0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 248 vistas9 páginasRodulfo Los Lugares Donde Se Trama La Subjetivacion
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” ANDAMIOS DEL PSICOANAUISIS
amigarlo con la diferencia, que no conoce ni reconoce otra vecin-
dad que la de la difericién permanente y asintética, creadora de
porvenir.
En cuanto al futuro, previsiblemente, serd el del incesto practi-
cado una y otra vez de modos en que no parezca serlo.
Capitulo 4
Los lugares donde se trama
la subjetivacion
Este capftulo estd dedicado
41 la memoria de un colega: Mario
Brodsky, un pediatra extraordinaria,
tun gran clinic, on alegre compattero
de trabajo a quien extrariamos.
Las lugares donde se trama la subjetivaciin... Me voy a mantener
en los alrededores de este ti idea de instancias,
espacios, lugares, sitios de subjetivacién. En qué lugares, en qué
espacios, ent que ambitos se subjetiva la gente? Cuando hablamos
de procesos de subjetivacin lo pensamos en un sentido amplio,
hablamos tanto de procesos inconscientes como de aspectos cons-
cientes de esos procesos.
‘Mi perspectiva siempre viene siendo buscar un psicoandlisis no
de siempre; no el psicoanilisis de siempre. Me gusta ese psicoand-
lisis que cada tanto sale a rastrear temas, sale a buscar cosas, se
dirige a lo desconocido dejando atrés sus propios sistemas te6ri-
cos establecidos, como cuando Freud indagaba sobre asuntos poco
comunes, los olvidos, los actos fallidos, los chistes... Cada tanto ha
aparecido un autor que se ha caracterizado por buscar algo o de
siempre. Uno podrfa mencionar a Lacan, cuya verdadera problemd-
tica no es lo simbélico o el padre, sino Ja nada, no la ausencia, sino
Jo que no hay, 0 Winnicott, cuya verdadera problemética no es'lo
transicional, 0 la relaci6n del bebé con la mamé, sino «imo alguien
llega a estar vivo, en el sentido de sentirse vivo, de sentirse rel. Junto
4 estos movimientos que salen del psicoandlisis de siempre, hay
ae aDciar. De todas partes tenemos cosas que aprender, pero tienen sus
s de formato.
Tenemos muchos autores en la Argentina (como Silvia Bleich-
mar, Luis Hornstein) y otros contemporineos de diversos lugares
que se han esforzado por renovar de una manera muy creativa, las
bases te6rieas del sistema psicoanalitico, pero dentro de sus limi~
tes, Hablan siempre de lo mismo pero de una manera distinta, con
variaciones acerca de lo mismo. Vamos a encontrar sus reformula-
ciones sobre el complejo de Fadi smo, la represin ori-
ginaria, la pulsién, lo que fuere, pero sin moverse de alli, Uno tiene
Iucho que aprender de ellos y tienen que ser estudiados, pero llega
tun momento en el que, por mi parte, me bifurco, me voy en otra
direcci6n, por esto del no de siempre.
Cuando hoy se piensa en instancias de subjetivacién, en lugares
de subjeivacién, es fundamental que se la zestituya aun contexto
cultural muy importante, que es la declinacién, la disgregacién qui
se viene acelerando del estan, o del judeocrseanismo; dedi
nacién que se viene produciendo desde el Renacimiento y en cre-
ciente aceleracisn a lo largo del siglo pasado o ya desde las tltimas
décadas del XIX en la cultura occidental, y que ha ido producien-
do profundos impactos en Ia subjetividad. Entre los psicoanalistas,
el que tuvo més claro esta declinacién fue Jacques Lacan. Esto ha
dejado sus huellas en el psicoanslisis. Edipo, con su lugar tan insis-
tente en el psicoanilisis, es un mito griego, pero la interpretacion
que el psicoandlisis hace de Edipo, es una interpretacién muy judia,
muy ajena al pensamiento griego, muy judeocristiana, Freud, aun-
que profesaba un atefsmo radical, estaba obviamente impregnado
de eategorias judeocristianas; de ahf que su Edipo sea el Edipo de la
angustia, de la culpa y cosas por el estilo, ajenas al espectro mitico
griego, atentas mas bien a la precariedad del poder humano y, por
tanto, a lo fatuo de la bybris, Atravesada esta, Edipo se transformard
en otro tipo de héroe cultural -que, con razén, Derrida compara
con Jesucristo-, asi como al principio es un héroe dispuesto a pagar
por su empeiio en develar una verdad histética que habia perma-
necido inaccesible. Fl cegarse no es castigo por el incesto y por el
parricidio, sino indicador de que ha accedido a una
en un plano mis clevado que el sensorial
Como sea, si nos desentendemos de esa lenta e inexorable des-
composicién de la gran mitica judeocristiana nos quedamos en el
aire, sin el contexto necesario para pensar en las transformaciones
subjetivas y, por si esto fuera poco, entregados a una irrefrenable
a ncsni
obese
tendencia a psicopatologizarlas, normalizando e idealizando un
pasado supuestamente mejor, lo cual es ficil de ver en numerosos
discursos y comentarios que lloran el hundimiento del patriarcado,
asimilindolo a una especie de caos o indiscriminacién generalizada:
ya no habria Ley, etcétera, etcétera.
