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Sentencia

El documento presenta un resumen de un caso judicial en Colombia sobre un accidente laboral fatal. La Corte Suprema de Justicia está revisando el caso de un trabajador que murió electrocutado mientras transportaba a otros trabajadores que realizaban soldadura. Los demandantes, la familia del trabajador fallecido, alegaron que la empresa era responsable, mientras que la empresa argumentó que el accidente no fue culpa suya. El tribunal de primera instancia encontró que hubo culpa concurrente de la empresa y el trabajador.
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El documento presenta un resumen de un caso judicial en Colombia sobre un accidente laboral fatal. La Corte Suprema de Justicia está revisando el caso de un trabajador que murió electrocutado mientras transportaba a otros trabajadores que realizaban soldadura. Los demandantes, la familia del trabajador fallecido, alegaron que la empresa era responsable, mientras que la empresa argumentó que el accidente no fue culpa suya. El tribunal de primera instancia encontró que hubo culpa concurrente de la empresa y el trabajador.
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Colombia

Corte Suprema de Justicia

SALA DE CASACIÓN LABORAL

DR. LUIS JAVIER OSORIO LOPEZ


Magistrado Ponente

Radicación N° 35121
Acta N° 21

Bogotá, D.C., tres (3) de junio de dos mil nueve (2009).

Decide la Corte el recurso de casación que interpuso la parte


demandada, contra la sentencia proferida por la Sala Laboral del Tribunal
Superior del Distrito Judicial de Medellín, calendada 25 de octubre de 2007,
en el proceso ordinario adelantado por ALBA MERY DEOSSA VASCO, quien
actúa en nombre propio y en representación legal de su menor hija MARIBEL
TORRES DEOSSA, y LUILLY GIOVANNY TORRES DEOSSA, contra la
sociedad MINA LA MARGARITA S.A..

I. ANTECEDENTES

Los accionantes en mención demandaron en proceso laboral a la


sociedad MINA LA MARGARITA S.A., procurando se les declarara que el
accidente sufrido por el trabajador Luís Alfonso Torres Duque el día 4 de julio
de 2004 y a raíz del cual falleció en el mismo lugar de los hechos, fue un
accidente de trabajo que sucedió por culpa de la empleadora, y como
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consecuencia de lo anterior, se les condenara a pagar a cada uno, los
correspondientes perjuicios patrimoniales y extrapatrimoniales, representados
en el lucro cesante consolidado y futuro, junto con el daño moral subjetivo,
más las costas.

Como fundamento de esos pedimentos argumentaron en resumen, que


Luís Alfonso Torres Duque desde el 1° de enero de 2004, laboró en la
empresa MINA LA MARGARITA S.A., en el municipio de Titiribí, en el cargo
de conductor; que el 4 de julio de 2004 le correspondió transportar en uno de
los vehículos de la compañía, a varios trabajadores que tenían como tarea
hacer un trabajo de soldadura en un “quiebra patas” ubicado en una zona
aledaña a la mina; que los encargados de esa labor fueron los señores
Orlando de Jesús Calle Rojas y Harrison Dávila, el primero se desempeñaba
como palenquero - oficios varios y el segundo era topógrafo de profesión,
quienes pusieron en práctica un plan de trabajo, consistente en tomar la
energía que se necesitaba para el funcionamiento del equipo de soldadura,
de las redes eléctricas que pasaban por ese lugar hacía la mina, y con ese fin
conectaron un cable a una de las líneas y notaron que por el alto voltaje se
presentaba mucho ruido, no obstante conectaron la segunda línea, la cual se
pegó y el ruido aumentó, lo que obligó a no continuar con la tarea y proceder
a desconectar los cables; que dichos trabajadores se dirigieron al lugar donde
estaba otro empleado que los acompañaba Froilán Montoya Taborda y el
conductor Torres Duque, encontrando que a éste último lo había alcanzado la
electricidad, debido a que parte del cable quedó encima del vehículo que fue
electrizado totalmente, falleciendo de inmediato; y que por este hecho mortal

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la Fiscalía dio apertura a la correspondiente investigación, donde los referidos
empleados rindieron su versión de lo acontecido.

Continuaron narrando, que la demandada no reportó como accidente


de trabajo a la Administradora de Riesgos Profesionales, el fallecimiento del
señor Luís Alfonso Torres Duque; que en lo ocurrido hubo culpa de la
empleadora, por no haber capacitado al personal enviado para efectuar el
mencionado trabajo de soldadura, a quienes se les dio la orden de hacerlo en
condiciones de alta peligrosidad, sin tener en cuenta que en esa materia no
poseían el suficiente conocimiento, preparación y experiencia en la operación
del equipo de soldadura, además que a las personas que iban no se les
suministró los elementos de seguridad y protección que deben tener quienes
manipulan o están expuestos a redes de energía eléctrica; que es un típico
accidente de trabajo, dado que los referidos empleados, entre ellos el
conductor, se encontraban para ese momento cumpliendo funciones
asignadas y programadas por la compañía; que a todos los accionantes les
asiste el derecho a que la convocada al proceso, les repare íntegramente los
daños que se deriven del infortunio laboral en comento; que el causante para
la data del accidente tenía 46 años de edad por haber nacido el 6 de marzo
de 1958 y una vida probable de 31.25 años, devengando un salario mensual
en cuantía de $515.028,16; que el occiso hizo vida marital con la demandante
Alba Mery Deossa Vasco, de cuya unión nacieron dos hijos Luilly Giovanny y
Maribel Torres Deossa, los cuales para esa época tenían la edad de 21 y 13
años respectivamente; y que ante la muerte de su ser querido, compañero y
padre, padecieron un daño moral de dolor, aflicción y tristeza, siendo éstos
los beneficiarios o herederos de los perjuicios demandados.

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II. RESPUESTA A LA DEMANDA

La convocada al proceso al dar respuesta a la demanda, se opuso al


éxito de las pretensiones, argumentando que el accidente donde perdió la
vida Luís Alfonso Torres Duque, no fue consecuencia directa ni indirecta del
desempeño de su labor de conductor. De los supuestos fácticos, admitió la
relación laboral para con el señor Torres Duque, el extremo final, el cargo
desempeñado, que el día de los hechos transportó en un vehículo de la
compañía al personal encargado de adelantar la conexión a redes eléctricas,
y el fallecimiento del trabajador, y de los demás dijo que unos no eran tales
sino la trascripción de unas versiones de terceros, que otros no le constaban
y que los restantes no eran ciertos. Propuso como excepciones, las que
denominó ausencia de culpa por parte de la empresa, culpa de la víctima,
pago con subrogación, y prescripción.

En su defensa, adujo que “El señor Luís Alfonso Torres Duque, como
conductor, ni debía, ni realizó ninguna actividad relacionada con la soldadura
encomendada al soldador, Orlando de Jesús Calle Rojas. Su actividad se limitó a
conducir el vehículo de la empresa y hasta ahí llegó su función laboral. Las
circunstancias de lo ocurrido, en nada se relacionan con su oficio de conductor. La
supuesta descarga eléctrica que recibió el vehículo, sigue siendo inexplicable para
todos y mucho más aún, el que Luís Alfonso Torres Duque, no estando dentro del
automotor y a considerable distancia de él fatalmente se afirme que murió como
consecuencia de dicha descarga” y que por tanto no pudo darse la culpa
patronal alegada, por no haber sido la muerte del trabajador consecuencia del

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desarrollo propio del oficio de conductor; que “La reacción del señor Luís
Alfonso Torres Duque, fue totalmente imprevisible, pues no se explica, como
encontrándose fuera del vehículo y a distancia del mismo, es decir, sin estar
expuesto a ningún riesgo, y ante la evidencia de que el automotor era objeto de
una descarga eléctrica se acercara a él. Su compañero, el señor Froilán Montoya,
ante la manifiesta situación de peligro se alejó del carro y nada le pasó. El señor,
Luís Alfonso Torres Duque, en ningún momento estuvo expuesto al riesgo del
trabajo que iba a realizar el señor Orlando de Jesús Calle Rojas, ni lo iba a estar.
De hecho no lo estuvo, pues si no reacciona en la forma inexplicable como lo hizo
al dirigirse al vehículo en lugar de alejarse de él o permanecer en el sitio donde se
encontraba nada le hubiera pasado. Lo ocurrido fue una fatalidad, un accidente,
pero en su desenlace ninguna culpa le corresponde a la empresa. Obedeció a una
conducta imprevisible e inexplicable del señor Luís Alfonso Torres Duque de
dirigirse al peligro en lugar de alejarse de él” , lo que conlleva a que existió culpa
de la víctima; y que el Instituto de Seguros Sociales al cual estuvo afiliado el
causante, es la entidad obligada a reconocer cualquier prestación derivada
del fallecimiento del trabajador, y de conformidad con lo previsto en los
artículos 216 del C. S. del T. y el inciso segundo del artículo 12 del Decreto
Reglamentario 1771 de 1994, lo reconocido por seguridad social debe
descontarse de la indemnización plena a cargo del culpable del accidente, en
el evento de que resulte ser la empresa demandada.

III. SENTENCIA DE PRIMERA INSTANCIA

Conoció de la primera instancia el Juzgado Primero Laboral del Circuito


de Itagüí, quien dictó sentencia el 3 de noviembre de 2006, en la que condenó

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a la sociedad demandada a reconocer y pagar a los demandantes ALBA
MERY DEOSSA VASCO, quien actúa en nombre propio y en representación
legal de su hija menor de edad MARIBEL TORRES DEOSSA, y LUILLY
GIOVANNY TORRES DEOSSA, por la muerte con ocasión de un accidente
de trabajo de su compañero permanente y padre LUIS ALFONSO TORRES
DUQUE, respectivamente, las siguientes sumas de dinero y conceptos:

a) $23.073.160,oo por perjuicios materiales a la señora Alba Mery


Deossa Vasco.

b) $15.350.574,oo por perjuicios materiales para la menor Maribel


Torres Deossa.

c) $10.200.000,oo por perjuicios morales a favor de los accionantes.

Y se consideró que los medios exceptivos habían quedado


implícitamente decididos con lo resuelto en la sentencia, y en cuanto a las
costas fueron impuestas a la accionada.

Para arribar a la anterior determinación, el a quo calificó el infortunio en


que perdió la vida el señor Luís Alfonso Torres Duque, como un típico
accidente de trabajo, pero estimó que el mismo se produjo por concurrencia
de culpas “toda vez que el comportamiento irreflexivo del asalariado lo propició
participando en forma efectiva con el descuido de la sociedad empleadora en el
acaecimiento del fatal desenlace, lo cual no la libera de reparar el daño, señalando
sí, que para dicho evento se toma en cuenta la reducción prevista en el artículo

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2357 del Código Civil, al acoger la teoría de la compensación de culpas, aplicando
una disminución del cuarenta por ciento (40%), en el total de la indemnización
plena de perjuicios que debe asumir”, y que atendiendo a la naturaleza de la
muerte del compañero permanente y padre de los demandantes, igualmente
proceden los perjuicios por el daño moral sufrido por éstos.

IV. SENTENCIA DE SEGUNDA INSTANCIA

Apelaron las partes y la Sala Laboral del Tribunal Superior del Distrito
Judicial de Medellín, con sentencia que data del 25 de octubre de 2007,
confirmó las condenas impuestas en la decisión de primer grado, por
concepto de perjuicios materiales, pero en su totalidad y en los siguientes
montos: para Alba Mery Deossa Vasco por lucro cesante pasado
$6.116.808,oo y por lucro cesante futuro $42.836.771,oo; y para la menor
Maribel Torres Deossa por lucro cesante pasado $6.116.808,oo y por lucro
cesante futuro $23.122.554,oo; así mismo confirmó en su integridad los
perjuicios morales, y condenó a la sociedad demandada a las costas de la
alzada.

