobarde y no te atreves a andar como el Señor
manda, no hay lugar para ti en el reino de Dios. No hay lugar. ¿Sabes de cuántas
tentaciones te libras de un solo golpe cuando tomas esta actitud?
Vas a una tienda, y pagas con un billete de $50,00. El cajero, por
equivocación, te da el vuelto por $100,00. ¿Qué haces? ¿Le dices, o no le
dices? Un momento: No tienes esa alternativa. Hay un solo camino. Si no es
tuyo, lo tienes que devolver: “Sírvase, señor, se equivocó.”
“¡Qué amable! ¡Qué honesto! ¡Muchas gracias!” —dice él.
No te sientas orgulloso de tu acción. ¡Hiciste justo lo que tenías que hacer!
No era tu dinero, y se lo entregaste a quien correspondía.
Podríamos agregar a esto mil ejemplos más de la vida diaria. Pero lo
importante es que entendamos que nuestra voluntad debe estar rendida.
Cuando Pedro dijo: “Bautícese cada uno…” a nadie se le ocurrió decir:
“Pedro, está haciendo un poco de frío. ¿No me puedo bautizar dentro de
tres meses, cuando venga la primavera?”
~ 51 ~
No; era una orden. Nadie dijo: “Yo me voy a arrepentir y voy a aceptar a
Cristo, pero esto del bautismo, ¿podría estudiarlo por algunas semanas, para
orar y ver si es la voluntad de Dios?”
¿Cómo “si es la voluntad de Dios”? ¡Si su voluntad ya está expresada! No
hay alternativa. La Escritura no dice que tres mil personas preguntaron, “¿Qué
haremos?” Tampoco que tres mil fueron compungidos, sino que tres mil
recibieron la palabra, la orden. Quizás había muchos más que preguntaron
“¿Qué haremos?”. Pero sólo tres mil se rindieron, y fueron añadidos a la
comunidad del Señor. Cuando Cristo es el Señor, hay una sola manera de vivir:
a plena luz, y haciendo a cada paso su voluntad. No te equivoques; Dios no
puede ser burlado. Su reino es reino de luz, y nada se puede esconder en la
presencia de aquel que es la luz.
Un creyente puede equivocarse únicamente cuando ignora si lo que hace
es o no la voluntad de Dios. En ese caso, su fracaso tiene cierto justificativo,
aunque, aún así, él tiene la responsabilidad de buscar mayor luz de Dios y
conocimiento de su Palabra a fin de que no se reitere la falla. Pero hacer algo
reprobable a sabiendas de que desagrada al Señor es ajeno a la naturaleza de
un hijo de Dios. Los únicos atenuantes que puede tener un pecado son el error
o la ignorancia.
Sería demasiado extenso desarrollar en mayor detalle el tema de nuestra
propia voluntad. Es bastante con que sepas esto: Si quieres ser parte de la
iglesia de Cristo, tu voluntad debe estar completamente rendida a él. Los
cristianos primitivos tenían esa actitud, preferían obedecer la voluntad de Dios
y morir, si era necesario, antes que desobedecer a Dios y seguir viviendo. ¡Qué
actitud!
¡Obedecer a Dios aunque nos cueste la vida!
2. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI TIEMPO
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con
otros, en el partimiento del pan y en las oraciones…
Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en
las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a
Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la
iglesia los que habían de ser salvos.
Hechos 2:42, 46, 47
Perseveraban. ¡Qué linda palabra! ¿En qué perseveraban? En estar juntos.
Si había una reunión de doctrina, de enseñanza, allí estaban todos. Si de
oración, estaban todos. Al partimiento del pan, la Cena del Señor, no faltaba
nadie. Parece que el lema de la iglesia primitiva era: Toda la iglesia en todas
~ 52 ~
las actividades. Así dice: Perseveraban unánimes cada día… todos estaban
juntos.
Notemos algo. Allí había 3.000 personas que no estaban habituadas a
concurrir a reuniones. En Pentecostés o en la Pascua iban al templo, como
buenos religiosos, y regresaban a sus lugares. Quizás, algunos de los más
devotos irían al santuario una vez por semana. Pero en ese momento se
produjo una revolución en sus vidas. Experimentaron algo completamente
diferente y comenzaron a reunirse todos los días. Cada día, en el templo y por
las casas. ¿Cómo podían, si tenían tantas cosas que hacer? El trabajo, la casa,
la chacra, los negocios.
Cuando alguien reconoce a Cristo como su Señor, el ritmo, el programa de
su vida diaria, cambia. Hay una revolución. Y eso es lo que se observó en ellos.
¿Cuántas veces por semana te reúnes? Algunos dicen: “Pastor, dé gracias si
voy el domingo.” Tales personas aún piensan que al concurrir le hacen un
favor a la iglesia o al pastor.
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada miembro proclama y
demuestra con su vida que Jesucristo es el Señor de su tiempo. Si él me
quitara por unos minutos el aire que respiro, ya mi tiempo no sería más mío.
Porque, ¿qué es el tiempo, esa sucesión de momentos que controlo con reloj y
almanaque? Es sencillamente el desarrollo de la vida. Así que si él es Señor de
mi vida, es también Señor de mi tiempo, porque mi tiempo es mi vida que va
transcurriendo aquí sobre la tierra. Eso es tiempo. Es sabio, pues, decirle a
Dios: “Padre, eres mi Señor, dueño mío y de todo lo que tengo. El tiempo que
tengo también es tuyo. Los días que tengo son tuyos. Las semanas, los años,
mi vida entera.”
¿Quién es el Señor de tu tiempo? En el evangelio del reino, las palabras de
Jesucristo suenan con mucha claridad:
Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas
os serán añadidas.”
¿Cuáles son “todas estas cosas?” Jesús decía: No os afanéis por vuestra
vida, qué habéis de comer y vestir. La gente a nuestro alrededor está envuelta
en un ritmo tal que lo único por lo cual se preocupa es por el dinero que va a
ganar, por lo que va a comer, por la ropa que va a vestir, por la casa que va a
tener, por el auto que va a comprar. Ese es su ritmo de vida. Pero en los días
de los apóstoles surgió una comunidad en la que se invirtieron los valores de
la vida. Primero, el reino de Dios; luego, las demás cosas. Debemos poner
nuestro tiempo a disposición del Señor y participar del culto congregacional,
de las reuniones de oración y enseñanza en los hogares, de la ayuda a los
necesitados, de la tarea de bendecir nuevos hogares. Debes ir transformando
tu programa de acuerdo con lo que el Señor manda. No digas: “No tengo
~ 53 ~
tiempo.” ¿Cuántas horas tienes por día? ¿Quién tiene veintitrés horas por día?
¡Ninguno! Todos tenemos veinticuatro. Yo también. ¿Quién tiene veinticinco?
Nadie. ¡Todos tenemos veinticuatro horas por día! Tú dices: “No tengo
tiempo.” ¿Cómo no vas a tener tiempo? Tienes tiempo; lo que pasa es que lo
has ocupado en otras cosas.
—Hermano, esta noche tenemos una reunión.
—Mire… vengo de trabajar diez horas. Salgo de casa a las cinco de la
mañana, vuelvo a las cuatro o a las cinco. Tomo algo y luego siempre hay
alguna cosa que hacer… y ya llega la hora de acostarse. Hermano, mire, si me
hago tiempo (esto es: “si me sobra tiempo”) voy a ir.
—Hermano, el domingo a la tarde tenemos un encuentro muy importante;
no debes faltar.
—Oh, tengo tantas cosas que hacer… Bueno, si las termino, voy.
Por tu respuesta podemos deducir que en primer lugar están tus cosas, y
después Dios. Si te sobra tiempo irás a alabar al Señor.
En mi casa hay un recipiente rectangular, con una tapa arriba. Es el
recipiente de la basura. ¿Sabes lo que se pone allí? ¡Lo que sobra! ¡Los
desperdicios! Si te sobra tiempo, ponlo allá, con la basura. No se lo traigas a
Dios. No vamos a hacer un culto a Dios con las sobras de todos. Vamos a hacer
un culto a Dios con las primicias. ¡Porque él es Dios; él merece lo mejor!
Vamos a buscar primero su reino, primero su gloria. ¿Y las demás cosas? Él nos
va a ayudar. ¿Por qué no le dices a Dios: “Señor, tú estás antes que todo en mi
vida, y lo demuestro poniéndote a ti primero, ¿y ocupándome en tus cosas”?
Desde luego, tendrás que hacer los cambios que resulten necesarios. A
medida que el derramamiento del Espíritu Santo aumente y el río de Dios
fluya como esperamos, no nos van a alcanzar una o dos reuniones por
semana. El culto a Dios, los grupos de oración, la evangelización, la comunión,
el amor entre los hermanos y el discipulado nos van a exigir dedicar la vida. Y
eso, en la práctica, se llama tiempo.
¿Cuántas veces por semana se reunía la iglesia primitiva? Todos los días en
el templo y por la casas. Perseveraban en la doctrina, en la comunión, en las
oraciones y en la enseñanza. Es decir, vivían para el reino de Dios. Vivían para
una sola cosa.
Muchas veces el tiempo no nos alcanza porque somos desordenados. Las
cosas desordenadas ocupan mucho espacio. Si en tu guardarropas pones todo
lo que te viene a la mano en forma desordenada, llegará un momento en que
tendrás que decir, “Acá no entra nada más.” ¡Un momento! Si sacas todo
~ 54 ~
afuera y empiezas a acomodar, a doblar y a ordenar, descubrirás que te sobra
medio ropero. ¡Y tú pensabas que ibas a tener que comprar otro!
¡Así es también sucede con tu tiempo! Somos desordenados. Perdemos
muchísimos ratos libres. La mujer en la casa debe tener un programa
ordenado de trabajo; saber cómo va a desarrollar cada cosa. Lo mismo el
hombre, el muchacho, el estudiante. Cuando establezcas y respetes un orden
adecuado, verás entonces como te sobra tiempo aún para las añadiduras.
Para ordenar tu tiempo necesitas tener un orden de prioridades. ¿Es Cristo
lo primero en tu vida? Entonces, a él debes dedicar las primicias de tu tiempo.
A partir de allí y alrededor de esto debes ordenar el resto, de acuerdo con la
importancia de cada cosa.
3. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MIS BIENES
Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las
cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos
según la necesidad de cada uno.
Hechos 2:44, 45
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y
ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían
todas las cosas en común.
Hechos 4:32
¿Cuál es la iglesia verdadera? ¿Cuál es la comunidad de los verdaderos
discípulos? Aquella que vive este principio: “Jesucristo es el Señor de mis
bienes y de mi dinero.” ¿De quién es todo lo que tienes? La comunidad de
Jesucristo está formada por quienes lo han reconocido como Señor. Si Cristo
es el Señor de tu vida, perteneces a su iglesia, y si él no es Señor de tu vida,
entonces, no perteneces a su iglesia.
Cuando decimos que Cristo debe ser el Señor de tu vida, el que mande, el
dueño, el amo, incluimos, por supuesto, todo lo que posees. Porque lo que
posees es una expresión de lo que tú eres, de lo que has vivido, de lo que has
logrado, de lo que has ganado.
La iglesia de Cristo es aquella en la cual cada miembro reconoce y honra
verdaderamente a Jesucristo como dueño y Señor de todo lo que posee.
Algunos hoy quieren evadirse diciendo: “Bueno eso era para la iglesia
primitiva. Ellos vendían todo y lo daban a quienes tenían necesidad.” ¡Un
momento! Cristo dijo:
Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede
ser mi discípulo.
~ 55 ~
Lucas 14:33
Y si uno no es discípulo ¿qué es? “Soy creyente”, responde alguno. No,
nosotros nos llamamos ‘creyentes’, o ‘convertidos’ pero el término que la
Biblia utiliza al referirse a los que son del Señor es discípulo. La palabra
convertido no aparece ni una sola vez en el Nuevo Testamento; la palabra
creyente, apenas unas veinte veces. Pero el término discípulo aparece más de
250 veces. Y no se refiere a los doce discípulos —ellos aparte de discípulos
eran apóstoles— ni a los setenta, sino a todos: Y el número de los discípulos se
multiplicaba grandemente. A los que hoy llamamos convertidos, la Biblia los
llama discípulos.
Esto está muy claro en el Nuevo Testamento. Cristo no exageró ni mintió al
señalar: Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede
ser mi discípulo.
¿Qué quiso decir Cristo con estas palabras? ¡Pues exactamente lo que dijo!
Si hubiera querido decir otra cosa, la hubiese dicho ¡Hemos dado demasiadas
vueltas alrededor de lo que Cristo quiso decir con esto! Sin embargo, está muy
claro. Si quieres ser seguidor de Cristo, discípulo suyo, tienes que renunciar a
todo lo que posees. ¡Y si no, no puedes serlo! ¡No puedes! “Sí, pero esto debe
significar…” ¡Significa que tienes que renunciar a todo! Nada más. La
experiencia de la iglesia primitiva así lo atestigua: Nadie decía ser suyo propio
nada de lo que poseía.
“Señor, todo lo que tengo es tuyo. Tú eres mi Señor. Tengo una casa, un
terreno, un automóvil, una bicicleta, muchísimo dinero, o muy poco: todo lo
que tengo, Señor, es tuyo.” Esa tendría que ser nuestra oración.
¡Sin embargo, no te apresures a poner una bandera de remate en tu casa!
Primero tendrías que ponerla en tu corazón. Que sea rota en ti toda ligadura
de amor a tus posesiones. Que sea extirpado todo espíritu de obtener, de
adquirir cosas; todo afán de poseer más y más, ya que ese espíritu es el que
domina en el mundo. Que sea quitado de raíz, por la obra del Señor, por su
orden, por su palabra. Tu actitud interior y tu oración sincera deberían ser:
“Señor, todo lo que tengo ya no es mío.”
Una vez que el Espíritu Santo imprima en tu corazón la verdad de que nada
de lo que tienes es tuyo sino de Dios, dile: “Señor, esta casa es tuya. Yo vivo en
tu casa. Gracias por la casa que me prestas para vivir. Señor, esta cama no es
mía, es tuya. ¡Estoy durmiendo en tu cama! Todo es tuyo. ¿Y aquella otra casa
que tengo allá? ¿Qué hago con ella, Señor? ¿La alquilo? ¡Tú eres el dueño!”
“Mi automóvil es tuyo. Y el sueldo que cobro a fin de mes también. ¿Cómo
debo administrarlo? ¿Cómo quieres que haga? Lo que es tuyo debe traer fruto
para tu reino, tiene que ser usado para tu causa, para tu pueblo. Tiene que
~ 56 ~
contribuir a tu reino, y a la bendición de la comunidad de tus hijos, Señor.
Comienza a disponer de todo lo que tengo, porque todo es tuyo.”
Tal vez Dios te diga: “Vende ese terreno” o “Dónalo”. Para que puedas
obedecer, debes estar decidido de antemano. Desde hoy toma esta actitud:
“Este terreno es de Dios, y esta casa, y el automóvil. Todo, todo, todo es del
Señor, porque él es el Señor de mi vida.” Este principio tiene que penetrar
muy hondamente en nuestro corazón. La Biblia nos enseña que el amor al
dinero es raíz de todos los males.
Dentro de ese “todo” están incluidos los diezmos. ¿Qué es el diezmo? El
10% de todo sueldo, de toda ganancia que tenemos. Este es un principio de
Dios. El diezmo no es algo relegado exclusivamente a los tiempos del Antiguo
Testamento. Tampoco es algo establecido por la Ley de Moisés. Es un principio
de Dios anterior a la ley que se encuentra a través de toda la Biblia. Un
principio del Dios que creó los cielos y la tierra, por medio del cual
reconocemos que todo lo que existe y todo lo que tenemos es de él y para él.