Para poner un ejemplo caracteristico y avanzar al mismo tiem-
po en esto de instancias de subjetivacién, uno de los lugares al res-
ecto més importantes en lo contemporsineo, ligado al desarrollo
tecnocientifico que siempre produce impactos profundos en la sub-
jetividad humana, es todo lo que podemos resumir en la figura de
Ja pantalla; la pant 1a computadora, la pantalla de la televi-
si6n, la pantalla del celular, todo lo digital, todo ese nuevo mundo
virtual. Cuando se habla de los efectos de esta pantalla, surge hoy
en dia una cuestién sobre la que se detienen muchos investigado-
res: emo uno de los efectos de esta introduccién de la pantalla en
nuestra vida ha trastocado todo lo que tiene que ver con la cate~
goria de lo intimo, al punto que pareciera que no existe inti
dad, cosa que a muchos los pone de los pelos; emo se atraviesan
fronteras que hasta ahora eran estrictamente personales; como se
publican las cosas més intimas en Facebook. A algunos nos pueden
chocar estos aspectos por su vulgaridad como cuando por radio le
preguntan a alguien sobre su primer orgasmo 0 cosas por el estilo.
‘Todas las eriticas que se puedan hacer acerca de que lo intimo se
vuelva un especticulo, como dice Sibilia, deberfan tener un reparo.
Deberfan tomar nota de que la categoria de lo que es intimo, de lo
que deberia permanecer intimo, reservado, es una categoria moral
de origen judeocristiano, y que, en ese sentido, dada esa declinacién,
lado que la gente sin saberlo abandona el cristianismo, es de espe~
rar que esa categoria quede totalmente desintegrada. Fas fronteras,
de lo intimo y del pudor a veces han estado a favor de la represién.
Recuerdo una anécdota de una colega amiga, que fue profesora de
la Facultad de Psicologia de la Universidad de Buenos Aires, una
escena que vio en Madrid en plena época dura del franquismo: una
pareja joven iba tomada de la mano por la calle y un guardia civil los
llam6 “asquerosos” y los obligé a separarse. Seguramente para ese
guardia civil, y para el franquismo, que una pareja joven se tomara
de la mano era un hecho que debia pertenecer ala esfera de lo fiti-
mo, era algo que tenfan que hacer en st
y algo que debian hacer ya casados, indudabl
este hecho como muestra de una oscura represin que se encuentra
en el fondo de esa defensa en apariencia tan respetable y compren-
—e ANDAMIOS DEL PSICOANAUSIS
je de la intimidad, como un valor que supuestamente no debe-
fa ser puesto en cuestién. Por su sola existencia, la pantalla sacude
estas viejas estructuras y yo no dirfa que hace desaparecer la intimi-
dad sino que reconfigura radicalmente sus fronteras de siempre, que
‘entran a perder vigencia. Ya la pantalla del cine empez6 a hacer esto
cuando dejé de detenerse discretamente al borde de una relacién
sexual. Lo que no se podia ver comenz6 a poder verse y en detale,
ros remitimos al principio en lo que concierne a nuestra dis-
ciplina diriamos lo siguiente: a propésito de instancias de subjeti-
vacién, el psicoanilisis se dedieé y forjé gran parte de su especi-
ficidad y de su prestigio en una sola, la instancia de lo familiar; la
familia como el lugar de subjetivacién. A eso se dedicé en general
, creo que de una manera muy personal, tinica y con
generaciones que trabajaron arduamente y que nos legaron muchas
ideas, muchas redes conceptuales y te6ricas. Les damos valor y las
seguiremos utilizando y reutilizando, pero el psicoanilisis se dedico
unilateralmente a eso. La cuesti6n es si hoy tal delimitaci6n no se
hha tornado restrictiva y ya no alcanza para hacer nuestro trabajo,
por muchas razones.
Reexaminando el curso de mi obra, se me impone que hace
tiempo que abandoné ese formato clisico, y de un modo cada vez
mas exp! Sn un texto reciente, que aparecié en Generacio-
nes, una nueva revista de psicoanilisis de nifios y adolescentes de
fa (UBA), cuyo director es Adridn Grassi,
planteo la hipdtesis de cinco instancias de subjetivacién de una
manera no exhaustiva: la familia, la escuela, los pares, la pantalla
le a ficcién (el cuento, el mito).
sdicé a la familia como problema
-omplejo de Edipo; hizo de eso su
foco conceptual. Ahi es donde tenemos que detenernos y revisar un
poco algunas cosas. Cuando estudiamos una teoria, por lo general
examinamos la red conceptual, sus ideas principales, pero es muy
aro que el que ensefia esa teoria, o el que la estd aprendiendo, se
detengan en ciertas operaciones politicas que hay en esa teoria y
{que no son los conceptos en si. Los conceptos son explicitos. Cuan-
do uno dice complejo de Edipo, y habla de castracién, de incesto,
de parricidio, esos son elementos explicitos, partes de un haz con-
ceptual. Pero hay operaciones politicas en cualquier sistema te6rico
que permanecen no visibles, a menos que el que lee, o el que ense-
fia tenga cierta formacién filoséfica. Y un minimo de inquietud en
ese sentido,
1. Enel caso del complejo de Edipo, hay dos o tres factores
{que en gran medida permanecen inconscientes en la teoria,
Primero, cuando se dice que Freud “descubre” el Edipo
aun suponiendo que eso sea cierto, nada se dice respecto
de la primera operacién que Freud hace de modo apresura~
do, la de colocar el Edipo en un lugar central del sistema psi
{quico. Por eso a veces lo llama “complejo nuclear”, eje, cen-
tro; con lo cual materializa un nuevo pensamiento del centro.