El ad quem comenzó por efectuar un recuento de la normatividad que


consideró aplicable al caso, esto es, los artículos 9° del Decreto 1295 de
1994 y 216 del Código Sustantivo de Trabajo, luego se refirió a lo que se ha
entendido por culpa patronal, y posteriormente se adentró en el análisis de los
medios probatorios, y estimó que no era objeto de cuestionamiento la

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condición de trabajador del señor Luís Alfonso Torres Duque, quien se
desempeñó como conductor y falleció el 4 de julio de 2004 estando al servicio
de la empresa demandada, así como tampoco que el día de los
acontecimientos llevó hasta un lugar aledaño a la mina, a los señores Orlando
de Jesús Calle Rojas encargado de soldar un “quiebra patas”, Harrison Dávila
y Froilán Montoya Taborda.

Del interrogatorio de parte absuelto por el representante legal de la


demandada, al igual que de los testimonios de Orlando de Jesús Calle Rojas
y Froilán Montoya Taborda, el Juez Colegiado infirió la manera como ocurrió
el accidente en que perdió la vida el trabajador Torres Duque y en relación
con la culpa patronal textualmente sostuvo lo siguiente:

“(….) Es claro que el señor Luís Alfonso Torres murió como consecuencia de
un accidente de trabajo, ocurrido cuando en ejercicio de su labor transportó
hasta el lugar indicado por su superior a una cuadrilla de trabajadores y
mientras esperaba que se cumpliera con el cometido inicial, encontró la
muerte cuando el vehículo se electrocutó como consecuencia de que se dejó
sobre él un cable, el cual se conectó a 13.500 voltios por un trabajador
inexperto, como era el señor Orlando Calle, quien a pesar de que había
recibido alguna instrucción respecto al manejo de la electricidad, solo se le
instruyó sobre 110 y 220 voltios, como él mismo lo afirma, pero no sobre
13.500 voltios.

La empresa no creó un ambiente sano para que sus trabajadores cumplieran


con la labor que se les había encomendado. En primer lugar, dejó de lado
dos de las tres propuestas que se le hicieron para llevar a cabo el trabajo
porque las consideró costosas y eligió la más barata pero la más peligrosa.
En segundo lugar, a pesar de haber elegido la más peligrosa no tomó las
medidas de protección necesarias, como sería haber enviado a un
especialista en la materia (un ingeniero, por ejemplo) que supervisara la
labor; haber proporcionado elementos de protección suficientes, como

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carretes para llevar el alambre; haber suministrado elementos de
comunicación entre los dos grupos, pues estos no se veían ni oían debido a
la distancia y a la conformación del terreno; haber instruido a los grupos
sobre la forma como debían obrar en el caso de que se presentara un
accidente; haber elegido el personal idóneo para cumplir con una misión tan
difícil y peligrosa, pero no enviando a un topógrafo y a un minero que nada
sabían sobre la energía eléctrica ni sobre la soldadura. En fin, el empleador
debió adoptar todas las medidas de seguridad necesarias para evitar el
accidente de trabajo, más cuando era previsible y posible que se presentara”.

Y en lo que tiene que ver con la culpa de la víctima, manifestó:

“(….) Acto propio del accidentado.

Cuando se presenta un acto propio del accidentado, ese solo hecho no


afecta la calificación de accidente de trabajo, máxime cuando esa
imprudencia o negligencia se puede calificar como profesional, es decir a la
que es consecuencia del ejercicio habitual de un trabajo y se deriva de la
confianza que éste inspira en el trabajador. Solamente cuando se presentara
una imprudencia de gravedad excepcional, que no esté justificada por motivo
legítimo y comporte una conciencia clara del peligro, es decir una
imprudencia que atente incluso contra el instinto de conservación,
contraviniendo las órdenes impartidas, podría exonerar de responsabilidad al
empleador.

En el caso que nos ocupa, aunque podemos afirmar que se presentó un caso
de imprudencia profesional no consideramos que haya sido lo
suficientemente grave como para neutralizar los efectos de la
responsabilidad que le cabe al empleador, pues la muerte del señor Luís
Alfonso Torres ocurrió cuando éste pretendió desconectar el sistema
eléctrico del vehículo moviendo una "cuchilla" para evitar el daño del mismo,
y cuando se encontraba en ésta operación le llegó la descarga eléctrica que
le causó la muerte”.

Finalmente concluyó que “la conducta del empleador en la ocurrencia del


accidente fue decididamente culpable, y como consecuencia de ello, deberá
responder por la totalidad de los perjuicios”, procediendo a cuantificar los
perjuicios de índole material acogiendo el dictamen pericial rendido en el

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curso del proceso, y ratificó íntegramente el monto de los perjuicios por daño
moral fijado por el a quo.

V. EL RECURSO DE CASACIÓN

La sociedad demandada, apoyada en la causal primera de casación


laboral contemplada en el artículo 60 del Decreto 528 de 1964, formuló cuatro
cargos que no fueron replicados, para lo cual propuso un alcance de la
impugnación para los dos primeros y otro para cada uno de los restantes, así:

Para el primer y segundo cargo solicitó “que se case totalmente la


sentencia impugnada, en cuanto confirmó la condenatoria de primer grado; para
que, constituida en sede de instancia, la H. Corte revoque esas condenas,
absuelva a Mina La Margarita S. A. y condene en costas a los demandantes”.

Respecto del tercer cargo pretendió “que se case parcialmente la


sentencia acusada, en cuanto revocó la decisión del a-quo de reconocer la
excepción de culpa de la víctima; para que, una vez constituida la H. Corte en
tribunal de instancia, confirme en su totalidad la sentencia de la jueza de primer
grado”.

Y frente al cuarto cargo aspiró “que se case parcialmente la sentencia


acusada, en cuanto confirmó la decisión del a-quo de no descontar de las
condenas impuestas a la demandada, el valor de las prestaciones en dinero
pagadas por el Seguro Social por el accidente de trabajo de cuya indemnización
plena se trata; para que, una vez constituida la H. Corte en tribunal de instancia,
revoque esa decisión del juez de primer grado y descuente de la condena impuesta

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a los demandados el valor de las prestaciones en dinero que les reconoció el
Seguro Social a las demandantes Alba Mery Deossa Vasco y Maribel Torres
Deossa, según la certificación que obra a folios 118 del cuaderno principal” .

Conforme a lo anterior, se estudiarán conjuntamente las dos primeras


acusaciones, por estar orientadas por igual vía, denunciar similares
disposiciones legales, valerse de una argumentación que las complementa, y
perseguir idéntico fin, cual es que se absuelva totalmente a la accionada, para
luego despachar el tercer y cuarto cargo de acuerdo con el alcance
subsidiario que se está planteando.

VI. PRIMER CARGO

Acusó la sentencia impugnada por la vía directa, en la modalidad de


interpretación errónea del artículo 9° del Decreto 1295 de 1994, lo que
condujo a la aplicación indebida del artículo 216 del Código Sustantivo del
Trabajo.

Para su demostración comenzó por advertir, que se admiten las


inferencias fácticas del Tribunal, dado que aquello que se cuestiona es la
conclusión jurídica consistente en que “el proceder del fallecido no fue sino una
imprudencia profesional, sin capacidad para desvirtuar el accidente de trabajo”.

Tras reproducir el texto del artículo 9° del Decreto 1295 de 1994, que
todavía no había sido declarado inexequible cuando se presentó el accidente

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que acabó con la vida del señor Luís Alfonso Torres Duque, y un extracto de
la sentencia de la Corte fechada el 26 de enero de 1954 sobre el tema de la
imprudencia profesional, a reglón seguido realizó el siguiente planteamiento:

“(….) Atendiendo esta orientación de la H. Corte Suprema, no es posible


entender que la imprudencia profesional de un conductor de vehículo
automotor, se salga del ámbito de su trabajo habitual u ordinario. En este
concepto cabrían descuidos tales como no abrocharse el cinturón de
seguridad, exceder límites de velocidad, manejar un carro al que se le noten
deficiencias mecánicas, hablar por celular o fumar mientras conduce, no
asegurar las puertas del carro, escoger casetes para oír música sin detener
el vehículo, y tantos otros en que incurrimos todos los que manejamos.

Pero la imprudencia en que incurrió el señor Torres, y que admite la


sentencia, no tiene nada que ver con los malos hábitos que se crean como
consecuencia de conducir vehículos automotores. Se trata de una
imprudencia ajena totalmente a su oficio y de unas características de
gravedad tales que desvirtúan el concepto de accidente de trabajo.

Para que un accidente pueda calificarse como de trabajo, tiene que haber
ocurrido a causa del trabajo o con ocasión de él.

Cuando el trabajo encomendado implica riesgos específicos que se vuelven


realidad, puede decirse que el trabajo causó el accidente. En el caso de los
conductores, son riesgos específicos, entre otros, los volcamientos y los
choques y cuando estos ocurren y el conductor resulta lastimado, puede
decirse que la causa de sus perjuicios fue el trabajo.

Sobre el accidente que ocurre con ocasión del trabajo, se han tejido
diferentes opiniones; pero la predominante entre nosotros es la que asimila la
expresión a <trabajando>, esto es, realizando las labores propias de la
actividad encomendada.

En el caso concreto que nos ocupa, el señor Torres, según la declaración de


Froilán Montoya a la que el ad-quem le atribuyó plena confiabilidad, había ya
dejado de ejercer su actividad de conductor; estaba por fuera del vehículo
esperando a que los encargados de soldar el ‘quiebrapatas’ terminaran su
labor para volver a su actividad de conductor; no estaba trabajando cuando
se le ocurrió la incomprensible y temeraria idea de tocar un vehículo
electrificado, no obstante lo consciente que estaba de que eso le podía
matar, tal como se lo advirtió a Froilán.

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El accidente, entonces, no fue causado por el trabajo ni ocurrió mientras la
víctima estaba trabajando, lo que hace que se torne en un accidente simple,
que no da lugar a la indemnización de que trata el artículo 216 del Código
Sustantivo de Trabajo, pues esta norma parte del supuesto de que el
accidente sea de trabajo” (Resalta la Sala).

VII. SEGUNDO CARGO

Atacó la sentencia recurrida de violar la ley sustancial por la vía directa,


en el concepto de interpretación errónea de los artículos 9° del Decreto 1295
de 1994 y 216 del Código Sustantivo del Trabajo, en relación con el 19 del
C.S.T. y los artículos 63, 1604 y 1613 del Código Civil.

En la sustentación del cargo, expuso que el Tribunal entendió que la


imprudencia del trabajador fallecido, había sido fruto de la confianza
profesional que no constituía culpa grave de la víctima, y partiendo de ese
razonamiento, esbozó la siguiente argumentación:

“(…..) Pues bien, este razonamiento sería válido si se tratara de la


responsabilidad objetiva que daba lugar a la indemnización tarifada y que hoy
tiene asumida la seguridad social, pues, como se ha predicado siempre, la
confianza profesional sí es un factor que convierte la culpa del trabajador en
leve, con lo que el suceso repentino indeseado y perjudicial no pierde su
carácter de accidente de trabajo indemnizable con la tarifa legal o con las
prestaciones de la seguridad social.

Pero carece de esa validez cuando se le niega todo efecto de exoneración en


la responsabilidad patronal subjetiva consagrada en el artículo 216 del C. S.
de T..

Es necesario, así sea brevemente, distinguir las dos responsabilidades


patronales frente a los accidentes de trabajo: por la primera (la objetiva), el
empleador (subrogado hoy por la seguridad social) es responsable de todo

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accidente de trabajo, que debe reparar con la tarifa legal (suma única antes,
pensión hoy); por la segunda (la subjetiva), el empleador debe resarcir
plenamente los perjuicios que cause, cuando aparezca suficientemente
demostrado que tuvo culpa en el accidente.

Las culpas del propio accidentado juegan papeles diferentes en cada una de
esas responsabilidades patronales: cuando la culpa de la víctima es grave, el
suceso deja de ser accidente de trabajo y el patrono queda exonerado tanto
de la responsabilidad objetiva como de la subjetiva.

Cuando la culpa no es grave, como resulta cuando se debe por ejemplo a la


confianza profesional, el percance sigue siendo accidente de trabajo y el
patrono sigue siendo sujeto a la responsabilidad objetiva y tarifada. Pero
puede dejar de estar vinculado a la responsabilidad subjetiva de
indemnización plena si esa culpa del trabajador (leve o levísima) influye de
manera tan preponderante en la ocurrencia del accidente que elimina
cualquier relación de causalidad con una negligencia del empleador.