Es la manera concreta de expresar que creemos que él es el único dueño de
todas las cosas.
Cuando recibes tu sueldo a fin de mes, debes tener en cuenta que todo es
de Dios. ¡Todo! Si ganas $500, los $500 son de él. Pero dentro de esos $500,
hay $50 que tú no puedes ni siquiera administrar. El Señor te ha constituido en
mayordomo del 90% restante, pero el diezmo lo administra él. Aparta, pues,
tus diezmos y dáselos.
“¿Qué hago con el resto, ya que lo demás es para mí?”
No. No es para ti. Es para que tú lo administres. Él te da el dinero, y tú
comes del dinero de Dios, y te vistes, tú y tu familia, con el dinero de Dios. Por
eso debes agradecerle: “Gracias por la comida, Señor; gracias por la ropa y por
todos los bienes que me das.”
Supongamos que tú ganas $800. Apenas cobras apartas el 10% para Dios, o
sea $80 (porque el diezmo no debe ser lo que nos sobra sino las primicias).
Antes de comenzar con los gastos, $80 son apartados para Dios. En realidad,
todo el dinero es de Dios, pero esta parte la administra él. La pones en un
sobre y la llevas a la iglesia.
¿Cuánto te queda? $720. Pero tú dices: “A mí no me alcanzan $800 para
vivir. ¿Cómo voy a vivir con $720?”
Quiero decirte algo ilógico para las matemáticas pero cierto para la fe: Esos
$720 rinden más que $800. ¿Sabías eso? ¡Porque esos $720 llevan la
bendición de Dios! Cuando pones tus diezmos estás señalando que todo es de
él, no sólo esos $80, sino también los $720 restantes. Es dinero recibido de la
mano de Dios. En cambio cuando te quedas con el diezmo que le pertenece a
~ 57 ~
Dios, estás robando, y esos $800 quedan contaminados por el robo. Mira,
quedándote con los $800 harás menos que con los $720. Porque $720 con la
bendición de Dios valen más que $800 sin ella.
Algo más; si vas a dar el diezmo con mezquindad y tristeza, será mejor que
no lo des. Dios ama al dador alegre. Ten esta actitud: “Señor, otra vez me diste
$800. ¡Qué privilegio darte a ti lo que te corresponde! ¡Y qué gozo! Estos $80
son tuyos ¡Aquí están, Señor!” ¡Cómo honra Dios esa actitud!
¡Para qué quiere Dios ese dinero? Porque si cada uno pone su diezmo para
Dios, habrá mucho dinero ¿Haremos mejores templos con él? La Biblia nunca
menciona que se hayan construido templos con el dinero de los diezmos.
Cosas como esas deben salir siempre del dinero de las ofrendas. Si la
congregación quiere bancos más cómodos o un nuevo teclado, los tiene que
pagar por medio de las ofrendas.
Entonces, ¿para qué quiere Dios el diezmo? Siempre se destinó para los
siervos de Dios. La Biblia así lo señala. Era para el sostén de los levitas y los
sacerdotes en el Antiguo Testamento. De este modo los levitas en vez de
dedicarse a cosechar, sembrar, o negociar —es decir, a trabajos seculares—,
se dedicaban a la obra espiritual. El levita, en vez de estar trabajando de
carpintero, por ejemplo, se ocupaba de las cosas referentes al culto (ver
Números 18:21).
¿Para qué quiere Dios hoy nuestros diezmos? Para el sostén de sus
obreros. Esto es lo que San Pablo enseña en 1ª Corintios 9:11–14. No es que
nosotros paguemos a los obreros. No. Es Dios quien les paga. Nosotros le
damos el diezmo a Dios. Eso entra en el bolsillo de Dios. Ya no puedo hacer
con el diezmo lo que a mí me parece. No, porque eso lo administra Dios. Y él
ha llamado a algunos a dejar su propia ocupación para ser pastores,
evangelistas, maestros.
Y si él los llamó a su obra, ¿quién les debe dar el sostén? ¡Dios! ¿Con qué
dinero? Con el dinero que diezman todos los discípulos cada mes o cada
semana. Dios ya ha dado un destino a los diezmos: Son para sostener a sus
obreros.
Si tú llamas a un carpintero para hacer un trabajo en tu casa, ¿quién le va a
pagar? ¡Tú que lo llamaste! Y si Dios llama a algunos a predicar el evangelio, a
ser evangelistas, apóstoles, maestros, ¿quién les va a pagar? Dios mismo.
Cuando nosotros no ponemos el dinero de nuestros diezmos, ¿sabes qué
estamos haciendo en realidad? Estamos robando a Dios y evidenciando que
Jesucristo no es el Señor del dinero que ganamos.
~ 58 ~
4. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI HOGAR
Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en
las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón.
Hechos 2:46
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada miembro puede decir:
“Jesucristo es el Señor de mi hogar.” Los cristianos de la iglesia primitiva
adoraban a Dios, comían, se alegraban y estaban juntos en el templo. Luego,
cuando terminaban su reunión en el templo (recordemos que el templo no era
de ellos, sino de los judíos), se dispersaban, y seguían la misma vida de
alabanza y reuniones por las casas. Llegaba a tal punto la bendición de Dios en
los hogares que hasta sacaban pan y vino y celebraban la Cena del Señor allí.
Nosotros tenemos el concepto equivocado de que somos iglesia cuando
estamos todos juntos reunidos en un templo, y que cuando termina la reunión
y cada cual se va a su casa dejamos de ser iglesia. Nos desintegramos, como si
fuéramos una máquina formada por muchas piezas que se puede armar y
desarmar, hasta que volvemos a reunirnos otra vez. Entonces nuevamente
somos iglesia.
La iglesia primitiva no tenía este concepto. Ellos eran iglesia cuando
estaban todos juntos y también cuando se esparcían por todas partes. Lo que
eran al reunirse lo eran en todo lugar. No había diferencias en su conducta, en
su proceder, en su vida, cuando estaban en el templo y cuando estaban en sus
casas; siempre era igual. ¿Y nosotros? En las reuniones somos tan correctos,
tan amables. Sobre todo cuando empieza la adoración. Me gusta mirar a la
gente que adora. Hay una belleza del cielo que los cubre. Pero, ¿tienen la
misma belleza en sus casas?
Sí, en la reunión todo es “¡Aleluya!, ¡Gloria a Dios!, ¡Cristo reina!” Pero, ¿y
en casa? ¿Se oyen los mismos aleluyas, o solamente un continuo “¡Ay!”? En el
culto gritamos de gozo alabando al Señor. ¿Y en casa? Gritamos, sí, pero ¿por
qué? La iglesia primitiva tenía una sola vida, cuando se reunía y cuando se
dispersaba.
Uno de los aspectos más importantes de nuestra vida es el hogar. “Señor,
venga tu reino”. ¡Amén! ¡Venga! Pero, ¿a dónde? Como en el cielo, así
también en la tierra. ¡La tierra es tan grande! Yo no puedo hacer que el reino
de Dios venga a toda la tierra; pero hay un pedacito de tierra que está bajo mi
autoridad: mi hogar. Y yo puedo hacer venir el reino de Dios a mi hogar. Si tú
lo haces en tu hogar, yo en el mío y otros en los suyos, el reino de Dios se
extenderá e irá estableciéndose sobre la tierra.
La base de la sociedad es la familia. Dios así lo ha determinado. Y si el reino
de Dios no penetra hondamente en nuestros hogares, lo que podamos
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experimentar será muy superficial. Porque nuestra verdadera manera de ser
es la que se muestra en casa, no la que se deja ver afuera. Afuera aún el
hombre pecador es amable.
Alguien dibujó la caricatura de un hombre saliendo de su casa hacia el
trabajo con una cara sonriente; luego en la oficina, saludando a la secretaria
con mucha simpatía y atendiendo a los clientes con un “Encantado, señor,
tome asiento,” o “Mucho gusto de conocerlo. ¿En qué puedo serle útil?” Así
durante todo el día hasta el anochecer, cuando vuelve a su casa. Allí se quita el
saco y lo cuelga; se quita el sombrero y lo cuelga. Luego, se quita una careta
de hombre sonriente y amable, y también la cuelga, dejando entonces al
descubierto su verdadero rostro: una cara hosca y amargada. Finalmente, con
gesto grosero, le dice a su esposa: “Mujer, ¿cuándo estará lista la comida?” Y
grita a su hijo: “¡Cállate!” El resto de la escena es fácil de imaginar.
El mundo está utilizando técnicas de relaciones públicas para lograr una
apariencia de amabilidad. Pero no es así en el reino de Dios. El Señor quiere
transformar radicalmente nuestra vida en el hogar, porque sino dentro de
poco tiempo caeremos en la religiosidad y en la hipocresía. En los cultos es
todo muy lindo y hermoso. Todos son “aleluyas,” pero ¿y en casa?… ¡Mejor
cerrar bien las ventanas y las puertas para que los vecinos no se enteren de lo
que pasa adentro! ¿Por qué no se ha extendido hasta ahora el reino de Dios
allí donde tú y yo vivimos, entre los vecinos que están a nuestro alrededor?
Resulta más fácil darle un tratado a un desconocido que a nuestro vecino,
porque nuestras vidas no dan un testimonio digno.
¿Qué clima reina en tu hogar? ¿Está la presencia de Dios todos los días?
¿Hay alabanza? ¿Reina el amor? ¡Cómo abrazamos a los hermanos en las
reuniones! Pero, ¿nos tratamos en casa con el mismo amor? El clima de amor,
el espíritu de alabanza y esa hermosa comunión que gozamos en las reuniones
deben ser los mismos que reinen en nuestra casa. Si el gozo y el amor
caracterizan a nuestras reuniones, pues, gozo y amor tienen que caracterizar a
nuestros hogares. Sin embargo, ¡por cuánto tiempo hemos vivido una doble
vida! En las reuniones, gloria; en casa, discusiones, rencores, chismes,
murmuraciones, enemistades, críticas, llanto, desprecios, ofensas, quejas,
desobediencia.
¡Que venga su reino! ¡Y que cambie nuestros hogares! Pero el hogar no
cambiará por sí solo. Ni por orar mucho. No va a cambiar porque ayunes. Ora
y ayuna, sí, pero obra también. Tu hogar cambiará cuando cada uno de sus
miembros reconozca a Jesús como Señor.
Cuatro principios
Hay cuatro principios en el reino de Dios para la familia. Si tú quieres que el
reino venga a tu hogar y éste sea transformado, si tú quieres pertenecer a la
~ 60 ~
iglesia que Dios está restaurando, tienes que abrir tu corazón y recibir estos
principios, dejando que se arraiguen muy profundamente en tu vida.
¿Sabes por qué el cielo es cielo? No porque haya calles de oro o puertas de
perlas; el cielo es cielo porque en él reina Jesucristo, y todos los que están allí
hacen su voluntad. Y cuando Cristo reine a través de estos cuatro principios en
tu hogar, éste será un pequeño cielo aquí en la tierra. Aunque el piso no sea
de oro ni tengas alfombras de Persia, aunque sólo tengas un piso de tierra y
paredes de cartón, tu ranchito te parecerá un palacio si Cristo reina allí.
¿Qué significa que el reino de Dios entre en el hogar? Pues mira, en tu
hogar hay un trono, un lugar de preeminencia, y en ese trono debe estar
sentado Jesucristo. Cada uno de los miembros del hogar debe responder a las
órdenes del que está sentado en el trono. Cuando se establece esta relación
con Cristo, se puede afirmar que el reino de Dios ha llegado a ese hogar. Un
hogar está formado, básicamente, por una doble relación. La primera es la
relación marido mujer, y la segunda, padres-hijos. Esta es la estructura familiar
básica. El resto de la familia —abuelos, cuñados, sobrinos— que convive bajo
el mismo techo, debe sumarse a esta estructura principal que Dios ha
constituido como base. La Biblia nunca da instrucciones para los abuelos o
tíos; habla a los esposos, a las esposas, a los padres, a los hijos porque ésta es
la estructura que sustenta a la familia. Y los principios de Dios para cada una
de estas cuatro partes son esenciales para el desenvolvimiento del núcleo
familiar.
1. Para las casadas
El primer principio está dirigido a las casadas ¿Qué les dice el Rey a ellas?
Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.
Efesios 5:22
Esta es la orden del Señor para las casadas, el principio del reino de Dios
para ellas.
¿Por qué Pablo, cuando habla del hogar, tanto en Efesios como en
Colosenses, siempre empieza por las casadas? Es porque la primera en
subordinarse debe ser la que sigue inmediatamente después de la autoridad
principal.
Tomemos el ejemplo de un batallón del ejército. Dentro de él tenemos
soldados rasos, luego cabos, un teniente y un capitán. Los soldados deben
obedecer al cabo, al teniente y al capitán. El cabo debe obedecer al teniente y
al capitán, y el teniente debe obedecer al capitán.
Si el batallón va a tener orden, el primero en demostrar sujeción debe ser
el teniente. Si él no lo hace, si cuando el capitán le ordena algo él dice: “No
tengo ganas de hacerlo,” tampoco sus subordinados le van a obedecer cuando
~ 61 ~
él les dé una orden. Moralmente, ellos quedan libres para desacatarse. La
autoridad, entonces, se resquebraja y en el cuartel comienza a reinar la
anarquía.
Así ocurre también en el hogar. Si la mujer no se sujeta a su marido, los
hijos se sienten libres para desobedecer a los padres; la autoridad ya no existe
y reina la rebelión. La mujer debe obedecer a su marido e imponer con su
conducta una imagen de respeto y de sujeción, reafirmando el principio de
autoridad. Ella debe sujetarse a su marido para que Cristo reine en su hogar.
Si el marido es un hombre impulsivo e iracundo, y la mujer no se sujeta, va a
haber problemas todos los días: discusiones, gritos, malentendidos, ofensas y
contiendas. Si el marido es demasiado “bueno” y “no le molesta que se haga lo
que ella dice” para que no haya gritos ni peleas, tampoco así va a reinar Cristo
en ese hogar, porque no se estará respetando el orden divino para la familia.
2. Para los maridos
El segundo principio está dirigido a los maridos. Cuando hay que poner
disciplina en el hogar, empezamos por los hijos. ¡Un momento! Si la casada no
respeta a su marido, no espere que los hijos respeten y obedezcan a su padre.
Si el marido no trata a su esposa como corresponde, no espere que los hijos se
traten entre sí correctamente. Dios comienza por ordenar el matrimonio.
¿Cuál es el mandamiento del Rey para los maridos?
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se
entregó a sí mismo por ella. Efesios 5:25
Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor
a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de
la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo. 1a Pedro 3:7
El principio del Rey para el marido es amar a su esposa y tratarla como a un
vaso frágil, dándole un honor especial. Debe asistirla con ternura, con
delicadeza. Si el marido no ama a su esposa y no la trata como a un vaso frágil,
Cristo no puede reinar en ese hogar.
Para los que conocemos las Escrituras estos textos no son ninguna
novedad. ¡Los sabemos de memoria! Pero nuestro mayor problema es que los
hemos aprendido al revés. Los maridos saben de memoria el texto que
corresponde a las esposas y las mujeres saben de memoria el texto que
corresponde a los maridos. Entonces, cada vez que se da una discusión o una
pelea, el marido le dice a la mujer:
—La Biblia dice: “Casadas, estad sujetas a vuestros maridos.”