Este aspecto es muy importante, porque el psicoandlisi enfa-
tiz6 su interés por el descentramiento; el psicoanilisis des-
centraba porque planteaba que la conciencia no estaba en el
centro, que el yo no era el miicleo de la psiquis. Todo esto
esti muy bien y es cierto, pero falta algo: sacar el centro del
centro. Porque uno puede sacar cosas del centro pero dejar
el centro intacto. Entonces, si yo quito algo del centro,
pero no quito el centro mismo, a la larga o a la corta, que-
dara puesta otra cosa en el centro. El psicoanilisis no operé
de otra manera; Freud emplazé el complejo de Edipo en el
centro de su sistema tedrico y de la subjetividad e, incluso,
de la condicién humana, y restablecié asf, sin advertirlo, un
pensamiento del centro que tiene una larga y accidentada
tradicién metafisica. En el fondo, este hecho res
rio con los hal ntos del psicoa-
nilisis, que siempre tuvieron el encanto de lo heterodox. Y
queda en pie que esa colocacién que hace Freud no es en
absoluto un descubrimiento clinico, y si una generaliza-
cién desaforada que cree poder darse el lujo de prescindir
de la puesta a prueba, dando lugar a un formato interpre-
tativo reduccionista que erosiona seriamente la potencia
del pensamiento psicoanalitico, enderezndolo hasta con-
vertirse en esa “concepcidn del universo” de la que Freud
abjuraba,
2. ¥ asf ocurrié: cada uno puso algo en el centro. Jacques
Lacan, la falta; Melanie Klein, la posicién depresiva. Y, de
este modo, aquella operacién mito-politica (he dedicado
algunos esfuerzos a tal dimensién asf bautizada por mi) per~
manecié sin ser detectada. Es muy distinto pensar que a un
chico le pasan ciertas cosas con sus papés, que afirmar que
ese conflicto esta en el centro de todo el psiquismo y del
desarrollo, tanto normal como patolégico.La segunda operacién politica que hace Freud, ideol6gica mis
que conceptual, es un tajo entre lo primario y lo secundario, por lo
cual lo familiar, de hecho reducido a lo edipico, queda establecido
como lo que es primario. ¥ todo lo que no es familiar, nada menos
mundo -lo social, lo cultural
ugar de lo secundario, lo derivad
rio cronologicamente y secundario, en cuanto al peso psiquico que
le otorga. Fsta fue una operacién que tuvo consecuencias desafor-
‘tunadas, porque durante mucho tiempo hizo que fuera muy diffell
para el psicoandlisis poder acercarse a fenémenos sociales de una
manera que no fuera conservadora, reaccionaria o reduccionista
Hay un tercer término, que es un poco concepto y un poco ope-
raci6n, que ayuda a constituir la categoria freudiana del sustituto
que, a veces, también se de “representante”. El de sustitu-
to es un término mas amplio o, si se quiere, mis vago. Si Freud
hablaba de lo edipico como nuclear, pero no hubiera dispuesto de
Ia nocién de sustituto, este centralismo hubiera quedado frenado,
pero la nocién de sustituto fue la que permitié una inflacién de
enfrenada de todo lo edipico, sin restriccién alguna. De ahi en més,
cualquier relacién de un chico con un adulto, coloca al adulto en
posicién de sustituto paterno. Si un discfpulo sigue a un maestro,
‘es un sustituto paterno; si un chico se identifica con un profesor, es
un sustituto paterno; si tiene un idolo, es un sustituto paterno, y lo
ismo con el sustituto materno, El mundo se desdobl6 y se simpli-
<6 de manera extrema. Para Freud, el rey mismo es un sustituto
paterno, y no lo dice en un sentido metafdrico, sino en el sentido
de una derivacién bien real.
‘Todo esto me condujo a desmarcarme, pensando que, al mar-
gen de que uno tenga que estudiar y manejar bien este tipo de
juegos semanticos, el efecto de empobrecimiento es inevitable.
Limitan en cuanto no dejan ver, no dejan trabajar con distintos
aspectos de otras instancias de subjet que son singulares y
no se reducen a lo edipico; por ejemplo, la relacién con los pares.
No con los hermanos, sino con los pares, con los otros chicos.
Uno puede advertir Ia importancia que tienen los pares para el
nifio, salvo que el nifio esté muy enfermo. La curiosidad, la atrac-
ciGn a veces cargada de ambivalencia que lo acerca a ellos. Es algo
que no se reduce alo especular, que tiene que ver con el buscar
jugar juntos. Se producen dos efectos de subjetivacidn, de es
portantes, dos procesos que no se pueden realizar
nes de la familia: que el chico se sienta moso-
LOS LUGARES DONDE SE TRAMA LA SUBJETIVACION as
tox, se sienta miembro de un nosotros. Nosatras es el grupo
grupo de pares es fundamental. Al mismo tiempo, toda la cultu-
ra occidental adelanta las edades de escolarizaci6n. Hay salitas de
dos aftos, hay guarder‘as; hoy es normal que un chico vaya a sala
de dos. La misma complejidad insondable de nuestra cultura ha
empujado a un ensanchamiento sin precedentes de la escolatiza-
cidn, con lo cual, mal podria considerarsela una superestructura
secundaria respecto de la familia,
En segundo lugar, hemos de referimnos a la cuestién del amigo.
El amigo es una figura absolutamente singular ¢ irreductible; el
amigo en el sentido de “amigo intimo” constituye la primera rela-
cién de pareja que establece un chico, con toda la especificidad de
Jo que implica decir “relacién de pareja”. Supone crear un:
dad con un extrafio absoluto, con alguien que no es de la fami
cual constituye todo un trabajo, el de pasar de percibir al otro como
doble a inscribirlo como pareja, un trabajo como cuando se dice “tra
bajo de duelo”; pero que, en este caso, hay que designar como “traba-
jo de suplementacién”: donde habfa una relacién de familia o de
cextrafio se forjé una sintesis diferente, una figura que atraviesa la
‘oposicién entre familiar y extrafo, una figura de lo transicional que
excede las categorfas anteriores, y que no todos son capaces de
ya que requiere de esa paradoja que supone tener intimi-
dad, y la mayor intimidad, con un extrafio a todo lazo familiar.