No hay que olvidar que el concepto de culpa involucra un comportamiento


inadecuado y la relación de causalidad de esa actuación u omisión con el
perjuicio. Se dice que alguien es culpable de un hecho cuando se equivoca al
actuar y su error es la causa del hecho. Un patrono puede haber incurrido en
la negligencia de no darle a un trabajador botas con puntera de acero; pero
eso no lo hace culpable de un machacón en la mano, porque su omisión
nada tiene que ver con el accidente.

Ahora bien, cuando se predica que tanto el empleador como el trabajador


fueron imprudentes (sin importar el grado de culpa de cada imprudencia), lo
que hay que analizar para atribuir con justicia culpas, es la incidencia en el
accidente de las dos imprudencias, porque puede ser que una de ellas sea
tan determinante que borre cualquier relación de causalidad entre la otra y el
suceso.

En el presente caso, la imprudencia del trabajador, aunque fuera culpa leve,


fue tan determinante en su muerte, que las omisiones empresariales
deducidas por el ad-quem (que para los efectos de este cargo se admiten)
perdieron toda relevancia y no alcanzan para atribuirle culpa alguna al
patrono por falta de relación de causalidad entre su culpa y la muerte.

Si el ad-quem hubiera entendido que en virtud de lo consagrado en el artículo


19 del Código Sustantivo de Trabajo, el concepto de culpa patronal contenido
en el 216 de la misma obra es el mismo definido en los artículos 63, 1604 y
1613 del Código Civil, y que, según ellos, cometer un error no hace culpable
a nadie, sino cuando ese error es la causa eficiente de un hecho nocivo,
habría encontrado que la conducta "suicida" (va entre comillas para denotar

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que el término se usa en sentido figurado y para ponderar el alto grado de
peligrosidad de la conducta) del señor Torres Duque fue tan determinante en
su muerte que anuló toda relación de causalidad entre ella y cualquiera otra
circunstancia predisponente atribuible a la empresa y, que, por lo mismo,
ésta no fue la culpable del accidente mortal”.

VIII. SE CONSIDERA

Primeramente es de advertir, que dada la vía escogida, son hechos


indiscutidos en la esfera casacional, los siguientes: (I) Que Luís Alfonso
Torres Duque laboró para la sociedad demandada en el cargo de conductor
(II) Que éste falleció electrocutado el día 4 de julio de 2004, estando al
servicio de la empresa accionada; (III) Que el día de los acontecimientos, en
ejercicio de su labor, transportó a una cuadrilla de trabajadores, señores
Orlando de Jesús Calle Rojas encargado de soldar un “quiebra patas”,
Harrison Dávila y Froilán Montoya Taborda, en un vehículo de la compañía,
hasta un lugar aledaño a la mina que le fue indicado por su superior; y (IV)
Que el accidente ocurrió mientras Torres Duque esperaba que dichos
trabajadores realizaran la labor encomendada, encontrando la muerte cuando
el vehículo en que viajaron se electrizó, al haberse dejado sobre el mismo un
cable que se conectó a 13.500 voltios y produjo una carga eléctrica.

Del mismo modo, no es materia de cuestionamiento la normatividad


aplica al presente asunto, valga decir, como primera medida el artículo 9° del
Decreto 1295 de 1994 que define el accidente de trabajo, y que estaba
vigente para la data de la ocurrencia del infortunio, pues su inexequibilidad
por vicios de forma fue posterior de acuerdo con la sentencia C – 858 del 18
de octubre de 2006; y en segundo lugar, el artículo 216 del Código Sustantivo

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de Trabajo que regula lo referente a la culpa patronal y la indemnización total
y ordinaria de perjuicios.

Con arreglo en el citado artículo 9° del Decreto 1295 de 1994 “Es


accidente de trabajo todo suceso repentino que sobrevenga por causa o con
ocasión del trabajo, y que produzca en el trabajador una lesión orgánica, una
perturbación funcional, una invalidez o la muerte. Es también accidente de trabajo
aquel que se produce durante la ejecución de órdenes del empleador, o durante la
ejecución de una labor bajo su autoridad, aun fuera del lugar y horas de trabajo ….”
(Resalta la Sala).

Como lo ha sostenido la Sala en innumerables oportunidades, del


contenido de esta definición se extrae que debe existir un nexo de causalidad
entre el percance repentino generador del daño y la prestación del servicio
bajo subordinación, bien sea por causa del trabajo o con ocasión de éste,
donde la norma no exige que esa relación sea directa, en virtud de que puede
estar presente en forma indirecta o mediata con el oficio o labor
desempeñada; y por consiguiente el <hecho dañoso> debe enmarcarse
dentro de la noción de accidente de trabajo, guardando relación directa o
indirecta, con el trabajo, con la ejecución de una orden del empleador o en
desarrollo de una labor bajo su autoridad. Al respecto en sentencia del 29 de
octubre de 2003 radicado 21629, se puntualizó:

“(….) evidentemente la noción de “accidente” a que ellas aluden guarda una


íntima relación de causalidad con el trabajo o servicio desempeñado. Es por
ello que el artículo 9º en cuestión precisa que es aquél que se produce “por
causa o con ocasión del trabajo”, esto es, que se relacione ya en forma

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directa o inmediata con el oficio desempeñado, ora en forma indirecta o
mediata con el mismo”.

Vista la motivación de la sentencia impugnada, según el ad quem “…


Es claro que el señor Luís Alfonso Torres murió como consecuencia de un
accidente de trabajo, ocurrido cuando en ejercicio de su labor transportó hasta el
lugar indicado por su superior a una cuadrilla de trabajadores y mientras esperaba
que se cumpliera con el cometido inicial, encontró la muerte cuando el vehículo se
electrocutó como consecuencia de que se dejó sobre él un cable, el cual se
conectó a 13.500 voltios por un trabajador inexperto, como era el señor Orlando
Calle, quien a pesar de que había recibido alguna instrucción respecto al manejo
de la electricidad, solo se le instruyó sobre 110 y 220 voltios, como él mismo lo
afirma, pero no sobre 13.500 voltios”.

Dicho razonamiento concuerda con lo previsto en la norma en


comento, habida consideración que al concluir el Tribunal que el deceso del
conductor Torres Duque, acaeció en el sitio al cual fue enviado por su
superior, mientras esperaba que la cuadrilla de trabajadores que trasportó
cumplieran con la labor encomendada, donde el vehículo fue alcanzado por la
electricidad por haberse dejado sobre el mismo un cable que se conectó a
13.500 voltios; se tiene que para ese instante, sin hesitación alguna se
encontraba prestando sus servicios a la sociedad demandada, dentro de la
jornada y bajo sus órdenes; hechos que son signo de que el percance que
ocasionó el daño a la víctima sucedió en el entorno laboral.

De ahí que, indefectiblemente en el sub lite existe una verdadera


relación de causalidad entre la muerte de dicho trabajador con su ámbito

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laboral, habida cuenta que si bien en el preciso momento de la descarga
eléctrica, no estaba ejecutando su oficio de conductor, lo cierto es, que
permanecía en ese lugar cumpliendo una actividad subordinada y acatando
una orden impartida, cual era como se dijo transportar a la cuadrilla de
trabajadores y esperarlos en el sitio mientras terminaban de realizar la tarea
confiada, para luego regresarlos; y bajo estas circunstancias es dable
determinar que el hecho dañoso se produjo con ocasión del <trabajo> que
constituye un accidente de trabajo en los términos del artículo 9° del Decreto
1295 de 1994.

Además, cabe anotar, que el término “trabajo” que trae la disposición


legal de marras, “debe entenderse en un sentido humano y progresista, con total
amplitud y flexibilidad, debido a que no se debe circunscribir exclusivamente a la
actividad o tarea laboral desplegada por la persona” , puesto que “es claro que no
sólo se refiere a la actitud misma de realizar la labor prometida, sino a todos los
comportamientos inherentes al cumplimiento de la obligación laboral por parte del
operario”, según se dejó sentado en la sentencia del 29 de agosto de 2005
radicado 23202; y bajo esta perspectiva la mencionada orden proveniente de
la empleadora, para que Luís Alfonso Torres Duque aguardara en el lugar
indicado a los otros trabajadores mientras terminaban el arreglo del quiebra
patas, constituye una acción inherente para el cumplimiento de su obligación
laboral dentro de su actividad normal de conductor, lo que trae consigo que
contrario a lo asegurado por el recurrente, el causante el día de los hechos y
para el momento del desenlace fatal, si estaba prestando un servicio para la
accionada.

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Por lo dicho, no le asiste la razón a la censura, cuando pretende
descartar en esta litis, la presencia de un accidente de trabajo, argumentando
equivocadamente que conforme a los supuestos fácticos que estableció el
fallador de alzada y que no se discuten, la muerte del señor Luís Alfonso
Torres Duque, no había sucedido mientras la víctima estuvo <trabajando>,
esto es, desplegando la maniobra específica de conducir el vehículo, pues
cuando se electrocutó “había ya dejado de ejercer su actividad de conductor” .

En este orden de ideas, el Tribunal no interpretó erróneamente el


artículo 9° del Decreto 1295 de 1994, toda vez que su correcto entendimiento
supone precisamente, a efectos de poder encuadrar el <hecho dañoso>
dentro de la noción de accidente de trabajo, determinar, como lo hiciera el
Tribunal, si el mismo sobrevino “por causa o con ocasión del trabajo” , o estaba
relacionado con “la ejecución de órdenes del empleador” o se produjo en
desarrollo “de una labor bajo su autoridad”.

Superado el anterior escollo, y definido que se trata de un accidente de


trabajo, es oportuno precisar que para que se cause la indemnización
ordinaria y plena de perjuicios consagrada en el artículo 216 del Código
Sustantivo del Trabajo exige la ley, la “culpa suficientemente comprobada” del
empleador.

Como el ataque se orientó por la senda del puro derecho, quedan


incólumes las siguientes conclusiones fácticas del Tribunal: a) Que de la
cuadrilla de trabajadores que envió la empresa para el arreglo del quiebra
patas, un grupo optó por tomar energía de una torre cercana al sitio de

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trabajo, extendiendo 330 metros de cables y al conectarlos pasó mucha
energía; b) Que el conductor Luís Alfonso Torres Duque, que se encontraba
al frente del quiebrapatas y junto al vehículo sobre el cual había un cable, se
pegó a la puerta cuando comenzó a pasarle corriente al carro y desesperado
trató de “desconectar el sistema eléctrico del vehículo moviendo una <cuchilla>
para evitar el daño del mismo, y cuando se encontraba en ésta operación le llegó la
descarga eléctrica que le causó la muerte” ; y c) Que “La empresa no creó un
ambiente sano para que sus trabajadores cumplieran con la labor que se les había
encomendado. En primer lugar, dejó de lado dos de las tres propuestas que se le
hicieron para llevar a cabo el trabajo porque las consideró costosas y eligió la más
barata pero la más peligrosa. En segundo lugar, a pesar de haber elegido la más
peligrosa no tomó las medidas de protección necesarias, como sería haber enviado
a un especialista en la materia (un ingeniero, por ejemplo) que supervisara la labor;
haber proporcionado elementos de protección suficientes, como carretes para
llevar el alambre; haber suministrado elementos de comunicación entre los dos
grupos, pues estos no se veían ni oían debido a la distancia y a la conformación del
terreno; haber instruido a los grupos sobre la forma como debían obrar en el caso
de que se presentara un accidente; haber elegido el personal idóneo para cumplir
con una misión tan difícil y peligrosa, pero no enviando a un topógrafo y a un
minero que nada sabían sobre la energía eléctrica ni sobre la soldadura. En fin, el
empleador debió adoptar todas las medidas de seguridad necesarias para evitar el
accidente de trabajo, más cuando era previsible y posible que se presentara”.