Y la mujer responde:
—Y la Biblia dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres… y tratadlas como a
un vasos frágiles.” ¡Y tú me estás tratando como a un trapo de piso!
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La Biblia dice a cada uno cuál es su responsabilidad: que la esposa se sujete
y que el marido ame a su mujer. Si la mujer no se sujeta al marido, Cristo no
reina allí. Pero si el marido quiere sujetar a su mujer por la fuerza, tampoco.
La Biblia no dice: Maridos, sujetad a vuestras mujeres. Expresiones como
estas: “Me vas a obedecer… Acá mando yo…”, evidencian que Cristo no reina
en ese hogar. El Señor dice al marido lo que el marido debe hacer. Marido,
éste es el mensaje para ti: Ama a tu mujer y trátala como a un vaso frágil, con
cariño, con ternura, en todo momento.
“Yo la voy a tratar bien siempre que ella me obedezca.” Tu
comportamiento no debe ser una respuesta a la conducta de tu mujer, sino
una respuesta al Rey y Señor de tu vida. ¿Quién manda en tu vida? Si Cristo es
tu Señor, debes comportarte como él manda.
La mujer tampoco tiene derecho a decir: “Yo le voy a obedecer y me voy a
sujetar si él me trata como corresponde.” De ninguna manera. Pedro dice lo
mismo aún a las esposas de los incrédulos. Aunque tu marido sea incrédulo,
igual es tu marido y, por lo tanto, tu cabeza. Aunque él no te trate como
corresponde, igual tienes que sujetarte y mostrar que Dios reina en tu vida y, a
través de tu vida, en tu hogar. La respuesta de cada uno no debe estar
condicionada por el comportamiento del otro.
La actitud del marido debería ser: “Así me obedezca o no, siendo mi
esposa, la voy a amar y tratar como Cristo me enseña.”
A su vez, la mujer tendría que decir: “Así me ame o no, me trate bien o mal,
siendo mi marido, me voy a sujetar a él y lo voy a obedecer.” Las discusiones
en un hogar se terminan cuando cada uno asume su responsabilidad frente al
Señor.
Por lo tanto, marido, ¡devuélvele el texto a tu esposa! Nunca más pongas
en tu boca el mandamiento de Dios para las casadas. Y tú, esposa, ¡devuélvele
el texto a tu marido! Nunca más repitas el mandamiento de Dios a los
maridos.
Cada vez que haya conflicto en la casa, pregúntate: ¿Cuál es el
mandamiento de Dios para mí? ¿Cuál es la parte que a mí me toca hacer?
¿Cuál es mi orden? (A fuerza de repetir la del otro, ni recordamos la nuestra.)
Aprende de memoria el mandamiento. Apréndelo, y repítelo cada vez que
surja una dificultad. ¡Se van a acabar los problemas cuando cada uno haga su
parte delante del Rey! Aunque no te guste, es una orden: Casadas, sujetaos.
Maridos, amad.
Ten en cuenta que no dice: “Casadas, sería muy bueno que obedecieran”.
¡No! Es una orden. ¡Cristo es el que la da! ¿Te das cuenta que muchos
~ 63 ~
problemas que hoy tenemos en casa se solucionarían si en ella se respetasen
los principios del reino de Dios?
3. Para los hijos
El tercer principio está dirigido a los hijos. Hablamos primero a los que
tienen que sujetarse, a los hijos que viven todavía bajo el techo paterno.
Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo [Es
una orden: ¡Obedeced!] Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer
mandamiento con promesa.
Efesios 6:1, 2
Hijo, si Cristo reina en tu vida, si él es tu Señor tienes que obedecer a tus
padres. El espíritu que reina en el mundo es de rebeldía, desprecio y
menoscabo de los hijos hacia sus padres.
Por eso, hijo, obedece a tu padre. Éste es el principio del reino de Dios para
ti. Pero tu obediencia no debe resultarte algo enojoso; no puedes decir:
“Bueno, si no queda otra alternativa, voy a obedecer”. ¡De ninguna manera! Si
tu padre te pide algo, no puedes obedecer de mala gana. El mandamiento
habla de obedecer y honrar a tu padre y a tu madre. No sólo obedecer sino
también honrar. Honrar significa reverenciar, respetar. Tenemos que dar
especial honra a nuestros padres. No es cuestión de cumplir fríamente lo que
dicen y quejarnos por dentro. Hay que obedecer con gusto, con amor, con
respeto. Honra, pues, a tu padre y a tu madre.
Vamos a transformar nuestras casas; vamos a obedecer a nuestros padres;
vamos a hacer lo que nos digan. Aunque sean injustos; aunque a veces nos
den una orden equivocada. ¡No importa! Es preferible que algunas cosas no
salgan demasiado bien, pero que Cristo reine, y no que se haga lo que
nosotros queremos, aunque tengamos razón, y que Cristo no reine. Hijos,
honrad a vuestros padres.
4. Para los padres
El cuarto principio está dirigido a los padres.
Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina
y amonestación del Señor.
Efesios 6:4
Padres, si vamos a vivir el reino de Dios en nuestros hogares, este es el
mandamiento del Rey para nosotros. Dice el texto: “en la disciplina y
amonestación del Señor”. Sí. Hay que enseñarles y corregirlos. Y mostrarles el
camino a seguir. No ser blandos ni tolerantes con sus caprichos. Ellos actúan
así porque son niños y no saben en realidad lo que deben hacer. Es nuestra
~ 64 ~
responsabilidad enseñarles, guiarlos y corregirlos. Si le das una orden a tu hijo,
haz que la cumpla. Aunque te tome tiempo y requiera de tu paciencia.
—Hijo, lustra tus zapatos.
—Sí, ya voy —responde él, pero no lo hace.
No puedes repetir varias veces la orden hasta que finalmente, cansado, los
lustres tú. ¡No! Debes mantener la orden hasta que tu hijo haga lo que le
pides. Él debe saber que quien decide, quien manda, eres tú.
—Papá, ¿puedo ir a casa de Martina?
—No, porque está lloviendo.
—Sí, papá, déjame. Llueve muy poco…
Y así insiste hasta que tú, por cansancio, la dejas. Entonces la niña descubre
que ella puede manejar la situación. No debe ser así. Debes mostrarte firme.
Que tu sí sea sí y tu no, no. Si tienes una buena razón para no dejar hacer algo
a tu hijo, no cedas. Y si no la tienes, pues no le digas arbitrariamente que no si
luego vas a permitirle hacerlo. Piensa dos veces tus respuestas.
El principio del reino de Dios para los padres es este: Si Cristo reina en tu
hogar, debes criar a tus hijos “en la disciplina y amonestación del Señor”.
Enseña, exhorta, corrige a tu hijo. Pero ten cuidado de no abusar de tu
autoridad. El Señor también dice: No provoquéis a ira a vuestros hijos. No seas
rígido e intransigente en lo que no corresponde. Esto produce ira y rebelión.
No des órdenes sin sentido. No implantes un régimen de severidad inflexible
en tu hogar. Tu función es enseñar a tu hijo a vivir, darle una guía que lo ayude
a desarrollar su personalidad para luego valerse por sí mismo, y no aplastarlo y
subyugarlo hasta hacer de él un rebelde o un ser temeroso, incapaz de
enfrentar la vida.
¿Cristo reina en tu vida? Cría, entonces, a tu hijo en la disciplina y
amonestación del Señor, pero sin provocarlo a ira.
Dios va a transformar nuestros hogares en la medida en que vivamos estos
cuatro principios fundamentales del Señor. Esposos, esposas, padres, hijos,
sujetémonos al Señor. Recibamos su mandamiento para vivirlo. Comencemos
a practicar estos cuatro principios. ¡Cristo reinará en nuestros hogares!
Capítulo 5
El evangelio del reino
Desde que Dios comenzó a revelarnos a Jesucristo como Señor, tuve un nuevo
enfoque de todo lo que se llama evangelización. Comencé a rever toda mi
manera de predicar el evangelio y también a indagar la forma en que Cristo y
~ 65 ~
sus apóstoles predicaban. No me importaron ya para nada mis propias
costumbres. Puse a un lado pilas de mensajes y le dije a Dios:
¡Señor, enséñame a predicar el evangelio!
Al estudiar el desarrollo de la obra evangélica en América Latina, descubro
que ha habido dos corrientes predominantes, dos enfoques diferentes en la
predicación: el “evangelio anticatólico,” y el “evangelio de las ofertas.”
EL EVANGELIO ANTICATÓLICO
Por ser América Latina predominantemente católica, los primeros
misioneros evangélicos que llegaron a estos países comenzaron predicando un
evangelio anticatólico. * El evangélico de hasta hace tres o cuatro décadas
sabía más textos bíblicos que se prestaban a la controversia con el catolicismo
que sobre cualquier otro tema. De esa manera surgió un estilo de predicación
que yo llamo “evangelio anticatólico”, que formó en el pueblo evangélico un
espíritu marcadamente anticatólico. Predicar el evangelio significó, para
muchos, por largo tiempo, atacar al catolicismo romano; algunos en forma
abierta, otros en forma disimulada.
Con esto no estoy queriendo abrir un juicio sobre el proceder de los
predicadores que nos precedieron. Sencillamente estoy describiendo lo que
hicieron e indicando el estilo y el énfasis de su predicación. Probablemente
hicieron lo que correspondía en ese contexto y situación.
EL EVANGELIO DE LAS OFERTAS
Esta vieja corriente anticatólica cedió paso a otra en la cual yo me he
encontrado envuelto durante mucho tiempo y a la que llamo el “evangelio de
las ofertas.” O sea, el evangelio de la gracia mal entendida. Este enfoque, muy
corriente hoy en día, presenta al pecador todas las promesas del evangelio,
ignorando casi por completo sus demandas. La conclusión de todo mensaje es:
“¿Quién quiere que Cristo lo perdone? ¿Quién quiere que Cristo lo salve?
¿Quién quiere tener paz? ¿Quién quiere tener felicidad? ¿Quién quiere ir al
cielo? ¿Quién quiere salvarse del infierno?” Este enfoque del evangelio
presenta cosas ciertas, pero sólo un aspecto del mensaje de la palabra del
Señor: los beneficios de la salvación sin las exigencias de la conversión.
Hay un texto que es muy usado en la predicación del evangelio,
especialmente en el momento del llamado o de la invitación. Cristo dice:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.
Según se utiliza este pasaje, parecería que Cristo golpeara a la puerta del
corazón del pecado y dijera: “¿Me dejas entrar?” Y el predicador ruega:
“¡Déjale entrar! ¿No quieres tener paz? Ábrele…” Presenta, entonces, la figura
de Cristo afuera, en el frío de la noche, golpeando la puerta. “¡Pobrecito! —
~ 66 ~
insiste el predicador— ¿Por qué no lo dejas entrar? Abre tu corazón. Mira
como está esperando, llamando.” Casi dice: “Por favor, ten lástima de Cristo.”
Pero, ¿de dónde hemos sacado esto? Del texto que está en Apocalipsis
3:20. ¿Alguna vez Cristo predicó así? ¿Alguna vez los apóstoles terminaron sus
mensajes de esta manera? ¡No! En el día de Pentecostés, Pedro predicó un
mensaje que puso a los pecadores frente a Cristo; sus oyentes cayeron a sus
pies diciendo: “¿Qué haremos?”
¿Por qué sacamos ese texto de Apocalipsis de su contexto? Ese texto no
está conectado con la evangelización, tenemos que entenderlo. Tampoco fue
dirigido a una persona. Cristo está hablando a la iglesia de Laodicea, una
iglesia que se reúne en su nombre, pero que es tibia. Ni fría ni caliente. Y él
dice que la va a vomitar de su boca. Cristo ya está afuera de la iglesia de
Laodicea. Aunque se reúnen en el nombre del Señor, han dejado a Cristo
afuera. La iglesia dice: “Yo soy rica, y me he enriquecido”, y Cristo le contesta:
“Tú eres pobre, miserable, ciega y desnuda. Yo estoy a la puerta y llamo.”
Él está llamando a la puerta de una iglesia que lo ha dejado fuera. Es su
mensaje a una iglesia tibia. Le está dando la oportunidad de que lo deje entrar
para ser él el centro y el que reine en esa iglesia. Esta vieja manera de
presentar el evangelio de las ofertas ha traído como consecuencia una
generación de convertidos que tiene a Cristo, que lo ha recibido, ¡pero que no
se ha rendido a su autoridad! Ellos son los dueños y señores de su vida, los
que tienen las llaves y manejan la situación. La única diferencia con los
incrédulos es que tienen a Cristo adentro. Y piensan que por tener a Cristo,
tienen vida eterna y paz, lo cual es una verdad a medias, pues nunca han
llegado a una conversión total, radical, como en los días del Nuevo
Testamento.
EL EVANGELIO DE JESUCRISTO
Veamos cómo predicaba el evangelio Jesucristo.
Mateo 4:17
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque
el reino de los cielos se ha acercado.
Cristo predicaba y enseñaba. Pero antes de entrar de lleno en su
predicación, analicemos el contenido de sus enseñanzas.
Cristo enseñaba por parábolas. Las parábolas eran ilustraciones por medio
de las cuales transmitía verdades eternas. Las hacía sencillas, para que la
gente las pudiera entender, y al mismo tiempo, para que resultaran
incomprensibles para los incrédulos.
~ 67 ~
Consideremos una serie de parábolas que encontramos en el Evangelio
según San Mateo. Yo quedé sorprendido al darme cuenta de que la mayoría
de ellas hablan de un mismo tema.
Mateo 13:19
Cuando alguno oye la palabra del reino…
Mateo 13:24
Les refirió otra parábola diciendo: El reino de los cielos es semejante a
un hombre…
Mateo 13:31
Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos…
Mateo 13:33
Otra parábola les dijo: El reino de los cielos…
Mateo 13:44
Además, el reino de los cielos… Mateo 13:45
También el reino de los cielos…
Mateo 13:47
Asimismo el reino de los cielos…
Mateo 13:52
todo escriba docto en el reino de los cielos.
Mateo 18:23
Por lo cual el reino de los cielos…
Mateo 20:1
Porque el reino de los cielos…
Mateo 22:2
El reino de los cielos…
Mateo 25:1
Entonces el reino de los cielos…
Mateo 25:14
Porque el reino de los cielos…
~ 68 ~
¿Sobre qué hablaban la mayoría de las parábolas de Cristo? Su enseñanza
tenía un tema, y sobre ese tema se explayaba: El reino de los cielos. Casi la
mayor parte de su enseñanza tenía que ver con esto.
Veamos ahora la predicación de Cristo, según el relato de Lucas.
Lucas 4:43
Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del
reino de Dios; porque para esto he sido enviado.
Lucas 8:1
Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas,
predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con
él.
También aquí notamos que él predicaba el evangelio del reino de Dios.
Nuestro mensaje al mundo es el evangelio, las buenas nuevas de salvación,
pero no olvidemos que es el evangelio del reino de Dios. Porque estas buenas
nuevas son justamente acerca del reino de Dios. No podemos separar una
cosa de la otra.
Cristo iba por todas las ciudades y aldeas anunciando el reino de Dios.
Lucas 9:2
Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.
Lucas 9:11
Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y les hablaba del
reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser curados.
Lucas 9:60
Anuncia el reino de Dios…
Lucas 10:9
Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.
Lucas 16:16
La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es
anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.
A partir de Juan el Bautista se anunció el reino de Dios.