Pero, si uno busca literatura psicoanalitica sobre el amigo, si uno
dijera quiero tener cien paginas de literatura psicoanalitica sobre el
‘amigo, de esas cien paginas, noventa me van a quedar vacias. Es un
tema atin pendiente. A veces, el motivo principal para atender a un
chico, para ocuparse de lo que le pasa, es justamente su imposibili-
dad o su dificultad de hacer amigos, y eso no se puede solucionar
interpretando en términos del complejo de Edipo. Para decirlo de
una manera tosca, clésica, tradicional: en el inconsciente de la gente
no estan solo pap y mamé, v pedazos de papa y mamé -el pene, el
echo, 0 lo que fuere-. En él inconsciente de la gente hay amigos,
‘otros chicos, pedazos de otros chicos, maestras y muchas otras figu-
ras, imagenes que ve en la televisién que le transmiten ideales del
yo, efectos de pantalla, resultados de cultos y mitos de los que se
empapa. Alli también estin Mafalda y Jaimito, Batman y el Hom-
bre Arafia. Esta descentralizacién es fundamental porque lo que yo
estoy proponiendo no es desalojar el Edipo del centro para darle a
otra cosa ese poder, bien filico por cierto, sino contar con un
modelo teérico-clinico verdaderamente descentral6 ANDAMIOS FL PSICOANALISIS
Entre otros aspectos, replanteamos por esta via la importancia
dela , porque introducir otras instancias de subjetivacién
es decir no basta la familia, no basta con estudiar lo familiar para dar
cuenta de por qué un paciente adulto, adolescente 0 nino ba legada a tal
situacién, mala o buena. No hace a muestra experiencia clinica des~
jerarquizar la importancia de lo familiar; lo familiar sigue siendo
més que importante, pero, por eso mismo, no se puede reducir lo
familiar a lo edipico. En lo familiar ocurren muchas cosas que no se
pueden explicar en términos edipicos, y suceden cosas contempor’~
neas. Voy a enumerar solo tres hechos actuales que ponen en jaque
Ia primacia de lo edipico como posicién nuclear; esto de lo e
yo lo dejaria como una formacién regional, una parte entre partes
un suplemento; a veces, uno encuentra materiales donde es bien
pertinente la interpretaci6n edipica mas tradicional sin que esto nos.
obligue a volver al tedioso motivo de lo nuclear, asunto que en pri-
mera o iltima instancia remite a dios o al ser, como prefiramos.
Estos tres acontecimientos o factores muevos en juego son: pri-
mero, las nuevas técnicas de reproduccién: la cuesti6n del bebé in
vitro, las nuevas técnicas de fertilizacién asistida, el hecho de que
un chico pueda ser gestado en el vientre de otra mujer que no es
quien lo va a criar como madre. Estas téenicas dislocan toda la
triangularidad cerrada de lo edipico. Hacen un desbarajuste en
las tranquilas identidades familiares, apenas estremecidas por la
adopcién y, a veces, incluso impactan en el sistema de parentesco,
como en el caso de una madre que le presta a su hija el vientre para
un embarazo que no puede llevar a cabo por sus propios medios.
Dicho rotundamente: desnaturalizan. Y la primacia de lo edipico
exige nombres claros, posiciones polarizadas, nada de ambigiieda-
des; que el padre sea quien es, que la madre sea quien es, etcétera.
Segundo, las transformaciones en cuanto a las politicas de géne-
ro. El afio pasado, en nuestro pais, se aprobé la Ley de Matrimonio
Igualitario; esto implicé un reposicionamiento sobre el tema d
homosexualidad, que ya se viene dando hace mucho, que implica
que la homosexualidad pasa a ser un fendmeno normal. Ya no se
puede caratularlo como una desviacién enferma. Entre otras cosas
después de reivindicar su reconocimiento, lo primero que inmedia-
tamente piden las parejas homosexuales es la posibilidad de adoptar
de criar chicos, de formar familia. Da la casualidad de que, entre
otros temas, el complejo de Edipo se proponia explicar por qué
alguien llega a la heterosewualidad como veta normal de la sexta-
dad humana y otro, en cambio, desarrollaba un curso perverso,
LOS LUGARES DONDE SE TRAMA LA SUBJETIVACION ”
en definitiva patol6gico, homosexual. Esta visién hoy esté perimida
no por razones internas al sistema conceptual psicoanalitico ~la
fuerza de cuya inercia conocemos- sino por el vertiginoso sacudi-
miento sociopolitico y por las enormes transformaciones sociales a
que este dio y sigue dando lugar.
tercer elemento que jaquea y cuestiona que podamos usar
al Edipo como la explicacién generalizada, tinica y principal, es el
fendmeno de todos los tipos de familias con las que hoy nos encon-
tramos; fenémeno al que a veces se denomina “familias ensam-
bladas”. Por ejemplo, un chico tiene a su papi y a su mamé que
estén separados, y cada uno forma una nueva pareja; supongamos
que ese chico tiene una relacidn intensa y personal con su mama y
con su papé, que tiene bien claro que sigue teniendo a su papé y a
su mamd, quiénes siguen siendo su papa y su mamé, a nivel cons-
ciente e inconsciente; supongamos que la separacién de ellos no ha
lesionado estos aspectos. Y, de pronto, ese chico desarrolla rela-
ciones muy singulares, muy propias, muy personales, con el nuevo
marido de la mamé o con la nueva mujer del papa y, a veces, hay
zonas de intimidad que establece con esas personas que no tiene
con la madre o el padre. Esto no hace de ellos sustitutos paternos
rij maternos, son otras figuras; figuras que en la terminologia de la
familia, tal como la concebimos, no tienen denominacién; el niio
tiene que referirse a ellas con el nombre de pila, o decir “el novio
“la novia de mi papa”. Es muy interesante poder
pensar que las transformaciones hacen que de pronto no haya nom-
bres para ciertas relaciones; es muy interesante y muy positivo en
determinadas situaciones no tener nombre para todo, port
efectos significantes del nombre, asi como a veces resultan
nadores, otras veces son asfixiantes 0 reductores de realidades.