Así las cosas, la prueba de cómo sucedieron los hechos y el mero


incumplimiento en la diligencia y cuidado debidos que debe desplegar el
empleador en la administración de sus negocios propios, para esta clase de
asunto la observancia de los deberes de protección y seguridad que debe a

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sus trabajadores frente a las relaciones subordinadas de trabajo, es suficiente
para dar por acreditada la culpa patronal y la consecuente responsabilidad en
la ocurrencia del infortunio laboral, generándose la obligación de indemnizar
total y ordinariamente los perjuicios irrogados, que es lo que en el caso bajo
examen acontece de acuerdo a lo que encontró el ad quem demostrado.

Ahora bien, el recurrente no controvierte la culpa del empleador


demandado que halló probada la Colegiatura, sino que se duele que
habiéndose igualmente establecido la <imprudencia de la víctima>, al inferirse
en el fallo censurado que también “se presenta un acto propio del accidentado”,
no era dable que se entrara a calificar tal imprudencia como <profesional>
fruto de la “confianza profesional” del operario, sin que se le atribuyera la
gravedad suficiente para exonerar de responsabilidad al empleador
demandado.

Lo anterior, en virtud de que el censor en la sustentación de los cargos,


asevera que se trató de una imprudencia determinante en la muerte del
trabajador Torres Duque, que anuló toda relación de causalidad con cualquier
circunstancia atribuible a la empresa demandada, y que como puede verse es
ajena al oficio de conductor que éste desempeñaba, de características de
gravedad que desvirtúa el concepto de accidente de trabajo y exime a la
demandada del pago de la indemnización plena y ordinaria de perjuicios.

Planteadas así las cosas, en esta parte de la acusación, la verdad es


que el cuestionamiento que hace la censura a la sentencia recurrida, no es en
esencia, la hermenéutica que le pudo imprimir el Juez de apelaciones a las

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normas denunciadas, valga decir, al artículo 216 del C. S. del T. en relación
con el 19 ibídem y los artículos 63, 1604 y 1613 del Código Civil, sino el no
haber deducido el ad quem de los hechos que dio por demostrados, que la
culpa de la víctima fue grave y determinante de la muerte, que el
comportamiento que adoptó el trabajador fue inadecuado y su conducta
<suicida>, y que la imprudencia en que incurrió el causante es totalmente
ajena al oficio propio de conductor de vehículo automotor, lo que sitúa la
discusión en el terreno de lo fáctico, y desde este punto de vista no es factible
abordar su estudio dada la vía escogida.

En otras palabras, para establecer sí la conducta asumida por el


trabajador fallecido el día de los hechos, por el suceso repentino que se
produjo con la sobrecarga de energía sobre el vehículo que aquél conducía,
tuvo conexión inmediata con el oficio o labor que éste desempeñaba o formó
parte del trabajo o prestación del servicio subordinado, o, sí por el contrario
fue totalmente ajena a su función laboral, con lo cual sea dable establecer si
se configura lo que la doctrina ha llamado “imprudencia profesional” o
“imprudencia extraprofesional”, se requiere necesariamente del análisis de las
pruebas y descender al plano de los hechos, que se repite, resulta extraño al
sendero en que aparece encauzado el ataque.

De suerte que, por todo lo expresado, el Juez Colegiado no cometió los


yerros jurídicos que le endilga la censura, y es por esto que los cargos no
prosperan.

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IX. TERCER CARGO

La censura acusó la sentencia impugnada de violar por la vía directa y


en la modalidad de interpretación errónea, el artículo 2357 del Código Civil,
que condujo a la aplicación indebida del artículo 216 del Código Sustantivo
del Trabajo, en relación con los artículos 19, 57 y 58 del C.S.T. y los artículos
63, 1604, 1613 y 1614 del Código Civil.

Señaló en el desarrolló del ataque, que al inferir el Tribunal que la


imprudencia del trabajador Torres Duque no constituía culpa grave del mismo,
y que por ello no exoneraba de responsabilidad por su muerte al empleador
demandado, significa que entendió que el artículo 2357 del Código Civil exige
que la exposición al riesgo de la víctima se daba a una culpa grave de ésta,
cuando la norma requiere solamente una imprudencia para que opere la
reducción allí consagrada y la consecuente disminución del valor de la
indemnización plena de perjuicios, y al respecto dijo:

“(….) La falta de prudencia en una acción hace al autor de ella culpable de


los resultados de esa conducta; pero no siempre culpable en materia grave,
porque, como en este caso, cuando esa imprudencia se debe a confianza
profesional de un trabajador, la culpa no alcanza a tener la connotación de
grave, pero tampoco deja de ser una imprudencia.

Cuando la norma prevé, simplemente, que haya una exposición imprudente


al riesgo no está hablando de ninguno de los grados de la culpa; lo que
quiere es que se valore cuál de las imprudencias que concurrieron a producir
el hecho fue más determinante en él, para graduar o apreciar el daño de
acuerdo con esa preponderancia.

Siempre que la víctima se exponga imprudentemente al riesgo que le


ocasionó perjuicio, debe asumir parte de su reparación. Esa parte, desde
luego, queda a la prudencia de los jueces, quienes, para calcularla, no

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pueden basarse en los grados de las culpas de los coautores del daño, sino
en la contribución efectiva de cada una de las imprudencias concurrentes en
la producción del daño.

La interpretación errónea anotada fue el medio que llevó al Tribunal Superior


de Medellín a aplicar el artículo 216 del Código Sustantivo de Trabajo y las
normas civiles que definen la responsabilidad y el contenido conceptual y
económico de los perjuicios, señaladas en la proposición jurídica, sin tener
en cuenta la reducción legal ordenada por la norma mal entendida.

Sé que por decisión mayoritaria la H. Corte, en sentencia de casación del 15


de noviembre de 2001, concluyó que en el caso particular del artículo 216 del
Código Sustantivo de Trabajo, no es aplicable la reducción de que trata el
2357 del Código Civil, basada primordialmente en que la primera norma
citada alude a una indemnización total.

Con todo respeto, considero, como en su momento lo hicieron dos de los


Magistrados disidentes, que el término <total> empleado por la norma no se
opone a la aplicación de la reducción.

El artículo 216 viene a continuación de los que regulaban la indemnización


tarifada establecida para reparar los daños de los accidentes en los que no
podía atribuírsele culpa al patrono. Esa indemnización, por estar tarifada, no
era <total y ordinaria> y el artículo comentado simplemente quiso puntualizar
que, en caso de culpa patronal, no regía la indemnización tarifada.

La palabra <total> se contrapone en este caso a <tarifada> y hay que


entenderla, con justicia, en el sentido de que es <total> de acuerdo con el
grado de incidencia de la culpa patronal en el accidente: si la culpa patronal
contribuyó en un 50% en la ocurrencia del daño, la indemnización <total>
será el 50% del valor del daño; condenarlo a más deja de ser el total que le
es imputable.

Habla también en pro de la aplicabilidad de la reducción consagrada en el


artículo 2357 del Código Civil, el hecho de que ambos contratantes, según
los artículos 57 y 58 del Código Sustantivo de Trabajo, tienen obligaciones
contractuales en cuanto a la protección de la salud de los trabajadores: el
empleador, debe tomar todas las medidas que razonablemente garanticen
esa protección; los trabajadores, deben: <Observar con suma diligencia y
cuidado las instrucciones y órdenes preventivas de accidentes o de enfermedades
profesionales>. (La negrilla no es del texto).

La ley no impone obligaciones y prohibiciones para que se violen


impunemente: cuando el patrono ha dejado de garantizar razonablemente la
seguridad de los trabajadores, éstos han dejado de observar con suma

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diligencia y cuidado las normas protectoras y ambas conductas contribuyen a
un accidente, lo que se impone es que ambos sufran las consecuencias de
su incumplimiento.

Sancionar solamente las infracciones patronales, además de ser injusto e


injurídico, crearía en los trabajadores una indolencia muy peligrosa, porque
creerían que sus culpas no tienen ninguna consecuencia jurídica y relajarían
su cuidado, con lo que, casi seguramente, se producirían más accidentes. Si
se deja claro que los trabajadores también tienen que responder por sus
culpas y deja de tratárselos como incapaces, se ganaría muchísimo en el
terreno de la seguridad industrial, puesto que la prudencia frente al peligro es
la medida de seguridad más eficaz”.

X. SE CONSIDERA

El cargo pone a consideración de la Corte el tema relativo a la


concurrencia o compensación de culpas, con la consecuente reducción de la
indemnización plena y ordinaria de perjuicios derivada de la ocurrencia de un
accidente de trabajo, en los términos del artículo 2357 del Código Civil, con el
firme propósito que la Corte modifique su criterio mayoritario sobre la
inaplicabilidad de ese precepto legal en materia laboral.

Como lo pone de presente el propio recurrente, esta Corporación


desde la sentencia del 15 de noviembre de 2001 radicado 15755, en relación
a esta precisa temática adoctrinó que la indemnización plena y ordinaria de
perjuicios consagrada en el artículo 216 del Código Sustantivo del Trabajo, es
una regulación autónoma de la responsabilidad patronal, por la cual no resulta
operante el concurso de culpas previsto en el citado artículo 2357 del Código
Civil, pronunciamiento que fue reiterado en sentencia del 4 de febrero de
2003 radicación 19357. En la primera de las decisiones en comento la Sala

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estimó:

“(….) Considera la Sala que en principio el artículo 216 del C.S.T. radica
exclusivamente en cabeza del culpable la indemnización <total> y ordinaria
de perjuicios, sin que prevea una reducción de la misma por una eventual
concurrencia de culpa de la víctima. Si el deseo del legislador fuera permitir
tal aminoramiento, bastaría con que así lo hubiese previsto de manera
expresa o simplemente ordenado remitirse a las normas del código civil que
gobiernan la materia en esa especialidad. Pero tan no fue esa la voluntad del
legislador, que reguló el tema de modo autónomo, en el propio código
sustantivo del trabajo, haciendo énfasis en que el empleador responsable
debe responder por la totalidad de los daños y es apenas elemental que este
diáfano concepto excluye lo meramente parcial o lo incompleto.

Además, lo anterior tiene plena concordancia con lo prescrito respecto de la


responsabilidad objetiva en la que la ley se encarga de tarifar de antemano
las consecuencias o efectos sin que tenga el trabajador que demostrar culpa
alguna. En cambio, en el sistema del artículo 216 en comento, la carga
probatoria de la culpa y de los perjuicios sufridos le incumbe exclusivamente
al afectado.

No está por demás decir que constitucional y legalmente existe protección


especial para el trabajo humano y los derechos de los trabajadores
consagrados en la legislación laboral son derechos mínimos, razón adicional
que pone de manifiesto la improcedencia de aplicar analógicamente en esta
materia las normas civiles que tienen un fundamento y una finalidad distinta,
especialmente en temas como el presente en que se trata de una culpa
patronal que originó el deceso del trabajador demandante”.

Y en sentencia del 10 de marzo de 2004 radicado 21498, la Corte


precisó el anterior criterio, para señalar que no hay responsabilidad del
empleador de conformidad con lo regulado en el artículo 216 del Código
Sustantivo de Trabajo, cuando el accidente de trabajo haya ocurrido por culpa
atribuible exclusivamente al trabajador accidentado, pero no cuando en tal
infortunio concurra la culpa de los dos sujetos de la relación de trabajo, dado
que no es posible que la responsabilidad laboral del empleador desaparezca

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por la compensación de las faltas cometidas por las partes, y en esa
oportunidad se puntualizó:

“(…..) La otra inconformidad de la impugnante con el fallo del Tribunal


estriba en que éste para determinar la responsabilidad de la empleadora
demandada en el accidente de trabajo donde murió el empleado Rigoberto
Rendón Rendón no examinó, como era su deber, si hubo negligencia,
imprudencia o descuido del trabajador en la ocurrencia de dicho percance.

Pero lo cierto es que a la luz del artículo 216 del Código Sustantivo del
Trabajo, que contiene una regulación especial de la responsabilidad laboral,
para determinar la obligación del empleador al reconocimiento y pago de la
indemnización total y ordinaria de los perjuicios le basta al juzgador
establecer la culpa “suficientemente comprobada”, en la ocurrencia del
accidente de trabajo o en la enfermedad profesional, de suerte que, en este
caso, una vez determinada esa conducta culposa no se hacía necesario
analizar la responsabilidad que en el infortunio pudiera haber correspondido
al trabajador, salvo que se hubiese alegado por las demandadas que el
accidente laboral se produjo por un acto deliberado de aquél, lo que no
aconteció. Y se afirma lo anterior, por cuanto, como lo ha explicado esta Sala
de la Corte, no es posible que la responsabilidad laboral del empleador
desaparezca por la compensación de las faltas cometidas por las partes.