EL EVANGELIO DE LOS APÓSTOLES
Hagamos un repaso de la predicación apostólica:
~ 69 ~
Hechos 2:36
Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a
quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Esta es la conclusión del mensaje de Pedro en el día de Pentecostés. Él
terminó diciendo que Dios había hecho a Jesús Señor y Cristo; es decir, el
Kyrios, el que dominaba sobre el reino de Dios.
Cristo predicaba el evangelio así: anunciaba el reino de Dios, enseñaba
todo lo concerniente a él y luego se presentaba a sí mismo delante de los
pecadores y les exigía una definición. Los ponía frente a esta disyuntiva:
reconocerlo a él como Señor, como rey, o rechazarlo. Aquel que realmente lo
reconocía, pasaba a formar parte de ese reino que él venía anunciando. Y esto
ocurría solamente por la fe.
Después vino Pedro. ¿Y qué predicó? Lo mismo. Confrontó a los pecadores
con Cristo. La persona de Cristo como Señor definía a los hombres. Tenían que
reconocerlo o rechazarlo.
Quiere decir que no era cuestión de que “Cristo entrara en el corazón”
entre tanto que cada uno siguiera manejando sus cosas. No. Cuando el
pecador se confrontaba con la persona de Cristo, se entregaba totalmente a
él, lo reconocía como Señor, como el Kyrios de su vida. Si por el contrario se
rebelaba y no creía, quedaba automáticamente descartado del reino de Dios.
¿Qué mensaje predicó Felipe?
Hechos 8:12
Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de
Dios y el nombre de Jesucristo…
Cristo no estaba en persona con él; sin embargo, Felipe igual anunciaba el
reino de Dios y el nombre de Jesucristo. Es decir, presentaba el reino y al rey.
¿Qué mensaje predicaba Pablo, el gran predicador y apóstol?
Hechos 19:8
Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres
meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios.
En Efeso, durante tres meses, parece que no tuvo otro tema. Reunió a los
ancianos en Mileto, y les dijo:
Hechos 20:25
Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he
pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro.
~ 70 ~
Es interesante destacar cuánto tiempo pasó él allí predicando el reino:
Hechos 20:31
Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no
he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.
Después, Pablo llegó a Roma. Allí estaba preso, pero gozaba de ciertas
libertades:
Hechos 28:23
Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los
cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana
hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de
Moisés como por los profetas.
Muchos venían a su casa y, desde la mañana hasta la tarde, él les
testificaba del reino de Dios, y los persuadía acerca de Jesús, por la ley de
Moisés y por los profetas. Quiere decir que el tema de Pablo, de la mañana a
la noche, era el mismo: el reino de Dios. Notemos cómo termina el libro de Los
Hechos:
Hechos 28:30, 31
Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a
todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando
acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.
¡Dos años enteros en una casa alquilada en Roma predicando del reino de
Dios y del Señor Jesucristo! Él explicaba todo lo que abarcaba el reino de Dios
— quizás, muchas de las cosas que nosotros estamos aprendiendo ahora—
pero en conclusión, su tema era el reino y el nombre del Señor Jesucristo, el
Kyrios.
EL EVANGELIO DEL ESPÍRITU SANTO
Este mismo evangelio fue predicado por Cristo, por Pedro, por Felipe y por
Pablo. Y éste es el evangelio que nosotros debemos predicar. El Espíritu Santo
va a glorificar a Cristo con este tipo de mensaje, como lo hizo en el día de
Pentecostés. Cuando Pedro señaló que Jesús era el Señor y el Cristo, el Espíritu
Santo actuó de tal manera que tres mil personas quedaron compungidas. El
Espíritu Santo tiene interés en que el reino de Dios se extienda aquí en la
tierra. No es cuestión de rebajar el mensaje ofertando el evangelio, sino de
predicar el evangelio del reino de Dios y proclamar a Jesucristo como Señor,
como Rey, anunciando que su autoridad y gobierno deben establecerse en las
vidas.
En 2ª Corintios 4:5, Pablo dice:
~ 71 ~
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como
Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.
“No predicamos a Jesucristo como Salvador” —aunque él salva—, infiere
Pablo, sino “Predicamos a Jesucristo como Señor.” Porque él es el Señor que
salva. Él es el Señor que sana. Él es el Señor que bendice. “Nosotros
predicamos a Cristo —señala Pablo— como Señor.” Y sobre esta predicación
de Pablo y de los apóstoles, la iglesia primitiva se extendió, y se extendió.
¡Cuántos se entregaron al Señor en ese tiempo!
Algunos se asustan cuando piensan en una demanda tan radical. Se les
ocurre que si ahora, con menos exigencias, hay tan pocos resultados, con una
exigencia mayor habrá menos todavía. Todo lo contrario. Hay dos razones
para ello, una de parte del hombre y otra de parte de Dios.
Cuando a uno se le presenta algo vago, a lo que no tiene que responder
con todo, pierde interés. Hay religiones llenas de exigencias, muy legalistas y
que, sin embargo, tienen muchos adeptos porque les presentan algo
contundente, concreto, claro. Si queremos que la gente se defina,
prediquémosle algo concreto. Debemos ponerla frente a Cristo. Que nuestro
mensaje sea sobre la persona de Cristo. Porque la persona de Cristo define,
pone al hombre frente a una disyuntiva. Tiene que elegir. O lo reconoce como
Señor o sigue viviendo como quiere.
Pero también está la parte de Dios, y es esta: Dios tiene interés en que
Cristo sea reconocido como Señor. Por eso, cuando el mensaje es dado de
acuerdo con su voluntad, el Espíritu Santo comienza a obrar, a manifestarse,
respaldando esa exposición. Muchas veces el predicador tiene la tentación de
hacer la invitación un poco más fácil. “¿Quién quiere abrir su corazón? ¿Quién
quiere recibir a Cristo?” Con esto, tal vez diez personas más levanten su mano
en señal de aceptación, pero, ¿cuántos de ellos quedarán? Además, lo
importante no es que levanten la mano, sino que reconozcan a Cristo como
Señor. Allí sí va a obrar el Espíritu Santo para traer fe, regeneración y
salvación.
Estoy persuadido de que esta manera de presentar el evangelio hará surgir
una generación de discípulos que, desde su misma conversión, van a vivir
plenamente el reino de Dios. ¿Cómo va a predicar la iglesia a los incrédulos
acerca de Jesucristo como Señor si todavía dentro de ella hay muchos que no
lo han reconocido así? Creo que antes de que podamos lanzar la proclamación
de este mensaje, Dios llevará a su iglesia a reconocerlo como Señor en la vida
de cada uno de sus miembros. Debemos volver a evangelizar a los creyentes
con el evangelio del reino de Dios.
El mensaje de Cristo como Señor no es un mensaje nuevo que deba ser
agregado a una carpeta, si es que entendemos la diferencia que hay entre él y
~ 72 ~
el evangelio de las ofertas que hemos predicado. El evangelio de las ofertas
proclama que la condición para que el pecador se salve es “recibir a Cristo
como su único y suficiente Salvador”. Si alguien lo hace, ya es salvo y tiene
vida eterna. Pero Dios quiere mostrarnos con el evangelio del reino que en
ningún lugar de la Biblia se nos dice que quien recibe a Cristo como su
Salvador ya es salvo, sino que la condición indispensable para ser salvo es
reconocer a Jesucristo como Señor. Los que dicen: “Yo a la gente le predico a
Cristo como su Salvador y cuando lo aceptan como su Salvador, se los predico
como Señor”, demuestran que no han comprendido el evangelio del reino.
Otros objetan, “Si les predicamos a Cristo como su Señor y lo reciben como
tal, ¿cuándo lo van a recibir como su Salvador?” ¡Tampoco han entendido!
Hay algunos que parecen creer que si a Cristo no lo aceptamos como
Salvador, no nos salva. Pero Cristo es el Salvador. Es el único y suficiente
Salvador. Sin embargo, ese Salvador me salva no cuando meramente lo
reconozco como Salvador sino cuando lo reconozco como el Señor de mi vida.
Toda nuestra manera de testificar de Cristo, de predicar el evangelio,
cambia fundamentalmente a la luz de esta verdad. Al que quiere ser salvo,
Pablo le dice —y es una verdad respaldada por toda la Biblia—:
si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón
que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Romanos 10:9
Cristo será tu Salvador cuando lo reconozcas como tu Señor.
Cuando escuchan esto muchos se preguntan: “¿Cuándo me convertí yo,
entonces?” Te voy a dar un consejo. No te preocupes por definir cuándo te
convertiste. Si respondiste a Dios con sinceridad y entereza con la luz que
tenías en ese momento, yo creo que eras salvo. Pero al venir más luz, debes
responder al Señor con la misma sinceridad y entereza. Si yo tardé diez años
en reconocer a Cristo como mi Señor, el nuevo discípulo no tiene por qué
seguir mi trayectoria. Es decir, no tiene que recibir primero a Cristo como su
Salvador y después de años reconocerlo como su Señor. De ninguna manera.
El nuevo discípulo debe convertirse reconociendo a Jesucristo como Señor de
su vida. Éste debe ser nuestro enfoque en la predicación y proclamación del
evangelio.
¿CÓMO DEBEMOS PREDICAR?
Hay muchos que, aún cuando están de acuerdo con todo lo que hemos
expuesto, no saben cómo llevarlo a la práctica. “Entonces, ¿cómo debo
predicar ahora? ¿Qué tengo que decir? ¿Cuál es el enfoque que debo dar al
mensaje para aquellos que no son del Señor?”, preguntan.
~ 73 ~
Veamos. La Biblia señala que en el mundo hay dos reinos: el reino de las
tinieblas y el reino de la luz. Un reino es una comunidad compuesta por dos
clases de individuos: el rey que gobierna, y los súbditos, que están sujetos al
rey. El reino de las tinieblas tiene un rey, a quien la Biblia denomina príncipe
de las tinieblas. Él es un espíritu mentiroso que engaña a las personas. El reino
de la luz también tiene su Rey: Jesucristo. Él reina sobre la comunidad llamada
la iglesia. Después de Adán todos hemos nacido en el reino de las tinieblas. El
reino de la luz es aquel al cual podemos acceder a través de Cristo.
Adán y Eva fueron creados en un principio en la luz de Dios; él era la
autoridad sobre ellos. Pero un día cambiaron de reino y de rey: el día en que
obedecieron a la voz de Satanás. Desde entonces, todos los que descendemos
de Adán heredamos la misma naturaleza pecaminosa. San Pablo dice en
Efesios [Link]
entre los cuales anduvisteis en otro tiempo siguiendo la corriente de
este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que
ahora opera en los hijos de desobediencia.
Una de las más importantes características del reino de las tinieblas es su
ley: “Vive como quieras”. El reino de la luz tiene una ley muy distinta: “Vive
como él quiere.” Para saber a qué reino se pertenece, uno debe preguntarse:
¿Qué ley se cumple en mi vida? La respuesta determina nuestra ubicación.
Veamos esto que he mencionado a través de la siguiente ilustración.
Cuando a una persona le creamos conciencia acerca de la tremenda verdad
de que el pecado esencial del corazón del hombre es hacer lo que a uno le
parece, ya no hace falta señalarle con tanta insistencia que es un pecador para
convencerlo de pecado. La misma luz de Dios enfoca la esencia de su pecado y
queda al descubierto. Se da cuenta por el Espíritu Santo que realmente está
envuelto en esa ley de tinieblas que rige su vida.
El reino de la luz es el reino de Dios, el reino de Jesucristo. Cristo tiene un
reino aquí en la tierra. Parte está en el cielo, parte está aquí, pero formado por
todos aquellos que viven como él quiere, por los que lo reconocen como Señor
de sus vidas.
¿Qué debe hacer una persona que vive en el reino de las tinieblas y desea
entrar en el reino de la luz? ¿Cómo puede salir de un reino y entrar en el otro?
~ 74 ~
San Pablo señala que Dios
nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su
amado Hijo.
Colosenses 1:13
¿Cómo puede realizarse esto? ¿Cómo puede el hombre ser librado de las
tinieblas y trasladado a la luz, ya que el mundo de las tinieblas es un reino
fundado sobre el poder de Satanás que tiene a la gente aprisionada? No es fácil
zafarse de este reino. ¿Cómo puede alguien librarse de estas “cadenas” para
trasladarse al reino de la luz?
Todo ciudadano sabe que está bajo la potestad o autoridad de su país. Un
muchacho argentino de dieciocho años no puede decir: “Decido no ser más
argentino. Así que, no me llamen a cumplir con el servicio militar.” Está bajo
autoridad, bajo la potestad de la nación.
Cierta vez le pregunté a un muchacho: “¿Cuándo vas a dejar de ser
argentino?”
—Nunca —me dijo.
—Sin embargo, algún día vas a dejar de ser argentino.
—Ah, sí, el día que me muera.
¡Exactamente! La única manera de poder liberarse de una ciudadanía, de la
potestad que un reino o un país tiene sobre uno, es justamente a través de la
muerte.
Estoy usando esta figura para que podamos ver la verdad esencial de la
Biblia: el único camino para ser liberado del reino de las tinieblas es la muerte.
No hay otra manera de zafarse de ese reino. No hay otra manera de recibir
liberación. Esto no es cuestión de una mudanza geográfica de un lugar a otro
porque este reino está dentro de uno mismo, y las tinieblas invaden por dentro.
Uno es orgulloso, egoísta, avaro, tiene envidia de los demás, es rencoroso; lo es
en su esencia.
Por más que decida no serlo, por más que decida cambiar, por más que
decida ser fiel a Cristo, en sus miembros brota una ley que se rebela contra
Dios. El hombre es rebelde por naturaleza. Por naturaleza quiere hacer lo que él
desea. ¿Cómo puede, entonces, librarse de lo que es? Hay una sola puerta: La
muerte.
Por otro lado, ¿cómo entrar al reino de Dios? Esto es lo que Cristo le
respondió a Nicodemo: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de
nuevo no puede ver (ni tampoco entrar en) el reino de Dios. El que no nace, no
puede entrar. ¿Cómo hemos venido a ser ciudadanos de nuestro país?
~ 75 ~
Principalmente por haber nacido allí. La única manera de entrar al reino de Dios
es nacer de nuevo, según Cristo lo dijo. Esa es la puerta de entrada. Quiere decir
que para salir del reino de las tinieblas debe uno morir, y para entrar al reino de
Dios tiene que nacer.
Nicodemo preguntó: ¿Cómo puede hacerse esto?
¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?
¿Cómo? ¿Cómo puede uno morir? ¿Cómo puede uno nacer?
La Biblia tiene la respuesta. Veamos primero la figura bíblica y luego
documentémosla con la enseñanza de las Escrituras. Hay una única manera de
morir a las tinieblas. Y es por medio de la muerte de Cristo. Pablo dice que
nuestro “viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del
pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6), y
señala (v. 4) que la manera en que uno puede experimentar en sí mismo esa
muerte es mediante el bautismo. “Porque somos sepultados juntamente con él
para muerte por el bautismo.” El bautismo es el acto concreto que Dios ha
establecido a través del cual el hombre que vive en el reino de las tinieblas
muere y resucita (o nace de nuevo), y entra al reino de Dios, reconociendo a
Cristo como Rey y Señor de su vida.
Es evidente que pocos hemos presentado el evangelio así. Hemos predicado
una verdad a medias, porque no habíamos entendido el evangelio del reino de
Dios. Le habíamos quitado al bautismo su verdadero valor. Hemos empañado la
verdad de Dios, señalada en las Escrituras, con nuestros propios conceptos, y la
hemos neutralizado con textos que aparentemente la contradicen.