supone que nuestra visién debe cambiar; que no sirve que interpre-
temos al chico pensando que el marido de la madre es un sustituto
del padre. Por supuesto, uno puede huir a la abstraccidn i
y decir “yo no hablo de personas reales, hablo de funcion
Seria equivalente a la concepcién del Edipo africano. Aunque a un
chico no lo crie la madre ni el padre, igual sigo hablando de
porque es una estructura invariante. Se trata de una especul:
que tiene Ia ventaja de ser un poco tramposa ya que no puede
probarse; y, como no se puede probar, no podemos aventurarnos
4 ponerla en riesgo al enfrentarla con la realidad empirica. Si yo
quiero sustraer algo del terreno de lo empirico puedo hacerlo, pero
termino en una idea del Edipo como una formacién trascendental,6 ANDAMIOS DEL PSICOANALISIS
supracultural, concepto que reiné siempre y del que podemos sen-
tirnos muy satisfechos, pero que, en el fondo, no sirve cientifica-
mente. No es ttl para trabajar con un paciente.
Lo que estoy proponiendo, por lo tanto, implicarfa entre otras
cosas, una nueva problemitica del diagnéstico diferencial. Cuando
vienen a consultarnos por un chico -aunque, en realidad, el proble-
ma es el mismo a cualquier edad~ puedo pensar, entre otras cosas,
tancia de subjetivacién aparecen los
importantes a resolver, las
situaciones de atascamiento fundamentales. Este es un ejercicio de
diagndstico diferencial interesante, sobre todo, porque es previo a
cualquier categorizacién psicopatolégica; no se puede definir esto
en términos psicopatolégicos.
‘Tomemos por ejemplo el orden de lo ficcional, en el que inclui-
mos el mito, el cuento, considerando la importancia que tiene
para el nifio ingresar al mundo impregnado en un mito familiar.
El mundo de todo lo que sea ficcidn penetra desde el principio de
Ja experiencia humana. Algunos pequeiios ejemplos: si uno toma
el lugar de un personaje como Mafalda, Batman, Superman 0
el Hombre Arafia para un chico de hoy en dia, encontrar que la
relaci6n del sujeto con estos personajes es un vinculo vivo y muy
complejo. Estos personajes estén vivos en un sentido psiquico; ti
nen vida propia y efectos especificos sobre la subjetividad del chico.
Acudo a otro personaje que ocupaba hace poco la atencién de un
rio que, precisamente, se llama de un modo parecido a “Jaime” y
ese nombre lo llevaba al motivo del nifo terrible, Jaimito; Jaimito
es su héroe, su ideal del yo, con todas sus dimensiones de provoca-
cién y rebeldia. Jaimito, este personaje legendario, no pertenece al
circulo de lo edipico. Jaimito es un personaje viviente con el que el
chico tiene una relaci6n personal, tan personal como la que podria
darse con un par de carne y hueso, que de pronto puede tener efec-
tos sobre el inconsciente de este chico, tan importantes como los,
que generan el hermanito, la abuela y la mamé. Precisamente, uno
de los méritos poco advertidos de la concepeién del signi
te hecha por Lacan, pese a tantos panegiricos melosos que se han
hecho, es el de insistir en el cardcter viviente de aquel, en su vida
propia y en los efectos de esa vitalidad sobre nosotros, realidad que
termina por convertirnos también en seres de ficcién, esos seres de
ficcién que lamamos “seres humanos”. Tal émbito ficcional no se
reduce a un cédigo edipico; en rigor, contiene a este y a muchos
‘otros motivos miticos. Tampoco es una superestructura que planee
LOS LUGARES DONDE SE TRAMA LA SUBJETIVACION 99
por encima, como un recubrimiento o un barniz de alguna esencia-
lidad familiarista, al que se limitarfa a representar o sustituir: tiene
su propia autonomia y participa de un efecto estructurante para
nuestra vida animica,
Uno de los errores de la concepcién psicoanalitica tradicio-
nal en lo que hace a la madre y al padre ~tanto en la concepeién
freudiana como en la kleiniana~ es que tienden a dar la impresion
de que padre y madre son, para el chico, percepciones naturales,
directas o indirectas. Pero el pap4 y la mamé son, también, seres
cargados de ficcién, de mito. La misma nocién de mamé y de papa
es una intrincada construccién mitica. Esto se ve, sobre todo, en
‘momentos como el de la adolescencia. Alli se destacan con mayor
nitidez; por ejemplo, cuando el chico construye historias de fami-
liares 0 determinados sucesos que exceden la descripcién historica
de lo que hace a padre y madre, Freud habia enfocado con agudeza
este fensmeno bajo el nombre de “novela fami
paciente habia escrito sus novelas sobre la familia, pero lo interpre-
t6 en el sentido de que esas historias serfan contenidos manifiestos
de otros contenidos latentes edipicos. Hoy diriamos que no hay por
qué entenderlo asi, que més bien tendriamos que pensar que tam-
bién la relacién con la mamé y el papa es un vinculo totalmente
novelado 0 telenovelizado, hasta adquirir, no pocas veces, el carie-
ter de un “culebrén” ficcional de cabo a rabo, una fabula respecto
de lo que es ser mamé y ser paps; aclarando que, también, los pro-
pos padres tejen sus respectivas novelizaciones... y asi se vive (en)
familia, de modos nada “naturales”.