Así lo dijo en la sentencia de la extinta sección primera del 9 de febrero de


1984, a la que corresponden los apartes que a continuación se transcriben:

<Los principios jurídicos arriba expuestos, que surgen nítidamente en el campo del
derecho laboral, encuentran apoyo inequívoco en el moderno derecho civil que en
materia de ‘neutralización de actividades peligrosas’ o ‘neutralización de culpas’, no
acepta que la responsabilidad desaparezca por la compensación de faltas
cometidas por las partes. Menos aún en casos como el presente, en que no hubo
acto deliberado y ni aún voluntario de la víctima, ni culpa grave de su parte-
conforme se ha visto- de suerte que no tiene aplicación la fórmula clásica volenti
non fit iniuria..>

De lo citado se concluye que no se presentará la responsabilidad del


empleador de que trata el señalado artículo 216 del Código Sustantivo del
Trabajo cuando el accidente de trabajo haya ocurrido por culpa atribuible
exclusivamente al trabajador, pero no cuando en tal insuceso concurra la
culpa de los dos sujetos de la relación de trabajo”.

En consecuencia, se tiene que el juzgador de segundo grado no incurrió en


las infracciones que se le atribuyen”.

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Así las cosas, siguiendo las anteriores directrices o enseñanzas
jurisprudenciales que la censura no logra hacer variar, y como en el asunto a
juzgar, quedó debidamente acreditada la culpa de la empleadora demandada,
lo cual no es materia de cuestionamiento en sede de casación, en definitiva
no puede operar la compensación de culpas en los términos peticionados en
el ataque, ni la reducción en el monto de la condena por la referida
indemnización.

En estas condiciones, lo argumentado por el censor resulta infundado y


por ende el cargo no prospera.

XI. CUARTO CARGO

Atacó la decisión de segundo grado de violar la ley sustancial por la vía


directa, en el concepto de infracción directa de los artículos 216 del Código
Sustantivo del Trabajo y 12 del Decreto 1771 de 1994, que llevó a dejar de
aplicar los artículos 19 y 193 del C. S. del T. y 1649, 1666, 1667, 1668, 1670 y
2341 del Código Civil.

Para la demostración de la acusación manifestó lo siguiente:

“(….) A pesar de que Mina La Margarita S. A., en la respuesta de la


demanda, interpuso la excepción de pago por subrogación, y en la
sustentación de la apelación interpuesta contra la sentencia de primer grado
hizo hincapié en ella y explicó que se basaba en lo dispuesto por los artículos
216 del C. S. de T. y 12 del Decreto 1771 de 1994, en cuanto a la imposición
que hacen estas dos normas de descontar de la indemnización plena a cargo
de los patronos y de los responsables del accidente las prestaciones

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reconocidas por la seguridad social. A pesar de todo esto, repito, el H.
Tribunal no se refirió al tema para nada en su sentencia; ignoró la parte del
216 correspondiente a ese descuento, y en su totalidad lo dispuesto por el
12.

Desde que se expidió el Código Sustantivo de Trabajo estaba previsto que el


Instituto Colombiano de Seguros Sociales, creado por la Ley 90 de 1946,
asumiría las prestaciones patronales comunes y, por eso, en el artículo 193
se dijo que dejarían de estar a cargo de los patronos cuando el Seguro Social
las asumiera. Se sabía, entonces, que un día las prestaciones en dinero
derivadas de los accidentes de trabajo ordinarios (con indemnización
tarifada) serían asumidas por el Seguro Social y, con esta premisa, se dictó
también el artículo 216, que a la letra dice:

<Cuando exista culpa suficientemente comprobada del patrono en la ocurrencia del


accidente o en la enfermedad profesional, está obligado a la indemnización total y
ordinaria por perjuicios, pero del monto de ella debe descontarse el valor de las
prestaciones en dinero pagadas en razón de las normas consagradas en este
capítulo>. (Las subrayas no son del texto).

No dice en ninguna parte la norma que solamente pueden descontarse las


prestaciones pagadas por el empleador. Se trata de las prestaciones en
dinero pagadas por cualquiera con base en ese capítulo. Y ese capítulo ya
había previsto que los empleadores serían subrogados como deudores de
esas prestaciones por el Seguro Social. La subrogación no es sino un cambio
de deudor.

Pero es que tal mandato no es más que la aplicación de principios generales


de derecho”.

Transcribió lo dicho por la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia en


sentencia del 9 de septiembre de 1991 y continuó diciendo:

“(….) Este principio, que no es nuevo, fue el que inspiró el artículo 216 del C.
S. de T. y la parte del artículo 12 del Decreto 1771 de 1994 que manda que
del monto de las indemnizaciones plenas obtenidas por el trabajador:
<….deberá descontarse el valor de las prestaciones asumidas por la entidad
administradora de riesgos profesionales> .

El trabajador y sus familiares tienen derecho a que se les resarza


plenamente el daño que culposamente se les causó; pero no tienen por qué
exigir más de lo que representa su pérdida, acumulando ingresos
reparatorios de distintas fuentes, máxime cuando, como en este caso, uno de

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los que indemniza (la A. R. P.) puede repetir contra el otro deudor (el
culpable del daño), por virtud de lo dispuesto en el este mismo artículo 12 y
del fenómeno de la subrogación legal consagrado en los artículos 1666,
1667, 1668 y 1670 del Código Civil.

En pro de la tesis contraria se han esgrimido varios argumentos: que la


seguridad social no tiene por qué asumir y pagar culpas ajenas; que los
empleadores no tienen ningún interés jurídicamente tutelado para obtener el
descuento; que el empleador no puede alegar en su favor su propia torpeza;
que los jueces no pueden presumir que la A. R. P. cobrará su parte de la
indemnización; que solo procede el descuento en el juicio del perjudicado
directo cuando en él se haya hecho parte la A.R.P.; que en los seguros
comerciales que amparan las personas son acumulables las
indemnizaciones a cargo de la aseguradora y a cargo del responsable del
perjuicio.

La fuerza de estos conceptos es apenas aparente.

Es evidente que la seguridad social no tiene por qué asumir y pagar culpas
ajenas. El error está en creer que cuando reconoce las prestaciones sociales
derivadas de un accidente de trabajo está pagando culpas ajenas. Lo que
está haciendo realmente es cumpliendo su obligación de subrogar a los
patronos en el pago de la indemnización tarifada, que ya no es siempre una
suma fija sino, en veces, una pensión, y cumpliendo con su finalidad
esencial, que es la garantizarles a sus afiliados la protección que requieran,
bajo cualquier circunstancia, cuando son víctimas de un riesgo asegurado. Y
para que no resulte pagando culpas ajenas, la ley la autoriza para que le
cobre al culpable del accidente, judicialmente si es del caso, la parte de las
prestaciones imputable a indemnización total y ordinaria. Esta misma
circunstancia pone de presente que los empleadores sí tienen interés
jurídicamente tutelado para obtener el descuento, porque quedan sujetos a
las acciones de cobro de la seguridad social.

Tampoco es cierto que el patrono que pide el descuento esté alegando en su


favor su propia torpeza: lo que trata de hacer, con justa razón, es que esa
torpeza no se le castigue con más de lo que vale el daño que con ella causó.
Si le tiene que pagar al directamente afectado la totalidad del daño y,
además, la entidad de seguridad social le puede también reclamar por el
daño que ella sufrió, lo lógico es que a la víctima se le reste lo que
eventualmente el culpable deba pagarle a la entidad de seguridad social.

La aplicación estricta de las normas comentadas evita cualquier injusticia


posible. El trabajador afectado queda debidamente indemnizado: la parte de
la condena que se deduzca en favor del culpable, es la que recibió o recibirá
de la seguridad social. El culpable, solamente resulta pagando el valor del

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daño que realmente causó: le da al trabajador lo que le haya faltado recibir
de la seguridad social para dejarlo completamente indemne, y queda como
deudor de la seguridad social por la parte que obtuvo como descuento en el
juicio del trabajador. A la A. R. P., a su vez, le queda acción para reclamarle
al responsable del accidente la parte de la indemnización plena que fue
descontada en el juicio de los perjudicados, que sería lo que pudiera
calificarse de erogación social injustamente provocada por el culpable del
suceso dañino.

Aplicando, en cambio, la tesis de la improcedencia del descuento, se


presentan las siguientes inequidades: el perjudicado recibe lo que le tiene
que dar la A. R. P. por mandato legal, además de la indemnización plena a
cargo del culpable de su accidente; recibe, pues, un doble beneficio por un
solo perjuicio. Ese exceso que recibe el trabajador tiene que salir de algún
patrimonio, que resulta inequitativamente tratado.

Si la A. R. P. ejerce la acción que le otorga el artículo 12 contra el culpable


del accidente de trabajo, pueden suceder dos cosas, ambas injustas: que le
prospere o que los jueces consideren que ya el culpable pagó la totalidad del
perjuicio que causó y lo absuelvan. Si ocurre lo primero, resulta que la parte
de más que recibió el trabajador salió, a la postre, del patrimonio del culpable
que resultó doblemente castigado (pago pleno a la víctima y reembolso a la
A. R. P.). Si ocurre lo segundo, esa parte de más que recibió el trabajador
viene a salir, en definitiva, del patrimonio de la A. R. P., que queda
injustamente privada de la acción de reembolso que le da la ley.

En ambos casos resulta enriqueciéndose sin causa el trabajador: en el


primero, a costa del patrimonio del culpable del accidente, y en el segundo, a
costa del patrimonio de la A. R. P..

Hay que tener muy presente que la ley no le da a la A. R. P. acción contra su


afiliado para reclamarle a él el exceso de su indemnización ni lo autoriza para
descontárselo de los pagos que deba seguirle haciendo.

Este punto es muy importante, porque me parece que en algunas ocasiones


se ha dicho lo contrario para sustentar la tesis que estoy atacando.

Si se lee con cuidado la norma que se comenta, se verá, con claridad, que en
ella no se está autorizando a la A. R. P. a descontarle a los beneficiarios de
sus prestaciones suma alguna.

La A. R. P. no puede, bajo ninguna de las circunstancias consagradas en la


norma, reducir o suspender el pago de las prestaciones dinerarias que le
impone la ley: cuando en ejercicio de la acción que le otorga el inciso primero
obtiene un reembolso igual o inferior al valor calculado de las prestaciones

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que tiene que pagar, se aprovecha de él, pero tiene que seguir pagando
puntualmente las prestaciones del régimen. Cuando, por aplicación del inciso
segundo, son los damnificados directos los que obtienen una condena, del
monto de ella deberá descontarse el valor de las prestaciones a cargo de la
A. R. P., para que el causante del daño pueda responderle a ésta con esa
suma si ejerce su acción de reembolso.

Aunque es cierto que los jueces no pueden presumir que la A. R. P. cobrará


su parte de la indemnización, también lo es que no pueden presumir que no
lo hará y, en todo caso, lo que la ley prevé es que el responsable del
accidente tiene que responder económicamente ante la A. R. P., y los jueces
no pueden decir lo contrario prevalidos simplemente de que no están seguros
de que esa responsabilidad será efectiva. No pueden los jueces privar a un
deudor del dinero que tiene para pagarle a su acreedor por el simple hecho
de que es posible que ese acreedor no le cobre. Ningún juez puede impedir
que dejen de ejercerse las acciones judiciales, pero esto no lo autoriza para
ignorar la ley en la que esas acciones pudieran apoyarse.

De la misma manera, el hecho de que tanto la A. R. P. como los


damnificados tengan sus propias acciones independientes para reclamarle
perjuicios al culpable del daño, desdice de la opinión que se ha sostenido en
el sentido de que para que proceda el descuento en el juicio del perjudicado
directo es necesario que en él se haya hecho parte la A. R. P.. Si la
administradora, como lo autoriza el artículo 12, puede intentar su acción de
reembolso sin contar con los perjudicados, tampoco tiene que estar en el
juicio que ellos promuevan para hacer valer judicialmente su derecho.