Aunque resulta obvio, es necesario aclarar que el bautismo en sí no tiene
ningún poder para salvar. El agua y la ceremonia bautismal no tienen ninguna
virtud, ninguna eficacia en sí mismas. Uno puede ser bautizado y continuar
viviendo en el reino de las tinieblas. ¿Qué es lo que da valor al bautismo?
¿Puede acaso el agua matar una vieja vida? Sería ridículo afirmarlo. Lo que da
valor al bautismo es la realidad de la redención.
Cristo vino al mundo para salvarnos, se identificó con nosotros, fue hecho
pecado por nuestros pecados. Tomó nuestra carne sobre sí, y murió en la cruz.
Él murió por nosotros, y si uno murió por todos, luego todos murieron (2ª
Corintios 5:14). ¡Todos murieron! ¡Por él! Es la redención que Cristo efectuó en
la cruz lo que hace posible nuestra redención y salvación. Cristo no solamente
murió. Murió, fue sepultado, y al tercer día resucitó triunfante de entre los
muertos. Esta es la redención que Cristo obró: muerte, sepultura y resurrección.
Eso es lo que nos salva, la redención que Cristo efectuó en la cruz. Su muerte
hizo posible nuestra muerte; su resurrección, nuestra resurrección.
~ 76 ~
Pero él murió hace dos mil años. ¿Puedo yo hacer mía su obra en la cruz
hoy? ¿Cómo puedo apropiarme de todo lo que él realizó a mi favor? Dios
estableció el bautismo, porque en el bautismo está la realidad de la redención.
Cuando el hombre cree y se bautiza en el nombre del Señor, allí muere con
Cristo y resucita con él a una nueva vida.
Yo sé que ésta no es una presentación típicamente evangélica, y que ciertas
cosas que voy a seguir exponiendo a algunos les van a resultar demasiado
duras. Ruego un poco de paciencia, y también de sinceridad. Luego de
considerar estas cosas, sería bueno realizar un estudio de la palabra de Dios con
el corazón abierto, a ver si realmente son así.
EL BAUTISMO SEGÚN CRISTO
Cristo dijo:
Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que
creyere y fuere bautizado será salvo, más el que no creyere, será
condenado.
Para ser salvo hay que creer y ser bautizado. Si uno se bautiza y no cree,
¿puede salvarse? La respuesta es obvia: ¡No! Si uno cree y no se bautiza,
¿puede salvarse? Nos resulta mucho más difícil responder “no” a esta segunda
pregunta. Probablemente porque nosotros, los evangélicos, hemos entendido
este texto al revés. Hemos leído: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio
a toda criatura. El que creyere y fuere salvo, será bautizado.” Si alguno cree —
es decir, si se convierte de veras— nosotros lo estudiamos durante unos
cuantos meses, observamos si se comporta bien, le damos algunas lecciones, y
luego decimos:
“Este es salvo. ¡Puede bautizarse!”
Eso demuestra que hemos quitado al bautismo de su lugar. Cristo dijo: “El
que creyere y fuere bautizado será salvo.” Si uno se bautiza sin acompañar este
acto con el arrepentimiento y la conversión interior de su corazón, sin la fe en
Cristo como su Señor, el bautismo no le sirve de nada. Va a salir apenas mojado
por el agua. Pero si dice que cree, y luego no se bautiza, el Nuevo Testamento
tampoco aprueba esa actitud.
Cristo dijo: Id, y haced discípulos… ¿Cómo?… bautizándolos… y enseñándoles
que guarden todas las cosas que os he mandado (Mateo 28:19, 20). ¿Cómo se
hace un discípulo? ¡Bautizándolo! Pero nosotros decimos: “Vayan y hagan
discípulos, enseñándoles que guarden todas las cosas y, una vez que guarden
todas las cosas, ¡bautícenlos!” ¿Por qué esto? Porque no hemos entendido la
esencia y el significado del bautismo. ¿Cuándo se convierte una persona?
¿Cuándo es realmente salva? La conversión comienza cuando el mensaje es
escuchado con fe, y culmina cuando aquella persona sale de las aguas del
bautismo reconociendo a Cristo como el Señor de su vida.
~ 77 ~
EL BAUTISMO APOSTÓLICO
El bautismo de los tres mil
No solamente Cristo señaló esta verdad, sino que ella fue la práctica de la
iglesia primitiva. Consideremos el primer bautismo cristiano en Pentecostés.
Pedro predica y presenta una persona a la multitud: Jesucristo. Concluye
proclamando que Dios, habiendo resucitado a Jesús, lo ha hecho Señor y Cristo.
Cuando escuchan esto, miles de personas compungidas de corazón dicen: ¿Qué
haremos? ¿Qué les hubiéramos respondido nosotros? Probablemente: “Lo
único que tienen que hacer es aceptar a Cristo como su Salvador personal y
serán salvos. No hay ningún compromiso.” Pero no Pedro. Él les manda:
Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para
perdón de pecados. (¿Cómo? Nosotros hubiésemos dicho: “Arrepentíos, para
perdón de pecados; y bautícese cada uno como testimonio de que ya han sido
perdonados.”) Y los 3.000 son bautizados aquel mismo día. La verdad señalada
por la Biblia es que el bautismo va unido a la conversión, que es la concreción
de la conversión; de una conversión no al estilo de aceptar a Cristo como
Salvador, sino reconociéndole como Señor de la vida.
El bautismo de los samaritanos
Felipe fue a Samaria. Allí predicó el evangelio del reino de Dios. Dice Lucas en
Hechos [Link]
Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el
nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.
¿Cuándo se bautizaron? Cuando creyeron. Felipe no fue a predicar el
evangelio de las ofertas; era el evangelio del reino. Por eso, cuando creyeron…
se bautizaban hombres y mujeres. Si uno cree, ¿por qué no se va a bautizar? Si
uno reconoce a Cristo como Señor, ¿qué es lo que impide el bautismo?
Felipe fue al desierto y le testificó al etíope. Empezó por Isaías. ¿Dónde
terminó? Las Escrituras no nos dicen cuál fue el último punto del mensaje, pero
por lo que sucedió luego, deducimos que fue el bautismo. De modo que el
etíope se convirtió en candidato para el bautismo. Sin embargo, surgió un
inconveniente de orden práctico: Estaban en el desierto y allí no había agua.
Siguieron andando en el carro y de pronto el etíope exclamó: “Felipe, mira; aquí
hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?”
Felipe no le dijo: “Primero debes hacer frutos dignos de arrepentimiento por
seis meses y luego te bautizaremos” (Felipe no era evangélico). Sino más bien:
“Si crees de todo corazón, bien puedes.”
“¡Creo!” —dijo el etíope, y mandó parar el carro. Descendieron ambos al
agua y Felipe lo bautizó (Hechos 8:36–38).
~ 78 ~
El bautismo de Saulo
El libro de Los Hechos de los Apóstoles relata nueve casos de bautismos.
Todos, excepto uno, fueron realizados en el mismo momento en que operó la fe
y el arrepentimiento; en el mismo día, al mismo instante. La única excepción fue
el bautismo de Saulo. Él fue quien más tardó. ¡Pasaron tres días! ¡Pero tres días
porque nadie vino antes! No hubo quien lo bautizara. Lucas narra este suceso
en Hechos, capítulo 8.
Pablo mismo relata su conversión en el capítulo 22. Ananías vino y le dijo:
Hermano Saulo, recibe la vista… El Dios de nuestros padres te ha escogido…
Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados,
invocando su nombre (Hechos 22:13–16). Si Pablo hubiese sido evangélico, le
hubiera dicho: “Un momento! Mis pecados ya fueron lavados cuando acepté a
Cristo.” Pero no lo era; y Ananías pudo decirle, después de tres días de haberse
rendido a Cristo: “Bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” Esto es
lo mismo que Pedro dijo a los tres mil: “Arrepentíos y bautícese cada uno para
perdón de los pecados.” ¿Será posible que la Biblia relacione tan íntimamente el
perdón de los pecados con el bautismo?
Cornelio y los de su casa
Pedro va a la casa de Cornelio en Cesarea. Allí predica y, por lo visto, todos
se rinden a Cristo. Sin embargo, ni piensa en bautizarlos. ¡Jamás bautizaría a un
gentil! ¡Pero Dios se le anticipa! Bautiza con el Espíritu Santo a Cornelio y a
todos los que están reunidos. Y si son bautizados con el Espíritu Santo, ¿puede
acaso alguno impedir el agua para éstos? Y en el acto, en el mismo día, Cornelio
y toda su casa son bautizados también en agua (Hechos 10:44–48).
Lidia y su familia
Pablo va a Filipos. Allí, a la orilla del río, se encuentra con unas mujeres que
se reúnen para orar. Pablo empieza a orar con ellas. Luego, comienza a
hablarles, y Dios abre el corazón de una mujer llamada Lidia. Ella, con toda su
familia, cree, y enseguida todos son bautizados (Hechos 16:13–15). El carcelero
de Filipos
El caso más evidente ocurre en la cárcel de Filipos. Allí están presos Pablo y
Silas. Reciben azotes. Tienen las espaldas ensangrentadas, los cuerpos heridos.
Son echados en el calabozo “de más adentro,” y sus pies apretados en el cepo.
Entretanto, ¿qué hacen? ¡Cantan, alaban a Dios, glorifican su nombre! Y a
medianoche, mientras cantan, un terremoto sacude todo. Los presos se sueltan.
El carcelero saca la espada e intenta matarse. Pablo dice: “Un momento, no te
hagas daño. Estamos todos aquí. Nadie escapó.”
El carcelero queda impresionado. Ha escuchado a estos hombres cantar toda
la noche, y ahora ve su actitud. Entonces, cayendo ante ellos, pregunta:
“¿Qué debo hacer para ser salvo?”
~ 79 ~
¿Qué le responde Pablo?: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu
casa.” ¡Amén!
¡Ya está! Para ser salvo, hay que creer. Pero no concluye aquí el pasaje, y a
través de lo que sucede nos muestra lo que significa realmente creer. Allí hay un
hombre que abre su corazón, cree el mensaje, y a esa hora —a la medianoche—
se bautiza. Un terremoto ha sacudido toda la cárcel, sembrando confusión y
pánico. Sin embargo, la Biblia nos dice que el carcelero en aquella misma hora
de la noche, les lava las heridas; y en seguida se bautiza él con todos los suyos.
“Pero, Pablo, ¿por qué te apresuras? ¿para qué bautizarlos a las doce de la
noche? El hombre ha creído. ¿Por qué no esperar hasta la mañana cuando salga
el sol? Ahora está todo revuelto, todo oscuro. El terremoto ha sacudido la cárcel
y los presos están sueltos.”
Pablo sabe muy bien que para entrar al reino de Dios, para ser salvo, hay que
creer en el Señor Jesucristo y ser bautizado. Y este hombre, con toda su familia,
cree y es bautizado en el mismo momento (Hechos 16:25–34).
Nosotros nunca actuaríamos así. Si alguien viniera dispuesto a entregarse al
Señor y a ser un discípulo de Cristo, ¿le predicaríamos y llevaríamos las cosas
adelante con la insistencia con que lo hizo Pablo?
EL BAUTISMO: ES EL MODO DE CONCRETAR LA CONVERSIÓN
Para salir del reino de las tinieblas hay que morir, y para entrar en el reino de
Dios hay que nacer. Y la manera que Dios ha establecido para que esto pueda
suceder es justamente a través del bautismo realizado con verdadero
arrepentimiento y fe en Jesucristo. Todos los casos bíblicos señalan esta misma
verdad.
Hemos quitado al bautismo su lugar, que debe realizarse junto con la
conversión porque es la realización concreta, la materialización, de ella. No sólo
esto. También le hemos restado al bautismo su valor, su importancia. Hemos
enseñado y predicado: “El bautismo no borra los pecados; el bautismo no salva;
el bautismo no es necesario para la conversión, para la salvación, para tener
vida eterna.” Y hemos traído como ejemplo al ladrón de la cruz. ¿Qué le dijo
Cristo al ladrón en la cruz? “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” El ladrón no fue
bautizado, ¡y sin embargo fue salvo! De este modo, hemos hecho de la
excepción una doctrina. Hemos fundamentado nuestra enseñanza sobre algo
completamente excepcional, diferente del resto de los casos. Si alguien está
clavado en una cruz, a punto de morir, también podemos decir: “Cree, y aunque
no te bautices, te vas a salvar.” Pero en esas circunstancias, no en otras. Le
hemos restado al bautismo tanto, que muchos concluyen: “Entonces, ¿para qué
me voy a bautizar?”
~ 80 ~
Dentro del contexto evangélico tradicional, ¿cuál es la necesidad del
bautismo? Hemos dicho que es un testimonio público de fe, un testimonio de
que realmente uno pertenece a Cristo. Sin embargo, y aunque sorprenda a
algunos, debemos decir que no hay en toda la Biblia un texto que diga que el
bautismo sea un testimonio público de fe en Cristo. Por un lado, no es la
presencia del público lo que da validez al bautismo. Según la Biblia enseña, éste
no es un acto para testimonio, ni necesariamente tiene que ser público. ¿Qué
público había cuando Felipe bautizó al etíope? ¿Qué público había cuando
Ananías bautizó a Saulo? ¿Y cuando Pablo bautizó al carcelero y a su familia? El
bautismo es independiente del público.
Hasta ahora hemos predicado que cuando uno acepta a Cristo debe luego
ser bautizado delante de todos. “Todos tienen que presenciar ese acto,”
decimos. Por supuesto, el bautismo puede ser público. Como en el caso de los
tres mil, como en el caso de los de Samaria, como en tantos otros casos. Pero la
presencia del público no es un factor esencial.
¿Qué es el bautismo, según la enseñanza bíblica? Significa, de acuerdo con lo
que Pablo dice en Romanos 6:4, que somos sepultados juntamente con él para
muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. La Biblia no
enseña que el bautismo no salve, no perdone, o no limpie los pecados, como
creíamos antes. La Biblia señala que éste es el acto de entrega total a Jesucristo
por el cual, al descender a las aguas, soy sepultado con él para muerte, y
levantado a una nueva vida por el poder de su resurrección. Todo esto a través
de la fe. No me bautizo en agua meramente; me bautizo (sumerjo) en Cristo.
Muero en su muerte y nazco por su resurrección.
Nosotros hemos dicho que el bautismo no salva. Pedro dice en su primera
epístola (1ª Pedro 3:21): El bautismo que corresponde a esto —se refería al
diluvio— ahora nos salva. Luego, entre paréntesis, añade: (No quitando las
inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia
Dios) por la resurrección de Jesucristo. Sacando por un momento la frase que
está entre paréntesis, queda así: El bautismo… nos salva… por la resurrección de
Jesucristo. No es el agua lo que salva, ni el descender al bautisterio, sino la
redención obrada por la resurrección de Jesucristo.
Pero para que la resurrección opere es necesario el bautismo; no porque
limpie de las inmundicias de la carne (a éstas no las quita el bautismo, ni la
oración, ni el arrepentimiento, sino la muerte y la resurrección de Cristo, la
redención que él efectuó en la cruz), sino porque es la aspiración de una buena
conciencia delante de Dios. Mi conciencia da testimonio: Cristo murió por mí y
yo muero con él. Esta vieja vida queda sepultada, y me levanto con el poder de
la resurrección de Cristo a una nueva vida.
~ 81 ~
Por supuesto, el bautismo no tiene ningún valor si se realiza simplemente
como una ceremonia o por un mero formalismo. Tampoco vamos a establecer
como dogma lo que la Biblia dice en cuanto al bautismo. Existe un peligro real
de poner un énfasis exagerado en él. Las enseñanzas bíblicas no son un cuerpo
de doctrinas estáticas, ni conforman una rígida teología. No llegaríamos lejos
con eso. Las verdades de la Biblia son funcionales, dinámicas, vivientes.