Lo que conviene tener en cuenta es que el psicoanslisis, como
actitud y como manera de pensar, no depende de su fidelidad a
un concepto o a un credo tedrico determinado; no depende de un
vocabulatio. En ese sentido, Winnicott lo demostré al apartarse
co establecido; probé cémo, entre otras
cosas, el psicoandlisis no depende de recitar un vocabulario que se
reconozca como psicoanalitico. La actitud psicoanalitica no depen-
de de un centro teérico al cual se profese creencia. El psicoanilisis,
desde el vamos, en lo més nuevo que propone, forma parte de un
gran movimiento del pensamiento occidental que tiene sus hitos
en el siglo XIX, en figuras como Nietzsche, como Marx, como
Darwin, y una lista inacabable en el siglo XX, con un pensamien-
del centro, que le da un golpe de muerte al centro,
porque en el centro siempre ha estado lo que nos ha oprimido. El
centro siempre ha sido un eje de dominio, como cuando se habla
ee* ANDAMIOS DEL PSICOANAUISIS
de paises centrales y paises periféricos. En el centro, siempre han
estado las figuras y modalidades del poder de los cuales -aun sin
quererlo del todo~ hay nos vamos inexorablemente desmarcando.
Por ese trabajo de demarcacién, que Derrida Ilam6 de “decons-
truccidn”, pasa el porvenir del psicoanslisis, no por erigirse en un
baluarte de lo edjpico que lo condena a un combate de retaguar-
dia, Dentro o fuera de los espacios familiares, el analista se reco-
noce en su sensibilidad a los factores inconscientes que subjetivan
tuna situacién determinada mas allé de 1a trivial adaptacién a un
orden establecido, allf donde despunta un movimiento de lo propio
que solemos distinguir como dimension del deseo. De este modo,
podemos trabajar en cualquier parte. Que haya comenzado por
donde comenz6 no significa que alli deba estacionarse cometiendo
el error de reclamar jurisdicciGn sobre un territorio tinico, fijado al
orden de lo familiar.
Porque, ademés, el psicoanstisis, en lo mejor de su tradicién,
siempre se ha caracterizado por mirar de un modo distinto, por
‘ocuparse de lo que no es familiar, el rostro de lo inguietante. De
ahi, la transferencia, no por relacionarse con el analista como susti-
‘tuto del papé o de la mamé, sino muy diversamente, por vincularse
con él como una figura transicional de lo inquietante.
Eso mismo lo aparta de cualquier técnica a la que se lo quisiera
reducir, una técnica psicoterapéutica més. Hoy descubre la fecun-
didad de trabajar a la distancia, pantalla mediante, como antes tam-
bign utilizé la carta. Es una especie de virus dispuesto 0 predispues-
to a cobrar las formas y fisonomias mas variadas.
Y, sobre todo, el psicoandlisis nunca funciona mejor como cuan-
do ¢s diferente de si mismo. Por eso nos ensefia cosas que no nos
pueden ensefar las disciplinas especializadas ¢ inmovilizadas en
sus campos de pertenencia. Un buen ejemplo es su vinculo ~entre
nosotros muy estrecho desde el punto de vista clinico~ de lo esco-
lar. Se nos busca mucho desde las instituciones educativas, dialoga-
mos mucho con ellas en el quehacer diario con nifios y con adoles-
centes, aprendemos cosas nuevas y valoramos la fina intuicién de
tantas maestras, que operan esponténeamente de un modo preven
tivo al detectar potenciales agentes nocivos para la salud mental. Y
le podemos aportar algo inédito en cuanto a la funcién subjetivan-
te de la escuela: su capacidad de facultar al alumno para aprender
a conducirse en las relaciones impersonales (que, claro, no podria
aprender en familia) y adquirir la crucial habilidad, la capacidad
decisiva de hacer cosas en honor al deseo de ser grandes ~deseo
LOS LUGARES DONDE SE TRAMA LA SURJETVACION a
que Freud, sin llegar a trabajarlo en profundidad, destacé como tan
esencial, cosa que por mi parte he procurado llevar adelante-; por
i, los chicos aceptan y aprenden a trabajar sin ganas. Y en esto, la
institucién escolar es insustituible, De ahi la paradoja de que a nin-
min chico parece gustarle ir ala escuela pero.
Esto explica lo complicado de la situacién, cuando al cabo de
la primaria, el chico sale de allf sin haber adquirido esa capacidad,
que sera necesaria durante toda la vida. Se prefigura entonces una
adolescencia enredada en ese punto y expuesta al fracaso, a menos
que un laborioso trabajo terapéntico o circunstancias espontineas y
azarosas de la existencia le hagan inscribir esa habilidad. Considero
principal que los educadores tengan claro este punto en cuanto a lo
singular de su misi reside lo especificamente educativo.