No es posible tampoco asimilar la seguridad social con la que se obtiene al


contratar un seguro privado: la obligatoriedad de la primera y la libertad
contractual de la segunda, las hacen diferentes. Cuando se contrata un
seguro privado, el tomador asume la totalidad de la prima y puede exigir el
cumplimiento del contrato en los términos libremente pactados, sea que lo
que reciba como indemnización lo necesite para subsistir o no. La seguridad
social lo que pretende es que los asegurados puedan contar con los recursos
necesarios para superar sus calamidades sin volverse una carga para la
sociedad. En el caso de los seguros privados de personas nada se opone a
que el pago del siniestro sea un plus para el asegurado; la seguridad social,
por su filosofía de amparo suficiente y universal, no puede permitirse esos
lujos. Por eso, precisamente, se consagró la subrogación a favor de ella y en
contra del causante del daño; y porque los seguros privados son otra cosa, el
artículo 1139 del Código de Comercio, refiriéndose a los seguros de
personas, expresa:

<La subrogación a que se refiere el artículo 1096 no tendrá cabida en esta clase de
seguros>.

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Esa clase de seguros son los privados, no los sociales.

Siendo esto así, la única manera de mantener el equilibrio económico


necesario para que haya justicia, es aplicar con toda exactitud el artículo 12
del Decreto 1771 de 1994, descontando el valor de las prestaciones en
dinero a cargo de la A. R. P. del monto de la indemnización plena que se falle
en favor de los perjudicados directos.

Es tan injusta la interpretación que estoy criticando que da lugar a que, en


casos, sea más beneficioso para los empleadores no afiliar en los riesgos
profesionales a sus trabajadores, pues si proceden así, en caso de un
accidente atribuible a su culpa solamente tendrán que pagarle al perjudicado
la indemnización plena de perjuicios; pero quedan sin deuda con la A. R. P.”.

XII. SE CONSIDERA

Como bien se puede observar, el cargo le enrostra al Tribunal un yerro


jurídico, al no haber descontado de la indemnización plena y ordinaria
prevista en el artículo 216 del Código Sustantivo de Trabajo, el valor de las
prestaciones en dinero canceladas por el Instituto de Seguros Sociales a los
demandantes conforme a lo certificado a folio 118 del cuaderno del juzgado,
teniendo en cuenta lo regulado por el artículo 12 del Decreto 1771 de 1994,
para lo cual sostiene que “el H. Tribunal no se refirió al tema para nada en su
sentencia”, pese a que la accionada en la respuesta a la demanda inicial
propuso la excepción de pago por subrogación e hizo hincapié a la misma en
el recurso de apelación interpuesto contra la sentencia de primer grado.

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EXP. 35121
Para rechazar la acusación sería suficiente con decir, que el Tribunal
no pudo incurrir en la infracción directa del artículo 216 del Código Sustantivo
del Trabajo, por cuanto este fue uno de los preceptos legales que constituyen
la base esencial del fallo impugnado, habiendo sido objeto de interpretación; y
de otro lado, si en sentir del censor, en el recurso de alzada no hubo
pronunciamiento, referente al descuento de lo pagado a los actores por parte
del ISS por razón del fallecimiento del trabajador Luís Alfonso Torres Duque,
no pudo haber cometido el ad quem ningún yerro jurídico frente a un aspecto
que no analizó, y en estas condiciones era imperioso que el censor entrara a
cuestionar la limitación que de la apelación hizo el sentenciador, lo cual omitió
por completo.

Si la Sala actuando con amplitud, pasara por alto la anterior falencia de


la censura, y se adentrara en el fondo del asunto, encontraría que pese a la
enjundiosa argumentación contenida en el cargo, lo expresado no logra
modificar la actual postura de la Sala sobre el tema, por lo siguiente:

Con respecto al derecho a la reparación como consecuencia de un


accidente de trabajo, nuestra legislación tiene prevista dos maneras de
reparación identificables jurídicamente así: una, la denominada reparación
tarifada de riesgos, relativa al reconocimiento de los beneficios o prestaciones
económicas previstos en la Ley 100 de 1993, Ley 776 de 2002 y demás
normas reglamentarias según el caso a cargo de las Administradoras del
Riesgo Profesional; y otra, la reparación plena de perjuicios que tiene que ver

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EXP. 35121
con la indemnización total y ordinaria de éstos por culpa patronal en la
ocurrencia del siniestro, y que corresponde asumir directamente al empleador
en los términos del artículo 216 del C.S. del T..

Estas dos formas de reparación tienen distinta finalidad, habida


consideración que la que está a cargo de la ARP busca proteger de manera
objetiva al afiliado o a sus causahabientes señalados en la ley, siendo de
naturaleza prestacional perteneciente al Sistema de Seguridad Social Integral;
mientras que la indemnización plena de que trata el artículo 216 del C. S. del
T., persigue la indemnización completa de los daños sufridos al producirse un
accidente de trabajo por culpa del empleador, en la modalidad de subjetiva, el
cual hace parte de un riesgo propio del régimen del Derecho Laboral.

Otra de las diferencias entre las reparaciones a que se ha hecho


mención, consiste en que el empleador siendo el llamado a asumir las
consecuencias de la culpa comprobada frente a un accidente de trabajo que
se produzca, no le es dable como responsable directo del perjuicio descontar
suma alguna de las prestaciones dinerarias pagadas por la entidades del
sistema de seguridad social, a menos que el empleador responsable por
culpa haya sufragado gastos que le correspondían a estas entidades, por
virtud del riesgo asegurado, evento en el cual sí puede hacer el descuento de
lo que tenga que pagar por indemnización conforme lo consagra la norma, por
razón de que tales entidades de previsión social, como se dijo, lo que cubren

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EXP. 35121
es el riesgo laboral propio de la denominada “responsabilidad objetiva del
patrono” en la ocurrencia del accidente de trabajo o la enfermedad profesional,
pero en ningún momento la responsabilidad derivada de la culpa del
empleador, que es de naturaleza subjetiva.

En lo atinente a este puntual aspecto, cabe traer a colación la


sentencia calendada 15 de mayo de 2007 radicado 28686, reiterada en
casación del 22 de octubre de igual año radicación 27736, donde se dejó
sentado:

“(….) Por manera que, la facultad que la ley le reconoce a las entidades
que conforman el Sistema, entre ellas a la ARP, es la de subrogar al
empleador en las prestaciones que amparan a sus beneficiarios, sin que
comprenda las indemnizaciones y demás conceptos, cuando se
demuestre que el accidente de trabajo ocurrió por la culpa comprobada
del empleador. Es decir, que en tratándose de “culpa” suficientemente
comprobada del empleador en la ocurrencia del accidente de trabajo o de
la enfermedad profesional, las entidades que conforman el Sistema no
están autorizadas para compartir el yerro del empleador en torno al punto,
y por ende para colaborar con el pago de las indemnizaciones y demás
conceptos que puedan resultar a cargo del patrono en tal evento, pues
éste no puede obtener beneficio de su error.

En torno al tema, la Corte se pronunció el 12 de noviembre de 1993,


radicado 5868, así:

<En ejercicio de esa función unificadora de la jurisprudencia, la Sala de


Casación de la Corte Suprema de Justicia luego de sopesar los diferentes
argumentos en pro y en contra de ambas tesis jurídicas, concluyó que no sólo
por expresarlo así claramente el mentado artículo…, sino, y ésta fue la razón
principal que tuvo la Sala, porque nadie puede asegurar su propia culpa…, el
genuino sentido de lo dispuesto en los artículos 216 del Código Sustantivo del

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EXP. 35121
Trabajo,…es el de que el Instituto de Seguros Sociales no ha asumido, ni
racionalmente podrá asumirlo, el riesgo de daño al trabajador que le sobrevenga
por causa de un accidente de trabajo…en cuya ocurrencia se compruebe
suficientemente la culpa del empleador>.

Respecto a la afirmación del censor, de que dentro del cálculo de los


perjuicios derivados del accidente de trabajo, el lucro cesante lo está
pagando la ARP, resultando un “doble pago” --el que efectúa la entidad
que conforma el Sistema y el que sufraga empleador--, es evidente que el
seguro contra los riesgos de invalidez, vejez y muerte no abarca el evento
en que se acredita que el accidente de trabajo sobrevino como
consecuencia de -yerro- del empleador, como en el caso de estudio, y de
no haberse demostrado que se aseguró el riesgo “culposo”, amén de que
la facultad para suplicar la eventual compensación respecto a las
indemnizaciones que en un momento dado pudieran resultar a cargo del
empleador, sería únicamente por la entidad aseguradora, en este caso la
ARP, pero no la persona que incurrió en el yerro que originó el accidente
de trabajo, es decir el empleador.

Al respecto, en el mismo pronunciamiento de esta Sala de la Corte, a que


se hizo referencia anteriormente, se precisó:

<y que por ello quien está habilitado para obtener la devolución de lo que pague
por concepto de las prestaciones que cubren los perjuicios derivados de la
responsabilidad objetiva del patrono en la producción del accidente o la
enfermedad profesional, es el Instituto de Seguros Sociales;…pero nunca podría
ser el mismo empleador responsable del daño que sufren el trabajador o sus
beneficiarios, por culpa patronal suficientemente comprobada, quien a la postre
resulte beneficiado al permitírsele descontar de la suma a la que se prueba
asciende el perjuicio una prestación otorgada por el Instituto de Seguros
Sociales, el cual está dicho no le ha asegurado sus actos dolosos o culposos
sino que lo ha subrogado en el cubrimiento de los riesgos inherentes al trabajo
de los que el patrono o empleador responde por su actividad objetiva como tal y
sin que medie culpa alguna de su parte>.

Adicionalmente, es de anotar, que la Sala en decisión del 7 de marzo


de 2003 radicación 18515, que reiteró la sentencia que data del 25 de julio de
2002 radicado 18520, al referirse a esta temática había adoctrinado que aún

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EXP. 35121
con la expedición del artículo 12 del Decreto 1771 de 1994, al colocarlo en
relación con el artículo 216 del C. S. del T., mantiene invariable la tesis según
la cuál las entidades de seguridad social no asumen las indemnizaciones
originadas en enfermedades profesionales o accidentes de trabajo que
ocurran por culpa suficientemente comprobada del empleador, y por tanto no
es posible que le aminoren esa carga patrimonial al patrono encontrado
culpable, quien tiene toda la responsabilidad ordinaria por mandato del citado
precepto sustantivo laboral. En esa oportunidad se dijo:

“(….) Como atinadamente lo destaca la réplica, el Tribunal no incurrió en


los dislates jurídicos que le endilga la recurrente en el cargo, pues, la
conclusión a la que arribó de no ser posible para el empleador descontar
de la indemnización plena y ordinaria prevista en el artículo 216 del
Código Sustantivo del Trabajo el valor de las prestaciones en dinero
pagadas por la seguridad social corresponde con lo que de manera
profusa y reiterada la jurisprudencia ha considerado al respecto.

La anterior tesis, que resuelve los puntos que infructuosamente la


recurrente intenta plantear como novedosos, fue recientemente expuesta
en sentencia de 25 de julio de 2002 (Radicación 18.520), en la que la
Corte dijo:

<Entiende la Corporación que cuando la disposición en cita autoriza al


patrono a descontar del monto de la indemnización “el valor de las
prestaciones en dinero pagadas en razón de las normas consagradas en
este capítulo”, se refiere única y exclusivamente a las sumas que él haya
pagado con anterioridad al trabajador con ocasión del accidente, pero no
las prestaciones que haya reconocido el Instituto de Seguros Sociales
por ese motivo, el cual no tiene por qué asumir el riesgo del daño que al
trabajador le sobrevenga por causa de un accidente de trabajo o de una
enfermedad profesional en cuya causación exista culpa suficientemente
comprobada del patrono.