Hasta ahora hemos llamado a los pecadores a entregarse a Cristo con el
evangelio de las ofertas, a levantar la mano, a pasar al cuarto de atrás, a
ponerse de pie. Ahora, al presentar el evangelio del reino, no caigamos en
dogmatismos o en exageraciones innecesarias, pero hagamos que estas
verdades sean funcionales, vivientes, como lo hacía la iglesia primitiva. Sin
fórmulas rígidas, inmóviles, sino haciendo que opere la esencia de esta verdad.
¿Qué cosa hay más preciosa que guiar a un pecador a pasar de un reino a otro a
través de un acto tan concreto, tan contundente y sencillo, establecido por el
Señor, como el bautismo?
Un hermano me contó cómo se realizan los bautismos en la India. La iglesia
se reúne en una de las orillas del río, y todos los que van a ser bautizados en la
otra, mezclados con los observadores y los que vienen a presenciar el acto. El
ministro que bautiza se coloca en el lecho del río. A su derecha tiene a la iglesia
y a su izquierda a los inconversos. Cuando llama a los que han de ser
bautizados, éstos salen de entre el público y descienden al río por la margen
izquierda. Luego de ser bautizados pasan a la otra orilla para unirse a la iglesia
del Señor. Este es un hermoso simbolismo de la realidad del bautismo: Hombres
librados del reino de las tinieblas y trasladados al reino de su amado Hijo.
¿MEROS SÍMBOLOS?
Por mucho tiempo hemos hecho del bautismo y de la Cena del Señor sólo
símbolos. Hemos dicho: “Esto es pan; comemos el pan en memoria del cuerpo
de Cristo.” Sin embargo, Cristo dijo: Esto es mi cuerpo. El pan no es Cristo, pero
en ese momento, por la fe, no sólo comemos pan, sino de Cristo. No sólo
bebemos vino, sino bebemos de Cristo, bebemos su sangre. También sucede
esto con el bautismo, que ahora ha vuelto a recuperar su significado. Yo bauticé
a muchos según el evangelio de las ofertas. Era sólo una ceremonia. Había
bendición, por supuesto. También gozo, porque se añadían nuevos a la iglesia,
pero no era un bautismo como el que realizaba la iglesia primitiva.
En cambio, ¡es tan distinto bautizar ahora! Ya no es cuestión de decir una
fórmula. Pongo mis manos sobre el que se va a bautizar y pido la gracia y la
unción del cielo: “Señor, ahora este hombre que está aquí y cree en ti va a ser
bautizado para muerte. En este momento, la vieja vida que tiene va a morir.” Y
digo al que está por ser bautizado: “Ahora tú vas a ser sepultado junto con
Cristo. Tu vieja vida va a morir junto con él. ¡Pero te vas a levantar por el poder
de Dios, por la resurrección de Cristo! Te vas a levantar junto con Cristo, para
~ 82 ~
que como Cristo resucitó de entre los muertos, tú también resucites.” Y aquel
que está siendo bautizado, abre su ser a la operación del Espíritu de Dios.
La fe tiene algo concreto, algo material de que asirse. Porque no sólo somos
espíritu, sino también cuerpo. ¡Cómo ayuda a la fe tener algo concreto como
esto! Ahora bautizar es enterrar viejas vidas, para que mueran por el poder de
Cristo; asimismo es levantarlas, con la unción de Dios, a una nueva vida. Esto es
nacer del agua y del Espíritu.
Alguien dirá: “¿Cómo? ¿El agua no es la Palabra de Dios, según la
hermenéutica tradicional?” ¿Qué sabía Nicodemo de hermenéutica como para
identificar el agua con la Palabra? Nosotros lo relacionamos porque somos
demasiado eruditos. Nicodemo interpretó tal como le fue dicho. Cuando la vieja
vida muere y es sepultada, ¿qué ocurre? ¿De dónde vuelve a nacer? ¡Del agua,
por el poder del Señor!
Allí comienza la nueva vida. La Biblia ha establecido el bautismo como un
acto funcional, real, significativo, práctico, a través del cual la gente pasa de una
manera concreta, de las tinieblas al reino de Dios. Démosle, pues, la
importancia que le corresponde.
NO NOS APRESUREMOS
¿Cómo actuaremos ahora? ¿Predicaremos y llenaremos el bautisterio
invitando a bautizarse a todos los que quieren? No nos apresuremos. No es
cuestión de bautizar pronto. Pero sí, cuando las personas vienen por primera
vez, debemos explicarles esto claramente: “Si quieres ser discípulo de Cristo, si
quieres integrarte a la comunidad de los hijos de Dios, tienes que arrepentirte y
negarte a ti mismo. Tienes que poner en segundo término a tu padre, madre,
mujer e hijos, esposo, hermanos y aún tu propia vida. Cristo tiene que ser
primero. Debes tomar tu cruz y seguir a Cristo. Tienes que renunciar a todo lo
que posees.”
No bauticemos a nadie si no estamos seguros de que ha comprendido que
no está ante una doctrina, sino ante una persona viviente: Jesucristo. No
bauticemos si no vemos que haya una disposición a reconocer a Cristo como el
Señor de la vida. Dios nos va a ayudar y a guiar paso a paso en este terreno.
Tampoco es cuestión de darles toda la serie de mensajes sobre el señorío de
Cristo para que se bauticen, ni es necesario que entiendan todo. Lo
fundamental es que el individuo se confronte con una persona viviente que se
llama Jesucristo. Aunque no entienda nada de doctrina, que comprenda esto:
que Jesucristo es el Señor. Debe captar la esencia de lo que esto significa. Hasta
ahora ha vivido como le ha parecido; desde ahora, debe estar dispuesto a
entregarse a él, y a hacer lo que él ordene.
~ 83 ~
Hagamos que esta verdad sea viva y penetrante. El pecador tiene que
conocer a este Cristo resucitado y glorificado como Señor. Cuando se da en él
esta disposición, este entendimiento, esta rendición, entonces lo bautizamos, lo
sepultamos para muerte, y es resucitado a una nueva vida. Cuando el pecador
se identifica con Cristo, muriendo y resucitando con él, pasa a pertenecer al
reino de Dios.
Algo más: Los evangélicos hemos puesto demasiado énfasis en la experiencia
inicial y muy poco en la continuidad. Hemos hecho hincapié en que la
conversión es un acto definido de un momento, una crisis. Y es cierto. Pero
hemos dejado de enfatizar otro aspecto de la verdad. Es cierto que un día me
bauticé, que morí a la vieja vida. ¿Pero ahora, qué? ¿Eso es todo? No, tiene que
prolongarse en una experiencia continua. Debemos permanecer en la gracia del
bautismo.
Cristo dijo: “Haced discípulos… bautizándolos… y enseñándoles que guarden
todas las cosas que yo os he mandado.” Si bautizamos al pecador y pensamos:
“Ya está; murió y resucitó, ahora tiene vida”, y lo dejamos allí, es muy probable
que su vida quede trunca. Porque estas verdades funcionan dentro del contexto
adecuado, donde se brindan las enseñanzas del Nuevo Testamento y se convive
en amor. Dentro de nuestro contexto, tal cual es, no operan. Por eso,
inmediatamente después que se bautiza a alguien, es imprescindible que
comience a ser adoctrinado y enseñado en forma continua. Para esto, es
necesario que cada bautizado tenga un padre espiritual o alguien que lo guíe,
que esté en constante comunicación con él, que se preocupe, que realice la
función de una nodriza.
¿Acaso no ha nacido una nueva criatura? Los recién nacidos necesitan una
atención especial. Esto es muy importante. El corazón del que se ha bautizado
es tierno, está abierto a Dios, recibe lo que se le enseña, tiene hambre. ¡A los
niños recién nacidos se les da leche cada tres horas! Hace falta, pues, un
cuidado intensivo para los que recién nacen espiritualmente, integrándose a la
familia de Dios.
Tercera Parte
JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE UNIVERSO
Capítulo 6
Jesucristo es el Señor del universo
Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de
sabiduría y revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro
entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y
cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la
~ 84 ~
supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según
la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los
muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo
principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra,
no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas
bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su
cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.
Efesios 1:17–23
El cuerpo de Cristo yacía en el sepulcro. De pronto, el poder de Dios operó
en él, resucitándolo de los muertos. Pero esta “supereminente grandeza de su
poder” no sólo operó en Cristo resucitándolo, sino ascendiéndolo hasta los
cielos, sentándolo en los lugares celestiales sobre todo principiado, sobre toda
potestad, sobre todo señorío, sobre toda autoridad, sobre todo nombre que se
nombra no sólo en este siglo, sino también en el venidero, sometiendo todas las
cosas bajo sus pies. El poder de Dios levantó a Cristo, y lo colocó como cabeza
de la iglesia, que es su cuerpo, y más aún, como Aquel que es supremo sobre el
universo. Precisamente a esto queremos hacer referencia ahora, a Cristo como
el Señor del universo.
Juan, en su visión apocalíptica, se encontró con los cielos abiertos. El Espíritu
lo introdujo como por una puerta al mismo cielo. Y allí vio y oyó cosas que le fue
ordenado escribir. Este es su relato:
Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas
aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el
Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!
Apocalipsis 19:6
¡Qué tremendo! ¡Qué maravillosa visión! Una gran multitud, millones y
millones. ¡Y un estruendo como de muchas aguas, como la voz de grandes
truenos! ¿Y qué decían? ¡Aleluya! Todo se llenó de alabanzas. ¡Aleluya! Y en la
tierra, entre todas las naciones, también se hizo oír la misma palabra: ¡Aleluya!
Pero, ¿por qué aleluya? Nuestros aleluyas muchas veces tienen motivos
circunstanciales: “¡Aleluya porque me aumentaron el sueldo!” “¡Aleluya porque
van bien mis estudios!” Sin embargo, estas expresiones tendrían que estar
inspiradas en un motivo mayor, mucho más firme y estable. En los cielos se
gozan porque el Señor nuestro Dios todopoderoso reina. Mientras que él esté
sentado en el trono hay motivos harto suficientes para decir: ¡Aleluya!
Finalmente, Juan vio la culminación de la esperanza de cada redimido (v. 16
del mismo capítulo): el Hijo del hombre, Jesucristo, volviendo por segunda vez a
la tierra. Lo vio sobre un caballo blanco, viniendo con gran poder y gloria, al
sonido de la trompeta y rodeado de los arcángeles del cielo. Y en su vestidura y
en su muslo tenía escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.
~ 85 ~
Cristo, sentado hoy en el trono, a la diestra de su Padre, ya lleva este
nombre inscrito en su costado. A un lado, Rey de reyes; al otro, Señor de
señores. En otras partes de la Escritura se lo llama Salvador, Maestro, Hijo del
hombre, Hijo de Dios, León de la tribu de Judá, Cordero de Dios; pero ninguno
de estos nombres está escrito en sus vestiduras sino el de Rey y Señor. Este
nombre es por sobre todos los otros porque revela como ninguno su majestad y
señorío.
Cristo, pues, es Señor de todo lo que existe en este siglo y por la eternidad.
Veamos, por lo tanto, su actuación en cada una de las áreas o esferas en que se
mueve el universo.
Cristo es el Señor del universo. Pero no lo es meramente por su deidad
preexistente. Cuando vino a la tierra y se encarnó, demostró ante los hombres
el pleno dominio y autoridad que tenía sobre todas las esferas en su calidad de
hombre perfecto. Luego se despojó de su poder para morir en la cruz, pero
volvió a reconquistarlo con gloria a través de su resurrección. Consideremos
aquellas secuencias de su encarnación, muerte y exaltación con respecto a las
distintas áreas en que funciona el universo.
Para una más clara comprensión de lo que quiero presentar, señalaré seis
distintas esferas dentro del universo, a las cuales denominaremos reinos. Y
notaremos la actuación de Cristo en cada uno de estos reinos.
1. El reino de la naturaleza
Comprende el mundo material creado por Dios: la tierra, los astros y las
galaxias, los animales, las plantas, los minerales y tantas otras cosas. Todo lo
relativo al mundo natural. En él Dios ha establecido las leyes y los principios que
lo gobiernan.
2. El reino de los vivientes
Incluye a todo ser humano que vive sobre esta tierra: hombres y mujeres de
todas las razas. Esta es otra área y sobre ella también ha establecido Dios sus
leyes y sus principios.
3. El reino de los gobiernos humanos
La Biblia enseña que Dios es quien pone reyes y quita reyes. La revelación
dada a Daniel en tiempos de Nabucodonosor nos señala justamente esta
verdad: Dios está por encima de todo reino, rey o gobernante. Él los pone y él
los quita. Él endurece el corazón de Faraón y él establece a Nabucodonosor por
rey o lo quita de su lugar.
~ 86 ~
4. El reino de los muertos
Cuando el ser humano muere, su alma, su espíritu, su ser interior, se separan
del cuerpo que vuelve a la tierra, y va a una cierta región, a la morada de los
muertos. En la Biblia se la llama el Seol o el Hades (en idioma hebreo y griego,
respectivamente), indicando el lugar donde van todos aquellos que mueren. Ya
veremos esto en detalle, pero quiero señalarles que hasta el día de la
resurrección de Jesucristo, todo el que moría iba a aquella morada de los
muertos.
5. El reino, o esfera, de los demonios
Los demonios son espíritus incorpóreos y conforman un reino muy vasto.
Hay uno de ellos que los comanda como general supremo. Su nombre es
Satanás y tiene bajo su autoridad a todos los demás, organizados como un
verdadero ejército. Satanás tiene sus generales sobre cada país del mundo y sus
coroneles sobre cada ciudad. Tiene sus mayores, capitanes y tenientes, hasta
llegar al demonio “raso.” La Biblia los denomina principados, potestades,
autoridades, gobernadores de las tinieblas, huestes espirituales en los aires.
Hay rangos dentro de este reino de los demonios.
6. El reino de los ángeles
También los ángeles son seres espirituales sin cuerpo. Y hay distintas clases
de ángeles: querubines, arcángeles, serafines, ángeles que alaban de día y de
noche, ángeles que cuidan a los niños, ángeles que están continuamente a
disposición de Dios como servidores y ministradores.
He aquí, en rasgos generales, las distintas áreas, reinos y esferas que operan
en el universo. Podemos ubicar todo lo conocido dentro de alguna de estas seis
esferas. Desde luego, se podría hacer una clasificación distinta; esto no es algo
absoluto.
~ 87 ~
¿QUIÉN ES ÉSTE?
Cuando Cristo vino a la tierra, a la edad de treinta años, con la unción del
Espíritu Santo comenzó su actuación pública, su manifestación al mundo, como
el Mesías, como el enviado de Dios. Cuando él actuaba, los hombres y las
mujeres quedaban maravillados y confundidos. En ciertos aspectos parecía un
hombre como todos: se cansaba, tenía hambre y sed como cualquiera, tenía
sueño, dormía, sus manos se ensuciaban con el trabajo. En fin, parecía igual a
todos; se le podía tocar, palpar. No tenía nada fuera de lo común.
Sin embargo, al mirarlo desde otra perspectiva, dejaba perplejos a sus
observadores. Exclamaban: “Pero, ¿QUIÉN ES ÉSTE? No es un hombre común.
Es un personaje diferente. ¡Nadie ha hecho lo que éste hace! ¡Nadie ha hablado
como éste habla! ¿Quién es?”
En las mentes de aquellos hombres surgía este interrogante una y otra vez.