Las tipicas discontinuidades depresivas, o manfaco-depresivas,
las inconstancias del “bi asi sea en sus formas ms leves, nos
ponen en escena las imposibilidades que se enraizan en solo poder
‘ocuparse de las cosas cuando “tengo ganas”, en contraste con la fir~
meza que un deseo propio bien asumido hace en cuanto a tomar
‘esas cosas en las manos y no soltarlas asi nomis. Esto tampoco se
explica por algtin incidente o matiz. de lo edipico, hace a lo irre
duotbe de eetosprocesos de os que ests earg to institucién
En la ética que propugnamos -tributaria de Lacan y de Winni-
ino que va desde el trae self hasta aquello de “no retro-
ceder”)~ nuestra intervencidn apunta a que el sujeto se haga respon-
sable, no ante alguna instancia superyoica o ley paterna; muy otra
cosa, que se haga responsable ante su deseo y no, como un sordo
impulso que viene del pasado, del deseo como un deseo de desear
Jo porvenir. En ese punto es que podemos ayudar un poquito al tra~
bajo que se hace en la escuela
Junto a esta colocacién del més del desear que del deseo (modi-
ficacién por mf propuesta) inspirada en Lacan conviene destacar la
completa reconfiguracién del concepto de necesidad que le debe-
mos a Winnicott y a Bowlby, alejéndose de su acepcién positivista,
Ja de las necesidades bisicas, para Hegar hasta la necesidad como
necesidad del otro, del encuentro, que tomé primero la formula de
Ja necesidad de oposicién en el primero de aquellos autores britini-
cos. Necesidad de alteridad, de diferencia. Necesidad de diferencia
Ensamblado con estos fuertes trazos del deseo y de la necesidad,
estamos en condiciones mejores para un psicoandlisis “no de siem-
pre”: necesidad y deseo desbordan, exceden, no se dejan ad2 DEL PSICOANALISIS
nistrar por el formato edipico, ni se circunscriben a él. Tampoco
por esa metafisica de la falta o de la castracién (no freudianamen-
te entendida, Freud en esto se mantuvo més clinico), que termina
enganchando a nuestra disciplina a una tradicién platénica y judeo-
cristiana, que se presumia veniamos a desarmar, incluso a sepultar,
a la manera del untergang freudiano. Desde siempre, la metafisica
occidental se sustenté y abrevé en una supuesta falta de ser cuya faz
religiosa era una falta del ser biblicamente enunciada en el Génesis.
‘anto la antropologia biolégica como las neurociencias nos ayu-
dan a superar esta visién, mostrindonos ese suplemento no instin-
tual que hace al hombre genéticamente abierto y disponible a una
evolucién sin topes prefijados (lo cual no deja de comportar serios
problemas, como el de cémo regular una violencia que no conoce
frenos biol6gicos seguros).
Las problemticas obsesivas, con su preocupacién por la sime~
trfa, lo bien centrado, la perfeccién de lo que no conoce irregula-
ridad, nos ensefian cémo el centro, su enigma, obsesiona el pensa-
miento, hasta el del mas transgresor. Esta obsesién no exceptud a
‘eud, quien asi contrajo el Edipo imaginandolo ese centro siempre
inasible e insistente por su misma inexistencia. Asi el psicoansli-
sis contrajo el Edipo y se contrajo él mismo, cerrindose la misma
abertura que estaba practicando en el pensamiento tradicional. El
formato cerrado del triéngulo plasmarfa esta nuclearidad que se
pretenders inamovible.
Pero no seré la evolucién tedrica la que haré caer, abriéndolo,
este tridngulo de referencia. Seré un avance tecnocientifico, el que
introduce la pantalla, no como un “octavo pasajero” pero s{ como
un cuarto miembro virtual de la familia; la pantalla (televisor, com-
putadora, celular) esta por todas partes en la casa, bombardeando
con mensajes, ideales y consignas independientes de los padres y su
genealogia, sea que entren en conflicto con ellos o se articulen més
© menos armoniosamente, independientemente de ellos, hecho que
el pequefio percibe muy bien y répidamente. Su dimensién virtual
se desata de la oposicién clisica “demasiado clisica— de presencia/
ausencia con la que el psicoanilisis se habfa manejado hasta enton-
ces, incorporando una tercera modalidad que Derrida, pionera-
iente, designé no-presencia, sin duda el término més adecuado para
lo virtual y para lo fantasmético de lo virtual, que no esté ni vivo ni
muerto.
Recién entonces estuvimos en condiciones de pensar adecuada-
mente lo que habjamos intentado conceptualizar como narcisiomo,
de forma més bien pobre, porque no tenfamos mucho més que el
spejo que Narciso invento en el lago de aguas bruitidas, dada la
limitadisima tecnologia de su época. Por eso no se habia podido
ir demasiado lejos en los motivos de una vanidad autorreferencial,
de muy corto alcance simbélico y desconocedora de la alteridad,
cuando en realidad se trata, en el narcisismo, nada menos que de la
entera alteridad de una dimensién imaginaria (no en el sentido de
, 0 yendo algo més lejos que él) donde el sujeto en adelante
4 a vivir, alternando ese habitar con el espacio aparentemen-
is concreto. Por otra parte la pantalla deja ver mucho mejor
que su predecesor, el espejo, que su funcién capital no es reflejar
sino inventar, invencién que repercute agudamente sobre la corpo-
reidad de carne y hueso hasta entonces vigente. Y, si alguien pudie-
ra soportar el ejercicio de mirarse fijamente a los ojos en el espejo
pero no de una ojeadsa, largamente de verdad~ no se encontraria
con ningtin uno mismo del cual enamorarse, como lo postulan
lecturas pueriles y moralistas del mito, se encontraria con un otro
radical, no el otro del lenguaje de Lacan, sino un otro que viene a
ser lo “desconocido que uno es”, un desconocido inquietante por
antonomasia.