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En decisión de 9 de noviembre de 2000, radicación 14847, señaló la
Sala lo siguiente sobre el tema :

“El artículo 216 del CST dice que, cuando exista culpa suficientemente
comprobada del patrono en la ocurrencia del accidente de trabajo o de la
enfermedad profesional, está obligado a la indemnización total y ordinaria
por perjuicios, pero del monto de ella debe descontarse el valor de las
prestaciones en dinero pagadas en razón de las normas consagradas en
el capítulo que la contiene.

“Hasta el año 1993, y en número plural de providencias, la Corte sostuvo


que el patrono sí podía descontar del valor de la indemnización ordinaria
de perjuicios las prestaciones pagadas por el Seguro Social. Pero la
Corte en Sala Plena (integradas las dos Secciones que conformaban la
Sala Laboral), decidió, con la sentencia del 12 de noviembre de 1993,
que el Seguro Social no había asumido, para entonces, el riesgo del
daño que al trabajador le sobreviniera por causa de un accidente de
trabajo o de una enfermedad profesional imputable a culpa
suficientemente comprobada del patrono.

“Ahora, en este recurso, la sociedad recurrente sostiene que la


interpretación del artículo 216 del CST, puesta en relación con el nuevo
ordenamiento de la ley 100 de 1993 y con los decretos de la proposición
jurídica, debe ser esta: que el empleador culpable del accidente de
trabajo o de la enfermedad profesional sí puede deducir las prestaciones
económicas que haya pagado el Seguro Social al trabajador o a sus
causahabientes de lo que adeude por su propia responsabilidad ordinaria
de perjuicios.

“Se procede a examinar esa argumentación de la recurrente, en este


orden: 1. El alcance de la sentencia de la Corte que citó el Tribunal; 2. El
alcance de la normatividad que acusó el cargo en casación. 3. La
relación de los dos temas anteriores, en orden a precisar si el Tribunal
transgredió o no la ley sustancial; o mejor, para determinar el alcance del
artículo 216 del CST.

“La sentencia de la Corte del 8 de Mayo de 1997 que invocó el Tribunal,


destacó que los reglamentos del Seguro Social vigentes para la época de

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los hechos analizados, y concretamente el artículo 83 del acuerdo 155 de
1963, no autorizaron al patrono a descontar de la indemnización
ordinaria las sumas que el Seguro Social reconociera al trabajador o a
sus derecho habientes, por prestaciones en dinero.

“El artículo 83 del acuerdo 155 de 1963 del Seguro, que fuera aprobado
por el decreto 3170 de 1964, y para cuya expedición invocó el Presidente
de la República los artículos 9° de la ley 90 de 1946 y 5° del decreto
1695 de 1960, disponía:

‘El otorgamiento de las prestaciones establecidas por el presente


reglamento por parte del Instituto exonera al patrono de toda otra
indemnización según el Código Sustantivo del Trabajo o según el
derecho común por causa del mismo accidente o enfermedad
profesional. Pero si el riesgo se hubiere producido por acto intencional o
por negligencia o culpa del patrono procederá a demandar el pago de
esta indemnización, la que quedará a su favor hasta el monto calculado
de las prestaciones que el Instituto acordare por el accidente o
enfermedad, debiendo entregar a los beneficiarios el saldo, si lo hubiere.

‘Lo dispuesto en el inciso anterior no es óbice para que la víctima o sus


causahabientes instauren las acciones pertinentes de derecho común
para obtener la indemnización total y ordinaria por perjuicios, de cuyo
monto deberá descontarse el valor de las prestaciones en dinero
pagadas por el Instituto de acuerdo con las normas de este reglamento’.

“Pese a la equívoca redacción de la norma transcrita, ella no permitía la


tesis de la sociedad recurrente, que desde luego se funda en otro
sistema legal. Pero la Corte despejó el equívoco en la sentencia del 8 de
mayo de 1997. Es importar recordar, en resumen, las razones que tuvo
en cuenta para fundar su tesis: 1) El poder normativo de los reglamentos
del Seguro está limitado por su objeto social: es entidad aseguradora de
los riesgos originados en la prestación de servicios subordinados; la ley
no le dio al Seguro la atribución de determinar las consecuencias de la
culpa del patrono en la ocurrencia de un accidente de trabajo o de una
enfermedad profesional, pues esas consecuencias corren a cargo
exclusivo del empleador culpable. 2) La competencia que le reconoce la
ley al Seguro para subrogar al patrono en la asunción de riesgos
laborales está dentro del ámbito de las prestaciones, de los servicios
sociales o de las medidas de seguridad social que deben amparar a sus

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beneficiarios, como lo prescribe el artículo 7º del decreto ley 433 de
1971; pero el Seguro no está legalmente facultado para regular las
indemnizaciones originadas en enfermedades profesionales o accidentes
de trabajo que ocurran por la culpa suficientemente comprobada del
patrono. El Seguro tampoco está legalmente facultado para aminorar
la carga patrimonial del patrono en esa materia, por lo cual,
asume toda la responsabilidad ordinaria por mandato del artículo 216 del
CST; y, por lo mismo, el Seguro subroga al patrono únicamente en el
riesgo que da lugar a la denominada responsabilidad objetiva. 3) Si, por
su equívoca redacción, el artículo 83 del Acuerdo 155 de 1963
consagrara el derecho del empleador culpable del accidente para
descontar del monto de la indemnización ordinaria lo pagado por el
Seguro por prestaciones en dinero, la norma sería inaplicable, al igual
que el artículo 1º del decreto 3170 de 1964 que lo aprobó. 4) El Seguro
reconoce prestaciones para cuyo cálculo toma en cuenta variables como
el salario, los años de servicios, el número de cotizaciones, la edad del
trabajador, la vida probable, etc. En cambio, no toma en cuenta los
perjuicios realmente producidos, lo cual marca una diferencia entre la
indemnización a que se refiere el artículo 216 del CST, que busca
reparar la totalidad del daño ocasionado por el patrono culpable, con la
actividad aseguradora del Instituto. 5) No es cierto que el trabajador se
beneficie doblemente (con la indemnización plena y con las prestaciones
económicas del Seguro), puesto que el seguro ha sido tomado por el
mismo accidentado, de modo que el patrono no puede restar de la
indemnización total y ordinaria de perjuicios lo pagado por el Seguro
Social en virtud del cubrimiento de un riesgo que no ha sido asegurado
por él.

“Ahora, procede el examen del régimen de la ley 100 de 1993,


empezando por su reglamentación, como lo propone el cargo:

“El decreto 1771 de 1994 es reglamentario del 1295 del mismo año
(estatuto con alcance legal). Su artículo 12 dispone:

‘Subrogación. La entidad administradora de riesgos profesionales podrá


repetir, con sujeción a las normas pertinentes, contra el tercero
responsable de la contingencia profesional, hasta por el monto calculado
de las prestaciones a cargo de dicha entidad administradora, con
sujeción en todo caso al límite de responsabilidad del tercero.

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‘Lo dispuesto en el inciso anterior no excluye que la víctima, o sus


causahabientes, instauren las acciones pertinentes para obtener la
indemnización total y ordinaria por perjuicios, de cuyo monto deberá
descontarse el valor de las prestaciones asumidas por la entidad
administradora de riesgos profesionales’.

“Es una redacción similar a la de su antecesor, el 83 del acuerdo 155 de


1963, de manera que por este solo aspecto, si el artículo 12 del decreto
1771 de 1994 fuera puesto en relación con el 216 del CST, no sería útil
para dar por sentada la posibilidad de descontar las prestaciones
económicas del Seguro Social de la indemnización ordinaria de
perjuicios.

Ninguna de las normas cuya acusación plantea el cargo permite concluir


en la tesis de la censura.

“En efecto:

“El artículo 139-11 de la ley 100 de 1993 confirió al Presidente de la


República precisas facultades extraordinarias pro tempore para “Dictar
las normas necesarias para organizar la administración del sistema
general de riesgos profesionales como un conjunto de entidades públicas
y privadas, normas y procedimientos, destinados a prevenir, proteger y
atender a los trabajadores de los efectos de las enfermedades y los
accidentes, que puedan ocurrirles con ocasión o como consecuencia del
trabajo que desarrollan. En todo caso, la cotización continuará a cargo de
los empleadores”; luego nada indica que en esta atribución de facultades
legales, el Presidente de la República pudiera regular las consecuencias
de la culpa patronal del artículo 216 del CST.

“El decreto ley 1295 de 1994, según su encabezamiento, determina la


organización y administración del Sistema General de Riesgos
Profesionales. El artículo 13 se limita a señalar quiénes son los afiliados
al dicho sistema; el 34 consagra el derecho a las prestaciones; el 49
establece que, en caso de muerte del afiliado o del pensionado por
riesgos profesionales, como consecuencia del accidente de trabajo o de
la enfermedad profesional tendrán derecho a la pensión de
sobrevivientes las personas descritas en el artículo 47 de la Ley 100 de

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EXP. 35121
1993, y sus reglamentos; pero esa norma nada dice sobre la
responsabilidad por culpa patronal en el accidente de trabajo o en la
enfermedad profesional. El artículo 50 se limita a fijar el monto de la
pensión de sobrevivientes y el 53 a precisar las condiciones de la
devolución de saldos y de la indemnización sustitutiva cuando ocurre la
muerte del asegurado. El artículo 78 dice que el Instituto de Seguros
Sociales continuará administrando los riesgos profesionales de
conformidad con sus reglamentos, lo cual no le da la razón a la sociedad
recurrente. Pero sí conviene precisar que la tesis de los opositores sobre
esta norma no es acertada, puesto que ella no remite a los reglamentos
anteriores de una manera incondicional sino subordinada a lo dispuesto
en el decreto 1265 que se estudia, puesto que la norma dice que los
reglamentos del Seguro Social ‘… deberán ajustarse a lo dispuesto en
este decreto …’. Y el 97 fija la vigencia del sistema general de riesgos
profesionales.

“Como ninguna de las normas acusadas, puestas en relación con el


artículo 216 del CST, permite concluir que haya variado el sistema legal
que informó la jurisprudencia de la Corte, la conclusión es que sigue
vigente la interpretación que allí se consignó>”.

Las anteriores directrices jurisprudenciales permiten inferir, que los


beneficiarios o causahabientes del trabajador fallecido que reciban una
reparación integral de los perjuicios sufridos derivados de un accidente de
trabajo por culpa patronal, y simultáneamente un beneficio prestacional del
ISS o de la ARP, no están accediendo a un doble beneficio por un mismo
perjuicio, en la medida que como se explicó su origen es disímil y obedecen a
causas diferentes, sin olvidar que para estos casos la culpa y el dolo no son
asegurables.

Conforme a lo dicho, el Tribunal no incurrió en el error jurídico


endilgado y el cargo no prospera.

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EXP. 35121
De las costas del recurso de casación, no hay lugar a ellas por cuanto
no hubo réplica.

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de


Casación Laboral, administrando justicia en nombre de la República de
Colombia y por autoridad de la ley, NO CASA la sentencia proferida el 25 de
octubre de 2007, por la Sala Laboral del Tribunal Superior del Distrito Judicial
de Medellín, en el proceso ordinario adelantado por ALBA MERY DEOSSA
VASCO, quien actúa en nombre propio y en representación legal de su menor
hija MARIBEL TORRES DEOSSA, y LUILLY GIOVANNY TORRES DEOSSA
contra la sociedad MINA LA MARGARITA S.A..

Sin costas en el recurso de casación.

Devuélvase el expediente al Tribunal de origen.

CÓPIESE, NOTIFÍQUESE Y PUBLÍQUESE.

LUIS JAVIER OSORIO LOPEZ

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ELSY DEL PILAR CUELLO CALDERON GUSTAVO JOSE GNECCO


MENDOZA

EDUARDO LÓPEZ VILLEGAS FRANCISCO JAVIER


RICAURTE GOMEZ

CAMILO TARQUINO GALLEGO


ISAURA VARGAS DIAZ

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Corte Suprema de Justicia


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DINORA CECILIA DURAN NORIEGA


Secretaria

SALVAMENTO DE VOTO PARCIAL


Del Magistrado Eduardo López Villegas

Radicación No. 35121


Magistrado Ponente: Luis Javier Osorio López

Discrepo respetuosamente del criterio de la mayoría en


cuanto al alcance que se le otorga al artículo 216 del C.S.T.,

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bajo un doble aspecto: 1) En cuanto considera que la
regulación laboral es autónoma del instituto de la
responsabilidad, y en lo relacionado al concurso de culpas;
2) En lo relativo al derecho de los causahabientes de las
acreencias laborales cuando fallece el trabajador. En lugar
de reiterar la tesis de la Sala que se invoca, ésta a mi juicio
debe ser corregida, pues no es necesario acudir a las
normas de seguridad social si se halla en la legislación
laboral pensional una que regula lo concerniente a los
beneficiarios y a sus órdenes.