Algunos pretendieron resolverlo fácilmente, diciendo: “Es un profeta,” o “un
vidente,” o “un hombre excepcional” o “un maestro.” Pero no. Él era distinto.
“¿Quién es éste?” La pregunta resonó dentro de todos los que tuvieron
oportunidad de verlo. Aún sus discípulos, después de haber comenzado a
seguirle, vez tras vez se preguntaron lo mismo.
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LA NATURALEZA
En cierta oportunidad, Jesús, después de haber predicado a la multitud,
subió a un barco para cruzar el lago. Sus discípulos también lo hicieron. Cristo
estaba cansado por el trajín del día. Tenía sueño y se durmió. Allí acostado
parecía un hombre como todos. Y en la mitad de la travesía, el viento levantó
una tempestad, y la barca comenzó a zozobrar. Las olas se alzaban como para
tragar la embarcación. Aquellos diestros pescadores del mar de Galilea trataban
de controlarla, pero no podían. Finalmente, miraron hacia el maestro dormido.
—¡Maestro! ¡Despierta que perecemos! Cristo se levantó.
—¿Por qué teméis, hombres de poca fe? —Y dirigiéndose al mar, extendió su
mano diciendo— Enmudece y calla.
Al momento todo se aquietó y hubo bonanza. Los mismos discípulos,
asombrados, preguntaron:
—¿Quién es éste, pero ¿quién es éste, que aún el viento y el mar le
obedecen?… ¿Quién es éste?
Éste es Jesús de Nazaret, pero también es el Verbo hecho carne, el Hijo del
Dios viviente; es aquel que, cuando estuvo en la tierra demostró ser Señor
sobre el reino de la naturaleza. Él mostró su autoridad a través de su ministerio.
La naturaleza misma se sujetó al Señor del universo.
~ 88 ~
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LOS VIVIENTES
Los hombres, cuando lo oían predicar y enseñar, decían:
“Nadie ha hablado como éste. Este no habla como los religiosos sino como
alguien que tiene autoridad.” Así era, ya que nadie podía refutarle nada de lo
que él decía.
En cierta ocasión vino un hombre lleno de lepra, con todo su cuerpo llagado,
y cayendo de rodillas delante de él, le dijo: “Señor, si quieres, puedes
limpiarme.” Cristo extendió la mano, lo tocó y le dijo:
“Quiero. ¡Sé limpio!”
Y la lepra lo dejó en el mismo instante. Todos quedaron maravillados.
Pero, ¿Quién es éste?
Éste es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Señor sobre el reino de los
vivientes. Señor sobre el hombre en su totalidad. Sobre el cuerpo él es Señor.
Sobre el alma él es Señor. Sobre el espíritu también él es Señor. ¡Oh, cuán
grande es la potestad de Cristo sobre el ser humano!
En otra ocasión le trajeron un paralítico. Él le dijo:
—Hombre, tus pecados te son perdonados. —Los religiosos, entonces, se
enfurecieron.
—¿Quién es éste que perdona pecados? ¿Quién es éste? Sólo Dios puede
hacer eso.
—Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para
perdonar pecados… —respondió.
Tenía autoridad sobre todos los seres vivientes: sobre su cuerpo para sanar;
sobre su alma y su espíritu para salvar.
Una y otra vez se paró frente a la gente y les dijo: “¿Quién de vosotros me
acusa de pecado?” Nunca nadie pudo levantar su dedo para acusarlo. Nadie
pudo abrir la boca. Todos enmudecieron.
En otra ocasión, él dijo a los demás: “El que de vosotros esté sin pecado, tire
contra ella la primera piedra.” Y nadie tiró la piedra. Todos la dejaron y se
fueron. Maravillados. Sorprendidos. Pero, ¿QUIÉN ES ÉSTE?
¡Ah! Este es el glorioso Jesucristo, el Hijo bendito del Padre, que vino a la
tierra y demostró ser Señor sobre todos los seres vivientes en forma integral:
cuerpo, alma y espíritu.
~ 89 ~
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LOS DEMONIOS
En una ocasión, pasando por cierta región, un hombre le salió al encuentro.
Un hombre gadareno. Muchos espíritus satánicos, demonios, se habían
posesionado de él. No uno o dos, sino una legión. Este hombre era atado con
cadenas por otros y ni aún así lo podían contener. Pero entonces Jesús se le
acercó. Los espíritus comenzaron a temblar dentro de él y a gritar fuertemente.
¡Y todavía Cristo no había dicho nada! ¡No había abierto su boca y ya estaban
todos temblando!
“¿Qué tienes con nosotros, Jesús, hijo de David, hijo del Altísimo?”
Estaban temblando ante la presencia del Hijo de Dios. “Si vas a sacarnos de
aquí, por favor manda que salgamos y vayamos a este hato de puercos.”
Cristo, entonces, dio la orden. Una sola palabra, dos letras nada más: “Id”
(Mateo 8:32).
Y la legión de demonios salió de ese hombre, entrando en el hato de
puercos. Estos, corriendo, se precipitaron al mar y se ahogaron. Entonces, salió
toda la población a ver lo que había sucedido.
“¿Quién es éste, que aún los demonios le obedecen… Por favor, vete de
aquí…” Sí, le pidieron al Señor que se fuera, porque aún cuando había liberado
al endemoniado, les había arruinado el negocio de los cerdos. Sin embargo, el
interrogante de los lugareños tenía una respuesta: Este es Jesús de Nazaret, el
Hijo de Dios, aquel que demostró en la tierra ser Señor sobre todos los
demonios. En el comienzo de su ministerio, ya se había encontrado con el
general de ellos. Estuvo frente a frente con el mismísimo Satanás. Una, dos, tres
veces. En la tercera oportunidad le ordenó: “Vete de mí, Satanás.” Y el diablo
tuvo que huir avergonzado y vencido. Desde el más encumbrado entre los
demonios hasta el último, todos se sujetaron a él. La gente veía el poder del
Señor actuando en esa área también.
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LOS MUERTOS
Jesús tenía un amigo en Betania, Lázaro. Un día llegó la noticia:
“Señor, Lázaro está enfermo.” Era necesario ir a verlo inmediatamente; sin
embargo, él se demoró en hacerlo. Llegó cuando ya hacía cuatro días que había
muerto.
Marta, la hermana de Lázaro, le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi
hermano no habría muerto.” Ella sabía que Cristo tenía poder para sanar a los
enfermos, pero ni se imaginaba hasta donde él podía obrar. Jesús se acercó al
sepulcro.
—¿Dónde le pusisteis? —preguntó.
—Allí está.
~ 90 ~
—Quitad la piedra.
—Pero, Señor, ¡ya hiede!
—Quitad la piedra. —Y quitaron la piedra. Entonces, Jesús oró— Padre, te
doy gracias porque tú siempre me oyes… ¡Lázaro, ven fuera! —y el muerto
resucitó y salió fuera—. ¡Desatadle!, —ordenó (ver Juan 11:38–44).
¿Podemos imaginar la escena y la pregunta que habrá surgido en la mente
de todos? ¿Quién es éste, que aún los muertos le obedecen?… ¿Quién es éste?
Éste es Jesús de Nazaret: Señor también sobre el reino de los muertos.
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LOS ÁNGELES
Jesús estaba en el huerto de Getsemaní orando intensamente. Iba a ser
entregado en sacrificio y lo sabía. Un ángel vino a reconfortarlo. Finalmente, le
dijo al Padre: “Sea hecha tu voluntad, no la mía.” Y bebió la copa amarga. Se
levantó y miró a sus discípulos. “Dormid ya y descansad. He aquí la turba viene
y el tiempo ha llegado.” Una multitud de hombres se acercaba con espadas,
palos y antorchas. Venían a prenderlo. Cristo se adelantó hacia ellos y en la
espesura de aquel monte, en la oscuridad de la noche, preguntó:
—¿A quién buscáis?
—A Jesús Nazareno, —vino la respuesta.
Se adelantó aún más y dijo:
—Yo soy, —y al decir esto, todos sus perseguidores cayeron en tierra. Ni uno
solo quedó en pie. Rápidamente, se incorporaron. Los soldados buscaron sus
cascos, sus espadas, sus antorchas y nuevamente se enfrentaron con él.
—¿A quién buscáis?
—A Jesús Nazareno, —se oyó.
—Os he dicho que yo soy. Si a mí me buscáis, dejad ir a éstos.
Ellos, al ver su pasividad, su entrega, se acercaron, lo tomaron y lo ataron.
Mientras tanto, Pedro sacó su espada y cortó la oreja de uno de ellos.
—Pedro, mete tu espada en la vaina, —ordenó Cristo, mientras sanaba la
oreja herida—. ¿Piensas que si ahora quiero, no puedo pedir doce legiones de
ángeles que vengan a defenderme? Pero si para esto vine… (ver Mateo 26:51–
54; Lucas 22:49–51).
¿Qué dijo? Todos lo escucharon. Pero, ¿quién es éste que si pidiera doce
ejércitos de ángeles ellos acudirían? ¿Quién es éste?
~ 91 ~
SEÑOR SOBRE EL REINO DE LOS GOBIERNOS HUMANOS
Finalmente, lo ataron y lo llevaron delante del Sumo Sacerdote. Luego,
delante de Pilato, de Herodes, otra vez de Pilato. Éste le hizo algunas preguntas:
—¿Eres tú el rey de los judíos?
—Tú lo dices.
Luego, siguió preguntando, pero Cristo ya no respondió. Pilato se enfadó.
—¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte… y
para soltarte? —Jesús estaba de pie, calmo, sereno, con paz.
—Ninguna autoridad tendrías, si no te fuese dada de arriba. —Pilato no
entendió (ver Juan 19:10–11).
Entró a su palacio frotándose nerviosamente las manos y preguntándose:
“¿Pero, quién es éste? ¿Quién es éste? Yo soy el gobernador Pilato. Me
respalda todo el Imperio Romano. Y él me dice que hay otra autoridad encima
de mí. Pero, ¿quién es éste?”
¿QUIÉN ES ÉSTE?” “Pilato, no te canses. Éste es Jesús de Nazaret: Señor
sobre todos los gobiernos. Y ninguna autoridad tendrías, Pilato, si no te fuese
dada de arriba”. Jesús demostró vez tras vez en su ministerio público su
autoridad sobre los gobernantes; ya fueren estos políticos o religiosos. Los
principales sacerdotes se acercaron a él, pero siempre enmudecieron en su
presencia. Este Jesús demostró en tres años y medio de ministerio público que
era Señor sobre todas las esferas del universo.
SIENDO RICO SE HIZO POBRE
Repentinamente, la escena cambió. Éste, que tenía todo poder en los cielos y
en la tierra, que sujetaba con su autoridad a hombres, ángeles y demonios, fue
aprehendido en el Getsemaní. Los hombres lo ataron y lo llevaron e hicieron de
él lo que quisieron. Le pegaron, escupieron su rostro, lo injuriaron. Y él
permaneció en una actitud pasiva. Él que era Señor sobre los hombres estaba
siendo sometido por ellos. No actuó más con la autoridad que había
demostrado tener. Cuando lo llevaron delante de Pilato, éste le dijo:
“¿Así que tienes una autoridad superior? Vamos a ver…” Dio orden de
azotarlo y de llevarlo a la cruz. Jesús, cuya autoridad era suprema,
efectivamente quedó sujeto a la autoridad de un gobernante. Fue azotado.
Cargó la cruz, y en la cima del Calvario lo acostaron sobre el madero, clavaron
sus manos, sus pies y lo levantaron en la cruz. Su cuerpo quedó colgado, sujeto
por tres o cuatro clavos al madero. Allí estuvo el Hijo de Dios. La gente pasaba y
decía: “¿Y tú eres el Hijo de Dios?… Bájate de la cruz, y creeremos en ti.
¡Demuéstralo!”
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Ya había pasado el tiempo de demostrar. Aquel que era Señor de la
naturaleza y que sujetaba vientos y mares y las leyes físicas que los regían
quedó él mismo sujeto a un madero por unos clavos; y no quiso salir de ahí.
¿Qué fue lo que sucedió?
Comenzamos a comprender aquello que Pablo dice: “Se hizo pobre, siendo
rico.” La riqueza mayor de Cristo no era material o física, sino que consistía en
su autoridad y dominio sobre todo y sobre todos. Éste que era rico, y que tenía
todo en sus manos, comenzó a empobrecerse poco a poco. Éste que dominaba
sobre todo, quedó sujeto a todo.
Estaba allí en la cruz, agonizando. Los discípulos se habían ido. No había
nadie a su lado. Miró hacia el cielo; ni el Padre lo miraba. Lo había
desamparado. Por eso exclamó a gran voz:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Mateo 27:46
Ni siquiera un ángel estaba allí para reconfortarlo. Él que había tenido al
ejército de los cielos a su disposición, ya no lo tenía más. Quien había sido Señor
sobre el reino angelical, estaba ahora abandonado por todos.
Y Cristo, clavado en aquella cruz, habiendo exclamado a gran voz, dio el
espíritu, y murió. ¿Cómo? ¿No era él quien había levantado a los muertos? Sin
embargo, ahora estaba muerto. Él, que había tenido poder sobre la muerte,
sentía ahora la muerte prevalecer sobre sí y moría. De todo se despojó.
VENCEDOR
Los evangelios y Los Hechos de los Apóstoles son una narración de la vida de
Jesús hecha por testigos oculares. Pero hay en la Biblia libros de revelación; es
decir, de cosas no vistas por los ojos, sino reveladas por el Espíritu Santo. Entre
estos se encuentran parte de las epístolas, los Salmos, y otros libros.
¿Qué pasó con Cristo cuando él murió? Sabemos lo que ocurrió con el
cuerpo: lo envolvieron en una sábana y lo pusieron en un sepulcro. Esto lo
relatan los evangelios. Es lo que un testigo ocular podía ver. Pero, ¿qué sucedió
con su espíritu cuando salió de su cuerpo? ¿Adónde fue? ¿Qué hizo? ¿Dónde
estuvo?
Aquí intervienen los libros de revelación para narrar lo que el testigo ocular
no pudo ver. El libro de los Salmos revela que cuando su Espíritu se separó del
cuerpo por entrar bajo la autoridad de la muerte, él también tuvo que ir a la
morada de los muertos; es decir, al Hades o Seol. Por eso dice en uno de los
Salmos: “No dejarás mi alma en el Seol…” (Salmo 16:10; Hechos 2:25–32). El
Hades era el lugar donde iban los muertos; pecadores y salvados. En el Hades
había dos lugares o compartimentos diferentes. Cristo habló de esto al referirse
al rico y Lázaro en Lucas 16.
~ 93 ~
El rico murió y fue al Hades, a los tormentos, al infierno. Lázaro también
murió y fue al Hades, pero al lugar de descanso, de consuelo, de espera. Allí
estaba Abraham, el padre de la fe, y todos los que morían en la fe de Abraham.
El rico estaba en la zona de sufrimiento, Lázaro en el lugar de descanso. Había
un gran abismo que dividía las dos zonas; nadie podía pasar de un lugar al otro.
A toda esa región se la llamaba Hades. Era el imperio de la muerte cuyo
dominio tenía Satanás. Con su muerte Cristo venció y destruyó al que tenía el
imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14, 15). Mientras el cuerpo
de Cristo quedó en la cruz y luego en el sepulcro, ¿dónde fue su espíritu o su
alma? Efesios 4:9 nos informa que había descendido primero a las partes más
bajas de la tierra. Y Hechos 2:31 indica que el alma de Jesús fue al Hades. El
apóstol Pedro nos enseña que Cristo en espíritu fue y predicó a los espíritus
encarcelados (1ª Pedro 3:18, 19 y 4:6). Allí el León de la tribu de Judá, Cristo, se
encontró con el león rugiente, el diablo, que acababa de ser vencido por la
muerte de Jesús en la cruz. Satanás tuvo que entregar las llaves del Hades y de
la muerte a Jesucristo, el gran Vencedor, el Señor.