E] narcisismo designa, pues, en esta reconfiguracién del con-
cepto que propuse hace pocos afios en mi libro Futuro porvenir,
la amplia y compleja red de escrituras y relaciones tejidas con el
rmundo de una imagen que, como el significante, también tiene
vida propia, tal como lo han tematizado magistralmente diversos
autores, de Poe a Polanski. Nada de primitivo hay en él, no es del
tiempo del bebé més que en esos primeros destellos en que este,
hacia fines del segundo semestre, empieza a descubrir que la pan-
{1 no es un mueble més entre otros, una cosa como las demés,
sino, en cambio, una boca que se abre y lo engulle para que se meta
en un mundo muevo catrolliano, podriamos decir. De ahi, hasta la
“adiccién” adolescente a los juegos en red 0 al chateo, 0 a Facebook
solo hay un paso. Querer atar todo esto o resetearlo en el corralito
del Edipo es una tarea tan improba como imitil, sobre todo, por su
niula eficacia clinica. Sencillamente impide trabajar analiticamente
con adotescentes... y con todo el mundo.
No nos extraiien, por eso, esas resistencias del analista a tales
fenémenos nuevos, inéditos, expresadas en una lamentacién por
‘una supuesta pérdida de valores familiares, simbolicos, licos (solo
Jos de antes eran juegos y juguetes de verdad). La dectinacion del
paradigma edipico se lee como Ia declinacién de la subjetividadempeorada por la desaparicién de formas tradicionales de
patologia que se querian mantener perpetuamente reverenciadas.
Es el psicoanilisis de siempre, el peor enemigo, el verdadero
enemigo del psicoanslisis mismo no el cognitivismo ni la gené-
tica-, el que Derrida pinta como una enfermedad autoinmune que
ataca las producciones y las actitudes genuinamente psicoan:
invocando el nombre de alguna de las ortodoxias establecidas (que,
en nuestro medio, la ensefianza universitaria tiende a ratificar en
lugar de ponerlas en cuestién). Se rehtisa a perder o ceder terreno
de su vocabulario de siempre: quiere la pulsidn, la represién origi-
naria, la envidia
metafisicas... perdén, quise decir “metapsicolgicas”. Quiere ver
sustitutos de papé y de mamé por todas partes; que gobierne la ley
paterna y que lo que a mamé concierna sea destinado a una fusi
indiscriminada y, por ende, “narcisista” en el viejo y poco produc-
tivo sentido predigital. Quiere también, en ciertas de sus corrientes
mis escolisticas, reservarle un sitio en el centro al viejo “logos”,
brindose del engorro de leer dibujos, escenificaciones y juegos
irreductibles a la verbalizacién, ademés de desconocer el valor sub-
jetivante que lo musical posee incluso para la conformacién del len-
guaje. Se reduce asf el trabajo del analista a una “escucha” y solo se
presta atencién a la palabra, reduciendo de paso el significante a la
palabra, hecho en el cual Lacan tiene su responsabilidad, por més
que su pensamiento cobre un vuelo que dista mucho de la ecolalia
de sus citadores.
Sin la menor idea de todo esto, un pacientito de cinco afos y
medio desbarataba el entero sistema cuando me decia desdeftosa-
mente, a propésito del dibujo de una mujer en la que yo creia ver
rasgos de su madre: “;Qué mi mams! Mazza!” (una
modelo de esbeltas piernas que hacia furor en Ia década del noven-
ta). Rechazaba asi la primariedad de su madre respecto de todo
personaje ferenino; reivindicaba mas bien la posibilidad de investi-
mentos simulténeos y descentralizados, que no esperaban ninguna
fase post-edipica para derramarse sobre el campo social. Este punto
del derrame del deseo, de un deseo derramado que lo incestuoso
familiar no puede contener constituye toda una deuda contraida
por nosotros con el pensamiento de Deleuze, a veces, ayudado por
Guattari. Freud hablaba de la domesticaciin del deseo a través de
todo un trabajo de la represién, pero se adelant6 en tal domestica
ci6n al intentar formatear lo que él mismo consideraba indomefa-
ble en ef marco angosto del complejo de Edipo, entendido como
i ay
centro de la constela
n psiquica humana, Esto no hizo sino agra-
medida del grado de patologfa que algui
Lo que estoy proponiendo no implica un gesto global
de agarrar ese psicoan: y trarlo por la borda sin
miramiento alguno; esta demasiado leno de riquezas y de trabajo
de varias generaciones para perpetrar semejante acto de empobreci-
jento, sin contar que una de las ensefianzas cl
es el principio metodolégico de examinar to por
cosa, lo que Derrida reafirmé a propésito de la deconstruccidn, no.
Se trata sf de poner el foco en el vetusto pero poderosisimo n
del centro (y su modelo grifico tipico, el del circulo) para proceder
a sacarlo de escena, lo cual supone un trabajo cuidadoso y colo-
sal. Fuera del centro, no nui ipo no nos molesta y, a veces,
incluso puede ayudarnos.
Moraleja irrefutable, necesidad urgente de que los analistas,
tomen conciencia de la endeblez patética de su formacidn filosofi-
ca, que suel se a las citas que Lacan y algxin otro haga de tal
© cual pasa filos6fico, y se pongan seriamente al dia en este terre-
ro, del que por lo general, como Lacan mismo decfa: “No tienen
nj la menor idea”. Dentro de lo que yo conozco, en Buenos Aires,
por lo menos, existen pequeiios grupos de psicoanalistas que por
su cuenta buscan adquirir esa formacin y salir de esa indigencia
estudiando con colegas del campo de la filosofia. Cabe al respec-
to valorar el trabajo pionero y tenaz de con
muchos de aquellos analistas para introducirlos en un pensamiento
deconstructivo y critico de las categorias metafisicas clisicas, que
tanto han ayudado al psicoanslisis de siempre como han obstruido
lo mas nuevo y singular, lo que el psicoanilisis, con todo, nunca
perdié totalmente. Fs nuestra esperanza que emprendimientos de
ese tipo logren multiplicarse.