1) Se invoca jurisprudencia de la Sala que proclama la


autonomía de la regulación de la responsabilidad laboral,
para no entrar a considerar la compensación de culpas
entendida ésta como figura foránea al mundo laboral.

Comparto que no pueda ser aducida la culpa del


trabajador para exonerar al empleador; comprobada la de
éste, basta que se declare su responsabilidad, sin que ésta
se purgue porque se demuestra que concurrió también la
del trabajador.

Pero uno es el juicio sobre la existencia de la


responsabilidad, y otro el alcance de la reparación, que
como lo señala debe ser plena, pero ello no supone que
imponga el deber del empleador de pagar más allá de lo

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República de
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Corte Suprema de Justicia


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que a él corresponde; cuando concurren varias culpas, con
independencia de la dificultad probatoria que ello entraña, a
cada una de ellas se le ha de asignar la participación en el
daño, condición necesaria para que obren en su genuino
sentido las máximas que enseñan que “la culpa sólo obliga
a su autor”; que “del daño de propia culpa impútese a sí
mismo y no a otro”, de manera tal que para tasar el valor
de la indemnización ésta se ajuste a su propia culpa.

2) La Ley 71 de 1988, por recoger derogadas


disposiciones laborales -artículo 275 del C.S.T., artículo 12
de la Ley 171 de 1961, la Ley 33 de 1973– y por contener
“los derechos mínimos en materia de pensiones y
sustituciones pensionales y se aplicarán ……lo mismo que a
las personas naturales y jurídicas, que reconozcan y paguen
pensiones de jubilación, vejez e invalidez” como reza su
artículo 11, pertenece al ámbito del mundo del trabajo, y
está llamado a regular los derechos de los trabajadores y de
sus beneficiarios, los que no pueden ser desmejorados por
las normas de la seguridad social, como expresamente lo
manda el artículo 272 de la Ley 100 de 1993.

El artículo 3 de la Ley 71 de 1988 regula el orden de


beneficiarios por derechos laborales pensionales por muerte
del trabajador, al que se acude por analogía para resolver la
controversia ocasionada también en el contrato de trabajo,

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República de
Colombia

Corte Suprema de Justicia


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prefiriéndolas a las de la Seguridad Social por primar
aquella en el orden lógico, porque estas imponen
condiciones más restrictivas a los beneficiarios, y no
contemplan daños morales.

De otro lado, disiento del criterio de la mayoría sobre el que se


fundamenta la decisión en lo que respecta al descuento de lo pagado
por la administradora de riesgos profesionales, por las siguientes
razones:

Tal como lo advierte la censura, a partir de la instauración del


sistema integral de seguridad social en riesgos profesionales, la
pensión de sobrevivientes por tales riesgos y el lucro cesante por
culpa patronal no presentan diferencia en lo que respecta a su
naturaleza y cometido gobernado por las leyes 100 de 1993 y 776 de
2003, de modo que resulta inadmisible la acumulación de
indemnizaciones a favor del trabajador con invalidez total a causa de
accidente de trabajo por culpa patronal.

En efecto: en la acumulación de prestaciones se


desconocen los principios que informan el Sistema de
Seguridad Social Integral, a los cuales se debe acudir en el
sub lite, por cuanto aquí no se resuelve únicamente sobre la
responsabilidad patronal, sino que también se discierne
sobre las consecuencias del cubrimiento de una
contingencia propia de la seguridad social hecha con cargo
al sistema.

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En el principio de la universalidad descansa el elemento


inherente al diseño de un sistema de seguridad social; ha
de tener por vocación comprender a toda la población con el
fin de protegerla de la totalidad de los riesgos o
contingencias. Para mayor énfasis la Ley 100 de 1993, en el
literal d) de su artículo 2, formuló independiente este
segundo aspecto, bajo el principio de la integralidad, según
el cual el objetivo del sistema es la cobertura de todas las
contingencias que afectan la salud, la capacidad económica
y en general las condiciones de vida de toda la población;
su significación queda resaltada al ser incorporado en la
denominación del sistema.

La eficacia del principio se ha de traducir en orientación para resolver a favor


de la inclusión en el sistema, las controversias sobre si una determinada
contingencia está o no bajo el amparo de la seguridad social.

El artículo 193 el Código Sustantivo del Trabajo introduce


en el Título VIII el de las Prestaciones Patronales Comunes,
para establecer su carácter transitorio, no en cuanto al
contenido esencial de ellas, sino respecto al sujeto obligado
al pago, cuando dispone: Estas prestaciones dejarán de
estar a cargo del patrono cuando el riesgo de ellas sea
asumido por el Instituto Colombiano de Seguros Sociales,
de acuerdo con la ley y dentro de los reglamentos que dicte
el mismo Instituto. Y dentro de ellas sin lugar a dudas está

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incluida la pensión de sobrevivientes originada en accidente
de trabajo, sin interesar, para efectos de determinar el
ámbito de la seguridad social, el que éste acontezca por
culpa patronal.

El principio de la unidad que proclama el literal e) del


artículo 2 de la Ley 100 de 1993, responde a la condición
propia de lo que es un sistema y a la necesidad de saldar la
bifurcación con que la Ley 90 de 1946 había diseñado la
seguridad social. Ciertamente, desde entonces se previó
que ésta estaría a cargo de entidades especializadas, pero
mientras estas fueran creadas y tuvieran capacidad
operativa, la prestación del servicio público de la seguridad
social quedaba a cargo del patrono.

Entre soluciones que se inclinan por perpetuar la


transitoriedad de la ley, o las que propugnan por que la
entidad de la seguridad social asuma en toda su extensión
la cobertura de los riesgos, el principio de unidad debe
persuadirnos de la última de las opciones.

A la conclusión de que es al sistema al que le


corresponde la protección de todas las contingencias, va
aparejada la de que a él se deben verter los recursos
disponibles para el efecto.

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Con sentido previsivo el artículo 193 del C.S.T. señala
que la subrogación prestacional se ha de realizar dentro de
los reglamentos que dicte el Instituto, simple y llanamente
porque la obligación prestacional que así asume debe ser
acompañada de las medidas que aseguren la financiación
del sistema.

Y en lo tocante al punto en cuestión, el artículo 12 del


Decreto 1771 de 1994, para la debida realización del
principio de unidad, establece reglas puente cuando obran
concurrentemente las dos maneras de ofrecer las
prestaciones de seguridad social -por la vía del empleador y
la del sistema- para cuando se presenta un accidente de
trabajo con culpa patronal; y aquellas normas adoptan
previsiones para las dos formas de reclamo: a) cuando
demanda el pago la entidad administradora de seguridad
social; y b), cuando quien demanda es la víctima o sus
causahabientes. En uno y otro caso, la previsión es igual:
preservar en la fuente del pago el derecho a la seguridad
social a que dichos recursos lleguen al sistema.

Falta al principio de unidad del Sistema de Seguridad


Social tesis adoptada por el ad quem según la cual las
normas sobre descuento de indemnizaciones a favor del
sistema no tienen aplicación en los eventos de accidentes

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de trabajo por culpa patronal, y en lugar de ello, consiente
la acumulación de indemnizaciones a favor del trabajador.

Las normas que establecen una subrogación


indemnizatoria a favor de las entidades administradoras de
los riesgos profesionales previstas en el artículo 12 del
Decreto 1771, no se pueden dejar de aplicar so pretexto de
que los Reglamentos del ISS o los decretos reglamentarios
del Sistema General de pensiones no tienen la capacidad de
modificar una norma de rango legal, como es el artículo 216
del C.S.T.

Se debe puntualizar que las leyes que instituyen las


prestaciones patronales para la contingencia de los
accidentes de trabajo, nacieron por virtud de leyes
temporarias, con vigencia condicionada: hasta la fecha en
que el seguro social las vaya asumiendo, como lo preceptúa
el artículo 72 de la Ley 90 de 1946, que para no dejar duda
de esta restricción, concluye: Desde esta fecha empezaran
a hacerse efectivos los servicios aquí establecidos y dejaran
de aplicarse aquellas disposiciones anteriores.

Esto es exactamente lo que se dispone en el artículo 193 del C.S.T.: normas que
otorgan derechos cuya existencia está supeditada al agotamiento de la misión que se
proponía, una protección transitoria y precaria a cargo de los empleadores, la que se
cumple cuando la protección en seguridad social fuera entregada a mejores manos: un
sistema especializado; en otras palabras, la ley pierde vigencia por el surgimiento de

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la condición que se realiza con normas reglamentarias, Acuerdos del ISS o de
Decretos Reglamentarios del ISS, que consagran la obligación de satisfacer las
prestaciones a las entidades de seguridad social.

Así entonces, la tesis que acoge el ad quem confunde el


sentido y alcance de las normas que supone enfrentadas;
las legales perdieron su vigencia y por sustracción de
materia, los reglamentos del ISS o del sistema no tienen
validez temporal que afectar; y estas normas
reglamentarias tienen la virtualidad de regular, de
conformidad con las normas legales, la prestación del
servicio público de seguridad social en sustitución del que
aquellas había previsto en su temporaria vigencia y como
condición para su extinción.

De otra parte, para sustentar la tesis a favor de la


acumulación indemnizatoria a favor del trabajador, se ha
invocado el principio del enriquecimiento sin justa causa
desde una perspectiva meramente laboral, sin
contextualizarla con el ámbito de la seguridad social, al
considerar que si admitiera el descuento del valor de las
prestaciones sociales o de seguridad social de la
indemnización debida por el empleador al actor, ello
conduciría a que el empleador culpable resultara a la postre
obteniendo beneficios del daño que causó, o al menos
exonerándolo de la responsabilidad en un riesgo producido

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por su acto intencional o culposo (Sentencia del 12 de
noviembre de 1993).

Esta posición doctrinaria parte de una equivocada


apreciación sobre la finalidad del descuento prevista en el
artículo 193 del C.S.T. en concordancia con el Decreto 1771
de 1994: como la muerte o la invalidez es una contingencia
amparada por el sistema de seguridad social, aún ella sea
resultante del accidente de trabajo con culpa patronal, los
descuentos que disponen deben ser hechos en beneficio del
Sistema de Seguridad Social, no del patrono. La
subrogación a favor del empleador en la obligación de cubrir
prestaciones tiene como correlato la subrogación a favor de
las entidades administradores de riesgos profesionales de
obtener la indemnización equivalente a lo que a ella le
correspondiere pagar; y si se autoriza que el patrono haga
descuentos cuando paga a la víctima, es para asegurar el
derecho a la subrogación de la entidad administradora, y
evitar que el empleador sea compelido a pagar dos veces
por la misma causa.

No se trata de que el asegurador se vuelva contra el


asegurado. Ciertamente corresponde al empleador proteger
a sus trabajadores contra el riesgo de accidentes de trabajo
y enfermedades profesionales afiliándolos a entidades
administradoras de estos riegos, y pagar la totalidad de las

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cotizaciones respectivas. Pero el valor de éstas esta tasado
respecto a un grado de riesgo especialmente medido, que
no incluye la actuación culposa o dolosa del empleador; así
por tanto no puede entender que este sea un riesgo
cubierto por ellas. Es este el alcance restringido que ha de
tener la diferenciación de causas respecto al mismo hecho
dañoso.

Así, considero se han debido rectificar los criterios que en ocasiones


anteriores se han esbozado sobre el tema y casarse parcialmente el
fallo en cuanto se abstuvo de descontar lo reconocido por la ARP del
monto de la condena que por concepto de perjuicios impuso a la
demandada.

Fecha tu supra,

EDUARDO LÓPEZ VILLEGAS

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