En Apocalipsis Jesús declara:
Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí
que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte
y del Hades.
Apocalipsis 1:17, 18
De modo que Satanás es un enemigo vencido. No puede hacer nada ahora.
Solamente, como espíritu mentiroso que es, utiliza contra nosotros la mentira.
El engaño es su única arma. Sus artimañas, sus tácticas, son para tratar de
poner espíritu de error y tinieblas en la gente. Cristo venció al que tenía el
imperio de la muerte. De modo que no debemos temer nada. ¡El “león
rugiente” está derrotado! Y Cristo tiene ahora en sus manos las llaves del
Hades. Él fue en el espíritu y predicó a los espíritus encarcelados. En aquel lugar,
Cristo predicó a los que estaban condenados, y selló su condena. Y a los que
estaban aguardando la “esperanza de Israel” les anunció las buenas nuevas.
Abrió ese sitio y llevó cautiva la cautividad (los muertos en la fe; ver Efesios 4:8–
10). Desde entonces ese compartimiento del Hades no funciona más. El único
lugar que ha quedado es el de tormento, el infierno, donde van todos los que
mueren sin Cristo y sin salvación. Los demás tienen acceso inmediato a la
presencia de Dios (Filipenses 1:21–23).
VENCIÓ A LA MUERTE
Pasó un día, dos. Al tercero, la gloriosa victoria de Cristo se hizo pública. Por
la mañana muy temprano, el sepulcro se estremeció. La piedra que cerraba la
entrada fue quitada y el Hijo de Dios resucitó triunfante de entre los muertos.
¡Lleno de gloria!
~ 94 ~
Venció sobre las leyes de la naturaleza. Según ellas, un cuerpo muerto entra
en descomposición, en corrupción. Pero el salmista ya lo había profetizado: “No
dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.” Y Cristo
triunfó sobre las leyes naturales. Venció a la muerte. El Cristo resucitado
demostró su autoridad sobre ella.
Luego de resucitado, los ángeles vinieron a servirlo, a atenderlo. Uno quitó la
piedra del sepulcro. Otro se sentó en el lugar donde él había sido puesto y
anunció: “No está aquí. Ha resucitado”. Los ángeles estaban otra vez a su
disposición. Había recuperado su señorío sobre ellos.
Luego, estando con los suyos, les dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo
y en la tierra.” Pero, ¿no se había despojado de todo al venir a esta tierra? ¿No
lo había perdido todo? Sí, pero en el momento en que terminó de perderlo,
comenzó a reconquistarlo nuevamente. Él, resucitando, demostró ser aquel que
tenía toda potestad en el cielo y en la tierra: sobre todos los vivientes, sobre
todas las naciones, sobre todos los reyes y gobernantes. Pablo dice en Romanos
13 que no hay autoridad establecida sino por él. Cristo, triunfante y resucitado,
reconquistó su señorío sobre todo cuanto existe, y ahora es Señor de todo. De
todo se desprendió para obrar nuestra redención y hacernos partícipes de su
reino y gloria. Mas luego, volvió a recuperarlo todo y se lo declaró Señor del
universo.
Como tenía toda potestad en el cielo y en la tierra, les dijo a sus seguidores:
“Id y haced discípulos. ¿A quiénes? A todas las naciones, porque yo tengo
autoridad sobre ellas. Id y haced discípulos… y yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin.”
Habiendo dicho estas cosas, el Cristo resucitado se despidió de los suyos.
Repentinamente sus pies comenzaron a desprenderse de la tierra allí sobre el
monte de los Olivos. Todos quedaron pasmados. Veían al Señor elevarse en los
aires. El poder de la resurrección lo levantaba. Una nube lo cubrió finalmente, y
no lo vieron más. Luego llegaron ángeles para dar instrucciones a los discípulos.
LA ESCENA CELESTIAL
Pero, ¿qué ocurrió con Cristo después que la nube lo cubrió? Los testigos
oculares no pudieron relatarlo. Otra vez necesitamos recurrir a los libros de
revelación para saberlo.
¡Ah, Jesucristo, aquel que había vencido, ahora ascendía y se acercaba a las
puertas de la eternidad!
El salmista David lo había visto proféticamente. Él oyó a alguien gritar frente
a las puertas del cielo:
~ 95 ~
Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y
entrará el Rey de gloria.
Desde adentro alguien preguntó:
¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, él es el Rey de la gloria.
Salmo 24:7, 10
Y las puertas de la eternidad, como un gigantesco telón, comenzaron a
alzarse para dar la bienvenida al que había vencido, al Cordero inmolado. ¿Y
qué se vio del otro lado? El cielo, desbordando de gloria y alegría. Había
cánticos y regocijo. Los ángeles hacían sonar sus trompetas, cantaban, batían
palmas. Jesucristo estaba entrando por las puertas de la eternidad a la gloria
que él había conquistado.
¡Ah, es imposible describir la escena cabalmente! Pero puedo, en mi espíritu,
alcanzar a ver un poquito de ella. ¡Quisiera poder expresarme en lenguas
angélicas para describirla!
El cielo estaba vestido de fiesta, las luces brillaban más que nunca, la gloria
de Dios se palpaba allí. ¡Nunca se había cantado como en aquella ocasión! Entró
Jesucristo, escoltado por las huestes celestiales. El mismo Padre no pudo
contenerse: se levantó de su trono y fue a darle la bienvenida. El salmista David
también vio esto y relata así el encuentro:
Jehová dijo a mi Señor (el Padre dijo al Hijo): Siéntate a mi diestra, hasta que
ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
Salmo 110:1
Jesucristo, entonces, se sentó en el trono excelso y sublime. Y cuando se
sentó, el Padre le dio aquel nombre que es sobre todo nombre: SEÑOR DE
SEÑORES, Y REY DE REYES. Este nombre quedó escrito sobre su muslo (ver
Apocalipsis 19:16).
En el momento en que él se sentó en el trono, los ángeles comenzaron a
tocar sus instrumentos, a cantar, y empezó —hace ya cerca de dos mil años—
una fiesta con tanta gloria, con tanta alabanza, con tales cánticos, que ¡todavía
no ha podido parar! Si no lo crees abre tu Biblia en Apocalipsis 5 y verás:
El Cordero que fue inmolado es digno… el León de la tribu de Judá, la raíz de
David ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.
Ellos siguen allá. Y nosotros acá, con la misma gloria, impregnados de la
misma realidad. Aunque no veamos estas cosas con nuestros ojos ahora, con los
ojos de la fe vemos la realidad trascendental y eterna: ¡Cristo reina y está
sentado en el trono!
~ 96 ~
LA ESPERANZA VICTORIOSA DE LA IGLESIA
¿Qué momento histórico estamos viviendo? Aquel señalado por el Padre
cuando dijo: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado
de tus pies. Estamos en ese “hasta que,” en ese “mientras tanto,” en el cual el
Padre está poniendo a todos bajo los pies del Hijo.
Esa es la razón por la que presenciamos un despertar espiritual en diferentes
partes del mundo. Porque el Padre ha tomado a algunos príncipes de la
potestad de los aires y los ha puesto bajo los pies de Jesús. Y seguirá poniendo a
otros, hasta que no quede ninguno. El Padre lo ha dicho y lo va a hacer. Todo lo
pondrá bajo los pies de Cristo, para que él tenga pleno dominio. Pero, ¿cuáles
son sus pies? Piensa un poco. Cristo tiene un cuerpo.
¿Cuál? La iglesia. Él es la Cabeza, y todo lo que ponga bajo sus pies, ¿bajo
quién estará? ¡Bajo la iglesia! ¡Aleluya!
¡Levántate, iglesia! Toma conciencia de la hora de Dios. Mira lo que el Padre
se ha propuesto. ¡Ríndete a Jesucristo! Entra en fe y en espíritu de victoria.
Comienza a brillar. “Todo lo que pisare la planta de vuestros pies será vuestro”,
asegura él en su palabra, porque nuestros pies son los pies de Jesús. Somos el
Cuerpo de Cristo. Cuando este cuerpo se mueve bajo la dirección de la Cabeza,
allí va la iglesia triunfante marchando, pisoteando, aplastando y conquistando
los reinos para nuestro Señor Jesucristo.
Isaías vio la visión de este reino de Dios. De repente, en medio de las
tinieblas, nació una luz. Esta luz creció y creció hasta que él ya no pudo seguir
mirando. Entonces profetizó: “y lo dilatado de su imperio no tendrá límite”
(Isaías 9:1, 7). El reino de Dios está en plena expansión. No va a quedar así. Va a
seguir creciendo. ¡Gloria a Dios! Él está preparando a su pueblo ahora, porque a
través de su pueblo él va a extender su reino en todas las naciones.
Un Cristo grande merece un reino grande. Él tiene poder para tener un reino
grande. “Porque suyo es el reino y suyo el poder y suya la gloria por todos los
siglos.” ¡Oh, si supiéramos la responsabilidad que nos toca en la hora que
estamos viviendo! Es el momento de la culminación del propósito de Dios para
esta generación. Y es la iglesia, su cuerpo, el agente que Dios ha escogido para
extender su reino a pueblos, ciudades y naciones.
¿Cuál es el drama del mundo? Siempre el mismo: todos quieren mandar.
Hace siglos se levantó uno llamado Alejandro Magno. Comenzó a conquistar
reinos y pueblos. Quería abarcarlo todo. Dice la historia que conquistaba a la
velocidad de su caballo. Pero un día su caballo no corrió más. Se levantó otro
imperio, el romano, dominando las naciones con vara de hierro. Mas, ¿dónde
está hoy?
~ 97 ~
Tres siglos atrás surgieron en Francia un hombre de pequeña estatura y gran
inteligencia: Napoleón Bonaparte, que ambicionaba ser el emperador del
mundo. Ganó todas sus batallas menos la última. Mientras estaba desterrado
en la isla de Santa Elena, esperando la muerte, se expresó así, refiriéndose a
Jesús: “Oh, Maestro de Galilea, yo he tratado de conquistar por la fuerza, y he
perdido. Tú has querido hacerlo por el amor, y has vencido.”
En la actualidad, como en cualquier época de la historia, pueblos, naciones y
reinos se enfrentan entre sí, procurando tener supremacía sobre los demás. El
norte contra el sur, el este contra el oeste, las naciones subdesarrolladas se
enfrentan con las desarrolladas. Los gastos que demanda la defensa y la
preparación de una futura conflagración elevan a cifras increíbles los
presupuestos de las naciones del orbe. Pero, al fin, nos preguntamos: ¿Quién
saldrá triunfante? ¿Quién logrará el dominio del mundo? Puedo asegurarlo, sin
temor a equivocarme, que el que va a triunfar es aquel que ya ha vencido:
JESUCRISTO. ¡Él es el Señor! Y un día, cuando suene la última trompeta,
aparecerá con poder y gloria. Pondrá sus pies sobre la tierra, y será proclamado
Rey y Señor del mundo entero.
Si sabemos de antemano que el reino de Dios prevalecerá, entonces, ¿por
qué preocuparnos por cómo están las cosas ahora? Si en un encuentro de fútbol
supieras de antemano el resultado final, ¿te preocuparía tanto el desarrollo? Lo
que importa es cómo va a terminar la cosa y no las variantes del juego. En un
encuentro de fútbol no podemos saber con anticipación el resultado final, en
cambio sí podemos conocerlo en cuanto al curso de la historia. Dios lo ha
revelado en su palabra:
Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él
reinará por los siglos de los siglos.
Apocalipsis 11:15
Cristo, el vencedor, el invicto, el triunfante, es El que reinará y gobernará
sobre toda la tierra. Su venida se acerca. Pero antes de que él vuelva, su reino
se va a extender con poder y gloria. Él vendrá a buscar a su iglesia, la que se
está preparando para ser santa, sin mancha y sin arruga para su gloria. Él
vendrá. Y los muertos en Cristo, cuando él aparezca, resucitarán primero, y
todos los que estemos en la tierra, en un abrir y cerrar de ojos seremos
arrebatados para estar junto con él. Entonces, establecerá su reino aquí en la
tierra.
El último evento del que habla la Biblia es el establecimiento de un gran
trono blanco, y uno sentado sobre él (Apocalipsis 20:11–15). Aquel día final,
cuando el Hijo del hombre se siente en el tribunal de juicio en su trono blanco,
los libros se abrirán. Todos los muertos resucitarán, la muerte y el Hades
~ 98 ~
entregarán sus muertos y todos comparecerán ante aquel cuyo nombre es
sobre todo nombre.
A su izquierda habrá una multitud incontable de millones y millones, vestidos
con harapos, y con el rostro demacrado, escondiéndose del esplendor de la
gloria del que está sentado en el trono. Ellos clamarán a los montes: “Caed
sobre nosotros y cubridnos”. Su número será tan grande que se perderá en la
lejanía. Serán los que aquí en la tierra no han reconocido a Jesucristo como
Señor.
A su derecha, otra multitud, vestida con ropas blancas y coronas en sus
cabezas. La luz y la gloria del que está sentado en el trono los cubrirá.
Frente al trono estarán también todos los ángeles y arcángeles. Y al otro
lado, todos los demonios, desde Satanás hasta el más pequeño; ¡todos
presentes! En ese día final, toda rodilla se doblará. Todos se inclinarán ante el
Señor. Los de la izquierda y los de la derecha, los ángeles y los demonios. ¡El
mismo Satanás! Filipenses 2 afirma que todos lo harán, los que están en los
cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra. Y todo el universo, como un
gigantesco coro confesará que ¡JESUCRISTO ES EL SEÑOR! (vv. 10, 11).
Tú y yo también vamos a estar frente a ese trono. Pero ¿de qué lado? ¿A la
izquierda, o a la derecha? Todos dirán “Cristo es el Señor,” pero yo diré algo
más: “Jesucristo es MI Señor.” Los que confiesen a Cristo como su Señor aquí en
la tierra y lo reconozcan en sus vidas, estarán a la derecha. Solamente habrá allí
dos clases de personas: los que vivieron como el Rey manda y los que vivieron
como ellos quisieron. ¿Dónde estarás tú?
En aquél día, todos los de la izquierda junto con Satanás y todos sus
demonios, serán lanzados al lago de fuego y azufre que es la muerte segunda,
por toda la eternidad. Los de la derecha, junto con todos los ángeles,
escucharán la invitación:
Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde
la fundación del mundo. Mateo 25:34
Cristo el Señor arrancará esta página de la historia de los siglos…
cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo
dominio, toda autoridad y potencia. 1a Corintios 15:24
Y comenzará una nueva era. ¡Qué esperanza de gloria tenemos! Entonces
comenzará la historia de la gloria plena de Dios, junto con sus escogidos. Y
reinaremos con él por los siglos de los siglos.
~ 99 ~
Nombre sobre todo nombre es el
nombre de mi Cristo; ante tan glorioso
nombre todos se postrarán.
Todas las fuerzas de oscuridad, de todo el
mundo la humanidad, todos los cielos y su
potestad, todos se postrarán.
Nuestros ojos le contemplan, nuestro
corazón le adora, nuestra lengua hoy
proclama:
¡JESUCRISTO ES SEÑOR!
~ 100 ~